Lunes, 23 Abril 2018 17:16

¡Izquierdas de todo el mundo uníos!

¡Izquierdas de todo el mundo uníos!

Para los movimientos sociales, como es conocido, es importante desligarse de las agendas oficiales o institucionales, la electoral entre ellas, construyendo una agenda propia desde la cual llegar en algún momento a romper la iniciativa y la lógica política dominante desde décadas atrás en cada una de sus sociedades, en cabeza de los grupos que controlan el poder económico, militar, política y social. Procuraron, por esta vía, que el conjunto social tenga un referente otros propósito y otros retos distintos a los de la estructura estatal.

 

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¿La reinvención del Foro Social Mundial?

El Foro Social Mundial (FSM) se reunió por primera vez en Porto Alegre en 2001. Fue un acontecimiento de extraordinaria trascendencia porque señaló el surgimiento de una forma de globalización alternativa a la que estaba siendo impulsada por el capitalismo global, cada vez más dominado por la su versión más excluyente y antisocial: el neoliberalismo. No fue la primera señal. Esta había sido dada por el levantamiento neozapatista en el sur de México en 1994, seguido por el Encuentro Intergaláctico de 1996, y en 1999 por las protestas en Seattle contra la reunión de la Organización Mundial del Comercio. Pero fue, sin duda, la señal más consistente y la que puso en la agenda internacional la lucha de los movimientos y las organizaciones sociales que luchaban en las diferentes regiones del mundo contra las muchas caras de la exclusión social, económica, racial, etnocultural, sexista, religiosa, etc.


Animado por el éxito, inesperado para muchos, de su primer encuentro, el FSM se desdobló en los años siguientes en foros regionales temáticos, nacionales y los foros mundiales pasaron a realizarse en otros continentes: en la India, en Kenia, en Senegal, en Túnez, aunque volviendo a veces a Brasil (Porto Alegre y Belém) hasta llegar a América del Norte (Canadá) en 2016. El éxito del FSM hizo que se sumaran a sus encuentros mundiales otros encuentros mundiales sectoriales, del del Foro Mundial de Educación al Foro Mundial de Teología. Se fueron creando estructuras mínimas de coordinación: Secretariado, Consejo Internacional, Comité Facilitador, aunque las tareas de organización fueran asumidas siempre por los comités locales de los países donde se realizaban los encuentros.


El FSM era simultáneamente un síntoma y un potenciador de la esperanza de los grupos sociales oprimidos. Surgía con una vocación mundial desde América Latina porque el subcontinente era entonces la región del mundo donde las clases populares estaban traduciendo la esperanza con más consistencia en forma de gobiernos progresistas. Esta esperanza, al mismo tiempo utópica y realista, había sido recientemente renovada con la Venezuela de Hugo Chávez, a partir de 1998, y continuó con la llegada al gobierno de Lula da Silva (Brasil) y Néstor Kirchner (Argentina) en 2003 y en los años siguientes de Rafael Correa (Ecuador), Evo Morales (Bolivia), Manuel Zelaya (Honduras), Fernando Lugo (Paraguay) y Pepe Mujica (Uruguay). Con el FSM se iniciaba una década de esperanza que, desde el subcontinente, se proyectaba sobre todo el mundo. Era el único continente donde tenía algún sentido político hablar de “socialismo del siglo XXI”, aunque las prácticas políticas concretas tuvieran poco que ver con los discursos.


La gran novedad del FSM y su patrimonio más precioso fue hacer posible el mayor interconocimiento de los movimientos y organizaciones sociales involucrados en las luchas más diversas en diferentes países y según culturas políticas históricamente muy distintas. En los primeros tiempos, este propósito pudo lograrse gracias a una cultura basada en la libre discusión, y el consenso y a la negativa del FSM de tomar decisiones políticas como tal. Pero no pudo evitar que, desde casi el inicio, se iniciara un debate político entre los activistas más comprometidos que se fue intensificando con los años. Algunas cuestiones: ¿podría el FSM ser verdaderamente mundial y progresista si las grandes ONG lo dominaban en detrimento de las pequeñas y de los movimientos sociales de base? ¿Si quien más necesitaba la solidaridad del Foro no tenía recursos para participar? ¿Si las fuerzas dominantes en el FSM no luchaban contra el capitalismo, luchaban, como mucho, contra el neoliberalismo? ¿Acaso detrás de la ideología del consenso no se escondería la mano de hierro de algunas entidades, personas y posiciones? Si no podían tomarse decisiones políticas, ¿cuál era la utilidad de continuar reuniéndonos? Como no había estructuras para organizar los debates, quien se sentía incomodado por estas cuestiones fue abandonando el proceso. Pero el genio del FSM fue que, durante más de diez años, siempre fue atrayendo nuevos movimientos y organizaciones.


Sin embargo, a finales de la década de 2000 la coyuntura internacional había cambiado en un sentido adverso a los objetivos del FSM. Minados por sus contradicciones internas, los gobiernos progresistas de América Latina entraban en crisis. El imperialismo estadounidense, que durante una década había estado centrado en Oriente Medio, regresaba con fuerza al continente y la primera señal fue la dimisión en 2009 del presidente Manuel Zelaya, un presidente democráticamente elegido. Era el primer ensayo del nuevo tipo de golpe institucional, bajo ropaje democrático, que se repetiría en 2012 en Paraguay y en 2016 en Brasil. El neoliberalismo, teniendo ahora a su entera disposición el capitalismo financiero global, embestía contra todas las políticas de inclusión social. La crisis financiera provocaba la crisis social y los movimientos tenían que centrarse en las luchas nacionales y locales. Además, su lucha era cada vez más difícil dada la persecución represiva. Bajo el pretexto de la “guerra contra el terror”, la paranoia de la vigilancia y la seguridad dificultaba la movilidad internacional de los activistas, tal como se vio en 2016 en Montreal, donde se denegaron más de doscientos visados de entrada a activistas del Sur global.


En estas circunstancias, ¿cuál era la viabilidad y utilidad del FSM? En el momento en que estaban en riesgo no solo las políticas sociales, sino la propia democracia, ¿era sostenible la continuidad del FSM como un simple foro de discusión autoimpedido para tomar decisiones en un momento en que fuerzas neofascistas llegaban al poder? Estas preguntas apuntaban a una crisis existencial del FSM. Esta crisis alcanzó su punto máximo en la reunión del Consejo Internacional en Montreal, en la que este órgano rechazó tomar una posición contra el impeachment a la presidenta Dilma Rousseff. Salí de la reunión con la sensación de que el FSM estaba en una bifurcación: o cambiaba o moría. Durante los últimos meses pensé que moriría. En los últimos tiempos, con la dinámica surgida de cara a la preparación del FSM de Salvador de Bahía (del 13 al 17 de marzo), concluí que existía posibilidad de cambio, adaptándose a las dramáticas condiciones y desafíos del presente.


¿Cuáles son los cambios necesarios? En la asamblea plenaria de Salvador se aprobará una nueva Carta de Principios. En los términos de esta carta, el FSM se declara un órgano de defensa y de profundización de la democracia con competencias para tomar decisiones políticas siempre que la democracia esté en peligro. Las decisiones políticas concretas son tomadas por los movimientos y organizaciones que promueven cada encuentro del FSM cualquiera que sea su ámbito geográfico o temático. Las decisiones políticas son válidas en el ámbito geográfico y temático en el que se tomen. El actual Consejo Internacional se autodisolverá en su próxima reunión y será reconstruido de raíz en la asamblea plenaria de Salvador según criterios que la propia asamblea definirá. El FSM de Salvador es quizá hoy más necesario de lo que lo fue el FSM de Porto Alegre. ¿Habrá condiciones para no desperdiciar esta (¿última?) oportunidad?

12 marzo, 2018
Traducción de Antoni Aguiló

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Miércoles, 31 Enero 2018 05:47

La democracia brasileña está en peligro

Lula todavía puede atravesar un largo camino judicial antes de conocer el destino de su posible candidatura.

 

Vivimos un tiempo de emociones fuertes. Para quienes –como yo y tantos otros– acompañamos en estos años las luchas e iniciativas en el sentido de consolidar y profundizar la democracia en Brasil y de contribuir a una sociedad más justa, menos racista y menos prejuiciosa, este no es un momento de júbilo. Para quienes –como yo y tantos otros– en las últimas décadas nos dedicamos a estudiar el sistema judicial brasileño y a promover una cultura de independencia democrática y de responsabilidad social entre los jueces y los jóvenes estudiantes de Derecho, este es un momento de gran frustración. Para quienes –como yo y tantos otros– estuvimos atentos a los objetivos de las fuerzas reaccionarias brasileñas y del imperialismo norteamericano en el sentido de volver a controlar los destinos del país –como siempre hicieron, aunque esta vez pensaban que las fuerzas populares y democráticas habían prevalecido sobre ellas–, éste es un momento de algún desaliento. Las emociones fuertes son preciosas si son parte de la razón caliente que nos impulsa a continuar; si la indignación, lejos de hacernos desistir, refuerza el inconformismo y alimenta la resistencia; si la rabia ante sueños injustamente destrozados no liquida la voluntad de soñar.

Este no es el lugar ni el momento para analizar los últimos quince años de la historia de Brasil. Me concentro en los últimos tiempos. La gran mayoría de los brasileños saludó el surgimiento de la operación Lava Jato como un instrumento que contribuiría a fortalecer la democracia por la vía de la lucha contra la corrupción. Sin embargo, frente a las chocantes irregularidades procesales y la grosera selectividad de las investigaciones, pronto nos dimos cuenta de que no se trataba de eso sino de liquidar, por la vía judicial, tanto las conquistas sociales de la última década como las fuerzas políticas que las hicieron posibles. Sucede que las clases dominantes pierden frecuentemente en lucidez lo que ganan en arrogancia. La destitución de Dilma Rousseff, que tal vez fue la presidenta más honesta de la historia de Brasil, fue la señal de que la arrogancia era la otra cara de la casi desesperada impaciencia por liquidar el pasado reciente. Fue todo tan grotescamente obvio que, por un momento, los brasileños consiguieron apartar la cortina de humo del monopolio mediático. La señal más visible de su reacción fue el modo en que se entusiasmaron con la campaña por el derecho del ex presidente Lula da Silva a ser candidato en las elecciones de 2018, un entusiasmo que contagió incluso a aquellos que no lo votarían si fuese candidato. Se trató, pues, de un ejercicio de democracia de alta intensidad.

Sin embargo, tenemos que convenir que, desde la perspectiva de las fuerzas conservadoras y del imperialismo norteamericano, la victoria de este movimiento popular era algo inaceptable. Dada la popularidad de Lula Silva, era muy posible que ganara las elecciones en caso de ser candidato y eso significaría que el proceso de contrarreforma que se había iniciado con la destitución de Dilma Rousseff y la conducción política del Lava Jato habría sido en vano. Toda la inversión política, financiera y mediática habría sido desperdiciada, todas las ganancias económicas ya obtenidas estarían en peligro o perdidas. Desde el punto de vista de estas fuerzas, Lula no podía volver al gobierno. Si el Poder Judicial no hubiera cumplido su función, tal vez Lula fuera víctima de un accidente de aviación o algo similar. Pero la inversión imperial en el Poder Judicial (mucho mayor de lo que se puede imaginar), permitió que no se llegara a tales extremos.

La democracia brasileña está en peligro y sólo las fuerzas políticas de izquierda y de centroizquierda pueden salvarla. Para muchos quizá sea triste constatar que en este momento no es posible confiar en las fuerzas de derecha para colaborar en la defensa de la democracia. Pero esa es la verdad. No excluyo que haya grupos de derecha que sólo se reconozcan en los modos democráticos de luchar por el poder; pese a eso, no están dispuestos a colaborar genuinamente con las fuerzas de izquierda. ¿Por qué? Porque se ven como parte de una elite que siempre gobernó el país y que aún no se ha curado de la herida caótica que le infligieron los gobiernos lulistas, una herida profunda que proviene del hecho de que un grupo social extraño a la elite osó gobernar el país y, encima, cometió el grave error (y fue realmente grave) de querer gobernar como si fuese una elite.

