Jueves, 01 Diciembre 2011 19:49

Chávez busca reemplazo para la OEA

Chávez busca reemplazo para la OEA
Cómo funcionará y para qué servirá la nueva Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), lo decidirán entre mañana y el sábado los presidentes de los 33 países de la región reunidos en Caracas, en el marco de la tercera cumbre de América Latina y el Caribe (CALC). Pero la expectativa que de antemano tiene el presidente Hugo Chávez, anfitrión e impulsor de este evento al que no fueron invitados ni Estados Unidos ni Canadá, es que la CELAC sustituya en el mediano plazo a la Organización de Estados Americanos (OEA) que, según Chávez, ha sido cooptada por el imperialismo y “ya no sirve para nada”.

El acuerdo para fundar esta nueva Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños se cristalizó en febrero 2010, en la cumbre del Grupo de Río y de la CALC que se realizó en Cancún, México, tras dos años de discusiones. La idea inicial de crear un bloque latinoamericano y caribeño fue propuesta por el entonces presidente de Brasil, Luis Inácio Lula Da Silva. Y desde que Lula dejó el poder, ha sido Chávez quien ha llevado la batuta de las conversaciones y ha convertido la creación de esta nueva comunidad en un asunto personal. La cumbre, inicialmente pautada para el 5 de julio pasado, fue suspendida cuando Chávez anunció que padecía de cáncer y reprogramada para este 2 y 3 de diciembre.

Para Chávez y otros presidentes de la región, como el ecuatoriano Rafael Correa, la Organización de Estados Americanos es un “instrumento” de Estados Unidos para intervenir en los países de la región y por eso debe ser sustituida. “Si la OEA tiene que seguir existiendo, no lo sé. Solo sé que la OEA ya no sirve para nada”, dijo el presidente venezolano en la cumbre de Cancún de febrero de 2010, donde se discutió la creación de la CELAC.

El presidente ecuatoriano ya había acusado a la OEA por considerar que no actuó diligentemente cuando Colombia bombardeó, en 2008, un campamento guerrillero ubicado dentro de las fronteras de Ecuador. Sus críticas contra el organismo se han intensificado desde que, en octubre pasado, el Estado ecuatoriano fue citado a una audiencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanas por cometer violaciones contra la libertad de expresión. “Es evidente el peso determinante que tiene Estados Unidos en la OEA y que la OEA ha sido un instrumento de política exterior de Estados Unidos, más que un instrumento y un foro para la resolución de conflictos en forma objetiva”, ha dicho el presidente Correa el 22 de noviembre pasado, durante una conferencia de prensa en Quito.

Por razones como ésta es que el bloque conformado por Venezuela, Ecuador, Cuba, Bolivia y Nicaragua aspira que la CELAC se constituya en una alianza tan sólida que, eventualmente, pueda tener sus propias instancias de debate y sanción. Como una comisión de Derechos Humanos que reemplace a la CIDH de la OEA. Pero aunque 33 países ya han confirmado su participación en la CELAC, aún falta lograr un acuerdo entre todos para definir cuánto dejarán crecer a la comunidad.

El Gobierno de Costa Rica, por ejemplo, es de los que cree que la CELAC no debe ser más que un "mecanismo de diálogo y concertación", como el Grupo de Río, y no como la Organización de Estados Americanos (OEA).
 “Una organización tiene otras connotaciones, significaría edificios, plantilla de personal y burocracia que a nosotros como región no nos conviene, porque es duplicar otras organizaciones que ya existen”, ha dicho el canciller costarricense, Enrique Castillo. La presidenta de Costa Rica, Laura Chinchilla, es la única jefa de Estado que no asistirá a la cumbre; en su lugar, viajará a Caracas el vicepresidente Alfio Piva.

Desde la acera política contraria a Chávez y a su propuesta de socialismo del siglo XXI, también apoyan a la Celac el presidente de Chile, Sebastián Piñera; el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos; y el presidente de México, Felipe Calderón, quien ha sido uno de los que más ha apoyado esta iniciativa desde la cumbre de Cancún, en 2010. Los países que conformarán la CELAC son: Antigua y Barbuda, Argentina, Bahamas, Barbados, Belice, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Cuba, Dominica, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Granada, Guyana, Haití, Honduras, Jamaica, México, Nicaragua, Paraguay, Perú, Panamá, República Dominicana, San Cristóbal y Nieves, San Vicente y Las Granadinas, Santa Lucía, Surinam, Trinidad y Tobago, Uruguay y Venezuela.

En paralelo a esta cumbre, entre mañana y el sábado también se reunirán en Caracas los presidentes y cancilleres de los doce países que integran la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) y la alianza basada en el acuerdo energético de Petrocaribe, promovido por Venezuela.

Por Maye Primera Caracas 1 DIC 2011 - 19:36 CET
Publicado enInternacional
Lunes, 20 Junio 2011 08:02

Qué integración regional conviene

Cambio de paradigma

El escenario internacional muestra, en los últimos años, la crisis de un paradigma económico y cambios de trascendencia. El crecimiento económico mundial es claramente liderado por los países menos desarrollados, los países desarrollados atraviesan por una importante crisis fiscal y lento crecimiento y se discute, por primera vez en mucho tiempo, el paradigma de la globalización financiera, la desregulación del sector y, más ampliamente, el funcionamiento del sistema monetario internacional.

En este contexto, la cooperación regional aparece como una necesidad ante el escenario de elevada volatilidad e incertidumbre. Es también la posibilidad de recuperar una vieja tradición del pensamiento latinoamericano que ha planteado a la integración regional ya no como una opción sino como un aspecto central en el camino hacia el desarrollo económico y social. La integración significa hacer más sólida la posición financiera de los países, ampliar escala y competitividad, complementación productiva y mayor comercio. El desafío que se plantea es el de hacer fuerte a la región y el de hacerse fuerte en la región.

El camino de la cooperación y la integración regional implica alterar el orden de causalidad del paradigma de la globalización financiera, para poner a las finanzas al servicio del desarrollo productivo y no al revés. Es posible observar que los países que apostaron a un mayor crecimiento de sus manufacturas y la industrialización de las materias primas presentan mayores tasas de crecimiento y una clara mejora en sus indicadores macro-financieros. Mientras los países más avanzados, y algunos de la Unión Europea en particular, presentan niveles explosivos de endeudamiento, los países en desarrollo se han desendeudado, tendencia verificable tanto en Asia como en América latina. El deterioro fiscal en los países más avanzados es notable: el déficit fiscal alcanzó el 7,2 por ciento del PIB en 2009, 6,3 en 2010 y se proyecta un 5,4 por ciento para 2011, destacando la compleja situación fiscal de EE.UU. La Unión Europea también muestra un escenario similar aunque de menor nivel, siendo su déficit de 4,4 por ciento del PIB en 2009, 4,1 en 2010 y un estimado de 2,3 por ciento para 2011. El peso de la deuda pública para 2011 alcanza el 103 por ciento del PIB para el promedio de los países desarrollados, 118 para los países del G7 y 82 por ciento para la Unión Europea.

Este paradigma en transición muestra entonces que el camino de la producción y el desendeudamiento es funcional a un mayor crecimiento y mayor protección ante el riesgo de volatilidad y contagio de factores de crisis en otras regiones. El desafío hacia una mayor profundización es alinear las regulaciones en función de este nuevo paradigma. El debate sobre las regulaciones de Basilea debe presentarse de manera diferenciada entre países avanzados y países en desarrollo, ello por cuanto la crisis no se generó en los países periféricos. No es aquí donde se debe desapalancar y reforzar la supervisión. En las economías sudamericanas es necesario aumentar el crédito y, fundamentalmente, direccionarlo hacia la producción, a los proyectos que amplíen los horizontes productivos y el uso del conocimiento, a la infraestructura que mejore la productividad sistémica y permita mejorar las condiciones de vida de los sectores populares.

Y en este punto aparece la cooperación financiera regional. Este debate sobre la arquitectura financiera regional tiene tres puntos centrales: a) la banca de desarrollo para financiar proyectos de inversión de alto impacto regional, infraestructuras y proyectos de complementación productiva; b) los fondos para prevenir ataques especulativos y desequilibrios externos; c) la coordinación macroeconómica, en particular a lo atinente a controles sobre movimientos de capitales de corto plazo.

