El no alineamiento activo: una camino para América Latina

Más de medio siglo después de la creación del Movimiento de Países No Alineados, el mundo ha cambiado drásticamente. Sin embargo, una renovación conceptual de la idea de «no alineamiento» puede ser útil para América Latina en esta nueva etapa caracterizada por la disputa entre Estados Unidos y China.

 

Algo anda muy mal en América Latina. Con un 8% de la población mundial, la región concentra el 31,9 % del total de muertos (270 mil sobre 844 mil, a fines de agosto de 2020) por la pandemia de covid-19, cuatro veces de lo que le «correspondería». Diversas proyecciones indican que la caída del PIB en 2020 fluctuará entre 9,1% según datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) y 9,4% según el Fondo Monetario Internacional, constituyéndose como el peor desempeño de la economía de la región. La caída de la economía mundial se calcula en 4,9%. Según la Cepal, la crisis provocará un aumento de 45,4 millones de pobres, cifra que haría alcanzar un total de 231 millones. Se trata de un 35% de la población total, lo que retrotraería los índices a los niveles de 2006.

Una constante del subdesarrollo latinoamericano es una inserción internacional defectuosa, subordinada a la potencia hegemónica dominante. Ella se basa en una división del trabajo especializada en la producción de materias primas exportadas con bajos grados de elaboración y en la importación de productos con mucho mayor valor agregado. El deterioro de los términos del intercambio, según la expresión de Raúl Prebisch, se encuentra en la base de nuestro estancamiento. Por ello, la región no sale de la «trampa del ingreso medio».

En años recientes, el boom de los commodities pareció contravenir esa tesis. Entre 2003 y 2013, América Latina vivió una década dorada, sustentada en el alto precio de las materias primas exportadas. Fue ello lo que le permitió a la región sobrellevar con éxito la recesión mundial de 2008-2009. Sin embargo, bastó un cambio de signo de la coyuntura internacional y una ligera baja en la tasa de crecimiento de China, para revertir ese auge. Fue en ese contexto (la «media década perdida» de 2015-2020, con una tasa anual de crecimiento inferior al 2%), en el que la región recibió el golpe de la pandemia de covid-19. Ahora, el entorno internacional, dominado por la pugna Estados Unidos y China, apunta a restringir aún más las opciones de la región, en particular dada la exigencia de Washington de que América Latina rompa sus lazos con China y se alinee con Estados Unidos.

Resucitando la Doctrina Monroe

En febrero de 2018, en vísperas de su primer viaje a América Latina, el entonces Secretario de Estado Rex Tillerson, con ocasión de un discurso en la Universidad de Texas en Austin, anunció que la Doctrina Monroe se mantenía vigente, contradiciendo así los a su predecesor, John Kerry, que en 2013 había afirmado lo contrario. Esta doctrina, por la cual Estados Unidos se arroga el derecho a excluir a países no americanos de tener una presencia en el hemisferio occidental, se consideraba un anacronismo decimonónico.

Desde entonces, el gobierno de Trump ha aplicado esta doctrina sine die. Las visitas de sus secretarios de Estado - Rex Tillerson y su sucesor, Mike Pompeo-, de su secretario de Defensa Jim Mattis, y de otros integrantes de su Gabinete, trasmitieron el mensaje de que los países latinoamericanos deben mantenerse alejados de China. Algo similar podría decirse de esfuerzos por bloquear la presencia de Rusia e Irán, en este último caso incluyendo la intercepción de cargueros con petróleo iraní con rumbo a Venezuela. El rompimiento de una tradición establecida de 60 años de una presidencia latinoamericana del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) con la candidatura de un estadounidense para ella, aspira a utilizar el BID para excluir de la región a potencias extracontinentales, especialmente a China.

Este afán de retrotraer la historia al siglo XIX es inaceptable. El gran cambio que se ha dado en el nuevo siglo en la región ha sido precisamente hacia una diversificación de sus relaciones exteriores. En esa diversificación cabe destacar los contactos cada vez más frecuentes con países asiáticos como China, India, Corea del Sur e Indonesia, entre otros. En 2020, en un mundo globalizado, la noción que los países latinoamericanos solo deban vincularse con aquellos países para los que tienen permiso de la Casa Blanca es contraintuitiva. Ello es especialmente cierto para los lazos con Asia, la zona más dinámica y de mayor crecimiento en el mundo contemporáneo.

De hecho, para Argentina, Brasil, Chile, Perú y Uruguay, China es hoy el principal socio comercial, desplazando de esa condición a Estados Unidos, Europa o Japón. La paradoja de la presencia china en la región, sin embargo, es que por una parte disminuye la dependencia tradicional de los Estados Unidos y Europa, al aumentar las opciones y alternativas para América Latina. Ello no puede sino ser bienvenido. Sin embargo, la forma de inserción internacional resultante de los lazos con China no es sustancialmente distinta de la clásica relación centro-periferia. Ella se traduce en un comercio basado en las exportaciones de materia prima de la región y la importación de productos manufacturados chinos.

Esta constatación es fundamental para sostener una política de no alineamiento activoAsí, como la región debe rechazar la resurrección de la Doctrina Monroe, y la subordinación de las políticas exteriores al visto bueno del Departamento de Estado, la relación con China debe ser objeto de una política que ponga por delante nuestras preferencias nacionales. De otra forma, continuarán reproduciéndose las clásicas relaciones de dominación centro-periferia.

Del Tercer Mundo al Nuevo Sur

Más de medio siglo después de la fundación del Movimiento de Países No Alineados (NOAL), el mundo es otro. Con la caída de los socialismos reales en Europa Central y Oriental –y con ellos, la del así llamado Segundo Mundo—, el Tercer Mundo pasó a ser el Sur Global. Junto a ello se ha dado también lo que el Banco Mundial ha denominado una masiva «transferencia de riqueza», del Norte al Sur y un giro del eje geoeconómico del Atlántico Norte al Asia Pacífico. De representar entre un 20 y un 30% de los flujos de comercio e inversión internacionales en las décadas de 1960 y 1970, el Sur Global pasó a representar un 50% de ellos en 2015. Ese año el crecimiento de China representó un 30% del de la propia economía mundial. Pero el enorme auge de los países del Sur Global, sobre todo de China e India, pero también de otros países como Brasil (bajo los gobiernos de Lula), Indonesia y Turquía, no ocurre en un vacío.

Ello ha ido de la mano con un creciente populismo y proteccionismo en los países del Norte, los mismos que alguna vez lideraron el orden internacional liberal vigente después de la postguerra. Mientras China, India y otros países asiáticos se abrían a la globalización, Estados Unidos y Reino Unido se cerraban, denunciándola como la culpable de todos sus males. Cuando el mayor dinamismo económico se produce en Asia, la antigua noción de centro-periferia adquiere otra connotación. Lo que hay es un realineamiento de las jerarquías en el orden económico internacional, al que América Latina aún no se ha adaptado. Ha sido superada la concepción tradicional de que modernidad y progreso eran sinónimos de Estados Unidos y Europa. Alcanza con comparar el aeropuerto de Daxing en Beijing, inaugurado en 2019, que parece provenir de una película de ciencia ficción, con el JFK de Nueva York, que parece (y es) de la década de 1960. En 2050, se proyecta que la mitad del producto mundial provendrá de Asia.

En el nuevo milenio, el concepto de Sur Global viene a remplazar al de Tercer Mundo que había dominado el discurso de los países en desarrollo desde 1955. Surgen nuevas plataformas institucionales, que se suman a los tradicionales (el Movimiento de los Países No Alineados y Grupo de los 77 en Naciones Unidas). La más importante de ellas es el grupo BRICS. Aprovechando el dinamismo económico del mundo en desarrollo, la diplomacia de los Cahiers des doleances (cuadernos de quejas) va siendo sustituida por la idea de movilizar recursos financieros colectivos, de lo que es ejemplo emblemático el nuevo Banco de Desarrollo de los BRICS, con sede en Shanghai. En el área de comercio, se extiende la percepción de que el libre intercambio puede ser una palanca de desarrollo en la medida en que coexista con la salvaguardia de los intereses fundamentales de las sociedades nacionales, tales como la seguridad alimentaria, una posibilidad de definir estrategias de entorno.

Un no alineamiento activo para un nuevo orden internacional

En estos términosuna política de un no alineamiento activo por parte de América Latina no se refiere solo tomar una posición equidistante de Washington y de Beijing. Significa también asumir que existe un mundo ancho y ajeno más allá de los referentes diplomáticos tradicionales, que Asia es el principal polo de crecimiento en el mundo hoy, y que existen vastas zonas del mundo que han estado fuera del radar de nuestros países. Ellas incluyen gran parte de África y Asia Centralcuyas proyecciones de crecimiento demográfico y económico en las próximas décadas ofrecen enormes posibilidades, que ignoramos a costa nuestra. Salvando las diferencias, compartimos también con Europa la necesidad de construir un espacio de no alineamiento activo para no terminar aplastado por las confrontaciones entre los super grandes.

