Lunes, 05 Junio 2017 07:00

Izquierda sin referentes

Izquierda sin referentes

El presidente de derecha en Brasil está sumido en un gigantesco escándalo, pero gran parte de la izquierda duda en sumarse al Partido de los Trabajadores en las calles para exigir el “Fuera Temer”. El principal partido de izquierda del país sumaría cada vez más votos por descarte, tanto entre la clase media como en la favela, frente a la falta de movimientos alternativos suficientemente sólidos.

 

La respuesta es unánime: “Falta de referentes”. Y la pregunta es la gran cuestión que se ha puesto sobre la mesa en las últimas semanas: “¿Por qué la izquierda no toma las calles ante la mayor crisis política del país?”. Brasil nunca fue conocido por sus grandes manifestaciones, rebeliones o revoluciones. Su historia cuenta con algunas de ellas –la conspiración minera (conocida, en portugués, como inconfidência mineira), la guerra de Canudos, la revuelta de la vacuna, entre otras–, que fueron rápidamente apagadas, y olvidadas todavía más rápido.

 

Desde los años setenta vienen a la memoria las luchas sindicales de la periferia industrial paulista lideradas por el sindicalista Luiz Inácio Lula da Silva; a principios de los ochenta (1983-1984) el movimiento por las Diretas Já; en los noventa la gran caminata del Movimiento Sin Tierra (Mst) y sus reivindicaciones por la reforma agraria, y ya con el inicio del siglo XXI surgieron políticas todavía revolucionarias como la de los presupuestos participativos de Porto Alegre, como respuesta a una globalización que amenazaba con engullir todas las diferencias.

 

La victoria de Lula da Silva en 2003 y la década larga de gobierno del Partido de los Trabajadores (PT) también supusieron un freno de los movimientos populares. Casi 13 años en los que la izquierda dejó a un lado sus reivindicaciones para dar una oportunidad al primer gobierno que los representaba. Pero llegó un momento en que esa “representación” se quebró. La identificación entre el PT y la “izquierda”–en el amplio sentido de ese término– se rompió.

 

Para algunos expertos el símbolo de ese quiebre fueron las manifestaciones de junio de 2013 que surgieron como protesta por el aumento del boleto del ómnibus y luego pasaron a exigir educación, sanidad y servicios públicos de calidad al entonces gobierno de Dilma Rousseff.

 

UN FENÓMENO NUEVO

 

Profesores como el filósofo Pablo Ortellado, de la Universidad de San Pablo (Usp), o la socióloga Ángela Alonso, también de la Usp, continúan analizando el fenómeno de 2013 porque se incorporó un nuevo tipo de público a las movilizaciones: “Salieron a la calle miles de personas que no estaban vinculadas a ningún partido político, se manifestaron para exigir derechos y denunciar que no se sentían representados por ninguna sigla. Fue algo único en el país”, señalaba en una entrevista en Carta Capital Ortellado, quien también reconoce que tanto los movimientos de izquierdas como los conservadores intentaron cooptar a los manifestantes que espontáneamente habían decidido gritar “basta”.

 

Para Alonso durante esa época se vieron tres movimientos: dentro de la izquierda, uno más vertical y vinculado a los sindicatos y al PT, y otro menor, horizontal y autonomista; el tercer campo sería según la socióloga el novedoso: “Un grupo de manifestantes independientes atraídos por las redes sociales, sin coordinación ni experiencia política, más expresivo que propositivo, que levantó la bandera nacional y anticorrupción”, escribía en un artículo en Folha de São Paulo.

 

SIMBIOSIS

 

El segundo gobierno de Rousseff (2014-2016), en el que la mandataria aceptó pactar con la oposición y dar un giro a la derecha para salvarse de las amenazas de impeachment que llegaron nada más ganar las elecciones, amplió más la distancia entre el PT y su electorado. Las manifestaciones a favor del proceso de destitución fueron mucho más multitudinarias que las en contra. Entre la izquierda había unanimidad al entender este juicio político como “un golpe”, pero no la había para salir a la calle.

 

La llegada de Michel Temer y el retorno a un neoliberalismo más salvaje con las retrógradas reformas laborales, los cortes del gasto público y las privatizaciones han dado un nuevo impulso a los movimientos sociales cercanos al PT. El Frente Brasil Popular (que agrupa más de 30 asociaciones), el Frente Brasil Sin Miedo (que agrupa otras 70) y la Central Única de los Trabajadores (Cut), el sindicato petista, han creado una oposición sólida, pero sus seguidores son ellos mismos y sus manifestaciones no son mayoritarias.

 

Por un lado, la relación simbiótica entre estos movimientos y el PT ha provocado que gran parte de la izquierda brasileña no quiera salir con ellos a defender sus banderas. Por otro, tampoco surgen movimientos de izquierda alternativos y consistentes para frenar al gobierno de Temer, especialmente en un momento en el que la presión de las calles sería clave para forzar una destitución de un mandatario acosado desde todos lados por escándalos de corrupción.

 

BANDERAS

 

Desde que el pasado 16 de mayo se dieron a conocer unas grabaciones en las que el presidente brasileño autorizaba la compra del silencio del ex líder de la Cámara de los Diputados, Eduardo Cunha, la vida de Michel Temer ha sido un infierno. Por primera vez es investigado por el Tribunal Superior de Justicia por organización criminal, obstrucción a la justicia y corrupción pasiva, y su gobierno, que pende de un hilo, está manejado por sus aliados del Legislativo.

 

Pocas horas después de que la cadena Globo pusiera en conocimiento el escándalo, cientos de paulistas salieron a la calle para exigir el cese del mandatario. Pero los ánimos pronto se apagaron. En 15 días se produjeron dos grandes manifestaciones en todo el país en las que sólo se vio las banderas rojas de la Cut y del PT. La única protesta multitudinaria fue en Brasilia cuando sindicatos de amplio espectro (no sólo de la izquierda) mandaron ómnibus de todo el país para llevar a los trabajadores a la capital.

 

El domingo pasado hubo otra convocatoria nacional por el “Fuera Temer” y las “Elecciones directas ya”, y en la mayoría de las ciudades la acogida se mantuvo pequeña. Pero en Rio de Janeiro fue diferente. La rambla de Copacabana estaba completamente abarrotada. Los movimientos sociales hablaban de 150 mil personas, y la policía bajaba apenas a 100 mil.

 

La manifestación fue convocada por los movimientos afines al PT, pero tuvo el apoyo crucial de personalidades del mundo de la cultura. Músicos como Caetano Veloso, Criolo o Mano Brown dieron un concierto con vistas al mar para animar a los manifestantes. Entre las banderas rojas del PT también se veían las del arcoíris del colectivo Lgtb, o las del club deportivo del Flamengo. Pero las que más llamaron la atención fueron las banderas del país, las “verde amarelas” de toda la vida, que desde hace un par de años se asocian a los grupos de derecha.

 

SIN MÁS REMEDIO

 

Ese domingo la avenida Atlántica optó por cambiar los símbolos. Si hace un año ese era el espacio que usaban los conservadores para pedir el impeachment de Rousseff, ahora los gritos de “Fuera Temer” se entonaban con la fuerza de las mayorías. Paulo Benites, comerciante de 48 años, se manifestaba por primera vez: “La situación actual es insostenible, los que acusaban de corrupción a Dilma son todavía peores. Nos roban delante de nuestras narices y encima nos quitan derechos. No soy muy de salir a la calle, pero esta vez ha sido inevitable”, dijo a Brecha. Para el ingeniero Giuri Gonçalves es esencial llevar a cabo elecciones directas: “No podemos permitir que si sale Temer, sea el Congreso más corrupto y retrógrado de la historia el que escoja a un nuevo presidente. El poder tiene que volver al pueblo”.

 

Al preguntar por qué candidato votarían en unas directas el nombre de Lula es el más repetido, aunque muchos insistan en matizar: “No hay otra opción, tiene que ser él porque es el único que puede frenar las reformas laborales y de jubilación”, comentó a Brecha Maria Araujo, profesora de primaria. El arquitecto Carlos Pereira fue más duro: “Votaría por Lula porque las otras posibilidades son nefastas, pero el PT me ha decepcionado, ha robado tanto como ellos, la diferencia es que al menos se preocupan por los trabajadores”.

 

En San Pablo la clase media de izquierda no termina de salir a la calle. “Muchas decepciones”, argumenta Marco Lopes, de 54 años, empresario y antiguo militante del PT: “No puedo dejar de pensar que perdimos una década en la que se podían haber hecho cambios estructurales como una reforma agraria, política y de los medios de comunicación. Muchos sueños quedaron en nada”. Asegura que todavía vota y seguirá votando al PT porque es la única opción “cercana a la izquierda que puede ganar”, pero dice que no puede salir a la calle.

 

A la psicoanalista Mira Toledo le sucede lo mismo: “Ya no tenemos referentes de izquierda en este país, es un fenómeno mundial, nos hemos quedado huérfanos”. A sus 47 años dice haber salido a la calle innúmeras veces, pero alega que ahora sus revoluciones “son pequeñas” y quedan más “entre amigos, con el vecino, con el vendedor del barrio”. También votaría al PT de nuevo y reconoce que eso mismo es lo que provoca que no haya una nueva izquierda: “La figura de Lula es abrumadora, puede con todo y no ha dejado que salga nadie que la supere. Es difícil para los más jóvenes abrirse un hueco y crear una izquierda diferente”.

 

EN LA FAVELA

 

Si la clase media de izquierda vive decepcionada, las clases más humildes poco piensan en el PT: “Asociar al Partido de los Trabajadores con la favela es algo completamente irracional. En las favelas se ha votado a Lula porque viene de donde viene, pero el PT nunca pisa nuestros barrios, no sabe lo que necesitamos y lo que nos sucede”, comentó a Brecha Christian Santos, uno de los líderes juveniles de la favela de Vila Prudente, la más antigua de San Pablo.

 

En este sentido la antropóloga Rosana Pinheiro Machado insiste en que la izquierda institucional “está muy alejada de la realidad de las periferias”. Esta profesora se mostró especialmente dura con los resultados de una investigación de la Fundación Perseu Abramo (ligada al PT) que señalaba que las periferias brasileñas eran “muy conservadoras” y volcadas al consumo: “En un momento de crisis como el que vivimos meterse con los valores de las periferias me parece contraproducente socialmente y electoralmente. Lo que necesita la izquierda es ir a los barrios, escuchar a la gente y anotar sus demandas. Muchas veces los derechos que son tan importantes para la izquierda no lo son tanto para las personas que están sistemáticamente fuera del mercado laboral”, criticaba, en Carta Capital, Pinheiro Machado.

 

En la misma línea se mantiene la socióloga Esther Solano: “Los más pobres no salen a la calle contra Temer porque la crisis política apenas la entienden. Hablar de indirectas, del Supremo, del Tribunal Superior Electoral son términos que no dominan. A ellos les llega que los políticos son corruptos y no sienten que sus vidas cambien con uno u otro presidente porque la izquierda no se preocupa por acercarse a ellos y explicarles, ese papel hace años que lo cumplen las iglesias”.

 

Los movimientos alternativos que se destacan en el país son autónomos e independientes. Los “secundarias” –jóvenes de las escuelas secundarias– y sus ocupaciones, el movimiento Lgtb o algunos movimientos ecologistas se enfrentan al petismo clásico en un primer diálogo que está por comenzar. Pero para la reconquista de las calles todavía parece que queda mucho.

 


Especulaciones sobre el Brasil pos Temer

 

Meandros de un terremoto político


Mário Augusto Jakobskind


Desde Rio de Janeiro


El presidente de Brasil, Michel Temer, sufrió otro grave revés el martes 30. El juez Edson Fachin, del Supremo Tribunal Federal (Stf), autorizó a la Policía Federal a interrogarlo por escrito, en la investigación abierta en su contra por corrupción y obstrucción a la justicia, por lo cual es la primera vez en la historia brasileña que un presidente es convocado a declarar ante esa entidad policial.


Cada día se suma un nuevo capítulo a las secuelas del terremoto político que desataron las conversaciones grabadas por los hermanos Batista, propietarios de la empresa cárnica Jbs, en las que el presidente presuntamente autorizaría sobornos.


La semana pasada circuló información sobre un acuerdo político que resultaría en la salida de Temer de la presidencia, pero el mandatario se ha negado rotundamente a renunciar. Brasil atraviesa un período de gran turbulencia y a los analistas políticos les es cada vez más difícil hacer proyecciones. El mismo gobierno de Temer también enfrenta dificultades. Luego de anunciar al público la intervención del Ejército en las calles de Brasilia por decreto presidencial, con el pretexto de “restablecer el orden y la seguridad” en la capital, el ministro de Defensa, Raul Jungman, tuvo que retractarse al día siguiente, luego de recibir una ola de críticas. La revocación del decreto muestra que el presidente no sabe cómo enfrentar una situación que le es cada vez más adversa.


Se acerca también el 6 de junio, fecha en que el Tribunal Supremo Electoral (Tse) juzgará al presidente en el caso del supuesto uso de dinero negro en la campaña electoral de la fórmula Rousseff-Temer en 2014.


Políticos y empresarios que apoyan las reformas neoliberales del gobierno actual examinan la designación de un sustituto al presidente, pero a través de elecciones indirectas en el Congreso, mientras que sectores de la oposición ya han presentado una propuesta de enmienda constitucional para llamar a elecciones presidenciales anticipadas. Reunidos en el Senado federal, legisladores y representantes del Partido Socialista Brasileño (Psb), Partido de los Trabajadores (PT), Partido Democrático Laborista (Pdt), Partido Comunista de Brasil (PC), Partido Socialismo y Libertad (Psol) y el partido Rede crearon el martes 30 el Frente Parlamentario Mixto por las “Directas ya”. Los líderes de dichos partidos alentaron a la sociedad civil a salir a las calles a luchar por las elecciones anticipadas.


En la Cámara de Diputados ya hay nueve pedidos de impeachment al presidente, pero Temer cuenta con la ayuda de su aliado Rodrigo Maia, presidente de la Cámara para que no prosperen.


Mientras tanto, los abogados de Temer intentan ganar tiempo y solicitan aplazar el juicio del 6 de junio. Y en el Stf, los abogados del presidente han conseguido que las grabaciones entregadas por los propietarios de Jbs sean sometidas a pericias, con lo cual han conseguido prolongar por al menos 30 días esa investigación que podría resultar en la pérdida de su mandato.


Temer también nombró un nuevo ministro de Justicia, Torquato Jardim, quien ha dicho que no tiene sentido que Temer sea investigado por el Stf. El nuevo ministro es un crítico de las operaciones anticorrupción de la Policía Federal (como la Lava Jato, que ahora investiga al propio presidente). En su nuevo puesto, Jardim estará ahora a cargo de la supervisión de la Policía Federal.


Si Temer es apartado del cargo o renuncia, y no se aprueba la enmienda constitucional para llamar a elecciones anticipadas, la Constitución prevé que el presidente de la Cámara de Diputados asuma la presidencia durante 30 días. Rodrigo Maia es un candidato a sustituto apreciado por los mercados, quienes esperan de él que se lleven adelante las impopulares reformas sociales del gobierno Temer. Pero el presidente de la Cámara es acusado en tres casos de corrupción, aunque todavía no ha sido imputado formalmente, lo cual lo podría excluir como presidente interino. El año pasado, el Stf comenzó a examinar un caso que cuestiona que personas demandadas puedan ser presidente y existe un consenso en este sentido.


Tras una reunión en San Pablo de Temer con el ex presidente Fernando Henrique Cardoso y el actual presidente del Partido de la Social Democracia Brasileña (Psdb), el senador Tasso Jereissati, se especula que ya habría entregado el mandato a ese partido, derrotado en elecciones desde 2002.


Otra figura que es presentado como un posible sucesor de Temer es el ministro de Hacienda, Henrique Meirelles, quien aunque ha sobrevivido a las 41 acusaciones de corrupción hechas por los hermanos Joesley y Wesley Batista, de Jbs, hacia Temer y varios otros políticos, tiene estrechos lazos con la empresa que sobornó a amplios sectores de la política brasileña. Desde 2012 y hasta que fue nombrado ministro, Meirelles fue presidente del consejo directivo del conglomerado J&F, la holding de Jbs... El nombre de Meirelles además es mencionado en las famosas conversaciones grabadas.


También se manejan en la lista de posibles sustitutos de Temer por elecciones indirectas nombres como el ex presidente Fernando Henrique Cardoso, Jereissati, el ex ministro y ex juez Nelson Jobim o la actual presidenta del Stf, Carmen Lucia.

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El presidente electo de Francia, Emmanuel Macron.

 

Basta ver la espectacular subida de las Bolsas para entender con claridad lo que significa políticamente la victoria de Macron: otra batalla ganada más de los poderosos del sistema vendida como regeneración y renovación

 

Los analistas no paran de insistir en el vuelco del panorama político francés, con el desplome de los partidos tradicionales. Es una verdad a medias porque el nuevo presidente, Emmanuel Macron, es un representante neto del poder económico y empresarial francés y de las políticas neoliberales europeas. Todos sus supuestos méritos revolucionarios son meras patinas estudiadas y explotadas para promover su imagen novedosa y moderna: joven, culto (titulado en Filosofía con una tesis sobre Hegel), sensible al arte (sus seis años de piano), romántico y fiel al amor (casado desde hace diez años con la profesora que conoció con 17, y 24 años más mayor).

