China desplaza a EEUU en computación de alto rendimiento

 

La alarma fue encendida por la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) y el Departamento de Energía (DOE) cuando alertaron que "Estados Unidos está ante el grave riesgo de perder su posición dominante en la computación de alto rendimiento (HPC)".

Según ambas agencias estatales, "en ausencia de una actitud agresiva, EEUU perderá el liderazgo y no podrá controlar en el futuro la HPC".

La reflexión apareció el pasado 21 de marzo en la página top500.org, dedicada a monitorear las 500 supercomputadoras más potentes de mundo desde 1993, con dos revisiones anuales, en los meses de junio y noviembre. El análisis se basa en el documento emitido en diciembre luego de un encuentro de 60 representantes de la industria y agencias gubernamentales, además del DOE y la NSA, entre ellas la Iniciativa Nacional de Informática Estratégica (NSCI), la Administración Nacional de Seguridad Nuclear (NNSA) y la unidad de Investigación de Proyectos de Inteligencia (IARPA).

Lo que desencadenó la alarma estadounidense fue la puesta en marcha de la supercomputadora china Sunway TaihuLight, que tiene un rendimiento de 93 petaflops (93 billones de operaciones de coma flotante por segundo) o sea tres veces más que la segunda supercomputadora del mundo, la también china Tianhe-2 que ocupaba el primer lugar desde 2013.

Pero, y este dato es fundamental, es cinco veces y media más veloz que la mejor computadora de los EEUU.

Las autoridades estadounidenses están más preocupadas aún porque Sunway TaihuLight fue íntegramente construida con materiales chinos, a diferencia de las otras supercomputadoras que utilizan componentes occidentales. El Centro de Computación de Wuxi, que construyó Sunway TaihuLight (La luz de la divinidad Taihu) incluyó 41.000 procesadores y 260 núcleos, a un costo total de 260 millones de dólares.

Hasta ahora las supercomputadoras chinas estaban fabricadas con chips de la estadounidense Intel. Pero en abril de 2015 Estados Unidos prohibió la venta de chips para supercomputadoras a China, lo que en realidad sirvió para estimular a los asiáticos. Según el informe de NSA-DOE, la supercomputadora más veloz del mundo representa tres desafíos mayores: fue hecha enteramente en China, es innovadora y realmente supera a todas las de EEUU.

La segunda cuestión es la increíble velocidad del avance chino. En noviembre de 2016 había 171 supercomputadoras chinas y otras tantas de EEUU en la lista de las 500 más veloces. Muy lejos están Alemania con 32 y Japón con 27. En 2001 casi la mitad de los superordenadores pertenecía a los Estados Unidos y China no aparecía en lista. En noviembre de 2005, EEUU tenía 305 (61% de las 500) y China sólo contaba con 17.

En 2013 Estados Unidos seguía ostentando la mayoría absoluta, pero ya China tenía 63 superordenadores entre los 500 más veloces. Ese año el ordenador más rápido era el Tianhe-2, fabricado por la Universidad Nacional de Tecnología de Defensa de China. En apenas una década, el dragón pasó de la marginalidad absoluta a la hegemonía, ya que igualó la cantidad de supercomputadoras, pero cuenta con las más veloces.

Que China haya conquistado la mayoría de edad en computación de alto rendimiento, forma parte de su crecimiento notable en todos los rubros, desde la producción de mercancías de bajo coste hasta los productos más sofisticados con tecnologías de avanzada. Pero que haya desplazado en la tecnología de punta al país que mantuvo el liderazgo durante seis décadas, representa un viraje estratégico.

Cuando el proceso se observa desde los centros de poder de EEUU, aparece la sensación de estar ante una derrota, la convicción del desplazamiento inexorable de su capacidad de conducir el mundo. El documento conjunto NSA-DOE destaca tres consecuencias de la pérdida de liderazgo en computación de alta performance: crisis de la seguridad nacional, debilitamiento económico y caída de la industria de la computación.

En el primer aspecto, el informe establece que la computación de alto rendimiento "juega un papel vital en el diseño, desarrollo y análisis de muchos —quizá casi todos— los modernos sistemas de armas y de seguridad nacional: por ejemplo armas nucleares, cyber, barcos, aviones, encriptación, misiles de defensa e hipersónicos".

Por eso, sostiene que perder la hegemonía en la computación más avanzada tendrá repercusiones en la capacidad de conservar una ingeniería de primer nivel y, por lo tanto, en la posibilidad de construir armamento sofisticado, como cazas de quinta generación o misiles hipersónicos imposibles de detectar y neutralizar, por poner apenas un par de ejemplos.

En paralelo, perder el liderazgo en HPC implica, según las agencias de EEUU, "la pérdida de una cadena de suministros de confianza" y la necesidad de construir una nueva cadena "que no multiplique los costos a través de los usuarios comerciales y del gobierno". El informe pone como ejemplo la construcción naval militar: "Si el país eligió construir sus propios barcos de guerra, ¿por qué exponemos nuestra computación al control extranjero?".

Entre las soluciones que proponen figura un aumento de la inversión y un control más riguroso de las exportaciones tecnológicas a China. Sin embargo, la economía China crece a un velocidad mayor y ha podido superar, en la construcción de su última supercomputadora, las restricciones comerciales de Washington. Como en otros campos, el modelo neoliberal juega en contra de sus inventores.

Puede argumentarse, como señala el artículo de top500.org, que la supercomputación china "no es tan avanzada como nos hacen creer", y que las autoridades de EEUU tienden a "sobrevalorar los avances chinos" para conseguir más recursos presupuestales. Pero esa actitud un tanto despectiva es un reflejo, como destaca Michael Feldman, el autor de la citada reflexión, de los efectos de haber perdido la hegemonía en un sector tan decisivo como la supercomputación.

Por último, cuando se producen cambios de semejante magnitud conviene tomar cierta distancia temporal para observar los procesos de larga duración. La hegemonía que China está conquistado en el campo de la computación de alta performance, forma parte de un proceso mayor que está devolviendo a la potencia asiática el lugar que ocupó en la historia hasta el siglo XIX, cuando el colonialismo británico y francés la humillaron en las Guerras del opio.

 

 

Miércoles, 05 Abril 2017 07:27

La anacrónica política industrial de Trump

Donald Trump en su posesión, donde prometió que “recuperaremos nuestros empleos y nuestras fronteras”.

 

Los ideólogos de la era neoliberal han insistido una y otra vez en que la política industrial es un lastre. Se le ha acusado de distorsionar los precios, de desperdiciar recursos fiscales y de ser la mejor receta para premiar a empresas y sectores perdedores en la competencia económica. Pero hoy regresa la política para el desarrollo industrial al centro del escenario con los desplantes de Trump sobre la recuperación de empleos en el sector manufacturero.

En realidad, la intervención del poder público para promover el desarrollo industrial nunca ha desaparecido. Ni siquiera en la era triunfante del neoliberalismo. Los subsidios, créditos y apoyos económicos de todo tipo para apuntalar la competitividad de alguna empresa en particular o de una rama industrial se han mantenido como una constante de la vida económica.

China siempre abrazó los instrumentos más variados de la política industrial. Desde el apoyo crediticio y los subsidios, hasta el poder de compra del Estado, pasando por la ingeniería en reversa para copiar tecnología extranjera, asimilarla y adaptarla a sus necesidades y las del mercado internacional. Por supuesto, uno de los pilares más importantes de esta política industrial fue la inversión en investigación científica y desarrollo tecnológico. A principios de este siglo China invertía 1.5 por ciento del PIB en investigación científica y desarrollo experimental (IDE), proporción bastante menor que la de los principales países industrializados. Hoy ese porcentaje ha aumentado a 2.5 por ciento, lo que sitúa a la economía china en un rango similar al de Estados Unidos. La diferencia es que Estados Unidos se ha embarcado en una política industrial anacrónica, segmentada y sin rumbo.

Recuperar los empleos viejos del sector manufacturero parece ser el objetivo primordial de la administración Trump. Pero dadas las tendencias de largo plazo en la estructura del sector manufacturero a escala mundial, es poco probable que los sectores que tienen en mente Trump y sus amigos puedan recobrar o generar los empleos perdidos. El mejor ejemplo es el de la industria del carbón y el acero. Para empezar, la mayor parte de la demanda de energía en Estados Unidos se satisface con otros energéticos. Y las dos industrias son muy intensivas en capital (requieren una inversión muy fuerte por cada empleo generado).

Así que Trump puede seguir diciendo que impidió que la Ford se llevara a México su planta de Kentucky, o puede presumir de haberle torcido el brazo a Carrier, el gigante de los equipos de refrigeración, para que no instale su planta con mil empleos en México. O puede seguir con su neoproteccionismo e imponer nuevos gravámenes sobre los productos importados desde México. Lo cierto es que esos desplantes no servirán para generar los empleos que Trump pronostica en el sector manufacturero y tampoco servirán para devolver a Estados Unidos un liderazgo industrial.

Pero hay otra vertiente de política industrial anidada en el presupuesto militar de Trump. Se recordará que el presupuesto de egresos recién enviado al Congreso contempla un incremento de 54 mil millones de dólares para gasto militar. Una buena parte de este monto se irá a las industrias que ya producen equipo militar de todo tipo, desde aviones no pilotados y misiles crucero de alta velocidad hasta submarinos invisibles y la renovación de las cabezas nucleares en el arsenal estratégico. Muchos analistas piensan que de esa inversión pueden desprenderse beneficios inesperados en términos de innovaciones tecnológicas aplicables a la industria civil.

Pero no es la primera vez que el incremento en el gasto militar contribuye a desmantelar las bases de la competitividad industrial en Estados Unidos. Entre 1960 y 1986, Estados Unidos vio reducir su participación en la producción mundial de 25 a 10 por ciento. La razón es que mientras Japón y Alemania innovaban en la introducción de máquinas herramienta de control numérico para uso genérico en la industria civil, Estados Unidos se dedicaba a diseñar sistemas automatizados para las máquinas herramienta que usaba la fuerza aérea en la producción de sus equipos y refacciones. El resultado fue el debilitamiento de la industria de máquinas herramienta de Estados Unidos y su pérdida de competitividad. Este no es el único ejemplo del impacto negativo que ha tenido el gasto militar sobre la industria en Estados Unidos, pero es un poderoso llamado de atención para dejar de creer en los ilusos comentaristas allegados al complejo militar-industrial en Estados Unidos.

Los objetivos de la política industrial de Trump nunca serán alcanzados. Y mientras Estados Unidos sigue dominado por las necesidades del sector financiero y pierde tiempo siguiendo los enfermizos tuits del señor Trump, China continúa abriendo nuevos derroteros para la industrialización en los estratégicos ramos de robótica, manufactura inteligente y nuevos materiales para energías renovables. Está bastante claro quién será el líder en manufacturas en el próximo decenio.

