716.000 millones de dólares: Trump firma el presupuesto de Defensa más alto de la historia de EE.UU.

El presidente celebra que con el recién promulgado presupuesto militar podrá proveer "los más finos aviones, barcos, tanques y misiles" a las fuerzas estadounidenses.

 

El presidente de EE.UU., Donald Trump, ha firmado la Ley de Autorización de Defensa Nacional (NDAA, por sus siglas en inglés) para el año fiscal 2019, en la que se asignan más de 716.000 millones de dólares al sector militar del país.


El proyecto de ley fue bautizado con el nombre de uno de los legisladores más críticos de Trump, John McCain. El presidente, no obstante, no mencionó a ese senador republicano durante la ceremonia de la firma en la base Fort Drum, ubicada en el estado de Nueva York.


"Nunca nos dieron dinero [para las Fuerzas Armadas] por años y años, y [los fondos] se agotaron", indicó el mandatario previo a la firma del documento. "Ahora tenemos 716.000 millones recién aprobados para darles los más finos aviones, barcos, tanques y misiles", añadió Trump.


La promulgación de ese presupuesto de Defensa se produce luego de que la Cámara de Representantes estadounidense le diera el visto bueno con 359 votos a favor y 54 en contra, para que posteriormente se aprobarael proyecto con una votación favorable de 87 de los 100 miembros del Senado.


De esta forma, la NDAA contempla un aumento de 16.000 millones de dólares respecto al año anterior para convertirse en el más elevado presupuesto anual militar de la historia, según lo había calificado James Mattis, el jefe del Pentágono.


Por otra parte, Trump ha logrado firmarla antes del 1 de octubre —el inicio del año fiscal—, cosa que no sucedía en EE.UU. desde 1996.


¿En qué se puede gastar el dinero?


De acuerdo con la NDAA, el Departamento de Defensa y otros programas de Defensa fuera del Pentágono tendrán a su disposición unos 639.000 millones de dólares, mientras que cerca de 69.000 millones se han asignado a las operaciones de las Fuerzas Armadas de EE.UU. fuera de las fronteras del país. El presupuesto incluye también un aumento de 2,6 % a los salarios de las tropas.


A pesar de que no asigna fondos a la Fuerza Espacial anunciada por Trump, la ley comprende además 6.300 millones de dólares solicitados por el presidente para la Iniciativa Europea de Disuasión, que prevé el incremento de tropas estadounidenses en Europa con motivo de contrarrestar la percibida "agresión rusa".


Por otra parte, incluye fondos por 250 millones de dólares para destinar material defensivo letal a Ucrania, así como 150 millones de dólares para apoyar al Pentágono a desarrollar antes del año fiscal 2022 capacidades para asestar un ataque convencional inmediato en respuesta a los avances de Rusia y China, en particular por sus nuevas armas supersónicas.

¿En qué no se puede gastar el dinero?

El texto prohíbe la compra de equipos de telecomunicaciones de producción china, así como la participación de la Armada del Ejército Popular de Liberación en los ejercicios marítimos RIMPAC durante al menos cuatro años. Además, prohíbe la entrega de cazas F-35 a Turquía luego de que Ankara adquiriera los sistemas antiaéreos rusos S-400 y apresara al pastor estadounidense Andrew Brunson.

A pesar de que la NDAA contempla un resquicio legal para no aplicar algunas de las sanciones a los países que compren armas a Rusia, esas excepciones no se aplicarán a las "transacciones significativas" con el Gobierno y las agencias de seguridad rusas. Por su parte, la ley prohíbe la cooperación militar con Rusia.


En concreto, la NDAA de este año congela la implementación del Tratado de Cielos Abiertos con Rusia, mencionando un incumplimiento por parte de Moscú. El acuerdo, firmado en 1992 y en vigor desde 2002, permite a sus 34 adscritos realizar vuelos de inspección sobre otros países firmantes para promover la transparencia, la seguridad y la confianza entre Estados.

 

Publicado enInternacional
Miércoles, 11 Julio 2018 07:16

Guerra comercial y política industrial

Guerra comercial y política industrial

Estados Unidos ha lanzado el primer disparo de una guerra comercial que podría durar mucho tiempo. Donald Trump mantiene un discurso triunfalista que recuerda el de los generales de siempre, que al inicio de una aventura bélica han prometido que los soldados regresarán a sus hogares en unas cuantas semanas. La historia muestra cómo los horrores de la guerra los han desmentido cruelmente.

China ha anunciado su primera respuesta a la ofensiva, sin llevar la confrontación más allá de lo necesario, aunque Washington ha dado a conocer planes para proceder con más aranceles sobre otras importaciones chinas. Si la guerra comercial se detiene en estas primeras escaramuzas, los efectos sobre la economía mundial serán modestos y podrán ser absorbidos sin demasiado problema.
Pero hace una semana, Trump amenazó con imponer aranceles sobre importaciones chinas por un valor de 500 mil millones de dólares, cifra que es casi igual al total de las importaciones estadunidenses en 2017. Y para justificar su último desplante, Trump ha recurrido a una nueva estratagema. La narrativa ya no es sólo que China ha robado empleos, sino le ha quitado tecnología a Estados Unidos e invade sus patentes y secretos industriales. En este discurso mercantilista, los subsidios a las empresas chinas constituyen una fuente de competencia desleal que hay que contener.
En el fondo, lo que Trump y su asesor en comercio internacional Peter Navarro están atacando es la política industrial y tecnológica de China. Pero esa batalla ya la perdió Estados Unidos hace tiempo. Incluso antes de la contrarrevolución de Deng Xiaoping, China ya tenía una industria nuclear y militar bastante diversificada. Y cuando se impone el actual modelo de capitalismo comunista, China estaba preparada para recibir y absorber la tecnología que vendría asociada a las inversiones extranjeras. Hoy, lo que queda es preguntarse si los instrumentos usados por Pekín son compatibles con las reglas de la Organización Mundial de Comercio (OMC), organismo al que pertenece China desde 2001.
Para la administración Trump, el acceso de China a la OMC fue un error, porque le abrió espacios a su agresiva política de exportaciones sin que Pekín cumpliera con sus obligaciones en materia de reciprocidad. Pero cualquier proceso de solución de controversias en la OMC dictaminará que los instrumentos de la política industrial y tecnológica del gigante asiático son compatibles con las reglas del comercio internacional.
En la actualidad, China considera que su economía tiene ramas en las cuales existe una significativa dependencia tecnológica. Entre los ejemplos destacan aviones, semiconductores y equipo médico de alta tecnología. Y en esas ramas, el Estado chino está realizando inversiones masivas para reducir las importaciones y la dependencia tecnológica. Claro que para un economista neoliberal eso parece anatema, pero resulta que para la OMC todo eso es perfectamente válido.
Es cierto que China adquirió en el seno de la OMC la obligación de no exigir a las empresas que quieran invertir en ese país el que procedan a “transferir tecnología”. Pero China mantiene un amplio grado de discreción para definir en qué sectores se acepta la inversión extranjera directa (IED) y en cuáles está restringida o regulada. Y entre las ramas sujetas a regulación, China puede decidir que la IED sólo se acepta cuando hay empresas conjuntas en las cuales se aplican esquemas de transferencia y absorción de tecnología. Eso está permitido por la OMC.
El mejor ejemplo de la aplicación de esta política tecnológica e industrial es el ferrocarril de alta velocidad. Las empresas que buscaban obtener contratos para proveer rieles para altas velocidades en el mercado chino tuvieron que asociarse con las empresas estatales de ferrocarriles. Y en esos esquemas de empresas conjuntas se incluyeron contratos para trasladar la producción de partes claves hacia territorio chino.
Otro ejemplo es el de la industria automotriz. En esta rama, China ha podido crear una cadena de valor interna que compite ventajosamente con las existentes en cualquier otro país desarrollado. La razón es que las empresas automotrices extranjeras (como Ford, General Motors y Volvo) tuvieron que transferir capacidad tecnológica a China para poder entrar en ese espacio económico. Hoy se comienzan a ver autos importados en Estados Unidos con el sello Made in China. Las políticas que condujeron a esos resultados nunca fueron impugnadas en la OMC.
El contraste con México es notable. Aquí el reclamo de Trump no es por la presencia de una política industrial y tecnológica activa. Y es que detrás de la fachada de la industria maquiladora, los gobiernos neoliberales abandonaron los objetivos de desarrollo industrial a las fuerzas del mercado. Si la historia económica nos ha enseñado algo, es que ningún país desarrollado alcanzó objetivos de industrialización y adquisición de capacidades tecnológicas endógenas sin la intervención del Estado.
Twitter: @anadaloficial

Publicado enEconomía
Un patio que quiere seguir siendo trasero

En la evidente disputa económica y militar al interior del capitalismo, Estados Unidos enfrenta a diferentes potencias, obligándolo a consolidar nuevas formas de injerencia en nuestro continente para contener a China y a Rusia. ¿Cuál será la opción que tomarán los gobiernos latinoamericanos frente a este panorama? ¿Continuaremos con el patio trasero?


