Martes, 02 Junio 2020 06:06

Cine Fake

Cine Fake

La cultura de las falacias es una pandemia... también

Abunda en la industria cinematográfica la tendencia “Fake”, no pocas veces disfrazada de “ficción” e incluso de “documental”. “Todos mienten” dice el Dr. House en la “teleserie” con el mismo nombre. Eso incluye a la catarata de “series televisivas” de moda. Si hubiese una auditoría ética para la producción cinematográfica, en la que primara el rigor de la verdad, basado en evidencias y documentos certificados, quedarían en pie muy pocas “realizaciones” industriales o “independientes”. No caben aquí los nombres de los productores y directores cómplices de esta pachanga. Manipulación simbólica en pantalla. Sálvense todas las excepciones, que las hay y muy honrosas.

Buena parte del negocio basado en hacer películas pertenece a la maquinaria de guerra  ideológica responsable de infestar audiencias con el “sentido común” de la mentalidad burguesa. A esa identidad pertenece casi toda la producción de cine bélico, las historias fílmicas de “vaqueros contra indios”, cierta retahíla de “biografías fílmicas” y, desde luego, el “american way of life” en comedias, relatos románticos o “trillers” con su siempre “Fake” de idolatría por la “justicia”, los tribunales, los detectives y la policía. Sin faltar la industria del “porno”.

No se cometerá aquí el improperio de reducir todo cine (o toda realización artística) a un amasijo de falsedades condenando la imaginación libre a una pataleta “conspiranoica”. Muy lejos de esa emboscada. Todo lo contrario, es necesaria una reivindicación emancipadora de las herramientas de producción creativa y de las relaciones de producción para la imaginación, sin la dictadura semántica de la ideología dominante. Tampoco se perpetrará aquí la insolencia de culpar a las víctimas que “consumen” la industria cinematográfica “Fake”, sin tener a mano los dispositivos críticos necesarios que la Educación Pública debe proveer y que hasta hoy, dicho con suavidad, es escandalosamente insuficiente.

Se trata de poner al desnudo el andamiaje ideológico, subordinado por la lógica mercantil, para adulterar toda relación con la realidad -desde los procesos del conocimiento hasta su enunciación- en los soportes de la “cultura de masas”. Y ahí reina la mentira. Hay que recordar siempre que el capitalismo es un sistema económico e ideológico basado en mentirle a los trabajadores sobre la producción de la riqueza. La plusvalía es una realidad pasteurizada por la lógica “Fake” del sistema. El reformismo es una “fake” sistematizada para esconder la lucha de clases que es “el motor de la historia” y la madre de todas las batallas.

Son unos cuantos los dueños de la industria cinematográfica dominante. (“…Algunos empresarios, como Adolf Zukor y Marcus Loew (fundadores de la Paramount), comenzaron su carrera explotando salas de exhibición, antes de volverse productores. Los que siguieron absorbieron simultáneamente las redes de distribución y de explotación. Esta combinación entre el star system y la integración vertical dio nacimiento a los grandes estudios de Hollywood (Metro Goldwyn Mayer, Warner Bros., 20th Century Fox, Paramount, United Artists, RKO, etc.).”[1] Añádase Netflix y sucedáneas. De sus “modelos de negocio”’ salen los “guiones” que filmarán escenas de todo género, adaptadas a los intereses del negocio y del “sistema”. Ahí se decide cómo se tratará el amor y el desamor, la riqueza y la pobreza, la justicia y el delito. Ahí se eligen -e imponen- los estereotipos “raciales”, laborales, religiosos y sexuales. Quién gana y quién pierde. Ahí se estudian las “audiencias” o “target”, y también los ritmos de la circulación de la obra en las salas cinematográficas que están monopolizadas. Ahí se decide la “verdad” y la mentira. Sus disfraces y sus retruécanos. Mientras comemos “pop corn” o “nachos”. Un cantante mexicano, paladín de la cursilería, de quien aquí no se hará publicidad, compungía la voz para decir melodiosamente: “miénteme más que me hace tu maldad feliz”.

No diremos que la “pandemia” de “Fake” ocurrió sin darnos cuenta. Ha sido un proceso largo. Hace tiempo que se ensayan los mecanismos de infiltración y se han desarrollado todas las estrategias, que el talento opresor ha tenido, para sembrarnos en la cabeza falacias que se hicieron “verdades” a fuerza de repetirlas e invisibilizarlas. Muchas de ellas llegaron a nuestras vidas en forma de “entretenimiento”. Aceptamos los dichos de las “autoridades” (religiosas, gubernamentales, militares y académicas) como verdades; aceptamos que nadie somos para poner en duda el relato hegemónico y que más nos vale ser dóciles ante el discurso del poder si queremos llevar “la fiesta en paz”. Entramos a la era de la “pos-verdad” arriados por los perros pastores mediáticos. Entramos al campo del disfrute por el engaño porque interpelar a “la voz del amo” exige esfuerzos, compromisos e incomodidades ajenas, sensiblemente, al confort del rebaño. Y nos derrotaron, a punta de falacias, también. “Por el engaño se nos ha dominado más que por la fuerza[2] dijo Simón Bolivar. 

Llegamos al punto, necesario, de tener que generar un movimiento planetario para frenar a pandemia de falsedades generadas por la industria de las mentiras. En todas sus modalidades. Pero lo asimétrica que es la batalla contra las “Fake” no impide advertir sobre su necesidad en los terrenos más patentes y más latentes. En lo que se ve y en lo que no se ve. En las superficies y en las profundidades. En la diversidad de todo engaño y en la abundancia de técnicas desplegadas para eso. La lucha no es sólo contra casos aislados, la lucha es contra una sistema de mentiras diseñado para dominar la economía y la ideología. En su tratado de Semiótica General, Umberto Eco la define como “la disciplina que estudia todo lo que puede usarse para mentir” pero necesitamos, además de estudiar las falacias, combatirlas. No podemos dedicarnos sólo a desactivar casos específicos, hay que ir a las fuentes teóricas y prácticas de los fabricantes de “Fakes”. Y no hay punto de reposo. De verdad.

[1]https://www.insumisos.com/diplo/NODE/686.HTM

[2]http://www.archivodellibertador.gob.ve/escritos/buscador/spip.php?article9987

Por Fernando Buen Abad Domínguez | 02/06/2020

Publicado enCultura
https://razonpublica.com/elecciones-2018-empezaron-las-coaliciones/

La emergencia de demandas populares reprimidas por la guerra, expresadas en las protestas sociales y en el fenómeno electoral de Gustavo Petro, ha producido una coyuntura similar al establecimiento del Frente Nacional: igual que tras la pacificación de Rojas Pinilla (1953-57), las clases dominantes buscan conjurar la potencial articulación del pueblo como sujeto político y, ante el declive del uribismo, parecen encontrar un nodo articulador en el “centro”.

 

La aparente contradicción entre violencia endémica y continuidad de las instituciones de la democracia liberal, característica de la historia colombiana, tal vez se explica por un tercer elemento que también le es singular: la sistemática exclusión del pueblo del ámbito público-político. Siempre que el sujeto político pueblo se intentó articular para intervenir en esa esfera fue expulsado, muchas veces de forma violenta, por los agentes que se autoperciben como sus naturales y exclusivos ocupantes: las clases dominantes o élites.

La Junta de notables de Santafé se impuso sobre los chisperos de Carbonell en 1810, la coalición de “constitucionales” que vinculó liberales y conservadores derrocó a Melo y desterró sus bases artesanales en 1854. Aquí no hubo grandes reformas como en el México decimonónico, ni revoluciones liberales a principios del siglo XX como las de Alfaro en Ecuador o Pando en Bolivia. El populismo, que amplió sustancialmente las comunidades políticas e incluyó los sectores populares en Brasil con Vargas, México con Cárdenas y Argentina con Perón, no echó raíces en estas tierras: el pueblo articulado por Gaitán fue convertido en una masa informe el 9 de abril de 1948 y, una vez aniquiladas las guerrillas gaitanistas, sobre ella se erigió el régimen excluyente del Frente Nacional.

En su momento, la exclusión de las terceras fuerzas –el MRL, la Anapo, etcétera– y el carácter ultrarepresivo de los gobiernos bipartidistas alimentaron la violencia revolucionaria. Una vez finalizado formalmente el pacto, la exclusión se prolongó en la práctica del genocidio agenciado por el Estado y el paramilitarismo, en particular pero no exclusivamente contra la UP, incluso con posterioridad a la Constitución de 1991. La mano dura de Uribe, auspiciada por las clases dominantes con el fin de apacigüar el país tras el escalamiento de la guerra desde mediados de los noventa, es en cierto sentido análoga a la pacificación operada por Rojas Pinilla a partir de 1953, de manera que hoy nos encontramos en un escenario similar al que enfrentaron las élites en 1957-58, cuando el dictador dejó de ser funcional a sus intereses, su creciente autonomía se conviritó en un problema y hubo que acordar una manera de monopolizar nuevamente el poder político.

Aunque los resultados electorales de 2018 apuntaban a la formación de un bloque hegemónico alrededor de Iván Duque, cuya victoria fue posible por la coalición de las fuerzas políticas tradicionales en contra de la articulación de demandas populares representada por Gustavo Petro, hoy el uribismo aparece como una fuerza en declive –con divisiones internas que se profundizan a medida que Uribe resta popularidad y suma rechazo en las encuestas–, mientras repunta como posible nodo articulador de los intereses de las clases dominantes el denominado “centro”.

Los avatares del centro político

Como acaba de mostrarse, las élites colombianas han sido más liberales que demócratas, pero la mayoría del tiempo la dominación de clase, descontando el filofascismo de un Laureano Gómez, ha adoptado una posición de centro. De hecho, la política en Colombia prácticamente no ha presentado experiencias radicales de izquierda ni de derecha: las reivindicaciones de las guerrillas, vistas por muchos como lo más radical, eran de cuño socialdemócrata. La única razón por la que nunca se formó una identidad política de centro, es porque no fue necesaria. En el contínuo izquierda-derecha, ése fue de facto y sin necesidad de proclamarlo el cómodo lugar de los dos partidos tradicionales, liberal y conservador, hasta su declive. La reivindicación del centro político se produce con ocasión de un fenómeno inédito en la historia reciente: la “polarización” posterior al Acuerdo de paz.

El cierre del prolongado conflicto armado motivó la emergencia de aquellas demandas proscritas del ámbito público-político tanto por la guerra, que exterminó la posibilidad del debate político, como por el predominio del centrismo entre las fuerzas políticas gobernantes. Entre 2012 y 2016, de la mano con el inusitado auge de las protestas y movimientos sociales, en la agenda pública se posicionaron una serie de demandas nunca resueltas que están en la raíz de los recurrentes ciclos de violencia: detener el despojo violento de la tierra y redistribuir su propiedad; resolver la pobreza y la desigualdad social extremas; acabar con la exclusión política vía genocidio; verdad, justicia, reparación y no repetición de los crímenes en el marco de la guerra, entre otras. En últimas, es este conjunto de demandas reprimidas por el conflicto las que se perciben, principalmente por sectores de derecha y de centro, como causantes de la “polarización”.

Para las elecciones presidenciales de 2018, el abanderado de muchas de estas demandas fue el candidato Gustavo Petro, no como una estrategia conciente sino por el hecho de que, ante la coalición del Polo Democrático con Sergio Fajardo y su fórmula, Claudia López, que se reclamaron como el centro, no hubo otra opción que las representara. De hecho, una de las tácticas de campaña del centro consistió en hacer equivalente a Petro con la derecha uribista de Iván Duque: ambos representaban los males de la “polarización”, que no solo impedía avanzar al país sino que amenazaba con destruirlo. Aunque inicialmente Fajardo y López erigieron una frontera discursiva con el uribismo, principalmente mediante la denuncia de la corrupción, con el tiempo se concentraron en combatir a Petro, quizás creyendo que allí estaba el electorado en disputa, afirmando que solo Fajardo podría ganarle al uribismo en segunda vuelta.

Los resultados indirectos o no buscados de esa táctica electoral fueron desastrosos. Tanto la etiqueta de cuño uribista “castrochavismo” como el rechazo de la “polarización” terminaron por estigmatizar y desplazar paulatinamente de la agenda pública las demandas sociales irresueltas y aplazadas por décadas de guerra. Pero, sobre todo, al expulsar de la agenda pública esas demandas, se frustran las expectativas creadas en amplios sectores populares por el Acuerdo, se erosiona su legitimidad y se crea un marco discursivo propicio para que se instale en la agenda una paz minimalista, que ni siquiera satisface lo acordado en la mesa de negociaciones y que mucho menos tocará mediante potenciales reformas los privilegios de las clases dominantes. En fin, el clima ideológico creado, un reencauche de la doctrina contrainsurgente del “enemigo interno” propia de la Guerra Fría, ha legitimado indirectamente el genocidio político, que ya deja más de mil líderes sociales y desmovilizados asesinados.

El resultado electoral tampoco fue el esperado: al erigir a Petro como la mayor amenaza para el país, en lugar de atraerse el potencial electorado de izquierda, el centro terminó por empujar parte de su propio electorado hacia el uribismo: muchos votantes de centro-derecha prefirieron la mano dura conocida del uribismo para conjurar esa gran amenaza a la desconocida del centro, tanto en primera como en segunda vuelta. A corto plazo la construcción de una identidad política de centro aparecía truncada debido a la imposibilidad de darle un contenido positivo, un proyecto, que trascendiera el antagonismo con Petro.

La crisis endémica de la izquierda

Sin embargo, las elecciones regionales y locales en 2019, en particular a la Alcaldía de Bogotá, mostrarían que el centro estaba en mejor posición para “acumular” capital político que la izquierda. El Polo Democrático, dominado internamente por el Moir, persistió en su alianza con el centro y, por tanto, cerró la posibilidad de coalición con otros sectores de izquierda. La plataforma con que Petro participó como candidato presidencial, Colombia Humana (CH), no alcanzó a consolidarse cuando se fragmentó en plena campaña, incluso aunque consiguió un importante número de cargos tanto en la Capital como en algunas otras regiones. Aunque el detonante de tal fragmentación fueron las denuncias por violencia intrafamiliar contra el candidato a la Alcaldía, Hollman Morris, ese es apenas el desenlace de problemas más profundos.

CH no pudo en esa coyuntura, y no ha podido, crearse una identidad como colectivo y organización política, que trascienda el carácter de plataforma electoral de Petro, a pesar de haber trabajado en un completo y alternativo programa de gobierno. En varios momentos se ha planteado en su interior una discusión sobre la forma organizativa, pero el problema no ha sido resuelto más allá del rechazo a formas tradicionales de organización como el partido. En consecuencia, su funcionamiento reproduce el caudillismo y el personalismo que, incluso a pesar de sí mismo, le ha impreso Petro. Si existiera alguna estructura organizativa, estaría basada en las redes de activistas y/o clientelas nucleadas por alguna personalidad individual con reconocimiento, lo que dificulta el seguimiento de procedimientos institucionalizados y el alcance de consensos en torno a decisiones colectivas, como la elección de candidatos o el rendimiento de cuentas.

La fragmentación se empezó a producir precisamente en torno a la elección de una candidatura a la Alcaldía de Bogotá. Debido a la carencia de personería jurídica, CH hizo coaliciones con el movimiento MAIS, entre otros, para las elecciones de 2018. A fines de ese año, Hollman Morris obtuvo el aval de dicho movimiento como candidato a la Alcaldía. Fue una decisión inconsulta en el interior de CH que levantó resquemores en otras personalidades, a lo que se adicionaron las denuncias en su contra por maltrato intrafamiliar en el marco de su divorcio, denuncias que no fueron procesadas internamente porque no existía en ese momento una instancia, como un comité de ética, que lo hiciera. Desde ese momento hasta fines de julio de 2019, cuando finalmente es elegido como candidato de CH, el movimiento se debate internamente por la elección de un candidato.

