Jueves, 28 Noviembre 2019 07:08

El retorno de los motines de subsistencia

El retorno de los motines de subsistencia

La regresión de los salarios, el trabajo precario, tener que soportar sobre los hombros un peso cada vez mayor del financiamiento del Estado por el aumento de los impuestos, el encarecimiento de los servicios públicos y la negación de la educación y la salud como derechos básicos, han llevado a los pueblos a levantarse espontáneamente.
La incertidumbre sobre la subsistencia no puede seguir siendo la norma de vida.

 

“Un fantasma recorre el mundo”: el fantasma de las revueltas populares espontáneas. El recorrido del espectro comenzó el 17 de octubre de 2018 en París, con una convocatoria por medios digitales para protestar por el alza en el precio de los combustibles, la pérdida en el poder adquisitivo del salario y una carga fiscal creciente sobre los sectores con menores ingresos. Las protestas, que ya completan más de un año, han sobrepasado tan sólo en la capital francesa, más de cincuenta manifestaciones saldadas con once muertes relacionadas con los eventos, 24 ojos perdidos por perdigones disparados por la policía, una mano arrancada con explosivos, y más de tres mil condenados –mil de ellos condenados a prisión–, entre otros destrozos provocados por la represión. El nombre del movimiento, un poco extraño y carente de referentes: los chalecos amarillos.

En América Latina, las mismas causas fueron la chispa que el tres de octubre de éste año incendiaron, primero, la capital ecuatoriana, y luego el resto del país con un saldo no menos trágico: entre cinco y diez muertos, 500 heridos y al menos 1.000 detenidos, luego de diez días de refriegaque obligaron al gobierno a poner en suspenso las medidas que motivaron el gesto insurreccional. Pero, la cereza que coronó el pastel, fue la sorprendente reacción del pueblo chileno, qué iniciada con las protestas de los estudiantes por el alza en el precio del transporte público, rápidamente asumió el carácter de una revuelta popular de gran envergadura, cuyo saldo ha sido de al menos veinte muertos, 600 heridos y cerca de 6.000 detenidos. El estallido popular en este país es aún más significativo, por haber sido Chile el conejo de laboratorio donde la escuela económica conocida como los Chicago Boys ensayó el conjunto de políticas que angostaron, a lo ancho del planeta, la vida de los asalariados hasta los mínimos niveles de subsistencia, para de esa forma darle salida al capital, luego de la crisis de los setenta del siglo pasado, que había puesto en cuestión las tasas de acumulación.

Como una funesta coincidencia de los simbolismos, debe recordarse que fue José Manuel Piñera, hermano mayor del actual presidente, Sebastián Piñera, quién como ministro de la dictadura militar de Augusto Pinochet puso en marcha las reformas anti-populares que por más de cuatro décadas rigieron la economía de aquel país, y cuyos efectos acumulados condujeron al estallido social reciente. El hermano menor, intentando redondear la siniestra obra de su familiar, terminó colmando la paciencia del pueblo chileno que busca como meta sacudirse la pesada herencia.

Pero, las protestas también han tenido lugar en ciudades como Puerto Príncipe, Beirut o Bagdad, en una reedición de los Motines de Subsistencia de los siglos XVII, XVIII y XIX, de los que quizá el más trascendente fue la “Marcha sobre Versalles”, en el que las vivanderas de los mercados parisinos sitiaron el palacio real y obligaron a María Antonieta y a Luis XVI a regresar a la capital francesa a asumir sus responsabilidades, consolidando el levantamiento que dio forma definitiva a la Revolución Francesa. Ya no es el precio del pan la chispa sino el de los combustibles, así como la regresión en las condiciones de la seguridad social y el entender que el financiamiento del Estado ha sido volcado sobre los hombros de los sectores populares, pero, eso no le quita que sean verdaderos motines de subsistencia en versión actualizada, pues su motivación son las extremas condiciones de angustia con las que la mayoría de la población enfrenta la cotidianidad.

 

El camino hacía los límites

 

Más allá de las críticas que puedan hacerse a conceptos como el de sociedad post-industrial, o a ciertas conclusiones derivadas de afirmar el fin de la etapa industrialista del capitalismo, lo cierto es que el innegable dominio de la ocupación en el sector servicios, que en promedio en el mundo ocupa el 50 por ciento de los trabajadores contra el 14 por ciento en las manufacturas –en los países de altos ingresos esos porcentajes son de 74 y 13 por ciento respectivamente–, obliga a considerar las consecuencias de ese hecho, así como de los cambios en la estructura de la fuerza laboral industrial, tanto al interior de los países, como si la miramos globalmente.

La automatización y la robotización son, sin duda, dos de los factores centrales que explican la disminución de la participación relativa de la fuerza de trabajo en la producción de los bienes manufacturados. Para el caso de los países del centro capitalista, además, debe sumarse el proceso de deslocalización, iniciado con fuerza en la década de los ochenta del siglo pasado, que buscó a través de la externalización de un componente importante del proceso de fabricación de bienes, no sólo disminuir costos al usar mano de obra de los países periféricos, sustantivamente más barata, sino debilitar la resistencia interna de los trabajadores, al descomponer o eliminar las unidades productivas que aglomeraban un número considerable de obreros convencionales. La búsqueda de nivelar por lo bajo los salarios, que aún continúa, ha tenido en esa estrategia uno de sus puntales más importantes.

De otro lado, al interior de los países, la subcontratación (conocida como outsourcing, por su acepción en inglés) de las actividades menos automatizables, hizo de la tercerización, como también se le conoce, un mecanismo que descargó de responsabilidades laborales a las grandes empresas y contribuyó a la informalización y precarización de un gran número de trabajadores, pues las pequeñas empresas subcontratistas escapan, en mayor medida, a los controles estatales. En el informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) del 19 de octubre de este año, sobre autoempleo y pequeñas y medianas empresas –titulado en español como Lo pequeño importa–, ese organismo muestra como en el mundo cerca del 70 por ciento del empleo lo proveen ese tipo de unidades productivas. En los países de bajos ingresos, las empresas de menos de 50 trabajadores proveen el 40 por ciento de la ocupación, el autoempleo el 54 por ciento, mientras que tan sólo el seis por ciento es cubierto por empresas de mayor envergadura. En los países de medianos ingresos el autoempleo (60 por ciento) y el empleo en pequeñas empresas (30 por ciento) representan la casi totalidad de la ocupación, siendo la magra cifra del 10 por ciento el ofertado por las grandes empresas; mientras que en las naciones de altos ingresos, las pequeñas empresas ocupan casi la mitad de la población asalariada (47por ciento), el autoempleo el 11 por ciento y las grandes empresas menos de mitad de la provisión laboral (42 por ciento)–en Colombia, según el Dane, el autoempleo es 43,6 por ciento–. Este proceso, que quiso ser maquillado con el pomposo nombre de “industrias en red”, facilitó la individualización de la contratación y limitó el horizonte político de la clase trabajadora que empezó a tener mayores dificultades para poder articular convergentemente acciones de lucha por sus derechos, limitando su alcance y posibilitando al capital imponer sus condiciones sin apenas resistencia. Acá, lo pequeño no es hermoso.

El debilitamiento estructural de la clase trabajadora tuvo quizá su mayor reflejo en el declive de las tasas de sindicalización de los países más industrializados.En EU la afiliación a los sindicatos va en caida de forma importante, pasando de representar 20,1 por ciento en 1983 a 10,6 en la actualidad. En Alemania y Japón, las otras dos potencias industriales capitalistas, la cifra apenas supera el 17 por ciento en la actualidad, y en Corea del Sur es tan sólo del 9 por ciento, según datos de la Confederación Sindical Internacional (CSI). Esto no es más que el reflejo de la des-colectivización de la relación capital-trabajo, que ha colocado al trabajador individual a negociar de forma aislada con las grandes corporaciones, en una situación de desigualdad cuyos resultados son la precarización de sus condiciones. La informalidad ahora es lo normal; su porcentaje actual a nivel mundial es del 61 por ciento de trabajadores en esa condición, mientras que tan sólo el restante 39 de asalariados están cubiertos con las pocas garantías que las reformas laborales no han abolido para los contratos convencionales (en Colombia la informalidad es del 48 por ciento).

La desregulación del trabajo, que incluye la llamada flexibilización laboral, va acompañada de un traslado de la carga fiscal desde las empresas a los trabajadores. En EU la tasa impositiva a las compañías pasó del 32,1 por ciento en 1952 a 10,8 en 2015; en Europa, del 41 por ciento de 1983 quedó reducida en 2015 al 22, mientras que el impuesto al valor agregado (IVA), pagado esencialmente por la gente del común pasó, en ese período, de 16,1 a 19,2 por ciento. En EU la tasa impositiva marginal, aplicable a los ingresos más elevados, de 70 por ciento en 1980 descendió al 40 en 2010, mientras que en Alemania de estar en 90 por ciento, a fines de la década del cuarenta del siglo pasado, es hoy del 45 por ciento, como lo destaca Thomas Piketty en su libro El capital en el siglo XXI. Además, como lo reseña Oxfam en su informe de 2018, el economista Gabriel Zucman estima que los multimillonarios esconden alrededor de seis billones de dólares en paraísos fiscales, eludiendo al menos 200 mil millones en pagos de impuestos. Esto ha tenido como resultado una concentración de la riqueza sin antecedentes, hasta el punto que en la actualidad las 42 personas más ricas del planeta poseen el equivalente de lo que suman los activos de los 3.700 millones de personas con menor riqueza en el mundo, según datos de la empresa de servicios financieros Credit Suisse. Oxfam calcula que en el 2017 el 82 por ciento de la riqueza creada fue apropiado por el uno por ciento de los más ricos.

 

Las clases trabajadoras al borde del abismo

 

El aumento de la dispersión locativa de los trabajadores de un mismo sector –tal el caso de conductores, empleados de los comercios minoristas, docentes, médicos, etcétera– propiciada por el continuo crecimiento del sector servicios, las facilidades para la deslocalización internacional y el predominio de las pequeñas empresas, fueron algunos aspectos de la piedra de toque que facilitó al capital reducir al mínimo los derechos de los trabajadores. Que estos empiecen a ser considerados como “prestadores de servicios independientes”, desligados de sus colegas de labor, ha llevado en la actualidad a hacer posible la existencia de empresas sin apenas trabajadores presenciales, como en el caso de la llamada “industria de plataforma”, cuya actividad central es ser coordinadora informatizada de actividades. El avance de la economía gig, también conocida como economía colaborativa, o economía de los freelance, ocupa predominantemente trabajadores jóvenes que aportan sus conocimientos y habilidades a empresas por horas o días sin que medie un contrato.

En el imaginario ideologizado, entonces, lo que quiere presentarse es el fin del trabajo como actividad subordinada, y justificar así el avance de la eliminación de éste como sujeto de derechos. La subordinación moderna de los trabajadores queda basada, de esa forma, en lo que Robert Castel denominó el ascenso de las incertidumbres: la inseguridad sobre el mañana como instrumento de sujeción en el presente, pues los derechos económicos positivos son, de hecho, eliminados. Según la CSI, el 60 por ciento de los países tienen prohibiciones de sindicalización en algunos sectores de la economía, el 83 por ciento ha vulnerado el derecho de huelga y el 82 han violentado la negociación colectiva, todo bajo el argumento que los derechos de los trabajadores son contrarios a la buena marcha de la sociedad, y de que tal marcha no es otra cosa que la ampliación de la riqueza apropiada por el capital.

El avance del capital a costa del trabajo, es innegable. Según el Fondo Monetario Internacional el pago a los trabajadores en los países desarrollados, de representar 55 por ciento del PIB en 1972 fue reducido a 40 en la actualidad, mientras que en los países emergentes y los subordinados, de 50 por ciento en 1994 pasó en el presente a 37. El estancamiento de las salarios medios y bajos tuvo en el divorcio presentado entre las mejoras en la productividad y los aumentos en las remuneraciones al trabajo, una de las causas más importantes, y desde 1972 sigue ensanchándose. El salario por semana en Estados Unidos, cuyo promedio actual es de 746 dólares, sería hoy de 1.377 dólares si las remuneraciones hubiesen aumentado en la misma proporción que lo hicieron hasta 1972 respecto de las mejoras en la productividad, lo que indica, sin equívocos, que ésta última ha sido apropiada en su práctica totalidad desde esa fecha por los capitalistas.

