CC BY 2.0 / The U.S. Army /

 

Por primera vez en la historia tropas de Estados Unidos participarán en un ejercicio militar en el corazón de la Amazonia. Se trata del AmazonLog que se desarrollará entre el 6 y el 13 de noviembre en la brasileña Tabatinga, ciudad situada en la orilla izquierda del río Solimoes, en la triple frontera entre Perú, Brasil y Colombia.

Los ejercicios militares no tienen precedentes en América Latina. La propuesta tomó como referencia la operación de la OTAN realizada en Hungría en 2015, que desplegó 1.700 militares en una simulación de ayuda logística. Los objetivos consisten en el control de la migración ilegal, la asistencia humanitaria en grandes eventos, operaciones de paz en regiones remotas, acciones contra el tráfico de drogas y los llamados 'delitos ambientales'.

"El lugar elegido fue Tabatinga porque queremos mostrar al mundo las dificultades de nuestra Amazonia", dijo el general del Ejército de Brasil, Guilherme Cals Theophilo. No dijo que mostrarán también los secretos mejor guardados de la región considerada el pulmón del planeta, la más rica en agua y biodiversidad. Agregó que se trata a la vez de enseñar cómo los bosques tropicales son útiles para "un debate científico y tecnológico" relacionado tanto con la paz como con la guerra.

Han sido invitadas las fuerzas armadas de Colombia, Argentina, Bolivia, Perú, Ecuador, Chile, Uruguay, Estados Unidos, Panamá y Canadá. Entre los países con Gobiernos de izquierda ha sido Bolivia el primero en confirmar su participación. También ha sido invitado el Consejo de Defensa Suramericano (CDS), perteneciente a la Unasur, así como la Junta Interamericana de Defensa situada en la órbita del Pentágono.

La realización de estos ejercicios supone tres cambios importantes, dos de ellos afectan directamente a Brasil y el tercero a toda la región.

El primero es que Brasil había sido hasta ahora muy celosa en la custodia de la Amazonia. Un mensaje que circula entre militares dice: "Invitar a las Fuerzas Armadas de EEUU para hacer ejercicios conjuntos con nuestras Fuerzas Armadas, en la Amazonia, es como un crimen de lesa patria. Enseñar al enemigo cómo combatirnos en la selva amazónica es alta traición", según divulgó el periódico Zero Hora.

Nelson Düring, director de la página militar Defesnet.com.br, señala que los ejercicios son "un retroceso que confunde la inserción brasileña en asuntos internacionales". El experto en temas militares recuerda que "hasta ahora no eran aceptados militares extranjeros en el Centro de Instrucción de Guerra en la Selva (CIGS). Ahora ya tenemos norteamericanos, europeos y hasta chinos". Concluye en sintonía con las voces críticas: "Brasil debe preservar sus secretos" (goo.gl/UTyr4r). Los sectores nacionalistas de las Fuerzas Armadas temen que la base multinacional temporal que se establezca en Tabatinga, pueda convertirse en permanente, como sucedió en Hungría en 2015.

En segundo lugar, AmazonLog 2017 refleja una inflexión en las relaciones militares entre Brasil y Estados Unidos. En 1952 se firmó un acuerdo militar entre Brasil y Estados Unidos, rubricado por los presidentes Harry Truman y Getulio Vargas, para el intercambio de armamento por minerales estratégicos como uranio. Era un momento de fuertes presiones de Washington sobre Brasilia para impedir el desarrollo de tecnología nuclear propia.

El 11 de marzo de 1977 el presidente militar Ernesto Geisel denunció el tratado, ya que el Gobierno de Jimmy Carter interfirió en los asuntos internos con el argumento de la defensa de los derechos humanos. En 1989 esa distancia se incrementó.

Joao Roberto Martins Filho, expresidente de la Asociación Brasileña de Estudios de Defensa, señala que "desde el fin de la guerra fría Brasil se separó de EEUU, que era un aliado estratégico y de repente comenzó a actuar como superpotencia única. Eso provocó una reacción de hiperdefensa de la Amazonia".

Con la llegada de Donald Trump y de Michel Temer a la presidencia de EEUU y Brasil, las relaciones están cambiando. Los ejercicios conjuntos de noviembre son apenas la parte más visible de un acercamiento en el área de defensa. En marzo el jefe del Comando Sur, Clarence K. K. Chinn, fue condecorado en Brasilia con la Medalla al Mérito Militar y visitó las instalaciones del Comando Militar de la Amazonia donde se realizarán los ejercicios AmazonLog.

La principal empresa brasileña de defensa, Embraer, cerró un acuerdo en abril con la estadounidense Rockwell Collins en el área aeroespacial y el Comando de Ingeniería, Desarrollo e Investigación del Ejército de EEUU abrió una oficina en Sao Paulo, para profundizar en las relaciones de investigación e innovación de tecnologías de defensa. El 3 de abril el Ministerio de Defensa de Brasil anunció que está desarrollando un "proyecto de defensa" conjunto con EEUU, según informó CNN.

Por último, se registra un paso atrás en el proceso de integración regional. En el marco de la Unasur, espacio sudamericano en el que no participa Estados Unidos, se creó en 2008 el Consejo de Defensa Suramericano (CDS) con el objetivo de consolidar una zona de paz suramericana, construir una visión común en materia de defensa y articular posiciones regionales en foros multilaterales.

El CDS apuntaba hacia la autonomía regional en materia de defensa y consolidaba la ruptura con el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) creado en 1947, que refleja la dominación de EEUU sobre el continente. El TIAR se deslegitimó durante la guerra de las Malvinas (1982) ya que EEUU apoyó a Inglaterra. Con los años, varios países se salieron del TIAR: Perú, México, Bolivia, Cuba, Venezuela, Nicaragua y Ecuador.

Ahora el nuevo Gobierno de Brasil invita a los ejercicios AamazonLog tanto al CDS como a la Junta Interamericana de Defensa que pertenece a la OEA. De ese modo, se legitiman los espacios en los que participa el Pentágono y se diluyen los espacios propios de la región sudamericana. Un juego nada sutil en momentos críticos en que la región necesita establecer distancias con Washington y afirmar su indentidad.

 

 

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En apariencia Donald Trump consiguió tensar las relaciones entre China y Norcorea

 

Si durante todo el mes caótico de abril Trump mantuvo en angustia al planeta entero –con su triple sacudida telúrica en Siria (lanzamiento poco exitoso de 59 misiles crucero contra una base aérea del gobierno); la detonación de la madre de todas las bombas en Afganistán, con resultados contraproducentes, y la escalada de tensión en la península coreana, donde los geoestrategas de Rusia y China advierten que está tramposamente dirigida en su contra (https://goo.gl/qbm6bj)–, pues el mes de mayo ha iniciado con mejores augurios con la tercera llamada, como si fuera obra teatral, de Trump y su homólogo ruso Vlady Putin, justamente cuando se encontraba de visita en Sochi la canciller alemana Angela Merkel.

Así como Mar–a-Lago es la capital veraniega de Trump, Sochi lo es para el zar Vlady Putin donde invirtió 50 mil millones de dólares para los Juegos Olímpicos de invierno y su desarrollo turístico.

Y es justamente en Sochi donde el zar Vlady recibió, un día después de la salida de la canciller alemana, al sultán Erdogán, quien cada día se acerca más a Rusia y se aleja de Estados Unidos (https://goo.gl/PQVbKA), en especial después del grave error de la CIA de haber intentado su derrocamiento –de lo que se lamentó Zbigniew Brzezinski (https://goo.gl/1c9vl3).

La tercera llamada distendió la ríspida relación bilateral de Estados Unidos y Rusia cuando Putin urgió a Trump a mostrar control hacia Norcorea conforme crecen las tensiones, así como las maneras para finiquitar el conflicto sirio, mientras se ponían de acuerdo en combatir a los yihadistas (https://goo.gl/tsXYRq).

El veterano diplomático indio M.K. Bhadrakumar considera que la tercera llamada ha mejorado sustancialmente la relación bilateral cuando la Casa Blanca la juzga muy (sic) buena y el Kremlin la catalogó de constructiva y de corte empresarial en la que Siria fue el principal tópico donde se ha reanudado la colaboración (https://goo.gl/mpdo8M).

La propuesta de las cuatro zonas de desescalada en Siria refleja la distensión entre Estados Unidos y Rusia. A mi juicio, el malestar de la prensa israelí sobre la desescalada de Trump y Putin en Siria denota el éxito de la “tercera llamada (https://goo.gl/SnlE6e)”.

Las zonas desescaladas ayudan a los civiles y contrastan con las zonas de exclusión aéreas que prácticamente concretan la balcanización, como las aplicadas en Libia por la OTAN, que han creado un verdadero cataclismo entre los civiles, lo cual estuvo en la génesis de la crisis de los migrantes a Europa.

Donde Estados Unidos goza de libre albedrío bélico es en sus bombardeos aéreos a los yihadistas desde su capital Raqqa hasta la frontera de Irak.

Algunos miembros de la delegación de la oposición democrática de Siria se retiraron como protesta a la participación ineludible de Irán, como lo es la de Turquía, si es que se quiere llegar a un acuerdo.

En forma destacada, el portal chino Global Times concede relevancia a las zonas de desescalada y cita en forma juiciosa a los analistas (sic), quienes aducen que la implementación es probable que suceda si Turquía, el principal apoyador de los rebeldes, respeta su firma, ya que “los rebeldes no pueden sobrevivir sin el apoyo crucial de Turquía y las petromonarquías árabes del golfo (https://goo.gl/It3BSR)”.