El desafío es trabajar en una integración productiva que nos permita pasar de las plataformas exportadoras a las áreas de integración y complementación productiva. En esto tiene un papel fundamental la infraestructura que permita viabilizarla, las cadenas de valor que se pueden amplificar en el ámbito regional y las Pymes, que son centrales si queremos pensar en una integración virtuosa en términos de la articulación del tejido social y sus efectos territoriales y sobre la distribución del ingreso.

Una banca de desarrollo regional puede financiar las infraestructuras necesarias para garantizar la expansión del aparato productivo y también el avance hacia una nueva fase de industrialización regional, con mayor peso de las actividades innovativas y el peso del conocimiento en la producción.

El sueño de Néstor Kirchner, plasmado en la constitución de la Unasur, se enfrenta hoy al gran desafío de la integración productiva y financiera. El Banco del Sur hará honor a su esfuerzo, junto al de los presidentes sudamericanos, por una integración que favorezca el desarrollo, la industrialización, el pleno empleo y la erradicación de la pobreza.

Por Matías Kulfas, economista. Director del Banco Nación y presidente de la Asociación de Economía para el Desarrollo de la Argentina (AEDA).

Un modelo en discusión

El proceso bicentenario de lucha por la emancipación en nuestra América suponía el imaginario de la integración regional, más como territorio e identidad compartida que como relaciones entre naciones. Esta última es la historia del capitalismo vernáculo y el vínculo entre los países. Cada institucionalización integradora tuvo el sello del capitalismo de época ya sea la Industrialización Sustitutiva de Importaciones (ISI) o el reciente período neoliberal.

La crítica popular al libre comercio y al orden económico hegemónico, en el cambio de siglo, construyó la posibilidad de limitar la propuesta del ALCA, que se renueva con tratados bilaterales y multilaterales empujados por Europa o Estados Unidos. Por eso, no debemos confundirnos, y pensar que regionalmente se ha superado el ciclo de inserción mundial subordinada, funcional a la estrategia global de un grupo reducido de transnacionales.

¿Quién decidió que los países del Mercosur sean en conjunto el principal productor y proveedor mundial de soja? ¿Es resultado de una decisión planificada soberanamente o producto de la estrategia de un puñado de empresas transnacionales de la alimentación y la biotecnología que manejan el paquete tecnológico del actual modelo productivo?

Hablando del sector industrial, ¿qué significa que el grueso del intercambio de bienes intra-Mercosur esté constituido por productos de la industria automotriz? ¿A quién beneficia? ¿A los trabajadores de las autopartistas de la región que deben disminuir significativamente su producción porque a las ensambladoras les es más barato importar las piezas de cualquier lugar del mundo; o a 12 grandes terminales transnacionales que pagan la hora de ensamble en la región casi una tercera parte de lo que vale en el sudeste asiático y luego exportan a precio internacional? No sólo es el Mercosur. Puede verificarse el crecimiento de la integración de Argentina con Chile, siendo la minería un motivo compartido de entrega de recursos naturales a inversores con dimensión adecuada para una explotación a gran escala con riesgo cierto de contaminación.

La sojización, el privilegio a la megaminería a cielo abierto y el carácter de industria ensambladora están ligados a los fenómenos de subordinación al programa capitalista dominante. Son los intereses nacionales contradictorios, o mejor aún, los de las clases dominantes de cada país, las que obstaculizan una estrategia que asuma la perspectiva originaria de articulación de un proyecto regional autónomo, emancipado. La crisis mundial en curso nos devuelve los límites de la integración capitalista sostenida en el programa de la liberalización. Es el caso de Grecia, España o la periferia europea, países chantajeados por el poder del Banco Central de Europa, los bancos alemanes o franceses, el FMI, y la mediación de la burocracia política administradora del capitalismo en el viejo continente.

La hegemonía capitalista define en cada país y en cada región el curso de la acumulación, especialmente en época de crisis, donde el horizonte de preservar y restaurar ganancias se constituye en el objetivo principal. Es imprescindible la búsqueda de alternativas. No existe camino a imitar en las articulaciones integradoras hegemónicas. Lo que tampoco debemos olvidar es que, a contramano de lo que sucede en los países centrales, la periferia latinoamericana vive uno de sus mejores momentos en términos de los precios internacionales de sus productos de exportación. ¿Qué sucederá si termina esta favorable coyuntura con la acumulación de reservas soberanas, los superávit fiscales que financian la política social y sostienen los pagos de la deuda externa? ¿Por dónde ajustarán los gobiernos?

Por eso, hace falta ensayar un nuevo camino que reconstruya el imaginario originario en nuestra América. Una clave de ese camino puede derivarse del postergado Banco del Sur, si sirve para orientar otro modelo productivo, que afirme soberanía alimentaria, energética o ambiental, para una diferente ecuación de beneficiarios y perjudicados. Puede ser el camino de la generalización de intercambios en moneda local, incipiente entre Brasil y Argentina, y entre los socios del ALBA, hacia un debate por una moneda regional en la disputa por la independencia de la inserción regional en la división internacional del trabajo.

Se trata de observar la estrategia concreta de desarrollo de Petrocaribe, que involucra a 18 países de Centroamérica y el Caribe y supone, desde las importantes reservas venezolanas de hidrocarburos, la construcción de refinerías y plantas de almacenamiento localizadas en la región, con financiamiento a bajas tasas de interés y una factura petrolera a pagar en condiciones favorables para países dependientes de la dominación transnacional. La cooperación energética es importante en la promoción soberana de un proyecto autónomo, lo que significa recuperar soberanía sobre los recursos naturales y disponerlos en una lógica no mercantil.

La perspectiva de construir estrategia económica común en la Unasur, superando el carácter de foro político con exclusión de EE.UU., habilita a discutir los límites del orden capitalista en nuestros países, base imprescindible para pensar una integración alternativa.

Por Julio C. Gambina, Doctor en Ciencias Sociales UBA. Presidente de Fisyp e integrante del Comité Directivo de Clacso.

Producción: Tomás Lukin
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Dinamarca reintroduce los controles fronterizos con la excusa de una criminalidad inexistente. Con ello, el país que fue un modelo de democracia, tolerancia y justicia social se sitúa en la avanzadilla de la rendición europea ante el miedo y la xenofobia. Grecia lleva más de un año al borde del precipicio sin que parezca que haya muchos Gobiernos que lamentaran su eventual salida de la zona euro; algunos incluso azuzan secretamente a los mercados contra Atenas. Finlandia se resiste hasta el último minuto, a la zaga de Eslovaquia, a financiar el rescate de Portugal. Francia e Italia aprovechan la crisis tunecina para, en periodo electoral, limitar la libertad de circulación dentro de la Unión Europea. Y qué decir de Alemania, que no contenta con gestionar la crisis del euro a golpe de elecciones regionales, rompe filas con Francia y Reino Unido en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, se desentiende de la crisis libia y revienta diez años de política de seguridad europea.

Con el futuro del euro en entredicho y el mundo árabe en erupción, los líderes europeos gobiernan a golpe de encuestas y procesos electorales, aferrándose al poder por cualquier vía, aunque para ello tengan que deshacer la Europa que tanto tiempo y sacrificios ha costado construir. Pocas veces el proyecto europeo ha estado tan en entredicho y sus vergüenzas tan públicamente expuestas. Pareciera que en esta Europa de hoy, tener un gran partido xenófobo fuera obligado. El hecho es que Europa se resquebraja. De no mediar un cambio radical, el proceso de integración podría colapsarse, dejando en el aire el futuro de Europa como entidad económica y políticamente relevante.

1. Un proyecto sin fuelle

Esta crisis no es coyuntural ni pasajera: no estamos ante una mala racha, ni somos víctimas de un pesimismo infundado. Para darnos cuenta de hasta qué punto el proyecto de integración está en peligro no hace falta más que rebobinar una década. Si lo hiciéramos, el contraste con la situación actual no podría ser más revelador. Después de lanzar el euro el 1 de enero de 1999, la Unión Europea aprobaba la Estrategia de Lisboa, que prometía convertir a la UE en la economía más dinámica, competitiva y sostenible del mundo. También se comprometía a ampliar el espacio de libertad, seguridad y justicia, llevando la integración europea a los ámbitos policiales, judiciales y de inmigración, que hasta entonces habían quedado al margen de la construcción europea. Y para culminar ese proceso y darse a sí misma una verdadera unión política que le permitiera ser un actor globalmente relevante en el mundo del siglo XXI, ponía en marcha el proceso de elaboración de la Constitución Europea.

