El campesinado colombiano. Superando la sombra

En febrero del 2017 el Instituto Colombiano de Antropología e Historia (Icanh) construyó un concepto técnico, que evalúa y delimita al campesinado como sujeto social antropológicamente diferenciado de otros pobladores rurales. Concepto que constituye un gran avance de la lucha popular si miramos la larga tradición de exclusión e invisibilización que ha marcado al campesinado. Triunfo parcial, pues aún queda mucho por hacer.

 

Luchar por la vida en todos los campos. Luego de ser protagonistas en las últimas movilizaciones agrarias y paros regionales, la Mesa Campesina del Cauca –conformada por el Comité de Integración del Macizo Colombiano (Cima) y el Proceso de Unidad del Suroccidente Colombiano (Pupsoc)– interpuso una tutela contra el Departamento Nacional de Estadística –Dane– por la falta de inclusión de la categoría de Campesino en el Censo Nacional Agropecuario. Esto llevó a la realización de reuniones con el gobierno nacional desde el mes de julio del 2016.

 

La exigencia pretendía que la categoría fuera incluida dentro de las preguntas del siguiente censo poblacional, por lo que se definió la necesidad de un concepto técnico sobre campesinado, como base para el trabajo desarrollado por el Dane. En la construcción del concepto participaron diferentes instituciones gubernamentales y procesos organizativos, y el Icanh hizo las veces de secretaria técnica, recogiendo etnografías, archivos y consultas con varios expertos; sin embargo según César William, líder social del Cima. Pese a lo definido el ministerio del interior se niega de nuevo a incluir dicha categoría en el censo para, supuestamente, “no generar falsas expectativas en las comunidades”.

 

Históricamente el campesinado constituye un sujeto social difuso y múltiple, su riqueza cultural y su protagonismo económico son sustanciales en la idiosincrasia y la soberanía alimentaria de nuestro país, pese a lo cual ha vivido desde siempre en el desconocimiento social e institucional para el ejercicio pleno de su ciudadanía.

 

Entonces, ¿Qué compone dicho concepto técnico? ¿Qué implicaciones puede traer su reconocimiento por un instituto estatal? y ¿Qué se viene adelantando como complementario a ello desde el campo popular?

 

Concepto técnico del campesinado

 

En el texto “Elementos para la conceptualización de lo ‘campesino’ en Colombia”, el Icanh concreta un valioso aporte en la caracterización de lo que se considera campesino en Colombia, valiéndose para ello de cuatro dimensiones: una sociológico-territorial, otra socio-cultural, una tercera económico-productiva y una última organizativo-política, así como una definición general que expresa lo siguiente:

 

“El campesino es un sujeto intercultural e histórico, con unas memorias, saberes y prácticas que constituyen formas de cultura campesina, establecidas sobre la vida familiar y vecinal para la producción de alimentos, bienes comunes y materias primas, con una vida comunitaria multiactiva vinculada con la tierra e integrada con la naturaleza y el territorio. El campesino es un sujeto situado en las zonas rurales y cabeceras municipales asociadas a éstas, con diversas formas de tenencia de la tierra y organización, que produce para el auto consumo y la producción de excedentes, con los cuales participa en el mercado a nivel local, regional y nacional”1.

 

Es de resaltar que en el documento se expresa que los campesinos no son todos los habitantes del campo y del mundo rural, pues tiene unas formas particulares de vida, diferentes a la de otros sujetos en su manera de pensar y de estar en lo rural, por ello muestra identidades y características culturales propias y, sobre todo, “se distingue de los sistemas agro industriales y latifundistas, así esté asociado por trabajo a ellos”2.

 

Tampoco se limita a la producción agrícola sino que manifiesta una actividad económica altamente diversificada ajustada a los contextos locales y regionales, con diferentes formas de tenencia de la tierra, con lazos familiares, comunitarios y asociativos que constituyen un modo de producción campesino asentado en tradiciones singulares para el autoconsumo y la autoreproducción, pero también en relaciones particulares con el mercado, y en el cuidado los bienes comunes.

 

El texto avanza en resaltar el hecho de que, en la exigibilidad y la reivindicación de sus derechos, los campesinos han jugado parte fundamental en la vida política nacional. Su capacidad organizativa supone un acervo de capacidades colectivas notables por su adaptación a diferentes situaciones históricas, siendo un sujeto participativo, cosmopolita con formas de autoafirmación y de vida que persisten en sus diversos espacios de movilización y lucha.

 

Este concepto, a pesar de ser la síntesis axiológica de un sujeto social, complejo y difícil de encasillar, avanza en definir lo campesino no como una esencia, sino como un conjunto de procesos y prácticas colectivas que se transforman en el tiempo. El concepto técnico deja atrás posturas idealistas y folclóricas, dando cuenta de su complejidad concreta, pues más allá de una etnia –como los indígenas o los afros con características mucho más distinguibles–, definir este sujeto o sector social en especial significa un gran desafío.

 

Reconocimiento de papel y ¿en la realidad qué?

 

Ya La vía campesina3, movimiento de organizaciones campesinas a nivel internacional que agrupa a más de 160 organizaciones en 73 países, había avanzado desde el 2015, ante el Consejo de DD.HH. de la ONU, en una definición donde disputa una “Declaración de los Derechos de los Campesinos y otras personas que trabajan en el medio rural”.

 

Asimismo, el senador Alberto Castilla, del Polo Democrático Alternativo y su Unidad Técnico Legislativa adelantan trabajos en torno al tema. Desde el inicio de sus funciones impulsaron un acto legislativo por medio del cual reconocieran al campesinado en un rango constitucional, como lo hace con los afros y los indígenas, pues la carta magna en su artículo 64 apenas si habla de trabajadores rurales, como sujetos en función de su vocación productiva y como un sector productivo, más no propiamente como campesinos con una identidad y prácticas propias. No obstante, el acto legislativo fue archivado en el 2016, por lo que la nueva iniciativa legislativa será una propuesta de ley estatuaria a ser socializada en los próximos días.

 

Es triste ver como en nuestra sociedad es necesario aplicar rotulas institucionales y leyes especiales para el reconocimiento de ciertas formas de vida, todo ello por el solo hecho de ser distintas a las enarboladas por el modelo imperante, su falta de reconocimiento a niveles institucionales y de política pública, en contraste con el protagonismo que tienen terratenientes y empresarios, son evidencia incuestionable del carácter de clase del Estado colombiano. Como lo resaltamos al inicio del artículo, el ministerio del Interior se niega rotundamente a reconocer dicho concepto, a pesar de provenir de otra institución del mismo Estado, incumpliendo con los acuerdos de la mesa campesina del Cauca.

 

Contradicción dentro del poder, y realidad nacional que evidencia que aún falta mucho camino por recorrer para formalizar lo acá relacionado. Y mucho más para que la tierra, de verdad, sea para quien la trabaja, colocando en su justo lugar al capital, rentístico e industrial.

 

1 Icanh (2017) Elementos para la conceptualización de lo “campesino” en Colombia. Secretaría Técnica: Mesa interministerial y campesina de negociación del Cauca, p. 7.
2 Ibíd., p.3.
3 https://viacampesina.org/es/index.php/organizaciainmenu-44/iquisomos-mainmenu-45/3-ique-es-la-vcampesina

 

Bibliografía:

Castilla (2014) Reconocimiento político del campesinado: porque debe promoverse en la constitución Nacional.

 


Recuadro


El protagonismo no reconocido

 

Según la Red de información y comunicación del sector agropecuario colombiano (Agronet), en el último año se sembraron 3.163.280 hectáreas en cultivos predominantemente campesinos, de pequeña y mediana propiedad, con una producción a baja escala, diversificada y asentada en lazos familiares o comunitarios; y 1.637.635 que se rigen bajo el modelo de producción neoliberal, predominantemente capitalistas, es decir caracterizados por la agroindustria, el monocultivo y el latifundio sembrados con productos como soya, arroz, caña de azúcar, palma aceitera y banano, pertenecientes a grandes propietarios y empresas que contratan jornaleros con bajos salarios y prestaciones sociales casi nulas. Además, se estima que en Colombia existen 40 millones de hectáreas dedicadas a pastos y rastrojos, cuando solo deberían destinarse para este fin 15 millones, según Carlos Salgado de Planeta Paz (2014)1, por no añadir todo el tema en minería e hidrocarburos.

 

Como vemos, Colombia tiene un potencial de 22.5 millones de hectáreas para agricultura pero únicamente se usan 4.8 millones, de las cuales 1.6 millones están en cultivos predominantemente capitalistas. Si para el gobierno los empresarios son más eficientes ¿por qué no han podido proponer un debate abierto que permita disputarle a los terratenientes las 25 millones de hectáreas de sobreuso en pastos y rastrojos que están sin utilizar? País de paradojas, en nuestro supuesto “estado social de derecho”, el segundo en desplazamiento forzado interno en todo el mundo (con más de cinco millones de personas afectadas) y el abandono forzado de 6.5 millones de hectáreas en el campo a raíz del conflicto armado2.

 

1 Salgado C. (2014) Colombia: Estado actual del debate sobre desarrollo rural. Ediciones Desde Abajo, Bogotá ,2016. pp. 103.
2 Ibídem, pp. 104.

Publicado enEdición Nº237
Martes, 04 Julio 2017 06:19

Las paredes pintadas de Gabo

Las paredes pintadas de Gabo

En el cincuenta aniversario de cien años de soledad, un tríptico mural engalana las paredes del vestíbulo de la Biblioteca Nacional de Colombia en Bogotá.


Se ha cumplido, el pasado 30 de mayo, el primer medio siglo de una de las obras cumbre de la literatura universal. Para mí, junto con “Pedro Páramo” de Juan Rulfo, las dos más cercanas, por su narrativa y trascendencia, al “Quijote” de Cervantes.


Evidentemente, se ha escrito y se ha dicho mucho sobre este aniversario. Tanto que es difícil añadir algo nuevo u original. Medio siglo no es nada y puede serlo todo, para el realismo mágico colombiano es su vida entera. La imaginación de García Márquez creó un universo literario imaginario tan vívido y tan cercano que se ha convertido en realidad.


“Cien años de soledad”, publicada en 1967 por la editorial Sudamericana de Buenos Aires, es uno de los referentes de la producción del autor colombiano que fue reconocido con el premio Nobel de Literatura en 1982.


En 2007, en su cuarenta aniversario, la Real Academia Española (RAE) y la Asociación de Academias de la Lengua Española (AALE) le rindieron un homenaje al autor, que cumplía ochenta años, y a su obra con una edición especial de la misma.


En este cincuenta aniversario, la editorial Penguin Random House lanza una nueva edición con ilustraciones de la artista chilena Luisa Rivera y con una fuente de letra, llamada Enrico, creada para la ocasión por Gonzalo García Barcha, hijo del nobel colombiano.


Y también se suma a celebrar esos cinco decenios de existencia la Biblioteca Nacional de Colombia con un homenaje particular encargado a dos artistas: el grafitero colombiano Guache y el estadounidense Gaia. Ambos han recreado a cuatro manos, sobre las paredes del hall de la primera biblioteca pública fundada en América, su personal mirada al universo quimérico de la obra.


Un mural en tres partes y sin palabras que nos narra mucho de lo que el mago de Aracataca escribió en su novela. Una intervención artística que han bautizado con el nombre de “espejismos de modernidad” y que fue inaugurada el pasado 29 de junio con la presencia en la sala de los dos artistas y de representantes de la propia institución pública, de la Embajada de Estados Unidos en Colombia, del Centro Colombo americano, del Ministerio de Educación de Colombia y del Instituto Distrital de las Artes de Bogotá.
La pintura es tal vez un espejismo, pero también es la plasmación de la realidad nacida de la imaginación de los muralistas a partir de lo simbólico creado por el literato. Constituye, tal como declararon los autores, una muestra de la conjunción del arte con la construcción de tejido social.


En palabras de Guache, alias de Óscar González, uno de los grafiteros más reconocidos de Colombia, el mural conmemorativo es “una propuesta dinámica y no literal”, con el que han querido hace una aproximación alegórica a la obra “liberando la palabra viva que está en la calle”. Un trabajo que recoge las mujeres, la guerra y el amor y la muerte, con alguno de esos espejismos de la modernidad representados en un militar de la época manejando un celular o en una de las mujeres sosteniendo un avión.


Para Gaia, el mural es una idea abstracta en la que han querido poner a hablar dos tesoros: la obra de García Márquez y la Biblioteca Nacional, interrogándose por la esperanza y la liberación con un interés en dialogar y cruzar fronteras como lo es el juntar a dos artistas tan disímiles. El artista norteamericano afirmó “Guache me ha devuelto la fe en el diálogo”.


Un vídeo del proceso de creación de tan magnífica obra, para quienes no puedan visitarla en vivo y en directo, lo encuentran en la web de la Biblioteca Nacional. Solamente dos peros; uno, no me gusta la licencia que se ha tomado el mismo artista para incluir en una de las paredes una imagen del antropólogo australiano Taussig, por mucho que este científico escribiera un diario de campo sobre la violencia paramilitar en Colombia. Creo que es un atrevimiento que no tiene mucho que ver con la imaginación de ese realismo mágico de la obra de Gabo.


El otro, cierta pedantería del grafitero yanqui al comentar, convencido, que el grafiti es una exportación de EE.UU. Que allá surgieran Taki 183 y otros precursores de estampar la firma no significa, en mi opinión, que el país norteamericano sea el inventor de este arte. Ya en el siglo XIX, en Centroeuropa, un austrohúngaro inició la labor de plasmar su firma (Kyselak) en cada sitio por el que pasaba en un recorrido que dicen fue resultado de una apuesta. También en el mayo francés de 1968, unos años antes que en Nueva York, se dieron numerosas pintadas que pasarán a la historia como precursoras de esta comunicación ciudadana. Y apurando, el gran fotógrafo Cartier Bresson tiene una imagen datada en Canadá a mediados de la década de los 50 del siglo pasado, presente en la muestra que por estos días se expone en Bogotá, en la sección “posguerra”, en la que en una pared tras unos niños se pueden apreciar pintadas de la época. Esas similares a las declaraciones de amor en las cortezas de los árboles, a los corazones y los logos de la paz en paredes de cualquier lugar o a las diatribas contra el profesorado en los baños de los colegios.


Volviendo a la obra, “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía...” son doce palabras tan memorizadas y repetidas como ese mismo número de otro hito de la literatura universal, “En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme...” La Mancha y Macondo, son lugares locales de fama global gracias a los autores que las pusieron en el mapa.


Colombia es Macondo, para lo bueno y para lo malo, para lo real y para lo imaginario, para lo deseado y lo aborrecido. Lo mítico y fantástico, lo trágico y lo favorable que están en el escenario soñado por García Márquez y en todo el país andino, como pueden estarlo en cualquier otro lugar del mundo.


Todos los territorios tienen su Macondo. La ficción más impensada se convierte en hechos que forman parte de la historia de Colombia. Un país de narraciones y cuenteros, una tierra de verdes de mil colores, un paraíso con más de una serpiente que sigue construyéndose a golpes mientras lo sobrevuelan mariposas amarillas.


