Lunes, 10 Febrero 2014 06:10

¿Qué pasó?

En las calles de Harlem, afroestadunidenses, latinos y anglos bailaban; en Chicago un espléndido mosaico masivo de gente escuchaba palabras que provocaban lágrimas de alegría, y jóvenes, muchos por primera vez, pensaban que veían el alba de algo nuevo que permitía recuperar la esperanza, mientras por todo el país, de hecho por todo el mundo, se hablaba de un cambio histórico largamente esperado en la nación más poderosa del planeta. Todo porque Barack Obama había ganado la elección presidencial con la consigna de cambio real y el lema sí se puede.
Cinco años después nadie baila, llora o habla de un momento histórico, y muchos de los que estallaron en júbilo hace tan pocos años más bien lamentan que no se pudo. ¿Qué pasó?


Parte de la respuesta es que la lista de las promesas y expectativas no cumplidas es cada vez más larga.


Aunque la invasión de Irak se llevó a su conclusión, la guerra más larga en la historia del país, en Afganistán, continúa. Guantánamo sigue operando. Se amplía la presencia militar estadunidense en Asia, se multiplica el uso de nuevas tecnologías y tácticas militares, incluidos los asesinatos en otros países por medio de drones, y el presupuesto militar sigue en niveles estratosféricos.


La impunidad por crímenes de guerra así como por el mayor fraude financiero de la historia, sigue imperando. Nadie acusado de tortura, o de haberla ordenado, ha sido sujeto a proceso judicial. Ningún alto ejecutivo de los bancos más grandes está en la cárcel por el fraude financiero que detonó la peor crisis económica desde la gran depresión.


La promesa de una reforma inmigrante no se ha cumplido, mientras el gobierno de Obama marca récord de deportaciones: casi 2 millones en 5 años.


Obama, quien prometió el gobierno más abierto y transparente, es percibido por muchos defensores de derechos humanos y libertades civiles como líder de un régimen que ha ampliado las operaciones secretas y ha acusado con base en la Ley de Espionaje a más del doble de funcionarios (entre ellos Chelsea Manning y Edward Snowden) que todos sus antecesores desde 1917. Periodistas (incluido el Comité para la Protección de Periodistas) consideran a su gobierno como uno de los más hostiles contra la prensa en asuntos de seguridad nacional.


La lista de la desilusión continúa con organizaciones ambientalistas por su tibio esfuerzo en torno a la crisis del cambio climático; por millones de maestros y padres de familia que al apoyar a Obama no pensaban que votaban a favor de continuar con las políticas de la llamada reforma de educación de modelo empresarial implementadas por Bush; víctimas de la violencia incesante con armas de fuego, y sus familiares, aún no entienden cómo no ha logrado imponer mayores controles en el país más armado del mundo; opositores a las políticas de libre comercio (sindicatos, ambientalistas, organizaciones de protección del consumidor, granjeros y más), ante la promoción de más de lo mismo por esta Casa Blanca, y muchos suponían que habría una reforma penal en el país con más encarcelados del planeta (y la muy documentada disparidad racial en ese sistema), así como un cambio ante el fracaso de la guerra contra las drogas de los últimos 40 años.
La Casa Blanca y defensores de Obama subrayan que no es por falta de voluntad que no se haya logrado mucho

más, y señalan un Congreso dividido, donde los republicanos se dedican a derrotar casi toda iniciativa del presidente. Otros indican que la cultura política de Washington también logró imponerse sobre las buenas intenciones del presidente para estancar o limitar cualquier cambio a fondo. A la vez, resaltan que la reforma de salud –logro máximo del presidente– es uno de los avances de política social más ambiciosos en tiempos recientes; sin embargo, el propio Obama no ha logrado convencer de eso a la opinión pública hasta ahora.


La sabiduría convencional, como le dicen, es que 2014 es el último año que le queda al presidente para definir su legado, ya que a partir del próximo año se empezará a debilitar día con día al aproximarse al fin de su mandato y el arranque del ciclo electoral presidencial de 2016.
Aparentemente Obama ha decidido enfocar el fin de su mandato sobre la creciente desigualdad económica (sin precedente desde antes de la gran depresión), a la que llama el tema definitorio de nuestros tiempos, como su gran tema para concluir su mandato. Esto en medio de las ganancias empresariales más altas desde la Segunda Guerra Mundial, la mayor concentración de riqueza en el 1 por ciento más rico y una dramática brecha entre ellos y todos los demás, tendencias que se han acelerado durante la presidencia de Obama.