Durante todo ese tiempo Petro, líder “natural” de la colectividad, osciló indeciso entre dos actitudes: dejar que el propio movimiento escogiera un candidato pero, simultáneamente, establecer contactos con personalidades como el exministro Alejandro Gaviria y la misma Claudia López, candidata del centro. En marzo de ese año, en el marco de la asamblea distrital, Jorge Rojas, quien había obtenido el aval de la UP, no consigue proclamarse como candidato de CH, según afirmó, porque Ángela María Robledo lo impidió*. Para ese entonces había un descontento con el apoyo que una parte del movimiento le brindaba a Morris, sobre todo entre uno de los sectores feministas que lo componen liderado por Robledo. Pero ese sector no apoyó una candidatura de CH porque paralelamente también buscaba un acuerdo con Claudia López

La estructura organizativa de CH ni siquiera permitió una negociación ordenada con López pues, como Jorge Rojas comenta en la entrevista citada, había tres negociaciones al mismo tiempo: una de Petro, otra de Ángela María Robledo, ambas a puerta cerrada, y una más que derivó en un apoyo abierto de Rojas a la coalición de sectores alternativos en torno a la candidatura de López. El acuerdo programático no se consiguió, primero, por diferencias fundamentales en torno al modelo de ciudad, cuya manzana de la discordia fue la persistencia de López en continuar el proyecto de metro elevado del alcalde saliente Enrique Peñalosa, y segundo, porque la misma López lo obstruyó al proclamar, en el acto de inscripción de su campaña, la candidatura presidencial de Sergio Fajardo, que no fue consultada con ninguno de los integrantes de la inicial coalición a la Alcaldía.

La asamblea distrital había facultado a Petro y a Robledo para establecer coaliciones electorales, razón por la cual, incluso tras el portazo en la cara dado por López, la posibilidad de un acuerdo programático no se cerró. A fines de julio, Petro escogió finalmente a Morris como candidato de CH, no tanto porque fuese el candidato de su predilección sino para tener con qué hacer presión a la hora de negociar un acuerdo con López. No obstante, la manera como se lo invistió de candidato, a dedo en lugar de mediante una asamblea, le restó legitimidad. De cualquier forma, el lance fue infructuoso debido a la fragmentación del movimiento, pues en los meses siguientes Robledo consiguió un acuerdo, ya no en nombre de CH sino del sector particular que ella lidera, para apoyar a López. En suma, el funcionamiento basado en personalidades individuales no le permitió a CH hacer frente a la campaña por la Alcaldía y terminó más fragmentada que al comienzo, comprometiendo así la posibilidad de articular una alternativa popular para las elecciones de 2022.

Lo que se cocina en Bogotá

La victoria en Bogotá ha tenido consecuencias insospechadas para la política nacional: el centro, en cabeza de la Alcaldesa Claudia López, se ha proyectado como el potencial nodo articulador de un bloque hegemónico favorable a los intereses de las clases dominantes tras el lento declive del uribismo. En campaña, López no propuso en rigor un proyecto alternativo de ciudad. La retórica de centro, basada en el rechazo a la “polarización” se ofreció como una estrategia “apolítica” de hacer política enfatizando en los aspectos técnicos y de gestión sin tocar el modelo de ciudad neoliberal que se ha impuesto en las últimas décadas.

El triunfo se explica por la confianza que suscitó la personalidad “alternativa” de Claudia López en comparación con los otros dos candidatos opcionados: Carlos Fernando Galán y Miguel Uribe Turbay, ambos de la entraña de la oligarquía y la clase política tradicional. Pero sobre todo por su capacidad para articular, por la vía de la cooptación clientelar como se ha visto a la postre, los más disímiles sectores políticos, desde personalidades en otro tiempo afines al uribismo hasta parte de la izquierda, pasando por políticos reencauchados de la clase política tradicional. En efecto, la posición de centro le permitió a López capitalizar el respaldo de una parte importante de la clase dominante, que no quiso o no pudo articularse en torno a uno de los candidatos tradicionales, pero también de una parte de los sectores “alternativos”, que inicialmente abrazaron su propuesta como “la menos peor”.

La renuencia a revisar el proyecto del metro elevado, aún cuando se encuentra en una fase inferior al metro subterráneo que dejó diseñado la alcaldía de Petro y no ofrece los mismos beneficios pero sí costos superiores, así como la decisión de implementar obras nocivas e impopulares como la troncal de Transmilenio por la Avenida 68, muestran claramente que López ha procurado ganarse la confianza de los agentes políticos y económicos con intereses en ese tipo de grandes proyectos, con un capital político y mediático capaz de incidir en su gobernabilidad, como demostraron boicoteando políticas clave en la administración Petro.

Por su parte, para los sectores de la clase dominante que manejan directa o indirectamente los grandes negocios en la Capital, el liderazgo de López es fundamental porque les permite desarrollar su agenda y salvaguardar sus intereses, lo que haría cualquiera de los candidatos tradicionales, pero además les brinda una mayor gobernabilidad al haber cooptado y dividido parte de la izquierda y a los llamados sectores alternativos, es decir, a sus potenciales críticos. La crítica de la “mermelada”, las gabelas clientelistas que tradicionalmente prodigan los gobiernos a cambio del apoyo electoral, pasó a segundo plano frente a la necesidad de garantizar esa gobernabilidad y los distintos sectores que apoyaron a López han recibido sus compensaciones en cargos y contratos, en lo que constituye la reactivación de una estrategia característica del Frente Nacional para desactivar el descontento y el debate ideológico.

La virtual ausencia de crítica por parte de los sectores cooptados frente a hechos que en otras circunstancias se rechazarían al unísono como la represión policial, de la que la alcaldesa López ha usado y abusado en los meses que lleva su administración, es un ejemplo notorio de este fenómeno, pero no el único. Los dobles raseros a la hora de evaluar las medidas para atender la emergencia provocada por la pandemia, criticando por ejemplo los $3.000 millones que invirtió Duque para publicidad en redes sociales pero, al mismo tiempo, guardando silencio frente a los $6.000 millones que invirtió López en contratos con los grandes medios de comunicación para hacer “pedagogía”, han estado a la orden del día.

La crisis ha sido el escenario para confirmar a Claudia López como la líder del centro, incluso llegando a postularla como eventual candidata presidencial. Frente a un presidente que ha aprovechado la coyuntura para beneficiar hasta el descaro los grandes capitales financieros y privilegiado los intereses de los ricos, se ha erigido en una aparente alternativa. Sin embargo, las políticas de la Alcaldesa en medio de la emergencia no se alejan sustancialmente del enfoque neoliberal que implementa el gobierno nacional, basado en subsidios, créditos y otras políticas focalizadas, y conservando como eje del sistema de salud a las EPS, entre otras cosas. López y Duque no son, por consiguiente, antagonistas respecto a la forma de atender la emergencia. López, empero, está mejor posicionada porque puede descargar la responsabilidad en Duque, quien fija el marco general de las políticas. Más que nada, la articulación con parte de la clase dominante, en particular con gran influencia en los medios masivos de comunicación, la han ubicado en ese lugar de liderazgo.

¿Hacia una nueva hegemonía?

El fenómeno Petro en 2018 parece haber sido un llamado de atención: al menos potencialmente, las demandas reprimidas de los sectores sociales excluídos que están en el origen de la violencia cíclica podrían articularse políticamente. Fue un llamado de atención para las clases dominantes, que no dudaron en rodear al candidato presidencial del uribismo y que ante su declive no dudarán en apoyar cualquier otra alternativa a lo que representó Petro, pero también lo fue para los sectores “alternativos” y para una parte de la izquierda renuente a emprender transformaciones políticas de algún calado, esto es, que necesariamente producirán “polarización”, o recelosas del caudillismo y del personalismo que perciben en Petro.

El triunfo de Claudia López en Bogotá ha empezado a dotar la identidad política de “centro” de un contenido positivo, más allá del “antipetrismo” que definió sus fronteras discursivas en la campaña de 2018. Por su parte, Petro continúa siendo la figura de la izquierda con mayor capital político, pero no con el suficiente para imponerse como alternativa. Así pues, existe una relación de suma cero entre la apuesta del centro y la de los sectores representados por Petro. A menos de que éstos se vuelquen a movilizar la población tradicionalmente apática y abstencionista por distintas razones, se empeñen en construir un sujeto político popular, lo que haría necesaria la consolidción de una apuesta organizativa como CH, tendrá que disputar con el centro una franja de apoyos y bases sociales con miras a los comicios de 2022.

Paradójicamente, los críticos del caudillismo de Petro no han tenido otra alternativa que construir otro liderazgo personalista para hacerle contrapeso: Claudia López se presenta hoy como la líder del centro, incluso relegando personalidades como Sergio Fajardo. El problema radicará en resolver si el capital político acumulado por López es finalmente transferible hacia una identidad colectiva, el centro, o si es personal e intransferible. En éste último caso, no habría que descartar que López opte por un curso de acción igual al de uno de sus mentores, Antanas Mockus, quien renunció en 1997 a la Alcaldía para presentarse a las elecciones presidenciales. Pero sea cual sea la opción del centro, tendría en su favor el interés de las clases dominantes de refrenar la “polarización”: las demandas sociales que emergieron tras el Acuerdo de paz, para alcanzar una paz minimalista que deje intactos sus privilegios, y que tiene en la administración de López en Bogotá una experiencia para replicar a nivel nacional.

 

* Ver: ‘Creo que hay déficit de democracia en Colombia Humana’: Jorge Rojas” https://www.eltiempo.com/politica/partidos-politicos/jorge-rojas-habla-de-la-relacion-de-gustavo-petro-y-claudia-lopez-400310

 

 

 

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Publicado enEdición Nº268
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La emergencia de demandas populares reprimidas por la guerra, expresadas en las protestas sociales y en el fenómeno electoral de Gustavo Petro, ha producido una coyuntura similar al establecimiento del Frente Nacional: igual que tras la pacificación de Rojas Pinilla (1953-57), las clases dominantes buscan conjurar la potencial articulación del pueblo como sujeto político y, ante el declive del uribismo, parecen encontrar un nodo articulador en el “centro”.

 

La aparente contradicción entre violencia endémica y continuidad de las instituciones de la democracia liberal, característica de la historia colombiana, tal vez se explica por un tercer elemento que también le es singular: la sistemática exclusión del pueblo del ámbito público-político. Siempre que el sujeto político pueblo se intentó articular para intervenir en esa esfera fue expulsado, muchas veces de forma violenta, por los agentes que se autoperciben como sus naturales y exclusivos ocupantes: las clases dominantes o élites.

La Junta de notables de Santafé se impuso sobre los chisperos de Carbonell en 1810, la coalición de “constitucionales” que vinculó liberales y conservadores derrocó a Melo y desterró sus bases artesanales en 1854. Aquí no hubo grandes reformas como en el México decimonónico, ni revoluciones liberales a principios del siglo XX como las de Alfaro en Ecuador o Pando en Bolivia. El populismo, que amplió sustancialmente las comunidades políticas e incluyó los sectores populares en Brasil con Vargas, México con Cárdenas y Argentina con Perón, no echó raíces en estas tierras: el pueblo articulado por Gaitán fue convertido en una masa informe el 9 de abril de 1948 y, una vez aniquiladas las guerrillas gaitanistas, sobre ella se erigió el régimen excluyente del Frente Nacional.

En su momento, la exclusión de las terceras fuerzas –el MRL, la Anapo, etcétera– y el carácter ultrarepresivo de los gobiernos bipartidistas alimentaron la violencia revolucionaria. Una vez finalizado formalmente el pacto, la exclusión se prolongó en la práctica del genocidio agenciado por el Estado y el paramilitarismo, en particular pero no exclusivamente contra la UP, incluso con posterioridad a la Constitución de 1991. La mano dura de Uribe, auspiciada por las clases dominantes con el fin de apacigüar el país tras el escalamiento de la guerra desde mediados de los noventa, es en cierto sentido análoga a la pacificación operada por Rojas Pinilla a partir de 1953, de manera que hoy nos encontramos en un escenario similar al que enfrentaron las élites en 1957-58, cuando el dictador dejó de ser funcional a sus intereses, su creciente autonomía se conviritó en un problema y hubo que acordar una manera de monopolizar nuevamente el poder político.

Aunque los resultados electorales de 2018 apuntaban a la formación de un bloque hegemónico alrededor de Iván Duque, cuya victoria fue posible por la coalición de las fuerzas políticas tradicionales en contra de la articulación de demandas populares representada por Gustavo Petro, hoy el uribismo aparece como una fuerza en declive –con divisiones internas que se profundizan a medida que Uribe resta popularidad y suma rechazo en las encuestas–, mientras repunta como posible nodo articulador de los intereses de las clases dominantes el denominado “centro”.

Los avatares del centro político

Como acaba de mostrarse, las élites colombianas han sido más liberales que demócratas, pero la mayoría del tiempo la dominación de clase, descontando el filofascismo de un Laureano Gómez, ha adoptado una posición de centro. De hecho, la política en Colombia prácticamente no ha presentado experiencias radicales de izquierda ni de derecha: las reivindicaciones de las guerrillas, vistas por muchos como lo más radical, eran de cuño socialdemócrata. La única razón por la que nunca se formó una identidad política de centro, es porque no fue necesaria. En el contínuo izquierda-derecha, ése fue de facto y sin necesidad de proclamarlo el cómodo lugar de los dos partidos tradicionales, liberal y conservador, hasta su declive. La reivindicación del centro político se produce con ocasión de un fenómeno inédito en la historia reciente: la “polarización” posterior al Acuerdo de paz.

El cierre del prolongado conflicto armado motivó la emergencia de aquellas demandas proscritas del ámbito público-político tanto por la guerra, que exterminó la posibilidad del debate político, como por el predominio del centrismo entre las fuerzas políticas gobernantes. Entre 2012 y 2016, de la mano con el inusitado auge de las protestas y movimientos sociales, en la agenda pública se posicionaron una serie de demandas nunca resueltas que están en la raíz de los recurrentes ciclos de violencia: detener el despojo violento de la tierra y redistribuir su propiedad; resolver la pobreza y la desigualdad social extremas; acabar con la exclusión política vía genocidio; verdad, justicia, reparación y no repetición de los crímenes en el marco de la guerra, entre otras. En últimas, es este conjunto de demandas reprimidas por el conflicto las que se perciben, principalmente por sectores de derecha y de centro, como causantes de la “polarización”.

Para las elecciones presidenciales de 2018, el abanderado de muchas de estas demandas fue el candidato Gustavo Petro, no como una estrategia conciente sino por el hecho de que, ante la coalición del Polo Democrático con Sergio Fajardo y su fórmula, Claudia López, que se reclamaron como el centro, no hubo otra opción que las representara. De hecho, una de las tácticas de campaña del centro consistió en hacer equivalente a Petro con la derecha uribista de Iván Duque: ambos representaban los males de la “polarización”, que no solo impedía avanzar al país sino que amenazaba con destruirlo. Aunque inicialmente Fajardo y López erigieron una frontera discursiva con el uribismo, principalmente mediante la denuncia de la corrupción, con el tiempo se concentraron en combatir a Petro, quizás creyendo que allí estaba el electorado en disputa, afirmando que solo Fajardo podría ganarle al uribismo en segunda vuelta.