En otras palabras, lejos de «encerrarse» cada vez más en sí misma, como pretende la anacrónica aplicación de la Doctrina Monroe en pleno siglo XXI, América Latina debe «abrirse» a este nuevo «mundo post-occidental», en las palabras de Oliver Stuenkel. En este mundo, los parámetros, las normas y los recursos ya no provienen solo de los países del Atlántico Norte, como sucedió en gran parte del siglo XX, sino también de las nuevas potencias emergentes, lideradas por los BRICS, pero también por otros países de Asia y África que abren brecha y marcan pauta.

Los diez principios de la conferencia de Bandung de 1955, que originaría el NOAL, mantienen su vigencia. En el nuevo siglo, a ellos debemos añadir los Objetivos del Desarrollo 2030 propuestos por la ONU. Lo mismo vale por velar por el respeto de los acuerdos relativos a la protección del medio ambiente, los derechos laborales y la igualdad de género.

A diferencia del no alineamiento de antaño, que junto a su agenda propositiva en materia de descolonización tenía también un elemento defensivo que buscaba mantenerse al margen de los conflictos de las superpotencias, este no alineamiento tendrá una actitud proactiva y será efectivamente no-alineado. Buscará oportunidades de expandir y no de limitar los lazos de nuestros países con ese vasto mundo no-occidental que surge ante nuestros ojos, y que le dará la impronta al nuevo siglo.

Un aspecto clave se refiere a la gobernanza económica global, elemento decisivo para mejorar la inserción internacional de la región, en la raíz de su estancamiento. El no alineamiento activo debe definir las dimensiones de la globalización que son bienes públicos globales y deben ser materia de disciplinas internacionales. La protección de las patentes no tiene que ver con bienes públicos globales, sino con asegurar las royalties de las compañías. Seleccionar las inversiones extranjeras que sean conducentes al desarrollo no es materia de bienes públicos globales, sino de modelos de desarrollo nacionales. Tampoco lo es crear instancias de arbitraje en que las empresas pueden demandar a los Estados –y conseguir cuantiosas indemnizaciones– por la introducción de políticas que afecten sus ganancias, aunque las políticas sean de evidente interés nacional. Es necesario movilizarse para excluir ésas y otras áreas de políticas públicas de la gobernanza global. Ellas caen dentro del legítimo derecho de autodeterminación de las sociedades nacionales.

No es casualidad que la mayor crisis de la región en cien años, según la CEPAL, coincida con su mayor fragmentación en mucho tiempo. En este orden «post-unipolar», en el que Estados Unidos se retira de muchas organizaciones internacionales, una política de este tipo implicaría lo siguiente:

1) Un fortalecimiento de los organismos regionales, permitiendo una voz común frente a desafíos conjuntos.

2) Un compromiso con el multilateralismo: los desafíos globales que enfrenta el mundo de hoy exigen respuestas también globales. Ello significa coordinación y acción conjunta entre los países que integran la comunidad internacional, incluyendo entidades como la Organización Mundial de Comercio (OMC) y la Organización Mundial de la Salud (OMS), centrales en esta época de crisis.

3) Un plan de acción contra el cambio climático: el incremento en años recientes de la deforestación en el Amazonas, verdadero pulmón del mundo, y los incendios en los humedales de Pantanal, ilustran el grado al cual la región ha abdicado de sus responsabilidades en esta materia, clave para la supervivencia de la humanidad.

4) Un Centro de Control de Enfermedades (CCE) regional: todo indica que pandemias como las de covid-19 serán más frecuentes. Dado el impacto devastador que ésta ha tenido en América Latina, solo cabe imaginar lo que sería tener estas epidemias en forma recurrente. Prevenirlas y coordinar respuestas a ellas debe ser una alta prioridad.

5) Una redefinición de nociones obsoletas de la seguridad nacional, que en nada ayudan a defender a nuestros países de las amenazas globales de nuestra era. Estas tienen poco que ver con tanques de países vecinos cruzando fronteras, y más con epidemias, sequías y calentamiento global, para las cuales no hay presupuesto, preparación, ni programación.

6) Un esfuerzo persistente por garantizar la equidad entre los géneros y el equilibrio de las relaciones laborales.

7) Un no alineamiento genuino, que no se incline ante ninguna de las grandes potencias, sino que tome sus decisiones solo tomando en cuenta los intereses nacionales objetivos de los países latinoamericanos.

La noción de que nada que exceda el presentismo de la perspectiva de muchos gobiernos actuales es factible, es parte de la razón por la cual América Latina se encuentra en la crisis actual. El no alineamiento activo no tiene signo ideológico. Puede ser un punto de convergencia de gobiernos de distinta orientación, para crear espacios que permitan la adopción de decisiones soberanas. En momentos de un orden internacional en transición, el tener una voz en materias tan decisivas para el futuro como la gobernanza global o la nueva arquitectura financiera internacional, constituye una alternativa que abre enormes posibilidades.

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La «América crece» de Trump: nueva forma de neocolonialismo

La Alianza para el Progreso impulsada por el ex presidente estadounidense John F. Kennedy a principios de la década de 1960 hasta la nueva “Iniciativa América Crece” lanzada por Donald Trump en 2019 son mecanismos utilizados por Washington para dominar económica y políticamente a las naciones latinoamericanas.

Mediante la Alianza para el Progreso, Estados Unidos pretendía buscar modelos capitalistas de desarrollo en la región para neutralizar el ejemplo que significaba la naciente Revolución cubana.

De esa forma se enviaron especialistas a la América Latina para explorar las riquezas naturales y las posibles fuentes de progreso de cada país, las que en los años siguientes fueron controladas y explotadas por empresas transnacionales, en su mayoría norteamericanas.

Washington brindaba entonces la asesoría económica con empréstitos provenientes del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y el Fondo Monetario Internacional (FMI), y enviaba grupos denominados “cuerpos de paz” que impulsaban la animadversión contra Cuba y el sistema socialista. Todo desembocó en un rotundo fracaso que llevó más hambre y miseria a los pueblos donde los políticos corruptos de turno los acogieron, a la par que ellos se enriquecían con las abundantes prebendas.

A la tristemente célebre Alianza para el Progreso le siguieron unos tras otros los ensayos estadounidenses para controlar a los países de América Latina en la que en los últimos años ha jugado un pernicioso papel la Agencia Internacional para el Desarrollo (USAID).

Ahora, dentro del enorme esfuerzo que hace la administración Trump para controlar Latinoamérica, a semejanza de la Doctrina Monroe que proclamaba América para los americanos, se ha lanzado la “Iniciativa América Crece” que permite a Washington evadir controles parlamentarios en los países que la acepten y va dirigida a modificar la dependencia económica, financiera, social y política de la región. 

Un análisis divulgado por Rusia Today, señala que esa Iniciativa es expedita, escueta, y no requiere de negociación alguna entre instancias gubernamentales. Tampoco precisa de consultas a los Parlamentos y mucho menos involucra a segmentos de la sociedad civil, porque el formato de Memorando de Entendimiento (MoU, por sus siglas en inglés) así lo permite.

Mediante el MoU, los gobiernos que se acojan al mismo, sellan el compromiso de cumplir la hoja de ruta que trazarán los distintos organismos y agencias norteamericanas, lo que es igual a una nueva forma de neocolonialismo.

La ex diplomática boliviana Maria Luisa Ramos, en entrevista con la publicación panameña Bayano Digital, denunció que la fórmula avanza hacia un reformateo de la dependencia económica, financiera y política de la región, sin requerir de negociación alguna entre instancias gubernamentales, ni consultas a los Parlamentos y mucho menos incluye a segmentos de la sociedad civil.

Agregó que mediante ese procedimiento ya no se involucrarán en engorrosas negociaciones de Tratados de Libre Comercio (TLC) para mejorar su balanza comercial, para obtener jugosos contratos estatales, realizar cambios a la legislación y en general adecuar a sus intereses el diseño del esquema de inversiones de los países.

En realidad se trata de un subterfugio mediante el cual Estados Unidos y los gobiernos latinoamericanos hacen un compromiso diplomático de alto nivel para encaminar la agenda trazada por los organismos y agencias norteamericanas con homólogos empresariales de los hasta ahora firmantes en Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, El Salvador, Honduras, Jamaica y Panamá.

El programa América Crece también sale de la órbita de la Organización Mundial del Comercio ya que la agenda general será delineada y encaminada por los organismos y agencias estadounidenses y sus homólogas entidades empresariales de esos países.

En el amplio panorama del MOU (que lo firma cualquier ministro y no los presidentes de las naciones como ocurre con los Tratados de Libre Comercio) aparecen los intereses del régimen norteamericano y sus compañías para realizar obras de infraestructura en aras de explotar yacimientos petrolíferos, todo tipo de minerales y recursos naturales que sean beneficiosos para sus intereses. 

O sea, es un saqueo autorizado de las riquezas de los países en cuestión, que no tiene que contar con las aprobaciones de los diferentes Parlamentos. 