En este momento, la supervivencia de la democracia brasileña está en manos de la izquierda y el centroizquierda. Sólo pueden tener éxito en esta exigente tarea si se unen. Las fuerzas de izquierda son diversas y la diversidad debe ser bienvenida. Además, una de ellas, el PT, sufre el desgaste de haber gobernado, un desgaste que fue omitido durante la campaña por el derecho de Lula a ser candidato. Pero a medida que entramos en el período post Lula (por más que cueste a muchos), el desgaste pasará factura y la mejor manera de enfrentarlo es democráticamente, a través de un retorno a las bases y de una discusión interna que lleve a cambios de fondo. Seguir evitando esta discusión bajo el pretexto del apoyo unitario a otro candidato es una invitación al desastre. El patrimonio simbólico e histórico de Lula salió intacto de las manos de los justicieros de Curitiba & Co. Es un patrimonio a preservar para el futuro. Sería un error desperdiciarlo, usándolo instrumentalmente para indicar nuevos candidatos. Una cosa es el candidato Lula; otra, muy diferente, son los candidatos de Lula. Lula se equivocó muchas veces y los nombramientos para el Supremo Tribunal Federal así lo están mostrando. La unidad de las fuerzas de izquierda debe ser pragmática, pero basada en principios y compromisos detallados. Pragmática, porque lo que está en juego es algo básico: la supervivencia de la democracia. Pero con principios y compromisos, porque el tiempo de los cheques en blanco le causó mucho mal al país en todos estos años. Sé que, para algunas fuerzas, la política de clase debe ser privilegiada, mientras que, para otras, las políticas de inclusión deben ser más amplias y diversas. La verdad es que la sociedad brasileña es una sociedad capitalista, racista y sexista. Y es extremadamente desigual y violenta. Entre 2012 y 2016 fueron asesinadas más personas en Brasil que en Siria (279 mil contra 256 mil), a pesar de que el país asiático estaba en guerra y Brasil, en “paz”. La izquierda que piensa que sólo existe la política de clase está equivocada, la que piensa que no hay política de clase está desarmada.

 

* Doctor en Sociología del Derecho; profesor de las universidades de Coimbra y Wisconsin-Madison.

 

Traducción: Javier Lorca.

 

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Sábado, 27 Enero 2018 06:49

El “engaño” del gobierno de Irán

El “engaño” del gobierno de Irán

 

Con la periodista kurda Maryam Fathi.

 

Las manifestaciones populares más grandes desde 1979, que movilizaron a amplios sectores de la sociedad a principios de 2018 bajo la consigna “Pan, trabajo, libertad”, habrían sido coordinadas, según el régimen, por “los enemigos de Irán”. Esta tesis es defendida también por Nicolás Maduro, quien denunció la injerencia de Israel y de Estados Unidos e hizo “votos para que el pueblo y el gobierno de ese país hermano sigan construyendo y afianzando su propio modelo soberano de país”. Fathi, activista y refugiada kurda de Irán, rechaza esta lectura: “Me sorprende cuando veo a los partidos de izquierda occidentales apoyando un Estado como el iraní, tan asesino, tan autoritario”, dijo en conversación con Brecha.

 

Periodista y activista por los derechos de la mujer en el Kurdistán iraní, Maryam Fathi hubo de emprender el camino del exilio ante el riesgo de ser encarcelada. Desde 2011 vive como refugiada política en el País Vasco, donde milita en la asociación vasco-kurda Newroz.

 

—¿Cuáles han sido los motivos de las protestas con que Irán recibió el nuevo año?

—Los problemas económicos fueron el detonante y, en concreto, el anuncio del actual presidente, Hasan Rouhani, en el parlamento iraní, de que su nuevo programa económico, su presupuesto, destina el 50 por ciento de los recursos a sostener las operaciones militares fuera de las fronteras de Irán. En las protestas la gente pedía que se olvidaran de Líbano, Siria y Yemen (donde son conducidas estas operaciones) y que pensara en Irán. Están expoliando al pueblo para mantener su actual política internacional. La solidaridad con los pueblos que sufren la guerra es algo diferente a oponerse al envío de fondos a grupos armados o al Estado sirio. Al mismo tiempo, las partidas para educación, por ejemplo, eran ridículas en Irán, incapaces de satisfacer las necesidades de la población.

El problema económico iraní es grande, grave: el 80 por ciento de la población se encuentra bajo el umbral de la pobreza. Una de las políticas empleadas por el régimen para perpetuarse en el poder ha consistido en empobrecer a la población. En su opinión, una población hambrienta y preocupada por sus necesidades materiales inmediatas no puede ocuparse de asuntos políticos. Pero, obviamente, no se pueden separar política y economía, más teniendo en cuenta la importancia que el Estado persa concede a esta última. Son muchos los años que Irán lleva aguantando el aislamiento; teniendo dificultades para vender su petróleo y su gas; teniendo problemas políticos con la Unión Europea y Estados Unidos, que han llevado a la firma del acuerdo en materia nuclear, acuerdo que no puede resolver décadas de problemas económicos. Irán tiene un gobierno teocrático radical, portador de una ideología como la del Estado Islámico; no hay esperanza de cambio con un gobierno así. Las protestas se dan porque la gente no la tiene. Los jóvenes no pueden escuchar música en la calle. La gente está triste, la gente tiene hambre. No hay libertad alguna.


—¿Qué diferencia guardan estas protestas con las de 2009?

—Hay diferentes análisis sobre las últimas protestas en Irán. Desde Europa, desde el exilio, se piensa que están orquestadas desde fuera, por Estados Unidos o Arabia Saudita. Por otro lado, los reformistas y los conservadores se acusan mutuamente. Pero en realidad estas protestas comenzaron en la ciudad de Mashad, símbolo del nacionalismo persa. Un lugar donde el ex presidente Majmud Ajmadineyad tiene muchos simpatizantes y quién sabe si tuvieron parte en el comienzo de las protestas. Lo que está claro es que a las pocas horas de su inicio la gente se levantó en otras ciudades y pequeños pueblos donde no había habido ninguna manifestación desde la revolución de 1979. Ni reformistas ni conservadores esperaban que la revuelta se extendiera con tanta rapidez y en tantos lugares de Irán. Tampoco podían imaginar la masiva presencia de jóvenes y mujeres, de la clase trabajadora, en primera línea. Desde la caída del sha, repito, no se habían dado protestas tan grandes, y menos aun en los cuatro puntos cardinales de Irán: Baluchistán, Kurdistán, las tierras de azeríes y árabes, Teherán...

La diferencia con las protestas de hace nueve años es que entonces fueron lideradas por el ala progresista del régimen y sólo se dieron en el centro de Irán, en Teherán; no llegaron a otras comunidades.

Nacieron, por otro lado, de las diferencias políticas entre los dos sectores del régimen. Las recientes son una erupción que estaba larvada, que se venía gestando y que tiene entre sus destinatarios tanto a los conservadores como a los reformistas, quienes en 2009 consiguieron apagar el descontento con la promesa de nuevas leyes y llevar a la población a las elecciones, a votar, otra vez más, al mismo Estado, la misma ideología. Si hoy en día hubiese un referéndum en Irán, los líderes ultrarreligiosos –teócratas– actuales no ganarían. Sobreviven gracias a la represión, las ejecuciones, las torturas, la cárcel, al empobrecimiento de la sociedad, a sus intervenciones en otros estados de Oriente Medio.

Son bastantes los lugares de la región donde se está dando un cambio político radical. Hasta la fecha, Irán ha conseguido mantenerse alejado de él, gracias, entre otros factores, a su política internacional que ha causado tantos y tan graves problemas, por ejemplo en Siria y Yemen, y que desvía la atención internacional de cuanto sucede en el interior de Irán.

 

—¿Cuáles son los intereses del Estado iraní en Siria?

—Por un lado está la política de bloques, con Siria, Rusia, China e Irán de una banda, y Arabia Saudita, Estados Unidos, Israel y Turquía, de otra. Por otro, está el deseo de Irán de llegar al Mediterráneo: su idea es crear una suerte de corredor chiita, una media luna chiita, a través de Siria e Irak, respaldado por sus simpatizantes. Es también una forma de acercarse a Líbano e Israel. Por eso a Irán le interesa tener buenas relaciones con el Estado sirio.

 

—¿El hecho nacional es otro factor a tener en cuenta? Los persas no son mayoría en Irán.

—El 60 por ciento de la población iraní está compuesto por balochis, kurdos, árabes, azeríes (N de R: o azerbaiyanos), turcos, turcomanos. Los persas ocupan la parte central del territorio. Irán es un Estado-nación teocrático que sólo respeta la cultura persa y la religión islámica chiita. Las protestas comenzaron en lugares significativos para la conducción del Estado –Mashad, Isfahán (capital cultural de Irán), Qom (centro espiritual del que han salido todos los líderes del régimen)–, lo cual muestra la gravedad de la circunstancia, la crisis ideológica que se vive en el seno del poder. Vista la situación en el corazón del Estado, los pueblos comprendidos en el Estado iraní aprovecharon el momento y también salieron a la calle; de hecho, la mayoría de las muertes se han producido en esta periferia: sólo en la pequeña ciudad kurda de Kermanshah, por ejemplo, hubo siete muertos en las protestas.


—Una veintena de muertos, miles de detenidos, ¿cuál es ahora la situación?, ¿qué perspectivas hay?

—El régimen, primero, suspendió todas las comunicaciones telemáticas, cortó Internet. Son años en los que aplicaciones como Instagram o Telegram juegan un papel importante para las movilizaciones, ya que no hay ningún medio de comunicación que no esté bajo la tutela del Estado. No hay partidos de oposición. No hay alternativa. Internet es fundamental para el intercambio de opiniones, de informaciones, para formar grupos. Es algo bien sabido por los líderes iraníes, que además de cortar Internet suspendieron grupos de Instagram como Ahmed News, que tenía un millón de seguidores.

Lo siguiente fue militarizar las ciudades. Veintiún muertos en tan pocos días no es cualquier cosa. Si la protesta interna continúa, habrá muchos más muertos, porque el gobierno es capaz de masacrar a la población. Un gobierno que realiza ejecuciones públicas es un gobierno genocida en potencia. Sólo en 2016, según datos gubernamentales, ejecutaron a más de mil presos políticos y sociales.


—¿Cómo se ve desde la disidencia el apoyo que parte de la izquierda internacional (como en Argentina o Venezuela, por ejemplo) ha dado al régimen iraní cuando éste se ve envuelto en problemas? ¿Qué se piensa del argumento que atribuye la contestación interna a la injerencia de potencias extranjeras?

—Los que hemos vivido casi toda nuestra existencia en Irán y conocemos al régimen sabemos que la izquierda clásica, tradicional, está equivocada. El gobierno de Irán no es anticapitalista ni antimperialista. No hay más que ver la entente que forma con una potencia imperialista como Rusia. La izquierda a la que me refiero lleva mucho tiempo engañada por el gobierno de Irán. Pensar que Estados Unidos y Arabia Saudita están detrás de protestas tan grandes –realizadas en más de 90 ciudades diferentes y en pueblos tan pequeños que ni siquiera los líderes iraníes podían sospechar que sus habitantes salieran a protestar– es una equivocación. Miles de personas estaban en la calle; de creer en la intervención extranjera habría que admitir que tienen controlado Irán. Que después de 40 años de silencio, tanta gente, de tantos lugares, de tantas identidades, salga a la calle desmiente esa idea.

Por otro lado, en Oriente Medio se está dando un cambio que también alcanzará a Irán. Los kurdos sabemos muy bien que las potencias extranjeras tienen sus intereses, que la guerra es una herramienta para realizar sus políticas en Oriente Medio. Pensar que si la guerra llegase a Irán su población ya no tendría que seguir aguantando el hambre, la humillación, la injusticia, la violación de los derechos humanos, la represión, es una equivocación. Por otro lado, apoyar a un Estado como el iraní es tanto como apoyar a Estados Unidos. Los estados implicados en la guerra de la región, los miembros de la coalición internacional, no van a llevar la democracia a Irán. El pueblo iraní lo sabe y, además, no quiere seguir permitiendo las políticas internas del régimen. Contra un sistema dictatorial hay que luchar, pero hay que tener cuidado con los intereses de los estados capitalistas en un lugar con tantas reservas de hidrocarburos y con un papel geoestratégico tan importante, como el de Irán.

 

—Pareciera que la memoria colectiva de parte de la izquierda se congeló con la caída del sha, y que olvidó tanto la contrarrevolución islámica como la ejecución de más de 30 mil militantes de izquierda en 1988, al finalizar la larga guerra contra Irak...

—La revolución que derrocó al sha Mohammad Reza Pahleví en 1979 fue encabezada por los comunistas (Tudeh) y otros partidos de izquierda, como Pmoi (Organización de los Muyahidines del Pueblo de Irán) y Fedayín. Quienes hemos nacido y crecido en Irán sabemos que aquella revolución fue secuestrada por los fundamentalistas religiosos, un hecho en el que Francia y Gran Bretaña tuvieron mucho que ver. No olvidemos, por ejemplo, que Jomeini vivía en Francia. Dada la contrarrevolución, la izquierda protestó: una república islámica no era aquello por lo que habían luchado. La mayoría de los militantes de izquierda fueron ejecutados, y quienes pudieron (como los kurdos, muy activos entonces en las políticas del Tudeh) escaparon a las montañas o al exilio. Yo nací después de estos hechos, y los he conocido, en gran parte, gracias a la lectura. A los nacidos después de 1980 nos llaman “la generación quemada”: porque nacimos bajo un régimen teocrático, tan represor que no deja que la vida florezca; son generaciones sin futuro. Es lo que le sucedió a la gente de izquierda: entraban a las ciudades de Kurdistán (y de todo Irán), sacaban a los varones de sus casas y en la misma puerta los asesinaban. También los mataban en las cárceles de Teherán, Isfahán... Fue una masacre. El régimen no permite la disidencia. Los kurdos no tenemos representación alguna; no tenemos oposición. Hay kurdos en instancias gubernamentales, kurdos que están a favor del gobierno. Lo mismo sucede con las mujeres: Irán es la cárcel de mujeres más grande del mundo. El presidente Hasan Rouhani pertenece al ala de los reformadores, más abierta, supuestamente, que la otra. Pero en su gabinete no ha habido ninguna mujer, no hay ministras; porque las mujeres tampoco pueden ser jueces, no pueden llegar a la presidencia... Me sorprende cuando veo a los partidos de izquierda occidentales apoyando a un Estado así, tan asesino, tan autoritario. Irán tiene problemas con los pueblos y naciones, con las minorías religiosas y las mujeres, con los jóvenes.


