Martes, 09 Septiembre 2014 14:06

La inacabada revolución feminista

La inacabada revolución feminista

"No podemos construir una sociedad alternativa y un movimiento fuerte capaz de reproducirse, si no redefinimos nuestra reproducción en términos más cooperativos y ponemos un punto final a la separación entre lo personal y lo político, entre el activismo político y la reproducción de nuestra vida cotidiana".

Silvia Federici

 

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"Las políticas económicas neoliberales aumentan el trabajo gratuito de las mujeres"

Es docente, investigadora y, sobre todo, militante por los derechos de las mujeres. Fue asesora ministerial en el gobierno de Rodríguez Zapatero. Aquí, advierte sobre las consecuencias que provocan en la lucha por la igualdad de los géneros los planes de ajuste en su país y Europa toda. También se suma al debate en torno de la prostitución. Y analiza qué cambió en España con la ley contra la violencia de género.

 

A su paso por Buenos Aires, adonde vino invitada por una organización regional de mujeres, Cladem, Rosa Cobo Bedia se explayó sobre las consecuencias de los planes de ajuste sobre la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres, el debate en torno de la prostitución –¿trabajo o explotación sexual?– y los cambios que trajo la ley contra la violencia de género sancionada una década atrás en España, entre otros temas.


–¿Cómo están afectando las políticas económicas neoliberales en Europa la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres?
–Europa ya está metida de lleno en las políticas económicas neoliberales. Tienen muchos efectos. Pero hay dos básicos, que se pueden identificar analíticamente. El primero de ellos es que aumenta el trabajo gratuito de las mujeres. En la medida en que el Estado abdica de las funciones que hasta ese momento desempeñaba, esas tareas se desplazan a las familias, donde son las mujeres las que las asumen. Se trata de invisibilizar ese proceso de desplazamiento. Al mismo tiempo, han bajado muchísimo los salarios y, entonces, las familias de clase media tienen que prescindir de una ayuda doméstica y esas tareas pasan a hacerlas las mujeres. También con menos dinero en los hogares se tiende a preparar otro tipo de comidas, ya no un bife, sino platos más elaborados que son más baratos pero demandan más trabajo. Las que cocinan suelen ser las mujeres. Del 2003 al 2014, el trabajo gratuito de las mujeres en España ha subido un 4,3 por ciento. Es un dato paradigmático. Imagínese un país de América latina, como sucedió unos años atrás en Perú o en Brasil, que tenga un crecimiento anual de esa magnitud. Ese trabajo gratuito de las mujeres aumenta sobre otro fenómeno, que también es históricamente nuevo, y es el ingreso masivo de las mujeres al mercado laboral. Por lo tanto, tienen la doble jornada laboral.


–¿Cuál es el segundo efecto?
–Las mujeres hemos entrado al mercado laboral a partir de los años '60 y '70, en un proceso de pérdida de derechos para los trabajadores y de reducción muy significativa de los salarios. En 1973, a partir del golpe militar de Pinochet, Chile se convierte en el primer laboratorio donde se aplican las políticas económicas neoliberales; después fue Argentina, Inglaterra... La reducción de los salarios en los últimos veinte años ha sido de muerte. Es decir, las mujeres entran al mercado laboral en la misma posición que tienen en la sociedad: en una posición de clara desigualdad con respecto a los varones. Las mujeres son mayoría en los trabajos de tiempo parcial, en la economía sumergida, en los empleos más precarios, tienen mayor presencia en las maquilas más descalificadas. La mayor parte de los salarios de pobreza son femeninos. El paradigma que lo explica con muchísima claridad es el de las maquilas. Se tiende a pensar que están sólo en Centroamérica y en el Sudeste asiático. Es muy falso: las maquilas están invadiendo el mundo entero. En España también las tenemos. Los dos grandes fenómenos que explican la posición de explotación de las mujeres son la maquila por un lado y la prostitución por el otro. Son las dos metáforas explicativas de la suerte de las mujeres en el siglo XXI. Hay otro efecto que ya no tiene que ver exclusivamente con las mujeres pero que también puede tener una lectura feminista, y es que han ensanchado el mercado y han reducido muchísimo la capacidad de maniobra del poder político, para poder gestionar el mercado en clave social demócrata, keynesiana, de redistribución económica. En términos generales, las políticas económicas neoliberales están aumentando muchísimo la desigualdad social en clave de un abismo entre pobres y ricos, un fenómeno que era completamente desconocido en Europa desde hacía tantísimas décadas. Es un proceso que está más vinculado a la revolución del siglo XIX, con aquel capitalismo que explotaba de una forma inmisericorde, que con cualquier otro momento que haya ocurrido en el último siglo.


–Mencionó a la prostitución... ¿Qué opina de la postura de algunas organizaciones que sostienen que hay que regularlo como un trabajo?
–Es un debate complicado que está presente en muchas partes del mundo y desde luego ha logrado instalarse en un lugar marginal, pero finalmente en un lugar de la agenda política de los países europeos. Y por el mismo motivo está en el centro del escenario político feminista, sin ninguna duda. La mayor parte del feminismo se inclina por la consideración de que la prostitución es una forma de explotación de las mujeres. Adhiero a esa mirada. También es cierto, y hay que tener en consideración que los países que tienen estados de bienestar más desarrollados en Europa, como es el caso de Suecia, Noruega, Finlandia, Islandia, han llegado a la conclusión de que es una forma extrema de explotación sobre las mujeres. Y están haciendo políticas públicas orientadas a penalizar al cliente y a poner sobre la mesa políticas y recursos que hagan posible que mujeres que están viviendo de la prostitución puedan salir de ella. Es importantísimo poner de manifiesto cómo el feminismo está intentando desplazar el foco de la mujer prostituida al varón prostituidor, al putero, al que se llama cliente, a mi criterio, de una forma bastante blanda. No creo que haya que llamarlo así, porque es reconocer una relación comercial.


–Voces que defienden la prostitución como trabajo fundamentan su postura en el derecho a decidir sobre su propio cuerpo de las mujeres, el mismo argumento con el cual desde el feminismo se defiende el derecho al aborto. ¿Qué responde a ese planteo?
–Hay elección cuando hay posibilidades de elegir. Cuando no hay posibilidades de elegir, no. Una mujer extremadamente pobre, con pocos recursos culturales y que ha sido abusada sexualmente en su infancia –porque la mayoría de las mujeres que ejercen la prostitución lo ha sido y es un aspecto que no se dice–, ¿qué posibilidades de elección tiene? Lo que hay son circuitos semiinstitucionalizados por los que transitan las mujeres para la prostitución, que son los mismos por los que transitan las armas, las drogas, los órganos. Las mujeres van de los países más pobres a los más ricos, y siguen esos circuitos. No se puede decir alegremente que la prostitución es un trabajo como cualquier otro, porque la mayor parte de las mujeres que la ejercen no quieren ejercerla. No pongo en discusión que haya grupos reducidísimos de mujeres que ejercen la prostitución que lo consideren como un trabajo. Dirigí un trabajo de investigación entre 2010 y 2013, financiado por el Instituto de la Mujer en España. En ese marco hemos entrevistado a mujeres que ejercen la prostitución y ninguna de ellas quiere ejercerla. Lo hace porque sencillamente es una posibilidad segura de obtener recursos y mucho más en momentos en que el mercado laboral se ha reducido hasta extremos insólitos. A las mujeres les queda ese recurso para poder vivir, como a gente de poblaciones pobres vender un riñón. Que sea así no quiere decir que sea aceptable. No podemos renunciar a construir una imagen de cómo queremos que sea el mundo. Desde el punto de vista ético y social, no me parece que en esa imagen haya grupos de mujeres para uso sexual de todos aquellos varones que quieran hacerlo. Una ley envía un mensaje a la sociedad. Cuando se legaliza la prostitución se envía el mensaje a todas nuestras mujeres jóvenes –yo estoy pensando en mi hija, de 12 años– de que se trata de una actividad aceptable. Desde luego no quiero que mi hija ni que todas las jóvenes –porque son las jóvenes básicamente las que van a nutrir ese campo– reciban como mensaje que la prostitución es un trabajo como cualquier otro, porque sencillamente no lo es.


–¿Qué secuelas deja la prostitución en las mujeres?
–El uso de alcohol y de drogas es altísimo en ellas. Cuando las entrevistás, te dicen que tienen que beber y tomar drogas porque se les hace insoportable el acostarse con un hombre y luego con otro y luego con otro. Además, es una actividad que desgasta muchísimo porque mientras se acuestan con los hombres tienen que tener unos niveles de control fortísimos para que no se sobrepasen, no utilicen violencia, para que estén el tiempo que tienen que estar, para que no las obliguen a hacer cosas que no quieren hacer. Es un desgaste psicológico extremadamente fuerte y es un proceso de desempoderamiento brutal. Muchas de ellas no utilizan esta palabra pero el significado es ése.


–¿Qué intereses hay detrás de los planteos de legalización y sindicalización de la prostitución?
–Lo voy a decir de esta manera: hay momentos en que cuando no se puede hacer desaparecer fenómenos sociales que son extraordinariamente duros para los que los tienen que vivir, se trata de optar por salidas que mejoren sus condiciones de vida. Pero ya tenemos datos claros y rotundos, como los informes que se han publicado después de tantos años de legalización en Holanda, que sostienen que con la legalización de la prostitución no han mejorado las condiciones de vida de las mujeres que la ejercen. Por lo tanto, no debemos olvidarnos de ese argumento. Si la tendencia es a desnormatizar las relaciones laborales de sectores cada vez más amplios de trabajadoras y trabajadores, a que no haya contratos –le llaman flexibilización–, me pregunto ¿cómo es posible que les vayan a hacer contratos a las mujeres que ejercen la prostitución, sobre todo, si como ocurre en Europa la mayoría no tienen papeles porque son inmigrantes? Su vida no mejora. Lo que mejora con la legalización es la vida de los traficantes, de los dueños de los burdeles y de los varones que saben que tienen cuerpos que son mercancías a su disposición.


