Acusado de tener vínculos con la dictadura; la derecha lo defiende

La elección del cardenal Jorge Mario Bergoglio, quien nació hace 76 años en esta capital, como el nuevo papa Francisco provocó reacciones dispares aquí, con festejos de todos los sectores de derecha y con reservas de organismos humanitarios, que lo han vinculado con la dictadura militar que imperó en Argentina (1976-1983).

 

La designación provocó sorpresa, a pesar de que Bergoglio logró estar en un lugar destacado en el cónclave de 2005, que eligió a Benedicto XVI. Es el primer papa latinoamericano y también el primero de la orden de los jesuitas en ese cargo.

 

Bergoglio nació en Buenos Aires el 17 de diciembre de 1936, en el barrio de Almagro, hijo de Regina y Mario Bergoglio, ambos italianos. Su padre fue trabajador ferroviario.

 

Estudió en una escuela pública en Almagro y egresó como técnico químico. En 1957 decidió ingresar a un seminario de la Orden de los Jesuitas ubicado en el barrio porteño de Villa Devoto y fue ordenado sacerdote en 1969.

 

Ejerció como sacerdote y provincial de la orden de los jesuitas entre 1973 y 1979. También fue profesor de teología. En mayo de 1992 fue consagrado uno de los cuatro obispos auxiliares de Buenos Aires.

 

En junio de 1997 fue designado obispo coadjutor de la arquidiócesis de Buenos Aires, y en 1998 asumió el cargo de arzobispo en remplazo de Antonio Quarracino, quien fue un duro conservador y defensor de las dictaduras locales.

 

Su carrera fue ascendente y en febrero de 2001 el papa Juan Pablo II lo nombró cardenal. Como primado de Argentina se convirtió en el superior jerárquico de la Iglesia católica de este país.

 

También fue presidente de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA) durante dos periodos, hasta 2011. Lo sucedió en el cargo monseñor José María Arancedo, quien hoy rescató entre los dones del nuevo Papa "la humildad, la devoción y el equilibrio".

 

Otros obispos consideraron que como participante de la Comisión para América Latina e integrante de una serie de congregaciones y consejos el actual Papa conoce a profundidad la situación regional.

 

Los religiosos entrevistados hoy coincidieron en destacar la humildad, "la sencillez que practica en su vida cotidiana, viviendo en un departamento pequeño y desdeñando lujos", así como su cumplimiento estricto de la doctrina de la Iglesia católica.

 

Sin embargo, en su biografía es imposible no citar la actuación de Bergoglio durante la dictadura militar más reciente.

 

La cúpula de la Iglesia católica, en su mayoría, está muy comprometida por su relación con los dictadores en turno. Se les demanda además porque muchos de los obispos que pudieron ayudar a las Madres de Plaza de Mayo no lo hicieron y porque los capellanes en las fuerzas armadas colaboraron o consintieron las violaciones de derechos humanos y los crímenes de lesa humanidad.

 

De hecho, los jerarcas católicos jamás se han definido en casos emblemáticos, como el del sacerdote Christian Von Wernick, quien fue condenado a cadena perpetua por crímenes de lesa humanidad, como secuestros, torturas y asesinatos, durante la dictadura militar de 1976-1983.

 

El 12 de mayo de 2011, la justicia argentina citó a declarar al cardenal Jorge Mario Bergoglio como testigo en la causa que juzga a los responsables del plan sistemático de apropiación de menores, hijos de desaparecidos durante el periodo de la dictadura militar de 1976-1983.

 

Bergoglio ya había pasado por tribunales, ya que también fue citado en la causa que procesa a los responsables de crímenes de lesa humanidad cometidos en la Escuela de Mecánica de la Armada (Esma), y por el caso de dos sacerdotes jesuitas, uno de los cuales, el que sobrevivió, lo señaló por no haber impedido su secuestro y tortura siendo superior de los jesuitas.

 

El periodista y escritor Horacio Verbitsky lo ha señalado varias veces por esas causas.

 

En los testimonios de quienes lo acusan se ha señalado específicamente su falta de compromiso para brindar ayuda ante pedidos desesperados de familiares. Y también existen testimonios de religiosos ante la justicia –entre ellos los de un sacerdote y un ex sacerdote, una teóloga y un seglar– que comprometen a Bergoglio.

 

Así como hay estas sombras, desde otros sectores sociales se menciona que no existen hasta ahora documentos que indiquen una colaboración activa de Bergoglio con la dictadura, y él ha negado toda responsabilidad en esos casos.

 

Adolfo Pérez Esquivel, premio Nobel de la Paz, dijo hoy a La Jornada que ha recibido muy bien que haya un nuevo papa argentino-latinoamericano. "Es un hombre de equilibrio, de diálogo. Sé que hay cuestionamientos, y creo que pudo no haber ayudado, pero es distinto a decir que entregó a sacerdotes (a los militares). Hay que actuar con mucha responsabilidad. He hablado con él y creo que hay disposición al diálogo. Tenemos que hacer, nosotros, que el nuevo Papa mire al continente con otros ojos. Tenemos que exigir otro tiempo".

 

También Celia Luro, quien fue compañera del ex obispo por los pobres, monseñor Jerónimo Podestá, ya fallecido, sostiene que Bergoglio la defendió en momentos de duros ataques del Vaticano por haber formado pareja con el religioso, quien es muy respetado aquí.

 

Otros destacan su austeridad: viaja en transporte público y él mismo se cocina.

 

Son visiones encontradas, pero que integran la figura y la personalidad de un obispo, un cardenal que ha tomado posiciones duras con el gobierno de Néstor Kirchner y luego con el de Cristina Fernández de Kirchner, a pesar de que se reunió con ella en lo que parecía un primer paso hacia la concialiación en diciembre de 2007, cuando recién asumió la presidencia.

 

El nuevo Papa se ha enfrentado al gobierno por los proyectos de ley sobre el aborto y la que hizo posible el matrimonio entre personas del mismo sexo, que fue calificada por Bergoglio de "una guerra del diablo".

 

Una serie de acciones lo fueron acercando a la oposición de derecha. La situación llegó al extremo de que se trasladaran los Te deum de la fiesta patria a las provincias. Y hubo duras críticas del ahora flamante Papa, lanzadas desde un púlpito y aplaudidas por la derecha más dura, que hoy reaccionó en conjunto con grandes festejos.

 

"Es nuestro Papa", escribieron en algunos mensajes de Twitter integrantes de esos sectores, entre ellos familiares de los militares presos por los crímenes que cometieron durante la dictadura.

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Jueves, 14 Marzo 2013 06:35

Recordando con ira

Recordando con ira

El rol del ahora cardenal Bergoglio en la desaparición de sacerdotes y el apoyo a la represión dictatorial es confirmado por cinco nuevos testimonios. Hablan un sacerdote y un ex sacerdote, una teóloga, un seglar de una fraternidad laica que denunció en el Vaticano lo que ocurría en Argentina en 1976, y un laico que fue secuestrado junto con dos sacerdotes que no reaparecieron. La iracunda reacción de Bergoglio atribuye al gobierno el escrutinio de sus actos

 

Cinco nuevos testimonios, ofrecidos en forma espontánea a raíz de la nota "Su pasado lo condena", confirman el rol del ahora cardenal Jorge Bergoglio en la represión del gobierno militar sobre las filas de la Iglesia católica que hoy preside, incluyendo la desaparición de sacerdotes. Quienes hablan son una teóloga que durante décadas enseñó catequesis en colegios del obispado de Morón, el ex superior de una fraternidad sacerdotal que fue diezmada por las desapariciones forzadas, un seglar de la misma fraternidad que denunció los casos al Vaticano, un sacerdote y un laico que fueron secuestrados y torturados.

 

Teóloga con minifalda

 

Dos meses después del golpe militar de 1976, el obispo de Morón, Miguel Raspanti, intentó proteger a los sacerdotes Orlando Yorio y Francisco Jalics porque temía que fueran secuestrados, pero Bergoglio se opuso. Así lo indica la ex profesora de catequesis en colegios de la diócesis de Morón, Marina Rubino, quien en esa época estudiaba teología en el Colegio Máximo de San Miguel, donde vivía Bergoglio. Por esa circunstancia conocía a ambos. Además había sido alumna de Yorio y Jalics y sabía del riesgo que corrían. Marina decidió dar su testimonio luego de leer la nota sobre el libro de descargo de Bergoglio.

 

Marina Rubino vive en Morón desde siempre. En el Colegio del Sagrado Corazón de Castelar daba catequesis a los chicos y formaba a los padres, que le parecía lo más importante. "Una vez por mes nos reuníamos con ellos. Era un trabajo hermoso. Esta experiencia duró quince años". También dio cursos de iniciación bíblica "en todos los lugares no turísticos de la Argentina. Teníamos una publicación, con comentarios a los textos de los domingos, queríamos que las comunidades tuvieran elementos para pensar". Desde que se jubiló da clases de telar, en centros culturales, sociedades de fomento o casas.

