Lunes, 01 Agosto 2016 07:13

Frente al terrorismo

Frente al terrorismo

Lo preparó todo con minuciosidad. Cerró su cuenta bancaria. Vendió su auto. Evitó cualquier contacto con la organización. No acudió a ninguna reunión. No rezó. Se procuró el arma fatal sin que nadie pudiera sospechar el uso que haría de ella. La colocó en lugar seguro. Esperó. Esperó. Llegado el día D, procedió al ensayo del crimen. Transitó y recorrió el futuro itinerario de sangre. Midió los obstáculos. Imaginó los remedios. Y cuando llegó la hora, puso por fin en marcha el camión de la muerte...

 

La inaudita bestialidad (1) del atentado de Niza, el pasado 14 de julio –que viene a sumarse a otras masacres yihadistas recientes, en particular las de Orlando (49 muertos) y Estambul (43 muertos)– nos obliga, una vez más, a interrogarnos sobre esa forma de violencia política que llamamos terrorismo. Aunque, en este caso, habría que hablar de “hiperterrorismo” para significar que ya no es como antes. Un límite impensable, inconcebible, ha sido franqueado. La agresión es de tal desmesura que no se parece a nada conocido. Hasta tal punto que no se sabe cómo llamarlo: ¿atentado?, ¿ataque?, ¿acto de guerra? Como si se hubiesen borrado los confines de la violencia. Y ya no se podrá volver atrás. Todos saben que los crímenes inaugurales se reproducirán. En otra parte y en circunstancias diferentes sin duda, pero se repetirán. La historia de los conflictos enseña que, cuando aparece una nueva arma, por monstruosos que sean sus efectos, siempre se vuelve a emplear... Alguien, de nuevo, en algún lugar, lanzará a toda velocidad un camión de diecinueve toneladas contra una multitud de personas inocentes...

 

Sobre todo porque este nuevo terrorismo tiene, entre sus objetivos, el de impactar las mentes, sobrecoger el entendimiento. Es un terrorismo brutal y global. Global en su organización, pero también en su alcance y sus objetivos.

 

Y que no reivindica nada muy preciso. Ni la independencia de un territorio, ni concesiones políticas concretas, ni la instauración de un tipo particular de régimen. Esta nueva forma de terror total se manifiesta como una suerte de castigo o de represalia contra un “comportamiento general”, sin mayor precisión, de los países occidentales.

 

El término “terrorismo” también es impreciso. Desde hace dos siglos, ha sido utilizado para designar, indistintamente, a todos aquellos que recurren, con razón o sin ella, a la violencia para intentar cambiar el orden político. La experiencia histórica muestra que, en ciertos casos, esa violencia resultó necesaria. “Sic semper tirannis”, gritaba Bruto al apuñalar a Julio César, que había derribado la República. “Todas las acciones son legítimas para luchar contra los tiranos”, afirmaba igualmente, en 1792, el revolucionario francés Gracchus Babeuf.

 

Sobre ese irreductible fenómeno político, que suscita a la vez espanto y cólera, incomprensión y repelencia, emoción y fascinación, se han escrito miles de textos. Y hasta, por lo menos, dos obras maestras: la novela Los Endemoniados (1872), de Fiódor Dostoyevski, y la obra de teatro Los Justos (1949), de Albert Camus. Aunque, cuando el islamismo yihadista está globalizando el terror a niveles jamás vistos hasta ahora, el proyecto de “matar por una idea o por una causa” aparece cada vez más aberrante. Y se impone ese rechazo definitivo que Juan Goytisolo expresó magistralmente en su frase: “Matar a un inocente no es defender una causa, es matar a un inocente”.

 

Sin embargo, sabemos que muchos de los que, en un momento, defendieron el terrorismo como “recurso legítimo de los afligidos”, fueron luego hombres o mujeres de Estado respetados. Por ejemplo, los dirigentes surgidos de la Resistencia francesa (De Gaulle, Chaban-Delmas) que las autoridades alemanas de ocupación calificaban de “terroristas”; Menahem Begin, antiguo jefe del Irgún, convertido en primer ministro de Israel; Abdelaziz Buteflika, ex responsable del FLN argelino, devenido presidente de Argelia; Nelson Mandela, antiguo jefe del African National Congress (ANC), presidente de Sudáfrica y premio Nobel de la Paz; Dilma Rousseff, presidenta de Brasil; Salvador Sánchez Cerén, actual presidente de El Salvador, etc.

 

Como principio de acción y método de lucha, el terrorismo ha sido reivindicado, según las circunstancias, por casi todas las familias políticas. El primer teórico que propuso, en 1848, una “doctrina del terrorismo” no fue un islamista alienado, sino el republicano alemán Karl Heinzen en su ensayo Der Mord (El Homicidio), en el cual declara que todos los procedimientos son buenos, incluso el atentado-suicida, para apresurar el advenimiento de... la democracia. Como antimonárquico radical, Heinzen escribe: “Si debéis hacer saltar la mitad de un continente y propiciar un baño de sangre para destruir el partido de los bárbaros, no tengáis ningún escrúpulo. Aquel que no sacrifica gozosamente su vida para tener la satisfacción de exterminar a un millón de bárbaros no es un verdadero republicano” (2).

 

La actual “ofensiva mundial del yihadismo” y la propaganda antiterrorista que la acompaña pueden hacer creer que el terrorismo es una exclusividad islamista. Lo cual es obviamente erróneo. Hasta hace muy poco, otros terroristas estaban en acción en muchas partes del mundo no musulmán: los del IRA y los legitimistas en Irlanda del Norte; los de ETA en España; los de las FARC y los paramilitares en Colombia; los Tigres tamiles en Sri Lanka; los del Frente Moro en Filipinas, etc.

 

Lo que sí es cierto es que la hiperbrutalidad alucinante del actual terrorismo islamista (tanto el de Al Qaeda como el de la Organización del Estado Islámico, OEI) parece haber conducido a casi todas las demás organizaciones armadas del mundo (excepto al PKK kurdo) a firmar apresuradamente un alto el fuego y un abandono de las armas. Como si, ante la intensidad de la conmoción popular, no desearan verse para nada comparadas con las atrocidades yihadistas.

 

También cabe recordar que, hasta hace muy poco, una potencia democrática como Estados Unidos no consideraba que apoyar a ciertos grupos terroristas fuese forzosamente inmoral... Por medio de la Central Intelligence Agency (CIA), Washington preconizaba atentados en lugares públicos, secuestros de oponentes, desvíos de aviones, sabotajes, asesinatos...

 

Contra Cuba, Washington lo hizo durante más de cincuenta años. Recordemos, por ejemplo, este testimonio de Philip Agee, ex agente de la CIA: “Me estaba entrenando en una base secreta, en Virginia, en marzo de 1960, cuando Eisenhower aprobó el proyecto que llevaría a la invasión de Cuba por Playa Girón. Estábamos aprendiendo los trucos del oficio de espía incluyendo la intervención de teléfonos, micrófonos ocultos, artes marciales, manejo de armas, explosivos, sabotajes... Ese mismo mes, la CIA, en su esfuerzo por privar a Cuba de armas antes de la inminente invasión de exiliados, hizo volar un buque francés, Le Coubre, cuando estaba descargando un cargamento de armas de Bélgica en un muelle de La Habana. Más de 100 personas murieron en aquella explosión... En abril del año siguiente, otra operación de sabotaje de la CIA con bombas incendiarias destruyó los almacenes El Encanto, principal tienda por departamentos de la capital, provocando decenas de víctimas... En 1976, la CIA planificó, con la ayuda del agente Luis Posada Carriles, otro atentado, en esta ocasión contra un avión de Cubana de Aviación en el que murieron las 73 personas de a bordo... Desde 1959, el terrorismo de EEUU contra Cuba ha costado unas 3.500 vidas y ha dejado a más de 2.000 personas lisiadas. Los que no conocen esta historia pueden encontrarla en la clásica cronología de Jane Franklin, ‘The Cuban Revolution and the United States (3)’” (4).

 

En Nicaragua, en los años 1980, Washington actuó con igual brutalidad contra los sandinistas. Y en Afganistán contra los soviéticos. Allí, en Afganistán, con el apoyo de dos Estados muy poco democráticos –Arabia Saudí y Pakistán–, Washington alentó, también en la década de 1980, la creación de brigadas islamistas reclutadas en el mundo arabomusulmán y compuestas por los que los medios de comunicación dominantes llamaban entonces los “freedom fighters”, combatientes de la libertad... Sabemos que fue en esas circunstancias cuando la CIA captó y formó a un tal Osama Ben Laden, quien fundaría posteriormente Al Qaeda...

 

Los desastrosos errores y los crímenes cometidos por las potencias que invadieron Irak en 2003 (5) constituyen las principales causas del terrorismo yihadista actual. A ello se han añadido los disparates de las intervenciones en Libia (2011) y en Siria (2014).

 

Algunas capitales occidentales siguen pensando que la potencia militar masiva es suficiente para acabar con el terrorismo. Pero, en la historia militar, abundan los ejemplos de grandes potencias incapaces de derrotar a adversarios más débiles. Basta con recordar los fracasos estadounidenses en Vietnam en 1975, o en Somalia en 1994. En efecto, en un combate asimétrico, aquél que puede más, no necesariamente gana: “Durante cerca de treinta años, el poder británico se mostró incapaz de derrotar a un ejército tan minúsculo como el IRA –recuerda el historiador Eric Hobsbawm–, ciertamente el IRA no tuvo la ventaja, pero tampoco fue vencido” (6).

 

Como la mayoría de las Fuerzas Armadas, las de las grandes potencias occidentales han sido formadas para combatir a otros Estados y no para enfrentarse a un “enemigo invisible e imprevisible”. Pero en el siglo XXI, las guerras entre Estados están en trance de volverse anacrónicas. La aplastante victoria de Estados Unidos en Irak, a principios de los años 2000, no es una buena referencia. El ejemplo puede incluso revelarse engañoso. “Nuestra ofensiva fue victoriosa –explica el ex general estadounidense de los Marines, Anthony Zinni–, porque tuvimos la oportunidad de encontrar al único malvado en el mundo lo suficientemente estúpido como para aceptar enfrentarse a Estados Unidos en un combate simétrico” (7). Los conflictos de nuevo tipo, cuando el fuerte se enfrenta al débil o al loco, son más fáciles de comenzar que de terminar. Y el empleo masivo de medios militares pesados no permite necesariamente alcanzar los objetivos buscados.

 

La lucha contra el terrorismo también autoriza, en materia de gobernación y de política interior, todas las medidas autoritarias y todos los excesos, incluso una versión moderna del “autoritarismo democrático” que tomaría como blanco, más allá de las organizaciones terroristas en sí mismas, a todos los que se opongan a las políticas globalizadoras y neoliberales. Por eso, hoy, es de temer que la caza de los “terroristas” provoque –como lo estamos viendo en Turquía después del extraño golpe de Estado fallido del pasado 16 de julio– peligrosos resbalones y atentados a las principales libertades y derechos humanos. La historia nos enseña que, bajo pretexto de luchar contra el terrorismo, muchos Gobiernos, incluso democráticos, no dudan en reducir el perímetro de la democracia (8). Ojo a lo que viene. Podríamos haber entrado en un nuevo periodo de la historia contemporánea, donde volvería a ser posible aportar soluciones autoritarias a problemas políticos...

 

(1) Ochenta y cuatro muertos, de ellos una decena de niños, y más de doscientos heridos, de los cuales unos veinte entre la vida y la muerte...

(2) Citado por Jean-Claude Buisson en: Emmanuel de Waresquiel (bajo la dir. de), Le Siècle rebelle. Dictionnaire de la contestation au XXe (El Siglo Rebelde. Diccionario de la contestación en el siglo XX), Larousse, París, 1999.


(3) Ocean Press, Minneapolis, 1997.


(4) Philip Agee, “El terrorismo y la sociedad civil como instrumentos de la política de EEUU hacia Cuba”, Rebelión, 26 de julio de 2003. http://www.rebelion.org/noticia.php?id=18132


(5) Véase, por ejemplo, el “Informe Chilcot”, que establece un balance de la intervención británica en Irak en 2003. Cf. Le Monde, París, 6 de julio de 2016.


(6) La Repubblica, Roma, 18 de septiembre de 2001.


(7) El Mundo, Madrid, 29 de septiembre de 2001.


(8) Véase Ignacio Ramonet, El Imperio de la vigilancia, Clave intelectual, Madrid, 2016.

 

Periodista y escritor. Director de ‘Le Monde Diplomatique’ en español.

Publicado enInternacional
Viernes, 29 Julio 2016 17:33

El Frente Unido y los no alineados

El Frente Unido y los no alineados

La breve carrera política del padre Camilo Torres encierra una notable paradoja: su principal propuesta política, el Frente Unido, fue un verdadero acto fallido. Constatación que, de ninguna manera, le resta importancia histórica pero sí nos obliga a extraer y analizar algunas lecciones. Incluso se podría utilizar la expresión –que a él le disgustaría– “éxito fugaz”, pues se calcula en más de medio millón de personas los asistentes a sus convocatorias a la plaza pública en diferentes ciudades y poblados de Colombia, entre marzo y octubre de 1965. El periódico Frente Unido, durante su corta existencia, entre el 26 de agosto y el 9 de diciembre, alcanzó, desde el principio, la cifra de 50.000 ejemplares semanales (vendidos), sin precedentes para un medio alternativo. Pero lo cierto es que el Frente Unido no alcanzó a sobrepasar el siguiente año. ¿Por qué?

La respuesta no es obvia. Obsérvese que en 1966 se realizan las elecciones presidenciales que le dieron la victoria a Carlos Lleras Restrepo con la significativa bandera del “Frente de Transformación Nacional” y una abstención electoral de por lo menos el 65%. Esto querría decir, a primera vista, que la propuesta no había perdido vigencia. La oposición electoral (incluida una parte de la izquierda) se había repartido entre la Anapo y el MRL pero ni siquiera sumados hubieran podido ganar. El candidato del MRL, Alfonso López Michelsen (cuatro años antes considerado por algunos como de “izquierda”) apenas alcanzó la mitad de los votos que obtuvo Jaramillo Giraldo. En todo caso ese no era, seguramente, un terreno en el cual el Frente Unido estuviera interesado en disputar sus aspiraciones. Como se sabe, Camilo Torres había dedicado su primer mensaje, precisamente a este tema, aclarando que no era la posición del colectivo sino la suya propia: “Por qué no voy a las elecciones” (1).

 

El Frente Unido del Pueblo

 

Si algo sorprende de manera positiva en la sustentación de la propuesta es que Camilo no recurre simplemente a una generalidad abstracta, al sentido común de que “es preferible la unidad a la división” sino que se apoya en un análisis concreto de la situación histórica. Se lanza el proyecto como respuesta y confrontación al Frente Nacional.


En efecto, el Frente Nacional había sido puesto en marcha por la oligarquía como un acuerdo (y “reconciliación”) entre los partidos liberal y conservador. Es decir, como una recuperación de la “unidad nacional”. El pretexto, o mejor, el “agente externo” fabricado de manera imaginaria para resaltar la existencia, también imaginaria, de la “Nación” era el gobierno dictatorial de las Fuerzas Armadas. No por azar en su origen se llamó Frente Civil. Camilo quería señalar que, si bien la oligarquía(2)  había dividido artificialmente al pueblo a través de estos dos partidos (interpretación que bien puede criticarse), no era a través del acuerdo excluyente entre esos mismos partidos como podía recuperarse la nación, cuyo verdadero contenido es el pueblo. Y lo que es más importante; después de casi ocho años de vigencia quedaba demostrado, a las claras, que el sistema establecido era incapaz de asegurar el desarrollo. Era el momento, entonces, de construir esa unidad desde la base de la pirámide, desde el pueblo mismo, superando los antagonismos artificiales que habían llevado a la violencia. Y quién mejor –diríamos nosotros que él mismo, para encabezar esa propuesta pues provenía de la iglesia católica considerada, dentro de la cultura política colombiana, como parte del conflicto, como el fundamento del partido conservador, el mismo que había justificado y adelantado su guerra a la manera de una cruzada religiosa. Lo cual, vale la pena aclararlo, le había permitido a los liberales, en tanto supuestos abanderados del progreso, y de las “luces”, presentarse como representantes de las reivindicaciones populares, siendo que lo social les era bastante esquivo, incluso, a veces, más que a los católicos.

