Domingo, 24 Julio 2016 06:35

La doble moral del COI ante el doping

La doble moral del COI ante el doping
No podrán competir en Río de Janeiro 68 deportistas. La sanción podría extenderse a toda la delegación. Putin ve detrás del hecho la mano de Estados Unidos. No existen antecedentes semejantes en la historia del movimiento olímpico.

 


Un fantasma recorre el mundo y ya no se trata del comunismo. Es el del dopaje ruso, azuzado como bandera por unos cuantos organismos de doble moral. 68 atletas de esa nacionalidad no podrán competir en los Juegos Olímpicos. Sancionados por la Federación Internacional de su disciplina, la IAAF, perdieron una apelación ante el Tribunal Arbitral del Deporte (TAS) creado por el COI, lo que podría derivar en algo mucho peor: la exclusión de todos los representantes de una potencia mundial como Rusia. El escándalo tiene todos los ingredientes. Un Comité Olímpico que muestra su hipocresía.

 

Arrepentidos que ratifican sus denuncias desde Estados Unidos. El presidente Vladimir Putin que se queja de la injerencia yanqui. El rol activo del FBI para embarrar la cancha. El de los servicios de inteligencia rusos para adulterar muestras de orina según un informe de la Agencia Mundial Antidopaje (AMA). Imputaciones contra Moscú por hacer del doping una política de Estado. En definitiva, mucha mugre debajo de la alfombra del gran movimiento olímpico. Podría argumentarse –si se parafraseara a Von Clausewitz– que el deporte es la continuación de la guerra por otros medios.

 

La historia de este conflicto con final abierto no empezó con el fallo del TAS. Las sospechas sobre cómo Rusia prepara a sus atletas vienen de mucho antes. Pero tuvieron un mojón en los Juegos de Invierno de 2014, en Sochi: el principal centro veraniego a orillas del Mar Negro. El ex director del laboratorio ruso, Grigory Rodchenkov, admitió su participación en la adulteración o destrucción de muestras en una entrevista que le concedió al New York Times. El mismo medio que publicó la primicia sobre los sobornos en la FIFA. Esos millones de dólares que no alcanzaron para incriminar a Moscú en el pago de coimas para organizar el Mundial 2018, pero instalaron la sospecha con creces. En ese escándalo uno de los primeros que cayó fue Chuck Blazer, el dirigente regordete nacido en Nueva York que integraba el comité ejecutivo presidido por Joseph Blatter. Recibía coimas para otorgar derechos de TV en todo el continente americano. Lo pescó el FBI y se transformó en su informante.

 

La AMA le cayó encima a Rodchenkov. Encargó una investigación al especialista en arbitrajes, el abogado canadiense Richard McLaren, que fue lapidaria. Concluyó que estaban involucrados varios organismos del gobierno ruso, pero sin tomar testimonio a la parte acusada.

 

Además del arrepentido hubo otro personaje clave. El senegalés Lamine Diack, ex presidente de la IAAF, declaró ante la justicia francesa que lo investigaba. Acusado por recibir dinero de Rusia para ocultar casos de doping, él negó los cargos cuando lo detuvieron en noviembre. Pero Le Monde reprodujo su declaración en una nota publicada el 18 de diciembre bajo el título de “Las increíbles confesiones de Lamine Diack, el ex presidente de la IAAF”. Ahí dice lo contrario.

 

Como fuere, el COI y la IAAF ya conocían las sospechas que había sobre los atletas rusos pero las intentaron disimular. El primero se apoyó en un informe de la AMA sobre los Juegos de Sochi donde según la agencia “todo se había desarrollado con normalidad”. La federación de atletismo desplazó a Diack después de casi once años en la presidencia y haberle concedido la Orden al Mérito. También fue condecorado por el gobierno francés cuya Justicia ahora lo tiene sometido a proceso.

 

Su sucesor en el cargo, el británico y ex atleta Sebastián Coe, compartió con el senegalés muchos años en la conducción de la IAAF. Nunca declaró nada hasta ahora sobre los casos de doping. Ex embajador de Nike, también está bajo sospecha en Francia porque la ciudad de Eugene, la sede de la multinacional de EEUU, consiguió que la designen para organizar el Mundial de Atletismo de 2021. Unos correos que intercambió con ejecutivos de la multinacional llamaron la atención de los investigadores. Nike invertirá 13,5 millones de dólares para mejorar las instalaciones del torneo que se disputará en cinco años.

 

La empresa acompañó a Carl Lewis en los Juegos de Los Angeles 1984, cuando igualó el récord de Jesse Owens y ganó cuatro medallas doradas. En los años siguientes, previos a la cita olímpica de Seúl 88, Estados Unidos pasó por una situación semejante a la que hoy atraviesa Rusia. Más de cien atletas fueron encubiertos por el Comité Olímpico de EE.UU. (USOC) cuando se dopaban, según el médico Wade Exum, quien había dirigido la oficina antidoping de aquella organización entre 1991 y 2000. Lo acusaron de vengarse cuando fue desplazado del cargo porque los controles pasaron a una Agencia Antidopaje independiente del USOC. Pero presentó 10 mil documentos como pruebas de lo que decía.

 

Lewis y la tenista Mary Joe Fernández, ganadores del oro en Seúl, estaban en su nómina. El velocista, apodado el hijo del viento, había dado tres veces positivo en controles previos a los Juegos de Seúl. El Comité estadounidense primero lo suspendió y después dio como válido su descargo de que había consumido estimulantes por descuido. La revista Sport Illustrated y el diario The Orange County, como el Times ahora con Rodchenkov, tuvieron la primicia de Exum. Pero a diferencia de los atletas rusos suspendidos para ir a los Juegos de Río, Lewis compitió en 1988. Ganó el oro en salto en largo y también en los 100 metros cuando descalificaron al canadiense Ben Johnson. Otros 19 estadounidenses obtuvieron medallas entre aquel año y el 2000 pese a que también habían dado positivo en distintos controles.

 

La lista podría seguir con el ciclista Lance Armstrong, la atleta Marion Jones o el velocista Tyson Gay, todos ganadores de medallas olímpicas cuyos análisis dieron positivo. En ningún caso, la memoria selectiva del COI o la IAAF derivó en la conclusión de que el doping se trataba de una política de Estado.

 

Tampoco cuando analizó la realidad de otros países como España, Ucrania, Kenia, Marruecos o Turquía, que se destacan en diferentes especialidades del atletismo.

 

En abril pasado se difundió un informe de la AMA que ubicó a Rusia como el país con más casos de doping en 2014, entre 1.639 muestras que dieron resultado positivo. Sumó 148 seguido de Italia con 123, India 96, más Francia y Bélgica con 91. Aunque el relevamiento arrojó resultados muy altos en esos países a lo largo de un año, solo a Rusia se le atribuye la intromisión de su gobierno para sistematizar la trampa en el deporte. En particular al atletismo, la disciplina olímpica donde el dopaje es más alto, sobre el ciclismo y la halterofilia.

