Domingo, 06 Agosto 2017 06:40

La revolución cotidiana

La revolución cotidiana

La revolución sandinista trastocó los roles de género en Nicaragua y nutrió al movimiento feminista. Pero el Frente Sandinista estuvo dispuesto a negociar el cuerpo, la vida, la salud de las mujeres para complacer a la jerarquía católica, afirma la socióloga María Teresa Blandón. La fundadora del programa feminista La Corriente dialogó con Brecha acerca de la revolución en su país, sus claroscuros, su presente y el lugar que la mujer ha venido ocupando en la sociedad nicaragüense.

 

Wuppertal, ciudad natal de Friedrich Engels, fue la sede de la escuela de verano “La cultura del sandinismo en Nicaragua. Teorías y testimonios”, organizada por la Universidad de Wuppertal del 17 al 20 de julio, en la que se dieron cita nicaragüenses participantes en la revolución sandinista y académicos europeos y americanos que estudian el sandinismo. Una de las ponencias más celebradas del congreso fue la titulada “El movimiento de mujeres de Nicaragua, memoria colectiva de muchas revoluciones”, que realizara la socióloga María Teresa Blandón.


Esta mujer de 56 años se “inauguró” en la revolución sandinista siendo una muchacha joven. Durante muchos años trabajó con campesinos y a partir de finales de la década del 80 se dedicó a la construcción del movimiento de mujeres en Nicaragua. “Soy profesora, también soy investigadora y sigo siendo parte activa del movimiento feminista de mi país. Esa sigue siendo mi apuesta”, dice.


—El mundo tuvo su ojo puesto en Nicaragua durante un largo período. Mucha gente de diversos lugares de América y Europa fue a Nicaragua a aportar a la revolución sandinista, que se volvió una esperanza para América Latina. Treinta y ocho años después, ¿cómo podemos entender el fenómeno del sandinismo? ¿O hay varios sandinismos?


—Yo creo que ahora hay varios sandinismos. Es más, creo que siempre hubo varios sandinismos. Uno que intentaba recuperar la herencia de Sandino, que quería ser continuador pero ir más allá del propio Sandino, un líder agrarista y antimperialista, tomar de él esta apuesta nacionalista por el campesinado. Luego hubo otro sandinismo, que se desligó de Sandino y que se acercó mucho a los postulados de la revolución cubana, que básicamente no tenía nada que ver con Sandino. Ese sandinismo fue el que se instaló en la década de la revolución. Y luego creo que hubo otro sandinismo que quiso ir un poco más allá, con otro nivel de radicalidad, más influenciado por el marxismo, que no tuvo mucha cabida.


De cualquier manera, el sandinismo de aquella época sí tenía claro que el derrocamiento de la dictadura era la tarea nacional para poder hacer cambios, y, al menos en un primer momento, que se quería construir un Estado que fuera capaz de transformar las estructuras desiguales de poder y de construir una sociedad más justa e igualitaria. Ese fue el sandinismo que inspiró a miles de jóvenes –hombres y mujeres– a participar en esa revolución. Por ser antimperialista, por tener un discurso que reivindicaba la justicia, la emancipación de las mujeres, la revolución sandinista parecía ser una propuesta que convocaba básicamente a todos los pueblos de América Latina, de manera que esta revolución también era una revolución del continente. Ahora mismo también hay varios sandinismos. Un sandinismo oportunista que es el que está en el gobierno, y un sandinismo de la diáspora, que es el que intenta recuperar lo mejor de la tradición y de la lucha sandinistas.


—¿Cómo entró usted en esta revolución?


—Yo comencé a participar a los 17 años, justo con el triunfo de la revolución. Venía de una tradición cristiana, de una familia cristiana, estaba involucrada en tareas que tenían que ver con la caridad cristiana, algo que le pasó a muchas de las personas que después militaron en el Frente Sandinista, siguiendo esta conexión entre la compasión, la caridad y la indignación por las injusticias sociales.


—De no haber sucedido el sandinismo y la revolución, ¿cómo sería Nicaragua hoy?


—Estaría muy mal. Nosotros tuvimos una dictadura de 43 años. Y una dictadura no es sólo lo que hacen los dictadores, es lo que enseñan, lo que ayudan a instalar en el imaginario social, en las dinámicas sociales. Entonces, éramos un pueblo, una sociedad muy dócil, muy sometida, muy conservadora, muy llena de miedos, donde la gente del campo –sobre todo la gente pobre del campo– era profundamente despreciada. Y donde el Estado, la Iglesia Católica y los señores feudales tenían un poder omnímodo sobre la gente. Una sociedad con un orden autoritario y desigual donde la gente tenía miedo de decir lo que pensaba, una sociedad terriblemente injusta. Y con los Somoza eso no podría haber cambiado. Seguiríamos en un estado de sometimiento. Iba a decir “seguiríamos estando en la pobreza”, pero en realidad todavía somos muy pobres. Culturalmente seríamos una sociedad infinitamente más oprimida.


La revolución movió mucha energía, la rebeldía, la noción de derechos y con eso la noción de ciudadanos, de ciudadanas. Eso no es poca cosa. Pasar de ser un pueblo de gente sometida y con miedo a ser un pueblo que se creía dueño de su historia, de su presente, que sentía que tenía la posibilidad de transformar su realidad. Entonces, con la revolución logramos creernos gente con derechos, con derecho a la palabra, a la protesta, a la demanda, a la capacidad de crear, de hacer. La revolución, en muchos sentidos, sacó lo mejor de ese pueblo. Y no estoy diciendo que esto fuera uniforme e idílico. Pero era una corriente tan fuerte que nomás llegabas y se sentía; sentías cómo la gente
–aun en la pobreza– vibraba de otra manera, se relacionaba de una manera extraordinariamente propositiva, esperanzadora, creativa.


—Alguien me dijo que sentían que estaba todo por hacer...


—Todo para hacer. Y como que teníamos toda la disposición del mundo para hacerlo en todos los frentes, en el frente de la cultura, del arte, de la educación, de la celebración, de la sexualidad, de todo... A pesar de la guerra, del bloqueo económico, de la pobreza, la gente se creía dueña de su presente. La gente, digo, mucha gente. Hay otra que no, evidentemente.


Mucha gente, por primera vez en la historia de su vida, se sintió reconocida, respetada, apoyada, se sintió persona. Y eso, en realidad, sólo se puede entender habiendo conocido lo que fue esa sociedad antes de la revolución. Sólo así se puede ponderar la grandeza de ese sentimiento, que no se toca, no es tangible, no tiene que ver con el Pbi, tiene que ver con el alma de la sociedad, y eso es inconmensurable. Eso fue lo que nos pasó con la revolución. Por eso también ha sido tan difícil, luego, poder hacer un balance de los claroscuros de esa revolución.


—¿Cuál fue el lugar de la mujer en la revolución? ¿Qué cambió en su situación?


—Si la situación de los hombres pobres, de los hombres del campo, era terrible, la de las mujeres era particularmente terrible. En realidad, sólo pequeñas elites de clase media podían tener algunas opciones de estudiar, de encontrar un trabajo, a pesar de que en los últimos años hubo pequeños avances, especialmente para mujeres urbanas. Con la revolución hubo un cambio drástico en la vida de las mujeres, y particularmente en la vida de las mujeres jóvenes. En término de discursos, las referencias de las mujeres cambiaron, sus propias expectativas de vida, sus propios proyectos de vida, cambiaron, se complejizaron.


Se trastocaron rápidamente esos roles de género, esa idea de que las mujeres estaban destinadas a casarse, a tener hijos, a cuidar de la familia. Ese modelo conservador, clásico, cambió radicalmente. Las mujeres jóvenes se vieron envueltas en esa vorágine de una revolución que las convocaba a participar, a estar, como decía el discurso revolucionario, a la par del hombre para construir la patria nueva. Y no era retórica. Las mujeres asumieron realmente ese desafío. Claro que eso también tenía sus contradicciones, y en el caso de las mujeres jóvenes estuvo atravesado por muchos conflictos con la familia, con las iglesias, con la moral cristiana y tal. Pero incluso las mujeres adultas, y sobre todo mujeres de escasos recursos, vieron cómo toda esta dinámica revolucionaria las llamaba, las nombraba, las necesitaba. De tal manera que ellas, aunque no hiciesen cambios muy drásticos en su vida cotidiana y en su vida familiar, empezaron a salir de la rutina de la casa, a organizarse en cooperativas, en los colectivos de mujeres.


En realidad, fue un momento de cambio que arrastró a miles de mujeres, y a pesar de las estructuras institucionalizadas de la revolución, la propia dinámica revolucionaria nos llamaba a ese movimiento de cambio. Cambió un montón la vida de las mujeres, y cambió, al menos en algún sentido, para quedarse.


Esos cambios llegaron y fueron retomados por las mujeres sobre todo a través del discurso, de la narrativa que construyó el movimiento de mujeres. El movimiento de mujeres se nutrió de esa fuerza de las mujeres nicaragüenses en el período revolucionario para legitimar ciertas demandas, muchas de las cuales son las que hoy seguimos sosteniendo en el accionar público del movimiento. Entonces, en realidad, algunos fueron cambios coyunturales, pero otros fueron de tal trascendencia que forman parte de una nueva narrativa en la vida de las mujeres, yo diría que sobre todo en la vida de las mujeres pobres.


Temas que tienen que ver con el derecho al empleo, la igualdad salarial, el bienestar social, con la salud sexual y reproductiva, o que tienen que ver con la violencia. Son asuntos que fuimos construyendo en el marco de la revolución, fueron formando parte del acumulado político que tenemos como movimiento. La vida de las mujeres en ese sentido ha cambiado. En otros sentidos, la mayor parte de ellas siguen siendo tan pobres como antes, esto da la medida de los cambios que tienen que ver con la percepción nuestra del lugar que tenemos que ocupar en la sociedad, que no ha sido acompañado, ni mucho menos, de cambios en las estructuras económicas políticas, estructuras del Estado y en las políticas públicas.


—¿Cuál es la agenda del movimiento feminista nicaragüense?


—Es cada vez más compleja. Cada vez somos más conscientes de que nuestros reclamos tocan aspectos estructurales de la sociedad, problemas endémicos, como en toda América Latina. Tienen que ver con la autonomía sobre nuestros cuerpos y todo lo complejo que eso puede ser, habida cuenta de que estas reclamaciones sobre las libertades sexuales y reproductivas chocan con poderes conservadores que son fácticos, como la Iglesia Católica y las iglesias evangélicas, pero que también están en el Estado, donde también hay un liderazgo político profundamente conservador y aliado con grupos conservadores. Entonces esto es un problema estructural, y ya sabemos que reclamar libertades sexuales, la maternidad voluntaria o el derecho al aborto tocan estos nichos de poder conservador que son feroces y que ya tienen una práctica de aliarse entre sí para mantener el cuerpo de las mujeres sometido a estas reglas profundamente patriarcales. Esto sigue siendo un desafío enorme.


—A nivel político, legislativo, el aborto está...


