Contra-amor, poliamor, relaciones abiertas y sexo casual. Reflexiones de lesbianas de Abya Yala

Desde la voz, pensamiento y experiencias de lesbianas contra amorosas y poliamorosas, Norma Mogrovejo rflexiona sobre la insurgencia a normas que controlan y privatizan el cuerpo y la sexualidad de las mujeres. El discurso del amor romántico ha fogcitado al movimiento homosexual y las lesbianas radicalizan la práctica cotidiana cuestionando a las instituciones que siguen traficando con ellas (el amor, el matrimonio, la familia, el parentesco).

 

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Entre lo sagrado y lo profano se tejen rebeldías Arte feminista latinoamericano

Como todas las reflexiones, acciones y creaciones feministas, el artivismo de las mujeres es una respuesta que confronta la realidad porque sus preguntas brotan de ella. Por lo tanto, Julia Antivilo en este libro nos propone analizar las respuestas que las mujeres han dado a la violencia feminicida, la autorepresentación ante el borramiento constante de su historia y la burla de las visiones acabadas de lo que debe ser una mujer (por ejemplo, la subversión de los estereotipos educadores a la sumisión y represión del deseo de las mujeres en los medios masivos de comunicación y la publicidad).

 

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Catherine Deneuve, en el festival de Cannes de 2015.

 

En Hollywood, el movimiento Time’s Up, apoyado por más de 300 actrices, logró teñir de negro la ceremonia de los Globos de Oro en protesta contra las agresiones sexuales. En Francia, un colectivo formado por un centenar de artistas e intelectuales tomó este martes la dirección contraria al firmar un manifiesto opuesto al clima de “puritanismo” sexual que habría desatado el caso Weinstein. La tribuna, publicada en el diario Le Monde, está firmada por conocidas personalidades de la cultura francesa, como la actriz Catherine Deneuve, la escritora Catherine Millet, la cantante Ingrid Caven, la editora Joëlle Losfeld, la cineasta Brigitte Sy, la artista Gloria Friedmann o la ilustradora Stéphanie Blake.

“La violación es un crimen. Pero la seducción insistente o torpe no es un delito, ni la galantería una agresión machista”, afirman las autoras de este manifiesto. “Desde el caso Weinstein se ha producido una toma de conciencia sobre la violencia sexual ejercida contra las mujeres, especialmente en el marco profesional, donde ciertos hombres abusan de su poder. Eso era necesario. Pero esta liberación de la palabra se transforma en lo contrario: se nos ordena hablar como es debido y callarnos lo que moleste, y quienes se niegan a plegarse ante esas órdenes son vistas como traidoras y cómplices”, defienden las firmantes, que lamentan que se haya convertido a las mujeres en “pobres indefensas bajo el control de demonios falócratas”.

Entre las impulsoras del manifiesto se hallan personalidades que ya habían expresado opiniones opuestas a este movimiento, cuando no abiertamente contrarias a ciertas luchas del feminismo. Por ejemplo, la filósofa Peggy Sastre, autora de un ensayo titulado La dominación masculina no existe, o la escritora Abnousse Shalmani, que en septiembre firmó una columna donde describía el feminismo como un nuevo totalitarismo. “El feminismo se ha convertido en un estalinismo con todo su arsenal: acusación, ostracismo, condena”, dijo en el semanario Marianne. Por su parte, la periodista Élisabeth Lévy ha tildado de “infecto” el movimiento iniciado por etiquetas como #MeToo o #balancetonporc (“denuncia a tu cerdo”). En un registro más moderado, Deneuve también se opuso a este fenómeno a finales de octubre. “No creo que sea la forma más adecuada de cambiar las cosas. ¿Después qué vendrá? ¿'Denuncia a tu puta'? Son términos muy excesivos. Y, sobre todo, creo que no resuelven el problema”, declaró entonces. También Millet, crítica de arte y autora del relato autobiográfico La vida sexual de Catherine M., se ha opuesto repetidamente a un feminismo “exacerbado y agresivo”.

Las firmantes aseguran que las denuncias registradas en las redes sociales se asimilan a “una campaña de delaciones y acusaciones públicas hacia individuos a los que no se deja la posibilidad de responder o de defenderse”. “Esta justicia expeditiva ya tiene sus víctimas: hombres sancionados en el ejercicio de su oficio, obligados a dimitir [...] por haber tocado una rodilla, intentado dar un beso, hablado de cosas intimas en una cena profesional o enviado mensajes con connotaciones sexuales a una mujer que no sentía una atracción recíproca”, dicen en la tribuna. También advierten el regreso de una “moral victoriana” oculta bajo “esta fiebre por enviar a los cerdos al matadero”, que no beneficiaría la emancipación de las mujeres, sino que estaría al servicio “de los intereses de los enemigos de la libertad sexual, como los extremistas religiosos”.

 

Efectos en la cultura

 

El manifiesto alerta también sobre las repercusiones que este nuevo clima podría tener en la producción cultural. “Algunos editores nos han pedido [...] que hagamos a nuestros personajes masculinos menos 'sexistas', que hablemos de sexualidad y amor con menos desmesura o que convirtamos 'los traumas padecidos por los personajes femeninos' en más explícitos”, denuncian las firmantes, oponiéndose también a la reciente censura de un desnudo de Egon Schiele en el metro de Londres, a la petición de retirar un cuadro de Balthus de una muestra del Metropolitan de Nueva York o a las manifestaciones contra una retrospectiva dedicada a la obra Roman Polanski en París.

“El filósofo Ruwen Ogien defendió la libertad de ofender como algo indispensable para la creación artística. De la misma manera, nosotras defendemos una libertad de importunar, indispensable para la libertad sexual”, suscriben las cien firmantes del manifiesto. “Como mujeres, no nos reconocemos en este feminismo que, más allá de la denuncia de los abusos de poder, toma el rostro del odio a los hombres y a la sexualidad”, concluyen. El texto generó este martes malestar entre las asociaciones feministas en Francia, que lo atacaron en las redes sociales. “Indignante. A contracorriente de la toma de conciencia actual, algunas mujeres defienden la impunidad de los agresores y atacan a las feministas”, declaró la asociación Osez le féminisme.

 

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Viernes, 05 Enero 2018 06:13

Patriarcado, Madre Tierra y feminismos

Credit: Getty Images

 

Cuidar el medio ambiente o la Madre Tierra es cosa de mujeres, según un reciente estudio de la revista de divulgación Scientific American publicado a fines de diciembre, donde se destaca que las mujeres han superado a los hombres en el campo de la acción ambiental; en todos los grupos de edad y países (goo.gl/yW6U3v).

