Lunes, 22 Julio 2019 05:32

Las fechorías del homo europeo

Las fechorías del homo europeo

Lo que ha hecho el homo europeo (homo europaeus lo llamó el historiador rumano Victor Neumann) es adueñarse del concepto de humanidad, y, desde una jerarquía perversamente determinista, y con el tiempo darwiniana, aplastar a las civilizaciones del mundo en nombre de un dios, muchos reyes, y gracias a la democracia-de-los-menos inventada por los “padres fundadores” de Estados Unidos, los señores presidentes. También produjo Borgias, piratas, traficantes de esclavos, Hitler y Mussolini. Podemos retroceder hasta la Cruzadas, cuando el homo europeo, actuando en pandillas, decidió que Jerusalén y de paso el Oriente medio le pertenecían por un derecho divino totalmente inventado.

 

Allí empezó todo. La civilización del homo europeo se arrogó el derecho de animalizar, degradar y criminalizar a los otros, oscuros, amarillos, verdes, morenos. Todo aquello que fue a “descubrir”. Con esa naturalidad los marinos españoles se apropiaron de imperios enteros en un continente “nuevo”, que sencillamente consideraron propiedad de su rey. Enseguida se sumaron los portugueses para repartirse “América”, despertando la envidia de las viejas pandillas de cruzados ahora convertidas en reinos que se volvieron antipapistas convenientemente. El homo europeo había descubierto su destino: apropiarse de todo, exprimirlo poniendo a trabajar en ello a los naturales que degrada y deshumaniza, concediéndoles la limosna de cristianización o muerte.

 

Ni tardos ni perezosos, británicos, franceses y holandeses se lanzaron al asalto de los mares y los continentes. Y a todos lados llegaron para someter y degradar a las gentes, usarlas y a veces, ¡ups!, exterminarlas, como ocurrió en las Antillas. Y ahora, ¿qué bestia humana iba a realizar las faenas de la civilización? El inconveniente se resolvió con la importación de otros subhumanos, cazados y secuestrados masivamente en el continente negro.

 

Pronto los ingleses sacaron ventaja, se expandieron por Norteamérica, dominaron el subcontinente indio, y el chino, con menos éxito. Reinvadieron Medio Oriente. “Descubrieron” y se adueñaron de la vastedad australiana poblada por las personas de civilización más antigua en el planeta; enseguida las rebajaron físicamente, les descuartizaron el alma. Muy al estilo implementado en Canadá y Estados Unidos, recluyeron a los nativos en campos, reservaciones y “territorios” ayunos de derechos, les arrebataron sus hijos para blanquearlos mientras el homo europeo construía prosperidad con sus propias y viriles manos, y las de sus esclavos importados.

 

La crueldad y la avaricia inherentes a la civilización que inventó el capitalismo (reino de mil años que se acerca a su fin) ha marcado al mundo en lo humano, lo biológico, lo atmosférico, lo mineral. Domeñó las almas. Convirtió las Áfricas en un cementerio de humanos inferiores, una cadena monumental de esclavos y una fábrica de riqueza estratosférica.

 

Así como las Indias bañaron de oro al Vaticano y los reinos de España y Portugal, India, Indochina y África alimentaron la voracidad de Albión y la Francia que, llegada su hora, devendría napoleónica con su gran invento racionalista: no sólo Dios hace a los reyes, también el individuo con su regalada gana. Lo de hoy son presidentes y primeros ministros, el tiempo de los dictadores europeos ya pasó y sólo quedan tiranías en países parias o en guerra. Las naciones negadas (Kurdistán, Sahara, Palestina) no cuentan. Los verdaderos dictadores son electos democráticamente en las metrópolis del homo europeo, o presiden consejos de administración globales.

 

El homo europeo ya se distinguió por su entusiasmo para entre matarse sin piedad durante las guerras europeas y la guerra civil estadunidense, pero nunca ha tirado la bomba atómica contra cristianos, como advertía Mumia Abu Jamal. Donde amaga con hacerlo son tierras de infieles (hoy que el Islam es su bestia negra los llama terroristas, aunque esa aberración islámica, como las dictaduras latinoamericanas, árabes y africanas, es producto directo de la intervención del homo europeo).