Aporte fundamental, histórico, de Camilo, es, pues, haber reubicado la línea divisoria. No ya en el campo de las ideologías políticas sino en el de lo social; no ya de modo vertical sino horizontal. Contra el Frente de la oligarquía, el Frente del pueblo. Y no hay nada que angustie más a esa oligarquía. Quizá así pueda explicarse la desproporcionada represión de que fue objeto la campaña de Camilo. Ya había sido intentado por Gaitán: “el hambre no tiene color político”. Muchos analistas han resaltado que el asesinato se precipitó justamente después de varias muestras de que el gaitanismo se estaba volviendo bipartidista. Con Camilo, la rebeldía dejaba de ser, como se creía, un atributo liberal, lo cual colocaba ese partido en una posición bastante comprometida. Alguien tan inteligente, y muy rebelde por cierto, como Jorge Child se atrevió a escribir en 1962: “[...] la ternura mental de muchos estudiantes revolucionarios los puede conducir a doblegarse inconscientemente, por las guías que les señala el pastor de la Nueva Iglesia, que sigue siendo el mismo cura de siempre, dominado por toda la maquinaria eclesiástica al servicio de los grandes propietarios, pero disfrazados esta vez de ‘socialistas’. Hay que tenerle mucho miedo a las sotanas forradas de rojo” (3). Años después corregiría esta ácida observación.

El camino para la unidad entre el pueblo liberal y el pueblo conservador estaba abierto. Una verdadera revolución en la revolución. Desafortunadamente, sería capitalizada tan sólo por Rojas Pinilla y la Anapo en 1970, sobre los hombros de millares de campesinos desplazados y residentes en los suburbios de las grandes ciudades. Pero, por lo pronto, solo estaba abierto un camino. A un sociólogo como Camilo Torres Restrepo, familiarizado en Europa incluso con las teorías marxistas, no se le podía escapar lo ambiguo del concepto “pueblo”, y peor aún el de “clase popular” (4). Pero su composición de clase le parece secundaria en un país atrasado que está viviendo, entre otras cosas, un acelerado proceso de urbanización y sobre todo en términos de expresión política en donde la escisión partidista contaba más que la fragmentación clasista. Aun así, o precisamente por eso, se ocupó de atender las especificidades de cada quien en su acercamiento a la unidad, en cada uno de los mensajes. Pero: ¿Cómo hacer realidad esta unión?

 

Fueron muchos los invitados...

 

El rescate del país, de las manos de esa oligarquía no sólo ambiciosa y egoísta sino también inepta era un empeño que estaba en su espíritu desde los años de Lovaina. En principio, como lo refiere Jaime Quijano Caballero (5), pensó en el impulso de una élite ilustrada que pudiera tomar el relevo, algo así como lo que ahora denominan, no sin cierta sofisticación, una masa crítica (6). Y así lo corrobora en las declaraciones para la emisora Hjck (junio de 1965) “Después intenté hacer algunos trabajos con un grupo de intelectuales y científicos. Así traté de coordinar la elaboración de un volumen sobre las reformas de estructuras. Esto también fracasó. [...] decidí comenzar por la otra punta. Hice una plataforma muy elemental, muy rudimentaria, sin mucho valor técnico, que tiene únicamente el valor de ser un instrumento de discusión [...] lo presenté a algunos grupos [...] Ellos lo discutieron [...]. Pero parece que este documento tan simple tenía una cierta virtualidad propia, porque se fue difundiendo entre la clase popular [...]” (7).

Sabiendo lo que sucedió después, y su significado histórico, la anécdota, así contada, proyecta una imagen de arrogancia del todo ajena a la personalidad de Camilo. Y puede llevar a malentendidos. Por supuesto que hubo un contexto que permitió el florecimiento de la idea que se estaba sembrando. La verdad es que Camilo había descubierto o experimentado, sin saberlo, una realidad social –y sociológica novedosa. La “intelectualidad” en la segunda mitad del siglo XX ya no era primordialmente una élite, sino una categoría social de masas, o mejor, un movimiento social. El movimiento estudiantil, en el cual estuvo inmerso desde diversas funciones, ya sea como profesor, como investigador, como capellán de la Universidad Nacional, o como promotor de la “extensión universitaria” (Muniproc), era, por definición, un lugar de fecundo encuentro entre el debate teórico y político por una parte y la conflictividad social por otra. Allí, además de la acción directa estudiantil ocurren otros fenómenos. De manera inevitable se acercan las “juventudes” de los partidos políticos (8).

La realidad comienza a hacerle exigencias a Camilo. En el espacio, o campo, de lo político, no es posible prescindir de los partidos, grupos o corrientes políticas. “El lunes pasado se realizó una reunión que tengo la esperanza de que sea histórica, en la cual estuvo el MRL, las juventudes del MRL, Vanguardia del MRL, el Partido Comunista, las Juventudes del Partido Comunista, la Democracia Cristiana, las juventudes Demócrata Cristianas, el Moec, el Movimiento de Vanguardia Nacionalista Popular, un grupo llamado Integración de profesionales e Industriales Jóvenes. Se comenzó a establecer un acuerdo, un comité de coordinación alrededor de esta Plataforma” (9). Podría decirse que se reunía la oposición al Frente Nacional. Con una ausencia notoria: la Anapo. Según cuentan, el General Rojas se había negado categóricamente: “Yo no me reúno con comunistas, así sean curas”. Para los demás, en cambio, lo que contaba era el prestigio y la figura de Camilo Torres Restrepo, ya que la idea de formar un bloque entre todos los oposicionistas no era nada original. A los anteriores habría que añadir el Partido Comunista Marxista Leninista, de orientación proChina y recién escindido del otro. Casi sobra decir que dado su carácter clandestino no tenía por qué aparecer formalmente, al igual que el Eln. Y los antiguos militantes del Fuar que seguía mencionándose a pesar de su disolución.

Sin embargo, andando el tiempo, se confirmó que se trataba en realidad de las tendencias que podríamos llamar de “izquierda”. Del MRL, la “línea dura” y principalmente las juventudes; lo mismo ocurría con la Democracia Cristiana, aunque su dirección expresó públicamente en varias oportunidades su respaldo (10). El descontento de estos movimientos o partidos, tal vez los más grandes, comenzó temprano, con la declaración de Camilo en el sentido de que las elecciones no estaban dentro de la línea estratégica que él pensaba para el Frente Unido. Descontento que compartían algunas de las agrupaciones de izquierda, comenzando por el Partido Comunista. Hay que recordar que el año 1966 era de elecciones, lo cual se suponía era una gran oportunidad. Pero sobre todo porque no les cabía en la cabeza la idea de organizar una coalición (interpartidaria) que no tuviera propósitos electorales, siendo éste, en su concepción, el principal escenario de la lucha por el poder. ¿Solamente para hacer educación y agitación? Es estúpido –o academicista y pequeñoburgués decían una y otra vez.

 

La construcción del Frente Unido

 

Sin duda estaban muy lejos del enfoque que quería darle Camilo Torres al Frente Unido. Él pensaba, y lo fue desarrollando conforme avanzaba la campaña por todo el país, que, siendo un Frente del Pueblo, debía construirse de abajo hacia arriba, formándose, de manera voluntaria y por iniciativa propia, con grupos de tres a cinco personas (comandos) que, poco a poco, interrelacionándose, llegarían a estructuras regionales hasta constituir una formación de masas de carácter nacional. La convocatoria era absolutamente amplia. Y así como no era una alianza entre los partidos liberal y conservador, pero se convocaba a todas las personas del pueblo, ya fuesen liberales o conservadoras, católicas o no creyentes, así mismo se invitaba a los militantes de todas las demás agrupaciones, incluidas las de izquierda, a formar parte del Frente con independencia de la posición de su agrupación (11).

En ese sentido, la Plataforma no era simplemente un mínimo común denominador (insistir en todo lo que nos une y prescindir de lo que nos separa) para pactar alianzas (casi todos los dirigentes políticos del momento, incluido López Michelsen, declararon estar de acuerdo con ella) sino una base para el acercamiento, la educación y organización del pueblo en sus propios sitios de residencia o de trabajo. De ahí también la importancia del periódico que además de educador, debía ser agitador, organizador y movilizador. Así, el Frente era más que todo un punto de llegada.

Como se ve, en este enfoque el proceso es impersonal, sin sujeto, o mejor sin agente externo. Únicamente por la fuerza de atracción de la Plataforma. En la práctica, sin embargo, había promotores. Él mismo. Sólo que debían considerarse servidores transitorios hasta que el proceso de construcción del Frente Unido desembocara por sí mismo en la selección de sus dirigentes o representantes. Pero también estaban los invitados colectivos, más o menos organizados. En la realidad los comités locales y regionales comenzaron a conformarse a partir de acuerdos entre organizaciones políticas. Y allí se incorporaban, hecho no previsto, organizaciones sociales: sindicatos de base u organizaciones de segundo grado, gremios, agrupaciones de viviendistas y, por supuesto, organizaciones estudiantiles. Y casi todas ellas marcadas con un sello “partidista” de las izquierdas.

Se planteaba así un problema crucial, el más importante en materia organizativa. El que, enunciado con otros términos, abarca dos cuestiones: el reclutamiento y la estructura de dirección. Quien se acercara al Frente Unido ¿tenía que pertenecer a alguna de sus organizaciones? Y si no pertenecía ¿estaba obligado a afiliarse a alguna previamente?¿No significaba esto desatar una pugna entre todas por arrebatarse los “nuevos”? Por otra parte, aun siendo un proceso, la verdad es que el Frente Unido tenía que tomar decisiones sobre la marcha. En materia de táctica –y hasta de estrategia– la Plataforma era claramente insuficiente. La coyuntura no permitía permanecer en una primera etapa en una suerte de crisálida. Ni tampoco era factible dejar todo en manos del padre Camilo Torres, convirtiéndolo en un caudillo, cosa que, por lo demás, él rechazaba con vehemencia. Se puso en evidencia a propósito de las elecciones donde, como vimos, Camilo tuvo que aclarar que era una posición personal.

La solución tradicional para este problema de la estructura de dirección (aunque no para el reclutamiento) tiene que ver con una ponderación entre las organizaciones participantes, ponderación acordada y aceptada. La determinación del peso relativo puede apoyarse, ciertamente, en criterios como la antigüedad, la visibilidad, la capacidad propagandística, el reconocimiento por parte de los adversarios, la capacidad de convocatoria, etc. Sin embargo, en términos de medición –y de disputa al respecto– el criterio más utilizado son los resultados electorales. En Colombia, como se sabe, muy difícil de emplear en aquella época, dadas las restricciones del Frente Nacional (12). Por eso se había impuesto, de manera tácita, el criterio de la cantidad, magnitud e importancia de las organizaciones sociales en las que se influía, medido,por supuesto, a través de las Juntas Directivas controladas.

Por fortuna, en el Frente Unido, nunca se planteó, por lo menos de manera explícita, ni el problema ni soluciones semejantes, aunque sí acechaba entre las sombras y sirvió de base a la maledicencia. Una solución en ese sentido probablemente hubiera asegurado su supervivencia pero desnaturalizando por completo la propuesta.

 

Los “no alineados”

 

El camino de la discusión fue otro y mucho más fecundo. Camilo decide atacar de frente el problema más importante, el de los que no pertenecían a ninguna organización existente ni querían hacerlo. El grupo que, si el Frente Unido tenía éxito, iba a ser cada vez más importante. Los denominó, los “no alineados”. Como se ve, iba quedando atrás la preocupación por la unidad popular entre los liberales y conservadores –reacción tal vez desacertada, vista la evolución política posterior (13)– y se imponían, en cierta forma, los problemas creados por la participación de los partidos o grupos de izquierda. Aunque debe reconocerse que, ciertamente, el principal desafío estaba en la movilización y organización de ese pueblo que ya no estaba en el bipartidismo sino en la abstención, fenómeno que se convierte, para Camilo, tal vez con exagerada confianza, en el punto de partida de su argumentación.

Dice en su mensaje: “Si bien gracias al espíritu revolucionario y anti sectario que han revelado los grupos que han ingresado al Frente Unido les ha permitido a éstos conseguir un mayor número de adherentes, la mayoría de los colombianos se ha incorporado al Frente Unido sin inscribirse en los grupos políticos ya existentes. Estos mismos grupos tienen que comprender que la actividad principal del Frente Unido debe ser la organización de los no alineados” (14). Aquí da la impresión de que es a los grupos a quienes se dirige y no propiamente a los no alineados. La advertencia, de todas maneras es pertinente, pero no avanza mucho en la alternativa: “La organización de los no alineados deberá hacerse de abajo hacia arriba con una autoridad férrea pero despojada de todo carácter caudillista”. ¿Cómo hacerlo? A partir de la plataforma. Reconoce el valor de su nombre, como aglutinante, pero para pasar enseguida a insistir en la dispersión, desorganización y desconcierto en que había quedado el pueblo luego del asesinato de Gaitán. Concluye haciendo un llamado a la urgente tarea de la organización, “sin perder un minuto” y por iniciativa propia, “sin esperar directivas y sin esperar órdenes”. Pero no resuelve el problema de las relaciones entre este proceso organizativo –evidentemente embrionario y los grupos ya existentes cuya capacidad organizada los va a colocar en posición de ventaja dentro de la estructura general, toda vez que se ventile alguna decisión importante a tomar.

Más claro resulta Julio César Cortés, en el mismo número del periódico, entre otras cosas porque llama a los grupos por su nombre y hasta los caracteriza (15). Comienza por dejar sentado que efectivamente se busca la unidad entre alineados y no alineados, pero enseguida señala la posición definitiva y decisiva de estos últimos. Si bien los partidos integrantes no tienen por qué disolverse, el Frente Unido no es una alianza de partidos. O no es sólo eso. “Es la organización de todo el pueblo y su núcleo principal y mayoritario está formado por personas que no militan sino en el propio Frente Unido, sin pertenecer a ningún grupo (resaltado en el original), como consecuencia de que la mayoría del pueblo no pertenece a ninguno de los grupos” (16). Trata de eliminar así la diferencia que habitualmente se hace entre el núcleo organizado y el conjunto del pueblo, destacando los vasos comunicantes entre ellos. Pero tampoco se trata de un nuevo partido en la medida en que se organiza de abajo hacia arriba y no tiene una “dirección nacional”. Al parecer, identifica partido exclusivamente con el modelo leninista de “centralismo democrático”. Aunque acepta que puede ser un movimiento político específico, porque así es reconocido hasta por los grupos participantes y dado que, por sus características, ni siquiera el retiro de todos ellos lo disolvería. Así avanza –sin duda es su mayor aporte –hacia una noción de organización de poder popular (análoga al soviet) en capacidad de plantear frente al régimen una verdadera dualidad (17).

 

Ecos de la Komintern

 

La reacción no se hizo esperar. Se habló de divisionismo y sectarismo. Pero lo que más enfureció a los grupos de izquierda fue el artículo de Ricardo Valencia que llevaba por subtítulo “el por qué del repudio a los partidos” (18). Llama la atención el que se sintieran aludidos porque el texto se refiere a los partidos liberal y conservador y sólo de pasada, en unos pocos renglones, dice: “esta repulsa alcanza a aquellos movimientos que con contenido revolucionario han sido incapaces, probablemente por un contagio de los vicios políticos del país, de llevar adelante la lucha revolucionaria del pueblo colombiano”. Y nada más. Es claro que, dado el objeto de su breve ensayo, que es más bien indagar en la sociología de la abstención (a la cual le otorga menos virtudes que el propio Camilo), era francamente superfluo detenerse en el papel de los grupos de izquierda. Para decirlo de manera un tanto grosera: para sentir repudio hacia ellos el pueblo colombiano tendría primero que conocerlos!!!.

