“El cambio climático es el síntoma pero la enfermedad es el capitalismo”

 

Profesor de Filosofía moral en la Universidad Autónoma de Madrid, traductor, poeta, ensayista y miembro de Ecologistas en Acción, Jorge Riechmann (Madrid, 1962) desgrana un buen puñado de reflexiones incómodas sobre un modelo de vida que dirige a la humanidad hacia el despeñadero. En su libro Autoconstrucción cataloga el siglo XXI como “la era de la gran prueba” porque, según dice, “somos la primera generación que entiende perfectamente lo que está pasando con el clima y posiblemente seremos la última que pueda evitar la catástrofe hacia la que nos dirigimos”. Lo suelta a bocajarro, como un puñetazo entre los ojos. Consciente de que el pesimismo en estos tiempos de oscuridad tiene cada vez menos adeptos, Riechmann censura sin ambages la mercadotecnia del “buenismo” de la que hace gala el sistema convocando grandes cumbres climáticas en las que a muchos se les llena la boca con compromisos medioambientales y “energías verdes” pero luego estigmatizan a los movimientos ecologistas como ingenuos apestados. La realidad que dibuja es desoladora. Todo está en contra del planeta pero, frente a eso, no cabe la resignación. “Aún podemos actuar contra este modelo de producción salvaje porque no está sujeto a ninguna ley física, como lo está la naturaleza, que impida cambiarlo”. Es el mínimo espacio que este investigador apasionado deja abierto a la esperanza.

 

¿Tiene solución el planeta?

Pienso que sí. Lo que no tiene sentido es intentar salvarlo interviniendo sobre el consumo y dejando intacta la voraz cultura productiva. Ambas variables caminan de la mano aunque no valga sólo con esto. Por nuestro comportamiento depredador con los recursos naturales y la biosfera habría que hablar también del extractivismo y, a mi modo de ver, también del exterminismo, una noción acuñada por el historiador británico E. P. Thompson para explicar la estructura del mundo a finales del siglo pasado, cuando las dos superpotencias nucleares enfrentadas amenazaban con aniquilar cualquier rastro de vida en el planeta.

 

La medida referencial del éxito de un sistema es el PIB. Si crece significa que las cosas van bien y hay esperanza de una vida mejor.

Es la locura típica de una cultura denegadora como la nuestra. Digo denegar porque va más allá de ignorar lo que pasa y es no ver lo que tenemos delante de los ojos. Significa que no nos hacemos cargo de las consecuencias de seguir chocando contra los límites biofísicos de manera violenta. Nos hacen creer que vivimos en una especie de Tierra plana en la que podemos avanzar de manera infinita porque los recursos naturales son inagotables y la capacidad de absorción de la contaminación es ilimitada. Esto es una fantasía porque las leyes de la naturaleza, de la física, de la dinámica de los seres vivos nunca podremos cambiarlas, por grandes que sean nuestras ilusiones al respecto.

 

Pero las grandes cumbres climáticas aseguran haber empezado medidas drásticas para evitar el apocalipsis. ¿Qué credibilidad concede a sus decisiones?

El calentamiento global, siendo una realidad devastadora, es sólo la manifestación de otras dinámicas que deberíamos atajar si queremos evitar el apocalipsis climático hacia el que nos dirigimos. Nuestro principal problema ambiental es la extralimitación ecológica, el choque de las sociedades industriales contra los límites biofísicos de la Tierra. Si utilizamos la herramienta de la huella ecológica como indicador del impacto ambiental generado por la demanda humana podemos observar que, en la actualidad, consumimos los recursos inexistentes de 1,5 planetas Tierra. Y eso a pesar de las carencias y desigualdades que asolan a buena parte de la humanidad. Dicho de una forma más didáctica: si quisiéramos generalizar al resto del mundo el modo de vida de los españoles necesitaríamos tener 3 planetas como la Tierra a nuestra entera disposición. Y si quisiéramos generalizar el de EEUU, que muchas veces ponemos como ejemplo de éxito, necesitaríamos 6. Es una locura que emana de esa construcción económica de tierra plana de la que hablaba antes.

 

Entonces, ¿qué empuja al mundo a seguir enalteciendo el crecimiento económico pese a saber que conduce a la destrucción?

El capitalismo, cuya dinámica es autoexpansiva y deniega cualquier salida alternativa. Para hacer frente al cambio climático deberíamos cuestionarnos antes los resortes básicos del capitalismo, algo que parece prohibido. Por eso digo que las cumbres mundiales sobre el calentamiento global no son realmente efectivas sino más bien ejercicios de diplomacia teatral.

 

¿No sirven para nada?

Confunden a la opinión pública. La prueba es que los grandes expertos en el cambio climático como James Hansen, a quien podríamos considerar el climatólogo jefe del planeta, calificó de farsa la cumbre celebrada en París. Se intenta poner un límite a las emisiones a la atmósfera de gases de efecto invernadero pero los límites son absolutamente incompatibles con el sistema productivista actual. Aunque el síntoma sea el calentamiento climático, la enfermedad se llama capitalismo.

 

¿Por qué el movimiento ecologista, cuya expresión política llegó a gobernar en países como Alemania, es descalificado hoy por muchos gobiernos?

Ojalá fuéramos descalificados un poco más porque así seríamos mucho más fuertes y activos. La realidad es que las descalificaciones son un indicio de una situación paradójica: aunque la percepción generalizada es que el mundo se ha comprometido en la lucha contra el cambio climático, eso no es así. Sabemos que desde los años 60 y 70 había evidencias sobre cuál era la dinámica del sistema y los límites del crecimiento pero los mismos a los que hoy se les llena la boca con la lucha contra el cambio climático decidieron poner en marcha toda una campaña global para impedir que se tomaran las decisiones correctas. Bastaría con leer un libro de Sicco Mansholt, un socialdemócrata holandés que era presidente de la CEE cuando en los años 1972 y 1973 se produjo el primer choque petrolero mundial, en el que aboga por un cambio radical en las estructuras de producción y consumo que hoy serían catalogadas como radicales y peligrosas.

 

¿Cuándo se quiebra ese proceso de sensibilización medioambiental?

En los años 80, con la fase neoliberal del capitalismo. Desde entonces, el retroceso ha sido constante pese al aumento de lo que algún experto denomina sosteni-blabla, es decir, mucho discurso, mucha cháchara, mucha propaganda y mucha estrategia de comunicación sobre energía verde. Pero la realidad vuelve a ser demoledora: la acción brilla por su ausencia y los planteamientos de fondo, incluso aquellos realizados por gente del establishment como Sicco Mansholt, son estigmatizados por rechazar el dogma del crecimiento infinito.

 

¿Estamos a tiempo de frenar el cambio climático?

Hemos llegado a un punto tal que lo que hace 30 años hubieran sido estrategias de cambio gradual ahora ya no están a nuestro alcance. Para hacer frente al calentamiento global necesitamos salir a toda prisa del capitalismo salvaje en el que hoy nos movemos.

 

¿Cree que el mundo está dispuesto a renunciar a esos principios económicos pese a conocer los riesgos?

Los cálculos teóricos realizados por investigadores canadienses sobre las opciones que resultarían de respetar los límites biofísicos de la Tierra indican que, por ejemplo, el parque móvil de un país como España, que tiene 15 millones de coches, debería ser de unos 180.000 vehículos con motor de combustión. Pero claro, eso es inaceptable en términos industriales. El caso es que, si no se acepta esta realidad, no hay lucha alguna contra el cambio climático.

 

¿Quiere decir que la humanidad está condenada si no renuncia al modo de vida capitalista?

Ya decía antes que las leyes de la naturaleza existen y son las que son. No podemos cambiarlas pese a la ilusión que albergamos de que una especie de tecnociencia omnipotente conseguirá derrotarlas. Donde podemos actuar, en cambio, es contra la organización de nuestro modelo de vida que no está sujeto a ninguna ley física.

 

¿Qué impide cambiarlo?

Que no nos creemos lo que sabemos. Si fuéramos capaces de hacerlo, tomaríamos decisiones racionales para cambiar un modelo que nos lleva a la destrucción. Para que esto se produzca nos haría falta un enorme ejercicio de reforma intelectual y moral. El problema es que nuestras sociedades están organizadas contra eso. Fatídicamente, el neoliberalismo se impuso con sus ideas aberrantes de que todo depende de los gustos y preferencias individuales, y que igualdad y libertad son dos principios contrapuestos, cuando una mínima reflexión indica que es una falacia. Necesitamos bienestar humano pero necesitamos que sea compatible con los límites biofísicos del planeta. Somos la primera generación de la historia que entiende perfectamente lo que está pasando y posiblemente seremos la última que pueda evitar la catástrofe hacia la que nos dirigimos.

 

@GORKACASTILLO

 

Fuente:http://ctxt.es/es/20170920/Politica/15167/cambio-climatico-riechmann-acuerdo-paris-ecologia-medioambiente-ctxt.htm#.Wct5t1ZLsO4.twitter

 

 

Publicado enMedio Ambiente
Jueves, 28 Septiembre 2017 07:18

¿Qué es el efecto Flynn?

¿Qué es el efecto Flynn?

 

La idea no es que hoy sepamos más que antes. Tampoco es la idea que hoy pensamos más o mejor que antes. Simple y llanamente, se trata del reconocimiento de que nos hemos hecho más inteligentes, y ello confiere manifiestamente una ventaja evolutiva.

 

James R. Flynn (1934) es un psicólogo neozelandés que publica, sobre la base de grandes observaciones acumuladas, dos artículos en 1998 y 1999 en los que muestra una hipótesis singular: desde 1930 hasta hoy ha habido un crecimiento de la inteligencia humana de manera sostenida.

Desde luego que la base de sus estudios pueden dar lugar a numerosas críticas, como ha sido en efecto el caso. Notablemente a partir de la medición de la inteligencia en términos del coeficiente intelectual. Un tema sobre el cual los propios psicólogos se encuentran lejos de alcanzar un consenso. Pero la tesis se sostiene: de manera consistente ha habido un aumento de la inteligencia humana en el curso del siglo XX y, digamos, lo que va corrido del siglo XXI. Un fenómeno de inmensa envergadura y consecuencias en numerosos ámbitos y planos.

