Amagar en el mar del Sur de China para golpear en Ucrania

Desde hace algunos meses el ex secretario de Estado Henry Kissinger viene alertando sobre la posibilidad de un conflicto armado entre EEUU y China, apuntando la necesidad de que su país tome el camino de la cooperación con Pekín, ya que puede "conducir a buenos y grandes resultados".

Por el contrario, desaconseja justo lo que viene haciendo el presidente Joe Biden, ya que "una coalición que apunta a un país específico no es razonable".

A fines de marzo, con 97 años, Kissinger insistió en "un entendimiento con China sobre un nuevo orden global para garantizar la estabilidad o el mundo enfrentará un período peligroso como el que precedió a la Primera Guerra Mundial". Lo dice con la experiencia que le da el haber piloteado uno de los giros de política internacional más importantes de la década de 1970, al haber concretado una alianza de EEUU con China para contener a la Unión Soviética.

En un evento de Chatham House en Londres, dijo que "es infinitamente más peligroso ahora de lo que era entonces", en referencia a la situación de 1914 que desencadenó la primera guerra, ya que "el armamento de alta tecnología en ambos lados podría conducir a un conflicto".

En el mismo sentido se pronunció el analista Michel T. Klare: "La historia nos dice que los conflictos no siempre comienzan debido a la planificación y la intención", explica Klare en un largo artículo en Tom Dispatch.

En junio de 1914, sostiene, "las principales potencias europeas tropezaron con la Primera Guerra Mundial". Y agrega: "Lamentablemente, nos enfrentamos a la posibilidad de una situación muy similar en los próximos años. Las tres principales potencias militares de la era actual, China, Estados Unidos y Rusia, se están comportando de manera inquietante, igual que sus contrapartes de esa era anterior".

Argumenta que el actual despliegue de fuerzas en las fronteras de sus adversarios, o de los aliados de esos adversarios, y las operaciones de "flexión muscular y demostración de fuerza (…) implican un alto grado de riesgo cuando se trata de provocar un choque accidental o no intencionado que podría resultar en un combate a gran escala o incluso, en el peor de los casos, en una guerra global".

A mi modo de ver, el despliegue naval de EEUU en el mar del Sur de China es apenas un amague previo a la presión, con atisbos de guerra "localizada", en la frontera de Ucrania con Rusia.

A principios de abril un grupo de ataque de portaviones de EEUU entró en el mar de China, pero Pekín reaccionó desplegando un grupo de tareas del portaviones Liaoning en el Estrecho de Miyako, perteneciente a la prefectura de Okinawa pero relativamente cerca de Taiwán, la isla que está en el centro de las disputas.

En efecto, el despliegue de la Armada del Ejército Popular de Liberación, incluía el portaviones Liaoning y estaba acompañada por el destructor de misiles guiados Nanchang, que navegaron a través del estrecho de Miyako, situado entre las islas japonesas de Miyako y Okinawa, en dirección al océano Pacífico, según Global Times.

El periódico oficialista chino agrega que el despliegue de su Armada se realizó "comenzando ejercicios regulares cerca de la isla de Taiwán, en un momento en que los buques de guerra estadounidenses, incluido un portaviones, hicieron provocaciones puntiagudas cerca de China".

Los destructores chinos de la clase 055 son considerados "las naves de combate más poderosas del mundo", superiores incluso a los estadounidenses Zumwalt, según la revista especializada MilitaryWatch Magazine. Lo más sugestivo es que China ha sido capaz de botar ocho de esas naves en tiempo récord de tres años.

La impresión es que China no es vulnerable en sus aguas territoriales, ni en los mares que la circundan. Un reciente estudio de Military.Direct, concluye que las tres potencias militares del mundo tienen sus puntos fuertes en cada una de las tres armas: EEUU en la superioridad aérea, Rusia en la terrestre y China en la naval.

Según este análisis, el poder aéreo del Pentágono es superior al de China y Rusia sumados. Pero China duplica la capacidad naval de EEUU en sus aguas, donde además de su Armada cuenta con misiles antibuque para los que el Pentágono no tiene respuesta, además de la guerra cibernética que el Dragón está en condiciones de desplegar, cegando las defensas enemigas.

Por eso, limitado en el Mar del Sur de China, el Pentágono parece estar apuntando hacia las fronteras de la Unión Europea con Rusia. Como señala el analista de Asia Times, Pepe Escobar, "Ucrania y Rusia pueden estar al borde de la guerra, con graves consecuencias para toda Eurasia".

Según su análisis, el 24 de marzo el presidente ucraniano Volodímir Zelenski firmó un decreto que define que la política oficial del país consiste en "recuperar Crimea de Rusia", lo que equivale a una declaración de guerra apoyada por la OTAN. Esa es la razón para Escobar de que Rusia refuerce sus fronteras.

¿Qué buscan la OTAN y el Pentágono al crear una situación bélica en las fronteras de Rusia? Creo que se trataría de un golpe estratégico de tres dimensiones:

El primero significa la ruptura deseada por Washington entre la Unión Europea y Rusia. Aislar a Rusia es un deseo largamente acariciado por las elites de EEUU, que buscan a mediano plazo un cambio de régimen en Moscú para instalar un gobierno pro occidental que abra sus enormes riquezas naturales a las multinacionales del Norte.

El segundo es el fin del gasoducto Nord Stream 2, al que le faltan apenas 35 kilómetros y dos meses para su finalización, lo que asegura el suministro energético a Alemania y Europa en el largo plazo. Las reiteradas sanciones a empresas europeas y rusas que construyen el gasoducto no han podido impedir su desarrollo, considerado "peligroso" por Washington que desea vender su propio a gas a Europa.

El tercero se relaciona con China y Eurasia, como apunta Escobar. Debilitar a Rusia es el paso imprescindible para bloquear o acotar la Ruta de la Seda. Como señala el exembajador de la India MK Bhadrakumar, el acuerdo China-Irán firmado el 27 de marzo, cambia las reglas del juego porque "afecta las estrategias globales estadounidenses", al punto que aliados tradicionales de EEUU como Turquía y Arabia Saudí ya no siguen sus orientaciones.

A la defensiva en todo el mundo, apretar en Crimea y en las repúblicas de Donetsk y Lugansk puede ser una salida, peligrosa por cierto, para una estrategia global que no encuentra puntos de apoyo como antaño.

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 Los presidentes de Rusia y China, el 4 de julio de 2017, en Moscú.Foto Afp

A los dos días de la reunión en Alaska entre China y EU para intentar suavizar el deterioro de su relación, el canciller ruso, Sergei Lavrov, fue invitado por su homólogo chino, Wang Yi, en la paradisiaca ciudad Guilin –que tuve el gusto de conocer (https://bit.ly/3deli8I)– para evaluar "los recientes desarrollos de sus lazos con EU".

Global Times titula que "La asociación (sic) de China y Rusia es clave para equilibrar la hegemonía de EU", cuando "promueven los pagos en divisas locales para sustituir al dólar", lo cual es "importante para evitar riesgos" (https://bit.ly/31umlMo).

Tales "lazos" han periclitado, pero Lavrov y Wang tuvieron cuidado en definir que su "asociación" no significa una alianza contra EU, sino que toman medidas precautorias ante el flagrante injerencismo de Biden que incita a revoluciones de color y a la desinformación con el fin de derrocar a los regímenes de Pekín y Moscú.

Los ejercicios militares de Rusia y China se basan en el "principio del no-alineamiento, la no-confrontación y la no-focalización en un tercer país" –con el fin de no indisponer a EU ni a la Unión Europea–.

Los dos cancilleres discutieron el acuerdo nuclear con Irán, el proceso de paz en Afganistán, la situación en Myanmar, el tema candente de Siria, el cambio climático y la reforma de la ONU.

El portal chino informa que tras la reunión en Alaska, China tuvo un intercambio de actualización con su aliado de Norcorea que acaba de realizar pruebas misilísticas balísticas para recordar que sigue presente en la escena mundial.

Las inusitadas 30 (sic) reuniones en ocho años entre el zar Vlady Putin y el mandarín Xi Jinping delatan mucho más que una vulgar "asociación" entre Rusia y China, quienes públicamente "no se alinearán" ya que ambos "necesitan lidiar conjuntamente sus amenazas comunes (sic) mediante una asociación flexible (sic)" cuando "EU ha creado muchos desafíos como las sanciones y la interferencia en asuntos regionales para interrumpir el desarrollo de ambos países", según Global Times.

¿Y el "G2 en el espacio" para conquistar la Luna entre Rusia y China (https://bit.ly/39lgopi) es "flexible asociación estratégica" o de plano constituye su "alianza" en movimiento que no se atreve a pronunciar su nombre?

Impactó el endurecimiento de Lavrov para "promover el pago con divisas locales y otras divisas internacionales que puedan sustituir al dólar y alejarse gradualmente (sic) del sistema internacional de pagos controlado por Occidente [el SWIFT con más de 11 mil entidades financieras en más de 200 (sic) países], y así reducir los riesgos de las sanciones de EU y Occidente contra Rusia y China". ¿Alguien en su sano juicio en EU y en Occidente "piensa" que van a doblegar a Rusia y China con sus sanciones?

Dong Dengxin, director del Instituto de Seguridad y Finanzas de la Universidad de Wuhan, propone a la divisa china yuan/renminbi como "divisa de compensación" en el sistema comercial y fustiga que "Washington ha abusado del SWIFT para sancionar arbitrariamente a cualquier país a voluntad, lo que ha provocado insatisfacción global", y exhorta a que Rusia y China colaboren para "desafiar la hegemonía del dólar".

El intercambio comercial entre Rusia y China es más que raquítico: 10 mil millones de dólares anuales,cuando se prevé que prevalezcan próximamente los servicios, mientras Rusia se ha posicionado como la primera exportadora de productos agrícolas a China.

Es consabida la complementariedad de hidrocarburos de Rusia y China: 40 millones de toneladas de crudo anuales y 4 mil millones de metros cúbicos de gas natural licuado (LNG) por año que transporta el gasoducto ruso a China.

China tiene ya su sistema alternativo al SWIFT: el China International Payments System (CIPS), al que algunos bancos rusos, asfixiados por las sanciones, han empezado a adherirse. Pronto seguirán el 15-RCEP y los países incrustados a las tres rutas de la seda que encabeza China.

Rusia y China ya olieron sangre en el vulnerable dolarcentrismo y su insostenible SWIFT.

