Domingo, 30 Abril 2017 08:04

Murió el hombre que derrocó a Allende

Foto: Luis Hidalgo, Aton Chile

 

Agustín Edwards Eastman, que durante casi seis décadas manejó el imperio periodístico del diario chileno El Mercurio, vehículo de la censura durante y después de la dictadura de Pinochet, falleció sin haber rendido nunca cuentas ante la justicia por su papel en el golpe de 1973.

 

Chile, 1993. Eran los primeros tiempos de la democracia y aunque Augusto Pinochet hacía las veces de eminencia gris desde la comandancia del Ejército, nadie dudaba de que la libertad de expresión y de pensamiento era un viento que barría el país de cordillera a mar. En las más de treinta escuelas universitarias de periodismo –muchas de ellas producto del mercado de la educación creado por la dictadura a partir de 1980–, miles de jóvenes estudiaban con la ilusión de romper con palabras las ataduras legales y espirituales dejadas por el régimen autoritario. Entre esas escuelas, una de las mejores era la de la universidad privada Diego Portales, cuya directora se preciaba de haber construido en los años de plomo un espacio para el libre intercambio de ideas. Fue en ella, sin embargo, donde este corresponsal, recién llegado de la Bbc de Gran Bretaña, vio por primera vez la cara del temor que lleva a la autocensura.

Invitado por la directora a contribuir con un artículo para la revista institucional Reflexiones Académicas, aquel periodista venido de un Londres donde el periodismo tuvo un papel destacado en poner fin al delirio neoliberal de Margaret Thatcher centró su escrito en el problema del dominio absoluto de la prensa chilena que ejercían los diarios con una visión conservadora y provinciana del mundo, encabezados por El Mercurio. “¿Podrías hacer algo más neutro, sin atacar directamente al diario?”, fue la solicitud, casi en tono de súplica, que recibió el catedrático contribuyente después de que el consejo académico hubo revisado el artículo. Tras una larga discusión sobre el estado de los medios nacionales y la libertad para analizarlos críticamente que debía tener un establecimiento de formación de periodistas, vino la confesión de la directora: “Es que para nosotros es muy importante que nuestros alumnos hagan sus prácticas en El Mercurio...si alguien se ofende en el diario y nos niegan esa oportunidad, esta escuela no será nada”.

 
APOLOGÍAS Y ALABANZAS.


El Mercurio, fundado en Santiago en 1900 por la misma familia propietaria del diario más antiguo del continente, que con igual nombre se publica en Valparaíso desde 1827, es la cabeza del imperio periodístico que durante casi seis décadas manejó con paternalismo autoritario Agustín Edwards Eastman, el hombre cuyas conversaciones con Henry Kissinger y Richard Nixon, a los pocos meses del triunfo electoral de Salvador Allende, fueron decisivas para el apoyo de Washington al derrocamiento del primer presidente socialista de Chile. Sin haber rendido nunca cuentas ante la justicia por su papel en el golpe de 1973, al igual que Augusto Pinochet, Edwards falleció el lunes 24 de abril y fue sepultado entre panegíricos y apologías, con la voz categóricamente discordante del Colegio de Periodistas. Esta organización profesional, que fue la única en tomar alguna medida para sancionar al dueño de El Mercurio por su golpismo y le dio de baja como afiliado (aunque sólo pudo hacerlo en 2015, con una comisión directiva que no temió a su influencia), expresó en un comunicado que el difunto magnate de la prensa dejó un oscuro legado, “tanto por sus acciones personales como por su manejo de las empresas periodísticas que controló, las que fueron el soporte comunicacional de la conspiración contra el sistema democrático al servicio del golpe militar, que ensombreció Chile a partir del 11 de setiembre de 1973 e instauró la dictadura cívico-militar que sobrevino, con su secuela sistemática de violaciones a los derechos humanos y que fuera ampliamente respaldada por El Mercurio y sus medios asociados”. Para el gobierno de Michelle Bachelet, cuyo padre murió a causa de las torturas que le infligieron aquellos a quienes El Mercurio ayudó a tomar el poder, la figura de Edwards fue apenas“controversial”, y se trató, en las palabras de la portavoz de La Moneda, de una persona que “jugó un rol histórico en un momento importante en nuestro país, que tuvo que ver con el término de nuestra democracia y el comienzo de una dictadura”.

 

VÍNCULOS CON ESTADOS UNIDOS.


El Mercurio integra la alianza de periódicos conservadores americanos denominada Grupo Diarios de América, pero su línea editorial antiizquierdista y neoliberal hace que, por comparación, medios como El País uruguayo, La Nación argentina o El Comercio de Perú parezcan publicaciones de centro-izquierda. Agustín Edwards, como lo revelaron hace unos años los documentos desclasificados por el gobierno de los Estados Unidos, incluso trató de impedir la llegada a la presidencia del antecesor demócrata cristiano de Allende, Eduardo Frei. Según la biografía no autorizada que publicó en 2014 el periodista Víctor Herrero, fue en la década de 1960 que comenzó el acercamiento del propietario de El Mercurio a los servicios secretos estadounidenses. Por otra parte, John Dinges y Saul Landau, autores de una investigación periodística sobre el asesinato, en Washington, de un ex ministro del gobierno allendista, describieron en detalle la reunión en la Casa Blanca del que llamaron “el archiduque de la nobleza sin títulos chilena”, el 15 de setiembre de 1970. De allí salió la instrucción de Nixon a la Cia para “apretar la economía chilena hasta que grite”. Tal mandato significó para el diario de Edwards un aporte de alrededor de dos millones de dólares, bien documentado por el Comité Church del Senado norteamericano, que en 1975 recopiló información sobre el papel de la Cia en el derrocamiento de Allende.

 
CENSURA Y DOMINIO.


La derecha chilena siempre ha sostenido que el gobierno socialista trató de asfixiar financieramente a El Mercurio, pero lo cierto es que durante los tres años del allendismo el periódico sobrevivió sin pérdidas importantes de circulación y con todo el respaldo publicitario de una comunidad empresarial que se sentía amenazada por los cambios económicos y sociales. El apoyo propagandístico al modelo neoliberal impuesto por la dictadura fue recompensado con la condonación de deudas y créditos ventajosos, en tanto que varios ministros y otros funcionarios del régimen se convirtieron en miembros de la junta directiva o columnistas y editorialistas. Por otra parte, Edwards aplicaba con celo la censura en nombre del gobierno dictatorial; en 1982, por ejemplo, despidió al director del diario y hombre de su confianza, porque se había atrevido a publicar un editorial de crítica al asesinato, cometido por los agentes pinochetistas, de un importante dirigente sindical demócrata cristiano. Aunque El Mercuriosolía mantener un estilo distante y doctoral en sus artículos y comentarios, otros diarios del grupo, como el vespertino La Segunda, sumergían en dudas las denuncias sobre los detenidos desaparecidos y justificaban con titulares crueles las acciones de los militares.“Exterminados como ratones” es un titular recordado hasta hoy por los familiares de varias decenas de militantes del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, que fueron eliminados mediante las coordinaciones con otras dictaduras de la región.

Los gobiernos democráticos, que no se han apartado mucho del sistema del libre mercado que fue bien montado por los socios civiles de Pinochet, se mostraron indiferentes ante la suerte de las publicaciones que otrora habían sido opositoras al gobierno dictatorial. Así fue como el mercado de la prensa quedó dividido entre dos grupos que se alinean con la derecha: La Tercera y El Mercurio, y este último pudo adquirir casi todos los diarios del interior del país, acaparando más del 80 por ciento de su circulación. Además, la inexistencia de una sanción social para el papel desempeñado por el diario de Agustín Edwards en la historia reciente permitió que el propietario siguiese siendo poderoso e influyente en los más diversos ámbitos.

 
DE TAL PALO.


La cercanía con sectores conservadores católicos, principalmente el Opus Dei y los Legionarios de Cristo, hace de El Mercurio el abanderado de cruzadas morales contra leyes como la del divorcio, que apenas entró en vigencia en 2004, o la de terminación del embarazo y salud reproductiva, aún detenida en el Senado, pese a que el aborto está prohibido en todas sus formas y una mujer puede ser obligada a llevar en su vientre un feto muerto hasta el parto natural. A una alumna de periodismo, que ante el ofrecimiento de un trabajo en El Mercurio me consultó sobre cómo determinar los márgenes de libertad editorial en el diario, quien esto escribe le sugirió que simplemente preguntase si podría entrevistar a personas que respaldaran la ley de divorcio. Hecha la pregunta a la editora de la sección de ideas y cultura, la respuesta fue inequívoca: “¡Aquí no publicamos opiniones favorables al divorcio!”.

En 1992, un hijo de Edwards fue secuestrado por un grupo guerrillero; mediante unos pocos telefonazos, el padre consiguió que ni las autoridades ni los medios divulgaran la noticia por algunas semanas, y trajo asesores del Fbi y los servicios secretos ingleses para que le indicaran cómo negociar con los secuestradores. Después de la liberación de Edwards hijo, que se concretó sin la intervención de las autoridades nacionales, el propietario de El Mercurio creó una fundación para combatir el crimen, que en la actualidad es un referente para todos los gobiernos. La publicación periódica de los datos de la Fundación Paz Ciudadana se constituye en noticia de primera plana y suele ser una fuente de críticas al gobierno por el tema de la seguridad pública, pese a que Chile es estadísticamente uno de los países más seguros del continente. Por ello, es dable suponer que la influencia de Agustín Edwards, encarnada en El Mercurio y en un hijo mayor que tomará las riendas del grupo –quien en las fotografías parece un clon de su padre, hasta en la vestimenta–, seguirá condicionando el desarrollo del Chile democrático.

 

 

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Copyright advertisement from the New York Clipper, 1906.

 

Para sorpresa de propios y extraños, Estados Unidos y la Unión Soviética compartieron, hasta muy avanzado el siglo XX, políticas proteccionistas que autorizaban la libre traducción y circulación de textos extranjeros

 

El poeta y ensayista alemán Heinrich Heine nos alertó hace ya algunos años de que “ahí donde se queman libros se acaba quemando también seres humanos”. En el 2011, mientras asistíamos sorprendidos al nacimiento de lo que se conoció como 15-M y a la detención, unas semanas después, de Teddy Bautista, una noticia de gran importancia para la cultura nos pasó desapercibida. Ese mismo año en China se quemaron públicamente más de cinco millones de libros, CD y DVD pirateados: en ciudades como Pekín, Tianjin, Shanxi, Jiangsu, Cantón y Sichuan se organizaron grandes hogueras como eventos preparatorios de la celebración del Día Mundial de la Propiedad Intelectual, que se conmemora mundialmente el 26 de abril. ¿Comunismo y piratería son, entonces, antagónicos? Empecemos por el principio.

 

EEUU, el primer pirata mundial


En 1790 se aprobó en Estados Unidos la Copyright Act, una ley por la que cualquier libro editado en el extranjero se consideraba automáticamente bajo dominio público. Todos los libros de autores ingleses, de gran éxito por entonces en EEUU, podían publicarse sin restricciones y sin necesidad de pagar derechos de autor. Se generó así un escenario de una competencia feroz, en el que barcos cargados con las planchas de imprenta de grandes éxitos ingleses navegaban a toda velocidad para llegar los primeros a la Costa Este. Esta competencia editorial llegó a recrudecerse hasta el extremo de provocar los incendios de algunos almacenes editoriales. Sólo algunos editores decidieron remunerar, siquiera simbólicamente, a los autores de más éxito. Adrian Johns relata en su monumental Piratería (Akal, 2013) que Charles Dickens o Walter Scott se contaron entre los pocos escritores que merecieron esta consideración.

