Sábado, 05 Junio 2021 06:10

Tiempos inciertos

Joe Biden FOTOS PÚBLICAS, CARLOS M. VAZQUEZ

Con el politólogo estadounidense Corey Robin

La política estadounidense vive tiempos convulsos. El período de gobierno de Joe Biden comenzó con un intento de reanimar la economía con un gigantesco paquete de estímulo, mientras la izquierda y la derecha tratan de recomponerse para enfrentar el tiempo que se viene. Para hablar sobre estos temas, Brecha conversó con Robin, teórico político y profesor de ciencia política de la City University of New York.

 

Empecemos con la administración Biden. Parecía –por lo que Biden representa y por el hecho de que peleó una primaria contra la izquierda– que sería un presidente más bien conservador, pero su gobierno se muestra más audaz de lo esperado. ¿Eso es así? ¿Cómo interpreta estos primeros meses del gobierno de Joe Biden?

—Es muy temprano para saberlo. En los primeros dos meses de la administración Biden, la principal legislación fue el paquete de estímulo, que, en términos de gasto, fue mucho mayor de lo que mucha gente esperaba. Y no es solo que fuera tan grande, también es adonde está dirigido. Mucho va a comunidades de color, y mucho dinero va directamente a la gente. Creo que desde el principio flotó la noción de que iba a ser una presidencia transformadora. Ahora estamos en la realidad. Va a haber discusiones sobre una ley de infraestructura y una reforma laboral. Ahí vamos a ver. No se trata tanto de la personalidad de Biden o de lo que él quiera personalmente, sino del Partido Demócrata, que tiene una pequeñísima mayoría en la legislatura, por lo que necesita estar unificado para que esto se apruebe. Creo que en las próximas semanas y meses vamos a tener una mejor visión de esto.

¿En qué estado está la izquierda estadounidense hoy, después de la derrota de Bernie Sanders y después de los grandes movimientos de protesta del año pasado?

—Es una pregunta difícil de responder. Ha habido un par de escaramuzas con la administración Biden en las que la izquierda pudo ejercer un poco más de presión de lo que muchos hubieran anticipado. Pero no hemos llegado al punto de las grandes peleas sobre las leyes laborales y el derecho al voto. Ahí vamos a tener una mejor idea. Otro tema es que la izquierda ha estado relativamente callada. No estuvo en las calles como estuvo durante la administración Trump o, incluso, durante el segundo mandato de Barack Obama. Mi sensación es que la izquierda no va a hacer lo mismo que hizo durante el primer mandato de Obama –o sea, nada–. Creo que la gente está más preparada para una pelea. Pero está por verse.

Entonces, hay mucha incertidumbre. Es un momento interesante.

—Lo es. Creo que es un momento fascinante. Es el momento más interesante que hemos tenido en mucho tiempo. Porque hacía mucho que el Partido Demócrata no estaba tan inclinado a la izquierda. Y la izquierda ha construido cierta capacidad política que antes no tenía. Además, la derecha tiene mucha incertidumbre sobre su futuro, porque las herramientas habituales que tenía para oponerse a la izquierda ya no le funcionan tanto. Estamos viendo una nueva constelación del balance de fuerzas, y por eso la incertidumbre es tan grande.

Ha comparado el momento actual con situaciones anteriores de «realineamiento» de la política estadounidense, como la emergencia del movimiento conservador en los setenta y el del New Deal en los treinta. ¿Cuáles son los puntos de comparación?

—Creo que son muchos. Últimamente los historiadores han estado mirando los años setenta con mucho más cuidado, como un momento muy similar al nuestro en términos de que nadie sabía hacia dónde irían las cosas. Había un sentido muy claro de que el orden del New Deal estaba colapsando. Tenías un movimiento conservador y un Partido Republicano cada vez más combativos, y dentro del Partido Demócrata tenías intentos reales de salirse del New Deal. Jimmy Carter fue el primero en impulsar la desregulación. Instaló a Paul Volker en la Reserva Federal, donde desarrolló una política monetaria contractiva. Estaba claro que el orden anterior se estaba viniendo abajo, pero nadie sabía lo que pasaría. Hoy vemos algo parecido: la ortodoxia neoliberal de la era de Reagan –impuestos bajos, gasto bajo– está cambiando. El paquete de estímulo que fue aprobado en el gobierno de Donald Trump y nuevamente ahora es una evidencia de ello. Creo que hay muchos parecidos con el realineamiento de los setenta. Pero, nuevamente, es muy temprano para saber hacia dónde va todo esto.

En estos años ha participado de polémicas sobre hasta qué punto se podía calificar a Trump de autoritario o hasta qué punto era capaz de actuar autoritariamente. ¿Qué podemos decir en retrospectiva sobre lo que fue Trump?

—Creo que habría que aclarar algunas cosas sobre Trump que tienen que ver con pensar la derecha desde una perspectiva histórica. Mucha gente tiene dificultades para hacer eso. La mayor parte del tiempo, la gente de izquierda no le presta ninguna atención a la derecha y, cuando esta, de repente, aparece en la escena, captura su imaginación. Parece que fuera algo nuevo y diferente. Pero la verdad del asunto es que muchas de las características típicas de Trump salen directamente del recetario tradicional del conservadurismo: el lenguaje racista, los alardes populistas, el desprecio al Estado de derecho, la hostilidad a las instituciones y las creencias establecidas. Una cosa que, si bien no es nueva, se intensificó mucho es la conciencia creciente en el Partido Republicano de que ya no son capaces de ganar mayorías. En la era de Richard Nixon, Ronald Reagan y George Bush, el movimiento conservador fue capaz de comandar una fuerza mayoritaria, de hablar por la mayoría. Ese ya no es el caso. Entonces, los conservadores dependen cada vez más de partes de la Constitución estadounidense que son muy antimayoritarias y antidemocráticas, como el Senado, el Colegio Electoral y la Suprema Corte. Estas son las partes del sistema estadounidense hostiles a la democracia popular. Si alguien dijera que la Constitución estadounidense es un documento autoritario, yo no tendría ningún problema. Pero creo que es mejor pensarlo como un documento antidemocrático. Y es en eso que se escudan Trump y el Partido Republicano. Eso es muy distinto de lo que se ve en muchos autoritarios de alrededor del mundo, que son hostiles al orden constitucional. El Partido Republicano y el movimiento conservador no serían nada sin el orden constitucional actual. Entonces, se los puede considerar un partido conservador muy tradicional, en términos del siglo XIX, que busca quedarse en el poder restringiendo el derecho al voto, dibujando los límites de los distritos al Congreso a su favor, usando a los jueces. Eso se parece más a la política estadounidense del siglo XIX que a cualquier tipo de nuevo orden.

Uno no está acostumbrado a pensar en el conservadurismo como algo estridente o violento. El conservadurismo, al contrario, se presenta a sí mismo como moderado, cauteloso.

—Exactamente. Las dificultades para entender a Trump dependen de las dificultades para entender la tradición conservadora en su conjunto, y ese es el problema.

¿Cómo se relacionan históricamente el populismo y esta tradición conservadora?

—Es una pregunta interesante. Quiero ser cuidadoso, porque sé que en América Latina la palabra populismo tiene connotaciones muy distintas que en Estados Unidos y en Europa. A lo largo de los años he aprendido a ser muy cuidadoso al hablar de este tema. Yo uso la palabra populismo en un sentido minimalista, no en el sentido de la ciencia política ni en el de los historiadores. Aunque el conservadurismo es un movimiento en defensa del poder de las elites, no lo hace de una forma tradicionalista. No usa métodos tradicionales, ni argumentos tradicionales, ni tácticas tradicionales. Y una cosa que el conservadurismo entendió desde el principio fue que era necesario encontrar una forma de apelar a lo popular. No a la democracia, pero sí a las imágenes, a los símbolos, a los mitos populares. Y eso es a lo que me refiero con populista. Es un intento de hacer una alianza entre las elites y las masas para hablar en nombre del todo, de una forma que es distinta de las defensas tradicionales de la jerarquía.

Oponiéndose a la izquierda.

—Sí. El conservadurismo nace como un contramovimiento, contra la revolución francesa y contra la democracia de masas. Pero los conservadores siempre entendieron que si quieren contrarrestar a la izquierda, van a tener que ofrecer su propia forma de política de masas. No pueden ofrecer una defensa jerárquica tradicional. Por eso el conservadurismo, incluso remontándose a Edmund Burke, siempre tuvo su propia política de masas. No es solamente un tema de las elites.

En América Latina solemos recibir las cosas que pasan en la derecha estadounidense con cierto retraso. Primero la derecha evangélica, ahora los libertarians. Nos vendría bien saber qué está pasando allá en ese campo para saber qué esperar en los próximos años.

—Sí, hay un gran historiador acá, en Estados Unidos, Greg Grandin, que ha escrito bastante sobre la forma como Estados Unidos exporta su derecha a América Latina. En cuanto a lo que pasa acá, durante la Guerra Fría y hasta Bush tuvimos lo que se llamaba una fusión entre tres corrientes de la derecha: el sector de la seguridad nacional, la derecha religiosa evangélica y la derecha económica, de libre mercado. Todos se reunían bajo la bandera del anticomunismo, que era un pegamento que funcionaba en Estados Unidos y en el exterior. Pero lo que pasa cada vez más –y esto se ve claramente con Trump– es que esas cosas ya no funcionan tan bien juntas como antes. Muchos de los conservadores de la seguridad nacional han roto con Trump; incluso, se han ido del Partido Republicano. Y los libertarians obtuvieron desregulaciones y reducciones de impuestos, pero si ves los presupuestos de Trump, el gasto social fue bastante alto. A los evangélicos les fue muy bien con las nominaciones de jueces, pero el movimiento se empezó a fragmentar. El problema que tiene la derecha es que estas tendencias ya no se retroalimentan entre ellas tan bien como antes y, de hecho, comenzaron a disputar entre ellas.