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De la Tierra a la luna: la política de Biden hacia China, condenada desde el principio

Desde el “giro a Asia” de Washington, es decir, la reversión de la política exterior estadounidense que implicaba poner mayor énfasis en Oriente Medio, hay poca evidencia de que las políticas de enfrentamiento de Washington hayan debilitado la presencia, el comercio o la diplomacia de Beijing en el continente.

 

El tan esperado cambio en la política exterior estadounidense bajo el Gobierno de Biden sobre cómo contrarrestar el crecimiento económico y las ambiciones políticas sin obstáculos de China llegaron en forma de una cumbre virtual el 12 de marzo, conectando, aparte de a Estados Unidos, a India, Australia y Japón.

Aunque el llamado ‘Quad’ no reveló nada nuevo en su declaración conjunta, los líderes de estos cuatro países hablaron sobre la “histórica” reunión, descrita por la web de The Diplomat como “un importante hito en la evolución de la agrupación”.

En realidad, la declaración conjunta tiene poca sustancia y ciertamente nada nuevo respecto a un plan sobre cómo revertir –o siquiera ralentizar– los éxitos geopolíticos de Beijing, su creciente confianza militar y presencia en o alrededor de lugares globales estratégicos.

Durante años, el Quad ha estado ocupado formulando una estrategia unificada sobre China pero no ha conseguido elaborar nada con importancia práctica. Aparte de reuniones ‘históricas’, China es la única gran economía mundial de la que se predice que crezca de forma relevante este año y de forma inminente. Las proyecciones del Fondo Monetario Internacional muestran que se espera que la economía china se expanda un 8,1% en 2021 mientras que, por otro lado, según los datos de la Oficina de EEUU de Análisis Económico, el Producto Interior Bruto ha disminuido alrededor de un 3,5% en 2020.

El Quad –que significa Diálogo de Seguridad Cuadrilateral– comenzó en 2007, y revivió en 2017, con la obvia intención de rechazar el avance chino en todos los terrenos. Como la mayoría de las alianzas estadounidenses, el Quad es la manifestación de una alianza militar, concretamente los Ejercicios Navales Malabar. Estos últimos empezaron en 1992 y pronto se expandieron para incluir a los cuatro países.

Desde el “giro a Asia” de Washington, es decir, la reversión de la política exterior estadounidense que implicaba poner mayor énfasis en Oriente Medio, hay poca evidencia de que las políticas de enfrentamiento de Washington hayan debilitado la presencia, el comercio o la diplomacia de Beijing en el continente. Aparte de los encuentros entre las armadas estadounidenses y chinas en el mar del Sur de China, hay poco más de lo que informar.

Aunque mucha cobertura mediática se ha centrado en el giro estadounidense hacia Asia, poco se ha dicho sobre el giro chino hacia Oriente Medio, que ha sido mucho más éxito como proyecto económico y político que el giro geoestratégico estadounidense.

El cambio sísmico de EEUU en sus prioridades de política exterior proviene de su fracaso para traducir la guerra e invasión de Iraq de 2003 en un éxito geoeconómico descifrable como resultado de hacerse con la riqueza petrolera iraquí –las segundas mayores reservas de petróleo del mundo. La estrategia de EEUU demostró ser un completo error.

En un artículo publicado en el Financial Times en septiembre de 2020, Jamil Anderlini plantea una cuestión fascinante. “Si el petróleo y la influencia fueran los premios, entonces parece que China, no Estados Unidos, ha ganado en última instancia la guerra de Iraq y sus secuelas –sin siquiera pegar un tiro”, escribió.

No sólo es ahora China el mayor socio comercial de Iraq, sino que la enorme influencia económica y política de Beijing en Oriente Medio es un triunfo. China es ahora, según el Financial Times, el mayor inversor extranjero en Oriente Medio y un socio estratégico de todos los Estados del Golfo –salvo Bahrein. Comparemos esto con la confusa agenda de política exterior de Washington en la región, su indecisión sin precedentes, ausencia de una doctrina política definible y la sistemática ruptura de sus alianzas regionales.

Este paradigma se vuelve más claro y convincente cuando se entiende a escala global. Para finales de 2019, China se convirtió en el líder mundial en términos de diplomacia, al presumir entonces de 276 representaciones diplomáticas, muchos de los cuales son consulados. A diferencia de las embajadas, los consulados juegan un papel más importante en términos de intercambios comerciales y económicos. Según las cifras de 2019 que se publicaron en la revista Foreign Affairs, China tiene 96 consulados en comparación con los 88 de EEUU. Hasta 2012, China se quedaba atrás de la representación diplomática de Washington, concretamente por 23 representaciones.

Donde sea que China esté presente diplomáticamente, lo que sigue es el desarrollo económico. A diferencia de la inconexa estrategia global de EE UU, las ambiciones globales de China se articulan mediante una enorme red, conocida como la Iniciativa de la Franja y la Ruta, que se estima en billones de dólares. Cuando se complete, se prevé que la Iniciativa unifique a más de 60 países alrededor de estrategias económicas y rutas comerciales lideradas por los chinos. Para que esto se materialice, China se movió rápido para establecer una mayor proximidad física a las rutas marítimas más estratégicas del mundo, invirtiendo fuertemente en algunas y, como en el caso del Estrecho de Al-Mandab, estableciendo su primera base militar de ultramar en Yibuti, situada en el Cuerno de África.

En un momento en que la economía estadounidense se está contrayendo y sus aliados europeos están políticamente fracturados, es difícil imaginar que algún plan estadounidense contrarrestando la influencia de China, ya sea en Oriente Medio, Asia u otro sitio, tenga mucho éxito.

El mayor obstáculo para la estrategia china de Washington es que nunca puede darse un resultado en el que EE UU consiga una victoria clara y precisa. Económicamente, ahora China está liderando el crecimiento global, equilibrando así la crisis estadounidense e internacional como resultado de la pandemia de covid-19. Dañar económicamente a China también debilitaría a EE UU, así como a los mercados globales.

Lo mismo ocurre política y estratégicamente. En el caso de Oriente Medio, el giro hacia Asia ha resultado contraproducente en múltiples frentes. Por un lado, no registró ningún éxito palpable en Asia mientras que, por otro lado, creó un enorme vacío para que China reenfocara su propia estrategia en Oriente Medio.

Algunos argumentan equivocadamente que toda la estrategia política de China se basa en su deseo de simplemente “hacer negocio”. Aunque el dominio económico es históricamente el principal motor de toda superpotencia, la búsqueda de la supremacía global de Beijing apenas se reduce a las finanzas. En muchos frentes, o China ya ha tomado la delantera o se está acercando a hacerlo. Por ejemplo, el 9 de marzo China y Rusia firmaron un acuerdo para construir la Estación de Investigación Lunar Internacional (ILRS, por sus siglas en inglés). Teniendo en consideración el largo legado ruso en la exploración del espacio y los recientes logros de China en el campo –incluyendo el primer aterrizaje de la historia de una nave en el área lunar del Polo Sur-Cuenca Aitken–, se prevé que ambos países tomen la delantera en la resurrecta carrera espacial.

Ciertamente, la cumbre del Quad liderado por EEUU ni fue histórica ni fue un punto de inflexión, ya que todos los indicadores muestran que el liderazgo global chino seguirá sin obstáculos, un acontecimiento relevante que ya está reordenando los paradigmas geopolíticos mundiales que han estado en funcionamiento durante más de un siglo.

Por Ramzy Baroud

Traducido por Eduardo Pérez

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Foto de archivo (09/01/2018) de civiles y voluntarios de la Defensa Civil Siria mientras buscan supervivientes después de que varios ataques aéreos en Hamoria, al-Ghouta (Siria). — MOHAMMED BADRA / EFE

La atroz guerra que desde el marzo de 2011 está devastando Siria lleva el sello de dos acontecimientos que sucedieron de forma simultánea:

  • El estallido de las protestas ciudadanas contra la dictadura de la familia Assad y sus políticas de reajustes neoliberales que llevaron a la ruina a millones de trabajadores y pequeños empresarios. Esta rebelión fue aplastada con tanques y fuego real por orden del presidente Bashar al-Assad alejándole aun más de los ciudadanos.
  • El proyecto de EEUU-Israel para reconfigurar el mapa de Oriente Próximo, con el objetivo de convertir estados estratégicos en estados ‘fallidos' y así controlar (con tranquilidad), una región cuya importancia radica en dos puntos: ser la primera reserva mundial de hidrocarburos y una zona próxima a China y Rusia.
  • Con este fin:
  1. en 2002, George Bush incluye a Siria en su lista de ‘eje del mal’, y
  2. en enero de 2011 EEUU traslada a su embajador en Bagdad, Robert Ford, a Damasco, fecha que empiezan los atentados y la guerra en el suelo sirio. Ford junto con John Negroponte (el jefe de los escuadrones de la muerte en Centroamérica) son creadores de los escuadrones chiitas y sunnitas en Irak. Curiosamente, dos años después este bombero pirómano será nombrado embajador en El Cairo para respaldar a la Hermandad Musulmana, y secuestrar la Primavera Árabe egipcia, como otra pieza para recomponer el nuevo rompecabezas de Oriente Próximo a la medida de los intereses de EEUU, en sustitución del que fue diseñado por Gran Bretaña y Francia en 1918.

Desde 2011, en una década de horror, han muerto en Siria al menos 400.000 civiles, la mitad de la población ha sido desplazada, tres millones siguen atrapados en zonas de guerra como Idlib, decenas de miles de niñas y mujeres han sido violadas y, no pocas, asesinadas. La economía, el sistema productivo y las infraestructuras han sido destruidas, el 83% de los sirios vive por debajo del umbral de la pobreza y el 60% pasa hambre debido a la inflación y el desempleo. La esperanza de vida ha caído unos 13 años hasta colocar a esta nación en el puesto 125 del ranking mundial (2016) y medio millón de menores de cinco años malnutridos sufren retraso en el crecimiento. Mientras tanto, EEUU ha endurecido las sanciones económicas sobre Siria… a eso se llama ‘guerra genocida’.

Por si fuera poco, la pandemia de la covid-19 se expande en un país con hospitales bombardeados y sin apenas red sanitaria: hasta Bashar al-Assad y su esposa Asma han sido contagiados, aunque ellos sí tienen acceso a servicios de salud.

Baile de ganadores sobre los escombros

  1. La guerra empezó para consolidar y ampliar el poder de Israel sobre la región, siendo éste el primero de los otros 12 objetivos de la contienda, mediante 1) deshacer el llamado Eje de la Resistencia, formado por Irán, Siria, Hizbolá y Hamas; 2) aislar y debilitar a Irán, entonces el principal rival de Israel en la región (ahora es Turquía); 3) el acceso a Israel a la totalidad de las reservas de petróleo y gas del Mediterráneo oriental, que también pertenecen a Gaza, Siria y Líbano; 4) lograr que los jeques árabes se sumaran al Gobierno de Tel Aviv contra el enemigo común: los ayatolás, y 5) dar una solución final a la ‘cuestión palestina’.

