Sábado, 02 Noviembre 2019 07:24

Brasil es la cuña de EEUU en Sudamérica

Brasil es la cuña de EEUU en Sudamérica

Brasil está sólidamente alineado con EEUU, pero además se está convirtiendo en la espada de Washington: se permite juzgar a los gobiernos de la región, violentando las elementales normas diplomáticas y está tejiendo alianzas con los mismos países alineados con el imperio.

Tres datos centrales permiten llegar a esa conclusión. El primero es la reacción del presidente Jair Bolsonaro al triunfo electoral del peronismo en Argentina. El segundo es que aprovecha la coyuntura para poner en duda el futuro del Mercosur. Finalmente, en su gira por Asia y Medio Oriente consiguió tejer acuerdos con Arabia Saudí, el principal aliado de Washington en el mundo.

Bolsonaro dejó de lado las mínimas normas de cortesía diplomática para criticar frontalmente la elección de Alberto Fernández, al punto que se negó a felicitarlo por su victoria en primera vuelta. El canciller Ernesto Araújo fue más lejos aún, al decir que "las fuerzas del mal están celebrando" el resultado argentino, agregando que se trata de "una de las peores señales posibles".

Es cierto que Fernández tampoco fue diplomático, al pedir en su primer discurso, luego del triunfo del domingo 27, por la libertad de Lula, el expresidente de Brasil preso en el marco de la investigación Lava Jato. Este choque de presidentes no augura nada positivo para las relaciones bilaterales y para el Mercosur.

El Gobierno brasileño adoptó una actitud anormal en la región, incluso para los más conservadores. "Desde que asumió el gobierno, Jair Bolsonaro puso a Nicolás Maduro y La Habana como sus mayores enemigos en el hemisferio", escribe el periodista Jaime Chade. Según el diario El País, el canciller envió instrucciones a sus diplomáticos para promover una reunión de las Naciones Unidas para atacar a Cuba, aún en contra de la opinión de sus diplomáticos.

El articulista considera una profunda hipocresía que "se llame a Maduro como dictador y a Cuba como amenaza, mientras cierra los ojos para decir, con orgullo, que tiene afinidad con un príncipe saudí acusado de las peores atrocidades", en referencia a sus excelentes relaciones con el príncipe saudí Mohamed Bin Salmam. Quizá porque el gobierno de Riad anunció inversiones por 10.000 millones de dólares en Brasil.

La segunda cuestión la trajo el hijo del presidente, Carlos Bolsonaro, una especie de comunicador informal del gobierno. Con una argentina peronista, dijo en un tuit, Brasil debe rever el acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur, apuntando a su deseo de separar a Buenos Aires de la alianza regional.

En este punto es necesario recordar que EEUU siempre se opuso a la integración regional sudamericana, y sólo admitió un Mercosur volcado a las relaciones comerciales, desconfiando de cualquier alianza política entre Argentina y Brasil, los únicos países que por su peso económico, político y diplomático pueden arrastrar a toda la región en una dirección determinada.

EEUU ya consiguió, desde los gobiernos de Macri y Bolsonaro, que la UNASUR fuera desactivada, pero ahora puede congratularse de que el Mercosur también atraviese dificultades. Hasta ahora las relaciones comerciales entre ambas naciones sudamericanas eran importantes. El principal mercado de las exportaciones argentinas es Brasil, relevante para la industria por la venta de autopartes, ya que el resto de sus exportaciones son commodities agrícolas sin valor agregado.

La tercera cuestión es que Brasil está promoviendo un viraje hacia Asia y Oriente Medio, en busca de mercados y de inversiones. De hecho se convirtió en uno de los países más atractivos para los inversores, en la medida que derriba las barreras ambientales y laborales, así como las restricciones al capital extranjero en áreas sensibles como los hidrocarburos.

El Fondo de Inversión Pública de Arabia Saudí desembolsará 10.000 millones dólares, un dato que fue hecho público luego del encuentro entre Bolsonaro y el príncipe heredero Bin Salman. Por otro lado, el jefe de gabinete de Bolsonaro, Onyx Lorenzoni, aseguró que ambos gobiernos formarán un consejo que definirá los sectores apropiados para efectivizar las inversiones.

Entre los intereses de los sauditas figura la construcción de un ferrocarril de casi 1000 kilómetros, desde el corazón agrícola de Mato Grosso hasta Pará, en el extremo norte del país, cuyo costo oscila en los tres mil millones de dólares. En paralelo, el fondo soberano de Abu Dhabi se mostró entusiasmado por las inminentes privatizaciones en Brasil.

En efecto, Brasilia espera recaudar 325.000 millones de dólares en los próximos años, en las subastas previstas en pozos petroleros, puertos y aeropuertos, pero también con las privatizaciones de empresas estatales como el correo.

Si este plan funciona, además de un profunda desnacionalización del país, Brasil puede conseguir los fondos necesarios para superar una crisis económica que ya se arrastra cinco años, desde el comienzo del segundo Gobierno de Dilma Rousseff, en 2014. Lo hace, además, apelando a los socios estratégicos de EEUU, ya que en su visita a China se habló de mejorar las relaciones comerciales pero no se mencionaron inversiones.

Por último, el Gobierno de Brasil está haciendo gestiones para un segundo encuentro con el presidente Donald Trump, en noviembre. Según relataron diplomáticos a Folha de Sao Paulo, este encuentro "sería una oportunidad especial para consolidar al jefe del Palacio del Planalto como líder regional, frente a procesos complicados en el vecindario sudamericano: Chile, Bolivia y Venezuela".

Este punto es relevante y puede tener consecuencias a largo plazo. Al parecer, la nueva visita de Bolsonaro a EEUU fue iniciativa de los senadores republicanos Marco Rubio y Rick Scott. Luego de la década progresista, entre 2003 y 2015, en la que Washington sufrió cierto aislamiento en la región sudamericana, ahora está recuperando posiciones, para lo que necesita de aliados fuertes con llegada a todos los países.

Brasil se ofrece como la espada de EEUU en una región inestable y cada vez más volcada contra el neoliberalismo. Las masivas protestas en Chile, que durante décadas fue el aliado más estable de Washington en la región, son una llamada de alerta para la diplomacia de la Casa Blanca. En esta nueva coyuntura, Brasilia aparece como un aliado más confiable y sumiso a los intereses del capital financiero y del imperio.

20:02 01.11.2019

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Viernes, 13 Septiembre 2019 05:52

Boris el bárbaro

Unión Europea por Ombú.

A pedido del primer ministro Boris Johnson, la reina Isabel II anunció a fines de agosto la suspensión temporal del parlamento británico. Sin el contralor de otros poderes, el mandatario intenta acelerar el rumbo a un Brexit sin acuerdo con la Unión Europea, aunque eso lleve al paroxismo las fracturas internas de Reino Unido. El atolladero político que terminó en los últimos meses con el mandato de Theresa May enfrenta ahora a Johnson con una salida incierta: la prevaricación, la renuncia o incluso la cárcel.

 

Hace tres años, cuando Boris Johnson, por entonces alcalde de Londres, se colocó a la cabeza de la campaña por el Brexit –la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea (UE)–, uno de sus principales argumentos de campaña fue que las instituciones regionales le pasaban por arriba al parlamento británico y no respetaban la soberanía del país para decidir sus políticas. Dos meses después de asumir el gobierno y la jefatura del Partido Conservador, tras la renuncia de su predecesora, Theresa May, el rubio tory nacido en Nueva York se convirtió en el primer gobernante de su país en suspender, con la anuencia de la reina, por más de un mes ese mismo parlamento, para que no le pusiera palos en la rueda a su proyecto de salida no negociada de la UE. No es esta la única paradoja de Johnson, observó un editorialista del diario The Guardian: gran defensor de la unidad territorial de Reino Unido, el actual primer ministro está poniendo en peligro, con su plan de ruptura “salvaje” con la UE (sin acuerdo con Bruselas), esa misma unidad por las reacciones que está levantando en Escocia e Irlanda. “Si hace seis meses –escribió por su lado el politólogo y dirigente político español Juan Carlos Monedero– alguien hubiera afirmado que Inglaterra iba a tener una crisis política y territorial más grave que la de España, nadie le habría creído.” Pero en ese punto están precisamente las cosas en el corazón del antiguo imperio.

DERROTAS.

En el espacio de apenas una semana, el camino de Johnson hacia un Brexit duro ha estado empedrado con una serie de derrotas parlamentarias. Seis, más concretamente. La más dura que sufrió fue el fracaso de su plan de adelantar las elecciones en vistas de unos sondeos que lo presentan como claro favorito. Johnson levanta cada vez más resistencias en el aparato de su partido, pero si la elección se hiciera en octubre –como era la intención del gobernante– y las encuestas se confirmaran, los conservadores les ganarían a los laboristas por una diferencia cercana a los 15 puntos. Johnson levanta cada vez más resistencias en el aparato tory, pero su liderazgo –construido con base en postulados y discursos muy similares a los de Donald Trump en Estados Unidos– le ha permitido llegar a amplios sectores populares que lo ven poco menos que como un redentor. El no al adelanto a la consulta fue votado no sólo por toda la oposición, sino por 21 diputados conservadores. Ipso facto, Johnson los expulsó del partido. Otros legisladores tories anunciaron a su vez que no volverán a ser candidatos por una formación política que se está volcando cada vez más hacia la extrema derecha y dos ministros renunciaron al gabinete, entre ellos, Jo Johnson, hermano de Boris. En Escocia, Ruth Davidson, bajo cuyo liderazgo los conservadores desplazaron a los laboristas al tercer lugar en el parlamento local, renunció a la presidencia del partido en rechazo al Brexit “salvaje” promovido por el primer ministro.