Quizás esto es más una cosa de Internet que de la realidad, pero parecería que se está dando un renacimiento de posturas extremadamente reaccionarias en Estados Unidos: desde tradicionalismos hasta eso que se llama neorreacción. ¿Esto es algo importante o marginal?

—Es algo que se está debatiendo bastante. Para mí, hay que mirar cómo el partido gobierna. Hay que recordar que los republicanos estaban hasta hace poco en el poder. Tuvieron el control total del Estado los primeros dos años de Trump. Y la verdad es que la forma como gobernaron, más allá de las nominaciones de jueces, fue relativamente moderada. Y en los últimos dos años fueron lo mismo. Tenés, también, al movimiento de milicias –que no es algo nuevo, pero está más audaz– y, quizás más importante, la sensación en el Partido Republicano de que ya no pueden formar mayorías por medios democráticos. Y eso es lo más importante. Cosas como las que pasaron el 6 de enero y Qanon se llevan toda la atención porque dan miedo, pero creo que lo más significativo es lo que está pasando con el Partido Republicano.

El año pasado vimos grandes manifestaciones antirracistas, que fueron reprimidas con mucha violencia. ¿Pudo ver el movimiento de cerca? ¿Cuánto cambió el terreno político?

—Creo que hay elementos de continuidad y novedad. Estados Unidos tiene una historia extraordinariamente violenta. Hubo muchos disturbios en los años sesenta y setenta, que luego continuaron, pero se les prestó menos atención. Lo nuevo fueron un par de cosas. Por un lado, este es un movimiento mucho más multirracial. En los sesenta y los setenta fue abrumadoramente negro. Por otro lado, las redes sociales permiten ver el lado oscuro del Estado mucho más que antes. También es verdad que hay grabaciones de televisión de la represión de los setenta. Pero ahora hay más, con grabaciones de asesinatos de personas negras por la Policía. Y, por último, el discurso conservador de ley y orden ha perdido fuerza en la política estadounidense. Nixon y Reagan llegaron al poder azuzando la amenaza de la violencia negra y los disturbios en las calles. Así construyeron mayorías populares. La retórica de Trump, que intentó hacer lo mismo, no le hizo ningún favor.

Uno de los eslóganes de las manifestaciones reclamaba quitar el presupuesto a la Policía. Acá, en América Latina, sería utópico pensar que un movimiento de masas reclamara esto. ¿De dónde salió ese reclamo?

—Es un movimiento que se fue desarrollando de a poco. Acá también era utópico en los noventa, cuando yo era un estudiante. Es una historia de lenta organización y con el tiempo de organización de masas, que irrumpió en la conciencia colectiva rompiendo muchos tabúes. Estados Unidos es el país que más presencia policial tiene y donde más se encarcela. Pero la combinación de la organización de largo plazo y el debilitamiento de la derecha cambió las cosas. Lo que entusiasma del reclamo de quitar el presupuesto a la Policía es que no es solo retórica, sino que se trata de dar presupuesto a otras prioridades. A menudo, el neoliberalismo es erróneamente pensado como una filosofía antiestatista, pero no lo es: solo favorece a cierta parte del Estado, a la parte judicial, policíaca y carcelera. Hablar de quitar el presupuesto a la Policía implica cambiar las prioridades políticas del Estado. Tiene el potencial de ser algo muy transformador.

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EE.UU. ha creado una fuerza clandestina de unos 60.000 agentes que operan por todo el mundo, según una investigación periodística

El programa 'Signature Reduction' involucraría a 130 empresas que ganarían más de 900 millones de dólares al año. Asimismo, en él participan varias docenas de organizaciones gubernamentales secretas.

En la última década, el Pentágono ha creado una fuerza encubierta de alrededor de 60.000 agentes secretos, descubrió la revista estadounidense Newsweek en el marco de una investigación periodística que duró dos años.

Según un artículo publicado este lunes, se trata de un programa extenso denominado 'Signature Reduction' ('Reducción de la firma' en inglés), que incluye a oficiales tanto uniformados como vestidos de civiles, desplegados en EE.UU. y en el extranjero.

De ellos, más de la mitad son fuerzas especiales, que trabajan en zonas de guerra, pero también en lugares donde no se libran conflictos, como Corea del Norte e Irán. El segundo grupo más grande son especialistas de inteligencia. Asimismo, destacan los 'ciberguerreros', la categoría más novedosa y que aumenta más rápido que las demás.

El nivel del cambio de identidad de los agentes varía según sus tareas, siendo el más alto reservado para los efectivos que tienen que pasar el control de pasaportes bajo nombres falsos. Para tales casos, existen varios métodos de ocultar sus datos biométricos. Se trata de enfoques tanto físicos —por ejemplo, el uso guantes y máscaras de silicona que simulan las huellas dactilares y la apariencia de otra persona— como digitales. Así, se afirma que EE.UU. podría 'hackear' las bases de datos biométricos de otros Estados para insertar en ellas temporalmente los registros necesarios.

En cuanto al volumen económico del programa, los periodistas aseguran que involucra a 130 empresas que ganan más de 900 millones de dólares al año. Asimismo, en él participan varias docenas de organizaciones gubernamentales secretas.

Mientras que uno de los objetivos de 'Signature Reduction' es la lucha contra el terrorismo, el segundo es la competencia con Rusia y China en la "zona gris […], el continuo paz-conflicto" en las relaciones de Washington con las dos potencias, asevera la revista.

Al mismo tiempo, la gigantesca fuerza clandestina contraviene varias normas legales tanto nacionales como internacionales. "Todo, desde el estado de las Convenciones de Ginebra —si un soldado es capturado por un enemigo operando bajo una identidad falsa— hasta la supervisión del Congreso es problemático", cita Newsweek a un oficial senior retirado informado sobre el programa.

Publicado: 17 may 2021 21:44 GMT

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Jueves, 06 Mayo 2021 06:19

Crisis capitalista y control social

Crisis capitalista y control social

La decisión del presidente Joe Biden, el pasado 15 de abril, de expulsar a 10 diplomáticos del Kremlin y de imponer nuevas sanciones contra Rusia por su alegada injerencia en las elecciones presidenciales estadunidenses de 2020 –a lo cual ya contestó Rusia– se produjo pocos días después de que el Pentágono realizara ejercicios navales frente a costas de China. Las dos acciones representan una escalada de las agresiones con el afán de Washington de intensificar la "nueva guerra fría" en contra de Rusia y China, llevando al mundo cada vez más hacia la conflagración político-militar internacional.

La mayoría de los observadores atribuyen esta guerra, instigada por Estados Unidos, a la rivalidad y la competencia sobre la hegemonía y el control económico internacional. No obstante, estos factores sólo explican en parte esta guerra. Hay un cuadro más amplio –que ha sido pasado por alto– que impulsa este proceso: la crisis del capitalismo global.

Esta crisis es económica, de estancamiento crónico en la economía global. Pero también es política, una crisis de la legitimidad del Estado y de la hegemonía capitalista. En Estados Unidos, los grupos dominantes se esfuerzan por desviar la inseguridad generalizada producida de la crisis hacia chivos expiatorios, como los inmigrantes o enemigos externos como China y Rusia. Las crecientes tensiones internacionales legitiman el aumento en presupuestos militares y de seguridad y abren nuevas oportunidades lucrativas mediante los conflictos y la extensión de los sistemas trasnacionales de control social y represión.

Los niveles de polarización social global y la desigualdad registrados en la actualidad están en niveles sin precedente. En 2018, el uno por ciento más rico de la humanidad controló más que la mitad de la riqueza del mundo mientras el 80 por ciento más pobre tuvo que conformarse con apenas 5 por ciento. Estas desigualdades socavan la estabilidad del sistema, mientras crece la brecha entre lo que el sistema produce o podría producir y lo que el mercado puede absorber.

Las corporaciones trasnacionales registraron niveles récord de ganancias entre 2010 y 2019, al mismo tiempo que las inversiones corporativas disminuyeron. El monto total de dinero en reservas de las 2 mil corporaciones no financieras más grandes en el mundo pasó de 6.6 billones de dólares a 14.2 billones entre 2010 y 2020 –cantidad por encima del valor total de todas las reservas en divisas de los gobiernos centrales del planeta– al mismo tiempo que la economía global se quedó estancada.

La economía mundial ha llegado a depender cada vez más del desarrollo y despliegue de los sistemas de guerra, de control social trasnacional, y de represión, simplemente como medio para sacar ganancia y seguir acumulando el capital de cara al crónico estancamiento y la saturación de los mercados globales. Los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 marcaron el inicio de una era de guerra global permanente en que la logística, la guerra, la inteligencia, la represión, el monitoreo y rastreo, y hasta el personal militar son cada vez más el dominio privado del capital trasnacional.

El presupuesto del Pentágono creció 91 por ciento en términos reales entre 1998 y 2011, mientras a escala mundial, el conjunto de los presupuestos militares estatales creció 50 por ciento entre 2006 y 2015, de 1.4 billones de dólares, a 2.03 billones. Durante este lapso, las ganancias del complejo militar-industrial se cuadruplicaron.

Los múltiples conflictos y campañas del control social en el mundo entrañan la fusión de la acumulación privada con la militarización estatal. En esta relación, el Estado facilita la expansión de las oportunidades para que el capital privado acumule ganancias, como facilitación de la venta global de armamentos por parte de compañías del complejo militar-industrial-seguridad. Las ventas globales de armamentos por parte de los 100 fabricantes más grandes aumentaron 38 por ciento entre 2002 y 2016.