–¿Qué cambió en España en la última década en relación con la violencia de género a partir de las leyes que se aprobaron para sancionarla e implementar otras medidas para su prevención?
–A partir de 2004 se empiezan a hacer políticas públicas de igualdad de género y, en ese marco, se aprueba una ley contra la violencia de género. Había más expectativas en torno de esa ley de las que finalmente logró satisfacer. Lo más importante, creo, es el mensaje que se envió a la sociedad de que la violencia contra las mujeres no es aceptable desde el punto de vista moral y social. El umbral de tolerancia se bajó. Eso ha sido muy bueno. Se convirtió, además, en un tema de debate social, político y público, un tema que se consideraba privado. El problema se hizo visible para mucha gente, para la cual hasta ese momento era invisible. La ley tiene una parte impositiva, que se centra en el castigo al agresor, y otra, propositiva, que señala que la violencia contra las mujeres no puede desaparecer si no se hacen políticas de prevención, que tienen que ver con educación sexual en las escuelas, con introducir en los estudios primarios, secundarios y universitarios el problema de la desigualdad entre hombres y mujeres. Hay violencia porque hay desigualdad. Esa parte es la que no se ha cumplido. Ahí también tenemos que decir que la derecha ha sido extremadamente beligerante contra las políticas de prevención. Nunca aceptó introducir la educación sexual en la currícula escolar. En los últimos tiempos, que han sido los peores en España desde que se reinstauró la democracia, como las políticas de ajuste han sido brutales, han desaparecido completamente las políticas sociales y los recursos para las mujeres –aunque no sólo para ellas–. Con lo cual la ley contra la violencia de género se está vaciando de contenidos.


–En Argentina se observa una exacerbación de la violencia hacia las mujeres, con casos que se repiten de mujeres quemadas vivas por sus parejas o ex parejas. ¿Se observa el mismo fenómeno en España? ¿A qué cree que puede responder?
–Podríamos hablar de un canon de violencia patriarcal, que es el de un varón que considera que su pareja es de su propiedad –como en el siglo XIX, cuando no teníamos muchos derechos civiles– y frente a la posibilidad de que ella pueda tener voz, autonomía, pueda irse, utilizan variadas formas de violencia, que en algunos casos desembocan en el asesinato. Ese es el canon de violencia patriarcal que estamos acostumbradas a ver y hemos logrado identificar analíticamente las feministas, y a partir de lo cual hemos generado mucha conciencia e introducido en la agenda política de muchos países. Después, hemos visto que ha habido un surgimiento de nuevas formas de violencia patriarcal. Estoy pensando en los femicidios de Ciudad Juárez, en cómo están aumentando en algunos lugares de Centroamérica los crímenes de mujeres los fines de semanas, adolescentes que se van por ahí a tomar una copa y varios varones las violan colectivamente, y en algunos casos las matan. En maras, en Centroamérica, para que algunas mujeres puedan acceder como miembros de pleno derecho se las obliga a pasar por vejaciones, desde tener relaciones sexuales con los jefes hasta aguantar golpes. Es decir, están surgiendo formas de violencia perpetradas por un varón que no es la pareja de la víctima. Se puede interpretar de esta manera: las mujeres hemos logrado a partir de los años '70 más libertad, más igualdad, más autonomía, más independencia económica y por primera vez en la historia –y esto es inédito– podemos decir no a los varones. Y no sólo que podemos decirlo, sino que lo decimos. Las tasas de divorcio son altísimas en muchas partes del mundo, sobre todo en sectores de clase media y media baja. Y no sólo en Europa. Las tasas de natalidad, además, han descendido. Son maneras de decir que no al concepto de familia patriarcal tradicional. Parece que los varones no pueden aceptar ese proceso: que las mujeres les digan que no. Por ejemplo: el 13 por ciento de las mujeres alemanas no quiere tener hijos y no los tienen. Es completamente inédito. Parece que en la medida en que las mujeres ganamos derechos y podemos decir que no a los varones individualmente, los varones colectivamente responden con un tipo de agresividad y de violencia que no estaba en la manera de relacionarse los hombres y las mujeres. No tiene sentido como hecho aislado tomar a una mujer, torturarla, violarla, meterla en cal viva, porque los actos de violencia tienen siempre una dimensión instrumental. Es decir, yo ejerzo violencia contra alguien porque eso me va a producir beneficios. Y, sin embargo, estos actos aparentemente no tienen esa dimensión instrumental. Solamente la tienen si la miramos dentro de un contexto más amplio. Las víctimas de los feminicidios de Ciudad Juárez son mujeres que han salido del dominio masculino, van por las calles, por las noches a los bares, tienen una vida autónoma. Ese es el telón de fondo de esos asesinatos. Una violencia de esas características hace que tu padre, tu hermano, tu novio, te vayan a buscar al trabajo, a la escuela, y que muchísimas menos mujeres salgan a la calle solas sobre todo en determinadas horas. Hace que ellas no tengan la confianza para salir solas.


–¿Por qué si las conquistas que han logrado las mujeres en las últimas décadas tienen que ver con las luchas feministas, el feminismo sigue teniendo tan mala prensa?
–Porque es una teoría crítica de la sociedad que trata de poner en cuestión un sistema de dominio y es el que establecen los hombres colectivamente sobre las mujeres. Todas las teorías críticas de la sociedad siempre generan mucha resistencia social y rechazo por quienes no se benefician: ocurrió con el marxismo, el anarquismo, el ecologismo en países como Brasil y Costa Rica. El caso del feminismo es más grave porque, como decía un filósofo francés del siglo XVII, los hombres son juez y parte al mismo tiempo. Los varones ven amenazados sus privilegios y el feminismo los interpela directamente en la cara y les dice que los privilegios se tienen que acabar, y ellos responden que no son tales, que responden a un orden natural de las cosas. Nadie quiere que le dejen de hacer la cama, de cuidar los hijos, de desarrollar su carrera profesional, ir a jugar a las cartas, a tomar, o compartir las listas electorales de los partidos y el poder, que está en el centro de todo esto. El patriarcado ha subsistido con órdenes económicos muy distintos, pero creo que es un momento histórico muy especial y que hay una alianza a muerte entre patriarcado y neoliberalismo porque las mujeres somos las trabajadoras idóneas para un nuevo mercado laboral sin contratos, para personas intercambiables. Y las mujeres hemos sido definidas como intercambiables siempre. No sé acá, pero en España se decía: "Lo que puede hacer una mujer lo puede hacer otra", que es una manera de decir que no se requiere calificación profesional ni transformación cultural. En las maquilas puede trabajar cualquiera porque se repite siempre lo que hay que hacer. El feminismo es la teoría crítica que interpela más profundamente los cimientos de la sociedad porque no está pensando en lo público sino también en lo privado. No solamente queremos tener un trabajo bien pagado, entrar en la política y participar en todos los poderes fácticos, sino que además vamos iluminando las relaciones de poder que tienen lugar dentro de las familias.

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Lunes, 31 Marzo 2014 07:26

Las mujeres marcan el ritmo en Cuba

Las mujeres marcan el ritmo en Cuba


Cabezas de familia en la mitad de los hogares, representan el 66% de los trabajadores del país y el 50% de los profesionales de la salud. Con unos avanzados permisos de maternidad, cobran lo mismo que los hombres por igual empleo y ocupan el 48% de los escaños del Parlamento.

 

En casi la mitad de hogares cubanos, quienes están al frente de la familia son mujeres. Según se desprende del último censo de población, ellas son cabeza de familia en el 44,9% de los núcleos, lo cual representa un importante crecimiento teniendo en cuenta que en 1981 comandaban menos del 30%. Las causas del empoderamiento de las mujeres cubanas son múltiples, pero influye sobremanera su incorporación masiva al trabajo y al estudio: el 66% de los profesionales y técnicos de Cuba son féminas, al igual que el 50% de los trabajadores de la salud. Esta realidad les permite mantener económicamente a sus hijos con las mismas posibilidades. Además, las mujeres cubanas ganan los mismos salarios que los hombres por igual trabajo, una realidad no muy común en el mundo.


La alta tasa de divorcios también contribuye al mayor protagonismo femenino en el hogar. Separarse legalmente en Cuba es un proceso muy rápido y barato, en el que basta la voluntad de uno solo de los cónyugues para poner fin de inmediato a la unión matrimonial. "Así debe ser porque si yo no quiero seguir con mi pareja nadie puede obligarme a ello", responde a Público Loannia Marimón, una joven cubana de 32 años ya divorciada de primeras nupcias. Mientras que Manuel Toledo, de 33 años, pregunta asombrado: "¿Es que no se así en todo el mundo?".


"Vives en una sociedad matriarcal, incluso antes de la creación de la Federación de Mujeres Cubanas, las mujeres mandaban, de manera discreta, por debajo del tapete, pero lo hacían", dice Margarita Alarcón, trabajadora de una sede diplomática. "Si a eso le sumas que ahora las mujeres en la isla son cultas y preparadas, y muchas son las que ponen la plata gorda sobre la mesa, pues ya. En el fondo a los hombres cubanos les encanta que los siga dominando mamá", agrega.


Su participación política es notoria, el 48% de los diputados son mujeres, según explica la embajadora de Cuba en la UNESCO, María de los Ángeles Flórez. Hoy incluso hay una política de priorizar a las féminas en los cargos públicos, pero lo cierto es que su protagonismo fue anterior a la Revolución. Según la intelectual Graciela Pogolotti, algunos de sus derechos "se los ganaron con su participación como combatientes en la lucha contra la dictadura de Gerardo Machado". Eso explica por qué, desde mucho antes de que las cubanas pelearan en la Sierra Maestra y en la clandestinidad, el aborto y el divorcio eran ya derechos reconocidos.
Las leyes


En la actualidad las leyes protegen especialmente la maternidad, los hijos de madres trabajadoras y solteras tienen prioridad en los círculos infantiles. El permiso es de seis meses con salario pleno y se extiende otros seis meses con un 60% del sueldo, además de brindar la opción de que sea tomado por la madre o el padre. Ninguna cubana puede ser despedida a causa de su embarazo ni perder su cargo tras el permiso.


Se ha introducido el delito de ultraje sexual, que incluye el acoso, y el ser cónyuge se convierte en un agravante para el agresor. Aun así, el asunto de la violencia de género sigue siendo un problema, en 1999 se detectaron casi 2.000 mujeres heridas y 344 violadas. Se han abierto decenas de casas de la Federación de Mujeres para recibir quejas de maltrato dado que todavía algunos policías lo consideran un problema interno de la familia.


