Aserrín Aserrán VIVA EL PARO NACIONAL

Varoufakis: “No se engañen, la crisis sigue ahí: el euro corre peligro”

Polémico. Atractivo. Brillante. Controvertido. Los seis meses de Yanis Varoufakis(Atenas, 1961) al frente del Ministerio de Finanzas de Grecia lo convirtieron en una celebridad global, en una suerte de estrella del rock de la política económica. Sus detractores lo caricaturizan como un extremista medio chiflado de izquierdas —según su propia definición—, enamorado de las motos potentes, de los restaurantes chic, de las chaquetas de cuero y del glamour de las islas griegas. La troika afirma que su gestión le costó a Grecia 100.000 millones de euros.


Lo más suave que dicen sus críticos es que se trata de un intelectual cuya inmersión en la política, más allá de la fama, puede calificarse como mediocre. Varoufakis acaba de responder a sus censores con un ejercicio de funambulismo literario: Comportarse como adultos, que en España acaba de publicar Deusto, ofrece una mirada única a las entretelas de Bruselas y es, sin duda, uno de los libros del año. A lo largo de 700 suculentas páginas se explica, asume algunos errores y, sobre todo, salda cuentas pendientes con una prosa de gran altura que incluye sonoros disparos a diestro y siniestro. El exministro conserva una lengua venenosa y es dueño de un análisis demoledor para Europa. “No se engañen, la crisis sigue ahí; el euro corre peligro”, embiste en una entrevista realizada con este periódico.


Europa crece a un ritmo superior al 2%. El paro ha bajado de la cota del 9%. Los déficits mejoran. Los populismos acechan, pero de momento siguen quedándose a las puertas de llegar al Gobierno en los grandes países. Las instituciones europeas presumen, en fin, de recuperación. Sin embargo, Varoufakis desdeña todo eso —“Una reactivación cíclica”, lo llama— y brinda un mal dato por cada dato bueno. Y, sobre todo, esboza un relato mucho menos complaciente que el de las élites de la UE.


“En la fase más aguda de la crisis del euro, hubo serios riesgos de fragmentación. El BCE supo contenerlos, pero las amenazas aún existen, aunque adopten otras formas: el Brexit, una Alemania que no logra formar Gobierno, la extrema derecha en Austria, Cataluña, el hundimiento del bipartidismo en Francia y los reflejos autoritarios en Europa del Este son claros síntomas de un malestar profundo. Las grandes crisis son momentos de revelación de las fallas del sistema: en Europa le hemos visto las costuras al euro y si nada cambia la amenaza es el hundimiento gradual de lo que solíamos llamar democracia liberal”.
Una situación como la de 2001


¿Lo peor ha pasado? No. Varoufakis, que ha fundado un nuevo partido (DiEM 25) para luchar contra ese malestar, se ríe cuando se le recuerda que el apocalipsis casi siempre defrauda a sus profetas: “Los análisis más pesimistas, entre ellos los míos, no han fallado en los últimos años; lo siento, pero es así”. ¿Lo peor ha pasado, al menos? “La situación actual me recuerda a la de 2001: veníamos de veinte años de encadenar burbujas, estalló la de las puntocom, y aun así nos las arreglamos para seguir igual y provocamos una crisis aún más grave con una burbuja aún mayor que estalló en 2008. Corremos el riesgo de volver a las andadas. En España, la deuda total va al alza. En Italia hay fuga de capitales, una crisis bancaria en ciernes, una situación política explosiva. Lo que tenemos en Grecia no puede llamarse recuperación, y la deuda es impagable. Los ejemplos son inagotables. En toda la periferia hemos cambiado empleos a tiempo completo por trabajos precarios, y con ello se ponen en peligro las pensiones futuras y las bases de la economía europea. Los desequilibrios financieros y macroeconómicos no solo no se han reducido, sino que son incluso mayores: me temo que no estamos para celebraciones. El euro, tal como está hoy, es insostenible”.


“Lo más preocupante”, acaba el griego, “es el bajo nivel de inversión y las divergencias crecientes en la zona euro. Sin inversión y sin convergencia es imposible hablar de fin de la crisis. Europa sigue metida en una: 10 años después de [la caída de] Lehman Brothers, somos incapaces de reforzar la arquitectura del euro y la moneda, contra lo que decían sus impulsores, es una fuente de incertidumbre. Europa es muy rica y puede mantener ese euro con pies de barro durante un tiempo, pero a la larga, créame, las costuras saltarán”.


Errores y maldiciones. Varoufakis se retrata a sí mismo como una suerte de héroe trágico en su libro. Alude a algunos de los errores que cometió como miembro del Gobierno de Alexis Tsipras, aunque su capacidad de autocrítica no está a la altura de su talento literario. Y aun así merece la pena prestar atención a su análisis. “Grecia no podía aceptar ningún acuerdo sin reestructurar su deuda, que era y es insostenible. Pero a los acreedores no les interesaba que pagáramos: simplemente querían dar una lección a Grecia como aviso a otros países. Al final, desgraciadamente, Tsipras capituló. En el póquer, si tienes malas cartas, solo tienes una posibilidad de ganar si tu farol es creíble y lo mantienes hasta el final, pero si crees que el oponente no va a retirarse no deberías jugar. Estoy orgulloso del auténtico susto, aunque breve, que se llevó la troika. Pero no supimos resistir”. “Nuestra derrota tuvo unos costes enormes”, admite en el libro. “Maldigo a mi Gobierno por no haber resistido”, añade durante la conversación.


Guindos: “Es uno de ellos”. Varoufakis critica con suma dureza a la Comisión Europea —“El Eurogrupo y hasta el grupo de trabajo del Eurogrupo mandan mucho más”—. Atiza sin miramientos a Tsipras, a Jean-Claude Juncker, a Pierre Moscovici, a Jeroen Dijsselbloem, a muchos otros. A lo largo de Comportarse como adultos apenas salva al ministro alemán Wolfgang Schäuble, que llegó a proponer la salida de Grecia del euro. Su análisis sobre Luis de Guindos está plagado de claroscuros: “Hablamos el mismo idioma porque Guindos, a diferencia de la gran mayoría del Eurogrupo, sabe de economía. Tuvimos interesantes discusiones, y a puerta cerrada estábamos más o menos de acuerdo. Pero en las reuniones Luis mantuvo posiciones indignantes: su primer objetivo era castigar a Grecia para penalizar a Podemos. Y siempre era el primero en darle la razón a Schäuble. Con él me pasó lo que con tantos otros: podía llegar a posiciones comunes en privado, pero a la hora de la verdad no servían de nada: eso es democráticamente deshonesto”. ¿Le ve con opciones al BCE? “Viene de la banca de inversión, como Mario Draghi. Tiene buenos fundamentos económicos. Y lo más importante: es uno de ellos”, remacha el exministro.


Egos revueltos. Varoufakis explica de forma pormenorizada en su nuevo libro qué significa ser uno de ellos a través de una conversación con el influyente Larry Summers, exasesor de Barack Obama y exsecretario del Tesoro con Bill Clinton. “Hay dos clases de políticos: los que ven las cosas desde dentro y los que prefieren quedarse fuera, los que prefieren ser libres para contar su versión de la verdad. El precio que pagan por su libertad es que los que están dentro, los que toman las decisiones importantes, no les prestan la menor atención. Los que viven las cosas desde dentro deben acatar una ley sacrosanta: no ponerse en contra de los que están dentro, no contar lo que sucede. ¿Cuál de los dos eres tú?”, le pregunta Summers. Varoufakis lo deja claro a lo largo de más de 700 páginas. Graba y transcribe reuniones, cuenta pormenores de decenas de entrevistas con líderes mundiales, pone sobre la mesa hasta el último y sonrojante detalle.


Yanis Varoufakis consigue reírse de sí mismo, aunque se las arregla para quedar bien casi siempre. Y mantiene el pulso literario de un volumen largo que tiene hechuras de novela negra y de drama shakespeariano. Pero sobre todo de tragedia griega. Porque a pesar de sus torrenciales explicaciones, el lector no alcanza a explicarse cómo Tsipras, Varoufakis y los suyos no consiguieron ni acercarse a lo único que importa: el mejor acuerdo posible para Grecia.

 


 

MARIO DRAGHI, EL “DÉSPOTA TRÁGICO”


Varoufakis nunca quiso salir del euro: su posición fue reclamar una reestructuración de la deuda pública griega (en torno al 180% del PIB: un nivel “insostenible”, según el FMI) y objetivos fiscales asumibles. Su estrategia era amenazar con un impago, y tener listo un sistema de liquidez alternativo si (como sucedió) los acreedores provocaban un cierre de los bancos.


En el momento clave, junio de 2015, el primer ministro, Alexis Tsipras, se echó atrás, y el BCE precipitó el final del drama. Varoufakis carga con suma dureza contra el Eurobanco (“el banco central más politizado del mundo”) en su libro. Califica a Draghi como “déspota trágico”. Le acusa de forzar la mano con “vergonzosas amenazas”. “Los abusones culpan a sus víctimas. Los abusones listos consiguen que la culpabilidad de sus víctimas parezca evidente. [...] El BCE demostró una habilidad especial en esta última técnica”, dispara el exministro. Draghi, según esa versión, le obligó a cerrar la banca y le forzó a aceptar más austeridad, en un país que ha recortado las pensiones varias veces, prohibido la negociación colectiva y donde solo el 8% de parados recibe algún subsidio.

 

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Lunes, 06 Marzo 2017 06:14

El plan rupturista de las izquierdas

El plan rupturista de las izquierdas

Después de la claudicación de Alexis Tsipras ante los prestamistas, las izquierdas griegas y catalanas se unieron para encontrar un camino alternativo a la austeridad impuesta por las políticas neoliberales.


El mito de la paz social y el bienestar económico ya no sostiene a Europa. Esta idea que cada vez con mayor fuerza circula de punta a punta del continente no son solo los nacionalismos de extrema derecha quienes la defienden sino también economistas, politólogos y activistas de izquierda como los miembros de la European Research Network on Social and Economy Policy (Erensep). Esta red independiente fundada el año pasado en Salónica, Grecia, con base en la Escuela de Estudios Africanos y Orientales de la Universidad de Londres, reúne a expertos de diversos campos con el objetivo de fomentar el debate político y buscar alternativas a las doctrinas neoliberales de ajuste que rigen Europa.


