Los silos del principal granero de Líbano en Beirut quedaron destruidos por las devastadoras explosiones de 2 mil 750 toneladas de nitrato de amonio, las cuales se hallaban almacenadas en el puerto desde 2014. "No hay crisis de pan o harina. Aunque tenemos reservas para menos de un mes, ya vienen en camino naves para cubrir las necesidades", expuso Raoul Nehme, ministro de Economía. Foto Afp

Hay momentos en la historia de una nación que quedan congelados para siempre. Tal vez no sean las peores catástrofes que han abrumado a su gente, ni las más políticas. Sin embargo, capturan la interminable tragedia de una sociedad.

Viene a la mente Pompeya, cuando la confianza y corrupción imperial de Roma fueron abatidas por un acto de Dios, tan calamitoso que a partir de allí podemos contemplar la ruina de los ciudadanos, incluso sus cuerpos. Se necesita una imagen, algo que pueda enfocar nuestra atención por un breve segundo en la locura que yace detrás de una calamidad humana. Líbano acaba de proporcionarnos un momento así.

No son los números lo que importa en este contexto. El sufrimiento de Beirut esta semana no se acerca siquiera a un baño de sangre casual de la guerra civil en el país, ni al salvajismo casi cotidiano de la muerte en Siria, para el caso. Aun si se cuentan sus víctimas totales –de 10 a 60 y a 78 horas después de la tragedia–, apenas si alcanzarían registro en la escala de Richter de la guerra. No fue, al parecer, consecuencia de la guerra, en el sentido directo que ha sugerido uno de los líderes más dementes del mundo.

Lo que se recordará es la iconografía, y lo que todos sabemos que representa. En una tierra que apenas puede lidiar con una pandemia, que existe bajo la sombra del conflicto, que se enfrenta a la hambruna y espera la extinción. Las nubes gemelas sobre Beirut, una de las cuales dio obsceno nacimiento a la otra, monstruosa, jamás serán borradas. Las imágenes del fuego, el estallido y el apocalipsis que los equipos de video recogieron en Beirut se unen a las pinturas medievales que intentan capturar, a través de la imaginación, más que de la tecnología, los terrores de la peste, la guerra, el hambre y la muerte.

Todos sabemos el contexto, claro, el tan importante “trasfondo” sin el cual ningún sufrimiento está completo: un país en bancarrota que ha estado durante generaciones en manos de viejas familias venales, aplastado por sus vecinos, en el que los ricos esclavizan a los pobres y su sociedad es mantenida por el mismo sectarismo que la está destruyendo.

¿Podría haber un reflejo más simbólico de sus pecados que los venenosos explosivos almacenados de manera tan promiscua en el centro mismo de una de sus mayores metrópolis, cuyo primer ministro dice después que los “responsables” –no él, no el gobierno, ténganlo por seguro­– “pagarán el precio”? Y ni aun así han aprendido, ¿o sí?

Y, por supuesto, todos sabemos cómo esta “historia” se desenvolverá en las horas y días siguientes. La incipiente revolución libanesa de los ciudadanos jóvenes y cultivados debe sin duda adquirir nueva fuerza para derrocar a los gobernantes de Líbano, llamarlos a cuentas, construir un Estado moderno, no confesional, a partir de las ruinas de la “república” creada por los franceses en la que se les condenó sin piedad a nacer.

Pues bien, la tragedia en cualquier escala es un mal sustituto del cambio político. La promesa inmediata de Emanuel Macron después de los incendios del martes –que Francia “siempre” estará al lado de la nación baldada que con arrogancia imperial creó hace cien años– fue una de las ironías más punzantes de la tragedia, y no sólo porque el ministro francés del exterior apenas pocos días antes se había lavado las manos de la economía libanesa. Allá por la década de 1990, cuando planeábamos crear un Medio Oriente más después de la anexión de Kuwait por Saddam Hussein, militares estadunidenses (tres en mi caso, en el norte de Irak) empezaron a hablarnos de la “fatiga de la compasión”.

Aunque parezca escandaloso, lo que esto quería decir era que Occidente estaba en peligro de huir del sufrimiento humano. Ya era demasiado: todas esas guerras regionales, año tras año, y vendría un momento en que tendríamos que cerrar las puertas de la generosidad. Tal vez el momento llegó cuando los refugiados de la región comenzaron a marchar por cientos de miles a Europa, prefiriendo nuestra sociedad a la versión ofrecida por el Isis.