Las cuatro zonas de desescalada son: 1. la provincia de Idlib (frontera con Turquía); 2. Homs (zona central que conecta a Alepo con la capital Damasco), 3. Ghouta oriental (periferia de la capital) y 4. Áreas en Daraa (cercana a la frontera de Jordania donde estalló la revuelta juvenil por el agua y el cambio climático (https://goo.gl/6CQWBx) y Quneitra (en las Alturas del Golán anexadas por Israel en forma unilateral).

Vale la pena un paréntesis ominoso cuando Israel ha formalizado que la destrucción de Siria legitima la captura de territorios por Israel, ya que, según el viceministro diplomático de la oficina del premier Netanyahu, Michael Oren, no existe nadie (¡súper sic!) en Siria para negociar, por lo que su ocupación debe ser reconocida (https://goo.gl/34COSn). Ni más ni menos que la técnica de destrucción/ balcanización/caos fomentada por Israel, que ha implementado desde hace 69 años para despojar los territorios de sus vecinos (https://goo.gl/sHlWha).

El analista Patrick Henningsen reporta en Russia Today que el memorando de Astana (capital de Kazajstán), firmado por Rusia, Irán y Turquía mueve el centro de gravedad geopolítico del Occidente de Estados Unidos/OTAN a Oriente y de Ginebra (centro de las anteriores platicas de pacificación sobre Siria) a Astana (https://goo.gl/JT3yLA).

Llamó la atención que Trump hubiera enviado al diplomático Stuart Jones (actuante asistente del secretario de Estado) a la reunión de Astana (https://goo.gl/U0rmaF). No faltan quienes aleguen que las cuatro zonas desescaladas anuncien la balcanización de Siria: el sueño de Israel. El diablo estará en los detalles de la tercera llamada de Trump y Putin y de lo que se trata ante todo es prevenir un accidente aéreo de Rusia y Estados Unidos.

El anterior funcionario del Pentágono, Michael Maloof (MM), diluye el entusiasmo y considera que las fuerzas especiales de Estados Unidos en Siria están destinadas a ayudar a los kurdos y que no hay que eliminar la probabilidad de que la fuerza aérea de Estados Unidos conduzca bombardeos en las zonas desescaladas cuando Rusia, Turquía e Irán se han comprometido a respetarlas.

Michael Maloof juzga que Turquía estuvo feliz (sic) en firmar el memorándum de Astana que impide la colaboración de Estados Unidos con los kurdos. No seria la primera vez que Occidente, en sus diferentes fases históricas, venda de nuevo a los kurdos.

¿Se adelantó el zar Vlady Putin al presidente Trump?

Un día después de haber recibido en la Casa Blanca al presidente palestino Mahmoud Abbas, Trump anunció un triple viaje espectacular a Arabia Saudita, Israel y el Vaticano en la penúltima semana de mayo, antes de que acuda a la cumbre de la OTAN en Bruselas el 25 de mayo y a la cumbre del G-7 en Sicilia el día siguiente.

De todas las cumbres, la más importante será la primera reunión bilateral, al margen de la Cumbre del G-20 en Hamburgo el 7 y el 8 de julio, donde por primera vez se verán cara a cara Trump y el zar Vlady Putin, pese a todo el ambiente tóxico de rusofobia que promueve el Deep State de Estados Unidos.

Como que parece reactivamente precipitada la decisión de Trump de realizar su triple periplo, una semana antes de la trascendental cumbre en Pekín de la Nueva Ruta de la Seda, donde destaca la presencia del zar Vlady Putin entre 27 mandatarios convocados por el mandarín Xi.

Si el objetivo primordial de Trump consiste en resquebrajar la alianza estratégica de Rusia y China (https://goo.gl/MimN0b), su decisión intempestiva de visitar el Medio Oriente y El Vaticano, como preámbulo a las cumbres de la OTAN y del G-7, denotaría la inefectividad de los bombardeos alocados de Estados Unidos contra Siria y Afganistán.

Sin contar el factor ruso que ha irrumpido en la ecuación de la península coreana, Trump ha conseguido en apariencia haber tensado las relaciones entre China y su aliado Norcorea. Pero más vale esperar el resultado de la elección presidencial en Sudcorea el 9 de mayo.

 

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Marine Le Pen y Donald Trump. LUIS GRAÑENA

 

Entre las muchas coincidencias que pueden encontrarse en el discurso electoral de Trump y Le Pen se encuentra el rechazo, al menos en el plano formal, de los Tratados de Libre Comercio de nueva generación y en concreto del TTIP y del CETA. Revestidos de una retórica calificada de “proteccionismo”, primero Trump en su campaña y ahora Le Pen han hecho suyo un discurso antitratados que ni parece que vaya a materializarse ni aporta ninguna alternativa en beneficio de las mayorías sociales.

Desde luego, es innegable que la llegada de la Administración Trump ha marcado un punto de inflexión en las relaciones comerciales entre la UE y Estados Unidos. Partiendo de esta afirmación, el interés radica en elucidar si la política comercial de Estados Unidos está dando un giro real o si la tan publicitada ruptura con el modelo anterior es un elemento más del discurso electoral/populista sin que exista un cambio real de modelo. El abandono del proceso de ratificación del Tratado Transpacífico, la paralización de las negociaciones del TTIP, la voluntad de renegociar el NAFTA han sido claros golpes de efecto destinados a mostrar un cambio de ruta del que aún no sabemos cuál es su alcance ni naturaleza exacta.

Lo cierto y verdad es que la contraposición entre “proteccionismo” y “globalización”, que tanto y tan bien explota la extrema derecha a ambos lados del Atlántico, no es una traslación automática de la lucha entre soberanía o democracia frente a neoliberalismo o libre mercado sin frenos. Aunque sea ese el relato del que Trump o Le Pen intentan aprovecharse, la dicotomía en el fondo es falsa, puesto que en ella subyace una similar estrategia de acumulación por desposesión, que se da tanto en el interior de los países que gobiernan o pretenden gobernar como en sus relaciones con el resto de regiones y Estados de la periferia.

La lectura del documento sobre la estrategia comercial de Trump, que se ha filtrado el pasado mes de marzo, nos da buena cuenta de ello. En el mismo se afirma que la nueva política significa un cambio “real” respecto de la sostenida por la Administración anterior (lo que en teoría “venden”), aunque un análisis pormenorizado de las propuestas revela el sostenimiento de una línea que nunca se ha perdido: América para los americanos, sí, pero fundamentalmente para algunos y contra la mayoría.

Según el documento, el objetivo actual de la política comercial de Estados Unidos es la expansión del comercio de manera que éste sea más libre y más abierto para los estadounidenses. Todas las acciones comerciales, continúa el texto, tendrán como objetivo el crecimiento económico y la promoción del empleo en los Estados Unidos y la protección de las empresas, trabajadores, sectores y mercancías de los Estados Unidos frente a los del resto de países. En este sentido, se van a primar los acuerdos bilaterales frente a los regionales y se resistirá frente a los intentos de la OMC de debilitar la postura de Estados Unidos en los diversos tratados multilaterales. En realidad, nada nuevo bajo el sol ni diferente a lo que la gran potencia ha venido realizando en las últimas décadas.

En concreto, Trump se fija los siguientes objetivos: defender y expandir agresivamente la soberanía de Estados Unidos en materia comercial; responder agresivamente a las distorsiones a la libre competencia, incluso si son toleradas por la OMC; sortear las normas de la OMC e impulsar tratados bilaterales que mejorenla apertura de las fronteras de otros países respecto de los productos y servicios estadounidenses; expandir el comercio a nuevos mercados clave y renegociar tratados ya en vigor, en concreto el NAFTA. Es decir, nada que no estuviera, al menos señalado, en la agenda anterior (Obama y Clinton ya apostaron por renegociar el NAFTA), nada que implique un cambio radical (en lugar del TPP se van a negociar tratados bilaterales con cada uno de los países implicados) y nada que no estuviera presente en la negociación del TTIP.

Como se recordará, el 17 de julio de 2013 el Consejo de la Unión Europea aprobó las Directrices de negociación relativas a la Asociación Transatlántica sobre Comercio e Inversión, entre la Unión Europea y los Estados Unidos de América, más conocido como TTIP. Este documento, que no se desclasificó hasta el 9 de octubre de 2014, contiene los objetivos y contenidos fundamentales del acuerdo, estableciendo como finalidad primordial el aumento del comercio y la inversión entre la UE y los Estados Unidos. Para ello, el documento enmarca los contenidos del Tratado en tres grandes pilares: el acceso al mercado, las cuestiones reglamentarias y barreras no arancelarias (cooperación reguladora) y la producción de normas comunes de obligado cumplimiento, incluyendo un mecanismo de solución de controversias inversor-Estado (ISDS). Este amplio contenido ha justificado que el TTIP, al igual que el CETA, sea bautizado como un “Tratado de Nueva Generación”, ya que su objetivo principal no es el de eliminar aranceles, sino el de servir de marco jurídico para que el capital transnacional proteja sus intereses frente a la discrecionalidad, soberana, de los Estados. Y aunque tras el cambio en la Administración estadounidense las negociaciones se han paralizado, no se han dado por concluidas; al contrario, parece que ambas potencias están apostando por retomarlas.

Sin duda, una nueva apertura de las mismas vendrá marcada por una notable posición de fuerza de los Estados Unidos que mantendrá las líneas rojas que ya estancaron las negociaciones en el otoño pasado. Cuestiones como la apertura de los mercados de la contratación pública con la derogación o modificación de la Buy American Act o el reconocimiento de las Denominaciones de Origen ya se plantearon como concesiones imposibles por parte de la Administración Obama y en estos momentos se pergeñan como líneas infranqueables, con más agresividad aún. Así las cosas, y con el as en la manga que supondría dar prioridad a un tratado de nueva generación con el Reino Unido antes de negociar con la UE, el Gobierno de Trump puede coger el mando de las negociaciones con una Unión Europea a la que la negociación de estos tratados está provocando fisuras cada vez más amplias.

