Jueves, 20 Febrero 2020 05:50

La disposición adoptiva

La disposición adoptiva

En los adultos, la disposición implica el pasaje del “yo quiero un hijo” a “yo estoy dispuesto a ese niño”. Las autoras analizan lo que se pone en juego allí y también en los niños con estado de adoptabilidad.

“La disposición ética obliga a examinar los posibles en una situación- no sólo a esforzarse en el camino de los ideales sino sobre todo a comprometer el pensamiento en la búsqueda de los posibles”.   Ignacio Lewcowitz  (1)

 

Si decimos que en los procesos de adopción lo omitido es la disposición adoptiva, simplemente intentamos, con esta formulación, visibilizar el valor crucial del trabajo subjetivo previo que requiere embarcarse en un proyecto adoptivo. A diferencia de la parentalidad biológica, la filiación por adopción implica en toda circunstancia el esfuerzo de precisar el entramado deseante, así como también la construcción simbólica de los lugares parento filiales.

En este sentido, no omitir la necesariedad de la puesta en forma de la disposición adoptiva es nuestra orientación de trabajo, y nuestra apuesta en la clínica de la adopción.

Definimos la disposición adoptiva como la posibilidad de disponerse al arribo de un otro que advendrá a un lugar filiatorio y parental.

Es fundamental comprender que esa disposición es una disposición deseante, es decir, una disposición vital de amparar y sostener a un otroque será hijo.

En nuestro equipo de trabajo hablamos dedisposición adoptiva porque no hallamos en los términos tradicionales, como compatibilidad o disponibilidad, la resonancia de lo que para nosotras implica el trabajo subjetivo de poder advenir a un vínculo parento filial por adopción.

La disponibilidad adoptiva remite en nuestra sociedad al orden de los bienes, algo disponible, vacante para su compra. Eventualmente detrás del anhelo de adoptar resuena una exigencia de obtener un hijo a toda costa bajo la lógica de las reglas del mercado.

Tratando entonces de alejarnos de la idea de disponibilidad, tampoco podíamos acercarnos a la de compatibilidad adoptiva, debido a que comprendíamos que ese término desmiente la diferencia radical necesaria para construir una vincularidad que sostenga el lugar filiatorio.

La compatibilidad en los vínculos tiende a anular la diferencia, ya sea desde la similitud o la complementariedad.

Así es como comenzamos a pensar en la disposición adoptiva, entendiendo que no implica la misma operación para los niños que para los adultos.

Disposición adoptiva en adultos

En los adultos la disposición implica el pasaje del “yo quiero un hijo” a “ yo estoy dispuesto a ese niño”.

Este pasaje requiere de la deconstrucción de al menos tres cuestionesfundamentales: los modelos familiaristas, la propiedad de hijo y la parentalidad biológica.

Respecto de los modelos familiaristas diremos que el parentesco adoptivo difiere del modelo de familia tradicional y lo pone en cuestión. Frecuentemente un hijo será hermano de niños que viven con otros padres; otras veces el niño seguirá vinculado a alguno de sus padres biológicos; y aunque nada de esto ocurriese, la adopción se funda en un vínculo filiatorio no consanguíneo.

La parentalidad adoptiva nos convoca a la posibilidad de habilitar múltiples alianzas con otros adultos basadas en el deseo de ser padres de ese niño que nos requiere.

Cuando un preadoptante refiere estar dispuesto a lo que el/ ella necesite, situamos en este dicho que ese adulto ha logrado construir una disposición al encuentro con el niño real.

Dice Tortorelli (2) que la adopción es concebida como un recibir aquello que se supone “ajeno”, lo cual habilita a entender que hay hijos propios, los biológicos; e hijos ajenos, que provienen de otros. La adopción cuestiona la parentalidad de sangre y todo su universo simbólico.

Deconstruir la idea de hijo propio es una tarea compleja que deben hacer los adultos que desean adoptar. Desde luego que no se trata de dejarlo por fuera, sino de construir un lugar de hijo por fuera de la idea de propiedad. No existen apriori los lugares de hijo, padre y madre. Lo que existe es una producción vincular entre un niño/ adolescente y un adulto que construirá lugares a partir de ese encuentro. Es necesario tener en cuenta que las aptitudes de cuidado y registro de las necesidades y particularidades del otro no son suficientes si no se acompañan desde el deseo de ahijar. A esto llamamos disposición deseante.

En nuestra práctica nos hemos encontrado con adultos inscriptos en el registro de adoptantes, con capacidades de cuidado, próximos a iniciar una vinculación por adopción, cuyos proyectos no se sostenían en el deseo de ahijar. En el espacio de trabajo con ellos se pudo localizar que la adopción resolvía imaginariamente cuestiones familiares y de pareja.

Trabajar con los proyectos adoptivos es también acompañar a los adultos a pensar su proyecto vital y que puedan decidir dejar caer la adopción como única posibilidad de orientar el deseo.

¿Qué está en juego en los niños?

Respecto de los niños con estado de adoptabilidad diremos ante todo que el estado de adoptabilidad es una declaración judicial que indica que han finalizado los intentos de restablecer la convivencia del niño con su familia de origen; a diferencia de la disposición adoptiva que implica subjetivar el estado de adoptabilidad, siendo el final de un proceso que requiere el consentimiento íntimo del niño.

Es fundamental trabajar con los niños su disposición, y para ello se deben tener en cuenta las siguientes consideraciones del proceso subjetivo en juego: construir un relato posible que implique a sus primeros otros; situar en el relato qué lugar tiene el otro parental; y no dejar de considerar el lugar de los vínculos fraternos, de forma tal que se habilite la diferenciación en las posibilidades de cada niño respecto de la adopción.

En este sentido resulta imprescindible agudizar la escucha para determinar si existe o no vínculo fraterno, es decir, no dar por supuesto que la consanguineidad construye per se el lazo entre hermanos.

Nada se ha comprendido si creemos que darles padres a un grupo de hermanos es más importante que sostener su fraternidad, de la misma forma que pretender forzar lo fraterno cuando no está consolidado el vínculo.

En relación a este punto es prioritario rever la organización institucional de los hogares de cuidado que separan a los hermanos por edad o sexo, teniendo en cuenta que los espacios de cuidado alternativos a la familia deberían respetar las mismas condiciones subjetivantes.

Debemos entender que no todo niño o adolescente podrá consentir o disponerse a una filiación adoptiva. Para muchos de ellos lo familiar es lo siniestro, y han logrado construir en los espacios convivenciales formas alternativas de ser cuidados que no los confrontancon la complejidad de lo familiar.

No estamos diciendo que estos niños o adolescentes no requieran de otros adultos que los amparen y sostengan, sino que estos otros deben advenir, necesariamente, a vínculos no filiatorios.

Trabajar la disposición adoptiva implicará siempre tener presente el abordaje desde la singularidad, el dar lugar a la imposibilidad y el sostenimiento de la pregunta por el otro. Sólo desde estas coordenadas éticas podremos acompañar a los niños y adolescentes a construir un lugar posible, habitable para poder existir.

Este trabajo fue presentado en las Jornadas Nacionales de Adopción, Santiago del Estero.

  1. 1. Lewkowicz, I. (2002) Una respuesta ética ante la violencia. Comentario en las Jornadas sobre ética Cátedra de Psicología, Ética y Derechos humanos, Facultad de Psicología U.B.A. Buenos Aires.
  2. 2. Tortorelli M. A. (2002): Lo arribante, Lo Por- venir. Jornadas del 12/09/2002 enAPdeBAArea de fertilización asistida y adopción.
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Todos hablan de las neumonías del coronavirus, pero ¿qué hay de las que matan a 2.000 niños cada día?

La humanidad puede ganarle la batalla al mayor asesino invisible de menores de cinco años

El Coronavirus ha proporcionado un doloroso pero oportuno recordatorio de que somos miembros de una sola comunidad humana, pero la batalla es contra el mayor asesino de niños. From poverty to power

El mundo está en medio de una emergencia provocada por la neumonía. Y no, no solo hablo del brote de coronavirus que comenzó en Wuhan, China. Mientras las autoridades sanitarias públicas luchan por contener el peligroso agente viral del tipo SARS –nCoV2019, como es conocido–, la neumonía infantil es hoy en día el mayor asesino infeccioso de niños, cobrándose una vida cada 39 segundos. Pese a ello, la comunidad internacional ha respondido a esa emergencia con poco más que un encogimiento de hombros colectivo.

Tal vez esto es porque la mayoría de la gente piensa que la neumonía es ante todo una amenaza para los ancianos, lo cual es cierto. El coronavirus, que mata a través de una infección respiratoria grave y aguda, ha reforzado esta percepción. La mayoría de las víctimas han sido ancianos con condiciones de salud preexistentes. Sin embargo, la neumonía es hoy en día la mayor causa de muerte infecciosa en los niños y se cobra más de 800.000 vidas al año. La mayoría de las víctimas son menores de 2 años. Casi todas las muertes ocurren en los países más pobres del mundo.

No hay estadísticas que puedan captar la tragedia humana que está en el centro de esa emergencia. Causada por bacterias, agentes virales u hongos, esta es una enfermedad que ataca los sacos de aire de los pulmones, causando que se inflamen y se llenen de pus. Los niños quedan –literalmente– luchando por respirar.