¿A LA CÁRCEL?

Justo antes de entrar en receso, esta semana, la Cámara de los Comunes votó además una ley que obligará a Johnson a pedir a la UE una prórroga de tres meses para llegar a un desacople “amigable” de Reino Unido de las estructuras regionales, que vence el 31 de octubre. Johnson pretendía tener las manos libres para manejarse hasta entonces sin control parlamentario y, llegado el caso, irse de la UE a fin del mes próximo a como diera lugar, con o sin acuerdo. De ahí su decisión de suspender el funcionamiento de la cámara por seis semanas, hasta el 14 de octubre. Antes de su última derrota parlamentaria, el primer ministro advirtió en dirección a los diputados: “No voy a pedir otra postergación a la UE. Si el parlamento quiere hacerlo, tiene que convocar a elecciones para que el pueblo decida”. Pero los comunes le negaron la posibilidad de convocar a una elección anticipada y lo forzaron a pedir una nueva prórroga para concretar el Brexit, hasta el 31 de enero de 2020. “Nadie está por encima de la ley”, le recordó al primer ministro Caroline Goodwin, presidenta de la Asociación Legal Penal, cuando este ratificó que está decidido a ir “hasta el final” con tal de “hacer respetar la voluntad popular de romper con la UE cuanto antes”. Nigel Evans, referente de los partidarios del Brexit duro dentro del Partido Conservador, dijo que “existen al menos 20 maneras de eludir una ley” y que Johnson “sólo debería optar por alguna de ellas” para no acatar la norma recién votada.

Otro Nigel, Farage, líder ultraderechista del Partido del Brexit, que en las elecciones para el Parlamento Europeo de mayo pasado resultó ser la más votada de las formaciones políticas británicas, con casi 32 por ciento, afirmó, a su vez, que si el primer ministro no respeta sus promesas de salir de la UE, ahora y a cualquier precio, perderá “seguramente las próximas elecciones”, se realicen cuando se realicen. Una de las “20 posibles maneras de eludir la ley” que manejan los asesores de Johnson es enviar dos cartas a la UE: una en la que se solicite una prórroga del plazo de concreción del Brexit, como forma de acatar lo dispuesto por la Cámara de los comunes, y una segunda, inmediatamente después, en la que se anule ese mismo pedido y se advierta a Bruselas que pondrá todo tipo de trabas al funcionamiento normal de los órganos de la UE, con el objetivo de que sea esta la que diga “así no” y se avenga a una salida no pactada de Reino Unido. Si se decantara por esta “burla” a la voluntad del parlamento, dijo el dirigente nacionalista de Gales Adam Price, Johnson se estaría exponiendo a la posibilidad de un juicio político que bien podría perder e incluso a ir a la cárcel. Algo similar manifestaron los principales dirigentes laboristas e incluso algunos conservadores.

AL SUPREMO.

El miércoles 11 al primer ministro se le complicaron aun más las cosas: el Alto Tribunal de Escocia consideró nula la suspensión del funcionamiento del parlamento y dio la razón así a los casi 80 legisladores que habían denunciado como ilegal esa decisión. “Se trataría, sin ninguna duda, de un acto ilegal si su propósito fuera bloquear el debido control del parlamento sobre el ejecutivo, la columna central del principio de buen gobierno consagrado por la Constitución”, afirma la sentencia. Y agrega: “Las circunstancias en las que se produjo el consejo del primer ministro a la reina y el contenido de los documentos (que fundamentaron ese consejo) demuestran que esa fue la razón verdadera de la suspensión”.

Apenas conocido el fallo, el laborismo y los nacionalistas escoceses reclamaron que el parlamento volviera de inmediato a ser convocado. Pero por ahora no será el caso. Unos días antes de la sentencia de la justicia de Edimburgo se había conocido otra, del Alto Tribunal de Inglaterra y Gales, que iba en sentido totalmente contrario: reconocía la legitimidad de la disposición del ejecutivo.

Será entonces el Tribunal Supremo el que decidirá las cosas, al parecer, el martes 17.

TERRITORIOS.

“La historia del Brexit no termina si el Reino Unido sale de la UE el 31 de octubre o incluso si lo hace el 31 de enero”, le dijo el también conservador primer ministro de Irlanda, Leo Varadkar, a Boris Johnson el lunes 9 en Dublín. “Si no hay acuerdo, tendremos que volver a la mesa de negociaciones y hablar de los mismos temas: los derechos de los ciudadanos de ambas partes, el pago de las deudas pendientes y la frontera irlandesa, todos temas que habíamos resuelto con su predecesora, Theresa May. Pero, incluso con acuerdo, el tratado posterior para determinar cómo será la relación entre Reino Unido y la UE va a ser complejo, porque habrá que lidiar con aranceles, derechos pesqueros, estandarización de los productos y ayuda estatal”, agregó.

La República de Irlanda está entre los países que más pueden perder en caso de un Brexit duro. Es un país clave, dice el corresponsal de Página 12 en Londres Marcelo Justo, “porque la gran causa que unifica a la alianza de pro‑Brexit moderados y extremistas que conforman el gobierno es el llamado ‘backstop’ que firmaron Theresa May y la UE el pasado noviembre”. Y explica: “El backstop es un mecanismo a aplicar en caso de que Irlanda del Norte (parte de Reino Unido) y la República de Irlanda (miembro de la UE) no logren encontrar los medios para evitar la erección de una frontera terrestre visible con aduanas, chequeos y puestos de vigilancia. En este caso, Reino Unido permanecería en la Unión Aduanera con la UE e Irlanda del Norte, además, formaría parte del mercado único europeo hasta que se encontrara la manera de tener una frontera invisible que controle la circulación de mercancías y personas. Para los pro‑Brexit esto equivale a una renuncia a la soberanía británica, una partición de Reino Unido y una traición al referendo de 2016”.

Al problema irlandés se le puede sumar el escocés. Cuando se votó el Brexit, hace tres años, en Escocia hubo una clara mayoría en favor de la permanencia en la UE. Las tensiones entre los nacionalistas escoceses, hoy hegemónicos en su país, y Londres y los nacionalistas ingleses han ido creciendo desde entonces y podría plantearse, a término, la posibilidad de un nuevo referéndum sobre la pertenencia de Escocia al reino. “No es casual que los primeros recursos jurídicos contra las decisiones de Johnson se hayan producido en Escocia e Irlanda del Norte. El rechazo a las elites políticas y la frustración manifestada en relación con la UE en Gran Bretaña se inscriben en el marco de un auge del nacionalismo inglés y del deseo de revancha de Inglaterra. Segmentos importantes del electorado de esta nación, que es, sin embargo, dominante en el seno de Reino Unido, se sienten ignorados, despreciados y cultivan cierto resentimiento por Escocia”, apunta Emmanuelle Avril, coautora del libro ¿Adónde va Reino Unido?, en una entrevista con el portal francés Mediapart (29‑VIII‑19). Johnson está, de hecho, provocando el estallido de todas las costuras del reino –institucionales, territoriales– y acentuando sus fracturas, piensa Avril.

¿SALIDAS?

Como a su mayor ídolo, Donald Trump, al gobernante británico no se le reconocen grandes dotes de ajedrecista o fino maniobrero político, de esas que se necesitarían para salir del atolladero en que está. Muchas salidas, en verdad, no tiene. Andrew Rawnsley, analista político del diario The Observer, afirmó el domingo 8 que una de las más realistas es la renuncia pura y simple en los próximos días. Obligaría al laborismo liderado por el socialista Jeremy Corbyn y al ala moderada de los conservadores a formar un gobierno provisorio para negociar con la UE, antes de convocar a unas nuevas elecciones, en las que él podría moverse con más soltura. Ese panorama, apunta Marcelo Justo, “le permitiría a Johnson acudir a las elecciones como Míster Brexit y portavoz de los 17 millones de leavers (los partidarios del Leave, el abandono de la UE, en el referéndum de 2016) frente al parlamento y el establishment, una figura trumpiana que recurriría a la guerra cultural y a los mismos métodos del presidente estadounidense”.

Enfrente, los laboristas se preguntan sobre el camino a seguir. El partido está dividido entre quienes promueven que se haga un nuevo referéndum y defender claramente en él la pertenencia a la UE y quienes prefieren ceñirse al resultado de 2016 y acordar con Bruselas un “buen plan de salida”. Corbyn dijo que, en el caso de que el laborismo llegara al gobierno, primero negociaría con la UE y luego convocaría a un referéndum para decidir entre aprobar ese acuerdo de “divorcio amigable” y permanecer en el bloque. Entre el domingo 21 y el miércoles 25 el laborismo hará su congreso anual y este será uno de sus puntos centrales. La ambigüedad que mostró en el referéndum de 2016 (un tercio de sus votantes apoyó el Leave, mientras que la mayor parte de la bancada parlamentaria convocó a respaldar la permanencia en la UE) le costó caro al partido en elecciones posteriores.

El Brexit duro es la única opción que los laboristas descartan por completo, y por allí le pegan a Boris Johnson. Obligado por el parlamento, el gobierno difundió el miércoles partes de un documento secreto que muestra cómo una salida “inamistosa” de la UE perjudicaría sobre todo a los sectores populares, al encarecer el precio de los alimentos y el combustible, y provocar un desabastecimiento en medicinas y productos médicos. Desde esa perspectiva, el gobierno prevé que se produzcan “protestas y contraprotestas” masivas y un aumento del gasto en seguridad. “El Brexit duro es la apuesta de los más ricos. Como Trump, en Estados Unidos, Johnson se viste con ropajes populares para defender a los más privilegiados”, dijo Corbyn ayer, jueves.