 

Twitter: @anadaloficial

 

 

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Lunes, 27 Marzo 2017 07:04

Enemigos (para nuestra compañera)

Periodistas de Guadalajara expresaron ayer su indignación por el asesinato de reporteros en el país. El más reciente es el de Miroslava Breach, corresponsal de La Jornada en Chihuahua. Un grito imperó en el mitin: no nos callarán

 

Los que se atreven a enfrentar la mentira, la corrupción, la impunidad, los abusos y la violencia del poder y sus redes de complicidad siempre son enemigos de los que dependen de la oscuridad para su poder y sus intereses.

El saldo mortífero mundial de los dedicados a revelar verdades a la sociedad asciende a más de mil 234 desde 1992, según las cifras más recientes del Comité para la Protección de Periodistas (CPJ), donde México ocupa el lugar 11 entre los países más mortíferos para periodistas (https://cpj.org/killed/).

Según otro conteo, el de la Federación Internacional de Periodistas (FIP), 2 mil periodistas han perdido la vida por su trabajo entre 1990 y 2016; México es el tercer país más mortífero para informadores al contabilizar más de 120 asesinatos. Una de las conclusiones recurrentes de nuestros informes es que se registran muchos más asesinatos en situaciones de paz que en países golpeados por la guerra, algo que tiene que ver en gran media con que los periodistas son víctimas de los barones del crimen organizado y de funcionarios corruptos, afirmó Anthony Bellanger, secretario general de la FIP. Subrayó que la impunidad es un agente catalizador de la violencia contra periodistas. (www.ifj.org/fileadmin/documents/ 25_Report_Final_sreads_web.pdf)

Hoy día, reporta el CPJ, existen 259 periodistas encarcelados en el mundo, una cifra sin precedente desde 1990, cuando la organización empezó a registrar ese dato. https://cpj.org/2016/12/a-record-number-of-journalists-are-in-jail-cpj-cen.php

No somos cifras. Tenemos nombre y apellido, por ejemplo, Miroslava Breach.

A veces rehusar ser anónimos es justo lo que nos puede costar mucho, hasta la vida. Más que todo, los que tienen un compromiso con el periodismo de conciencia ante el poder –esa búsqueda constante de notas que sirven a la autodeterminación de los ciudadanos, eso de contar qué nos pasa, de intentar revelar toda mentira– rehúsan quedarse callados o portarse bien. Pero los buenos periodistas (aunque hay algunas excepciones notables, para bien y para mal) nunca desean ser noticia, y, opino yo, casi nunca deben de usar el yo; son las voces de los demás las que cuentan, las que hay que contar, esa voz colectiva ante el poder exclusivo.

En tiempos recientes a los periodistas nos han vuelto noticia, y demasiadas veces en nota roja. Declaran que somos enemigos, a veces nos amenazan, a veces nos encarcelan, a veces nos matan. Y eso no se limita a países como México o Turquía o Irak, sino aquí mismo.

En Estados Unidos el presidente Trump ha declarado a todo periodista que no se subordine a sus mentiras y engaños como enemigo del pueblo. Desde el inicio de su campaña presidencial con sus llamados a sus bases a atacar a los medios no alineados, generó un clima tan peligroso que varios periodistas de algunos de los grandes medios nacionales tuvieron que contratar seguridad privada para acompañarlos a cubrir al candidato. Como presidente no ha dejado de atacar a periodistas, y a sus medios, por nombre y apellido, cada vez que se atreven a criticarlo o publicar información que lo daña. En la retórica, esto supera lo que los periodistas enfrentaron durante la peor época de Richard Nixon en los años 70, o del macartismo en los 50. Esto apenas empieza, y las consecuencias pueden ser peligrosas no sólo para los periodistas, sino para lo que se llama democracia.

El presidente anterior hablaba más bonito y afirmaba que era el campeón de la libertad de expresión y la transparencia, pero en los hechos persiguió a los que se atrevieron a divulgar secretos oficiales al público por los medios. De hecho, Obama promovió más casos –ocho incluido Edward Snowden, el más conocido– según la Ley de Espionaje de 1917 contra filtradores y periodistas que el total (tres) de todos sus antecesores. (Vale recordar que esa ley se aplicó a disidentes de la Primera Guerra Mundial, tanto al líder socialista y candidato presidencial Eugene Debe, quien fue encarcelado, como a inmigrantes alemanes que eran sospechosos sólo por su origen nacional, entre otros).

Un reporte del CPJ en 2013 concluyó que el gobierno de Obama ha sido el más agresivo en control de información en tiempos modernos. El ex editor Leonard Downie, quien encabezó la investigación, escribió que “la guerra de este gobierno contra filtraciones y otros esfuerzos para controlar la información son los más agresivos que he visto desde el gobierno de Nixon, cuando yo era uno de los editores involucrados en la investigación de Watergate por el Washington Post”. Aunque Obama se comprometió a hacer el gobierno más transparente, la editora pública del Times, Margaret Sullivan, afirmó: está resultando ser el gobierno de secretos sin precedente y de ataques sin precedente contra la prensa libre. (https://cpj.org/reports/2013/10/obama-and-the-press-us-leaks-surveillance-post-911.php).

Joel Simon, director ejecutivo del CPJ escribió el mes pasado en el New York Times que los ataques incesantes (de Trump) contra los medios de noticias están dañando la democracia estadunidense. Advirtió que el ataque de Trump contra el uso de fuentes anónimas mina el trabajo de periodistas que reportan notas delicadas en ambientes represivos y peligrosos, desde Irak hasta México, donde la protección de fuentes es asunto de vida o muerte.

Nos tocó ser noticia la semana pasada. Nuestra compañera ya no puede reportar las verdades que descubría ni sumarse con todos en su periódico dedicados a la misión básica de informar al público para que ese público decida actuar o no ante la realidad que vivimos. Ahora a ese público, o sea, a todos nosotros, nos toca responder. Tenemos que decidir si esto que nos duele tanto hoy día sólo se vuelve en una cifra más en esa espantosa lista de inmensa tristeza, o si defendemos de manera colectiva a los que se atreven a ser enemigos. Esta casa, y en buena medida lo que dice ser, o debería ser, democracia en cualquier parte de este planeta, dependen de nuestra respuesta.

 

 

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Golpe a los 'Cuatro Jinetes Negros' de los transgénicos

 

La Corte Superior del Condado de Fresno (California, EEUU) asestó un duro golpe a los llamados 'Cuatro Jinetes del Apocalipsis OGM' (Organismos Genéticamente Modificados).

 

Si eres propietario de las semillas, como Monsanto, la alimentación del mundo está en tus manos

 

La juez Kristi Culver Kapetan rechazó una demanda legal de Monsanto Chemicals, que trató de impedir que el estado de California agregue glifosato usado en el herbicida Roundup a la lista de sustancias químicas cancerígenas. Esto significa que, en un año, todos los productos que contienen el Roundup deben ser etiquetados como sustancias que producen cáncer.

Tanto Monsanto Chemicals como DuPont, Syngenta y Dow Chemicals, pertenecientes al grupo de 'Jinetes del Apocalipsis OGM', están usando herbicidas a base de glifosato como un componente obligatorio para comprar semillas OMG. Estas semillas tienen una tolerancia a los herbicidas gracias a una forma de insensibilidad al glifosato del gen codificado para el enzima atacado por el herbicida.

La sentencia de la juez Kristi Culver Kapetan se anuncia en el momento de mayor actividad de las transnacionales biotecnológicas, que tratan de imponer al mundo entero el uso de las semillas genéticamente modificadas bajo el pretexto de "salvar al mundo del hambre".

La realidad es completamente diferente. Por algo decía el maquiavélico Henry Kissinger aquello de "controla los alimentos y controlarás a la gente". Los Organismos Genéticamente Modificados usados en las semillas están diseñados para ser uno de los principales instrumentos de los 'globalizadores iluminados' para lograr el control del mundo a través de la alimentación. El plan es a largo alcance y muy simple: al imponer las semillas tipo 'Terminator' (Terminador), la alimentación del mundo dependerá de la voluntad de las megacorporaciones de agronegocio y biotecnología, que serán parte de un Gobierno planetario. La nación que siga las reglas establecidas por este Gobierno recibirá semillas, y la que se oponga tendrá que pasar hambre.

​A nivel micro puedo dar el ejemplo de mi padre, un agricultor tradicional que nada sabía de los productos genéticamente modificados hará unos 15 años. Recuerdo su alegría al lograr una gran cosecha de papa después de utilizar las 'semillas mejoradas'. Dejó varios sacos de la papa cosechada para usar como semillas al año siguiente, haciendo planes para una cosecha más grande. Sin embargo, al año próximo, pese a todos los cuidados y el hermoso follaje, no había una sola papa que cosechar, pues había utilizado las semillas 'Terminator', diseñadas solamente para una cosecha y nadie, ni los medios de comunicación advertían a los agricultores de esta condición. Aquel año, todos los agricultores de la zona sufrieron una debacle financiera.

Ahora, el plan de dominar el mundo a través de alimentos vía semillas no salió realmente de estas corporaciones biotecnológicas, sino de las fundaciones Rockefeller, Ford, a las que se unió en los últimos años Bill & Melinda Gates Foundation.

Como sabemos el creador de la industria automotriz en Norteamérica, Henry Ford, soñaba con el dominio del mundo por parte de EEUU en alianza con Hitler. Por algo el führer alemán consideraba a Ford como "el americano más querido" e, incluso, basó varias secciones de su libro 'Mi Lucha' en escritos de Henry Ford. En especial en su ensayo 'El judío internacional, el mayor problema mundial'.

A la vez, la Fundación Rockefeller financió en los años 1920 tanto en EEUU como en Alemania los estudios en eugenesia para crear una raza superior, 'Raza Master', que había sido el 'Proyecto I' de la organización. En 1939, la Fundación Rockefeller auspició el 'Negro Project' diseñado para Harlem (New York) por la enfermera Margaret Sanger, con el fin de "exterminar a la población negra". Las mismas fundaciones, en compañía de las fundaciones Carnegie y Harriman, intentaron esterilizar a las mujeres puertorriqueñas e hicieron experimentos eugenésicos en Nicaragua, Guatemala y quién sabe en qué países más.

'El Proyecto II' de la familia Rockefeller fue bautizado como la 'Revolución Verde'. Fue concebido después del viaje de Nelson Rockefeller a México en 1946. Aparentemente, el propósito del programa había sido orientado a la "erradicación del hambre y la pobreza", pero su intención verdadera era reemplazar la agricultura pequeña y mediana por la agroindustria globalizada. De allí comenzó el proceso de desplazamiento forzado directa e indirectamente de los campesinos del campo a las barriadas de las grandes ciudades. Este tipo de agricultura orientada al mercado trajo grandes dividendos a los Rockefeller y a las corporaciones químicas, pues la 'Revolución Verde' necesitaba el uso intenso de herbicidas y pesticidas. Por eso no es de extrañar que el 'Proyecto II' fuera llamado a la vez 'Revolución Química'. Aquel proceso fue utilizado por Washington también para promover sus intereses geoeconómicos a través de la comida.