La buena noticia es que la neumonía infantil puede ser vencida. Las vacunas neumocócicas eficaces (PCVs) pueden prevenir los casos no virales, y Gavi (la Alianza Mundial para Vacunas e Inmunización) ha financiado la vacunación de más de 120 millones de niños. Con un diagnóstico temprano y preciso por parte de un trabajador de salud, la mayoría de los casos pueden tratarse con éxito con antibióticos básicos que cuestan menos de 45 céntimos de euro. Incluso los casos más graves pueden tratarse con antibióticos de nivel más alto y oxígeno médico. En investigaciones recientes realizadas en hospitales de Nigeria se ha encontrado que una combinación de oxígeno médico y un instrumento de diagnóstico denominado oxímetro de pulso, que mide los niveles de oxígeno en la sangre, puede reducir la tasa de mortalidad a la mitad.

Ahora las malas noticias. Aunque las muertes por neumonía infantil están disminuyendo, lo hacen más lentamente que las de otros grandes asesinos como el paludismo y el sarampión. Hace cinco años, los gobiernos firmaron el compromiso de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de "poner fin a las muertes infantiles prevenibles" para el año 2030. Si se mantienen las tendencias actuales, la neumonía convertirá esa promesa en (otra) promesa incumplida, lo que debilitará aún más la credibilidad, ya de por sí frágil, de los gobiernos, donantes y organismos internacionales encargados de cumplir los ODS.

Entonces, ¿por qué el mayor asesino de niños del mundo genera tan poca acción y cooperación internacional? Como he discutido en otro espacio con Devi Sridhar –profesora de salud pública global de la Universidad de Edimburgo–, el perfil de la víctima es parte de la explicación.

Con la desnutrición como principal factor de riesgo, la neumonía es la enfermedad definitiva de la pobreza. Los que se enfrentan a los mayores riesgos -los pobres de las zonas rurales y los habitantes de los barrios marginales urbanos- carecen de voz en las prioridades de la agenda sanitaria. Y aunque los niños más pobres se enfrentan a los mayores riesgos, son los que menos probabilidades tienen de ser inmunizados, los últimos en la lista de tratamiento y los que más riesgo tienen de recibir un diagnóstico inexacto.

La neumonía permite comprobar la (in)equidad de los sistemas de salud. Cuando aparecen los síntomas de la enfermedad, los hogares más pobres a menudo retrasan el tratamiento porque les preocupa su coste, o porque la clínica más cercana está lejos. En muchos casos, las clínicas carecen del personal capacitado y del equipo de diagnóstico que necesitan para proporcionar un tratamiento eficaz.

Hay algunos signos alentadores que sugieren que la inercia está dando paso a la acción. Esta semana gobiernos, donantes, investigadores, agencias de la ONU y organizaciones de la sociedad civil se reúnen en Barcelona en el primer Foro Mundial sobre Neumonía Infantil. El objetivo es compartir evidencias y, lo que es más importante, dar impulso a las estrategias de control de la neumonía y a planes de acción destinados a convertir esas evidencias en políticas que salven vidas. Están surgiendo nuevas alianzas para el cambio, comandadas por la coalición Every Breath Counts (Cada Aliento Cuenta).

Una de las barreras para una acción eficaz contra la neumonía ha sido el debate cada vez más anacrónico entre los defensores de las intervenciones "verticales" o específicas para la enfermedad, y los enfoques "horizontales" destinados a fortalecer los sistemas de salud. Las cuestiones sustantivas que están en juego son reales. Con demasiada frecuencia, los donantes pronuncian el discurso horizontal, haciendo hincapié en su compromiso con el fortalecimiento de los sistemas de salud, pero luego cargan los recursos en intervenciones específicas para la enfermedad que distorsionan las prioridades de salud. Mientras que el Banco Mundial exalta las virtudes del fortalecimiento de los sistemas de salud, sus fondos desvían en gran medida los recursos hacia intervenciones verticales.

Del mismo modo, los sistemas de salud deben responder a las enfermedades que ponen en peligro a los pobres. La idea de que los países pueden avanzar hacia el santo grial de la Cobertura Sanitaria Universal sin abordar enfermedades como la neumonía, y sin romper el vínculo entre la malnutrición y los riesgos sanitarios más amplios, es una ficción. El punto de entrada para una acción eficaz es la atención primaria de salud y el apoyo a los trabajadores comunitarios de la salud. Los sistemas de salud que desvían los recursos hacia instalaciones de nivel superior, fuera del alcance de los pobres, nunca harán más que limitarse a un efecto goteo.

El coronavirus ha proporcionado un doloroso pero oportuno recordatorio de que somos miembros de una sola comunidad humana. En nuestro mundo interconectado, una epidemia de salud que comienza en Wuhan puede, en pocas semanas, plantear amenazas a la salud desde Bombay hasta Nueva York. El multilateralismo y la cooperación internacional son nuestra única defensa.

Pero el argumento a favor de la acción multilateral no se detiene con las epidemias que cruzan las fronteras y afectan al público de los países ricos. El día de hoy, la neumonía matará a más de 2.000 niños. Esa es una emergencia sanitaria, y es una que podemos detener.

Hasta 9 millones de vidas salvadas en la próxima década

Una nueva investigación de la Escuela de Medicina de la universidad Johns Hopkins (JHMS) para Save the Children ha proporcionado pruebas convincentes para una campaña concertada contra la neumonía. Esta ONG internacional pidió al JHMS que realizara una proyección sobre las vidas que se podrían salvar hasta 2030 en el caso de contar con una cobertura completa de siete intervenciones anti-neumónicas de alto impacto, que van desde la inmunización y la mejora de la nutrición hasta los antibióticos y la lactancia materna exclusiva.

Los resultados son sorprendentes. El modelo del gráfico adjunto proyecta alrededor de 3,2 millones de vidas salvadas de la neumonía en la década hasta 2030. Pero otros 5,7 millones podrían salvarse con las mismas intervenciones de otras importantes enfermedades mortales, como la diarrea y la sepsis. Si quieren un argumento empírico y basado en pruebas para invertir en la atención primaria de salud, aquí lo tienen.

Para cualquiera que todavía esté interesado en impulsar la acción para el ODS 2030 sobre la supervivencia infantil, la evidencia de Johns Hopkins también sugiere que estas intervenciones comunitarias contra la neumonía cerrarán la brecha entre las tendencias actuales y el objetivo de 2030. Una acción decisiva en la neumonía podría traducir la polémica sobre "no dejar a nadie atrás" que desfiguran los debates del ODS en políticas que reduzcan las disparidades sociales en la supervivencia infantil.

Por Kevin Watkins*

30 ENE 2020 - 15:01 COT

Kevin Watkins es Director General de Save the Children Reino Unido. Este texto fue publicado originalmente en inglés, en el blog From Poverty to Power de Duncan Green.

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Una lista negra de 7.000 sacerdotes acusados de abuso sexual en EE UU

Los fiscales investigan por su cuenta la pederastia en la Iglesia estadounidense y dejan cortas las cifras reveladas por las diócesis

Las diócesis de Estados Unidos han adoptado una práctica en los últimos meses: publicar un listado de los sacerdotes con "acusaciones creíbles" de abuso sexual a menores. La mayoría de los religiosos ya no viven o fueron removidos de sus labores eclesiásticas. BishopAccountability.org, un sitio web que rastrea todos los crímenes de esta índole en la Iglesia, afirma que la institución ha revelado hasta ahora cerca de 7.000 curas denunciados desde 1950, pero que seguramente la cifra es mucho mayor. Según los informes que maneja el portal, dedicado a recabar las cifras desde hace más de una década, el porcentaje de abusadores oscila entre el 6 y el 10%, lo que supondría hasta 11.000 curas pederastas. Las fiscalías estatales que investigan actualmente estos crímenes también han concluido que los listados están incompletos.


En la misa católica celebrada el primero de diciembre en Siracusa, Nueva York, el obispo Robert J. Cunningham hizo un anuncio parroquial que llamó la atención de los feligreses. Primero reconoció las divisiones que existen dentro de la Iglesia sobre si publicar o no los nombres de los sacerdotes con “acusaciones creíbles” de abuso sexual a niños, argumentando que algunas víctimas no quieren que se sepan quiénes fueron sus abusadores. “Tras reflexionar y orar seriamente, he llegado a la conclusión de que esta práctica se ha convertido en un obstáculo para hacer avanzar a nuestra Iglesia local”, afirmó el cura antes de informar de que en los próximos días el sitio web de la diócesis publicaría el listado de los clérigos denunciados en los últimos setenta años.


Cunningham cumplió con lo prometido. Pero su decisión está lejos de ser un caso aislado en Estados Unidos. Desde que se dio a conocer en agosto el brutal informe de Pensilvania en el que se revelaba que más de 300 sacerdotes abusaron de menores en las últimas siete décadas, los obispados se han visto presionados por laicos y feligreses a emprender acciones concretas en favor de las víctimas. La primera lista de este tipo se publicó en 2002. Hasta el 2017 solo 35 de las 187 diócesis que componen el cuerpo eclesiástico estadounidense habían hecho lo propio. Pero a partir del pasado agosto la cifra se disparó. En diciembre ya se habían registrado 90 listados y se sabe que la cifra es mayor, ya que casi a diario hay diócesis que se adhieren. También órdenes religiosas como los jesuitas.