Pero, de otro lado, a partir de las crisis de los setenta, la brecha al interior de las mismas remuneraciones salariales ha ido en aumento, dejando a la gran masa de trabajadores sin mando en unas condiciones cada vez más desventajosas, puesto que mientras en la década de los setenta del siglo pasado la relación del salario entre gerentes y trabajadores era de 45 a 1, es hoy de 794 a 1. Y, lo que es aún más preocupante, al interior de los mismos trabajadores no directivos la brecha también es enorme, pues según la OIT mientras que la remuneración en el decil más bajo es de 266 dólares anuales (750.000 pesos colombianos mensuales, aproximadamente) en el noveno decil es de 36.903 dólares (10 millones de pesos mensuales aproximadamente, es decir, 133 veces más). Esto ha llevado a una fragmentación de la clase trabajadora que hoy ya no está dividida entre trabajadores de “cuello blanco” (empleados) y trabajadores de “cuello azul” (obreros) sino entre trabajadores con derechos y trabajadores precarios que ahora son la inmensa mayoría.

Para completar el cuadro, el encarecimiento de algunos consumos básicos ha limitado aún más las condiciones vitales de los grupos subordinados. La privatización de los servicios públicos domiciliarios, y los de salud y educación, por ejemplo, convertidos en mercancías, y por tanto anulados como derechos, fueron convertidos en bienes plenos para unos pocos, amplificando la monumental disparidad social que experimentamos. La deuda estudiantil en EU, por ejemplo, suma 1,6 billones de dólares, el doble que hace diez años y afecta ya a 44 millones de personas, que dados los bajos salarios percibidos quedan hipotecadas prácticamente de por vida. En Colombia, la cartera del Icetex es de alrededor de cinco billones de pesos distribuidos entre 700.000 deudores, en una espiral creciente de acreencias a la que empiezan a sumarse como prestamistas los bancos privados. En cuanto a los servicios públicos, basta señalar como ilustración que el precio medio de la energía que cobran las empresas privadas en los 34 países de la Ocde es 23,1 por ciento mayor que el de las empresas públicas, lo que ha obligado a que en la última década 235 municipalidades hayan re-estatizado el servicio.

El multimillonario Warren Buffet, al expresar que "Hay una guerra de clases, de acuerdo, pero es la mía, la de los ricos, la que está haciendo esa guerra, y vamos ganando", dejaba claro que los resultados de la concentración económica es producto de una ofensiva consciente y no de “los automatismos del mercado” o de la “correcta asignación de recursos”, argumentos clásicos del cretinismo de los profesionales de la economía convencional. Debe ponerse en primer plano, entonces, como lo planteaba ya la economía clásica, que la estructura de la distribución del ingreso es un resultado de la correlación de fuerzas entre las clases y no un dato técnico, y que es definida en el espacio de la política. Recoger el guante del desafío que los Buffet lanzan, parece una tarea demorada por parte de los movimientos sociales si bien, vistos retrospectivamente, tanto el movimiento de los Indignados como Occupy Wall Street podrían considerarse como escaramuzas, y los recientes motines de subsistencia como movimientos de avanzada que empiezan a responder. Es, pues, el desarrollo de formas organizativas ágiles y pertinentes una tarea urgente a desarrollar.

En Colombia, la reciente visita del Secretario General de la Ocde, José Ángel Gurría, para presentar al gobierno un informe sobre la situación del país, muestra que para la burocracia internacional los motines de subsistencia no son aún motivo de alarma, pues el funcionario recomendó, entre otras cosas, reducir los costos laborales no salariales, el valor del registro de empresas, revisar el “elevado” salario mínimo y aumentar la edad de jubilación. Aunque, para ser justos, lo del “elevado” salario mínimo y el aumento en la edad de jubilación, son también viejos argumentos de nuestra tecnocracia ultraliberal, defendidos, entre otros, por funcionarios criollos como el inefable Alberto Carrasquilla –el mismo de los bonos de agua–, qué en la Ley de Financiamiento, declarada inexequible por la Corte Constitucional, en nombre de las posiciones más ultraderechistas, quiso aprobar una reducción a las empresas en el impuesto a la renta así como exonerarlas de pagar el IVA a los bienes de capital, ahorrándoles casi seis billones de pesos. Quizá, los tecnócratas confían en la pasividad de los movimientos sociales colombianos, pero, en eso también confiaba Piñera, y si “Chile despertó”, ¿será que dura mucho nuestro adormilamiento?

 

Publicado enColombia
Miércoles, 27 Noviembre 2019 14:58

El retorno de los motines de subsistencia

El retorno de los motines de subsistencia

La regresión de los salarios, el trabajo precario, tener que soportar sobre los hombros un peso cada vez mayor del financiamiento del Estado por el aumento de los impuestos, el encarecimiento de los servicios públicos y la negación de la educación y la salud como derechos básicos, han llevado a los pueblos a levantarse espontáneamente.
La incertidumbre sobre la subsistencia no puede seguir siendo la norma de vida.

 

“Un fantasma recorre el mundo”: el fantasma de las revueltas populares espontáneas. El recorrido del espectro comenzó el 17 de octubre de 2018 en París, con una convocatoria por medios digitales para protestar por el alza en el precio de los combustibles, la pérdida en el poder adquisitivo del salario y una carga fiscal creciente sobre los sectores con menores ingresos. Las protestas, que ya completan más de un año, han sobrepasado tan sólo en la capital francesa, más de cincuenta manifestaciones saldadas con once muertes relacionadas con los eventos, 24 ojos perdidos por perdigones disparados por la policía, una mano arrancada con explosivos, y más de tres mil condenados –mil de ellos condenados a prisión–, entre otros destrozos provocados por la represión. El nombre del movimiento, un poco extraño y carente de referentes: los chalecos amarillos.

En América Latina, las mismas causas fueron la chispa que el tres de octubre de éste año incendiaron, primero, la capital ecuatoriana, y luego el resto del país con un saldo no menos trágico: entre cinco y diez muertos, 500 heridos y al menos 1.000 detenidos, luego de diez días de refriegaque obligaron al gobierno a poner en suspenso las medidas que motivaron el gesto insurreccional. Pero, la cereza que coronó el pastel, fue la sorprendente reacción del pueblo chileno, qué iniciada con las protestas de los estudiantes por el alza en el precio del transporte público, rápidamente asumió el carácter de una revuelta popular de gran envergadura, cuyo saldo ha sido de al menos veinte muertos, 600 heridos y cerca de 6.000 detenidos. El estallido popular en este país es aún más significativo, por haber sido Chile el conejo de laboratorio donde la escuela económica conocida como los Chicago Boys ensayó el conjunto de políticas que angostaron, a lo ancho del planeta, la vida de los asalariados hasta los mínimos niveles de subsistencia, para de esa forma darle salida al capital, luego de la crisis de los setenta del siglo pasado, que había puesto en cuestión las tasas de acumulación.

Como una funesta coincidencia de los simbolismos, debe recordarse que fue José Manuel Piñera, hermano mayor del actual presidente, Sebastián Piñera, quién como ministro de la dictadura militar de Augusto Pinochet puso en marcha las reformas anti-populares que por más de cuatro décadas rigieron la economía de aquel país, y cuyos efectos acumulados condujeron al estallido social reciente. El hermano menor, intentando redondear la siniestra obra de su familiar, terminó colmando la paciencia del pueblo chileno que busca como meta sacudirse la pesada herencia.

Pero, las protestas también han tenido lugar en ciudades como Puerto Príncipe, Beirut o Bagdad, en una reedición de los Motines de Subsistencia de los siglos XVII, XVIII y XIX, de los que quizá el más trascendente fue la “Marcha sobre Versalles”, en el que las vivanderas de los mercados parisinos sitiaron el palacio real y obligaron a María Antonieta y a Luis XVI a regresar a la capital francesa a asumir sus responsabilidades, consolidando el levantamiento que dio forma definitiva a la Revolución Francesa. Ya no es el precio del pan la chispa sino el de los combustibles, así como la regresión en las condiciones de la seguridad social y el entender que el financiamiento del Estado ha sido volcado sobre los hombros de los sectores populares, pero, eso no le quita que sean verdaderos motines de subsistencia en versión actualizada, pues su motivación son las extremas condiciones de angustia con las que la mayoría de la población enfrenta la cotidianidad.

 

El camino hacía los límites

 

Más allá de las críticas que puedan hacerse a conceptos como el de sociedad post-industrial, o a ciertas conclusiones derivadas de afirmar el fin de la etapa industrialista del capitalismo, lo cierto es que el innegable dominio de la ocupación en el sector servicios, que en promedio en el mundo ocupa el 50 por ciento de los trabajadores contra el 14 por ciento en las manufacturas –en los países de altos ingresos esos porcentajes son de 74 y 13 por ciento respectivamente–, obliga a considerar las consecuencias de ese hecho, así como de los cambios en la estructura de la fuerza laboral industrial, tanto al interior de los países, como si la miramos globalmente.

La automatización y la robotización son, sin duda, dos de los factores centrales que explican la disminución de la participación relativa de la fuerza de trabajo en la producción de los bienes manufacturados. Para el caso de los países del centro capitalista, además, debe sumarse el proceso de deslocalización, iniciado con fuerza en la década de los ochenta del siglo pasado, que buscó a través de la externalización de un componente importante del proceso de fabricación de bienes, no sólo disminuir costos al usar mano de obra de los países periféricos, sustantivamente más barata, sino debilitar la resistencia interna de los trabajadores, al descomponer o eliminar las unidades productivas que aglomeraban un número considerable de obreros convencionales. La búsqueda de nivelar por lo bajo los salarios, que aún continúa, ha tenido en esa estrategia uno de sus puntales más importantes.

De otro lado, al interior de los países, la subcontratación (conocida como outsourcing, por su acepción en inglés) de las actividades menos automatizables, hizo de la tercerización, como también se le conoce, un mecanismo que descargó de responsabilidades laborales a las grandes empresas y contribuyó a la informalización y precarización de un gran número de trabajadores, pues las pequeñas empresas subcontratistas escapan, en mayor medida, a los controles estatales. En el informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) del 19 de octubre de este año, sobre autoempleo y pequeñas y medianas empresas –titulado en español como Lo pequeño importa–, ese organismo muestra como en el mundo cerca del 70 por ciento del empleo lo proveen ese tipo de unidades productivas. En los países de bajos ingresos, las empresas de menos de 50 trabajadores proveen el 40 por ciento de la ocupación, el autoempleo el 54 por ciento, mientras que tan sólo el seis por ciento es cubierto por empresas de mayor envergadura. En los países de medianos ingresos el autoempleo (60 por ciento) y el empleo en pequeñas empresas (30 por ciento) representan la casi totalidad de la ocupación, siendo la magra cifra del 10 por ciento el ofertado por las grandes empresas; mientras que en las naciones de altos ingresos, las pequeñas empresas ocupan casi la mitad de la población asalariada (47por ciento), el autoempleo el 11 por ciento y las grandes empresas menos de mitad de la provisión laboral (42 por ciento)–en Colombia, según el Dane, el autoempleo es 43,6 por ciento–. Este proceso, que quiso ser maquillado con el pomposo nombre de “industrias en red”, facilitó la individualización de la contratación y limitó el horizonte político de la clase trabajadora que empezó a tener mayores dificultades para poder articular convergentemente acciones de lucha por sus derechos, limitando su alcance y posibilitando al capital imponer sus condiciones sin apenas resistencia. Acá, lo pequeño no es hermoso.

El debilitamiento estructural de la clase trabajadora tuvo quizá su mayor reflejo en el declive de las tasas de sindicalización de los países más industrializados.En EU la afiliación a los sindicatos va en caida de forma importante, pasando de representar 20,1 por ciento en 1983 a 10,6 en la actualidad. En Alemania y Japón, las otras dos potencias industriales capitalistas, la cifra apenas supera el 17 por ciento en la actualidad, y en Corea del Sur es tan sólo del 9 por ciento, según datos de la Confederación Sindical Internacional (CSI). Esto no es más que el reflejo de la des-colectivización de la relación capital-trabajo, que ha colocado al trabajador individual a negociar de forma aislada con las grandes corporaciones, en una situación de desigualdad cuyos resultados son la precarización de sus condiciones. La informalidad ahora es lo normal; su porcentaje actual a nivel mundial es del 61 por ciento de trabajadores en esa condición, mientras que tan sólo el restante 39 de asalariados están cubiertos con las pocas garantías que las reformas laborales no han abolido para los contratos convencionales (en Colombia la informalidad es del 48 por ciento).