Este medio siglo de cien años de soledad nos abre un panorama de sueños y esperanzas. Esperemos que ya no haya más pelotones de fusilamiento y que los fusiles, no sólo los de la guerrilla más antigua del continente, dejen paso a las palabras, palabras como las del nobel de Aracataca, como esas que dice Rodrigo Londoño que guiarán el futuro de otra apuesta política para construir un país más justo socialmente, un país soñado por tanta gente que le quiere apostar a que los cien años de soledad del Macondo garciamarquiano sean muchos siglos de paz.


“Cien años de soledad” es una obra viajera, ideada en Colombia, escrita en México, enviada a España para intentar ser publicada y finalmente editada en Argentina, como viajeras son las rutas de esas otras narraciones que Gabo “funda” en y con su realismo mágico colombiano. De la ciénaga a la sierra nevada, del caribe al pacífico, de sur a norte, todo el territorio está lleno de macondos y de historias mágicas, inventadas y reales.


En la edición especial del cuarenta aniversario publicada por la RAE y la AALE, Álvaro Mutis decía de la obra, “no puedo leerla sin cierto sordo pánico. Toca vetas muy profundas de nuestro inconsciente colectivo americano. Hay en ella una sustancia mítica, una carga adivinatoria tan honda, que pierdo siempre la necesaria serenidad para juzgarla. Sigo creyendo que es un libro sobre el cual no se ha dicho aún toda la deslumbrada materia que esconde. Cada generación lo recibirá como una llamada del destino y del tiempo y sus mudanzas poco podrán contra él.”


La obra nació de un llanto sin palabras que marcó al autor cuando, en su pueblo natal, su madre y la boticaria se abrazaban, de ahí surgió una novela llena a rebosar de palabras mágicas y reales. Esas que García Márquez no sólo nos dejó en esos cien años de soledad, más de tres ya sin su presencia, sino también en otro montón de maravillosas narraciones de las imposibles historias que se pueden vivir a diario en cualquiera de los coloridos rincones de Colombia.

03 Jul 2017
Por Ignacio *"Iñaki" *Chaves G.

Publicado enColombia
Ni calco ni copia. Mariátegui y la educación como praxis descolonizadora

En Nuestra América, uno de los precursores dentro de la tradición del marxismo crítico en concebir de manera prioritaria a los procesos formativos y a la educación popular, como ejes transversales de una praxis revolucionaria y descolonizadora, ha sido sin duda el peruano José Carlos Mariátegui. Nacido el 14 de junio de 1894 en Moquegua, al sur de la ciudad de Lima, siendo niño sufre un accidente que le lesiona la pierna izquierda y lo deja postrado durante años, con secuelas para el resto de su ajetreada vida. A raíz de esta inmovilidad, suspende sus estudios primarios y se vuelca de lleno hacia el hábito de la lectura y la formación autodidacta.


A los 15 años, ingresa a trabajar en La Prensa, diario donde luego de realizar diversas tareas manuales es designado como cronista y comienza a publicar artículos, bajo el seudónimo de Juan Croniqueur, por lo que sus principales maestros en su etapa juvenil fueron el periodismo y las agitadas calles de Lima, tomadas por las multitudes obreras y estudiantiles en ebullición, de las que junto con las rebeliones indígenas que irrumpieron con fuerza por esos años en el resto del Perú, aprende sus primeras armas intelectuales. Dedicado cada vez más a la producción periodística, participa de varias iniciativas literarias, entre ellas la revista Colónida, de la que dirá años después que constituyó una “insurrección contra el academicismo y sus oligarquías”.


En mayo de 1919 crea, junto con su amigo César Falcón, el periódico La Razón, que funge de caja de resonancia de las luchas obreras y del movimiento estudiantil en Perú. Debido al creciente malestar que genera esta publicación en el gobierno de Arturo Leguía, ambos serán enviados por éste a Europa, en una suerte de “exilio blando”. José Carlos vive allí de finales de 1919 a comienzos de 1923 y se nutre intelectual y políticamente del estrecho vínculo que entabla con las corrientes artístico-culturales y las organizaciones revolucionarias que proliferan como hongos, en particular en la Italia del “bienio rojo” que oficia de verdadera escuela a cielo abierto, y donde activa por aquel entonces el joven Antonio Gramsci. Este distanciamiento de su tierra natal, lejos de aplacar su voluntad transformadora, lo estimula a conocer en profundidad lo específico de la realidad peruana: “por los caminos de Europa descubrí el país de América en el que había vivido casi extraño y ausente”, reconocerá más tarde en tono autocrítico.


Luego de su regreso a Perú en marzo de 1923, se suma a la experiencia de las Universidades Populares “González Prada”, un espacio de formación y autoeducación impulsado por el movimiento estudiantil en Lima y Vitarte. Allí, primero asiste a una serie de clases y talleres en carácter de “estudiante” (tal era el requisito previo para poder participar como “educador”), y al poco tiempo dicta un conjunto de conferencias, a las que el mismo Mariátegui sugiere llamar “conversaciones”. Tras lamentarse por la carencia de maestros “capaces de apasionarse por las ideas de renovación que actualmente transforman el mundo y de liberarse de la influencia y de los prejuicios de una cultura y de una educación conservadoras y burguesas”, expresa que “la única cátedra de educación popular, con espíritu revolucionario, es esta cátedra en formación de la Universidad Popular”. En ella, durante varios meses de 1923 y comienzos de 1924, Mariátegui convida su original lectura de la crisis mundial, aunque no desde una actitud distante y erudita, sino teniendo en cuenta que aquél era “un curso popular”, por lo que se debía -según sus propias palabras- “emplear siempre un lenguaje sencillo y claro y no un lenguaje complicado y técnico”, de manera tal que cada exposición pudiese ser “accesible no sólo a los iniciados en ciencias sociales y ciencias económicas sino a todos los trabajadores de espíritu atento y estudioso”. Fiel a su vocación dialógica y de reconocimiento de la importancia de que las clases populares se formen y conozcan de manera rigurosa la realidad que pretenden transformar, Mariátegui afirma en la inauguración del conversatorio: “Nadie más que los grupos proletarios de vanguardia necesitan estudiar la crisis mundial. Yo no tengo la pretensión de venir a esta tribuna libre de una universidad libre a enseñarles la historia de esa crisis mundial, sino a estudiarla yo mismo con ellos. Yo no os enseño, compañeros, desde esta tribuna, la historia de la crisis mundial; yo la estudio con vosotros”.


Tras esta breve pero intensa experiencia en el seno de las Universidades Populares, a las que define como “escuelas de cultura revolucionaria” que “no viven adosadas a las academias oficiales ni alimentadas de limosnas del Estado”, sino “del calor y la savia populares”, serán variadas y complementarias las apuestas por el estudio y la formación política que dinamice Mariátegui, consciente de que “la burguesía es fuerte y opresora no sólo porque detenta el capital sino porque detenta la cultura”, por lo que ésta tiende a ser “el mejor gendarme del viejo régimen”. Desde periódicos y revistas militantes, como Claridad (laMariátegui imagen 2 cual inicialmente apuntaba a un público estudiantil, pero Mariátegui durante su breve dirección la reformula como punto de conexión y producción conjunta entre obreros/as e intelectuales) Labor (que bajo el subtítulo de “Quincenario de Información e Ideas” logra abarcar a un público más amplio que el del activismo gremial y político) y Amauta (que iba a llamarse en un principio “Vanguardia”, pero finalmente opta por este nombre de gran significación indígena, ya que equivale a “maestro” o “sabio” en lengua quechua), pasando por emprendimientos como la Editorial Minerva y la Oficina de Autoeducación Obrera en el marco de la flamante CGT peruana (de la que redacta sus Estatutos y Reglamentos), hasta las propias “tertulias” y reuniones culturales en su emblemática casa de la calle Washington, en las que se congregan una infinidad de personalidades y activistas de las más diversas tendencias (artistas, dirigentes sindicales y políticos, feministas, líderes indígenas y estudiantiles), para dialogar y socializar sus saberes y sentires mutuos.


Pensar con cabeza propia y de forma descolonizada, con la perspectiva de intervenir en la realidad creativamente, de manera tal que se pueda hacer del lema “Ni calco ni copia” un principio epistemológico y militante, tal fue el horizonte de estos proyectos pedagógico-políticos impulsados por Mariátegui (una verdadera red de producción y promoción de las diferentes y complementarias culturas emancipatorias), por lo que para él la formación y el estudio riguroso del marxismo no consistía en aprender un itinerario prefabricado en otras latitudes y tiempos históricos, sino en adquirir y poner en práctica una brújula para orientar la lectura y transformación radical de una realidad siempre refractaria a las recetas y esquemas de pizarrón. Quizás su mayor obra en este sentido haya sido los Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, publicado a finales de 1928 y considerado uno de los textos pioneros en la construcción de un marxismo enraizado en Nuestra América. Además de dedicar en él un capítulo entero a la problemática educativa, donde denuncia que la educación en Perú “tiene un espíritu colonial y colonizador” y postula sin medias tintas que “no es posible democratizar la enseñanza de un país sin democratizar su economía y su superestructura política”, insiste en la necesidad de entender y analizar a las sociedades a partir del principio epistemológico de la totalidad (que implica concebir al capitalismo como un sistema, evitando disociar, salvo en términos estrictamente analíticos, las diferentes y complementarias dimensiones que lo constituyen como tal, y contemplando de manera imbricada las relaciones de explotación, dominio y resistencia que lo dotan de sentido).


En sintonía con estos planteos, Mariátegui también sugiere que es preciso corregir al filósofo René Descartes y pasar del “pienso, luego existo” al “combato, luego existo”, en la medida en que la conflictividad y la lucha constituyen un punto de partida clave para el conocimiento de nuestras sociedades, que permite a la vez hacer visibles a sujetos y movimientos que -por lo general- son “producidos como no existentes” por la ciencia colonial y las clases dominantes, debido a su carácter subversivo y anti-sistémico. Y de manera análoga a Gramsci, en su propuesta revolucionaria lo central no era definir al socialismo en función exclusivamente de su rigurosidad científica, sus coherencias lógicas y sus supuestas “leyes”, sino a partir sobre todo de su capacidad movilizadora y su estímulo para la intervención activa en la realidad. José Carlos supo referirse al mito no en los términos de una “mentira” o ficción imposible de concretar, sino en la clave de un conjunto de imágenes-fuerza que, arraigadas en las condiciones de vida concretas de los sectores populares y en su memoria colectiva, evocan sentimientos, cohesionan a las masas y las dotan de una subjetividad irreverente que empalma con los ideales de las luchas emancipatorias.


He aquí, según Mariátegui, otro elemento a destacar en todo proceso formativo, que remite a los factores espirituales, la imaginación creativa y la mística como catalizadores del proceso de concientización de los pueblos y clases subalternas en su camino de autoliberación, ya que según él la revolución “será para los pobres no sólo la conquista del pan, sino también la conquista de la belleza, del arte, del pensamiento y de todas las complacencias del espíritu”. En el caso específico del Perú (pero también en otras latitudes de Nuestra América), ese mito capaz de dinamizar la reconstitución de la nación desde una perspectiva plural, debía tener como punto de partida la defensa de los pueblos indígenas sojuzgados por siglos de racismo, explotación y despojo. Sin embargo, “no es la civilización, no es el alfabeto del blanco, lo que levanta el alma del indio. Es el mito, es la idea de la revolución socialista”. De ahí que concluya proclamando que “nuestro socialismo no sería peruano, ni sería siquiera socialismo, si no se solidarizase primeramente con las reivindicaciones indígenas”.


Sus últimos años de vida los dedica a fomentar procesos organizativos de base, entre los que se destacan la creación del Partido Socialista Peruano y de la Confederación General de Trabajadores (concebidas ambas como verdaderas escuelas de formación en la construcción y ejercicio de un poder alternativo al del Estado y las clases dominantes), aunque sin descuidar la batalla de ideas en contra de aquellas lecturas dogmáticas que hacían del marxismo un conjunto de verdades irrefutables, o bien frente a quienes pretendían arrojarlo al basurero de la historia por considerarlo ajeno a las corrientes y movimientos de lucha gestados por fuera del campo de la izquierda tradicional. A contrapelo, para Mariátegui no debía concebirse como un sistema cerrado y escolástico a “aplicar”, sino en tanto teoría subversiva en constante enriquecimiento y complejización, basada en una dialéctica del cambio y en una producción siempre situada, ya que “no es, como algunos erróneamente suponen, un cuerpo de principios de consecuencias rígidas, iguales para todos los climas históricos y todas las latitudes sociales”.


Asimismo, podríamos aventurar que para él la relevancia del marxismo como filosofía de la praxis no implica autosuficiencia ni endogamia, ya que “no es posible aprehender en una teoría el entero panorama del mundo contemporáneo y no es posible, sobre todo, fijar en una teoría su movimiento. Tenemos que explorarlo y conocerlo, episodio por episodio, faceta por faceta. Nuestro juicio y nuestra imaginación se sentirán siempre en retardo respecto de la totalidad del fenómeno”. Aún cuando asume al marxismo como una potente brújula, Mariátegui supo tender puentes y aprender a dialogar con un crisol de tradiciones políticas, procesos de lucha, vanguardias culturales y corrientes de pensamiento no emparentadas en sentido estricto con el marxismo, en pos de actualizar las armas de la crítica para combatir, con más fuerza aún, al capitalismo como sistema de dominación múltiple. Entre ellas, vale la pena destacar al feminismo, al que José Carlos considera “esencialmente revolucionario” debido a que, lejos de ser una “cuestión exótica” que “se injerta en la mentalidad peruana”, constituye una idea y una práctica humana “que encuentra un ambiente propicio a su desarrollo en las aulas universitarias y en los sindicatos obreros”. Por lo tanto, no sólo se trata de indigenizar al marxismo (tal como propone en sus Siete ensayos y en numerosos artículos periodísticos, en particular aquellos compilados bajo el título de Peruanicemos al Perú), sino también de despatriarcalizarlo. “Los que impugnan el feminismo y sus progresos -dirá- pretenden que la mujer debe ser educada sólo para el hogar. Pero, prácticamente, esto quiere decir que la mujer debe ser educada sólo para las funciones de hembra y de madre. La defensa de la poesía del hogar es, en realidad, una defensa de la servidumbre de la mujer. En vez de ennoblecer y dignificar el rol de la mujer, lo disminuye y lo rebaja”. En este punto, Mariátegui entiende que es el macho-varón quien debe ser “educado” y (trans)formado por esta causa de relevancia universal. Por ello concluye: “A este movimiento no deben ni pueden sentirse extraños ni indiferentes los hombres sensibles a las grandes emociones de la época. La cuestión femenina es una parte de la cuestión humana”.


El 16 de abril de 1930, con tan sólo 35 años, José Carlos fallece tempranamente en Lima, viéndose frustrado su proyecto de trasladarse a la Argentina con el objetivo de radicarse en Buenos Aires. Varias propuestas intelectuales y políticas quedarán truncas tras su partida. Entre ellas, la publicación de una revista de carácter continental y cuyo sugerente título iba a ser Nuestra América. Revitalizar el proyecto mariateguista de un socialismo no eurocéntrico ni burocratizado, rabiosamente anti-imperialista y anti-patriarcal, y que pueda forjarse a partir de las diversas tradiciones emancipatorias gestadas a lo largo y ancho del continente, resulta hoy una desafío urgente para quienes seguimos apostando, sin prisa pero sin pausa, a la creación heroica de los pueblos.

