Maduro echa a la embajadora de la UE y el bloque analiza represalias

Aumenta la tensión entre Venezuela y la Unión Europea

Luego de que la UE anunciara sanciones a funcionarios venezolanos, Maduro le dio 72 horas a la embajadora Isabel Brilhante para dejar el país. 

 

El presidente Nicolás Maduro dio 72 horas a la embajadora de la Unión Europea (UE) en Venezuela, Isabel Brilhante, para dejar el país. La decisión fue expresada el lunes por la noche, luego de que la UE anunciara nuevas sanciones a funcionarios venezolanos. La UE, por su parte, anunció este martes que convocará a la embajadora de Venezuela ante la UE, Claudia Salerna Caldera, ante las instituciones europeas. Josep Borrell, representante para Asuntos Exteriores, quien condenó la decisión del gobierno venezolano, anticipó que habrá “medidas necesarias habituales de reciprocidad”.

 “¿Qué poder se abrogan ellos? ¿Quiénes son para sancionar? ¿Quiénes son para tratar de imponerse con la amenaza?”, afirmó Maduro al anunciar la decisión. Las nuevas sanciones europeas afectaron a 11 personas, entre ellas, a miembros de la dirección de la Asamblea Nacional Constituyente, del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), y de la Asamblea Nacional (AN) reconocida por el TSJ, en particular a su presidente Luis Parra.

Las sanciones habían sido anticipadas por la UE el pasado 9 de enero, cuando, en un comunicado, la diplomacia europea respaldó nuevamente a Juan Guaidó como presidente de la AN, luego de que el 5 de enero el órgano legislativo quedara dividido en dos directivas: una encabezada por Guaidó y otra por Parra.

El total de sancionados por la UE asciende así a 36 personas. Las medidas implican la prohibición de viajar a territorio europeo, el congelamiento de activos y se suman al embargo de armas decretado en noviembre del 2017.

La decisión europea tuvo lugar luego de que el pasado 12 de junio el TSJ nombrara la nueva directiva del Consejo Nacional Electoral (CNE). La Unión Europea no reconoció la validez de ese acto, por lo tanto, al nuevo poder electoral, institución medular de las elecciones legislativas previstas para este año.

Jorge Arreaza, canciller venezolano, rechazó entonces la “pretensión europea de imponer una suerte de supervisión al funcionamiento de las instituciones democráticas en Venezuela”.

La decisión tomada por el gobierno venezolano respecto a la embajadora europea es así una respuesta a las declaraciones y medidas europeas. “Vamos a ordenar nuestras cosas con la UE, vamos a ir paso a paso, ya basta, si no nos quieren que se vayan, si no respetan a Venezuela que se vayan”, indicó Maduro.

El presidente también se refirió al caso específico del embajador de España en Venezuela, Jesús Silva, sobre quien, afirmó, “Venezuela se reserva las acciones diplomáticas”, debido a su rol en la denominada Operación Gedeón, el intento de un desembarco armado en las costas del país a finales de mayo, del cual participaron dos mercenarios estadounidenses.

Maduro señaló la “complicidad” de Silva “con los actos criminales denunciados en el Wall Street Journal. El periódico estadounidense publicó un reportaje pocos días atrás donde indicó que López consideró “al menos seis propuestas de contratistas de seguridad privada para llevar a cabo incursiones militares para provocar una rebelión en las fuerzas armadas de Venezuela y derrocar al presidente”.

Leopoldo López se encuentra en la embajada de España desde el 30 de abril del 2019, luego de su intento fallido de encabezar un golpe de Estado junto a Guaidó y un grupo de militares. Así, según denuncias del gobierno y ahora de la investigación del Wall Street Journal, el dirigente del partido Voluntad Popular fue parte central del plan de la Operación Gedeón desde la embajada.

Esta nueva sucesión de hechos entre Venezuela y la UE sucede antes de las próximas elecciones legislativas que deberán ser anunciadas por el CNE. Todo indica que los comicios no serán reconocidos por quienes actualmente no reconocen al gobierno de Maduro, es decir centralmente Estados Unidos, Canadá, la UE, los gobiernos de derecha de América Latina.

El cuadro internacional respecto a Venezuela seguirá así similar al actual, donde, ese conjunto de gobiernos desconocerá los comicios, sus resultados y la nueva AN electa. ¿Qué sucederá luego? Seguramente una situación también similar a la que ahora acontece, con mayores sanciones y un intento de institucionalidad paralela, cada vez más reducida, bajo la figura de Guaidó.

El cambio estará a lo interno del país, donde participarán diferentes partidos de la oposición. Ese crecimiento de factores dispuestos a participar de las elecciones es el principal cambio que se ha venido construyendo en los últimos meses a través de diferentes mecanismos de diálogo. Parra, sancionado por la UE el lunes, es uno de los dirigentes que respaldan la próxima contienda electoral.

Aún faltan varios meses para las elecciones. Mientras tanto Venezuela enfrenta otro conflicto: la demanda interpuesta ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ) por parte de la República Cooperativa de Guyana para tratar acerca del territorio en reclamación de Guayana Esequiba, territorio venezolano apropiado ilegalmente por Gran Bretaña a inicios del siglo XIX.

El gobierno venezolano ya anunció su desconocimiento de la audiencia de la CIJ iniciada este martes, debido a que la Corte “carece de jurisdicción para tratar la controversia territorial sobre la Guayana Esequiba”, uno de los reclamos históricos de Venezuela.

Publicado enInternacional
Netanyahu refuerza su política de hechos consumados con la anexión israelí de parte de Palestina

El primer ministro israelí ha anunciado que el país comenzará a extender su soberanía a partes de Cisjordania a partir de julio

 

La anexión de buena parte de Cisjordania, sea de un solo trago o por fases, no es el primer paso ni tampoco será el último. Son muchos los que Israel ha dado en esta dirección en los últimos 72 años.

A fuerza de insistir en el empeño, no solo parece haber perdido la sensibilidad para darse cuenta de ello, sino que también ha acostumbrado a los demás a aceptar como normal lo que no lo es. Porque violar directamente el derecho internacional y resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU –sea en relación con la capitalidad de Jerusalén, los Altos del Golán sirios, el castigo colectivo a la población ocupada o los asentamientos– no es lo normal.

Cabría pensar que a Israel le ocurre lo mismo que a Gregorio Samsa en la Metamorfosis de Kafka. Tras lo que inicialmente su familia recibe como una monstruosidad –su súbita conversión en algo parecido a un insecto– pronto da paso a una nueva normalidad que, a la postre, resulta mortal para él mismo. En este sentido, la comunidad internacional ha terminado anestesiada ante una secuencia imparable de violaciones israelíes que por mera acumulación se han convertido en "normales".

Israel ha denominado 'plan de paz' a lo que para los palestinos tan solo es el certificado de defunción de su sueño político y como resultado de una persistente (y consentida) estrategia de hechos consumados, ha logrado inclinar (¿irreversiblemente?) la balanza a su favor. Todo esto, con el salvoconducto concedido por Donald Trump para que Benjamin Netanyahu pueda proseguir su huida hacia adelante.

Una huida que ha acabado con la justicia pisándole los talones. Su estrategia deja una larga ristra de perdedores. Pierden, en primer lugar, los palestinos que sueñan con un Estado propio, tras haber renunciado en 1947 a aceptar el 44% de la Palestina histórica que les concedía el Plan de Partición (a pesar de ser el 70% de la población). En 1993 no les quedó más remedio que acepar quedarse reducidos al 26% del territorio y, ahora, el plan de Netanyahu es restar otro 30% de la menguada Cisjordania a partir del 1 de julio. El primer ministro israelí asegura que no se trata de una anexión, aunque implica aplicar la soberanía de Israel a partes de Cisjordania que contienen asentamientos y al Valle del Jordán.

A eso hay que añadir que no se ha escuchado la voz de los palestinos durante el proceso que ha llevado hasta aquí, que la anexión remata la discontinuidad física y que el control marítimo, aéreo y fronterizo del 'bantustán' palestino remanente estará en manos israelíes. Solo los que sueñan despiertos encuentran algún resquicio de esperanza política en el futuro. Y, por el camino, la decisión de Netanyahu se lleva definitivamente por delante a la depauperada Autoridad Palestina, con un Mahmud Abbas agotado y sin crédito alguno para pedir moderación a una población que hace tiempo le ha vuelto la espalda.

Pierden también los israelíes porque lo que se avecina no puede tampoco ser la ansiada paz, con el reconocimiento dentro de fronteras seguras por parte de sus vecinos (solo Egipto y Jordania lo han hecho) y con la normalización de relaciones. Nadie duda de la superioridad de fuerza de Tel Aviv, pero tras seis guerras y dos intifadas, nadie puede dudar tampoco de que no hay solución militar al conflicto.

Tratar de imponerse de este modo –sabiendo que Benny Gantz no se atreverá a romper la coalición porque es consciente de que, electoralmente, está en rumbo de caída sin freno– alimenta las opciones violentas tanto de los desesperados que ven arruinados sus proyectos de vida como de los grupos que, en ambos lados, siguen apostando por el "cuanto peor, mejor".