La desregulación del trabajo, que incluye la llamada flexibilización laboral, va acompañada de un traslado de la carga fiscal desde las empresas a los trabajadores. En EU la tasa impositiva a las compañías pasó del 32,1 por ciento en 1952 a 10,8 en 2015; en Europa, del 41 por ciento de 1983 quedó reducida en 2015 al 22, mientras que el impuesto al valor agregado (IVA), pagado esencialmente por la gente del común pasó, en ese período, de 16,1 a 19,2 por ciento. En EU la tasa impositiva marginal, aplicable a los ingresos más elevados, de 70 por ciento en 1980 descendió al 40 en 2010, mientras que en Alemania de estar en 90 por ciento, a fines de la década del cuarenta del siglo pasado, es hoy del 45 por ciento, como lo destaca Thomas Piketty en su libro El capital en el siglo XXI. Además, como lo reseña Oxfam en su informe de 2018, el economista Gabriel Zucman estima que los multimillonarios esconden alrededor de seis billones de dólares en paraísos fiscales, eludiendo al menos 200 mil millones en pagos de impuestos. Esto ha tenido como resultado una concentración de la riqueza sin antecedentes, hasta el punto que en la actualidad las 42 personas más ricas del planeta poseen el equivalente de lo que suman los activos de los 3.700 millones de personas con menor riqueza en el mundo, según datos de la empresa de servicios financieros Credit Suisse. Oxfam calcula que en el 2017 el 82 por ciento de la riqueza creada fue apropiado por el uno por ciento de los más ricos.

 

Las clases trabajadoras al borde del abismo

 

El aumento de la dispersión locativa de los trabajadores de un mismo sector –tal el caso de conductores, empleados de los comercios minoristas, docentes, médicos, etcétera– propiciada por el continuo crecimiento del sector servicios, las facilidades para la deslocalización internacional y el predominio de las pequeñas empresas, fueron algunos aspectos de la piedra de toque que facilitó al capital reducir al mínimo los derechos de los trabajadores. Que estos empiecen a ser considerados como “prestadores de servicios independientes”, desligados de sus colegas de labor, ha llevado en la actualidad a hacer posible la existencia de empresas sin apenas trabajadores presenciales, como en el caso de la llamada “industria de plataforma”, cuya actividad central es ser coordinadora informatizada de actividades. El avance de la economía gig, también conocida como economía colaborativa, o economía de los freelance, ocupa predominantemente trabajadores jóvenes que aportan sus conocimientos y habilidades a empresas por horas o días sin que medie un contrato.

En el imaginario ideologizado, entonces, lo que quiere presentarse es el fin del trabajo como actividad subordinada, y justificar así el avance de la eliminación de éste como sujeto de derechos. La subordinación moderna de los trabajadores queda basada, de esa forma, en lo que Robert Castel denominó el ascenso de las incertidumbres: la inseguridad sobre el mañana como instrumento de sujeción en el presente, pues los derechos económicos positivos son, de hecho, eliminados. Según la CSI, el 60 por ciento de los países tienen prohibiciones de sindicalización en algunos sectores de la economía, el 83 por ciento ha vulnerado el derecho de huelga y el 82 han violentado la negociación colectiva, todo bajo el argumento que los derechos de los trabajadores son contrarios a la buena marcha de la sociedad, y de que tal marcha no es otra cosa que la ampliación de la riqueza apropiada por el capital.

El avance del capital a costa del trabajo, es innegable. Según el Fondo Monetario Internacional el pago a los trabajadores en los países desarrollados, de representar 55 por ciento del PIB en 1972 fue reducido a 40 en la actualidad, mientras que en los países emergentes y los subordinados, de 50 por ciento en 1994 pasó en el presente a 37. El estancamiento de las salarios medios y bajos tuvo en el divorcio presentado entre las mejoras en la productividad y los aumentos en las remuneraciones al trabajo, una de las causas más importantes, y desde 1972 sigue ensanchándose. El salario por semana en Estados Unidos, cuyo promedio actual es de 746 dólares, sería hoy de 1.377 dólares si las remuneraciones hubiesen aumentado en la misma proporción que lo hicieron hasta 1972 respecto de las mejoras en la productividad, lo que indica, sin equívocos, que ésta última ha sido apropiada en su práctica totalidad desde esa fecha por los capitalistas.

Pero, de otro lado, a partir de las crisis de los setenta, la brecha al interior de las mismas remuneraciones salariales ha ido en aumento, dejando a la gran masa de trabajadores sin mando en unas condiciones cada vez más desventajosas, puesto que mientras en la década de los setenta del siglo pasado la relación del salario entre gerentes y trabajadores era de 45 a 1, es hoy de 794 a 1. Y, lo que es aún más preocupante, al interior de los mismos trabajadores no directivos la brecha también es enorme, pues según la OIT mientras que la remuneración en el decil más bajo es de 266 dólares anuales (750.000 pesos colombianos mensuales, aproximadamente) en el noveno decil es de 36.903 dólares (10 millones de pesos mensuales aproximadamente, es decir, 133 veces más). Esto ha llevado a una fragmentación de la clase trabajadora que hoy ya no está dividida entre trabajadores de “cuello blanco” (empleados) y trabajadores de “cuello azul” (obreros) sino entre trabajadores con derechos y trabajadores precarios que ahora son la inmensa mayoría.

Para completar el cuadro, el encarecimiento de algunos consumos básicos ha limitado aún más las condiciones vitales de los grupos subordinados. La privatización de los servicios públicos domiciliarios, y los de salud y educación, por ejemplo, convertidos en mercancías, y por tanto anulados como derechos, fueron convertidos en bienes plenos para unos pocos, amplificando la monumental disparidad social que experimentamos. La deuda estudiantil en EU, por ejemplo, suma 1,6 billones de dólares, el doble que hace diez años y afecta ya a 44 millones de personas, que dados los bajos salarios percibidos quedan hipotecadas prácticamente de por vida. En Colombia, la cartera del Icetex es de alrededor de cinco billones de pesos distribuidos entre 700.000 deudores, en una espiral creciente de acreencias a la que empiezan a sumarse como prestamistas los bancos privados. En cuanto a los servicios públicos, basta señalar como ilustración que el precio medio de la energía que cobran las empresas privadas en los 34 países de la Ocde es 23,1 por ciento mayor que el de las empresas públicas, lo que ha obligado a que en la última década 235 municipalidades hayan re-estatizado el servicio.

El multimillonario Warren Buffet, al expresar que "Hay una guerra de clases, de acuerdo, pero es la mía, la de los ricos, la que está haciendo esa guerra, y vamos ganando", dejaba claro que los resultados de la concentración económica es producto de una ofensiva consciente y no de “los automatismos del mercado” o de la “correcta asignación de recursos”, argumentos clásicos del cretinismo de los profesionales de la economía convencional. Debe ponerse en primer plano, entonces, como lo planteaba ya la economía clásica, que la estructura de la distribución del ingreso es un resultado de la correlación de fuerzas entre las clases y no un dato técnico, y que es definida en el espacio de la política. Recoger el guante del desafío que los Buffet lanzan, parece una tarea demorada por parte de los movimientos sociales si bien, vistos retrospectivamente, tanto el movimiento de los Indignados como Occupy Wall Street podrían considerarse como escaramuzas, y los recientes motines de subsistencia como movimientos de avanzada que empiezan a responder. Es, pues, el desarrollo de formas organizativas ágiles y pertinentes una tarea urgente a desarrollar.

En Colombia, la reciente visita del Secretario General de la Ocde, José Ángel Gurría, para presentar al gobierno un informe sobre la situación del país, muestra que para la burocracia internacional los motines de subsistencia no son aún motivo de alarma, pues el funcionario recomendó, entre otras cosas, reducir los costos laborales no salariales, el valor del registro de empresas, revisar el “elevado” salario mínimo y aumentar la edad de jubilación. Aunque, para ser justos, lo del “elevado” salario mínimo y el aumento en la edad de jubilación, son también viejos argumentos de nuestra tecnocracia ultraliberal, defendidos, entre otros, por funcionarios criollos como el inefable Alberto Carrasquilla –el mismo de los bonos de agua–, qué en la Ley de Financiamiento, declarada inexequible por la Corte Constitucional, en nombre de las posiciones más ultraderechistas, quiso aprobar una reducción a las empresas en el impuesto a la renta así como exonerarlas de pagar el IVA a los bienes de capital, ahorrándoles casi seis billones de pesos. Quizá, los tecnócratas confían en la pasividad de los movimientos sociales colombianos, pero, en eso también confiaba Piñera, y si “Chile despertó”, ¿será que dura mucho nuestro adormilamiento?

 

Publicado enEdición Nº263
Primer Congreso Internacional de Estudios Latinoamericanos y del Caribe. Pensamiento Crítico y decolonialidad

-¿Con qué objetivo nace el Congreso Internacional de Estudios Latinoamericanos & del Caribe? ¿Qué esperan de este encuentro?
El congreso es una iniciativa colectiva. La idea se fraguó hace más de un año y se logró en un trabajo conjunto entre REC, la Universidad del Norte y la Universidad del Atlántico que sirviera de envión para un trabajo investigativo más fresco, sin tantas ataduras formales y que redundara en beneficio de la región caribe colombiana. Siempre supimos que tenía que ser en Barranquilla; ciudad con tradición de intelectuales públicos de la talla de Julio Enrique Blanco o Luís Eduardo Nieto Arteta. Uno de los objetivos que nos planteamos fue consolidar una red de trabajo para reflexionar acerca de una región aquejada por profundas brechas sociales y olvidada por las clases dirigentes del centro del país, así como lo expone Alberto Abello en su libro “La isla encallada”.


Un segundo motivo se dirige al hecho de que la academia hoy se encuentra sumida en una especie de “encierro” propio de la lógica que imponen los estándares de calidad. Lógica que no se puede desligar del discurso neoliberal. En esta economía prima la hiperproducción de textos, el ritmo frenético de trabajo, la hiperespecialización, la competencia como forma de ascenso, la jerarquización y segregación académica. Una lógica que termina, por supuesto, por reducir y estrechar los espacios de reflexión auténticos. No pretendemos reproducir un modelo en el que se habla de “Latinoamérica” o del “Caribe” como objetos de estudio, más bien lo que queremos es abrir puentes para que las experiencias políticas, estéticas, literarias, pedagógicas y académicas, que ya se realizan, se puedan juntar en un espacio de trabajo en red, alrededor de la amistad y buscando formas de colaboración que vayan más allá de las dinámicas neoliberales que acabamos de mencionar.


-En este I Congreso Internacional de Estudios Latinoamericanos & del Caribe se dialogará "sobre temas urgentes de América Latina y el Caribe". ¿Cuáles son las necesidades que tiene ahora mismo a Latinoamérica y que urge tratar?
Tenemos que dejar claro que cualquier respuesta a esta pregunta es parcial. Aun así, nos parece que hay cuatro temas “urgentes” que están en la agenda del pensamiento crítico en nuestros contextos. El primero de ellos tiene que ver con la desigualdad que impera en nuestra región. Por traer solo un ejemplo, los altos índices de inequidad en un país como Colombia solo pueden catalogarse de obscenos (el 1% más rico concentra el 20% de la riqueza nacional). Las desigualdades, en países como los nuestros cabalgan junto a formas de violencias extremas y suplicios corporales donde el blasón del poder es el asesinato, la masacre y la desaparición forzosa. Narcotráfico, crueldad y neoliberalismo están presentes en Juárez en México, en el Cauca colombiano o en Brasilia, tal como lo señala Rita Laura Segato.


El segundo punto se dirige al asunto de la raza. Nos parece clave pensar el problema de racial se incorpora en buena parte de un sentido común conservador que se despliega en lo micro; en las prácticas cotidianas más inmediatas. Las poblaciones afros e indígenas en diferentes partes del continente son racializados para ser poblaciones funcionales a formas de poder. Pensar esos mecanismos de racialización y la forma en la que las comunidades reformulan estas experiencias no es una tarea nimia.