Por Pablo Pozzolo

13 septiembre, 2019

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Trump y Johnson en Biarritz durante el G7. Foto: The White House

Boris Johnson ya recibió una oferta de Donald Trump en la cumbre del G7 para un acuerdo de libre comercio cuando se produjese el Brexit. Ahora la suspensión del Parlamento y un posible ‘Brexit duro’ allana el camino para ello.

 

La máquina se ha puesto en marcha. Reino Unido se encarrila ya hacia un Brexit duro tras la aceptación de la suspensión del Parlamento hasta el 14 de octubre por parte de la reina de Inglaterra. Tan solo un mes después de haber sido nombrado primer ministro, Boris Johnson ya ha tomado su primera gran decisión que concierne al Brexit. Su estrategia de suspender la Cámara de los Comunes llevaría a Reino Unido a tener muy difícil refrendar algún acuerdo con la Unión Europea, para lo que necesita que su Parlamento lo apoye. Tendría solo tres días de margen hasta la reunión de los líderes de la Unión Europea con la Comisión Europea, que es el 17 de octubre. Y después un tiempo muy ajustado (hasta el 31 de octubre) para leer el acuerdo, hacer enmiendas, debatirlo y votarlo. 

Esto significa que hay muy poco margen para que se debata, se planteen enmiendas y se apruebe un acuerdo con la Unión Europea. Johnson ha declarado que su intención no es la de evitar un acuerdo con la UE y que “el Parlamento se deberá reunir antes y después del 17 de octubre. Tendremos tiempo de sobra para poder votar un acuerdo si este se produjese”, declaró.

Sin embargo también tiene a su partido dividido. El parlamentario conservador Dominic Grieve declaró, al conocer la noticia, que el cierre del Parlamento sería “un atropello a la democracia”. Grieve cree que “somos muchos los conservadores que pensamos que un Brexit sin acuerdo sería realmente catastrófico para el país y el futuro”.

Su principal opositor en la Cámara y líder de los laboristas, Jeremy Corbyn, también piensa que este cierre es “un atropello constitucional” y ha recalcado el hecho de que Boris Johnson no fuese elegido en las urnas, sino a través de su partido ante la renuncia de Theresa May. Corbyn le ha acusado de “caer en los brazos de Donald Trump con una determinación que no he visto nunca” y le ha exigido que “rinda cuentas ante el Parlamento, no que lo cierre”. Por su parte, Donald Trump ha mostrado públicamente su apoyo a Boris Johnson, recriminando a Corbyn que no dé un voto de confianza a Johnson, “quien —dijo— es exactamente lo que Reino Unido estaba buscando”.

La senda que transita Boris Johnson se acerca cada vez más al libre comercio a través de la figura de Donald Trump, quien ya le ofreció un acuerdo bilateral de estas características entre ambos países el pasado fin de semana en la cumbre del G7. Es previsiblemente lo que hará Reino Unido al salir de la Unión Europea, que intentará negociar con él de forma exprés los términos de salida en cuestiones como el Mercado Común Europeo. Tampoco es descartable que, sin acuerdo, se apruebe otro tratado de libre comercio entre la UE y Johnson, ya que el primer país al que Reino Unido exporta es Estados Unidos, pero el segundo es Alemania.

El economista Sergi Cutillas no está de acuerdo con el hecho de que se cierre el Parlamento, pero piensa que “en realidad lo que está haciendo Johnson es forzar a la Unión Europea. Es verdad que es una ofensiva, pero la UE no tiene piedad. Así hizo con Grecia”. Él cree que en el Partido Laborista deberían intentar que se produjese un Brexit desde una postura izquierdista y social, cosa con la que Jeremy Corbyn, líder de los laboristas, no está de acuerdo porque aboga por permanecer en la Unión Europea. “Todo el mundo que negocia con la UE buscando comprensión se la pega. Para negociar debe haber una amenaza creíble, es lo único a lo que responde la UE”, declara. Y añade que “cerrar el parlamento no es una solución porque había otras formas de negociar”.

Las voces críticas convocaron varias manifestaciones por todo Reino Unido, alentadas, entre otros, por el periodista Owen Jones. Jones declaró: “¿Qué clase de país seríamos si permitimos a un presidente no elegido en las urnas cerrar un Parlamento para no escuchar lo que tiene que decir?” y lo denominó “golpe de Estado encubierto que deja en suspenso la democracia”.

Ahora Johnson intenta convencer al mundo de que este cierre es lo mejor que se puede hacer para planear una agenda propia que garantice un Brexit en las condiciones más ventajosas para Reino Unido. Será una tarea muy complicada. Se oyen voces sindicales que ya claman por una huelga general.

@Laura_cruzd


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2019-08-29 06:58

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Para derrotar a la extrema derecha, la izquierda debe abrazar un Brexit socialista e internacionalista

La Unión Europea consagra el Thatcherismo en el continente: la creencia de que puede ser reformado desde dentro es engañosa.

 

 


2019-07-17 15:41:00

Paul Mason ha hecho una importante contribución al debate desde la izquierda en relación al Brexit. Esta aportación es importante porque Mason es el mayor europeísta dentro de la izquierda militante. La UE es esa anti-democrática y capitalista organización que se ha convertido en un pilar de la globalización y la capitana de la desigualdad.

Su artículo contenía el habitual macartismo de culpabilizar a quienes se oponen a la UE. El ataque de Mason a Eddie Dempsey, un sindicalista antifascista, es un clásico ejemplo de ello. Es imprescindible que nos movamos más allá de este tipo de politícas de la izquierda.
Mason tiene razón al argumentar que existe una amenaza de una reacción desagradable de la derecha. Pero la verdad es que esta amenaza se intensificará si se abandona el Brexit. La decisión de abandonar la UE se tomó en un referéndum con la votación más numerosa de la historia británica.

Esto no fue ciertamente la expresión de una política de extrema derecha, sino la visión establecida de millones de votantes laboristas y conservadores. Si votar no puede producir un cambio, entonces nuestra política está en crisis. Apoyamos la prioridad de la democracia. En las últimas elecciones, los dos partidos principales se presentaron en manifiestos que prometían respetar el resultado del referéndum. El voto de Ukip fracasó y el de los Laboristas se reactivó. Es la falta de voluntad de la clase dominante al llevar a cabo el Brexit, y no el propio Brexit, lo que está llevando a la ira popular.

También es cierto que la izquierda no ha podido articularse ni hacer campaña en torno a una visión democrática de renovación nacional. Parte del problema es que el euroescepticismo en el seno laborista desde una postura más izquierdista, inicialmente encarnado por Barbara Castle, Tony Benn, Michael Foot y Jeremy Corbyn, ha sido sofocado por las responsabilidades del liderazgo, mientras que la derecha euroescéptica del partido, ejemplificada en Hugh Gaitskell, Denis Healey, Peter Shore y Ernest Bevin, fueron eclipsados por la progresiva globalización de la tercera vía. El resultado ha sido una ausencia de liderazgo para posibilidades democráticas y socialistas en el Brexit desde dentro del Partido Laborista, que se ha materializado en un rechazo a los votantes del Brexit que apoyan a los laboristas, al calificarlos de “xenófobos y racistas”. Respaldamos su voto y las posibilidades socialistas que se abren a través del restablecimiento de la soberanía democrática.

El argumento de Mason es que es una falacia autocumplida en el sentido de que abandona el terreno de la disputa democrática sobre el significado del Brexit y luego denuncia a todos los que no están de acuerdo con él como si le hiciesen el juego al fascismo. Mason ha adoptado la táctica de Hillary Clinton de reducir a los votantes del Brexit a un “saco de deplorables”. Eso da lugar a que la extrema derecha pueda reclamar sus afectos políticos.

Nuestro segundo punto es que siempre que la izquierda socialdemócrata ha adoptado una política pro-UE en Europa, ha sido diezmada. En Francia casi ha desaparecido, en Holanda y Bélgica ahora es marginal, en Alemania el Partido Socialdemócrata va por detrás de Alternativa para Alemania (AfD) en las urnas, y en Italia las fuerzas combinadas de las grandes tradiciones comunistas y socialistas no pudieron reunir ni la mitad de los votos del Movimiento Cinco Estrellas, cuyo lema era “vete a la mierda”.

La parálisis colectiva de la izquierda continental, particularmente su ala socialdemócrata, es una advertencia sobre el coste de abandonar las posibilidades de cambio democrático dentro del estado nación. Existen severas restricciones sobre lo que se puede lograr dentro de la UE y los votantes de la clase trabajadora lo saben.

La alternativa a esta historia estuvo representada brevemente por el Partido Laborista de Corbyn en las últimas elecciones generales, cuando el partido se comprometió a “respetar el resultado del referéndum” y propuso políticas que eran claramente contrarias a las limitaciones del Tratado de Lisboa. Esto ha sido posteriormente amenazado por la deriva hacia el remain (a favor de permanecer en la Unión Europea). El Partido Laborista podría haber liderado una campaña democrática a favor del Brexit, pero se ha negado a hacerlo. Nuevamente, las consecuencias de esto favorecen inevitablemente a la derecha.