La principal característica de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina deriva del colapso de las burguesías nacionales. Primero en Argentina y ahora en Brasil, las principales clases dominantes que merecieron ese nombre fueron desarticuladas por una pinza formada por el irresistible avance de los monopolios globales y las clases obreras que dejaron de percibirse como actores subalternos.

En el lugar de aquellas burguesías fue emergiendo un sector de empresarios enriquecidos con la especulación financiera en el casino global, gentes cuyo único sentido en la vida es la acumulación rápida de dinero para esconderlo en paraísos fiscales y utilizarlo en cualquier lugar del mundo para satisfacer caprichos y vanidades.

La inexistencia de estas clases nacionales con intereses propios, ora coincidentes ora divergentes de los grandes centros de poder, tuvo tres consecuencias mayores.

La primera es la desaparición de cualquier proyecto nacional, incluso del sentido mismo de nación. En otros tiempos, durante el período de sustitución de importaciones que siguió al fin de la Segunda Guerra Mundial, la burguesía industrial (poderosa en Argentina y en Brasil, mediana en México y más débil en el resto de los países) orientó las políticas exteriores. Los casos de Perón y de Vargas, hablan por sí solos de la búsqueda de un desarrollo como naciones más allá de los dictados del imperio.

La segunda es la aparición de nuevas burguesías “plebeyas” nacidas durante los gobiernos progresistas, que llenan el hueco dejado por las burguesías nacionales. El caso más destacado es el de Venezuela, donde la llamada boliburguesía se amalgama entre altos mandos militares, funcionarios estatales de primer rango y sectores de las viejas burguesías.

Su gran problema es que, como toda burguesía naciente, necesita apelar a una versión actualizada de la “acumulación originaria”, concepto de Marx para describir cómo nace el capital del robo y la expoliación. Su fortaleza es, a su vez, su debilidad. Para legitimar su corrupción rampante, debe destinar recursos a neutralizar al campo popular a través de subsidios y traspases de fondos disfrazados de políticas sociales. El punto débil aparece cuando los recursos escasean por la caída de los precios de los productos exportables que lubricaron la gobernabilidad.

La tercera es consecuencia de las dos anteriores y es el núcleo de la coyuntura actual. La debilidad estructural de quienes deberían defender algo que alguna vez conocimos como “intereses nacionales”, facilita los modos imperiales de dominación. Observamos que el Pentágono ya no necesita, salvo excepciones, desplegar flotas y aviones para derribar gobiernos, como hizo en la primera mitad del siglo hasta, digamos, la última intervención en Haití forzando al presidente Aristide a tomar el camino del exilio.

Ahora los modos de intervención son mucho más sutiles e indirectos. Al punto que, sobre la superficie, no existirían conflictos mayores entre Washington y América Latina, con la excepción de Venezuela. En los otros casos, Honduras y Paraguay, el imperio se limitó a mirar para otro lado cuando las fuerzas locales expulsaron por la vía “legal”, aunque ilegítima, a los presidentes Zelaya y Lugo. No tuvo la menor necesidad de intervenir.

Esto no quiere decir que Washington observe de brazos cruzados lo que sucede en su patio trasero. Interviene y mucho, pero de modo muy diferente. El caso de Brasil es el más transparente. Apoyó a la nueva derecha militante, formada en instituciones vinculadas a la derecha estadounidense. Esta derecha fue capaz de ganarle la calle a las izquierdas. Lo demás fue casi natural: promover la destitución de Dilma Rousseff, dejar que un verdadero corrupto desgobierne el país y sacar del medio al único líder que podría encarar un proyecto diferente.

A falta de burguesías con intereses nacionales, Washington cuenta en cada país con núcleos dóciles, interesados en apoyarse en el imperio para ocupar espacios de poder que, en el largo plazo, beneficiarán con creces a sus promotores. En el caso brasileño, el Pentágono está consiguiendo tres objetivos estratégicos: recuperar el control de la base satelital de Alcántara, neutralizar el programa de cazas de quinta generación con la sueca Saab y enlentecer hasta paralizar la construcción del primer submarino nuclear. Todo eso operando por lo bajo, a través de terceros que son los que dan la cara, como el juez Sergio Moro que procesó a Lula, y Kim Kataguiri, el líder del Movimiento Brasil Libre.

Hay un tema mayor, aunque bien sutil, que se escapa a este análisis y a las capacidades que hoy tenemos las izquierdas de comprender la realidad. Me refiero a las iglesias pentecostales. Salvo en México, donde el catolicismo es fuerza imbatible, en varios países como Colombia, Guatemala y Brasil (además de Chile y Uruguay), las iglesias evangélicas juegan un papel en el ascenso de las derechas duras. No es ni puede ser casualidad. Es una construcción de larga duración que comenzó a mediados del siglo pasado, que arraigó en algunos pequeños países centroamericanos y fue potenciada durante la Guerra Fría como forma de combatir a las comunidades eclesiales de base y a la teología de la liberación.

El último punto se relaciona con los objetivos inmediatos del gobierno de Donald Trump. Una vez domesticado el patio trasero, y sabiendo que cuenta con una cohorte de gobernantes sumisos, se trata ahora de usarlos como peones en su estrategia geopolítica consistente en contener a China y cercar a Rusia. Días atrás la agencia Reuters aseguraba que Donald Trump planea “exhortar a los líderes de América Latina durante la Cumbre de las Américas para que cooperen con EEUU en el ámbito comercial, en detrimento de China” (Sputnik, 7 de abril de 2018).

La Cumbre se celebrará en Lima del 13 al 14 de abril y los analistas estiman que los voceros de los Estados Unidos presionarán a los gobiernos de la región para que opten por los productos de su país y reduzcan las compras provenientes de Asia. Es la misma política que está aplicando con los países europeos. Puede chantajear a Brasil, por ejemplo, con las tasas impuestas a las importaciones de acero de este país.

Desde 2013 China es el primer socio comercial de Brasil, desplazando a Estados Unidos. Un viraje que siempre anuncia cambios mayores. La incógnita es qué camino tomarán las clases dominantes de una región que parece empeñada en seguir siendo el patio trasero del imperio.

Publicado enInternacional
Un patio que quiere seguir siendo trasero

En la evidente disputa económica y militar al interior del capitalismo, Estados Unidos enfrenta a diferentes potencias, obligándolo a consolidar nuevas formas de injerencia en nuestro continente para contener a China y a Rusia. ¿Cuál será la opción que tomarán los gobiernos latinoamericanos frente a este panorama? ¿Continuaremos con el patio trasero?


La principal característica de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina deriva del colapso de las burguesías nacionales. Primero en Argentina y ahora en Brasil, las principales clases dominantes que merecieron ese nombre fueron desarticuladas por una pinza formada por el irresistible avance de los monopolios globales y las clases obreras que dejaron de percibirse como actores subalternos.