Pero regresemos a Líbano, donde la compasión en el terreno podría ser muy escasa. Siempre se puede evocar la perspectiva histórica para escondernos de la onda expansiva de las explosiones, de la nube hongo que se eleva y de la ciudad destrozada. Pompeya, dicen, costó solo 2 mil vidas. ¿Y qué hay del terrible lugar de la propia Beirut en la antigüedad? En el año 551, un terremoto sacudió Beritus, hogar de la flota imperial romana en el Mediterráneo, y destruyó la ciudad entera; según las estadísticas de ese tiempo, murieron 30 mil almas.

Todavía se pueden ver las columnas romanas en el lugar donde cayeron, postradas a escasos 800 metros de la explosión del martes. Incluso podríamos tomar nota de la locura de los antepasados de Líbano. Cuando la marejada se retiró, caminaron en el lecho marino para saquear navíos que habían naufragado tiempo antes… solo para ser engullidos por el tsunami que sobrevino.

Pero, ¿puede cualquier nación moderna –y uso conscientemente la palabra “moderno” en el caso de Líbano– restaurarse en medio de una combinación tan fétida de aflicciones? Aunque ha librado hasta ahora los fallecimientos en masa por Covid-19, el país enfrenta una peste con deplorables medios de auxilio.

Sus bancos se han robado los ahorros de la gente, su gobierno demuestra ser indigno de ese nombre, ya no digamos de sus ciudadanos. Gibrán Jalil, el más cáustico de sus poetas, nos llamó a tener piedad de “la nación cuyo estadista es un zorro, cuyo filósofo es un malabarista y cuyo arte es el arte de parchar e imitar”.

¿A quién pueden imitar los libaneses de hoy día? ¿Quién elegirá a los próximos zorros? Los ejércitos tienen la fama de meterse en los zapatos hechos a la medida de los potentados árabes; Líbano ya intentó eso antes en su historia, con dudosos resultados.

Este martes se nos llama a considerar esta monstruosa explosión como una tragedia nacional –digna, por tanto, de “un día de duelo”, sea cual fuere su significado–, aunque no dejé de advertir, entre aquellos a quienes llamé a Líbano después de lo ocurrido, que algunos señalaban que el sitio de la explosión, y del mayor daño, parecía estar en el sector cristiano de Beirut. Este martes murieron hombres y mujeres de todas las creencias, pero será un horror especial para una de las minorías más grandes del país.

En el pasado, después de numerosas guerras, el mundo –estadunidenses, franceses, la OTAN, la Unión Europea, incluso Irán– ha acordado volver a poner a Líbano de pie. A los estadunidenses y franceses los echaron a fuerza de bombazos suicidas. Pero ¿pueden los extranjeros restaurar una nación que parece irrecuperable?

Hay una opacidad en el lugar, una falta de responsabilidad política que es lo bastante endémica para convertirse en moda. Jamás en la historia de Líbano un atentado político –de presidentes, primeros o ex primeros ministros, parlamentarios o miembros de partidos políticos– ha sido resuelto.

Así pues, he aquí una de las naciones más cultas de la región, con el más talentoso y valiente de los pueblos –y de los más generosos y amables–, bendecida por nieves, montañas, ruinas romanas, excelsa comida, un gran intelecto y una historia milenaria. Y, sin embargo, incapaz de manejar su moneda, suministrar energía eléctrica, curar a sus enfermos o proteger a su pueblo.

¿Cómo es posible que se hayan almacenado durante tantos años 2 mil 700 toneladas de nitrato de amonio en un endeble edificio, después de retirarlas de un navío moldavo de camino a Mozambique en 2014, sin que quienes decidieron dejar este vil material en el centro mismo de su ciudad capital hayan tomado ninguna medida de seguridad?

Y, sin embargo, todos nos quedamos con este infierno colosal y su cancerosa onda blanca de choque, y luego la segunda nube en forma de hongo (no mencionemos ninguna otra). Este es el sustituto de Gibrán Jalil, la inscripción final de todas las guerras. Contiene el vacío del terror que aflige a todos cuantos viven en Medio Oriente. Y, por un instante, del modo más aterrador, el mundo entero lo vio.

