Un director que fue también un gran pensador del cine

Con la muerte del realizador iraní, autor de obras maestras como Primer plano y El sabor de la cereza, el cine del mundo perdió a uno de sus grandes maestros, un director que exploró las infinitas posibilidades de su medio de expresión sin resignar jamás su profundo humanismo.


En La imagen-movimiento y La imagen-tiempo (Ed. Paidós), el filósofo francés Gilles Deleuze parte del supuesto de que “los grandes autores de cine pueden ser comparados no sólo con pintores, arquitectos, músicos, sino también con pensadores. Ellos piensan con imágenes en lugar de conceptos”.

Ningún cineasta contemporáneo parece haberse ajustado mejor a esta descripción que el iraní Abbas Kiarostami, fallecido ayer en París, a los 76 años, como consecuencia de un cáncer que lo tuvo en coma desde marzo pasado. “El cine empieza con David Wark Griffith y termina con Abbas Kiarostami”, señaló alguna vez Jean-Luc Godard, en uno de sus célebres aforismos. Por su parte, cuando el gran director El sabor de la cereza y Copia certificada estaba en plena actividad, Martin Scorsese apuntó que “Kiarostami representa el más alto nivel artístico al que pueda aspirar el cine”. Y cuando a Kiarostami, famoso también por su modestia, lo consultaban sobre estas declaraciones, que incluían también elogios de Akira Kurosawa, solía decir que prefería dejarlas para más adelante, para cuando estuviera muerto. Ese momento, lamentablemente, ha llegado. El cine del mundo ha perdido a uno de sus grandes maestros, un director capaz de explorar una y otra vez las infinitas posibilidades de su medio de expresión, pero sin resignar por ello su capacidad de asombro y su profundo humanismo. Kiarostami también fue reconocido como poeta (su volumen Compañero del viento tuvo edición castellana en 2006) y en los más importantes museos y galerías de arte, por sus notables exposiciones de fotografías e instalaciones.


En Buenos Aires todavía se recuerda el sorpresivo impacto que produjo el estreno de El sabor de la cereza, en 1998, apenas un año después de haber obtenido la Palma de Oro del Festival de Cannes. Los más de 150.000 espectadores que cosechó desde su estreno, inicialmente con una sola copia, demostraron entonces que había una franja importante de público que la distribución local había descuidado. Un público dispuesto a internarse en un film arduo, exigente, pero que a cambio le devolvía la confianza en el cine como medio de conocimiento y experiencia estética. Fue gracias a la repercusión de El sabor de la cereza que, ese mismo año, se precipitó un torrente de estrenos de calidad, no sólo iraníes sino de todos los orígenes off-Hollywood, que de otra manera seguramente nunca se hubieran conocido localmente. Y no parece del todo una casualidad que, al ritmo de esa ola, hoy casi extinguida, al año siguiente el Bafici tuviera su primera edición.


El sabor de la cereza, sin embargo, estaba lejos de ser su primer film. Nacido en Teherán el 22 de junio de 1940, Kiarostami estudió dibujo y pintura en la Academia de Bellas Artes de su ciudad, trabajó como ilustrador de posters y libros infantiles y en 1969, cuando ingresó como docente al Centro para el Desarrollo Intelectual de Niños y Jóvenes Adultos, creó allí el Departamento de Cine, que se convertiría en la cantera del llamado Nuevo Cine Iraní. Allí produjo y dirigió el primero de sus muchos cortometrajes, El pan y el callejón (1970), sobre un niño que debe enfrentarse a los pequeños peligros del regreso a casa desde la escuela. La Revolución de los Ayatolas, en 1979, lo enfrentó a una difícil decisión, en la medida en que muchos de sus colegas decidieron exiliarse en Occidente. No fue el caso de Kiarostami, que justificó así su permanencia en el país, a pesar de las muchas restricciones que sufriría: “Cuando uno saca un árbol de su tierra y lo trasplanta aquí y allá, nunca dará frutos”, le dijo al periódico británico The Guardian en 2005. “Y en caso de que pueda dar alguno, el fruto no será tan bueno como los que daba originalmente. Es una regla de la naturaleza. Pienso que si hubiera dejado mi país, me hubiera pasado lo mismo que a un árbol.”.


Siempre refugiado en su Centro para Niños y Jóvenes, el reconocimiento internacional llegaría para Kiarostami recién en 1987, con su segundo largometraje, ¿Dónde está la casa de mi amigo?, premiado en el Festival de Locarno. Considerado la primera entrega de la llamada Trilogía de Koker, por la desértica región donde fue rodada, ¿Dónde está la casa de mi amigo? es un Kiarostami clásico, en la medida en que la simplicidad de la historia que el director tiene para contar –y la increíble economía de sus medios expresivos– esconden una riquísima complejidad formal y conceptual, que el film irá revelando muy paulatinamente, en el transcurso de su desarrollo.


Al regresar de la escuela, un niño llamado Ahmad descubre que se ha llevado por error el cuaderno de su compañero de banco y se empeña en devolvérselo esa misma tarde, para que su amigo pueda completar la tarea y no sea amonestado por el maestro. La empresa, sin embargo, no será fácil: ese chico vive lejos, en un pueblo vecino, y en el camino Ahmad irá sufriendo una serie de pequeños percances. Ese recorrido de Ahmad tiene mucho de parábola, en la medida en que a partir de un relato breve de la vida cotidiana se plantea la posibilidad de acceder a una dimensión espiritual. Este vínculo entre la ficción narrada y la realidad a la que remite, este procedimiento “parabólico”, será una constante en toda la obra posterior de Kiarostami, pero aquí aparece quizás en su forma más pura, particularmente en los bellísimos tramos finales, cuando la noche se cierne sobre Ahmad, que parece a punto de ser arrastrado por la oscuridad y el viento.


Mucho menos lírico, pero sin duda aún más complejo es Primer plano (1990), el film que el propio Kiarostami consideraba como uno de sus favoritos, una obra que en su cuestionamiento radical de las fronteras entre documental y ficción se convirtió en una influencia determinante para todo el cine iraní y muy particularmente para la obra de Jafar Panahi, que siempre se consideró su discípulo y contó con guiones de Kiarostami para El globo blanco (1995) y Crimson Gold (2003). A partir de un hecho real, extraído de la crónica diaria –un hombre se hizo pasar por un famoso cineasta iraní (Mohsen Majmalbaf) para ganarse el respeto y la confianza de una familia–, Kiarostami convoca a todos los involucrados en el caso y, con ellos como intérpretes de sí mismos, vuelve a poner en escena la situación. El resultado es tan insólito como inquietante, en la medida en que la realidad parece multiplicarse a sí misma, como si se tratara de una serie de espejos superpuestos que terminan reflejando infinitos puntos de vista.


Primer plano es también un film crucial en la medida en que introduce en la obra de Kiarostami aquello que, desde una perspectiva occidental, podría considerarse un procedimiento socrático: la organización de preguntas y respuestas convenientemente orientadas para ir descubriendo las distintas capas de una verdad. Este método interrogativo, esta “conversación” entre sus personajes se extiende en toda su exigencia al espectador, que pasa así a ser parte activa del film, como sucedía en los distintos encuentros que luego pautarían a El sabor de la cereza.


Aunque quizá más enmascarado, ese procedimiento también está en el corazón de Y la vida continúa (1992), el segundo capítulo de la Trilogía de Koker. Un director de cine –el que habría filmado ¿Dónde está la casa de mi amigo?– vuelve a Koker, el pueblo donde se rodó aquella película, para tener noticias de su pequeño protagonista, después de un terrible terremoto. El cineasta viaja a bordo de un viejo Renault 5, acompañando por su pequeño hijo, que no cesa de hacerle preguntas. Y el cineasta mismo interroga una y otra vez a sus interlocutores, para saber si podrá llegar a Koker, qué camino debe seguir (a cuál más sinuoso) y quién le puede informar acerca de Ahmad o su familia.