 

No quiso ingresar al seminario de Villa Devoto porque no le interesaba la formación tomista, sino la Biblia. En 1972 comenzó a estudiar teología en la Universidad de El Salvador. La carrera se cursaba en el Colegio Máximo de San Miguel. En primer año tuvo como profesor a Francisco Jalics y en segundo a Orlando Yorio. Mientras estudiaba, coordinaba la catequesis en el Colegio del Sagrado Corazón de Castelar, donde también estaba la religiosa francesa Léonie Duquet. "Eran tiempos difíciles. Por hacer en el colegio una opción por los pobres tomándonos en serio el Concilio Vaticano II y la reunión del Celam en Medellín perdimos la mitad del alumnado. Pero mantuvimos esa opción y seguimos formando personas más abiertas a la realidad y al compromiso con los más necesitados, sosteniendo que la fe tiene que fortalecer estas actitudes y no las contrarias." El obispo era Miguel Raspanti, quien entonces tenía 68 años y había sido ordenado en 1957, en los últimos años del reinado de Pío XII. Era un hombre bien intencionado que hizo todos los esfuerzos por adaptarse a los cambios del Concilio, en el que participó. Después del cordobazo de 1969 repudió las estructuras injustas del capitalismo e instó al compromiso con "la liberación de nuestros hermanos necesitados". Pero el problema más grave que pudo identificar en Morón fue el aumento de los impuestos al pequeño comerciante y al propietario de la clase media. "Muchas veces hubo que discutir y sostener estas opciones en el obispado, y monseñor Raspanti solía terminar las entrevistas diciéndonos que si creíamos que había que hacer tal o cual cosa, si estábamos convencidos, él nos apoyaba", recuerda Marina. Sus palabras son seguidas con atención por su esposo, Pepe Godino, un ex cura de Santa María, Córdoba, que integró el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo.

 

Marina cursaba teología en San Miguel de 8:30 a 12:30. No le habían dado la beca porque era mujer, pero como era la coordinadora de catequesis en un colegio del obispado, Raspanti intercedió y obtuvo que una entidad alemana se hiciera cargo del costo de sus estudios. Tampoco le quisieron dar el título cuando se recibió, en 1977. El director del teologado, José Luis Lazzarini, le dijo que había un problema, que no se habían dado cuenta de que era mujer. Marina partió en busca de quien la había recibido al ingresar, el jesuita Víctor Marangoni:

 

–Cuando me viste por primera vez, ¿te diste cuenta o no de que soy mujer?

 

–Sí, claro, ¿por qué? –respondió azorado el vicerrector ante esa tromba en minifalda.

 

–Porque Lazzarini no me quiere dar el título.

 

Marangoni se encargó de reparar ese absurdo. Marina tiene su título, pero nunca se realizó la entrega oficial.

 

La desprotección

 

Un mediodía, al salir de sus cursos, “encuentro a monseñor Raspanti parado en el hall de entrada, solo. No sé por qué lo tenían allí esperando. Estaba muy silencioso; le pregunté si esperaba a alguien y me dijo que sí, que al padre provincial Bergoglio. Tenía el rostro demudado, pálido, creí que estaba descompuesto. Lo saludé, le pregunté si se sentía bien, y lo invité a pasar a un saloncito de los que había junto al hall”.

 

–No, no me siento mal, pero estoy muy preocupado –le respondió Raspanti.

 

Marina dice que tiene una memoria fotográfica de aquel día. Habla con voz calma, pero se advierte el apasionamiento en sus ojos grandes y expresivos. Pepe la mira con ternura.

 

"Me impresionó ver solo a Raspanti, que siempre iba con su secretario", dice. Marina sabía que sus profesores Jalics y Yorio y un tercer jesuita que trabajaba con ella en el colegio de Castelar, Luis Dourron, habían pedido pasar a la diócesis de Morón. Yorio, Jalics, Dourron y Enrique Rastellini, que también era jesuita, vivían en comunidad desde 1970, primero en Ituzaingó y luego en el Barrio Rivadavia, junto a la Gran Villa del Bajo Flores, con conocimiento y aprobación de los sucesivos provinciales de la Compañía de Jesús, Ricardo Dick O’Farrell y Bergoglio. "Le dije que Orlando y Francisco habían sido profesores míos y que Luis trabajaba con nosotros en la diócesis, que eran intachables, que no dudara en recibirlos. Todos estábamos pendientes de que pudieran venir a Morón. Ninguno de los que conocíamos la situación nos oponíamos. Raspanti me dijo que de eso venía a hablar con Bergoglio. A Luis ya lo había recibido, pero necesitaba una carta en la que Bergoglio autorizara el pase de Yorio y Jalics."

 

Marina entendió que era una simple formalidad, pero Raspanti le aclaró que la situación era más complicada. “Con las malas referencias que Bergoglio le había mandado él no podía recibirlos en la diócesis. Estaba muy angustiado porque en ese momento Orlando y Francisco no dependían de ninguna autoridad eclesiástica, y me dijo:

 

–No puedo dejar a dos sacerdotes en esa situación ni puedo recibirlos con el informe que me mandó. Vengo a pedirle que simplemente los autorice y que retire ese informe que decía cosas muy graves.

 

Cualquiera que ayudara a pensar era guerrillero, comenta Marina. Acompañó a su obispo hasta que Bergoglio lo recibió y luego se fue. Al salir vio que tampoco estaba en el estacionamiento el auto de Raspanti. "Debe haber venido en colectivo, para que nadie lo siguiera. Quería que la cosa quedara entre ellos dos. Estaba haciendo lo imposible por darles resguardo."

 

La teóloga agrega que le impresionó la angustia de Raspanti, "que si bien no podía ser calificado de obispo progresista, siempre nos defendió, defendió a los curas cuestionados de la diócesis, se llevaba a dormir a la casa episcopal a los que corrían más riesgo y nunca nos prohibió hacer o decir algo que consideráramos fruto de nuestro compromiso cristiano. Como buen salesiano, se portaba como una gallina clueca con sus curas y sus laicos; cobijaba, cuidaba aunque no estuviera de acuerdo. Eran puntos de vista distintos, pero él sabía escuchar y aceptaba muchas cosas". Uno de esos curas es Luis Piguillem, quien había sido amenazado. Regresaba en bicicleta cuando se topó con un cordón policial que impedía el paso. Insistió en que quería pasar, porque su casa estaba en el barrio, y un policía le dijo:

 

–Vas a tener que esperar, porque estamos haciendo un operativo en la casa del cura.

 

Piguillem dio vuelta con su bicicleta y se alejó sin mirar hacia atrás. De allí fue al obispado de Morón, donde Raspanti le dio refugio. Los militares dijeron que se había escondido bajo las polleras del obispo. Pero no se atrevieron a buscarlo allí.

 

–¿Raspanti era consciente del riesgo que corrían Yorio y Jalics?

 

–Sí. Dijo que tenía miedo de que desaparecieran. No pueden quedar dos sacerdotes en el aire, sin un responsable jerárquico. Pocos días después supimos que se los habían llevado.

 

De Córdoba a Cleveland

 

Otro testimonio recogido a raíz de la publicación del domingo es el del sacerdote Alejandro Dausa, quien el martes 3 de agosto de 1976 fue secuestrado en Córdoba, cuando era seminarista de la Orden de los Misioneros de Nuestra Señora de La Salette. Luego de seis meses, en los que fue torturado por la policía cordobesa en el Departamento de Inteligencia D2, pudo viajar a Estados Unidos, adonde ya había llegado el responsable del seminario, el sacerdote estadunidense James Weeks, por quien se interesó el gobierno de su país. Este año se realizará en Córdoba el juicio por aquel episodio, cuyo principal responsable es el general Luciano Menéndez. Ahora Dausa vive en Bolivia y cuenta que tanto Yorio como Jalics le dijeron que Bergoglio los había entregado.

 

Al llegar a Estados Unidos supo por organismos de derechos humanos que Jalics se encontraba en Cleveland, en casa de una hermana. Dausa y los otros seminaristas, que estaban iniciando el noviciado, lo invitaron a dirigir dos retiros espirituales. Ambos se realizaron en 1977: uno en Altamont (estado de Nueva York) y otro en Ipswich (Massachusetts). Recuerda Dausa: "Como es natural, conversamos sobre los secuestros respectivos; detalles, características, antecedentes, señales previas, personas involucradas, etcétera. En esas conversaciones nos indicó que los había entregado o denunciado Bergoglio".

 

En la década siguiente, Dausa trabajaba como cura en Bolivia y participaba de los retiros anuales de La Salette en Argentina. En uno de ellos los organizadores invitaron a Orlando Yorio, que para esa época trabajaba en Quilmes. "El retiro fue en Carlos Paz, Córdoba, y también en ese caso conversamos sobre la experiencia del secuestro. Orlando indicó lo mismo que Jalics sobre la responsabilidad de Bergoglio."

 

Los asuncionistas

 

Yorio y Jalics fueron secuestrados el 23 de mayo de 1976 y conducidos a la Esma (Escuela de Mecánica de la Armada), donde los interrogó un especialista en asuntos eclesiásticos que conocía la obra teológica de Yorio. En uno de los interrogatorios le preguntó por los seminaristas asuncionistas Carlos Antonio Di Pietro y Raúl Eduardo Rodríguez. Ambos eran compañeros de Marina Rubino en el Teologado de San Miguel y desarrollaban trabajo social en el barrio popular La Manuelita, de San Miguel, donde vivían y atendían la capilla Jesús Obrero. De allí fueron secuestrados 10 días después que los dos jesuitas, el 4 de junio de 1976, y llevados a la misma casa operativa que Yorio y Jalics. A media mañana Di Pietro llamó por teléfono al superior asuncionista Roberto Favre y le preguntó por el sacerdote Jorge Adur, que vivía con ellos en La Manuelita.

 

–Recibimos un telegrama para él y se lo tenemos que entregar –dijo.

 

De ese modo, consiguió que la orden se pusiera en movimiento. El superior Roberto Favre presentó un recurso de hábeas corpus, que no obtuvo respuesta. Adur logró salir del país, con ayuda del nuncio Pio Laghi, y se exilió en Francia. Volvió en forma clandestina en 1980, convertido en capellán del autodenominado Ejército Montonero, y fue detenido-desaparecido en el trayecto a Brasil, donde procuraba entrevistarse con el papa Juan Pablo II. El mismo camino del exilio siguió uno de los detenidos en la razzia del barrio La Manuelita, el entonces estudiante de medicina y hoy médico Lorenzo Riquelme. Cuando recuperó su libertad la Fraternidad de los Hermanitos del Evangelio le dio hospitalidad en su casa porteña de la calle Malabia. En comunicaciones desde Francia con quien era entonces el superior de los Hermanitos del Evangelio, Patrick Rice, Riquelme dijo que quien lo denunció fue un jesuita del Colegio de San Miguel, quien era a la vez capellán del Ejército. Está convencido de que ese sacerdote presenció las torturas que le aplicaron; cree que en Campo de Mayo.

