“Europa fue el primer muerto del coronavirus”

El trastorno planetario provocado por la propagación del Covid-19 no tiene espejos en la historia. Siete años después de que China pusiera en marcha su programa más ambicioso de reconquista del mundo reactualizando el mito de la Ruta de la Seda, esa ruta se convirtió en un sendero de muerte. En 2013, Beijing desplegó una red de infraestructuras repartida por los cinco continentes mediante comunicaciones marítimas y ferroviarias entre China y Europa, pasando por Kazajistán, Rusia, Bielorrusia, Polonia, Alemania, Portugal, Francia o el Reino Unido. El sueño de 1.000 millones de dólares dio lugar a la tercera extinción del siglo XXI: la primera fue financiera, con la crisis bancaria de 2008; la segunda fue la extinción de las libertades cuando el exanalista de la Central de Inteligencia Americana (CIA) Edward Snowden reveló la extensión y la profundidad del espionaje planetario orquestado por Estados Unidos y sus agencias de seguridad; la tercera es sanitaria.

Ya nadie se pregunta hacia dónde va el mundo sino, más bien, si mañana habrá un mundo. Las máscaras del tecnoliberalismo y su construcción global, es decir, la globalización, se han caído. La máscara, ese objeto tan precioso para sobrevivir, se volvió el revelador del abismo mundial; sin máscaras se corrió el telón de la ausencia de consenso a escala europea para enfrentar la crisis sanitaria y financiera, o pactar ordenadamente el cierre de las fronteras; sin máscaras, la Organización Mundial de la Salud (OMS), supuestamente a cargo de la salud del planeta, demostró que era un gigante burocrático sin incidencia en la realidad; sin máscaras, la cooperación internacional apareció como una ficción desesperada. Las divergencias entre estadounidenses y europeos nunca fueron tan insuperables, tanto como las que atraviesan a los Estados que componen la Unión Europea. Entre insultos, incomprensión, golpes bajos y visiones antagónicas entre la preservación de la vida o la salud o la de la economía y las finanzas, los dirigentes de las potencias sobresalieron por su incapacidad para diseñar un horizonte.

El mundo que existía desde la Segunda Guerra Mundial dejó de respirar. Donald Trump enterró el multilateralismo heredado del siglo XX, mientras el coronavirus ponía la cruz sobre un sistema internacional que de “sistema” solo tenía el nombre.

Muchos de estos acontecimientos han sido anticipados por Bertrand Badie a lo largo de una obra consagrada a las relaciones internacionales. Profesor en Sciences Po París y en el Centro de Estudios e Investigaciones Internacionales (CERI), Badie desarrolló una obra del otro lado de los consensos. En 1995 se adelantó enLa fin des territoires [El fin de los territorios], en 1999 exploró cómo sería Un monde sans souveraineté [Un mundo sin soberanía] y en 2004 empezó a tejer el análisis sobre la inercia de los poderosos, es decir, la impotencia de los potentes y publicó L'impuissance de la puissance. Essai sur les incertitudes et les espoirs des nouvelles relations internationales. Los ensayos siguientes lo acercaron a la configuración actual: El tiempo de los humillados. Una patología de las relaciones internacionales y Diplomacia del contubernio. Los desvíos oligárquicos del sistema internacional (ambos editados por la Universidad Nacional de Tres de Febrero). En esta entrevista, realizada en plena crisis mundial, el profesor le sigue los pasos a un mundo que se cae y esboza los contornos del próximo.

Hemos cambiado de paradigma con esta crisis sanitaria. Usted sugiere que, desde ahora, la seguridad de los Estados ya no es geopolítica sino sanitaria.

Así es, y hay un conjunto de cosas. Están la seguridad sanitaria, la seguridad medioambiental, la seguridad alimentaria y la seguridad económica. Conforman varias seguridades que ya no son militares sino de naturaleza social. Se trata de un gran cambio con respecto al mundo de antes. En este momento, por primera vez en la historia, estamos descubriendo la realidad de la globalización. Este descubrimiento no atañe a los Estados, sino que toca a cada individuo. Esto es lo nuevo. En la historia, es raro que los individuos aprendan en directo, en su propia carne, en su vida cotidiana, cómo son realmente las transformaciones de la vida internacional. Antes estaban las guerras para acercar este aprendizaje, pero las guerras afectaban indirectamente a la población. Aquí, todo el mundo está afectado. Podemos entonces esperar un cambio de la visión del mundo y de los comportamientos sociales. Esta tragedia puede conducir a una transformación brutal de la visión que tenemos del mundo y de nuestro medio ambiente. Tal vez, se dejarán de lado todos los viejos esquemas, es decir, los esquemas como el de la concepción militar y guerrera de la seguridad, entiéndase, un mundo fragmentado entre Estados-nación en competencia infinita y una concepción de las diferencias que remite siempre a esa dualidad de la vida entre amigos y enemigos. Hoy ya no hay amigo o enemigo sino asociados que están expuestos a los mismos desafíos. Esto cambia completamente la gramática de la sociología y de la ciencia de las relaciones internacionales. El otro ha dejado de ser un rival, el otro es alguien de quien dependo y que depende de mí. Esto nos debe conducir hacia otra concepción de las relaciones sociales y de las relaciones internacionales, en la que estoy obligado a admitir que, para ganar, necesito que el otro gane; tengo que admitir que, para no morir, necesito que el otro no caiga enfermo. Esto es algo completamente nuevo. 

Sin embargo, los desacuerdos entre los Estados nunca habían sido tan abismales. Las relaciones entre Europa y Estados Unidos han empeorado con esta crisis sanitaria mientras que, dentro de la Unión Europea, los antagonismos se han profundizado en el momento más dramático de la humanidad.

En la situación actual nos encontramos con desacuerdos entre Estados Unidos y el resto del mundo a los que ya estamos acostumbrados. Pero también vemos profundos desacuerdos dentro de Europa con, por ejemplo, el rechazo de Alemania a los famosos “coronabonos”, es decir, la mutualización de las deudas. Ese será justamente el gran enigma cuando salgamos de la crisis. Seguimos estando coyunturalmente en un esquema de desacuerdos enormes y de competencia tal vez más agudos que antes. Pero eso es porque estamos en una situación de urgencia y, en estos casos, el reflejo natural es esconderse detrás de un muro, cerrar las puertas y las ventanas. Podemos esperar que el miedo suscitado por esta crisis conduzca a que se reconozca que no será viable enfrentar en forma duradera este tipo de nuevo desafío sin una profunda cooperación internacional. Es comprensible que los desacuerdos y la competencia entre los Estados sean densos en medio del incendio. Sin embargo, es necesario entender que, a corto plazo, habrá que cambiar de programa.

Queda entonces la tarea de redefinir una nueva geopolítica.

La geopolítica ha muerto. La visión tradicional, geográfica, de las relaciones internacionales no vale más porque estamos en un mundo unido. La realidad ha dejado de ser la confrontación entre regiones del mundo y Estados para volverse la capacidad o la incapacidad de gestionar la globalización.

El colapso sanitario explotó en un mundo ya muy trastornado por el surgimiento casi planetario de movimientos sociales y por la redefinición de las propuestas políticas marcadas por la nostalgia nacionalista. Las tres figuras emergentes de este contexto son los negacionistas de la pandemia: Donald Trump, Boris Johnson y Jair Bolsonaro.

La pandemia intervino en un contexto doble que no se debe olvidar. El primero es el ascenso vertiginoso del neonacionalismo en diferentes latitudes: en Estados Unidos, Gran Bretaña, Brasil, Europa e incluso en los países del Sur. Ese nacionalismo lleva a los dirigentes en el poder a promover o halagar a las opiniones públicas fomentando la ilusión de una respuesta nacional o de protección frente a los peligros. Ello agrava la situación porque esta tentación demagógica viene a complicar la gestión multilateral de esta crisis. El segundo contexto remite a que recién salimos de un año 2019 absolutamente excepcional. 2019 fue el año en que se dieron una multitud de movimientos sociales a través del mundo: América Latina, Europa, Asia, África, Oriente Medio. Estos movimientos sociales reclamaban lo mismo: un cambio de políticas. Las revueltas sociales denunciaban el neoliberalismo y la debilidad de la respuesta de los Estados y, también, de las instituciones y de las estructuras políticas. Hoy, para los Estados, la gran dificultad se sitúa en el hecho de que tratan de responder a corto plazo y con un perfil nacionalista mientras que, al mismo tiempo, cuentan con muy poca legitimidad en el seno de sus sociedades. La consecuencia de este esquema han sido las dudas, los tanteos y la ineficacia demostrada por los gobiernos. Una situación semejante obligará a cambiar la gramática de los gobiernos.

Hay, en toda esta tragedia, una contradicción cruel: justo antes de la crisis sanitaria, China se encontraba en plena expansión. En 2013 empezó a reactualizar el mito de la Ruta de la Seda y para ello desplegó una impresionante red de comunicación y de infraestructuras a través del mundo. Pero esa Ruta de la Seda mutó en ruta de la muerte.

Es cierto y hay dos puntos esenciales. En primer lugar, esta crisis que se inició en Wuhan golpeó muy fuerte a la economía china y, diría, a la propia credibilidad de los políticos chinos y sus políticas. La crisis también reveló las debilidades del sistema chino. No olvidemos que el virus nació debido a la fragilidad del sistema sanitario y alimentario de China: el coronavirus nació en esos mercados que no responden a las reglas elementales de higiene. Fue la base de su propagación. La credibilidad china se vio disminuida debido a esta fragilidad sanitaria. Al mismo tiempo, hay una paradoja: China ingresó antes que nadie en esta crisis, pero también salió de ella antes que los demás y de forma eficaz. No estoy seguro de que Europa tenga la misma capacidad de reacción que China. Salvo si, por desgracia, China conoce una segunda ola de contaminación, es muy probable que esté de pie cuando Estados Unidos y los países de Europa sigan de rodillas. China está tratando de probarlo enviando médicos y equipos y ofreciendo ayuda a los países que están en plena tormenta. Esto puede significar que cuando nosotros continuemos peleando contra el virus China se habrá levantado y tendrá, entonces, una ventaja frente a las viejas potencias.

A lo largo de esta crisis hemos asistido a una suerte de geopolítica de chez soi, es decir, una geopolítica de casa para adentro. Cada país se concentró en su problemática cuando el imperativo no era financiero como en la crisis de 2008, sino sanitario.

