"Ya no se trata de ganar elecciones, sino de construir una nueva historia desde abajo"

Es uno de los críticos más persistentes de los gobiernos de izquierda que gobernaron países latinoamericanos, especialmente por sus métodos de desarrollo económico. Explica, a la vez, dónde se ha producido la brecha para el retorno de la derecha. Fue uno de los principales constructores del movimiento Alianza País que elevó a Rafael Correa a la presidencia de Ecuador, y ejerció como presidente de la Asamblea Constituyente que otorgó a este país una nueva Constitución. Vivió, desde dentro, el proceso de burocratización y destitución de los movimientos sociales, promovido por las izquierdas hegemónicas del continente. Alberto Acosta está entusiasmado, pero no se engaña, por los recientes levantamientos populares, que en su opinión, refuerzan que toda una sociabilidad y un modelo económico se han agotado. Economista y autor de varios libros, advierte del espectro de la militarización en todo el continente y proporciona algunos elementos que considera fundamentales para construir un nuevo momento político positivo para las masas.


-Correio da Cidadania: El llamado fin del ciclo de gobiernos progresistas fue sucedido por el retorno de la derecha, en algunos casos, como en Brasil, el más reaccionario y virulento desde el fin de la dictadura militar. ¿Qué explica esta dinámica en su visión y qué podemos visualizar como expectativas generales para el 2020?
Alberto Acosta: Para entender lo que está sucediendo en este momento en América Latina, especialmente en los países donde la derecha ha reemplazado -en algunos casos increíblemente rápido- a los gobiernos progresistas, como en los casos de Brasil y Bolivia, hay preguntas complementarias: ¿Por qué se han derribado estos procesos tan rápidamente? ¿Cómo se explica el ascenso de una ultraderecha que ya ha dejado de ocultar o esconder sus propuestas autoritarias, conservadoras y también neoliberales con prédicas homofóbicas y racistas?


Más allá de las indiscutibles acciones desestabilizadoras del Imperio, que se suman a la influencia del "cristo-neofascista internacional", en palabras del teólogo español Juan José Tamayo, algo no funcionó en la América Latina progresista en los años anteriores. Se ha hablado mucho sobre la revolución y el socialismo, incluyendo la democracia. Sin pretender agotar el tema, es evidente que los gobiernos progresistas no han logrado democratizar sus sociedades, en algunos casos incluso han pulverizado la institucionalidad política a la que se proponían cambiar a través de procesos constituyentes, como en Venezuela y Ecuador.


La corrupción ha estado presente de manera escandalosa en toda la región, incluso en esos gobiernos. Y el deseo de mantenerse en el poder contribuyó a la configuración de regímenes caudillistas y autoritarios, que en algunos casos para mantenerse terminaron por coincidir con las fuerzas conservadoras y la derecha corrupta, como ocurrió en Brasil en las alianzas del PT con el PMDB.


Pero hay más en el fondo. Los gobiernos progresistas no intentaron superar las estructuras tradicionales de sus economías primarias exportadoras, al contrario, las profundizaron: el extractivismo fue la fuente de ingresos para sostener los esquemas neo-desarrollistas y expandir las políticas sociales, en un marco de creciente consumismo financiado, mientras duró el ciclo de altos precios de las materias primas.


En resumen, el financiamiento de estas economías descansaba cada vez más en las exportaciones de productos primarios y en la atracción de inversiones extranjeras, aceptando una inserción subordinada en el comercio mundial y, de paso y en la práctica, una acción limitada por parte del Estado; la expansión del extractivismo vino de la mano de claras tendencias desindustrializadoras y un aumento de la fragilidad financiera. Y como bien sabemos, han consolidado un Estado que no sólo es rentista, sino también prácticas empresariales rentistas, esquemas que van acompañados de relaciones sociales clientelares y gobiernos autoritarios. El resumen es: más extractivismo, menos democracia, independientemente de si son gobiernos neoliberales puros o progresistas.


Para completar este escenario, con los gobiernos progresistas la lógica de la acumulación de capital no se ha visto afectada: a pesar de haber reducido la pobreza mientras había recursos para sostener las políticas sociales, y el consumismo, la concentración de la riqueza ha alcanzado niveles crecientes (tendencias que también se han registrado en los países de los gobiernos neoliberales).


Como señalamos con Eduardo Gudynas -en la búsqueda de causas para entender la derrota del PT en Brasil y las secuelas del triunfo del Bolsonaro para la región- todo esto explica por qué el neo-desarrollo -mientras duró el largo ciclo de altos precios de las materias primas- fue apoyado tanto por los sectores populares como por la élite empresarial: Lula da Silva fue aplaudido, por diferentes razones, tanto en los barrios pobres como en el Foro Económico de Davos.


En la práctica, uno de los dispositivos que posee el capitalismo para construir hegemonía, es su capacidad -especialmente durante el pico del ciclo capitalista- de reducir la desigualdad entre los trabajadores sin tocar la desigualdad entre ellos y las clases dominantes; tal capacidad es reconocida como -en palabras del gran economista peruano Jürgen Schudt- la hipótesis del "hocico de lagarto": un hocico compuesto de una mandíbula superior que refleja la alta desigualdad de la riqueza, que es rígida (casi estructural) y sólo se mueve ante cambios igualmente estructurales en las relaciones de propiedad de esta riqueza; y una mandíbula inferior que recoge la cambiante desigualdad de ingresos, que disminuye gracias a la amplitud de las etapas de pico (el "lagarto capitalista" suelta su presa cuando tiene mucho que comer), y aumenta debido a la escasez en las etapas de crisis (el "lagarto" aprieta su presa); todo ello en medio de un ciclo capitalista que se vuelve más volátil e inestable en sociedades extractivistas como las latinoamericanas.


Al mismo tiempo, el desarrollismo progresista, establecido en profundas raíces coloniales y sobre bases extractivistas cada vez mayores, se sustentó en controles crecientes y severos sobre la movilización ciudadana, en la criminalización de quienes se oponían a la expansión del extractivismo, así como en la flexibilización de las normas ambientales y laborales para atraer la inversión. Esto debilitó la base de las fuerzas sociales con capacidad de transformación. Todo esto ha abierto el camino para el surgimiento de la actual restauración conservadora, que en realidad comenzó durante los propios gobiernos progresistas -basta recordar cómo el correaísmo se opuso a la introducción de la posibilidad legal del aborto por violación en el Ecuador.


Aceptemos, por lo tanto: los progresistas, que surgieron de matrices de izquierda, al final simplemente administraron gobiernos que en esencia buscaban modernizar el capitalismo.


-Correo de la Ciudadanía: Sin embargo, donde la derecha ha recuperado el poder central, las tensiones sociales y los levantamientos populares han aumentado. ¿Qué explica esta dinámica en su opinión y qué expectativas podemos tener para el 2020?
Alberto Acosta: Con la llegada de la crisis económica desatada por la caída de los precios de las materias primas en el mercado mundial, las condiciones sociales se deterioraron y con ello la estabilidad política: si bien el consumismo era bastante desbordante, dicha estabilidad parecía segura y el progreso estaba en buena salud. La estabilidad política se vio afectada por este cambio de ciclo económico.


Un caso digno de mención es el de Argentina: en este país se sustituyó un gobierno progresista por uno neoliberal, el de Macri, que al fracasar rotundamente permitió el retorno del progresismo, contradiciendo a quienes creían que la fase de tal espectro había terminado. Desde otra perspectiva, es interesante observar que en Ecuador, donde el cambio de gobierno tuvo lugar dentro del mismo partido progresista, al concluir una fase de autoritarismo exacerbado -al pasar del gobierno de Correa al de Lenin Moreno- muchas organizaciones sociales anteriormente reprimidas con dureza pudieron reconstruir sus fuerzas.


Y, ciertamente, una vez terminada la bonanza progresista, el neoliberalismo encontró el terreno propicio para su resurgimiento con creciente fuerza; aunque también hay que señalar que en ciertos casos, como en el mismo Ecuador, se dejó la puerta entreabierta para este retorno, en la medida que el correaísmo alentó las privatizaciones de los grandes puertos o la entrega de los campos petroleros a las empresas transnacionales, abrió de par en par la puerta a la megaminación, reintrodujo elementos de flexibilización laboral, firmó un TLC (Tratado de Libre Comercio) con la Unión Europea... Finalmente, el país experimentó una especie de "neoliberalismo transgénico": un Estado fuerte sirvió para introducir algunos de los objetivos neoliberales más esperados.


Es decir, con los progresistas no hubo paso a las transformaciones estructurales que permitieran -al menos para empezar- construir bases económicas, sociales y políticas más sólidas para superar la dependencia extractiva y sus secuelas. Tampoco se han visto afectadas las estructuras de acumulación de capital, exacerbadas por el extractivismo desvergonzado: la minería, el petróleo, la agroindustria... Además, el progresismo, con sus políticas de disciplina social y de criminalización de los defensores de la naturaleza, ha debilitado las bases de la organización social, afectando a aquellos grupos que alguna vez se enfrentaron al neoliberalismo.


En este escenario, aprovechando el debilitamiento del progresismo y ante el deterioro de las fuerzas sociales con capacidad transformadora, las derechas retoman directamente al poder y desde allí emprenden políticas económicas que en esencia buscan aumentar aún más las condiciones de acumulación de capital, transfiriendo el costo del ajuste a los sectores populares y a la naturaleza, como ocurre una y otra vez en nuestra historia. Es decir, el "hocico de lagarto" se cierra de nuevo.


En este punto surgen muchas de las recientes luchas populares, exacerbadas también por la inviable promesa de progreso y desarrollo propia de la Modernidad. Así, tales acciones, con múltiples expresiones simbólicas, con contenidos diversos y particulares en cada país, caracterizaron el turbulento año 2019 y marcarán el del 2020, en el que la represión en sus múltiples formas estará en manos de la derecha y la sorpresa -como veremos más adelante- a cargo de las masas.


Este será un año en el que, sobre todo, debemos tener la capacidad de diferenciar lo que el progresismo realmente propone de lo que presentan los izquierdistas. Para enfrentar al neoliberalismo y sobre todo a las fuerzas de la ultraderecha, se pueden construir amplias alianzas que, aun así, no deben confundir a la izquierda en la conquista de su objetivo postcapitalista.


-Correio de la Ciudadana: ¿Cómo vio los levantamientos masivos en Colombia, Ecuador y Chile y qué es lo que tienen de más profundo?
Alberto Acosta: Son procesos alentadores. Son definitivamente alentadoras. A pesar de ciertos rasgos comunes, son procesos únicos y en cierto modo irrepetibles. Tales levantamientos son demostraciones de la capacidad de las sociedades en movimiento, con potenciales enormes e incluso impredecibles. De hecho, estos levantamientos no surgen de planes preconcebidos, y menos aún están inspirados en la lógica repetitiva del funcionamiento de muchas organizaciones sociales y políticas tradicionales. Estos levantamientos sorprendentes e innovadores, muestran que se puede dar un nuevo impulso a muchas acciones de lucha que de tan agotadora repetición, han pasado del ámbito de la constancia a convertirse sólo en una somnolienta y hasta tediosa obstinación.