En esta coyuntura, el objetivo actual de la política comercial de Estados Unidos es la expansión del comercio de manera que éste sea más libre y más abierto para los estadounidenses. Sea como fuere, la Administración Trump se encontrará delante con una UE aún más desunida y débil, con las contradicciones inherentes a su propio proceso de integración abiertas en canal. La primacía de lo económico y del mercado en la configuración misma de la UE, sin la necesaria dimensión social que los atenúe, unida a los últimos ataques neoliberales desde sus instituciones a los derechos y al bienestar de las mayorías sociales del continente, han suscitado un sentimiento de rechazo hacia el proyecto que ha sido, por el momento, canalizado con mayor intensidad por la derecha. La ausencia de mecanismos redistributivos a nivel continental y la consagración jurídica, al mismo tiempo, de la estabilidad presupuestaria como indiscutible camisa de fuerza para las posibilidades de intervención económica de los Estados han provocado que las libertades económicas fundamentales (de movimiento, de capitales, de servicios y bienes...) hayan seguido operando sin diques que las frenen, aumentando la desigualdad y la acumulación de la riqueza a través, y por encima, de los países.

El descontento, por ende, se hará aún mayor si no somos capaces de dar un giro rotundo a la arquitectura misma de la Unión Europea, y la extrema derecha seguirá creciendo si su relato, falso, sigue teniendo un asidero real en Bruselas al que agarrarse. Ellos, Le Pen y Trump, se erigen en los salvadores de la comunidad, de la Nación y de la seguridad, laboral y social, frente a la globalización institucionalizada y al mundo de las frías cifras del establishment de Washington o de las instituciones de Bruselas. Pero ellos también, a la vez, no dejan de defender en el fondo los mismos planteamientos que subyacen a las consecuencias que critican y de las que se aprovechan en el descontento generalizado. Trump seguirá con el libre comercio sin trabas, lo potenciará incluso, y la acumulación de unos pocos y la desigualdad para los muchos aumentará. Lo hará, eso sí, desde un vigorizado discurso nacionalista y neoproteccionista, mientras sus millonarias cuentas no pararán de crecer y sus empresas, cual metáfora de su misma ideología, no cesarán de saltar de un país a otro protegidas por los tratados de nueva generación auspiciados por EEUU.

Le Pen, de ganar, no acabará con la base socioeconómica que alimenta la desigualdad, la injusticia social y el descontento, como tampoco lo hará Macron, por mucho que ahora ambos decidan que criticar el CETA está à la mode. El Brexit, por su parte, no supondrá un renovado impulso para la democracia en el Reino Unido, que, de la mano de May y los tories, ya está comenzando a abrazar de nuevo la posibilidad de aumentar los neoliberales lazos con Estados Unidos y de convertir Londres en un paraíso para estos nuevos tratados que amparan, recordemos, la impunidad total de un capital transnacional dueño y señor de los mecanismos tradicionales de poder.

Frente a la atomización social, el individualismo extremo, el empobrecimiento de amplias capas de la población y el aumento de la desigualdad, el capitalismo neoliberal, precisamente la causa de todos estos factores, parece haber encontrado una vía de escape para seguir conservando la acumulación que alienta: el nacionalismo de los falsos proteccionismos que en el fondo no solo no cambian, sino que profundizan, la acumulación por desposesión que estamos sufriendo. El TTIP que viene tendrá posiblemente otro nombre y otras formas, pero detrás estarán los mismos intereses de siempre al servicio de quienes, desde hace demasiado tiempo ya, vampirizan el futuro de las generaciones presentes y venideras.

 

Adoración Guamán. Profesora titular de Derecho del Trabajo en la Universitat de València. Gabriel Moreno. Investigador en Derecho Constitucional en la Universitat de València.

 

Fuente:http://ctxt.es/es/20170503/Firmas/12557/TTIP-ceta-internacional-tribunas-Trump-Le-Pen.htm

 

 

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Domingo, 30 Abril 2017 06:49

El cínico doble rasero de los medios

El cínico doble rasero de los medios

 

Sobre el último reporte de Amnistía Internacional (AI) sobre la monarquía petrolera.

 

En Arabia Saudita no se reprimen las manifestaciones, como está sucediendo en Venezuela. Simplemente no es posible manifestarse. El último reporte de Amnistía Internacional (AI) sobre la monarquía petrolera dice: “Las autoridades restringían severamente el derecho de libertad de expresión, asociación y reunión, deteniendo y encarcelando por cargos imprecisos a quienes las criticaban, a defensores y defensoras de derechos humanos y a activistas de los derechos de las minorías. La tortura y otros malos tratos (...) seguían siendo habituales, especialmente durante los interrogatorios”.

El informe destaca la discriminación contra las mujeres, en la ley y en los hechos (no pueden conducir coches, viajar, trabajar y ser intervenidas quirúrgicamente si no cuentan con el permiso de un familiar varón). Numerosas penas de muerte “incluso por delitos no violentos y contra personas condenadas por presuntos delitos cometidos cuando eran menores de edad”. Más aun, en la guerra dirigida por Arabia Saudita en Yemen se cometen “violaciones graves del derecho internacional, crímenes de guerra incluidos”.

Lo que sucede en Turquía desde el fallido golpe de Estado del 15 de julio pasado resulta estremecedor. El informe de AI destaca que “más de 40 mil personas permanecieron detenidas en espera de juicio durante los seis meses que duró el estado de excepción”. Agrega que hay indicios de que se ha torturado a personas detenidas, que se despidió a casi 90 mil funcionarios públicos, se cerraron “cientos de medios de comunicación y se detuvo a periodistas, activistas y miembros del parlamento”.

Las fuerzas de seguridad violan impunemente los derechos humanos, especialmente en el sureste del país, de población predominantemente kurda, donde en los núcleos urbanos se impuso el toque de queda durante las 24 horas del día. Alrededor de 140 periodistas están en prisión, y es por segundo año consecutivo el país con más periodistas presos.

En cuanto a la intervención militar en Yemen, AI señala: “En todo Yemen se cometen espeluznantes crímenes de guerra y abusos contra los derechos humanos, causando un sufrimiento insoportable a la población civil”. Stephen O’Brien, alto jerarca de las Naciones Unidas, dijo el 30 de marzo que 7 millones de yemeníes, sobre una población de 25 millones, corren un gran riesgo de sufrir hambrunas y enfermedades. Diecinueve millones necesitan ayuda humanitaria: comida, agua, refugio, combustible y saneamiento, y otros 3 millones fueron forzados a abandonar sus hogares.

Es seguramente la peor guerra de estos años, pero está fuera del campo de visión de los medios occidentales. Algo similar ocurre en Turquía, donde el pueblo kurdo es sistemáticamente perseguido, incluso sus parlamentarios han sido detenidos y despojados de la inmunidad. Pero ambos países son cortejados por Occidente: Turquía como aliado estratégico desde la Segunda Guerra Mundial; Arabia Saudita como proveedor de petróleo y clave de bóveda de la arquitectura estadounidense en Oriente Medio.

Peor aun: Ankara esgrime como espada de Damocles sobre Europa la posibilidad de que millones de refugiados sirios inunden el viejo continente, desencadenando una imprevisible crisis política.

 

COLOMBIA, MÉXICO Y VENEZUELA.


Según AI, en Colombia se registra“un aumento de los homicidios de defensores y defensoras de los derechos humanos, entre los que había líderes indígenas, afrodescendientes y campesinos”. En 2016 fueron asesinados 120 dirigentes sociales, y en los tres primeros meses de 2017 fueron muertos 30, registrándose un total de 156 ataques a dirigentes sociales, sobre todo integrantes del Congreso de los Pueblos y Marcha Patriótica.

“Hay una agresividad especial contra las mujeres dirigentes de movimientos sociales, con asesinatos, amenazas y judicializaciones”, destaca la activista pro derechos humanos Milena López Tuta (Público.es). Por eso AI asegura que “en grandes zonas de Colombia el conflicto armado está más vivo que nunca”.

El Sindicato Nacional de Trabajadores de la Industria Agropecuaria (Sintrainagro) asegura que le han asesinado 1.300 dirigentes, activistas y afiliados, “mientras el Poder Ejecutivo ha ido quitando la protección de que gozaban varios de sus directivos que corren peligro de muerte, en especial en zonas del país donde han quedado a merced de grupos terroristas y esbirros de hacendados y empresarios” (Rel-Uita, 21 de abril de 2017).

Ni qué hablar de la crisis social en México, donde han sido asesinadas 200 mil personas y hay 30 mil desaparecidos, con la comprobada participación del Estado, que permanece impávido ante las brutales violaciones de los derechos humanos. Sin embargo, a nadie se le ha ocurrido aplicarle al país azteca la “cláusula democrática” de la Oea.

El caso de Venezuela es sumamente aleccionador para la izquierda y la derecha. La primera porque, como destaca el sociólogo Edgardo Lander, se ha empeñado en mirar para otro lado (en general hacia Washington) y se muestra incapaz de reconocer que el régimen transita hacia un creciente autoritarismo, que el mal llamado “socialismo del siglo XXI” es la hoja de parra que esconde la vergonzosa corrupción que es una de las principales características en las alturas del régimen.

La derecha y los medios que le son afines hacen su juego, y lo hacen bien. En México le echan la culpa de la violencia al narco, mientras presentan al gobierno y al Estado casi como víctimas, cuando son cómplices, y nadie busca explicar por qué la violencia afecta sobre todo a los sectores populares organizados en movimientos sociales. En Colombia, en tanto, todo el problema sería responsabilidad de los paramilitares y de bandas criminales, omitiendo que sus víctimas son dirigentes sociales.