En su extenso perfil del presidente, David Remnick, el director de The New Yorker, reporta que en una de las cenas anuales con historiadores estadunidenses a las que convoca Obama en la Casa Blanca, solicitó al grupo que lo ayudara a buscar el vocabulario para abordar el problema de la creciente desigualdad económica sin ser acusado de promover la guerra de clases.


El economista Paul Krugman, en su columna en el New York Times, recordó recientemente que Franklin Delano Roosevelt, en un famoso discurso en 1936, habló del odio que enfrentaba por parte de las fuerzas del dinero organizado y cómo esa clase lo denunciaba. Respondió: le doy la bienvenida a su odio.


Krugman comenta que desafortunadamente Obama no ha hecho nada cercano a lo de Roosevelt para ganarse el odio de los no merecedores ricos. Aunque señala que sí ha logrado más de lo que algunos de sus críticos progresistas le conceden, aconseja que Obama y los progresistas deberían, en general, darle la bienvenida a ese odio porque es una señal de que están haciendo algo bien.
Tal vez si Obama dejara de preocuparse por las acusaciones de los ricos y defensores de más de lo mismo, y decidiera atreverse a dar la bienvenida al odio de aquellos que se oponen a mayor igualdad, menos guerras, a los derechos de los inmigrantes, el futuro ecológico del planeta y más, la gente tal vez bailaría de nuevo en las calles al final de su mandato.

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Lunes, 22 Abril 2013 06:34

Estados Unidos. Otro país

Estados Unidos. Otro país

Una de las razones centrales por las que hay optimismo en que la reforma migratoria podría prosperar este año es que el país está cambiando de manera inevitable. A la vez, lo mismo explica el tono casi histérico contra esta reforma, como también a nivel más general, el temor furioso que tanto marca el debate político y social aquí. Hay un choque en cámara lenta.

 

No se trata de algo coyuntural. Tiene que ver con una transformación tan amplia y profunda que para no pocos es una de las amenazas más graves que se enfrentan: el cambio demográfico del país más poderoso del mundo.

 

Es muy simple resumir los alcances dramáticos de este cambio: dentro de poco más de 30 años los blancos ya no serán mayoría en Estados Unidos, país que se volverá mayoritariamente minoritario, o sea, ningún sector de la población representará más de 50 por ciento de la población nacional.

 

En Estados Unidos literalmente nace un futuro multicolor. Por primera vez en la historia, los nacimientos no blancos –o sea, de las minorías– son mayoritarios en este país. El año pasado la Oficina del Censo de Estados Unidos informó que según sus cálculos 50.4 por ciento de la población nacional menor de un año eran minorías –latinos, afroestadunidenses, asiáticos y de razas mixtas– mientras sus contrapartes blancas conformaban 49.6 por ciento de esta población.

 

Como reportó La Jornada el año pasado, aunque el país permanece mayoritariamente blanco (63 por ciento), los demógrafos señalan que este informe del censo sobre nacimientos entre julio de 2010 y julio 2011 marca exactamente el punto en que este país comenzará su transformación en una sociedad multiétnica en la cual todos serán minorías.

 

Según proyecciones anteriores de la Oficina del Censo, para 2042 el país ya no tendrá mayoría blanca, aunque esta fecha podría postergarse hasta 2050, dadas las tendencias recientes de disminución del flujo migratorio, advierten algunos demógrafos. Pero todos saben que ese momento en que los blancos serán la minoría más grande, seguidos de los latinos, llegará.

 

Hoy día, los latinos o hispanos son la minoría más grande del país, con 52 millones, según el censo. Los latinos ahora conforman 17 por ciento de la población nacional de Estados Unidos. Los afroestadunidenses constituyen 12 por ciento y los asiáticos 5 por ciento.

 

De los latinos, 37 por ciento nacieron fuera de este país, o sea, son inmigrantes (casi 19 millones), según el Centro de Investigación Hispánico Pew. De éstos, 65 por ciento –unos 33.5 millones– son de origen mexicano (tanto de generaciones aquí como recién llegados), con 36 por ciento de éstos nacidos en México. Los otros sectores latinos son: puertorriqueños (9.2 por ciento), cubanos (3.7), salvadoreños (3.6 por ciento), dominicanos (3), guatemaltecos (2.2), seguidos de colombianos, hondureños, ecuatorianos y peruanos.