Por Robert Fisk | miércoles, 05 ago

© The Independent

Traducción: Jorge Anaya

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Sábado, 21 Abril 2012 12:04

Un debate de vida o muerte

Un debate de vida o muerte
No es uno ni son dos los casos de estudiantes ausentes o con perjuicios para lamentar. Suman muchos más, y no ocurrieron sólo durante 2011. En verdad, las noticias que informan sobre la muerte, mutilaciones u otras graves lesiones entre estudiantes universitarios proceden de años atrás; sin embargo, y a pesar de su gravedad y reiteración, no motivan debate alguno. O preocupación con miras a enfocar la situación, ni entre los grupos estudiantiles ni entre las organizaciones políticas que inciden entre el activismo estudiantil o en general entre la juventud (Ver recuadro). La situación resulta incomprensible frente a un debate sobre los quehaceres particulares, como un gremio define una huelga y mediante qué recursos y cómo la anuncia, que es pertinente y ya demora sin una explicación válida desde los intereses generales, y del mejor presente y futuro mismo de la lucha estudiantil.

Desde este ángulo, hallar un enfoque y una propuesta que alcancen legitimidad obliga por el dolor que produce cada uno de estos sucesos y también por su efecto equívoco de criterios para la propia organización del movimiento estudiantil, así como para el conjunto del movimiento juvenil.

Espacios para la protesta


Para acercarnos y dar un primer paso en el análisis, cabe rememorar que el uso de explosivos de distinto tipo ganó espacio entre la juventud colombiana por motivo de dos circunstancias: una, la violencia que siempre han desplegado los cuerpos antimotines de la Policía Nacional para enfrentar correctamente la protesta ciudadana. Desde hace cinco décadas hay una constante: a cada marcha, a cada protesta, la respuesta es el bolillo, el chorro de agua, las pedradas, para luego pasar a la munición recalzada, a los disparos –son varios los estudiantes asesinados por balas oficiales en medio de las protestas–, a las bombas de ruido; y cuando un joven sufre la desgracia de ser detenido, cae bajo el peso de los golpes, las patadas, el maltrato y los insultos.

Dos, en la calle y en el cuarto del calabozo, el Estado muestra su real catadura: la violencia. Es un proceder oficial que tiene consecuencias por supuesto. Los jóvenes que son agredidos en forma impropia por la Fuerza Pública, al regresar a la calle en una nueva protesta, ya asisten con indisposición deliberada, precaución y preparación. Como afirman el dicho popular: “al perro no lo castran dos veces”.

Una, y dos razones, motivaciones o antecedentes que compelen a los asistentes de una próxima protesta a ir en guardia, con distintos instrumentos de defensa popular, en un hecho que en forma ligera, y en un contexto sostenido, sin reflexionar sobre las particularidades de la situación y el objetivo específico que procede, y acerca de su escenario particular para acercar y ganar más jóvenes e influir sobre sus familias y relacionados.

Presente este alejamiento para relacionar las condiciones de la movilización, aparece un tercer aspecto con relación, derivado y agravante por el sesgo que adopta. Es el referente a los aspectos de idealización del “revolucionario”, con prolongación de la imagen del Che y de Camilo Torres, con quienes –en una forma unilateral frente a la historia y sus vidas– han sido degradados a la simple imagen de guerreros. Una reducción que los despoja de su pensamiento, palabra y vínculo histórico y popular, principal fundamento de su vocación y decisión como combatientes, siempre listos a ofrendar su vida por una causa que aun en medio de la crudeza de los hechos mantuvo un rigor para diferenciar qué acción es conveniente frente a la justicia, y hasta dónde la “violencia necesaria”.

En las condiciones todavía de nuestra situación política y de las características de la naturaleza del poder, muchos estudiantes, muchos jóvenes, idealizan el compromiso de sus vidas con el deseo fácil de que las suyas recorran caminos semejantes. Es decir, en no pocas ocasiones los enfrenamientos con las fuerzas antimotines son vistos como juegos de guerra. Como preparación de una confrontación que ya debiera ser, o que vendrá, y cada manifestación o protesta tiene la tarea de acelerar. Perspectiva tal impone a los individuos y los colectivos concernientes un ejercicio de entrenar y superar el miedo. Valga decir, un enfoque que gana convicción incluso entre jóvenes que no hacen parte ni simpatizan con organizaciones guerrilleras.

Entonces, está por reubicar los hechos, porque la foto con una misma escena se repite y se repite desde hace décadas, y de tanto repetir parece lógica, necesaria e incluso inevitable. A ‘cumplir’, mientras Colombia no cambie esa persistencia de poderes ambiciosos y represivos. Pero falta la pregunta cuya respuesta produce éxitos y gana mentes ¿Cuáles son el momento y las circunstancias de tiempo?, ¿cuáles el territorio, el mensaje y los destinatarios? ¿Es indispensable salir ‘preparado’ –en este caso con explosivos– a cada marcha y cada protesta? La pregunta múltiple procede, ya que la rutina lleva a destacados jóvenes y parte de los activistas estudiantiles a no diferenciar en estos asuntos de importancia. Acostumbrados ya a un ritual sempiterno, no preguntan ni debaten por los detalles; tampoco, por el cuidado del lenguaje y las diferencias entre una y otra protesta según las diferencias de convocatoria.