Los resultados indirectos o no buscados de esa táctica electoral fueron desastrosos. Tanto la etiqueta de cuño uribista “castrochavismo” como el rechazo de la “polarización” terminaron por estigmatizar y desplazar paulatinamente de la agenda pública las demandas sociales irresueltas y aplazadas por décadas de guerra. Pero, sobre todo, al expulsar de la agenda pública esas demandas, se frustran las expectativas creadas en amplios sectores populares por el Acuerdo, se erosiona su legitimidad y se crea un marco discursivo propicio para que se instale en la agenda una paz minimalista, que ni siquiera satisface lo acordado en la mesa de negociaciones y que mucho menos tocará mediante potenciales reformas los privilegios de las clases dominantes. En fin, el clima ideológico creado, un reencauche de la doctrina contrainsurgente del “enemigo interno” propia de la Guerra Fría, ha legitimado indirectamente el genocidio político, que ya deja más de mil líderes sociales y desmovilizados asesinados.

El resultado electoral tampoco fue el esperado: al erigir a Petro como la mayor amenaza para el país, en lugar de atraerse el potencial electorado de izquierda, el centro terminó por empujar parte de su propio electorado hacia el uribismo: muchos votantes de centro-derecha prefirieron la mano dura conocida del uribismo para conjurar esa gran amenaza a la desconocida del centro, tanto en primera como en segunda vuelta. A corto plazo la construcción de una identidad política de centro aparecía truncada debido a la imposibilidad de darle un contenido positivo, un proyecto, que trascendiera el antagonismo con Petro.

La crisis endémica de la izquierda

Sin embargo, las elecciones regionales y locales en 2019, en particular a la Alcaldía de Bogotá, mostrarían que el centro estaba en mejor posición para “acumular” capital político que la izquierda. El Polo Democrático, dominado internamente por el Moir, persistió en su alianza con el centro y, por tanto, cerró la posibilidad de coalición con otros sectores de izquierda. La plataforma con que Petro participó como candidato presidencial, Colombia Humana (CH), no alcanzó a consolidarse cuando se fragmentó en plena campaña, incluso aunque consiguió un importante número de cargos tanto en la Capital como en algunas otras regiones. Aunque el detonante de tal fragmentación fueron las denuncias por violencia intrafamiliar contra el candidato a la Alcaldía, Hollman Morris, ese es apenas el desenlace de problemas más profundos.

CH no pudo en esa coyuntura, y no ha podido, crearse una identidad como colectivo y organización política, que trascienda el carácter de plataforma electoral de Petro, a pesar de haber trabajado en un completo y alternativo programa de gobierno. En varios momentos se ha planteado en su interior una discusión sobre la forma organizativa, pero el problema no ha sido resuelto más allá del rechazo a formas tradicionales de organización como el partido. En consecuencia, su funcionamiento reproduce el caudillismo y el personalismo que, incluso a pesar de sí mismo, le ha impreso Petro. Si existiera alguna estructura organizativa, estaría basada en las redes de activistas y/o clientelas nucleadas por alguna personalidad individual con reconocimiento, lo que dificulta el seguimiento de procedimientos institucionalizados y el alcance de consensos en torno a decisiones colectivas, como la elección de candidatos o el rendimiento de cuentas.

La fragmentación se empezó a producir precisamente en torno a la elección de una candidatura a la Alcaldía de Bogotá. Debido a la carencia de personería jurídica, CH hizo coaliciones con el movimiento MAIS, entre otros, para las elecciones de 2018. A fines de ese año, Hollman Morris obtuvo el aval de dicho movimiento como candidato a la Alcaldía. Fue una decisión inconsulta en el interior de CH que levantó resquemores en otras personalidades, a lo que se adicionaron las denuncias en su contra por maltrato intrafamiliar en el marco de su divorcio, denuncias que no fueron procesadas internamente porque no existía en ese momento una instancia, como un comité de ética, que lo hiciera. Desde ese momento hasta fines de julio de 2019, cuando finalmente es elegido como candidato de CH, el movimiento se debate internamente por la elección de un candidato.

Durante todo ese tiempo Petro, líder “natural” de la colectividad, osciló indeciso entre dos actitudes: dejar que el propio movimiento escogiera un candidato pero, simultáneamente, establecer contactos con personalidades como el exministro Alejandro Gaviria y la misma Claudia López, candidata del centro. En marzo de ese año, en el marco de la asamblea distrital, Jorge Rojas, quien había obtenido el aval de la UP, no consigue proclamarse como candidato de CH, según afirmó, porque Ángela María Robledo lo impidió*. Para ese entonces había un descontento con el apoyo que una parte del movimiento le brindaba a Morris, sobre todo entre uno de los sectores feministas que lo componen liderado por Robledo. Pero ese sector no apoyó una candidatura de CH porque paralelamente también buscaba un acuerdo con Claudia López

La estructura organizativa de CH ni siquiera permitió una negociación ordenada con López pues, como Jorge Rojas comenta en la entrevista citada, había tres negociaciones al mismo tiempo: una de Petro, otra de Ángela María Robledo, ambas a puerta cerrada, y una más que derivó en un apoyo abierto de Rojas a la coalición de sectores alternativos en torno a la candidatura de López. El acuerdo programático no se consiguió, primero, por diferencias fundamentales en torno al modelo de ciudad, cuya manzana de la discordia fue la persistencia de López en continuar el proyecto de metro elevado del alcalde saliente Enrique Peñalosa, y segundo, porque la misma López lo obstruyó al proclamar, en el acto de inscripción de su campaña, la candidatura presidencial de Sergio Fajardo, que no fue consultada con ninguno de los integrantes de la inicial coalición a la Alcaldía.

La asamblea distrital había facultado a Petro y a Robledo para establecer coaliciones electorales, razón por la cual, incluso tras el portazo en la cara dado por López, la posibilidad de un acuerdo programático no se cerró. A fines de julio, Petro escogió finalmente a Morris como candidato de CH, no tanto porque fuese el candidato de su predilección sino para tener con qué hacer presión a la hora de negociar un acuerdo con López. No obstante, la manera como se lo invistió de candidato, a dedo en lugar de mediante una asamblea, le restó legitimidad. De cualquier forma, el lance fue infructuoso debido a la fragmentación del movimiento, pues en los meses siguientes Robledo consiguió un acuerdo, ya no en nombre de CH sino del sector particular que ella lidera, para apoyar a López. En suma, el funcionamiento basado en personalidades individuales no le permitió a CH hacer frente a la campaña por la Alcaldía y terminó más fragmentada que al comienzo, comprometiendo así la posibilidad de articular una alternativa popular para las elecciones de 2022.

Lo que se cocina en Bogotá

La victoria en Bogotá ha tenido consecuencias insospechadas para la política nacional: el centro, en cabeza de la Alcaldesa Claudia López, se ha proyectado como el potencial nodo articulador de un bloque hegemónico favorable a los intereses de las clases dominantes tras el lento declive del uribismo. En campaña, López no propuso en rigor un proyecto alternativo de ciudad. La retórica de centro, basada en el rechazo a la “polarización” se ofreció como una estrategia “apolítica” de hacer política enfatizando en los aspectos técnicos y de gestión sin tocar el modelo de ciudad neoliberal que se ha impuesto en las últimas décadas.

El triunfo se explica por la confianza que suscitó la personalidad “alternativa” de Claudia López en comparación con los otros dos candidatos opcionados: Carlos Fernando Galán y Miguel Uribe Turbay, ambos de la entraña de la oligarquía y la clase política tradicional. Pero sobre todo por su capacidad para articular, por la vía de la cooptación clientelar como se ha visto a la postre, los más disímiles sectores políticos, desde personalidades en otro tiempo afines al uribismo hasta parte de la izquierda, pasando por políticos reencauchados de la clase política tradicional. En efecto, la posición de centro le permitió a López capitalizar el respaldo de una parte importante de la clase dominante, que no quiso o no pudo articularse en torno a uno de los candidatos tradicionales, pero también de una parte de los sectores “alternativos”, que inicialmente abrazaron su propuesta como “la menos peor”.

La renuencia a revisar el proyecto del metro elevado, aún cuando se encuentra en una fase inferior al metro subterráneo que dejó diseñado la alcaldía de Petro y no ofrece los mismos beneficios pero sí costos superiores, así como la decisión de implementar obras nocivas e impopulares como la troncal de Transmilenio por la Avenida 68, muestran claramente que López ha procurado ganarse la confianza de los agentes políticos y económicos con intereses en ese tipo de grandes proyectos, con un capital político y mediático capaz de incidir en su gobernabilidad, como demostraron boicoteando políticas clave en la administración Petro.

Por su parte, para los sectores de la clase dominante que manejan directa o indirectamente los grandes negocios en la Capital, el liderazgo de López es fundamental porque les permite desarrollar su agenda y salvaguardar sus intereses, lo que haría cualquiera de los candidatos tradicionales, pero además les brinda una mayor gobernabilidad al haber cooptado y dividido parte de la izquierda y a los llamados sectores alternativos, es decir, a sus potenciales críticos. La crítica de la “mermelada”, las gabelas clientelistas que tradicionalmente prodigan los gobiernos a cambio del apoyo electoral, pasó a segundo plano frente a la necesidad de garantizar esa gobernabilidad y los distintos sectores que apoyaron a López han recibido sus compensaciones en cargos y contratos, en lo que constituye la reactivación de una estrategia característica del Frente Nacional para desactivar el descontento y el debate ideológico.

La virtual ausencia de crítica por parte de los sectores cooptados frente a hechos que en otras circunstancias se rechazarían al unísono como la represión policial, de la que la alcaldesa López ha usado y abusado en los meses que lleva su administración, es un ejemplo notorio de este fenómeno, pero no el único. Los dobles raseros a la hora de evaluar las medidas para atender la emergencia provocada por la pandemia, criticando por ejemplo los $3.000 millones que invirtió Duque para publicidad en redes sociales pero, al mismo tiempo, guardando silencio frente a los $6.000 millones que invirtió López en contratos con los grandes medios de comunicación para hacer “pedagogía”, han estado a la orden del día.

La crisis ha sido el escenario para confirmar a Claudia López como la líder del centro, incluso llegando a postularla como eventual candidata presidencial. Frente a un presidente que ha aprovechado la coyuntura para beneficiar hasta el descaro los grandes capitales financieros y privilegiado los intereses de los ricos, se ha erigido en una aparente alternativa. Sin embargo, las políticas de la Alcaldesa en medio de la emergencia no se alejan sustancialmente del enfoque neoliberal que implementa el gobierno nacional, basado en subsidios, créditos y otras políticas focalizadas, y conservando como eje del sistema de salud a las EPS, entre otras cosas. López y Duque no son, por consiguiente, antagonistas respecto a la forma de atender la emergencia. López, empero, está mejor posicionada porque puede descargar la responsabilidad en Duque, quien fija el marco general de las políticas. Más que nada, la articulación con parte de la clase dominante, en particular con gran influencia en los medios masivos de comunicación, la han ubicado en ese lugar de liderazgo.

¿Hacia una nueva hegemonía?

El fenómeno Petro en 2018 parece haber sido un llamado de atención: al menos potencialmente, las demandas reprimidas de los sectores sociales excluídos que están en el origen de la violencia cíclica podrían articularse políticamente. Fue un llamado de atención para las clases dominantes, que no dudaron en rodear al candidato presidencial del uribismo y que ante su declive no dudarán en apoyar cualquier otra alternativa a lo que representó Petro, pero también lo fue para los sectores “alternativos” y para una parte de la izquierda renuente a emprender transformaciones políticas de algún calado, esto es, que necesariamente producirán “polarización”, o recelosas del caudillismo y del personalismo que perciben en Petro.

El triunfo de Claudia López en Bogotá ha empezado a dotar la identidad política de “centro” de un contenido positivo, más allá del “antipetrismo” que definió sus fronteras discursivas en la campaña de 2018. Por su parte, Petro continúa siendo la figura de la izquierda con mayor capital político, pero no con el suficiente para imponerse como alternativa. Así pues, existe una relación de suma cero entre la apuesta del centro y la de los sectores representados por Petro. A menos de que éstos se vuelquen a movilizar la población tradicionalmente apática y abstencionista por distintas razones, se empeñen en construir un sujeto político popular, lo que haría necesaria la consolidción de una apuesta organizativa como CH, tendrá que disputar con el centro una franja de apoyos y bases sociales con miras a los comicios de 2022.

Paradójicamente, los críticos del caudillismo de Petro no han tenido otra alternativa que construir otro liderazgo personalista para hacerle contrapeso: Claudia López se presenta hoy como la líder del centro, incluso relegando personalidades como Sergio Fajardo. El problema radicará en resolver si el capital político acumulado por López es finalmente transferible hacia una identidad colectiva, el centro, o si es personal e intransferible. En éste último caso, no habría que descartar que López opte por un curso de acción igual al de uno de sus mentores, Antanas Mockus, quien renunció en 1997 a la Alcaldía para presentarse a las elecciones presidenciales. Pero sea cual sea la opción del centro, tendría en su favor el interés de las clases dominantes de refrenar la “polarización”: las demandas sociales que emergieron tras el Acuerdo de paz, para alcanzar una paz minimalista que deje intactos sus privilegios, y que tiene en la administración de López en Bogotá una experiencia para replicar a nivel nacional.

 

* Ver: ‘Creo que hay déficit de democracia en Colombia Humana’: Jorge Rojas” https://www.eltiempo.com/politica/partidos-politicos/jorge-rojas-habla-de-la-relacion-de-gustavo-petro-y-claudia-lopez-400310

 

 

 

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Publicado enColombia
Las motivaciones de los anticuarentena

Una mirada desde el psicoanálisis

Cuando se oponen contra la política sanitaria o transgreden alguna restricción, plantea el autor, no lo hacen por un genuino sentimiento de injusticia o por un desacuerdo argumentado. Hay una profunda imposibilidad de creer y confiar.

 

La historia de la humanidad no se ahorró batallas, muchas de ellas muy cruentas y otras que supieron detenerse en el campo de las lidias verbales. Aquello que algunos figuran como un cronología cíclica, y que entre derrota y derrota despunta un período de ilusoria beatitud, no parece ser más que el lentísimo transcurrir que conduce hacia eso que Freud denominó progreso en la espiritualidad. En efecto, aun hoy no hemos descifrado del todo los enigmas que asolaban a Étienne de La Boétie, hace ya 500 años, sobre la servidumbre voluntaria.

Por qué alguien ostenta su poder, lo practica impiadosamente y se afana en una cada vez mayor impunidad, es una realidad sobre la que tenemos un vasto conocimiento, aunque parece ser inversamente proporcional a las expectativas que podemos tener sobre su transformación. Sin embargo, como La Boétie, nos esperanzamos en la elucidación del otro término de la ratio, el de quienes consienten en alucinar que la libertad se despliega como arbitrariedad de narcisismos dispersos y mortíferos. Sin ir más lejos, Bolsonaro, uno de los máximos exponentes del negacionismo sanitario, nos dice que “la libertad es más importante que la propia vida”, y así confirma nuestra hipótesis.

Son huestes heterogéneas en las que se mezclan lectores de ejercicios sobre cómo ayudarse a sí mismos, temerosos, fluorescentes, expulsivos, mediocres envidiosos de Borges y hasta oficiales de la penitenciaría sintáctica del lacanismo.

En ocasiones erramos el camino pues como acusan y denuncian supusimos que albergaban algún ideal de justicia y, luego, advertimos que nada de eso abrazan. De hecho, solo reclaman el abrazo cuando se impone la distancia física. Y entonces aprendimos que su desconfianza no es una querella contra el mal, sino la evidencia de su incapacidad para creer. Los que hasta hace un año alardeaban de volver a votar a Macri aunque se caguen de hambre, no eran los que pasaban hambre; y los que hoy dicen que prefieren morirse antes de hacerle caso al Presidente de la Nación, cuentan con gruesos recursos para no fallecer. Entonces no creen en lo que dicen, aunque intenten disimular su hipocresía, incluso, ante sus propios ojos. La severidad de esa instancia que Freud denominó autoobservación, la lente del superyó, debe estar lejos de ser ligera, aunque algún entrenamiento también los tornó diestros para desconocerla. Por si faltaran ilustraciones, ¿qué convicción podrían tener cuando arrojaron flyers por las redes para frenar al comunismo? Qué pesada carga debe ser combatir a un enemigo menos visible que la covid-19.