Una característica de estos levantamientos es la sorpresa, no tanto por el asombro que han causado, incluso para aquellos que buscan leer con atención la evolución política y social, sino porque han influido en varios gobiernos? Este es el mayor potencial: la sorpresa como herramienta indispensable para lograr el progreso, que perdurará mientras la sociedad en movimiento mantenga una alta creatividad y, ciertamente, que haya claridad en los objetivos estratégicos a alcanzar, lo cual, insistimos, no puede ser una simple reedición actualizada de viejas propuestas, y menos aún la repetición cansadora de las mismas tácticas.


En estos países, a los que podemos añadir a Haití, se han producido varias situaciones explosivas durante mucho tiempo, pero no parecían tan potentes como para que pudiéramos anticipar una explosión de la magnitud que hemos experimentado en los últimos tiempos. En cada caso hay varios detonantes, como la eliminación de los subsidios a los combustibles en Ecuador o el aumento del precio del metro en Santiago, que encendieron la chispa para descubrir realidades muy complejas. En el caso colombiano y chileno, la cultura de la protesta es la dura experiencia del neoliberalismo, sin duda. En otros casos, como el ecuatoriano, la receta no sólo se nutre de ingredientes neoliberales, sino de una perversa mezcla de neoliberalismo con elementos propios del progresismo, que en el caso boliviano construyó el escenario del golpe de Estado por la falta de respeto del gobierno de Evo Morales a sus propias construcciones institucionales.


-Correio de la Ciudadana: ¿Hay algún elemento que pueda explicar estos levantamientos en América Latina relacionados con otros procesos en el planeta?
Alberto Acosta: Ese es un punto clave. El mundo, y no sólo América Latina, se ve sacudido por levantamientos que van más allá de los escenarios predecibles y que no pueden ser leídos con las herramientas tradicionales.
Por lo tanto, es urgente abordar tal evolución sin caer en análisis simplistas o generalizaciones que borren las especificidades, ni esperar a tener todos los elementos que permitan comprender la plenitud de tales procesos. Es el momento de interpretar lo que sucede para sacar conclusiones y lecciones al mismo tiempo que nos permitan actuar frente a desafíos de gran complejidad.


Este enfoque debe hacerse desde una perspectiva latinoamericana, tratando de identificar los mínimos denominadores comunes de estos procesos. Esta es la tarea urgente para construir alternativas de izquierda y enfrentar a la derecha.
Existen múltiples focos de indignación y frustración en un mundo que está experimentando una crisis multifacética: ecológica, social, económica, política... Una crisis que supera en todos los aspectos las conocidas crisis cíclicas propias del capitalismo y prefigura los cambios civilizadores. Las causas pueden ser diversas en cada caso, pero algunas reacciones y muchas de las confrontaciones con el orden establecido muestran algunos rasgos similares.


La institucionalidad política está en crisis. La democracia, independientemente del número de elecciones que se celebren, parece estar en modo avión, es decir, desactivada en la práctica. Los partidos políticos se han atrincherado en la defensa de sus intereses, al igual que los grandes medios de comunicación, que se niegan a entender lo que significan las sociedades en movimiento y el origen profundo de los levantamientos en marcha. La corrupción corre libre.


Las promesas de bienestar de la modernidad se ahogan en una realidad cada vez más deshumanizada y destructiva. Las élites gobernantes - políticas y empresariales - responden con una violencia creciente y profundizan los conflictos con su vandalismo neoliberal. Y en este escenario la frustración, especialmente en la juventud, en sus múltiples facetas alimenta las acciones de resistencia y protesta.


-Correio da Cidadania: ¿Por qué estas revueltas son difusas e involucran a diversos sectores de la sociedad, relegando a un segundo plano a los partidos, sindicatos y movimientos sociales más hegemónicos?
Alberto Acosta: Estos nuevos procesos se están llevando a cabo en muchas partes de nuestra América. Definitivamente, la frustración popular creada y acumulada por la civilización de la desigualdad y el daño que está dejando en la periferia del mundo, han generado las condiciones para una explosión social que hace temblar la escena política. “Esta movilización popular -como escribí en un artículo para introducir la lectura de la realidad ecuatoriana, con John Cajas-Guijarro- equivale a un terremoto que mueve y cuestiona los fundamentos de nuestras sociedades injustas e inequitativas, e incluso cuestiona las viejas formas y conceptos utilizados para entender a los sectores populares y su sufrimiento”.


Aquí -como ya se ha señalado- el reduccionismo es inadmisible, ya que oscurece el panorama e impide la construcción de estrategias que potencien esta ola de luchas de resistencia y de re-existencia. La lista de problemas y frustraciones acumuladas es larga y no se reduce a una u otra medida económica o política en particular, que, como ya se ha mencionado, pueden ser los detonantes de una explosión social, no su última causa.


Por lo tanto, sin que ello signifique la única o mayor explicación, el deterioro económico está en la raíz de muchos de estos procesos. Al desempleo y la miseria que surgen de este empeoramiento se suman las políticas económicas que aumentan la explotación del trabajo y la naturaleza. Pero la raíz del problema tiene muchas más aristas. El peso de las estructuras clasistas, patriarcales, xenófobas, racistas, etc. persiste e incluso emerge con doble fuerza, en oposición a las múltiples protestas libertarias, ya sean feministas, indígenas, ecologistas, campesinas, laborales.


A su vez, la propia violencia extractiva es un proceso interminable de conquista y colonización, que explica tanto el autoritarismo -progresista o neoliberal- como la corrupción, y da paso a una creciente resistencia territorial. Luchas que también están empezando a inundar las zonas urbanas: la reciente revuelta en Mendoza, Argentina, contra las megaminas es uno de los ejemplos más recientes. Definitivamente, la pobreza, la desigualdad, la destrucción de las comunidades y la naturaleza van de la mano de las frustraciones de grandes grupos - especialmente los jóvenes - movilizados sin nada que perder, porque incluso el futuro les ha robado.


Entender tal complejidad no es fácil. Aunque acojo con satisfacción estos levantamientos, en ningún caso surgen mecánicamente de ellos claras salidas democráticas; por ejemplo, el controvertido proceso constituyente chileno sigue siendo una oportunidad llena de amenazas aunque esté controlado por las mismas élites gobernantes. Lo que es más evidente es que la violencia estatal está creciendo rápidamente y hasta las sombras de la militarización de la política se ciernen como una constante en varios rincones de Nuestra América, desde Brasil hasta Ecuador, desde Venezuela hasta Bolivia, desde Chile hasta Colombia.


Dentro de esta complejidad observamos el agotamiento de una modalidad de acumulación y sus sistemas políticos -progresivos o neoliberales- sustentados en profundas estructuras injustas y coloniales y forzados a niveles explosivos por las insaciables demandas del capitalismo global. Como bien observa Raúl Zibechi: "las revueltas de octubre en América Latina tienen causas comunes, pero se expresan de manera diferente.


Responden a los problemas sociales y económicos que generan el extractivismo o la acumulación por despojo, la suma de los monocultivos, la minería a cielo abierto, las megaciudades de infraestructura y la especulación inmobiliaria urbana”.


Son problemas que nacen de las contradicciones del capitalismo periférico, bajo el cual los países latinoamericanos se ven constantemente empujados a perpetuar su carácter de economías primarias de exportación, siempre vulnerables y dependientes, que tienen tanto el autoritarismo, como la violencia y la corrupción, como condiciones necesarias para su cristalización. Al mismo tiempo, persiste la lógica perversa de que se privatizan las ganancias y se socializan las pérdidas, siempre con la complicidad entre el Estado y los grandes grupos de poder económico y político. Mientras tanto, la posibilidad de cristalizar patrones consumistas propios de un "modo de vida imperial" se diluye en la imaginación de amplios segmentos de la población, lo que sólo puede lograrse mediante la sobreexplotación del trabajo y de la naturaleza, lo que de hecho es algo irrepetible en general.


Ante tal injusticia e indolencia de poder, cuando las estructuras políticas se han vuelto hambrientas de poder por el poder, ¿qué le queda al pueblo más allá de la resistencia y la protesta?


-Correo de la Ciudadanía: ¿Está usted de acuerdo con la idea de que América Latina pierda su papel global en la actual reorganización económica que está sufriendo el planeta? ¿A qué estamos relegados?
Alberto Acosta: Aceptémoslo: América Latina nunca ha tenido un verdadero liderazgo mundial en términos de una reorganización de la economía mundial. Esta región ha sido condenada desde las horas más remotas del capitalismo - hace más de 500 años - como un sumiso proveedor de materias primas. La realidad no ha cambiado en absoluto. Por el contrario, con los regímenes neoliberales y progresistas, como ya se ha mencionado, la lógica del extractivismo y el desarrollismo ha dominado el imaginario político de la región en las últimas décadas. Las conquistas y la colonización son constantes en Nuestra América.


En este punto es lamentable ver la incapacidad de los gobiernos progresistas para dar paso a una sólida evolución integracionista. Esto habría permitido que la región se posicionara como un bloque poderoso en el contexto mundial. Los discursos sonoros no superaron las acciones de sumisión neoliberal. La neoliberal IIRSA (Iniciativa para la Integración Regional Sudamericana) se convirtió en COSIPLAN (Consejo Sudamericano de Infraestructura y Planificación), en esencia también neoliberal al asegurar la vinculación de varios recursos de la región con las demandas del capital transnacional y los mercados metropolitanos.


Brasil, por ejemplo, durante el largo período de gobierno del PT, lejos de ser un motor de un proceso de integración regional, ha profundizado sus prácticas subimperialistas en el continente, mientras que en el interior ha expandido el extractivismo, generando un proceso de clara desindustrialización. Todo esto ha profundizado las condiciones tradicionales de dependencia del mercado mundial.


-Correio da Cidadania: ¿Cuáles serían las alternativas al marco político y económico imperante? ¿Qué ventanas parecen ofrecerse para la apertura de un nuevo período histórico que va en la dirección opuesta a las imposiciones de este modelo de capitalismo y por qué son necesarias?
Alberto Acosta: Mientras los diferentes grupos de poder, aparentemente, se preparan para imponer el capitalismo total a través de varias formas de autoritarismo, incluyendo la de corte fascista, las luchas populares necesitan organizarse y verse a sí mismas como luchas de múltiples dimensiones. Deben asumir simultáneamente una dimensión clasista y ambiental (trabajo y naturaleza contra el capital), una dimensión descolonial (como la histórica reivindicación indígena), una dimensión feminista y antipatriarcal, una dimensión opuesta a la xenofobia y al racismo... Definitivamente, una lucha múltiple que debe buscar un mañana más justo para todos y todas. Una lucha que, partiendo de la rebelión, es la semilla de un nuevo futuro.


Dentro de este nuevo futuro, un elemento clave es la urgente necesidad de construir y planificar una nueva economía, al servicio de la vida humana -individuos y comunidades- y siempre en estrecha armonía con la naturaleza: la justicia social debe ir siempre acompañada de la justicia ecológica, y viceversa. La construcción de esta nueva economía es crucial, ya que la economía dominante en la civilización actual ahoga el mundo humano y natural, mientras acumula capital y poder en beneficio de pequeños segmentos de la población. Y mientras tanto, los desposeídos del sistema no tienen otro remedio para evitar morir en el olvido que luchar por el colapso de una economía que, siempre, busca salir de su crisis sacrificando vidas -e incluso la naturaleza- para sostener el poder de unas pocas élites.