En realidad, lo que más suscitaba el rechazo era la conclusión de Valencia. Después de señalar el abstencionismo (del 70 por ciento) solamente como un potencial, y de distinguirlo, él sí, del núcleo más activo y beligerante que ha asumido la no alineación como una posición consciente, añade que entre ellos: “no puede plantearse un distanciamiento o una solución de continuidad”. Para concluir: “Unos y otros se comprenden dentro de una gran unidad popular y revolucionaria que a través del Frente Unido, va a llevar a cabo las tareas indispensables para constituir este movimiento en el verdadero partido de la revolución colombiana” (resaltado en el original). Evidentemente se trata aquí de una noción de partido, mucho más amplia, en el sentido probablemente de partido de masas. (O quizá se identificaba en este punto con J.C. Cortés).

Múltiples fueron las manifestaciones de rechazo, pero la más notable, publicada en el número 7 del periódico, fue la carta del Comité coordinador del Valle del Cauca, resultado de su reunión del 22 de septiembre y dirigida a Camilo (19). En lo fundamental rechazan toda pretensión de hacer del Frente Unido “un nuevo partido”, porque significaría un cambio de enfoque, abandonando la propuesta “unitaria” original, aunque no se oponen a que los “no alineados” formen el suyo. Además: “los artículos de los señores JCC y RV contienen expresiones calumniosas e irresponsables sobre varios partidos”. Y el viejo recurso: “ignoramos cuáles sean las vastas masas que siguen a estos columnistas, como tampoco sabemos de su eficaz labor revolucionaria...”(20).

No es claro el efecto que pudo tener este debate. Germán Guzmán Campos, considera que a partir de allí comienza a presentarse una desbandada, visible en los paquetes de periódicos que se quedaban sin vender en las oficinas de las organizaciones. Además, en su libro, que se convirtió en referencia fundamental de todos los investigadores, afirma sin mucha sustentación y de modo sorprendente que Camilo lo que pretendía simplemente era juntar las fuerzas de izquierda con las masas abstencionistas. Y lo peor: le atribuye la crisis al carácter extremadamente amplio y laxo del periódico que debería haber tenido una dirección mucho más férrea (21).

Otro incidente importante fue la discusión, con amenaza de ruptura, en este caso del sector demócrata cristiano, en el Encuentro Obrero, Estudiantil y Campesino que se llevó a cabo en Medellín entre el 16 y el 19 de septiembre sobre aspectos como la abstención y la lucha armada o sobre Cuba y el Imperialismo. Se acusó a Camilo de dejarse llevar por “el comunismo”. El efecto inmediato fue el distanciamiento del sector de la Clacsc, Confederación Latinoamericana de Sindicatos Católicos, aunque en general la democracia cristiana siguió respaldando el Frente Unido (de manera tibia). Guzmán sostiene que también se alejaron otros grupos como el Pcml y el Moec aunque no parece ser del todo cierto pese a que su decepción fue cada vez más explícita. En realidad, el efecto más grave fue la comprobación de que la Plataforma no era suficiente, pues los puntos discutidos de ninguna manera eran secundarios, y de que no era fácil ponerse de acuerdo (22).

Pero si en éste el asunto era de disputa ideológica, en el caso anterior no había más en juego que la pretensión del monopolio de la “autenticidad” revolucionaria y del control organizativo. Y esto tenía toda una historia en el movimiento comunista internacional. En realidad la idea de Frente –único, popular, democrático, patriótico, antimperialista, etc.– era también patrimonio de dicho movimiento. El partido vanguardia y representante del proletariado tiene en ocasiones que buscar alianzas con otros partidos, de otras clases. La única condición es la existencia –real o ficticia– de un enemigo común externo que se considere principal. Así lo postuló Dimitrov en 1935 durante el VII Congreso de la Internacional Comunista, esto es, como “Frente Popular”, justificable por la amenaza del fascismo. El mismo concepto que, en la directriz para “los países coloniales y semicoloniales” quedó convertido en Frente Agrario y Antimperialista, y fue popularizado por los maoístas como el “Frente de las cuatro clases”: el proletariado, el campesinado, la pequeña burguesía y la burguesía Nacional.

El problema, como suele suceder con todas las soluciones retóricas, es que difícilmente se vuelve viable en condiciones concretas. Y no tanto por dificultades en cuanto a la definición del enemigo y el hallazgo del mínimo común (23) sino por su escasa operatividad. Basta con imaginar qué puede suceder cuando los integrantes del Frente se niegan a ser representantes de cada una de las cuatro clases, (lo peor es al que le toca la “pequeña burguesía” pues constituye casi un insulto) sino que todos se consideran el auténtico representante del proletariado revolucionario. Con el agravante de que ese sería el señalado por la Historia para dirigir a los demás (24). Es por eso que los Partidos Comunistas prefieren rodearse más bien de “compañeros de ruta”, personalidades “democráticas o progresistas” que arriesgarse en alianzas sin futuro. Como bien lo señala con ironía un exmilitante, Álvaro Delgado: “El partido no iba ahí gratis: me voy a subir a ese tren y me da lo mismo ir en la locomotora que atrás en el último vagón. No. El partido siempre ha ido allá porque ha creído que él es el que tiene la luz de la verdad. La luz de la verdad revolucionaria no se sienta en cualquier parte, sino en la dirección, en la conducción del movimiento” (25).

 

Y pocos los escogidos...

 

Mientras todo esto ocurría, Camilo ya estaba preparando su partida definitiva hacia las montañas de Santander a mediados de octubre. Las características empíricas de su opción no ofrecen mayor misterio.

Desde el principio fue enfático y reiterativo en que iría hasta la muerte si era necesario. También dijo que cuando la situación se hiciera imposible en la ciudad (se cierran todos los espacios legales y el peligro es inminente) tendría que irse al campo. Y añadió en varias oportunidades, que para los luchadores populares era preciso replegarse al campo y no dar la batalla en las ciudades donde el enemigo es más fuerte (fracaso del gaitanismo). Todo ello sin contar con los elogios a las virtudes del campesinado, más allá inclusive de lo dicho en el Mensaje, y a pesar de que su campaña había sido fundamentalmente urbana. Lo que en realidad vale la pena examinar con mayor detenimiento es su posición en materia organizativa.

Al parecer, para esa fecha no cabía duda que el Frente Unido como alianza de partidos y grupos ya no era viable. En estas circunstancias, el mensaje a los no alineados y la discusión al respecto, que era lo más novedoso y promisorio en materia política, terminaron convertidos en una solución de recambio. En ese sentido se le daba la razón a los críticos que veían ahí una simple pretensión de crear un nuevo partido político.
En el editorial del periódico Nº 7 de octubre 7, Camilo se esfuerza por disminuir el encono que se ha creado, recurriendo a la solución más simple: lo importante es que ayudemos a organizar la base popular, con el nombre que quieran, no alineados, o frente unido o camilistas si quieren. Revela, en todo caso, una cierta fatiga. Sin embargo la discusión continuaba.

En el número 9, por ejemplo, Julio C. Cortés se queja de que en el PC se recurra siempre al fácil expediente de acusar de “anticomunista” a todo el que discrepe con ellos. Y plantea claramente que es necesario definir de una vez si existe una militancia general en el Frente o si será necesario organizar a los no alineados para que traten de igual a igual con los grupos organizados. En ese mismo periódico el editorial que aparece todavía firmado por Camilo Torres (es de octubre 21) se reconoce la existencia de tres tipos de comandos: homogéneos de grupos, mixtos o sea de grupos y no alineados, y homogéneos de no alineados. Sugiere la constitución con estos últimos no de un partido pero sí de un movimiento; en todo caso la decisión final correspondería a los propios no alineados en una reunión previa a la Convención Nacional del Frente Unido. El debate continuaría hasta el número 12 y el extraordinario del 9 de diciembre, el último, donde se publica el llamamiento a la Primera Reunión Nacional de los no alineados, para el 19 de diciembre.

Entre tanto, otras discusiones menos llamativas pero igualmente importantes ocupaban la atención. La principal tenía que ver con la pregunta: ¿Hacia dónde va a conducir la postura de abstención electoral? Con todas las dificultades y por tanto cautelas, que supone este tema, la respuesta que parecía brotar siempre, de la mano del imperativo “hasta las últimas consecuencias”, era la lucha armada. La represión que se vivía cotidianamente parecía corroborarlo. Obviamente no eran pocos los grupos que rechazaban esta conclusión; algunos incluso veían la oportunidad, por el contrario, en el inmediato debate electoral. Pero nunca se exploró otra dimensión de la política. Por ejemplo la inmersión en las luchas reivindicativas e incluso políticas de los sectores populares colocándose al frente.

La promoción, por iniciativa del Frente Unido, de luchas de tipo político en lo que se llama “acción extraparlamentaria”. En realidad, en el periódico aparecían las luchas pero más que todo como motivo de denuncia. Y nunca se valoró adecuadamente el fracaso de la movilización de principios de octubre. En el fondo existía la convicción de que semejantes formas de lucha de masas ya eran imposibles. (Lo que iría a suceder en lo que restaba de la década y a principios de los setenta basta para descartar este supuesto). Este es, en nuestra opinión, el principal vacío que hizo imposible no sólo la supervivencia sino el promisorio desarrollo del Frente Unido. Y tenía implicaciones organizativas.

En efecto, llama la atención la publicación en uno de los últimos números del periódico, el Nº 11 (noviembre 12) de un balance de la experiencia del extinto Frente Unido de Acción Revolucionaria, Fuar. Allí su autor, H.E. Pérez, diagnostica, en síntesis, que “existía una distancia muy grande entre lo que era el Fuar como movimiento político y su capacidad de ataque exitoso al sistema”. Señala, en particular, la paradoja de un grupo completamente urbano que a la vez predica la insurrección campesina. Un grupo que decía colocarse a la cabeza de la violencia revolucionaria, pero no tenía ninguna estructura adecuada ni los instrumentos correspondientes. La enseñanza era obvia: si la toma del poder para la clase popular tenía que hacerse por las vías que la oligarquía estaba obligando a tomar, las formas organizativas tenían que ajustarse a esa pretensión, y tomárselo en serio.

Es el final. Hay una editorial de Camilo que, pese a los textos aparecidos después, tiene todas las características de un balance y una despedida. Es el del Nº 8 de octubre 14. Allí dice: “Hay un hecho evidente en el movimiento del frente unido y es que constituye el movimiento de masas que se ha formado en menos tiempo. Por eso los recién llegados son abundantes. [...] Mientras la línea revolucionaria del Frente Unido vaya determinándose en una forma cada vez más definitiva y tajante, los ‘compañeros’ de la revolución irán quedándose a la orilla del camino para volverse a su lugar de origen o para esperar que la revolución la hagamos los demás y después juntarse a ella”.

Para concluir con un cierto desconsuelo: “Lo importante es que la clase popular colombiana siga siempre adelante sin dar un paso atrás, a pesar de las defecciones, a pesar de los falsos rumores, a pesar de las traiciones. La decisión de los pobres que no quieren que sus hijos los acusen en el futuro de haber traicionado su vocación histórica y revolucionaria, será la que defina la situación. Ellos pueden saber que yo iré hasta las últimas consecuencias y que si solamente queda conmigo un puñado de hombres decididos, con ellos seguiremos la lucha”.

Algunos insisten en que el Frente Unido se acabó porque Camilo Torres decidió incorporarse a la guerrilla del Eln; pero es al contrario, cuando Camilo se fue a las montañas ya el Frente Unido había firmado su acta de defunción.

 

1 Periódico Frente Unido, Año I Nº 1, agosto 26 de 1965.
2 Interesante su utilización reiterada del concepto “Oligarquía”. Ver, por ejemplo su último mensaje en la edición extraordinaria del periódico, el 18 de diciembre. No se trataba de un tributo a Gaitán y mucho menos un aprovechamiento de su lenguaje. Lo utiliza literalmente y convencido. Con sus atributos familiar y político. Así lo explicaba, en una entrevista, a Margot de Losada: “Desgraciadamente en Colombia hay muy pocos elementos de la burguesía que no sean oligárquicos. En gran parte porque en Colombia hay muy poca burguesía nacionalista”. Diario Occidente Cali, 18 de julio de 1965. Citado en “Camilo: Un pensamiento vigente” Bernardo Arias, Editor, Bogotá, 2010.
3 Jorge Child “Leña y fuego”. Vanguardia del MRL , 28 de junio de 1962. Citado por Javier Darío Restrepo en “La revolución de las sotanas” Planeta, Bogotá, 1995
4 En la entrevista con Margot de Losada que se citó antes, lo justifica con cierta ligereza en que es “la expresión que el pueblo entiende” y para poner en el mismo lugar a obreros y campesinos. Es evidente que prefiere adelantar su acción más como político que como sociólogo.
5 Citado en: Guzmán Campos, Germán, “El padre Camilo Torres” Siglo XXI, Bogotá, 1989. Primera edición 1968.
6 En realidad la primera intuición de Camilo no estaba fuera de lugar. El Frente Nacional, uno de los tantos experimentos de reconciliación que ha vivido este país, duró muy poco como idea fuerza, atractiva y convincente. Por todas partes afloraba la decepción y la crítica. Era notoria en el campo de la cultura. Saltándose dos generaciones, la que lo creó y la que se acomodó, los nuevos colombianos, incluidos algunos de los hijos de los burgueses, reclamaban un nuevo pensamiento, nuevas alternativas.
7 Bernardo Arias, Editor, op. cit.
8 Obsérvese que el primer borrador de la Plataforma se filtró con ocasión de una invitación que le hicieron a Medellín, en marzo, las juventudes conservadoras! Y su lanzamiento oficial fue en un homenaje que se le hizo en mayo en la Universidad Nacional.
9 Entrevista en la Universidad Incca. Junio de 1965. Citada en Bernardo Arias, op. cit.
10 La desbandada ocurrió después del desafortunado Encuentro obrero, estudiantil campesino de Medellín que tuvo lugar en septiembre.
11 Un error. La analogía es improcedente. Los partidos tradicionales, son, pese a todo, partidos de masas (en las personas, un rasgo casi familiar y regional), mientras que los de izquierda son partidos de cuadros (vanguardias) donde la selección y la disciplina constituyen la base de su existencia. Por tanto se requiere autorización so pena de ser acusado de “doble militancia”. Cuando en uno de sus últimos escritos Camilo hizo explícita esta invitación, sonó como un exabrupto.
12 El Frente Nacional, justamente, ilustra a la perfección la dificultad descrita. Los partidos liberal y conservador, ante la imposibilidad de aceptar alguna proporción (los conservadores hablaban siempre del “millón de cédulas falsas” de los liberales), acordaron como solución extrema, la alternación en la presidencia y la paridad en los puestos públicos (aun los de elección).
13 A raíz de los éxitos de la Anapo, lo único que atinó a hacer una parte de la izquierda, ya marginada de los acontecimientos políticos, fue introducirse en ella dizque para buscar su reconducción. Y en el caso de algunos para postular de nuevo, pero esta vez desde una suerte de frente unido aportado por otros, que “las vías legales están agotadas”
14 Mensaje a los no alineados, en Frente Unido, Año I, Nº 4, septiembre 16 de 1965
15 Cortés, J.C. Qué es el Frente Unido: ni comunista ni demócrata cristiano. Es la organización de los no alineados para realizar la revolución colombiana. En periódico Frente Unido.
16 Ibídem.
17 Julio César, fue un valioso revolucionario, de notable formación teórica y política, que, pocos años después, en el Eln, cayó asesinado por Fabio Vásquez Castaño en uno de sus juicios sumarios encaminados a depurar la organización de tendencias pequeñoburguesas.
18 Valencia, R. Los no alineados: el por qué del repudio a los partidos. En: periódico Frente Unido, Ibídem.
19 Este comité resulta significativo pues incluía PC, MRL, VPN, Federación de trabajadores de Valle, Bloque sindical independiente, Asociación de mujeres demócratas, Central Nacional ProVivienda, entre otros.
20 Periódico Frente Unido, Año I Nº 7, octubre 7 de 1965.
21 Guzmán C., G., op. cit. Monseñor Guzmán fue luego el director de la “Segunda Época” del periódico Frente Unido, ya sin Frente, lo que no impidió y más bien facilitó, en su corta existencia, una cadena de sucesivas disidencias “periodísticas”.
22 Ver Frente Unido, Nº 5 y 6.
23 Muy curioso resulta ver que José Arizala miembro del PC y director de su revista teórica Documentos Políticos encontraba muy poco contundente la posición del Frente Unido sobre el Imperialismo... Aunque se podía arreglar. Documentos Políticos, Nº 53, septiembre de 1965. Editorial. Citado en su totalidad en Vargas, Alejo, Política y armas al inicio del Frente Nacional. Universidad nacional de Colombia, Bogotá, 1995.
24 Nítida en este sentido es la declaración del Moec en su balance del Frente Unido, ya en 1966: “Se demostró la ausencia de una organización leninista de vanguardia que encauzara homogéneamente la lucha de las masas que alcanzó a agrupar el Frente Unido” Citado en Guzmán C., G., op. cit.
25 Delgado, Álvaro, Todo tiempo pasado fue peor. La CarretaEditores. Bogotá, 2007, p. 263.