Si se estudia la trayectoria de Macron se confirma que simplemente es un cachorro de las finanzas y las élites políticas tradicionales. Estudió en los jesuitas y con 16 años se trasladó a París y se formó en Sciences-Po (Instituto de Estudios Políticos de París), una fundación privada considerada grand établissement, un reconocimiento atribuido a algunos centros de enseñanza superior de prestigio. Posteriormente se forma en la Escuela Nacional de Administración (ENA), el granero de las élites políticas francesas. Una gran mayoría de los antiguos alumnos de la ENA controlan la vida política y económica en Francia, por lo que es criticada por su papel en la selección y reproducción de las élites y de la burocracia francesa.

Con solo 33 años, fue socio de la banca Rothschild. Allí Macron se hizo rico en poco tiempo, entró en Rothschild en 2008 y como directivo de esta banca fue encargado de uno de los mayores acuerdos del año: la OPA de Nestlé a una filial de Pfizer, lo cual le permitió convertirse en millonario. La transacción tuvo un valor de nueve mil millones de dólares.

En realidad Macron, como Joseph Fouché durante la revolución francesa y el periodo napoleónico, nunca tuvo partido. Su primera actividad política destacada tuvo lugar en 2008 como ponente de una comisión de expertos sobre el crecimiento económico, encargada por Nicolas Sarkozy y animada por el antiguo consejero socialista Jacques Attali. Esta comisión Attali permitió a Macron codearse con grandes empresarios, como el propietario de la compañía de seguros Axa, Claude Bébéar; el presidente de Nestlé, Peter Brabeck; o el gestor de fondos de inversiones Serge Weinberg. De hecho, este último fue quien lo promocionó como gerente asociado del Banco Rothschild en Francia.

Apoyó la candidatura de François Hollande en las primarias de 2011. En mayo de 2012 se convirtió en secretario general adjunto del Elíseo, cuya función es aconsejar al presidente de la República sobre cuestiones económicas. Macron reivindica una postura liberal. A él le achacan el giro que dio el Gobierno de Hollande en favor de las empresas.

Hollande le nombra ministro de Economía en agosto de 2014, lo que es considerado como una clarificación ideológica, al alejarse de la izquierda y adoptar ideas de derecha. Diseñó la controvertida política económica del presidente François Hollande hasta junio de 2014, que no tuvo nada de socialista provocando la impopularidad de Hollande por abandonar todas sus promesas progresistas. En sus dos años en el Elíseo, fue el encargado de mantener el nexo del presidente con los grandes patronos. También quien tuvo que calmar a las grandes fortunas, a las que Hollande quiso gravar con un 75% de impuestos pero que acabó con unas millonarias rebajas en impuestos y cotizaciones sociales de las empresas. En la campaña electoral Macron fue acusado de haber gestionado durante su Gobierno casos de empresas con las que había tratado anteriormente cuando fue banquero de negocios.

Cuando observa el hundimiento del presidente al que le diseñó la política económica, le abandona como ministro y crea un movimiento político, ¡En Marcha!, que coincide con sus iniciales y con el que alcanza la presidencia. "La honestidad me obliga deciros que ya no soy socialista", dijo. Como si lo hubiese sido en sus decisiones políticas como ministro.

Para entonces ya Emmanuel Macron llevaba un tiempo poniendo en marcha –nunca mejor dicho– toda su maquinaria de seducción y contactos. El periodista Enric González revelaba que "durante sus últimos ocho meses en el cargo, entre enero y agosto de 2016, Macron gastó 120.000 euros en cenas celebradas en su apartamento privado, un ático acristalado ante el Sena encima del complejo ministerial de Bercy. Haciendo una división simple, salen 500 euros por noche. Los funcionarios de la oficina presupuestaria estaban asombrados. Comprobando facturas descubrieron que algunas noches había dos cenas, una detrás de otra. El movimiento de invitados y cocineros era frenético. Por el ático de Bercy pasó todo el que representaba algo en la política, las finanzas, la empresa, la comunicación y el espectáculo. Fue una gigantesca operación de seducción de la que surgió la red de apoyos que está a punto de llevarle a la presidencia de la República".

El resultado es un candidato que despierta simpatía entre buena parte de los dirigentes del Cac40 (el Ibex35 de la bolsa de París). Le apoyan grandes empresarios próximos al socialismo francés, como Pierre Bergé (copropietario del diario Le Monde), y también una parte de la patronal tradicionalmente vinculada a la derecha, como el propietario del grupo de lujo Louis Vuitton (Bernard Arnault) o Vincent Bolloré (presidente de los grupos Canal + y Vivendi). Igualmente le respaldan los dirigentes de las nuevas compañías tecnológicas francesas y ha recibido el apoyo del fundador de la compañía de videojuegos Atari y empresario en el sector de la robótica, Bruno Bonnell; y del fundador de la web de citas Meetic, Marc Simoncini.

Macron aspira, de hecho, a presentarse "como el candidato del nuevo capitalismo francés, de un patronato más moderno y favorable a la globalización". El periodista Enric Bonet señala que el equipo de campaña de Macron lo componen dirigentes de multinacionales francesas. Uno de los encargados de elaborar su programa en materia de seguridad y defensa es Didier Casas, el director general adjunto de la compañía de telefonía móvil Bouygues. Mediapart revelaba que en el núcleo duro de ¡En Marcha! se encontraban jóvenes del entorno del que fue director gerente del Fondo Monetario Internacional, Dominique Strauss Kahn. Dos agencias de comunicación trabajan habitualmente por el movimiento Little Wing y Jésus & Gabriel. Como se ve, todo "muy revolucionario".

Al más puro estilo postrealidad de Donald Trump, a la semana de crear su movimiento, Emmanuel Macron dijo que ya contaba con 13.000 miembros, "uno cada 30 segundos". El semanario Le Canard Enchaîné se encargó después de aclarar que lo que Macron llamaba miembros eran sencillamente los clics que había recibido su página.

En cuanto a las finanzas de ¡En Marcha! el encargado de la colecta de fondos de campaña fue Christian Dargnat, exdirigente del banco BNP Paribas, y Françoise Holder, cofundadora de la famosa cadena de panaderías Paul y exresponsable nacional del Medef (Movimiento de Empresas de Francia) es la delegada nacional. Según reveló el periodista Mathieu Magnaudeix, encargado de seguir la campaña de Emmanuel Macron en Mediapart, a principios de marzo, el movimiento disponía de ocho millones de euros obtenidos gracias sus 30.000 donantes privados. Aunque la mayoría de los simpatizantes dieron 50 euros, hubo más de 160 donantes que contribuyeron con más de 5.000 euros.

Los responsables de ¡En Marcha! reunieron una parte significativa de sus fondos a través de fiestas privadas muy chic en las que piden donaciones a los invitados. "En sólo una de estas cenas que se celebró en París pocos días antes de Navidad, ganaron más de 100.000 euros", afirma Magnaudeix. Estos actos no sólo se han organizado en territorio francés, sino también en Londres, Nueva York e, incluso, hubo una fiesta en el acomodado distrito bruselense de Uccle, donde reside la mayoría de los expatriados fiscales franceses. "Dargnat ha hecho constantes viajes a Londres para recaudar fondos y Macron participó en tres actos privados durante un desplazamiento que hizo a la capital británica a finales de febrero", recuerda el periodista de Mediapart. A través de un préstamo bancario de 8 millones de euros más las donaciones privadas, Macron "ha prácticamente alcanzado los 21 millones, el presupuesto máximo de un candidato a las presidenciales". Gracias a sus contactos con las élites políticas y económicas, el joven "candidato alternativo" ha puesto en marcha toda una máquina electoral.

En cuanto a las propuestas políticas de Macron, nada diferente a la línea neoliberal dominante: aboga por más flexibilidad laboral, aumentar la jornada de trabajo, no excluye retrasar la edad de jubilación y, como la mayoría de candidatos de derecha, propone una revisión del Código de Trabajo (reforma laboral). Mélenchon había pedido a Macron que renunciase a su reforma laboral para atraer a los siete millones de votantes de la izquierda. Macron, sin embargo, se opuso. Con esas propuestas era comprensible que muchos obreros pensasen que no tenían nada que perder con Marine Le Pen.

Basta ver la espectacular subida de las Bolsas para entender con claridad lo que significa políticamente la victoria de Macron: otra batalla ganada más de los poderosos del sistema vendida como regeneración y renovación.

Como señaló Ignacio Ramonet en Le Monde Diplomatique, "el éxito de Macron se debe más a las circunstancias que a sus propios méritos. Porque una serie de acontecimientos imprevistos fueron eliminando a sus principales rivales potenciales. Los candidatos socialistas y conservadores estaban hundido por la corrupción. ¿Qué adversarios le quedaban a Macron? Esencialmente dos: Marine Le Pen y Jean-Luc Mélenchon. Ni el poder financiero, ni el poder empresarial, ni el poder mediático podían aceptar, por distintas razones, a ninguno de estos dos candidatos. Por eso, a partir del pasado mes de febrero, todo el formidable peso de los poderes fácticos se puso al servicio de Emmanuel Macron. En particular, los medios de comunicación dominantes –que en Francia están en manos de un puñado de oligarcas multimillonarios– se lanzaron en una frenética campaña en favor del líder de En Marche! Aportándole además un soporte financiero considerable. De tal modo que Macron, orador bastante mediocre y con un programa aún más confuso, fue imponiéndose en las encuestas como el probable vencedor".

Lo cínico de Macron es que, después de haber sido banquero y ministro, contar con el apoyo de las grandes empresas y finanzas que le han proporcionado el máximo presupuesto para su campaña, se presentó a las elecciones afirmando abanderar "el desafío es romper con un sistema que no supo responder a los problemas de Francia desde hace más de 30 años".

Pero en el fondo, Emmanuel Macron es más de lo mismo: un hombre de diseño al gusto del marketing que ha estado en el lugar adecuado en el momento justo. Y su propuesta, en pocas palabras, como diría el conde de Lampedusa: cambiarlo todo para que nada cambie.

 

 


 

EL GANADOR DEL BALLOTTAGE Y SU RIVAL LE PEN ARRANCAN OTRA CAMPAÑA TRAS LAS PRESIDENCIALES FRANCESAS

 

Con Macron electo, la próxima batalla es la legislativa

 

 

La derecha y los socialistas reman contracorriente para superar sus fracturas, y la izquierda insumisa pone condiciones.

 

 

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El electo presidente Macron participa junto a Hollande de un homenaje a las víctimas de la Segunda Guerra Mundial.
(Imagen: EFE)

 

Por: Eduardo Febbro


Página12 En Francia

 

Desde París

 

Desde el presidente electo, Emmanuel Macron, pasando por la extrema derecha del Frente Nacional, Los Republicanos (derecha), la izquierda radical unida bajo las banderas de Jean-Luc Mélenchon o los mareados socialistas, la clase política se puso en orden de batalla en busca de un peso legislativo en las próximas elecciones del 11 y el 18 de junio. De ello depende la gobernabilidad de los cinco años venideros así como los términos en que se plasmará, en la Asamblea, la recomposición del sistema político tras el terremoto cuyos primeros efectos empezaron a sentirse antes de la campaña electoral que terminó con la victoria de Emmanuel Macron por un resultado más sólido del que anticiparon las encuestas de opinión: 66,10% contra 33,90% para Marine Le Pen.

Macron y la extrema derecha cuentan con la dinámica de las presidenciales como punto de apoyo mientras que la derecha y los socialistas reman a contracorriente para superar sus fracturas y la Francia Insumisa de Jean-Luc Mélenchon rehúsa pactar alianzas con los socialistas si estos no se suman a su movimiento. Los resultados del domingo tienen, de hecho, tres terrenos: el del voto a favor de Macron, el de la extrema derecha y el de la Francia del Ni Ni que votó en blanco o se abstuvo porque no se sentía interpretada por ninguna de las dos ofertas en juego. Si se suman los votos abstencionistas, los blancos o los inválidos se llaga a un 34% del cuerpo electoral. La configuración legislativa es, por el momento, la incógnita más lejana. La más cercana circula con insistencia obsesiva: ¿Quién será el próximo primer ministro?. Macron sembró algunas pistas cuando dijo que la personalidad elegida “será alguien con experiencia en el campo político, con competencias para dirigir una mayoría parlamentaria y animar un grupo gubernamental que se verá profundamente renovado”. Poco y mucho. Otro dato esencial lo aportó el Secretario General del movimiento macronista ¡En Marche ! y diputado socialista, Richard Ferrand, quien precisó que no se “excluye” nombrar a un jefe de Gabinete proveniente de la derecha. El primer ministro tendrá una misión inicial capital en el naciente mandato: dirigir la orquesta hasta las legislativas y modelar una mayoría presidencial que le permita gobernar. La inclusión de un dirigente de la derecha puede ser o una decisión o simplemente una consecuencia de la consulta legislativa. Si Macron no obtiene la mayoría y gana la derecha habrá, de facto, un gobierno de cohabitación donde el conservador François Baroin podría estar al frente del cargo.

La fase que se inicia es incierta, para todos. La derecha flota sobre sus divergencias tanto más hondas cuanto que la candidatura presidencial de François Fillon y su insistencia en mantenerla pese a su inculpación por la justicia quebrantó a los conservadores cuya corriente, hoy, carece de una figura fuerte, de un jefe, para federarla. Entre quienes están dispuestos a unirse naturalmente al macronismo, los elementos más radicales que apuestan por una victoria en las legislativas para imponer una cohabitación, la derecha está empañada. Un diputado confió al diario Libération la radiografía interna de la derecha:”por más que nos agitemos para todas partes, no tenemos el control de la situación. Estamos suspendidos a las decisiones de Macron”. Los socialistas se encuentran en una disposición más crítica porque sus posibilidadeselectorales se han reducido al extremo (6,5% en la primera vuelta de la elección presidencial). El fenómeno Macron los ha dejado huérfanos de electores y dirigentes, incluso de varios históricos. La derecha socialista,los socialliberales, están con Macron, otro sector cierra filas detrás del candidato que representó al PS en las presidenciales tras ganar las primarias, Benoît Hamon (izquierda del PS opuesta a toda alianza con el presidente Macron)y un tercero, los legitimistas, quiere guardar las llaves del templo. Allí entra Jean-Luc Mélenchon y sus 7 millones de votos en la primera vuelta, el triple que el Partido Socialista. Mélenchon aspira a recuperar esa extraordinaria ola presidencial y convertirse en la primera fuerza en la Asamblea Nacional e, incluso, estar en condiciones de imponer un gobierno de cohabitación con la izquierda radical. Mélenchon sólo acepta aliarse con el PS si sus candidatos compiten con los colores de Francia Insumisa, condición que los socialistas rechazan al igual que los comunistas y los ecologistas. Una vez más, la izquierda sale dispersada. La ultraderecha, en cambio, si bien Marine Le Pen no llegó al batacazo del 40%, corre detrás de los mismos objetivos: recuperar el empuje presidencial y traducirlo en la Asamblea Nacional para ser “el primer polo de oposición” al poder presidencial. Detrás de estas luchas internas hay otra. Los Republicanos y la izquierda, la socialista y la radical, anhelan validar la persistencia de esa visión Izquierda / Derecha que la narrativa de Macron trató de borrar. De ello dependen la respectivas identidades de los dos ejes que se alternaron el poder político en Francia.

El frente social dio ayer su primer aviso. Varios manifestaciones tuvieron lugar en París como señal de advertencia dirigida hacia el presidente electo y sus proyectos de corte liberal, entre ellos la reforma de la ley del trabajo. La sociedad se prepara y los partidos políticos sufren hoy del terremoto que significó la inesperada irrupción del macronismo y su capacidad a absorber corrientes antagónicas en torno a la figura de Emmanuel Macron.Lo único que está firme es la victoria de Macron, el arraigo electoral de la ultraderecha y el hecho de que la mayoría del voto presidencial no fue a favor del presidente electo sino contra Marine Le Pen. Lo demás es, en Francia, un laboratorio que explora los arcanos de una nueva disciplina.

 

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Sábado, 06 Mayo 2017 07:13

El chantaje liberal

El chantaje liberal

 

El título del comentario de Hadley Freeman en The Guardian, la voz británica de la izquierda liberal anti-Assange-pro-Hillary, lo dice todo:

“Le Pen es un revisionista de extrema derecha del Holocausto. Macron no lo es. ¿Una elección difícil? “Previsiblemente, el texto propiamente dicho comienza con: “¿Ser un inversor banquero es lo mismo que ser un revisionista del Holocausto? ¿El neoliberalismo es igual al neofascismo?”, y descarta burlonamente incluso el apoyo condicional de la izquierda para el voto de Macron en segunda ronda, la postura de: “Lo votaría a Macron - MUY a regañadientes”. Este es el chantaje liberal en su peor estado: Uno debiera apoyar incondicionalmente a Macron, no importa que Macron sea un centrista neoliberal, solo que esté en contra de Le Pen ... es la vieja historia de Hillary contra Trump: ante la amenaza fascista, todos deberíamos reunirnos alrededor de su bandera (y convenientemente olvidar cómo su campaña maniobró brutalmente para sacar de carrera a Sanders y así contribuyó a perder la elección general).