El ejercicio de la prostitución no está castigado, pero existen leyes muy severas contra quienes la explotan: el proxenetismo y la trata depersonas pueden ser penados con hasta 30 años de prisión. Servir de intermediario, facilitar el transporte o alquilar la casa para clientes y prostitutas puede terminar con condenas de cárcel y decomiso de vehículos y viviendas. Cuba es especialmente dura con aquellos que prostituyen niños, varios extranjeros están en prisión por haber mantenido relaciones con chicas de 13 y 14 años.


La vida sexual de las cubanas empieza más temprano, termina más tarde y es más abierta que las de sus congéneres de la región. Se inician desde la adolescencia y en los círculos de abuelos se siguen formando parejas de setentones. Es el país con mayor tasa de divorcios de América Latina y una mujer de 50 años puede acumular tres rupturas sin que ello resulte traumático. Tiene que ver con todo lo antes referido y también con la profesión de una fe religiosa, la "santería"afrocubana, en la que el sexo no tiene la carga pecaminosa del catolicismo.

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Sábado, 08 Marzo 2014 06:47

Pacto feminista por las mujeres

Pacto feminista por las mujeres

En este nuevo 8 de marzo, en que una vez más conmemoramos el Día de la Mujer, en homenaje a las 219 mujeres que murieron abrasadas al encerrarse en la empresa Cotton de Nueva York el año 1909, cuando el patrono le prendió fuego a la fábrica, tenemos que mirar con lucidez la realidad que estamos viviendo las españolas, después de 38 años de concluida la dictadura.


Ante una situación de peligrosa inestabilidad económica y social, podemos constatar que en el amplio listado de derechos y avances económicos que la ciudadanía está reivindicando, aquellos que afectan especialmente a las mujeres tienen mucha menos difusión y publicidad.
Las protestas de las diversas ramas de la producción, así como del sector educativo, del sanitario y del cultural, ocupan cotidianamente las portadas de los medios de comunicación y provocan la alarma social derivada de tal estado de cosas. Pero a la vez que las mujeres somos víctimas de la situación económica general, padecemos una violencia específica machista: sufrimos el acoso sexual en el trabajo y en la calle; somos traficadas y explotadas en la prostitución; estamos siendo arbitrariamente privadas de la custodia de nuestras hijas e hijos menores; no percibimos las ayudas por la maternidad; el cuidado de los mayores recae fundamentalmente sobre nosotras; las diferencias salariales entre mujeres y hombres se perpetúan y agrandan; el trabajo a tiempo parcial, los contratos eventuales, en precario y de economía sumergida son mayoritariamente femeninos. Y sin embargo no se le otorgan a estas situaciones dramáticas el protagonismo que se merecen.


Es preciso denunciar que desde principio de año 13 mujeres han sido asesinadas por hombres. Según una costumbre cuya causa es encubrir las verdaderas dimensiones de este feminicidio, la cuenta oficial de las víctimas comienza cada primero de enero, de tal modo que no se publicita que en los últimos 30 años han sido asesinadas 2.400 mujeres, lo que supone multiplicar por 6 las víctimas del terrorismo. A la vez que las cifras de maltratadas, violadas y acosadas sexualmente, en una estimación de 2.500.000 anuales, no han disminuido un ápice en este mismo periodo de tiempo.


Igualmente se sigue contabilizando en nuestro país la espantosa cifra de 500.000 mujeres obligadas a prostituirse, entre las que existe una cantidad cada vez mayor de menores, sometidas a toda clase de violencias que no se computan, con la complacencia de las instituciones que debieran protegerlas y proceder a la abolición de la prostitución. Como siniestro colofón nos encontramos con que se están impartiendo cursos para introducir en la prostitución a mujeres neófitas en tal explotación.


Asimismo, tanto las nuevas legislaciones como la práctica jurídica están siendo arbitrariamente parciales contra las madres, y en perjuicio también de las niñas y niños, a las que se priva de la custodia para entregarla, en muchas ocasiones, a padres maltratadores o incapaces de cuidarlos.


No se ha reducido un ápice las diferencias salariales para el mismo trabajo y rendimiento laboral entre mujeres y hombres, que sigue siendo del 30%, cuando no más, según la categoría profesional, mientras el trabajo a tiempo parcial, los contratos eventuales, en precario y de economía sumergida son mayoritariamente realizados por mujeres, y sin posibilidad de promoción profesional y menos posibilidades de acceso a la protección social.


El porcentaje de puestos de decisión ocupados por mujeres tanto en la empresa privada como en la Administración Pública no ha aumentado en los últimos años, siendo del 12% en el sector público, y con una ínfima incidencia, en el sector privado.


No sólo no se ha procurado facilitar a las mujeres la conciliación de la vida personal con la vida profesional sino que en los últimos 2 años se han suprimido escuelas infantiles, colegios, residencias de personas mayores y prestaciones sociales que ayudaban a las mujeres a compatibilizar las tareas de cuidado con los horarios laborales. Tampoco se ha facilitado a los trabajadores atender las necesidades familiares al extenderse abusivamente las jornadas laborales sin protección jurídica, con lo que las madres están penalizadas para poder desempeñar un trabajo profesional.


Al mismo tiempo la cultura que se difunde a través de todos los medios (cine, televisión, literatura, artículos de prensa, publicidad, fotografía, teatro) sigue conteniendo estereotipos arcaicos y machistas, sin escándalo alguno de la sociedad civil ni de los que la influyen y dirigen, que jamás mencionan este aspecto de la degradación cultural que padecemos, y que aumenta ante la indiferencia de las instituciones y de los más prominentes rectores culturales.


Y en los 2 últimos años se está acabando con los Seminarios e Institutos Universitarios de Investigación y Estudios de las Mujeres Feministas y de Género, que son imprescindibles para el desarrollo de la teoría feminista.


Como estos son los puntos fundamentales de las graves injusticias que estamos padeciendo en este momento las mujeres españolas, se hace imprescindible plantear la urgencia de establecer un PACTO FEMINISTA entre todas las asociaciones feministas, y las mujeres y hombres de buena voluntad para exigir:


• Que se modifique la legislación penal para que se adopten medidas que protejan eficazmente a las mujeres contra la violencia machista, así como la que se refiere a la trata de mujeres y menores con fines de explotación sexual, de modo que sea eficaz en la represión de esos delitos, hoy completamente inoperante; a la vez que se introduce en la legislación penal el delito de apología de la violencia machista, y de la denigración de las mujeres y el odio sexista.

• Que se apruebe la abolición de la prostitución y se tomen las medidas adecuadas para reinsertar a las mujeres que la ejercen en el trabajo asalariado y la vida civil.


• Que se dote de medios y formación adecuada a los cuerpos y fuerzas de Seguridad del Estado, jueces y personal de la Administración de Justicia para que puedan cumplir el mandato constitucional y legal de proteger a las víctimas, perseguir a los agresores y condenarlos de acuerdo a sus delitos.


• Que se modifique la legislación civil para que la custodia compartida de las hijas e hijos menores sólo se pueda acordar cuando exista acuerdo entre progenitores y se den todas las condiciones adecuadas para ello. Que el anteproyecto de Ley de Corresponsabilidad Parental ampare los derechos de hijas e hijos y no intereses económicos machistas.


• Que se adopten todas las medidas necesarias para que se cumpla a rajatabla la ley que exige la igualdad de salario entre mujeres y hombres.


• Que se constituya una red suficiente y adecuada de servicios sociales públicos que permitan a los familiares, mujeres y hombres, compatibilizar el trabajo doméstico con el trabajo asalariado durante todo el año.


• Que se adopten las medidas necesarias para que en las empresas haya una igualdad real entre mujeres y hombres en el reparto de puestos de decisión.

• Que se realice una revisión a fondo de los diccionarios, libros de texto y manuales universitarios, ya que existen en ellos una enorme cantidad de definiciones de términos que denotan una flagrante visión androcéntrica y machista.


• Que se instaure la enseñanza del feminismo como historia de las luchas de las mujeres y como filosofía social en todos los grados del sistema educativo.


• Que se forme al profesorado en la comprensión, conocimiento y aplicación de lo que es el feminismo.


• Que se erradique la publicidad machista y los contenidos de desprecio y odio a las mujeres que se encuentran en tantos productos culturales e Internet mediante las medidas adecuadas.


De que este Pacto feminista se acepte y defienda por la mayoría de las asociaciones de mujeres y se convierta en un nuevo Manifiesto como el de Séneca Falls de 1848, que de un nuevo impulso a la lucha de las españolas por su libertad, la igualdad y la fraternidad con los hombres, depende de que nuestro país sea feminista o se hunda en la barbarie.

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Sábado, 08 Marzo 2014 06:40

Sembradoras, brujas y luchadoras

Sembradoras, brujas y luchadoras

Agricultura, alimentación y biodiversidad son definitivamente sustantivos femeninos. Fueron mujeres las que inventaron la agricultura, y siguen siendo campesinas e indígenas quienes desde hace 10 mil años, con curiosidad, necesidad, creatividad, inteligencia, paciencia, sabiduría, trabajo colectivo, buscaron, criaron, seleccionaron, moldearon y compartieron una enorme diversidad de semillas que hoy son base de la alimentación de toda la humanidad. Comparten con muchas otras mujeres el que gran parte de sus contribuciones y tareas sean invisibles, que pese a ser quienes crearon y siguen manteniendo las semillas, base de toda la red alimentaria y de la sobrevivencia de todos, en muchas partes no tengan acceso a la tierra, a la vivienda y a muchos derechos básicos.


La discriminación de género es útil a los que detentan el poder en los sistemas de explotación y dominación, porque crea la ilusión de que sería un destino que coloca en minusvalía nada menos que a la mitad de la población. Pero este artilugio no funciona solo y para mantenerlo, el patriarcado necesita muchos otros mecanismos, desde la integración imaginaria de las y los oprimidos, hasta la violencia que en todo el mundo sufren directamente una de cada tres mujeres, la mayoría en su casa, en algún momento de su vida.


Según la FAO, 43 por ciento de la población rural económicamente activa, a escala mundial, son mujeres. Una cifra que se queda corta, ya que no toma en cuenta muchos trabajos que hacen las mujeres, e incluso que muchas ni siquiera entran en la definición población económicamente activa, porque no han tenido nunca un trabajo remunerado. La propia FAO admite que no considera en esa estadística trabajos como buscar agua y leña, ni el cuidado de casa y familia. En la mayoría de los casos tampoco aparece el cuidado del huerto y animales domésticos, la recolección de hierbas y frutas silvestres, la selección de semillas, granos y frutos, su almacenamiento y procesamiento, además de la magia de crear y preparar alimentos cada día, como un juego de repetir mil veces lo mismo sin repetirlo nunca, con una pizca más de esto y una gota menos de aquello. Agreguemos que muchas de estas tareas persisten cuando las mujeres tienen que emigrar a las ciudades, donde permanecen invisibilizadas, aunque las huertas urbanas, mayoritariamente atendidas por mujeres, representen de 15 a 20 por ciento de la alimentación mundial.