Publicado enCultura
La tierra es la paz de los campesinos en Paraguay

“Sin tierra no habrá paz”, fue el lema de la 24ª. Marcha Campesina que ocupó Asunción el 29 de marzo, en una nueva y multitudinaria movilización protagonizada por la Federación Nacional Campesina (FNC), que en esta ocasión contó con el apoyo activo de los estudiantes, movilizados contra la corrupción, y de los pobladores de los Bañados, que resisten los desalojos y la especulación inmobiliaria.


Mientras los campesinos se concentraban en las cabeceras departamentales, la derecha y la izquierda protagonizaban una vergonzosa pelea para instalar la reelección modificando la Constitución, que se saldó con el incendio parcial del parlamento, decenas de detenidos y un militante liberal muerto por la policía. Una pelea entre el actual presidente colorado neoliberal, Horacio Cartes, y el opositor Partido Liberal, en la que se involucró el “progresista” Frente Guazú que postula a Fernando Lugo a la presidencia.


El Frente Guasú apoya la reelección para hacer posible que Lugo, al que las encuestas lo dan ganador, pueda presentarse a las elecciones de 2018. El otro sector de la izquierda, Avanza País, pretende postular al actual alcalde de Asunción, Mario Ferreriro, a la presidencia, y acusa de “traidores” al Frente Guazú por hacer alianza con el neoliberal y corrupto presidente Cartes.


Ante esa realidad, la FNC tomó distancias de esa puja primaria por conseguir un lugar en el Estado paraguayo, uno de los más corruptos del continente. Para evitar que su marcha fuera instrumentalizada por alguno de los sectores, la secretaria general de la FNC, Teodolina Villalba, manifestó su rechazo a la participación electoral.


“El electoralismo está mal, porque la participación consiste solamente en votarles y durante cinco años no podés opinar siquiera”, dijo durante la marcha, asegurando que la participación real se produce cuando el pueblo organizado opina y debate. “Como organización no nos prestamos a eso, porque venimos por nuestro propio sacrificio, autofinanciado y en torno a aun objetivo de denunciar las injusticias que vivimos en el campo”.


La FNC se define autónoma y considera al campesinado organizado como “sujeto político capaz de dirigir su propia emancipación”. Como parte de sus prácticas autónomas, “el autofinanciamiento” es la guía de todas sus acciones y movilizaciones, como puede leerse en su página fnc.org.py/, lo que los diferencia de las organizaciones clientelares que para movilizarse dependen de los fondos del Estado o las ONGs.


La FNC surgió en 1991 recogiendo la rica historia de las Ligas Campesinas que fueron duramente reprimidas por la dictadura de Alfredo Stroessner en la década de 1970. En estos 26 años han realizado 24 marchas a Asnucnión, pero sobre todo recuperaron casi 300 mil hectáreas en base a la ocupación de latifundios. En esas tierras recuperadas crearon 40 asentamientos donde miles de familias campesinas producen sus alimentos naturales y reproducen la vida.
La FNC destaca el papel de las mujeres en la lucha campesina, que consiste en. “promover e impulsar la participación política de las compañeras desde todas las estructuras orgánicas, extendiendo la lucha contra el machismo, a través de la profundización del debate, a otras organizaciones”. Eso explica que sea una de las pocas organizaciones donde una mujer, Teodolina Villalba, sea la secretaria general.


“Tanto en las marchas campesinas como en las movilizaciones, las mujeres han crecido en protagonismo, pasando a ocupar responsabilidades que antes eran exclusivas de los hombres, como la seguridad y la dirección política. En ese proceso, también los hombres fueron asumiendo responsabilidades en la cocina y la guardería”, señalan sus documentos. Teodolina sostiene que las mujeres han jugado un rol estratégico en la construcción de la organización campesina.
Este año siguieron reclamando por la reforma agraria, rechazan la sojización del campo con grandes plantaciones que sobre utilizan agroquímicos como el glifosato, responsable de cientos de casos de intoxicaciones, y denuncian la violencia del Estado y de los hacendados contra los campesinos.


Agregaron una consigna que muestra la profundidad de su reflexión y de su lucha: “¡La Guerra Grande continúa!”. Así se le llama en Paraguay a la Guerra de Triple Alianza (1864-1870), cuando Argentina, Brasil y Uruguay empujados por el imperio británico, invadieron el país y asesinaron cientos de miles de paraguayos para poner fin al gobierno “no alineado” de Francisco Solano López. Paraguay sufrió un desastre demográfico: perdió más de la mitad de su población y probablemente el 90% de sus varones, además de sufrir la amputación de una parte de su territorio.


Cuando la FNC dice que la Guerra Grande continúa, nos está hablando en el mismo lenguaje que el EZLN cuando analiza que vivimos la “cuarta guerra mundial”, o sea la guerra del capital contra los pueblos. En Paraguay esa guerra se llama monocultivos de soya, que ocupan una parte fundamental de las tierras agrícolas del país que se usurpan a los campesinos, pero también de los ganaderos y los narcotraficantes, aliados entre sí contra la resistencia campesina.
Por último, destacar que la FNC es una de las pocas organizaciones que no se plegó al gobierno “progresista” de Lugo (2008-2012) y que mantuvo su autonomía. Eso le permitió emerger como la principal y más combativa organización del movimiento popular paraguayo.

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“El fundamentalismo de derecha está tomando el poder en todo el mundo”

El antropólogo argentino Alejandro Grimson bucea desde hace años en temas como las migraciones y el impacto cultural que provocan en las sociedades latinoamericanas. Su libro “Los límites de la cultura. Crítica de las teorías de la identidad”, publicado en 2011, anticipó la oleada de nacionalismos xenófobos que hoy se han extendido por todo el mundo.


—En 1989, con la caída del muro de Berlín y el triunfo del neoliberalismo en toda América Latina se abrió una etapa histórica que se está cerrando precisamente en estos meses. Duró un cuarto de siglo y se caracterizó por un consenso arrasador en términos culturales, que implicó la clausura del debate político estrictamente hablando. Implicó la anulación de los debates sobre modelos económicos en el sentido de que vos podías votar a un partido u otro pero siempre se iba a imponer la receta económica neoliberal.


En América Latina también: todos los partidos que gobernaron en los años noventa en la región aplicaron recetas ortodoxas. Sobre esa base política, económica e institucional se montó una teoría cultural y política que fue el “fin de la historia”, enunciada por Francis Fukuyama, con el fin del Estado, de las ideologías, las fronteras y las naciones. Esa historia hizo crisis en ocho países de América del Sur (Argentina, Uruguay, Brasil, Chile, Bolivia, Venezuela, Ecuador y Paraguay), ni siquiera en toda América Latina, a principios del siglo XXI, cuando volvió el Estado. El fin del Estado es una ideología específica. No es una realidad sino una opción, de la misma manera que el neoliberalismo no es una necesidad sino una opción política. En los dos mil, América Latina propició un cambio.


—¿Qué sucedió?


—Volvió la política, el Estado se convirtió en un actor relevante en el proceso económico, volvieron algunas formas de nacionalismo más democrático (en el sentido de reafirmación de la soberanía nacional) para definir las políticas económicas. En América Latina hubo una crisis del proceso neoliberal. Pero luego hubo una asincronía global. Mientras en Europa y Estados Unidos se está viviendo una crisis brutal del consenso neoliberal, América Latina está atravesando un momento histórico distinto.


—A ver...


—Las opciones neoliberales empezaron a hacer agua a partir de la crisis de Lehman Brothers y comenzaron a perder sentido. A partir de esa pérdida de sentido hay una radicalización hacia la izquierda que se expresa en Syriza (Grecia), en Podemos (España), en la candidatura de Jeremy Corbin por el Partido Laborista inglés o la de Bernie Sanders en Estados Unidos. Pero al mismo tiempo tenés una radicalización hacia la ultraderecha que no es neoliberal, porque la xenofobia y el racismo piden más Estado, autoritario y belicista. Más Estado contra los otros. Los partidarios del Brexit piden más Estado, más control a la importación, a la inmigración, más fronteras. Donald Trump lleva esa idea al paroxismo, porque es clasista y nacionalista de derecha. Lo que hoy vemos cuando miramos a Europa y Estados Unidos es una gran polarización política que le pone punto final a la crisis de 1989, que pretendía el fin del debate político y de las ideologías.


—Varias de las secuelas que se padecen desde hace dos o tres años usted las mencionó en Los límites de la cultura.
—Ese libro fue publicado hace algunos años, pensado al calor de las crisis de principios de siglo, del surgimiento de los procesos políticos en América del Sur, mientras veía que se endurecía esta frontera del norte. Es un libro que recoge resultados de muchas investigaciones en zonas aparentemente microscópicas, como pueden ser las zonas de frontera entre Argentina y Uruguay, o entre Argentina y Brasil, áreas de migraciones de nuestras regiones. Lo que veo en ese microscopio con el que trabajamos los antropólogos es que las fronteras no llegaron a su final. Que los estados no llegaron a su final. Que llegaron a su final de protección social con el avance neoliberal, pero se fortalecieron militar y represivamente. En ese libro hablaba de la emergencia de un fundamentalismo cada vez más brutal en Europa. Ahora ese fundamentalismo de derecha está tomando el poder.


—¿Diría que hay una crisis de ese paradigma del “fin de la historia”?


—Si lo dijera como lo enuncian los pibes, diría que la posmodernidad ya fue. El relato posmoderno ya fue.
—¿Para que sirvió?


—Para nada. O mejor dicho, para construir un manto o una idea de que era inexorable el camino que el mundo había tomado hacia un capitalismo cada vez más desigual.


—¿Cuál fue la tesis de la posmodernidad?


—Que había habido grandes relatos y que había llegado el fin de esos grandes relatos. Para hacer esa tesis, la posmodernidad se erigió como el último gran relato. Ahora vamos a necesitar otro tipo de narrativas y de utopías, pero no pensando que no va a haber narrativas, sino pensando que justamente la posmodernidad pecaba de no verse a sí misma y de no inscribirse a sí misma en una historia que no tiene fin. La posmodernidad era otra forma de política, otra forma de ideología. Varios autores vinculados con la posmodernidad intervinieron con inteligencia en el debate y encontraron puntos débiles, flacos y discutibles sobre teorías sociales anteriores, como el estructuralismo o los marxismos más clásicos. No tenemos que descartar la posmodernidad para volver atrás sino que tenemos que entender que hay una tercera posición teórica y política, que no es la posición de los nacionalismos clásicos de principios del siglo XX ni la posición clásica de las cosas que se pudieron imaginar social, cultural, política y teóricamente a mediados del siglo XX. Pero tampoco es la posición típica de la posmodernidad, del año 1989 y la década de 1990, que es la negación de la posibilidad de la acción social y la transformación social, y de una mayor igualdad.


Hoy, por lo menos en Argentina, se sueña con volver a los años dorados de la experiencia política populista, progresista, sin asumir los errores de esa experiencia que contribuyeron a que una variante neoliberal clásica encabezada por sus representantes más conspicuos llegara al poder. Hay que explicar eso. Y tiene que ver con los defectos, los límites, los errores y problemas que hubo en todos los procesos latinoamericanos. Necesitamos sistematizar esos problemas para entender que la sociedad no es una manga de gente estupidizada por los medios de comunicación concentrados o que votan como si fueran ovejitas, sino que son ciudadanos activos y que tienen perspectivas críticas, y con los cuales si hay vocación de transformación, hay que dialogar, porque si no se dialoga no hay vocación de mayorías. En ese sentido, cualquier proyecto transformador de futuro que pueda haber en Argentina y en otros países de la región que hoy están sufriendo retrocesos debe necesariamente recoger lo mejor de la experiencia pasada y tratar de superarla en todos sus defectos, en sus limitaciones y sus errores.


—Con la llegada del neoliberalismo a fines de los años ochenta surgen como contracara movimientos sociales y de trabajadores desocupados, el Foro de San Pablo, las asambleas ciudadanas contra la megaminería. ¿Cuál fue su alcance?


—Tuvieron un derrotero bastante distinto en cada país. Son nuevos actores sociales y aparecieron en toda América Latina. Se fueron consolidando de manera diferente. En el caso argentino, los piqueteros, los sindicatos docentes, los jubilados fueron protagonistas de la lucha contra el neoliberalismo. Los piqueteros representaron en Argentina a los trabajadores de¬socupados, que pasaron del 6 al veintipico por ciento de los activos en pocos años, transformando completamente una sociedad que se vanagloriaba de ser súper integrada. Y surgió un fenómeno bastante sui generis que fue el movimiento piquetero. En general los desocupados no protestan colectivamente en el mundo, y en Argentina sí se dio. El caso de los movimientos ciudadanos contra la megaminería es distinto. En los piqueteros hubo una división entre sectores que se incorporaron al gobierno kirchnerista y otros que permanecieron en una oposición no muy radicalizada, mientras que los movimientos antiextractivistas de las comunidades que viven cerca de los nuevos emprendimientos megamineros no se integraron al Estado ni al gobierno. Y en la inmensa mayoría de los países latinoamericanos donde actúan, no se integraron y siguen siendo de oposición. En países como la Argentina kirchnerista, el Brasil gobernado por el PT y la Bolivia de Evo Morales se ha dado una tensión entre un modelo neodesarrollista y un modelo que apunta más a un desarrollo “integral” que contempla los aspectos ambientales, por ejemplo. Incluso en el interior del propio Estado hay disputas.


Hay algo positivo en la autonomía de esos movimientos para seguir ejerciendo los procesos de presión en estas tensiones de las que hablamos. La pregunta es cómo lograr una autonomía que permita seguir ejerciendo una presión productiva para el proceso político, sin que eso erosione la posibilidad de seguir haciendo ese ejercicio y sin tener que volver atrás.


—En el libro se insiste sobre la idea de interculturalidad, opuesta al multiculturalismo.


—Hay una idea muy propia del neoliberalismo sobre la diversidad cultural que sostiene que lo diverso debe traducirse en multiculturalismo, y eso implica que todas las sociedades son diversas y deben aceptar sus diversidades. Eso en realidad parte de una concepción muy propia de los Estados Unidos sobre cómo tratar la diversidad. Llegás a Nueva York, Los Ángeles o Miami y encontrás el barrio latino, el afro, el chino. En casi ninguna ciudad de América del Sur vas a encontrar barrios étnicos planteados de esa manera estadounidense, donde todos los afro viven juntos, los italianos viven juntos, y hay una concepción casi territorial de la identidad étnica y racial que termina generando el concepto de gueto. Frente a esa opción aparece el interculturalismo, una concepción que no reivindica una diversidad estática. Planteamos una diversidad dinámica, en diálogo, en conversación, pensar modelos propios, latinoamericanos, que incluyan nuestras diversidades y heterogeneidades, y articulen esa heterogeneidad con una mayor igualdad y una mayor democracia, sin vivir segregados en guetos.


—En todo el mundo estamos viviendo lo contrario. Aquí en Argentina, incluso, con las propuestas antinmigrantes del gobierno de Mauricio Macri.


—Es un clásico buscar chivos expiatorios en momentos de crisis, y Argentina está atravesando una crisis social muy grande. Hay una fractura social muy profunda a partir del aumento de la pobreza, la violencia y la desigualdad. En eso hay muchos puntos de contacto con los años noventa. En esa década la xenofobia fue una construcción en busca de un chivo expiatorio para todo el proceso de exclusión que se estaba generando. Hoy se intenta copiar la xenofobia europea para derivar la bronca social hacia una pequeña minoría. Convengamos que en el caso argentino los migrantes latinoamericanos son un porcentaje muy chico de la población en este momento.