 

El mundo de los “que nunca han inventado nada, nunca explorado nada, nunca han domado nada” (Aimé Césaire), colonizado, exprimido, doliente y milagrosamente vivo toca las puertas de la fortaleza de la civilización superior, la ganadora, la dueña. Y ésta los rechaza, los criminaliza, los vuelve a degradar, ahora como “ilegales”.

 

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¿Son comunistas los militares del ejército estadounidense?

En la barra, una joven con acento mexicano se quejó de un nuevo recorte a la educación pública, propuesta por el presidente Donald Trump. Seguir sacándole dinero a los servicios sociales para dárselos al ejército, dijo, se parecía mucho a los recortes de impuestos que beneficiaban a los super ricos y dejaban limosnas a los trabajadores, aparte de una deuda impagable. 

A su lado, con gorra de béisbol, un joven delgado con acento caribeño le preguntó, como si viese al mismo diablo: “¿Eres comunista?” Esa debió ser la única palabra que entendió un señor, tipo Homero Simpson pero con pelos y bigotes, que reflexionaba sobre un enorme vaso de cerveza, porque se giró para mirar a los jóvenes que, a partir de ahí, comenzaron una acalorada discusión.


“Te están lavando la cabeza”, confirmó el muchacho, “es por eso que nuestro presidente les va a recortar fondos”.


Cuando pasaron al tema Venezuela, como si se tratase de un algoritmo inevitable, me di cuenta de que aquella incipiente amistad no iba a cicatrizar fácilmente. Las sofisticaciones argumentales de la Guerra fría dejaron una marca indeleble en muchos patriotas, sobre todo en América Latina.
La mañana siguiente, mientras esperaba que se disipara un atasco en la autopista debido a un conductor apurado que le arrancó el farol trasero a otro, escuché en la radio pública una entrevista al almirante retirado James Stavridis sobre el mismo presupuesto que la joven mexicana había comentado la noche anterior.


El presupuesto que el presidente Donald Trump envió al Congreso para el 2019/2020 incluyó recortes multi millonarios para todo tipo de servicios sociales, desde la salud hasta el cuidado de preescolares (diversos estudios cuantitativos ya han probado que los millonarios no sienten lo mismo que el resto cuando ven a un ser humano caminando por la calle).


Los recortes han sido masivos, con una sola excepción: el nuevo presupuesto incluye un notable aumento en el gasto militar de treinta mil millones de dólares, el cual irá a aumentar un déficit récord alimentado por los recortes de impuestos del año pasado, como forma tradicional de burlarse de las promesas electorales que llevaron al presidente de turno al poder. Who cares, right? 

Según el almirante retirado James Stavridis y otros catorce comandantes de operaciones alrededor del mundo, el nuevo presupuesto de Trump no tiene sentido, y lo han puesto claro en una reciente carta abierta y en entrevistas: no necesitamos todo ese dinero. “Sabemos que nadie puede mantener la seguridad de un país sólo con la fuerza militar”. Pero el presidente Trump ha recortado fondos para el desarrollo y los ha transferido al ejército.


En la entrevista a la radio pública, NPR, Stavridis insistió que en lugar de seguir inyectando millones de dólares en las fuerzas armadas se debería invertir más en el cuerpo diplomático. Invertir en fuerza militar, dijo, es como realizar una cirugía: es doloroso y altamente riesgoso. Siempre es mejor llevar las cosas por el camino diplomático y, mejor aún, invertir en cooperación y desarrollo como forma de prevenir problemas mayores. Como ejemplo concreto, mencionó el hecho que todos saben: Estados Unidos tiene más gente en uno solo de los 12 portaviones que navegan por el mundo que en todo su cuerpo diplomático. Hasta el ministro de Defensa, Robert Gates, lo ha reconocido. Incluso el anterior ministro, Jim Mattis, reconoció lo obvio: “Podemos gastar fortunas en operaciones militares, pero si no invertimos en desarrollo y diplomacia vamos a tener que comprar cada vez más municiones”. Hasta los halcones tienen un momento de racionalidad o de simples lapsus.