También son mayoría de mujeres las que desde mucho antes de la agricultura recolectan hierbas medicinales y cuidan la salud de la familia y la comunidad, capacidades y sabidurías todas tan importantes para las sociedades, que los poderosos tuvieron que tildarlas de brujería para intentar conjurar su potencia y el miedo que les inspira.


Crear diversidad, de semillas, de plantas, de alimentos, no es una postura o un destino, es una consecuencia de la dedicación de millones de personas, descentralizado, en diferentes culturas, climas y geografías, adaptando lo que encontraban y aumentando su diversidad en diálogos con otras y con la naturaleza, por gustos, necesidades, ceremonias, formas de prevenir que las variaciones climáticas no afectaran toda la cosecha. Por todo eso, que aún existe y persiste, pese a los continuos ataques para desaparecer la vida campesina, las semillas campesinas y sus creadores siguen siendo cruciales para la sobrevivencia de todos y para enfrentar el caos climático.


Pese a que esto ha sido así desde hace miles de años, y a que reconocer y fortalecer la vida y producción campesina de alimentos adquiere aún más relevancia frente a las crisis alimentarias, climáticas y ambientales, estamos ante un ataque de múltiples aristas contra ella. El trasfondo es un puñado de empresas trasnacionales –las mismas que son en gran parte causantes de las crisis– que quieren apropiarse de todo el sistema agroalimentario, desde las semillas a los supermercados, para que no tengamos otra opción que sus semillas transgénicas, su comida industrializada llena de tóxicos y someternos a que los supermercados decidan qué, cómo y a qué precio podremos comer. Para facilitar ese avance se empujan leyes y reformas que permitan más privatización de la tierra, más impunidad para la contaminación transgénica, más destrucción de las asambleas comunitarias.


Una arista más de este ataque a la vida campesina es la invisibilización de su rol central en el sustento, junto a la violencia física contra las mujeres. Por ello las integrantes de la Vía Campesina, declaran este 8 de marzo, que reafirman su lucha contra el patriarcado y el capitalismo, por la soberanía alimentaria y por la soberanía de la tierra, del territorio y del cuerpo, diciendo NO a cualquier expresión de violencia contra las mujeres.


En México, donde la violencia contra las mujeres asume mil formas de ejecución e impunidad cruelmente emblemáticas, el eje Feminicidio y violencia de genéro del Tribunal Permanente de los Pueblos prepara sus preaudiencias y audiencia final para este año, recogiendo testimonios de este y muchos otros aspectos y regiones del país. No hay duda, seguiremos. Denunciando, luchando y celebrando con las muchas y diversas mujeres que en campos y ciudades defienden el maíz, las semillas, las palabras, los cuerpos, las culturas, las asambleas y muchas otras manifestaciones por la vida.

 

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Miércoles, 05 Febrero 2014 06:29

Una economía con alma de mujer

Una economía con alma de mujer

Reapropiarnos de la economía, cuestionarnos la centralidad del trabajo en nuestra existencia, sustituir el objetivo de la acumulación por el del mantenimiento de la vida, darle valor a los cuidados... estas son algunas de las propuestas más atractivas de la economía feminista.



"El feminismo denuncia una lógica heteropatriarcal que pone la vida al servicio de un fin mayor: el proceso de acumulación, desarrollo, crecimiento..., a la vez que menosprecia la sostenibilidad de la vida misma". La frase pertenece a Amaia Pérez Orozco, economista y feminista, quien reivindica el sostenimiento de la vida como eje de la economía, una vida, además, "que merezca la pena ser vivida", lo que las feministas latinoamericanas llaman "el buen vivir". Que lo más importante sea la vida de las personas (de todas las personas) es el objetivo que debería tener la economía para el feminismo. Un planteamiento que todos y todas nos hemos hecho alguna vez.


La postura de Pérez Orozo remite a ese dilema tan repetido: vivir para trabajar o trabajar para vivir. Repetido por unos después de jornadas laborales interminables, repetido por otras intentando sobrevivir a las famosas dobles jornadas, en el marco de la deseada y nunca alcanzada conciliación. Un concepto este, el de la conciliación de la vida laboral y familiar, que pretende (o pretendía) corregir esa lógica heteropatriarcal que niega la evidencia de que los seres humanos necesitamos, desde que nacemos hasta que morimos, cuidados para vivir. Una evidencia aparentemente innegable que contradice el hecho de que esos cuidados sean considerados, en la teoría y en la práctica, como no productivos. "La responsabilidad de sostener la vida está feminizada, privatizada e invisibilizada", afirma Pérez Orozco, doctora en Economía por la Universidad Complutense de Madrid. No es ésta una cuestión baladí económicamente hablando: ese tiempo de cuidados, si fuera contabilizado, representaría el 54% de nuestro Producto Interior Bruto, según María Ángeles Durán, catedrática de Sociología y reconocida investigadora del Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

Removiendo los cimientos


"El hecho de darle valor y reconocimiento a los cuidados y a la experiencia femenina no es agregar un nuevo tema, es un cambio de paradigma. Y con eso cambia la metodología, los objetivos, las estadísticas, los indicadores, la forma de elaborar los presupuestos, las políticas económicas, etc. A todo eso se dedica la economía feminista", explica Cristina Carrasco, una de sus voces más críticas.


Ese cambio de paradigma es lo que hace tan interesante la economía feminista, porque la economía clásica, como toda ciencia, ha sido construida social y culturalmente, por mucho que quiera pasar por objetiva. Julie A. Nelson, de la Universidad de Massachusetts, en su artículo "Economía y Feminismo", es contundente al hablar de "perspectivas parciales y llenas de prejuicios sexuales, particularmente masculinos" y advertir de que "los modelos, métodos y pedagogía han sido mal percibidos como imparciales y asexuales en la economía, así como en otras disciplinas científicas. Tradicionalmente, las actividades masculinas han sido el centro de la materia, mientras que los modelos y métodos han reflejado un desarrollo histórica y psicológicamente masculino al valorar la autonomía y la separación más que la dependencia y la conexión".
Autosuficiencia, individualidad, aislamiento suenan a masculino singular. Por el contrario, la dependencia es femenina y se asocia a debilidad. De ahí que se menosprecie la interdependencia y la dependencia del entorno. Y es esta ecodependencia otra de las grandes aportaciones de la economía feminista y la base del ecofeminismo (consúltese a la autora Yayo Herrero).


Dentro de la economía feminista hay distintas corrientes que van, según Lourdes Benería, de la Universidad de Cornell, "desde los modelos neoclásicos ortodoxos, que no cuestionan el sistema económico, hasta los feminismos muy críticos con las desigualdades que produce el modelo capitalista predominante". Por su parte, Carmen Sarasúa, profesora de Historia Económica de la Universitat Autònoma de Barcelona, concreta: "El punto común es la búsqueda de la desaparición de la desigualdad de género y el logro de una sociedad más igualitaria, justa y humana". "En todo caso, un tema central –añade Benería- es el papel de las mujeres en muchos de los aspectos relacionados con la reproducción y las tensiones entre los procesos de acumulación capitalista y la reproducción social, tal como está ocurriendo actualmente con la crisis económica".


¿Crisis? Defina economía...


Amaia Pérez Orozco defiende que "tenemos que reapropiarnos del concepto de economía. No se trata de fuerzas inaprensibles o leyes divinas, sino de cómo gestionamos la vida. La economía va bien si nuestra vida cotidiana va bien". "Curiosamente, el término 'economía' tiene sus raíces en la palabra griega 'oikosnomia' que significa 'gestión del hogar', con lo cual pareciera que la disciplina debería incluir toda la producción que se realiza en los hogares al margen del mercado; pero esto nunca ha sido así, ni siquiera en sus orígenes" puntualiza Cristina Carrasco, profesora de Teoría Económica de la Universitat de Barcelona, quien a la pregunta de cómo es posible que la economía se nos presente como algo único e incuestionable, contesta: "Esta es la fuerza que puede tomar una disciplina que responde a la ideología dominante. Domina las facultades de economía, las revistas consideradas importantes, los contenidos de las asignaturas, los centros de poder económico, etc. Esto sucede en muchas disciplinas, pero lo percibimos menos porque no tienen el impacto social que tiene la economía; es la que dicta las políticas económicas". Y en esto coincide con la profesora Benería: "Los departamentos de Economía, en la mayoría de universidades, contribuyen en gran manera al no incluir cursos que representen la heterodoxia dentro de la economía, ¡que sí existe!, y no abren la puerta al análisis de distintos modelos alternativos".


Lourdes Benería resume las alternativas que proponen, a grandes rasgos, las distintas corrientes del feminismo económico: "Las que se acomodan al feminismo liberal, proponen soluciones dentro del sistema. Por su parte, los feminismos de izquierda proponen cambios en el sistema económico hacia modelos más igualitarios, que incluyan las diferencias de género y la centralidad de la reproducción social y del mantenimiento del bienestar individual y colectivo


Ahora defina crisis...


Amaia Pérez Orozco define la actual crisis como "de cuidados, de reproducción social y ecológica" y la califica de "civilizatoria". "Es una crisis multidimensional y acumulada que pone en evidencia la insostenibilidad y la injusticia del sistema" añade.


Parece incuestionable que la actual crisis ha puesto en evidencia que nuestro modelo económico no funcionaba tan bien como creíamos o nos querían hacer creer, aunque Carmen Sarasúa puntualiza: "Creo que ni siquiera los 'talibanes' del libre mercado han dicho nunca que el sistema funcionaba muy bien. Mucho antes de que empezara la crisis se sabía, por ejemplo, que la pobreza y la desigualdad seguían creciendo en todo el mundo, empezando por EEUU y Europa".