Pero la UE no se completaba solo hacia dentro, sino también hacia fuera: lanzaba el proceso de ampliación más ambicioso de la historia, que incorporaría en su seno a 10 países de Europa Central y Oriental además de Chipre y Malta y, en un acto repleto de visión estratégica y de futuro, se comprometía a abrir negociaciones de adhesión con Turquía, tendiendo así unos puentes de máximo valor con el mundo árabe y musulmán. Al mismo tiempo, asentaba los pilares de una auténtica política exterior y de seguridad: después de años de impotencia y humillaciones en la pequeña Bosnia, franceses y británicos acordaban coordinar su defensa de forma más estrecha. Mientras, los europeos se unían, Alemania incluida, para parar en seco los intentos de Milosevic de limpiar étnicamente Kosovo y se comprometían a poner en marcha una fuerza de reacción rápida de 60.000 soldados que fuera capaz de desplegarse fuera del territorio europeo para actuar en misiones de gestión de crisis y mantenimiento de la paz. Acostumbrados hoy al ninguneo de las grandes potencias sorprende recordar cómo, por entonces, con el euro en la mano, las ampliaciones en marcha, una Constitución a la vuelta de la esquina y una política exterior y de seguridad rebosante del liderazgo provisto por Javier Solana, Europa no provocaba hastío ni indiferencia, sino admiración, e incluso, en Washington, Pekín o Moscú, indisimulados recelos.

Una década más tarde, esa brillante lista de logros y optimistas promesas se encuentra más que en entredicho: en lugar de esa Europa exitosa y abierta al mundo que nos prometimos, nos encontramos con una Europa que pese a las ampliaciones se ha empequeñecido; que a pesar del euro se ha vuelto egoísta e insolidaria y que ha dejado de creer y practicar sus valores para encerrarse en el miedo al extranjero y el temor a la pérdida de identidad. Muchos se arrepienten de haber hecho las ampliaciones y no quieren volver a oír hablar de ellas; ni se plantean cumplir las promesas de adhesión a Turquía y ni siquiera son capaces de vislumbrar la adhesión de los países de los Balcanes. Los más de veinte años transcurridos desde la caída del muro de Berlín suponen un margen de tiempo más que razonable para que Europa se hubiera completado, hacia dentro y hacia fuera. Pero la realidad es bien distinta: tras las ampliaciones, hablamos de fatiga de ampliación; tras el fallido proceso constitucional, de fatiga de integración política; tras la crisis del euro, de fatiga económica y financiera. Tras diez años de reformas institucionales y de introspección institucional, el Tratado de Lisboa, que iba a salvar a Europa de la parálisis e introducirla en el siglo veintiuno, es un perfecto desconocido y sus logros, invisibles.

2. Crisis de valoresy miopía política

La gravedad de la actual crisis europea se origina en la confluencia de varias fuerzas centrífugas: el auge de la xenofobia, la crisis del euro, el déficit de la política exterior y la ausencia de liderazgo. Sus temáticas son paralelas, pero se entrecruzan peligrosamente bajo un mismo denominador común: la ausencia de una visión a largo plazo. La consecuencia de ello es que cada diferencia entre los socios, sea del carácter que sea, se convierte en un juego de suma cero, en una feroz pelea donde todo vale con tal de obtener una victoria con la que presumir una vez de vuelta en la capital nacional, por pequeña y dañina para el proyecto común que sea.

Hace ahora casi tres años que el humo de los campamentos gitanos que ardieron en Italia nos puso sobre aviso de lo que se avecinaba. Desde entonces, elección tras elección, los xenófobos han ido ganando fuerza en nuevos países (Suecia, Finlandia, Reino Unido, Hungría) y consolidándose en los sitios donde ya contaban con una presencia significativa (Italia, Francia, Países Bajos, Dinamarca). Como un cáncer, han capturado el discurso y la agenda política en todos los Estados, endureciendo los controles fronterizos, imponiendo restricciones a la inmigración, dificultando la reunificación familiar y restringiendo el acceso a los servicios sociales, sanitarios y educativos. Lo que es peor, como en el caso de Thilo Sarrazin en Alemania, algunos ya han cruzado la línea de la xenofobia para adentrarse plenamente en un discurso racista sobre la inferioridad de la inteligencia de los musulmanes, algo que recuerda peligrosamente a la caracterización que los nazis hicieron de judíos, negros y eslavos como "untermenschen" (seres humanos inferiores). El resultado es que, hoy en día, en medio de la crisis económica, los valores de tolerancia y apertura, que constituyen el patrimonio más importante del que disponemos, están en cuestión o se baten en retirada.

Toda esta aversión al extranjero sorprende en una Europa cuyos problemas en absoluto pueden ser atribuidos a los inmigrantes. Más bien al contrario, de no mediar un cambio en las tendencias demográficas, además del suicido moral que suponen las actitudes hacia la inmigración dominantes hoy en día en casi toda Europa, los europeos se dirigen hacia el suicidio económico, pues con las actuales tasas de natalidad su población en edad de trabajar será cada vez menor y tendrán que hacer frente a mayores gastos sociales para sostener a una población dependiente y envejecida. Europa debería mirarse en el espejo estadounidense, capaz de integrar a inmigrantes de todas partes del mundo y conseguir que contribuyan al bienestar común a la vez que al propio, pero en lugar de eso prefiere crear un falso problema y, en torno a él, construir soluciones que no harán sino acelerar su declive.

A mucha gente de bien, las bufonadas y simplezas mentales de los racistas y xenófobos les impide tomárselos en serio. Sin embargo, su capacidad de condicionar a los partidos tradicionales es más que notable y va en aumento. Cada vez que uno de ellos captura el Gobierno de algún Estado miembro, su agenda deslegitimadora, racista y antieuropea impacta de lleno en las instituciones europeas y se las lleva por delante. Para impedirlo, al igual que se quiere sancionar a los que incumplan los criterios de déficit, el resto de Gobiernos debería atreverse a recurrir a los Tratados y sancionar a los xenófobos y a los autoritarios. Pero desgraciadamente, la tibia respuesta de las instituciones y Gobiernos europeos ante la expulsión de gitanos rumanos en Francia, frente a los excesos con la libertad de prensa de la Constitución húngara o en relación con el acoso a los inmigrantes irregulares en Italia anticipan cuán poco debemos esperar de ellos cuando se trata de enfrentarse a otros Gobiernos.

3. El fin de la solidaridad


Se dice que la crisis económica es la culpable, pero no es del todo cierto. El principal riesgo de ruptura del proyecto europeo no proviene de la crisis en sí misma: al fin y al cabo, Europa ya ha estado en crisis en otras ocasiones y ha salido reforzada de ellas. Ante la crisis de los años ochenta, presionados por la pujanza tecnológica de Estados Unidos y Japón, los Gobiernos europeos decidieron dar un salto cualitativo en la integración. Entonces, los líderes europeos visualizaron de forma clara lo que entonces se denominó "el coste de la no-Europa", es decir, la riqueza y bienestar que se podría crear eliminando el conjunto de trabas que ralentizaban el crecimiento económico.

Hoy, con todo lo serios y difíciles de solucionar que son los desafíos que penden sobre la economía europea (especialmente en cuanto al envejecimiento de la población y la pérdida de competitividad), existe un amplio consenso sobre cómo superar dichos problemas. La cuestión debe entonces buscarse en otro sitio: en la existencia de lecturas irreconciliables sobre cómo entramos en la crisis del euro y, en consecuencia, cómo saldremos de ella. Para unos, liderados por Alemania, estamos ante una crisis que se origina en la irresponsabilidad fiscal de algunos Estados. Ello supone que para salir de la crisis, dichos Estados simplemente tienen que cumplir las reglas de austeridad que estaban en vigor y que ahora han sido reforzadas. Todo ello se acompaña de un sermoneo moralizante y condescendiente, como si el déficit o el superávit de un país reflejara la superioridad o inferioridad moral de todo un colectivo humano. Muchos desean una Europa a dos velocidades, pero no basada en el mérito, sino en los estereotipos culturales y religiosos: en la primera clase, los virtuosos ahorradores de religión protestante; en la segunda, católicos gastosos de los cuales uno no se puede fiar y a los que hay que mantener a raya o, incluso, si es necesario, poner de patitas en la calle.