Debemos admitir que en cierta medida todos creemos contar con una lupa cuando, en rigor, estamos usando un espejo, y entonces imaginamos que si nos atraen los nexos causales, es decir, la historia, a otros también les sucederá lo mismo. Pero no es así, y se nos impone una revisión piagetiana para comprender por qué la cuarentena no es, para la muestra de La Boétie, una consecuencia de la pandemia, sino un acto aislado, sin un pasado próximo, una decisión caprichosa dislocada de toda secuencia explicativa. Esta misma carencia de hondura, la autosupresión de todo mapa conceptual, es el motor del alivio que les produjo, hace no mucho tiempo, escuchar que Macri aludía a tormentas o a que “pasaron cosas” para explicar la catástrofe que él mismo provocó.

Siempre me impactó aquel otro sintagma de Macri cuando les dijo a sus votantes: “Yo confío en ustedes, pero necesito que confíen en ustedes mismos”. Allí su yo se sustraía del lugar de quien se puede esperar algo, pues su interlocutor debía confiar solo en sí mismo. Se refuerza entonces la intuición que nos susurra que la gente no desconfía, sino que padece una ingobernable incapacidad para creer.

El sujeto hipnotizado concedió encerrarse en su paradoja sin resolución, la paradoja de un conflicto que solo es admitido en el interior de sí mismo y no como pulsión social. Cuando la debacle del gobierno anterior ya era inocultable, su votante no pudo objetar a su candidato, ya era tarde, pues solo le quedaba decepcionarse de sí. No obstante, el humano no admite sin defensa una herida narcisista, y siempre puede contar con el recurso a reforzar la desmentida para poder continuar creyendo en sí mismo.

Cuando ahora se oponen, gritan contra la política sanitaria o transgreden alguna restricción, no lo hacen por un genuino sentimiento de injusticia o por un desacuerdo argumentado. No se trata de una batalla entre dos posiciones antagónicas sino entre una convicción y la imposibilidad de confiar.

Ese mismo kit de confianza self-service que les entregó el pack premium neoliberal, incluía otra app cuyo tutorial enseñaba que nadie puede decirte qué hacer, sos un emprendedor y como tal harás lo que tus propios deseos te manden. La parodia terminológica no causa gracia pues su desenlace es dramático. Si no hay un otro en quien confiar, y solo podré pugnar contra mí mismo, y no hay un otro antagónico pues me orienta mi deseo, cuando irremediablemente se despierte el conflicto no habrá alteridad para debatir, pues solo podré oponerme a mi deseo. Su corolario no es difícil de colegir: el desgano, la desvitalización. Ese es el estado al que conduce el neoliberalismo y, al mismo tiempo, cual un virus, es la célula de la que se alimenta.

Tal es la argamasa que encienden los ideólogos de la meritocracia (o, como hemos dicho en otra ocasión, de la morite-cracia). Ese es el caldo del individualismo, de la libertad sin civilización y de la incapacidad para creer. También es el más allá del odio, que si rascamos tras su verborragia xenófoba, estigmatizante y expulsiva, descubriremos un puñado de desvalidos que, imposibilitados de aceptar que esa es nuestra condición humana y que por eso importa un Estado presente, solo buscarán proyectar en otros su propia vulnerabilidad para así seguir pensando que es solo un asunto de otros.

Acaso así se comprenda otro de los motivos que tienen quienes padecen la incredulidad para gritar contra la cuarentena y, sobre todo, para desconocer que esta es solo la derivación de una pandemia. El coronavirus no es una enfermedad mía, o de una familia o de un sector social y, por lo tanto, nos impide el arrogante propósito de querer endilgar el patrimonio del desvalimiento a los otros.

Agregaré dos conjeturas más.

En primer lugar, cuando la mente neoliberal excluye de la escena al antecedente, la causa o el origen, también promueve cierto estado de anestesia e impide, por lo tanto, establecer hipótesis y anticipaciones. En lenguaje freudiano se dirá que adormece la angustia señal, aquella que nos permite defendernos a tiempo de un peligro, y abandona a los sujetos a la sola posibilidad de la llamada angustia automática. Esa angustia que resulta desbordante y ante la cual al sujeto solo le queda su propia parálisis. No muy lejos de ello se encuentra el pánico social, estado urgido que se cocina no tanto cuando hay un peligro, sino cuando un grupo siente que ya no tiene en quien confiar.

Por último, recordemos que Freud distinguió dos tipos de juicios, el de atribución y el de existencia. El juicio de atribución permite juzgar algo como bueno o malo, útil o perjudicial, en tanto el juicio de existencia decreta si aquello que tengo en mi mente coincide (o no) con la realidad. Si tal como señaló Freud, el juicio de atribución es anterior al juicio de existencia, no se trata únicamente de un dato del desarrollo evolutivo, sino que nos indica que un sujeto puede juzgar algo negativamente (o positivamente) sin preguntarse si aquello existe.

28 de mayo de 2020

Sebastián Plut es doctor en Psicología. Psicoanalista. Director de la Diplomatura en el Algoritmo David Liberman (UAI). Profesor Titular de la Maestría en Problemas y patologías del desvalimiento (UCES).

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Iglesias evangélicas, franquicias de fe neoliberal

Llegadas desde los EE UU en los años 70 del siglo pasado, el avance de las iglesias neopentecostales —también llamadas evangélicas— en América Latina en las últimas décadas parece imparable.

El actual presidente de El Salvador, Nayib Bukele, político oriundo del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), acaba de protagonizar un autogolpe cívico-militar y lo ha hecho con la fe del converso. Después de ingresar en el parlamento rodeado de policías y militares, se sentó en la silla presidencial y ordenó el inicio de la sesión “amparado por un derecho divino”, según propias palabras. A renglón seguido se entregó a una oración, después de lo cual abandonó la sala para salir al encuentro de cientos de seguidores que lo vitoreaban en el exterior del recinto. El mandatario ha venido contando con el apoyo explícito de las iglesias evangélicas salvadoreñas.

Asimismo, en las recientes elecciones presidenciales peruanas el Frente Popular Agrícola del Perú (FREPAP), brazo político de la Asociación Evangélica de la Misión Israelita del Nuevo Pacto Universal (AEMINPU) saltó al plano institucional consagrándose como la segunda sigla más votada. Poco antes, durante el golpe militar en Bolivia, la presidenta de facto —Jeanine Añez— asumió el cargo biblia en mano con una explícita declaración de fe: “Dios ha permitido que la Biblia vuelva a entrar a Palacio. Que Él nos bendiga”, proclamó. Mientras, un coronel del ejército boliviano —entre vítores— afirmaba en un vídeo “reivindico y consagro a las fuerzas armadas de Bolivia para Jesucristo”. El hecho de que, desde su Constitución de 2009, Bolivia se asuma como un estado laico, amplifica la gravedad del gesto destituyente de ambos.

La concatenación de estos episodios señala –en la esfera religiosa- una creciente influencia de las iglesias neopentecostales y el paralelo eclipse del catolicismo y, en el plano político y cultural, la cada vez más firme implantación de aquellas. Lo analiza detalladamente el Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (CELAG) en su informe “Iglesias evangélicas y el poder conservador en Latinoamérica”. Estas expresiones hacen gala de un discurso conservador y ultraderechista, de corte autoritario. Y se posicionan como alternativa antagónica a los movimientos populares en favor de la (re)conquista de derechos sociales y políticos perdidos y otros por conseguir en favor de sectores de reciente visibilidad, como el feminismo, el movimiento LGTBI, minorías racializadas, y excluidos en general.

Este evangelismo oficia de soporte de gobiernos neoliberales como los de Sebastián Piñera (Chile), Jair Bolsonaro (Brasil), Lenin Moreno (Ecuador), Iván Duque (Colombia), Mauricio Macri (Argentina) y al actual golpismo boliviano. Y su influencia crece de forma sostenida en República Dominicana, Costa Rica, México, Guatemala y Perú. Sus mensajes se transmiten por radio, televisión y redes sociales, a través de un aparato mediático que se financia con aportes de los feligreses y, en algunos casos, de grupos empresariales.

Para analizar las causas y alcances del fenómeno, El Salto ha consultado a Marcelo Mendes Facundes, doctor en Psicología y profesor de Psicología, Procesos Psicosociales Básicos y Psicología de la Salud en el centro universitario María Cristina de El Escorial, perteneciente a la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Este académico hizo su tesis doctoral y ha publicado y dado conferencias sobre el tema.

 

EL EVANGELISMO NEOPENTECOSTAL Y EL NEGOCIO DE LA FE

Mendes explica que en su implantación originaria en América Latina —inicios de los 70 del siglo pasado—, el neopentecostalismo ofició de dique de contención al avance de la Teología de la Liberación. Esta rama del catolicismo —en sintonía con los procesos revolucionarios del continente— defendía el legítimo derecho de los pobres a gozar de una existencia digna, pese a su condición de tales. En la calzada opuesta, el obispo Edir Macedo, fundador de la brasileña Iglesia Universal del Reino de Dios y promotor de la Teología de la Prosperidad (sic), sostiene: “nosotros queremos que ese hombre sea rico, que ascienda en la escala social, no queremos un pobre que acepte su pobreza”.

El entrevistado da una clave de conexión de sentido entre los valores claves del neoliberalismo y la fe evangélica: “así como hemos aprendido con Weber que el protestantismo tiene un encaje con el capitalismo, el neopentecostalismo va a tenerlo con el neoliberalismo, porque genera un ‘sujeto hecho a sí mismo’, donde el Estado no interviene”. Explica que este evangelismo se acopla de tal modo incluso a la prédica neoliberal en favor del emprendedor que admite el derecho de los fieles a abrir su propia iglesia y se autodenominen ‘pastor por revelación’ —el elemento teológico que justifica ese paso— y se conviertan en pastores evangélicos, “esto se inscribe en la lógica del capital y el consumo; cada uno puede crear su propio business neopentecostal”, aclara.

Y, en esa expansión, explica Mendes, hace gala de la misma labilidad que el neoliberalismo: “Continuamente están surgiendo nuevas iglesias evangélicas, el movimiento ha trascendido sus orígenes en la Iglesia Universal del Reino del Dios, de Edir Macedo y no se subordina jerárquicamente a ella, que tiene su propio sistema de franquiciado, un dispositivo muy parecido a las franquicias comerciales”.

 

LA MARGINACIÓN SOCIAL, CLAVE PARA LA CAPTACIÓN DE ADEPTOS

La ausencia de derechos y la marginación social unidos a la carencia de asistencia pública son datos clave para la implantación del pentecostalismo. Este opera sobre colectivos abandonados, que no tienen un espacio de existencia, y les construye ese lugar, “crea redes de apoyo mutuo entre los fieles que, al final, funcionan y hacen que, objetivamente, mejoren. Y así va tomando el espacio que debería ocupar la gestión pública”. Y agrega: “a veces operan como hospitales espirituales. Gente muy deprimida que no funcionó en los sistemas de salud y va a uno de estos sitios y se siente bien. Deja los antidepresivos y encima no está sola, tiene teatro, cine, la ficción que necesita para lidiar con la realidad, lo tiene todo ahí”.

Sin embargo, aunque actúan en “lo social”, lo hacen con una lógica antagónica a cualquier promoción de protagonismo del oprimido, todo se juega en el ámbito individual, “en el pentecostalismo hay una división cosmológica: por una parte, está ‘el mundo’, que pertenece al diablo, y por lo tanto las derivadas sociales que en él se expresan no interpelan a la iglesia, esta solo se va a ocupar del ámbito individual, donde ‘no existe’ lo social”, ilustra Marcelo Mendes. “Su formato (...) se ha mercantilizado de un modo tan potente, que es difícil discernir dónde termina lo sagrado y empieza lo profano”.

Pero, es claro que ese sujeto masacrado reacciona, sea bajo la forma de alcoholismo y drogodependencia, o de matriz delictiva, o como culpa, miedo y padecimiento. Este último estamento es candidato por excelencia a entrar en el reino de dios. Para ellos hay un repertorio expresivo con antecedentes escénicos —entre otros— en el espiritismo, a través de la práctica de rituales colectivos, donde los fieles son “poseídos” por fuerzas que no controlan, “es algo de corte medieval que traducen como posesión demoníaca —un fenómeno del cuerpo— del que ellos se hacen cargo, lo contienen y le otorgan un sentido, que en otros espacios religiosos no le dan. Ahora se les escucha y se les da un reconocimiento social. Y eso es muy potente y es la base para entender este movimiento”, agrega.

Pero el evangelismo no se limita a estas prácticas, también utiliza otros vehículos de subjetivación, algunos de matriz artística. “Siempre ha habido un prejuicio de que el pobre no necesita arte y sin embargo, estas iglesias revelan una demanda de arte, son auténticas performances con canto, ballet, música. Y es en las periferias más duras. El catolicismo clásico lo tiene muy difícil para competir con esto”, observa Marcelo.

Su formato, consustancial y mimético con el neoliberalismo, “se ha mercantilizado de un modo tan potente, que es difícil discernir dónde termina lo sagrado y empieza lo profano. El credo, después de haberse separado de las lógicas del Estado, ahora vuelve a unirse y sin que nadie se dé cuenta. De repente, casi sin percibirlo, estás consumiendo música religiosa en la calle, en la TV, es un avance muy silencioso”, describe. Y explica que el propio catolicismo, en su preocupación por no perder definitivamente la batalla, intenta aggiornarse a través de la Renovación Carismática Católica, que no es sino la neopentecostalización de la iglesia. Reacciona por la vía de generar toda una generación de nuevos curas, cantantes, presentadores de TV, que cumplen todos los criterios de este movimiento evangélico.

 

LOS ORÍGENES ANGLOSAJONES DEL FENÓMENO. EL CASO DE ARETHA FRANKLiN

El pentecostalismo forma parte de la vieja historia del cristianismo, pero en torno a 1920 aparece en Los Ángeles (EE UU) un movimiento que introduce un cambio profundo. Nace en la iglesia metodista un fenómeno que da protagonismo a gente que no tenía visibilidad social, “en la época era muy raro que una mujer, un negro o un latino ocupasen lugares de poder social, aún en el espacio de las organizaciones religiosas”, señala Marcelo Mendes. Y, en simultáneo, el espacio religioso se convirtió en una especie de hospital social, donde se curaba de enfermedades que el sistema público o privado de salud no atendía, “aunque numéricamente no fue tan importante, sí fue significativo desde el punto de vista de los fundamentos, hizo tambalear los cimientos de la iglesia metodista, la llevó a reconfigurarse y se formó un nuevo grupo”, puntualiza.

“El de Aretha Franklin fue un caso paradigmático”, recuerda Mendes. En una época en los EEUU donde era imposible que una mujer tuviera un lugar de protagonismo, “gana primero un lugar de destaque dentro de su iglesia y cuando consigue mostrar que es una cantante excepcional, la Universal compra el producto y lo lanza, pero ella ya tenía su público”, explica.