Igualmente, salen muy mal parados los Estados árabes, no solo sumisos ante los fuertes, sino también fragmentados entre sí y visiblemente acomodados a los dictados de Washington y Tel Aviv, lo que difícilmente va a encontrar eco positivo entre sus propias poblaciones. Y lo mismo cabe decir de la Unión Europea, que no ha logrado adoptar una línea de acción común por las diferencias internas entre sus miembros. El bloque comunitario sigue buscando en el diccionario palabras que expresen descontento y rechazo, pero se cuida de que no transmitan ninguna voluntad de pasar a los hechos y de que no hieran la sensibilidad de los gobernantes israelíes.

Estados Unidos, por su parte, dilapida así los últimos vestigios de credibilidad y de liderazgo que le quedan en la calle árabe, con un Donald Trump convertido en el valedor principal de Netanyahu. Trump sigue sin querer entender que, de ese modo, daña los intereses de su propio país, al tiempo que Washington pierde lustre inevitablemente como líder mundial, al bendecir una violación del derecho internacional. Y, en definitiva, pierde toda la comunidad internacional porque nunca es buena noticia que la ONU muestre su impotencia y que no se cumpla el derecho internacional.

A corto plazo, el único ganador es Netanyahu, pero son muchos los responsables de consentir su comportamiento.

Por Jesús A. Núñez

30/06/2020 - 21:22h

Publicado enInternacional
La gestión de la pandemia ha acrecentado el enfrentamiento entre Estados Unidos y China.

El coronavirus ha disparado la rivalidad entre las dos potencias y cada vez es más evidente que los demás países no podrán permanecer neutrales y se tendrán que posicionar.

 

George Kennan, jefe adjunto de la misión de Estados Unidos en Moscú tras la segunda guerra mundial, supo capturar en sus memorias cómo en las relaciones internacionales las percepciones cambian con gran rapidez. En el libro, el diplomático estadounidense, al que muchos consideran el autor intelectual de la guerra fría, señalaba que si hubiera enviado su famoso Telegrama Largo de 1946 sobre la naturaleza expansionista de la Unión Soviética seis meses antes, su mensaje "probablemente habría sido recibido con muchas reservas por el departamento de estado de la época. Por otra parte, si lo hubiera enviado seis meses más tarde, habría sonado redundante, como si predicara a los conversos”.

Ahora, en un contexto de enfrentamiento de Estados Unidos con China por la pandemia de coronavirus, parece que muchas de las democracias del mundo están adoptando, tan rápidamente como en 1946, una nueva percepción del orden mundial. Mike Pompeo, el Secretario de Estado de Estados Unidos, ha declarado que el partido comunista chino es la principal amenaza para la seguridad nacional, por delante del terrorismo internacional, y un número creciente de países parece estar de acuerdo con esta afirmación.

Aquellos que defendían la teoría de que si China se liberalizaba económicamente después lo haría políticamente temen haber estado del lado equivocado de la historia. La firmeza del gobierno chino es patente a lo largo y ancho del país; desde el espacio aéreo sobre Taiwán, los rascacielos de Hong Kong, la fría Himalaya en la frontera con India y los arrecifes que rodean las islas Xisha/Paracelso en el Mar de la China Meridional. Son muchos los países que están reevaluando la naturaleza de esta potencia. La decisión del gobierno australiano de denunciar un ciberataque orquestado por un país, sin nombrar a China, es solo un ejemplo de la percepción imperante. Ahora, Estados Unidos exige que sus aliados no sólo reconozcan que han sido ingenuos sino que se unan a una alianza en contra de la potencia. Por otra parte, China, tal vez menos abiertamente, está presionando a otros países para que se unan a un bloque rival.
 
Muchos países están tratando de evitar las presiones de ambas superpotencias, pero cada vez es más evidente que se está reduciendo la posibilidad de ser un país neutral o no alineado. India, por ejemplo, que siempre ha estado orgullosa de lo que su ex asesor de seguridad nacional Shivshankar Menon llama su "autonomía estratégica", tiene dificultades para posicionarse después de que el ejército chino apaleara brutalmente a sus soldados en el valle de Galwan [en el enfrentamiento murieron 20 soldados indios que patrullaban la frontera]; un acto que según Menon no tiene precedentes por su alcance y las implicaciones sobre las relaciones entre los dos países vecinos.

Durante mucho tiempo Menon ha argumentado que India debería evitar las alianzas permanentes con otros países. “Evidentemente, la posición ideal para India es estar muy cerca tanto de China como de Estados Unidos, mucho más cerca de lo que estas dos potencias están entre sí”, ha señalado. Sin embargo,  a medida que la retórica y las amenazas se intensifican, es cada vez más difícil navegar entre las dos potencias de la forma que defendía Menon. Más bien parece que se está gestando una nueva guerra fría, en la que se lucha tanto con tecnología y aranceles como con armamento convencional.

De hecho, la gran pregunta para los próximos seis meses es hasta qué punto los países que se oponen a que el mundo vuelva a dividirse en dos bloques podrán mantenerse neutrales y si los países a lo largo y ancho del mundo están tan conectados económicamente que el precio del desacoplamiento que exige Estados Unidos es demasiado alto.
 
Solo unos años atrás, muchos hubieran argumentado que íbamos a plantearnos estas cuestiones a finales de esta década. Al fin y al cabo, durante la presidencia de Barack Obama, ya se fue gestando lentamente una rivalidad entre superpotencias. Sin embargo, con la llegada de Donald Trump estas preguntas requieren una respuesta más urgente. En palabras de uno de los asesores de Trump caídos en desgracia, Steve Bannon, “estamos ante dos sistemas que son incompatibles, y uno va a ganar y el otro va a perder”. El coronavirus, el Gran Acelerador, ha llevado esta cuestión a un punto crítico antes de lo esperado.

Según Kishore Mahbubani, fellow del Asia Research Institute, Trump se ha preparado de forma caótica para esta batalla. "El problema clave es que Estados Unidos ha decidido librar una batalla geopolítica contra China, la civilización más antigua del mundo, sin diseñar primero una estrategia detallada sobre cómo lo va a hacer. Es muy desconcertante. Para Corea del Sur y Japón esto no es un problema abstracto. Estados Unidos quiere que ambos se separen de China, pero para ambos países esta brecha es un suicidio económico".

Mahbubani fue el representante de Singapur ante las Naciones Unidas. El primer ministro del país, Lee Hsien Loong, defiende con la misma vehemencia que a Asia no le conviene adoptar el punto de vista de Bannon. "Los países asiáticos ven a Estados Unidos como una potencia residente [una potencia que no tiene territorio en una región pero sí influencia] con intereses vitales en la región", dice. "Al mismo tiempo, China es una realidad muy cercana. Los países asiáticos no quieren que se les obligue a decantarse por uno. Y si alguno de los dos intenta forzar esa elección - si Washington intenta contener el ascenso de China o Pekín intenta construir una esfera de influencia exclusiva en Asia - iniciarán una trayectoria de confrontación que durará décadas y pondrá en peligro el tan anunciado siglo asiático".

Loong urge a Estados Unidos a no ver esta situación como una repetición de lo que pasó en 1946. "China está lejos de ser un pueblo de Potemkin o de la tambaleante economía dirigida que definió a la Unión Soviética en sus últimos años. Es poco probable que cualquier confrontación entre las grandes potencias termine, como la guerra fría, con el colapso pacífico de un país".

Europa también lucha por mantenerse neutral. Sí, es cierto que un año atrás Europa declaró que China era “un rival sistémico” y la mayoría de los países de la UE están tratando de diversificar sus cadenas de suministro, limitar las subvenciones extranjeras o revisar la forma en que regulan las delicadas inversiones internas chinas. Pero Josep Borrell, el jefe de la política exterior de la UE, es reacio a ser arrastrado a la guerra total de Trump. Después de las conversaciones por vídeo con el ministro de Asuntos Exteriores chino Wang Yi a principios de este mes, reveló la doctrina de Sinatra; Europa lo hará “a su manera”.

Borrell ha insistido en el hecho de que China no es una amenaza militar y ha reconocido que Wang le había dicho que a China no le gusta que la llamen "rival sistémico". Borrell ha tenido que reconocer a regañadientes que  "las palabras importan", antes de tener que compartir una enrevesada teoría lingüística sobre el significado de la palabra "rival".  ¿'Rival' en qué? ¿Es 'sistémico' una cuestión de rivalidad entre sistemas? ¿O es una rivalidad sistemática? Hay dos interpretaciones".

Para países como Alemania no se trata de un juego de palabras. China se gastó 96.000 millones de euros (87.000 millones de libras esterlinas) en productos exportados alemanes en 2019, casi la mitad que la UE. Volkswagen vendió 4,2 millones de coches a China en el año fiscal 2017. Si Deutsche Telekom se viera obligada a retirar de su red a los proveedores de equipos chinos - un escenario llamado Armagedón - tomaría 5 años y costaría miles de millones. Berlín no tiene ningún interés en cultivar una rivalidad sistémica con China, y tampoco es lo que quieren los alemanes.  En una encuesta tras otra afirman que Trump es una amenaza mayor para la paz mundial que Xi.

