Martes, 21 Noviembre 2017 07:27

¿Quién domina el mundo?

¿Quién domina el mundo?

 

Intervencionismo imperialista con ropaje nuevo, y no derecho de intervención humanitaria como se presenta en su propaganda oficial, así define y resume la política exterior estaduniense uno de los ideólogos más lúcidos de Estados Unidos y del mundo, Noam Chomsky, en su más reciente obra editorial, ¿Quién domina el mundo?

Si bien esa política se ha recrudecido con el ascenso al poder de la derecha neofascista, no es el sello distintivo de un partido, Demócrata o Republicano, o de una administración en particular, Roosevelt o Reagan por citar dos nombres, es una doctrina de Estado emanada de la exitosa y rentable participación de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, donde se erigió, en mercadotecnia y liturgia, como el custodio de los valores universales cuando en realidad sólo protege intereses geopolíticos particulares en una amplia franja del mundo que asume como propia, la doctrina del Área Grande.

Colaborador de este mismo diario, con artículos y ensayos siempre documentados y de vanguardia, el profesor Chomsky afirma sin ambages que se trata del territorio que Estados Unidos debía dominar y que abarcaba el hemisferio occidental (incluida América Latina), el lejano oriente y el antiguo imperio británico (el sudeste asiático y África). Al menos dos terceras partes del mapa mundial, pues.

Con ese concepto del Área Grande, Estados Unidos mantenía un poder indiscutido con supremacía militar y económica, al tiempo que garantizaba la limitación de cualquier ejercicio de soberanía por parte de estados que podrían interferir en sus planes globales.

La doctrina del Área Grande, observa Chomsky, autoriza la intervención militar a voluntad y cita para sustentarlo al propio ex presidente Clinton, uno de los más liberales y calificados como progresistas, quien declaró que “Estados Unidos tiene derecho a usar la fuerza militar para proteger el acceso sin restricciones a mercados, suministros de energía y recursos estratégicos clave... y debe mantener enormes fuerzas militares desplegadas en avanzada en Europa y Asia para moldear la opinión de la gente sobre nosotros y los sucesos que afecten a nuestra subsistencia”.

Pero no es la población de Estados Unidos, los ciudadanos promedio que con su trabajo cotidiano sostienen a ese país (apoyados en la contribución sustancial de los migrantes decimos nosotros), quien dicta esa política exterior intervencionista y avasallante, sino las élites políticas y económicas, en la línea de pensamiento del sociólogo y politólogo alemán Robert Michels, plasmada en la ley de hierro de las oligarquías.

Específicamente, quienes determinan la política de gobierno de ese país en general, incluida la política exterior, son, a juicio del profesor Chomsky, los grandes corporativos industriales, comerciales y financieros, la cúpula del ya de por sí reducido 0.1 por ciento de la población que concentra el poder y la riqueza.

De ahí, concluye que la democracia estadunidense, algún día tenida por paradigmática y vendida como ejemplar, es hoy día y desde hace varias décadas una democracia mercantil, dominada y al servicio de esas grandes corporaciones, con elecciones presidenciales cuyo costo rebasa los 2 mil millones de dólares. De tal suerte que el sistema político se ha ido destruyendo progresivamente y ha metido cada vez más a los partidos hegemónicos en los bolsillos de las grandes empresas, con una escalada de costos electorales; los republicanos en un nivel de farsa, los demócratas no muy detrás.

Una democracia que no ha vacilado en usar la tortura física y, sobre todo, sicológica en contra de ciudadanos inermes de países que, en distintas épocas, ha clasificado como adversarios de sus intereses estratégicos: Medio Oriente, Vietnam, Camboya, Laos, Brasil, Chile, Argentina, Centroamérica, algunos países africanos pro soviéticos o no alineados. De modo flagrante e ilustrativo, los presos de la Bahía de Guantánamo, el reducto territorial estadunidense en la Isla de Cuba.

Pero también advierte que se trata de un imperio en decadencia, un imperio que al culminar la Segunda Guerra Mundial concentraba 50 por ciento del PIB mundial, la mitad de la riqueza producida en los cinco continentes, para pasar a 25 por ciento en la década de los 70, porcentaje que se ha ido reduciendo. Pero además, con serios problemas de endeudamiento, desempleo, congelamiento de ingresos personales y contracción de derechos sociales, sobre todo en materia de salud y seguridad social.

Un país de contrastes en donde al tiempo que la riqueza y el poder se han concentrado cada vez más, los ingresos reales de la mayor parte de la población se han estancado y la gente se las ha apañado aumentando las horas de trabajo y su endeudamiento, y con una inflación de activos, regularmente destruidos por las crisis financieras que empezaron cuando se desmanteló el aparato regulador, a partir de la década de 1980.

Hoy, en el mejor de los casos, sin caer en visiones apocalípticas infundadas, se trata de una economía que se disputa la hegemonía política y económica con otros dos bloques de poder, la Unión Europea y el sudeste asiático, pero además con una China ascendente por sí sola en el extremo del viejo continente, todavía con serios pasivos sociales pero con inmensos activos económicos y con productividad al alza.

Otro grave problema que observa es la insensibilidad histórica de los gobiernos estadunidenses con el creciente problema ambiental, cuyo último capítulo es la indiferencia ante los Acuerdos de París, de diciembre del 2015, dentro de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, que establece medidas para la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) a través de la mitigación, adaptación y resiliencia de los ecosistemas a efectos del calentamiento global, instrumento signado ya por 195 países, menos Estados Unidos y Siria. Si alguna posibilidad había se diluyó con el inicio del mandato de Donald Trump, en enero del año pasado.

En suma, imperio decadente, democracia mercantil, elecciones desvirtuadas, violación sistemática de los derechos humanos, concentración del poder y la riqueza, son algunas características que el profesor Noam Chomsky identifica como los rasgos dominantes hoy día, sin contar el retroceso autoritario del neofascismo, de la democracia liberal que deslumbró a Alexis de Tocqueville en el siglo XIX.

 

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"No somos los bolcheviques ya/aún"

 

A cien años de la revolución rusa, una reflexión sobre otros modos de concebir (y practicar) el cambio social

 

Dice el filósofo Gilles Deleuze: “hay imágenes de pensamiento que nos impiden pensar”. Es decir, tenemos imágenes de lo que supone pensar (por ejemplo, un esfuerzo de la voluntad o un trabajo académico) que bloquean el pensamiento. ¿Podríamos decir igualmente que hay “imágenes de cambio” que nos impiden cambiar? Imágenes de lo que supone el cambio (en este caso, social o político) que bloquean en la práctica el cambio mismo.

Estas “imágenes” de que hablamos son modelos difusos, ideas preconcebidas. Organizan nuestra mirada: lo que vemos y lo que no, lo que valoramos y lo que no. Y tienen a la vez una función de orientación: nos ayudan a movernos en lo real, en lo que pasa (o nos desorientan, si no son adecuadas). Son al mismo tiempo lente y brújula.

Hay imágenes de pensamiento que nos impiden pensar. Hay imágenes de cambio que nos impiden cambiar. Entonces, para pensar o cambiar, necesitamos dotarnos en lo posible de otro imaginario: depósitos o semilleros de imágenes que organicen nuestra mirada de otro modo, que nos orienten en sentido diferente. Otras lentes, otras brújulas.

 

La imagen revolucionaria de cambio

 

La imagen de cambio por excelencia durante al menos dos siglos -pongamos, desde 1789 hasta 1976- ha sido sin duda la imagen revolucionaria. Nunca consistió en una sola imagen, sino más bien en una constelación: imagen de cambio, pero también de militancia, de conflicto, de objetivo, de organización, etc. Es decir, una determinada concepción de la transformación social implica una red o un haz entero de imágenes: modalidades de compromiso, formas de antagonismo, figuras del enemigo, esquemas organizativos, etc. La imagen de cambio es siempre imagen de imágenes.

¿Cómo caracterizar la imagen revolucionaria de cambio? Podemos tomar un primer apoyo en Hannah Arendt. En los primeros capítulos de su libro On revolution, al preguntarse por el significado de la revolución, Arendt destaca dos detalles de la Revolución Francesa: la ejecución del rey y el nuevo calendario (como se sabe, abolido el viejo mundo, la Revolución marca el año I de la nueva era y cada mes es rebautizado: Brumario, Pluvioso, Germinal, Termidor, etc.). Esos dos símbolos (bien materiales) nos remiten muy directamente a una cierta imagen del cambio revolucionario: consiste en el derrocamiento del orden antiguo y en un nuevo comienzo, un comienzo absoluto.

La imagen revolucionaria de cambio está determinada por un corte, una discontinuidad radical entre lo viejo y lo nuevo. Todo ello atravesado por la idea de “necesidad histórica” que Arendt detecta en las metáforas de los discursos revolucionarios: “corriente irresistible”, “tempestad irrevocable”, “vendaval imparable”, etc. La revolución es un cambio radical y al mismo tiempo necesario.

No por casualidad la filosofía hegeliana será el “lenguaje del cambio” durante dos siglos: su “sistema de imágenes” -dialéctica, negación, superación- permite sostener y resolver esa aparente paradoja de un cambio absoluto y a la vez absolutamente necesario. Mi amigo Juan Gutiérrez habla del “pasodoble del No” marxista y hegeliano: la negación de la negación (la negación de lo que niega la humanidad) nos conduce a la afirmación (un mundo y un hombre nuevos).

Haría falta más trabajo y espacio para asentar bien estas intuiciones, pero por ahora se trata sólo de señalar algunas de las estrellas que conforman la constelación de la imagen revolucionaria de cambio: la revolución es una guerra a muerte entre dos mundos (lo viejo y lo nuevo); la organización es la vanguardia consciente (organizada en Partido, embrión de Estado) con visión de conjunto y de la finalidad; el tiempo de la revolución es pensado como discontinuidad radical, a la vez absolutamente necesaria; etc.

Ciertamente, no pueden confundirse las imágenes de cambio revolucionario y lo que efectivamente es la revolución misma, un proceso siempre impuro, contradictorio, imperfecto, imprevisible, incontrolable. Pero lo que nos interesa aquí son las lentes y las brújulas. El objetivo no es juzgarlas o analizarlas críticamente (por su responsabilidad en el terror de Estado, por ejemplo), sino entenderlas. El balance de las revoluciones del siglo pasado lo dejamos pendiente para otro momento y lugar.

En todo caso, puede decirse (con Alain Badiou) que ese balance habrá de ser necesariamente “interno” para quienes nos colocamos subjetivamente del lado de las revoluciones y no aceptamos la conclusión de que la misma idea de transformación radical de la sociedad es indeseable y criminal. Lo que ha quedado definitivamente enterrado bajo los desastres del comunismo autoritario no es la idea de cambio social, sino la vieja constelación de la vanguardia consciente, el cambio planificado desde arriba, la tábula rasa y el Hombre Nuevo. Ahora no nos interesa tanto la crítica como proponer un desplazamiento.

 

Imágenes-zombi

 

En la Puerta del Sol recién ocupada por lo que luego se conocerá como movimiento 15M, alguien saca un cartel que pronto se hará célebre (viral): “nobody expects the spanish revolution”. ¿Significa esto la revitalización del imaginario revolucionario, tras décadas de consenso en torno al “fin de la Historia”: la democracia representativa y la economía de mercado como horizonte insuperable de la humanidad? No lo creo. La frase es sólo un desvío humorístico de un famoso sketch de los Monty Python: “nobody expects the spanish inquisition”. Esta manera metafórica, vaga e irónica de hablar de la revolución es más bien síntoma de un agotamiento, el agotamiento de un imaginario de dos siglos.

¿Entonces? ¿Podemos decir que los movimientos políticos actuales son movimientos simplemente “reformistas” que buscan algunos pequeños cambios en el marco dado de lo posible? ¿O bien este agotamiento del imaginario revolucionario debe conducirnos al pesimismo (“ya no es posible cambio alguno”)? Ni una cosa ni la otra, ambas son de hecho tributarias de la centralidad del imaginario revolucionario.