El sonido directo, la noción de tiempo real, la manera de encuadrar el paisaje, hacen de Y la vida continúa una road movie de una inmediatez absolutamente infrecuente. Nada más real, parecería, que un plano de Kiarostami, en el que la materialidad de sus imágenes es tal que da la impresión de que es uno mismo quien recorre un camino serpenteante a bordo del auto. Y, sin embargo, anclada en esa realidad, vuelve a aparecer la parábola, en este caso la idea que evidencia la voluntad demiúrgica del cine de Kiarostami: la noción de que el cine –no importa qué terremotos se interpongan en su recorrido– no es otra cosa que reconstruir el mundo a partir de sus fragmentos, de sus escombros.


La Trilogía de Koker concluiría con Detrás de los olivos (1994), vinculada a su vez con el film anterior. Un joven campesino que participa como actor no profesional de Y la vida continúa (Kiarostami siempre borroneó las fronteras entre ficción y documental al convocar a gente común, sin experiencia cinematográfica) está enamorado de una chica local que también es parte del rodaje, pero que lo rechaza. La testarudez habitual de los personajes del director hará que el joven enamorado no ceje en su intento de seducción, pero el prolongado gran plano general con que concluye el film (una obra maestra en sí misma) deja librado al espectador conjeturar cuál es la respuesta de la chica. “Un actitud justa, de respeto hacia el espectador, sería aquella que le permitiera elegir a él mismo aquello qué lo emociona. En un plano-secuencia, es el espectador quien elige en función de lo que él siente”, declaró Kiarostami sobre ese famoso final abierto.


De hecho, todo el principio de construcción de El viento nos llevará (1999) se basa en la ausencia de imágenes e informaciones en apariencia esenciales, en el fuera de campo, en la exclusión como regla a partir de la cual cada espectador es invitado a participar muy activamente en la elaboración del sentido final del film. Hay un misterio, es cierto, en el centro de El viento nos llevará, pero ese misterio tiene cierto carácter lúdico, como si con esta película Kiarostami hubiera querido llevar hasta las últimas consecuencias aquello que ya venía practicando en sus films anteriores, y que él mismo resumió en un breve artículo teórico denominado “Por un cine inconcluso”, escrito en ocasión del centenario del cine. Allí Kiarostami abogaba por un tipo de cine que le diera más tiempo y más posibilidades de reflexión a su público, “por un cine a medias, un cine inconcluso que pueda ser completado por el espíritu creativo de los espectadores”. En este sentido, El viento nos llevará pone radicalmente en práctica ese principio, confronta a la sala oscura y le pide que le ayude a echar luz sobre la pantalla.


Su película siguiente, Ten (2002), significó un cambio radical en su obra. Aunque ya había experimentado antes con algunos cortos, fue su primer largo rodado con una pequeña cámara digital, que dejó fija en el interior de uno de sus escenarios predilectos, un automóvil en movimiento (procedimiento que también utilizó Panahi en su film más reciente, Taxi). El número del título remite a los diez diálogos socráticos que se dan en el interior de un auto que recorre las calles de Teherán y por el cual van pasando, coloquialmente, todos los temas: la vida, la muerte, el amor, la educación, la maternidad... La otra novedad absoluta de Ten fue que se trató de la primera obra de Kiarostami en la que las mujeres están en el centro absoluto de la escena. “De alguna manera, mi película refleja los problemas que enfrenta hoy nuestra sociedad”, declaró por entonces el director. “Yo no soy de aquellos que hacen diferencias de género, pero sí creo que los problemas hay que exponerlos tal como son y las mujeres hoy en Irán tienen mucho para decir al respecto.”
A Ten le siguió, el año siguiente, Five (2003), un objeto audiovisual concebido a partir de cinco secuencias independientes entre sí y realizadas en una sola, única toma, generalmente estática, con el mar como único elemento en común. En este camino extremo hacia la abstracción (un camino que Kiarostami venía explorando desde hacía tiempo en sus exposiciones fotográficas), Five parece, en una primera instancia, una suerte de experiencia zen, pero se revela finalmente como una nueva interrogación del director por las posibilidades y los límites del cine, en el terreno de la imagen y también del sonido. Esos cinco planos fijos, capaces de hacer tangible el tiempo que queda aprisionado en ese recorte de la realidad, consiguen expresar tensión, humor o una infinita melancolía sin apelar a ninguna forma narrativa. En todo caso, tienen el poder descriptivo y la sensibilidad de un haiku. No por nada, Five fue dedicada por Kiarostami a la memoria del maestro japonés Yasujiro Ozu.


Algo de esa abstracción Kiarostami la llevó a Shirin (2008), pero en este caso concentrada en los rostros de un centenar de mujeres que asisten en una sala de cine a la proyección de un melodrama basado en un clásico de la literatura persa. El hecho que de ese film sólo se pueda inferir aquello que se refleja en los rostros de sus espectadoras supone una puesta en abismo donde la emoción es producto del más puro, auténtico contracampo.


Para sus dos films finales, Kiarostami –que siempre tuvo problemas con la censura de su país– debió resignar sus principios y trasladarse al exterior, lo que no le impidió sin embargo dar dos estupendos frutos. Filmado en escenarios naturales de la Toscana, Copia certificada juega con Viaggio in Italia, el legendario film de Roberto Rossellini de 1954, donde Ingrid Bergman y George Sanders paseaban las ruinas de su amor por los restos de Pompeya. Es que el tema de la “copia auténtica” es la idea central de la película de Kiarostami, que en su primera incursión fuera del cine de su país se animó a dialogar con las convenciones y los modos de relato del cine occidental. Como la pareja de Rossellini, la de Kiarostami (Juliette Binoche, William Shimell) también va errando por los museos de la región y, en uno de ellos, encuentra una “copia certificada”, un retrato del siglo XVIII que durante más de doscientos años fue dado por un original del período romano, pero cuya calidad es tal que es considerado, también, una obra de arte. Como el mismísimo film de Kiarostami, claro está.


Like Someone In Love (2012) fue filmada íntegramente en Japón, con actores japoneses. Pero no por ello deja de ser una típica película de Kiarostami, por la delicada complejidad que se esconde detrás de una historia engañosamente simple y por su virtuosa puesta en escena. Hay un eco de las historias de Yasunari Kawabata en ese profesor ya viudo y anciano, que después de una cita con una call girl casi adolescente –con quien quizá ni siquiera ha llegado a tener sexo– parece volver a sentir eso que alguna vez llamó amor. El film narra apenas veinticuatro horas en la vida de estos personajes, pero Kiarostami se las ingenia para que el espectador sienta que los conoce de casi toda una vida. Y que casi podría mudarse con ellos: al taxi en el que la chica acude a la cita; al auto en el que el profesor intenta devolverla a la ciudad; o al pequeño, pero cálido departamento en el que el anciano vive sus últimos años de soledad y que, de pronto, se ve sacudido por un hecho inesperado. “En ese momento, lo único que se me ocurrió fue The End”, reconoció Kiarostami sobre el abierto, polémico final de su película. “Entonces me dije, tal vez no es el final. Y ahí me di cuenta entonces de que no tenía principio tampoco. Mi película no empieza y no termina. La vida es así. Nunca llegamos al comienzo, las cosas siempre comienzan antes.” El cine de Kiarostami también. Siempre será actual, moderno, siempre será un clásico; no tiene comienzo ni final: estaba antes de que lo conociéramos y seguirá estando después, para las generaciones venideras.

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Mantener la unidad de la izquierda de manera progresista y eficaz. Lecciones desde Grecia y España

 

La experiencia de Syriza pesa en la conciencia colectiva de la izquierda europea. Es importante que aprendamos de esta experiencia y resurjamos más unidos, progresistas y eficaces en la tan apremiante como necesaria consecución de una agenda paneuropea humanista.

 

En enero de 2015 fuimos elegidos para enfrentarnos al catastrófico «programa» griego de la troika y, al hacerlo, reiniciar Europa. Pocos meses después, nuestro Gobierno fue derrotado y peor aún, Syriza fue dividida en tres grupos: aquellos que permanecieron en el Gobierno, junto a Alexis Tsipras; aquellos de nosotros que permanecimos políticamente activos, pero que dejamos Syriza; y un grupo más grande, gravemente herido, que se fue a casa demasiado decaído para seguir luchando.