—¿Hay por dónde atisbar una solución, una salida, la construcción de una alternativa en Irán?

—La unidad entre los pueblos, conseguir autonomías democráticas, son factores importantes. El 11 de enero el Parlamento Europeo acogió una reunión de representantes de diferentes pueblos de Irán y diputados de izquierda de Europa. El Partido por la Vida Libre en Kurdistán, Pjak, propuso allí el confederalismo democrático como salida, como elemento para el trabajo común. Se está trabajando para formar una confederación democrática de pueblos de Irán; aunque sea en el exilio. De momento la idea es llevar la iniciativa a Irán, organizar al pueblo, sensibilizarlo respecto de estas propuestas, que puedan favorecer la aparición de autogobiernos. Hay que promover la organización para acompañar nuevas protestas o para hacer frente a problemas que puedan venir. Sabemos que no podemos esperar apoyo externo ni un cambio de Teherán: no nos van a traer democracia, sólo más problemas.

 

 

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Miércoles, 24 Enero 2018 06:17

Por qué en EEUU hay Trump para mucho tiempo

Por qué en EEUU hay Trump para mucho tiempo

 


Vicenç Navarro

Catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas, Universitat Pompeu Fabra

 

La gran atención de los mayores medios de información en los países situados a los dos lados del Atlántico Norte, en su cobertura del aniversario de la elección del candidato republicano Trump al cargo de Presidente de EEUU se ha centrado en la figura del Presidente Trump, que antes de ser elegido Presidente era uno de los empresarios más importantes en el negocio inmobiliario de aquel país, uno de los más especulativos de la economía estadounidense. A pesar de no haber nunca ocupado un cargo electo antes de ser elegido, conocía bien el funcionamiento del Estado (tanto federal, como estatal y municipal) pues en gran parte su éxito como empresario había dependido de sus conexiones políticas, incluida “la compra de políticos”. El sistema electoral, de financiación predominantemente privada, favorece lo que en EEUU se llama “la compra de políticos” que pasan a representar los intereses de los que los financian. En realidad, Trump es un personaje bastante representativo del mundo empresarial especulativo de EEUU, que conjuga una enorme ignorancia de la política internacional, un desdén hacia el mundo intelectual y mediático con el cual se encuentra altamente incómodo, una hostilidad hacia el establishment federal y una gran astucia política. Es profundo conocedor de los gustos y opiniones de amplios sectores de las clases populares blancas con los que comparte un lenguaje lleno de estereotipos que le hace enormemente popular entre sus bases electorales. Su comportamiento aparentemente errático, que rompe todos los moldes de la respetabilidad burguesa, le convierte en un personaje carismático entre su electorado, que es, en su mayoría, de clase trabajadora y clase media de raza blanca, que comparte sus opiniones y prejuicios.

Por otra parte, el hecho de que tal comportamiento no encaje en los moldes tradicionales del establishment político-mediático del país explica que este último tenga grandes recelos sobre su habilidad para dirigirlo. Trump no salió del aparato del Partido Republicano ni de los círculos políticos de Washington, lo que le hace una figura muy atípica en el mundo político estadounidense. De ahí la animosidad de gran parte de los mayores medios de comunicación, que le dedican una enorme atención mediática muy orientada hacia desacreditarle, lo cual acentúa más su popularidad, no tanto entre la población general (donde es muy baja), sino entre la población que le vota, que odia al establishment político-mediático del país. Todas las encuestas destacan la gran lealtad de sus bases electorales, habiéndose establecido una alianza de sectores importantes del mundo empresarial relacionado con el capital especulativo (sector inmobiliario y capital financiero) y amplios sectores populares, de raza blanca, cohesionados y unidos por una ideología caracterizada por dos componentes básicos.

 

¿Cuál es la ideología de lo que ha venido a llamarse erróneamente como Trumpismo?

 

Digo erróneamente, pues no es Trump el que ha creado esta ideología, sino al revés: la ideología antiestablishment ampliamente extendida en amplios sectores de las clases populares es la que ha posibilitado la victoria de Trump. Tal ideología se caracteriza por dos componentes típicos del antiestablishment presentes entre grandes sectores de las clases populares, a los cuales hay que añadir un tercer componente, este sí, específico de Trump. El primero es, como ya he subrayado, un antiestablishment federal, basado en Washington, al que se le percibe como instrumentalizado por el Partido Demócrata, cuyas políticas públicas supuestamente han favorecido sistemáticamente a las minorías afroamericanas (y, en menor lugar, a las latinas), a costa del propio bienestar de las clases populares de raza blanca. En esta ideología se percibe a este establishment federal como también utilizado por las grandes empresas industriales, que a través de los Tratados de Libre Comercio, están deslocalizando puestos de trabajo bien pagados de la manufactura a países con salarios mucho más bajos. Esta exportación de puestos de trabajo está dañando el bienestar de la clase trabajadora blanca, que ocupaba la mayoría de estos buenos puestos.

El segundo componente de esta ideología (íntimamente relacionado con la anterior) es un profundo nacionalismo, que, en parte, idealiza el pasado de EEUU, y que quiere recuperar aquel mundo en el que se vivía mejor. Este nacionalismo está basado en una lectura profundamente errónea de la política exterior de EEUU, que ve al gobierno federal motivado por un deseo de promover la libertad y la democracia a nivel mundial. De esta lectura se derivan las propuestas de este tipo de nacionalismo que cree que el gobierno de EEUU debería abandonar su “altruismo” y dar más atención a los intereses de EEUU sobre todos los demás. Tal énfasis en poner los intereses de EEUU por encima de todos los demás como el mayor objetivo de la política exterior no difiere, sin embargo, de los objetivos de la política exterior de gobiernos anteriores (que, naturalmente, también imponían los intereses de EEUU por delante de todos los demás) sino de cómo se definen tales intereses. El énfasis de Trump en el exitoso eslogan “America First” (“poner a EEUU primero”) es un intento de revitalizar la economía estadounidense, centrándose en crear puestos de trabajo en el país. Esta diferencia se presenta erróneamente como un conflicto entre liberalización de la economía, por un lado (llamados los globalistas) o proteccionismo, por el otro (definidos como los nacionalistas) dicotomía que solo tiene un componente de verdad, pues la enorme economía estadounidense siempre ha sido altamente proteccionista e intervencionista, puesto que a través de su elevado gasto militar ha configurado de gran manera al sector industrial de aquel país. La evidencia empírica que muestra que la mayoría de los avances tecnológicos ocurridos en el sector industrial de EEUU han sido financiados y/o realizados en instituciones públicas, es abrumadora.

A estos dos componentes hay que añadirles un tercero, que es característico de la ideología dominante en la Administración Trump: la visión empresarial de que el Estado debe dirigirse y gestionarse como si fuera una gran empresa, siguiendo los cánones de la cultura empresarial que domina la clase corporativa (the Corporate Class) de EEUU. En esta ideología hay también un elemento elevado de aprovechamiento personal y familiar de sus negocios particulares. Las líneas entre beneficio personal y beneficio colectivo y nacional están poco definidas y muy entrelazadas, habiendo alcanzado un nivel que está creando una protesta general en las dos cámaras legislativas (Congreso y Senado) del Estado federal. No es la primera vez que un hombre de negocios llega a ser Presidente de EEUU. Pero es nueva la manera en que Trump gobierna este entramado utilizando lo público para el enriquecimiento privado, sin rubor y con todo el descaro.

 

El gran error de enfatizar tanto la figura de Trump

 

El enorme énfasis en la figura de Trump dificulta la comprensión de lo que ocurre en EEUU, pues lo más preocupante de la situación política de EEUU no es que un personaje como Trump se haya convertido en el Presidente de EEUU, sino que casi la mitad del electorado estadounidense le votara, cosa que continuará ocurriendo a no ser que se conozca por qué tal sector del electorado blanco (que constituye el mayor porcentaje de población perteneciente a la clase trabajadora estadounidense) votó por Trump. Sin comprender esta realidad, y sin actuar sobre las causas de este hecho, Trump y personajes como él continuarán siendo elegidos por muchos años. En realidad, en las elecciones parciales al Congreso de EEUU en los distritos en los que ha habido elecciones, los congresistas próximos a Trump han continuado ganando y todo ello como consecuencia de que aun cuando la popularidad del Presidente es baja entre la mayoría de la ciudadanía, es muy alta entre sus seguidores, una lealtad a su figura que alcanza cifras récord de más de un 90% de sus votantes. En la última encuesta sobre popularidad del Presidente Trump, publicada en el New York Times (14 de enero de 2018), el dato más llamativo es que mientras su popularidad está descendiendo en grandes sectores de la población, permanece en cambio enormemente alta entre los que lo votaron. Y aquí está el dato más importante que se ignora constantemente. De ahí que la pregunta más importante que debería hacerse, y no se hace, es ¿por qué la mayoría de la clase trabajadora estadounidense blanca (que es la mayoría de la clase trabajadora) votó a Trump?

 
¿Por qué ganó las elecciones el candidato Trump?

 

La respuesta a esa pregunta es, en realidad, sumamente fácil de responder si uno analiza lo que ha ido pasando en EEUU desde la elección del Presidente Reagan en los años ochenta, con el surgimiento y expansión del neoliberalismo (que es ni más ni menos que la ideología de la clase corporativa –The corporate class– formada por los propietarios y gestores de las grandes empresas del país) y que se ha convertido en dominante, no sólo en los círculos financieros y económicos, sino también en los círculos políticos y mediáticos que aquéllos dominan, controlan e influencian. El eje de las políticas públicas neoliberales es, ni más ni menos, un ataque frontal al mundo del trabajo, políticas que han sido enormemente exitosas (no para la mayoría, sino para la élite beneficiada). El mejor dato que ilustra este hecho es que el porcentaje de las rentas derivadas del trabajo ha ido descendiendo de una manera muy marcada en EEUU desde 1979, pasando de representar un 70% de todas las rentas en 1979, a un 63% en 2014. Este descenso ha sido a costa de un enorme aumento en las rentas derivadas del capital durante el mismo período.

Este descenso de las rentas del trabajo no habría podido ocurrir sin el cambio del Partido Demócrata (partido que se definía en los años treinta del siglo XX como el Partido del Pueblo), el cual, a partir del Presidente Clinton, se convirtió también en partido neoliberal (pasando a ser la versión light del neoliberalismo del Partido Republicano). Clinton fundó la Tercera Vía, reproducida por Tony Blair en el Reino Unido, Schröder en Alemania y Felipe González en España. (ver mis artículos Tony Blair y el declive de la Tercera Via, Sistema, 16.11.12, y Blair, Zapatero, la Tercera Vía y el declive de la socialdemocracia, Público, 20.01.14).

 

Los cambios en el Partido Demócrata

 

Esta reconversión implicó el distanciamiento de la clase trabajadora blanca hacia el Partido Demócrata. Subrayo blanca, porque la raza juega un papel clave en la vida política en EEUU. El Partido Demócrata había sido el instrumento de las clases populares frente al mundo empresarial representado por el Partido Republicano. Pero el acercamiento del Partido Demócrata al mundo empresarial, diluyó esta relación e identificación de manera tal que las políticas públicas del Partido Demócrata se distanciaron más y más de su intervencionismo con sensibilidad de clase social, orientándose más y más a la integración de los sectores discriminados -minorías y mujeres- en la estructura de poder. De esa manera, las políticas identitarias pasaron a ser las que establecieron los parámetros del conflicto, entre las derechas, en contra de tales políticas y las izquierdas, a favor de ellas. La victoria del Presidente Obama, un afroamericano, era una victoria de estas políticas identitarias. Para culminar su éxito, solo faltaba la victoria de Hillary Clinton, una mujer. Pero tanto la izquierda como la derecha institucional gobernante aplicaron políticas de clase (políticas neoliberales) que afectaron negativamente al bienestar de las clases populares (la mayoría de las cuales pertenecen a la raza blanca), hasta tal punto que la esperanza de vida de la clase trabajadora blanca ha ido disminuyendo como consecuencia de un gran deterioro de su calidad de vida.