Viernes, 29 Julio 2016 06:38

La muchacha y el jaguar

La muchacha y el jaguar

 

La revolución que triunfó en Nicaragua en 1979 fue la última del siglo XX en América Latina. Y fue, también, una revolución corta, de apenas una década, que tuvo la singularidad de terminar en 1990 con unas elecciones que sacaron al Frente Sandinista del poder conquistado con las armas.

 

Durante esos 10 años Nicaragua fue una vitrina y un espejo. Una vitrina porque muchos querían observar los pasos de una revolución que se proclamaba distinta desde el comienzo. Y un espejo porque el rostro de aquella revolución principiante podía ser en el futuro el rostro de otras revoluciones novedosas en el continente.

 

Jamás en tan corto tiempo se escribieron tantos artículos de opinión, ni tantos libros, ni se abrieron tantos debates en los medios de comunicación y en las universidades, acerca de lo que ocurría en un país tan pobre. Y jamás ningún otro hecho histórico, desde la Guerra Civil Española, atrajo tanto la presencia de intelectuales, artistas y escritores, porque el desmesurado enfrentamiento entre Estados Unidos y Nicaragua recordaba la lucha de Goliat contra David, y querían ver con sus propios ojos lo que estaba ocurriendo.

 

Por Nicaragua pasaron, entre tantos, cuatro premios Nobel de Literatura, Günther Grass, Harold Pinter, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa; algunos que debieron serlo, como Graham Greene, William Styron, Julio Cortázar y Carlos Fuentes; y otro que podrán llegar a serlo, como Salman Rushdie.

 

Venían a ver cómo trabajaba un modelo que debía convivir, entre contradicciones, sobresaltos y concesiones, con una realidad que no se amoldaba fácilmente a un implante de esquemas ideológicos, y que debía responder a los rigores impuestos por la guerra, a las penurias económicas y al entorno internacional; es decir, responder a las necesidades de la propia supervivencia.

 

Pero para un observador extranjero, por mucho poder analítico que mostrara, y por mucha perspicacia que tuviera, había muchas preguntas que necesariamente se quedaban sin responder. Concepciones y estrategias se hacían y deshacían en el camino, y el gran debate oculto se estaba dando entre ideología y realidad. Es decir, entre lo pretendido y lo posible. Y es un debate que terminó ganando la realidad.

 

Salman Rushdie, que vino en 1986, expresó la gran pregunta alrededor del destino de la revolución en un epígrafe anónimo de su libro La sonrisa del jaguar, resultado de la experiencia de ese viaje: Había una muchacha nicaragüense/ que cabalgaba sonriendo a lomo de un jaguar./ Volvieron del paseo/ la muchacha dentro/ y la sonrisa en el rostro del jaguar. El jaguar podía terminar devorando a la muchacha y quedarse con su sonrisa, ése era el gran riesgo, y la gran pregunta.

 

Cuando Carlos Fuentes vino por segunda vez en enero de 1988, casi al borde del desenlace de la guerra de los contras, acompañado de William Styron, y cuando se daban más intensamente las últimas negociaciones de paz entre los presidentes centroamericanos, ya firmados los acuerdos de Esquipulas el año anterior.

 

El periodista Stephen Talbot recuerda en un reportaje de la revista Mother Jones esa visita de los dos novelistas amigos: “fueron en jeep a la sierra plagada de contras al norte de Matagalpa. En un helicóptero soviético sobrevolaron campos recién irrigados; cruzaron una y otra vez un lago en una embarcación tan desvencijada y oxidada como The african queen; visitaron cooperativas agrícolas en lucha y una fábrica de calzado baldada por la escasez; hablaron con los heridos en tristes salas de hospital... y hablaron durante horas con los dirigentes sandinistas Daniel Ortega, Sergio Ramírez, Tomás Borge, Ernesto Cardenal y Jaime Wheelock”.

 

En una de esas conversaciones acerca de las posibilidades que tenía la contra de derrotar a los sandinistas, Tomás Borge “dijo decididamente que algo así era imposible, porque los contras van a contrapelo de la historia”. Fuentes interrumpió para preguntar: "¿Y cuál fue la experiencia de Guatemala en 1954 y de Chile en 1973? ¿No se demostró que la izquierda puede ser derrotada?" "No", respondió Borge, cortante. "Ellos no armaron al pueblo, por eso perdieron".

 

Después, recuerda Talbot, se discutió sobre el tema de los partidos de oposición. Borge dijo que su opinión personal era que ningún partido de oposición podía llegar a ganar a los sandinistas en las urnas. "Ahora no", asintió Fuentes, "pero en el futuro, ¿por qué no?" "Sólo si son antimperialistas y revolucionarios", proclamó Borge, "si un partido reaccionario ganara, yo dejaría de creer en las leyes del desarrollo político". "Yo no estaría tan seguro de estas leyes", advirtió Fuentes. A veces, los novelistas se vuelven profetas de la historia.

 

Günter Grass vino en mayo de 1982, acompañado del escritor Johano Strasser. Su pregunta, la de un socialdemócrata convencido, partidario firme de Willy Brandt y testigo de primera fila del conflicto este-oeste que había dividido Berlín, era, al llegar a Nicaragua, la misma de Salman Rushdie: ¿Empezaría la revolución a devorar a sus propios hijos? ¿Se comería el tigre a la muchacha? Lo escribió en su reportaje El patio trasero, publicado a su regreso a Alemania.

 

Me asombro de estar hablando de acontecimientos tan lejanos, cuando siento que aún puedo tocarlos, ver a Vargas Llosa en mi despacho de la Casa de Gobierno grabando frente a la cámara las entradas de la entrevista que acababa de hacerme para su programa La torre de Babel que se pasaba en Lima por Panamericana de Televisión.

 

La historia que empezó a escribirse después tuvo pocos testigos, y la que se escribe ahora ya nadie viene a verla. Todo el encanto de entonces se hizo humo. En aquellos tiempos de esplendor, Noam Chomsky daba cursos en la Universidad Centroamericana en Managua, Joan Baez cantaba en el Teatro Nacional, uno podía toparse en las calles con Allan Ginsberg o con Lawrence Ferlinghetti, dos de los grandes poetas de la generación beat. O ver a García Márquez leyendo en una plaza ante miles.

 

Ahora son tiempos cuando ya sólo queda el jaguar que se pasea con la muchacha dentro de la barriga.

 

Masatepe, julio 2016

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La Teoría Monetaria Moderna contra el fetichismo de la mercancía

Tendemos a pensar en el dinero como una mercancía establecida espontáneamente por individuos racionales por poseer unas determinadas propiedades a las cuales debe su valor intrínseco para ser utilizada como equivalente general en el intercambio. Esta es la exposición que se hace en los libros de texto sobre el origen del dinero, una innovación creada para superar el inconveniente del trueque puro reduciendo los costos de transacción, de encontrar exactamente alguien que esté buscando cambiar lo que uno tiene por lo que quiere.

 

Esta explicación del surgimiento del dinero como un fenómeno de mercado es una de las historias favoritas de los economistas. Es el mito fundacional de nuestro sistema de relaciones económicas pese a no haber pruebas de que alguna vez ocurriera así, sino todo lo contrario. Su pervivencia y atractivo se debe a su instrumentalización, a las importantes implicaciones para los privilegios de la élite gobernante que se desprenden de tal visión del dinero, de los arreglos institucionales que permite mantener tratando el moderno sistema monetario como si funcionásemos con un anacrónico patrón oro en que el dinero opera como un simple lubricador de los mercados y cuyo valor se deriva de su contenido metálico.

 

La evidencia histórica establece que la misma naturaleza del dinero es un crédito o una relación de deuda, y que su aparición es anterior a la acuñación de moneda por casi 3.000 años y previa a los mercados, siendo su función principal la de unidad de cuenta. Incluso en la época de Adam Smith la circulación de moneda para las compras habituales era escasa y se usaba ampliamente el crédito.

 

El renacimiento reciente de lo que el economista alemán Georg Friedrich Knapp denominase a principios del siglo XX como chartalismo, impulsado fundamentalmente por el economista Randall Wray y el sociólogo Geoffrey Ingham, provee los cimientos sobre los que se erige la Teoría Monetaria Moderna (en adelante TMM); una corriente postkeynesiana que está adquiriendo una importante visibilidad porque ofrece las herramientas y los argumentos para subvertir la austeridad y el desempleo característico del capitalismo; una lacra cuyos aspectos políticos son esenciales para comprender el rechazo que la TMM sufre, pues modifica por completo las articulaciones de poder de la sociedad en la que vivimos transformando una de las armas fundamentales de la lucha por la distribución como es el mantenimiento de un amplio ejército de reserva de trabajadores.

 

Este planteamiento sobre la naturaleza y origen del dinero se apoya en investigaciones de numismáticos, arqueólogos y antropólogos, tratando de corregir el mito del trueque tan común en los economistas que permitió a Smith elaborar su visión utópica del capitalismo libre de deuda y violencia, aspectos que son cruciales para entender el desenvolvimiento de mercados impersonales inicialmente basados en el saqueo y la conquista, y el papel del crédito en el desarrollo de la economía capitalista.

 

El dinero primitivo no se empleaba para comprar ni vender nada en absoluto. En lugar de ello, se empleaba en crear, mantener y reorganizar relaciones entre personas: para concertar matrimonios, establecer la paternidad de hijos, impedir peleas, consolar a los parientes de un funeral, pedir perdón en el caso de los crímenes, negociar tratados, adquirir seguidores, etc.; casi cualquier cosa excepto comerciar con cereales, palas, cerdos o joyas. El dinero surgía así como una unidad de cuenta que indica un patrón abstracto del valor, un valor convencional diseñado por una autoridad pública independiente de las propiedades intrínsecas de las mercancías que se usen.

 

La TMM insiste en este análisis histórico, cultural y social para postular que el dinero es una unidad de cuenta designada por una autoridad pública, ya se trate de Estados-nación modernos o de los antiguos órganos de gobierno; una institución que surge para la codificación de las obligaciones sociales. Por lo tanto, ofrece una visión diametralmente opuesta a la de la teoría ortodoxa. El dinero funciona, en primer lugar, como una unidad de cuenta abstracta, que luego es utilizada como medio de pago y para la liquidación de deudas. Que sea respaldado por plata, papel, oro o cualquier cosa que sirva como medio de intercambio es solo una manifestación de lo que es esencialmente una unidad de cuenta administrada por el Estado.

 

El dinero representa una promesa de pago que puede ser creada por todo el mundo. La clave para convertir estas promesas en dinero es que cada vez más personas o instituciones las acepten. Las relaciones sociales presentan una jerarquía de dinero que puede ser vista como una pirámide de varios niveles, donde los niveles simbolizan promesas con diferentes grados de aceptabilidad y en cuya parte superior se encuentra la deuda del gobierno. Las deudas de los hogares y las empresas, que se encuentran en la base de la pirámide, son aceptadas debido a su convertibilidad (al menos potencialmente) en relativamente promesas más aceptables. Estas deudas no son aceptadas en las oficinas del Estado para pagos de impuestos y, por lo tanto, es poco probable que lleguen a ser ampliamente aceptadas como medios de pago, mientras que esta condición es la que respalda a los depósitos bancarios que representan la mayor parte del dinero que circula en la economía. Que todo dinero civilizado sea chartalista no significa necesariamente que solo el Estado cree el dinero, ni mucho menos que controle la oferta monetaria.

 

La comprensión del dinero como una criatura del Estado desde la TMM conduce lógicamente al armazón operativo conocido como Hacienda funcional, desarrollado por el economista norteamericano Abba Lerner en contraposición de los objetivos presupuestarios que definen lo que erróneamente se denomina Hacienda responsable (que bien podría llamarse Hacienda disfuncional), tomando los presupuestos del Estado como una herramienta para alcanzar el pleno empleo y la estabilidad de precios, objetivos reales que definen lo que debería ser la acción responsable de un gobierno. El objetivo de toda regulación de la actividad económica ha de conseguir que la cuantía del gasto no sea ni demasiado pequeña (lo que produciría desempleo), ni demasiado grande (lo que daría lugar a la inflación).

 

Un Estado soberano gasta mediante la emisión de sus propias promesas, no se enfrenta a restricciones financieras operativas, si bien puede enfrentarse a restricciones políticas como ocurre hoy. La soberanía monetaria requiere que no se opere bajo las restricciones de tipos de cambio fijos, como la dolarización o las uniones monetarias. Los Estados que emiten su propia moneda no tienen ninguna obligación de tomar prestado o recaudar impuestos para sus gastos. El primer principio de la Hacienda funcional de Lerner es que el Estado debería aumentar los impuestos sólo si los ingresos del público son tan altos que amenazan con provocar inflación. Un segundo principio es que el Estado debe emitir bonos solo si hay presión a la baja sobre las tasas de interés, drenando las reservas excedentes de los bancos para mantener la tasa objetivo del Banco Central.

 

Sustituir la mal llamada Hacienda responsable por la Hacienda funcional no es sustituir una regla fija por una de libre discreción, tal y como habitualmente reprochan los críticos de la TMM sin fundamento alguno, normalmente por la incomprensión del dinero al haber sucumbido al cuento del trueque de los economistas, quedando hechizados por el fetichismo hacia el oro. El establecimiento de la Hacienda funcional es la sustitución de una regla por otra. En vez de mantener el gasto público en el nivel en que es igual a la recaudación de impuestos, se impone al gobierno la obligación de mantener el gasto en el nivel para el cual la demanda total del sistema no origina ni inflación ni deflación, empleando los recursos reales que están parados, fundamentalmente todo el trabajo disponible, dándoles unos usos elegidos democráticamente.

 

Desde la Asociación por el Pleno Empleo y la Estabilidad de Precios (APEEP) creemos que el primer paso para hacer políticas progresistas es abandonar el discurso del equilibrio presupuestario y dejar de marear la perdiz en plazos y velocidades de reducción del déficit. Debemos deshacernos de los mitos en torno al dinero y reclamar el poder disponer de soberanía monetaria para tener el espacio fiscal adecuado para operar, entendiendo el déficit como algo ni bueno ni malo, tan solo como una herramienta del tamaño necesario para alcanzar los objetivos que nos proponemos como sociedad. La izquierda necesita aprender de la Teoría Monetaria Moderna.

 

Economista, miembro de la Asociación por el Pleno Empleo y la Estabilidad de Precios, del Instituto de Economía Política y Humana y de ATTAC Extremadura* 

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Formación de las FARC en San Vicente del Cagúan, durante los diálogos de paz en la adiministración Pastrana.
 
Quedan cinco divergencias de fondo, en la Mesa Gobierno-Farc. Así expresa en sus encuentros, el Comandante Pablo Catatumbo ‒Responsable del Movimiento Bolivariano Clandestino. La más difícil, acordar el número y extensión de los Territorios Especiales ‒Terrepaz‒, diferentes a las ¿23 veredas?, y “previos a los ocho campamentos para dejación de armas”. “Falta pelo p’al moño”, advirtió Timochenko. “Resistencia civil”, firma Uribe. “Si no hay paz, vendrá guerrilla urbana”, sentencia el Presidente. Con sus frases, Uribe asusta a los pobres, Santos asusta a los ricos.