 

Un total de 109 atletas de 83 países violaron las normas antidoping según este estudio colectivo que es el más reciente. En escala decreciente, también aparecen entre los diez primeros del ranking de dopaje Turquía con 73 casos, Australia y China 49, Brasil 46 y Corea del Sur 43.

 

Desde Rusia se alzan voces indignadas por la suspensión a sus 68 atletas –solo un par podrían competir fuera de esa nómina– y la posibilidad de que toda la delegación sea sancionada. La garrochista Yelena Isinbayeva, bicampeona olímpica en Atenas 2004 y Pekín 2008, dijo: “Gracias a todos por haber enterrado al atletismo. Esto es puramente político”. Putin habló de que se busca convertir al deporte en “un instrumento de presión geopolítica para formar una imagen negativa de países y pueblos”. También criticó la injerencia de la Agencia Antidopaje de EEUU que pidió la exclusión de su país de los Juegos de Río antes de conocerse la sanción. Y anteayer ordenó crear “una comisión independiente en la que pueden entrar expertos rusos y extranjeros en los ámbitos de la medicina, jurisprudencia y conocidas figuras del deporte y de la vida pública”.

 

Quizás ya sea demasiado tarde para evitar una sanción más dura del COI. Si eso pasara, no tendría antecedente. El Comité emitió un comunicado donde dice que estudia la opción de “una sanción colectiva mediante la prohibición a todos los rusos...” En la historia de los Juegos Olímpicos nunca se suspendió a un país entero bajo la acusación de que el doping está planificado por el Estado. A no ser que los motivos fueran otros, como denunciaron Isinbayeva y Putin. Hubo sí varias sanciones por razones políticas: las sufrieron Sudáfrica durante el régimen del Apartheid entre los Juegos de 1964 y 1992 y Alemania y Japón no fueron invitados a los de 1948 en Londres, tras la Segunda Guerra Mundial. Tampoco la Unión Soviética a los de Amberes en 1920. El fantasma del comunismo ya recorría Europa siete décadas antes. Lo escribieron Marx y Engels en su célebre manifiesto de 1848.


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Domingo, 17 Julio 2016 07:02

No será el último golpe en Turquía

Ankara

 

Recep Tayyip Erdogan se lo había ganado. El ejército turco no iba a mantener su obediencia mientras el hombre que iba a recrear el imperio otomano convertía a sus vecinos en enemigos y a su país en una caricatura de sí mismo. Pero sería un grave error dar por sentadas dos cosas: que el sofocamiento de un golpe militar es un asunto momentáneo, después del cual el ejército se mantendrá leal a su sultán, y considerar los al menos 250 muertos y más de 2 mil 839 detenidos como algo aislado del colapso de las naciones-estados de Medio Oriente.

 

Los sucesos del fin de semana en Estambul y Ankara tienen íntima relación con el derrumbe de las fronteras y de la credibilidad del Estado –la suposición de que las naciones de Medio Oriente cuentan con instituciones y fronteras permanentes–, que ha infligido graves heridas en Irak, Siria, Egipto y otros países del mundo árabe.

 

La inestabilidad es hoy tan contagiosa en la región como la corrupción, en especial entre sus potentados y dictadores, una clase de autócratas de la que Erdogan ha sido miembro desde que cambió la constitución en beneficio propio y reinició su perverso conflicto con los kurdos.

 

Inútil es decir que la primera reacción de Washington fue instructiva: los turcos deben apoyar a su "gobierno democráticamente electo". La parte sobre la democracia fue difícil de tragar; aún más doloroso fue recordar la reacción de ese mismo gobierno al derrocamiento del gobierno "democráticamente electo" de Morsi en Egipto en 2013, cuando Washington en definitiva no pidió al pueblo egipcio apoyar a Morsi y dio con prontitud su respaldo a un golpe militar mucho más sangriento que la intentona en Turquía.

 

Si el ejército turco hubiera triunfado, sin duda Erdogan habría recibido el mismo trato despectivo que el infortunado Morsi. Pero ¿qué se puede esperar cuando las naciones occidentales prefieren la estabilidad a la libertad y la dignidad? Por eso están preparadas a aceptar que las tropas de Irán y los milicianos iraquíes leales se unan a la batalla contra el Isis –así como los pobres 700 sunitas que desaparecieron después de la recaptura de Faluyá–, y por eso la cantaleta de "Assan debe irse" ha sido dejada un lado con discreción. Ahora que Bashar al-Assad ha sobrevivido al gobierno de David Cameron –y casi de seguro perdurará más allá de la presidencia de Obama–, el régimen de Damasco observará con asombro los sucesos en Turquía este fin de semana.

 

Las potencias victoriosas en la Primera Guerra Mundial destruyeron el imperio otomano –que era uno de los propósitos del conflicto de 1914-18, después de que la Puerta Sublime cometió el error fatal de alinearse con Alemania– y las ruinas de ese imperio fueron desmenuzadas por los Aliados y entregadas a reyes brutales, coroneles sanguinarios y un montón de dictadores. Erdogan y el grueso del ejército que ha decidido mantenerlo en el poder –por ahora– encajan en esta misma matriz de estados desgarrados.

 

Los signos de alarma ya estaban a la vista de Erdogan –y de Occidente– con sólo haber recordado la experiencia de Pakistán. Utilizado sin vergüenza por los estadunidenses para enviar misiles, armas de fuego y dinero a los mujaidines que combatían a los rusos, Pakistán –otro pedazo arrancado a un imperio (el indio) se convirtió en un Estado fallido, sus ciudades fueron devastadas con bombas gigantes, su corrupto ejército y su servicio de inteligencia colaboraron con los enemigos de Rusia –incluido el talibán– y luego fueron infiltrados por islamitas que a la larga acabarían amenazando al Estado mismo.

 

Cuando Turquía empezó a desempeñar el mismo papel para Estados Unidos en Siria –enviar armas a los insurgentes, y su corrupto servicio de inteligencia a cooperar con los islamitas para combatir el poder del Estado en Siria–, también tomó la ruta de un Estado fallido, con sus ciudades devastadas por bombas gigantes y su territorio infiltrado por islamitas. La única diferencia es que Turquía también relanzó una guerra contra los kurdos del sureste del país, donde partes de Diyabakir están ahora tan devastadas como grandes zonas de Homs o Alepo.

 

Demasiado tarde se dio cuenta Erdogan del costo del papel que eligió para su nación. Una cosa es disculparse con Putin y remendar las relaciones con Benjamin Netanyahu, pero cuando ya no se puede confiar en el propio ejército entonces hay asuntos más serios en los cuales concentrarse.

 

Dos mil arrestos o más dan idea de la seriedad del golpe para Erdogan; mucho más grande, de hecho, que el golpe que planeaba el ejército. Pero deben ser apenas unos cuantos de los miles de oficiales turcos que creen que el sultán de Estambul está destruyendo su país.

 

No se trata sólo de considerar el grado de horror que la OTAN y la UE habrán sentido por estos hechos. La verdadera cuestión será el grado en que el éxito (momentáneo) de Erdogan lo envalentonará para emprender más juicios, encarcelar a más periodistas, cerrar más periódicos, matar más kurdos y, para el caso, seguir negando el genocidio armenio de 1915.