¿No podemos al menos plantear la cuestión? Sí, Macron es proeuropeo - pero, ¿qué tipo de Europa personifica? ¡La misma Europa, cuyo fracaso alimenta al populismo de Le Pen, la anónima Europa al servicio del neoliberalismo! Éste es el quid de la cuestión: sí, le Pen es una amenaza, pero si ponemos todo nuestro apoyo detrás de Macron, ¿no nos quedamos atrapados en una especie de círculo y combatimos el efecto apoyando su causa? Esto trae a la mente un laxante de chocolate disponible en los Estados Unidos. Se publicita con el paradójico precepto: “¿Estás constipado? ¡Come más de este chocolate!”- en otras palabras, comer lo que causa el estreñimiento para curarse. En este sentido, Macron es el candidato laxante de chocolate, ofreciéndonos como cura lo mismo que causó la enfermedad.

Nuestros medios de comunicación presentan a los dos concursantes de la segunda ronda como si presentaran dos visiones radicalmente opuestas de Francia: el centrista independiente versus el racista de extrema derecha - sí, pero ¿ofrecen una opción real? Le Pen ofrece una versión feminizada / suavizada del brutal populismo antiinmigrante (de su padre), y Macron ofrece el neoliberalismo con rostro humano, con su imagen también suavemente feminizada (ver el papel materno que su esposa juega en los medios de comunicación).

Así que el padre está descartado y la feminidad está en boga - pero, nuevamente, ¿qué tipo de feminidad? Como señaló Alain Badiou, en el universo ideológico de hoy los hombres son adolescentes lúdicos, ilegales, mientras que las mujeres aparecen como duras, maduras, serias, legales y punitivas. Las mujeres no son llamadas hoy por la ideología gobernante a ser subordinadas, son llamadas - solicitadas, esperadas - para ser juezas, administradoras, ministras, CEOs, maestras, policías y soldados. Una escena paradigmática que ocurre cotidianamente en nuestras instituciones de seguridad es la de un maestro / juez / psicólogo femenino cuidando a un inmaduro y joven delincuente ... Una nueva figura de la feminidad está surgiendo: un competidor agente del poder frío, seductor y manipulador, que atestigua a la paradoja de que “bajo las condiciones que fija el capitalismo las mujeres pueden hacerlo mejor que los hombres” (Badiou).

Esto, por supuesto, de ninguna manera convierte a las mujeres en sospechosas de ser agentes del capitalismo; simplemente señala que el capitalismo contemporáneo inventó su propia imagen ideal de mujer que representa el poder administrativo frío pero con un rostro humano.

Ambos candidatos se presentan como anti-sistema, Le Pen de una manera obviamente populista y Macron de una manera mucho más interesante: es un foráneo de los partidos políticos existentes, pero, precisamente como tal, defiende el sistema, en su indiferencia ante las elecciones políticas establecidas. A diferencia de Le Pen, que representa la pasión política adecuada, el antagonismo de Nosotros contra Ellos (de los inmigrantes a las élites financieras no patrióticas), Macron representa una tolerancia apolítica que abarca todo.

A menudo oímos la afirmación de que la política de Le Pen obtiene su fuerza del miedo (el temor a los inmigrantes, a las instituciones financieras internacionales anónimas...), pero ¿no es lo mismo para Macron? Terminó primero porque los votantes temían a Le Pen, y el círculo está por lo tanto cerrado, no hay una visión positiva de ninguno de los dos candidatos, ambos son candidatos del temor.

Lo que verdaderamente está en juego en este voto se aclara si lo ubicamos en su contexto histórico más amplio. En Europa occidental y oriental, hay signos de una reorganización a largo plazo del espacio político. Hasta hace poco, el espacio político estaba dominado por dos partidos principales que dirigían todo el cuerpo electoral, un partido de centro derecha (demócrata-cristiano, liberal-conservador, del pueblo ...) y un partido de centro-izquierda , (Socialdemócrata ...), con partidos más pequeños dirigiéndose a un electorado estrecho (ecologistas, neofascistas,etc.)

Ahora, hay un partido que está surgiendo progresivamente que representa al capitalismo global como tal, generalmente con relativa tolerancia hacia el aborto, los derechos de los homosexuales, las minorías religiosas y étnicas, etc; y lo que se opone a este partido es un partido populista anti-inmigrante que, en sus márgenes, va acompañado de grupos neofascistas o directamente racistas.

El caso ejemplar es Polonia: después de la desaparición de los ex comunistas, los principales partidos son el partido liberal centrista “anti-ideológico” del ex primer ministro Donald Tusk y el partido conservador cristiano de los hermanos Kaczynski. Los intereses del Centro Radical hoy son: ¿cuál de los dos principales partidos, conservadores o liberales, tendrá éxito en presentarse como encarnando la no-política post-ideológica contra el otro partido descartado como “todavía atrapado en viejos espectros ideológicos”? A principios de los 90, los conservadores eran mejores en eso; más adelante, fueron los izquierdistas liberales quienes parecían estar ganando ventaja, y Macron es la última figura de un radical de centro puro.

Hemos alcanzado así el punto más bajo de nuestras vidas políticas: una pseudo-elección si es que alguna vez hubo una. Sí, la victoria de Le Pen traería peligrosas posibilidades. Pero lo que más temo es la asunción que seguirá la victoria triunfal de Macron: suspiros de alivio de todas partes, gracias a Dios el peligro se mantuvo a raya, Europa y nuestra democracia están salvadas, así podemos volver a nuestro sueño capitalista liberal de nuevo ... La perspectiva triste que nos espera es la de un futuro en el que, cada cuatro años, entraremos en pánico, asustados por alguna forma de “peligro neofascista”, y de esta manera chantajeados para emitir nuestro voto por el “civilizado” candidato en elecciones sin sentido que carecen de una visión positiva ...

Es por eso que los liberales en pánico que nos dicen que ahora debemos abstenerse de toda crítica de Macron están profundamente equivocados: ahora es el momento de sacar a relucir su complicidad con el sistema en crisis, después de su victoria será demasiado tarde, la tarea perderá su urgencia en la ola de auto-satisfacción. En la situación desesperada en que nos encontramos, enfrentados a una falsa elección, deberíamos reunir el coraje y simplemente abstenernos de votar. Abstenerse y empezar a pensar.

El lugar común “basta de actuar, hablemos” es profundamente engañoso - ahora, debemos decir precisamente lo contrario: basta de presión para hacer algo, empecemos a hablar en serio, es decir, a pensar! Y con esto quiero decir que también debemos dejar atrás la autocomplacencia izquierdista radical de repetir sin cesar que las opciones que se nos ofrecen en el espacio político son falsas y que sólo una izquierda radical renovada puede salvarnos ... sí, en cierto modo, pero ¿por qué, entonces, esta izquierda no surge?

¿Qué visión tiene la izquierda para ofrecer que sería lo suficientemente fuerte como para movilizar a la gente? No debemos olvidar nunca que la causa última del acto que estamos atrapados en el círculo vicioso de Le Pen y Macron es la desaparición de la alternativa izquierdista viable.

 

* Filósofo y crítico cultural. Sus últimos libros son Antígona y Por qué ellos no saben lo que hacen, ambos publicados en Ediciones Akal.

 

Traducción: Celita Doyhambéhère.

 

 

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Implementando el Acuerdo de Paz: borrador de proyecto de Ley

 

Como parte de la implementación de Acuerdo de Paz, está circulando un borrador de un proyecto de ley sobre el Ordenamiento Social de la Propiedad y Tierras Rurales. Un grupo de congresistas y organizaciones sociales ha enviado una carta a la Comisión de Seguimiento expresando su preocupación y rechazo a varias partes del borrador. Según los firmantes “varios de sus contenidos particulares, desconocen abiertamente la Constitución Política de 1991, la jurisprudencia de la Corte Constitucional e incluso el propio contenido del Acuerdo Paz de La Habana suscrito entre el Gobierno Nacional y Las FARC EP en noviembre de 2016.”(1)

Sin lugar a dudas hay partes del borrador que son inconstitucionales, y también tienen razón sobre la jurisprudencia de la Corte Constitucional, pues es cierto que la legislación que afecta a las comunidades étnicas requiere un proceso de consulta previa y hay una larga lista de fallos sobre asuntos agrarios. Donde se equivocan los congresistas es cuando hablan del Acuerdo de Paz. Pues las contradicciones que ellos señalan no son ciertas.

 

El Modelo Agrario y los Baldíos

 

Apelan primero a puntos generales del Acuerdo de Paz antes de proceder a mirar las propuestas concretas de la ley. Citan una parte del Acuerdo de Paz que afirma que:

 

"una verdadera transformación estructural del campo requiere adoptar medidas para promover el uso adecuado de la tierra de acuerdo con su vocación y estimular la formalización, restitución y distribución equitativa de la misma, garantizando el acceso progresivo a la propiedad rural de quienes habitan el campo y en particular a las mujeres rurales y la población más vulnerable, regularizando y democratizando la propiedad y promoviendo la desconcentración de la tierra, en cumplimiento de su función social."

 

Además citan partes del Acuerdo que hablan de la erradicación de pobreza etc. Esos son como los preámbulos de las constituciones, son aspiraciones. Hay varias partes del borrador de ley que son más técnicas y los congresistas aciertan de nuevo. Es cierto que la ley pretende hacerlo mucho más fácil entregar los baldíos a empresas extranjeras para proyectos supuestamente de “utilidad pública e interés social (como las empresas mineras o petroleras).” Además introduce un nuevo concepto, una nueva figura jurídica Unidad de Producción Rural, que puede permitir la acumulación de baldíos de la nación en manos distintas a los campesinos. Como dicen los firmantes de la carta.

 

“Además, abre la posibilidad para que con la tenencia de las UPA puedan acumularse grandes extensiones de tierra para fines empresariales u otros, lo cual, en la práctica reducirá la superficie disponible destinada para el campesinado y para la producción alimentaria.”

 

De nuevo aciertan, aunque ellos mismos reconocen que la entrega de baldíos a empresas nacionales y extranjeras no es algo nuevo. De hecho, a lo largo del proceso de paz el Estado colombiano siguió con su política de ignorar la legislación vigente, la Constitución Política y la jurisprudencia. Los firmantes dicen que:

 

“...es de suma gravedad, porque tal y como lo ha denunciado La Contraloría General de la República, en sus diversos informes, se han evidenciado casos de acumulación irregular de baldíos en la altillanura colombiana, en los cuales estaban involucradas importantes empresas y personas naturales (nombres como el de Luis Carlos Sarmiento Angulo, Pablo Valencia Iragorri, Cargill, Riopaila, entre otros). Es inaceptable que el Estado en lugar de profundizar en las herramientas legales para lograr la recuperación de esas tierras y la anulación de esas negociaciones fraudulentas, pretenda legalizarlas y sanearlas.”

 

No puede decirlo mejor. El Estado tiene una práctica nefasta de entregar las tierras a empresas nacionales y extranjeras, y no obstante las declaraciones hechas por varias ONG y organizaciones sociales (entre ellas firmantes de la carta) el Estado no tiene la más mínima intención de transformar el campo colombiano a favor del campesinado. Empero, esto no se debe sólo a una falta de voluntad de su parte, sino el Acuerdo de Paz tampoco lo obliga, como creen los firmantes. Según ellos la ley “Profundiza el modelo que da prevalencia a la agroindustria a través de figuras como las Zidres.” Pero eso no es contrario al Acuerdo de Paz, lo cual reconoce la legalidad y legitimidad de ese modelo. Como afirma la versión definitiva del Acuerdo de Paz en la página 12 se enumeran una serie de nada más y nada menos que principios, entre los cuales se encuentra la siguiente perla:

 

Desarrollo integral del campo: el desarrollo integral del campo depende de un adecuado balance entre las diferentes formas de producción existentes – agricultura familiar, agroindustria, turismo, agricultura comercial de escala-; de la competitividad y de la necesidad de promover y fomentar la inversión en el campo con visión empresarial y fines productivos como condición para su desarrollo; y de la promoción y fomento, en condiciones de equidad, de encadenamientos de la pequeña producción rural con otros modelos de producción, que podrán ser verticales u horizontales y en diferente escala. En todo caso se apoyará y protegerá la economía campesina, familiar y comunitaria procurando su desarrollo y fortalecimiento.” (Énfasis fuera del original)

 

¿Se lo explicamos con plastilina? El Acuerdo contempla la agroindustria, agricultura de escala y la competitividad. Aquí el gobierno no es quien miente, quien miente son los que dijeron que el Acuerdo era distinto a lo que parece escrito en blanco y negro. Los firmantes si aciertan cuando dicen que eso es regresivo para el campo colombiano, pero ellos mismos pidieron el voto a favor de ese acuerdo e hicieron campaña a favor del Acuerdo. Sí, la derecha colombiana pudo introducir algunos cambios en el Acuerdo, como el que citamos arriba, pero los congresistas firmantes votaron a favor de dicho acuerdo con los cambios.

También los firmantes se quejan de los artículos del borrador de proyecto de ley que intentan vincular el campesinado al gran capital y los proyectos agro-exportadores. Según los firmantes el borrador

 

“...limita sus [las comunidades] posibilidades para la definición del modelo productivo y económico que permita la construcción de paz con justicia social, atándola a lineamientos y criterios técnicos en cabeza de la Agencia Nacional de Tierras, la Unidad de Planificaci6n Rural Agropecuaria y la Agencia de Desarrollo Rural, que priorizan el establecimiento de alianzas y encadenamientos entre la pequeña y gran producción, el uso eficiente del suelo rural, la innovación tecnológica, asistencia técnica, crédito, riego y comercialización que favorecen un modelo de producción empresarial agroindustrial a gran escala.”

 

Tienen razón, el borrador de ley, sí hace eso y obliga a los campesinos a asociarse con empresas grandes. Respecto a eso, hay dos puntos. Primero eso ha sido la política del Estado desde hace tiempo, algo que trataremos ahora, pero segundo es una parte explícita del Acuerdo de Paz. Otra vez nos falta la plastilina. En la página 33, punto 1.3.3.6 el acuerdo dice claramente que:

 

Asociatividad: el Gobierno fomentará y promoverá la asociatividad, encadenamientos y alianzas productivas entre pequeños, medianos y grandes productores así como con procesadores, comercializadores y exportadores con el fin de garantizar una producción a escala y competitiva e insertada en cadenas de valor agregado que contribuyan a mejorar las condiciones de vida de los habitantes del campo en general y en particular de los pequeños productores. Para ello brindará asistencia técnica, jurídica y económica (crédito o financiamiento) a los pequeños productores con el fin de garantizar proyectos de economía familiar y asociativos, equilibrados y sostenibles.” (Énfasis fuera del original)

 

¿Acaso queda alguna duda? No. Pero es más, como señalamos esta idea no es nueva, y no nos sorprenderá saber el papel que han jugado las ONG y varios personajes de la izquierda en eso.

 

 

Las Alianzas Productivas

 

Esta propuesta que resulta tan repugnante para los firmantes es política oficial del Estado desde hace mucho rato con el apoyo de los EE.UU., la Unión Europea, las ONG y el silencio de la izquierda.

La idea de unir el campesinado en proyectos comunes con la agroindustria no es ni colombiana, ni nada nueva. Pero en el caso colombiano, toma fuerza en los noventa con el Programa de Desarrollo y Paz del Magdalena Medio. El PDPMM se fundó en 1995 como iniciativa de Ecopetrol y la Unión Sindical Obrera. En 1998 recibe un crédito de innovación y aprendizaje del Banco Mundial, pero realmente la suerte del PDPMM y su ideólogo el cura Francisco de Roux cambia radicalmente con el Plan Colombia. Reciben apoyo del Plan Colombia para fomentar las Alianzas Estratégicas donde los campesinos forman una alianza con el gran capital para producir Palma Africana, Cacao y luego Caucho. Este modelo transfiere los costos de producción de las empresas grandes a los campesinos. En ese momento, De Roux recibió el apoyo político de grandes ONGs como las que se agrupan en OIDHACO (Oxfam, Christian Aid, Trócaire, Caritas Francia y Mundubat [Paz y Tercer Mundo en ese entonces] entre otros). Además la coordinación de ONG de derechos humanos como la Coordinación Colombia Europa EE.UU, guardaron silencio. No querían criticarlo ni a él ni a su modelo. De hecho, este nefasto personaje es invitado a dar conferencias por organizaciones de la izquierda, reparten sus artículos y hablan de él en tonos venerados.