BishopAccountability.org sostiene que la Iglesia ha revelado que hay cerca de 7.000 curas denunciados, pero solo 4.500 con nombre y apellido. Terry McKiernan, fundador de la organización, aclara que ese número es impreciso: “Conozco casos de sacerdotes abusadores que deberían aparecer en las listas y no están. Seguramente hay muchos que no sabemos”. Según los informes que maneja el experto, el porcentaje de profanadores oscila entre el 6 y el 10% de cada establecimiento.


El último escándalo eclesiástico respalda su planteamiento. Las seis diócesis de Illinois publicaron hace un tiempo un listado en el que identificaban a 185 religiosos con acusaciones creíbles. La fiscal general del Estado, Lisa Madigan, alertó en diciembre de la falsedad de la cifra y adelantó que, según sus investigaciones preliminares, la realidad es que al menos 500 sacerdotes han sido denunciados por haber abusado de menores. “Esperábamos que las cifras fueran así de dispares”, sostiene el abogado Jeff Anderson, quien lidera el bufete que lleva su nombre. “Cuando ellos dicen que no quieren publicar los nombres porque las víctimas no quieren que se sepa es una gran mentira. Llevo 25 años representando a sobrevivientes de abusos y nunca he conocido a uno que no quiera. Ese argumento es una excusa para no hacer lo que corresponde”, agrega.


En 2002 el cuerpo completo de obispos católicos de EE UU aprobó la Carta para la Protección de Niños y Jóvenes, que incluía la realización de un estudio descriptivo con la cooperación de las diócesis para conocer el alcance de los abusos sexuales a menores por parte del clero. El análisis reveló que el rango de depredadores era de entre un 3 y 6%, lo que supone 6.600 de los 110.000 miembros de la Iglesia en las últimas siete décadas. “La investigación de Pensilvania y de Illinois demuestran dos cosas: que si queremos saber la verdad son los fiscales los que tienen que hacer y publicar sus propios informes, y que la proporción de denunciados está mucho más cerca del 10%. Estamos hablando de unos 11.000 curas”, plantea McKiernan.


A pesar de los peros, el paso al frente de las diócesis ha sido bien recibido por aproximarse a la respuesta que merecen las víctimas. El informe de Pensilvania fue un punto de inflexión y parece no tener marcha atrás. El documento de 1.356 páginas, la investigación más exhaustiva que se ha llevado a cabo sobre el abuso sexual de la Iglesia católica en EE UU, se adentró en las cloacas clericales y destapó desde redes de sadomasoquismo hasta violaciones en hospitales. “No provocó un cambio cultural, ese está todavía por venir, pero sí logró un despertar en la gente. Inyectó coraje a las víctimas y ahora seguiremos presionando hasta que digan toda la verdad”, apunta Anderson.


El informe de Pensilvania ha llevado al menos a una docena de fiscales generales estatales pusieran en marcha investigaciones sobre abusos sexuales en sus respectivos territorios. En muchos casos, las acusaciones "no han sido investigadas adecuadamente por las diócesis o no han sido investigadas en absoluto", apuntaba la Fiscalía de Illinois. Para el abogado Anderson, la diferencia entre lo que publican las diócesis versus las fiscalías responde en parte a la colaboración de las víctimas, que tienden a ser más abiertas con los segundos.
En medio de la presión, los obispos estadounidenses se reunieron en noviembre para redefinir sus códigos. Entre las medidas propuestas figuraban nuevos “estándares de conducta episcopal”, la creación de una comisión para manejar las denuncias de abuso contra los obispos, y nuevos protocolos para los religiosos que son destituidos o que renuncian debido a una conducta sexual inapropiada. Antes de votar recibieron una carta del Vaticano en la que se les pedía que no acataran reformas hasta después de la cumbre que se celebrará en Roma en febrero con todas las Conferencias Episcopales del mundo para abordar la crisis desatada por los abusos a menores. Este viernes el papa Francisco aseguró que la Iglesia "no se cansará de hacer todo lo necesario para llevar ante la justicia a cualquiera que haya cometido tales crímenes”. Porque este año la bomba no solo estalló en Pensilvania. Ni en Illinois. También lo hizo en Chile, Irlanda y Australia. Y la lista, al igual que la de los clérigos acusados, no deja de crecer.

Por ANTONIA LABORDE
Washington 15 ENE 2019 - 10:11 COT

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Creció la migración de niños solos  de 66 mil a 300 mil en 6 años

Desatendido, el derecho a la educación de niños migrantes, revela la Unesco

La falta de dominio de un idioma, una desventaja que enfrentan


Los niños migrantes no acompañados por un adulto tienen de poco a ningún acceso a la educación, alerta la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco). Destaca que la cifra de esos menores se elevó de 66 mil a 300 mil entre 2010 y 2016 en todo el mundo.

Agrega que en muchos países, ese sector, particularmente vulnerable a la explotación, ve desatendido su derecho a la educación.

El informe de seguimiento de sobre ese tema en el mundo 2019: Migración, desplazamiento y educación. Construyendo puentes, no muros, sostiene que ese derecho y el principio general de no discriminación están consagrados en el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales y en la Convención sobre los Derechos del Niño, pero no todos los estados impulsan medidas de atención y cumplimiento de esa garantía.

Sólo en Estados Unidos, alerta la organización multinacional, donde se estima que hay 11 millones de inmigrantes sin papeles, la amenaza de la deportación puede ser un factor que influya cada vez más para elevar el ausentismo escolar de miles de niños indocumentados.

Recordó que con la aplicación de un programa en 2012, que brinda protección a 1.3 millones de jóvenes sin papeles migratorios que llegaron al país cuando eran niños, impidiendo su deportación y proporcionándoles el derecho a obtener permisos de trabajo, se estima que aumentó la tasa de graduación de la enseñanza secundaria en 15 por ciento.

No obstante, la carencia de documentos de identidad aún es un obstáculo para millones de niños y adolescentes migrantes. Agrega que esa situación puede crear barreras para los 10 millones de apátridas del mundo, algunas de las cuales descienden de inmigrantes.

Los niños y adolescentes migrantes también deben afrontar, en muchos casos, el reto de dominar un nuevo idioma, lo cual se puede volver una desventaja educativa, pero también un factor que dificulta la socialización, el establecimiento de relaciones y el sentimiento de pertenencia, además de que eleva el riesgo de discriminación.

A ello se suma que muchos alumnos inmigrantes, señala la Unesco, son frecuentemente concentrados en áreas suburbanas, por lo que asisten a escuelas con niveles académicos y de desempeño más bajos, pero la segregación se agrava cuando los alumnos nativos se mudan a barrios más ricos.

Otro grupo altamente vulnerable es el de los desplazados. Se estima que hay 19.9 millones de refugiados, de los cuales 52 por ciento son menores de edad. La Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) estima que la tasa de matriculación de refugiados era de 61 por ciento en la primaria y de 23 por ciento en la secundaria. En el mundo, al menos 4 millones de refugiados de 5 a 17 años de edad no asisten a la escuela.

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Lunes, 12 Febrero 2018 06:25

Los chicos de la guerra

Los chicos de la guerra

El 12 de febrero se celebra el Día Internacional contra el Uso de Niños Soldado o el Día de la Mano Roja, al conmemorar la entrada en vigencia del Protocolo Facultativo de la Convención de Derechos del Niño relativo a la participación de niños en los conflictos armados, que obliga a los Estados a prevenir el reclutamiento de niños, niñas y adolescentes y a brindar apoyo a aquellos que se ven afectados por esta práctica.


Los niños soldado son personas menores de dieciocho años que forman parte de cualquier fuerza armada regular o irregular, y representan actualmente una realidad en las zonas de conflicto de África, Asia y Latinoamérica, donde mueren, son heridos en combates armados, sufren reclutamiento forzado, violencia sexual, mutilaciones y son usados como escudos humanos. En algunas guerras civiles como las de la República Democrática del Congo, Liberia y Sierra Leona, el porcentaje de niños soldado llego a ser del 70 por ciento del total de las milicias.


La utilización de niños en conflictos armados es milenaria, y en los últimos años la utilización de drogas, en particular cocaína y anfetaminas, es una táctica aceptada por muchas milicias para lograr combatientes formidables, resueltos y eficaces. Niños reclutados forzosamente que matan sin vacilar, si comprender el significado de la muerte y que se comportan como máquinas. Niños que no tendrán adultez ni desarrollo personal posible, incluso en el caso de que sobrevivan. El escenario de acción habitualmente tiene que ver con disputas civiles en zonas de “Estado débil”, zonas sin ley, donde la línea de batalla contra los enemigos es difusa y las víctimas civiles dan cuenta de la mayoría de las bajas. Los “niños soldado” son un buen negocio: comen y beben menos, son más baratos de mantener, no necesitan alojamiento ni vestimenta especiales, cumplen órdenes con mayor docilidad, son más susceptibles de adoctrinamiento (a través de brutales ritos iniciáticos), no dependen de sofisticados sistemas lógicos para sus operaciones, se los puede enviar rápidamente a la primera línea de fuego sin más que un adiestramiento rudimentario y pueden desconcertar a las tropas o fuerzas adultas regulares de la contraparte. Según Kamienski, en su texto “Las drogas en la guerra” (2017), los niños soldado no sólo no tienen nada que perder, sino que no han desarrollado una correcta comprensión del valor de la vida. Son candidatos ideales para ser convertidos en guerreros leales, que rompen con su vida pasada (muchas veces inexistente) y se incorporan a una estructura de patronazgo que viene a reemplazar todos los vínculos del pasado.