 

A los extranjeros les resulta a veces difícil entender el grado de temor y disgusto casi racista con que los turcos observan cualquier forma de militancia kurda; Estados Unidos, Rusia, Europa –Occidente en general– han privado de contenido la palabra terrorista a grado tal que no logramos comprender hasta qué punto los turcos llaman terroristas a los kurdos y los ven como un peligro para la mera existencia del Estado turco; así es como veían a los armenios en la Primera Guerra Mundial.

 

Mustafá Kemal Ataturk era tal vez un buen autócrata secular, admirado incluso por Adolfo Hitler, pero su lucha por unificar a Turquía fue causada por las mismas facciones que siempre acosaron a la patria turca, junto con las sospechas oscuras (y racionales) de un complot de las potencias occidentales contra el Estado.

 

En suma, este fin de semana han ocurrido sucesos más dramáticos de lo que podrían parecer a simple vista. Desde la frontera de la Unión Europea, a través de Turquía, Siria, Irak y vastas partes de la península del Sinaí en Egipto y hasta Libia y –¿nos atreveremos a mencionar esto después de Niza?– Túnez, existe ahora un rastro de anarquía y estados fallidos. Sir Mark Sykes y François Georges-Picot comenzaron el desmembramiento del imperio otomano –con ayuda de Arthur Balfour–, pero éste persiste hasta nuestros días.

 

En esta sombría perspectiva histórica debemos ver el golpe frustrado en Ankara. Esperen otro en los meses o años por venir.

 

 

Traducción: Jorge Anaya

 

 

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Sábado, 16 Julio 2016 06:14

Hollande continúa el círculo vicioso

Hollande continúa el círculo vicioso

Fue un acto obsceno. La descripción de "monstruoso" que hizo el presidente Hollande fue adecuada en sí misma, pero hizo resurgir el viejo problema. ¿Qué ocurre cuando 300 o 400 inocentes perecen a manos de un asesino? ¿O 500? ¿Eso lo convierte en algo "en verdad monstruoso"? ¿O "muy monstruoso"?

Pero la reacción política a este crimen de lesa humanidad en Niza fue mundana hasta el punto de la locura. Hollande –o "general Hollande", como la prensa francesa lo motejó cuando envió a sus legionarios a combatir a los islamitas en Malí– anunció que Francia "reforzará" sus acciones en Siria e Irak.

Claro, entiendo el mensaje. Si Mohamed Lahouaiej Bouhlel de Túnez tuviera algo que ver con el Isis o Al Nusra (y cuando dirigió su mensaje, Hollande no lo sabía), entonces lanzar más misiles franceses hacia las arenas quemantes de Mesopotamia, en el desierto en torno a Raqqa, con la esperanza de golpear al Isis, no tendría otro efecto que reforzar el viejo factor de "sentirse bien" al atacar al "terrorismo mundial" sólo porque sí.

Túnez, por supuesto, está a más de mil 500 kilómetros de Siria, ya no digamos de Irak, pero un montón de árabes asesinos es muy semejante a otro a ojos de nuestros ministerios del Exterior, y si Bouhlel resulta tener "raíces en el Isis", por mucho que sea sólo por declaración propia, entonces, mientras más grandes las bombas, mejor.

Todo el que ose señalar esto –y los líderes europeos siempre están amenazando al Isis, así como el Isis siempre está amenazando a Occidente– es de inmediato expulsado de la sociedad por ser "amigo de los terroristas". De hecho, existe todo un léxico de insultos hacia cualquiera que mencione que existen razones para estos asesinatos en masa y que necesitamos conocerlas, por disparatadas que sean. En estos tiempos, la correspondencia de odio entre el Isis y Occidente es casi idéntica a El rey Lear: "haré tales cosas, no sé cuáles, pero serán el terror de la tierra".

Por supuesto, temo que en las próximas horas nos veremos inundados de dolorosas repeticiones de atrocidades pasadas: parientes que "no tenían idea" de que su hijo/hermano/sobrino/tío podría ser un violento asesino, vecinos que atestiguarán que el atacante fue siempre un hombre tranquilo (probablemente "muy reservado", como dicen), musulmanes que volverán a insistir en el pacifismo de su religión. Además, tendremos políticos que prometerán aplastar el "terrorismo" y policías que elogiarán a sus hermanos en armas por su valor (aun cuando el ataque en Niza no fue precisamente un triunfo para las fuerzas de seguridad francesas).

Y olvidaremos la tensa historia colonial de Francia en Argelia y Túnez, el 135 aniversario de su "protectorado" en Túnez este año y el 60 aniversario de la independencia tunecina, así como la creciente y temible presencia islámica en la política de ese país desde la revolución de 2011. No es conveniente sostener esta dolorosa historia como una especie de excusa o "causa de raíz" de los asesinatos en masa en Niza, pero en algún momento los occidentales tendremos que aprender que si intervenimos militarmente en Malí o Irak o Libia o Siria, o interferimos en Turquía o Egipto, en el Golfo o en el Magreb, entonces no estaremos seguros "en casa".

Ahora es una vieja historia. En el pasado podíamos embarcarnos en aventuras en Corea o Vietnam sin preocuparnos de que los norcoreanos volarían el metro de Londres o que los vietcong atacarían Nueva York con aviones comerciales. Ya no. Las aventuras en el extranjero tienen un costo terrible. Afirmar que no es así, o declarar pomposamente que los bombazos en Londres o París nada tienen que ver con los bombardeos en Irak, es una deshonestidad.

En algún punto de la historia –aunque no sabemos en qué momento del futuro, cuando hayamos derruido los fundamentos de nuestras propias libertadas con nuevas leyes– probablemente tendremos que repensar nuestra relación con Medio Oriente y con la historia. Sí, también con la religión.

Tampoco sirve de mucho rumiar sobre la naturaleza imitativa del crimen "islamita", como un reportero de la BBC que este viernes trazaba paralelos con los palestinos que han dado muerte a israelíes echándoles vehículos encima. Sin embargo, el último video de teléfono que vi y que tenía algún grado de paralelismo con Niza fue una horrorosa secuencia captada durante la revolución egipcia de 2011, cuando un camión del ejército egipcio fue lanzado a velocidad y dando violentos giros hacia una multitud de manifestantes pacíficos.

¿Por qué no recordamos eso después de Niza? ¿Porque los asesinos nunca fueron atrapados? ¿Porque nadie recuerda las noticias de ayer? ¿O porque las víctimas eran árabes involucrados en una disputa en un país lejano, entre gente de la que en realidad no sabemos nada?

Traducción: Jorge Anaya

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Francia: el fascismo y la lucha de clases

 

 

Históricamente hay varias maneras de "tapar" la lucha de clases. Una, a la que el capitalismo recurre sobre todo en tiempos de crisis, es el fascismo. En su meollo, el fascismo es una "revolución conservadora". Las pancartas de esta revolución gritan: "¡El capitalismo, sí!"; "¡La lucha de clases, no!"