Más allá de las naturales suspicacias basadas en hechos históricos sobre la labor de los diplomáticos de las grandes potencias, no deja de ser un progreso que los mismos altos militares de la superpotencia se atrevan a reconocer los trágicos errores de las decisiones políticas en el abuso de la fuerza bruta.


Stavridis concluyó: “Sin duda alguna, los navíos más importantes que dirigí fueron aquellos que llevaron ayuda hospitalaria al Caribe y a otras partes de América Latina. Estos barcos participaron en miles de tratamientos y puedo decirle que el impacto sobre la seguridad de Estados Unidos, a largo plazo, ha sido muy superior al resto de operaciones militares. […] Apostando a la fuerza, lo único que logras es perjudicarte a ti mismo”, reconoció.


Desde hace décadas, diversos ex agentes de la CIA, como el marine y paramilitar John Stockwell, luego de una experiencia de treinta años en América Central, África y Asia, reconoció que la arrogancia de querer imponer “nuestros intereses” en otros pueblos no produjo ningún progreso sino que les llevó muerte y miseria y “no nos creó ningún amigo, se los puedo asegurar”. Más o menos el mismo caso de otros marines, ex agentes de la CIA que participaron en engañar al pueblo centroamericano con historia fabricadas sobre el comunismo para mantener la antigua presencia económica y militar estadounidense, como Philip Roettinger, quien terminó retirándose en México para dedicarse a su familia y a la pintura.


No por casualidad, diversos generales latinoamericanos planearon asesinatos al estilo Orlando Letelier en Estados Unidos cuando la administración Carter comenzó a recortar la tradicional “ayuda militar” a las dictaduras amigas del sur. No solo el gigantesco, peligroso y criminal lobby de la industria armamentística mundial (en el cual las empresas estadounidenses han sido accionistas mayores) tenía intereses en “la seguridad” de esos países sino también sus servidores, que nunca lo reconocieron y, de hecho, hasta hoy se golpean el pecho llenos de orgullo por sus crímenes, sus excusas infantiles y un honor que no vale el cobre de las medallas que se cuelgan ellos mismos.


Después de diversos conflictos nacionales, Costa Rica abolió su ejército en 1948. Desde entonces nunca tuvo una dictadura militar como sus vecinos. Tal vez por eso las grandes potencias mundiales no aterrizaron en ese pequeño país como lo hicieron en casi todos los otros países de la región donde contaban con un aparato represivo local. Tal vez por eso hoy no existe una crisis de migrantes costarricenses a Estados Unidos, como es el caso de los demás países de la región que sufrieron continuas intervenciones militares y “dictaduras amigas”.


Tal vez por eso ni los militares estadounidenses se creen el discurso que en el pasado exportaron sus políticos y estrategas. Tal vez por eso ni ellos mismos confían en la fuerza bruta de sus propios super ejércitos como forma de asegurar la paz en su propio país.

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Sábado, 04 Agosto 2018 07:21

Los crímenes de Estados Unidos

Los crímenes de Estados Unidos

Cuando el mundo se escandalizó durante las décadas de 1960 y 70 ante la sangrienta guerra de Vietnam muchos intelectuales, artistas, escritores y políticos comenzaron una campaña de concientización internacional sobre lo que significaba ese conflicto. Vietnam era un ejemplo –recordar otros como Argelia, el África Subsahariana– de que los países occidentales no habían abandonado su vocación colonialista, lesiva de la autodeterminación de los pueblos, y que Washington estaba preparado para asumir su hegemonía internacional a cualquier precio, contando para ello con la colaboración de las viejas potencias coloniales. 

La Guerra de Vietnam precipitó la militancia de grandes sectores de la juventud y el movimiento feminista, potenciados por el Mayo Francés y su impacto global. Engendró una contracultura y un nuevo clima ideológico que se concretó, entre otras cosas, en una nueva forma de comprender al derecho internacional y de evaluar críticamente la política exterior de las potencias metropolitanas.


