Soldados de la Armada del Ejército Popular de Liberación de China ven cómo un buque de reabastecimiento zarpa hacia el golfo de Adén frente a Somalia desde un puerto naval de Qingdao (Shandong, China), 3 de septiembre de 2020.China Daily / Reuters

Xi Jinping subrayó la importancia de salvaguardar la soberanía, la integridad territorial y los intereses nacionales del país.

El presidente de China, Xi Jinping, ha inspeccionado este martes el Cuerpo de Marines de la Armada del Ejército Popular de Liberación en la ciudad de Chaozhou, provincia de Cantón, y ha instado a que mejore sus capacidades de combate, señalando que debería centrarse en la preparación para la guerra, recoge Xinhua.  

Durante la visita, Xi Jinping describió el Cuerpo como la fuerza de élite para operaciones anfibias e indicó que debe mantener un alto nivel de preparación e intensificar los entrenamientos para forjar la unidad que sería integrada y versátil en las operaciones militares, capaz de responder rápido y luchar en condiciones multidimensionales.

El dirigente chino enfatizó que el Cuerpo de Marines, reorganizado en 2017 en el marco de la reforma de la defensa, tiene la importante misión de salvaguardar la soberanía, la integridad territorial y los intereses nacionales del país, e instó a aumentar esfuerzos para mayores avances de su transformación.

Publicado: 15 oct 2020 01:04 GMT

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Un grupo de jóvenes en una feria de empleo en Shenzhen, en una fotografía tomada el 10 de octubre (VCG / Getty)

Más del 90% de la población procede de fuera de la ciudad y la edad media no rebasa los 30 años

 

En 1978, dos años antes de que Shenzhen fuera elegida para acoger la primera zona económica especial (ZEE) de China, el industrial hongkonés Chen Ho Ming apostó por iniciar la producción de bolsos en colaboración con una empresa estatal en lo que entonces era un puñado de depauperados pueblos de la costa sureña. Tras atravesar el único paso fronterizo existente -hoy hay nueve-, se topó con un paisaje rural del que sobresalían la vegetación tropical, los insectos y el barro, con solo una estrecha carretera de cemento para acceder a su pequeña factoría. “Ninguno de los edificios superaba los cinco pisos y solo había un restaurante en todo el barrio”, recuerda.

Poco podía imaginar Chen que, tras experimentar con el capitalismo híbrido (o “socialismo con características chinas”, como lo calificó el Partido Comunista), aquellos villorrios de pescadores se convertirían en una innovadora metrópoli de 13 millones de almas en la que han echado raíces las mayores tecnológicas del país.

En solo cuatro décadas, los pantanales han dado paso a grandes avenidas y futuristas rascacielos -más de cien edificios rebasan los 200 metros de altura- y es la primera ciudad del mundo con un despliegue integral de redes 5G. “El tiempo es dinero, la eficacia es vida”, es uno de los lemas que más se repiten en las calles de esta gran ciudad. Con esta filosofía, su economía ha sido capaz de crecer a un ritmo anual del 22% -con picos de hasta el 45%-, su renta per cápita ha pasado de 73 euros anuales a 23.000 y su PIB superó en 2018 los 370.000 millones de dólares, dejando atrás al de una Hong Kong a la que no hace mucho emigraban los chinos, a nado si era necesario, para mejorar su vida.

La historia de su vertiginoso éxito –en el país se habla de “la velocidad de Shenzhen”- comenzó a fraguarse en 1978 con el ascenso al poder de Deng Xiaoping y su política de “reforma y apertura”. La ZEE de Shenzhen se estableció oficialmente el 26 de agosto de 1980. Más de 2.000 kilómetros cuadrados de territorio capitalista con exenciones fiscales e incentivos a la inversión extranjera. Un plan innovador que iba en contra de las esencias del comunismo pero que, si funcionaba, se pensaba aplicar en el resto de la nación, como finalmente sucedió.

Shenzhen representa como ninguna otra ciudad o territorio la evolución del modelo chino y el milagroso desarrollo económico de las últimas décadas. Con el despegue de la globalización, la urbe supo capitalizar la vasta mano de obra a precio de saldo que ofrecía el país y su proximidad con Hong Kong para atraer a cientos de empresas y convertirse en una importante base manufacturera, sobre todo de productos electrónicos baratos.

Jugaron fuerte en el campo de la innovación tecnológica y decretaron numerosas políticas favorables para el sector. La jugada dio sus frutos y atrajo a importantes líderes de la industria. Como consecuencia de ello, en sus calles conviven hoy las sedes de empresas tan punteras como Tencent, la propietaria de Wechat; la tecnológica Huawei, el segundo mayor fabricante de teléfonos del mundo y líder en el 5G; o el fabricante de chips ZTE.

En esas mismas calles surgen cada año decenas de empresas emergentes que se aprovechan de la enorme masa de talento con voluntad emprendedor que acude a la ciudad y de las sinergias que se acaban creando: más del 90% de la población proviene de fuera y la media de edad ronda los 30 años. “Esta ciudad tiene algo especial, porque acepta el fallo como alternativa, algo que si fundas una start up va a pasarte tarde o temprano. Es algo que no casa con la tradición china, pero que aquí está permitido”, contaba a este periodista hace años Adam Najbert, por entonces director de comunicación de la firma de drones DJI.

Ahora, ante la joya de la corona china se abren numerosos interrogantes. Por un lado, el conflicto comercial y tecnológico abierto con Estados Unidos amenaza con torpedear, o al menos intentarlo, a alguno de los buques insignias de la ciudad como Huawei o ZTE. Además, si por una parte se enfrenta a los retos globales derivados de la crisis del coronavirus, por otra debe responder a problemas locales como la mejora de los servicios pú­blicos o el precio de la vivienda.

Pekín ya ha dejado claro que seguirá apostando por la gran urbe del sur para afianzarse como uno de los centros de innovación más avanzados del mundo y ser parte capital del Área de la Gran Bahía. Con este proyecto, pretenden integrar los territorios semiautónomos de Hong Kong y Macao con otras nueve ciudades chinas para crear un centro tecnológico, financiero y académico capaz de competir con otras grandes cunas de la innovación como Silicon Valley o Tokio.

En esta línea, el domingo Pekín anunció un paquete de medidas que le otorgan a Shenzhen autonomía para tomar decisiones sobre una amplia gama de políticas locales, desde el uso de la tierra hasta la contratación de talento global. El presidente Xi Jinping visitará hoy la ciudad para celebrar el 40.º aniversario de la ZEE, y se espera con atención su discurso, en el que podría dar nuevas pautas para que la ciudad de los milagros siga deslumbrando en el futuro.