El tercer tema que urge tratar es el del feminismo decolonial y negro que ha venido avanzando con mucha potencia y fuerza en nuestra región; tanto en el registro académico como en el militante. Nos parece que una lucha frontal contra el patriarcado es un asunto acuciante y fundamental en cualquier agenda crítica. El movimiento feminista ya ha allanado el camino al desplazar las barreras del sentido común y ha transformado las preguntas que hoy ocupan la agenda política, cultural y filosófica.


Finalmente, en cuarto lugar, creemos que en la agenda tiene que estar presente el problema del territorio y de los ecosistemas esenciales para la vida. Se trata de pensar la vinculación entre la experiencia de la vida humana y la forma como esta se relaciona con el entorno. Los movimientos indígenas se hacen preguntas sobre la relación entre lo humano y lo natural que no podemos soslayar; no solo como un cambio epistémico, sino como una experiencia de carácter político-ético. Se trata de pensar la biodiversidad en clave regional y de pensar —de manera urgente— un diálogo con diferentes disciplinas como la biología y la ecología para producir reflexiones novedosas y creativas. 


-¿Por qué la importancia de tratar estos asuntos desde la perspectiva del pensamiento? ¿Qué puede hacer la filosofía por ellos?
Nos parece que la filosofía consiste en dos movimientos. Por un lado, tiene que ver un ejercicio de desnaturalización, de cuestionamiento de las verdades que han sido sedimentadas y sobre las cuales se han producido discursos que someten y restringen el pensamiento; esta vena es la vocación crítica de la filosofía. Por otro lado, creemos que la filosofía tiene que ser creativa, debe producir un campo exterior a sí misma (negarse), un campo que esté lejos del campo de la hiperespecialización imperante en buena parte de los departamentos de filosofía del mundo. Nosotros apostamos por una filosofía que se pregunte por esos problemas apremiantes, situados e inmediatos. Esos que nos duelen y que se nos imponen; acá está parte del carácter propio de la tradición latinoamericana que nos jalona. 


Esto se puede hacer de muchas maneras, a través de lecturas diferentes de la historia de la filosofía, complejizando preguntas clásicas de la filosofía en contextos contemporáneos, y también se puede hacer de manera comprometida con apuestas políticas en un trabajo mucho más fluido con disciplinas de las ciencias sociales. Creemos que la filosofía debe profanar sus formas operación y debe abrir horizontes de trabajo colectivos que se opongan al modelo del filósofo sabio y solitario de la torre de marfil. Nosotros creemos en una filosofía jovial que la apueste a construcciones colectivas y que no tema a hacerle frente —así estén equivocados los caminos— a esas estructuras de desigualdad que movilizan privilegios. Nosotros somos herederos de una forma de hacer filosofía que es distinta a la tradición europea y eso tiene que pensarse, y relanzarse constantemente; no buscando una “autenticidad” propia del pensamiento latinoamericano, pero tampoco desconociendo esta sensibilidad. Más bien diríamos que tenemos que pensar filosóficamente nuestros problemas, nuestros contextos y nuestros padecimientos...y pensarlos con nuestro estilo; ¡un estilo bastante propio!


-¿Por qué ir a Barranquilla?
Antes que decir que contaremos con más de 24 conferencistas internacionales y nacionales de lujo, con más de 150 ponencias escogidas con rigor por un comité científico, con el lanzamiento de varios libros, nos parece más importante advertir que será un espacio privilegiado para escuchar muchos discursos, diversos y originales. Será un espacio para construir alrededor de la amistad. Creemos que debemos pensar una agenda investigativa incluyente y amplia, situada y con la mirada puesta en los problemas urgentes. Tendremos que encontrarnos no solo en los espacios más académicos, sino también en los ámbitos culturales y artísticos de Barranquilla; vivir la ciudad, porque quien la vive es quien la goza. Además, soñamos con servir de envión de un movimiento más grande, que funcione en red, que articule muchos esfuerzos y apuestas que ya tienen lugar en nuestro país y en el resto de América.


Acá les dejamos el link del evento: https://reclatinoamerica.com/congreso2/

 


 

Primer Congreso Internacional de Estudios Latinoamericanos y del Caribe. Pensamiento Crítico y decolonialidad

Barranquilla, 14, 15 y 16 de noviembre.

Organizan: Universidad del Norte, Universidad del Atlántico y REC-Latinoamérica. 

 


 

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Gira de Tillerson augura peligros para la paz en América Latina y el Caribe

 

En la primera semana de febrero, el secretario del Departamento de Estado estadounidense Rex Tillerson realizará una gira por diversos países de América Latina y el Caribe. El objetivo central de la gira es incentivar y organizar una nueva escalada de ataques contra la República Bolivariana de Venezuela, bajo el ya remanido pretexto de la “ayuda humanitaria”. Los destinos a visitar, todos gobiernos implicados en el “grupo de Lima”, no dejan dudas.

Luego de una breve escala en la Universidad de Texas en Austin, donde disertará sobre las políticas previstas por la administración Trump en relación a la región, arribará a México el 1° de Febrero para reunirse con el canciller Videgaray y el presidente saliente Peña Nieto.

A partir del 3 de Febrero, el turno será de Argentina. Tillerson viajará primero a Bariloche y luego a Buenos Aires, para encontrarse con Macri y el ministro Faurie con el objeto de discutir – según informa el comunicado del DoS “la agenda bilateral de crecimiento económico y la cooperación en seguridad”.

Acto seguido, el secretario viajará a Lima, para encontrarse con el presidente Kuczynski y su ministra de Relaciones Exteriores Aljovin. Entre los asuntos a tratar figura la preparación de la próxima Cumbre de las Américas en Abril, en la que participará Donald Trump.

El día 6 Tillerson visitará Colombia. En la reunión con Juan Manuel Santos y su canciller Holguín se abordarán “el apoyo de Estados Unidos” – así el comunicado – “a los esfuerzos de Colombia para enfrentar el crecimiento de los cultivos de coca, la producción de cocaína, aspectos económicos y el crecimiento de la población de refugiados”.

Por último, Tillerson se encontrará con el primer ministro jamaiquino Andrew Holness y su ministra de Asuntos Exteriores Kamina Johnson-Smith. Entre los temas a tratarse en Kingston figuran “la seguridad bilateral y regional, esfuerzos energéticos y las exitosas reformas de Jamaica en materia económica.”

 

Nada bueno augura esta gira para la región

 

A la luz del anuncio de la realización de elecciones presidenciales en Venezuela en Abril próximo y de una oposición debilitada y desunida, el periplo de Tillerson se vislumbra como un nuevo capítulo de la opción intervencionista de la administración Trump.

Un propósito similar tuvo el recorrido que emprendió el vicepresidente Mike Pence en Agosto pasado por Colombia, Argentina, Chile y Panamá, En aquella oportunidad el saldo fue infructuoso debido al cerrado rechazo que recogió ante la mención de la “opción armada” contra Venezuela, incluso por parte de estrechos aliados.

Por lo demás, el viaje de Tillerson apunta a dar continuidad a la estrategia de fortalecer la acción concertada del bloque de gobiernos de derecha, hoy agrupada en el “grupo de Lima”, con el objeto de bloquear toda posibilidad de integración regional de carácter emancipador.

Esta es la primera vez que el secretario de Estado recorre la región y obedece también a la necesidad de EEUU de mostrar presencia, frente a la propuesta que hizo China a la CELAC en la reciente ronda de reuniones en Santiago de Chile de incorporar a la región al gigantesco proyecto de infraestructura conocido como La Franja y La Ruta o la Nueva Ruta de la Seda.

Asimismo la inminente concreción del Tratado Transpacífico entre once naciones de América Latina y Asia, a ser firmado en Chile en Marzo próximo sin la participación de EEUU, es un desafío comercial ante el cual el gobierno norteamericano no puede permanecer impasible.

El comunicado emitido por el Departamento de Estado informando sobre la gira prevista, indica que el secretario instará a sus socios a promover un hemisferio “seguro, próspero, democrático y con seguridad energética”. Por otra parte, la atención que Tillerson dedicará durante las conversaciones a Venezuela, es explícita.

Más allá de códigos formales, “seguridad” implica venta de armas y tecnología de vigilancia y represión ante posibles estallidos sociales, al par que un aumento de la retórica belicista contra Venezuela, bajo la excusa de constituir un peligro para la democracia. Democracia de la que ha dado una muestra espléndida el reciente fraude en Honduras, uno de los principales enclaves asociados a EEUU en la región.

Alarmante, más allá de los aspectos de retórica diplomática y propaganda, es la mención de “apoyo” a Colombia. En el marco de una campaña electoral presidencial que los sectores conservadores polarizarán con referencia a Venezuela para ocultar (y canalizar) el descontento social frente al retroceso económico del país, el “apoyo” estadounidense significa una cosa: apoyo a los sectores de derecha – presentables o impresentables - frente a la posibilidad cierta de una derrota política que descomprima la región fronteriza con Venezuela.

En un momento de recrudecimiento de los asesinatos a líderes campesinos y miembros del ahora partido FARC, la remilitarización es un escenario bienvenido por los halcones en Washington y Bogotá, echando así por tierra los avances logrados con la finalización del conflicto armado. La amenaza para Venezuela y el incremento de la tensión en la región sería el efecto directo de ese desatino.

Del mismo modo debe interpretarse el aspecto de “seguridad energética”. Es conocida la estrategia de EEUU para que los estados insulares del Caribe, beneficiados por la política preferencial de PetroCaribe, retiren su apoyo diplomático a Venezuela a cambio de integrarse en una política de “energías limpias”. Esta política implica, entre otras cosas, ampliar la reconversión energética que ya se viene llevando a cabo en América Central con el objetivo de minimizar la influencia de la exportación petrolífera de Venezuela, recortando así su principal ingreso.

Es difícil creer con seriedad que el ex ejecutivo de Exxon, ahora canciller de un país renuente a aceptar compromisos ecológicos retirándose del Acuerdo de París, esté interesado en políticas de conservación medioambiental.

Otro escenario a tener en cuenta es la Cumbre de las Américas de la OEA proyectada para Abril en Perú. Teniendo en cuenta las muestras de parcialidad dadas por el secretario Luis Almagro, constituyéndose en un alfil conspirativo de EEUU contra Venezuela, es altamente probable que en esa reunión – por enésima vez y a pesar del retiro en curso de la nación bolivariana de esa organización – se quiera lograr una “condena” contra el país caribeño que incluya sanciones a nivel regional. Para esto, EEUU y sus socios deberán contar con mayorías que no pudieron lograr anteriormente, a pesar de haberlo intentado repetidamente en los momentos más críticos del 2017.

A los problemas sociales que deberán afrontar los habitantes de varios países de América Latina y el Caribe gobernados por el dictamen neoliberal, se suma en el horizonte la posible tragedia de una escalada bélica. Frente a ello, el repudio generalizado a las acciones conspirativas de una potencia en declive y la defensa irrestricta de la paz son esenciales.

 

- Javier Tolcachier es un investigador perteneciente al Centro Mundial de Estudios Humanistas, organismo del Movimiento Humanista.

 

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Viernes, 26 Enero 2018 06:25

¿Paz en Nuestra América?

Imagen de manifestación en contra de los asesinatos a líderes sociales en Bogotá (Colombia) durante el 2016.

 

Ha sido una decisión de los pueblos romper las estructuras de explotación y dominación capitalista e imperialista. Este objetivo histórico, de lograrse en Nuestra América, sería una victoria estratégica de los pueblos que resisten sin capitular. Cuba, contra viento y marea, y a pesar del bloqueo del gobierno estadunidense, hace 59 años emprendió ese camino de soberanía, socialismo y definitiva independencia.

Avanzar hacia este propósito es de enorme complejidad hoy en un continente vastamente recolonizado, que disputa –no sin dificultades– espacios crecientes con expresiones políticas flexibles que sean capaces de comprender –y utilizar en su favor– las contradicciones inter e intraimperiales, así como las internas en el campo de las clases dominantes; acumular fuerzas como pueblos, pero sin las herramientas del viejo Estado que aún sueña con el fin de las revoluciones, o con la obsolescencia de las tesis centrales del marxismo sustentadas hoy por organizaciones políticas de variada naturaleza que, en su diversidad, busca llevar a cabo transformaciones sociales que trasciendan el capitalismo. Estas expresiones políticas constituyen el polo equidistante de la izquierda institucional, que ha renunciado a la utopía revolucionaria y se ha vuelto funcional al sistema dominante.