Esa narrativa de la crisis, que va camino de acabar con Europa, debe ser contestada. Que países tan diferentes como la pobre Grecia y la rica Irlanda, la primera campeona del dirigismo corporativista y la segunda del neoliberalismo y la desregulación, se encuentren en situaciones parecidas obliga a explicaciones algo más sofisticadas. Estamos ante una crisis de crecimiento, lógica en un proceso de construcción de una unión monetaria donde la existencia de una única política monetaria, no complementada adecuadamente por políticas fiscales y de regulación del sector financiero, va generando desequilibrios que se van acumulando hasta provocar los problemas que vemos actualmente. Ante esa tesitura, dado que la unión monetaria se diseñó sin tener en cuenta los mecanismos necesarios para que pudiera capear crisis como la actual, lo lógico parecería discutir cómo perfeccionar dicha unión para que funcionara de forma equilibrada y, como parece necesario, mejorar su gobernanza dotándola de nuevos instrumentos y reforzando la autoridad de sus instituciones.

Pero en lugar de tomar el camino de la profundización de la unión, lo que estamos viendo es la aplicación de una lógica de vencedores y vencidos en la que unos aprovechan la coyuntura para imponer a otros su modelo económico, como si todos los países tuvieran las mismas condiciones y pudieran funcionar bajo los mismos supuestos. La consecuencia de todo ello es que, en ausencia de medidas más ambiciosas, nos instalaremos en un sistema de crisis permanente. Mientras tanto, los ajustes y recortes asociados a los actuales planes de rescate agravarán la crisis que sufren algunos países en lugar de ayudarles a salir de ella. Por esa senda, el deterioro será inevitable, pues si el crecimiento y el empleo no aparecen pronto, las sociedades se rebelarán contra los ajustes y la excesiva carga de la deuda o, alternativamente, los mercados y Gobiernos acreedores se coordinarán para expulsar de la zona euro o poner en cuarentena a los países con problemas de insolvencia. De seguir así, la Unión Europea acabará siendo para muchos europeos lo que el Fondo Monetario Internacional fue para muchos países asiáticos y latinoamericanos en los años ochenta y noventa: un instrumento para la imposición de una ideología económica que carecerá de legitimidad alguna, pero al que se obedecerá en ausencia de otra alternativa. Puede incluso que funcione, pero esa Europa no será un proyecto político, económico o social, sino simplemente una agencia reguladora encargada de velar por la estabilidad macroeconómica que, con toda razón, sufrirá un grave déficit democrático y de identidad.

4. Ausente del mundo

Tan grave como la ruptura de los consensos internos es la incapacidad europea de hablar y actuar con una sola voz en el mundo del siglo veintiuno. A pesar de ser el primer bloque económico y comercial del mundo, el mayor donante de ayuda al desarrollo del mundo, e incluso, pese a los recortes, de seguir disponiendo de un muy considerable aparato militar y de seguridad, Europa sigue ejerciendo su poder de forma fragmentada y, en consecuencia, como vemos todos los días, desde las relaciones con Estados Unidos, Rusia o China hasta su actuación en la más inmediata vecindad mediterránea, de una forma sumamente inefectiva. Claro está que ni el poder de Europa es comparable al de una gran potencia ni esta quiere ejercerlo de la manera que lo hacen ellas. El problema está en que Europa no es capaz de actuar unida y ser decisiva ni siquiera en aquellas áreas geográficas más próximas, como el Mediterráneo, donde su peso es o debería ser abrumador, y que tampoco sea influyente ni efectiva en instituciones como la ONU, el G-20, el FMI donde su peso político y económico es enorme. En todas esas instituciones multilaterales, hay muchos europeos, pero poca Europa, y lo que es peor, muy pocas políticas que coincidan con sus intereses.

Transcurrido más de un año de la entrada en vigor del Tratado de Lisboa, que nos prometió una nueva y más efectiva política exterior, la parálisis de la acción exterior europea es completa. La respuesta a las revoluciones árabes ha sido sin duda la gota que ha colmado el vaso. Durante décadas, a cambio de poner a salvo sus intereses migratorios, energéticos y de seguridad, Europa ha apoyado la perpetuación de una serie de regímenes autoritarios y corruptos, obviando de buen grado la promoción de los valores democráticos y el respeto a los derechos humanos. Pero cuando, por fin, sin ningún apoyo exterior, los pueblos de la región han tomado su destino en sus manos, la respuesta de Europa ha sido lenta, tímida y rácana, mostrándose mucho más preocupados los líderes por salvaguardar sus intereses económicos y controlar los flujos migratorios que por apoyar el cambio democrático. Aquí también se ha impuesto la miopía, pues en caso de triunfar las revoluciones árabes, el dividendo económico de la democratización será tan inmenso que oscurecerá cualquier cálculo sobre los costes de la turbulencia.

Cierto que Europa ha evitado el abismo que hubiera supuesto dejar que Gadafi asaltara Bengasi. Ello hubiera hecho retroceder el reloj europeo a los tiempos de Sbrenica y provocado una crisis moral y política irreparable. Pero no nos engañemos, en la crisis libia, como en la crisis del euro, después de evitar el abismo queda absolutamente todo por hacer: además de lograr una paz que no sea una rendición fáctica que perpetúe el régimen de Gadafi, Europa debe restaurar la credibilidad de su capacidad militar, que ha quedado en entredicho, así como sus instituciones de seguridad y política exterior, que han quedado maltrechas. La frustración con esas nuevas instituciones de política exterior, en especial con el papel del presidente permanente del Consejo, Herman Van Rompuy, la Alta Representante para la Política Exterior, Catherine Ashton, y el nuevo Servicio de Acción Exterior Europeo (SEAE), es tan completa que las capitales europeas han comenzado a desengancharse de esas instituciones y a coordinarse y a trabajar por su cuenta. Paradójicamente, donde esperábamos una fusión de los intereses europeos y los nacionales, de Bruselas y las capitales, ahora tenemos una fractura cada vez más completa: por un lado, una política exterior europea meramente declaratoria y sin ninguna fuerza; por otro, una serie de políticas que funcionan a trompicones sobre la base de coaliciones de voluntarios y con recursos exclusivamente nacionales.

Si la primavera árabe hubiera concluido de forma rápida y feliz, las carencias de Europa hubieran terminado por ser invisibles. Pero si lo que tenemos por delante, como parece que es el caso, es un camino hacia la democracia sumamente bacheado, con victorias y derrotas parciales, idas y vueltas y bastante inestabilidad e incertidumbre, esta Europa se dividirá, será incapaz de influir y quedará abocada a la irrelevancia exterior. Con un nulo papel en Oriente Próximo, una Turquía humillada por el bloqueo de su adhesión y un Mediterráneo abandonado a su suerte, Europa dejará de ser un actor de política exterior creíble.

5. La rebelión de las élites

Durante años, el proyecto europeo ha avanzado sobre la base de un consenso implícito entre ciudadanos y élites acerca de las bondades del proceso de integración. Ese consenso se ha roto por los dos lados. Por un lado, los ciudadanos han retirado el cheque en blanco que habían concedido a las instituciones europeas para que gobernaran, a la manera del despotismo ilustrado, "para el pueblo pero sin el pueblo". Con el tiempo, el proceso de integración ha tocado las fibras más sensibles de la identidad nacional, especialmente en lo referido al Estado de bienestar y las políticas sociales. El sesgo económico, liberal y desregulador de la construcción europea ha terminado por politizar e ideologizar un proceso que antes se consideraba que debía estar en manos de expertos y burócratas. Pero de forma más sorprendente e inesperada, a esta rebelión de las masas se ha añadido lo que podríamos denominar como "la rebelión de las élites".

Alemania es quizá el ejemplo más claro de este fenómeno. Según las últimas encuestas, un 63% de los alemanes ha dejado de confiar en Europa y un 53% no ve el futuro de Alemania vinculada a ella. Pero del lado de la élite, las cosas no son muy distintas: mientras que las exportaciones a China están a punto de superar las exportaciones a Francia, el sur de Europa es visto como una rémora que lastra su crecimiento. La memoria del compromiso europeo se desvanece con el cambio generacional: solo 38 de los 662 miembros del Parlamento ocupaban sus escaños en 1989. Sin duda alguna, estamos ante una nueva Alemania. Dado su peso e importancia, cualquier cambio en Alemania tiene un profundísimo impacto sobre construcción europea. Sin embargo, como la característica clave de la nueva Alemania es la desconfianza hacia la Unión Europea, en lugar de, como hizo en el pasado, exportar su confianza a los demás, lo que está haciendo es exportar su desconfianza. Una pieza esencial del motor europeo está pues gripada, sin que exista ninguna otra alternativa para sustituirlo. Francia puede sobrevivir económicamente a la falta de fe alemana, e incluso tapar con Reino Unido los agujeros que Alemania deje en materia de política exterior, pero es evidente que Europa no avanzará sin una Alemania plenamente comprometida con la integración europea.