Esta tesis no es ajena y, por el contrario, es perfectamente complementaria con el trabajo que en otro plano lleva a cabo S. Pinker (1954), un cognitivista canadiense, en un texto único: The Better Angels of Nature: Why Violence Has Declined (2012), y que ha sido traducido al español con el título Los ángeles que llevamos dentro: el declive de la violencia y sus implicaciones. Sencillamente, la violencia ha disminuido, y hemos ganado ampliamente en moralidad, eticidad y humanidad.

Clara y concomitantemente, entre Flynn y Pinker, los seres humanos parecemos habernos vuelto crecientemente inteligentes y, al mismo tiempo, moralmente mejores. Una dúplice tesis con una holgada atmósfera de optimismo. Una dúplice tesis que parece denostar contra los mensajes negativos, pesimistas y guerreristas de los grandes medios de comunicación. Un malestar en la cultura perfectamente orquestado y diseñado, como ya lo mostrara muy bien Z. Bauman.

Naturalmente que la tesis de Flynn como la de Pinker no debe ser tomada de manera lineal y mecánica. Existen conflictos, actos de violencia y los estúpidos siguen gobernando aquí y allá.

Caben dos posibilidades: o bien adoptar las tesis provenientes de la psicología y el cognitivismo —dos áreas muy próximas entre sí, por lo demás— como una verdad establecida; lo cual no es indiferente a críticas, escepticismo, comentarios agrios o destemplados. O bien, de otra parte, como indicadores, y entonces aparece una luz nueva, diferente, sobre la historia y la sociedad humana.

Lo cierto, lo evidente, es que a lo largo de la historia los seres humanos han alcanzado mayores esperanzas y expectativa de vida. Literalmente, hemos ganado, con respecto al pasado, una vida de más. Y es evidente, desde la biología y la ecología, que la longevidad constituye una marca evidente de adaptación (fitness) evolutiva. Y es igualmente incontestable que la ciencia en general y las tecnologías han desempeñado un papel principal en estos logros. Las políticas de salud pública, los avances en farmacología, los progresos en arquitectura y ingeniería civil, por ejemplo. Y es indudable que la educación y la información —por ejemplo, internet, en años recientes— cumplen un papel protagónico al respecto.

La idea no es que hoy sepamos más que antes. Tampoco es la idea que hoy pensamos más o mejor que antes. Simple y llanamente, se trata del reconocimiento de que nos hemos hecho más inteligentes, y ello confiere manifiestamente una ventaja evolutiva. Al fin y al cabo, una especie que aprende puede adaptarse más fácilmente a los cambios que una especie que no aprende; esto es, especializada. (La especialización es el primer paso para que una especie se torne endémica y en peligro. En todos los campos y sentidos). Pero es seguro que si los seres humanos se han hecho más inteligentes, están sentadas las condiciones para poder pensar mejor, para poder saber más, en fin, para poder vivir mejor. Personalmente no pensaría en términos de causalidad aquí.

Se han hecho algunas críticas al efecto Flynn. Notablemente, pareciera ser que en los últimos años, en algunos países, se evidencia una disminución de inteligencia. Como quiera que sea, es evidente que existen aquí entornos de complejidad que se correlacionan con los aumentos de la inteligencia. O bien, para decirlo con Pinker: entornos de complejidad que se correlacionan con la disminución de la violencia.

El conjunto de ciencias, disciplinas, prácticas y saberes deben poder sentirse interpeladas. Es como si dijéramos: la psicología y las ciencias cognitivas han arrojado el balón del lado de las otras ciencias en general. ¿Pueden decir algo al respecto? ¿La política, la economía, la medicina, la educación, la sociología la antropología, en fin, las ciencias de la vida, las neurociencias, la inmunología, por ejemplo?

Tenemos ante nosotros una dúplice provocación, por decir lo menos. En un caso, se trata de un libro voluminoso, de más de seiscientas páginas, profusamente ilustrado con ejemplos y casos históricos y sociopolíticos, y bien argumentado. En el otro caso, se trata de dos artículos, cargados de estadística, pruebas y análisis de psicometría, pero de algo menos de sesenta y cinco páginas. En resumen, una auténtica provocación intelectual con alcances y derivaciones en varios planos y aspectos.

Lo cierto es que parece haber una imbricación cada vez más fuerte entre la evolución natural o biológica y la evolución cultural y social. Las distancias entre naturaleza y cultura son cada vez menores, y esto se pone de manifiesto crecientemente; una voz al respecto es la epigenética.

Una consecuencia inmediata puede extraerse sin el menor esfuerzo: no existe una “naturaleza humana”, pues por definición una idea semejante es ahistórica, y no sabe, por tanto, de evolución y cambio; en este caso, de crecimiento. Pero una conclusión también inmediata es inevitable, a saber: los seres humanos no terminan de hacerse cada vez posibles. Y la inteligencia —su inteligencia— constituye acaso una de las formas mejor acabadas para hacerse posibles. En ese proceso, nuevas posibilidades, nuevos horizontes se van avizorando o entreviendo, y de alguna manera, por tanto, construyendo. Contra todos los escepticismos, los seres humanos se hacen cada vez más inteligentes. Y, concomitantemente, menos violentos. Una buena noticia, sin importar lo que piensen los demás.

 

 

Inteligencia artificial: ¿la nueva dependencia?

 

Entre los cambios en curso en el mundo, uno que pronto será de los más ubicuos es la expansión de la llamada “inteligencia artificial” (IA) en un sinfín de áreas, que significará transformaciones significativas en la economía, el trabajo, el convivir social y muchos otros ámbitos. La IA implica básicamente la capacidad informática de absorber una enorme cantidad de datos para procesarlos –mediante algoritmos– con el fin de tomar decisiones en función de una meta específica, con una rapidez y en volúmenes que superan ampliamente la capacidad humana.

Por ejemplo, ya se lo utiliza para optimizar las inversiones particulares en la bolsa de valores, o para ordenar mejor el tráfico vehicular al identificar, en tiempo real, las rutas más descongestionadas.

El discurso promocional busca vender la IA como respuesta a la mayoría de problemas; y sin duda, muchas aplicaciones pueden ser bastante provechosas, a nivel personal o social. No obstante, como toda tecnología, la forma cómo se desarrolla responde a intereses concretos; y actualmente casi las únicas entidades con capacidad de realizar la inversión y manejar las cantidades de datos requeridas para optimizar los sistemas, son grandes empresas transnacionales: principalmente estadounidenses, aunque también chinas y, en menor medida, de algunos otros países.

La hegemonía que han logrado estas empresas se debe, por un lado, a la posición clave que ocupan al controlar las plataformas que conectan los diferentes actores, hecho que se presta a la conformación de monopolios. Y esto a su vez les permite acumular más datos, insumo principal de esta nueva economía digital. Entonces, y sobre todo cuando se trata de transferir servicios públicos o funciones críticas a sistemas de IA manejados por estas empresas, surge una contradicción entre la meta de máxima ganancia de la empresa y las exigencias del interés público.

Uno de los riesgos más evidentes es una eventual falla o hackeo en un sistema vital (como la red eléctrica) o de alto peligro (como los vehículos de automanejo). Posibilidad que aumenta si la empresa responsable trata de aumentar su ganancia al reducir el gasto en seguridad.

Pero surgen serias implicaciones y desafíos en muchos otros aspectos, particularmente respecto a los derechos humanos o las zonas grises en lo jurídico; como también en materia de soberanía.

En los países desarrollados (en particular Europa), está abierto el debate sobre las implicaciones de la inteligencia artificial y se ha comenzado a elaborar marcos de principios y derechos, que contemplan cuestiones como:

– Los robots y sistemas de IA programados para tomar ciertas decisiones tienen a veces algoritmos complejos que resulta imposible saber exactamente cómo y por qué tomaron tal decisión y no otra. Entonces, ¿quién es responsable por las consecuencias de estas decisiones?

– ¿A quién(es) pertenecen los datos que los sistemas informáticos recaban de los sensores (por ejemplo, de una ciudad) o de los usuarios (con o sin su consentimiento o conocimiento)? ¿Qué implicaciones tendría en cuanto a quién(es) se benefician de los rendimientos económicos que producen?

– ¿Cómo evitar que los sistemas inteligentes profundicen las exclusiones y discriminaciones (intencionalmente o no)? De hecho ya existen muchos casos donde se evidencia que los prejuicios sociales se reflejan en los mismos algoritmos.

Posiblemente uno de los problemas más agudos sería el impacto sobre el empleo debido a la robotización o la automatización de la producción de bienes o servicios. Hay pronósticos de que el empleo en muchos sectores va a desaparecer, y que los nuevos empleos serían insuficientes para absorber a todas las personas desplazadas; entre los sectores más vulnerables se menciona a los choferes profesionales o el personal de venta de supermercados y almacenes. Por ello, hay cada vez más apoyo, en los países desarrollados, incluso entre el sector empresarial, a la idea de que será necesario establecer un ingreso básico universal para la población que queda sin empleo remunerado, que sería subvencionado mediante políticas de transferencia de ingreso de las empresas ultra-rentables del sector de la IA.

Toda vez, otros analistas consideran que se exagera el peligro de pérdida de empleos al menos en el corto plazo, (tal vez por motivos políticos: un trabajador con miedo de perder su empleo será más dócil), ya que si fuera cierto que los robots están remplazando masivamente a trabajadores, se estaría produciendo un fuerte crecimiento en productividad, lo que, al menos en el caso de EE.UU., no se registra.[1] El crecimiento promedio es de apenas 1.2% anual en la última década y solo 0.6% en el último quinquenio.

Pero no cabe duda que hay una transferencia de riqueza hacia las empresas que concentran poder en el sector IA (a veces conocido como GAFA –Google, Apple, Facebook, Amazon–, o GAFA-A, incluyendo a la empresa china Alibaba); enriquecimiento basado en la acumulación y procesamiento de datos.

 
El impacto en el Sur

 

En América Latina, hasta ahora, hay poco debate sobre estos temas. Sin embargo, podemos estimar que los impactos serán importantes y a relativamente corto plazo. Por un lado, los cambios en el Norte tendrán sin duda secuelas en el Sur. Por ejemplo, a medida que avance la robotización y automatización, ciertas líneas de producción que fueron desplazadas a países del Sur para beneficiarse de la mano de obra barata, regresarían al Norte. De hecho ya está ocurriendo: en India, por ejemplo, se han reducido fuertemente los empleos en el sector de tecnologías de la información, en particular los centros de llamadas. Por otro lado, la contratación en el Sur de sistemas de IA de proveedores del Norte, por ejemplo para mejorar los servicios públicos, significará nuevas formas de extracción de riqueza y datos y por ende nuevas formas de dependencia, mayores brechas entre Norte y Sur, etc. Sería importante realizar estudios que midan las repercusiones reales en nuestros países y para estimar el impacto potencial.