De este modo, resultan iguales una marcha en la apertura del Foro Social Mundial en Porto Alegre –con un gobierno de izquierda y una manifestación que la encabeza el propio alcalde de la ciudad–, o una jornada antiimperialista contra las bases militares en Quito –sin provocación policial– o una protesta en Bogotá. Y en esta capital, para los actos en cuestión, no es diferente una protesta antes de los gobiernos de izquierda que una bajo su gobierno –aunque tenga aspectos de polémica–, aun con la garantía en algunos momentos y en muchas protestas de que el Esmad no haría presencia, con la actividad, a cambio, dentro de otra imagen de seguridad, del personal de la cultura ciudadana. Al no hacer diferencia, la falta de tacto es notable.

A tal punto llega la generalización de la lectura política, que todos los primeros de mayo dejaron de constituir una jornada de memoria y de fraternidad política del movimiento de los trabajadores para permitir que la provocación oficial los reduzca a una pequeña escaramuza, minimizados a unos cuantos cientos, que en tal cantidad dan ventaja para los discursos del poder nacional contra las luchas objetivas y espantan a la mayoría de la población trabajadora, en los pasos por dar de colectivización de sus reivindicaciones.

En Colombia, en medio de tanta provocación, bolillo, balas y otros recursos de violación del derecho a la protesta ciudadana, y tras décadas de repetición de la escena, sin otra imaginación, ¿sobresale en forma única, necesaria y útil la respuesta con el explosivo? ¿No habrá otras formas para proteger la asistencia de quienes van a la protesta?

La acción militar… desarmada


En el explorar de un enfoque a la hora de repensar las formas de protesta, y el manejo del mensaje político, una primera y la mejor referencia por su autoridad histórica, que no puede descalificarse como “reformista pequeño burgués”, son los indígenas del Cauca. En su caso, en la década de los 80, producto de la violencia que enfrentaban, pero también de la dinámica misma de guerra con desarrollo en sus territorios, llegaron a la conclusión de armarse, y le dieron cuerpo a la fuerza armada que tomó por nombre el de Quintín Lame. Luego de algunos años de acción, que tuvo pocos enfrentamientos de control de territorio, y en la propia dinámica de transformación internacional de los finales de la décadas de los 80 y principios de los 90, dejaron las armas a un lado. Pero no renunciaron a la acción militar, en este caso mediante un recurso pacífico. De este modo, y con uso del análisis y la consulta, conformaron pocos años después la “guardia indígena”, cuerpo con origen colectivo en su decisión, realmente miliciano.

Con el uso de “bastones de mando”, la “guardia indígena” podría contar con no menos de 7.000 hombres y mujeres para la tarea de protegen sus territorios, sus marchas, sus acciones públicas. Como es de pública constatación, en la aplicación de este recurso tiene valor y pesa la disuasión más que la represión, y más que el actuar de individuos con base en notoriedades personales calladas o en los entornos. El mensaje es claro.

Hay opción para los estudiantes y el movimiento juvenil


En general, y con ajustes, y con ventaja frente a la mirada de la ciudadanía en general, el recurso de la “guardia indígena” está disponible para usar en una trayectoria de movilización con la característica estudiantil: actuar en las marchas, protegerlas y garantizarlas con nada más que una guardia que gane el status de tal. Y el resultado puede ser fundamental: garantizar el propósito de cada jornada de protesta, y evitar que las fuerzas oficiales provoquen y lleven al desorden los escenarios de movilización o denuncia. Con novedad, sobresaldría el mensaje para toda la ciudadanía: la violencia procede del Estado, quien no respeta su propia legalidad. La otra y segunda enseñanza procede de los propios estudiantes.

Con necesidad de presionar en varios momentos, en su lucha contra la reforma universitaria durante 2011, sin necesidad de confrontaciones directas con las fuerzas antimotines llevaron su mensaje a todo el país y arrinconaron al gobierno, obligándolo a ceder en sus propósitos. En esta ocasión primó el mensaje al país, lo mismo que los argumentos: sensibilizar a muchos y muchas, demostrar que es posible garantizar un derecho que es genérico. En esa lucha, aunque las fuerzas oficiales provocaron en muchas ocasiones, encontraron el vacío. Así se venció. Ahondar acerca del método para mantener la iniciativa y la fuerza de movilización en su disponibilidad es una obligación para los sectores activos del movimiento. Conviene llevarle otro mensaje al país.