Después de reducir a cenizas y escombros a Irak y Libia, y paralizar el desarrollo de Irán mediante prolongadas sanciones económicas, la desgarrada Siria dejaría de ser un espacio estratégico donde cuestionar la hegemonía regional de Israel, el único poseedor de armas de destrucción masiva. En esta conjura contra Siria, Israel ha estado del lado del Estado Islámico.

  1. EEUU ha conseguido, por primera vez, instalar bases militares en este país de Eurasia y apoderarse del petróleo y gas sirios, además de ‘legitimar’ el dominio de Israel sobre los Altos de Golán. Pero, Washington ignora la lógica de los vasos comunicantes.
  2. Rusia, al proporcionar ayudas tácticas a Al Assad, ha conseguido objetivos estratégicos y, lo más importante, ha puesto fin a la hegemonía unilateral de EEUU, imponiendo, junto a China, un nuevo orden mundial multipolar. Desde Siria, el 'camarada Putin' pudo dar forma a su doctrina , con la restauración del poder de Rusia en los conflictos internacionales que le ha permitido transitar de una ‘potencia regional’ a ‘mundial’. El Kremlin ha tenido contrato de alquiler de la base de Tartus por otros 49 años y se hizo con otra en Hameimim. Aplicar las Enseñanzas de Primakov para un orden ‘post-occidental’ ha sido una de las claves de este éxito.


Grandes perdedores

Bashar al-Assad: Los planes para el presidente sirio de la Casa Blanca (experta en derrocar y asesinar a mandatarios de otros países) cambiaron varias veces. El primero fue acabar con él, como hizo con Sadam Husein, Slobodan Milošević o el coronel Gadafi. Pero Barack Obama se negó por tres motivos:

  1. a) Su prioridad fue firmar con Irán un acuerdo nuclear para evitar que este país usara la temida bomba;
  2. b) No consiguió una alternativa viable a Al-Assad;
  3. c) Era más beneficioso para EEUU e Israel mantener al presidente sirio en el poder que eliminarlo, la misma táctica que se usó con Saddam Husein entre 1991 y 2003.

De esta manera, EEUU no sólo dividía a los actores del conflicto en los ‘pro-Assad’ y los ‘anti-Assad’ (mezclando a millones de ciudadanos críticos al régimen con terroristas exportados y creando un pantano para defensores y opositores), sino que también prolongó la destrucción social y material de Siria hasta lograr que este país fuera incapaz de levantar cabeza en décadas, cuando el problema era, y sigue siendo, el sistema capitalista-dictatorial- tribal-sectario en sí mismo, y no su representante.

La Resolución 2254 del Consejo de Seguridad de 2015 (firmada también por China y Rusia) estipulaba la celebración de elecciones parlamentarias en Siria bajo la supervisión de la ONU antes de junio de 2021, pero EEUU ha desacreditado desde el primer momento este proceso. Teniendo en cuenta que sin un acuerdo entre Biden y Putin no habrá estabilidad en Siria, y que Biden ha llamado "asesino" al presidente ruso, todo apunta a una guerra sin fin, mediante el envío de otros miles de terroristas (desde los campamentos de Jordania) para terminar la balcanización de Siria y establecer una nueva arquitectura de seguridad en Oriente Próximo ‘made in USA’.

El representante especial de EEUU para Siria, James Jeffrey, propone una partición camuflada del país: dejar que Al-Assad gobierne una autonomía alauita en Damasco, que Turquía administre el norte a cambio de consentir una autonomía kurda al este del Éufrates (no significa un Estado kurdo), y que el resto quede bajo dominio de EEUU y sus aliados árabes. Esta misma idea ha sido atribuida al jefe del llamado Consejo Militar Sirio, el general Manaf Tlass, instalado en París y quien al parecer ha viajado a Rusia para negociar un proceso electoral que ponga fin al régimen presidencial actual, y otorgar a Al-Assad el cargo de ‘presidente honorífico’ de un estado federal.

Pero los Países Bajos pretenden llevar al presidente sirio Al-Assad ante un tribunal internacional bajo la acusación de violaciones de derechos humanos. Hubiera sido buena idea, si tuvieran autoridad moral, celebrar un juicio justo contra él, pero también contra EEUU y sus aliados por crear cárceles secretas, secuestrar, torturar y asesinar a ciudadanos de otras naciones o hacer guerras ilegales con el resultado de miles de civiles muertos.

Irán: La salida de Al-Assad del poder pondría fin a las pocas opciones que tiene la República Islámica de mantener alguna influencia en Siria, para meter el dedo en el ojo de Israel. Hafez al-Assad, padre del actual presidente, se unió a los ayatolás en 1980 para luchar juntos contra dos enemigos comunes: Saddam Husein y Yaser Arafat. Pero, a pesar de gastar entre 20 y 30 mil millones de dólares en la guerra de Siria (datos de Heshmat Falahat, miembro de la Comisión de Exteriores del Parlamento iraní) y de perder a cientos de hombres y numerosos comandantes, Teherán no ha alcanzado sus dos propósitos: a) Disuadir a Israel en sus ataques a Irán y asesinar a sus dirigentes; y b) devolver Jerusalén al islam. Y ahora, que empieza el reparto de Siria, todos los actores -a pesar de sus antagonismos- coinciden en un punto: Irán debe marcharse; y ésta es la principal condición que ponen las petromonarquías de Golfo Pérsico para invertir en la reconstrucción de devastada nación. El ataque estadounidense del 25 de febrero a las posiciones de Irán en Siria, con el que Joe Biden se estrenó, indica que el nuevo residente de la Casa Blanca aplicará la política de mano dura contra la República Islámica en Irán, Siria y Líbano.

Turquía: ha instalado una base militar en Idlib, y es poco probable que desaloje esta provincia. Hubiera sido una gran ganancia si no fuera por la ruina económica que ha supuesto la guerra para las arcas públicas de Ankara o porque los grupos terroristas a los que ha patrocinado en Siria ya cuentan con base (autónoma) en suelo turco. Recep Tayyip Erdoğan no logró que la OTAN derrocara a Al-Assad (la muerte del pequeño Alan Kurdi fue su último intento), y ahora tendría que aguantar un enclave kurdo en Siria.

¿Por qué la guerra se ha alargado tantos años?

  • ‘No hay más de cinco notas musicales, sin embargo, sus diferentes combinaciones pueden crear melodías únicas’, decía Sun Tzui. Los cambios de alianza entre los actores de esta guerra han impedido crear bloques antagónicos (como los que se formaban durante la Guerra Fría). Turquía, por ejemplo, se unió a Arabia Saudí, Qatar y Emiratos para desalojar a Al-Assad del poder, pero los abandonó para acercarse a Rusia, mientras se suicidaba en tierras sirias.
  • Los actores no han conseguido ni imponer su voluntad a los demás ni establecer un orden consensuado.
  • La ausencia de una alineación completa entre los intereses de los países aliados, como Irán y Rusia. Que Israel haya podido lanzar unos 200 ataques mortales sobre los grupos patrocinados por Teherán en Siria, estando el cielo del país bajo el control ruso, ha mosqueado bastante a los ayatolás.
  • La cuestión kurda es un gran pretexto para llevar la guerra a un callejón sin salida. Los kurdos empezaron a luchar contra Al-Assad, bajo el favor de EEUU, pero tuvieron que pedir ayuda a Damasco cuando Donald Trump les abandonó invitando a su ‘amigo’ Erdogan a que diese un paseo con sus tanques por el norte de Siria matando kurdos. La única solución en estas circunstancias es que las minorías étnicas gocen de autonomía dentro de un sistema federal en los estados donde habitan.
  • Por ser un gran mercado de armas: la CIA ha transferido todo tipo de artefactos a los ‘rebeldes’ sirios por un valor de mil millones de dólares. Otros proveedores de los grupos terroristas han sido Qatar, Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Turquía, Croacia, Israel y Jordania. Por su parte, Rusia, no sólo aumentó la venta de sus armas al gobierno de Al-Assad sino también consiguió un nuevo cliente, Turquía, el socio de la OTAN, provocando un profundo conflicto en el seno de la Alianza.
  • La ausencia de un movimiento internacional contra las guerras, sin duda, es otro motivo de la continuidad de la tragedia de la nación siria.

De los 20 propósitos iniciales que tuvo Kremlin en su intervención en Siria, ha conseguido renovar el contrato de alquiler de la base de Tartus por otros 49 años, y hacerse con otra en Hameimim. Aplicar las Enseñanzas de Primakov para un orden "post-occidental" ha sido una de las calves de este éxito.

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El mundo unipolar ha terminado, el momento multipolar ya está aquí

Poco después que Joe Biden definiera a Putin como un asesino, Vladimir Putin invitó a Biden a una discusión pública, en vivo y en línea, diciendo que sería beneficioso tanto para los norteamericanos como para los rusos.

Para poner la respuesta de Putin en el contexto adecuado hay que observar el gran contraste existente entre la visita de Lavrov a China y la llamada reunión «estratégica» de Estados Unidos con China a fines de la semana pasada.

Unos días más tarde Putin y el Ministro de Defensa, Sergei Shoigu se tomaban unos días de “vacaciones” en la fría taiga siberiana. Me pregunto si los gobiernos occidentales han descubierto por qué ahora.

Paralelamente el Canciller Ruso visitaba a China. Echemos un vistazo a lo le dijo Sergei Lavrov a los lideres chinos

  • “Consideramos la nueva era de las relaciones ruso-chinas, principalmente en un contexto de un nuevo escenario político internacional. El mundo está experimentando una transformación muy profunda con el fortalecimiento de nuevos centros de crecimiento económico, poder financiero e influencia política.
  • Lamentablemente, esta tendencia objetiva, que aboga por el surgimiento de un mundo verdaderamente democrático multipolar, está siendo obstaculizada por algunos países occidentales liderados por Estados Unidos, que desean preservar su dominio de la economía global y la política internacional a toda costa. En respuesta a esto, Rusia y China están promoviendo una agenda de unificación constructiva. Queremos que la arquitectura de las relaciones internacionales sea justas y democráticas.
  • China para nosotros es un socio verdaderamente estratégico y un país con ideas afines. Nuestra cooperación en el escenario internacional está teniendo un efecto estabilizador en la situación global y regional.
  • Rusia cree que nuestro diálogo con China basado en la confianza y el respeto mutuo debe ser un ejemplo para otros países, incluidos aquellos que están tratando de desarrollar lazos con Rusia y China sobre principios que no se basan en la igualdad. Esto no es aceptable para Rusia ni para nuestros amigos chinos.
  • Continuaremos desarrollando nuestra política exterior de manera constructiva y flexible, mostrando disposición para el compromiso, pero exclusivamente sobre la base del respeto mutuo y el equilibrio de intereses”.