En un artículo de opinión publicado hace poco en el New York Times[2], Kai-Fu Lee, (quien encabeza una empresa china de capital de riesgo y preside su Instituto de Inteligencia Artificial), presenta las perspectivas en términos bastante crudos: para el futuro previsible, si bien la IA está muy lejos de poder competir con la inteligencia humana, él reconoce que tiene la capacidad de reconfigurar el sentido del trabajo y de la creación de riqueza, lo que desencadenará la eliminación a amplia escala de empleos, conllevando a desigualdades económicas sin precedentes. Por ello, considera inevitable introducir políticas de transferencia de ingreso de las empresas de IA con alta rentabilidad hacia los sectores sin empleo, lo que será factible –dice– en países como EEUU o China, que tienen el potencial de dominar el sector. Pero, siendo la IA una industria donde la fortaleza engendra mayor fortaleza, la mayoría de países quedarán fuera de esa posibilidad, por lo que “enfrentan dos problemas infranqueables. Primero, la mayoría del dinero que produzca la inteligencia artificial irá a Estados Unidos y China”. Y segundo, tener poblaciones en crecimiento se convertirá en una desventaja, por la escasez de empleos.

Entonces, pregunta qué opciones quedarán para la mayoría de países que no podrán cobrar impuestos a empresas de IA ultra-rentables: “Solo puedo predecir una: a menos que deseen hundir en la pobreza a su gente, se verán obligados a negociar con el país que les proporcione la mayor cantidad de software de inteligencia artificial —China o Estados Unidos— para que en esencia sea dependiente económico de ese país y acepte los subsidios de asistencia social a cambio de que las empresas de inteligencia artificial de la nación ‘madre’ sigan obteniendo ganancias de los usuarios del país dependiente.” El autor estima que las empresas estadounidenses dominarán en los países desarrollados y en algunos en desarrollo, y las empresas chinas en la mayoría de países en desarrollo, arreglo económico que “transformarían las alianzas geopolíticas”.

Sin duda, es un pronóstico influenciado por la perspectiva geopolítica china, pero lo destacamos aquí porque es poco frecuente que el sector empresarial quiera reconocer esta realidad. Se puede pensar que habría otras salidas; no obstante, con la actual inercia en la mayoría de países del Sur frente a esta realidad, aún poco entendida, un escenario parecido al que prevé Kai-Fu Lee parece bastante probable. El Sur permanecería en su rol de proveedor de alimentos y materias primas y se ahondaría su dependencia del Norte.

No hay mucho tiempo para reaccionar, como lo destacó, en su reciente visita a Ecuador, el ex ministro de finanzas de Grecia, Yanis Varoufakis, quien advirtió que el modelo económico actual de ese país suramericano apenas podrá durar unos cinco años más y luego –si no hay un recambio tecnológico–, quedará fuera de la cadena de creación de valor. “El cambio tecnológico se está moviendo rápidamente contra los productores primarios: los países de ingreso bajo o medio que dependen del comercio físico”. A la vez que alabó la sofisticación de la política financiera ecuatoriana frente a la dolarización y la deuda externa y para la redistribución de la renta, consideró que el reto actual es encontrar una sofisticación similar en el sector tecnológico, emulando, por ejemplo, a Estonia o Islandia, con una política de soberanía tecnológica, para que se vuelva un ejemplo para la región y para el proceso de integración regional.

Mientras tanto, las transnacionales del sector se apresuran a derrumbar cualquier barrera que pueda subsistir para su dominio global sobre los mercados y los datos. Avanzaron su agenda, con muy poca resistencia, en los capítulos sobre comercio electrónico de los acuerdos comerciales TPP (Tratado Transpacífico – ya difunto) y TISA (Acuerdo sobre el Comercio de Servicios – por ahora congelado); entonces la apuesta ahora es abrir negociaciones sobre “comercio electrónico” en la Organización Mundial del Comercio (OMC)[3].

Sin duda, el reto de la nueva economía digital apela a una voluntad política clara y contundente, pero también a buscar alianzas. Por el tamaño de las inversiones que requiere, es poco pensable que cualquier país latinoamericano por sí solo pueda encontrar una salida adecuada; pero un bloque de países –como UNASUR– tendría mayor capacidad de desarrollar niveles de respuesta, por lo menos para afirmar soberanía regional en algunas áreas críticas. Le permitiría asimismo acumular más poder de negociación frente a las potencias en IA y sus empresas, como en las instancias globales donde se definen políticas de gobernanza.

 

Este material se compartió con autorización de Biodiversidad en América Latina y el Caribe.

 

 

Lunes, 25 Septiembre 2017 07:44

Peligra el deshielo

Rodríguez dijo que “Cuba jamás perpetró acciones de esa naturaleza”.

 

El gobierno de Trump acusa a la isla de haber causado problemas de salud a diplomáticos norteamericanos en Cuba. La Habana lo rechaza de plano; científicos minimizan los daños causados.

 

Una nueva teoría sobre Cuba se desparrama desde agosto en Estados Unidos. Alcanzó su punto caramelo en estos días y alude a ataques sónicos contra diplomáticos de EE.UU. en La Habana que les habrían causado problemas auditivos, entre otros. Abrazan con entusiasmo esta creencia un grupo de senadores liderado por Marco Rubio y la diáspora de Miami. Incluso más que el Departamento de Estado, un tanto cauto a la hora de responsabilizar al gobierno de Raúl Castro. La cuestión es que hasta ahora no se ha presentado una sola prueba de la dura acusación. Científicos y especialistas consultados por el Washington Post y el sitio BuzzFeed descartan o minimizan la hipótesis del daño causado. La administración de Donald Trump se lo reportó a la isla el 17 de febrero pasado y ya se transformó en una bola de nieve que pone en riesgo la costosa relación bilateral reconstruida en diciembre de 2014.

El canciller Bruno Rodríguez Parrilla dijo el viernes ante la asamblea general de Naciones Unidas: “Cuba jamás ha perpetrado ni perpetrará acciones de esta naturaleza, ni ha permitido ni permitirá que su territorio sea utilizado por terceros con ese propósito”. Esta declaración siguió la línea de un documento del Ministerio de Relaciones Exteriores que había difundido las medidas adoptadas para investigar los episodios: “Las autoridades cubanas crearon un comité interinstitucional de expertos para el análisis de los hechos; ampliaron y reforzaron las medidas de protección y seguridad a la sede, su personal y las residencias diplomáticas...”.

Citado por medios de su país, el secretario de Estado Rex Tillerson había señalado: “Hacemos responsables a las autoridades cubanas de averiguar quién está llevando a cabo estos ataques no sólo a la salud de nuestros diplomáticos, sino que, como ustedes han visto ahora, hay más casos con otros diplomáticos involucrados”. No los mencionó pero aludía a representantes canadienses. Según la agencia Reuters, un funcionario del gobierno de Ottawa dijo que “desde la perspectiva canadiense no asumiremos automáticamente que esto fue necesariamente intencional”. En el mismo medio se citaba la incredulidad de Mark Entwistle. El ex embajador de Canadá destinado en La Habana entre 1993 y 1997 no dio crédito al ataque: “No es ni siquiera imaginable para mí por la forma en que sé que los cubanos ven el mundo”.

La única cuestión probada hasta el momento fue que EE.UU. expulsó en represalia a dos diplomáticos cubanos el 23 de mayo. Se justificó en que su gobierno no protegió a los funcionarios estadounidenses de La Habana que habrían sufrido problemas cognitivos, lesiones cerebrales leves, migraña, mareos y hasta la pérdida de la audición.

El pedido más concreto para el esclarecimiento del hecho partió desde la Asociación Estadounidense del Servicio Exterior (AFSA). Citada por el Washington Post, la agremiación informó que conversó con diez de los afectados y que “alienta firmemente al Departamento de Estado y al gobierno de Estados Unidos a que hagan todo lo posible para proporcionar atención apropiada a los afectados y a trabajar para garantizar que estos incidentes cesen y no se repitan”. Los hechos denunciados van desde noviembre del 2016 al 21 de agosto último. Habrían afectado a 21 diplomáticos y sus familiares.

Una fuente de La Habana refuta esa acusación con un argumento más doméstico: “Se les dio espacio para investigar y no hubo conclusiones. Es impensable hacer una acción de ese tipo. Porque hay cubanos que trabajan en la embajada y en las residencias de los diplomáticos. Ellos no tuvieron ninguna afectación. Nadie se quejó. Se les desarma así la teoría. Para nosotros es una excusa para tensar las relaciones bilaterales y volverlas a fojas cero, incluso a antes de Obama. Cuba jamás instrumentó algo así. Tres o cuatro veces han ido a hacer estudios en La Habana. Pretendemos desarmar esta campaña mediática hecha por los articuladores de Miami”, le dijo a PáginaI12.

El núcleo más crítico del partido Republicano a las relaciones diplomáticas con Cuba inició una ofensiva política. El senador cubano americano Rubio y sus pares Tom Cotton, Richard Burr, John Cornyn y James Lankford le enviaron una carta a Tillerson pidiéndole la expulsión de todos los diplomáticos de la isla en EE.UU. y el cierre de la embajada en La Habana. Su objetivo es sepultar la política de acercamiento del ex presidente Obama y los 22 memorándums de entendimiento que se firmaron entre las dos naciones en 2015 y 2016.

Utilizan ahora los presuntos ataques sónicos con reminiscencias de la Guerra Fría. Apuestan a la ruptura y avanzan pese a lo que sostuvo la portavoz del Departamento de Estado de su propio país, Heather Nauert: “La realidad es que no sabemos qué o quién ha causado esto”. Tampoco tienen en cuenta lo que opinan varios especialistas. “Daño cerebral y conmociones, no es posible”, le dijo Joseph Pompei a AP. Es un ex investigador del MIT dedicado a la psicoacústica. O Andrew Oxenham, citado por BuzzFeed, del Laboratorio de Percepción y Cognición Auditiva de la Universidad de Minnesota: “No puedo explicarme de ninguna manera que la enfermedad y la pérdida de audición estén relacionadas con un sonido”. El Post también condensó en un artículo el pensamiento de algunos científicos: “Arma secreta cubana a la que se culpa de dañar a diplomáticos estadounidenses suena improbable, dicen expertos”.