 

De los más de 40 millones de inmigrantes en este país, casi la mitad (47 por ciento) son latinos.


Todo esto se expresa de mil maneras: más español en el idioma cotidiano y hasta oficial del país, más alimentos latinos y de otras partes del mundo incorporados (y tristemente distorsionados y pervertidos) a la dieta nacional; nuevas influencias en las artes, sobre todo en la música, en el periodismo y, por supuesto, cambios en la política local, estatal y nacional.

 

Es en el ámbito electoral y político donde todo esto tiene implicaciones cada vez más evidentes para la cúpula del país. Vale recordar que el voto latino, afroestadunidense y asiático fue considerado clave para la histórica elección de un afroestadunidense a la Casa Blanca. El voto en 2008 fue el más diverso racial y étnicamente en la historia del país, con casi uno de cada cuatro votos emitidos por no blancos. En 2012, con 71 por ciento del voto latino, 73 por ciento del asiático, y la abrumadora mayoría del afroestadunidense, ayudaron a relegir a Barack Obama.

 

Pero no sólo se registra este cambio a nivel nacional, sino que también está transformando el mapa electoral en algunos lugares sorprendentes, como Texas e incluso Arizona, dos baluartes del poder conservador republicano y con regiones francamente racistas y antimigrantes. En Texas, por ejemplo, los blancos ya no son mayoría, sólo la minoría más grande, 45 por ciento del estado, mientras 38 por ciento se identifica como latino. Por lo tanto, algunos demócratas consideran que para 2016 ese estado podría dejar de estar controlado por republicanos. En Arizona, los latinos hoy representan 30 por ciento de la población, incremento del 46 por ciento en sólo una década. Eso explica, en parte, la ferocidad de las famosas iniciativas antimigrantes en la entidad, que algunos analistas perciben más como medidas para expulsar latinos en general (tanto nacidos aquí como en el extranjero) y tratar de detener un futuro donde los conservadores blancos pierdan el monopolio político del estado. Estos cambios también empiezan a transformar el panorama en lugares como Carolina del Norte y Georgia, entre otros.

 

Ese futuro en el que la mayoría son minorías ya es presente no sólo en Texas, sino también en California (donde los latinos conforman ya casi 40 por ciento de la población estatal), Nuevo México y Hawai.

 

“El Estados Unidos rural, más viejo y blanco, ocupa una tierra; el Estados Unidos más joven, urbano y crecientemente no blanco, vive en otra”, escribe el analista y ex secretario de Trabajo Robert Reich al caracterizar las pugnas sobre asuntos sociales, desde la inmigración a derechos civiles, control de armas y otras que hoy están en el centro del debate político. “Al correr del tiempo este Estados Unidos más viejo, rural y blanco pierde terreno ante una nación cada vez más joven, más urbana y menos blanca” y eso, alerta, provoca tal temor entre los primeros que están dispuestos a hacer todo “contra las fuerzas del cambio”.

 

Pero, quieran o no, este se está volviendo, ahorita mismo, otro país.

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¿Al fin una luz de esperanza para los refugiados colombianos?
ALAI AMLATINA, 06/09/2012.- La esperanza que clarísimamente se comienza a respirar al interior de Colombia, tras décadas de confrontación abierta entre todos los bandos armados, definitivamente está llegando a las personas víctimas del conflicto que día a día, durante los últimos 15 años vienen añorando su tierra y su gente.

Una mujer colombiana refugiada en Venezuela, al preguntársele qué significaba para ella en su situación la palabra “patria”, contuvo la respiración, cerró sus párpados para detener las lágrimas y prefirió callar. Seguramente bajo este nuevo clima que se abre en Colombia, ella y muchos otros colombianos expulsados de sus territorios se comenzarán a preguntar si existe esa patria en la cual nacieron y la que les negó la protección de sus derechos.

¿Podrán retornar esas miles de familias que, por proteger sus vidas, huyeron dejándolo todo abandonado?