El artículo titulado Los hombres resisten el comportamiento verde como poco masculino, llega a esa conclusión luego de haber realizado una amplia encuesta entre 2 mil hombres y mujeres estadunidenses y chinos. El estudio afirma que para los varones actitudes tan elementales como utilizar bolsas de lona para hacer las compras en vez de las de plástico es considerado poco masculino.

El trabajo está enfocado en el marketing, con el objetivo de conseguir que los varones se sientan masculinos aún comprando artículos verdes, con lo que llega a conclusiones penosas como que los hombres que se sienten seguros en su hombría se sienten más cómodos comprando verde.

Sin embargo, consigue rastrear algunos comportamientos que permiten ir algo más allá, en el sentido de comprender cómo el patriarcado es una de las principales causas del deterioro ambiental del planeta. Donald Trump no es una excepción, al negar el cambio climático y alentar actitudes destructivas, desde las guerras hasta el consumismo.

Propongo tres miradas que pueden ser complementarias y que afectan al mundo de los varones, no para que adoptemos actitudes políticamente correctas (con sus dosis de cinismo y doble discurso), sino para aportar al proceso de emancipación colectiva de los pueblos.

La primera se relaciona con el capitalismo de guerra o acumulación por despojo/cuarta guerra mundial que sufrimos actualmente. Este viraje del sistema, que se ha acelerado en la última década, no sólo provoca más guerras y violencias sino un profundo cambio cultural: la proliferación de los machos alfa, desde los mandamases de los grandes y poderosos estados, hasta los machos altaneros de las barriadas que pretenden marcar sus territorios y, por supuesto, a sus dominados y, sobre todo, dominadas.

Sacar músculo geopolítico permite posicionarse en este periodo de decadencia del imperio hegemónico. Que se complementa con la aparición de infinidad de machitos alfa en los territorios de los sectores populares, donde narcos y paramilitares pretenden sustituir al cura, al comisario y al padre de familia en el control de la vida cotidiana de los de abajo.

La segunda mirada viene insinuada en el estudio citado, cuando concluye que las mujeres tienden a vivir un estilo de vida más ecológico, ya que desperdician menos, reciclan más y dejan una huella de carbono más pequeña (goo.gl/yW6U3v).

Esto se relaciona directamente con la reproducción, que es el punto ciego de las revoluciones, empeñadas en un productivismo a ultranza para, supuestamente, sobrepasar a los países capitalistas. La producción fabril y el obrero industrial han sido piezas centrales en la construcción del mundo nuevo, desde Marx en adelante. En paralelo, la reproducción y el papel de las mujeres han sido siempre desconsiderados.

No podemos combatir el capitalismo ni el patriarcado, ni cuidar del medio ambiente ni de nuestros hijos e hijas, sin instalarnos en la reproducción que es, precisamente, el cuidado de la vida. Entiendo que la reproducción puede ser también cuestión de varones, pero eso requiere una política explícita en esa dirección, como señalan las comandantas que convocan el encuentro de mujeres en el caracol Morelia.

Como dice el comunicado de convocatoria del Primer Encuentro Internacional, Político, Artístico, Deportivo y Cultural de las Mujeres que Luchan, los varones zapatistas se encargarán de la cocina y de limpiar y de lo que se necesite (goo.gl/MeFoUU).

¿Acaso esas tareas son menos revolucionarias que estar parado en un templete bajando línea (como decimos en el sur)? Nos dan menos visibilidad, pero son las tareas oscuras que hacen posible las grandes acciones. Para involucrarnos en la reproducción, los varones necesitamos un fuerte ejercicio para limitar nuestro ego, más aún si se trata de un ego revolucionario.

La tercera es quizá la más importante: ¿qué podemos aprender los varones heterosexuales y de izquierda de los movimientos feministas y de mujeres?

Lo primero sería reconocer que las mujeres avanzaron mucho más que nosotros en las últimas décadas. O sea, ser un poco más humildes, escuchar, preguntar, aprender a hacernos a un lado, a guardar silencio para que se escuchen otras voces. Una de las cuestiones que podemos aprender es cómo ellas se han puesto de pie sin vanguardias ni aparatos jerárquicos, sin comités centrales y sin necesidad de ocupar el gobierno estatal.

¿Cómo lo hicieron? Pues organizándose entre ellas, entre iguales. Trabajando al patriarca interior: al padre, al dirigente bien hablado, al caudillo. Esto es bien interesante, porque las mujeres que luchan no están reproduciendo los mismos roles que combaten, ya que no se trata de sustituir un opresor por una opresora, ni un opresor de derecha por un opresor de izquierda. Por eso digo que avanzaron mucho.

La segunda cuestión que podemos aprender es que la política, en grande, en escenarios bien iluminados y mediáticos, con programas, estrategias y discursos grandilocuentes, no es más que la reproducción del sistema dominante. Ellas han politizado la vida cotidiana, el cocinar, la cocina, el cuidar a los hijos e hijas, las artes de tejer y de sanar, entre tantas otras. Creer que todo esto es poco importante, que existen jerarquías entre unas y otras dimensiones, es similar a seguir buscando machos alfa que nos emancipen.

Seguramente hay muchas otras cuestiones que podemos aprender de los movimientos de mujeres, que ignoro o que aún debemos descubrir. Lo que importa no es tener la respuesta ya preparada, sino tallarnos en sencillez y humildad para aprender de este maravilloso movimiento de mujeres que está cambiando el mundo.

 

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Martes, 05 Diciembre 2017 17:03

Luna llena de Honduras

Luna llena de Honduras

 

La luna roja de diciembre por la ventana
(llena en la noche larga)
sonríe por sus adentros.
Las corridas furtivas del toque de queda
la llenan de orgullo.

 

 

 

Nadie lo sabe pero en Honduras
se prepara el mejor café de Centroamérica
y las mujeres salen a la calle
para vender rábanos y lanzar consignas
defienden hijas y mueren por montones
Son lencas y la luna les sonríe porque ama el agua
son chortís, garífunas, mestizas
todas tienen niñas ancestrales en el río Gualcarque.
Son las que resisten a las masacres
y están locas, locas de pinturas y versos.

 

¿Puede una copla lo que la prensa calla?
En el universo de neón de las noches urbanas del norte
las pantallas titilan en la nada
de pronto es caliente el trópico a oscuras
las ametralladoras erizan la piel de miedo.
Los cuerpos de agua de la luna roja
se van secretos porque el ejército dispara
en los ojos de una muchachita en el torso de un hermano
son cuerpos de mujeres y cargan antorchas
por las calles de Tegucigalpa.