La urgencia es doble. Es sanitaria ahora y será económica y financiera muy rápidamente. El problema radica en que Europa ha sido la primera víctima del coronavirus. Europa fue el primer muerto. Todos los reflejos que se esperan de Europa están ausentes. La primera intervención de Christine Lagarde, la directora del Banco Central Europeo (BCE), fue catastrófica. Hasta llegó a invitar a los Estados a que se las arreglaran por su cuenta. Luego, la respuesta de la Comisión Europea resultó igualmente débil. El desacuerdo entre los principales países europeos (Alemania, Francia, España, Italia, Países Bajos) en torno de la gestión de la mutualización de las deudas muestra hasta qué punto se carece de un resorte europeo. Luego de la Segunda Guerra Mundial, Europa se construyó por primera vez en su historia porque los europeos tenían miedo de una tercera guerra mundial y sabían que no podría reconstruirse ni salir de las ruinas únicamente con el esfuerzo nacional. Por eso se eligió una reconstrucción colectiva. Hoy, como todas esas metas han sido alcanzadas, la dinámica europea ha dejado de existir. No obstante, es precisamente allí donde está la clave de su porvenir. El miedo que los europeos tenían en 1945 lo vuelven a sentir ahora con el coronavirus. Los europeos van a descubrir que esa necesidad de reconstrucción que había en 1945 persistirá en cuanto salgamos de este drama sanitario. Tal vez, la conjugación de estos dos factores conduzca a que Europa renazca al final de esta crisis. Pero claro, cuando llegue ese momento habrá que cambiarlo todo. 

Aunque los paralelismos puedan resultar tramposos, muchos analistas trazan un paralelo entre la situación actual y la crisis de 1929. Luego de aquella hecatombe vino la Segunda Guerra Mundial y, justo antes, el ascenso del nacionalismo. ¿Acaso el virus no podría volver a fecundar un contexto semejante?

Es demasiado pronto para saber cómo serán las consecuencias. Las cosas pueden ir en los dos sentidos. Pero quisiera igualmente señalar que, antes del fascismo y el nazismo, el primer resultado de la crisis de 1929 fue el keynesianismo y Franklin D. Roosevelt, es decir, la reorientación de la economía mundial que permitió su salvación. No hay que tener una visión exclusivamente pesimista sobre los efectos de esta crisis. Creo que todo dependerá de la manera en que el miedo actual evolucione y de cómo ese miedo sea gestionado políticamente. Si el miedo desaparece rápidamente, se corre el riesgo de que volvamos a comenzar con el viejo sistema. Si el miedo perdura, tal vez esto nos conduzca hacia las transformaciones que necesitamos. Sin embargo, desde ahora, se plantea el gran problema de la gestión política del miedo. ¿Quién se hará cargo? Seguramente, la extrema derecha utilizará ese miedo como recurso electoral explicando que es urgente reconstruir las naciones, los Estados y restaurar el nacionalismo. No obstante, la extrema derecha no es la única oferta política existente. 

Sí, pero ya antes de esta crisis la extrema derecha se erigió como planteo político reestructurado y con mucha legitimidad.

Hay mucho de eso. Si se observan los Estados europeos, todos tienen un sistema político descompuesto. En Francia no hay más partidos políticos, en Alemania la socialdemocracia no cesa de debilitarse mientras que los demócrata-cristianos de la canciller Angela Merkel están sumidos en una crisis, en Italia la democracia cristiana y el Partido Comunista desaparecieron, e incluso en Gran Bretaña el sistema partidario que antaño estaba tan bien estructurado ya no existe más. Estamos en plena recomposición política. La versión optimista quiere que esta recomposición política desemboque en el nacimiento de partidos con capacidades de llevar las riendas de la globalización. De hecho, actualmente, ningún partido político sabe qué es la globalización. Tal vez advenga un keynesianismo político. Por el contrario, el horizonte negativo sería que esa recomposición no se lleve a cabo. 

En uno de sus últimos libros y, más recientemente, cuando estallaron las insurgencias sociales en 2018 y 2019, usted planteó que estábamos ingresando en el segundo acto de la globalización. ¿Acaso esta crisis no ha barrido con ese segundo acto?

No, para nada, es el mismo. No hay que disociar lo que ocurrió en 2019 de lo que está pasando ahora. Es lo mismo, es decir, el redescubrimiento angustiado de una urgencia social. Ese es el segundo acto de la globalización, el cual consiste en distinguir globalización de neoliberalismo, es decir, dejar de confiarle al mercado la gestión exclusiva de la globalización. En el curso de este segundo acto se trata de construir una globalización humana y social. Estas fueron las demandas de 2019 y los mismos reclamos vuelven ahora con urgencia ante la crisis del coronavirus. Si somos optimistas, podemos esperar que esta crisis termine por acelerar el advenimiento del segundo acto de una globalización humana y social. De lo contrario, cabría pensar que la catástrofe sanitaria no hizo sino complicar y atrasar la marcha hacia la segunda secuencia. 

2019 nos mostró a una humanidad ligada por lo que usted llamó un perfil intersocial. ¿Persiste aún esa dimensión de conexión, de diálogo y de compenetración entre identidades sociales?

Sí, claro, tanto más cuanto que esta crisis nos revela que las relaciones intersociales se vuelven determinantes a través del planeta. Estas relaciones intersociales son incluso más importantes que las relaciones entre los Estados, los gobiernos o los militares. El porvenir del planeta está en las interacciones sociales, en la tectónica de las sociedades, es decir, en esa capacidad propia de las sociedades para interactuar entre ellas más allá de la voluntad de los gobiernos.

Uno de los ejes constantes de su reflexión ha sido plantear la forma en que, en las relaciones internacionales modernas, es el Sur quien fija la agenda del Norte y, también, cómo ello desembocó en una representación geopolítica marcada por la impotencia de los poderosos. El coronavirus ha dejado al desnudo esa impotencia.

¡Estamos más que nunca en ese esquema!. Estamos viendo cómo los instrumentos clásicos de la potencia no pueden hacer absolutamente nada frente al coronavirus. Estados Unidos, que es la superpotencia de las potencias, conoce una propagación de la infección superior a la de China y Europa. Hemos dejado de estar en el registro de la potencia. Los recursos clásicos de la potencia nada pueden hacer. Debemos pasar ahora de la potencia a la innovación. Solo ganaremos si convertimos la vieja concepción de la potencia en capacidad de innovación para encontrar nuevos tratamientos, una vacuna, así como los medios técnicos capaces de remodelar la globalización para que esta no sea, como hoy, una fuente de dramas. Estamos ante un nuevo umbral de la historia. 

Un nuevo umbral con un interrogante dramático: ¿qué ocurrirá cuando el coronavirus se expanda en los países del Sur carentes de toda estructura sanitaria?

Esa eventualidad anuncia una catástrofe. Si la pandemia llega al Sur, será todavía más dramática y lastimará más profundamente al planeta entero. Ello prueba que los centros de gravedad de nuestra historia y de nuestro porvenir están en el Sur. El auténtico momento de la verdad se planteará cuando África se vea confrontada masivamente a esta tragedia.

Se han caído tantas máscaras con esta crisis global. La búsqueda de una vacuna, por ejemplo. Cada país la elabora por su cuenta: Francia, Estados Unidos, Rusia, China, Cuba. Y en el medio está el espectáculo indecente de la OMS: no tiene voz, ni influencia, ni capacidad alguna de organizar acciones coordinadas. Se ve como un monstruo vacío y burocrático.

Este tipo de anarquías son frecuentes en las situaciones de urgencia porque se establece una competencia entre un conjunto de actores que trata, más o menos sinceramente, de encontrar un remedio. Es algo paradójicamente normal porque así se estimula y se aceleran las investigaciones. Ahora claro, si estuviésemos en un mundo ordenado, la OMS habría debido encargarse de la definición de los protocolos de investigación y de los protocolos terapéuticos. Pero la OMS se ha vuelto alguien que cada tarde lee comunicados carentes de interés. Pero la naturaleza humana termina siempre por triunfar. El problema consiste en saber qué sacrificio habrá que hacer para todo esto. Un muerto es un muerto de más y ahora vamos ya por miles de muertos. Pienso que la humanidad renacerá de todo esto más fuerte y más consciente.

Por Eduardo Febbro (NUSO) 6/04/2020

Claude TRUONG-NGOC

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Esta entrevista se publicó en Nueva Sociedad.

Publicado enInternacional
Lunes, 03 Febrero 2020 06:03

La Inglaterra que entronizó a Boris

La Inglaterra que entronizó a Boris

El Brexit y la sensación de abandono de la élite de Londres alentaron el viraje conservador de viejos feudos laboristas

Un pub centenario del centro de Durham (65.500 habitantes), al noreste de Inglaterra, recibe al visitante con un sugerente mensaje: “La minería, la profesión más peligrosa del mundo, desarrolla un cierto tipo de hombre”. Los habitantes de esta región deprimida son duros, obreros y, desde siempre, laboristas hasta la médula, ya sea por creencia o por herencia. Olvidados por el establishment londinense, en 2016 votaron en masa a favor del Brexit. Y, sobre todo, dando un giro ideológico contranatura, el pasado diciembre encumbraron al conservador Boris Johnson como primer ministro. La muralla roja, como se conoce a este bastión de la izquierda, cayó en manos de los tories. Por primera vez en la historia, el muro se tiñe de azul.

A pocos kilómetros, brilla el sol en Sedgefield, un pueblo de clase media de 5.200 habitantes donde los vecinos de avanzada edad salen sigilosamente a hacer recados, a tomar el té o a comer al Dun Cow, un clásico pub con flores en la fachada en el que el primer ministro laborista Tony Blair invitó al presidente de EE UU George W. Bush a un típico fish and chips (pescado con patatas fritas, el plato nacional) justo antes de que ambos se embarcaran en la guerra de Irak, en 2003. Pese a haber sido la circunscripción del líder laborista en los años noventa, Sedgefield dio el escaño en Westminster a los tories en las pasadas elecciones por una diferencia de tan solo 4.513 papeletas. Una victoria pírrica, pero de gran calado simbólico, lo que propició la visita casi inmediata de Johnson al club de críquet local, donde echó sal en la herida laborista. Leo McCormack, el alcalde del municipio que no está adscrito a ningún partido, cree que la visita del líder tory fue “pura propaganda”. Otros creen que Sedgefield era el lugar obvio para regodearse. “Fue una manera de decir: ‘Lo siento Tony [Blair], tu idea de una Inglaterra socialista está enterrada”, ríe David Coupe, 63 años y político tory en la cercana Middlesbrough.

Como escribe en una de sus columnas Brendan O’Neil enThe Spectator, ahora “los antiguos mineros de clase obrera confían en un hombre torpe excéntrico y educado en Eton [la escuela de la alta sociedad] más que en el Partido Laborista”. Brian McGill, un antiguo minero de 83 años de manos fuertes y cara curtida, es uno de ellos. “He votado toda mi vida a los laboristas. ¡Toda mi vida!”, se lamenta. “Pero el partido no escucha la voluntad de la gente y en cambio Johnson hace exactamente lo que la gente pide”, dice en referencia al ajustadísimo resultado del referéndum de 2016, en el que el 51,9% del país optó por el portazo a la UE. “Él es el único que puede llevar a cabo el Brexit”, asevera. Más tarde añade que espera que Johnson sea premier durante más de un mandato, algo que ya auguran muchos analistas gracias a esa “pedazo de mayoría” —como repite el mandatario— que le dieron los británicos: 365 escaños de 650.