—... penalizado. En realidad teníamos una regulación bien básica, que venía de los comienzos del siglo pasado, que dejaba en manos de los médicos la decisión de interrumpir o no el embarazo en caso de que la vida de la mujer estuviera en riesgo. A esto le llamaron “aborto terapéutico”. Eso fue lo que se penalizó en el año 2007. Se podría decir que fue la primera medida legislativa que tomó la bancada sandinista y el gobierno de Daniel Ortega. Era un dato expresivo. El Frente Sandinista dispuesto a negociar el cuerpo, la vida, la salud de las mujeres para reducir las tensiones con la jerarquía católica. Sobre todo las mujeres pobres eran como las cartas de negociación. Y la penalización absoluta del aborto había sido una demanda largamente expuesta y defendida por la jerarquía católica y sus grupos afines, la gente de Pro Vida, la gente del Opus Dei, los grupos católicos más conservadores a quienes también se les unieron, por supuesto, las iglesias evangélicas. Ese fue el primer gesto del gobierno de Daniel Ortega y Rosario Murillo hacia las mujeres.


Luego se han dado muchas batallas. Por ejemplo, la educación sexual también la hemos perdido. La batalla legal por la sanción de la violencia contra las mujeres. Hay unos amplísimos niveles de impunidad y el gobierno está decidido a desmontar la ruta institucional que existía, que era mínima pero nos había costado mucho lograrla, para el abordaje, para la prevención y la sanción de la violencia contra las mujeres. Esa pelea la hemos perdido.


Evidentemente hemos perdido la pelea por ser consultadas como movimiento en cualquier tipo de política pública; se ha instalado durante estos diez años una política de exclusión total de todas las organizaciones no partidarias o no parapartidarias y evidentemente hay un énfasis claro en la exclusión de las organizaciones feministas. En términos jurídicos y de políticas públicas, no vemos en este escenario ninguna posibilidad de que sean reconocidas las propuestas feministas, las demandas históricas que ha levantado el movimiento feminista de Nicaragua.


—¿Y qué expectativas factibles puede tener el movimiento feminista en este contexto?


—Es cierto que las expectativas a corto plazo son más bien adversas, al menos viéndolo desde el punto de vista del Estado, del gobierno y de los partidos políticos. Desde esa perspectiva, el movimiento parece tener muy pocas posibilidades de éxito. Por esta tendencia autoritaria centralista y sexista de los principales líderes del gobierno, por una concentración bárbara del poder, y también por unos niveles de corrupción política y económica que hacen que el sistema se pervierta y que el Estado ya no sea el Estado, que en realidad lo que tengamos sean dos personas súper poderosas que controlan el Poder Ejecutivo, el Poder Legislativo y el Poder Judicial.


Tenemos una desestructuración total del sistema electoral. Tampoco contamos con alternativas democráticas en la así llamada oposición. La mayor parte de los partidos políticos tiene una visión de muy corto plazo, no tiene una propuesta clara. Algunos líderes de los partidos políticos están muy comprometidos con la corrupción y con esta práctica tan común en Centroamérica que son las componendas, con una política pragmática carente de ética y de compromisos claros con la democracia.


—¿Cómo queda el sandinismo? ¿Cómo queda la memoria? ¿Se perdió la revolución?


—Yo soy muy entusiasta porque me doy perfecta cuenta de los beneficios que tiene esta revolución cotidiana, donde poquito a poco las mujeres, los hombres, vamos ensanchando nuestra conciencia y vamos haciendo cambios. Yo creo que esta idea de la revolución cotidiana y de la revolución permanente nos salva de muchas cosas, del mesianismo, de las falsas conciencias, de los autoritarismos que se han construido en América Latina.


Salvémonos a nosotras mismas y eso es lo que estamos proponiendo desde el movimiento feminista: salvémonos los hombres y las mujeres de toda esta losa que significan estos sistemas de dominación que tienen un impacto tan claro en nuestras vidas cotidianas y en nuestra posibilidad de ser más o menos felices. Yo sé que hay gente que no lo ha logrado, que se quedó colgada del pasado. Yo sé que hay gente que no logra reponerse de la tristeza, de la decepción que significó. Todavía logramos preservar un cierto tejido social donde es posible esa ternura y esa solidaridad de la que hablábamos en la década del 80, ese deber con el otro, con la otra, de la que hablábamos en la revolución. Entonces, en ese sentido creo que la revolución no se perdió, creo que se perdieron los que se quedaron colocados en la búsqueda del poder per se, esos que están en el gobierno, en las elites. La diáspora sandinista que también está en el movimiento feminista y en otros movimientos sociales está haciendo un trabajo maravilloso. Eso forma parte de la herencia revolucionaria.

Publicado enPolítica
Angela Davis: “Cuando la mujer negra se mueve, toda la estructura de la sociedad se mueve con ella”

La filósofa estadounidense anima al feminismo negro a defender penas alternativas a la cárcel. La profesora defiende que el movimiento en Brasil, incluido el de las trabajadoras domésticas, puede ser una referencia para EE UU

 

"La gente me pregunta: '¿Ya has estado en Río?' No. ¿Ya has estado en São Paulo?' No. Pero he estado en Salvador una vez más y una vez más", se derritió Angela Davis, encandilando a todo el auditorio de la Universidad Federal da Bahía (UFBA), el pasado martes.Las personas que abarrotaban asientos y galerías, muchas de ellas luciendo voluminosas melenas afro a juego con la de Davis —del color betún de las fotos históricas, su pelo ha pasado a ser casi todo blanco—, escucharon a la filósofa e icono de la lucha por losderechos civiles de los EE. UU. bramar contra los que considera verdugos, desde el Gobierno de Trump al sistema penitenciario mundial "depósito de los humanos considerados basura": "Con la fuerza y el poder de las mujeres negras de esta región, resistiremos".


Davis celebró que su sexta visita al Brasil desde los años 90 —la cuarta contando solo Salvador, una de las ciudades más negras de Brasil— coincidiese con el Día Internacional de la Mujer Afrolatinoamericana y Afrocaribeña: el 25 de julio. En su discurso de casi una hora, la profesora emérita del departamento de estudios feministas de la Universidad de California criticó el encarcelamiento como medio de luchar contra la violencia de género: "¿Cuánto de transformador hay en mandar a alguien que ha cometido violencia contra una mujer a una institución que produce y reproduce la violencia? Las personas salen aún más violentas de la cárcel. Adoptar el encarcelamiento para solucionar problemas como la violencia doméstica reproduce la violencia que tratamos de erradicar", afirmó en la mesa de conferencias imponente formada por mujeres negras
La activista argumentó que es necesario relacionar la violencia de género con las "violencias institucionales" para buscar otras maneras de combatir el sexismo: "No son las personas individualmente quienes deciden que la violencia es la respuesta; son las instituciones que nos rodean las que están saturadas de violencia. Si el Estado utiliza la violencia policial para solucionar problemas, se transmite el mensaje de que la violencia también puede utilizarse para resolver problemas en otros ámbitos como en el de las relaciones de pareja.No podemos excluir la violencia de género de otras violencias institucionales", apostilló la filósofa.


La activista e investigadora sobre el sistema penitenciario, que fue detenida en 1970 acusada de conspiración y homicidio tras participar en el movimiento de los Panteras Negras en EE. UU., estableció las relaciones entre el sistema esclavista y el sistema penitenciario."En el pasado hubo quien defendía el mantenimiento de la esclavitud de forma más humanizada'. Ese argumento no tiene sentido para nosotros, pero hay quienes defienden la reforma del sistema carcelario en la actualidad. La esclavitud y la cárcel son instituciones de represión estructuradas en el racismo. Abolir el sistema penitenciario nos hace pensar en la sociedad en la que emerge ese sistema de castigo y buscar nuevas formas de justicia", defendió.


Davis recordó la trayectoria de las mujeres negras brasileñas y enfatizó su importancia para la construcción de nuevos liderazgos y de nuevos formatos de liderazgo. Cuestionó su lugar como difusora privilegiada de las ideas del feminismo negro por el hecho de ser estadounidense. "Las mujeres de EE. UU. tienen mucho que aprender con la dilatada historia de lucha del feminismo negro en Brasil." "Mãe Stella de Oxóssi me habló de la importancia de las mujeres negras en la preservación de las tradiciones del candomblé. Vi la importancia de Dona Dalva para mantener la tradición del samba de roda en el Recôncavo Baiano", contó. También elogió el organizado y exitoso movimiento de las empleadas del hogar negras. "En EE. UU. no hemos conseguido estructurar esa categoría con éxito. El liderazgo de esas mujeres no se estructura en ese individualismo carismático masculino que vimos en el pasado. Es un tipo de liderazgo que enfatiza lo colectivo y las comunidades donde viven", sostuvo


.La profesora no quiso dejar de citar a Carolina Maria de Jesus, autora de Quarto de despejo, un diario de una mujer que vivía en una favela de São Paulo en los años 60, para decir que la escritora “nos recordó que el hambre tendría que hacernos reflexionar sobre los niños y el futuro”. También dijo que la antropóloga y activista bahiana Lélia Gonzalez fue pionera en las conexiones entre raza, clase y género cuando apenas se hablaba de ello. "Ya hablaba sobre los vínculos entre negros e indígenas en la lucha por sus derechos. Esa es una de las lecciones que EE. UU. puede aprender con el feminismo negro de aquí".


Davis fue ovacionada al decir que considera el movimiento de las mujeres negras como el más importante de Brasil en la actualidad "en la búsqueda de la libertad". Antes de Salvador, en un encuentro internacional sobre feminismo negro y decolonial en Cachoeira, ya había defendido el poder de transformación de la movilización: "Cuando la mujer negra se mueve, toda la estructura de la sociedad se mueve con ella, porque todo se desestabiliza a partir de la base de la pirámide social en la que se encuentran las mujeres negras, se cambia la base del capitalismo"


.La conferencia en la UFBA finalizó con la insistencia de Davis en la necesidad de nuevos enfoques feministas con respecto al sistema penitenciario. "No reivindicamos ser incluidas en una sociedad profundamente racista y misógina, que prioriza la ganancia en detrimento de las personas. Reivindicar la reforma del sistema policial y penitenciario es mantener el racismo que estructuró la esclavitud. Adoptar el encarcelamiento como estrategia es abstenernos de pensar en otras formas de responsabilización. Por eso, hago hoy un llamamiento feminista negro para que abolamos el encarcelamiento como forma dominante de castigo y pensemos en nuevas formas de justicia."

Publicado enCultura
Martes, 25 Julio 2017 17:13

69 años tarde

69 años tarde

Luego de 104 partidos y 323 goles, transcurridos 69 años de fútbol profesional masculino, Santa Fe se alzó con el primer título de campeón del fútbol profesional en Colombia. Un año antes la liga había concretado su formalización, con la creación de la Comisión de Fútbol Femenino y llevando a disputar el primer partido profesional femenino en febrero del 2017, lo que no implica que la práctica de este deporte por parte de las mujeres sea un novedad, ni que tal reconocimiento sea un “regalo” de la Dimayor o de la Fifa.

 

El fútbol femenino tiene una trayectoria de más de 40 años en Colombia (ver recuadro Historia). Las mujeres juegan fútbol y lo juegan bien. Este torneo mostró que las jugadoras no acaban de salir de la nada, sino que son deportistas entrenadas. Las futbolistas que disputaron este primer torneo profesional no son, como las describen la mayoría de los medios, unas niñas: son aguerridas profesionales de alto nivel deportivo, grandes jugadoras y estrategas, excelentes deportistas.