En 2018, el entonces presidente estadunidense, Donald Trump, anunció la creación de un sexto servicio de sus fuerzas armadas, la llamada "Fuerza Espacial", con el pretexto de que era necesario para que Estados Unidos enfrentara crecientes amenazas internacionales. Pero tras bastidores, un pequeño grupo de ex funcionarios gubernamentales con fuertes lazos con la industria aeroespacial hicieron cabildeo para su creación con el fin de ampliar el gasto militar en satélites y otros sistemas espaciales.

En febrero pasado, la Federación de Científicos Estadunidenses denunció que detrás de la decisión de Washington de invertir no menos de 100 mil millones de dólares en una renovación del arsenal nuclear, se dio un constante cabildeo por parte de las compañías que producen y mantienen dicho arsenal. La administración Biden anunció con fanfarrias a principios de abril que iba a retirar todas las tropas estadunidenses en Afganistán. Sin embargo, sus 2 mil 500 soldados en ese país palidecen en comparación con los más de 18 mil contratistas de auxilio privados desplegados por Estados Unidos, entre ellos al menos 5 mil soldados bajo la planilla de las corporaciones militares privadas.

Pero si bien la ganancia de capital trasnacional y no la amenaza externa es la explicación para la expansión de la maquinaria estadunidense de guerra estatal y corporativa, esta expansión necesita ser justificada por la propaganda oficial del Estado y la nueva guerra fría cumple con esa finalidad.

El afán del Estado capitalista de externalizar las consecuencias políticas de la crisis incrementa el peligro de que las tensiones internacionales conduzcan a la guerra. Los presidentes estadunidenses históricamente registran el índice de aprobación más alto cuando lanzan las guerras. El de George W. Bush alcanzó el máximo histórico de 90 por ciento en 2001, en el momento en que su administración se alistaba para invadir a Afganistán, en tanto el de la administración de su padre, George H. W. Bush, alcanzó un índice de 89 por ciento en 1991, a raíz de su declaración de que concluyó exitosamente la (primera) invasión a Irak y la "liberación de Kuwait".

Por, William I. Robinson* Profesor de sociología y estudios globales de la Universidad de California, en Santa Bárbara. Siglo XXI recién publicó su libro El capitalismo global y la crisis de la humanidad

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Las promesas de Biden y el intento de revertir la degradada hegemonía estadounidense

A poco de cumplir los 100 días de mandato Joe Biden dio en la noche de este miércoles un discurso en el Congreso estadounidense. Tres planes de rescate y acción, muchas promesas, su "momento populista" y el intento de restaurar una hegemonía imperialista que lleva años de declive.

 

En su primer discurso ante el Congreso, Biden desveló por fin las partes restantes del triple plan de acción de su administración, tanto para reconstruir Estados Unidos tras la pandemia y la consiguiente crisis económica, como para continuar con el proyecto de intentar restaurar la hegemonía estadounidense tras la crisis abierta en 2008. El Plan de Familias Estadounidenses y el Plan de Empleos Estadounidenses son la hoja de ruta que Biden y sectores del capital sostienen es necesaria para dar estabilidad al capitalismo estadounidense: reducir la pobreza y la desigualdad, crear puestos de trabajo y hacer frente al cambio climático.

De hecho, como muchos analistas señalaron primero en la campaña y en los primeros 100 días de la presidencia de Biden, sus propuestas representan los planes más "progresistas" de los últimos 30 o 40 años en EE. UU. Su proyecto de build back better (reconstruir mejor) ha sido comparado hasta la saciedad con el Great Society (Gran Sociedad) de Lindon Johnson y el New Deal de Franklin Delano Roosvelt.

La reconstrucción en el frente interno tiene el propósito superior de sentar las bases del Make America Great Again (hacer grande a Estados Unidos nuevamente, el lema de Trump) en el ámbito internacional. La retirada de las instituciones multilaterales y las alianzas internacionales escenificadas por Trump se están revirtiendo gradualmente con la intención de restaurar el papel de Estados Unidos como "líder del mundo libre".

Desde el principio Biden comenzó a enviar señales y amenazas a China y Rusia como continuación de la pelea que mantuvo con Trump en la campaña electoral. A la luz de esto, es comprensible que el mayor contaminante del mundo haya sido el anfitrión de la cumbre del clima, un intento de greenwashing del capitalismo estadounidense y también presionar a China para que siga a Estados Unidos en la llamada transición verde. La tecnología menos contaminante suele ser más cara, por lo que podría enlentecer, aunque sea un poco, la incesante carrera de China para convertirse en la mayor economía del mundo. O pagar el precio político si no lo hace. Por no hablar del hecho de que las empresas del sector de las energías renovables pagan menos y prácticamente no tienen sindicatos en comparación con los sectores tradicionales del petróleo y el gas y el carbón.

Las promesas de Biden de "defender los intereses estadounidenses en todos los ámbitos" de la geopolítica muestran un compromiso renovado, no sólo con las áreas tradicionales de la intervención imperialista de Estados Unidos, sino también para hacer que Estados Unidos vuelva a ser competitivo entre sus aliados y rivales históricos: gran parte de la justificación de sus propuestas para revisar la infraestructura y "devolver los puestos de trabajo a Estados Unidos" están dirigidas a alcanzar a China y garantizar que la potencia imperialista dominante en el mundo, aunque debilitada, no se quede atrás con respecto a otras potencias mundiales que han sido más rápidas en la creación de empleo.

Como se preveía, gran parte del discurso de Biden estuvo dedicado a la gestión de la pandemia, después de tomar el control de la Casa Blanca en medio de las mayores tasas de infecciones y muertes por Covid-19 desde que el virus arrasó con Estados Unidos en la primavera de 2020. Biden explicó que su administración distribuyó 220 millones de vacunas contra el COVID en 100 días y pregonó la aprobación del Plan de Rescate Americano.

En marcado contraste con la supuesta vuelta a la normalidad en el país, está el papel que el "nacionalismo de las vacunas" desempeña para que el coronavirus arrase en países que no tienen ni acceso ni recursos para obtener, producir o distribuir vacunas. Mientras que los adultos mayores en Estados Unidos pueden “abrazar a sus hijos y nietos", los habitantes de la India o Brasil ni siquiera tienen el lujo de despedirse de sus seres queridos a través de la ventana de un hospital. Los casos de coronavirus en la India se han disparado en los últimos meses, debido en gran medida a la horrible respuesta del régimen de Modi, pero también mostrando los efectos devastadores de las patentes que crean enormes beneficios para las empresas farmacéuticas que sirven a las potencias imperialistas, mientras restringen el acceso a la investigación de vacunas vitales para el resto del mundo.

Biden no dijo nada sobre los millones de vacunas compradas y acaparadas por Estados Unidos para poder hacer de maestro en la distribución de vacunas (varias de las cuales no están aprobadas para su uso en Estados Unidos) a sus aliados y a los que espera acercar a ellos para aislar a China y Rusia.

El discurso de Biden y las propuestas que expuso como prioridades internas de su administración en el próximo período señalan un posible cambio de la lógica neoliberal de desmantelar la red de seguridad social en favor de la "elección individual", o más bien del dominio total de los mercados en todos los aspectos de la vida. Desde el aumento del salario mínimo hasta la cura del cáncer, Biden hizo una promesa tras otra de carácter populista para mejorar las condiciones de vida de todos los desamparados del sueño americano. Biden pintó un cuadro de "gobierno grande" del tipo que se ocupa de la gente, que muestra que el capitalismo puede "autocorregirse" tras las crisis que crea y mitigar los antagonismos cada vez más profundos entre los intereses capitalistas a los que sirve y los trabajadores que hacen funcionar la sociedad.

Por supuesto, queda por ver qué parte de estos planes podrá aprobar Biden ante la oposición casi unánime de los republicanos y qué disposiciones para los trabajadores y los pobres se quedarán probablemente en el tintero, o si está dispuesto a sacrificar su compromiso con el "bipartidismo" para sacar adelante los planes (como amenazó en su discurso ante el Congreso, diciendo que "no hacer nada no es una opción"). Sin embargo, el discurso muestra que un sector del capital y sus representantes en el Estado se han unido en torno a la idea de que las condiciones sociales producidas por años de austeridad neoliberal y el terreno cambiante de la economía y la geopolítica mundial requieren concesiones significativas a la clase trabajadora y los oprimidos de la sociedad estadounidense.

En ninguna parte es esto más evidente que en la parte más drástica del programa de Biden, el Plan de Familias Americanas de 1.8 billones de dólares, que expuso en detalle en el pleno del Congreso el miércoles por la noche. Este plan de "infraestructura social" ampliaría el acceso a la educación y la educación preescolar universal, además de proporcionar financiación para el cuidado de los niños y créditos fiscales para los padres. También crearía subsidios en el marco de la Ley de Atención Sanitaria Asequible y un permiso familiar federal remunerado.

Durante muchos años, el país más rico del mundo se ha distinguido entre las potencias mundiales por su negativa a proporcionar incluso una ayuda básica a las personas con hijos u otros seres queridos a los que cuidar. Aunque sólo sea por eso, el Plan de Familias Estadounidenses muestran lo limitados de los programas sociales en el país desde hace décadas. La pandemia no ha hecho más que arrojar luz sobre el costo de estas políticas: sin un acceso fiable al cuidado de los niños, decenas de millones de personas -la mayoría de ellas mujeres, en particular mujeres de color- perdieron sus empleos para cuidar a sus familiares en casa.