—Si el posmodernismo ya está muerto, ¿cuáles son los desafíos de la teoría social hoy?


—En América Latina tenemos que asumir que vivimos en una tensión productiva entre la influencia del pensamiento europeo y la influencia del contexto local y las tradiciones locales. Cuando esa tensión se resuelve a favor del pensamiento europeo y niega lo local, se descontextualiza completamente y se convierte en eurocentrismo. Cuando ocurre al revés, y se resuelve a favor de lo local y niega a los grandes aportes de decenas de filósofos y sociólogos europeos de los últimos siglos, se convierte en una teoría autoctonista sin capacidad de dialogar con otras zonas del mundo. Vivimos en esa tensión en la que necesitamos ir construyendo conceptos que nos permitan entender nuestras sociedades y de hecho proyectarlos para mirar las sociedades metropolitanas desde otro punto de vista que a su vez no es el mismo de esas sociedades metropolitanas. Necesitamos algo más que una antología de lo que pasó. Necesitamos una proyección de lo que va a venir, una teoría crítica con vocación transformadora. No es imposible. Tenemos intelectuales y académicos jóvenes investigando en nuestros países. Necesitamos primero asumir la multiplicidad constitutiva de nuestras sociedades. Luego investigar cada una de las partes de esas multiplicidades y finalmente preguntarnos qué puede tornar convergentes a esas partes para que eso tenga una potencialidad política transformadora.

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Así echó raíces el islam en una de las ciudades más peligrosas de Colombia

La ciudad porturaira de Buenaventura es el hogar de una pequeña comunidad musulmana que abrazó con éxito la Nación del Islam.
El islam llegó a finales de los años 60 de la mano de Esteban Mustafa Meléndez, un marinero afroamericano originario de Panamá
Los musulmanes de Buenaventura, asentados entre la jungla y el Océano Pacífico, son negros, pobres y poco conocedores de las creencias y tradiciones del islam.


Los ritmos de salsa a todo volumen que llegan desde un bar cercano no perturban al Sheik Munir Valencia mientras se inclina durante la oración en una casa familiar convertida en mezquita en la pobre y violenta ciudad colombiana de Buenaventura. Sus rezos terminan, Valencia se quita la túnica marrón, se sienta en una mesa de plástico y relata cómo es ser el líder espiritual de una atípica comunidad islámica.


La pequeña comunidad musulmana afrocolombiana en la principal ciudad portuaria del Pácifico en Colombia ha adoptado en los últimos años las enseñanzas de la Nación del Islam, del islam suní y también de la interpretación chií.


Al principio atraídos por la fe de las promesas del poder negro, los musulmanes de Buenaventura aseguran que han encontrado en el islam un refugio de la pobreza y la violencia que carcome la ciudad. Buenaventura tiene una de las tasas de asesinatos más elevadas de Colombia.


El islam llegó aquí a finales de los años 60 de la mano de Esteban Mustafa Meléndez, un marinero afroamericano originario de Panamá, que difundió las enseñanzas de la Nación del Islam –un grupo nacido en EEUU que mezcla elementos del islam con nacionalismo negro– entre los trabajadores del puerto.


"Habló de la autoestima de los negros y esto causó un gran impacto. Esas enseñanzas llegaron a las cabezas y a los corazones de mucha gente", cuenta Valencia, añadiendo que el mensaje llegó durante un periodo de profundo cambio social. La visita de Meléndez se produjo en un momento en el que muchos campesinos colombianos estaban migrando a las ciudades. Así lo explica Diego Castellanos, un sociólogo que ha estudiado diferentes religiones en Colombia, un país eminentemente católico.


Una ola de conversiones políticas


La primera ola de conversiones fue más política que espiritual. En sus oraciones (en inglés o español) leían más panfletos políticos que el Corán, y tenían un precario conocimiento de los postulados centrales del islam, comenta Valencia.


La atracción de la Nación del Islam fue disminuyendo gradualmente a medida que los viajes de Meléndez se hicieron menos frecuentes y el mensaje de supremacía negra comenzó a sonar hueco en una comunidad que –aunque sí que ha sido víctima de una importante discriminación estructural basada en su raza– nunca ha sufrido el mismo odio racial y las leyes segregacionistas que habían existido en EEUU.


Siguiendo el ejemplo de Malcolm X –que rompió con la Nación del Islam y abrazó el sunismo antes de su muerte en 1965– un miembro de la comunidad de Buenaventura viajó a Arabia Saudí a estudiar el islam y regresó para convencer al grupo de que abrazase una fe más ortodoxa.


"Fue así como nos hicimos suníes", narra Valencia, que fue criado en el catolicismo y planeaba convertirse en sacerdote antes de convertirse al islam. "Aprendimos a leer árabe; ahora leemos el Corán y dejamos de fijarnos en EEUU para mirar hacia Arabia Saudí".


La comunidad musulmana de Buenaventura se dirigió a grupos suníes en el país para conseguir apoyo, pero estos dos mundos no podrían ser más diferentes.


Los musulmanes de Buenaventura, asentados entre las vastas extensiones de jungla y el Océano Pacífico en el suroeste de Colombia, son negros, pobres y relativamente poco conocedores de las creencias y tradiciones del islam. La comunidad suní colombiana establecida era de herencia árabe, formada por prósperos comerciantes y se ubicaba en su mayoría en Maicao, una bulliciosa ciudad comercial situada en el desierto del noreste, en la frontera con Venezuela.


Becas para estudiar el Corán en Argentina e Irán


Aparte de algunas donaciones de alimentos de la comunidad árabe, las relaciones eran distantes. La revolución islámica de 1979 en Irán dio un soplo de aire fresco a la comunidad de Buenaventura. Las misiones chiíes contactaron con el grupo y ofrecieron becas y apoyo financiero. Valencia consiguió una beca para estudiar en la mezquita de At-Tauhid en Buenos Aires y después continuó sus estudios en la universidad de Qom en Irán.


A mitad del relato, suena el teléfono del Sheik. Su tono de llamada es un cántico árabe. Valencia responde: "Salaam alekum", e inmediatamente después entabla una conversación en el trepidante español de la costa pacífica de Colombia.


Retratos de Malcolm X y del ayatolá Alí Jamenei adornan las paredes de los muros de la habitación trasera de la casa, la que sirve como centro comunitario y mezquita para aproximadamente 300 personas. Un mural colorido cubre otra pared, en el que se puede ver un frondoso árbol genealógico titulado "Genealogía islámica de los profetas". Cualquier viernes se presentan entre 40 y 50 personas para la oración.


Valencia cuenta también que los vínculos con Irán han sido objeto de investigaciones secretas y no tan secretas por parte de los servicios de inteligencia tanto de Colombia como de EEUU. "No tengo nada que esconder", asegura. "Los iraníes nos apoyan, pero no somos yihadistas".


Valencia también dirige dos escuelas privadas subvencionadas donde 180 niños procedentes de los vecindarios más pobres de la ciudad no solo aprenden el ABC sino también el alfabeto árabe. Alojada en la planta baja de un edificio de tres plantas mal cuidado, la escuela de Silvia Zaynab se encuentra en uno de los vecindarios más violentos de Buenaventura, donde las bandas criminales luchan por control del territorio y los vecinos, a menudo, se ven atrapados en el fuego cruzado.


La escuela ofrece un pequeño refugio de esta realidad. Los estudiantes dan la bienvenida a los visitantes con canciones en árabe sobre la grandeza de Alá. En español cantan sobre los "cinco profetas de la creación": Noé, Abraham, Moisés, Jesús y Mahoma. Un estudiante de segundo grado corre a la pizarra para escribir con orgullo un número de tres dígitos en árabe.


Solo cinco de los niños que asisten a estas escuelas son miembros de la comunidad musulmana. "No tratamos de convertir a nadie; solo les enseñamos a los niños a respetar otras religiones y otras tradiciones", defiende.

 

Sibylla Brodzinsky - Buenaventura
28/01/2017 - 19:34h

theguardian
Traducido por Cristina Armunia Berges

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Los costes de enfatizar género y raza sin considerar clase social: el caso de EEUU

El establishment político-mediático del Partido Demócrata en EEUU continúa sin entender qué ha pasado en las elecciones donde triunfó el candidato republicano Donald Trump. Está perplejo, y la única manera que tiene para explicar su derrota es mediante la demonización del votante del candidato Trump, definiéndolo como ignorante, poco educado, poco sofisticado, lleno de racismo y machismo, y con prejuicios, resultado de su inexistente educación, cuando no de su irracional visión.


Han contribuido a esta demonización las declaraciones de la propia candidata a la presidencia del Partido Demócrata, la Sra. Hillary Clinton, quien durante la campaña, en una reunión con la comunidad lesbiana de Nueva York, indicó que “se puede poner a la mitad de los partidarios de Trump en la categoría de ‘gente despreciable’. Son racistas, sexistas, homófobos, xenófobos, islamófobos y muchas otras cosas”, concluyendo que muchos de ellos son “irrecuperables”. Y, para no ser menos, el mismo presidente Obama indicó que el comportamiento del votante de Trump “había sido a todas luces irracional, aferrándose a sus prejuicios o a su religión o a una hostilidad hacia los que no son como ellos, como hacia los inmigrantes o contra el comercio internacional”.


Esta percepción, muy generalizada en los grandes medios de información, tanto estadounidenses como españoles, no deja de ser sorprendente, pues gran número de tales supuestos “ignorantes”, “poco educados”, “racistas” y “xenófobos” habían votado por el candidato (después presidente) Obama en las elecciones del 2008, cuando tal candidato despertó una gran ilusión, debido a su compromiso con realizar un gran cambio, gran cambio que, para grandes sectores de las clases populares, nunca llegó. Barrios obreros blancos en los Estados de Pensilvania, Wisconsin, Ohio y Míchigan, que habían dado la victoria al candidato Obama en 2008, votaron esta vez por el candidato Trump. Fue precisamente este cambio de voto en estos Estados lo que dio la victoria al candidato Trump en el Colegio Electoral. Y, por desgracia, el establishment político-mediático del Partido Demócrata, todavía no ha entendido el porqué.


La demonización del votante de Trump


La única explicación que el establishment del Partido Demócrata está dando a lo ocurrido el día de las elecciones es acusar a los votantes de racistas, acusación a la que se añade ahora la de sexistas, asumiendo erróneamente que no votaron a Hillary Clinton porque ésta era mujer. En realidad, la Sra. Clinton había orientado su campaña a partir de la premisa de que “había llegado el momento de las mujeres” (como las elecciones anteriores habían significado la llegada del momento para los afroamericanos, al salir elegido un candidato negro). Sin embargo, la gran sorpresa del Partido Demócrata fue que la gran mayoría de las mujeres blancas votaron a Trump (mayoría incluso mayor entre las mujeres de clase trabajadora).

Explicar este hecho, como está haciendo la Sra. Clinton, subrayando que era consecuencia de su falta de educación (mostrando como prueba de ello que los sectores con mayor educación votaron a Clinton y que los menos educados lo hicieron por Trump), es creer que la educación era la variable determinante del comportamiento electoral, cuando la variable determinante fue la indignación de clase –predominantemente de clase trabajadora– frente al establishment demócrata representado por la Sra. Clinton. La educación era un indicador de la clase social del votante. Y Donald Trump fue el único candidato (junto con Bernie Sanders) que apeló al sentido y conciencia de clase del electorado. La eliminación sectaria, por parte del Partido Demócrata, de Bernie Sanders canalizó el proceso de movilización de la clase trabajadora al candidato Donald Trump, un personaje enormemente astuto, que utilizó dicha conciencia de clase frente al muy rechazado establishment político-mediático, bien representado por la candidata Hillary Clinton. La gente educada, trabajando con el presidente Obama y con la candidata Clinton, junto con los presidentes Clinton y Bush padre e hijo, había contribuido a crear la enorme crisis que dañó sustancialmente el bienestar y calidad de vida de las clases populares poco educadas. A tales clases, el establishment político-mediático no les dejó otra alternativa que votar a Trump para mostrar su enfado y rechazo al establishment del Partido Demócrata, responsable, junto con el del Partido Republicano, de la Gran Recesión. Ambos establishments habían eliminado antes a Bernie Sanders, que era la única posibilidad para cambiar las políticas que habían causado la Gran Recesión. De hecho, la gran mayoría de encuestas señalaban que Sanders hubiera ganado a Trump con porcentajes mucho mayores que los que Clinton mostraba.


El fracaso de las políticas identitarias frente al elemento de clase


En EEUU, las mayores diferencias entre las derechas (el Partido Republicano) y el partido que con excesiva generosidad podría llamarse de izquierdas (el Partido Demócrata) se encuentran en la estrategia de integración de los sectores discriminados –tales como minorías negras y latinos así como mujeres- dentro de las estructuras de poder. Ha sido el Partido Demócrata el que ha liderado las campañas antidiscriminación de las minorías y de las mujeres. Tales campañas han resultado exitosas, con un incremento notable de personas pertenecientes a las minorías discriminadas y de mujeres en las estructuras de poder, tanto públicas como privadas. Ahora bien, han sido minorías o mujeres de clase media de renta alta las que se han beneficiado de ello, sin que ello supusiera necesariamente un mejoramiento en el bienestar y calidad de vida de la mayoría de las minorías y de las mujeres que pertenecían a las clases populares. En realidad, las que más se han beneficiado han sido las personas de clase media-alta (la clase educada profesional), sin con ello mejorar el bienestar de la clase trabajadora y otros sectores de las clases populares. Su máximo valor es el simbólico, mostrando (o intentando mostrar) que todos los ciudadanos, independientemente de su raza o género, pueden alcanzar las máximas cotas de poder. Pero este imaginarlo en el sueño americano no se corresponde con la realidad, pues para los hijos e hijas de la clase trabajadora es muy difícil llegar arriba, situación que es incluso más acentuada hoy en día, cuando la evidencia muestra que los hijos no vivirán mejor que sus padres en este futuro diseñado por los de arriba.


Así pues, la variable de clase continúa siendo una variable de enorme importancia para entender como la población piensa, vive y vota. Y la clase trabajadora (personas que obtienen sus rentas del trabajo, a base de un trabajo repetitivo, supervisado y que se paga por horas) continúa existiendo. En realidad, son ellas la mayoría de las clases populares. Y cuando las izquierdas se olvidan de ello, tales clases votan a la ultraderecha. Así ha ocurrido en EEUU, así ha ocurrido en el Reino Unido y así puede ocurrir en Francia y en otros países de la Unión Europea.


En realidad, la experiencia de las elecciones estadounidenses muestra claramente que existen clases sociales entre las minorías y entre las mujeres, y que, aun cuando la mayoría de asociaciones de defensa de las minorías, así como de las mujeres (todas las cuales apoyaron a la Sra. Hillary Clinton) estaban lideradas por mujeres de clase media alta, perteneciente a las clases profesionales, y se consideraban representantes de todas las mujeres, la mayoría de estas dieron mayor hincapié a lo que ellas percibieron que eran sus intereses de clase –rechazando el establishment político-mediático- que no a lo que sus dirigentes definieron como sus intereses de género. Sería un error enfrentar los intereses de raza y género con los de clase, y viceversa, pero es claramente un error mayúsculo no darse cuenta que tanto las razas como los géneros tienen clases sociales que pueden tener intereses distintos y en conflicto. El caso último de Estados Unidos es un ejemplo de ello.