Paul Howell, de 60 años y nuevo diputado tory en Sedgefield que ahora ocupa en Westminster la silla que un día fue de Tony Blair, reconoce que muchos de los votos que le hicieron ganar en diciembre fueron “prestados” por votantes de izquierdas. “Quieren mirar al futuro y el partido laborista actual está anclado en un pasado que ya no existe”, dice mientras toma un té preparado por su esposa, Lillian. Su gata Pepsi merodea por la casa en busca de las caricias de un dueño que ahora desaparece de lunes a jueves para trabajar en la Cámara de los Comunes. “Intentaré acercar las políticas de Londres a mis votantes”, promete. Coupe explica que la gente en el noreste del país aún se siente desconectada de la capital. “¡Y mucho más de Bruselas!”. Mientras más del 60% de la región votaba a favor de irse de la UE, él votó a favor de quedarse. Ahora acepta el resultado de una consulta que tacha de error.

Abandono

A pesar de que el Brexit ha dirigido el cambio político de esta región de tres millones de habitantes y aún sumergida en el recuerdo del humo de las fábricas de hierro, acero y las minas de carbón, existe otro factor casi más relevante para que sus vecinos hayan cambiado de religión: la desconfianza hacia el actual líder laborista, Jeremy Corbyn. El alcalde de Sedgefield le votó, pero dice que en el fondo se sabía que no estaba capacitado para ser primer ministro. “Le voté para que hubiera un segundo referéndum y frenar el Brexit”, dice mientras pasea alrededor de la iglesia que corona el pueblo y junto a la que ondea la Union Jack (bandera tricolor del Reino Unido). “La gente se ha sentido ninguneada y olvidada por este laborismo”, resume. Aquí, unos y otros coinciden en que “Corbyn dio por sentado” que volvería a ganar en la muralla roja. Pero se confió. Se desentendió. Y perdió.

Los vecinos de este rincón del mundo estaban acostumbrados a estar en el candelero en un pasado que para todo el laborismo siempre fue mejor. En el pueblo minero de Trimdon (2.800 habitantes), a pocos kilómetros de Sedgefield, una gran casa de ladrillo oscuro destaca sobre las demás, apiñadas, con sábanas y ropa aireándose a la luz de un resol invernal. Su inquilino fue Blair, representante de esta región en Westminster y el primer ministro del país durante una década (1997-2007). Shirley Swalwell, de 77 años, siempre lo apoyó porque “representaba al centro”. Al hablar de Corbyn, esta empleada del hogar pone una mueca de rechazo: “Es el extremo. Representa a un pasado minero que ya no existe por aquí”.

Tras unos minutos de charla en los que Swalwell se va acomodando, admite que en diciembre también votó a los tories porque desde que Blair ya no está, la región está paralizada. “La gente se ha cansado de votar a los laboristas y ver que nada cambia”, añade McCormack. El alcalde, nostálgico, asegura que el Partido Laborista debería empezar a agrupar a toda la amplia clase trabajadora.

Muchos de los que solían trabajar en las minas están jubilados y los antiguos empleados del acero y del hierro viven ahora de indemnizaciones por despido. Aún queda en pie una fábrica de Nissan en la región. Pero poco más. Y pese a que el noreste tiene una tasa de paro del 6% —la mayor del país—, el fenómeno de los trabajadores pobres ha afectado a buena parte de la región. Como a Paul, de unos 50 años, al que le ha salido un trabajo de manitas. “Mañana trabajaré de otra cosa”, dice.

Matthew Goodwin, autor de National Populism (Pelican Books, 2018), y miembro del think tank Chatham House, augura a través de un correo electrónico que el camino que va a recorrer el laborismo para su reconstrucción será largo porque ni siquiera se ha dado cuenta aún de la dimensión de su derrota. El experto cree que el partido necesita construir un puente rojo hacia estos bastiones perdidos para recuperar los votos de la clase obrera.

Consumado el Brexit, y consumada su derrota, los laboristas entran ahora en una fase de discusión interna “fascinante”, opina el editor de política del The Northern Echo, Chris Lloyd, de 55 años, desde una redacción que huele a una mezcla deliciosa de papel, tinta y café. “Tendrán que dirimir si son de derechas o de izquierdas; si quieren estar dentro o fuera de la UE. E incluso si es un partido del norte o del sur”. Y es que lo que ocurrió hace 52 días fue un “tsunami tory”, describe. “La gente del noreste no solía votar a los conservadores porque sus antepasados [esa antigua clase obrera] se revolverían en su tumba”. Pero el Brexit lo ha puesto todo del revés.

Los diputados laboristas en Westminster procedentes de regiones como Darlington o Sedgefield estaban públicamente a favor de permanecer en la UE. En ese sentido, bloquearon una y otra vez los planes de salida que tanto Theresa May como Boris Johnson presentaban en el Parlamento. Esto no gustó a los 778.000 habitantes del noreste (frente a medio millón) que estaban decididos a salir del club europeo y empezaron a sentirse huérfanos en Londres. Su diputado ya no les representaba. Como herramienta para que se hiciera cumplir el resultado en las urnas y en protesta al abandono que sintieron por parte de Corbyn, que nunca tuvo una posición clara respecto a la madre de todas las cuestiones en el Reino Unido, votaron al único que tenía rumbo: Boris Johnson y su Get Brexit done.

“Cuando la gente dice que se quiere ir, es que se quiere ir”, ilustra Wendy Gill, de 75 años y vecina de Sedgefield, donde vive desde 1973, año en el que el país entró en la UE. Y es la tónica general. “Una vez que la gente dice ‘vamos fuera’, vamos fuera. ¡Esto es una democracia!”, exclama Howell, quien revela que en 2016, cuando aún trabajaba en el sector privado, votó a favor de quedarse en la UE. Como el primer diputado tory en la historia de Sedgefield, Howell deberá cumplir ahora con aquellos que le han prestado el voto. “Se pueden debatir muchas cosas, si el referéndum estuvo bien o mal… Pero una vez que la gente vota, ya no hay vuelta atrás”, insiste. Richard, de 25 años, hijo y nieto de trabajadores del acero en Middlesbrough, también heredó esa ideología laborista. Pero en diciembre optó por los tories. Está cansado de tanta disputa. “Salgamos [de la UE] y luego ya veremos”, opina.

De momento, la semana pasada un grupo de tories se apuntó un tanto con la inauguración de siete rutas desde el aeropuerto de Teesside, en el centro de la región. Los destinos ya sugieren la línea del Gobierno: Aberdeen (Escocia), Cardiff (Gales), Belfast (Irlanda del Norte), Dublín (Irlanda), isla de Man (entre Irlanda e Inglaterra), Southampton (una de las mayores ciudades portuarias) y Londres. “Vamos a unir al país y traer inversión a esta región que ha estado abandonada por los laboristas”, dice Peter Gibson, primer diputado tory de Darlington, tras el espectáculo en el que se convirtió el anuncio: los políticos bajando de un avión con el éxito de The Killers Brightside (El lado bueno) como banda sonora.

Pero a los tories no les basta con ganar. Ni siquiera con arrebatar bastiones a los laboristas. Se trata también de lograr consolidarse en la muralla roja, desliza Lewis Mates, profesor en la Universidad de Durham. Ello dependerá de si Johnson es capaz de cumplir sus promesas y mejorar las condiciones de vida de, por ejemplo, los que acuden habitualmente a los 2.000 food banks (bancos de alimentos) de todo el país —frente a los 55 de España— como último recurso para subsistir en este país, la segunda economía europea.

Empobrecimiento

“Si el actual Gobierno no tiene un plan inteligente para mitigar los efectos del Brexit, regiones como el noreste van a sufrir muchísimo más” que el resto, vaticina Mates. El PIB per cápita aquí es de 28.500 euros frente a los 58.300 de Londres. El noreste es la región más pobre de Inglaterra, y la tercera del Reino Unido, solo por delante de Gales e Irlanda del Norte. El experto culpa del empobrecimiento a la Tercera Vía de Blair y Anthony Giddens por la que “hicieron creer que la clase media era más grande de lo que realmente era”. El efecto fue, según él, que los más vulnerables quedaron en el olvido.

Los motores económicos del noreste se empezaron a apagar hace décadas: primero, las minas de carbón; luego, el hierro y el acero. Es el dinero público lo que se echa en falta. “Esta región lleva sufriendo desde los años setenta”, revela con marcado acento norteño el exmarine Stuart Hudson, de 55 años y ahora encargado del mayor almacén de comida de la región. Según Trussell Trust, la ONG paraguas de los bancos de alimentos, el 87% de los beneficiarios son nacidos en el Reino Unido. “Británicos blancos”, añade Hudson.

En Newcastle, Chris, de 40 años, en el paro desde hace un lustro y padre de una niña pequeña, recibe y también ayuda a dar comida a gente —35.000 personas solo en este banco en 2019— que no se siente arropada ni por Londres, ni por Bruselas. “Los bancos de alimentos y sus causas son inaceptables”, opina Howell, que asegura afrontará esta crisis durante su mandato como diputado en Londres. Kelly, 37 años, tres hijos y maltratada hasta haber sido apuñalada por su primer marido, llora tras recoger su comida: “La política me da asco”. Brian Le Fevre lleva un par de años como voluntario y confiesa que ver esta realidad fue “un shock”.

Mientras, en el arcén de la autovía que recorre esta región, una joven vende café y hamburguesas desde una caravana. Robert, de 31 años, reconoce asomado a la ventanilla de su camión que tampoco le interesa la división izquierda-derecha, pero tiene claro que a él le irá mejor fuera de la UE. “Take back control”, sonríe. Un lema que, junto al también pegadizo Get Brexit done —ambos ideados por Dominic Cummings, el estratega número uno del primer ministro y oriundo de esta zona—, es ya una realidad con Johnson entronizado en el número 10 de Downing Street.

Por BELÉN DOMÍNGUEZ CEBRIÁN (ENVIADA ESPECIAL)

Sedgefield (noreste de Inglaterra) 3 FEB 2020 - 02:34 COT

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Reino Unido prepara acuerdo comercial con EU, a unas horas de dejar la Unión Europea

El bloque perderá un miembro por primera vez y ganará un competidor

 

Londres. El primer ministro británico, Boris Johnson, se reunió ayer en Londres con el secretario estadunidense de Estado, Mike Pompeo, para preparar el terreno de la negociación de un gran acuerdo comercial, a unas horas de la salida de Reino Unido de la Unión Europea (UE).