En el lugar de aquellas burguesías fue emergiendo un sector de empresarios enriquecidos con la especulación financiera en el casino global, gentes cuyo único sentido en la vida es la acumulación rápida de dinero para esconderlo en paraísos fiscales y utilizarlo en cualquier lugar del mundo para satisfacer caprichos y vanidades.

La inexistencia de estas clases nacionales con intereses propios, ora coincidentes ora divergentes de los grandes centros de poder, tuvo tres consecuencias mayores.

La primera es la desaparición de cualquier proyecto nacional, incluso del sentido mismo de nación. En otros tiempos, durante el período de sustitución de importaciones que siguió al fin de la Segunda Guerra Mundial, la burguesía industrial (poderosa en Argentina y en Brasil, mediana en México y más débil en el resto de los países) orientó las políticas exteriores. Los casos de Perón y de Vargas, hablan por sí solos de la búsqueda de un desarrollo como naciones más allá de los dictados del imperio.

La segunda es la aparición de nuevas burguesías “plebeyas” nacidas durante los gobiernos progresistas, que llenan el hueco dejado por las burguesías nacionales. El caso más destacado es el de Venezuela, donde la llamada boliburguesía se amalgama entre altos mandos militares, funcionarios estatales de primer rango y sectores de las viejas burguesías.

Su gran problema es que, como toda burguesía naciente, necesita apelar a una versión actualizada de la “acumulación originaria”, concepto de Marx para describir cómo nace el capital del robo y la expoliación. Su fortaleza es, a su vez, su debilidad. Para legitimar su corrupción rampante, debe destinar recursos a neutralizar al campo popular a través de subsidios y traspases de fondos disfrazados de políticas sociales. El punto débil aparece cuando los recursos escasean por la caída de los precios de los productos exportables que lubricaron la gobernabilidad.

La tercera es consecuencia de las dos anteriores y es el núcleo de la coyuntura actual. La debilidad estructural de quienes deberían defender algo que alguna vez conocimos como “intereses nacionales”, facilita los modos imperiales de dominación. Observamos que el Pentágono ya no necesita, salvo excepciones, desplegar flotas y aviones para derribar gobiernos, como hizo en la primera mitad del siglo hasta, digamos, la última intervención en Haití forzando al presidente Aristide a tomar el camino del exilio.

Ahora los modos de intervención son mucho más sutiles e indirectos. Al punto que, sobre la superficie, no existirían conflictos mayores entre Washington y América Latina, con la excepción de Venezuela. En los otros casos, Honduras y Paraguay, el imperio se limitó a mirar para otro lado cuando las fuerzas locales expulsaron por la vía “legal”, aunque ilegítima, a los presidentes Zelaya y Lugo. No tuvo la menor necesidad de intervenir.

Esto no quiere decir que Washington observe de brazos cruzados lo que sucede en su patio trasero. Interviene y mucho, pero de modo muy diferente. El caso de Brasil es el más transparente. Apoyó a la nueva derecha militante, formada en instituciones vinculadas a la derecha estadounidense. Esta derecha fue capaz de ganarle la calle a las izquierdas. Lo demás fue casi natural: promover la destitución de Dilma Rousseff, dejar que un verdadero corrupto desgobierne el país y sacar del medio al único líder que podría encarar un proyecto diferente.

A falta de burguesías con intereses nacionales, Washington cuenta en cada país con núcleos dóciles, interesados en apoyarse en el imperio para ocupar espacios de poder que, en el largo plazo, beneficiarán con creces a sus promotores. En el caso brasileño, el Pentágono está consiguiendo tres objetivos estratégicos: recuperar el control de la base satelital de Alcántara, neutralizar el programa de cazas de quinta generación con la sueca Saab y enlentecer hasta paralizar la construcción del primer submarino nuclear. Todo eso operando por lo bajo, a través de terceros que son los que dan la cara, como el juez Sergio Moro que procesó a Lula, y Kim Kataguiri, el líder del Movimiento Brasil Libre.

Hay un tema mayor, aunque bien sutil, que se escapa a este análisis y a las capacidades que hoy tenemos las izquierdas de comprender la realidad. Me refiero a las iglesias pentecostales. Salvo en México, donde el catolicismo es fuerza imbatible, en varios países como Colombia, Guatemala y Brasil (además de Chile y Uruguay), las iglesias evangélicas juegan un papel en el ascenso de las derechas duras. No es ni puede ser casualidad. Es una construcción de larga duración que comenzó a mediados del siglo pasado, que arraigó en algunos pequeños países centroamericanos y fue potenciada durante la Guerra Fría como forma de combatir a las comunidades eclesiales de base y a la teología de la liberación.

El último punto se relaciona con los objetivos inmediatos del gobierno de Donald Trump. Una vez domesticado el patio trasero, y sabiendo que cuenta con una cohorte de gobernantes sumisos, se trata ahora de usarlos como peones en su estrategia geopolítica consistente en contener a China y cercar a Rusia. Días atrás la agencia Reuters aseguraba que Donald Trump planea “exhortar a los líderes de América Latina durante la Cumbre de las Américas para que cooperen con EEUU en el ámbito comercial, en detrimento de China” (Sputnik, 7 de abril de 2018).

La Cumbre se celebrará en Lima del 13 al 14 de abril y los analistas estiman que los voceros de los Estados Unidos presionarán a los gobiernos de la región para que opten por los productos de su país y reduzcan las compras provenientes de Asia. Es la misma política que está aplicando con los países europeos. Puede chantajear a Brasil, por ejemplo, con las tasas impuestas a las importaciones de acero de este país.

Desde 2013 China es el primer socio comercial de Brasil, desplazando a Estados Unidos. Un viraje que siempre anuncia cambios mayores. La incógnita es qué camino tomarán las clases dominantes de una región que parece empeñada en seguir siendo el patio trasero del imperio.

Publicado enEdición Nº245
Geopolítica del siglo XXI: volatilidad por todos lados

Puede argüirse que el ámbito más fluido en el sistema-mundo moderno, que está en crisis estructural, es el geopolítico. Ningún país está cercano a dominar este ámbito. La última potencia hegemónica, Estados Unidos, ya lleva tiempo actuando como un gigante incapaz. Tiene poder para destruir pero no para controlar la situación. Sigue proclamando reglas que espera que otros sigan, pero puede ser, y es, ignorado.

Hay ahora una larga lista de países que se consideran listos para desempeñarse de maneras específicas pese a las presiones de otros países. Una mirada por todo el globo confirmará puntualmente la incapacidad de Estados Unidos para imponer sus modos.

Los dos países que además de Estados Unidos tienen el poderío militar más fuerte son Rusia y China. Alguna vez se movían con cuidado para evitar la reprimenda de Estados Unidos. La retórica de la guerra fría hablaba de dos campos geopolíticos en competencia. La realidad era otra cosa. La retórica simplemente enmascaraba la efectividad relativa de la hegemonía estadunidense.

Ahora, virtualmente es lo contrario. Estados Unidos tiene que moverse con cuidado vis-à-vis Rusia y China para evitar perder la capacidad de obtener su cooperación en las prioridades geopolíticas de Estados Unidos.

Miremos a los así llamados aliados más fuertes de Estados Unidos. Podemos enredarnos discutiendo quién es el aliado más cercano, o ha sido ya por largo tiempo. Escojan entre Gran Bretaña e Israel o aun, ¬algunos dirían, Arabia Saudita. O hagamos una lista de los que alguna vez han sido socios confiables de Estados Unidos, como Japón y Corea del Sur, Canadá, Brasil y Alemania. Llamémosles los números dos.

Ahora revisemos el proceder de todos estos países en los 20 años pasados. Digo veinte porque la nueva realidad precede al régimen de Donald Trump, pese a que sin duda él ha sido quien ha empeorado la habilidad de Estados Unidos para imponer sus modos.