 

 

Inmensas, unen el fuego del norte y el agua del sur
las que piden favores a la luna
y gritan se enojan se ríen a carcajadas
desparajientas.

 

Nadie lo sabe pero la tierra de Honduras
es la más firme del istmo que corre de Belice a Panamá
roca que congrega el magma de sus hermanas.
La prensa calle que Honduras no es un portaviones
no es una estrategia geopolítica
no es sólo maquila. Honduras es una pacifista
que se viste de guerra como su Morazán
y cultiva zanahorias, se enfrenta a la palma de aceite
a la riqueza que empobrece.
La luna roja de diciembre descansa en la roca firme de Honduras.

Francesca Gargallo Celentani
2 de diciembre de 2017

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La experiencia de la comunicación feminista en los barrios populares

Recorrer los barrios populares de Bogotá a partir de la práctica comunicativa popular feminista. La Voz de la Mujer un trabajo que parte del amor como certeza de vida propicia escenarios de participación política para las mujeres desde la autogestión, la autonomía y la sororidad.

 

Hace algunos años tomé una decisión que definitivamente cambio mi existencia: Estudiar Licenciatura en Ciencias Sociales en la Universidad Pedagógica Nacional. Por fortuna logré acceder a la educación pública apenas termine el bachillerato. Este hecho significó un cambio abrupto y agresivo para mi vida. Pues, debido a la precaria educación que recibí en los colegios públicos llegué a la Universidad con muchísimos vacíos, que más de una vez provocaron ruborizarme y hacerme sentir insegura de mi misma. La entrada a la universidad me expulsó de la burbuja de mi casa, me situó en un lugar llamado Bogotá que hace parte de Colombia, y a su vez de América del Sur por no ir más allá.

En la Universidad aprendí que no estoy sola en este lugar, y que este lugar ya tiene un camino recorrido antes de mi existencia. Aprendí que la educación no es la mera acción mecánica de reproducir un conocimiento, sino que es una de las herramientas más poderosas que tenemos para que existamos seres libres, autocríticos y cambiantes de su propia realidad. Esto no solo lo aprendí en el aula de clase, sino en los rincones de la Universidad, debatiendo opiniones y lecturas con mis amigos y compañeros de carrera o no, muchas veces alrededor de un cigarrillo, una botella de Old John o simplemente en el hueco entre clases.

Aprendí que la vida es para darla. Ser profe implica ofrecer toda tu existencia, tu razón y tus sentimientos para los otros, no con el ánimo de iluminarlos, sino con la voluntad de construirnos mutuamente y aportar desde la reflexión constante formas diferentes de percibir y actuar frente a la vida. Que la educación no se limita a la escuela, este es un muy estrecho escenario, limitante, segregador, excluyente, elitista y no representa las formas y los lugares en donde milenariamente se han construido los conocimientos de nuestros pueblos. Prefiero hablar de la plaza de mercado, la casa cultural del barrio, el parque, la fábrica, el campo, la tulpa, la calle, lugares donde se han construido los saberes que nos han permitido continuar cotidianamente y cuestionarnos nuestra forma de vida dentro de un sistema económico consumista.

Otro de los cambios fundamentales que atravesaron mi forma de percibir la vida, fue cuando conocí el feminismo. Sí... Ese término tan cuestionado y desvalorizado el cual me permitió comprender lo que implica ser mujer diversa dentro de esta sociedad. Más aún, vislumbrar que es ser mujer latinoamericana, pobre, futura docente. Entendí que me atraviesa por el cuerpo a mí y a todos y todas no solo el capitalismo como sistema económico, sino también el hetero-patriarcado como sustento cultural de dominación, que nos dice que solo pueden existir hombres y mujeres con patrones, determinando formas impuestas de ser, estar, en esta sociedad que reproduce el sistema de consumo de cuerpos y mercancías.

Entendí que es muy importante cambiar nuestras relaciones con las otras personas, aspecto que se consigue en nuestro diario vivir. La cotidianidad, que no estamos determinados por nuestro físico, no somos lo que dicen nuestros genitales, somos lo que sentimos y nos hace feliz, lo que nos deja ser y sentirnos bien con nosotrxs mismxs. Comprendí, los valores del feminismo como el cuidado, el autocuidado, la sororidad que significa el amor y la comprensión entre los seres, reconociendo el amor que podemos brindar, más allá de la envidia, egoísmos y competencias individuales entre géneros, característica del patriarcado.

En este camino conocí a mis compañeras, mujeres jóvenes como yo, con ganas de cambiar este mundo de mentira y plástico. Empezamos a reunirnos para discutir temas que creíamos importantes, en ese momento entendimos la importancia de mostrar nuestra voz, lo que pensábamos de nosotras y de esta sociedad que nos excluye. Ahí fue cuando conformamos un medio de comunicación alternativo llamado La Voz de la Mujer, recordando las compañeras argentinas del siglo XIX que levantaron la voz en contra de la explotación obrera y sexual por parte de sus patronos y compañeros. Ellas, que decidieron entrar a la confrontación política y cotidiana sin dios, ni patrón, ni marido, siendo ellas mismas levantando su propia voz por los derechos de todas las mujeres.

Empezamos con un boletín mensual, siempre desde la autonomía y la autogestión es decir con las uñas, pero con una necesidad de trabajar con la gente de los barrios que nos movía las entrañas; quisimos salir de los muros de la Universidad y de la Escuela para encontrarnos con escenarios como las Huerta de Unir, o La Adelita, El salón comunal Quintas de Usme, el programa de radio Barrio Adentro, la plaza de mercado de Las Cruces y de Techotiba, o también la hermosa y auto gestionada casa cultural El Trébol en el Barrio Ciudad de Cali, además del lindo y libertario Rincón Cultural El Caracol.

A partir de nuestras escuelas de formación interna, pudimos profundizar en todas las ideas que teníamos. Entendimos lo importante que es la comunicación, el voz a voz, el poder escuchar a las y los otros, entenderlos, pero también visibilizar esas voces, porque muchas dicen la verdad, quieren expresar y otras necesitan denunciar.

Quisimos poner a disposición de la gente pero especialmente para las mujeres un Medio de Comunicación Popular Feminista (CPF) acompañado de escenarios de Educación Popular como los Talleres de Arte en Comunidad con los niños y niñas en el Barrio Quintas de Usme, La Escuela de CPF Las Voces de Techotiba en el Rincón Cultural El Caracol escenario de proyecciones y encuentro con mujeres de la localidad en el cual dio como resultado una cartilla digital de CPF junto a muchas más compañeras y el Colectivo Violetas del Sur. Además, de una Galería Fotográfica en apoyo al Proceso de Liberación de La Madre Tierra en el Norte del Cauca.