En definitiva, lo que está claro es que la premisa descolonizadora y despatriarcalizadora, elementos fundamentales para superar la explotación de los seres humanos y la naturaleza por el capital, exige la refundación de los Estados nacionales coloniales, oligárquicos y capitalistas para que estas transformaciones no queden simplemente en los discursos. No se trata simplemente de ganar elecciones para acceder al poder, sino de construir el poder desde abajo, desde la izquierda y siempre con la Pachamama (la madre tierra) para impulsar un proceso de radicalización permanente de la democracia.


Por consiguiente, es urgente construir una nueva historia en el camino, que necesita una nueva democracia, pensada y sentida a partir de los aportes culturales de las diferentes comunidades, en particular de los pueblos marginados, ya que ellos son los creadores; es decir, una democracia inclusiva, armoniosa y respetuosa de la diversidad.


Todo ello en el marco de propuestas de transformaciones profundas y civilizadoras, en las que se debe hacer hincapié en garantizar simultáneamente la pluralidad y la radicalidad. Una tarea que no será posible de la noche a la mañana, sino a través de sucesivas aproximaciones, que enfrenten a todas aquellas máquinas de muerte que amenazan la supervivencia humana y la vida en el planeta. Requerimos acciones que fusionen las luchas de resistencia con acciones de re-existencia a nivel local, nacional, regional e internacional... Para hacer frente a la "internacional de la muerte" necesitaremos una "internacional de la vida", de una vida digna para todos los seres humanos y no humanos. Este esfuerzo debería liberar a las fuerzas sociales que ahora están atrapadas en diversas instituciones del poder estatal, mejorando sus capacidades de autosuficiencia, autogestión y autogobierno. Todo esto exige no sólo inteligencia en la crítica, no sólo profundidad en las alternativas, sino sobre todo la acción creativa de las fuerzas políticas que hacen posible estos procesos emancipatorios.

 

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Publicado enInternacional
Sábado, 28 Diciembre 2019 07:43

Un presente con futuro si luchamos por él

Eduardo Esparza, de la serie “Desentierros” (Cortesía del autor)
 Publicamos una selección de los artículos más leídos durante el 2019. Fueron seleccionados de los periódicos desdeabajo ediciones 253-264 y Le Monde diplomatique, edición Colombia ediciones 185-196.

 

“Aquí viene el árbol, el árbol
de la tormenta, el árbol del pueblo.
De la tierra suben sus héroes
como las hojas por la savia,
y el viento estrella los follajes
de muchedumbre rumorosa,
hasta que cae la semilla
del pan otra vez a la tierra (1).



Hace ya dos siglos, en medio de condiciones adversas, algunos de quienes acometieron el reto de enfrentar al rey de España y sus designados en estas tierras, virreyes y otros burócratas, terratenientes rodeados de sus ejércitos opresores, usurpadores del trabajo de indígenas y otros pobres, así como de los miles de miles de esclavizados traídos en contra de su voluntad desde África, recorrieron este territorio, observaron, discutieron, estudiaron a los eruditos de su época como de otras, meditaron y se atrevieron.


No fue fácil. En medio de persecuciones, ataques de todo tipo (terroristas, dirían de ellos hoy), destierro, cárcel, lograron por un tiempo materializar sus sueños, no para ellos sino para el conjunto de quienes habitaban estos territorios, cuyas descendencias, indígenas, cholas, campesinas, mestizas, blancas, hombres y mujeres, aún hoy requieren la concreción plena de la utopía de un territorio integrado, forjado en justicia y garante de soberanía popular, una patria que haga posible el “Supremo sueño de Bolívar”, como diría Augusto César Sandino, general rebelde que proyectó una alianza de todos los Estados hispanoparlantes de la región para oponerse y superar la Doctrina Monroe, una alianza que pasados los años debería dar paso a una federación, sin perder de vista que el mundo sea nuestra patria (2).


En los escritos de Miranda, Nariño y Bolívar están plasmadas sus visiones con extensión en el tiempo. En sus acciones fundieron con marca indeleble el ejemplo de que la palabra con la acción impide que el polvo de la historia oculte la vitalidad de lo proyectado, entre ello, sueños de una región integrada, en libertad, en soberanía plena, con igualdad y bienestar para el conjunto humano que la habita.


Sueño de un país-región integrado de manera propositiva al mundo. País-región donde los Derechos Humanos, los de ayer (civiles y políticos), sean una realidad, pero también lo sean otros reconocidos décadas después, producto de las luchas de varias generaciones de trabajadores, de mujeres en pugna por la igualdad, de pueblos resueltos a defender su libertad, derechos conocidos como económicos y sociales. Suma de reconocimientos que también integran los derechos ambientales, culturales y otro conjunto de los que han quedado integrados en los convenios de la ONU y sus organismos adjuntos.


Así lo hicieron quienes movilizaron todas sus energías tras una América como patria común, regida con independencia y plena de libertad y justicia, proyectando como Patria Grande el territorio inmediato donde habitaron (Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú, Bolivia, además de Panamá, república producto de las maniobras de los Estados Unidos por controlar y dominar nuestro destino). Al celebrar el Segundo Bicentenario de la Independencia (1819) y la aprobación dos años después, de la Primera República, es necesario, en perspectiva del país de hoy y del soñado para regir bajo una Segunda República, proyectar el país del futuro y con los pies bien asentados en la tierra pero sin amarrarlos con cadenas de realismo político.


Ha de ser este el proyecto de un país otro, para los tiempos que ya llegarán –que construiremos entre todos–, y que en un primer ejercicio parte del territorio que hoy integra Colombia y lo cubre. Pero que en un segundo ejercicio deberá repasar y resumir el territorio integrado como región, ojalá producto de la común deliberación de las organizaciones sociales y políticas que se sienten hijas y prolongación de un legado histórico que está por forjarse como cuerpo.


En perspectiva de la Segunda República, la necesaria de configurar si de verdad pretendemos garantizar en algún momento paz, justicia, libertad, soberanía popular, democracia –más allá de las formalidades que han terminado por hacer de la misma una palabra vacía–, redistribución de la riqueza en beneficio del conjunto social, así como garantía plena de la totalidad de Derechos Humanos, etcétera, que para el caso de nuestro país son retos y guías:



[…]
“Patria, naciste de los leñadores,
de hijos sin bautizar, de carpinteros,
de los que dieron como un ave extraña
una gota de sangre voladora,
y hoy nacerás de nuevo duramente
desde donde el traidor y el carcelero
te creen para siempre sumergida.

Hoy nacerás del pueblo como entonces.
[…]” (3).



Horizonte luminoso. Que en el 2060 Colombia sea el mejor vividero y el país más pacífico de la región.


Referente territorial. Hacer realidad el sueño de Francisco Miranda, Antonio Nariño y Simón Bolívar, y de nuestras montañas, valles, ríos, mares, desiertos, altillanuras, con su población toda, sin distingos de procedencia, raíces, memoria, cultura, poder económico, sabidurías, etcétera; un solo territorio integrado por su conciencia de tiempo, presente y futuro, para erigir en su interior un modelo social de bienestar y alegría, y, en su exterior, entrega permanente de solidaridad y amor genuino a la humanidad global, aportes que eviten que nuestra especie, más las otras con que compartimos el planeta, así como la naturaleza toda, prosigan por el rumbo que hoy padecen de explotación, opresiones, imposiciones, unilateralismo, desunión, injusticias, colapso ambiental.


Debe ser un objetivo indeclinable poner en marcha una geopolítica plural de puertas abiertas con todos los países que aspiren y dispongan una relación entre iguales con Colombia.
“[…] pregunta Bolívar al caballero isleño: ¿Quiere saber usted cuál es nuestro destino […] los campos para cultivar el añil, la grana, el café, la caña, el cacao y el algodón, las llanuras solitarias para criar ganado, los desiertos para cazar las bestias feroces, las entrañas de la tierra para excavar el oro […] (4).

Colombia, reserva ambiental del mundo. La naturaleza que habitamos es nuestra principal ventaja comparativa frente a otros países, y nuestro principal potencial, protegerla en su equilibrio dinámico, es la garantía de futuro armónico y luminoso para las generaciones del presente y las venideras.


Con esa conciencia de nuestro ser natural e histórico, deberá emprenderse la recuperación de mares, ríos, lagos, humedales, manglares, corales, y todos los ecosistemas hídricos, cuencas y microcuencas, destruidos para ‘sembrar’ cemento, como parte de un prometido desarrollo cuyo resultado hasta hoy es contrario a lo ofertado. En fin, protección y recuperación –donde sea necesario– de bosques, selvas, así como de todos los parques nacionales hoy delimitados, más otros que pudieran serlo en el futuro.
Conseguir que nos reconozcamos en los páramos que encumbran nuestras cordilleras, y protegerlos como nuestras más importantes fuentes de agua y cuna de biodiversidad. Igualmente, denegar todo proyecto de minería industrial en su interior, así como de siembra o ganadería de carácter comercial.


Estructurar un plan especial en todas las áreas para proteger, recuperar, y potenciar la cuenca del Amazonas.


Renunciar al desastre que significaría construir el Canal Atrato-Truandó o Canal del Darién, optando por la recuperación y la protección de todo el territorio que integra esa parte del país, frontera con Panamá.


Revertir, asimismo, la deforestación como la siembra de selvas con monocultivos de palma o cualquier otro vegetal, elemento destructor del equilibro ambiental de esas tierras, cuyos impulsores –a sangre y fuego– implementan una política de persecución, exclusión, despojo y desintegración de quienes allí han habitado siempre o quienes llegaron a esos terruños en años o décadas recientes en procura de tierra para un mejor vivir.


Matriz energética. Explorar otras fuentes de energía, más allá del petróleo, con menor impacto sobre el conjunto de la naturaleza, así como sobre la economía de nuestra población, partiendo para ello de lo ya avanzado y encontrado por la humanidad, así como de la diversidad y la potencialidad de nuestro territorio, en sus desiertos, llanuras, páramos, protegiendo en todo momento su integridad.


Mar–Islas. Sembrar conciencia en el conjunto nacional de que, más allá de las ciudades y los campos, contamos con mares e islas, plenos de diversidad en la vida que contienen y en ellos se reproduce. Por tanto, tomar conciencia acerca de que los ríos llegan a los mares, llevando muerte o vida, según la noción que sobre nuestra huella ecológica tenga cada uno de nosotros, así como el conjunto que integramos, y el modelo económico imperante. Si respetamos esta parte de nuestro ser territorial, podremos desarrollar allí ciencia, así como industria de alimentos, y realizar otras iniciativas que favorezcan nuestro bienestar. También, implementar planes especiales para recuperar a San Andrés y sus alrededores del desastre a que los ha llevado la falta de una política económica y ambiental que responda de verdad a su fragilidad natural.