En Estados Unidos parece real todo lo aparente. Mucho más cuando se trata de Cuba. Un agente de inteligencia transformado en gurú de los medios de Miami presenta la desopilante teoría de que Hugo Chávez fue inducido a contraer cáncer en La Habana. Se refuerza la idea de que el régimen cubano es “enemigo” de EEUU. Todo el show se emite en vivo y en directo por TV para delicia de las audiencias más anticastristas. Tampoco se descarta la teoría de que estaría involucrado un tercer país en los ataques. La saga del affaire acústico lleva a los dos países en un viaje de ida hacia los mejores tiempos de la Guerra Fría.

 

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Domingo, 24 Septiembre 2017 07:31

La democracia y "la calle"

La democracia y "la calle"

 

El jueves 21 en las ciudades grandes de Francia se realizaron manifestaciones contra la reforma reaccionaria del Código de Trabajo, y el lunes, la huelga de los camioneros, con bloqueo de las gasolineras y de las rutas, proseguirá la protesta.

Los trabajadores franceses retoman así la inmensa movilización de 2016 contra la reforma del Código Laboral del gobierno socialista anterior. En Argentina, por su parte, los estudiantes secundarios de Buenos Aires, apoyados por los maestros, ocupan desde hace semanas los colegios y hacen manifestaciones para anular la reaccionaria reforma de la Ley de Educación que quiere realizar el gobierno macrista de la ciudad. Los miembros del Conicet argentino ocupan además las instalaciones del Ministerio de Ciencia y Tecnología para luchar contra los recortes de fondos para la institución.

La respuesta es siempre la misma: la democracia no se hace en la calle, las leyes las hacen las instituciones parlamentarias. Eso dicen Macron y Macri y todos los gobernantes de este mundo capitalista algunos de los cuales admiten a regañadientes el derecho de huelga y el derecho a manifestar (aunque tratan de reglamentarlos-anularlos).

¿Realmente la sede de la democracia son los Parlamentos? Esa afirmación es doblemente falsa. En primer lugar, porque los Parlamentos y la capacidad de legislar nacieron de la calle con la Revolución Inglesa de 1688, se reafirmaron en la calle con la revolución en las colonias inglesas de América y la guerra de liberación nacional que condujo al nacimiento de Estados Unidos y se identificaron con la democracia con el triunfo de la Montaña en la Revolución Francesa en 1791-1792.

Dicho sea de paso, la burguesía no hizo ni dirigió la Revolución Francesa aunque en parte la preparó y después la canalizó y la expropió en su beneficio. La revolución la hizo el demos, o sea, el pueblo y la nación, organizados en París en los clubes y secciones y en la Comuna. En esa alianza entre sansculottes y burgueses medios y chicos (los grandes habían comprado títulos de nobleza o eran monárquicos), según los testimonios escritos, los trabajadores y artesanos se identificaban como nación y utilizaban la calificación de pueblo para los buergueses medios o pequeños y fue la nación en armas y no el pueblo quien hizo la revolución y defendió las fronteras contra los ejércitos de las monarquías.

En el siglo XIX la jornada laboral, incluso en las minas, era de 15 horas y basta con leer a Dickens para horrorizarse ante el trabajo femenino e infantil desde los cinco años y la terrible condición de las viviendas de los trabajadores y de su alimentación y hábitat en general. Aunque algunos filántropos preocupados por la mortalidad en los barrios obreros y por la degeneración física y poco rendimiento de los trabajadores propusieron leyes que protegían a éstos, la mayoría absoluta de las leyes laborales, sanitarias, educativas, ambientales y el mismo voto universal surgieron de la organización y de las luchas obreras y costaron sacrificios y muertes. Fue la calle quien reestableció el Parlamento y la Constitución en Italia al fusilar y colgar a Mussolini y a los jerarcas fascistas, y en Francia la Liberación fue fruto de los ejércitos que vencieron a Vichy y a los nazis pero también de los Maquis, los civiles armados, en su mayoría trabajadores del campo y de la ciudad y de su lucha contra las instituciones legales pero ilegítimas.

Las propuestas de leyes laborales deben ser discutidas y aprobadas (en Francia, China, Cuba o cualquier lugar del planeta) por los trabajadores en su lugar de trabajo reunidos en asamblea, y no sólo por gente elegida cada tantos años pero desligada, por su vida y sus privilegios, de quienes trabajan. Lo mismo vale para las leyes sanitarias en las que deben opinar vecinos, usuarios de servicios, ecologistas pero, sobre todo, el personal enseñante u hospitalario.

Mientras los representantes legales de la voluntad popular, elegidos por los partidos, no sean controlados por sus electores y revocables en todo momento, como en la Comuna de París en 1871, los trabajadores deberán legislar con sus huelgas y manifestaciones que nuevamente, oponen la nación a un pueblo multiclasista de meros electores ocasionales.

En la calle es necesario ganar las conciencias de quienes delegan o venden su voto, es fundamental elevar el grado de decisión y de moral de las víctimas de las leyes reaccionarias que refuerzan la dominación y la explotación capitalistas, es indispensable demostrar con propuestas que no es cierto que no haya una alternativa ni que existan inexorables leyes económicas que supuestamente obligan a adoptar medidas impopulares.

No existe una falta de alternativas: hay una dictadura en las empresas y no hay consulta previa a los trabajadores. En los servicios priva además el infame concepto de que ferrocarriles, hospitales, escuelas, agua, luz deben tener equilibrio presupuestario o dar ganancias, cuando son en realidad inversiones que hacen posible tener trabajadores sanos, más cultos y más productivos y deberían ser gratuitos.

Los Parlamentos nacieron de revoluciones e insurrecciones y no pueden sustituir la soberanía, que reside en el pueblo y no en quienes dicen ser los representantes de éste. La calle puede ser y será legisladora mientras quienes con su trabajo producen la riqueza de los países estén ajenos a una actividad legisladora que no los tiene en cuenta. Sobre todo allí donde los grandes patrones gobiernan, como en Francia o Argentina, donde impera un masivo fraude prelectoral o en las urnas mismas, como en México, o donde golpes de Estado parlamentarios burlan la votación popular, como en Brasil.

 

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“En este round ganó el sistema, hay que estar preparados para el próximo”

Uno de los principales protagonistas de la región en la última década analiza el retroceso de las fuerzas populares en Brasil y la Argentina, el desafío que implica la crisis venezolana y las alternativas de futuro.

 

La revista estadounidense Foreign Policy definió, en el año 2009, a Celso Amorim como el mejor Ministro de Relaciones Exteriores en el mundo por su trabajo en el posicionamiento de Brasil como actor global. Comprender el momento de auge que transitaba Brasil podía entenderse en tres figuras, mencionaba el artículo, el liderazgo y carisma del presidente Lula da Silva y sus principales espadas ministeriales, Dilma Rousseff y Celso Amorim. Esta charla –que podrá verse completa en Latinoamérica Piensa esta noche, a las 22.00 horas, por el Canal A24– se hizo en el Instituto Lula, en San Pablo, en un Brasil golpeado, con su democracia jaqueada y en pleno auge de las políticas neoliberales que afectan a los sectores más humildes. Pero también en un Brasil que resiste el ajuste y la tradicional concentración de riqueza desde sus movimientos sociales, organizaciones sindicales y partidos populares. La anomalía que significó Lula y el Partido de los Trabajadores es una luz de esperanza para la mayoría popular del Brasil.

–¿Cómo analiza el presente de Latinoamérica frente al golpe parlamentario en Brasil y el avance de las fuerzas conservadoras?

-Es un momento especialmente difícil. Lo que pasó en Brasil es muy grave. Cuando tengo que explicar a mis amigos argentinos digo que es como un cambio de Kirchner a Macri sin una elección de por medio. Es mucho más grave por la falta de legitimidad del gobierno. Es un momento difícil para toda Sudamérica que tiene que ver con la crisis de la economía mundial. Existe mucha interferencia externa que hace que todo eso sea muy complicado.

–La amenaza de agresión de Trump a Venezuela sintetiza la agenda de los EEUU, la prepotencia reafirmada, inclusive a partir de una oratoria que no tiene velo alguno. Muchas veces la influencia de los EE.UU. en nuestros países era subterránea, era ocultada, y hoy tenemos la mirada de un Presidente que no tiene ningún problema en hablar de intervención militar.

–Eso demuestra nuestro debilitamiento como región, eso no hubiera pasado hace cinco o seis años con Kirchner, Lula, Evo. Inmediatamente hubieran llamado a una reunión de Unasur para considerar esta amenaza, independientemente de los méritos de la situación de Venezuela, esa es otra cuestión que se puede mirar, pero no hay reacción o declaración del Mercosur que hable de todos los problemas de Venezuela. Una amenaza de agresión no solamente es violatoria, digamos así, de nuestra vecindad, sino que es violatoria de la propia carta de las Naciones Unidas.

–El debilitamiento que se produce en el proceso de integración de nuestros países y en la propia agenda regional tiene un correlato en el cambio de gobiernos pero también desnuda la incapacidad de consolidar los procesos de integración durante los gobiernos progresistas.

–Yo estoy muy a favor de la autocrítica pero no creo que este debe ser el caso. El tiempo ha sido corto, empieza con Duhalde incluso antes de Kirchner, hasta el final de Cristina, se inicia con Lula hasta el final de Dilma. Son 12 o 13 años, no es mucho tiempo en términos de historia para consolidar un proceso. Yo creo que es casi un milagro lo que logramos hacer en términos de creación, primero de la Comunidad Sudamericana de Naciones, después Unasur, el fortalecimiento del Mercosur, los países que entran como asociados, los que quieren ser miembros plenos. Todo eso ha sido muy fuerte en poco tiempo, pero para consolidarse necesitas 30 años. Claro, quizás podríamos haber hecho algo más pero creo que el resultado no hubiera sido otro, lo que necesitamos es prepararnos para el futuro.

–¿Y era posible imaginar que se podía retroceder una década en un año como uno tiene la sensación que ocurre en nuestros países?