 

No es la primera vez que la derrota de la izquierda causa escisiones, divisiones y tristeza, incluso conflictos fratricidas. Hay dos maneras de evitar esto. Una es ganar, y, por consiguiente, evitar las repercusiones de la derrota. Sin embargo, aunque tengamos que hacer lo necesario para ganar, es imperativo que sepamos cómo evitar una guerra civil en la secuela de las batallas perdidas.

 

Más adelante volveré sobre lo que necesitamos hacer para ganar, pero en primer lugar siento la necesidad de compartir algunas de las lecciones, arrepentimientos y orígenes de la derrota de Syriza del último verano.

 

En la noche del referéndum del 5 de julio de 2015, Alexis Tsipras y yo discrepamos sobre lo que debíamos hacer. ¿Debíamos interpretar el 62% de votos a favor del OXI (no) como el coraje para llevar nuestro enfrentamiento con la troika aún más lejos? ¿O debía el primer ministro, en cambio, forjar una alianza con la oposición protroika para rendirnos a las demandas de los acreedores?

 

Existían poderosos argumentos en ambas partes, pero este no es el lugar para relatarlos. Claramente discrepamos y, como resultado, decidí abandonar el Gobierno, incapaz de apoyar la decisión del primer ministro. Sin embargo, en ese momento, mi mayor preocupación fue evitar que dicho desacuerdo fragmentara a nuestro partido y dividiera a nuestra gente.

 

Para prevenir que el desacuerdo se tradujera en una división, presenté la siguiente propuesta: que ambas partes del debate reconocieran que la otra parte contaba con razones de peso a su favor. Que reconociéramos que se trataba de una decisión verdaderamente difícil (tanto para Alexis como para mí), lo que, por definición, significaba que nuestras decisiones opuestas eran igualmente bien intencionadas, igualmente defendibles e igualmente de izquierdas. De esta manera, pronuncié un discurso en el Parlamento implorando a todos nuestros diputados en la Cámara y a sus simpatizantes fuera de ella para respetarnos los unos a los otros (aceptando que cada bando tenía sus razones) y que éramos compañeros que simplemente discrepaban.

 

Mi exposición, inicialmente, pareció encontrar suelo firme. Mi sucesor en el Ministerio de Finanzas, Euclid Tsakalotos, usó la misma línea de argumentación tanto en el Parlamento como dentro del partido. Cuando menos, nuestro discurso pretendía mantener al partido unido a pesar del fuerte desacuerdo en nuestra actitud hacia la troika y la oposición estaba frustrada por: (A), la decisión de la dirección de expulsar de Syriza a cualquiera que votara a favor del nuevo memorando y (B) la decisión de muchos compañeros de formar el partido Unidad Popular en oposición a Syriza.

 

A pesar del fracaso de nuestro discurso unificador, que llevó a Syriza a una división en tres partes, todavía creo que el mismo tiene mucho valor para la izquierda, tanto dentro como fuera de Grecia. Sigo convencido de que la izquierda debe aprender a preservar la unidad a pesar de un fuerte desacuerdo interno en cuanto a lo que su Gobierno debe o no debe de hacer. Ningún sector del partido debe nunca imponer su punto de vista al otro con la amenaza de una expulsión. Y ningún sector debe poner como condición a su participación en la coalición, que sus opiniones prevalezcan sobre aquellos que discrepan.

 

Volviendo ahora la cuestión de cómo evitar la derrota, la experiencia de Syriza muestra lo crucial que es que la dirección y el partido acuerden de antemano dónde están las líneas rojas colectivas. Cuando me uní a Alexis Tsipras y a Syriza pensé que teníamos un entendimiento sobre tres de esas líneas rojas, los tres requisitos mínimos para permanecer en el gobierno:

 

.Lograr una importante reestructuración de la deuda.

.Contener la austeridad (es decir, reducción en el objetivo principal de superávit al 1,5% del PIB)

.Recuperar la soberanía nacional sobre las privatizaciones.

 

También teníamos un acuerdo para imponer una quita a los bonos del Gobierno griego en manos del Banco Central Europeo si éste cerraba nuestros bancos para forzarnos a ir más allá de nuestras tres líneas rojas. Y que, si ocurría lo peor de lo peor, dimitiríamos antes que cruzarlas. Claramente me equivocaba, mientras la troika estaba en lo cierto: aquellas tres líneas rojas no eran «reales».

 

Pese a lo que publicaron algunos medios, estos desacuerdos en ningún caso me llevaron a alimentar divisiones. No apoyé a la escisión de Syriza en las elecciones en Grecia porque si bien sabía que eso les llevaría al parlamento, también era consciente de que pondría en peligro la mayoría de Tsipras. Siempre he pensado que las divisiones no son el camino y en las elecciones es donde más se evidencia ese error.

 

Mirando hacia el futuro, hacia las elecciones generales españolas del próximo 26 de junio, es crucial que Unidos Podemos no cometa el mismo error respecto de la troika. Que su dirección trabaje plenamente sobre cuáles son sus líneas rojas. Y que le diga al electorado español cuáles son, atándose a ellas como Ulises se ató al mástil del navío para prevenir que fuera encandilado por el canto de las sirenas. Por encima de todo, Unidos Podemos debe señalar a los posibles socios de coalición, y al Eurogrupo, que estas líneas rojas no son negociables. Todo lo demás lo es, pero no las líneas rojas aceptadas en común (sean las que Unidos Podemos decida que sean).

 

El pasado año en Grecia estuvimos en lo cierto al proclamar que «la esperanza se acercaba». Este año en España, la izquierda acertará si puede pasar de «Podemos» a «Hagámoslo» unidos. Lo que ahora deben hacer es explicar claramente qué es ese «lo», comprometerse a respetar las líneas rojas comunes de la coalición hasta el final y, pase lo que pase, procurar que sus filas permanezcan unidas, incluso cuando los desacuerdos internos sean fuertes.

 

*Economista y exministro de Finanzas de Grecia

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Viernes, 22 Abril 2016 18:21

Ontología humana crítica

Ontología humana crítica

El antagonismo contemporáneo entre la esencia (ontología) y la existencia amenaza a la especie humana con su extinción. Este antagonismo tiene expresión concreta en dos hechos fácticamente comprobables: i) la negación de la “naturaleza” y, en consecuencia, la acción destructiva de las condiciones que dan sustento a la “Vida”, y ii) la alienación de fuerzas esenciales y específicas que son el contenido de la “Dignidad” humana. La consecuencia factual de este conflicto es el desmembramiento y la desintegración psíquica de la personalidad humana y su esencia natural-genérica universal, que se expresan en el odio y el rencor hacia la vida; en síntesis, el fracaso en el arte de vivir. Superar la crisis que amenaza la supervivencia de la especie exige una revolución que significa cambios radicales y duraderos de la conciencia humana y de las relaciones e instituciones sociales.

Viernes, 22 Mayo 2015 15:06

Dignidad y humanismo socialista

Dignidad y humanismo socialista

El pasado mes de marzo, Luis Emiro Valencia cumplió 93 años. Para asombro de propios y extraños, su actividad mental y física en pro de una sociedad socialista, fundada sobre las bases de la democracia radical y el humanismo, continúa plena, como en aquellos años 40 del siglo XX, cuando en la casa de Jorge Eliécer Gaitán le abrieron la puerta y lo invitaron a seguir para tomar las memorias de las reuniones que dieron base al Plan Gaitán. Llegaba invitado por Antonio García Nossa, de quien aprendió y a quien continúa difundiendo aún, dado que Colombia no conoce la bastedad y profundidad de su obra.

¿Quién es Luis Emiro Valencia? -"Yo soy yo y mis circunstancias".