Por supuesto que el hambre no fue erradicada y la pobreza, especialmente en México, que era el laboratorio de Rockefeller y sus seguidores, no disminuyó, sino que aumentó significativamente. El suelo se desgastó por el uso intensivo de los pesticidas, mientras que las corporaciones agroindustriales y químicas obtuvieron grandes ganancias, pero soñaban con más y más. De allí surgió en los años 70 la idea del 'Proyecto III', bautizado como 'Revolución Genética', promovida por la propia Fundación Rockefeller. Así se formó la no tan 'santa alianza' entre esta organización y los 'Cuatro Jinetes del Apocalipsis OGM', a la cual se unió posteriormente la Fundación de Melinda & Bill Gates. No encontraron otro pretexto para implantar el uso de las semillas con los OGM que usar una vieja y reciclada consigna: 'Luchar contra el hambre y la pobreza'.

Sus cabilderos utilizaron millones de dólares para convencer a los países de que las semillas genéticamente modificadas serían la solución para la sobrevivencia del planeta. Tan intensiva ha sido su propaganda y el ocultamiento de las consecuencias que recuerdo la vez en que unos amigos periodistas cubanos, durante el Congreso Mundial de Corresponsales de Guerra, me comunicaron alegres que, finalmente, su país había encontrado la solución para dar un empuje a su agricultura haciendo un convenio con una compañía llamada Monsanto para el uso de los OGM.

Cuando les expliqué las consecuencias del uso de las semillas modificadas o 'mejoradas' en el Cusco (Perú), se les 'cayó el alma'. Poco después, y seguramente tras una investigación, supe que Cuba había decidido convertir la isla en "productora de alimentos orgánicos y libre de transgénicos".

Mientras los cubanos lo entendieron, la Academia de Ciencia en Rusia, China, India, Portugal, España, Brasil, Argentina y Ucrania ha sido convencida con las buenas donaciones de las megacorporaciones biotecnológicas de la necesidad de recurrir a la biotecnología en agricultura a través del uso de las semillas GM y los pesticidas tipo Roundup, que en su interpretación no son dañinos para el organismo y "menos tóxicos que la sal de la mesa". Jamás han tomado en cuenta los resultados devastadores por uso de los OGM en la agricultura de la misma Norteamérica, donde aparecieron después de unos 10 años de uso de glifosato las súper malas hierbas de más de dos metros de altura, tan robustas que no permiten cosechar los campos. Además de glifosato, que ya tiene la categoría mundialmente reconocida como 'probablemente cancerígeno', hay otros componentes en el Roundup, según muchos estudios, incluyendo el del biólogo molecular Gilles-Eric Seralmi, que son más mortíferos que el propio glifosato para la salud de embriones y para las células de la placenta.

El pesticida Roundup es usado para producir Roundup Ready cultivos sin saber exactamente hasta ahora el daño que podrían causar a la salud humana. Por eso, en más de 15 países de la Unión Europea, en Rusia, China, Ecuador, Perú, etc., el uso de los alimentos con los OGM está prohibido. También hay que tener en cuenta que el empleo de los OGM para producir cultivos podría ser utilizado directamente para afectar la salud de los humanos.

El investigador F. William Engdahl ya informó hace un año que el Departamento de Agricultura de EEUU auspició el desarrollo de maíz genéticamente modificado, que contiene un espermicida, para hacer estéril el semen de los hombres. Este tipo de maíz fue producido por la compañía Epicyte en 2001, cuya tecnología fue compartida posteriormente con Syngenta y DuPont.

Lo más extraño de todo esto es que la Fundación Rockefeller y la de Bill Gates, junto con los 'Cuatro Jinetes' biotecnológicos, no solamente trata de imponer las semillas OGM en todo el mundo, contaminando los cultivos tradicionales, sino a la vez son los que controlan la Bóveda de las Semillas más grande del planeta a prueba de bombas, llamada popularmente 'La Bóveda de Semillas del Juicio Final'. Está localizada en el archipiélago Svalbard, en la isla Spitsbergen (Noruega), a 1.100 kilómetros del Polo Norte. La bóveda está administrada por el Global Crop Diversity Trust, con sede principal en Bonn (Alemania). Entonces resulta que las mismas familias y corporaciones biotecnológicas que han estado promoviendo la 'Revolución Genética' están también controlando la bóveda de semillas, con la anuencia del Gobierno de Noruega, que les daría una ventaja geoeconómica en el caso de un desastre ecológico.

Parece que todo es muy simple, pues el mundo en algún posible momento trágico estaría a merced de los reales dueños de la Bóveda de Semillas de Svalbard, un repositorio del legado genético del planeta. Se calcula que allí están depositadas más de cuatro millones de muestras de diferentes variedades de cultivos agrícolas. El periodista de investigación James Corbett informó que, a finales de febrero pasado, la bóveda recibió 50.000 ejemplares de semillas procedentes de Benin, India, Pakistán, Líbano, Marruecos, Holanda, Estados Unidos, México, Reino Unido, Bosnia-Herzegovina y Bielorrusia (The International Forecaster, 1 de marzo, 2017).

Pero lo más trágico de todo esto es que no hay nadie que custodie a los autoproclamados custodios de nuestros alimentos, que lentamente están implantando un patrón nuevo de alimentación al mundo entero. Mientras, los ciudadanos del planeta están convirtiéndose cada vez más, por culpa de los medios de comunicación globalizados, en unos zombis asustados y obedientes.

 

 

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Lunes, 13 Marzo 2017 06:58

La frontera del caos y la penuria

El puente se cruza a pie en ambos sentidos; no hay aduana ni control de pasaportes (Andy Robinson)

 

Venezolanos y colombianos trafican con todo y sin ningún control a través del puente Simón Bolívar

 

Cúcuta (Colombia)

 

Hay un tráfico de dos sentidos en la frontera entre Venezuela y Colombia. Y se trafica con todo. Hay venezolanos que van en busca de alimentos y colombianos que necesitan refugio. Se comercia con arroz y cocaína, gasolina y ganado. Lo hacen guerrilleros de izquierdas y paramilitares de ultraderecha. Últimamente, muchos venezolanos, no sólo los de la ciudad fronteriza de San Antonio, cruzan a Cúcuta por el puente de Simón Bolívar, dejando atrás los carteles que anuncian: “En esta aduana no se habla mal de Chávez”. Se dirigen a los supermercados cargados de billetes venezolanos para abastecerse de productos crónicamente escasos en Venezuela. “Voy a comprar antibióticos”, dice un joven estudiante que venía de San Cristóbal a 30 kilómetros de distancia. Pero para no alimentar otra historia mediática de la tiranía bolivariana, otro venezolano recuerda que los fármacos esenciales se consiguen gratuitamente en el sistema de sanidad pública.

Germán Parra ya ha llegado a La Parada, un conjunto de oficinas de cambio de divisas y supermercados baratos en el lado colombiano del puente. Vive en Cúcuta y trabaja en la construcción. Pero a los venezolanos no se les ven con buenos ojos en Cúcuta en estos momentos. Los colombianos les echan la culpa de un aumento de la delincuencia aunque muchos robos se hacen desde motocicletas y en Venezuela es casi imposible comprarse una moto.

Crece la xenofobia en una ciudad que se siente abandonada por Bogotá. El vicepresidente colombiano Germán Vargas llegó a decir al inaugurar un proyecto de viviendas nuevas el mes pasado: “Estas son para ustedes y no para los venecos”, un término que muchos consideran insultante. “Aquí los venezolanos somos subversivos, ladrones, paramilitares, narcotraficantes”, sostiene Parra. Pese a ello, entran sin mucho control. Hay que tener permiso para cruzar pero en el puente Bolívar ningún policía pedía papeles y la gente pasaba de un lado a otro sin el miedo que se palpa en otras fronteras.

A doscientos metros del puente, los residentes de La Invasión, un asentamiento ilegal en el lado venezolano que la policía intenta desalojar, cruzan el río en balsa para ir a trabajar en Colombia y volver a casa por la tarde. Una de ellas, la colombiana Kailin Vélez de 28 años, trabaja de camarera en una casa de comidas en La Parada. ¿Por qué vivir en San Antonio y trabajar en Cúcuta? “Porque la vivienda y los servicios públicos en Venezuela son mucho más baratos que en Colombia pero los salarios son mucho más bajos”. En cuanto a la comida depende de si queda algo de precio regulado. Escribe en el cuaderno una tábula con los precios comparativos, todo convertido a pesos colombianos. Salario mínimo: Venezuela, 140.000; Colombia, 737.000. Alquiler más luz y agua: 15.300 pesos al mes en Venezuela; 750.000 en Cúcuta. Patatas: 800 el kilo en Colombia; 1.500 en Venezuela. Frijoles: 6.000 en Cúcuta. ¿Y en San Antonio? “No hay”.

Todo tiene matices en la frontera, aunque nadie lo creería viendo la televisión o leyendo el periódico. En los medios colombianos la historia es la del venezolano que huye del desabastecimiento causado por el socialismo bolivariano hacia la cornucopia del capitalismo colombiano. Pero el matiz es que los bachaqueros, los vendedores del mercado negro, y los contrabandistas han aprovechado los precios tirados de bienes esenciales subvencionados en Venezuela para venderlos a venezolanos en Cúcuta. O para reexportarlos a Venezuela. “Un bachaco es una especie de hormiga. Los bachaqueros en la cola trabajan a sueldo de bachaqueros de cuello blanco y de mucho dinero”, dice Guiomar Caminos, residente de San Cristóbal. “Cuando llegamos al supermercado, muchas veces, ya no queda nada”, añade Esther Julia, su mujer, mientras cena macarrones a la boloñesa en su casa.

Luego está la cuestión de la gasolina. A lo largo de la frontera de 2.000 kilómetros, hay ríos o caminos de tierra, las trochas, como dicen los venezolanos, donde cruzan los contrabandistas de gasolina fuera de la vista de las fuerzas de seguridad. Puesto que en Venezuela se puede llenar el depósito por el equivalente a un dólar, todo el estado colombiano de Santander se abastece de gasolina venezolana. El gobierno en Caracas cerró la frontera durante varios meses el año pasado con el fin de afrontar ese tráfico ilegal. Incluso ahora, solo pueden pasar peatones por el puente con la excepción de las horas de madrugada cuando pasan camiones cargados de alimentos. Pero si Donald Trump piensa que la frontera entre EE.UU. y México es porosa, la de Colombia y Venezuela es un colador.

La narrativa dominante en la frontera es que miles de venezolanos hambrientos llegan en busca de refugio económico desde el desastre al otro lado. Pero, por dura que sea la escasez, cuesta encontrar a alguien en San Cristobal con aspecto de muerto de hambre. Hay más indigentes a la vista en Colombia. Es más, hay otros refugiados, aún más desesperados, que cruzan la frontera en el otro sentido. Hace dos semanas, trascendió que casi 200 campesinos colombianos de una comunidad en Catatumbo, en el norte del estado de Santander, a 200 kilómetros de Cúcuta, habían llegado a un pueblo venezolano en busca de santuario tras ser desplazados por paramilitares de ultraderecha.