Miremos la situación en la península de Corea. Estados Unidos quiere que Corea del Norte renuncie a su armamento nuclear. Este es un objetivo que Estados Unidos ha repetido con regularidad. Fue cierto cuando Bush y Obama fueron presidentes. Ha continuado siendo cierto con Trump. La diferencia es el modo de conseguir este objetivo. Previamente, las acciones estadunidenses utilizaban cierto grado de diplomacia además de las sanciones. Esto reflejaba el entendimiento de que demasiadas amenazas públicas de Estados Unidos terminaban siendo contraproducentes. Trump cree lo opuesto. Considera las amenazas públicas como el arma básica de su arsenal.

No obstante, Trump tiene días diferentes. En el día uno amenaza a Norcorea con devastación. Pero el día dos hace que su objetivo primordial sean Japón y Corea del Sur. Trump dice que le proporcionan insuficiente respaldo financiero para los costos derivados de una continua presencia estadunidense armada ahí. Así que entre el ir y venir de las dos posturas estadunidenses, ni Japón ni Corea del Sur terminan estando seguros de estar protegidos.

Japón y Corea del Sur han lidiado con sus temores e incertidumbres en modos opuestos. El actual régimen japonés busca asegurar las garantías estadunidenses ofreciendo un respaldo público total a las (cambiantes) tácticas estadunidenses. Confía, por tanto, en complacer a Estados Unidos lo suficiente como para recibir las garantías que quiere obtener.

El actual régimen sudcoreano utiliza una táctica bastante diferente. Emprende de modo muy abierto relaciones más cercanas con Norcorea, lo cual en gran medida va contra los deseos de Estados Unidos. Con esto confía complacer al régimen norcoreano lo suficiente como para que Pyongyang responda accediendo a no escalar el conflicto.

Que cualquiera de estas aproximaciones tácticas estabilicen la posición estadunidense es totalmente incierto. Lo seguro es que Washington no está en posición de mando. Tanto Japón como Corea del Sur están buscando obtener calladamente armas nucleares para fortalecer su posición dado que no pueden saber qué traerá el siguiente día en el frente estadunidense. La volatilidad de la postura estadunidense debilita aún más su poderío de¬bido a las reacciones que genera.

O tomemos la más enredosa situación del llamado mundo islámico del Magreb a Indonesia, y en particular en Siria. Cada una de las potencias importantes de la región (o que lidian con la región) tiene un diferente enemigo primordial (o enemigos). Para Arabia Saudita e Israel, por el momento es Irán. Para Irán es Estados Unidos. Para Egipto es la Hermandad Musulmana. Para Turquía son los kurdos. Para el régimen iraquí, son los sunníes. Para Italia es Al Qaeda, que está haciendo imposible controlar el flujo de migrantes. Y así seguimos.

¿Y para Estados Unidos? Quién sabe. Ése es el miedo protuberante para todo el resto. Al momento Estados Unidos parece tener dos prioridades bastante diferentes. El día uno, es la aquiescencia norcoreana hacia los imperativos estadunidenses. El día dos es finiquitar su involucramiento en la región del este asiático, o por lo menos reducir sus desembolsos financieros. El resultado es más y más oscuro.

Podemos trazar retratos semejantes para otras regiones o subregiones del mundo. La lección clave es que a la decadencia de Estados Unidos no le ha seguido el advenimiento de otro hegemón. La situación se pliega en un zigzaguear general y caótico, la volatilidad o inestabilidad de la que hablamos.

Este, por supuesto, es el mayor peligro. Los accidentes nucleares, o los errores, o la locura, se vuelven de repente lo que priva en la mente de todos, especialmente entre las fuerzas armadas del mundo. Cómo lidiar con este peligro es el debate geopolítico más significativo a corto plazo.

Traducción: Ramón Vera-Herrera

Publicado enInternacional
¿Cómo convertir el crimen del “descubrimiento de América” en una inolvidable epopeya?

Sostienen los más ilustres historiadores que los reyes Católicos, Isabel y Fernando, son los fundadores de la nación española. Algo que se consumó en el preciso instante en el que las tropas cristianas toman Granada el 2 de enero de 1492 culminando de este modo la llamada “reconquista”. En el preciso momento en que el emir Boabdil entregó las llaves de la ciudad al conde de Tendilla, Iñigo López de Mendoza se inicia uno de los periodos más tétricos que jamás haya vivido la humanidad. Meses después en el campamento de Santa Fe el día 17 de abril de 1492 se firmaron las Capitulaciones entre los Reyes Católicos y el aventurero Cristóbal Colón en las que se estipulaba cuáles iban a ser las normas por las que se tenía que regir este “contrato mercantil”. Colón se llevaría el 10% del botín además de ser nombrado Virrey, Almirante de la mar océana y gobernador general de las denominadas posteriormente como las “Indias”. Además sus descendientes heredarían sus bienes, sus títulos y tierras descubiertas.
Ambiciones desmedidas y delirios de grandeza más propias de un lunático o de un iluminado.


Podríamos decir que el descubrimiento del Nuevo Mundo fue un artero acto de piratería muy bien planificado al que incluso el Papa de Roma Alejandro VI con su bula Inter Caetera le brindó su bendición urbi et orbi. La autoridad de Dios omnipotente y omnipresente otorgó el dominio exclusivo y perpetuo de los territorios donde se clavó el pendón castellano con la condición que los evangelizaran. De este modo se justificó la rapiña, el expolio y las masacres cometidas contra los “gentiles” en un afán por imponer la autoridad de los nuevos amos y señores. Este decreto papal puede considerarse el detonante de la crueldad que caracterizó a todos los imperios coloniales que surgieron posteriormente. Es el génesis de la globalización que en el siglo XXI se manifiesta como la máxima expresión del imperialismo político y económico.


En ese entonces y tras finiquitar la guerra contra los musulmanes España iniciaba la aventura Imperial que la llevaría a expandirse por los cinco continentes. Las ansias de conquista material y espiritual marcarán los siguientes siglos plagados de gestas épicas y epopeyas en el nombre de Dios y su majestad el rey. Era necesario engrandecer la gloria de España para hacer frente a sus directos competidores Inglaterra, Francia y Portugal que pretendían hacerle sombra. Una desquiciada carrera por conquistar tierras, naciones, riquezas, súbditos, siervos y esclavos. Como bien queda descrito en el tratado de Tordesillas donde España y Portugal -representados por Isabel y Fernando y el rey Juan II- se repartieron las zonas de navegación y conquista del océano Atlántico y el Nuevo Mundo. Se despojó sin ningún remordimiento de sus tierras a los nativos que fueron considerados por derecho real como menores de edad y, por lo tanto, sujetos a la tutela de los españoles en las mitas, resguardos o encomiendas.


Pero no se nos puede olvidar que uno de los motivos prioritarios de esta magna empresa del descubrimiento fue la evangelización de los herejes blasfemos. Es decir, la redención de las razas inferiores, indígenas sin alma, salvajes antropófagos que había que domar y domesticar por la gracia de Dios. ¿Civilización o barbarie? Este es el dilema que se planteaba y con la espada y la cruz supieron dar una respuesta contundente a tamaño desafío. Dios le brindó este inmenso privilegio a la estirpe española porque Dios se consideraba español.


Para sublimar la identidad hispana se precisaba imperiosamente construir una narrativa en la que intervinieran los más preclaros exponentes de las letras, las artes, la pintura, la escultura o la música. Inventar mitos y leyendas, forjar los superhéroes de una raza invicta y por siempre victoriosa. Al fin y al cabo ellos fueron los que llevaron la luz al Nuevo Mundo apartando las tinieblas del averno. Todo es válido con tal de santificar a villanos y bellacos para transformarlos en insignes paladines.


Las Indias era el mejor reclamo para despertar las ambiciones de los buscadores de fortuna, de los aventureros que ansiaban someter reinos ignotos, adueñarse de incalculables riquezas del Dorado, Cipango y Catay, ciudades de oro y ríos de esmeralda, obsesionados por obtener títulos nobiliarios, fama, poseer tierras, saquear, esclavizar indígenas o africanos, mano de obra obligada a levantar los delirios imperiales para gloria del padre eterno y nuestro señor Jesucristo.