Un paso con este fin, sin embargo, parece no tener claridad todavía. Así quedó reafirmado, y la misma foto se repitió, con la protesta reducida a los disturbios ante la elección del rector en la universidad. Por supuesto, en el marco de la inexistente democracia en el interior de las universidades, y con el monopolio que mantiene el gobierno de la vida y función en los claustros para la educación superior.

De nuevo, y en tiempo reciente, como fruto de la reiteración del método en interrogación, que recayó en su error con un resultado de víctimas fatales, jóvenes muertos, en Tunja y Bogotá, así en este caso perecieran fuera de sus centros de estudio y por fuera de protesta alguna.



Recuadro 1

El lenguaje de la protesta

No cabe duda de que la protesta significa confrontación y de que, en el caso de la política actual, las clases subordinadas antagonizar con el capital directamente o con el Estado. En ese sentido, es falsa la dicotomía entre acciones pacíficas o violentas, pues estos términos siempre han de contextualizarse. Los llamados deportes de contacto, por ejemplo, sujetos a reglas y arbitrajes, son ejercicio sano para unos y ‘salvajismo’ para otros. Ahora, en el caso de la confrontación política clasista, la protesta, si se trata de los subalternos, busca debilitar el poder y obligarlo a tener en consideración los puntos de vista del reclamante; por eso, desde el poder se busca neutralizar la acción del protestante. La forma que asumen esas acciones depende, en lo esencial, de la correlación histórica de las fuerzas de uno y otro, y de su capacidad creativa.

Vistas así las cosas, las inquietudes cambian de dirección y apuntan a que nos preguntemos por la eficacia de la acción, esto es, por cuales son las formas de la confrontación que nos conducen primero a ser escuchados y luego a que nuestros intereses sean satisfechos. Y es allí donde el lenguaje, es decir, la forma que asume la protesta, juega un papel fundamental, pues ha de tener en cuenta dos tipos de receptores: de un lado, los que deben atender al reclamante, o sea, el antagonista, y, del otro, aquellos de los que se busca comprensión, solidaridad o identidad para la acción. Los plantones, los desnudos, las marchas, las huelgas y la confrontación abierta han sido manifestaciones de protesta durante mucho tiempo, pero es de su oportunidad y su eco de donde debe venir su juicio y su elección, no de su forma en sí. Idealizar alguna, realizarla porque sí o porque siempre se ha hecho de esa manera, es dejar la acción política en el campo de la costumbre y lo irracional.

Como en muchas cosas, hemos abandonado la iniciativa y permitido que la inercia y lo establecido dirijan nuestros pasos. Es hora de entender que de la imaginación en la acción depende el ser escuchados por aquellos que queremos de nuestro lado. No es hora de la improvisación sino de la organización, y, si bien los gestos espontáneos y desprendidos pueden conmovernos, no es ciertamente la hora paras dejarles lo más importante al azar o a la heroicidad.


Recuadro 2


No debió suceder

Los más recientes hechos al respecto son contundentes: al amanecer del 25 de marzo de 2012, tres estudiantes de la Universidad Pedagógica de Bogotá murieron al sufrir el estallido de la pólvora que preparaban en la fabricación de ‘papas’ explosivas. Y uno más sufrió heridas de consideración. La casa donde preparaban el material explosivo quedó con el efecto de unos graves destrozos, y su familia en shock y sin posibilidad de proseguir una vida normal y con el vecindario en conmoción*.

Pocos días antes, el 20 de marzo, en medio de protestas escenificadas alrededor de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Tunja, por el estallido incontrolado de ‘papas bombas’ perdió la vida Edwin Ricardo Molina Anzola. Otros de sus compañeros, Cristian Rodrigo Alvarado, Jorge Galvis Saavedra y Carlos Fabián Chaparro, aunque no murieron sí sufrieron lesiones de distinta consideración: Carlos Fabián, amputación de un pie; Cristian Rodrigo, pérdida de un ojo, y Jorge amputación de las falanges distales de un pie. Con tristeza, y no “como resultado de la lucha” y “el compromiso” es un recuento no total. Hay otros estudiantes mutilados o muertos en circunstancias similares: el 12 de octubre de 2011 murió Gian Farid Shang Lugo, estudiante de medicina de la Universidad Santiago de Cali, tras la detonación de unas ‘papas’ bomba que portaba. Los estudiantes denuncian que la bomba “fue lanzada sobre él desde un puente peatonal”. En el mismo caso resultó herido Sergio Garzón Díaz, de 18 años.

