En el centro de Santiago se manifestaron ayer integrantes de comunidades mapuches que exigieron la libertad de sus líderes y en repudio al racismo, al cumplirse 528 años de la llegada de Cristóbal Colón al continente. La movilización culminó con disturbios por la participación de encapuchados.Foto Afp

Desde Chile hasta la costa este de EU se reportaron marchas, pintas y derribo de estatuas

 

Santiago. A lo largo del continente, desde Chile pasando por Brasil, Venezuela, Colombia, Nicaragua hasta la costa este de Estados Unidos, movilizaciones indígenas marcaron ayer el 528 aniversario de la llegada de Cristóbal Colón a América.

En Chile, donde la fecha se celebra como el Día del Descubrimiento de Dos Mundos y es feriado, se reportaron protestas de organizaciones mapuches en todo el país.

Cientos de indígenas se concentraron en la Plaza Dignidad de Santiago para exigir la libertad de sus líderes, entre los que se encuentra el machi Celestino Córdova, condenado a 18 años de prisión por la muerte de un matrimonio, a quien los mapuches consideran un preso político.

Vestidos con sus tradicionales trajes los mapuches se manifestaron "por los presos políticos, contra el racismo y la colonización", en una protesta que se repite cada año y que concentra en la capital a los dirigentes de diversas comunidades.

La manifestación inició su avance por la avenida Alameda –principal arteria de la capital chilena–, donde encapuchados incendiaron paraderos del transporte público, destruyeron señales de tránsito y lanzaron piedras a las fuerzas antidisturbios, según imágenes de Afptv.

Los agentes respondieron con gas lacrimógeno y chorros de agua para replegar a los manifestantes.

La protestas en la capital chilena se llevan a cabo en esta fecha cada año en apoyo a los mapuches, la mayor etnia del país, que mantiene un conflicto histórico con el Estado, al cual demanda tierras en el sur del territorio, las cuales consideran propias por derecho ancestral y que las autoridades entregaron a capitales privados, principalmente empresas madereras.

La mayoría de las comunidades mapuches se encuentran en la región de la Araucanía (sur), donde se han llevado a cabo ataques incendiarios a predios privados y camiones, que han sido reivindicados por grupos extremistas que apoyan las demandas de los mapuches, pero donde también se han realizado autoataques para cobrar seguros.

La protestas se recrudecen a una semana de que se cumpla un año del estallido social, y mientras los chilenos se preparan para el crucial plebiscito del 25 de octubre para decidir si se cambia la actual Constitución, heredada de la dictadura de Augusto Pinochet, que duró de 1973 a 1990.

En Colombia, donde también es feriado el Día de la Raza, cientos de indígenas de la zona del Jamundí, en el Valle del Cauca, en el suroeste del país, marcharon en las primeras horas de ayer hacia el sur de Cali con la exigencia de que los reciba el presidente Iván Duque y se mostraron decididos a continuar hoy su camino hacia Bogotá si el mandatario no se reúne con ellos. Exigen que cese la violencia contra las comunidades indígenas, la plena implementación del acuerdo de paz firmado en 2016 con la desarticulada guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, así como el derecho a ser consultados acerca de la realización de megaproyectos en sus territorios.

Mientras, en el Día de la Resistencia Indígena, como se le llama en Venezuela, el presidente Nicolás Maduro exhortó al rey de España, Felipe VI, a dejar de celebrar el 12 de octubre como una fiesta nacional y en su lugar pida perdón a América Latina por el genocidio indígena.

"Al rey Felipe VI le hago un llamado para que reflexione como hombre joven del siglo XXI y haga una rectificación histórica y le pida perdón a las madres, a los padres, a los hijos, a los nietos, y a aquellos hombres y mujeres de los pueblos indígenas que fueron arrasados durante tres siglos por el colonialismo español", señaló Maduro.

En Bolivia no es feriado, pero el festejo por el Día de la Descolonización en el Estado Plurinacional incluyó diversas expresiones, como la pinta con que amaneció ayer la estatua de Cristóbal Colón en La Paz.

"El monumento en el centro de la ciudad andina tiene pintura roja en distintas partes y una calavera con una cruz encima. El nombre de Colón aparece tachado en el monumento de mármol", informó el canal televisivo Cable Noticias.

Con celebraciones y protestas de menor porte, el resto de América celebra el Día de la Raza en Paraguay y El Salvador, el Día de la Resistencia Indígena en Guatemala, el Día de la Resistencia Indígena, Negra y Popular en Nicaragua, el Día de la Identidad y la Diversidad Popular en República Dominicana y el Día de las Américas en Uruguay.

Otros países vinculan la celebración del descubrimiento con el desarrollo cultural.

En Perú se celebra el Día de los Pueblos Originarios y del Diálogo Intercultural; en Costa Rica, el Día de las Culturas y en Ecuador el Día de la Interculturalidad.

Panamá, Cuba y Brasil no lo celebran, pero en este último país también es feriado, ya que se festeja el Día de la Virgen Aparecida, con celebraciones religiosas que reúnen a miles de personas en la ciudad de Sao Paulo.

En Portland, Oregon, manifestantes derribaron el domingo por la noche estatuas de los ex presidentes Theodore Roosevelt y Abraham Lincoln, como parte de "una declaración de ira" por la celebración del Día del Descubrimiento de América, conocido ahí como Día de Colón.

Los inconformes rodearon con cadenas la estatua de Roosevelt. Lanzaron pintura roja sobre la figura y empezaron a utilizar un soplete en la base de la estatua, reportaron algunos medios.

La multitud derribó la estatua poco después de las 21 horas. El grupo se dirigió entonces a la estatua de Lincoln, que derribó unos ocho minutos después.

Los manifestantes escribieron "Dakota 38" en la base de la estatua de Lincoln, en referencia a los 38 hombres dakotas a los que autorizó ahorcar tras un conflicto con colonos blancos en Minnesota.

Tras derribar las estatuas, los manifestantes rompieron las ventanas de la Sociedad Histórica de Oregon y más tarde fueron a la oficina de Seguridad Pública del campus de la Universidad Estatal de Portland.

Otras estatuas fueron derribadas en el contexto de las protestas desatadas tras la muerte el 25 de mayo de George Floyd a manos de la policía de Minneapolis.

No se informó si hubo detenciones, pero el presidente Donald Trump aprovechó la ocasión y en un tuit pidió ayer: "pongan a estos animales en la cárcel ahora" y advirtió sobre "activistas radicales" que buscan manchar el legado de Colón.

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 Un grup de prisioneros talibanes forma fila antes de salir libres en una cárcel de Kabul.  ________________________________________ Imagen: EFE

Por un acuerdo de Estados Unidos con los insurgentes

La liberación de los terroristas y pistoleros ha causado angustia a muchas de las familias de más de 100.000 civiles que han muerto en actos de terrorismo

 

El gobierno afgano liberará a 400 prisioneros insurgentes "incondicionales" taliban y aliados, un paso muy significativo, tanto militar como simbólico, con consecuencias de gran alcance para la paz y la guerra. Los combatientes son los últimos y los de mayor rango de los 5.000 que han sido liberados como parte del acuerdo hecho por los estadounidenses con los talibanes sobre un alto el fuego y la retirada de las fuerzas estadounidenses.

El grupo de detenidos, que incluye a combatientes de la Red Haqqani, un grupo insurgente antiestadounidense, así como a los talibanes, han sido responsables de los múltiples asesinatos de civiles y fuerzas de seguridad, tanto afganas como extranjeras. Entre los que serán liberados se encuentran los militantes responsables del atentado con camión bomba en 2017 en Kabul, cerca de la embajada de Alemania, que mató a más de 150 personas en la peor masacre de los últimos 20 años del conflicto.