Es, pues, lógico y predecible que las clases populares de raza blanca se rebelaran y apoyaran a los candidatos antiestablishment (Bernie Sanders y Donald Trump). Bernie Sanders, socialista, y Trump, un personaje de ultraderecha. En la presentación de la realidad electoral estadounidense se ignora u oculta que la gran mayoría de las encuestas señalaban que Sanders hubiera ganado las elecciones a Trump en el caso de que hubiese ganado las primarias del Partido Demócrata. El establishment del Partido Demócrata, sin embargo, lo destruyó, consiguiendo que no fuese electo en esas primarias, ganando en su lugar Hillary Clinton, la persona que representa el establishment político de Washington, del cual ha sido figura prominente desde que su esposo ganó las elecciones a la Presidencia en el año 1992. Su elección en las primarias del Partido Demócrata dejó a Trump como única alternativa para canalizar el enfado contra el establishment político-mediático.

 

¿Qué está pasando en la Casa Blanca? ¿Una situación crítica debido a un personaje supuestamente temperamental o en conflicto profundo entre las bases del trumpismo y el nuevo establishment constituido por el capital financiero y especulativo?

 

Esta alianza del movimiento antiestablishment (predominantemente de clase trabajadora y clases medias de renta baja) con amplios sectores del capital financiero y especulativo, profundamente contrarios al gobierno federal, se tradujo en una gran diversidad de sensibilidades políticas dentro del equipo Trump en la Casa Blanca, que ha generado una percepción de desorden que, en realidad, era el conflicto entre aquellos que representaban el movimiento antiestablishment liderado por el ideólogo de la altamente exitosa campaña electoral del candidato Trump, Steve Bannon, y los que representaban los intereses del capital financiero, liderados por Gary Cohn, que fue presidente de Goldman Sachs (y que dirige el equipo económico de la Casa Blanca y que es, por cierto, del Partido Demócrata) y el sector inmobiliario (que dirige su yerno Jared Kushner). Ese conflicto se resolvió con la victoria del capital financiero e inmobiliario sobre los representantes del movimiento antiestablishment, cuando Steve Bannon tuvo que salir de la Casa Blanca. Es sintomático que cuando se dio la noticia, la bolsa situada en Wall Street la aplaudiera a rabiar.

Bannon había sido el ideólogo del movimiento que promovió Trump en las primarias, movimiento que tiene una ideología racista y machista extrema, que utiliza una narrativa, un lenguaje y un discurso claramente de clase, denunciando la situación más que preocupante del deterioro del bienestar de la clase trabajadora (y muy en especial del sector manufacturero) que se ha visto afectada muy negativamente por la movilidad de los sectores industriales a otros países, facilitada por los Tratados de Libre Comercio, apoyados tanto por el Partido Demócrata como por el Partido Republicano. El abandono del Partido Demócrata de políticas de sensibilidad de clase a favor de las clases populares, centrándose en su lugar en las políticas de identidad, favoreció el apoyo de las clases populares a la ultraderecha. Bannon lo subrayó explícitamente cuando declaró en una ocasión que la mejor estrategia para su movimiento era que “el Partido Demócrata ponga todo su énfasis en los temas identitarios, y nosotros nos centraremos en los temas económicos de clase”. Como bien decía Gideon Rachman, responsable de asuntos internacionales del Financial Times: “Bannon deseaba que se reproduzca el racismo y la guerra entre las clases populares blancas y el Estado federal, presentado como controlado por los globalistas a nivel internacional y por las minorías a nivel doméstico” (Financial Times, 23.08.17, pag.9). Esta era la visión de Bannon. Para Bannon era importante facilitar que los demócratas se centren en la paridad de raza y género, permitiéndoles a él y al Partido Republicano centrarse en el mejoramiento económico de las clases populares, utilizando para ello un discurso parecido al de “la lucha de clases” de antaño. Y aunque Bannon ha sido expulsado del establishment trumpiano, su ideología permanece popular entre amplios sectores de la clase trabajadora blanca estadounidense.

De ahí que lo que las fuerzas progresistas deberían hacer en EEUU es romper esta dicotomía raza o clase social, para convertirla en raza, género y también clase social. Pero ello requiere un redescubrimiento de la importancia de las categorías de clase social que no se detecta por parte de la dirección del Partido Demócrata. En realidad, tal dirección llegó incluso a acusar al candidato Sanders de “racista” porque, aunque no ignoraba la necesidad de corregir la discriminación de raza, se centraba en temas como la explotación de clase social. Esta relación entre discriminación de raza y género y explotación de clase es esencial para que las izquierdas en EEUU vuelvan a recuperar su poder (y su proyecto histórico). Como ha ocurrido en la mayoría de países europeos, el triunfo de la ultraderecha ha sido precisamente consecuencia del abandono por parte de los partidos de izquierda de su orientación y servicio a las clases populares, acercándose más y más a la clase corporativa (The Corporate Class), estableciendo una complicidad con ella, creándose un vacío que ha llenado la ultraderecha. El caso de Francia, con el gran apoyo a la ultraderecha por parte de la clase trabajadora, es el más significativo pero no es el único en Europa.

 
Por qué el Partido Demócrata tiene un problema grave

 

Es importante señalar que este desplazamiento hacia la derecha de tales partidos, incluido el Partido Demócrata, ha ido acompañado con un cambio en su lenguaje, dejando de hablar de y a la clase trabajadora (que tal Partido asume que ha desaparecido) y hablar de y a las clases medias (que asumen erróneamente que han sustituido a la clase trabajadora). Es muy común oír entre dirigentes de izquierda que la clase trabajadora está desapareciendo objetivamente y/o subjetivamente, al considerarse a sí misma como clase media en lugar de clase trabajadora. Los datos, sin embargo, no avalan tal supuesto. Según la encuesta más detallada de la estructura social de EEUU, The Class Structure of the United States, realizada a principios de este siglo XXI, hay más estadounidenses que se definen clase trabajadora que clase media. Lo que ocurre no es que la clase trabajadora haya desaparecido sino que, desencantada con el sistema político, se ha ido absteniendo, con el resultado de que la mayoría de tal clase no participa en las elecciones, con lo cual, los partidos de izquierda, en lugar de intentar revertir esta abstención (lo cual requeriría unas propuestas electorales más radicales) se centran en las clases medias, compitiendo con los partidos de derecha y de centro para conseguir su respaldo. De ahí surge el apoyo electoral por parte de la clase trabajadora a las ultraderechas que con su mensaje antiestablishment van movilizando a estos sectores populares. En realidad, es muy fácil entender lo que pasa en EEUU y en Europa, aunque raramente se explica en los mayores medios de información y persuasión.

 

La adaptación del discurso de la ultraderecha al discurso que solía ser de izquierdas

 

Un análisis de las ultraderechas, como el candidato y ahora Presidente Trump, muestra que ha copiado bastante el discurso y las propuestas de las izquierdas, tales como la oposición al libre comercio, que tenía muy poco de “libre” y mucho de apoyo a las grandes empresas; su énfasis en una gran inversión en la infraestructura del país (hoy muy en decaída); el rechazo a los programas sociales dirigidos directamente a las poblaciones pobres, sustituyéndolo por programas supuestamente universales; el fin de la confrontación con la antigua Unión Soviética (con el acercamiento entre Trump y Putin, deseado por ambos), entre otros, son ejemplos de ello. Tales propuestas se acompañan de un discurso de confrontación con el establishment federal que se presenta como instrumentalizado por la clase corporativa. Este discurso recuerda componentes del nacionalsocialismo (la manera académica de definir el nazismo) que dominó en la mayoría de países europeos en los años treinta y cuarenta del siglo XX. Esta dimensión supuestamente “socialista” es lo que explica que algunos sectores de la federación de los sindicatos mayoritarios de EEUU, AFL-CIO, hayan aplaudido algunas de las propuestas de la administración Trump, como ha sido la de invertir en la infraestructura del país.

El discurso casi “obrerista” de Trump contrasta, sin embargo, con la manera cómo piensa aplicar sus propuestas, todas ellas profundamente anti-Estado federal. Es este anti-Estado lo que constituye la mayor diferencia entre él y el nazismo, y donde aparecen más claramente los intereses del sector especulativo (no productivo) del capital. Su programa de invertir en la infraestructura del país, por ejemplo, es un enorme subsidio público a las grandes empresas constructoras que recibirán enormes ayudas públicas para el usufructo privado, privatizando, por ejemplo, las carreteras públicas, que pasarán a tener sistemas de peaje de beneficio privado. Esta inversión de un trillón de dólares (que es de un billón de dólares en la contabilidad europea), de la que Trump habla, será financiada a base de bonos privados, subvencionados por el Estado. Sería la privatización más masiva que haya jamás existido en EEUU. Y un tanto igual en cuanto a la posición universal de los servicios sanitarios (que no existe, y que Obama no resolvió con su programa Obamacare de financiación sanitaria). Trump tampoco lo resolverá. En realidad, lo empeorará, al eliminar programas para poblaciones pobres (de las cuales la gran mayoría son blancos), sin expandir los derechos sanitarios de la población, sumamente limitados. Trump reducirá todavía más los derechos sociales, laborales y políticos, garantizados hoy por el gobierno federal, desmantelando el ya muy insuficiente Estado del Bienestar estadounidense. Será, en muchas maneras, el nacionalismo libertario la ideología real detrás de las políticas de Trump, que por cierto, encaja bien con la cultura individualista que está en el centro de la cultura popular en EEUU. Y de ahí su gran atractivo en sectores populares. Ese es el gran drama político que existe hoy en EEUU. Trump, como expresión máxima del americanismo nacionalista libertario, está, mediante un lenguaje obrerista, nacionalista, racista y machista, movilizando a sus bases a fin de mantenerse en el poder. Y todo ello debido al abandono, por parte de las supuestas izquierdas, de los valores de solidaridad y justicia social que las habían caracterizado y que habían generado su gran apoyo electoral hoy desaparecido. Así de claro.

 

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¿Conservadurismo o transformación? El lado izquierdo del feminismo

 

Reflexión crítica de la autora sobre cómo los temas feministas siguen sin hacerse propios en la izquierda a pesar de que ésta se nombre feminista.

 

Sería una obviedad decir que la izquierda europea tiene muchos retos. Lo que habría que acotar en este artículo sería qué considero “izquierda”. Pero como eso va a reducir drásticamente el abanico de personas a quienes dirigirme, voy a incluir de forma deliberada a toda persona que crea en un estado de derecho, en la justicia social, en los servicios públicos y en el reparto de la riqueza, en la no discriminación, etc. Esto, en el siglo XXI, incluye el feminismo, al menos formalmente.

Sabemos que esto es relativamente reciente, solo hay que revisar las fechas, por ejemplo, en las que se implantó el voto femenino en los distintos países europeos, y las posturas de los partidos de izquierda al respecto. Antes y después de esos hitos el feminismo ha librado y sigue librando en los partidos de izquierda una lucha feroz por el reconocimiento de los derechos de las mujeres. Y esta lucha se ha dado en entornos a priori “aliados” de las mujeres.

A priori porque, desde la revolución francesa, lo de igualdad, libertad y fraternidad ha sido un club masculino en el que las mujeres hemos conseguido entrar con sangre, sudor y lágrimas. La frase “lo más parecido a un machista de derechas es un machista de izquierdas” acuñada por el feminismo no es un cliché, es el reflejo más fiel de una realidad que se ha prolongado décadas, tanto a nivel de partidos y organizaciones, como a nivel individual. Es el dudoso honor que se ha ganado a pulso la izquierda tras muchos años de ignorar el machismo y el patriarcado, de ver únicamente la opresión de clase y no la de género. Y no solo de no verla, también de ejercerla. La incansable lucha feminista, junto con una también infatigable labor pedagógica, han ido consiguiendo que el feminismo estuviera en la agenda de la izquierda, y que la conciencia feminista formara parte de su ideología.

Actualmente no hay partido que se considere de izquierda en Europa que no se denomine feminista y que no le de un puesto prioritario en sus programas a la agenda feminista. Y aquí vuelvo a los retos actuales de la izquierda europea. No entra en mi tarea ni conocimientos hacer un análisis político exhaustivo de las tres últimas décadas en Europa, pero todos somos conscientes de que, desde la caída del telón de acero y el fin del comunismo y de la Unión Soviética, el capitalismo en forma de neoliberalismo se ha desperezado y ha ido ganando terreno de forma inexorable.

El estado del bienestar se resquebraja en todo el continente, y para eso no han hecho falta guerras ni cataclismos, solo un plan social muy cuidadoso en el que por tierra, mar y aire (léase tv, prensa, educación, referentes, etc.) se nos vende un individualismo extremo combinado con el consumismo como única forma de vida y aspiración de la misma. Gentes que viven exclusivamente del dinero público nos dicen a todas horas que está feo que nosotros pretendamos lo mismo, que tenemos que cobrar menos, que la sanidad es muy cara, que las pensiones son insostenibles, y que no deberías aspirar a estudiar si no tienes dinero ni eres un genio.

La llamada socialdemocracia europea ha sido la izquierda más permeable a este mensaje, y es evidente cómo lo están pagando en las urnas, con millones de votantes que se han sentido huérfanos de representación. Afortunadamente, siguen quedando muchos ciudadanos que mantienen contra viento y marea una sólida conciencia de izquierda y de derechos sociales, que se siguen resistiendo cual aldea gala al mensaje neoliberal y fundan nuevos partidos, organizan huelgas, defienden la sanidad, la educación y las pensiones, el derecho a la vivienda y la solidaridad. Pero incluso en esos núcleos de maravillosa resistencia, el neoliberalismo ha encontrado el punto débil, la pequeña puerta por la que entrar, y no es otra que el feminismo.