Es la identificación de Luis Emiro con el pensamiento de José Ortega y Gasset (1883-1955): "Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo". Es una frase síntesis de su perspectiva existencial, esto es, el ser humano está condicionado por lo que piensa y por lo que vive. La perspectiva es, entonces, de la razón vital (raciovitalismo) e histórica. En relación dialéctica se imbrican la razón, la vida como valor absoluto, la impermanencia y el fluir del tiempo y los acontecimientos socio-históricos concretos.

 

Madre-hijo

 

Detrás de un hijo que aprende hay una madre que enseña, dice el adagio popular. Existe una relación estrecha entre la producción intelectual y la experiencia vital del ser humano, pero ésta es primordial en sus comienzos y en la situación de dependencia esencial. Al comienzo de la vida, es cuando empiezan a formarse las actitudes estructurales de la personalidad (temperamento y carácter). La pareja básica madre e hijo constituye la imbricación fundamental. En los primeros años de un niño, la ayuda y el amor son de gran importancia en el establecimiento de su naturaleza o, dicho en términos simples, su capacidad para la estabilidad y la felicidad. El párvulo es el padre del intelectual.

Luis Emiro Valencia Sánchez nace en Bogotá el 25 de marzo de 1922. Valencia es un apellido toponímico español, arriba a Colombia con los inmigrantes hispánicos hace poco menos de tres siglos, sobresaliendo una inclinación hacia la intelectualidad y la política. En Luis Emiro estas dos fuerzas confluyen en una sola pasión: el humanismo socialista. Su árbol genealógico es pródigo en liberales guerrilleros y radicales, amigos de Manuel Murillo Toro (1816-1880), dos veces presidente de la República y precursor del socialismo liberal en Colombia, de estirpe reformista agrario y gran luchador contra los latifundistas. La obra de Murillo Toro será la primera influencia intelectual de Luis Emiro.

Eran otros tiempos, con una Colombia muy distinta a la actual. Su población apenas llegaba a los 6,8 millones de habitantes, con el 72 por ciento de ella habitando en zonas rurales. Era un país agrario bastante atrasado y desarticulado en sus regiones naturales, aunque constituía un nítido germen de modernización capitalista que generaba nuevas problemáticas y exclusiones económicas, sociales y políticas; nuevas clases populares y asalariadas buscaban su propia expresión en el socialismo y recibían la influencia y animación de las revoluciones mexicana y rusa. El antagonismo entre el país agrario y semicolonial, y la nación moderna y capitalista empezaba a aflorar con fuerza incontinente.

A la tierna edad de cuatro años queda Luis Emiro sin padre, consecuencia de la temprana separación de sus progenitores. Como hijo único, es educado por su dedicada y amorosa madre: Carlina Sánchez Lozano. Ella, liberal radical, poliglota (inglés, francés, castellano) y diestra pianista, heredó a su hijo la pasión por la política y la justicia social, al igual que el amor por la vida, el trabajo decente, la literatura y la música.

Luis Emiro no fue un niño corriente. Un niño dotado es más intensamente niño, sus placeres y dolores surgen rápidamente y, agudamente, su curiosidad y necesidad del conocimiento. El sentido y significado de la vida está unido a su gusto por la lectura, consejo que no deja de recomendar siempre que puede a las nuevas generaciones: lean, siempre lean y lean. De niño a adulto lo acompaña una memoria prodigiosa; a los 93 años recita un poema del poeta venezolano Elías Calixto Pompa (1834-1887) con igual frescura y claridad que lo hacía cuando solo contaba con tres años de edad:

Estudia
Es puerta de luz un libro abierto:
Entra por ella, niño, y de seguro
Que para ti serán en lo futuro
Dios más visible, su poder más cierto.

El ignorante vive en el desierto
Donde es el agua poca, el aire impuro;
Un grano le detiene el pie inseguro;
Camina tropezando; ¡vive muerto!

En ese de tu edad abril florido,
Recibe el corazón las impresiones
Como la cera el toque de las manos:
Estudia, y no serás, cuando crecido,
Ni el juguete vulgar de las pasiones,
Ni el esclavo servil de los tiranos.

La madre, activista, siempre iba acompañada de su pequeño. De la mano de ella, Luis Emiro participó de las marchas y eventos políticos que por entonces conmovían a la capital, como la "del hambre", pero también de sucesos de especial significado, como la posesión del presidente liberal Enrique Olaya Herrera en 1930.

Como podrá recordase, fecha especial para la nación, pues con tal gobierno tomaba forma en el país un período de gobiernos liberales, extendidos hasta 1946. Durante los 44 años previos los conservadores gobernaron de mano de la Iglesia con mano dura y represiva, pretendiendo acallar el surgimiento del movimiento obrero-campesino-indígena y estudiantil y la aparición de las nuevas corrientes políticas socialistas.

Ahora, bajo la influencia de las revoluciones acaecidas en Nuestra América, así como en Euro-Asia, durante las dos primeras décadas del siglo XX y la tendencia internacional de apertura, el ambiente era propicio a los proyectos de reforma social y a la ampliación de la democracia. Liberales y socialistas hacían suyos, a su manera, los ideales de reforma agraria, nacionalización de los recursos naturales y energéticos, separación de la Iglesia y el Estado, impulso a la educación obligatoria, laica y gratuita, independencia nacional, formación de sindicatos, organización y participación popular y un régimen bajo la dirección de un gobierno obrero.

Memoria y lucha. A sus escasos ocho años de edad, la impresión de la figura imponente de Enrique Olaya Herrera, "gigante, altivo y su pecho lo atraviesa la banda tricolor de la bandera nacional", quedará para siempre en la retina de Luis Emiro.

 

Salto generacional

 

Hacia el año 1925 se conforma un grupo anti élite, rebelde e iconoclasta: "Los Nuevos". De edades entre los 20 y 25 años, universitarios y provenientes de clases alta y media, eran jóvenes que empezaban a entender el sentido, significado y tendencia de los nuevos tiempos. De este grupo emergerían las ideas y los personajes que tendrían influencia en los acontecimientos de la nación durante el siglo XX.

Algunos de ellos suscriben un documento en el que dicen: "Pertenecemos al partido socialista que busca la justicia económica, la realización política de los fines humanos y cuando los partidos de la libertad se disuelven en la inacción y buscan consejo de un capitalismo intransigente, las nuevas generaciones no pueden seguir otros caminos que éste que adoptamos nosotros". Entre algunos de sus firmantes estaban Diego Montaña Cuellar, Francisco Socarrás, Roberto García Peña, Gerardo Molina.

Al grupo de "Los Nuevos" ingresan Alberto Lleras Camargo, Germán Arciniegas, Luis Tejada, Gabriel Turbay, Guillermo Hernández, Juan y Carlos Lozano y Jorge Eliecer Gaitán. Más tarde es fortalecido con la adhesión de Luis Cano, Antonio José Restrepo, Antonio García Nossa, Luis Carlos Pérez y Luis Rafael Robles, todos profesaban su simpatía con las ideas socialistas.

Entre tanto, Luis Emiro Valencia era un joven estudiante formado en los colegios de los hermanos cristianos lasallistas. Egresado de la secundaria, efectuó estudios técnicos en la Escuela Industrial anexa a la Facultad de Matemáticas e Ingeniería de la Universidad Nacional durante la década del treinta; en ese entonces su proyecto era convertirse en técnico fundidor. Pero la vida no es lo que uno quiere. Aprendió taquigrafía y mecanografía en la Academia Remington, donde por entonces estudiaban las elegantes señoritas bogotanas, para matricularse luego en los cursos de Extensión Universitaria abiertos en el marco de la reorganización de la Universidad Nacional adelantada bajo el gobierno de Alfonso López Pumarejo (1934-1938/1942-45). Después ingresaría al Instituto de Ciencias Económicas, fundado en 1945, donde se graduó en 1950 presentando la tesis "Política del Cambio Exterior", dirigida por su maestro y amigo A. García Nossa.

Tiempos de especiales recuerdos. Para Luis Emiro una de las situaciones más gratas de su vida fue haber vivido y verse beneficiado del proceso de inclusión y democratización de la educación en Colombia, impulsado por los gobiernos liberales. En la Universidad Nacional conoció a profesores como Abdón Espinosa, Indalecio Liévano Aguirre, Alfredo Vásquez Carrizosa y Antonio García Nossa. Este último se convertiría en su "padre intelectual" y pronto tejerían una profunda amistad.