Según informes del gobierno, 156 de los 400 presos habían sido condenados a muerte, 105 fueron condenados por homicidio, 34 por secuestro y 51 por tráfico de estupefacientes y algunos por violación. La liberación de los terroristas y pistoleros ha causado angustia a muchas de las familias de más de 100.000 civiles que han muerto en actos de terrorismo; alrededor de 10,000 solo el año pasado. La organización de libertades civiles Human Rights Watch señaló que un gran número de presos han sido encarcelados bajo “leyes de terrorismo excesivamente amplias que prevén la detención preventiva indefinida”.

La decisión de seguir adelante con la liberación fue recomendada por una Loya Jirga, una asamblea nacional de mayores, el fin de semana pasado, y seguida por Ashraf Ghani, el presidente de Aghanistan, quien firmó la orden ejecutiva para hacerlo. En realidad, el gobierno afgano tuvo pocas opciones al respecto después de que Washington alcanzó el acuerdo con el taliban en febrero en las conversaciones en Doha. Inicialmente se resistió enérgicamente al programa de liberación, pidiendo que se retrasara al menos hasta que se hubieran realizado avances en las conversaciones y hubiera pruebas tangibles de que los islamistas querían un acuerdo significativo. Pero Washington efectivamente anuló la voluntad del gobierno afgano. 

El anuncio de la liberación de los prisioneros fue seguido por el secretario de defensa Mark Esper, quien anunció que la fuerza de las fuerzas estadounidenses se reduciría del nivel actual de 8,600 a 5,000 en noviembre. Donald Trump está decidido a demostrar que traerá a las tropas a casa a medida que se acercan las elecciones estadounidenses. La Loya Jirga, al dar sus decisiones, también pidió a la comunidad internacional, especialmente a los Estados Unidos, que “se comprometa con el pueblo de Afganistán”. Pero los afganos difícilmente pueden depender de Trump, un presidente que no actúa según los informes de inteligencia de Estados Unidos de que Rusia había ofrecido recompensas a los talibanes para matar a las fuerzas estadounidenses.

Una presidencia de Joe Biden después de las elecciones sería bienvenida por muchos aliados de Estados Unidos después del caos de los años de Trump. Pero existe un cansancio general por la guerra más larga en la historia de Estados Unidos y es poco probable que un cambio en la Casa Blanca lleve a un renovado entusiasmo por la participación de Estados Unidos. Cuando se le preguntó recientemente en CBS News si asumiría la responsabilidad si los talibanes regresaran al poder, Biden respondió: “Cero responsabilidad. La responsabilidad que tengo es proteger los intereses personales de Estados Unidos y no poner a nuestras mujeres y hombres en peligro, eso es lo que haría como presidente ".

Ghani dijo a la Loya Jirga: “Los talibanes han dicho que si los 400 prisioneros son liberados, comenzarán las conversaciones directas entre nuestro equipo negociador y los talibanes. Mientras tanto, han amenazado que si no son liberados, no solo continuarán con la guerra y la violencia, sino que la intensificarán”. Más tarde tuiteó: “Es una decisión amarga liberar a 400 prisioneros talibanes, pero lo hago para honrar mi compromiso con la Loya Jirga. Ahora corresponde a los talibanes aceptar la diversidad y el pluralismo afganos y sentarse a la mesa. No queda ningún obstáculo. También soy consciente de los desafíos y las incertidumbres".

En un comunicado, el secretario de Estado de Estados Unidos, Mike Pompeo, dijo que los talibanes habían acordado dirigir las negociaciones después de que los prisioneros fueran liberados , que reducirían los ataques durante las conversaciones y queEstados Unidos se asegurará de que esto suceda.

Desde una perspectiva amplia, la liberación de prisioneros a menudo se ha realizado como preludio del alto el fuego en las guerras civiles. El resultado final, sin embargo, varía. El taliban aún no ha hecho comentarios públicos sobre la liberación de prisioneros. Un portavoz de su equipo negociador, Suhail Shaheen, dijo que no debería haber ningún obstáculo para que las negociaciones comiencen pronto.

Algunas familias que han sufrido la violencia de los talibanes dicen que han llegado a aceptar que el compromiso era necesario en aras de un alto el fuego y conversaciones de paz. Gul Mohammed Orakzai perdió a su hijo de 19 años, Hamid, en un atentado con bomba en Kabul hace dos años en el que murieron más de 100 personas. “Queríamos que esos asesinos se enfrentaran a la justicia, por todas las personas inocentes que murieron”, dijo. “Pero si esto ayuda a detener más asesinatos, entonces tenemos que aceptarlo. Esperamos que esto impida que otros padres y madres pierdan a sus hijos, pasando por el dolor que sentimos. Pero quién sabe qué pasará. Debemos confiar en Dios”.

Por Kim Sengupta*

*De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Páginal12

Traducción: Celita Doyhambéhère    

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Domingo, 05 Julio 2020 06:27

La nueva fase de anexión israelí

La nueva fase de anexión israelí

Regresemos a Balfour. No se trata de si Israel se anexará Cisjordania más adelante este mes, o cuánto o cuánto más de ella. Se trata de la promesa original británica de 1917 –o el pecado original, si uno es árabe– y lo que expresaba en palabras. Porque, después de la verborrea acerca de la "simpatía" británica y las "aspiraciones" sionistas, la única oración de la Declaración Balfour sostenía que el gabinete en Londres veía "con ojos favorables el establecimiento en Palestina de una patria nacional para el pueblo judío". Y las palabras más importantes de esta oración eran "nacional" y "en Palestina". Podemos olvidar las tonterías sobre proteger los derechos de las "comunidades no judías existentes en Palestina", porque no teníamos la menor intención de hacer nada por el estilo. Por eso –y bien harían los lectores en echar una ojeada a ese malévolo documento– Alfred Balfour prefirió evitar identificar a esas misteriosas "comunidades no judías" como árabes, musulmanas o cristianas.

Así pues, primero veamos lo de "nacional", adjetivo de "nación", que en lenguaje actual significa un Estado. Al menos es lo que hemos tenido que aceptar, porque, si Balfour sólo quiso decir "nación" en el sentido de comunidad colectiva –es decir, un "pueblo"–, ¿por qué usaría las palabras "pueblo judío" después de haber expresado apoyo a una patria "nacional" para él? Pero la segunda expresión, de igual importancia, es "en Palestina". Porque Balfour –que, en efecto, significa el gabinete de guerra británico de 1917 en pleno– no especificó a qué parte de "Palestina" se refería cuando escribió sobre la "patria" judía.

¿Fue a la sección que se convirtió en Israel más de 30 años después? ¿O una porción mayor? ¿O todo lo que en 1920 se volvió el mandato británico sobre Palestina, es decir, lo que hoy es Israel, Cisjordania y la ciudad de Jerusalén (y Gaza, que por el momento, y por obvias razones, es otra historia). Incluso se podría alegar que la "Palestina" a la que Balfour se refirió en 1917 incluía Transjordania: lo que hoy se conoce como el reino de Jordania, en el otro lado del río Jordán, más adelante sustraído a Palestina por los británicos.

Entonces, cuando Benjamin Netanyahu les dijo hace dos meses a los israelíes que la extensión de la soberanía de Israel hacia Cisjordania sería "otro glorioso capítulo en la historia del sionismo", su predecesor sionista, Chaim Weizmann –quien tuvo extensa participación en la redacción y semántica de la Declaración Balfour– sin duda habría afirmado que ese objetivo ya se había alcanzado.

¿Acaso los británicos no habían hablado de "Palestina" sin hacer la menor delimitación geográfica de la "patria nacional" que los judíos establecerían dentro del futuro mandato? En otras palabras, en 1917 los judíos bien pudieron haber creído que los británicos les ofrecían una "Palestina" mucho más grande –de hecho, toda Palestina– de la que al final se puso en el camino de Israel en 1948. En esos días, por supuesto, "Cisjordania" no existía en la nomenclatura de judíos o árabes.