El 30 de marzo de 2011, en la Universidad de Nariño, Andrés Arteaga Ceballos, Claudia Vanesa Calvache y Luis Guillermo Hernández y dos estudiantes más quedaron heridos. El 2 de septiembre de 2010 hubo un herido por la manipulación de explosivos en la refriega que ocurrió en la Universidad Nacional, sede Medellín. El 6 de marzo de 2009, un estallido de explosivos ocurrió en Pereira, dentro de las Universidad Tecnológica, y afectó a los estudiantes Jorge Andrés Idárraga Tobón, quien perdió su mano izquierda; a Mauricio Arango Castaño, de 20 años, y también a Juan Manuel Marín Ángel, quienes sufrieron lesiones en una mano y el rostro.

* Los fallecidos fueron identificados como Daniel Andrés Garzón Riveros (22 años), Óscar Arpos (19 años), Zaida (20 años) y Ricardo Alfonso Garzón (20 años).
Publicado enEdición 179
Adén, 28 de marzo. Una serie de explosiones en una fábrica de balas en el sur de Yemen dejó hoy por lo menos 110 muertos, cuando residentes ingresaron a robar municiones en la sureña provincia de Abyan, asaltada el domingo por presuntos militantes de Al Qaeda.

Al parecer, indicó Reuters, militantes de Al Qaeda expulsaron a las fuerzas del gobierno de la localidad de Jaar, provinca de Abyan.

Naser Mansari, funcionario de la provincia de Abyan, informó que 55 cadáveres fueron identificados. La mayoría de las víctimas, entre ellas 20 mujeres y algunos niños, fueron enterradas casi de inmediato, según la tradición musulmana, agregó.

Las víctimas eran civiles que entraron a la fábrica para tratar de recuperar armas y municiones un día después de una operación de Al Qaeda, que atacó esta unidad de producción militar y se llevaron cajas de municiones, añadió.

El comando de Al Qaeda, integrado por unos 30 encapuchados, embarcó las cajas de municiones a bordo de cuatro camionetas antes de abandonar el lugar.

Testigos dijeron que los estallidos, posiblemente provocados por un cigarrillo, causaron un gran incendio en la fábrica.

Este accidente es una verdadera catástrofe, declaró un médico.

La planta, heredada de la era soviética, cuando la ex república de Yemen del Sur era aliada de Moscú, producía balas para los fusiles de asalto Kalashnikov.

La portación de armas es una especie de deporte nacional en Yemen, cuya población es de 24 millones de habitantes y el número de armas es estimado en 70 millones de unidades.

La situación en la provincia de Abyan ilustra el escaso control que ejerce el poder central del presidente Alí Abdalá Saleh en importantes regiones del país, según algunos analistas.

Saleh reconoció implícitamente ante dirigentes de su partido, el Congreso Popular General, que no controlaba todo el país. También aludió a la escasez de gas y combustible en la capital, al señalar que hay carreteras bloqueadas por los opositores y los rebeldes.

Saleh, aliado de Estados Unidos, lucha por mantenerse en el poder después de dos meses de revueltas. Es presidente de Yemen desde hace 32 años.

Reuters y Afp
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Martes, 15 Marzo 2011 14:51

Japón. La amenaza nuclear

El riesgo a una catástrofe nuclear alcanzó una nueva dimensión en Japón, después de que otra explosión en la planta de Fukushima 1 dañara por primera vez la coraza de uno de los reactores. La compañía administradora de la central, Tepco, calificó la situación "muy grave". El viento, que durante toda la jornada sopló en dirección sur, arrastró la radiación hasta Tokio, donde se suspendieron los vuelos internacionales. Muchos habitantes de la metrópoli, con una población de 35 millones, comenzaron a abandonar la capital. Una nueva réplica de 6 grados en la escala de Richter sacudió la ciudad de Shizuoka.
 
Las fallas en la planta Fukushima 1, dañada por el terremoto del viernes, aumentaron y en el reactor 2, el violento aumento de la presión hizo estallar partes de la edificación. Mientras que en el reactor 4 se registró un incendio, que pudo ser sofocado poco después.
 
En la pared externa de la estructura se podían ver dos agujeros de ocho metros cuadrados de dimensión, según la agencia de seguridad nuclear del Ministerio de Industria nipón. Por su parte, un portavoz de Tepco repitió que no se puede descartar una fusión de núcleo en el complejo de Fukushima I. Por eso, la compañía administradora ordenó evacuar al personal de las salas de control de la usina.
 