–Yo soy un ingenuo profesional. Siempre dije, ser pesimista suena más inteligente pero el gran desafío es ser optimista y también ser realista y a largo plazo sigo siendo optimista. Pero no era posible pensar que todo fuera de la manera que ocurrió en Argentina o en Brasil, unos con elección, otros sin elección, la propia crisis de Venezuela. Quizás se podía ganar o perder la elección, como hay una gran influencia del poder económico en nuestro país, pero una cosa ilegítima como tenemos, no creía que fuera posible. Es el peor momento desde el gobierno militar de los setenta.

–Del Brasil que impulsaba la institucionalización de los Brics, que fue un actor central en impedir el ALCA en Mar del Plata en 2005, al Brasil que vuelve a sufrir mucha injerencia de los EE.UU., ¿cómo imagina el corto plazo del Brasil como actor regional?

–A muy corto plazo con este gobierno lo veo muy mal. Afortunadamente hicieron menos cosas malas que lo que anunciaron, por ejemplo no fueron capaces de cerrar las embajadas en Africa. Pero en América latina es un desastre y, digamos, la política de condena en relación a Venezuela hizo que Brasil no sea en realidad un actor en ese proceso.

–Venezuela es un caso muy complejo. ¿Cuál sería el camino que deberían asumir nuestros gobiernos para intentar fortalecer el diálogo y lograr que disminuya el conflicto en ese país?

– Lograr ayudar no es sencillo. Lo primero es intentar comprender que Venezuela, como el resto de Latinoamérica –pero ahí de manera muy marcada– es una sociedad muy desigual. Por un lado, aquellos que se beneficiaban directamente del petróleo, que vivían como si estuviesen en EE.UU., como ocurría en el pasado, la parte de la clase media alta, y por el otro la mayoría, al mismo tiempo, viviendo en la pobreza y la exclusión.

Surge Chávez e impulsa un gobierno que está destinado a los pobres y eso creó un problema enorme además del problema internacional. Hay que entender esa complejidad y que la raíz de los problemas venezolanos está en esa profunda desigualdad, en una élite que siempre fue golpista. Eran democráticos porque había dos partidos que tenían la misma visión, que eran dos ramas de la oligarquía que se cambiaban el poder. Incluso yo estuve una vez cuando fui canciller en el gobierno de Caldera y en un almuerzo en la embajada de Brasil con los empresarios, lo que se hace normalmente, en un determinado momento empezaron a discutir esencialmente entre ellos como si yo no estuviera ahí, como si el embajador no estuviera ahí, sobre posibilidades de golpe. Golpe contra Caldera, ¡no era Chávez! era Caldera, ni se puede decir que era de centroizquierda, era un hombre de centro pero liberal. El pueblo no contaba para nada, entonces es necesario comprender la raíces profundas de la crisis, no para decir que Maduro está correcto en todo, pero si uno no comprende eso, si uno toma solamente, digamos, un hecho, la Constituyente, que aunque le guste o no le guste, no va a comprender, no va a ayudar, y para comprender y ayudar, uno tiene que promover el diálogo, pero con esa comprensión profunda de que, más allá de que quizá cometió errores, los cambios del chavismo en favor de las poblaciones más pobres en materia de salud, en materia de educación han sido sustantivos. Todo eso tiene que ser tomado en cuenta, ¿Cómo hacerlo? Muy complejo, pero países como Argentina, Brasil y Colombia, tienen que estar involucrados.

–¿Cómo evalúa el rol de la OEA en la crisis venezolana?

–Siento mucho hablar de mi amigo Almagro (Secretario General de la OEA) que es una persona con quien tengo personalmente una buena relación, incluso me llamó para ser, en un cierto momento, observador en Haití. Las declaraciones de Almagro son lamentables y solamente hacen aumentar la resistencia. Cuando creamos el grupo de amigos de Venezuela, por la crisis, que empezó en 2002 por el golpe y se prolongó en 2003 y 2004, cuando Brasil formó ese grupo de amigos puso a EE.UU. (Argentina aún no quería), Chile, México y dos países europeos, para no parecer muy Doctrina Monroe, y logramos tener el referendum revocatorio y también la participación de la OEA en la época. La única exigencia que hizo Chávez fue que el jefe de la delegación fuera brasileño, bueno, era nuestro embajador, lo fue de (Fernando Henrique) Cardoso, no era ningún bolivariano ni mucho menos. Ahí se hizo un referéndum que ganó Chávez y fueron cosas que se pasaron con normalidad, con todas las tensiones que existen siempre en Venezuela. Hoy eso es impensable, la OEA creo que no tiene ningún rol.

–¿Cuál piensa que ha sido la injerencia de los EE.UU. en el golpe parlamentario a Dilma Rousseff?

–Lancé mi último libro en los EE.UU., Acting Globally, con apoyo de Noam Chomsky, y en varias partes decía, un poco en broma, que “hoy solamente creo en teorías conspirativas”. No es posible tanta coincidencia. El espionaje que hubo con la presidenta Dilma, en Petrobras, en el Ministerio de Minería y Energía. No estoy diciendo que lo malo no debe ser analizado, pero todo ha sido muy coordinado. Hay que preguntarse cómo ha sido posible todo junto, ese no soy yo, es Snowden, después Wikileaks. Todo es muy curioso en el caso de Brasil, Petrobras es obvio, petróleo, pero también energía nuclear. Brasil no tiene armas nucleares e íbamos a tener un submarino de propulsión nuclear basado en un sistema de enriquecimiento de uranio, todo desarrollado en Brasil; y ahora, el Almirante que era el padre de todo el sistema está en prisión. No sé si hizo alguna cosa rara, probablemente puede ser que haya hecho alguna cosa rara, pero es todo mucha coincidencia.

Con el liderazgo de Brasil, si lograba consolidarse un bloque sólido sudamericano, se podría haber cambiado la fotografía de poder de la posguerra.

– Hacer de América del Sur un actor global, que no era. América del Sur era el patio trasero. La revista The Economist colocó en su tapa el mapa de las Américas en la posición contraria, el sur al norte, y el título era “Nobody’s backyard” (El patio trasero de nadie). O sea que era verdad que América del Sur empezaba a tener una personalidad, que tenía una posibilidad de influencia en las acciones globales, eso era la gran cosa. Mujica lo percibió cuando Lula vino de Irán, le dijo que eso era un motivo de gran importancia para todos nosotros porque América del Sur iba a tener más influencia y creo que eso, cuando se percibió, inicialmente se enfrió un poco en relación al propio acuerdo con Irán, que quien lo pidió fue EE.UU. Lo que logramos hacer con Turquía era exactamente lo que EE.UU. había pedido y ahí volvimos para atrás, y ahí, con Dilma también intentaron en el inicio pero después dijeron que tenían que cambiar, en Argentina lo mismo. Es difícil. Había una canción que les gustaba a mis hijos, un rock and roll que dice “I fought the law and the law won” (Peleé contra la ley y ganó la ley), me gusta decir que “We fought the system” (Peleamos al sistema). En este round ganó el sistema, pero va a haber muchos rounds. Tenemos que estar preparados para el próximo.

 

* Rector de UMET - @trottanico

 

 

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Por Leonardo Fernandes

 

Fabiana Braga tiene 22 años y está en la cárcel ilegalmente, por ser campesina, mujer y luchar por el derecho a la tierra. Creció en campamentos del Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST, Brasil) y a los 18 años se fue a probar suerte a la ciudad. Allí se terminó de convencer que su lugar estaba en la vida campesina, con el MST en la lucha por la tierra y por la dignidad como joven, mujer y campesina. A los 20 años se integró con su compañero en el asentamiento Tomás Balduíno, en Quedas de Iguazú, Paraná, donde coordina el Colectivo de Mujeres y es parte del Colectivo de Juventud. El asentamiento está en tierras públicas recuperadas por el MST para la reforma agraria, pero que la maderera Araupel se había apropiado fraudulentamente, en connivencia con autoridades. En 2014, el MST consiguió que un tribunal otorgara el reconocimiento legal de que esas tierras debían ser destinadas para la reforma agraria, con lo que la empresa aumentó las agresiones. En abril 2016 una banda de pistoleros disparó contra miembros del asentamiento, asesinando a dos compañeros. La policía, en lugar de actuar contra los pistoleros y la empresa, comenzó la Operación Castra, que como su burdo nombre indica, tiene la meta de “castrar” al MST, criminalizándolo.

En el marco de esta funesta Operación, Fabiana fue detenida en noviembre 2016, junto a Claudelei Lima, locutor de la radio comunitaria del asentamiento. La operación no se quedó allí, sino se desplegó en varios estados. La Escuela Nacional Florestán Fernández del MST en São Paulo fue invadida sin orden de allanamiento y con armas de fuego, en nombre de la misma operación, supuestamente buscando “acusados”. Fabiana y Claudelei siguen presos, mucho más allá de los límites legales de las medidas de “prisión preventiva” con la que fueron detenidos. Hay una campaña internacional del MST, donde se puede firmar por su liberación: Meucrimeelutar.com.br

Estas operaciones de criminalización han recrudecido en Brasil contra los movimientos sociales, intentando presentarlos como delincuentes, cuando su único “delito” es luchar por sus derechos. La Comisión Pastoral de la Tierra (CPT), Brasil, informó que en 2016, se cometieron 61 asesinatos por conflictos en el campo, la mayor cifra desde hace 25 años, exceptuando el año 2003. En el mismo año aumentó 185 por ciento el número de personas del medio rural presas por defender sus derechos, tierra, agua y territorio. En 2017, ya han sido asesinadas 20 personas, incluyendo 9 militantes del MST atacados en su propio asentamiento, en Mato Grosso.

La CPT afirma que la criminalización y persecución de los que luchan por sus derechos en el campo ha llegado a límites sin precedentes en Brasil, con el aumento de asesinatos y agresiones impunes comandados por empresas y latifundistas junto a la represión y encarcelamiento legalizado por parte de fuerzas públicas. Un hecho particularmente ignominioso fue el uso de la Ley 12.850/2013, contra el MST en Goiás para detener a varios de sus militantes, porque tipifica al movimiento como organización criminal. Luego de casi un año de prisión ilegal, el MST consiguió que un juez decretara que el MST no es una organización criminal y que debían ser liberados, pero aún sigue preso un compañero: Luiz Borges.

Este método de acusaciones falsas y uso de leyes (anti-terroristas o contra crimen organizado) para criminalizar y reprimir a los movimientos y a quienes luchan por sus legítimos derechos, también se usa contra las comunidades mapuches en Chile y Argentina, contra campesinos e indígenas en Paraguay y en otros países del continente, incluyendo por supuesto, México.