En Latinoamérica los grupos de “niños soldado” urbanos adquieren otra morfología pero con principios muy similares y se han convertido en el brazo armado de los carteles de la droga. Las cifras indican que seis mil niños son parte de la estructura del tráfico en las favelas de Rio de Janeiro y que existen cerca de treinta mil en México. El perfil de los niños reclutados es siempre el mismo: pobreza extrema, ausencia sistemática de una salida posible y la promesa de una buena paga. En Colombia, según el informe “La guerra sin edad”, del Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) divulgado este mes, un total de 16.879 menores de 18 años fueron víctimas de reclutamiento entre 1960 y 2016 por parte de todos los actores que intervinieron en el conflicto armado (guerrilla, fuerzas paramilitares y bandas narco). La gran mayoría de estos menores, el 76 por ciento de los chicos y el 63 por ciento de las chicas, fue reclutada entre los 12 y los 16 años.


En el gueto de pobreza de muchos sectores de la provincia de Buenos Aires, la relación más cercana y empática de muchos niños y adolescentes es el dealer, el transa. Donde el Estado está ausente en forma estructural, existen estructuras sociales que rellenan grotescamente ese agujero. Desde la compra de zapatillas, los gastos de velorio de un ser querido hasta los honorarios médicos de una intervención quirúrgica, es muchas veces el transa del barrio el que oficia como facilitador de recursos. En la miseria y exclusión extrema, el transa del barrio cumple el rol del Estado y se convierte en un ideal social. “Quiero ser transa”, dicen los chicos. Ni policía ni médico ni abogado. Transa. Autos, plata en la mano, diversión, buena pilcha, respeto.


En plena ola de violencia narco policial en Rosario y en un contexto político nacional atravesado por la ratificación del paradigma de la guerra contra las drogas, el intervencionismo geopolítico de la DEA y de proyectos del Poder Ejecutivo para disminuir la edad de punibilidad, el reclutamiento de niños para el negocio narco está vigente y activo. Representan un eslabón clave y vital del negocio.


En la profunda investigación de los periodistas De los Santos y Lascano para su libro Los monos (2017), el rol de los chicos se describe como la parte más sustancial del negocio. Las bandas narcos reclutan niños desde los ocho años a través de conocidos en el barrio, los invitan a cortar la droga o despacharla y, de esta manera, los jóvenes sustentan lo que consumen y obtienen además un rédito económico muy superior a cualquier chico de su edad. Los niños tienen como ideal de identificación a los triunfadores que surgen de las mismas calles, para viajar, comprar cosas o pasear en autos de lujo. La maquinaria narco ofrece una ilusión de salida y los pequeños custodian en guardias infrahumanas los precarios bunkers de cemento (celdas de encierro y tortura para ellos mismos), realizan los trabajos pesados, son perseguidos (por la policía y otras bandas rivales), son fusilados y, si corren con mejor suerte, pueden ser detenidos por las fuerzas federales en espectaculares procedimientos con helicópteros y cámaras GoPro. En Rosario, según el informe periodístico citado, el 40 por ciento de los sepulcros de su mayor cementerio en los últimos cinco años está ocupado por jóvenes víctimas de la denominada guerra por las drogas entre bandas.


Ya sea formando parte de una milicia regular en un contexto de guerra civil o integrando bandas urbanas de narco criminalidad, los niños soldados representan un problema actual grave y en alza. Las Naciones Unidas sostiene que los niños asociados con grupos armados no deberían ser detenidos ni procesados, sino que deberían ser tratados principalmente como víctimas en virtud de su edad y la naturaleza forzosa de su asociación.


Los niños soldados son un dolor anestesiado. Un reflejo de la desigualdad extrema. Chicos de la guerra que encuentran su destino vital en la misma muerte. Y todo antes de comenzar a vivir.

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El director general de la OIT, Guy Ryder, dialoga con EL PAÍS en Buenos Aires.

 

El exsindicalista británico destaca el progreso regional contra el trabajo infantil, pero advierte que sólo el consenso de todos los países permitirá soluciones de fondo

 

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) aspira a llegar a 2025 con un mundo sin trabajo infantil. Su director general, el exsindicalista británico Guy Ryder (Liverpool, 1956) cree que es posible si los Estados hacen cumplir las leyes y garantizan el acceso a la educación de calidad para todos los niños y al trabajo decente para los adultos. En Buenos Aires, donde se ha celebrado la IV Conferencia Mundial Sobre la Erradicación Sostenida del Trabajo Infantil, Ryder destaca el progreso regional, pero, a su vez, pide voluntad política para combatir la informalidad y también la creciente desigualdad mundial generada por los cambios en el mercado de trabajo.

 

Pregunta. Hace décadas que se lucha contra el trabajo infantil. ¿Por qué cuesta tanto erradicarlo?

Respuesta. Porque es un tema complejo. En muchos países el trabajo infantil está integrado como parte de la realidad nacional. Hay mucho por hacer, quedan 152 millones, pero hay que reconocer que en los últimos 20 años esta cifra se ha reducido en 100 millones, así que gran reto hacia delante, pero gran avance por detrás, y también aprendizaje, porque ahora ya sabemos qué funciona y que no.

 

P. ¿Qué funciona?

R. Se necesita un enfoque integral. Primero, legislación conforme a las normas de la OIT y la inspección que pueda hacerla efectiva. Segundo, protección social. América Latina ha hecho programas de transferencia económica muy eficaces. El tercero, acceso a la educación de calidad. Cuando existe la posibilidad de que un niño o niña vaya al colegio, se reduce de forma muy importante la vulnerabilidad al trabajo infantil. El cuarto elemento son políticas del mercado de trabajo para promover buenas condiciones para adultos en los sectores donde el trabajo infantil es más presente. Por ejemplo, el trabajo rural, que concentra el 70% del trabajo infantil, la informalidad y los países en condiciones de conflicto y crisis.

 

P. ¿Cómo ve la situación en América Latina?

R. La región ha progresado mucho en la lucha contra el trabajo infantil, la cifra se ha reducido de 20 millones a 11, pero el punto débil es la informalidad, que también es un cultivo para el trabajo infantil. Es el tema en el que queremos concentrar nuestros esfuerzos.

 

P. En los últimos años ha habido debates en varios países, como Bolivia, donde incluso el presidente Evo Morales defendió el valor de que los niños trabajaran. ¿Todo el trabajo infantil es explotación?

R. No. Las normas de la OIT son muy claras al respecto. Algunas actividades no se pueden calificar de trabajo infantil, como los niños que ayudan en casa o en el contexto rural hay actividades que se pueden aceptar, pero no se pueden aceptar actividades que obstruyen el desarrollo normal del niño, ni el trabajo que impide la educación de un niño ni su integración social. Ningún país puede decir que culturalmente es distinto, no, las leyes son universales.

 

P. En la apertura habló también de la incertidumbre del mercado laboral actual por los cambios en curso. A medida que avance la robotización y la automatización, ¿dónde se va a generar empleo?

R. Cuando hablamos del futuro del trabajo, la gente de forma automática piensa en la tecnología. Y es cierto, la tecnología importa, pero no se puede reducir el debate del futuro del trabajo a si la tecnología va a destruir o crear empleo. Todo depende de cómo usemos la innovación tecnológica, de si somos capaces de fijarnos objetivos de desarrollo y usar la tecnología para alcanzarlos. Esa es nuestra responsabilidad política, porque nos puede proteger de trabajos peligrosos y tediosos. Pero hay otro tema, porque la tecnología en la cuarta revolución industrial tiene la capacidad de transformar la manera en que se organiza el trabajo.

 

P. ¿Cómo cambia las relaciones laborales?

R. Ahora la mayoría de las personas tiene un empleador, pero en la economía de las plataformas, como Uber, uno no tiene empleador, entonces la relación laboral se convierte en una relación comercial. Porque yo voy a una plataforma y busco a alguien que me puede ofrecer un bien o un servicio y encuentro a alguien que ofrece un bien o un servicio. Es una relación comercial de corta duración. Creo que tenemos que asumir esta posible transformación y si es así repensar, hacer un nuevo marco regulatorio, porque todos nuestros sistemas laborales y sociales están construidos sobre la idea de una relación laboral.

 

P. Esa precarización, sumada a la globalización, trae asociada salarios cada vez más bajos.

R. Es una preocupación que no es nueva. Hemos visto durante 30 años que los ingresos nacionales que van a los salarios han disminuido en todos los países del mundo y han aumentado los del capital.

 

P. ¿Es posible parar esa rueda que gira a favor del capital?

R. Sí. Para mí es casi la preocupación más importante cuando vemos el futuro del trabajo, parar el crecimiento de la desigualdad. Si el mundo sigue creciendo en los próximos 30 años y la desigualdad crece al mismo ritmo creo que vamos a llegar a una situación completamente catastrófica. Estamos atrapados en la idea de que la desigualdad es el precio que tenemos que pagar para ser competitivos. Pero conocemos muy bien las políticas que pueden reducirla: políticas fiscales de redistribución, salarios mínimos, negociaciones colectivas. Hay instrumentos, lo que falta en este momento voluntad política para utilizarlos.

 

 

Publicado enSociedad
Lunes, 25 Septiembre 2017 11:39

Participación social de niño/as y jóvenes

Participación social de niño/as y jóvenes

De la norma a la realidad, discursos y acciones que abren interrogantes sobre la realidad de la participación social en nuestro país.