El consenso emergente en torno a la postura remain, liderado por el Partido Laborista, se basa en la noción de la tercera vía en la que el objetivo principal de nuestra política es preservar y proteger las operaciones sin fricción del capitalismo. El capitalismo, sin embargo, es un sistema económico vorazmente duradero y robusto que no requiere del cuidado o de la protección constitucional. La democracia, por el contrario, es el mejor medio para resistir su dominio y eso no es posible dentro de las limitaciones de la UE. Esta postura conduce a una política de decepción o a la inevitable traición. Tampoco puede ser descrita como una “narrativa de esperanza”. Es más una promesa vacía que lleva al desencanto.

Esto se relaciona con el tercer engaño de la izquierda pro-UE; su negativa a reconocer la imposibilidad de reformar la propia UE. Han construido una posición en torno a “permanecer y reformar” (Mason) o “revuelta y transformación” (el gabinete en la sombra de Clive Lewis hacia el gobierno) que es claramente imposible dentro de las estructuras de los Tratados de Maastricht y Lisboa.

La UE se basa en los tratados y la máxima autoridad del Tribunal de Justicia de las Comunidades Europeas (TJCE) para resolver disputas. Los tratados se basan en la prioridad de las “cuatro libertades” (de circulación de mercancías, de personas, servicios y capitales) y las normas del Tribunal de Justicia de la Unión Europea. Transformar estos tratados en una dirección socialista es ciertamente imposible. Al menos 15 gobiernos socialistas tendrían que ser elegidos simultáneamente, incluso para iniciar un cambio en el tratado, y el requisito de “consenso” en cualquier convención subsiguiente, y de ratificación unánime, permite el veto de cualquier estado miembro. La experiencia de Syriza en Grecia es una prueba fehaciente de la desesperanza del enfoque de “permanecer y reformar”. Mason informó bien sobre ese asunto. 

Su argumento de que el Thatcherismo en un país es malo es evidentemente correcto, pero yerra en no ver que el Thatcherismo en un continente sería claramente peor. Por eso nos oponemos a la UE.Existe una profunda distinción entre globalización e internacionalismo. El movimiento obrero y la izquierda en general, sería prudente al recordarlo. La UE es una fuerza globalizadora que subordina el trabajo al capital y la democracia al derecho de los tratados. No debemos agradecer nuestros derechos laborales o estado de bienestar a la UE, sino a la lucha política del movimiento obrero durante más de un siglo. Su argumento de que el Thatcherismo en un país es malo es obviamente correcto, pero no ve que el Thatcherismo en un continente sea claramente peor. Por eso nos oponemos a la UE.

Estamos viviendo un interregno, un período que Antonio Gramsci describió como un momento en el que “la crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer: en este interregno se verifican los fenómenos morbosos más variados”. Uno de esos fenómenos morbosos es el compromiso de la izquierda con el mercado único, la unión aduanera y la soberanía del Tribunal de Justicia; hacia la eternidad capitalista de la UE. Por el contrario, instamos a una política basada en la democracia, las reformas económicas radicales y el internacionalismo.

La forma de derrotar a la extrema derecha es que la izquierda abarque un Brexit internacionalista y democrático.

 

the full brexit

The Full Brexit es un grupo a favor de la salida de Reino Unido de la Unión Europea formado por Maurice Glasman, Costas Lapavitsas, Mary Davis, Chris Bickerton, Wolfgang Streeck y Richard Tuck. Artículo publicado en Newstatesman: To defeat the far right, the left must embrace a socialist and internationalist Brexit, publicado con permiso por El Salto.

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 Xi Jinping, en la ceremonia de inauguración del foro. FRED DUFOUR AFP

Pekín reúne a 37 jefes de Estado en la segunda cumbre de su iniciativa de bandera, cuya expansión ha topado con reveses económicos y políticos

La diplomacia china despliega toda su artillería a partir de este viernes con la celebración del segundo foro sobre la Ruta de la Seda, proyecto clave del presidente Xi Jinping basado en la creación de una enorme red de infraestructuras por todo el mundo. Su concepción en 2013 llamó la atención de todas las capitales del planeta tanto por su ambición como por las incógnitas que rodeaban al plan. Hoy su expansión es innegable, pero muchas preguntas persisten dentro y fuera del país sobre sus fines políticos o viabilidad económica, mientras crecen los recelos tanto en la UE como en Estados Unidos. Pekín es consciente de ello y promete ciertos ajustes en un proyecto que ha llegado para quedarse.


En la ceremonia de apertura de la cumbre este viernes, el presidente chino, Xi Jinping, trató de despejar las dudas sobre el programa. “Tenemos un fuerte compromiso con la transparencia y la gobernanza limpia en esta cooperación. Adoptaremos reglas y estándares ampliamente aceptados y alentaremos a las empresas participantes a seguirlos en el desarrollo, operación, adquisición y licitación de los proyectos (...) Las leyes de los países participantes deben ser respetadas y tenemos la necesidad de asegurar la sostenibilidad comercial y fiscal de todos los proyectos”, aseguró. En esta línea, se prevé que la declaración final del encuentro incorpore un lenguaje que aborde algunas de las preocupaciones de sus socios, con referencias más claras en asuntos como la transparencia, los estándares internacionales de inversión o la financiación sostenible y la deuda.


No se trata de un cambio radical en comparación con el enfoque inicial, pero muestra la voluntad de Pekín de reducir la velocidad y ajustar el plan por su bien a largo plazo. Dentro de China se oyen voces sobre el riesgo de estas inversiones o los posibles incumplimientos de los préstamos. Las autoridades están esbozando una serie de reglas para acotar qué proyectos pueden formar parte de esta iniciativa con el fin de evitar la idea extendida de que la nueva Ruta de la Seda es un cajón de sastre en el que todo cabe. También se ha mostrado cierta flexibilidad al renegociar algunos de los proyectos que estaban en peligro: en Malasia, por ejemplo, la construcción de una línea ferroviaria en su costa oriental sigue adelante después de que China recortara su coste en casi un tercio del valor inicial.


37 jefes de Estado y más de 5.000 participantes de 150 países se reúnen viernes y sábado en la capital china, cifras que superan con creces las delegaciones que asistieron a la primera cumbre celebrada en 2015. Para Pekín es el evento diplomático del año y ha puesto todo su empeño en convencer tanto a sus propios ciudadanos como a la comunidad internacional de que el proyecto está siendo un éxito y que no hay nada que temer.
Ciertamente, China ha logrado en estos últimos años que 125 países respalden abiertamente su plan, entre ellos Italia. Pekín ha desembolsado más de 70.000 millones de dólares en financiar proyectos como carreteras, puertos, líneas ferroviarias, puentes, oleoductos, centrales eléctricas o infraestructuras de telecomunicaciones en Asia, Europa, África e incluso Latinoamérica, región que queda muy lejos de la antigua Ruta de la Seda.


Pero el ambiente en el que se celebra este foro es muy distinto a las grandes expectativas formadas en el encuentro organizado hace dos años. Pekín se ha encontrado con dificultades considerables, desde acusaciones de que el programa es una mera herramienta para expandir la influencia china fuera de sus fronteras a los problemas derivados en aquellos países que solicitan préstamos para megaproyectos (que en ocasiones resultan comercialmente inviables o poco transparentes) y acaban atrapados en una espiral de deuda. Ha habido reveses, por ejemplo, en Malasia, Sri Lanka, Pakistán, Nepal, Maldivas, Myanmar o Etiopía.


“Con estos acuerdos, Pekín quiere mostrar su capacidad de adaptación para asegurarse que la Ruta de la Seda sigue adelante y que estos incidentes son, en realidad, baches en el camino y no barricadas”, afirma Thomas Eder, investigador del Instituto Mercator de Estudios sobre China (MERICS). “Pero incluso aunque se hable mucho de transparencia en esta cumbre y sobre cómo lograr que otros países pueden beneficiarse más de estos proyectos, la dificultad recae en su enfoque básico, diseñado para que ayude a la economía china a crecer. Si China financia gran parte estos proyectos, nunca habrá licitaciones públicas y abiertas para los contratos principales, con lo cual las empresas extranjeras nunca se beneficiarán de ellos”, añade el experto. Hasta el momento, la participación de empresas de terceros países en estos proyectos ha sido muy limitada y los contratos han sido monopolizados por empresas chinas.


Pese a las críticas, China no tiene previsto dar marcha atrás en un proyecto clave para la “nueva era” de Xi Jinping, basada en una política exterior más asertiva con una clara intención de ocupar un papel de protagonista en el escenario global. El alcance y duración del proyecto de la Nueva Ruta de la Seda no se contará por años, sino seguramente por décadas, al estar incluido desde 2017 en la Constitución del Partido Comunista. Apenas seis meses después, el ideólogo de la iniciativa, el presidente Xi, obtuvo el visto bueno de la formación para permanecer en el cargo por el resto de su vida si así lo desea.

Por Xavier Fontdeglòria
Pekín 26 ABR 2019 - 04:43 COT

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Un millón de razones para no irse de Europa

Un millón de personas se manifestaron ayer en Londres y otras ciudades británicas a favor de un nuevo referendo, más de cuatro millones firmaron una petición para revocar el artículo 50 y así evitar la salida británica de la Unión Europea (UE), todo a menos de tres semanas del 12 de abril, la nueva fecha que la UE le otorgó al Reino Unido para el Brexit. 

El destino de la manifestación probablemente no sea distinto del que sufrió en 2003 la marcha más multitudinaria de la historia británica para oponerse a la guerra contra Irak: un fuerte impacto político que no cambió el curso de las cosas. En tal caso, contribuyó a la erosión que viene viviendo la democracia a nivel global en uno de sus baluartes históricos, donde en el siglo XIII se crearon la Carta Magna y el parlamento. No se puede decir que el sistema tenga fecha de vencimiento, pero habrá que chequear si no está empezando a sufrir señales de arterosclerosis.