Luego vino el ministro de agricultura, Felipe Arias, en el gobierno de Uribe Vélez quién adoptó el modelo promovido por De Roux y lo hizo propio. En su Apuesta Exportadora detalló no sólo los cultivos a promover sino las regiones prioritarias para cada cultivo y en eso coincidió con la Unión Europea y sus Laboratorios de Paz, que también promovieron ese modelo agro-exportador que vincula el campesinado al gran capital y lo implementaron en varias regiones del país. Las ONG no sólo guardaron silencio ante las maniobras del imperialismo europeo, o como ellas dicen el buen imperialismo que no echa bala en Colombia, sino organizaciones sociales como el CRIC y el CIMA manejaron el Laboratorio de Paz de Cauca, promoviendo el modelo tanto criticado por los firmantes de la carta, y sembrando los cultivos señalados por Felipe Arias, como espárrago, brócoli, hortalizas etc.

En 2011, la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras fortaleció ese modelo, obligando a los campesinos a sembrar agro-exportables si querían créditos para las tierras devueltas a ellos. No es nuevo el modelo, lo que sí es nuevo, es que los firmantes de la carta lo criticaran. Pero si quieren criticar a la Asociatividad del Acuerdo de Paz y del borrador de Ley, tendrán que explicar a los campesinos porque eso es malo, y porque no dijeron nada hace 17 años cuando De Roux implementaba el mismo modelo con los fondos del Plan Colombia y porque no dijeron nada cuando los europeos promovieron lo mismo. Es una respuesta que merece el campesinado, pues son actores políticos no son carne de cañón en peleas políticas de las ONG y los políticos colombianos. Tómensen su tiempo, pero una respuesta sería bienvenida.

 

 

Debilidad de Acuerdo

 

El Acuerdo de Paz es muy débil, cuando no abiertamente reaccionario en materia agrícola, no puede servir como la base ni el referente para la oposición a las políticas agrarias del Estado, pues como se explicó, el Acuerdo incluye muchos de esos elementos. Pero el Acuerdo tiene una gran debilidad política que pocos quieren reconocer. Las Alianzas Estratégicas, la entrega de baldíos, el fomento de la agro-industria, el robo de tierras etc., todo eso comenzó mucho antes de iniciar el proceso de negociación entre las FARC y el Estado y siguió y se intensificó a lo largo de los cuatros años de negociaciones. Ni las FARC, ni ninguno de los firmantes fueron capaces de poner sobre la mesa los temas denunciados en la carta. No quiere decir eso, que ellos nunca se pronunciaron sobre los baldíos, por ejemplo, pues sí lo hicieron todos los congresistas, pero no lo hicieron en el marco de su apoyo al proceso de paz. El Acuerdo de Paz, iba a transformar el campo colombiano, decían, pero no exigían públicamente lo que ahora piden en la carta.

Es más cuando la ONU y la Universidad Nacional organizaron el Foro Agrario, como parte del proceso, lo presidió y lo cerró Francisco de Roux. En su discurso de cierre, De Roux dijo a los campesinos y los empresarios presentes (el foro contaba con la participación de la SAC y Fedepalma entre otros) que iba a llevar sus propuestas a La Habana pero también la propuesta de lo que él llamaba los cultivos tropicales permanentes, es decir, palma, caucho, cacao. Los firmantes de la carta que asistieron a ese foro nunca dijeron nada sobre los comentarios de cierre del cura De Roux.

Las FARC no fueron capaces de incluir ni una sola palabra contra ese modelo agrario. El Acuerdo no tiene nada que decir sobre el modelo ni el sometimiento de los campesinos a los proyectos agroindustriales. Tampoco tiene mucho que decir sobre los baldíos (la palabra ocurre apenas tres veces en un documento de 310 páginas). Mientras las ONG y los “intelectuales de izquierda” nos exigían un apoyo total y ciego al Acuerdo de Paz, los empresarios siguieron con el despojo y la preparación del borrador del proyecto de ley.

Las críticas de los firmantes son bienvenidas, pero si insisten en tomar el Acuerdo de Paz como referente, no serán más que papel mojado. La oposición a las políticas agrarias del Estado deben estar por fuera del Acuerdo y donde siempre se ha hecho, las calles, carreteras y campos del país y sin la mediación ni las buenas intenciones de los que en nombre de la paz, sacrificarían a los campesinos. Queda por ver cuántos de los firmantes siguen con sus críticas una vez que las FARC y/o el gobierno invoquen la estabilidad y futuro del Acuerdo de Paz. La próxima vez, hagan el favor de leer el Acuerdo de Paz antes de decirnos lo que es contrario a dicho documento.

 

(*) Contactos: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

 

Referencias:

(1) Los firmantes son: Senador Iván Cepeda, Senador Alberto Castilla, Representante Alirio Uribe, Representante Ángela María Robledo, Representante Víctor Correa y de organizaciones sociales Fensuagro, Coordinación Étnica Nacional de Paz- Cenpaz, Comisión Colombiana de Paz, Grupo Género en la Paz, CINEP/Programa de Paz, Grupo Semillas, Corporación Jurídica Yira Castro.

 

Fuente: http://www.elsalmon.co/2017/04/implementando-el-acuerdo-de-paz.html#more

 

 

 

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El “aparato” en París: el agente de la CIA y presidente del Congreso para la Libertad Cultural Michael Josselson (centro) en un almuerzo de trabajo con John Clinton Hunt y Melvin Lasky (dcha.)

 

Se suele asumir que los intelectuales tienen poco o ningún poder político. Subidos en su privilegiada torre de marfil, desconectados del mundo real, enredados en debates académicos sin sentido sobre minucias, o flotando en las nubes abstrusas de la teoría de altos vuelos, se suele retratar a los intelectuales como separados de la realidad política e incapaces de tener cualquier impacto significativo sobre ella. Pero la Agencia Central de Inteligencia (CIA) piensa de otra forma.

De hecho, el organismo responsable de planificar golpes de Estado, cometer asesinatos y manipular clandestinamente a gobiernos extranjeros no solo cree en el poder de la teoría, sino que asignó importantes recursos para mantener un grupo de agentes secretos dedicados a estudiar a fondo lo que algunos consideran la teoría más recóndita e intricada jamás producida. Un documento de investigación escrito en 1985 y que recientemente ha sido desclasificado y publicado con ligeras adaptaciones, haciendo uso de la Ley de Libertad de Expresión, revela que la CIA dispuso de agentes dedicados a estudiar las complejas e influyentes teorías asociadas a los autores franceses Michel Foucault, Jacques Lacan y Roland Barthes.

La imagen de unos espías estadounidenses reuniéndose con asiduidad en cafés parisinos para estudiar y comparar notas sobre los popes de la intelectualidad francesa puede chocar a quienes asumen que este grupo de intelectuales eran lumbreras cuya sobrenatural sofisticación no podría caer en una trampa tan vulgar, o que, por el contrario, no eran sino charlatanes de retórica incomprensible con poco o ningún impacto en el mundo real. Sin embargo, no sorprenderá a quienes están familiarizados con la prolongada y continua utilización de recursos de la CIA en la guerra cultural global, incluyendo el respaldo a sus formas más vanguardistas, lo que ha quedado bien documentado gracias a investigadores como Frances Stonor Saunders, Giles Scott-Smith y Hugh Wilford (yo he realizado mi propia contribución con el libro Radical History & the Politics os Art).

Thomas W. Braden, antiguo supervisor de las actividades culturales de la CIA, explicaba el poder de la guerra cultural de la agencia en un relato sincero y bien informado publicado en 1967: “Recuerdo el inmenso placer que sentí cuando la Orquesta Sinfónica de Boston [que contaba con el respaldo de la CIA] ganó más elogios para EE.UU. en París de los que pudieran haber ganado John Foster Dulles [i] o Dwight D. Eisenhower con cien discursos”. No se trataba, de ninguna manera, de una operación liminal o sin importancia. De hecho, como sostenía acertadamente Wilford, el Congreso para la Libertad Cultural con sede en París, que posteriormente resultó ser una organización tapadera de la CIA en tiempos de la Guerra Fría, fue uno de los principales patrocinadores de la historia mundial y prestó apoyo a una increíble gama de actividades artísticas e intelectuales. Contaba con oficinas en 35 países, publicó docenas de prestigiosas revistas, participaba en la industria editorial, organizó conferencias y exposiciones artísticas de alto nivel, coordinaba actuaciones y conciertos y proporcionó generosa financiación a diversos premios y becas culturales, así como a organizaciones encubiertas como la Fundación Farfield.

La agencia de inteligencia consideraba que la cultura y la creación teórica eran armas cruciales del arsenal global dirigido a perpetuar los intereses estadounidenses en todo el mundo. El documento de investigación de 1985 recién publicado, titulado “Francia: la deserción de los intelectuales de izquierda”, examina –indudablemente con el fin de manipularla– a la intelectualidad francesa y el papel fundamental que desempeñaba en la configuración de las tendencias que generan la línea política. El informe, a la vez que sugería que en la historia de la intelectualidad francesa existía un equilibrio ideológico relativo entre la izquierda y la derecha, destaca el monopolio de la izquierda en la era inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial –al que, como sabemos, se oponía de modo furibundo la CIA– a causa del papel fundamental que jugaron los comunistas en la resistencia al fascismo y que, en último término, permitió ganar la guerra. Aunque la derecha estaba enormemente desacreditada a causa de su contribución directa a los campos de exterminio nazis, así como su agenda xenófoba, anti-igualitaria y fascista (según las propias palabras de la CIA), los agentes secretos anónimos que escribieron el borrador del informe resumen con palpable regocijo el retorno de la derecha a partir de los inicios de la década de los setenta.

Más concretamente, los guerreros culturales clandestinos aplauden lo que consideran un movimiento doble que contribuyó a que los intelectuales apartaran a Estados Unidos del centro de sus críticas y las dirigieran a la Unión Soviética. Por parte de la izquierda se produjo una desafección gradual hacia el estalinismo y el marxismo, una progresiva retirada de los intelectuales radicales del debate público y un alejamiento teórico del socialismo y del partido socialista. Más hacia la derecha, los oportunistas ideológicos a los que se denominaba Nuevos Filósofos y los intelectuales de la Nueva Derecha lanzaron una campaña mediática descarada de difamación contra el marxismo.

Mientras otros tentáculos de la organización de espionaje de alcance mundial se dedicaban a derribar gobiernos elegidos democráticamente, a proporcionar servicios de inteligencia y financiación a dictadores fascistas y a apoyar escuadrones de la muerte de extrema derecha, el escuadrón parisino de la CIA recogía información sobre el giro hacia la derecha que estaba teniendo lugar en el mundo y que beneficiaba directamente a la política exterior de EE.UU. Los intelectuales simpatizantes de la izquierda de la posguerra fueron abiertamente críticos con el imperialismo estadounidense. La influencia en los medios de comunicación que ejercía la crítica marxista sin pelos en la lengua de Jean Paul Sartre y su notable papel –como fundador de Libération– a la hora de revelar la identidad del responsable de la CIA en París y de docenas de agentes encubiertos fue seguida de cerca por la Agencia y considerada un grave problema.

Por el contrario, el ambiente antisoviético y antimarxista de la emergente era neoliberal sirvió para desviar el escrutinio público y proporcionó una excelente excusa para las guerras sucias de la CIA, al “dificultar en extremo cualquier oposición significativa de las élites intelectuales a las políticas estadounidenses en América Central, por ejemplo”. Greg Grandin, uno de los más destacados historiadores de Latinoamérica, resumió perfectamente esta situación en su libro The Last Colonial Massacre (La última masacre colonial):

“Aparte de realizar intervenciones notoriamente desastrosas y letales en Guatemala en 1954, República Dominicana en 1965, Chile en 1973 y El Salvador y Nicaragua en los ochenta, Estados Unidos ha prestado apoyo financiero, material y moral silencioso y continuo a estados terroristas asesinos y contrainsurgentes [...] Pero la enormidad de los crímenes de Stalin aseguraba que dichas historias sórdidas, por muy convincentes, rigurosas o condenatorias que fueran, no interfirieran en la fundación de una visión del mundo comprometida con el papel ejemplar de Estados Unidos en la defensa de lo que ahora conocemos como democracia”.

Este es el contexto en el que los mandarines enmascarados elogian y apoyan la incesante crítica que una nueva generación de pensadores antimarxistas como Bernard-Henri Levy, André Glucksmann y Jean-François Revel desencadena contra “la última camarilla de eruditos comunistas” (compuesta, según los agentes anónimos, por Sartre, Barthes, Lacan y Louis Althuser). Dada la inclinación izquierdista de aquellos antimarxistas en su juventud, constituyen el modelo perfecto para construir las narrativas falaces que fusionan una pretendida evolución política personal con el avance continuo del tiempo, como si la vida individual y la historia fueran simplemente una cuestión de “evolución” y de reconocer que la transformación social igualitaria es algo del el pasado, personal e histórico. Este derrotismo condescendiente y omnisciente no solo sirve para desacreditar nuevos movimientos, particularmente aquellos liderados por los jóvenes, sino que también caracteriza de forma errónea los éxitos relativos de la represión contrarrevolucionaria como progreso natural de historia.

Incluso teóricos no tan opuestos al marxismo como estos intelectuales reaccionarios contribuyeron de modo significativo a la atmósfera de desencanto hacia el igualitarismo transformador, al alejamiento de la movilización social y al “cuestionamiento crítico” desprovisto de puntos de vista radicales. Esto es crucial para comprender la estrategia general de la CIA en sus amplias y poderosas iniciativas para desmantelar a la izquierda cultural en Europa y otros lugares. Reconociendo la dificultad de abolirla por completo, la organización de espionaje más poderosa del mundo ha pretendido apartar la cultura de izquierdas de las políticas decididamente anticapitalistas y transformadoras y redirigirla hacia posiciones reformistas de centro-izquierda, menos abiertamente críticas con la política interna y la política exterior de Estados Unidos. En realidad, tal y como ha demostrado minuciosamente Saunders, la Agencia continuó las políticas del Congreso liderado por McCarthy en la posguerra con el fin de apoyar y promover de manera directa aquellos proyectos que desviaban a productores y consumidores de la izquierda decididamente igualitaria. Amputando y desacreditando a esta última, aspiraba también a fragmentar a la izquierda en general, dejando lo que quedaba del centro-izquierda con un mínimo poder y apoyo público (y a la vez potencialmente desacreditada a causa de su complicidad con la política del poder de las derechas, un tema que continúa extendiéndose como una plaga por los partidos institucionalizados de la izquierda).

Es en este contexto donde debemos situar la afición de la agencia de inteligencia por las narrativas de conversión y su profundo aprecio por los “marxistas reformados”, un leitmotiv transversal al informe de investigación sobre los teóricos franceses. “A la hora de socavar el marxismo –escriben los agentes infiltrados– son aún más eficaces aquellos intelectuales convencidos, dispuestos a aplicar la teoría marxista en las ciencias sociales, pero que acaban por rechazar toda la tradición marxista”. Citan en particular la enorme contribución realizada por la Escuela de los Annales, de historiografía y estructuralismo –especialmente Claude Lévi-Strauss y Foucault– a la “demolición crítica de la influencia marxista en las ciencias sociales”. Foucault, a quien se refieren como “el pensador francés más profundo e influyente”, es especialmente aplaudido por su elogio de los intelectuales de la Nueva Derecha, cuando recuerda a los filósofos que “la teoría social racionalista de la Ilustración y la era Revolucionaria del siglo XVIII ha tenido consecuencias sangrientas”. Aunque sería un error echar por tierra las políticas o los efectos políticos de cualquiera basándose en una sola posición o resultado, el izquierdismo antirrevolucionario de Foucault y su perpetuación del chantaje del Gulag –es decir, la afirmación de que los movimientos expansivos radicales que pretenden una profunda transformación social y cultural solo resucitan la más peligrosa de las tradiciones– están perfectamente en línea con las estrategias generales de guerra psicológica de la agencia de espionaje.

La interpretación que realiza la CIA de la obra teórica francesa debería servirnos para reconsiderar la apariencia chic que ha acompañado gran parte de su recepción por el mundo anglófono. Según una concepción estatista de la historia progresiva (que por lo general permanece ciega a su teleología implícita), la obra de figuras como Foucault, Derrida y otros teóricos franceses de vanguardia suele asociarse intuitivamente a una crítica profunda y sofisticada que presumiblemente va más allá de cualquier relación con el socialismo, el marxismo o las tradiciones anarquistas. No cabe duda y es preciso resaltar que el modo en que el mundo anglófono acogió la obra de los teóricos franceses, como acertadamente ha señalado John McCumber, tuvo importantes implicaciones políticas como polo de resistencia a la falsa neutralidad política, las tecnicidades cautelosas de la lógica y el lenguaje, o al conformismo ideológico puro activo en las tradiciones de la filosofía anglo-americana apoyada por [el senador] McCarthy. No obstante, las prácticas teóricas de aquellas figuras que dieron la espalda a lo que Cornelius Castoriadis denominó la tradición de la crítica radical –la resistencia anticapitalista y antiimperialista– ciertamente contribuyeron al alejamiento ideológico de la política transformadora. Según la propia agencia de espionaje, los teóricos posmarxistas franceses contribuyeron directamente al programa cultural de la CIA destinado a persuadir a la izquierda de inclinarse hacia la derecha, al tiempo que desacreditaban el antiimperialismo y el anticapitalismo, creando así un entorno intelectual en el cual sus proyectos imperialistas pudieran medrar sin ser estorbados por un escrutinio crítico serio por parte de la intelectualidad.