Reorganización-descentralización de los grandes núcleos urbanos con que cuenta el país. Para ganar eficiencia urbana y calidad de vida, es inaplazable encarar su imparable crecimiento. Promover la salida y el traslado de varios millones de los habitantes de Bogotá, Cali, Medellín, Barranquilla, Bucaramanga, para que se ubiquen en nuevos asentamientos, construidos o ampliados según el caso y con no más de un millón quinientos mil o dos millones de pobladores, centros donde se encare la realidad del equilibro ambiental, diseñando espacios totalmente integrados entre vivienda, estudio, trabajo, recreación, lo que reduzca a lo mínimo indispensable la utilización del transporte con base en gasolina, y estimule el traslado a pie o en bicicleta, así como en un eficiente transporte urbano, con tarifa mínima o gratuita, entendiendo que este es uno de los mecanismos más expeditos para garantizar igualdad y redistribuir la renta pública.


Para ampliar ciudades, se deben identificar aquellas que cuenten con, máximo 300 o 400 mil personas y que en su entorno reúnan ventajas comparativas, como ríos y terrenos para la siembra de alimentos. En tales espacios se construirán universidades y centros de investigación estatales, que funcionen con un potenciado criterio público, centrados en las bondades del territorio.


A su vez, para construir nuevos poblados, se debe plasmar una amplia variedad de estudios que destaquen las bondades de diversas zonas del país donde es posible encarar este propósito sin destruir su ecosistema. Trabajo seguro, estudio con financiación a cargo del Estado, construcción de potentes centros de investigación, grandes espacios para esparcimiento y recreación, serán cualidades y bondades de estos proyectos a partir de los cuales no haya que transarse en disputa con quienes deben habitarlos.
Potenciar la economía nacional a partir de retomar e integrar lo público con lo privado, y en esto lo solidario, cooperativo y colectivo como primera instancia. Proteger como bien colectivo todo aquello que tenga valor estratégico y de utilidad común.


Reforma agraria integral. La condición insoslayable para que Colombia llegue a ser una sociedad otra descansa en la implementación de una reforma agraria integral, baluarte para la paz efectiva como para un amplio e intenso proyecto que garantice soberanía alimentaria para los millones que somos y además produzca en segundo renglón para el mercado externo.


Proyectando un transporte eficiente en medianas y largas distancias, mecanismos para movilizar la producción del campo a la ciudad, así como entre estas, e incluso entre países, abordar como Estado la recuperación del transporte férreo y acuático –flota naviera–, tanto de buques como de cabotaje.


Trabajo para todos(as). Plan de choque para acometer diversidad de obras civiles, cuidado de bosques, construcción y mejoramiento de vías en todos los órdenes. Poner en marcha una política salarial, de planeación colectiva y de incentivos en todo nivel, de manera que el trabajo deje de ser una carga y se transforme en proyecto de vida de las mayorías.


Educación y salud, derechos universales y gratuitos.


Recuperación de bienes estratégicos de la nación: telefonía y comunicaciones, empresas que tengan que ver con la prestación de servicios públicos –hospitales, represas, acueducto, etcétera.


Reducir al mínimo posible la concentración de la riqueza y la desigualdad social.


Política tributaria: quien tiene más paga más.


Democracia plena, deliberativa, participativa, directa, refrendataria, política, económica, social, cultural, ambiental.


Sistema punitivo y cárcel. Asumir que la cárcel no corrige y, por el contrario, deforma a quien la padece. Dejarla como último recurso para tratar personas no adaptadas a las leyes discutidas y aprobadas en el conjunto social. A mayor justicia e igualdad, y mejor convivencia social, menor debe ser el número de las contravenciones.


Espacio aéreo. Aprovechar nuestra ubicación en la zona ecuatorial para la investigación y el aprovechamiento del espacio aéreo. Establecer alianzas con terceros países que nos ahorren en investigación y nos desatrasen en todo lo concerniente a soberanía informática y similares.


Ciencia. Investigación y desarrollo del conocimiento en procura de un mejor bienestar para los nuestros y para el resto de la humanidad. Es imperioso retomar el mejor conocimiento producido en otros países en todas las áreas, a fin de lograr una mejor vida para nuestra sociedad. Asimismo, reconocer nuestras tierras en procura de una botánica útil para potenciar una farmacéutica de preevención y cura de enfermedades. En el mismo orden de ideas, rescatar los saberes ancestrales –en plantas y energías– con el permiso de sus poseedores, para superar una industria que en este campo hoy no se preocupa por curar sino por especular con la salud y la vida de la humanidad.

[…] “Sobre esta claridad irá naciendo
la granja, la ciudad, la minería,
y sobre esta unidad como la tierra
firme y germinadora se ha dispuesto
la creadora permanencia, el germen
de la nueva ciudad para las vidas” […] (5).


1. Neruda, Pablo, “Los libertadores”, en Canto general, 1950.
2. Augusto César Sandino, “Plan de realización del supremo sueño de Bolívar” (1929), en Pensamiento bolivariano. Origen, desarrollo, vigencia. Ediciones Desde Abajo, 2005, Bogotá, pp. 101-120.
3. Neruda, Pablo, “América insurrecta”, op. cit.
4. Bolívar en: Gómez, García, Juan Guillermo, Hacia la independencia latinoamericana: de Bolívar a González Prada, Ediciones Desde Abajo, Bogotá, 2010, p. 51.
5. Neruda, Pablo, “Letra”, op. cit.

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Domingo, 15 Diciembre 2019 07:04

Los juegos de la desigualdad.

Los juegos de la desigualdad.

“El deporte no es mejor, ni peor que la sociedad. Es el espejo o reflejo de ella”, Willi Daume. Dirigente del deporte olímpico alemán. (Vargas, Carlos E. 2019)

 

Sin sorpresas, con una disputa que comprometió a los departamentos del Valle del Cauca, Antioquia y Bogotá D.C., así trascurrieron y finalizaron los llamados Juegos NacionalesDeportivos de Colombia-del Bicentenario, en esta ocasión-,realizados del 15 al 30 de noviembre de 2019 y que tuvieron como sede Cartagena, pero con subsedes en otros municipios del departamento de Bolívar, Bogotá, Cali y Nilo (Cundinamarca).

Esta justa deportiva es el máximo evento deportivo del país. Se caracteriza por el carácter multideportivo, practicados en categoría abierta, cada cuatro años desde 1928, como iniciación del ciclo selectivo y de preparación de los deportistas que representan al país en competiciones o eventos internacionales. Desde la edición de 1988, participa una representación deportiva de cada uno de los 32 departamentos, Bogotá D.C. y el representativo de las Fuerzas Militares de Colombia.

Las justas 2019 demandaron una inversión de $150.000 millones, de los cuales el gobierno nacional aportó $ 66.000 millones: $44.000 millones para infraestructura y $ 22.000 millones para logística e implementación.

Espejo de una realidad inocultable, lo deportivo, como lo económico y lo político, también está concentrado en Colombia. No podía ser de otra manera, en tanto los presupuestos con que cuentan los departamentos son desiguales, como las oportunidades deportivas y educativas a que puede acceder la juventud que los habita.

En esta ocasión, 6.617 deportistas (2.739 mujeres y 3.878 hombres), compitieron en 38 disciplinas y 48 modalidades deportivas. Y se distribuyeron 2001 medallas: 622 de oro, 621 de plata y 758 de bronce. El oro, el 67 por ciento quedó en manos de las tres entidades territoriales que siempre han ganado los juegos: Valle del Cauca (Campeón con 165), Antioquia (148) y Bogotá (105). Las 204 preseas de oro restantes se distribuyeron entre 19 departamentos. Con un gran lunar: una tercera parte de los 32 departamentos que componen el territorio nacional no alcanzaron medalla de oro alguna (11 departamentos: Sucre, San Andrés, Caquetá, Arauca, Chocó, Amazonas, Putumayo, Vichada, Vaupés y Guaviare). El departamento de Guainía no participó con deportista alguno. El 85 por ciento del total de la medallería (oro, plata, bronce), se distribuye entre los primeros 8 departamentos. Entre todos los participantes, 6 departamentos no lograron conseguir medalla alguna: Amazonas, Putumayo, Vichada, Vaupés, Guaviare y por supuesto, Guainía.

Desde 1928 hasta hoy

Hasta la fecha,y desde 1928, se han realizado 21 justas, de las cuales sólo 3 entidades territoriales han ganado todos los eventos: Valle del Cauca, con 8 triunfos (1941, 1950. 1954, 1960, 1970, 1974, 1996 y 2019), Antioquia, con 8 triunfos (1980, 1985, 1988, 1992, 2000, 2008, 2012 y 2015) y Bogotá, como Departamento de Cundinamarca, con 5 triunfos (1928, 1932, 1935, 1936 y 2004). La sede y subsedes de los Juegos Nacionales, siempre han sido departamentos de la región andina, del Caribe o del Pacífico; sólo en una ocasión en un departamento de los Llanos Orientales (Villavicencio, Meta, 1985), de los cuatro existentes (Vichada, Arauca, Casanare y Meta) y nunca se han realizado en uno de los 6 departamentos de la Amazonía (Amazonas, Guaviare, Guainía, Vaupés, Caquetá y Putumayo).

Es preciso resaltar que las ciudades sedes de los Juegos Nacionales se benefician de un desarrollo urbanístico importante en cuanto a obras de infraestructura deportiva y general, vías de comunicación, hotelería y turismo, comunicaciones y talento humano.

Lo hasta acá anotado deja en claro que nuestros Juegos Nacionales Deportivos, reflejan y acentúan la desigualdad y la exclusión. Continuar con el modelo de concentración de los resultados deportivos en sólo tres entidades territoriales, la realización de éstos en las mismas regiones geográficas, seguir excluyendo a la región de la Orinoquía o Llanos Orientales y fundamentalmente la Amazonia, es dejar en el ostracismo gran parte de la población y extensión territorial.

Concentración y desigualdad

Recordemos que Colombia es el país con mayor desigualdad de Suramérica y el cuarto país más desigual del mundo. La concentración de la riqueza y de los ingresos es expresamente reflejada en un índice de Gini de 53. El Dane (Departamento Administrativo Nacional de Estadística), asegura que “Colombia es cada vez más desigual”, “La situación de pobreza multidimensional entre los departamentos es muy elevada”. Según la entidad, “mientras en el 2018, en el total nacional, el porcentaje de personas en situación de pobreza multidimensional fue 19,6%, en los departamentos las diferencias son muy altas. Por ejemplo, Guainía tiene un indicador del 65%, seguida de La Guajira con 51,4%, Chocó con 45,1%, Norte de Santander con 31,5%, y Caquetá con 28,7%. En contraste, las zonas con menores niveles de incidencia de la pobreza multidimensional fueron: Bogotá (4,4%), San Andrés (8,9%), Cundinamarca (11,5%), y Risaralda (12,5%)” (Portafolio, julio 12 de 2019).

Un Ministerio de la continuidad

La política pública social en Educación Física, Deporte, Recreación y Actividad Física en Colombia, en armonía con el resto de políticas públicas, están orientadas a aumentar la brecha de la desigualdad, a intensificar la exclusión y marginamiento, tal como lo acaba de ratificar el presidente Duque y el Ministro, Ernesto Lucena Barrero, del recién creado Ministerio del Deporte:  ya aprobaron la realización de los XXII Juegos Deportivos Nacionales Y VI Paranacionales, en el Eje cafetero: Caldas, Quindío y Risaralda para el año 2023, por lo cual, los beneficios económicos, urbanísticos, logísticos y del sector del deporte continuarán su concentración en las regiones más prósperas (fundamentalmente la región Andina o zona central), abandonando la periferia y las regiones más pobres del país.