También existe la creencia general de que las crisis se repiten cíclicamente y que se acaban yendo por donde han venido, aunque no tengamos ni idea de por dónde, y también la sospecha general de que, al final, el sistema sale reforzado, lo cual alienta la idea de que incluso podrían ser provocadas, como los incendios. "Las crisis son inherentes al sistema, esto ha sido explicado desde diversos enfoques. La crisis fue provocada, pero creo que no en el sentido que se plantea. Grupos de poder actúan buscando su propio beneficio, aunque saben que de esa manera puede provocarse una crisis", aclara Cristina Carrasco.


Lourdes Benería opina: "El crecimiento tan enorme del sector financiero hace que esta crisis sea más desestabilizante que otras anteriores. Podría ser que si no se pone fin al crecimiento desorbitado de este sector, a expensas de la economía real y del 99% de la población que no se beneficia de ello, el sistema podría ser auto destructivo. Esto implica que, efectivamente, se encuentren soluciones parciales dentro del sistema". La ciudadanía espera una reacción. Su parte más conservadora se conformaría con esas soluciones parciales; su parte más decididamente transformadora desearía un cambio de sistema. Así se posiciona Cristina Carrasco ante esta cuestión: "Que de una crisis profunda pudiera construirse algo diferente, teóricamente es posible, pero muy difícil. Al menos en la crisis que estamos viviendo, los sectores que podrían construir algo distinto están muy debilitados. Pero el futuro es muy difícil de predecir en estos momentos. Por eso es importante seguir trabajando, reflexionando, buscando puntos de encuentro entre todas las personas y colectivos que estamos por un cambio en el mismo sentido".


Soluciones feministas

 


LOURDES BENERÍA, economista, experta en género, desarrollo y globalización: "Es urgente una regulación de los mercados financieros, por lo menos como la que se puso en pie tras la crisis de 1929 y que se desmanteló en la época neoliberal. Una regulación de la especulación desestabilizante y de productos como los alimentos. Aumento de los salarios mínimos, límites a los salarios altos, impuestos a las altas rentas, reparto del empleo y la tasa Tobin para regular los flujos financieros".


CRISTINA CARRASCO, especialista en economía feminista, cuidados e indicadores no androcéntricos. "Fortalecer el sector público. Aumentar sus ingresos con impuestos a las grandes fortunas, el control de capitales o la lucha contra el fraude fiscal. Reducir la producción de determinados productos (por ejemplo, coches) e incrementar la de otros (por ejemplo, servicios de cuidados que son necesarios y no contaminantes). Reducir la jornada laboral para redistribuir el trabajo".


CARMEN SARASÚA, doctora en Historia y miembro de la International Association of Feminist Economics. "Reforzar los órganos de control del sistema financiero; luchar contra la corrupción; reforzar las leyes de protección social; aumentar la recaudación fiscal; luchar contra el fraude fiscal; que la prioridad sea el bienestar de las personas, especialmente de los más desprotegidos; reforzar los servicios públicos. Y en el caso de España, desarrollar un modelo económico más productivo, basado en el conocimiento, más generador de empleo cualificado, y menos en la especulación y en la destrucción medioambiental.


AMAIA PÉREZ OROZCO, economista y feminista. "Hay otras formas de organizar la economía para que sea social y solidaria: la colectivización, la autogestión, el trabajo comunitario. Quitar recursos (dinero, tierra, espacio físico, tiempo) a la lógica de acumulación del capital. Reformas fiscales, expropiación de la vivienda vacía, reducción de la jornada laboral...".

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Las mujeres femeninas la familia convencional y la peligrosa ideología de género

A estas alturas deberíamos poder coincidir en afirmar que el género es una contrucción social. Esto, que es un hecho poco controvertido en las Ciencias Sociales a lo largo y ancho del mundo, se ha convertido en materia de disputa, tanto para las fuerzas más conservadoras de la sociedad ecuatoriana como para algunos miembros de la clase política en el gobierno que sostienen que liberarse de los condicionamientos sociales para alcanzar la libertad y elegir el género no resiste el menor análisis. Desconocemos las bases de dicha afirmación, pero sí podemos ofrecer algunos aportes para esclarecer que se esconde tras dichas visiones.

 

Decir que el género se conforma en la vida social implica afirmar varias cosas.


La primera es que las identidades sociales, en este caso las de género –que nos lleguemos a identificar como hombres, mujeres, o personas no alineadas en este binario con rasgos más o menos reconocibles de ambos lados– no es algo que venga ya determinado por el sexo que nos asignaron al nacer.


En el campo de la naturaleza las cosas no parecen tan claras como cabría esperar. La intersexualidad, en sus distinta expresiones, es una realidad médica reconocida que agrupa a personas con diversas características y configuraciones hormonales, gonadales, genitales externos, estructuras cromosómicas y otros rasgos sexuales secundarios. Estas personas, consideradas aun hoy freaks en muchos entornos y reconocidas históricamente en todas las culturas, han sido convenientemente "reducidas" a dos, en el mejor de los casos con fines humanitarios para que pudieran adaptarse a un mundo que no entendía de lugares intermedios. Fausto Sterling, una bióloga estudiosa en este terreno, dijo que podían llegar a representar el 4% de la población. La inhumanidad a la que se condena a estas personas y la obstinación por situarlas de uno u otro lado cuando bebes o más tarde, como jóvenes o adultos, ha causado elevadas dosis de presión y violencia sobre ellos y sus familias. Como afirma la filósofa María Lugones, "las correcciones sustanciales y cosméticas sobre lo biológico dejan en claro que el «género» antecede los rasgos «biológicos» y los llena de significado".


Más allá de nuestras consideraciones estéticas o normativas, lo cierto es que las personas intersex existen. No son seres de ciencia ficción. Y esto implica reconocer que la biología sexuada se produce en variaciones más allá de las peras y las manzanas y que es la sociedad la que las interpreta de forma reductiva. Cómo quieran o puedan identificarse estas personas, si se les brinda dicha posibilidad, es algo que puede resultar sorprendentemente diverso.


Si de parte de la naturaleza cultural del sexo nada parece clausurado, del lado de la cultura en mayúsculas la cosa se pone peor. Ya Simone de Beauvoire dijo que no nacemos hombre o mujer, sino que "nos convertimos" en tales en contacto con el mundo social. En este devenir asuminos la feminidad y la masculinidad como un conjunto de rasgos normativos que vamos adoptando en nuestra vida junto a otros seres. Nos hacemos entonces mujeres femeninas u hombres masculinos. Pero, como ya dijera la filósofa Judith Butler, si es cierto que nos convertimos en algo, es decir, que pasamos a ser cierto tipo de ser que no somos desde un principio, ¿qué garantiza que vamos a terminar siendo mujeres femeninas y hombres masculinos? Aunque el adiestramiento sea preciso y claro y existan múltiples instancias desde las que se induce diariamente su práctica y se regula su ejercicio, las distorsiones, errores, errancias pueden darse, como de hecho sucede, y la realidad acaba superando cualquier teoría o, para ser más exactas, es la realidad en sus múltiples manifestaciones la que hace con frecuencia que el motor de la teoría se vea obligado a arrancar. Si hemos pensado la diversidad humana del género es porque las personas la han ejercido de una y mil formas en todos los países y en todas las épocas.


Nuestro mundo está poblado de personas que no se adaptan a las clasificaciones al uso. Mujeres biológicas con rasgos sociales que nos recuerdan a hombres, hombres que adquieren maneras de mujer, personas que se comportan de forma ambivalente. Las personas transexuales, travestis y transgénero también existen. Además, en la medida en que para muchos la identidad de mujer-femenina y hombre-masculino tiene que ver con que te gusten los hombres y las mujeres respectivamente, las mujeres lesbianas y los hombres homosexuales, por muy mujeres y femeninas o muy hombres masculinos que sean, no serán plenamente reconocidos como tales en determinados ámbitos.

 

Apoyándose en su apariencia "pasarán" como "normales", pero al menor descuido podrán ser desclasificados con los riegos de exclusión y violencia que esto implica. Si esto es así para las personas "raras" o, como dicen algunas utilizando un anglicismo, queer, las más normales no son ajenas a las ambigüedades que se producen en las fronteras del género. Estas se palpan día a día: demasiado vello o demasiado poco, modos bruscos o sospechosamente amanerados, forma llamativa de vestir, etc. Hay quienes se dedican a patrullar las fronteras del género. Los encontramos en escuelas, lugares de trabajo, centros médicos y desde luego en las calles. Se aferran con miedo al mundo que conocen o, ¿acaso temen otra cosa?


En todo caso aquí no acaban las dificultades porque, si nos paramos a pensar, cómo ya hiceran otras antes, ¿qué es una mujer? ¿qué es un hombre? Ante una pregunta semejante nos encontramos con enormes dificultades para definir los rasgos que caracterizarían a estos tipos ideales. A las mujeres, como a los hombres, los conocemos en el mundo empírico. Altas, bajas, con pelos, sin ellos, con mayores o menores senos, caderas, con distintas formas de encarar las dificultades, desempeñarse en el trabajo, atender a sus seres queridos y seducir a quienes les atraen, con aficiones variopintas y anhelos comunes. Así pues, cabría preguntarse ¿qué tienen en común todas las mujeres y todos los hombres? ¿Qué, cuando además pertenecen a distintas clase sociales, edades, grupos étnicos y nacionales, cuando tienen distintas ideologías y se organizan en diferentes partidos, sindicatos, organizaciones sociales y clubes deportivos?


Las diferencias sociales al interior de estos grupos son tales que llevaron a Sojourne Truth, una esclava abolicionista estadounidense. en 1851 a preguntarse si "acaso ella no era una mujer" al ver cómo las mujeres negras en las plantaciones eran, como más tarde explicarían Angela Davis y Patricia Hill Collins, explotadas, fustigadas y abusadas igual o más que los hombres conformando una feminidad específica históricamente asociada a las afrodescendientes que nada tenía que ver con la de sus contrapartes blancas. A Domitila Chungara, una mujer indígena pobre, crecida y curtida en las luchas mineras en Bolívia, le pasó algo parecido cuando se encontró con otras mujeres del norte en la Tribuna del Año Internacional de la Mujer en las Naciones Unidas en 1975. También ella tubo que preguntarse y preguntó: "¿tiene usted algo semejante a mi situación? ¿Tengo yo algo semejante a su situación de usted? (...) nosotras no podemos, en este momento, ser iguales, aun como mujeres, ¿no le parece?" Este extrañamiento, que experimentaron por igual mujeres discriminadas por distintos motivos, denotaba que en realidad las mujeres, las de verdad, eran un tipo ideal que en todo caso representaba a un grupo concreto que hablaba por boca de todas.