Queremos desde aquí preguntarnos por las implicaciones del inicio de un proceso de negociación formal entre el Gobierno de Colombia y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), en relación con el panorama que se abre para los casi 460 mil colombianos que se encuentran en situación de necesidad de protección internacional en los países vecinos de la región, bien como refugiados, solicitantes o en un limbo jurídico.


Un proceso ya anunciado desde su toma de posesión como presidente


Casi desde el comienzo del gobierno del presidente Santos se comenzó un proceso de reconstrucción de las relaciones diplomáticas con los países vecinos, en particular Venezuela y Ecuador, con los que por lo menos desde el año 2007 se habían resquebrajado, gracias a una política internacional de micrófono y agresión implementada por el gobierno de Colombia durante los años 2002 al 2010.

Primero fueron las relaciones comerciales: comenzar a saldar deudas que desde Venezuela se tenían con los exportadores colombianos; luego, la discusión de temas relacionados con políticas fronterizas de integración, de cooperación militar y en otros aspectos. Finalmente, el tema de los flujos migratorios comenzó a ser tenido en cuenta en estos espacios de diálogo bilateral de los Estados. Inicialmente con acuerdos como retirar por parte del gobierno Ecuatoriano la exigencia para los colombianos que viajaran a ese país de contar con el pasado judicial refrendado por la entidad que para ese momento se llamaba Departamento de Seguridad en Colombia. Luego, el retiro del requisito de visa para que los colombianos puedan visitar la República de Venezuela.

En esta misma línea el gobierno colombiano se comprometió en aportar una muy discreta suma de 500 mil dólares para la atención de las personas refugiadas en el Ecuador. Por primera vez, el gobierno colombiano reconoció el drama de las víctimas del conflicto armado que se encuentran en el extranjero y el esfuerzo, poco o mucho, que los países vecinos han hecho por atender a esta población.

La presentación, al comienzo del gobierno Santos, al Congreso de Colombia de la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras, representó una señal en la dirección de iniciar definitivamente un proceso de construcción de la Paz desde la perspectiva de la reparación y la reconciliación. La implementación de dicha Ley lleva ya un año dentro de Colombia, y más o menos a finales del año 2011 se abrió una discusión en el marco de este proceso, sobre la situación de las víctimas que se encuentran viviendo fuera de Colombia, bien como refugiadas reconocidas por otros estados, personas con necesidad de protección internacional o muchas otras que prefirieron hacerse invisibles en los lugares de llegada.

Hemos comprobado cómo en este tema se ha partido prácticamente de cero desde el gobierno nacional. Sin embargo debe decirse que durante el primer semestre del año 2012 se han dado avances en un intento de las entidades encargadas del registro de las víctimas y de quienes deben adelantar el proceso de reparación, incluyendo la devolución de las tierras usurpadas, por aclarar el panorama, consultado con organismos y organizaciones que han trabajado con las víctimas fuera y dentro de Colombia.

Una meta personal del presidente Santos


Su abuelo fue presidente de Colombia, su familia ha participado de la vida pública del último siglo en el país, como lo hacen los príncipes en Europa en su juventud hizo parte de la fuerza naval. Él se formó en las mejores universidades del mundo, participó de la mayoría de los gobiernos colombianos en el tiempo reciente bien como ministro de hacienda, de gobierno o, al final del gobierno Uribe, siendo el ministro estrella de la cartera de defensa.

Al parecer desde siempre se preparó para gobernar al país, y como si hubiese sentido que fuera su destino, ser el presidente que lograra terminar con el Conflicto Armado y traer la paz en Colombia. Caminar hacia esa aparente meta personal,ha significado moverse hábilmente entre los partidos políticos, aliarse con disímiles líderes del país, ejecutar libretos cual actor de teatro como cuando siendo ministro de defensa atacaba al presidente venezolano Hugo Chávez y días después de ser elegido primer mandatario de los colombianos lo nombró públicamente como su nuevo mejor amigo. En definitiva ha demostrado ser un político contemporáneo en todos los sentidos que esto pueda significar hoy en día.

Independiente de cualquier consideración sobre el tipo de sociedad que desde su concepción política impulsa, su empecinamiento por conseguir con éxito un acuerdo para finalizar la confrontación armada en Colombia, parece llenar de esperanza a los más contrastantes sectores sociales del país, la región y el continente.