En ausencia de liderazgo alemán y de alternativas a este, el proceso de integración se deshilacha. Los presidentes de la Comisión, José Manuel Barroso; del Consejo, Herman Van Rompuy, y la Alta Representante para la Política Exterior, Catherine Ashton, vagan perdidos entre la bruma europea, incapaces de articular un mínimo discurso que les ponga en contacto con los europeístas que todavía creen en este proyecto. Solo el Parlamento Europeo se erige ocasionalmente en conciencia moral, levanta diques contra los excesos populistas y xenófobos e intenta hacer avanzar el proceso de integración. Sin embargo, solo unos pocos eurodiputados tienen una voz propia y están dispuestos a volverse contra sus Gobiernos y partidos nacionales cuando es necesario. En Alemania, Francia e Italia, pero también en otros muchos sitios, nos encontramos ante la generación de líderes más miope y entregada al electoralismo: entre ellos, ninguno habla por Europa ni para Europa.

EPÍLOGO:

¿Se puede romper Europa?

Cada día que pasa, la sensación de que Europa se resquebraja es más real y está más justificada. ¿Se puede romper Europa? La respuesta es evidente: sí, por supuesto que puede. Al fin y al cabo, la Unión Europea es una construcción humana, no un cuerpo celestial. Que sea necesaria y beneficiosa justifica su existencia, pero no impedirá que desaparezca. Igual que un conjunto de circunstancias favorables llevaron de forma bastante azarosa a la puesta en marcha de este gran proyecto, el encadenamiento de una serie de circunstancias adversas muy bien pudiera hacerla desaparecer, especialmente si aquellos que tienen la responsabilidad de defenderla dejan de ejercer sus responsabilidades. Muchos europeístas comprometidos son conscientes de que el peligro de que Europa se deshaga es real, y están sumamente preocupados por el rumbo de los acontecimientos. Sin embargo, al mismo tiempo, temen que alimentar el pesimismo con advertencias de este tipo pudiera acelerar el proceso de ruptura. Pero cuando día tras día vemos cómo las líneas rojas de la decencia y de los valores que Europa encarna son cruzadas por políticos chovinistas que alientan sin escrúpulos los miedos de los ciudadanos, es imposible seguir mirando hacia otro lado. Viendo la claridad de ideas y la determinación con la que los antieuropeos persiguen sus objetivos, cuesta pensar que el mero optimismo será suficiente por sí solo para salvar a Europa de los fantasmas de la cerrazón, el egoísmo, la solidaridad y la xenofobia que la acechan estos días. Sin una determinación y claridad de ideas equivalente de este lado, Europa fracasará. -

Por JOSÉ IGNACIO TORREBLANCA 15/05/2011
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Lunes, 25 Abril 2011 06:27

Europa: ¿cuánto aguanta?

La Unión Europea consta de 27 países miembros. Hoy se advierten serios cuestionamientos a los arreglos sobre la integración que se han ido forjando largamente en ese continente desde fines de la Segunda Guerra Mundial y especialmente en la década de 1990. Desde entonces se sucedieron: el Tratado de Maastricht (moneda única, política exterior y de seguridad comunes); el mercado único (libre circulación de mercancías, servicios, capitales y personas) y el acuerdo de Schengen (eliminación de fronteras).

En enero de 2002 el euro se convirtió en moneda común y hoy 17 países de la zona lo usan (más un puñado de otros que lo han adoptado). Esto le dio también un carácter común a la política monetaria, en torno del Banco Central Europeo que se estableció en 1998.

Con la integración se ha creado un espacio económico muy grande, pero en el que las fronteras no se han eliminado por completo en términos prácticos. La política fiscal sigue siendo en buena medida un asunto nacional.

La estructura y los arreglos institucionales de la zona euro entran en tensión, precisamente, cuando hay una crisis fiscal y los gobiernos no pueden pagar la deuda pública. Entonces, para salvaguardar el esquema general del euro, mantener la estabilidad financiera y las bases de la integración económica y política, los países miembros tienen que acudir al salvamento de los deudores y fijar las pautas del ajuste, una vez más, a escala nacional. Las contradicciones que entraña esta dicotomía funcional que se desprende de la falta de disposición de ceder por completo el control nacional están al descubierto.

Desde el año pasado se ha debido intervenir en Grecia e Irlanda con severos esquemas de ajuste fiscal y apoyo a los bancos comerciales. Los costos, por supuesto, caen sobre el presupuesto público, es decir, cae el gasto y se trata de aumentar los ingresos con el consiguiente efecto social. No se ha superado el conflicto y en Grecia, por ejemplo, hay presiones para restructurar la deuda. Irlanda para efectos prácticos está quebrada.

Ahora es el turno de Portugal, en lo que ha sido un largo proceso de desgaste financiero y económico que ha llevado a una crisis como si fuese una profecía autocumplida. Las agencias calificadoras presionan sobre la confianza en la deuda pública, los inversionistas castigan los bonos y exigen mayores rendimientos y no queda más que la opción del salvamento por parte de la Unión Europea y del Fondo Monetario Internacional o, igualmente, la quiebra.

Este es un proceso llamativo y, por qué no, morboso, de cómo es que funcionan los mercados como si no existiese capacidad política para frenar el deterioro y aminorar los costos. Un proceso en verdad salvaje para garantizar los rendimientos financieros al precio que sea. Las justificaciones técnicas no faltan, por supuesto, siempre hay expertos que las propongan basados en una sesuda teoría y políticos que finjan para salvar su pellejo. Es una real esquizofrenia del poder.

Pero resulta que Finlandia, uno de los miembros de la zona euro, puede ahora poner en entredicho el salvamento de Portugal. En las elecciones de hace apenas unos días, el partido de extrema derecha de los Verdaderos Finlandeses alcanzó una posición prominente en el Parlamento. Se oponen a usar recursos para financiar con los impuestos de la gente a los que llaman los despilfarradores de otros países.

Esta postura se sostiene en los instintos más primitivos de defensa contra los extranjeros y, al parecer, hoy en Europa tiene bastante resonancia. Ese partido promueve la causa euroescéptica y es contrario a la inmigración. Si procede el bloqueo puede ponerse en entredicho el convenio en torno del euro y resquebrajarse el edificio de la integración.

Aun si eso no sucediese, se minan poco a poco los pilares de la integración. En el caso del acuerdo Schengen, la semana anterior el gobierno francés impidió el paso de trenes provenientes de Génova en los que viajaban refugiados libios que habían recibido permiso de residencia de Italia.

En general, la política de inmigración está cada vez más cuestionada en diversos países de la Unión Europea. En la misma Francia, el Frente Nacional, de Marine Le Pen, encuentra lugar para ser cada vez más vociferante. El presidente Sarkozy admite algunos de sus argumentos ante la creciente debilidad de su gobierno y de su propia posición. La xenofobia deja de ser solo un sentimiento y una manifestación política latentes.

Nunca como ahora el esquema de la integración europea ha estado cuestionado. El campo de la integración que favorece de manera natural al capital financiero puede encontrar algunos límites en el proceso mismo que lleva a exacerbar la fragilidad fiscal que está provocando la presión sobre el déficit público.

Los ajustes, como bien sabemos por la larga experiencia de crisis en México, inevitablemente irradian su efecto sobre los segmentos más débiles de los trabajadores y de las empresas. Ni en Europa ni en Estados Unidos se puede ahora dar vuelta a esta situación. Así se abre un espacio de antagonismo político que, por ahora, ha podido capitalizar la derecha más furibunda ante el apocado acomodo de los liberales y las fragmentadas izquierdas.

Por León Bendesky
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Viernes, 17 Diciembre 2010 08:25

Una respuesta a las posiciones xenófobas

“No hay vuelta atrás con relación al Mercosur”, aseguró ayer el canciller Argentino Héctor Timerman en su intervención durante la reunión previa al encuentro de presidentes que sesionará hoy. Los integrantes del organismo regional dieron un importante paso para la integración política del bloque al dar inicio a la conformación de un Estatuto de la Ciudadanía de la región que tendrá un fuerte impacto y facilitará la migración entre países. La discusión sobre el tinte racista y xenófobo de algunas declaraciones que se escucharon en los últimos días a propósito de la ocupación del Parque Indoamericano se coló en la cumbre y los presidentes firmarán hoy una declaración conjunta condenando la intolerancia, contraria a la integración del bloque.