 

A pesar de que la División Mayor de Fútbol Colombiano (Dimayor) fue creada en 1948 –cuando el Bogotazo y sus ecos así lo demandaban–, dando comienzo de inmediato a la profesionalización del fútbol masculino, igual no ocurrió con el femenino, pues durante décadas este deporte fue considerado como “de hombres”. Mito que pase a pase, con persistencia, las mujeres tuvimos que desmontar éste, como ante desmontamos otros muchos prejuicios y como luchas contra otros que reflejan de manera fiel el machismo aún reinante en nuestra sociedad.

 

Análisis deportivo

 

Los equipos de primera y segunda división que crearon los equipos femeninos y participaron en el torneo fueron Unión Magdalena, Santa Fe, América, Real Cartagena, Deportes Quindío, Patriotas, Real Santander, Orsomarso, Cúcuta, Atlético Huila, Deportivo Pasto, Popayán, Cortuluá, Fortaleza, Envigado, Equidad, Pereira y Bucaramanga. Brillando por su ausencia equipos como Millonarios, Deportivo Cali, Atlético Nacional, entre otros.

 

Vale la pena recordar que cuando se construyó la Liga Femenina, Jorge Perdomo, presidente de la Dimayor, expresó que pretendía que la participación sólo fuera de los equipos profesionales, siendo nula la cabida a escuelas y clubes aficionados que desde hace años trabajan en el balompié femenino.

 

Todo un sinsentido, pues hay que resaltar que ningún equipo profesional masculino tenía equipo de fútbol femenino, razón por la cual equipos masculinos como Cúcuta, Equidad, Envigado, Bucaramanga, Santa Fe, Cortuluá se aliaron con equipos aficionados femeninos como Future Soccer, Kapital Soccer, Gol Start, Formas Íntimas, Generaciones Palmiranas, Botín de oro, manteniendo así el proceso que llevaban. Otros equipos masculinos como Huila, América, Orsomarso, Santander, entre otros, decidieron convocar y contratar jugadoras talentosas de diferentes clubes.

 

En esas condiciones, este primer campeonato fue pensado por las autoridades del fútbol colombiano como una prueba piloto, razón por la cual los equipos tendrían que garantizar contratos laborales a sus jugadoras que las cubrieran, por lo menos, el tiempo que durara del campeonato; por su parte, la Dimayor asumió los gastos de viajes y dotaciones.

 

Dentro del fixture se planteó inicialmente un torneo corto1, sin embargo, la estructura del torneo arrancó con 3 grupos de 6 equipos para un total de 18 equipos en la primera fase. En la segunda fase de cuartos de final pasaron los dos primeros de cada grupo y los dos mejores terceros de los tres grupos. En la tercera fase se jugaron la semifinal y la final con partidos de ida y vuelta, donde se consagró el campeón. Como premio a las ganadoras se les otorgaron becas para estudiar en la Universidad Sergio Arboleda, derecho a jugar en la Copa Libertadores y un partido oficial con el campeón de la liga española2.

 

Durante el desarrollo del torneo se contó con muy poco tiempo de preparación a nivel deportivo, de adaptación física, técnica y táctica, lo cual quedó reflejado en los resultados abultados en la primera fase: 9-1 Envigado contra Alianza Petrolera o 6-0 de Santa Fe contra el Huila.

 

Resultado, estos y otros, que permiten afirmar que los equipos que llevaron a cabo las alianzas pertinentes con los equipos aficionados del fútbol femenino fueron los que más lejos llegaron en el torneo, debido a su trayectoria. Así, los favoritos para llegar a las últimas instancias fueron Santa Fe, Envigado, Cúcuta, Orsomarso y Bucaramanga. El caso del Huila es un ejemplo de trabajo fuerte y constitución de equipo, pues al no tener una trayectoria como equipo en algún Club aficionado, las jugadoras iniciaron con resultados negativos, como un 6-0 contra Santa Fe. En el transcurso del torneo, lograron conocerse y formar un equipo que llegó a la final, disputando dos excelentes partidos contra Santa Fe, mostrando un excelente nivel deportivo y perdiendo el último partido 1-0, consagrándose como merecidas subcampeonas.

 

Se saluda con alegría la profesionalización del fútbol femenino, un territorio en disputa aún luego de su profesionalización, pues rompe con los cánones de feminidad impuestos por la sociedad; sin embargo, la desigualdad salarial sigue siendo abismal: teniendo en cuenta las cifras generales en el fútbol, la diferencia entre la jugadora mejor paga –Alex Morgan de Estados Unidos, quien gana 2,7 millones de dólares anuales– y el jugador masculino mejor pago –Cristiano Ronaldo de Portugal, quien gana 72 millones de dólares anuales–, es fácil comparar la brecha que los separa: Ronaldo gana 26 veces más que lo devengado por Morgan3. De igual manera, la diferencia entre la premiación de 35 millones4 de dólares que reciben los ganadores del Mundial de fútbol masculino, y la de 15 millones5 de dólares que reciben las ganadoras del Mundial de fútbol femenino, habla por sí sola. Diferencias de salarios que, como es conocido, cubre todo el espectro social6.

 

Del mismo modo seguimos presionando para que en la planta técnica, médica y las directivas haya más participación de mujeres, pues las hay bastante calificadas para estos trabajos. Además, apelamos a que los medios de comunicación dejen de presentar a las jugadoras solamente como “niñas bonitas”, pues de lo que se trata es de las capacidades deportivas de estas jugadoras y no de su belleza exterior. Por eso, felicitamos a todas las jugadoras de este torneo, por permitirnos gozar excelentes partidos y mostrarnos que hacía tiempo merecían tener un torneo profesional.

 

Partidos, también con estadios a reventar, como ocurrió el 24 de junio en la final de la primera Liga profesional femenina, donde la emoción a flor de piel brotaba al contemplar más de 30.000 aficionados, hombres y mujeres, que gritaban con entusiasmo en apoyo a sus equipos. Un partido de grandes kilates que dejaba en cuestión todos aquellos partidos masculinos con estadios casi vacíos, donde los equipos femeninos hacían de “teloneros”.
La profesionalización es efectivamente un claro avance para las futbolistas en Colombia, sin embargo, debe gozarse con cautela, puesto que sigue siendo insuficiente y mediocre, y abre debates sobre lo elitista del deporte profesional. Esperamos que este logro aporte a reconocer que las mujeres también somos grandes futbolistas y para que también sigamos participando en los torneos del barrio.

 

1 http://www.elpais.com.co/deportes/el-futbol-femenino-tendra-liga-profesional-en-que-consiste-la-propuesta.html 
2 Dimayor (2016): Reglamentación que regirá el campeonato “Liga Femenina Águila 2017”. En: http://dimayor.com.co/wp-content/uploads/2016/10/20170216-REGLAMENTACION-LIGA-FEMENINA-A%CC%81GUILA-2017.pdf 
3 http://www.abc.es/deportes/futbol/20150617/abci-sueldos-mujeres-futbolistas-201506161918.html 
4 http://eleconomista.com.mx/deportes/2014/06/12/cual-premio-ganar-mundial 
5 https://futbol.as.com/futbol/2014/12/09/internacional/1418086383_612968.html 
6 Ruiz, Kelly (2012): “La mujer en el mercado laborar colombiano”. En: http://www.portafolio.co/opinion/jeanne-kelly-ruiz/mujer-mercado-laboral-colombiano-94168 
7 https://web.archive.org/web/20050308172042/http://www.scottishfa.co.uk/scottish_football.cfm?curpageid=409 
8 Heibel, Marco (2011): Die Geschichte des Frauenfussballs in Deutschland. En: http://www.netzathleten.de/lifestyle/sports-inside/item/2235-die-geschichte-des-frauenfussballs-in-deutschland 

 

Bibliografía

Ortegón, Catherin (2017): “Llegaron para quedarse”. En: http://feminafutbol.com/2017/06/llegaron-para-quedarse.html 
http://feminafutbol.com/2017/06/balance-general-liga-aguila-femenina-2017.html 
https://gol.caracoltv.com/seleccion-colombia/femenino/articulo-225476-breve-historia-del-futbol-femenino-colombiano 
Jaramillo Racines, Rafael (2010): “El fútbol del Dorado “El punto de inflexión que marcó la rápida evolución del ‘amateismo’ al ‘profesionalismo’””.
http://www.abc.es/deportes/futbol/20150617/abci-sueldos-mujeres-futbolistas-201506161918.html 
https://futbol.as.com/futbol/2014/12/09/internacional/1418086383_612968.html 
http://www.resultados-futbol.com/liga_profesional_femenina_colombia2017/grupo0 

 


Recuadro 


Historia

 

En Colombia, como en otros muchos países del mundo, el fútbol femenino cuenta con una larga trayectoria. Existen registros de torneos departamentales desde los años 70, reconociendo una participación principalmente vallecaucana1.
Paso a paso las mujeres fueron incursionando en esta práctica deportiva. En 1998 surgió la primera selección nacional de fútbol femenino que participó en el Sudamericano de ese mismo año, disputado en Mar de Plata, y en el que tras una goleada 12 -1 ante Brasil las proyecciones eran poco alentadoras.


Diez años después (2008) se siente el avance: en aquel año el equipo femenino dirigido por Pedro Rodríguez, obtuvo el primer título en el Sudamericano sub 17 en Chile, el cual dio paso para la participación en el Mundial de Nueva Zelanda, certamen en el cual las colombianas fueron eliminadas en primera ronda, pero ganaron experiencia y participación.


Con estas jugadoras el profesor Ricardo Rozo asumió la dirección de la selección, llevándolo en el año 2010 a participar en el Sudamericano en Bucaramanga, logrando el subtítulo ante Brasil y la clasificación para el Mundial en Alemania 2011.
En esa Copa del Mundo, para jugadoras menores de 20 años, Colombia tuvo una actuación memorable clasificando hasta las semifinales, en donde Nigeria las eliminó con un resultado de 1-0. Colombia obtuvo el cuarto lugar después de perder en el juego de consolación con Corea del Sur, también por 1-0. Sumando las jugadoras juveniles con otras de mayor recorrido y bajo la dirección de Rozo, se obtiene un lugar para los juegos Olímpicos de Londres en 2012. Solo Brasil, la gran potencia de la región y una de las candidatas al título orbital, logró superar a Colombia2. En la tabla estadística el equipo femenino se encuentra en el puesto 18, mientras que el equipo masculino se encuentra en el puesto 28.

 

1 Díaz Sánchez, Wilson (2010): El cambio extremo del fútbol femenino. http://www.elcolombiano.com/historico/el_cambio_extremo_del_futbol_femenino-OVEC_98413 
2 https://gol.caracoltv.com/seleccion-colombia/femenino/articulo-225476-breve-historia-del-futbol-femenino-colombiano 

Publicado enEdición Nº237
Feministas Internacionales para una Economía del Regalo

Desde el amanecer de los tiempos, los regalos de las mujeres han estado creando y apoyando a la comunidad y hemos luchado para hacer del mundo un lugar mejor. En los últimos años, las mujeres han estado articulando nuevas formas de protesta, negando la guerra y todas las formas de violencia, protegiendo el medio ambiente y toda la vida, creando nuevos espacios políticos y diversos con centros múltiples y definiendo las nuevas políticas de cuidado, comunidad, compasión, y conexión.