En 1842 Dickens llegó a realizar una gira por EEUU, junto a Washington Irving y otros autores locales, para demandar la aprobación de leyes internacionales sobre copyright. Esta solicitud fue ignorada en el contexto poco propicio a la internacionalización del copyright en EEUU, y valió a Dickens y al resto de sus compañeros duras críticas por parte de la prensa norteamericana de la época. No fue hasta finales del XIX cuando EEUU decidió tener algún tipo de gesto institucional con los autores extranjeros. Sólo entonces se produjo ese debate público sobre el reconocimiento o no de la protección de sus obras que le hubiese gustado impulsar a Dickens unas décadas antes.

Las posturas de los economistas con intereses en la industria editorial, sumadas a las presiones de los editores, más las de los potentes e influyentes sindicatos de tipógrafos, hicieron que en EEUU la nueva ley conocida como International Copyright Act de 1891 siguiera teniendo un carácter proteccionista. Los requerimientos para que un autor extranjero obtuviera la protección a través copyright eran en realidad prácticamente imposibles de conseguir. Años después, cuando EEUU empezó a contar con más autores de éxito propios y su industria creció, fue modificando su postura, firmando distintos acuerdos y tratados internacionales hasta incorporarse al Convenio de Berna en la tardía fecha de 1989.

 


Los derechos de autor en la URSS

 

¿Se abolió la propiedad intelectual después de que se asaltara el Palacio de Invierno? Aunque pueda parecer paradójico para quienes hacen lecturas superficiales sobre los derechos de autor, la respuesta es NO. En el Primer Congreso de la III Internacional de 1919, Lenin expuso de este modo sus ideas sobre la libertad de prensa y el mundo editorial:

“A fin de conquistar la igualdad efectiva y la verdadera democracia para los trabajadores, para los obreros y los campesinos, hay que quitar primero al capital la posibilidad de contratar a escritores, comprar las editoriales y sobornar a la prensa, y para ello es necesario derrocar el yugo del capital, derrocar a los explotadores y aplastar su resistencia [...] no habrá obstáculo para que cada trabajador (o grupo de trabajadores, sea cual fuere su número) posea y ejerza el derecho igual de utilizar las imprentas y el papel que pertenecerán a la sociedad”.

En la URSS, las formas de propiedad intelectual revolucionarias no fueron tan distintas a las de otros Estados no socialistas. Los autores disfrutaban del derecho exclusivo de decidir cómo publicar y distribuir sus trabajos (aunque con la prohibición expresa de transferir todos los derechos a un editor) y recibían derechos de autor en un régimen de propiedad intelectual más flexible y menos mercantilizado. Se contemplaban numerosas excepciones, como el permiso para la publicación de las obras en revistas académicas, la posibilidad de realizar obras derivadas y la autorización automática a realizar traducciones a los distintos idiomas oficiales.

La URSS siguió los pasos de EEUU en todo lo relacionado con la propiedad intelectual: primero consideró como de dominio público las obras de todos los autores extranjeros, para ir paulatinamente cerrando acuerdos internacionales a partir de los años 70, siempre en función de sus intereses comerciales. Eso sí, con notables excepciones: está contrastado que Lillian Hellman, John Steinbeck, Upton Sinclair, Waldo Frank, John Cheever, John Updike o Art Buchwald sí que recibieron derechos de autor de editoriales soviéticas, aprovechando viajes a la Unión Soviética o contactos con personas residentes en ese país.

En China continuaron con esa misma visión funcional e instrumental de la propiedad intelectual y la ley específica no se promulgó hasta 1990, siendo además muy recientes los acuerdos en lo referente al reconocimiento de los derechos de autor de creadores extranjeros.

 


¿Llega el comunismo cultural del capitalismo?


Las críticas a la propiedad intelectual no provienen, en su origen, de funcionarios soviéticos, forofos del materialismo dialéctico u oscuros intelectuales marxistas: surgen en realidad de los campus de EEUU, donde se hizo una particular recepción del posestructuralismo francés, la French Theory, una mezcla explosiva de las ideas de autores como Foucault, Derrida, Barthes, Deleuze, Baudrillard, Lacan, Kristeva... La muerte del autor se convirtió entonces en un lugar común y punto de partida obligatorio desde donde analizar cualquier conflicto relacionado con la propiedad intelectual.

En el inicio de la posmodernidad, las críticas a la propiedad intelectual dejaron de ser económicas (como los debates sobre proteccionismo en EEUU, URSS o China al hilo del copyright de los autores extranjeros) para pasar a ser de corte filosófico, realizadas por académicos que, paradójicamente, vivían de su actividad como docentes y, además, percibían derechos de autor por sus obras. Dos liberales estadounidenses, el abogado y académico Lawrence Lessig y el programador Richard Stallman –ajenos por tanto a las industrias culturales–, sentaron las bases a finales del siglo XX del primer movimiento social relacionado con la propiedad intelectual: el movimiento a favor de la cultura libre.

En la segunda parte de este artículo veremos cómo los protagonistas ya no serán los Estados, sino grandes corporaciones que suelen operar en paraísos fiscales. Estas empresas consideran todos los productos culturales en una suerte de dominio público digital, siempre que esto responda a sus intereses comerciales. La cultura libre y la ideología californiana proveen el trasfondo filosófico y político a este expolio.

 

 

 

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Jueves, 27 Abril 2017 07:48

La historia en las paredes

La historia en las paredes

No sé a quién se le ocurrió bautizar a Daniel Mordzinski como el fotógrafo de los escritores, pero no hizo sino confirmar una verdad muy obvia. Si jugáramos a la rayuela con las palabras, como le gustaba a Julio Cortázar, yo diría más bien que Daniel es un escritor fotógrafo, que usa la cámara como si fuera la pluma para escribir y describir cuerpos y rostros, situaciones, momentos, perfiles, rasgos, que deja para la historia con una precisión que asombra, y que serán claves para determinar en el futuro, digamos dentro de un siglo, quiénes eran y cómo eran los escritores de este traslape de milenio tan incierto, y tan lleno de descubrimientos tecnológicos, pero también de horrores.

Gracias a la iniciativa de Acción Cultural Española, ahora viaja por América una gran exposición de sus fotografías de escritores hispanoamericanos, Objetivo Mordzinski, compuesta por cerca de 220 retratos. Se abrió por primera vez en San Juan, Puerto Rico, en marzo del año pasado, con motivo del Congreso Internacional de la Lengua; siguió a Buenos Aires temprano de este año, se halla ahora en el Museo de Arte de San Salvador, donde pude verla, y luego seguirá hacia Managua, para ser presentada a finales de mayo dentro de Centroamérica Cuenta, el encuentro internacional de escritores que celebraremos por quinta vez.

En la muestra también hay vitrinas donde se exhiben los instrumentos que a su vez nos cuentan la historia de su oficio: cámaras que son ya verdaderas piezas de museo, rollos de película, tiras de negativos, copias de contacto... todo lo que se llevó el viento de la era digital. La historia dentro de la historia, o los instrumentos con que empezó a contar sus historias, que es la historia de todos aquellos que nos dedicamos a escribir, en cualquier parte del mundo y en cualquier idioma.

Posar no es la palabra que yo usaría cuando uno se deja fotografiar por Daniel. Posar es aburrido, escuchar el clic de la cámara repetirse una y otra vez. Con él es asunto de magia, alguien que busca el instante, lo encuentra, y lo detiene. Cada escritor retenido, o congelado, en una circunstancia que él inventa cada vez, siempre lleno de apuro, y entonces esa circunstancia se vuelve extraña y atractiva, y es lo que el espectador verá al acercarse a la foto.

Vamos caminando por una calle de Arequipa, hallamos el portón del convento de Santa Catalina donde los porteros ya lo conocen, entramos a una de las celdas de las monjas enterradas en vida, encuentra el ángulo, el tono de luz, te coloca donde él ha elegido, y un segundo después oyes que dice sus palabras rituales "gracias señores", y todo se acabó. O en Nicaragua, donde subimos hasta el cráter del volcán Santiago, y la cámara me mira de lejos, rodeado de desolación.

Como en la escritura, las fotos de Daniel son un asunto de invención. Hay que imaginar antes lo que va a ocurrir en la foto, como si fuera una página en blanco. Y los escritores fotografiados deben someterse a un juego imprevisible, cuyos resultados aleatorios sólo él conoce, y ya sabes que lo tiene todo cuando sonríe al asomarse al visor.

Así tendremos a Elmer Mendoza convertido en un combatiente de la División del Norte de Pancho Villa, las cananas cruzadas en el pecho y el sombrero al desgaire; a Héctor Abad Faciolince, a caballo, como un finquero cualquiera de Jericó, en su tierra de Antioquia; o a Juan Gelman tocando el bandoneón como si fuera el mismísimo Troilo acompañando al Turco Goyeneche que canta Malena en el ya extinto Caño 14, la catedral del tango.

El retrato que le tomó, siendo adolescente, a Jorge Luis Borges en su despacho de la Biblioteca Nacional, es una foto fundacional, y su opera prima. Se la hizo con una cámara de aficionado que le sacó prestada a su padre, y lo imagino en el cuarto oscuro revelándola, ese misterioso proceso cuyo nombre lo dice todo, revelación, y que pasa ya al olvido, y luego viendo a trasluz el negativo para descubrir la maravilla que había conseguido, un Borges en blanco y negro, como no hay otro, que realza en la oscuridad, igual a la de su ceguera, las manos apoyadas en el bastón que no se ve en el cuadro, pero que la imaginación reconoce como el bastón de Borges.

Su oficio creativo empezó en Buenos Aires con ese retrato hace más de 30 años, y luego se fue al exilio en París al llegar la dictadura militar de Videla. Y allá hizo otra foto imprevista a Julio Cortázar, cuando era un principiante desconocido y se atrevió a invitarlo por teléfono a la inauguración de su exposición, a la que el Gran Cronopio, para su sorpresa, asistió.

Y García Márquez vestido con sus galas blancas de caribeño, sentado al borde de su cama vestida también de blanco, en el dormitorio de su casa de Cartagena, vecina al hotel Santa Clara, el antiguo convento donde descubrieron los restos mortales de Sierva María, cuyo cabello no dejó de crecer nunca. De perfil Gabo igual que Borges, uno de blanco, el otro de negro, Gabo como quien espera en una estación olvidada el tren que va a llevarlo para siempre a Aracataca.

Carlos Fuentes frente al mar y al fondo una palmera solitaria, un mar que cualquiera que fuera sería siempre el mar de Veracruz. Y Mario Vargas Llosa recostado en una cama de hotel, escribiendo a mano a la luz de una vela flauberiana.

Cuando Daniel cuente en un libro la historia de cada foto que ha tomado, será el segundo tomo de su historia de la literatura contemporánea. El primer tomo lo ha escrito ya con su cámara, y en lugar de leerse, puede verse, esos centenares de fotos colgadas en las paredes, como si fueran páginas.

Masatepe, abril 2017

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Martes, 18 Abril 2017 06:48

El comienzo fue un big bang

El comienzo fue un big bang

Hace cinco décadas The Velvet Underground y Pink Floyd lanzaban sus primeros álbumes de larga duración, iniciando así dos recorridos musicales profundamente innovadores e influyentes.

 

La banana sobre fondo blanco firmada por Andy Warhol para la portada de The Velvet Underground & Nico (1967) es hoy en día un símbolo instalado en la cultura popular, como los retratos en serigrafía de Marilyn Monroe y el Che o las postales de la Torre Eiffel. Es, como aquéllos, un ícono que excedió por mucho su cometido inicial y que con el tiempo ha quedado completamente disociado de éste, vaciándose de sentido por efecto de la repetición fuera de contexto. La primera edición del álbum –que hoy, se estima, ronda los 2.500 dólares en una subasta– vendió apenas 5 mil copias en su primer año, y gran parte de este fracaso comercial se debió a la demora en la maquetación de la portada, que invitaba a “pelar despacio” el sticker de la banana que debajo revelaba una fruta rosácea, por la cual el disco terminó saliendo un año después de lo previsto. Esa portada representó cualquier cosa –provocación fálica, guiño al rumor de fumar cáscara de banana como psicoactivo, simple arte pop, capricho de Warhol– menos la música de la banda liderada por Lou Reed y John Cale, de lírica callejera y texturas musicales oscilando entre el rock y el pop. Cincuenta años después la banana de Warhol está en remeras, almohadones, tazas, cuadros y hasta tatuajes de individuos que, en un porcentaje de un esnobismo alarmante, jamás escucharon The Velvet Underground & Nico. Ese es un logro puramente warholiano.