Como sabemos gracias a las investigaciones realizadas sobre los programas de guerra psicológica de la CIA, la organización no solo ha vigilado e intentado coaccionar a los individuos, sino que siempre ha intentado comprender y transformar las instituciones de producción y distribución cultural. De hecho, su estudio sobre los teóricos franceses señala el papel estructural que desempeñan las universidades, las editoriales y los medios de comunicación en la formación y consolidación de un ethos político colectivo. En las descripciones que, como el resto del documento, deberían invitarnos a pensar críticamente sobre la actual situación académica del mundo anglófono y otros lugares, los autores del informe destacan cómo la precarización del trabajo académico contribuye al aniquilamiento del izquierdismo radical. Si los izquierdistas convencidos no podemos asegurarnos los medios materiales para desarrollar nuestro trabajo, o si se nos obliga más o menos sutilmente a ser conformistas para conseguir empleo, publicar nuestros escritos o tener un público, las condiciones estructurales que permitan la existencia de una comunidad izquierdista resuelta se ven debilitadas. Otra de las herramientas utilizadas para conseguir este fin es la profesionalización de la educación superior, que pretende transformar a las personas en eslabones tecnocientíficos integrados en el aparato capitalista, más que en ciudadanos autónomos con herramientas solventes para la crítica social. Los mandarines teóricos de la CIA alaban, por tanto, las iniciativas del gobierno francés por “presionar a los estudiantes para que se decidan por estudios técnicos y empresariales”. También señalan las contribuciones realizadas por las grandes casas editoriales como Grasset, los medios de comunicación de masas y la moda de la cultura americana para lograr una plataforma postsocialista y antigualitaria.

¿Qué lecciones podemos extraer de este informe, especialmente en el contexto político en que nos encontramos, con su ataque continuo a la intelectualidad crítica?

En primer lugar, el informe debería servirnos para recordar convincentemente que si alguien supone que los intelectuales no tienen ningún poder y que nuestras orientaciones políticas carecen de importancia, la organización que se ha convertido en uno de los agentes más poderosos del mundo contemporáneo no lo ve así. La Agencia Central de Inteligencia, como su nombre irónicamente sugiere, cree en el poder de la inteligencia y de la teoría, algo que deberíamos tomarnos muy seriamente. Al presuponer erróneamente que el trabajo intelectual sirve de poco o de nada en el “mundo real”, no solo malinterpretamos las implicaciones prácticas del trabajo teórico, sino que corremos el riesgo de hacer la vista gorda ante proyectos políticos de los que fácilmente podemos convertirnos en embajadores culturales involuntarios. Aunque es verdad que el Estado-nación y el aparato cultural francés proporcionan a los intelectuales una plataforma pública mucho más significativa que muchos otros países, la obsesión de la CIA por cartografiar y manipular la producción teórica y cultural en otros lugares debería servirnos a todos como llamada de atención.

En segundo lugar, en la actualidad los agentes del poder están particularmente interesados en cultivar una intelectualidad cuya visión crítica esté atenuada o destruida por las instituciones que los patrocinan basadas en intereses empresariales y tecnocientíficos, que equipare las políticas de izquierda-derecha con lo “anticientífico”, que relacione la ciencia con una pretendida –pero falsa– neutralidad política, que promueva los medios de comunicación que saturan las ondas hertzianas con cháchara conformista, aísle a los izquierdistas convencidos de las principales instituciones académicas y de los focos mediáticos y desacredite cualquier llamamiento al igualitarismo radical y a la transformación ecológica. Idealmente, intentan nutrir una cultura intelectual que, si es de izquierdas, esté neutralizada, inmovilizada, apática y se muestre satisfecha con apretones de manos derrotistas o con la crítica pasiva a la izquierda radical movilizada. Esa es una de las razones por las que podemos considerar a la oposición intelectual al izquierdismo radical, que predomina en el mundo académico estadounidense, una postura política peligrosa: ¿acaso no es cómplice directa de la agenda imperialista de la CIA en todo el mundo?

En tercer lugar, para contrarrestar este ataque institucional a la cultura del izquierdismo resolutivo, resulta imperativo resistir la precarización y profesionalización de la educación. Similar importancia tiene la creación de esferas públicas que posibiliten un debate realmente crítico y proporcionen una amplia plataforma para aquellos que reconocen que otro mundo no solo es posible, sino necesario. También necesitamos unirnos para contribuir a la creación o el mayor desarrollo de medios de comunicación alternativos, diferentes modelos de educación, instituciones alternativas y colectivos radicales. Es vital promover precisamente aquello que los combatientes culturales encubiertos pretenden destruir: una cultura de izquierdismo radical con un marco institucional de apoyo, un amplio respaldo público, una influencia mediática prevalente y un amplio poder de movilización.

Por último, los intelectuales del mundo deberíamos unirnos para reconocer y aprovechar nuestro poder con el fin de hacer todo lo posible para desarrollar una crítica sistémica y radical que sea tan igualitaria y ecológica como anticapitalista y antiimperialista.

Las posturas que uno defiende en el aula o públicamente son importantes para establecer los términos del debate y marcar el campo de posibilidades políticas. En oposición directa a la estrategia cultural de fragmentación y polarización de la agencia de espionaje, mediante la cual ha pretendido amputar y aislar a la izquierda antiimperialista y anticapitalista, deberíamos, a la vez que nos oponemos a las posiciones reformistas, federarnos y movilizarnos, reconociendo la importancia de trabajar juntos –toda la izquierda, como Keeanga-Yamahtta nos ha recordado recientemente– para cultivar una intelectualidad verdaderamente crítica.

En lugar de pregonar o lamentar la impotencia de los intelectuales, deberíamos utilizar la aptitud para decir la verdad a los poderosos, trabajando juntos y movilizando nuestra capacidad de crear colectivamente las instituciones necesarias para un mundo de izquierdismo cultural. Porque solo en un mundo así, y en las cámaras de resonancia de inteligencia crítica que provoque, será posible que las verdades expresadas sean realmente escuchadas y se produzca el cambio de las estructuras de poder.


Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo

 


Nota:


[1] Secretario de Estado con el presidente Eisenhower entre 1953 y 1959.
(Tomado del Blog Cultura y Resistencia)

 

 

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Documento de una de las resoluciones políticas del PSOE.

 

Cuando el espectro del comunismo ya no recorre Europa y la sombra de la socialdemocracia no tiene densidad para hacerse notar, es momento de plantear una democracia inclusiva desde el conocimiento, la moral, el compromiso y la acción política



Más allá de retóricas y proclamas vacías, lo cierto es que la izquierda no acaba de reencontrarse a sí misma en un mundo en el que han cambiado las coordenadas en que nos movíamos. Hablamos de mundo globalizado, de mercado mundial, de capitalismo financiero, de Estados impotentes, de redes sociales, de relaciones interculturales, de guerras asimétricas, de amenazas transfronterizas... Y la izquierda, ésa que ha pasado a ser calificada de "tradicional", ya en versión socialdemócrata, ya en versión comunista, es la que se había movido en el esquema de un mundo bipolar, de mercado nacional, de Estados fuertes, de estructuras estables, de clases sociales identificadas, de fronteras claramente delineadas... Ese mundo ya no existe. El mundo de ahora, distinto en virtud de la revolución de las tecnologías de la información y la comunicación, del nuevo capitalismo erigido sobre ellas, y de los fuertes cambios en las realidades sociales, políticas y culturales, ofrece una realidad que reclama un nuevo paradigma. Es el paradigma ausenteque la izquierda aún no ha llegado a elaborar.

¿Será posible hallar un nuevo paradigma, que pudiera ser, por ejemplo, marco idóneo para una propuesta socialista puesta al día? ¿Qué pasó con las banderas rojas? Parecería que a la izquierda también vendría a cuadrarle el dicho del Manifiesto Comunista de que "todo lo sólido se desvanece en el aire". Cuando el espectro del comunismo ya no recorre Europa y la sombra de la socialdemocracia no tiene densidad para hacerse notar, es momento de repensar qué ha sido de la izquierda y ver qué puede ser. Si la izquierda queda sumida en titubeos respecto a su crisis de identidad, falta de proyecto, carencia de programa o pérdida de su base social –todo ello relacionado con la oligarquización de las estructuras partidarias, con muchos dirigentes polarizados en torno a su carrera política--, será la derecha la que siga con su hegemonía desde la ideología neoliberal y sus complementos neoconservadores.

 

Política frente a una globalización económica antipolítica


En el contexto de un mundo globalizado, la izquierda que perdió el hilo es la izquierda a la que le ha ocurrido tal cosa por no haberse enfrentado al problema de fondo, que no es otro que el hecho de que la política como tal se vea engullida por el "gran mercado del mundo" --dicho en términos calderonianos-- al que nos ha llevado el proceso de globalización. La gran paradoja es que esa crisis de lo político es a su vez resultado de un determinado proyecto político. Es verdad que el mundo globalizado en el que estamos es el mundo configurado sobre todo como gran mercado capitalista, con el capitalismo financiero como dominante, pero de tal manera que esa misma configuración se ha visto impulsada por el proyecto neoliberal. Éste ha sido el proyecto puesto en marcha inicialmente por los Friedman y Hayek desde mediados del pasado siglo, para reconfigurar el mundo a la medida de las exigencias del nuevo capitalismo, el cual, con la exaltación del mercado y la denostación del Estado, se aseguraba un clima en contra de toda regulación política de la economía y a favor del Estado mínimopreconizado por el norteamericano Nozick. Con su economicismo a ultranza, con su visión antropológica individualista, con una concepción de las relaciones sociales en términos de mitificada competitividad, con una valoración negativa del Estado como depredador de las riquezas de los ciudadanos, con una mentalidad tan refractaria a lo público como encandilada por lo privado, el neoliberalismo no ha dejado de actuar como proyecto político encaminado a disolver la política, o incluso a erigir en lugar de ésta una antipolítica resultante de la distorsión de la política al cercenar las condiciones que hacen que ésta sea posible.

Fue ante la hegemonía neoliberal como la socialdemocracia sucumbió ideológicamente, dejándose llevar a su terreno por la Tercera Vía de Tony Blair, con la pretensión de situarse "más allá de la izquierda y la derecha", según Giddens. Era el viaje al centro que una y otra vez emprenden los partidos socialdemócratas, sin evaluar cómo dejan atrás señas de identidad y elementos programáticos. Tony Judt ya dijo sobre tal deriva del laborismo británico que algo fue mal.

Con un neoliberalismo fortalecido como ideología dominante y una socialdemocracia en retirada, el capitalismo de la era de la globalización ha encontrado las circunstancias adecuadas para su expansión irrestricta. El debilitamiento de lo político comportado por tales circunstancias ha supuesto la reducción de los Estados a un papel subalterno, así como el despliegue avasallador de un capitalismo capaz de afirmar su fuerza incluso a través de esos "poderes salvajes" denunciados por Luigi Ferrajoli. ¿Qué queda, entonces, de la política? Es imperiosa la necesidad de acometer su reconstrucción democrática, ubicándola en las nuevas coordenadas que brinda un mundo muy distinto del de épocas anteriores.


Convocatoria sin demagogia para un "pueblo" sin populismo


Sabido es que en estos momentos de cuestionamiento de los esquemas políticos tradicionales, de agotamiento de modelos de organización heredados del pasado, es frecuente que a nuevas formaciones en el panorama político se les aplique el rótulo de populismocon intención de descalificar lo nuevo. No hay sino que considerar con cierta ironía que quienes no se han privado de caer en comportamientos populistas a base de discursos demagógicos, ahora acusen tan a la ligera a otros de lo que ellos han practicado. Pero de todas formas, atentos hay que estar para que no se verifiquen los riesgos de lo que en serio se pueda considerar populismo. Es importante atender a cómo se utiliza, de forma explícita o de maneras implícitas, la categoría "pueblo" que se halla al fondo de proyectos de reconstrucción política que intentan dejar atrás las referencias del pasado apelando a nuevos protagonismos políticos.

Lejos de concepciones etnicistas, si toca a la izquierda apelar al pueblo es para promover la constitución de un sujeto político capaz de configurar frente al poder una mayoría en torno a reivindicaciones colectivas, convocando sobre todo a quienes, estando en la periferia del sistema político, pueden removerlo para hacerlo efectivamente inclusivo, también respecto a la población inmigrante. Lo subraya el filósofo Jacques Rancière: la democracia es el sistema que se define por la inclusión de quienes protagonizan el acto político de constituirse como pueblo al expresar su disenso y reivindicar sus derechos, de forma que el principio de igualdad opere contra asimetrías excluyentes.

Es importante lo que Judith Butler señala tras recordar que "el pueblo se halla dividido según líneas de clase": es necesario tener en cuenta que "el objetivo final de la política no es simplemente levantarse todos juntos para dar un nuevo significado al 'pueblo', aunque a veces sea un gesto importante para lograr un cambio democrático radical". Movilizado el pueblo para dicho cambio la clave es que se constituya en demos, conjunto de ciudadanas y ciudadanos dispuestos a reivindicar y ejercer sus derechos.

La ciudadanía es así sujeto "demo-crático" que desde su pluralidad exige igualdad, reubicándose por ello en el eje izquierda-derecha, justo para acabar con la distancia entre "arriba" y "abajo. Conjugar la pluralidad, superando toda pretensión de monopolio, es camino para evitar resbalones populistas, por una parte, o caídas en la irrelevancia política, por otra.

 

Pistas para reconstruir la izquierda


¿Será posible, en medio de las crisis en que estamos inmersos, reencontrar los rasgos que perfilen de nuevo la identidad de una izquierda atenta a los hechos a la vez que con capacidad de alternativa? Cabe hallar algunas pistas en torno a estos puntos:

--La izquierda es un lugar epistémico, es decir, un lugar desde el que desplegar una visión crítica de la realidad social y, tras el conocimiento crítico, erigir alternativas frente a lo criticado: encubrimientos ideológicos, prácticas de dominio, realidades injustas, amenazas medioambientales...

--La izquierda es un punto de vista moral, que por otra parte nunca se ha de pretender acaparar, desde el cual se asume el compromiso de una opción ética, políticamente mediada, por los objetivos de justicia, de libertad, de igualdad que es necesario promover para conseguir una sociedad a la altura de la dignidad humana.

--La izquierda es voluntad de compromiso, capaz de articularse en formas de participación política y organización democrática como vías imprescindibles para la transformación social necesaria, alentando el protagonismo de ciudadanas y ciudadanos que desde sus más diversas condiciones –mujeres y hombres, trabajadores, jóvenes y mayores-- se involucran en sus propios procesos de emancipación y de reconstrucción solidaria de la realidad social.

--La izquierda es una posición política, identificable como contrapuesta a las posiciones de las derechas, desde la cual sostener proyectos y programas encaminados a ser alternativa a las políticas neoliberales y conservadoras.

--La izquierda es acción transformadora, convirtiendo la rebeldía en capacidad de cambio teniendo a la vista, frente a lo existente, el horizonte de lo aún no logrado que se puede conseguir, activando la esperanza desde un imprescindible bagaje de memoria histórica.

Si todos estos ingredientes se conjugan tomando en serio lo que ha de ser una democracia inclusiva, haciendo propio el feminismo, replanteando modelos ecológicos de desarrollo, recusando las mitificaciones engañosas, acentuando las exigencias de laicidad, recuperando la conciencia republicana y relanzando lo que puede ser un proyecto socialista reformulado para el mundo globalizado en el que estamos..., podemos reconstruir el perfil de una izquierda identificable. De ella habrá que decir que se trata de una izquierda que ha de ser reconocible en sus diversos rostros y voces. Nadie tiene el monopolio de la izquierda, pues nadie tiene ni la patente ni la exclusiva de lo que sea esa izquierda que, al fin y al cabo, se verá definida por sus prácticas. En política, se es lo que se hace.

 

Autor

 

José Antonio Pérez Tapias @japtapias

Es miembro del Comité Federal del PSOE y profesor decano de Filosofía en la Universidad de Granada. Es autor de Invitación al federalismo. España y las razones para un Estado plurinacional. (Madrid, Trotta, 2013)

 

 

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Educación popular y formación política: enseñanzas de Marx

 

Si bien puede parecer redundante o conocido, es importante recuperar cómo la larga tradición del marxismo revolucionario supo tener a lo formativo y a la educación popular como algo central en su derrotero militante. En especial porque aunque suene paradójico, en coyunturas adversas como la que vivimos en América Latina, o en momentos donde la movilización popular nos encuentra de manera constante en las calles, los procesos de formación, de análisis y estudio, de lectura e investigación de la propia realidad que se pretende transformar, se resienten o bien ostentan -salvo contadas excepciones- un lugar residual al interior de las organizaciones de izquierda. A contrapelo, y en sintonía con los planteamientos de buena parte del marxismo crítico, es precisamente en contextos como el actual donde más urgentes resultan este tipo de apuestas pedagógico-políticas.