 

¿Un encuentro más? En junio de 2016 sesionó en Pereira el “Encuentro Interamericano de participación de la infancia y la adolescencia en políticas públicas” coordinado por el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar y el Instituto interamericano del niño y la niña –IIN, al cual confluyeron diferentes procesos participativos de México, El Salvador, Perú, Ecuador, Uruguay y Colombia. Niños y adolescentes del país anfitrión dieron cuenta de cómo se realizan consultas y mesas de trabajo para enriquecer estrategias y programas. ¡Estamos cambiando el mundo!1, entonaban al unísono las voces más jóvenes de la región.

 

¿Una ilusión juvenil institucionalizada? El interrogante no es gratuito pues, más allá del evento, resalta una tensión muy profunda entre los imaginarios institucionales de participación y las lógicas locales en las que cobran vida, como lo permite deducir Freiman Quiñones, joven integrante del Consejo Nacional Asesor y Consultivo (de cuál institución o proceso), cuando afirma que “sólo somos reconocidos como indicadores, no hay empoderamiento en las regiones; [...] no somos tomados en cuenta”.

 

En el mismo sentido asiente María Camila Hoyos, compañera de Freiman en el Consejo: “una de las principales causas por las que nosotros los jóvenes no participamos es por la deficiencia de educación que cultive un pensamiento crítico”.

 

Estos jóvenes líderes distantes en sus regiones, el primero procedente de Tumaco-Nariño y la segunda de Popayán-Cauca, desarrollan por cuenta propia procesos de articulación y movilización social entre sus pares, promoviendo soluciones a las necesidades sentidas de la población. Terminan señalando cómo “la falta de continuidad, tanto nacionalmente como a nivel local, entorpece los ejercicios participativos, el impacto es menor”.

 

De buenas ideas está empedrado...

 

A comienzos de la década del 1990 la Constitución Política de Colombia consagró la participación social como un derecho garante del cumplimiento y protección de los demás derechos fundamentales; de manera especial en lo concerniente a niños, niñas y adolescentes. Es así como la ley 1098 de 2006 articula este principio empoderándolos como “sujetos titulares de derechos”. Por su parte, la Convención de los Derechos del Niño declara que “tendrán derecho a la libertad de expresión”, entendiéndola como “la libertad de buscar, recibir y difundir informaciones e ideas de todo tipo”2.

 

En consonancia con este marco regulatorio de derechos, el sistema educativo nacional contempla estimular el ejercicio deliberante de participación a través del Gobierno Escolar, una reproducción del sistema de gobierno democrático nacional al interior de cada salón de clases, a lo largo y ancho de esta geografía; “en cada establecimiento educativo del Estado estará conformado por el rector, el consejo directivo y el consejo académico3”.

 

Desde entonces, la institucionalidad afinó su mirada hacia los más pequeños, los niños (“la persona entre 0 y 12 años”), los adolescentes (“la persona entre 12 y 18”) y los jóvenes4 (“de 14 a 28 años”); generando mecanismos de participación y control social desde su interior en sintonía con los imaginarios contractualistas de ciudadano moderno participativo.

 

Del pasado al presente

 

Lejanas y vetustas parecen ahora ideas decimonónicas cuando a la infancia le correspondía ser la edad “que sabe sentir y ver más bien que reflexionar i discurrir” (Catecismo de Astete). Siguiendo los discursos contemporáneos, en las escuelas se pretende formar sujetos autónomos y autocríticos, capaces de agenciar su propia vida y la de sus comunidades; reflexivos y comprometidos con el desarrollo individual y colectivo. Empero, están ancladas entre nosotros representaciones sobre la niñez en sentido deficitario, como menores de edad, recipientes sin contenido, tabula rasa, inocencia angelical o estultez manifiesta. En esta ingente Colombia de múltiples y simultáneas realidades, circulan en campos y ciudades ideas tales como “cuando los adultos hablan los niños callan”, “son cosas de niños”, “¡llora como una niña!”, o, llanamente, “no le ponga cuidado, eso se le pasa, así es que aprende”.

 

De igual manera se cierne sobre jóvenes y adolescentes una espesura de sospecha, desconfianza y riesgo latente. Circulan entre doctos y legos ideas que refieren a los adolescentes como “adolecer” (al que naturalmente le falta algo), apelando a supuestas raíces etimológicas, o alumno como “a-lumini” (sin luz); en todo caso no como un ser completo, más bien como un sujeto a medio camino de ser.

 

Un proceso por ser y en lucha constante. El reconocimiento de las voces, sentires y necesidades de nuestros niños y niñas está lejos de parecerse al discurso oficial e institucional que promulgamos; nuestras prácticas (Foucault) dan cuenta de realidades diferentes, evidencian tensiones constantes entre el deber ser y los hechos concretos; baste para ello revisar nuestros tenebrosos indicadores de utilización, infanticidio, abuso sexual, trabajo infantil o reclutamiento de niños, niñas y jóvenes.

 

De esta manera y de acuerdo a lo establecido oficialmente, en las instituciones educativas los niños y niñas líderes se postulan periódicamente a cargos de elección popular para representar a sus compañeros y servir de puente con las instancias de decisión y poder en las comunidades. Debemos señalar con sorna y escándalo que el gobierno escolar hace bien su trabajo, reproduce a pie juntillas el mundo de los adultos en su deseo por acumular capital simbólico (Bourdieu). Durante los procesos electorales del gobierno escolar se pueden ver en las instituciones educativas esquemas electoreros y corruptos, compra de votos, campañas de desprestigio, tráfico de influencias y, sobre todo, promesas falsas.

 

Sueño latente

 

Con todo, algunas de las transformaciones en la historia reciente del país han sido protagonizadas por los jóvenes, así lo refieren algunos líderes estudiantiles del denominado movimiento de la séptima papeleta en la década de 1990. “Para mí [...] fue una reafirmación de que no nos dejaríamos callar por la mafia, de que saldríamos a defender la democracia y que reformaríamos el país”; dice Claudia López, por aquella época estudiante de biología de la Universidad Distrital en Bogotá, hoy senadora (pre)candidata a la presidencia de la República.

 

De igual manera, y en el entrecruzamiento de fuerzas sociales, individuos e imaginarios que tensionan las formas de comprender y relacionarse con la niñez, resulta pertinente señalar algunas experiencias exitosas de participación vinculadas con el territorio que habitan las comunidades. Participar en abstracto no es un ejercicio potente, no lo es tampoco la instrumentalización de los sujetos estandarizados como indicadores en mecanismos que ellos mismos desconocen. Así, por ejemplo, la comunidad indígena Zenú, en el norte del país, cuenta con escenarios de incidencia pública y organización social llamados Cabildos Menores y Mayores. Se estimula que los jóvenes accedan a estos espacios y roles representativos de la vida pública; la condición para ello es formular soluciones a las problemáticas de la comunidad y comprometerse con su desarrollo; así lo manifiesta Elkin Roqueme como representante del cabildo, “para uno ser tenido en cuenta debe proponer y liderar, comprometerse, sino ¿pa’ qué?, no sirve de na’.” Los ojos vigilantes de la comunidad ejercen un estricto control social haciendo que las palabras superen el proselitismo clientelista y se traduzcan en acciones de impacto común.

 

De manera similar, en otras latitudes del país, en el sangrante departamento del Cauca, grupos indígenas desarrollan un modelo de educación alterno al establecido por la institucionalidad nacional. Allí los centros educativos no adelantan Proyectos Educativos Institucionales (PEI) con los esquemas de gobierno escolar antes señalados, en cambio, articulan Proyectos Educativos Comunitarios (PEC) que potencian el liderazgo y la participación colectiva, antes que la representatividad mesiánica de un solo individuo. Nuevamente, es la comunidad la encargada de agenciar los procesos sociales de los más pequeños, protegerlos, acompañarlos y guiarlos de acuerdo con propósitos colectivos. Es una participación con los pies en la tierra, más bien, en el territorio.

 

Los retos y tensiones que se configuran alrededor de los procesos participativos de niños, niñas y adolescentes dan cuenta de la complejidad del tejido social en Colombia, la fragilidad de la niñez tanto como la necesidad imperativa de construir formas pacíficas de resolución de conflictos. Su participación fortalece los canales de comunicación así como el desarrollo local en la comunidad. Es una oportunidad para ser mejor que nosotros mismos, para sanar heridas abiertas; después de todo, una sociedad que no protege la niñez está condenada al fracaso toda vez que se niega la posibilidad de aprender de los más sabios, aprender de sus niños; mientras reproduce esquizoidemente la historia de maltratos y abusos que vivieron los adultos de hoy en día, quienes han olvidado, o decidido olvidar, cómo fue ser niño, cómo entonces sabían que las cosas podrían ser mejor.

 

* Docente de la línea de “Socialización política” en Cinde, filósofo, opción en Antropología, Universidad de los Andes, Magíster en Educación Universidad Pedagógica Nacional.
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1 Eslogan institucional del Icbf.
2 Convención Internacional de los Derechos del Niño Artículo 13.
3 Ley 115 general de educación de 1994 Artículo 142.
4 Estatuto de Ciudadanía Juvenil Artículo 5.