Al de la portada sigue otro equívoco recurrente a la hora de revisitar este primer larga duración de Velvet Underground y que es fácilmente contrastable con sólo volver a escucharlo: la idea de que estamos ante un disco difícil, casi intragable por su incursión en formas primitivas del punk o el noise. Lo cierto es que escuchar The Velvet Underground & Nico 50 años después derriba en parte esos tópicos-miedos y arroja un par de certezas. La primera es que a lo largo de 11 canciones hay una variedad musical bastante inu¬sual, empezando por la calma de “Sunday Morning” y trasladándose en un solo movimiento al paso acelerado de “I’m Waiting for the Man”, para después caer en los coros declaradamente psicodélicos de “Femme Fatale” (primer aporte vocal de la alemana Nico, protegida de Warhol). Eso no quita que haya algún trackde digestión realmente pesada, como puede ser “The Black Angel’s Death Song” o los minutos finales, chirriantes y caóticos, de “Heroin” y “European Son”.


Esa variedad musical trae consigo otra de carácter lírico: los estados de ánimo que retrata el álbum son muy disímiles, trazando por ejemplo el itinerario completo alrededor del consumo de drogas duras, desde la resaca en “Sunday...” hasta la ansiedad en “I’m Waiting...” para desembocar en la honestidad brutal de “Heroin”. En una, el narrador de Reed se declara “más muerto que vivo” y en otra “mejor que muerto”. La letra de Reed y la voz de Nico sintonizan en la más simple inocencia de “I’ll Be Your Mirror” para luego coquetear con el sadomasoquismo en “Venus in Furs” y la veta violenta en “There She Goes Again”. Todo el mismo año en que los Beatles cantaban por primera vez “All you need is Love”. Ya en épocas tempranas Reed mostraba rasgos compositivos que tiempo después lo iban a colocar en ese selecto club de compositores literarios que tensan los límites entre música y literatura, al que también pertenecen Bob Dylan, Bruce Springsteen y Leonard Cohen. Al igual que este último, Reed fue –o quiso ser– primero escritor que músico, antes de fundir las dos disciplinas. Este cruce de inquietudes genera un álbum que parece a punto de explotar todo el tiempo, listo para dispararse en varias direcciones, aunque de alguna forma consigue mantenerse unido, en constante tensión consigo mismo. Y ahí radica su fórmula de larga duración.


Conviven los ineludibles rasgos psicodélicos de la época –los Beatles editaban Sgt. Peppers– con ciertas extravagancias musicales propias de Cale y su viola, todo apoyado en el retrato crudo que Reed hace de Nueva York. The Velvet Underground & Nico es el resultado de ese monstruo bicéfalo. Si tuvo poca repercusión en el momento de su publicación fue por una serie de causas que van desde los caprichos de Warhol en la portada hasta las decisiones del sello Verve de privilegiar la promoción del por entonces flamante debut de Frank Zappa, Freak Out! (1966), pasando por ciertos rasgos típicamente grises de la banda que iban a contrapelo de la tendencia predominante.


PSICODÉLICOS.


Este año también se cumplen cinco décadas de otro debut que, como el de la Velvet, aunque de manera mucho más evidente, aportó su revisión particular de la psicodelia. Se trata de The Piper at the Gates of Dawn, de Pink Floyd. Resulta imposible no caer en la tentación de medir la primera psicodelia de Floyd con la ya avanzada psicodelia beatle. Cotejando ambas, sin embargo, podemos concluir que mientras los Beatles practicaban una alucinación controlada y autoconsciente, los primeros Pink Floyd se abandonaban a otra distinta, de naturaleza caótica, lejos de la perfección de los fab four y llena de callejones musicales sin salida y giros imposibles. Mientras los Beatles jugaban a conciencia en los límites, pero siempre con un pie de este lado, logrando el equilibrio perfecto entre la brillantez y la experimentación, y convirtiéndose en un solo movimiento en referencia de fórmulas pop y virtuosismo, Pink Floyd dejaba por momentos de hacer pie en lo real. O mejor dicho: Syd Barrett, líder creativo de aquel primer álbum, se embarcaba en un viaje sin retorno donde cosechaba al pasar varias genialidades que hoy siguen luciendo como diamantes en bruto: “Lucifer Sam”, “Astronomy Domine” o “The Gnome”, por nombrar las más evidentes.


Cuando Pink Floyd explotó con The Dark Side of the Moon (1973) ya hacía rato que Barrett había pasado a la historia, aunque no de la mejor manera. De hecho, en 1967 Barrett ya era un dolor de cabeza para el resto del grupo, y poco después de editado The Piper... fue sustituido por David Gilmour y relegado al pabellón de los genios extraviados. Con 25 años Barrett ya se había retirado a vivir de nuevo a la casa materna, desde donde salió apenas en contadas oportunidades, permaneciendo en el anonimato hasta su muerte en 2006, ajeno al fenómeno de niveles astronómicos que generaban sus ex compañeros y visitado cada tanto por periodistas que buscaban alimentar el morbo con la historia de otro extraviado del rock. Él decía no acordarse de nada.


Aquel 1967 fue un año bisagra: como Barrett, Brian Wilson también se alejaba de su banda, los Beach Boys, después de haber firmado su obra maestra, Pet Sounds (1966), hundido entre arrebatos esquizofrénicos y abuso de ácido lisérgico. Pero los paralelismos entre ambos no son sólo anecdóticos: la psicodelia que Barrett le imprimió al debut de Floyd se acercaba más a la de los chicos de California que a la de sus vecinos de Liverpool. Las armonías vocales de “Matilda Mother” y las texturas experimentales de “Flaming” recuerdan a las obsesiones barrocas de Brian Wilson. En muchos momentos The Piper... recorre caminos sonoros extraños que demuestran un potencial a explotar, aunque en otros termine en lugares más que nada desconcertantes. Y después están los juegos entre infantiles y lisérgicos propios de Barrett: las vocecitas al principio de “Pow R Toc H” –imposible no sonreír con su encanto absurdo– o la letra de amor psicodélico de “Bike”, donde le canta a una chica que encaja en su mundo, le cuenta sobre un ratón que se llama Gerald y la invita a dar un paseo en su bicicleta, uno similar al que dio Albert Hoffman el día que descubrió los efectos del Lsd. Con aquel paseo Barrett despidió el disco, y nunca más volvió.

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Miles de personas se concentran junto a la estatua de Lenin en la estación Finlandia de San Petersburgo.

 

El 16 de abril de 1917, hace justo cien años, el líder bolchevique llegó a la estación Finlandia, en Petrogrado (hoy San Petersburgo), después de vivir la Revolución de febrero y la abdicación del zar desde el exilio en Suiza.

 

SAN PETERSBURGO

 

La Revolución de febrero y la abdicación del zar Nicolás II sorprendieron a Lenin en el exilio en Suiza. Las celebraciones, sin embargo, no duraron demasiado: para Lenin, observar estos acontecimientos desde la distancia no era una opción. Aunque decidido a regresar a Petrogrado, la travesía en una Europa en guerra distaba de estar exenta de complicaciones. Francia, aliada de Rusia en la Primera Guerra Mundial, denegó como el resto de países de la Entente la autorización, y una travesía por el Mediterráneo para entrar en Rusia por el sur quedaba descartada por ser demasiado larga y peligrosa.

Uno tras otro –disfraces, pasaportes falsos o extranjeros, cruzar ilegalmente todas las fronteras–, todos los planes para llegar hasta Petrogrado se fueron abandonando. Aunque el tren que lo llevaría a él y otros disidentes políticos hasta Rusia es lo más recordado de este episodio de la revolución, cómo se llegó a esta particular solución resulta no obstante una historia mucho más interesante y que no desmerecería figurar en una novela o película de espías.

El socialdemócrata alemán Alexander Parvus, un personaje controvertido y con numerosos, y en ocasiones turbios, contactos –motivo por el cual Lenin siempre mantuvo una prudente distancia–, sirvió de enlace con el embajador alemán en el Imperio otomano, Hans Freiherr von Wangenheim, quien consiguió la autorización de Berlín y facilitó los recursos para la operación. Lo que siguió fue una suerte de desafío soterrado entre Lenin y von Wagenheim por ver quién conseguía superar en astucia al otro y aprovecharse de él: mientras el embajador alemán veía en los bolcheviques un instrumento con el que desencadenar el desconcierto en Rusia, y evitar así que el nuevo Gobierno Provisional mantuviese sus compromisos bélicos con los aliados obligando a Alemania a seguir combatiendo simultáneamente en dos frentes, Lenin, por su parte, consideraba la ayuda alemana como un medio para sus propios fines, que eran la revolución socialista en Rusia y su propagación al resto del continente y del mundo.

Por pertenecer a un país neutral, los socialistas suizos fueron los encargados de mediar en las negociaciones entre los bolcheviques y los alemanes, que finalizaron el 4 de abril. El secretario general del Partido Socialista suizo, Fritz Platten, asumió la plena responsabilidad de la operación, que, a insistencia de Lenin, habría de realizarse con discreción. Con todo, los bolcheviques no pudieron evitar pese a todas sus precauciones la acusación de ser agentes del káiser.

El 9 de abril de 1917, a las 15:10 horas, los 32 exiliados rusos subieron a un tren en Zúrich. A pesar de los intentos de los bolcheviques, en la estación les aguardaba ya un grupo de airados emigrantes rusos, a cuyos insultos los viajeros respondieron cantando La Internacional y La Marsellesa. El tren les condujo hasta el municipio fronterizo de Gottmadingen, donde les esperaba el célebre tren alemán y dos oficiales del país con conocimientos de ruso. Lenin exigió que al tren se le asignase el estatus de extraterritorial –los guardias alemanes no podrían tener acceso a los documentos ni al equipaje de los viajeros– y que nadie pudiese entrar en él una vez comenzase el trayecto (de ahí la leyenda del tren “blindado”).

Desde el sur, el tren cruzaría todo el país hasta llegar a Sassnitz, en el norte de Alemania. Allí tomaron un ferry que los llevó hasta Trelleborg, en Suecia. El 13 de abril los bolcheviques rusos se desplazaron hasta Estocolmo, donde fueron recibidos por simpatizantes locales. El viaje continuaría poco después hasta Harapanda, desde donde cruzaron la frontera con Finlandia e hicieron escala en Tornio y Helsinki antes de tomar el tren definitivo a Petrogrado. Allí el clima político no parecía jugar a su favor. Según un testimonio, durante el receso de una sesión del Gobierno Provisional en marzo, Aleksandr Kerenski –el futuro primer ministro de Rusia, entonces ministro de Justicia– dijo en broma: “Espere, Lenin está de camino, entonces comenzará todo en serio”. El comentario fue recogido con risas.

 

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Manifestación de miembros del Partido Comunista ruso en 2013 en el centro de San Petersburgo. - AFP

 

 

Lenin llega a Petrogrado

 

El 16 de abril llegaba a la estación Finlandia, procedente de Helsinki, el vapor H2-293 de fabricación estadounidense. Hasta aquella fecha el Partido Socialdemócrata Obrero de Rusia bolchevique (POSDR-b) –más conocido simplemente como Partido bolchevique– , como el resto de partidos demócratas y socialistas, había apoyado con más o menos reservas al Gobierno Provisional: de los 400 diputados del Soviet de Petrogrado, por ejemplo, sólo 19 votaron en contra de la transferencia de poder al Gobierno Provisional. “El problema fundamental es establecer una república democrática”, escribía el diario Pravda en su primer número. “El proletariado busca conseguir libertad para la lucha por el socialismo, su meta última”, afirmaba, por su parte, el Soviet de Moscú.