De manera similar, en América Latina resulta sorprendente ver cómo giran en torno a  China. Para Chile, probablemente la economía de mercado más libre del continente, China es su principal socio comercial tanto en términos de importaciones como de exportaciones.

El presidente de China, Xi Jinping, ha extendido su firma de política exterior, la iniciativa Cinturón y Ruta [de la Seda, una iniciativa que fomenta el tránsito de mercancias], a toda América Latina, a la que se han sumado 14 de los 20 países de la región. China ha superado a Brasil como el mayor socio comercial de Argentina. El presidente argentino, Alberto Fernández, predica que "las relaciones comerciales deben desideologizarse".

En Brasil, donde los seguidores del presidente Jair Bolsonaro han enviado tweets racistas sobre los planes de Beijing para la "dominación mundial", las exportaciones a China aumentaron un 13,1% en los primeros cinco meses del año en comparación con el mismo período en 2019. Un tercio de la deuda de Ecuador - 18.400 millones de dólares (15.000 millones de libras esterlinas) - está en manos de bancos chinos.

México, Venezuela y Bolivia también tienen fuertes vínculos comerciales con China. Si otrora fue el patio trasero de Estados Unidos, en la actualidad América Latina se está convirtiendo en el patio delantero de China. Con los vínculos económicos más estrechos viene la calma política. En cuanto a la cuestión de Taiwán, Panamá, la República Dominicana y El Salvador han pasado de Taiwán a China desde 2017. A cambio, han obtenido financiación e inversión en infraestructura.

China ha tenido a África como su mayor acreedor durante mucho tiempo. "Para África no hay ninguna otra estrategia mejor cuando se trata de la financiación", dice el historiador Niall Ferguson. "Nosotros [Occidente] no estamos compitiendo de manera efectiva", dijo recientemente a la Sociedad Henry Jackson.

Según los datos de la Universidad Johns Hopkins, los países africanos han pedido prestado hasta 150.000 millones de dólares - casi el 20% de su deuda externa - a China.

En los últimos años, los préstamos de China han crecido hasta superar los préstamos combinados del FMI, el Banco Mundial y el Club de París, según el Instituto de Economía Mundial de Kiel. Sin embargo, cerca del 50% de los préstamos internacionales de China a los países en desarrollo y emergentes no se incluyen en las estadísticas oficiales. China dice que como parte del G20, hará su parte para aliviar la carga de la deuda de África, suspendiendo los pagos por lo menos durante ocho meses. Pero no ha anunciado los detalles, y las condiciones de muchos de sus préstamos son confusas.

"Las condiciones de estos préstamos son muy opacas y se necesitará mucho tiempo para reestructurarlas", señala William Jackson, economista jefe de mercados emergentes de la empresa de investigación Capital Economics. "Los países africanos tienen un poder de negociación escaso. China está en la posición más fuerte".

Gradualmente China ha utilizado esta red mundial para tener capacidad de influencia en las instituciones de la ONU, propiciado por el hecho de que Estados Unidos ha ido distanciándose de estos mismos foros internacionales. Occidente recibió la primera señal de alerta en 2017, cuando el candidato del Reino Unido para dirigir la Organización Mundial de la Salud fue derrotado por el candidato etíope que contaba con el apoyo de China, el doctor Tedros Adhanom Ghebreyesus. La propia China encabeza ahora cuatro de los 15 organismos especializados de la ONU. Antes de la elección del director general de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) en 2019, China condonó 78 millones de dólares de la deuda del gobierno de Camerún, cuyo candidato nominado casualmente retiró su candidatura poco después. China venció al candidato francés, obteniendo 108 de los 191 votos.

Tras tener durante años una presencia mínima en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, ahora las autoridades de Pekín se han vuelto muy proactivas. Han presentado mociones y en julio de 2019 consiguieron sofocar las criticas occidentales al trato que China dispensa al millón de uigures musulmanes del país.

De hecho, la votación sobre esta cuestión fue considerada una prueba de fuego de la influencia china. Veintidós países occidentales apoyaron una resolución que criticaba a China, pero más de 50 países firmaron una carta en la que se oponían a esta resolución y acusaban a Occidente de "politizar los derechos humanos" y elogiaban los "logros notables" de China en materia de derechos humanos. Ni un solo país musulmán apoyó a Occidente. El llamado "Grupo de Países en Desarrollo de ideas afines" todos apoyaron a China o se quedaron fuera. Del mismo modo, un grupo de países de Europa del Este se negó a condenar a Pekín.

El episodio demostró que cualquier suposición de que hay una mayoría innata dispuesta a interpretar y gestionar el autoritarismo de China como quiere Estados Unidos es una fantasía. Mahbubani argumenta que los países que, sumados, representan el 20% de la población mundial están dispuestos a unirse a una alianza en contra de China, pero el resto no lo haría.

El doctor Keyu Jin, profesor asociado de la Escuela de Economía de Londres, señala una brecha a nivel mundial: "La actitud de muchos mercados emergentes hacia China es muy, muy diferente a la de los países industrializados ricos. Quieren aprender y aspirar al modelo de China. Asocian a China con la innovación en tecnología. Hace diez años, durante la crisis financiera, China fue la que llenó los vacíos financieros cuando la Reserva Federal de los Estados Unidos sólo tenía líneas de intercambio con seis grandes economías avanzadas".

China ha tenido suerte con su enemigo. Así como China ha cortejado a sus aliados, Trump ha insultado a los suyos. Mira Rapp-Hooper, en su nuevo libro Shileds of the Republic [Escudos de la República], documenta cómo Trump se ha crecido con la destrucción de alianzas, como el precio que Estados Unidos están pagando con la actitud de su presidente. Afirma que  "Trump no necesita legalmente romper las alianzas de los tratados - al tratarlas como chanchullos por los que las partes protegidas nunca devolverán lo suficiente, las obvia. Al alinearse con los adversarios, desafía la misma noción de que sus aliados comparten amenazas". No es de extrañar que algunos diplomáticos chinos acogieran con agrado la reelección de Trump, y el hecho de que ha supuesto un duro golpe para las alianzas entre países de Occidente. Sin embargo, los acontecimientos podrían dar un giro inesperado en el último momento, en gran parte debido a que China se ha comportado de una forma tan torpe como Trump. Para Aaron Friedberg, un consejero del National Bureau of Asian Research,  la reacción de China ante la pandemia de COVID-19 es muy reveladora. "Es como si en cada nuevo episodio de esta crisis hubiera quedado un nuevo hecho en evidencia, revelando facetas aún más feas del carácter del régimen y poniendo de relieve todas las amenazas que representa para los demás".

La amenaza que se cierne sobre Hong Kong, y los conflictos en la frontera con la India, son sólo un síntoma de una serie de medidas chinas que han hecho más difícil el día a día de los países no alineados, y que han causado indignación entre los politólogos chinos más tradicionales, como Lanxin Xiang. El experto argumenta que con sus fantasías de orgullo nacional, China se está haciendo un daño incalculable a sí misma y a las relaciones con Occidente.

Si China corre el riesgo de perder su oportunidad de liderar, otros han calculado que existe una posibilidad fugaz de que las potencias intermedias, algunas con armas nucleares, tengan mayor influencia. Se habla de un D10 de democracias - en esencia, el G7 más Australia, India y Corea del Sur. Es una idea que podría prosperar si el candidato demócrata a la presidencia de Estados Unidos, Joe Biden, gana las elecciones en noviembre. Sin embargo, requeriría que Washington fuera más moderado y prudente cuando reta a China.

Nunca ha podido dirigir un think tank internacional, pero en una reflexión sobre el anterior interregno, el comunista italiano Antonio Gramsci, hizo una afirmación muy acertada: “El viejo mundo se muere y uno tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”.

Por Patrick Wintour

28/06/2020 - 21:20h

Publicado enInternacional
En Japón, crean la súper computadora más rápida del mundo

Los superordenadores son cruciales para avanzar en investigación científica o analizar conjuntos masivos de datos en la industria, detectar patrones y generar predicciones mediante la Inteligencia Artificial.

“También ayudan a buscar fármacos para la COVID-19, secuencian genomas enteros de tumores, establecen modelos más fiables sobre el cambio climático, estudian el organismo humano, cartografían el Universo o diseñan nuevos materiales”.

Con estas potencialidades cuenta el nuevo superordenador más rápido del mundo, la máquina japonesa Fugaku, que ha logrado completar más de 415 billones de cálculos por segundo, aproximadamente 2,8 veces más ágil que el sistema Summit desarrollado por Estados Unidos, del Laboratorio Nacional Oat Ridge, que anteriormente reclamó el título en noviembre de 2019, informó Ticbeat.

Por primera vez en nueve años -afirma el reporte—, una supercomputadora nipona ocupa el primer lugar, según una clasificación semestral anunciada este lunes por el proyecto TOP500 estadounidense-europeo.