Pensamos más bien (con autores como Alain Badiou o Santiago López Petit) que atravesamos un “periodo de intervalo” o un “impasse”. Ese intervalo o impasse tiene que ver con un “desacople” entre las nuevas formas de politización y los imaginarios existentes de cambio. Las prácticas colectivas experimentan nuevas vías, pero casi a tientas. Y las viejas imágenes de cambio, aún saturadas y agotadas, siguen sobrevolando las cabezas y los cuerpos, como imágenes-zombi.

¿Cuál sería el problema de este “desacople”? Por un lado, mirándose en el espejo-modelo de las viejas imágenes revolucionarias, los movimientos obtienen de sí mismos un reflejo desvalorizante, despotenciador, entristecedor. Las imágenes-zombi separan a las experiencias vivas de lo que son y de lo que pueden.

El mismo 15M nos ofrece un ejemplo muy claro: a pesar de ser uno de los movimientos con mayor impacto en la sociedad española de los últimos 40 años, el lamento y la queja nunca dejaron de acompañarlo: “no ha cambiado nada”. Sin otras lentes y otras brújulas, apegados a las antiguas imágenes, se reenvía una y otra vez la capacidad de transformación social a las formas y fórmulas ya conocidas: el partido que, tomando el poder, cambia las leyes y los marcos jurídicos, la macropolítica. El cambio social es un cambio por arriba o no es.

Por otro lado, las imágenes-zombi debilitan las prácticas efectivas y las experiencias vivas dando valor sólo a ciertos aspectos de las mismas en detrimento de otros: se privilegia lo masivo, los momentos de insurrección abierta, lo épico, lo hiper-visible, etc. Se hace necesario y urgente otro imaginario de cambio. Imágenes adecuadas para ver y pensar un cambio social complejo, no lineal, con sus mareas altas y bajas, procesos y eventos, continuidades y discontinuidades. Capaces de dar valor y visibilidad a las transformaciones invisibles y silenciosas, intersticiales e informales, imprevisibles e involuntarias, micropolíticas y afectivas, bastardas e impuras. Imágenes en las que encontremos compañía, valor y potencia.

Y no sólo necesitamos nuevas imágenes, sino también otra relación con ellas. Los viejos imaginarios revolucionarios cristalizaron demasiadas veces en un “mito tecnificado”: trascendente, rígido, inmóvil. Precisamos entonces, no tanto de un “sistema de imágenes” (acabado y coherente), como más bien de una especie de tejido, un patchwork infinito y en construcción permanente, siempre susceptible de ser modificado y alterado, donde todo suma y nada sobra, porque cada jirón (cada imagen) puede tener su momento y su ocasión. De hecho, ni siquiera se trata de negar o descartar las viejas imágenes revolucionarias de cambio (pueden ser un jirón más del patchwork), sino de complementar, multiplicar y enriquecer el repertorio de lo posible.

 

La “revolución social” anarquista

 

¿Dónde podríamos empezar a buscar imágenes inspiradoras para reimaginar el cambio social? Podemos empezar por explorar el pasado. La imagen revolucionaria de cambio fue tal vez hegemónica pero no la única y el pasado es un depósito de imágenes y saberes siempre actualizable desde el presente. El nuevo imaginario de cambio no necesita cortar con el pasado, sino más bien aprender a recrearlo, traducirlo y resignificarlo.

Pienso por ejemplo en la “guerra de posiciones” en Antonio Gramsci. O en los movimientos de mujeres a lo largo del siglo XX, que desencadenaron transformaciones político-antropológicas de un alcance inaudito sin organización única o centralizada, sin vanguardia consciente, sin toma alguna del Palacio de Invierno. Pero me voy a detener ahora en el anarquismo como una filosofía en movimiento, tal y como ha sido releída y traducida al presente por Daniel Colson, pensador e historiador libertario.

En su Pequeño léxico filosófico del anarquismo, Colson recuerda cómo los anarquistas se alejaron muy pronto de la idea-imagen de Revolución, demasiado asociada para ellos a un golpe de Estado, a la transformación social pensada como toma del poder y cambio de régimen constitucional (proceso constituyente, etc.). A la Revolución política, los anarquistas opusieron su “revolución social”. El adjetivo indica un cambio de sentido. En tres aspectos por lo menos.

En primer lugar, la revolución social nace y se desarrolla en el interior mismo de la sociedad: “en el terreno de las clases y las diferencias, de la propiedad y la justicia, de las relaciones de autoridad y las modalidades de asociación, ahí donde se juega el orden o equilibrio de la sociedad, de una multitud de maneras y a través de una transformación de conjunto (multiforme)”. No se trata de derribar o apoderarse del Estado, ni de desposeer a los propietarios del capital a través de una dictadura de los representantes del proletariado: la revolución social es un cambio desde dentro de las mismas relaciones sociales y de poder.

En segundo lugar, la revolución social, a diferencia de la revolución política, no se identifica única, exclusiva o principalmente con episodios excepcionales, movilizaciones callejeras, coyunturas insurreccionales, sino también con procesos silenciosos y cotidianos (creación de instituciones, relaciones sociales y subjetividades alternativas) de los que en último término depende la eficacia de transformación. La “Grand Soir” (gran noche) del imaginario anarquista no remite al corte (brusco, inmediato, instantáneo) entre lo viejo y lo nuevo. Es más bien la expresión o la manifestación final de una potencia acumulada con anterioridad. Como el fruto que el árbol madura, no como un relámpago en el cielo vacío o el asalto voluntarista de una minoría al poder.

Por último, la revolución social no depende de una estrategia clásica (la lógica medios-fines) que unos diseñan y otros ejecutan (la vanguardia consciente y las masas). Es más bien un proceso horizontal y no segmentado jerárquicamente entre lo principal y lo secundario, la táctica y la estrategia. Donde cada momento y cada situación valen por sí mismos y en sí mismos, no como partes de un todo o momentos de una línea del tiempo, ni con arreglo a su posición en un mapa diseñado desde el exterior. Cada lugar y cada instante tienen un valor “prefigurativo” (lo que queremos es ya lo que hacemos) y no “transitivo” (lo que pasa aquí no tiene más valor que el llevarme allí). La estrategia anarquista no consiste en ordenar, segmentar y dirigir, sino en amplificar y conectar las distintas situaciones hasta conseguir una vibración de conjunto.

 
Imágenes rebeldes del cambio social

 

Se pueden investigar también imágenes pos-revolucionarias de cambio en autores contemporáneos. Pienso por ejemplo en la “lógica de red” según Margarita Padilla, en las “grietas” de John Holloway, en los “procesos recombinantes” de Franco Berardi (Bifo) y un largo etcétera a explorar.

O también en movimientos. El zapatismo, por ejemplo, ha hecho un esfuerzo enorme por nombrarse y contarse con palabras propias, por destilar su experiencia en conceptos, por elaborar y compartir nuevas imágenes de cambio. Por ejemplo, la distinción entre el “rebelde social” y el “revolucionario”: “Un revolucionario se plantea fundamentalmente transformar las cosas desde arriba, no desde abajo, al revés del rebelde social. El revolucionario se plantea: “vamos a hacer un movimiento de rebeldía, tomo el poder y desde arriba transformo las cosas”. Y el rebelde social no. El rebelde social va planteando demandas y desde abajo va transformando sin tener que plantearse el tema del poder”. O la concepción anti-vanguardista, incluyente y colectiva de la transformación social: “Todos los métodos tienen su lugar, todos los frentes de lucha son necesarios y todos los grados de participación son importantes. El problema de la revolución [ojo con las minúsculas] pasa de ser un problema de la organización, del método y del caudillo [ojo con las minúsculas] a convertirse en un problema que atañe a todos los que ven esa revolución como necesaria y posible, y en cuya realización todos son importantes”.

Me pregunto, ya para acabar, si las imágenes que necesitamos no remiten a un desplazamiento radical de perspectiva, “civilizatorio” incluso. Una salida de cierto paradigma occidental. De hecho, en un artículo de los años 80 publicado en la revista aut aut, el italiano Lapo Berti argumenta que la idea moderna de revolución es un concepto tributario del modelo científico propio de la mecánica clásica: la sociedad es una máquina que tiene leyes propias que se trata de conocer para poder desde ahí planificar un conjunto de acciones (estrategia) con fines de cambio.

En sus libros, el filósofo y sinólogo francés François Jullien explora una y otra vez el contraste entre (lo que podríamos llamar) la “imagen griega del mundo” y “la imagen china del mundo”, en relación al tiempo, el pensamiento, el arte, el cuerpo, la estrategia y la eficacia, etc.

Occidente, explica Jullien, divide el mundo en dos: lo que es y lo que debe ser. Es el gesto platónico por excelencia. La idea occidental de eficacia se deriva de aquí: se trata de proyectar sobre la realidad lo que debe ser (en forma de Plan o Modelo) y tratar de materializarlo (llevarlo a la práctica, aterrizarlo). Entre el ser y el deber media la voluntad humana de colmar esa brecha y “enderezar la realidad” (ponerla derecha, es decir, según el Derecho, la Ley, lo que debe ser).

También la revolución se ha pensado desde ese molde: la vanguardia (que posee la ciencia de la sociedad y la historia) desvela y decreta lo que debe ser, la revolución es la “lucha final” en la que impondremos el plan a la realidad. La imagen china del mundo, según François Jullien, propone una inspiración muy diferente: no se trata de proyectar un plan y ejecutarlo, sino de activar todos los sentidos para captar las potencias que ya trabajan lo real y acompañarlas, desplegarlas con cuidado, sin voluntarismo alguno.

Si pensamos el cambio social con las lentes y brújulas chinas que nos propone Jullien, la constelación de imágenes que resulta es muy diferente: el militante ya no sería la fuerza de voluntad que colma, mediante un esfuerzo agotador, la brecha entre el ser y el deber ser, sino quien está comprometido o implicado en una situación particular y con unas potencias particulares; la vanguardia se transforma más bien en “retaguardias” capaces de detectar y acompañar procesos que ellas no dirigen ni crean; la estrategia es un trabajo de cuidado, como el de un jardinero; la organización política es la serie de dispositivos que justamente “dejan pasar” la potencia, sin trabarla al someterla a un ideal previo; la temporalidad de cambio es el tiempo de un proceso, el tiempo adecuado a la maduración de un potencial de situación, sin “batalla final”; el conflicto es el desbloqueo de la fuerza afirmativa, no la negación de la negación que trae un mundo nuevo, etc.

Y la sensibilidad sería la cualidad principal del rebelde, como la fuerza de voluntad lo fue del revolucionario, porque ya no se trata de imponer a lo real un sentido previo, sino de abrirse a sentir por dónde circula la potencia y ser capaz de acompañarla sin forzar, con tacto.

 

Referencias:

 

Sobre la revolución, Hannah Arendt, Alianza Editorial (Madrid, 2013).

El siglo, Alain Badiou, Manantial (Madrid, 2008)

Petit lexique philosophique de l'anarchisme, Daniel Colson, Le livre de poche (2001).

Revolución en punto cero, Silvia Federici, Traficantes de Sueños (Madrid, 2013).

EZLN: documentos y comunicados (tomo 5: la marcha del color de la tierra), EZLN, Editorial Era (México DF, 2003).

Tratado de la eficacia, François Jullien, Siruela (Madrid, 1999).

“Rivoluzione o...? Considerazioni sul problema della trasformazione sociale”, Lapo Berti, en aut aut, n. 179-180 (1980).

Y, sobre todo, las conversaciones con Franco Ingrassia, Juan Gutiérrez, Leónidas Martín y las compañeras de la Escuela de Afuera.