La Erensep nació en Grecia, como no podía ser de otra manera. Intentando reponerse del trauma que para muchos supuso la firma del tercer memorándum de la Troika por Alexis Tsipras y la subsiguiente pérdida de derechos sociales y soberanía a costa del compromiso con los acreedores, un grupo impulsado por el profesor de Economía de la Universidad de Londres y ex diputado de Syriza, Costas Lapavitsas, se dispuso a demostrar que existe otro camino. “La red pretende ser un generador de ideas concretas para la izquierda europea con sustento académico. En Grecia ya nadie compra grandes discursos si realmente no están basados en algo que les dé credibilidad. Syriza llegó al gobierno con muchas propuestas y mucha fuerza pero sin tomarse demasiado en serio lo que se estaba proponiendo”, explica Sergi Cutillas, uno de los fundadores de Erensep, red que cuenta entre sus miembros con un numeroso grupo de académicos y activistas catalanes. “Al partir de sustento teórico y de investigación, la propuesta del cambio pierde frivolidad, se llega ahora a algo más maduro que la idea ingenua de que lo queremos todo: estar dentro del euro y sin austeridad”, afirma Cutillas. “Ahora toca el paso de madurez, cuando se asume que no hay salidas fáciles”.


A mediados de febrero en Atenas el profesor Costas Lapavitsas junto a compañeros de la Erensep presentaron las bases de su proyecto alternativo para una economía griega sostenible fuera de la Eurozona, y el cine en el que lo hicieron rebalsó de gente. “Había la sensación de que quizas se volvía a generar algo”, cuenta emocionado Sergi Cutillas, quien también estuvo allí para aportar su visión como miembro de la Plataforma Auditoría Ciudadana de la Deuda en Barcelona y como experto invitado en la Comisión de la Verdad constituida en Grecia en 2015 para examinar la legalidad de su deuda.


La primera parte del dossier presentado plasma un análisis de economía histórica, en el cual se disecciona qué es la Eurozona y la UE, así como el recorrido hecho hasta llegar al Euro, “una historia más crítica que la edulcorada que nos cuentan, esa de que después de la Segunda guerra mundial había que unirse”, aclara Cutillas. “En realidad, después de la guerra hubo varios intentos de unidad monetaria y en todos ha sucedido algo similar a lo que pasa ahora con el Euro: Alemania se niega a funcionar como ancla monetaria para el resto de países, forzando a devaluar la moneda de otras economías fuertes como Francia, Inglaterra o Italia. Pero para que funcione un sistema monetario tiene que haber cooperación, sustentada sobre todo en la moneda más importante, que es la que cuando los demás están sufriendo debe actuar en su economía doméstica para quitar presión a los otros”, detalla el economista.


En este origen desigual y basado en los intereses de las potencias, los expertos del grupo fundado en Grecia sustentan el primero de sus argumentos en contra de la Eurozona. Cutillas explica que, en esta coyuntura y con el consentimiento de los sindicatos, el gobierno alemán fue bajando los salarios de los trabajadores para aumentar su competitividad. “Mientras los vecinos suben los sueldos en paralelo al ascenso de la productividad, en Alemania se sube la productividad pero se bajan los sueldos. En términos macroeconómicos esto significa que ellos producen más cantidad y más barato mientras nuestra estructura económica se va deteriorando, lo cual genera un desequiibrio en la balanza comercial. En el sur importamos mucho y exportamos menos, es decir, nos endeudamos y llegamos al desastre que tenemos ahora”, explica Cutillas.


Ante este mapa económico descompensado, las alternativas son dos, según la red Erensep: la salida del euro o ganar competitividad dentro de la Eurozona y, para lograrlo, deprimir salarios. “Quieres ser más competitivo pero en el camino te estás cargando una generación entera y nadie te garantiza que esa devaluación interna no haya destrozado la sociedad”, asegura el economista catalán. “Estamos en este drama, preguntándonos cuánto más podrán aguantar las democracias del sur, sin dejar de ser democracias. Porque las rebajas salariales, la austeridad, las reformas laborales como la del PP (Partido Popular que gobierna en España) hay que ver hasta cuándo permiten que haya democracia”.


Los participantes de esta red de economistas, sociólogos, politólogos y activistas de izquierdas están convencidos de que dentro de la arquitectura del euro, controlada por la banca privada y donde los estados económicos más fuertes tienen una preminencia absoluta es imposible la unión por unos objetivos comunes. “La UE ha sido siempre un compendio de tratados en los que nunca un país ha asumido costes de otro si no le beneficiaba”, concluye Cutillas.


Basados en un análisis institucional y de economía política exhaustivo los integrantes de Erensep llegaron a la conclusión de que es posible salir de la Zona euro poniendo en marcha las capacidades fiscales y financieras estatales, las únicas a las que, además, por jurisdiccion tienen acceso los ciudadanos. “Aún los Estados tienen capacidades de actuar en el campo fiscal y en el financiero, aún no hemos delegado eso a la UE. La estructura burocrática de la UE es de unos 25 mil empleados, ¿la de cualquier Estado cuántos tiene? ¿Dos millones? Las burocracias estatales son muchos más potentes que las de la Unión”, advierte Sergi Cutillas. “Quien diga que la UE es la solución institucional, no sabe que, aparte de no contar con una estructura democrática, tampoco tiene el presupuesto ni el personal ni las dinámicas políticas para construir a corto plazo la salida de la crisis”, añade el economista.


En cuanto a la sostenibilidad económica de Grecia –el primer país al que dedicó su investigación la red de expertos– la primera medida que proponen es la potenciación de los servicios y sectores productivos que detectaron con un alto índice multiplicador de empleo y exportación. “Grecia tiene un sector secundario muy precario y el reto es el de volver a industrializar el país de forma sostenible”, apunta Cutillas.


En paralelo al fortalecimiento de la capacidad productiva, fiscal y financiera del Estado, el informe presentado en Atenas recoge la necesidad urgente de una reducción de la deuda griega antes de que llegue, como pronosticó el FMI, al 300% del PIB. “Salir del euro es necesario pero no suficiente, también hay que disminuir la deuda, y la mejor manera de hacerlo es a través de una auditoría como la que hicimos en 2015, transparente, con la participación de la ciudadanía griega, donde se rechacen las deudas ilegales e insostenibles socialmente”, explica quien fue uno de los miembros de la Comisión que examinó la deuda helena ante la firma del segundo rescate financiero.


La red de investigación por una economía sostenible y soberana más allá de la tutela de la Zona euro, empezó por Grecia pero no piensa detenerse allí. El ala catalana de Erensep está trabajando ya en el caso de España, consciente de que lo planteado para su vecino del sur también podría aplicarse a este país, pero aún sin los datos sectoriales suficientes para tener el proyecto cuadrado.


La industrialización y la banca pública son las dos patas más importantes sobre las cuales tiene que pararse, en opinión del grupo de expertos, todo Estado que quiera ser independiente del euro. “La banca si es pública puede responder a criterios de desarrollo y no solamente de beneficio, puede canalizar el crédito en educación y en mejora del capital humano”, concluye quién con otras 70 personalidades de 19 países europeos provenientes de diferentes formaciones de izquierdas como Podemos, Esquerra Unida, Bloqueo de Grieta portugués, Parti de Gauche y NPA franceses, Unidad Popular y Antarsya en Grecia, la izquierda radical danesa, y la de Chipre, Eslovenia, Bosnia, Países Bajos, Alemania o Hungría firmaron el manifiesto ‘Los retos de la izquierda en la Zona euro’, un llamamiento a reunir el coraje de desobedecer las órdenes de la vieja Europa.

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Costas Lapavitsas en Barcelona.

 

"La izquierda está pagando su discurso conservador sobre la unión monetaria europea", dice el economista griego Costas Lapavitsas

 

Oriol Solé Altimira

 

Costas Lapavitsas (1961), profesor de Economía en la School of Oriental and African Studies de la University of London, ha venido de visita a Barcelona esta semana a presentar su último trabajo, en el que aboga por que Grecia salga del euro como herramienta para superar la crisis del país.

Muy crítico con Syriza (de la que fue diputado hasta el tercer acuerdo con la troika), con Alexis Tsipras y con Yannis Varufakis, Lapavitsas es consciente de que sus posiciones respecto a la UE y al euro todavía son minoritarias entre los progresistas europeos. No obstante, cree que "el primer paso para la izquierda es decir que la unión monetaria tiene que terminar".

 

Hace un año estuvo en Madrid en la presentación del Plan B para Europa. ¿Cómo cree que ha evolucionado esta iniciativa?

Las conferencias de Madrid fueron interesantes porque hubo una buena afluencia de público y un buen ambiente. No obstante, fueron políticamente confusas porque se presentaron varias ideas sin concreción sobre qué debería hacer la izquierda respecto a Europa. La gente todavía piensa que se puede cambiar la Unión Europea (UE). Pasado un año, creo que esta posición ha perdido partidarios. Más gente se ha dado cuenta que si se quiere una alternativa, un camino o una estrategia diferentes hay que dar pasos radicales también respecto a las instituciones y a la UE.

Y ahí está su plan para Grecia, en el que propone salir del euro.

Salir del euro forma parte de una estrategia. Pero en esencia hay que tomar medidas para fortalecer la demanda agregada: gasto público e inversión. En un primer momento el sector público tiene que liderarlas para que la economía y el sector privado, en especial los servicios, puedan empezar a respirar. En una segunda fase, habría que tomar medidas en política industrial.

¿Y esto no es posible hacerlo dentro del euro?

La institución fundamental de la UE a día de hoy es la unión monetaria. La unión monetaria ha fracasado, es disfuncional y no ha traído reformas, prosperidad o solidaridad sino todo lo contrario: ha intensificado la hostilidad y las tensiones entre los europeos. El primer paso para la izquierda es decir que la unión monetaria tiene que terminar. El euro ha fracasado y no lo necesitamos.

¿Terminar con el euro no haría precisamente que los países y sus monedas compitieran entre sí en vez de ser solidarios?

Tampoco es necesario volver a un sistema de monedas nacionales que compitan entre ellas. Hay alternativas intermedias para las naciones europeas para organizar el movimiento de capitales y el comercio. No se necesita una moneda común como el euro ni al actual Banco Central Europeo (BCE). Los mecanismos que se usan desde hace años básicamente favorecen a las grandes empresas y a los grandes bancos.

¿En última instancia que la izquierda asuma el discurso antieuro no facilita el trabajo a la ultraderecha?

¡Al contrario! Aquí hay otro fallo de la izquierda. Si la izquierda no hubiera aceptado el euro o si hubiera propuesto una salida del euro positivamente y desde un discurso radical, en el sentido de ir a la raíz de los problemas, se lo hubiera puesto más difícil a la extrema derecha. En Grecia, la ultraderecha de Amanecer Dorado tiene diputados pero no han sido capaces de encontrar su sitio en el debate del euro porque ya había una izquierda que lo proponía. En vez de Marine Le Pen, tendría que ser la izquierda francesa quien hablara de esto.