 

Con esto los fascistas manifiestan que quieren una sociedad moderna, altamente industrializada, con empleo abundante, pero que es "tradicional" y respeta las viejas jerarquías; una sociedad capitalista libre de los antagonismos de clase.

 

He aquí donde está el problema.

 

La lucha de clases es inherente al capitalismo. La modernización y la industrialización erosionan las relaciones sociales. El avance del capital genera inestabilidad y acentúa los conflictos clasistas. Para ocultarlo los fascistas crean una narrativa que explica la desintegración y las tensiones, pero sin mencionar que son un resultado del desarrollo interno de la sociedad capitalista. La culpa –dicen– la tiene la "invasión de un agente externo": "¡Todo estaba bien hasta que los judíos/los musulmanes penetraron nuestro cuerpo social!" ¿La manera de sanarlo? Deshacerse de los judíos/los musulmanes.

 

Zeev Sternhell tiene una particular –y un poco problemática– teoría sobre los orígenes del fascismo.

 

Según él, el fascismo nace en Francia a finales del siglo XIX como una fusión entre la "derecha populista" y la "izquierda nacionalista", ambas opuestas a la democracia política, al liberalismo y a la Ilustración.

 

Su mirada –aparte de pecar de "galocentrismo"– parece ignorar el contexto histórico (Primera Guerra Mundial) y político (anticomunismo) en que se forja el fascismo y, exagerando su genealogía intelectual se centra más en el "prefascismo" y/o borra la frontera entre "prefascismo" y fascismo (E. Traverso, La historia como campo de batalla, p. 125-131).

 

Pero Croix-de-Feu, un movimiento de extrema derecha, católico y ultranacionalista del periodo de entreguerras, que Sternhell no califica de "fascista" y que otros "revolucionarios fascistas" franceses que querían construir una "nueva orden" veían como "defensor de lo viejo" (Z. Sternhell, Neither right nor left: fascist ideology in France, p. 225), es un buen ejemplo de varias tendencias "protofascistas" –conservadoras, legitimistas, autoritarias– que permean hasta hoy en la derecha y la izquierda (sic) francesa.

 

Junto con otras "ligas antiparlamentarias" –un "invento" francés sui géneris–, Croix-de-Feu acabó deslegalizado por el gobierno del Frente Popular (1936), pero antes, en tiempos de la gran depresión y desempleo rampante, gozó de gran popularidad.

 

Haciéndose de un lenguaje "social" y prometiendo "parar el avance del comunismo", pregonaba el "corporativismo" y una "alianza entre el capital y el trabajo" (¡sic!), algo que apuntaba directamente al silenciamiento de la lucha de clases.

 

Sus ideas desembocaron luego en el régimen "semifascista" de Vichy y en el "pétainismo" –"una particular alianza entre guerra y miedo" (A. Badiou dixit)–, cuyo espíritu está presente hoy en el "estado de emergencia" propuesto por los "socialistas" tras los ataques terroristas en París-Bataclan (13/11/15), pero votado y renovado ya tres veces por todas las fuerzas desde la derecha hasta los "comunistas" (sic), y en cuyo marco se llevaba a cabo la brutal represión contra los opositores a la "reforma" de la Ley de Trabajo.

 

Otra manera de "tapar" la lucha de clases es recurrir a la ideología: negar su existencia o asegurar que "es cosa del pasado". Desde hace décadas venimos escuchándolo de la boca de los voceros del neoliberalismo y del pensée unique.

 

Esta maniobra es tan exitosa que hasta la propia izquierda se lo cree, como en el caso de messieurs Hollande, Valls y su Partido Socialista (PS), e incluso de Jean-Luc Mélenchon y su "radical" Partido de Izquierda (PG).

 

Favoreciendo las categorías como "el pueblo" o "la nación", la PG ha ido abandonando la idea de la lucha de clases y la "política de los oprimidos". Desviándose a los pantanos del nacionalismo y "soberanismo", se quedaba ciega frente a los verdaderos conflictos y relaciones de poder en Francia. Sin un buen aparato político y cognitivo, se quedaba impotente frente al feroz ataque de la patronal (Medef) contra el trabajo y los restos del Estado de bienestar (C. Petitjean, "What happened to the french left?", The Jacobin, 6/11/15).

 

He aquí donde entra el argumento de Stathis Kouvelakis: si bien la amenaza de extrema derecha o la "posibilidad de fascismo" son reales, la debilidad de la misma izquierda es aún más preocupante.

 

El avance del "populismo reaccionario" –7 millones de votos para el Frente Nacional (FN) en las elecciones regionales– es mala noticia, pero igualmente lo es la incapacidad de izquierda de construir un proyecto contra-hegemónico al temple autoritario de la democracia liberal.

 

Y si bien el panorama se parece al periodo de entreguerras –y más con "estado de emergencia"–, la Francia de hoy no es Italia de los 20 ni la Alemania de Weimar: la derecha es una máquina electoral y no "grupos de choque", la burguesía no siente el aliento de los trabajadores en su espalda e incluso si el FN llegase al poder no impondría una "dictadura fascista clásica", sino iría fortaleciendo mecanismos ya usados por los "socialistas" (sic).

 

Reforzaría el "Estado neoliberal autoritario", desarrollaría más los mecanismos raciales de exclusión de elementos indeseados en el "cuerpo social" y, presentándose como un "movimiento antisistémico" –algo que comparte con los fascismos "clásicos"–, dirigiría la rabia generada por el capitalismo contra un "enemigo interno", pero sin romper con el régimen político actual ("The french disaster", Verso blog, 16/12/15).

 

En este sentido y contra las “advertencias mainstream”, la puerta a la extrema derecha y al fascismo no la abren las manifestaciones contra las políticas neoliberales de Hollande y el "caos ocasionado por los sindicatos" (sic), sino:

 

• Los intentos de tapar la lucha de clases "desde arriba" (el poder) y fallas de articularla desde abajo (la izquierda "radical").

• Las políticas autoritarias y antidemocráticas del mismo gobierno, que pretende "sobrepasar al FN por la derecha".

• La incapacidad de articular la rabia popular que deja al FN en la posición de "única alternativa al orden dominante".

 

*Periodista polaco

Twitter: @periodistapl

 

 

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Evolución humana. Otra especie humana ya caminaba como nosotros hace 1,5 millones de años

El médico holandés Eugène Dubois fue la primera persona de la historia a la que se le ocurrió buscar en las entrañas de la Tierra los restos de ancestros humanos. Se enroló en el Ejército como cirujano para poder ser destinado a las Indias Orientales Neerlandesas, las colonias gestionadas por los Países Bajos durante el siglo XIX en la actual Indonesia. Y, en 1891, en las junglas de la isla de Java, Dubois encontró su sueño: los restos fósiles de un “hombre-mono erguido”, al que bautizó Pithecanthropus erectus. La evolución humana, planteada por Charles Darwin cuatro décadas antes, quedaba demostrada frente al relato bíblico de la Creación de Adán y Eva.