Bajo la protección y orientación de Antonio García pudo ingresar y hacer parte de una generación mayor a la suya, la de aquellos intelectuales socialistas influyentes en la academia y la vida cultural y política del país. García lo hizo su secretario y amanuense gracias a la inteligencia y los conocimientos que sobre taquigrafía y mecanografía ya le otorgaban ciertas destrezas a Valencia.

De su maestro y amigo, dirá después Luis Emiro que aun Colombia no ha conocido la grandeza del pensador y la importancia del mismo para la historia nacional: "Antonio es como el mar, profundo y ancho; hasta ahora sólo conocemos su oleaje y lo poco que queda en la playa".

 

Luces de vida

 

Corren los años 40, las nuevas lecturas e influencias intelectuales marcan su huella en el joven estudiante. Una tarde, bajando las escaleras de la facultad de Derecho (el Instituto de Ciencias Económicas estaba anexo a la Facultad de Derecho), Luis Emiro tuvo una experiencia de conversión. Mirando en lontananza, asombrado, sintió en lo más profundo de su ser que había ocurrido un salto de conciencia, su cosmovisión de la vida había cambiado, la pasión por el socialismo humanista había nacido como una razón vital que nunca más abandonaría.

El año de 1947 Luis Emiro conoce a Jorge Eliecer Gaitán (1898-1948), quien con persistencia lideraba desde los años 30 una gesta por el cambio de modelo político y económico en el país. En este mismo año Gaitán, candidato a la presidencia de la República por el partido Liberal, ya figuraba como seguro triunfador de los comicios por realizarse un año después.

Ante tal posibilidad, la oligarquía colombiana juega la última carta que le quedaba: la represión violenta. Al salir de clases de la Universidad Nacional, Luis Emiro sube por la calle trece en su modesto automóvil del cual era propietario y a la altura de la Estación de la Sabana, sobresaltado, ve la turba enfurecida que baja con palos y machetes destrozando e incendiando la ciudad; guarda donde puede el vehículo y se entera que Gaitán acaba de ser asesinado. Es el 9 de abril de 1948.

En una amarga mirada retrospectiva, Luis Emiro Valencia reflexiona sobre la cruel historia que nos ha tocado vivir: "Cuando el hombre como el pueblo coinciden y se hallan listos para iniciar los procesos de cambio revolucionario, las clases o los grupos hegemónicos y dominantes dueños del poder y los privilegios generan el clima propicio para el genocidio y el magnicidio, eliminando a los jefes, líderes y seguidores dotados de la visión, y el propósito de impedir cambios reales, estructurales, socioeconómicos, institucionales y éticos. Los casos: Galán el Comunero en 1871, Rafael Uribe Uribe en 1914, Jorge Eliecer Gaitán en 1948, Jaime Pardo Leal en 1987, Luis Carlos Galán en 1989, Bernardo Jaramillo Ossa y Carlos Pizarro en 1990.

[...] El de Gaitán significaba el ascenso del pueblo al poder. Por eso, a Gaitán no podía dejársele pasar. La oligarquía deja pasar, aun a los de extracción humilde, en la medida que adopten y adapten sus ideales y su lucha a los intereses de la casta dominante. El revolucionario siempre está expuesto a sufrir la trayectoria de Gaitán. Es el mito de Sísifo, refrendado con la muerte de Gaitán y el genocidio practicado sobre nuestro pueblo durante todo el tiempo a lo largo y ancho de nuestra historia"1.

 

El socialismo como pasión y compromiso

 

No es fácil ser fiel a los principios socialistas en un país de tradición derechista y con una lumpen-oligarquía tan asesina e infame como la colombiana. Luis Emiro Valencia, con la sabiduría que dan los años y conocedor ilustrado de la historia del país, nos enseña que la denominada Violencia no inició el 9 de abril de 1948, como equivocadamente algunos analistas lo señalan, sino que inició una nueva fase en el siglo XX a partir de 1946, impulsada por el Estado, bajo el gobierno hegemónico conservador, represión sectaria contra el pueblo como guerra preventiva que impidió el acceso de Gaitán al poder. Su despliegue significó el triunfo de la violencia reaccionaria sobre las aspiaciones de justicia y democracia plena sentidas por el país nacional.

En este proceso, enseña Valencia, la reacción contra la reacción fue el golpe cívico-militar encabezado por el General Gustavo Rojas Pinilla, el 13 de junio de 1953, con la consigna de paz, justicia y libertad, y la entrega de las armas por la guerrilla del Llano, refrendada con el posterior asesinato en Bogotá de su máximo líder, Guadalupe Salcedo. Esta fase culmina con la heredada Asamblea Nacional Constituyente y Legislativa, en cuya ampliación estuvo el Maestro Antonio García, quien presentó proyectos de reforma estructural y planteó, en memorable discurso, la disolución de la Asamblea con el lema de que la estrategia reaccionaria de volver atrás debe dar paso a la revolución socialista. En este discurso recogió el pensamiento de Gramsci: La crisis consiste en que muere lo viejo y no nace lo nuevo.

Ante el fracaso de la dictadura de Rojas, que continuó la violencia sin propósito de cambio, la oligarquía latifundista-industrial se une convocando a Plebiscito y entronizando el Frente Nacional oligárquico con el reparto del poder hasta 1974. De aquí en adelante, hasta nuestros días, el proceso continúa con diferentes actores pero con el mismo escenario y con las mismas víctimas, a pesar de la Constitución de 1991, concluye Luis Emiro en su repaso por la historia reciente de Colombia2.

Pero ninguna tristeza, derrota o dolor ha podido apagar el fuego, la pasión y compromiso de Luis Emiro Valencia por el socialismo humanista y la democracia radical. En los más importantes programas del socialismo colombiano del siglo XX, su espíritu y mano creadora están presentes. Con su visión siempre mirando hacia delante, sin olvidar el pasado, nos advierte que es fundamental rescatar desde la propia historia de Colombia la lectura de los programas básicos, formulados para proyectos políticos de la democracia radical, socialista, desde el pueblo y para el pueblo, con el común denominador del humanismo social, sin pretender repetirlos mecánicamente sino para estudiarlos y continuarlos en sus líneas de vigencia y actualidad. Es el camino de la memoria el que conducirá a la construcción de la nueva sociedad, afirma con convencimiento.

Los programas básicos, en su desarrollo cronológico, según Luis Emiro, son:

- 1936-38 Unión Nacional Izquierdista Revolucionaria –Unirismo.
- 1942-44 Liga de Acción Política –LAP.
- 1946-47 Plataforma del Colón y El Plan Económico, Movimiento Gaitanista.
- 1950-1958 Movimiento Socialista Colombiano –Partido Popular Socialista.
- 1985-1989 Unión Patriótica –UP.

Según Valencia, las tesis contenidas en estos programas están vigentes en su esencia –interna, regional e internacional–, en la medida que durante todo el siglo XX y en lo que va del XXI, no sólo los problemas subsisten sino que se han agravado y potenciado, cuantitativa y cualitativamente3.

La izquierda actual está fragmentada y confusa, según Luis Emiro. Le duele ver como la educación quedó reducida a un vulgar negocio sin igualdad de oportunidades ni inclusión de las clases populares, así como la orfandad en que se encuentran las universidades que deberían ser el faro en estos tiempos de oscuridad. La última vez que lo invitaron a ser parte de un movimiento político fue en la persona de Fals Borda, de quien dice Valencia "era un gran humanista pero muy ingenuo". El Polo, respondió a la amable invitación de Fals Borda, es un archipiélago, ¿de cuál isla quieres que haga parte".