Como “sublime artimaña” de este convenio se indica que acelerará el acceso del sector privado a los recursos financieros de Estados Unidos fundamentalmente a través del Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

La Casa Blanca bajo enormes presiones a los gobiernos latinoamericanos impuso hace unos días, al frente de esa organización bancaria al ultraderechista Mauricio Claver Carone, principal asesor de Trump para América Latina en el Consejo de Seguridad Nacional (CSN).  

También en este programa están envueltos los Departamentos de Estado, Tesoro, Comercio y Energía, la Agencia para el Desarrollo Internacional (USAID), la Agencia de Comercio y Desarrollo de los Estados Unidos (USTDA) y la Corporación de Inversiones Privadas en el Extranjero (OPIC).

En definitiva, América Crece es una forma más moderna de neocolonialismo que busca controlar económica, política y financieramente al continente. Esperemos que los pueblos despierten. 

Por Hedelberto López Blanch | 18/09/2020

Hedelberto López Blanch, periodista, escritor e investigador cubano.

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Jueves, 17 Septiembre 2020 06:15

"Que grite la economía"

"Que grite la economía"

Génesis y legado del golpe de Estado ordenado por Nixon y patrocinado por la CIA en Chile

El 3 de septiembre de 1970, durante una reunión de 30 minutos en la Oficina Oval, entre las 3:25 y las 3:45 de la tarde, el presidente Richard Nixon ordenó a la Agencia Central de Inteligencia (CIA por sus siglas en inglés) promover un golpe militar en Chile. Según notas manuscritas tomadas por el director de la agencia, Richard Helms, Nixon giró órdenes para evitar que el nuevo presidente de Chile, Salvador Allende, tomara posesión de su cargo en noviembre… o crear condiciones para derrocarlo en caso de que asumiera la presidencia.

"Una probabilidad de una en 10, quizá, pero salven a Chile." "No importan los riesgos". Helms garrapateaba sus notas mientras el presidente exigía un cambio de régimen en la nación sudamericana, que se había convertido en la primera en el mundo en elegir libremente a un candidato socialista. “Trabajo de tiempo completo… los mejores hombres que tengamos”. "Que grite la economía".

Escrito en una semana como ésta, hace 50 años, el crítico memorando de Helms sobre la conversación con Nixon continúa siendo el único registro conocido de la orden de un presidente estadunidense de derrocar a un líder extranjero electo democráticamente. Desde que desclasificó el documento, en 1975, como parte de una investigación del Senado sobre las operaciones encubiertas de la CIA en Chile y otras partes, las notas de Helms se han vuelto la representación de la intervención estadunidense en Chile, y un símbolo de la arrogancia hegemónica de Washington hacia naciones más pequeñas, en particular en América Latina.

¿Cómo llegó un presidente estadunidense, dotado de poderes imperiales, a ordenar un cambio encubierto de régimen en otra nación? La desclasificación, en fecha más reciente, de cientos de documentos etiquetados como top secret sobre el papel de la CIA en Chile proporciona componentes críticos de tan siniestra y sórdida historia. Éstas son las principales revelaciones:

– Funcionarios estadunidenses comenzaron a explorar en secreto un golpe militar como parte de los planes de contingencia ante una posible victoria de Allende desde un mes antes de que los chilenos acudieran a las urnas, el 4 de septiembre de 1970. Una "revisión urgente" solicitada por Nixon sobre los intereses y opciones en Chile, conocida como Estudio de Seguridad Nacional Memorando 97, contenía un anexo ultrasecreto titulado "Opción extrema: derrocar a Allende". Presentado por la CIA a principios de agosto de 1970, el anexo mencionaba las presunciones, ventajas y desventajas de un golpe militar si Allende resultaba electo.

– El 8 de septiembre de 1970, apenas cuatro días después de la estrecha victoria de Salvador Allende, el "Comité de los 40", que supervisaba las operaciones encubiertas estadunidenses, se reunió para abordar el caso de Chile. Al final de la reunión, el presidente del comité, Henry Kissinger, solicitó una "evaluación a sangre fría" de los "pros y los contras, los problemas y perspectivas implicados si se organizara ahora un golpe militar en Chile con asistencia de Estados Unidos". Al día siguiente, el cuartel general de la CIA envió instrucciones a su jefe de estación en Santiago para emprender “la tarea organizacional de entablar contactos directos con los militares chilenos… que puedan utilizarse para estimular un "golpe" (en español en el original) en caso de que se tome una decisión en ese sentido”.

– El jefe de estación de la CIA, Henry Hecksher, junto con el embajador estadunidense, Edward Korry, objetó esas instrucciones por considerarlas imprácticas e improbables. Un número significativo de funcionarios de la CIA, la embajada estadunidense y del Departamento de Estado se oponían a los planes de una intervención estadunidense por juzgarla poco realista, destinada al fracaso y peligrosa desde el punto de vista diplomático.

"Lo que proponemos es una flagrante violación de nuestros principios y dogmas políticos", advirtió Vaky a Kissinger en un memorando secreto el 14 de septiembre de 1970. "Si esos principios tienen algún significado, normalmente sólo nos apartamos de ellos para enfrentar graves amenazas a nosotros, es decir, a nuestra supervivencia. ¿Es Allende una amenaza mortal para Estados Unidos? Es difícil argumentarlo".

– Kissinger, el director de la CIA Helms y, sobre todo, el presidente Nixon rechazaron estos argumentos. Durante la reunión del 15 de septiembre de 1970 con Helms, a la que también asistió Kissinger, Nixon expresó que no le preocupaban los "riesgos implicados" al fomentar un golpe. El presidente estadunidense parecía tomar la elección de Allende como un insulto a Estados Unidos. "Ese hijo de puta, ese Allende hijo de puta", exclamó Nixon en una reunión posterior con Korry en la Oficina Oval. "Vamos a aplastarlo".

La directiva de Richard Nixon a Helms puso en marcha la más infame serie de actos en los anales de la política exterior estadunidense. Para instigar un golpe, la CIA se enfocó en proveer armas, fondos e incluso pólizas de seguro de vida a los operativos militares para remover al comandante en jefe de las fuerzas armadas chilenas, general René Schneider, quien se oponía a un golpe.

Asimismo, el esfuerzo clandestino de la CIA por bloquear la toma de posesión de Allende evolucionó en una extensa campaña para desestabilizar a Chile y crear un "clima golpista" que provocó la toma militar del poder encabezada por el general Augusto Pinochet el 11 de septiembre de 1973. Un año después, cuando la historia de la intervención estadunidense en Chile apareció en la primera plana del New York Times, la exposición generó uno de los mayores escándalos internacionales del siglo XX, y dejó un legado de política exterior estadunidense envenenada que continúa persiguiendo a Chile, a Estados Unidos y al resto del mundo hoy en día.

Versión reducida. La completa puede consultarse en https://www.jornada.com.mx/ultimas/politica/2020/09/16/que-grite-la-economia-peter-kornbluh-4109.html

* Analista senior del Archivo de Seguridad Nacional en Washington y autor de Pinochet: los archivos secretos

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China-UE: la alianza que puede cambiar el mundo

Las relaciones entre China y la Unión Europea serán claves en el diseño de un nuevo orden mundial no centrado en EEUU.

 

Para China una alianza estratégica con Europa, con un papel destacado de Rusia, le permitirá darle todo su sentido a la Ruta de la Seda. Para una Europa a la deriva, puede ayudarla a reposicionarse como el centro político-económico global que supo ser.

Aunque la cumbre virtual realizada el pasado 14 de septiembre, en la que participaron el presidente Xi Jinping, la canciller Ángela Merkel, el jefe del Consejo Europeo, Charles Michel, y la presidenta de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen, decidió "acelerar las negociaciones sobre el acuerdo de inversiones entre China y la UE y cerrar el acuerdo durante este año", el camino está plagado de espinas.

La importancia que ambas partes concedieron a la cumbre se reflejó en la participación directa del presidente chino y de la canciller alemana, ésta porque su país ejerce la presidencia rotativa de la UE.

Ambas partes llegaron a la cumbre en medio de tensiones y dificultades. Para China la guerra comercial con EEUU, la crisis en la frontera con India, las tensiones con Taiwán y Australia, dibujan un panorama complejo, a lo que deben sumarse las diferencias que mantiene con Bruselas en asuntos económicos, políticos y diplomáticos.

La UE, por su parte, ha sido definida por un think tank europeo como "un barco a la deriva sin utensilios de navegación", por su "incapacidad total de previsión" y por la inexistencia de "los instrumentos operacionales" para resolver sus problemas a nivel interno e internacional. En efecto, la Comisión Europea tiene enormes dificultades para definir una política común ante la mayoría de los desafíos actuales.

Por el lado de China, la nota reinante es el optimismo, por lo menos en las declaraciones públicas. Global Times editorializó luego de la cumbre, que a pesar de las "diferencias ideológicas" existentes, "las dos partes continúan ampliando su cooperación e interacciones". El tono de la prensa china es que las relaciones económicas marchan muy bien, y que las diferencias se concentran en derechos humanos y "los asuntos relacionados con Xinjiang y el Tíbet, y la ley de seguridad nacional de Hong Kong".