Los socialistas se atenían con ello a la hoja de ruta establecida por el marxismo ortodoxo de la Segunda Internacional, desarrollada a partir de una versión escolástica de los escritos de Marx y Engels según la cual el desarrollo capitalista era imprescindible para sentar las bases del socialismo. En los consejos de obreros y soldados el sentimiento era muy diferente, y la demanda a transferir todo el poder a los soviets, mayoritaria. El comité del barrio de Vyborg, por ejemplo, llegó a imprimir carteles con este llamamiento, un eslógan –“todo el poder a los soviets”– que después se haría mundialmente famoso.

El economista marxista Nikolái Sujánov nos ha legado una viva descripción –que Trotsky recoge en su Historia de la Revolución rusa– de la llegada de Lenin a Petrogrado. Una comitiva institucional aguardaba al dirigente bolchevique en la estación para entregarle un ramo de flores y recibirlo con honores, pero también desconfianza. “Lenin entró, o más bien corrió hasta la 'sala del zar' con su gorra, las mejillas tersas por el frío y un lujoso ramo de flores en sus brazos”, escribe Sujánov.

“Corriendo hasta el centro de la sala, se detuvo frente a [el presidente del Soviet de Petrogrado, Nikolái] Chjeidze como si hubiera encontrado un obstáculo completamente inesperado. Allí, Chjeidze, sin abandonar su apariencia melancólica, pronunció el siguiente 'discurso de gratitud' cuidadosamente, preservando no sólo el espíritu y la voz de un instructor moral: 'Camarada Lenin, en nombre del Soviet de Petrogrado y de la revolución toda, le doy la bienvenida a Rusia... pero consideramos que la principal tarea de la democracia revolucionaria ahora es defender nuestra revolución contra todo tipo de ataques, de dentro y de fuera... Esperamos que se una a nosotros en la consecución de este fin.' [...]"

Sujánov prosigue: "Lenin, según parece, sabía bien como lidiar con ello. Se mantuvo de pie observando, como si lo que estaba sucediendo no fuese con él, su mirada recorrió la sala, miró al público que le rodeaba e incluso examinó el techo de la 'sala del zar' mientras reordenaba el ramo de flores (que apenas armonizaba con su figura) y, finalmente, alejándose de los delegados del Comité Ejecutivo, 'respondió': 'Estimados camaradas, soldados, marinos y trabajadores, estoy contento de poder saludaros en la victoriosa revolución rusa, de saludaros como la vanguardia del ejército proletario internacional... la hora no está lejos, como nos recuerda nuestro camarada Karl Liebknecht, de que el pueblo apunte sus armas contra sus explotadores capitalistas... La revolución rusa que habéis conseguido ha abierto una nueva época".

El discurso de Lenin entusiasmó tanto a los soldados presentes que éstos pidieron que les acompañase al exterior para dirigirse desde uno de los vehículos blindados a una manifestación que había frente a la estación. “La noche entrante hizo la procesión especialmente impresionante”, escribe Sujánov. “Habiéndose apagado las luces de los blindados restantes, el penetrante rayo de luz del proyector del vehículo sobre el que Lenin se encontraba apuñalaba la noche. Y recortaba, en la oscuridad de las calles, a los grupos de excitados obreros, soldados y marinos, los mismos que habían conseguido la gran revolución y luego dejado que el poder se les escurriera entre los dedos. La banda de música dejó de tocar para permitir a Lenin repetir o variar su discurso ante la llegada de nuevos oyentes".

 

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Agujero en la estatua de Lenin tras el atentado en 2009. - AF

 

Frente a la estación, hoy reformada, se alza todavía un monumento soviético que recuerda aquel momento, y que en 2009 fue víctima de un atentado por parte de desconocidos, probablemente militantes de ultraderecha, que colocaron en el pedestal un explosivo que al detonar causó ligeros desperfectos en la estatua de bronce (concretamente un agujero de entre 80 y 100 centímetros en el abrigo de la figura de Lenin).

Desde la estación Finlandia, la comitiva se trasladó hasta la mansión Brandt –popularmente conocida como “el palacio de Kschessinska” debido a que en ella vivió la bailarina Mathilde Kschessinska, amante del zar Nicolás II–, que funcionaba como cuartel general de los bolcheviques luego de haberla requisado. “Nunca olvidaré aquel discurso atronador, sobrecogedor y asombroso no sólo para mí, un hereje que había entrado por accidente, sino para los creyentes, para todos ellos”, recuerda Sujánov. “Afirmo que nadie allí –continúa– había esperado algo parecido. Parecía como si los elementos y el espíritu de la destrucción universal hubiesen emergido de sus mazmorras, no conociendo obstáculo ni duda, ni dificultad personal o consideración personal, para sobrevolar la sala de banquetes del palacio de Kschessinska sobre las cabezas de los embrujados discípulos.”

Al día siguiente Lenin presentaría al partido un resumen de su discurso, conocido como las Tesis de abril, considerado ampliamente como uno de los documentos más importantes de la revolución, el que empujó a los trabajadores, soldados y marinos a cruzar el Rubicón.

 
Las tesis de abril

 

'Las tareas del proletariado para la presente revolución', que es el título oficial de las Tesis de abril, apareció en el diario Pravda el 20 de abril (7 de abril según el antiguo calendario juliano), y en él Lenin criticaba la política del Gobierno Provisional de mantener la guerra y no señalar un plazo para la convocatoria de una Asamblea Constituyente, y pedía retirarle todo apoyo.

“La peculiaridad del momento actual en Rusia consiste en el paso de la primera etapa de la revolución, que ha dado el poder a la burguesía por carecer el proletariado del grado necesario de conciencia y de organización, a su segunda etapa, que debe poner el poder en manos del proletariado y de las capas pobres del campesinado”, sostenía Lenin. E inmediatamente llamaba a sus camaradas a intensificar la labor de propaganda con un programa sencillo y claro:

“Desenmascarar a este gobierno, que es un gobierno de capitalistas, en vez de propugnar la inadmisible e ilusoria 'exigencia' de que deje de ser imperialista. [...] Explicar a las masas que los soviets de diputados obreros son la única forma posible de gobierno revolucionario y que, por ello, mientras este gobierno se someta a la influencia de la burguesía, nuestra misión sólo puede consistir en explicar los errores de su táctica de un modo paciente, sistemático, tenaz y adaptado especialmente a las necesidades prácticas de las masas. [... ] No una república parlamentaria -volver a ella desde los soviets de diputados obreros sería dar un paso atrás- sino una república de los soviets de diputados obreros y campesinos en todo el país”.

Entre las medidas a implantar por este futuro gobierno de consejos, Lenin mencionaba, entre otras, limitar la remuneración de los funcionarios públicos al salario medio de un obrero cualificado y hacerlos revocables en todo momento, nacionalizar las tierras y trasladar la cuestión de la reforma agraria a los consejos de campesinos o la creación de una banca pública nacional.

Las propuestas de Lenin no fueron acogidas con entusiasmo por sus correligionarios. El teórico marxista Gueorgui Plejánov las calificó de “delirantes” e incluso los editores de Pravda afirmaron que “en cuanto al esquema general del camarada Lenin, nos parece inaceptable, pues comienza con la asunción de que la revolución democrático-burguesa ha terminado, y cuenta con una inmediata transformación de esta revolución en una revolución socialista”. El propio Lenin se tomó estas reacciones con filosofía: “El pueblo ruso –dijo– es cien veces más revolucionario que nosotros”. La crisis política estaba abierta y los campos comenzaban a reorganizarse. El tablero para una segunda revolución estaba dispuesto.

 

 

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Más allá de Vietman”: a 50 años, el discurso de Martin Luther

 

El 4 de abril de 1967, un año antes del día de su asesinato, el Dr. Martin Luther King Jr. pronunció uno de los discursos más poderosos y polémicos de su vida: “Más allá de Vietnam: el momento de romper el silencio”. El legendario orador y referente social, además de joven ganador del Premio Nobel de la Paz, expuso una fuerte condena a la guerra estadounidense en Vietnam y alentó la colaboración entre el movimiento por los derechos civiles y el movimiento contra la guerra. Cincuenta años después, cuando el gobierno de Trump intenta aumentar drásticamente el presupuesto del Pentágono en 54.000 millones de dólares y recortar programas sociales y el presupuesto del Departamento de Estado, fundamental en cuanto a lograr soluciones diplomáticas para los conflictos, resulta escalofriante ver que el discurso de King “Más allá de Vietnam” sigue teniendo tanta vigencia.

Más de 3.000 personas se habían congregado en ese día primaveral en la Iglesia Riverside de Nueva York. En su discurso, King calificó a Estados Unidos como “el mayor generador de violencia que existe hoy en el mundo” y luego advirtió: “Por el bien de esos muchachos, por el bien de este gobierno, por el bien de los cientos de miles que padecen nuestra violencia, no puedo permanecer en silencio”.

King continuó, haciendo referencia a los “tres gigantes” contra los que había que luchar: “Los tres gigantes del racismo, del materialismo extremo y del militarismo”.

King hizo un racconto de cómo se intensificó el papel de Estados Unidos en Vietnam y luego vinculó los gastos bélicos a la pobreza local: “Hace unos años, hubo un momento brillante en esta lucha. Parecía como si hubiera una verdadera promesa de esperanza para los pobres –tanto negros como blancos– mediante el programa contra la pobreza. Luego vino la escalada de Vietnam y este programa fue desmantelado, como si fuera un juguete político ocioso de una sociedad enloquecida por la guerra. Y yo sabía que Estados Unidos nunca invertiría los fondos ni las energías necesarias en la rehabilitación de sus pobres mientras aventuras como Vietnam siguieran atrayendo hombres, capacidades y dinero, como una especie de vórtice demoníaco y destructivo. Así que me vi cada vez más obligado a ver la guerra como enemiga de los pobres y a atacarla como tal”.

La reacción de los medios hegemónicos contra el discurso del Dr. King fue inmediata. La revista Life acusó a King de “traicionar la causa por la que tanto había trabajado”, agregando que “gran parte de su discurso era una calumnia demagógica que sonaba como un guión de Radio Hanoi”. El periódico The Washington Post expresó en su editorial: “El Dr. King les ha causado una grave herida a sus aliados naturales... ha disminuido su utilidad para su causa, su país y su pueblo”.

Pero King no cedió en sus esfuerzos y continuó con lo que ahora llamamos “organización intersectorial”. Cuando fue asesinado, un año después de ese discurso, se encontraba en Memphis apoyando a los recolectores de basura que estaban en huelga en demanda de su reconocimiento sindical. El 3 de abril de 1968, en Memphis, el Dr. King dio su último discurso, al que llamó “He estado en la cima de la montaña”. Aunque convivía con amenazas de muerte y acoso constante por parte del FBI, expresó: “Como todo el mundo, a mí me gustaría vivir mucho tiempo. La longevidad es importante, pero eso es algo que ahora no me preocupa”.

Menos de un día después, el Dr. King fue asesinado. Tras conocerse la noticia de su asesinato estallaron disturbios en las principales ciudades de mayoría afroestadounidense del interior del país y la historia de Estados Unidos cambió para siempre.