Desarrollada por el Instituto de Investigación Riken (de forma conjunta con Fujitsu en las instalaciones del Instituto en Dobe), Fugaku, la nueva supercomputadora de Japón,“no solo se destaca por suvelocidad, sino que también ocupó los primeros puestos en tres categorías adicionales que miden el rendimiento en métodos computacionales basados ​​en la industria, análisis de big data y aplicaciones de Inteligencia Artificial". Así, Fugakuha batido un nuevo récord.

“Es la primera ocasión en la que una máquina de esta índole encabeza el ranking mundial en las cuatro categorías mencionadas”, según la Agencia Kyodo News.

Por otra parte, la supercomputadora constituye una base clave para poderosas simulaciones utilizadas no solo en la investigación científica, sino también para tecnologías militares e industriales.

“Esperamos que ayude a resolver problemas sociales difíciles como la lucha contra el nuevo coronavirus”, dijo Satoshi Matsuoka, director del Centro de Ciencias Computacionales del Instituto.

El Presidente de Fujitsu IT Products Ltd., Shinichi Kato también celebró los méritos del aparato y se consideró “extremadamente feliz y honrado de haber estado involucrado en la creación de Fugaku”.

Otra supercomputadora de fabricación estadounidense ocupó el tercer lugar, mientras que una China se aseguró el cuarto y quinto lugar. Por el momento Fugakuopera en formato de pruebas investigando posibles medicamentos para combatir el nuevo coronavirus. Se espera que alcance parámetros completamente operativos al comienzo del año comercial 2021.

27 junio 2020 

(Tomado de Resumen Latinoamericano)

La India es el peón 'nazi' en la escalada de EEUU contra China

El reciente enfrentamiento militar entre la India y China en la región fronteriza de Ladakh (Cachemira), en el que murieron 20 soldados indios, debe ser analizado desde un punto de vista estratégico más que militar.

 

Si el análisis se circunscribiera a este aspecto, el balance de fuerzas no deja lugar a dudas: China es capaz de derrotar a la India, como lo hizo en la breve guerra de 1962.

El principal foco del conflicto es la carretera china NH 219 que une Xinjiang y Tibet atravesando la región denominada Aksai Chin, un enclave estratégico entre China, India y Pakistán que reclama Nueva Delhi, pero forma parte de la Región Autónoma Uigur de Xinjiang para Pekín.

Una región desolada y despoblada de 37.000 kilómetros cuadrados de pedregales desiertos a una altitud mínima de 4.300 metros fue la causa de una guerra hace medio siglo y de las confrontaciones actuales, no por sus riquezas sino por su valor geopolítico.

Cachemira es el punto de fricción entre las dos naciones más pobladas del planeta y además con Pakistán, que mantiene un largo litigio con la India desde su separación en 1947. Entre los tres países reúnen el 40% de la población mundial en una región como Eurasia, en disputa estratégica entre Occidente (EEUU y sus aliados) y la alianza China-Rusia.

Cachemira es la única región de mayoría musulmana que no se integró a Pakistán cuando fue la partición, quedando en manos de la India. Es un punto tan conflictivo en las relaciones sino-hindúes, que mereció un duro editorial de Global Times el 21 junio. "India estará más humillada que después del conflicto fronterizo de 1962 con China".

No es, por cierto, el lenguaje habitual en los medios oficialistas chinos. Global Times llama al gobierno de Narendra Modi a "enfriar el nacionalismo" anti-chino que estos días barre la India y le recuerda que la brecha militar y económica entre ambas naciones es cinco veces mayor que en 1962.

"Intentar aventuras militares en esa área es pedir que se vuelvan a humillar en una escala cinco veces cinco veces mayor que en 1962", concluye el rotativo. Agrega que si hubiera una guerra, India sufrirá "un retroceso de décadas en su economía y su posición global".

Las relaciones se deterioraron abruptamente en agosto pasado, cuando India decidió acabar con la autonomía limitada de Jammu y Cachemira y redibujar el mapa de la región, una decisión duramente criticada por Pekín. De ese modo India creó una nueva región administrativa, Ladakh, que incluye Aksai Chin, el área que India reclama pero que controla China.

Un factor adicional de tensiones es la desconfianza de India ante la alianza de China y Pakistán, y la sospecha de Nueva Delhi de que Pekín ayudó a Islamabad a adquirir tecnología nuclear. China ha invertido alrededor de 60.000 millones de dólares en infraestructura en el corredor económico China-Pakistán, que parte de la Nueva Ruta de la Seda impulsada por el Dragón.

Para China el corredor es decisivo para la conexión con el puerto pakistaní de Gwadar, en la entrada al Mar Arábigo. Para India es un riesgo ya que la operativa china en ese puerto puede ser usada para apoyar las operaciones navales cerca de sus costas.

El ex diplomático indio M. K. Bhadrakumar sostiene que el conflicto sino-hindú comenzó con "la firma del tratado nuclear entre EEUU e India en 2008, cuando la relación entre Washington y Nueva Delhi experimentó una transformación histórica y la doctrina de la 'interoperabilida' con el ejército estadounidense comenzó a impregnar subrepticiamente el cálculo estratégico indio".

A partir de ese momento, escribe el diplomático, "la política exterior de la India quedó atada a la de EEUU". Entre las elites indias, arrasadas por un fervor nacionalista, existe la convicción de que el país puede derrotar a su adversario.

"Es una creencia delirante", sostiene Bhadrakumar, ya que China es una superpotencia que "ha modernizado fenomenalmente sus fuerzas armadas con tecnologías que tienen un efecto multiplicador de fuerza que está mucho más allá de la capacidad de la India".

En este clima, la abrogación del artículo 370 de la Constitución india para cambiar el estatuto de Jammu y Chachemira, fue una "línea roja" que Nueva Delhi se decidió a cruzar sin escuchar las quejas de Pekín. Autoridades indias declararon que "algún día" van a recuperar Aksai Chin, arrebatándole el control a China.

El análisis de Roy es más duro aún, al detenerse en la razones políticas y culturales de lo que denomina como "ascenso del nazismo hindú". Sostiene que el RSS (Rashtriya  SwayamsevakSangh), fundado en 1925, es "la nave nodriza del gobernante Partido Bharatiya Janata", influenciado "por el fascismo alemán e italiano".

Los miembros del RSS compararon a los 200 millones de musulmanes de la India "con los judíos de Alemania, y creyeron que los musulmanes no tienen lugar en la India hindú". Agrega que el RSS "tiene 57.000 shakhas (sucursales) en todo el país y una milicia armada y decidida de más de 600.000 voluntarios". Tiene además enorme influencia en las Fuerzas Armadas.

El primer ministro Modi fue miembro del RSS desde niño. En julio de 2013, un periodista de Reuters le preguntó si lamentaba el pogromo de 2002 en Gujarat, donde 2.500 personas, casi todas musulmanas, fueron asesinadas a plena luz del día y las mujeres violadas en grupo en las calles. "Respondió que lamentaría incluso la muerte de un perro si accidentalmente terminaba bajo las ruedas de su automóvil", escribe una indignada Roy.

Siete millones de personas habitan el valle de Cachemira, "un gran número de las cuales no desean ser ciudadanos de la India y han luchado durante décadas por su derecho a la autodeterminación, están encerradas bajo un asedio digital y la ocupación militar más densa en el mundo", denuncia Roy.

Con el régimen de Modi, "los musulmanes indios han sido privados de sus derechos y se están convirtiendo en las personas más vulnerables: una comunidad sin representación política, sin voz".

Tres consideraciones

  1. Los medios occidentales no se molestan en informar sobre la deriva ultraderechista de la India, aliada de los EEUU, mientras denuncian la persecución china de los musulmanes de Xinjiang.
  2. La ofensiva de la India en la frontera con China, sumada a la anexión de Cachemira y Jammu y la persecución de los musulmanes, dibuja un panorama irritante para Pekín, que observa cómo se cierra un cerco desde Japón, el mar del Sur de China y Taiwán, hasta el océano Índico y la India continental.
  3. El tono fuerte de los medios chinos y del Gobierno parecen más que justificados ante esta tremenda situación. El más reciente editorial de Global Times arremeta contra el nacionalismo hindú y advierte: "La mayoría de las armas avanzadas de China se fabrican en el país, pero todas las armas avanzadas de la India se importan".
Publicado enInternacional
Pablo Bustinduy: “Vamos hacia un nuevo equilibrio entre EEUU y China, con más polarización y conflicto”

Pablo Bustinduy es profesor adjunto en el City College de Nueva York y profesor invitado en la Universidad de Columbia. Fue coordinador de la Secretaría Internacional de Podemos y candidato a las elecciones europeas hasta su dimisión, en marzo de 2019.

 

¿Estamos ante un nuevo orden mundial? ¿Corre riesgo la hegemonía americana frente al auge de China?