 

El ablande

 

También como consecuencia de la nota del domingo aceptó narrar su conocimiento del caso un fundador de la fraternidad seglar de los Hermanitos del Evangelio Charles de Foucauld, Roberto Scordato. Entre finales de octubre y principios de noviembre de 1976, Scordato se reunió en Roma con el cardenal Eduardo Pironio, quien era prefecto de la Congregación vaticana para los religiosos, y le comunicó el nombre y apellido de un sacerdote de la comunidad jesuita de San Miguel que participaba en las sesiones de tortura en Campo de Mayo, con el rol de "ablandar espiritualmente" a los detenidos. Scordato le pidió que lo transmitiera al superior general Pedro Arrupe, pero ignora el resultado de su gestión, si tuvo alguno. Consultado para esta nota, Rice, quien también fue secuestrado y torturado ese año, dijo que eso no hubiera sido posible sin la aprobación del padre provincial. Rice y Scordato creen que ese jesuita se apellidaba González, pero a 34 años de distancia no lo recuerdan con certeza.

 

Iracundia

 

Como cada vez que su pasado lo alcanza, Bergoglio atribuye la divulgación de sus actos al gobierno nacional. Esta semana reaccionó con furia durante la homilía que pronunció en una misa para estudiantes. En lo que su vocero describió como "un mensaje al poder político", dijo que "no tenemos derecho a cambiarle la identidad y la orientación a la patria", sino "proyectarla hacia el futuro, en una utopía que sea continuidad con lo que nos fue dado", que los chicos no tienen otro horizonte que comprar un papelito de merca en la esquina de la escuela y que los dirigentes procuran trepar, abultar la caja y promover a los amigos. Con este ánimo iracundo inaugurará mañana en San Miguel la primera asamblea plenaria del episcopado de 2010.

 


Por Horacio Verbitsky, periodista del diario Página12, de Argentina.

 

Texto publicado el 18 de abril de 2010

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¿Debe importar a los no católicos quién es nombrado papa?

Por supuesto. El Vaticano es un importante actor geopolítico. Así como todo mundo puede sentir que le concierne quién arriba como líder de Estados Unidos, Alemania, Rusia, China o Brasil, así también nos concierne quién se vuelve papa. Se dice que Stalin preguntó alguna vez: ¿Cuántas tropas tiene el papa?” Pero la fuerza geopolítica es más que la fuerza militar.

 

Es cierto que el papa está constreñido por los intereses de largo plazo de la Iglesia católica y por su trayectoria histórica. Pero también están así de constreñidos los líderes designados de cualquier Estado importante. También es cierto que sí hace diferencia quién es el líder particular. Dentro de estas limitaciones, el líder puede inclinar las políticas en una u otra dirección.

 

En el caso del Vaticano, desde 1945 se han electo cinco papas. Los electos se apegaron más o menos a las expectativas –excepto uno. Se suponía que Juan XXIII, de edad avanzada, haría poco, siendo un papa interino en tanto se dirimían las diferencias entre los puntos de vista de los cardenales. No obstante, en su relativamente corta carrera lanzó un viraje importante de las políticas del Vaticano (tanto teológicas como mundanas) en lo que se conoció como un aggiornamento (una actualización) de la Iglesia en el Concilio Vaticano segundo. Su impacto fue tan grande que uno podría decir que el objetivo primordial de sus sucesores ha sido deshacer lo que él hizo, o por lo menos limitar lo que consideraban era el daño causado por él.

 

Es verdad que los debates teológicos al interior de la Iglesia (que son muchos y muy importantes) conciernen profundamente, casi que en exclusiva, a los fieles de la Iglesia. Pero los líderes de la Iglesia, a todos los niveles –en el Vaticano, en el nivel de las estructuras nacionales de los obispos, y a nivel local en cada una de las diócesis y parroquias– extraen conclusiones mundanas de la teología y, por tanto, buscan afectar lo que ocurre en la arena política.

 

Es bastante la diferencia política entre obispos que abrazan la teología de la liberación o, en el otro extremo, aquellos que abrazan los puntos de vista del Opus Dei o, aún más a la derecha, los de la Sociedad de San Pío X. Y aunque la Iglesia tiene variados números de adherentes en diferentes zonas del mundo, hay muchas zonas en las que forman una parte significativa de las poblaciones nacionales: el continente americano, mucho de la Europa occidental y del sur, algunas partes de Europa oriental, varias partes de África, algunas partes del este y el sureste asiático, y Australia. Es una lista larga. Los católicos son hoy cerca de 16 por ciento de la población mundial. El único grupo mayor son los musulmanes, que son cerca de 22 por ciento.

 

En estos países los líderes de la Iglesia con frecuencia respaldan implícitamente a algún candidato en las elecciones. Por lo regular asumen posturas fuertes en torno a varios tipos de legislaciones que afecten la moral social y su permisibilidad. Con frecuencia tienen posiciones sobre cuestiones de bienestar social. Y algunas veces toman posiciones en torno a cuestiones de guerra y paz. En el sistema-mundo como un todo, y ciertamente en muchos países, el resto de nosotros algunas veces encuentra aliados entre las figuras de la Iglesia y algunas otras veces encuentra oponentes.

 


En verdad, los no católicos no tienen decisión alguna acerca de quién es electo papa. Pero en realidad muy pocos católicos pueden decir algo al respecto. El Vaticano es una de las últimas monarquías absolutas. Y cuenta con un sistema electoral muy especial, en el cual aquellos miembros del colegio cardenalicio (todos escogidos por algún papa previo) que sean menores de 80 años votan en secreto y repetidas veces hasta que una persona logra una mayoría.

 

Una mayoría de los miembros menores de 80 años del actual colegio de cardenales fueron elegidos por el papa Benedicto XVI, y parece que su criterio principal fue que compartían en gran medida la mayor parte de aquellas posiciones teológicas que él consideraba de importancia primordial. Pero dicho esto parece haber muchas diferencias en los puntos de vista y los énfasis entre ellos, y algunas de éstas podrían tener importantes consecuencias políticas. Así que está lejos de saberse a ciencia cierta quién emergerá como el siguiente papa y cuáles serán las consecuencias políticas de tal decisión.

 

Es extremadamente dudoso que volvamos a tener un Juan XXIII. Pero en ese entonces era extremadamente dudoso que lográramos el primer Juan XXIII. En un sistema electoral que guarda algunas similitudes estructurales con el del Vaticano, es decir, el sistema de China, todos estábamos inseguros, y hasta cierto punto lo seguimos estando, de cuáles serán las consecuencias de las decisiones recientes en torno a la siguiente ronda de líderes.

 

Una cosa que hay que resaltar es que aun los católicos prominentes que han sido tratados de manera áspera por la Iglesia, o los más desilusionados por el estado de la Iglesia –pienso en Frei Betto en Brasil, Ernesto Cardenal en Nicaragua, Hans Küng en Alemania o Garry Wills en Estados Unidos– no rechazan su membresía en la Iglesia. Persisten en intentar transformarla o, según su punto de vista, retornarla a su misión verdadera y original.

 

El resto de nosotros no puede ya “rendirse” en cuanto al Vaticano, como no podemos rendirnos respecto de China o Estados Unidos, ni de ningún sitio de actividad humana y potencial transformación social.

 

Traducción: Ramón Vera Herrera

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“La Iglesia Católica es inmanejable”

La nave que deja el papa Benedicto XVI tiene serios problemas financieros. La investigación por lavado de dinero del Banco del Vaticano, las indemnizaciones por los escándalos sexuales y el número decreciente de donaciones son algunas de las dificultades que heredará el próximo pontífice. Nadie sabe a ciencia cierta cuánto gasta la Iglesia Católica, pero según publicó la revista inglesa The Economist el año pasado la cifra rondaría los 170 mil millones de dólares. El periodista católico estadounidense Jason Berry, autor de Las finanzas secretas de la Iglesia, califica a la estructura financiera de la Iglesia Católica de “caótica” y “opaca”. En diálogo con Página/12 Berry habló de las dificultades económicas del Vaticano que, a su juicio, remiten a la Guerra Fría y la masiva inyección de dinero con que la CIA financió al Vaticano para neutralizar la amenaza del Partido Comunista Italiano.

 

–¿Cómo es la estructura financiera de la Iglesia Católica a nivel mundial?

 

–La Iglesia Católica es muy jerárquica, monárquica diría, con el Papa a la cabeza y diócesis regenteadas por arzobispos y obispos en todo el globo. Pero por su mismo tamaño es internamente caótica, inmanejable. Cada obispo trabaja en su diócesis como si estuviera a cargo de un principado.

 

–¿Qué sabemos en concreto de la riqueza del Vaticano mismo?

 

–Hay una absoluta opacidad en las cuentas. Cuando el Vaticano declara sus ingresos y egresos anuales no incluye al Instituto para las Obras de Religión, el IOR, más popularmente conocido como Banco del Vaticano, cuyos fondos se estiman en unos dos mil millones de dólares. El IOR se ha manejado en un clima de absoluta opacidad que lo ha convertido en un vehículo perfecto para el tránsito de todo tipo de fondos. Pero ahora con la investigación del Banco Central de Italia sobre lavado de dinero esto está cambiando.

 

–Según ciertas informaciones, el Vaticano tiene intereses en una compañía de spaghetti, el sector financiero, aerolíneas, propiedades, una compañía cinematográfica. Hasta se dice que controla entre un 7 y un 10 por ciento de la economía italiana. Pero dada la opacidad de sus cuentas, ¿hasta dónde es posible confirmar esta información?