Una guerra que se alimenta a sí misma por factores internos y externos


Esta última guerra colombiana que se ha prolongado por más de 50 años, además de haber generado la mayor cantidad de desplazamiento forzado interno en el mundo, se ha convertido en un ciclo de no acabar puesto que se alimenta a sí misma por factores internos como los intereses en la tierra, los caudillismos regionales y el ímpetu guerrerista de algunos sectores extremos tanto a la derecha como a la izquierda.

Se nutre también de factores externos importantes tales como: el negocio del narcotráfico, las tensiones políticas continentales entre los Estados Unidos y otras potencias emergentes, y definitivamente las nuevas perspectivas del comercio internacional donde el control de los territorios dentro de Colombia y sobre todo en las regiones fronterizas determinarán ventajas para ciertos sectores legales e ilegales.

Más que la paz, como ideal, lo que anima en este momento es la terminación de la confrontación armada. Esto permitiría avanzar en discusiones amplias dentro del país sobre los factores estructurales de la violencia y la necesidad de la inclusión de distintas posiciones de cara al país, sin ser criminalizadas como hasta ahora ha sucedido. Mientras la guerra continúe, muchísimos temas de la vida nacional seguirán siendo decididos sin mayor consulta en la lógica de un Estado de Excepción. Cabe la pregunta que se nos abre hacia el futuro: ¿qué tipo de país se fue construyendo mientras andábamos en el espejismo de la guerra frontal contra el terrorismo?

¿Existen condiciones en Colombia para que las familias y personas refugiadas regresen?


La gran pregunta que se ha puesto sobre la mesa, al pensar en el retorno de las y los colombianos que tuvieron que huir de la guerra en sus territorios y que fueron acogidos por otros países, es si existen las condiciones dentro de Colombia para que estas familias y personas regresen a sus lugares de origen. Los retornos tienen que, además de ser voluntarios y con suficiente información, contar con garantías de seguridad para que no se repitan las violaciones de los derechos de las personas, razón por la cual dejaron su país.

Es cierto, e innegable, que no se encuentra Colombia en un escenario del postconflicto, persisten los riesgos sobre la vida y tranquilidad de las personas. Los grupos armados heredados del paramilitarismo mantienen control sobre vastas zonas del territorio, aun en medio de la negociación de la paz persistirán los enfrentamientos armados. Más aun, cuando el ELN no ha iniciado formalmente un proceso de acuerdos con el gobierno nacional, por decirlo de una manera amplia: la violencia generalizada, razón fundada que reconoce la Declaración de Cartagena como motivación para solicitar protección de otro Estado, persiste en el presente.

El inicio de las conversaciones de paz plantea muchas interrogantes; el tema del retorno de las familias y personas refugiadas colombianas debe ser parte del debate.

Bogotá (Colombia), 6 de septiembre de 2012

Por Luis Fernando Gómez, Servicio Jesuita a Refugiados para Latinoamérica y el Caribe (SJR LAC)
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Defensores de los derechos de los inmigrantes: sin papeles y sin miedo
Mientras la Convención Nacional Demócrata comenzaba a sesionar el martes, afuera, bajo la lluvia, en el centro paramilitarizado de Charlotte, Carolina del Norte, la verdadera democracia halló su máxima expresión, si es que creen que esta se basa en una construcción de los movimientos de base, como la lucha abolicionista, la lucha por el sufragio de la mujer y el movimiento por los derechos civiles. En esta ciudad, donde ocurrió una de las primeras manifestaciones contra la segregación en el mostrador de un restaurante, diez inmigrantes indocumentados bloquearon una intersección y se arriesgaron a ser arrestados y posiblemente deportados mientras le solicitaban al Presidente Barack Obama y al Partido Demócrata que apoyen al movimiento por los derechos de los inmigrantes y aprueben una importante reforma migratoria.

 
“Estamos aquí para preguntarle al Presidente Obama cuál será su legado”, dijo Rosi Carrasco mientras se bajaba del “Indocubus”, el autobús pintado con motivos coloridos de mariposas, en el que los inmigrantes viajaron desde Arizona. “Estamos aquí para preguntarle al Presidente Obama cuál será su legado, considerando que ha sido el presidente que ha deportado más gente en la historia de Estados Unidos. Estamos aquí para reconocer nuestra dignidad y nuestro derecho a organizarnos”. El esposo de Rosi, Martín Unzueta, afirmó: “Soy indocumentado. He vivido aquí durante 18 años y pago los impuestos. De hecho, pago más impuestos que el Citibank”.