Por Ismael Arana | Hong Kong, China. Corresponsal

14/10/2020 00:37 | Actualizado a 14/10/2020 10:24

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Sábado, 10 Octubre 2020 05:43

Donald Trump, espejo del mundo

Donald Trump, espejo del mundo

Desde París.Donald Trump (foto) no es el mensajero retrogrado del pasado, ni un representante de la nostalgia de una potencia achicada, ni siquiera el sepulturero del presente, el héroe de los desesperados o el mercenario con la misión de preparar el futuro: Trump es el interruptor que nos hace ver el mundo tal y como es. Despiadado, grosero, colonizado aquí y allí por fascismos y xenofobias, un mundo en la plenitud de su desfiguración y de su ocaso ecológico, amordazado por los intereses y en manos de una tecno minoría tan hambrienta como insaciable. El trumpismo ha venido a certificar una verdad intensa: el mundo no nos pertenece más. ”Ya no es mágico el mundo”, escribió Borges en su poema "1964". Pero no ya porque nos han dejado, sino porque nos han ocupado. A cada segundo nos habita un ente que convierte nuestras vidas intimas en una inversión que luego es explotada por algoritmos. Saben lo que hacemos, lo que pensamos, lo que sentimos, lo que consumimos o lo que leemos para luego modelizar una propuesta, un deseo, una conducta o un flujo de opiniones. Las plataformas de las redes sociales son el lugar donde el sistema se reinventa, donde intercepta todo conato de resistencia política, lo manipula y reorienta el rumbo de la sociedad. Vivimos colonizados. No poseemos ni la libertad de escondernos o de pasear por un parque en total desconexión de la globalidad. El territorio digital nos colonizó. En vez de civilizarse, con los algoritmos y la tecnología el capitalismo resucitó el feudalismo y se volvió un predador más voraz. Accedió a lo que antes le estaba vedado: el eco que emite nuestra sombra y la huella inmaterial que deja.

Tampoco es nuestra la naturaleza. Extinción de las especies, calentamiento global, agotamiento de los recursos, urbanización, contaminación de los mares, expropiación de las tierras y los recursos de los pueblos originarios. Se han apoderado de todo hasta no dejar más que unas migajas secas sobre la mesa. Los incendios en el Amazonas no son más que el segmento visible de un desastre consumado hace mucho. Esas columnas de fuego y humo son la lengua de un comensal que devora sin vergüenza ni piedad el banquete que Occidente ya se engulló hace rato y a escondidas. Sus multinacionales han depredado los rincones del planeta, arrebatado las materias primas, invadido territorios y expulsado a sus habitantes. Donald Trump y Jair Bolsonaro le han facilitado al colonialismo devastador un escenario ideal para que una parte de Occidente recicle sus buenas intenciones con un espectáculo político que le sirve de decorado. Ahí están los títeres malos, aquí, en París o Bruselas, los buenos doctores del hospital-mundo. Montaje hipócrita que no resiste ni una brisa de verdad. ¿ La Unión Europea ?. Tanto o más tóxica que Trump o Bolsonaro. En 2018, la Unión Europea exportó 81.165 toneladas de pesticidas en cuya composición se encuentran productos que están prohibidos en Europa desde hace una década. Francia, cuyo presidente, Emmanuel Macron, se vistió de patrono contra el pirómano de Bolsonaro, es el país que exporta la mayor cantidad de substancias prohibidas (18 en total). En esas 81.165 toneladas hay un total de 41 pesticidas vedados en los suelos de la Unión Europea (informe de la ONG suiza Public Eye y Greenpeace). Una vueltita por Chiapas o Chubut nos muestra sin maquillaje el compromiso ecológico de Occidente. Asediados por las multinacionales extractivas, los habitantes de la localidad chiapaneca de Chicomuselo denuncian que “Los proyectos extractivos siguen en la mira de las empresas multinacionales, como la minería, el fracking e hidrocarburos, aun cuando padecemos una crisis climática a nivel mundial”. En diciembre de 2019, en Chubut, 40 organizaciones se levantaron contra los proyectos mineros de las empresas canadienses Pan American Silver (proyecto Navidad) y Yamana Gold (proyecto Suyai). Canadá es miembro del grupo de los 7 países más desarrollados (G7, 45 por ciento de la riqueza mundial) que, en agosto de 2019, en la localidad francesa de Biarritz, se reunió con los incendios del Amazonas como postre para promover su filosofía ecologista. Podríamos recorrer el planeta sumando nombres de multinacionales y pueblos expoliados.

Es tan sencillo pensar que esto vendría a ser como una película donde basta con vencer al malo en unas elecciones presidenciales para salvar el "Planeta Azul". Pero ese malo es la encarnación del sistema global, no una excepción. Trump no es el teórico en acción de una transfiguración radical del mundo. Donald Trump es la replica exacta, puntual, humana y descomunal de la realidad en la que vivimos. Por eso nos es intolerable: en cada Twitt nos está diciendo la verdad bajo cuyo consuelo hace mucho aceptamos vivir a cambio de un hipnotismo tecnológico que se apoderó de cada palmo de la vida humana. El racismo incandescente de Trump ya era un componente de la sociedad de los Estados Unidos, lo mismo que la violencia policial-racial y los supremacistas blancos violentos. La sociedad secreta de terroristas y supremacistas blancos conocida con las siglas KKK (Ku Klux Klan) se fundó en 1865 para oponerse, por todos los medios posibles (incendios, secuestros, asesinatos, atentados), a la vigencia de los derechos constitucionales de los afro-americanos adoptados mediante varias enmiendas a la Constitución luego de la Guerra de Cesión: la decimoquinta enmienda reconoce el derecho al voto a todos los ciudadanos, la decimocuarta otorga la nacionalidad a toda persona nacida en Estados Unidos y la decimotercera decretó la abolición de la esclavitud.

Donald Trump osó reinventar una realidad paralela a la verdad: esta pasó a ser un fake y su versión lo verdadero. Escribo bien “reinventar” porque el creador no es él, sino su maestro, el primer Ministro israelí Benjamin Netanyahu. En los 90, Netanyahu escribía en internet: “si quieren saber la verdad lean mi página”. Hoy, esa realidad paralela del trumpismo quedó herida por la realidad de lo real. La elección de Donald Trump nos alcanzó como pajaritos que creían estar volando en un cielo armonioso y algo semejante le ocurrió a él, a Bolsonaro y al británico Boris Johnson: cerraron los ojos ante la pandemia, fueron Covidescépticos…hasta que el virus los contaminó a los tres. Donald Trump no nos hizo más daño del que ya estaba hecho: el trumpismo no es el accidente sino lo que viene luego, es decir, su materialización. Cuando un avión se estrella, los escombros desparramados no son el accidente. Este ya ocurrió antes. El mundo no nos pertenece más y hay que recuperarlo. Pero ya no se puede ni siquiera escribir “recuperarlo antes de que…”. No; ni siquiera hay un “antes” porque estamos en el después de lo que perdimos. Tampoco es como el tango y eso de “toda mi vida es el ayer”. El naranjo en flor debe volver a crecer sano gracias a la presión de la acción colectiva. ” Estamos infligidos por deseos que nos afligen”, dice la letra de una bella y lúcida canción del cantante Alain Souchon (Foule Sentimentale). ” Multitud sentimental, tenemos sed de un ideal”, canta Souchon. Quien tiene una sed sobrenatural de nuestro ideal es el mundo. Lejos de la música popular pero muy cerca de las necesidades del presente, la filósofa alemana Hannah Arendt dejó entre su espléndida obra una idea que nos interpela: el amor mundi, es decir, el amor aplicado a la vida, al mundo, el amor apoyado en la esencia humana, que es un ser de vínculos. El amor mundi como vida en acción política y no como contemplación o especulación. Acción con y por los otros. Acción colectiva de todas las causas en una sola: el mundo. El trumpismo es una desgarradura inhóspita de la que el mismo Trump no es el autor sino el revelador extremo. El amor mundi es un ideal urgente para un naranjo en flor en estado de agonía.

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Acusan a Google, Facebook, Amazon y Apple y piden que sean divididas

Una comisión del Congreso de Estados Unidos advirtió sobre sus abusos

 

Tras 16 meses de investigación el Subcomité de Competencia de la Cámara de Representantes concluyó que esas empresas aprovechan su predominio para erradicar la competencia y reprimir la innovación. Los republicanos no refrendaron el informe.