Este camino ha sido un permanente y constante proceso de aprendizaje: brindar y recibir. Con los compañeros indígenas y otras compañeras llevamos a cabo un muy bonito programa de radio en la plaza de mercado de Kennedy, en el que pudimos hablar de la liberación de Uma Kiwe. La plaza de mercado como lo había mencionado es un escenario que creemos supremamente importante porque en él se encuentran saberes que nos pueden ayudar a curar diversas enfermedades a partir de la medicina natural, en donde se apoya a los campesinos, a la gente del común. Un lugar que quieren acabar las grandes empresas de mercado en la ciudad como Éxito, Carulla, etcétera.

Así mismo, la placita es un escenario de encuentro, en donde los conocimientos del campo llegan a la ciudad, así los citadinos podemos tener un poquito de eso que se vive allá, el decir y recibir unas palabras, el compartir un alimento, ofreciendo siempre lo mejor de sí para con los demás.

Nuestra colectiva, desde la práctica comunicativa ya sea escrita a partir de escenarios de opinión virtual, el boletín físico para el barrio, el fanzine para el toque, los diferentes programas radiales, y los eventos sociales, hemos pretendido darle eco a las voces de las mujeres que nos pensamos una vida diferente, que deseamos y luchamos para que todas y todos logremos el derecho de gozar las mismas oportunidades en todos los aspectos de nuestras vidas, desarrollar nuestra conciencia y capacidad de gobernar nuestras propias vidas, exigir que no gobiernen nuestros cuerpos.

Nosotras La Voz de la Mujer entramos al escenario de la comunicación para hacer visibles las voces de las y los excluidos. De las mujeres y hombres nuevos que a partir del amor como certeza de vida, decidimos entrar a la confrontación y transformar desde nuestra práctica cotidiana las condiciones en las que nos han obligado a vivir.

Publicado enEdición Nº241
La científica Marie Curie, modelo para la emancipación femenina

Un viejo teléfono, una lámpara verde y un pesado escritorio de madera: el tiempo parece haberse detenido en el despacho de Marie Curie, de cuyo nacimiento se cumplieron 150 años ayer. El cuarto de altos ventanales en el que trabajó la famosa científica es parte del Museo Curie, ubicado en el distrito V de París. Al lado está su laboratorio químico privado, con vistas a un pequeño jardín. El museo, algo escondido, es sobre todo para amantes de la ciencia.

Pero a tan sólo cinco minutos se encuentra el Panteón, que con motivo de este aniversario dedicó una exposición a la premio Nobel de Física y Química. Por allí pasan cada año unos 600 mil visitantes, pues es el lugar en el que Francia rinde homenaje a los héroes de la nación. Son sobre todo hombres, como los filósofos Voltaire y Jean-Jacques Rousseau o los escritores Víctor Hugo y Émile Zola. Pero desde 1995 también reposan allí los restos de Marie Curie (1867-1934) y de su esposo, Pierre Curie (1859-1906).

"Es la científica más famosa del mundo", apunta Nathalie Huchette, responsable de la exposición. "Es la única mujer que consiguió dos premios Nobel".

En 1903 le fue concedido el Nobel de Física junto a su marido y al francés Antoine-Henri Becquerel por el descubrimiento e investigación de la radiactividad. En realidad el comité iba a otorgárselo sólo a Becquerel y Pierre Curie, pero este último peleó para que también Marie fuera reconocida.

En 1911, ya en solitario, la científica de origen polaco recibió el Nobel de Química por haber descubierto el radio. Fue la primera mujer en ser reconocida en el Panteón por sus logros y tuvieron que pasar dos décadas hasta que se concedió ese honor a Geneviève de Gaulle-Anthonioz y Germaine Tillion, luchadoras de la resistencia. “Destacó en un mundo de hombres. Abrió un camino para las mujeres.

"Fue un modelo para la emancipación femenina", explica Huchette. Tras la prematura muerte de Pierre en un accidente, en 1906, tuvo que luchar sola contra muchos prejuicios.

Campañas de difamación

"Era mujer y extranjera, por lo que no fue muy bien recibida en Francia en 1910 y 1911. Fue objeto de campañas de difamación en la prensa conservadora y de extrema derecha. Y no fue aceptada en la Academia de las Ciencias".

Maria Sklodowska nació en Varsovia en el seno de una familia de maestros. Fue la pequeña de cinco hermanos y su madre murió cuando todavía era una niña. Durante años trabajó para ayudar a una de sus hermanas a estudiar en París, a cambio de que después ella hiciera lo mismo por Marie.

La futura premio Nobel llegó a la capital francesa con 24 años y allí estudio física, química y matemáticas.

Conoció a Pierre en 1894 y la ciencia los unió en el laboratorio y en la vida. Trabajaron juntos y tuvieron dos hijas: Irène y Ève. La primera también se dedicó a la ciencia, se casó con un asistente de Marie, Frédéric Joliot, y juntos ganaron el Nobel de Química en 1935. Durante la Primera Guerra Mundial, Madame Curie y su hija Irène pusieron en marcha un servicio de unidades móviles de radiografía que pasaron a llamarse las "pequeñas Curie". La radiactividad que descubrió fue posiblemente la que provocó su muerte, en 1934, debido a las prolongadas exposiciones a materiales radiactivos, sobre cuyos efectos adversos no se sabía entonces tanto.

Tampoco su Polonia natal la olvidó en este aniversario. Allí se celebraron exposiciones y actos culturales en varias ciudades, mientras la Universidad de Varsovia organizó una conferencia científica.

La Universidad Curie de Lublin también le rindió homenaje y en la capital se colocó una corona de flores ayer ante el monumento que recuerda al matrimonio.

La economista Mercedes D'Alessandro.

 

La economista Mercedes D'Alessandro es la impulsora del portal Economía Femini(s)ta, que ha conseguido situar la economía con perspectiva de género en la agenda pública latinoamericana y ganarse las redes sociales

"La asimétrica distribución del trabajo doméstico no remunerado es el tema central que explica que sucedan todas las discriminaciones económicas hacia las mujeres"

 

Es una de las economistas feministas que más repercusión ha tenido en los últimos años. Mercedes D'Alessandro, argentina, doctora en Economía, profesora en varias universidades y divulgadora económica, lanzó en 2015 el portal Economía Femini(s)ta. La página web, que se nutre del trabajo de un equipo de economistas, pero también de expertas de otras disciplinas, ha conseguido situar la economía con perspectiva de género en la agenda pública latinoamericana y ganarse las redes sociales. D'Alessandro, que vive en Nueva York, ha publicado recientemente Economía Feminista. Cómo construir una sociedad igualitaria (sin perder el glamour).