Es evidente que Pekín busca orillar las importantes diferencias en el terreno económico, que la presidenta de la Comisión Europea, von den Leyen, destacó como un aspecto en el que "queda mucho, mucho por hacer".

Xi solicitó a la UE adherirse a la coexistencia pacífica, el multilateralismo, el diálogo y la apertura, comparando las diferencias en las relaciones entre Pekín y Bruselas con el antagonismo existente con EEUU. No obstante, la parte europea se empeñó en exigir la eliminación de las barreras a las inversiones europeas, un mayor acceso al mercado del dragón, sobre todo en áreas reservadas para las empresas chinas.

Respecto al acceso a los mercados chinos para las empresas europeas, la comisaria destacó que "no se trata de quedar a medias, se trata de reequilibrar la asimetría y de la apertura de nuestros respectivos mercados", por lo que "China tiene que convencernos de que vale la pena tener un acuerdo de inversión".

En esa dirección, South China Morning Post recordó que el lenguaje y el tono de la parte europea "continúa girando hacia una nueva era, en la que la competencia y la rivalidad están pasando a primer plano, y las áreas de asociación parecen limitadas y difíciles". La excepción, como destaca el medio, fue la canciller alemana Merkel, que se mostró confiada en que continúen los progresos en la relación bilateral.

El acuerdo de inversiones se viene negociando desde hace siete años. El trato igualitario para sus empresas que demanda la UE, está centrado en tres puntos, según Pepe Escobar:

  1. las telecomunicaciones;
  2. el mercado de automóviles que debería estar completamente abierto;
  3. la competencia desleal.

Según Europa, del acero chino por las cuantiosas subvenciones estatales.

Aunque China es un socio comercial vital para Alemania, la Federación de Industrias viene señalando que el dragón es, además de un socio, "un competidor sistémico", en particular por el papel que juega el Estado en apoyo de sus empresas. Sin embargo, Escobar estima que la principal dificultad estriba en la cuestión de los derechos humanos en Xinjiang que, a mi modo de ver, se utiliza por la UE como una forma de presión para abrir el mercado chino, al igual que el diferendo sobre Hong Kong.

La esperanza de firmar el acuerdo de inversiones antes de fin de año no parece nada sencilla, ya que las diferencias siguen siendo importantes y la UE no se va a conformar con cambios menores a la situación actual.

Por otro lado, la fuerte presión de EEUU sobre Europa en el contencioso con Huawei, así como con Alemania en torno al gasoducto Nord Stream 2, han conseguido debilitar la posición europea y abrir brechas entre sus socios. Como señala un artículo de opinión de Global Times, "la mayoría de los países europeos esperan maniobrar en la competencia entre las dos partes [China y la UE] para mejorar la influencia y la autonomía estratégica del Europa".

Llegados a este punto, creo que todas las partes tienen algo importante para perder si no se llega a un acuerdo de inversiones y a una alianza estratégica de larga duración. Menos EEUU que ganaría con una ruptura.

Para Europa, que sus empresas puedan acceder al mercado chino, además de una demanda razonable, representa una oportunidad para remontar la aguda crisis que viven sectores enteros de la industria y los servicios como consecuencia de la pandemia de coronavirus, además de las ya mencionadas dificultades que tiene la UE para proyectarse como potencia independiente en el escenario global.

Para China, el mercado europeo es vital, por dos razones. El principal proyecto estratégico chino, la Ruta de la Seda, establece un vínculo marítimo y terrestre para el intercambio comercial con el viejo continente, un mercado del que la industria del dragón no puede prescindir, por volumen y calidad de su consumo.

Además, la tecnología europea, que siempre fue apreciada y deseada por las grandes empresas y el Estado chinos, cobra una relevancia especial durante la presente guerra con EEUU, que tiene su punto nodal en las tecnologías.

Rusia también se verá beneficiada de una alianza entre a la UE y China, en parte porque secciones de la Ruta de la Seda pasan por su territorio, pero además porque empujaría a Europa cada vez más hacia el Este, poniendo distancias mayores con EEUU.

En el peor de los casos, si la alianza UE-China tropezara, el imperio decadente de Wall Street y el Pentágono tendría una sobrevida, con mejores condiciones para estirar su agonía. Todos los actores globales saben perfectamente lo que está en juego: el diseño de un orden pos-EEUU, que se acelerará después de la pandem

17:45 GMT 16.09.2020(actualizada a las 18:34 GMT 16.09.2020) URL corto

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Miércoles, 16 Septiembre 2020 06:02

El descalabro del sistema interamericano

El descalabro del sistema interamericano

La elección de un estadounidense a la cabeza del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) revela una situación de mayor alcance: los efectos de la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, el giro a la derecha de varios gobiernos de la región y, no menos importante, una fragmentación extrema de América Latina que la condena a una suerte de irrelevancia internacional autoinfligida.

 

El sistema interamericano contemporáneo remite al conjunto de instrumentos e instituciones que han configurado las relaciones entre Estados Unidos y América Latina. Con un variado legado de doctrinas, organizaciones, usos y prácticas no carentes de tensiones y divergencias, ese sistema tuvo su mayor institucionalización después de la Segunda Guerra Mundial. En 1947, por ejemplo, se firmó el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), en 1948 se creó la Organización de Estados Americanos (OEA) y, en 1959 se fundó el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y se creó la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) en el seno de la OEA. Por supuesto, no siempre ni en todos los temas los intereses y propósitos latinoamericanos y estadounidenses fueron plenamente coincidentes. Sin embargo, y dadas las enormes asimetrías de poder, la región procuró y avaló compromisos multilaterales entendiendo que, a través de ellos, se podía limitar la arbitrariedad de Washington, reforzar los lazos intrarregionales, avanzar en algunos aspectos de la agenda latinoamericana y alcanzar ciertos beneficios con el menor costo posible. Aquellos años coincidieron con el momento de apogeo de la hegemonía de Estados Unidos a escala mundial y continental.

En el período comprendido entre 1947 y 1959, Washington concentró su atención política y sus recursos militares en Europa (el bloqueo de Berlín de 1948-1949), el Sudeste de Asia (la guerra de Corea de 1950-1953) y Medio Oriente (la guerra del Sinaí de 1956 y la crisis en el Líbano de 1958). En América Latina, la Central de Inteligencia Americana (CIA) organizó, en 1954, el derrocamiento con un golpe de Estado del presidente guatemalteco Jacobo Árbenz. Este golpe fue antecedido por una resolución anticomunista auspiciada por Estados Unidos en la OEA (con el voto en contra de Guatemala y la abstención de Argentina y México) y fue encubierto mediante la inacción de la organización.

Los tres acuerdos (TIAR, OEA, BID) se enmarcaron en la disputa estratégica entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Visto desde Washington, y también desde la mayoría de las capitales latinoamericanas, se debía contener -y de ser necesario revertir- el eventual avance político de Moscú, frenar al comunismo en el área y hacer atractiva para América Latina la inversión estadounidense y su American way of life.

Con marchas y contramarchas, el sistema interamericano se preservó durante décadas. Fue actualizado con la aprobación, en 2001, de la Carta Democrática Interamericana. Desde la región surgieron proyectos alternativos tales como la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) que no alcanzaron a cimentar un sistema latinoamericano sólido. Se dirá que primó el divide et impera de Estados Unidos. Sin embargo, ese argumento registra una condición necesaria pero no suficiente a los efectos de explicar y entender la ausencia o la imposibilidad de opciones exitosas para la reformulación de las relaciones entre Estados Unidos y la región provenientes de América Latina. Hoy Latinoamérica ha llevado al límite su propia fragmentación, lo cual conduce a la región a una irrelevancia internacional autoinfligida.

El más reciente y mayor intento de transformación del sistema interamericano provino de Estados Unidos durante el gobierno Donald Trump y contó con el notable acompañamiento y aquiescencia de un buen número de gobiernos de la región. Es posible que estemos frente a la búsqueda de una redefinición sustantiva del manejo de la relación entre Washington y América Latina de acuerdo con los objetivos, intereses y preferencias exclusivas de los sectores más reaccionarios en Washington (en consonancia con la lógica de America First). Si así fuera, se trataría de un ejercicio de poder que ha contado con el estímulo y/o el beneplácito de diversos actores domésticos en distintos países de la región. Tres ejemplos apuntan en esa dirección.