 

Las mujeres del Norte y del Sur, especialmente proveniente de los márgenes del privilegio y del poder, están creando visiones alternativas. En las últimas décadas, el creciente movimiento feminista ha desarrollado un análisis, ha cambiado paradigmas, ha construido solidaridad a través de escucharse las unas a las otras. Estamos repensando la democracia, creando nuevos imaginarios, incluso reconceptualizando las fundaciones de la sociedad política.

 

El movimiento de anti-globalización está basado en el nuevo espacio político que las mujeres han creado. El diálogo global y la red social entre los hombres, tan celebrado hoy como un nuevo logro, viene muchos años después del creciente movimiento global de las mujeres. Pero esto es raramente reconocido y el liderazgo feminista es muy pocas veces invitado. Las perspectivas feministas permanecen totalmente invisibles en la lucha contra la globalización, empobreciendo no solamente a las mujeres sino a la lucha en general.


Nosotras, las mujeres de muchos países, creemos que los elementos letales de la globalización patriarcal capitalista y colonialista están basados, no solamente en el intercambio desigual sino en el mecanismo del intercambio en sí mismo. La creación de la escasez, la globalización de la pobreza espiritual y material y la destrucción de las culturas y de las especies no son fracasos de un sistema que crea riqueza. Son expresiones esenciales de un sistema centralizado y parasítico que niega la lógica del regalar y el maternaje.

 

Las sociedades tradicionales del regalar integraron la lógica del maternaje en la comunidad entera de muchas maneras. Hoy los sistemas socio-económicos, basados en la lógica del intercambio denigran y niegan el regalar mientras se apropian de los regalos de la mayoría de las mujeres y de muchos hombres, dominando a los que regalan y destruyendo los restos de las sociedades tradicionales del regalar.

 

Sin embargo, el maternaje es una necesidad para todas las sociedades, porque los niños nacen vulnerables, los adultos deben practicar el regalar unilateralmente hacia ellos. Las mujeres son socializadas hacia esta práctica que tiene una lógica transitiva propia. Los hombres son socializados fuera del comportamiento maternal y hacia una lógica auto-reflectiva de competencia y dominación. La lógica del regalo, funcional y completa en sí misma, es alterada y distorsionada por la práctica del intercambio que requiere cuantificación y medida, es adversaria, e implanta valores de auto-interés y de competencia para dominar. El intercambio, especialmente el monetario, el mercado y las economías capitalistas y coloniales que se derivan de ellos son formados en la imagen masculina de valores y recompensas. Por esta razón podemos caracterizar el capitalismo como patriarcal.

 

En la etapa presente del capitalismo patriarcal, las corporaciones se han desarrollado como entidades no humanas, sin cuerpos, hechas de acuerdo con los valores de dominación, acumulación y control, sin la racionalidad mitigante y la capacidad emocional que presumiblemente tendría un ser humano real.

 

Las corporaciones tienen un mandato interno de crecer o morir. Sin embargo, incluso un intercambio de mercado simple se superimpone a regalar en todos los niveles, cancelando y ocultando sus valores y apropiándose de sus regalos, renombrándolos como sus ganancias merecidas. El trabajo gratis de las mujeres es un regalo de trabajo y ha sido estimado como añadiendo un cuarenta por ciento o más al PBN (Producto Bruto Nacional) incluso en las economías más industrializadas. Los bienes y servicios aportados por las mujeres a sus familias son regalos cualitativos que crean la base material y psicológica de la comunidad. Estos regalos pasan de la familia al mercado que no podría sobrevivir sin ellos.

 

La ganancia es un regalo forzado y oculto dado por el trabajador al capitalista. Ciertamente el mercado en sí mismo funciona como un parásito sobre los regalos de los otros. Mientras el capitalismo “evoluciona” y se esparce su mercado necesita los nuevos regalos, comercializando los bienes libres que antes fueron compartidos por la comunidad o por la humanidad en general. Los métodos destructivos de apropiación que alimentan al mercado también crean la escasez necesaria para el intercambio basado en el parasitismo para mantener su control. Debido a que el regalar requiere abundancia, el parásito solo puede asegurar que el anfitrión que regala no logre poder, a través de la creación de escasez artificial y la monopolización de la riqueza.

 

El capitalismo patriarcal del Norte ha crecido exponencialmente al invadir las economías del Sur y extrayéndoles sus regalos. En el pasado continentes completos han sido apropiados, sus territorios y su gente divididos en propiedad privada de los colonizadores, y sus regalos comercializados. Hoy, en una nueva forma de colonización, el conocimiento indígena tradicional y las especies de plantas, así como los genes de los seres humanos, animales, y plantas están siendo patentados y privatizados para que los regalos del planeta y la humanidad pasen nuevamente a otro nivel, a las manos y ganancias de unos pocos. Los mecanismos de explotación son a menudo validados por las mismas instituciones que son establecidas para proteger a la gente. Las leyes son hechas para servir al parásito patriarcal y la justicia en sí es formada como en la imagen del intercambio, el pago por el crimen. Los defensores del capitalismo patriarcal existen a todo nivel en la sociedad desde la academia hasta la publicidad. El lenguaje en sí que ellos usan ha sido robado, la base común de sus significados distorsionada y robada al servicio de los perpetradores de la violencia económica. Entonces, el “intercambio libre” imita al lenguaje del regalo y liberación mientras es realmente otra versión más de explotación y dominación.

 

Mientras el intercambio justo pareciera ser mejor que el intercambio injusto, no es la alternativa liberadora que buscamos. El intercambio en sí y no solo el intercambio desigual, debe ceder al regalar. La respuesta a la injusticia de la apropiación de los regalos abundantes de la mayoría no es una compensación justa en dinero efectivo por el robo sino la creación de economías y culturas basadas en el regalo, donde la vida no es comercializada.

 

Mientras un cambio tan radical puede aparecer extremadamente difícil, es más “realista” que simplemente continuar con nuestros intentos de sobrevivir y cuidarnos entre nosotros en el mundo aterrorizante y destructivo, cada vez más tóxico que conocemos hoy, porque estos intentos están destinados a fracasar a largo plazo.

 

Las mujeres han trabajado para transformar los espacios políticos y han logrado ganancias importantes pero frágiles y muy disputados, en las últimas décadas al confirmar los derechos legales, sexuales y reproductivos, desafiar los fundamentalismos, oponer la violencia y la guerra, mejorar la educación, salud y condición económica de la mujer.

 

Estas luchas han abierto nuevos territorios mientras permanecen dentro del paradigma del intercambio. Nuestros éxitos y fracasos nos desafían e inspiran a buscar nuevos territorios reconociendo que “las herramientas de los amos nunca pueden ser usadas para desmantelar la casa del amo”.

 


Queremos una sociedad libre-del-mercado,
No una sociedad de libre-mercado

 

Queremos:


Un mundo de abundancia donde los cuerpos, corazones y mentes no dependan del mercado.

Un mundo donde los valores del regalar que cuidan sean aceptados como los más importantes, como los valores principales de la sociedad en todos los niveles.

Un mundo donde las mujeres y los hombres gocen el cuidar a los niños y a cada uno.

Un mundo donde todos puedan expresar su sexualidad en maneras que celebren la vida, donde su espiritualidad sea apreciada y su materialidad honrada.

Un mundo donde la confianza y el amor sean el líquido amniótico donde todos nuestros niños aprendan a vivir.

Un mundo donde los niños y las niñas sean socializados sin límites de género como los humanos que regalen desde el principio.

Un mundo donde la madre naturaleza pueda ser vista como la gran donadora, sus maneras entendidas y sus regalos diversos e infinitos celebrados por todos.

Un mundo donde los humanos y todas las especies puedan alcanzar su potencial máximo en interrelaciones en vez de su mínimo potencial en el parasitismo y la competencia.

 

Queremos:


Un mundo donde el dinero no defina el valor ni determine la sobrevivencia.

Un mundo donde todas las categorías y procesos del parasitismo, del odio –racismo, clasismo, edadismo, prejuicio en contra de los discapacitados, xenofobia, homofobia– sean considerados como pertenecientes a un pasado vergonzoso.

Un mundo donde la guerra sea reconocida como una expresión de síndromes patriarcales e innecesarios de dominación y sumisión, en un ritual letal que es ridículamente sexualizado y que utiliza instrumentos fálicos y tecnológicos , armas y misiles de proporciones cada día mayores.

Un mundo donde la psicosis del patriarcado sea reconocida, curada, y ya no se convalide como la norma.

Crearemos el mundo que queremos mientras mantengamos intacta y entera nuestra humanidad, humor y esperanza.

“No vamos a entregar los derechos conquistados”

Es católica practicante, feminista y apoya la despenalización del aborto. Propone que en las radios haya mensajes diarios sobre derechos de la mujer. Y que los jueces que deciden fallos discriminatorios sean separados de su cargo. Las responsabilidades del Estado.

 

“No creo que el Papa esté de acuerdo con que muchas mujeres jóvenes, que son madres, estén presas por un aborto. Cuando ellas van a la cárcel, las familias se rompen. El papa Francisco tendría que dar un mensaje contundente a los países para que despenalicen el aborto”, dijo a PáginaI12 la jurista Margarette May Macaulay, integrante de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, donde es relatora sobre los Derechos de las Mujeres. Quiere que su mensaje llegue al Vaticano. Macaulay es jamaiquina, católica practicante, de misa diaria. Y también feminista. “A las mujeres que enfrentan un aborto deberían asistirlas, aconsejarlas, pero no meterlas en la cárcel”, sostiene. Irradia compromiso y sensibilidad. La problemática de los femicidios y el impacto de las leyes que criminalizan la interrupción voluntaria de embarazo en la región son parte de su agenda prioritaria. Sobre esos temas, habló con este diario durante su paso por Buenos Aires, donde la CIDH lleva adelante su 162º Período Extraordinario de sesiones, que finaliza hoy.


Macaulay fue elegida comisionada el 16 de junio de 2015 por la Asamblea General de la OEA, para un período de cuatro años. Es mediadora en la Suprema Corte de Jamaica, además de desempeñar el cargo de notaria pública. Antes, entre 2007 y 2012, fue jueza de la Corte Interamericana. En la CIDH es relatora para Antigua y Barbuda, Bahamas, El Salvador, Estados Unidos, Guyana, Haití y San Vicente y las Granadinas. También sobre los Derechos de las Personas Afrodescendientes y de las Mujeres. El perfil de Macaulay contrasta con el del candidato del Gobierno de Mauricio Macri para sumarse a la CIDH, Carlos Horacio de Casas, por su falta de antecedentes y sus posiciones abiertamente contrarias a los derechos de las mujeres y del colectivo Lgbti. La postulación de Casas fue impugnada por más de un centenar de organizaciones de derechos humanos, sindicales, campesinas, que trabajan en temas de justicia, ambiente, igualdad de género, derechos Lgbti y libertad de expresión.


–¿Cómo analiza el hecho de que a pesar de que se ha visibilizado más el problema de los femicidios en la región, la violencia machista parece tomar una cariz de mayor crueldad contra los cuerpos de las mujeres? –le preguntó PáginaI12 a la comisionada.


–Hay una reacción violenta de los hombres que consideran que las mujeres hemos avanzado demasiado. Pero no vamos a entregar los derechos que hemos conquistado. La Corte Interamericana, como la Comisión y los tribunales nacionales, deben forzarles a respetar los derechos de las mujeres.