El imperio Español con arrogancia se creía el ombligo del mundo y el centro del universo. La lengua española y la religión católica se impusieron a la fuerza como vehículo vertebrador de los territorios conquistados en los que regía el pensamiento único e indivisible. Por riguroso mandato del monarca cualquier disidencia o rebelión se reprimía sanguinariamente y sin contemplaciones. Al verdugo no le temblaba la mano a la hora de cortar cabezas en el cadalso. En los casos más extremos se aplicó el exterminio para que reinara la paz y el orden.


Tal es el culto que se le rinde al supuesto descubridor de América Cristóbal Colón que son cientos y cientos los monumentos que existen en su honor a lo largo y ancho del mundo. Entre los altares y santuarios más soberbios hay que destacar el erigido en Barcelona con motivo del IV centenario del descubrimiento de América en 1892.


Se trata de un conjunto escultórico de proporciones ciclópeas cuyo autor es el arquitecto catalán Gaieta Buigas y Monrava. Una muestra irrefutable de que el egocentrismo y la megalomanía españolista no tienen límites. Al Almirante de la mar océana Cristóbal Colón, señor de los holocaustos, príncipe de los genocidios, se le ubica en lo alto de una columna o falo al estilo corintio de 57 metros de altura que reposa sobre un pedestal poligonal que lo custodian 8 leones de hierro en actitud vigilante. En las paredes de la base existen 8 bajorrelieves con los escudos de los reinos de España y otros 8 bajorrelieves en los que se narra la vida del almirante Cristóbal Colón - leyendas sacrosantas que están escritas a golpe de martillo y de cincel en el inconsciente colectivo hispano. En esta vil escenografía los protagonistas son los distintos personajes que intervinieron en la gesta del descubrimiento de América a los que cuatro ángeles ciñen sobre sus sienes con coronas de laurel. En un segundo plano se representan a los indígenas como si se trataran de unos animales asustadizos y timoratos; ¿seres irracionales? desnudos o semidesnudos que se acogen sumisos al manto protector de su majestad el rey y de Dios nuestro señor. ¿Se puede tolerar mayor ignominia y mayor humillación? De rodillas un indígena emplumado besa la cruz salvadora que le ofrece un fraile doctrinero como símbolo de la conversión. En otra escena un conquistador posa su mano en la cabeza de un indígena en señal de sometimiento o de obediencia eterna a sus amos. Han sido redimidos por la gracia benefactora del imperio español y es necesario que la humanidad entera reconozca tan inigualable privilegio.


Este esplendoroso monumento de bronce, hierro y piedra caliza -con un peso de 205 toneladas- fue inaugurado el 1 de junio de 1888 por la reina regente María Cristina. Un monumento al odio, al racismo extremo, a la esclavitud y la tortura que veneran e idolatran sus más connotados devotos. Hace 525 años Isabel la Católica y Cristóbal Colón en su lecho nupcial incubaron el maligno virus del imperialismo que desde entonces ha sembrado la muerte y la destrucción sobre la faz de la tierra.
Ver vídeo: ¿Cómo convertir el crimen del "descubrimiento de América" en una inolvidable epopeya?

Publicado enInternacional
Crece el descontento, incluso en Estados Unidos

Estados Unidos, especialmente a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial, ha tenido un dominio muy amplio sobre buena parte del mundo, incluyendo el resto de América, las costas del Océano Pacífico, Europa Occidental y buena parte de Asia.

Su dominio se ha venido reduciendo, especialmente en Asia y, en diversos grados, en algunos países de América Latina. Es evidente el caso de Cuba, y en diversos grados en Venezuela (a donde el imperio maneja a la oposición), Bolivia y otros.

La caída del dominio estadunidense es especialmente en Asia oriental, donde vive la mitad de la población mundial. Además de casos evidentes como el de China, a la que nunca pudo dominar, sufrió una derrota militar tremenda en Vietnam, y su influencia ha caído en niveles generales en forma tremenda.

Países en los que se tenía un verdadero dominio, como Irán, Turquía, Filipinas y otros, se fueron alejando del imperio, y acercándose a China. India ha construido una independencia, y ha logrado un desarrollo tecnológico que en varios casos, son formas superiores a los de las antiguas potencias.

Hemos citado a estudios que condicen a prever que la economía China, con un crecimiento mayor, rebasará a Estados Unidos en cuando mucho 10 años, Y que esto no sólo se va a mantener y aumentar, sino que llegará a una situación en la que el país estadunidense llega a tercer lugar mundial, con China en primer lugar e India en segundo.

En Beijing, en octubre de 2016, en presencia de la dirigencia china, el presidente Rodrigo Duterte de Filipinas, declaró que Estados Unidos ahora ha perdido, que se encontrará frente a la unidad de China, Rusia y Filipinas.

La realidad ha ido más allá de eso. Está en proceso la formación, que culminaría en una asociación de comercio internacional en noviembre próximo, incluyendo a 16 países. Están entre ellos China, India. Japón, Indonesia, Filipinas, Vietnam, Irán y otros países, que suman más de tres mil millones de habitantes. Por el otro lado, el de la llamada intermedia musulmana, Qatar tiene un acercamiento con Irán y con China, y es castigado por Arabia Saudita y sus seguidores. Este es el principal país árabe que ha seguido ahora al gobierno de Washington.

Recientemente se agregaron a estos países Chile y otros países latinoamericanos, de los que hemos hablado también.

Con fecha 1º.de junio, la conocida revista estadunidense The Nation publicó un muy amplio artículo sobre el futuro de Asia, tomando en cuenta, y criticando, la política económica reciente de su país. Su posición es muy crítica frente a ésta, y reconoció el crecimiento de China al respecto.

Algunos de los subtítulos de este artículo dan una idea de su contenido: "La declinación de Estados Unidos" y "El nuevo nacionalismo en Asia". Ya se había expresado una creciente oposición dentro del país vecino del norte, ésta se suma a ellas.

Hay descontento expresado en Corea del Sur y en Japón, que demandan el retiro de las bases militares de Estados Unidos. Los dos países están en el grupo de "los 16" de asociados para un comercio internacional libre.

El secretario de Estado de EU que iba a venir a la reunión de la OEA en Cancún, siempre no viene, dizque por ir al Medio Oriente, y es difícil que ese país imponga castigos a Veneuela. Otros países condenan ese intento de castigos, cuando por ejemplo en México ha habido tantos asesinatos y "desapariciones" impunes.

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Publicado enSociedad
Viernes, 26 Mayo 2017 18:05

Hambre de poder

Hambre de poder

Este drama cuenta la verdadera historia de cómo Ray Kroc conoció en 1950 a los hermanos Mac y Dick McDonald, cuando cocinaban hamburguesas en el sur de California. Kroc quedó impresionado por la velocidad para hacer la comida, viendo en ello el potencial para crear una franquicia. Es así como pasó de vender máquinas de batidos a convertir la marca en un imperio tras comprársela a los hermanos en 1961. De esta forma convirtió McDonalds en el imperio mundial de comida rápida que es hoy, amasando millones de dólares.

 

El título ‘The Founder’ es de alguna manera un término singular y ciertamente desconcertante para una película biográfica sobre Ray Crock, el hombre que gracias a una visión amplia y ambiciosa convirtió un simple restaurante de hamburguesas en una de las marcas más exitosas del mundo, en un gigante del capitalismo.

 

Y es que el fundador de McDonald’s no es precisamente el señor Crock; él llegó cuando ya el negocio estaba en marcha, detectando un gran potencial en lo que apenas era una empresa familiar de comida rápida; decidiendo así darle forma a un negocio en el que vio éxito.

 

Así que la traducción del título al español resulta más coherente con lo que veremos en la cinta: ‘Hambre de poder’. Varias lecciones de marketing y una perseverancia absoluta de Ray Krock, personaje interpretado por Michael Keaton, quien deja ver nuevamente que es tan versátil como cada historia lo pida; su gran actuación salva la película en aquellos momentos en que tiende a volverse floja y plana.