De momento estamos ante un momento de gran desorden mundial: una gran interrupción del sistema económico y una profunda crisis del orden multilateral. A la vez se anuncia una fase, quizá transitoria, de desglobalización. Trump había prefigurado ese movimiento rompiendo con los Acuerdos de París o Irán, replegándose en el “America First”, boicoteando el orden multilateral. La nueva derecha populista ya trabajaba con una idea de soberanía cerrada sobre sí misma. Pero deberíamos desconfiar del diagnóstico de una rápida transición hegemónica hacia China. Este país está en posición de fuerte dependencia respecto al orden económico de la globalización y el libre comercio. Una crisis de ese orden le afectaría. Y la primacía financiera, tecnológica y militar de los EEUU no está en cuestión, puede salir de esta crisis incluso reforzada. Así que no habrá una transición repentina. Sí, probablemente, un nuevo equilibrio entre las dos superpotencias, más polarización y conflicto, y una rearticulación de alianzas, coaliciones y esferas de influencia entre ellas.

¿Cuál cree que serán los escenarios de los conflictos que se puedan ir en este caminar hacia un nuevo orden?

La hegemonía norteamericana de la globalización se apoyaba en tres pilares fundamentales: la apertura económica, concretada en la integración de las cadenas globales de producción y el libre comercio; una primacía militar y tecnológica incuestionada, y un orden de gobernanza multilateral con vocación de extenderse al planeta entero. El pilar económico afronta un futuro incierto en aspectos esenciales como la reordenación de las cadenas de valor, el modelo energético o el comercio. La reconstrucción también plantea una disputa por el control de zonas geopolíticas de influencia, algo que China lleva tiempo prefigurando con su presencia económica en África o América Latina, y a lo que Rusia ha jugado también en Siria o Ucrania.

Con la crisis del orden multilateral se pierde capacidad institucional para gestionar conflictos, y de hecho las exportaciones de armas se han multiplicado en la última década. De salir reelegido, Trump afrontará esta fase de reordenación confiando tan solo en su fuerza financiera y militar y con una sociedad rota. Pero los demás actores también sufrirán.

¿Qué papel espera a Europa en este “desorden”?

Dependerá de sí misma. Si el proyecto de integración europea aprovechara esta crisis para reconstruir su estructura económica y su contrato social, podría pesar decisivamente en ese tablero. Europa debería hacer el trayecto inverso al de la crisis del 73. Entonces se reformuló el proyecto de la posguerra en clave neoliberal. Esa lógica, que lleva a Maastricht, a Lisboa y al pacto fiscal de la austeridad, demostró en 2008 sus contradicciones, en 2012 nos llevó al borde de la implosión total, y hoy ya no es capaz de avanzar. No es ya cuestión de “solidaridad” entre norte y sur, sino de economía política.

Hay que rehacer la eurozona desde los cimientos, dotarla de coherencia política y legitimidad democrática, basarla en un modelo social de bienestar para el siglo XXI. Sin esa reconstrucción, el proceso de conflicto, bloqueo y desagregación que concretó el brexit se acelerará. Solo hay dos alternativas a esa larga decadencia del orden europeo: la deriva autoritaria de Visegrado, que encabeza Hungría con Viktor Orban, y la propuesta democrática del sur.

Los estados-nación han vuelto a cobrar protagonismo. ¿Están en crisis instituciones globales como la ONU?

Es una realidad que el sistema multilateral salido de la posguerra mundial cada vez menos capaz de solucionar conflictos, y que hay una crisis general de los proyectos de integración. Pero el proyecto darwinista que defienden Trump, Bolsonaro y Netanyahu es una amenaza existencial. Ante realidades como el cambio climático, la regulación de los paraísos fiscales o la gestión de las crisis y los conflictos, necesitamos defender los foros multilaterales y el derecho internacional. Quizá la gran reconstrucción, que es el momento en que cristalizan los nuevos órdenes políticos, sea también una oportunidad para imaginar su reforma.

Por Alejandro Torrús

23 junio 2020

 

Publicado enInternacional
Un orden mundial golpeado por la crisis de covid-19

Tras varios meses desde el inicio de la pandemia por el virus SARS-CoV-2, todavía hoy existen muchas dudas sobre su comportamiento, su persistencia en el ambiente o si será o no estacional.

Otra pregunta es si se darán olas sucesivas de brotes epidemiológicos a lo largo de los próximos meses, como se están viendo aparecer en varios países como Singapur, Corea del Sur, Nueva Zelanda, Alemania o, en China, específicamente en la capital Beijing, que ya ha ordenado estrictas medidas de contención para evitar su propagación, después de que la vida hubiera vuelto prácticamente a la normalidad desde hacía varias semanas. Tampoco se conocen las secuelas a largo plazo que puede dejar en el organismo de las personas infectadas y si la inmunidad adquirida a través del contagio permanecerá en el tiempo. Es también una incógnita saber cuándo aparecerá en el mercado una vacuna lo suficientemente eficaz y de precio asequible que se pueda fabricar masivamente para inmunizar a la población de manera que desaparezca el miedo a nuevos rebrotes epidémicos. Lo que sí queda claro es que la pandemia de COVID-19, la enfermedad causada por el nuevo coronavirus, se ha extendido por el mundo entero y está generando no sólo una crisis sanitaria de gran envergadura, sino también una crisis económica sin precedentes y otra de tipo geopolítico de consecuencias geoestratégicas.

La caótica respuesta global a la pandemia de coronavirus y la vacilación de la cooperación mundial han puesto a prueba el orden internacional. La mayoría de las naciones se han replegado sobre sí mismas, han fallado en la colaboración con otros países y han marginado a la Organización Mundial de la Salud (OMS) y otras instituciones multilaterales. La existencia de estos organismos no ha impedido que la mayoría de los estados hayan adoptado un enfoque unilateral, optando por posturas nacionalistas y populistas que han debilitado el apoyo público al internacionalismo liberal. El resultado ha sido una falta casi total de coherencia política global. En un sistema internacional basado en normas, las instituciones multilaterales son fundamentales para su funcionamiento, aunque, en este caso, parecen haber fracasado. Sin embargo, las instituciones internacionales no actúan de manera autónoma, sino que deben ser articuladas e impulsadas por sus estados miembros, que siguen siendo los que verdaderamente las gobiernan. La débil cooperación internacional es una elección, no una inevitabilidad ya que las instituciones multilaterales son lo que los estados y sus líderes hacen de ellas.

Un orden mundial estable es algo excepcional. Como indica Richard Haass, cuando uno surge tiende a aparecer después de una gran convulsión que crea tanto las condiciones como el deseo de algo nuevo. Requiere de una distribución estable del poder y de una amplia aceptación de las normas que rigen las relaciones internacionales. También necesita de una política hábil, ya que un orden no nace, se hace. No importa cuán maduras sean las condiciones de partida o fuerte el deseo inicial, mantenerlo exige de una diplomacia creativa, instituciones que funcionen y acciones efectivas para ajustarlo cuando las circunstancias cambian y reforzarlo cuando surgen desafíos. Y todos tienen sus fases de crecimiento, culmen, declive y ruptura final. Lo que está desapareciendo en realidad no es un orden internacional en singular, sino dos sistemas que coexistieron durante la mayor parte de la Guerra Fría: el construido alrededor de la bipolaridad EEUU-URSS, basado en un equilibrio militar y en la disuasión nuclear y otro, denominado liberal, controlado por las principales democracias occidentales y que se fortaleció durante el momento unipolar de la hegemonía estadounidense. Hoy ambos sistemas están desmontándose y en este proceso influyen tanto el resurgimiento de China como el ascenso de algunas potencias medias y de actores no estatales, el incremento de gobiernos y movimientos iliberales que ven al orden liberal como una amenaza a su autonomía y supervivencia, el cambio del contexto político y tecnológico, la falta de liderazgo o el fracaso de las instituciones y el intervencionismo equivocado.

En los meses transcurridos desde la aparición de la COVID-19, los analistas han diferido sobre el tipo de mundo que la pandemia dejará a su paso. Muchos argumentan que el mundo en el que estamos entrando será diferente del que existía antes; otros predicen que la pandemia provocará un nuevo orden mundial liderado por China; otros, por el contrario, creen que provocará la desaparición del liderazgo de dicho país. Algunos dicen que terminará con la globalización; otros esperan que marque el comienzo de una nueva era de cooperación global. Otros consideran que, a pesar de los mejores esfuerzos de Beijing y Washington, lo más probable es que China y EEUU salgan de esta crisis significativamente disminuidos y no surgirá una nueva Pax Sinica ni una renovada Pax Americana, sino que ambos poderes se debilitarán, en una deriva lenta pero constante hacia la anarquía internacional. Piensan que, sin un liderazgo mundial claro, en lugar del orden y la cooperación está tomando forma un nacionalismo desenfrenado que socavará el libre comercio y que conducirá a un cambio de régimen en diversos países. También están los que piensan que el mundo tras la pandemia no será tan distinto al que teníamos, no modificará la dirección por la que caminaba la historia mundial, sino que, más bien, la acelerará. Otros, en una visión realista de las Relaciones Internacionales, consideran que están moviéndose hacia la siguiente era global, la de la competencia y enfrentamiento entre las grandes potencias. Washington se estaría preparando para una lucha prolongada por el dominio de China, Rusia y otras potencias rivales. Este mundo fracturado ofrecerá poco espacio para el multilateralismo y la cooperación y surgirán los problemas de la anarquía: luchas hegemónicas, transiciones de poder, competencia por la seguridad, esferas de influencia y nacionalismo reaccionario. Pero este futuro no es inevitable, y ciertamente no es deseable ya que, según G. John Ikenberry, destruiría lo que queda de las instituciones globales en las que los gobiernos confían para abordar problemas comunes. Las democracias liberales descenderían aún más a la desunión y, por lo tanto, perderían su capacidad de dar forma a las reglas y normas globales y el mundo que surgiría del otro lado sería menos amigable con los valores occidentales como la apertura, el estado de derecho, los derechos humanos y la democracia liberal.