–Cuando ocurren los femicidios, los Estados llegan tarde, aun cuando apliquen condenas severas.


–Hay que educar a los niños. Es fundamental una educación en el respeto mutuo.


–¿Habla de educación sexual integral en las aulas?


–Sí. Si logramos eso va a disminuir la violencia de género.


–¿Podría mencionar cinco medidas que deberían implementar los Estados, además de la educación sexual integral?


–En primer lugar, los Estados deben tener un entrenamiento expansivo y profundo en derechos humanos y respeto a los géneros. Todos los días se deberían difundir mensajes de diez minutos por las radios, de manera que todo el mundo los reciba y entienda. En segundo lugar, antes de seleccionar a integrantes de la policía, al personal médico que trabaje con mujeres, docentes, jueces y juezas, fiscales, se debe estar seguro de que tengan respeto por los derechos de las mujeres, deben tener esa sensibilidad. En tercer lugar, cuando los jueces toman decisiones discriminatorias respecto de las mujeres deben ser cuestionados, investigados y sancionados. No deben seguir con su trabajo. Los tribunales son el último bastión de la protección de los derechos. Cuarto: yo soy católica y voy a la iglesia todas las mañanas, pero considero que el Estado y la Iglesia tienen que estar separados. Ningún tipo de iglesia debe interferir en las decisiones gubernamentales de un país. El quinto punto tiene que ver con las mujeres mismas: deben conocer sus derechos, debemos ayudarlas a tener autoconfianza a que tengan el coraje y la voluntad para defender sus derechos. El Estado debe asegurarles el acceso a Justicia. Las mujeres no deberían vivir con miedo a la violencia ni un solo día.


–¿Qué opina del aborto?


–Debe ser descriminalizado. Un factor que lo demuestra es que las mujeres usan cualquier método cuando sienten que tienen que terminar con un embarazo, se infectan, hasta pueden dar su vida. Se ha visto que países que lo han despenalizado tienen menos muertes de mujeres por aborto y menos casos de daños causados a los órganos reproductivos. La criminalización del aborto también afecta la salud mental de las mujeres. Los miembros de mi iglesia me dicen cómo puedo pensar así. Y yo digo: mi alma está entre yo y mi Dios. Pero el Estado debe aprobar leyes para proteger a las mujeres. Si una mujer como católica no cree que debería abortar, que no lo haga. Pero la ley es para quienes quieran hacerlo. Hoy vemos que muchos países están retrocediendo, endureciendo sus leyes sobre aborto. No creo que el Papa esté de acuerdo con que muchas mujeres jóvenes, que son madres, estén presas por un aborto. Cuando ellas van a la cárcel, en muchos casos las familias se rompen. El papa Francisco tendría que dar un mensaje contundente a los países para que despenalicen el aborto. A las mujeres que enfrentan un aborto, deberían asistirlas, aconsejarlas, pero no meterlas en la cárcel.

Publicado enSociedad
¿Qué hacemos con la masculinidad: reformarla, abolirla o transformarla?

 

 

Jokin Azpiazu,sociólogo y activista social, analiza las contradicciones del popular discurso de las nuevas masculinidades: el excesivo protagonismo, la escasa vinculación a las teorías feministas, el heterocentrismo, el binarismo, o las resistencias a renunciar a los privilegios

 

Durante los últimos años, el estudio de la masculinidad (o las masculinidades) ha recibido gran atención tanto en el ámbito de la investigación como en otros ámbitos sociales, como por ejemplo el de los medios de comunicación. Al amparo de los estudios de género, en varias universidades se están realizando estudios sobre masculinidad, y las líneas de investigación sobre el tema se están fortaleciendo y afianzando. Al mismo tiempo se están impulsando diferentes iniciativas en el terreno de los movimientos sociales así como en el de la intervención institucional, siendo probablemente las más conocidas los denominados “grupos de hombres”.

La idea que subyace en la atención que la masculinidad está recibiendo en el terreno académico es la siguiente: el género es una construcción social (tal y como la teoría feminista ha argumentado ampliamente) que también nos afecta a los hombres. Por lo tanto, poner el “ser hombre” a debate e iniciar una tarea de deconstrucción es posible. Así, los estudios sobre la masculinidad nos animan a ampliar la mirada sobre el género, a mirar a los hombres. Esto tiene sus efectos positivos, ya que los hombres no nos situaríamos ya en la base de “lo universal” sino en el terreno de las normas de género y su contingencia histórica y social. Sin embargo, de este planteamiento pueden emerger un gran número de dudas y contradicciones. El movimiento feminista ha conseguido en las últimas décadas redireccionar la mirada (científica, medíatica, social) hacia las mujeres.

Este fenómeno se da además en un mar de contradicciones y contra-efectos al que los feminismos han tenido que responder a través de la crítica, la implementación y, al fin y al cabo, la transformación de esa misma “mirada”. Las ciencias sociales han observado a menudo a las mujeres como meros objetos sin capacidad de agencia y sin voz, y debido a ello ha sido necesario reivindicar que no sólo se trata de “mirar a” sino de “cómo” mirar. De cualquier forma, lo que ahora nos atañe es que en los últimos años esa mirada se dirige hacia los hombres. A menudo, sin embargo, no se pone suficiente énfasis en explicar que todo el periodo histórico anterior (y el actual en gran medida) se caracteriza precisamente por la negación de la existencia social de las mujeres. Es decir, que la mirada -social, académica, mediática- siempre ha estado dirigida a los hombres.

En el terreno social y asociativo, los “grupos de hombres” son probablemente las iniciativas más conocidas, pero no las únicas. Se han realizado en los últimos años varias acciones más que nos han tenido a los hombres como protagonistas. Muchas de ellas se han desarrollado en torno a la violencia machista: cadenas humanas, manifiestos, campañana publicitarias y foto-denuncias... Los hombres hemos anunciado en público nuestra intención de incidir en la lucha contra el sexismo y el machismo, y a menudo hemos recibido por ello abundante atención mediática, más que los grupos de mujeres que se dedican a lo mismo.

El punto de partida de estas iniciativas es la necesidad de que los hombres nos impliquemos contra el sexismo, lo que se ha enunciado de maneras bien diversas: se ha dicho que nuestra implicación es indispensable, que es nuestra obligación, que supone una ventaja para nosotros también, que sin nosotros el cambio es imposible...

Cada forma de plantear el asunto implica matices bien diferentes. En cualquier caso, estaríamos hablando del uso y ocupación del espacio público (las calles, los medios, los discursos) y en ese terreno se ha visualizado de manera bastante clara que una palabra de hombre vale más que el enunciado completo de las mujeres, aunque ambas hablen de sexismo. Durante los años 2011 y 2012, realicé una pequeña investigación respecto a estas cuestiones en el marco del máster de ‘Estudios feministas y de género’ de la Universidad del País Vasco. Mi objetivo era señalar algunas cuestiones que pueden resultar problemáticas sobre el trabajo con “masculinidades” tanto desde el punto de vista académico como movimentista. Traté de señalar algunos de los anclajes en los que se está amarrando la construcción discursiva en torno a las masculinidades hoy en día. En el terreno académico hubo especialmente dos cuestiones que llamaron mi atención. Por un lado me parece que a la hora de investigar sobre masculinidad hay una tendencia bastante general a centrarse en la identidad, en detrimento de los puntos de vista que priorizan el enfoque sobre el poder o la hegemonía.

Se estudia mucho qué siginifica ser hombre para el propio hombre, y no tanto cómo incide en las relaciones entre personas que hemos sido asignadas en diferentes sexos. Por otro lado, tengo la impresión de que los estudios sobre esta cuestión se están conviritiendo cada vez más en auto-referenciales. Los estudios sobre masculinidades parten de presupuestos teóricos construidos en los propios estudios sobre masculinidades, y cada vez se nutren menos de reflexiones feministas. Esto tiene consecuencias de impacto tanto en el enfoque (o mirada) que se utiliza para abordar el tema, así como en el contexto del que se parte. Por ejemplo, una cuestión difícil y problemática en la teoría y práctica feminista de las últimas décadas ha sido la del sujeto, la pregunta clave que intensos debates tratan de contestar: ¿quién es hoy en día el sujeto político del feminismo, ahora que precisamente las diferentes expresiones feministas han cuestionado la categoría mujer como única, partiendo de las diferentes experiencias y posiciones de las mujeres en lo social?

El intento de articular la capacidad política y subjetiva de las mujeres en esta red o maraña de diferencias es una cuestión de vital importancia, y por lo tanto, muy complicada. Sin embargo, las implicaciones que la participación de los hombres en “el feminismo” podrían suponer no son un tema de debate principal en las teorías sobre masculinidad. Esto determina la dirección en la cual se desarrollan los debates, dejando de lado temas que para los feminismos son de crucial importancia. Saltando al terreno de los movimientos sociales me dediqué al estudio de algunos escritos y documentos publicados (en el ámbito de la Comunidad Autónoma Vasca) por grupos de hombres e iniciativas institucionales en torno a la masculinidad.

En ese trabajo, incompleto aún, pude empezar a dibujar algunas claves que en mi opinión merece la pena poner sobre la mesa: Para empezar, hablamos de masculinidad y aún nos referimos a un modelo muy concreto. Al mismo tiempo que se reivindica que existen diferentes maneras de vivir la masculinidad, se identifica el ejercicio de la misma con sujetos concretos: personas que han sido identificadas como hombres al nacer, heterosexuales, en la mayoría de los casos involucrados en relaciones de pareja. El resto, quienes hemos tenido algún problema que otro para encajar en el carril de la masculinidad “hegemónica” (hombres trans, homosexuales, afeminados...) quedamos fuera de esa categoría.

Esto supone un doble riesgo: por un lado decir que no somos hombres (por mí bien, ojalá) pero por otro, pensar que por ser masculinidades “marginales” no ostentamos actitudes hegemónicas y poder. En este sentido, la mayoría de propuestas vienen a cuestionar y modificar las relaciones que se dan entre hombres y mujeres, sobre todo en el terreno familiar y doméstico, dejando de lado (o prestando mucha menos atención) a otros espacios, sujetos y situaciones. Reivindicamos que los hombres nos tenemos que poner el delantal, pero no tenemos demasiadas propuestas para cómo (por ejemplo) rechazar los privilegios que ser hombres nos aporta en el mercado laboral.

En cambio, nos resulta más fácil denunciar las cargas y “daños colaterales” que el patriarcado nos ha impuesto. Señalamos los espacios que nos han sido negados por ser hombres y subrayamos la necesidad de conquistarlos, pero tenemos más dificultades para enfatizar el otro lado de la moneda, los espacios que el patriarcado nos ha dado, aquellos que tenemos que des-conquistar. No señalamos, además, que esta moneda no es casi nunca simétrica, que estos privilegios nos vienen muy bien para movernos en el mundo actual. En este sentido, me parece muy importante identificar las motivaciones que nos llevan a implicarnos en las luchas por la igualdad.

Estamos dispuestos a asumir algunos de los trabajos que históricamente han realizado las mujeres (los trabajos de cuidado son paradigmáticos en este caso). Decimos que el cuidado de nuestras criaturas (de aquellos que las tengan, claro) es fundamental, y más aún, señalamos las ventajas que esto nos traerá. Sin embargo, mencionar a las personas enfermas, o con autonomía reducida por cualquier motivo, nos cuesta bastante más.