Pero entonces, resta una duda. ¿No hay mujeres? ¿No hay hombres? ¿Porqué nos entendemos cuando hablamos de estas categorías sociales si la diversidad es tan enorme? ¿Por qué algunos apelan a la feminidad y la masculinidad como si fueran indentidades claras y transparentes que se adhieren de forma automática a los cuerpos? ¿Tienen algo verdaderamente común?


En mi humilde opinión creo que la feminidad y la masculinidad para mujeres y hombres diversos es un ideal cuyo objetivo es producir y regular la desigualdad. En tanto ideal que se proyecta sobre todas y todos es verdaderamente compartido. Y vean que es bastante operativo en nuestra sociedad y que cada cual tiende a ocupar el lugar normativo que le corresponde, como hemos dicho, de forma extremadamente imperfecta, a sabiendas que salirse tiene sus repercusiones. Pero, ¿cuál sería este ideal?


Existe cierta vaguedad en la celebración de las mujeres femeninas y los hombres masculinos, pero algunas pistas tenemos. A lo que se alude con frecuencia cuando se pretenden preservar las fronteras de género insistiendo en que las mujeres y los hombres han de identificarse con claridad y conservar sus respectivos rasgos complementarios es a una formación histórica en la que aparentemente se fraguaría dichos rasgos.


Se trata nada más y nada menos de la llamada "familia convencional". Esta, de algún modo, se erige en espacio privilegiado en la formación de las identidades de género, de modo que reconocer la inestabilidad que atraviesa dichas identidades es simultáneamente atacar este pilar fundamental de la sociedad en el que se fraguan y reproducen. Preguntarse por las identidades de género y el modo en que se asientan invariablemente acaba siendo interpretado como un ataque frontal a dicha clase de familia.


Pero, ¿qué es esta familia convencional en la que se desarrollan las categorías género?


Se trata de una unidad nuclear formada por un hombre y una mujer en un vínculo conyugal heterosexual de fidelidad y eventualmente por sus hijos. Dicha unidad se presenta habitualmente como "convencional" (originada en la costumbre), "natural" y en muchas ocasiones "universal".


Pero si nos atenemos a los hechos históricos y a la realidad empírica podemos ver que ni es universal, ni es transcultural, y se trata de una formación histórica que coincide con el desarrollo del capitalismo.


Según explica la historiadora Silvia Federicci, a partir del siglo XVI pero sobretodo en el XVII, las mujeres son progresivamente encerradas en el ámbito del hogar y empiezan a jugar un novedoso papel en la familia como productoras y cuidadoras de fuerza de trabajo bajo un creciente poder del Estado. Para ello tubo que darse un fuerte proceso de persecución y desposesión de las mujeres en tanto sujetos de cultura, sabiduría y poder en la sociedad. A la par que se redefinía el nuevo papel de las mujeres en la familia, ésta se separaba de otros ámbitos de la vida social como el laboral y el político, ambos protagonizados por los hombres. La vida doméstica domesticó a las mujeres que de este modo adquirieron los rasgos de una nueva feminidad, primero de la mano de las propuestas románticas y, más tarde, de la ciencia, como bien narran Ehrenreich e English en un maravilloso libro sobre los expertos y las mujeres.


Este proceso que primero se dio en Europa fue exportado como parte de la empresa colonial. Si para lasmujeres burguesas europeas, la feminidad, asociada a su papel reproductor en la familia doméstica, estaba cargada de atributos sentimentales, para las colonizadas, su conversión en mujeres femeninas implicó formas de inferiorización específicas que garantizaban un orden servil y racial de género.

 

Asemejarse si quiera un poco al modelo dominante a través de la familia doméstica y de la mujer domesticada pasó también por el repliegue de estas mujeres de modo que perdieran, según explica Rita Segato, los mecanismos de presencia y control que previamente habían ejercido en la comunidad para hacerlas más dependientes del esposo y del Estado.

 

En un célebre artículo publicado en 1982, Collier, Yanagisako y Rosaldo, exponían el carácter ideológico que había desempeñado la defensa de este ideal de familia como unidad hegemónica, también en las Ciencias Sociales durante el siglo XIX. El evolucionismo pero principalmente el funcionalismo habían sido responsables de convertir a esta unidad en un modelo transcultural y desarrollado transferible a todas las sociedades en la medida en que remitía a las características biológicas de cada sexo. La familia cumplía una serie de funciones y éstas eran garantizadas mediante la división sexual del trabajo y un reparto desigual de poder en su interior. El hombre detentaba la jefatura del hogar y cumplía el papel de provisor y protector frente a cualquier amenaza externa revelándose entonces como masculino, mientras que la mujer asumía las tareas de cuidado de la casa pero sobretodo de crianza y atención a niños y adultos revelándose en este desempeño como femenina. La complementariedad era una elemento clave en la distribución de tareas y poderes, ocultándose el hecho de que dicha distribución acarreaba una relación asimétrica que emanaba de la familia y se proyectaba a otros ámbitos de la vida social como el mercado, la política y la cultura. Además de unidad funcional esta forma de familia, cada vez más asociada con la "costumbre" y la "tradición" inmutable, fue históricamente construida como una unidad moral y moralizadora, y en esto el aporte clave provino más bien de las visiones victorianas.


Desde la década de 1970 en adelante, dada la proliferación de discursos sobre los límites de la democracia y la igualdad en lo que a las mujeres concernía, así como a la irreversible incorporación de éstas al trabajo asalariado, y ante el riesgo de perder seguidores, los defensores de la familia convencional concedieron que las mujeres salieran del ámbito doméstico siempre y cuando asumieran la doble carga que representaba su papel en la familia priorizándolo en caso de necesidad.


Muchos capítulos se han escrito sobre la necesaria continuidad de la familia convencional y su conveniencia en la reproducción de la feminidad y la masculinidad, pero no deja de llamar la atención el desfase que existe entre lo que se defiende y la vida social que realmente vivimos.


Me pregunto qué pertinencia tiene la promoción de esta familia en un país en el que de los 3.810.548 hogares existentes, 1.093.235 están encabezados por mujeres. Un país en el que éstas trabajan en promedio semanal 18 horas más que los hombres en quehaceres domésticos, siendo este trabajo no remunerado entre el 24 y el 50% del PIB en Ecuador; en el que el 80 % de las niñas entre 5 y 17 años de edad realizan tareas domésticas y en el que el índice de embarazo adolescente asciende al 17%, el segundo más elevado de América Latina. También me pregunto cuán deseable sea si tenemos en cuenta las cifras de violencia machista en las familias. Según la Encuesta de Relaciones Familiares y Violencia de Género contra las Mujeres, del total de mujeres que han vivido algún tipo de violencia de género el 76% ha sido violentada por su pareja o ex parejas, es decir, la mayoría de las veces, la violencia no sucede en la calle o en el trabajo sino, por el contrario, se produce de puertas adentro, en el espacio privado: la casa, la cama, el hogar. La violencia psicológica alcanza al 76,3% y la sexual al 53,5%. En todos los casos muy superior a la violencia ejercida por hombres fuera del ámbito familiar. 9 de cada 10 divorciadas, es decir el 85,4% han vivido violencia de género, siendo las separadas el 78%, las unidas el 62,5% y las casadas el 61,5%. En Ecuador, el 78% de niñas dijo haber recibido algún tipo de maltrato en sus hogares.


La denominada familia convencional con la que con frecuencia se asimila la sociedad ecuatoriana puede conformar un vínculo cordial y pacífico, puede incluso alcanzar ciertas cotas de igualdad, pero no es ajena, como vemos, al abuso y a la violencia. Existen muchas familias heterosexuales, la mayoría podríamos llegar a caracterizarlas como convencionales, pero tampoco la heterosexualidad garantiza que lo sean. Lo que garantiza que una familia sea convencional es que cada cual haga lo que le corresponde, que las mujeres hagan de mujeres y los hombres de hombres, y esto no tiene otro fundamento sino una diferencia desigual y una relación de subordinación estructural que se extrapola al conjunto de la sociedad como norma. En la medida en que se asienta sobre una clara asimetría no puede ser el lugar más idóneo para vivir en libertad. Por eso su promoción, en un contexto de familias diversas, sólo se entiende como una manera de frenar que las mujeres dejemos de ocupar el lugar que por convención se nos ha asignado. No es de extrañar que estas mismas gentes impongan la maternidad a quienes no la desean condenando a mujeres y niños por igual.


Parece claro que en nuestra sociedad el género se asigna y se impone, a sangre y fuego si es preciso. Ciertamente no lo elegimos, pero esto no significa que no sea un campo plagado de contradicciones que construimos en el día a día, que no podamos cuestionarlo y cambiarlo. Que la feminidad y la masculinidad esté tan fuertemente asociada a los papeles desiguales que jugamos en las familias debería hacernos pensar si es posible reinventar tanto las bases sobre las que queremos erigir la convivencia como la propia pervivencia de la feminidad y la masculinidad tal y como nos hemos visto abocados a conocerlas. Escindir un feminismo que busca la igualdad de derechos de otro, peligroso e ideológico, que aspira a cuestionar la dominación en la familia y en las identidades que ésta habilita es una forma de confundir y confundirse.


Puede ser que con los términos familia convencional y rasgos femeninos y masculinos se esté aludiendo a otro orden de cosas, en cuyo caso sería conveniente saber de qué se trata y porqué debería interesarnos tanto.