En este interesante vuelco de la historia hay un factor económico que será determinante para la libertad financiera de muchas naciones.

Bueno, ahora ya podemos afirmar qué dirección tomarán Rusia y China en el corto plazo: imposibilitarán que Estados Unidos siga usando el arma de sanciones.

Veamos que dijo Sergei Lavrov.

  • “Estados Unidos tiene como objetivo limitar el desarrollo tecnológico de Rusia y China, por lo que los dos países deben fortalecer su independencia”
  • «Estados Unidos y otros países occidentales ya no son capaces de utilizar la diplomacia clásica y en estos momentos sólo recurren a una herramienta: las sanciones.
  • “Debemos formar una coalición de países lo más amplia posible que se opongan opondrán a esta práctica ilegal. Los riesgos de sanciones de Estados Unidos deben aliviarse cambiando a monedas alternativas y dejando de usar el dólar»

Los observadores y analistas geopolíticos, siempre están buscando señales que con frecuencia se esfuman en medio del farrago noticioso. Esta vez, sin embargo, las señales de Rusia y China no son humo, sino que se nos muestran con un lenguaje claro y directo.

De los últimos días podemos aprender algunas cosas: China y Rusia son amigos y seguirán siendo amigos. Trabajarán juntos para defender sus intereses comunes.

En palabras de Lavrov: “… la arquitectura de las relaciones internacionales debe ser justa, democrática, capaz de garantizar la estabilidad y una amplia interacción de los estados”.

Si esta declaración todavía lo confunden, diremos que en resumen significa que las sanciones se eliminarán como arma y que el petrodólar tiene los meses contados para muchos países que solo usan el dólar como moneda de intercambio internacional.

El reloj está marcando el tiempo de descuento. La única arma restante que tiene Estados Unidos es la OTAN (que, según muchos de nuestros analistas, es un tigre de papel) y la capacidad de usar armas nucleares y convencionales.

No comentaré sobre esto ya que no estoy calificado en este campo. La capacidad del Imperio de hacer daño económico se está reduciendo. Lo más probable es que tengamos un “reinicio económico” diferente, con países que recuperan su poder utilizando sus propias monedas. (Este no será precisamente el “gran reinicio” soñado por el Foro de Davos).

Luego veremos qué pasa con la esfera de las armas. Pueden convertirse en último recurso de una hegemonía mundial en crisis.

Por Chris Faure | 25/03/2021

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La alianza agrícola-estratégica entre China y Rusia

Las alianzas estratégicas no pueden soldarse sobre la base de la competencia, sino de la complementariedad económica y de objetivos de largo alcance. Tener enemigos comunes de alta peligrosidad, contribuye a superar rencores y desconfianzas y a unificar voluntades.

 

En plena pandemiaChina le propuso a Rusia crear una "alianza de la industria de la soja", para reforzar los lazos económicos y evitar la gran dependencia que el país asiático tiene de las importaciones de soja de EEUU.

China es el mayor consumidor de soja del mundo y está buscando diversificar los proveedores para no depender de un puñado de países, como Brasil y EEUU. Se sabe que Rusia no puede sustituir a EEUU como su principal proveedor de soja, ya que los suministros rusos representan sólo 1% de las importaciones chinas, aunque el comercio agrícola binacional está creciendo.

Por otro lado, China quiere aumentar la producción de soja y de todos los productos agrícolas para garantizar su seguridad alimentaria. Este es el aspecto principal de su política agrícola, como mencionó el primer ministro Li Keqiang a principios de marzo: "Asegurar que nuestra gente tenga suficiente comida sigue siendo una de las principales prioridades de nuestro gobierno".

Según Li, China ejercerá mayor presión sobre sus regiones para aumentar los rendimientos de granos y aumentar el apoyo a su industria nacional de semillas, para superar las dificultades generadas por la pandemia de COVID-19 en el comercio internacional.

El anteproyecto de política rural anual, conocido como 'Documento No. 1', puso mayor énfasis en la seguridad alimentaria que en años anteriores, instando a todas las provincias a mejorar los rendimientos de grano en los próximos cinco años.

China necesita garantizar la alimentación para una población de 1.400 millones, lo que no le resulta sencillo por la escasez de tierras de calidad y de agua en gran parte de su territorio, lo que genera incertidumbre para el futuro inmediato.

Cinco años atrás el Instituto Internacional de Investigación de Política Alimentaria (IIIPA) señaló que la seguridad alimentaria en China enfrenta presiones que requieren de la acción del gobierno., ya que "la manufactura y los servicios reemplazan a la agricultura como motores económicos, lo cual puede tener un impacto en la seguridad alimentaria".

El estudio apunta que la urbanización y la industrialización han reducido la ya de por sí limitada base de tierras arables. Agrega que China debe "promover la agricultura sostenible", para lo cual "los escasos y degradados recursos naturales requieren de una mayor investigación y desarrollo de prácticas y tecnologías agrícolas más eficientes", dijo Shenggen Fan, director general del IIIPA.

La apuesta de China consiste en la "agricultura inteligente". Un reciente artículo de Global Times, escrito por el presidente de Syngenta Group China, sostiene que el Dragón tiene "el 20% de la población mundial pero solo el 7% de su tierra cultivable", lo que se agrava por "la escasez de buenas tierras agrícolas, así como tensión en el suministro de agua".

Esta situación lleva al gobierno a considerar que "la seguridad alimentaria es la principal agenda agrícola del gobierno". El XIV Plan Quinquenal chino sostiene que "la clave para avanzar en la modernización agrícola radica en el desarrollo de la tecnología".

Para ello defiende mejorar la calidad y la nutrición de los cultivos, enseñar a los agricultores a mantener los rendimientos sin abusar de fertilizantes y pesticidas. La apuesta por la agricultura inteligente incluye la utilización de "imágenes de drones y satélites y modelado de patrones, convirtiendo los teléfonos móviles de los agricultores en herramientas y recursos ambientales inteligentes".

En paralelo, desde 2017 el conglomerado ruso de empresas Cognitive Technologies y la Universidad Federal de los Urales (UrFU) ha puesto en marcha un programa internacional de robotización de la agricultura. El programa pretende aumentar la eficiencia de las compañías agrícolas nacionales "a través del uso de sistemas y tecnologías de inteligencia artificial robóticas".

Se trata de aplicar las nuevas tecnologías ya que "el uso de los sistemas robóticos en la agricultura permite mejorar los procesos de negocio en un promedio de entre el 50 y el 70%, sobre todo gracias a la reducción del consumo de combustible, de las pérdidas de agua y electricidad, y al aumento de la cosecha mediante la reducción de las pérdidas alimenticias (entre un 60 y 80%)".

Las ventas de productos agroindustriales de Rusia registraron cifras récord en 2020, cuando el país está volviendo a ser un gran exportador en ese rubro. El pasado año exportó un 20% más productos agrícolas que en 2019, alcanzando un valor de 30 mil 700 millones de dólares.

Rusia exporta alimentos a 150 países, estando China a la cabeza (13%), seguida de Turquía (10%), y Kazajstán (7%), siendo el 33% de los envíos al exterior de cereales, en su mayoría trigo.

Detrás de la modernización de la agricultura china y rusa, está la competencia con EEUU, país que cuenta con amplios recursos de agua y de tierras cultivables, lo que le permite ser un gran productor y exportador de alimentos. En un período de graves tensiones internacionales, cuando Washington apuesta a la confrontación con sus dos grandes adversarios, la seguridad alimentaria puede jugar un papel determinante.

Siendo el país más vulnerable en ese terreno, China necesita imperiosamente profundizar la alianza estratégica con Rusia, que tiene amplias potencialidades de desarrollo agrícola y una vasta frontera común, para asegurarse los alimentos que no es capaz de producir.

La estabilidad política en un período de crispación y de agudización de las tensiones con EEUU y otros países de la región Asia-Pacífico, sólo puede garantizarse asegurando el nivel de vida la población, pero sobre todo alimentos en cantidad y calidad. En el pasado China sufrió hambrunas, antes y de después de la revolución socialista de 1949, hechos que están en la memoria colectiva del pueblo y pueden jugar un papel destacado en la necesaria cohesión nacional para afrontar uno de los momentos más difíciles de su historia reciente.

El editorial de Global Times del 22 de marzo lo dice de forma transparente: "China y Rusia están fortaleciendo su cooperación estratégica de manera franca, abierta y normal". Lo que le da gran seguridad al gobierno chino en estos difíciles momentos.

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Entre el orden y el desorden se busca un “nuevo orden mundial”

La tercera década del Siglo XXI se nos presenta dramáticamente, ya desde hace un año, con la pandemia por el coronavirus, con gravísimas secuelas de 124 millones de contagiados y casi 2,8 millones de muertes en todo el mundo, sin horizonte de solución inmediata.

El tema se agrava con una caída de la producción y circulación económica mundial, que impacta muy fuerte sobre la mayoría empobrecida de la población. Se trata de un cuadro que potencia la desigualdad social y agiganta la inequidad del “orden” capitalista. Cuando más se requiere de cooperación internacional, lo que sucede son respuestas “nacionales” de países que detentan el poder económico, profundizando la anarquía de la sociedad contemporánea, en una especie de “sálvese quien pueda”. La discriminación social también opera al interior de los países, más allá de su capacidad económica.

El “desorden” es la norma del sistema mundial y convoca a pensar en nuevas normalidades del sistema mundial. Recientemente Boris Johnson explicitó el interés británico por intervenir en una revisión estratégica del orden global desde la “guerra fría”.[1] Importa observar las señales que vienen de Londres si pensamos en la larga duración de la hegemonía imperialista inglesa hasta su desplazamiento en 1945 por EEUU. Del poder británico al yanqui en siglo y medio de dominación imperialista, en un momento de disputa por la hegemonía del orden/desorden actual. Del viejo orden liderado por la libra esterlina se pasó al delineado por el poder del dólar estadounidense. Ni el yen ni el euro pudieron en sus intentos de disputa y el yuan es muy nuevo en su presencia como moneda global para disputar lo que por ahora acontece en la producción y en la circulación de bienes y servicios. Por eso, entre otras cuestiones es que opera la “guerra comercial” entre EEUU y China.