 

CHILE Y BRASIL, PUERTAS DE ENTRADA PRIVILEGIADAS DEL PENTACOSTALISMO

Este movimiento se revigorizó en los EE UU en los años 70, en simultaneidad con dictaduras latinoamericanas, como la de Pinochet en Chile y de los militares en Brasil. Desde el punto de vista sociopolítico, a estos regímenes les interesó su implantación porque, a diferencia del catolicismo y el protestantismo, no cuestiona el orden social. Pinochet autorizó su registro oficial como confesión religiosa y, según investigaciones que Mendes referencia, en Chile activó la recuperación de valores tradicionales perdidos. Al actualizar relaciones cuasi feudales existentes en el campo, “estas iglesias conseguían reproducir en la periferia de las ciudades chilenas las relaciones existentes en las haciendas. De cierta forma, estos vínculos de dominación y sumisión estaban ya dados, formaban parte del repertorio subjetivo de esos sujetos. Era algo ‘familiar’, conocido”, comenta.

En la misma época el pentecostalismo llegó a Brasil y estableció el primer contacto con la Iglesia Asamblea de Dios, en Belén, capital del estado de Pará. Pero en ese país, había dos fuerzas religiosas preexistentes, la católica que se ejercía a través de la Teología de la Liberación y las de raíz afrobrasileña. Este hecho, dificultó su implantación inicial y lo obligó a operar una renovación que cuajó en el neopentecostalismo. Después de reciclarse bajo esta nueva versión, consigue fuerte implantación local e, incluso, exporta el credo a otros países donde el flujo inmigratorio le ha servido de correa de transmisión.

Quizá Brasil sea el país donde el neopentecostalismo ha alcanzado mayor implantación y capacidad de influencia política. Se calcula que controla un 16% de la población, es decir, unos 30 millones de personas y con dinámica al alza. Marcelo Mendes describe: “tiene un canal de TV propio, la TV Record, así como en los EE UU posee la CBS. Y Bolsonaro fue elegido gracias al maquiavelismo de la bancada evangélica”. Curiosamente, como todo tiene su contrapunto, dentro del movimiento —aunque poco numerosa— también hay presencia de izquierdas, como es el caso de la diputada Benedita Da Silva, una pentecostal clásica y de Mônica Francisco del PSOL, entre otras.

 

PRESENCIA DEL PENTECOSTALISMO EN MADRID

“Lo que sucede más allá de la M-30 poco importa a los poderes y a los partidos, pero la presencia del fenómeno en la periferia madrileña es enorme. En cada boca de metro de todos los barrios hay de dos a tres iglesias evangélicas. Algunas proceden de Brasil, otras de Perú u otros sitios, dependiendo del grupo al que se dirijan”, señala Marcelo. Y ya empiezan a aparecer dentro del anillo de la M-30. La Iglesia Universal del Reino de Dios adquirió el espacio que ocupaba un cine en Atocha y abrió una sede que fue adoptando diferentes nombres hasta llegar al actual, Familia Unida, “porque ven la fuerza del concepto de familia en España, intentan capitalizar la reacción ante las políticas a favor del casamiento homosexual y las políticas LGTBI y aparecer como una iglesia que defiende a la familia tradicional española”. Mendes acrecienta, “empiezan a venir para dentro de la M-30, en la Estación Chamartín hay una para ricos, se llama Iglesia Alagoinha y es una franquicia. También hay otra en un hotel boutique que se abrió en la calle Velázquez”. 

Explica Mendes que esta iglesia se asienta en la población inmigrante y también en la gitana, aunque esta tiene su propia iglesia pentecostal —la de Filadelfia— dominada por otras lógicas internas al incorporar la cultura gitana, “aunque es la misma matriz de sujeción al sistema”. Y concluye: “Si analizamos lo que surgió en Los Ángeles en los años 20, en Chile y Brasil en los 70 y ahora aquí, encontramos parecidos: gente sin lugar ni espacio social, desamparados, sin posibilidad de construcción de una identidad propia. El evangelismo llega y se expande creando redes de apoyo donde consiguen trabajo, incluso los sin papeles, mejoran su autoestima, consiguen sobrellevar los tres años que necesitan para obtener el documento por arraigo social. Además, ofrece una asistencia mucho más potente que Cáritas. No solo da comida y abrigo, trabaja a nivel psicológico, como un coach en plan ‘tú eres hijo de dios, te ha elegido y estás aquí para crecer’. Crea un microempresario, un emprendedor y ya no se trata de un simple albañil desempleado. Son todos ‘hermanos’ que se van ayudando. Y funciona porque la gente acaba consiguiendo asistencia y decodificando las lógicas de una sociedad europea, que son muy diferentes a las de una latina”, describe.

En cuanto a su incidencia en la población española, Marcelo observa que “por el momento, su incidencia es poca. Aunque cuidado porque en Brasil, al ser de culto popular, al principio sucedía lo mismo, hasta que en los 90 se crearon las iglesias neopentecostales burguesas. Aún no sabemos si irá a funcionar, a largo plazo puede que sí, por aquello de tener un espacio para que el sujeto pueda plantearse cosas de orden psicológico da manera rápida, práctica y sin grandes compromisos”.

 

Por Alberto Azcárate

Publicado enSociedad
Jueves, 26 Diciembre 2019 05:29

El camino al infierno…

Víctor Hugo Ruiz, sin título (Cortesía del autor)
 Publicamos una selección de los artículos más leídos durante el 2019. Fueron seleccionados de los periódicos desdeabajo ediciones 253-264 y Le Monde diplomatique, edición Colombia ediciones 185-196.

 

Un sueño hecho realidad. Con “La política de Defensa y Seguridad para la Legalidad, el Emprendimiento y la Equidad” (1) del gobierno Duque, entregada al país el pasado 6 de febrero, estamos ante el anhelo institucional de una política de defensa y seguridad que implica y cubre al conjunto social en todas sus variables. Como pretensión de todo gobierno que se dice democrático, dista de tal propósito (2). No es posible la democracia directa, radical y no sólo participativa, donde el Estado, con fines de seguridad, lo cubre todo. La sospecha y el control se extienden por doquier, de lo cual únicamente puede surgir un Estado policivo, en nuestro caso, además, producto de la historia pasada y reciente, una sociedad sometida al miedo.


Esto es así a pesar de la máxima proclamada por esta Política de que “la seguridad no es una cuestión ideológica, ni de derecha ni de izquierda; es un presupuesto de la convivencia pacífica y del ejercicio de los derechos ciudadanos”. Tal presupuesto parece más propaganda que realidad, pues, si bien la seguridad es un bien común, cualquier persona reconoce que el Estado no garantiza tal derecho de manera igualitaria, de lo cual da cuenta el saber popular desde tiempos inmemoriales con el dicho “La ley es para los de ruana”, realidad de Perogrullo que también se expresa en decires como que “no se persigue a los delincuentes de cuello blanco”, ratificada esta realidad cuando las cárceles mantienen lugares especiales –cómodos, saludables y con otras prebendas– precisamente para los pocos delincuentes de cuello blanco que terminan en ellas. En la calle, como la padecemos por estos días, la “seguridad” es para aplicarles el tristemente famoso Código de Policía precisamente a los de “ruana” (Ver, “Un espíritu fétido”, p. 3).


De acuerdo al criterio oficial, a pesar de que el Estado y la sociedad colombiana desarticularon en la primera década del siglo XXI las principales amenazas armadas que enfrentaba el país –las Auc y las Farc–, subsisten graves amenazas para la seguridad nacional, más aún al registrarse la pérdida de la iniciativa estratégica del Estado en la lucha contra los fenómenos criminales, la misma que debe recuperarse. De ahí la necesidad de una nueva visión de seguridad, sustentada en el documento de marras y cuyo eje central se puede sintetizar con el siguiente aparte: “Es indispensable superar la tradicional estrategia de control militar del territorio basada, con pocas excepciones, en el despliegue de unidades militares y de policía, sin el acompañamiento estratégico de las entidades públicas y privadas, y las organizaciones de la sociedad civil”. Es este un “enfoque multidimensional de la seguridad [que] requiere una aproximación multisectorial e interagencial […]”. Además, “esta nueva visión parte de reconocer que la Defensa, la Seguridad y la Legalidad van de la mano y son interdependientes” […]. “En este orden, la legalidad, el emprendimiento y la equidad, pilares del gobierno nacional, tienen como base la defensa y la seguridad, concebidas más allá del despliegue operacional de Fuerzas Militares y de Policía”.


La visión allí desbrozada le anuncia al país una política de paz que no lo es, pues levanta como precondición para todo posible diálogo “[…] que conduzca a la disolución de un grupo armado organizado al margen de la ley […] la concentración de individuos en armas en espacios geográficos delimitados, con observación internacional y garantizando el fin de toda actividad criminal”. El traspié de la negociación en curso meses atrás con el Eln –organización guerrillera que ahora desconocen en su carácter y pasan a denominar “Grupo Armado Organizado” (GAO)– encuentra acá el soporte de la maniobra duquista. Seguramente el llamado Clan del Golfo, que también es enlistado en tal categoría, al recibir ese mandato desistió en su pretensión de desarme tantas veces anunciado durante el gobierno Santos.


Es aquella una “política de paz” que mira las fronteras con total sospecha, explicando, entre líneas, de igual manera la estrategia seguida ante Venezuela, la prioridad dada a la Otan, la alianza cada vez más estrecha –sometida– con los Estados Unidos –tanto en relación al ataque contra Venezuela como en la llamada “guerra contra las drogas”–, así como posibles conflictos con Nicaragua y la tensión latente con Cuba. Para proceder de tal modo, enuncia que “a nivel internacional las amenazas a la seguridad se han agudizado para Colombia. Entre ellas están […] los regímenes no democráticos, las crisis humanitarias y la migración masiva irregular, la injerencia de potencias ajenas al hemisferio, el patrocinio y [la] tolerancia estatal con organizaciones terroristas y de narcotráfico en la región, y la pretensión de despojar al país del territorio […]”. Pero también enumera lo que denomina “nuevas amenazas”, algunas de ellas relacionadas con el cambio climático, otras con el ciberespacio –sobre lo cual no cuestiona la dependencia en ciencia y tecnología que padece el país, lo que impide que en algún momento se pueda contar con un programa confiable y de punta en este terreno– y, por último, una que parte de valorar las cualidades que tiene Colombia, como “potencia mundial en biodiversidad y agua, además de ser uno de los países privilegiados que comparte la selva Orinoco-Amazónica. Tales riquezas constituyen un activo estratégico de la nación y deben ser objeto de protección especial y protección activa”.


Es aquella una valoración de las bondades naturales con que cuenta el país y que enfatiza en la visión predominante en el mundo actual, donde agua, bosques, minerales y demás sujetos y cuerpos que componen o integran la madre tierra son una mercancía más, y de ahí que aludan a la biodiversidad y el agua como activos. Es de suponer, por tanto, que la preocupación esencial del establecimiento, al brindar esa “protección especial y activa”, no es para preservarla y así garantizar los derechos de todas las especies que allí habitan o lo hacen en su entorno –como favorecer con ello a la humanidad entera al mantener vivos importantes pulmones que con su acción menguan en algo o retrasan el incesante incremento del cambio climático– sino para mercantilizarla en las mejores condiciones posibles al mejor postor, uno que no sea ‘ilegal’ o ‘informal’ sino que provenga de alguna multinacional.


Este es el panorama de una realidad biodiversa y que, si de verdad se pretendiera proteger, debiera llevar al establecimiento, además, a preguntarse por el modelo de desarrollo dominante, examinando todas sus falencias y consecuencias, para sacar conclusiones lógicas que impacten de manera positiva todo aquello que en letra se postula como propósito loable. Pregunta por el modelo de desarrollo que entre los muchos aspectos que implica debiera enfatizar, de igual manera, en el tema de la tierra en nuestro país, y la necesaria y siempre negada reforma agraria, vía idónea para impedir que la frontera agrícola prosiga su incesante avance, creando con ello las condiciones óptimas para proteger parte de la ahora reivindicada biodiversidad y las fuentes hídricas del país, las cuales tienen en los llamados parques nacionales naturales, territorios desde hace mucho en el ojo de la motosierra y las palas mecánicas, los epicentros de su existencia.


No es exagerado pensar que un manejo comunitario de la naturaleza que habitamos y somos –posible desde el acceso a la tierra por quienes carecen de ella– ofrezca mejores condiciones para evitar o neutralizar la acción depredadora de mineros, mercaderes de madera y fauna de todo tipo, narcotraficantes y otros, que abordarlo simplemente como parte de una estrategia de seguridad y defensa, así la misma esté pensando en incluir en su concreción a toda la sociedad. ¿Qué sentido de pertenencia e interés en ser incluido en acciones de control puede tener quien siempre ha sido negado de todo, y sólo es visto como subversivo, raspachín, vago o, en otras palabras, delincuente? ¿Qué resultado positivo puede tener una acción de control cuando lo militar mantiene un peso sustancial en ello, acción que, a la luz de la llamada “guerra contra las drogas”, muestra sin contemplación alguna sus límites y sus imposibilidades?


Todo esto constituye un límite y una realidad ya considerados, incluso por los diseñadores de esta política de seguridad y defensa, para quienes la equidad es un propósito por lograr. Pretensión loable, más aún en una sociedad de honda desigualdad social como la nuestra, donde tierra, empresas y capital en general están concentrados en una minoría, a tal punto que el país no alcanza a salir de los vergonzosos primeros sitios reportados por todo tipo de estudios que sobre el particular se llevan a cabo. La desigualdad y la concentración de riqueza impide la movilidad social a tal punto que, para una familia pobre, su ascenso a clase media –estable, no simplemente como efecto de una política de subsidios que se quiebra ante el más leve devenir de la coyuntura económica global– exige que sus integrantes vivan doce generaciones, es decir, ¡300 años! Es esta una realidad imposible de romper por el simple control de la ilegalidad, como se dice en el documento (“La ilegalidad es la principal enemiga de la equidad”), pues, si bien ello contribuye a esta realidad, allí no reposa lo fundamental. El principal enemigo de la equidad es la concentración de la riqueza, propiciada por un modelo económico y político excluyente, violento e injusto, y al servicio de unos pocos.


Dicen que no hay peor ciego que quien no quiere ver, y así lo reafirman los agentes del establecimiento cuando, al seguir observando el tema de la equidad, concluyen que se accede a la misma “[…] si se logran las condiciones para que la economía de mercado funcione […]“. Paradoja, precisamente entre nosotros y desde siempre la economía de mercado ha sido la reina, posicionándose en ésta –como dice el catecismo neoliberal– el “más inteligente”, el “más astuto”. Tal vez es necesario recordar que precisamente en la economía de mercado la redistribución equitativa y voluntaria no existe, en virtud de la dinámica misma de la estructura económica.


Sin equidad posible en nuestra actual sociedad, se rompe el “círculo virtuoso de la seguridad” que se propone esta política y que además incluye emprendimiento, legalidad y seguridad. La transformación estratégica, propósito de tal círculo, por tanto, no podrá alcanzarse. Imposible, más allá de los buenos deseos y a pesar de los 861.808 activos ciudadanos integrados en la “Red de participación cívica” por la seguridad, según el anuncio de febrero pasado del ministro de defensa Guillermo Botero (3), red proyectada para incorporar hasta dos millones de integrantes, para unir a la alianza alcanzada con los más de doscientos mil integrantes de las empresas de vigilancia privada. Con estas redes y alianzas se avanza en la concreción de la pretendida acción multisectorial y multidimensional de la política de seguridad y defensa, pero que no garantizan el desarrollo del “círculo virtuoso de la seguridad”, el mismo que va más allá del emprendimiento, es decir, de la iniciativa individual, que sirve para crear falsas ilusiones –el “yo puedo” neoliberal– pero no para romper la lógica dominante en la economía de mercado.