Esto ocurre en un momento en el que la guerrilla de las FARC se ha desmovilizado. Hasta ahora justificaba su lucha armada por la necesidad de defender a los campesinos de los paramilitares. Por eso, quizás las autoridades colombianas desmintieron la noticia pese a que existen múltiples testimonios de que ocurrió. Los paramilitares “se dedican a intimidar a los campesinos para que no reivindiquen sus derechos de acceso a la tierra y compensación por sustituir sus cultivos de coca”, declara Yefri Torrado, experto en derecho de la Universidad Libre de Cúcuta.

¿Por qué cruzarían los campesino a Venezuela? “Porque hay indicios de que los paramilitares cuentan con aliados en la administración local y en el ejército colombiano; cuando se ha visto a los paramilitares del Águila Roja suele ser en lugares próximos a las bases militares”, añade. Al otro lado, aún pueden contar con la protección de los guerrilleros que se esconden en territorio venezolano, y las fuerzas de seguridad están más dispuestas a denunciar violaciones colombianas aunque sólo sea para relativizar las suyas.

Cuando el presidente venezolano Nicolás Maduro se mostró preocupado por las cuestiones humanitarias en la frontera tras la llegada de los refugiados, las autoridades colombianas lo acusaron de querer desviar la atención de la crisis humanitaria en Venezuela. Puede ser verdad pero quizás hay otra explicación: con la inminente entrada de las FARC en política, hay que dejar muy claro que el camino de la izquierda, al igual que el puente de Bolívar. conduce al caos y la penuria. “Aquí, en la frontera, se está jugando la hegemonía política”, remacha Torrado.

 

 

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Bernie Sanders en un mitin en Santa Monica, California, en junio de 2016.

 

 

*Frente al autoritarismo de Trump, el senador Bernie Sanders propugna en esta entrevista que los demócratas vuelvan a sus raíces más progresistas y abandonen a una élite progresista aislada de los votantes

*"La economía mundial ha sido muy buena para las grandes multinacionales. Eso fue algo positivo para la gente con estudios, pero hay millones de personas que han sido olvidadas”.

*"El Partido Demócrata se ha distanciado enormemente de las necesidades de las familias de clase trabajadora de este país”

 

 

Cuando Donald Trump pronunció hace diez días su discurso ante el Congreso ateniéndose por primera vez con esmero al teleprompter, los medios de comunicación lo alabaron por el tono estadista y presidencial. Una persona sentada en primera fila y a solo unos metros de Trump no pensaba lo mismo.

Con cada frase, Bernie Sanders, de 75 años, se horrorizaba un poco más. Hasta que Trump empezó a hablar sobre el medio ambiente y el senador independiente por Vermont casi estalló en una carcajada. Ese mismo día el presidente había firmado un decreto que echaba por tierra los controles federales para prevenir la contaminación de ríos y canales. Y ahora prometía a los legisladores de EEUU promover “un agua y una atmósfera libres de contaminación”.

“¡Fue de una hipocresía inaudita!”, dice Sanders, todavía sin poder contenerse. “¡Habla de proteger el agua y la atmósfera el mismo día en que firma una orden que aumentará la contaminación del agua y de la atmósfera!”.

La oficina de Sanders en el Congreso luce intacta, como si hubiera pasado sin dejar rastro el estratosférico ascenso que en 2016 lo llevó desde un relativo anonimato hasta convertirlo en un serio aspirante a la Casa Blanca. En las paredes hay colgadas pintorescas fotografías de su Estado. “Primavera en Vermont”, dice una con vacas en un monte. Además hay una estantería llena de libros con títulos del estilo Sanders, como “Never Give In” (Nunca rendirse) o “The Induced Ignorance of Power” (La ignorancia inducida del poder).

Vestido con ropa informal, Sanders entra rápidamente en su oficina. Tiene el pelo blanco despeinado y la apariencia de alguien que ha sido interrumpido mientras estudiaba muy concentrado. En cuanto empezamos a hablar, se vuelve fascinante. Queda claro en un instante por qué tanta gente sintió la llama (“feel the Bern”, un juego de palabras con el nombre del senador y la frase “feel the burn” o sentir la llama): Sanders puede sentir la intensidad de esa llama en su interior.

“Estos son tiempos muy alarmantes para la gente de EEUU y para el mundo entero. Tenemos un presidente que miente patológicamente. Trump miente todo el tiempo”. Sanders cree que las mentiras de Trump no son casuales: “Miente con el objetivo de socavar los cimientos de la democracia estadounidense”. Tomemos como ejemplo sus “feroces ataques contra los medios, cuando dice que casi todo lo que publican los principales medios de comunicación es mentira”. O cómo denigró a uno de los altos cargos judiciales nombrados por George W. Bush, llamándolo “supuesto juez”, y sus falsas afirmaciones de que cerca de cinco millones de personas votaron de manera ilegal en las elecciones.

Según Sanders, este tipo de declaraciones, que él llama “delirantes”, apuntan a que lleguemos a una sola conclusión: “Que la única persona en EEUU que representa a los estadounidenses y que dice la verdad, la única persona que hace las cosas bien es el presidente de EEUU. Eso es algo sin precedentes en la historia de este país”.

Cuando le pregunto cuál podría ser la estrategia final de Trump, Sanders se adentra en el terreno de la distopía. “Lo que él quiere es terminar siendo líder de una nación que ha dado pasos agigantados hacia el autoritarismo; una nación en la que el presidente de EEUU tiene poderes extraordinarios, muchos más de los que otorga la Constitución”.

 

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Bernie Sanders en un mitin en Iowa en las primarias demócratas en febrero de 2016. DAVID AKE / AP

 

A estas alturas de la entrevista, Sanders ya ha cogido su ritmo y dirige la conversación haciendo grandes ademanes con los brazos, golpeando las palabras con ese gruñido característico de Brooklyn mezclado con Vermont. Es imposible no sentirse cautivado por un hombre que parece tan auténtico.

Sanders ocupa un lugar prominente en el actual mapa político. En 2016 ganó 23 elecciones primarias y caucus (Hillary Clinton ganó 34) y recibió 13 millones de votos. Teniendo en cuenta las probabilidades en su contra– el poder de Clinton entre el establishment, el sesgo de los “superdelegados” que al darle el 15% de los votos al establishment del Partido Demócrata volcaron las primarias hacia ella, y los cínicos esfuerzos de la maquinaria del partido, a través de la Convención Nacional Demócrata, para debilitar su campaña y poner en duda sus habilidades como líder y sus creencias religiosas (como se supo por supuestamente filtrados por hackers rusos y difundidos por WikiLeaks)– lo conseguido no fue un pequeño logro.

Si Sanders hubiera ganado la candidatura, ¿habría derrotado a Trump? No he terminado la pregunta y ya puedo sentir el rechazo que provoca. El desagrado que expresa el lenguaje corporal de Sanders es tan aplastante que parece haber sido insultado: se le arruga la cara, se encoge de hombros y tiene el aspecto de alguien que está siendo pinchado con agujas. “No creo que esa especulación merezca la pena”, dice. “La respuesta es: ¿quién sabe? Tal vez sí, tal vez no”.

Cambiamos de tema rápidamente. Le pregunto si en la noche electoral anticipaba el resultado o si se quedó estupefacto como tantos otros cuando Trump empezó a ganar con holgura en estados del cinturón industrial como Michigan y Wisconsin (donde, por cierto, Sanders había derrotado a Clinton en las primarias y en los caucus). “No lo esperaba, pero no me sorprendió. Cuando me fui a dormir la noche anterior, pensé que Clinton podía ganar con un margen de dos o tres a uno en su favor, pero no pensaba ‘es imposible que gane Trump’. Nunca pensé eso”.

 

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Sanders y Clinton en un debate de las primarias demócratas. EFE

 

La optimista respuesta de Sanders está arraigada en su análisis crítico del capitalismo moderno que ha dejado a EEUU, junto con Reino Unido y otras importantes democracias, a merced del ataque de la derecha. Es así como relaciona a Trump con el Brexit y, a su vez, con el miedo que vive el continente europeo en vísperas de las elecciones de Francia y Alemania. Según Sanders, todo ese miedo es una manifestación muy común de los estragos de la globalización.

“Una de las razones que explican el Brexit, la victoria de Trump y el resurgimiento de los candidatos ultranacionalistas de derecha en toda Europa es el hecho de que la economía mundial ha sido muy buena para las grandes multinacionales. En más de un aspecto, eso fue algo positivo para la gente con estudios. Pero hay millones de personas en este país y en todo el mundo que han sido olvidadas”.

Le hablo a Sanders de la epifanía que experimenté en septiembre cuando vi a Trump decir frente a un grupo de multimillonarios en un salón del hotel Waldorf Astoria de Manhattan que él lograría que todos los obreros siderúrgicos recuperen sus empleos. ¿Obreros siderúrgicos? ¿Cómo diantres es posible que el Partido Demócrata, el partido de los trabajadores, haya cedido tanto terreno político para que un multimillonario (un “falso multimillonario”, me corrige Sanders con firmeza) se pueda poner de pie frente a otros multimillonarios en el hotel Waldorf y simular que es el gran defensor de los obreros siderúrgicos?

“Esa es una excelente pregunta”, dice el senador. La incomodidad se esfuma. “A lo largo de los últimos 30 o 40 años, el Partido Demócrata ha pasado de ser un partido de la clase trabajadora (trabajadores blancos, negros e inmigrantes) a ser un partido marcadamente controlado por una élite progresista que se ha distanciado enormemente de las necesidades de las familias de clase trabajadora de este país”.

Sanders continúa lamentándose sobre lo que él ve como una dicotomía innecesaria entre la identidad política elegida por esas élites progresistas y las raíces obreras tradicionales del movimiento, como la que representan los obreros siderúrgicos. Está tan indignado con esa falsa división que es lo que define la definición sobre sus ideas: “Solo por esa razón me considero un progresista y no un liberal” (en este caso, "liberal" en el sentido utilizado en EEUU, sinónimo de progresista del Partido Demócrata)

Le pido que desarrolle la idea. Me explica que la tendencia de la izquierda progresista a concentrarse en intereses transversales, los de género, los de raza o los de estatus (por los inmigrantes), ha hecho que deje de ver las necesidades de una clase media cada vez más pequeña y con grandes niveles de desigualdad en los ingresos. No tenía que haber sido así, dice. “La verdad es que podemos y debemos hacer ambas cosas. No es una o la otra: son las dos”.

Le pregunto si ve un patrón similar en la trayectoria del Partido Laborista británico y la cara se le empieza a arrugar de nuevo. Aparentemente, la política del Reino Unido también está en la lista de temas de discusión indeseables. “No quiero decir que sé más de lo que sé”, dice Sanders. Pero enseguida añade: “Pero obviamente estoy algo informado”.

Hay un lazo que une a Sanders con el Reino Unido y es su hermano mayor, Larry: vive en Oxford y en octubre se presentó (sin éxito) como el candidato del Partido Verde para el escaño de Witney, vacante tras la salida del ex primer ministro David Cameron. Sanders dice que su hermano es una gran influencia en su vida, aunque últimamente no hayan estado muy en contacto. “Hablamos de vez en cuando”.