Lucha económica y política

Lo que existe es un “desorden” de la realidad y un debate en la cúpula del poder, por lo que se ventilan distintas estrategias para definir el poder global. Ello nos convoca también a pensar en términos de contrapoder. Existen viejos y nuevos actores en la disputa por la dirección del orden mundial, donde los intereses económicos y la producción de valor y plusvalor sustentan las estrategias diplomáticas, culturales, políticas.

Por eso, el desorden atraviesa el comercio de las vacunas y la salud privatizada, como esfera de negocios de laboratorios que disputan la apropiación del excedente económico en todo el planeta.  Pasqualina Curcio Curcio, economista venezolana denuncia que la base de la inversión de base para el desarrollo de las vacunas está en el Estado y organizaciones de ciencia y técnica no lucrativas, con un aporte solo del 25% del total de los laboratorios privados.[2] Completa la denuncia señalando el inmenso negocio que supone la producción y distribución de las vacunas con una ganancia monumental, que para la “farmacéutica estadounidense Moderna” supone ingresos por ventas del orden de 24.000 millones de dólares. La “Pfizer/BioNtech, también estadounidense” tendrá ingresos por venta de sus vacunas por 23.680 millones de dólares. Para el caso de “Astrazeneca/Oxford de capital inglés”, sus ingresos alcanzarán a 19.740 millones de dólares. Por su parte, “Jhonson&Jhonson” venderá por 12.700 millones de dólares. En todos los casos, se operó con una inversión privada mínima e incluso nula.

Resulta la cara más cruda del presente orden capitalista, donde lo que se exacerba es la mercantilización, como base material de las relaciones económicas asociada a la explotación de la fuerza de trabajo y el saqueo de los bienes comunes. No en vano, la lógica del presente incluye la desigualdad social sobre la base del acceso, o “no acceso”, de las personas al dinero, imprescindible para intervenir en el mercado en la compra y venta de los bienes y servicio para reproducir el metabolismo vital de la sociedad; pero también la depredación de la vida natural vía saqueo de bienes comunes usados como materias primas de un desarrollismo depredador. Extensión y dominación desde la mercantilización, desde el dinero y sus formas digitales asociadas al despliegue de las comunicaciones en la red y la destrucción del planeta por el productivismo en nuestro tiempo.

El nuevo orden buscado pretende potenciar el libre comercio, la libre competencia y el libre cambio, como formas de potenciar la liberalización de la economía, afianzando una lógica sustentada en la propiedad privada de los medios de producción. Se pretende mantener una dinámica para producir bienes de cambio, y con ellos la apropiación de ganancias y la reanudación de un ciclo de generación de excedentes para ampliar la esfera de la dominación del régimen del capital.

La democracia liberal extendida desde el poder constituyente de las burguesías a fines del Siglo XVIII, en la tradición de la revolución francesa y estadounidense, constituye el mecanismo privilegiado de la política contemporánea. Economía y política en el capitalismo, que como siempre aparece atravesada por la violencia física e intelectual, de la represión de los cuerpos y la manipulación de las conciencias y el sentido común.

¿Se trata de un destino fatal para la sociedad y los pueblos del mundo?

No, las crecientes luchas contra la mercantilización, por transformar el sentido de la producción, desde los bienes de cambio a los bienes de uso, son parte esencial de una nueva visión de orden social contemporáneo. Pero también se juega la disputa en el plano de la lucha contra el fetiche del dinero y la potencialidad de imaginar una sociedad cuya producción esté planificada para resolver necesidades vitales de la población y el planeta, para la vida del presente y del futuro. No solo interviene el poder en la definición del nuevo orden.

También pesan las opiniones de la subordinación social, racial o de género. La lucha por “otro orden” está plenamente vigente, lo que supone orientar la prédica y las acciones a favor de las más amplias e insatisfechas necesidades sociales.

Notas:

[1] Telam. Reino Unido aumentará su arsenal nuclear por primera vez desde el fin de la Guerra Fría, en: https://www.telam.com.ar/notas/202103/547585-reino-unido-arsenal-nuclear-guerra-fria.html

[2] Pasqualina Curcio Curcio. EL NEGOCIO DE LA VACUNA CONTRA EL COVID-19. LA MUESTRA MÁS INHUMANA DEL CAPITALISMO, en: https://ultimasnoticias.com.ve/noticias/especial/el-negocio-de-la-vacuna-contra-el-covid-19-la-muestra-mas-inhumana-del-capitalismo-pascualina-curcio/

Por Julio C. Gambina. Presidente de la Fundación de Investigaciones Sociales y Políticas, FISYP.

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Latinoamérica el vector de la guerra EE.UU.-China

Aunque no hay un amo nuevo todavía, las reglas siguen siendo las viejas

Desde hace un tiempo China se convirtió en una preocupación para los Estados Unidos, pero se figuraba un problema relativamente lejano. La crisis del 2008 y la pandemia del Covid-19 aceleraron la posición de China en el centro de la disputa por la hegemonía mundial.

Durante la Administración Trump se modificó el enfoque que se tenía del país asiático. China pasó a ser un “competidor estratégico”, y se convirtió en el objetivo de una política de agresión y contención. De igual forma, su presencia en América Latina, considerada hasta no hace muchos años inofensiva, o incluso beneficiosa, pasó a ser percibida como una amenaza desde la Estrategia de Seguridad Nacional de 2017 norteamericana.

En el apogeo del crecimiento anterior a la crisis del 2008 los observadores comenzaron a alertar con respecto a lo que parecía una tendencia preocupante hacia la desindustrialización y la reprimarización de las economías latinoamericanas. Dejando a un lado las divergencias de la crisis mundial y la desaceleración del crecimiento de China, esta produjo dos efectos nocivos para las economías latinoamericanas: el fin del boom de las materias primas y la inactividad industrial.

Hoy, ante el advenimiento de un renovado ciclo de commodities con precios altos, en un escenario de pandemia y guerra comercial, vuelve a ponerse en duda qué lugar y rol debe ocupar América Latina en la disputa mundial del comercio, dadas las características estructurales de crecimiento de la economía china, con fuerte dependencia de la importación de recursos naturales y bienes primarios. El dilema es mayor cuando nos damos cuenta que cada estado latinoamericano reacciona independientemente y no en bloque frente a los estímulos del entorno internacional. Entonces se entiende fácilmente la fragmentación regional y la necesidad de reeditar una narrativa de Patria Grande, que se encuentra en franco retroceso, sin la cual se comprometen aún más los desafíos económico, financiero, tecnológico y comercial futuros.

América Latina ha sido históricamente la región más desigual del mundo, con un débil desempeño económico y en la actualidad con niveles de deuda que acentúan los lazos de dependencia que siempre han marcado su condición en el escenario global. La idea es descifrar cómo afrontar los riegos de un mundo en el cual se percibe un monumental desorden, un alto grado de incertidumbre, una fuerte entropía. Anteriormente se trataba de regular el futuro, hoy la incertidumbre es más transversal y los diseños de política tienden a mitigar las consecuencias como el calentamiento global, el fraude o robo de datos, los ciberataques, entre otros, agregándoles problemas geoeconómicos, geopolíticos, socioespaciales y geotecnológicos, excelentemente descrito en el artículo “Las políticas exteriores de América Latina en tiempos de autonomía líquida”

Los autores de dicho artículo entienden que, en el marco de la disputa comercial sino–estadounidense, la contienda en AL se lleva a cabo, por un lado, en el marco de los estados, y por otro, en el de la mundialización (globalización). Los primeros “ponen el acento en los Estados-nación, las fronteras, el territorio, la soberanía y el control de los flujos transnacionales. La Mundialización diluye la noción de fronteras, dejando traslucir el papel de los actores no gubernamentales, las grandes corporaciones digitales, la banca financiera multinacional, las organizaciones criminales y los movimientos sociales transnacionales de ambientalistas, feministas o de derechos humanos, entre otros”.

Esta competencia viaja en medio de una disputa por la hegemonía global dentro de un continente que ha perdido peso de todo tipo. Cuando se creó la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en 1945, 20 de los 51 miembros iniciales eran países latinoamericanos. Hoy, son 193 países miembros perdiendo peso político específico del Grupo Regional de América Latina y el Caribe (GRULAC). En lo económico, el continuo declive en la colaboración de América Latina en las cadenas globales de valor. “De una participación en el total de exportaciones mundiales de 12% en 1955, la región pasó a 6% en 2016, para llegar a su peor performance de 4,7% en 2018. Las solicitudes de nuevas patentes tecnológicas provenientes de la región equivalían a 3% del total global en 2006, bajaron a 2% en 2016 y llegaron a un insignificante 0,62% en 2018.”

Todo este quebranto, en un escenario políticamente fragmentado, en el que las iniciativas de integración regional, como el Mercado Común del Sur (Mercosur), la Comunidad Andina de Naciones (CAN), la Alianza del Pacífico (AP), la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) y la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) atraviesan situaciones de irrelevancia, estancamiento o desmantelamiento, según el caso.

Además, por cierto, en la cuarta revolución industrial la geografía de la economía digital está liderada de manera sistemática por un país desarrollado y otro en desarrollo: los Estados Unidos y China. Esos dos países representan, por ejemplo, el 75% de todas las patentes relacionadas con las tecnologías de cadenas de bloques, el 50% del gasto mundial en la internet de las cosas y más del 75% del mercado mundial de la computación en la nube dirigida al público. Además, lo que es quizá más extraordinario, representan el 90% de la capitalización de mercado de las 70 plataformas digitales más grandes del mundo. La cuota de Europa es del 4% y la de África y América Latina juntas es solo del 1%. Siete “superplataformas”, Microsoft, seguida de Apple, Amazon, Google, Facebook, Tencent y Alibaba, representan dos tercios.

Como dijimos, en fechas relativamente cercanas AL cobró relevancia para China en todos los aspectos y en esta disputa comercial en particular. AL tiene cerca de 650 millones de habitantes, un promedio de edad de 29 años, por lo que el futuro es prometedor. La naturaleza ha sido pródiga, dotándola de vastos recursos, desde poseer la mayor biodiversidad del planeta hasta explotación ganadera, agrícola y minera que evidencian su riqueza. Destacan entre estos últimos el litio, la plata y el cobre, con porcentajes superiores al 50% de las reservas probadas a nivel mundial, y estaño, níquel, zinc, con reservas cercanas al 25%, todos necesario para el desarrollo chino. Con un PBI que representa el 8% del producto mundial, es una región atractiva, tan solo superada por en su PBI por la UE, Estados Unidos y China, y por delante de India y Japón.