 

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Sábado, 18 Noviembre 2017 08:26

El último de los mohicanos

Robert Mugabe

 

Cae Robert Mugabe

 

Treinta y siete años pasó en el poder Robert Mugabe, desde que en 1980 ganó las elecciones al frente de la Unión Nacional Africana de Zimbabue-Frente Patriótico (Zanu-Pf). El país, entonces llamado Rodesia, salía de una guerra civil de 15 años, iniciada desde el momento mismo en que se declarara su independencia sui géneris de Gran Bretaña y se constituyera un gobierno integrado únicamente por representantes de la ínfima minoría blanca (5 por ciento de la población). Hasta que el líder de los supremacistas Ian Smith fue derrotado por las guerrillas negras, Rodesia estuvo alineada con la Sudáfrica del apartheid. Mugabe, que en 1980 tenía 56 años, se convirtió entonces en uno de los referentes del tercermundismo en África, y ese prestigio –aunque tremendamente oxidado, incluso por sus posteriores alianzas de hecho con la antigua metrópoli británica– le valió que hasta hace poco en su región muchos le manifestaran cierto respeto.

Su reinado –con 93 años era el presidente en ejercicio más viejo del mundo– parece ahora haber terminado. Detenido por las fuerzas armadas el martes 14 por la noche junto a varios de sus ministros, el veterano líder fue enviado a prisión domiciliaria. El detonante del “pronunciamiento” militar (sus autores dicen, contra todas las evidencias, que “no se trató de un golpe de Estado”) habría sido la destitución del vice, Emmerson Mnangagwa, otro veterano de las guerras de los sesenta y setenta, y la pretensión del presidente de designar en su lugar a su segunda esposa, Grace Mugabe, de 52 años.

Los militares habrían operado para frenar la purga de viejos cuadros del partido-Estado e impedir la constitución de un poder dinástico. Mnangagwa se exilió en Sudáfrica la semana pasada y desde allí envió un comunicado: “Pronto controlaremos los resortes del poder en nuestro bello partido y país”. Se especula con que, si la intervención militar se consolida, retorne pronto a Zimbabue y se presente como uno de los principales candidatos a suceder al decrépito líder. La atomizada oposición considera de todas maneras a Mnangagwa y a su sector tan responsables como Mugabe de la deriva represiva y corrupta del país en las últimas décadas. En la interna del Zanu-Pf, Grace Mugabe, a la que muchos apodan Gucci Grace por su gusto por los trajes de lujo y su ostentación de riqueza y poder, contaría con el respaldo de la estructura femenina (que dirige) y juvenil, y de un sector de las fuerzas de seguridad. Algunos analistas ven a su vez a Mnangagwa como representante de una tendencia más “liberal” del régimen, que abriría el país a la inversión extranjera, en especial de las empresas mineras. Chinos, europeos y estadounidenses se disputan el riquísimo subsuelo zimbabuense.

Cuando Mugabe –que había pasado diez años en las mazmorras del régimen racista de Ian Smith acusado de ser un “terrorista marxista”– llegó al gobierno, el todavía no llamado Zimbabue era un país relativamente próspero, “granero” de su región, pero en el que el poder –político y económico– estaba concentrado en poquísimas manos. El nuevo líder se propuso combatir “los males del capitalismo y el colonialismo”, expulsó a la minoría blanca del país, nacionalizó empresas y aplicó una reforma agraria que distribuyó tierras entre el campesinado pobre. Pero con el paso del tiempo fue fomentando un régimen sustentado en la represión a la disidencia (se habla de miles de muertos desde los años ochenta) y la constitución de una nueva elite prebendaria.

Apenas unas semanas atrás la Organización Mundial de la Salud debió renunciar a su intención de nombrar a Mugabe embajador de buena voluntad del organismo –una decisión anunciada durante una reunión de la agencia de la Onu en Montevideo–, por las resistencias que levantó en todo el mundo. “Mugabe destrozó el sistema sanitario del país y él mismo se asiste en el extranjero”, dijo por aquellos días un dirigente del Movimiento por el Cambio Democrático, principal partido de la oposición.
El presidente de Sudáfrica, Jacob Zuma, anunció el miércoles que en las próximas horas enviará emisarios a Harare que se reunirán con Mugabe y representantes de las fuerzas armadas para negociar una transición.

 

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Domingo, 12 Noviembre 2017 06:10

Dios, el octavo pasajero

Dios, el octavo pasajero

 

Las relaciones entre la filosofía y Dios han sido tempestuosas. El filósofo sabe que para pensar debe liberarse del corpus teológico. La fe solo es posible si se abandona la razón. Jaspers habló de el salto. Que se produciría en el encuentro entre el hombre y lo sagrado. Heidegger dijo, para filosofar hay que dejar de lado a Dios. O sea: la filosofía o Dios. Un hombre de fe es un teólogo, no un filósofo. El teólogo cree, el filósofo piensa. Sería erróneo deducir de esto que los teólogos no piensan. Pero piensan a partir de Dios como fundamento de todo lo existente. El pensamiento teologal no incluye la duda.

Dios, sin embargo, está presente en todas las filosofías. Cada una refiere a un momento en que lo absoluto se apropia del ente antropológico. Hagamos un leve repaso. Que no va a incluir a los griegos ni a los dioses romanos, ni a ningún otro dios. La fe tiene a Dios como fundamento de todo. ¿Qué absolutos debe edificar la filosofía para poder pensar?

A las cosas mismas:

1637 La duda cartesiana mata a Dios. Dudar es ya matar a Dios. Negar la verdad revelada en nombre de la verdad de la subjetividad. El hombre pasa a ser el subjectum. Incluso en la prueba ontológica que Descartes, concediendo desarrolla, Dios es deducido de la conciencia:”Dado que existe en mí la idea de la perfección, la perfección debe existir”. En suma: se justifica la existencia de Dios acudiendo a la razón humana.

En Descartes –ese héroe del pensamiento– se produce el cambio decisivo. El Discurso del Método parte del hombre. El hombre que duda. De la duda surge la pregunta que pide explicaciones a lo absoluto. Plantea que lo absoluto puede ser aprehendido por la razón. Ergo cogito, Ergo sum. El poseedor de la razón es el hombre. Todo se subordina a ella. Los otros desarrollos sobre lo absoluto no tienen importancia. Son concesiones a la inquisición. Un filósofo –si quiere seguir filosofando– tiene que vivir. Descartes huye a Holanda. Ahí escribe su famosa obra. Junto a una cálida chimenea.

1789 La Revolución Francesa pone también al hombre en el centro de toda acción contra la monarquía. La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, así lo dice. La cabeza de Luis XVI ha sido separada de su cuerpo por la guillotina de la revolución. Podríamos decir: Descartes guillotinó a Luis XVI. Nadie gobierna por derecho divino. Se gobierna en el mundo por la fuerza y por la razón de la fuerza.

Si la razón es fundamento de lo absoluto, el ente antropológico que es el único que la posee, es el nuevo absoluto.

El nuevo fundamento. Existe el hombre, Dios ha muerto. Todo esto se totaliza con el dictum kantiano: “el intelecto dicta leyes a la naturaleza”.

1843 Marx, en su “Introducción a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel”, postula la teoría de la religión como “opio”. Hay que reemplazar la crítica del cielo por la crítica de la tierra.

El hombre hace la historia. Y su conciencia crítica es fundamental: “Hay que añadirle a la ignominia la conciencia de la ignominia para hacerla más ignominiosa”.

Hegel trata de unir el sujeto con la sustancia. Son lo mismo. Todo lo racional es real, todo lo real es racional. Marx según todos saben y ha sido abrumadoramente dicho, pone a Hegel cabeza abajo. Busca fundamentar la materia. La materia es la praxis humana. El fundamento del ente racional es la materia. No la razón. La materia debe ser transformada. Aquí aparece el concepto de praxis. Marx no puso a Hegel cabeza abajo, simplemente giró el eje hacia la praxis materialista.

El sujeto del materialismo tiene una carga irracional sacra. El Dios absoluto, de todos, es aquí la praxis humana. La Historia –tanto en Hegel como en Marx– se ha divinizado. Dios sigue presente en todas partes. Sea en el modo que se requiera. El Ser en Marx es utopía. Vivió en la época de los utopistas. Pero él fue el mejor de todos. Lo absoluto es la revolución proletaria. Y la organización mundial de la clase obrera. Esto se entiende con dos consignas: Proletarios del mundo uníos. La crítica de la razón debe completarse con la crítica de las armas.

1807 “Fenomenología del Espíritu”: Hegel niega toda trascendencia a la historia humana, proceso inmanente, racional y necesario. Dios ha muerto. La dialéctica histórica culmina en un absoluto que es el Estado, como síntesis de lo universal y lo particular.

1870 Nietzsche: la unidad alemana reclama la voluntad de poder.

Alemania, “nación tardía”, necesita su espacio vital. Luego: la voluntad de poder es conservación y crecimiento. Si quiere “conservarse” tiene que crecer. Para conservarse y crecer la voluntad debe ante todo ser voluntad de voluntad, es decir, quererse a sí misma. Este es el sentido más profundo del eterno retorno: es el eterno retorno de la voluntad de poder sobre sí misma. Lo que quiere la voluntad es la voluntad. Lo que quiere mi deseo es mi deseo. El deseo es, ante todo, deseo de mi deseo. La voluntad de poder se instala en la Lebenswelt, el mundo de la vida.

Así, Nietzsche abomina del platonismo y del cristianismo, que instalan el reino de lo suprasensible. Dios ha muerto. Lo reemplaza el Superhombre, Übermensch. El hombre es un puente entre la bestia y el superhombre.

Ahora, ¿ha muerto Dios? No: Dios es el octavo pasajero. Es el “absoluto” del que ninguna filosofía alcanza a prescindir. Seamos osados:

Descartes: Dios es el cogito.

Kant: Dios es el sujeto trascendental.

Hegel: Dios es la sustancia devenida sujeto. El desarrollo de la autoconciencia hasta el Saber absoluto. Y, en última instancia, el Estado.

Marx: Dios es la materia, es la historia y su redentor (su Cristo), el proletariado.

Nietzsche: Dios es la vida, la voluntad de poder y el Superhombre.

 

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Flamencos en una manifestación por su independencia.

 

En un país de apenas 10 millones de habitantes, con ocho cámaras de representantes y apenas competencias para el gobierno central, la principal fuerza política es un partido independentista

 

Diciembre de 2006: la televisión pública belga francófona (RTBF) corta por sorpresa su programación habitual. En una emisión especial, François de Brigode, presentador del principal informativo de la cadena, se excusa por la interrupción con los espectadores: “Flandes proclamará unilateralmente su independencia”, anuncia. “Bélgica como tal no existirá más”, sentencia. Comienzan entonces las conexiones en directo frente al Palacio Real, el Parlamento de Flandes o el de Valonia; también la emisión de imágenes de celebraciones en Amberes, el transporte bloqueado por el cierre de la frontera y los comentarios de los políticos belgas. Si se preguntan cómo es que Bélgica sigue siendo hoy un país unificado, no piensen que los representantes encontraron una solución política a la crisis, ni que los responsables de la declaración unilateral de independencia fueron llevados ante la Justicia. Es que esto sencillamente nunca ocurrió.

El informativo emulaba el famoso programa de Orson Welles, La guerra de los mundos, y los belgas sólo supieron que se trataba de una ficción pasada la media hora de programa, cuando medio país reaccionaba estupefacto a la noticia. El experimento no gustó ni al entonces primer ministro y ahora eurodiputado, Guy Verhofstadt, ni al que sería más tarde jefe del Ejecutivo, Elio Di Rupo. Los nacionalistas flamencos, por su parte, utilizaron la emisión para abrir el debate sobre sus aspiraciones independentistas.

Lo que en 2006 fue una broma pesada para miles de belgas pegados a la pantalla se hizo realidad en Catalunya la pasada semana. Bélgica, donde se refugia Carles Puigdemont con cuatro de sus exconsellers desde el pasado lunes, mira con recelo la crisis catalana. Pocos países en el mundo están tan profundamente divididos en lo político y lo social como este y el gobierno belga podría ser la primera víctima política del proceso.