Google, Amazon, Facebook y Apple siguen en la mira por el abuso que hacen de su posición dominante. Una comisión de la Cámara de Representantes de Estados Unidos se sumó a quienes reprueban las prácticas de esas empresas de tecnología y advirtió que aprovechan su predominio para erradicar la competencia y reprimir la innovación. Por ello pidió al Congreso estadounidense que obligue a estas compañías a separar sus plataformas de internet de otras líneas de negocio.

La solicitud la realizó el Subcomité de Competencia de la Cámara de Representantes, tras una investigación de 16 meses sobre el poder que ostentan esas empresas en el mercado. Los republicanos no apoyaron el pedido.

Qué dice el informe sobre Google, Amazon, Facebook y Apple.

El informe dice que estas cuatro empresas han exprimido su poder "incluso para ser más dominantes" y que la situación recuerda a la que ya se vio con los barones del petróleo o los magnates del ferrocarril.

Durante el curso de la investigación fueron analizados 1,3 millones de documentos y se realizaron también más de 300 entrevistas. Ante el comité comparecieron también el pasado mes de julio Mark Zuckerberg (Facebook), Jeff Bezos (Amazon), Sundar Pichai (Google) y Tim Cook (Apple).

Los legisladores alertaron que "controlando el acceso a los mercados, estos gigantes pueden elegir a los vencedores y a los vencidos" en la economía. Y explicaron que lo hacen cargando tarifas exhorbitantes, imponiendo duros contratos y extrayendo datos personales y de negocios de tremenda importancia.

Señalaron también que su posición dominante les sirve para "mantener su poder de mercado", controlando la infraestructura en la era digital, así como otros negocios, lo que les permite identificar posibles rivales y, en último término, comprarlos y terminar con posibles amenazas a la competencia.

En resumen, dice el informe, estas empresas han explotado su poder para incluso ser más dominantes: "Simplemente se han convertido en monopolios que ya vimos en la era de los barones del petróleo o de los magnates del ferrocarril".

En el estudio se indica que Facebook y Google tienen poder monopólico. De Apple y Amazon se explica que tienen un "importante y duradero poder de mercado".

Los legisladores cuestionaron, además, a las agencias estadounidenses de defensa de la competencia. Sobre esos organismos apuntaron que no han logrado limitar el predominio de estas empresas.

El informe, de 449 páginas, recomendó al Congreso que considere una serie de medidas, como una legislación que obligue a estas compañías a separar sus populares plataformas de internet de otras líneas de negocio, además de cambios en las leyes de defensa de la competencia para revitalizar la aparente ausencia de un firme cumplimiento.

El informe no tiene consecuencias legales en sí mismo, pero los legisladores confían en que sus conclusiones animen a los responsables políticos a tomar medidas. Los republicanos no firmaron el informe y si bien se mostraron preocupados por el accionar de las empresas de tecnología, explicaron que no están de acuerdo con algunas de las recomendaciones que hacen los demócratas.

Gates dijo que los avances en vacunas y tratamientos permitirían el regreso a “una vida más o menos normal” para el año que viene. 

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Fin de la era del dólar hegemónico, según Stephen Roach

De todos los factores que EU ostenta todavía como la otrora superpotencia unipolar –que ahora tiene que compartir las esferas de influencia con China y Rusia en los ámbitos geoeconómico y militar–, su omnipotente dólar se mantiene como su máximo poderío cuando ni China, con su renminbi/yuan, ni Rusia, con su valetudinario rublo, aparecen aún en el radar geofinanciero. En el seno del cada vez más disfuncional FMI, el dólar estadunidense –porque existen otros "dólares" desde Canadá hasta Singapur– es la reina de sus divisas que conforman los Derechos Especiales de Giro pentapartitas junto con el euro, el renminbi/yuan, el yen japonés y la libra esterlina. A un nivel del intercambio global de divisas, el dólar aún constituye 61 por ciento, seguido por el euro (20.5) –quedando muy atrás el yen nipón (5.7) y la libra esterlina (4.6) (https://bit.ly/36D33Ip).

Mucho se maneja que las decapitaciones del iraquí Saddam Hussein y del libio Muammar Gaddafi se debieron a su "osadía" de haber pretendido trasmutar la venta de hidrocarburos de dólares a euros. Hace ya buen tiempo Martin Feldstein –ex jefe de consejeros del Consejo Económico con Ronald Reagan y miembro del macabro globalista/monetarista "Grupo de los 30"– aboga por una devaluación controlada del dólar (https://bit.ly/3lmYXbk): un poco en similitud al Acuerdo Plaza, con el fin de estimular las exportaciones de EU que han periclitado frente al asombroso ascenso de China.

En este tenor, Stephen Roach –ex economista jefe en Asia del banco de inversiones Morgan Stanley, con sede en Nueva York, y autor de Desbalanceados: la codependencia entre EU y China (https://amzn.to/3nskDVI)– advierte sobre "el fin del privilegio exorbitante (sic) del dólar" y de su “probable desplome (sic) dado el colapso (sic) en los ahorros domésticos de EU y su brecha del déficit de cuenta corriente ( Financial Times, 4/10/20)”. Roach se da el lujo de calcular en forma cualitativa que el desplome sería de "un máximo de 35 por ciento (¡supermegasic!) a finales de 2021".

Llama la atención que tal megadevaluación sea más "estructural" que personal, independientemente de quién triunfe en la presidencia de EU entre Trump y Biden, a quienes ni siquiera cita. Roach sentencia que "era un accidente (sic) que debía ocurrir", aunque "la explosión en el déficit gubernamental relativa al Covid sea la fuente inmediata del problema", cuando el "delgado colchón" de la tasa neta de ahorro doméstico "dejó a EU vulnerable (sic) a cualquier choque, no se diga al Covid": al pasar de 2.9 por ciento del ingreso nacional bruto de 2011 a 2019 (¡ocho años!) constituyó "menos que la mitad de 7 por ciento de 1960 (sic) a 2005 (¡45 años!)".

Según la Oficina de Presupuesto del Congreso (CBO), el déficit federal calculado para 2020 se encuentra en 16 por ciento del PIB, que retrocederá a 8.6 por ciento en 2021 (https://bit.ly/3lllQMA). Según Roach, las "implicaciones serán ominosas (sic) para el futuro de EU", ya que "sin ningún ahorro del empréstito superavitario del exterior, el crecimiento se torna imposible (sic)", lo cual seguirá erosionando en forma gradual el "privilegio especial del dólar" como la “divisa de reserva dominante (https://bit.ly/2HV9Keu)”.

Así, los prestamistas foráneos exigirán "concesiones" que se gestan en dos formas: en "ajustes a la divisa y/o a las tasas de interés".

Juzga que "el canal de la tasa de interés ha sido cerrado en forma efectiva", por lo que el "ajuste será forzado (sic) mediante un dólar débil" cuando la Reserva Federal "ha prometido conservar su política de tasas de interés cercanas a cero por varios años más". Vaticina que las alternativas al "otrora invencible dólar" son el renminbi/yuan, oro (se le olvidó la plata mexicana) y las criptodivisas, al unísono del hoy "devaluado" euro que ha empezado a ser estimulado por una política fiscal paneuropea de 858 mil millones de dólares (https://bit.ly/2F7dSqV).

¿Qué advendrá del peso mexicano que pertenece a la "zona dólar"? ¿Se podrá desacoplar el "México de la 4T" del dólar, con su T-MEC a cuestas?