No obstante, Valencia sigue creyendo en la necesidad de un futuro socialista para Colombia. Su concepción de la democracia radical, elaborada en conjunto con su maestro-amigo Antonio García, sigue vigente. Es un todo indivisible, no sólo democracia política sino también económica, social, ambiental y cultural, con un nuevo estado nacional y popular que emerja desde abajo y desde las regiones como estructura política fundamentada en la organización y participación directa de los trabajadores, campesinos, pueblos originarios, estudiantado, clases medias y de los sectores progresistas del país. "La democracia, afirma Luis Emiro, es como el amor: todo o nada". Y es que Valencia sí sabe de eso, toda su existencia ha sido un enamorado de la vida, con siete hijos, demócrata radical y socialista convencido.

Pero sobre todo, Luis Emiro es un gran humanista, siempre opuesto a toda teoría y práctica que conduzca a una imagen determinista, dogmática y reductiva de la existencia humana. El socialismo en que cree tiene como objetivo central crear la igualdad de oportunidades, la satisfacción de las necesidades esenciales y las condiciones para el florecimiento de las potencialidades y la autorrealización del ser humano. Un socialismo que aspire a una concepción integradora y holística del ser humano, pluralista e incluyente, en la que tengan cabida temas tales como: democracia radical, libertad, responsabilidad, autenticidad, realización, autodeterminación, conciencia, dimensión espiritual y sentido y significado de la vida.

A sus 93 años, Luis Emiro afirma que es longevo pero no viejo. En su cálido, pulcro, sencillo y ordenado apartamento, en el centro de Bogotá, de cara a los cerros tutelares, donde vive con su hijo menor, están todos los amores y recuerdos más apreciados de la vida: músicos, pintores, pensadores, fotografías de amigos y compañeros de batallas, todo en medio de miles de cuidados, heterogéneos y queridos libros, de todos los tiempos y campos del saber humano. Hasta hace unos pocos años se desempeñó como consultor externo de la Unidad Administrativa Especial de Organizaciones Solidarias. Actualmente asesora alcaldías locales con aspiración y vocación socialista, como la de San Cristóbal, en la localidad 4 de Bogotá.

Elegante, en el mejor estilo clásico bogotano, digno y autónomo, Luis Emiro camina las calles de la capital, sonriente y enamorado de la vida, con la esperanza incorregible y la fe en la perfeccionabilidad del ser humano y la capacidad de evolucionar y revolucionar de la sociedad.

 

1 Valencia, Luis Emiro. "Gaitán, antología de su pensamiento social y económico, Ediciones desde abajo, Bogotá, 2012, pp. 15-16).
2 Valencia, Luis Emiro, 9 de abril de 1948-10 de mayo de 1957, capítulo oscuro de la historia colombiana, en: Revista Cepa, Bogotá, abril 2007, No 3, p. 78).
3 Valencia, Luis Emiro, Los programas perdidos de la democracia radical, en: Revista Cepa, Bogotá, septiembre 2007, No 4, p. 68.

Publicado enEdición Nº 213
"Pertenecemos a la inmensa mayoría de la Humanidad"

"La solidaridad es la ternura de los pueblos", proclamó Pablo Neruda en medio de la inmensa y urgentísima tarea de evacuar, socorrer y asilar a decenas de miles de republicanos españoles de los que tantos lograron llegar también al Río de la Plata luego de la Tragedia de 1939.


Este Presidente fue en su juventud alumno deslumbrado y hoy agradecido, de una de aquellas lumbreras intelectuales desterradas.


El Uruguay pacífico y pacificador es una gran herencia y a la vez una estrategia vital.


Este país formó parte de la vanguardia mundial en la creación de instrumentos internacionales para la paz.
Recogiendo de nuestro mejor pasado esa vocación, hemos ofrecido nuestra hospitalidad para seres humanos que sufrían un atroz secuestro en Guantánamo. La razón ineludible, es humanitaria.


A estas tierras han venido, desde nuestra independencia y aún antes, personas y contingentes a veces muy numerosos buscando refugio: guerras internacionales, guerras civiles, tiranías, persecuciones religiosas y raciales, pobreza y también extrema miseria, lejanas o muy cercanas.


Desde todos los países de Europa incluyendo la lejana Rusia; y de América; y lo más doliente: desde África, traídos como esclavos.


Muchísimos llegaron desde situaciones comprometidas y comprometedoras. Han construido este Uruguay: forjaron bienestar, trajeron oficios, semillas, saberes, culturas, y, por fin, hincando profundas raíces, sembraron aquí su hoy innumerable descendencia. Y también sus tumbas del morir de viejos. Formaron con sus huesos parte de nuestra tan querida tierra.


Pero a la vez y a su tiempo, en mala hora para nosotros, hemos recibido la cálida y oportuna mano tendida y el asilo de numerosos países, a pesar de que éramos "acusados" por la tiranía doméstica, de ser gente muy peligrosa.
Y antes, durante y después, decenas de miles de compatriotas se fueron a todos los confines, a causa de la pobreza y la falta de perspectivas.


Muchos de ellos, y su descendencia que habla otros idiomas, no han podido volver y constituyen para nosotros, además de una dolencia y un deber pendiente, la querida Patria Peregrina.


Es por todo ello que siguiendo por el camino de la famosa Parábola, sentimos la escena porque la sufrimos en carne propia, desde el dolor del herido más que desde el altruismo del Samaritano.

Formamos parte del mundo de los asaltados heridos. Pertenecemos a la inmensa mayoría de la Humanidad.


No debemos ni queremos olvidar ni perder ese punto de vista para mirar las crudas realidades, por desgracia tan numerosas como crueles, que hoy golpean a gritos en la puerta de millonarias conciencias.

La ocasión ahora jubilosa es propicia para que reclamemos nuevamente el levantamiento del injusto e injustificable embargo a nuestra hermana República de Cuba cuyo Héroe Nacional fuera cónsul de Paraguay, Argentina y Uruguay en Nueva York.

La liberación de Oscar López Rivera, luchador independentista portorriqueño de setenta años, preso político en Estados Unidos desde hace más de treinta, doce de los cuales en celda de aislamiento.


Y la liberación de Antonio Guerrero, Ramón Labañino y Gerardo Hernández, cubanos presos en Estados Unidos desde hace dieciséis años.


Estamos seguros de que estas demandas insatisfechas abrirían amplias avenidas a un proceso de paz, entendimiento, progreso y bienestar para todos los pueblos que habitan aquella zona crucial de nuestra América.

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Miércoles, 21 Julio 2010 06:47

Carta al padre

Querido padre: deseo que la vida te depare más de los años cumplidos por el compañero Nelson Mandela, conservándote en sabiduría, lucidez y en consonancia con las palabras del abuelo Martí: el sol quema con la misma luz con que calienta. El sol tiene manchas. Los desagradecidos no hablan más que de las manchas. Los agradecidos hablan de la luz.

Una y otra vez he regresado a ti, en busca de orientación y consejo. No te seguía en todo, pero tus energías vigorizaban las mías. Discutíamos. Hasta no hace mucho, invocabas la doctrina que debía ser tomada como una guía para la acción, y yo sostenía que tu genio de conductor supo dosificarla para guiar las heroicas acciones de tus hijos.

Sigo creyendo que la política presenta cuatro tipos de contrariedades: purismo, moralismo, oportunismo y catequismo. El purista ignora las propiedades del sol; el moralista vive de las ideas ajenas; el oportunista vela por sí mismo, y el catequista se siente libre de pecado.

En tu reflexión del 18 de julio pasado, pronosticas que la última guerra de la prehistoria de nuestra especie sería inminente. Pitagóricamente, apuntas que 99.9 por ciento de las personas conservan la esperanza de que un elemental sentido común prevalezca. ¿Sentido común?

Estoy anonadado. No dudo de las ignominiosas señales de la hora en el golfo arábigo-pérsico. Sólo me pregunto si habrás calibrado el impacto de tus palabras en el aturdido mundo que vivimos. Pues así como millones ponderan tu capacidad para el vaticinio, también andan prestando atención a las explicaciones seudocientíficas del Escatón, o culminación del tiempo en 2012, según el calendario maya.