El miércoles por la noche, Biden expuso una lógica similar al defender la aprobación del Plan de Empleo Estadounidense que la Casa Blanca anunció a principios de este mes. Biden hizo un llamamiento directo, no sólo al sector de la clase trabajadora de la base del Partido Demócrata, sino también a un sector de la base de Trump en el Rust Belt y otras áreas devastadas mientras los bancos y las grandes corporaciones fueron rescatados después de 2008, diciendo que "Wall Street no construyó este país". Dirigido a las altas tasas de desempleo, el proyecto de ley de infraestructuras crearía millones de nuevos puestos de trabajo en zonas del país devastadas por décadas de neoliberalismo, lo que se traduciría en más carreteras, puentes y escuelas, así como en el acceso al agua para comunidades que hoy carecen de todo ello.

El plan de Biden para "remodelar" Estados Unidos se completó con un llamamiento para que se apruebe la Ley de Justicia Policial George Floyd, que el presidente quiere tener en su despacho antes del primer aniversario del brutal asesinato de George Floyd, en mayo de 2020. Propone una serie de reformas policiales que se limitan a abordar los medios más atroces por los que el Estado permite el terror policial, al tiempo que ignora las principales demandas del movimiento antirracista. Este intento de reducir la impunidad con la que la policía (mal) trata a los negros y latinos es un reconocimiento de la fuerza del movimiento BLM y del miedo que inspira a las élites. Sin embargo, como muestran los comentarios de Biden sobre los "buenos" policías que "sirven honorablemente a sus comunidades", el motivo más oscuro detrás de los proyectos de ley es la relegitimación del trabajo policial a los ojos de la sociedad. Como dijo Biden, el objetivo principal del Estado con el proyecto de ley no es detener el asesinato sistemático de negros y latinos, sino más bien "reconstruir la confianza entre" -u obediencia a- "las fuerzas del orden y las personas a las que sirven", asegurándose de que la Policía pueda seguir actuando como la última línea de defensa del Estado.

La cereza del postre es que el plan se financiará con una subida de impuestos para los ricos. Los amplios planes de infraestructuras que beneficiarían a los sectores más pobres de la población con una fracción de los beneficios de los sectores más ricos ha atraído la amplia aprobación de los demócratas -aunque no sin excepciones significativas- y la rotunda consternación de los republicanos. Mientras tanto, la medida cuenta con un apoyo mayoritario entre la población, según una reciente encuesta de Reuters/Ipsos que reveló que casi el 64% de los encuestados está de acuerdo en que los más ricos deben pagar más impuestos para financiar programas sociales. Aunque la propuesta de Biden de elevar el impuesto sobre el capital se limitaría a restablecer los tipos impositivos a la tasa de 2012 bajo la administración de Obama (y la administración de Bush antes de eso) a partir de los recortes del 20% realizados bajo la administración de Trump, esto señala una cambio en el enfoque de un sector creciente del capital -que responde al cambio de conciencia entre las masas- que sostiene la idea de que es necesario que las corporaciones y los ricos acepten un pequeño recorte en sus ganancias ahora para asegurar una mayor estabilidad para la obtención de beneficios en el futuro.

Al anunciar sus planes en los días previos al discurso ante el Congreso, Biden dijo que su programa creará la "economía más resistente e innovadora del mundo". Pero si esto no pudo lograrse durante los años en que la hegemonía estadounidense era indiscutible y Estados Unidos era la mayor superpotencia del mundo entonces, ¿por qué habría de hacerse realidad ahora?

Gran parte de las disposiciones anunciadas vienen a llenar los vacíos dejados por un sistema que hizo posible que uno de los países más ricos del mundo tuviera casi un 10% de tasa de pobreza y fuera más desigual que todos los países de Europa y tan desigual como la mayor parte de América Latina según las estimaciones del Banco Mundial sobre el índice de Gini. Y los planes de Biden, a pesar de su voluntad de gastar a lo grande en programas sociales para los sectores más desfavorecidos de la sociedad, son en su mayoría de carácter transitorio y se basan en la posibilidad de darlos de baja, cuando las condiciones sean más estables, como el ala progresista del Partido Demócrata se apresura a señalar. Pero, sobre todo, los planes de Biden pretenden apuntalar la economía sin cambiar fundamentalmente la estructura del capitalismo estadounidense.

No obstante, los planes representan un claro cambio respecto a las décadas de austeridad neoliberal, admitiendo que la obtención de beneficios capitalistas desenfrenados junto con los ataques a la clase trabajadora y a los pobres es insostenible. Van más allá de todo lo que Obama y sus predecesores neoliberales propusieron, y mucho menos aprobaron durante su mandato. El momento populista de Biden, un viejo político tradicional de establishment demócrata, se explica sobre todo por estas circunstancias, puestas de manifiesto con la crisis capitalista de 2008, que dio como resultado la profunda polarización política y social que llevaron a Trump a la presidencia, un resurgimiento de la lucha de clases en sentido amplio (que tuvo su momento más alto en la rebelión contra el racismo y la violencia policial por el asesinato de George Floyd) y la emergencia de fenómenos políticos novedosos que tomados de conjunto pueden preanunciar una mayor radicalización política.

La apuesta de la clase dominante y del Gobierno de Biden es la desviación y la cooptación a través de las diversas burocracias: de los sindicatos, del ala progresista del Partido Demócrata y de los movimientos sociales. Y, sobre todo, es una apuesta por restaurar la estabilidad capitalista, devolviendo la fe en el Estado y elevando el nivel de vida de la población estadounidense. Como dijo el presidente desde el Congreso: "Tenemos que demostrar que la democracia todavía funciona. Que nuestro gobierno todavía funciona - y puede cumplir con la gente".

Aunque las de Biden aún son promesas que deben convertirse en ley y enfrentar un acalorado debate parlamentario, ya dejan en evidencia que el imperio estadounidense se enfrenta a una realidad histórica, con una pobreza masiva, una infraestructura completamente derruida y crisis de su hegemonía, mientras que China está llamada a convertirse en la primera economía del mundo en 10 o 15 años

Por Nicolás Daneri / Madeleine Freeman

Jueves 29 de abril | 13:04
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EE.UU. aprueba un multimillonario proyecto de armas nucleares pero insta a Irán a reducir su propio programa nuclear

Se construirán al menos 30 núcleos de plutonio por año para "satisfacer las necesidades de seguridad nacional", según un comunicado de la agencia federal a cargo.

La Administración Nacional de Seguridad Nuclear (NNSA), la agencia federal de EE.UU. responsable del desarrollo y producción de armas nucleares, aprobó la primera fase de diseño de un nuevo proyecto.

Según un comunicado de la institución emitido este miércoles, se construirán al menos 30 núcleos de plutonio por año para "satisfacer las necesidades de seguridad nacional".

El proyecto, que se lleva a cabo en el Laboratorio Nacional de Los Álamos (Nuevo México), costará entre 2.700 y 3.900 millones de dólares y podría finalizar entre 2027 y 2028.

Los núcleos de plutonio, también conocidos como pozos, tienen el tamaño y la forma de una bola de boliche y son un componente crucial en las ojivas nucleares que actúa como disparador de armas termonucleares.

La medida para incrementar la producción de plutonio fue propuesta por la Administración de Joe Biden para compensar el déficit de casi tres décadas en la cantidad de material que, según la NNSA, se requiere para el arsenal nuclear de EE.UU.

Además de trazar los planes para aumentar sus propios activos nucleares, el Gobierno estadounidense ha pedido repetidamente a Irán que restrinja su programa nuclear y retome los términos del pacto de 2015.

Las conversaciones indirectas entre Washington y Teherán para relanzar el acuerdo, oficialmente conocido como el Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA, por sus siglas en inglés), se han llevado a cabo en Viena durante las últimas tres semanas.

Según el pacto, Irán acordó frenar su programa nuclear a cambio del levantamiento de una serie de sanciones en su contra, pero en 2018, el expresidente de EE.UU. Donald Trump abandonó el acuerdo y volvió a imponer sanciones a la República Islámica, desatando el incumplimiento de los compromisos.

Biden ha expresado que EE.UU. está dispuesto a retomar el acuerdo nuclear pero bajo la condición de que Irán reduzca la cantidad y pureza de uranio que produce y almacena. Teherán, por su parte, ha afirmado que no lo hará hasta que Washington levante las sanciones.

Publicado: 30 abr 2021 08:36 GMT

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Putin pospuso su opción nuclear de cambio de época y negocia con Biden by the time being

El 21 de abril pasado no se escenificó en apariencia el mensaje sobre el cambio de época del zar Vlady Putin que había anunciado en forma dramática Russia Today (https://bit.ly/3gD8n3w).

Tampoco se trató de un parto de los montes –“Parturient montes, nascetur ridiculus mus” (parirán los montes; nacerá un ridículo ratón) poeta satírico Horacio dixit”–. Un día después al 21, Putin participó en la cumbre virtual sobre el cambio climático que convocó Joe Biden y a la que asistió finalmente el mandarín Xi Jinping.

Putin pospuso su opción nuclear sobre la salida de Rusia del sistema internacional de pagos Swift y la desdolarización que habían insinuado el canciller Sergei Lavrov y el portavoz del Kremlin, Dmitry Peskov.

Tampoco hay que tomar a la ligera la sumaria advertencia del zar Vlady Putin para que Occidente (Whatever that means) no se atreva a cruzar las líneas rojas (¡mega-sic!) trazadas por Rusia y que la hermenéutica china juzgó como una advertencia a Occidente de una severa respuesta a sus actos hostiles (https://bit.ly/3njgKT1).