Tambiéncabe destacar, que se mantiene la exclusión en la educación; se aumenta cada día la deuda social con niños, niñas y adolescentes de los estratos 1, 2 y 3 que se encuentran en el sistema educativo oficial colombiano, al no disponer de un profesional de la Educación Física, Recreación y Deporte en la básica primaria oficial, privando a más de cuatro millones de niños, niñas y adolescentes, en las edades más sensibles del desarrollo (5 - 12 años aproximadamente), de las bondades y derechos de una formación integral, con profesionales idóneamente formados en este campo. (Arcopref. Declaración de Cali, 2018. Congreso Nacional de Educación Física) y que contempla la UNESCO, en la CARTA INTERNACIONAL DE LA EDUCACIÓN FÍSICA, LA ACTIVIDAD FÍSICA Y EL DEPORTE, en su artículo 7: “7.1 Todo el personal que asuma la responsabilidad profesional de la educación física, la actividad física y el deporte debe tener las cualificaciones, la formación y el perfeccionamiento profesional permanente apropiados”, firmada por Colombia en el año 2015.

Desde la Asociación Red Colombiana de Profesores de Educación Física, Recreación y Deporte, “Arcopref”, una organización con más de 5.000 profesores, entrenadores, estudiantes y profesionales afines, con presencia en los 32 departamentos del país, seguiremos tejiendo, investigando, formando, gestionando, organizando, luchando y avanzando cada día en la ruta de propiciar cambios sustanciales orientados a cerrar la brecha de la desigualdad, promover la inclusión social, la equidad y la paz, desde la Educación Física, Deporte, Recreación y Actividad Física.

Junta Directiva Nacional de ARCOPREF

Abelardo Sanclemente

Presidente nacional

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Sábado, 02 Noviembre 2019 17:12

Lecciones de Teoría Crítica

Lecciones de Teoría Crítica

Lecciones de Teoría Crítica tiene como uno de sus objetivos principales, aunque no el único, el intento por establecer claramente algunas de las enseñanzas fundamentales que nos dan autores como Carlos Marx, Walter Benjamin, Fernand Braudel, Edward Palmer Thompson, Mijail Bajtín, Carlo Ginzburg e Immanuel Wallerstein, a quienes podemos considerar como parte de los principales representantes del pensamiento crítico.

Setenta años de la Revolución China: pertenece al pueblo y no a los imperialistas

La prensa internacional y nacional no ha dejado de repicar: “70 años de régimen dictatorial”, “Del maoísmo al neocapitalismo”, “La larga sombra del dragón”, “70 años la historia de un modelo totalitario” y así, otros calificativos despectivos, hasta la saciedad, todo un repertorio de anticomunismo disfrazado de democracia. Pero si bien es verdad que los pueblos del mundo sufrieron dos derrotas profundas con las pérdidas de la URSS y China socialista, y del conjunto del campo socialista, no es verdad que no haya salidas para los pueblos en sus luchas contra los poderosos, y tampoco es cierto que no se puedan encontrar lecciones positivas respecto a lo sucedido. Para ello, un semblante de lo sucedido en China socialista.

El maoísmo considera que el principal aporte de Mao a la revolución fue la tesis de continuar la revolución bajo la dictadura del proletariado, tesis relacionada al hecho histórico y político-ideológico de trascendencia de la restauración del capitalismo en la URSS en 1957, después del XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética (Pcus) y del golpe de Estado liderado por Jruscov.

Restauración del capitalismo que tenía varias explicaciones, según la posición ideológica desde donde se lea tal suceso: los maoístas sostienen la tesis anteriormente enunciada; los guevaristas, siguiendo las reflexiones del Che de 1964, ubicaban tal derrota en el momento de poner en marcha la Nueva Política Económica (NEP); otros marxistas consideraron que tal restauración capitalista había tomado forma en 1990 al desintegrarse la URSS, como sostienen los cubanos; por su parte los trotskistas sostienen que la URSS y China fueron desde siempre “Estados obreros burocratizados”. En fin, más allá de una u otra lectura de tal realidad, lo evidente es que hoy nadie niega el hecho de la restauración capitalista como categoría de análisis, como sucedía en las décadas del 70 y 80 del siglo pasado.

Mao vio con claridad cómo había degenerado el socialismo en Rusia, a diferencia de Stalin que se equivocó en el análisis del problema; y porque lo entendía lanzó la Gran Revolución Cultural Proletaria (Grcp), lucha que duró diez años intentando que China no cambiara de color, es decir, no terminara en lo que es hoy, lo que por supuesto muchos celebran pues al fin de cuentas “el capitalismo es la única solución”.

Lenin llamó la atención de que durante la construcción del socialismo se presentaban los peligros del burocratismo y llamó a que el pueblo se vinculara a la construcción de los organismos soviéticos: “el bajo nivel cultural hace que los soviets, que son por su programa órganos de gobierno a través de los trabajadores, actúan en la realidad como órganos de gobierno para los trabajadores, a través de la capa avanzada del proletariado, pero no a través de las masas laboriosas”.

Esta reflexión y llamado de atención la comprendió Mao no en el sentido de que los partidos no son necesarios, ni de la negación de las organizaciones de masas, sino en la necesidad de preguntarse si China podría llegar a esa condición de los rusos, de si en el seno de los partidos comunistas de los países socialistas habían personas más interesadas en sostener el regreso del país hacia el capitalismo que avanzar hacia el socialismo. Entre los que sostuvieron el camino capitalista resaltó Deng Xioping, dirigente del Partido Comunista Chino.
Estas cuestiones de la manera cómo debe avanzarse en el desarrollo de las relaciones de producción y de todo el modelo de organización social, tienen que ver con las condiciones concretas de cada país. Para el caso particular chino, este país pasó por una revolución de Nueva Democracia, de luchar contra el feudalismo, en contra del capitalismo burocrático, así como contra el imperialismo, proceso alargado durante 24 años de guerra revolucionaria –1924 hasta 1949–. El 1 de octubre de 1949, al llegar Mao a Pekín triunfador, dijo: “China se ha puesto en pie”.

Pero no todos los que participaron en la revolución democrática, incluso de manera consecuente, estaban interesados en dar el paso a la construcción del socialismo. Pensaban que pasar de un país atrasado, con feudalismo, a tomar formas burguesas y avanzar con el capitalismo era suficiente. Que lograr la independencia nacional, al derrotar a los imperialistas, así como a los terratenientes más atrasados, y que la economía fuese controlada por el Estado era suficiente. Esas posiciones incluían elementos psicológicos y emocionales: no querían más guerra, no querían más confrontaciones, mucho menos con países extranjeros, léase con los EE.UU. Y por eso claudicaron.

Desde 1949 y hasta 1976, año en que murió Mao, esa construcción del socialismo estuvo atravesada por la lucha con los que no querían una sociedad socialista, lucha que a su vez tuvo que ver con el debate de los dos modelos de construcción del socialismo, en el sentido de los que defendían el modelo soviético de construcción de la URSS y los maoístas, que a partir sobre todo de 1958, se lanzaron a construir con un modelo diferente que Mao llamó “Tomar la agricultura como base, desarrollar la industria ligera y la industria pesada como factor dirigente”.

Era una lucha dinámica que también llevó a Mao a concluir que el núcleo de la restauración anidaba en la superestructura ideológica, a la que consideró como una relación social y por lo tanto muy vinculada a las relaciones sociales de producción, de ahí que los administradores, ejecutivos, técnicos, etcétera, fueran considerados básicos para la construcción del socialismo, y con ellos había que actuar con todo énfasis pues podían torcer el camino.

Valoración de la superestructura ideológica que, siguiendo a Lenin, también lo llevó a valorar la fuerza de la costumbre, para volver al capitalismo

Como consecuencia de todo ello, Mao impulsó derrumbar barreras en sectores por lo general considerados sacrosantos, como la cultura, el arte, el periodismo, la ciencia, la educación y la filosofía.

Una lucha de contrarios en la cual las masas populares tenían derecho a participar en esas esferas de la sociedad y el conocimiento, en cuanto eran las dueñas de la nueva sociedad. Por eso dijo Mao “la revolución socialista en la esfera económica solamente (en lo que respecta a la propiedad de los medios de producción) no es suficiente, y, además no asegura la estabilidad”. Por lo tanto “debe producirse también la revolución socialista completa en las esferas políticas e ideológicas”.

Así como no es muy cierto que en los debates en la URSS de la década de 1920 no participaron las masas de trabajadores e intelectuales, tampoco lo es en el caso de la revolución cultural china donde millones de mujeres y hombres de todas las edades, dirigentes y no dirigentes, participaron de los debates en torno al rumbo qué debería tomar la sociedad.
Pese a ello, es verdad, los revolucionarios chinos fueron derrotados por los defensores del camino capitalista. Fueron derrotas que llevaron a muchos al escepticismo y la desmoralización, pero a otros, en cambio, los llevó al estudio, reflexión, y la búsqueda de caminos hacia una salida a las condiciones de explotación y opresión capitalistas. Y vale decir que el camino de la transformación de la sociedad es sinuoso pero el futuro es luminoso.

Publicado enEdición Nº262
Lunes, 30 Septiembre 2019 06:05

Cumbres ambientales: objetivos incumplidos

Cumbres ambientales: objetivos incumplidos

En junio de 1972 tuvo lugar en Estocolmo la primera cumbre mundial sobre el medio ambiente. Convocada por la Organización de las Naciones Unidas (ONU), fue un parteaguas en el desarrollo de la política internacional sobre el tema. Asistieron representantes de 113 países, organizaciones no gubernamentales y calificados científicos. El canadiense Maurice Strong condujo las discusiones con gran tino. La cumbre sirvió para que todos los países vieran la necesidad de tomar medidas urgentes a fin de evitar la destrucción de los recursos naturales en aras de obtener el crecimiento económico.

En 1992 se celebró otra, la de la tierra, en Río de Janeiro. Patrocinada por la ONU, asistieron 108 jefes de Estado y de gobierno, 30 mil activistas locales y extranjeros y numerosos representantes de organizaciones de la sociedad. En Río se aprobó el Programa 21, el cual contempla metas ambientales y de desarrollo a cumplirse este siglo; una declaración que define los derechos y deberes de los estados sobre el medio ambiente y el desarrollo; otra de principios sobre los bosques y, finalmente, convenciones sobre el cambio climático, la diversidad biológica y la desertificación. También se reafirmó la meta de la ONU de que las naciones ricas dediquen 0.7 por ciento de su producto interno bruto a la cooperación internacional para el desarrollo.

A la aprobación de esos programas se opuso Estados Unidos, único país que no firmó el tratado sobre la protección de la fauna y la flora. Durante la reunión, el presidente George Bush desconoció la responsabilidad de las naciones ricas en la búsqueda de un desarrollo sostenible, el derecho de las poblaciones dueñas de los territorios donde viven a exigir la conservación de sus recursos naturales y tomar parte decisiva en su utilización.

Luego vendría otro encuentro clave en 1997, en Tokio, para abordar los problemas que ocasiona la generación de gases de efecto invernadero, causantes del calentamiento global. Allí se acordó un protocolo que incluye medidas para evitar que la temperatura en el planeta aumente dos grados este siglo. Era urgente que las tomaran los gobiernos, la industria y la agricultura a fin de disminuir la generación de dichos gases. Los que más contaminan son Estados Unidos, China, India, los países europeos, Japón y Canadá.