 

–Hay información que está a la vista de instituciones que nos permite saber dónde está el dinero del Vaticano. En Italia el Vaticano ha invertido mucho en el Banco de Roma, que fue fundamental en la reconstrucción de Italia después del Risorgimento en el siglo XIX. También tiene intereses en el transporte público. A esto hay que sumar propiedades en la misma Italia, en Europa y Estados Unidos. Hasta fue uno de los propietarios del edificio Watergate del famoso escándalo que le costó la presidencia a Richard Nixon. El gran tema hoy en día es averiguar hasta dónde ha suministrado servicios a clientes que lo usan como un banco off shore.

 

–¿Qué impacto económico han tenido los escándalos sexuales en las finanzas de la Iglesia?

 

–En Estados Unidos muy fuerte. Las diócesis y órdenes religiosas han pagado más de dos mil millones de dólares. En muchas ciudades han tenido que cerrar iglesias. Los Angeles, Chicago y Boston, tres de las más importantes archidiócesis, tienen un agujero promedio de unos 90 millones de dólares en sus Fondos de Pensiones.

 

–En su libro Vows of Silence usted habla del fundador de los legionarios de Cristo, el mexicano Marcial Maciel, quien llegó a manejar un imperio de unos 650 millones de dólares y contó con la protección del papa Juan Pablo II a pesar de las denuncias de abusos sexuales. Maciel tuvo fuertes vínculos con el gobierno de Pinochet en Chile y con los gobiernos de América Central. ¿Hay alguna figura equivalente en la Iglesia de hoy?

 

–Maciel fue el más exitoso recolector de fondos que tuvo la Iglesia. Comenzó a fines de los ’40 buscando apoyo de millonarios católicos en México, Venezuela y España durante la persecución de los curas en México y poco después de la Guerra Civil española. Con este dinero Maciel formó su propia base de poder en Roma y se convirtió en el abanderado del sector más conservador y militante de la Iglesia. Así como se vinculó mucho a Franco, hizo lo mismo con Pinochet en Chile. En Estados Unidos el mismo director de la CIA durante la época de Reagan, William Casey, hizo una donación de cientos de miles de dólares a los legionarios. Y es que Maciel se comportaba como un político que iba por el mundo recolectando fondos para avanzar la causa del catolicismo conservador y la agenda política conservadora. Pero la verdad era que toda su ideología encubría a un delincuente sexual con poderosos contactos. A pesar de que fue acusado de abusar seminaristas, el Vaticano no lo investigó hasta 2004, a instancias del cardenal Ratzinger, cuando Juan Pablo II se estaba muriendo. Gracias a esto sabemos que tuvo hijos de dos mujeres en México y que mantuvo ambos hogares con dinero de la legión de Cristo. El escándalo es que el Vaticano tardó tanto en investigarlo y dejó que se convirtiera en un Frankenstein. No hay hoy una figura equivalente a Maciel.

 

–Hay una larga historia de escándalos en las finanzas del Vaticano. En los ’80 estuvo el del Banco Ambrosiano y su presidente, Roberto Calvi, que apareció colgado debajo del puente de Blackfriars en Londres. Calvi tenía fuertes vínculos con el entonces presidente del Banco del Vaticano, el arzobispo estadounidense Paul Marcinkus. ¿Hay una continuidad entre estos escándalos y los actuales problemas del Banco?

 

–Creo que en realidad hay que retrotraerse a la Segunda Guerra Mundial, cuando la CIA comenzó a transferir grandes sumas al Banco del Vaticano. En 1948 fue la primera elección en la que el Partido Comunista, convertido en el más importante de Europa, buscaba el poder. En ese momento hubo una gran campaña en Estados Unidos, patrocinada por el gobierno, de la que participó Frank Sinatra para financiar a la democracia cristiana. Este fue el comienzo de la historia del dinero que circuló de los servicios de inteligencia estadounidenses al Vaticano. Una generación más tarde, con Roberto Calvi y Marcinkus, el banco se había convertido en una muy lucrativa vía para el pasaje de dinero. A fines de los ’80 el banco tuvo que pagar una multa de 250 millones de dólares. Ya allí funcionaba como un off shore para sus clientes privilegiados. Pero todavía queda mucho por documentar.

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Elecciones de Papas. Tradiciones del cónclave

En el próximo cónclave los cardenales electores serán 61 europeos, 19 latinoamericanos, 14 norteamericanos, 11 africanos, 10 asiáticos y 1 de Oceanía. El candidato electo debe tener al menos 2/3 de los votos. Italia es el país con mayor número de electores, con 21 cardenales. Y 5 son brasileños. Pero dichos números pueden variar, dependiendo de la fecha de apertura del cónclave. El cardenal alemán Walter Kasper, por ejemplo, cumple los 80 años el 5 de marzo.


 
La fecha de inicio del cónclave es importante, porque la Semana Santa de este año comienza el 24 de marzo, que es el Domingo de Ramos, seguido por la fiesta de Pascua el 31 de marzo. Para tener un nuevo papa antes del período litúrgico más solemne del calendario de la Iglesia tendría que ser elegido antes del 17 de marzo, dado que debiera de celebrar la misa de entronización en un domingo. Dado lo apretado del plazo, las especulaciones hacen pensar que las votaciones tendrían que iniciarse hacia el 10 de marzo.


 
Una vez elegido, el nuevo papa deberá escoger un nuevo nombre. Esa tradición viene del año 533, cuando un sacerdote llamado Mercurio fue elegido obispo de Roma. Considerando que Mercurio era un nombre pagano, inadecuado para un papa, él adoptó el nombre de Juan II. Hasta entonces los papas eran llamados sencillamente por su nombre de bautismo.


 
Benedicto XVI fue elegido, en el 2005, tras una elección rapidísima, apenas 24 horas después de iniciado el cónclave, tras cuatro escrutinios.


 
En el siglo 20 el cónclave más breve fue el que eligió a Pío 12, el 2 de marzo de 1939. También duró 24 horas y tres escrutinios. El más largo fue el que eligió a Pío 11, el 6 de febrero de 1922, que duró cuatro días y 14 escrutinios.


 
Juan Pablo II, que dirigió la Iglesia Católica durante 26 años y cinco meses, fue elegido en 48 horas y ocho escrutinios, el 16 de octubre de 1978. Le precedió Juan Pablo I, elegido en 24 horas y cuatro escrutinios.


 
El pontificado más largo de la historia de la Iglesia, a excepción del apóstol Pedro, fue el del papa Pío 9°, que gobernó la Iglesia de 1846 a 1878 -31 años, 7 meses y 17 días.


 
El primer cónclave del siglo 20 eligió a Pío 10, hoy canonizado, en agosto de 1903, tras cuatro días de votaciones. Considerado también papable, el cardenal Mariano Rampolla, que había sido secretario de Estado del papa León 13, vio vetada su elección por el emperador de Austria, Francisco José I, que como monarca católico tenía derecho a intervenir en el cónclave. Rampolla fue castigado por su política de respaldo a las aspiraciones eslavas que fermentaban en los Balcanes. Fue la última intromisión explícita del poder civil en una elección papal.


 
A Pío 10 le sucedió Benedicto 15, elegido el 3 de setiembre de 1914, después de tres días y diez escrutinios. Ratzinger adoptó el nombre de Benedicto 16 en homenaje al pastor dispuesto a buscar la paz durante el período en que Europa se ensangrentaba en la Primera Guerra Mundial. Y le sucedió Pío 11 en 1922.


 
Juan 23, elegido a los 77 años, el 28 de octubre de 1958, después de tres días de cónclave y diez escrutinios, ocupó el papado apenas cinco años pero promovió una verdadera revolución en la Iglesia Católica al convocar por sorpresa el concilio Vaticano II.


 
El período más largo con el trono de Pedro vacío duró tres años, siete meses y un día, entre el 26 de octubre del 304 (muerte del papa Marcelino) y el 27 de mayo del 308 (elección del papa Marcelo I).


 
La costumbre de encerrar con llave (de donde procede la palabra cónclave) a los cardenales electores comenzó en la ciudad italiana de Viterbo en 1271. El papa Clemente IV había muerto en 1268, y pasados casi tres años aun no habían elegido sucesor los 17 cardenales. El pueblo de Viterbo, para apresurar la decisión, quitó el tejado del local en donde los prelados se reunían y los obligó a alimentarse sólo con pan y agua. Pronto fue elegido Gregorio 10, que dio la norma de enclaustramiento del colegio cardenalicio.


 
Hoy día el aislamiento de los cardenales trata de evitar la intromisión del poder civil y la eternización de los debates que preceden a los escrutinios. Sin embargo, dadas las tecnologías actuales de captación del sonido a distancia, no es improbable una escucha remota del cónclave.

 

28 febrero 2013

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El 'Vati-sex' pasa factura a la Iglesia en vísperas del relevo del Papa

Monseñor Keith O'Brien, cardenal arzobispo de las diócesis escocesas de Saint Andrews y Edimburgo, es el primer jerarca de la Iglesia que tiene que renunciar a participar en la elección del nuevo Obispo de Roma, tras la dimisión de Benedicto XVI, a causa del escándalo de abusos sexuales y pederastia que sacude los cimientos de la Santa Sede. Pero el Vati-sex sísmico que ha estallado en la antesala del histórico Cónclave después de décadas de maniobras para ocultar esos delitos y encubrir a sus autores amenaza a otros muchos obispos y prelados, como el cardenal de Los Ángeles, Roger Mahony, cuyos feligreses de Catholics United se oponen a que participe en la designación del próximo Papa.