Ni que decir tiene que el gobierno Trump, compuesto por elementos clave de la clase empresarial, llevará a cabo políticas que dañarán extensamente el bienestar de las clases populares, pero su victoria muestra el grado de rechazo que las clases populares, y sobre todo la clase trabajadora blanca (que es la mayoría de la clase trabajadora en aquel país), tuvieron hacia lo que se había definido históricamente como el partido del pueblo, el Partido Demócrata. Ha sido la gran pérdida de credibilidad de los instrumentos que históricamente defendían los intereses de las clases populares lo que ha causado la victoria de la ultraderecha en Estados Unidos y, probablemente, en muchos países de Europa

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“Él nos enseñó que sí se podía hacer la revolución”

El líder cubano muerto será inhumado hoy a las siete de la mañana. Antes recibió el último homenaje de masas, en la Plaza de la Revolución de la ciudad oriental de Cuba. Fue el fin de la caravana de la libertad.


Raúl Castro acaba de cambiar el rito. No cerró su discurso con “Hasta la victoria siempre”. Ni con el “Patria o muerte” seguido del “Venceremos” del pueblo en la Plaza de la Revolución. Terminó su discurso de despedida a Fidel Castro en La Habana con solo tres palabras: “Hasta la victoria”. A las ocho y cuarto de la noche, hora de Cuba, ondean miles de banderas cubanas. Los que portan las banderas repiten “Hasta la victoria” o simplemente se quedan callados. Es el último acto. Ahora empieza la vigilia de las cenizas y a las siete de la mañana la inhumación del líder muerto.


El discurso que acaba de pronunciar el presidente de Cuba y primer secretario del Partido Comunista delante de presidentes y ex presidentes como Evo Morales, Luiz Inacio Lula da Silva y Dilma Rousseff tuvo dos ejes.


Uno, el homenaje a los caídos desde el principio del proceso rebelde que arrancó el 26 de julio de 1953 con el intento de toma del cuartel Moncada en Santiago de Cuba y con otro intento, también fallido, de copar el cuartel más importante de Bayamo, a 125 kilómetros de aquí.


Otro eje, los ejemplos históricos de superación de dificultades. Sobre todo uno, el llamado período especial que se abatió sobre los cubanos durante el proceso de ocaso e implosión de la Unión Soviética y los dejó sin petróleo, insumos, recursos y energía.


“Quien intente apropiarse de Cuba recogerá el polvo de la derrota anegado en sangre”, fue su frase más fuerte.
Cuando habló de la inhumación de las cenizas de su hermano, Raúl mencionó entre otros a Frank País, el dirigente del Movimiento Revolucionario 26 de Julio, nombre elegido por la fecha del intento de asalto al Moncada, asesinado en una escalinata en pleno centro de esta ciudad oriental.


No hubo información oficial sobre el sitio que habrá para Fidel en el cementerio de Santa Ifigenia donde están enterrados, entre otros, José Martín y Carlos Manuel de Céspedes, pero también los caídos de la lucha clandestina anterior a la revolución del 1° de enero de 1959 (ver páginas 4 y 5).


La versión se develará en unas horas. ¿Será una piedra? ¿La piedra es de Sierra Maestra, en la cercana provincia de Granma? ¿Es verdad que la lona sobre parte de las tumbas de homenaje a los caídos del MR-26 tapa el sitio donde terminará Fidel esta caravana de la libertad que arrancó el miércoles a las 7 de la mañana en La Habana y cruzó la isla entera?


Los cubanos que ocupan todavía la Plaza de la Revolución y se quedarán despiertos, o los que después del homenaje que cerró Raúl tras los discursos de organizaciones sociales y sindicales desconcentran caminando hacia sus casas, no se concentran en ese tipo de especulaciones. Sencillamente callan salvo para interpelarse con alguna consigna y algún canto
Menos de 25


Uno grita: “¿Dónde está Fidel?”. Dos señalan hacia el cielo, el lugar común de los muertos. El que pregunta lo hace de nuevo. No es que se trate de un ritual sino que evidentemente busca otra respuesta. Vuelve a preguntar y se repiten las señas. Pero cuando lo hace de nuevo el grupo se ilumina y dice la frase que repite toda Cuba estos días: “Yo soy Fidel”. Entonces: “¿Dónde está Fidel?”. Y la respuesta: “Yo soy Fidel”.


Hay algunos de la cuarta edad, muchos de la tercera, más de la segunda, si es que existe. Pero son más numerosos, mucho más numerosos, los sub-25.


La Plaza de la Revolución está a diez cuadras del cuartel Moncada, donde hoy funciona una escuela. El edificio de color lacre tiene las luces apagadas. Más temprano fue uno de los puntos en los que se detuvo el cortejo con las cenizas de Fidel. Las palmeras del jardín no están iluminadas y la gente baja hacia la plaza del acto con Raúl Castro y pasa al lado de uno de los edificios icónicos de la rebelión a escala mundial como si lo hiciera todos los días. Y es así: lo hace todos los días, solo que hoy será único.


Un grupo de adolescentes vestidas de negro con rayas amarillas corea la famosa frase de Fidel sobre qué es la revolución. “Revolución es tener sentido de la historia”, comienza el párrafo del discurso, hasta que rematan en “el patriotismo, el socialismo y el internacionalismo”. Dos adultos los escoltan, sonrientes porque los chicos se acuerdan del texto completo.


El patriotismo se relaciona habitualmente en los discursos con el siglo XIX. La Plaza de la Revolución se llama Antonio Maceo. No es que antes de la Revolución Cubana la obra y la lucha de Martí quedaran fuera de la escuela. Es que faltaba el énfasis que le puso el Estado después de 1959.


Por supuesto, antes no había un hilván entre un momento y otro de la historia construido o reconstruido mediante una tarea política, pedagógica o historiográfica.


El dictador Fulgencio Batista nunca se presentó a sí mismo como un nuevo Martí o un Carlos Manuel de Céspedes resucitado. Tampoco lo hizo Fidel. Pero los revolucionarios de Sierra Maestra invocaron a los del siglo XIX como protagonistas de una misma línea histórica. En la Historia de Cuba, escrita para los últimos años de la secundaria por un equipo de investigadores como Susana Callejas Opisso, el prólogo dirigido al alumno afirma que el libro tiene “la misión de propiciar que estés en condiciones de demostrar”, entre otras cosas, “que la Revolución Cubana es una sola como proceso histórico desde 1868 hasta nuestros días”.


Más allá de una intención no disimulada –hablar de “misión” suena fuerte– lo cierto es que todos los movimientos del siglo XIX y las luchas del siglo XX tienen fuertes componentes de redención social.


La esclavitud y el carácter subalterno de los negros estuvieron en la agenda de Céspedes en 1868 y de Martí en las últimas décadas del siglo XIX.


Para que pudiera funcionar la comandancia de la guerrilla un campesino de Sierra Maestra cedió su propia casa.
Campesinas


Hay una historia poco contada. Al año siguiente de la Revolución Cubana, la del 59, Fidel Castro eligió 18 instructoras por provincia. Nueve debían enseñar corte y costura, y nueve a leer y escribir. Durante ese 1960 convocó a mil campesinas de toda Cuba y las alojó nada menos que en el Hotel Nacional. Era el más tradicional de La Habana y el hotel donde se albergaba, entre otros, el mafioso Lucky Luciano cuando cruzaba a la isla para controlar los negocios en medio de sol y bellezas. La enorme mayoría de las campesinas era analfabeta.


“Son las chicas de Fidel”, decía la contrapropaganda.


El Parque Céspedes, en el centro histórico de Santiago, fue uno de los sitios donde paró la caravana de la libertad con las cenizas de Fidel en su último día antes de la inhumación. Dulce, de 79 años, que fue hasta ahí, una señora que habla suavecito como su nombre, cuenta que ella fue una de las 18 elegidas por esta provincia de Santiago de Cuba. “Nos enseñaron para instruir y después instruimos nosotras”, relata. Antes del triunfo Dulce participó de la lucha clandestina en la red del Movimiento 26 de Julio. No trató a Fidel entonces pero sí después.


“Siempre fue un hombre sencillo que hablaba contigo y te preguntaba cosas, o qué hacía falta para educar, o para la salud, o cómo se podía resolver algún problema, y también jaraneaba”, dice Dulce. “Jaraneaba mucho.”


Entrecierra los ojos cuando dice lo que siente ahora: “Me siento igual que cuando perdí a mi papá, a mi mamá y después a mi esposo”.


Blas Guillén, nacido en Santa Clara, la ciudad donde están los restos del Che, tiene 53 y es árbitro de béisbol. “Soy pelotero”, dice como quien dice en la Argentina que fue jugador de fútbol y está todo dicho. Blas jugó en primera, aunque no era muy destacado, después fue entrenador y ahora trabaja de árbitro. Su hijo de 19 años también juega en primera.

“Él sí es destacado”, cuenta Blas. “Mira, no sé qué decías tú a los 10 años que ibas a ser de grande, pero yo decía que pelotero. Y fui pelotero. Después, como árbitro, volvía a mi casa con gorras, con camisetas, con bates. Nunca le dije a mi hijo que fuera pelotero pero también es pelotero. Oye, una de mis grandes satisfacciones en la vida es que nos invitaron juntos a Monterrey, él a jugar y yo a arbitrar. Son acuerdos entre clubes extranjeros y el Estado cubano. Ellos te pagan a ti y le pagan a Cuba. Ya estuve en Guayaquil. Y ahora nosotros vamos y volvemos. Este es nuestro país, coño, aquí mi hijo se hizo pelotero y mi hija médico. ¿Te vas a quedar en otro país por un I Phone 7?”. Blas muestra su celular. Es un modelo todavía más antiguo que la BlackBerry Q10 de su interlocutor. “Médico” está bien escrito. Hay miles de médicas en Cuba, y los padres siempre lucen felices al nombrar la profesión de la nena y contar que por supuesto de inmediato trabajó en un hospital, pero el nombre del oficio aún no se feminizó.


Rafael es ingeniero. Tiene 55. Activo, de gorra de béisbol azul y remera blanca, dos de los colores de la bandera cubana, ahora vive en la capital pero durante 20 años fue enviado varias veces a la zona oriental de la isla para organizar empresas. Se siente en confianza a los tres minutos de conversación y le da un golpecito a la panza del interlocutor antes de decir cada frase.


Un toque a la panza: “Mira, Fidel nos dio patria. Cuba es pequeña y es importante en todo el mundo. ¿Quién no sabe lo que es Cuba? ¿Quién no sabe quién es Fidel? Dar patria no es una abstracción, porque patria es dignidad para ti mismo y para los demás”.


Otro toque a la panza: “Combatimos en Angola porque éramos parte de un proyecto, aunque después Mijail Gorbachov entregó todo sin pelear. África también era un gran ejercicio militar para que los yanquis se dieran cuenta de que incluso sin la Unión Soviética no podrían con nosotros. Podrían bombardear y bombardear, pero el día que un soldado entrara a Cuba no podría salir”.


El martes a la noche, en la Plaza de la Revolución de La Habana, habló el presidente de Namibia. Los cubanos también habían enviado tropas a pelear contra Sudáfrica y en un momento amenazaron con llegar hasta Johannesburgo. El presidente recordó que Cuba alfabetizó a tres mil huérfanos de bombardeos sudafricanos, los cuidó y cuando fue necesario los curó.


Golpe en la panza: “Oye, si casi terminamos con el apartheid. Y no sé si no fuimos los cubanos los que de hecho terminamos convenciendo a los racistas de que con apartheid no podrían seguir viviendo. Amenazaron con usar armamento nuclear contra nosotros. Políticamente no pudieron”.


Como Dulce, Rafael también lagrimea. “Mi madre vive y de muy niña fue correo del Ejército Rebelde en la provincia de Granma”, cuenta sin golpe ni toque. “Mira, estamos todos como si se nos hubiera muerto un familiar muy querido: tú lo esperas, pero cuando se muere se muere y te pones triste.”


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Homenaje multigeneracional, tras el acto político, al comandante Fidel Castro

Arturo Cano

Santiago de Cuba.

Ydalis Coerau tiene 45 años, piernas de gacela y uñas muy bien pintadas. Mira a la distancia un debate que ha armado una colega española, quien graba en la calle una pregunta que sugiere incertidumbre: ¿Resistirá Cuba sin Fidel?

Y nada, chico, que se arma la gorda. Comienza la gritería y los más encendidos discursos reciben aplausos. Sorprende, aunque no debería ser así, la calidad de los argumentos. No hay condescendencia y los eufemismos matan el reconocimiento de los problemas propios, mucho más allá del bloqueo.

Santiago entera, la ciudad que vio crecer a Fidel Castro, ha salido a despedirlo. Ydalis está a una calle del lugar donde en el primer día de 1959 el entonces joven barbudo proclamó el triunfo de la revolución cubana.

"Me da coraje lo que dicen en Estados Unidos. ¿Tú crees que nos pinchamos los ojos para llorar?" Y no, las lágrimas son auténticas, el fervor también, aunque la fachada sea consignas que de tan repetidas suenan a sonsonete.

Habla Ydalis de las cualidades de los miembros del Consejo de Estado, quienes están tomando, dice, "las mejores decisiones para abrirnos al mundo y lograr el desarrollo". Y se remite, como todo cubano que se respete, a la historia patria: ya Martí y el Che habían hablado de "tomar lo mejor del capitalismo", y Cuba, piensa esta maestra de educación física, está en esa ruta.

Pero lo suyo, como lo de casi todos los cubanos con quienes se habla, es un asunto personal. Ella abandonó los estudios y pudo retomarlos gracias "a un programa del comandante". Es una cadenita. Gracias a que ella, una mujer negra y pobre, pudo estudiar, su hija de 21 años está ahora en la escuela de medicina.

Pero lo mismo dice, a 300 kilómetros de aquí, en Camagüey, Norberto Alemán, propietario de una finca donde tiene vacas, cerdos, gallinas y árboles frutales variados. Todo lo que produce, en ese rancho que fue de su abuelo y de su padre, se lo vende al Estado, por obligación. Pero aún así asegura: "A la revolución se lo debo todo".

"Lo mismo con los mismos"

Todo el aparato del Estado ha sido echado a andar para despedir a Fidel Castro. En la televisión y la radio se repiten una y otra vez lemas y loas al comandante. "Es lo mismo con los mismos", ríe un cubano, pero él le sube al volumen y se sienta a ver las imágenes que repiten sin cesar escenas parecidas.

Los bordes de las carreteras están llenos de gente con banderas, letreros, flores, que gritan al paso de la caravana "Fidel" o "Yo soy Fidel", la consigna del momento.

En Ciego de Ávila, Magdalia Mora guarda como tesoro el video que hizo en su modesto celular. "No pude gritar más que una vez. Ahora te digo cuál es mi voz", dice, con las palabras quebradas. "Le debo todo. Es mi padre", jura, y le escurren las lágrimas sin pincharse los ojos.