Precisamente, una condición fundamental para quebrar la inseguridad prevaleciente en amplios sectores del país radica en la solidaridad, producto de la acción común, de la redistribución equitativa y justa de la riqueza social, y contraria al reclamado ‘emprendimiento’, que, por excelencia, es individual –además de imposible si no se cuenta con capital de trabajo–. Es decir, no es viable propiciar una vía de desarrollo basada en la agresión a la naturaleza y el irrespeto de los derechos fundamentales de las mayorías sociales, y llamar a esas mismas mayorías a que actúen, en unión con el Estado, en pos de la seguridad. O tal vez la gente lo hace si por ello recibe algún reconocimiento económico.


En estas circunstancias, por tanto, lo que vendrá como producto de esta política de seguridad y defensa es una mayor militarización del país, producto lógico de la propia acción multisectorial e interagencial que reclaman para el éxito de la misma, queriendo evitar así que, en la lucha contra todo tipo de actores armados y delincuencia a lo largo y ancho del país, todo descanse en el aparato amado, que en nuestro caso implica a la Policía, ya que, como se sabe, ésta funciona con lógica militar, además de estar militarizada.


Este propósito parece nuevo pero no lo es. Siempre se ha pretendido, como lo recuerda la llamada “acción cívico-militar” de los años 60, 70 y más, activada para neutralizar a la insurgencia, hasta los planes de contrainsurgencia desplegados en territorios en disputa con aquella, en que el mando militar termina suplantando la autoridad civil y relegándola a las necesidades del aparato armado, y a la lógica del secreto militar, como lo ha vivido el país en territorios en guerra a lo largo de este siglo. Tal vez falte decir que en esta acción integrada no se reconoce la presencia de todo aquello que es reconocido con el prefijo “para”, encargado en unos casos de recoger inteligencia de combate, en otras de intimidar, y en no pocas ocasiones de desplazar y masacrar. De acuerdo a la historia nacional, en todos estos casos quien termina afectada es la población civil, lo que la inhibe para actuar de la mano con el actor armado.


Estamos, entonces, ante unos propósitos inscritos en una lógica ya conocida, preñados de “buenas intenciones” pero condenados al fracaso, en todo o en parte, lo cual implicará que la sociedad, sobre todo la conformada por los eternamente negados, sienta el peso de un aparato cada vez más cohesionado y mejor dotado en todos los niveles, que le caerá como yunque pretendiendo garantizar la reiterada por este gobierno prevalencia de la “legalidad” y la “seguridad”, en todo caso no como resultado de vida digna y justicia sino como imposición del poder en defensa de la sociedad realmente existente, la excluyente e inequitativa, que no es posible superar como efecto de simple deseo.


Lo que sin duda logrará esta política es que las Fuerzas Armadas y de Policía mejoren la venta de su experiencia por doquier, aprovechando cada vez más el reconocimiento internacional de su alta experiencia en combate de jungla y similares, función en la cual ya reemplaza a la pésimamente recordada “Escuela de las Américas”. Y de su mano, la “diplomacia para la Defensa […]”, que llevará a nuestro país a comprometerse en la geopolítica de lo que llaman “[…] potencias aliadas con las cuales existen intereses comunes, en el marco de un modelo de seguridad cooperativo que preserve los intereses nacionales”.


Buenos deseos, sí, soportados sobre una base errónea, sí, con lo cual su resultado general, en el mejor de los casos, será limitado. Pero proseguirá la guerra, ahora también con aire internacional.

1. https://id.presidencia.gov.co/Paginas/prensa/2019/190206-Palabras-Presidente-Ivan-Duque-presentacion-Politica-Defensa-Seguridad-para-Legalidad-Emprendimiento-Equidad.aspx.
2. Esta política, distribuida en seis capítulos, parte de las debilidades actuales del Estado colombiano en este campo, como antesala de las Amenazas, para adentrarse en lo que pudiéramos llamar su “soporte o base” –Legalidad, Emprendimiento, Equidad–, y desbrozar a continuación los Ejes de transformación estratégica, los Principios de la Política, los Propósitos de la Política, para cerrar con los Objetivos estratégicos y Líneas de Política.
3. https://www.rcnradio.com/judicial/red-de-participacion-civica-ya-cuenta-con-mas-de-800000-personas.

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Bolsonaro entierra sus críticas y alaba la relación bilateral con China al recibir a los BRICS

Las divergencias sobre Venezuela y Bolivia se cuelan en la cumbre de los grandes exponentes del mundo emergente, un club cada vez más dispar en lo económico

Brasil acoge la primera gran cumbre internacional de la era Bolsonaro. El presidente brasileño ha sustituido su frecuente retórica anticomunista por alabanzas y la promesa “de ampliar y diversificar la relación” bilateral con Pekín al recibir, este miércoles en Brasilia, a su homólogo chino Xi Jinping. A ellos se unirán el ruso Vladímir Putin, el indio Narendra Modi y el sudafricano Cyril Ramaphosa en la cumbre de los BRICS —los cinco exponentes del mundo emergente—, que continúa el jueves. La visita de Bolsonaro a Taiwán, durante la pasada campaña electoral, y su acusación de que China está comprando Brasil, que tanto enfadaron a Pekín, son capítulo cerrado. Aunque los BRICS se reúnen para hablar sobre todo de negocios, las crisis de Bolivia y Venezuela se han colado en la agenda.

El ultraderechista Bolsonaro ha recibido a Xi mientras la Embajada de Venezuela en Brasilia se convertía en escenario de un pulso por el control de la legación cuando representantes de Juan Guaidó entraron de madrugada al edificio, que seguía en manos de leales a Nicolás Maduro. Un recordatorio de que la defensa de uno u otro bando en los conflictos regionales amenaza la relación entre algunos socios de los BRICS, sobre todo entre Bolsonaro, que apoya a Guaidó y el cambio en Bolivia, y Rusia y China, que respaldan a Maduro y a Evo Morales. El Gobierno brasileño se apresuró en reconocer a la senadora opositora Jeanine Áñez como legítima presidenta interina el martes en sustitución del exiliado Morales.

En ese contexto ha comenzado la cumbre cuyo primer acto ha sido la confirmación de que la relación Brasil y China inaugura una nueva fase. Ambas partes son conscientes de que se necesitan porque, como explica el analista Oliver Stuenkel, de la Fundación Getulio Vargas, “China no tiene autosuficiencia alimentaria y energética y no dejará de depender de Brasil y en general, de América Latina para las materias primas”. Añade que la postura de Bolsonaro no es tan relevante para los chinos porque ellos miran a muy largo plazo. De todos modos, el brasileño ha tenido una especie de acto de contrición al afirmar ante Xi que “China debe ser tratada con cariño, respeto y consideración porque todos tenemos qué ganar”. Xi, por su parte, ha apostado por una relación "basada en el respeto mutuo con Brasil como plataforma hacia América Latina, que junto con China son los principales mercados emergentes". Antes le había agradecido que en la polémica por los incendios de la Amazonia en agosto defendiera la soberanía brasileña del bosque tropical. Ambas partes encauzaron la reconciliación en una visita de Bolsonaro a Pekín.

La cumbre fue convocada con objetivos modestos y, a diferencia de anteriores ediciones, no irá seguida de una cumbre regional de jefes de Gobierno. El motivo es Venezuela, según Stuenkel. “Bolsonaro quería invitar a Guaidó, pero los otros [BRICS] le ofrecieron invitar a todos los presidentes regionales menos a representantes venezolanos. Brasil se negó”, asegura. Eso, unido a la suspensión de la cumbre del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC), que Chile canceló por las protestas, han restado contenido al viaje a Latinoamérica de los presidentes de China, India, Rusia y Sudáfrica.

Un grupo que crece a muy diferentes velocidades

Los caminos de lo geopolítico y lo económico, siempre tan entrelazados, a veces —solo a veces— divergen. La evolución reciente de los BRICS es un caso de manual de la excepción que confirma la regla: tras la década dorada de crecimiento de principios de siglo, el grupo de países que hace tiempo tomó la alternativa de Occidente en la sala de máquinas de la economía mundial —el punto de quiebre fue 2007, cuando los emergentes igualaron a los países avanzados con el 50% del PIB global cada bloque—, observan en la distancia aquellos tiempos de vino y rosas en los que parecía que el verbo que les daba nombre pronto quedaría corto. Y ven cómo desde una de las atalayas del análisis económico mundial, la calificadora S&P, ponen incluso en duda la vigencia del ya famoso acrónimo acuñado por Jim O’Neill, expresidente de Goldman Sachs, en los albores de la década de 2000. "La trayectoria divergente de largo plazo entre los cinco países debilita el valor analítico de los cinco como un grupo económico coherente", subrayaban los técnicos de la calificadora en una reciente nota para clientes.

Los BRICS —quintaesencia de los emergentes— han esquivado la mayor amenaza que pesaba sobre sus cabezas hace dos años, cuando trataban de alzar el vuelo y temían que una subida generalizada de tipos en los países ricos golpease a sus siempre volátiles monedas y encareciesen su deuda denominada en dólares. En esas llegaron, sin embargo, las ansias proteccionistas de Donald Trump, un golpe que está pasando factura especialmente a China, objeto de las iras proteccionistas del republicano, y que se ha sumado a su trayectoria de desaceleración que ha llevado el crecimiento a su punto más bajo en 27 años. India, por su parte, siempre señalada como uno de los posibles ganadores de la diatriba entre las dos mayores potencias —a río revuelto...—, apenas ha podido sacar tajada hasta ahora. Pero ambos son los grandes triunfadores del grupo, con crecimientos que, aunque picando a la baja, despiertan las envidias del resto: a pesar del paulatino enfriamiento, ambas economías cerrarán 2019 con una expansión cercana al 6%.

La realidad luce bien distinta en Rusia, Brasil y Sudáfrica, países que aprovecharon solo parcialmente el boom de las materias primas, han sufrido los rigores de la recesión y la inestabilidad política —Moscú fue la excepción en ese apartado—, y solo ahora afrontan un intento de remontada que se está prorrogando durante mucho más tiempo de lo previsto. El crudo, anclado en el entorno de los 60 dólares, no es una buena noticia para Rusia, uno de los mayores productores del mundo; y Brasil, que la semana pasada cosechó un sonoro fracaso en una subasta que prometía llevarle al Olimpo petrolero —y que solo logró atraer la atención de la estatal Petrobras con una pequeña ayuda de dos firmas chinas—, ve cómo las promesas de rápido crecimiento de Bolsonaro se van largas al filo de su primer año de mandato. Quizá, como señalaba recientemente Bloomberg, O'Neill se equivocó y, en vez de Brasil y Sudáfrica, habría acertado más con Indonesia y Vietnam, cuya trayectoria se asemeja más a la esperada para los BRICS.

En términos comparativos, en cambio, los males son menos: a pesar de los pesares, el bloque emergente suma, una década después del sorpasso, el 60% del PIB global y los BRICS, la tercera parte del total. El consuelo viene por el lado del frenazo de las economías más desarrolladas, abonadas al estancamiento con cada vez más tintes de secularidad, salvo honrosas excepciones —EE UU, Australia, el este de Europa y, en los últimos años, España—. Y por que, pese al estancamiento económico de sus miembros no asiáticos, su peso en los órganos de gobernanza global no ha dejado de ganar terreno desde la popularización de un concepto, BRICS, cada vez más cerca de la obsolescencia.

Por Naiara Galarraga Gortázar  / Ignacio Fariza

Brasilia / Madrid 13 NOV 2019 - 13:37 COT

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Cuando los nazis se enamoraron de las armas

Un pibe de 21 años tiene un rifle automático, un arma de guerra, y decide usarlo. Desde su temprana adolescencia se considera un soldado de la causa, un Blanco, un Ario, un norteamericano que ve su país blanco amarronarse, descender en el caos de la mezcla de razas. Y,  a los 21 años apenas, entra en un Walmart y abre fuego. El chico no sabe a cuántos va a matar, pero sabe que del hipermercado él sale muerto o a la cárcel para siempre. Lo hace igual, porque se siente un soldado de una causa, un ejemplo que puede disparar la anhelada Guerra Santa Racial. Esa misma que su gobierno hace lo imposible para evitar, porque su gobierno es cómplice de las fuerzas ocultas que dominan el mundo. Hasta con Trump, los neonazis norteamericanos siguen diciendo que son oprimidos por el Gobierno Zionista de Ocupación.

La ultraderecha norteamericana es única en el mundo por su violencia militarizada y por su doctrina anti estatal. Los skins alemanes, los fascistas italianos, los falangistas disimulados de Vox, los que ven a Jair Bolsonaro como un mesías, los polacos encantados con el autoritarismo, no ven al Estado como un enemigo. La utopía es coparlo, usarlo, cambiarlo, pero el Estado es visto como la gran herramienta y el fundamento para que el Líder pueda gobernar. Los americanos llegan al borde de un anarquismo en el que toda autoridad es opresiva para los derechos "naturales" del hombre blanco. La misma idea de ley es vista con sospecha.

Esto es una evolución reciente en un país que tuvo su movimiento nazi en los años treinta y un rico prontuario de militantes del Klan, antisemitas vociferantes, racistas abiertos y, un clásico, regulares prohibiciones a la inmigración de no blancos. EE.UU. tiene un cimiento tan racista, que hasta los irlandeses, tan colorados ellos, tuvieron que ganarse el derecho de ser considerados blancos. Y ni hablar de gentes más marrones, como los italianos o los croatas... La violencia tampoco estuvo ausente, pero era organizada y canalizada a través de grupos: si una iglesia negra ardía en el sur, no era porque un chico con un rifle la atacaba, sino porque el Klan decidía una "acción" que se hacía en grupo.

Pero en 1975 los americanos perdieron Saigón y vieron una camada de veteranos de guerra radicalizados por la guerra de Vietnam. Eran gente amargada por perder, acostumbrada a una violencia sin formato, con ganas de encontrar un culpable y más racista que cuando había embarcado. Si la segunda guerra mundial creó una solidaridad entre razas por la experiencia compartida, que ayudó a desegregar el ejército, Vietnam creó tensiones nuevas. Entre otras cosas, por la enorme bronca y activismo de los afroamericanos, reclutados al voleo, por pobres nomás.

Un producto del momento fue la revista Soldier of Fortune, que llegó a vender casi doscientos mil ejemplares y a ser el house organ de los que querían hacer carrera como mercenarios o simplemente querían armarse. Su editor, Robert Brown, un ex boina verde, hasta llegó a dirigir escuadrones en la muerte en El Salvador y a combatir con los muyahidin en Afganistán, contra los soviéticos. La revista señalaba oportunidades de trabajo en guerras sucias contra los movimientos de liberación en Africa y Asia, pero también fue un precursor en esto de vender uniformes, armas de combate y explosivos directo al consumidor. Así aparecieron los primeros milicianos blancos, organizados como comandos y presentados como una vanguardia espontánea contra el comunismo y sus cómplices internos, como los sindicalistas y los Panteras Negras.

Pero en 1984 hubo otro cambio y apareció el primer grupo que definió al gobierno norteamericano, a Washington como conjunto, como el enemigo. El grupo era La Orden, también conocido como Brüder Schweigen, que se dedicó a robar bancos para financiar la revolución hasta que el FBI mató o capturó a su dirigencia. Ese mismo año, hay que tener en cuenta, terminaba el primer período de Ronald Reagan, un super-conservador y posiblemente el presidente que más habló de achicar el estado. ¿Por qué los nazis lo veían como un enemigo? Porque no le creían, en parte porque tenía judíos en posiciones prominentes en el gabinete. Un gobierno con ministros judíos no podía hacer una revolución de derechas... En un sermón de la época -La Orden tenía pastores protestantes- se explicaba que Washington se aliaba a Jerusalén, se entregaba a la banca internacional y no movía un dedo para sostener la supremacía blanca.