Publicado enEdición Nº239
Viernes, 23 Junio 2017 15:29

Miguel quiere ser escritor

Miguel quiere ser escritor

He vivido una buena vida. Mi familia es noble y me educó para ser una persona que aporte algo bueno a la sociedad, por abstracto y pragmático que parezca a la vez. Al igual, el colegio en el que estudié me brindó conocimientos y grandes amigos. Una esposa que baila, me comprende y me apoya, dos gatos que cantan todas las mañanas a las aves que ven frente a la ventana. Tengo salud, hago lo que me gusta, buenos trabajos. Pero, a pesar de todo lo anterior, algunos días me siento mal, me deprimo hasta el llanto. Especialmente por mi trabajo como docente en zonas marginadas de la ciudad. Bogotá, en definitiva, es una ciudad caótica, injusta y podría decir hasta infame, pero cuando he salido por algún tiempo la he extrañado. Es mi ciudad, qué le puedo hacer.

 

Una de las vicisitudes que se presentan cuando se vive en Bogotá es tener que atravesar sus calles a medio construir, en especial si se va a esos barrios de los extramuros, barrios de invasión que les llaman, habitados por personas expulsadas de los campos y de otras ciudades en tiempos de guerra, personas pobres que sortean sus existencias como pueden, porque en definitiva el Estado por allí no aparece. Así ocurre en Ciudad Bolívar, una localidad ubicada al sur de Bogotá, atiborrada –en las nuevas barriadas que la siguen poblando, así como algunas “antiguas”– de desordenados barrios compuestos por pequeñas casas que se trepan de las montañas. Entonces no es extraño observar algunas casas inclinadas hacia el abismo o lotes baldíos donde se han levantado casuchas con tela asfáltica y latas de zinc que se estremecen cuando el viento sacude con fuerza.

 

Hasta allí me dirijo dos veces a la semana, a un barrio de calles empinadas y sinuosas llamado Juan Pablo II –nombrado en honor a uno de los papas de la iglesia católica que jamás conoció el hambre–, para dictar mis talleres de creación literaria con niños de primero y segundo de primaria de una escuela pública. Y es extraño que al iniciar el ascenso al barrio en el bus que deja la avenida Villavicencio, todo sea tan triste y hermoso a la vez, pues desde la ventanilla se puede observar a la ciudad creciendo, a sus calles replegándose por entre el asfalto como si fueran serpientes grisáceas, pero empiezan a aparecer a la vera de la carretera las casas a medio construir, los montes rapados por la erosión, la mirada afanosa de muchos de sus habitantes.

 

Fue en la segunda o tercera clase que conocí a Miguel, tiene nueve años, es uno de los más pequeños del salón, una cicatriz adorna su mejilla derecha, la sonrisa es franca, esto quiere decir que pocas veces sonríe. La clase había terminado pero llovía así que decidí esperar dentro del colegio a que menguara. La mayoría de los niños se quedaron dentro del salón para no mojarse en el patio, al preguntarles el motivo me respondieron que no podían ensuciar ni mojar su único uniforme porque, ¿qué se pondrían al día siguiente? Miguel se quedó apartado del resto de sus compañeros, comiendo un trozo de ponqué y bebiendo un yogur que les habían dado de refrigerio. Ese día corrieron con suerte, pues en otras ocasiones ví que les dan un banano y una galleta, nada más. Me acerqué hasta donde se encontraba Miguel, en un rincón oscuro, sus ojos brillaban quizás por mala costumbre a permanecer alejado y en medio de la oscuridad o porque resaltaban en su rostro moreno.

 

Lo que yo deseaba saber era por qué se apartaba del resto de sus compañeros, por qué no hablaba con ellos. Le pregunté cómo se encontraba y me respondió de forma tajante que bien, enseguida pegó la mirada al vidrio del salón que empezaba a empañarse, luego le pregunté por qué no jugaba con sus amigos y no me respondió, simplemente levantó los hombros, se puso de pie y se dirigió al baño.

 

Cuando escampó me dirigí a la sala de profesores y allí me encontré con la profesora de Miguel. Le pregunté por qué el niño se comportaba de tal forma y lo único que dijo fue que la vida de Miguel, o la poca que había sobrellevado, era dura, difícil, llena de malos momentos y de malos recuerdos. Intenté preguntarle un poco más pero el timbre sonó y ella debió marcharse a clase. Antes de salir del colegio miré por la ventana del salón de Miguel y lo vi sentado con la misma expresión de cuando lo dejé. Alcé la mano para despedirme, pero no me vio o no quiso hacerlo.
Ese fin de semana pensé en él, quizás su mirada y esa luz que fulguraba de ella me impactó, pues es parecida a la de las cosas que arden con demasiada fuerza momentos antes de extinguirse. Imaginé cuáles serían esos problemas y malos recuerdos para que un niño de nueve años se comportara de una forma tan retraída y díscola. Sin embargo, poco puede llegar a sorprenderte en un país como éste, cientos de historias atraviesan las vidas de los niños del país. Recuerdo en este momento la historia de una niña que conocí en Pasto, campeona de la categoría infantil de atletismo. Aquella mañana, minutos antes de la competencia por el título, sus profesores recolectaron dinero para comprarle un par de tenis, quizás el primero, pues hasta ese día había llegado a las finales corriendo con los zapatos del colegio. Lo más sorprendente fue cuando José Wilson, uno de sus tutores y benefactores, me dijo “eso no es lo peor, la niña vive al interior del cementerio con su abuela”.

 

Así que a la semana siguiente regresé al colegio con la intención de hablar con Miguel, quería escuchar su historia y quería ayudarlo. No sé cómo, adultos como yo, que viven sumergidos en obras de ficción o preocupados por conseguir dinero, pueden ayudarle a un niño al que el destino ha golpeado. Pero siempre he creído en la palabra como fuente de vida, así que solo hablaría con él. Llegué minutos antes del inicio de la clase, busqué a Miguel que se encontraba sentado en las bancas de cemento que bordean el patio. Me senté a su lado y tras saludarlo empezamos a hablar. El día era soleado, la tesitura de su piel brillaba y a pesar del intenso calor, nunca se quitó su saco. Hablamos de varios temas, de fútbol, de su ídolo James Rodríguez, de las clases que le gustaban. En ese momento se cerró el abismo que había entre los dos. Quizás nos identificamos porque yo al igual que él, también tuve rotos los zapatos y escaldadas las plantas de los pies por el calor del asfalto. Luego me contó que le gustaban las clases de literatura, pero que no sabía sobre qué podría escribir, yo le dije que empezara contando su historia, que todos tenemos algo que contar, o que por lo menos escribiera una parte de ella, y así lo hizo, me la transmitió primero a mí, en ese momento.

 

Vivía con su abuela, su mamá y su hermano unos años mayor, en una pequeña casa ubicada en la colina de la montaña. Su madre trabajaba frente a la Universidad Distrital del sur, vendiendo tintos y aromáticas que llevaba en un carrito. En las noches él y su hermano debían colarse en un bus del Sitp para recoger a su madre y ayudarle a guardar el carrito en un parqueadero que les cobraba tres mil pesos por noche. Su abuela estaba muy vieja y enferma, y su hermano tenía doce años y por eso, solo en algunas ocasiones conseguía empleo como cobrador de pasajes de los vehículos ilegales que hacen la ruta desde el barrio San Francisco hasta Juan Pablo. Por eso, los únicos ingresos con los que contaba la familia eran los de su mamá, y por eso, al ver la situación, Miguel a veces entraba a los supermercados a robar. Pero lo que robaba ese niño de nueve años, de expresión triste y manos pequeñas, eran libras de arroz, de lentejas, huevos y cosas por el estilo, para ayudar con la comida de su casa.

 

Al preguntarle por su otro hermano y por su papá, Miguel miró hacia el muro que dividía al colegio de la calle, del filo del mismo se alcanzaba a observar la silueta de una montaña. Luego volvió la mirada y me contó que a su hermano mayor lo había matado la policía, y su padre, qué decir de su padre. Siempre nos pegaba, me dijo, era un drogadicto que no duraba mucho en la calle antes de ser apresado de nuevo. En una de sus salidas llegó a casa borracho y drogado, la mamá de Miguel no quiso dejarlo entrar para que no los golpeara y sin mayores contemplaciones su papá le prendió fuego a la casa. Su madre, como pudo, con la ayuda de algunos vecinos logró sacarlos, pero Miguel llevó la peor parte, pues ya se encontraba profundamente dormido y los lengüetazos de fuego alcanzaron a quemar una parte de su brazo izquierdo y del costado del mismo lado del cuerpo.

 

Desde ese momento no veía a su padre y por eso se fueron a vivir con su abuela, sin mayores pertenencias que las pijamas que llevaban puestas aquella noche. Por demás, aunque se sentía protegido y complacido en casa de su abuela, no le gustaba que le tocara dormir en un colchón en la sala con su hermano. Me dijo también que era feliz, que hacía poco un amigo de su mamá les había regalado un televisor y que allí veía sus programas favoritos. Que además le gustaban las mañanas, en especial las de los fines de semana cuando al despertar sentía el olor del chocolate que su mamá batía en la cocina. Aquel día no hablamos más sobre su vida, pero su rostro cambió y quizás sea pretensión o sugestión, pero su comportamiento fue distinto desde nuestra charla. Quisiera creer por el poder de las palabras.

 

Pero lo que más me conmovió sucedió el último día de nuestro taller. En clase desarrollamos una actividad de despedida y luego compartimos un ponqué y un jugo. Luego, cuando salí estaba Miguel frente al colegio acompañado de una señora de baja estatura y de tez morena. Era su madre quien se acercó, hablamos durante unos pocos minutos sobre el rendimiento de Miguel en clase, de las mejorías que había mostrado, de los textos que había escrito y finalmente, cuando Miguel me abrazó su madre me dio las gracias y al preguntarle por qué, me respondió “porque ahora Miguel quiere ser escritor”. No le respondí nada, solo regresé el abrazo a Miguel y supe que el mundo entero tenía sentido.