Casi como una respuesta a las declaraciones del jefe de Gobierno porteño, Mauricio Macri, sobre la supuesta existencia de una “inmigración descontrolada”, el Mercosur sancionará hoy un acuerdo por el que se establecerá un Estatuto de la Ciudadanía para los nacidos en los países del bloque. Si bien se firmó un primer plan de acción, “la discusión y el armado del estatuto es un avance muy importante para la integración política”, señaló a Página/12 un funcionario de la Cancillería.

En el texto del documento elaborado por los ministros de Relaciones Exteriores de la región se pone como objetivos “ampliar y consolidar un conjunto de derechos básicos y beneficios para todos los ciudadanos de los Estados miembros del Mercosur”. La iniciativa consiste en un plan de acción a imponer en el término de diez años y que tendrá “un impacto directo en la vida cotidiana de decenas de millones de ciudadanos del Mercosur, el alcance, entre otros, los ámbitos del empleo, el bienestar, la educación, la libre circulación de personas, las normas comunes para la identificación de personas y vehículos en las tasas de telecomunicaciones y de consumo”. Por ello, detalla que se establecerá “un estándar de documento de identidad y la armonización de los documentos de información” y “la mejora de la Declaración Sociolaboral del Mercosur”.

El acuerdo por el estatuto tuvo un rápido tratamiento, ya que había sido propuesto en la cumbre anterior, en San Juan. La propuesta fue impulsada por los brasileños que hoy entregan la presidencia pro témpore a Paraguay. En el documento que será ratificado hoy por los presidentes se deja en claro que “parte de los esfuerzos para crear una ciudadanía del Mercosur, el Plan de Acción es en el contexto de promover el pilar de la ciudadanía del bloque con miras a desarrollar un Mercosur de los Pueblos”. A su vez recuerda que ya se han alcanzado altos grados de comunión porque con políticas en marcha como la “exención del pasaporte para viajar al interior del bloque y asociados, se facilitó la obtención de residencia permanente, la recepción de las pensiones y las prestaciones de jubilación de aportaciones realizadas en diferentes países del bloque”.

Alto Representante

“Es necesario contar con una figura que pueda cumplir el rol de representante del Mercosur ante terceros y que a su vez tenga la capacidad de observar el proceso de integración desde una perspectiva diferente a la de los negociadores de los Estados partes”, señaló Timerman al anunciar la creación del cargo del Alto Representante del Mercosur que también será ratificado por los presidentes. La idea de un coordinador del espacio político común venía cobrando fuerza y en estos meses la impulsó Brasil para dar mayor “institucionalidad”. Se mantuvo en reserva el candidato para ejercer el cargo, aunque el saliente canciller Celso Amorim se autoexcluyó y también lo hizo con el presidente Luiz Inácio Lula da Silva, quien hoy será protagonista excluyente al participar por última vez de esta cumbre.

Anteriormente, el representante del bloque era el presidente de la Comisión de Representantes Permanentes por el que pasaron sucesivamente el ex presidente Eduardo Duhalde y el ex vicepresidente Carlos “Chacho” Alvarez, por dos períodos.

Cumbre Social

Con la tónica impuesta desde la Cumbre Social que se desarrolló en forma paralela durante estos días, se creó la Unidad de Apoyo para la Participación Social. Creada como un “órgano auxiliar del Alto Representante”, estará orientada a fortalecer la participación social “en el proceso e integración”. Los presidentes dieron un fuerte espaldarazo al participar anoche por primera vez en el cierre del encuentro que reúne a los movimientos sociales de la región. Allí aprobaron el “Plan Estratégico de Acción Social”: plantea la erradicación del hambre y la pobreza y combatir la desigualdad social; la garantía de los derechos humanos, asistencia humanitaria y la igualdad étnica, racial y de género y garantizar el acceso a un trabajo digno y derechos sociales. El secretario de Comercio Internacional, Luis María Kreckler, señaló que la cumbre de Foz de Iguazú “es tan importante como la que se realizó en San Juan, ya que se ha avanzado hacia la institucionalización política del mercado común”. En tal sentido, se logró el acuerdo para el criterio de representación que determinará el número de bancas que cada país tendrá en el Parlamento del Mercosur: Brasil contará con 75 parlamentarios, Argentina con 43, Paraguay y Uruguay con 18 cada uno. En los próximos años la elección de los parlamentarios se realizará por el voto directo de cada país. Queda por resolver el ingreso de Venezuela al Mercosur, aún estancado en el Senado de Paraguay.

Lula fue el encargado de cerrar la jornada anoche, acompañado por los presidentes de Paraguay, Fernando Lugo, y de Uruguay, José Mujica. La presidenta Cristina Kirchner no podía llegar antes por motivos de agenda, según informaron voceros del gobierno argentino. “Todas estas conquistas sólo fueron posibles por el clima de entendimiento y de verdadera fraternidad. Sabemos de la importancia de la solidaridad y la justicia social, que deben ser la puerta de entrada de nuestros pueblos”, señaló.

Por Julián Bruschtein
Desde Foz de Iguazú
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Martes, 07 Diciembre 2010 08:07

Cumbre iberoamericana, crisis y alternativas

La realización de la cumbre iberoamericana en Mar del Plata (en estos días) nos permite pasar revista a la situación de los países involucrados y analizar las diferentes posibilidades que se presentan para el desarrollo.
 
Por un lado tenemos a los miembros de la península ibérica, no solo atravesando una profunda crisis, sino en preciso tiempo de violento ajuste que sufren los trabajadores y sectores populares, los más vulnerables al momento de describir el impacto de la crisis.
 
Tanto España como Portugal están identificados como próximo destino de una crisis que en Europa transitó el camino del ajuste en el “este” (ex países socialistas), en Grecia e Irlanda; como contra parte de una crisis de la banca francesa y alemana, los acreedores de una cuantiosa deuda pública que intenta superar la crisis fiscal de los Estados de la vieja Europa.
 
La etapa europea es la del desmantelamiento de lo que queda del Estado del Bienestar. Ahora se conoce en carne propia la situación de malestar que hace años transita el sur del mundo.
 
Esa crisis europea y su ajuste explican el discurso de los gobernantes de la península ibérica a favor de la liberalización de la economía y especialmente de la suscripción del acuerdo de libre comercio entre Europa y América Latina, especialmente con los países del Mercosur.
 
Es que las empresas españolas (y otras europeas) han invadido con sus inversiones el mercado regional y desde estos territorios surgen ganancias que equilibran las dificultades de esas mismas empresas con explotaciones en territorio europeo. Las ganancias producidas en Latinoamérica los empujan a demandar de la región nuevos resguardos a la “seguridad jurídica” de esas empresas y por eso buscan avanzar en tratados de libre comercio.
 
Por otro lado, la situación de la región latinoamericana es distinta a la europea, especialmente cuando se miran las cuentas macroeconómicas, que hace  sugerir a algunos la lejanía de la crisis mundial. Son los que omiten el carácter transnacional del poder económico en la región y por eso, junto a los datos del crecimiento económico es necesario identificar a los beneficiarios de esa evolución económica, tanto como a la mayoría popular perjudicada.
 
Así se puede verificar que junto a la continuidad de las fabulosas ganancias de los sectores más concentrados de la economía regional, mayoritariamente asociados al carácter primario exportador que asumió el modelo de desarrollo en nuestros países, se convive con una realidad de insuficiencias donde la cruda realidad de Haití devuelve la cara más cruel del atraso y la miseria regional. Puede constatarse que Haití es proporcionalmente uno de los países de mayor emigración de profesionales, precisamente cuando la catástrofe local demanda de médicos y otros profesionales para atender imperiosas necesidades humanitarias. La región exporta recursos naturales y potencialidad humana, verificando la subsunción del trabajo, la naturaleza y la sociedad en el capital.
 
Pero curiosamente, desde la pobreza e indigencia regional surgen algunas decisiones que sirven para pensar en términos alternativos. Cuando desde los organismos internacionales se pregonan e impulsan modificaciones regresivas de los sistemas previsionales, desde Bolivia se asume un cambio en el régimen jubilatorio que tiene en cuenta la reducción de la edad de las jubilaciones, especialmente para trabajos insalubres, tal el caso de la minería. Ello pone en evidencia que no se trata solo de considerar la sustentabilidad económica del régimen jubilatorio en sí mismo, sino de generar las condiciones de solidaridad social del conjunto de la economía nacional para asegurar asignaciones previsionales para la totalidad de la población pasiva.
 