Los asuntos familiares representan otro de los temas que le incomodan. Sanders también es reacio a hablar sobre Jeremy Corbyn. “No estoy al día con el tema”, dice para esquivar una pregunta acerca del duro momento que está pasando el líder del Partido Laborista.

Pero con gusto hace una broma implícita sobre Tony Blair y el Nuevo Laborismo, en la que sugiere que cayó en el mismo pozo en el que se encuentra el actual Partido Demócrata de EEUU. “Corbyn estableció que hay una enorme brecha entre los líderes del laborismo y las bases del partido. Lo dejó bien claro. Los dirigentes del partido tienen que darse cuenta en qué lugar están la clase trabajadora y los jóvenes del Reino Unido”.

La charla empieza a tomar un giro un poco deprimente. Gran parte de la izquierda moderna se ha separado de la clase trabajadora; el vacío reinante ha dado lugar a su vez a escenas como la del Waldorf, donde los obreros siderúrgicos piden por su salvación a los (falsos) multimillonarios. En la refriega resultante ascienden Trump, el Brexit y la extrema derecha, lanzando al abismo a las democracias más importantes del mundo.

Afortunadamente, no es el fin del relato. Sanders es una persona con demasiada determinación y compromiso con su propia forma de ver la vida como para dejarnos perdidos en una niebla distópica. Y con razón: Sanders sigue siendo una fuerza importante a la que tener en cuenta. Nadie debería cometer el error de pensar que está acabado, aunque estos días no forme parte del debate público como solía hacerlo cuando estaba en el pico máximo de su batalla con Clinton.

Técnicamente todavía es independiente, pero Sanders está haciendo presión para reformar las normas internas del Partido Demócrata: dar más poder a los votantes y quitárselo a los dirigentes para, según dice, reducir la brecha entre la élite progresista y la clase trabajadora. El senador también sigue usando la fuerza de su activismo de base para empujar al partido hacia una postura económica más radical, basada en regular Wall Street y en hacer que los más ricos paguen impuestos. Dice haber tenido algo de éxito: “El programa del Partido Demócrata no llega tan lejos como me gustaría pero trabajé en él con Clinton y es, de lejos, el más progresista en la historia de la política estadounidense”.

 

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Trump saluda a al juez Neil Gorsuch, su candidato para el Tribunal Supremo. EFE

 

En el Senado, Sanders también participa activamente en el proceso de confirmación del Gobierno de Trump. En particular, promete poner en aprietos a Neil Gorsuch, el candidato del presidente para el Tribunal Supremo de EEUU, por su postura sobre el aborto y sobre el fallo de financiación de campañas electorales conocido como “Citizen United”, que desató una gran corriente de dinero de las empresas privadas en el proceso electoral.

Gorsuch nunca ha emitido un fallo sobre el aborto pero sí ha dicho que “quitar la vida a un ser humano de manera intencional siempre está mal”. Sobre la financiación de las campañas electorales, el juez dio a entender que abriría el proceso político para permitir la llegada de aún más capital privado.

Le pregunto a Sanders por qué no piensa ir más lejos en lo relativo a Gorsuch. ¿Por qué no seguir el ejemplo de los republicanos y decir simplemente que no? Después de todo, ellos ni siquiera consideraron al candidato de Obama para el Tribunal Supremo, Merrick Garland. Así fue como robaron, de hecho, un puesto que correspondía a los demócratas. “Hay que buscar las razones para decir que no. Uno no dice: ‘Voy a votar que no incluso antes de saber quién es el candidato’”, responde Sanders.

–Pero eso es lo que hicieron los republicanos...

–Creo que es más efectivo dar un motivo racional.

Pero el verdadero trabajo de Sanders y de la resistencia empieza cuando se apagan las luces de su oficina en el Senado, cuando deja atrás las peleas de Washington y lleva su estilo de populismo progresista al corazón de EEUU. Lo que hace pasa mayormente inadvertido. No lo hace a escondidas pero sí discretamente, sin hacer mucho ruido. Pero lo está haciendo y el objetivo es evidente: reconstruir el movimiento progresista desde abajo.

Tiene reminiscencias del Tea Party, el perturbador grupo de base de la derecha que en sólo dos años desestabilizó la presidencia de Obama y sentó las bases para todo lo que estamos viendo hoy. ¿De eso se trata? ¿Eso es lo que hace Sanders mientras viaja por todo el país, asiste a mítines, habla a las legiones de sus todavía fervientes y jóvenes seguidores y los alienta a resistir? ¿Está sentando las bases de un Tea Party progresista, como han pedido tantas personas influyentes y como pide la guía de resistencia Indivisible escrita por tres exasesores del Congreso?

Como era de esperar, Sanders no está de acuerdo con esa idea. Pero mucho de lo que está haciendo, amplificado por la red que surgió de su campaña presidencial, Our Revolution (Nuestra Revolución), sigue pasos similares: empieza a nivel local y luego lleva el debate a una postura más radical. Ganar una elección primaria por vez.

“Mi trabajo es aumentar considerablemente la cantidad de gente que participa en el proceso político. Hemos tenido bastante éxito en ese sentido, logramos que cada vez más personas se presenten como candidatos. Me estoy centrando en eso”.

Este es el momento en el que un rayo de luz atraviesa la oscuridad: Sanders está convencido de que la resistencia ya está funcionando. En un vídeo de 14 minutos publicado en Facebook Live inmediatamente después del discurso de Trump ante el Congreso, Sanders llegó incluso a decir que los republicanos estaban a la defensiva.

¿A la defensiva? ¿En serio? Parece una afirmación audaz, dada la oleada diaria de decretos presidenciales y la hoguera de regulaciones que procede de la Casa Blanca. Sanders lo demuestra con Trump y el tan promocionado plan de los republicanos para desechar el Obamacare (la Ley de Protección al Paciente y Cuidado de Salud Asequible): “Bueno, sucedió algo gracioso. Millones de personas se involucraron activamente y dijeron: ‘Disculpe, si quiere mejorar la Ley de Protección al Paciente y Cuidado de Salud Asequible, hagámoslo, pero no va a derogarla sin más y mandar a 20 millones de personas a la calle sin ninguna cobertura médica. Ahora los republicanos han quedado en una situación difícil, están avergonzados, y eso me dice que, en ese aspecto, están a la defensiva”.

Sanders pone otro ejemplo aún más evidente. Durante las últimas semanas, los líderes republicanos que organizan reuniones en sus circunscripciones por todo el país han sido abordados por manifestantes enfurecidos, con pancartas en oposición a la derogación del Obamacare. En algunos casos ha tenido que intervenir la policía. Tras los airados encuentros, los líderes conservadores exigieron más seguridad para esas reuniones.

Para Sanders, el significado es claro: “Cuando los republicanos literalmente tienen miedo de asistir a reuniones públicas, algunos argumentan: ‘¡Ay, Dios mío, tenemos miedo por cuestiones de seguridad!’, siento que es porque saben que los estadounidenses están preparados para luchar”.

Esa es la característica clásica de Bernie Sanders: levantarse y luchar. Y eso nos lleva de nuevo al dilema original: cómo responder a la amenaza autoritaria de Trump. ¿Qué consejo daría Sanders a los jóvenes veinteañeros que tienen miedo y sienten que su país está contra ellos? ¿Qué deberían hacer?

“Esto es lo que deberían hacer”, dice Sanders, encendiendo su llama interior. “Reflexionar profundamente acerca de la historia de este país, entender sin ninguna duda que estos son tiempos muy difíciles y aterradores. Pero también entender que en tiempos de crisis lo que ha pasado una y otra vez es que la gente se ha levantado y ha luchado. Perder la esperanza no es una opción”.

 

 

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© REUTERS/ Stringer

 

Hasta noviembre de 2012 China no tenía ningún portaviones activo. En apenas cuatro años tendrá tres portaviones patrullando los mares y en los años siguientes completará su flota con tres más, a lo que debe sumarse la decena de instalaciones militares en islas y arrecifes del mar del Sur.

De ese modo, China se dispone a sentar su hegemonía militar marítima en una región que es clave para su futuro como nación y como potencia regional y global. Frente a semejante despliegue y, sobre todo, ante la notable capacidad de construcción que demuestra el dragón asiático, la presencia marítima de los Estados Unidos está quedando relegada, aunque las autoridades de ese país se nieguen a reconocerlo.

La evolución de los portaviones chinos es sorprendente por su rapidez. El primero, el Lianoning, fue comprado a Ucrania en 1998 por 20 millones de dólares, un precio de chatarra. La reconstrucción del portaviones se prolongó desde 2003 hasta 2010 y comenzó a operar en 2012. Desde ese momento, la Armada china comenzó a dominar la navegación y la operativa de combate de los aviones embarcados. Sin embargo, aquel viejo portaviones soviético del tipo del Almirante Kuznetsov sirvió a la Marina como banco de pruebas para los desarrollos posteriores.

El segundo portaviones, que será botado este año, superará al Lianoing (55.000 toneladas), ya que tendrá un desplazamiento de 70.000 toneladas y un diseño similar al soviético con rampa de despegue. Pero el tercero, que está siendo construido en los astilleros de Dalian, como los anteriores, los superará con 85.000 toneladas, usará catapultas de vapor y no tendrá rampa de despegue, con lo que su diseño será similar al de los portaviones estadounidenses.

Los medios occidentales acusan a China de expansionismo militar, por la modernización y ampliación de su flota (que en 2020 superará a la de Estados Unidos) y por la construcción de instalaciones en las islas capaces de albergar misiles de largo alcance. Sn embargo, hay varias razones que permiten asegurar que el dispositivo chino en el mar del Sur es apenas defensivo.

La primera es una sencilla revisión de su historia en relación con las potencias occidentales. China fue invadida en las dos guerras el opio (1839-1842 y 1856-1860), en las que los imperios británico y francés le impusieron 'tratados desiguales', forzaron la apertura de varios puertos al comercio y se anexaron Hong Kong. Desde 1931, la invasión japonesa, que sólo finalizó con la derrota nipona en 1945, se cobró la vida de 35 millones de chinos.

La segunda cuestión se relaciona con el papel estratégico de los estrechos y las islas del mar del Sur, por donde pasa el 30% del comercio mundial, la mitad del tráfico de contenedores y la mayor parte del comercio chino, en particular los hidrocarburos. Como explicó Armando Azúa, especialista del departamento de historia de la Universidad Iberoamericana, "en el siglo XIX los países se peleaban por el control del estrecho de Gibraltar o del canal de Suez, hoy en día es el paso de Malaca y del mar del Sur de China".

Por eso, añade, "si China quiere controlar el comercio mundial tiene que controlar el mar del Sur de China". Para revertir el ascenso de la potencia asiática, los estrategas del Pentágono diseñaron el pivote hacia Asia, con el objetivo de estrangular su comercio.

La tercerea cuestión es que el gigante asiático no está haciendo nada que los demás países no hayan hecho antes en el mar del Sur. El periodista Rafael Poch recuerda que "cuando se habla del expansionismo militar chino en las disputadas islas de ese mar, hay que empezar diciendo que Pekín no está haciendo nada que no hayan hecho antes los otros. De las 12 islas Spartly, Filipinas y Vietnam controlan cinco cada uno. Taiwan y Malasia, una isla cada uno. Todos han construido allá aeropuertos y mantienen presencia militar. China llegó tarde y cuando se parapeta allí en arrecifes coralíferos, con vigor y potencia, se arma escándalo".