Entre los manifestantes y en la multi-partidista participación de líderes políticos, diputados, alcaldes, concejales, ONG y grupos extra-parlamentarios había una mezcla de desafío y expectativa. En las columnas que serpenteaban por el centro de Londres, un ex ministro laborista, Lord Andrew Adonis, explicaba que la salida pasaba porque el parlamento se haga cargo del proceso. “Theresa May no tiene un derecho divino a presuponer qué pensamos y qué queremos. No queremos este acuerdo que nos dejará más pobres y aislados. No queremos este gobierno que nos ha humillado internacionalmente y nos ha debilitado a nivel doméstico. Nuestro mensaje a los parlamentarios es que llegó la hora de que se hagan cargo del proceso”, indicó Adonis.


El referendo de 2016 mostró un claro desequilibrio etario - los mayores de 60 a favor de la salida de la UE, los menores de 35 en contra. Hoy unos dos millones de británicos que no pudieron votar entonces, podrían hacerlo. Según las encuestas, tres cuartas partes se inclinarían por permanecer en la UE, suficientes para dar vuelta el resultado.


Lara Spirit, co-presidenta de “Our Future, Our Choice”, un grupo juvenil formado frente a la última consulta, opinó que estaba en juego la credibilidad democrática del Reino. “El Brexit va a dañar nuestro futuro, nos va a empobrecer. La enorme mayoría de los jóvenes se opusieron en 2016 y muchos más aún, se oponen hoy. Yo era muy joven en la época de las protestas contra la guerra en Irak. Esa manifestación no evitó la guerra, algo que marca un déficit en la dinámica democrática, pero volvió mucho más difícil la repetición de una guerra. Los políticos que ignoren esta manifestación, terminarán pagando un altísimo costo”, señaló Spirit.


El problema es que el Brexit ha desmadrado la dinámica política británica. El parlamento está fragmentado en tribus muchas veces inconciliables y May ha perdido todo control sobre su partido. El acuerdo que negoció con la UE fue derrotado dos veces en el parlamento, pero el plan gubernamental es llevarlo a una tercera votación esta semana si el presidente de la Cámara de los Comunes, John Bercow, lo autoriza y si ella misma calcula que tiene alguna chance de ganar.


En el caso improbable de que el mismo parlamento que rechazó el acuerdo por 230 y 149 votos en enero y marzo cambiara de parecer este lunes o martes, el Reino Unido seguiría en el bloque europeo hasta el 22 de mayo para permitir que se apruebe toda la legislación británica necesaria para proceder con la salida de la EU. Pero si no hay votación o el acuerdo es rechazado por una tercera vez, la salida sería el 12 de abril, es decir en poco menos de tres semanas. En este período el parlamento tendría la posibilidad de realizar “votos indicativos” sobre el tipo de salida que buscaría a la actual crisis a la espera de que, si hay consenso, la misma EU extienda el período de gracia más allá del 12 de abril.


Estos “votos indicativos” tienen sabores para todos los gustos. Un nuevo referendo como el exigido en la manifestación, la derogación del artículo 50 (que dejaría al Reino Unido en la UE), petición de los independentistas escoceses, una unión aduanera que evitaría el problema fronterizo irlandés y un brutal salto tarifario comercial con Europa, propuesta laborista con cierto consenso interpartidario o la salida sin acuerdo de los euroescépticos duros.


El voto es “indicativo”, es decir, no tiene fuerza de ley. May podría negarse a adoptar esa política, aunque gatillaría una crisis constitucional que podría terminar con su mandato que, de todas maneras, tiene los días, las semanas o los meses contados. Pero además no hay mucho tiempo para el debate y existe la posibilidad de que ninguna de estas opciones comande el apoyo de una mayoría parlamentaria. Pasó hace más de una década con la negociación para reformar la Cámara de los Lores: el parlamento estaba de acuerdo en su necesidad, pero no llegó a un consenso sobre qué vía adoptar.


La negociación inter-partidaria será fundamental para evitar una repetición de este fiasco que ahora tendría consecuencias mucho más devastadoras. En medio de esta selva, es cada vez más grande el peligro de que un error, un cortocircuito, un malentendido terminen consagrando una involuntaria salida sin acuerdo de la Unión Europea, el Hard Brexit, que busca el ala dura de los conservadores.

Por Marcelo Justo
Desde Londres

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Sábado, 23 Marzo 2019 06:17

Bye Bye Unasur

Bye Bye Unasur

La dramática situación en Venezuela –producto de fenómenos fundamentalmente internos y dinámicas complementarias internacionales que la han agudizado al máximo– tuvo un efecto devastador para la diplomacia sudamericana: contribuyó al derrumbe de Unasur a una década de su creación. Un conjunto de factores diversos convergieron en una coyuntura muy particular y ello hizo posible el deterioro y posterior desplome de aquel organismo de concertación sub-regional que tuvo, en sus primeros años, éxitos que merecen reconocerse y subrayarse. Desde 2014 se manifestaron cuestiones que facilitaron la irrelevancia y el declive de Unasur: a) el gradual desinterés de Brasil –durante el segundo mandato de Dilma Rousseff primero y aún con la breve presidencia de Michel Temer después– de invertir recursos diplomáticos en América del Sur; b) la desafortunada elección del ex presidente Ernesto Samper al frente de la Secretaría General de la Unión de Naciones Suramericanas; c) la acefalía en la conducción de Unasur desde principios de 2017 en medio de distintas estrategias simultáneas de diferentes países destinadas más a la obstrucción de candidaturas que al logro de un candidato de consenso; d) el fracaso de las gestiones de buenos oficios auspiciadas por Unasur con la participación de los ex mandatarios José Luis Rodríguez Zapatero, Leonel Fernández y Martín Torrijos, ante la profundización de la crisis en Venezuela en el marco de irresponsabilidades compartidas por parte del gobierno y de la oposición; e) el establecimiento del llamado Grupo de Lima en agosto de 2017 con el fin de debilitar, cercar y aislar al gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela; f) la mediocre presidencia pro témpore de la Argentina entre abril de 2017-abril 2018 que nunca citó una cumbre de mandatarios, de cancilleres o de ministros de Defensa; g) la suspensión de la participación de la Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Perú y Paraguay en el bloque sudamericano justo cuando la presidencia pro témpore pasaba a Bolivia; y h) la salida definitiva de Colombia (agosto 2018) y Ecuador (marzo 2019) del mecanismo de concertación.

En breve, el comportamiento concreto de la mayoría de los participantes de Unasur llevó a su descrédito y ocaso. Es como si los principales protagonistas hubieran optado, contra sus intereses de largo plazo para sostener un ámbito de acción conjunta con una voz unificada ante cuestiones regionales y globales, por una lógica de corto plazo dictada por cálculos político-electorales domésticos y por imaginar la quimera de una presunta “relación especial” individual respecto a Estados Unidos.


La sepultura de Unasur –a la que, repito, muchos contribuyeron– se materializó con la propuesta de los presidentes Piñera y Duque (foto) de crear Prosur. El cónclave de hoy 22 de marzo en Santiago de Chile será el lanzamiento formal de esta iniciativa; iniciativa bastante inoportuna, aún ambigua y que parece una nueva fuga hacia adelante del multilateralismo regional que se caracteriza por su alta formalización y baja institucionalización. En los escasos pronunciamientos de sus proponentes se ha invocado que el propósito principal es la “defensa” de la democracia y de la economía de mercado, al tiempo que se ha puesto de manifiesto su vocación expresamente ideológica como producto del avance de las derechas y el retroceso del progresismo en el área.


¿A qué apunta esta propuesta todavía indefinida? Se inscribe, de algún modo, en un cambio de eje geopolítico del Atlántico al Pacífico en momentos en que el gobierno de Donald Trump acentúa los elementos de contienda, en desmedro de los de colaboración, en relación a China. Dos actores medios de la región –Colombia y Chile– aprovechan el vacío de dirección y credibilidad del Brasil de Bolsonaro y de la desorientación estratégica de la Argentina de Macri. Es sorprendente que el otrora poderoso eje Buenos Aires-Brasilia haya quedado supeditado a las confusas aspiraciones de Santiago y Bogotá. Los postulados de corte neoliberal de los convocantes parecen generar una adhesión inmediata como si ello fuese funcional a un modelo de desarrollo productivo, inclusivo y competitivo de la región en medio de fuertes polarizaciones a nivel de todos los países de América del Sur. Habrá que ver, asimismo, en que traduce la idea de “defensa” de la democracia y de la economía de mercado.


La actitud hasta ahora poco constructiva –en el sentido de la ausencia de un aporte concreto a salidas pacíficas– de los participantes del nuevo foro respecto a la angustiosa crisis venezolana, la resignada aceptación sin cuestionamiento a las sanciones materiales impuestas por Washington a Caracas y la desconsideración de alternativas exploratorias de diálogo político como las sugeridas por el Mecanismo de Montevideo (México y Uruguay más el Caricom), el Grupo Internacional de Contacto para Venezuela (involucrando países de Europa y Latinoamérica) y aún por el Vaticano, insinúan que Prosur está más inclinado a seguir al Norte que mirar al Sur.


En síntesis, asistimos a la inauguración de otra experiencia de comunidad sub-regional que sin un mínimo balance del precario estado de la integración en el área, se auto-postula como una modalidad novedosa de aglutinación a pesar del sesgo ideológico que lo caracteriza. Y lo hace en momentos en que Estados Unidos vuelve a proclamar la vigencia de la vetusta Doctrina Monroe y usar el discurso propio de la “diplomacia de las cañoneras”.