Para los pueblos estas ideas no son vanas ilusiones, como tampoco son imaginarias las relaciones de explotación del trabajo vivo, ni la maquinaria de terrorismo global del imperialismo, y sus añejas relaciones de producción oligárquicas que implantan miseria extrema y guerras sociales a países como México, Honduras, Colombia, Brasil, Perú o Chile, entre otros, donde los modernos capataces de la mundialización capitalista militarizada y delincuencial buscan extirpar el contenido revolucionario de las resistencias populares, en las que sigue creciendo inevitablemente una conciencia crítica colectiva y clasista, que no enajena la interpretación histórica de nuestras realidades, y que, sin renunciar a la llamada solución política, no abdica al poder de los pueblos, ni se resigna a una paz para siempre que deje incólume la economía capitalista.

Esa paz del capital hoy, en países como Colombia, es el resultado de su ofensiva planetaria para imponer pacificaciones con condiciones mínimas para proseguir la lucha política en un clima de libertad y en el ámbito de la democracia tutelada por los poderes fácticos y el poder corporativo, mientras, paralelamente, se efectúan ejecuciones sumarias de dirigentes sociales, se fortalecen las estrategias contrainsurgentes de las fuerzas armadas y los agrupamientos paramilitares ocupan sistemáticamente –y gozando de impunidad– los territorios de la insurgencia desmovilizada. La pregunta clave de esta encrucijada es: ¿se podrá alcanzar la paz, entendida ésta como ausencia de violencia, si se conservan la economía y la política del capital que no son sino la encarnación de innumerables formas de violencia contra los seres humanos y la naturaleza?

En estas circunstancias y, por ejemplo, el Ejército de Liberación Nacional, ELN de Colombia, como organización ligada al pueblo desde hace varias décadas, ante la crisis de los diálogos con el gobierno de Juan Manuel Santos, parece estar preparada para confrontar y neutralizar la estrategia de aniquilamiento en el campo y las ciudades. Este movimiento insurgente se plantea recuperar áreas perdidas y pretende su propia recomposición, deslocalizando la confrontación, avanzando en objetivos estratégicos frente a la ofensiva del ejército oligárquico y sus narcoparamilitares, que es la más grande de los últimos tiempos y que intenta desarticular la unidad con el pueblo, y distorsionar los posicionamientos en favor de la paz que tienen clara la naturaleza política del conflicto y hacen efectivo el derecho inalienable a la rebelión.

Así, los esfuerzos de paz en Centro y Sudamérica continúan enfrentándose con la realidad sistémica de políticas abiertamente antipopulares y represivas. Estos proyectos no deberían terminar en una paz americana que hace abstracción de la economía política, de las clases en conflicto antagónico, que encubren la permanente injerencia estadunidense en la región, así como la respuesta de los pueblos que se niegan a cohabitar con las oligarquías, sus ejércitos genocidas y sus paramilitares. La lucha por la paz, la libertad y la soberanía tienen lugar en sociedades cuyas clases dominantes monopolizan la tierra, la propiedad de los medios de producción y, por ende, el poder económico y político, y, al mismo tiempo, se han convertido en la base articuladora local de la dominación imperial.

Así, hoy se pretende imponer la rendición incondicional de los pueblos que exigen y construyen la paz, que establecen democracias comunales con sus propios recursos y formas colectivistas de organización social, que incursionan en la construcción del poder comunal en la Venezuela chavista y bolivariana. En particular, para el sistema de dominación imperante, el sistema de representación indígena implica un cuestionamiento radical a las formas de mando y obediencia impuestas desde hace siglos. De ahí el sentido subversivo de estas democracias comunitarias que, además, se constituyen en núcleos de resistencia anticorporativa y reservorios de pensamiento crítico, como es el caso de la experiencia mexicana con el EZLN, el Congreso Nacional Indígena, y su propuesta de conformar un Concejo Indígena de Gobierno, en alianza con todos los explotados y oprimidos en el ámbito nacional.

Sin embargo, no hay que olvidar que la barbarie trasnacional destruye cotidianamente todas las expresiones de vida por la imposición de sus programas neoliberales, y mediante conflictos de intensidad diferenciada contra los seres humanos y la naturaleza, envileciendo de paso ciencia y tecnología.

La revolución de los pueblos es resistencia permanente contra el salvajismo del capital, y se constituye en el último e irrenunciable recurso; es la negación dialéctica del viejo sistema, NO la inserción en éste. De ahí, aquello de mis sueños no caben en sus urnas.

 

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La directora gerente del FMI, Christine Lagarde, este lunes en Davos.

 

La actividad económica de Venezuela sufrirá un desplome del 15% en 2018, según la última proyección del Fondo Monetario Internacional (FMI). Es el punto negro de América Latina y como explica el economista Alejandro Werner la crisis por la que atraviesa es desproporcionada. El año pasado ya se contrajo un 14% tras hacerlo un 16,5% en 2016. Si se toma como referencia el 2013, el país petrolero perderá un 50% del producto interior bruto en apenas un lustro. Los desequilibrios son enormes y la distorsión mayor. La inflación superó el 2.400% en 2017 y se proyecta que ronde el 13.000% en el ejercicio entrante por el déficit y la pérdida de confianza.

La desconfianza hacia el país es total, según el Fondo Monetario Internacional, y eso afectará a su capacidad para financiarse. El impacto de la crisis de Venezuela se considera, en cualquier caso, "muy limitado" sobre los grandes vecinos, pese a que su economía representa un porcentaje muy elevado en el conjunto de la región. "Los efectos ya se produjeron", ha asegurado Werner. Sí considera relevante el proceso migratorio, provocado por el deterioro de las condiciones económicas en el país. En un informe sobre la economía regional, Werner ha apuntado que este escenario en Venezuela es el resultado de "significativas distorsiones microeconómicas y desequilibrios macroeconómicos exacerbados por el colapso de la exportación petrolera".

El alza de precios será cinco veces mayor de lo que el FMI había proyectado hasta ahora. Werner explica que la espiral inflacionista está alimentada "por el financiamiento monetario de profundos déficit fiscales y la pérdida de confianza en la moneda nacional". Los títulos de deuda emitidos por Venezuela se encuentran técnicamente en situación de default, de acuerdo con una nota emitida el pasado 8 de enero por la Asociación de Corredores de Mercados Emergentes (EMTA, en sus siglas en inglés) tras las rebajas sucesivas de la agencia Standard & Poor´s.

Estas obligaciones son consideradas desde ahora como "flat trading", es decir, que ya no interesan y su precio es únicamente su solo valor nominal. A inicios de este mes de enero, el país disponía de unos 9.700 millones de dólares de reservas, pero debía haber reembolsado al menos 1.470 millones antes del final de 2017 y otros 8.000 millones en 2018.

S&P y la también calificadora de riesgo Fitch declararon a Venezuela y a su empresa petrolera PDVSA en default parcial en diciembre pasado. En la actualización de las expectativas económicas de la región para este año, el FMI ha metido sin cambios su previsión de un crecimiento de 1,9% para América Latina y el Caribe, unas estimaciones que el organismo ya había divulgado en octubre. Sin embargo, el FMI ha añadido que si se excluyese a Venezuela de las previsiones, la región experimentaría un crecimiento de 2,5% este año.

 
La crisis que golpea a los venezolanos


El desastre económico que golpea al régimen de Nicolás Maduro es imparable desde hace años. La dramática tendencia hiperinflacionista es lo que más repercute en la vida diaria de los venezolanos. Los precios de los productos básicos fluctúan en cuestión de semanas, incluso de días, lo que hace que una familia media pueda satisfacer sus necesidades básicas. Casi todos los productos aparecen y desaparecen de las estanterías de las tiendas y los supermercados sin una lógica aparente. Además, las autoridades obligan a los comerciantes a mantener un precio fijo, por lo que no se puede adaptar el valor de un artículo o alimento a las oscilaciones del dólar en el mercado negro.

Venezuela es el país con las reservas de petróleo más grandes del planeta, pero, además del colapso de la petrolera estatal, derivado de su saqueo y mala gestión por parte de las élites del chavismo durante décadas, sus gobernantes no están en condiciones de aprovechar el alza del precio del crudo en los mercados internacionales por la desbocada deuda que afronta el Ejecutivo de Maduro.

El país alcanzó en diciembre de 2017 el nivel más bajo de producción en los últimos 28 años —1,6 millones de barriles al día, 216.000 barriles menos que el año anterior-. Y a pesar de este escenario, el Gobierno ha emprendido una deriva que tiende a aislarlo cada vez más de la comunidad internacional, de las oportunidades de negocio y las relaciones comerciales. En este contexto, el mandatario bolivariano lanzó antes de las pasadas Navidades una criptomoneda llamada petro que, dijo, estaría respaldada en reservas de oro, gas y diamante.

Werner confirmó, pese al freno que supone Venezuela para toda la región, que la recuperación de América Latina cobra ímpetu (1,9%) por la buena marcha de la economía global, el impulso del comercio, unas condiciones financieras favorables a la inversión, la mejora del precio de las materias primas y gracias a que Brasil, Argentina y Ecuador salieron de la recesión. Como adelantó el martes, se elevaron las expectativas de crecimiento para las dos mayores economías de la región este año, Brasil (1,9%) y México (2,3%). El FMI también revisó al alza sus previsiones de crecimiento para Chile (3%), Colombia (3%) y Perú (4%). Mantiene sin cambios la de Argentina (2,5%).

 

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Miércoles, 24 Enero 2018 06:36

Incendio en la Casa del ser

Incendio en la Casa del ser

 

“Una mujer descuartizada / viene cayendo desde hace 140 años”. Por esas dos líneas escritas por su compatriota Vicente Huidobro decidió el joven Nicanor Parra dedicarse a la poesía. Ya era (además de hermano mayor de Violeta Parra) ingeniero, diplomado en termodinámica en USA y en cosmología en Oxford, cuando quiso saber por qué caía esa mujer desde hacía siglo y medio. La pregunta en particular y la poesía en general no son asuntos muy pertinentes para la ingeniería y Parra era, a pesar de ingeniero, un impertinente. Así que prefirió adscribir a esa otra ley de la termodinámica que enunció Leopoldo Marechal: “De todo laberinto se sale por arriba”. Así fue como llegó Parra a lo que definió como antipoesía. “Yo me preguntaba por qué cresta los poetas hablaban de una forma y escribían después con esa jerga conocida como lenguaje poético, que no tiene nada que ver con el lenguaje de la realidad”.

Puesto en esos términos, parece un mero cuestionamiento verbal, pero lo de Parra apuntaba más lejos: para poder ver las cosas de otro modo es necesario cambiar de perspectiva, y pocos tipos en nuestra lengua fueron capaces de sacarnos la alfombra debajo de los pies con una sola frase como Parra. Vean, si no, este ejemplo: “El automóvil es una silla de ruedas”. Léanla de nuevo, van a ver que el texto se movió, que se lee otra cosa. Eso es Parra. El juego de palabras que de pronto corcovea y muta en otra cosa. El creativo publicitario tiene esa clase de don, pero para generar antimateria. Parra generaba antipoemas; es decir, anticuerpos contra la antimateria que nos tiran todo el día por la cabeza.

Hay un famoso poema suyo que empieza: “El hombre imaginario / vive en una mansión imaginaria / rodeada de árboles imaginarios / a la orilla de un río imaginario”. Y así sigue avanzando facilonamente, estrofa tras estrofa, hasta sus versos finales. Antes de citarlos déjenme contar que Parra descubrió un día a la mujer de su vida, fueron brevemente felices juntos pero ella lo abandonó y poco después se suicidó. En honor a ella escribió Parra El Hombre Imaginario, que termina: “Y en las noches de luna imaginaria / sueña con la mujer imaginaria / que le brindó su amor imaginario / vuelve a sentir ese mismo dolor / ese mismo placer imaginario / y vuelve a palpitar / el corazón del hombre imaginario”.