 


O'Brien se ha visto obligado a "dimitir" de su cargo tras haber sido acusado de un "comportamiento inapropiado" (abusos sexuales, para ser exactos) con seminaristas y sacerdotes en la década de los 80. La noticia fue adelantada por la BBC, pero el Vaticano se apresuró a comunicar pocos minutos después que el papa Benedicto XVI había aceptado la renuncia "por motivos de edad".  A sus 74 años, era el más veterano jerarca de la Iglesia Católica en Reino Unido y pone punto final a su carrera eclesiástica después de que cuatro curas católicos (uno de ellos ya secularizado) se quejaran muy recientemente al Papa por lo que en el Vaticano denominan "conducta indebida" o "inapropiada", que durante años ha llevado a cabo el cardenal británico y que parecen remontarse a la década de los 80

 


Precisamente O'Brian -el más alto cargo de la Iglesia católica en Escocia y líder de su Conferencia Episcopal- ha sido hasta ahora una de las figuras más destacadas en la jerarquía católica de Reino Unido en promulgar un rotundo rechazo a la propuesta de aceptar el matrimonio homosexual, (que calificó como "nocivo para el bienestar físico, mental y espiritual", considerando a los gays "personas inmorales"), el aborto, la eutanasia, la desaparición del celibato de los curas...

 

Lo que el Vaticano llama "conductas inapropiadas o indebidas", refiriéndose al cardenal O'Brian, son, en román paladino, abusos deshonestos de niños, jóvenes y también sacerdotes primerizos, por parte de sus superiores, sus obispos o sus jerarcas. Todavía existen miles de víctimas que esperan, entre ellas muchos ex Legionarios de Cristo y centenares de adultos violados cuando niños, que el Papa les reciba para poderles pedir personalmente perdón en nombre de la Iglesia.

 

Benedicto XVI no gana para sustos, aunque durante los 25 años que trabajó junto al papa Juan Pablo II, como Prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe y la Moral, conoció cientos de denuncias que entonces jamás pudo tomar en consideración, a juicio de muchos, porque se lo prohibió Karol Wojtyla. Especialmente las referidas a Marcial Maciel, fundador de la Legión de Cristo, y de vida sexual y económica muy desacorde con las normas católicas; hasta que, una vez elegido papa, decidió "retirar" de la vida pública al poderoso clérigo mexicano. Pero Ratzinger sabía muy bien que ni era el único ni con Maciel se iban a cerrar las denuncias por los abusos sexuales cometidos por sacerdotes, obispos e incluso cardenales de la Iglesia.

 

Los Legionarios de Cristo de Marcial Maciel

 


Uno de los analistas españoles que mejor conocen las interioridades de la Iglesia, Pepe Rodríguez, publicó hace ya 10 años un trabajo espléndido acerca de los delitos sexuales del clero contra menores: "Pederastia en la Iglesia Católica" (Ediciones B, Barcelona 2002), que él mismo señala como "un drama silenciado y encubierto por los obispos". El resultado es sobrecogedor. En él se recogen centenares de casos de sacerdotes que llegaron a ser condenados judicialmente por cometer delitos sexuales contra menores, y de buen número de obispos relevados de sus cargos al hacerse públicas sus conductas pederastas.

 

Pero estas condenas o destituciones han sucedido en la última década, cuando, según las noticias que van apareciendo y estremeciendo a la comunidad católica, un día sí y otro también, era algo que venía sucediendo, "que se sepa", desde los años 40 del siglo pasado: lo de Marcial Maciel, desde 1950, cuando ya el propio papa Pío XII le suspendió a divinis por un año, cosa que ni Benedicto XVI se atrevió puntual y tajantemente a hacer.

 

Durante muchísimos de estos años, en no pocos seminarios y parroquias, en no pocos pueblos de España, se han producido numerosos casos de violación y abusos sexuales de niños y adolescentes, y también cientos de embarazos de mujeres por parte de sacerdotes, párrocos y educadores religiosos. El castigo que los obispos imponían a muchos de aquellos clérigos era... cambiarles de lugar o destinarles a alguna misión de África o América Latina. El que se imponía a muchos obispos o cardenales de todo el mundo, de los que ya hoy día empiezan a conocerse sus nombres, era cambiarles de diócesis y en algunos casos ascenderles de categoría.

 


Lo que quiere decir, sencillamente, que en el Vaticano los delitos sexuales del clero nunca se han tomado en consideración; es más, se han encubierto y en ocasiones hasta se han premiado con un ascenso. En cualquier caso, siempre se han silenciado. En realidad, y ya desde los tiempos de Juan XXIII, la cúpula eclesial ha mantenido una legislación canónica que obligaba a encubrir y perdonar al clero en este y en otros delitos. Más aún: a prohibir expresamente difundirlos o denunciarlos. Según Pepe Rodríguez, tal encubrimiento sigue siendo práctica cotidiana en las diócesis católicas.

 

Desde hace al menos 10 años, en algunas diócesis de España, Francia, Italia, Polonia, Gran Bretaña, Alemania, Austria, Bélgica y muy sonadamente Irlanda o Estados Unidos, y en no pocas de México, Costa Rica, Colombia, Puerto Rico, Argentina o Chile, y en la lejana Australia, han venido apareciendo gran número de casos con nombres y apellidos de sacerdotes, obispos y cardenales acusados por sus víctimas de abusos sexuales, pero condenadas estas últimas a sufrir las consecuencias de un decálogo episcopal para los encubrimientos y de las vergonzosas maniobras de los obispos y del Vaticano para ocultar esos delitos y proteger al clero pederasta, asombrosamente numeroso. Los chantajes para conseguirlo han sido, durante todos estos últimos años, de auténtico espanto. Algunas de las víctimas, ya adultas, al no poder soportar el trauma que les dejó el abuso sexual de niños, han acabado suicidándose. O en un psiquiátrico.

 

Pero Benedicto XVI, que conocía estas tragedias desde sus años de Gran Inquisidor, jamás hizo o pudo hacer algo por ellos. Recientemente, el papa Ratzinger ha modificado el Código de Derecho Canónico a este respecto... pero es ya demasiado tarde. Más aún: una declaración pontificia de hace poco más de un año trataba de "justificar" los abusos y violaciones de niños y jóvenes por parte del clero "por la liberación sexual de los años 60", como si la culpa de estos delitos la tuvieran el mundo en general y los hippies del eslogan "paz y amor", en particular, o "la revolución del 68", como llegó a afirmar algún preboste de la Iglesia. ¡Menos mal que no han echado la culpa de todo a Simone de Beauvoir, la mujer de Jean Paul Sartre, autora de El segundo sexo!

 


Ya en 2002, cuando un cardenal norteamericano miembro de la Curia Vaticana -monseñor James Stafford- debatía en Roma -en presencia del papa Juan Pablo II y el resto de los cardenales de su país- el escándalo de la pedofilia en los Estados Unidos, afirmó por primera vez abiertamente: "La Iglesia pagará muy caros estos errores... Ha sido una tragedia, pero tenemos la obligación de reaccionar y de ayudar por todos los medios a las víctimas"... Y no se las ayuda tapando esos crímenes ni echando la culpa a la "liberación sexual del siglo XX". Ni a la prensa, como acaban de hacer los portavoces vaticanos.

Las miles de demandas en Estados Unidos y en otros muchos países (incluidos Bélgica, España e Irlanda), los millones de dólares que están pagando en indemnizaciones a las víctimas de los abusos sexuales del clero varias diócesis estadounidenses (algunas han entrado en quiebra a causa de ello), y en los últimos años el creciente e imparable descubrimiento de que los autores de tales abusos no son sólo curas de a pie sino también obispos y cardenales de la Iglesia de Roma, parece haber resultado ser, entre otras causas, el detonante final de la estampida a que ha llegado, tras más de 500 años sin dimisiones de pontífices, Benedicto XVI, para dejarle a otro la solución del problema.

 

Un problema que, junto a la corrupción en la Banca de Dios, puede acabar de una vez por todas con 2000 años de poder de la Iglesia Católica.

 

Por RAFAEL PLAZA VEIGA  Madrid25/02/2013 18:53 Actualizado: 25/02/2013 20:51

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Reflexiones sobre el poder a partir de algunos temas eclesiásticos

La renuncia del Papa “movió el avispero”. Para bien y para mal. Cientos de notas y artículos, en la mayor parte innecesarios, inservibles o insufribles; muchos que parecen más “lobby” que información, muchos que venden “pescado podrido”, muchos que revelan más la ignorancia del autor, o una mirada que de tan parcial es superflua. Otros son mera información sin análisis (a veces es preferible eso); otros, información buena, con análisis pobres; otros parecen sensatos y serios, pero no tenemos forma de estar seguros. La gran capacidad que tenemos los seres humanos de creer en conspiraciones invita a aceptar (o querer hacerlo) mucha nota que “se non è vero è ben trovato”.

 

Salen a la luz supuestas mafias, estafas económicas, juegos (sucios) de poder, chantajes homosexuales y decenas de cosas por el estilo. Y que mucho –o todo– de esto habría sido desencadenante en la renuncia del Papa. Lamentablemente a muchos no nos extraña en lo más mínimo que estas cosas existan en la última monarquía absoluta que queda en el mundo. En lo personal, me resulta más increíble que el Papa haya renunciado porque se siente sin fuerzas para conducir la nave de Pedro que navega tranquila en un mar tempestuoso, y que en la Iglesia, “casa de todos” con alegría y paz, el Papa haya querido dejar lugar a otros para seguir armónicamente –ahora desde una clausura– la vida mansa vida eclesial. Ese cuento de hadas me resulta más increíble que el policial anterior.

 

Sin dudas que la democracia no es la panacea, y ya vivimos el fracaso de aquel que dijo que “con la democracia se come, se educa y se trabaja”. En lo personal, creo que la democracia es mala, pero es por lejos, ¡por muy lejos!, el menos malo de todos los sistemas conocidos. Sí creo que hay diferentes modos de ejercer la democracia, y hay democracias participativas, populares, liberales, etc... Pero aun la peor de ellas es mejor que la mejor de las otras.