El primero tiene que ver con el sistema interamericano en materia de defensa. En 2019 se decidió aplicar el TIAR a Venezuela, país que lo había denunciado en 2013. Históricamente, el TIAR y su convocatoria han mostrado ser ineficaces en su propósito de prevenir o resolver conflictos. En abril del año pasado, la OEA reconoció como representante de la Asamblea Nacional de Venezuela a un hombre designado por Juan Guaidó. En septiembre, el enviado de Guaidó solicitó la convocatoria de una reunión para activar el TIAR. Bajo la batuta de Estados Unidos, y en el marco del artículo 6 del tratado (que no es aplicable al caso en cuestión), se identificó a Venezuela como una amenaza al mantenimiento de la paz y la seguridad del continente. Según la resolución aprobada, esto podría llevar a considerar «eventuales recomendaciones en el marco del artículo 8»; artículo que incluye «el empleo de la fuerza armada».

Las consecuencias que se podrían derivar de la invocación del TIAR en el caso de Venezuela pueden ser muy inquietantes. Ubica a la región en la «alta política» mundial de competencia entre grandes poderes –como no lo había estado desde la crisis de los misiles en Cuba en 1962–, identifica una suerte de peligro para la seguridad internacional en América del Sur en el doble marco de la «guerra contra el terrorismo» y la «guerra contra las drogas» lideradas por Estados Unidos, y agita, como en la Guerra Fría, el regreso de la idea del «cambio de régimen» –pero en este caso mediante el uso colectivo de la fuerza–. En los primeros nueve meses de 2020, y en el contexto de la pandemia de covid-19, cuyo epicentro está ahora en el continente, la probabilidad de recurrir al TIAR y aplicarlo en Venezuela disminuyó notablemente. Sin embargo, esto no significa que no se pueda reactivar (así sea para fines simbólicos) en medio de la elección presidencial estadounidense o después (de modo más coercitivo), dependiendo de su resultado.

Un segundo caso se vincula con el sistema interamericano en materia de derechos humanos. A principios de 2016, la CIDH, que tiene un presupuesto regular anual de unos cinco millones de dólares y además recibe donaciones, anunció que atravesaba una grave crisis financiera que amenazaba su funcionamiento básico. Muchos países del continente reaccionaron y realizaron aportes: Estados Unidos, Argentina, Panamá, Colombia, Chile, Perú, México y Uruguay, efectuaron contribuciones importantes. La Comisión continuó con su trabajo serio, riguroso y reconocido, abocándose a distintos casos a lo largo y ancho del continente y sin distinciones ideológicas.

Pero a partir de la inauguración de la presidencia de Donald Trump, el 20 de enero de 2017, los derechos humanos se han venido ubicando en un lugar de mucho menor prioridad, tanto en el campo de la política exterior estadounidense como en el plano de la política interna. Estados Unidos se rehusó asistir a las audiencias de la CIDH sobre inmigración a principios de 2017 y se retiró del Consejo de Derechos Humanos de la ONU en 2018. Además, año tras año, fue reduciendo las partidas presupuestarias para la promoción de la democracia y los derechos humanos y, en 2020, impuso sanciones contra la fiscal jefe de la Corte Penal Internacional, Fatou Bensouda, por «intentos ilegítimos de someter a estadounidenses a su jurisdicción». En ese contexto, entre abril de 2018 y principios de 2019, Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, Paraguay y Perú abandonaron la Unasur (Uruguay hizo lo propio en marzo de 2020). A su vez, en marzo de 2019, se creó el Foro para el Progreso de América del Sur (Prosur) con la participación de Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, Paraguay, Perú y Guyana (en marzo de este año se sumó Uruguay). En ese mismo mes, la administración Trump decidió reducir en 210.000 dólares su contribución a la CIDH acusándola, desatinada e injustificadamente, de promover la legalización del aborto. En abril, y en la única declaración trascendente, cinco países de Prosur (Argentina, Brasil, Chile, Colombia y Paraguay) le demandaron a la CIDH, después de insinuar su intromisión en asuntos internos, que respete «el legítimo espacio de autonomía» de los Estados respecto a la cuestión de los derechos humanos. Es decir, se optó por poner en entredicho las recomendaciones del Consejo, remarcar el carácter subsidiario del sistema interamericano de derechos humanos y remozar una actitud más soberanista frente a esta cuestión.

Con ese telón de fondo, en marzo de 2020 fue reelecto Luis Almagro como secretario general de la OEA. Esa reelección fue impulsada por Estados Unidos, Brasil y Colombia. Ya en enero la CIDH había decidido por unanimidad renovar el mandato de su secretario general, Paulo Abrao. En agosto, Almagro se abstuvo de nombrarlo con lo que emprendió un embate contra la autonomía del Consejo. En realidad, el secretario general de la OEA –con el pleno respaldo de la Casa Blanca y el empuje de los sectores más conservadores del Partido Republicano en el Congreso— no ha hecho más que consolidar, en el seno del órgano más prestigioso de la organización, la polarización que caracteriza las realidades nacionales del continente así como la fisuras entre países de América. El efecto potencial sobre la credibilidad, eficacia e independencia del sistema interamericano, podría ser nefasto. Máxime en un momento en el que regional e internacionalmente hay un reflujo inquietante en cuanto al debilitamiento del derecho humanitario, la regresión de la democracia y el deterioro de los derechos humanos.

El tercer ejemplo remite al sistema interamericano en materia financiera. En el tema de la elección del nuevo presidente del BID se debe subrayar la confluencia de dos hechos. El primero es que el gobierno de Trump decidió asumir el control del banco que ayudó a crear y financiar con el propósito de condicionar la provisión de créditos y buscar limitar la expansión de China en América Latina –en especial en el terreno de los proyectos de infraestructura, energía y tecnología–. En segundo término, América Latina mostró una vez más su disfuncional fractura al carecer de una candidatura de consenso. Desde hace un buen tiempo la región viene erosionando su capacidad de convergencia y concertación.

En efecto, desde que el 16 de junio de este año se presentó el candidato de Estados Unidos, Mauricio Claver-Carone, se produjeron fisuras notorias. Brasil, Colombia, Uruguay, Paraguay y Ecuador apoyaron al candidato de Washington el mismo 17 de junio. Las expresiones de respaldo se hicieron incluso antes de que el candidato divulgara su agenda, como si los planes de gestión de los candidatos (el de Claver-Carone, el de Laura Chinchilla de Costa Rica y el de Gustavo Béliz de Argentina) del banco fueran irrelevantes. A su vez, entre las cuatro economías más grandes de la región hubo otro clivaje: Brasil y Colombia se manifestaron a favor de la elección estipulada para el 12 de septiembre y Argentina y México pidieron postergar la votación. También hubo disensos en el seno de Mercado Común del Sur (Mercosur) (Brasil, Paraguay y Uruguay por un lado y la Argentina, por el otro) y la Alianza del Pacífico (Chile y México solicitando la postergación, Perú en silencio y Colombia en favor de Mauricio Claver-Carone). Con el correr de los días hubo otra diferencia: los alineados con Washington procuraron consolidar y ampliar el voto regional a favor del candidato de Trump, mientras el cuarteto que bregaba por la postergación compuesto por Argentina, Chile, Costa Rica y México apuntaron a lograr el acompañamiento de los miembros extraregionales del banco, en especial de los países europeos.

¿Cuáles eran las opciones para los que cuestionaban que Estados Unidos estaba incumpliendo un pacto político tácito que desde 1959 se había cumplido mediante la elección de un latinoamericano a la presidencia del Banco Interamericano de Desarrollo? La probabilidad de lograr la postergación fue siempre muy baja: se necesitaba una adhesión mayoritaria improbable por las divisiones intralatinoamericanas o la concreción de un aplazamiento concertado con Estados Unidos, lo que era a todas luces imposible, tal como se reflejó en las entrevistas brindadas por el candidato de Trump. La probabilidad de llegar a la fecha de elección y no dar el quórum –por reglamento del BID eso requería 25% de los votos– era igualmente muy reducida, ya que exigía un notable grado de coordinación (que era prácticamente inexistente). La riesgosa decisión de acudir a esta modalidad podía interpretarse como hostil por parte de Estados Unidos (quien además con 30,006% de los votos puede unilateralmente impedir el quórum). También exigía un compromiso tácito muy fuerte y seguro de latinoamericanos y europeos (que era inviable pues Washington también desplegó su diplomacia a los dos lados del Atlántico).

En los días previos a la elección del nuevo presidente del banco, Chinchilla y Béliz bajaron sus candidaturas de manera separada. Era evidente que ninguno de los dos hubiera logrado los votos necesarios. Ahí se abrió la abstención como posibilidad. El 12 de septiembre, Claver-Carone, el único candidato en competencia, resultó electo con 30 votos (equivalente al 66,8% de los apoyos), mientras la abstención obtuvo 16 votos, de los cuales 5 eran de la región (Chile, Argentina, México, Perú y Trinidad y Tobago) y 11 eran extra-regionales (esencialmente europeos). La más reciente votación con un solo candidato fue la reelección de Luis Alberto Moreno en 2015: obtuvo el 96,2% de los respaldos. El resultado que lleva a un estadounidense a la presidencia del BID puede interpretarse como una prueba de insatisfacción política o como la demostración de un déficit de legitimidad de origen. En todo caso, Washington logró su objetivo y hoy controla el banco. La fragmentación de América Latina ha sido sin duda artífice de ese logro.