Las "comunidades no judías" (los árabes cristianos y musulmanes) en Palestina –a quienes Balfour no ofreció una "patria nacional"– vivían en todo ese territorio. Sin embargo –y esta es la expresión estremecedora de la declaración–, no se mencionaba que esos pueblos vivieran allí. Meramente "existían" allí (como en "los derechos de las comunidades no judías existentes en Palestina"). Eran una mayoría de los pobladores de Palestina, pero en definitiva no eran definidos según su identidad, sino según la identidad de quienes crearían su "patria" allí. Eran "no judíos".

Todo esto se remonta, desde luego, a las fronteras. Si los británicos creyeron que habían prometido –o si los judíos pensaban que les habían prometido– toda Palestina, entonces, ¿qué tonterías son estas acerca de una "anexión"? ¿Acaso los sionistas han olvidado el objetivo original de la Declaración Balfour? Así pues, ahora viene la verdadera amenaza a la noción misma de la "anexión".

Porque, si en efecto declara la soberanía israelí sobre el resto del antiguo mandato británico, ¿qué ha sido Cisjordania desde que fue ocupada por Israel en la guerra árabe-israelí de 1967? Esa conquista territorial –en un conflicto que los árabes empezaron– convirtió a Israel en potencia ocupante, con todas las obligaciones que entonces deben recaer sobre ella. Pero el argumento de Israel, todo este tiempo, fue y es que es un territorio "en disputa" –a menos que sea anexado, supongo–, puesto que no era un "territorio soberano" de nadie que pudiera ser "ocupado" cuando los israelíes se adentraron en Cisjordania hace 53 años. Por consiguiente, la noción misma de una "Palestina" árabe, de acuerdo con los israelíes, no existe porque no tiene todos los atributos de un Estado. Hagamos a un lado por el momento la aceptación de Naciones Unidas de su calidad de Estado: es la definición de esa calidad la que ha sido el fundamento de la negativa israelí a aceptar la existencia de una Palestina árabe.

Aquí volvemos a la ironía final de todo el proyecto colonial israelí en Cisjordania. Porque, si la lastimera versión de "Palestina" que tiene el presidente Abbas –Gaza y Cisjordania– carece de los atributos vitales de un Estado, tampoco Israel los tiene. En efecto, ¿qué país de la Tierra es incapaz de decir a su propio pueblo –ya no digamos al resto del mundo– dónde está su frontera este? ¿Corre por el centro de Jerusalén? ¿Alrededor del este de Jerusalén? ¿Alrededor del borde de los mayores desarrollos coloniales de Cisjordania, construidos, como siempre nos lo recordamos, casi por completo sobre la tierra de otro pueblo (los árabes)? ¿Irá a ser esta la nueva "frontera este" de Israel, sobre la que Netanyahu ha estado amenazando a los palestinos –alentado por Donald Trump y Jared Kushner– en meses recientes?

Pero si esta "anexión" se dará ahora en etapas –puede consumir un asentamiento aquí, un "puesto ilegal" en otra parte (fenómeno este último que es una de las excusas más risibles de Israel para engullir tierra ajena) –, de todos modos no define la ubicación de la frontera este israelí. La nueva anexión de Netanyahu, si va a ser poco a poco, tamaño salami, bocado a bocado, solo será otra frontera temporal, una frontera desangelada esperando la creación de una demarcación "soberana" más, que también será provisional.

En otras palabras, si Israel quiere una frontera este, tendrá que decir al mundo dónde va a estar la frontera final. Entonces tendrá todos los atributos de un Estado. Y no puede hacerlo –y Netanyahu no puede– porque de inmediato cobraría existencia el Estado de apartheid que los críticos de Israel afirman que es. En el momento en que Israel nos diga que toda la línea del río Jordán (no solo la parte norte) es la frontera de Israel, entonces los árabes de Cisjordania estarían viviendo sin derechos o votos dentro del Gran Israel.

Es interesante en qué terminos se han expresado en las semanas pasadas las objeciones a los planes de Netanyahu, si vamos a tomarlos en serio, así como consideramos lunático al gobierno de Trump. La Unión Europea ha resaltado la ilegalidad de tal despojo de tierra. Boris Johnson –quien ha elogiado y condenado la Declaración Balfour en el curso de pocos años, dependiendo de si buscaba nuevos acuerdos comerciales con Israel– ahora ha dicho en su artículo en un diario israelí que está "inmensamente orgulloso de la contribución británica al nacimiento de Israel en la Declaración Balfour de 1917".

Sin embargo, salvo dos tibias referencias a la "justicia" –tanto para israelíes como para palestinos, claro–, toda su tesis se basa en la idea de que las propuestas de anexión "fallarán en el objetivo de asegurar las fronteras israelíes (sic) y serán contrarias a los intereses israelíes a largo plazo". Sería, escribió, "una violación al derecho internacional". Y sería un regalo a los antisemitas ("esos que quieren perpetuar las viejas consejas acerca de Israel").

Sin embargo, ni una sola vez señala Johnson que la razón principal de oponerse a la anexión de Cisjordania es que es incorrecta e inmoral, un acto criminal de robo masivo de tierras que dejará a todo un pueblo –o a las "comunidades no judías", como hubiera dicho Balfour– sin los hogares y la tierra que en derecho les pertenece. Esta –que no es ninguna minucia de legislación internacional– es la razón principal por la que millones de personas en todo el mundo están atónitas ante la determinación israelí de adueñarse de ese territorio.

Y hasta que las potencias occidentales "civilizadas" impidan que Israel cometa esa inmoralidad –esa crueldad–, Netanyahu puede soplar y resoplar acerca de la anexión para contento de su corazón, e incluso poner la nueva, pero temporal alambrada fronteriza israelí sin sentir el menor temor.

Así pues, en vez de ponderar por qué Netanyahu y Gantz podrían estar divididos con respecto a su proyecto colonial –o cuánto temen una victoria de Joe Biden y, por tanto, tienen que empujar hacia delante, o cuánto temen una derrota de Trump y por tanto tienen que poner en suspenso sus nuevos planes coloniales, o qué contramedidas puede imponer la Unión Europea a la economía israelí, o qué tanto preocupa a Johnson su seguridad–, recordemos que todo esto se refiere a la existencia de Israel como Estado.

Para tener un Estado, debe tener fronteras. Pero sostener su reclamo de una frontera que abarque toda Cisjordania socava la moralidad sobre la cual existirá el Estado que vaya a crearse al final, con todos los atributos necesarios. Ese es el meollo del asunto. Quizá lo demostremos cuando los periodistas, comentaristas y analistas gastemos tanto tiempo en reportar y examinar los cargos de presunta corrupción contra Netanyahu –que él niega– como lo hacemos con respecto al crimen masivo e inminente de robar para siempre la tierra y propiedad de otro pueblo.

© The Independent

Traducción: Jorge Anaya

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Palestinos escapan del gas lacrimógeno disparado por soldados israelíes en la aldea cisjordana de Qusin durante una protesta contra la iniciativa de Trump sobre Oriente Medio y el plan de Israel de anexar partes de Cisjordania. Foto Ap

Tulkarem. Grupos de palestinos se manifestaron ayer en varias ciudades de Cisjordania ocupada para protestar contra el proyecto israelí de anexión de zonas de ese territorio. Decenas de personas se congregaron en Tulkarem, en el norte de Cisjordania, con banderas palestinas, gritando lemas contra la colonización israelí y el proyecto de anexión.

El ejército israelí disparó granadas ensordecedoras y gases lacrimógenos para impedirles acercarse hasta uno de los pasos fronterizos bajo vigilancia militar.

"Esta marcha muestra nuestro rechazo ante cualquier proyecto de anexión. Esta es nuestra tierra y la defenderemos con todos los poderes y la energía a nuestro alcance", afirmó Iyad Jarada, secretario general del partido Fatah en Tulkarem.

Cerca de Tubas, también en el norte de Cisjordania, un manifestante resultó herido en la cabeza por una bala de goma del ejército israelí, según la Media Luna Roja.

También se produjeron concentraciones en Naplusa y Qalqilyah, en Ramalá y Jericó, en el valle del Jordán, que Israel quiere anexar. En Hebrón, los centenares que se manifestaron lanzaron gritos contra Israel y Estados Unidos.