Las informaciones sobre los daños en los reactores seguían siendo en general incompletas. El portavoz gubernamental Yukio Edano señaló que la explosión en el bloque 2 había dañado "probablemente" la coraza del reactor. En ese reactor se redujo la cantidad de expertos que trabajan en los daños de 800 a 50, agregó.
 
Por otra parte, en los reactores 1 y 3 se habían registrado ya el sábado y el lunes explosiones de hidrógeno. Los accidentes dañaron la parte externa de las plantas, pero no el contenedor interno de los reactores, según el gobierno. Ahora hay que mantener en marcha la refrigeración de las centrales, señaló Edano.
 
La radiactivad alcanzó un nivel alarmante cerca a la planta de Fukushima. "Hablamos ahora de una exposición a radiación que puede poner en peligro la salud humana", dijo Edano. En algunas zonas de la central se midió una radiación de 400 milisievert, un valor que supera el límite impuesto para un año en 400 veces.
 
Las autoridades han pedido a los habitantes en un radio de 20 kilómetros alrededor de Fukushima 1 y en uno de diez kilómetros alrededor de Fukushima 2 que abandonen la zona.
 
Los preparativos para la evacuación empezaron en tres prefecturas alrededor de la central. El gobierno japonés puso a disposición en una primera medida unos 368 millones de dólares para las ayudas de emergencia en todo el país.
 
En Tokio, en tanto, se registró una radiación 22 veces mayor de lo normal, informó NHK. Muchos habitantes de la metrópoli, con una población de 35 millones, se han puesto en marcha en dirección al sur del país por miedo a las consecuencias de una catástrofe nuclear, según el canal.
 
El gobierno advirtió sobre los posibles daños para la salud. En Fukushima, las fuerzas de rescate seguían en tanto intentando refrigerar los reactores con agua de mar.
 
Hasta ahora no hay informaciones sobre el motivo del incendio en el reactor 4. Según el portavoz Edano, las barras de combustible almacenadas ahí no pueden haberse quemado. El bloque había sido desactivado antes del terremoto para trabajos de mantenimiento.
 
Mientras se intentaba apagar el fuego, el reactor estuvo en peligro de perder el sistema de refrigeración. Las barras de combustible podrían llevar el agua a ebullición y evaporarla, citó Kyodo datos de Tepco.
 
La cifra oficial de muertos por el terremoto y el tsunami subió a 2.722, según informaciones de la policía citadas por la agencia de noticias Kyodo. Las autoridades, sin embargo, temen que hasta 10.000 personas puedan haber muerto tras el sismo de magnitud 9,0 Richter y el posterior tsunami del viernes.

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Sábado, 19 Junio 2010 08:57

Colombia. Buscan a 50 mineros atrapados

En lo que podría convertirse en una de las peores tragedias mineras de Colombia, las autoridades  recuperaron  hasta ayer 18 cadáveres después de una explosión en un socavón de carbón y afirmaron que son “mínimas” las posibilidades de que otros 50 trabajadores atrapados en la mina estén vivos.

La explosión, atribuida inicialmente a una acumulación de gas metano, se produjo el miércoles por la noche en la mina San Fernando, situada en el municipio de Amagá, departamento de Antioquia, unos 240 kilómetros al noroeste de Bogotá.

“Es muy difícil que después de más de 32 horas haya sobrevivientes, por la acumulación de gases en la mina”, indicó Luz Amanda Pulido, directora de la Oficina para la Prevención y Atención de Desastres, del Ministerio del Interior.

“Ojalá estuvieran vivos todos y por respeto a las familias, que conservan hasta última hora la esperanza (...), pero las probabilidades son mínimas”, aseguró la funcionaria.

A pesar de que los cuerpos de los mineros recuperados quedaron calcinados, 16 ya fueron plenamente identificados y sus familiares preparaban ayer los funerales.

El presidente  Álvaro Uribe calificó el suceso como una “tragedia muy grande” y el viaje que tenía previsto realizar ayer a la zona lo postergó para hoy. EFE / AP
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Jueves, 27 Enero 2011 06:22

Colombia.Tragedia minera

El cielo aclaraba y los obreros, como todos los días antes de las siete, buscaban la luz del sol después de tres horas de oscuridad y sudor en el interior de la mina. Afuera, el desayuno echaba humo y otro grupo de mineros esperaba la señal para entrar a arrancarle carbón a la tierra de Norte de Santander, provincia colombiana fronteriza con Venezuela donde más de la mitad de sus ciudades se dedican a la minería. Los niveles de gas metano, sin que nadie sospechara, subían y subían y, entonces, la explosión. En la bocamina, cuatro hombres volaron por los cielos y se convirtieron en los primeros cuerpos sin vida recuperados. Anoche los cuerpos rescatados llegaban a 14. Otros siete mineros quedaban en el interior y todo indicaba que ninguno habría sobrevivido.