Pompeo subrayó los "enormes beneficios" para ambos países, ya que Reino Unido se encuentra a las puertas de un "cambio histórico".

Como miembro de la UE, hay cosas que Reino Unido "estaba obligado a hacer; ahora será diferente. Creo que es fantástico. Podremos reducir los costos de transacción y compartir de una manera que no podíamos", indicó Pompeo en un panel conjunto con su homólogo británico, Dominic Raab.

Después de que el Parlamento Europeo ratificó el acuerdo de divorcio en una sesión cargada de emoción el miércoles, Reino Unido saldrá oficialmente hoy a la medianoche del bloque europeo, aunque en la práctica casi nada cambie durante el periodo de transición, hasta finales de diciembre.

Londres pondrá fin a casi 47 años de complicada relación con la UE y ésta, por primera vez en su historia, perderá un miembro y ganará un poderoso competidor comercial y financiero.

Uno de los principales argumentos de los defensores del Brexit desde la campaña del referendo de 2016 en que se decidió la salida de la UE con 52 por ciento de votos, ha sido recuperar el control de su política comercial para negociar libremente acuerdos con otros países.

Japón podría ser el primero en firmar un tratado con Londres, durante la visita del emperador Naruhito en primavera a Reino Unido, pero el presidente estadunidense, Donald Trump, considera una "prioridad absoluta" alcanzar un ambicioso acuerdo de libre comercio con Reino Unido y el secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, esperara concretarlo este año.

Aunque un acuerdo entre Washington y Londres tiene varios obstáculos en el camino, como la decisión británica de permitir al fabricante chino de telecomunicaciones Huawei participar, aunque sea de manera limitada, en su red 5G, y el proyecto de imponer un impuesto a los gigantes estadunidenses de Internet.

Eso, por un lado, y por el otro, cuestiones como la negativa estadunidense de extraditar a Anne Sacoolas, esposa de un diplomático implicada en un accidente de tráfico en Inglaterra que mató al adolescente Harry Dunn, o la denuncia de un fiscal neoyorquino de que el príncipe Andrés, hijo de la reina Isabel II, no coopera con una investigación de la Oficina Federal de Investigaciones sobre el pederasta Jeffrey Epstein, quien se suicidó en prisión.

"Tenemos muchos temas a discutir con Reino Unido en el momento en que entre en una nueva fase de soberanía", reconoció Pompeo en el avión que lo transportaba a Londres, incluidas "enormes cuestiones comerciales".

Además, en la negociación de un acuerdo con Estados Unidos, Reino Unido podría verse obligado a aceptar productos con normas alimentarias más laxas sobre la salud y el medioambiente que las actualmente impuestas por la UE.

En tanto, los países que conforman el bloque ratificaron por escrito el acuerdo del Brexit, lo que completa el procedimiento.

La comisaria europea de Competencia, la danesa Margrethe Vestager, aseguró que echará de menos el "sentido del humor" británico, así como su cultura.

Este viernes bajarán las banderas británicas de los edificios de la UE en Bruselas, mientras los defensores del Brexit las harán ondear en Londres para celebrar la salida.

Reino Unido se adhirió a la Comunidad Económica Europea el primero de enero de 1973 y después de firmar en 1992 el Tratado de Maastricht, se convirtió en miembro de la UE.

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El conservador Boris Johnson arrasó en las elecciones con el Brexit como bandera

Desde Londres. El primer ministro Boris Johnson cumplió con las formalidades de la asunción antes de dirigirse a la nación después de su aplastante victoria electoral. A las 11 de la mañana visitó a la Reina Isabel II para comunicarle que contaba con la mayoría parlamentaria necesaria para formar gobierno. El discurso a la nación llegó por la tarde, más conciliador que triunfalista. “Quiero dirigirme a aquellos que no me votaron y que posiblemente todavía quieran permanecer en la Unión Europea. Les quiero decir que nunca los olvidaremos. Este es el momento perfecto, cuando estamos por dejar la Unión Europea, de recrear los sentimientos que tenemos por nuestros amigos uropeos para tener un nuevo acuerdo que será nuestro proyecto para el próximo año. Espero que todos, de un lado y otro del argumento, podamos empezar a cicatrizar las heridas”, dijo Johnson.

La contundente mayoría que obtuvo - 368 diputados sobre un total de 650 – le da margen para buscar una posición más centrista que la adoptada por el Partido Conservador desde el referendo a favor del Brexit en 2016. Johnson tiene un Jeckill and Hide en sus genes, mezcla del xenófobo y oportunista con el conservador popular y paternalista, o “one nation Conservative”, como se definió en el discurso que dio delante de 10 Downing Street, residencia oficial del primer ministro. “Vamos a unirnos como nación, a nivelarnos, y consolidar la unión con Escocia, Gales, Inglaterra y el Norte de Irlanda”, dijo Johnson.

El contraste con los laboristas no podía ser más marcado. En la autopsia del peor resultado electoral desde 1935 sobran las acusaciones cruzadas y recriminaciones buscando un responsable de la debacle. El líder laborista Jeremy Corbyn señaló que dejará la jefatura del partido en los primeros meses del año entrante una vez que concluya el período de reflexión sobre la derrota. “Estoy muy triste por el resultado y por el impacto que tendrá en comunidades golpeadas por la austeridad. Pero al mismo tiempo siento orgullo por el programa electoral que presentamos y que tuvo un amplio apoyo a nivel social. El problema es que la elección se definió por el Brexit”, dijo Corbyn a la BBC.

Entre sus rivales, muchos se asombraron que no hubiera renunciado de inmediato y negaron que el voto se redujera al Brexit. “Corbyn fue un desastre. Todos sabíamos que no podía liderar el partido y la clase trabajadora. Ahora lo que quiero es que Momentum y la pequeña secta que lo ha rodeado buscando conservar la pureza del partido, se vayan”, señaló a ITV Alan Johnson, un sindicalista que ocupó varias carteras durante el Blairismo, último período del laborismo en el poder.

Los sondeos confirman que Corbyn es el líder de la oposición más impopular de las últimas décadas, pero no cabe duda que el primer ministro – y un equipo encabezado por el Rasputinesco Domimic Cummings – acertó con convertir al Brexit en el centro de su mensaje electoral. En las zonas que votaron por la salida de la Unión Europea (UE) en el referendo de 2016, muchas de ellas bastiones laboristas, Johnson se hizo un picnic.

Con un mensaje simplón ("get Brexit done"), los conservadores horadaron la “muralla roja” en el norte de Inglaterra, cinturón industrial y post industrial que votó durante toda su historia al laborismo. Una ex comunidad minera, Blyth Valley, centro de las batallas campales contra el Thatcherismo en los 80, cayó alrededor de la medianoche. A las 2 de la mañana hora británica, se anunció otra de las grandes sorpresas de la noche. Wrexham, en el norte de Gales, localidad laborista durante 80 años, pasaba a manos de los Tories. Lo mismo sucedió en Great Grimbby, ciudad portuaria del norte, que había votado al laborismo desde la segunda guerra. Decenas de escaños del laborismo histórico cruzaron este Rubicón tabú: votar por el enemigo conservador.

Europa, Escocia

La elección enterró las exiguas posibilidades que había de un nuevo referendo para evitar la salida de la UE. La semana próxima el nuevo parlamento aprobará el acuerdo de salida del bloque europeo que logró Johnson en Octubre: el 31 de enero, el Reino Unido no será miembro pleno de la UE.

Es una salida formal, parte de una transición que durará hasta diciembre. En esos 11 meses el Reino Unido seguirá siendo parte del Mercado Común Europeo, de la Unión Aduanera y contribuirá al presupuesto, pero no tendrá voz ni voto. El gran enigma es si durante estos meses podrá negociar un tratado de libre comercio con la UE o saldrá del bloque sin acuerdo. La UE representa la mitad de los intercambios comerciales del Reino Unido. Si no hay acuerdo, el comercio se regirá por las reglas de la Organización Mundial del Comercio con una fuerte suba de aranceles e impacto directo en la producción, inflación y empleo.

La abrumadora mayoría de Johnson le da margen para negociar un acuerdo más suave con el bloque europeo que el que le exigen sus sectores ultra que ahora tendrán menos poder para imponerle condiciones. El tiempo no le juega a favor. A menos que se llegue a un acuerdo básico provisorio, algo que se podría alcanzar el año próximo, la negociación promedio de tratados con la UE es de siete años: a mediados de 2020 Johnson tendría que solicitar una extensión de la negociación más allá del año próximo o jugarse por el Brexit duro (salida sin acuerdo).

El otro frente que se le abre a Johnson con esta victoria apabullante es el de la muralla roja. Estos votantes quieren el Brexit, pero también quieren servicios e inversión pública, seguridad social, ayuda industrial, políticas que no tienen nada que ver con los conservadores. Johnson tiene cinco años de gobierno por delante, pero la alianza que le dio un triunfo contundente puede entrar en crisis mucho antes.

Escocia es otro frente complicado. Los nacionalistas del SNP ganaron 48 de los 59 escaños en juego en Escocia. El SNP, que levantó la bandera de la independencia durante la campaña, dejó en claro que quiere un nuevo referendo: Boris Johnson ya dijo que no lo autorizaría. El problema que tiene es que los tories perdieron 7 de los 13 escaños que tenían en Escocia. El Reino Unido está partido en dos: nacionalista en Escocia, conservador en Inglaterra. Con este panorama, hay crisis constitucional a la vista. A pesar de las diferencias notorias, el fantasma de Cataluña rondará esta pelea.

El futuro del Partido laborista

Un impecable análisis del semanario The Economist este viernes predice un “Corbynismo sin Corbyn”. Los Corbynistas dominan las palancas del partido, tienen unos 40 mil militantes nucleados en torno a "Momentum", su ala juvenil, y los sindicatos han girado a la izquierda. El semanario cita una exhaustiva investigación del British Election Study que muestra que el electorado que votó a Johnson tiene muchas posiciones afines al Corbynismo en temas como la desigualdad o los servicios públicos.

Con este trasfondo el Blairismo difícilmente pueda meterse en la lucha por la sucesión porque no tiene peso propio en un partido dominado por el voto de sus miembros, unos 500 mil afiliados. La contienda que se avecina será entre un ala “moderada” del Corbynismo, representada por Keir Starmer, portavoz en temas del Brexit, y Emily Thornberry, portavoz de temas exteriores. Starmer es el favorito de los corredores de apuestas, que no descansan un minuto en este reino del Puritanismo, pero no tiene muchas chances por una cuestión de género. A diferencia de los conservadores, que tuvieron dos primer ministros (Margaret Thatcher y Theresa May), el laborismo no ha tenido una líder mujer: está desesperado por cambiar esta historia.