¿Los mayas sabían que en 2012 habría elecciones decisivas en México? En el oráculo de Apolo, el rey griego Byzas leyó: Establece una ciudad al otro lado del país de los ciegos. La ciudad fue llamada Bizancio, que por su gran valor estratégico se decía que los que habitaban al frente deberían estar ciegos para no darse cuenta.

Siglos después, Constantino levantó allí la segunda Roma, Constantinopla, capital del imperio de Oriente que legalizó el cristianismo. Pero recordemos también que los bizantinos tenían el mal hábito de enronquecer discutiendo. Diatribas sin sentido para el común de las personas, y asuntos imposibles de resolver porque inútil era probarlos en un sentido o en otro.

Que Jesucristo era Dios e hijo de Dios. Que no: enviado de Dios. Que no: que sólo se debía reconocer al Espíritu Santo. Que no: que Cristo portaba dos naturalezas. Siglos de infinitas, de infinitas discusiones bizantinas, en las que llegaron a participar las verduleras del mercado, cuando al grito de ¡se armó la de Dios es Cristo!, arrojaban sus coles a monosifistas y atanasianos, arrianos y nestorianos.

En 1453, Constantinopla fue cercada por los turcos. El emperador pidió ayuda militar, pero ningún aliado sabía, exactamente, cómo canalizar la ayuda. Tras la toma de la ciudad que luego se llamaría Estambul, se dice que los turcos entraron en el palacio imperial y sorprendieron al emperador y sus teólogos discutiendo, sin inmutarse, sobre teoremas religiosos, mientras el enemigo les arrebataba todo lo suyo.

¿A qué iba?... ¡Ah! Iba a que nada de lo que acontece en el mundo de hoy es casual, y que tu reflexión se cruzó con algunos párrafos señalados en el libro El arte de la inteligencia (The craft of intelligence, 1963), de Allen W. Dulles, a quien bien conoces, por haber estudiado minuciosamente tus pasos cuando estuvo al frente de la CIA (1953-61).

Con la tenacidad de los de su raza para perfeccionar los mecanismos de la opresión y el sufrimiento, Dulles vaticinó los grandes lineamientos de la dominación imperial, que personajes como Henry Kissinger impulsaron en los decenios venideros. Escribió:

“En la dirección del Estado (de los estados) crearemos el caos y la confusión. De una manera imperceptible, pero activa y constante, propiciaremos el despotismo de los funcionarios, el soborno, la corrupción, la falta de principios…

“La honradez y la honestidad serán ridiculizadas como innecesarias, y convertidas en un vestigio del pasado. El descaro, la insolencia, el engaño y la mentira, el alcoholismo, la drogadicción, el miedo irracional entre semejantes, la traición, el nacionalismo, la enemistad entre los pueblos…”

“Sólo unos pocos acertarán a sospechar e incluso comprender lo que realmente sucede. Pero a esa gente la situaremos en una posición de indefensión, ridiculizándolos, encontrando la manera de calumniarlos, desacreditarlos y señalarlos como desechos de la sociedad...

“Haremos parecer chabacanos los fundamentos de la moralidad, destruyéndolos. Nuestra principal apuesta será la juventud. La corromperemos, desmoralizaremos, pervertiremos…”

Hasta aquí, mis reflexiones a las tuyas. Mis propias reflexiones, padre. Ni tú ni yo somos creyentes. Pero en tanto la humanidad no consiga sacudirse de las tribulaciones de la fe y de la intoxicación informativa, habrá que permanecer junto con ella, y ayudar en lo que se pueda ayudar.

Por José Steinsleger
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Este año se celebra el centenario del nacimiento de la teórica y revolucionaria marxista Raya Dunayesvskaya (1910- 1987), de quien leí recientemente una de sus obras más importantes: Filosofía y revolución, de Hegel a Sartre y de Marx a Mao (Siglo XXI, 2009), en la cual se expone una perspectiva crítica del marxismo que resulta imprescindible conocer a profundidad, entre otros motivos por su contribución a la comprensión de los procesos trasformadores que actualmente tienen lugar en el mundo, particularmente en América Latina.

Ucraniana de nacimiento, Raya se instala con su familia en Estados Unidos en 1922; llega a México en 1937 como secretaria de Trotski en idioma ruso, rompiendo con él por sus divergencias políticas respecto de la caracterización de la Unión Soviética: mientras ella pensaba, sobre todo después del pacto de no agresión Hitler-Stalin de 1939, que Rusia no era más un Estado de trabajadores, el fundador del Ejército Rojo sostuvo siempre que era un Estado obrero, aunque degenerado. En 1938 regresa a Estados Unidos, donde lleva a cabo una intensa actividad política y una prolífera producción intelectual, relacionadas ambas con el periódico News and Letters, expresión de la corriente marxista-humanista que ella fundó en los años 50. Sustenta que originalmente Marx denominó sus nuevas elaboraciones teóricas no materialismo ni idealismo, sino humanismo.

Congruente con la idea de que la teoría sólo puede desarrollarse plenamente cuando se asienta en lo que las propias masas hacen o piensan, destaca que para Marx lo fundamental consistía en que el ser humano no era meramente objeto, sino sujeto; que no únicamente estaba determinado por la historia, sino que también la creaba.

A partir de estos planteamientos, Raya hace una crítica radical al vanguardismo: ¿las masas campesinas o proletarias son las forjadoras de la historia, o solamente les corresponde someterse a una “dirección” y recibir órdenes? ¿Deben ser masas pasivas al día siguiente de la revolución? Precisamente, en su condena al estalinismo afirma que este régimen sofocó la espontaneidad de las masas: el Estado absorbió a los sindicatos y a todas las organizaciones obreras de tal manera que la propiedad estatal, el plan estatal, el partido, eran los fetiches por los cuales los trabajadores debían ofrendar su vida.

Dunayesvskaya propone, en cambio, una perspectiva que se fundamenta en el sujeto autodesarrollado, y se alinea con Lenin, quien, a su juicio, consideró a las masas, el proletariado, el campesinado, e incluso la nacionalidad oprimida, como sujetos autodesarrollados. Lenin creía que se necesitaba un nuevo impulso teórico porque había nacido un nuevo sujeto: la autodeterminación de las naciones.

También discrepa con Trotski en su concepción del campesinado, quien no lo consideraba sujeto autodesarrollado ni tampoco le concedía una conciencia nacional ni mucho menos socialista.
Dunayevskaya mantiene, por el contrario, que la iniciativa política no es siempre patrimonio exclusivo de la clase obrera. Cuando las masas son el sujeto no debe analizarse una revolución a partir del liderazgo, sino del sujeto autodesarrollado. Afirma que Trotski siempre se preocupó demasiado del problema de la dirección, subordinando al sujeto autodesarrollado.

Aunado a esta perspectiva –muy útil para el análisis de los indígenas como sujetos autodesarrollados–, es sumamente interesante su crítica al estatismo: “el subjetivismo pequeño burgués –sostenía– siempre ha concluido aferrándose a determinado poder estatal, y lo ha hecho sobre todo en esta época de capitalismo de Estado, cuyos intelectuales están impregnados de la mentalidad administrativa del plan, el partido de vanguardia, la revolución cultural, como sustituto de la revolución proletaria”.

Considera a Jean-Paul Sartre, “el extraño que se acerca a mirar”, como filósofo de la derrota. Detrás del lenguaje nihilista de Sartre –afirma– acecha… nada; y como no hubo pasado, y el mundo actual es “absurdo”, no hay futuro.

Su crítica a Mao es demoledora: señala que con el propósito de aumentar la producción, el dirigente lleva a China a un proceso de acumulación originaria de capital mediante un capitalismo de Estado, en el que el partido tiene el monopolio del pensamiento correcto, produciéndose un despilfarro humano total, el burocratismo y la ineficiencia. Retrogradación es la palabra que resume realmente el pensamiento de Mao, esto es, lo que no representa una reorganización total de la vida, y relaciones humanas totalmente nuevas. Lo acusa de volver la espalda al aliado y camarada Vietnam, que libraba una lucha de vida o muerte contra el imperialismo estadunidense, presionándolo para firmar la pax americana. En China, la dialéctica de la liberación fue sustituida por un dogmatismo caprichoso y arbitrario, por la fetichización simultánea del marxismo leninismo-pensamiento Mao-Tse-Tung y la propia revolución mundial. “La dialéctica reveló que la contrarrevolución está en el seno de la revolución.”