Fue famosa su pica con Neruda. Igualmente famosa es su frase: “Hay dos maneras de refutar a Neruda: una es no leyéndolo; la otra es leyéndolo de mala fe. Yo he practicado ambas, pero ninguna me dio resultado” (otra vez contestó así a la acusación de que la obra de Neruda era despareja: “La cordillera de los Andes también es despareja”). En su poema Malos Recuerdos dice: “Para la mayoría / soy un narciso de la peor especie / El hombre dos caras / El que se cree más de lo que es / El que no tiene paz / ni con las mariposas del jardín / Todos se consideran con derecho / a festejarme con un poco de barro”. Treinta años después, al recibir un doctorado honoris causa en la Universidad de Chile, dijo: “Una sola pregunta / ¿Cuándo piensan erigirme una estatua? / La paciencia tiene su límite / Sin estatua me siento miserable / Pero por favor que sea de barro / Para que dure lo menos posible”.

Entre otras chambonadas que le endilgaban sus enemigos, Parra aceptó ir a la Casa Blanca a tomar el té con la esposa de Nixon en plena guerra de Vietnam, durante un congreso de escritores en Washington (horas más tarde, los cubanos le retiraron la invitación que le habían hecho como jurado del Premio Casa de las Américas, y él contestó con un telegrama a la isla que decía: “Apelo a la justicia revolucionaria rehabilitación urgente. Fidel debería creer en mí tal como yo creo en él”). A diferencia del resto de su familia, Parra nunca apoyó la Unión Popular de Allende y siguió enseñando en la universidad después del golpe de Pinochet. Pero cuando el Papa polaco fue a Chile escribió: “La sonrisa del Papa nos preocupa / SS debiera llorar a mares / y mesarse los pelos que le quedan / ante las cámaras de televisión / en vez de sonreír a diestra y siniestra / como si en Chile no ocurriera nada / que se ría de la Santa Madre si le parece / pero que no se burle de nosotros”. Poco antes (más precisamente en 1977) había escrito: “Que levanten la mano los valientes / A que nadie es capaz / de arrancarle una hoja a la biblia / cuando el papel higiénico se acabó / A que nadie se atreve / a escupir la bandera chilena / A que nadie se ríe como yo / cuando los filisteos lo torturan”.

Se admirara o se odiara a Parra, había que reconocerle su fidelidad absoluta al género que inventó. Cuando le dieron en Guadalajara el Premio Rulfo, empezó su discurso de agradecimiento diciendo: “Hay diferentes tipos de discursos / El discurso ideal / es el discurso que no dice nada / aunque parezca que lo dice todo”. Lo pongo en verso porque así lo leyó. Y así lo incluyó en su libro Discursos de sobremesa, que está compuesto enteramente de textos leídos al recibir premios y honoris causas. Y que, por supuesto, son todos antipoemas. Es decir, reversos exactos del discurso ideal: parece que no dicen nada, y logran decirlo todo. Mi preferido es el que pronunció en el centenario de Vicente Huidobro, que se titula Also sprach Altazor (y que debajo aclara “Título del original en inglés: Hay que cagar a Huidobro”). Empieza preguntando qué sería de la poesía chilena sin Huidobro, para defender después la megalomanía del poeta (“Sus opiniones nunca pecaron de moderadas / incluso llegó a atreverse / a enmendar la plana al propio Homero / que no debió haber dicho jamás, segun él / las nubes se alejan como un rebaño de ovejas / sino lisa y sencillamente / las nubes se alejan balando”). Y sobre el final hace su famosa declaración: “Hay una frase de Huidobro / No creo que haya otra más sobrecogedora / en todo el reino de las bellas letras: / una mujer descuartizada / viene cayendo desde hace 140 años / A mí me deja mudo”.

Mentira, por supuesto: nada dejaba a mudo a Parra. El otro día se murió, a los 104 años, después de esperar contra toda esperanza que le dieran el Nobel. A quienes llegaban en peregrinación a verlo en su escondite del sur de Chile les contaba que, en el preciso lugar donde alzó su casa, había antes un castillo hecho enteramente de tejuelas de alerce. “El que entraba ahí se quería quedar a vivir para siempre”. El castillo estaba medio abandonado cuando Parra lo compró, y el cuidador que vivía ahí se tuvo que ir a su pesar. Pocos días después, un incendio destruyó el castillo. Todas las señales indicaban que el cuidador había provocado el fuego. Parra se lo encontró contemplando las cenizas aún humeantes y le dijo: “¡Huevón de mierda, mira lo que hiciste!”. El cuidador le contestó sin apartar la mirada: “Yo quería esa casa más que usted”. Heidegger decía que la poesía es la casa del ser. Parra vio arder esa casa y levantó otra sobre sus cenizas. Están los que dicen que fue él quien la quemó. Y están los que dicen que nadie quería esa casa tanto como él.

 

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Una protesta contra la visita de Judith Butler en São Paulo, el 7 de noviembre.

 

Un informe de la ONG Front Line Defenders registra al menos 212 víctimas en la región

 

Al menos 212 defensores de derechos humanos fueron asesinados el año pasado en América Latina, según un informe de la ONG Front Line Defenders, con sede en Dublín (Irlanda). El documento, difundido a principios de mes y presentado la semana pasada en castellano, señala que la mayoría de crímenes en la región corresponde a Colombia y Brasil, que juntos registran 156 víctimas (73,5%). La suma de este tipo de asesinatos en el continente representa más de dos tercios del total mundial registrado por la organización internacional (312).

La particularidad del caso colombiano está en que mientras la guerrilla de las FARC entregó las armas el año anterior como parte de los acuerdos de paz con el Gobierno de Juan Manuel Santos, las bandas criminales y paramilitares se han desplegado para perseguir y asesinar a líderes sociales, principalmente en las regiones en las que operaba el grupo. Naciones Unidas registra hasta el pasado 20 de diciembre 105 asesinatos de defensores de los derechos humanos en el país sudamericano; el 59% de estos perpetrados por sicarios.

“La violencia contra los defensores de derechos humanos se intensificó a la par de las crisis políticas y económicas en Venezuela, Brasil, Guatemala, Paraguay, Honduras y Argentina”, remarca el informe de Front Line Defenders, que cuenta con la ayuda de una red de organizaciones sobre el terreno para recolectar los datos de cada país.

Venezuela es el caso más emblemático entre los enumerados por la organización. El país sudamericano vivió una ola de protestas entre abril y julio contra los ataques del régimen al Parlamento, de mayoría opositora, en la que hubo más de 120 muertos, según la Fiscalía. La ofensiva antidemocrática del régimen de Nicolás Maduro desembocó en el establecimiento, en agosto, de una Asamblea Constituyente conformada únicamente por el chavismo que usurpó las funciones del Parlamento opositor.

“En Brasil se produjo un aumento de la violencia y de la participación [en esta] de las fuerzas de seguridad del Estado”, afirma el documento sobre el segundo país con el mayor número de asesinatos en la región junto a Colombia. “En mayo, 10 defensores pacíficos del derecho a la tierra fueron abatidos a tiros por la policía en Pau-d’Arco [Estado de Pará, en la región amazónica]. Seis semanas después, un testigo de la masacre que se había escondido también fue asesinado”, agrega el texto, que apunta a los activistas en favor de los pueblos indígenas y la defensa de la tierra como las principales víctimas del país.

 
Ola ultraconservadora

 

El informe alerta, sin embargo: “La violencia [...] se ha extendido a otros sectores e incluye ataques en áreas urbanas, por ejemplo, contra defensores de derechos humanos que trabajan en las favelas de Río de Janeiro o grupos LGBTI en Curitiba”.

Con respecto a este último punto, el diagnóstico de la ONG coincide con el ascenso de una ola ultraconservadora en el gigante sudamericano que incluye intentos de agresión contra la filósofa feminista estadounidense Judith Butler o el boicot de una exposición artística sobre género y diversidad sexual en un museo de Porto Alegre.

Front Line Defenders también llama la atención sobre el caso de México, que a pocos días del fin de 2017 amenazaba con cerrar su año más violento en dos décadas. “El 2017 también fue testigo del mayor número de asesinatos de activistas ambientales y periodistas registrados en [el país] en los últimos años”, subraya el informe. Y agrega: “La aprobación en diciembre de una nueva Ley de Seguridad Interior que permite la intervención de las fuerzas armadas en asuntos de seguridad pública es particularmente preocupante por la ambigüedad de la redacción, su probable implementación arbitraria y sus posibles efectos negativos en la protesta social”.

 
     
     
  
LA REGIÓN MÁS PELIGROSA DEL MUNDO


Asesinatos. 212 defensores de derechos humanos fueron asesinados en 2017 en Latinoamérica, el 67,9% del total global (312), según la ONG Front Line Defenders.

Colombia. Este es el país con el mayor número de víctimas; registraba hasta el pasado 20 de diciembre 105 asesinatos de activistas, según el recuento de las Naciones Unidas.

Disminución. La cifra de 2017 es levemente menor a la de 2016, cuando la organización registró 217 crímenes de este tipo en la región (77,2% de la cifra mundial, 281 asesinatos).

Distribución. En 2016, el número de asesinatos de activistas se repartió así: Colombia (85), Brasil (58), Honduras (33), México (26), Guatemala (12), El Salvador (1), Peru (1) y Venezuela (1).

 

  
     
     

 

 
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“El error más grande de los progresismos fue no haber tocado la riqueza"

 

Entrevista a Raúl Zibechi

 

El año termina en todo el continente con enormes retrocesos para la clase trabajadora de nuestros países. Macri y Temer profundizan ajustes y aceleran mega-proyectos de minería y soja en sus países, Chile por su vez ve un aumento en la intensidad de su consolidado modelo neoliberal y Venezuela sigue inmersa en una grave crisis. En el campo y en la ciudad, el avance de las derechas y la incapacidad de las izquierdas en articularse son factores importantes de esta coyuntura. Sobre estas cuestiones y la perspectiva de las luchas populares, entrevistamos a Raúl Zibechi, periodista y analista político uruguayo que estudia los movimientos sociales de todo el continente desde hace 20 años.

 


-Correio da Cidadania: En setiembre de 2016 traducimos un artículo tuyo aquí en Correio titulado “El escenario regional después de Dilma”, en el cual afirmabas que el cierre del ciclo progresista en Brasil tendría una especie de efecto dominó en toda América Latina. ¿Qué opinas hoy?

 

Raúl Zibechi: Sin dudas vivimos un proceso de derechización muy fuerte en todo el continente. Ese proceso de derechización, a mi modo de ver, comienza con las protestas masivas de junio de 2013 en Brasil, porque la izquierda no fue capaz de comprender que había una demanda de la sociedad por más igualdad y democracia, y así dejó el campo libre a la derecha.

Después vino la derrota de Kirchner en Argentina y el triunfo de Macri. Y luego un proceso de cambio fuerte en Ecuador, donde a pesar de que ganó el partido de Correa (Alianza País), Lenin Moreno hace un giro, primero contra Correa y todavía no se sabe si hacia la derecha o no.

Pero si, podemos decir que el progresismo ha llegado a un límite. Incluso en un país como Venezuela es evidente que el proceso de gobernabilidad tiene muchas dificultades y son los sectores populares los que están enfrentando estas dificultades.

Finalmente tenemos la situación actual en Honduras que muestra también que hay una fuerte presencia de la derecha que es quien esta gestando este fraude electoral.

Esta ofensiva de la derecha tiene dos partes. Por un lado, el ascenso de una nueva derecha, mucho más militante, mucho más activa en las calles como es el caso del Movimento Brasil Livre (MBL) y de la Escola Sem Partido (ESP) en Brasil. Por otro lado, es una derecha que se aprovecha de las debilidades de la izquierda. La izquierda no fue capaz de tomar la ofensiva contra la derecha y sus medios de prensa, contra la estructura social y económica que favorece al gran capital. Y de ese modo dejó el campo abierto para la ofensiva que estamos viviendo.

 

-Correio da Cidadania: ¿Qué defines como “modelo extractivista” y cómo este modelo contribuyó para la derrota de los gobiernos progresistas?

 

Raúl Zibechi: El extractivismo es un modelo económico, político, social y cultural, no solo económico. En el terreno económico consiste en la transformación de los bienes comunes – el agua, la vida – en mercancías. Se puede definir como un proceso de hegemonía del capital financiero y la acumulación por despojo, o sea, robo.