 

Ocho Parlamentos, tres idiomas oficiales


Bélgica, con una extensión de poco más de 30.000 kilómetros cuadrados y apenas 10 millones de habitantes, cuenta con siete parlamentos, ocho si sumamos el Senado. Su Constitución define Bélgica como un “Estado federal que se compone de comunidades y regiones”, y, como España, es una monarquía parlamentaria.

Este pequeño país del norte de Europa cuenta, por un lado, con un gobierno y un parlamento federales. Estos ejercen su poder en todo el territorio pero sus competencias son extremadamente limitadas: Exteriores, Defensa, Justicia, Hacienda, Seguridad Social y parte de Sanidad e Interior. El Parlamento federal se compone de dos cámaras: la Cámara de Representantes y el Senado. Actualmente cuatro fuerzas forman la conocida como coalición sueca (por los colores de los partidos que la componen) del gobierno federal belga: los democristianos (CD&V), liberales (Open VLD), los nacionalistas flamencos (N-VA) y los liberales francófonos del MR.

Bélgica cuenta también con tres comunidades. Las comunidades son entidades políticas ligadas a las tres lenguas oficiales del país -francés, neerlandés y alemán-, y cuyas competencias están vinculadas a la lengua, la cultura, la educación o la producción audiovisual. Cada comunidad tiene gobierno y parlamento propios.

El país está dividido además en tres regiones, que constituyen entidades territoriales con una enorme autonomía: la Región de Bruselas Capital, la Región de Valonia y la Región de Flandes. Flandes, la de mayor extensión y también la más poblada, cubre la zona neerlandófona; Valonia, el área francófona y germanófona, y la Región de Bruselas Capital es bilingüe. La mayor parte de las competencias políticas y sociales en Bélgica recaen en los gobiernos regionales que se encargan de Economía, Empleo, Transporte, Energía, Medioambiente y Planificación Territorial, entre otras. Las regiones son competentes además para las relaciones exteriores en todos los ámbitos de su gobierno.

Bélgica es, en definitiva, compleja, caótica, y, en muchos sentidos, un desastre derivado de la gestión de un país profundamente dividido a todos los niveles.

 

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Independentistas catalanes en Bruselas este viernes. REUTERS/Eric Vidal

 

 

Un país fragmentado por la lengua


Aunque sobre el mapa Bélgica es un país único, en la práctica lo forman al menos dos. En Bélgica, la cuestión fundamental no es tanto la relevancia del nacionalismo flamenco como el hecho de que no existe unidad nacional a casi ningún nivel. No hay periódicos, ni canales de televisión, ni referentes culturales, ni partidos políticos nacionales. Lo único nacional, a parte del chocolate, las patatas fritas y la cerveza, es la selección de fútbol (los Diablos Rojos) y hasta los cánticos son bilingües.

En Bélgica no hay política nacional, sólo una suma de intereses, un precario equilibrio que se rompe a menudo, en un país acostumbrado a ver caer a sus gobiernos cada pocos meses, a largas negociaciones para formar gabinete –tienen el récord del mundo de un país sin gobierno-, a evitar dimisiones para no dar al traste con la precaria configuración de un ejecutivo que, por ley, debe estar formado a partes iguales por francófonos y neerlandófonos.

La Región de Bruselas es una pequeña isla entre Valonia y Flandes, el lugar donde el conflicto confluye, donde las comunidades francófona y neerlandófona tienen su capital, donde se alzan y caen los gobiernos federales, las señales y las calles son bilingües, las paradas de autobús y metro se cantan alternativamente en francés y neerlandés, el ruido del tráfico aéreo se reparte entre ambas regiones y los cines, en versión original, dedican media pantalla a subtítulos.

Bruselas, una región en medio de Flandes con mayoría francófona, es un reflejo de un país dividido y al mismo tiempo una particularidad entre dos mundos que se oponen. Con una población extranjera que asciende al 42% de sus habitantes, Bruselas es una de las ciudades más cosmopolitas de Europa y es, además, sede de organizaciones internacionales, como la OTAN, y corazón de la Unión Europea. Que Bruselas sea territorio compartido es una de las claves de la endeble unidad nacional belga.

 

Las diferencias entre Flandes y Valonia


La obligatoriedad de la enseñanza de las tres lenguas oficiales varía en cada región. La enseñanza del neerlandés es obligatoria como segunda lengua en la Región de Bruselas Capital, mientras que en las Comunas valonas de la frontera con Flandes es opcional. Lo mismo sucede con el alemán y el inglés en el resto de Comunas que no están en la frontera. En Flandes, el francés es opcional como segunda lengua. En la práctica, el idioma mayoritario es el neerlandés, pero son más los neerlandófonos capaces de hablar francés que al contrario. En Bélgica, el idioma es un muro social, pero no es la única diferencia.

La Región de Flandes es la más extensa y también la más poblada. Flandes es el pulmón de la economía belga (casi el 60% del PIB), la que más crece, la más rica. Amberes, una de sus principales ciudades, es el tercer puerto más importante de Europa; tienen las mejores universidades (Lovaina o Gante, por ejemplo), más inversión extranjera y es el principal exportador del país (más del 70%).

Mientras, Valonia, que fue en el siglo XIX una de las regiones de referencia en Europa, sufrió el hundimiento que siguió al cierre de la industria pesada, particularmente en sus ciudades más industrializadas. La inversión pública, a través del Plan Marshall 4.0, trata de impulsar la economía valona y fomentar la creación de empresas en la región y las inversiones extranjeras. El sector servicios, la construcción y, en menor medida, la industria, son los principales sectores de la economía del sur de Bélgica.

En el ámbito político, Valonia, con una tradición sindical importante y un fuerte movimiento obrero, tiende a votar a la izquierda. En Flandes, la derecha ha hecho su fuerte y el principal partido de extrema derecha belga, el Vlaams Belang, es, de hecho, nacionalista flamenco.

 

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Bart de Wever, durante un mitin. REUTERS

 

 

Las raíces del nacionalismo flamenco


La historia del nacionalismo flamenco se remonta a la fundación de Bélgica, que logró su independencia de los Países Bajos en 1830. Entonces, el francés, respecto al neerlandés, era la lengua mayoritaria entre las élites del país, mientras que los campesinos hablaban dialectos que en todo caso se asemejaban a las lenguas ahora oficiales. La presencia de una comunidad germanófona, sin embargo, se remonta a la Primera Guerra Mundial.

Aunque las reivindicaciones por el reconocimiento del bilingüismo del país llegaron de ambos grupos, el conflicto en Bélgica tiene un origen lingüístico y la composición del país en torno al idioma hizo progresivamente que se convirtiera en una cuestión territorial. La politización del conflicto derivó en la división entre el norte, católico y campesino, y el sur, industrializado y obrero, que también votan de manera diferente.

La gran ruptura entre las comunidades tiene lugar tras la Segunda Guerra Mundial, cuando Flandes se convierte en el principal pulmón económico de Bélgica. Se producen entonces las primeras demandas que dieron lugar al Estado Federal belga. Lo curioso, explica a Público Pascal Delwit, politólogo de la Universidad Libre de Bruselas (ULB), es que estas peticiones venían de sectores tanto de Flandes como de Valonia.

Bélgica lleva treinta años discutiendo su configuración, treinta años viviendo entre tensiones y rencillas políticas, en la absoluta falta de comunicación entre las dos partes de un país que, literalmente, no hablan el mismo idioma.

Desde 1970, Bélgica ha llevado a cabo nada menos que seis reformas de su Constitución y desde 1993, es un Estado federal. La última reforma, entre 2012 y 2014, convirtió el Senado en una cámara de representación de las entidades federales (regiones y comunidades) y supuso una amplia transferencia de competencias del gobierno federal a las tres regiones en que se divide el país. También estableció la celebración de elecciones cada cinco años, coincidiendo con las europeas. Las siguientes tendrán lugar en 2019 y los nacionalistas flamencos quieren una nueva reforma del Estado federal para entonces.

 

Un partido nacionalista flamenco, primera fuerza


El independentismo flamenco en los últimos años, explica Pascal Delwit, es resultado precisamente de la federalización del Estado, que hace que progresivamente “la vida política, la vida económica, la vida cultural y la vida mediática giren más en torno a las regiones y menos en torno a lo federal”. Delwit apunta además a un segundo fenómeno que, entiende, no es exclusivo de Bélgica, sino que se reproduce en otros lugares: “Las regiones más ricas quieren separarse de las regiones más pobres”. En Bélgica, la región más rica es Flandes, “que estima que hay demasiadas transferencias hacia Bruselas y Valonia. Y hay el mismo problema de Italia del norte a Italia del sur o de Catalunya a Madrid”, asegura.

Para Delwit, los movimientos nacionalistas en Escocia o Catalunya son de centroizquierda, mientras que en Bélgica son de derechas, igual que en Italia. Hasta hace apenas unos años, el único partido independentista flamenco era el ilegalizado Vlaams Blok, origen del actual Vlaams Belang, un partido de extrema derecha, xenófobo y racista, conocido por su propaganda antiinmigración y sus soflamas islamófobas. Pero en 2002 nació la N-VA (Nieuw-Vlaamse Alliantie), algo así como Alianza Neoflamenca. La N-VA es un partido nacionalista de derechas, con posturas particularmente duras en lo relativo a los asuntos socioeconómicos y la migración, que también defiende la independencia de Flandes.

“Este movimiento se ha acelerado en los últimos años, tanto que hemos llegado a la paradoja de que en 2014 la N-VA, un partido que proclama la independencia de Flandes, se convirtió en el primer partido del país”, relata el politógolo de la ULB.

El polémico alcalde de Amberes y líder de la N-VA, Bart de Wever, ha empezado a hacer campaña por la independencia de Flandes de cara las elecciones comunales de 2018 y para las regionales y federales de 2019. De Wever llamó a filas a todos los que “desean un Flandes próspero y solidario”, a quienes quieren “abrazar la identidad flamenca" y “un Flandes independiente”. Pero Delwit es mucho más cauto: “El líder del partido a veces defiende la independencia de Flandes y a veces la reforma del Estado para reducir lo federal a casi nada”.

De hecho, Geert Bourgeois, ministro presidente de Flandes y miembro de la N-VA, reconoce que a día de hoy no existe una mayoría en Flandes que apoye la independencia. Y las posibilidades de una coalición con el Vlaams Belang, asegura Delwit, son escasas, pues el partido sigue teniendo una representación limitada y la N-VA necesita de otros socios para gobernar. Aliarse con la extrema derecha, insiste el politólogo, lo haría imposible.

 

Bruselas, un obstáculo para la independencia de Flandes


Bélgica no hace referencia en su Constitución al derecho de autodeterminación, no incluye la posibilidad de un referéndum sobre la independencia de ninguna de sus regiones ni ningún otro mecanismo político para negociarla. Es decir, Flandes tiene las mismas herramientas que Catalunya para declarar su independencia, pero un contexto muy distinto.

La primera opción sería la vía por la que optaron Carles Puigdemont y su gobierno. “El Parlamento Flamenco podría hacer una declaración de independencia de Flandes” de manera unilateral, “fuera del orden constitucional”, explica Pascal Delwit. La otra posibilidad, de la misma manera que en España, es una solución negociada.

Para Delwit, hay dos cosas importantes a tener en cuenta. Por un lado, “como vemos en el caso catalán, en un contexto de secesión”, queda en cuestión la pertenencia a la Unión Europea e incluso el uso del euro. “Si sales de un Estado miembro de la UE, formalmente ya no formas parte de la Unión Europea, debes pedir la adhesión y debe ser aceptada por el Estado del que acabas de separarte”, recuerda el politólogo.

El segundo punto es que cuando hablamos de otras zonas como Italia, Escocia o España, “la separación no sería fácil, pero vemos que el territorio puede liberarse”. En el caso de Bélgica, no es tan sencillo. “Bruselas es la capital al mismo tiempo de la Comunidad Francófona y la Comunidad Flamenca y, por supuesto, es la capital de Bélgica. Es la capital informal de la Unión Europea, es una capital internacional que acoge la OTAN, que acoge una gran comunidad internacional -el 42% de los habitantes de Bruselas tienen una nacionalidad diferente de la belga- y entre los belgas, la mayoría son francófonos”, explica Pascal Delwit. Por lo tanto, entiende el politólogo, “es tan inimaginable la independencia de Flandes con Bruselas como sin Bruselas”.