El filósofo y matemático inglés Bertrand Russell, crítico de esos desvaríos imperialistas y sus inadmisibles genocidios, promovió en 1966 la conformación de un tribunal internacional para juzgar los delitos de lesa humanidad que Estados Unidos perpetraba sobre las poblaciones vietnamitas, a las cuales bombardeaba con Napalm, quemando vivos a campesinos y aldeanos; o rociando cientos de miles de hectáreas con dioxinas, el terrible Agente Naranja (elaborado por las gigantescas corporaciones Monsanto y la Dow Chemical) que desfoliaba a la jungla tropical y diezmaba toda forma de vida expuesta a ese químico. Hoy en Vietnam siguen naciendo niños con malformaciones congénitas debido a los millones de toneladas de ese agente arrojadas desde aviones estadounidenses a lo largo y ancho del país.


Si bien el Tribunal Russell fue de enorme importancia propagandística, sus alcances prácticos fueron nulos en términos de resultados jurídicos efectivos. Los procesos llevados a cabo en su seno contra la política exterior norteamericana apenas quedaron en declaraciones retóricas. Incluso cuando años más tarde –en 1974– se reeditó el Tribunal Russell II para condenar la injerencia, torturas y desapariciones propiciadas por Washington en América Latina los resultados no fueron diferentes. Así, el Tribunal Russell-Sartre quedó asociado a una época concreta de la historia del siglo XX. Aquella gran iniciativa humanista fue perdiendo peso y visibilidad entre la opinión pública mundial, incluso entre los sectores más movilizados y críticos de la intelectualidad internacional.


Ante esta perspectiva, un pequeño grupo de intelectuales, escritores y analistas políticos argentinos nos reunimos el año pasado y concluimos que era necesario crear una herramienta de carácter internacionalista para reforzar la memoria histórica y hacer visibles los crímenes que sin pausa se suman en la política exterior de Washington, años tras año, por diversos métodos y con diferentes justificaciones y en los más apartados rincones del planeta.


Fue de esta manera que junto a la analista internacional y periodista Telma Luzzani, la escritora Stella Calloni y el novelista y ensayista Alejo Brignole, elaboramos una serie de ideas que dieron forma al Día Internacional de los Crímenes Estadounidenses Contra la Humanidad. Juntos también redactamos una Declaración Mundial Contra los Crímenes Estadounidenses a la Humanidad, en donde expresamos una condena colectiva al avasallamiento de la legalidad internacional por parte de EE.UU., advirtiendo sobre las amenazas a la paz mundial que comportaba la política imperialista de Estados Unidos y las catástrofes humanitarias creadas a causa de la misma, principalmente en Medio Oriente y especialmente en Siria.


También debatimos sobre las diferentes fechas emblemáticas de los crímenes norteamericanos y finalmente escogimos al 9 de Agosto como la elegida señalada para la efemérides. Fue un día como ese, de 1945, cuando la Casa Blanca ordenó arrojar una segunda bomba atómica sobre Nagasaki pese a que el holocausto nuclear sin precedentes que había arrasado con Hiroshima ya era conocido por el gobierno estadounidense. Estamos convencidos de que esa fecha, el 9 de Agosto, posee un significado muy claro que denuncia el carácter criminal de la política exterior seguida por Washington.


La efemérides ya cuenta con adhesiones internacionales de las más diversas procedencias: artistas como el cantautor Silvio Rodríguez, Mariela Castro, Gerardo Hernández y el poeta y ensayista cubano Roberto Fernández Retamar; Chico Buarque, Frei Betto y Carola Proner en Brasil; o el filósofo italiano Gianni Vattimo son, entre muchos otros, algunos de los nombres que ya se unieron a esta iniciativa. El Premio Nobel Adolfo Pérez Esquivel la apoyó desde su mismo lanzamiento y el presidente de Bolivia, Evo Morales, adhirió al día como un compromiso humanista y político insoslayable.