Pese a la loable desescalada en Donbass por el presidente comediante (literal) ucranio, Volodímir Zelensky, marioneta del MI6 en su suicida confrontación teledirigida contra Rusia (https://bit.ly/3sXuPHj), dos días después a la participación de Putin en la Cumbre sobre el cambio climático, el ex presidente Dmitry Medvedev –el más occidental del poderoso clan de San Petersburgo– comentó que las relaciones de Moscú con Estados Unidos se encuentran a su más bajo nivel, similar a la crisis de los misiles en Cuba en 1962, que han girado de la rivalidad a una franca confrontación (https://bit.ly/3erK8m5), que ha llevado a una inestabilidad permanente.

Medvedev expuso la organizada campaña de acoso contra Rusia, que se condensa en la oposición de Estados Unidos al oleoducto NordStream 2 y a su continua desestabilización en Ucrania. Medvedev juzga que la “inestable política exterior de Washington se debe tanto a razones domésticas (sic)” como al declive de la autoridad estadunidense como líder del mundo occidental.

El discurso de Putin fue duro, pero no llegó a la ruptura prevista. Expuso la interferencia directa en Bielorrusia en un intento de orquestar un golpe de Estado y asesinar a su presidente, muy similar a lo que sufrió el ex mandatario de Ucrania Viktor Yanukovych –quien estuvo a punto de ser asesinado y fue defenestrado del poder con un golpe de Estado–, mediante un masivo ciberataque para paralizar la infraestructura de Minsk, sus comunicaciones y su sistema eléctrico (https://bit.ly/3aC7cxD).

Putin se mofó del “nuevo deporte (sic) de ver quién vocifera más fuerte contra Rusia”, a la que endosan todos los pecados sin razón alguna y advirtió que la respuesta de Moscú sería asimétrica, rápida y severa: quienes amenacen los intereses básicos de la seguridad rusa lo lamentarán de una manera que no lo han sentido en un largo periodo. Putin expresó que Rusia está “en estado de combate (¡mega- sic!)” con sus avanzadas armas hipersónicas y no ocultó que esa nación ya es líder en la creación de sistemas de combate de nueva generación y en el desarrollo de las fuerzas nucleares modernas.

Si se escudriñan las líneas rojas de Putin, sumada de la disquisición de Medvedev, a mi juicio, resultaron mucho peores que un cambio de época sobre la salida del sistema de pagos Swift y su desdolarización, que pudo haber sido en forma pacífica y gradual.

Por fortuna, dos días antes del fatídico 21 de abril, Jake Sullivan, asesor de Seguridad Nacional de Biden, se comunicó con su homólogo Nikolai Patrushev, secretario del Consejo de Seguridad de Rusia y muy cercano a Putin, con el fin de “discutir un número de temas de la situación bilateral como asuntos regionales y globales de preocupación (sic)”, y el prospecto de una cumbre presidencial entre Washington y Moscú (https://bit.ly/3gxXaRP).

Las líneas rojas de Putin denotan la hipersensibilidad de la confrontación de Estados Unidos contra Rusia y pueden desencadenar en cualquier momento una tercera guerra mundial nuclear.

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¿Que hay detrás de la «nueva guerra fría»?

Crisis capitalista y control social

 

La decisión del presidente norteamericano Joe Biden el pasado 15 de abril de expulsar a 10 diplomáticos del Kremlin y de imponer nuevas sanciones contra Rusia por su alegada injerencia en las elecciones presidenciales estadounidenses de 2020 – al cual ya reciprocó Rusia – se produjo pocos días después de que el Pentágono realizara ejercicios navales frente a la costa de China. Las dos acciones representan una escalada de las agresiones con el afán de Washington de intensificar la «nueva guerra fría» en contra de Rusia y China, llevando al mundo cada vez mas hacia la conflagración político-militar internacional. La mayoría de los observadores atribuyen esta guerra instigada por Estados Unidos a la rivalidad y la competencia sobre la hegemonía y el control económico internacional. No obstante, estos factores solo explican en parte esta guerra. Hay un cuadro mas amplio – que ha sido pasado por alto – que impulsa este proceso; la crisis del capitalismo global.

Esta crisis es económica, o estructural, de estancamiento crónico en la economía global. Pero también es política, una crisis de la legitimidad del Estado y de la hegemonía capitalista. Mientras el sistema se hunde en una crisis general del dominio de capital, miles de millones de personas alrededor del mundo enfrentan luchas por una supervivencia incierta y cuestionan un sistema que ya no consideran legítimo. En Estados Unidos, los grupos dominantes se esfuerzan por desviar la inseguridad generalizada producida de la crisis hacia chivos expiatorios, tales como los inmigrantes o los asiáticos culpados por la pandemia, y hacia enemigos externos como China y Rusia. A la vez, las crecientes tensiones internacionales legitiman el aumento de los presupuestos miliares y de seguridad y abren nuevas oportunidades lucrativas mediante las guerras, los conflictos, y la extensión de los sistemas transnacionales de control social y represión de cara al estancamiento en la economía civil.

Económicamente el capitalismo global enfrenta lo que se llama en términos técnicos la sobreacumulación. El capitalismo, por su misma naturaleza, produce una abundancia de riqueza, pero polariza esa riqueza y genera niveles cada vez mayores de desigualdad social en ausencia de políticas redistributivas. La sobreacumulación se refiere a una situación en la cual la economía ha producido – o que tiene la capacidad de producir – grandes cantidades de riqueza, pero el mercado no puede absorber la producción como resultado de las desigualdades. Los niveles de polarización social global y la desigualdad registrados en la actualidad están sin precedente. En 2018, el uno porciento mas rico de la humanidad controló mas que la mitad de la riqueza del mundo mientras el 80 porciento mas pobre tuvo que conformarse con apenas el cinco porciento, de acuerdo con las cifras de la agencia de desarrollo internacional Oxfam.

Estas desigualdades terminan socavando la estabilidad del sistema mientras crece la brecha entre lo que el sistema produce o podría producir, y lo que el mercado puede absorber. La extrema concentración de la riqueza en manos de muy pocos al lado del empobrecimiento acelerado de la mayoría significa que la clase capitalista transnacional, o CCT, enfrenta cada vez mayores dificultades en encontrar salidas productivas para descargar las enormes cantidades del excedente que ha acumulado. Entra mas se ensanchan las desigualdades globales, mas se vuelve constreñido, y por ende saturado, el mercado mundial, y cada vez mas el sistema enfrenta una crisis estructural de la sobreacumulación. En la ausencia de medidas compensatorias – es decir, una redistribución hacia debajo de la riqueza – la creciente polarización social resulta en crisis – en estancamiento, recesiones, depresiones, levantamientos sociales y guerras.

Contrario a narraciones prevalecientes, la pandemia de coronavirus no causó la crisis del capitalismo global, ya que esta ya estaba a las puertas. En vísperas de la pandemia, la tasa de crecimiento en los países de la Unión Europea ya había llegado a cero, en tanto la mayor parte de América Latina y de África Subsahariana ya estuvo en recesión, las tasas de crecimiento en Asia experimentaban un declive notable, y Norteamérica enfrentaba una ralentización económica constante. La situación estaba clara: el mundo tambaleaba hacia crisis. El contagio fue nada mas que la chispa que encendió el combustible de una economía global que nunca logró una plena recuperación del colapso financiero de 2008.

En los años previos a la pandemia se registró un constante aumento en la capacidad infrautilizada y una desaceleración de la actividad industrial alrededor del mundo. El excedente de capital sin salida aumentó rápidamente. Las corporaciones transnacionales registraron niveles récord de ganancias durante los años 2010-2019 al mismo tiempo que las inversiones corporativas se disminuyeron. El monto total de dinero en reservas de las 2,000 corporaciones no financieras mas grandes en el mundo pasó de $6.6 billones a $14.2 billones de dólares entre 2010 y 2020 – cantidad por encima del valor total de todas las reservas en divisas de los gobiernos centrales del mundo – al mismo tiempo que la economía global se quedó estancada. La frenética especulación financiera y el constante aumento de la deuda gubernamental, corporativa, y de los consumidores, impulsaron el crecimiento en las primeras dos décadas del siglo XXI. Pero estos dos mecanismos – la especulación y la deuda – constituyen soluciones temporales y no sostenibles frente al estancamiento de largo plazo.

La economía global de guerra

Como mostré en mi libro “El Estado Policiaco Global”, publicado en 2020, la economía global ha llegado a depender cada vez mas del desarrollo y despliegue de los sistemas de guerra, de control social transnacional, y de represión, simplemente como medio para sacar ganancia y seguir acumulando el capital de cara al crónico estancamiento y la saturación de los mercados globales. La acumulación militarizada se refiere a esta situación en la cual una economía global de guerra depende de las constantes guerras, conflictos, y campañas de control social y represión, organizadas por los Estados, y ahora impulsadas adelante por las nuevas tecnologías digitales, para sostener el cada vez mas tenue proceso de acumulación global de capitales.

Los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 marcaron el inicio de una era de guerra global permanente en el cual la logística, la guerra, la inteligencia, la represión, el monitoreo y rastreo, y hasta el personal militar son cada vez mas el dominio privado del capital transnacional. El presupuesto del Pentágono se incrementó en un 91 porciento en términos reales entre 1998 y 2011, mientras a nivel mundial, el conjunto de los presupuestos militares estatales creció en un 50 porciento entre 2006 y 2015, desde $1.4 billones de dólares, a $2.03 billones, aunque esta cifra no incluye los centenares de miles de millones de dólares gastados en la inteligencia, las operaciones de contingencia, las operaciones policiales, las “guerras” contra las drogas y el terrorismo, y la seguridad interna. Durante este periodo, las ganancias del complejo militar-industrial se cuadruplicaron.