El nuevo gobierno de unión israelí presentará a partir del 1° de julio una estrategia para aplicar el plan del gobierno estadunidense para Oriente Medio, que allana el camino para la anexión por parte de Israel del valle del Jordán y las colonias en Cisjordania ocupada.

Más de 450 mil israelíes viven en colonias consideradas ilegales según el derecho internacional en Cisjordania, donde viven 2.7 millones de palestinos.

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Foto: Celebración del Día de Jerusalén que conmemora el 52 aniversario de la captura de Jerusalén Este por Israel en la Guerra de los Seis Días de 1967. 2 de junio de 2019 (Yonatan Sindel/Flash 90)

 

Un paso más en el proyecto colonial israelí

Las pasadas semanas, muchos lectores de los medios de comunicación mayoritarios se habrán hecho la impresión de que Israel se está preparando para poner en marcha un drástico plan de anexión de la Cisjordania ocupada, tras firmar el acuerdo de coalición de gobierno y conocer el llamado “Acuerdo del Siglo” de Estados Unidos.

Pero los palestinos saben demasiado bien que la anexión anunciada por Israel no supone ninguna novedad espectacular. Si acaso, les indigna que la comunidad internacional haya reaccionado con tanto asombro.

Para comprender el abismo entre los titulares informativos y la realidad sobre el terreno, hay que ponerse en la piel de un ciudadano israelí que decida viajar desde su apartamento en Tel Aviv hasta el Mar Muerto, atravesando territorios ocupados de Cisjordania.

Dicho ciudadano solo tendrá que tomar una carretera que se dirige al este para llegar en menos de media hora a la orilla del río Jordán. No hay puestos de control ni es necesario cambiar de ruta en ese breve recorrido (tampoco existe indicador alguno que informe de que el viajero ha entrado en Cisjordania). A lo largo de toda la ruta las señales de carretera están escritas en hebreo, la policía israelí vigila que se cumplan las normas de tráfico y la Autoridad de Parques nacionales da la bienvenida a los visitantes que se dirigen a puntos de interés cercanos.

El conductor israelí deberá tener cuidado para no entrar por error en las zonas donde viven los palestinos residentes en Cisjordania. Pero eso no ofrece ninguna dificultad, pues tras los Acuerdos de Oslo el ejército colocó grandes carteles rojos a la entrada de las poblaciones palestinas, advirtiendo a los israelíes que penetrar dichas áreas es peligroso. Por su parte, un palestino que se encuentre al otro lado de estos carteles no puede tomar esa misma carretera para ir a Israel ni visitar esos centros turísticos del Mar Muerto a los que se dirige el conductor israelí.

En realidad, a pesar de las aparentemente complejas estructuras políticas del territorio, el mapa físico de Palestina-Israel en 2020 es muy simple: pese a la existencia de unos pocos enclaves palestinos semiautónomos en Cisjordania y la Franja de Gaza, es Israel quien controla todo, de norte a sur y de este a oeste.

Esa es la realidad que ha estado presente durante décadas. Y, a pesar de ello, el mundo se muestra alarmado porque Israel quiera hacer “oficial” la realidad mediante una anexión formal. Lo que la comunidad internacional considera un movimiento ilegal por parte de un ocupante militar, o como una disputa territorial  sobre fronteras entre dos gobiernos, los palestinos lo ven como un paso más en el proyecto colonial de asentamientos que Israel lleva un siglo practicando.

El error demográfico

La exclusión y el control, que siempre han sido rasgos esenciales del sionismo, son los elementos básicos de la geografía del territorio. La meta de crear un país solo para judíos en el que residen otros pueblos ha supuesto la interminable opresión de los palestinos. El sionismo les planteó dos opciones: o bien la expulsión y el exilio o bien aceptar el dominio de Israel sin tener ningún derecho. Todos los palestinos, con independencia del lugar del mundo en qué se encuentren, están sujetos a uno de estos dos destinos.

Cuando se fundó el Estado en 1948, muchos israelíes quedaron decepcionados porque ciudades como Hebrón, Nablus o la antigua Jerusalén, consideradas lugares sagrados por los judíos, quedaran fuera. Pero ese anhelo fue finalmente satisfecho en 1967, cuando Israel tomó el control de la totalidad del territorio del Mandato Británico de Palestina. Pero, exceptuando Jerusalén Este, el Estado nunca llegó a anexionar esos territorios bajo la ley israelí.

Hasta el día de hoy, Israel siempre ha lamentado el error demográfico que cometió al ofrecer en 1948 la ciudadanía israelí a algunos palestinos. Situados bajo la ley militar hasta 1966 y siempre discriminados, la simple existencia de ciudadanos palestinos ha frustrado los planes de Israel: crear un Estado exclusivamente judío. En ese sentido, siempre se les ha recordado que no son deseados: Netanyahu declaró claramente el año pasado que “Israel no es un Estado para todos sus ciudadanos”, y el “Acuerdo del Siglo” se atreve a proponer el traslado de sus comunidades a una futura entidad palestina.

Obsesionado por su error, Israel decidió llevar a cabo una política de “provisionalidad permanente” en Cisjordania y Gaza: su táctica de escape fue la anexión de facto a falta de una anexión de jure. Así, creó nuevas categorías para esa población indeseada: tarjetas de “residencia permanente” para los habitantes de Jerusalén Este (miles de las cuales han sido revocadas desde 1967), y tarjetas de identidad naranjas o verdes para quienes viven en Gaza o en Cisjordania, todas ellas bajo el control del Ministerio de Defensa.

Al mismo tiempo, el Estado animó a la población judía a instalarse en los territorios ocupados. A medida que progresaban los asentamientos, Israel fue construyendo carreteras de circunvalación, muros y vallas, no solo para asegurar que estos quedaran interconectados entre sí y con Israel, sino también como un instrumento para controlar y limitar los movimientos de la población palestina.

Entonces, ¿por qué tras más de cincuenta años de “provisionalidad permanente” Israel ha decidido hacer oficial esta realidad? ¿Cuál debería ser la respuesta de los palestinos?

La respuesta palestina

Tal vez esas preguntas se resuelvan cuando Israel anuncie su plan definitivo: no solo la incorporación de los asentamientos y tierras circundantes, que ya tiene bajo su control, sino también la limpieza étnica de los palestinos que permanecen en dichas áreas. Ese plan lleva años desarrollándose en lugares como el valle del Jordán, E1 y las colinas de Hebrón Sur, pero podría proseguir a más velocidad una vez se declare la anexión formal.

Dada la impunidad con la que Israel ha violado el derecho internacional en los territorios ocupados, los palestinos no tendrán mejor oportunidad para abandonar el discurso legalista de la “ocupación”. Durante mucho tiempo, los palestinos han dado a este marco internacional la oportunidad de contribuir a su lucha, a pesar de su limitación y la tergiversación de su causa, pero ha sido en vano.

Parte de este fracaso se debe a los propios líderes palestinos. Hasta finales de la década de los 80, la dirección nacional palestina consideraba a Israel como un Estado colonial que usurpaba las tierras palestinas; exigía el retorno de los refugiados y estaba a favor de un único Estado democrático para todos. Pero desde entonces la Organización para la Liberación de Palestina ha reconocido formalmente a Israel y adoptado la solución de los dos estados, en buena medida para satisfacer el punto de vista de la comunidad internacional, que actúa bajo la falsa premisa de un “conflicto” entre dos partes iguales.

Este entramado político vino a sustituir a la demanda de descolonización del Mandato Británico de Palestina y aceptó la Línea Verde como frontera dentro de la cual encerrar a los palestinos en un cuasi-estado. Casi treinta años después de los Acuerdos de Oslo, los programas de asentamiento de colonos siguen tratando a los palestinos como el mismo grupo indeseado y colonizado, ya sean ciudadanos de Israel, sujetos ocupados o refugiados expulsados.