Pese a esto la posición mayoritaria de la izquierda europea no es salir del euro sino reformar la UE. En España lo hemos visto con Podemos: a medida que las encuestas le favorecían, centraba su discurso.

Es cierto. Por eso la izquierda europea ha fracasado en la última década y, a la derecha, y ahora parece que también a la extrema derecha, le ha ido tan bien. La izquierda históricamente fue garante de trasladar políticas favorables a la clase trabajadora y a los más débiles a las instituciones, desafiar a los poderosos y hablar de cambios radicales. Cambiar el sistema, cambiar el mundo. ¿Dónde está todo esto? La izquierda está pagando su discurso conservador sobre la unión monetaria. La extrema derecha emite ahora un discurso radical y ha robado la mayor parte de los mensajes, y en algunos casos el electorado, a la izquierda.

 

Costas Lapavitsas economista griego EDIIMA20170224 0364 5

 Lapavitsas en un momento de la entrevista ©SANDRA LÁZARO

 

Su país, Grecia, parece haberse instalado en un círculo vicioso de rescates y planes de ajuste.

Grecia es un caso extremo dentro del fracaso de la eurozona. No creo que Grecia salga satisfactoriamente de la crisis a medio plazo. El motivo es que cuando estalló la crisis la solución impuesta por la Comisión Europea y Berlín esencialmente destruyó la demanda agregada. Se recortó el gasto y las pensiones, y aumentaron los impuestos. El conjunto de medidas contrajo la demanda agregada y la inversión se colapsó. Los negocios cerraron, el desempleo creció y la recesión fue masiva.

Se dijo que esto estabilizaría la economía y que una vez caída la demanda agregada sería la ocasión para tomar medidas adicionales, como liberalizar y desregular para ser competitivos. Pero el capitalismo moderno no funciona así. Lo que ha pasado es que el país se ha estancado: la economía crece un poco y vuelve a contraerse. Y España no está tan lejos de esta descripción.

Tampoco parece que los acreedores propongan una vía muy distinta a la seguida hasta ahora.

Así Grecia nunca crecerá y permanecerá estancada, con la demanda interna destruida y esperando un milagro. Este camino lleva a Grecia a la marginalización y a la irrelevancia, y continuará así mientras se mantenga en la unión monetaria. Para empezar a hacer políticas alternativas a la austeridad, hay que salir del euro.

Por otro lado, el apoyo que recibió el gobierno de Syriza durante el referéndum parece que se ha evaporado. ¿La Europa de los trabajadores es más mito que realidad?

La Europa de los trabajadores no existe. Es un mito en el que la mayor parte de la izquierda europea creía. No hay una sola Europa, hay 28 estados, 19 de ellos en la unión monetaria. La izquierda tendría que pensar más en la soberanía nacional y redefinirla, no en un modo nacionalista o agresivo sino en un sentido popular. Creo que esta es la verdadera perspectiva de la Europa de la gente y los trabajadores, y no un ente transacional con sede en Bruselas gobernado por burócratas que viven en su propio mundo.

Pensar que desde la izquierda se puede transformar todo esto en la Europa de la gente creo que es un error. La Europa de los trabajadores existe, primero, en tu propio país cuando se reclama soberanía y, a partir de esta base, se puede crear una Europa solidaria.

 

Costas Lapavitsas economista griego EDIIMA20170224 0365 5

Lapavitsas cree que el Brexit ha contribuido a hacer más fuerte al partido conservador ©SANDRA LÁZARO

 

Usted vive en Londres. ¿Cómo están siendo los primeros meses postBrexit?

El Brexit mostró que la clase trabajadora británica no quiere la UE, que la UE no es un proyecto popular y que nunca lo ha sido en el Reino Unido. La UE era un proyecto de la clase media británica. Y creo que lo que siempre ha sucedido en el Reino Unido es trasladable a bastantes países: la UE nunca ha sido un proyecto de las clases populares.

¿Las peores consecuencias llegarán cuando se active el mecanismo para salir de la UE?

Después de la votación se decía que el Brexit sería el fin del mundo y que habría una recesión masiva, fugas de capitales y dificultades económicas. Hasta ahora nada de esto ha pasado. Obviamente cuando empiece el proceso de desconexión real habrá efectos negativos, pero hasta ahora se han exagerado. La catástrofe que se preveía no se está produciendo. El pensamiento entre mucha gente es: "Si esto es lo que pasa cuando decides salir, ¿dónde está el desastre?"

Habrá efectos negativos y complejos en la economía. Desarticular todo un sistema legal establecido será una labor ingente porque la legislación europea afecta a muchos aspectos de la vida. Los acuerdos comerciales y las operaciones financieras se verán afectadas aún no se sabe muy bien cómo.

¿Se esperaba que ganara el Brexit?

La clase dirigente británica no quería el Brexit. La City de Londres y los poderosos querían quedarse. Fue una sorpresa y las élites no estaban preparadas porque el Brexit fue un voto popular. A nivel político sin embargo, el Brexit ha contribuido a dar carpetazo a la división del partido conservador respecto a Europa. Ahora los conservadores son más fuertes.

La izquierda, por contra, parece totalmente desconcertada.

El laborismo no tiene nada claro y está dividido. La izquierda en el Reino Unido está en crisis porque no sabe qué decir sobre Europa. No tiene propuestas radicales para la gente. Algunos creen que se volverá a la UE y podrán cambiarla, lo cual no tiene ningún sentido. Nunca pasará, y si pasara, solo llevaría a empeorar las vidas de los trabajadores, que han votado en contra de la UE.

Esto muestra uno de los problemas de la izquierda europea: ha perdido la confianza de los trabajadores. Parte del laborismo, en vez de proponer un programa para abandonar la austeridad y fomentar la inversión pública y distribuir la riqueza, pone sus esfuerzos en volver a una institución que los propios trabajadores rechazan y a otro referéndum. Políticamente no tiene sentido. La ultraderecha, en este contexto, se está ganando a las clases trabajadoras británicas. Esto es terrible y lo peor es que pasa en más países de Europa.

 

 

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"Syriza debe liberarse del europeísmo infantil"

Vasilopoulou hace una revisión crítica de los pasos dados por su partido en torno de las negociaciones con la troika. Y espera que el gobierno pueda aliviar las exigencias del acuerdo.


Corina Vasilopoulou es periodista, diputada regional y portavoz de Syriza en la región de Atica, la más poblada de Grecia, con Atenas como capital. Ella es de Syriza y sigue apoyando al premier, Alexis Tsipras, aunque a la pregunta de "¿cómo está?" al saludarla, responda con honestidad "recuperándome del choque". Corina no puede ocultar la decepción que supuso la firma del tercer memorándum con la Troika después de que el 61 por ciento del pueblo griego se pronunciara en contra y admite, durante esta entrevista en un coqueto bar del centro de Atenas, que a Syriza se le dio una segunda oportunidad "porque se le reconoció la lucha pese a haber sido derrotado" pero que ahora quiere ver resultados concretos, que se noten en la vida diaria de la gente.


–¿No le quedaba otra salida a Alexis Tsipras que firmar el memorándum de la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el FMI?


–Yo pienso, pero viéndolo ahora (después todos somos profetas), que Syriza cometió muchos errores y que debería haber tomado antes medidas más drásticas para que no nos quedáramos sin liquidez. Yo prefiría que Syriza no hubiera firmado, que saliera a decir a la gente que nos estaban chantajeando y que así no podíamos seguir. Lo mejor hubiera sido consultarle a la gente con una pregunta clara, no como la del referéndum.


Para mí, como para la mayoría de los de Syriza, fue un gran golpe, un golpe que no esperábamos. No sé si éramos demasiado inocentes y optimistas pero lo cierto es que nos llevó luego casi a la depresión. Ahora yo sigo apoyando al partido pero desde un punto de vista más crítico, a la espera de que cumpla con sus promesas de aliviar las exigencias del memorándum.


–Esta decepción también le pasó factura a la democracia porque la abstención en las elecciones de septiembre fue muy alta y la desafección de la ciudadanía hacia la política ahora es más que palpable.


–Sin duda. Syriza tiene una prórroga y depende de ellos honrar esa prórroga, porque el entusiasmo de enero ya no existe y ahora la gente quiere ver resultados concretos para mejorar su vida y una ética realmente diferente en la práctica política. A pesar de esto hay que reconocer que el pueblo griego demostró un coraje que nadie se esperaba. Con tanto chantaje internacional, con tantos medios de comunicación en contra y una propaganda feroz, con los bancos cerrados, se votó un 'no' rotundo en el referéndum y eso es algo de admirar.


–También fue un golpe muy duro para otras nuevas formaciones de izquierda en Europa, como Podemos. ¿Cómo podría hacer el partido de Pablo Iglesias para revertir ese efecto dominó?


–No sé si a Podemos lo que más le afectó es lo sucedido con Syriza o sus propios problemas, como las disputas internas o no tener principios demasiado claros. Posiblemente fue una mezcla de ambos. En cualquier caso, yo les diría que no opten por la moderación porque, si yo fuera española y quisiera un partido moderado, votaría al PSOE (Partido Socialista Español). Podemos tiene que volver a sus raíces y tomar como modelo lo que están haciendo los nuevos gobiernos municipales de izquierda, como el de Ada Colau en Barcelona o Manuela Carmena en Madrid.


–Syriza también sufrió en su seno serias fracturas: sectores contrarios a la postura de Tsipras abandonaron el partido y gobiernos como el suyo. en la región de Atica, quedaron divididos entre quienes apoyan al premier y quienes no. ¿Cómo se gestiona ahora toda esa disidencia interna?


–En Atica la gobernadora, Rena Dourou, llegó a un equilibrio inteligente porque, aunque es de Syriza y apoya a Tsipras, es consciente de que gobierna para todos, no solo para los de Syriza. Dos de sus ocho gobernadores adjuntos se fueron del partido y uno de ellos, Lafazanis, creó la nueva formación Unidad Popular, que compitió con Tsipras en estas elecciones. También se marcharon de Syriza varios diputados regionales que, sin embargo, permanecen en el gobierno. Rena colabora con todos y, por ejemplo, ahora está moviéndose con ellos en contra de la privatización del Puerto de Pireo (la cesión del puerto más importante de país a la que accedió Tsipras a demanda de los acreedores internacionales). O sea que el gobierno de Atica sigue siendo de izquierda y, por lo menos en el plano local, todavía podemos trabajar hacia cosas más grandes. Lo mismo espero ver a escala nacional.


–El primer objetivo que se marcó Tsipras en su nuevo programa es la renegociación de la deuda. ¿Le harán más caso los del Eurogrupo al haber sido revalidado por las urnas?