Se ha abierto un camino. Debemos internacionalizar en todos los continentes esta fecha para crear una herramienta mundial de concientización y acción práctica para combatir la sistemática violación del derecho internacional y los derechos humanos que el gobierno de Estados Unidos perpetra en todo el mundo. También hay que romper el cerco mediático que la prensa oligopólica alza cuando se expresan verdades incómodas para el imperio. Gracias a las redes sociales y a la prensa comprometida e independiente sabemos que será posible realizar esta labor, que pretendemos sea no sólo conmemorativa sino también educativa y organizativa en la búsqueda de una conciencia crítica ante el flagelo que, con sus más de mil bases militares diseminadas por todo el planeta y su gigantesco presupuesto militar, el imperialismo norteamericano produce en todo el mundo. Este 9 de Agosto en Santa Cruz de la Sierra, con la presencia del presidente Evo Morales, se producirá el lanzamiento internacional de la campaña.

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El alcance de las 'operaciones especiales' convierten a EEUU en un imperio global

Una investigación reciente del periodista Nick Turse revela la dimensión de las intervenciones de las fuerzas especiales del Ejército de Estados Unidos, la mayoría de las cuales ni trasciende a la opinión pública ni cuenta con la supervisión del Congreso de EEUU

 

"Imperio" no es una palabra a tomarse a la ligera. ¿Puede EEUU ser definido como tal? La respuesta, a la luz de la última investigación del periodista estadounidense Nick Turse, es afirmativa. En su último artículo, publicado consecutivamente en TomDispatch y The Nation, el autor de Dispárale a todo lo que se mueva (Sexto Piso, 2014) explica el alcance de las fuerzas de operaciones especiales (SOF) del Ejército estadounidense, cuya actividad casi nunca trasciende a la opinión pública. Estas fuerzas participan en misiones que van desde el reconocimiento y ofensivas a pequeña escala hasta contraterrorismo, rescate de rehenes y tareas de seguridad, pasando por la instrucción y asesoramiento de otros ejércitos. "Y todos los días, y prácticamente en todas partes, comandos estadounidenses están implicados en diversos tipos de instrucción", escribe Turse.


Presentes en casi 150 países


"A menos que terminen en desastre, la mayoría de estas misiones permanecen en la sombra, desconocidas para todos salvo para un puñado de americanos", señala el autor. Las cifras lo respaldan: según datos proporcionados por el Mando de Operaciones Especiales de EEUU (Ussocom o Socom), el año pasado estas tropas de élite se desplegaron en 149 países –alrededor del 75% de las naciones del mundo– y este año llevaron ya a cabo misiones en 133. Como recuerda Turse, se trata de una cifra que no ha parado de crecer, puesto que prácticamente iguala el número de operaciones durante el último año de Barack Obama en la presidencia y es más del doble que en los últimos días de la administración de George W. Bush.


El trabajo –rápido, eficaz, sigiloso– de los soldados de las fuerzas especiales no es tan vistoso como el despliegue de grandes ejércitos, pero en el mundo actual es más importante. Washington lo sabe y apuesta por ello. Según explicó a Turse el portavoz de Socom, Ken McGraw, en 2001, por ejemplo, se desplegaron una media de 2.900 comandos a la semana, una cifra que ha aumentado a los 8.300 actuales. De un personal en 2001 de 42.800 efectivos –entre soldados en activo, reservistas y voluntarios de la Guardia Nacional– se ha pasado a 63.500.


La misma tendencia se observa en el presupuesto, que pasó de 3.100 millones de dólares en 2001 a los 12.300 millones de dólares actuales, sin contar que los tres cuerpos del Ejército estadounidense –el Ejército de Tierra, las Fuerzas Aéreas y la Armada, además de los marines– cuentan con sus propias divisiones de fuerzas especiales, con un presupuesto anual de 8.000 millones de dólares.


"Todo esto significa que, en cualquier día del año, más de 8.000 soldados, bien pertrechados y bien financiados [...] se encuentran desplegados en aproximadamente unos 90 países", resume el periodista.