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Terminó la fase de alegatos en el juicio contra Julian Assange

La justicia inglesa decidirá el 4 de enero si otorga su extradición a EE.UU.

Durante esta última jornada hubo nueva movilización en las afueras del tribunal. Allí Stella Moris, la esposa del activista australiano, dijo que la lucha es por Assange pero también por la libertad de prensa. 

 

Terminó la fase de alegatos en el juicio de extradición contra el creador de WikiLeaks Julian Assange. Sólo resta esperar la resolución de la jueza Vanessa Baraitser que dará su veredicto el 4 de enero. Durante esta última jornada hubo nueva movilización en las afueras del tribunal. Allí Stella Moris, la esposa del activista australiano, dijo que la lucha es por Assange pero también por la libertad de prensa. Cualquier de las partes podrá apelar la resolución de la magistrada en instancias superiores. Durante todo ese proceso, que puede llevar años, el periodista seguirá en prisión preventiva. De ser extraditado el activista podría recibir una condena de 175 años de cárcel. En las cuatro semanas que duró el proceso la defensa sostuvo que se trata de un juicio político.

Tal como se esperaba la magistrada rechazó el pedido de los abogados de Assange para que se le otorgarle la libertad condicional. Asimismo Baraitser rehusó aplazar el proceso a fin de dar más tiempo a la defensa a presentar pruebas adicionales, como ya hizo al inicio de esta segunda fase del juicio, que había sido puesto en mayo por la pandemia. La magistrada fijó la fecha de su dictamen al término de un juicio de cuatro semanas en el tribunal londinense de Old Bailey.

La fiscalía estadounidense había presentado 18 cargos contra Assange, de los cuales 17 son por violar la Ley de espionaje de 1917. En concreto lo acusa por conspirar, revelar documentos de defensa nacional, obtener y recibir información de manera ilegal, en muchos casos actuando en connivencia con la exsoldado Chelsea Manning. El cargo restante es por violar la Ley de abuso y fraude informático. WikiLeaks publicó documentos secretos sobre las guerras de Irak y Afganistán, cables del Departamento de Estado, e informes sobre sobre detenidos en la cárcel de Guantánamo. Los mismos revelaron crímenes de guerra y violaciones a los Derechos Humanos cometidas por EEUU, así como la injerencia de la Casa Blanca en las políticas internas de decenas de países.

Tal como viene ocurriendo desde el inicio del juicio decenas de personas se reunieron a las puertas del tribunal londinense para reclamar la libertad de Assange. Allí la esposa del periodista remarcó la gravedad de este proceso legal. “EEUU dice que puede llevar a cualquier periodista de cualquier parte del mundo a juicio en su territorio si no le gusta lo que están publicando”, señaló Moris. A su vez indicó que el gobierno norteamericano no pudo probar que algún informante de la Casa Blanca haya sido agredido tras las publicaciones de WikiLeaks. “Se cometieron crímenes terribles en Irak y Afganistán. Se cometieron crímenes terribles en la Bahía de Guantánamo. Los autores de esos delitos no están en la cárcel. Julian sí", indicó Moris.

Por su parte el actual director de WikiLeaks Kristinn Hrafnsson sostuvo que este juicio marcará un antes y después en nuestra civilización. “Estas cuatro semanas oímos decenas de testigos, periodistas, académicos, intelectuales, que dejaron expuestas las mentiras que se presentaron contra Julian Assange. (…) Detrás de esas mentiras quedó la verdad: este es un juicio contra el periodismo. Es sobre el futuro del periodismo de lo que estamos hablando”, sostuvo Hrafnsson. Respecto a los crímenes revelados por WikiLeaks, el director del sitio sostuvo que eran indispensables para llegar a la verdad. "No podemos cambiar el pasado, pero necesitamos saber la verdad sobre lo que ocurrió. Si Assange es extraditado seguiremos en la oscuridad. No podemos permitir que eso pase", indicó el periodista.

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Sábado, 26 Septiembre 2020 05:41

¿EU posTrump?

¿EU posTrump?

La mayor potencia militar del mundo enfrenta este noviembre sus elecciones presidenciales marcadas por dos hechos que combinados entre sí producen un escenario de consecuencias imprevisibles. Por un lado, la pandemia que asola el planeta y que ha causado ya cerca de un millón de muertes en el mundo, de las cuales más de 200 mil se han producido en Estados Unidos. Por otro lado, la segunda ola de protestas antirracistas agrupadas en el #BlackLivesMatter, que se convierte al mismo tiempo en una respuesta al auge de la alt-right en la mayor economía mundial.

La actitud errática de Trump a la hora de enfrentar la pandemia se ha traducido en denunciar a China por "infectar el mundo" en la Asamblea General de Naciones Unidas (ONU) y en decidir la salida de Estados Unidos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), al mismo tiempo que anuncia que la vacuna contra el coronavirus estará a finales de octubre y las primeras dosis serán distribuidas antes de que termine 2020.

Pero la realidad es que en estados clave desde el punto de vista electoral, como California, Texas, Florida, Georgia y Arizona, la epidemia de Covid-19 se ha disparado, y la Universidad de Washington calcula llegar al 3 de noviembre, día de la elección presidencial, con más de 250 mil personas muertas.

Al mismo tiempo y en lo que respecta a la economía, el PIB estadunidense tuvo la mayor caída de su historia en el segundo trimestre del año, con un descenso de 31.7 por ciento, lo cual implica una tasa anual de 32.9 por ciento, que se traduce en más de 30 millones de personas desempleadas como resultado de la crisis pandémica.

Y todo ello, con un panorama convulsionado por el que probablemente es el movimiento social más grande de la historia, que denuncia el racismo y la violencia policial, justificada por Trump en más de una ocasión, lo cual cuestiona de raíz a un sistema político gobernado por Wall Street y el complejo industrial-militar, pero sobre todo, podría inclinar la balanza a favor de Joe Biden, vicepresidente del primer presidente estadunidense negro de la historia.

Porque si bien a Trump lo sostenía la buena marcha de la economía y las bajas tasas de desempleo e inflación, la pandemia vino a patear el tablero de juego, y el Black Lives Matter lo reordenó. Si a eso le sumamos la salida del Acuerdo de París en torno al cambio climático, la dura política contra la migración que se contrapone con la más que blanda actitud hacia un comercio, legal e ilegal, que ya suma 200 millones de armas, les da a los demócratas una oportunidad que no tenían hace pocos meses, cuando muchos presuntos analistas consideraban a Biden un cadáver político.

Lo que viene en los próximos días, son tres debates presidenciales, 29 de septiembre (Cleveland), 15 de octubre (Miami) y 22 de octubre (Nashville), que salvo debacle demócrata, pueden ayudar a consolidar el voto a favor de Biden, frente a un Trump deseoso de que se vote menos, lo que favorecería a los republicanos. La nominación de una nueva jueza en el Tribunal Supremo, tras la muerte de Ruth Bader Ginsburg, que podría asentar una nueva mayoría conservadora de seis contra tres jueces progresistas, marcará el tono de los debates.

Hasta el momento, y de cara al 3 de noviembre, de los 306 votos electorales obtenidos en 2016, los republicanos sólo tienen seguros alrededor de 125, mientras que los demócratas cuentan como bastante seguros, 222 votos de los 232 obtenidos hace cuatro años. De los estados péndulo ( swing states) que podrían cambiar en 2020, la elección se juega en Florida (29 votos electorales), Pensilvania, (20), Carolina del Norte (15), Michigan (16), Arizona (11) y Wisconsin (10). Todo ello, con el objetivo de alcanzar un mínimo de 270 de 538 votos electorales.