En solo dos años (2019-2020) se ha generado un gran descalabro en el sistema interamericano en materia de defensa, derechos humanos y finanzas. El presidente Trump, con una relativamente nutrida participación de gobiernos de Latinoamérica, ha ido reconfigurando las relaciones entre Washington y la región. En ese sentido, la próxima elección presidencial en Estados Unidos tiene ahora para los latinoamericanos un significado mucho más importante que las recientes votaciones en ese país: o se ahonda la quiebra del sistema interamericano con consecuencias imprevisibles para la región o se intentan paliar los daños ya producidos mediante la limitación de la arbitrariedad de Washington. Para lo primero la desunión latinoamericana será un factor coadyuvante; para lo segundo se requerirá reducir la grieta intrarregional.

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La vacuna rusa –llamada Sputnik V, en honor al satélite de la era soviética– entre las que encabezan el ranking para enfrentar el Covid-19 .Foto Afp

La vacuna británica AstraZeneca tuvo un fuerte tropiezo en la fase 3 cuando ya había mostrado su fracaso con los monos y ahora fue “atrapada entre sus iatrogenias y sus juegos bursátiles (https://bit.ly/32nW03Y)”, además de que coloca en la picota la complicidad de la OMS y los engaños de sus rankings.

Hoy los primeros sitiales globales los ocupan la vacuna rusa Sputnik V y la china de CanSino. Ahora Rusia y China ostentan más vacunas en sus arsenales, varias de las cuales se han experimentado con sus militares (sic).

A propósito, la vacuna Sputnik V ya existía desde la década de los 80 en la URSS –¿Para contrarrestar una guerra con "armas biológicas"?–, cuando lo único que hizo fue "reutilizar una técnica existente con una ligera modificación, lo cual explica el éxito de su rapidez", se-gún el escritor e ingeniero ruso-estaduniden-se Dmitry Orlov (https://bit.ly/33bYrFS).

La OMS aún no se repone de su ominosa colusión con la controvertida Fundación Bill & Melinda Gates –en el tema de sus vacunas contra la polio que resultaron nocivas en África/India/Irán/Pakistán/Afganistán (https://bit.ly/3itssHO)– y mantiene obcecadamente en el "primer lugar"de su polémico ranking (del 9 de septiembre) a la británica de AstraZeneca, pese a su estrepitoso fracaso (https://bit.ly/2RjjfFW).

La vapuleada taxonomía de la OMS coloca a cuatro vacunas chinas entre los 10 primeros sitios: CanSino (segundo), Sinovac (quinto), Wuhan Institute of Biological Products/Sinopharm (sexto) y Beijing Institute of Biological Products/Sinopharm (séptimo).

Por arte de magia aparece ahora en un cuestionado tercer lugar –en realidad, sería el primero, empatado con Cansino– la vacuna rusa Sputnik V, del Instituto Gamaleya.

Del lado estadunidense aparecen cuatro vacunas: Johnson& Johnson (cuarto lugar), Moderna (octavo) –de la que es accionista el zar de las vacunas Anthony Fauci (AF)– BioNTech/FosunPharma/Pfizer (noveno) y Novavax (décimo).

Por cierto, la exageradamente publicitada vacuna Inovio, del polémico Bill Gates, ha quedado muy rezagada (en el lugar 15).

Hoy la mayoría apabullante de las 10 primeras vacunas en su fase final son chinas (cuatro), estadunidenses (cuatro), una rusa, y una más británica, de AstraZeneca, con calzador de la OMS.

Ahora resulta y resalta que la ditirámbica "vacuna electorera" que tenía planeado lanzar antes de la elección presidencial del 3 de noviembre la Food and Drug Administration y los CDC era nada menos que la hoy hibernada británica de AstraZeneca, según revelaciones del Financial Times (24/8/20).

El infectólogo AF ve muy improbable que una de las nueve (sic) vacunas finalistas se encuentre disponible a finales de octubre y llamó poderosamente la atención que haya llegado a confesar que estaba dispuesto a aceptar una vacuna que “sea mínimamente 70 por ciento (¡mega-súper-sic!) efectiva (https://washex.am/2FsvQUE)”. ¿Por qué tanta prisa?

Luego, AF aseveró que en caso de que "una vacuna fuese aprobada a finales de 2020 o a inicios de 2021 (sic), tomaría todavía un año (sic) más para que sus desarrolladores la manufacturen y así distribuyan un par de 100 millones de dosis, suficientes para inmunizar a la mayoría de la población de EU".

Destaca que dentro de la "guerra nacionalista de vacunas" y su corolario de "juegos bursátiles", vayan en paralelo las "guerras de propaganda mercadológica", como es el caso de The Wall Street Journal que “fustiga a China por inocular centenas de miles (sic) de vacunas experimentales (sic) contra el Covid-19 fuera de los ensayos clínicos, pese a sus peligros (https://on.wsj.com/3ihQs0h)”.

Al WSJ le enfada que tres empresas farmacéuticas chinas, que aún se hallan en la fase 3, hayan iniciado la inoculación experimental fuera de los cánones rigurosos (sic) de la polémica OMS, en particular, con sus militares (sic).

WSJ critica que "China y Rusia parecen ansiosos de iniciar el uso de sus vacunas domésticas, en búsqueda de reiniciar sus economías y exclamar una victoria global de relaciones publicas".

Los primeros sitiales de Rusia y China tienen a Estados Unidos contra la pared.

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Domingo, 13 Septiembre 2020 06:05

La ultraderecha de EU toma el mando del BID

El ultraconservador candidato de Washington, Mauricio Claver-Carone, ganó la presidencia del BID.Foto La Jornada

Logra Trump imponer a Mauricio Claver-Carone

 

Washington. Mauricio Claver-Carone, el candidato del mandatario de Estados Unidos, Donald Trump, es el nuevo presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y será el primer funcionario no latinoamericano en dirigir el banco regional, pese a la polémica por la ruptura de una tradición de 61 años.

El ultraconservador candidato de Washington llegó como único contendiente a la asamblea general que se realizó este sábado de forma virtual entre los 48 gobernadores del BID, pese a la oposición de México, Argentina, Chile y la Unión Europea. Sucederá al colombiano Luis Alberto Moreno a partir del primero de octubre por un periodo de cinco años con posibilidad de relección.

Claver-Carone ocupaba el cargo de director del Consejo Nacional de Seguridad para el hemisferio occidental en la Casa Blanca y ha sido un prominente promotor del embargo contra Cuba y uno de los principales estrategas en el diseño de política para buscar un cambio de régimen tanto en la isla como en Venezuela.

En junio, el senador demócrata Patrick Leahy, vicepresidente del Comité de Apropiaciones del Senado, declaró en el Congreso que Claver-Carone era el nominado equivocado para generar apoyo para el BID, por ser considerado un arquitecto de las políticas hacia América Latina del presidente Trump que "han complicado nuestras relaciones con amigos y aliados". Así lo documentó este diario en su edición del 10 de septiembre (https://bit.ly/3bRWFh2).

Claver-Carone trabajó en el Departamento del Tesoro durante el gobierno de George W. Bush. También dirigió la empresa de cabildeo US-Cuba Democracy PAC, cuyo objetivo es influir en las políticas de Washington para lograr un cambio de gobierno en Cuba.

Tras la victoria de Donald Trump fue integrante del equipo de transición. Está vinculado estrechamente con el senador republicano por Florida Marco Rubio y es considerado uno de los impulsores de la marcha atrás en la política de apertura hacia Cuba del ex presidente Barack Obama y de la imposición de sanciones a Venezuela.

 Lucha geopolítica

Argentina, México, Chile y Costa Rica, así como representantes de la Unión Eruopea –preocupados por los efectos a largo plazo de la decisión– buscaron inicialmente retrasar la votación, pero no consiguieron el respaldo suficiente.

Pese a un llamado de Argentina a abstenerse de votar, debido a las tensiones que generó que Estados Unidos rompiera la tradición de que el BID fuera liderado por un latinoamericano, Claver-Carone consiguió el apoyo de la mayoría de los países de la región y recibió 30 votos de los gobernadores, con 23 apoyos de la región. En porcentaje ponderado según las acciones por país, el estadunidense recibió 66.8 por ciento del total, informó una fuente de Washington.

Para ganar, un candidato debe tener el apoyo de al menos 15 de los 28 países americanos: 26 naciones que reciben créditos, más Estados Unidos –principal accionista del BID, con 30 por ciento del financiamiento– y Canadá.

"Esta victoria es para América Latina y el Caribe. Quiero agradecer a todos nuestros socios en la región por mantener la integridad de este proceso electoral y compartir nuestra visión común de un BID más fuerte y receptivo", dijo Claver-Carone en una declaración después de la elección.

La elección del jefe del BID se ha convertido en una lucha geopolítica entre el gobierno de Trump, quien busca fortalecer su posicionamiento en América Latina (región rica en recursos) y contrarrestar la influencia de China.