Operaciones en la sombra


La lista de países en los que estas fuerzas especiales se encuentran desplegadas es larga y, además de los sospechosos habituales, como Afganistán, se encuentran en ella también un buen número de países africanos, como Níger, Burkina Faso o Senegal, e incluso asiáticos, como Tailandia, además de otros destinos más sorprendentes, como Alemania o Suecia, donde los Rangers y los Boinas Verdes llevaron a cabo respectivamente una instrucción en combate de invierno en el Ártico.


"A comienzos del mes pasado, en un pequeño puesto militar cerca de la olvidada ciudad de Jamaame, en Somalia, hubo un intercambio de disparos mientras llovían los morteros. Cuando el ataque terminó, un soldado somalí resultó herido, y, de haber sido ésa la lista de bajas, sin duda nunca hubiérais oído hablar de él", narra Nick Turse. "Lo que ocurrió", continúa, "es que en aquel puesto avanzado también operaban comandos estadounidenses y cuatro de ellos fueron heridos, tres de ellos de consideración, lo suficiente como para tener que ser evacuados para recibir atención médica. Otro soldado, el sargento Alexander Conrad, miembro de las Fuerzas Especiales del Ejército de EEUU, también conocidas como Boinas Verdes, resultó muerto."


El artículo describe casos similares en Níger o Somalia en los que resultaron heridos soldados pertenecientes a este tipo de tropas. Como Turse destaca, vale la pena notar que EEUU no libra oficialmente ninguna guerra en África, y todas estas misiones se presentaron a la prensa como de "asesoramiento y asistencia" a las fuerzas locales. O como "patrullas de reconocimiento" dentro de una misión para "instruir, asesorar y asistir" a tropas africanas, cuando la evidencia era ya difícil de rebatir, como misiones para eliminar objetivos de milicias islamistas, sobre todo las asociadas a Estado Islámico.


"Los Boinas Verdes, los Navy SEAL y otros comandos, que actúan bajo la poco entendida cláusula legal conocida como Sección 127e ["apoyo a las fuerzas especiales para combatir el terrorismo"], han participado en tareas de reconocimiento y acción directa en incursiones con fuerzas especiales africanas en Somalia, Camerún, Kenia, Libia, Mali, Mauritania, Níger y Túnez", resume el autor.
Si en 2006 únicamente un 1% de los comandos especiales estadounidenses operaba en el continente africano, diez años después se trataba ya del 17% (unos 1.700 efectivos en 20 países), el mayor porcentaje, solo superado por Oriente Medio.


¿Cambio de foco?


Con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, el Pentágono se plantea ahora reducir el número de tropas especiales en el extranjero. En el caso de África, por ejemplo, el contingente quedaría en 700 soldados de élite, la misma cifra que en el año 2014. El anuncio ha generado críticas entre algunos analistas de seguridad: los hay que consideran que con la medida puede haber un repunte del terrorismo yihadista en la región; otros, en cambio, temen que el vacío dejado por Estados Unidos sea llenado por China.


A pesar de la retórica aislacionista del presidente estadounidense en sus comparecencias públicas, "los recortes planteados parecen ajustarse a la última estrategia de defensa nacional del Pentágono", indica Turse. El propio secretario de Defensa, James Mattis, declaró en enero que, aunque Estados Unidos continuaría "su campaña contra los terroristas", "la competición entre grandes potencias, y no el terrorismo, es el foco principal de la seguridad nacional de EEUU". En la decisión podría haber pesado, además, el agotamiento físico y mental expresado por las propias unidades de fuerzas especiales.
Mattis precisó que la distinción entre tropas especiales y convencionales era cada vez más difusa. También se guardó una bala en la recámara. A finales de 2017 adelantó que EEUU continuará "expandiendo las fuerzas convencionales allí donde sea apropiado." Y añadió: "Yo anticiparía un mayor uso de las mismas". No parece que el águila estadounidense tenga pensado alzar pronto el vuelo y volver al nido.

BARCELONA
24/07/2018 08:42 Actualizado: 24/07/2018 08:42
ÀNGEL FERRERO

 

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