 

Por eso no creo que la democracia sane todas las heridas en el cuerpo eclesial, pero sin duda ayudaría mucho. La transparencia suele ser un gran enemigo de los que eligen las sombras para manejarse en algunos (o todos) los manejos turbios que se han señalado. Si la elección de los obispos quedara en manos de las conferencias episcopales y no de los nuncios y luego de secretas oficinas vaticanas, y a cambio de favores de algún tipo, económico, sexual o político, los nombramientos serían bien distintos. Es cierto que con conferencias como las de Argentina, Colombia y México no habrá demasiadas esperanzas, pero no es menos cierto que más de un arzobispo u obispo argentino hoy no estaría si la transparencia fuera el criterio de base.

 

La monarquía absolutista no sólo permite nombramientos turbios (que además terminan atribuyéndose al Espíritu Santo, lo que, además de ser inconstatable, es una buena fuente de impunidad y arbitrariedad), permite también autoritarismos que no pueden defenderse. Si alguien tiene la suma del poder público, ¿cómo podríamos defendernos de sus excesos, por ejemplo? Los casos de los cientos de teólogos censurados por la moderna inquisición son un buen ejemplo de esto. Si es el Papa (o sus “ministros”) quien censura a alguien, y es sólo ante el Papa (o sus ministros) que se puede apelar, ¿qué futuro tiene tal recurso? Por no hablar de la pederastia, escándalo que clama al cielo (ver http:// internacional.elpais.com/internacional /2013/02/21/actualidad/ 136147 5495_345880.html). ¿Hay libertad de prensa en L’Osservatore Romano? ¿Hay pluralidad de voces? ¡Ley de Medios en el Estado Vaticano, ya!

 

Para peor, en el seno de la Iglesia se la ha rodeado de argumentos supuestamente teológicos que ayudan a blindar más el sistema que la sostiene: “el que obedece no se equivoca”; “prefiero equivocarme con mis superiores que acertar sin ellos”, “fuera de la Iglesia no hay salvación”, “infalibilidad...”. Así, cualquier atisbo de rebeldía queda apagado, o –por lo menos– no es acompañado por otros más temerosos que “temen ser infieles a Dios”. Podríamos señalar que la infalibilidad de la Iglesia no se refiere a negocios turbios ni a nombramientos episcopales (o del entorno papal), o que decir “Iglesia” es otra cosa muy diferente, pero no es éste el espacio para hacerlo. Lo cierto es que dichos como ésos (que hemos escuchado) se parecen más a “cuidar la retaguardia” que a un sano y fraterno pueblo de Dios que camina conducido por el Espíritu Santo. La realidad se ocupa de desmentirlo a cada momento.

 

¿Qué pasará con el futuro papa? Pues, ¡ni idea! Podría decir qué sueño que pase, pero no es importante. Y –de todos modos– creo que mucho más urgente es pensar qué pasará con el papado, que es otra cosa. Que en la Iglesia Católica romana haya “Pedro” es razonable, lo que no parece sensato es que Pedro se parezca más a Constantino que al pescador de Galilea, temeroso, impulsivo, entregado, simple, capaz de retractarse después de sus múltiples “metidas de pata”...

 

Pero esto que es la Iglesia universal se replica también en las iglesias locales. Nuevamente el poder absoluto y la falta de transparencia hacen que la Iglesia se parezca más a un feudo, a un castillo blindado, que a una comunidad fraterna y sororal. También aquí hay mucha información periodística que “vende fruta”, pero hay cientos de casos de ayer y de hoy que son graves, y escandalizadores, pero “la suma del poder público” los consagra en impunidad. Para no hablar de escándalos ya viejos, se podría hablar del escándalo que significa que el obispo de Chiapas (México) no pueda ordenar diáconos indígenas (la “mamá” Roma no lo autoriza), que el obispo de Lima (Perú) –del Opus Dei– quiera apoderarse de la Universidad Católica (con el apoyo de la curia romana, claro), que el pederasta Karadima (Santiago, Chile) consiga nombramientos episcopales de miembros de su séquito, que un obispo colombiano manifieste públicamente su cercanía (y apoyo económico, claro) de los paramilitares, pero me detendré en un caso puntual: a diferencia de ciertas diócesis –como La Plata, por ejemplo–, que parecen eternamente castigadas y condenadas por Roma en sus nombramientos, Santiago del Estero era privilegiada: Girao, Sueldo, Maccarone. Eso era intolerable para la involución eclesial empezada por Juan Pablo II, y entonces, ante la digna renuncia de Maccarone, se eligió como sucesor a Francisco Polti (Opus Dei). Como es coherente con el grupo al que pertenece, Polti (Opus Dei) se relacionó con la gente del poder, lo cual, obviamente, supone un abandono de los débiles, los pobres, los campesinos... Pero enfrentarse con los poderosos es peligroso (que lo digan Maccarone, Piña o Bargalló, si no). Y ser amigo de ellos es beneficioso, sin dudas. Lo cierto es que Polti (Opus Dei) –y luego su auxiliar, Torrado– abandonaron a su suerte a las comunidades campesinas, indígenas, los pobres de Santiago del Estero. Y –claro– hacer una “opción preferencial por los ricos” supone ser su voz. No por quedar bien, por cierto, sino por estar en comunión y de acuerdo con ellos. Al fin y al cabo, para eso lo nombraron (¿o no pasó eso también en Iguazú?). Es la cosa más lógica dentro de esta perversión, entonces, que Polti (Opus Dei) salga a defender a la dictadura militar (¿no es lo mismo lo que pasó con Delgado, también del Opus Dei, y su hermano y cuñada desaparecidos, y la posibilidad de tener un sobrino apropiado?). Pero claro, si algún cura de la diócesis cuestiona la dictadura, uno se lo saca de encima y listo. ¿Para qué sirve tener el poder absoluto sino para ejercerlo? Y si es un cura a préstamo, tanto mejor, porque el Código de Derecho Canónico me autoriza a echarlo sin problemas... Al fin y al cabo, ¿quién hizo el Código sino el mismo poder? (además de la gran cantidad de gente del Opus Dei que allí anduvo, claro).

 

Uno puede decir que el Evangelio dice otra cosa, que Jesús obraba de otra manera, que el anuncio de Jesús de “otro mundo posible” invita a que “entre ustedes no sea así”, pero al fin y al cabo a uno lo van a juzgar y hasta a condenar por no obrar conforme al derecho canónico, nunca por obrar de modo contrario al Evangelio, ¿no? De nuevo “la suma del poder público” al servicio del poder.

 

Uno puede hablar de cobardía (¡y mucha en este caso!), de actitudes contrarias a todo lo que cree, se pueden mandar mil cartas, pueden pedir reuniones los curas de la diócesis, las monjas de la diócesis, los campesinos de la diócesis, pero a un timorato que tiene poder nada de eso le importa. “¡Se hace lo que digo yo!” Un miedoso con poder es peligrosísimo (y peor todavía si además es tonto). Y mucho peor aún, si no existe ninguna instancia de revisión de esas decisiones. Y lo peor en grado supino es cuando se afirma que esas decisiones se originan en Dios mismo. Ahí, el callejón parece sin salida.

 

¿Será que llegó la hora de repensar todo el manejo de poder en el seno de la Iglesia? Sin duda que sí. Sin duda que no se hará. Aunque, también, sin duda que los Polti, Torrado y tantos de Roma quedarán condenados a la insignificancia histórica. O –cuando mucho– pasarán a los libros como aquellos que supieron renunciar por no saber, no poder o no querer enfrentar lo que ellos mismos y sus “amados predecesores” engendraron.

 


 Por Eduardo de la Serna, coordinador del Movimiento de Sacerdotes en Opciones por los Pobres.

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Viernes, 22 Febrero 2013 06:05

La hipótesis de la red gay en el Vaticano

La hipótesis de la red gay en el Vaticano

Tres cardenales, incluyendo al ex jefe de los servicios secretos del Vaticano, habrían informado al Papa de una presunta “red de amistades homosexuales y chantajes”. Los encuentros sexuales habrían ocurrido dentro del Vaticano.

 

El papa Benedicto XVI habría decidido renunciar luego de que una investigación interna le informara sobre el alcance de los escándalos sexuales y la corrupción dentro del Vaticano. Según informó ayer el diario italiano La Repubblica, tres cardenales, incluyendo al ex jefe de los servicios secretos del Vaticano, habrían sido consultados para corroborar las alegaciones sobre abusos financieros, favoritismos y corrupción planteadas en la publicación de documentos confidenciales papales, bautizado como Vatileaks.

 

El 17 de diciembre de 2012, los cardenales Julián Herranz, Salvatore De Giorgi y Josef Tomko habrían entregado al pontífice dos volúmenes, de alrededor de 300 páginas, en carpetas duras que contenían una imagen precisa del daño y los “peces podridos” en el interior de la Santa Sede, reportó el diario. Esa información se encontraría en la caja fuerte de Josef Ratzinger. “Fue en ese día, con esos papeles en su escritorio, que Benedicto XVI tomó la decisión una semana antes de Navidad sobre la que había meditado durante tanto tiempo”, indicó la publicación. La información que él presuntamente recibió de los cardenales “es sobre el incumplimiento del sexto y séptimo mandamiento”, reveló al diario una fuente descrita como “muy cercana” a las autoridades. Los mandamientos son “no cometerás adulterio” y “no robarás”. Los cardenales expresaron que descubrieron una red clandestina de homosexuales, cuyos miembros organizaban encuentros sexuales en numerosos lugares de Roma y de la Ciudad del Vaticano. Agregaron que los integrantes de esa red son propensos a chantajes a raíz de sus orientaciones sexuales. Precisaron situaciones remotas como aquellas vinculadas con monseñor Tommaso Stenico, suspendido después de una entrevista que fue transmitida en la que habló de los encuentros sexuales que tuvieron lugar en el Vaticano, hasta la historia de los coristas que rodeaban a Angelo Balducci, integrante del grupo exclusivo de la curia denominado Su Santidad, motivo de una investigación judicial. Sobre los lugares de reunión vinculados con este episodio, el informe detalla un sitio en las afueras de Roma, un sauna y un salón de belleza en el centro, como también las habitaciones dentro del Vaticano. Entre aquellos mencionados en el reporte se encuentra Marco Simeon, un directivo de la televisión estatal RAI cuyo nombre fue ligado tiempo atrás con una de las revelaciones clave de los Vatileaks: la conspiración para expulsar al arzobispo Carlo María Vigano de la presidencia de la gobernación de la Ciudad del Vaticano, después de sus intentos por introducir una mayor transparencia financiera. Simeon es considerado como alguien cercano al segundo oficial de mayor rango en el Vaticano, el secretario de Estado cardenal, Tarcisio Bertone.