 

Hoy, reclasificado como una especie humana, el Homo erectus sigue fascinando. Más de 20 de sus individuos, entre ellos una niña o un niño, pasearon hace 1,5 millones de años por la orilla de un curso de agua en la actual aldea de Ileret, en el norte de Kenia, junto al Lago Turkana. Sus huellas fosilizadas, 97, ofrecen una insólita fotografía de la vida cotidiana de esta especie, autora del dibujo más antiguo de la humanidad y candidata a ser la madre de la nuestra, Homo sapiens. La primera conclusión despoja por completo al ser humano de su singularidad bíblica: los Homo erectus, que surgieron hace 1,9 millones de años y desaparecieron hace unos 140.000, ya caminaban como nosotros.


“Estas huellas son la prueba de que tenían una anatomía del pie y una forma de locomoción similares a las humanas”, explica el paleoantropólogo estadounidense Kevin Hatala, miembro del equipo que ha estudiado los rastros. El hallazgo de 22 huellas en Ileret se publicó por primera vez en 2009 en la revista Science. Entonces, los investigadores ya sugirieron la locomoción bípeda “esencialmente moderna” de los Homo erectus. El nuevo estudio, publicado hoy en la revista Scientific Reports, incluye más huellas, hasta llegar al centenar, y los resultados de un concienzudo trabajo experimental.


Hatala y sus colegas han comparado las huellas de los Homo erectus con las dejadas habitualmente en el mismo sustrato por los daasanaches, un pueblo indígena que hoy camina descalzo por la región de Ileret. Sus pisadas son “indistinguibles”. Los erectus adultos que plasmaron sus huellas, casi todos machos, pesaban unos 50 kilogramos, como los daasanaches, hoy amenazados por la construcción de presas hidroeléctricas en la vecina Etiopía.


El científico estadounidense, del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, en Leipzig (Alemania), reconoce la dificultad de averiguar qué hacían aquellos 20 individuos hace 1,5 millones de años. “En el mayor yacimiento excavado, parece que un grupo que incluía a varios machos iba caminando en paralelo a la orilla. Esto se podría interpretar como un indicio de que era un grupo de individuos en busca de recursos acuáticos, pero hay varias posibilidades y probablemente nunca sabremos con certeza sus intenciones”, admite Hatala.


Hace poco más de un año, su colega Neil Roach, del Museo de Historia Natural de EE UU, en Nueva York, especuló en una conferencia citada por la revista Nature que podría tratarse de las huellas de un grupo de cazadores persiguiendo a un antílope. Los investigadores tampoco descartan que se tratara de una patrulla de machos para defender el territorio, similar a las que hoy se observan en las poblaciones de chimpancés. En cualquier caso, la coexistencia de varios machos adultos en un mismo grupo sugiere un grado de cooperación entre ellos, un comportamiento social que diferencia a los humanos actuales de otros primates. Con un cerebro de 1.000 centímetros cúbicos, frente a nuestros 1.400, los erectus caminaban como nosotros y actuaban socialmente como nosotros.


“Debido a la falta de datos concluyentes, no podemos saber si otros parientes fósiles —como el Homo habilis, el Paranthropus boisei o incluso algunos homininos que vivieron hace más de 1,5 millones de años— también poseían una marcha bípeda similar a la humana”, señala Hatala. El paleoantropólogo se refiere, sin mencionarla, a Australopithecus afarensis, una especie célebre por el esqueleto de una hembra hallado en 1974 muy cerca de Ileret, pero en Etiopía.


La anatomía de aquella australopiteca, bautizada Lucy por la canción Lucy in the Sky with Diamonds, de The Beatles, mostraba su capacidad para caminar de pie, posteriormente confirmada por las huellas de la especie sobre las cenizas de un volcán, grabadas para siempre hace 3,6 millones de años en Laetoli (Tanzania). Sin embargo, existe una gran controversia científica acerca de si Lucy y su especie eran exclusivamente bípedos o también pasaban tiempo subidos a los árboles. Homo erectus es, de momento, el primer animal que caminó como los humanos modernos.

La Guerra de Irak y las mentiras en que se basó siguen generando polémica

 

Esta semana se dio a conocer un devastador informe sobre la activa participación del Reino Unido en la invasión y ocupación de Irak, al mismo tiempo que continúan buscándose entre los escombros los cuerpos de las personas fallecidas en el peor atentado suicida con camión bomba que ha tenido lugar en Bagdad desde el inicio de aquella funesta guerra en el año 2003. El documento se conoce como “el informe Chilcot”, por su principal investigador y autor, Sir John Chilcot. La investigación fue encomendada en el año 2009 por el entonces primer ministro Gordon Brown. Chilcot dio a conocer el informe de 6.000 páginas el miércoles por la mañana, tras siete años de trabajo. El informe ofrece una larga lista de críticas al ex primer ministro Tony Blair y su gabinete al dejar al descubierto de qué manera se exageró la amenaza que suponían las presuntas armas de destrucción masiva de Saddam Hussein, así como la inquebrantable lealtad que Blair demostró al presidente George W. Bush. “Ahora resulta claro que las políticas sobre Irak se elaboraron sobre la base de información de inteligencia y valoraciones infundadas que no fueron contrastadas”, afirma Chilcot en el comunicado que acompañó la publicación del informe.

 

Un memorando incluido en el informe, enviado por Blair a Bush en julio de 2002, meses antes de la invasión, comienza con la siguiente promesa hecha por Blair a Bush: “Estaré contigo, pase lo que pase". Muchas personas, entre ellas referentes parlamentarios del propio Partido Laborista, piden que Blair sea llevado a juicio por crímenes de guerra. Mientras el Reino Unido, sumido aún en un caos político a consecuencia del referéndum que derivó en el brexit, reacciona al informe Chilcot, la población de Bagdad no se repone aún del atentado del sábado. La cifra de víctimas fatales del atentado se ha incrementado hasta alcanzar las 250. George W. Bush expresó sin ningún atisbo de arrepentimiento a través de un portavoz que “sigue creyendo que el mundo entero esta mejor sin Saddam Hussein en el poder”. Según trascendió, al momento de realizar estas declaraciones, Bush recibía a veteranos heridos en su rancho de Texas.

 

Mientras que las fuerzas británicas perdieron a 179 de sus miembros a lo largo de toda la guerra, las fuerzas estadounidenses tuvieron 4.502 bajas (siete de las cuales sucedieron en 2016). A la invasión y posterior ocupación se destinaron miles de millones de dólares, y se destinarán miles de millones más para el cuidado de por vida de los veteranos heridos y emocionalmente afectados. Sin embargo, la mayor e incalculable pérdida es la que ha sufrido el pueblo iraquí. Como lo demuestra este reciente y devastador atentado, la guerra en Irak no ha llegado a su fin. Se han llevado a cabo varias iniciativas para contabilizar la cifra de víctimas fatales de la guerra. El más bajo de estos estimativos ubica la cifra entre 160.000 y 180.000 fallecidos. Algunos estudios sostienen que el número de víctimas es varias veces mayor. Resulta imposible determinar la cifra exacta, pero el efecto en la población de Irak ha sido devastador y los daños se harán sentir por generaciones.