Y lo está haciendo, esencialmente, a través de la prostitución y los vientres de alquiler. Perdón, que no estoy utilizando el neolenguaje y habrá quien se pierda; hablo del trabajo sexual y de la gestación por sustitución. Ahora mejor, ¿verdad? Ahora imaginad conmigo una persona de izquierda, obrera, concienciada y solidaria, que hace huelga frente a la reducción de sus derechos laborales, que apoya la marea blanca, la verde, que sale a la calle por los derechos de las personas refugiadas.

Imaginad que alguien le dijera: mira, hay personas que están dispuestas a trabajar 8 horas por 300 euros al mes, incluso por un plato de comida, y hay muchos empresarios que estarían encantados de tener trabajadores en esas condiciones, deberíamos cambiar la legislación laboral, porque esas personas están en su derecho de querer ser explotadas. ¿Os imagináis la carcajada, la indignación, el discurso sobre la alienación, sobre que el deseo de unos pocos no puede condenarnos a la esclavitud a todos?.

Ahora imaginad que esa persona que ha hecho la propuesta se autoproclama de izquierda y organiza charlas sobre el “trabajo no remunerado” y lo empoderante que es para un obrero decidir si así lo quiere trabajar por nada. ¿Alguien pensaría que es de izquierda?.

Ahora no imaginéis, ahora probad a decirle a esa misma persona de izquierda y concienciada, como he hecho yo, que hay que legalizar los vientres de alquiler porque hay mujeres que quieren gestar niños para otros por un sueldo y porque hay muchas personas que quieren pagar por tener descendencia genética. O decidle que hay que legalizar la prostitución porque hay mujeres que lo hacen de forma voluntaria. Y la respuesta en muchos casos será: bueno, si hay mujeres que quieren hacerlo ...

La explotación, alienación y falta de derechos que se detectan tan fácil y rápidamente en cualquier tema, se evaporan por arte de magia cuando hablamos de los derechos de las mujeres. Da igual que sea un número realmente ínfimo de mujeres el que está dispuesto a gestar altruistamente para otros, se está dispuesto a cambiar por ello la legislación aunque eso suponga poner en riesgo a millones de mujeres en todo el mundo.

Da igual que la trata y la esclavitud sean más del 90% de la realidad de la prostitución, y las desigualdades sociales y la marginación la causa de otro 9,99% “voluntario”. Si hay una sola mujer que quiera hacerlo, ¿por qué habríamos de ponerle trabas? Y ahora mirad alrededor y descubriréis mujeres y hombres que se dicen feministas defendiendo esto en todos los partidos de izquierda, con más o menos éxito.

Este artículo no pretender ser una reflexión en profundidad sobre los vientres de alquiler ni la prostitución, para eso necesitaría libros y documentales enteros, para eso ya están grandes mujeres como Mabel Lozano y como todas las que desde NoSomosVasijas e infinidad de asociaciones feministas ponen en imágenes y negro sobre blanco la realidad de estas viejas formas de explotación.

Porque no os engañéis, lo único novedoso de los vientres de alquiler es la tecnología genética, que las mujeres pobres paran hijos para los ricos es más viejo que el hilo negro.

Y si la explotación de las mujeres no os importa o no sois capaces de verla, si seguís pensando que “si las mujeres quieren hacerlo ...”, pensad al menos que el neoliberalismo no se va a detener en las mujeres, y que después de “El cuento de la criada” vendrán “Los santos inocentes”.

 

Fuente:https://www.elsaltodiario.com/nueva-revolucion/el-lado-izquierdo-del-feminismo

 

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“La izquierda ha perdido la valentía”

Bajo su dirección, Izquierda Unida alcanzó sus mayores éxitos electorales. Alejado ahora de los focos de los grandes medios, Anguita charla acerca de la situación en Cataluña, el futuro de Europa, las carencias y las renuncias de la izquierda en el continente, la oportunidad perdida en Grecia y la inanidad del capitalismo.

 

—¿El procés catalán se explica mejor mirando a la calle, o atendiendo a la torpeza de los despachos políticos?
—Creo que el procés, sobre una base de por lo menos la mitad de la sociedad catalana, más o menos fundamentada, más o menos lógica, ha sido una aventura en principio interesante, pero muy mal llevada. Personalmente, me parece que Carles Puigdemont (el liberal ex presidente catalán) y Alexis Tsipras (el primer ministro griego electo por Syriza, supuestamente de izquierda radical) son las dos caras de una misma moneda, vendedores de humo.


Hay un sentimiento en Cataluña, exacerbado por la posición del Partido Popular, que ha creado muchos independentistas. Es un partido corrupto y que no tiene en la cabeza un proyecto. Es incapaz de plantear qué va a ser de la juventud española y cómo vamos a salir de esta situación. Ellos simplemente están medrando, y la respuesta a eso ha hecho que mucha gente haya creído en el proyecto independentista como una alternativa viable. Yo creo que de esto debe aprender la gente, a partir de ahora debemos movilizarnos, eso para mí sigue siendo fundamental, pero con la cabeza muy bien puesta. No pueden ser engañados, ni en un sentido ni en otro, por gente que los ha abandonado. Exactamente igual que hizo Tsipras con su gente.


—¿Tiene sentido hablar de monarquía en una federación?
—No tiene sentido hablar de monarquía en plena democracia. Monarquía y democracia son dos conceptos antitéticos. La actual monarquía española se ha pringado, y mucho, en contra de la auténtica democracia. El rey Juan Carlos vino de la mano de un dictador, y su hijo Felipe ya ha tomado una serie de decisiones en sus intervenciones públicas que lo sitúan con lo más reaccionario de la política española.
En España con la monarquía no tenemos nada que hacer, otro asunto es cómo conseguir que el rey abdique. Eso implica una correlación de fuerzas y seriedad en las formaciones políticas de la oposición, y yo no las veo, no saben quién es su enemigo, están dando vueltas y vueltas, pero carecen del valor suficiente para explicarles la situación actual a la gente y a su propia militancia.


—¿Adoctrina, el Estado español?
—Totalmente. El Estado español adoctrina, como adoctrina la Iglesia Católica. Pues claro que adoctrinan, no solamente adoctrinan sino que crean redes clientelares en las que el adoctrinamiento consiste en el reparto del botín. Ese es el mayor de los adoctrinamientos en la más pura mafia. Están dando clases de robo.


—¿Existe la posibilidad de cambiar realmente la estructura del poder dentro del actual marco constitucional?
—El marco constitucional tiene que ser superado a través de una cosa que yo llamo ruptura secuenciada, es decir, una ruptura que se va produciendo mediante pequeñas rupturas. Una ruptura total, súbita, no es posible, salvo que ocurra algo que no queremos. El actual marco no es solamente un marco legal, yo distingo entre Constitución material y Constitución formal. La Constitución material, los que deciden realmente si la Constitución se aplica o no, esos tienen que ser superados, deben ser desalojados democráticamente, puesto que con ellos no hay nada que hacer. Antes de hablar de la Constitución hay que crear un constituyente que los vaya dejando fuera del terreno de juego.


—¿En España se respetan plenamente la libertad y la pluralidad de información?
—No, en la medida en que las empresas periodísticas dependen cada vez más de los bancos, los préstamos, los ayuntamientos, diputaciones, gobiernos centrales y autonómicos...
La información ha entrado de lleno en la economía de mercado, vende mercancías y, como tales vendedores de mercancías, (los medios) están sujetos a las oligarquías que los protegen, les dan dinero o se lo quitan. Es decir, cuando ellos anteponen en su oficio la libertad de mercado están yendo contra la libertad informativa, escriben porque tienen que comer, pero operan simplemente en la directriz que les marca el poder.


—¿Está siendo valiente la izquierda en la actualidad?
—La izquierda en estos momentos carece del valor necesario para decirle al pueblo español quién es el enemigo, quién es el adversario y cuál es la situación. Hay temas en los que la izquierda no quiere entrar, entre ellos la Unión Europea. Hay que decirle a nuestro pueblo que hasta que no se rompa esa cadena no vamos a ningún sitio. Otra cosa es que, como dicen algunas personas de la izquierda, no nos podemos ir mañana. Eso es otra cosa, pero sí vamos a preparar con tiempo la manera de irnos.


Se carece de ese valor, creo que se carece también de valor para decirle a la gente que esto no se soluciona simplemente con que la gente nos vote. Llevamos demasiado tiempo diciéndole a la gente que nos vote para que solucionemos esto, y hay que decirles que no lo podemos arreglar si ellos no se mojan. Este es el mensaje que yo echo de menos por parte de la izquierda. Ocultan, tapan, no quieren asustar a nadie... En este momento no es izquierda, son buena gente que intenta cambiar algo las cosas, pero no enfrentan a la población al drama al que estamos asistiendo.


—¿Existe un proyecto claro en la izquierda española?
—Resulta necesario un proceso constituyente en España. El constituyente, o sea, el pueblo, que está diseminado, que está dividido en fracciones políticas, debe tomar fuerza y constituirse en creador de un constituido que haga una nueva Constitución. Pero no sucede, no sucede porque para ello las fuerzas políticas que ahora mismo están en el poder deberían cambiar radicalmente la forma de hacer política. Deberían hacer posible que sus militantes se comprometiesen, deberían dejar la política del twiteo y del mensaje corto, y comenzar a lanzar un proceso de discurso rotundo pero animoso, dirigirse a las fuerzas sociales con una propuesta clara. Nuestro país está muy mal, la juventud no tiene ningún futuro.


—¿La izquierda debe seguir mirando al Partido Socialista (Psoe) en busca de respuestas?
—Eso es una desgracia. Diría que se trata de una tragedia griega. El Psoe no tiene nada que ver ya con la izquierda. Hace ya décadas que no es la izquierda, es simplemente una especie de marca blanca de la derecha. Si en un barco la oficialidad lleva la nave a un puerto que no deseamos, por más que la marinería no quiera ir, mientras obedezca a los capitanes, el barco va.
Por tanto, aunque digan aquello de que en el Psoe hay mucha gente de izquierdas, eso para mí es totalmente irrelevante. No sirve para nada mientras esos militantes sigan manteniendo a sus dirigentes.


—¿Julio Anguita hubiese facilitado el gobierno al Psoe de Pedro Sánchez?
—(Risas.) No. En todo caso hubiese hablado con Pedro Sánchez para explicarle los problemas que yo podía encarar y exponerle en qué puntos yo podía ceder, pero con un programa de cambio de verdad y tomándole la palabra. Seguir insistiendo en una moción de censura contra el Partido Popular es francamente perder estúpidamente el tiempo.


—¿La corrupción deslegitima al Partido Popular?
—El Partido Popular está deslegitimado ante la ética, la honradez, la honestidad, el buen hacer... pero está legitimado ante una parte nada despreciable de la población española.
Esto es muy duro, y sé que no va a gustar, pero es verdad. Franco, militante cuartelero de banderas; Franco, defensor de la Iglesia Católica; Franco, “No pienses porque no hay que pensar”; Franco, protector de la corrupción: eso estaba ya en una parte del pueblo español desde hace más de un siglo. Franco simplemente lo apañó, le llamó Movimiento Nacional y fue tirando. Sólo así se explica la cantidad de gente que fue a ver el cadáver de Franco cuando murió.


El Partido Popular representa perfectamente a esa parte de la sociedad española. Es su manifestación más acabada y más perfecta, así que mientras esa parte de la sociedad española siga pensando así y la otra se lo consienta, el PP seguirá siendo el mejor representante del gobierno que pueda haber. ¿Por qué? Porque este es un país donde han gobernado los ladrones, no hay más que mirar desde la etapa franquista hasta ahora.


—¿Considera suficiente el “pacto de Estado” contra la violencia machista?
—Voy a ser muy duro en esto, lo primero que haría falta sería remover jueces de sus sillones, porque son francamente machistas, aparte de profundamente reac-cionarios. La carrera judicial está llena de ellos, fiscales y un largo etcétera.


Después haría falta un poder público que pudiese colocar unas penas durísimas, sí, endurecer las penas y las medidas precautorias. A partir de eso: escuela pública, totalmente laica, donde se estableciese una línea de valores, donde no hubiese tregua y se fuese inmisericorde con las actitudes machistas.


Es más, cuando en los institutos hay una parte mínima, por ahora, de la juventud que tiene actitudes machistas, ahí debe actuar la autoridad pública y decirle a la familia que o eso se corrige o vamos a ver qué pasa, es decir, en nuestro país en ciertas cosas hace falta un cirujano de hierro. No estoy hablando de cárceles, estoy hablando de medidas democráticas duras, porque nos estamos jugando el futuro de mucha gente.


—¿La precarización de amplios sectores de la sociedad española supone una consecuencia temporal de la crisis o, por el contrario, se consolidará como una realidad permanente?
—Creo que se autoalimentan, porque es una consecuencia de la crisis, pero es necesaria. Marx ya planteó aquello del ejército industrial de reserva, es decir, los que no tienen nada se venden porque tienen la manía de comer.