El papel del BID será central en una región devastada por la pandemia, para la cual el Fondo Monetario Internacional pronostica una contracción de la economía de 9.4 por ciento.

El BID surgió en 1959 en el seno de la Organización de los Estados Americanos (OEA) y había tenido cuatro presidentes, todos de origen latinoamericano: el chileno Felipe Herrera (1960-1970), el mexicano Antonio Ortiz Mena (1970-1988), el uruguayo Enrique Iglesias (1988-2005) y el colombiano Luis Alberto Moreno.

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Recep Tayyip Erdogan, el nuevo Solimán el Magnífico

Bajo su liderazgo Turquía se convirtió en el aliado perturbador de Europa

El jefe del Estado turco se instaló cómodamente como un protagonista insoslayable de los conflictos en la región al mismo tiempo que amplió la realización de su proyecto para Medio Oriente.

 

Desde París. Cuando varios jugadores hacen destrozos en una partida, una de ellos levantará de la mesa los beneficios. Las sangrientas y destructoras cruzadas occidentales en Irak, Siria y Libia acabaron por dejar al presidente turco Recep Tayyip Erdogan en la más ideal de las situaciones para ser (ya desde hace rato) el timón de la crisis de una parte de Medio Oriente. El poder se conquista con los símbolos, los territorios y la influencia de un país capaz de tener en sus manos la llave de una o varias crisis que pueden desestabilizar a sus vecinos. La Turquía del presidente Recep Tayyip Erdogan concentra los tres poderes. País con costas en el Mediterráneo, miembro de la OTAN y llamado a presidir el próximo 15 de septiembre la Asamblea General de las Naciones Unidas, Turquía se ha ido convirtiendo con los años en el aliado perturbador de Europa. Las relaciones entre París y Ankara son desde hace muchos meses un plato envenenado y las relaciones entre ambos presidentes, Erdogan y Emmanuel Macron, una pugna retórica y, en el último tiempo, militar.

El jefe del Estado turco exhibió el poder de los símbolos el 10 de julio de 2020 cuando decretó la restitución de Santa Sofía al culto musulmán. 86 años antes, el 24 de noviembre de 1934, el fundador de la joven y laica República turca, Mustafá Kemal Atatürk, había cedido a la comunidad humana esa joya de Estambul mediante la transformación de la basílica-mezquita en un museo. 1.500 años de historia se concentraron en un presente donde Santa Sofía resultó el ingrediente más emblemático de la confrontación. Inaugurada por el emperador Justiniano en el año 537 como catedral y sede del patriarcado, Santa Sofía se transformó en iglesia católica en 1204 con la invasión de los cruzados. Casi 60 años más tarde regresó a los ortodoxos y en 1453 se convirtió en mezquita luego de que el Sultán otomano Mehmet II tomara el control de la capital de Bizancio. Kemal Atatürk cambió el destino del recinto religioso en 1934 y el 24 de julio de 2020 Erdogan en persona dio vuelta la historia cuando recitó versículos del Corán en el espacio de Santa Sofía.

La conquista territorial es otro de los ejes de la restauración turca en la región a traves las intervenciones directas en Siria, Libia e Irak. En 2019 Turquía se comprometió militarmente en Siria luego del retiro de Estados Unidos. Este episodio es digno de una pieza de teatro mal escrita, con un actor talentoso, Erdogan, y un aprendiz mediocre, Donald Trump. En octubre de 2019, el mandatario turco lanzó el operativo “Fuente de Paz” en el Norte de Siria contra las FDS, las Fuerzas Democráticas Sirias respaldadas por Washington y la coalición (60 países europeos y árabes). Las FDS eran una federación de grupos armados financiaos y armados por la administración norteamericana y el resto de la coalición para luchar contra el Estado Islámico. Nada podía indisponer más a Erdogan porque las FDS son una fuerza kurdo árabe dominadas por los kurdos del YPG, brazo armado del partido kurdo de La Unión Democrática (PYD) y aliado del enemigo irreversible de Erdogan, el PKK (Partido de los Trabajadores del Kurdistán). Así, Washington, en su combate contra el Estado Islámico, apoyaba a los enemigos de Erdogan para luego dejarle a Turquía todo el campo abierto. En lo que atañe a Libia, Ankara es una presencia omnipresente como respaldo al Gobierno de Unión Libio (GNA). En cuanto a Irak, el pasado 17 de junio Turquía desplegó unos 1.000 hombres en Haftanin, en el norte de Irak, y ello en el marco de un operativo contra la retaguardia del PKK, al que Turquía y sus aliados occidentales consideran terroristas. El jefe del Estado turco se instaló cómodamente como un protagonista insoslayable de los conflictos en la región al mismo tiempo que amplió la realización de su proyecto para Medio Oriente. Nadie se entrometió en el camino. Los europeos parecen tener las manos atadas y Estados Unidos hace rato que abandonó la zona. El caos que provocó la política de Trump en esas tierras recayó en beneficios constantes para Turquía.

Como con Santa Sofía, la historia siempre ronda por ahí. Antes de los desastrosos y breves episodios coloniales occidentales durante el Siglo XX, Siria y Libia fueron, a lo largo de cuatro siglos, colonias del imperio otomano. Adel Bakawan, sociólogo franco iraquí y miembro del Instituto francés de Relaciones Internacionales, acota que “al estar presente en todos los frentes Erdogan quiere mostrarles a las potencias internacionales que su país es ineludible en la solución de los conflictos regionales”. Occidente le facilitó su ambición. Ankara juega allí donde las potencias occidentales desencadenaron un naufragio: en Irak, George W. Bush, con la segunda guerra (2003) y el derrocamiento del presidente Saddam Hussein, dejó un país hecho añicos: en Siria, la guerra la vinieron a alentar y complicar los europeos, los norteamericanos, las monarquías del Golfo Pérsico y Rusia :en Libia, la hecatombe la inició el ex presidente francés Nicolas Sarkozy en 2011 cuando promocionó una resolución en el Consejo de Seguridad de la Naciones Unidas (número 1973) que terminó, de hecho, siendo una intervención militar disfrazada para derrocar al presidente Muamar Khaddafi.

Como si faltara un conflicto o una provocación, los turcos se enfurecieron cuando su rival histórico, Grecia, implementó un acuerdo con Egipto sobre la explotación común de zonas marítimas en el Mar de Egeo muy ricas en hidrocarburos. El 9 de agosto, Ankara envió el barco Oruç Reis (prospección sísmica) a la Zona Económica Exclusiva (ZEE) que le corresponde a Grecia escoltado por fragatas militares. Los griegos pusieron sus tropas en estado de alerta y Francia, que respalda a Atenas, reforzó su presencia militar en el Mediterráneo Oriental con barcos y aviones. Allí se inaugura el cruce Erdogan / Macron. El mandatario francés es, además, el que lleva la batuta retórica contra el “islamo-nacionalismo” de Erdogan. El presidente turco acusó a Macron de portarse “como un caíd” en el Mediterráneo Oriental y esgrimió una amenaza con forma de pregunta:”¿el pueblo francés sabe acaso que precio deberá pagar por culpa de sus dirigentes codiciosos e incompetentes ?. (…) Cuando se trata de combatir, no dudamos en ofrecer nuestros mártires”. Las riquezas del Mar Egeo bien valen un pase de esgrima. La Comisión Geológica de Estados Unidos evalúa a 5.765 mil millones de metros cúbicos las reservas contra las 47.800 que posee Rusia, las 33.720 de Irán y las 20.700 de Qatar. Las cuestiones de soberanía de varias islas griegas reclamadas por Turquía están en tela de juicio desde la firma del Tratado de Lausana en 1923 (se fijaron las nuevas fronteras). La tensión es lo suficientemente grave como para que la Unión Europea se disponga a adoptar el 24 y 25 de septiembre próximos una paquete de sanciones contra Turquía en caso de que Ankara rehúse entablar “un diálogo constructivo”. El horizonte es turbulento y desquiciado porque muchos de estos países son aliados de Turquía dentro de la Alianza Atlántica, la OTAN.