El presidente palestino Mahmud Abbas parece reconocer este hecho cuando amenaza una y otra vez con el desmantelamiento de la Autoridad Palestina o la retirada de los llamados acuerdos de seguridad con Israel. Pero nunca ha tenido el suficiente coraje como para llevar adelante sus amenazas. Si la Autoridad Palestina no hace nada por rectificar sus errores, se limitará a aceptar los planes de Israel y a gobernar en los reducidos enclaves en nombre del Estado.

Así pues, mientras Israel afina la siguiente fase de su proyecto colonialista, es hora de que los palestinos vuelvan a reivindicar la descolonización total y un único Estado democrático en el que todos los seres humanos tengan los mismos derechos, además de diseñar nuevas estrategias para conseguir dicha meta. Hasta entonces, la comunidad internacional no tiene derecho a lamentarse por la próxima anexión, fruto de los esfuerzos coloniales de Israel, que la propia comunidad internacional nunca hizo nada por detener.

 

Por Ahmad al-Bazz | 23/05/2020

Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo

Fuente: https://www.972mag.com/israel-settler-colonial-annexation/

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Palestina dio por finalizados los acuerdos con Israel y Estados Unidos

Ante el avance de Israel en Cisjordania

El presidente Mahmud Abbas manifestó que Israel no está respetando los acuerdos de paz de Oslo de 1993, y en consecuencia los palestinos tampoco lo harán

 

El presidente de Palestina Mahmud Abbas decidió poner fin a todos los acuerdos con Israel y Estados Unidos. Sus declaraciones tienen lugar en un momento de tensión, con el avance de los planes israelíes de anexionar parte del territorio ocupado de Cisjordania. El plan de paz propuesto por Washington el pasado enero avala el avance israelí. Abbas manifestó que Israel no está respetando los acuerdos de paz de Oslo de 1993, y por tanto los palestinos tampoco lo harán. Hace algunos días asumió el nuevo gobierno de coalición israelí entre el primer ministro Benjamin Netanyahu y su ex rival electoral Benny Gantz.

La decisión del gobierno palestino fue publicada por la agencia estatal Wafa. "La Organización para la Liberación de Palestina (OLP) y el Estado de Palestina quedan desde hoy absueltos de todos los acuerdos y entendimientos con los gobiernos americano e israelí y todas las obligaciones contempladas en estos, incluyendo las de seguridad", sostuvo el ejecutivo palestino. Abbas pidió que Israel cumpla con lo pactado en la legislación internacional. "Con todas las consecuencias y repercusiones en base a la ley internacional y humanitaria, en particular la Cuarta Convención de Ginebra", sostuvo el gobierno palestino. La misma establece responsabilidades sobre la seguridad de la población civil ocupada y sus propiedades, prohíbe el castigo colectivo, el robo de recursos, la anexión de tierras y transferencias de población del ocupante al ocupado, ya que suponen graves violaciones y crímenes de guerra.

El presidente palestino ya había adelantado la ruptura de relaciones con ambos países después del anuncio del plan de paz de Washington para Medio Oriente. En este caso Abbas reiteró su rechazo a la propuesta norteamericana. También condenó la decisión de la administración Trump de trasladar su embajada a Jerusalén y reconocer la ciudad como capital israelí. El mandatario insistió en la necesidad de apoyar a un estado palestino independiente, contiguo y soberano en las fronteras de 1967, con Jerusalén Este como su capital. "Una paz justa y completa basada en la solución de dos estados”, sostuvo el presidente. En Cisjordania viven 2,7 millones de palestinos. En tanto que 450 mil israelíes residen allí en colonias consideradas ilegales por el derecho internacional.

Por su parte, el emisario de Naciones Unidas para el conflicto de Oriente Próximo, Nickolay Mladenov, dijo que Israel debe abandonar sus amenazas de anexiones. También pidió a los dirigentes palestinos retomar conversaciones con los países implicados en el proceso de paz en la región. Se espera que el nuevo gobierno israelí se pronuncie sobre la estrategia para llevar a cabo el plan de Trump a partir del 1 de julio.

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Las secuelas de la Operación Gedeón: El impacto en Colombia de una incursión fracasada

Aunque otros escándalos han generado estupor en la opinión pública colombiana sin mayores consecuencias, en esta oportunidad parece que el ámbito militar puede hacer peso para sentar varios precedentes.

 

El 26 de marzo se descubrió un plan de incursión militar sobre Venezuela desde Colombia, donde participaban militares venezolanos y asesores norteamericanos, y se supo de la existencia de un contrato firmado entre esas partes, el diputado opositor Juan Guaidó y funcionarios de su interinato, como Juan José Rendón y Sergio Vergara.

Toda esta información fue presentada por el mayor general retirado venezolano Clíver Alcalá desde su casa en Barranquilla, Colombia, como reacción a su incorporación en la lista de funcionarios buscados por el departamento de justicia de EE.UU. El diálogo con el periodista de W. Radio fue así:

C.A.: Yo estoy hablando con el gobierno colombiano, a través de la Dirección Nacional de Inteligencia y me hice responsable ante ellos de esas armas.

Periodista: ¿Eso quiere decir que alguna autoridad colombiana tenía conocimiento de lo que usted estaba haciendo con esas armas?

C.A.: por supuesto.

 

Una operación huérfana

 

El militar retirado se refiere en la entrevista a un lote de armas incautadas dos días antes en el noreste colombiano, específicamente en la vía Ciénega-Barranquilla, entre los que se contaban 26 fusiles de asalto AR-15 y diversos accesorios militares, como visores nocturnos y silenciadores de fusiles.

También mencionó que las armas iban dirigidas a alias 'Pantera', un oficial que operaba bajo su mando.

Cuando en la madrugada del 3 de mayo se conoció la incursión marítima a Venezuela de un grupo armado por Macuto y Chuao, en el centro norte costero, por medio de dos lanchas rápidas, enseguida se interpretó que se trataba de aquella operación develada en marzo,  especialmente porque entre la lista de los ocho muertos figuraba 'Pantera'. Durante varios días siguieron las capturas de personas que participaban en la operación y entre los detenidos se sumó un sobrino de Clíver Alcalá.

Digamos que políticamente fue una operación huérfana. Ningún actor importante la asumió y desde el presidente de EE.UU., Donald Trump, hasta Guaidó, pasando por el mandatario colombiano, Iván Duque, todos negaron alguna participación en la acción.

Sin embargo, todos fueron interpelados por el hecho y la mediática internacional tuvo una actitud de condena y de duda sobre si estos actores habían o no participado realmente. De hecho, Guaidó tuvo que aceptar la renuncia de dos funcionarios de su interinato, entre ellos su director de estrategia, J.J. Rendón, firmante del contrato al que hacía mención Clíver Alcalá, y que el día de la incursión sería publicado por el propio Jordan Goudreau, líder de la contratista militar Silvercorp, quien se responsabilizaba del hecho. Ahora se entendía quiénes eran los asesores norteamericanos de los que hablaba el mayor general retirado.

En Venezuela, Guaidó acusó el golpe aceptando las renuncias de los "funcionarios" de su entorno que firmaron el contrato con Goudreau. En EE.UU. tres senadores del comité de relaciones exteriores del senado pidieron explicaciones a su gobierno y Trump ha tenido que responder a cuestionamientos sobre su posible participación en el hecho. ¿Y en Colombia, dónde se preparó la acción, tendrá su fracaso algún impacto o será apenas un escándalo más?

 

¿Habrá reacciones en Colombia?

 

La operación Gedeón fue ejecutada desde Colombia, según las evidencias arriba expuestas, los testimonios de los estadounidenses capturados y las innumerables denuncias del gobierno venezolano. Su fracaso puede parecer para el gobierno de Duque lo que en lenguaje popular se resume como "una raya más pa'l tigre".