El problema con Emily Thornberry es que representa al sur inglés pro-europeo. Las candidatas de la izquierda, Rebecca Long-Bailey y Angela Rayner, parecen dar la talla que exige este momento. Son de la clase trabajadora del norte del país, jóvenes, y tienen el apoyo de los pesos pesado del laborismo y los sindicatos. Ambas están bien situadas para encarnar un “Corbynismo sin Corbyn”, que siga con sus políticas de nacionalización, industrialización y justicia social y que le añadan un tono de patriotismo, ausente en el líder laborista, pero muy presente en la clase trabajadora.  

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Sábado, 02 Noviembre 2019 07:24

Brasil es la cuña de EEUU en Sudamérica

Brasil es la cuña de EEUU en Sudamérica

Brasil está sólidamente alineado con EEUU, pero además se está convirtiendo en la espada de Washington: se permite juzgar a los gobiernos de la región, violentando las elementales normas diplomáticas y está tejiendo alianzas con los mismos países alineados con el imperio.

Tres datos centrales permiten llegar a esa conclusión. El primero es la reacción del presidente Jair Bolsonaro al triunfo electoral del peronismo en Argentina. El segundo es que aprovecha la coyuntura para poner en duda el futuro del Mercosur. Finalmente, en su gira por Asia y Medio Oriente consiguió tejer acuerdos con Arabia Saudí, el principal aliado de Washington en el mundo.

Bolsonaro dejó de lado las mínimas normas de cortesía diplomática para criticar frontalmente la elección de Alberto Fernández, al punto que se negó a felicitarlo por su victoria en primera vuelta. El canciller Ernesto Araújo fue más lejos aún, al decir que "las fuerzas del mal están celebrando" el resultado argentino, agregando que se trata de "una de las peores señales posibles".

Es cierto que Fernández tampoco fue diplomático, al pedir en su primer discurso, luego del triunfo del domingo 27, por la libertad de Lula, el expresidente de Brasil preso en el marco de la investigación Lava Jato. Este choque de presidentes no augura nada positivo para las relaciones bilaterales y para el Mercosur.

El Gobierno brasileño adoptó una actitud anormal en la región, incluso para los más conservadores. "Desde que asumió el gobierno, Jair Bolsonaro puso a Nicolás Maduro y La Habana como sus mayores enemigos en el hemisferio", escribe el periodista Jaime Chade. Según el diario El País, el canciller envió instrucciones a sus diplomáticos para promover una reunión de las Naciones Unidas para atacar a Cuba, aún en contra de la opinión de sus diplomáticos.

El articulista considera una profunda hipocresía que "se llame a Maduro como dictador y a Cuba como amenaza, mientras cierra los ojos para decir, con orgullo, que tiene afinidad con un príncipe saudí acusado de las peores atrocidades", en referencia a sus excelentes relaciones con el príncipe saudí Mohamed Bin Salmam. Quizá porque el gobierno de Riad anunció inversiones por 10.000 millones de dólares en Brasil.

La segunda cuestión la trajo el hijo del presidente, Carlos Bolsonaro, una especie de comunicador informal del gobierno. Con una argentina peronista, dijo en un tuit, Brasil debe rever el acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur, apuntando a su deseo de separar a Buenos Aires de la alianza regional.

En este punto es necesario recordar que EEUU siempre se opuso a la integración regional sudamericana, y sólo admitió un Mercosur volcado a las relaciones comerciales, desconfiando de cualquier alianza política entre Argentina y Brasil, los únicos países que por su peso económico, político y diplomático pueden arrastrar a toda la región en una dirección determinada.

EEUU ya consiguió, desde los gobiernos de Macri y Bolsonaro, que la UNASUR fuera desactivada, pero ahora puede congratularse de que el Mercosur también atraviese dificultades. Hasta ahora las relaciones comerciales entre ambas naciones sudamericanas eran importantes. El principal mercado de las exportaciones argentinas es Brasil, relevante para la industria por la venta de autopartes, ya que el resto de sus exportaciones son commodities agrícolas sin valor agregado.

La tercera cuestión es que Brasil está promoviendo un viraje hacia Asia y Oriente Medio, en busca de mercados y de inversiones. De hecho se convirtió en uno de los países más atractivos para los inversores, en la medida que derriba las barreras ambientales y laborales, así como las restricciones al capital extranjero en áreas sensibles como los hidrocarburos.

El Fondo de Inversión Pública de Arabia Saudí desembolsará 10.000 millones dólares, un dato que fue hecho público luego del encuentro entre Bolsonaro y el príncipe heredero Bin Salman. Por otro lado, el jefe de gabinete de Bolsonaro, Onyx Lorenzoni, aseguró que ambos gobiernos formarán un consejo que definirá los sectores apropiados para efectivizar las inversiones.

Entre los intereses de los sauditas figura la construcción de un ferrocarril de casi 1000 kilómetros, desde el corazón agrícola de Mato Grosso hasta Pará, en el extremo norte del país, cuyo costo oscila en los tres mil millones de dólares. En paralelo, el fondo soberano de Abu Dhabi se mostró entusiasmado por las inminentes privatizaciones en Brasil.

En efecto, Brasilia espera recaudar 325.000 millones de dólares en los próximos años, en las subastas previstas en pozos petroleros, puertos y aeropuertos, pero también con las privatizaciones de empresas estatales como el correo.

Si este plan funciona, además de un profunda desnacionalización del país, Brasil puede conseguir los fondos necesarios para superar una crisis económica que ya se arrastra cinco años, desde el comienzo del segundo Gobierno de Dilma Rousseff, en 2014. Lo hace, además, apelando a los socios estratégicos de EEUU, ya que en su visita a China se habló de mejorar las relaciones comerciales pero no se mencionaron inversiones.

Por último, el Gobierno de Brasil está haciendo gestiones para un segundo encuentro con el presidente Donald Trump, en noviembre. Según relataron diplomáticos a Folha de Sao Paulo, este encuentro "sería una oportunidad especial para consolidar al jefe del Palacio del Planalto como líder regional, frente a procesos complicados en el vecindario sudamericano: Chile, Bolivia y Venezuela".

Este punto es relevante y puede tener consecuencias a largo plazo. Al parecer, la nueva visita de Bolsonaro a EEUU fue iniciativa de los senadores republicanos Marco Rubio y Rick Scott. Luego de la década progresista, entre 2003 y 2015, en la que Washington sufrió cierto aislamiento en la región sudamericana, ahora está recuperando posiciones, para lo que necesita de aliados fuertes con llegada a todos los países.

Brasil se ofrece como la espada de EEUU en una región inestable y cada vez más volcada contra el neoliberalismo. Las masivas protestas en Chile, que durante décadas fue el aliado más estable de Washington en la región, son una llamada de alerta para la diplomacia de la Casa Blanca. En esta nueva coyuntura, Brasilia aparece como un aliado más confiable y sumiso a los intereses del capital financiero y del imperio.

20:02 01.11.2019

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Viernes, 13 Septiembre 2019 05:52

Boris el bárbaro

Unión Europea por Ombú.

A pedido del primer ministro Boris Johnson, la reina Isabel II anunció a fines de agosto la suspensión temporal del parlamento británico. Sin el contralor de otros poderes, el mandatario intenta acelerar el rumbo a un Brexit sin acuerdo con la Unión Europea, aunque eso lleve al paroxismo las fracturas internas de Reino Unido. El atolladero político que terminó en los últimos meses con el mandato de Theresa May enfrenta ahora a Johnson con una salida incierta: la prevaricación, la renuncia o incluso la cárcel.

 

Hace tres años, cuando Boris Johnson, por entonces alcalde de Londres, se colocó a la cabeza de la campaña por el Brexit –la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea (UE)–, uno de sus principales argumentos de campaña fue que las instituciones regionales le pasaban por arriba al parlamento británico y no respetaban la soberanía del país para decidir sus políticas. Dos meses después de asumir el gobierno y la jefatura del Partido Conservador, tras la renuncia de su predecesora, Theresa May, el rubio tory nacido en Nueva York se convirtió en el primer gobernante de su país en suspender, con la anuencia de la reina, por más de un mes ese mismo parlamento, para que no le pusiera palos en la rueda a su proyecto de salida no negociada de la UE. No es esta la única paradoja de Johnson, observó un editorialista del diario The Guardian: gran defensor de la unidad territorial de Reino Unido, el actual primer ministro está poniendo en peligro, con su plan de ruptura “salvaje” con la UE (sin acuerdo con Bruselas), esa misma unidad por las reacciones que está levantando en Escocia e Irlanda. “Si hace seis meses –escribió por su lado el politólogo y dirigente político español Juan Carlos Monedero– alguien hubiera afirmado que Inglaterra iba a tener una crisis política y territorial más grave que la de España, nadie le habría creído.” Pero en ese punto están precisamente las cosas en el corazón del antiguo imperio.

DERROTAS.

En el espacio de apenas una semana, el camino de Johnson hacia un Brexit duro ha estado empedrado con una serie de derrotas parlamentarias. Seis, más concretamente. La más dura que sufrió fue el fracaso de su plan de adelantar las elecciones en vistas de unos sondeos que lo presentan como claro favorito. Johnson levanta cada vez más resistencias en el aparato de su partido, pero si la elección se hiciera en octubre –como era la intención del gobernante– y las encuestas se confirmaran, los conservadores les ganarían a los laboristas por una diferencia cercana a los 15 puntos. Johnson levanta cada vez más resistencias en el aparato tory, pero su liderazgo –construido con base en postulados y discursos muy similares a los de Donald Trump en Estados Unidos– le ha permitido llegar a amplios sectores populares que lo ven poco menos que como un redentor. El no al adelanto a la consulta fue votado no sólo por toda la oposición, sino por 21 diputados conservadores. Ipso facto, Johnson los expulsó del partido. Otros legisladores tories anunciaron a su vez que no volverán a ser candidatos por una formación política que se está volcando cada vez más hacia la extrema derecha y dos ministros renunciaron al gabinete, entre ellos, Jo Johnson, hermano de Boris. En Escocia, Ruth Davidson, bajo cuyo liderazgo los conservadores desplazaron a los laboristas al tercer lugar en el parlamento local, renunció a la presidencia del partido en rechazo al Brexit “salvaje” promovido por el primer ministro.

¿A LA CÁRCEL?