Es cierto, como apunta el periodista de La Vanguardia, que los dos primeros portaviones chinos tienen menor capacidad de cargar aviones que los estadounidenses (20 cazas el Liaoning frente a 50 los de clase Nimitz), ni tanto armamento y combustible, y que no son de propulsión nuclear, como los 10 que posee el Pentágono que tienen, por eso, mayor radio de acción.

En gran medida, esas desventajas se compensan con la cercanía de los puertos chinos y, sobre todo, con la construcción de instalaciones militares en las islas y arrecifes. La combinación de tres portaviones (que serán seis en poco más de una década) con las instalaciones mencionadas, busca impedir a cualquier potencia el acceso a los mares chinos.

Pero la cuestión central es que ya la Armada de EEUU no tiene la capacidad de establecer su autoridad y control en todos los rincones del planeta, aunque poseerá en breve 11 portaviones y sus correspondientes escuadras. El analista Grant Newsham, del medio Asia Times, describe la impotencia del Pentágono con una cruel ironía.

Compara el reciente envío del portaviones nuclear USS Carl Vinson a las aguas del mar del Sur de China con el patrullaje que la policía de New York ejercía en la zona de Times Square cuando era un feudo de criminales y de actividades ilegales. "La policía envía sus patrulleros a Times Square y los delincuentes se separan, para volver a sus travesuras ilegales una vez que los coches se han ido".

Algo similar sucede cuando las autoridades estadounidenses dicen que "vamos a cualquier parte y en cualquier momento que queramos del mar del Sur de China". Lo que en realidad está sucediendo es que el Pentágono envía sus naves, que pasan por los mares del sur de Asia y siguen de largo porque, como señala Newsham, ahora China "tiene el control de facto del mar del Sur".

El diario Global Times le recuerda al Pentágono que "el mar del Sur de China no es el Caribe", y que, por lo tanto, "no es un lugar para que EEUU se comporte imprudentemente". El mensaje es muy claro: China no se amedrenta por los movimientos marítimos del Pentágono y avisa que, si lo intenta, no obtendrá buenos resultados.

 

 

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Foto: Andrés Cuenca

 

A menos de una semana antes del Día Internacional de la Mujer hace un año, militares hondureños entrenados por el Pentágono irrumpieron en su casa y asesinaron a Berta Cáceres. Feminista, ecologista y antiimperialista, organizadora carismática y opositora firme de los megaproyectos que robaron y envenenaron la tierra de los pueblos indígenas, Berta fue el epítome de todo lo que los secuaces del capitalismo detestaron y temieron.

Berta Cáceres fue pionera en una nueva generación de mujeres líderes en América Latina. Éstas nuevas líderes viven la “interseccionalidad” entre clase, raza y género no como líneas que se entrecruzan, sino en cada respiración que toman. El liderazgo de Berta fue reconocido en todo el mundo por cómo enfatizó las luchas unificadoras. Transmitió a sus hijas e hijo y a los miembros de su organización COPINH su cosmovisión indígena Lenca y la convicción de que la Madre Tierra debe ser protegida, su análisis anticapitalista y antiimperialista que proporciona un marco para entender los ataques a su tierra y su pueblo vinculándolos al contexto nacional y global, y su firme creencia en la necesidad de la solidaridad internacional para enfrentar un sistema global. Insistió en que el activismo medioambiental significa enfrentar las fuerzas patriarcales que destruyen el planeta, y que la defensa del territorio es la defensa de los derechos de las mujeres porque el patriarcado reclama los cuerpos de la mujer como su territorio.

Esta manera de ver al feminismo como una parte integral de la batalla por la supervivencia –como persona, como especie, como mujer- ha dado nueva vida al feminismo en un momento en que la segunda ola del feminismo—mayoritariamente mujeres blancas, de clase media-alta– parece haberse estrellado contra los bajíos del neoliberalismo. Estas batallas lideradas por mujeres, no sólo en América Latina, sino en todo el sur global, proporcionan la vitalidad, diversidad y relevancia que el feminismo necesita para tomar un lugar permanente y prominente en cada movimiento por la libertad en la tierra.

Lolita Chávez Ixcaquic, líder Maya K’iche’ en Guatemala, se refiere a “otros feminismos que surgen de las mujeres de los pueblos indígenas”. “Hemos hablado de la autonomía de nuestros pueblos”, dice, “y también de la autonomía dentro de la autonomía. Porque en mi comunidad hay un patriarcado, y a veces es peor que otras barreras porque es muy íntimo”.

Estar en primera línea en las batallas anticapitalistas para defender la tierra y los derechos, catapulta a las mujeres de toda la región hacia el liderazgo y forja nuevas definiciones. Esta transformación en las propias mujeres y en el papel y la práctica del feminismo es clave para el futuro y es conscientemente ignorada por el feminismo liberal.

 

Las mujeres y sus movimientos

 

No hay una sola manera de caracterizar a los nuevos feminismos en América Latina, pero la mayoría empieza con dos elementos básicos: las víctimas que se niegan a ser víctimas, y la defensa del valor de la vida. Eso suena simple, pero es el desafío más fundamental y radical al sistema hoy en día, y es tan peligroso que ha llevado a asesinatos y ataques constantes a mujeres líderes. Las mujeres indígenas están en el centro porque sufren la triple discriminación de ser pobres, indígenas y mujeres, pero también porque los profundos valores indígenas de conexión confrontan al individualismo y a la cultura de consumo que han absorbido gran parte del feminismo estadounidense y europeo.

Esas conexiones alimentan la organización de las mujeres mayas. “Tenemos la fuerza de muchos principios, entre ellos la reciprocidad -tú eres yo y yo soy tú. Eso nos fortalece como mujeres y la conexión con la vida y la red de la que todos somos parte”, dijo Lolita en una entrevista con Just Associates. “Como parte de esa red, tenemos que tener territorios libres de corporaciones y libres de violencia contra las mujeres, para que podamos avanzar hacia el pleno significado de la vida”.

La lideresa garífuna Miriam Miranda señala que el énfasis en la comunidad significa que ningún aspecto puede ser temporalmente archivado o ignorado. “Todos los movimientos organizados – campesinos, trabajadores, pueblos indígenas, LGTB – tienen que incorporar elementos que tienen que ver con la reivindicación de la comunidad, la comunalidad. Especialmente la lucha anti-patriarcal, pero también la organización antirracista, porque es inútil luchar por un sistema anti-patriarcal si todavía tenemos actos racistas y discriminatorios contra personas que no son como nosotros”. Como feminista indígena negra, ella y su organización en la costa atlántica de Honduras colectivamente asume todo a la vez, todos los días.

Por defender la vida en un sistema que mata, se han generado nuevos movimientos dirigidos por mujeres nunca imaginados hace apenas una década. En México, miles de mujeres se organizan para buscar a sus hijas e hijos y otros seres queridos desaparecidos en la desastrosa “guerra contra las drogas”. En grupos locales en todo el país, las mujeres, y en menor grado los hombres, se reunen; comenzaron pasando innumerables horas en oficinas gubernamentales para presionar a los funcionarios para que realizaran investigaciones serias, enjuiciamientos y proporcionaran información sobre sus casos, usualmente sin resultados. Ahora las demandas al gobierno continúan, pero muchas personas han salido de las oficinas para ir a los campos con palos y palas para hacer la búsqueda ellas mismas. Están construyendo alianzas como base para la acción autónoma. Del dolor de perder a un hijo, han aprendido a defender los derechos, presentar quejas formales, hablar en público y dirigir movimientos. Muchas podrían no llamarse a sí mismas feministas, pero reconocen cambios reales en sus roles.

“Después de considerarme una ama de casa, porque eso es lo que era anteriormente, puedo decir que a partir del 28 de agosto de 2008 me desubicaron totalmente porque fue un cambio de vida drástico”, dijo María Herrera, líder de la organización nacional de familiares desaparecidos en una entrevista reciente y refiriendo a la fecha en que desaparecieron dos de sus hijos.

“Te cambia la vida totalmente y no sabemos ni qué hacer ni cómo hacerlo. Afortunadamente, estos cambios que han surgido intempestivamente también nos han dado a entender que como personas, como mujeres, no nos debemos dejar vencer... el dolor que estoy sufriendo, y no nada más yo, sino las miles de mujeres, madres de familia, esposas, hijas, estamos sufriendo una tragedia, no sé ya ni cómo llamarla, y esto, muy lejos de asustarnos, nos da valor, fuerzas, para luchar y salir adelante”. María Herrera se ha convertido en una crítica internacionalmente conocida de la guerra contra las drogas y del gobierno mexicano, incorporando a miles de personas a un movimiento de profundo cambio social. Las mujeres han asumido todos los casos de los desaparecidos como propios y han arriesgado sus vidas contra el crimen organizado y los funcionarios corruptos del gobierno.

Las madres centroamericanas que cada año viajan por México en busca de sus hijos migrantes desaparecidos pasan por la misma transformación–de la esfera privada a la esfera pública, de la pena individual a la indignación y la acción compartidas. Cuando pregunté por qué las mujeres son más propensas que los hombres a organizarse, una fundadora de uno de los grupos respondió que una madre arriesgará su propia vida para encontrar un hijo o una hija y nunca renunciará a la esperanza. Los padres sienten que han fallado en su papel de proteger y tienden a retirarse de la lucha para proteger a los que aún permanecen con ellos. Así, los papeles patriarcales tradicionales empujan a las mujeres a salir de esos mismos papeles -no es la primera vez en la historia del feminismo que hemos visto esa paradoja-.

En toda la región, millones de mujeres de todo el mundo participaron en la huelga de mujeres del 8 de marzo de 2017 contra la violencia machista, ya sea negándose a trabajar, a comprar, a tener relaciones sexuales, o a asistir a la escuela, o asistiendo a manifestaciones. La idea de la movilización global comenzó en Argentina con la movilización “Ni Una Menos” tras la brutal violación y asesinato de una joven, y con las manifestaciones “Ni Una Más” en contra de los feminicidios en México. Las mujeres jóvenes indignadas por la falta de seguridad y la agresión sexista en sus sociedades se manifestaron en eventos que pasaron por alto las organizaciones feministas tradicionales y marcaron una nueva generación de activismo feminista.

Las argentinas marcharon este 8 de marzo bajo el eslogan de “No Estamos Todas”. El comunicado dice: “Nos faltan las presas políticas, las perseguidas, las asesinadas en territorio latinoamericano por defender la tierra y sus recursos. Nos faltan las mujeres encarceladas por delitos menores que criminalizan formas de supervivencia, mientras los crímenes de las corporaciones y el narcotráfico quedan impunes porque benefician al capital. Nos faltan las muertas y las presas por abortos inseguros. Nos faltan las desaparecidas”.

Esto no es sólo una mera lista de víctimas; es la nueva constelación de temas feministas.