Un problema que forma parte del debate interno de los nacionalistas flamencos, divididos respecto a esta cuestión. En la hipótesis de una negociación, “más fácil en España” según Delwit, el punto principal sería Bruselas. Primero, porque la Región de Bruselas es también autónoma y, por lo tanto, supondría una adhesión, y segundo, porque esa adhesión sería difícilmente aceptable por una mayoría francófona en la capital.

Aunque en la práctica la autonomía de Flandes es mucho mayor que la de Catalunya y las diferencias sociales, políticas y culturales bastante más amplias respecto al resto del territorio, la región belga se enfrentaría a dificultades mayores para conseguir la independencia.

 

El conflicto catalán y las rencillas belgas


Probablemente, la mayor víctima colateral del procés sea el primer ministro de Bélgica, Charles Michel. Michel, francófono, es jefe de un Ejecutivo mayoritariamente neerlandófono. Fue el primer líder europeo en condenar la violencia en Catalunya durante la celebración del referéndum del 1 de octubre; ha llamado al diálogo y a buscar soluciones políticas durante meses y, aunque llamó a respetar la legalidad nacional e internacional, no rechazó ni reconoció en ningún momento la República de Catalunya. Varios miembros del Gobierno belga han apoyado abiertamente la causa catalana, e incluso algunos diputados de la N-VA estuvieron en la celebración de la consulta.

Y, mientras Michel hacía equilibrios para no herir sensibilidades entre los miembros de su Gobierno ni crear conflictos diplomáticos con España, su secretario de Estado para el Asilo y la Migración dijo en una entrevista que estaría dispuesto a procesar una posible demanda de asilo de Carles Puigdemont. Lo que parecía un simple comentario de apoyo político al expresident, una crítica al Gobierno español y un capote a la causa catalana, se ha convertido en, tal y como titula el diario Le Soir, una pesadilla para el Gobierno belga, tras la visita sorpresa de Puigdemont.

Carles Puigdemont ha insistido en varias ocasiones en que no viene a meterse en la política belga y desmintió en una entrevista en RTBF que haya tenido reunión alguna con grupos políticos en el país. Charles Michel quiso dejar claro que el Gobierno no tenía nada que ver con la visita del expresident y la N-VA, a través de su portavoz, hizo lo propio. Hasta el ministro de Justicia, Koen Geens, ha querido aclarar que el Ejecutivo no tiene papel alguno en la gestión de la euroorden de arresto que pesa sobre Puigdemont y los exconsellers.

En este contexto, el primer ministro Charles Michel no puede dar marcha atrás, ya que podría enfadar a los suyos, pero tiene que controlar sus palabras, o podría desencadenar una crisis diplomática con España. Michel es esclavo de su Gobierno, de la N-VA y también de sus palabras el 1 de octubre. “A día de hoy, la tensión es totalmente evidente en el Gobierno belga en relación a la cuestión catalana”, sentencia Delwit. Sin quererlo, el autodenominado "Govern en el exilio", podría desencadenar una crisis que dé al traste con el frágil equilibrio belga.

 

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Viernes, 03 Noviembre 2017 07:41

Depresión y resistencia

Depresión y resistencia

 

Desde los Comuneros colombianos, Túpac Amaru y los quilombos brasileños, nuestra historia es la de una lucha entre liberación y colonia, como brecha histórica.

Tuvimos momentos de avance: los movimientos populares de diferentes épocas y países, que abrieron y ampliaron el espacio a la ciudadanía real. También hubo retrocesos, porque es historia de lucha y no relato de marcha triunfal, que es como relatan sus historias las sociedades decadentes.

Nuestra lucha como historia está repleta de retrocesos durísimos: el genocidio de nuestros originarios, la guerra al Paraguay, el asesinato de Dorrego y de nuestros caudillos, la rebelión de 1880, la Revolución de 1890, la masacre de Falcón, los asesinatos de la Patagonia, la Semana Trágica, las represiones de 1930 y 1955, el bombardeo a la Plaza de Mayo, los fusilamientos de 1956, los crímenes atroces de la dictadura de 1976-1983, y quedan más en el tintero. Pasar revista a la región sería agotador. Pero nada de eso impidió el avance de nuestra ciudadanía real.

Ahora sufrimos otro momento de retroceso. El Estado de Derecho se derrumba: hay presos políticos (Milagro Sala y sus compañeros); se encubren homicidios (Maldonado); se quieren revisar condenas por crímenes de lesa humanidad; se desconocen decisiones de justicia internacional; se persigue a jueces díscolos; casi se secuestró a un senador para demorar su incorporación al Consejo; se reclaman jueces propios; se acusa de mafiosos a los laboralistas; se estigmatiza al sindicalismo; se propone derogar el derecho laboral; se intentó nombrar ministros de la Corte Suprema por decreto; un sector de jueces se presta a un revanchismo análogo al de 1955; se inventan y clonan procesos; se imponen prisiones preventivas infundadas; se montan shows judiciales; desapareció la imparcialidad en amplios sectores judiciales; se quiso computar doble la prisión preventiva de genocidas que no la habían cumplido nunca; se extorsiona a los gobernadores para manipular al Congreso; se amenaza el sistema previsional; se desfinancian el desarrollo científico y tecnológico y las universidades; se persigue judicialmente a sus rectores; crece la deuda externa a velocidad nunca vista; se vuelve al colonialismo del FMI y, como frutilla del postre se forzó la renuncia de la Procuradora General de la Nación y se amenaza la autonomía del Ministerio Público, con lo que se manipulará selectivamente el ejercicio (y no ejercicio) de las acciones penales.

Es obvio que nos alejamos velozmente del modelo ideal del Estado de Derecho (todos iguales ante la ley) y nos acercamos al del Estado de policía (todos sometidos al que manda).

Esta regresión responde al marco mundial de pulsiones del totalitarismo corporativo, dominante en los Estados-sede, en que el lugar de los políticos lo ocupan los autócratas de las transnacionales. En los periféricos debilita la soberanía y fortalece la represión, porque la soberanía es de los pueblos y la represión es contra los pueblos, lo que empalma con su proyecto de 30% de inclusión y 70% de exclusión, racionalizado con la ideología única de idolatría del mercado, que exige libertad para personas jurídicas y represión para las humanas, usurpando el nombre de liberalismo (nunca mejor acompañado por el neo), con el que domina las academias y se vulgariza a través de los monopolios mediáticos. Todo esto, sin contar con las noticias falsas, los mensajes emocionales, la manipulación digital de conducta y los big data, con sus millones de dobles del consumidor, del peligroso y también del votante.

La pulsión totalitaria corporativa mundial trata de generar sensación de impotencia, mostrándose eterna y omnipotente. Se trata de otra fake new (así se llaman las mentiras del Tea Party), porque no hay poder que no pase y que no tenga fisuras ni contradicciones. La impotencia genera depresión y, como es obvio, el deprimido no puede oponer resistencia (aunque puede volverse loco, matar y suicidarse).

Para provocar depresión es necesario ocultar la historia, otrora con el relato mitrista, ahora menos intelectualmente (acorde a la decadencia de nuestras minorías), tapándola con globos amarillos y shows televisivos.

Desde la aporía agustiniana el tiempo es un problema, dado que el presente es una línea móvil entre dos cosas que no son: el pasado porque ya fue y el futuro porque aún no es. Pero lo cierto es que sin conocer lo que ya no es, tampoco podemos proyectar lo que aún no es. La fijación en la línea del presente sin percibir su movilidad es lo que causa la sensación de impotencia y la consiguiente depresión, porque al ignorar las otras dimensiones se obtiene una falsa visión estática de un mal momento histórico.

Todo poder autoritario o totalitario acude a la táctica de incapacitar para la resistencia ocultando la historia para provocar depresión, porque fuera del contexto de lucha no se comprende que ese también es nuestro futuro, dado que el colonialismo continuará –aunque cambie de careta– y no parece cercano el momento en que no haya hegemonías mundiales que nos quieran colonizar.

Además, sin ese contexto, tampoco es posible ponderar el balance positivo de la lucha de nuestra historia periférica, que es nada menos que nuestro ser, que aquí estamos, argentinos y latinoamericanos, y no sólo estamos, sino que también llegamos a ser y somos, que es lo más importante: avanzamos, resistimos y no han podido impedir que seamos y sigamos siendo.

Nuestros próceres no estaban angustiados –como se ha pretendido–, al menos no por separarse de un absolutismo monárquico. Tampoco San Martín se deprimió por Cancha Rayada ni Bolívar aflojó pese a sus reiterados fracasos. No debemos estarlo nosotros, aunque hoy la lucha contra la colonia no consista en cruzar los Andes a caballo.

Nuestra historia continúa conforme a su esencia de historia de lucha anticolonialista y desde el pasado nuestros próceres nos exigen seguir sus ideales liberadores, reafirmando hoy que, argentinos y latinoamericanos, aquí estamos y aquí somos, nunca nos fuimos, no nos iremos ni dejaremos de ser: estamos, somos y seguiremos estando y siendo y, por supuesto, en la buena empujando y en la mala resistiendo, sin deprimirnos.

 

* Profesor Emérito de la Universidad de Buenos Aires.

 

 

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La Revolución Rusa en Colombia. Cuando llegó, ya había cambiado

Las ideas proyectadas por la Revolución de Octubre llegaron a Colombia cuando en el país distintos actores sociales ya habían reivindicado justicia para trabajadores y campesinos, y cuando habían adelantado iniciativas para constituir un partido socialista. Desde entonces la izquierda conoce disputas internas de diferente intensidad y consecuencias negativas.

Las ideas revolucionarias no llegaron a Latinoamérica de la mano de la Revolución Rusa. Ni tampoco los movimientos revolucionarios. La revolución mexicana, por ejemplo, fue un acontecimiento histórico original y de importancia trascendental, cuyos impactos en el pensamiento y en la acción política se sintieron durante mucho tiempo. Con más fuerza en los países de la gran cuenca del Caribe, pero también en los propiamente andinos y hasta en el Cono Sur. En Colombia, durante la época que necesariamente hemos de considerar, es bien sabido que uno de sus dirigentes revolucionarios más notables, Tomás Uribe Márquez, había hecho parte del equipo que, en 1911, en el sur, intentaba poner en marcha la transformación agraria durante la revolución mexicana. Lo importante es subrayar que cuando triunfa la Revolución de Octubre, en un país que se encontraba, obviamente, mucho más lejano que ahora, aquí ya existía una resistencia social, con su propia cultura política, que tendía a convertirse en un esfuerzo positivo de transformación social.


Sin duda, es posible objetar que cosa similar ocurría en todos los países del mundo. No obstante, hay una diferencia que también vale la pena subrayar. En los países europeos existía, en el movimiento obrero, en mayor o menor grado, un movimiento político organizado, la Social Democracia (II Internacional), que se consideraba referente casi exclusivo de cualquier aspiración de revolución social. En estas circunstancias, era lógico que el efecto más evidente de todo el proceso de la revolución rusa, en el contexto de la Primera Guerra Mundial, fuera la ruptura de dicho movimiento. Al ser aparentemente dirigida por una variante del mismo, tenía que presentarse en la forma de una disputa por la hegemonía. Nada de eso tenía por qué presentarse aquí. A menos que se forzara la nota.

 

América nunca fue un territorio vacío

 

Dondequiera que exista resistencia social, siempre habrá un pensamiento que busque explicarla y justificarla. Larga y prolija ha sido la investigación sobre Latinoamérica, nada más en lo que se refiere a la época que podríamos llamar moderna. El problema reside precisamente en que, según las regiones y subregiones, vamos a encontrar distintas combinaciones de las diversas raíces culturales que han formado nuestras identidades nacionales. En todas partes encontramos rasgos de lo que, con poca precisión y mucho de peyorativo, se denomina “socialismo utópico”. Una combinación de liberalismo y de ideología cristiana que, por supuesto, no se reduce a sus componentes. Y, rápidamente, un robusto movimiento anarquista, aunque con desiguales desarrollos según los países. Importación de Europa dirán algunos. Comentario que al decir de Cappelletti es simplemente una estupidez: “La idea misma de patria y la ideología nacionalista nos han llegado de Europa” (1).