–Por un lado seguro que sí porque (Angela) Merkel esperaba quitárselo de encima y ahora ve que no, que tendrá que seguir lidiando con él. Pero lo de la deuda es algo que supera a Tsipras y a Grecia porque si no vas por el camino revolucionario y con las armas les dices "chau no pagamos", habrá que esperar que ellos se pongan de acuerdo –el FMI está a favor de la quita de la deuda y la UE está en contra– y si lo hacen también tendrá un fuerte costo político.


–¿Es posible, como asegura Tsipras, implementar una austeridad "suave"?


–La vida cotidiana ahora será muy dura porque la gente seguirá pagando unos impuestos que Syriza prometió que anularía, el desempleo sigue ahí, el sueldo básico no aumentó y las relaciones laborales siguen desmanteladas. Yo quiero que Syriza proteja la casa de la gente, que no se pliegue a las exigencias de los acreedores para que la gente se vaya de su casa si no la puede pagar. Quiero que haga algo con la salud pública, que es un desastre, y para que la gente pueda calentarse en invierno porque todavía no eliminó esta tasa especial impuesta hace tres años que equipara el petróleo de la calefacción con la nafta. Yo, en general, quiero que Syriza haga todo lo que pueda para proteger a los más débiles y que revise su relación con la Unión Europea. No hablo de una salida de la Unión pero sí liberarse de este europeísmo infantil, porque hay que ser consciente de que la Europa de los pueblos no existe. Lamentablemente yo no veo un cambio político en Europa, así que un partido de izquierda, como quiere llamarse Syriza, tendrá que replantearse muy seriamente cómo actuar con un continente neoliberal.

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"El euro actual es un desastre, cualquier otra cosa sería mejor"

El economista advierte de que la expansión monetaria "ha sido poco eficaz creando empleo" y le parece increíble decir que España sale de la crisis porque el paro baje al 23%

 

Joseph Stiglitz (Gary, Indiana, 1943) habla con el tono de profesor y el aplomo de quien ha ganado el Nobel (en 2001) tanto si se trata de economía estadounidense como europea, e incluso de elecciones catalanas. Desde su despacho en la Universidad de Columbia, en Nueva York, brama contra uno de sus grandes caballos de batalla, la desigualdad en las sociedades más ricas. Acaba de lanzar La gran brecha (Taurus), donde lo aborda. Un gran punto de inflexión, a su juicio, fue la huelga de controladores aéreos en la época de Reagan, cuando recortó los derechos sindicales. Otro gran mal para la economía es la austeridad aplicada en Europa, la cual, dice, ha quebrado la unidad del euro. Luego recogerá la cartera y caminará encorvado por el campus de Columbia para regresar a su casa.


Pregunta. Defiende que la Reserva Federal (Fed) no suba los tipos de interés hasta 2016. ¿Qué clase de recuperación es esa que no puede soportar un precio del dinero al 0,25%?


Respuesta. No es una recuperación. En Jackson Hole [una reunión anual de banqueros centrales mundiales] había gente joven con camisetas con el lema ¿La recuperación de quién? Era la recuperación del 1%, porque los afroamericanos no se han recuperado, los salarios estadounidenses no se han recuperado... Básicamente no hay recuperación, están las cosas mejor de lo que estaban, pero hay un déficit de 3,3 millones de empleos.


P. En el mercado de los profesores, usted sería de ese 1%, ¿correcto?


R. Quizá, no lo sé.


P. Para una mejor redistribución,


R. Debemos mejorar ambas fases de distribución. Tenemos una gran desigualdad en los salarios, pero además no hacemos un gran trabajo a la hora de redistribuirlo con el sistema de impuestos. No creo que haya tantos profesores en ese 1%, creo que hay sobre todo banqueros y ejecutivos de empresas. Y esa concentración de ingresos resta dinero que podría gastarse en inversión, por ejemplo. El estilo de vida de la clase media ya no es asequible para la clase media americana, no puedes llevar a los hijos a la universidad, no lo puedes pagar, mucha gente ha perdido su casa, las trabajadoras no tienen permiso de maternidad... Estados Unidos creó la clase media y la está destruyendo.


P. ¿El aumento de la desigualdad es tan político, no es la globalización el mayor motivo?


R. La tecnología es relevante, y también la globalización pero EE UU tiene más desigualdad que ningún otro país, mientras que Suecia o Noruega tiene menos, cuando las leyes de la economía y la tecnología son las mismas. Suecia está entre los más globalizados y con tecnología, pero tiene menos desigualdad, así que quizá debemos luchar para tener una sociedad más igualitaria. Cuando hay tanta diferencia, te hace pensar que lo más importante no es la globalización o la tecnología, sino las políticas. Hay muchas normas que cambian muchas cosas. Por ejemplo, ¿debería los presidente de empresas cobrar lo que quieran sin preguntas siquiera a los accionistas? ¿O sin ni siquiera explicar bien lo que cobran?


P. ¿Cree que la expansión cuantitativa —el QE, por sus siglas en inglés— aumenta la desigualdad en Europa?


R. El QE en EE UU hizo que subiera el precio de los activos en mano de los más ricos y la gente jubilada que depende de los bonos públicos se ha hecho más pobre. Pero ha sido poco efectivo creando empleos. En Europa es parecido y la verdadera pregunta es si va a compensar la creación de empleo. En países en los que el desempleo es un gran problema, como España o Grecia, el efecto dominante es la austeridad. La esperanza del QE era que esta liquidez se tradujera en más inversión y gasto, pero el motivo por el que no tuvo más éxito en EE UU es porque el sistema bancario no estaba funcionando muy bien. El problema en España o Grecia es cien veces peor. Sus bancos están tan devastados por la pérdida de dinero, que es muy difícil volver a prestar. No espero que el QE no lleve a mucho más crecimiento en España o Grecia.


P. No ve a España fuera de la crisis.


R. No, es increíble que haya gente que diga que España ha doblado la esquina de la crisis por el hecho de que el paro haya pasado del 25% al 23%. En cualquier otro contexto ese 23% sería considerado un desastre, y el 50% de paro juvenil es otro desastre. No sé como el Gobierno puede decir que ha sido un éxito, es como si tiene a un tipo que estaba casi muerto, y te alegras de que no ha muerto, pero sigue casi muerto.


P. ¿Conoce el auge independentista en las elecciones catalanas?


R. Sí, yo veo esto como una consecuencia del error de la política económica alemana, imponiendo la austeridad y llevando a alto paro. Destruye el tejido social, puedes ver lo que ha pasado en Grecia o en Francia. Esto es más saludable que el aumento del fascismo, pero para mí es otro síntoma de la destrucción política que ha creado la austeridad.


P. ¿Qué consecuencia ve para España?


R. Mucha gente piensa que esto es destruir ese algo por lo que mucha gente luchó en la guerra civil, por una república española. Después de la dictadura había una esperanza de recrear ese país y la gente ve que ese sueño que se restableció en los setenta está amenazado ahora.


P. ¿Y qué implicaría para la economía?


R. La zona euro es un proyecto fallido, así que solo es un aspecto más de su fracaso. Se suponía que debía unir a la gente y ahora está incluso dividiendo a los propios países. Ahora la pregunta es si debe haber más o menos Europa y de verdad deseo que haya más, porque esta casa a medio construir está creando mucha destrucción económica y política. En Europa se dice que el euro es Europa, pero el euro es un trozo papel. Si hubiera funcionado bien, si no se hubiera arruinado por la austeridad, por las ideas, por el único mandato de la inflación... El BCE solo está preocupado por la inflación, cuando el problema es el 50% de paro juvenil.


P. Pero una vez has creado el euro, no puedes volver atrás. ¿O sí puedes?


R. Sí puedes, creo que debería ir hacia adelante pero la imposibilidad de los últimos cinco años me ha hecho menos optimista. Hay modos de ir atrás, de decir que esto fue un experimento prematuro y podemos crear un euro flexible, un euro español, uno griego, un euro para el norte, otro para el sur... Debemos reconocer que la actual dirección es un fracaso. En España han pagado muy caro ese trozo de papel. Hubo dos razones para el euro: para la prosperidad y para la unión y qué ha pasado: tiene recesión, un desastre económico y división.
P. Entonces romper el euro no sería tan desastre.


R. El sistema actual es un desastre, casi cualquier otra cosa sería mejor, y eso sería mejor.


P. ¿Incluso quebrar la eurozona sería mejor?


R. Sí, mejor.


P. ¿La nueva victoria de Tsipras en Grecia es un éxito de la troika o un fracaso de esta?


R. La austeridad es una política fracasada y la gente griega la ha rechazado repetidamente, pero ha creído equivocadamente que debe conservar ese trozo de papel, el euro, y aceptará términos inaceptable para quedarse en él. La troika no ha convencido a los griegos de que sus políticas funcionan, si la troika quiere creer que se puede ejercer el poder como la amenaza, esta es un victoria para la troika, pero es un fracaso. A menos que la troika cambie de política, la depresión en Grecia va a seguir. Quizá ahora vaya un poco mejor este año y el siguiente porque las restricciones fiscales se han reducido, pero en 2018 hay un objetivo de 3,5% de superávit primario y va a volver la depresión. El tercer rescate no puede funcionar si la troika no cambia.

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Cuando el 62 por ciento se rinde al 1 por ciento

Terrorismo financiero, golpe de Estado, imposición colonial, vasallaje: no sólo desde la izquierda se calificó con esos adjetivos al "acuerdo" entre Grecia y la troika del domingo pasado. También lo hicieron medios de comunicación como el Financial Times y el Der Spiegel. ¿Tenía el gobierno de Alexis Tsipras otra opción que firmar un texto de esta naturaleza? ¿Qué consecuencias tendrá la "capitulación" griega sobre las nuevas izquierdas europeas? De estos temas se ocupa la siguiente cobertura de Brecha.

 

Luego de ganar un referéndum de forma abrumadora, el primer ministro Alexis Tsipras firmó un acuerdo humillante. Treinta y ocho de sus diputados no lo votaron, entre ellos el ex ministro de Finanzas Yanis Varoufakis, así como la presidenta del parlamento. Varios altos cargos renunciaron. Tsipras dice que no cree en el acuerdo que firmó, en el que tampoco creen Francia y el Fmi, porque no va a sacar a Grecia de la crisis y va a profundizar la pobreza.