El doble rasero mediático y político parece irreversible y es una de las principales señas de identidad de los medios en un período de caos sistémico en el cual las elites tienen mucho que perder. El resultado es una fenomenal crisis de credibilidad de los partidos: en Francia por vez primera ninguno de los partidos históricos pasó al balotaje. En cuanto a los medios, algo muy de fondo está cambiando: la Asociación de Revistas Culturales e Independientes de Argentina (Arecia) informó en diciembre que los lectores de sus casi 200 publicaciones (hay muchas más en el mismo espectro) son ya 5 millones, lo que representa el 15 por ciento de la población del país.

Un mundo está agonizando ante nuestros ojos, si somos capaces de ver más allá de la desinformación mediática.

 

 

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Domingo, 23 Abril 2017 07:54

Occidente en su momento populista

LA BOCA DEL LOGO

 

El largo viaje del populismo hasta el centro del debate


La irrupción de Podemos en el escenario político español caminó de la mano de la generalización de las discusiones sobre el “populismo”. Desde entonces, el término se ha hecho de uso común en los medios de comunicación y el debate político. Ha costado pero incluso sus más enconados detractores -desde la izquierda y la derecha- reconocen que hoy cualquier cosa sustancial que se diga sobre la política Europea y norteamericana tiene que lidiar y discutir con el “momento populista”. Otra cosa es su comprensión.

Los diferentes cambios políticos en países de nuestro entorno parecen haber contribuido a su actualidad, descartando que se tratase de un fenómeno propio de países del sur o de democracias escasamente consolidadas. Cada vez más fenómenos políticos, prácticamente todos los que están suponiendo novedades, son catalogados de la misma forma pese a que, en muchos casos, defiendan proyectos opuestos. A falta de un debate más serio, “populismo” es, por lo pronto, todo lo que les sobra a las élites tradicionales y altera el reparto de posiciones por las que estas monopolizaban y agotaban las opciones políticas disponibles. Parece claro, en todo caso, que la disputa en Europa es doble: por una parte un renovado ímpetu de fuerzas que aspiran a movilizar una voluntad popular nueva frente a los partidos tradicionales, sumisos a los poderes oligárquicos y financieros; y, por otra parte, se disputa el signo mismo que tendrán estas fuerzas “populares” o “patrióticas”: si reaccionario y xenófobo, como predomina en Austria, Inglaterra u Holanda, o si democrático y progresista, como predomina en España y Grecia –con Italia como caso híbrido que no se decantará de uno u otro lado mientras no se resuelva esta disputa en el seno de Cinque Stelle. Quizá la cuestión fundamental en la primera vuelta de las presidenciales de este domingo es si Francia formará parte del primer o del segundo grupo.


El populismo incomprendido, de derecha a izquierda


En términos generales, los sectores conservadores y liberales han reaccionado con espanto y condena moral. Su tesis diría, en resumen, que las turbulencias económicas han enloquecido a amplios sectores de la población que, al cambiar de preferencias electorales o adherirse a nuevas identidades políticas, han pasado de individuos racionales a turba airada e infantil, presa de demagogos que promulgan un imposible regreso al pasado. En este análisis no hay explicación alguna del fenómeno que no pase por la denigración de la gente común. Para los conservadores, las repúblicas, los estados, han de ser defendidos de una excesiva presencia e intervención popular en ellos. Las élites no tienen bajas pasiones pero las masas sólo pueden albergar sentimientos animalescos. Tras décadas de utopía neoliberal que rezaba que se podían tener “democracias sin pueblo”, el regreso del deseo de pertenecer a una comunidad y afirmar valores colectivos sólo puede ser leído por los conservadores de distinto pelaje como un virus de irracionalidad. Más que un análisis político hay un análisis climatológico o epidemiológico. Las instituciones nacionales o europeas, las políticas económicas o el propio comportamiento de la élite son así liberados de cualquier autocrítica. Para ellos, hay que salvar a nuestras democracias de sus respectivos demos.

Que la socialdemocracia se haya apuntado a esta corriente es sólo una muestra de su subalternidad intelectual a los conservadores, que explica en buena parte su subalternidad política y electoral.

Del otro lado del espectro ideológico tradicional, la recepción de los cambios en marcha no es mucho más profunda. En general, la izquierda se caracteriza por una escasa capacidad de victoria acompañada de una elevadísima y poco justificada arrogancia moral e intelectual. De la misma manera que siempre está a la espera de la crisis económica definitiva, así toda innovación viene a confirmar lo que lleva siglos diciendo, incluso si son innovaciones contra las pautas marcadas. Para la izquierda tradicional, la receta general suele ser doble ración de sí misma. Así que de la emergencia de fenómenos calificados como “populistas” tiende a deducir:

1- Que ha vuelto la política “de clase”. Aunque la identidad de clase no sea la que movilice a los perdedores de la globalización en apoyo a fuerzas políticas que prometen reconciliar la patria con el pueblo, aunque la identidad nacional juegue, por ejemplo, un papel mucho más importante y sea la superficie de inscripción para una alianza heterogénea de sujetos sociales, la izquierda lee de ello lo que ya sabía. Así, por ejemplo, si Marine Le Pen es la primera opción entre los sectores asalariados, esto sólo demuestra que hay que persistir en el discurso de clase. Las identidades políticas son, en esta mala comprensión, apenas un truco comunicativo sobre la “realidad” económica. Así no hay manera de entender que millonarios como Trump o Le Pen se erijan exitosamente en tribunos de la plebe. Descalificarlo como “engaño” es una manera de no tener que pensar y de asumir lo que de real tiene esa identificación, le guste a uno más o menos. De no entender por qué en muchos casos son fuerzas reaccionarias las que están construyendo una idea de pueblo que ofrece pertenencia y seguridad a sectores golpeados por el miedo o la incertidumbre.

2- Que hay una verdad dura y rotunda que debe ser proclamada, y que proclamarla conduce necesariamente a la victoria. La función de la política ya no sería generar horizontes compartidos en torno a los que agregar mayorías, sino rasgar los velos que impiden que se sepa una escandalosa verdad que, una vez conocida, provocará la indignación y movilización popular. Como señala Slavoj Zizek, el orden actual no se sostiene por ninguna ocultación o conspiración, de hecho ni siquiera oculta sus infamias. Se sostiene, en cambio, por su capacidad para desarticular, arrinconar o desprestigiar cualquier posible alternativa. El consentimiento hoy no descansa en una ingenua ilusión con respecto a nuestro presente, sino en una creencia cínica de que es el único posible. Las fuerzas transformadoras no tienen entonces como labor “contar la verdad” sobre los tejemanejes oscuros de los de arriba, sino “construir la verdad” de una certeza posible, de la confianza en un orden alternativo, al mismo tiempo deseable y realizable.

3- Estrechamente conectado con esto, la izquierda tradicional puede verse tentada de entender los fenómenos populistas, sean de signo progresista o reaccionario, exclusivamente como fenómenos “destituyentes”. Según esta visión, estaríamos en una época de derrumbamiento del orden y situarse en “los extremos” sería una decisión inteligente, puesto que por doquier triunfan las opciones que impugnan a las élites tradicionales y proclaman el “que se vayan todos”. Considero que este es un grave error que puede tener una dramática consecuencia política: la de dejar a las fuerzas progresistas como cuñas de protesta, fuera de toda posibilidad de gobierno salvo en contados casos de excepcionalidad, y por tanto impotentes, sin poder para confrontar realmente con las fuerzas oligárquicas que hoy se imponen por encima de las necesidades y demandas de las mayorías sociales. Me ocupo de esta cuestión más en detalle a continuación.


Algo más que ira. El péndulo de la destitución y el orden.

 

Una incorrecta comprensión de los fenómenos populistas podría deducir que son, efectivamente, “hijos de la ira”, como titulara Salvados su por lo demás excelente programa, o como la famosa portada de El País en la que “Podemos supera a PP y PSOE impulsado por la ira ciudadana”. Desde esta perspectiva, en lo que el constitucionalista norteamericano Ackerman llama las “épocas calientes” de la historia política, gana quien sea más iconoclasta, más confrontativo, más polarizador. Según esta ecuación, los tiempos actuales nos estarían enseñando que, a mayor dureza, más iniciativa política.

Esta tesis se deja fuera al menos dos consideraciones centrales. Una sobre la propia naturaleza del populismo y la otra sobre su aterrizaje en diferentes entornos institucionales.

La primera tiene que ver con entender todo discurso populista como construido en una tensión entre la denuncia de una minoría privilegiada e incapaz, nociva para el bienestar general, y la promesa de la reconciliación de la comunidad una vez el poder político esté al servicio ya no del país oficial sino de los intereses del país real. Si se confunde el populismo con un conjunto de ropajes ambivalentes para tiempos revueltos y destituyentes se entienden mal los fenómenos en ascenso pero, al mismo tiempo, se ata intelectualmente la suerte de los desafiadores a la excepcionalidad, estrechando así su horizonte de oportunidad y ubicándolos en una esquina de la política nacional, auguradores de catástrofes y del advenimiento mientras los partidos tradicionales hegemonizan la cotidianidad.

Es posible que los socialdemócratas no entiendan que en tiempos de crisis no hay construcción de voluntad popular sin señalar a un adversario, y que si no es por oposición a los de arriba, a la minoría oligárquica, puede ser que el pueblo se construya por oposición a los de más abajo, a los inmigrantes o a los más pobres y receptores de ayudas públicas. Si así fuera, estarían presos, sin darse cuenta, de la ensoñación neoliberal de que es posible un mundo sin adversarios. Ese es, en el fondo, un deseo totalitario y antidemocrático, porque no deja espacio a la discusión, a la propuesta de formas nuevas de hacer las cosas, a la expresión de afectos o pasiones. Todo lo que queda fuera del orden único sería así materia de orden público, psiquiatría o de la industria del ocio y la estética. “En una sociedad consensuada no queda lugar para la rebeldía”, cantaba en 1994 Habeas Corpus expresando ese viejo sueño totalitario de clausurar el futuro. De este modo, creyéndose más demócratas que nadie por defender el consenso, estarían desarmando ideológicamente a los sectores que sufren, incapaces de señalar una causa, un responsable (y adversario), una frontera que delimite los campos y construya el nosotros.