Duque ha ido de escándalo en escándalo desde el comienzo de su gobierno. El mismo Trump lo ha responsabilizado del aumento del narcotráfico. En marzo pasado reventó un escándalo sobre compra de votos por  parte de alias 'el Ñeñe', un narcotraficante con vinculación pública con el presidente colombiano, que le colaboró durante su campaña electoral.

Cuando todavía no terminan de aflorar las informaciones y consecuencias de la operación Gedeón, uno de los capturados delató que alias 'Doble Rueda', un jefe narcotraficante cuyo pedido de extradición por EE.UU. ocurrió en diciembre, opera desde su finca sin clandestinidad alguna.

El pasado martes, en rueda de prensa, el ministro de comunicación de Venezuela, Jorge Rodríguez, divulgó varios videos de las delaciones de los militares capturados, que hablan de la relación de la operación con narcotraficantes. También se hicieron públicas las supuestas coordenadas donde opera este jefe de la droga, con lo que se lanza una interpelación para su captura.

Todo ello en un momento en el que la prensa internacional se ha mostrado muy crítica con el tipo de operación y la participación de Guaidó.

Así como estos escándalos, otros casos han generado estupor en la opinión pública colombiana, pero rápidamente ha sido pasada la página sin que se establezca ningún tipo de responsabilidad legal o política. Por lo tanto, no parece que alguno de estos hechos, incluida la operación Gedeón, vaya a tener un impacto en la política formal.

Pero en el ámbito militar sí puede tener alguna consecuencia.

Las fuerzas armadas colombianas se han cuidado sobremanera de no relacionarse con los ataques hacia Venezuela. Desde el incidente del puente de Tienditas en febrero de 2019, cuando Guaidó intentó ingresar desde Colombia "ayuda humanitaria", quedó en evidencia que si bien el ejército no pondría freno a las actividades contra el gobierno de Maduro desde territorio colombiano, tampoco participaría directamente en los hechos.

Puede creerse que en medios militares se ha impuesto la idea de que una campaña violenta, que intente cambiar el gobierno venezolano usando ejércitos de otros países, puede generar un conflicto armado que se extienda geográficamente sin tiempos estipulados. La presencia de una confrontación armada con Venezuela va a afectar a Colombia que, a pesar de la alianza con EE.UU., no cuenta con superioridad militar como para incursionar en territorio venezolano sin que ello implique un alto costo en vidas y finanzas.

El fin del conflicto armado colombiano, a partir de la firma de la paz entre las FARC y el Gobierno, no ha desembocado de manera expresa en la estabilidad del territorio colombiano, que aún está plagado de narcotráfico, bandas criminales, paramiliatres, disidentes guerrilleros y otros grupos irregulares como el Ejército de Liberación Nacional (ELN), que actúa en la frontera venezolana.

Abrir un frente con Venezuela llevaría al descuido de ese vasto territorio de difícil control que es Colombia. Y en medio de la pandemia, una escalada parece más preocupante.

Ante el alto nivel de riesgo que implica para Colombia intentar desde su territorio un cambio de gobierno en Venezuela por la fuerza, el antimadurismo colombiano seguramente prefiere una operación quirúrgica donde participen venezolanos o el propio gobierno de EE.UU.

El fracaso de la operación Gedeón viene a corroborar que las cosas no serán así de fáciles. Por el contrario, evidencia que el gobierno de Maduro tiene la capacidad militar para neutralizar este tipo de operaciones y que las fuerzas armadas venezolanas se solidifican en torno a su mandato cuando ocurren este tipo de hechos. En conclusión, que este tipo de aventuras puede provocar la desestabilización de la región y si algún país podría salir perdiendo, aparte de Venezuela, es Colombia.

 

La situación actual de Duque

 

Además, el gobierno colombiano se ha venido debilitando los últimos meses. Si los escándalos parecen no hacer mella en el gobierno, la conflictividad política y social sí ha removido sus cimientos.

Luego de perder en las elecciones regionales de octubre del año pasado, el gobierno de Duque sufrió las protestas más fuertes que recuerde el país las últimas décadas. Manifestaciones violentas de calle, paros generales y cacerolazos se convirtieron en parte de la cotidianidad colombiana durante las últimas semanas de 2019. La alta conflictividad social obligó al gobierno a ocuparse mucho más de su crisis interna y bajar la preponderancia que le otorgaba a su pelea con Maduro.

Para mayor presión, el sábado 9, las fuerzas armadas venezolanas denunciaron el hallazgo de tres lanchas militares con armamento y municiones, pertenecientes a las fuerzas armadas colombianas en aguas venezolanas, específicamente en las riberas del Orinoco, en la parte sur de la frontera colombo-venezolana.

El hecho fue reconocido por las fuerzas armadas colombianas, que explicaron que debido a "fuertes corrientes" las embarcaciones fueron arrastradas desde el río Meta, donde estaban amarradas. Y con un lenguaje entre oficioso y cordial, han intentado abrir un diálogo con la contraparte militar venezolana.

La justificación graciosa es solo el comienzo de un 'affaire' que, por lo peligroso, no deja de ser divertido. Maduro ha exigido que sea Duque quien le pida oficialmente las lanchas militares y que, de ser así, serán devueltas. Pero el gobierno de Duque no reconoce a Maduro, así que tendría que pedírselas a Guaidó, para seguir el orden discursivo.

Para todos es sabido que Guaidó no tiene poder para devolverlas, así que la tensión puede moverse hacia la relación entre las fuerzas armadas, que quieren de vuelta sus lanchas y han desplegado un discurso más bien conciliatorio, y Duque, que resulta muy orgulloso para pedirlas a Maduro. De hacerlo, lo reconocería como presidente real y se acabaría el simulacro del interinato del diputado opositor, que solo sobrevive en el relato presidencial colombiano y cada cierto tiempo en el de Trump.

Algo muy similar a lo de las lanchas ocurrió hace pocas semanas, cuando las fuerzas policiales venezolanas capturaron a la protagonista de otro escándalo colombiano, la diputada Aída Merlano, quien se había fugado de la cárcel de Bogotá donde pagaba condena por compra de votos, entre otros delitos. Lo insólito fue que el gobierno de Duque pidió a Guaidó la extradición de la legisladora, lo que acarreó cantidades de memes y chistes sobre el cómico pedimento a un actor que obviamente no tiene capacidad de hacerlo.

Merlano aún está presa en Venezuela y, con el evento de las lanchas, parece que se va a repetir el acto humorístico, a menos que las fuerzas armadas colombianas reclamen seriedad a su Cancillería y se produzca un pedimento oficial al gobierno de Maduro.

También puede tener impacto en los militares colombianos la manera en que el gobierno de EE.UU. se desentiende de la acción, lo que hace pensar que no hay una política clara y definitiva que indique que este último finalmente va a actuar contra Maduro. Y eso tiene efecto sobre todo en Colombia, principal aliado de los norteamericanos en la región, pero también los principales afectados de lo que ocurra en Venezuela.

Para escalar el conflicto con Venezuela, los factores locales tendrían que esperar una acción más decisiva y masiva de EE.UU., y esa opción, después de Gedeón, puede resultar más lejana. Es posible que en un tiempo plausible las fuerzas armadas colombianas estén obligadas a reconocer al gobierno venezolano, así sea para cuestiones vecinales, independientemente de lo que se dictamine desde el palacio de Nariño.

Nadie espera que Duque rectifique su posición intervencionista sobre Venezuela, pero sí puede pasar que algunos factores de poder, incluidos sectores militares,  vayan perdiendo la confianza en la política de confrontación del mandatario colombiano y en su apoyo a aventuras violentas que pueden generar desestabilización en la región.

Bajar los niveles de pugnacidad entre Colombia y Venezuela implicaría para el gobierno venezolano concentrar su diatriba con los EE.UU., pues tanto el grupo de Lima como el gobierno brasileño han preferido privilegiar su política interna y olvidarse un poco de Caracas. La situación colombiana puede obligar a Duque a hacer lo mismo.