Consideramos un ejercicio imprescindible revisitar desde este ángulo las propias biografías e itinerarios de quienes constituyeron una referencia fundamental en la conformación del marxismo revolucionario, comenzando por el propio Karl Marx (1818-1883). En general predomina -a nuestro modo de ver, no casualmente- una visión de Marx como un genio solitario, dedicado casi exclusivamente a escribir libros y artículos detrás de un escritorio, sumergido cual ratón de biblioteca en la sala de lectura del Museo Británico durante años para elaborar El Capital. Sin embargo, se omite que desde su juventud hasta los últimos momentos de su vida, siempre produjo, intervino y reflexionó en diálogo constante con la realidad y las luchas que lo estimulaban a pensar y actuar como militante revolucionario, por lo que podemos definirlo como un verdadero intelectual orgánico de las clases populares.

Desde sus primeros artículos periodísticos de denuncia de las condiciones de miseria y explotación que padecían los campesinos de Mosela, pasando por el enorme aprendizaje político que resulta de sus diversos encuentros e intercambios en buena parte del continente con organizaciones clandestinas, sindicatos y asociaciones de exiliados, hasta la elaboración de sus incendiarios documentos y comunicados políticos al calor de la revolución de 1848 (entre los que se destaca el Manifiesto Comunista, escrito a pedido de la Liga en la que participaba junto con Engels, y cuyo antecedente había sido el Comité de Correspondencia Comunista), puede decirse que su formación estuvo signada por el vínculo estrecho con -y el aprendizaje a partir de la experiencia vital de- las organizaciones y movimientos en lucha en toda Europa.

Sería infructuoso reseñar en detalle su abultada producción teórico-política, pero vale la pena recordar algunos de sus principales materiales y momentos de intervención, para dar cuenta de la importancia que siempre tuvo el estudio y la formación para Marx. No podemos dejar de mencionar las Tesis sobre Feuerbach, temprano borrador de 1845 cuya extensión es inversamente proporcional a su densidad filosófica y política, en la medida en que condensa en unos pocos párrafos una caracterización profundamente revolucionaria respecto del conocimiento de la realidad, y postula como criterio de verdad a la praxis, la cual presupone una unidad indisoluble entre reflexión y acción, así como el papel activo y dinámico que tienen los sujetos tanto en la comprensión como -sobre todo- en la transformación del mundo. A su vez, textos pedagógicos y de amplia difusión popular bajo el formato de folletos, como Trabajo asalariado y capital o Salario, precio y ganancia, son en realidad conferencias que fueron pensadas para el esclarecimiento teórico y la batalla política, en el seno de las organizaciones de base de trabajadores y activistas que el propio Marx frecuentaba. Su obsesión por lograr que la clase obrera pudiese acceder a los sucesivos tomos de El Capital a través de su desdoblamiento en fascículos sueltos divulgados a precios populares -tal como deja traslucir en más de una carta intercambiada con Engels y con su editor- tiene la misma vocación formativa.

Asimismo, dentro de la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT), una de las propuestas que supo impulsar fue la de una investigación “de la situación de la clase obrera en todos los países, llevada a cabo por la clase obrera misma”, donde uno de los puntos más relevantes era la educación del proletariado en términos mentales, físicos y tecnológicos, es decir, desde una perspectiva integral.Sumamente entusiasmado por concretar esta propuesta redactada en 1866 (no casualmente, escasos meses antes de que salga a la calle la primera parte de El Capital), Marx expresará que “al iniciar tan gran obra, los obreros mostrarán que son capaces de tomar sus destinos en sus propias manos”. En efecto, poco tiempo atrás, en ocasión del nacimiento de la Asociación Internacional de los Trabajadores, ya había escrito en su Manifiesto Inaugural que “la clase obrera posee un elemento de triunfo: el número. Pero el número no pesa en la balanza si no está unido por la asociación y guiado por el saber”.

No está de más recordar que otro texto imperecedero de Marx, publicado luego bajo el título de La guerra civil en Francia, fue en rigor un documento político redactado por él a pedido del Consejo General de la AIT (de hecho, sus integrantes fueron quienes firmaron como “autores” colectivos la primera edición de este material), con el propósito de brindar una lectura desde el punto de vista de la clase trabajadora, acerca de los sucesos ocurridos en París durante la instauración de la Comuna entre marzo y mayo de 1871, a tal punto que las diversas ediciones en inglés y en otras lenguas -por lo general como folleto- fueron vendidas entre los obreros a precios reducidos y se agotaron rápidamente. Es interesante destacar que el interrogante teórico-practico que obsesionó a Marx durante casi dos décadas (¿con qué sustituir al Estado burgués tras la conquista y destrucción del poder político a través de una revolución?), no pudo ser respondido por él en términos intelectuales o eruditos, sino que fueron las y los desposeídos parisinos que osaron “tomar el cielo por asalto”, quienes resolvieron este enigma y le enseñaron a Marx -a partir de su experiencia colectiva y sin receta alguna- la forma política “al fin descubierta” que debía asumir el autogobierno popular luego de la desarticulación del poder estatal y capitalista.

Ya en su última década de vida, además de insistir en la necesidad de entender y analizar a las sociedades a partir del principio epistemológico de la totalidad (que implica concebir al capitalismo como un sistema, no disociando por tanto, salvo en términos estrictamente analíticos, las diferentes y complementarias relaciones de opresión, dominio y resistencia que lo constituyen como tal), Marx confrontará con aquellas corrientes que, como la liderada por Lasalle en Alemania, pregonaban la posibilidad de construir el socialismo de manera gradualista y desde el Estado. Conocido como “Crítica al Programa de Gotha”, este manuscrito póstumo redactado en 1875 cuestiona de manera radical los núcleos principales de un programa político que, elaborado en el marco de la unificación de las dos principales organizaciones obreras alemanas, se encontraba en las antípodas de su concepción revolucionaria. Frente a la sugerencia de los lasalleanos de subsumir toda propuesta de trabajo cooperativo y de educación popular a la lógica estatal, Marx responderá indignado: “Eso de ‘educación popular a cargo del Estado’ es absolutamente inadmisible. ¡Una cosa es determinar, por medio de una ley general, los recursos de las escuelas públicas, las condiciones de capacidad del personal docente, las materias de enseñanza, etc., velar por el cumplimiento de estas prescripciones legales mediante inspectores del Estado (...) y otra cosa, completamente distinta, es nombrar al Estado educador del pueblo! (...) es, por el contrario, el Estado el que debe recibir del pueblo una educación muy severa”.

Unos años más tarde, retomará con mayor fuerza aquella vocación por la formación, el estudio y la investigación militante, a través del diseño y la difusión de una “encuesta obrera”, que tenía por propósito el indagar en la situación de explotación que padecía la clase trabajadora europea, pero también conocer sus condiciones de vida y reproducción más allá de la fábrica, así como sus formas organizativas y sus repertorios de lucha. Elaborada en 1880 para que sean los propios trabajadores quienes la implementen en sus ámbitos laborales, llegó a contemplar más de 100 preguntas, la mayoría de las cuales eran interrogantes “generadores”, que buscaban fomentar, a partir de su lectura y el debate colectivo que disparaban, un proceso de desnaturalización y cuestionamiento de la situación padecida, en paralelo a la autoconsciencia por parte de los obreros mismos, de su potencialidad como clase revolucionaria y con intereses antagónicos a los de la burguesía.

Este viejo Marx se encargará incluso de fustigar, junto con Engels, a la dirigencia socialdemócrata alemana que por aquel entonces ya dejaba traslucir su tendencia a la burocratización y comenzaba a denostar la capacidad de las y los trabajadores de liberarse del yugo capitalista sin tutela alguna. En una extensa y premonitoria carta, denunciarán a quienes consideran que “la clase obrera es incapaz de conquistar por sí misma su propia emancipación” y consideran que “para lograrla debe ponerse bajo la dirección del burgueses ‘cultos y pudientes’, los únicos que poseen el ‘tiempo y las oportunidades’ para informarse de lo que es bueno para los obreros”. A contrapelo de esta concepción paternalista y vertical, dirán: “Cuando se constituyó la Internacional, formulamos expresamente el grito de combate: el emancipación de la clase obrera debe ser obra de la clase obrera misma. Por ello no podemos colaborar con personas que dicen que los obreros son demasiado incultos para emanciparse por su cuenta y que deben ser libertados de arriba por los burgueses y pequeños burgueses filántropos”

El 14 de marzo de 1883 su vida se apagará definitivamente. A partir de ese momento, las querellas e interpretaciones en torno a su legado y herencia serán una constante en el seno de las izquierdas (e incluso por fuera de ellas). Quizás previéndolo, el viejo Marx supo responder de manera irónica: “lo único que sé es que no soy marxista”. Sabias palabras éstas frente a quienes pretendían hacer de su pensamiento y su praxis revolucionaria un nuevo dogma al margen de todo tiempo y espacio.

Por ello lo fundamental es no vislumbrar a Marx ni al sin fin de grandes revolucionarios/as (desde Lenin y Gramsci a Rosa Luxemburgo, de Mariátegui y Amilcar Cabral al Che Guevara) como iluminados/as y sabelotodos/as que esclarecieron y guiaron a organizaciones y pueblos “ignorantes”, carentes de conciencia por sí mismos/as y meros/as ejecutantes de una estrategia que les era incorporada “desde afuera”. Si bien en todos los casos tuvieron un papel destacado en sus respectivos procesos revolucionarios, vale la pena recordar una de las tesis sobre Feuerbach escrita precisamente por el joven Marx, que criticaba aquellas lecturas unidireccionales que olvidan que “el educador a su vez debe ser educado”. De ahí que quizás sea más equilibrado afirmar que fue la praxis colectiva y el devenir histórico-político dentro del cual se situaron con creatividad y audacia en tanto aprendices-sistematizadores/as (o educadores-educandos), lo que les permitió destacarse como dirigentes e intelectuales revolucionarios/as a cada uno/a de ellos/as en los proyectos donde intervinieron.

A pesar de la indudable centralidad que han tenido estos/as referentes del marxismo en impulsar y sostener iniciativas de producción de conocimiento, investigación militante y educación popular liberadora, resulta imprescindible resituar -comenzando por el propio Marx- tanto sus liderazgos como los aportes teórico-prácticos que han generado, en el marco de procesos y sujetos de carácter colectivo, así como en función de una constelación de luchas e iniciativas emancipatorias, que constituyeron las verdaderas escuelas en la que se forjaron como intelectuales orgánicos de los pueblos.

El estancamiento del pensamiento crítico y la dogmatización han sido un peligro constante en los diferentes proyectos revolucionarios encarados por las fuerzas de izquierda, y hoy cobra nuevos bríos como tendencia en la actual coyuntura que vivimos. Acudir nuevamente a autores, corrientes, matrices de análisis e itinerarios de trastocamiento del orden social y político, que en algún contexto u época diferente quizás prosperaron o resultaron viables para caracterizar y transformar otra realidad, se torna una tentación difícil de escamotear y nos ahorra el ejercicio de pensar y actuar con cabeza propia, a partir del estudio riguroso y situado del propio territorio y desde el tiempo histórico que pretendemos revolucionar.

Como es sabido, la historia no se repite salvo como tragedia o como farsa. Por ello, frente al seductor recetario de manuales y esquemas abstractos en estos momentos sombríos donde prima el desconcierto y el desarme teórico, el planteo de Mariátegui de no calcar ni copiar constituye un faro estratégico, desde ya sin que esta consigna implique partir de cero, pero sí cepillando a contrapelo y asumiendo la necesaria actualización y revitalización crítica de los aportes de Marx.

Ludovico Silva, uno de los intelectuales venezolanos más potentes para formarnos de manera des-manualizada, solía decir que “si los loros fueran marxistas, serían marxistas ortodoxos”. Por cierto, es sobre la base del análisis concreto de nuestra realidad específica -en la que finalmente actuamos e intervenimos a diario- que podemos traducir y (re)elaborar conceptos e ideas, así como construir una estrategia revolucionaria acorde a los desafíos que nos depara nuestro presente. No se trata, en suma, de “aplicar” esquemas o categorías prefabricadas, ni de concebir a la obra de Marx como un sistema acabado o un conjunto de verdades irrefutables, sino de recrear sus presupuestos y basamentos, a partir de su confrontación con la cada vez más compleja realidad en la que estamos inmersos. Pero a no dudarlo: Marx tiene todavía mucho que enseñarnos como “maestro de vida”.

 

 

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Sábado, 18 Marzo 2017 05:08

Refundar la política

Refundar la política

Los gobiernos populares, progresistas o revolucionarios que se constituyeron en Latinoamérica en los últimos veinte años han sido y son una resultante de los procesos de acumulación de años de resistencias, luchas, creación y construcción de alternativas de los pueblos encabezados por los movimientos sociales en conjugación con algunas organizaciones políticas de izquierda.

Con su llegada al poder político, tales gobiernos constituyeron un paso más en la búsqueda y exploración de nuevos caminos posibles en tal dirección. Al tomar en cuenta el desenlace que han tenido algunos de estos procesos, la definición “caminos posibles” habilita la formulación de interrogantes claves acerca del alcance sociotransformador de tales gobiernos y su articulación con el quehacer político en el presente y el futuro de los movimientos sociales de los pueblos del continente y de la izquierda o lo que se identifique y sienta como tal.

El agotamiento del tiempo posneoliberal

El recuento crítico de los acontecimientos políticos del último período en el continente revela que los ejes de las propuestas políticas que definieron el quehacer inicial de los gobiernos populares estuvieron marcados por la urgencia de responder a los desafíos impuestos por la catástrofe neoliberal y sus democracias “de mercado”. Esto imprimió a tales gobiernos el sello “posneoliberal” como característica predominante, a la vez que definió tareas y sujetos. Pero ese tiempo posneoliberal no sería eterno; sintetizando, puede afirmarse que se agotó al finalizar la primera década; con ella el “ciclo progresista” cerraba su fructífero tiempo y abría las puertas a la realización de transformaciones raizales.

Nuevos desafíos se perfilaban e imponían nuevas tensiones a los procesos iniciados por las sendas posneoliberales, planteando claramente a sus referentes políticos y gubernamentales la disyuntiva de arriesgarse a reajustar el rumbo hacia un horizonte poscapitalista o quedar entrampados en la lógica del capital.

Está claro que los gobiernos populares han tenido la decisión de enfrentar la avanzada ideológica, económica y cultural de los poderosos y lograr la continuidad de los procesos populares iniciados. Pero las opciones de cómo hacerlo y con quiénes, estuvieron en dependencia de su posicionamiento ante la disyuntiva mencionada.

Gran parte identificó que la continuidad de los procesos resultaría de conservar los gobiernos. En aras de ello fructificaron pactos de gobernabilidad con actores del poder del capital (que buscó y busca derrocarlos). Entonces, los gobernantes populares “tropezaron” con la lucha de clases, supuestamente superada por la democracia.

Quienes apostaron por la conservación de los gobiernos populares, priorizaron:

• Fortalecer los acuerdos de cúpulas aliándose con sectores del poder económico y político considerados “moderados”... (co-gobernar con los adversarios).

• Aferrarse a la institucionalidad caduca y sus bases jurídicas, apostando a hacer “buena letra” para demostrar la “buena voluntad” democrático-institucional.

• Ajustarse a la democracia propia del sistema democrático burgués existente y su sistema jurídico, mostrándose “inofensivos” ante los poderosos, esperando tal vez no caer en su mira criminalizadora.

• Correlativamente, se pusieron frenos al protagonismo popular y al proceso de cambios que florecía desde abajo. Esto favoreció la germinación de contradicciones insospechadas entre el poder popular naciente (construido desde abajo por los pueblos) y el poder constituido, paradójicamente –en estos casos– personificado por representantes del gobierno popular. Y ello no sólo fue aprovechado por los sectores revanchistas sino también fogoneado intencionalmente para debilitar la base social de los gobiernos populares y –si fuera posible– sumarla a su proyecto opositor.

Estas contradicciones contribuyeron al desgaste político de los gobiernos, al tiempo que los sectores del poder desplazado del ejercicio del Ejecutivo reacomodaban sus mecanismos y herramientas de producción de hegemonía y consensos sociales a las nuevas realidades. Con el despliegue de la guerra mediática estos sectores diluyeron sus acciones de guerra económica, ideológica y sicológica y relanzaron su estrategia injerencista.

El golpe “parlamentario” ocurrido en Honduras en junio de 2008, anunció el fin del período de reacomodo y supuesta aceptación de las reglas democráticas por parte del poder hegemónico, y la apertura de una nueva era de acciones desestabilizadoras, destituyentes y golpistas en el continente. Pero tales acontecimientos fueron –hoy se ve– subestimados, tal vez por otorgar excepcionalidad al “caso hondureño”, como antes también al proceso separatista que buscaba derrocar a Evo Morales (2007), o el ataque a Correa (2010), o la destitución de Lugo (2012), hasta que llegó el turno a “grandes” como Brasil, Argentina, Venezuela...

Está claro hoy que la “convivencia” democrática de proyectos diferentes es pura fantasía; que países soberanos con un modo de vida diferente al que requiere el colonialismo imperialista no serán tolerados por el Imperio y sus lugartenientes locales en su “patio trasero”. Hoy, inaugurando “la era Trump”, los tentáculos del secular poder imperialista se revuelven, aggiornados, contra los pueblos del continente con renovada furia y ensañamiento.