De aquí surge la idea central que hoy es mayoría entre los 25.000 milicianos armados y el medio millón de simpatizantes que se estima con seriedad existen hoy en Estados Unidos: el gobierno es el enemigo y hay que resistir con las armas. Entre los creyentes hay dos utopías, la de crear una nación puramente blanca en el noroeste, que es una región de mayoría blanca, o la de tomar el poder, liquidar o expulsar a todos los negros, marrones o amarillos, y colgar de sendos faroles a los "traidores a su raza". En ambos casos, la receta es parecida y parte de una idea del racista Louis Beam, la de crear un movimiento sin líderes ni estructura, imposible de infiltrar, en el que cada militante lleve a cabo sus acciones "como un lobo solitario". El más famoso de estos lobos fue Timothy McVeigh, el ex soldado que voló el edificio federal de Oklahoma con una bomba casera en 1995. Con 165 muertos y cientos de heridos, el ataque fue el peor antes de las torres gemelas y sigue siendo el más sangriento de la derecha miliciana.

La idea revolucionaria fue expresada en una novela de William Pierce, Los Diarios de Turner, supuestamente las memorias de un veterano de la guerra racial. En la novela, el gobierno pasa la Ley Cohen para desarmar al pueblo, comienza razzias contra los blancos que resisten y crea bandas de negros para intimidar a la mayoría. Los blancos reaccionan cuando un militante abre fuego contra negros y eso dispara una guerra racias que termina cuando logran llevar una bomba atómica, entregada por militares racistas, a Washington y desintegran la ciudad. La purga es masiva y sangrienta, pero una nueva era comienza con la abolición del dólar y con el calendario arrancando de nuevo desde el Año Uno.

El momento clave de la novela, el más representativo, es ese en que los blancos al fin reaccionan cuando uno se alza en armas y comienza a matar enemigos de su raza. Ese es el disparador que buscan estos militantes, como el chico de 21 años que disparó en Walmart. No es sólo un tema de insanía mental, también hay una idea política.

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El machismo radical que adoctrina a las mujeres en las iglesias ultraconservadoras de Brasil

Una reportera se infiltra en reuniones masivas, misas locales y reuniones de autoayuda donde se promueve un fundamentalismo religioso clave para el poder de Bolsonaro

 

 “Usted que sufrió abuso en la infancia, Jesús perdona su culpa”, dice ante 10.000 mujeres un obispo

 La figura más visible es la ministra Damares, una pastora evangélica en guerra contra "la ideología de género" como culpable de los problemas de las mujeres

Después de una larga espera en una de las muchas colas compuestas exclusivamente por mujeres, abro mi bolsa para que una muchacha con una sonrisa en el rostro y una linternita en la mano la revise cuidadosamente: “Ah, querida, aquí no se permite entrar con móvil, puedes bajar para guardarlo en una taquilla”, dice, señalando una escalera con la linterna. Una hora y dos colas después —también tuvimos que pasar por un detector de metales— estamos dentro del gigantesco Templo de Salomão, sede mundial de la Iglesia Universal del Reino de Dios, localizada en São Paulo, para la que sería la “Reunión de Autoayuda”, un encuentro trimestral que da orientaciones exclusivas para las mujeres.

Después de que una de las trabajadoras vestida con túnicas abra las puertas, veo a lo lejos el altar con un arca dorada de ángeles inmensos y cuatro pantallas —dos del tamaño de pantallas de cine— que exhiben un vídeo del obispo Edir Macedo, fundador y líder de la Iglesia, de rodillas rezando fervorosamente. El templo está a media luz, apenas iluminado por las 12 réplicas de menorot judíos de 5 metros de altura y 300 kilos de peso cada uno, pegados a las paredes. Cuando todas las mujeres se acomodan, el vídeo se detiene, las 10 mil lámparas de LED pegadas al techo de la nave principal se encienden y Edir Macedo aparece en persona para comandar la noche.

En la Iglesia Universal, solo los hombres pueden ser pastores y obispos. El Templo de Salomão tiene capacidad para 10.000 personas sentadas. En aquella noche, todos los asientos estaban ocupados por mujeres y había muchas de pie.

Según el Censo de 2010, las mujeres son la mayoría de la población evangélica de Brasil, con 55,57% de un total de más de 42,3 millones de personas. Entre las denominaciones, la Iglesia Universal del Reino de Dios, una de las mayores organizaciones religiosas del país, es la que tiene mayor proporción de mujeres, con un poco más del 59% de su congregación. También es una de las iglesias que apoyaron la elección de Bolsonaro a la Presidencia; el Partido Republicano Brasileño (PRB), dirigido por el obispo licenciado de la Universal, Marcos Pereira, es parte de la base aliada del gobierno.

Desde el nombramiento de la pastora Damares Alves al frente del Ministerio de la Mujer, de la Familia y de los Derechos Humanos, un equipo de reporteros de la Agência Pública ha frecuentado congresos y conferencias dirigidas a mujeres evangélicas (los relatos están a lo largo de este reportaje) y ha oído historias de mujeres que frecuentan las iglesias, que las frecuentaron y de pastoras de las más variadas denominaciones para intentar entender hasta qué punto las convicciones religiosas de Damares —ministra en un Estado constitucionalmente laico— comandan su actuación al frente del ministerio.

El obispo Edir Macedo abre la conferencia exhibiendo en las pantallas una foto de Facebook de una pareja. “Vean lo felices que están, cómo él exhibe a su mujer, todo orgulloso”, dice. En seguida, surge en la pantalla un vídeo filmado con un celular mostrando a un hombre que entra en un coche en llamas, luego reducido a un cuerpo carbonizado. “Ese hombre, que entró en el coche en llamas, es aquel de la foto. Él descubrió a su esposa con otro hombre. Perdió las ganas de vivir. Y aquí te pregunto: ¿y el alma de él?”, concluye.

El sermón seguiría diciendo a las mujeres que una palabra es capaz de matar a un matrimonio; que no pueden ser tan ansiosas —“la ansiedad es un espíritu de Satanás”, afirma el obispo— y que, si queremos a un príncipe encantado, necesitamos rezar al rey [Jesucristo] porque, si somos ansiosas, el diablo va a mandar a su príncipe y nos atrapará.

Macedo dice también que las mujeres necesitan casarse con hombres superiores en cultura y condiciones financieras, porque el marido es el que debe suplir a la casa. “Si fueras la proveedora, tu matrimonio estaría destinado al fracaso”. El hombre debe ser la cabeza de la unión y la mujer, el cuerpo. “Mi esposa sustituye a mi madre, cuida de mí y yo le doy lo bueno y lo mejor. En el matrimonio, el hombre es Jesús y la mujer es la iglesia”. Después de algunos pedidos de diezmos y ofrendas —incentivados por el recordatorio del lujo del lugar en el que estamos. “¿Ustedes están cómodas? Pues esto aquí tiene un gasto de más de 5 millones de reales por mes”—, de la venta de la Biblia comentada y de otros accesorios, vendría la frase que marcaría la noche. Llamando al frente a las mujeres que quisieran recibir la oración, el obispo dice: “Usted que sufrió abuso en la infancia, Jesús perdona su culpa”.

Godllywood

La “Reunión de Autoayuda” es parte de un programa de la Iglesia Universal dirigido a las mujeres, llamado Godllywood, creado por la hija de Edir Macedo, Cristiane Cardoso, en 2010. Cristiane es también autora de un blog, de varios libros que definen qué es ser una mujer virtuosa y, en compañía del marido, el obispo Renato Cardoso, lidera programas de televisión con nombres en inglés que enseñan a parejas heterosexuales a tener éxito en la relación.

Según la explicación del sitio oficial, “Godllywood, nació de una revuelta sobre los valores equivocados que nuestra sociedad ha adquirido a través de Hollywood [El 'God' de Godllywood significa Dios en inglés]. En este trabajo, nuestro principal objetivo es el de llevar a las jóvenes a convertirse en mujeres ejemplares y contrarias a las influencias e imposiciones hollywoodienses que desarrollan los lazos familiares que se han perdido en los últimos años”.

Funciona más o menos como una mezcla de hermandad y gymkana, en la que las mujeres, divididas por franjas de edad, tienen que cumplir tareas diarias, semanales y mensuales que van desde no comer carbohidratos a hacerse las uñas, peinados, cuidar de la casa y preparar cenas para el marido. Quien no cumpla las reglas es apartada del grupo, que tiene incluso cursos específicos para mujeres en situación de violencia, por ejemplo.

Madre, de sangre o en espíritu, esposa honrada, sea por la unión ya consagrada, sea por destino; eterna novia del señor Jesucristo. Esas fueron las principales referencias de lo que es ser mujer en tres iglesias evangélicas cuyos espacios frecuenté en este mes de mayo —la Iglesia Universal del Reino de Dios, la Iglesia Apostólica Renacer en Cristo y la Iglesia Batista de Lagoinha, donde predica la ministra Damares Alves.

“Nadie aquí cree que los hombres tienen que lavarse la ropa, ¿no?”, cuestiona la profesora Fernanda Lellis, despertando una serie de risitas condescendientes entre las cerca de 60 mujeres, de todas las edades, de mayoría negra, reunidas en el último piso del Templo de Salomão. “Las mujeres tienen el deber de cuidar, hacer la comida, ordenar”, continúa en el micrófono, caminando de un lado para otro, en frente de un púlpito dorado. “La mujer primero tiene que hacer el papel de ella, dejar al hombre feliz, y a partir de ahí él la va a tratar bien también. Es así, aguantamos más”.

La profesora del Curso de Autoconocimiento del Proyecto Raabe, creado para ayudar a mujeres que sufrieron traumas como violencia doméstica, abusos sexuales o enfermedades psicológicas, cita a Efesios 5:22-24: “Vosotras, mujeres, sujetad a vuestros esposos, como al Señor; porque el esposo es la cabeza de la mujer”. Y concluye, imperativa: “¡Cambien sus mujeres de referencia, sea mejor!”.

Raabe, de acuerdo con el Libro de Josué, el sexto del Antiguo Testamento, fue una prostituta que vivió en Jericó y supuestamente ayudó a los israelitas en la captura de la ciudad. De acuerdo con el sitio de Godllywood, Raabe se purificó.

Las consejeras del Proyecto Raabe, de acuerdo con Lellis, son ahora mujeres “lindas”, pero llegaron a aquel lugar depresivas, violentadas o incluso con recuerdos de abusos sexuales que sufrieron cuando eran niñas. “Hoy son todas obreras, levitas o esposas de pastor”. Y todas usan ropas negras y pañuelos rojos amarrados en el cuello, en referencia a Raabe, que colgó una cinta escarlata en la entrada de su casa para no ser asesinada en la invasión de Jericó.

Una de esas consejeras me recibió en el iluminado Templo de Salomão. Me entregaron un panfleto con el lema “rompiendo el silencio” que incluía información sobre atenciones espirituales y profesionales, así como orientación jurídica y social para mujeres que sufren violencia doméstica y abuso. Luego quedó claro, sin embargo, que Lellis era solo una mediadora. La verdadera profesora aparecería solo en vídeo.

Desde su oficina, Cristiane Cardoso, la hija de Edir Macedo, usó diez minutos para explicar cómo “autoconocerse” fue importante para salvar su matrimonio con el obispo Renato Cardoso. “Yo no sabía de mis fallas, inseguridades, y creía que solo iba a resolver mis problemas si eran otros los que cambiaban. Creemos que la culpa es de la otra persona y no nuestra”. Ella sigue contando las crisis de celos que sentía, equiparando su experiencia a la de las mujeres que sufren violencia doméstica.

La pedagogía de enumerar defectos en un curso que tiene como público objetivo mujeres traumatizadas y violentadas ya había sido aplicada en la primera lección del curso: “Sin arrepentimiento, escriba quién ha sido usted hasta hoy, describa sus cualidades, describa sus defectos”, decía el papel.

La heredera del imperio religioso-mediático destaca que la mujer fue creada para ayudar de manera idónea, con las cualidades adecuadas —lo que incluye desde cuidar la apariencia hasta no presumir de independencia. “A lo largo de los años la mujer fue perdiendo esas cualidades, desarrollando varios defectos. Si no entiendes las referencias correctas de la mujer, vas a sufrir”, afirma, categórica.

Esa línea de razonamiento es luego retomada por Fernanda. Ella levanta el dedo hacia lo alto para puntualizar que la primera mentira que el mundo nos cuenta a nosotras, mujeres, es que somos iguales a los hombres. “Hoy las mujeres están ‘empoderadas’, y por eso tanta gente se está matando, sufriendo, con depresión”.

La conversación no era muy diferente en las tres horas de culto de mujeres al que asistí en el hall de la iglesia Renacer. El culto se celebra los miércoles a partir de las 14:30, horario que reúne principalmente a mujeres de la tercera edad de clase media alta. Entre cantar canciones de la iglesia y participar en un sorteo de cosméticos, las cerca de 30 mujeres presentes oyeron un testimonio de una persona que decidió dejar el empleo para convertirse en una exitosa emprendedora de accesorios. En respuesta al comentario de que hoy ella es, financieramente, “el hombre de la casa”, la pastora Edilene Gimenez toma la palabra.

“Siempre gané más que mi esposo. Cuando me convertí, yo oré para que Dios lo honrara profesionalmente y prometí que cuando eso sucediese yo dedicaría mi vida a la iglesia”. Dicho y hecho. Cuando su esposo, también obispo de Renacer, montó una empresa promisoria, Edilene dejó el empleo. “El primer ministerio nuestro es cuidar de nuestra familia. Puedes hasta ser madre que tenga hijos, pero generas frutos espirituales. Ustedes son todas madres espirituales”, reafirma la pastora.

Para mujeres solteras, las iglesias evangélicas reservan el papel de “novias de Jesús”, como explican las pastoras de Lagoinha, colegas de la ministra Damares. El sábado 11 de mayo, la sede de la iglesia en el centro de São Paulo fue escenario de un desfile sorpresa de novias, después del culto. Las jóvenes asiduas de la iglesia mostraban vestidos de lujo prestados por las marcas BlackTie y Faggion.

“El señor ve la iglesia como novia y a nosotras como novias de Jesús”, dice la pastora Vanessa Santos antes del desfile, pidiendo a las cerca de 40 mujeres presentes, la mayoría jóvenes, darse las manos y repetir en voz alta: “Mujer, no estás sola, eres la novia”.

Otra pastora invitada para el evento, Vanessa Batista, enfoca su intervención en recomendaciones de comportamiento para mujeres, “Es muy importante tener una mirada alegre y una fisonomía agradable”, recomendó. “Una mujer alegre cambia la atmósfera del hogar. Una mujer molesta también”.

Después de la conversación, las jóvenes fueron llevadas al piso de abajo. Un pasillo iluminado con neón y dividido por grandes buqués de rosas blancas hacía de escenario para la boda de las novias de Jesús. Las fieles desfilaron al son de góspel internacional, mientras la platea aplaudía a cada nuevo modelo blanco. La misión estaba cumplida: jóvenes mujeres y niñas se deslumbraron con el brillo del casamiento bendecido por Dios.

 

Control de la vida personal

 

La antropóloga, profesora de la Universidad de São Paulo (USP) e investigadora del Centro Brasileño de Análisis y Planificación (Cebrap) Jacqueline Moraes Teixeira investiga asuntos de género en iglesias evangélicas desde 2010. Según ella, más allá de los roles de género claramente delimitados entre la autoridad del hombre y la sumisión de la mujer, reglas impuestas por programas como Godllywood (que se reproducen de diferentes maneras en otras denominaciones) pretenden dirigir la vida de las mujeres en todos sus aspectos, más allá de lo espiritual. A través del control —que se torna autocontrol de las más variadas formas— se impone la dominación.