Las naciones latinoamericanas tienen poco peso específico en el intercambio comercial con China, algo que resulta importante considerar cuando se toma cada país de manera individual. El único país que tiene un peso relevante en el comercio con China es Brasil, los demás países latinoamericanos no son determinantes de manera aislada, pero sí en  conjunto y por diversidad de exportaciones. En cuanto a las inversiones, la incursión china también se ha ido modificando, de fusiones y adquisiciones a infraestructura. En un principio, respondiendo a una estrategia de expansión económica acelerada tratando de asegurar el suministro de materias primas y de otros insumos. En esta etapa las empresas estatales tenían un papel protagónico en muchas de las inversiones directas en el extranjero. Tras importantes errores y fricciones con las autoridades locales de diversos países, las compañías estatales chinas abrieron paso a otro tipo de organizaciones, empresas privadas de gran tamaño, pero desconocidas en Occidente.

Entonces, entre  los años 2000 a 2018 la centralización fue evidente en materias primas (60%), servicios (31%) y manufactura (9%). La concentración también ocurre en los países receptores: de 2000 a 2019, Brasil atrajo U$S 48.701 millones, Perú U$S 24.655 millones, Chile U$S 14.900 millones, Argentina U$S 12.884 y México U$S 7.924 millones. Entre los años 2015 y 2019 la inversión directa de China en América Latina sufrió una transformación. El rubro de infraestructura alcanzó el 40% del total y aumentó en una miscelánea de áreas, principalmente a costa de la minería.

Como queda expresado, las necesidades chinas juegan un papel fundamental en su desarrollo estratégico, por lo que la idea asiática de hegemonía y los instrumentos utilizados no son diferente a los ideados por los acuerdos de Bretton Woods​ de 1944 y los organismos internacionales que lo sustentan, FMI, BM, y hasta el Plan Marshall. La idea del “asenso pacífico” y el “sueño de China”, el modelo oficial basado en la cooperación, la armonía y el entendimiento como ejes rectores de su política exterior, se apoyan en el New Development Bank (NDB) y el Asian Infrastucture Investment Bank (AIIB), el Banco de los BRICS como organizaciones gemelas a Bretton Woods​. Y podría decirse naturalmente que la Nueva Ruta de la Seda sería la zanahoria equivalente al Plan Marshall.

El soft power garantizar una presencia estable en la región, haciendo uso de la llamada diplomacia de negocios, acercamiento que siguió las directrices contenidas en el Plan de Cooperación China-Estados latinoamericanos y caribeños (2015-2019). El plan también se conoció como 1+3+6, en alusión a la planificación, a los tres motores, comercio, inversión y finanzas, y a las seis áreas estratégicas de colaboración, que comprendían recursos, comercio, infraestructura, cultura, industria y tecnología.

Mediante ese tipo de convenios multilaterales China se aproxima a la región en su conjunto, generalmente con compromisos de buena voluntad. Algo similar ocurre con los acuerdos en el marco de la iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda con algunos acuerdos formales de adhesión, que incentivan los préstamos blandos y hasta inspiran ideas de mayores movimientos de comercio, ya que más de 60 países están adheridos a la iniciativa. El Banco Mundial atribuye a esta iniciativa “el 30% del PIB mundial, el 62% de la población y el 75% de las reservas energéticas conocidas”, un imán sumamente atractivo para Latinoamérica, si es que la membresía aporta privilegios.

En el comercio los barcos siguieron la ruta marítima transpacífica, conocida como La Nao o el Galeón de Manila, que transportaban mercancías desde los puertos marítimos mexicanos, y que entre 1565 y 1724 cruzó el océano en su travesía cuasi anual, transportando especies, seda, porcelana y otros productos chinos para abastecer a la población de las colonias españolas en América, y no tendría que cambiar nada ahora. Quedan en el tintero el comercio digital, la tecnología 5G, sobre todo la apertura al comercio cross-border (compras en línea) y al comercio digital en general. Hasta el momento, la presencia de Alibaba en América Latina es muy limitada, pero se encuentra dentro de la disputa por desplazar a Amazon y a otras plataformas del e-commerce y establecer el yuan.

Si bien en el tema financiero china ha ingresado a AL sin demasiados contratiempos para seducir con financiamiento obras de infraestructura y proyectos faraónicos. El yuan puede ser el catalizador de enfrentamientos entre las dos potencias, ya que Estados Unidos es especialmente sensible a su uso y sus cualidades de financiamiento. Mucho mayor impacto tendría el uso del yuan reemplazando al dólar en transacciones del sector energético o como instrumento de deuda. También se comienzan a generar dudas respecto a empresas icónicas chinas, como Huawei, o aquellas ligadas al 5G, aplicaciones de inteligencia artificial, robótica industrial o geolocalización. El mayor temor, sin embargo, reside en la expansión     de la denominada Nueva Ruta de la Seda Digital, aunque hasta el momento parece estar limitada a Eurasia y África, pero será motivo de disputa en América Latina.

La realidad demarcaría cual es el poder que tiene AL para ejercer de manera autónoma decisiones que le permitan desarrollarse y llevar a cabo convenios que no la sometan a imposiciones como ya las conocidas con los EE. UU. y sus organismos de control, en medio de esta disputa. El tema de la autonomía y sus significados y conceptos teóricos no se encuentran dentro de la lógica del artículo, pero se puede leer en el artículo “De la autonomía antagónica a la autonomía relacional: una mirada teórica desde el Cono Sur Roberto Russell, Juan Tokatlian”

Pero, sí, al menos, la condición del Estado-nación que le posibilita articular y alcanzar metas políticas en forma independiente. Conforme a este significado, autonomía es una propiedad que el Estado puede tener o no a lo largo de un continuo en cuyos extremos se encuentran dos tipos ideales: total dependencia o completa autonomía. Sea esta o cualquiera de las definiciones de autonomía, se percibieron que el sistema internacional tenía un efecto particularmente negativo en América Latina, tanto en el plano político como económico.

La lógica del poder es tratar de conseguir un grado de autonomía nacional, articularse a partir de un uso inteligente de los recursos de poderes tangibles e intangibles de América Latina como un todo, más allá de las particularidades y seducciones propuestas e intentos de acuerdos para la región por alguna de las partes de la guerra comercial, ya sea China o Estados Unidos. Llevarlo a cabo en un continente donde el mayor país está gobernado por militares y alineado con Estados Unidos, pero su mayor socio comercial, es China, es más complejo. Pero de esta idea de autonomía depender el desarrollo futuro de la región.

Por Alejandro Marcó del Pont | 23/03/2021

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China y EE.UU. se cantan las cuarenta en público

La elección de la gélida Alaska como escenario del primer encuentro entre Estados Unidos y China desde la llegada de Joe Biden a la Casa Blanca no auguraba exactamente un deshielo de sus relaciones, pero la virulencia de la tormenta desatada en el hotel Captain Cook de Anchorage tan pronto como sus representantes se sentaron cara a cara pilló por sorpresa al mundo.

El descalabro diplomático, que confirma que la relación entre ambos países será aún más antagonista en el futuro, se produce días después de que unos comentarios de Biden abrieran una crisis con Rusia, cuyo presidente, Vladímir Putin, le exige una disculpa por haberlo tratado de asesino. De hecho, le retó a discutir sus diferencias en un debate en directo por internet, como el inédito cruce de reproches entre americanos y chinos en Alaska.

El jefe de la diplomacia estadounidense, Antony Blinken, había prometido “franqueza” de cara al encuentro y cumplió su palabra. La “poco hospitalaria” acogida de los estadounidenses, en palabras de los asiáticos, provocó un largo monólogo por parte de su homólogo chino, Yang Jiechi. Luego llegó la furiosa réplica de la delegación americana, que pidió a las cámaras que no se fueran y no dejaran de grabar. Dicen que a puerta cerrada, ambos rebajaron el tono tanto el jueves como ayer, jornada final de la reunión.

“Vamos a hablar sobre nuestra profunda preocupación por las acciones de China en Xinjiang, Hong Kong, Taiwán, los ciberataques a EE.UU. o la coerción económica a nuestros aliados”, disparó en su introducción Blinken, que acababa de viajar a Asia para mostrar la fuerza de sus alianzas en la región. Las acciones de China “amenazan” el orden mundial global basado en las reglas, por eso no son meros “asuntos internos y nos sentimos obligados a sacar el tema”, insistió. Aplicar la ley del más fuerte nos llevará a “un mundo más inestable y violento”, remató Blinken.

PULSO ESTRATÉGICO

Formado en Inglaterra, a Yang no le hacía falta traducción pero la interpretación de las palabras de Blinken le dio tiempo para afinar su respuesta. La réplica china confirma el afianzamiento de la asertividad de Pekín, su convencimiento de que “Oriente está en alza y Occidente, en declive”.

“Esta no es manera de recibir a un invitado”, protestó el jefe de la delegación china, que acusó a Washington de ser el “campeón de los ciberataques” y usar su fuerza militar y hegemonía financiera “para extender su jurisdicción y suprimir a otros países”, así como incitar a otros a atacarles. “Nosotros no creemos en las invasiones con el uso de la fuerza, el derrocamiento de regímenes y las masacres”, subrayó Yang, cuestionando que Occidente y Estados Unidos puedan erigirse en representantes del orden global.

Washington, zanjó el ministro chino, debería mirarse al espejo y dejar de presumir ante el mundo. “Mucha gente en Estados Unidos tiene escasa confianza en su democracia”, espetó a la delegación americana, evocando su historial de racismo y las protestas de Black Lives Matter. Su intervención se prolongó durante más de un cuarto de hora en lugar de los dos minutos pactados. La “ruptura del protocolo” por parte de Blinken, alegó Yang, justificaba la larga réplica. Sus comentarios no fueron “normales” y por tanto los suyos tampoco lo habían sido. “¡Esperen un momento!”, pidió Blinken a las cámaras cuando se disponían a abandonar la sala.

“Lo que yo oigo [en el mundo] es una gran satisfacción porque Estados Unidos haya vuelto”, así como “preocupación por algunas de las medidas que ha tomado su Gobierno”, respondió el secretario de Estado. “Somos un país maduro capaz de afrontar sus deficiencias y siempre buscando mejorar, ese es el secreto de América”, apostilló el consejero de Seguridad Nacional, Jake Sullivan. Yang reclamó la palabra una vez más para negar tajantemente que, como dijo Blinken, Estados Unidos se dirija a China desde “una posición de fuerza”.