Hoy se están consintiendo cosas graves. Hablando con un sindicalista, hace poco, le comentaba: “Mira, si yo a ti te hubiera dicho hace 25 o 20 años lo que está pasando, tú me pegas. Pues ya está llegando”. Ante esto yo siempre digo: “Ustedes, sindicatos, ¿cuánto han tenido que ver en esto?”. Se han degradado las relaciones laborales en la medida en que se ha introducido la idea de que el mercado es el creador de riqueza. Pues no, el mercado es la manera que tienen los ricos para saquear a los pobres, y lo estamos viendo, no tenemos más que observar los últimos datos económicos.


—¿Resulta necesario repensar el sindicalismo español?
—El sindicalismo fue una organización necesaria, y sigue siéndolo, para defender los intereses inmediatos de los trabajadores. Lo que pasa es que la defensa de los intereses inmediatos de los trabajadores no es ajena a la defensa de los intereses estratégicos de la clase trabajadora. No hay ninguna contradicción entre los intereses inmediatos y los intereses estratégicos, pero cierto sindicalismo ha defendido los intereses inmediatos, entrando en una estrategia que no es la del movimiento obrero.


Así nos encontramos con huelgas que no se han tenido en cuenta como una forma de lucha, sino como mero espectáculo para presionar al poder; reivindicaciones que en algunos momentos han carecido de la conexión necesaria con la política. Los sindicatos se han refugiado en el apoliticismo y esa ha sido su muerte, quitar la política como referencia ideológica. Ellos mismos se han matado en el momento en el que renunciaron a beber de la ideología.


—¿En España tiene más poder la banca que la ciudadanía?
—Totalmente, eso es obvio. La banca es la que realmente gobierna en este país. Le han entregado todo lo que había que entregarle. Para mí en estos momentos la banca española es un sindicato formado por intereses inconfesables que ha entrado en su país para depredarlo. Lo hace de una manera impune y ya ni siquiera se esfuerza por disimularlo. Se creen tocados por el dedo de la historia y lo hacen ya a cara descubierta.


—¿Existen presos políticos en España?
—En un sentido escrupuloso, no, pero en un sentido amplio, sí. Son presos políticos los sindicalistas que no se benefician de amnistías y cumplen penas por su lucha, son presos políticos todos aquellos a los que se les aplican penas durísimas por cuestiones que no tienen nada que ver con los grandes delitos y, si me lo preguntas por lo que ha ocurrido en Cataluña, yo diría que son políticos presos y están presos por ser políticos.

—¿Y en Venezuela?
—No niego que hayan metido a gente en la cárcel durante todo este proceso, pero por la información que yo tengo son golpistas, delincuentes, ladrones comunes... Desde luego, no parece que haya otro tipo de presos políticos, porque no lo han podido demostrar. Los únicos que han venido aquí a ser amamantados son auténticos golpistas. Yo en mi país, sin embargo, sí puedo mostrarles presos políticos.


—¿Es compatible el capitalismo con los derechos humanos?
—Imposible. Los derechos humanos son incompatibles con el capitalismo, son el agua y el fuego.


—¿En Grecia se perdió la oportunidad de cambiar Europa?
—Sí, se perdió. No porque Europa tuviese una fuerza mayor, que, por cierto, los griegos estuvieron muy solos. Salvo ir a los mitines del compañero Tsipras, las demás fuerzas de izquierda se inhibieron. La izquierda no apoyó de verdad a Grecia, y después estuvo esa desgracia llamada Alexis Tsipras, que creo que engañó y estafó a su pueblo, porque cuando tú convocas un referéndum debes tener ya las medidas preparadas, y si, a pesar de eso, tu pueblo, jugándosela, vota a tu favor, tú tienes que estar al frente de tu pueblo, te guste o no. Para mí Tsipras en ese aspecto ha defraudado y lo considero un tanto traidor a los suyos.


—¿Tiene futuro la actual Unión Europea?
—Ninguno. Lo que pasa es que no se vislumbra una alternativa. Esto es una casa que se cae, pero no veo albañiles que estén levantando otra. Pero ahora dile tú a esta clase política formada por el PP, el Psoe y también bastantes personas de izquierda que todo eso que han ido montando es una puta mierda y que se les va. No lo pueden asumir, pero se les va. Por otra parte, los que somos críticos no hemos sabido ir montando las bases de un proyecto paneuropeo; y así estamos, una casa que se cae y los demás a la intemperie. Vuelvo a lo del principio, no hemos tenido el valor de decirle a nuestra gente dónde está el problema, y como no hemos tenido ese valor porque la UE no se puede tocar, pues seguimos teniendo una casa ruinosa.


—¿Cuál debería ser la política migratoria de Europa?
—En este asunto me he puesto muchas veces en el papel de gobernante, sabiendo que llegan miles y miles de personas y que habrá un momento en que eso tenga que dosificarse por mera estabilidad de los propios. Eso se dosifica si la Unión Europea comienza por cortar la correa de beneficios a los dictadores que están en sus propios países. Por eso yo, como gobernante de España, ya hubiese dicho a la Unión Europea que es corresponsable de todo esto que está sucediendo.


Tras eso, hubiese admitido un cupo de gente hasta unos límites en los que no se pusiese en peligro la estabilidad de los míos. No sé cuántos miles sería eso, lo desconozco, no sé si doscientos mil, un millón... no lo sé, pero en un momento dado tendría que decir que aquí se cierra, también lo tengo que decir. No podemos admitir una avalancha continua; pero cambiando las reglas económicas, sabiendo que hay que atender a esa población y pudiendo ofrecerle puestos de trabajo, esos son números que habría que calcular.


—¿Se siente decepcionado con la política?
—Con esta sí; con la política con mayúsculas, lo que yo entiendo como política, no. Las soluciones que se han dado en el mundo han sido siempre todas políticas, todas.


Hoy se va a las instituciones y, al llegar: “Pues, ya he llegado”. Eso es ir ya vencido. Las instituciones no son neutras. Además están hechas por la historia, por la historia de la derecha. Las instituciones son fundamentalmente de derechas. Entonces, uno tiene que saber en dónde está entrando, pero eso no se sabe. Se creen que al llegar nosotros ya podemos disponer de los mecanismos, pero están los funcionarios, la cuestión económica, los supuestos aliados que piden su parte en el pastel en lugar de intentar cambiar las cosas... La política hoy en día es esa, llegar y formar parte del reparto del pastel.


—¿Un comunista debe pedir perdón por algo?
—Hombre, nosotros tenemos que pedir perdón por nuestros errores y decirlo claramente. Eso sí, con la espada levantada, no vaya a ser que existan tentaciones de juzgarnos y debamos exigir entonces a la Iglesia Católica que se someta también a juicio, al sistema capitalista, a la derecha; bueno, la derecha ya con las calderas del infierno preparadas.


Claro que debemos pedir perdón. Yo lo pediría por los errores que se hayan podido cometer en nombre del comunismo; pero, claro, con un ojo bien abierto, porque quiero ver a los demás someterse a ese mismo juicio. A la primera que quisiera ver sería a la Iglesia Católica, por los inmensos crímenes cometidos contra la inteligencia y los cuerpos de tantos humanos. A partir de eso, claro que lo digo, nosotros también hemos cometido muchos errores.


Mucha gente me llama tramposo por no denunciar, por ejemplo, los errores de Fidel Castro. Pues claro que sí, seguro que los cometió; pero entonces los estadounidenses, hablemos claro, cuando tiraron la bomba atómica cometieron un crimen masivo como el que se produjo en Auschwitz.


(Tomado de El Salto, por convenio. Brecha reproduce fragmentos. El título y el copete son de Brecha.)

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Sábado, 06 Enero 2018 08:44

Ser de izquierda en tiempos sombríos

Ser de izquierda en tiempos sombríos

 

Los tiempos sombríos presentan desafíos para la izquierda. ¿Cómo seguir adelante ante tan brutales retrocesos? ¿Cómo imaginarse un futuro de esperanza ante tanta desesperanza? ¿Cómo mantener los principios ante tantas renuncias, tantos oportunismos, tantos silencios cómplices?

Los tiempos de reveses, de brutal ofensiva de la derecha, son propicios para el pesimismo y el catastrofismo, pero también para el oportunismo, el silencio y la pasividad cómplices.

La izquierda nunca luchó en favor de la corriente. Nació para oponerse a la injusticia, a la opresión, a las discriminaciones. Nació para luchar por el derecho de todos, por la igualdad, por la justicia.

La izquierda lucha de acuerdo con sus principios, para conquistar convenciendo a la mayoría de la población de sus valores y de sus propuestas. La izquierda está siempre del lado de quien lucha por ña igualdad, mientras la derecha considera que la desigualdad es algo natural, incluso positivo.

En el Brasil del siglo XXI la izquierda se impuso cuando consiguió convencer a la mayoría de los brasileños de que el problema fundamental del país era la extrema desigualdad, la concentración de la riqueza, la pobreza, la miseria, la exclusión social. Convenció y probó que es posible superar esos problemas, con el apoyo de la mayoría de la población, con el apoyo activo y entusiasta del pueblo brasileño.

Dio comienzo a la construcción de una sociedad con bases distintas. Avanzó, incluso sin haber conseguido resolver problemas estructurales, de lo que se sirvió la derecha para retomar la iniciativa e imponer un duro revés a la izquierda.

Ser de izquierdas en tiempos difíciles es saber valorar los avances y los límites que bloquearon la posibilidad de dar continuidad a esos avances. Es hacer balances autocríticos sin detenerse y, al mismo tiempo, retomar la lucha a partir de lo conquistado y apuntando hacia nuevos objetivos.

Hay quien se caracteriza por ser un enfermizo enterrador de la izquierda. Parece que se complacen con los reveses, igual que estaban a disgusto con los avances por vías que ellos no habían previsto. No son ellos quienes hacen historia Únicamente se lamentan de que la historia no transite por las sendas que a ellos les gustaría.

El militante de izquierda no es un francotirador que en un momento dado opina en un sentido y al momento siguiente en el sentido contrario. El militante participa de un proyecto colectivo de transformación de la realidad.

Es militante de un partido, de un movimiento popular, de un colectivo, del que forma parte.

Ser de izquierda en tiempos sombríos es saber vislumbrar, más allá de las nieblas del presente, las nuevas luces del futuro. Es trabajar con tenacidad por ese nuevo camino. Es aprender del pasado para sacar lecciones del presente, proyectando el futuro.

Ser de izquierda en tiempos sombríos requiere fuerza de principios y capacidad de comprensión de la nueva realidad, pero también requiere carácter.

Dos mil 18, más que otros años, pondrá a prueba nuestro carácter de militantes de izquierda. Sabremos afrontar los desafíos, como sea que se presenten, para superar los tiempos sombríos y retomar los caminos de la esperanza.

 

Traducido del portugués para Rebelión por Alfredo Iglesias Diéguez

 

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Domingo, 24 Diciembre 2017 06:57

Lucha de clases, a izquierda y derecha

Lucha de clases, a izquierda y derecha

 

A veces, la mejor manera de apreciar una noticia es leerla junto con otra noticia, solo esa confrontación nos permite discernir qué es lo que está en juego en un debate. Tomemos las reacciones a un texto incisivo: en el verano de 2017, David Wallace-Wells publicó el ensayo Tierra inhabitable que de inmediato se convirtió en una leyenda. Describe clara y sistemáticamente todas las amenazas a nuestra supervivencia, desde el calentamiento global hasta la perspectiva de un billón de refugiados climáticos, y las guerras y el caos que todo esto causará.

En lugar de centrarse en las reacciones predecibles a este texto (acusaciones de alarmismo, etc.), uno debería leerlo junto con dos hechos relacionados con la situación que describe. En primer lugar, está, por supuesto, la firme negación de Trump de las amenazas ecológicas; luego, está el hecho obsceno de que multimillonarios (y millonarios) que apoyan a Trump se están preparando para el apocalipsis invirtiendo en lujosos refugios subterráneos donde podrán sobrevivir aislados por hasta un año, provistos de vegetales frescos, gimnasios, etc.

Otro ejemplo es un texto de Bernie Sanders (foto) y una noticia en los medios sobre él. Recientemente, Sanders escribió un comentario incisivo sobre el presupuesto republicano donde el título lo dice todo: “El presupuesto republicano es un regalo para los multimillonarios: es Robin Hood al revés”. El texto está claramente escrito, lleno de hechos convincentes y observaciones agudas. ¿Por qué no encontró más eco?

Deberíamos leerlo junto con el informe de los medios sobre la indignación que estalló cuando Sanders fue anunciado como un orador de apertura en la próxima Convención de Mujeres en Detroit. Los críticos afirmaron que era malo permitir que Sanders, un hombre, hablara en una convención dedicada al avance político de las mujeres. No importaba que él iba a ser solo uno de los dos hombres entre los 60 conferencistas, sin oradores transgénero (aquí la diferencia sexual de repente fue aceptada como no problemática ...). Al acecho bajo esta indignación estaba, por supuesto, la reacción del ala Clinton del Partido Demócrata a Sanders: su malestar con la crítica izquierdista de Sanders al capitalismo global de hoy. Cuando Sanders enfatiza los problemas económicos, es acusado de reduccionismo de clase “vulgar”, mientras que nadie se molesta cuando los líderes de las grandes corporaciones apoyan a LGBT + ...