 
Feminismo perdido, feminismo ganado

 

Poco después de la elección de Trump, el New York Times publicó un editorial titulado: “El feminismo perdió: ¿ahora qué?”. El artículo argumentaba que cuando la campaña de Hillary Clinton cayó en llamas significó una gran derrota para el feminismo -la destrucción del sueño de inaugurar a la primera presidenta de la nación y romper el techo de cristal. No sólo eso, el antifeminismo en su expresión más grosera y descarada en décadas había ganado, ayudado en gran medida por el voto de mujeres blancas.

Ha habido una serie de reflexiones, más allá de los post-mortem post-electorales, sobre lo que salió mal, pero la verdadera pregunta es: ¿de qué feminismo están hablando?

Hillary Clinton popularizó la frase “Los derechos de la mujer son derechos humanos”, introduciendo un cambio de paradigma que buscó insertar a los asuntos de las mujeres en la agenda del establishment. Allí está el problema. Los feminismos latinoamericanos están muy claros de que nunca llegarán a donde quieren ir, al simplemente dar al sistema actual una patina de género.

Clinton promovía el militarismo patriarcal, la intervención estafounidense y el privilegio corporativo que sostienen el mismo sistema que otros feminismos están decididos a derrotar. En su autobiografía, escribió abiertamente sobre las maniobras con la secretaria de Relaciones Exteriores de México, Patricia Espinosa, para mantener al régimen golpista hondureño. Mientras trabajaba tras bambalinas para institucionalizar el golpe de Estado sin restituir al presidente electo, Mel Zelaya, las “Feministas de Resistencia” hondureñas marchaban diariamente en las calles como un pilar del movimiento pro-democracia. Cáceres citó la declaración de Clinton a menudo para mostrar el papel central del gobierno de Estados Unidos en perpetuar el golpe de Estado en Honduras. Más tarde ella misma se convirtió en una víctima del legado del golpe.

El editorial del New York Times concluye: “El desafío para el movimiento de mujeres es persuadir a más del electorado de que el feminismo no es un mero lujo para los y las privilegiados o la provincia sólo de los liberales”. Hasta el fraseo es condescendiente. No se trata de persuadir a la gente a votar feminista. Ya es hora de examinar los conceptos implícitos sobre quién hace la persuasión y quién es el potencial persuadido.

Para que el feminismo se convierta en el movimiento de emancipación que pretendía ser, los roles tienen que ser revertidos. Ya no se trata de consciousness-raising (hacer conciencia) nada más, como si el velo debiera ser despojado de los ojos de aquellos que no ven las cosas tal como las vemos nosotras. Se trata de crear espacios de diálogo sin imposiciones, que reconozcan diferencias de clase y de otro tipo y permitan que surjan nuevos entendimientos y nuevos modelos. Eso no significa acomodar o justificar el virulento sexismo y el racismo que se hicieron aceptables en el discurso político de Estados Unidos con esta elección, sino que significa forjar nuevos caminos que provean una salida que no esté basada en el odio y la división o el privilegio y la represión.

Se trata de dar la delantera a los nuevos feminismos que se están desarrollando a partir de la oposición directa al sistema global de las mujeres cuyas vidas mismas son un testimonio de cómo las opresiones encajan y la resistencia es la emancipación. El mal golpe del feminismo estadounidense existe porque un feminismo falso se ha instalado cómodamente dentro del sistema y busca detener los nuevos feminismos que desafían sus privilegios.

El feminismo nunca derrotará el triunfo del avivamiento patriarcal en los Estados Unidos o el resurgimiento en el resto del mundo a menos que abrace su naturaleza como profundamente anti-sistémica. A medida que el sistema se vuelve más letal y alienante, la defensa de la vida y la oposición a la impunidad de las mujeres representan un reto radical. Si los nuevos feminismos se llaman “feministas” o no, sus acciones anti-sistémicas confrontan directamente a la violencia patriarcal institucionalizada en el Estado y expresada en la sociedad en todos los niveles, desde los hogares, hasta las calles y las legislaturas. Las feministas de todas partes deberíamos unirnos a estos desafíos.

 

 

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Foto: Francisco Kovacik

 

Se define de izquierda sin renegar de su pasado en el Partido Comunista pro chino, valora la obra de Evo Morales y Lula, critica al kirchnerismo y considera pobre al macrismo. En diálogo con Brecha, la ensayista argentina Beatriz Sarlo analiza el fenómeno de los empresarios políticos y rescata a la nueva izquierda intelectual europea.

 

 

—¿Qué debiéramos entender por progresismo hoy?

—Es un concepto que está en crisis, y creo que los llamados “progresismos latinoamericanos” pusieron en crisis el concepto de progresismo. Porque tendríamos que discutir largamente si la suma de un conjunto de políticas contradictorias produce progresismo como si fuera una suma algebraica. Uno podría decir que Hugo Chávez es inocente de Nicolás Maduro, pero yo no acepto eso. Si bien Chávez era una figura continental con grandes cualidades interesantes, no se puede olvidar que él construyó esa sucesión por su personalismo, y porque fue insensible al aspecto democrático de un gobierno progresista. Chávez fue el castrista de los castristas en América Latina.

—Entonces habría que introducir el concepto de caudillismo para entender esa forma del progresismo.

—No todo lo cubre el populismo. Chávez encontró en Cuba lo que él pensó que solucionaba o que enfrentaba de una manera decisiva el poder del imperialismo yanqui en América Latina. Eso en primer lugar es una equivocación. Porque Cuba si bien supo defender heroicamente su territorio en la década de 1960, no es un modelo de independencia política frente al imperialismo. Sobre todo por todo lo que se entrega por el camino. Más allá de esto hubo casos muy interesantes en América Latina de nuevas formas de progresismo o cultural-progresismo.

—¿Por ejemplo?

—Evo Morales. Es un caso muy interesante. Por más que se hayan detectado fisuras en los últimos años, Evo fue el primero que le dio al plurietnicismo, a la pluralidad étnica de Bolivia, una representación política e institucional. Y en algunos momentos de su presidencia supo aceptar derrotas que venían de esa pluralidad. Cuando quiso hacer la carretera que atravesaba la Amazonia boliviana le exigieron un plebiscito, perdió el plebiscito y no hizo la carretera. Eso tuvo que ver con su propia construcción política en la reforma de la Constitución, al incorporar el referéndum y plebiscitos a la propia Constitución. Y respetar el resultado. No hacerlos cuando simplemente se tiene la certeza de que se va a ganar, sino cuando el resultado no está asegurado según la voluntad de los gobernantes. Creo que Evo es un gobernante interesante. Dejo de lado a Uruguay y a Chile, que son países muy institucionales desde la perspectiva latinoamericana y que tuvieron sus gobiernos progresistas con presidentes de rasgos altamente populistas, como Pepe Mujica, y rasgos altamente liberales, como Tabaré Vázquez, pero que supieron manejar sus transiciones democráticas de una manera muy organizada, algo que tiene que ver con tradiciones políticas chilenas y uruguayas que no se dan en otros países de América Latina. No digo que ambos se parezcan, pero tienen una cierta estabilidad institucional, y su respeto por los pactos el resto de América Latina lo considera como una particularidad.

—¿Sólo Evo Morales es un ejemplo de estos últimos años?

—Y el primer gobierno de Lula en Brasil. El camino que hizo Lula es ejemplar. Fundó un partido hace 30 años, cuando era dirigente gremial en San Pablo, y se rodeó de los mejores intelectuales de Brasil. Más tarde ese partido va a tener todos los problemas y vicios de la política brasileña, pero lo fundó. Lula en ese momento quería institucionalizar un partido progresista que superara al conjunto de los partidos estaduales que hacían los pactos en el mundo político brasileño, y lo logró. Y además es inédito en América Latina que un dirigente sindical consiga rodearse de los mejores intelectuales para hacer eso. No se puede comparar con ningún caso latinoamericano. Después en su presidencia pudo haber tomado los rasgos de la época, que era una especie de triunfalismo sudamericanista que hoy se demuestra que no tenía base. Por eso digo que no son comparables.

—Estas experiencias progresistas también son criticadas desde la izquierda tradicional. ¿Qué rol le cabe a esa izquierda crítica?

—Es importante que existan estos grupos, en general de origen trotskista, fuertemente anticapitalistas, porque dan testimonio de la desigualdad radical en las sociedades capitalistas. Hay algo que no parecen aceptar, y es que no hay socialismo en el mundo. No digo que no lo habrá. En 1989 se cayó el muro de Berlín, pero ya antes sabíamos que la Unión Soviética no era socialista. Los trotskistas lo sabían perfectamente. La República Popular China era una república autoritaria. Todos los que estuvimos cerca de la República Popular China como militantes podemos recordar las hambrunas y las muertes. Está muy bien que existan grupos inevitablemente minoritarios que recuerden que el capitalismo es un régimen de enormes desigualdades. Pero hoy no parece haber posibilidad de una alternativa. Estamos en una situación donde lo que se ha impuesto en el mundo son distintas formas de explotación capitalista. Esto, a quienes somos de izquierda, no nos causa alegría, pero tenemos que reconocerlo para hacer política. Esas formas de explotación son siempre desiguales y muchas veces corruptas.

—¿Y sobre esa realidad, cómo trabaja una intelectual de izquierda, como se acaba de definir usted?

—No hay posibilidad hoy de revertir esa situación. No hay masas insubordinadas que puedan avanzar sobre las ciudadelas y las fortalezas del poder capitalista. Esta fue una discusión larga dentro del marxismo. Fue la discusión que dio origen a la socialdemocracia en la Segunda Internacional, en el siglo XIX. Ahí hubo dirigentes marxistas que pensaron que no estaban dadas las condiciones sino para una democracia representativa que se trataría de llevar lo más adelante posible. No es la primera vez que esto sucede. Contra las previsiones del marxismo, la revolución se produjo entonces en una zona marginal y atrasada del capitalismo, como era Rusia. El marxismo veía la revolución antes en Alemania o en algún lugar similar. O sea que uno tampoco puede decir que las previsiones del marxismo se han cumplido al pie de la letra.

—Frente a ese retroceso de la izquierda también aparece en retroceso globalmente la idea de militancia tradicional, y surge lo mediático primero y la “cibermilitancia” hoy. ¿Cuál es su mirada sobre este fenómeno, teniendo en cuenta su libro clásico Escenas de la vida posmoderna?

—En los años en que aparece en Argentina el Frepaso, a comienzo de los noventa, no había cibermilitancia. Ese fenómeno lo conozco bien. El Frepaso de Chacho Álvarez y Graciela Fernández Meijide aprovechaba, con esos dos grandes dirigentes muy bien entrenados para los medios de comunicación audiovisuales, esas posibilidades de difusión. Era un partido con elementos populistas y progresistas muy fuertes, y con un gran peso de los intelectuales y las ideas. No es tanto si las redes sociales remplazan a la televisión o la televisión remplaza a las redes sociales. Sino, y esto lo conozco por experiencia propia, el peso que las ideas tenían sobre los dirigentes. Eso desapareció. Y sobre eso es importante reflexionar.