Los objetivos trazados en esas tres grandes reuniones no se han cumplido a cabalidad y el planeta sigue calentándose. No cesa la destrucción y mal uso de los recursos naturales. Los efectos se dejan sentir por doquier, como se documenta periódicamente en las reuniones sobre el clima y el medio ambiente. La más notable desde Kyoto fue hace cuatro años en París, con nuevos diagnósticos, nada alentadores, y más promesas para evitar lo peor en el futuro próximo.

Este mes será recordado por la irrupción masiva de los niños y los jóvenes de casi todos los países del mundo en la lucha por hacer cumplir los acuerdos sobre el cambio climático y el uso racional de los recursos naturales. Cuestionan a los políticos y funcionarios gubernamentales y a las grandes corporaciones industriales por su desidia en torno a esos temas. Siempre los líderes hablan de que hay que conservar el planeta para las generaciones futuras. Hoy los jóvenes dicen que hacen lo contrario.

Y prueba de ello la tienen en lo que dijeron la semana pasada los presidentes de Brasil y Estados Unidos en la sede de las Naciones Unidas. El señor Jair Bolsonaro, negando que la Amazonia sea el pulmón verde del planeta; y que los ataques que sufre su gobierno por los incendios registrados en esa inmensa selva provienen de países colonialistas.

El señor Donald Trump, defendiendo un aislacionismo y un patriotismo que ya no tienen cabida en el mundo global que hoy vivimos, alardea que su país es la potencia más poderosa del mundo, pero oculta que su administración destruyó toda la política ambiental de su ­predecesor, Barack Obama. Y recalcó que hizo bien en retirarse del Acuerdo de París.

México ha firmado todos los compromisos sobre el clima y la conservación de los recursos naturales; se comprometió a disminuir para 2030 en 22 por ciento las emisiones de gases de efecto invernadero. Bien haría el gobierno en decirnos si esas promesas se están cumpliendo.

Publicado enMedio Ambiente
Tierra Forme y Nuevo Reino de Granada y Popayán. Willem Blaeu, Amsterdan, 1647 (1ª. Edición: 1635). Mapoteca 4, X-61, Archivo Nacional, Bogotá.

Mucho antes de la invasión/conquista y la Colonia, cuando los pueblos originarios dominaban el territorio que hoy es Colombia, éste ya se había configurado como una nación de regiones geográficas con características y particularidades en clima, vegetación, cuencas y microcuencas hidrográficas, factores fundamentales que a su vez marcan las costumbres de sus habitantes e incluso su idioma. Si bien la conformación política ha variado o evolucionado de acuerdo con las circunstancias no naturales, la conformación geográfica regional se mantiene invariable hasta nuestros días. La denominación de Colombia, “país de regiones”, es un concepto moderno lingüístico, y por lo tanto científico, que resume la configuración geográfica ancestral, en un intento de acomodarla con la configuración político administrativa, pero sin encontrar la solución a las contradicciones políticas criollas que afloraron tempranas en el movimiento de los Comuneros de 1781, se manifestaron belicosas en la revuelta del 20 de julio de 1810, que propulsó un proceso de lucha para ponerle fin al régimen colonial, y se agudizaron y se exacerbaron a partir del establecimiento de la República en 1821, y han perdurado hasta nuestros días.

Como la define el arquitecto, escritor y geógrafo Alberto Mendoza Morales en su obra trascendental Colombia, Estado Regional (Bogotá, 2000) “Región es una porción de territorio, de tamaño variable, definida por límites arcifinios [naturales], individualizada por algún elemento unificador que la distingue, le imprime carácter único y la hace singular frente a otras regiones”.


Dentro de esta definición se desarrolló la vida de las naciones o regiones que conforman el territorio invadido por los conquistadores españoles a partir de 1500. Aquí habitaban la nación Calamarí (Caribe), la nación Mwiska, la nación Pijao, la nación Patía, y otras, formadas alrededor de doce grandes cuencas fluviales, que tienen como ejes los ríos Magdalena y Cauca (pues influyen ellos dos en la totalidad del territorio) y las otras diez grandes cuencas: Amazonia, Orinoquia, Catatumbo, Sierra Nevada, Sinú, Atrato, Baudó, San Juan, otros ríos, Patía y Mataje. El Himat ha identificado en Colombia 714.300 minicuencas hidrográficas (fluviales y lacustres) menores de 10 kilómetros.

Los españoles reorganizaron la división político administrativa del que bautizaron Nuevo Reino de Granada, subdividiéndolo, con base en la delimitación geográfica, en gobernaciones. La Gobernación de Santa Marta, la Gobernación de Cartagena, la Gobernación del Río de La Hacha (Guajira), las gobernaciones de Venezuela y Quito, la Gobernación de Popayán, los territorios de las Misiones (Llanos Orientales, Casanare, Arauca, Meta), y la Audiencia de Santafé, erigida en capital del Nuevo Reino de Granada. Esa división administrativa se mantuvo hasta el final de la Colonia, con las variantes de que la Gobernación de Venezuela fue convertida en capitanía, y la de Quito en presidencia, con una Real Audiencia auxiliar de la de Santafé. Tales regiones o gobernaciones estuvieron determinadas en su funcionamiento económico por una institución común: la Encomienda. Por orden del rey Carlos V la Encomienda estaba destinada a garantizar la propiedad de los indígenas sobre sus tierras y a darles la protección que necesitaran, para lo cual se nombraba un encomendero que tendría a su cuidado determinada porción de tierras (por lo general latifundios) y el cuidado de los indígenas que las habitaban y que eran sus dueños legítimos, en cuyo servicio obraba el encomendero, remunerado por los mismos indígenas. A los pocos años los encomenderos pasaron a ser los dueños de las tierras y los indígenas sus sirvientes.

De ahí se formaron enormes latifundios y los encomenderos pasaron a ser la clase de los terratenientes, de modo que a finales del siglo dieciocho la totalidad de las tierras productivas del Nuevo Reino de Granada era propiedad de no más del tres por ciento de la población. Los encomenderos terratenientes utilizaban para trabajarlas la mano de obra de los indígenas (que no eran esclavos, pero recibían un trato peor que si lo fueran) y de los esclavos.
Tras el movimiento del 20 de julio de 1810, que, si no estableció formalmente la independencia, sí le torció el pescuezo al régimen colonial español, se organizó un primer ensayo de Estado Regional, de tipo federal, en imitación al adoptado por los Estados Unidos de Norteamérica, y se le dio el nombre de Provincias Unidas de la Nueva Granada, con gobiernos y administraciones autónomas, y sujetas políticamente a la autoridad del Congreso. Esas Provincias Unidas surgieron de la conformación Geográfica natural del país. Venezuela y Quito no entraron a formar parte de la nueva organización post colonial y adoptaron su propio régimen político- administrativo.

Un observador tan agudo como Antonio Nariño, que llevaba casi treinta años de lucha por la libertad de su pueblo, y sufrido varias prisiones por esa causa, al salir de su celda en las mazmorras de Bocachica, en Cartagena, donde lo tenía encerrado el régimen español a raíz de la conspiración en 1809, analizó la forma como la organización de las Provincias Unidas no iba a derivar en un Estado nacional libre y soberano, integrado por regiones con verdadera autonomía económica, política y social, según las características regionales, sino en una supuesta nación hecha a semejanza de los Estados Unidos, pero con regiones que constituiría el feudo de los terratenientes herederos de las encomiendas y del dominio de la tierra en esas provincias. Tendríamos entonces un Estado feudal y no un Estado regional.

A su regreso a Santafé, Nariño asumió dos posturas inaceptables para los nuevos dominios. La primera, propuso un gobierno central, que facilitara la organización de las provincias para la defensa del país ante la inminencia de un intento de reconquista por parte de la antigua metrópoli, que lo emprendería tan pronto terminara su guerra contra Napoleón. Y la segunda, acabar con la encomienda y redistribuir las tierras entre los campesinos e indígenas que las trabajaban y que eran sus dueños legítimos. No podíamos pensar en fundar una democracia si pensábamos continuar bajo el mismo sistema feudal de la Colonia. La propuesta audaz de Nariño les produjo náuseas a los nuevos encomenderos, nada dispuestos a repartir sus fundos entre los trabajadores, así como así.

De ahí surgieron los dos primeros partidos políticos en Colombia con posiciones antagónicas. El centralista, encabezado por Antonio Nariño, y el federalista, por el doctor Camilo Torres. De ahí también surgió la primera de las nueve guerras civiles generales del Siglo diecinueve en Colombia, motivadas en apariencia por la misma razón: centralismo versus federalismo; pero no se trataba de dos posiciones políticas ni ideológica opuestas. A los federalistas les interesaba ese sistema porque se adaptaba mejor al dominio feudal de las tierras productivas de la República, mientras que los centralistas aspiraban a un gobierno que pudiera efectuar hacia la periferia una distribución equitativa no solo de la propiedad de la tierra sino de las riquezas que pudiera generar el trabajo nacional. Entró en juego también el libre cambio, del que se hicieron campeones los federalistas (o liberales radicales) y al que combatieron, apoyados en el centralismo, los artesanos que pretendían crear una industria nacional y pedían para ello la protección incondicional del gobierno. La lucha auténtica no fue entre centralistas y federalistas, sino entre librecambistas y artesanos, entre el libre comercio y el proteccionismo industrial.


En su discurso de Instalación del Congreso de Angostura, el Libertador Simón Bolívar encareció a los diputados adoptar una constitución de tipo centralista, que se adaptaba a las características de los pueblos (Nueva Granada, Venezuela y Quito) que habrían de integrar la futura República de Colombia. El Congreso de Angostura elaboró una Constitución de tipo centralista con carácter provisional, mientras se decidía la suerte de la Guerra de Independencia. La victoria de Boyacá en 1819 y la liberación de la Nueva Granada, le permitieron al Libertador convocar el Congreso Constituyente de Cúcuta, instalado por Antonio Nariño. Allí se adoptó una constitución de tipo centralista y proteccionista, que impulsara el desarrollo de la industria artesanal nacional, y de la agricultura, como efectivamente las impulsó; pero las ambiciones de poder y de riqueza de la clase dirigente criolla, los intereses de los terratenientes, que ejercían el poder verdadero, y las intrigas de los ministros plenipotenciarios de Estados Unidos y de Inglaterra, que encontraban en el proteccionismo constitucional un obstáculo fastidioso para sus intereses comerciales, instaron a la separación de Venezuela y de Ecuador, y a la disolución de Colombia tras la muerte del Libertador en 1830. La República de la Nueva Granada, y las que le siguieron en el curso tormentoso del Siglo XIX colombiano, tampoco pudieron organizar Estados Regionales, en parte porque los terratenientes y los comerciantes se opusieron, y en parte porque los tratados de libre comercio y amistad con Estados Unidos (1835 y 1848) hicieron imposible que las regiones pudieran librarse de su vasallaje feudal.