“Ese lenguaje del control no está solo en las iglesias, es un lenguaje diseminado en el modo en el que la gente piensa en este mundo contemporáneo. Tal vez la diferencia es que, en Brasil, las iglesias se responsabilizan de esa gestión, ayudan a las personas a desarrollar ese hábito de controlarse. No para pasar horas orando o para memorizar tantos versículos bíblicos. Les desafían a perder peso, a controlar el tiempo de uso de las redes sociales o cuánto dinero gastas, o sea, es toda una ética de la vida cotidiana”, explica.

Esa gestión de la vida aparece también en los testimonios de éxito, herramientas importantes para las iglesias evangélicas. “Estás todo el tiempo siguiendo esas reglas, y, cuando otras personas dan testimonio, hablan de cuánto adelgazaron, que ellas consiguieron montar un negocio, que ellas consiguieron una relación. O sea, esa conversión es una recuperación de la vida civil, no es una recuperación de la vida religiosa”.

La herramienta del “testimonio”, escuchada por todas nosotras en los cultos y conferencias que frecuentamos a lo largo de estos meses, también aparece muy fuerte en los discursos de la ministra Damares, como observa Jacqueline: “Ella es una mujer que declara que sufrió violencia sexual en la infancia. En esos cursos y proyectos, es muy común que las mujeres revelen que sufrieron violencia sexual en la infancia. Dicen que solo consiguieron recuperarse en el momento en que se convirtieron. Y Damares dice que fue la conversión lo que le hizo de hecho darse cuenta de lo que era su vida. Que es siempre el argumento central de esos testimonios".

La ministra Damares tiene un discurso que nace de la victoria, una victoria que le abre caminos importantes: se torna asesora parlamentaria, asesora política y llega a ministra. "Yo tengo profundos desacuerdos con lo que ella dice, porque es muy difícil lidiar con alguien que está en una posición pública tan importante, defendiendo declaradamente ciertas cosas", dice Jacqueline, "pero para miles de mujeres ella personifica una trayectoria de superación”.

 

Una tarde con la discípula de la pastora Damares

 

“Doctora Damares, estamos contigo por la vida, por la infancia y por la familia. Juntos, somos más fuertes”, gritó el coro formado en su mayoría por profesoras, en la iglesia Asamblea de Dios, en Contagem, región metropolitana de Belo Horizonte. Era una tarde de domingo, día 10 de febrero. La iglesia estaba llena, con cientos de mujeres de varias regiones del Estado para participar en la “Conferencia Conectar Kids y Pastorear —Defensores de una Generación en Peligro”, con la doctora Damares Alves, la misioneraa Joani Bentes, más conocida como Tía Jô, y la participación especial de la Tía Keyla.

A última hora, la recién nombrada ministra de la Mujer, la Familia y los Derechos Humanos no pudo estar en el evento, pero grabó un vídeo a los congresistas, que fue transmitido en la pantalla. Se pusieron todos de pie para devolverle el mensaje, que sería trasmitido por su amiga y discípula, Tía Jô. “Deja a Dios usarte para curar, deja a Dios usarte para salvar, mientas Él te usa, Él te cuida de todo lo que te hace llorar”, continúan los presentes, ahora en canto.

El congreso comenzó minutos después de las dos de la tarde. Los participantes que llegaban confirmaban su nombre en la lista y les entregaban un vale sellado para la merienda. Un pan, una manzana y un zumo. El curso costó 65 reales para quien se inscribió hasta el 31 de diciembre y 70 reales para aquella a la que se le pasó el plazo. El cartel de promoción incluye el contenido de cada una de las conferenciantes. Métodos creativos de enseñanza, historia bíblica terapéutica y musicalización serían enseñados por Tía Jô. Damares hablaría sobre erotización infantil, malos tratos, abusos, pedofilia e “ideología de género”.

En la noche anterior al evento, sin embargo, un mensaje de WhatsApp con un vídeo de la misionera cancelando la participación de la ministra Damares fue enviado a todos los inscritos, "debido al número de amenazas que ha sufrido”, justificó Tía Jô.

Antes de que la pastora entrara en el gobierno de Bolsonaro, las dos recorrieron Brasil juntas dando conferencias para educadores en cultos de la Asamblea de Dios. Hoy con 45 años, Joani Bentes es misionera desde hace 27. En su currículo, Tía Jô destaca los siguientes títulos: educadora cristiana, conferenciante, presentadora de televisión y radio, escritora con tres libros publicados, cantora con cinco CD y diez DVD grabados, conferenciante internacional. Casada también con un pastor, que la acompaña en las misiones y en la administración de los negocios, Tía Jô también tiene una tienda virtual donde vende sus CD, DVD, muñecos, camisetas, accesorios, libros, ropas y cosméticos con su marca. “Comprando cualquier producto usted estará ayudando proyectos en desarrollo: Sertão da Bahia, Cabo Verde, Mozambique, Nepal, Perú”, dice el anuncio en el inicio del sitio. Allá donde va, ella carga los productos, expuestos en la entrada de la iglesia.

El perfil es de una presentadora infantil. Tía Jô vestía falda volada azul de lunares blancos, blusa amarilla de Conectar Kids, dos coletas amarradas con flores. Durante casi toda su presentación ella habla con voz de niña. El tono solo cambió cuando introdujo el tema de Damares, después de transmitir el vídeo de la pastora.

“Lo que voy a mostrarles ahora es una excepción para nosotros. Hay que apagar todos los móviles ahora. Si algún movil fuera encendido, paramos el vídeo. Que nadie transmita ni grabe en audio o vídeo, por favor. Yo le prometí al poder Judicial y al Ministerio Público, yo le prometí a mi amiga la doctora Damares que sería algo solo nuestro”. Damares aparece entonces en la pantalla, en una grabación hecha desde Brasilia.

 “Han sido unos días muy difíciles para esta ministra. Acepté la invitación a ser ministra pensando especialmente en la protección de la infancia, en la protección de la adolescencia de este país. Y quiero, todo lo que pregoné la vida entera, traerlo a este ministerio. Son muchos mis desafíos. Ustedes no tienen idea de cuán grandes han sido mis desafíos, pero el mayor incluso han sido los ataques”, dijo Damares. “Si depende de esta ministra, ningún niño va a ser abusado en Brasil. Si depende de esta ministra, ningún niño va a ser herido o será enterrado vivo como sucede en algunas aldeas en Brasil”, prometió.

Damares habló también del abuso sexual que sufrió cuando era niña. “Dolores en el cuerpo, cómo sufrí dolores en el cuerpo, pero sufrí dolores en el alma. ¿Saben por qué? Porque nadie percibió que yo estaba siendo abusada. Nadie me protegió cuando yo tenía 6 años, nadie me dijo lo que estaba sucediendo”, recordó. “Los medios se ríen de mi historia, la prensa se ríe de mi historia, artistas se ríen de mi historia, pero ellos no podrían haberse reído de la fe de una niña de 10 años. Ellos se burlaron de mí cuando yo dije que a los 10 años de edad, en lo alto de un árbol de guayaba intentando suicidarme, que yo vi a Jesucristo. Yo sé que yo lo vi. Éramos él y yo en aquél árbol de guayaba” [el vídeo en el que relata la historia durante un culto se hizo viral en las redes sociales brasileñas], garantizó. “Vamos a unirnos y decir basta de violencia, basta de dolor, basta de sufrimiento y vamos a decir Jesucristo es el Señor de los niños de Brasil. Reciban mi abrazo, en la próxima conferencia prometo estar ahí con ustedes. Los amo, Dios los bendiga”, finalizó la ministra.

“Ah, Bolsonaro ganó, él está a favor de la infancia y de la familia, la guerra apenas comenzó. Ahora comenzó la guerra, ahora hay que orar más, ahora hay que trabajar más”, refuerza Tía Jô justo después.

En el material entregado a los congresistas, Damares destaca la ideología de género como “una de las más terribles violencias contra nuestros pequeños”. Ella cita cuatro temas que la ideología de género defiende y que están en los libros didácticos y en la política educacional hoy en Brasil: deconstrucción de la familia natural, deconstrucción de la heteronormatividad, derecho del niño al placer sexual, desconstrucción y subversiones de identidad (confusión en la identidad biológica).

Entre las acciones prácticas para reaccionar a la ideología de género, Damares sugiere a los educadores que pidan a los niños que les lleven las mochilas escolares para que la iglesia analice los libros y materiales didácticos que están estudiando; que orienten a los padres para que notifiquen a la escuela que no quieren que los hijos aprendan sobre ideología de género; que hagan sombreros de muñecas, encuentro de carritos, cultos de las princesas; que orienten a los padres en relación con las ropas de las niñas, demostrando la necesidad de reforzar la feminidad, y los juguetes y juegos con niños para reforzar la masculinidad; y que contextualicen las historias contadas y los juegos que son hechos con los niños en la iglesia, siempre destacando que existen juegos de niñas y juegos de niños.

De acuerdo con Damares, existe todavía en las escuelas un ataque a la fe del niño y del adolescente. “Observen que las leyes determinan la enseñanza de la cultura indígena y de la cultura afro, pero desgraciadamente muchos profesores están burlando la ley, están enseñando religión afro y religión indígena”, dice el texto de la ministra.

Después de pasar por todos esos temas del folleto de Damares, una pausa para la merienda, y Tía Jô regresa introduciendo su contenido, con métodos creativos para que los educadores aborden temas religiosos con los niños. “Yo puedo tomar mis muñequitos de Adán y Eva y decir que el papá del cielo los cubrió, protegiéndoles las partes íntimas”, dice. El seminario terminó puntualmente a las 18 horas. De Contagem Tía Jô partió a una visita misionera en el sertón de Bahía. (Alice Maciel)

 

Agência Pública   - Andrea DiP, Julia Dolce, Alice Maciel

27/07/2019 - 21:06h

*Los nombres de las entrevistadas se cambiaron para preservar sus identidades

Traducción: Diajanida Hernández

Publicado enSociedad
Hacia un Nuevo Orden Mundial de la Cultura y la Comunicación

 

Toda organización política (y, por lo tanto, toda organización) debe tener en su “agenda” la problemática histórica actual en materia de Cultura y Comunicación. No es mucho pedir y no hay escapatorias. Ya tuvimos tiempo de sobra para aprender que, entre todas las batallas que la humanidad libra hacia su emancipación, los “territorios” de la Cultura y la Comunicación han sido especialmente colonizados y mayormente plagados con derrotas muy severas.

Pero no se trata de priorizar a la Cultura y a la Comunicación en una “agenda” donde se las entienda exclusivamente como “espectáculo”, “entretenimiento” o “curiosidad”… como suele hacer cierto sector de las oligarquías y sus burocracias. No se trata de fingir, con discursos, que nos ocupa o preocupa la “diversidad” expresiva de los pueblos. No se trata de repetir la mueca clientelista que reparte becas, o subsidios, a los amigos y a los amigos de los amigos. No se trata de convencernos con sesudas disquisiciones academicistas ni convenciones internacionales plagadas con naderías en la práctica. De lo que sí se trata es de habilitar, profundizar y ensanchar el ejercicio de derechos humanos inalienables como son el Derecho a la Cultura y el Derecho a la Comunicación, no sólo en igualdad de “oportunidades” sino, principalmente, en igualdad de condiciones.

Una “agenda” de Cultura y Comunicación para nuestro tiempo, debe interesarse por la democratización de las herramientas de producción, distribución e interlocución del “sentido”. Debe interesarse por el ascenso de una corriente semántica renovada por el fragor de las luchas sociales que en todos los ámbitos (ciencias, artes, filosofías, tecnologías…) viene librando la especie humana para garantizarse un lugar digno en su propio desarrollo y no un lugar de “espectador” sometido por un sector social acaparador e históricamente opresor de las mayorías. Tal “agenda” debe interesarse, (inter, multi y transdisciplinariamente) por erradicar los medios y los modos con que los pueblos han sido infiltrados con “valores” o “antivalores” que sólo convienen el statu quo y que han inoculado núcleos de “falsa conciencia” redituables a la ignorancia funcional, al mundo de la mentira como verdad, al sometimiento de consciencias y al mercantilismo desaforado infectado de individualismo y consumismo.

De las fuerzas políticas actuales (que dicen ser emanación de la voluntad popular o de las clases trabajadoras) no podemos espera menos que un modelo comprensivo y dinámico que, en materia de Cultura y Comunicación, se disponga a corregir las asimetrías en el campo de la disputa por el sentido. Que sepa desarrollar un arsenal de herramientas para la crítica (en todos los “sentidos”) ante la hegemonía de la “Iniciativa Privada”; contra el burocratismo clientelista y contra el silenciamiento de las comunidades semánticas más variadas que, además de diversas, son mayoría abrumadora. Que, además de las herramientas para la crítica ponga al alcance de todos los cuerpos legales, las fuentes metodológicas, los espacios de formación, las herramientas de producción, las infraestructuras de transmisión, los modelos de evaluación y la dinámica de la retroalimentación. Abiertas, participativas, auto gestionadas, autónomas y de revocabilidad consensuada desde las bases. Para empezar.

No es posible aceptar políticas de Cultura y Comunicación sin consultas desde las bases y desde la historia. No es aceptable abandonarse a los caprichos del mecenazgo, no es recomendable aspirar al mundo feliz de las “industrias culturales” reproductoras de la lógica de la mercancía en el campo de las ideas y las emociones sociales. Cultura y Comunicación no son mercancías, son Derechos Humanos Fundamentales y al Estado compete su desarrollo, ensanchamiento y profundización. O será nada.

Una organización política que en su “agenda” no contenga, como prioridad de corto plazo, el desarrollo de una Política de Cultura y Comunicación, descolonizadora y transformadora, debe revisarse a fondo contrastándose con los hechos duros y crudos que han venido amenazando a las democracias en las décadas recientes, tal como lo advirtió el Informe MacBride de 1980. No es que falten casos ejemplo, autores denunciantes ni amarguras realmente existentes en el escenario actual donde la Cultura y la Comunicación han sido secuestradas por los poderes monopólicos trasnacionales. Lo que sí está faltando es la decisión política de fuerzas organizadas, con mandato de la clase trabajadora, para desplegar una experiencia nueva y renovadora atenta a las exigencias de los tiempos actuales y del futro inmediato.

“Se requieren nuevos discursos y enfoques que sirvan de referencia a las políticas culturales” ya reclamaba Irina Bokova de la UNESCO. En su reclamo, desde luego están las exigencias cualitativas y cuantitativas, están las consideraciones administrativas y de gestión gubernamental, además de estar a expectativa geopolítica acentuada en una visión Sur-Sur. Y lo que está faltando es la ordenación de las acciones que garanticen un cambio de paradigmas, a fondo, por cuanto compete a la comprensión teórica y práctica de la Cultura y la Comunicación no sólo como expresiones “reflejo”, “espejo” del pensar y el “sentir” social sino como instrumentos para la acción transformadora directa. Hay que romper con resabios y taras de las “culturas” desarrolladas por los colonialismos para contar con pueblos mansos y tributarios de la riqueza para los “amos”.

Hace falta sepultar a la andanada mercantilistas creadora de las “culturas” de la adicción (como el alcoholismo, la farmacodependencia y todas las adicciones autodestructivas). Hay que romper con todo lo que oprime y deprime a los pueblos, obligándolos a resignarse a una cultura de esclavo, a una moral de súbditos y a una estética colonizada que derivan siempre en beneficios comerciales para las clases opresoras. Eso le falta a las Políticas de Cultura y Comunicación que han de nacer en esta etapa y en el seno de las organizaciones políticas que quieran ser respetadas por su respeto histórico a las luchas de sus pueblos. Cultura y Comunicación para la emancipación. Nuevo orden.

 

Fuente: Rebelión/Instituto de Cultura y Comunicación UNLa

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