Las preguntas se apilan. El corresponsal de Publico.es en Atenas Alberto Sicilia asegura (martes 14) que "Tsipras jugó fuerte en la negociación", pero que el ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schäuble, "vio el órdago y les abrió a los griegos la puerta para irse del euro". Ante el jaque alemán, "Tsipras no llevaba cartas", porque, según dijo,"una Grexit (salida del euro) no planificada habría sido terrible para las clases medias y bajas. Y no teníamos plan B porque siempre hemos querido el euro". Es posible que sea la explicación más aproximada de los motivos que llevaron al gobierno griego a firmar un acuerdo que el semanario alemán Der Spiegel (domingo 12), difícilmente calificable de izquierdista, definió como "un catálogo de atrocidades" que Tsipras "se vio obligado a firmar con una pistola en la sien". Lo mismo sostuvo incluso la biblia de las finanzas, el Financial Times, uno de cuyos editorialistas habló de "acuerdo versallesco" para graficar el grado de sumisión al que fue sometida Grecia, similar al armisticio firmado por Alemania al fin de la Primera Guerra Mundial.

Si fuera así, hay dos preguntas que necesitan ser respondidas. ¿No previó Tsipras que firmar significaba la división de su partido y la pérdida de legitimidad de su gobierno? ¿Cómo es posible que el Ejecutivo, luego de cinco meses de negociaciones en las cuales quedó clara la intransigencia alemana, no tuviera un plan B al de la troika?


Culpar a Alemania de lo sucedido, algo que toda la izquierda y parte del resto del espectro político está vociferando, aunque libera de frustraciones tiene escasa utilidad y, sobre todo, permite esconder durante un tiempo las propias inconsistencias. Porque de eso se trató en esta historia: de una fuerza política que llegó a dirimir instancias de gran trascendencia (geo)política sin la suficiente capacidad. O se pecó de ingenuidad o se fue completamente irresponsable. Quizá una combinación de ambas.


LO FIRMADO.


El domingo 12 el gobierno griego aceptó un documento de siete páginas que contiene tres partes. La primera son medidas para "restaurar la confianza" del eurogrupo (ministros de Finanzas de la UE) en Grecia, que se tenían que aprobar el miércoles 15. Incluyen el aumento del Iva, garantizar la sostenibilidad a largo plazo del sistema de las pensiones mediante una reducción drástica de su monto, independencia de la oficina de estadística y controles a la evasión tributaria.


La segunda parte contiene propuestas que se deben implementar antes del 22 de julio. Se trata de reformar el Código Civil y adoptar las normas de la Unión Europea para rescatar bancos. Además, Grecia se compromete a establecer un calendario para el recorte de las pensiones con cláusula de déficit cero, la reforma del mercado interior para que sea "más competitivo" (liberalizando sectores como medicamentos, lácteos y panaderías, aperturas de tiendas en domingos, entre otros),

privatizaciones (energía, puertos, aeropuertos, empresa de telecomunicaciones), reforma del mercado laboral mediante la "revisión y modernización de la negociación colectiva y la acción sindical" facilitando los despidos, y finalmente una fuerte reforma del sistema financiero y bancario.


Pero es la tercera parte del acuerdo la que resulta más irritante. Para asegurar que se llevará a cabo el agresivo programa de privatizaciones, el gobierno griego transferirá activos de su propiedad a un fondo independiente que garantizará el pago del nuevo préstamo. Con esas privatizaciones los líderes europeos esperan recaudar 50.000 millones de euros, de los cuales 25 mil millones se utilizarán para pagar la recapitalización bancaria, otros 12.500 millones para pagar la deuda y los 12.500 millones restantes serán utilizados para inversión en el país. En ese fondo estarán incluidos el sector energético, transportes y telecomunicaciones, cuyas empresas serán muy probablemente adquiridas, y a muy buen precio para los compradores, por trasnacionales provenientes de los países acreedores.


Además, el gobierno griego deberá consultar con la troika cualquier borrador de nueva legislación antes de enviarla al parlamento y se compromete a retirar o enmendar toda la legislación introducida a partir del 20 de febrero que fuera contraria al anterior acuerdo, como la reapertura de la tevé estatal y la recontratación de funcionarios públicos despedidos por gobiernos anteriores.


Si se aprueban todas estas reformas, consideradas como "requisitos mínimos", recién ahí la troika comenzaría a discutir el tercer "rescate" de 82.000 millones de euros durante tres años.


En el último párrafo del documento figura la propuesta del ministro alemán de sacar a Grecia del euro. "Si no se llega a ningún acuerdo se ofrecerá a Grecia negociaciones rápidas para una salida de la zona euro, con una posible reestructuración de la deuda" (Der Spiegel, 12-VII-15).


El ministro griego de Defensa, Panos Kamenos, aseguró que se produjo un intento de derrocar a Tsipras. "Fue amenazado con el colapso de los bancos y el recorte completo de los depósitos" (Russia Today, 14-VII-15).


EL DESPUÉS.


En los hechos, se trata de una completa cesión de soberanía que permite que los acreedores aprueben leyes clave antes de llevarlas a consulta pública o al parlamento. Tsipras debía saber que este acuerdo tendría graves consecuencias.


La primera es la fractura de su partido y, en menor medida, de su gobierno. La mayoría absoluta del comité central de Syriza (109 en 201) rechazó el acuerdo y difundió un texto muy duro: "El 12 de julio se produjo en Bruselas un golpe de Estado que demostró que el objetivo del liderazgo europeo es la aniquilación para dar ejemplo de un pueblo que buscaba otro camino a seguir más allá del modelo neoliberal de austeridad extrema". Algunos altos cargos del gobierno presentaron renuncia.


En el parlamento las cosas tampoco marcharon bien. Ganó el acuerdo con 219 votos a favor, 64 en contra y seis abstenciones. El Ejecutivo recibió el apoyo de la oposición de derecha, en particular de Nueva Democracia, del ex primer ministro Antonis Samarás, y de los socialistas. Un número para nada despreciable de 38 diputados de Syriza se desmarcaron del gobierno. Por lo tanto, en adelante Tsipras puede tener que gobernar con el apoyo de sus adversarios en un eventual gobierno de coalición, sobre todo para aprobar el resto del paquete impuesto por Bruselas.


Una parte importante de la sociedad, incluyendo destacadas voces de su partido, le mostraron a Tsipras que sí había alternativas. Por un lado, las varias que elaboraron sus ministros y que el primer ministro desechó. Varoufakis, por ejemplo, propuso un plan ante la eventualidad del cierre de los bancos griegos por la troika: "Deberíamos haber puesto en circulación nuestros propios pagarés, anunciar que íbamos a crear nuestra propia liquidez denominada en euros; deberíamos haber tomado el control del Banco de Grecia" (Eldiario.es, 13-VII-15).


Por otro lado, Tsipras ni siquiera se prestó a debatir seriamente la alternativa de salir del euro. No alcanzaba con decir que sería peor, tenía que abrir un debate real sobre las consecuencias y los modos posibles para enfrentarla, le reclamó la mayoría de la dirección de su partido.


No hubiera sido fácil, claro, una Grexit. Según la economista estadounidense Carmen Reinhart, ex funcionaria del Fmi y especialista en las "crisis de deuda", la salida de una unión monetaria no es tan común como la salida de políticas monetarias de cambio fijo. Desde 1982 hubo cinco casos: Argentina en 2002 y en 1989, Perú en 1985, Bolivia en 1982 y México en 1982, en los que las economías estaban dolarizadas y convirtieron de forma forzosa los depósitos en dólares a la moneda local.


Si Grecia saliera del euro, asegura Reinhart, el resultado sería similar. Los depósitos se convertirían en dracmas (u otra moneda) sufriendo una drástica devaluación. "Se colapsaría la confianza en el sistema y habría un dramático aumento de las deudas privadas y públicas. El sector privado haría un impago de su deuda y la mitad de los créditos del país no serían pagados, y si se incluyen las tarjetas de crédito sería incluso mayor. Los ciudadanos dejarían de pagar impuestos y habría una acumulación de euros u otras monedas" (Bloomberg, 9-VII-15). Las consecuencias serían muy duras. "Si se produce la salida del euro, y sigue la conversión forzada de los depósitos, el retroceso de la economía de Grecia es probable que sea de larga duración."


Al parecer, incluso los griegos opuestos al acuerdo firmado por Tsipras eluden la salida del euro. Varoufakis señala que el caso argentino es bien diferente al griego en tres aspectos. Tras el default, el Pbi argentino creció desde 2003 a 2008 a un promedio del 8 por ciento anual, impulsado por las exportaciones de soja. Pero "los griegos no disponen ni de soja ni de ningún producto agrícola que se pudiera exportar en semejante escala". Además, si Grecia saliera del euro "tardaría meses en introducir una nueva moneda y un régimen cambiario". Por último, "el impacto que les generó Argentina a sus socios comerciales al salir de la convertibilidad no fue significativo mientras que Grecia, al salir del euro, perdería subsidios a la agricultura, fondos para el desarrollo y en general la cooperación económica con otros países europeos empeoraría" (Russia Today, 14-VII-15).


Llegados a este punto, sólo cabía resignar la soberanía o apostar por la dignidad nacional, ya que el retroceso económico está garantizado en cualquier caso. Es cierto que la presión de casi tres semanas de corralito debe sentirse con fuerza en una sociedad ya empobrecida. Conviene recordar, no obstante, que no es fácil echar a un país del euro y que aun estando fuera de la eurozona se puede utilizar el euro, según lo recuerda el belga Eric Toussaint, presidente del comité de auditoría de la deuda griega (véase entrevista en página 6).


Legalmente Grecia no puede ser expulsada de la zona euro ni por las instituciones europeas ni por un grupo de países. Puede incluso salir de la UE y seguir utilizando la moneda, aunque ya no emitirla. Sería un caso similar a los de Panamá y Ecuador, que usan el dólar, o de Montenegro y Kosovo, que usan el euro.


Sin embargo, ahora Grecia tampoco tiene soberanía completa sobre el euro, como sí la tienen los demás países de la Unión. Los bancos centrales de cada país sólo pueden emitir la cantidad de euros que les permite el Banco Central Europeo. El Banco Central griego tiene congelada la cantidad de euros que puede emitir, y el Bce no está dando liquidez a los bancos griegos porque está en desacuerdo con la política fiscal del gobierno (Forbes, 3-VII-15).


FIN DE ÉPOCA.


Buena cantidad de analistas, incluido el gobierno alemán, o en todo caso su ministro de Finanzas, estiman que la salida de Grecia del euro es sólo cuestión de tiempo. Es una decisión política, no económica, dicen. Y ya fue tomada tiempo atrás. El 4 de febrero, apenas nueve días después de que Tsipras asumiera como primer ministro y se plantara firme ante sus acreedores, el Bce le cortó los grifos,"ante las serias dificultades para cerrar con éxito el rescate" (El País, 4-II-15).