Juan Gabriel Tokatlian: Profesor plenario de la Universidad Di Tella.

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Razones y sinsentidos del ingreso al Comando Sur

El hecho de que un general del ejército de Brasil se integre al Comando Sur, una dependencia del Pentágono de Estados Unidos, es una decisión con la suficiente trascendencia como para mover a fondo el tablero geopolítico regional. Se trata de la alianza entre las dos fuerzas armadas más poderosas del continente.


“¡Tiemblen, vecinos!”, podría ser la conclusión que saquen países como Venezuela, Cuba y otros del Caribe y Centroamérica ante la tremenda decisión de las fuerzas armadas de Brasil y Estados Unidos. De hecho, es la primera vez en la historia que un general del ejército brasileño se integra al Comando Sur. Pero el hecho más llamativo fue el lugar y la forma en la que se hizo público: una comisión del Senado en Washington, donde compareció el almirante Craig Faller, jefe del Comando Sur, el 7 de febrero.


El informe rendido por Faller sostiene que hay tres países sudamericanos con los cuales el Pentágono tiene lazos especiales: Chile, Colombia –el segundo es el primer socio latinoamericano de la Otan, mientras el país trasandino se ha integrado a través del Anillo del Pacífico a “la mayor marina de guerra del mundo”– y Brasil –que fue el primero en firmar un acuerdo para la utilización pacífica del espacio–, con el que se completa el trío de alianzas estratégicas del Pentágono en la región (Valor, 13-II-19). El hecho de que el anuncio se haya concretado en los mismos días en los que la administración Trump lanzaba una potente ofensiva sobre el gobierno de Nicolás Maduro no pudo pasar desapercibido para ningún observador.


El propio Faller dejó traslucir las intenciones de su gobierno cuando afirmó en el Senado que existen seis países definidos como “amenazas” a los intereses estadounidenses: Rusia, China, Irán, y, en paralelo, aseguró que cuentan con “aliados autoritarios” en la región, en referencia a Cuba, Nicaragua y Venezuela.


Siguiendo los pasos de su presidente, Faller criticó los préstamos de China a esos tres países, que en su opinión se proponen el control de los puertos y conseguir presencia en la infraestructura vinculada al canal de Panamá. En cuanto a Rusia, su principal preocupación es el apoyo militar de Moscú a Caracas, en particular con modernos sistemas de misiles antiaéreos, que podrían neutralizar la indudable superioridad de la fuerza aérea de Estados Unidos, la que mantiene un control casi exclusivo de los cielos de la región.


VOCES CONTRARIADAS.


Los principales medios de Brasil, como Folha de São Paulo, destacaron que las primeras críticas surgieron de Itamaraty, la poderosa cancillería con la que el presidente Jair Bolsonaro mantiene tensos lazos desde que nombró a un fundamentalista como Ernesto Araújo a cargo de las relaciones internacionales. Según las fuentes, los funcionarios de carrera “mostraron preocupación con la posibilidad de que un cargo en la jerarquía de las fuerzas armadas de Estados Unidos venga a legitimar una eventual intervención militar en la región” (Valor, 13-II-19).


Fuentes de la cancillería destacaron que la integración de oficiales en el ejército estadounidense es contrario a los documentos aprobados por el Congreso en Brasilia, que promueven las relaciones multilaterales sin privilegiar a una sola nación, en referencia a la Estrategia Nacional de Defensa definida en 2008 bajo el gobierno de Lula.


Celso Amorin, diplomático y buen conocedor del ambiente militar, ya que fue ministro de Defensa con Dilma Rousseff, dijo que el nombramiento de un militar brasileño en el comando de interoperabilidad del Comando Sur servirá para “legitimar una eventual intervención militar de Estados Unidos en América Latina y el Caribe, y conferirle a una unidad de aquel país un papel similar al de la Otan, sin que ningún tratado haya sido firmado con tal objetivo”.


Apenas una semana después, el almirante Faller se reunió con la plana mayor de las fuerzas armadas, en una visita de dos días al país, en la que debatió con sus pares el candente tema de la “ayuda humanitaria” a Venezuela y sacó tiempo para visitar el astillero donde se debería construir el primer submarino nuclear, que Estados Unidos no ve con buenos ojos.


El ex presidente Fernando Henrique Cardoso terció en la polémica, al criticar de manera frontal al canciller Araújo. Cardoso escribió en su Twitter que “nuevas elecciones libres son el camino para el futuro democrático en Venezuela”, porque “las intervenciones militares no conducen a la democracia” (Valor, 4-III-19).


El canciller lo insultó. Dijo que Cardoso “defiende tradiciones inútiles de retórica vacía”, que él –en cambio– “desprecia abiertamente”. Fue mucho más lejos y cuestionó la tradición de 25 años de política exterior brasileña, por estar basada en el “consenso” que, en su opinión, fue el que permitió “el predominio creciente del bolivarianismo en América del Sur”. Sin ironía y con una frase que mueve a risa, aseguró que en el caso de la crisis con Venezuela “no fue Brasil quien siguió a Estados Unidos, sino al contrario”.

MILITARES MIRANDO A CHINA.


Parece evidente que los militares brasileños se encuentran en una posición muy delicada. Tienen demasiado peso en el gobierno de Bolsonaro como para no preocuparse por los dislates del presidente y del canciller. Recordemos que Bolsonaro le había prometido a Trump una base militar del Pentágono en Brasil, hasta que los uniformados dijeron nones, siempre por boca del vice Hamilton Mourão, el imprescindible apagafuegos en estos dos primeros meses en el cargo.


Un fracaso del gobierno Bolsonaro puede golpear fuertemente el prestigio de las fuerzas armadas, que tienen más de cien cargos en el gobierno, desde ministerios hasta grandes empresas como Petrobras y Eletrobras. Mourão se empeña en tomar distancias de su presidente y de la familia, que todas las semanas twitea algún disparate, o sube a las redes videos obscenos o publica frases que resultan chocantes, incluso para sus más fieles aliados.


El enfrentamiento público con el secretario general de la presidencia, Gustavo Bebianno, que fue dimitido por el presidente, fue quizás el más notorio escándalo, al punto que algunos medios y analistas especulan con la renuncia del presidente y la asunción de Mourão, porque le daría más estabilidad al gobierno.


Pero el tema central es qué va a suceder con la tradición nacionalista de la que siempre se enorgullecieron las fuerzas armadas. Bajo la dictadura militar, nunca hubo un alineamiento automático con Estados Unidos, aunque militaban en el mismo campo ideológico contra el comunismo. Ahora las cosas son mucho más complejas que medio siglo atrás, porque el comercio exterior de Brasil depende de exportar soja y mineral de hierro a China.


Los militares brasileños no parecen sentirse cómodos participando en una acción militar contra un país de la región. Mourão ya dijo que los militares brasileños no van a participar en ninguna acción armada contra Venezuela. Brasil ha auspiciado algunos golpes de Estado en la década del 70, en particular en Bolivia. Otra cosa sería quedar entrampados en una acción militar que no decidieron y que tiene a China entre sus objetivos estratégicos.

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La Unión Europea vive una crisis de identidad sin precedentes

Asolada por el mutuo interés de EEUU y Rusia por dividir a sus socios y la enigmática y ambivalente política china, Europa no acaba de interiorizar los nuevos riesgos geoestratégicos.


Los socios de la UE parecen haber abandonado su lema de construir más Europa. El sacrosanto principio que confiaron los padres de la Unión a sus herederos para avanzar en los procesos de integración política y económica a partir de valores de solidaridad mutua. Es como si el reloj de la unificación institucional, de la armonización financiera, social, laboral y fiscal, del dinamismo sostenible y de la vanguardia tecnológica y la revolución digital se hubiese parado súbitamente. Aunque su segundero ya certificara un retraso cronológico desde la histórica cita de Maastricht en la que los líderes europeos pusieron en hora la entrada al nuevo milenio con la doble decisión de incorporar a socios del Este continental y de poner en marcha el euro.


Europa deambula como un zombi. Acosada, como está, por las tres grandes potencias nucleares. EEUU ha dejado por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial a su tradicional aliado geoestratégico a su libre albedrío. Y disfruta con su pérdida de identidad. La Administración Trump se siente más cómoda con el perfil autocrático del primer ministro húngaro, Viktor Orban, y con sus homólogos del llamado Grupo de Visegrado -que completan Polonia, Eslovaquia y República Checa- que con el engreído eje franco-alemán, que se atreve a escenificar la crisis transatlántica en foro como el G-20 o el G-8. Incluso con el joven halcón conservador austriaco que preside un gabinete con representantes de la extrema derecha de su país. Con el que Trump compartió la semana pasada cuchicheos durante la visita oficial de Sebastian Kurz a Washington. "Estaba interesado en mi visión sobre las elecciones europeas, Francia, Alemania y el brexit", se jactó el mandatario austriaco, para quien "el objetivo" de su peaje en EEUU era perfeccionar las sensaciones del presidente" americano sobre cuestiones "altamente preocupantes" para él.


"Basta ya de quejarse de Trump; hay que trabajar con él", enfatiza Mark Rutte, el liberal premier holandés, pretendiente, entre bambalinas, a la jefatura del Ejecutivo comunitario y, para no pocos observadores, el nuevo depositario de las esencias británicas en el seno de la UE. Es decir, el político dispuesto a asumir la excepcionalidad del Reino Unido cuando salga de la Unión. O lo que es o mismo: a entorpecer cualquier intento de armonización política y económica.