Es también el ejemplo ecuatoriano que en estos días “denunció” los tratados bilaterales de inversión (TBI) que otorgan seguridad jurídica a los inversores internacionales y que fueron negociados en recientes tiempos de ofensiva neoliberal del régimen del capital. Siendo Argentina el país que más tratados suscribió en los 90´, debiera observar con atención el ejemplo de las autoridades del Ecuador e imitar la decisión. Ello podría inducir una actitud regional de demolición de la institucionalidad neoliberal construida en la última década del Siglo XX.
 
Es el preámbulo necesario para el desarrollo de una nueva institucionalidad, lo que supone un cambio en el modelo de desarrollo, a contramano del libre comercio empujado por los transnacionales y los Estados. Es lo que faltó en la lucha contra el ALCA. La resistencia al libre comercio manifestada en la cumbre popular del 2005 en Mar del Plata, convergente con el accionar de los gobiernos del Mercosur y Venezuela, obturaron la posibilidad de discutir el ALCA. Fue un gran éxito y dejó una asignatura pendiente en la construcción de una nueva institucionalidad regional para el desarrollo soberano.
 
Ni ALCA, ni otros tratados de libre comercio es lo que necesita la región, ni con EEUU, ni con Europa, sino mecanismos nacionales de transformación de los modelos de desarrollo, con otros beneficiarios de la política económica y una articulación regional que suponga una integración para fortalecer la soberanía alimentaria, energética y financiera.
 
Chapadmalal, 5 de diciembre de 2010
 

Por Julio C. Gambina, Presidente de la Fundación de Investigaciones Sociales y Políticas, FISYP. www.juliogambina.blogspot.com
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La canciller Angela Merkel calificó los intentos alemanes de construir una sociedad multicultural como “un fracaso total”. Fue un discurso sin precedentes, diseñado para reavivar su popularidad y la de su partido, así como para retomar la iniciativa en medio de un debate público, cada vez más hostil, sobre inmigración.

Merkel normalmente evita dar cualquier opinión xenófoba. Pero en un encuentro de jóvenes del gobernante Partido Demócrata Cristiano, la jefa de gobierno dijo rotundamente que la noción de multiculturalismo, de gente de diferentes contextos viviendo feliz y conjuntamente, no funcionaba. “Este intento falló, completamente falló”, dijo a los jóvenes conservadores que aplaudían en una conferencia realizada el sábado en Postdam, en las afueras de Berlín. En cambio, pidió a los dieciséis millones de inmigrantes que viven en Alemania a hacer algo más para integrarse a la sociedad y demandó que aprendan la lengua.

Más temprano, en referencia a los 2,5 millones de inmigrantes turcos, les había dicho a los delegados: “A comienzos de los años ’60 convocamos a los trabajadores extranjeros a venir a Alemania y ahora viven en nuestro país”. Y agregó: “Nos engañamos a nosotros mismos diciéndonos que no se van a quedar, que en algún momento se irán, pero ésta no es la realidad”. Las declaraciones de Merkel fueron una respuesta al surgimiento en Alemania de un sentimiento antiinmigrante y un intento para contrarrestar su posición vulnerable al interior de su propia fuerza política.

Los sondeos de opinión desastrosos y una insatisfacción derechista con lo que se percibe como un conservadurismo “de izquierda” abrieron una discusión acerca de la posibilidad de reemplazo temprano para la primera mujer gobernante de Alemania. El candidato favorito de la derecha de los conservadores es Karl Theodor zu Guttenberg, el conservador ministro de Defensa, de 38 años. Ayer el titular de la cartera de Defensa y su glamorosa esposa, Stephanie, fueron fotografiados en la portada de la revista Der Spiegel y la nota fue titulada: “Los fabulosos zu Guttenberg”.

El ataque de Merkel contra el multiculturalismo vino después de una reciente encuesta acerca de las actitudes de los alemanes hacia los extranjeros, de llamados para prohibir la inmigración musulmana y de la publicación de un libro escrito por un ex miembro del Banco Central que afirma que los musulmanes están ligados al delito y a los pagos de bienestar. La semana pasada, un sondeo de opinión realizado por la izquierdista Fundación Friedrich Ebert arrojó que más de un 30 por ciento de los alemanes pensaba que su país estaba “invadido por extranjeros” y que el 55 por ciento catalogaba a los árabes como “desagradables”.

El estudio fue publicado un día después de que el líder bávaro Horst Seehofer, cuyo partido es aliado de la democracia cristiana de Merkel, declarara que el multiculturalismo estaba muerto y de que llamara a impedir la entrada de los árabes y de los turcos. El debate cada vez más acalorado por la inmigración y la integración quedó en primer plano después de la publicación del libro Alemania va bien por sí sola, de Thilo Sarrazin, un ex integrante del Banco Central de Berlín. A pesar de ser profundamente antimusulmán y de haber sido tildado como propaganda nazi por las organizaciones judías, el libro se mantiene en el primer puesto de los libros más leídos en el país europeo.

El conservadurismo de izquierda de Merkel fue atacado por el ala derecha de su partido y alguno de los miembros dijeron temer que se produzca una fractura por derecha. Los conservadores más duros dicen que su fracaso a la hora de tomar la iniciativa en torno de la cuestión inmigratoria exacerbó la situación. En un artículo en el diario conservador Frankfurter Allgemeine de la semana pasada, aparecieron las voces de varios conservadores que proponían como obvio reemplazo de Merkel a zu Guttenberg. “Si pierde Baden-Würtemberg (un bastión conservador), quedará fuera del mapa”, dijeron.

Por Tony Paterson *
Desde Berlín
* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.
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La Habana, 17 de septiembre. Cuba se pronunció hoy por la creación de una comunidad de estados latinoamericanos y caribeños que refuerce el proceso de integración de los 33 países de la región y lleve una voz conjunta a foros internacionales.
 
El ministro de Relaciones Exteriores, Bruno Rodríguez, lanzó esta propuesta durante una reunión de cancilleres de los 15 países miembros de la Comunidad del Caribe (Caricom), ante quienes dijo además que en un proceso de integración las economías más pequeñas del área deben obtener un trato especial y diferenciado.
 
Rodríguez pidió a los países de la Caricom una acción conjunta encaminada a instar a la comunidad internacional a alcanzar acuerdos concretos para enfrentar el cambio climático en la próxima Conferencia de la Organización de Naciones Unidas (ONU) sobre este tema, que se celebrará en Cancún, en noviembre próximo.
 
Esta es la tercera reunión de cancilleres de la Caricom en ocho años. Según una fuente cercana a los participantes en el foro, consultada por la agencia Notimex, La Habana examina mecanismos que faciliten la integración de la mayor isla de las Antillas con los miembros de este organismo, conformado por Antigua y Barbuda, Bahamas, Barbados, Belice, Dominica, Granada, Guyana, Haití, Jamaica, San Cristóbal y Nevis, Santa Lucía, San Vicente y Las Granadinas, Surinam, y Trinidad y Tobago.
 
En el plano interno, la Iglesia católica cubana anunció hoy que cuatro ciudadanos presos desde 2003 serán excarcelados próximamente para sumarse a otros 36 que en junio comenzaron a emigrar hacia España.
 
Estos dos grupos forman parte de las 52 personas que el gobierno ofreció liberar antes de noviembre, durante una negociación realizada entre el presidente Raúl Castro y la jerarquía católica local.
 
Nelson Molinet, de 45 años; Héctor Valle, de 42; Miguel Galván, de 45; y José Miguel Martínez, de 46, son los cuatro individuos que saldrán de prisión esta vez, informó el arzobispado.
 
Los liberados y los que saldrán en breve forman parte de 75 personas que el gobierno cubano confinó en 2003, acusados de delitos del fuero común, pese a que ellos argumentan razones políticas.

Pl, Notimex, Reuters y Afp
 
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Las relaciones entre China y Taiwan, marcadas desde hace más de seis décadas por la rivalidad y la desconfianza, han entrado hoy en una nueva fase. Pekín y Taipei han firmado un acuerdo comercial sin precedentes, que acercará aún más sus economías y dará un gran impulso a los intercambios entre ambas partes, que ascienden a unos 110.000 millones de dólares anuales.