La despedida de "nuestro padre"

Fidel eligió Santiago como tumba porque, evidentemente, aquí están los restos de José Martí y los de sus compañeros de armas del frustrado ataque al Cuartel Moncada. Pero también porque aquí creció y porque todas las gestas independentistas y revolucionarias tuvieron su arranque en estas tierras, puerta de la Sierra Maestra.

"Todas las revoluciones partieron de aquí", dice un hombre que se presenta como restaurador y que, muy a lo cubano, lamenta que uno no haya llegado 10 minutos antes, porque "aquí estaba el escultor que hizo la obra para el mausoleo de Fidel."

–¿Qué es? ¿Una escultura?

–Es una sorpresa para el pueblo cubano.

La muerte de Fidel Castro no fue sorpresa, pero como si lo hubiera sido. Margarita Escara y su vecina Zaida Ortiz cuentan que lo supieron cuando vieron la cara de Raúl Castro en la televisión.

"Todo el mundo salió a la calle para hablar de la partida de él, de nuestro padre, el guía, el faro de todo el pueblo cubano; incluso ha sido ejemplo para los demás países del mundo", agrega Agustina, trabajadora de un hospital militar.

¿Cambios? Sí, pero siempre siguiendo la doctrina de Fidel Castro, porque "nosotros somos revolucionarios y lo seremos hasta el final", remata Mercedes, jubilada.

Las "caravana de la libertad" a la inversa sale de Bayamo, lugar donde se entonara por primera vez el himno nacional. Llega pasado el mediodía y recorre 17 kilómetros. No hay espacios libres en las vallas que se forman en las calles. Acuden organizados los gremios, las escuelas y los comités de barrio, pero también mucha gente que se acerca por propio pie.

Muchos portan los brazaletes rojinegros del Movimiento 26 de Julio. Algunos los han obtenido en las escuelas o en los comités de Defensa de la Revolución, pero otros los han confeccionado en sus casas.

Rafael, arrendador de cuartos para turistas, registra meticulosamente números de pasaportes y entrega recibos de todas sus operaciones ("en estos días nos están revisando mucho, para que todo sea correcto"). Él sí recuerda otros momentos en que Santiago estuvo, como este día, patas arriba: "Cuando han venido los papas" (tres visitas, tres pontífices).

En la calle lo refutan: "No, no se compara, este es Fidel", dice un motociclista que trata de llegar a su destino.

"Lo raro es que haya muerto a los 90"

El homenaje es multigeneracional. Incluso lo rinden los niños del "periodo especial", la tragedia que siguió a la caída del bloque soviético. José Ángel, profesor de música ahora treintañero, no recuerda nada malo de esa etapa. "Fidel significa casi todo", cierra la charla.

Lázaro Verdecia, "doctor en farmacia", jubilado, se sienta en la sombrita frente al Cuartel Moncada, al lado de su hijo, ingeniero químico. Antes de la revolución, dice, era empleado de una farmacia, "con un sueldo mísero". Todo lo que es se lo debe a la revolución, dice, como muchos otros.

En un tris explica cómo fue el ataque al cuartel, que ahora es escuela. Habla de Antonio del Conde, El Cuate (el mexicoamericano que compró el Granma), de cómo Donald Trump ha tratado a los mexicanos "como basura" y de la opresiva vida bajo la dictadura de Batista.

Para don Jorge, Fidel Castro fue un "hombre afortunado", porque “murió con todos los ideales cumplidos, en su cama, al cabo de 90 años. Lenin murió temprano, Chávez. El Che no se diga”.

Con todas sus batallas y "todos los atentados que sufrió por parte de la CIA, lo raro es que haya muerto a los 90 años".

Tras el acto político, como ha ocurrido toda la semana, los santiagueros rendirán tributo a Fidel Castro durante toda la noche, con una vigilia, un maratón de canciones y poemas.

Esta mañana de domingo, muy temprano, las cenizas de Fidel serán depositadas en el cementerio de Santa Ifigenia, donde reposan los restos del poeta y héroe nacional José Martí, los del "padre de la patria".

Ahí, desde hace mucho, hay una guardia permanente, que cambia cada media hora, de las ocho de la mañana a las cinco de la tarde, y que, solemnidad aparte, se ha convertido también en atracción turística. Ahora esa guardia de honor será también para Fidel Castro Ruz.

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Viernes, 02 Diciembre 2016 06:39

Papá, ¿y cuándo llega Fidel?

Papá, ¿y cuándo llega Fidel?

La caravana rumbo a Santiago de Cuba, donde el domingo quedarán depositados los restos de Fidel Castro, salió de Santa Clara y siguió recorriendo la isla entre gritos de “Yo soy Fidel”, banderas, lágrimas de los grandes y preguntas de los chicos.


Desde Santa Clara


Son las cinco de la mañana en la calle Marta Abreu, la heroína de la independencia. Las veredas ya están llenas. Algunos cuentan que durmieron normalmente, y sobre todo hicieron dormir a los chicos más pequeños para que estuvieran frescos. Y otros se tiraron un par de horas o nada. Se quedaron hasta tarde viendo la pantalla con escenas de la historia y voces de Fidel Castro en la plaza seca que rodea al mausoleo del Che donde llegaron las cenizas del líder muerto el viernes 25 de noviembre. Por unas horas los restos del Che y los de Fidel pasaron la noche juntos.


Todos esperan el ruido del helicóptero que sobrevuela la caravana con el cofre de cedro envuelto en la bandera cubana.
Hay una ansiedad sin angustia.


Cada tanto uno o una gritan y esperan respuesta, al estilo de toda América Latina menos el Río de la Plata. En Uruguay y la Argentina valen más los cantitos, el candombe, lo que viene del Carnaval, las melodías de Gilda o Víctor Heredia convertidas en himno de cancha o de acto político. En Uruguay hay tambores y en la Argentina bombos. Aquí en Cuba la percusión es permanente y no hay nadie que se prive de usar los dedos como palitos y la mesa del bar como tambor. Ta-ta-ta/ta-ta. Pero no hay tambores en la política.


“Hasta la victoria”, grita hasta la afonía una cubana con la bandera en la mano. “¡Siempre!”, responde la multitud. Otra vez. Y otra vez más. Tres. “Viva Fidel”, y viene la respuesta: “¡Viva!”. “Patria o muerte”, cierra la cubana. “¡Venceremos!”.
Don Isidro


Anoche fue igual. Pero por momentos con otro tono. La espera fue larga en el mausoleo del Che, a un kilómetro de la plaza Parque Vidal en el centro histórico, y mostró a miles de cubanos que parecían haber salido a la noche a tomar fresco. Muchos, en familia. O en pareja. Algunos viejos, pocos. Una mayoría apabullante de estudiantes secundarios en los últimos años (después siguen la universidad en La Habana) y matrimonios jóvenes o algo más veteranos. Por supuesto no faltaron adolescentes de 15 o 16 con el pelo igual que en cualquier lugar del mundo, rapado y con alguna variante de cresta, pantalones chupín y el ensayo repetido de quién es capaz de fabricar y lanzar el escupitajo más potente. La Costanera Sur un domingo a tardecita.


Anoche y ahora la pregunta de los más pequeños es la misma. Puede ser a babucha de un gordo grandote de remera amarilla o de la mano de una madre que observa en silencio. “Papá, ¿y cuándo llega Fidel?” O: “Mamá, ¿es verdad que Fidel va a venir?”.


Esta mañana no se lo ve por aquí, en Marta Abreu, a Isidro Pérez, el tullido que anda con su carrito con loneta verde y espejo porque cojea con su pierda izquierda rígida y solo puede hablar con un aparato metálico sobre la nuez. Obviamente este negro alto de ropa oscura, sombrero beige y sonrisa fácil no anda con una tarjeta con su nombre, pero todos lo presentan al forastero que pregunta de dónde viene la fama.


–Isidro Pérez es de cuando aquí había pelota –dice alguien que asegura conocerlo desde siempre.


–¿Pelota?


–Sí, cuando se jugaba béisbol de verdad –explica con la severidad de todos los hinchas del mundo, aunque en realidad pronuncia “veldad”, sin la erre.


Leonardo Padura, el escritor de El hombre que amaba a los perros, siempre cuenta que su mayor sueño era ser jugador de pelota y que el béisbol es el asunto que más conoce. Se moriría de envidia con estos personajes.


Don Isidro saca su aparato de una carterita de colectivero y se lo pone sobre la garganta. Emite un sonido de metal robótico como la voz de ET.


“Estuve en México ganando plata porque jugué en Guadalajara”, suena lo que sale de algún lugar del cuerpo de Isidro Pérez.


“Estuve cuando trajeron los restos del Che acá mismo”, sigue.


Una nena mira fascinada el sistema de comunicación del jugador. No hace preguntas sobre cómo funciona. Solo mira. De noche frente al mausoleo del Che y de mañana en Marta Abreu las únicas preguntas son sobre la caravana.


Misterios


La señal de celular es débil y no hay transmisión de datos. Por suerte en el último año el gobierno instaló antenas de wifi (pronunciar uifi, por favor) en algunas esquinas de las principales ciudades. La espera, entonces, es una espera incomunicada. Anoche solo una señora había sido precavida y tenía su portátil. Y también un señor. Pero ya nadie anda con la radio en la mano. Sin radio y sin la tele la ausencia de datos por el celu obliga al murmullo y permite toda especulación. La única diferencia es que de noche no se sabía cuándo llegaría el cortejo y ahora, en las primeras horas de la mañana, se supone que la caravana cumplirá con el horario de salida porque no hay ninguna vuelta previa.


La llegada de noche a Santa Clara después de haber salido en la mañana del miércoles del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias repitió una ceremonia a la que los cubanos ya se están acostumbrando porque la televisión muestra el paso pueblo por pueblo del recorrido de la capital hasta Santiago de Cuba, en el Oriente de la isla y con mil kilómetros de distancia entre una ciudad y otra. Primero se escucha el motor de un helicóptero. Después viene un jeep ruso. Después un mastodóntico camión militar. Detrás otro vehículo verde oliva que arrastra la cureña donde se ve el cofre envuelto en la bandera depositado dentro de una caja transparente de vidrio a prueba de todo. Flores blancas cubren la cureña, que remata en una van blanca, vehículos policiales y una ambulancia. Luego, a distancia, va otro equipo similar.
La caravana no se detiene y el misterio para los cubanos es elemental.


“Oye, esos van en vehículos militares, que son duros”, dice un tipo joven con ojos vivaces. “Está bien, son militares y aguantan todo, pero dime tú cómo hacen para orinar.” Otro escucha y aporta su hipótesis: “Hermano, entre pueblo y pueblo, cuando nadie ve la caravana”.


El duelo suspendió la música y los gritos en toda Cuba pero no la curiosidad. El humor sigue, aunque su expresión es tímida, como autocontrolada. La relación con Fidel es familiar, no distante.


Hace un rato, en la plaza de Santa Clara donde ya de madrugada empezaron a cantar las totis, unos pajaritos que ensordecen como cotorras, todavía trabajaba a pleno una cuadrilla de pintores dando los últimos toques de celeste en la esquina de Cuba y Marta Abreu.


Un grupo de turistas los miraba. Hablaban ruso.


Dos cubanos los miraron mirando.


“Hermano, éstos me hacen acordar a un cuento”, dijo uno.


El otro no tuvo ni que preguntarle qué cuento.


Resulta que un señor viajaba en la guagua (traducción: colectivo) y tenía al lado suyo a una cubana con un vestido muy escotado. El señor cada tanto desviaba la mirada.


“¿Oye, que no tienes otra cosa que hacer que mirar?”, dijo harta en un momento la observada.


“Es que lo mío es hacer, no mirar, pero soy respetuoso y si no estás de acuerdo solo puedo mirar.”


El cubano echó el cuento y sacó su conclusión inmediata. “Esos que están mirando como él pinta encima de la escalera no quieren hacer, quieren mirar.”


Deberes


La calle Marta Abreu, esta mañana todavía sin el sol duro, está limpia porque la dejó así anoche la cuadrilla de Miguelito, el jefe del camión tanque que regó y ordenó el fregado centímetro por centímetro.


La caravana se entrecruza con la vida de todos los días que a su vez se cruzó con la muerte del líder. Es una tristeza tranquila. Una curiosidad apacible. La noción de que algo raro pasa. ¿Algo único? Quizás, pero el ser humano es menos racionalista y primero deja que los sentimientos lo invadan. Por eso las preguntas no arrancan análisis sesudos. Porque no es natural el análisis sesudo para quien vive la cercanía de una muerte impactante.


Los vehículos militares recorren en sentido contrario la marcha que emprendieron las columnas del Ejército Rebelde el 1° de enero de 1959, cuando ya el dictador Fulgencio Batista había huido y el único mando con poder en Cuba era el de los revolucionarios que habían desembarcado en el yate Granma en diciembre de 1956 (hace exactamente 60 años) y se habían transformado en miles de combatientes en la Sierra Maestro y otros miles encargados del sabotaje o la organización de huelgas en las ciudades. Justamente el 30 de noviembre de 1956 Santiago de Cuba protagonizó un levantamiento para distraer a las fuerzas de Batista y quitar toda posible atención en el desembarco del Granma. Lo organizó el Movimiento 26 de julio, la fecha de 1953 en que los revolucionarios intentaron tomar, y fracasaron aunque luego persistirían, el cuartel Guillermón Moncada de Santiago. Hay banderas rojas y negras que dicen “26 de Julio” en la calle Marta Abreu. Las habrá a todo el paso de la caravana en su camino a Santiago de Cuba. En Sancti Spiritu. En Camagüey. Y en cada ciudad donde se detenga o simplemente pase junto a miles de cubanos estacionados a un lado y otro de la carretera central que a medida que va hacia Oriente se convierte en una ruta modesta y poblada de bicicletas y carros a caballo.


En 1898 cuando tres años después de la muerte en batalla de José Martí terminó la guerra de la independencia contra Cuba, las tropas cubanas, los mambises, no pudieron entrar en Santiago de Cuba. Solo lo hicieron los efectivos del ejército norteamericano que había estimulado la independencia y se preparaba, sin interrupción alguna, para inaugurar la etapa neocolonial.


El 1° de enero, en su última advertencia exigiendo la rendición de las tropas de Batista y en medio de un paro general, Fidel dijo en un discurso: “Se quiere prohibir la entrada en Santiago de Cuba a los que han liberado a la Patria; la historia del 95 no se repetirá, esta vez los mambises entrarán hoy en Santiago de Cuba”.


Entraron y después Fidel ordenó a Ernesto Guevara y a Camilo Cienfuegos, sus principales comandantes antes de Raúl Castro, que en menos de una semana afirmaran la revolución para evitar un golpe preventivo o una maniobra que quitara el poder al Ejército Rebelde.


El 6 de enero él mismo llegó a Santa Clara. En una casa recibió a Carlos Lechuga, un periodista que había apoyado la Revolución. En lugar de escuchar preguntas las hizo él. Quería saber cómo estaba el pueblo en La Habana. Después del intercambio sacó una conclusión.


Dijo Lechuga: “Es necesario que el pueblo no tan sólo te escuche, sino te vea. La gente está ávida de ti. Hemos hecho preparativos para transmitir por televisión el acto del parque, digo, si estás de acuerdo”.