El poder económico y militar de China ha crecido en las últimas dos décadas junto a un deseo incrementado de influir fuera de sus fronteras de acuerdo con su ascenso como potencia global. En una dinámica de poder de transición clásica, China busca un papel más importante en el mundo, mientras que Estados Unidos lo abandona voluntariamente o, involuntariamente. El poder militar y económico de EEUU, punto de apoyo geopolítico sobre el que descansaba el orden internacional liberal, estaba ya siendo desafiado por China antes de la pandemia, tanto a nivel regional como global. Pero también por la propia administración Trump que, según el manifiesto firmado por un amplio grupo de expertos en Relaciones Internacionales estadounidenses, afirman estar alarmados por esos ataques del presidente a las instituciones internacionales y consideran que el sistema debería reformarse, pero no destruirse. Piensan que el orden global ciertamente necesita grandes cambios pero que las instituciones son mucho más difíciles de construir que de destruir y casi nadie se beneficiaría de un descenso al caos de un mundo sin instituciones efectivas que fomenten y organicen la cooperación. Los EEUU han sido incapaces de asentar su legitimidad y credibilidad ética, sus adversarios de ayer han vuelto a ser sus adversarios hoy, y sus aliados de ayer están desconcertados y no se sienten ya realmente aliados suyos. El gobierno de Trump se sumó a los problemas del orden al debilitar la estructura de sus aliados y deslegitimar sistemáticamente las instituciones multilaterales, un fracaso patente que no parece fácil de remediar, creando un vacío político y diplomático que China puede llenar. Ciertamente, el resultado ha sido un mundo cada vez más disfuncional y caótico. Es probable que la crisis actual refuerce tales tendencias. La rivalidad estratégica ahora definirá todo el espectro de la relación entre Estados Unidos y China, tanto a nivel militar, como económico, financiero, tecnológico e ideológico y configurará cada vez más las relaciones de Pekín y Washington con terceros países.

La salud pública mundial, aislada durante mucho tiempo de la rivalidad geopolítica y la demagogia nacionalista, se ha convertido de repente en un terreno de combate político, paralizando la respuesta del mundo a la pandemia. Se está criticando con severidad a China por su tardía respuesta a la hora de avisar al resto del mundo de la existencia del nuevo coronavirus y, también, por falsear los datos de contagio y fallecimientos. Sin pretender añadir o quitar responsabilidades, que hay que dirimir, es necesario analizar también cuántos otros países, y en contra de la evidencia científica, han minusvalorado la capacidad de contagio del virus cuando ya existían pruebas más que suficientes de su elevada tasa de transmisión y letalidad; cuántos gobiernos no han tomado las medidas pertinentes en el momento adecuado y han declarado en los medios de comunicación que no iba a tener esos efectos tan perniciosos en sus respectivos países, como si existieran barreras a la expansión de un virus. No son todos los que no han actuado con responsabilidad y eficacia, pero sin ser demasiado exhaustivos repasando un caso tras otro, basta con observar nuestro propio país que, mediante grandes dosis de desinformación cuando ya habían casos de contagio, permitió eventos sociales de diferente tipo que implicaban la acumulación de muchedumbres en un momento en el que el virus ya se había extendido a otros países como Corea del Sur, Singapur o bien Italia, país vecino, donde estaba causando estragos y se conocían los datos alarmantes. China tuvo que enfrentarse a la aparición de un virus desconocido y establecer las pautas de contención y tratamiento, otros países, sin embargo, ya tuvieron la información por adelantado, pero no actuaron correctamente. Con 60 decesos por cada 100.000 habitantes, España se encuentra en el tercer puesto de los países con más muertos por coronavirus por número de habitantes y sólo después de que el Ministerio de Sanidad revisara la serie histórica y rebajara el número de fallecidos. Son sólo los contabilizados oficialmente, pero otros análisis, como los realizados por el Sistema de Monitorización de la Mortalidad (MoMo) del Instituto de Salud Carlos III, llegan a la conclusión de que existe un 42% más que no aparecen en las estadísticas. Es difícil elevar una crítica a otros países con estos elementos sobre la mesa sin entonar el mea culpa.

La incompetencia de la respuesta ante la pandemia dada por EEUU, país con el número de contagios y fallecidos más elevado del mundo hoy, ha dañado su reputación, su poder blando. China, por otro lado, brindó ayuda, e inició una vigorosa propaganda, la “diplomacia de mascarilla”, en un intento de convertir la narrativa de sus errores iniciales en una respuesta positiva a la pandemia. Sin embargo, gran parte del esfuerzo de Beijing para restaurar su soft-power ha sido tratado con escepticismo en Europa y en otros lugares. En palabras de Joseph S. Nye, esto se debe a que “el poder blando se basa en la atracción” y “la mejor propaganda no es propaganda”. La narrativa imperante se basa en las reticencias que causa el ascenso de China y la posibilidad de que pueda inclinar el equilibrio de poder mundial a su favor y la desconfianza que genera su sistema político y su asertividad.
La pandemia y la respuesta a la misma parecen estar revelando y reforzando las características fundamentales de la geopolítica actual y mostrando sus vulnerabilidades. Los efectos de la pandemia han empezado a hacer más visible ciertos agentes de cambio a nivel geopolítico, fundamentales e interconectados, que ya estaban presentes antes de la pandemia como la regionalización y relocalización, produciendo el regreso de empresas y medios de producción a los países de origen desde China y otros países asiáticos para asegurar la cercanía y acceso de los bienes considerados estratégicos, evitando una dependencia crítica de otros estados. También se está favoreciendo el desacoplamiento, con el fin de separar a China del acceso a la tecnología occidental y cambiar a su favor el flujo global de mercancías y financiación. Pero estos comportamientos están creando una fractura interna en el bloque occidental, debido a que no todos los países están de acuerdo en conceder la exclusiva a Washington ya que, a causa de su actual comportamiento aislacionista e impredecible, no aseguraría su compromiso de protección y, sin embargo, le proporcionaría una herramienta más de presión y control sobre sus aliados y socios. Hasta cierto punto, esto es el resultado de lo que Fareed Zakaria describió como “el ascenso del resto”, como consecuencia de una disminución en la ventaja relativa de los Estados Unidos a pesar de que su fuerza económica y militar absoluta hubiera continuado creciendo. Pero es también algo más, ya que es el resultado de la vacilación de la voluntad estadounidense en la estrategia de cooperación con otros países, y no una disminución de su verdadera capacidad.

La crisis parece haber destruido gran parte de lo que quedaba de la relación entre EEUU y China. En Washington, cualquier retorno a un mundo de “compromiso estratégico” anterior a 2017 con Beijing ya no es políticamente sostenible. Un segundo mandato de Trump significará un mayor desacoplamiento y posiblemente un intento de contención y, si ganara las elecciones el candidato demócrata Joe Biden, tampoco parece que existirán grandes modificaciones en la situación ya que los sentimientos anti-China están enraizados ya en ambos partidos. Estados Unidos parece surgir de este período como una organización política más dividida en lugar de una más unida, como normalmente sería el caso después de una crisis nacional de esta magnitud. Como indica el politólogo estadounidense Graham Allison, la mayor amenaza para la posición de Estados Unidos en el mundo se encuentra en los fracasos del propio sistema político estadounidense. “El desafío decisivo para los estadounidenses de hoy es nada menos que reconstruir una democracia que funcione dentro de sus fronteras”. Esta fractura continua del establecimiento político estadounidense agrega una restricción adicional al liderazgo global de los EEUU que facilitaría el ascenso a la posición de liderazgo de China, pudiéndose entrar en la trampa de Tucídides que provocaría que la relación entre ambos países se volviera aún más conflictiva.

Al igual que con otros puntos de inflexión históricos, tres factores darán forma al futuro del orden global: cambios en la fuerza militar y económica relativa de las grandes potencias, cómo se percibirán esos cambios en todo el mundo y qué estrategias desplegarán las grandes potencias. En base a los tres factores, China y Estados Unidos tienen motivos para preocuparse por su influencia global en el mundo post-pandemia. La caída en picado de los índices económicos mundiales durante el confinamiento ha convencido a Estados y organizaciones internacionales de que la crisis económica será difícil y posiblemente duradera. Se está recuperando la figura del Estado como actor económico incluso en los países más liberales que están interviniendo con importantes planes económicos imprescindibles para proporcionar el impulso inicial que permita reactivar las economías nacionales. La pandemia también ha hecho más visible el ascenso tecnológico de China, y tanto su soft-power como la geopolítica de la tecnología podrían reforzar la imagen internacional de China, e incluso impulsar el cambio en la estructura de poder global imperante.