Decimos que con la igualdad ganaremos tod*s, pero si lo que el patriarcado supone es precisamente una red de poder de distribución desigual, no guste o no, alguien tendrá que perder con la igualdad. Y así deberá ser, si algunos sujetos se empoderan, otros tendremos que des-empoderarnos (si es que existe el concepto). Deberíamos dejar claro que esto no será una ventaja, no será bueno para todos, no será un regalo del cielo. Pero eso no quita que haya que hacerlo. Asimismo, identifiqué en al análisis de algunos textos ciertos discursos de presunción de inocencia; la necesidad de reivindicar, ante un supuesto exceso de radicalidad de los feminismos, que todos los hombres no somos iguales.

Es evidente que todos los hombres no somos iguales ni ejercemos de la misma manera la masculinidad, pero sería interesante estudiar por qué nos sentimos culpables o atacados y por qué nos enfadan según que críticas o discursos. De alguna manera, se intuye la búsqueda de una nueva identidad personal y grupal, la de los hombres “alternativos”. Unido a todo esto, el concepto “nuevas masculinidades” emerge con fuerza en los últimos años, en algunos casos con vocación descriptiva (en el terreno académico) y en otras como propuesta de modelo a construir (en los movimientos sociales).

En ambos casos me parece necesario y pertinente problematizar el concepto. En el primero de los casos, me parece excesivo afirmar la existencia de “nuevas masculinidades” de manera acrítica. Claro que la masculinidad está cambiando, pero ¿cuándo no? Y, ¿en qué sentido y en que contexto está cambiando? ¿No será la masculinidad de cierta clase social en cierto contexto la que está cambiando o al menos la que hace visible su cambio? ¿Son todos los cambios en la masculinidad “positivos” y “voluntarios”? Estos cambios y novedades que nos son visibles en lo identitario, ¿en qué medida y cómo afectan a las relaciones entre hombres y mujeres en el terreno material (reparto de recursos y poderes de todo tipo)?

Diría que es posible trazar formas distintas en las que hombres y mujeres han vivido la masculinidad a lo largo de la historia, pero sólo en este momento preciso hablamos de “nuevas masculinidades”, precisamente cuando es el grupo “hegemónico” el que está dando pasos hacia la transformación consciente del modelo masculino (transformación, que dicho sea de paso, valoro positivamente). No quisiera por tanto cuestionar la capacidad para vivir la masculinidad de formas distintas señalada en el término “nuevas masculinidades”. Es su inflación discursiva lo que me preocupa.

En el terreno social, reivindicar la búsqueda de “nuevas masculinidades” (que, a menudo, como he expuesto anteriormente, se limita de antemano a ciertos sujetos) puede tener además de su lado positivo un lado problemático. En las dos últimas décadas las teorías feministas han cuestionado el carácter binario del sexo. A pesar de las diferentes opiniones en el seno de los movimentos, diría que los debates han sido ricos y productivos. Sin embargo, nosotros todavía ni nos hemos planteado en la mayoría de los casos qué hacer con la masculinidad: ¿reformarla? ¿transformarla? ¿abolirla?

Parece que sentimos más apego del que pensábamos hacia la masculinidad, seguramente porque de manera consciente e inconsciente sabemos que los privilegios que nos aporta no están nada mal. Pero aún cuando hacemos un intento de cuestionar los privilegios no somos capaces de retratar nuestras vidas y utopías más allá de la masculinidad (sea “nueva” o no). Sin obviar que la deconstrucción de la feminidad y la masculinidad conlleva consecuencias diferentes a muchos niveles, deberíamos intentar atender al debate sobre si queremos ser otros hombres, hombres distintos o simplemente menos hombres.

 

Fuente:http://www.pikaramagazine.com/2013/03/%C2%BFque-hacemos-con-la-masculinidad-reformarla-transformarla-o-abolirla/

 

 

Publicado enSociedad
De Beijing al Ni Una Menos. Lo que podemos aprender del movimiento feminista

 

Los movimientos de mujeres están dando una lección fenomenal a los movimientos emancipatorios. Aunque lo más visible son las enormes manifestaciones del Ni Una Menos, este despliegue ha sido posible porque las mujeres desbordaron las redes de cooptación tejidas por la cooperación internacional y sus instituciones, plasmadas en un conjunto de ONGs, ministerios y oficinas para el trabajo de “género”.

Silvia Federici analiza en un breve ensayo, Going to Beijing, cómo las Naciones Unidas “colonizaron el movimiento feminista”, limitaron su potencial revolucionario y aseguraron que sus agendas “se adapten a los objetivos del capital internacional y de las instituciones que lo sustentan”. La maciza intervención del movimiento feminista se produjo a través de grandes conferencias internacionales desde la década de 1970, creando un cuadro de feministas internacionales que funcionó “como una unión internacional de mujeres, encargadas de velar por las necesidades y deseos de la mujer ante los ojos del mundo y, así, decidir cuál sería la legítima agenda y la verdadera lucha feminista”.

La Conferencia de Beijing en 1995 jugó un papel decisivo en la articulación de esos objetivos, allanando el camino “para la plena explotación de la mujer no solo en el hogar, sino también en el trabajo asalariado”, con la promesa de la igualdad.

Lo que me parece notable es cómo los movimientos de mujeres consiguieron agujerear esa red de contención, que no sólo actúa contra la emancipación femenina sino que antes hizo algo similar con la lucha anticolonialista y luego con otros movimientos, desde el indígena hasta el de gays y lesbianas.

Entiendo que esta experiencia es un aporte que los activistas de todos los movimientos debemos recoger. Veamos algunos modos de acción que hicieron posible el despliegue del actual activismo feminista.

La primera fue la persistencia de las mujeres por su autonomía, pese a estar en minoría o incluso arrinconadas en cierta marginalidad. Han mostrado que estar en minoría no es un drama si hay capacidad de trabajo creativo y audaz. Que se puede, con pequeñas acciones radicales y performativas, romper el monopolio de las instituciones de mujeres. Grupos como Mujeres Creando en Bolivia, entre mucho otros, nos han enseñado que hacer política no institucional y sin seguir agendas estatales, es posible siempre que combinemos el arte de crear con el de poner el cuerpo en cada acción.

La segunda cuestión es haber sido capaces de comprender la realidad patriarcal-institucional que nos rodea. Varios grupos de mujeres autónomas y pensadoras feministas han realizado análisis brillantes sobre la relación entre el modelo extractivo y de acumulación por desposesión y la violencia contra las mujeres y los feminicidios. Estos análisis han siostenido las acciones radicales, y han permitido a los movimientos afinar la puntería en la denuncia y en el activismo.

La tercera cuestión tiene que ver con la enorme diversidad del movimiento, tanto de clase como en relación con los colores de piel y las opciones sexuales, abriendo las puertas a camadas de activistas jóvenes de abajo, negras, indias y de sectores populares, junto a las mujeres blancas académicas de clase media que fundaron los movimientos en la década de 1960. Estamos ante un movimiento más plebeyo y, por lo tanto, más potente.

Semejante diversidad y lucidez analítica no las encontramos a menudo en los movimientos mixtos acaudillados por varones. Pero también han caído en desuso, en particular en los movimientos de trabajadores, las acciones de pequeños grupos, imginativas y artísticas, formas de acción que suelen considerarse como inapropiadas para “llegar a las masas”, cuando en realidad revelan inercias institucionales.

La cuarta cuestión es que el feminismo que desbordó las mallas de la cooperación consiguió no formar burocracias que, inevitablemente taponean, la creatividad y son el caldo de cultivo que permite la cooptación por las instituciones. Ambos hechos van de la mano: los aparatos burocráticos no pueden desbordar el control.

Estas cuatro características, a las que seguramente pueden sumarse otras, deberían ser motivo de reflexión por nuestros movimientos populares, tan engrampados en las inercias, tan poco cuidadosos de las relaciones internas y tan volcados hacia el afuera, que no somos capaces de construir sólidamente.

Es cierto que las instituciones gozan aún de mucho poder y capacidad de domesticación. Por lo tanto, seguirán tendiendo sus mallas. Entre las trampas menos visibles, figura la que señala Federici, que consiste en que “la violencia es definida como la estrictamente infligida por el hombre de manera individual”. De ese modo se pierde de vista el contexto depredador del capitalismo en su etapa actual de cuarta guerra mundial, y se ocultan los feminicidios (y el narco) como parte del control del capital a cielo abierto.

El segundo problema lo ponen sobre la mesa las feministas descoloniales en sus reflexiones de este 8 de marzo*. Cuando lanzan la consigna “¡Que ni una sea menos!”, nos dicen que no hay un feminismo universal, como no puede haber emancipación universal. Las opresiones son múltiples, así como los modos de liberación. El paro como metodología no interpela a las mujeres negras e indias, a las que viven en comunidades y en colonias, sino a las que tienen un empleo remunerado en blanco.

Son aprendizajes que también nos interpelan a los varones y nos dicen que debemos estar dispuestos a aprender del movimiento feminista, uno de los más subversivos que existe en estos momentos en el mundo.

 

*http://glefas.org/algunas-reflexiones-sobre-metodologias-feministas/

 

*Raúl Zibechi: Periodista y educador popular; acompañante de las luchas de los pueblos de Amércia Latina.

 

Publicado enPolítica
Sábado, 11 Marzo 2017 07:41

La revolución será feminista

Varias manifestantes en la marcha del 8M de Madrid. / Olmo Calvo.

 

El feminismo es el proceso de subjetivación más expansivo y sólido que se está dando en nuestras sociedades; sin líderes, sin centralizar, sin programa, ni dirección, sin fronteras, puro rizoma.

 

El feminismo no es un movimiento social, es mucho más, es una sociedad que está moviéndose hacia el feminismo. En ese proceso, las fuerzas y lecturas que rechazan una sociedad igualitaria lanzan exabruptos y conatos propios del Medioevo; pero lejos de ser una muestra del retroceso de la sociedad hacia posturas aparentemente superadas, representan la reacción de los valores de una sociedad que se muere, pero que en su agonía, cual perro rabioso, se parapeta en la esquina lanzando mordiscos a la espera de ser derribado.

Las manifestaciones del 8 de marzo han sido masivas alrededor del mundo. En Madrid, ahí donde hace unos años se juntaban unas pocas miles de personas en una puesta en escena donde se identificaban con facilidad los bloques de partidos y colectivos políticos, en esta ocasión se han diluido entre un torbellino de iniciativas, pancartas caseras, cánticos cruzados y las calles aledañas a la manifestación tomadas por grupos de mujeres que vuelven a casa contentas y exhibiendo símbolos: la calle es suya. Sucede siempre lo mismo con aquello que es grande, que desaparece todo rastro de vanguardia y se le responde al poder con la frase que canta el Evaristo, "¿quieres identificarnos? Tienes un problema".

En el caso de Turquía, inmersa en una grave espiral represiva, las feministas han desafiado al terror de Erdogan y al de ISIS. El gobierno que ha suspendido el derecho de manifestación –desde que en 2015 las bombas de DAESH asesinaran a decenas de manifestantes en diferentes ciudades– no ha podido evitar que decenas de miles de mujeres desfilaran por las calles de Estambul, Ankara y Diyarbakir.