Es cierto que el anarquismo puede asociarse con la inmigración de trabajadores europeos que ya traían esas que eran las ideas más fuertes en la segunda mitad del siglo XIX, lo cual es suficientemente conocido respecto de Argentina. Pero lo más interesante es la fertilidad que encuentra. Habría que mirar otras tradiciones, incluidas algunas formas de cultura precolombinas. Es ese complejo cultural político y organizativo, que está asociado con dinámicas sociales y de lucha muy importantes, lo que existe en Latinoamérica cuando ocurre la Revolución Rusa. La noticia es recibida entre los trabajadores, con expectativa y esperanza –así como lo fue con terror por parte de las clases dominantes–. Es leída como la confirmación de las propias utopías revolucionarias. Casi en ninguna ocasión se le relacionó con el futuro de la socialdemocracia, ni siquiera en los países donde ya existían partidos de ese corte, y mucho menos con algún debate en particular. Desde luego, siempre hay núcleos e individuos mucho más enterados y mejor relacionados que están sobre la marcha de los acontecimientos, pero no configuran un hecho social.

 

Colombia no es una excepción histórica

 

Casi sobra decir que una particularidad de Colombia, en la formación de la clase obrera, es la exigua inmigración. Mauricio Archila señala que en 1938, del total de la población, la proporción de extranjeros residentes no alcanzaba a llegar ni siquiera al 1 por ciento (2). Aun así es claro que en las dos primeras décadas del siglo XX, las principales formas de agrupamiento y de resistencia cultural y política son de socialismo utópico o directamente anarquistas. Sobresalen, en estas últimas, la región (y las ciudades-puertos) del caribe (3). Tiene que ver, tal vez, con los antecedentes liberales. Por otra parte, es claro que la formación de la cultura política de la resistencia social en Colombia no puede desligarse de dos ingredientes básicos: el anticlericalismo, como respuesta a siglos de opresión y humillación por parte de la iglesia católica, y el sentimiento antimperialista (anti-yanqui) como resultado del reciente robo (separación) de Panamá.

No obstante, el partido liberal en la segunda década se mostró incapaz de capitalizar las expectativas populares. Es por eso que, sobre la base de las luchas sociales, logra levantarse, en 1916, un Partido Socialista que recoge las expectativas populares, pero orientadas hacia el terreno político electoral, en el cual, por cierto, comenzó a cosechar importantes éxitos. De carácter efímero pues, en 1922 el liberalismo presenta como candidato a la presidencia, al prestigioso general Benjamín Herrera, borrando del escenario el rival socialista.

La formación de una cultura política, desde luego, no es una cuestión puramente ideológica y mucho menos educativa o académica. Las luchas sociales se amplían e intensifican sin cesar en el período que va de 1910 a 1930. Con muchas transformaciones cualitativas. El registro que nos ofrece Archila es contundente (4). Pero hay otro salto cualitativo: la integración social nacional mediante la articulación de las regiones (5). Y algo más: la manifestación de otras luchas que, teniendo como base lo artesanal o lo obrero, se amplían y complejizan, conformando, junto con el proceso anterior, una suerte de bloque histórico. Se trata de las luchas que acertadamente ha investigado y destacado Renán Vega: las cívicas, las estratégicas de la ciudad de Bogotá, y las de las mujeres (6). Por otro lado, es necesario registrar la primera manifestación consistente de la resistencia indígena (Quintín Lame). Sobra señalar que las respuestas del régimen son cada vez más represivas.

Es entonces la vertiente más o menos anarquista la que toma fuerza, bajo la forma de sindicalismo revolucionario. La denominación es y será siempre equívoca. De una parte porque involucra una serie de ideas-fuerza, utopías, principios, formas de comportamiento, afectos y desafectos, características muy diversas, compatibles todas seguramente, pero que no constituyen propiamente un programa. Pero de otra, porque uno de sus principios es la negación de la política (entendida como lo electoral) y una permanente sospecha frente a las formas de representación. En este orden de ideas es muy difícil identificar su presencia y sobre todo su peso en los movimientos sociales.

 

Los ecos de una revolución en el ascenso de otra

 

La historia organizativa se va desenvolviendo a la par que crece y se amplía la lucha. En 1924 se reunió en Bogotá el Primer Congreso Obrero y paralelamente la conferencia socialista, para responder a la disolución dos años antes del partido. Eventos, ciertamente, de amplia confluencia. Las referencias nos muestran que podían contarse varias “tendencias”: anarquistas “confesos”, otros que no lo admitían y otros simplemente socialistas, más activistas que doctrinarios. Todos estos eran la mayoría. Pero también había socialistas reformistas, y liberales socialistas e incluso liberales a secas. Y lo más interesante: se presenta allí el grupo que se autodenominaba “comunista” el cual incluía al ya famoso periodista y escritor Luis Tejada (7). Fue este quien propuso la afiliación a la internacional comunista.

Es ahí donde puede ubicarse un nexo directo con la Revolución Rusa. Obviamente, ésta no era un hecho desconocido. En las numerosas publicaciones existentes se había saludado, en su momento, el triunfo de la revolución, y en los años subsiguientes no faltaron los eventos de homenaje y solidaridad. Los nombres de Lenin y Trotski eran ampliamente conocidos. En ese sentido no hay duda que, además de querer aprender del ejemplo de la Revolución Rusa, contemplaban la posibilidad de establecer una relación directa con aquellos revolucionarios. Sin embargo, no les podía caber en la cabeza la necesidad de establecer una relación orgánica que significara alguna forma de copia y menos de subordinación. Tal vez fue esa simple consideración la que hizo que fuera rechazada la propuesta de Tejada.

La historia del llamado grupo comunista es hasta cierto punto simpática. Eran los únicos que podían calificarse de “intelectuales” pues se encontraban al margen de las luchas directas. Se había formado alrededor de un ruso, S Savinski que manejaba una tintorería en Bogotá. Pero no se crea que se trataba de un revolucionario profesional y menos de un doctrinante. Incluso había salido de Rusia desde 1916. Pero tenía una virtud altamente apreciada por los intelectuales, ávidos de noticias de la revolución: sabía ruso y podía traducirles los periódicos y publicaciones que se recibían. El grupo no constituía pues una corriente política. Al respecto, no sobra anotar que nunca la Komintern contempló la posibilidad de darle carácter de sección a este grupo, aunque se lo solicitó (8).

En 1925 se convocó el Segundo Congreso Obrero, donde se aprobó la creación de la Confederación Obrera nacional (CON). A partir de allí se desarrolla la breve pero grandiosa historia del levantamiento social tal vez más significativo que se ha dado en nuestro país, que pasa por la formalización del Partido Socialista Revolucionario, en 1926, conoce diversas expresiones de lucha, enfrenta implacables represiones como la Masacre de las Bananeras en 1928, hasta su extinción en 1929 con el fracaso del proyecto insurreccional, luego de los levantamientos fallidos en varios lugares. Qué tanto le debió al estímulo del triunfo revolucionario en Rusia es algo tal vez imposible de precisar; lo cierto es que, al mismo tiempo, en otros lugares de América Latina y el Caribe, estaban en marcha procesos similares. Baste señalar la resistencia antimperialista en Nicaragua, encabezada por Sandino.

 

Liquidando el pasado

 

Tal fue el título que le puso Ignacio Torres Giraldo a la tercera y más vergonzosa de sus “autocríticas”. Pero vale también para designar el oprobioso periodo que va desde 1929 hasta 1932, en el cual la Revolución Rusa aparece bajo la forma de un organismo inquisitorial que juzga la validez de todo lo hecho hasta entonces, como requisito para asegurar, en adelante, que es un partido digno del legado revolucionario. Este organismo era, desde luego, el aparato de la recién formada Tercera Internacional Comunista, subordinado al Partido Comunista de la recién nacida “patria del proletariado mundial”.

En realidad, en un principio, como bien señala M. Caballero: “Los dirigentes de la Tercera Internacional nunca dieron muestras de creer seriamente que una revolución pudiese triunfar en América Latina, antes de hacerlo en Europa o en los países más grandes de Asia” (9). Es por eso que, al principio, formaba parte, junto con Francia, Bélgica, Italia, España y Portugal de un secretariado “latino”. De hecho, se tardaron bastante en hacer una reflexión medianamente seria sobre la realidad de estos países. Tan sólo en el Sexto Congreso (1928) se abordó su caracterización, por lo cual fue denominado, no sin humor, el del “Descubrimiento de América”. Lo grave es que sólo entonces descubren la existencia de la nueva potencia: los Estados Unidos.

En 1928 se crea, por fin, el Secretariado Latinoamericano que duró hasta 1935. Sin embargo, las relaciones con los revolucionarios colombianos venían desde 1925 cuando la CON logra su afiliación a la Internacional Sindical Roja (Profintern). Tres delegados suyos asisten en Moscú a su IV Congreso Internacional en 1928. Posteriormente, el Partido Socialista Revolucionario creado en 1926, solicita su incorporación a la Komintern la cual es aceptada en 1928, pero condicionada a un cuidadoso examen, el cual, en su peor período –de ahí hasta 1932–, significó una conversión de aparentes o reales discusiones en tenebrosas y retorcidas luchas intestinas. Sobra decir que la mayoría de las discusiones estaban marcadas por la premisa falaz introducida por la propia Komintern: el PSR había sido una organización aventurera de carácter putchista; había entonces que depurarla de los elementos culpables, para destacar en su reemplazo a los “auténticos bolcheviques”. Esto implicaba un primer falseamiento de la historia: inventar, con los que se iban seleccionando a posteriori, una supuesta fracción bolchevique.

Lo más grave es que en este juego de acusaciones y exculpaciones, los protagonistas se vieron obligados a reinventar su propia historia para argumentar que siempre habían estado en “el lado correcto” Pero los “elegidos” curiosamente resultaban al abrigo de las sospechas. El entonces joven Guillermo Hernández Rodríguez, liberal socialista, que aparecía en las reuniones como representante de los estudiantes, logra hacerse nombrar como delegado a la celebración del décimo aniversario de la revolución en Moscú (1927), allí consigue una beca de estudios en la Escuela Lenin, para luego regresar, tres años después, como “cuadro internacional”. Él sería, después de la expulsión y liquidación de lo mejor de la dirigencia revolucionaria, el primer flamante secretario del diezmado PSR convertido, en julio de 1930, en Partido Comunista Colombiano (10).

Bajo la represión eran las peores condiciones para librar una lucha ideológica y, menos, enfrentar calumnias ante instancias de difícil acceso no sólo político y burocrático sino también económico. De nada sirvió que el propio R. E. Mahecha hiciera una completa presentación en la Primera Conferencia de Partidos Comunistas en Buenos Aires en 1929, pues fue víctima de la más desvergonzada campaña de calumnias, incluso en contra de toda su vida de revolucionario. En una cronología de los principales acontecimientos colombianos elaborada para la Komintern puede leerse, a propósito de la huelga en Barranca en 1924: “Los obreros fueron derrotados por la traición del timador Raúl E. Mahecha”.

Sin embargo, el caso más lamentable de los acusados y luego perdonados, después de un humillante arrepentimiento, fue el de Ignacio Torres Giraldo. El 25 de agosto de 1929, en medio del fuego enemigo y del “fuego amigo”, Torres sale del país, en una suerte de deportación aceptada que nunca explicó muy bien. Llega a Europa y en deplorables condiciones económicas, inicia los contactos con la gente de los partidos comunistas (al mismo tiempo, R. Baquero está cablegrafiando a la Internacional cerrarle el paso). Finalmente logra, en diciembre del mismo año, presentarse en Moscú donde tuvo éxito en diversos trabajos durante más de cuatro años y recibió un intenso proceso también exitoso de reeducación. “Ahora comprendo mejor la actitud de las masas soviéticas hacia Stalin [...] Era el nuevo guía de la nueva humanidad que irradia el mundo. Stalin sólo tuvo un antecesor: Lenin” (11).