El reverendo Dr. William Barber, principal referente de la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color (NAACP, por su sigla en inglés) de Carolina del Norte, catalogó el discurso de King “Más allá de Vietnam” como un “sermón profético”. Barber traslada la estrategia discursiva de King al siglo XXI. En una entrevista para Democracy Now!, expresó: “¿Dónde estamos realmente en relación con el racismo, cuando vemos que 22 estados del país han aprobado sistemáticamente leyes de supresión de votantes basadas en discriminación racial y tenemos menor protección del derecho al voto que en 1965 con el desmantelamiento de la Ley de Derecho al Voto? ¿Dónde estamos si apenas usamos la palabra “pobre” en nuestro debate público y político? ¿Dónde estamos, cuando hace unas semanas un ejército fuera de control mató a 200 ciudadanos inocentes en Irak, mientras unos 400.000 ciudadanos fueron asesinados a lo largo de toda la guerra de Irak, una guerra en la cual nunca deberíamos habernos metido? ¿Dónde estamos, cuando estamos hablando de ampliar un presupuesto militar ya hinchado y gastar unos 54.000 millones de dólares en la guerra, cuando si usáramos ese mismo dinero en una guerra moderna contra la pobreza y medidas modernas para la salud y la educación, podríamos hacer mucho más?”.

Si Fox News se salteara solo un episodio del programa presentado por Bill O’Reilly, acusado de cometer acoso sexual, y emitiera en su lugar el discurso “Más allá de Vietnam”, o si CNN o MSNBC transmitiera el discurso en su totalidad, existe la posibilidad de que el presidente Donald Trump, un voraz consumidor de noticias por cable, pudiera verlo. Tal vez entonces podría pensar dos veces antes de incrementar la guerra en Irak y Yemen, o de provocar otra contra Corea del Norte. Mientras el mundo se horroriza por el último ataque de gas tóxico en Siria, probablemente lanzado por el régimen de Assad contra sus propios ciudadanos, Trump podría considerar liderar al mundo, ahora unido momentáneamente por la indignación, hacia una respuesta global y diplomática que pueda conducir a una solución política en esa región.

Con un líder poderoso que se comprometiera con la paz, Estados Unidos podría lograrlo. Lo más probable, sin embargo, es que reste mucho trabajo por hacer para aquellos en quienes el Dr. Martin Luther King depositó mayor esperanza: el pueblo, organizado desde las bases para luchar por la paz.

 

© 2017 Amy Goodman

 

Traducción al español del texto en inglés: Inés Coira. Edición: María Eva Blotta y Democracy Now! en español, Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

 

Amy Goodman es la conductora de Democracy Now!, un noticiero internacional que se emite diariamente en más de 800 emisoras de radio y televisión en inglés y en más de 450 en español. Es co-autora del libro "Los que luchan contra el sistema: Héroes ordinarios en tiempos extraordinarios en Estados Unidos", editado por Le Monde Diplomatique Cono Sur.

 

 

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Domingo, 02 Abril 2017 07:40

Cuba: problemas y desafíos

Encuentro entre Fidel Castro y Nikita Jrushchov.



El socialismo es un sistema plenamente democrático basado en la abundancia y la autogestión generalizada y en comunas libres y asociadas y conduce gradualmente a la desaparición del Estado. Obviamente, esta definición no corresponde a la realidad cubana. Por eso Fidel Castro daba por sentado que en Cuba no existía el socialismo y que éste era aún una meta a alcanzar. Sólo los enemigos del socialismo –para desprestigiar la idea de una alternativa– y los nostálgicos de Stalin dicen hoy que la isla es socialista y que el socialismo se puede construir en un solo país, para colmo pobre y con apenas 12 millones de habitantes.

La revolución democrática y antimperialista cubana se realizó en una colonia virtual de Estados Unidos. Se vio obligada por eso a recurrir a los sucesores de Stalin poco después de la muerte de éste. Es decir, en un momento en que en la Unión Soviética comenzaban a quedar atrás el terror y la reconstrucción del nacionalismo imperial, de los uniformes y jerarquías de la burocracia, de los grados militares y del papel de la Iglesia ortodoxa como pilar del orden que con Stalin habían sido un inmundo eructo de la vieja historia rusa.

La Unión Soviética hasta la desaparición de los soviets, la muerte de Lenin, el triunfo de Stalin y el fin de la democracia interna en el partido bolchevique, en 1923, fue un esfuerzo heroico por comenzar a construir el socialismo en un Estado atrasado, aún capitalista. Después, bajo Stalin buscó su modernización capitalista acelerada a la rusa, como Pedro el Grande, con un Estado autoritario y burocrático que en lo económico copiaba del capitalismo avanzado técnicas y modos de producción y dominación.

Rusia pasó en el siglo pasado por tres revoluciones: la de 1905, democrática, que fue aplastada; la de febrero de 1917, también democrático burguesa, dirigida por los partidos socialistas, que se hundió en el caos, y la democrático socialista de octubre, que culminó con la destrucción del capitalismo y el esfuerzo por construir el socialismo y que tuvo al partido de Lenin y Trotsky como instrumento, mucho más que como dirección.

Esta revolución consiguió impedir que Rusia cayese bajo una dictadura militar y se convirtiese en semicolonia francoinglesa, abrió el camino al desarrollo cultural y técnico del país y modificó el mundo, pero a costa de una terrible guerra civil y una hambruna que hicieron que la economía retrocediese 20 años. El resultado, triunfante Stalin, fue un capitalismo de Estado propietario de las tierras y de los medios de producción, en el que debido a la incultura de los obreros y el analfabetismo generalizado, el personal estatal y las costumbres fueron mayoritariamente heredados del zarismo.

El pequeño partido socialista revolucionario, rápidamente asfixiado por su burocratización, fue tragado por el Estado capitalista con el cual se había identificado. En la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), el Estado era dueño de todo, pero la burocracia estatal –y no el partido– era quien gobernaba, y sin tener la propiedad jurídica de los medios de producción, los controlaba y disfrutaba de modo privado. Los altos jefes del partido eran al mismo tiempo ministros y miembros de ese aparato burocrático estatal, conservador y contrario a toda innovación.

Esa capa ahogaba a la sociedad. Una reforma de la burocracia con métodos burocráticos y desde la propia burocracia era imposible, como demostrarían la reforma Kossygin de 1965 o el intento de reforma de Andropov en 1982, aleccionado por el levantamiento de los consejos obreros húngaros que había presenciado y por lo que pudo medir después como jefe de la KGB en la URSS misma.

Fue esa burocracia la que dio un abrazo de oso a la revolución cubana, a la que inicialmente se había opuesto y a la que sólo reconoció dos años después de su triunfo, pues consideraba a Fidel Castro y sus compañeros aventureros pequeño burgueses.

Cuba, desde 1960, tuvo así un Estado capitalista con un gobierno revolucionario antimperialista sin tener aún un partido socialista revolucionario. Su alianza con la Unión Soviética le impuso después una organización y formas de funcionamiento heredadas del estalinismo, como el partido único monolítico, sin democracia interna, la fusión entre ese partido y el Estado capitalista, la sumisión del primero al segundo y la planificación burocrática centralizada.

Sin embargo, Cuba jamás fue un instrumento del Kremlin y ya en la crisis de los cohetes en 1962 demostró su independencia y su capacidad crítica, y aunque su partido está burocratizado, carece de vida interna democrática y es un instrumento conservador, tiene aún en sus filas a muchos socialistas sinceros y revolucionarios.

Esa es una de las bases del consenso de que goza aún, pese a todo, el gobierno cubano. Pero la principal base de dicho consenso es la certidumbre de que si Estados Unidos lograse acabar con los restos de las conquistas de la revolución cubana, Cuba sería una colonia sólo formalmente independiente, como Santo Domingo o Panamá.

El estalinismo logró que la palabra socialismo sea odiosa incluso en países con gran tradición socialista, como Checoslovaquia, Hungría y Alemania. Por eso, cuando la URSS se disolvió de modo inglorioso y los burócratas se transformaron en capitalistas mafiosos, el Pacto de Varsovia se derrumbó como un castillo de naipes, pero no así Cuba. Ésta resistió como a pesar del estalinismo resistieron los soviéticos a la invasión nazi, salvando al mundo de un triunfo del nazifascismo desde Cádiz a Vladivostok, pues sus habitantes, antes que ser esclavos preferían morir.

El antimperialismo subsiste porque tiene sus raíces en la historia cubana y es un factor importante, a pesar de la despolitización de la juventud cubana actual, resultante de décadas de crisis económica y de una creciente contradicción entre su nivel de preparación y de cultura y el burocratismo asfixiante, y no obstante la pérdida de prestigio de un equipo que no cuenta ya con Fidel. Esa es la base para el optimismo (sigue).


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El “aparato” en París: el agente de la CIA y presidente del Congreso para la Libertad Cultural Michael Josselson (centro) en un almuerzo de trabajo con John Clinton Hunt y Melvin Lasky (dcha.)

 

Se suele asumir que los intelectuales tienen poco o ningún poder político. Subidos en su privilegiada torre de marfil, desconectados del mundo real, enredados en debates académicos sin sentido sobre minucias, o flotando en las nubes abstrusas de la teoría de altos vuelos, se suele retratar a los intelectuales como separados de la realidad política e incapaces de tener cualquier impacto significativo sobre ella. Pero la Agencia Central de Inteligencia (CIA) piensa de otra forma.

De hecho, el organismo responsable de planificar golpes de Estado, cometer asesinatos y manipular clandestinamente a gobiernos extranjeros no solo cree en el poder de la teoría, sino que asignó importantes recursos para mantener un grupo de agentes secretos dedicados a estudiar a fondo lo que algunos consideran la teoría más recóndita e intricada jamás producida. Un documento de investigación escrito en 1985 y que recientemente ha sido desclasificado y publicado con ligeras adaptaciones, haciendo uso de la Ley de Libertad de Expresión, revela que la CIA dispuso de agentes dedicados a estudiar las complejas e influyentes teorías asociadas a los autores franceses Michel Foucault, Jacques Lacan y Roland Barthes.

La imagen de unos espías estadounidenses reuniéndose con asiduidad en cafés parisinos para estudiar y comparar notas sobre los popes de la intelectualidad francesa puede chocar a quienes asumen que este grupo de intelectuales eran lumbreras cuya sobrenatural sofisticación no podría caer en una trampa tan vulgar, o que, por el contrario, no eran sino charlatanes de retórica incomprensible con poco o ningún impacto en el mundo real. Sin embargo, no sorprenderá a quienes están familiarizados con la prolongada y continua utilización de recursos de la CIA en la guerra cultural global, incluyendo el respaldo a sus formas más vanguardistas, lo que ha quedado bien documentado gracias a investigadores como Frances Stonor Saunders, Giles Scott-Smith y Hugh Wilford (yo he realizado mi propia contribución con el libro Radical History & the Politics os Art).

Thomas W. Braden, antiguo supervisor de las actividades culturales de la CIA, explicaba el poder de la guerra cultural de la agencia en un relato sincero y bien informado publicado en 1967: “Recuerdo el inmenso placer que sentí cuando la Orquesta Sinfónica de Boston [que contaba con el respaldo de la CIA] ganó más elogios para EE.UU. en París de los que pudieran haber ganado John Foster Dulles [i] o Dwight D. Eisenhower con cien discursos”. No se trataba, de ninguna manera, de una operación liminal o sin importancia. De hecho, como sostenía acertadamente Wilford, el Congreso para la Libertad Cultural con sede en París, que posteriormente resultó ser una organización tapadera de la CIA en tiempos de la Guerra Fría, fue uno de los principales patrocinadores de la historia mundial y prestó apoyo a una increíble gama de actividades artísticas e intelectuales. Contaba con oficinas en 35 países, publicó docenas de prestigiosas revistas, participaba en la industria editorial, organizó conferencias y exposiciones artísticas de alto nivel, coordinaba actuaciones y conciertos y proporcionó generosa financiación a diversos premios y becas culturales, así como a organizaciones encubiertas como la Fundación Farfield.