Entonces, ¿debemos concluir de todo esto que nuestra tarea es derrocar a Trump lo más pronto posible? Cuando Dan Quayle, no exactamente famoso por su alto coeficiente intelectual, era vicepresidente de Bush Senior, corría la broma de que el FBI tenía una orden secreta sobre qué hacer si Bush moría: matar a Quayle inmediatamente. Esperemos que el FBI tenga la misma orden para Pence en el caso de la muerte de Trump o su juicio político - Pence es, en todo caso, mucho peor que Trump, un verdadero conservador cristiano. Lo que hace que el movimiento Trump sea mínimamente interesante son sus inconsistencias, recuerde que Steve Bannon no solo se opone al plan fiscal de Trump, sino que aboga abiertamente por aumentar los impuestos a los ricos hasta un 40 por ciento, y argumenta que ahorrar dinero público es “socialismo para los ricos” ... seguramente no es algo que a Pence le gusta escuchar.

Steve Bannon recientemente declaró la guerra, ¿pero contra quién? No contra los demócratas de Wall Street, no contra los intelectuales liberales o cualquier otro sospechoso habitual, sino contra el propio establishment del Partido Republicano. Después de que Trump lo despidiera de la Casa Blanca, está luchando por la misión de Trump en su estado más puro, incluso si a veces es contra Trump, no olvidemos que básicamente Trump está destruyendo al Partido Republicano. Bannon tiene como objetivo liderar una revuelta populista de las personas desfavorecidas contra las élites: está tomando el mensaje de Trump del gobierno por y para la gente más literalmente de lo que el propio Trump se atreve a hacer. Para decirlo sin rodeos, Bannon es como SA con respecto a Hitler, la parte populista de clase baja que Trump tendrá que deshacerse (o neutralizar al menos) para ser aceptado por el establecimiento y funcionar sin problemas como jefe de estado. Es por eso que Bannon vale su peso en oro: es un recordatorio permanente del antagonismo que atraviesa el Partido Republicano.

La primera conclusión que estamos obligados a extraer de esta extraña situación es que la lucha de clases ha vuelto como el principal factor determinante de nuestra vida política, un factor determinante en el buen sentido marxista de “determinación en última instancia”: incluso si lo que está en juego parece ser totalmente diferente, desde crisis humanitarias hasta amenazas ecológicas, la lucha de clases acecha en el fondo y arroja su ominosa sombra.

La segunda conclusión es que la lucha de clases cada vez menos directamente se traslada a la lucha entre los partidos políticos, y cada vez más a una lucha que tiene lugar dentro de cada gran partido político. En Estados Unidos, la lucha de clases atraviesa el Partido Republicano (el establishment del Partido contra los populistas tipo Bannon) y en todo el Partido Demócrata (el ala Clinton versus el movimiento Sanders). Por supuesto, nunca deberíamos olvidarnos de que Bannon es el modelo de la derecha alternativa mientras que Clinton apoya muchas causas progresivas como las luchas contra el racismo y el sexismo. Sin embargo, al mismo tiempo, nunca debemos olvidar que la lucha LGBT + también puede ser tomada por el liberalismo dominante contra el “esencialismo de clase” de la izquierda.

La tercera conclusión se refiere a la estrategia de la izquierda en esta compleja situación. Si bien cualquier pacto entre Sanders y Bannon queda excluido por razones obvias, un elemento clave de la estrategia de la izquierda debería ser explotar despiadadamente la división en el campo enemigo y luchar por los seguidores de Bannon. Para abreviar, no hay victoria de la izquierda sin la amplia alianza de todas las fuerzas anti establishment. Uno nunca debe olvidar que nuestro verdadero enemigo es el establishment capitalista global y no la nueva derecha populista que es meramente una reacción a sus impasses.

 

* Filósofo y crítico cultural. Su última obra es Porque no saben lo que hacen (Akal) y Antígona (Akal).

Traducción: C. Doyhambéhère.

 

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Una crítica libertaria de la izquierda del capitalismo

 

La proletarización del intelectual casi nunca genera un proletario. ¿Por qué? Porque la clase burguesa, bajo la forma de la educación, le impartió desde la infancia un medio de producción que –sobre la base del privilegio educativo– hace que el intelectual sea solidario con dicha clase, y en una medida acaso mayor, hace que esta clase sea solidaria con él. Tal solidaridad puede pasar a un segundo plano, e incluso descomponerse; pero casi siempre sigue siendo lo bastante fuerte como para impedir que el intelectual esté siempre listo para actuar, o sea, para excluirlo estrictamente de la vida en el frente de batalla que lleva el verdadero proletario
 
Walter Benjamín, Reseña de “Los Empleados”,

 

de Siegfried Krakauer

El capital ha proletarizado al mundo y a la vez ha suprimido visiblemente las clases. Si los antagonismos han quedado subsumidos e integrados y ya no hay lucha de clases, entonces no hay clases. No hay clases rebeldes, ni tampoco sindicatos en el sentido genuino del término. En efecto, si el escándalo de la separación social entre poseedores y desposeídos, entre dirigentes y dirigidos, entre explotadores y explotados, ha dejado de ser la fuente principal de conflicto social y las escasas luchas que se originan transcurren siempre dentro del sistema sin cuestionarlo jamás, eso es porque no hay clases en lucha, sino masas a la deriva. Los sindicatos y los partidos “obreros”, la carcasa de una clase disuelta, persiguen otro objetivo: el mantener la ficción de un mercado laboral regulado y de una política socialista. Hoy en día el obrero es la base del capital, no su negación. Éste a través de la tecnología se adueña de cualquier actividad y su principio estructura toda la sociedad: realiza el trabajo, transforma el mundo en mundo tecnológico de trabajadores consumidores, trabajadores equipados con artefactos técnicos que viven para consumir. Fin de una clase obrera aparte, exterior y opuesta al capital, con sus propios valores; tecnificación, generalización del trabajo asalariado y adhesión a los valores mercantiles. Genocidio cultural y fin también de la polarización abrupta de las clases en el capitalismo. La sociedad no se divide en un 1% de elite financiera que decide y un 99% de masas inocentes y uniformes sin poder de decisión. Las masas se hallan terriblemente fragmentadas, jerarquizadas y comprometidas de grado o por fuerza con el sistema; sus fragmentos intermedios, cada vez más numerosos, enfermos de prudencia, desempeñan un papel esencial en la complicidad. La división entre oligarquías dirigentes por un lado y masas excluidas por el otro queda amortiguada con un amplio colchón de clases medias (middle class), una categoría social diferenciada, con sus propios intereses y su propia conciencia “ciudadana”. Las clases medias son al capitalismo de consumo, a la sociedad del espectáculo, lo que la clase obrera fue para la utopía socialista y la sociedad de clases. Las clases medias modernas no se corresponden con la antigua pequeña burguesía, sino con las capas de asalariados diplomados ligados al trabajo improductivo. Han nacido con la racionalización, la especialización y burocratización del régimen capitalista, alcanzando dimensiones considerables gracias a la terciarización progresiva de la economía (y de la tecnología que la hizo posible). Son los estudiantes de antaño: ejecutivos, expertos, cuellos blancos y funcionarios. Cuando la economía funciona dichas clases son pragmáticas, luego partidarias en bloque del orden establecido, o sea, de la partitocracia. Denominamos partitocracia al régimen político adoptado habitualmente por el capitalismo. Es el gobierno autoritario de las cúpulas de los partidos (sin separación de poderes), nacido de un desarrollo constitucional regresivo (que suprime derechos), y constituye la forma política más moderna que reviste la dominación oligárquica. El Estado partitocrático determina de alguna forma la existencia privada de las clases en cuestión. El divorcio entre lo público y lo privado es lo que dio lugar a la burocracia administrativo-política, parte esencial de estas clases. Por su situación particular, las clases medias son dadas a contemplar el mercado desde el Estado: lo ven como mediador entre la razón económica y la sociedad civil, o mejor, entre los intereses privados y el interés público, que es así como consideran su interés “de clase”. Igual que la antigua burguesía, sólo que ésta contemplaba el Estado desde el mercado. Sin embargo, Estado y mercado son las dos caras de un mismo dios –de una misma abstracción– por lo que desempeñan el mismo papel. En condiciones favorables, las que permiten un consumismo abundante, las clases medias no están politizadas, pero la crisis, al separar el Estado partitocrático del Estado del bienestar consumidor, determina su politización. Entonces de su seno surgen pensadores, analistas, partidos y coaliciones hablando en nombre de toda la sociedad, teniéndose por su representación más auténtica.

Nos encontramos inmersos en una crisis que no sólo es económica sino total. Se manifiesta tanto en el plano estructural en la imposibilidad de una sobrecapacidad productiva y un crecimiento suficiente, como en el plano territorial con los efectos destructores de la industrialización generalizada. Tanto en el plano material, como en el moral. Sus consecuencias son la multiplicación de las desigualdades, la exclusión, la degradación psíquica, la contaminación, el cambio climático, las políticas de austeridad y el aumento del control social. En la fase de globalización (cuando ya no existe clase obrera en el sentido histórico de la expresión) se ha producido de forma muy visible un divorcio entre los profesionales de la política y las masas que la padecen, que se acentúa cuando la crisis alcanza y empobrece a las clases medias, la base sumisa de la partitocracia. La crisis considerada sólo bajo su aspecto político es una crisis del sistema tradicional de partidos, y por descontado, del bipartidismo. La corrupción, el amiguismo, la prevaricación, el despilfarro y la malversación de fondos públicos resultan escandalosos no porque se hayan institucionalizado y formen parte de la administración, sino porque el paro, la precariedad, los recortes presupuestarios, las bajadas salariales y la subida de impuestos afectan a dichas clases. Las clases medias carecerán de pudor, serán indiferentes a la verdad, pero son conscientes de sus intereses, puestos en peligro por la clase política tradicional. Entonces, los viejos partidos ya no bastan para garantizar la estabilidad de la partitocracia. En los países del sur de Europa la ideología ciudadanista refleja perfectamente esa reacción desairada de las clases susodichas. Contrariamente al viejo proletariado que planteaba la cuestión en términos sociales, los partidos y alianzas ciudadanistas la plantean exclusivamente en términos políticos. Se dirigen a un nuevo sujeto, la ciudadanía, conjunto abstracto de individuos con derecho a voto. En consecuencia, consideran la democracia, es decir, el sistema parlamentario de partidos, como un imperativo categórico, y la delegación, como una especie de premisa fundamental. Así pues, el vocabulario progresista y democrático de la dominación es el que mejor corresponde a su universo mental e ideológico. Hablan en representación de una clase universal evanescente, la ciudadanía, cuya misión consistiría en cambiar con la papeleta una democracia de mala calidad por una democracia buena, “de la gente”. Así pues, el ciudadanismo es un democratismo legitimista que reproduce tópico por tópico al liberalismo burgués de antaño y con mucho alarde trata de correrlo hacia la izquierda. La crema fundadora de los nuevos partidos ciudadanistas proviene del estalinismo y del izquierdismo; para ella la palabrería democrática equivale a una actualización de las viejas cantinelas autoritarias y vanguardistas de corte leninista, que todavía asoman como actos fallidos en la prosodia verbal de algunos dirigentes. Formalmente pues, se sitúa en la izquierda del sistema. Claro, ya que es la izquierda del capitalismo.

La mayoría de los nuevos partidos y alianzas, dirigidos principalmente por profesores, economistas y abogados que, inspirándose en el cambio de rumbo de la izquierda populista latinoamericana y griega, o lo que viene a ser lo mismo, identificando las instituciones tal cuales como el principal escenario de la transformación social, trasladan a los consistorios y parlamentos las energías que antes se disipaban en las fábricas, en los barrios y en la calle. En realidad tratan de cambiar una casta burocrática mala por otra supuestamente buena a través de comicios y posteriores componendas, algo en lo que siempre habían fracasado el neoestalinismo y el izquierdismo. Aspiran a convertirse en la nueva socialdemocracia –para el caso ibérico, bien constitucionalista o bien separatista–. Todo depende de los votos. La revolución ciudadanista empieza y termina en las urnas. Las reformas dependen exclusivamente de la aritmética parlamentaria, o sea, de la gobernabilidad institucional, algo que tiene que ver más con la predisposición a los pactos de la socialdemocracia vieja o del estalinismo renovado. Se han de conseguir nuevas mayorías políticas “de cambio” para asegurar la “gobernanza”, ya que nadie desea una ruptura social, ni siquiera los que persiguen una ruptura nacional, sino una “democracia de las personas”: una partitocracia más atenta con sus creyentes. La desmovilización, el oportunismo y la rápida burocratización que ha seguido a las diversas campañas electorales demuestran que los agitadores de la víspera se vuelven gestores responsables a la hora de instalarse en las instituciones. El resto de los mortales han de conformarse con ser espectadores pasivos del juego mezquino de la política con sus representaciones gestuales de cara a la galería, puesto que la actividad institucional ha eliminado precisamente del escenario a “las personas”. El espectáculo político es un poderoso mecanismo de dispersión.