DE CRISIS EN CRISIS

Mientras perfila su política hacia Pekín, la Casa Blanca ha mantenido sin cambios los aranceles adoptados por Donald Trump, ha aprobado esta semana nuevas sanciones contra funcionarios chinos por la represión en Hong Kong y nada apunta, en definitiva, al reset que pedían los asiáticos cuando se convocó la cita de Alaska. Ben Rhodes, exasesor de Barack Obama, ve paralelismos en la reacción de China y Rusia a los contactos con la nueva Administración. “Se han acostumbrado a que EE.UU. esté ausente de la defensa del orden internacional y no hable de temas como los derechos humanos y la democracia”, y querían ver si podían intimidar al nuevo equipo norteamericano.

Ambas delegaciones se acusaron de haber recurrido al “drama” televisivo pensando en sus respectivas audiencias nacionales. A falta de discusiones sobre el fondo de sus diferencias, un pulso estratégico total, esta parece ser la hora del postureo diplomático. Biden se declaró ayer “muy orgulloso” de Blinken.

Por Beatriz Navarro | Washington

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Biden y el rompecabezas de las relaciones con China

El presidente Joe Biden deberá afrontar en lo inmediato una serie de crisis interiores extraordinarias –una pandemia que se dispara, una economía en punto muerto y punzantes heridas políticas, en particular tras el reciente ataque de los trumpistas al Capitolio–, pero pocos desafíos son susceptibles de resultar más graves que la gestión de las relaciones de Estados Unidos con China. Aunque suelen ser consideradas como una lejana preocupación de política exterior, estas relaciones son de hecho omnipresentes y afectan a la economía, al coronavirus, al cambio climático, a la ciencia y la tecnología, a la cultura popular y al ciberespacio.

Si la nueva administración continúa la vía trazada por la precedente, una cosa será segura: Estados Unidos se verá arrastrado a una nueva e insidiosa guerra fría con este país, lo que dificultará los progresos en casi todos los ámbitos importantes. Para lograr verdaderos avances en el actual desorden mundial, el equipo de Biden deberá ante todo evitar este conflicto futuro y encontrar medios de colaborar con su poderoso adversario. Pero algo es seguro: la búsqueda de una forma de navegar por esta vía minada resultará muy exigente para los más experimentados responsables del equipo dirigente de Biden.

Aun sin los corrosivos efectos de la diplomacia hostil de Donald Trump en estos últimos años, China plantearía un desafío enorme a cualquier nueva administración. Se jacta de ser la segunda economía mundial y, según algunos analistas, pronto superará a Estados Unidos para convertirse en la número uno. Aunque haya muchas razones para condenar la forma como Pekín ha abordado la pandemia del coronavirus, el severo confinamiento autoritario a escala nacional (después de que China rechazase inicialmente reconocer la existencia del virus y el alcance de su propagación) ha permitido al país recuperarse de la covid-19 más rápido que la mayoría de los países. En consecuencia, Pekín registró ya un fuerte crecimiento económico durante el segundo semestre de 2020, la única gran economía del planeta en hacerlo. Esto significa que China está más que nunca en condiciones de dictar las reglas de la economía mundial, una situación confirmada por la reciente decisión de la Unión Europea de firmar un importante acuerdo de comercio e inversión con Pekín [acuerdo de finales de 2020 concluyendo unas negociaciones comenzadas en 2013], dejando simbólicamente de lado a Estados Unidos, justo antes de la entrada en funcionamiento de la administración Biden.

Después de años de aumentar sus gastos de defensa, China posee ya el segundo ejército más importante del mundo, dotado de un moderno arsenal de todos los tipos. Aunque no sea capaz de enfrentarse a Estados Unidos en alta mar o en regiones alejadas, su ejército –el Ejército Popular de Liberación, EPL– está ya en condiciones de desafiar la antigua supremacía de América en regiones más cercanas, como el extremo oeste del Pacífico. Desde la expansión imperial de Japón en los años 1930 y comienzo de los 1940, Washington no se había encontrado con un enemigo tan temible en esta parte del mundo.

En algunos ámbitos críticos –avances científicos y tecnológicos, influencia diplomática y finanzas internacionales, entre otros–, China cuestiona ya, incluso supera, la primacía mundial largo tiempo asumida por Estados Unidos. En otras palabras, en muchos frentes, tratar con China plantea un enorme problema al nuevo equipo dirigente estadounidense. Peor aún, las nefastas políticas de la administración Trump respecto a China, combinadas con las políticas autoritarias y militaristas del presidente chino Xi Jinping, plantean desafíos inmediatos a Joe Biden a la hora de gestionar las relaciones entre Estados Unidos y China.

La herencia tóxica de Trump

Donald Trump hizo campaña por la presidencia comprometiéndose a castigar a China por su pretendida voluntad sistémica de construir su economía robando la de Estados Unidos. En 2016 juró que, si era elegido presidente, utilizaría el poder del comercio para poner fin a las prácticas nefastas de este país y restaurar la primacía mundial de Estados Unidos. Una vez instalado en la Casa Blanca, efectivamente, impuso una serie de derechos de aduana sobre el equivalente a unos 360.000 millones de dólares de importaciones chinas –un gran obstáculo para la mejora de las relaciones con Pekín–. Joe Biden debe decidir si mantiene estas barreras aduaneras, las suaviza o las elimina por completo.

Las restricciones impuestas al acceso de empresas chinas a la tecnología americana, en particular a programas y microchips punteros, necesarios para el futuro desarrollo de las telecomunicaciones de quinta generación (5G), son aún más amenazantes para unas futuras relaciones cordiales. En mayo de 2019, afirmando que las grandes empresas chinas de telecomunicaciones como Huawei y ZTE Corporación tenían vínculos con el EPL y representaban por tanto una amenaza para la seguridad nacional americana, Trump aprobó un decreto prohibiendo a estas empresas comprar a empresas estadounidenses microchips y otros equipamientos de alta tecnología. Le siguieron una serie de decretos y otras medidas. Pretendían restringir el acceso de las empresas chinas a la tecnología americana.

En el marco de estas acciones y de otras iniciativas conexas, el presidente Trump y sus principales asociados –sobre todo el secretario de Estado, Mike Pompeo, y Peter Navarro, asistente del presidente en el White House Nacional Trade Council– afirmaron que actuaban para proteger la seguridad nacional contra el riesgo de operaciones de información llevadas a cabo por el EPL. No obstante, según sus declaraciones de la época, era evidente que su verdadera intención era la de obstaculizar el progreso tecnológico de China para debilitar su competitividad económica a largo plazo. También aquí, Biden y su equipo tendrán que decidir si mantiene las restricciones impuestas por Trump, lo que afectaría todavía más a las relaciones chino-americanas, o da marcha atrás en un esfuerzo por mejorar estas relaciones.

La crisis china: dimensiones militar y diplomática

Un desafío aún mayor para el presidente Biden serán las iniciativas militares y diplomáticas agresivas emprendidas por la administración Trump. En 2018, su secretario de Estado de Defensa, Jim Mattis [que entró en el 20 de enero de 2017 y dimitió en febrero de 2019], publicó una nueva doctrina militar con el título de “Concurrencia de grandes potencias”. Debía regular la futura planificación del Ministerio de Defensa. Tal como enunciaba la política oficial de defensa nacional del Pentágono de dicho año, la doctrina preveía que las fuerzas estadounidenses debían concentrarse en adelante no ya en la lucha contra los terroristas islamistas en las regiones atrasadas del tercer mundo, sino en la lucha contra China y Rusia en Eurasia. “Aunque el Ministerio sigue adelante en la campaña contra los terroristas”, declaró Mattis el 26 de abril de 2018 ante el Comité de las Fuerzas Armadas del Senado, “el principal objetivo de la seguridad nacional de Estados Unidos a largo plazo es la concurrencia estratégica; no el terrorismo”.

Conforme a esta política, durante los años siguientes se ha recentrado y reorganizado considerablemente el conjunto del establishment militar, pasando de una fuerza antiterrorista y antiinsurreccional a una fuerza armada equipada y concentrada en la lucha contra los ejércitos chino y ruso, en la periferia de estos mismos países. “Hoy día, en esta era de competición entre las grandes potencias, el Ministerio de Defensa ha dado prioridad a China, y después a Rusia, como nuestros principales competidores estratégicos”, declaró el secretario de Defensa Mark Esper el 16 de setiembre de 2020, poco antes de ser sustituido por el presidente por haber apoyado, junto a otros, un llamamiento a reducir el número de bases militares americanas que siguen llevando hoy en día el nombre de generales confederales durante la guerra civil. Hecho significativo: cuando todavía estaba en el poder, Mark Esper identificó a China como el competidor estratégico número uno de Estados Unidos, una distinción que Jim Mattis no llegó a hacer.

Para asegurar la primacía de Washington en esta competición, Mark Esper destacó tres grandes prioridades estratégicas: la militarización de las tecnologías punta, proseguir la modernización y la mejora del arsenal nuclear del país, y el reforzamiento de los lazos militares con los países aliados que rodean a China. “Para modernizar nuestras capacidades”, declaró, “hemos conseguido obtener financiación para tecnologías que cambian la situación, como la inteligencia artificial, la hipersónica, la energía dirigida [por ejemplo radiación electromagnética, láseres, haz de partículas, etc.] y las redes 5G”. También se han realizado progresos significativos, afirmó, en la “recapitalización de nuestra tríada nuclear estratégica”: el redoblado amplio arsenal de misiles balísticos intercontinentales con base en tierra (ICBM), misiles balísticos lanzados por submarinos (SLBM) y bombarderos nucleares de largo alcance. Además, con el objetivo de cercar a China con un sistema de alianzas hostil dirigido por Estados Unidos, Mark Esper se jactó: “Ponemos en marcha un plan coordinado, el primero de este tipo, para reforzar a los aliados y construir socios”.

Para los dirigentes chinos, el hecho de que la política militar de Washington apele en adelante a semejante programa con tres componentes de modernización de armas no nucleares, de modernización de armas nucleares y de cerco militar, significa una cosa evidente: están confrontados a una amenaza estratégica a largo plazo que necesitará una gran movilización de sus capacidades militares, económicas y tecnológicas para poder responder. Lo cual es, desde luego, la definición misma de una nueva competición de tipo guerra fría. Y los dirigentes chinos han dejado bien claro que se opondrán a cualquier iniciativa de este tipo, tomando las medidas que juzguen necesarias para defender la soberanía y los intereses nacionales de China. No es sorprendente por tanto enterarse de que, al igual que Estados Unidos, están adquiriendo un amplio abanico de modernas armas nucleares y no nucleares, así como militarizando las tecnologías emergentes para asegurar el éxito o al menos una apariencia de paridad en un choque futuro con las fuerzas de Estados Unidos.