Una estrategia, la del divide y vencerás, que también comparte, en su finalidad, aunque no tanto en los medios para lograrlo, el Kremlin. Es un secreto a voces que Vladimir Putin desea una crisis institucional de Europa que mermaría su capacidad de influencia y su poder global. La haría más débil. Como Washington, pero desde hace un par de lustros más, ha encendido la mecha desde los territorios orientales. Sintoniza con Orban y su cuadrilla de Visegrado. Mientras abre la espita geoestratégica en las antiguas repúblicas soviéticas bálticas, donde ha puesto en más de un serio aprieto a los mandos militares de la OTAN, y Ucrania, crisis a la que Europa se ha acostumbrado a llegar tarde a cualquier iniciativa contra el Maidan nacionalista y europeísta que Moscú se ha encargado de emprender desde el estallido de las protestas sociales, en noviembre de 2013. En pleno debate sobre el aumento de cuotas europeas a las arcas de la Alianza Atlántica por expresa exigencia de Washington. Usando, para ello, cualquier arsenal. Desde el diplomático, mediante la utilización de la energía como arma exterior o amenazando con los peligros geoestratégicos de la escalada armamentística -y nuclear- iniciada por la Casa Blanca y el Kremlin, hasta las redes sociales, desde las que propaga fake news capaces de, por ejemplo, interceder en el resultado del referéndum sobre el Brexit, en el triunfo electoral de Trump o en la irrupción en el escenario político de partidos ultranacionalistas en Europa o de movimientos secesionistas que, como el catalán, ponen en riesgo la estabilidad de determinados socios de la UE.


El tercer elemento distorsionador es China. Sin duda, el que menor toxicidad emite porque, entre otras cuestiones, comparte con Europa la visión multilateralista, los objetivos de París de lucha contra el cambio climático, y ciertos intentos, demasiado vanos aún, de inculcar una cierta gobernanza a la globalización como antídoto para frenar el nuevo orden instaurado por Trump. Pero que, como sus dos rivales nucleares, practica una diplomacia de doble filo. Porque al mismo tiempo que airea discrepancias con EEUU como las tensiones por el negocio 5-G y la crisis de Huawei, negocia un acuerdo comercial que ponga fin a la escalada arancelaria y ha puesto punto y final al histórico aislacionismo con Rusia, con la que realiza maniobras militares conjuntas en latitudes tan conflictivas como el Báltico o el Mar del Sur de China, puntos de interés estratégico para ambas potencias, que siguen un criterio común de oposición geopolítica a Trump en varios asuntos de relevancia global. Mientras permite el acceso de Moscú, con su implicación apoyada desde Pekín en la Nueva Ruta de la Seda al juego de intereses cruzados en Asia Central, espacio que le fue vedado por China durante las décadas de la Guerra Fría.


La encrucijada europea se agudiza por los nubarrones que se ciernen sobre su economía. Pero no sólo por ello. También hay otros factores que revelan la debilidad política de la Unión

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1.- El enfermo económico mundial. El ciclo de negocios posterior al credit-crunch toca a su fin. O, al menos, se manifiesta con una alarmante debilidad. La austeridad con estímulos monetarios ha finiquitado el ritmo de actividad que había devuelto un relativo bienio de esplendor -desde el ecuador de 2016 hasta el verano de 2018- tras el largo lustro de rescates y de crisis de la deuda entre socios del euro. "La salud económica europea está en seria amenaza", dice Willem Buiter, analista de Citigroup. Con el PIB alemán en encefalograma plano y el de Italia en recesión técnica las previsiones del mercado y las oficiales de la Comisión coinciden en augurar un crecimiento de la zona del euro en el entorno del 1% para este año y el siguiente. "La preocupación actual es Europa, precisa Salman Ahmed, estratega jefe de inversiones en Lombard Odier, porque, en su opinión, "mientras China saldrá de la ralentización con fuertes canales de estímulo, en Europa la caída libre de la actividad se presenciará a gran velocidad". Y sin reformas. Sin un presupuesto común, ni avances en medidas de corrección de las desigualdades sociales como la prestación europea por desempleo, ni la culminación que desea Mario Draghi para la unión bancaria, o la mutualización de la deuda y de los bonos soberanos.


El euro vuelve a estar en entredicho por parte de inversores y economistas de todo el planeta. Porque a la probable cercanía de una nueva crisis, en 2020, se añade una merma del arsenal monetario del BCE para restaurar la compra de activos tóxicos de empresas y países que, por otro lado, desea enterrar definitivamente Berlín, y el aterrizaje, de momento no muy brusco, de la economía china y el agujero presupuestario de EEUU de 310.000 millones de dólares en los cuatro primeros meses del año fiscal 2019 -desde octubre a enero- un calibre un 77% más ancho respecto del ejercicio anterior, y el primer vestigio de que la doble y agresiva rebaja fiscal a las rentas personales y los beneficios empresariales ha deteriorado el cuadro financiero de EEUU que, además, mantiene una deuda billonaria, de más de 21,2 billones de dólares, superior a su propio PIB. Al que hay que sumar otro déficit, en este caso el comercial, que alcanzó a finales de año los 621.036 millones de dólares. Vestigio de que las batallas comerciales desatadas por la Casa Blanca no han cumplido su objetivo ni parece que se justifiquen por criterios de seguridad nacional. Europa se apresta a reducir sus flujos de mercancías, servicios e inversiones a sus dos principales destinos y con su sector exterior en estado menguante. De hecho, el BCE ve ahora, por primera vez en los últimos meses, el mantenimiento de los tipos próximos a cero para todo este año. Al menos. Con el propósito de reanimar la actividad. Y sopesa más ayudas a la banca.


2.- Asuntos internos de gran voltaje. A la creciente falta de sintonía entre Angela Merkel y Emmanuel Macron, se une la rebeldía del gabinete populista italiano que, al cumplirse el primer aniversario de su compleja constitución, no sólo ha conducido a la economía a los números rojos, sino que ha hecho sonar todas las alarmas. El tercer PIB del euro batalla con Bruselas por ganar margen presupuestario para costear las promesas electorales de los dos partidos hegemónicos, la Liga Norte y el Movimiento Cinco Estrellas que, a los ojos de la Comisión, "implican riesgos transfronterizos entre los socios monetarios".


Con niveles de endeudamiento históricos, nunca vistos desde la época de Mussolini, aproximándose al 140% del PIB y un peligro de "contagio" al resto de la zona del euro de su contracción económica, con repunte del desempleo en ciernes. "No subestimemos el impacto de la recesión italiana", admite el ministro de Finanzas francés, Bruno La Maire. Pero lo que más preocupa a los inversores es la montaña de deuda trasalpina y sus necesidades de financiación, estimadas en 1,5 billones de euros, para sanear y recapitalizar su sistema financiero del que han adquirido bonos las principales entidades bancarias alemanas, francesas y españolas, sobre todo. Por un montante de 425.000 millones de euros, según datos de la Autoridad Bancaria Europea.


Sin embargo, el económico-financiero no es el único frente abierto por Italia, que también se ha visto involucrada en un affaire diplomático con Francia, a la que acusa de arrogancia por varios asuntos tan surrealistas como la reclamación de la Mona Lisa de Leonardo da Vinci -ahora en las instalaciones del Louvre- pero que han recibido la exaltación nacional-populista en Italia y, sobre todo, han propiciado una doble llamada a consulta de sus respectivos embajadores. Con cruce de acusaciones. De empresarios italianos a Macron, en una cena privada en Milán, admitiendo que su máxima preocupación es la deriva económica y política de la coalición de su país y que se esconde tras una retórica euroescéptica y anti-inmigración o con tweets de ánimo de Luigi Di Maio, el líder de los Cinco Estrellas, a los chalecos amarillos para que continúen con sus protestas contra el presidente galo.


El frente del sur, con Italia, se une al del Este. Con la Hungría de Orban incitando constantemente a la UE a amenazar con el artículo 7 del Tratado de la Unión, el mecanismo de expulsión de un socio comunitario por no seguir los valores fundacionales de libertad, democracia e imperio de la ley y que el eje franco-alemán se niega a invocar antes de las elecciones europeas del próximo mes de mayo para no levantar una oleada ultranacionalista de mayor dimensión de la que ya se ha extendido por el espacio de Visegrado, el centro y el norte europeo y que ha llegado a España con Vox tras enraizarse durante años en Francia o Italia. Orban pregona el final de la democracia liberal y la instauración de un estado anti-liberal con escasos controles y supervisión al poder. La Eurocámara ha instado al Consejo Europeo a activar la expulsión, pero los líderes de la Unión sólo han amenazado, hasta ahora, con retirar a Hungría y Polonia los fondos estructurales y sus poderes de voto y de veto. Es decir, han eludido imponer medidas ejemplarizantes a socios que se desmarcan de los principios comunitarios.


3.- Cerco del triunvirato: EEUU, Rusia y China. La Casa Blanca ha enterrado el protocolo político que ha imperado en las relaciones transatlánticas. Inicialmente, por las tensiones comerciales entre ambas orillas del océano. Apenas dos años después de que, bajo el segundo mandato de Barack Obama, ambas potencias estuvieran a punto de firmar una pasarela de intercambios con aranceles cero de mercancías, servicios e inversiones. Al inicio de este año, Washington rebajó el estatus diplomático de la delegación de la UE en la capital estadounidense. Trump acaba de señalar a Europa como "muy, muy resistente" con la entrada de automóviles y de productos alimenticios made in US en el mercado interior y culpa a Europa de debilitar la balanza comercial de EEUU. Algo que, hasta el inicio de negociaciones, ha ido dirigiendo desde el inicio de la guerra comercial, primero a Canadá y México y, con posterioridad, a China. Pero Trump también se ha distanciado de Europa en materia de seguridad. Así quedó patente en la posición americana en la reciente cumbre de Múnich. "Tenemos un problema real" con EEUU, admitió el ex embajador alemán en EEUU, Wolfgang Ischinger.