Mina La Preciosa. Sector San Roque. Municipio de Sardinata. 6.30 de la mañana. Catorce muertos. Cinco heridos. Siete mineros aún sin rescatar. Atmósfera de zozobra, le cuenta Mariza Fernández a Página/12 por un teléfono celular que ayer repicó como nunca. La mujer coordina el grupo de Trabajo Regional de Norte de Santander para el Instituto Colombiano de Geología y Minería (Ingeominas). Cansada y con la esperanza de recuperar todos los cadáveres la noche del miércoles, Marisa informa que en las primeras exploraciones, el grupo de socorristas logró la ubicación de los mineros. “No hay sobrevivientes. Ya está determinado”, responde pausada explicando que por la fuerza de la explosión hasta los milagros son imposibles en La Preciosa. “Presumimos que se trató de gas metano, pero las investigaciones sobre la causa inician cuando los cadáveres estén en superficie.”

El Ingeominas es el encargado de otorgar las licencias de explotación minera y supervisar las condiciones de seguridad, bastante cuestionadas ahora, cuando una vez más decenas de obreros mueren en accidentes que según expertos pueden evitarse si la seguridad es apropiada. Sin embargo, la principal crítica a la minería colombiana actual es su acelerado crecimiento en los años del gobierno del ex presidente Alvaro Uribe. De 2002 a 2009, se pasó de un millón de hectáreas concesionadas a la explotación minera a 8,5 millones.

En pequeñas y artesanales excavaciones como La Preciosa ocurren las peores tragedias. Allí mismo, 36 personas fallecieron en un accidente similar en 2007; y a unos pocos metros, en la mina San Roque, también hubo una explosión fatal con seis víctimas en octubre de 2010. Por eso Mariza Fernández visitó la zona a finales del año pasado. “Comprobamos las condiciones. Hoy ésta es una mina legal. La parte administrativa está al día”, aclara la funcionaria con el mismo convencimiento con que el ministro de Minas, Carlos Rodado, afirmó que en el país “las minas tienen un riguroso control y una vigilancia extrema por parte de Ingeominas”. Rodado también anunció que La Preciosa estará cerrada indefinidamente, lo que sumó más dolor a la comunidad de la Sardinata. Después de llorar y enterrar a sus muertos, los pobladores no tendrán dónde trabajar, de qué vivir, qué comer.

La pobreza, la guerra y el miedo que se viven en amplia parte del territorio colombiano son otras de las razones que complican la minería. Las FARC y los paramilitares ocupan con frecuencia áreas de explotación minera por las rentas económicas y con ellos llegan las masacres y el terror. También, las comunidades negras e indígenas en zonas nativas son afectadas por la minería de la guerrilla y los para, y, claro, por la legal. Muchas compañías presionan para que no sean consultados los lugareños y la protesta social es prácticamente impedida. A esto se suma que las leyes son poco claras sobre qué zonas se pueden explotar. El impacto ambiental es otro tema: los empresarios, no el gobierno o entidades ambientales, son los que determinan los efectos negativos de la explotación minera y ellos mismos diseñan el plan para mitigarlos.

Las licencias, sin embargo, se siguen entregando día a día en Ingeominas. A su director y al ministro de Minas, la parlamentaria Lucero Cortés citó ayer a debate “para que expliquen las acciones y para evitar casos como el de Sardinata”. Qué pasará y quién dará más por una nueva ley de minería está por verse en los pasillos del Congreso y los ricos agujeros donde el año pasado se produjeron 75 millones de toneladas de carbón y un centenar de mineros murieron en accidentes.

Desde La Preciosa, Armando Silva le cuenta a este diario que “el ambiente es lamentable. Es inexplicable el dolor que se puede sentir”. Al amanecer, Armando, secretario de Gobierno de Sardinata, se apresuró a llegar al lugar en una comitiva del Ejército, la Cruz Roja, la Defensa Civil y rescatistas que, al cierre de este diario, continuaba escarbando en busca de cadáveres. A su alrededor, en la oscuridad y tras el cordón anaranjado, un grupo de mujeres esperaba para identificar a sus maridos, sosteniendo aún las bolsas de comida que los mineros ya no probarán.

Por Katalina Vásquez Guzmán
Página/12 En Colombia
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