La disputa es prácticamente cuerpo a cuerpo, pero centrada en las mentes, factor clave –ayer y hoy– para la dominación.

Hay otros caminos...

Los gobernantes que tomaron la decisión de profundizar los procesos populares de cambios iniciados, radicalizándolos –cada quien a su manera–, asumieron y asumen –ciertamente– un camino lleno de incertidumbres y contradicciones. En tanto lo nuevo es inédito, es y será obra de la creación y empeño colectivos de los pueblos. La prueba y el error atraviesan estas experiencias; en ellas se configuran elementos del nuevo poder popular y van madurando los nuevos saberes acerca de él.

Esta perspectiva estratégica revolucionaria –aunque algunos pretendan invisibilizarla tras el desesperanzador discurso del “fin de ciclo” o el “fin de la globalización”–late hoy en el continente en los procesos populares de Bolivia, Venezuela, El Salvador, Nicaragua, Ecuador... y aguijonea la pulseada constante con los poderosos y sus apéndices locales. Contradicciones y amenazas florecen por doquier y convocan a los pueblos, a las organizaciones sociales y políticas y a los gobiernos populares, revolucionarios o progresistas, a hacer un altoen el camino, analizar las políticas actuales y la correlación de fuerzas, reflexionar críticamente acerca de lo realizado y definir –colectivamente– un camino a seguir: ceder para conservar (retroceder) o profundizar para avanzar (continuar los procesos de cambio iniciados afianzando su orientación poscapitalista).

La adopción de uno u otro camino arrojará conclusiones muy diferentes para el quehacer político actual. Ellas configuran, por tanto, un punto neurálgico de bifurcación política de los procesos populares, progresistas o revolucionarios del continente: mantener (y defender) el statu quo alcanzado, abonando un camino de reformas restauradoras del capitalismo, o profundizar los avances revolucionarios (1) iniciados, apostando a la creación y construcción raizal de otra geometría del poder (popular) anclada en la participación protagónica de los pueblos, abriendo cauces a la refundación de la política desde abajo.

Aprendizajes claves para los pueblos

Las experiencias de los gobiernos populares significaron para los pueblos transitar por un conjunto de aprendizajes.

Entre ellos, destaco aquí:

• Quedó al descubierto –en los hechos– que gobierno y poder no son sinónimos, que las revoluciones democráticas no son sinónimos de la otrora “vía pacífica”; suponen la profundización del conflicto político como vehículo de la lucha de clases, anudada fuertemente con una profunda batalla político-cultural de ideas.

• Un proceso revolucionario no se define como tal por el hecho de que militantes de izquierda ocupen cargos en el Estado y el gobierno, sino por abrirse hacia la democracia popular (participativa) para avanzar en la construcción colectiva de las nuevas vertientes del nuevo poder, el poder popular desde las comunidades, las comunas, los movimientos indígenas, barriales, de campesinos, de mujeres, ecologistas, LGTB, etc...

• La democracia no se circunscribe a lo electoral, es parte de una red constructora de los concesos sociales que garantizan la repetición de los ciclos electorales, acorde con los intereses de las clases a las que responde.

• El crecimiento económico es importante, pero insuficiente.

• La búsqueda, creación y construcción de una nueva civilización, superadora de la que está regida por los intereses del capital, implica crear, construir y sostener otro modo de producción y reproducción de la vida social, otro modo de vivir y convivir (el buen vivir).

• La educación política, la batalla ideológica es central. Y está anudada a la participación política, al empoderamiento. Este germina con la participación consciente y protagónica de los sujetos en los procesos sociotransformadores.

• Caducó la concepción de la política desde arriba y a “dedo” propia del siglo XX, la subestimación de la política, y las viejas modalidades de la representación política que suplantan el protagonismo popular y fragmentan lo político de lo social.

• Agotamiento de la fragmentación entre lo social y lo político, sus organizaciones y sus modalidades de acción y existencia. Articulación y construcción de convergencias marcan las bases para lograr un nuevo tipo de unidad (con diversidad).

• Fin del maximalismo teórico y el minimalismo práctico propio de sectores (ultra)izquierdistas.

• Fin del pensamiento liberal de izquierda y de las prácticas que, en virtud de ello, aíslan a la militancia de los procesos concretos de los pueblos, posicionándolas fuera de los escenarios reales de las contiendas políticas.

Desafíos

Estar atentos a los cambios del sistema de dominación injerencia-saqueo global del capital en sus personificaciones imperialistas-nacionalistas xenófobas.

La salida (relativa) del Reino Unido de la Unión Europea y el triunfo de Trump en las presidenciales de Estados Unidos detonaron las alarmas de los analistas geopolíticos del planeta. Por derecha y por izquierda la confusión se generaliza y no son pocos los que ahora pretenden hacernos creer que la globalización ha llegado a su fin.

El fracaso guerrerista-injerencista de la OTAN en Medio Oriente y, con ello, de los planes de la tríada imperial para consolidar su dominio unipolar en el mundo, fue marcado fundamentalmente por el avance de la coalición ruso-china en alianza con Irán y otros estados de la región. En virtud de ello, los motores del poder global del capital se disponen a reacomodar su estrategia de dominación global, conjugando el retorno a ciertas modalidades de proteccionismo nacionalista (en sus territorios cabeceras), enlazado con el libremercado (para sus expansiones internacionales), según lo requiera el actual proceso de acumulación a escala global del capital.

Identificar los programas proteccionistas de Gran Bretaña y Estados Unidos como indicadores del fin de la globalización es ignorar la historia de los ciclos del capital y sus mercados: son predominantemente proteccionistas o ultraliberales de modo alterno según uno u otro camino garantice en cada momento el mayor aumento de sus ganancias. Es un circuito repetitivo y sin salida que indica el agotamiento de la civilización nacida y desarrollada con el capital. El triunfo del Brexit y el de Trump sintetizan el giro actual del poder global que –con nuevos formatos, contenidos y alcances– marca un punto de inflexión para una nueva arrancada... Tener esto en claro es decisivo para los pueblos, para no equivocar el rumbo, ni las tareas, ni los horizontes de sus resistencias, luchas, creaciones y construcciones de lo nuevo.

La importancia de actuar.

Lo expuesto –en muy apretada síntesis–, define campos de acción política para el quehacer político presente y futuro de los movimientos sociales populares y la izquierda latinoamericana en general. Entre ellos destaco:

• Replantearse la transición hacia la nueva civilización como un proceso de creación-trasgresión (revolución) permanente de los pueblos.

• Recuperar la centralidad protagónica de los sujetos populares en los procesos de transformación social.

• Radicalizar la democracia hacia la democracia popular anclada en la participación, creación, definición y acción de los pueblos.

• Refundar la política, anclarla en la participación popular, con capacidad para construir hegemonía popular y promover las articulaciones y convergencias necesarias en cada momento, y para construir la conducción política colectiva del proceso sociotransformador en cada país, en la región, el continente y el mundo.

• Modificar de raíz la interrelación Gobierno-Estado-Pueblo para construir democracias populares.

• Crear y desarrollar un nuevo modo de producción y reproducción.

• Desplegar la batalla ideológico-cultural por una nueva civilización a favor de la vida.

• Construir hegemonía popular; salir del cerco ideológico, político, cultural y mediático del poder hegemónico.

• Articular los procesos de acción sociotransformadora con procesos de formación política.

• Cambiar de mentalidad y de actitud ante la vida. La superación crítica de los paradigmas que guiaron los procesos sociotransformadores del siglo XX (aún vigentes) resulta ineludible.

• Apoyar procesos de renovación o renacimiento o construcción de una nueva izquierda política, social y cultural. Capaz de abrir cauces a procesos raizales de empoderamiento popular desde abajo y construir las convergencias colectivas hacia un horizonte común.

Es tiempo de crear, construir y transitar nuevos caminos. En este sentido, resulta central tener presente que el proceso de superación del capitalismo es parte de un proceso

histórico-cultural de creación-aprendizaje de los pueblos del mundo de un nuevo horizonte histórico, descolonizado, anclado en los principios del “buen vivir” y “convivir” entre nosotros y con la naturaleza. En eso estamos.

Nota:

(1) Aquellos procesos que sin proponerse un horizonte socialista abren las perspectivas para sobrepasar al capitalismo. [Samir Amin, 2009]

Bibliografía

Amín, Samir (2009). “El imperialismo colectivo: Desafíos para el Tercer Mundo”, Pasado y Presente 21, La Habana. En https://fisyp.org.ar/article/entrevista-a-samir-amin-el-imperialismo-colectivo-/

Rauber, Isabel (2012). Revoluciones desde abajo. Ed. Continente-Peña Lillo, Buenos Aires.

Rauber, Isabel (2017). Refundar la política. Ed. Continente-Peña Lillo, Buenos Aires (en imprenta).

Isabel Rauber. Doctora en Filosofía y pedagoga política argentina.

Publicado enPolítica
Domingo, 12 Marzo 2017 08:35

La brújula que fija el rumbo

Marine Le Pen, dirigente del Frente Nacional, es el eje de la política francesa.

 

En las campañas para las presidenciales, las izquierdas son figurantes de segunda en un debate monopolizado por el centro, la derecha católica liberal y la extrema derecha. Marine Le Pen encabeza las intenciones de voto.

 

Desde París

 

Nada se parece a lo que tenía que ser. El espectáculo político mayor de una democracia, una elección presidencial, se convirtió, en Francia, en un “entierro” (Raphaël Glucksmann, ensayista) de sus líderes de antaño, en la pérdida de protagonismo de las izquierdas, en la aparición de una nueva derecha católica y autoritaria y de un centro renovado y en la confirmación espectacular de la vitalidad de la extrema derecha francesa. Por primera vez en mucho tiempo, las izquierdas son figurantes de segunda de un debate ya escaso y monopolizado por el centro, la derecha católica liberal y la extrema derecha. El candidato socialista, Benoît Hamon, y el paladín de la izquierda radical, Jean-Luc Mélenchon, no han entrado en el triángulo donde se decidirá la elección presidencial. En un editorial lapidario, el vespertino Le Monde escribió: “la izquierda juega en segunda división”. Ni uno ni otro sacó provecho del largo e indecoroso episodio que casi termina con la candidatura del representante de la derecha, François Fillon, imputado por la Justicia por los falsos puestos de trabajo de su esposa e hijos. Como lo recuerda Le Monde, la izquierda y “sus iniciativas, sus intervenciones o sus campañas respectivas no llegan a marcar las consciencias”. Si la izquierda es inaudible ello se debe, en mucho, a lo que ocurre en la derecha. Por primera vez desde el resurgimiento de la extrema derecha en los años 80, su candidato presidencial, en este caso Marine Le Pen, encabeza las intenciones de voto de la primera vuelta. Ello ha tenido una consecuencia decisiva: de la derecha al centro y parte de la izquierda, los partidos se han posicionado en relación con la ultraderecha.

Marine Le Pen es el sol pardo hacia el cual todos miran. Los conservadores recurren a innumerables estratagemas de equilibristas para pescar sus votos; el centro, hoy con el viento en las velas y representado por arquitecto de la política económica de François Hollande, el ex ministro de Finanzas Emmanuel Macron, recupera los votos de izquierda y de derecha que ven en la figura de Macron una muralla contra la victoria de los ultras. La izquierda, a su vez, es víctima de sus divisiones de jardín de infantes y de los votantes y miembros del PS que la abandonan por el centro. Una de las últimas estocadas la dio el ex intendente socialista de París, Bertrand Delanoë, cuando anunció que en vez de respaldar a su candidato, Benoît Hamon, su apoyo iría a Emmanuel Macron porque, según él, es él quien puede derrotar “a Marine Le Pen en la primera vuelta”. Y no es el único. Muchos pesos pesados del Partido Socialista se aprestan a seguir los mismos pasos en nombre de un cínico “voto útil”. En suma, la representante del Frente Nacional preside los destinos de la democracia. Hace unas semanas, en un mitin realizado en la ciudad de Nantes, Marine Le Pen dijo: “Nuestra victoria ideológica está ampliamente adquirida”. La filósofa francesa Léa Veinstein anotó en las páginas del matutino Libération: “Dejemos de hacer de Marine Le Pen una amenaza como los adolescentes se asustan cuando miran una película de horror. No es más una amenaza, es nuestra realidad, cada día un poco más”.

Con 27 por ciento de intención de voto, Marine Le Pen se ha literalmente comido la elección. Su posición de líder deja dos alternativas abiertas y, en las dos, la izquierda no cuenta: sea enfrenta en la segunda vuelta del mes de mayo al candidato de Los Republicanos François Fillon, sea al centro recién creado de Emmanuel Macron y su partido En Marcha. Una encuesta de opinión sobre la extrema derecha realizada por ViaVoice muestra que si bien hay un 50 por ciento de electores que considera que una victoria de Marine Le Pen en las presidenciales sería “un drama para Francia”, dos tercios piensan los contrario y un 30 por ciento desea que llegue a la presidencia. Una cuarta parte de los encuestados adhiere además a las tesis antisistema del Frente Nacional. Para ellos, el sistema es tal y como lo describe Marine Le Pen: “Una organización estructurada mediante la cual las elites controlan la sociedad e imponen sus decisiones”. Como si faltara algo, el mismo sondeo revela que 50 por ciento de los electores de la derecha estarían de acuerdo con que Marine Le Pen sea presidenta. Como ella misma lo resaltó, su victoria ideológica es amplísima, especialmente en los temas ligados a los extranjeros, a la fobia a Europa o la inmigración. En estos campos, la aprobación sobrepasa en mucho los sondeos citados. Alain Duhamel, un editorialista de Libération, escribió hace poco que “por primera vez en nuestra historia, la amenaza de un triunfo de la extrema derecha ha dejado de corresponder a la retórica de las declaraciones para convertirse en un abanico de posibilidades realistas”. Nada le ha cerrado el paso a su influencia creciente, ni siquiera la media docena de procesos por corrupción que la esperan en los tribunales. Todo parece beneficiarla. El mismo editorialista resalta que Marine Le Pen “se fortalece con la debilidad de sus adversarios”. En un cuarto de siglo, el nacional populismo derribó los muros morales e ideológicos y ahora se prepara seriamente al asalto de la presidencia. André Gluckman escribe: “Asistimos a una forma del apocalipsis. El mundo que nos vio nacer y en el cual crecimos desaparece ante nosotros”.

Esa es la sensación dominante de esta elección presidencial. Algo esencial se va disolviendo poco a poco al paso del avance de fuerzas con sólidas mayorías como las de la derecha católica, liberal y autoritaria de François Fillon, o las propuestas de Marine Le Pen. La socialdemocracia y la izquierda genuina no están en el espectáculo sino entre el público. Ambas son inaudibles. Marine Le Pen es la brújula que fija el rumbo, las narrativas políticas, los programas, los pactos entre corrientes y canaliza el miedo y las desilusiones de los electores. Puede dar terror a quienes veían en democracias occidentales como la francesa el sueño colectivo. Pero es una lección al revés de cómo se pierde la virtud, de la fragilidad de las memorias de las sociedades ante el retorno de las utopías del mal y del tributo que pagan las izquierdas con sus divisiones y compromisos con sus adversarios ideológicos. Trump o Marine Le Pen, el Jurassic Park ideológico es la nueva versión del futuro.

 

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Publicado enInternacional
Benoit Hamon, candidato presidencial del Partido Socialista Francés 2017 en a la conferencia UDECAM sobre medios y comunicación en París, 2 de marzo de 2017.

 

Condenados a reinventarse. Los partidos progresistas europeos navegan entre dos aguas: la socialdemocracia, sumergida en un mar tomentoso y carente de liderazgos y de programas atractivos, y sus emergentes rivales izquierdistas, sin apenas currículum de gestión gubernamental.

 

La encrucijada es de enjundia. La izquierda europea no acaba de salir de su espiral de destrucción de votos y de dispersión de propuestas capaces de resintonizar con las capas sociales del Viejo Continente.

A pesar de que casi una década después de la mayor crisis financiera desde el Crash de 1929, la virulencia de los excesos del capitalismo desordenado de los mercados previa a la quiebra de Lehman Brothers, y las posteriores políticas de austeridad que trataron de cerrar la hemorragia -sobre todo, en Europa- se haya saldado con la práctica eliminación de la clase media y una masiva destrucción de empleo entre las denominadas economías industrializadas.

El caldo de cultivo para la irrupción de la izquierda, pues, parecía haber entrado en estado de ebullición. En el punto idóneo en el que debían asestar el golpe definitivo a los partidos del otro lado del espectro político, proclives tanto a los recortes sociales de calado como a la defensa a ultranza del neoliberalismo de mercado.

Pero la realidad es más cruda. La socialdemocracia no ha sabido leer este Cuaderno de Bitácora. Y la profusión de movimientos políticos y sociales a su izquierda tampoco han sido hasta ahora capaces de acumular el músculo necesario para hacer frente a las posiciones nacionalistas de ultraderecha que, en cambio, han sabido asumir parte del ideario progresista en asuntos como el reparto de las ayudas sociales.