 

En los últimos dos años ha habido muchas movilizaciones de mujeres en diferentes partes del mundo. Aunque cada país tiene sus características, parece claro que hay una serie de problemas que les suceden a las mujeres en todas partes. ¿Cómo es posible que la brecha salarial, el techo de cristal o la precariedad sean nuestro día a día en todo el mundo?

Hay un tema central que explica que sucedan todos los demás: la asimétrica distribución del trabajo doméstico no remunerado. Son estas tareas del hogar, como limpiar, hacer las compras, cocinar y cuidar a niños, niñas y adultos, las que recaen mayoritariamente en las mujeres. Y no son tareas que lleven cinco o diez minutos. En Argentina, por ejemplo, dedican un promedio de seis horas diarias. Estamos hablando de que hay un montón de trabajo no remunerado que aparece dentro de la esfera de lo privado y lo personal pero que, sin embargo, es fundamental para que funcione el sistema productivo en el que vivimos. Alguien que tiene que ir a trabajar todos los días necesita todas estas tareas resueltas.

Esto es algo que culturalmente las mujeres hemos llevado adelante. En la generación de nuestras madres y abuelas las profesionales eran la excepción y no la regla, el resto eran amas de casa. Hoy el ama de casa de los 60 full time (a tiempo completo) es algo que ha quedado fuera de la dinámica pero la sociedad nos sigue tratando así.

 

¿Nos trata así y por eso nos considera trabajadoras de segunda?

Cuando una mira por qué hay brecha salarial suele encontrar que, por un lado, las mujeres eligen tareas que pagan peor, ligadas a los cuidados. Por otro lado, trabajamos menos horas en el mercado, especialmente las mujeres que son madres. En todas las economías vemos que cuando las mujeres empiezan a tener hijos dejan de trabajar remuneradamente y se quedan en los hogares, eso les hace perder sus carreras profesionales, toman medias jornadas, no les ofrecen ascensos o mayores responsabilidades... Por eso, el tema central tiene que ver con la asimetría de los cuidados y con una cultura que asigna eso a las mujeres.

Podemos decir entonces que la economía se ha construido sobre un modelo que ha ignorado una parte de la realidad.

Exacto. Hay una economista estadounidense que dice que el capitalismo tiene un socio oculto: la mujer que realiza los trabajos domésticos no remunerados porque realiza los trabajos indispensables para que el sistema funcione sin ningún tipo de retribución.

 

¿Y hasta qué punto es el capitalismo un aliado necesario del patriarcado, de que esta sea la situación de las mujeres? Usted misma dice que ninguno de los modelos económicos han tenido en cuenta esta parte de la realidad.

El problema es que el capitalismo y las luchas feministas si bien nos beneficiaron en el sentido de que somos más independientes, por ejemplo, al mismo tiempo nos incluye en un sistema de trabajo que no es el paraíso de nadie, ni de mujeres ni de varones, y al que entramos además en desigualdad de condiciones.

En Argentina, y es algo recurrente en toda América Latina, la mayoría de mujeres que trabajan lo hacen como empleadas domésticas. Es decir, una mujer de clase media que tiene ingresos y una vida profesional lo hace dejando una vacante en sus tareas del hogar y lo que hace es contratar a otra mujer para que las haga. Ahí tenemos un problema porque las mujeres profesionales hoy se pueden liberar de las tareas del hogar a costa de contratar a otras mujeres, en general, en condiciones muy malas. La forma de avanzar de unas mujeres es a costa de que otras tengan trabajos mal pagados.

 

Entonces algo falla en la ecuación, ¿son los hombres, que no asumen su parte de los cuidados?

Dentro de casa no hace falta una ley para que las tareas se distribuyan de forma más homogénea. Pero necesitamos que el Estado se comprometa y que, por ejemplo, la gente pueda acceder a guarderías o jardines de infancia, a espacios de escolarización, de recreo, a geriátricos... Esto facilita muchísimo la inserción laboral de las mujeres.

 

Muchas expertas hablan de que vivimos una crisis global de cuidados que puede ir a peor. ¿Cree que existe esa crisis?

Sí, absolutamente. No hay una suficiente provisión de servicios públicos de cuidados. Las personas que tienen que apelar a esos servicios terminan haciéndolo a servicios mercantilizados que suelen emplear a personas con pésimas condiciones. La única forma de acceder a ellos es que estén precarizados y mal pagados. Es muy importante, primero, reconocer que existen estos trabajos porque no hay estadísticas públicas sobre esto. En la mayoría de países no se miden los trabajos de cuidados y es muy difícil que a la hora de planear políticas se tomen en cuenta variables que influyan en los presupuestos y programas. Si no se visibiliza y cuantifica un problema, tampoco aparece como algo a solucionar. Los cuidados quedan fuera de lo que la economía toma como propio.

 

Sin embargo, mientras algunos organismos internacionales publican informes sobre los efectos positivos en la economía que tendría que más mujeres trabajaran, ¿no es una trampa que mientras vivimos en sociedades así nos empujen a un mercado laboral que nos maltrata?

Claro, el problema es que esto acaba derivando en una doble jornada laboral, dentro y fuera del hogar. La economista argentina Valeria Esquivel habla de la pobreza de tiempo. Con las encuestas de uso del tiempo muestra que las mujeres más pobres dedican siete horas a los trabajos pagados y otra siete a los no pagados, es decir, 14 horas de trabajo. Realmente estas jornadas afectan al tiempo libre y de descanso y esto genera una pobreza que no tiene que ver solo con el dinero.

Muchas economistas feministas plantean el problema de la sostenibilidad de la vida, para qué se vive, el objetivo es generar ganancia o generar bienestar. Cuando una mujer quiere participar políticamente de alguna manera o comprometerse se le suma una tercera jornada laboral. Las sindicalistas suelen decirnos que no llegan a las reuniones porque tienen jornadas de ocho horas, dos horas de ida y vuelta a casa, tienen que correr a la escuela a por los chicos... Los varones tienden mucho a hacer networking y en esos ámbitos las mujeres o llegan tarde o nunca llegan.

 

Habla de la falta de indicadores y estadísticas y de que eso es un problema. Plantea también la necesidad de incluir indicadores económicos LGTBIQ. ¿Qué sería necesario medir?