 

Kroc, todo un comerciante típico de los Estados Unidos de la época: vende batidoras de varios ejes desde la cajuela de su carro, acompañando cada venta con un discurso propio de publicista, dejando pensar a los posibles compradores que esas máquinas podrían ser todo lo que necesitan para obtener éxito en sus negocios.

 

Recorre así Estados Unidos en busca de alguna oportunidad que lo aparte del fracaso económico en que se encuentra; en San Bernardino (California) se encuentra con la hamburguesería McDonald’s, y los hermanos Mac y Dick McDonald, quienes han desarrollado un “método rápido” de vender comida, la innovación de la hamburguesa: “de la parrilla al cliente”.

 

Es aquí cuando nuestro personaje ‘Ray Kroc’, identifica una muy buena idea de negocio, desaprovechada; decidiéndose por convertirse en socio de los hermanos y crear tantas franquicias como sea posible. En este proceso, la ambición de Krock desconoce límites éticos, sacando a flote todo el potencial visionario y de negociante que siempre cargó, pero que hasta ahora no había encontrado la oportunidad de potenciar con toda fuerza y ambición,marcando así la caída de los McDonald’s, dejándolos en un papel secundario. Llegamos así a la conocida realidad del capitalismo, donde el éxito de uno es la explotación del otro.

 

John Lee Hancock; director de la cinta, tiene facilidad para adaptar historias reales y hacer de los personajes de sus diferentes filmes, seres humanos ordinarios y regulares, dejando ver así esa notoria idiosincrasia y cultura norteamericana, alejándolos de lo que puede ser satírico o caricaturesco; de ello da testimonio otra película: ‘The Blind Sade’, en la que cuenta la historia de ‘Michael Ofer’ y su camino de superación desde la pobreza hasta llegar a la NFL. Ahora, también lo hizo con ‘The Founder’, dejando ver a un Ray Krock como un hombre insistente y perseverante y no como un dios del capitalismo, pero tampoco como el americano heroico; de este modo, la película es flexible en no juzgar o encasillar al personaje; es un tema que queda a juicio de los espectadores. Ray Krock, el visionario o el antihéroe...

 

“Hambre de poder” estará en cartelera en las siguientes salas de cine desde el 25 de mayo, en las principales ciudades del país

 

Cine Colombia
http://www.cinecolombia.com/bogota
Cinemas Procinal
http://www.procinal.com.co/proximos-estrenos
Cinemark
http://www.cinemark.com.co/newface/estrenos.aspx?current=estrenos
Royal Films
https://www.royal-films.com/bienvenido

Publicado enEdición Nº235
Domingo, 02 Abril 2017 07:32

¿Patada de ahogado?

¿Patada de ahogado?

Donald Trump, cabeza de un gobierno polémico. Sus medidas, retrógradas, no dan para menos. Medidas ¿justas?, ¿injustas?, ¿nuevas? ¿prolongación de otras tomadas por sus predecesores? Cada uno podrá responder a estos interrogantes, pero lo fundamental por desentrañar, cuando colocamos nuestra mira en el futuro de la geopolítica global, es a qué se deben las medidas políticas impulsadas por los sectores del poder por él representados. Aquí un primer acercamiento sobre este particular

 

Desde hace varias décadas, estudiosos de los Estados Unidos, de su poder, devenir y futuro, han resaltado las diversas muestras de su decadencia, a la par que llaman la atención sobre los avances logrados por países como Rusia, India y China, en especial este último, ubicado en el tablero mundial como único país con capacidad –¿y pretensiones?– para disputarle su liderazgo global.

 

Algunos de estos estudiosos se atreven a proyectar para la cuarta década del siglo que vivimos la total caída del imperio que dominó el Sistema Mundo Capitalista durante todo el largo siglo XX. Otros de éstos indican que ahora mismo el unilateralismo vigente desde el momento en que cayó la Cortina de Hierro ha pasado a ser un dominio compartido con Rusia + China; papel facilitado, en el caso de la cabeza de la otrora Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (Urss), por su potencial militar que lo erige en un contendor de peso mayor en caso de una confrontación nuclear.

 

Decadencia y pérdida de la hegemonía mundial por parte de los Estados Unidos, con riesgo de caer totalmente en la sombra. Suceso que no tomará forma de manera impune. Como es conocido, todo aquel que va hacia el fondo, en caída libre, patalea, se resiste, se agarra de lo que encuentre en el camino, y en este particular no será distinto; lo que diferencia este caso de aquello que acontece con las personas como particulares es que el pataleo del imperio será con sangre, con mucha sangre, colocando incluso en riesgo la misma sobrevivencia de la especie humana. Si no es así, entonces ¿para qué el inmenso arsenal nuclear que guarda en sus entrañas, además de tenerlo regado por diversas bases militares ubicadas en países aliados?

 

En la lectura de esta realidad reside la explicación o trasfondo del ascenso de Donald Trump al gobierno del coloso, ahora sí con pies de barro. El nuevo inquilino de la Casa Blanca en verdad es el representante del ala más extremista de los millonarios gringos que colonizaron y por décadas han oprimido a millones de seres humanos a lo largo y ancho de nuestro mundo. Él es su vocero y, tal vez, “la cara más simpática” de unos guerreristas que amasaron inmensas fortunas expoliando a toda la humanidad, todos ellos, banqueros, comerciantes, industriales, especuladores, guerreros, acostumbrados a ganar. Pero también acostumbrados al reino de sus valores y modelo de vida (insostenible), el cual ahora es cuestionado y disputado. Pierden terreno, pero no quieren seguir viendo como su poder se deshace ante sus ojos.

 

El pedazo de pastel

 

Si bien el ascenso del imperio gringo fue inocultable desde finales del siglo XIX, cuando desplazó al imperio inglés, es durante el siglo XX que consolida su potencial como resultado de la que es conocida como Primera Guerra Mundial y con ella del fin del imperio Otomano; realidad que consolida de manera irrebatible como resultado lógico del segundo capítulo de esta misma guerra, de la cual surge como el patrón y árbitro mundial.

 

Luego de 1945, y por primera vez en la historia de la humanidad, un imperio es de verdad global, abarcando al conjunto del planeta, sometiendo por todos los continentes y por distintas vías diversidad de países e imponiendo sobre el conjunto global sus designios, el primero y más importante de ellos, su moneda.

 

Dueño del mercado y comercio mundial, entra a regir sin contraparte alguna –al menos digna de tal nombre– la economía global. Queda al margen de esta realidad el bloque conocido como la Urss, el cual le compite en el plano militar.

 

Poderío que empieza a dar muestras de flaqueza con la derrota sufrida ante Vietnam en la década de los años 70 del siglo XX, y la descolonización acelerada del resto de países asiáticos y africanos. Y que en el plano económico-financiero global es contestada con la eliminación del oro como patrón de las divisas, otorgándose la libertad de emisión para el dólar, única moneda con aceptación global para ese entonces.

 

Su hegemonía tiene sus costos, pues ser policía global demanda inmensas inversiones y, como es obvio, las guerras agotan, como también el ensanchamiento constante del control territorial. La máquina militar exige más y más gastos, también su inmensa burocracia global: además de sus inversiones en tierra, y de sus variadas investigaciones para perfeccionar su armamento y mecanismos de control social, nace y se prolonga el proyecto de colonizar el espacio, buscando (entre otros propósitos) un lugar seguro donde migrar en caso de un bombardeo nuclear. Los gastos que demanda esta investigación son cada vez más colosales.

 

Otros tiempos fueron mejores –los 30 años gloriosos–, pierden vitalidad y la máquina se oxida; a la par otros países alcanzan logros de todo orden, inocultables. El control total da paso a la disputa, bien en el comercio, en tecnología, en valores, modelo de vida, y otros aspectos. Naciones Unidas es claro reflejo de ello, también el manejo de los organismos multilaterales como el Fondo Monetario Internacional y similares. Ya su voz no es la única, otros hacen sentir la suya.