Publicado enEdición Nº236
Viernes, 23 Junio 2017 15:13

Un don excepcional

Un don excepcional

En esta cinta dirigida por Marc Webb, tenemos como co-protagonista a Chris Evans, y podríamos pensar en términos comerciales que la participación del actor es un gancho publicitario para atraer más público; Evans alcanzó un máximo reconocimiento por su personaje de ‘Capitán América’ en ‘Los Vengadores’, además de su caracterización de la ‘Antorcha humana’ en la reconocida cinta ‘Los 4 fantásticos’. Ahora es la oportunidad para ver a Evans fuera del Universo Marvel, y encontrarlo en un contexto de una familia no tradicional.

 

Y aunque parte de la crítica ha catalogado la película como un melodrama que pretende manipular emocionalmente a los espectadores, hay que decir que está muy bien manejado por Webb, al no caer en la cursilería o en lo sensiblero que sólo enternece; el filme logra presentarnos un dilema moral y llevarnos más allá del melodrama que evoca sentimientos de compasión.

 

“Un don excepcional” nos presenta la historia de ‘Mary’, una niña huérfana (su madre se ha suicidado) con un talento extraordinario por las matemáticas, quien se encuentra al cuidado de su tío Frank desde hace siete años, tiempo durante el cual éste ha sido no sólo el cuidador sino también el educador, creando un ambiente en el que la niña disfrute de su infancia normalmente, alejándola del estereotipo de “genio”; protegiéndola de la manipulación de otros, quienes la ven como una oportunidad que no puede ser desaprovechada.

 

El drama familiar empieza cuando la abuela de Mary entra en conflicto con el tío Frank por la educación no especializada que está recibiendo la pequeña, entrando también a discutir por la calidad de vida que lleva con su tío. El conflicto inevitablemente es llevado a la Corte, para resolver si es la abuela con planes exitosos de vida para Mary quien debe quedarse con ella, o si debe triunfar el respeto a vivir una niñez normal como lo quiere Frank para su sobrina.

 

La construcción dramática de la película nos invita a reflexionar y hacernos preguntas sobre el dilema moral planteado, sucediéndose giros interesantes e inesperados en los personajes, que se alejan del encasillamiento que podríamos ver en otros dramas que manejan el mismo argumento de esta cinta.

 

El director logra que nos enfrentemos a los diferentes puntos de vista que despierta la decisión de resolver el futuro de otro, y en este caso; arrebatar o no, la niñez de un “prodigio” por asegurar un éxito profesional y dejar de lado la faceta de ser humano.

 

“Un don excepcional” resulta una película amena, y funciona como historia que pretende conmover con personajes y situaciones que quizá, en algún momento podrían parecernos cliché, pero que en esta cinta funciona, pues como ya la mencionaba no resulta sensiblera ni empalagosa como pasa en la mayoría de melodramas.

 

También es importante destacar las actuaciones, por una parte, la de Chris Evans, que logra en esta cinta hacer una buena caracterización y dejar de lado el rótulo de personaje de superhéroe. La enorme actuación de la niña Mckenna Grace como Mary es espectacular y logra darle esa trascendencia y credibilidad a la historia. La participación de la reconocida Octavia Spencer le da cuerpo al elenco y nos deja ver una vez más la gran actriz que conocemos.

 

* “Un don excepcional” estará en cartelera en las principales ciudades del país desde el 29 de junio, en las siguientes salas de cine: Royal Films, Cine Colombia, Cinemark.

 


 

Recuadro


Título original: Gifted
Año: 2017
País: Estados Unidos
Director: Marc Webb
Guión: Tom Flynn
Reparto: Mckenna Grace, Chris Evans, Octavia Spencer
Duración: 101 minutos
Sinopsis: Ambientada en un pueblo costero de Florida, Gifted cuenta la historia de Frank Adler, un hombre soltero que cría a su sobrina Mary tras el fallecimiento de su madre. La niña tiene una gran habilidad para las matemáticas y su abuela Evelyn lo sabe bien. Mientras que su tío intenta que la vida de la pequeña sea lo más normal posible y que disfrute de su infancia, Evelyn tiene otros planes para su nieta. Como consecuencia, Frank se verá obligado a luchar desesperadamente por su custodia.

Publicado enEdición Nº236
Viernes, 28 Noviembre 2014 16:18

Sin recreo no hay mañana

Sin recreo no hay mañana


Me ha asegurado un americano muy entendido que conozco en Londres, que un tierno niño sano y bien criado constituye al año de edad el alimento más delicioso, nutritivo y saludable, ya sea estofado,
asado, al horno o hervido;
y no dudo que servirá igualmente
en un fricasé o un ragú.
Jonathan Swift

 

En su famosa sátira de 1729, Una modesta proposición: Para prevenir que los niños de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres o el país, Jonathan Swift ironizaba con la canibalización de los infantes de la clase trabajadora en beneficio del buen paladar de los ricos. La previsión de Swift vislumbraba la suerte de los hijos de los desposeídos en las incipientes fábricas que inauguraban el capitalismo industrial, y que literalmente devorarían varias generaciones de niños. Como lo reseña Marx en el primer volumen de El capital, a principios de la segunda mitad del siglo XIX, en el distrito londinense de Bhetnal Green, los lunes y martes celebraban un mercado público de niños de nueve años en adelante para la industria de la seda. Las restricciones al trabajo infantil comienzan tan sólo en 1833 cuando prohíben contratar a menores de nueve años, limitando la jornada a doce horas para los infantes que superen esa edad, debiéndose esperar hasta 1878 para que dictaminen que los niños no pueden trabajar más de media jornada.

 

El capital surge, entonces, devorando niños y continúa haciéndolo, pues según cifras de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), en la actualidad el 16,7 por ciento de la población infantil, cerca de 265 millones de menores, hacen parte del ejército laboral, de los cuales 168 millones se encuentran hundidos en la subcategoría trabajo infantil –aquel realizado por niños en edad inferior a la aceptada legalmente y sin ninguna garantía social– de los que, a su vez, 85 millones trabajan en condición de altísimo riesgo para su salud física o en ambientes que atentan contra la moralidad de sus culturas.

 

El problema no es, como podría pensarse a la ligera, un asunto exclusivo de los países más pobres, pues si bien en las zonas de más bajos ingresos el porcentaje de niños explotados es del 23 por ciento, contra 9 en las regiones de ingresos medios bajos y 6 en las de ingresos medios altos, las cifras absolutas, según la OIT, nos dicen que en el conjunto de los grupos medios existen 93,6 millones de niños en condición de trabajo infantil, mientras que en los de bajos ingresos 74,4 millones están en esa situación.

 

Por eso, cuando el 10 de diciembre reciban el Premio Nobel de Paz la adolescente pakistaní Malala Yousafzai, quien sufriera un atentado de los talibanes por reclamar el derecho de las niñas a ir a la escuela, y el hindú Kailash Satyarthi, director de la fundación Marcha Global Contra el Trabajo infantil, cuyo lema es "La pobreza no es excusa para el trabajo infantil", los medios masivos de comunicación no cejaran en su empeño de mostrar el maltrato infantil como producto de los fanatismos religiosos o la inconsciencia de unos pocos empresarios "inescrupulosos" que abusan de la desventajosa condición de los infantes de las clases subordinadas cuando, en realidad, el problema es de los principios básicos de una sociedad que está fundamentada en aprovechar la condición de vulnerabilidad de las personas para su instrumentalización. Basta con observar los efectos de la crisis sobre la infancia en los países del centro capitalista, para entender que el supuesto trato prioritario de la infancia nunca fue un principio trascendente del imaginario civilizatorio de la modernidad sino una función de las necesidades del proceso de acumulación, desdibujada rápidamente cuando las necesidades del capital perciben excesos en la fuerza de trabajo.

 

Los niños pobres de los países ricos

 

En octubre de 2014, El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), publicó el informe Los niños de la recesión. El impacto de la crisis económica en el bienestar infantil en los países ricos, mostrando como desde 2008 en los 41 países con mayores ingresos 2,6 millones de niños habían caído en la pobreza, elevando la cifra de infantes en esa condición a 76,5 millones en el llamado mundo desarrollado. El estudio estima que las familias griegas con hijos han retrocedido 14 años en su condición socioeconómica, mientras que en España, Irlanda y Luxemburgo el retroceso equivale a una década. Igualmente, el estudio sostiene que 619.000 niños en Italia, 444.000 en Francia y 2 millones en México han comprometido seriamente su futuro, por la precaria situación heredada de la crisis por sus familias. En 30 países europeos el número de niños con carencias materiales graves es 1,6 millones más alto que en 2008, elevando en la actualidad el número total a poco más de 11 millones.