 
El estado fronterizo de Arizona se ha convertido en el centro de la crisis inmigratoria a nivel nacional, tras la aprobación de la tristemente célebre ley SB 1070 que procura criminalizar a las personas por el mero hecho de transitar por el estado sin documentos. Las resoluciones relativas a la inmigración están bajo jurisdicción federal y la violación de las mismas constituye una falta de carácter civil, no penal. A través de la aprobación de la ley SB 1070, Arizona evitó atenerse a las políticas federales de inmigración, hasta que la mayoría de las disposiciones de la ley fueron anuladas por un tribunal federal.

 
Si bien los activistas por los derechos de los inmigrantes consideran la decisión del tribunal como una victoria, las políticas migratorias de Estados Unidos aún tienen muchas fallas. La ley de Arizona inspiró proyectos de ley similares en varios estados controlados por los republicanos. Cuando en Alabama se aprobó otro proyecto de ley anti-inmigración draconiano, que hizo que los latinos huyeran a estados del este del país como Georgia y Florida, los agricultores de Alabama, incapaces de encontrar empleados dispuestos a realizar el arduo trabajo comúnmente reservado a los inmigrantes, vieron como se pudrían sus cultivos.
 

Es aquí donde entran en escena los movimientos sociales. Cuando la maquinaria del Estado deja de funcionar, cuando los políticos y los burócratas generan un estancamiento, es necesario el poder popular para lograr un cambio significativo, que a menudo conlleva un gran riesgo personal. A lo ancho de Estados Unidos, los defensores de los derechos de los inmigrantes, que están bien organizados, participan cada vez más en actos de desobediencia civil, en particular los jóvenes. Al igual que en Carolina del Norte hace más de medio siglo, donde fueron los jóvenes los que desobedecieron el consejo de sus mayores de que tuvieran paciencia en la lucha contra la segregación. Hoy en día, muchos jóvenes ejercen presión para que el Presidente Obama apruebe la Ley DREAM, mediante la ocupación de las oficinas de su campaña. Muchos de estos jóvenes activistas llegaron al país, sin documentos, cuando eran niños.

 
El Presidente Obama se mostró bastante compasivo con estos “soñadores” en el mes de junio, cuando anunció la decisión del Departamento de Seguridad Nacional de liberar a 800.000 de ellos de la amenaza de ser deportados: “Imagínense que siempre han hecho todo bien a lo largo de su vida: fueron buenos estudiantes, trabajaron mucho, quizá hasta fueron los mejores de su clase, y luego han tenido que enfrentar la amenaza de ser deportados a un país del que no saben nada, donde se habla un idioma que quizá no manejan. No tiene sentido expulsar a jóvenes talentosos que, a todos los efectos, son estadounidenses, fueron criados como estadounidenses, se consideran parte de este país”.

 
Muchos celebraron el anuncio, pero luego le exigieron al presidente que cumpliera con su promesa. Varios jóvenes indocumentados se hicieron detener para poder ingresar al Centro de Detención Broward, una cárcel en Florida a donde son enviados los inmigrantes indocumentados antes de ser deportados. El objetivo era entrevistar a los detenidos. Allí se encontraron a decenas de personas que reúnen los requisitos para ser liberados en virtud de las políticas del Presidente Obama, pero que, sin embargo, se pudren en la prisión.

 
Aquí, en Charlotte, fuera del centro de convenciones, diez almas valientes, entre ellas una joven y su madre, y una pareja y su hija, permanecieron sentadas bajo la lluvia frente a una gran pancarta que colocaron en medio de la calle, que decía: “Sin papeles y sin miedo” y tenía dibujada una gran mariposa en el centro. Mientras eran rodeados por la policía, le pregunté a una de las mujeres que estaba por ser arrestada: “¿por qué la mariposa?”, a lo que respondió: “Porque las mariposas no tienen fronteras, las mariposas son libres”.
 
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Publicado el 7 de septiembre de 2012

Denis Moynihan colaboró en la producción periodística de esta columna.
 
 
Texto en inglés traducido por Mercedes Camps. Edición: María Eva Blotta y Democracy Now! en español, Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

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