China confía en que el pacto allane el camino hacia la futura absorción de la isla, mientras que Taiwan espera que contribuya a mejorar su posición en un entorno geográfico marcado por el ascenso chino y la rápida creación de bloques comerciales. Los críticos en la isla lo califican de paso político peligroso. "Este es un momento crítico en el desarrollo de nuestras relaciones a largo plazo. Debemos aprovechar la oportunidad y trabajar juntos para construir la confianza mutua", ha dicho el enviado taiwanés, Chiang Pin-kung.

El llamado Acuerdo Marco de Cooperación Económica (ECFA en sus siglas en inglés) reducirá y eliminará los aranceles a la exportación de 539 categorías de productos taiwaneses y a la importación de 267 categorías chinas. Pekín recortará los aranceles a productos de la isla valorados en 13.840 millones de dólares, mientras Taipei lo hará a artículos chinos cifrados en 3.000 millones. El pacto permitirá, además, a las compañías taiwanesas el acceso a 11 sectores de servicios en el continente, entre ellos, el bancario, seguros y hospitales. El flujo de bienes taiwaneses a China asciende a 80.000 millones de dólares al año, mientras que en sentido contrario suma 30.000 millones. Los aranceles caerán a cero en un plazo de dos años.

Cientos de miles de puestos de trabajo

Algunos analistas calculan que el acuerdo creará alrededor de 260.000 puestos de trabajo en Taiwan y añadirá 1,7 puntos porcentuales de crecimiento anual al producto interior bruto (PIB) del territorio. Taiwan, con una población de 23 millones de personas, es desde hace tiempo uno los principales socios comerciales de China. Alrededor de 40.000 empresas de la isla operan en el continente, donde han invertido más de 83.000 millones de dólares en las dos últimas décadas. Un millón de taiwaneses viven en China.

La alianza ha sido firmada en un lugar simbólico: Chongqing, ciudad del suroeste de China, donde se refugió el Gobierno de los nacionalistas de Chiang Kai-shek huyendo de los invasores japoneses. Chiang y el líder comunista Mao Zedong negociaron en Chongqing una incómoda alianza durante la II Guerra Mundial. Tras su fracaso, ambas partes reanudaron el conflicto civil, que concluyó con la victoria de los comunistas y la retirada de los nacionalistas a Taiwan en 1949. Desde entonces, Pekín ha reclamado la isla y ha amenazado con tomarla por la fuerza si intenta declarar oficialmente la independencia que de facto disfruta. China tiene más de 1.000 misiles apuntando hacia a Taiwan.

Las relaciones a ambos lados del estrecho de Taiwan han estado marcadas durante décadas por la tensión y las amenazas de conflicto armado, pero en los dos últimos años han mejorado radicalmente. Por un lado, debido a la política desplegada por el presidente taiwanés, Ma Ying-jeou, quien llegó al cargo en mayo de 2008 con el propósito de reducir la tensión y reforzar los lazos económicos. Por otro, por la actitud del Gobierno del presidente chino, Hu Jintao.

Hu ha ido más allá de la retórica de las amenazas con la que Pekín ha respondido tradicionalmente a los deseos independentistas de una parte de la población taiwanesa y al rechazo de la mayoría de unirse a China, y ha optado por la política de la seducción. Ha hablado de poner fin a las hostilidades y negociar un tratado de paz, y ha insistido en la necesidad de reforzar los intercambios de bienes y personas.

Taipei ha reducido en los dos últimos años el porcentaje del PIB dedicado a gasto militar, aunque mantiene un ejército bien equipado, gracias al apoyo de Estados Unidos, que está obligado por ley a contribuir a su defensa.

Aunque las encuestas muestran que la mayoría de los taiwaneses apoya el acuerdo, debido a sus beneficios económicos, hay división sobre las intenciones de Pekín y ha habido manifestaciones en su contra. El Partido Democrático Progresista, en la oposición, ha criticado a Ma por llevarlo adelante sin haber tenido suficientemente en cuenta la opinión de los ciudadanos y sin haber realizado un referéndum al respecto.

El Gobierno de Ma Ying-jeou defiende que la alianza beneficiará la competitividad de las compañías de la isla frente a las de otros países del sureste asiático, cuyo acuerdo de libre comercio con China echó a andar en enero pasado.

El pacto alcanzado hoy supone una victoria política para Hu y Ma, pero sus críticos en Taiwan han advertido que traerá una marea de productos baratos chinos a la isla, con la consiguiente pérdida de empleos, y conducirá a una progresiva absorción política de Taiwan por China. Precisamente lo que desea Pekín, cuyo objetivo es recuperar algún día el territorio; si es posible, por la persuasión, si es necesario, por las armas.

Por JOSÉ REINOSO - Pekín - 29/06/2010
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Sábado, 26 Junio 2010 06:50

ALBA impulsa el proyecto Grannacional

Con la Declaración de Otavalo culminó ayer la Cumbre de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), que contó con la presencia de autoridades, indígenas y afrodescendientes. 

La creación de un Tratado de Comercio de los Pueblos y de un Consejo de Movimientos Sociales, así como el impulso al proyecto Grannacional ALBA fueron, entre otros, los puntos de la Declaración.

Asistieron los presidentes de Venezuela, Hugo Chávez; de Bolivia, Evo Morales; y de Ecuador, Rafael Correa. El primer ministro de Dominica, Roosevelt Skerrit; y el vicepresidente de Cuba, Esteban Lazo, se sumaron a las delegaciones invitadas.  

El coliseo Francisco Páez fue la sede del encuentro. El alcalde de Otavalo, Mario Conejo, llamó a asumir el reto de estructurar verdaderos estados plurinacionales. “Solo la unidad de un pueblo forjará el camino al desarrollo. Todos tenemos que esforzarnos, no vale la imposición de ningún sector”, expresó. 

Clara Vidal, representante de Venezuela, fue la encargada de dar a conocer las conclusiones de las mesas de trabajo. Entre ellas: el respeto a la diversidad cultural, a los saberes y a la lingüística de los pueblos. Anunció la creación de un sistema de indicadores de interculturalidad que servirá para construir políticas públicas sectoriales. 

Vidal comentó que se creará un fondo internacional para el ambiente, cuyo fin es  reparar los daños provocados a la naturaleza. También destacó que se fortalecerá al Tribunal de Justicia Climático y Ambiental. 

Otro de los puntos aprobados fue la configuración de un Tratado de Comercio de los Pueblos, orientado a fortalecer las soberanías alimentaria, energética y financiera, con un enfoque de sostenibilidad ecológica y ambiental, en los territorios indígenas.

Además se creará un Consejo de Movimientos Sociales como un espacio de diálogo entre pueblos indígenas y afrodescendientes. Este Consejo efectuará un seguimiento de lo aprobado.

Se insistió en el impulso del Proyecto Grannacional ALBA Cultural y de fortalecer la Empresa Grannacional Fondo Cultural del ALBA para la defensa de la identidad y diversidad cultural.

Las autoridades coincidieron en impulsar el Acuerdo de los Pueblos alcanzado en la Primera Conferencia Mundial sobre Cambio Climático y Derechos de la Madre Tierra de Cochabamba.

Exhortación a Estados Unidos

El presidente Evo Morales mencionó que ahora es momento de combatir al imperialismo norteamericano. 

Exhortó a Estados Unidos a que deje de lado las bases militares en Sudamérica, posición que fue respaldada por Hugo Chávez. 

El Mandatario venezolano dijo que el camino es instaurar el socialismo del siglo XXI para “atacar al imperialismo yanqui”  y acusó a la CIA de engañar a hermanos a través de las ONG y fundaciones.

“No puedo entender la provocación que hacen al gobierno de (Rafael) Correa. Eso solo se entiende cuando se detectan las infiltraciones que la CIA hace en esos movimientos (al referirse a los movimientos sociales”.

Dijo que su gobierno evalúa la posición del nuevo régimen de Colombia, si es verdad que vendrá a recuperar la senda del respeto con los países vecinos. 

Correa invitó a los movimientos sociales a unirse por la verdadera plurinacionalidad y pluriculturalidad. 

“El enemigo no es el Gobierno, no es el Estado”, dijo al mencionar que algunos movimientos se han aliado con la llamada Junta Cívica para conspirar. Fue tajante al sostener que no dialogará con quienes acusan al Gobierno de xenofobia y genocidio e hizo un llamado a “que se envíe a los malos dirigentes al baúl de los recuerdos ingratos”.

Verónica Galarza
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Reportera - Quito
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