 

El pronunciamiento británico fue claro: “Nuestros ejércitos no llegan a sus ciudades o a sus tierras como conquistadores o enemigos, sino como libertadores”. Sin embargo, estas palabras no fueron expresadas en 2003, sino en 1917. La guerra arrasaba Europa y la Marina Británica dependía ampliamente del petróleo proveniente de Irak y el Golfo Pérsico. Como sostiene el detallado anexo histórico que acompaña al informe Chilcot: “Para asegurar ese petróleo para Gran Bretaña, en la primavera de 1914, el Primer Lord del Almirantazgo, Winston Churchill, adquirió para el Gobierno Británico el 51% de las acciones de la Anglo-Persian Oil Company o Compañía de Petróleos Anglo-Persa”. Y fue así como todo un siglo de ocupación, explotación, represión, violencia y dolor se ha grabado a fuego en la vida de los iraquíes y en la historia de Irak.

 

Para Sami Ramadani todo esto es más que historia. Ramadani nació en Irak pero vive en Londres desde que se convirtió en un exiliado del régimen de Saddam Hussein. Durante mucho tiempo se ha dedicado ha impulsar el movimiento contra la invasión y la ocupación de Irak, pero también contra las devastadoras sanciones que las precedieron. Poco después de que el informe Chilcot fuera dado a conocer, Sami Ramadani dijo en “Democracy Now!”: “Irak, como sociedad, como Estado, fue destrozado de la manera más cruel desde la Segunda Guerra Mundial y la Guerra de Vietnam, con tácticas como la llamada de ‘conmoción y pavor’ y con crímenes en masa a una escala indescriptible. El verdadero objetivo no era sacar al dictador, sino controlar Irak. Y al no poder controlarlo, lo destruyeron, al igual que están haciendo con Libia, con Siria y demás. Esto entra en esa escala. Pero la peor de las tragedias es la pérdida de vidas”.

 

Un año después de la invasión, en la cena anual de la Asociación de Corresponsales de Radio y Televisión en Washington, D.C., el presidente Bush bromeó ante los cientos de periodistas presentes en la cena: "Esas armas de destrucción masiva tienen que estar por aquí, en alguna parte. Nop, por allá no hay armas. Puede que estén aquí debajo". Imágenes de Bush en el Despacho Oval, en cuclillas, buscando armas de destrucción masiva bajo los muebles, acompañaron la comedia cotidiana de aquellos días. En tiempos en que los miembros fallecidos del Ejército de Estados Unidos eran retornados a la Base de la Fuerza Aérea de Dover, en donde estaba prohibido tomar fotografías de las bolsas en que se transportaban los cuerpos, y en que los cadáveres de los iraquíes se amontonaban en las calles y las morgues, la conducta de Bush resulta incomprensible. La guerra no es broma. Tras el informe Chilcot, debería emprenderse una iniciativa seria para que personas como Bush o Blair rindan cuentas por la muerte y la destrucción que siguen teniendo lugar en Irak y en otras partes del mundo.

 

 

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La historia no contada de los narcotraficantes en EEUU

Cuando se habla de vendedores de droga en los Estados Unidos, es habitual representarlos como afroamericanos, latinos, europeos del este u otro tipo de las llamadas “minorías”. Pero la realidad no la construyen los estereotipos de Hollywood o HBO. La apariencia de los traficantes estadounidenses es muy distinta.


En general se trata de personas de tez blanca, con ojos azules, vestidos con ropa casual o deportiva. También hay madres de familia, a veces con hijos pequeños, y muchas veces negociantes o empresarios locales. Son personas discretas, que no despiertan sospechas de la policía y muchas veces tampoco de sus vecinos o amigos.


El negocio incluye, además, a pandillas locales o delincuentes menores. Esta es la realidad del narcotráfico en Estados Unidos y que revela el libro Narcos Gringos, del periodista Jesús Esquivel.


El documento muestra las redes que distribuyen drogas como marihuana, cocaína, anfetaminas y heroína en casi todas las ciudades de ese país. Y a diferencia de la percepción que reflejan la mayoría de los medios de comunicación de EE.UU., el problema no son sólo los carteles mexicanos.


“Una vez que cruzan la frontera las drogas no se venden solas, no se reparten solas”, dice el autor del libro. “No es tan fácil como bajar a la frontera, alguien tiene que repartirlas, empaquetarlas, transportarlas”. Ese “alguien” suelen ser ciudadanos estadounidenses.


Los carteles y los vendedores

Muchos en América Latina, y en México especialmente, están convencidos de que los verdaderos grandes capos de las drogas se encuentran en Estados Unidos.


Actualmente en EE.UU. no existen grandes carteles como los mexicanos o colombianos. Tampoco, como sucede en Latinoamérica, los traficantes operan para una sola organización.


De hecho los distribuidores locales son independientes, y pueden trabajar con carteles distintos o con varios al mismo tiempo, según se explica en el libro.


“Muchos ni siquiera saben para qué grupo están trabajando, pero sin los carteles de América Latina y los mexicanos para ser específicos, los narcos gringos no existirían”, afirma Esquivel. “Sin las rutas que conocen los carteles mexicanos, su sistema de transporte y sin la técnicas de cómo distribuir, empaquetar y dividir las drogas no podrían funcionar ni ser tan exitosos como son”, añade.


Aunque en Estados Unidos operan varias organizaciones de narcotráfico, en los últimos años la que ha cobrado más fuerza es el Cartel de Sinaloa.


El grupo fundado entre otros por Joaquín Guzmán Loera, “El Chapo”, es el principal proveedor de heroína, marihuana y anfetaminas según autoridades de ese país.


Los verdaderos beneficiados son los estadounidenses

Según la agencia antidrogas de Estados Unidos, la DEA, un kilo de cocaína en Tijuana, México, cuesta unos 10 mil dólares, pero al cruzar a San Diego, California, a unos kilómetros de distancia, aumenta el doble.


Cuando llegan a las grandes ciudades en la zona norte del país, el precio supera los 30 mil dólares, incluso puede aumentar hasta cuatro veces, según la pureza la mercancía.


Pero en esta parte del proceso todas las ganancias son para los estadounidenses, pues los carteles proveedores ya recibieron su pago, de ahí que los más beneficiados del vicio que mata a millones de personas y genera tanta violencia son los “gringos”, como le llama el autor del libro.

“Contratan a mujeres anglosajonas jóvenes, rubias y con niños que manejan una Minivan (camioneta tipo SUV) y transportan dinero en efectivo del narcotráfico”, explica Esquivel. “A los ojos de cualquier policía que vaya una señora manejando en una autopista a la velocidad adecuada no le causa sospecha”.


Pero si la conductora es una mujer latina o afroamericana la reacción es muy distinta: son inmediatamente interrogadas y sus vehículos revisados.


La corrupción que lo permite

El flujo de efectivo les permite a los narcos de los Estados Unidos comprar armas de guerra, contratar sicarios, policías y autoridades. Es una de las razones por las que en México, y otros países de América Latina, se insiste en la responsabilidad de Estados Unidos en la existencia del narcotráfico.