La derecha del capital ha venido apostando por la desregulación del mercado laboral y por la tecnología, generando más problemas que los que pretendía resolver. Por el contrario, imitando el modelo desarrollista latinoamericano, la izquierda del capital apuesta en cambio por el Estado, ya que en periodos de expansión económica mundial, con el precio de las materias primas por las nubes, podía desviarse parte de las ganancias privadas hacia políticas sociales, y en periodos de recesión podía evitarse que las masas asalariadas, y sobre todo las clases medias, soportaran todo el coste de la crisis: algo de neokeynesianismo en el cocido neoliberal. De ahí viene una cierta verborrea patriótica anti Merkel o anti troika, pero no antimercado: se quiere un Estado social soberano “en el marco de la Unión Europea”, es decir, bien avenido con las finanzas mundiales. Aunque la crisis no pueda superarse, puesto que es “una depresión de larga duración y alcance global” según dicen los expertos, la reconstrucción del Estado como asistente y mediador quiere demostrar que se puede trabajar para los mercados desde la izquierda. Y especialmente para el mercado que explota la materia prima “sol, playa y discoteca”, el petróleo de acá. Es más, los partidos ciudadanistas se creen en estos momentos los más cualificados para dejar las incineradoras en su sitio, respetar la privatización de la sanidad, imponer recortes y cobrar nuevos impuestos. Para los ciudadanistas el Estado es tan sólo el instrumento con el que tratar de maquillar las contradicciones generadas por la globalización, no el arma encargada de abolirla. La preservación del Estado y no el fin del capitalismo es pues la prioridad máxima de los nuevos partidos, de ahí que su estrategia de asalto a las instituciones, ridículo sucedáneo de la toma del poder leninista, se apoye sobre todo en los electores conformistas y resignados decepcionados con los partidos de siempre y subsidiariamente, en los movimientos sociales manipulados. Por desgracia, los abogados y los militantes con propensión a convertirse en vedettes han conseguido monopolizar la palabra en la mayoría, neutralizando así todo lo que estos movimientos podían tener de antiautoritario y subversivo. La actividad institucional promueve una lectura reformista de las reivindicaciones colectivas y anula cualquier iniciativa moderada o radical de la base.

En definitiva, el ciudadanismo no trata de cambiar la sociedad sino de administrar el capitalismo –dentro de la eurozona– con el menor gasto y también con la menor represión posible para las clases medias y sus apoyos populares. Intenta demostrar que una vía alternativa de acumulación capitalista es posible y que el rescate de las personas (el acceso al estatuto de consumidor) es tan importante como el rescate de la banca, es decir, que el sacrificio de dichas clases no solamente no es necesario, sino que es contraproducente: no habrá desarrollo ni mundialización sin ellas. Quiere aumentar el nivel de consumo popular y volver al crédito a mansalva, no transformar de arriba abajo la estructura productiva y financiera. Por consiguiente, apela a la eficacia y al realismo, no al decrecimiento, los cambios bruscos y las revoluciones. El diálogo, el voto y el pacto son las armas ciudadanistas, no las movilizaciones, las ocupaciones o las huelgas generales. Pocos son los ciudadanistas que se han significado en una lucha social. Lo que quieren es un diálogo directo con el poder fáctico, y con “las personas” un diálogo virtual-mediático. Las clases medias son más que nada clases pacíficas y conectadas al espacio virtual: su identidad queda determinada por el miedo, el espectáculo y la red. En estado puro, o sea, no contaminadas por capas más permeables al racismo o la xenofobia tales como los agricultores endeudados, los obreros desclasados y los jubilados asustados, no quieren más que un cambio tranquilo y pausado, desde dentro, hacia lo mismo de siempre. En absoluto desean la construcción colectiva de un modo de vida libre sobre las ruinas del capitalismo. Por otra parte, en estos tiempos de reconversión económica, de extractivismo y de austeridad, hay poco margen de maniobra para reformas, por lo que los partidos ciudadanistas “en el poder” han de contentarse con actos institucionales simbólicos, de una repercusión mediática perfectamente calculada. En la coyuntura actual, el nacionalismo resulta de gran ayuda, al ser una mina inagotable de poses. Las burocracias ciudadanistas dependen de la coyuntura mundial, del mercado en suma, y éste no les es favorable ni lo será en el futuro. En definitiva, sus gestos rompedores ante las cámaras han de esconder su falta de resultados cuanto más tiempo mejor, a la espera o más bien temiendo la formación de otras fuerzas, antiespectáculo, anticapitalistas o simplemente antiglobalizadoras, más decididas en un sentido (un totalitarismo mucho más duro) o en otro (la revolución).

El capitalismo declina pero su declive no se percibe igual en todas partes. No se ha considerado la crisis como múltiple: financiera, demográfica, urbana, emocional, ecológica y social. Ni se tiene en cuenta que fenómenos tan diversos como la egolatría post moderna, el nacionalismo y las guerras periféricas son responsabilidad de la mundialización capitalista. En el sur de Europa la crisis se interpreta como un desmantelamiento del “Estado del bienestar” y un problema político. En el norte, con el Estado del bienestar aún mal que bien en pie, tiende a tomarse como una invasión musulmana y una amenaza terrorista, o sea, como un problema de fronteras y de seguridad. Todo depende pues del color, la nacionalidad y la religión de los asalariados pobres (working poor), de los inmigrantes y de los refugiados. La división internacional del trabajo concentra la actividad financiera en el norte europeo y relega el sur al rango de una extensa zona residencial y turística. Por eso el sur es mayoritariamente europeísta y opuesto a la austeridad; su prosperidad depende del “bienestar” consumista norteño. El norte es todo lo contrario; su prosperidad y buena conciencia “democrática” dependen de la eficacia sureña en el control de los pasos fronterizos y de las aguas mediterráneas. La reacción mesocrática es contradictoria, pues por una parte la ilusión de reforma y apertura domina, pero, por la otra, se impone el modo de vida industrial en burbuja y la necesidad de un control absoluto de la población, lo que a la postre significa un estado de excepción “en defensa de la democracia”. A eso Bataille, Breton y otros llamaron “nacionalismo del miedo”. Las mismas clases que votan a los ciudadanistas en un sitio, votan a la extrema derecha en el otro. Los libertarios –los amantes de la libertad entendida como participación directa en la cosa pública– han de entender esto como propio de la naturaleza ambivalente de dichas clases, que se dejan arrastrar por la situación inmediata. Han de denunciar este estado de cosas e intentar construir movimientos de protesta autónomos en el terreno social y cotidiano “a defender”. Pero si las condiciones objetivas para tales tareas están dadas, las subjetivas brillan por su ausencia. Hoy por hoy, las clases medias llevan la iniciativa y los ciudadanistas la voz cantante. No abunda la determinación de usar la inteligencia y la razón sin dejarse influir por los tópicos característicos del ciudadanismo. La abstención podría ser un primer paso para marcar distancias. No obstante, la perspectiva política solamente se superará mediante una transformación radical –o mejor una vuelta a los comienzos– en el modo de pensar, en la forma de actuar y en la manera de vivir, apoyándose aquellas relaciones extra-mercado que el capitalismo no haya podido destruir o cuyo recuerdo no haya sido borrado. Asimismo mediante un retorno a lo sólido y coherente en el modo de pensar: la crítica de la concepción burguesa posmoderna del mundo es más urgente que nunca, pues no es concebible un escape del capitalismo con la conciencia colonizada por los valores de su dominación. La necesaria desaculturación (desalienación) que destruya todas las identidades de guardarropía (tal como las llama Bauman) que nos ofrece el sistema, así como todos los disfraces deconstructivos del individualismo castrado, ha de cuestionar seriamente cualquier fetiche del reino de la mercancía: el parlamentarismo, el Estado, la “máquina deseante”, la idea de progreso, el desarrollismo, el espectáculo... pero no para elaborar las correspondientes versiones “antifascistas” o “nacionales”. No se trata de fabricar una teoría única con respuestas y fórmulas para todo, una especie de moderno socialismo de cátedra, ni de anunciar la epifanía de una insurrección que nunca acaba de llegar. Tampoco se trata de forjar una entelequia (pueblo fuerte, clase proletaria, nación) que justifique un modelo organizativo arqueomilitante y vanguardista, claramente reformista, ni mucho menos de regresar literalmente al pasado sino, insistimos, de lo que se trata es de salirse de la mentalidad y la realidad del capitalismo inspirándose en el ejemplo histórico de experiencias convivenciales no capitalistas. La obra revolucionaria tiene mucho de restauración, por eso es necesario redescubrir el pasado, no para volver a él, sino para tomar conciencia de todo el acervo cultural y toda la vitalidad comunitaria sacrificadas por la barbarie industrial. El olvido es la barbarie.

Es verdad que las luchas anticapitalistas aún son débiles y a menudo recuperadas, pero si aguantan firme y rebasan el ámbito local, a poco que el desarreglo logre aniquilar políticamente a las clases medias, pueden echar abajo la vía institucional junto con el modo de vida dependiente que la sostiene. No obstante, la crisis en sí misma conduce a la ruina, no a la liberación, a menos que la exclusión se dignifique y tales fuerzas concentren un poder suficiente al margen de las instituciones. La crisis todavía es una crisis a medias. El sistema ha tropezado sobradamente con sus límites internos (estancamiento económico, restricción del crédito, acumulación insuficiente, descenso de la tasa de ganancia), pero no lo bastante con sus límites externos (energéticos, ecológicos, culturales, sociales). Hace falta una crisis más profunda que acelere la dinámica de desintegración, vuelva inviable el sistema y propulse fuerzas nuevas capaces de rehacer el tejido social con maneras fraternales, de acuerdo con reglas no mercantiles (como en Grecia), amén de articular una defensa eficaz (como en Rojava o en Oaxaca). La estrategia actual de la revolución (el uso de la exclusión y las luchas en función de un objetivo superior) ha de apuntar –tanto en la construcción cotidiana de alternativas como en la pelea diaria– hacia la erosión de cualquier autoridad institucional, la agudización de los antagonismos y la formación de una comunidad arraigada, autónoma, consciente y combativa, con sus medios de defensa preparados.

Los libertarios no desean sobrevivir en un capitalismo inhumano con rostro democrático y todavía menos bajo una dictadura en nombre de la libertad. No persiguen fines distintos a los de las masas rebeldes, por lo tanto no deberían organizarse por su cuenta dentro o fuera de las luchas. Se han de limitar a hacer visibles las contradicciones sociales confrontando sus ideas con las nuevas condiciones de dominación capitalista. No reconocen como principio básico de la sociedad un contrato social cualquiera, ni la lucha de todos contra todos o la insurrección permanente; tampoco pretenden basar ésta en la tradición, el progreso, la religión, la nación, la naturaleza, el yo o la nada. Pelean por una nueva sociedad histórica libre de separaciones, mediaciones alienantes y trabas, sin instituciones que planeen por encima, sin dirigentes, sin trabajo-mercancía, sin mercado, sin egos narcisistas y sin clases. Y asimismo sin profesionales de la anarquía. El proletariado existe por culpa de la división entre trabajo manual y trabajo intelectual. Igual pasa con las conurbaciones, fruto de la separación absurda entre campo y ciudad. Ambos dejarán de existir con el fin de las separaciones.

El comunismo libertario es un sistema social caracterizado por la propiedad comunal de los recursos y estructurado por la solidaridad o ayuda mutua en tanto que correlación esencial. Allí, el trabajo –colectivo o individual– nunca pierde su forma natural en provecho de una forma abstracta y fantasmal. La producción no se separa de la necesidad y sus residuos se reciclan. Las tecnologías se aceptan mientras no alteren el funcionamiento igualitario y solidario de la sociedad, ni reduzcan la libertad de los individuos y colectivos. Conducen a la división del trabajo, pero si ésta debiera producirse por causa mayor, nunca sería permanente. Al final, iría en detrimento de la autonomía. La estabilidad va por delante del crecimiento, y el equilibrio territorial por delante de la producción. Las relaciones entre los individuos son siempre directas, no mediadas por la mercancía, por lo que todas las instituciones que derivan de ellas son igualmente directas, tanto en lo que afecta a las formas como a los contenidos. Las instituciones parten de la sociedad y no se separan de ella. Una sociedad autogestionada no tiene necesidad de empleados y funcionarios puesto que lo público no está separado de lo privado. Ha de dejar la complicación a un lado y simplificarse. Una sociedad libre es una sociedad fraternal, horizontal y equilibrada, y por consiguiente, desestatizada, desindustrializada, desurbanizada y antipatriarcal. En ella el territorio recobrará su importancia perdida, pues contrariamente a la actual, en la que reina el desarraigo, será una sociedad llena de raíces.

 

1-Charla en la Cimade, Béziers (Francia), 29 enero 2016.

 

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