Pero al mismo tiempo, como he señalado, las fuerzas que aspiran a construir un pueblo (necesariamente nuevo) -y no a engordar una facción del mismo- portan siempre un proyecto de reconciliación de la comunidad -o al menos de su 99%, la parte que ha de volverse el todo: plebs que ha de volverse populus. Es decir, una promesa de restablecimiento del orden. Si la promesa se hace contra otros más débiles y el orden no se percibe como construcción democrática sino como expresión de algún tipo de esencialismo histórico, estaremos ante un populismo reaccionario.

Si, por el contrario, la plebs se levanta contra aquellos verdaderamente poderosos y el orden a construir no es cerrado ni está prescrito, sino que es un equilibrio entre los deseos de la nueva mayoría y las instituciones republicanas para su contrapeso, entonces estamos ante un populismo democrático y progresista. En el populismo reaccionario, el pueblo se expresa inequívocamente y solo una vez, restableciendo alguna suerte de orden natural; en el progresista se reconoce el carácter democrático y contingente de la comunidad, lo que supone una importancia decisiva de las instituciones y contrapesos que reflejen, protejan e integren la pluralidad existente.

En ambos casos, y esto es lo fundamental, la promesa destituyente –“que se vayan todos”- es creíble y puede ser hegemónica porque denuncia el desorden de los de arriba y propone a los de abajo como pilares de un orden cierto y al alcance. Propondré dos ejemplos de la actualidad:

Trump no es sólo un patán que protagoniza constantes salidas de tono que le permiten generar titulares ruidosos. También es, de alguna manera, quien ofrece una alternativa creíble a sectores amplios que se sienten olvidados. No sólo fija como enemigos a los políticos de Washington y a los inmigrantes, también propone “hacer américa grande de nuevo”: una utopía -reaccionaria, pero utopía- creíble y fácil de imaginar. Es creíble en su dureza contra el establishment que habría traicionado a los norteamericanos porque al tiempo es portador de una oferta de orden. No es tampoco el candidato del antagonismo total: golpea a los “burócratas” pero libera de toda culpa a los grandes capitalistas norteamericanos, los que han multiplicado sus patrimonios en los años en que más se han ensanchado las desigualdades. Es outsider ma non troppo: se presenta como ajeno al mundo político pero se preocupa de encarnar bien el mito del empresario hecho a sí mismo. Tiene un pie en el rechazo a lo existente y otro muy anclado en el sentido común (conservador pero también popular) de Estados Unidos.

Por su parte, Marine Le Pen no es su padre. No es sólo una dirigente escandalizadora y polarizadora -que también- sino que, como bien explica en sus artículos Guillermo Fernández, se ha preocupado de librar un combate narrativo para apropiarse de las nociones de la tradición republicana francesa, así como de ser quien pueda enarbolar la bandera de “volver a poner a Francia en orden”. En ambos casos vemos un pie en la impugnación y otro en una promesa creíble de orden; un pie en el cambio y otro en el sentido común ya existente. Se pueden, por supuesto, imaginar nuevas formas de construcción hegemónica y nuevos contenidos, opuestos a los de las fuerzas reacionarias; de hecho se deben. Pero ha de partirse siempre de este equilibrio, de la comprensión de la naturaleza contradictoria sin la cual no hay posibilidad de hegemonía. Afirmar sólo una parte de la ecuación, quedarse sólo con una posición del péndulo, equivale a quedarse con ninguna.

 

Estado, comunidad y protección frente a la incertidumbre

 

La segunda consideración es la que concierne al grado de desarrollo del Estado y las instituciones en cada país. Las fuerzas políticas que surgen en Europa y Estados Unidos en medio de esta “época caliente” o “momento populista” tienen al menos una diferencia fundamental con las que surgen en países de la periferia del sistema-mundo: irrumpen en Estados densos, complejos y bien implantados, que monopolizan la gestión del territorio y la violencia, que ofrecen un alto grado de institucionalización y por tanto de la administración de los comportamientos, las expectativas y las creencias. Esto marca de forma definitiva los posibles recorridos, como sabemos desde hace tiempo. Ya Gramsci, en su estudio de las diferencias entre Rusia e Italia, abordaba sus implicaciones estratégicas: la “guerra de asalto” de los revolucionarios de Oriente no podía desarrollarse de la misma manera en Occidente, que tiene en las trincheras ideológicas, en la guerra de posiciones de las instituciones y la sociedad civil, su campo de batalla decisivo por el sentido común de época.

En general, podemos decir que el grado de rupturismo que sea asumible por una mayoría de la población tiene una relación directamente proporcionalidad con el nivel de descomposición institucional. En países con administraciones que ordenan la vida de los ciudadanos -y los construyen así más como “ciudadanos” que como “pueblo” salvo quizás en momentos de alta intensidad política- la disputa política sigue más la forma de una guerra de posiciones en el Estado, en el que es necesario arrebatar al adversario su prestigio, su capacidad de infundir confianza a amplios y diversos sectores sociales, su capacidad de reclutar y formar cuadros de gestión y dirección pública y su capacidad de articular una amplia red detrás de un proyecto de Estado. Máxime cuando el contenido principal de la crisis política, de la fractura entre representantes y representados, es una percepción de los representados de que los de arriba se han saltado sus propias normas y han dado la espalda a aquellos para los que deberían trabajar: el pueblo.

Este dato es de crucial importancia: no es solo que las élites no hayan contado con los de abajo últimamente para dirigir el país -nunca lo han hecho, en realidad- es que incluso han renunciado a integrarlos de forma pasiva como antaño, a otorgarles un lugar siquiera subordinado, y han creído que podían permitirse chocar directamente contra ellos. Hay así un componente conservador o “nostálgico” en la contestación a las élites que las fuerzas progresistas no pueden obviar o le regalarán nuestro tiempo a los reaccionarios: un deseo explícito o implícito de “volver a los pactos de posguerra” de una enorme efectividad política, por mucho que economistas y ecólogos adviertan con razón de su imposibilidad material. Cuando las fuerzas populares profetizan las siete plagas de Egipto como condición del cambio, nuestras sociedades suelen preferir, con buen tino, la conservación de lo existente. Su función histórica debe ser, más bien, la de representar ese anhelo nostálgico al tiempo que le da una respuesta innovadora y transformadora en el día a día para reconstruir un nuevo pacto social del S. XXI que equilibre la balanza y derrote la ofensiva codiciosa de los de arriba.

El contenido del radicalismo democrático posible y necesario en nuestro tiempo, por tanto, no es el de romper los acuerdos sociales sino fundarlos de nuevo, no es aumentar la incertidumbre sino reducirla, no es “rasgar el orden” sino restablecerlo: infundir capacidades y confianza en los de abajo, ampliar su radio de acción, fortalecer sus vínculos como comunidad y los dispositivos institucionales a su servicio. En la medida en que son los sectores oligárquicos quienes están a la ofensiva y dan por rotos los contrapesos y los acuerdos y garantías de los pactos sociales, en la medida en que hoy la dirección de los privilegiados es la chapuza, la desorganización y el cortoplacismo, es imperativo construirles como antisistema y levantar proyectos transversales y nacional-populares que ofrezcan amplios y duraderos acuerdos sociales con las necesidades de las mayorías olvidadas en el centro. La ofensiva de los privilegiados es fiera en términos políticos y económicos pero considerablemente débil en términos culturales: no ofrece horizontes atractivos para la mayoría. La resignación y el miedo son mecanismos defensivos pero no pilares sólidos para fundar un orden. En esa brecha se ubican las posibilidades de recuperación de una idea democrática, cívica y solidaria de Patria y, consecutivamente, de Europa.

Una virtud de los proyectos nacional-populares es que asumen la composición cultural e ideológica de las sociedades en las que se despliegan. Ello no para quedarse quietos, pero tampoco para actuar como vanguardia consciente que “ilumina”, “desvela la verdad” o pone “frente a las contradicciones centrales” -el abanico de metáforas del mecanicismo tradicional de la izquierda es al respecto muy amplio- a unas mayorías que desprecia, en lo que Eugenio del Río llama “pensamiento de minoría”. Los proyectos nacional-populares están más lejos de la noción de "ideología” y más cerca de la de “sentido común”, y se aplican a construir o resignificar mitos populares, enraizados en el imaginario colectivo, que puedan ser movilizados contra las élites pero que sean al mismo tiempo portadores de una promesa creíble de seguridad.

Como hemos visto a lo largo de la vibrante campaña electoral francesa de los últimos meses, parece evidente que el nuevo tiempo aparece marcado por un deseo creciente de pertenencia comunitaria, protección estatal y soberanía popular -entendida como el poder de la gente corriente- frente a unas élites masivamente tenidas por despreocupadas, endogámicas e incapaces de ofrecer certidumbre o identidad. Es una urgencia democrática que en esa dicotomía entre proyectos comunitarios y proyectos neoliberales, el primer polo lo ocupen fuerzas progresistas en lugar de fuerzas xenófobas y reaccionarias. Para ello necesitamos una buena comprensión de los fenómenos populistas, que nos aleje de los viejos errores, y una práctica política a la altura, que mantenga como triple brújula la transformación aquí y ahora de la vida de la gente, la inequívoca vocación de mayorías y la inmediata vocación de gobierno.

 

 

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Misiles tomahawk guiados en ruta a su objetivo en Siria.