Eso sí, a costa de enarbolar la bandera del combate contra el inmigrante y de reducir los recursos por razones étnicas y de nacionalidad.Las convocatorias electorales europeas de 2017 dejarán un diagnóstico más nítido de en qué episodio se encuentra el otrora idilio entre la izquierda y las sociedades civiles.

En especial, tras un ejercicio, el pasado, en el que arraigaron mensajes neoliberales de crítica a la falta de recetas socialdemócratas ante la crisis, en el que los partidos de ultraderecha han cerrado filas y elevado sus respaldos sociales y en el que han emergido fenómenos como el Brexit o la era Trump en las latitudes tradicionalmente más próximas a la UE. Sobre todo, en tres escenarios.

En Holanda, en Francia y en Alemania. También hay citas con las urnas en República Checa, en junio, donde el movimiento Ano (que significa Sí), dirigido por el mediático multimillonario Andrej Babiš, que se declara simpatizante de Trump y promete resolver la inmigración con deportaciones frente a las fragmentadas opciones de izquierda.

En Serbia, con estatus negociador para su incorporación a la UE, y donde su cita de mayo dirimirá si el país se inclina por el pro-europeismo, o vira hacia el Este, a la estela de la Rusia de Putin. O en Noruega, la versión escandinava no comunitaria (con permiso de Islandia) cuyo partido Progreso, de Siv Jensen, tratará de arrebatar al laborismo, allá por septiembre, el protagonismo definitivo en los comicios frente a la formación conservadora, mediante una delicada y compleja mezcla de rebajas fiscales y gastos en infraestructuras, con estrictos controles migratorios, para garantizar el generoso Estado de Bienestar noruego.

La izquierda tradicional, la socialdemócrata, afronta estos retos bajo mínimos. Sólo nueve países de la UE (Francia, Italia, Malta, Eslovaquia, Portugal, República Checa, Malta, Croacia y Suecia) presentan gobiernos progresistas. La mayoría, con coaliciones. En conjunto, apenas representan al 32,5% de los ciudadanos de la Unión. Lejos del 45% de 2007, en los prolegómenos de la crisis. Y a una distancia sideral de su Edad de Oro, la doble década de los ochenta y noventa del siglo pasado, cuando en Europa arreciaron los grandes proyectos europeos del euro o la expansión al Este.

La época que sacó réditos del final de la era Thatcher en Reino Unido y que perduró hasta la Guerra de Irak de 2003. Con Miterrand, primero, y Blair, con posterioridad, como estandartes de un socialismo (laborismo, en el caso británico) fructífero al trasladar a sus sociedades civiles su indiscutible contribución a la estabilidad de las democracias y de los Estados de Bienestar europeos, o a la integración de la UE desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

En este intervalo temporal, el peso de electoral de la socialdemocracia no tuvo parangón en la historia reciente.Pero ahora, ¿cómo afronta el desafío la izquierda? La tradicional, que se sigue afanando por no perder el apellido socialdemócrata, y la emergente, quizás más nacionalista y menos global pero también más familiarizada con los millennials y la digitalización de los mercados.

Holanda es el primer banco de pruebas. La campaña está dominada por las tesis nacionalistas. El gran favorito es Geert Wilders y su Partido por la Libertad. Anti-islamista y partidario del Nexit, la salida de Holanda de la UE. Su gran rival será el primer ministro, Mark Rutte, del conservador VVD, que parece haber restaurado su popularidad tras las medidas de austeridad aplicadas por su Ejecutivo entre 2012 y 2014 y que se declara euro-entusiasta.

Ambos mantienen un respaldo social en torno al 20%. A cierta distancia de sus cuatro perseguidores, que apenas superan el 10%. Entre ellos, están el laborismo (PvdA) de Lodewijk Asscher, ministro de Asuntos Sociales en el Gabinete de Rutte, y el Partido Socialista (PS) de Emile Roemer.

El tercero y cuarto en discordia son los cristiano-demócratas (CDA) y los liberales del D-66. Dentro de una amalgama de 31 formaciones, de las que sólo 14, presumiblemente, tendrán acceso a los 150 escaños del Parlamento. La cita será el próximo 15 de marzo.

 

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El electorado holandés está instrumentalizado por la inmigración y la vinculación con la UE. Todo asunto ajeno es secundario. Para muestra, dos botones. El 40% de turcos y marroquíes que viven en Holanda (sus dos estratos extranjeros más importantes) dice no haber aceptado la cultura de su país de acogida. Ni sentirse integrado en su sociedad. Tampoco parecen entusiasmados los holandeses con la condición de contribuyente neto de las arcas comunitarias.

Asscher paralizó los intentos de liberalización de la Sanidad y del mercado laboral de Rutte. Pero apenas ha podido tejer su compleja estrategia de restablecer apoyos con la clase trabajadora, estimular la prosperidad perdida de profesionales liberales y, al mismo tiempo, de convencer a funcionarios e inmigrantes de que -explica- “hay un amplio margen de mejora” para regenerar la frustración y la desigualdad. En diciembre tomó las riendas del PvdA de Diederik Samsom.

 

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Alexander Pechtold, de Democrats 66 Emile Roemer, del Partido Socialista y Lodewijk Asscher, del Partido del Trabajo (PvdA). EFE/EPA/BART MAAT

 

De ahí que hable de “urgencia” al intentar aunar apoyos de estratos sociales tan variopintos. Por si fuera poco, su contención a la privatización sanitaria choca con la mayor preocupación de sus conciudadanos, que están mayoritariamente convencidos de que el sistema nacional de salud camina hacia un lento, pero paulatino, colapso.

Con el coste por paciente al alza, desde los 150 euros de 2008 a los 385 euros en 2016, las desigualdades entre ricos y pobres en brecha abierta y la renta familiar estancada, Asscher apuesta por elevar la imposición, hasta el 60%, a ingresos superiorores a los 150.000 euros anuales, y la fiscalidad de las empresas. Aparte de este guiño al electorado progresista, el líder del PvdA reclama, sin precisión, que la libertad de trabajadores en la UE no suponga recortes salariales. Los malos sondeos que pesan sobre Asscher, pese a ser un admirado y habilidoso negociador, según coinciden sus detractores y defensores, parecen tener que ver con la ascendencia de Jeroen Dijsselbloem, presidente del Eurogrupo, y de Ahmed Aboutaleb, alcalde de Rotterdam, de origen marroquí, y el político más popular del país.

Ambos del PvdA y que podrían sucederle en cualquier momento al frente del partido.El SP de Roemer se declara un partido antiglobalización y pro-trabajadores. Fue el gran favorito en las elecciones de 2012 durante toda la pre-campaña. Pero se desinfló sin remedio en las urnas y no protagonizó el esperado sorpasso ni siquiera con el PvdA.

Es, para muchos analistas, similar en sus planteamientos al PVV de Wilders, aunque sin el componente racista. Defiende un nuevo sistema de salud. Cree que es urgente crear un fondo para Sanidad porque los recursos públicos actuales desaparecen en los bolsillos de burócratas y aseguradoras y no protegen al trabajador ni al dependiente. Es la prioridad en el discurso de Roemer.

Las listas de espera han aumentado un 28%, el 80% de la población ha perdido poder adquisitivo, más de un millón de personas viven bajo el umbral de la pobreza y, pese a que los parados han bajado de 700.000 a 550.000, el número de contratos estables se ha reducido hasta el 75%.

La temporalidad y los empleos por horas han arraigado. De ahí que su gran promesa electoral sea aumentar el salario mínimo en un 10%. Aunque no la única. También apuesta por la banca pública: “Tenemos que impedir que nuestros bancos acudan a los mercados de capitales”.

Además de regular la inmigración laboral. En Europa, pide más democracia. Y el fin de su visión neoliberal. Sin la dictadura de la Comisión Europea, sin Ejército propio y sin Justicia comunitarizada, asegura. En unos niveles notablemente más progresistas se mueven las candidaturas en Francia. Hasta el punto de poder afirmar que el punto estelar de los programas de los dos aspirantes de izquierdas es la Renta Básica Universal (RBU).

Una propuesta de mayor envergadura social que cualquiera de las que plantea sus colegas holandeses. Hasta el punto de que tratan de monopolizarla en países como España, donde Podemos, que la incorporó a su programa para los comicios de 2015 y 2016 (al igual que IU, antes y después de su coalición con la formación morada) trata de erigirse en el genuino defensor de esta medida, frente a los recientes intentos de las tres facciones del PSOE -en mayor o menor medida- por asumir una propuesta similar, en enjundia, a la que en el pasado supuso la Tasa Tobin para gravar las transacciones financieras vía divisas y acabar con la especulación en los mercados.

En medio de proclamas del presidente de la gestora y de Asturias, Javier Fernández, de “reformular” la socialdemocracia, el papel del Estado frente a las soluciones “milagrosas” del mercado y la preservación del Estado de Bienestar, como pilares del futuro plan económico del PSOE.

Benoît Hamon, aspirante socialista (PS) al Elíseo, y Jean-Luc Mélenchon, del Partido de Izquierda -político de ideología troskysta que abandonó el PS en 2008 y fundó el Parti de Gauche, junto con los antiguos comunistas-, se disputan también este estandarte, de cara a la primera vuelta, el 23 de abril.

Aunque es altamente probable que ninguno de los dos -ni ambos en comandita, si se diera el caso, como han insinuado-, podrán poner en marcha la RBU, dadas las casi nulas opciones que les conceden los sondeos (13,7% de intención de voto para Hamon, frente al 11% de Mèlenchon) de concurrir a la casi ineludible segunda vuelta, el 7 de mayo.

Porque, como en Holanda, las bazas más sólidas parecen ser el Frente Nacional de Marine Le Pen (26,1%) y, o bien los republicanos del conservador François Fillon (19,5%) -si los casos de presunto nepostismo se lo permiten- o el centro liberal de Emmanuelle Macron (20%), ex ministro de Economía en el Ejecutivo socialista de Manuel Valls. Los mercados asumen este horizonte, en el que Le Pen no lograría la jefatura del Estado.

 

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Posibles escenarios en función de las encuestas de la segunda vuelta

 

La RBU forma parte de lo que el líder laborista británico, Jeremy Corbyn, considera el urgente y renovado ideario de izquierdas en Europa, en el que se refleje el “mayor progresismo” que piden los militantes socialistas del Viejo Continente.

En esencia, esta renta básica sustituirá al abanico de programas, subsidios, deducciones fiscales y contribuciones sociales por trabajo e, incluso, los gastos administrativos asociados a estas tramitaciones, de forma que se convertiría en una retribución para personas con bajos o nulos niveles de ingresos, con la que se autofinanciaría su futura pensión. Aunque admite múltiples interpretaciones.

Para Hamon, la RBU “es un instrumento que libera trabajo y permite a cada persona poder elegir sus ocupaciones profesionales sin necesidad de tener que sufrir por ello”. Su propuesta se puede sintetizar en cuatro ideas-fuerza: instaurar una renta básica, ya en 2018, para jóvenes entre 18 y 25 años; aumentar los beneficios por desempleo o subempleo hasta los 600 euros al mes; implantar un sistema automático para estos pagos y universalizar la retribución con un mínimo de 750 euros mensuales.

El recurso a la RBU es, en realidad una vieja receta. Incluso de siglos precedentes. Aunque ha sido la crisis y sus devastadores efectos sobre la población la que ha puesto de nuevo de moda esta propuesta. Finlandia acaba de aplicar un programa experimental con 2.000 parados de larga duración, que recibirán 560 euros al mes.

La provincia canadiense de Manitoba lo practicó desde la década de los setenta hasta que un cambio reciente en su gobierno la ha derogado. Utrecht y otras ciudades holandesas también lo hicieron, como planes pilotos en 2015, pero se cancelaron por consultas populares contrarias. Igual que en Suiza, donde su opuso el 77% en junio de 2016 a una retribución de 2.500 francos suizos por adulto más un tercio adicional por niño a su cargo.

El ex ministro de Finanzas griego, Yanis Varoufakis, ha sido uno de los más firmes defensores de la RBU: “Es necesario, una urgencia inaplazable para civilizar el capitalismo y evitar los espasmos que generará por la nueva generación tecnológica”, en alusión -dice el fundador de Democracia en Europa Movimiento 2025-, entre otros fenómenos, a la creciente robotización de los modelos productivos.

 

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El exministro de Finanzas griego, Yanis Varoufakis. EUROPA PRESS

 

Varoufakis lidera uno de los intentos europeos más supranacionales de cambiar las agendas progresistas y de resistencia frente a movimientos de extrema derecha -en especial, en los países nórdicos y centroeuropeos- de robar la defensa del Estado de Bienestar a la izquierda.

Una batalla que trata de frenar el trasvase de gran parte de una clase trabajadora descontenta con las concepciones cosmopolitas y favorables a la globalización de los partidos progresistas y que también ha logrado reunir voces como la de premios Nobel de la talla de Paul Krugman o Joseph Stiglitz o de economistas también ilustres como Jefrey Sachs, James Galbraith o Thomas Pikkety.

De ahí que la disputa entre Hamon y Mélenchon en Francia sea de máxima intensidad. El líder izquierdista galo parte con ventaja. Su propuesta viene de largo. Y la vincula a transformaciones drásticas en los sistemas productivos, además de en las relaciones comerciales y en materia de defensa de los consumidores, alineados con las nuevas demandas sobre cambio climático, para dotar a Francia de un nuevo modelo retributivo que reduzca la brecha entre ricos y pobres.

Dice estar “encantado” de que “el viejo socialismo”, en estado “moribundo”, haya recapacitado con una medida como la renta básica y su “universalización”. Hamon, por su parte, cuenta a su favor con la salida del Ejecutivo socialista galo con el giro hacia la austeridad de su rival en las primarias (Valls), pero sus consignas reformistas, más allá de la RBU, van a remolque de las de Mèlenchon.

Motivo por el que el también apodado el Bernie Sanders francés, apenas ha logrado que calen sus tibios mensajes ecologistas y regeneradores en lo social. Con promesas como la legalización de la marihuana o la tributación por uso de robots en las cadenas productivas.

Más elocuente es la confrontación de planteamientos entre partidos izquierdistas en Alemania. Si bien aún queda bastante margen temporal -los comicios serán el 24 de septiembre-, el SPD de Martin Schulz, ex presidente del Parlamento Europeo, ha logrado, con un tono sosegado, que los apoyos sociales socialdemócratas se equiparen a los de la CDU/CSU de Angela Merkel.

Tanto la canciller como Schulz acaparan el 32% de intención de voto. Un empate que genera el dilema al SPD de si optar por mantener la actual gran coalición con Merkel o apostar por un gobierno con la Izquierda y los Verdes. Pero que da alas a la visión continuista del líder socialdemócrata, partidario de regular la inmigración, dotar de estabilidad a Europa y de ahondar en la idea, cada vez más extendida entre el electorado, de que con Schulz “las cosas son posibles”.

Quizás por ello, parece que ha cundido como la mejor de sus recetas socio-económicas, la de combatir la evasión fiscal y dirigir los recursos de esta batalla a reducir las desigualdades. Entretanto, los planes de Die Linke (La Izquierda) de la doble candidatura integrada por Sahra Wagenknecht y Dietmar Bartsch -bajo el lema de “Alemania: social, justa, para todos”-, hacen hincapié en que su doctrinario representa un cambio de paradigma.

En este sentido, proponen crear un impuesto que grave con el 5% todos los patrimonios superiores al millón de euros, y un recorte de la carga tributaria sobre los ingresos familiares inferiores a 7.100 euros mensuales.

 

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Dietmar Bartsch y Sahra Wagenknecht, cabezas de cartel de la Izquierda alemana.

 

Así, según calculan en Die Linke, la Hacienda alemana tendría unos 80.000 millones más de euros que administrar. También se declaran partidarios de poner en marcha la Tasa Tobin, gravamen sobre las transacciones financieras para evitar movimientos especulativos.

Recursos que irían a sufragar el cambio energético y la creación de un auténtico mapa de infraestructuras digital. Y de congelar el presupuesto militar y prohibir las exportaciones de armas. Con esta batería de medidas pretenden pescar votos del SPD, pero también de Alternativa por Alemania, la AfD, a partir de la disociación -explica Wagenknecht- entre refugiados y terrorismo que la ha reportado no pocos adeptos a este partido de extrema derecha.

Unos 10.000 simpatizantes de la Izquierda se han decantado por la AfD en las últimas elecciones regionales, admiten varios think-tanks. La “restauración de la predictibilidad” es su gran aportación al debate europeo. Después de varios años de crisis, la UE navega “sin rumbo”; hasta el punto de darse de bruces con la realidad del Brexit y del resurgimiento de partidos ultranacionalistas de derechas, que han recogido adeptos entre el amplio número de jóvenes desocupados.

Su objetivo declarado: obtener un resultado de dos dígitos. Respaldo que les garantizarían ministerios y poder parlamentario en una probable coalición roji-verde.La suerte, pues, parece estar echada. Dos izquierdas, con dos sensibilidades, para combatir a la ultraderecha nacionalista europea.

 

 

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