(Con información de BBC/ Cubadebate)

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Los tiroteos, prueba para el nuevo ministro israelí de Defensa

 

"Un sin sentido", es como los israelíes describen todos los tiroteos palestinos. El asesinato, el miércoles, de cuatro israelíes en Tel Aviv fue el más deliberado de los ataques recientes; sin duda un intento de provocar que el nuevo ministro de Defensa, de extrema derecha, ordene al ejército emprender otra sangrienta aventura contra los palestinos.

 

Desde que Avigdor Lieberman fue nombrado en su nuevo puesto por el premier Benjamin Netanyahu el mundo –pero muy especialmente los palestinos– esperan que cumpla las amenazas sedientas de sangre que hizo durante las elecciones israelíes de 2015. El asesinato de dos mujeres y dos hombres, además de las seis heridos en una zona comercial y de restaurantes en el complejo de Sarona, pone a Liberman a prueba.

 

Los dos tiradores palestinos, según reportes, provienen de una aldea cisjordana cercana a la ciudad de Hebrón, en la que muchos israelíes y árabes ven con horror las vergonzosas relaciones entre los colonos judíos y los palestinos locales. Los atacantes aparentemente comieron en uno de los restaurantes de Tel Aviv antes de empezar a disparar. Vestían trajes y corbatas. Por lo tanto, no se trató de repentinos ataques de impulso emocional, como probablemente lo son los recientes ataques con arma blanca y atropellamientos en Jerusalén.

 

Las amenazas de Avigdor Liberman han sido citadas correcta y erróneamente por árabes e israelíes. Sin embargo, su más absurda declaración fue publicada por el diario israelí Haaretz en marzo del año pasado. Al hablar ante un público mayoritariamente israelí se refirió a los "desleales" ciudadanos árabes de Israel y afirmó: "Por aquellos que están contra nosotros no hay nada que hacer. Necesitamos levantar un hacha y cortarles la cabeza. De otra forma no sobreviviremos aquí". Esta amenaza digna del Isis molestó incluso al siempre complaciente Departamento de Estado estadunidense. Si un líder palestino la hubiera pronunciado, la condena del mundo habría caído sobre Palestina.

 

Lo que ocurrió fue que Hamas elogió los asesinatos en Tel Aviv y festejó con fuegos artificiales.

 

Israel revocó permisos que autorizaban a palestinos a visitar el territorio israelí durante el mes de ayuno del Ramadán, táctica que en el pasado ha causado mayor hostilidad entre israelíes y palestinos.

 

Los dos atacantes palestinos en Tel Aviv, uno de los cuales fue herido por las fuerzas de seguridad israelíes, no eran ciudadanos árabes israelíes y presumiblemente no califican para ser objeto de la grotesca y melodramática amenaza de decapitación de Avigdor Lieberman.

 

Pero sus otras promesas políticas: una cuarta guerra con Gaza, una tercera guerra con Líbano (aunque en realidad han sido cinco las guerras con Líbano, pero no importa), vaticinan un futuro muy infeliz tanto para Israel como para sus vecinos árabes.

 

La vieja ala izquierda israelí, simbolizada por Uri Avnery, quien fue soldado en la guerra israelí de 1948, está de acuerdo con un oficial de muy alto rango del ejército de Tel Aviv en que el creciente poder de los políticos derechistas tiene más que sólo un poco en común con los últimos meses de la República de Weimar en Alemania. Avnery, quien no sugiere que el liderazgo israelí sea nazi, creció en Weimar durante los primeros años del gobierno de Hitler, y emplea libremente la palabra "fascismo" al referirse a las actuales políticas de Israel.

 

A los palestinos, por desgracia, les importa muy poco la historia judía. Entre más feroces sean las amenazas de Israel, más publicidad recibe su causa, y más temeroso se vuelve el mundo.

 

Traducción: Gabriela Fonseca

 

 

 

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Hallan en el desierto de Namibia un barco cargado con oro español y luso naufragado hace 500 años

Los restos de un barco portugués que desapareció en su camino hacia la India cargado de oro y otros tesoros hace unos 500 años han sido encontrados en una laguna artificial del desierto de Namibia, informa Fox News.


De acuerdo con la cadena, los trabajadores de la minería de diamantes Namdeb Diamond Corporation, hallaron el barco naufragado, conocido como 'Bom Jesus' (Buen Jesús) en abril del 2008. No obstante, los mineros cuando descubrieron trozos de metal, madera y tubos llamaron al arqueólogo Dieter Noli, para que se encargara de la exploración. Pero ni siquiera él sabía en ese momento lo grande del hallazgo.


Pasados ocho años el equipo dirigido por Noli pudo concluir que el barco, cargado con monedas de oro puro de España y Portugal, fue el que desapareció en el año 1533. El valor total de los tesoros encontrados a bordo se estima en unos 13 millones de dólares.
En medio de los restos el equipo también encontró cerca de 20.000 kilogramos de lingotes de cobre, que los arqueólogos creen que permitió al buque permanecer relativamente intacto todos estos años.


El servicio de seguridad de la mina de diamantes ahora protege los restos del barco naufragado, manteniendo su ubicación exacta en secreto, fuera de la vista del público. No obstante, la situación puede cambiar pronto, ya que hay planes para construir un museo dedicado al hallazgo.

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Domingo, 05 Junio 2016 08:45

Se fue el más grande de todos

Se fue el más grande de todos

 

El hombre nacido como Cassius Marcellus Clay, y rebautizado cuando se convirtió en musulmán, fue enorme también por su lucha por los derechos humanos y sociales de la raza negra. Sus duelos con George Foreman y Joe Frazier fueron memorables.

 


La noticia se esperaba para cualquier momento y desde hace años. Se sabía que era un prisionero de lujo en la cárcel, que el mal de Parkinson había construido en su propio cuerpo desde los tiempos finales de su carrera, y que actos tan naturales como el hablar y el respirar le significaban una proeza. Se había ido a vivir a Phoenix (Arizona) en la inteligencia que el clima seco abriría sus pulmones exhaustos. Pero el esfuerzo fue en vano. Cuesta pensarlo, cuesta admitirlo y cuesta aún más escribirlo. Pero ayer a los 74 años, murió el Más Grande, Muhammad Alí. Uno de los mejores boxeadores de todos los tiempos. Acaso, el más grande de todos los deportistas de la historia. Un ícono del siglo 20.


Alí (nacido Cassius Marcellus Clay el 17 de enero de 1942 en Louisville, Kentucky y rebautizado luego con su nuevo nombre en 1964, cuando se convirtió en musulmán tras ganarle la corona a Sonny Liston en Miami) fue grande por lo que hizo sobre los cuadriláteros: ganó tres veces el título mundial de los pesados (1964-1967, 1974-1978 y 1978-1979) cuando este valía lo que pesaba. Y sostuvo batallas trepidantes ante Oscar Bonavena, Joe Frazier, Ken Norton, George Foreman, Earnie Shavers y Larry Holmes en las que debió atravesar sus talentos y sus propias fuerzas para poder soportarlas. Y que aún hoy, los aficionados de todo el planeta recuerdan con asombro y emoción.