Por Cristina Vega, profesora en Estudios de Género


Fuente: Revista Feminista Flor del Guanto

Beauvoir, S., (1999) El segundo Sexo, Buenos Aires, Editorial Sudamericana.
Butler, J. (2001) El Género en Disputa, Barcelona, Paidós.
Collier, J. Rosaldo, M. Y Yanagisako, S. (1997)"Is There a Family? New Anthropological Views" en The Gender Sexuality Reader, Lancaster y di Leonardo (comps) Routledge, 1997. Versión en español en: http://www.filo.uba.ar/contenidos/.../Collier-Rosaldo-Yanagisako-Familia.doc‎
Davis, A. (2004) Mujeres, raza y clase, Madrid, Akal.
Ehrenreich, B. y English, D. (2010) Por tu propio bien. 150 años de consejos expertos a mujeres, Madrid, Capitán Swing.
Fausto-Sterling, A. (1998) "Los cinco sexos" en Nieto (comp.) Transexualidad, transgenerismo y cultura. Antropología, identidad y género, Madrid, Talasa.
Federicci, S. (2004) En Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria, Madrid, Traficantes de Sueños.
Hill Collins, P. (1990) Black Feminist Thought, New York, Harper Collins.
Lugones, M. (2008) "Colonialidad y género. Hacia un feminismo descolonial". Género y descolonialidad, Buenos Aires, Ediciones del signo.
Moema, V. "Si me permiten hablar...". Testimonio de Domitila una mujer de las minas de Bolivia, Siglo XXI.
Segato, Rita Laura "Género y colonialidad¨en busca de claves de lectura y de un vocabulario estratégico decolonial", K. Bidaseca y V. Vazquez (Comps.), Feminismo y poscolonialidad. Descolonizando el feminismo desde y en América Latina, Buenos Aires, Godot, 17-48.
Truth, S. (1851) "¿Acaso no soy una mujer?" en http://nuriavarela.com/sojourner-truth-acaso-no-soy-yo-una-mujer/

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Martes, 17 Septiembre 2013 08:16

El feminismo en la agenda política

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"Si el Estado tuviera perspectiva de género, si fuera entonces más democrático, no habría tolerancia social a la violencia hacia las mujeres y por lo tanto al feminicidio", advirtió la académica e investigadora mexicana Marcela Lagarde, figura destacada del feminismo en América latina, de visita en Buenos Aires. Lagarde dio una clase magistral sobre "Violencia feminicida y los derechos humanos de las mujeres" a destacados referentes de la Justicia local. La presidenta de la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Criminal y Correccional de la Capital Federal y titular del movimiento Justicia Legítima, María Laura Garrigós de Rébori, fue la comentarista de la actividad. "Si el feminismo no se convierte en tema de agenda política, no vamos a llegar a una verdadera democracia", consideró Garrigós, al tiempo que se preguntó "dónde están, en las plataformas de los candidatos (a legisladores de las próximas elecciones), estas preocupaciones" sobre la violencia machista y sus consecuencias en la vida y la muerte de mujeres.

 

La disertación de Lagarde fue organizada por el Observatorio de Género en la Justicia, que encabeza la filósofa feminista Diana Maffía, junto con el Centro de Formación Judicial del Poder Judicial porteño. El auditorio fue selecto: veinticinco personas, la mayoría mujeres, del ámbito de la Justicia, de la política y los medios de comunicación, con trayectoria en la defensa de los derechos de las mujeres.

 

Lagarde es etnóloga y doctora en antropología, autora de numerosos libros y artículos de gran influencia sobre estudios de género, desarrollo humano, democracia genérica, poder y autonomía de las mujeres, además de catedrática de la Universidad Nacional Autónoma de México y profesora invitada en diversas universidades latinoamericanas y españolas. Fue diputada entre 2003 y 2006 y se destacó durante su gestión por llevar adelante una investigación sobre los crímenes de mujeres en Ciudad Juárez, para los que acuñó el término "feminicidio". Junto con otras legisladoras impulsó la sanción de la Ley General de Acceso de las Mujeres a una vida libre de violencia, vigente en México desde 2007. Y más recientemente, desde la sociedad civil, promovió la incorporación de la figura del feminicidio en los códigos penales estaduales: hasta el momento, señaló, se ha tipificado como delito en 14 de las 32 entidades del país.

 

Entre el público se ubicaban el presidente del Tribunal Superior de la Justicia de la Ciudad, Luis Lozano; la jueza de ese tribunal Alicia Ruiz; Nelly Minyersky, experta en Derecho de Familia; Josefina Fernández, a cargo de la Oficina de Género del Ministerio Público de la Defensa; Virginia Simari, presidenta de la Asociación de Mujeres Jueces de la Argentina, y Analía Monferrer, coordinadora de la Oficina de Violencia Doméstica de la Corte Suprema. También estuvieron las diputadas porteñas María José Lubertino y María Elena Naddeo.

 

Lagarde contó cómo se involucró en la investigación de los asesinatos en Ciudad Juárez, donde hay más de 450 mujeres asesinadas identificadas y se estima que son casi cinco mil las desaparecidas en una década y media. "En Juárez se hablaba de asesinatos seriales, cometidos por camioneros, o mafiosos. Había todo tipo de hipótesis, se decía que estaban vinculados con las maquilas. Inclusive se creó un estereotipo sobre las víctimas, jóvenes, obreras, de cabellos morenos, bonitas", señaló. Sin embargo, la investigación determinó que los asesinos eran hombres comunes, la mayor parte conocidos de las víctimas, parientes, esposos, novios, ex esposos, padres, hermanos, vecinos, amistades familiares o compañeros de trabajo o escuela, o desconocidos. Algunas mujeres han sido víctimas de las mafias, pero son un porcentaje chiquitito. Esa investigación la extendió luego al resto de México, donde llegó a las mismas conclusiones. Pero a partir de analizar la tasa de homicidios de mujeres cada 100 mil habitantes, se descubrió que en realidad Juárez no era el único lugar donde mataban mujeres, ni tampoco el sitio donde había más crímenes de mujeres, a pesar de que esos homicidios llegaron a tener repercusión internacional. En 2004 –cuando se hizo el relevamiento–, todo el estado de Chihuahua –al que pertenece Juárez– ocupó el sexto lugar en el país en cuanto a la tasa de homicidios de niñas y mujeres. Otra constante que encontraron, tanto en Juárez como en el resto de México, fue la presencia de irregularidades en las actuaciones judiciales y policiales en la pesquisa de los crímenes de mujeres y, por tanto, una gran impunidad como problema del Estado.

 

Lagarde indicó además, que "en las regiones donde hay crímenes contra mujeres, hay otras formas de violencia machista que están presentes en la vida social, de forma constante, tolerada socialmente y por las autoridades, que crean un clima de impunidad".

 

Lagarde definió el feminicidio como el genocidio contra mujeres que sucede, dijo, "cuando las condiciones históricas generan prácticas sociales que permiten atentados violentos contra la integridad, la salud, las libertades y la vida de niñas y mujeres". También consideró las muertes vinculadas con embarazos y abortos inseguros como "feminicidios". En la Argentina, se adoptó el término "femicidio" para los asesinatos de mujeres por razón de género.

 

Lagarde sostiene que los feminicidios, que pueden ser perpetrados por conocidos o desconocidos de la víctima, tienen en común que las mujeres "son usables, prescindibles, maltratables y desechables. Y desde luego, todos coinciden en su infinita crueldad. Son, de hecho, crímenes de odio contra las mujeres".

 

La antropóloga contó que en una oportunidad, un gobernador de un estado mexicano le anunció que su gobierno compraría helicópteros para patrullar las ciudades para proteger a las mujeres e instalarían cámaras de seguridad en las calles. Ella le respondió: "¿Cómo van a monitorear con helicópteros y cámaras las casas para cuidar a las mujeres de sus esposos, de sus hijos, de sus amantes, que son los feminicidas?".

 

"Mientras no eliminemos la supremacía violenta de los hombres comunes y corrientes no podremos eliminar las violencias contra las mujeres y el feminicidio. Eso –añadió– implica cambios sociales, educativos y jurídicos muy importantes: hay que cambiar la mentalidad de jueces y juezas que todavía tienen pensamientos de hace un siglo. Si no cambian las instituciones, no podremos avanzar."

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Masculinidades posibles, otras formas de ser hombres

 

1era reimpresión, 2015
Edición 2013. Formato: 11,5 x 17,5 cm, 114 páginas

 

Reseña:

Muchos jóvenes no saben qué hombres ser. Muchos adultos tampoco. Cada vez más hombres manifiestan que a la hombría machista le quedó grande la vida. Cada vez más jóvenes y adultos se encuentran inconformes con una agenda de masculinidad en la que no ha tenido cabida la expresividad afectiva y emocional, la paternidad amorosa, la no violencia contra las mujeres o una cultura para la democracia y la paz. Algunos de ellos para construir alternativas, se han organizado en grupos de masculinidades liberadoras. Otras están a la búsqueda. Otros más empiezan a poner en remojo sus machismos.

En este libro, que es para hombres y mujeres, hablamos de todo esto y sugieren rutas para trabajar críticamente las masculinidades patriarcales. De aquí para adelante todo es ganancia.

 

Javier Omar Ruíz Arroyave.Educador popular.Cofundador del Colectivo Hombres y Masculinidades.Asesoria, diseño,dirección y ejecución de programas y proyectos con poblaciones urbanas y rurales en trono a aspectos de género/masculinidades y temas asociados.

 

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“Aun las insurrecciones que fracasan tienen éxito”

Sondra Hale es una entusiasta de los movimientos sociales e insurrecciones que se están dando en distintos puntos del planeta. “Aun cuando estos movimientos fracasaran o pareciera que fracasan, no lo hacen; al contrario, tienen éxito porque despiertan la conciencia de la gente y del pueblo”, dice. Rescata en ellos el intento de desarrollar nuevas estructuras, algo que las “viejas” organizaciones tienen como límite: “Que la estructura de las ONG sea convencional hace que no tengan el mismo potencial para la transformación”. También se entusiasma por la participación de las mujeres en esos movimientos. Sin embargo, sabe que para el pleno acceso de las mujeres a los derechos en el mundo falta dar un paso importante: “Hay que convencer a los hombres de que esta opresión a las mujeres no es algo bueno y que si oprimen a las mujeres se oprimen a ellos mismos. Que también los hombres tienen que ganar su propia liberación. Es difícil ¿no?”

 

–¿Cómo llegó al feminismo?

 

–Es un cliché decir lo siguiente: probablemente nací feminista. Mi mamá me dio siempre mensajes un poco mixtos, pero muy importantes. Provengo de una familia muy pero muy pobre. Mi mamá no finalizó los estudios secundarios. Pero sin embargo desde que era chiquita, mi mamá me decía “Sondra, te tenés que hacer cargo de tu vida”. El mensaje era “sé fuerte e independiente, pero no se lo hagas saber a los hombres”. “Hacete independiente económicamente”, eso siempre me lo repetía. “Nunca dependas de un marido.”

 

–¿Dónde vivía?