Publicado: 14 may 2020 00:13 GMT

Por Ociel Alí López, es sociólogo, analista político y profesor de la Universidad Central de Venezuela. Ha sido ganador del premio municipal de Literatura 2015 con su libro Dale más gasolina y del premio Clacso/Asdi para jóvenes investigadores en 2004. Colaborador en diversos medios de Europa, Estados Unidos y América latina.

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Acorralado, renunció J.J. Rendón, asesor de Juan Guaidó

La Operación Gedeón dejó en crisis al líder opositor y a quienes lo rodean

Rendón había estado en el centro de la polémica por su rol en la elaboración y firma del contrato con la contratista militar estadounidense Silvercorp, que detallaba cómo capturar o asesinar a Nicolás Maduro.

 

El efecto encadenado del fracaso de la Operación Gedeón continúa: Juan José Rendón, hombre clave en los últimos sucesos que desembocaron en la llegada de mercenarios a Venezuela, presentó su renuncia al “comité de estrategia” del “gobierno interino de Juan Guaidó”.

Rendón había estado en el centro de la polémica por su rol en la elaboración y firma del contrato con la contratista militar estadounidense Silvercorp, que detallaba cómo capturar o asesinar a Nicolás Maduro, Diosdado Cabello, y proceder a una persecución de civiles y militares en el país durante más de un año.

A diferencia de Guaidó, Rendón reconoció haber firmado el contrato. Ante la crisis abierta por la situación, fue él quien salió a dar explicaciones ante los medios de comunicación para realizar un control de daños, e intentar ofrecer una versión ante la cantidad de contradicciones dichas por Guaidó.

La explicación de Rendón fue que firmó, pero el plan no se ejecutó, no porque no estuviera de acuerdo con lo que allí se acordada, sino por su desconfianza con el dueño de Silvercorp, Goudreau. El “estratega” nunca pudo explicar por qué en el contrato aparecía la firma de Guaidó, ni por qué existía un audio de la firma del contrato donde se escucha a Guaidó y a Goudreau.

Las mentiras y gravedad de la situación abrieron una nueva división dentro de la oposición venezolana. El partido Primero Justicia -del cual es miembro Henrique Capriles y Rendón asesoró en su campaña presidencial- pidió que sean removidos de sus cargos quienes se involucraron con la acción.

No solamente Primero Justicia se pronunció contra lo sucedido, sino también una parte significativa de la oposición, tanto de quienes se alejaron del plan que encarna Guaidó, como quienes se mantuvieron alineados.

La renuncia de Rendón, así como la del diputado Sergio Vergara, también firmante del contrato, indica un reconocimiento público del impacto provocado por la Operación, en la cual siguen siendo detenidos mercenarios día tras día, como el día domingo, donde catorce fueron apresados en el operativo policial y militar que se mantiene desplegado en estado de alarma.

La Operación Gedeón dejó en crisis a Guaidó y quienes lo rodean. Alguien debía pagar el costo y fueron Rendón y Vergara. En cuanto a los autores internacionales la estrategia ha sido la de negar y borrar pistas para afirmar que ni el gobierno norteamericano ni el colombiano estuvieron involucrados en lo que en la prensa estadounidense fue nombrado como Bahía de Cochinos.

Sin embargo, como afirmó la carta de tres senadores demócratas del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, Chris Murphy, Tim Kaine y Tom Udall: “o bien el gobierno de Estados Unidos no estaba al tanto de estas operaciones planificadas, o estaba al tanto y les permitió proceder, ambas posibilidades son problemáticas”.

El gobierno venezolano afirmó desde el inicio que esta Operación tuvo participación de Estados Unidos vía la DEA -con la cual el “gobierno de Guaidó” publicitó haberse reunido en agosto del año pasado- y de Colombia que facilitó el territorio de principio a fin, aún con las denuncias del gobierno y de uno de los implicados, Cliver Alcalá, que afirmó que la administración de Iván Duque estaba al tanto de los campos de entrenamiento militares.

Estas renuncias suman así un nuevo capítulo de una acción -conectada con otras operaciones armadas pasadas y en preparación- que dejó escrito blanco sobre negro hasta dónde está dispuesta a llegar la estrategia golpista en Venezuela, no solamente para derrocar a Maduro, sino para “estabilizar” el país, como quedó detallado en el contrato. 

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Palestina: palabras y narrativas (III y Última)

Pellízquenme una vez porque no me lo estoy creyendo. Cuando por años uno mostraba el mapa de Palestina, toda "comida" respecto al plan de partición de la ONU (1947), un surreal archipiélago de islas fragmentado por colonias, caminos exclusivos, muros y retenes militares, fruto de décadas de colonización e imparable crecimiento de asentamientos ilegales –y muestra visual que la "solución de Dos Estados" (Oslo, 1993) era una quimera para ir acaparando más tierra palestina−, le decían que "estaba exagerando", "boicoteando el proceso de paz" (sic), y "que al final esto no se iba a ver así". Todo a pesar de que las "ofertas" israelíes –sean de derecha o de izquierda− a los palestinos siempre contemplaban "algo menos que un Estado" (bit.ly/2w5mFoQ) muy al estilo de los bantustanes ( homelands) sudafricanos diseñados por el régimen de apartheid para fragmentar e ir marginando a la población negra desposeída de derechos políticos (bit.ly/2Utsjdw). Ahora que el Acuerdo del Siglo de Trump y Netanyahu presenta el mismo mapa, una verdadera cartografía de la opresión sazonada con patéticas proyecciones y anotaciones (bit.ly/3bFLGpQ) virtualmente indistinguible del mapa de los bantustanes (bit.ly/2wNn13H) como "logro", "progreso" y "parte del cambio de narrativa para resolver el conflicto", uno no sabe si reírse o llorar. Pellízquenme otra vez porque no me lo estoy creyendo. Cuando por años uno usaba la palabra apartheid para describir la realidad que vivían los palestinos bajo la ocupación israelí (bit.ly/2xyVXp0) se le decía no sólo que "exageraba", sino que dicha analogía era "inaceptable" (bit.ly/2WUMxys). Ahora que el plan de Trump-Netanyahu con su "visión" de Palestina como un "no-Estado" basado en segregación y control racial calculado para sofocar la liberación palestina y el derecho a la autodeterminación (bit.ly/2UuqQ72) y el término apartheid irrumpió en el mainstream –desde un ex embajador israelí en Pretoria usando la paralela para advertir correctamente “que intentos de crear estados ficticios para ‘lavar’ un régimen opresivo no funcionaron en Sudáfrica y no funcionarán en ningún lugar” (bit.ly/2URsPRz) hasta un grupo de políticos europeos que antes jamás se atrevieron a decirle algo a Israel alertando hoy que el Acuerdo “es el camino recto al apartheid” (bit.ly/2UWAHBE)− uno no sabe si seguir riendo o limpiarse las lágrimas.

Tal vez más vale tarde que nunca.

Pero para que todo no sea tan simple, N. Chomsky –al final un lingüista que trabaja con palabras− desde hace años suele alertar “que la situación en Palestina es mucho peor que el apartheid”; J. Dugard un jurista sudafricano y autor de un reporte sobre los territorios ocupados (ONU, 2004) enfatizaba que “el régimen israelí de apartheid es peor que el sudafricano”; también A. Mbembe, el filósofo camerunés afincado en Sudá-frica, afirmando que la situación en Palestina evoca a bantustanes, subraya que “la metáfora de apartheid no alcanza a reflejar la especificad del proyecto israelí de separación” y que “dado su carácter high-tech, los efectos en el cuerpo palestino son mucho más graves que las del sistema relativamente primitivo sudafricano”: "la dialéctica de proximidad-distancia y el control nunca alcanzaron allí niveles tan paroxísticos como en Palestina" (bit.ly/36UNR5N).