Ante su pregunta reiterada: ¿qué sucede después de la toma del poder?, Raya responde que la cuestión del carácter imprescindible de la espontaneidad es no sólo inherente a la revolución, sino lo que debe marcar su trayectoria posterior, lo mismo que la diversidad cultural, el autodesarrollo y la instauración de una forma no estatal de colectividad.

La reinterpretación de Marx y la teoría de la revolución de Dunayevskaya son de trascendencia estratégica para las luchas por un socialismo humanista, libertario y autodesarrollado.

Por Gilberto López y Rivas
 
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 "Por la ciencia, como por el arte, se va al mismo sitio: a la verdad". Un enorme azulejo con esta cita de Gregorio Marañón preside la estación madrileña de metro que lleva su nombre. A unos metros de allí, en la Residencia de Estudiantes, un hombre, más irónico y menos optimista, piensa algo parecido. Es el filósofo francés Edgar Morin, que el jueves pasó por Madrid para cerrar la Semana Marañón con una conferencia sobre la ética y los valores en el siglo XXI.

Nacido en 1921, este parisiense de origen sefardí llamado realmente Edgar Nahum, ha estado en las suficientes batallas -la liberación de París, su expulsión del Partido Comunista, mayo del 68- como para saber si esos valores han cambiado con el milenio. "Lo que cambia es la propia idea del bien y del mal. El siglo XX ha dado todo el sentido a la frase de que el infierno está empedrado de buenas intenciones". Morin ha acuñado el concepto "ecología de la acción" para subrayar la distancia entre teoría y práctica. La política es, dice, uno de los grandes caladeros de esa contradicción: "La invasión de Irak pretendía combatir el terrorismo y ha provocado una escalada terrorista. Y el comunismo: millones de militantes convencidos de trabajar por la emancipación de la humanidad sin saber que lo hacían por una nueva forma de esclavitud", apunta el autor de títulos como Introducción al pensamiento complejo (Gedisa) y de los cuatro volúmenes de El método (Cátedra).

Morin propone introducir en la moral la idea de contradicción: "Puede haber dos imperativos morales con la misma fuerza pero antagónicos. En algunos pueblos árabes conviven la moral de la hospitalidad y la de la venganza. Ambas son sagradas. Uno de mis maestros contaba la historia de un hombre asesinado por un rival. Al anochecer, el asesino pidió hospitalidad en casa de la viuda. Ésta lo acogió, pero por la mañana lo mató". Respecto a la superioridad de los valores occidentales, el pensador advierte contra el eurocentrismo y pone el ejemplo de la medicina tradicional china. Para Morin, la aportación de Occidente es incontestable por dos vías: la ciencia y la crítica, es decir, las vacunas y los disidentes. "El rechazo a Europa", explica, "se entiende porque colonizó el mundo. Pero Occidente no sólo generó la colonización, también generó sus antídotos. Produjo a Hernán Cortés, pero también a Bartolomé de las Casas. Los derechos de la mujer son buenos para las musulmanas. Eso sí, no podemos imponerlos".

El problema es legislar sobre cuestiones morales. La idea de contradicción que él propone casa mal con una ley igual para todos: "No podemos deducir un bien colectivo a partir de uno individual". Temas como el aborto encarnan esos dilemas: "Ahí entran en juego tres derechos: el de la mujer a su autonomía, el de la sociedad a controlar su demografía y el del embrión. ¿A partir de qué momento somos humanos? No hay respuesta clara. ¿Qué hacer? En Francia se privilegió, y estoy de acuerdo, el derecho de la mujer. En China, el de la sociedad, y de forma negativa. Finalmente, el embrión tiene ya existencia. No estoy de acuerdo con la Iglesia, pero lo que eliminamos no es un objeto, es un ser vivo. Es una elección que apoyo, pero hay que ser consciente de lo que supone".

En la Semana Marañón, dedicada al humanismo en la medicina, se impone una pregunta: ¿debe la ciencia hacer todo lo que puede hacer? Para Morin, hay que distinguir entre curar y "perfeccionar". No es lo mismo querer un hijo para salvar a su hermano que quererlo con ojos azules. Con todo, matiza, "estamos en un periodo muy primitivo de la genética". ¿La filosofía está a la altura de esa revolución? ¿Es la ciencia la filosofía de hoy? "Rotundamente, no. Nos preguntamos por qué el progreso ha producido las armas de destrucción masiva. Pues porque la ciencia moderna se desarrolló a partir de la separación entre los hechos objetivos, de los que se ocupa ella, y los valores, que quedan para la religión y la filosofía. Fue el precio que hubo que pagar para que la ciencia sea autónoma. Pero los científicos no tienen ningún medio para controlar su propia obra". Hasta ahora, esa laguna la ha llenado la vieja moral: con seres humanos no se experimenta. "Son derechos que habría incluso que ampliar a los animales torturados en laboratorios y granjas".

¿Y qué hay de la filosofía? "Es víctima de la separación entre la cultura científica y la humanista. Son escasos los filósofos al día en cuestiones científicas. Prefieren comentar a Platón. Cuando se interesan por la vida no tienen conocimientos para juzgar. Ahí está Sartre, que se equivocó sobre el estalinismo. O Foucault, que dijo que la revolución de Jomeini era progresista".

A los 40 años de una revolución más efímera, la de mayo del 68, Edgard Morin, uno de sus grandes cronistas, defiende las dos primeras semanas de revuelta: "Expresaron una aspiración que recorre la historia de la humanidad desde el anarquismo (libertad), el socialismo (justicia) y el comunismo (igualdad). Además de una explosión adolescente, hubo algo especial: la gente se hablaba en las calles de París, cosa que nunca hace, y las consultas de los psiquiatras se vaciaron. Todos curados. Luego la revuelta degeneró y la gente volvió al psiquiatra. Pero la aspiración sigue. Viviremos otros mayos del 68". Lo dice con una sonrisa, sorprendido casi por el optimismo de un hombre que, a sus 87 años, todavía hace planes de futuro.

JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS - Madrid - 15/11/2008
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Sábado, 05 Junio 2010 17:08

Trabajo creador y nuevo humanismo

Trabajo creador y nuevo humanismo

 

Edición 2010. Fromato 14 x 20 cm.177 páginas.
P.V.P:$15.000  ISBN:978-958-8454-16-0

 

Reseña:

En los últimos 30 años se hizo dominante lo que pudiéramos llar el olvido del capitalismo.En los debates culturales artísticos o cientificos, donde se abordan temas específicos pero no se pensaban sus nexos con el capitalismo como modo de producción y formación histórica.

La idea del capitalismo como estado final del desarrollo histórico de las sociedades humanas fue el supuesto implícito que hizo posible esta situación.Clausurada la experiencia de la historia, la humanidad quedaba condenada a padecer eternamente las contradicciones del capitalismo y los seres humanos quedaban limitados a tratar sólo asuntos de ámbito restringido.Los dramas humanos se reducían a microficciones sin horizonte de conjunto: un simple rastro en la arena.

Este libro de Gonzalo Arcila Ramírez plantea que es posible superar esas contradicciones en la perspectiva de un humanismo post capitalista que se afirme en las posibilidades que las revoluciones científico-tecnológicas de la contemporaneidad generan para que el trabajo creador sea el modo univrsal de existencia de las actuaciones humanas.

 

Gonzalo Arcila Ramírez. es psicologo de la Universidad Nacional de Colombia, profesor universitario, coordinador de la cátedra de psicología general de la Incca y miembro fundador del grupo de investigación "La Política Universitaria en la Sociedad del Conocimiento" (PUSOC). Ha investigado los procesos de la creación en el grpo de teatro "La Candelaria" y publicado numerosos ensayos y libros sobre la política cultural y educativa, así como las funciones psicológicas complejas.

 

 

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