Para ello, en plena pandemia y a las puertas de una gran crisis económica, Advertising Analytics calcula que ya se ha invertido más de 2 mil millones de dólares en publicidad entre ambos partidos, y que se cerrará la campaña con un gasto total de 6 mil 700 millones de inversión.

Hasta el momento las encuestas son favorables a Joe Biden y su candidata a vicepresidenta Kamala Harris. La encuesta más reciente de la NBC y Wall Street Jornal, entre votantes registrados, otorga a los demócratas 51 por ciento frente 43 por ciento de los republicanos. Por su parte, la encuestadora más cercana a los republicanos, Rasmussen, coloca la ventaja de Biden frente a Trump en tan sólo un punto, 47 contra 46 por ciento.

Cuando se profundiza en las encuestas, en la única área que aún gana Trump es en la economía, el que más les importa a los votantes (21 por ciento), lo cual le permite seguir con opciones, pero a la vez la posibilidad a Biden y los demócratas de golpear políticamente en el resto de áreas: pandemia, racismo, cambio climático, salud, educación, empleo y migración.

El 3 de noviembre sabremos si tendremos a Trump, que sigue sembrando sospechas de fraude y de no reconocimiento de los resultados electorales, cuatro años más gobernando la principal potencia económica y militar del mundo, en declive de su hegemonía, pero aún imponiendo su dominación; o comienza la era posTrump, en la que, como sentenció Xi Jinping esta semana en Naciones Unidas, se rechace la mentalidad de suma cero, se dejen de impulsar guerras frías o calientes, y se impulse un mundo basado en la cooperación y el multilateralismo.

Twitter: @katuarkonada

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Trump desembarca del Air Force One y se dirige a la multitud en el aeropuerto de Mosinee, Wisconsin. Flickr / White House

Trump ha agudizado la tendencia de un país que no ha querido participar en acuerdos e instituciones para perseguir el genocidio, luchar contra las bombas de racimo o combatir la crisis climática

 

Esta semana, la ONU celebra su 75 aniversario ante una crisis que ha puesto en evidencia las fragilidades del mundo. El secretario general, Antonio Guterres, inauguraba el debate de la Asamblea General insistiendo en la necesidad de un mayor multilateralismo. Minutos después, el presidente Donald Trump pronunciaba su discurso. Aunque no hizo mención a su ya tradicional "globalismo contra patriotismo" de otros años, el tono fue el mismo y se reafirmó en su máxima nacionalista del America First.

"Hoy estamos frente a nuestro propio 1945", advertía Guterres. "Necesitamos más cooperación internacional, no menos; fortalecer las instituciones multilaterales, no abandonarlas; una mejor gobernanza global, no una caótica ley de la selva". 

Durante su primer mandato, que ahora llega a su fin, Trump ha hecho precisamente lo contrario, sacando a Estados Unidos de grandes organismos del universo ONU, como la UNESCO, la Organización Mundial de la Salud (OMS) –cuya retirada se hará efectiva en julio de 2021 si no se revierte antes– y el Consejo de Derechos Humanos, siempre acusándolas de "sesgadas". También ha sacado a EEUU del Acuerdo de París por el Clima, del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica, del acuerdo nuclear con Irán y de varios tratados de control de armas con Rusia, entre otros.

Sin embargo, EEUU lleva décadas al margen de importantes tratados que sitúan a la primera potencia mundial a la cola de los convenios de derechos humanos, fuera de la Corte Penal Internacional y de los acuerdos que impulsan la prohibición de armas que representan un elevado riesgo para la población civil atrapada en zonas de conflicto.

Estados Unidos, por ejemplo, solo ha firmado y ratificado cinco de los 18 tratados internacionales de derechos humanos –entre los 18 están incluidos los protocolos adicionales a los textos principales–. Solo Bután, con cuatro, está por debajo de Estados Unidos en menos ratificaciones de acuerdos internacionales (otros microestados como Niue, Palau, Tonga y Tuvalu también han ratificado menos que el país norteamericano). España, por ejemplo, ha firmado y ratificado 17 de los 18. En cambio, en América Latina, muchos países han ratificado la mayoría de los textos –Ecuador, Bolivia, Argentina y Paraguay son Estados parte de los 18 tratados–.

"Yo creo que la no ratificación tiene más que ver con su propio funcionamiento interno que con la arrogancia que se suele achacar a Estados Unidos", dice Carlota García Encina, investigadora principal de EEUU y relaciones transatlánticas del Real Instituto Elcano. La experta recuerda que un tratado internacional tiene que ser aprobado por dos terceras partes del Senado. "Siempre habrá un senador republicano, porque suelen ser republicanos, con problemas de soberanía". El ejemplo paradigmático es la creación de la Sociedad de Naciones para asegurar la paz tras la Primera Guerra Mundial. Aunque EEUU fue uno de los grandes promotores de la iniciativa bajo el liderazgo del presidente Woodrow Wilson, el Senado rechazó el ingreso del país en la que es considerada como la precursora de la ONU.

Los derechos del niño y la discriminación contra la mujer

Estados Unidos, por ejemplo, es el único país del mundo que no es parte del Convenio de los Derechos del Niño de 1990, sobre el que se sostiene UNICEF. "Estados Unidos dice que esos derechos ya están recogidos en sus leyes y que incluso van más allá, pero es fácil demostrar que no es cierto", dice a elDiario.es Blanca Hernández, portavoz de Amnistía Internacional para temas de EEUU. "Hasta hace poco aplicaban pena de muerte contra personas que habían cometido el crimen siendo menores de edad. Eso ya no sucede, pero siguen haciendo algo que la convención prohíbe, como cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional". Además, oficialmente EEUU alega que el texto "entra en conflicto con la autoridad de los padres".

En el caso de la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW, por sus siglas en inglés), los únicos que no están obligados por el tratado son Estados Unidos, Sudán, Somalia e Irán. Este es el tratado de derechos de la mujer más importante del mundo y permite el examen de los países miembros por parte del comité y tiene la competencia de estudiar denuncias de casos particulares. 

"No ser parte de una convención fundamental es realmente una falta de responsabilidad", decía en 2018 Nicole Ameline, vicepresidenta del comité de 23 miembros de la CEDAW en una entrevista con elDiario.es. "He trabajado mucho desde hace 12 años con Bill Clinton, con Barack Obama y con Hillary Clinton para empujar al Gobierno. A veces la resistencia es del Congreso y otras, como hoy probablemente, del propio presidente".

Estados Unidos es de los pocos que tampoco ha ratificado el Convenio de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (ratificado por 171 países). "Durante casi tres décadas, EEUU ha jugado un papel central en disuadir y a veces bloquear el desarrollo del concepto de derechos económicos, sociales y culturales, particularmente en el contexto del régimen internacional de derechos humanos", escribía en 2009 el experto en derecho internacional Philip Alston y exrelator especial de la ONU sobre extrema pobreza. Alston cree que muchos en EEUU ven este concepto como "derechos no económicos, socialistas y colectivos". Durante la Guerra Fría existió una división entre los dos bloques entre los derechos económicos, sociales y culturales –más apoyados por el bloque soviético– y los derechos políticos y civiles –más apoyados por EEUU–.

Trump, las minas antipersona y la munición de racimo

Al margen de los tratados de derechos humanos, EEUU tampoco ha ratificado el Estatuto de Roma, mediante el cual se crea la Corte Penal Internacional, con capacidad de juzgar los crímenes más graves: genocidio y crímenes de guerra, de agresión y de lesa humanidad. Washington había firmado –no ratificado– el estatuto en 2000, pero dos años después George W. Bush retiró oficialmente la firma. El país norteamericano es de los pocos que tampoco es parte de la Convención de Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar.