El extractivismo es el robo de los bienes naturales y el principal efecto social es que destruye las relaciones sociales. Destruye el tejido social y comunitario.

Al destruir el tejido social y comunitario este modelo genera un reposicionamiento de las clases medias, altas y de la burguesía; una despolitización de los sectores populares que son integrados a través del consumo – el consumismo despolitiza y desorganiza – y de esa manera contribuye a los dos aspectos principales de la coyuntura actual que es la ofensiva de una nueva derecha y a un debilitamiento muy profundo del campo popular, o sea, de los movimientos sociales.

Esas dos razones tienen mucho que ver con el triunfo del modelo extractivo.

 

-Correio da Cidadania: ¿Cuál fue la responsabilidad de los gobiernos progresistas en la formación de la alianza entre elites y clases medias, especialmente en Brasil y Argentina?

 

Raúl Zibechi: Yo creo que la alianza entre las clases altas y medias es una alianza política para la lucha de clases vista desde la derecha. Ésta aprendió que tiene un enemigo.

Hoy en Brasil ese enemigo, por ejemplo de la Escola Sem Partido, son los profesores, los docentes – es Paulo Freire en concreto y todo lo que sea la politización de la pedagogía. El MBL también tiene sus enemigos. Mientras que el PT, por ejemplo, en ningún momento fue capaz de decir “éste es mi enemigo”. Lula siempre decía que “Brasil no tiene enemigos”. Y su gobierno tampoco los tenía. Entonces Lula negociaba con la Red Globo, y finalmente la Globo jugó un papel importante en el derrocamiento de Dilma.

El hecho de no distinguir un enemigo implica que no hay una organización para luchar contra ese enemigo. No hay un objetivo político determinado. Lula se planteó gobernar sin conflicto, sin lucha de clases, negociando permanentemente y eso funcionó mientras la economía crecía. La economía comenzó a tener problemas cuando el ciclo de las commodities se terminó y ahí tendrían que haberse realizado cambios profundos, estructurales.

Al final de cuentas, el “milagro lulista” y el de los otros progresismos latinoamericanos, consistió en “mejorar” la condición de los pobres, sin plantear reformas estructurales. Entonces, cuando se el ciclo de los precios altos de las commodities finaliza, no queda más margen para seguir “mejorando” la situación de los pobres sin tocar la riqueza. Y ese es el paso que ni el lulismo, ni el kirchnerismo, se atrevieron a dar, porque afectarían los intereses de la burguesía, del capital financiero y del agronegocio. De hecho, hasta el último día, el agronegocio integró el gobierno de Dilma. Y eso quiere decir que había una apuesta a seguir profundizando el modelo extractivo sin atacar los intereses de las elites.

Eso ha generado una grave crisis política, por la cual el PT y el kirchnerismo, no han sido capaces de indicarle a los sectores populares quien es el enemigo. En ese sentido, si miramos medio siglo atrás, por ejemplo la última carta de Getúlio Vargas, cuando se suicida, claramente designaba un enemigo. Perón y Eva Perón también fijaban un enemigo. El imperialismo, la oligarquía y sus aliados...El no presentar un enemigo dice que estás renunciando a la lucha. Y no se puede vivir en el mundo sin combatir, sin luchar.

Las fuerzas políticas de izquierda o centro-izquierda que no luchan contra un enemigo quedan atrapadas por las fuerzas políticas y sociales que si definen un enemigo. La derecha, el capital, si lo hacen. .

 

-Correio da Cidadania: ¿Qué tienen en común las luchas populares de hoy?

 

Raúl Zibechi: Yo creo que lo común es que luchan contra el extractivismo y la hegemonía del capital financiero sobre sus vidas.

Los Mapuches contra las empresas forestales en Argentina, los estudiantes en Brasil contra el modelo neoliberal aplicado a la educación, los indígenas ecuatorianos y bolivianos y los campesinos paraguayos contra el agronegocio y la minería. Contra los fondos de pensión privados en Chile. Es decir, son luchas que enfrentan al capital financiero transnacional en sus diversas formas de explotación/expoliación.

Entonces, lo que están indicando estos movimientos sociales es que para construir un futuro colectivo, primero hay que derribar el modelo neoliberal, financiero, extractivo. Y ese modelo no se puede derribar desde los gobiernos, desde la institucionalidad. Se tiene que derribar desde abajo, en la calle.

Eso implica que los sectores populares, para poner fin al modelo neoliberal, deben movilizarse en las calles y poner en cuestión la gobernabilidad burguesa. Igual sucedió durante los ciclos de las luchas antiprivatizadoras, cuando la gobernabilidad neoliberal fue desestabilizada. Aunque ni en Ecuador, ni en Bolivia, ni en Argentina, ni en Venezuela, el proceso haya culminado en una nueva fase. Por eso, hay que poner en cuestión la gobernabilidad actual. Esto no se puede hacer de forma “gradual” desde los gobiernos, hay que realizarla de forma combativa en la calle.

Ustedes, en Brasil, saben muy bien que las medidas reaccionarias de Temer (apoyado por todo el parlamento y los poderes mediáticos), no se pueden neutralizar desde la institucionalidad. Si mañana otra vez gobernara Lula, las contrarreformas no se van a anular. Solo las puede anular una lucha popular masiva y en la calle.

 

-Correio da Cidadania: ¿Podemos afirmar que las destituciones de Lugo en Paraguay y Zelaya en Honduras, fueron una especie de laboratorio para esta retomada de la hegemonía derechista en países centrales como Brasil y Argentina?

 

Raúl Zibechi: Es probable que sí. Y es probable que los casos de Paraguay y Honduras – con Lugo y Zelaya – hayan sido laboratorios para destituir gobiernos democráticos, sin sacar los tanques a la calle, como eran los clásicos golpes de Estado. Entonces lo que hay en común por ejemplo con el caso de Brasil es activar, poner en juego mecanismos constitucionales, legales pero no legítimos, para derribar o cambiar un proceso político.

Es imposible saberlo porque la burguesía internacional no lo dice claramente, pero es muy probable que podamos pensar que los casos paraguayo y hondureño, en la medida que fueron exitosos, sean un “modelo” para otras burguesías.

 

-Correio da Cidadania: ¿Qué tipo de elites se está apropiando del poder? ¿Estás de acuerdo con el término de “lumpenburguesía” dado por el economista argentino Beinstein?

 

Raúl Zibechi: Para comprender esta situación hay que tener en cuenta que el mundo está viviendo un cambio hegemónico muy profundo. Y ese cambio implica que las viejas burguesías ya no tienen la fuerza o la capacidad de articular a la sociedad, como tuvieron en su momento.

En ese periodo de transición, parece que surgen sectores oportunistas. Como decía Fernand Braudel, que caracterizaban a la burguesía como una ave de rapiña, que aprovecha el momento para capturar su presa. Y ahí tenemos personajes muy curiosos, como el Movimento Brasil Livre, Kim Kataguiri y otros que realmente no vienen de la burguesía de los viejos políticos del DEM (Demócratas), de PMDB (Partido de Movimiento Democrático Brasileño) o los tucanos (Partido de la Social Democracia Brasileña) Y aunque dialoguen con ellos, no se puede decir que vienen del mismo lugar.

Es el mismo en el caso de Macri, que viene de una burguesía que nace al amparo de los negocios del Estado. Es otro tipo de fracción dominante y es probable que eso lleve a una ampliación de las clases dominantes, con elementos que podrían caracterizarse como “lumpemburguesia”, que crecen a la sombra del Estado y ligados a la corrupción o a negocios muy dudosos.

Y la izquierda no es muy ajena de este proceso, ¿verdad? Si miramos el caso de Odebrecht y de los hermanos Batista en Brasil, vemos una alianza entre esta nueva burguesía y el gobierno del PT. Una burguesía oportunista, no es la clásica burguesía especializada en un sector productivo; sino una burguesía oportunista que aprovecha los momentos. Y bueno, si, probablemente tenga razón Beinstein. Estamos en un proceso de transición también en el terreno de las clases dominantes.

 

-Correio da Cidadania: En tu artículo “El fin de las sociedades democráticas en América Latina” (Correio da Cidadania, 26-10-2017), posicionas cuatro puntos que argumentan lo que llamas de erosión de las bases culturales y políticas de las democracias. Entre esos puntos, destacas en el cuarto: “nosotros que queremos derrotar el capitalismo debemos tener en cuenta que el sistema se está desintegrando y también que nuestro activismo ha estimulado la ascensión de los gobiernos derechistas”. ¿De qué manera es posible notar esta desintegración capitalista en un momento cuyos analistas, de izquierda inclusive, apuntan hacia una mayor consolidación del mismo?

 

Raúl Zibechi: Por un lado se puede ver la crisis de desintegración del sistema a través de las crisis de las democracias. Por ejemplo el triunfo de gobiernos como el de Trump. O mismo lo que está sucediendo en Honduras. En el Brexit. En la reacción española con respecto a la independencia de Cataluña, y así tenemos muchos síntomas de esto.

Un síntoma claro es lo que Benstein apunta como la “lumpemburguesia”. Otro es que hoy los territorios no pueden ser gobernados sin narco y sin femicidios. Hay que entender el narcotráfico y el femicidio como una forma de gobernar, en el sentido de Foucault, de controlar a cielo abierto a los sectores populares cuando el panóptico ya fue desbordado desde abajo. Entonces me parece que aquí hay todo un terreno de análisis muy importante porque la crisis del panóptico y la crisis del fordismo y del Estado-Nación tienen mucha relación con este periodo de transiciones caóticas que estamos afrontando.

Yo creo que para comprender la desintegración de las sociedades hay que ver la situación actual comparada con lo que se vivía en nuestros países hace cincuenta años. En los 60, una favela era completamente diferente de lo que es hoy. Y las periferias urbanas de América Latina eran completamente diferentes.

Hoy, la mitad de la población bajo el modelo financiero extractivo no tiene derecho a la salud, a la vivienda, a la educación, simplemente no tiene derechos. Tiene beneficios. El Bolsa Familia no es un derecho, es un beneficio. Y la diferencia de ser un ciudadano con derechos o ser un excluido con beneficios está marcando desde abajo la diferencia entre esos dos periodos, uno de cierta estabilidad en el sistema y otro periodo de desintegración sistémica, él que estamos viviendo.

 

-Correio da Cidadania: Aprovechando esta respuesta, ¿podemos decir entonces que el femicídio, el narcotráfico y la violencia en general son formas de control social, especialmente en Brasil, un país que llega a 60 mil homicidios por año?

 

Raúl Zibechi: Es importante ver que tanto el panóptico, como el fordismo fueron desbordados por los trabajadores y por los sectores populares. Las formas de control anteriores fueron desbordadas desde abajo. Y por eso yo digo que nosotros hemos jugado un papel en la crisis actual.

No creo que el panóptico haya caducado por razones tecnológicas, ni el fordismo. Fue la lucha que les neutralizó. Entonces, hoy en vez de fordismo, tenemos automatización. Robots en las fábricas de automóviles.

Y ahí lo que aparece es que la reorganización del capital se le asigna a las ONGs un lugar para jugar ese papel de control una vez que el panóptico fracasa. Y cuando digo panóptico, digo “familia, escuela, cuartel, fabrica y iglesia” a lo largo de toda la vida. Espacios de encierro y de disciplina. Entonces, en el momento que estamos es que la burguesía tiene, o busca, una gama muy amplia de formas de control que abarquen las personas que rompieron con el panóptico.

Las ONGs son una forma, otras es el endeudamiento de que hablaba Deleuze y que hoy en Brasil juega un papel muy importante – el endeudamiento es una forma de disciplinar y de controlar. Los femicidios, el narcotráfico y la Policía Militar, por supuesto, hacen el control por el miedo y la violencia. Hay una gama amplia de formas de control y la burguesía las está buscando ampliar a través de la inteligencia artificial, del rol cibernético, las nuevas tecnologías; y apagando experiencias como la educación popular de Paulo Freire.