La agencia de inteligencia consideraba que la cultura y la creación teórica eran armas cruciales del arsenal global dirigido a perpetuar los intereses estadounidenses en todo el mundo. El documento de investigación de 1985 recién publicado, titulado “Francia: la deserción de los intelectuales de izquierda”, examina –indudablemente con el fin de manipularla– a la intelectualidad francesa y el papel fundamental que desempeñaba en la configuración de las tendencias que generan la línea política. El informe, a la vez que sugería que en la historia de la intelectualidad francesa existía un equilibrio ideológico relativo entre la izquierda y la derecha, destaca el monopolio de la izquierda en la era inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial –al que, como sabemos, se oponía de modo furibundo la CIA– a causa del papel fundamental que jugaron los comunistas en la resistencia al fascismo y que, en último término, permitió ganar la guerra. Aunque la derecha estaba enormemente desacreditada a causa de su contribución directa a los campos de exterminio nazis, así como su agenda xenófoba, anti-igualitaria y fascista (según las propias palabras de la CIA), los agentes secretos anónimos que escribieron el borrador del informe resumen con palpable regocijo el retorno de la derecha a partir de los inicios de la década de los setenta.

Más concretamente, los guerreros culturales clandestinos aplauden lo que consideran un movimiento doble que contribuyó a que los intelectuales apartaran a Estados Unidos del centro de sus críticas y las dirigieran a la Unión Soviética. Por parte de la izquierda se produjo una desafección gradual hacia el estalinismo y el marxismo, una progresiva retirada de los intelectuales radicales del debate público y un alejamiento teórico del socialismo y del partido socialista. Más hacia la derecha, los oportunistas ideológicos a los que se denominaba Nuevos Filósofos y los intelectuales de la Nueva Derecha lanzaron una campaña mediática descarada de difamación contra el marxismo.

Mientras otros tentáculos de la organización de espionaje de alcance mundial se dedicaban a derribar gobiernos elegidos democráticamente, a proporcionar servicios de inteligencia y financiación a dictadores fascistas y a apoyar escuadrones de la muerte de extrema derecha, el escuadrón parisino de la CIA recogía información sobre el giro hacia la derecha que estaba teniendo lugar en el mundo y que beneficiaba directamente a la política exterior de EE.UU. Los intelectuales simpatizantes de la izquierda de la posguerra fueron abiertamente críticos con el imperialismo estadounidense. La influencia en los medios de comunicación que ejercía la crítica marxista sin pelos en la lengua de Jean Paul Sartre y su notable papel –como fundador de Libération– a la hora de revelar la identidad del responsable de la CIA en París y de docenas de agentes encubiertos fue seguida de cerca por la Agencia y considerada un grave problema.

Por el contrario, el ambiente antisoviético y antimarxista de la emergente era neoliberal sirvió para desviar el escrutinio público y proporcionó una excelente excusa para las guerras sucias de la CIA, al “dificultar en extremo cualquier oposición significativa de las élites intelectuales a las políticas estadounidenses en América Central, por ejemplo”. Greg Grandin, uno de los más destacados historiadores de Latinoamérica, resumió perfectamente esta situación en su libro The Last Colonial Massacre (La última masacre colonial):

“Aparte de realizar intervenciones notoriamente desastrosas y letales en Guatemala en 1954, República Dominicana en 1965, Chile en 1973 y El Salvador y Nicaragua en los ochenta, Estados Unidos ha prestado apoyo financiero, material y moral silencioso y continuo a estados terroristas asesinos y contrainsurgentes [...] Pero la enormidad de los crímenes de Stalin aseguraba que dichas historias sórdidas, por muy convincentes, rigurosas o condenatorias que fueran, no interfirieran en la fundación de una visión del mundo comprometida con el papel ejemplar de Estados Unidos en la defensa de lo que ahora conocemos como democracia”.

Este es el contexto en el que los mandarines enmascarados elogian y apoyan la incesante crítica que una nueva generación de pensadores antimarxistas como Bernard-Henri Levy, André Glucksmann y Jean-François Revel desencadena contra “la última camarilla de eruditos comunistas” (compuesta, según los agentes anónimos, por Sartre, Barthes, Lacan y Louis Althuser). Dada la inclinación izquierdista de aquellos antimarxistas en su juventud, constituyen el modelo perfecto para construir las narrativas falaces que fusionan una pretendida evolución política personal con el avance continuo del tiempo, como si la vida individual y la historia fueran simplemente una cuestión de “evolución” y de reconocer que la transformación social igualitaria es algo del el pasado, personal e histórico. Este derrotismo condescendiente y omnisciente no solo sirve para desacreditar nuevos movimientos, particularmente aquellos liderados por los jóvenes, sino que también caracteriza de forma errónea los éxitos relativos de la represión contrarrevolucionaria como progreso natural de historia.

Incluso teóricos no tan opuestos al marxismo como estos intelectuales reaccionarios contribuyeron de modo significativo a la atmósfera de desencanto hacia el igualitarismo transformador, al alejamiento de la movilización social y al “cuestionamiento crítico” desprovisto de puntos de vista radicales. Esto es crucial para comprender la estrategia general de la CIA en sus amplias y poderosas iniciativas para desmantelar a la izquierda cultural en Europa y otros lugares. Reconociendo la dificultad de abolirla por completo, la organización de espionaje más poderosa del mundo ha pretendido apartar la cultura de izquierdas de las políticas decididamente anticapitalistas y transformadoras y redirigirla hacia posiciones reformistas de centro-izquierda, menos abiertamente críticas con la política interna y la política exterior de Estados Unidos. En realidad, tal y como ha demostrado minuciosamente Saunders, la Agencia continuó las políticas del Congreso liderado por McCarthy en la posguerra con el fin de apoyar y promover de manera directa aquellos proyectos que desviaban a productores y consumidores de la izquierda decididamente igualitaria. Amputando y desacreditando a esta última, aspiraba también a fragmentar a la izquierda en general, dejando lo que quedaba del centro-izquierda con un mínimo poder y apoyo público (y a la vez potencialmente desacreditada a causa de su complicidad con la política del poder de las derechas, un tema que continúa extendiéndose como una plaga por los partidos institucionalizados de la izquierda).

Es en este contexto donde debemos situar la afición de la agencia de inteligencia por las narrativas de conversión y su profundo aprecio por los “marxistas reformados”, un leitmotiv transversal al informe de investigación sobre los teóricos franceses. “A la hora de socavar el marxismo –escriben los agentes infiltrados– son aún más eficaces aquellos intelectuales convencidos, dispuestos a aplicar la teoría marxista en las ciencias sociales, pero que acaban por rechazar toda la tradición marxista”. Citan en particular la enorme contribución realizada por la Escuela de los Annales, de historiografía y estructuralismo –especialmente Claude Lévi-Strauss y Foucault– a la “demolición crítica de la influencia marxista en las ciencias sociales”. Foucault, a quien se refieren como “el pensador francés más profundo e influyente”, es especialmente aplaudido por su elogio de los intelectuales de la Nueva Derecha, cuando recuerda a los filósofos que “la teoría social racionalista de la Ilustración y la era Revolucionaria del siglo XVIII ha tenido consecuencias sangrientas”. Aunque sería un error echar por tierra las políticas o los efectos políticos de cualquiera basándose en una sola posición o resultado, el izquierdismo antirrevolucionario de Foucault y su perpetuación del chantaje del Gulag –es decir, la afirmación de que los movimientos expansivos radicales que pretenden una profunda transformación social y cultural solo resucitan la más peligrosa de las tradiciones– están perfectamente en línea con las estrategias generales de guerra psicológica de la agencia de espionaje.

La interpretación que realiza la CIA de la obra teórica francesa debería servirnos para reconsiderar la apariencia chic que ha acompañado gran parte de su recepción por el mundo anglófono. Según una concepción estatista de la historia progresiva (que por lo general permanece ciega a su teleología implícita), la obra de figuras como Foucault, Derrida y otros teóricos franceses de vanguardia suele asociarse intuitivamente a una crítica profunda y sofisticada que presumiblemente va más allá de cualquier relación con el socialismo, el marxismo o las tradiciones anarquistas. No cabe duda y es preciso resaltar que el modo en que el mundo anglófono acogió la obra de los teóricos franceses, como acertadamente ha señalado John McCumber, tuvo importantes implicaciones políticas como polo de resistencia a la falsa neutralidad política, las tecnicidades cautelosas de la lógica y el lenguaje, o al conformismo ideológico puro activo en las tradiciones de la filosofía anglo-americana apoyada por [el senador] McCarthy. No obstante, las prácticas teóricas de aquellas figuras que dieron la espalda a lo que Cornelius Castoriadis denominó la tradición de la crítica radical –la resistencia anticapitalista y antiimperialista– ciertamente contribuyeron al alejamiento ideológico de la política transformadora. Según la propia agencia de espionaje, los teóricos posmarxistas franceses contribuyeron directamente al programa cultural de la CIA destinado a persuadir a la izquierda de inclinarse hacia la derecha, al tiempo que desacreditaban el antiimperialismo y el anticapitalismo, creando así un entorno intelectual en el cual sus proyectos imperialistas pudieran medrar sin ser estorbados por un escrutinio crítico serio por parte de la intelectualidad.

Como sabemos gracias a las investigaciones realizadas sobre los programas de guerra psicológica de la CIA, la organización no solo ha vigilado e intentado coaccionar a los individuos, sino que siempre ha intentado comprender y transformar las instituciones de producción y distribución cultural. De hecho, su estudio sobre los teóricos franceses señala el papel estructural que desempeñan las universidades, las editoriales y los medios de comunicación en la formación y consolidación de un ethos político colectivo. En las descripciones que, como el resto del documento, deberían invitarnos a pensar críticamente sobre la actual situación académica del mundo anglófono y otros lugares, los autores del informe destacan cómo la precarización del trabajo académico contribuye al aniquilamiento del izquierdismo radical. Si los izquierdistas convencidos no podemos asegurarnos los medios materiales para desarrollar nuestro trabajo, o si se nos obliga más o menos sutilmente a ser conformistas para conseguir empleo, publicar nuestros escritos o tener un público, las condiciones estructurales que permitan la existencia de una comunidad izquierdista resuelta se ven debilitadas. Otra de las herramientas utilizadas para conseguir este fin es la profesionalización de la educación superior, que pretende transformar a las personas en eslabones tecnocientíficos integrados en el aparato capitalista, más que en ciudadanos autónomos con herramientas solventes para la crítica social. Los mandarines teóricos de la CIA alaban, por tanto, las iniciativas del gobierno francés por “presionar a los estudiantes para que se decidan por estudios técnicos y empresariales”. También señalan las contribuciones realizadas por las grandes casas editoriales como Grasset, los medios de comunicación de masas y la moda de la cultura americana para lograr una plataforma postsocialista y antigualitaria.

¿Qué lecciones podemos extraer de este informe, especialmente en el contexto político en que nos encontramos, con su ataque continuo a la intelectualidad crítica?

En primer lugar, el informe debería servirnos para recordar convincentemente que si alguien supone que los intelectuales no tienen ningún poder y que nuestras orientaciones políticas carecen de importancia, la organización que se ha convertido en uno de los agentes más poderosos del mundo contemporáneo no lo ve así. La Agencia Central de Inteligencia, como su nombre irónicamente sugiere, cree en el poder de la inteligencia y de la teoría, algo que deberíamos tomarnos muy seriamente. Al presuponer erróneamente que el trabajo intelectual sirve de poco o de nada en el “mundo real”, no solo malinterpretamos las implicaciones prácticas del trabajo teórico, sino que corremos el riesgo de hacer la vista gorda ante proyectos políticos de los que fácilmente podemos convertirnos en embajadores culturales involuntarios. Aunque es verdad que el Estado-nación y el aparato cultural francés proporcionan a los intelectuales una plataforma pública mucho más significativa que muchos otros países, la obsesión de la CIA por cartografiar y manipular la producción teórica y cultural en otros lugares debería servirnos a todos como llamada de atención.