Después de su regreso a Colombia, se incorporó, con un papel relativamente gris, al Partido Comunista. Llama la atención que no les hubiera bastado las dos primeras autocríticas y hubiera tenido que llegar a la ya señalada que fue, por cierto, demoledora: “Así llega el partido a convertirse en un instrumento de la burguesía nacional vendida a los imperialistas [...]” (12). Esta conversión tuvo graves implicaciones: naturalmente por su autoridad de protagonista, pero además porque es el único que nos ofreció una amplia obra de historiador, de teórico y de autobiógrafo. Durante mucho tiempo esta obra sirvió de base para los análisis de historiadores, sociólogos y políticos. Pero es necesario leerla con cuidado, tiene todo el sesgo que proviene de ser el resultado de un “ajuste de cuentas”.

Es triste y lamentable. Como si la Revolución Rusa hubiera tenido que afirmar su presencia en estos países a través de una imagen distorsionada que no podía imponerse más que destruyendo y enterrando los verdaderos signos vitales de nuestro pasado revolucionario.

 

1. Cappelleti, A. Prólogo a “El anarquismo en América Latina”, compilación preparada por Carlos Rama y él, para la Biblioteca Ayacucho, Nº 155, Caracas, 1990.

2. Archila, M, Cultura e identidad obrera Ed. Cinep, Bogotá, 1991

3. Para el caso colombiano sigue siendo fundamental el libro ya clásico de Alfredo Gómez Anarquismo y anarco-sindicalismo en América Latina, Ed. Ruedo Ibérico, Barcelona, 1980.

4. Ibídem.

5. Ver Moncayo, H., Prólogo a Los Años escondidos, Uribe, María Tila, Ed Cestra, Cerec, 1ª. Edición Bogotá, abril de 1994.

6. Vega Cantor, R. , Gente muy rebelde, tomo 3. Ediciones Pensamiento Crítico. Bogotá, 2002.

7. Uribe, María Tila, op. cit.

8. Ver Jeifets, L y V. ,“El Partido Comunista Colombiano hacia la “transformación Bolchevique” En: Anuario colombiano de Historia social y de la cultura, Nº 28, Universidad Nacional, Bogotá, 2001.

9. Caballero, M. , La internacional Comunista y la Revolución Latinoamericana, Editorial Nueva Sociedad, Caracas, 1987. Primera edición en inglés en 1986.

10. Todo esto se conocía parcialmente o se sospechaba, pero ya ha sido comprobado y verificado gracias a la apertura de los archivos de la Komintern en Moscú después de 1991 y al enorme trabajo sobre Colombia hecho por Meschkat. Ver la compilación realizada por K. Meschkat y Rojas, JM, Liquidando el pasado, Taurus, Fescol, Bogotá, enero de 2009, primera edición.

11. Torres G., I., Cincuenta meses en Moscú, publicación póstuma. Universidad del Valle, Cali, 2005.

12. Torres G., I, Liquidando el pasado. Ver compilación Meschkat, K.

*Integrante del Consejo de Redacción de Le Monde diplomatique, edición Colombia.

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El presidente chino Xi Jinping este martes.

 

El Congreso del PCCh aprueba por unanimidad la inclusión del denominado 'pensamiento Xi' en la Constitución del partido

 

El presidente Xi Jinping lo ha conseguido. Ya es, oficialmente, el hombre con más poder de China en décadas. Su nombre, y su filosofía, han quedado inscritos en la Constitución del Partido Comunista, al mismo nivel que el mismísimo Mao Zedong (fallecido en 1976).

El secretario general del Partido, presidente de la Comisión Central Militar y jefe de Estado encabezó este martes la clausura del 19º Congreso del Partido Comunista en el Gran Palacio del Pueblo de Pekín.

El oficialmente denominado Pensamiento de Xi Jinping sobre el Socialismo con Características Chinas para una Nueva Era pasará a estudiarse en las escuelas y formar parte de las “guías de acción” que debe seguir todo buen comunista chino. O todo aquel que quiera llegar a algo en la nueva gran potencia.

Un 'pensamiento' que se resume en “el gran sueño chino de rejuvenecimiento de la nación”: la vuelta de China al papel de líder mundial, sea en el terreno económico, político o militar.

Hasta ahora, únicamente los dos grandes líderes de la República Popular de China, Mao Zedong y Deng Xiaoping, fallecido en 1997, habían recibido el honor de que su nombre figurara en el documento. Pero solo Mao lo disfrutó en vida. Y solo Mao veía reconocida su filosofía como 'pensamiento'; las ideas de Deng únicamente eran catalogadas como “teoría”. Ahora, Xi ha igualado al Gran Timonel. Muy lejos quedan sus dos predecesores vivos, Jiang Zemin y Hu Jintao: aunque los dos lograron incluir sendos preceptos suyos, sus nombres no se mencionan.

El orden del día de este martes para los 2.300 delegados, nombrar un nuevo Comité Central para el partido que, en China, es más importante que el propio Estado; también, aprobar los trabajos de la Comisión Central para la Inspección de la Disciplina, el órgano encargado de la lucha contra la corrupción.

Y aprobar las enmiendas constitucionales. Además de su propio nombre, Xi ha conseguido que se incluyan en el documento base del partido su campaña contra la corrupción y su Nueva Ruta de la Seda, el plan de conexión de China con Europa y África a través de redes de infraestructuras.

“¿Hay alguna objeción?”, preguntó Xi Jinping. “¡Mei You!” (“¡No hay!”), le respondieron, en cada ocasión, siete voces; las de los grandes del Partido. La última, el “No hay” final, el suyo.

 

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Los participantes en el congreso del PCCh escuchan la 'Internacional'. GREG BAKER AFP

 

“Hoy se ha anunciado el comienzo de la era de Xi”, considera el historiador y analista político chino Zhang Lifan. “Es la única persona, además de Mao, que ha logrado introducir su filosofía en los estatutos del partido en vida.... Además, hay que tener en cuenta el nombre de la teoría, 16 ideogramas en mandarín. Jiang Zemin y Hu Jintao ya mencionaron ‘una nueva era’. ‘Socialismo con características chinas” es una idea de Deng Xiaoping. ‘Pensamiento’ nos retrotrae a Mao. Xi los agrupa a todos en una filosofía que lleva su nombre”.

Los analistas dan por seguro que, con todo su poder consolidado definitivamente, el jefe de Estado, de 64 años, continuará al frente del país más allá de 2022, cuando según las normas tácitas o explícitas del régimen debería retirarse por edad. Pero, una vez equiparado a Mao, es irrelevante el hecho de que conserve sus títulos o no: sea quien sea quien ocupe el puesto, siempre será él, con el estatus de gran emperador moderno, quien tendrá la última palabra. Ya ocurrió con Deng, el gran poder en la sombra hasta su muerte, aunque su único título oficial para entonces fuera el de presidente honorario de la Federación china de Bridge.

“Va a ser el nuevo Gran Timonel, el gran arquitecto que llevará a China a ser una ‘fuerte potencia socialista’ para 2050 o antes. Para entonces, China también será una superpotencia capaz de desafiar a EEUU”, apunta Willy Lam, de la Universidad China de Hong Kong. “Pero desde una perspectiva más amplia, esto marca un gran retroceso para la política china: un gran paso atrás a los días oscuros de gobierno de un solo hombre bajo la dictadura de Mao Zedong”.

La sesión también designó a los nuevos miembros del Comité Central del Partido, el tercer nivel de la jerarquía comunista. 376 personas -204 fijos y 176 suplentes- que mañana, miércoles, nombrarán de entre sus filas a los 25 miembros del Politburó -el segundo nivel- y a los del Comité Permanente, el máximo órgano de dirección, y compuesto por un número que suele oscilar entre los cinco y los nueve. Actualmente, son siete.

La gran incógnita es quiénes acompañarán a Xi en el Comité Permanente. Durante su primer mandato, el secretario general del partido estuvo rodeado de los asesores que le seleccionaron sus predecesores en el cargo. Ahora es su oportunidad de rodearse de sus fieles.

Únicamente se da por seguro que continuará el primer ministro, Li Keqiang. Y se ha despejado un interrogante que se planteaban algunos analistas: Wang Qishan, la antigua mano derecha de Xi Jinping y responsable de la Comisión Central para la Investigación de la Disciplina (CCID), no continuará en la política de primera línea. Aunque debía retirarse por edad, se había conjeturado con la posibilidad de que continuara, quizás a cargo de la economía china. Pero su nombre no aparece entre los miembros del nuevo Comité Central.

Sí aparece en todas las quinielas Zhao Leji, uno de los hombres de mayor confianza de Xi y hasta ahora director del Departamento de Organización del partido, un cargo clave encargado de los nombramientos en los diferentes organismos. Zhao ha quedado incluido este martes entre los nuevos miembros de la comisión para la investigación de la disciplina, algo que apunta a que será el nuevo responsable de esta organización en la “Nueva Era”.

Lo que no habrá en el Comité Permanente son mujeres. El Partido nunca ha contado con una fémina en su nivel más alto de poder, y no parece que en esta ocasión vaya a dar una señal a quienes “sostienen la mitad del cielo”, como decía Mao. Todo lo contrario. Solo han logrado entrar en el tercer círculo de poder, el Comité Central de 376 miembros, el mismo número que en 2012: diez.

 

 

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Martes, 10 Octubre 2017 09:03

Cuba y su diplomacia verde olivo

El investigador, periodista y diplomático cubano Santiago Rony Feliú, en entrevista con La Jornada

 

Cuando la influencia de Henry Kissinger se empezaba a hacer sentir en los círculos de poder en Washington –inicios de los años 60– y la Cuba revolucionaria daba sus primeros pasos de diplomacia encubierta, con la intención de incidir en una nueva configuración mundial, el político estadunidense describió a la isla como un pequeño país subdesarrollado con pretensiones de política exterior de primer mundo. Y en ese momento no le faltó razón a quien llegó a ser uno de los grandes enemigos de las fuerzas progresistas en América Latina y artífice de muchos intentos para derrocar a Fidel Castro.

El investigador, periodista y diplomático cubano Santiago Rony Feliú trae a colación esta expresión de cuando los barbudos de Fidel Castro no tenían más de dos años de haber conquistado el poder mediante la lucha armada, para ilustrar hasta qué grado impactó en el mundo de entonces lo que llama la diplomacia verde olivo, impulsada por Ernesto Che Guevara: una vía alterna a la política exterior formal, que se proponía extender la lucha en contra del neocolonialismo y el imperialismo mucho más allá de la isla.

Guevara fue el emisario de esa política de relaciones exteriores que no emanaba de un ministerio o cancillería, sino de un aparato que actuaba a la sombra, bajo la instrucción directa de Fidel Castro, operado por uno de sus hombres más cercanos: Manuel Piñeiro, el comandante Barbarroja. Era un instrumento del Partido Comunista Cubano, y no fue hasta 1975 que se formalizó con el nombre de Departamento América. En 1993 el propio Castro hizo pública su disolución oficial.

Feliú, actualmente director de la revista Tricontinental y directivo de la Organización de Solidaridad de los Pueblos de Asia, África y América Latina, instituciones que datan de esa convulsa década, es uno de los muchos cubanos que se formaron en ese semillero de diplomacia revolucionaria.

 

Práctica vigente

 

A la distancia, sostiene en entrevista con este diario, los frutos de esa práctica, lejos de haber caducado, siguen presentes en algunos rasgos de la relación de Cuba con el mundo. Está basada en los principios de la solidaridad y el internacionalismo. Hoy la podemos ver en el despliegue de 68 mil médicos cubanos para apoyar labores de salud pública en 60 países, contando el más reciente envío de 42 galenos, que en estos días trabajan con los damnificados en el Istmo oaxaqueño. Y también los 28 mil maestros desplegados en otros 49 países del tercer mundo.