—¿Podríamos ponerle fecha a ese vaciamiento de ideas en la política?

—No hay un momento, porque cada partido tiene su propia historia. En Argentina uno podría decir que en el radicalismo, que hizo un gobierno desastroso y cayó junto con el Frepaso, las ideas fueron importantes. Ricardo Alfonsín le daba una importancia enorme a las ideas, pero Carlos Menem no. El Frepaso no es el primer partido en el cual hay una fuerte inclinación a pensar la política en términos de horizonte de transformación utópica, digamos.

—¿Pero sí pudo haber sido el último?

—Puede haber sido el último junto con la Unión Cívica Radical. De hecho lo es. Hoy la Ucr ya no es un partido. Ha entregado todo lo que le quedaba, que era su fuerte capacidad territorial. El radicalismo entregó todo eso al Pro de Mauricio Macri y hoy ya es un partido despedazado, desguazado.

Del Frepaso, después de la renuncia de Chacho Álvarez a la vicepresidencia de la república, quedó muy poco. No era un partido de grandes estructuras sino con dirigentes muy movilizados. No es que lo cooptó el kirchnerismo. Los que venían de una matriz peronista volvieron. Y volvieron a un kirchnerismo que era un peronismo que renovaba promesas de 1973. Todo falsamente adornado en una especie de Carnaval ideológico.

—¿Se podía creer en otra cosa cuando asumió Néstor Kirchner?

—¿Por qué no se podía creer en otra cosa? O por lo menos, ¿por qué había que creer en eso? Sobre todo estoy pensando en los intelectuales, dado que muchos de los que se pasaron al kirchnerismo tienen rasgos intelectuales. ¿Por qué no? Cuando yo fui a cubrir para Página 12 la entrada de Kirchner en la Esma, en 2004, y él dijo: “Vengo acá porque el Estado nacional no hizo nunca nada por los desaparecidos”, yo me dije, pero este hombre miente y se miente al mismo tiempo, dado que tenía una enorme convicción en lo que estaba diciendo. Después, a la tarde, tuvo que llamar a Alfonsín para disculparse. La modalidad del kirchnerismo de rearmar la historia pasada, presente y futura ya estaba en ese discurso. Por otra parte hay que ver que en el kirchnerismo confluyó no solamente una juventud militante, que podría ser La Cámpora, sino también gente de entre 50 y 65 años, que dijo: “Yo perdí en 1973, me mataron a mis amigos, fui derrotado, agarro esto”.

¿Cómo explica que el kirchnerismo enamorara a gente de la izquierda de los años sesenta, si fue una gran mentira?

—Es que no fue sólo una gran mentira. Esa historia tiene que escribirse de nuevo. Los planes sociales con los cuales se salió de la crisis de 2001 estaban todos en marcha cuando subió Kirchner, y los había puesto en marcha Eduardo Duhalde, que para mí es la gran biografía política argentina de comienzos del siglo. La base fueron esos planes, la gestión del ministro Roberto Lavagna, las “manzaneras” (tomadas del ejemplo cubano de trabajo de mujeres en los barrios) y el Fondo de Recuperación que le exigió Duhalde a Menem para llegar primero a la gobernación de Buenos Aires. Sin eso nada hubiera sido posible para contener la pobreza del Gran Buenos Aires.

—Eso es lo que los grandes medios llaman “el relato”. ¿Pero cada gobierno no tiene su relato, el macrismo no tiene su propio relato?

—En el macrismo el relato es pobre porque no cree en esas trasmisiones. Es pobre el relato porque el macrismo es pobre ideológicamente. El Pro es el primer partido de gobierno que le habla a la gente sin tradición política. Los partidos hasta la era Pro se formaban en lo que los latinos llamaban el cursus honorum: uno entraba al partido, militaba en el barrio o en la universidad, según cada dirigente. Esta es gente que viene de otro lado. Su cursus honorum lo hizo en las empresas. Es de una novedad enorme.

—¿Hay ejemplos en otros lugares del mundo? Pienso en Donald Trump en Estados Unidos, el empresario Pedro Kuczynski en Perú o en Guillermo Lasso en Ecuador...

—Sin duda que hay ejemplos en otros países del mundo. Trump es un caso más glamuroso porque entró directamente a la presidencia del país más importante del mundo. La que creo que es la política líder del mundo europeo, Angela Merkel, si uno lee su biografía ve que cumplió todos los pasos que dan los políticos. A los 16 años se afilió al derechista partido Social Cristiano y dio todos los pasos en ese partido. En España, Francia y Gran Bretaña los partidos todavía funcionan. Quizá el primer adelantado de todo esto sea Silvio Berlusconi, que viene de la televisión y del fútbol.

—¿Cómo se para un intelectual de izquierda en este mundo?

—Un intelectual de izquierda, si quiere seguir considerándose un intelectual progresista que haga honor a una tradición que comenzó en el siglo XIX y que es la única que yo conservo verdaderamente del marxismo, debe ser autocrítico. El principio es la autocrítica. Si no, no hay posibilidad de repensar nuestra tradición.

—¿Hay alguna izquierda en el mundo que haya hecho esa autocrítica?

—Hubo una izquierda británica, donde estaban Raymond Williams y Terry Eagleton, que no cometió la misma cantidad de errores que tuvieron la izquierda continental europea y la latinoamericana. Mantuvo algunos lazos con el Partido Laborista y pudo repensar algunas tradiciones. También hay gente que piensa la política de una manera renovada, más allá de que venga de la izquierda o no. Pero en el camino que abre Claude Lefort uno tiene gente como Pierre Rosanvallon, que piensa la política de una manera diferente. Los que venimos de antes, aunque hoy pensemos como Rosanvallon o como Lefort, no tenemos que olvidar nuestros errores.

 

 

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Los directores de AI en Venezuela, Marcos Gómez, y en Argentina, Mariela Belski, y la directora de Promoción de DDHH, Paola García, presentan el informe en Buenos Aires.

 

Gobernantes que justifican sus políticas de seguridad con ataques a inmigrantes y refugiados han convertido a este mundo en un lugar más peligroso. Y América Latina no ha salido indemne, sobre todo porque desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca su “retórica del odio” ha calado en gobiernos como Argentina, donde un decreto presidencial endureció las políticas de acogida. Ese ha sido el resumen de la situación regional de los Derechos Humanos en 2016 elaborado por Amnistía Internacional (AI), un texto de 477 páginas que la organización presentó en Buenos Aires con información de 159 países.

“2016 muestra en América Latina un gran retroceso en Derechos Humanos. Fue la región más desigual y violenta del mundo y lo más grave es que la sociedad no reacciona”, dijo Mariela Belski, directora de AI Argentina. La presentación tuvo un capítulo especial para Venezuela. El director de AI en ese país, Marcos Gómez, destacó “algunas señales positivas”, como la liberación de un preso de conciencia y sentencias relacionadas con las muertes registradas en las manifestaciones de 2014, pero denunció que el gobierno de Nicolás Maduro promueve aún “la detención arbitraria” de opositores y el uso de tribunales militares contra civiles. Con todo, “el gran problema de la gente común en Venezuela es la crisis económica, que es real”, sentenció Gómez.

Amnistía Internacional registró en 2016 un viraje hacia políticas cada vez más duras contra los inmigrantes y los refugiados. Y Trump vaticina que este año no será mejor. “La retórica del odio en boca de líderes internacionales genera esta idea de ellos contra nosotros. Y esto que está sucediendo en Estados Unidos está teniendo correlatos en el mundo y, paradójicamente, en Argentina como primer país.

A dos días de la asunción de Trump, Macri cambió una ley migratoria, que tuvo 10 años de debate, con un decreto de necesidad y urgencia, urgencia que no hay”, dijo Belsky. El 30 de enero pasado, el presidente argentino facilitó y aceleró los procesos de deportación de extranjeros que hayan cometido delitos. La norma mereció el rechazo de países como Bolivia, origen de1,5 millones de inmigrantes en Argentina, al punto que el presidente Evo Morales envió una delegación oficial para conocer de primera mano los alcances de la norma. AI también criticó lo que consideró un “doble discurso” del gobierno argentino en un tema tan sensible como la inmigración. “Cuando Macri saca el decreto [la canciller Susana] Malcorra asumía ante la CELAC un compromiso de migración abierta. Hay diálogos paralelos. Afuera Argentina se muestra mucho más comprometido y progresista que hacia adentro”, dijo Balsky.

El informe dedicó también una atención particular a Venezuela, donde “el Gobierno puso en peligro la vida y lo derechos humanos de millones de personas al negar la existencia de una grave crisis humanitaria y económica y al rechazar pedir ayuda internacional”. “El problema es que no hay transparencia, no hay estadísticas ni datos precisos. Este año habrá una inflación de 800%, hay escases de insulina y otros medicamentos básicos y una caída real del salario. Las medidas oficiales son retóricas e incentivan las discriminación”, dijo Gómez. El representante de AI en Venezuela reconoció “señales positivas”, como la liberación de presos políticos y condenas a responsables de violaciones a los derechos humanos. Pero recordó que hay problemas estructurales que no se resuelven. Puso como ejemplo los casos del opositor Leopoldo López, condenado a 13 años y 9 meses de prisión, y del abogado argentino Marcelo Crovato, “arrestado en 2014 cuando trataba de defender a un vecino mientras estaba siendo allanado”. “Crovato está ahora peso en su casa, pero en prisión intentó suicidarse”, dijo Gómez.

El apartado dedicado a México describe un “aumento notable de la violencia” ene se país “Las autoridades registraron 36.056 homicidios hasta el final de noviembre, la cifra más elevada desde el inicio del mandato del presidente Peña Nieto en 2012 y 3.000 más que en 2015”. En ese contexto, Amnistía denunció que “se sigue empleando personal militar en operaciones de seguridad pública, y la violencia en el país continuaba siendo generalizada”. Además “siguen recibiéndose informes de tortura y otros malos tratos, desapariciones forzadas, ejecuciones extrajudiciales y detenciones arbitrarias”.

En Brasil, AI describió un escenario de excesos policiales, sobre todo contra “las personas jóvenes y los varones negros de las favelas y los barrios marginales. También se intensificaron las violaciones de derechos humanos y la discriminación contra las personas refugiadas, solicitantes de asilo y migrantes”. La ONG fue especialmente dura con las políticas de control social aplicadas en Río de Janeiro durante los Juegos Olímpicos. “El número de personas muertas a manos de la policía en esa ciudad durante el periodo inmediatamente anterior a los juegos, entre abril y junio, aumentó un 103% en relación con el mismo periodo de 2015”, escribieron los relatores de AI en Brasil.

El acuerdo de paz con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) fue considerado por AI como uno de los dos hechos más relevantes de 2016 en materia de Derechos Humanos, junto con el viaje a Cuba del expresidente de Estados Unidos, Barack Obama. Advirtió, sin embargo, que en Colombia “persistían las dudas sobre si el acuerdo garantizaría que todas las personas sospechosas de ser penalmente responsables de crímenes de lesa humanidad y crímenes de guerra rindieran cuentas con arreglo al derecho internacional”.

 

 

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