 

Antes fue el tiempo de la ganancia total, ahora resaltan las pérdidas, los desequilibrios, las deudas, todo ello soportado porque su desbocada emisión de moneda así lo permite. Pérdidas que rompen la caja y dejan ver el cobre de lo que antes fue oro. Esta es la razón por la cual Trump llega al gobierno con un proyecto profundamente nacionalista, cimentado en la promesa de hacer de los Estados Unidos lo que antes fue, así lo reafirmó al momento de su posesión: “A partir de este día, una nueva visión gobernará nuestra tierra. A partir de este día, va a ser sólo “Estados Unidos lo primero” – Estados Unidos lo primero”.

 

La preocupación suya, y de todos aquellos millonarios a los que representa, no es casual. Veamos: durante el año 2015 Estados Unidos vendió al mundo bienes y servicios por valor de 1 billón 510 mil millones de dólares, y en el mismo año importó mercancías por 2 billones 762 mil millones. Es decir, en 2015 su déficit fue de -763 mil millones de dólares, del cual China acumuló el 48.1% a su favor (17,5% vía exportaciones y el restante en préstamos1.

 

El déficit es claro. El problema es que esta realidad no es de ahora, no es casual, sino que es una constante presente desde hace más de dos décadas (ver cuadro, balanza comercial), déficit resumido en la escandalosa deuda pública que en 2016 ascendió a 19.433 billones de dólares (el 105% de su PIB), gran parte de ella en poder de acreedores extranjeros2.

 

Crisis evidente, insostenible en el largo plazo, a pesar de que aún le queda un espacio donde domina, los servicios. “[...] en 2015 EU fue superavitario en 262 mil millones de dólares en el intercambio de servicios con todo el mundo. De este total, con China fue el 12.6 por ciento, Canadá 10.3, Japón 5.7. Su superávit con la Unión Europea fue de 20.6 por ciento, con América Latina y del Sur 19.1 y con el resto del mundo 27.9 por ciento” (ver gráfico G-5).

 

Para salir de este atolladero, en parte o total, los grupos de poder en los Estados Unidos ensayaron durante las últimas décadas la concreción de Tratados de Libre Comercio con países en particular o con grupos de éstos. Bien, los resultados logrados no fueron los esperados, y contrario a todo lo proyectado tales Tratados propiciaron el desmantelamiento de una importante parte de su industria, tanto la automotriz, como la informática y similares. El desempleo y la precariedad laboral, multiplicando pobres a lo largo de su territorio, es lo cosechado.

 

No es casual, por tanto, lo enfatizado por Trump a la hora de posicionarse como Presidente: “Los políticos prosperaron, pero los trabajos se fueron y las fábricas cerraron. [...]. Recuperaremos nuestros empleos. Recuperaremos nuestras fronteras. Retornaremos nuestra riqueza. Y traeremos de vuelta nuestros sueños. [...]. Construiremos nuevas carreteras, autopistas, puentes, aeropuertos, túneles y ferrocarriles en toda nuestra maravillosa nación”.

 

Como tampoco es casual que ahora procuren recuperar la parte del pastel que tenían en el comercio global, para lo cual el nuevo gobierno promete subir aranceles a todas sus multinacionales que producen por fuera del territorio gringo atraídos por los bajos salarios allende de sus fronteras, importando luego lo producido, a la par que diseña estímulos para que las relocalicen. Al mismo tiempo, aplicar un plan de choque para reactivar la infraestructura nacional, deteriorada a todo nivel. Estatismo, puro sin mencionarlo.

 

Inversión pública para crear empleo, pero también para irrigar la economía nacional de circulante, elevando la capacidad de compra de su ciudadanía, favoreciendo con todo ello a la industria local la cual verá decrecer sus inventarios e incrementar su potencial productivo. El sector financiero no queda en el olvido, así lo reflejan los permanentes y crecientes indicadores de la Bolsa de Nueva York, pero también el levantamiento de las restricciones impuestas al sector desde la crisis de 2008, pudiendo ahora especular de nuevo sin cortapisas, medida aprobada hace poco por el gobernante de turno.

 

Esta es una vía. Y por la otra la potenciación de su arsenal militar, para intimidar, pero también para inyectarle capital a la industria que lo produce. Es decir, los industriales ganan por cabeza y cola. Poder repotenciado con el cual intimidarán mucho más a todos aquellos países que ahora tratan de competirle y arañarle el dominio de sus áreas de influencia y control, potencial militar con el cual queda claro que el imperio pierde en ciertos sectores pero aún conserva en todo el mundo –¿hasta cuándo?– la última palabra. ¿Patada de ahogado?

 


 

1 Los datos económicos aquí relacionados fueron tomados de, http://www.jornada.unam.mx/2017/02/27/opinion/024o1eco
2 Valga aquí anotar que mientras Estados Unidos le exige a todos los países equilibro en su gasto –que sigan al pie de la letra lo que aquí conocemos como la Regla Fiscal– ellos no se atienen a nada de esto. ¿Por qué funciona esto así? Porque necesitan asegurarse que todos aquellos que le deben le paguen, y como el neoliberalismo cerró la máquina de hacer billetes por parte de los bancos centrales de cada país, pues requiere que estos recojan a como de lugar el dinero –de verdad– para cancelarles.

Publicado enColombia
Sábado, 25 Marzo 2017 11:23

¿Patada de ahogado?

¿Patada de ahogado?

Donald Trump, cabeza de un gobierno polémico. Sus medidas, retrógradas, no dan para menos. Medidas ¿justas?, ¿injustas?, ¿nuevas? ¿prolongación de otras tomadas por sus predecesores? Cada uno podrá responder a estos interrogantes, pero lo fundamental por desentrañar, cuando colocamos nuestra mira en el futuro de la geopolítica global, es a qué se deben las medidas políticas impulsadas por los sectores del poder por él representados. Aquí un primer acercamiento sobre este particular

 

Desde hace varias décadas, estudiosos de los Estados Unidos, de su poder, devenir y futuro, han resaltado las diversas muestras de su decadencia, a la par que llaman la atención sobre los avances logrados por países como Rusia, India y China, en especial este último, ubicado en el tablero mundial como único país con capacidad –¿y pretensiones?– para disputarle su liderazgo global.

 

Algunos de estos estudiosos se atreven a proyectar para la cuarta década del siglo que vivimos la total caída del imperio que dominó el Sistema Mundo Capitalista durante todo el largo siglo XX. Otros de éstos indican que ahora mismo el unilateralismo vigente desde el momento en que cayó la Cortina de Hierro ha pasado a ser un dominio compartido con Rusia + China; papel facilitado, en el caso de la cabeza de la otrora Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (Urss), por su potencial militar que lo erige en un contendor de peso mayor en caso de una confrontación nuclear.

 

Decadencia y pérdida de la hegemonía mundial por parte de los Estados Unidos, con riesgo de caer totalmente en la sombra. Suceso que no tomará forma de manera impune. Como es conocido, todo aquel que va hacia el fondo, en caída libre, patalea, se resiste, se agarra de lo que encuentre en el camino, y en este particular no será distinto; lo que diferencia este caso de aquello que acontece con las personas como particulares es que el pataleo del imperio será con sangre, con mucha sangre, colocando incluso en riesgo la misma sobrevivencia de la especie humana. Si no es así, entonces ¿para qué el inmenso arsenal nuclear que guarda en sus entrañas, además de tenerlo regado por diversas bases militares ubicadas en países aliados?

 

En la lectura de esta realidad reside la explicación o trasfondo del ascenso de Donald Trump al gobierno del coloso, ahora sí con pies de barro. El nuevo inquilino de la Casa Blanca en verdad es el representante del ala más extremista de los millonarios gringos que colonizaron y por décadas han oprimido a millones de seres humanos a lo largo y ancho de nuestro mundo. Él es su vocero y, tal vez, “la cara más simpática” de unos guerreristas que amasaron inmensas fortunas expoliando a toda la humanidad, todos ellos, banqueros, comerciantes, industriales, especuladores, guerreros, acostumbrados a ganar. Pero también acostumbrados al reino de sus valores y modelo de vida (insostenible), el cual ahora es cuestionado y disputado. Pierden terreno, pero no quieren seguir viendo como su poder se deshace ante sus ojos.