En Argentina, sigue la renovada guerra de extinción contra las comunidades originarias, ahora con la detención en Formosa del líder indígena wichí Agustín Santillán el 14 de abril, que se suma a la anterior de Bautista Macedonio y Roberto Frías. Varias organizaciones argentinas denuncian este proceso de criminalización y estigmatización de la lucha de los pueblos indígenas, pidiendo su inmediata liberación, según informa Darío Aranda.

En México, con el segundo lugar en muertes violentas a nivel mundial, solamente detrás de Siria, las autoridades y bandas criminales -con una difusa línea divisoria entre ambas– se usan todos los métodos anteriores y otros.

La constante en todas partes es que estos procesos de criminalización, represión, muertes y desapariciones forzadas o por bandas criminales, siempre terminan abriendo territorio a transnacionales y megaproyectos, beneficiando a grandes empresas.

En la semana pasada, se sumó al dolor y la rabia, el asesinato de Miriam Rodríguez, madre cuya hija fue desaparecida y que habiendo develado el caso de su hija, se sumó al activismo con otras madres y familiares de desaparecidos en Tamaulipas, México. Como en Argentina, con las Madres de Plaza de Mayo, a varias de las cuales también asesinaron por el delito de buscar a sus hijas e hijos.

Pero como dice la frase surgida de la búsqueda y resistencia de madres, padres y compañeros de los 43 estudiantes desaparecidos (y otros asesinados) de la escuela rural de Ayotzinapa, “querían enterrarnos pero no sabían que éramos semilla”.

Un sentido que como gramínea crece por abajo y vuelve a germinar todo el tiempo y en todas partes, a través de tiempos y espacios diversos. Un ejemplo reciente fue la manifestación masiva con pañuelos blancos , en Argentina el 10 de mayo, con y junto a las Madres de Plaza de Mayo, contra el intento de perdonar a los genocidas en ese país.

A veces surge como enormes manifestaciones, muchas más veces en actos más pequeños, en el trabajo cotidiano de grupos y colectivos barriales y comunitarios en la denuncia, en la defensa de derechos, en la resistencia y también en la construcción permanente, en las muchas formas de seguir construyendo la vida. Siempre vuelve a germinar.

 

Silvia Ribeiro

Periodista y activista uruguaya, directora para América Latina del Grupo ETC, con sede en México.

 

 

 

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La fachada de la sede principal de la Reserva Federal Kevin Lamarque / Reuters

 

Por primera vez en la historia del país, los gastos para amortizar las obligaciones estadounidenses han superado este año medio billón de dólares. Gran parte se encamina al extranjero.

 

La retórica del presidente Donald Trump ha inculcado en muchos la creencia de que gran parte del mundo tiene con Estados Unidos una deuda enorme. Y no es tan impreciso, a juzgar por los datos recopilados recientemente por la entidad financiera Title Max. La cifra de la deuda contraída por otros países con EE.UU. llega casi a 9,5 billones de dólares.

Sin embargo, el propio país norteamericano también debe mucho al resto del mundo: más de 6 billones de dólares. Y es aún mayor el endeudamiento interno, acercándose la cifra total de la deuda federal a los 20 billones. La dinámica de los últimos ocho años ha sido impresionante en ese último aspecto.

Barack Obama llegó al Despacho Oval el 20 de enero de 2009 con una deuda federal equivalente a 10.626.877.048.913 dólares. En la tarde que expiró su segundo mandato presidencial, el 18 de enero de 2017, llegaba ya a los 19.961.467.137.974 dólares, es decir casi se duplicó en esos 8 años.

Para el fin de su administración (diciembre del 2016) el despliegue detallado de las obligaciones financieras del Gobierno federal de EE.UU. fue:

Deuda pública: 14.202.100 millones de dólares.

Deuda interna del Estado: 5.395.700 millones.

En total: 19.597.800 millones.


En la deuda pública, las obligaciones de Washington con el extranjero son el componente predominante, pero no es el único: 6.154.900 millones de dólares. Cerca del 43% fue contraído por Gobiernos, empresas e inversores privados de distintos países. El resto se distribuye de la siguiente manera:

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Las obligaciones internas son los bonos emitidos por unos cuerpos federales autorizados, cuyos titulares son otros entes federales. Entre ellos destacan los bonos del Tesoro, los cuales acumulan ante todo los Fondos Fiduciarios del Seguro Social.

Entre los países acreedores de la economía de EE.UU. destacan dos: Japón y China. Tradicionalmente los estadounidenses contabilizan la deuda con Pekín (1.058,4 miles de millones de dólares) y con Hong Kong (191,4) aparte una de la otra y también aparte de Taiwán (189,3), siendo tres centros financieros autónomos. Puestos juntos, marcarían el liderazgo absoluto de China. La aportación nipona es de 1.091 miles de millones de dólares.

Irlanda, Islas Caimán y Brasil también conforman el 'top' 5 de los acreedores.

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Washington no solo exige que le paguen países como Alemania, sino que también aumenta los pagos al exterior para amortizar su deuda. Según los cálculos publicados en abril por el Banco de la Reserva Federal de St. Louis, los gastos de EE.UU. para abonar los intereses han superado este año medio billón de dólares, por primera vez en la historia estadounidense.

Dado que la política adoptada por el presidente Trump implica un importante aumento de gastos (en gran parte, a cuenta de los recursos prestados), es inevitable que EE.UU. gaste cada vez más para satisfacer a los acreedores.

 

 

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Domingo, 14 Mayo 2017 07:21

Cuba ante el precipicio venezolano

Nicolás Maduro y Raúl Castro en La Habana en diciembre. AFP

 

El desplome de la ayuda de Caracas aboca al Gobierno cubano a gestionar otra fase de carestía ante una sociedad hastiada y más inconforme.

 

La crisis de Venezuela socava a Cuba. A cuentagotas, los datos dibujan el contorno de un gran boquete en la economía de la isla, auxiliada desde los 2000 por Caracas por la alianza política entre Fidel Castro y Hugo Chávez. Si a finales de 2016 La Habana reconocía que el país estaba en recesión y el pasado abril se ordenó el racionamiento de gasolina de alto octanaje, esta semana trascendió que Cuba, según Naciones Unidas, ganó en 2016 un 97% menos que en 2013, de 500 millones a 15 millones, por la exportación de derivados del petróleo que le subsidia Venezuela, cada vez en menor cantidad: hasta un 40% menos, estiman los analistas, de los más de 100.000 barriles diarios de antaño.

Las medidas de ahorro extraordinarias empezaron el verano de 2016 reduciendo jornadas laborales y apagando el aire acondicionado en centros laborales. El ciclo de austeridad continúa este año, y en abril el ministro de Economía, Ricardo Cabrisas, adelantó en un consejo de ministros que en 2018 se podrá gastar menos aún que en 2017. Venezuela atraviesa un túnel sin salida visible y los EE UU de Donald Trump han echado el freno a la normalización bilateral. Cuba necesita salidas a su enésima sequía de recursos.

Se prevé que en estos días atraque en la isla un buque ruso con 249.000 barriles de crudo refinado, parte de un acuerdo triangulado con Petróleos de Venezuela (PDVSA) para que la petrolera estatal rusa Rosneft envíe a Cuba cerca de 250.000 toneladas de crudo y diésel. A La Habana le urgen manos amigas y la Rusia de Vladímir Putin parece haber sacado del baúl de la difunta Unión Soviética el viejo radar geopolítico.

Venezuela, mientras tanto, intenta contener el desplome de su suministro a La Habana. Según la agencia Reuters, en marzo PDVSA hizo un envío especial a Cuba de 1.390.000 barriles para procurar reactivar la refinería de Cienfuegos, operada por los dos países, y que se encuentra desde hace meses a mínimos niveles de producción.

Si el Gobierno de Nicolás Maduro se mantiene en pie, el de Raúl Castro tendría, dentro de las estrecheces, un cierto desahogo. “Le daría más oxígeno a La Habana para hacer las reformas que tiene que hacer al ritmo que las quiere hacer, primando la lógica política sobre la económica”, opina Arturo López-Levy, exanalista político del Ministerio del Interior cubano y profesor de la Universidad de Texas (EE UU). Un cambio de régimen en Caracas sería una conmoción para Cuba. “La caída de su PIB podría ser del 20 al 25%”, estima López-Levy. “El impacto sería duro”, dice el economista cubano Pavel Vidal, de la Universidad Javeriana de Cali (Colombia), que cifra la correlación binacional de crecimiento entre 2005 y 2016 en un 81% y afirma: “Las posibilidades de Cuba de salir de la recesión dependen, básicamente, de su intercambio comercial con Venezuela”.

La crisis potencial, matiza Vidal, no sería la del hambre, los apagones y el éxodo en balsas del Periodo Especial de los noventa tras la caída de la Unión Soviética, cuando se pulverizó un 38% del PIB. “La economía cubana está más diversificada”, sostiene. López-Levy tampoco detecta en los mensajes del Gobierno un nivel de alerta extremo como el de aquella época, cuando Fidel Castro en 1990 advertía: “Hay que estar preparados para trabajar con menos, con menos, con menos y casi con cero”. “También puede ser un error de cálculo”, reflexiona, “o que no se quiera alarmar a la opinión pública cubana; pero hablar de la posibilidad de otro Periodo Especial sería una exageración”.

 
Supervivencia política

 

Para Vidal la incógnita no es tanto la profundidad económica de la crisis como su efecto social en una Cuba más informada, menos temerosa de la crítica al sistema y exasperada por la lentitud de la liberalización económica. “El asunto es la capacidad política del Gobierno para explicar y manejar ante los ciudadanos la llegada de un nuevo periodo de escasez generalizada de alimentos y medicinas, más apagones y el colapso del sistema de transporte, aunque sea de menor intensidad que en los noventa”. El politólogo cubano Pedro Campos cree que si pierde Caracas, el castrismo quedaría herido de gravedad: “Ya sin Fidel Castro perdió a su caudillo. Raúl no es Fidel, y los demás se le parecen menos. La caída del chavismo podría ser la antesala de cambios definitivos”.