La burguesía está buscando en muchos sentidos formas nuevas de control porque los partidos de izquierda y los sindicatos fueron también formas de control. De encausar la lucha popular e impedir que ocurran desbordes, en ese sentido el PT fue muy importante en Brasil. Pero cuando esos partidos y sindicatos empiezan a fracasar, aparece una multiplicidad de formas de control, para buscar evitar que los sectores populares se autonomicen del capital y del Estado.

 

-Correio da Cidadania: Pensando en esta crisis de los partidos y sindicatos, ¿cómo entra la cuestión de las ONGs como centros del activismo moderno?

 

Raúl Zibechi: Hay un modelo de ONG que es el de George Soros. Este modelo viene a tomar las mismas consignas de la izquierda, tomar las formas de acción y organización de la izquierda y de los movimientos sociales, para neutralizarlos. Las ONGs y el proyecto de Soros son como introducir un virus en las luchas populares.

Eso porque constituyen organizaciones que aparentemente son para la lucha pero lo que buscan es neutralizar la lucha. Esto genera una enorme confusión. Hay un sabio que dijo una vez que es más fácil salir del error que de la confusión. Y la burguesía a través de las ONGs y de movimientos confusos está introduciendo la confusión en el campo popular. Y esa confusión es muy potente y poderosa, abarca sectores que nunca imaginamos que iban a ampliar.

En Brasil, parte de esta confusión puede ser ilustrada por la organización “Fora do Eixo” de Pablo Capilé. No es un movimiento popular, ni social, ni político. Es una creación artificial hecha por las elites, en este caso progresistas, pero en el mismo sentido que las hacen Soros, para derribar la lucha popular cuando ya el sindicato y el partido no alcanzan para organizar a los jóvenes que están fuera de las organizaciones.

Esto es importante. En la época de Lula, hace cuarenta años, los jóvenes eran obreros y se organizaban en sindicatos, en comunidades eclesiales de base, en el PT y el MST (Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra). Hoy en día, hay una grand franja de jóvenes que están fuera de cualquier organización. Entonces hay una disputa de sentido para poder organizarlos. Y en ese sentido, el Fora do Eixo y el MBL juegan el mismo papel, cada uno, obviamente, para el lado donde, desde arriba, fueron concebidos.

 

-Correio da Cidadania: ¿Es posible un fortalecimiento de las resistencias que se opongan contundentemente a estos avances para 2018?

 

Raúl Zibechi: Sin duda hay condiciones para un fortalecimiento de las resistencias porque la ofensiva de las derechas es muy dura.

El caso de Ecuador se puede repetir en otros países. En Argentina hay un aumento de las luchas, en la mayoría de los países tenemos una situación de tensión muy fuerte porque los sectores populares rechazan reformas que proponen la derecha.

Pero aquí surge un problema: en el seno de estas luchas hay dos tendencias. En Argentina y en Brasil sobre todo. Hay quienes luchan para derribar las reformas de la derecha y hay quienes luchan para que vuelvan Cristina Kirchner y Lula al gobierno.

He observado en Brasil que la CUT (Central Única dos Trabalhadores) frena las luchas porque el objetivo no es derribar a Temer, sino sangrar a Temer para que pueda ganar Lula. Lo que quiero decir es que aunque hay condiciones para que haya un fortalecimiento de las luchas, también hay problemas internos dentro del campo popular que pueden desviar la lucha hacia el terreno electoral nuevamente.

 

-Correio da Cidadania: Concluyendo el pensamiento sobre el modelo extractivista y las luchas populares, ¿cómo ves la situación en la región amazónica, donde vemos la minería y sectores hidroeléctricos en verdadera ofensiva sobre territorios indígenas, cubiertos por las pretensiones de un de los ejes del plan IIRSA?

 

Raul Zibechi: Los pueblos indígenas son nuevamente la vanguardia de la lucha contra el modelo extractivo. No solo los indígenas, pero todos los pueblos originarios: ribeirinhos, pescadores, quilombolas, todos los pueblos originarios están interesados en derribar el modelo neoliberal. Y en este periodo empieza a surgir un nuevo actor político que son los pueblos afros, los negros. Y la lucha negra, en los quilombos rurales y urbanos, está empezando a jugar un papel también importante en estas resistencias.

Creo que al extractivismo se lo derrota localmente. La lucha contra la hidroeléctrica de Belo Monte, es en Belo Monte. No puedes luchar contra el extractivismo en el Palacio do Planalto, tienes que derrotar el extractivismo en cada uno de los lugares.

Como fue la lucha contra el fordismo de la clase obrera. Era en la fábrica. Bueno, entonces creo que estos actores, estos sujetos sociales y políticos son los que están cuestionando a fondo el modelo extractivo, las obras de la IIRSA (Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Suramericana), todo el proyecto de hidroeléctricas, de minería y de soja pues son los que están más afectados por ese modelo.

Y también los movimientos que vienen de las periferias urbanas y de las populaciones de las favelas tienen un interés objetivo en luchar juntos. No juntos en la misma organización, sino de confluir en mismo objetivo. Por ejemplo, los habitantes de la Favela Alemão en Rio con la Ocupa Alemão; y los Munduruku en el Tapajós, o los que viven en la Volta Grande del Xingu, tienen los mismos intereses en derribar este modelo. Y sus luchas van en la misma dirección.

 

-Correio da Cidadania: ¿Qué está puesto para nuestro continente en el próximo período?

 

Raul Zibechi: A diferencia de lo que opinan los politólogos que creen que lo principal es echar a la derecha de los gobiernos, yo creo que lo fundamental es derribar el extractivismo. Porque este modelo es lo que está dañando a los sectores populares de la ciudad y del campo. Y es lo que está facilitando con que las derechas hayan regresado a los gobiernos y sigan ahí. En mi opinión la tarea principal del próximo periodo es organizar las fuerzas para derrotar el modelo extractivo de la misma manera que se luchó contra el modelo de las privatizaciones.

Imagino los próximos años luchando fuertemente en cada uno de los lugares contra este modelo. Contra la ferrovía de Carajás, contra las 300 hidroeléctricas que se quieren hacer en la Amazonia, la soja y todo lo que son los productos transgénicos, contra la violencia policial en las ciudades y por ahí va. Esta es la lucha principal que creo que nos van a ocupar en los próximos años.

 

http://www.correiocidadania.com.br/


Traducción de Raphael Sanz / Edición de Ernesto Herrera (Correspondencia de Prensa)

 

Publicado enPolítica
Jueves, 04 Enero 2018 08:39

30 años no son nada

Portada del libro electrónico De los medios a las mediaciones de Jesús Martín Barbero, 30 años después

 

De los medios a las mediaciones de Jesús Martín Barbero, 30 años después es un libro electrónico que tiene, al menos, dos objetivos: homenajear a su autor en el año en que ha cumplido ochenta años de vida y celebrar y revisitar uno de los grandes textos de la comunicación.

Editado por Miquel de Moragas, José Luis Terrón y Omar Rincón y publicado por el Institut de la Comunicació de la Universitat Autònoma de Barcelona, el libro digital (disponible en este enlace) se compone de cuatro partes y un anexo. La primera es una introducción de De Moragas y Terrón sobre el libro y su autor; la segunda nos presenta los orígenes e influencias del libro desde su primera edición en 1987; en la tercera se recogen tres entrevistas realizadas al maestro Martín Barbero, una en 1997 por Laverde y Aranguren, otra en 2010 por Tufte y la más reciente en 2017 por Rincón, y la cuarta y última contiene los comentarios de veintitrés personas, por orden alfabético de Enrique Bustamante a Rosalía Winocur, de diez países (Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Dinamarca, España, México, Perú, Reino Unido y Uruguay) sobre la obra martinbarberiana. En el anexo se recogen imágenes de las portadas del libro en sus diferentes ediciones.

La primera edición del libro vio la luz en Barcelona, en 1987, de la mano de la editorial Gustavo Gili. De los medios a las mediaciones. Comunicación, cultura y hegemonía, es de los libros sobre comunicación más citados en la historia. En el prólogo, García Canclini pensaba que, si “los libros más necesarios son los no complacientes”, De los medios a las mediaciones era uno de esos libros indispensables en los noventa. Me permito añadir que hoy, treinta años después, sigue siéndolo.

Tal vez sea una buena oportunidad para que desde la academia miremos de nuevo a América Latina, ya que fue en estas latitudes donde se inició el camino para cuestionar la comunicación vertical y dirigida que empezó con el discurso de 1945 de Truman, presidente de los EE.UU., en el que dividió el mundo entre desarrollados, ellos y unos pocos más, todos del ámbito anglosajón, y subdesarrollados, donde estaban todos aquellos que no se modernizaban ni contaban con opciones de hacerlo en la línea que aquellos proponían. Gran parte de la mayoría de las propuestas críticas comunicativas de las últimas cinco décadas tienen su origen en esta parte del planeta.

Para quien ya estuviera entonces en el ámbito de la comunicación, le parecerán un suspiro estas tres décadas, que no son nada pero son mucho. El camino recorrido ha sido toda una ruta por un desierto que se ha ido llenando de oasis para abrevar. El libro de Jesús Martín Barbero (JMB) es uno de esos lugares para recuperar el aliento y plantear otra mirada a la comunicación, dejar a un lado los medios, sin olvidar su relevancia, y poner el acento en las mediaciones. Nuevos territorios para comprender las prácticas y los procesos que nos relacionan como seres humanos.

¿Qué son las mediaciones? Aunque creo que Martín Barbero nunca las ha definido explícitamente, en su texto se refiere “a los sujetos sociales e identidades culturales nuevas” para trasladar el debate “a las articulaciones entre prácticas de comunicación y movimientos sociales, a las diferentes temporalidades y la pluralidad de matices culturales”.

Decir De los medios a las mediaciones es nombrar una de las obras cumbres y clásicas del campo de la comunicación. Ese que se sigue construyendo y debatiendo y que exige mantener un continuo diálogo para determinar el lugar desde el que nos hacemos las preguntas y seguir debatiendo, para repensar-NOS y para repensar el mundo. Para recomunicar.

JMB entró al campo de la comunicación casi por casualidad, y eso es una suerte que todavía no sé si hemos valorado lo suficiente. Cuando en Bogotá empezó a dar clases en la Universidad Jorge Tadeo Lozano, sus propuestas ya daban cuenta de lo que serían sus investigaciones en comunicación. Explorar los territorios comunes pero ignorados de la vida cotidiana, como las plazas de mercado o los cementerios, fue una manera de hacer que sus estudiantes miraran, escucharan y oliera su propia identidad.

Para el boliviano Erick Torrico, el texto de JMB es “la obra cumbre de la comunicología latinoamericana”. Según Maritza López de la Roche, “permitió ver la complejidad de las relaciones entre los emisores y los destinatarios de carne y hueso de los textos de la comunicación masiva. Y en una aparente paradoja, también posibilitó volver a poner el foco en los seres humanos detrás de los dispositivos mediáticos”. En palabras de Claudio Avendaño, abrió “una carretera panamericana para la comunicación (...) para comprender, denunciar, investigar, luchar, emocionar, descubrir, construir, disfrutar y, sobre todo, poner en común”. Para mí, y así lo escribí cuando Omar Rincón nos pidió una frase acerca del libro para rendir un homenaje a Martín Barbero con motivo de la celebración del congreso anual de IAMCR que en 2017 tuvo lugar en Cartagena de Indias (Colombia), el libro supuso “un salto a un vacío que estaba lleno de sentidos, de vidas mestizas resistentes que luchaban por su reconocimiento”.

En la introducción, JMB ya nos avisaba de su hoja de ruta “Lo que aquí llega trae las huellas de un largo recorrido. Venía yo de la filosofía y, por los caminos del lenguaje, me topé con la aventura de la comunicación. Y de la heideggeriana morada del ser di así con mis huesos en la choza-favela de los hombres, construida en barro y cañas pero con radiotransistores y antenas de televisión. Desde entonces trabajo aquí, en el campo de la massmediación, de sus dispositivos de producción y sus rituales de consumo, sus aparatajes tecnológicos y sus puestas en espectáculo, sus códigos de montaje y reconocimiento”.

La necesaria transdisciplinariedad de las ciencias sociales estaba ya hace treinta años en la obra del maestro Martín Barbero. Que su recorrido siga alargándose y que tanto él como sus producciones nos acompañen muchos años en este camino por los campos de la comunicación.

Una reseña del libro será publicada en la revista Latina de Comunicación Social.

 

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