Pero un enfoque que se limita a analizar los presupuestos militares estatales nos da una visión demasiado parcial del cuadro de la economía global de guerra. Las numerosas guerras, los múltiples conflictos, y campañas del control social y de represión alrededor del mundo entrañan la fusión de la acumulación privada con la militarización estatal. En esta relación, el Estado facilita la expansión de las oportunidades para que el capital privado acumule mediante la militarización, tales como la facilitación de la venta global de armamentos por parte de las compañías del complejo militar-industrial-seguridad. Estas ventas han alcanzado niveles que no tienen precedente. Las ventas globales de armamentos por parte de los 100 fabricantes mas grandes se incrementaron en un 38 porciento entre 2002 y 2016.

Ya para 2018, las compañías militares con fines de lucro emplearon unos 15 millones de personas alrededor del mundo, mientras otros 20 millones de personas trabajaban para las compañías privadas de seguridad. El negocio de la seguridad privada (policía privada) es uno de los sectores económicos de crecimiento mas rápido en muchos países y ha llegado a empequeñecer a las fuerzas publicas alrededor del mundo. En monto gastado en la seguridad privada en 2003 – el año de la invasión norteamericana a Iraq – fue mayor en un 73 porciento que el gastado publico de seguridad, y tres veces mas personas trabajaban por compañías privadas militares y de seguridad que por las instancias estatales. Estos soldados y policías corporativos fueron desplegados para vigilar la propiedad corporativa, proporcionar personal de seguridad para los ejecutivos de la clase capitalista transnacional y sus familias, recompilar datos, llevar a cabo la contrainsurgencia, las operaciones paramilitares y de monitoreo y rastreo, realizar acciones de control de multitudes y represión de los manifestantes, administrar los cárceles y centros de interrogación, manejar centros privados de detención de los inmigrantes, y hasta participar directamente en las guerras al lado de las fuerzas estatales.

En 2018, el entonces presidente estadounidense Donald Trump anunció con mucha fanfarria la creación de un sexto servicio de las fuerzas armadas norteamericanas, la llamada “Fuerza Espacial”. Los medios de comunicación corporativos repitieron como papagayo la versión oficial para la creación de estas fuerzas – de que era necesario para que Estados Unidos enfrentara crecientes amenazas internacionales. Ignoraron casi por completo de que un pequeño grupo de exfuncionarios gubernamentales con fuertes lazos con la industria aeroespacial hicieron constante cabildeo entre bastidores para la creación de esta Fuerza con el objetivo de ampliar el gasto militar en concepto de satélites y otros sistemas espaciales.

En febrero del año en curso la Federación de Científicos Americanos denunció que detrás de la decisión del gobierno norteamericano de invertir no menos de $100 mil millones de dólares en una renovación del arsenal nuclear, se dio un constante cabildeo por parte de las compañías del complejo militar-industrial que producen y mantienen dicho arsenal. La administración Biden anunció con mucha fanfarria a principios de abril de este año de que iba a retirar todas las tropas norteamericanas en Afganistán. Sin embargo, los 2,500 soldados estadounidenses en ese país palidecen en comparación con los mas de 18,000 contratistas de auxilio privados desplegados por Estados Unidos, entre ellos al menos 5,000 soldados bajo la planilla de las corporaciones militares privadas.

Las mal-llamadas guerras contra las drogas y el terrorismo, las guerras no declaradas contra los inmigrantes y refugiados, la construcción de los muros fronterizos, los centros de detención de inmigrantes, los complejos industriales carcelarios, los sistemas de monitoreo y rastreo de masa, la extensión de las compañías privadas de seguridad y mercenarias – todos se han convertido en importantes fuentes de ganancia y se volverán mas importantes aun en la medida que la economía global siga enfrentando el estancamiento crónico. En resumidas cuentas, el Estado policiaco global se vuele gran negocio en momentos en que otras oportunidades de lucro para las grandes corporaciones transnacionales se ven limitadas.

Pero si bien la ganancia de capital transnacional y no la amenaza externa es la explicación para la expansión de la maquinaria norteamericana de guerra estatal y corporativa, esta expansión todavía necesita ser justificada por la propaganda oficial del Estado. La nueva guerra fría cumple con esta finalidad.

Conjurando enemigos externos

Hay otra dinámica en juego que explica la nueva guerra fría: la crisis de la legitimidad del Estado y de la hegemonía capitalista. Las tensiones internacionales derivan de una contradicción aguda en el capitalismo global: la globalización económica tiene lugar en un sistema de autoridad política basada en el Estado nación. Es decir, en términos mas técnicos, hay una contradicción entre la función de acumulación y la función de legitimidad de los Estados. Los Estados enfrentan una contradicción entre la necesidad de promover la acumulación transnacional de capital en sus respectivos territorios nacionales – en competencia con otros Estados – y la necesidad de lograr la legitimidad política y estabilizar el orden social interno.

La tarea de atraer las inversiones corporativa y financiera al territorio nacional requiere que el Estado proporcione al capital todos los incentivos asociados con el neoliberalismo, como son la presión para abajo sobre los salarios, la represión sindical, la desregulación, las políticas impositivas regresivas, las privatizaciones, los subsidios al capital, la austeridad fiscal y recortes del gasto social, etcétera. El resultado de estas medidas es el incremento de la desigualdad, el empobrecimiento, y la inseguridad para las clases trabajadoras y populares, precisamente las condiciones que arrojan a los Estados hacia la crisis de la legitimidad, que desestabilizan los sistemas políticos nacionales, y que ponen en peligro el control elitista.

Las fricciones internacionales escalan en la medida que los Estados, en sus esfuerzos por retener la legitimidad, buscan sublimar las tensiones sociales y políticas y evitar que se fracture el orden social. En Estados Unidos, esta sublimación ha entrañado el esfuerzo por canalizar el descontento social hacia las comunidades convertidas en chivos expiatorios, tales como los inmigrantes. Se trata de una de las funciones mas importantes del racismo y fue parte integral de la estrategia política del gobierno de Trump. Pero también entraña la canalización de dicho descontento hacia enemigos externos tales como China y Rusia, lo cual parece ser una de las piedras angulares de la estrategia del gobierno de Biden.

Las clases dominantes chinas y rusas también deben enfrentar las consecuencias económicas y políticas de la crisis global, pero sus economías nacionales están menos dependientes de la acumulación militarizada y sus mecanismos de legitimidad son otras, es decir, no dependen del conflicto con Estados Unidos. Es Washington que conjura la nueva guerra fría, pero esta guerra no responde a una amenaza de China o de Rusia, mucho menos a la competencia económica entre los capitalistas en los tres países, pues las corporaciones transnacionales se han inter-penetrado inextricablemente mediante las inversiones mutuas tras-fronteras. Mas bien, esta guerra impulsada por Washington responde al imperativo de manejar y sublimar la crisis.

El afán del Estado capitalista de externalizar las consecuencias políticas de la crisis aumenta el peligro de que las tensiones internacionales conduzcan a la guerra. Históricamente las guerras han sacado al sistema capitalista de las crisis estructurales, en tanto fungen para desviar la atención desde las tensiones políticas y los problemas de la legitimidad. El llamado “dividendo de paz” – que supuestamente iba a conducir a la desmilitarización con el fin de la Guerra Fría original con el colapso de la Unión Soviética en 1991 – se esfumó de la noche a la mañana con los eventos del 11 de septiembre de 2001, los cuales legitimaron la farsa de la “guerra contra el terror” como nuevo pretexto para la militarización y el nacionalismo reaccionario. Los presidentes estadounidenses históricamente registren el índice de aprobación mas alto cuando lanzan las guerras. El índice de aprobación de George W. Bush alcanzo el máximo histórico de 90 porciento en 2001, en el momento en que su administración se alistara para invadir a Afganistán, en tanto el de la administración de su papa, George H. W. Bush, alcanzó un índice de 89 porciento en 1991, a raíz de su declaración de que concluyó exitosamente la (primera) invasión a Irak y la “liberación de Kuwait”.

La dictadura digitalizada de la clase capitalista transnacional

El capitalismo global experimenta en estos momentos un proceso de reestructuración y transformación radical, impulsado por una digitalización mucho mas avanzada de toda la economía y la sociedad global. Este proceso esta basado en las tecnologías de la llamada “cuarta revolución industrial”, incluyendo la inteligencia artificial y el aprendizaje automático, los macrodatos, los vehículos terrestres, aéreos, y marítimos de conducción automática, la computación cuántica y en nube, el internet/red de las cosas (conocido como IoT por sus siglas en inglés), la bio y nanotecnología y 5G ancho de banda, entre otras.

Si la crisis es económica y política, también es existencial por la amenaza del colapso ecológico, así como por la de una guerra nuclear, a la cual tenemos que agregar también el peligro de futuras pandemias que podrían involucrar a microbios mucho mas letales que los coronavirus. Los encierros impuestos por los gobiernos por la pandemia sirvieron como pruebas para la forma en que la digitalización podría permitir a los grupos dominantes efectuar una aceleración en el tiempo y en el espacio de la reestructuración capitalista y ejercer un mayor control sobre la clase trabajadora global. El sistema ahora buscar una mayor expansión por la vía de la militarización, las guerras y los conflictos, una nueva ronda de despojos violento alrededor del mundo, y una extensión del pillaje del Estado.