En su intento de mantener el poder, Maduro cuenta con Cuba y su dilatada experiencia en el arte de la supervivencia política. “Están llevando la situación a un escenario en el que los costos para ambos actores, Gobierno y oposición, sean demasiado grandes y los obliguen a sentarse a negociar. Dentro de esta estrategia, la asesoría cubana será una baza del chavismo”, dice el analista político venezolano Marcos Villasmil.

“No están solos”, proclamó Raúl Castro, de 85 años, en marzo en Caracas en una mesa presidida por Maduro. “Compañeras y compañeros, en Venezuela se libra hoy la batalla decisiva por la soberanía, la emancipación, la integración y el desarrollo de Nuestra América”. El reto del Palacio de Miraflores es el reto del Palacio de la Revolución.

 

 

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Domingo, 14 Mayo 2017 06:54

El mundo árabe gira hacia Rusia

El presidente de Rusia, Vladimir Putin, y el de Egipto, Abdel Fatah al Sisi, durante un encuentro durante una visita al puerto Sochi en agosto de 2014. - AFP

 

Una reciente encuesta revela cómo una mayoría de jóvenes árabes considera a Rusia como su aliado, superando a los EEUU de Donald Trump. La diplomacia rusa vuelve a estar presente en el Norte de África y Oriente Medio, lo que ha alimentado nuevamente en Occidente los temores a una expansión de la influencia de Moscú en la región.

 

Cuando a comienzos de mayo se hicieron públicos los resultados del Arab Youth Survey ─un sondeo de opinión llevado a cabo por la agencia Asda'a Burson- Marsteller a 3.500 jóvenes de 16 países árabes con edades comprendidas entre los 18 y los 24 años─, nadie esperaba semejante vuelco: Rusia había desbancado a EEUU como el país no-árabe preferido como aliado por los encuestados. Mientras Estados Unidos caía ocho puntos en un año ─de un 25% a un 17%─, Rusia aumentaba doce ─de un 9% a un 21%─ y pasaba por delante también de las antiguas potencias coloniales de Francia y Reino Unido. La encuesta reflejaba a las claras el rechazo de los jóvenes árabes hacia la nueva administración estadounidense ─hasta un 64%─, pero también desmentía, como señalaba el investigador de la Universidad de Harvard Simon Saradzhyan, tanto el argumento de que Rusia no pasa de ser una potencia regional como de que la campaña rusa en Siria ha resultado contraproducente para Moscú al contrariar a la población árabe suní.

Además de las recientes intervenciones militares, que siguen lastrando la reputación de EEUU ─y muy particularmente la larga ocupación iraquí (2003-2011)─, Moscú se beneficia de su discreta acción diplomática en la llamada región MENA (Oriente Medio y Norte de África, por sus siglas en inglés). La Federación Rusa ─donde un 6% de la población profesa el islam como religión, según una encuesta de la consultora Sreda de 2012─ mantiene buenas relaciones con todos los países de la zona, lo que la convierte a ojos de muchos en un potencial candidato a arbitrar en sus disputas regionales. Sin embargo, este hecho también ha alimentado los temores en Occidente a una expansión de la influencia rusa en la región e incluso la construcción de nuevas bases militares rusas en el extranjero.

 

Siria


Siria es sin duda el caso más conocido debido al apoyo ruso al gobierno sirio desde el estallido del conflicto en 2011. De todos los Estados de mayoría árabe, Siria fue probablemente el más cercano a la Unión Soviética y, tras la desintegración de ésta, a su sucesor, la Federación Rusa. Damasco cedió a la URSS en 1971 una instalación naval en Tartus ─popularmente conocida como “base” y oficialmente llamada “punto de apoyo material-técnico”─ que permite desde entonces a la Flota del Mar Negro disponer de un puerto en el Mediterráneo en el que reparar y repostar sus embarcaciones antes de regresar a la base de Sebastopol, en la península Crimea. Rusia y Siria iniciaron en el año 2006 conversaciones para su ampliación, las obras comenzaron tres años después y hoy permiten el acceso a buques de gran tamaño a la base.

La base de Tartus fue seguramente uno de los motivos de peso que llevaron a Moscú a implicarse en el conflicto sirio con la participación de los bombarderos de la Fuerza Aeroespacial, además de helicópteros, drones de vigilancia y asesores militares sobre el terreno. Su presencia permitió al Ejército Árabe Sirio recuperar el control de las ciudades de Palmira en marzo de 2016 y nuevamente en marzo de 2017 ─tras perderla temporalmente a manos de Estado Islámico─ y de Alepo en diciembre de 2016.

Para alojar a los aviones de la Fuerza Aeroespacial, ingenieros rusos construyeron un aeródromo en Khemeimin, en la provincia de Latakia, aprovechando instalaciones del aeropuerto internacional Basel al Asad. El pasado mes de enero el gobierno sirio firmó un tratado por el que cede esta base a Rusia por un período de 49 años, ampliable a otros 25. La base aérea de Latakia también aloja el Centro para la reconciliación, una iniciativa rusa establecida en febrero de 2016 para monitorear la tregua alcanzada bajo los auspicios de Moscú y Washington y de la que están excluidos Estado Islámico y Tahrir al-Sham, la fusión de varios grupos yihadistas, entre ellos el Movimiento Nour al-Din al-Zenki y el Frente al-Nusra (oficialmente la filial de Al-Qaeda en Siria hasta julio de 2016). El centro también coordina la rendición de armas por parte de los grupos opositores que se han acogido a la amnistía del presidente sirio de febrero de 2016 y la entrega de ayuda humanitaria a la población civil.

Además, Rusia es junto con Turquía e Irán uno de los tres países garantes del proceso de negociaciones en Astaná, que ha reunido en la capital de Kazajistán en torno a una misma mesa al gobierno y a grupos de la oposición armada con el fin de encontrar una solución acordada al conflicto y en el que EEUU participa significativamente sólo en calidad de observador.

A pesar de su cercanía con el gobierno de Bashar al Asad, Moscú no ha descuidado sus relaciones con los kurdos sirios. En febrero de 2016 el Partido de la Unión Democrática (PYD), cuyas Unidades de Protección Popular (YPG) constituyen uno de los grupos más efectivos en la lucha contra Estado Islámico en Siria, inauguró una oficina en la capital rusa. Y en la propuesta que juristas rusos entregaron en febrero a las autoridades sirias para la redacción de una nueva Constitución, la palabra “árabe” desaparecía del nombre oficial del país ─que pasaría a ser República de Siria─, se reconocía la autonomía cultural del pueblo kurdo y se recogía el reconocimiento de su idioma, aunque se mantenía el artículo sobre la integridad territorial del Estado sirio.

Aunque el PYD no excluye la posibilidad de celebrar un referendo de independencia con el fin de crear un Estado propio, el co-presidente del partido, Salih Muslim, defendió en una entrevista con la agencia ARA News la idea de trabajar en la creación de una Siria democrática y federal que incluya y represente a todos los grupos étnicos que viven en el país.

El 20 de marzo un portavoz de las YPG declaró a la agencia Reuters que las fuerzas kurdas sirias habían alcanzado un acuerdo con Rusia y que soldados y vehículos blindados rusos habían llegado al municipio de Kafr Jina, en la provincia de Afrin. La noticia fue rápidamente desmentida por el Ministerio de Defensa ruso, que dijo no tener ninguna intención de crear nuevas bases en Siria. Los contactos con los kurdos sirios obligan a Moscú a hacer malabarismos diplomáticos, pues mientras Turquía ha expresado públicamente su descontento, los kurdos, a su vez, no confían plenamente en el Kremlin debido a sus contactos fluidos con Ankara, Damasco y Teherán.

 

Libia


Tras participar en la ofensiva en Alepo, el portaaviones Admiral Kuznetsov emprendió el viaje de retorno al puerto de Severomorsk. El 11 de enero hizo una escala poco publicitada frente a la costa libia, en aguas internacionales. El general libio Khalifa Haftar, quien al frente del Ejército Nacional Libio controla la parte oriental del país, se trasladó hasta el buque para mantener una conversación por videoconferencia con el ministro de Defensa ruso, Serguéi Shoigú. Aunque la cobertura oficial despachó escuetamente el encuentro bajo el genérico título de “lucha antiterrorista”, la conversación entre Haftar y Shoigú llevó a los comentaristas a especular nuevamente con la posibilidad de la apertura de una nueva base militar rusa en el Mediterráneo o el apoyo aéreo de la Fuerza Aeroespacial a las tropas de Haftar siguiendo el modelo sirio.

A la muerte de Muamar Gadafi en 2011 no le siguió una rápida transición, sino una larga disputa interna entre facciones por el poder. Actualmente el Gobierno de Acuerdo Nacional, con sede en Trípoli y al frente del cual está el primer ministro Fayez al-Sarraj, controla la parte occidental del país, mientras Haftar se niega a reconocer su autoridad y gobierna la parte oriental, donde se encuentran la mayoría de oleoductos y reservas de crudo. En el ínterin, varias organizaciones terroristas ─notablemente Estado Islámico, que hizo pública su presencia con la difusión de la ejecución grabada en vídeo de 20 egipcios coptos─, aprovecharon el vacío de poder para echar raíces en Libia.

La situación de inestabilidad en el país preocupa seriamente a la Unión Europea. La inmigración al continente es una de las cuestiones clave: el caos ha permitido a los traficantes de personas utilizar Libia como una de sus bases (entre la isla de Lampedusa y la costa libia hay poco más de 460 kilómetros de distancia). Además, Libia suministra petróleo a través del gasoducto Greenstream, un proyecto conjunto de la italiana Eni y la libia NOC con una capacidad de 11 millones de metros cúbicos anuales. Manifestantes de la minoría amazigh lograron interrumpir temporalmente el suministro el suministro de gas en 2013 y 2017 para reclamar al Estado libio que garantice sus derechos.

En su pulso con el Gobierno de Acuerdo Nacional, respaldado por Alemania e Italia, Haftar cuenta con apoyos dentro y fuera del país. El general libio visitó Moscú en 2016 en dos ocasiones, la última en noviembre pasado, cuando se reunió con Shoigú y el ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi Lavrov. El 26 de diciembre el viceministro de Exteriores, Guennadi Gatílov, reclamaba públicamente un puesto para Haftar en el nuevo gobierno libio. “En el desbarajuste actual Haftar se encuentra en mejor posición que cualquier otro”, escribe Thomas Pany en el digital Telepolis. “A la población libia se le han agotado los nervios [...] Todo esto juega en beneficio de Haftar, que con sus tropas ha logrado éxitos militares contra los yihadistas e islamistas”, continúa. Haftar “se ha labrado una popularidad y es apoyado por Egipto, Francia, los Emiratos Árabes ─desde allí el antiguo jefe de Blackwater, Erik Prince, ha enviado pilotos para Haftar─ y ahora, aparentemente, también de manera mucho más clara por Rusia”. Se rumorea que Moscú también ha enviado instructores y asesores militares a Libia oriental. Esta situación ha hecho que Italia accediese en enero a enviar por primera vez ayuda humanitaria a las zonas controladas por Haftar.