Justo antes de entrar en receso, esta semana, la Cámara de los Comunes votó además una ley que obligará a Johnson a pedir a la UE una prórroga de tres meses para llegar a un desacople “amigable” de Reino Unido de las estructuras regionales, que vence el 31 de octubre. Johnson pretendía tener las manos libres para manejarse hasta entonces sin control parlamentario y, llegado el caso, irse de la UE a fin del mes próximo a como diera lugar, con o sin acuerdo. De ahí su decisión de suspender el funcionamiento de la cámara por seis semanas, hasta el 14 de octubre. Antes de su última derrota parlamentaria, el primer ministro advirtió en dirección a los diputados: “No voy a pedir otra postergación a la UE. Si el parlamento quiere hacerlo, tiene que convocar a elecciones para que el pueblo decida”. Pero los comunes le negaron la posibilidad de convocar a una elección anticipada y lo forzaron a pedir una nueva prórroga para concretar el Brexit, hasta el 31 de enero de 2020. “Nadie está por encima de la ley”, le recordó al primer ministro Caroline Goodwin, presidenta de la Asociación Legal Penal, cuando este ratificó que está decidido a ir “hasta el final” con tal de “hacer respetar la voluntad popular de romper con la UE cuanto antes”. Nigel Evans, referente de los partidarios del Brexit duro dentro del Partido Conservador, dijo que “existen al menos 20 maneras de eludir una ley” y que Johnson “sólo debería optar por alguna de ellas” para no acatar la norma recién votada.

Otro Nigel, Farage, líder ultraderechista del Partido del Brexit, que en las elecciones para el Parlamento Europeo de mayo pasado resultó ser la más votada de las formaciones políticas británicas, con casi 32 por ciento, afirmó, a su vez, que si el primer ministro no respeta sus promesas de salir de la UE, ahora y a cualquier precio, perderá “seguramente las próximas elecciones”, se realicen cuando se realicen. Una de las “20 posibles maneras de eludir la ley” que manejan los asesores de Johnson es enviar dos cartas a la UE: una en la que se solicite una prórroga del plazo de concreción del Brexit, como forma de acatar lo dispuesto por la Cámara de los comunes, y una segunda, inmediatamente después, en la que se anule ese mismo pedido y se advierta a Bruselas que pondrá todo tipo de trabas al funcionamiento normal de los órganos de la UE, con el objetivo de que sea esta la que diga “así no” y se avenga a una salida no pactada de Reino Unido. Si se decantara por esta “burla” a la voluntad del parlamento, dijo el dirigente nacionalista de Gales Adam Price, Johnson se estaría exponiendo a la posibilidad de un juicio político que bien podría perder e incluso a ir a la cárcel. Algo similar manifestaron los principales dirigentes laboristas e incluso algunos conservadores.

AL SUPREMO.

El miércoles 11 al primer ministro se le complicaron aun más las cosas: el Alto Tribunal de Escocia consideró nula la suspensión del funcionamiento del parlamento y dio la razón así a los casi 80 legisladores que habían denunciado como ilegal esa decisión. “Se trataría, sin ninguna duda, de un acto ilegal si su propósito fuera bloquear el debido control del parlamento sobre el ejecutivo, la columna central del principio de buen gobierno consagrado por la Constitución”, afirma la sentencia. Y agrega: “Las circunstancias en las que se produjo el consejo del primer ministro a la reina y el contenido de los documentos (que fundamentaron ese consejo) demuestran que esa fue la razón verdadera de la suspensión”.

Apenas conocido el fallo, el laborismo y los nacionalistas escoceses reclamaron que el parlamento volviera de inmediato a ser convocado. Pero por ahora no será el caso. Unos días antes de la sentencia de la justicia de Edimburgo se había conocido otra, del Alto Tribunal de Inglaterra y Gales, que iba en sentido totalmente contrario: reconocía la legitimidad de la disposición del ejecutivo.

Será entonces el Tribunal Supremo el que decidirá las cosas, al parecer, el martes 17.

TERRITORIOS.

“La historia del Brexit no termina si el Reino Unido sale de la UE el 31 de octubre o incluso si lo hace el 31 de enero”, le dijo el también conservador primer ministro de Irlanda, Leo Varadkar, a Boris Johnson el lunes 9 en Dublín. “Si no hay acuerdo, tendremos que volver a la mesa de negociaciones y hablar de los mismos temas: los derechos de los ciudadanos de ambas partes, el pago de las deudas pendientes y la frontera irlandesa, todos temas que habíamos resuelto con su predecesora, Theresa May. Pero, incluso con acuerdo, el tratado posterior para determinar cómo será la relación entre Reino Unido y la UE va a ser complejo, porque habrá que lidiar con aranceles, derechos pesqueros, estandarización de los productos y ayuda estatal”, agregó.

La República de Irlanda está entre los países que más pueden perder en caso de un Brexit duro. Es un país clave, dice el corresponsal de Página 12 en Londres Marcelo Justo, “porque la gran causa que unifica a la alianza de pro‑Brexit moderados y extremistas que conforman el gobierno es el llamado ‘backstop’ que firmaron Theresa May y la UE el pasado noviembre”. Y explica: “El backstop es un mecanismo a aplicar en caso de que Irlanda del Norte (parte de Reino Unido) y la República de Irlanda (miembro de la UE) no logren encontrar los medios para evitar la erección de una frontera terrestre visible con aduanas, chequeos y puestos de vigilancia. En este caso, Reino Unido permanecería en la Unión Aduanera con la UE e Irlanda del Norte, además, formaría parte del mercado único europeo hasta que se encontrara la manera de tener una frontera invisible que controle la circulación de mercancías y personas. Para los pro‑Brexit esto equivale a una renuncia a la soberanía británica, una partición de Reino Unido y una traición al referendo de 2016”.

Al problema irlandés se le puede sumar el escocés. Cuando se votó el Brexit, hace tres años, en Escocia hubo una clara mayoría en favor de la permanencia en la UE. Las tensiones entre los nacionalistas escoceses, hoy hegemónicos en su país, y Londres y los nacionalistas ingleses han ido creciendo desde entonces y podría plantearse, a término, la posibilidad de un nuevo referéndum sobre la pertenencia de Escocia al reino. “No es casual que los primeros recursos jurídicos contra las decisiones de Johnson se hayan producido en Escocia e Irlanda del Norte. El rechazo a las elites políticas y la frustración manifestada en relación con la UE en Gran Bretaña se inscriben en el marco de un auge del nacionalismo inglés y del deseo de revancha de Inglaterra. Segmentos importantes del electorado de esta nación, que es, sin embargo, dominante en el seno de Reino Unido, se sienten ignorados, despreciados y cultivan cierto resentimiento por Escocia”, apunta Emmanuelle Avril, coautora del libro ¿Adónde va Reino Unido?, en una entrevista con el portal francés Mediapart (29‑VIII‑19). Johnson está, de hecho, provocando el estallido de todas las costuras del reino –institucionales, territoriales– y acentuando sus fracturas, piensa Avril.

¿SALIDAS?

Como a su mayor ídolo, Donald Trump, al gobernante británico no se le reconocen grandes dotes de ajedrecista o fino maniobrero político, de esas que se necesitarían para salir del atolladero en que está. Muchas salidas, en verdad, no tiene. Andrew Rawnsley, analista político del diario The Observer, afirmó el domingo 8 que una de las más realistas es la renuncia pura y simple en los próximos días. Obligaría al laborismo liderado por el socialista Jeremy Corbyn y al ala moderada de los conservadores a formar un gobierno provisorio para negociar con la UE, antes de convocar a unas nuevas elecciones, en las que él podría moverse con más soltura. Ese panorama, apunta Marcelo Justo, “le permitiría a Johnson acudir a las elecciones como Míster Brexit y portavoz de los 17 millones de leavers (los partidarios del Leave, el abandono de la UE, en el referéndum de 2016) frente al parlamento y el establishment, una figura trumpiana que recurriría a la guerra cultural y a los mismos métodos del presidente estadounidense”.

Enfrente, los laboristas se preguntan sobre el camino a seguir. El partido está dividido entre quienes promueven que se haga un nuevo referéndum y defender claramente en él la pertenencia a la UE y quienes prefieren ceñirse al resultado de 2016 y acordar con Bruselas un “buen plan de salida”. Corbyn dijo que, en el caso de que el laborismo llegara al gobierno, primero negociaría con la UE y luego convocaría a un referéndum para decidir entre aprobar ese acuerdo de “divorcio amigable” y permanecer en el bloque. Entre el domingo 21 y el miércoles 25 el laborismo hará su congreso anual y este será uno de sus puntos centrales. La ambigüedad que mostró en el referéndum de 2016 (un tercio de sus votantes apoyó el Leave, mientras que la mayor parte de la bancada parlamentaria convocó a respaldar la permanencia en la UE) le costó caro al partido en elecciones posteriores.

El Brexit duro es la única opción que los laboristas descartan por completo, y por allí le pegan a Boris Johnson. Obligado por el parlamento, el gobierno difundió el miércoles partes de un documento secreto que muestra cómo una salida “inamistosa” de la UE perjudicaría sobre todo a los sectores populares, al encarecer el precio de los alimentos y el combustible, y provocar un desabastecimiento en medicinas y productos médicos. Desde esa perspectiva, el gobierno prevé que se produzcan “protestas y contraprotestas” masivas y un aumento del gasto en seguridad. “El Brexit duro es la apuesta de los más ricos. Como Trump, en Estados Unidos, Johnson se viste con ropajes populares para defender a los más privilegiados”, dijo Corbyn ayer, jueves.

Por Pablo Pozzolo

13 septiembre, 2019

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Trump y Johnson en Biarritz durante el G7. Foto: The White House

Boris Johnson ya recibió una oferta de Donald Trump en la cumbre del G7 para un acuerdo de libre comercio cuando se produjese el Brexit. Ahora la suspensión del Parlamento y un posible ‘Brexit duro’ allana el camino para ello.

 

La máquina se ha puesto en marcha. Reino Unido se encarrila ya hacia un Brexit duro tras la aceptación de la suspensión del Parlamento hasta el 14 de octubre por parte de la reina de Inglaterra. Tan solo un mes después de haber sido nombrado primer ministro, Boris Johnson ya ha tomado su primera gran decisión que concierne al Brexit. Su estrategia de suspender la Cámara de los Comunes llevaría a Reino Unido a tener muy difícil refrendar algún acuerdo con la Unión Europea, para lo que necesita que su Parlamento lo apoye. Tendría solo tres días de margen hasta la reunión de los líderes de la Unión Europea con la Comisión Europea, que es el 17 de octubre. Y después un tiempo muy ajustado (hasta el 31 de octubre) para leer el acuerdo, hacer enmiendas, debatirlo y votarlo. 

Esto significa que hay muy poco margen para que se debata, se planteen enmiendas y se apruebe un acuerdo con la Unión Europea. Johnson ha declarado que su intención no es la de evitar un acuerdo con la UE y que “el Parlamento se deberá reunir antes y después del 17 de octubre. Tendremos tiempo de sobra para poder votar un acuerdo si este se produjese”, declaró.