Porque Alí fue un ídolo a escala mundial, tal vez el primero de todos. Hijo de su tiempo, supo explotar el amplio desarrollo tecnológico que los medios experimentaron en los ‘60. Y sus frases, sus dichos, sus polémicas, sus pensamientos más profundos, sus ocurrencias, sus grandezas y sus miserias rebotaron con fuerza en las cuatro paredes del planeta. Alí fue un ciudadano del mundo. Y a ese mundo que se había hecho más cercano le habló como nadie antes y como pocos, muy pocos, después.


Alí también trascendió al boxeo. Usó el deporte como una plataforma para expresar su pensamiento, y difundir su compromiso con causas justas. Y eso lo hizo aún más grande e importante para millones de personas en todo el mundo, que acaso no se interesaban por el pugilismo, pero si por la potencia de sus palabras y sus ideas. Alí fue ante todo un político, plenamente consciente del lugar que ocupaba en el mundo, que le puso el cuerpo a la lucha por los derechos humanos y sociales de la raza negra y de los musulmanes. Y que no tuvo empacho en pararse al lado de líderes como Malcom X y Martin Luther King, o en salir a la calle para luchar codo a codo con millones de compatriotas contra la guerra de Vietnam, en los tiempos en que era el número uno del boxeo del mundo. Lejos.


Fue tan visceral Alí en su militancia en contra de la guerra y a favor de la paz, que no dudó en entregar el título de los pesados que le había ganado el 25 de febrero de 1964 a Sonny Liston por abandono en el 7° round, en Miami. Lo había retenido siete veces y cuando parecía haber agotado la nómina de sus rivales, en abril de 1967, adujo objeciones de conciencia y desoyó una orden de reclutamiento del Ejército estadounidense para ir a Vietnam. El contraataque del establishment fue fulminante: la Justicia le canceló la licencia y la Asociación Mundial de Boxeo (por entonces, el máximo ente rector de la actividad) lo despojó de su corona. Demoraría más de tres años en volver a pelear y más de siete en volver a ser campeón.


Cuando volvió en 1970 ya no era el mismo. Aunque seguía portando todos los golpes y una técnica tan depurada que a veces parecía rozar el arte sobre el ring, sus piernas y sus brazos perdieron aquella célebre rapidez. Ya no “volaba como una mariposa y picaba como un abeja” como decía que lo hacía en los tiempos más gloriosos de su carrera. Tuvo que pelear más plantado. Y aprender a sufrir. Su capacidad para absorber el castigo y la fatiga resultó notable, casi sobrehumana. Acaso le haya costado la vida misma.


Después de noquear a Jerry Quarry y a Ringo Bonavena en 1970, Alí trató de recuperar lo que le pertenecía: el título de los pesados, en propiedad de Joe Frazier, el oponente más perfecto que pudo haber tenido. El 8 de marzo de 1971, el choque de los invictos en el Madison de Nueva York paralizó el mundo. Frank Sinatra desde el borde del ring sacó las fotos para la revista Time, y Norman Mailer se hizo cargo del comentario. Alí cayó en el 15° y último round y las tarjetas lo dieron ganador a Frazier que, dos años después, fue barrido en menos de cinco minutos por el bestial George Foreman en Kingston (Jamaica).


A Foreman, Alí lo enfrentó el 30 de octubre de 1974 en Kinshasa (Zaire), en una pelea de fábula montada por Don King y pagada por Mobutu Sese Seko, el sanguinario dictador de ese país, que tuvo que liberar a todos los presos políticos que torturaba en las mazmorras del estadio Nacional, como condición para que Alí firmara el contrato. Millones de estadounidenses se sentaron delante de las pantallas de televisión para ver como Foreman despanzurraba al otrora gran campeón. Pero después de un capo lavoro psicológico que demolió a Foreman en la previa, y un gran trabajo estratégico y de desgaste sobre el ring, Alí ganó por nocaut en el 8° asalto y se abrió paso rumbo a la leyenda.


El 24 de marzo de 1975, su combate con el mediocre Chuck Wepner en Cleveland (Ohio) motivó a un oscuro actor italoestadounidense llamado Sylvester Stallone a escribir un guión que lo hizo rico y famoso: Rocky. Y el 1° de octubre de ese año, Alí viajó hasta Manila para defender su corona ante su archirrival Frazier. La pelea, en medio del calor agobiante y húmedo del Coliseo Araneta de la capital filipina, fue (y seguirá siendo), la más dramática de todos los tiempos. Ganó Alí sólo porque al comienzo del 15° y último round, Frazier decidió abandonar 20 segundos antes de que él lo hiciera en una guerra a finish que él mismo definió como “lo más parecido a la muerte”.


Su médico de cabecera, el cubano Ferdie Pacheco, le recomendó que se retirara, que esa pelea lo había llevado más allá de sí mismo y que seguir era riesgoso para su vida y su salud. Pero Alí no le hizo caso. Y acaso sus victorias ante Ken Norton (1976) y Ernie Shavers (1977) en Nueva York hayan sido las pinceladas finales de su genio. El 15 de febrero de 1978, su derrota ante el ex campeón olímpico Leon Spinks en Las Vegas llenó al mundo de estupor y sospechas de que en realidad, había ganado una fortuna apostando en su contra. Pero el 15 de septiembre en Nueva Orleans, todo volvió a la normalidad: Alí ganó por puntos en 15 vueltas y se convirtió en el primero que se alzaba tres veces con el título que por entonces valía más que todos. Hacía rato que era un mito.


Gordo, pesado, falto de reflejos y atestado de medicamentos, el 2 de octubre de 1980 intentó en Las Vegas el milagro de la cuarta consagración frente a Larry Holmes, un ex sparring suyo que lo había sucedido como campeón. Holmes le dio una paliza inmisericorde, lo hizo abandonar en el comienzo del 11° round pero rehusó a saludarlo tras la victoria: no quiso que su ídolo lo viera llorando de dolor por haberlo vencido. Un año más tarde y cuando los síntomas primarios del mal de Parkinson eran cada vez más visibles, Alí hizo su última pelea en Nassau (Bahamas): Trevor Berbick le ganó por puntos en 10 asaltos y con casi 40 años, anunció un retiro con un record de 56 triunfos (37 antes del límite) y cinco derrotas. Debió haber sucedido cinco años antes, por lo menos.


Cuando el 19 de julio de 1996, a pesar de la rigidez de sus gestos y de sus manos temblorosas, Alí fue capaz de encender la llama olímpica de los Juegos de Atlanta, el mundo lagrimeó emocionado. Aquel muchacho de vitalidad desbordante, aquel boxeador que había emparentado la dureza de una disciplina terrible con lo más refinado del arte y que había dado lecciones de coraje sin par, aquel hombre que recorrió el mundo para exponer y defender sus convicciones personales, aquel que dijo ser el Más Grande y vivió para serlo, terminó siendo una sombra de sí mismo. La vida de Alí se fue apagando de a poco, atrapada en los laberintos del mal de Parkinson. Su legado vivirá para siempre como un ejemplo de lo que un deportista es capaz de hacer cuando nada vale más que su inmensa voluntad de triunfo.

 

 

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