Después del presidente ruso Vladimir Putin, Erdogan es el segundo rey del tablero. Le queda, además, una valiosa carta para desestabilizar a los europeos: la inmigración. Turquía es el nudo y la gestión del problema. Después de 2015 y la crisis migratoria que, a través del Mediterráneo, trajo a Europa cientos de miles de migrantes, La Unión Europea y Turquía llegaron a un acuerdo: Ankara se comprometió a recibir a los refugiados e impedir así que ingresen en los países del bloque. Pero Erdogan hizo de los migrantes un florete político. Modula a su antojo la aplicación del acuerdo. A finales de febrero de 2020, el presidente Erdogan decidió levantar el bloqueo vigente para impedir que los refugiados sirios ingresen a la Unión Europea por la frontera griega. Hay que recordar, no obstante, el enorme peso migratorio que recae sobre las espaldas turcas a raíz de los desbarajustes creados por Occidente en la región. Entre la crisis libia, la guerra en Siria, los horrores en Afganistán e Irak, Turquía ha recibido en su territorio a más de 4 millones de refugiados. El gobierno griego afirma que los inmigrantes están siendo "manipulados como peones" por Turquía para asfixiar a la UE. Turquía alega que está gestionando una ola migratoria imponente por culpa del gobierno sirio de Bashar al Asad y de las fuerzas rusas que lo apoyan en sus operaciones militares en Idlib, el último bastión rebelde. Los bombardeos ruso sirios en esa provincia del noroeste de Siria desataron el desplazamiento de casi un millón de personas hacia Turquía (1 de diciembre de 2019, 28 de febrero de 2020). Erdogan rehúsa seguir siendo el guardián de las fronteras europeas. Cuando más se agudiza la crisis, más los medios de Europa lo acusan de ser “un islamo expansionista”, un hombre “obsesionado por la idea de restaurar el imperio Otomano”, el “nuevo Solimán el Magnífico”, etc, etc, etc. Prosa barata de común circulación en Occidente. Estados Unidos, Europa, algunas monarquías del Golfo Pérsico y la misma Rusia fueron precipitando la región hacia un abismo sin fondo, repleto de muertos, de desplazados y de horror. La impericia de las pretendidas potencias le dejó a Recep Tayyip Erdogan un diseño geopolítico que corresponde como en un sueño al ideal de sus ambiciones.

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Trump anunció un acuerdo de paz entre Bahrein e Israel  

Hace un mes Israel había firmado un tratado similar con Emiratos Árabes Unidos

El presidente de Estados Unidos dijo que espera llegar a más pactos de este tipo entre los países de la región. “Restauré la confianza con nuestros socios regionales, y juntos hemos eliminado el califato del Estado Islámico", sostuvo el mandatario.

 

El presidente de Estados Unidos Donald Trump anunció que Bahrein e Israel llegaron a un acuerdo de paz. El hecho se produjo un mes después del pacto firmado entre los Emiratos Árabes Unidos (EAU) y el Estado hebreo. La administración Trump busca normalizar las relaciones entre sus aliados en Medio Oriente como una estrategia para contener a Irán. El presidente norteamericano dijo que espera llegar a más pactos de este tipo entre los países de la región. “Restauré la confianza con nuestros socios regionales, y juntos hemos eliminado el califato del Estado Islámico al 100 por ciento”, sostuvo el mandatario.

"Medio Oriente era un caos"

Trump catalogó el acuerdo entre ambos países como un logro histórico. “Nuestros dos GRANDES amigos Israel y el Reino de Bahrein han acordado un Acuerdo de Paz- el segundo país árabe en hacer la paz con Israel en 30 días!", dijo el mandatario. Minutos más tarde, desde el Despacho Oval y acompañado por el vicepresidente Mike Pence, el presidente dio las gracias a los líderes de ambos países. "Su liderazgo se mueve hacia un futuro que puede llenarse con esperanza y no tiene por qué estar predeterminado por conflictos del pasado", indicó el magnate republicano. A su vez, destacó que el anuncio haya coincidido con el aniversario de los atentados del 11 de septiembre de 2001. "Cuando llegué a la presidencia Oriente Medio estaba en un estado de caos absoluto”, dijo el mandatario. También resaltó que no existía respuesta más poderosa al odio que acuerdos de ese tipo.

En paralelo el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu realizó el mismo anuncio desde Jerusalén. "Ciudadanos de Israel, me conmueve informarles que esta noche llegaremos a otro acuerdo de paz con otro país árabe, Bahrein. Este acuerdo se suma a la paz histórica con los EAU", señaló el dirigente israelí. Es el segundo pacto de paz que la Administración de Trump anuncia en menos de un mes tras el alcanzado el pasado 13 de agosto entre los EAU y las autoridades israelíes. El martes se darán cita en Washington representantes de los tres país para firmar los respectivos tratados. Ya confirmaron su presencia el primer ministro israelí; por los EUA concurrirá el príncipe heredero, jeque Mohamed bin Zayed; y el ministro de Exteriores de Bahrein, Abdulatif al Zayani.

Bahrein tiene una población de mayoría chiita y una monarquía sunita protegida por Arabia Saudita. Es un pequeño archipiélago del golfo Pérsico donde está emplazada la Quinta Flota Naval de EEUU. Esta fuerza tiene la función de supervisar las operaciones marítimas en toda la región, fundamentales para contrarrestar las acciones de Irán en la zona. Con el anuncio de este viernes, Bahrein se conviertió en el cuarto país árabe en establecer relaciones diplomáticas plenas con Israel, tras los EAU, Egipto (1979) y Jordania (1994).

Más acuerdos

Trump reveló en el Despacho Oval que había conversado con el rey de Arabia Saudita Salmán bin Abdulaziz sobre este acuerdo y la lucha contra el terrorismo. El presidente adelantó que habrá más pactos de este tipo en el futuro. "Tengo mucha esperanzas de que les seguirán más. Puedo decirles que hay un entusiasmo tremendo por parte de otros países que quieren unirse", adelantó el líder republicano. Además volvió a mostrar su optimismo sobre el desarrollo de las relaciones con los palestinos. "Van a estar en una muy buena posición. (…) Querrán ser parte de las conversaciones porque todos sus amigos estarán allí", dijo el mandatario.

Sin embargo la Autoridad Palestina y el movimiento islamita Hamas criticaron inmediatamente el anuncio. "El acuerdo entre Bahrein e Israel es una puñalada en la espalda de la causa palestina y el pueblo palestino", dijo Ahmad Majdalani, ministro de Asuntos Sociales de la Autoridad Palestina. Hamas, que gobierna la Franja de Gaza, denunció por su parte que el acuerdo supone un grave perjuicio para los palestinos. Desde su llegada al poder, Trump se alejó de la Autoridad Palestina multiplicando las decisiones favorables a Israel, consciente de satisfacer así a la gran franja cristiana evangélica de su electorado.

Estos acuerdos entre Israel y naciones árabes coinciden con un momento de tensión entre EEUU e Irán. El malestar entre ambos países se potenció desde la retirada del país norteamericano del acuerdo nuclear con Teherán. Esta semana el gobierno norteamericano anunció que reduciría sus tropas en Irak y Afganistán. Queda por ver si esos soldados vuelven a casa o si son reubicados en otras partes de la región como el golfo Pérsico, donde EEUU viene reforzando sus posiciones en el último año. 

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Con la mira puesta en la minería, la NASA convocó a empresas privadas a extraer muestras de la superficie de la luna. Imagen: AFP

El objetivo es estudiar la posible explotación minera

 

Donald Trump puso en marcha un plan para desarrollar la minería en la superficie lunar. Decidió avanzar pese a la ausencia de consenso internacional y jurisprudencia sobre cómo administrar y compartir los recursos extraterrestres.

La NASA lanzó el jueves un llamado a licitación sin precedentes: convocó a empresas privadas a que extraigan muestras de superficie luna para poder estudiarlos en la Tierra. 

"¡La NASA busca comprar suelo lunar a proveedores comerciales! Es hora de establecer una regulación para la extracción y comercialización de recursos espaciales", tuiteó el administrador de la NASA, Jim Bridenstine. 

Estados Unidos pretende liderar la explotación de recursos, principalmente la minería, que se encuentren en suelo o subsuelo de asteroides y de la Luna, en el marco de una política alentada del presidente Donald Trump.

El mandatario estadounidense emitió en abril un decreto en ese sentido pese a la ausencia de consenso internacional y jurisprudencia sobre cómo administrar y compartir los recursos extraterrestres.

Los tratados espaciales existentes no son precisos para determinar la explotación de recursos fuera de la Tierra. La NASA invita a las empresas a presentar sus propuestas para extraer "pequeñas" muestras de piedras lunares o de polvo que cubre la superficie del satélite como así también información, imágenes del lugar y sus respectivas locaciones para registrar en una base de datos. 

Las muestras lunares pasarían luego a ser propiedad de la NASA, que sería el "único" dueño del material. El 80% del importe que establezca el contrato se abonará contra la entrega de las muestras.

El llamado a ofertas se enmarca en un nuevo modelo económico que comienza a ganar fuerza en la agencia espacial estadounidense y que consiste en tercerizar el desarrollo y funcionamiento de las misiones a través de contratos con empresas espaciales privadas.

En esa línea, la NASA suscribió un acuerdo con SpaceX, que se encarga del transporte de carga y astronautas a la Estación Espacial Internacional.

Hace tiempo que la NASA volvió a poner la mira sobre la luna. A partir del Programa Artemis, la agencia espacial de Estados Unidos invita también a la colaboración y comercialización de información e imágenes del satélite de la tierra con el objetivo de que "la primera mujer y el próximo hombre aterricen en la Luna en 2024". La intención será luego usar la Luna como punto de partida para embarcar hacia viajes más lejanos: "Dar el siguiente gran salto y mandar astronautas a Marte", comunicó el sitio oficial estadounidense.

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