Antes de llegar a esa situación, que motivó titulares como "El Bce pone a Grecia contra las cuerdas", el entonces flamante primer ministro emprendió una gira europea para cosechar apoyos. Luego de reunirse con los presidentes de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, del Consejo Europeo, Donald Tusk, y del Parlamento, Martin Schulz, "se llevó de las tres instituciones un sabor amargo, y sobre todo un tono duro acerca de sus posibilidades en la negociación que ya ha empezado sobre el futuro de Grecia". Varoufakis llegó a contar en estos días que desde su primera reunión con "las instituciones", en particular con su par alemán, tuvo claro que los "socios" querían a la díscola Grecia fuera.


Eso sucedió hace cinco meses. Durante 150 días se estuvo negociando el rescate, sin el menor resultado. ¿Pensaba Tsipras que el 62 por ciento de apoyo al No en el referendo podía ablandar al sistema financiero? Todas las propuestas que hizo a la troika el primer ministro fueron recibidas con absoluta indiferencia. Peor: a cada concesión de Atenas llovían nuevas exigencias. Pero Tsipras no cambió de línea. Incluso Varoufakis participaba de la ilusión de convencer a sus interlocutores. Hasta que se convenció de lo contrario. "Desafortunadamente las instituciones y nuestros socios europeos han perdido la oportunidad que brindamos: mirar las negociaciones como una deliberación entre socios. Lo convirtieron en una guerra contra nosotros" (Der Tagesspiegel, 9-VI-15).


Todo indica que Grecia y también Europa ingresan en un nuevo período de su historia. El relato sobre la "Europa de los pueblos" fue demolido por Bruselas y Berlín. Se está ante el fin del Estado del bienestar, pero también ante una crisis de la democracia representativa, ya que las mayorías se quedan sin voz. Las izquierdas –incluso las nuevas, como Syriza y probablemente sea el caso del Podemos español– han mostrado una carencia poco creíble de estrategias alternativas. De ahora en adelante les costará mucho volver a convencer de que representan el cambio.

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Europa deja la puerta entreabierta a Grecia

Europa mantuvo lo más que pudo el cerrojo de las concesiones y, tras el rotundo rechazo al programa de ajuste de los acreedores de Grecia expresado el domingo por los electores griegos, apenas entreabrió una hipotética salida. Con la misma retórica flotante que los caracteriza, una suerte de combinación entre el amor y la tortura, los dirigentes de la Unión Europea caminaron sobre una cuerda de equilibristas para, al final, seguir diciendo lo mismo que antes de la consulta: Atenas debe emprender reformas. Hay que medir y pesar las palabras de unos y otros con una tolerancia de Buda o una ciencia de filólogo. En París, la canciller alemana, Angela Merkel, y el presidente francés, François Hollande, sirvieron en la misma bandeja dos palabras muy ambiguas: "solidaridad y responsabilidad". Ello quiere decir que Europa será solidaria mientras Grecia se muestre responsable, o sea, traiga a la mesa de negociaciones propuestas "serias, precisas y verosímiles". En claro, los 18 países de la Zona Euro dejaron a Grecia en la misma situación que antes, como si el resultado del referendo sólo fuera, como lo escribe el eurofanático diario El País de España en su editorial, una aventura activada por el "nacionalpopulismo" del gobierno del primer ministro Alexis Tsipras. La referencia, que no es el único oprobio al que se somete al Ejecutivo y al pueblo griego, es de una ignominia de marrano. Para los gobiernos de la Eurozona un tratado colectivo y sus normas están por encima de la democracia.


Hollande dijo en la capital francesa: "Respetamos el voto de los griegos porque Europa es la democracia". Faltaría completar la frase: la democracia como la quiere el club de liberales europeos. Berlín sigue siendo la batuta de la Eurozona y nadie desafía sus prerrogativas. Durante la conferencia de prensa que ofrecieron juntos, Merkel se remitió a la última fase de la negociación que precedió la convocatoria a la consulta popular. Según la canciller alemana, la última propuesta que se hizo "fue muy generosa". Ambos recalcaron que la "puerta está abierta" mientras que, por su parte, Hollande repitió que "no queda mucho tiempo, hay urgencia para Grecia y para Europa".


El perfil de esa urgencia se delineará hoy cuando se celebre la cumbre extraordinaria de dirigentes europeos y se discutan los planteos nuevos o revisitados que traiga Tsipras. En el camino y pese al aplastante voto a favor de más del 60 por ciento, el dirigente griego dejó a su anterior ministro de Finanzas, Yanis Varoufakis. El ex titular de la cartera era la oveja negra de los negociadores de Bruselas. No lo querían ver ni en foto. En un par de meses, Varoufakis les rompió el consenso y toda la cultura de los buenos modales con té y galletitas de maicena. Su presencia en las negociaciones era una traba de cara a la construcción de un acuerdo. En un comunicado, el paladín que enfrentó y no se sometió a la troika (FMI, Banco Central Europeo y Comisión de Bruselas) explicó que le "correspondía ayudar a Tsipras a explorar, según como él lo considere adecuado, el capital que el pueblo griego nos ha concedido a través del referéndum del domingo, y seré el portador del odio de los acreedores con orgullo". Su alejamiento del Ejecutivo era una de las condiciones insalvables planteadas por el Eurogrupo. Su salida parece adelantar, tal vez, un juego de concesiones por parte de Atenas, o quizá sea una forma de distender el escenario en la cual éstas empiezan el 7 de julio.


Habrá de hecho dos reuniones en la capital belga: una, a las 13, con los ministros de Finanzas de Eurogrupo. Luego, a las 18 se realizará la cumbre de los jefes de Estado y de gobierno. Todo está suspendido hasta esos dos momentos. Por lo pronto, en un momento en que los bancos griegos sufren una asfixia de vida o muerte, el BCE, Banco Central Europeo, decidió mantenerlos bajo perfusión mediante la línea de liquidez (ELA) que actualmente asciende a 89 mil millones de euros.


Menos Alemania, la casi totalidad de los países bajaron el tono con respecto a la salida de Grecia de la Zona Euro sin que ello deje prever que un pacto es posible y, si lo es, a qué precio para Grecia. El ultra agresivo presidente del Eurogrupo, Jeroen Dijsselbloem, dijo "la victoria del No nos acerca a una solución". Pero las declaraciones como las del presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, según el cual "un no de los griegos en el referendo sería interpretado como un no a la Zona Euro", se han espaciado. Los heraldos de la exclusión de Grecia desaparecieron del firmamento. La más que hostil España negó que ello fuera una realidad. Pero las capitales europeas tienen mala cara. No hay nada preciso, todo es de una incertidumbre con varias cabezas donde sólo Alemania marca el ritmo mientras que Francia gesticula pero no hace nada. Son pura y sencillamente escalofriantes el silencio, la inoperancia, el inmovilismo, la blandura y la cobardía política que han demostrado en esta crisis las llamadas izquierdas o socialdemocracias europeas. No plantearon nada, no rompieron el muro de la incomprensión con ninguna idea creativa. No existen más. Se han vuelto una pobre extensión del liberalismo y hasta han renunciado a la modesta meta de humectarlo con un poco de humanismo para que se disuelva mejor. Hace unos días, el presidente del Parlamento Europeo, el socialista Martin Schulz (sí, sí, crea lo que está leyendo "socialista") dijo que los griegos iban a tener que "imprimir otra moneda porque el euro dejará de estar disponible". Con socialistas así, mejor no perder tiempo en ilusiones y votar de una vez por todas a la derecha. Por lo menos, ya se sabe lo que harán.


Hasta anoche, la principal piedra en el camino no había desaparecido: se trata del reclamo griego para que se reestructure su deuda (322 mil millones de euros) y de un nuevo programa de ayuda. Berlín ya adelantó que "no se dan las condiciones para un nuevo programa de ayuda". En esto, pese a la escenificación ofrecida ayer en París por Merkel y Hollande, el monolito no se ha desplazado. Los impedimentos son densos. Prueba de ello, Grecia amplió el corralito bancario por dos días más. Quedan, finalmente, tres opciones sobre el horizonte: un acuerdo "amistoso" entre Grecia y sus acreedores podría diseñar la salida de lo que el canciller italiano Paolo Gentiloni llama "el laberinto griego". En realidad, la metáfora es inexacta porque el laberinto es sobre todo y antes que nada europeo. Pero, para ello, Tsipras deberá convencer aportando más reformas (aumento de la TVA, aumento de la edad de la jubilación). La segunda opción es una pura y llana salida pactada de Grecia de la Zona Euro, el "Grexit". Como, según Alemania, Grecia no acepta las reglas del juego europeo los dirigentes podrían organizar ese "Grexit" de forma coordinada. Si no hay acuerdo ni "Grexit" ordenado se impondría entonces una salida tormentosa de Grecia del euro.

Esto se plantearía seriamente a partir del 20 de julio, fecha en la cual, sin acuerdo, Atenas tiene que reembolsar al Banco Central Europeo 3,5 mil millones de euros. Si no ocurre, el BCE cortaría su ayuda de urgencia y Grecia y sus bancos estarían ya no en default, sino en bancarrota. Es, de todas, la peor alternativa. La hora de la verdad europea sigue, por el momento, sujeta a estos tres desenlaces por cuya preeminencia nadie, anoche, se atrevía a apostar.


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Miércoles, 19 Septiembre 2012 07:11

“El euro es un polvorín que va a explotar”

“El euro es un polvorín que va a explotar”
–Euro o no euro. Esa ha sido la gran disyuntiva a través de la cual se le presentó a Grecia y, particularmente, al movimiento Syriza que usted dirige. ¿Cómo analiza el momento de crisis que atraviesa Europa y que parece poner en tela de juicio mucho más que la sacrosanta estabilidad del euro?


–Creo que el modelo europeo debe reconstruirse desde abajo. No podemos estar satisfechos con lo que hoy se llama Europa. La crisis actual no es una crisis europea sino mundial. Europa no cuenta hoy con los mecanismos para hacerle frente y controlar el ataque financiero mundial contra sus pueblos. Esto explica por qué Europa se convirtió en un continente donde el ataque del sistema financiero mundial fue feroz. Estamos sin defensa.


–¿Acaso el euro, la moneda única, no es una moneda imposible, es decir, una divisa que no representa el nivel real de los 17 países que componen la Zona Euro y que, por consiguiente, impone sacrificios a muchas naciones que no están a la altura de lo que el euro necesita para existir?


–El euro no es la única razón de la crisis, pero sí es parte de ella. El resorte de la crisis es la arquitectura del euro dentro de Europa. Necesitamos tener una moneda única, pero no una moneda controlada, que lo único que hace es hacerles favores al gran capital y a los ricos. Lo que nos hace falta es una moneda que responda a la necesidad de los pueblos. Tenemos una moneda única, pero nos falta contar con la capacidad de tener políticas para todos los países, en especial para los países de la periferia, que están sufriendo en este momento. El euro es un fenómeno mundial único: tenemos una moneda única, o sea, una unión monetaria, pero carecemos de unión política y de un Banco Central Europeo capaz de ofrecer ayudas a todos los países de Europa.