En cuanto a armamento, EEUU tampoco ha ratificado la Convención sobre las Municiones en Racimo ni la Convención sobre la prohibición de minas antipersona. Ambas están consideradas como un armamento peligroso para la población civil atrapada en zonas de conflicto. "Las minas antipersonal no pueden distinguir entre soldados y personas civiles y suelen matar o mutilar gravemente. Al ser relativamente baratas, pequeñas y de fácil manejo, han proliferado por decenas de millones, causando indecibles sufrimientos y devastando social y económicamente a docenas de países en todo el mundo", sostiene el Comité Internacional de la Cruz Roja

Además de no ser parte de ambos tratados, Trump levantó en noviembre de 2017 una directiva del Pentágono que restringía el uso de las municiones de racimo y calificó estas arma como "una capacidad militar vital" para el país. Además, en enero de 2020, el presidente levantó también las restricciones internas sobre el uso de las minas antipersona establecidas por Obama en 2014. Trump alegó que la política del expresidente situaba a los soldados estadounidenses "ante una grave desventaja".

Trump también ha recibido múltiples críticas por retirarse del Acuerdo de París sobre el Clima –la salida entrará en vigor en noviembre–, dejando a EEUU como el único país del mundo no firmante (otros ocho Estados han firmado, pero no han ratificado). Sin embargo, EEUU tampoco ratificó el Protocolo de Kyoto de 1997 para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. Solo EEUU, Sudán del Sur y Canadá no han ratificado ese texto

"Es un problema grave sobre todo cuando el país toma una actitud de deprecio y desacredita tratados internacionales. Puede inspirar a otros países a seguir su estela. El efecto se multiplica porque EEUU tiene mucha influencia", dice Hernádez, de Amnistía Internacional.

Por Javier Biosca Azcoiti

23 de septiembre de 2020 22:16h

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Domingo, 06 Septiembre 2020 06:10

¿Qué haremos si gana Trump?

¿Qué haremos si gana Trump?

 En algún momento de los dos meses siguientes tendremos que decidir si absolveremos al pueblo estadunidense si relige a Donald Trump. Hubo un tiempo en 2016 –pese a que Michael Moore ya describía al candidato como un "perverso, ignorante y peligroso payaso de medio tiempo y sociópata de tiempo completo"– en que quizás habríamos disculpado a los electores de ese país si resultara que habían cometido un error en esa primera vez. Hasta los demócratas seguían farfullando después de la elección que quizá Trump llegaría a volverse "presidencial". Pero esas excusas ya no valen el día de hoy.

Para algunas naciones, no importa. Pregunten a los árabes. Es un extraño fenómeno que, cuando los obligan a votar por su tirano local en elecciones por completo fraudulentas, los perdonamos por su elección considerando que las votaciones son una farsa o que no tienen alternativa, o porque –digámoslo con franqueza– se trata sólo de las "masas" árabes y los occidentales preferimos tratar con sus amos sobre la base de si esos dictadores harán lo que queremos. Aún más extraño es que, mientras más alto es el falso porcentaje que los autócratas sueñan –y mientras más "legitimados" se sienten–, más reconocemos su poder y aceptamos sus dichos.

Así, después que el mariscal de campo Abdel Fatah el-Sisi –cuyos servicios de seguridad habían dado muerte a miles de egipcios, aprisionando a decenas de miles más y destruido la libertad de expresión– "ganó" la elección presidencial de 2018 con 97 por ciento de los votos, Trump lo llamó para ofrecer sus "sinceras felicitaciones". Un año después se refería a Sisi como su "dictador favorito". Pero cuando el pobre Alexander Lukashenko alardeó de un mero 80.1 por ciento de la votación presidencial en Bielorrusia, este mes, Trump habló de una "terrible situación" en ese país.

Esto ocurre una y otra vez. Nadie cuestiona el afecto de los jordanos por su intrépido reyezuelo Abdalá, aunque nadie les ha pedido votar en una elección monárquica (o ni siquiera presidencial). De todos modos, sabemos cuál sería el resultado. En cuanto al viejo sha de Irán, no necesitó triunfar en elecciones inexistentes después de que Jimmy Carter se refirió al "respeto, admiración y amor que su pueblo le profesa" cuando cenó con él en Teherán en 1977. Fue un acto casi trumpiano en su irrealidad. En cambio resultó un poco demasiado, sobra decirlo, cuando Saddam Hussein ganó un referendo en 2002 con 100 por ciento de los votos… después de todo, ya lo estábamos perfilando como el Hitler árabe para la invasión del año siguiente.

Pero en 2014 Assad se atribuyó una victoria de 88.7 por ciento en la elección presidencial, que fue aprobada por Rusia –reconociendo caritativamente que un montón de sirios no pudieron votar a causa de la guerra civil– y por la cual Assad recibió la felicitación nada menos que de Alexander Lukashenko y de Afganistán (cuyas falsas elecciones presidenciales obtuvieron la congratulación de Barack Obama a Hamid Karzai en 2009). Los "consejeros" de Trump lograron disuadirlo de felicitar también a Assad.

Así pues, cuando se trata de los ciudadanos de esos países, en realidad no los tomamos en cuenta. Sabemos lo que valen sus votos. Tan conscientes estamos de la naturaleza opresiva de los regímenes árabes que, cuando nos disponemos a bombardearlos, nos vamos a los extremos para asegurar a los árabes que viven en Medio Oriente que en realidad no estamos contra ellos… sólo contra sus dictadores. Desde luego, cada vez que un presidente de Estados Unidos anuncia que no está "contra el pueblo de Libia/Irak/Siria" (bórrese según corresponda) –sino sólo contra los tiranos–, podemos estar seguros de que los millones de civiles que viven dentro de sus fronteras correrán hacia sus refugios antiaéreos.

El enorme respeto, admiración y amor que sentimos por los árabes cuando vamos a la guerra no los salvará de nuestros misiles. Miremos a Trípoli, Bagdad, Mosul y Raqqa.

De hecho, Irak ofrece el ejemplo más poderoso de por qué los árabes deben recelar de las promesas estadunidenses de afecto. De las decenas de miles de iraquíes que perecieron del modo más terrible bajo fuego estadunidense en los años posteriores al derrocamiento de Saddam en 2003, muchos sin duda poseían el voto democrático que se les confirió en las elecciones que siguieron a la invasión angloestadunidense. En realidad, gracias a la invasión, tuvieron algo que decir sobre el futuro de su país. De mucho que les sirvió una vez muertos.

En cambio, cuando se trata de Occidente, se aplica un conjunto diferente de normas. Como este 3 de septiembre marcó el aniversario del día en que Gran Bretaña y Francia "desenvainaron la espada" por la más o menos democrática Polonia en 1939, vale la pena recordar que, pese a una masiva violencia e intimidación, Hitler nunca obtuvo en realidad una mayoría en elecciones democráticas en Alemania: fue la subsecuente "ley de habilitación" de los nazis la que le concedió poderes dictatoriales. Sin embargo, nadie dudó que la mayoría de los alemanes apoyaron a Hitler una vez que comenzó la Segunda Guerra Mundial, y por tanto hubo poca simpatía por las víctimas civiles del conflicto (salvo en personas como el arzobispo de Chichester, Vera Brittain y, en una ocasión, Winston Churchill). No fueron absueltos de los crímenes de Hitler.