En segundo lugar, en la actualidad los agentes del poder están particularmente interesados en cultivar una intelectualidad cuya visión crítica esté atenuada o destruida por las instituciones que los patrocinan basadas en intereses empresariales y tecnocientíficos, que equipare las políticas de izquierda-derecha con lo “anticientífico”, que relacione la ciencia con una pretendida –pero falsa– neutralidad política, que promueva los medios de comunicación que saturan las ondas hertzianas con cháchara conformista, aísle a los izquierdistas convencidos de las principales instituciones académicas y de los focos mediáticos y desacredite cualquier llamamiento al igualitarismo radical y a la transformación ecológica. Idealmente, intentan nutrir una cultura intelectual que, si es de izquierdas, esté neutralizada, inmovilizada, apática y se muestre satisfecha con apretones de manos derrotistas o con la crítica pasiva a la izquierda radical movilizada. Esa es una de las razones por las que podemos considerar a la oposición intelectual al izquierdismo radical, que predomina en el mundo académico estadounidense, una postura política peligrosa: ¿acaso no es cómplice directa de la agenda imperialista de la CIA en todo el mundo?

En tercer lugar, para contrarrestar este ataque institucional a la cultura del izquierdismo resolutivo, resulta imperativo resistir la precarización y profesionalización de la educación. Similar importancia tiene la creación de esferas públicas que posibiliten un debate realmente crítico y proporcionen una amplia plataforma para aquellos que reconocen que otro mundo no solo es posible, sino necesario. También necesitamos unirnos para contribuir a la creación o el mayor desarrollo de medios de comunicación alternativos, diferentes modelos de educación, instituciones alternativas y colectivos radicales. Es vital promover precisamente aquello que los combatientes culturales encubiertos pretenden destruir: una cultura de izquierdismo radical con un marco institucional de apoyo, un amplio respaldo público, una influencia mediática prevalente y un amplio poder de movilización.

Por último, los intelectuales del mundo deberíamos unirnos para reconocer y aprovechar nuestro poder con el fin de hacer todo lo posible para desarrollar una crítica sistémica y radical que sea tan igualitaria y ecológica como anticapitalista y antiimperialista.

Las posturas que uno defiende en el aula o públicamente son importantes para establecer los términos del debate y marcar el campo de posibilidades políticas. En oposición directa a la estrategia cultural de fragmentación y polarización de la agencia de espionaje, mediante la cual ha pretendido amputar y aislar a la izquierda antiimperialista y anticapitalista, deberíamos, a la vez que nos oponemos a las posiciones reformistas, federarnos y movilizarnos, reconociendo la importancia de trabajar juntos –toda la izquierda, como Keeanga-Yamahtta nos ha recordado recientemente– para cultivar una intelectualidad verdaderamente crítica.

En lugar de pregonar o lamentar la impotencia de los intelectuales, deberíamos utilizar la aptitud para decir la verdad a los poderosos, trabajando juntos y movilizando nuestra capacidad de crear colectivamente las instituciones necesarias para un mundo de izquierdismo cultural. Porque solo en un mundo así, y en las cámaras de resonancia de inteligencia crítica que provoque, será posible que las verdades expresadas sean realmente escuchadas y se produzca el cambio de las estructuras de poder.


Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo

 


Nota:


[1] Secretario de Estado con el presidente Eisenhower entre 1953 y 1959.
(Tomado del Blog Cultura y Resistencia)

 

 

Publicado enCultura
Domingo, 02 Abril 2017 08:40

Motavita me mira

Motavita me mira

Motavita me mira. Su cabello castaño es iluminado por la luz de las cuatro de la tarde que entra por el ventanal del salón. Motativa me mira y sonríe, ocultando entre sus manos ásperas y con sus dedos amoratados, de uñas mutiladas, su boca. Tiene trece años, pero sus manos parecen las de una anciana de setenta. Sus manos evocan las de mi abuela, como si me hablaran de sus padecimientos, de las toneladas de ropa que restregaron sus nudillos. Pero Motativa sólo tiene trece años, además su sonrisa, la que oculta entre sus dedos, conserva una extraña expresión, pues encubre algo: un secreto o una historia que pronto develo.

 

Supongo que la razón de la textura de la piel de Motativa –y cabría decir que la del resto de sus compañeros–, reseca como el tronco de un árbol añoso o como la cáscara de una fruta expuesta durante mucho tiempo al sol, invadida por manchas blancas, rugosa como una flor de fuertes filamentos y enrojecida, es porque desde pequeños aquellos niños han sido expuestos al sol, porque de las calles sin asfaltar se levantan polvaredas llenas de orín de perro y gato, porque el agua que han recibido durante años no es potable, porque no utilizan cremas protectoras con filtros UV, ni nada por el estilo, y en el caso de Motavita porque desde los ocho años se ha encargado de los oficios de su casa y del cuidado de su madre invidente.

 

Motivita me mira, hace silencio y aparece de nuevo esa extraña expresión en su rostro cuando contrae los pliegues de la comisura de su boca. Con sus dedos deformes acomoda un mechón de pelo que ha caído sobre su frente y luego pega su mirada al ventanal, donde observamos al sol alejarse y en su reemplazo una oscura nube se aposta sobre el colegio. Primero cae una lluvia fina, casi transparente, que de un momento a otro se precipita con más fuerza hasta que el aguacero arrecia.

 

No hace falta hablar del frío que se repliega como un ejército por aquella zona y que cala profundamente en los huesos, pues es un barrio ubicado al suroriente de Bogotá, sobre una falda de la montaña, donde miles de campesinos, durante las décadas de los sesentas y setentas, víctimas de la violencia bipartidista y de la innegable, pobreza llegaron y establecieron sus casuchas e intentaron forjar una vida. El barrio se llama Juan Rey, uno de los sectores más peligrosos y pobres de la ciudad. La mayoría de sus habitantes son obreros asalariados que subsisten con menos de un salario mínimo, mujeres que laboran como empleadas domésticas y deben atravesar cada día un gran tramo de la ciudad y hombres que se ganan la vida como vendedores ambulantes y del transporte público; además, la sobrepoblación por casa, ya que cada una de las familias cuenta con más de tres hijos. Es por esto, que los hombres al llegar a la juventud y al no soportar la pobreza y la falta de oportunidades, deciden empezar a consumir drogas y alistarse en bandas criminales; y las mujeres quedan rápidamente embarazadas como una solución para escapar del malestar de sus hogares. Sin embargo, y a pesar de la pobreza, el sector es hermoso, colindado por una amplia montaña de tono verde oscuro, valles extensos donde se detienen las aves de la tarde que en las noches emigran hacia el páramo o los llanos orientales, miradores que enseñan el sur, el occidente y el centro de Bogotá como si fuera una fotografía en picada y el viento que desciende puro y rígido.

 

 

De un extremo a otra

 

Cada miércoles debo salir de casa con más de dos horas de antelación para llegar a tiempo hasta el colegio ubicado en este barrio. El Transmilenio se desliza sobre el pavimento cuarteado hasta arribar al portal del Veinte de Julio y allí trasbordo a un alimentador con nombre Tihuaque, palabra muisca que significa águila, y que es un barrio que conecta las localidades de San Cristóbal y de Usme y que hace unos años era la salida para Villavicencio desde la capital. Luego de ascender, alrededor de cincuenta minutos por la vieja carretera al Llano el bus se detiene en la falda de una montaña. Al costado izquierdo se levanta otro barrio de casas empinadas, la mayoría de una sola planta, de techados de láminas de zinc y con fachadas de ladrillo burdo. Al costado izquierdo desciende la falda de la montaña y se levanta el barrio Juan Rey, atiborrado de casas a medio construir, con ventanales de plástico y puertas de metales corroídos. A dos cuadras se encuentra el colegio, una mega construcción de ladrillo naranja y amplias ventanas. Allí estudia Motavita y cada ocho días asiste a las sesiones de creación literaria. La primera vez que fui le pregunté por qué asistía y qué quería aprender y simplemente levantó sus hombros y sonrió. Quizás son cuatro horas en que no debe estar pendiente de su mamá, de su sobrina, de su casa que se viene abajo y de los problemas de sus hermanos.

 

 

Estamos en descanso y sus compañeros, niños desde los ocho a los catorce años, juegan en el patio del colegio bajo la lluvia. Motativa ha querido quedarse en el salón, hablando conmigo. Le pregunto por su familia y me cuenta que vive con su mamá, que tiene cincuenta y cinco años, con su hermana de dieciséis y su sobrina de tres. Le preguntó por su padre y luego de suspirar y de mirar al piso me cuenta. Cuando tenía ocho años Motavita que lo expresa con solemnidad como si fuera una anciana, su papá dejó ciega a su mamá tras una golpiza. Él tomaba mucho y siempre llegaba borracho a pegarnos. Un día, mi papá llegó muy borracho y empezó a pegarle a mi mamá. Primero con la correa y después le dio patadas y puños. Mi mamá siempre nos escondía a mi hermana y a mí para que mi papá no nos pegara, por eso cuando escuchamos que había pasado el escándalo y salimos, encontramos a mi mamá en la cocina, desmayada sobre un charco de sangre. Nos tocó pedirle el favor a unos vecinos que nos ayudara a cargar a mi mamá hasta el hospital. Ahí la dejó ciega.

 

Desde ese momento no volvió a ver a su padre y su mamá, que antes trabajaba como empleada doméstica, debió quedarse en la casa. Su hermana, que en ese entonces tenía sólo once años, se retiró de estudiar y buscó empleo. Motavita me cuenta que su hermana empezó trabajando en una panadería en un barrio interior de la loma, pero una noche, cuando llegaba a casa con el pago de la semana en la cartera y con una bolsa de pan, unos drogadictos que salían de una olla, como le llaman ellos a las casas donde se vende y se consume la marihuana y el bazuco, la abordaron, la robaron y la golpearon. Su hermana estuvo incapacitada dos semanas y al regresar a la panadería ya le habían conseguido un reemplazo, así perdió su primer empleo. Luego trabajó en una cocina como ayudante, lavaba la loza, picaba los ingredientes de los alimentos y ayudaba en las mesas. Allí conoció a un conductor de servicio público, diez años mayor que ella, y quedó embarazada a los trece. El joven les ayudó y respondió por su hijo durante dos años, luego desapareció como si se lo hubiera tragado la tierra. Le pregunto por la familia o procedencia del joven y Motavita me dice: él venía de Boyacá y vivía aquí, solo, en Bogotá. Un día mi hermana se quedó esperándolo por la noche y no llegó, luego en la mañana y tampoco, así que se fue a buscarlo donde vivía y le dijeron que él había salido el día anterior a trabajar y no había regresado. La dejaron entrar al cuatro que tenía arrendado y todo estaba en orden, no faltaba nada y no se había llevado un solo chiro. Mi hermana piensa que lo mataron y lo echaron por la loma para que se lo comieran los chulos.

 

Por eso, la hermana de Motavita debe salir a trabajar todas las madrugadas para conseguir el alimento de su hermana, de su hija y de su madre y los doscientos cincuenta mil pesos que vale el arriendo de la casucha donde viven, y por eso a Motavita le toca ocuparse de los oficios de la casa: barrer, cocinar, bañar y dar de comer a su sobrina y a su mamá y lavar la ropa. Le pregunto por sus hermanos y me responde: Profe, no me lo va a creer. Me cuenta entonces que tiene dos hermanos. El menor de ellos, cansado de la vida de violencia que había en su casa, cayó en las drogas desde los catorce años y vive en la calle, como un indigente. Me cuenta también, que a su hermano le prohibieron el ingreso a la casa ya que en repetidas ocasiones ha robado el televisor, la grabadora y el dinero que encuentre para consumir drogas, hasta un día se robó la leche de la niña, me dice sonriendo. También ha entrado dos veces a la cárcel por hurto y lesiones personales, pues hace parte de la pandilla del barrio Juan Rey, enemiga acérrima de la pandilla del barrio Tihuaque.