Asegura que los reflejos de aquellos ideales políticos del guevarismo y de la diplomacia de nuevo tipo también pueden encontrarse, recicladas y actualizadas, claro, en el pensamiento político del fallecido Hugo Chávez, Rafael Correa y Evo Morales.

Hace un poco de historia: Guevara emprendió la primera gira internacional como representante del gobierno revolucionario apenas cinco meses después del triunfo. Fue un viaje de tres meses de aprendizaje sobre el perfil que iba adquiriendo el mundo por 18 países recién descolonizados en Asia y África. La segunda gira fue a países europeos y China. La tercera, a los países del bloque socialista. La décima y última gira que realizó en su calidad de diplomático, con la misión de reforzar la descolonización y la unidad de los países que no se inscribían en ninguno de los dos bloques dominantes (Organización del Tratado del Atlántico Norte y Pacto de Varsovia), fue a Naciones Unidas, y después de otro recorrido culminó en Argelia, donde regaló su avión al líder revolucionario (Ahmed) Ben Bella, para regresar a La Habana en un vuelo comercial.

 

Los frutos

 

Hablando de los frutos que dejó ese trabajo diplomático, sostiene Feliú, hay que mencionar la formación del Movimiento de Países No Alineados en 1961, en Belgrado. “Cuba está ahí presente, también resultado de esa diplomacia. Luego viene 1965. Es el peor momento, el más agresivo, del imperialismo en la guerra fría. Estados Unidos invade por todos lados: Congo, República Dominicana, Vietnam... Entonces Cuba decide convocar la primera Conferencia Tricontinental, en enero de 1966. Sigue siendo el acto internacional más grande de la contemporaneidad. A La Habana fueron 582 líderes políticos de todo el mundo. Ojo: en ese momento sólo había 111 países. Y las comunicaciones y transportes no eran lo que son hoy. El Che no estuvo físicamente, porque se había producido el fracaso de nuestra incursión en el Congo y él estaba en Tanzania. Pero todos los que vinieron, en algún momento anterior, se habían reunido con él. Los había convocado, había conversado con ellos, los había tocado, de alguna manera”.

Para Feliú, esos acontecimientos de los años 60 son “ejemplo concretísimo de la diplomacia verde olivo que tiene consecuencias inmediatas en la década posterior, la de los golpes de Estado y las luchas en contra de las dictaduras. Cuba es solidaria y cercana a aquellos que resisten las dictaduras y da asilo a sus principales líderes”.

Recuerda también la forma en que Cuba transitó por la etapa en que fue desconocida por todos los países de América Latina, menos por México. “Qué hacía entre tanto Cuba? No se quedaba ni aislada ni callada. Se reunía con los partidos, los líderes políticos, los actores sociales, periodistas e intelectuales amigos. ¿Cómo sobrevivimos ese vacío de relaciones diplomáticas con los gobiernos de nuestra región? Con la información y el contacto que nos daba esa diplomacia.

“Y no sólo en América Latina. Muerto el Che, es Fidel quien viaja: largas giras por África, la Europa socialista y también la capitalista. A pesar de la ausencia de relaciones diplomáticas formales, en 1974 lo invita Michael Manley a Jamaica, y después de eso, José López Portillo, no a Ciudad de México, sino a Cancún, nótese. Durante 17 años no puede viajar a ningún país de América Latina, ninguna invitación para el jefe de Estado cubano. A partir de 1988 ya todo mundo se fue relajando y a Fidel lo invitan por todos lados, desde Carlos Salinas, que lo trae a su toma de posesión. ¿Por qué se produce ese relajamiento? Porque todos esos años siempre hubo una diplomacia silenciosa, bajo cuerda. Ya a partir de 1988 se puede establecer un amplio abanico de relaciones con la diplomacia formal, sin abandonar la otra. Porque en la diplomacia formal suele haber vaivenes, como demostró Vicente Fox. Y no sólo él, sino también algunas izquierdas.”

–Esa diplomacia verde olivo no sólo fue de relaciones políticas. También se vinculó con las luchas armadas de la región...

–Sí, en una etapa. Parte de esa diplomacia fue de promoción de la lucha guerrillera. Se buscaba la plena independencia recurriendo a todas las formas de lucha, incluso la armada. Eso se acabó hace rato; se acabaron las condiciones para continuar por esa vía. Y no fue Raúl Castro (presidente actualmente) quien le puso fin, sino mucho antes fue Fidel. La caída del bloque socialista nos obliga a un cambio de cosmovisión; hubo que repensar muchas cosas en la geopolítica. Esa, entre ellas.

Santiago Feliú, quien fue ministro consejero de las embajadas cubanas en Bolivia y Guatemala en décadas pasadas como parte del Departamento América, hoy formalmente extinto, está convencido de que la confluencia en un momento histórico (la década pasada) de siete gobiernos progresistas en América Latina –solamente con México y Colombia haciendo contrapeso desde la derecha– fue también uno de los frutos de esa política exterior cubana de doble vía, la formal y la verde olivo, que no son separadas, sino complementarias.

Ambas son responsables de que hoy día, a pesar de décadas de políticas que intentaron aislar a Cuba, su país tenga relaciones con 139 países y abiertas y activas 127 embajadas.

 

 

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Sábado, 07 Octubre 2017 07:18

Espejo de una generación

Espejo de una generación

Los jóvenes del 68.

 

Ansiosos y desenfrenados, los jóvenes del 68 querían transformar el mundo. Aunque la vida y la muerte de Ernesto Guevara fueron labradas por él mismo, el Che ícono de multitudes fue una creación de abajo. Una excusa, de una generación que se sentía tan aventurera como su barbado héroe, para romper tabúes, relaciones de poder y opresión que durante tanto tiempo se mantenían intactos.

“Ser como el Che”, un mantra que se repetía una y otra vez, como machete que despejaba el camino de la revolución; aunque el inconsciente individual y colectivo decía algo diferente: el Che como excusa de algo mucho más profundo. Querían los jóvenes del 68 modificar su lugar en el mundo, romper tabúes, agrietar relaciones autoritarias y jerárquicas que, como el patriarcado, se mantenían incólumes desde el fondo de los tiempos.er como el Che.” Una frase-programa-de-vida que marcó a fuego a toda una generación que cambió la vida política de América Latina, que tomó en sus manos la bandera del Che, simplemente porque necesitaba íconos para justificar una rebeldía insumisa que no encontraba referentes.

Recordemos brevemente el entorno. Invasión de Checoslovaquia por la Unión Soviética, la “Ofensiva del Tet” que selló la derrota de Estados Unidos en Vietnam, masacre de estudiantes en la plaza de Tlatelolco en la ciudad de México, donde el ejército asesinó a no menos de 400 para allanar la celebración de los Juegos Olímpicos. Apenas tres hechos que tapizaron el mítico 1968, mucho más trascendentes que la mediática revuelta juvenil parisina.

En la región habría que sumar los levantamientos populares del “Cordobazo” y el “Rosariazo” en 1969 contra la dictadura del general Juan Carlos Onganía, el impresionante ascenso de las luchas urbanas en Chile, que modificaron la estructura de las ciudades y llevaron a la presidencia a Salvador Allende en 1970, las luchas campesinas en la sierra peruana alentadas por Hugo Blanco, que forzaron al gobierno militar de Juan Velasco Alvarado, desde 1968, a realizar la mayor reforma agraria después de la cubana; el ascenso obrero y minero en Bolivia que construyó una Asamblea Popular obrero-campesina-estudiantil, en 1970, con el que disputaron el poder a las clases dominantes.

Años fugaces que condensaron décadas. Años que representan un parteaguas en todos los terrenos de la vida social.

En 1967 se publica Cien años de soledad y al año siguiente Pedagogía del oprimido, de Paulo Freire; en 1971 aparece Las venas abiertas de América Latina, todas referencias ineludibles de una época. La Conferencia Episcopal de Medellín, también en 1968, potenció el despegue de la teología de la liberación y del compromiso de los cristianos con los pobres que, junto a la educación popular freireana, imprimieron la insurgencia popular de la época.

Apenas seis meses separaron la muerte del Che del asesinato de Martin Luther King, en Estados Unidos. La película de Gillo Pontecorvo, La batalla de Argel, estrenada en 1966, estuvo prohibida en la mismísima Francia hasta 1971, enseñando la faceta represiva e intolerante del país de las luces a la vez que mostraba la peor cara del colonialismo. Era el clima de una época signada por un profundo viraje, tan profundo que Immanuel Wallerstein bautizó el período como “la revolución mundial de 1968”.

El sociólogo estadounidense esbozó, a propósito de ese concepto, uno de los más profundos y desconcertantes asertos: “Tan sólo ha habido dos revoluciones mundiales. La primera se produjo en 1848. La segunda en 1968. Ambas constituyeron un fracaso histórico. Ambas transformaron el mundo. El hecho de que ninguna de las dos estuviese planeada y fueran espontáneas en el sentido profundo del término, explica ambas circunstancias: el hecho de que fracasaran y el hecho de que transformaran el mundo”.

Fueron los años en que todo se podía poner boca abajo. Mao Zedong lanzaba la revolución cultural con un dazibao que hizo historia: “Bombardead el cuartel general”, en referencia a las altas esferas del partido-Estado que él mismo encabezaba. Los mismos años, exactamente, en que The Beatles lanzan sus álbumes Revolver y el mítico Sgt Pepper’s Lonely Hearts Club Band.

En ese clima regional y global irrumpe una generación de jóvenes ansiosos y desenfrenados, deseosos de ser parte de las múltiples revoluciones que transformaban el mundo, desde las políticas hasta las culturales. No hay más que repasar los cambios en la vestimenta cotidiana para hacerse una idea de lo que estaba sucediendo. Jóvenes que convirtieron al guerrillero caído en La Higuera en símbolo de insurgencias que, con el paso del tiempo, podemos aquilatar como más influyentes incluso que la que protagonizó el Che.

Aunque la vida y la muerte de Ernesto Guevara fueron labradas por él mismo, con una voluntad que había pulido “con delectación de artista”, como escribió en la carta de despedida a sus padres, el Che ícono de multitudes fue una creación de abajo. Una generación que se sentía tan aventurera como su barbado héroe, destinada a cumplimentar grandes empresas, lo colocó como mascarón de proa, insignia o estandarte, esgrimiendo su imagen con la intransigente convicción de quienes se saben (o creen) portadores de certezas y, sobre todo, del fuego redentor de la humanidad.

Como todo ícono, como todo emblema, en la figura del Che que portaban los militantes de aquellos años había no sólo mística sino religión. Atea, pero religión al fin. Contradictorio, cierto. Pero qué se le puede reprochar a gentes dispuestas a entregar la vida, no por fanatismo sino por ardiente deseo de transformar su lugar en el mundo.

El ícono fue apareciendo en los lugares más insólitos. Desde pequeños bustos en sedes sindicales y partidarias hasta los guardabarros de camiones y vidrios de autobuses. La imagen del Che, escribió el historiador peruano Alberto Flores Galindo, ha sido usada con similar devoción a como se utiliza una estampita religiosa. En su opinión, se trata de “la reelaboración de un personaje histórico desde la cultura popular”. No ha sido un fenómeno propiciado desde el Estado, como en Cuba, o “un culto inducido por la sociedad de consumo”, como en Estados Unidos.

Pasado medio siglo podemos decir de la gesta del Che algo similar a la valoración del historiador Eric Hobsbawm sobre la revolución y la república española: su causa se conserva intacta, “tan pura y convincente” como lo fue aquel lejano-cercano octubre de 1967. Aunque su estrategia fracasó y el socialismo que defendió con fervor de creyente se cayó a pedazos, su heroica estampa sigue invicta porque el gesto de poner el cuerpo, y la vida, sigue mereciendo el mayor de los respetos.

 

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