"En la ciudad germana se constató las diferencias tanto de intereses militares, como en estrategias de defensa y, sobre todo, en disputas económicas entre las dos orillas del Atlántico. Con intentos de división. Como la permanente presión a Alemania, Francia y Reino Unido para que abandonen la postura común y se sumen a las sanciones contra Irán tras la retirada unilateral de EEUU del acuerdo nuclear suscrito por Obama. El respaldo de Polonia y Hungría al escudo antimisiles americano bajo protección de la OTAN, mientras atacan a las instituciones europeas que les concede el multimillonario cheque de fondos de cohesión y estructurales, el grado de encarecimiento de las facturas presupuestarias europeas de la Alianza Atlántica, o la persistencia de Reino Unido a tener un papel activo en el futuro Ejército europeo, con independencia del resultado del Brexit. El secretario de Estado, Mike Pompeo, sintetizó a la perfección el interés de EEUU en Europa Central durante su reciente visita a Hungría y Polonia: "A menudo, en el pasado reciente, hemos estado ausentes de esta zona de Europa. Inaceptable. Nuestros rivales se han aprovechado de ello". Dicen los expertos que no sólo se refería a Rusia. También a la UE.


Respecto a China, Europa observa con atención sus programas de estímulo económico. Porque le interesa que sirvan no sólo para espolear su PIB, que crecerá este año un 6,5%, un ritmo que no se veía desde 1990, en plena crisis de Tiananmen, que supuso sanciones económicas globales hacia Pekín, sino también para impulsar un consumo que resulta vital para las exportaciones de la UE. Mientras trata de persuadir a Italia para que tenga un papel activo -y específico- en la Ruta de la Seda. Frente a las dudas que genera en el resto de socios de la UE y, sobre todo, en EEUU y Japón. O se alía con Rusia para percutir en la brecha transatlántica. En Múnich, el miembro del politburó, Yang Jiechi, no tuvo reparos en señalar, delante de Merkel y el vicepresidente Mike Pence, las discrepancias entre EEUU y Europa sobre multilateralismo e inversiones tecnológicas o en criticar a la Casa Blanca por el conflicto de Huawei, su proteccionismo o su propensión al uso de su poder hegemónico. Discurso que gustó a los socios europeos, pero no tanto a EEUU.


4.- Francia y Alemania, rivales energéticos. Por obra y gracia de Putin. Al que el eje europeísta le señala como instigador de las fake news que se propagan por toda Europa y que amenazan con perturbar el debate electoral a la Eurocámara. Amén de otras convocatorias de comicios en procesos democráticos nacionales en los próximos meses. Bajo el argumento de que el jefe del Estado ruso busca que los europeos pierdan la confianza en sus instituciones y en las libertades cívicas con sus ejércitos de bots y granjas de trolls que deslizan esta propaganda divisoria con el beneplácito de los servicios de espionaje; de la ex KGB. Como ya hizo aislando a Reino Unido con el Brexit. Pero si en las redes sociales ha demostrado su habilidad, es en el terreno de la energía donde Putin borda su estrategia exterior. El gaseoducto ruso Nord Stream 2 que no sólo enfrenta a Alemania, deseosa de construir conjuntamente con Moscú una infraestructura de unos 11.000 millones de dólares que garantice el abastecimiento del país, con EEUU, que ve en este proyecto una maniobra geopolítica del Kremlin para influir en Berlín. Sino también entre el propio eje, ya que París, hasta ahora, era reacia a cambiar la directiva europea que exige la aplicación de sus reglas a conductos energéticos con origen en terceros países, como es el caso.


La triple interferencia internacional –de las tres grandes potencias nucleares– está consiguiendo su desafío de dividir Europa. Por mucho que Macron desee unificar los servicios de espionaje y restablecer la cooperación, en la UE se ha instalado un clima de desconfianza mutua. Al que han contribuido también los tibios pasos integradores de las cuatro legislaturas de Merkel y el error del Brexit, si no se convoca otro referéndum, el mejor callejón de salida. O por mucho que el eje franco-alemán se obceque en reforzar, como hicieron Macron y Merkel a finales de enero en Aachen su alianza con un pacto contra el egocentrismo nacionalista y la cruzada euroescéptica

 

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Miércoles, 23 Enero 2019 06:36

Brexit y el futuro del capitalismo

Brexit y el futuro del capitalismo

En junio de 2016 el pueblo en Inglaterra escogió abandonar la Unión Europea (UE). El Brexit tomó por sorpresa a las élites del capitalismo inglés. Las fuerzas que promovieron la salida de la UE recurrieron a las banderas de miedo a la migración y el rencor contra la euroburocracia en Bruselas.


Durante 2013 y hasta febrero de 2016 el gobierno de James Cameron trató de renegociar un acuerdo integral con la UE para aplacar a los euroescépticos en Inglaterra. Además de lograr que el acuerdo de Schengen sobre circulación de personas no se aplicara en Inglaterra en los mismos términos que en los demás países de la UE, Cameron obtuvo concesiones para restringir los beneficios para migrantes. Su gobierno presentó eso como el logro más significativo del nuevo acuerdo con la UE. Además, el nuevo trato daba garantías para que la libra esterlina no se convirtiera en una moneda de segunda categoría en la esfera de la eurozona, lo cual tenía grandes implicaciones para el sector de servicios financieros en la City. Finalmente, el acuerdo reconocía que Inglaterra no tendría que comprometerse con una integración política más profunda en Europa. Muy confiado en el resultado, Cameron cometió el error más vistoso en la historia política de Inglaterra al convocar al referendo de 2016 sobre la permanencia en la Unión Europea.


El Brexit tiene muchas facetas, pero la más significativa es que tanto los que promovieron la salida como los que deseaban la permanencia recurrieron al miedo como su principal argumento. Paradójicamente, la campaña de miedo a los migrantes triunfó con márgenes decisivos en las regiones donde no hay migrantes: zonas rurales y áreas como el País de Gales. En favor votó la mayoría de la población cercana a los polos urbanos, como Londres y Manchester, así como la del sur de Inglaterra, que mantiene niveles de ingreso superiores a la media. Pero ese voto estuvo animado por el miedo a un supuesto colapso económico y desempleo masivo, pronosticado por el gobierno y sus aliados. El resultado no fue suficiente para hacer contrapeso. Es normal, en las ciudades la precariedad del empleo ya representa suficiente caos para millones de personas. El balance de la jornada del referendo fue una votación dividida en las conclusiones, pero unida bajo la bandera del miedo.


Durante los pasados dos años el gobierno inglés trató de definir los términos de la separación con la Unión Europea. La semana pasada el parlamento rechazó la propuesta de la primera ministra, Teresa May, arrojando por la ventana su plan de divorcio. El balance final es un descalabro para el proyecto neoliberal sobre el que se funda la Unión Europea desde los tratados de Maastricht y Lisboa. También lo es para el capitalismo neoliberal que se aplica en Inglaterra desde los años de Margaret Thatcher. Sin duda el Brexity sus secuelas son una marca infamante para el neoliberalismo, pero surge la pregunta de si también son señal sobre el futuro del capitalismo. Quizá la respuesta está en las implicaciones del Brexit para el sector financiero.


Avizorando los peligros que rodeaban la desindustrialización y aprovechando hábilmente la coyuntura del colapso de Bretton Woods, el capitalismo inglés construyó un señorío financiero sobre las ruinas del antiguo imperio británico. Desde las islas Cayman hasta Chipre, la Cityconsolidó un nuevo espacio transfronterizo, en el que la libra esterlina pudiera reinar sin ser perturbada. Esa plataforma del poder financiero ha servido para el asombroso desarrollo de la especulación y los mercados financieros de divisas, títulos y derivados. Hoy, la prioridad de ese nuevo imperio financiero es conservar su integridad frente al desafío del Brexit.


El mercado mundial de divisas tiene varios espacios que fungen como cámaras de compensación y la City es de los más importantes. Una de las principales divisas que circulan en esa cámara de compensación es el euro, lo que ha otorgado a la City un lugar preponderante en el corazón de una unión monetaria a la que Inglaterra no pertenece.


El desarrollo de la City se hizo al amparo de importantes economías de escala en el sector bancario que permitieron la aglomeración de bancos y casas de cambio en una sola localidad. Pero esas economías de escala pueden perderse si se ven perturbados los acuerdos sobre convertibilidad que les dan vida. Y es aquí donde el caos del Brexit acarrea serias consecuencias para ese imperio financiero por el posible desplazamiento de actividades bancarias que amenazaría las economías de escala sobre las que se construyó el imperio financiero.


En el drama del Brexit las clases desfavorecidas no son las únicas que tienen miedo. La cima del capitalismo financiero también tiene dudas existenciales. La incertidumbre no respeta fronteras ni clases sociales. Pero una cosa es cierta: ningún sistema social puede sobrevivir cuando está fincado en el miedo. Y hoy la evolución del capitalismo no está marcada por la promesa de un porvenir luminoso, sino por el temor y el desasosiego.


Twitter: @anadaloficial

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