Acordó Fidel: “¡Cómo no! Oye, eso es un palo periodístico que te vas a apuntar. Seguro que te aumentan el sueldo. Este discurso es importante. ¿Cuáles tú crees Lechuga, que son los problemas principales? No debe ser un discurso para elogiar al pueblo. En estos momentos, en que todavía hay alguna incertidumbre, hay que decirle al pueblo también cuáles son sus deberes. Hay que decirle que la Revolución tiene que ser la obra de todos, sólo así tendremos el triunfo definitivo”.


Un rato después salió al parque Leoncio Vidal, unos cientos de metros hacia arriba de Marta Abreu, cerca de la esquina que hace unas horas pintaban los cubanos y miraban los rusos.


Dijo Fidel el 6 de enero de 1959: “Desde que el pueblo manda hay que introducir un nuevo estilo: ya no venimos nosotros a hablarle al pueblo, sino venimos a que el pueblo nos hable a nosotros. El que tiene que hablar de ahora en adelante, el que tiene que mandar de ahora en adelante, el que tiene que legislar de ahora en adelante, es el pueblo. Si el pueblo supo ganar la guerra, que era difícil, ¿por qué no va a saber gobernar ahora?”.


Cuando terminó de hablar siguió camino a La Habana. Hoy el camino final es el contrario. Los restos vienen de La Habana.
Se escuchan los primeros gritos a cientos de metros. “Yo soy Fidel”, “Yo soy Fidel”, “Yo soy Fidel”. Se van reproduciendo a medida que avanza la caravana con las cenizas. Los cubanos miran. Serios. Concentrados. Agitan banderas. Lloran. Es un instante. El cortejo verde oliva seguirá hacia el parque Vidal, le dará la vuelta y, después de la noche compartida entre el Che y Fidel, completará su camino a Santiago.

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Martes, 29 Noviembre 2016 06:50

Lecciones de Fidel

Lecciones de Fidel

Realizar el sueño de Martí anunciando que venía “una revolución nueva” fue un decir y hacer del Manifiesto del Moncada y del proceso revolucionario cubano. Desde entonces las expresiones personales o colectivas de Fidel y sus compañeros del 26 de Julio, y, después, del nuevo Partido Comunista Cubano, lograron una identidad entre la palabra y el acto que es necesario entender, pues si no, no se entiende nada.


La realidad es más rica que la palabra, y ya enriquecida, ésta vuelve a enriquecerse con lo nuevo que deja ver el pensarla y hacerla. Así, en la expresión del párrafo anterior se trae a la memoria un sueño, el de José Martí, quien será realmente considerado como “autor intelectual de la revolución cubana”.


Es un sueño del pasado, pero es un sueño que anunció una revolución nueva en la que, con otros héroes e intelectuales cubanos, tendrían también fuerte presencia Marx y Lenin, y en que al socialismo de estado, encabezado entonces por la URSS, la República Popular China y múltiples movimientos de liberación nacional, Fidel y la Revolución Cubana añadirían objetivos y valores fundamentales –martianos-, en los que no sólo destaca la moral como reflexión ética sino como moral de lucha, como arma contra la corrupción, como meta para la cooperación, la solidaridad, y la mente. Esos sueños, renovados una y otra vez, buscaron y buscan superar, en todo lo que se puede, el “individualismo”, el “consumismo”, el “sectarismo” y la “codicia”, enemigos jurados de los oprimidos y explotados de la Tierra.


En algo no menos importante se diferenció la Revolución Cubana, y es que en su paso por el socialismo de estado, siempre se empeñó en lograr que sucediera a la insurrección y a la guerra de todo el pueblo un socialismo de estado de todo el pueblo. Ese objetivo planteó varios problemas ineludibles, entre ellos, la necesidad de combinar las organizaciones jerárquicas centralizadas y las descentralizadas, con las autónomas y horizontales, en que las comunidades del pueblo ejercieran una democracia directa y otra indirecta nombrando a candidatos que sin propaganda alguna merecieran la confianza de quienes los conocían.


Allí no quedó el empeño. Como reto para realizarlo se planteó, ante la opresión y la enajenación, la necesidad de animar los sentimientos, la voluntad y la mente de los insumisos, para que hicieran suyo el nuevo arte de luchar y gobernar. Al mismo tiempo las propias vanguardias buscaron liberarse de los conceptos dogmáticos que sujetaban al pensamiento crítico y creador.


Al desechar el “modelo de la democracia de dos o más partidos entre los que elegir”, un “modelo” que originalmente sirvió a aristocracias y burguesías, para compartir el poder, el Partido Comunista Cubano tampoco siguió los modelos de la URSS y China. A impulsos del Movimiento del 26 de Julio, que a raíz de su triunfo decidió disolverse, al Partido Comunista Cubano le fue asignado el objetivo de asegurar y defender la Revolución de todo el pueblo, con la participación y organización de sus trabajadores, campesinos, técnicos, profesionales, estudiantes y en general con la juventud rebelde.
La lógica de organizar el poder del pueblo estuvo muy vinculada con la de hacer fracasar cualquier intento de golpe de estado, invasión o asedio, lo que se probaría a lo largo de más de medio siglo, frente a las reiteradas incursiones del imperialismo y frente al criminal bloqueo que habría hecho caer a cualquier gobierno que no contara con la inmensa mayoría del pueblo organizado.


Si en la invasión de Playa Girón y a lo largo de su desarrollo Cuba contó con el apoyo de la URSS y del campo socialista, ni la estabilidad de su gobierno ni las reformas y políticas revolucionarias que logró emprender se habrían realizado si el gobierno de todo el pueblo hubiera sido suplantado por un régimen autoritario, burocrático o populista. El gobierno del pueblo cubano no sólo mostró ser una realidad militar defensiva, sino particularmente eficaz en el impulso a la producción, a los servicios –que en medio de grandes trabas y errores inocultables—logró grandes éxitos, muchos de ellos reconocidos como superiores a los de países “altamente desarrollados”.


A las garantías internas y externas de la democracia de todo el pueblo, de su coordinación y unidad necesarias, se añadió el carácter profundamente pedagógico y dialogal del discurso político, y todo un programa nacional de educación, que iba desde la alfabetización integral –literal, moral, política, militar, cultural, social, económica y empresarial- hasta la educación superior y el “impetuoso desarrollo de la investigación científica”.


Es cierto que en todos esos ámbitos, el movimiento revolucionario enfrentó problemas que no siempre pudo resolver, o resolver bien; pero en medio de los más de 50 años de criminal bloqueo y de incontables asedios por parte del poderoso vecino del Norte, de las corporaciones imperialistas y su complejo militar-empresarial, político y mediático, y tras la restauración del capitalismo en el inmenso campo socialista, Cuba fue y es el único país que mantiene su proyecto socialista de un “mundo moral”, o de “otro mundo posible” como se acostumbra decir, o de “otra organización del trabajo y la vida en el mundo” como dijo el clásico.


Entre las nuevas y viejas contradicciones, Cuba sigue hasta hoy poniendo en alto un socialismo que, con Martí presente, es respetuoso de todos los humanismos laicos y religiosos. Es más, Cuba sigue haciendo suya la lucha contra el poder de los dictadores y contra la opresión y explotación de los trabajadores, sin que por ello haya olvidado la doble lucha, que sus avanzadas propusieron desde el l959: “una rebelión contra las oligarquías y también contra los dogmas revolucionarios”.
Si en tan notables batallas hay contradicciones innegables, no por eso han dejado de oírse, y en parte de atenderse, enérgicas reconvenciones que con frecuencia han hecho Fidel y numerosos dirigentes históricos de la Revolución contra corrupciones, incumplimientos, abusos, que con la economía informal y el mercado negro, han sido y son –hoy más que nunca- el peligro estructural e ideológico más agresivo, que renueva y amplía la cultura de la tranza, del individualismo y el clientelismo, de la corrupción, la cooptación y la colusión.


No es cosa de referirse aquí a todo lo que frente a las incontables ofensivas, nos enseñan Fidel y la Revolución Cubana para la emancipación de los seres humanos y para la organización del trabajo y de la vida en la tierra. Ni es cosa aquí de profundizar en las lecciones que nos da un líder como Fidel que se negó a que se hablara de “castrismo”, y que logró frenar todo culto a la personalidad. Pero si hasta para sus enemigos a menudo resulta imposible acallar el respeto que se ven obligados a tenerle, no son de olvidar tantos y tantos actos de su vida que se inscriben en un reconocimiento necesario.


Este enunciado de algunas lecciones de Fidel que aparecen en sus discursos y no sólo en sus numerosas contribuciones a la Revolución Cubana, quiere ser más bien un ejercicio de pedagogía por el ejemplo, un llamado que preste atención a aquéllos modos de pensar, actuar, construir, luchar y expresarse, que permiten comprender por qué, tras la restauración del capitalismo en el “campo socialista”, con la firmeza de Fidel y del pueblo cubano, sólo la pequeña Isla de Cuba ha logrado mantener la verdadera lucha socialista, que incluye la democracia como gobierno de todo el pueblo, y como reorganización de la vida y el trabajo por una inmensa parte de trabajadores y ciudadanos organizados. Y en esa lucha, que va a las raíces de la condición humana, se cultiva y defiende el respeto a los distintos modos de pensar y creer de laicos y religiosos, con búsqueda permanente de la unidad en medio de la diversidad de insumisos y rebeldes y con una clara postura martiana y marxista.


Precisar –con otros muchos-- los pensamientos compartidos por Fidel y por las masas revolucionarias del pueblo cubano, es adentrarse en una historia particularmente rica de un pueblo en lucha por la emancipación. Fidel, el “Movimiento 26 de Julio” y el pueblo cubano son sucesores de vigorosas proezas rebeldes en las que destaca, la de Maceo, héroe primero de la larga lucha por la independencia y por la libertad, a la que siguió, como gran revolucionario, muerto en batalla, uno de los pensadores más profundos y precisos de la historia universal, como fue José Martí, expresión máxima del liberalismo radical, pues no sólo fue uno de los primeros en descubrir el imperialismo como una combinación del colonialismo y el capital monopólico, sino en descubrir los lazos de los movimientos independentistas de su tiempo con las luchas de los pobres y los proletarios, posición que lo hizo sumarse a los homenajes póstumos a Carlos Marx por haber sido éste, como dijo “un hombre que se puso del lado de los pobres”.


Fidel, y el Movimiento 26 de Julio vienen de esa cepa. En su pensar y luchar los acompaña incluso la inteligencia de aquellos teólogos que destacaron en la Habana de fines del siglo XVIII y principios del XIX, y que son un antecedente de la teología de la liberación... En las conversaciones de Fidel con Frei Betto y en numerosos actos en que el problema religioso se planteó, Fidel dio amplias muestras de un gran respeto al humanismo que se expresa en la religión cristiana y en otras religiones. Ese respeto es hoy más necesario que nunca, pues corresponde a una de las viejas y nuevas formas de la liberación humana, en lucha por el derecho a lo diferente, por la igualdad en la diversidad, ya sea de religiones o de posiciones laicas, o de variaciones de razas y de sexos o de afinidades sexuales, o de edades y nacionalidades. Bien lo dijo Fidel muchas veces: “No somos antiamericanos. Somos antiimperialistas”.


Orientarse en las lecciones de Fidel para entender y actuar en la emancipación humana, contribuye a desentrañar lo que sus palabras tienen de ejemplar y de actos para pensar y actuar en circunstancias similares, captando lo parecido y lo distinto, e incluso el quehacer del “hombre concreto que se es y que se descubre a sí mismo”, como dijo Armando Hart.
Con ese objetivo de comprensión y acción, cabe señalar --a manera de profundizar en el hilo del pensamiento--, lo que las lecciones de Fidel tienen de metas y valores: 1º para la organización, 2º para la estrategia y la táctica, y 3º para el juicio favorable o contrario a la emancipación en que se defienden y renuevan concretamente las verdaderas metas de la lucha.
El discurso político de Fidel ha sido –insistimos y precisamos otra gran tarea-- para que pueblo y trabajadores puedan defender y participar cada vez más, en la organización y marcha de un estado de todo el pueblo. El objetivo de organización se mantuvo y mantiene en más de medio siglo de bloqueo del imperialismo, y se inscribe en una cultura de la confrontación y de una concertación, que sin aferrarse a la lucha abierta, y sin ceder en los principios en “la lucha suave”, parece caracterizar a los procesos revolucionarios de nuestro tiempo. Tanto la práctica de la confrontación como la de la concertación implican medidas de organización de la moral, de la conciencia y de la voluntad colectivas. Suponen también un claro planteamiento de que la concertación puede darse en medio de conflictos y en medio de una lucha de clases que sigue incluso cuando parecen predominar los consensos. La experiencia de Cuba a ese respecto es inmensa, y no sólo en defensa de su propia revolución y por los variados enfrentamientos y acuerdos con Estados Unidos, sino por haber participado en la guerra de Angola contra el ejército del antiguo país colonialista y racista de África del Sur, --el más Poderoso del Continente-, y tras haber ayudado a su derrota, y haber logrado que se sentara en la mesa de negociaciones hasta llegar a un compromiso de paz. Si la historia de la guerra y de la paz en África, con un inmenso destacamento de fuerzas cubanas dirigidas por Fidel desde La Habana, es una de esas formas de la realidad que superan la imaginación, también es otra experiencia, que junto con la resistencia inconcebible a un bloqueo de más de cincuenta años confirma la capacidad de Cuba para actuar en una historia en que como la de Colombia, también combina un proceso revolucionario que alterna confrontaciones y concertaciones. Si semejante posibilidad está y estará llena de incógnitas, nada impide explorar los nuevos terrenos de la guerra y la paz en un mundo cuyo sistema de dominación y acumulación se encuentra en crisis terminal.


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Las lecciones Fidel en el juicio de las conductas seguidas son también particularmente creadoras y fecundas en la crítica de aciertos y desaciertos, y no sólo de conductas políticas o morales --con llamados de atención, dictámenes favorables o desfavorables, aprobaciones y reprobaciones, elogios y estímulos, sino, con sus reflexiones sobre las mejores formas de actuar para alcanzar las metas emancipadoras.


En cualquier caso es indispensable tener presente que las lecciones de Fidel, incluso cuando a primera vista suenen a veces como meras formas de hablar, obvias o elementales, encierran a menudo formas de incesante conducta real antes desacostumbrada, antes desentendida y desoída como guía de la acción que se vive, y que sólo aparece con la vinculación de la palabra y el acto. Con esa amalgama se hace la historia.


En aquél discurso que Fidel pronunció la noche del 8 de enero de 1959, a su llegada a la Habana, dijo entre sus primeras palabras: “...la tiranía ha sido derrocada. La alegría es inmensa...Y sin embargo queda mucho por hacer todavía. No nos engañamos creyendo que en lo adelante todo será fácil: quizás en lo adelante todo sea más difícil...” Y a esa afirmación que podía frenar el ilimitado entusiasmo reinante añadió, más como explicación que como excusa: “Decir la verdad es el primer deber de todo revolucionario...” Aclaró lo que entraña no engañar ni engañase. “¿Cómo ganó la guerra el Ejército Rebelde? Diciendo la verdad. ¿Cómo perdió la guerra la tiranía? Engañando a los soldados.” El mensaje era la primera lección del arte revolucionario de gobernar para ganar. No engañar al pueblo ni dejar que el pueblo se engañe con los triunfos. Y tras narrar, como ejemplo, en qué forma, decir la verdad, había servido para el triunfo del ejército rebelde, concluyó: “Y por eso yo quiero empezar –o mejor dicho, seguir—con el mismo sistema, el de decirle al pueblo siempre la verdad.”.