Con las constituciones semilibrecambistas y semifederalistas de 1853 y 1857 el librecambio avanzó hacia el dominio total de la vida granadina, lo que se dio con la Constitución de 1863, que instauró nueve estados soberanos aupados bajo el denominador común de República de los Estados Unidos de Colombia. Sin embargo, las contradicciones se agudizaron. La soberanía pomposa de los nueve estados de 1863, como la autonomía de las doce provincias Unidas de 1811, era la misma máscara con que se encubrían los soberanos incuestionables: los terratenientes. El régimen feudal seguía imperando bajo la Constitución más liberal que pudiera imaginarse. Esa misma Constitución liberal que favorecía los intereses del libre comercio, pero no el nuestro sino el de las potencias que nos vendían sus productos, sumieron en la ruina a los artesanos colombianos, y se originó una confrontación que tuvo muchas refriegas en las plazas públicas entre gólgotas (librecambistas) y draconianos (artesanos). O como decían entonces. “entre los de casaca y los de ruana”.

En esas condiciones, se produjo una escisión política profunda e irreconciliable. La Iglesia y los conservadores, por un lado, que decían combatir el ateísmo de los radicales y la abusiva expropiación de los bienes sagrados (tierras, conventos, iglesias) por el decreto de bienes de manos muerta que expidió el presidente Tomás Cipriano de Mosquera, con destino a la recaudación de fondos para financiar el Estado, pero cuyo producido, en su mayor parte, terminó en los bolsillos de los radicales (liberales librecambistas). Y por otro lado los liberales independientes (no librecambistas) y los artesanos que pugnaban por un gobierno proteccionista. El líder de los independientes fue el pensador liberal Rafael Núñez, que comenzó a publicar una serie de artículos (enviados desde Europa, donde ejercía el consulado de Colombia en Liverpool) a favor de una política de protección a la industria artesanal, la creación de empleo y de riqueza productiva, y de restricción al libre cambio, pensamiento en contravía de los postulados de la Constitución de Rionegro, que abolió por completo el proteccionismo.


Una lucha de varios años en la cual, el movimiento artesanal organizado llevó a Núñez a la presidencia en 1880. Dos años antes, al dar posesión de la presidencia al liberal independiente Julián Trujillo, Núñez había resumido su doctrina en dos postulados: Regeneración administrativa fundamental o catástrofe y Paz científica. Los radicales hicieron burlas, chanzas y sátiras sobre esos programas de Núñez, que les demostró que tan serio era su programa cuando, al iniciar su período, estableció el Banco Nacional, con carácter de Banco Emisor, y les quitó a los bancos de los estados, y a los privados, la facultad de emitir sus propios billetes. Como el período presidencial era apenas de dos años, Núñez no tuvo tiempo de avanzar en la regeneración administrativa fundamental, ni en la Paz Científica, hasta su segunda elección, en 1884.

¿En qué consistían la Regeneración administrativa fundamental y la Paz científica? Ambas nociones las había tomado Núñez del discurso del Libertador en Angostura. La Regeneración administrativa fundamental era gobernar con honradez, con pulcritud y con eficiencia para hacer de los recursos públicos un instrumento de prosperidad del común de los ciudadanos, y no del beneficio de unos pocos. En consecuencia, había que castigar con severidad el mal uso de esos recursos, y para ello se requería un gobierno central con autoridad (no autoritarismo) capaz de proteger y estimular el trabajo de los colombianos y darles vigor a las regiones. La Paz científica era la proveniente de la satisfacción de las necesidades básicas de los ciudadanos, y de la tranquilidad que la solución de esas necesidades podía darles equitativamente a todos y a cada uno de los habitantes del país.

Los artesanos entendieron a Núñez. Lo llevaron a la presidencia en 1880 y 1884. Lo apoyaron en la guerra civil que declararon los radicales en 1885 “contra el régimen regenerador” al que tildaban de dictatorial, y después de la guerra, ganada por Núñez, respaldaron la reforma constitucional, que entre otros cambios fundamentales extendió el período presidencial a seis años. Por una gran mayoría, Núñez fue elegido para inaugurar el primer período de la Nueva Era (1886-1892).

Paradójicamente, aquel mandatario liberal y escéptico, cuasi ateo, atacado con ferocidad por los librecambistas variopintos, tuvo que aliarse con un segmento del conservatismo y hacerle a la Iglesia concesiones lamentables, pero necesarias para poder gobernar.

La Constitución de 1886 no alcanzó los objetivos anunciados por Núñez de Regeneración administrativa fundamental y Paz científica. Las concesiones a la Iglesia consiguieron que se mantuviera el mismo orden feudal que venía ininterrumpido desde la Colonia. Reformas como el papel moneda de curso forzoso, la prohibición de negociar en moneda extranjera (prohibición de estipular), y amplias medidas de protección a la industria artesanal, dinamizaron la economía, permitieron la creación de empleo, generaron un importante crecimiento industrial, mas no modificaron la propiedad feudal de la tierra, ni lograron crear el estado regional.

Varias décadas después, las reformas de la Revolución en Marcha impulsadas por el primer gobierno de López Pumarejo –en 1936– que pretendía, con la ley de tierras ponerle fin a nuestro feudalismo agrario, tropezaron igual con el poder de los terratenientes, que lejos de disminuir en 116 años de vida republicana se había acentuado y fortalecido.

La Carta de 1886, a la que hoy se cataloga de regresiva y conservadora, fue necesaria en su momento, como lo reconoció López Pumarejo, para implantar la unidad nacional y modernizar el país. Tan es así que se mantuvo vigente por ciento cinco años, hasta que, obedeciendo una ley natural de obsolescencia, fue sustituida por la Carta de 1991, que ha cumplido veintiocho años, y ha sido reformada, alterada en su esencia, incumplida y violada por las autoridades otras tantas veces. La Carta del 91 tiene una contradicción original. Al tiempo que ordena la organización de Colombia como un Estado Social de Derecho, tiene numerosos artículos de carácter neoliberal, que es lo opuesto al Estado Social de Derecho, sobre el que han prevalecido al socaire de sucesivos gobiernos neoliberales.

Aunque la Carta del 91 contiene herramientas jurídicas para organizar un estado regional, o un país de regiones, tampoco ha conseguido ese propósito. Como lo anota Alberto Mendoza Morales en su obra citada: “La riqueza de Colombia está en la heterogeneidad. Un Estado [como el colombiano] de tan fuertes características regionales está llamado a la descentralización, a aceptar y acoger de frente esas diferencias, a integrarlas, a fomentar la población de cada espacio, de modo que se maneje por sí misma, crezca por esfuerzo propio y elabore su propio plan de vida y desarrollo” (pero) “Los constituyentes de 1991 desecharon la definición geográfica de la región natural y adoptaron una definición político administrativa. En efecto, dispusieron: ‘Dos o más departamentos podrán constituirse en regiones administrativas y de planificación con personería jurídica y patrimonio propio (Art. 306 C. N.). La respectiva Ley Orgánica establecerá las condiciones para solicitar la conversión de la región en entidad territorial (Art. 307 C. N.)’”.

Estima Mendoza Morales que “Los constituyentes, con su definición, confundieron regiones, que son entidades geográficas, con asociaciones de departamentos, que son entidades político administrativas”.

En esa confusión, no hubo ignorancia de los legisladores. Fue hecha a propósito para amparar los intereses de los terratenientes y de las asociaciones privadas que tienen negocios en las regiones, a las que de ningún modo conviene que esas regiones puedan tener administraciones soberanas y vida propia. El ordenamiento jurídico está enderezado a proteger el interés privado de unos pocos, bien sea a las buenas, cuando la ley les es propicia, o con la violencia, cuando no encuentran la complicidad de la ley. Así, las consultas populares y los cabildos abiertos, dispuestos por la Constitución como mecanismos democráticos, de hecho han resultado írritos, y los planes de ordenamiento territorial, en los que la participación de la comunidad es cero, sirven para favorecer negocios inmobiliarios o propiciar el despojo de tierras, con disfraz de legalidad. Como en 1811, hoy sigue imperando en Colombia un régimen feudal férreo. El anhelo de un país de regiones, no parece estar todavía a nuestro alcance.

Martes, 27 Agosto 2019 09:33

Sin discurso para el Bicentenario

Puente de Boyacá, 7 de agosto de 2019. Foto: César Carrión - Presidencia https://id.presidencia.gov.co/multimedia/fotos

Quizá un escolar al que se le hubiera encomendado un discurso para conmemorar en sesión solemne de su colegio el Bicentenario de la Batalla de Boyacá, no lo habría hecho peor que el presidente de la República, Iván Duque Márquez, el 7 de agosto de 2019, en el campo donde doscientos años atrás se libró la batalla que culminó la Campaña Libertadora de la Nueva Granada (hoy Colombia) y que dejó libre de invasores el ochenta por ciento de nuestro territorio. Tal como lo había previsto el Libertador, la victoria de Boyacá tuvo una importancia múltiple. Garantizó que el resto de la Campaña generaría la liberación sucesiva de Venezuela, Ecuador, Perú y Bolivia, entre 1819 y 1824. Una de las grandes hazañas épicas de la historia universal, lograda de principio a fin por el genio deslumbrante de Simón Bolívar y su tenacidad asombrosa para cumplir el juramento que, en Roma, hiciera de libertar del vasallaje colonial a la América Española y establecer en ella repúblicas soberanas, guiadas por los Derechos Humanos y por la práctica incesante de principios liberales y democráticos.

El presidente Iván Duque hubiera podido brindarnos un discurso de estadista, que les mostrara a los colombianos, y que les explicara, también, la conexión misteriosa y latente entre los hechos del pasado y los del presente, que analizados como un todo nos permiten avizorar el futuro, descubrir los errores que hemos cometido, para no repetirlos, y completar la tarea libertadora que tuvo su principio glorioso en 1819, y que en el curso de dos siglos no ha podido encontrar a las generaciones capaces de rematar la construcción del edificio democrático empezado por tantos hombres y tantas mujeres que lo cimentaron con su sangre, su heroísmo, y la ofrenda de sus vidas para crearnos un lugar mejor donde habitar con dignidad.

Incluso el presidente Duque hubiera podido hacer un discurso formal de análisis histórico, un discurso académico que nos recordara el brillo intelectual de muchos de sus antecesores. Prefirió legarle a la posteridad una pieza mediocre que, por supuesto, la posteridad ignorará piadosa.

Un llamado insípido a la unidad, sin pizca de elocuencia, y mucho menos de pensamiento que convide a sus compatriotas a la reflexión. “Somos –dice el presidente—el Gobierno del Bicentenario ya que el Bicentenario es la oportunidad de unirnos alrededor de lo que nos hace colombianos”. Esa es la apoteosis de la vacuidad. La conmemoración pasajera de una fecha magna, no puede tomarse como pretexto para llamados inocuos a la unidad nacional. La unidad es un deber permanente de las autoridades y de los ciudadanos, que se construye a diario con hechos, no con palabras. ¿Qué es lo que “nos hace colombianos”? ¿El asesinato permanente de los líderes sociales, de los activistas de Derechos Humanos, de los ambientalistas? ¿La desigualdad creciente que nos ubica entre los cinco países más desiguales del mundo? ¿En torno a esas y otras tragedias bicentenarias podemos aspirar a la unidad?