En Grecia, el 8 de marzo de 2016 no hubo movilizaciones, con excepción de la pequeña manifestación protagonizada por mujeres kurdas en Atenas. Las feministas griegas decidieron no convocar porque estaban completamente sobrepasadas trabajando en la llamada crisis de los refugiados. Esto les valió algunas críticas de colectivos de otros países.

En 2017, sin embargo, Grecia no sólo ha recuperado la tradicional manifestación feminista sino que las mujeres refugiadas y migrantes han ocupado un espacio central en la misma, tanto en el número de participantes como en el discurso. Tres lecciones se pueden extraer de esto. El primero, que cada contexto debe tener su proceso, sus ritmos, sus prioridades y su discurso. La uniformidad a veces no suma sino que resta. El segundo, que los feminismos son el proceso de confluencia más exitoso en casi todas las partes del mundo. El tercero, que cuando hablamos de feminismos no nos referimos sólo a la lucha de las mujeres blancas con papeles.

El feminismo es el proceso de subjetivación más expansivo y sólido que se está dando en nuestras sociedades; sin líderes, sin centralizar, sin programa, ni dirección, sin fronteras, puro rizoma. El feminismo muestra que la verdadera política es algo más ambicioso: modificar las estructuras y las formas de comprender el orden de la sociedad. El movimiento subjetivo inventa nuevos universos de referencia y modos de concebir las relaciones sociales; es la sociedad reinventándose a sí misma en su propia defensa. "La revolución será feminista o no será" rezaba la pancarta colgada en la puerta del Sol en mayo de 2011. Había quien no lo entendía, incluso la pancarta fue arrancada, pero ahora nos vamos enterando: no estaban pidiendo permiso, tampoco exigiendo tolerancia por parte del hombre que debe "tolerar" la lucha de las mujeres; estaban constatando un hecho.

Este es el siglo de las mujeres. Lo vimos en Austria donde las mujeres salvaron a su país de la extrema derecha, lo vimos en Polonia con las mujeres valientes defendiendo su derecho a decidir, lo vimos en EEUU con las mujeres defendiéndose del ataque de Trump, en Islandia haciendo huelgas contra la brecha salarial, y lo vimos en España, donde el feminismo ha sido el único movimiento capaz de derribar a un ministro.

Esto quiere decir que las posibilidades para repensar la democracia y las bases de la convivencia, no es que deban tener en cuenta la perspectiva de las mujeres, sino que el conjunto de nuestra convivencia y relación ecológica viene dada por una hegemonía feminista. No solo cambian su papel y rol en sociedad, no solo visibilizan el trabajo socio reproductivo, base y a la vez molestia de la acumulación capitalista, con ello también alteran profundamente lo que significa y representa ser hombre.

Los hombres tenemos dos opciones: defender con uñas y dientes nuestros privilegios o aceptar que es el momento de dar un paso atrás. Asumir que no vamos a ser los protagonistas es difícil para quienes estamos acostumbrados a que nuestra opinión cuente. Reconocer que somos parte del problema es duro para quienes prefieren creer que el machismo es un conjunto de comportamientos individuales de determinados hombres, en vez de una cuestión estructural. Cuanto antes lo hagamos, menos sufrimiento provocaremos. Este proceso no se da de una vez para todas, no tiene una fecha fijada en el calendario, no es solo un acontecimiento, es una sedimentación cotidiana que va drenando y mutando en nuevas prácticas, gestos tácitos y mapas mentales.

Comentaba hace unos meses el presidente de la CEOE, Juan Rosell, que la mujer es "un problema" para lograr el pleno empleo. En 2014, la que en su momento era la presidenta del Círculo de Empresarios, Mónica de Oriol, llegó a afirmar que prefería contratar a mujeres menores de 25 años o mayores de 45 años porque es menos probable que se queden embarazadas; quedarse embarazada es según sus propias palabras "un problema".

Pero, ¿cuál es el verdadero problema? Asumir un funcionamiento laboral que choca frontalmente con el funcionamiento de la vida. El problema es la manera en que se comprende qué define a la riqueza, a la utilidad, a lo que es o no actividad, a las prioridades, y hacer totalmente dependiente del trabajo remunerado el acceso a la condición de ciudadanía. El problema es poner por delante obtener beneficios privados a los beneficios comunes. La lucha de las mujeres representa el potencial de una contradicción fundamental del capitalismo, que no es la de trabajo proletario vs trabajo capitalista (un oxímoron), sino entre concebir la riqueza basada en el valor vs la riqueza no basada, no medida ni mediada por el gasto inmediato de tiempo de trabajo humano. Contradicción entre la centralidad de la autovalorización capitalista o la centralidad en el desarrollo de la vida, por eso el feminismo es ante todo un movimiento de vida.

La hegemonía de la política de movimiento lo impregna todo y obliga a que todos los actores tengan que moverse y posicionarse. El grado de fortalecimiento del movimiento mantiene una tensión dialéctica entre su capacidad de transformar la sociedad y la de ser transformado. El capitalismo funciona también como un cierre semiótico, esto es, busca adaptarse a los nuevos códigos y significados de tal forma que incorpora parte de sus demandas al tiempo que trata de evitar la politización de la economía. Es lo que Nancy Fraser ha calificado de "neoliberalismo progresista"; una especie de alianza entre algunas corrientes de los nuevos movimientos sociales, incluido el feminismo, y sectores de Wall Street, Silicon Valley y Hollywood. Una alianza entre la financiarización de la economía y la lectura licuada de la diversidad social y el reconocimiento a los distintos "estilos de vida".

La conocida marca de moda Christian Dior ha presentado para esta temporada de primavera 2017 una camiseta que lleva por mensaje el título del libro de la escritora Ngozi Adichie, We should all be feminists (Todos deberíamos ser feministas). Si Dior lo hace es gracias al efecto generado por el terremoto feminista, lo que ciertamente es síntoma de fortaleza, pero al mismo tiempo entraña sus riesgos; ¿Dior se come al feminismo, o el feminismo a Dior? La tensión de la lucha de clases en una camiseta. El momento es ahora. La revolución está siendo feminista.

 

 

Publicado enPolítica
(Imagen: EFE)

 

Con manifestaciones, protestas y paros de actividades, mujeres de los cinco continentes coincidieron en reivindicar sus derechos y exigieron el cese de todas las formas de discriminación que sufren, en todos los ámbitos de la sociedad.

 

El Día Internacional de la Mujer, una jornada en la que se reivindica una igualdad real y justa y se alerta sobre los abusos que aún sufren muchas mujeres por el mero hecho de serlo, se conmemoró en todo el mundo con marchas y actos.

En París, miles de mujeres se reunieron en la plaza de la República para denunciar la desigualdad salarial con los hombres, mientras que en Italia la jornada se celebró con asambleas, concentraciones y huelgas en sectores públicos y privados.

Mujeres y hombres se concentraron frente a sus lugares de trabajo en España para un paro de media hora, “laboral y de consumo” en las principales ciudades españolas, con Madrid y Barcelona a la cabeza, donde las alcaldesas Manuela Carmena y Ada Colau lideraron las protestas.

 

na07fo01 4

México (Imagen: EFE)

 

En Londres, los actos comenzaron el domingo con una marcha liderada por la activista y cantante Annie Lennox y el alcalde de la metrópoli, Sadiq Khan, y continuarán por varios días. En el marco de la campaña denominada “Un día sin una mujer”, también se instó a no trabajar ayer y a no realizar compras.

En Bolivia también hubo marchas y paros y La Paz fue la sede principal de las protestas. Los colectivos Ni Una Menos Bolivia, Komunidad Vida, Wiñay Wara, Universitarias Libertarias y Pan y Rosas plantearon un paro a las 12.30 hora local en una de las principales plazas de la ciudad paceña, y bloqueos y una gran marcha por la tarde.

La presidenta chilena, Michelle Bachelet, puso como ejemplo de reducción de la brecha de género y el machismo el proyecto de ley impulsado por su Ejecutivo para despenalizar el aborto en caso de inviabilidad fetal, peligro de vida para la mujer o producido por violación.

Pero no en todo el mundo fue una jornada de reivindicación de derechos. Un grupo atacó al grito de “Alá es grande” un acto que se celebraba en la Universidad Bilgi de Estambul, con un saldo de varios estudiantes heridos.

 

na07fo03 0

Estados Unidos (Imagen: EFE)

 

En Brasil, el presidente Michel Temer afirmó que “nadie mejor que la mujer” detecta la variación de los precios en el supermercado y aseguró tener la convicción de cuánto las mujeres brasileñas “hacen por sus casas” y por la educación de sus hijos en el hogar.

Mientras la ONU y los movimientos sociales y feministas enfocan el 8 de marzo como un día de lucha por la igualdad, la ausencia de reivindicación, excepto raras excepciones, es la tónica en Rusia. “La mitad fuerte de la humanidad tiene que enfrentarse hoy a enormes dificultades, y no sólo por el tráfico. En la víspera de la fiesta más bella del año, el 8 de marzo, los mercados y tiendas de flores viven la tradicional agitación”, comenzó ayer una locutora de televisión una crónica sobre las masivas compras de flores por parte de la mitad masculina.

El secretario general de la ONU, António Guterres, desde Nairobi, afirmó: “El desarrollo global será más eficiente, la paz duradera y los derechos humanos estarán mejor protegidos si la mujer adquiere una plena capacitación en todos los aspectos de la sociedad”.

El presidente de EE.UU., Donald Trump, con numerosos comentarios de carácter machista, dijo en su cuenta de Twitter: “Tengo un tremendo respeto por las mujeres y los muchos papeles que cumplen (y) que son vitales para la estructura de nuestra sociedad y nuestra economía”. Manifestaciones y huelgas de empleados en empresas y organizaciones marcaron en EE.UU. el Día sin Mujeres para denunciar los desafíos a los que se enfrentan bajo la presidencia de Trump.

 

na07fo04 0

Nicaragua (Imagen: EFE)

 

Publicado enInternacional
Foto: Andrés Cuenca

 

A menos de una semana antes del Día Internacional de la Mujer hace un año, militares hondureños entrenados por el Pentágono irrumpieron en su casa y asesinaron a Berta Cáceres. Feminista, ecologista y antiimperialista, organizadora carismática y opositora firme de los megaproyectos que robaron y envenenaron la tierra de los pueblos indígenas, Berta fue el epítome de todo lo que los secuaces del capitalismo detestaron y temieron.

Berta Cáceres fue pionera en una nueva generación de mujeres líderes en América Latina. Éstas nuevas líderes viven la “interseccionalidad” entre clase, raza y género no como líneas que se entrecruzan, sino en cada respiración que toman. El liderazgo de Berta fue reconocido en todo el mundo por cómo enfatizó las luchas unificadoras. Transmitió a sus hijas e hijo y a los miembros de su organización COPINH su cosmovisión indígena Lenca y la convicción de que la Madre Tierra debe ser protegida, su análisis anticapitalista y antiimperialista que proporciona un marco para entender los ataques a su tierra y su pueblo vinculándolos al contexto nacional y global, y su firme creencia en la necesidad de la solidaridad internacional para enfrentar un sistema global. Insistió en que el activismo medioambiental significa enfrentar las fuerzas patriarcales que destruyen el planeta, y que la defensa del territorio es la defensa de los derechos de las mujeres porque el patriarcado reclama los cuerpos de la mujer como su territorio.