 

–Esto pasaba en Des Moines, Iowa, una comunidad muy pequeña con una visión muy estrecha de la vida. Mi mamá era una mujer muy progresista y siempre se planteaba cuestiones. En un entorno altamente racista, mi mamá me obligaba a jugar con chicos de color. Entonces en una etapa muy temprana pude hacer una intersección entre raza y género. Y llegué desde muy temprana edad a ponerme en contacto con lo que yo denomino un feminismo nativo, virgen. Y el segundo aspecto de por qué llegué al feminismo, créanlo o no, es el siguiente: en 1961 visité Sudán, tenía solo 23 años. Allí encontré a las mujeres más fuertes, más independientes, más brillantes que había conocido. Entonces, cuando volví de cuatro visitas a Sudán, ya en 1975, a Los Angeles, fui testigo de esta segunda gran ola de feminismo que se estaba produciendo en los Estados Unidos, y me tiré de cabeza en los grupos feministas llevando las ideas sudanesas.

 

–También en ese viaje comenzó su acercamiento a los países de Oriente.

 

–Sí, por supuesto. Pero hay algo más, en otro nivel. Mi experiencia en la izquierda en los Estados Unidos. El rol subordinado que las mujeres desempeñan en las organizaciones de izquierda. Las mujeres nunca son presidentas, nunca tienen puestos de importancia, siempre son la secretaria. Se ocupan del catering o de conseguir guarderías para cuidar a los niños en una reunión. Lo que me impidió el desarrollo como feminista justamente fue mi marxismo. Los amigos marxistas me decían “Sondra, pero el feminismo te va a distraer del marxismo”.

 

–Después lo superó.

 

(Risas) –Sí, claro. Entonces muchas mujeres de la izquierda se unieron cuando me transformé en una socialista de izquierda, feminista.

 

–En su charla dijo, justamente, que los partidos políticos tradicionales llevan a las mujeres a migrar su participación a organizaciones sociales, ¿cómo ve en la actualidad la participación de las mujeres en las organizaciones (ONG) y cómo es la relación con las mujeres que sí están ocupando espacios políticos?

 

–Me temo que se están acercando mucho un grupo y otro. Que aun cuando estuvieran las mujeres liderando esas organizaciones, las ong están adoptando las miradas de los gobiernos, vale decir, las burocracias. Entonces creo que parte de las ideas revolucionarias que podrían haberse propuesto y aparecido se están perdiendo. Y me preocupa que aun en el área propia de mis investigaciones, que es Sudán, donde las mujeres están desempeñando cargos de gran prominencia, las organizaciones en sí mismas se volvieron mucho menos radicales de lo que fueron en los principios. Quizá mi opinión está un poco sesgada por la experiencia en Sudán porque es un gobierno militar de corte islámico. Y por supuesto el gobierno las discrimina y les impide toda participación. Entonces, por ejemplo, hay razzias en sus oficinas, se llevan las computadoras. O las obligan a inscribirse en calidad de tales y cuando van a presentar la solicitud se la rechazan. Sin duda alguna la situación es muy distinta en Argentina pero justamente el hecho de que las estructuras de las ONG sea una estructura convencional hace que no tengan el mismo potencial para la transformación.

 

–¿Por eso usted valora y está poniendo el foco en los movimientos de insurrección en distintas partes del mundo?

 

–Sí, claro. Estos nuevos movimientos están tratando de desarrollar nuevas estructuras. Y como dije al final de mi charla, aun cuando estos movimientos fracasaran o pareciera que fracasan, no lo hacen; al contrario, tienen éxito porque despiertan la conciencia de la gente y del pueblo. Les hace tomar conciencia de lo que se puede hacer. Durante la Segunda Guerra Mundial, en los Estados Unidos, las mujeres –dado que todos los hombres habían ido a la guerra– respondieron al llamamiento de incorporarse a la fuerza industrial. Mujeres que hubieran sido mozas o mucamas fueron contratadas como mano de obra calificada por la industria militar. Justamente haciendo el trabajo que, entre comillas, hubiera correspondido a los hombres. Por primera vez en la vida ganaron un buen salario. El icono de esta época se llamó RosietheRiveter, Rosita la remachadora, una mujer que trabajaba duro y hacía el trabajo industrial; una obrera. Pero cuando los hombres regresaron de la guerra, a las mujeres se las sacó de escena y ellos tomaron el trabajo. Hay un documental que se llama RosietheRiveter, diciendo que todo esto es una historia muy triste. Pero una de mis amigas, historiadora feminista de la clase trabajadora, odia ese documental porque dice que estas mujeres fueron cambiadas para siempre. Ella siempre dice que son las mujeres las que deben criar a sus hijas de una manera diferente. Y eso es lo que también siento acerca de la participación de la mujer en todos los movimientos. Cuando empecé a observar el movimiento de Madres (de Plaza de Mayo) pensé que eran madres de familia que iban a manifestar a la plaza en su carácter de parientes de los desaparecidos. Pero ya ahora sé que no es así por todas las razones que acabo de mencionar. Entonces, las Madres no solo se cambiaron ellas a sí mismas sino que cambiaron a la gente.

 

–Usted habla de un patrón de insurrección mundial. ¿Puede definirlo y explicar cómo juegan los feminismos en ese patrón?

 

–El patrón es el siguiente. Primero, son movimientos juveniles. Segundo, la mayor parte de esos jóvenes son mujeres. Están todos en contra del Estado, en contra de las jerarquías. Principalmente trabajan en contra de toda estructura establecida, gobierno, burocracia, partidos políticos, organizaciones tradicionales. El rol de las mujeres es muy importante. En la plaza Taksim (Turquía) las mujeres asumieron el liderazgo del movimiento. Inclusive cuando los manifestantes hombres habían escrito insultos muy ofensivos contra la madre del primer ministro, fueron las mujeres manifestantes las que estuvieron en contra de esto y en muchos casos lo impidieron. En el movimiento de insurrección de Sudán Estamos Hartos, hay más mujeres que hombres. Si bien es mucho más peligroso para las mujeres porque el gobierno trata de humillarlas sexualmente; cosa que también vemos en Egipto. La mujer es mucho más susceptible de ser atacada por la policía, las desnudan, en fin, y muchas otras cosas. Y sin embargo las mujeres continúan con su activismo.

 

–Que sean más mujeres no necesariamente implica que tengan reivindicaciones feministas

 

–Sí, claro, tienen que llevar el estandarte de las ideas feministas.

 

–¿Pero los llevan?

 

–Sí en Turquía. En Sudán, no. Para los sudaneses, feminista es sinónimo de lesbiana y le dan al término una muy mala connotación.

 

–Acá también es un término muy criticado. Muchas mujeres dicen “yo no soy feminista, pero”...

 

–Eso me suena muy conocido. Claro, tratan de presentar las mismas ideas sin usar el término feminista. Pero quieren algo más que la mera igualdad. Los hombres, por ejemplo, tampoco están liberados. Entonces, cuando demandan igualdad, hay que preguntarse igualdad de qué o ante qué. Entonces, también cuando en estos movimientos se usa el término igualdad hay que definirlo. Ellos, como movimiento, quieren alterar completamente... infiltrar este modo de pensar, sin utilizar rótulos o etiquetas, con su presencia, estando allí. No es una presencia cualquiera, es una presencia valiente, con coraje. Les dicen “no se sientan privilegiadas porque son mujeres”, nada de privilegios, no quieran tampoco después que el hombre esté cerca para que les abra la puerta del auto. Esto es mucho más difícil de hacer que de decir. Pero como no están trabajando estos movimientos dentro de las viejas estructuras, tienen mucho más potencial.

 

–Esto tiene que ver con la necesidad de la praxis de la que usted habla.

 

–Sí. Y le voy a decir también que los sudaneses rechazan el feminismo porque es un concepto de la sociedad occidental. Cuando di clases allá, les dije que el feminismo era realmente un concepto autóctono de Sudán también. Lo que pasa es que ellos pensaban que lo que estaban haciendo no era feminismo. Por eso les dije “olvídense de las palabras y sigan adelante con los hechos”.

 

–Usted habló durante la charla de “feminismo transnacional”, ¿lo puede definir?

 

–A mí me gusta fijar las cosas en definir... Es el transporte de las ideas más allá de las fronteras. Corresponde al aspecto liminal que tiene este concepto.

 

–¿Cuál es estado de situación hoy para las mujeres en el mundo en el acceso a derechos y qué es lo que falta?

 

–Lo que falta es llevar a los hombres con ellas. Yo estoy casada, 52 años de matrimonio. Cuando me casé con este señor, era un muy buen hombre, pero no estaba educado en el feminismo. En aquel momento tenía una cátedra en forma temporaria, no era titular, en la universidad; el contrato me lo renovaban todos los años. Mi marido ya era titular. Entonces él decía: “Si te renuevan el contrato el año que viene, podemos usar tu sueldo para irnos de vacaciones”. Yo le decía: “No, yo creo que lo tenemos que usar para pagar el alquiler y comprar la comida”. Y él decía: “¿Cómo?”. Pero él era muy inteligente y entendió de qué se trataba. Sin embargo, le llevó muchos años en realidad y también inclusive ahora él sigue sintiendo este peso de mantenimiento de la familia, que es el proveedor principal, pese a que durante los últimos 12 años gané más dinero que él. De alguna manera hay que convencer a los hombres. Hay que llevarlos, arrastrarlos para que entiendan que esta opresión a las mujeres no es algo bueno y que si oprimen a las mujeres se oprimen a ellos mismos. Que también los hombres tienen que ganar su propia liberación. Es difícil, ¿no?

 

–¿Y esa batalla dónde se da? ¿En el ámbito privado, en el público?

 

–Más en el ámbito privado. Ahí está lo difícil. Las cuestiones de sexualidad han comenzado a cambiar mucho. La gente todavía piensa que cuando uno habla de cuestiones de sexualidad está hablando de gays y lesbianas. Pero de lo que uno está hablando realmente es de las relaciones de poder en base a la sexualidad y al sexo dentro de las familias. Política de sexo en realidad.

 

–¿Qué es lo que hemos conseguido?

 

–Lo positivo: lo que vemos en estas insurrecciones tiene que ver, de muchas maneras, con que estamos encontrando el clímax de lo que buscaban las feministas, algo muy novedoso, todo es nuevo y hay un futuro ilimitado. Tengo 75 años y sigo teniendo esperanzas y trabajando en pro de estos objetivos. Y no me voy a detener porque me llena de alegría, de júbilo.

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