He aquí la paradoja: la analogía del apartheid −sin dejar de ser correcta− se queda a la vez corta y "demasiado optimista". Si bien refleja bien el "componente racial" de la ocupación y la colonización israelí –los "mitos raciales", como bien apunta J. Massad son fundamentales para todos proyectos de colonialismo de asentamientos (bit.ly/2wJjCmB)−, contiene una falacia que nos lleva a asumir el mismo desenlace: que igual la combinación de presiones internas y externas (p.ej. la campaña BDS modelada en Sudáfrica) hará que "esta injusticia implosionará" –como insiste p.ej. R. Kasrils un ex combatiente antiapartheid que ve el Acuerdo como “un clon del apartheid” (bit.ly/2Jturf7)– mientras las dos situaciones no son iguales (¡Mbembe!). Tampoco los contextos internacionales: si bien "la cuestión palestina" no es tan passé como quieren algunos (bit.ly/2P3ces7) y mantiene su relevancia universalista (bit.ly/3cv9YnJ), Sudáfrica nunca estuvo tan sola como hoy lo parece Palestina (bit.ly/39zncwI).

Y finalmente esto:coronavirus”, una nueva palabra que está poseyendo al mundo mientras nos pellizcamos tratando de comprender lo que está pasando. Como bien recuerda M. Davis el impacto de la epidemia de la gripe española (1918-1919) en India −que registró 60 por ciento de muertos a escala mundial− fue agravado por la mezcla de la "huella" del colonialismo británico (requisiciones de granos, etcétera) y la sequía (bit.ly/341QYt1); igualmente, en el caso de Cisjordania y Gaza, el impacto del colonialismo israelí –al final los bantustanes fueron modelados en colonialismo británico y reservaciones indígenas en Canadá− hace a la población palestina sumamente vulnerable, si no indefensa frente a la epidemia (bit.ly/3bRUOb1). El otro día, siguiendo con la política de ir comiendo más tierra palestina, el ejército israelí demolió un hospital de campo para los palestinos afectados por el Covid-19 en Izbiq, en el Valle de Jordán, que el Acuerdo del siglo le permite anexar y deshacerse de la población "sobrante". ¿Será porque para Israel los palestinos siempre serán una especie de plaga?

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Viernes, 06 Marzo 2020 06:25

Palestina: palabras narrativas / I

Palestina: palabras narrativas / I

Edward W. Said, el gran intelectual palestino –y quintaesencia intelectual pública− que por sí solo y de manera pionera abrió las ciencias sociales a los modos en que mundos enteros quedan encasillados en palabras y narrativas ajenas − Orientalism (1978), Culture and imperialism (1993)−, en un texto triste, escalofriante y bello −por si esta palabra aplica a una reflexión sobre el sufrimiento de todo un pueblo escrita en medio de una enfermedad terminal− hablando de la peculiar crueldad de Israel −"un país poseído por la manía de castigar a los débiles"− reflejada en periódicas masacres de Gaza e interminable ocupación de Cisjordania, apuntaba que todo el lenguaje del sufrimiento y de la vida cotidiana palestina fue secuestrado o pervertido al punto de ser inútil e incluso servir como pantalla para ir infligiendo más muerte y tortura (bit.ly/3ck4pZ7).

Me acordé de esto pensando en el Acuerdo del Siglo ( The deal of the century) que preparado −sin ninguna participación palestina, pero sí con harta autoría israelí− por los "mediadores estadunidenses" cuya creatividad radicó básicamente en secuestrar las palabras y alterar su sentido: cambiar los nombres o estatus de los lugares contrario al derecho internacional (Jerusalén, asentamientos ilegales, etcétera.) para sancionar su ocupación y la próxima anexión o llamar ejército a un conjunto de enclaves sin continuidad, control del espacio aéreo/seguridad/política exterior, "el Estado", nació, con excusa y pantalla de "mejorar la vida cotidiana de los palestinos" ( bit.ly/3bERgJz) para seguir castigándolos e irles infligiendo "más muerte y tortura". “Matar, reducir, mutilar y ahuyentar hasta que ‘quiebren’”, escribía Said.

Por más que este supuesto "plan de paz" se presente como "un cambio de enfoque y narrativa frente a lo que no servía antes" (bit.ly/32PbFaM) en realidad es sólo la consumación de lo que ya hubo: los Acuerdos de Oslo a los que en su momento Said se opuso categóricamente prediciendo que esto iba a acabar así: todo para Israel, nada para Palestina ( The end of the peace process, 2000), y por más que el dúo Trump-Netanyahu que lo parió se vislumbre como "el milagro para Israel" −en efecto se le concedieron todos sus deseos− ya hemos tenido algo así.

¿Alguien se acuerda de la dupla Sharon-Bush Jr.?

Cuando en 2004 Israel se retiró unilateralmente de Gaza –una medida calculada para boicotear el proceso de paz y "ponerlo en formaldehído" (bit.ly/2x8j0GT)− G. W. Bush llamó a Ariel El Carnicero Sharon "el hombre de la paz" (sic) y abrazó su agenda nacionalista y anexionista dándole garantías por escrito (sic) −retención de partes de Cisjordania a su criterio y negación al retorno de los refugiados palestinos− que revertían, o desnudaban, la tradicional –"neutral"− postura de Estados Unidos (A. Shlaim, Israel and Palestine, p. 293).

Said llamó −en otro lugar− las jugadas israelí-estadunidenses de aquel entonces ( road map) gracias a las cuales Sharon, a pesar de tres acusaciones de corrupción en su contra, logró aferrarse al poder −¿a qué nos recuerda esto? (¡le hablan Mr. Netanyahu!)− y Bush Jr. consolidó el voto de los "sionistas cristianos" ante las elecciones que se avecinaban −¿a qué nos recuerda esto? (¡le hablan, Mr. Trump!)− no "planes de paz", sino de "pacificación": “de poner el fin al problema ‘Palestina’” (bit.ly/2wterGK).

El unilaterialismo sharoniano tenía un propósito: el "politicidio" de los palestinos: la disolución de Palestina como una legítima entidad que comprendía también una −total o parcial− limpieza étnica en Eretz Israel (B. Kimmerling, Politicide, p. 17).

El Acuerdo del Siglo que no por casualidad contiene un apartado sobre “ transfers poblacionales” −un eufemismo para la "limpieza étnica"−, o sea, un marco legal para ejecutarlos en el futuro ante los ojos del mundo indiferente, con su unilateralismo es sólo el siguiente ejercicio en "politicidio" y afán de desaparecer a los palestinos envuelto ahora en un novedoso lenguaje de "visiones" y "oportunidades económicas".

Si bien –como de costumbre− tiene razón Robert Fisk que basta echar un ojo a la palabrería de este documento −"absurdos, parodia y banalidad en casi igual proporción"− para ver que todo esto es sólo una siguiente "locura" ( mumbo-jumbo) y "vacilada" ( ballyhoo) trumpiana −"¿Hasta cuándo los periodistas, los escritores, estaremos tomando en serio estas palabras...?" (bit.ly/2GOYMmZ)–, balbuceo o no, allí está e incluso está siendo implementado (bit.ly/2PPZMMz).

Ya hace 18 años en aquel triste y –vuelvo a decir− bello texto, Said lamentaba la época pasada de Israel Shahak, Yeshayahu Leibowitz o Jakob Talman, los intelectuales que no temían decir verdades incómodas –como que la ocupación está pervirtiendo al propio Israel (nyti.ms/3cuBktX)− subrayando que eran pocos (Uri Avnery, Ilán Pappe, Zeev Sternhell, Gideon Levy, Amira Hass, Jeff Halper) quienes tenían el valor de luchar por las palabras en Israel.

La "paz" por ejemplo –un término que desapareció del vocabulario político israelí y está siendo usado para el público exterior− ya es una palabra muerta. Sólo queda la "pacificación".

Y las voces palestinas (y pro-palestinas) –múltiples, ricas, heterogéneas (bit.ly/39jwTjD)− quedan secuestradas, pervertidas, silenciadas y desaparecidas, como la Palestina misma (bit.ly/32ToelN).

Sólo queda el balbuceo del dúo Trump-Netanyahu.

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