Paralelamente a estas iniciativas militares, la administración Trump ha pretendido perjudicar a China y frenar su desarrollo por medio de una estrategia coordinada de guerra diplomática –esfuerzos que incluyen sobre todo un mayor apoyo a la isla de Taiwán (reivindicada por China como una provincia secesionista), lazos militares cada vez más estrechos con India y la promoción de vínculos militares comunes entre Australia, India, Japón y Estados Unidos, un acuerdo conocido con el nombre de “the Quad” [Foreign Policy, 8/10/2020, The Quadrilateral Security Dialogue].

La mejora de los lazos con Taiwán era un objetivo particular de la administración Trump (y una provocación particular hacia Pekín). Desde que el presidente Jimmy Carter aceptó reconocer como el gobierno legítimo de China al régimen comunista de Pekín en 1978, y no a los taiwaneses, todas las administraciones americanas han intentado evitar la apariencia de una relación oficial de alto nivel con los dirigentes de Taipéi, aunque Estados Unidos haya continuado vendiéndoles armas y manteniendo otras formas de relaciones intergubernamentales.

Sin embargo, durante los años Trump, Washington se ha implicado en cierto número de acciones muy mediáticas con el objetivo de mostrar su apoyo al gobierno taiwanés. Contrariando con ello a los dirigentes chinos. Entre estas acciones figura la visita a Taipéi, el pasado agosto, del secretario de Salud y Servicios Sociales Alex Azar II, la primera visita de este tipo efectuada por un secretario de gabinete desde 1979. Otro gesto provocador quería ser la reunión con altos responsables taiwaneses en Taipéi por parte de la embajadora americana ante Naciones Unidas, Kelly Craft [este encuentro fue anulado a comienzos de enero]. La administración también ha intentado obtener para Taiwán la condición de observador ante la Organización Mundial de la Salud y otros organismos internacionales para reforzar su imagen de nación de pleno derecho. Igualmente preocupante para Pekín, la administración ha autorizado durante los dos últimos años nuevas ventas de armas avanzadas a Taiwán, por un total de 16.600 millones de dólares, incluyendo una venta récord de 8.000 millones de dólares por 66 aviones de caza F-16C/D.

El reforzamiento de los lazos de Estados Unidos con India y otros miembros de la Cuadrilateral (Quad) ha sido también una prioridad de política exterior de la administración Trump. En octubre de 2020, Mike Pompeo acudió a India por tercera vez como secretario de Estado y aprovechó la ocasión para denunciar a China, promoviendo vínculos militares más estrechos entre India y Estados Unidos. Recordó a los veinte soldados indios muertos en un enfrentamiento fronterizo con fuerzas chinas en junio de 2020, insistiendo en el hecho de que “Estados Unidos estará al lado del pueblo indio frente a las amenazas que pesan sobre su soberanía y su libertad”. El ministro de Defensa Mark Esper, que acompañó a Pompeo en este viaje a Nueva Delhi, habló de una cooperación creciente con India en el ámbito de la defensa, incluyendo ventas potenciales de aviones de caza y sistemas aéreos sin tripulación.

Ambos responsables felicitaron al país por su futura participación en Malabar, los ejercicios navales conjuntos de la Quad que tendrán lugar en noviembre en la bahía de Bengala. Aunque nadie lo diga explícitamente, este ejercicio ha sido ampliamente considerado como el primer ejercicio de la alianza militar naciente para contener a China. “Es más importante que nunca un enfoque colaborativo de la seguridad y de la estabilidad regionales, con el fin de disuadir a todos aquellos que rechazan una región indo-pacífica libre y abierta”, comentó Ryan Easterday, comandante del destructor de misiles dirigidos USS John S. McCain, uno de los navíos participantes.

Ni que decir tiene que todo esto representa una herencia compleja y formidable a superar para el presidente Biden, que pretende establecer una relación menos hostil con los chinos.

El problema Xi Jinping del presidente Biden

Queda claro que la herencia perturbadora de Trump hará difícil para el presidente Biden detener la pendiente descendente de las relaciones chino-americanas y el régimen de Xi Jinping en Pekín no le facilitará la tarea. No es este el lugar para un análisis detallado del giro de Xi en los últimos años hacia el autoritarismo o de su creciente dependencia de una perspectiva militarista para asegurarse la lealtad (o la sumisión) del pueblo chino. Se ha escrito mucho sobre la supresión de las libertades civiles en China y la reducción al silencio de todas las formas de disidencia. Igualmente inquietante es la adopción de una nueva ley sobre seguridad nacional para Hong Kong, utilizada ahora para detener todas las críticas al gobierno de China continental y las voces políticas independientes de todo tipo. Y nada es comparable al intento de extinción brutal de la identidad musulmana uigur en la región autónoma del Xining, en el extremo oeste de China. Ha supuesto el encarcelamiento de un millón de personas, incluso más, en equivalentes a campos de concentración.

La supresión de las libertades civiles y de los derechos humanos en China hará particularmente difícil para la administración Biden reconectar con Pekín, ya que él es desde hace mucho tiempo un ardiente defensor de los derechos civiles en Estados Unidos, lo mismo que la vicepresidenta Kamala Harris y muchos de sus colaboradores cercanos. Les resultará prácticamente imposible negociar con el régimen de Xi sobre cualquier cuestión sin plantear el tema de los derechos humanos; y ello, a su vez, no dejará de suscitar la hostilidad de los dirigentes chinos.

Xi ha recentralizado también el poder económico en manos del Estado, invirtiendo así la tendencia de sus predecesores inmediatos a una mayor liberalización económica. Las empresas de Estado continúan recibiendo la parte del león de los préstamos y otras ventajas financieras del Estado, lo que desfavorece a las empresas privadas. Además, Xi ha intentado obstaculizar a las grandes empresas privadas como el Ant Group, la exitosa empresa de pagos electrónicos fundada por Jack Ma [fundador de Alibaba], el empresario privado más famoso de China.

A la vez que consolidaba su poder económico en el país, el presidente chino ha logrado establecer relaciones económicas y comerciales con otros países. En noviembre, China y catorce naciones, entre ellas Australia, Japón, Nueva Zelanda y Corea del Sur (pero no Estados Unidos), firmaron uno de los mayores pactos de librecambio en el mundo, la Asociación Económica Regional Global (RCEP). Considerada como sucesora de la desgraciada asociación transpacífica de la que se retiró el presidente Trump al poco de comenzar su mandato, la RCEP facilitará el comercio entre países que representan una población de unos 2.200 millones de personas, más que cualquier otro acuerdo precedente de este tipo. Y después está el acuerdo de inversión que acaba de ser concluido entre la Unión Europea y China, otro megaacuerdo que excluye a Estados Unidos, así como la ambiciosa iniciativa china Belt and Road [la Ruta de la Seda], por un total de más de un billón de dólares, que pretende unir más estrechamente a Pekín con las economías de los países de Eurasia y África.

En otras palabras, para la administración Biden será tanto más difícil ejercer un efecto de palanca económica sobre China o permitir a las grandes empresas de Estados Unidos actuar como socios para hacer presión en favor del cambio en este país, como lo hicieron en el pasado.

 Las opciones del presidente Biden

El propio Joe Biden no ha dicho gran cosa sobre lo que tiene pensado respecto a las relaciones americano-chinas, pero lo poco que ha dicho sugiere una gran ambivalencia en cuanto a sus principales prioridades. En su declaración más explícita sobre política exterior, un artículo aparecido en el número de marzo/abril de la revista Foreign Affairs, habló de “mostrarse duro” con China en materia de comercio y derechos humanos, a la vez que buscar un terreno de entente sobre cuestiones clave como Corea del Norte y el cambio climático.

Aun criticando a la administración Trump por haberse enfrentado a aliados de Estados Unidos como Canadá y potencias de la OTAN, afirmó que “Estados Unidos debe ser duro con China”. Si China hace lo que quiere, continuó, “seguirá robando a Estados Unidos y a las empresas de Estados Unidos su tecnología y su propiedad intelectual [y] seguirá utilizando subvenciones para dar a sus empresas de Estado una ventaja competitiva injusta”. El enfoque más eficaz para contestar a este desafío, escribió, “es construir un frente unido de aliados y socios de Estados Unidos para hacer frente a los comportamientos abusivos y a las violaciones de derechos humanos de China, incluso aunque intentemos cooperar con Pekín sobre cuestiones en que convergen nuestros intereses, como el cambio climático, la no proliferación [nuclear] y la seguridad sanitaria mundial”.

Esto suena bien, pero es una posición intrínsecamente contradictoria. Si algo temen los dirigentes chinos –y a lo que resistirán con todo el peso de sus poderes– es la formación de un “frente unido de aliados y socios de Estados Unidos para hacer frente a los comportamientos abusivos de China”. Es más o menos lo que la administración Trump ha intentado hacer sin producir ventajas significativas para Estados Unidos. Biden deberá decidir dónde sitúa su principal prioridad. ¿Se trata de poner un freno a los comportamientos abusivos y a las violaciones de derechos humanos de China o de obtener la cooperación de la otra gran potencia del planeta sobre las cuestiones más urgentes y potencialmente devastadoras en el orden del día mundial en este momento: el cambio climático antes de que el planeta se recaliente de forma desesperada; la no proliferación antes de que se pierda el control de las armas nucleares, hipersónicas y otros tipos de armas avanzadas, y la seguridad sanitaria en un mundo golpeado por una pandemia?

Como en tantos otros ámbitos que deberá abordar después del 20 de enero, para progresar en cualquier cuestión, Biden deberá primero superar las herencias desestabilizadoras de su predecesor. Esto significa sobre todo que deberá reducir las tarifas aduaneras y las barreras tecnológicas punitivas y autodestructoras, ralentizar la carrera de armamentos con China y abandonar los esfuerzos para rodear al continente con una red hostil de alianzas militares. Sin esto, se corre el riesgo de hacer prácticamente imposible ningún progreso, cualquiera que sea, y el mundo del siglo XXI podría encontrarse arrastrado a una guerra fría aún más insalvable que la que dominó la segunda mitad del siglo pasado. Si ocurre así, y Dios nos guarde, podríamos encontrarnos ante una guerra nuclear o una versión climática de esta en un planeta en delicuescencia.

Por Michael T. Klare, veterano investigador en cuestiones relacionadas con la geopolítica de los recursos

https://alencontre.org/asie/japon/le-casse-tete-des-relations-chine-etats-unis-pour-joe-biden.html

Traducción: Javier Garitazelaia

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