 

La historia de mi otro hermano es peor, me dice. Al fondo la lluvia se ha detenido y Motavita me dice que debe ir al baño. Observo sus medias blancas, relucientes al igual que los puños y cuello de su camisa. Sin embargo, su saco se encuentra agujereado y su falda manchada con tinta de lapicero. Ahora soy yo quien pega la mirada al ventanal. Un sol frío, pálido, proyecta visos lechosos sobre las nubes que empiezan a oscurecerse. Pienso en todo lo que me ha contado Motavita y siento tristeza, en algún momento dudo de su historia, ¿cómo es posible que sobre una misma persona recaigan tantas tragedias? Pero recuerdo que nos encontramos en Colombia, en Bogotá, donde todas esas desgracias son el sustento de miles y miles de familias olvidadas y arrojadas a la miseria.

 

 

Motavita regresa, se ha mojado el cabello y limpiándose las manos con la falda me sonríe. ¿Quiere que le cuente el resto de la historia, Profe? Le digo que sí y prosigue. Cuando su padre dejó ciega a su madre, su hermano mayor, el mayor de los cuatro, se encontraba prestando el servicio militar en el ejército. Quería volverse soldado profesional, pero al enterarse de lo que había hecho su papá regresó a la ciudad. Motativa me cuenta que su hermano estuvo buscando a su papá por más de tres meses, abandonando sus aspiraciones de convertirse en un soldado profesional, hasta que una tarde de sábado lo vio. Su padre se encontraba en una tienda, en uno de los barrios adjuntos a Juan Rey, bebiendo con su tío. Su hermano, le hizo el reclamo y por supuesto, el padre le respondió. Cuenta Motavita que le contaron, que primero se fueron a las manos, su hermano llevaba la ventaja sobre su padre por lo que intervino su tío, quien sacó un cuchillo, así que su hermano para defenderse también se armó y lo apuñaleó dos veces en el pecho y lo mató. Cuenta Motavita mirando hacia el cielo ya encapotado, que su padre corrió a socorrer a su tío y que su hermano entró a la tienda, pidió una cerveza y esperó a que llegara la ambulancia y la policía. Llegó primero la policía y lo llevó a la cárcel. Su tío murió, su padre anda campante conformando una nueva familia y su hermano cumple una condena de veinte años en La Picota.

 

Motavita se sienta en su silla y terminamos la clase, luego caminamos juntos hasta la vieja carretera al Llano, donde debo tomar el alimentador que me llevará hasta el portal del Veinte de Julio. Cuando estamos sobre la carretera se detiene, estira su mano y con su dedo índice señala su casa, mire, Profe, esa es mi casa. Una casa pequeña, reclinada sobre la montaña o quizás recostada como si estuviera harta de sostener tanta miseria y tristeza, el techo es de zinc y sobresalen algunas láminas de madera. La fachada de color blanco y verde se encuentra cuarteada, una de las ventanas está tapada con un plástico y un perro duerme frente a la puerta. Nos despedimos de mano y la veo caminar lentamente, con sus trece años calle abajo y mientras su silueta se empequeñece, también lo hace mi corazón ya cansado.

 

Publicado enColombia
"La reinvención de las izquierdas radica en la forma de construir alternativas partiendo de la base de ayudar a las poblaciones excluidas"

 

Traducido del portugués para Rebelión por Susana Merino

 

El politólogo Boaventura dos Santos ha publicado el libro La difícil democracia, en el que describe la ascensión del conservadurismo en un mundo cada vez más desilusionado con el proyecto social de los gobiernos de izquierda. En este nuevo libro, publicado en Brasil a fines del año pasado Boaventura dos Santos habla de “reinventar las izquierdas”. Con una visión globalista lanza luz sobre los posibles paralelos entre los movimientos Occupy y los desafíos de la Venezuela post Chávez. Transita entre la Revolución cubana y las experiencias de los refugiados en el sur de Europa. Señala la existencia de una democracia desgastada pero que sigue caminando hacia una meta todavía incierta.

 

 

- La desilusión con las izquierdas ¿es global y generalizada?

-El problema de la izquierda en un nivel más general es la falta de alternativa al capitalismo neoliberal que luego de la caída del muro de Berlín se impuso globalmente a través de la desregulación de los mercados financieros, la liberalización del comercio y las privatizaciones. Mientras existan las desigualdades, la discriminación, la exclusión social habrá siempre espacio para las políticas de la izquierda. Mientras exista la posibilidad de que surja una alternativa, aunque fuera muy modesta, esa alternativa puede surgir. Para poner un ejemplo que conozco bien, mi país. Hace ya más de un año que tenemos en Portugal un Gobierno estable, moderado de izquierda, basado en la unidad de las izquierdas, un gobierno del Partido Socialista con el apoyo del Partido Comunista y del Bloque de Izquierda... Formular una alternativa muy moderada fue posible, aunque significativa y creíble, ante las políticas de austeridad que el Gobierno hiperconservador había impuesto entre el 2011 y el 2015.

 

- ¿La izquierda decepcionada de los EE.UU. es la misma que la de Brasil y Argentina? ¿La frustración tiene los mismos motivos?

-Los motivos de la frustración varían de una región a otra. América Latina tiene la particularidad de haber comenzado el milenio con varios gobiernos de izquierda. Dichos gobiernos no modificaron para nada el modelo de desarrollo y se basaron en que el alto precio de los recursos naturales perduraría mucho tiempo y permitiría que los ricos siguieran siendo ricos y aún más ricos mientras que los pobres dejarían de ser tan pobres. Por lo tanto no hicieron reformas estructurales y gobernaron a la antigua, no solo estableciendo coaliciones con la derecha, sino usando también el mismo tipo de clientelismo político. Pero el modelo era insostenible y se dio vuelta contra la izquierda. Mientras tanto la fuerte reacción, especialmente en Venezuela, Brasil y Argentina fue provocada en buena parte por la clandestina interferencia de la CIA y del imperialismo estadounidense, una interferencia que a los demócratas brasileños les cuesta reconocer. Dentro de algún tiempo los documentos estarán disponibles, pero ya será demasiado tarde.

En los EE.UU. es difícil hablar de izquierda. El Partido Demócrata es un partido de derecha. Existe la izquierda pero enfrenta dificultades para encontrar una fórmula política. Bernie Sanders representó a esa izquierda huérfana, pero el Partido Demócrata acudió a todos los medios, incluyendo los ilegales para impedirle ganar las elecciones primarias. Sanders, para sorpresa del mundo, levantó la bandera del socialismo en el corazón del capitalismo Y la verdad es que los jóvenes y los no tan jóvenes se adhirieron.

 

- Entre el 2011 y el 2014 se registraron en todo el mundo movimientos que alentaban la expectativa de una renovación democrática. ¿Los movimientos y los partidos que compartían esa ideología podrían haber previsto ese brusco cambio del escenario político?

-Esos movimientos constituyen una gran mezcla y diría que no todos tenían por objeto renovar lademocracia. El golpe ocurrido en Ucrania, orquestado por los EE.UU. y la Unión Europea, no tenía por objeto una renovación cualquiera. Se proponía provocar a Rusia y lo consiguió. En España, pese al movimiento de los indignados y luego de tres elecciones destinadas a resolver el impasse político no fue posible cambiar la política de derecha. Pero el partido Podemos es hoy la tercera fuerza política. Si no siguieran cometiendo más errores de los ya cometidos podría convertirse en uno de los factores renovadores de las izquierdas europeas. Los ciclos históricos de verdadera transformación social son muy largos. Continuamos sufriendo las consecuencias de la caída del Muro de Berlín.

 
El balance de las revoluciones

 

En sus trece "Cartas a las izquierdas", publicadas en el libro La difícil democracia, Boaventura Dos Santos sugiere reflexiones y estrategias que pueden conducir a rescatar la fuerza y la relevancia política de la ideología.

Boaventura dos Santos basa la primera parte de La díficil democracia en la elaboración de balances sobre las experiencias políticas que ayudaron a definir las características de la segunda mitad del siglo XX y los primeros años del siglo XXI y culmina su libro con una serie de cuestiones sobre el futuro de la izquierda.

Son trece cartas escritas entre agosto del 2011 y junio del 2016 que apuestan a la idea de recomenzar. “No cuestiono que no haya un futuro para las izquierdas, pero no lo será como continuación lineal de su pasado” escribe, señalando la urgencia de llegar a una izquierda reflexiva que se aproxime nuevamente a la defensa de los derechos humanos más básicos. En la segunda parte de la entrevista concedida a O Povo señala cómo nuestras herencias políticas ayudan a construir un nuevo pensamiento democrático.

 

- En su libro revive el recorrido de la democracia y la ascensión al poder de la izquierda en el siglo XX. Pasa por la revolución de los claveles, la cubana, la Venezuela chavista, etc. ¿Cuál será el aspecto de la democracia en los próximos 50 años?

-La democracia liberal representativa perdió su lucha contra el capitalismo, si es que alguna vez quiso entablar esa lucha. Pensemos en la socialdemocracia europea después de la Segunda Guerra y la trágica experiencia de Allende en Chile. La democracia del futuro deberá establecer una articulación entre la democracia representativa y la democracia participativa y esa articulación debe formar parte de los partidos como una forma de luchar contra la corrupción, la opacidad y el clientelismo.

 

- Muchas de esas naciones periféricas enfrentaron, en el siglo pasado, importantes períodos de democracias restrictivas y de dictaduras civiles.¿De qué manera esa configuración ayudó a definir nuestra democracia subsiguiente? ¿Qué es lo que heredamos -de positivo y de negativo– de esa experiencia?

Heredamos una cultura política autoritaria, racista, sexista, homófoba, "glamurizada" por la riqueza y la banalización de la pobreza y de la discriminación (quien es pobre es porque no merece otra cosa; el joven negro es víctima de la brutalidad policial porque es un bandido; la mujer violada es porque provocó la violación debido a su comportamiento poco recatado).

 

- ¿Cómo ha visto la elección de Donald Trump como presidente de la nación más poderosa del planeta? ¿Cómo se puede seguir pensando en tal escenario en estrategias que terminen con el autoritarismo, con el patrimonialismo y con la falta de reconocimiento de las diferencias?

-Sólo un país muy corrupto, con un sistema político profundamente antidemocrático podría haber elegido a Trump. Y allí está él. Un Gobierno de billonarios y de exejecutivos de Goldman Sachs (un grupo financiero internacional con sede en Nueva York). Los EE.UU. son un imperio en declive. Si los EE.UU. fuesen una potencia tan poderosa, ¿cómo podría explicarse la paranoia en que la cayó sobre la supuesta interferencia de Rusia en las elecciones? ¿O el miedo de que Corea del Norte arroje misiles que la alcancen?. Son lo más poderoso en el plano militar y algunas de sus multinacionales son de hecho muy poderosas, pero ese es otro cantar.

 

- Habla de “reinventar las izquierdas” ¿Cual sería el primer paso a dar para esa reinvención?¿ Qué papel juegan las llamadas “minorías sociales” (movimientos negros, indígenas, LGBT) en esa necesaria revolución?

-La reinvención radica en la forma de construir alternativas partiendo de la base de ayudar a las poblaciones excluidas, violentadas, discriminadas. La izquierda debe ser al mismo tiempo anticapitalista, antirracista y antisexista. Pero debe trabajar en las familias, en los barrios, en las comunidades, en las villas miseria. La que hace actualmente este trabajo de base es la derecha evangélica. Hay que ser absolutamente intolerante con la corrupción.

 

Fuente:http://www.opovo.com.br/jornal/vidaearte/2017/01/boaventura-dos-santos-lanca-a-dificil-democracia.html

 

Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, a la traductora y Rebelión como fuente de la traducción

 

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