 

 

‒¡No!, dijo enfático, el general Mora Rangel, como rechazo oficial a la propuesta de territorios Terrepaz, que presentó la insurgencia en la Comisión Técnica (de asuntos militares). Ante el impase, aplazado el tema, con anuencia de Farc, la discusión adelantó en el punto de la verificación internacional. A sabiendas, el Presidente y el ministro de defensa, con la complicidad mediática, ocultan que está en veremos, el acuerdo acerca de las dos fases territoriales en la transformación guerrillera: áreas y líneas de “separación de tropas” y campamentos para dejación de armas.

 

Además de esta diferencia, sobreaguan otros cuatro pendientes de tamaño grueso: 1) Concluir las “42 salvedades” y los “asteriscos” de los puntos acordados. 2) (Dado el antecedente de la captura de Felipe Torres,) la exigencia de una Ley de Amnistía, previa a la firma de un acuerdo definitivo. 3) (Aplazado en su aprobación desde 1991) aprobar el Estatuto de oposición y 4) Definir una transición de la estructura guerrillera, diferente a la reinserción de procesos anteriores.

 

Para buena parte del ciudadano común, la negociación está en aplazamiento desde el 23 de marzo.

 

 

Dos fases territoriales:
“separación de tropas”
y dejación de armas

 

Los hechos son tozudos. La negociación con Farc y Eln es la primera diferente en el país, y en el continente: Comienza sin la “decisión” de ‘desmovilización’ y “entrega de armas”. Con Farc tiene como fórmula, la dejación, que depende del contenido y refrendación del acuerdo final. Una característica que tiene su razón, en la real correlación operativa en el terreno.


Sucede que en sus más de ocho años, Álvaro Uribe como gobernador de Antioquia y Presidente de Colombia, no pudo infligir una “derrota militar irregular” a Farc e imponer una cota más alta de “desgaste político” a Eln ‒tal como calculó el jefe paramilitar Carlos Castaño. A este respecto, el Comando de la Fuerza Aérea Colombiana, FAC, tiene abierta una polémica. Aduce en su publicación Victorias desde el aire, que presentó en la reciente XXIX Feria Internacional del Libro de Bogotá, que: asestó a Farc espaciados golpes de “derrota en la cadena mando” pero, el Ejército –la infantería– no llegó ni ocupó los lugares profundos en la ‘retaguardia’ guerrillera.

 

Aun con los efectos de la asimetría tecnológica que otorga ventaja aérea y de bombardeo con precisión al Estado colombiano –a partir del Plan Colombia–, sin una derrota militar a las organizaciones insurgentes, el gobierno Santos y su porción oligárquica de poder ‒en el gobierno‒, no pueden manejar a su amaño; la duración y fecha de una negociación mixta (con Farc y con Eln).

 

¿...“Dos mesas
un solo proceso”...?

 

La dualidad Farc/Eln con respecto a un fin verdadero del conflicto armado, está más agravada hoy. El señor Frank Pearl, principal en la Comisión gubernamental de diálogo con Eln, en compañía del general (r) Herrera Verbel, hizo saber en la más reciente reunión de la Comisión Nacional de Paz: “La negociación con el Eln está estancada”. (Solamente Pearl y Herrera, sin José Noe Ríos, viajaron a Venezuela a un encuentro con el Eln, que no avanzó más que el saludo).

 

Mucho antes, Gobierno-Eln en conversación secreta, alcanzaron a fijar como procedimiento, que la participación de la sociedad con interrogantes acerca de cuál es la Democracia que Colombia espera y en el tema de las víctimas; no tendrá un tercer asiento en la mesa. Serán las delegaciones Gobierno y Eln, una vez lean todas la iniciativas que lleguen, quienes señalarán los aspectos en que estén a favor y descartarán el resto.

 

En este marco, el Gobierno considera una fortaleza, que los puntos y detalles en tratamiento con Farc no tendrán repetición en la conversación con Eln. ¡Es una tamaña subjetividad o desconocimiento! Es conocido que el Eln contradice dos aspectos gruesos de los acuerdos Gobierno-Farc:

 

Están dispuestos a pagar cárcel ante la comprobación de culpa en hechos de violación de lesa humanidad y condicionan que los miembros de las Fuerzas Armadas, ante iguales casos, deberán pagar cárcel. Es una convicción que no surge en el Eln como un capricho. Surge de su relacionamiento y solidaridad con la experiencia del Cono Sur, en la lucha contra las dictaduras. Allá, los sectores con memoria y más comprometidos, rechazan los acuerdo de Punto Final que libran a los Ejércitos.

 

Para comenzar la conversación, no asumen siquiera la fórmula de “dejación de armas”, que es funcional en la Mesa de La Habana.

 

Los 180 días prorrogables de “separación de tropas” con las Farc y un lapso mínimo de agenda con el Eln, determinan una situación de “paz armada”. Acompañada de un debate que irá en aumento de polarización y amenaza de respuesta paramilitar. A su vez, de expresiones sociales resistentes.


Una disputa y entroncamiento de factores y aumento de la contradicción política y social, que con el ingrediente de una convocatoria de acercamiento-unidad novedosa y legítima, podrían ser desencadenantes de un nuevo cuadro en la lucha popular. Panorama no extraño en las vertientes de análisis estratégico y de precaución de todo signo. Consta en la p. 21 del libro El arte militar de los chinos (Editorial Pleamar. Buenos Aires, 1979) del Tte. Cnel. E. Cholet, en su definición de Guerra subversiva: [...] es una actividad múltiple, que emplea y combina medios violentos y pacíficos, fuerza y astucia, presión y engaño, patriotismo y traición; hasta crear una situación que le permita acceder al poder sin lucha violenta o afrontar directamente su conquista en lucha abierta... (negrillas en este artículo).

 

 

Cuántos son los finales
de un conflicto

 

Un conflicto regular, como fue la II Guerra Mundial tuvo dos finales: El cese de batalla 7-8 de mayo de 1946 y el día del final jurídico, septiembre de 1947, cuando comenzó el Proceso de Nüremberg. En Colombia, el largo conflicto irregular que cruza durante las últimas décadas, tendrá que barajar al menos, tres fechas finales, en diferente orden: política, jurídica/refrendación y de hostilidades/“separación de tropas”.

 

En Macondo sucede lo creíble y lo increíble.

 

 

 

 
Monólogo de Aureliano viendo pasar el circo

 

Los acuerdos de paz están construidos con piedra pómez.
Todo en ellos es poroso, lleno de poros como la piel. Frágil y duradera como una pirámide de nada.
Monólogo secreto de misiles que no hubo quién vendiera
Monólogo a punta de lengua, a punta de desconocer e ignorar “los factores reales de poder”
A las múltiples manos negras de la inteligencia calculadora que ni sube ni baja
Que se queda quieta. Mientras nosotros abrazábamos los fusiles.
Las manos negras de la intervención que no cesará
De las intervenciones que se anuncian para domesticar los sueños
Somos hombres y mujeres pero no contamos igual las cosas
Hechos de Coltan, fronteras y misiles, nadie va a cumplir lo pactado, salvo los que puedan
17 aurelianos tristes. Mientras pasa el circo.

 

 

 

 

 

 

 

Publicado enEdición Nº226
Los Juegos Olímpicos: proeza, belleza y destreza
 
En agosto de este año los aficionados al deporte tienen otra cita: los Juegos Olímpicos de Rio 2016, en donde una vez más los deportistas de más de 35 disciplinas lucharán por vestirse de gloria deportiva. Juegos Olímpicos herederos de los antiguos, aunque no son tan populares ni representantes genuinos de los deseos de los pueblos de fraternidad, inclusión y diversidad. Hoy debe preguntarse si el deporte puede aportar a resolver problemas de disciplina, higiene, voluntad y tolerancia, como en los antiguos juegos. En estas notas un acercamiento a la historia de los Juegos Olímpicos.

 

El origen de los Juegos Olímpicos es la mezcla de mitos y realidades. Cuenta Hesíodo en su Teogonía que el titán Prometeo se hizo amigo de los humanos y los defendió de Zeus que los quería destruir y reemplazarlos por una especie mejor. En su amistad, Prometeo le enseñó a la humanidad a hablar, les dio el fuego, les enseñó la escritura, a domesticar animales, a trabajar los metales, construir viviendas y también les dio la gimnasia, el atletismo y el deporte con el fin de que mantuvieran “un alma bella en un cuerpo bello”.

 

Desde allí comenzó el camino de los Olímpicos, pero según cuenta Píndaro, fue con Hércules, llamado el Dáctilo (también conocido como Heracles) que tomaron forma los juegos. En efecto, cuentan que este descendiente de dioses llevó a sus cuatro hermanos en una carrera desde Greta hasta la ciudad de Olimpia, y al ganador lo ciñó con una rama de olivo, árbol traído de la legendaria tierra de los hiperbóreos y plantado en la ciudad “con el fin de que fuera el más bello recuerdo de estas competencias”. Hércules en homenaje a sus hermanos estableció que los juegos se celebraran cada cuatro años. Otra leyenda dice que cincuenta años después del diluvio universal mandado por Zeus, un descendiente de Hércules reino en Olimpia y apoyó los juegos.

 

También Píndaro refiere que pudo ser Pélope el fundador de los Juegos, después de participar en unas justas por el derecho a casarse con la hija del rey Elide. En fin, la mayoría de los historiadores descargan en Hércules el origen de los Juegos Olímpicos.

 

 

La historia

 

Lo anterior muestra que los Juegos tuvieron un origen y práctica religiosa durante inmensidad de tiempo. Un festival religioso en honor a Zeus. La administración de los Juegos la ostentaban familias que representaban actividades religiosas de tipo mistérico y ninguna otra como la de los Oxilidas. Familias de eleos y etolios se disputaron ese honor de organizar las agonothesias, como les decían a los juegos. Los etolios fueron excluidos de ese honor cuando tuvieron responsabilidad en la violación de la tregua sagrada, considerando no sagradas las olimpiadas que no fueran organizadas por una familia designada; desde el año 320 a.d.n.e. hasta la llegada de los romanos, los Juegos fueron organizados por los eleos. A los Juegos Olímpicos en la Grecia antigua también les llamaron agon epitaphios, o juegos en honor de los muertos.

 

Según los registros históricos, los Juegos Olímpicos arrancaron en el año 776 a.d.n.e. y fue a raíz de las guerras médicas, o entre griegos y medos o persas en el siglo V a.d.n.e. cuando el espíritu atlético griego llegó a la celebridad. El primer campeón que registra la historia fue Corebo, un cocinero que triunfó en las carreras de relevos en el año 776 a.d.n.e.

 

Al inicio de los juegos solo existió una competencia: la carrera por la pista de Olimpia, hasta el 724 a.d.n.e. después en el 708 a.d.n.e se introdujeron la lucha libre, el pentatlón –que incluía el salto–, la carrera, el disco, la jabalina y la lucha. En el año 688 a.d.n.e fueron introducidos el boxeo y el hipódromo. En el 618 fue incluido el pancracio o boxeo, y lucha combinados y las carreras a caballo.

 

Las olimpiadas antiguas duraron cerca de mil doscientos años desde el 776 a.d.n.e hasta el año 394 cuando fueron abolidos por el emperador Teodosio. Treinta años más tarde el emperador Teodosio II ordenó incendiar el gran templo, bajo cuyas ruinas quedaron sepultados para siempre los doce siglos de los juegos en honor a Zeus olímpico.

 

 

¿Y las mujeres?

 

Han dicho muchas veces que la sociedad griega era machista, que no permitía la participación de las mujeres en los Juegos. Sin embargo, las investigaciones muestran lo contrario; mucho antes de que tomaran forma los Juegos Olímpicos existieron los juegos en honor de la diosa Hera, las heraclidas, desarrolladas cada cuatro años también en Olimpia, cuyas actoras eran mujeres, tanto niñas, como jóvenes y adultas; estas competencias arrancaban después que el comité de las Dieciséis tejía una manta para Hera. En Esparta las mujeres competían en gimnasia. Platón en su República y Las Leyes extiende una serie de recomendaciones para la participación de las mujeres en el deporte.

 

 

 

Los juegos modernos

 

El Barón de Coubertin propuso la realización de los Juegos Olímpicos en 1890 como homenaje a los antiguos Juegos, e inspirado en la teoría del gimnasio griego de 1896 y del “cristianismo muscular” de 1897. La primera edición de los Juegos Olímpicos fue desarrollada en Atenas en 1896.


Los actuales Juegos Olímpicos son de verano y de invierno, intercalados cada cuatro años. Corresponde este año los de verano; los próximos serán en Japón en el 2020, mientras que los de invierno fueron en Sochi, Rusia, en 2014 y los próximos serán en 2018 en Corea del sur. El lema de los juegos es: “Más rápido, más alto, más fuerte” (Citius, Altius, fortius).

 

En 1920 se estableció el juramento y la bandera Olímpica, en 1924 se arrió por primera vez esta bandera; en 1928 se estableció la antorcha Olímpica; en 1950 fue creada la organización técnica; en 1936 aparecieron los relevos. Las mujeres participaron por primera vez en unos Juegos Olímpicos en 1900, en tiro al arco y tenis. En el año 2002 se establecieron las reglas de los “cinco añillos” por medio de la interdisciplinariedad de los comités Olímpicos. Esa regla consiste en que el país que participe en cinco deportes olímpicos: fútbol, baloncesto, balonmano, hockey sobre césped y voleibol, y clasifica en cuatro de ellos, queda automáticamente inscrito. En la actualidad participan 28 deportes y 37 disciplinas.

 

 

Los otros juegos

 

 

Pero no todo es triunfo. Los Juegos Olímpicos han sido cuestionados por su falta de democracia y por incurrir en acciones ilegales como sobornos, y por asumir posiciones políticas contrarias al espíritu olímpico, como el racismo y la exclusión.

 

Producto de la mercantilización de la vida cotidiana, el deporte, y estos Juegos como expresión del mismo, han terminado sumidos en un bazar de ofertas y compras, obnubilando la importancia del juego y la recreación, y elevando a la cúspide la competencia. Tal inversión de valores terminó por sumir a las olimpiadas en la dinámica de la lucha de poderes entre las potencias, de ahí la exclusión este año de los atletas rusos bajo cargos de dopaje.

 

Resistiendo y mostrando otras alternativas. En la década de 1920 surgieron las Olimpiadas Obreras, tan fuertes y poderosas como las de los JJOO e incluso mejores; después las olimpiadas populares de Israel, las pruebas multiétnicas, las espartaquiadas de Moscú y las de la Amistad de Moscú, las dos últimas como parte de los conflictos de la Guerra Fría.
Sobre los deportistas partícipes en estos Juegos, ganen o no, puede decirse con el poeta Píndaro: “derramar el dulce roció de sus elogios”.

 

 

Publicado enEdición Nº226
Miércoles, 27 Julio 2016 18:03

Primera gran derrota mundial del socialismo

Primera gran derrota mundial del socialismo

 

Sin perder de vista, el primer intento de asaltar el cielo en la Comuna de París, y el episodio de solidaridad mundial con la lucha del pueblo vietnamita, la consigna ¡Proletarios de todos los países, Uníos!, bajo el ejemplo de las revueltas obreras en 1934, tuvo y ha tenido su máxima expresión humana e intelectual, con ocasión de la guerra civil española (1936-1939) y las Brigadas Internacionalistas dispuestas al combate por la libertad. Voluntarios extranjeros en número, entre 40.000* y 59.480** de 53 países.

 

Con arriesgo de la tradición, postura 'sistémica' y no autocrítica, en los análisis de izquierda; la Guerra Civil española alcanzó más compromiso y mapa, en los imaginarios por una sociedad revolucionaria, que todo el resto de las épicas contra el capitalismo en sus fases de globalización.

 

Fue una guerra que desencadenó en su ambición, Francisco Franco, el déspota general de ejército y dictador, alzado contra el gobierno republicano, democráticamente elegido del presidente Manuel Azaña, en las elecciones generales del 16 y 23 de febrero de 1036, al grito y las banderas del Frente Popular (republicanos, nacionalistas catalanes y asturianos, Central Nacional de Trabajadores, comunistas, socialistas, y el Partido Obrero de Unificación Marxista, Poum), con Francisco Largo Caballero como presidente del Consejo de ministros y Ministro de la Guerra. Antecedente un tanto olvidado, de la elección en 1950 de Jacobo Arbenz en Guatemala, y de Salvador Allende en Chile ‒Asturias 4 de septiembre 1970.