 

La pobreza infantil en Estados Unidos es del 23 por ciento. Según datos de la Red de Bancos Alimentarios (Feeding America), 17 millones de niños carecen de seguridad alimentaria, sin ser un problema exclusivo de las minorías étnicas, pues si bien calculan que la pobreza entre los niños hispanos es del 37 por ciento, la cifra entre los blancos es del 30 y en los afrodescendientes del 26. El Instituto para Economía y Ciencias Sociales de la Fundación Hans Boeckler, estima que el 20 por ciento de niños alemanes es pobre, con un porcentaje mayor en el oriente de Alemania (26, 3 por ciento) que en el oeste del país (17,4). En Inglaterra, según la Comisión en Movilidad Social y Pobreza Infantil, uno de cada seis menores (el 16.6 por ciento) vive en pobreza relativa, mientras que la situación en las otras naciones de la Gran Bretaña es peor: Escocia, 19 por ciento y Gales 22. Y por si fuera poco, en Suecia, uno de los países campeones de la Economía del Bienestar, la organización no gubernamental, Salven a los Niños (más conocida por su nombre en inglés, Save The Children), con base en estadísticas oficiales calculó en 220 mil el número de niños pobres.

 

La situación de la pobreza infantil crece desde 2010, en una prueba más de que las políticas de ajuste, y los concomitantes desmontes de lo que aún queda de la seguridad social, son un atentado directo a los intereses de los grupos de trabajadores. Si el llamado mundo desarrollado pensó que los escenarios "dickensianos" eran cosa superada deben prepararse para su regreso en pleno, si es que las organizaciones populares no logran frenar la acelerada concentración del ingreso y la creciente precarización del mundo laboral.

 

Orfandad e inocencia mercantilizada

 

En julio de este año, se encontraron en la población de Tuam, condado de Galway, al oeste de Irlanda, los restos de 800 cuerpos de niños enterrados en fosa común, y que pertenecieron a menores recluidos en el orfanato de la localidad. Por ese reclusorio pasaron entre 1925 y 1961 miles de madres solteras y sus hijos, de los cuales muchos murieron allí. En el "hogar", que era como se conocía al hospicio, regentado por monjas católicas, en 1944 se registró oficialmente evidencia de elevada desnutrición en los niños, pero, tan sólo a comienzos de la década de los sesenta la institución fue cerrada. Hoy existe sospecha que los niños pudieron ser utilizados también para experimentar vacunas. El hecho vino a sumarse a las conjeturas de tragedias similares en el hospicio de la isla de Jersey, jurisdicción inglesa, donde también encontraron restos humanos de niños en 2008, y pese a los fallos presentados en las investigaciones, la denuncia sirvió para que personas que habían estado allí recluidas denunciaran los malos tratos. La Comisión sobre Abusos a Menores, establecida en el 2000 en Irlanda, en su informe presentado en 2009, llegó a la conclusión que los abusos sexuales a los infantes y los maltratos físicos y emocionales entre 1930 y 1990 fueron crónicos en los orfanatos y reformatorios, calculándose entre 30 mil y 40 mil la población infantil que pasó por esos centros, lo que puede darnos una idea del drama si lo extrapolamos a las demás regiones y el resto de países.

 

Pero, eso no es cosa del pasado. En julio de éste año, en México fue cerrado el albergue que regentaba Rosa del Carmen Verduzco, más conocida como "Mama Rosa" –quien había dirigido la institución durante sesenta años– por las deplorables condiciones antihigiénicas del lugar y los graves abusos detectados contra los menores. Estos casos no son sucesos aislados, pues la historia nos habla de un comportamiento persistente, en el que el clasismo o el racismo, surgidos de la inferiorización de unos seres humanos por su condición económica o étnica, abre las puertas a la creencia que puede maltratarse sin límite a quien no se considera igual. Con el argumento disciplinar que los castigos físicos educan para evitar futuros comportamientos delictivos, y que la sociedad está tan sólo defendiéndose de sus futuros enemigos, los niños caídos en desgracia han sido abusados sistemáticamente.

 

En 2013 fue abierta en Inglaterra una investigación sobre casos de pedofilia sucedidos entre los últimos años de los setenta y primeros de los ochenta del siglo pasado, bajo el gobierno de Margaret Thatcher, atribuidos a miembros del parlamento y del gobierno ejecutivo. La investigación, denominada operación Fernbridge, surge a raíz de las denuncias del parlamentario laborista Tom Watson por la pérdida de los expedientes de las acusaciones de pederastia que en 1983 hiciera el congresista Geoffrey Dickens contra personajes de la política. Existe evidencia que, en esa misma época, el Ministerio del Interior inglés financió a la Organización Intercambio de Información de Pedofilia (conocida como PIE por su nombre en inglés) que a principios de los setenta promovió rebajar la edad del consentimiento sexual a los cuatro años. Los archiconocidos casos de pedofilia de los curas católicos, son otra muestra de la sistematicidad de los abusos con los menores presente en todos los ámbitos.

 

En los países de la periferia el llamado turismo sexual infantil adquiere una dimensión cada vez mayor. En octubre de este año, los medios de comunicación colombianos reseñaban la captura de una red de proxenetas que servían los intereses de la pederastia y cuya detención se debió a la infiltración en la red de miembros de la Ong Operation Underground Railroad, conformada por ex-agentes de cuerpos de seguridad norteamericanos y algunos voluntarios como la actriz Laurie Holden, también norteamericana, en una muestra de la incapacidad de las autoridades colombianas que parecen querer limitarse a legalizar las detenciones que realizan las fuerzas de otros países. Pero, independientemente de eso, lo que ya es completamente visible, es que los niños de los países marginales empiezan a ser considerados como un nuevo renglón de exportación, por lo que no sería extraño que nuestros economistas neoliberales, igual que con el comercio de órganos, reclamen su regularización con el argumento que de esa manera se pueden defender los derechos de los vendedores del cuerpo o de sus partes. Con lo que, además, verían materializado y sin cuestionamientos, su grotesco concepto de "capital humano".

 

Ni alimentos ni letras

 

Según Unicef, la desnutrición infantil puede considerarse la casusa de muerte de 2,8 millones de infantes cada año, y estiman que alrededor de 300 millones de niños diariamente van a la cama sin comer. Unicef proporcionó alimento terapéutico contra la desnutrición aguda grave a 2,4 millones de niños en situaciones de emergencia en 2013 y advirtió que las consecuencias en la formación de estos menores los sitúa en desventaja total en la vida adulta.

 

Por su parte, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) en su reporte de monitoreo "Educación para todos", informa que 250 millones de niños no aprenden los conocimientos básicos necesarios y que 57 millones se encuentran por fuera de la escuela. Y que al menos el 10 por ciento de lo invertido en el mundo en educación se pierde porque los menores no aprenden nada. La situación en los países periféricos es más dramática si tenemos en cuenta que alrededor de 175 millones de jóvenes, el equivalente al 25 por ciento de la población juvenil, son incapaces de leer una frase completa. Mientras tanto, la preocupación de los gobiernos se limita tan sólo a las estadísticas de la cobertura, permitiendo que la transmisión del conocimiento cualificado quede restringida a las instituciones privadas que preparan a los hijos de los más acomodados. En Inglaterra, la Comisión en Movilidad Social y Pobreza Infantil destacaba que El 70 por ciento de los funcionarios del gobierno, el 71 de los principales jueces del país, el 62 de los generales y comandantes y el 53 por ciento de los diplomáticos de alto rango provienen de la misma clase social y han tenido una educación privada de élite.

 

Además, la escuela no deja de ser un lugar desapacible en el que la estructura jerarquizada y violenta no sólo se forja en la relación adulto-menor, sino que afecta también las relaciones entre los menores en el llamado matoneo (conocido también como bullyng, por su nombre en inglés), donde algunos niños o adolescentes acosan y violentan a otros por su condición física, su preferencia sexual, la etnia o la situación económica. En las investigaciones realizadas puede observase un rango que oscila entre el 10 y el 20 por ciento de estudiantes que dice haber sido víctima de este tipo de agresión. En Colombia, según la encuesta realizada por el Instituto Colombiano para la Evaluación de la Educación (Icfes) en las pruebas del Estado de 2005, el 28 por ciento declaró haber sido víctima de matoneo y el 21 confesó haber victimizado a alguien. Los perpetradores se arrogan el derecho cuando sienten mayor capacidad física o que pertenecen a una condición económica más favorecida, replicando los fundamentos de una sociedad discriminante que basa el poder en la violencia y el clasismo, y que recita como ideal la competencia y el "éxito" a cualquier precio.

 

La condición de ni-ni, es decir que ni estudia ni trabaja, o la reclusión en los centros de detención privatizados son el único horizonte para un número cada vez mayor de jóvenes en el mundo. Las organizaciones de defensa de los derechos humanos estiman en 100 mil el número de niños encarcelados en los Estados Unidos, de los cuales el 40 por ciento está recluido en cárceles privadas –en estados como la Florida, la cifra es del ciento por ciento– en uno de los negocios más florecientes en la actualidad en ese país. Las denuncias hechas contra la empresa de detenciones Youth Services International por malos tratos a los recluidos, obligan a pensar que la historia de los hospicios no acaba aún y que el negocio de detener niños, maltratarlos y cobrarle al Estado jugosos dividendos, tiende a favorecerse con la crisis.

 

La instrumentalización de los infantes y el desprecio absoluto mostrado por el futuro de los infantes de las clases subordinadas es resultado de la fuerte desvalorización de la fuerza de trabajo en las últimas décadas. El descenso de la tasa global de participación de las personas en el mercado laboral indica que una población creciente se tornó innecesaria para el capital, y que en esa medida el gasto social es considerado superfluo por las élites, por lo que si los movimientos sociales no logran revertir la situación, no sería extraño que la sátira de Jonathan Swift, citada al comienzo, sea tomada literalmente y llevada como "modesta propuesta" a los diferentes centros de poder del mundo.

Publicado enEdición 208
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