Por ejemplo, en un distrito de Buenos Aires se hizo una prueba piloto en la población trans. Se encontraron cosas interesantísimas: de 400 personas solo el 1% tiene un trabajo formal y solo el 2% terminó la educación universitaria. Y es diferente la situación de los varones trans que la de las mujeres trans. Resulta que en Argentina se llevó adelante la ley de cupo laboral trans para obligar al Estado a contratarlas. Pero no hay personas que cumplan con los requisitos que pidió el Estado para formar parte del cupo, es decir, estás generando una ley que no permite a las personas destinatarias acceder a ella. Lo que está invisibilizado en los datos está invisibilizado en las políticas.

 

En Economía Femini(s)ta han puesto en marcha la iniciativa Menstruacción, ¿en qué consiste?

Consiste en tres puntos: pedir la eliminación de los impuestos a estos productos –tampones, toallitas y copas menstruales– que en Argentina es del 21% porque consideramos que es un bien de primera necesidad que toda mujer va a necesitar comprar. Pedimos provisión gratuita para las personas de bajos recursos porque anualmente pueden suponer unos 100 dólares, y mejorar las investigaciones sobre el tema, porque en los últimos años ha habido estudios que han encontrado rastros de glifosatos y no puede ser que no tengamos más información sobre los efectos que pueden tener. La campaña también apunta a desestigmatizar, a mostrar que la menstruación es parte de nuestra experiencia cotidiana y que acceder a estos productos es una cuestión de salud.

 

Y volviendo al principio, a los paros de mujeres y las protestas por la brecha salarial, la violencia de género, los cuidados, la Women's March... ¿cree que es el inicio de un proceso irreversible en el sentido de que estos temas están ya en la agenda como quizá nunca lo habían estado?

Yo soy optimista. Hay muchas cosas resonando, muchas mujeres y varones que se dieron cuenta de algo y que a partir de ahí cambiaron su forma de concebir las cosas. Culturalmente hay un antes y un después, hay un fervor feminista que no había desde hacía mucho tiempo. No podemos decir que es la primera vez en la historia que sucede porque eso sería olvidarnos de toda la lucha que ha habido en el pasado, pero sí hay una nueva efervescencia. Lo que sí hay también son gobiernos muy conservadores.

Todas las cosas que hemos ganado en luchas anteriores se tambalean a veces, con lo cual no podemos dormirnos y descansar en que muchas gentes usen remeras (camisetas) que dicen feministas. Tenemos que seguir muy atentas porque cada conquista cuesta mucho mantenerla. Y hay un tema que va más allá que es la violencia de género, que tiene una parte de violencia económica muy importante: muchas mujeres no se pueden ir del hogar porque no tienen a dónde, no tienen trabajo, no tienen recursos.

 

 

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Feminismo comunitario-Bolivia. Un feminismo útil para la lucha de los pueblos

 

El feminismo comunitario no es una teoría, es una acción política que se nombra, pero por supuesto hemos aprendido que además de luchar por el territorio, además de luchar en las calles, hay que luchar en el territorio de las palabras, hay que disputar la hegemonía de los sentidos y significados del pensamiento eurocéntrico.

 

El feminismo comunitario fue parido en Bolivia dentro del proceso de cambio llevado adelante por un pueblo que quiere vivir con dignidad, un pueblo que está cuestionando al sistema patriarcal, capitalista, neoliberal, colonial, transnacional, un pueblo comprometido con la despatriarcalización, la descolonización y la autonomía. El feminismo comunitario no es una teoría, es una acción política que se nombra pero, por supuesto, hemos aprendido que además de luchar por el territorio, además de luchar en las calles, hay que luchar en el territorio de las palabras, hay que disputar la hegemonía de los sentidos y significados del pensamiento eurocéntrico. Consecuentes con esa lucha, nos llamamos feministas y construimos nuestros propios conceptos como un acto de autonomía epistemológica.

El feminismo comunitario hoy es un movimiento en Abya Yala que articula a hermanas de Argentina, Chile, Bolivia y México; es entonces una herramienta de articulación y lucha. Desde este feminismo que construimos cada día, creemos que sería injusto hablar de un movimiento feminista en América Latina y el Caribe, sí podemos hablar de colectivos y organizaciones, también de académicas y “estudiosas” que, en conjunto, no han logrado articularse pues siguen construyendo desde un feminismo colonizado y colonizante, sobre categorías insuficientes y fragmentadas, haciendo luchas temáticas, por los derechos, por la diversidad, por la inclusión, alejándose de la lucha contra el sistema. Hablamos de un feminismo que, al dejar de nombrar y de ver al patriarcado, o al reducirlo a la relación de los hombres hacia las mujeres, ha perdido la perspectiva revolucionaria y se ha vuelto funcional a éste.

Establecemos que, en la actualidad, no hay un movimiento feminista, hecho que hemos constatado en el XIII Encuentro Feminista de América Latina y el Caribe EFLAC, realizado en Perú en noviembre de 2014 desde la institucionalidad de las ONGs. Encuentro al cual asistimos evidenciando la carencia no sólo de propuestas sino de rebeldía y capacidad de soñar. Creemos que es posible identificar algunos de los desafíos que hoy convocan a las feministas que decidan asumir la responsabilidad política de luchar contra el sistema patriarcal. Descolonizar el feminismo Para el feminismo comunitario el feminismo es la lucha de cualquier mujer, en cualquier parte del mundo, en cualquier tiempo de la historia, que lucha, se rebela y propone ante un patriarcado que la oprime o que pretende oprimirla.

Entonces, descolonizar el feminismo es dejar de pensar, únicamente, desde los parámetros y categorías del feminismo eurocéntrico o de fechas como la revolución Francesa, porque han demostrado ser insuficientes y se han encerrado en un sistema de derechos que, en realidad, encubre los privilegios de unas y unos pocos frente a las opresiones de las mayorías. Descolonizar el feminismo es dejar de pensar desde la dicotomía del colonizador y el colonizado, es dejar de asumir el tiempo como lineal y el pensamiento como superador de las luchas, la clase como explicación suficiente y la posmodernidad como proyecto político.

Descolonizar el feminismo es volver a mirar al patriarcado en su complejidad. Para el feminismo comunitario el patriarcado es el sistema de todas las opresiones, no es un sistema más, es el sistema que oprime a la humanidad (mujeres, hombres y personas intersexuales) y a la naturaleza, construido históricamente y todos los días sobre el cuerpo de las mujeres. Descolonizar el feminismo ha sido, para nosotras, pensarnos frente al patriarcado recuperando la memoria larga de nuestros pueblos aymaras, huicholes, quechuas, mapuches, tzotziles, tzeltales, para construir un proyecto político de sociedad y de mundo, la comunidad y la comunidad de comunidades. Un desafío para el feminismo es dejar de dar solamente cuenta de las opresiones.