La práctica de la verdad y la práctica de la moral serían los valores y los medios de una lucha revolucionaria, que además organizaría su legítima defensa, frente a las tradicionales ofensivas de “la zanahoria y el garrote”, de la corrupción y la represión permanentemente renovadas y armadas por la oligarquía y el imperio. Tanto la verdad como la moral practicadas serían constitutivas de un proceso que necesariamente tendría que armarse para defenderse.


En aquel discurso en la Plaza de la Revolución en que Fidel empezó a definir cómo sería la democracia en Cuba, y en aquella plaza donde había un inmenso “lleno” de guajiros y de trabajadores de la caña, de las fábricas y de los servicios, Fidel le preguntó al pueblo: “En caso de tener que escoger, ¿qué preferirían? ¿Un voto o un rifle?” Y se oyó un grito gigantesco: “¡Un rifle!” El clamor vehemente y el gozo inmenso de la multitud, determinó la meta y la organización de un ejército y un estado del pueblo y de los trabajadores. De paso expresó la temible dificultad que para los imperialistas presentaría invadir a Cuba...Fue esa una de las primeras clases para aprender a tomar decisiones. Planteó, además, uno de los más difíciles problemas a resolver: el de la lucha política y armada de todo el pueblo, y el de la construcción de un estado de todo el pueblo, con mediaciones que de por sí eran distintas a las mediaciones de los estados de corporaciones y complejos, pero que requerían combinar a la vez los conocimientos especializados que se trasmiten en institutos y universidades con el saber de los pueblos. Lograr una decisión acorde con el proyecto del estado del pueblo, y lograrla con el saber del pueblo y con el uso óptimo de los conocimientos técnicos y científicos más avanzados sería a lo largo de toda la historia cubana, una de las principales tareas de toda la población militante y trabajadora con sus distintas especialidades y conocimientos. En ella el aprender a aprender fue y es una experiencia muy rica para cada uno y todos los participantes.

En ella también destaca la organización de un estado y un sistema político que para ser de todo el pueblo y para ser a la vez eficaz en la defensa, en la producción, en la distribución, en el intercambio, en los servicios tiene que plantearse constantemente el problema de la libertad y la disciplina sin que una avasalle a la otra ni disminuya su respectivo peso en las argumentaciones y las decisiones. A ese objetivo –que necesariamente debe vencer muchas contradicciones-- se añaden combinaciones de estructuras y comportamientos que tradicionalmente se plantearon como opuestos. Para funcionar en el interior de la Isla y en sus relaciones internacionales, el estado del pueblo revela una necesidad ineludible el combinar las organizaciones coordinadas con las jerárquicas centralizadas y descentralizadas; el combinar la democracia directa con la democracia representativa, de donde deriva el problema del Estado de todo el pueblo y del Partido Comunista de la Revolución Nueva, Martiana y Marxista, con militantes cuyos méritos comprobados puedan ser confirmados una y otra vez y cuya misión consiste en lograr el mejor funcionamiento y coordinación de las fuerzas y empresas estatales, y en la defensa e impulso de una revolución democrática y socialista, de veras nueva por sus prácticas y principios, por su moral comprobada en la conducta, y por “su hablar a la conciencia del hombre, al honor del hombre, a la vergüenza del hombre...”


Las contradicciones que en el proceso necesariamente aparecen corresponden por un lado a las de una “clase subordinada” –como diría Gramsci-; pero subordinada al Poder del Pueblo y no al de las corporaciones, y en que al motor moral e ideológico de exigencias ejemplares en sus miembros, se añaden los oídos y los ojos del propio pueblo, organizado desde las asambleas locales hasta la Asamblea Nacional del Poder Popular.


Si en todo este proceso, la moral de lucha y cooperación es fundamental, precisamente lo es porque se trata de hacer una “revolución nueva” como dijo el Manifiesto del Moncada, cuyo propósito vital consiste en “realizar el sueño irrealizado de Martí”, y en la que “...lo decente y lo moral es raíz fuerte y poderosa de lo revolucionario recordando que la base de la moral está en la verdad” como también señaló Fidel en su lección sobre la vanguardia. “La vanguardia – sostuvo—trasmite con su acción y su pensamiento, la teoría, la ideología revolucionaria que viene de un marxismo no sólo aprendido de los libros sino de las experiencias propias en la vida”. Y en relación al conocimiento, desde los inicios de la Revolución, Fidel precisó que como parte esencial, el método del saber y el hacer se apoya en el saber anterior del pueblo y en el que adquiere en el curso de la lucha, como había dicho el “Ché”.


Es cierto que al destacar palabras y actos a los que ninguna revolución había dado semejante peso ni en sus teorías, ni en sus ideologías, ni en su práctica, es necesario añadir dos comentarios más que de ellas derivan: uno es que representan no sólo a la nueva revolución que se inicia en Cuba, sino a la que debe plantearse en el mundo entero –con el pensar y el hacer de la inmensa variedad de pueblos, naciones y condiciones en la lucha de clases.


Dominar totalmente la actual desesperanza que deriva del fracaso de reformas y revoluciones que dieron al traste con la moral como filosofía vital y como práctica colectiva e individual, es sin duda el camino que habrá de seguir la Humanidad para salir de esa terrible desesperanza que señaló recientemente Noam Chomsky en palabras precisas.


Superar la desesperanza es la nueva batalla y en ella Fidel con Cuba tienen otra gran experiencia que ofrecer a la Humanidad. A partir de movimientos como el de Cuba, y tomando en cuenta el estado actual de las luchas, de las organizaciones y de la conciencia rebelde, como en el llamado del Moncada, se ha vuelto necesario plantear en el mundo entero una Revolución realmente nueva. Y si en Cuba encontramos logros increíbles alcanzados en la lucha por una independencia, un socialismo, una democracia y una libertad de veras, y vemos que en ella hay aún serias limitaciones a superar, en ella encontramos también lo más avanzado que en la organización del trabajo y la vida ha alcanzado la Humanidad. Cualquier intento por salir de la desesperanza necesitará más pronto de lo que nos imaginamos tomar en cuenta las aportaciones de Cuba para la organización de otro mundo posible Y al hacerlo encontrará confirmada la aportación de Cuba a una nueva revolución democrática y socialista, leyendo la sentencia que se dictó contra los intentos conspirativos de un grupo que bajo los auspicios de la URSS pretendió organizar un Estado y un Partido como los que –en su largo ocaso—la URSS implantó en los países satélites y en su propia tierra.


Abordar el problema en relación al debate que se da sobre la democracia directa y la representativa, y de la Revolución social en que los pueblos se organicen en formas puramente horizontales, es fundamental para advertir el sentido que Fidel ha dado a una y otra posición en el curso de sus palabras y sus juicios.


Entre los problemas que plantea la alternativa uno es el que se refiere a las limitaciones y contradicciones internas de los propios partidos y organizaciones comunistas, socialistas, populares y de liberación nacional o regional. Es cierto que el control de los gobiernos por los pueblos es la solución fundamental pero que su organización debe hacerse, a sabiendas –entre otras fuentes—de lo que le dijo Fidel en Chile a una inmensa multitud, cada vez más presionada por los agentes provocadores de la CIA, por los “maoístas”, ya infiltrados de arriba abajo, y por organizaciones supuestamente más radicales que la Unidad Popular encabezada por el Presidente Allende. Cuando Fidel, tras un emocionante discurso en la Plaza Municipal de Santiago, ya tenía ganada a la multitud y levantando la mano y la voz le preguntó animoso: “¿Ustedes creen que el pueblo se equivoca?” y el pueblo le contestó con un clamoroso ¡NOOOOOO! Fidel le contestó a toda voz, como si estuviera conversando: “Pues fíjense que sí”. A lo que sucedió una inmensa risa solidaria contra los provocadores del golpe, y en apoyo a Fidel y la Unidad Popular.


Tiene razón Marta Harnecker cuando en su América Latina y el socialismo del siglo XXI a diferencia de lo ocurrido en el XX afirma que “debe ser la propia gente la que defina y fije las prioridades”, la que controle eficiencia y honestidad de un trabajo “no alienado” y de cualquier vicio burocrático, administrativista, centralista y autoritario. Ella misma hace ver que no estamos contra la democracia representativa sino contra la que no es representativa de los trabajadores y las comunidades. Marta Harnecker recuerda que Marx plantea que hay que descentralizar todo lo que se pueda descentralizar, y sostiene con razón que el estado que tiene fines sociales lejos de debilitarse se fortalece con la descentralización. Hoy, en México, el zapatismo por su lado ha realizado el máximo empeño para que los pueblos y comunidades aprendan a gobernar y para que el estado del pueblo se integre de tal modo al pueblo que ya no se pueda hablar del estado sin referirse al pueblo, y a las comunidades, no sólo organizadas en formas coordinadas y jerárquicas, sino en redes de resistencia, cooperación y “compartición”, que dominen las artes y las ciencias así como el saber popular, y que a la cultura general del aprender a aprender y a informarse añadan conocimientos especializados, que puedan cambiar si lo quieren a lo largo de la vida. Por su parte ese gran pensador que fue el comandante bolivariano Hugo Chávez hizo particular énfasis en que “sin la participación de fuerzas locales, sin una organización de las fuerzas desde abajo, de los campesinos y los trabajadores por ellos mismos, es imposible el construir una nueva vida”. La Venezuela del Presidente Nicolás Maduro hizo realidad ese objetivo, al organizar sus fuerzas desde abajo, dispuestas a dar la vida para defender su independencia, su libertad y su proyecto socialista...Por eso precisamente la oligarquía y el Pentágono, no pudieron realizar el “golpe blando” que tanto prepararon en todos los terrenos contra el pequeño pueblo del Caribe, rico en petróleo..

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En el párrafo citado, Chávez recuerda que el proyecto del control del poder por las comunidades, fue el de los soviets con que Lenin quiso estructurar el estado de los trabajadores y las comunidades de la Unión Soviética, y añadió con razón que con el tiempo, la URSS “se convirtió en una república soviética sólo de nombre” y, ahora, hasta el nombre se ha quitado.
Si tras esta exploración del cuerpo político y revolucionario del siglo XXI volvemos a las lecciones de Fidel, recordamos aquélla, entre muchas, más con que queremos dar término a este breve recuento. En el juicio a Escalante y a propósito de las intromisiones de la Unión Soviética -que en tantos otros casos apoyó a Cuba, pero que no por su solidaridad tenía derecho alguno de patrono-, el pensamiento de Fidel, del Fiscal, del Partido, y de Cuba Revolucionaria precisó claramente lo que la Revolución en esa Isla es dentro de la historia universal y por lo que puede contribuir tanto --con sus experiencias—a la historia universal.


Con el juicio a Escalante y su grupo se derrotó deliberadamente la intención de hacer de Cuba un satélite de la URSS. La sentencia del Fiscal expresó todas las lecciones de Fidel al rechazar las falsas acusaciones de Escalante y su “grupo de conspiradores” que se habían vuelto agentes de la Gran Potencia. El Fiscal, en su sentencia, negó terminantemente la falsa acusación de los conjurados contra el gobierno cubano de que estaba persiguiendo a los miembros del antiguo Partido Comunista, antes llamado Partido Socialista Popular, y afirmó que no sólo gozaban éstos de todo respeto sino que se les consideraba como miembros activos de la Revolución. El Fiscal denunció calumnias miserables, como que había un frente antisoviético y tachó de serviles a quienes lanzaban tales infundios. Y lo más importante, se expresó en un párrafo en que se advierte que las lecciones de Fidel ya se habían vuelto lecciones de colectividades, Ese párrafo decía “Lo que no nos perdonan estos enanos es ser capaces de pensar y actuar independientemente, al apartarnos de los clisés de los manuales, lo que no nos perdonan es la fe en la capacidad de nuestro pueblo para seguir su camino, la decisión de dar nuestro aporte a la causa revolucionaria.” Y añadía: “Nadie puede endilgarnos el calificativo de satélites y por eso se nos respeta en el mundo. Y ésta nuestra práctica revolucionaria, es una actuación conforme al marxismo—leninismo, a la esencia del marxismo-leninismo”, una esencia que concretamente deriva de la acción y la reflexión del pensar y el hacer revolucionario en el acá y el ahora y no en el antes y el allá.


Si la situación crítica del mundo y de sus alternativas ha sembrado la desesperanza, hay grandes experiencias para la organización de la libertad, de la vida y el trabajo en otro mundo posible y necesario. Entre ellas destaca la Cuba marxista y martiana.


Podríamos detenernos en muchas otras lecciones fundacionales, precisarlas y ampliarlas, pero en la imposibilidad de incluir su inmenso número y de analizar con detalle las formas de actuar a que las lecciones conducen, voy a destacar algunas más, relacionadas con las motivaciones y acciones conducentes al logro de las metas revolucionarias.


Fidel –en sus reflexiones y acciones- plantea una lucha, una construcción y, una guerra integral que incluye los problemas empresariales, militares, políticos, ideológicos y culturales, así como los de la comunicación y la información. Aquí las lecciones adquieren un carácter de tal modo colectivo que sólo se pueden expresar como obra de la Revolución y de las crecientes avanzadas de un pueblo que venía del “Estado del Mercado Colonial” y del “Complejo empresarial-militar-político y mediático” y que así como lo dejaron, con la cultura que lo dejaron, con la moral que en a muchos de sus miembros enajenados dejaron --a muchos de sus miembros enajenados--, con el analfabetismo integral que a tantos de ellos la opresión les impuso, y, eso sí y también con numerosísimos contingentes de admirable resistencia moral, intelectual y colectiva, que entre todas esas desigualdades, frenos y también virtudes innegables, inició la marcha de la emancipación y aprendió, con las juventudes revolucionarias, a aprender mucho de lo que su memoria y saber ignoraban, y que él y las juventudes fueron haciendo suyo.


La construcción del nuevo poder se inició al mismo tiempo en el estado, en el sistema político, en la sociedad, en la defensa integral, en la cultura y la economía, en la información y la comunicación, el arte y la fiesta. Adentrarse en ella puede empezar por la construcción y la transición a un estado del poder del pueblo. En ese terreno Ricardo Alarcón de Quesada ha escrito –con toda experiencia- un libro sobre Cuba y su lucha por la democracia. En ese y muchos otros escritos puede verse que al objetivo de la democracia como poder (Kratia) del pueblo (Demos) en un Estado-Nación corresponde necesariamente a una variante historia de la lucha de clases y por la independencia. Entre las variaciones más profundas de esa historia se encuentra el “Período Especial” tras la disolución del bloque socialista, y el que hoy vive Cuba con el paulatino cese del Bloqueo a que la sometió Estados Unidos.


Hoy, más que nunca, la principal defensa del proceso revolucionario cubano consistirá en la atención creciente a la democracia integral, y en ella a la organización permanente del diálogo y la interacción entre sus miembros, como tarea prioritaria. Nuevamente, la democracia de todo el pueblo será el arma más poderosa con que cuente Cuba. ¡Vencerá! ¡Venceremos!


Por Pablo González Casanova es Ex rector de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Alainet

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