Sin embargo también tiene a su partido dividido. El parlamentario conservador Dominic Grieve declaró, al conocer la noticia, que el cierre del Parlamento sería “un atropello a la democracia”. Grieve cree que “somos muchos los conservadores que pensamos que un Brexit sin acuerdo sería realmente catastrófico para el país y el futuro”.

Su principal opositor en la Cámara y líder de los laboristas, Jeremy Corbyn, también piensa que este cierre es “un atropello constitucional” y ha recalcado el hecho de que Boris Johnson no fuese elegido en las urnas, sino a través de su partido ante la renuncia de Theresa May. Corbyn le ha acusado de “caer en los brazos de Donald Trump con una determinación que no he visto nunca” y le ha exigido que “rinda cuentas ante el Parlamento, no que lo cierre”. Por su parte, Donald Trump ha mostrado públicamente su apoyo a Boris Johnson, recriminando a Corbyn que no dé un voto de confianza a Johnson, “quien —dijo— es exactamente lo que Reino Unido estaba buscando”.

La senda que transita Boris Johnson se acerca cada vez más al libre comercio a través de la figura de Donald Trump, quien ya le ofreció un acuerdo bilateral de estas características entre ambos países el pasado fin de semana en la cumbre del G7. Es previsiblemente lo que hará Reino Unido al salir de la Unión Europea, que intentará negociar con él de forma exprés los términos de salida en cuestiones como el Mercado Común Europeo. Tampoco es descartable que, sin acuerdo, se apruebe otro tratado de libre comercio entre la UE y Johnson, ya que el primer país al que Reino Unido exporta es Estados Unidos, pero el segundo es Alemania.

El economista Sergi Cutillas no está de acuerdo con el hecho de que se cierre el Parlamento, pero piensa que “en realidad lo que está haciendo Johnson es forzar a la Unión Europea. Es verdad que es una ofensiva, pero la UE no tiene piedad. Así hizo con Grecia”. Él cree que en el Partido Laborista deberían intentar que se produjese un Brexit desde una postura izquierdista y social, cosa con la que Jeremy Corbyn, líder de los laboristas, no está de acuerdo porque aboga por permanecer en la Unión Europea. “Todo el mundo que negocia con la UE buscando comprensión se la pega. Para negociar debe haber una amenaza creíble, es lo único a lo que responde la UE”, declara. Y añade que “cerrar el parlamento no es una solución porque había otras formas de negociar”.

Las voces críticas convocaron varias manifestaciones por todo Reino Unido, alentadas, entre otros, por el periodista Owen Jones. Jones declaró: “¿Qué clase de país seríamos si permitimos a un presidente no elegido en las urnas cerrar un Parlamento para no escuchar lo que tiene que decir?” y lo denominó “golpe de Estado encubierto que deja en suspenso la democracia”.

Ahora Johnson intenta convencer al mundo de que este cierre es lo mejor que se puede hacer para planear una agenda propia que garantice un Brexit en las condiciones más ventajosas para Reino Unido. Será una tarea muy complicada. Se oyen voces sindicales que ya claman por una huelga general.

@Laura_cruzd


publicado

2019-08-29 06:58

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Para derrotar a la extrema derecha, la izquierda debe abrazar un Brexit socialista e internacionalista

La Unión Europea consagra el Thatcherismo en el continente: la creencia de que puede ser reformado desde dentro es engañosa.

 

 


2019-07-17 15:41:00

Paul Mason ha hecho una importante contribución al debate desde la izquierda en relación al Brexit. Esta aportación es importante porque Mason es el mayor europeísta dentro de la izquierda militante. La UE es esa anti-democrática y capitalista organización que se ha convertido en un pilar de la globalización y la capitana de la desigualdad.

Su artículo contenía el habitual macartismo de culpabilizar a quienes se oponen a la UE. El ataque de Mason a Eddie Dempsey, un sindicalista antifascista, es un clásico ejemplo de ello. Es imprescindible que nos movamos más allá de este tipo de politícas de la izquierda.
Mason tiene razón al argumentar que existe una amenaza de una reacción desagradable de la derecha. Pero la verdad es que esta amenaza se intensificará si se abandona el Brexit. La decisión de abandonar la UE se tomó en un referéndum con la votación más numerosa de la historia británica.

Esto no fue ciertamente la expresión de una política de extrema derecha, sino la visión establecida de millones de votantes laboristas y conservadores. Si votar no puede producir un cambio, entonces nuestra política está en crisis. Apoyamos la prioridad de la democracia. En las últimas elecciones, los dos partidos principales se presentaron en manifiestos que prometían respetar el resultado del referéndum. El voto de Ukip fracasó y el de los Laboristas se reactivó. Es la falta de voluntad de la clase dominante al llevar a cabo el Brexit, y no el propio Brexit, lo que está llevando a la ira popular.

También es cierto que la izquierda no ha podido articularse ni hacer campaña en torno a una visión democrática de renovación nacional. Parte del problema es que el euroescepticismo en el seno laborista desde una postura más izquierdista, inicialmente encarnado por Barbara Castle, Tony Benn, Michael Foot y Jeremy Corbyn, ha sido sofocado por las responsabilidades del liderazgo, mientras que la derecha euroescéptica del partido, ejemplificada en Hugh Gaitskell, Denis Healey, Peter Shore y Ernest Bevin, fueron eclipsados por la progresiva globalización de la tercera vía. El resultado ha sido una ausencia de liderazgo para posibilidades democráticas y socialistas en el Brexit desde dentro del Partido Laborista, que se ha materializado en un rechazo a los votantes del Brexit que apoyan a los laboristas, al calificarlos de “xenófobos y racistas”. Respaldamos su voto y las posibilidades socialistas que se abren a través del restablecimiento de la soberanía democrática.

El argumento de Mason es que es una falacia autocumplida en el sentido de que abandona el terreno de la disputa democrática sobre el significado del Brexit y luego denuncia a todos los que no están de acuerdo con él como si le hiciesen el juego al fascismo. Mason ha adoptado la táctica de Hillary Clinton de reducir a los votantes del Brexit a un “saco de deplorables”. Eso da lugar a que la extrema derecha pueda reclamar sus afectos políticos.

Nuestro segundo punto es que siempre que la izquierda socialdemócrata ha adoptado una política pro-UE en Europa, ha sido diezmada. En Francia casi ha desaparecido, en Holanda y Bélgica ahora es marginal, en Alemania el Partido Socialdemócrata va por detrás de Alternativa para Alemania (AfD) en las urnas, y en Italia las fuerzas combinadas de las grandes tradiciones comunistas y socialistas no pudieron reunir ni la mitad de los votos del Movimiento Cinco Estrellas, cuyo lema era “vete a la mierda”.

La parálisis colectiva de la izquierda continental, particularmente su ala socialdemócrata, es una advertencia sobre el coste de abandonar las posibilidades de cambio democrático dentro del estado nación. Existen severas restricciones sobre lo que se puede lograr dentro de la UE y los votantes de la clase trabajadora lo saben.

La alternativa a esta historia estuvo representada brevemente por el Partido Laborista de Corbyn en las últimas elecciones generales, cuando el partido se comprometió a “respetar el resultado del referéndum” y propuso políticas que eran claramente contrarias a las limitaciones del Tratado de Lisboa. Esto ha sido posteriormente amenazado por la deriva hacia el remain (a favor de permanecer en la Unión Europea). El Partido Laborista podría haber liderado una campaña democrática a favor del Brexit, pero se ha negado a hacerlo. Nuevamente, las consecuencias de esto favorecen inevitablemente a la derecha.

El consenso emergente en torno a la postura remain, liderado por el Partido Laborista, se basa en la noción de la tercera vía en la que el objetivo principal de nuestra política es preservar y proteger las operaciones sin fricción del capitalismo. El capitalismo, sin embargo, es un sistema económico vorazmente duradero y robusto que no requiere del cuidado o de la protección constitucional. La democracia, por el contrario, es el mejor medio para resistir su dominio y eso no es posible dentro de las limitaciones de la UE. Esta postura conduce a una política de decepción o a la inevitable traición. Tampoco puede ser descrita como una “narrativa de esperanza”. Es más una promesa vacía que lleva al desencanto.

Esto se relaciona con el tercer engaño de la izquierda pro-UE; su negativa a reconocer la imposibilidad de reformar la propia UE. Han construido una posición en torno a “permanecer y reformar” (Mason) o “revuelta y transformación” (el gabinete en la sombra de Clive Lewis hacia el gobierno) que es claramente imposible dentro de las estructuras de los Tratados de Maastricht y Lisboa.

La UE se basa en los tratados y la máxima autoridad del Tribunal de Justicia de las Comunidades Europeas (TJCE) para resolver disputas. Los tratados se basan en la prioridad de las “cuatro libertades” (de circulación de mercancías, de personas, servicios y capitales) y las normas del Tribunal de Justicia de la Unión Europea. Transformar estos tratados en una dirección socialista es ciertamente imposible. Al menos 15 gobiernos socialistas tendrían que ser elegidos simultáneamente, incluso para iniciar un cambio en el tratado, y el requisito de “consenso” en cualquier convención subsiguiente, y de ratificación unánime, permite el veto de cualquier estado miembro. La experiencia de Syriza en Grecia es una prueba fehaciente de la desesperanza del enfoque de “permanecer y reformar”. Mason informó bien sobre ese asunto. 

Su argumento de que el Thatcherismo en un país es malo es evidentemente correcto, pero yerra en no ver que el Thatcherismo en un continente sería claramente peor. Por eso nos oponemos a la UE.Existe una profunda distinción entre globalización e internacionalismo. El movimiento obrero y la izquierda en general, sería prudente al recordarlo. La UE es una fuerza globalizadora que subordina el trabajo al capital y la democracia al derecho de los tratados. No debemos agradecer nuestros derechos laborales o estado de bienestar a la UE, sino a la lucha política del movimiento obrero durante más de un siglo. Su argumento de que el Thatcherismo en un país es malo es obviamente correcto, pero no ve que el Thatcherismo en un continente sea claramente peor. Por eso nos oponemos a la UE.

Estamos viviendo un interregno, un período que Antonio Gramsci describió como un momento en el que “la crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer: en este interregno se verifican los fenómenos morbosos más variados”. Uno de esos fenómenos morbosos es el compromiso de la izquierda con el mercado único, la unión aduanera y la soberanía del Tribunal de Justicia; hacia la eternidad capitalista de la UE. Por el contrario, instamos a una política basada en la democracia, las reformas económicas radicales y el internacionalismo.

La forma de derrotar a la extrema derecha es que la izquierda abarque un Brexit internacionalista y democrático.

 

the full brexit

The Full Brexit es un grupo a favor de la salida de Reino Unido de la Unión Europea formado por Maurice Glasman, Costas Lapavitsas, Mary Davis, Chris Bickerton, Wolfgang Streeck y Richard Tuck. Artículo publicado en Newstatesman: To defeat the far right, the left must embrace a socialist and internationalist Brexit, publicado con permiso por El Salto.