 

Mientras más peligroso se vuelve el chiflado presidente estadunidense, más sano cree el mundo que está. Basta con mirar la mitad inicial de sus primeros 100 días en el cargo: los frenéticos tuits, las mentiras, las fantasías y valoración de sí mismo de este líder misógino del mundo occidental nos tenían pasmados a todos. Pero en el momento en que se lanzó a la guerra en Yemen, disparó misiles a Siria y bombardeó Afganistán, hasta los medios estadunidenses a los que Trump había condenado con tanta ferocidad comenzaron a tratarlo con respeto. Y lo mismo hizo el resto del planeta.

Una cosa es tener en la Casa Blanca a un lunático que ve la televisión de madrugada y tuitea todo el día. Pero ahora resulta que cuando ese lunático va a la guerra se vuelve una mejor apuesta para la democracia, un presidente fuerte que enfrenta a los tiranos (a menos que sean sauditas, turcos o egipcios) y que actúa por emoción humana y no por cinismo.

¿De qué otro modo puede uno explicarse la extraordinaria nota en el New York Times que relataba cómo la angustia de Trump ante las imágenes de la muerte de bebés sirios lo impulsó a abandonar el aislacionismo?

A los estadunidenses les encanta la acción, pero típicamente han confundido el infantilismo guerrerista de Trump con una toma madura de decisiones. ¿Qué otra cosa se puede pensar cuando un columnista normalmente sano como David Ignatius compara de pronto a Trump con Harry Truman y elogia la flexibilidad y pragmatismo de su demencial presidente?

Es ridículo. Un orate que fanfarronea por cualquier cosa que no le gusta en CNN está sencillamente loco de remate. Un hombre de mente enferma que ataca a tres países musulmanes –dos de los cuales estaban incluidos en su veto a refugiados de siete naciones– es un peligro para el mundo. Y sin embargo, en el momento en que dispara 59 misiles a Siria después de que más de 60 civiles perecen en un aparente ataque químico del cual culpa a Assad –pero ninguno después de que muchos más son masacrados por un atacante suicida sirio–, hasta Angela Merkel pierde el seso y alaba a Trump, junto con la matrona de Downing Street, la signora Mogherini y diversos potentados más. ¿Acaso nadie se ha dado cuenta de que ahora Trump está llevando a Estados Unidos a una guerra a balazos?

Dar más poder al Pentágono –virtualmente el acto más peligroso de cualquier presidente estadunidense– significa que el secretario de la Defensa, James Perro Rabioso Mattis, anima ahora a los sauditas cercenadores de cabezas a bombardear Yemen –añadiendo aún más activos estadunidenses de inteligencia a esa empresa criminal– y da vuelo a la idea engañosa de los árabes del Golfo de que Irán desea conquistar el mundo árabe. Adonde quiera que miren, dijo Mattis a sus anfitriones sauditas este mes, si hay disturbios en la región, encuentran a Irán,

¿Eso es entonces lo que ocurre en Egipto, hoy bajo ataque del Isis mientras su presidente desaparece a miles de sus propios ciudadanos? ¿Es así en Turquía, cuyo aún más demencial presidente ha encerrado a decenas de miles de sus compatriotas mientras se convierte en dictador por ley?

Echemos un vistazo a la reacción de Trump al tramposo referendo de Recep Tayyip Erdogan, que le ha dado el poder de un califa sobre Turquía. Un recuento de las cifras más recientes de Turquía, hecho por el periódico francés Liberation, muestra que ha habido 47 mil arrestos desde el golpe fallido del año pasado; se han revocado 140 mil pasaportes, 120 mil hombres y mujeres han sido despedidos de su empleo (entre ellos 8 mil oficiales militares, 5 mil académicos, 4 mil jueces y abogados, 65 alcaldes y 2 mil periodistas). Mil 200 escuelas y 15 universidades han sido cerradas, junto con 170 periódicos, televisoras y radiodifusoras.

Y después del referendo que dio a Erdogan una estrecha (y muy dudosa) mayoría para legitimar estas atrocidades, Trump telefoneó al presidente turco para felicitarlo por su victoria. Así como sigue felicitando al mandatario egipcio Abdul Fattah al-Sisi por su batalla contra el terror, guerra en la cual Al Sisi –quien llegó al poder mediante un golpe de Estado contra el primer presidente electo de su país– parece estar perdiendo. Al Sisi, dijo Trump con entusiasmo, será alguien muy cercano a él.

Todos sabemos que el ataque de las Fuerzas Especiales de Estados Unidos a Yemen, en el cual pereció Wiliam Owens, de los Seals, mató a más civiles que miembros de Al Qaeda. No sabemos (o, sospecho, no nos importa) mucho de lo que hizo la madre de todas las bombas en la provincia afgana de Nangahar. Primero dio muerte a 60 combatientes del Isis. Luego fueron 100 combatientes del Isis y ningún civil... sin duda algo que jamás había ocurrido en la historia militar estadunidense. Pero luego, extrañamente, no se ha permitido a nadie ir al sitio de la explosión de la monstruosa bomba. ¿Sería porque sí hubo víctimas civiles? ¿O porque –y esto es un hecho– los sobrevivientes del Isis continuaron combatiendo a las tropas de tierra estadunidenses después del estallido?

Ahora Trump envía un grupo de batalla naval a amenazar a Corea del Norte, ella misma consumada maestra en amenazas infantiles. ¡Cielos! ¿Y este es un hombre que es ahora flexible y pragmático? Es instructivo notar que después de su primera edición, el New York Times cambió su encabezado sobre la angustia de Trump por Siria por Trump vira drásticamente su política exterior, concediéndole una política exterior (inexistente) pero quitando la angustia. Me cuentan que el encabezado original de la primera edición decía: En el ataque a Siria, el corazón de Trump pesó primero. Interesante. Si en verdad fue así, se puede ver cómo el NYT cayó poco a poco en cuenta –muy poco a poco– de que había empezado a enamorarse de su bravucón presidente.

Ahora todos esperamos la batalla por Corea, olvidando esa guerra anterior que ahogó en sangre la península: sangre estadunidense y británica, al igual que coreana y china. Tal vez Trump, en su estilo vago y aterrador, ha decidido que el sudeste de Asia será su verdadero frente. Y ahí, desde luego, la comparación con Truman se acerca mucho más a la realidad. Porque Truman llegó apenas al final de la Segunda Guerra Mundial, después de la muerte de Roosevelt, y su logro culminante en el conflicto fue también en el sudeste de Asia: las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki.

El cielo nos libre de los próximos 100 días.

 

© The Independent

Traducción: Jorge Anaya

 

 

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Sentencia del Tribunal Monsanto: “Daños a la salud y el ambiente, crímenes de guerra y ecocidio”

 

El martes fue el veredicto del Tribunal Internacional Monsanto, que sesionó en octubre de 2016. La multinacional fue hallada culpable por daños a la salud y el ambiente, crímenes de guerra y ecocidio.

 

Del 14 al 16 de octubre de 2016, en el Instituto de Estudios Sociales (ISS) en La Haya, Países Bajos, cinco jueces de distintas partes del mundo escucharon a más de treinta testigos y expertos de los cinco continentes. El Tribunal Internacional Monsanto de La Haya, de carácter exclusivamente ético, se puso como objetivo sentar bases jurídicas que permitan avanzar en un verdadero proceso contra la polémica multinacional química y agroalimentaria. Para ello se ha basado en los Principios Rectores sobre Empresas y Derechos Humanos adoptados por la ONU en 2011.

 

El veredicto del tribunal

 

El Tribunal concluyó que Monsanto se ha involucrado en prácticas que tienen un impacto negativo en el derecho a la alimentación. Las actividades de la multinacional afectan la disponibilidad de alimentos para individuos y comunidades, e interfieren con la habilidad de los individuos y comunidades de alimentarse a sí mismos directamente o a elegir semillas no modificadas genéticamente. Además, las semillas genéticamente modificadas no siempre son costeables para los agricultores y amenazan a la biodiversidad. Las actividades y productos de Monsanto causan daño al suelo, agua y al ambiente en general. El Tribunal concluye que la soberanía alimentaria también es afectada y resalta los casos en los cuales la contaminación genética de los campos forzó a agricultores a pagar regalías a Monsanto o hasta abandonar sus cultivos no-OGM debido a esta contaminación. Efectivamente hay una infracción al derecho a la alimentación debido al mercadeo agresivo de los OGMs los cuales pueden forzar a los agricultores a comprar nuevas semillas cada año. El modelo agroindustrial dominante puede ser criticado aún más fuertemente debido a que otros modelos –como la agroecología– existen y respetan el derecho a la alimentación.

La actividad de la empresa también afecta de forma negativa el derecho a la libertad indispensable para la investigación científica recurriendo a la intimidación, desacreditación de investigación científica cuando se formulan preguntas serias sobre la protección del ambiente y salud pública.

Con respecto a la creación del Agente naranja, arma química usada por EEUU en Vietnam, que mataba toda vida vegetal y provoca malformaciones en animales y humanos hasta hoy en día, sería cómplice de crímenes de guerra por ecocidio, si la ley internacional tuviese esa figura: "Si el delito de ecocidio se reconociera en el derecho penal internacional, las actividades de Monsanto posiblemente constituirían un delito de ecocidio en la medida en que causan daños sustanciosos y duraderos a la diversidad biológica y los ecosistemas, y afectan a la vida y la salud de las poblaciones humanas", advirtió el fallo.