Las clases dominantes están aprovechando de la emergencia sanitaria para legitimar un control mas apretado sobre las poblaciones descontentas. Este proceso se ve acelerado por el cambio de las condiciones producidas por la pandemia y sus consecuencias. Dichas condiciones han ayudado a un nuevo bloque de capital transnacional – liderado por las compañías gigantescas de alta tecnología, entrelazados como son con la finanza, la industria farmacéutica, y el complejo militar-industrial – a acumular cada vez mas poder y consolidar su control sobre los ejes dominantes de la economía global. La reestructuración en marcha acarrea consigo una mayor concentración de capital a nivel mundial, un agravamiento de la desigualdad social, y también una agudización de las tensiones internacionales y los peligros de la conflagración militar.

En 2018, solo 17 conglomerados financieros globales en su conjunto manejaron $41.1 billones (trillones en inglés), que representa mas que la mitad del producto global bruto del planeta entero. Ese mismo año, para reiterar, el uno porciento de la humanidad, encabezado por 36 millones de millonarios y 2,400 multimillonarios (billonarios en inglés), controló mas de la mitad de la riqueza del planeta, mientras el 80 porciento – casi seis mil millones de personas – tuvieron que conformarse con apenas el cinco por ciento de esa riqueza. El resultado es devastación para la mayoría pobre de la humanidad. El 50 porciento de la población mundial intenta sobrevivir con menos de $2.50 diarios y el 80 porciento sobrevive con menos de $10 diarios. Una de cada tres personas sufre de la desnutrición, casi mil millones de personas se acuestan cada noche con hambre, y otros dos mil millones sufren de la inseguridad alimentaria. El numero de personas convertidos en refugiados por la guerra, el cambio climático, la represión política y el colapso económico ya alcanza varios centenares de millones. La nueva guerra fría resultará en una agudización de la miseria de esta masa de la humanidad.

Las crisis capitalistas son momentos de intensas luchas de clase y sociales. Ha habido una rápida polarización en la sociedad global desde 2008 entre una ultra-derecha insurgente y una izquierda insurgente. La crisis en curso desata revueltas populares. Los trabajadores, campesinos y pobres han llevado a cabo una oleada de huelgas y protestas alrededor del mundo. Desde Sudan hasta Chile, desde Francia hasta Tailandia, Sudáfrica, y Estados Unidos, una “primavera popular” se estalla por doquier. Pero la crisis también anima a las fuerzas ultra-derechistas y neofascistas que han surgido en muchos países alrededor del mundo y que buscan aprovechar políticamente de la emergencia sanitaria y sus consecuencias. Los movimientos neofascistas y los regímenes autoritarios y dictatoriales se han proliferado alrededor del mundo en tanto se desintegra la democracia.

Las desigualdades salvajes explosivas desatan protestas en masa por parte de los oprimidos y llevan a los grupos dominantes a desplegar un Estado policiaco global cada vez mas omnipresente para contener la rebelión de las clases trabajadoras y populares. El capitalismo global emerge de la pandemia en una nueva y peligrosa fase. La batalla por el mundo post-pandémico ya esta siendo librada. Las contradicciones de un sistema en perpetua crisis han llegado al punto de quiebre, conduciendo al mundo hacia una situación peligrosa, hacia el borde de la guerra civil global. Los riesgos no podrían ser mayores. Parte integral de la batalla por el mundo post-pandémico es la revelación y la denuncia de la nueva guerra fría como artimaña de los grupos dominantes para desviar nuestra atención de la crisis en escalada del capitalismo global.

Por William I. Robinson | 26/04/2021

William I. Robinson es un distinguido profesor de sociología y estudios globales de la Universidad de California en Santa Bárbara. La casa editorial mexicana Siglo XXI acaba de publicar su libro El capitalismo global y la crisis de la humanidad.

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Alrededor de 2 mil 500 marines componen la tropa estadunidense en Afganistán. Foto Afp

Biden anunció la escalonada retirada del ejército estadunidense en Afganistán para ser total en el aniversario 20 del 11/9 y que, curiosamente, Trump había comprometido para el primero de mayo, durante las negociaciones de EU con los talibanes en Doha (Qatar).

También Baby Bush y Obama apoyaron el arreglo de Trump que implementa Biden con cuatro meses de retraso (https://bit.ly/3ejhvYu).

Afganistán fue invadido por EU y la OTAN bajo el pretexto de los atentados hollywoodenses del 11/9. Afganistán ostenta un territorio de 652 mil 230 km2 sin salida al mar y con una población de 37.5 millones cuya mayoría demográfica es de 40.6 por ciento de cero a 14 años, con una edad promedio de 19.5 años.

El retiro del ejército de EU y la OTAN tendrá intensas reverberaciones en los seis países colindantes: China, 91 km; Irán, 921 km; Pakistán, 2 mil 670 km; Tayikistán, mil 357 km; Turkmenistán, 804 km, y Uzbekistán, 144 km.

Destacan sus fronteras con dos países nucleares (China y Pakistán) y con la mediana potencia de Irán que se volvió primordialmente el centro de atención de tres superpotencias: EU/Rusia/China.

Antes de su anuncio, Biden intentó maniobrar con una iniciativa –que incluía a Turquía y a India– para retardar la muy probable toma del poder por los talibanes y que en realidad contemplaba la presencia de una base de EU desde donde acosaría a China en sus 91 km de transfrontera.

La retirada no será como la precipitada y humillante fuga del ejército estadunidense en Vietnam y de acuerdo con un reporte de CNN del 9 de abril, EU espera todavía mantener una poderosa presencia de espionaje apuntalada por "fuerzas especiales de operaciones".

La CIA tiene una “instalación militar clasificada ( sic)”, Forward Operating Base Chapman, en Afganistán oriental (https://cnn.it/3x5Cm9Y).

El ex diplomatico indio M.K. Bhadrakumar escudriña cómo “China resiente la presencia de EU en Afganistán (https://bit.ly/3x69xKI)”.

Un comentario de la televisora china CGTN de hace cinco meses tituló que "el retiro de EU de Afganistán requerirá poner fin a la interferencia en los asuntos de China" (https://bit.ly/3mZkOIf).

Más aún: los diplomáticos chinos alegan que la presencia de la CIA en Afganistán tiene como objetivo crear caos y disturbios en la región autónoma islámica de Xinjiang con el fin de obstruir la Ruta de la Seda continental.

A propósito, en su Evaluación Anual de Amenazas (https://bit.ly/32oqDWb) de la Comunidad de Inteligencia de EU –cinco días antes del anuncio del retiro de tropas de Biden– juzgan que "los prospectos para un arreglo de paz (nota: entre los talibanes y el gobierno central de Kabul apuntalado por EU) permanecerá disminuido durante el próximo año", donde resaltan dos consideraciones: 1. "Los talibanes es probable que obtengan más triunfos en el campo de batalla y el gobierno afgano luchará para mantener a raya a los talibanes si la coalición (nota: de EU y la OTAN) retira su apoyo"; y 2. "Las fuerzas afganas continuarán a mantener la seguridad en las principales ciudades y en otros bastiones del gobierno".

A mi juicio, faltaría abordar la conectividad del binomio Afganistán/Pakistán, cuya operabilidad tendrá repercusiones en India.

Steven Erlanger, del NYT, desmenuza que de las 9 mil 600 tropas de la OTAN en Afganistán, “alrededor ( sic) de 2 mil 500 son de EU, aunque ese número puede ser mayor por mil soldados. El segundo contingente más numeroso es de Alemania, con alrededor ( sic) de mil 300 tropas (https://nyti.ms/3alKXM8)”.

La decisión de Biden provocó iracundas reacciones tanto del sector pugnaz de la administración como de los belicosos neoconservadores straussianos (https://bit.ly/3x8gxXB), quienes abogan por una mayor presencia militar.

Frederick Kagan –hermano de Robert, marido de Victoria Nuland, que operó el derrocamiento del gobierno rusófilo de Yanukovych en Ucrania– tildó el retiro como una "catástrofe".

Biden concentra sus fuerzas contra China en lugar de tenerlas dispersas en Afganistán, cuando su principal objetivo consistirá en evitar un "síndrome de Vietnam" que, hoy, tiene la apariencia de ser de carácter soft.

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El gobierno de Biden sancionó a Rusia y después llamó al diálogo.   ________________________________________ Imagen: EFE

Biden acusó al Kremlin de ciberataques pero busca una cumbre con Putin

 

La Cancillería rusa convocó al embajador de Estados Unidos en Moscú, John J. Sullivan, y aseguró que Moscú dará una "respuesta contundente" a las nuevas sanciones.

La tensión entre Estados Unidos y Rusia sumó hoy un nuevo capítulo luego de que la Casa Blanca impusiera nuevas sanciones financieras contra Rusia y expulsara a diez de sus diplomáticos por acusaciones de ciberataques e injerencia en las elecciones presidenciales, una decisión que Moscú rechazó de inmediato y por la que convocó al embajador estadounidense para dar una "respuesta contundente".

Las nuevas sanciones y la expulsión de diplomáticos sorprendieron, ya que hace apenas un día el secretario de Estado Antony Blinken había anunciado una posible reunión entre el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, y su par ruso, Vladimir Putin, en las próximas semanas, justamente para destrabar el momento de tensión que domina la relación bilateral y tras una nueva llamada telefónica entre los dos mandatarios.

"Lo que se está discutiendo actualmente no va a favorecer de ningún modo una reunión", estimó el vocero presidencial ruso , Dmitri Peskov. Un funcionario de la Casa Blanca que habló con medios internacionales bajo condición de anonimato ratificó hoy la necesidad de esa reunión.

"Creemos que será clave que en los próximos meses ambos líderes se sienten a conversar sobre el amplio abanico de asuntos a los que tiene que hacer frente nuestra relación", sostuvo la fuente, citada por agencias de noticias como AFP y Sputnik.