El presidente quiso hacer un reconocimiento anecdótico de la participación de las mujeres en la guerra de independencia, y citó algunos nombres como quien saca al azar las cartas de la baraja. Sin embargo, los miles de mujeres heroicas y meritorias que actuaron en la independencia, no ofrendaron sus vidas sólo por la satisfacción de verse citadas a la ligera en un discurso presidencial paupérrimo de ideas. Les hubiera gustado oír que su esfuerzo abnegado era el motivador de otros esfuerzos similares para favorecer a los millones de mujeres que hoy carecen de casi todo, que son maltratadas a diario, asesinadas, mal retribuidas en su trabajo, obligadas muchísimas de ellas, como madres cabeza de familia, a jornadas inverosímiles para conseguir el sustento de sus hijos. A nada de ello se refirió el presidente, pero sí a exaltar a “Las juanas” de la independencia, confundiendo a las voluntarias aguerridas que acompañaban a los ejércitos libertadores (que nunca se llamaron “Las Juanas”) con las protagonistas de una telenovela de hace veinte años, cuyo argumento no guarda relación ninguna con los hechos de la Independencia. 

Dos personalidades que lo dieron todo por la libertad de su Patria, conocían bien la idiosincrasia nacional y la definieron con un par de epigramas inmortales: “Pueblo indolente” (Policarpa Salavarrieta, al pie del patíbulo, 1817); y “Patria Boba” (Antonio Nariño, en Los Toros de Fucha, 1823). Así fue la alocución del señor presidente en la conmemoración del Bicentenario de la Batalla de Boyacá. Un discurso indolente y bobo.

Publicado enEdición Nº260
Martes, 13 Agosto 2019 05:37

En las patas de los caballos

En las patas de los caballos

El tema de la relación entre novela y política difícilmente se agota en América Latina. En la recién pasada Feria Internacional del Libro en Lima, me tocó subir dos veces al escenario para unas conversaciones literarias donde el contenido terminó siendo el mismo, o parecido: tanto en Los paraísos narrativos, con Mario Vargas Llosa, bajo la mediación de Patricia del Río; como en ¿Existe la novela política?, con J. J. Armas Marcelo, moderada por Clara Elvira Ospina.

Mi primera reflexión, en base a aquel doble ejercicio, es que desde muy temprano del siglo XIX aprendimos a ver la historia como epopeya; y a partir de entonces comenzó a ser tarea difícil fijar la distancia entre historia y literatura, bajo el fragor y los relámpagos de la epopeya, hasta que esa delgada línea de separación entre realidad y ficción quedó desvanecida.

Los libertadores arrastraron imaginación e historia en las patas de los caballos. Lo inconmensurable, lo exagerado, es la medida que siempre busca la imaginación para crear el asombro: en una trivia ideada por la BBC de Londres, se declara a Bolívar el americano más importante del siglo XIX:

Cabalgó 123 mil kilómetros, más de lo que navegaron Colón y Vasco de Gama sumados, 10 veces más que Aníbal, tres más que Napoleón, y el doble de Alejandro Magno. No vivió más que 47 años, pero fueron suficientes para pelear 472 batallas, viendo la derrota sólo seis veces; en 25 estuvo en riesgo de muerte, y liberó seis países.

Pero de las estadísticas gloriosas tenemos que pasar a las vidas humanas, los seres vistos en su individualidad, y así abrirnos paso hacia el territorio de la novela, donde el documento adquiere fulgores irisados, porque es ya el dominio de la imaginación; reconstruir vidas, y por tanto heroísmos, visiones, ambiciones, pasiones, celos, mezquindades. Traiciones.

La novela convierte a las personas en personajes. La singularidad se basa en lo extraordinario, no pocas veces en lo imposible, en todo aquello que resulta perturbador porque se sale del común. Capitanes desquiciados que buscan un absurdo, co­mo Ponce de León la fuente de la eterna juventud, convencidos de que lo que otros han imaginado es la verdad, y pueden mover una flota entera tras una mentira.

Héroes obsedidos por una idea libertaria, como Bolívar, cabalgando sin tregua, decididos a romper el yugo, unir países que surgen a una vida nueva, y que ya al nacer son díscolos, ingobernables, y al final del camino sólo espera la decepción de haber arado en el mar, frase de personaje de novela como no hay otra.

Pero el individuo que busca, no se encuentra a sí mismo, y muere generalmente en derrota, lejos de aquello que buscaba. Muertos de gangrena por causa de una flecha envenenada, como Ponce de León, o en la soledad del ostracismo, rumiando la desventura del fracaso, como Bolívar.

Por eso mismo es que la historia se puede leer como una novela, o ser reconstruida como novela. La Florida del Inca, escrita por el Inca Garcilaso, es una novela, como lo es la verdadera relación de la Conquista, de Bernal Díaz del Castillo. Y sin esta visión de la historia como novela, no serían posibles El general en su laberinto, de García Márquez, ni La guerra del fin del mundo, de Vargas Llosa.

La galería de personajes es infinita. Pero si me dieran a escoger a uno de entre tantos, me quedo con Francisco de Miranda. Sus diarios son eso, una novela fascinante que se lee sin respiro. Es el más exuberante de entre todos los héroes de a caballo, el más apasionado y el más apasionante, guerrero, trotamundos, aventurero, seductor.

No hay escenario de su época donde no hubiera estado, como testigo o protagonista. Capitán del ejército español, espía de la corona inglesa, perseguido por la Inquisición por lector voraz, Mariscal de Campo en Francia bajo la revolución, consejero de Catalina la Grande en Rusia, luchador por la independencia sudamericana, entregado al final de su vida a las autoridades de la corona española, el propio Bolívar de por medio, y llevado prisionero a Cádiz donde murió en las mazmorras víctima de un derrame cerebral.

Novela política, novela histórica, no existen como tales, o si existen no se salvan como géneros literarios. Existen hechos extraordinarios, y protagonistas singulares, que la historia pone a disposición de la novela, la cual, en último caso se alimenta de la realidad para crear otra paralela. Pero esta otra es ya criatura de la imaginación, no de la relación rigurosa y fehaciente de los hechos, lo que a la postre viene a resultar siempre aburrido.

Y cuántas historias para ser contadas no nos ha dado ya este siglo de caudillos iluminados, reyes del narcotráfico que se solazan en el poder del dinero y de la muerte, y democracias hundidas bajo el peso de la corrupción. Un siglo sin héroes, bajo el fulgor luciferino de lo siniestro.

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Normandía, ¿el día en que todo cambió?

Hay sucesos que marcan la historia y el presente de la humanidad. La Segunda Guerra Mundial, sin duda, es uno de ellos. Acá un recorrido a vuelo de pájaro sobre el verdadero vencedor en esa contienda entre imperios, y con la URSS en un interregno de vencer el fascismo y no permitir ser arrinconada por el resto de Aliados. Una confrontación que le costó a la humanidad más de 60 millones de víctimas.

 

Hace ya 75 años, el 4 de junio de 1944, en el marco de la Segunda Guerra Mundial, sucedió el desembarco más poderoso de la historia, los Aliados (estadounidenses, canadienses y británicos) desembarcaron en forma sorpresiva en las playas francesas de Normandia, mientras los alemanes los esperaban más al norte, en el paso de Calais.

Los historiadores, prensa y academia, consideran este hecho como el principio del fin del régimen nazi, relegando a segundo lugar la participación soviética –una manera de decir que el imperialismo de los Estados Unidos fue el triunfador.

No tiene nada de raro que los medios de comunicación sostengan que el desembarco de Normandía o invasión a Francia, fue el hito que derrotó a los nazis; pero si se examina con cuidado y sin pasión alguna la historia de la Segunda Guerra Mundial, se concluye que fueron los ejércitos soviéticos los principales actores de la derrota nazi.

Tampoco son casuales las respuestas de los franceses a una encuesta secuencial sobre el tema, realizada a lo largo de 10 años.
 

La encuesta recogía la siguiente pregunta:

¿Cuál es la nación que más ha contribuido a la derrota de Alemania en 1945?


Como puede deducirse, los cambios de percepción de los franceses sobre el papel desempeñado por la URSS en este inmenso suceso varian. Una cosa aprecian cuando la URSS aún existe y otra cuando desaparece (1991). Criterio en el cual también pesa, así puede ponderarse, el resurgimiento de Rusia como imperio y del zar Putin como su líder.

Según el criterio recogido en la encuesta, el papel de la URSS fue supuestamente secundario, y no contribuyó al triunfo sobre el nazismo, a lo cual sí aportaron los Aliados con la invasión a Normandia en 1944. Pero, ¿esto fue así?

Al valorar estos sucesos no debe olvidarse el empantanamiento de las tropas de los EE.UU. en Italia en 1943. Pero tampoco que Churchill hizo todo lo posible para que la operación Overlod, nombre clave de la invasión a Normandía,  no se llevara a cabo, por cobardía, para que no les sucediera a los británicos lo ya ocurrido en la Primera Guerra Mundial, cuando invadieron Turquía, con el desastroso desembarco de sus tropas en Galípoli.

Pero sobre todo porque no quería abrir el segundo frente, propuesto por los soviéticos a los Aliados, para atenazar a los nazis y derrotarlos. Churchill lo que quería era quemar tiempo para que los soviéticos se desgastaran enfrentados a los alemanes, y luego actuar quedándose con Europa. Pero como todo el mundo sabe eso no sucedió y los soviéticos repelieron a los alemanes, y en la contraofensiva el Ejército Rojo avanzó hasta Berlín.

Los sucesos históricos no dejan duda. Debido a los problemas estratégicos de los Aliados, que no habían podido avanzar hacia Berlin, Churchill y Roosevelt le piden a Stalin que desplegara una ofensiva de invierno en el Frente Oriental, lo que hicieron los soviéticos, y así el Ejército Rojo ocupó Varsovia y Prusia Oriental, para instalarse a 150 km de Berlín.

Aprovechando el cambio en el terreno de guerra, los Aliados también se movilizaron sobre Berlín, pero mientras estos se enfrentaron a 26 Divisiones armadas alemanas en su avance sobre territorio nazi, los soviéticos tuvieron que hacerlo contra 170 Divisiones.

 

 



El inmenso costo humano

Las víctimas sufridas por la Unión Soviética durante la Segunda Guerra Mundial superaron veinte veces las de los Estados Unidos y el Reino Unido combinadas. Lo cierto es, sin más, que fue el Ejército Rojo quien ganó la guerra contra la Alemania Nazi. Las fuerzas soviéticas fueron responsables de tres cuartas partes de las bajas alemanas. De un total de 13.488.000 soldados muertos o capturados, 10.748.000 procedían del Frente Oriental. La Unión Soviética sufrió al menos 23 millones de víctimas.

No se trata de una competencia sobre quién mató más soldados nazis, en esa brutal guerra donde hubo de todo por parte de todos los actores involucrados, el asunto es en dónde estuvo centrado el peso de la guerra.

El desembarco en Normandía, y el recorrido de las tropas aliadas hacia Berlín, también fue una pugna inter-imperialista, en la que los británicos no querían quedar como imperialistas de segundo orden, detrás de los EEUU, y estos con su poderío abrogarse el triunfo en el reparto del mundo. Los canadienses, pese a sus deseos, quedaron con premio de consolación. Y todos ellos contra la Unión Soviética, socialista en ese entonces.

Publicado enEdición Nº259
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