–¿No hay una contradicción en su postura: ser de izquierda y al mismo tiempo defender el euro?


–La contradicción existiría si uno defendiera de qué manera funciona el euro, qué es lo que representa y cuál es la arquitectura y la hegemonía dentro de esa moneda única. El problema no es la moneda única sino las políticas que acompañan esta moneda. El euro se ha convertido en una cárcel para los pueblos de Europa, en especial para las economías más débiles de la periferia que están enfrentando la crisis. La contradicción está en la base con que se construyó el euro. El euro es un polvorín que va a explotar si seguimos con este rumbo. Las políticas de ajuste que van mano a mano con el modelo neoliberal dentro del euro nos van a conducir a la destrucción del euro. Pero esta perspectiva la van a pagar los pueblos y no los bancos, que van a salvarse, o a tratar de salvarse. El sectarismo dogmático de las elites europeas que defienden ese modelo conduce a Europa muchas décadas hacia atrás.


–El grado de diagnóstico que usted y la izquierda hacen de la problemática es brillante. Pero no se encuentra la misma eficacia en la forma de gestionar la confrontación con el sistema liberal. ¿Cómo salir entonces de la poesía del diagnóstico y entrar de verdad en un proceso de reforma contundente?


–Una buena manera consiste en empezar cambiando las correlaciones de fuerzas en la sociedad. En mayo y junio pasado el partido Syriza estuvo muy cerca de romper esa correlación de fuerzas que existía. Grecia se convirtió en un experimento ultraliberal, en el conejillo de Indias. Aquí se puso a prueba la política del shock para luego ampliarla al resto de Europa. Pero tenemos la reacción de la sociedad. La gente ya no tiene ahora la vida cotidiana que tenía antes y es esa misma gente la que reaccionó para que las cosas cambien. Con su movilización la sociedad amenazó a las elites de nuestro país. Eso significa que sí estamos cambiando la correlación de fuerzas mediante el comportamiento crítico de las masas. Hay que recordar que, después de la ocupación nazi y fascista de nuestro país, pocos años después, en 1958, la izquierda estuvo a punto de llegar al poder. Las últimas elecciones las perdimos por un estrecho porcentaje. Pero hay que tener en cuenta que del otro lado no tenía como adversarios solamente a las fuerzas políticas, sino también a un sistema financiero mundial y europeo muy poderoso que nos combatió con todas sus armas de manera feroz. Pero si ganábamos las elecciones quizá Grecia se hubiese convertido en el eslabón débil capaz de romper la cadena que sujeta a Europa. Tal vez Grecia pueda pasar así de ser un conejillo de Indias a ser el futuro bebé, el embrión de la esperanza. Esa oportunidad histórica no la hemos perdido todavía. Los pueblos no han dicho su última palabra.


–¿Grecia fue un poco el paradigma de Chile en Europa?


–Si ganábamos las elecciones nos hubiésemos convertido en el Chile de Europa. Pero no lo sabemos hoy. Las experiencias latinoamericanas de los últimos años son muy ricas para nosotros. Lo que pasó en Chile cuando cayó la dictadura, lo que pasa en Venezuela hoy, lo que pasó en la Argentina hace diez años, cuando el FMI se fue de la Argentina, todo eso constituye experiencias que nos hacen mucho más ricos y ayudan a perfeccionar y a concretizar nuestra estrategia, tanto en Grecia como en Europa.


–¿En qué sentido lo ocurrido en Chile, Venezuela o la Argentina es un aporte para los movimientos de izquierda radical del Viejo Continente?


–La lección más importante radica en que la izquierda no puede desplegar sus armas en la sola propuesta de cambio político del sistema, no. La izquierda tiene que basar su esperanza y su trabajo en la sublevación del pueblo. Los pueblos se levantan y luchan. Si en el futuro llegamos a tener un gobierno Syriza en Grecia, para poder trasladar el poder de los poderos al pueblo ese proceso tiene que estar acompañado por la participación de las masas, a fin de revertir la situación. Un gobierno solo no lo puede hacer. También son necesarias nuevas instituciones democráticas. Nosotros no podemos cambiarnos de ropa y ponernos el traje del poder anterior. Ese traje no nos queda bien. Hay que crear entonces nuevas instituciones sociales y políticas para levantar a las fuerzas del pueblo, que en este momento están marginalizadas dentro del sistema y no tienen ni participación ni poder. Debemos trasladar ese poder a toda la gente.


–Muchos comparan lo ocurrido en la Argentina en 2001 con lo que está ocurriendo en Grecia. Se recuerda a aquel eslógan argentino que decía “que se vayan todos”. ¿Es válido un enunciado semejante para la Grecia actual?


–Acá se siguen escuchando voces que dicen “que se vayan todos”. Los grandes medios de comunicación apoyaron este eslogan que, en realidad, no tiene contenido político. ¿Pero cuál fue el resultado de eso?: en un país como Grecia, donde nació la llamada democracia, tenemos ahora el renacimiento de las ideas fascistas de la mano del partido neonazi Aurora Dorada, que hoy está en el Parlamento. Aurora Dorada está encontrando apoyo hasta en las clases populares. Hay sí muchas similitudes entre lo que pasó en la Argentina y la Grecia de ahora. La política del shock liberal que se implementó en la Argentina en los años ’90 bajo las órdenes del FMI también se aplicó aquí. Estamos en ese proceso, lento pero destructivo, un proceso que se comporta de forma muy violenta contra los pueblos y los marginados: planes de ajuste, ataque contra los salarios, desempleo. Pero como estamos en la Zona Euro el FMI no tiene las cosas tan fáciles como en la Argentina. Si nos abandonan, las consecuencias serían muy importantes para los otros países de Europa. Nuestra economía representa el 2,5 por ciento del total de Europa. Además, el euro es la segunda moneda de reserva en los bancos mundiales.


–¿Qué lecciones saca usted del desastre argentino del 2001?


–La experiencia argentina es muy importante para sacar conclusiones políticas. Diría que la conclusión más importante radica en que la política del neoliberalismo es cínica, inhumana. Es un callejón sin salida. Pero, por otra parte, la Argentina nos mostró la forma en que un pueblo se puede parar contra este sistema y reconstruir sus bases para vivir mejor, para reorganizar el Estado y la sociedad. Tuve que responder en el Parlamento al ministro griego de Economía cuando atacó de forma muy racista a la Argentina. El ministro dijo: “Noso-tros no somos como los argentinos”, y yo le respondí que estábamos mucho peor que Argentina. Esa es la verdad.


–La democracia argentina se revalorizó con la crisis. En Grecia, en cambio, surgió un movimiento neonazi muy poderoso. Esto permite conjeturar que puede haber en el futuro una mayoría neonazi con una oposición de izquierda radical fuerte, o al revés.


–No creo que lleguemos a tener un gobierno de extrema derecha. Nuestro pueblo es heredero de una gran historia antifascista. Este pueblo tiene memoria histórica y no lo va a permitir. Pero hay algo que debe decirse claramente: el neonazismo y Alba Dorada no son una fuerza antisistema, no, es una fuerza del sistema dentro del sistema. Es el brazo más fuerte del sistema que será utilizado si se siente en peligro. El único peligro para nuestro país son las políticas neoliberales, la troika (Fondo Monetario Internacional, Banco Central Europeo, Unión Europea) y el movimiento neonazi, que es un aliado para seguir en este camino.


–Usted rompió hace poco el silencio proponiendo en el Parlamento griego que Grecia se ocupara del destino de los de-saparecidos griegos en la Argentina. ¿Cómo quedó ese reclamo?


–Dentro de los 30 mil desaparecidos en la Argentina durante la década de los ’70 hubo casos de aproximadamente 17 personas que eran hijos de griegos. Sus padres no saben aún qué pasó con sus hijos. Nosotros planteamos ese tema en el Parlamento para poder tratar de averiguar con la ayuda del gobierno argentino qué pasó con esos jóvenes. Nosotros no podemos olvidar cómo un régimen autocrático que gobernó la Argentina llevó al genocidio a casi una generación. La violencia, la desaparición y el asesinato de tanta gente en manos de esos regímenes autocráticos no pueden dejarse en el olvido. En la historia moderna hay un paralelo entre Grecia y la Argentina, porque acá también hubo dictaduras apoyadas por los grandes imperios. Debemos proteger con la democracia a las futuras generaciones de esas dictaduras.


–Los neonazis tienen mucha fuerza. Parte de ella nace del trabajo social que hace, de su acción en la calle, de su oferta de seguridad. ¿Acaso a la izquierda no le falta capacidad de acción para derrotar a la ultraderecha en el terreno de lo concreto?

–Lo que tiene que hacer la izquierda es crear un frente ideológico y, al mismo tiempo, construir un modelo de sociedad que resiste y es solidaria. La solidaridad no es la filantropía sino cómo resistir juntos. No tenemos que permitir que esos grupos se presenten con la cara lavada cuando en realidad representan la historia de lo más violento que sufrió la humanidad. Nuestra lucha en la calle tiene que tener otro modelo para elaborar ese frente ideológico de protección del pueblo. Se trata de un frente doble: contra las fuerzas neoliberales y contra el fascismo.


–La llamada izquierda radical tiene muchos enemigos, empezando por quien debería ser, al menos, un aliado parcial: la socialdemocracia.


–En Europa y en el mundo la socialdemocracia ha pasado por una mutación increíble en los últimos años. La socialdemocracia opera como una suerte de cirugía plástica con la cual quieren cambiar algo que no se cambia. Este capitalismo financiero casino no pueda cambiar de imagen por más cirugía que se le haga. La socialdemocracia es incapaz de ofrecer soluciones a los problemas sociales y reales que enfrentan los pueblos. En Grecia, el partido que representó a la socialdemocracia, el Pasok, no se diferencia en nada de la derecha. Son una copia. Por eso nuestra izquierda puede convertirse en un polo de alianzas con auténtica base social y popular.


–Cuál sería su modelo ideal: Chávez en Venezuela, los Castro en Cuba, Lula en Brasil o el peronismo de Kirchner en la Argentina.