Resulta interesante que a los italianos los tratamos mejor, aunque Mussolini, después de ejercer violencia e intimidación, sí obtuvo una mayoría en las elecciones de 1924. Tal vez porque era un bufón y su malignidad era menos obvia que la de Hitler –y en especial porque el país cambió de bando en 1943–, los italianos fueron perdonados. Mussolini, como Trump, era un sicópata ridículo, malvado, perverso e ignorante –aquí se aplican también las palabras de Moore–, pero fue despachado con una bala y colgado de manera ritual de una viga en una gasolinera (boca abajo), lo que de algún modo absolvió a su pueblo. Por necesidad evitaremos aquí toda mención de los dictadores fascistas Franco y Salazar (porque ayudaron a los aliados cuando fue obvio que Hitler estaba condenado). La neutralidad portuguesa fue por ello más valiosa que la irlandesa, la cual sin duda fue apoyada por el pueblo que eligió democráticamente a Eamon de Valera como su Taoiseach. Pero Gran Bretaña quiso en 1940 que le devolvieran los puertos navales cedidos por tratado y los irlandeses no quisieron entregarlos, así que Churchill no los perdonó. Tampoco los estadunidenses los perdonaron más tarde, y demoraron el intento irlandés de unirse a las nuevas Naciones Unidas.

En la Europa actual, supongo que el húngaro Orban –un poco bufón, pero autócrata de todos modos– se acerca más a Mussolini, aunque nadie pone en disputa los resultados del populista de derecha en las elecciones de su país, aunque su conducta dejara que desear. La nueva legislación le permite gobernar por decreto. Es un juego de manos como los que eran de esperarse en la década de 1930. Las elecciones en Polonia tienen mejor registro, pese a las campañas xenófobas, así que no es mucho lo que podemos hacer para cambiar los aspectos antidemocráticos de sus resultados. Pero esas son naciones de Europa oriental (o central), y es probable que todavía tengamos conciencia culpable por haberlas dejado –en especial a Polonia– soportar la hegemonía rusa durante más de cuatro décadas.

Cuando el Reino Unido eligió salir de la Unión Europea, pudimos afirmar –con muy buenas razones– que el electorado había sido embaucado, que le habían mentido, que el referendo en sí estuvo mal construido. Muchos europeos –y un montón de británicos– lo consideraron una aberración. Sin embargo, las elecciones generales del año pasado cambiaron todo: Gran Bretaña ya no pudo lavarse las manos ni su pueblo ser absuelto de sus pecados. Afirmar que la retirada del Reino Unido no fue más que un mero reflejo de su retiro del imperio –Palestina, India, tal vez el último "hurra" en Suez– ya no fue suficiente para perdonar al pueblo por esa locura. ¿Dónde deja todo esto a Estados Unidos? Todos hemos decidido contener más o menos el aliento hasta noviembre, sobre la base de que será el momento en que el país gire en redondo, recupere su antiguo prestigio y los demócratas triunfantes nos ofrezcan disculpas a todos por los desquiciados años de Trump. Como todos los esnobs, hemos adoptado la opinión de que Trump en realidad no representa los valores estadunidenses, así como los dictadores árabes no reflejan las opiniones de su pueblo. De hecho, más bien hemos tratado a Estados Unidos como si fuera una tiranía, y a su lunático presidente como un cruce entre la ostentación de Mohammad bin Salman y la chifladura de Kadafi. Mi colega Patrick Cockburn ha esbozado con ingenio los paralelos con Saddam Hussein.

Hemos esperado, orado y nos hemos inducido a creer que fue sólo una autocracia temporal, una desviación, un viejo y confiable amigo que padece una enfermedad mental seria, pero al final curable. Sin embargo, mientras más observo a la élite demócrata alinearse detrás del nada inspirador Joe Biden, dando pasos vacilantes entre la condena y el lugar común –¿quién creería que escucharíamos al anciano hablar esta semana a sus partidarios de "sanar" y "mirar hacia delante"?–, más me pregunto cómo miraremos a los estadunidenses si los años de Trump se convierten en la era de Trump, o si su temible y ambiciosa familia se transforma en el califato Trump. Sin duda, el viejo lenguaje estalinista y de la Cortina de Hierro acerca del imperialismo y sus "tigres de papel" resurgirá bajo nuevas formas.

¿Cómo reaccionaremos si se cruza la línea, si el Estados Unidos con el que sentíamos que al final siempre podíamos contar –una vez que se hubiera sacudido la pequeña desventura trumpiana– se convierte en una nación en la que nunca podremos confiar?

© The Independent

Traducción: Jorge Anaya

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Foto de portada: Víctimas de las guerras libradas por EE.UU. en el Medio Oriente. [Arko Datta/Reuters]

Las nuevas guerras de EE.UU.

 

El deterioro de la política doméstica de los Estados Unidos tiene correlato en la degradación de su política exterior. La tradición injerencista de Washington busca impedir su paulatina declinación como referencia de la política mundial y apela a innovadoras conceptualizaciones y prácticas para evitar un mayor deterioro

En un intento por sortear las repetidas derrotas estratégicas sufridas desde la Guerra de Corea hasta la actualidad, el exparacaidista y contratista militar (eufemismo de mercenario), actualmente devenido en académico, Sean McFate, publicó un libro en 2019 que se constituyó en el texto de cabecera de las usinas de información del Departamento de Seguridad Nacional y del Departamento de Estado. El almirante James Stavridis, que fuera responsable del Comando Sur hasta 2009 y luego Jefe  Supremo de la OTAN hasta 2013, catalogó a McFate como el nuevo Sun Tzu, en referencia al general chino del siglo V, autor de El arte de la guerra.

El libro de McFate se titula Las nuevas reglas de la guerra: la victoria en épocas de desorden, y se ha constituido en el texto de consulta obligada para los funcionarios que ejecutan las políticas de intervención en los países que Estados Unidos considera bajo su ámbito de influencia. Desde el prólogo, se anuncia que es una respuesta a los peligros detectados por los oficiales que han participado de las últimas aventuras trágicas del modelo imperial: el ascenso de China, el resurgimiento de  Rusia, la creciente escasez de los recursos naturales  y las conflictividades intraestatales. Las sugerencias planteadas por McFate exhiben con total procacidad las iniciativas de manipulación, vigilancia, simulación y engaño sistémico utilizadas por Washington para intentar conservar su poder devaluado. El desembozado injerencismo planteado en Las Nuevas Reglas reivindica la militarización de la política a partir de la utilización de los medios de comunicación, la gestión del desorden y la generación de conflictos internos.

La hipótesis central del autor es que Estados Unidos ha sido derrotado en todas las confrontaciones militares desde la Segunda Guerra Mundial (Corea, Vietnam, Cuba, Afganistán, Irak y Siria) porque no ha comprendido el cambio de los desafíos bélicos. Según McFate, el centro de las nuevas guerras está en la política y no en el territorio de la acumulación de armas. Las batallas del presente y del futuro se llevan a cabo en un nuevo escenario: la construcción de imaginarios y de sentido común; la búsqueda por imponer formas de realidad; y –sobre todo– el manejo de la información, los datos y la segmentación de que deriva e esos agregados. “La victoria moderna no se obtiene en un campo de batalla sino en la conciencia de una sociedad”.