 

Una página con desborde de todas las pasiones, de heroísmo y de tragedia. Guerra que desde el bando de la Segunda República, enfrentó a la falange derechista, a la intervención con tropa del fascismo italiano, bajo el poder de Benito Mussolini; y al apoyo y bombardeo nazi de Hitler, que en su descarga más conocida, lanzó muerte sobre la tierra vasca. Un crimen que Pablo Picasso pudo inscrustar en la memoria por los años, con un arte que conmueve. Con los trazos de luz y oscuridad de su mural Guernica: blancos, grises y negros, y unos ojos ante todos los espantos –que una connotada izquierda descalificó, con reclamos de composición y de formas en “realismo socialista”.

 

La respuesta armada de los demócratas republicanos, patriotas españoles y militantes revolucionarios, en convocatoria legítima a su pueblo; tuvo eco en 1.200 cubanos y 600 argentinos Brigadistas. Llegó a un gran número de origen judío, cuyo combate contra el franquismo, iba de la mano en su lucha contra el creciente antisemitismo que ascendía poder en Europa. También alentó la participación de voluntarios, desde Colombia, Chile, México, Costa Rica. Asimismo, de Abisinia, Polonia, Albania, Checoslovaquia, Hungría, Bulgaria, Suecia, Suiza, Holanda Rumania, San Marino y Nueva Zelandia. Desde Francia llegaron más de 10.000, incluídos obreros mecánicos de la Renault y la Citrōen. Desde Alemania y Austria cerca de 5.000. Desde Italia 4.000. Y, 2.500 británicos, 2.000 estadounidenses, 1.700 yugoeslavos y 1.500 canadienses. También llegaron árabes y abisinios, hindúes y chinos, argelinos y sudafricanos. Con noticia, desde París arribaron.

 

Guerra civil española, con más compromiso y extensión más grande que todo el resto de las épicas. Una afirmación que aguanta. Aun, ante el hecho de que en una correlación del mundo y una geopolítica diferentes; el factor de retaguardia segura, de apoyo con artillería pesada y solidaridad con Vietnam, se mantuvo a toda costa, por parte de la Urss y China –en medio de su rompimiento, desde 1958. Ambas potencias protegieron de la CIA y el Pentágono, una secreta línea fronteriza, para el aprovisionamiento estratégico y el triunfo del Vietcong y la revolución vietnamita.

 

Como retrato del germen social, y de la profundidad y calidad del conflicto; la Historia señala que en Octubre de 1934, la CNT, la Alianza Obrera, la UGT y el Psoe, convocaron a la huelga general revolucionaria en Asturias. Intento derrotado y reprimido con saña, que sumó 1.400 muertos en las fábricas y barricadas, y 30.000 encarcelados que desbordaban las prisiones.

 

 
¡No pasarán!, emotividad: sin rectificación ni análisis concreto

 

 

La causa obrera, republicana y antifacista, tuvo en España, el abrigo y clarín de la revolución bolchevique, y de los resultados económicos en industrialización y colectivización de la URSS. En todo caso, urge una pregunta grande, que correlación de fuerzas militares existían cuando la sublevación fascista avanzó sobre Madrid. Largo Caballero niega una orden de movilización general y subestima la fortificación y obras de defensa de los puntos altos “posiciones dominantes”.

 

Primera gran derrota..., un enunciado que abre camino para otro, con consecuencias en la credibilidad para construir y acumular una alternativa radical: ¿Constituye la derrota de la Segunda República, el comienzo de la caída del “socialismo real”? Si no, ¿en qué momento se torció el mundo, a un periodo de unipolaridad-imperialista, que tiende a superárse ahora?

 

* Hugh Tomas. La guerra civil española 1961. Ruedo Ibérico
** Andreu Castells. Historiador

 

 

   
 
Ante la pregunta difícil, porqué la II Segunda República perdió la Guerra

 

En la búsqueda de respuesta, un recurso aproximado puede ser, la lectura de unos apartes (Pág. 176 de El Hombre que amaba los perros, del escritor, novelista, guionista, periodista y crítico nacido y residente en Cuba, Leonardo Padura)

 

“–Ya me sé de memoria ese cuento del tiempo, Caridad.
[...]
–¿Cuento? Vamos a ver... ¿Te creíste el cuento de que a Buenaventura Durruti lo mató una bala perdida?
Ramón miró a su madre y sintió que no podía pronunciar palabra.
–¿Tú crees que podemos ganar la guerra con un comandante anarquista que tiene más prestigio que ntodos los jefes comunistas?
– Durruti luchaba por la República –trató de razonar Ramón.
–Durruti era un anarquista, lo habría sido toda su vida. ¿Y has oído el cuento del traductor que desapareció, el tal Robles?
–Era un espía, ¿no?
–Un infeliz lameculos. Fue un cabeza de turco de una bronca interna entre los asesores militares y los de seguridad. Pero no lo escogieron al azar: ese Robles sabía demasiadas cosas y podía ser peligroso. No era un traidor: lo convirtieron en un traidor.
–¿Quieres decir que lo mataron sin que fuera un traidor?
–Sí, ¿y qué? Sabes a cuántos han ejecutado de un lado y otro en estos meses de guerra? –Caridad esperó la respuesta de Ramón.
–A muchos creo.
–A casi cien mil, Ramón. Mientras avanzan, los fascistas fusilan a todos los que consideran simpatizantes del Frente Popular, y de este lado los anarquistas matan a cualquiera que, según ellos, sea un enemigo burgués. ¿Y sabes por qué?
–Es la guerra –fue lo que se le ocurrió decir. Los fascistas sentaron esas reglas de juego...
–Es la necesidad. La de los fascistas, para no tener enemigos en la retaguardia, y la de los anarquistas, para seguir siendo anarquistas. Y nosotros no podemos permitir que la guerra se nos vaya de las manos. También nosotros hemos matado gente y vamos a tener que matar a muchos más, y tú...
Ramón levantó la mano para interrumpirla.
–¿Me habéis traído aquí para matar gente?
–¿Y qué coño hacías en el frente, Ramón?
–Es distinto, es la guerra.
– Y dale con la puta guerra... ¿conseguir que el Partido imponga su política
y los soviéticos sigan apoyándonos no es lo más importante para ganar esta guerra? ¿Limpiar la retaguardia de enemigos y espías no es la guerra? ¿Eliminar a los quintacolumnistas en Madrid no formaba parte de la guerra?
–En Paracuellos fusilaron a personas que no tenían nada que ver con la quinta columna, y yo sé que algunos de Partido estaban metidos en eso.
–¿Quién asegura que los muertos no eran saboteadores, tu o los de a Falange?
Ramón bajo a cabeza y contuvo su indignación.”
[...]
“Desde aquel día Ramón comenzaría a amarse Adriano. Fue el primero de los muchos nombres que usó...”
[...]
“Adriano se amentaría que le encargaran una misión tan inocua como acercarse a los locales del POUM y establecer las rutinas de sus dirigentes, especialmente las de Andreu Nin...”
[...]
“Muy pronto Adriano tuvo la certeza de que, por el bien de la causa, Andreu Nin era un hombre que debía morir (...) el renegado Nin era un enemigo declarado de los comunistas y había sido el primero en calificar (haciéndose eco de los alaridos de Trotski) de crímenes los juicios moscovitas de 1936 y de principios de aquel año, y en tachar de cómplices culpables a los «amigos de URSS» que defendieron su legalidad y pertenencia. También había sido de los que sostuvieron con mayor pasión la necesidad de a revolución junto a la guerra, la tesis de la lucha tota contra la república burguesa (que, a pesar de ser anti proletario, se sostenía con el apoyo de los que Nin calificaba como los conciliadores comunistas) y su desacuerdo con la ayuda soviética, como si para e gobierno hubiese sido posible resistir sin ella.”

 

 

  

 

 

 

 

 

Publicado enEdición Nº226
Miércoles, 27 Julio 2016 08:24

Hayek versus Keynes: el debate del siglo

Hayek versus Keynes: el debate del siglo


Al comenzar la década de 1930 la economía mundial se encontraba sumida en la crisis más profunda de su historia. La gran obra de John Maynard Keynes sobre la inestabilidad de las economías capitalistas estaba en gestación. La trayectoria intelectual que seguiría este economista se vería atravesada por una controversia que muchos han calificado como "el debate del siglo". La relevancia de esta polémica en el contexto actual no puede ser ignorada.

 

Las líneas divisorias que hoy cruzan el pensamiento económico le deben mucho a ese debate. Por ejemplo, el análisis sobre el papel del Estado y la política en la gestión económica depende de manera esencial de aquella polémica.

 

En esencia, el paisaje del campo de batalla quedó claramente definido desde las primeras escaramuzas entre Hayek y Keynes. Por un lado, encontramos la creencia en la existencia de fuerzas estabilizadoras en los mercados. Por el otro, nos topamos con un esfuerzo analítico centrado en la inestabilidad intrínseca de las economías capitalistas. Pero nos estamos adelantando. Vamos por partes.

 

En 1928 un joven economista austriaco de nombre Friedrich Hayek fue invitado a dar tres conferencias en la célebre London School of Economics (LSE). Sus anfitriones quedaron encantados. Una de las estrellas ascendentes de la LSE, Lionel Robbins, invitó a Hayek a pasar una temporada en la LSE: su plan era convertirlo en el ariete central para atacar las tesis que comenzaban a surgir del grupo cercano a Keynes en la Universidad de Cambridge.

 

Keynes había saltado a la fama en 1919 por su pequeño gran libro Las consecuencias económicas de la paz, en el que presentó una dura crítica al revanchista Tratado de Versalles. Keynes mostró que Alemania no soportaría las reparaciones de guerra impuestas por los vencedores y que la inestabilidad política sería uno de los resultados. En el contexto actual de la imposición de medidas de austeridad fiscal sobre los países de Europa, el libro de Keynes sigue siendo un poderoso llamado a la reflexión.

 

El 1923 Keynes publicó su Ensayo sobre la reforma monetaria, en el que sostuvo que los cambios en la cantidad de moneda podían inducir una expansión o una contracción de la actividad económica al generar incertidumbre sobre los precios futuros. La conclusión era clara: se necesitaba una política monetaria activa para estabilizar el nivel general de precios. Pero Hayek concluyó que una política monetaria podía disfrazar tendencias inflacionarias y aquí comienza la larga e importante controversia entre Keynes y Hayek.

 

La polémica se agudizó en 1931, cuando salieron publicados dos de los más importantes libros de estos economistas: Precios y producción, de Hayek, y el Tratado sobre la moneda, de Keynes. Poco a poco se iba perfilando el duro contraste entre las posturas de los dos autores. Hayek sostenía que el incremento en el ahorro traería consigo una mayor inversión en bienes de producción. En cambio, Keynes argumentaba que un incremento en el ahorro podía traer aparejado una contracción económica si no iba acompañado de expectativas favorables a la inversión.

 

Para Hayek, el análisis de Keynes conducía a una de las peores herejías: el desequilibrio entre ahorro e inversión no podía ser corregido por las fuerzas del mercado. Esto significaba que no existía un mecanismo corrector capaz de rectificar las posibles disparidades en una dimensión tan importante de la economía. Para Hayek lo peor era que esa conclusión podía generalizarse a toda la economía: no habría ningún mecanismo endógeno capaz de mantener el equilibrio entre oferta y demanda.

 

El contenido teórico de la discusión se hizo cada vez más complejo y, al transcurrir los años, sólo un pequeño grupo de especialistas podía seguir de cerca los argumentos de cada grupo. En 1932 otro economista del círculo cercano a Keynes, Piero Sraffa, dio a conocer una durísima crítica a la obra de Hayek. El ataque se centró en el papel que jugaba la llamada "tasa natural de interés" en la obra del austriaco. La crítica de Sraffa sería decisiva: Hayek nunca volvió a escribir un libro de teoría económica y tampoco abrió un debate con Keynes sobre la Teoría general. Desde 1937, cuando terminó la polémica con Sraffa, Hayek se fue dedicando a un género que le sentaba muy bien, el del panegírico ideológico. El libro que lo consagró, el Camino de servidumbre, es una obra de opinión en la que todo lo que huele a intervención gubernamental es considerado un embrión de socialismo totalitario o de fascismo. Pero Keynes señaló que el fascismo no había sido el resultado de una excesiva injerencia del gobierno en la economía, sino del desempleo y la inestabilidad del capitalismo.

 

Hayek tuvo la ventaja de haber sobrevivido por varias décadas a Keynes. Así pudo atacar a un contrincante que no podía responderle. Durante su larga vida, Hayek mantuvo su fe en las virtudes del libre mercado y su capacidad de autorregulación. Pero la fe y la ciencia no son buenas compañeras.

 

 Twitter: @anadaloficial

 

 

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Aborígenes de las islas Andamán (India) retratados en 1876.

 

Los pigmeos de las islas Andamán (India) tienen en su genoma fragmentos del ADN de un homínido extinto y desconocido hasta ahora. Así lo revelan los análisis genéticos efectuados por un equipo internacional de científicos a aborígenes del archipiélago.

 


MADRID.- Científicos del Instituto de Biología Evolutiva (IBE), un centro mixto de la Universidad Pompeu Fabra (UPF) y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), han descubierto un nuevo tipo de homínido actualmente extinguido que vivió en el sureste asiático. Esta especie, no descrita hasta la fecha, es un antecesor de los humanos al igual que los neandertales o los denisovanos y se cruzó con los humanos modernos hace decenas de miles de años.

 

Los resultados se acaban de publicar en la revista Nature Genetics y confirman el potencial de la genómica para reconstruir el pasado. Los primeros autores del estudio son Mayukh Mondal y Ferran Casals, del IBE y de la UPF respectivamente, que lo han hecho en colaboración con Partha Majumdar, del Instituto Nacional de Genómica Biomédica de la India.

 

El análisis genético de un grupo de individuos de las islas Andamán, en el océano Índico, ha revelado que su ADN contiene fragmentos que no corresponden a los humanos modernos que salieron de África hace unos 80.000 años. Al comparar estas secuencias con las de los neandertales y denisovanos, los científicos han visto que también son claramente diferentes.

 

Los investigadores concluyen que este ADN pertenece a un homínido extinto que comparte un ancestro común con los otros dos pero que tiene una historia diferenciada. Esta es una nueva prueba de que el genoma humano contiene pequeñas cantidades de información proveniente de antepasados extinguidos.

 

Según Jaume Bertranpetit, investigador principal del IBE y catedrático de la UPF, "ya hemos encontrado fragmentos de ADN del homínido extinto formando parte del genoma de los humanos modernos. En un futuro próximo esperamos obtener el genoma completo a partir de restos fósiles". De hecho, diferentes grupos de científicos ya están analizando unos huesos que podrían corresponder a este homínido, quizás Homo erectus.

 

 
La salida de África


El trabajo también apoyo la hipótesis de que nuestros antepasados salieron en una sola oleada desde África. Hace unos 80.000 años, el Homo sapiens arcaico evolucionó a hombre moderno en ese continente. Una pequeña parte de la población lo abandonó y dio lugar a todas las poblaciones humanas fuera de África. Sin embargo, había dudas de si los pigmeos como los de las islas Andamán provenían de una migración inicial a la que habrían sucedido otras migraciones. Gracias a las secuencias de ADN obtenidas en este estudio, se ha confirmado que no es así y que el llamado Out of Africa se produjo en una sola migración, de la que descendemos todos los humanos modernos.

 

La teoría de una primera ola migratoria proviene de los naturalistas y los antropólogos del siglo XIX, que vieron que los andamaneses y otros grupos étnicos de partes aisladas del sudeste asiático eran similares físicamente a los pigmeos africanos. De hecho, estas poblaciones se llaman 'negritos' porque tienen una estatura corta, pelo negro y muy rizado y piel oscura. El estudio, sin embargo, desmiente esta posibilidad. "El genoma de estas poblaciones contiene trozos de ADN del homínido extinto que acabamos de descubrir, pero todos provenimos del mismo Out of Africa", concluye Bertranpetit.