 

El reporte secreto alertó, también, sobre vínculos sospechosos en el Instituto para las Obras de Religión (IOR), el Banco del Vaticano, donde un nuevo presidente fue nombrado la semana pasada luego de una vacante de nueve meses, agregó La Repubblica, que no ofreció más detalles sobre la cuestión. El periódico aseguró que Benedicto, personalmente, le haría entrega de los volúmenes a su sucesor, con la esperanza de que será “fuerte, joven y santo”, espera, para hacer frente a la enorme tarea que le espera.

 

En sintonía, el semanario conservador Panorama informó ayer sobre un Vatileak que creció demasiado, pero sin especular sobre los motivos de la dimisión del pontífice alemán de 85 años. La revista señaló que la presunta “red de amistades homosexuales y chantajes” en la curia romana fue para Benedicto XVI la parte más sorprendente del informe sobre Vatileaks. Como también detalló que los autores del informe tienen más de 80 años, por lo tanto no son papables.

 

El Vaticano se rehusó a comentar la información. La Repubblica informó que el portavoz del Vaticano, Federico Lombardi, aseguró que no se van a comentar “todas las claves, fantasías y opiniones que haya sobre el tema” e indicó que los medios no pueden esperar comentarios, confirmaciones o desmentidos de lo que se dice sobre este tema. “No estamos corriendo detrás de todas las especulaciones y fantasías u opiniones que se expresan sobre el tema y no esperen que los tres cardenales den entrevistas porque la línea acordada es guardar silencio y no revelar información sobre este tema”, agregó. Además reflejó las inexactitudes que se detectan en la información que se brinda y pone de manifiesto “que aquellos que escriben no entienden de los temas vaticanistas”. Lo que figura en una información, añadió, es responsabilidad del autor. Sobre el inicio del cónclave de cardenales, que elegirá al sucesor de Benedicto XVI, el portavoz del Vaticano remarcó que la fecha será decidida por la congregación de cardenales una vez que el Papa haya renunciado. En un principio, el Vaticano había dicho que los cardenales se reunirían alrededor del 15 de marzo, pero luego admitió que el proceso podría adelantarse.

 

El Papa renunciará el 28 de febrero. Hasta el momento, el Vaticano insistió en que la decisión de Benedicto de convertirse en el primer Papa en dejar su cargo en los últimos 600 años tiene que ver con su edad avanzada y no con conspiraciones internas.

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Las verdaderas razones de la renuncia del Papa Benedicto XVI

Los expertos vaticanistas alegan que el papa Benedicto XVI decidió renunciar en marzo del año pasado, después de regresar de su viaje a México y a Cuba. En ese entonces, el Papa que encarna lo que el especialista y universitario francés Philippe Portier llama “una continuidad pesada” con su predecesor, Juan Pablo II, descubrió la primera parte de un informe elaborado por los cardenales Julián Herranz, Jozef Tomko y Salvatore De Giorgi. Allí estaban resumidos los abismos nada espirituales en los que había caído la Iglesia: corrupción, finanzas oscuras, guerras fratricidas por el poder, robo masivo de documentos secretos, pugna entre facciones y lavado de dinero. El resumen final era la “resistencia en la curia al cambio y muchos obstáculos a las acciones pedidas por el Papa para promover la transparencia”.

 

El Vaticano era un nido de hienas enardecidas, un pugilato sin límites ni moral alguna donde la curia hambrienta de poder fomentaba delaciones, traiciones, zancadillas, lavado de dinero, operaciones de Inteligencia para mantener sus prerrogativas y privilegios al frente de las instituciones religiosas y financieras. Muy lejos del cielo y muy cerca de los pecados terrestres. Bajo el mandato de Benedicto XVI, el Vaticano fue uno de los Estados más oscuros del planeta. Josef Ratzinger tuvo el mérito de destapar el inmenso agujero negro de los curas pedófilos, pero no el de modernizar la Iglesia y dar vuelta la página del legado de asuntos turbios que dejó su predecesor, Juan Pablo II.

 

Ese primer informe de los tres cardenales desembocó, en agosto del año pasado, en el nombramiento del suizo René Brülhart, un especialista en lavado de dinero que dirigió durante ocho años la Financial Intelligence Unit (FIU) du Liechtenstein, o sea, la agencia nacional encargada de analizar las operaciones financieras sospechosas. Brülhart tenía como misión poner al Banco del Vaticano en sintonía con las normas europeas dictadas por el GAFI, el grupo de acción financiera. Desde luego, no pudo hacerlo. El pasado turbio le cerró el paso.

 

Benedicto XVI fue, como lo señala Philippe Portier, un continuador de la obra de Juan Pablo II: “Desde 1981 siguió el reino de su predecesor acompañando varios textos importantes que él mismo redactó a veces, como la Condena de las teologías de la liberación de los años 1984-1986, el Evangelium Vitae de 1995, a propósito de la doctrina de la Iglesia sobre temas de la vida, o Splendor Veritas, un texto fundamental redactado a cuatro manos con Wojtyla”. Estos dos textos citados por el experto francés son un compendio práctico de la visión reaccionaria de la Iglesia sobre las cuestiones políticas, sociales y científicas del mundo moderno.

 

La segunda parte del informe de los tres cardenales le fue presentada al Papa en diciembre. Desde entonces, la renuncia se planteó de forma irrevocable. En pleno marasmo y con un montón de pasillos que conducían al infierno, la curia romana actuó como lo haría cualquier Estado. Buscó imponer una verdad oficial con métodos modernos. Para ello contrató al periodista norteamericano Greg Burke, miembro del Opus Dei y ex miembro de la agencia Reuters, la revista Time y la cadena Fox. Burke tenía por misión mejorar la deteriorada imagen de la Iglesia. “Mi idea es aportar claridad”, dijo Burke al asumir el puesto. Demasiado tarde. Nada hay de claro en la cima de la Iglesia Católica.

 

La divulgación de los documentos secretos del Vaticano orquestada por el mayordomo del papa, Paolo Gabriele, y muchas otras manos invisibles fue una operación sabiamente montada cuyos resortes siguen siendo misteriosos: operación contra el poderoso secretario de Estado, Tarcisio Bertone, conspiración para empujar a Benedicto XVI a la renuncia y poner a un italiano en su lugar, o intento de frenar la purga interna en curso y la avalancha de secretos, los vatileaks sumergieron la tarea limpiadora de Burke. Un infierno de paredes pintadas con ángeles no es fácil de rediseñar.

Benedicto XVI se hizo aplastar por las contradicciones que él mismo suscitó. Estas son tales que, una vez que hizo pública su renuncia, los tradicionalistas de la Fraternidad de San Pío X fundada por monseñor Lefebvre saludaron la figura del Papa. No es para menos: una de las primeras misiones que emprendió Ratzinger consistió en suprimir las sanciones canónicas adoptadas contra los partidarios fascistoides y ultrarreaccionarios de monseñor Lefebvre y, por consiguiente, legitimizar en el seno de la Iglesia esa corriente retrógrada que, de Pinochet a Videla, supo apoyar a casi todas las dictaduras de ultraderecha del mundo.

 

Philippe Portier señala al respecto que el Papa “se dejó sobrepasar por la opacidad que se instaló bajo su reino”. Y la primera de ellas no es doctrinal, sino financiera. El Vaticano es un tenebroso gestor de dinero y muchas de las querellas que se destaparon en el último año tienen que ver con las finanzas, las cuentas maquilladas y las operaciones ilícitas. Esta es la herencia financiera que dejó Juan Pablo II y que para muchos especialistas explica la crisis actual. El Instituto para las Obras de Religión, es decir el banco del Vaticano, fundado en 1942 por Pío XII, funciona con una oscuridad tormentosa. En enero, a pedido del organismo europeo de lucha contra el blanqueo de dinero, Moneyval, el Banco de Italia bloqueó el uso de las cartas de crédito dentro del Vaticano debido a la falta de transparencia y a las fallas manifiestas en el control de lavado de dinero. En 2011, los cinco millones de turistas que visitaron la Santa Sede dejaron 93,5 millones de euros en las cajas del Vaticano, ahora deberán pagar al contado. El IOR gestiona más de 33.000 cuentas por las que circulan más de seis mil millones de euros. Su opacidad es tal que no figura en la “lista blanca” de los Estados que participan en el combate contra las transacciones ilícitas.

 

En septiembre de 2009, Ratzinger nombró al banquero Ettore Gotti Tedeschi al frente del Banco del Vaticano. Cercano al Opus Dei, representante del Banco de Santander en Italia desde 1992, Gotti Tedeschi participó en la preparación de la encíclica social y económica Caritas in veritate, publicada por el Papa en julio. La encíclica exige más justicia social y plantea reglas más transparentes para el sistema financiero mundial. Tedeschi tuvo como objetivo ordenar las turbias aguas de las finanzas vaticanas. Las cuentas de la Santa Sede son un laberinto de corrupción y lavado de dinero cuyos orígenes más conocidos se remontan a finales de los años ’80, cuando la Justicia italiana emitió una orden de detención contra el arzobispo norteamericano Paul Marcinkus, el llamado “banquero de Dios”, presidente del Instituto para las Obras de la Religión y máximo responsable de las inversiones vaticanas de la época.