Esta manera de ver al feminismo como una parte integral de la batalla por la supervivencia –como persona, como especie, como mujer- ha dado nueva vida al feminismo en un momento en que la segunda ola del feminismo—mayoritariamente mujeres blancas, de clase media-alta– parece haberse estrellado contra los bajíos del neoliberalismo. Estas batallas lideradas por mujeres, no sólo en América Latina, sino en todo el sur global, proporcionan la vitalidad, diversidad y relevancia que el feminismo necesita para tomar un lugar permanente y prominente en cada movimiento por la libertad en la tierra.

Lolita Chávez Ixcaquic, líder Maya K’iche’ en Guatemala, se refiere a “otros feminismos que surgen de las mujeres de los pueblos indígenas”. “Hemos hablado de la autonomía de nuestros pueblos”, dice, “y también de la autonomía dentro de la autonomía. Porque en mi comunidad hay un patriarcado, y a veces es peor que otras barreras porque es muy íntimo”.

Estar en primera línea en las batallas anticapitalistas para defender la tierra y los derechos, catapulta a las mujeres de toda la región hacia el liderazgo y forja nuevas definiciones. Esta transformación en las propias mujeres y en el papel y la práctica del feminismo es clave para el futuro y es conscientemente ignorada por el feminismo liberal.

 

Las mujeres y sus movimientos

 

No hay una sola manera de caracterizar a los nuevos feminismos en América Latina, pero la mayoría empieza con dos elementos básicos: las víctimas que se niegan a ser víctimas, y la defensa del valor de la vida. Eso suena simple, pero es el desafío más fundamental y radical al sistema hoy en día, y es tan peligroso que ha llevado a asesinatos y ataques constantes a mujeres líderes. Las mujeres indígenas están en el centro porque sufren la triple discriminación de ser pobres, indígenas y mujeres, pero también porque los profundos valores indígenas de conexión confrontan al individualismo y a la cultura de consumo que han absorbido gran parte del feminismo estadounidense y europeo.

Esas conexiones alimentan la organización de las mujeres mayas. “Tenemos la fuerza de muchos principios, entre ellos la reciprocidad -tú eres yo y yo soy tú. Eso nos fortalece como mujeres y la conexión con la vida y la red de la que todos somos parte”, dijo Lolita en una entrevista con Just Associates. “Como parte de esa red, tenemos que tener territorios libres de corporaciones y libres de violencia contra las mujeres, para que podamos avanzar hacia el pleno significado de la vida”.

La lideresa garífuna Miriam Miranda señala que el énfasis en la comunidad significa que ningún aspecto puede ser temporalmente archivado o ignorado. “Todos los movimientos organizados – campesinos, trabajadores, pueblos indígenas, LGTB – tienen que incorporar elementos que tienen que ver con la reivindicación de la comunidad, la comunalidad. Especialmente la lucha anti-patriarcal, pero también la organización antirracista, porque es inútil luchar por un sistema anti-patriarcal si todavía tenemos actos racistas y discriminatorios contra personas que no son como nosotros”. Como feminista indígena negra, ella y su organización en la costa atlántica de Honduras colectivamente asume todo a la vez, todos los días.

Por defender la vida en un sistema que mata, se han generado nuevos movimientos dirigidos por mujeres nunca imaginados hace apenas una década. En México, miles de mujeres se organizan para buscar a sus hijas e hijos y otros seres queridos desaparecidos en la desastrosa “guerra contra las drogas”. En grupos locales en todo el país, las mujeres, y en menor grado los hombres, se reunen; comenzaron pasando innumerables horas en oficinas gubernamentales para presionar a los funcionarios para que realizaran investigaciones serias, enjuiciamientos y proporcionaran información sobre sus casos, usualmente sin resultados. Ahora las demandas al gobierno continúan, pero muchas personas han salido de las oficinas para ir a los campos con palos y palas para hacer la búsqueda ellas mismas. Están construyendo alianzas como base para la acción autónoma. Del dolor de perder a un hijo, han aprendido a defender los derechos, presentar quejas formales, hablar en público y dirigir movimientos. Muchas podrían no llamarse a sí mismas feministas, pero reconocen cambios reales en sus roles.

“Después de considerarme una ama de casa, porque eso es lo que era anteriormente, puedo decir que a partir del 28 de agosto de 2008 me desubicaron totalmente porque fue un cambio de vida drástico”, dijo María Herrera, líder de la organización nacional de familiares desaparecidos en una entrevista reciente y refiriendo a la fecha en que desaparecieron dos de sus hijos.

“Te cambia la vida totalmente y no sabemos ni qué hacer ni cómo hacerlo. Afortunadamente, estos cambios que han surgido intempestivamente también nos han dado a entender que como personas, como mujeres, no nos debemos dejar vencer... el dolor que estoy sufriendo, y no nada más yo, sino las miles de mujeres, madres de familia, esposas, hijas, estamos sufriendo una tragedia, no sé ya ni cómo llamarla, y esto, muy lejos de asustarnos, nos da valor, fuerzas, para luchar y salir adelante”. María Herrera se ha convertido en una crítica internacionalmente conocida de la guerra contra las drogas y del gobierno mexicano, incorporando a miles de personas a un movimiento de profundo cambio social. Las mujeres han asumido todos los casos de los desaparecidos como propios y han arriesgado sus vidas contra el crimen organizado y los funcionarios corruptos del gobierno.

Las madres centroamericanas que cada año viajan por México en busca de sus hijos migrantes desaparecidos pasan por la misma transformación–de la esfera privada a la esfera pública, de la pena individual a la indignación y la acción compartidas. Cuando pregunté por qué las mujeres son más propensas que los hombres a organizarse, una fundadora de uno de los grupos respondió que una madre arriesgará su propia vida para encontrar un hijo o una hija y nunca renunciará a la esperanza. Los padres sienten que han fallado en su papel de proteger y tienden a retirarse de la lucha para proteger a los que aún permanecen con ellos. Así, los papeles patriarcales tradicionales empujan a las mujeres a salir de esos mismos papeles -no es la primera vez en la historia del feminismo que hemos visto esa paradoja-.

En toda la región, millones de mujeres de todo el mundo participaron en la huelga de mujeres del 8 de marzo de 2017 contra la violencia machista, ya sea negándose a trabajar, a comprar, a tener relaciones sexuales, o a asistir a la escuela, o asistiendo a manifestaciones. La idea de la movilización global comenzó en Argentina con la movilización “Ni Una Menos” tras la brutal violación y asesinato de una joven, y con las manifestaciones “Ni Una Más” en contra de los feminicidios en México. Las mujeres jóvenes indignadas por la falta de seguridad y la agresión sexista en sus sociedades se manifestaron en eventos que pasaron por alto las organizaciones feministas tradicionales y marcaron una nueva generación de activismo feminista.

Las argentinas marcharon este 8 de marzo bajo el eslogan de “No Estamos Todas”. El comunicado dice: “Nos faltan las presas políticas, las perseguidas, las asesinadas en territorio latinoamericano por defender la tierra y sus recursos. Nos faltan las mujeres encarceladas por delitos menores que criminalizan formas de supervivencia, mientras los crímenes de las corporaciones y el narcotráfico quedan impunes porque benefician al capital. Nos faltan las muertas y las presas por abortos inseguros. Nos faltan las desaparecidas”.

Esto no es sólo una mera lista de víctimas; es la nueva constelación de temas feministas.

 
Feminismo perdido, feminismo ganado

 

Poco después de la elección de Trump, el New York Times publicó un editorial titulado: “El feminismo perdió: ¿ahora qué?”. El artículo argumentaba que cuando la campaña de Hillary Clinton cayó en llamas significó una gran derrota para el feminismo -la destrucción del sueño de inaugurar a la primera presidenta de la nación y romper el techo de cristal. No sólo eso, el antifeminismo en su expresión más grosera y descarada en décadas había ganado, ayudado en gran medida por el voto de mujeres blancas.

Ha habido una serie de reflexiones, más allá de los post-mortem post-electorales, sobre lo que salió mal, pero la verdadera pregunta es: ¿de qué feminismo están hablando?

Hillary Clinton popularizó la frase “Los derechos de la mujer son derechos humanos”, introduciendo un cambio de paradigma que buscó insertar a los asuntos de las mujeres en la agenda del establishment. Allí está el problema. Los feminismos latinoamericanos están muy claros de que nunca llegarán a donde quieren ir, al simplemente dar al sistema actual una patina de género.

Clinton promovía el militarismo patriarcal, la intervención estafounidense y el privilegio corporativo que sostienen el mismo sistema que otros feminismos están decididos a derrotar. En su autobiografía, escribió abiertamente sobre las maniobras con la secretaria de Relaciones Exteriores de México, Patricia Espinosa, para mantener al régimen golpista hondureño. Mientras trabajaba tras bambalinas para institucionalizar el golpe de Estado sin restituir al presidente electo, Mel Zelaya, las “Feministas de Resistencia” hondureñas marchaban diariamente en las calles como un pilar del movimiento pro-democracia. Cáceres citó la declaración de Clinton a menudo para mostrar el papel central del gobierno de Estados Unidos en perpetuar el golpe de Estado en Honduras. Más tarde ella misma se convirtió en una víctima del legado del golpe.

El editorial del New York Times concluye: “El desafío para el movimiento de mujeres es persuadir a más del electorado de que el feminismo no es un mero lujo para los y las privilegiados o la provincia sólo de los liberales”. Hasta el fraseo es condescendiente. No se trata de persuadir a la gente a votar feminista. Ya es hora de examinar los conceptos implícitos sobre quién hace la persuasión y quién es el potencial persuadido.

Para que el feminismo se convierta en el movimiento de emancipación que pretendía ser, los roles tienen que ser revertidos. Ya no se trata de consciousness-raising (hacer conciencia) nada más, como si el velo debiera ser despojado de los ojos de aquellos que no ven las cosas tal como las vemos nosotras. Se trata de crear espacios de diálogo sin imposiciones, que reconozcan diferencias de clase y de otro tipo y permitan que surjan nuevos entendimientos y nuevos modelos. Eso no significa acomodar o justificar el virulento sexismo y el racismo que se hicieron aceptables en el discurso político de Estados Unidos con esta elección, sino que significa forjar nuevos caminos que provean una salida que no esté basada en el odio y la división o el privilegio y la represión.

Se trata de dar la delantera a los nuevos feminismos que se están desarrollando a partir de la oposición directa al sistema global de las mujeres cuyas vidas mismas son un testimonio de cómo las opresiones encajan y la resistencia es la emancipación. El mal golpe del feminismo estadounidense existe porque un feminismo falso se ha instalado cómodamente dentro del sistema y busca detener los nuevos feminismos que desafían sus privilegios.

El feminismo nunca derrotará el triunfo del avivamiento patriarcal en los Estados Unidos o el resurgimiento en el resto del mundo a menos que abrace su naturaleza como profundamente anti-sistémica. A medida que el sistema se vuelve más letal y alienante, la defensa de la vida y la oposición a la impunidad de las mujeres representan un reto radical. Si los nuevos feminismos se llaman “feministas” o no, sus acciones anti-sistémicas confrontan directamente a la violencia patriarcal institucionalizada en el Estado y expresada en la sociedad en todos los niveles, desde los hogares, hasta las calles y las legislaturas. Las feministas de todas partes deberíamos unirnos a estos desafíos.

 

 

Publicado enSociedad