 

La estatura pequeña de los andamaneses no se explica por un efecto fundador, es decir, que los primeros habitantes fueran bajos y por ello su descendencia ahora también lo sea. El equipo ha encontrado evidencias genéticas que este hecho es la consecuencia de un proceso evolutivo de adaptación y de selección natural.

 

"En una isla pequeña no hay lugar para toda la cadena trófica; por tanto, los grandes depredadores deben desaparecer y los animales de niveles inferiores se hacen pequeños, ya que les da ventajas selectivas", afirma Bertranpetit. Los datos aportan pruebas genéticas concluyentes sobre este fenómeno, que originó animales como el Myotragus balearicus, una cabrita de 40 cm que habitaba las Islas Baleares, o los elefantes de un metro que vivían en Sicilia. Los hallazgos actuales también podrían servir para explicar la estatura de los homínidos fósiles de la isla de Flores en Indonesia.

 

Además del IBE y el Instituto Nacional de Genómica Biomédica de la Índia, en esta investigación ha participado el Servicio de Genómica de la UPF, la Universidad Autónoma de Barcelona, el Instituto de Genómica de Pekín (China), la empresa GlaxoSmithKline (Reino Unido), la Universidad Radboud de Nimega (Países Bajos) y la Universidad de Cambridge (Reino Unido).

 

 

La Universidad latinoamericana: ¿tiene falla de origen?



La Universidad es una conquista social de singular importancia para la democratización del saber y su relación con la transformación social. Sin embargo, no es osado señalar que en el presente, presta un limitado aporte a los cambios sociales en su conjunto y mucho menos a los proyectos emancipatorios en América Latina y el Caribe. Más allá de destacadas, honorables y admirables figuras que trabajan desde sus espacios, la universidad comienza a ser percibida socialmente como una institución de titulación para acceder al campo laboral, distante del imaginario que había construido décadas atrás de espacio para soñar y pensar lo social, lo humano y el contrapoder.


Este no es un fenómeno atribuible sólo a las instituciones universitarias. En muchos lugares de la región, los Estados nacionales y sus instituciones parecieran mirar en sentido opuesto al horizonte que están dibujando sus pueblos. Este desencuentro es dramático y puede traer en el mediano plazo severos problemas de gobernabilidad en la región. Las dinámicas del pasado, los discursos de ayer, las respuestas que fueron efectivas cada día tienen mayores dificultades para empalmar con la agenda mínima ciudadana del presente. Es hora de pensar políticamente (con P mayúscula) sobre estos fenómenos, desde una perspectiva descolonial.


Y es que el proceso de colonización logró apropiarse del firmamento de espacios ciudadanos ocupando hasta las rutas de emancipación. La colonización cultural –la peor de todas porque domina las ideas y con ellas el mundo- pretendió y en muchos casos lo lograron, enseñarnos cómo es que era permitido y posible ser libres; es decir, han pretendido enseñarnos los límites y fronteras de la propia libertad. Lo académico no fue ajeno a ello, por el contrario fue y es aún hoy en día, epicentro de ese sostenimiento del orden colonial en las estructuras de pensamiento.


Cuando el esclavo libre, ahora colonizado –neo esclavitud- se atreve a pensar por sí mismo, atreviéndose a explorar, conocer, indagar, construir nuevos caminos para concretar su libertad, suele encontrarse en el peor de los mundos. Por un lado la más feroz rabia del colonizador y por el otro la burla/temor/incredulidad de los iguales, quienes colonizados culturalmente, quieren que otro les muestre como cambiar los cosas, pero no creen posible ser protagonistas del cambio, es decir de la nueva historia.


La universidad latinoamericana debe construir una nueva historia, que le permita romper con el velo cultural del colonizado atreviéndose colectivamente a repensarse en todos los planos, desde la forma de crearse y actuar en ella misma, pero también atreviéndose a cuestionar sus orígenes y pensar una nueva forma de parir y nacer. Revisar sus prácticas y procesos desde ese ejerció descolonizador, puede contribuir con el surgimiento de ese otro mundo no colonizado, alterno, donde pensar el mundo patas arriba sea sinónimo de cordura libertaria.


Al respeto Quijano, A. (2014) afirma que “al formular sus cuestiones en un espacio social abstracto, históricamente indeterminado, quienes así proceden no pueden evitar identificar a piori a esta cultura (o a esta sociedad y a este Estado) con la cultura (o la sociedad o el Estado). El contexto histórico social concreto se asume, pues, como dado, no cómo algo a cuestionar en el punto mismo de partida” (p.667).


Desde ese lugar de enunciación, me atrevo a plantear respecto a las universidades que los problemas que se evidencian y nos hacen siempre pedirle una y otra vez a ella: transformación ... transformación ... transformación universitaria tienen como punto de partida una falla de origen. Esta falla de origen, desde mi punto de vista, tiene que ver con el código genético con el cual se edifica la vida y el que hacer universitario. Falla de origen que se inicia en el propio momento de la fundación de las universidades. Falla de origen que se expresa en su concepción práctica, más allá de la definiciones teoréticas, al auto asumirse y ser aceptada por la mayoría de la gente, como una institución fundamentalmente para la docencia. El gen problemático de la estructura de vida universitaria se desarrolla por una perspectiva colonial de su existencia.


De hecho, las universidades en América Latina y el Caribe tienen sus orígenes en procesos coloniales, asignándosele desde sus comienzos la tarea de formar a la burocracia y los funcionarios que demandaba el orden imperial de dominación. Para Tünnermann (1996) la universidad colonial en América Latina y el Caribe procura resolver:

 

a) La necesidad de proveer localmente de instrucción a los novicios de las órdenes religiosas que acompañaron al conquistador español, a fin de satisfacer la creciente demanda de personal eclesiástico creada por la ampliación de las tareas de evangelización;


b) La conveniencia de proporcionar oportunidades de educación, más o menos similares a las que se ofrecían en la metrópoli, a los hijos de los peninsulares y criollos, a fin de vincularlos culturalmente al imperio y, a la vez, preparar el personal necesario para llenar los puestos secundarios de la burocracia colonial, civil y eclesiástica. Por otro lado, las dificultades de las comunicaciones, arriesgadas y costosas, aconsejaban impartir esa instrucción en las mismas colonias;

 

c) La presencia, en los primeros años del periodo colonial, en los colegios y seminarios del Nuevo Mundo, de religiosos formados en las aulas de las universidades españolas, principalmente Salamanca, deseosos de elevar el nivel de los estudios y de obtener autorización para conferir grados mayores. De ahí que las gestiones para conseguir los privilegios universitarios fueron con frecuencia iniciadas por estos religiosos de alta preparación académica (p.122)


Es decir, las Universidades en la región no fueron pensadas para el desarrollo de las naciones dominadas, ni para la formación de sus ciudadanos, mucho menos para el desarrollo de un conocimiento, ciencia y tecnología que les permitiera ser independientes. Las universidades en América Latina y el Caribe fueron arietes conceptuales de un conocimiento que reproducía el orden de dominación. No fueron universidades desarrolladas a partir de las necesidades de la gente y los requerimientos de sus sociedades, sino implantadas desde las naciones que se asumían conquistadoras y por lo tanto dueñas de los nuevos territorios.


El propio Tünnermann (1996) distingue dos modelos en las universidades implantadas: la de Salamanca y la de Alcalá de Henares, ambas de origen español. El modelo de Salamanca respondió a “la idea de una universidad al servicio de un “estado-nación”, concepto que recién surgía en España (siglo XIV)... Todo el edificio de la transmisión del conocimiento descansaba sobre la cátedra” (pp-124-125). Por su parte, la preocupación central de la universidad alcalaína fue la teología, material que sólo en épocas posteriores ocupó un lugar relevante entre los estudios salamantinos. Su organización correspondió más bien a la de un convento-universidad” (pp-124-125). Los modelos de Salamanca y Alcalá se desarrollaron sobre la base de la docencia, es decir como instituciones para impartir conocimiento.


Para Morles, Medina Rubio y Álvarez Bedoya (2002) en el proceso de construcción de la República, luego de alcanzar independencia nacional, la llamada universidad Republicana reemplazaría el modelo elitesco y eclesiástico imperante por uno más “dinámico, tolerante y científico (...) incorporando nuevas cátedras y laboratorios” (p.20), haciendo que las estructuras académicas se asemejarán bastante al modelo Napoleónico. Continúan estos autores señalando que “con el modelo napoleónico de universidad se afirma en Venezuela, desde el último cuarto del siglo XIX, el pensamiento positivista y evolucionista. El modelo napoleónico se basa también en la docencia, con un carácter más científico contribuyendo a la ruptura con el dogmatismo religioso.

 

Autores Galo Gómez, citado por D’Andrea, R. E, Zubiría, A y Sastre Vázquez, (2012) precisan respecto a la concepción Napoleónica de la universidad:


La Universidad Imperial creada en 1808 y organizada dos años más tarde, es algo muy distinto de lo que tradicionalmente se había entendido como Universidad. Es un organismo estatal, al servicio del Estado que la financia y organiza y que fija no sólo sus planes de estudios, su administración y el nombramiento de profesores, sino hasta la moral pública que ha de inculcar a sus discípulos: "Mi fin principal - declara el mismo Napoleón- al establecer un cuerpo docente es tener un medio de dirigir las opiniones políticas y morales". Una Universidad centralizada, burocrática y jerárquica. Es difícil encontrar algo más opuesto a lo que había sido la Universidad desde su origen" (Galo Gómez O., 1976, p.7)

 

Esta implantación no pasa desapercibida por parte de quienes se resisten a la dominación. Propuestas y modelos alternativos comienzan a surgir en todo el continente en el siglo XX, los cuales tienen una expresión clara y firme en El Manifiesto Liminar (1918) que fundamentó la reforma de Córdoba, en el cual se plantea:


Las universidades han llegado a ser así el fiel reflejo de estas sociedades decadentes que se empeñan en ofrecer el triste espectáculo de una inmovilidad senil. Por eso es que la Ciencia, frente a estas casas mudas y cerradas, pasa silenciosa o entra mutilada y grotesca al servicio burocrático. Cuando en un rapto fugaz abre sus puertas a los altos espíritus es para arrepentirse luego y hacerles imposible la vida en su recinto. Por eso es que, dentro de semejante régimen, las fuerzas naturales llevan a mediocrizar la enseñanza, y el ensanchamiento vital de los organismos universitarios no es el fruto del desarrollo orgánico, sino el aliento de la periodicidad revolucionaria.


Agregando:


Nuestro régimen universitario -aún el más reciente- es anacrónico. Está fundado sobre una especie del derecho divino: el derecho divino del profesorado universitario. Se crea a sí mismo. En él nace y en él muere. Mantiene un alejamiento olímpico. La Federación Universitaria de Córdoba se alza para luchar contra este régimen y entiende que en ello le va la vida. Reclama un gobierno estrictamente democrático y sostiene que el demos universitario, la soberanía, el derecho a darse el gobierno propio radica principalmente en los estudiantes. El concepto de Autoridad que corresponde y acompaña a un director o a un maestro en un hogar de estudiantes universitarios, no solo puede apoyarse en la fuerza de disciplinas extrañas a la substancia misma de los estudios. La autoridad en un hogar de estudiantes, no se ejercita mandando, sino sugiriendo y amando: Enseñando. Si no existe una vinculación espiritual entre el que enseña y el que aprende, toda enseñanza es hostil y de consiguiente infecunda. Toda la educación es una larga obra de amor a los que aprenden. Fundar la garantía de una paz fecunda en el artículo conminatorio de un reglamento o de un estatuto es, en todo caso, amparar un régimen cuartelario, pero no a una labor de Ciencia. Mantener la actual relación de gobernantes a gobernados es agitar el fermento de futuros trastornos. Las almas de los jóvenes deben ser movidas por fuerzas espirituales. Los gastados resortes de la autoridad que emana de la fuerza no se avienen con lo que reclama el sentimiento y el concepto moderno de las universidades. El chasquido del látigo sólo puede rubricar el silencio de los inconscientes o de los cobardes. La única actitud silenciosa, que cabe en un instituto de Ciencia es la del que escucha una verdad o la del que experimenta para crearla o comprobarla.

Por eso queremos arrancar de raíz en el organismo universitario el arcaico y bárbaro concepto de Autoridad que en estas Casas es un baluarte de absurda tiranía y sólo sirve para proteger criminalmente la falsa-dignidad y la falsa-competencia.

 

El grito de Córdoba es el más importante cuestionamiento hecho a la universidad desde la perspectiva de sus estudiantes. Los reclamos centrales se refieren a la forma y mecanismos de gobierno interno y de una u otra manera a la desconexión de la universidad con su entorno. En buena medida, el Manifiesto Liminar impulsa un modelo de universidad para un nuevo ciclo de proyectos de independencia nacional.


En el siglo XX la idea de investigación universitaria se fue deslizando progresivamente hacia los posgrados. Para Lucas Luchilo (2010), “en América Latina, el fomento de la formación de posgrado fue y es una de las funciones básicas asignadas a los Consejos de Ciencia y Tecnología, que se crearon a partir de la década de 1950. Desde esta perspectiva, se trata de instrumentos de política con alta legitimidad y en los que los países de la región han acumulado experiencia, tanto en el nivel de promoción como en el de ejecución” (p.14). Este auge se produce en medio del creciente influencia de las ideas de desarrollo nacional y regional, así como de la planificación auspiciadas, entre otras por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). Sus resultados en términos de crecimiento sectorial (posgrados) y de impacto se mostraron limitados. Posteriormente el neoliberalismo, en los ochenta y noventa del siglo XX, se encargaría de generar un proceso de vaciamiento de la investigación y los investigadores universitarios promoviendo su migración hacia centros independientes de investigación con fuerte financiamiento privado y ubicados en los países del centro capitalista.

 

El Mayo francés con sus críticas iniciales al Libro Blanco del Ministro Francés de Juventud y deporte François Missoffe, abren un capítulo especial que lleva a la juventud mundial a repensar el compromiso de la universidad con los más altos ideales de la humanidad. Pero la universidad siguió siendo una institución centrada en la docencia. Los movimientos de profesores universitarios planteando la urgente necesidad de una reforma de la educación superior se multiplicaron en el mundo en las décadas de los setenta y los ochenta del siglo XX.

 

Es importante detenernos brevemente sobre los resultados alcanzados en materia de investigación en la región. Lemasson&Chiapee (1999) señalan respecto a la investigación universitaria que “los resultados obtenidos no permiten hoy, con los desafíos contemporáneos que conocemos, concluir que están listos para enfrentar el porvenir de manera constructiva. Si el camino pasado, aunque con muchas diferencias nacionales, fue positivo, la necesidad de continuar con el cambio es imperativa y va a exigir una visión y una voluntad resueltas” (p.315). Más adelante, estos mismos autores afirman:


“Es fácil concluir que la única vía para asegurar la independencia a largo plazo, el desarrollo económico endógeno en nuevas esferas con un alto valor agregado y sistemas sociales más justos, es promover con urgencia las actividades de ciencia y tecnología como prioridades nacionales. Responder a esta urgencia significa que el momento de decisiones radicales ha llegado, particularmente respecto del papel de las universidades, las que constituyen en términos de recursos humanos actuales y futuros las instituciones claves del porvenir colectivo” (p.317).

 

Autores como Didriksson (2000) siguen apostando por el binomio clásico docencia-investigación. Seguramente Axel argumentará en defensa de esta direccionalidad –que no es una cuestión menor- que “la parte más dinámica del proceso [producción y transferencia de conocimientos ] se ubica en la relación entre la docencia y la investigación, y el curriculum desde la perspectiva de la creación de un valor económico: el conocimiento, y de un valor social: los trabajadores del conocimiento“ (pp. 32-33). En consecuencia, la universidad latinoamericana sigue pensándose desde la docencia como epicentro sobre el cual gravita el grueso de su actividad general, pero también particular de cada profesor(a). Es el círculo propio de una universidad pensada para aportar al papel asignado por el centro a la periferia, en el campo de la producción y transferencia de conocimientos. En este sentido, la llamada producción del conocimiento universitaria, no es otra cosa que la adaptación de premisas generales al contexto de países dependientes y neocoloniales.