Es demasiado pronto para predecir cuándo y cómo terminará la crisis, ya que dependerá del grado en que las personas sigan las pautas de distanciamiento social y la higiene recomendada, la frecuencia e intensidad de los rebrotes epidémicos, la disponibilidad de pruebas rápidas, precisas y asequibles, medicamentos antivirales y una vacuna eficaz y fácil de obtener, así como del alcance del alivio económico proporcionado a individuos y empresas. Pero otros factores también intervendrán, añadiendo complejidad al análisis. La recuperación económica jugará un importante papel en el reposicionamiento de cada una de las grandes potencias y en el desplazamiento de los equilibrios de poder geopolíticos. Aquellas potencias que salgan de la pandemia con graves problemas económicos verán reducidas de manera drástica sus opciones estratégicas. Así, China estaría, en principio, mejor situada que EEUU, ya que ha salido de la pandemia con antelación y relativamente intacta, pero la intensificación de la regionalización y la desvinculación de los mercados más importantes del mundo, Europa y EEUU, le afectarán negativamente. A Estados Unidos, por su parte, le falta el deseo y sigue insistiendo en su política de “América primero”, un Trumpismo que se entiende mejor como un movimiento en contra del orden establecido de alcance transnacional.

El orden mundial ha sido golpeado en sus cimientos y, si la crisis actual hace que se llegue a la conclusión de que el multilateralismo está condenado y los políticos se convencen de la necesidad de provocar su desaparición, se estará preparando a la humanidad para calamidades aún más costosas. Si la crisis, en cambio, sirve como llamada de atención, como estímulo para hacer reformas e invertir en un sistema multilateral más efectivo, el mundo estará mucho mejor preparado cuando llegue la próxima crisis mundial.

El mundo que surgirá de la crisis posiblemente será todavía reconocible. Una disminución del liderazgo estadounidense, la potenciación del liderazgo chino, una cooperación mundial vacilante y discordia entre las grandes potencias, el desacoplamiento estratégico, el nacionalismo, la fragmentación y el colapso del orden global. Todo esto caracterizaba ya el entorno internacional antes de la aparición de la COVID-19, pero la pandemia los ha exacerbado y se convertirán en características aún más destacadas del mundo que está por venir. Pero aportando una pizca de optimismo, la pandemia también ofrece la oportunidad de revertir este curso y optar por un camino diferente: un esfuerzo de última oportunidad de ajuste y reforma para reclamar un proyecto que reconstruya un orden abierto, inclusivo y multilateral.

Por Rosa María Rodrigo Calvo | 23/06/2020

Por Rosa María Rodrigo Calvo es Licenciada en Estudios de Asia oriental y Máster en China Contemporánea y Relaciones Internacionales.

Publicado enInternacional
Acuerdos de apoyo de Angela Merkel y Xi Jinping a la OMS, así como a la promoción de la cooperación internacional en la ONU, habrían irritado a Donald Trump. Foto Ap

El catalán y socialista Josep Borrell, a cargo de la política exterior de la Unión Europea (UE), definió su nueva política con China y EU como doctrina Sinatra, quien inmortalizó la canción My way, que no toma partido en la confrontación de Washington contra Pekín.

La autoría de la canción es del sirio-estadunidense Paul Anka y ya había sido enunciada dos semanas antes de la caída del muro de Berlín en 1989 por Guennadi Guerasimov (GG), portavoz de Gorbachov, ex mandamás soviético.

GG optó por la doctrina Sinatra –en contraste a la doctrina Brejnev, donde la URSS imponía su ley a los países satélites– que en forma cándida le otorgaba a Polonia y a Hungría, independientemente de la legitimidad de sus veleidades geopolíticas, la latitud de escoger una vía diferente, lo cual marcó el inicio de la balcanización de la URSS (https://bit.ly/3efv5dY).

Sylvie Kauffmann (SK), editorialista del rotativo galo Le Monde, explaya la doctrina Sinatra e incurre en acrobacias lingüísticas, en medio de las tensiones noratlánticas en la fase de Trump, para diferenciar el no-alineamiento de la UE en la disputa de EU y China, lo cual no significa equidistancia cuando existe una franca asimetría, que se agudizó con la pandemia del Covid-19, que debe poner freno a las ambiciones de Pekín, sin caer en la trampa de una confrontación entre China y EU que se ha vuelto estructural (sic).

A inicios de junio, en una conversación telefónica, el mandarín Xi Jinping y la canciller alemana Angela Merkel (AM) –por tercera vez desde el brote del Covid-19– acordaron varios puntos, como el apoyo a la OMS, que es anatema para Trump, y la promoción de la cooperación internacional en la ONU y con el G20, además de acelerar los intercambios geoeconómicos (https://bit.ly/3eiLVbS).

Se espera la visita del mandarín Xi a Alemania para septiembre –sea en forma presencial o por una videocumbre– para dialogar con los 27 miembros de la UE.

El Covid-19 profundizó la relación franco-alemana, y la reciente visita de AM a su homólogo francés Emmanuel Macron expuso eldeseo mutuo de mantener relaciones estables y sanas con China, pese a las fuertes presiones de la dupla Trump/Mike Pompeo para adoptar una confrontación de corte sinofóbica (https://bit.ly/3hLZGCa).

Es probable que la resurrección europea con su doctrina Sinatra y el coqueteo de la canciller AM con el mandarín Xi hayan contribuido a la exasperación de Trump, quien acaba de ordenar el retiro de 9 mil 500 efectivos de Alemania para septiembre –de un total de 34 mil 500 y que en un momento dado de rotación pueden alcanzar 52 mil (https://on.wsj.com/3dlrqKe)–, debido al incumplimiento, según sus decires, de aumentar su gasto militar en el seno de la OTAN. Coincidentemente, cuando se gesta la cumbre entre el mandarín Xi y la UE-27 que presidirá Alemania, es cuando EU retira sus tropas, de las que se ignora cuál será su nuevo destino (https://bit.ly/3eiMKS0).

A Trump le ha irritado que Alemania no haya detenido el gasoducto NordStream2 proveniente de Rusia, y no faltan legisladores pugnaces del Partido Demócrata, como Bob Menendez y Eliot Engel, quienes disparatan de que el retiro de tropas estadunidenses beneficia al zar Vlady Putin (https://bit.ly/2YWzNXs).

En su más reciente artículo, SK comenta que la pandemia del Covid-19 hizo mover las líneas en Europa que podría salir transformada, mientras en el campo de la geopolítica mundial “la crisis exacerbó las grandes tendencias en curso sin cambiar fundamentalmente la sustancia (https://bit.ly/2YinsOe)”, por cierto, tesis de Bajo la Lupa.

SK confiesa que la UE estuvo a punto de desintegrarse, pero se recuperó y después del estadio de sideración (sic), eligió el camino inverso, el de una integración más profunda, para levantar sus economías y resistir mejor los futuros choques.

Falta mucho por avistar si las rediseñadas tendencias centrípetas superan a las fuerzas centrífugas, así como ver qué tanto funciona la doctrina Sinatra, que ya fracasó una vez y comporta el grave error de menospreciar a Rusia.

http://alfredojalife.com

Facebook: AlfredoJalife

Vk: alfredojalifeoficial

Youtube: https://www.youtube.com/channel/ UClfxfOThZDPL_c0Ld7psDsw?view_as=subscriber

Publicado enInternacional
Jueves, 18 Junio 2020 05:51

Asia, un polvorín

Soldados del Ejército indio descansan junto a una batería de artillería las armas de artillería en un campamento cerca de Baltal, al sureste de Srinagar, en el valle de Cachemira. REUTERS/Stringer

Reavivamiento de las tensiones en la península coreana, escaramuzas en la frontera entre India y China con resultado de muertos entre los ejércitos de ambos países, aviones militares chinos y estadounidenses sobrevolando el espacio aéreo de Taiwán, tensiones entre China, Taiwán y Japón tras choques entre barcos pesqueros y destructores y decisiones de redenominación de las islas Diaoyu/Senkaku en Taiwán y Japón, peligrosas subidas de tono entre Taipéi y Beijing con crecientes interferencias atizadoras por parte de EEUU, interminables pugnas en el Mar de China meridional, inesperada renovación de la alianza militar de Filipinas con EEUU… Y el SIPRI alertando del incremento del poder nuclear en Asia, con varias potencias nucleares en liza (China, India, Pakistán y Corea del Norte)…

Todos estos trazos indican puntos calientes y factores de riesgo que advierten con toda claridad de que si bien el poder económico gira hacia Asia, su estabilidad en materia de seguridad presenta déficits graves. La eclosión de todas estas tensiones se produce en un contexto marcado por la voluntad china, referencial en la inmensa mayoría de todas estas crisis, de culminar este año las negociaciones para la Asociación Económica Integral Regional, conocida como RCEP por sus siglas en inglés, y también el acuerdo de libre comercio con Corea del Sur y Japón. De confirmarse ambas propuestas, serían un revulsivo con potencial suficiente para promover una nueva espiral de crecimiento económico en la región.