 

Nuestras vidas valen más que sus ganancias

 

Desde comienzos del siglo XX, Monsanto ha comercializado productos altamente tóxicos que contaminan el medioambiente de manera permanente, y ha causado enfermedades y muertes a miles de personas en todo el mundo. Entre estos productos se encuentra el PCB, que forma parte de los doce contaminantes orgánicos persistentes (COP) y afectan la fertilidad humana y animal; el 2,4,5-T, uno de los componentes del Agente Naranja, que contiene dioxina y que fue utilizado por el ejército estadounidense durante la guerra de Vietnam, causando malformaciones congénitas y cáncer hasta hoy; el Lasso, un herbicida que ahora está prohibido en Europa; y el famoso Roundup, el herbicida más utilizado en el mundo y elaborado en base a glifosato (reconocido por la IARC como potencialmente cancerígeno), que es el causante de uno de los mayores escándalos sanitario y medioambiental de la historia moderna. Este herbicida altamente tóxico, está asociado a los monocultivos transgénicos, principalmente soja, maíz y canola, destinados principalmente para la alimentación animal o para la producción de agrocombustibles.

El modelo agroindustrial promovido por Monsanto y otras empresas, además de ser responsables de enfermedades entre la población y extinción de especies, es responsable de al menos un tercio de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. También es en gran parte responsable del desgastamiento de la tierra y de la escasez de agua, de la extinción de la biodiversidad y la marginación de millones de pequeños agricultores.

En Argentina, aproximadamente 13 millones de habitantes de ciudades pequeñas y medianas están expuestos a estos agrotóxicos, con tasas de mortalidad por cáncer de hasta un 40 %, más del doble que las áreas no expuestas.

 

Los Estados son cómplices

 

Ya el Ministro de Agroindustria es productor agropecuario y fue vicepresidente de Confederaciones Rurales Argentinas (CRA). En este marco el 50 % del suelo cultivable, 15 millones de hectáreas, le pertenece solo a un puñado de 2 mil grandes propietarios, arrendando también muchas otras, llegándose a utilizar este “paquete tecnológico” mortal sobre mas de 20 millones de hectáreas.

Según un informe presentado recientemente por la ONG Greenpeace “al menos treinta funcionarios tienen vínculos con el oligopolio de la industria química”. Esta rama estaría encabezada por Monsanto-Bayer, Dow-Du Pont, Syngenta-ChemChina y BASF, que controlan el 60 % del mercado mundial de semillas y el 65 % de las ventas mundiales de agrotóxicos.

La lucha contra la muerte generada por el agromodelo debe ser una lucha contra el Estado y las grandes empresas del sector que lo sostienen, y para llegar hasta el final solo se puede confiar en las propias fuerzas de los trabajadores y sectores populares, así como en la coordinación con otros colectivos en lucha, independientes de los políticos que compartan intereses con empresarios y corporaciones responsables de la muerte y enfermedad de millones.

 

 

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China desplaza a EEUU en computación de alto rendimiento

 

La alarma fue encendida por la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) y el Departamento de Energía (DOE) cuando alertaron que "Estados Unidos está ante el grave riesgo de perder su posición dominante en la computación de alto rendimiento (HPC)".

Según ambas agencias estatales, "en ausencia de una actitud agresiva, EEUU perderá el liderazgo y no podrá controlar en el futuro la HPC".

La reflexión apareció el pasado 21 de marzo en la página top500.org, dedicada a monitorear las 500 supercomputadoras más potentes de mundo desde 1993, con dos revisiones anuales, en los meses de junio y noviembre. El análisis se basa en el documento emitido en diciembre luego de un encuentro de 60 representantes de la industria y agencias gubernamentales, además del DOE y la NSA, entre ellas la Iniciativa Nacional de Informática Estratégica (NSCI), la Administración Nacional de Seguridad Nuclear (NNSA) y la unidad de Investigación de Proyectos de Inteligencia (IARPA).

Lo que desencadenó la alarma estadounidense fue la puesta en marcha de la supercomputadora china Sunway TaihuLight, que tiene un rendimiento de 93 petaflops (93 billones de operaciones de coma flotante por segundo) o sea tres veces más que la segunda supercomputadora del mundo, la también china Tianhe-2 que ocupaba el primer lugar desde 2013.

Pero, y este dato es fundamental, es cinco veces y media más veloz que la mejor computadora de los EEUU.

Las autoridades estadounidenses están más preocupadas aún porque Sunway TaihuLight fue íntegramente construida con materiales chinos, a diferencia de las otras supercomputadoras que utilizan componentes occidentales. El Centro de Computación de Wuxi, que construyó Sunway TaihuLight (La luz de la divinidad Taihu) incluyó 41.000 procesadores y 260 núcleos, a un costo total de 260 millones de dólares.

Hasta ahora las supercomputadoras chinas estaban fabricadas con chips de la estadounidense Intel. Pero en abril de 2015 Estados Unidos prohibió la venta de chips para supercomputadoras a China, lo que en realidad sirvió para estimular a los asiáticos. Según el informe de NSA-DOE, la supercomputadora más veloz del mundo representa tres desafíos mayores: fue hecha enteramente en China, es innovadora y realmente supera a todas las de EEUU.

La segunda cuestión es la increíble velocidad del avance chino. En noviembre de 2016 había 171 supercomputadoras chinas y otras tantas de EEUU en la lista de las 500 más veloces. Muy lejos están Alemania con 32 y Japón con 27. En 2001 casi la mitad de los superordenadores pertenecía a los Estados Unidos y China no aparecía en lista. En noviembre de 2005, EEUU tenía 305 (61% de las 500) y China sólo contaba con 17.

En 2013 Estados Unidos seguía ostentando la mayoría absoluta, pero ya China tenía 63 superordenadores entre los 500 más veloces. Ese año el ordenador más rápido era el Tianhe-2, fabricado por la Universidad Nacional de Tecnología de Defensa de China. En apenas una década, el dragón pasó de la marginalidad absoluta a la hegemonía, ya que igualó la cantidad de supercomputadoras, pero cuenta con las más veloces.

Que China haya conquistado la mayoría de edad en computación de alto rendimiento, forma parte de su crecimiento notable en todos los rubros, desde la producción de mercancías de bajo coste hasta los productos más sofisticados con tecnologías de avanzada. Pero que haya desplazado en la tecnología de punta al país que mantuvo el liderazgo durante seis décadas, representa un viraje estratégico.

Cuando el proceso se observa desde los centros de poder de EEUU, aparece la sensación de estar ante una derrota, la convicción del desplazamiento inexorable de su capacidad de conducir el mundo. El documento conjunto NSA-DOE destaca tres consecuencias de la pérdida de liderazgo en computación de alta performance: crisis de la seguridad nacional, debilitamiento económico y caída de la industria de la computación.

En el primer aspecto, el informe establece que la computación de alto rendimiento "juega un papel vital en el diseño, desarrollo y análisis de muchos —quizá casi todos— los modernos sistemas de armas y de seguridad nacional: por ejemplo armas nucleares, cyber, barcos, aviones, encriptación, misiles de defensa e hipersónicos".

Por eso, sostiene que perder la hegemonía en la computación más avanzada tendrá repercusiones en la capacidad de conservar una ingeniería de primer nivel y, por lo tanto, en la posibilidad de construir armamento sofisticado, como cazas de quinta generación o misiles hipersónicos imposibles de detectar y neutralizar, por poner apenas un par de ejemplos.

En paralelo, perder el liderazgo en HPC implica, según las agencias de EEUU, "la pérdida de una cadena de suministros de confianza" y la necesidad de construir una nueva cadena "que no multiplique los costos a través de los usuarios comerciales y del gobierno". El informe pone como ejemplo la construcción naval militar: "Si el país eligió construir sus propios barcos de guerra, ¿por qué exponemos nuestra computación al control extranjero?".

Entre las soluciones que proponen figura un aumento de la inversión y un control más riguroso de las exportaciones tecnológicas a China. Sin embargo, la economía China crece a un velocidad mayor y ha podido superar, en la construcción de su última supercomputadora, las restricciones comerciales de Washington. Como en otros campos, el modelo neoliberal juega en contra de sus inventores.

Puede argumentarse, como señala el artículo de top500.org, que la supercomputación china "no es tan avanzada como nos hacen creer", y que las autoridades de EEUU tienden a "sobrevalorar los avances chinos" para conseguir más recursos presupuestales. Pero esa actitud un tanto despectiva es un reflejo, como destaca Michael Feldman, el autor de la citada reflexión, de los efectos de haber perdido la hegemonía en un sector tan decisivo como la supercomputación.

Por último, cuando se producen cambios de semejante magnitud conviene tomar cierta distancia temporal para observar los procesos de larga duración. La hegemonía que China está conquistado en el campo de la computación de alta performance, forma parte de un proceso mayor que está devolviendo a la potencia asiática el lugar que ocupó en la historia hasta el siglo XIX, cuando el colonialismo británico y francés la humillaron en las Guerras del opio.

 

 

Miércoles, 05 Abril 2017 07:27

La anacrónica política industrial de Trump

Donald Trump en su posesión, donde prometió que “recuperaremos nuestros empleos y nuestras fronteras”.

 

Los ideólogos de la era neoliberal han insistido una y otra vez en que la política industrial es un lastre. Se le ha acusado de distorsionar los precios, de desperdiciar recursos fiscales y de ser la mejor receta para premiar a empresas y sectores perdedores en la competencia económica. Pero hoy regresa la política para el desarrollo industrial al centro del escenario con los desplantes de Trump sobre la recuperación de empleos en el sector manufacturero.

En realidad, la intervención del poder público para promover el desarrollo industrial nunca ha desaparecido. Ni siquiera en la era triunfante del neoliberalismo. Los subsidios, créditos y apoyos económicos de todo tipo para apuntalar la competitividad de alguna empresa en particular o de una rama industrial se han mantenido como una constante de la vida económica.