–América latina siempre fue un laboratorio social y político increíble que da resultados. Cada país y cada movimiento tienen su particularidad. A nosotros nos interesa saber cuál es la mejor visión del socialismo del siglo XXI para todo el planeta. A pesar las particularidades necesitamos una visión común y los mismos enemigos. Nosotros seguimos muy de cerca el proceso de integración en América latina. Ese proceso no es teórico, está en práctica y da respuestas al dogmatismo neoliberal. Pero lo que se encuentra más cerca al modelo griego es Argentina y Brasil. En las realidades sociales y en las paralelas históricas, tenemos mucho más que ver con lo que sucedió en Argentina y Brasil. Desde luego, también tenemos puntos en común con Venezuela y Cuba. Nuestros enemigos dicen que Syriza quiere convertir a Grecia en la Cuba de Europa. Nosotros les respondemos que ellos quieren crear una Cuba en Europa, pero la Cuba de antes del ’60. A eso quieren llevarnos.


–Usted representa a una generación marcada por una época donde se produjo una gran despolitización. ¿Cuál sería la fórmula para reintroducir la política y, más concretamente, el interés por una política de izquierda?


–En este momento estamos viviendo la última fase del capitalismo y no del socialismo. Estamos en la caída del sistema capitalista y esto nos conduce a un análisis diferente del comportamiento social como generación, tanto más cuanto que constatamos las condiciones en las que estamos viviendo hoy en día. Mi generación entró en la política como una fuerza muy pequeña en las universidades y en las escuelas cuando ya había una hegemonía casi total del neoliberalismo, cuando se presentaban porcentajes de crecimiento económico enormes y a la vez abstractos y cuando los ejemplos del buen vivir eran el súper consumismo. Ahora estamos en otra realidad. Hoy, en Grecia, uno de cada dos jóvenes que tiene entre 24 y 35 años no tiene trabajo. Están condenando a esa generación a vivir mucho peor que sus padres, los están condenando a vivir sin soñar. Lo que le podemos dar y decir a esta generación es que tiene que reencontrar en su conciencia la esperanza dentro de la lucha. Para poder reconstruir esas vidas destruidas deben creer que hay un futuro mejor, no hay otra manera. La justicia social y la dignidad son dos cosas muy importantes para una generación que quiere reconquistar su futuro.


–Usted juega el fútbol y está rodeado de gente argentina, uno de ellos es de Independiente. Dentro de poco irá a la Argentina. ¿A qué club le pone fichas? Tomemos tres: Boca, River o Independiente.


–Apuesto por Boca porque Maradona jugó en Boca. Yo tengo esa imagen mítica de la Bombonera que vi en las fotos y en las películas. Tengo mucha fe en la política de Syriza porque tenemos eso fútbol de la fantasía que es el fútbol argentino.


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Las empresas estadounidenses se preparan para la salida del euro de Grecia
Los rumores sobre la salida de Grecia del euro no dejan de sucederse. Ahora son las empresas estadounidenses las que se están preparando para un posible abandono de la moneda única de los helenos, según ha publicado The New York Times. Ford es uno de los ejemplos mencionados por el rotativo estadounidense. La empresa de automoción ha configurado su sistema informático para hacer frente a la situación.

 
Los más beneficiados con estos rumores parecen ser los bancos estadounidenses y las consultoras, que han estado aconsejando a las compañías para enfrentarse a una posible fragmentación de la zona euro. JPMorgan Chase ha creado nuevas cuentas para algunos gigantes empresariales ante la posible entrada en circulación de un dracma griego así como cualquier otra moneda en otros países que se vean obligados a salir de la unión monetaria.

 
El abandono de Grecia provocaría fuertes turbulencias en los mercados internacionales, especialmente en España e Italia. La consultora privada estadounidense Corporate Executive Board publicó una encuesta según la que el 80% de sus clientes esperaba la noticia para este año. "Hace quince meses nos decían que esto era impensable, pero ahora no es imposible o impensable", asegura Heiner Leisten, socio de Boston Consulting Group en Colonia (Alemania) en declaraciones al New York Times.
 

Además de la salida de Grecia, empiezan a aparecer nuevos planteamientos, más lejanos pero que ya se están empezando a estudiar. "Los planes de contingencia de las empresas se centran en tres escenarios principales: que Grecia abandone el euro, que lo hagan varios países o la ruptura definitiva de la zona euro", explica Carole Berndt, directora de servicios de transacciones globales en Europa, Oriente Medio y África del Merrill Lynch.


El País Madrid 3 SEP 2012 - 09:53 CET

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Domingo, 26 Agosto 2012 06:50

Europa ya piensa en un euro sin Grecia

 Europa ya piensa en un euro sin Grecia
"La gente habla de una suspensión de pagos ordenada, pero nadie sabe qué significa eso. Lo que vivió Argentina hace una década es un juego de niños en comparación con lo que puede pasar aquí. El orden social y económico que conocemos se iría por el desagüe". Yanis Sturnaras prevenía contra la catástrofe hace menos de un año desde el centro de Atenas, en su despacho del think tank que dirigía. Este hombre es ahora, como ministro de Finanzas de Grecia, uno de los responsables de impedir que se cumpla la profecía del fin de la unión monetaria.

 
Los dos líderes más poderosos de Europa, Angela Merkel y François Hollande, han reiterado esta semana su voluntad de que Grecia siga dentro del club. "Las reformas tienen que ir hasta el final y ser soportables para la población", dijo ayer el francés. "Tras las palabras, deben llegar las acciones", había exigido la alemana un día antes. Presionada por sus socios de Gobierno y por un electorado reacio a seguir soltando dinero, Merkel ha desplegado un discurso más duro que Hollande. Ninguno quiere dar un veredicto final hasta conocer los avances que ha hecho Atenas en estos meses. Pero mientras el tiempo pasa, se acumulan las señales de que los países más ricos de la Eurozona ven cada vez con menos reticencia un Grexit (acrónimo en inglés de Grecia y salida).

 
Hay encuestas que muestran el hartazgo de los ciudadanos por los rescates, que consideran un saco sin fondo y que apuntan a una mayoría favorable a expulsar a los socios más débiles; planes de contingencia que preparan Gobiernos como el de Alemania o Finlandia por si finalmente ocurre lo peor; declaraciones cada vez más directas y cada vez más habituales de ministros que desde Berlín, Viena, Ámsterdam o Helsinki abogan por resolver el entuerto enseñando a Atenas la puerta de salida…


El último ha sido el líder de los socialcristianos de Baviera, partido coaligado a los democristianos de Merkel. "Veo a Grecia fuera del euro en 2013", asegura Alexander Dobrindt en una entrevista que publica hoy el periódico Bild. Incluso cargos tan relevantes como el presidente del Eurogrupo, Jean-Claude Juncker, o uno de los dos alemanes en el Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo (BCE), Jörg Asmussen, han asegurado que, aunque no es deseable, esta posibilidad sería "manejable".

 
No son solo palabras, también hay números. El prestigioso Instituto de Investigación Económica de Múnich calculó hace un mes que a Alemania y Francia le saldría más caro mantener a Grecia en el euro que expulsarla: en el primer caso, los dos países perderían un total 155.000 millones, y en el segundo, 144.000. Los defensores de esta opción consideran que ya se han preparado para lo peor, básicamente deshaciendo posiciones en deuda griega y desinvirtiendo en el país.


Pero no existen antecedentes, y muchos temen que los líderes que juegan con esta posibilidad estén abriendo la caja de Pandora. "No solo Grecia saldría muy mal parada, sino el resto de Europa y del mundo. Estoy convencido de que los alemanes entienden esto. No creo que quieran echar a Grecia, sino hacer explícita la presión para ver progresos ya", asegura Zsolt Darvas, del centro de estudios belga Bruegel. "Nadie puede garantizar que no habría un efecto contagio a Portugal o, mucho peor, a España o Italia", añade Piotr Kaczynski, del Center for European Policy Studies.

 
Pese a los riesgos, las probabilidades de un desenlace fatal crecen cada día. "Es casi imposible salvar a Grecia. Vemos fugas de depósitos, contribuyentes y empresas que retrasan sus pagos, directivos del Fondo Monetario Internacional (FMI) y de la Comisión y periodistas que dejan caer la idea de un Grexit. La economía no puede hacer otra cosa que empeorar", señalaban hace unos meses Peter Boone y Simon Johnson en su documento El fin del euro: una guía de supervivencia.

 
Mientras los rumores y especulaciones crecen día a día, en Atenas reclaman algo de margen para cumplir con sus compromisos. El primer ministro, el conservador Antonis Samarás, ha visitado esta semana Berlín y París para convencer a sus socios de que una caída de Grecia no conviene a nadie. "Si un país se ve forzado a salir de la eurozona, probablemente no sería el último. Así lo verían los mercados", dijo al Bild. La elección no fue casual. Los 12 millones de alemanes que cada día ojean este periódico sensacionalista llevan ya mucho tiempo leyendo que van a tener que pagar los desaguisados causados por los vagos e irresponsables griegos.


Samarás insiste en que no pretende esquivar las reformas a las que se ha comprometido, sino tan solo ganar algo de tiempo para ponerlas en marcha. Con una economía en picado -este año será el quinto consecutivo de recesión-, un desempleo que ha repuntando hasta el 23% y al 55% entre los jóvenes, el Gobierno pide desesperadamente que le concedan dos años más para rebajar el déficit al 3%.
 

Pero el primer ministro se ha dado de bruces con el hartazgo de los líderes europeos tras dos años en los que los dos rescates y la quita concedida este año para el pago de la deuda no han servido para mejorar la situación, sino todo lo contrario. "No es una cuestión de generosidad. Es irresponsable arrojar dinero a un pozo sin fondo", dijo esta semana el poderoso ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schäuble. "Más tiempo suele significar más dinero", ataca de nuevo Schäuble en una entrevista que se publica hoy.

 
En Bruselas nadie oculta la decepción con los anteriores gobernantes, que arrastraban los pies cuando tenían que poner en marcha las reformas pactadas. La fecha clave para decidir el futuro del euro llegará a finales de septiembre o, a principios de octubre, cuando los inspectores de la troika (Comisión Europea, BCE y FMI) hayan finalizado su informe.

 
"Grecia está ahora mejor que hace unos meses. Tiene un Gobierno con una mayoría cómoda y con gente competente, se han identificado las reformas básicas y las privatizaciones, y el déficit antes de pagar los intereses por la deuda mejorará las previsiones de la troika. Pero en lugar de encontrar apoyos, asistimos a una nueva ronda de especulaciones basadas tan solo en clichés", critica Nick Malkutzis, director adjunto de la edición inglesa del periódico Kathimerini. Pero esos rumores y comentarios a media voz ya han hecho mucho daño a la credibilidad griega. "¿Cómo vamos a convencer a los inversores de que acudan a las privatizaciones si no saben qué va a ser de este país en unos meses?", se pregunta este periodista.


Por Luis Doncel Bruselas 25 AGO 2012 - 22:12 CET

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