 

El pedazo de pastel

 

Si bien el ascenso del imperio gringo fue inocultable desde finales del siglo XIX, cuando desplazó al imperio inglés, es durante el siglo XX que consolida su potencial como resultado de la que es conocida como Primera Guerra Mundial y con ella del fin del imperio Otomano; realidad que consolida de manera irrebatible como resultado lógico del segundo capítulo de esta misma guerra, de la cual surge como el patrón y árbitro mundial.

 

Luego de 1945, y por primera vez en la historia de la humanidad, un imperio es de verdad global, abarcando al conjunto del planeta, sometiendo por todos los continentes y por distintas vías diversidad de países e imponiendo sobre el conjunto global sus designios, el primero y más importante de ellos, su moneda.

 

Dueño del mercado y comercio mundial, entra a regir sin contraparte alguna –al menos digna de tal nombre– la economía global. Queda al margen de esta realidad el bloque conocido como la Urss, el cual le compite en el plano militar.

 

Poderío que empieza a dar muestras de flaqueza con la derrota sufrida ante Vietnam en la década de los años 70 del siglo XX, y la descolonización acelerada del resto de países asiáticos y africanos. Y que en el plano económico-financiero global es contestada con la eliminación del oro como patrón de las divisas, otorgándose la libertad de emisión para el dólar, única moneda con aceptación global para ese entonces.

 

Su hegemonía tiene sus costos, pues ser policía global demanda inmensas inversiones y, como es obvio, las guerras agotan, como también el ensanchamiento constante del control territorial. La máquina militar exige más y más gastos, también su inmensa burocracia global: además de sus inversiones en tierra, y de sus variadas investigaciones para perfeccionar su armamento y mecanismos de control social, nace y se prolonga el proyecto de colonizar el espacio, buscando (entre otros propósitos) un lugar seguro donde migrar en caso de un bombardeo nuclear. Los gastos que demanda esta investigación son cada vez más colosales.

 

Otros tiempos fueron mejores –los 30 años gloriosos–, pierden vitalidad y la máquina se oxida; a la par otros países alcanzan logros de todo orden, inocultables. El control total da paso a la disputa, bien en el comercio, en tecnología, en valores, modelo de vida, y otros aspectos. Naciones Unidas es claro reflejo de ello, también el manejo de los organismos multilaterales como el Fondo Monetario Internacional y similares. Ya su voz no es la única, otros hacen sentir la suya.

 

Antes fue el tiempo de la ganancia total, ahora resaltan las pérdidas, los desequilibrios, las deudas, todo ello soportado porque su desbocada emisión de moneda así lo permite. Pérdidas que rompen la caja y dejan ver el cobre de lo que antes fue oro. Esta es la razón por la cual Trump llega al gobierno con un proyecto profundamente nacionalista, cimentado en la promesa de hacer de los Estados Unidos lo que antes fue, así lo reafirmó al momento de su posesión: “A partir de este día, una nueva visión gobernará nuestra tierra. A partir de este día, va a ser sólo “Estados Unidos lo primero” – Estados Unidos lo primero”.

 

La preocupación suya, y de todos aquellos millonarios a los que representa, no es casual. Veamos: durante el año 2015 Estados Unidos vendió al mundo bienes y servicios por valor de 1 billón 510 mil millones de dólares, y en el mismo año importó mercancías por 2 billones 762 mil millones. Es decir, en 2015 su déficit fue de -763 mil millones de dólares, del cual China acumuló el 48.1% a su favor (17,5% vía exportaciones y el restante en préstamos1.

 

El déficit es claro. El problema es que esta realidad no es de ahora, no es casual, sino que es una constante presente desde hace más de dos décadas (ver cuadro, balanza comercial), déficit resumido en la escandalosa deuda pública que en 2016 ascendió a 19.433 billones de dólares (el 105% de su PIB), gran parte de ella en poder de acreedores extranjeros2.

 

Crisis evidente, insostenible en el largo plazo, a pesar de que aún le queda un espacio donde domina, los servicios. “[...] en 2015 EU fue superavitario en 262 mil millones de dólares en el intercambio de servicios con todo el mundo. De este total, con China fue el 12.6 por ciento, Canadá 10.3, Japón 5.7. Su superávit con la Unión Europea fue de 20.6 por ciento, con América Latina y del Sur 19.1 y con el resto del mundo 27.9 por ciento” (ver gráfico G-5).

 

Para salir de este atolladero, en parte o total, los grupos de poder en los Estados Unidos ensayaron durante las últimas décadas la concreción de Tratados de Libre Comercio con países en particular o con grupos de éstos. Bien, los resultados logrados no fueron los esperados, y contrario a todo lo proyectado tales Tratados propiciaron el desmantelamiento de una importante parte de su industria, tanto la automotriz, como la informática y similares. El desempleo y la precariedad laboral, multiplicando pobres a lo largo de su territorio, es lo cosechado.

 

No es casual, por tanto, lo enfatizado por Trump a la hora de posicionarse como Presidente: “Los políticos prosperaron, pero los trabajos se fueron y las fábricas cerraron. [...]. Recuperaremos nuestros empleos. Recuperaremos nuestras fronteras. Retornaremos nuestra riqueza. Y traeremos de vuelta nuestros sueños. [...]. Construiremos nuevas carreteras, autopistas, puentes, aeropuertos, túneles y ferrocarriles en toda nuestra maravillosa nación”.

 

Como tampoco es casual que ahora procuren recuperar la parte del pastel que tenían en el comercio global, para lo cual el nuevo gobierno promete subir aranceles a todas sus multinacionales que producen por fuera del territorio gringo atraídos por los bajos salarios allende de sus fronteras, importando luego lo producido, a la par que diseña estímulos para que las relocalicen. Al mismo tiempo, aplicar un plan de choque para reactivar la infraestructura nacional, deteriorada a todo nivel. Estatismo, puro sin mencionarlo.

 

Inversión pública para crear empleo, pero también para irrigar la economía nacional de circulante, elevando la capacidad de compra de su ciudadanía, favoreciendo con todo ello a la industria local la cual verá decrecer sus inventarios e incrementar su potencial productivo. El sector financiero no queda en el olvido, así lo reflejan los permanentes y crecientes indicadores de la Bolsa de Nueva York, pero también el levantamiento de las restricciones impuestas al sector desde la crisis de 2008, pudiendo ahora especular de nuevo sin cortapisas, medida aprobada hace poco por el gobernante de turno.

 

Esta es una vía. Y por la otra la potenciación de su arsenal militar, para intimidar, pero también para inyectarle capital a la industria que lo produce. Es decir, los industriales ganan por cabeza y cola. Poder repotenciado con el cual intimidarán mucho más a todos aquellos países que ahora tratan de competirle y arañarle el dominio de sus áreas de influencia y control, potencial militar con el cual queda claro que el imperio pierde en ciertos sectores pero aún conserva en todo el mundo –¿hasta cuándo?– la última palabra. ¿Patada de ahogado?

 


 

1 Los datos económicos aquí relacionados fueron tomados de, http://www.jornada.unam.mx/2017/02/27/opinion/024o1eco
2 Valga aquí anotar que mientras Estados Unidos le exige a todos los países equilibro en su gasto –que sigan al pie de la letra lo que aquí conocemos como la Regla Fiscal– ellos no se atienen a nada de esto. ¿Por qué funciona esto así? Porque necesitan asegurarse que todos aquellos que le deben le paguen, y como el neoliberalismo cerró la máquina de hacer billetes por parte de los bancos centrales de cada país, pues requiere que estos recojan a como de lugar el dinero –de verdad– para cancelarles.

Publicado enEdición Nº233