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 Xi Jinping, en la ceremonia de inauguración del foro. FRED DUFOUR AFP

Pekín reúne a 37 jefes de Estado en la segunda cumbre de su iniciativa de bandera, cuya expansión ha topado con reveses económicos y políticos

La diplomacia china despliega toda su artillería a partir de este viernes con la celebración del segundo foro sobre la Ruta de la Seda, proyecto clave del presidente Xi Jinping basado en la creación de una enorme red de infraestructuras por todo el mundo. Su concepción en 2013 llamó la atención de todas las capitales del planeta tanto por su ambición como por las incógnitas que rodeaban al plan. Hoy su expansión es innegable, pero muchas preguntas persisten dentro y fuera del país sobre sus fines políticos o viabilidad económica, mientras crecen los recelos tanto en la UE como en Estados Unidos. Pekín es consciente de ello y promete ciertos ajustes en un proyecto que ha llegado para quedarse.


En la ceremonia de apertura de la cumbre este viernes, el presidente chino, Xi Jinping, trató de despejar las dudas sobre el programa. “Tenemos un fuerte compromiso con la transparencia y la gobernanza limpia en esta cooperación. Adoptaremos reglas y estándares ampliamente aceptados y alentaremos a las empresas participantes a seguirlos en el desarrollo, operación, adquisición y licitación de los proyectos (...) Las leyes de los países participantes deben ser respetadas y tenemos la necesidad de asegurar la sostenibilidad comercial y fiscal de todos los proyectos”, aseguró. En esta línea, se prevé que la declaración final del encuentro incorpore un lenguaje que aborde algunas de las preocupaciones de sus socios, con referencias más claras en asuntos como la transparencia, los estándares internacionales de inversión o la financiación sostenible y la deuda.


No se trata de un cambio radical en comparación con el enfoque inicial, pero muestra la voluntad de Pekín de reducir la velocidad y ajustar el plan por su bien a largo plazo. Dentro de China se oyen voces sobre el riesgo de estas inversiones o los posibles incumplimientos de los préstamos. Las autoridades están esbozando una serie de reglas para acotar qué proyectos pueden formar parte de esta iniciativa con el fin de evitar la idea extendida de que la nueva Ruta de la Seda es un cajón de sastre en el que todo cabe. También se ha mostrado cierta flexibilidad al renegociar algunos de los proyectos que estaban en peligro: en Malasia, por ejemplo, la construcción de una línea ferroviaria en su costa oriental sigue adelante después de que China recortara su coste en casi un tercio del valor inicial.


37 jefes de Estado y más de 5.000 participantes de 150 países se reúnen viernes y sábado en la capital china, cifras que superan con creces las delegaciones que asistieron a la primera cumbre celebrada en 2015. Para Pekín es el evento diplomático del año y ha puesto todo su empeño en convencer tanto a sus propios ciudadanos como a la comunidad internacional de que el proyecto está siendo un éxito y que no hay nada que temer.
Ciertamente, China ha logrado en estos últimos años que 125 países respalden abiertamente su plan, entre ellos Italia. Pekín ha desembolsado más de 70.000 millones de dólares en financiar proyectos como carreteras, puertos, líneas ferroviarias, puentes, oleoductos, centrales eléctricas o infraestructuras de telecomunicaciones en Asia, Europa, África e incluso Latinoamérica, región que queda muy lejos de la antigua Ruta de la Seda.


Pero el ambiente en el que se celebra este foro es muy distinto a las grandes expectativas formadas en el encuentro organizado hace dos años. Pekín se ha encontrado con dificultades considerables, desde acusaciones de que el programa es una mera herramienta para expandir la influencia china fuera de sus fronteras a los problemas derivados en aquellos países que solicitan préstamos para megaproyectos (que en ocasiones resultan comercialmente inviables o poco transparentes) y acaban atrapados en una espiral de deuda. Ha habido reveses, por ejemplo, en Malasia, Sri Lanka, Pakistán, Nepal, Maldivas, Myanmar o Etiopía.


“Con estos acuerdos, Pekín quiere mostrar su capacidad de adaptación para asegurarse que la Ruta de la Seda sigue adelante y que estos incidentes son, en realidad, baches en el camino y no barricadas”, afirma Thomas Eder, investigador del Instituto Mercator de Estudios sobre China (MERICS). “Pero incluso aunque se hable mucho de transparencia en esta cumbre y sobre cómo lograr que otros países pueden beneficiarse más de estos proyectos, la dificultad recae en su enfoque básico, diseñado para que ayude a la economía china a crecer. Si China financia gran parte estos proyectos, nunca habrá licitaciones públicas y abiertas para los contratos principales, con lo cual las empresas extranjeras nunca se beneficiarán de ellos”, añade el experto. Hasta el momento, la participación de empresas de terceros países en estos proyectos ha sido muy limitada y los contratos han sido monopolizados por empresas chinas.


Pese a las críticas, China no tiene previsto dar marcha atrás en un proyecto clave para la “nueva era” de Xi Jinping, basada en una política exterior más asertiva con una clara intención de ocupar un papel de protagonista en el escenario global. El alcance y duración del proyecto de la Nueva Ruta de la Seda no se contará por años, sino seguramente por décadas, al estar incluido desde 2017 en la Constitución del Partido Comunista. Apenas seis meses después, el ideólogo de la iniciativa, el presidente Xi, obtuvo el visto bueno de la formación para permanecer en el cargo por el resto de su vida si así lo desea.

Por Xavier Fontdeglòria
Pekín 26 ABR 2019 - 04:43 COT

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Un millón de razones para no irse de Europa

Un millón de personas se manifestaron ayer en Londres y otras ciudades británicas a favor de un nuevo referendo, más de cuatro millones firmaron una petición para revocar el artículo 50 y así evitar la salida británica de la Unión Europea (UE), todo a menos de tres semanas del 12 de abril, la nueva fecha que la UE le otorgó al Reino Unido para el Brexit. 

El destino de la manifestación probablemente no sea distinto del que sufrió en 2003 la marcha más multitudinaria de la historia británica para oponerse a la guerra contra Irak: un fuerte impacto político que no cambió el curso de las cosas. En tal caso, contribuyó a la erosión que viene viviendo la democracia a nivel global en uno de sus baluartes históricos, donde en el siglo XIII se crearon la Carta Magna y el parlamento. No se puede decir que el sistema tenga fecha de vencimiento, pero habrá que chequear si no está empezando a sufrir señales de arterosclerosis.


Entre los manifestantes y en la multi-partidista participación de líderes políticos, diputados, alcaldes, concejales, ONG y grupos extra-parlamentarios había una mezcla de desafío y expectativa. En las columnas que serpenteaban por el centro de Londres, un ex ministro laborista, Lord Andrew Adonis, explicaba que la salida pasaba porque el parlamento se haga cargo del proceso. “Theresa May no tiene un derecho divino a presuponer qué pensamos y qué queremos. No queremos este acuerdo que nos dejará más pobres y aislados. No queremos este gobierno que nos ha humillado internacionalmente y nos ha debilitado a nivel doméstico. Nuestro mensaje a los parlamentarios es que llegó la hora de que se hagan cargo del proceso”, indicó Adonis.


El referendo de 2016 mostró un claro desequilibrio etario - los mayores de 60 a favor de la salida de la UE, los menores de 35 en contra. Hoy unos dos millones de británicos que no pudieron votar entonces, podrían hacerlo. Según las encuestas, tres cuartas partes se inclinarían por permanecer en la UE, suficientes para dar vuelta el resultado.


Lara Spirit, co-presidenta de “Our Future, Our Choice”, un grupo juvenil formado frente a la última consulta, opinó que estaba en juego la credibilidad democrática del Reino. “El Brexit va a dañar nuestro futuro, nos va a empobrecer. La enorme mayoría de los jóvenes se opusieron en 2016 y muchos más aún, se oponen hoy. Yo era muy joven en la época de las protestas contra la guerra en Irak. Esa manifestación no evitó la guerra, algo que marca un déficit en la dinámica democrática, pero volvió mucho más difícil la repetición de una guerra. Los políticos que ignoren esta manifestación, terminarán pagando un altísimo costo”, señaló Spirit.


El problema es que el Brexit ha desmadrado la dinámica política británica. El parlamento está fragmentado en tribus muchas veces inconciliables y May ha perdido todo control sobre su partido. El acuerdo que negoció con la UE fue derrotado dos veces en el parlamento, pero el plan gubernamental es llevarlo a una tercera votación esta semana si el presidente de la Cámara de los Comunes, John Bercow, lo autoriza y si ella misma calcula que tiene alguna chance de ganar.


En el caso improbable de que el mismo parlamento que rechazó el acuerdo por 230 y 149 votos en enero y marzo cambiara de parecer este lunes o martes, el Reino Unido seguiría en el bloque europeo hasta el 22 de mayo para permitir que se apruebe toda la legislación británica necesaria para proceder con la salida de la EU. Pero si no hay votación o el acuerdo es rechazado por una tercera vez, la salida sería el 12 de abril, es decir en poco menos de tres semanas. En este período el parlamento tendría la posibilidad de realizar “votos indicativos” sobre el tipo de salida que buscaría a la actual crisis a la espera de que, si hay consenso, la misma EU extienda el período de gracia más allá del 12 de abril.


Estos “votos indicativos” tienen sabores para todos los gustos. Un nuevo referendo como el exigido en la manifestación, la derogación del artículo 50 (que dejaría al Reino Unido en la UE), petición de los independentistas escoceses, una unión aduanera que evitaría el problema fronterizo irlandés y un brutal salto tarifario comercial con Europa, propuesta laborista con cierto consenso interpartidario o la salida sin acuerdo de los euroescépticos duros.


El voto es “indicativo”, es decir, no tiene fuerza de ley. May podría negarse a adoptar esa política, aunque gatillaría una crisis constitucional que podría terminar con su mandato que, de todas maneras, tiene los días, las semanas o los meses contados. Pero además no hay mucho tiempo para el debate y existe la posibilidad de que ninguna de estas opciones comande el apoyo de una mayoría parlamentaria. Pasó hace más de una década con la negociación para reformar la Cámara de los Lores: el parlamento estaba de acuerdo en su necesidad, pero no llegó a un consenso sobre qué vía adoptar.


La negociación inter-partidaria será fundamental para evitar una repetición de este fiasco que ahora tendría consecuencias mucho más devastadoras. En medio de esta selva, es cada vez más grande el peligro de que un error, un cortocircuito, un malentendido terminen consagrando una involuntaria salida sin acuerdo de la Unión Europea, el Hard Brexit, que busca el ala dura de los conservadores.

Por Marcelo Justo
Desde Londres

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