China siempre abrazó los instrumentos más variados de la política industrial. Desde el apoyo crediticio y los subsidios, hasta el poder de compra del Estado, pasando por la ingeniería en reversa para copiar tecnología extranjera, asimilarla y adaptarla a sus necesidades y las del mercado internacional. Por supuesto, uno de los pilares más importantes de esta política industrial fue la inversión en investigación científica y desarrollo tecnológico. A principios de este siglo China invertía 1.5 por ciento del PIB en investigación científica y desarrollo experimental (IDE), proporción bastante menor que la de los principales países industrializados. Hoy ese porcentaje ha aumentado a 2.5 por ciento, lo que sitúa a la economía china en un rango similar al de Estados Unidos. La diferencia es que Estados Unidos se ha embarcado en una política industrial anacrónica, segmentada y sin rumbo.

Recuperar los empleos viejos del sector manufacturero parece ser el objetivo primordial de la administración Trump. Pero dadas las tendencias de largo plazo en la estructura del sector manufacturero a escala mundial, es poco probable que los sectores que tienen en mente Trump y sus amigos puedan recobrar o generar los empleos perdidos. El mejor ejemplo es el de la industria del carbón y el acero. Para empezar, la mayor parte de la demanda de energía en Estados Unidos se satisface con otros energéticos. Y las dos industrias son muy intensivas en capital (requieren una inversión muy fuerte por cada empleo generado).

Así que Trump puede seguir diciendo que impidió que la Ford se llevara a México su planta de Kentucky, o puede presumir de haberle torcido el brazo a Carrier, el gigante de los equipos de refrigeración, para que no instale su planta con mil empleos en México. O puede seguir con su neoproteccionismo e imponer nuevos gravámenes sobre los productos importados desde México. Lo cierto es que esos desplantes no servirán para generar los empleos que Trump pronostica en el sector manufacturero y tampoco servirán para devolver a Estados Unidos un liderazgo industrial.

Pero hay otra vertiente de política industrial anidada en el presupuesto militar de Trump. Se recordará que el presupuesto de egresos recién enviado al Congreso contempla un incremento de 54 mil millones de dólares para gasto militar. Una buena parte de este monto se irá a las industrias que ya producen equipo militar de todo tipo, desde aviones no pilotados y misiles crucero de alta velocidad hasta submarinos invisibles y la renovación de las cabezas nucleares en el arsenal estratégico. Muchos analistas piensan que de esa inversión pueden desprenderse beneficios inesperados en términos de innovaciones tecnológicas aplicables a la industria civil.

Pero no es la primera vez que el incremento en el gasto militar contribuye a desmantelar las bases de la competitividad industrial en Estados Unidos. Entre 1960 y 1986, Estados Unidos vio reducir su participación en la producción mundial de 25 a 10 por ciento. La razón es que mientras Japón y Alemania innovaban en la introducción de máquinas herramienta de control numérico para uso genérico en la industria civil, Estados Unidos se dedicaba a diseñar sistemas automatizados para las máquinas herramienta que usaba la fuerza aérea en la producción de sus equipos y refacciones. El resultado fue el debilitamiento de la industria de máquinas herramienta de Estados Unidos y su pérdida de competitividad. Este no es el único ejemplo del impacto negativo que ha tenido el gasto militar sobre la industria en Estados Unidos, pero es un poderoso llamado de atención para dejar de creer en los ilusos comentaristas allegados al complejo militar-industrial en Estados Unidos.

Los objetivos de la política industrial de Trump nunca serán alcanzados. Y mientras Estados Unidos sigue dominado por las necesidades del sector financiero y pierde tiempo siguiendo los enfermizos tuits del señor Trump, China continúa abriendo nuevos derroteros para la industrialización en los estratégicos ramos de robótica, manufactura inteligente y nuevos materiales para energías renovables. Está bastante claro quién será el líder en manufacturas en el próximo decenio.

 

Twitter: @anadaloficial

 

 

Publicado enPolítica
Lunes, 27 Marzo 2017 07:04

Enemigos (para nuestra compañera)

Periodistas de Guadalajara expresaron ayer su indignación por el asesinato de reporteros en el país. El más reciente es el de Miroslava Breach, corresponsal de La Jornada en Chihuahua. Un grito imperó en el mitin: no nos callarán

 

Los que se atreven a enfrentar la mentira, la corrupción, la impunidad, los abusos y la violencia del poder y sus redes de complicidad siempre son enemigos de los que dependen de la oscuridad para su poder y sus intereses.

El saldo mortífero mundial de los dedicados a revelar verdades a la sociedad asciende a más de mil 234 desde 1992, según las cifras más recientes del Comité para la Protección de Periodistas (CPJ), donde México ocupa el lugar 11 entre los países más mortíferos para periodistas (https://cpj.org/killed/).

Según otro conteo, el de la Federación Internacional de Periodistas (FIP), 2 mil periodistas han perdido la vida por su trabajo entre 1990 y 2016; México es el tercer país más mortífero para informadores al contabilizar más de 120 asesinatos. Una de las conclusiones recurrentes de nuestros informes es que se registran muchos más asesinatos en situaciones de paz que en países golpeados por la guerra, algo que tiene que ver en gran media con que los periodistas son víctimas de los barones del crimen organizado y de funcionarios corruptos, afirmó Anthony Bellanger, secretario general de la FIP. Subrayó que la impunidad es un agente catalizador de la violencia contra periodistas. (www.ifj.org/fileadmin/documents/ 25_Report_Final_sreads_web.pdf)

Hoy día, reporta el CPJ, existen 259 periodistas encarcelados en el mundo, una cifra sin precedente desde 1990, cuando la organización empezó a registrar ese dato. https://cpj.org/2016/12/a-record-number-of-journalists-are-in-jail-cpj-cen.php

No somos cifras. Tenemos nombre y apellido, por ejemplo, Miroslava Breach.

A veces rehusar ser anónimos es justo lo que nos puede costar mucho, hasta la vida. Más que todo, los que tienen un compromiso con el periodismo de conciencia ante el poder –esa búsqueda constante de notas que sirven a la autodeterminación de los ciudadanos, eso de contar qué nos pasa, de intentar revelar toda mentira– rehúsan quedarse callados o portarse bien. Pero los buenos periodistas (aunque hay algunas excepciones notables, para bien y para mal) nunca desean ser noticia, y, opino yo, casi nunca deben de usar el yo; son las voces de los demás las que cuentan, las que hay que contar, esa voz colectiva ante el poder exclusivo.

En tiempos recientes a los periodistas nos han vuelto noticia, y demasiadas veces en nota roja. Declaran que somos enemigos, a veces nos amenazan, a veces nos encarcelan, a veces nos matan. Y eso no se limita a países como México o Turquía o Irak, sino aquí mismo.

En Estados Unidos el presidente Trump ha declarado a todo periodista que no se subordine a sus mentiras y engaños como enemigo del pueblo. Desde el inicio de su campaña presidencial con sus llamados a sus bases a atacar a los medios no alineados, generó un clima tan peligroso que varios periodistas de algunos de los grandes medios nacionales tuvieron que contratar seguridad privada para acompañarlos a cubrir al candidato. Como presidente no ha dejado de atacar a periodistas, y a sus medios, por nombre y apellido, cada vez que se atreven a criticarlo o publicar información que lo daña. En la retórica, esto supera lo que los periodistas enfrentaron durante la peor época de Richard Nixon en los años 70, o del macartismo en los 50. Esto apenas empieza, y las consecuencias pueden ser peligrosas no sólo para los periodistas, sino para lo que se llama democracia.

El presidente anterior hablaba más bonito y afirmaba que era el campeón de la libertad de expresión y la transparencia, pero en los hechos persiguió a los que se atrevieron a divulgar secretos oficiales al público por los medios. De hecho, Obama promovió más casos –ocho incluido Edward Snowden, el más conocido– según la Ley de Espionaje de 1917 contra filtradores y periodistas que el total (tres) de todos sus antecesores. (Vale recordar que esa ley se aplicó a disidentes de la Primera Guerra Mundial, tanto al líder socialista y candidato presidencial Eugene Debe, quien fue encarcelado, como a inmigrantes alemanes que eran sospechosos sólo por su origen nacional, entre otros).

Un reporte del CPJ en 2013 concluyó que el gobierno de Obama ha sido el más agresivo en control de información en tiempos modernos. El ex editor Leonard Downie, quien encabezó la investigación, escribió que “la guerra de este gobierno contra filtraciones y otros esfuerzos para controlar la información son los más agresivos que he visto desde el gobierno de Nixon, cuando yo era uno de los editores involucrados en la investigación de Watergate por el Washington Post”. Aunque Obama se comprometió a hacer el gobierno más transparente, la editora pública del Times, Margaret Sullivan, afirmó: está resultando ser el gobierno de secretos sin precedente y de ataques sin precedente contra la prensa libre. (https://cpj.org/reports/2013/10/obama-and-the-press-us-leaks-surveillance-post-911.php).

Joel Simon, director ejecutivo del CPJ escribió el mes pasado en el New York Times que los ataques incesantes (de Trump) contra los medios de noticias están dañando la democracia estadunidense. Advirtió que el ataque de Trump contra el uso de fuentes anónimas mina el trabajo de periodistas que reportan notas delicadas en ambientes represivos y peligrosos, desde Irak hasta México, donde la protección de fuentes es asunto de vida o muerte.

Nos tocó ser noticia la semana pasada. Nuestra compañera ya no puede reportar las verdades que descubría ni sumarse con todos en su periódico dedicados a la misión básica de informar al público para que ese público decida actuar o no ante la realidad que vivimos. Ahora a ese público, o sea, a todos nosotros, nos toca responder. Tenemos que decidir si esto que nos duele tanto hoy día sólo se vuelve en una cifra más en esa espantosa lista de inmensa tristeza, o si defendemos de manera colectiva a los que se atreven a ser enemigos. Esta casa, y en buena medida lo que dice ser, o debería ser, democracia en cualquier parte de este planeta, dependen de nuestra respuesta.

 

 

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