 

Marcinkus era un adepto a los paraísos fiscales y muy amigo de las mafias. Juan Pablo II usó el argumento de la soberanía territorial para evitar la detención y salvarlo de la cárcel. No extraña, le debía mucho, ya que en los años ’70 y ’80 Marcinkus había utilizado el Banco del Vaticano para financiar secretamente al hijo predilecto de Juan Pablo II, el sindicato polaco Solidaridad, algo que Wojtyla no olvidó jamás. Marcinkus terminó sus días jugando al golf en Arizona y en el medio quedó un gigantesco agujero negro de pérdidas (3,5 mil millones de dólares), inversiones mafiosas y también varios cadáveres.

 

El 18 de junio de 1982 apareció un cadáver ahorcado en el puente londinense de Blackfriars. El cuerpo pertenecía a Roberto Calvi, presidente del Banco Ambrosiano y principal socio del IOR. Su aparente suicidio corrió el telón de una inmensa trama de corrupción que incluía, además del Banco Ambrosiano, la logia masónica Propaganda 2 (más conocida como P-2), dirigida por Licio Gelli, y el mismo Banco del Vaticano dirigido por Marcinkus. Gelli se refugió un tiempo en la Argentina, donde ya había operado en los tiempos del general Lanusse mediante un operativo llamado “Gianoglio” para facilitar el retorno de Perón.

 

A Gotti Tedeschi se le encomendó una misión casi imposible y sólo permaneció tres años al frente del Instituto para las Obras de Religión. Fue despedido de forma fulminante en 2012 por supuestas “irregularidades en su gestión”. Entre otras irregularidades, la fiscalía de Roma descubrió un giro sospechoso de 30 millones de dólares entre el Banco del Vaticano y el Credito Artigiano. La transferencia se hizo desde una cuenta abierta en el Credito Artigiano pero bloqueada por la Justicia a causa de su falta de transferencia. Tedeschi salió del banco pocas horas después de que se detuviera al mayordomo del Papa y justo cuando el Vaticano estaba siendo investigado por supuesta violación de las normas contra el blanqueo de capitales. En realidad, su expulsión constituye otro episodio de la guerra entre facciones. En cuanto se hizo cargo del puesto, Tedeschi empezó a elaborar un informe secreto donde consignó lo que fue descubriendo: cuentas cifradas donde se escondía dinero sucio de “políticos, intermediarios, constructores y altos funcionarios del Estado”. Hasta Matteo Messina Denaro, el nuevo jefe de la Cosa Nostra, tenía su dinero en el IOR. Allí empezó el infortunio de Tedeschi. Quienes conocen bien el Vaticano alegan que el banquero amigo del Papa fue víctima de un complot armado por consejeros del banco con el respaldo del secretario de Estado, monseñor Bertone, un enemigo personal de Tedeschi y responsable de la comisión cardenalicia que vigila el funcionamiento del banco. Su destitución vino acompañada por la difusión de un “documento” que lo vinculaba con la fuga de documentos robados al Papa.

 

Más que las querellas teológicas, es el dinero y las sucias cuentas del Banco del Vaticano lo que parecen componer la trama de la inédita renuncia del Papa. Un nido de cuervos pedófilos, complotistas reaccionarios y ladrones, sedientos de poder, impunes y capaces de todo con tal de defender su facción, la jerarquía católica ha dejado una imagen terrible de su proceso de descomposición moral. Nada muy distinto al mundo en el que vivimos: corrupción, capitalismo suicida, protección de los privilegiados, circuitos de poder que se autoalimentan y protegen, el Vaticano no es más que un reflejo puntual de la propia decadencia del sistema.


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Martes, 29 Mayo 2012 06:35

El diablo entró sin golpear

El diablo entró sin golpear
En 1982 el teólogo brasileño Leonardo Boff, uno de los iniciadores de la teología latinoamericana de la liberación, publicó un libro titulado Iglesia, carisma y poder. Ensayos de eclesiología militante para denunciar la corrupción de la institución eclesiástica católica y lo que él consideraba una traición al legado espiritual del cristianismo. Ese libro le trajo aparejado a Boff serias disputas con el Vaticano y, en particular, con el entonces prefecto (ministro) de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cardenal Joseph Ratzinger, hoy Benedicto XVI. A pesar de que Boff, sacerdote franciscano desde 1959, doctor en teología y filosofía por la Universidad de Munich (Alemania), siempre planteó que hacía sus críticas “desde el interior de la Iglesia” y buscando la superación de los problemas, el Vaticano nunca le perdonó haber puesto en evidencia, en base a argumentos teológicos y eclesiológicos, la corrupción de la propia Iglesia. Ratzinger hizo de la persecución a Boff una cuestión personal. En 1985 recayó sobre el brasileño una sanción que le imponía “silencio” y le impedía enseñar en ningún ámbito controlado por la Iglesia Católica. Pocos años después Leonardo Boff decidió abandonar su condición de sacerdote católico, pero siguió la prédica religiosa y ecologista acorde con su formación franciscana.


La mención a Boff viene a cuento de lo que está sucediendo en estos días en Roma con revelaciones que ponen de manifiesto luchas intestinas de poder en el Vaticano y, sobre todo, dejan al descubierto la crisis de corrupción que afecta a toda la estructura eclesiástica católica. Desmoronamiento que no se reduce al jaqueado poder central del catolicismo, sino que se extiende a lo largo y a lo ancho del mundo donde cada día surgen nuevas evidencias de casos de corrupción como los ocurridos con los Legionarios de Cristo, los casos de pedofilia, los escándalos sexuales, las estafas y las complicidades en violaciones a los derechos humanos, como acaba de ratificarse en nuestro país. Lo que acontece ahora en el Vaticano es lo mismo que ya denunció Boff hace treinta años y por lo que fue silenciado, acusado de traidor y finalmente obligado a salir de la Iglesia Católica.


La olla se sigue destapando en el Vaticano... y huele a podrido. Y por cierto que Paolo Gabriele, el mayordomo infiel del Papa que se encuentra detenido en una prisión eclesiástica, no parece ser el principal responsable de la situación, aunque finalmente pueda acabar convirtiéndose en el chivo expiatorio. Aunque el vocero Federico Lombardi se obstine en afirmar que “no se sospecha de ningún cardenal, ni italiano ni extranjero”, sería muy ingenuo pensar que el mayordomo Gabriele no es apenas un eslabón menor de una cadena de conspiraciones que, como mínimo, intenta disputar el poder mirando a la sucesión de Ratzinger, enfermo, cansado y con 85 años.


Pero no se trata solamente de una lucha de poder en el interior de la institución católica, sino de las conexiones entre la Iglesia Católica y el poder político y económico en el mundo. Varias son las investigaciones periodísticas que han puesto esto en evidencia. Entre las últimas, el libro publicado hace poco más de una semana por el periodista italiano Gianluigi Nuzzi. El propio Benedicto XVI lo terminó admitiendo cuando decidió destituir hace apenas unos días al presidente del IOR (banco vaticano), Ettore Gotti Tedeschi, sospechado de manejos fraudulentos y de operaciones poco transparentes en relación con el lavado de dinero. Ratzinger procedió antes que el IOR fuera denunciado directamente por las autoridades financieras europeas.


Con la misma lógica, Benedicto XVI actuó nombrando una comisión integrada por el cardenal Julian Herranz (Opus Dei), el cardenal eslovaco Jozef Tomko, ex prefecto (ministro) de la Congregación para la Propagación de la Fe, y por el arzobispo de Palermo, Salvatore De Giorgi, para investigar las “filtraciones”. El portavoz Lombardi aseguró que esa comisión tiene plenos poderes, que reporta directamente al Papa y que puede interrogar a quien decida. Sin embargo, poco se podrá conocer de lo que allí se obtenga. Porque todo seguirá en la misma lógica del secretismo que encubre la corrupción institucional, como ha sucedido hasta el momento con tantos casos de pedofilia o con las acusaciones de corrupción económico-financiera hechas por el arzobispo Carlo María Viganó, cuyos contenidos sólo se conocieron a través de otra filtración después de que el denunciante fue separado de su cargo y “promovido” a nuncio (embajador) en Estados Unidos. ¿Y quién podría dar explicaciones acerca de las revelaciones del ultraconservador cardenal colombiano Darío Castrillón señalando –en una carta privada y personal al Papa– que el cardenal italiano Paolo Romero en su viaje a China se había extendido explicando las disputas entre Ratzinger y su segundo, el cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado?


Mientras tanto, Benedicto XVI decidió reincorporar con todos los honores a los lefebvristas de la Sociedad San Pío X y está convencido de que la salvación de la Iglesia Católica pasa por la restauración y el cerrar filas hacia adentro, antes que acceder a los cambios propuestos hace ya medio siglo por el Concilio Vaticano II.


La olla se sigue destapando y el mal olor invade los pasillos institucionales de la Iglesia Católica Romana, su jerarquía y sus estructuras de poder por más que sus autoridades hagan grandes esfuerzos por disimularlo y se empeñen en negarlo. Claro está que, como lo ha señalado más de un estudioso de los temas eclesiales, esta institucionalidad eclesiástica en decadencia poco tiene que ver con la fe en Cristo y con la experiencia religiosa de tantos millones de fieles alrededor del mundo. Lo que está en crisis, lo que cruje y se derrumba es una estructura corrupta aliada con el poder económico y político que ejerce hoy la “titularidad” del mundo occidental. Seguramente porque el diablo entró sin golpear... lo invitaron a pasar.
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