Pero el Kremlin ya avisó que las sanciones estadounidenses podrían enturbiar aún más la relación y, por lo tanto, las chances de que se realice esa reunión. "Lo que se está discutiendo actualmente no va a favorecer de ningún modo tal reunión", estimó el vocero de la presidencia rusa, Dmitri Peskov.

El decreto firmado este jueves por Biden amplió las restricciones a los bancos estadounidenses que negocian la deuda que emite el Gobierno ruso, expulsó a 10 diplomáticos, entre ellos algunos acusados de espionaje, y sancionó a 32 personas acusadas de interferir en las elecciones de 2020, según informó la Casa Blanca.

También permitirá volver a sancionar a Rusia con "consecuencias estratégicas y económicas", "si continúa o promueve una escalada de sus acciones desestabilizadoras internacionales", advirtió la Casa Blanca en un comunicado, que parecía referirse a la actual escalada militar y diplomática en la frontera con Ucrania, un aliado norteamericano.

Además, según el comunicado del Tesoro estadounidense en el que se describen las sanciones y sus causas, otro de los argumentos fueron "los esfuerzos de Moscú por socavar la conducción de elecciones democráticas libres y justas y las instituciones democráticas en Estados Unidos y en sus aliados".

Distintas instituciones estadounidenses han acusado públicamente a los servicios de inteligencia rusos de organizar campañas de desinformación durante las campañas electorales de 2016 y 2020 en favor de la candidatura de Donald Trump.

Según el Gobierno de Biden, las sanciones responden también a "actividades cibernéticas maliciosas contra Estados Unidos y sus aliados", en referencia al pirateo de un programa de la empresa SolarWinds que afectó a unas diez agencias del Gobierno y más de cien empresas privadas a principios de 2021, y que Washington adjudicó también a espías rusos.

La respuesta de Moscú

La Cancillería rusa convocó este jueves al embajador de Estados Unidos en Moscú, John J. Sullivan, y aseguró que Moscú dará una "respuesta contundente" a las nuevas sanciones impuestas por Washington.

"Ese comportamiento agresivo, sin duda alguna, se enfrentará a un enérgico rechazo, la respuesta ante las sanciones será contundente", adelantó la vocera de la cartera, María Zajarova, en su conferencia de prensa diaria. En la misma línea, explicó que el Ministerio "convocó al embajador de Estados Unidos" para una "conversación que será dura para la parte estadounidense".

También se pronunciaron los propios servicios de inteligencia extranjeros rusos (SVR), que calificaron de "delirios" las acusaciones de Estados Unidos. "Leer estos delirios tiene poco interés", afirmó el SVR en un comunicado enviado a la agencia de noticias rusa Sputnik.

Mientras crece la incertidumbre por cuál será la represalia que tomará Rusia, los principales aliados de Estados Unidos salieron de inmediato en su apoyo. La Cancillería del Reino Unido no solo apoyó a su tradicional socio, sino que llamó a consultas al embajador de Rusia, Andrei Kelin. "Al Gobierno británico le inquieta profundamente el patrón de conducta maligna del Estado ruso", argumentó el subsecretario de Relaciones Exteriores, Philip Barton.

Qué dijeron la OTAN y la UE

La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) se paró junto a Washington y aseguró que Moscú sigue "un patrón de desestabilización" que también incluyó injerencias en Ucrania y Georgia.

La alianza militar, creada en la Guerra Fría para contener lo que las potencias occidentales veían como la amenaza soviética, también acusó a Rusia de promocionar ataques en Afganistán y la actual escalada en la frontera ucraniana y en la península de Crimea, anexionada por Rusia en 2014.

La Unión Europea (UE), por su parte, también manifestó su apoyo a Estados Unidos, prometió continuar "investigando las actividades cibernéticas maliciosas con miras a una acción sostenida" y defendió las labores diplomáticas del bloque para interceder ante la creciente tensión en el este de Ucrania.

Sin embargo, después de que Washington anunciara las nuevas sanciones contra Moscú, Biden, indicó que "llegó el momento de la desescalada". El mandatario estadounidense estimó que una comunicación en directo con Putin podría establecer una "relación más efectiva" y afirmó que el líder ruso concordaba con esta tesis.

Biden indicó que la cumbre propuesta a Putin podría tener lugar este verano boreal en Europa, o sea en el transcurso de las próximas semanas, informó el secretario de Estado Antony Blinken en conferencia de prensa. 

"Preferiríamos una relación estable y predecible con Rusia, y eso requiere líneas abiertas de comunicación, que es exactamente lo que vieron ayer cuando el presidente Biden tomó el teléfono para llamar al presidente Putin y también proponer que se reúnan en las próximas semanas", dijo Blinken, según la agencia Sputnik. 

La propuesta del mandatario estadounidense es reunirse en un tercer país para abordar temas bilaterales e intentar alcanzar un vínculo estable. Uno de los lugares posibles es Austria, cuyo Gobierno se ofreció ese mismo día a albergar la cumbre entre Estados Unidos y Rusia. 

Otra posibilidades son República Checa y Finlandia. Putin todavía no ha respondido, pero Biden indicó que los equipos están discutiendo "ahora mismo" esta posibilidad. 

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Los dicterios de Joe Biden contra Vladimir Putin tuvieron efecto bumerán. En la imagen, el presidente estadunidense durante una ceremonia en honor del policía atropellado por el hombre que estrelló su auto contra un acceso al Capitolio el 2 de abril.Foto Ap

El nuevo orden mundial inevitablemente tripolar de EU-Rusia-China no cambió en la reunión presencial de Anchorage (Alaska), donde el funcionario chino de alta jerarquía Yang Jiechi paró en seco al todavía muy novato secretario de Estado israelí-estadunidense Antony Blinken el pasado 18 de marzo: “EU carece de calificaciones (sic) para condescender cuando habla con China desde una posición de fuerza (https://bit.ly/3a7eitJ)”.

Tampoco cambió el orden tripolar cuando el canciller ruso, Serguei Lavrov, se reunió con su homólogo chino Wang Yi cuatro días después de la histórica reunión de Anchorage para consolidar la "asociación estratégica" de Rusia y China ( https://bit.ly/3g8RL3A ), si se contabiliza que en los pasados ocho años el zar Vlady Putin y el mandarín Xi se han reunido 30 ( sic) veces (https://bit.ly/3sgJmx6).

En el think tank Chatham House –influyente centro geoestratégico anglosajón– el grisáceo ex canciller británico Jeremy Hunt compartió un webinar con Kissinger, hoy de 97 años.

Kissinger, polémico ex secretario de Estado de dos ex presidentes, Nixon y Ford, instó a EU a ajustarse a la realidad del nuevo orden mundial mediante el equilibrio con las principales fuerzas globales, en clara alusión a China y Rusia (https://bit.ly/2OLaIOh).

En el mero corazón conceptual de la geoestrategia anglosajona, Kissinger exhortó a que EU entienda ( sic) que no cada tema tiene "soluciones finales", por lo que recomendó un "entendimiento con China", ya que de otra forma se estaría retrocediendo a una “situación previa a la Primera Guerra Mundial: si el mundo se engancha a una competencia sin fin, basada en el dominio ( sic) de quien sea ( sic) sea superior en un momento dado, entonces la ruptura del orden es inevitable. Y las consecuencias de la ruptura serían catastróficas”.

Dejo de lado los inimputables "genocidios" –término que quiere poner de moda Biden en forma desplazada en la provincia islámica autónoma de Xinjiang en China– de Kissinger desde Indochina, pasando por el Medio Oriente, hasta Latinoamérica para centrarme en lo juicioso de su postura cuando EU pervive su decadencia (https://bit.ly/3s9SXG4), la cual denota la realidad del "equilibrio estratégico" tripolar de EU-Rusia-China.

Kissinger, quien al inicio de la década de los 70 del siglo pasado abrió la conexión con la China de Mao Zedong y el premier Zhou Enlai, que perjudicó la posición geoestratégica de la ex-URSS, asevera que China "no está determinada a conseguir un dominio mundial", sino que "trata de desarrollar la capacidad máxima de la que es apta su sociedad".

El casi centenario Kissinger abordó las implicaciones y complicaciones agregadas de la “tecnología, la explosión revolucionaria ( sic) de la democracia, el desarrollo de la inteligencia artificial, de la cibernética y de otras tantas tecnologías”, cuando “EU por primera ( sic) vez debe decidir si es posible tratar con un país de magnitud comparable –y quizá en algunos rubros marginalmente a la delantera ( sic)– desde una posición que primero analice el equilibrio ( sic) existente”.

Concluyó que la presente situación es ahora “infinitamente ( sic) más peligrosa” dadas las armas avanzadas asequibles a EU y a China.

Curiosamente no cita a Rusia, que es hoy líder incontestable en las armas hipersónicas que reconoce hasta Newsweek (https://bit.ly/2Q1jJDp), no se diga el célebre libro de Andrei Martyanov (https://bit.ly/3a3G6z5).

Mas allá de los pueriles dicterios de Biden contra el zar Vlady Putin, que en última instancia tuvieron efecto bumerán, vale la pena señalar la reciente Guía interina de seguridad estratégica nacional de la Casa Blanca, en la que –al contrario de sus bravatas de cantina barata de aldea cavernícola, diseñadas para los fanáticos de la truqueada "lucha libre"– opta por una "estabilidad estratégica con Rusia y China" mediante la “diplomacia, la reducción de las armas nucleares y un nuevo acomodamiento con las nuevas tecnologías, como la inteligencia artificial, la computación cuántica y el 5G (https://bit.ly/3e5Ztc6)”.

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