 

El emerger del neoliberalismo en el mundo, en el marco de la globalización económica y la mundialización cultural, retan el pensamiento respecto a qué modelo de universidad demandan las nuevas formas de acumulación y producción capitalista puestas en marcha. Desde los discursos de resistencia y alternativos se concentraron fuerzas contra la privatización de la educación y fue precario el debate a nivel del público en general. Las polémicas respecto al presente y futuro de las universidades, sin neutralidad pero mucho más allá de la diatriba ideológica, fueron impulsadas en buena medida por instancias internacionales como la CRESALC, hoy convertido en IESALC UNESCO.

 

En los noventa del siglo XX la UNESCO plantea la necesidad de convocar a una Conferencia Mundial sobre la Educación Superior que repensara la universidad a escala planetaria, pero también como un espacio de reencuentro con la academia de la recién desmantelada URSS. Los documentos que circularon con carácter previo y las propias conclusiones de la I Conferencia señalaron preocupaciones muy especiales respecto a la eficacia de la universidad existente, la calidad de sus dinámicas y procesos de aprendizajes, el impacto de las NTIC y la cultura global en las dinámicas universitarias. Esta conferencia, al igual que la segunda (2008) fueron precedidas por sendas Conferencias Regionales (CRES). En cada uno de estos espacios se evidenció la urgencia de repensar a la propia universidad y los límites de los procesos de reforma interna.

 

El año 2018 se cumplen 20 años de la primera Conferencia Mundial de educación Superior y coincide con los cien años del grito de Córdoba. Pensamos que es un excelente momento para reanimar, retomar y reimpulsar el debate sobre la educación universitaria. En esta dirección recibimos con alegría el anuncio hecho este 15 de Junio de 2016, en la propia ciudad y universidad de Córdoba, respecto al lanzamiento de la Tercera Conferencia regional de educación Superior (CRES) en la ruta –aún no anunciada por UNESCO- de la III Conferencia Mundial del sector. En hora buena celebramos este anuncio como oportunidad de oro para reabrir y relanzar los debates por esa otra universidad posible.

 

La Universidad para los proyectos de desarrollo nacional, de independencia y para la construcción de sociedades libres, democráticas, justas, igualitarias y, en permanente cambio tiene que ser una universidad pensada desde una perspectiva del Sur. Boaventura de Sousa Santos (2008) nos habla de pensar lo nuevo con lo nuevo, porque

 

“no puede enfrentarse lo nuevo contraponiendo lo que existía antes. En primer lugar, porque los cambios son irreversibles y en segundo lugar, porque lo que existió antes no fue una edad de oro, o si lo fue, lo fue solamente para la universidad y no para el resto de la sociedad, y en el seno de la propia universidad, lo fue solamente para algunos y no para otros. La resistencia debe involucrar la promoción de alternativas de investigación, de formación, de extensión y de organización que apunten hacia la democratización del bien público universitario, es decir, para la contribución específica de la universidad en la definición y solución colectiva de los problemas sociales, nacionales y globales” (p.30)

 

Para Aboites. H. (2011) “este cambio requiere una transformación de la mentalidad universitaria, las estructuras de gobierno, los mecanismos de acceso, la reglamentación y la organización académica, que deben ajustarse a las nuevas demandas y necesidades de acceso, formación y profesionalización que tiene la actual población joven y estructuralmente excluida, pero también a las necesidades de un momento de tránsito al posneoliberalismo como es el actual”. (p.273, en Bonilla, L y Segrera, F. [2011]. Educación universitaria para el siglo XXI. Ediciones CIM/OPSU, Caracas. Venezuela)

 

En la perspectiva que invitan Boaventura y Aboites, nos atrevemos a pensar la universidad del siglo XXI, el presente y el futuro inmediato, en tres momentos: el primero las universidades que se están creando o se van a crear, segundo las universidades que inician procesos de transformación y tercero, las universidades que permanecen inamovibles. En este artículo me referiré sólo a las primeras, esperando poder abordar los otros dos casos en próximos trabajos.

 

Estoy convencido que crear universidades sobre la lógica estructurante de la docencia con complementos de investigación y extensión –independientemente que se digan vinculadas- es un ejercicio colonial, que reproduce el modelo de conocimiento, formación, indagación y acción en lo social, propio, desde y para la dominación. Trataremos pedagógicamente de ir explicando paso por paso esta afirmación.

 

La universidad fundada en cátedras, escuelas, facultades está pensada en buena medida para reproducir el llamado “conocimiento de punta” en las distintas áreas. En esa orientación, por ejemplo, en la sociología, la medicina o la química surgen textos, contenidos curriculares, paradigmas, discursos, resultados que pasan a ser de uso común en los países de la periferia capitalista. A estos se les suele asociar al llamado “conocimiento de punta”; cuando lo cierto es que estas producciones son sólo el “conocimiento liberado para consumo académico masivo” por parte del modo de producción . Desarrollos de ello, lo constituye el tan cotidiano internet de hoy, que pasó décadas siendo utilizado por el llamado complejo industrial-militar antes de que fuera conocido por todos nosotros; evidentemente la tecnología comunicacional “de punta” que debe estar usando ese mismo complejo hoy en día debe ser revolucionariamente distinta a la que usamos cotidianamente. Muchos otros ejemplos surgen en el campo de la genética, la medicina o la neurociencia. De hecho, la mayoría de las investigaciones más importantes realizadas en el 2015 –como en años anteriores- se refieren al cerebro humano, sus usos y potencialidades las cuales aún no forman parte de ese “conocimiento liberado para consumo académico masivo”. Entonces lo que se enseña en el modelo basado en la docencia es solo el cascarón del conocimiento de vanguardia.

 

Argumentaran los defensores de este modelo que la investigación autóctona esta llamada a reducir esta brecha. Esto tal vez sea cierto en términos teórico-conceptuales pero la realidad o la empírea nos dice a diario que la inmensa mayoría de la investigación que se realiza en las universidades está asociada a trabajos de ascenso en el escalafón universitario o de interés muy particular. Con ello no pretende solapar o desconocer la meritoria labor que realizan algunos investigadores en casi todos los campos de las ciencias, pero a decir verdad esta es por lo general una labor muy particular y excepcional y no característica del sistema.

 

Los neoliberales usan esta verdad y realidad para asignarle la mayor cuota de responsabilidad al respecto, al personal docente universitario, eximiendo de culpas al sistema, los gobiernos nacionales, los mecanismos de conducción de la educación superior y mucho más a la propia concepción universitaria. El neoliberalismo educativo, interesado en la privatización educativa a inventado ranking, modelos de evaluación de eficiencia docente, sistemas de clasificación de la investigación, protocolos de reconocimiento de resultados de pesquisas, etc. que sólo terminan certificando los procesos de adaptación del conocimiento liberado por los centros de investigación que sustentan el modelo de producción del capitalismo del siglo XXI.

 

Pero lo que ya resulta inocultable, es que la universidad basada en la docencia con sus complementos de “investigación” y “extensión”, no le resultan útil ni al capitalismo, ni al socialismo en el siglo XXI -desde una perspectiva “neutra” de carácter nacionalista- pero si al modelo de globalización económica y mundialización cultural que impulsa a escala planetaria el neoliberalismo que implica una nueva ruina de las naciones de la periferia en beneficio de las del centro. Es decir, el modelo de universidad, basada en la docencia se ha convertido en un mecanismo de perpetuación de la dominación.

 

No es la primera vez que este debate se abre y las propuestas de solución han sido variadas, desde cacarear una reforma universitaria que se elabore por todos democráticamente –lo cual no ha sido garantía alguna de romper el círculo de la dominación- pasando por modelos organizacionales que terminan queriendo convertir a las universidades en Ministerios, altamente burocratizadas antes que en centros de generación de conocimiento. Pero nadie se atreve a cuestionar los paradigmas, conceptos y procesos sobre los cuales se crean nuevas universidades; por el contrario todos los dispositivos legales y de trámites están montados para repetir una y otra vez el modelo. Área de conocimiento de la nueva universidad a crear, facultades, carreras, programas de formación, cátedras y/o unidades curriculares con variados diseños funcionales terminan pareciéndose cada vez más las unas a las otras.

 

Esto se debe a que la genética epistémica de uno u otro intento tiene una misma raíz: la universidad basada en la docencia. Más allá de cualquier meta discurso innovador, en la mayoría de los casos cualquier iniciativa fenece cuando se concreta en carga de docencia en el aula, de actividades administrativas, de planeación de clases, de asesoría de tesis, etc. del profesor universitario; allí mueren las ilusiones.

 

El desafío doble entonces reside en desarrollar investigaciones nacionales, regionales y locales que permitan ir rompiendo el círculo de la dependencia mediante conocimiento necesario para el desarrollo nacional a la par de ir disminuyendo la brecha de varias décadas existente entre conocimiento de vanguardia y conocimiento reproductor que se suele trasmitir en las universidades de los países de la periferia. Todo ello a la par que se forman los ciudadanos calificados para los proyectos nacionales de independencia económica, tecnológica y cultural.

 

Las universidades son parte integral de un país de una región geopolítica, no son islas a la deriva en un mar abierto, ni un Estado dentro del Estado. La necesaria autonomía universitaria en ningún momento puede significar una desconexión orgánica de las casas de estudios superiores con los proyectos nacionales de país. Por ello considero que el primer pensamiento proto universitario es el de identificar cuáles son los problemas centrales de un país; una vez identificado los 10 o 20 problemas prioritarios para el desarrollo nacional, verificar si alguna universidad de las existentes tiene el perfil para abordar su estudio, análisis y propuestas de solución.

 

De no existir, por ejemplo, en el área del petróleo, pensar primero en el diseño de un Centro Nacional de Investigaciones Petroleras –siguiendo con el ejemplo- que se dedique a estudiar los temas vinculados a esta campo, desde una perspectiva transdiciplinaria, es decir desde los procesos técnicos de producción hasta los operativos de comercialización, pasando por la geopolítica del petróleo hasta la arquitectura financiera para la estabilización de los ingresos producto de las fluctuaciones de precios. Y aquí el pragmatismo de gestión puede no siempre coincidir con las premisas ontológicas, epistemológicas o conceptuales del debate académico, porque se van a requerir estudios disciplinares, multidisciplinares y transdiciplinares en cada caso.

 

Centros de Investigaciones de este tipo, con una plantilla de investigadores con salarios equivalentes al promedio internacional mínimo estándar o más, pueden ser acusados por los conservadores o por los radicales del igualitarismo a ultranza, de elitescos. Pero en ciertas etapas de la historia de las naciones libres y de avanzada se ha requerido y requiere conformar una élite generadora de conocimiento, cuya teleología de constitución es la democratización del mismo y el mejor uso con fines sociales.

 

Centros de investigación de este corte, produciendo resultados concretos luego de cinco, diez o quince años de investigación según sea el caso y la complejidad de los estudios que abordan debieran abrir estudios de postgrado, Doctorados, post doctorados, maestrías, especializaciones y cursos de alto nivel donde se socialice los procesos y resultados de investigación a la par de ir formando, mediante la lógica de equipos de investigación abiertos, el personal docente que trabajaría en el pregrado. Se trataría de invertir la ruta de los procesos de docencia desde el posgrado hacia el pregrado, entendiendo los posgrados no como profesionalizantes, sino como dinámicas de investigación y construcción / validación de discurso científico alternativo. En consecuencia, las nuevas universidades deberían ser paridas por centros de investigación y desde ellos.

 

En consecuencia, serían investigadores con treinta horas mínimas de trabajo semanal investigativo quienes darían un máximo de 8 horas de docencia en la futura universidad. Esta integración investigación-docencia asociada a la validación del impacto social del conocimiento emergente haría posible dar un salto en tecnología, ciencias, conocimientos, técnicas y procedimientos que posibilitarían avanzar en desarrollos nacionales que fundamenten económica, tecnológica y políticamente procesos de autentica independencia nacional.

 

Esto crearía otra serie de problemas, propios de lo nuevo que se crea a los cuales no hay que temerles, sino por el contrario abordarlos dado el impacto de lo nuevo que se construye. Algunos de ellos, como el reconfigurar el concepto de la carrera docente universitaria, el tamaño de la universidad, su vinculación con contextos, el financiamiento, la cobertura, entre otros. En los próximos artículos intentaremos abordar nuestra perspectiva sobre cada uno de ellos, además de plantearnos la reflexión y el debate respecto a cómo alinear las universidades existentes en un esfuerzo tan dialécticamente distinto a la génesis de las mismas, como el que estamos planteando.


A cualquier colega que diga que es posible hacer lo mismo con la universidad fundada sobre la docencia, tendríamos que pedirle que -no como excepción sino como generalidad- muestre donde se está dando esta haciendo lo mismo con el modo colonial viejo, basado en la docencia como epicentro. A los innovadores que han logrado muy buenas definiciones en reglamentos y estatutos universitarios sobre el papel de la investigación deberíamos pedirles que después de por lo menos una década, necesario seria tener resultados de gran impacto para mostrar.


La única forma de eliminar la falla de origen de la universidad es generando una nueva forma de creación del mundo universitario, ya no desde el conocimiento reproductor sino del creador, no desde la dominación sino de la liberación. Se trata de atrevernos a romper con el molde colonial respecto a cómo se construye una universidad. Eso implica dejar de pensar como los dominados que tienen temor de explorar una nueva ruta que no sea la que el amo les enseñó. Creemos pues una universidad a partir de los procesos de investigación, sepultemos la vieja universidad atrapada en la camisa de fuerza de la docencia, construyamos una pedagogía desde el aprendizaje por descubrimiento.

 

 

Lista de referencias:


Bonilla-Molina, L (2001). Gerencia, investigación y Universidad. Ediciones Iesalc. Caracas Venezuela

Bonilla-Molina, L (2015). Calidad de la educación: ideas para seguir transformando el sistema educativo. Ediciones Fonacit MPPE. Venezuela

Bonilla, L y Segrera, F. [2011]. Educación universitaria para el siglo XXI. Ediciones CIM/OPSU, Caracas. Venezuela

D’Andrea, R. E, Zubiría, A y Sastre Vázquez, (2012). Reseña histórica de la extensión universitaria. Mimeografiado

Dridiksson, A. (2000). La universidad de la innovación: una estrategia de transformación para la construcción de universidades de futuro. Ediciones IESALC UNESCO. Caracas Venezuela

Lemasson, J.P y Chiapee, M. (1999). La investigación universitarias en América Latina. Colección respuestas. Ediciones IESALC UNESCO. Caracas. Venezuela.

Lucilo, L. (2019) Formación de posgrado en América Latina: políticas de apoyo, resultados e impactos. Ediciones EUDEBA, Buenos Aires, Argentina.

Manifiesto Liminar: disponible en http://www.unc.edu.ar/sobre-la-unc/historia/reforma/manifiesto
Morles, V., Medina R., E. y Alvarez B., N. (2002). La Educación Superior en Venezuela. Ediciones IESALC. Caracas, Venezuela.

Quijano, A. (2014). Cuestiones y Horizontes: Antología esencial de la dependencia histórico-estructural a la colonialidad/descolonialidad del poder. Colección Antologías. Clacso. Buenos Aires. Argentina

Sousa Santos, Boaventura (2008). La universidad del siglo XXI. Ediciones CIM. Caracas. Venezuela.
Tünnermann Bernheim, C. (1996) Breve historia del desarrollo de la universidad en América Latina, publicado en La Educación superior en el umbral del siglo XXI, Caracas: Ed. CRESALC, 1996, pp-11-38

 


[i] Especialmente en casas de estudios superiores como la Universidad Central de Venezuela a mediados del siglo XIX.

[ii] Contenido de los corchetes es mío para contextuar adecuadamente la cita

[iii] En este trabajo partimos del principio que todo conocimiento es primero usado, probado, implementado o desechado por las diferentes expresiones del modelo capitalista globalizado, previamente a su liberación en el mercado de consumo académico.