No basta un feminismo de las explicaciones, hay que proponer y construir un proyecto político, esto implica reconocer que ser negra, ser lesbiana, ser joven, ser indígena, es una posición política pero no un proyecto político de mundo, que es lo que los pueblos en lucha demandamos hoy. Superar sus categorías y las formas sectarias de sus luchas No podemos seguir asumiendo que el feminismo se reduce a la equidad de género, a la igualdad, a la diferencia o a la lucha por los derechos, cuando los pueblos en América Latina y el Caribe luchan por otra forma de vida, en Bolivia por el Vivir bien.

Superar las categorías del feminismo que ven la realidad segmentada y nos asumen a las mujeres como un tema entre tantos temas, un sector entre tantos sectores, que quiere incluirse en el sistema, es otro desafío. Esto implica, entonces, superar la visión de gueto, de superioridad, de lucha feminista desarticulada de la lucha de los pueblos. Sólo en la lucha con nuestros pueblos podemos aportar a visibilizar al patriarcado como el sistema de opresiones, hay que poner el cuerpo y no conformarnos con el colectivo, el performance o la academia.

 
Un feminismo útil para la lucha de los pueblos

 

Todo esto tiene que ver con el desafío mayor, construir un feminismo útil para la lucha de pueblos de los que somos parte, que reposiciona la discusión sobre el aborto en el campo de la autonomía y la descolonización del cuerpo y la sexualidad; que desmonta la maternidad en esclavitud y soledad con la crianza comunitaria como responsabilidad con la vida; un feminismo que, reconociendo en el trabajo impagado de las mujeres en el hogar la constitución misma del capitalismo, construya un modelo económico que no redite la explotación de nadie ni de la naturaleza. Un feminismo que construya modelos de recuperación de los recursos, circulación de los productos y convivencia con la naturaleza para Vivir bien.

El feminismo comunitario ha encarado estos desafíos, hablamos desde un feminismo descolonizado, hemos construido conceptos, categorías y acciones útiles para desmontar el patriarcado y tenemos como propuesta la comunidad como forma de vida que se construye cada día y que es, a la vez, la forma de garantizar que el patriarcado no se recicle. Desde este camino, y sabiendo que es necesario hacer un movimiento feminista regional y mundial, convocamos al Primer Encuentro de Feminismo desde los Pueblos que se realizará en Bolivia el 2016, porque no hemos dejado de soñar y porque sabemos que los sueños se construyen cada día en comunidad.

 

Fuente: http://conlaa.com/feminismo-comunitario-bolivia-feminismo-util-para-la-lucha-de-los-pueblos/

 

Sobre la autora:

Adriana Guzmán Arroyo. Transgresora, rebelde, intensamente luchadora contra el patriarcado y la heterónoma. Es sin duda creadora de vida y sueños utopías. No calla las hipocresías del sistema ni tampoco sus ideas contundentes y revolucionarias. Desde las organizaciones sociales es reconocida por sus estudios y su experiencia política en Educación Popular, Ciencias de la Educación y Feminismo, herramientas que fortalecen la energía del Feminismo Comunitario. Nació en La Paz, Bolivia, hija de Amparo, nieta de Teresa y Elena, y creadora de Diana y Julia. Estudió Ciencias de la Educación en la Universidad Mayor de San Andrés, Bolivia. Fue parte de los movimientos sociales que enfrentaron la masacre del gas el 2003.

 

 

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Viernes, 08 Septiembre 2017 07:35

Amor & Feminismo

Amor & Feminismo

 

Del feminismo aprendimos a cuestionar lo heredado y a analizar críticamente el presente, nunca esperamos un manual sobre cómo querer. En manos de cada una está la posibilidad de conseguirlo, y en la de todas, luchar porque sea más fácil.

 

He vivido en espacios contraculturales, como okupas, y he formado –y formo– parte de eso que se llama difusamente “movimientos sociales” en el entorno de la autonomía política. En esos espacios, he estado rodeada de gente que se cuestionaba las relaciones amorosas “tradicionales” casi como imperativo vital.

He sido testigo de relaciones abiertas, tríos amorosos, relaciones simultáneas –eso que ahora llaman poliamor– y otras variables de relación donde se podía repensar cada una de las cuestiones que se supone que vienen asociadas a ese dispositivo social que llamamos “amor”, o que llamamos “pareja”. He tenido entre mis brazos a un amigo triste que necesitaba consuelo porque su novia se había ido de vacaciones con otra mujer que era la novia de su novia. He visto a gente luchar contra los celos, o mentirse a sí misma diciendo que no los sentía. He tenido que fingir que no me importase que mi novio –compañero, decimos– me hablase de su último ligue.

Lo he pasado algo mal y algo he aprendido de estas experiencias. Por supuesto, he conocido también a parejas felices que compartían amantes sin ningún tipo de problema.

Quizás esta matemática de los cuerpos es la parte más folclórica y llamativa del todo el asunto. La parte difícil era la de construir día a día relaciones duraderas poniendo en cuestión los roles sociales asignados y los que cada uno acaba asumiendo en la pareja; la de intentar respetar los espacios de cada cual en un compromiso virtuoso sin dependencias obscenas ni sentirse abandonado en los momentos difíciles; o la de construir interacciones igualitarias, sin regodearse en la capacidad de dominio que te proporciona el que alguien te necesite. Amarse, al fin, con libertad, pero al mismo tiempo, apoyo, compromiso, mutua responsabilidad.

Eso ha sido infinitamente más difícil. Una amiga sabia de aquel tiempo siempre me decía que habíamos derribado todos los muros, habíamos puesto todo en cuestión, habíamos deconstruido el amor y las relaciones, pero no pudimos conseguir un modelo alternativo sólido o sostenible. (Mi amiga ahora está en un matrimonio bastante convencional. Tiene un marido celoso. Lo lleva regular).

 

Lo que aprendimos en esa época, lo aprendimos del feminismo

 

En buena parte, todas estas experiencias estaban marcadas por las enseñanzas del feminismo, también por un cierto influjo de la liberación del deseo y de la puesta en cuestión de los roles de género que aportaban las luchas LGTBI. Si jugábamos en fiestas y talleres a actuar con el género cambiado, o si convivíamos con transexuales que hacían relatos espectaculares y profundos de sus transiciones, estos roles se evidenciaban más claramente en su condición de performance.