Khalifa Haftar (Ajdabiya, 1943) recibió instrucción militar en la URSS y en 1969 participó en el alzamiento de militares nasseristas que depusieron al rey Idris. Participó en la guerra del Yom Kippur de 1973 y en el largo conflicto que enfrentó a Libia con el Chad (1978-1987), en el que fue hecho prisionero. Repudiado por el líder libio ─uno de los motivos podría haber sido que la experiencia militar de Haftar lo convertía en un rival del propio Gadafi─, Haftar cayó en desgracia. Fue expulsado consecutivamente a Zaire ─donde en 1988 se unió al Frente Nacional para la Salvación de Libia, bajo patronazgo estadounidense─, Kenia y EEUU. En 1996 intentó llevar a cabo un golpe de Estado contra Gadafi y, tras el fracaso de éste, regresó al país en 2011 desde EEUU. Desde el año 2014 Haftar ha desplegado una estrategia para ampliar sus alianzas políticas y militares en el este del país. Su giro hacia Rusia le ha valido el apodo de “el zorro del desierto de Putin” por parte del semanario alemán Der Spiegel.

Otra dimensión de la presencia rusa en Libia menos comentada es la económica: en febrero NOC firmó con la petrolera rusa Rosneft un acuerdo de exploración y producción. “Necesitamos la asistencia e inversión de las grandes compañías petrolíferas internacionales para alcanzar nuestros objetivos de producción y estabilizar nuestra economía”, dijo en un comunicado el presidente de NOC, Mustafá Sanalla. “Trabajando con NOC, Rosneft y Rusia pueden jugar un papel importante y constructivo en Libia”, aseguró Sanalla.

 

Egipto


Barack Obama empezó su mandato, como ha explicado Nazanín Armanian, “respaldando a los Hermanos Musulmanes” y “apostó por el 'islamismo de corbata' frente a la nefasta alianza de Bush con el islamismo de turbante de los jeques wahabíes de Arabia Saudí”. Sin embargo, el golpe de Estado de 2013, en el que el estamento militar descontento con el nuevo gobierno islamista derrocó al presidente Mohamed Morsi, invalidó esta alianza y abrió las puertas a Rusia a cooperar con El Cairo.

En noviembre de 2013, durante un encuentro entre los ministros de Defensa y Asuntos Exteriores de ambos países en la capital egipcia, el ministro egipcio de Exteriores, Nabil Fahmy, manifestó el deseo de su país de regresar a los niveles de cooperación militar existentes con la URSS durante las dos primeras décadas desde la revolución de 1953. Detrás de esta declaración había también una cuestión práctica: tras el golpe de Estado la Casa Blanca decidió suspender la venta de armas a Egipto por un período de dos años, obligando al nuevo gobierno a diversificar su cartera de defensa. En febrero de 2014 el nuevo presidente egipcio, Abdel Fatah al Sisi, viajó hasta a Rusia para reunirse con Vladímir Putin. Se trataba del primer viaje de Sisi al extranjero tras el derrocamiento de Morsi, y, como tal, iba destinado a romper las resistencias al reconocimiento internacional de su gobierno.

El Kremlin respaldó públicamente al presidente egipcio y expresó su interés en profundizar los vínculos bilaterales, no sólo ─como era notorio─ los militares, sino también los comerciales: Egipto sigue siendo un destino favorecido por muchos turistas rusos a pesar de los atentados terroristas y sus productos han reemplazado a los europeos en los estantes de algunos supermercados tras el veto agroalimentario ruso de 2014 en respuesta a las sanciones occidentales. Hasta un 43% de las exportaciones egipcias a Rusia entran dentro de esta categoría, según cifras del portal rusexporter.ru. Rusia, a su vez, exporta a Egipto sobre todo combustible y grano.

Además de la adquisición de armamento, en octubre de 2016 las tropas aerotransportadas de Rusia llegaron a realizar unas maniobras conjuntas con el ejército egipcio en El Alamein. Ese mismo mes el diario Izvestia informaba que Moscú y El Cairo estaban negociando la cesión a Rusia de la base naval de Sidi Barrani ─que la URSS utilizó hasta 1972 y desde la que monitoreaba a los buques estadounidenses en el Mediterráneo─, unas informaciones desmentidas poco después por un portavoz del presidente egipcio. La base de Sidi Barrani, que se encuentra a 95 kilómetros de la frontera con Libia, volvió a ser noticia el pasado mes de marzo, cuando los medios de comunicación informaron de la presencia en Egipto de drones y fuerzas especiales rusas (más tarde se habló de contratistas privados). Según los medios anglosajones, que citaban a funcionarios estadounidenses bajo condición de anonimato, Rusia habría desplegado también tropas en la base egipcia de Marsa Matrouh en el mes de febrero. El objetivo de este confuso episodio, según EEUU, habría sido respaldar la ofensiva de Haftar en Libia para controlar Sidra y Ras Lanuf, donde se encuentran un importante puerto y refinería petrolífera respectivamente. En su testimonio al comité de relaciones exteriores del Senado estadounidense, el general Thomas D. Waldhauser, responsable de AFRICOM, afirmó que “Rusia está tratando de ejercer influencia en la decisión de quién y qué entidad estará al cargo del gobierno en Libia”. Cuando el senador republicano Lindsey Graham inquirió si Rusia estaba intentando replicar la estrategia en Siria, Waldhauser respondió: “Sí, ésa sería una buena manera de presentarlo”.

 

Israel


Aunque Israel no es un país árabe, juega evidentemente un papel clave en la correlación de fuerzas en la región. Las relaciones diplomáticas de la Unión Soviética con Israel fueron la mayor parte del tiempo tensas debido al apoyo soviético al socialismo árabe y los obstáculos burocráticos a los que los judíos rusos se enfrentaban para llevar a cabo la aliyah (inmigración a Israel). Irónicamente, quizá haya sido esta misma emigración la que haya facilitado el restablecimiento de relaciones.

“Hoy hay alrededor de 1,3 millones de ciudadanos israelíes rusófonos, y la inmigración desde los países de la antigua URSS vuelve a estar al alza”, recordaba el año pasado The Times of Israel. No sólo el ruso es el tercer idioma más hablado en Israel ─con medios de comunicación propios, como el diario Vesti o el canal de televisión Israel Plus─, sino que “en un país de ocho millones de habitantes, la comunidad rusohablante constituye un electorado influyente”. Así, el partido conservador Yisrael Beiteinu se ha convertido en uno de los representantes de los intereses de la población rusófona en el país. Su presidente y ministro de Defensa, Avigdor Lieberman, nació en Chisinau, capital de la entonces república soviética de Moldavia; la titular del Ministerio de Absorción e Inmigración de Israel, Sofa Landver, en Leningrado; y el ministro de Medio Ambiente, Ze'ev Elkin, en Járkov. La marginación percibida o real hacia los judíos procedentes de la antigua URSS ─según un sondeo de la Oficina de Estadística de Israel un 67% afirmó tener la sensación de que sus compatriotas los veían como “rusos” y no como “israelíes”─ hace que este grupo de población presente una mayor cohesión ─un 72%, según ese mismo sondeo, declaró que su círculo de amigos se compone predominantemente de otros rusoparlantes─ y se perfile en consecuencia como un potencial lobby en el país.

“A pesar de Siria, las relaciones entre Rusia e Israel son las más cálidas de su historia”, titulaba el pasado 25 de marzo The Jerusalem Post. Como en el caso de Egipto, Moscú se benefició del giro de la política exterior de Benyamin Netanyahu durante la administración Obama y su búsqueda de nuevos socios. A pesar de que Rusia tiene vínculos con los enemigos tradicionales del Estado judío ─como Siria o Irán, e incluso la Autoridad Nacional Palestina (ANP)─, los israelíes valoran el pragmatismo de la diplomacia rusa y han encontrado en Moscú un contrapeso a sus relaciones con Washington y Bruselas, y Rusia, a su vez, puede apoyarse en Tel Aviv en su política occidental. Algunos analistas apuntan incluso a que el Kremlin habría tolerado convenientemente los bombardeos israelíes en Siria para no perjudicar este equilibrio. Otros señalan que las relaciones con Siria o Irán, lejos de enturbiar las relaciones con Tel Aviv, podrían facilitar el papel de Rusia como mediador en el conflicto palestino-israelí frente a EEUU, cuya evidente alianza con Israel lo convierte en un árbitro cuestionable. Rusia es miembro del llamado cuarteto junto con la ONU, EEUU y la Unión Europea para la resolución del conflicto.

Pero Israel también coopera con Rusia en otros ámbitos. Tras el veto agroalimentario, Israel ha visto aumentar sus exportaciones agrícolas a Rusia, y, aunque los alimentos son el producto estrella de las exportaciones israelíes (37%), también destacan los equipos electrónicos (8%) y productos farmacéuticos (6%). En 2015, el comercio bilateral ascendió a 2.700 millones de dólares estadounidenses, un incremento del 4% con respecto al año anterior. Israel importa más productos de Rusia ─2.100 millones de dólares─ de lo que exporta, según cifras recogidas por el portal económico rusexporter.ru. Como en el caso egipcio, la mayoría de exportaciones rusas a Israel las constituyen el combustible y los cereales.

Israel incluso colabora con Moscú en el siempre delicado plano militar, con la venta, desde 2009, de drones de fabricación israelí ─la última fue en septiembre de 2015, por un valor de 300 millones de dólares─ y mantiene un canal de comunicación directo, privado y encriptado, entre el presidente ruso y el primer ministro israelí desde el año 2014. “Rusia se siente muy próxima al gobierno israelí”, comentó el politólogo Aleksandr Tentzer al medio israelí Ynet. “Los rusos quieren hablar con Israel sin que nadie les espíe, en particular EEUU”, añadió.

 

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