El enfoque supone que la victoria en el campo de batalla es obsoleta. El autor afirma críticamente que Estados Unidos invierte billones de dólares en aviones de combate y robots asesinos y que, sin embargo, no logra imponerse: “Necesitamos el dominio de (…) la subversión estratégica para evitar que los problemas se conviertan en crisis y las crisis en conflictos”. Para eso se requieren más académicos, más Hollywood, más ONGs, más servicios de inteligencia y menos portaviones. El conflicto actual se desenvuelve en las sombras, en los ejércitos privados (las empresas contratistas de mercenarios), el anonimato, las operaciones de confusión y propaganda. Las fuerzas militares convencionales –profetiza McFate– deben ser reemplazadas por grupos enmascarados ajenos a las regulaciones convencionales de la guerra. Entre sus propuestas, llega a considerar la creación de cuerpos similares a la Legión Extranjera, con agentes reclutados de diferentes países, capaces de defender los intereses estratégicos de las corporaciones dentro de territorios (catalogados) sin Estado.

Sus actores prioritarios estarán en guerra permanente porque las escenas bélicas no comenzarán ni terminarán. Serán una continuidad acorde con el desorden global, los ejércitos privados, la entropía, el terrorismo, las operaciones de inteligencia y la búsqueda permanente por ganar la legitimidad; es decir, la aquiescencia de una población. Lo que McFate propone –y las delegaciones diplomáticas de Washington están ejercitando– es la exaltación de una guerra total en la que se asume la imposibilidad de respetar las regulaciones de los conflictos armados (la Convención de Ginebra, por ejemplo), porque ese tipo de enfrentamiento ya no existe y porque supone un handicap para los antagonistas. La tortura, el asesinato de civiles, la utilización de minas personales, el secuestro extrajudicial, el acatamiento de la soberanía de los aliados, el exterminio de prisioneros de guerra, etc., son cláusulas que ya no pueden ser respetadas porque su acatamiento supone una ventaja sobre los formatos actuales del conflicto.

Entre las sombras 

La nueva biblia bélica pretende ser una caracterización pero termina imponiéndose como un decálogo de ejecución. Los corolarios de su doctrina se observan con claridad en los capítulos tercero y cuarto del Documento de Seguridad Estratégica de diciembre 2017, difundido por Donald Trump, donde se ensayan reconversiones de las fuerzas militares en grupos de operaciones dedicados a tareas especiales, cuyo centro son los contenidos culturales, los memes, la ridiculización de dirigentes políticos enemigos, las operaciones judiciales, el control de los aparatos comunicacionales y el engaño planificado. La política ya no se piensa como una forma diferente de la guerra, sino que es una de sus facetas. “Si los gobiernos pueden hacer que la comunicación estratégica sea rentable –subraya McFate–, el sector privado puede ser creativo para satirizar a Putin montando osos. En esa misma lógica cuestiona que China haya comprado algunos estudios de Hollywood, hecho que hace imposible “presentar al gigante asiático como un villano en las películas”, enfoque que ayudaría más que las armas para enfrentarlos.

Para poder insertarse en el nuevo mundo de la guerra, habrá que derivar parte de inmensos recursos bélicos a la administración de mentiras comunicacionales (fake-news) ajenas a cualquier regulación soberana. Esto supone el retorno a un mundo pre-westfaliano (casi hobbesiano, de guerra de todos contra todos) donde conviven ejércitos privados, guerras sin Estados y organizaciones terroristas de triple bandera, dirigidos por fondos de cobertura financieros. Lejos de rechazar la anarquía y la anomia, McFate –autor también del libro El mercenario moderno– las conceptualiza como un territorio fértil para los nuevos formatos bélicos. Se trata de una conflictividad atemporal, de pugnas duraderas sin bandos totalmente triunfantes. Una administración permanente de la crisis global para sostener el status quo del liderazgo global de Washington. Un reciente ejemplo de este paradigma fue transparentizado por el sincericidio del empresario Elon Musk, quien afirmó por redes sociales: “Derrocaremos a quien haga falta” para poder acceder al recurso natural que se requiere para la producción de sus autos eléctricos (el litio).

Algunos de los apotegmas apuntados en Las Nuevas Reglas indican que “las mejores armas no disparan balas”, sino que son campañas efectivas de propaganda, lobby y relaciones públicas, basadas en la compra de voluntades y en el poder blando que supone la utilización de cócteles diplomáticos, la concesión de ventajas aspiraciones y la invitación a Congresos de Seguridad y lucha antiterrorista: una Green Card –sugiere McFate– puede comprar a muchos políticos, jueces o periodistas. Las batallas sangrientas, afirma, serán cada vez menos eficaces. La nueva guerra debe transformarse en un espectáculos de héroes y villanos, luego de que se demonice al contrincante y se lo caracterice ante el gran público como el enemigo del pueblo, en clara analogía de Henrik Ibsen.

En la misma lógica que el recordado libro de Jean Baudrillard (La guerra del Golfo no ha existido), pero con un tono más cínico, McFate señala que siempre será necesario el camuflaje de las acciones políticamente consideradas incorrectas, con el objetivo de obtener ventajas. No se puede salir derrotado de Vietnam –sugieren Las Nuevas Reglas– porque se autorice la divulgación del uso generalizado del napalm. Su pensamiento, inserto en una lógica imperial (que pretende la supresión de soberanías de terceros países), priva a McFate de  identificar las verdaderas causas estructurales de la conflictividad mundial: la desigualdad, el hambre, el control corporativo de los recursos naturales, la degradación ambiental, la violencia patriarcal sistémica, el neocolonialismo y/o la beligerancia funcional a la comercialización de armas.

En el anexo, el autor brinda 36 recomendaciones para los nuevos comandantes político-militares, responsables de garantizar a futuro la continuidad de la hegemonía de Washington. Las estratagemas devienen de  exégesis arbitrarias y forzadas de las indicaciones realizadas por Sun Tzu hace 15 siglos.

  1. Se deben esconder las verdaderas intenciones. En el caso de Argentina, el discurso de los valores, la república y la corrupciónson claros ejemplos de cómo se enmascara la cruda intención de impedir la integración regional, la soberanía estatal, el empoderamiento de los sectores populares y la democratización de la renta, la propiedad y la riqueza.
  2. Hay que detectar aliados antes de considerar los ataques. Las delegaciones diplomáticas de Washington funcionan habitualmente como un centro de reclutamiento de elites locales dispuestas a impedir el fortalecimiento de las representaciones nacionales y populares. “Dispone alianzas con los enemigos de tus enemigos”.
  3. Es necesario falsificar, tergiversar, confundir y complejizar el discurso y el debate social. Se buscará, sobre todo, que sea imposible comprender con claridad los beneficiarios y víctimas de cada una de las medidas políticas. El autor lo dice más claramente: “Es necesario inventar realidades creíbles”. Para ejemplificar esta máxima, afirma: “Cuando Rusia quiere desestabilizar Europa, no amenaza con una acción militar, como hizo la URSS. En cambio, bombardea Siria. Esta táctica llevó a decenas de miles de refugiados a Europa y exacerbó la crisis migratoria, instigando el Brexit”.
  4. Hay que irritar al enemigo. Se trata de entablar negociaciones sobre problemas aparentes para impedir que se aborden aspectos estructurales. “Marea a tu enemigo, sorpréndelo, discute cosas intrascendentes (…) Vuelve loco a tu enemigo, ponlo nervioso, ritualízalo”. El autor propone el diseño de subversiones a medida, revolución de colores y operaciones psicológicas de prensa como centro estratégico de la doctrina militar.

Por Jorge Elbaum | 31/08/2020 

Fuente: https://www.elcohetealaluna.com/las-nuevas-guerras/

 

 

Fuentes: Algérie Résistance

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