Aunque todos los diferendos citados se encuentran, por lo general, bajo control, a nadie escapa que los sobresaltos son posibles y que algunos podrían desbordarse especialmente en un momento como el actual, cuando la crisis económica y el riesgo de recesión, con sus devastadores efectos sociales, avanza por doquier a la par que la pandemia está lejos de ser vencida. Con las tendencias nacionalistas al alza en países importantes del área, la explicitación de desconfianzas reciprocas pese a los esfuerzos reiterados de diálogo, no acaba de mitigarse del todo.

En Asia, China tiene una especial responsabilidad en la habilitación de espacios institucionales para la gestión de estos contenciosos; no obstante,  no son pocos los países que recelan de su liderazgo. La práctica totalidad acepta su conveniencia económica y le considera un aliado comercial insoslayable, pero, en paralelo, en sus alianzas de seguridad confían más en EEUU como contrapeso indispensable para preservar sus intereses nacionales. El despertar del gigante lleva aparejada la demostración de una mayor ambición y la lentitud con que avanzan propuestas como la elaboración de un código de conducta para normalizar procedimientos en las disputas en el Mar de China meridional, por ejemplo, cuestiona su sinceridad. Mientras la política de hechos consumados tira beneficio de las maniobras de entretenimiento, la benevolencia de su liderazgo es objeto de controversia.

Algunas esperanzas se habían depositado en los últimos años en el papel de la CICA (Conferencia sobre Interacción y Medidas de Construcción de Confianza en Asia), que en 2017 cumplió su 25 aniversario. Emulando una especie de versión asiática de la OSCE (Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa), como plataforma intergubernamental de amplia representatividad y expresión de una nueva arquitectura de cooperación de seguridad regional podría amortiguar y encauzar las diferencias en torno a las áreas en disputa. Sin embargo, por el momento no ha sido así. Tampoco la Organización para la Cooperación de Shanghái ofrece mejores perspectivas.

Región prometedora y dinámica pero también muy vulnerable, urge que en Asia se dispongan alternativas institucionales creíbles para encauzar estos contenciosos y alejar la amenazante sombra del estallido de conflictos de gran envergadura. Potencial hay de sobra, con especial proyección en la península coreana o en el Estrecho de Taiwán. Lo ocurrido en la frontera cachemira advierte de la

Por Xulio Ríos

Director del Observatorio de la Política China

seriedad del peligro. Si bien este marco brinda oportunidades a poderes extrarregionales para mostrar su influencia en la región, las soluciones debieran venir de la propia Asia.

Publicado enInternacional
Guerra Fría contra China: cerco militar, comercial y tecnológico

Con sospechosa simultaneidad, se han activado o reactivado los conflictos en el entorno de las fronteras entre China y varios de los más importantes países de la región.

 

El más reciente es el enfrentamiento entre India y China por la construcción por Nueva Delhi de una carretera en el valle del río Galwan, en Ladakh, en la disputada región de Cachemira.

Aunque se iniciaron negociaciones entre ambas naciones, India sigue enviando unidades militares hacia la frontera norte, incluidos los vehículos de combate T-90 y T-72 y un gran número de aviones de combate. China respondió con maniobras militares para "expresar su apoyo a Pakistán, ya que la actual amenaza de la India a Pakistán es cada vez más evidente", según el experto de la Universidad Popular de China, Zhou Rong.

En los mismos días, Estados Unidos envió nada menos que tres portaviones, el USS Theodore Roosevelt, el USS Nimitz y el USS Ronald Reagan, para patrullar las aguas del Indo-Pacífico, en un acto analizado como una "advertencia" a China y un mensaje a sus aliados. El despliegue incluye decenas de buques y submarinos que conforman los grupos de ataque que acompañan a los portaaviones.

Para el diario oficialista Global Times, el objetivo de esta presencia consiste en "mostrar a otros países que su capacidad de combate no se vio obstaculizada por la nueva pandemia de coronavirus". La crisis que sufrieron algunas unidades de portaaviones cuando las tripulaciones se infectaron de coronavirus, parece haber abierto dudas en la región sobre la capacidad de combate de su flota.

Al respecto, el diario recuerda que la pandemia de coronavirus en la Marina de EEUU estalló en el Theodore Roosevelt en marzo pasado y asegura que la actual movilización puede provocar una nueva oleada de infecciones entre los marineros. Por eso Global Times concluye que la fuerte presencia de la Navy en el Pacífico Occidental, "no es más que un ejercicio de flexión muscular destinado a crear tensiones".

También a principios de junio se agudizó el conflicto entre China y Australia. Para Beijing, Australia actúa de modo irracional, al punto que se ha convertido en peón de Estados Unidos. Global Timesasegura que Australia "carece de independencia y autonomía diplomática, está en gran medida manipulada por los Estados Unidos en asuntos exteriores y "ya se ha convertido en un estado vasallo".

Ante el conflicto, Beijing llamó a sus jóvenes a reflexionar sobre la conveniencia de estudiar en Australia, ya que algunos chinos habrían sufrido actos de racismo, mientras amenaza con dejar de comprar mineral de hierro y hacerlo en Brasil o África, como represalia ante la creciente tensión entre ambas naciones. De hecho, China es el principal cliente de Canberra, pero la amenaza no puede producir resultados positivos.

En medio de estos conflictos, India y Australia suscribieron el 4 de junio una "Asociación Estratégica Integral", una "Visión compartida para la cooperación marítima en el Indo-Pacífico" y un "Acuerdo de apoyo logístico mutuo" para aumentar su "interoperabilidad militar".

Según la declaración conjunta, ambos países defenderán sus intereses comunes en la región Indo-Pacífico para "mantener rutas marítimas abiertas, seguras y eficientes para el transporte y la comunicación".

Las malas noticias para China no paran ahí. El 8 de junio Vietnam firmó un Acuerdo de Libre Comercio con la Unión Europea y trabaja para dar un similar con el Reino Unido. En paralelo, Filipinas apoyó a Vietnam en sus entredichos con China sobre la soberanía en el Mar del Sur de China y "las compañías japonesas y coreanas han estado trabajando juntas para desarrollar soluciones 5G" capaces de competir con Huawei, segúnAsia Times.

La iniciativa anti china en la región Indo Pacífico corresponde en gran medida a la India, potenciada ahora por su alianza con Australia. Ambas tratan a China como rival estratégico, en idéntica postura que EEUU. India se ha visto "perturbada por la creciente presencia naval de China en el Océano Índico", lo que la ha llevado a cooperar ampliamente tanto con EEUU como con Japón, Australia, Vietnam, Indonesia y Filipinas, participando incluso en ejercicios navales en la región.

16:19 GMT 16.06.2020URL corto

Por Raúl Zibechi

La dirigencia china no se engaña respecto al futuro inmediato. Un editorial de Global Times se pregunta: "¿Puede Estados Unidos realmente dejar de ser el policía del mundo? No hay evidencia suficiente en la historia o en la actualidad para indicar que Estados Unidos podría dejar de vigilar al mundo".

En el análisis de la política imperialista de EEUU, el órgano del Partido Comunista sostiene que dicha actitud "está determinada por la naturaleza hegemónica del país. Para mantener su hegemonía, Estados Unidos debe expandir su influencia en el extranjero". Y concluye que "es poco probable que EEUU abandone el estatus de policía de su mundo".

Una prueba de esa actitud la brinda Steve Bannon, ex jefe de estrategia de Donald Trump, en una extensa entrevista con David Goldman, de Asia Times. "El gobierno de China es un grupo de mafiosos. Pienso que el Partido Comunista Chino es completamente ilegítimo. Pienso que son un grupo de gángsters. Creo que lo que le han hecho al pueblo chino es horrible".

Sin duda el lenguaje de Bannon es brutal, pero refleja lo que piensan los dirigentes de Washington, tanto republicanos como demócratas, que buscan destruir a China para impedir que con su ascenso profundice el deterioro de la hegemonía estadounidense. En su reflexión, los horrores que sufre el pueblo chino comenzaron en 1949 con el triunfo del Partido Comunista, desestimando un siglo de agresiones e invasiones de Occidente y Japón.

Cuando se le pregunta a Bannon qué debe hacer EEUU frente a China, la respuesta es exactamente la que estamos viendo en Asia: "Deben ser confrontados en todos los niveles por todos los gobiernos: de Taiwán, Japón, Corea del Sur, India y Singapur hasta Vietnam".

Bannon, como Trump y el deep State de EEUU, creen que China "es el trabajo inacabado del siglo XX", que "Trump es el único presidente en la historia de Estados Unidos que se ha enfrentado al Partido Comunista Chino” y que este es el momento para "subir un poco" ese enfrentamiento. Peor aún, considera que "Hong Kong es Austria en 1938", cuando la invasión nazi convenció a Occidente de frenar a Alemania a cualquier precio.

Publicado enInternacional
Página 1 de 247