Del feminismo aprendimos, por ejemplo, que emanciparnos como mujeres solo se podría lograr si nos desprendíamos del ideal del amor romántico. Aquí cada una hizo su camino. Para muchas, entre las que me cuento, esto no significaba dejar de enamorarse o de disfrutar de las emociones que provoca el enamoramiento por más que estén “históricamente determinadas” o “socialmente construidas”. Quería decir cosas como que tu felicidad en la relación es más importante que la relación misma, por más intensidad que te recorra. Que si no te hace feliz estar con esa persona, pues la relación no sirve.

Que el amor no es suficiente para sostener nada, hace falta componerse de esas otras mil maneras que hacen posible la vida en común. Que el amor no puede ser jamás una relación de dominio ni un intento de control sobre el otro por más miedo que te dé perder a esa persona. Y no siempre es fácil, claro. A veces nos sentimos tan solas, somos tan frágiles. En esa época, aprendimos cómo estaban vinculados el amor romántico y la violencia en la pareja. Pocos obstáculos hay tan grandes para la igualdad de la mujer –y la felicidad humana en general– como el modelo tradicional de romance, donde los celos, la necesidad de posesión y el ser a través de la vinculación con el otro están tan relacionados con la reproducción de la violencia machista. Sin embargo, esos roles patriarcales, como dice bell hooks, pueden ser asumidos también por mujeres tanto en parejas homosexuales como heterosexuales cuando usan ese amor para someter y dominar.

La idea que subyace es que la manera en la que se ha construido socialmente ese sentimiento legitima cosas como leer los mensajes del móvil de nuestra pareja o utilizar la violencia “pasional”. Aunque hemos avanzado mucho, resulta alarmante cuánta gente todavía piensa que los celos son una expresión de amor. Dice hooks: “Por amor” las mujeres nos aferramos a situaciones de maltrato, abuso y explotación. Somos capaces de humillarnos ‘por amor’ y, a la vez, de presumir de nuestra intensa capacidad de amar”. Por supuesto, en el día a día, pareja, amor y condiciones materiales de existencia tejen su propia red. Cuando muchas mujeres además dejan sus trabajos para dedicarse a las tareas de cuidado y del hogar, se generan dependencias económicas que a veces atan más que el ideal romántico.

 

El amor tiene más formas que las nubes

 

Somos frágiles, a veces, nos sentimos tan solas. Decía. El feminismo nos habló de interdependencia. El ideal de persona independiente del capitalismo liberal no sirve y además invisibiliza toda la trama de cuidados –pagados o no– que sostienen esas vidas. Nadie puede vivir sin ayuda de otros, ya sea en la enfermedad, o en situaciones difíciles, ya sea en determinados momentos de la vida: infancia, vejez. También hay muchas personas con diversidad funcional que necesitan a otras. Por no decir qué tipo de vida sería una, donde no sostenerse nunca en nadie significaría no apoyar tampoco a los demás.

No existe, pero tampoco es deseable. No es deseable pagar por todo lo que necesitamos ni está al alcance de todas las clases sociales. (Así como tampoco es justo que cuidar recaiga en las mujeres ya sea retribuido o “por amor”.) Por eso, somos frágiles, como toda vida humana. Por eso, seguimos formando familias, y todavía la mayoría son nucleares –papá, mamá, hijos– aunque cada vez menos.

En aquel entonces, hablábamos de comunidades alternativas. La okupación nos permitía sentir que teníamos una especie de familia elegida porque convivíamos intensamente con otros. Decíamos: “sororidad”, o “amistades fuertes capaces de conformar redes de cuidados”. La pareja no es imprescindible, existen vínculos afectivos que pueden sustituirla. O al menos, concluíamos, hacernos más fuertes frente a dependencias amorosas que pueden llegar a ser dañinas.

De todas formas, el modelo convivencial –elegir con quién vives, vivir con amigos– por cómo se organiza el mercado de la vivienda es difícilmente generalizable. Tampoco es sencillo. De aquel tiempo quedan amigos, pero un tanto por ciento muy pequeño. Y la familia, que en algún momento nos pudo pesar, sigue sosteniéndonos. Algún que otro colega redescubrió a su familia cuando tuvo que irse a vivir con los padres durante la crisis. Pese a todos los cambios, la institución familiar resiste. Muta de innumerables maneras, se adapta, pero ahí sigue. Todavía funciona a su manera porque no parece que hayamos encontrado una manera de sustituirla.

Aun así, sabemos que la familia nuclear o patriarcal –papá, mamá, niños–, e incluso sus variantes homosexuales, puede ser un pozo de profundas insatisfacciones. Sobre todo cuando se cierra sobre sí misma, y sirve para reforzar la autoridad paterna, la dependencia femenina y de los hijos. Sin embargo, también constituye un refugio para el viento helado de la individuación capitalista.

 

El amor en los tiempos de Tinder

 

Así, aunque la familia nuclear esté en crisis no es porque esté dando lugar masivamente a nuevas comunidades alternativas basadas en otro tipo de vínculos, sino a algo más parecido a un individualismo exacerbado. Cambiar la dependencia de la pareja por la independencia del mercado no parece una alternativa emancipadora. Cada vez hay más divorcios y menos relaciones a largo plazo, pero más singles –como estilo de vida–, y la pareja se vive culturalmente como un estorbo a la libertad personal más que como un apoyo en las propias dificultades. Algunas feministas como Arlie Russell Hochschild hablan no solo de mercantilización de los cuidados, sino de mercantilización de la propia vida íntima, de la vida familiar y de las emociones.

El compromiso de por vida también está siendo sustituido por los valores de mercado: novedad, reemplazo continuo, miedo al aburrimiento y a la repetición. Como dice Eva Illouz, las antiguas exigencias de fidelidad o compromiso entran en contradicción con el culto a la intensidad de la experiencia siempre nueva. No es extraño así que para algunas personas el mito del amor romántico pueda constituir incluso una suerte de refugio en busca de autenticidad o estabilidad. Quizás por eso este mito siga teniendo tanto protagonismo en los productos de la industria cultural. Que los cambios culturales impulsados por las feministas sean también funcionales a nuevos nichos de mercado es una de las contradicciones con las que tenemos que convivir.

En el capitalismo contemporáneo, las libertades conquistadas producen valor. Las feministas caminamos por el filo de estas contradicciones sin un plano tratando de construir vínculos duraderos y compromisos en libertad que nos hagan felices. Del feminismo aprendimos a cuestionarnos lo heredado y a analizar críticamente el presente, nunca esperamos un mapa detallado o un manual de instrucciones sobre cómo amar.

En manos de cada una está la posibilidad de conseguirlo, y en la de todas, luchar porque eso sea más fácil en una sociedad más justa e igualitaria.

 

 

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