Miércoles, 16 Septiembre 2020 06:02

El descalabro del sistema interamericano

El descalabro del sistema interamericano

La elección de un estadounidense a la cabeza del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) revela una situación de mayor alcance: los efectos de la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, el giro a la derecha de varios gobiernos de la región y, no menos importante, una fragmentación extrema de América Latina que la condena a una suerte de irrelevancia internacional autoinfligida.

 

El sistema interamericano contemporáneo remite al conjunto de instrumentos e instituciones que han configurado las relaciones entre Estados Unidos y América Latina. Con un variado legado de doctrinas, organizaciones, usos y prácticas no carentes de tensiones y divergencias, ese sistema tuvo su mayor institucionalización después de la Segunda Guerra Mundial. En 1947, por ejemplo, se firmó el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), en 1948 se creó la Organización de Estados Americanos (OEA) y, en 1959 se fundó el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y se creó la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) en el seno de la OEA. Por supuesto, no siempre ni en todos los temas los intereses y propósitos latinoamericanos y estadounidenses fueron plenamente coincidentes. Sin embargo, y dadas las enormes asimetrías de poder, la región procuró y avaló compromisos multilaterales entendiendo que, a través de ellos, se podía limitar la arbitrariedad de Washington, reforzar los lazos intrarregionales, avanzar en algunos aspectos de la agenda latinoamericana y alcanzar ciertos beneficios con el menor costo posible. Aquellos años coincidieron con el momento de apogeo de la hegemonía de Estados Unidos a escala mundial y continental.

En el período comprendido entre 1947 y 1959, Washington concentró su atención política y sus recursos militares en Europa (el bloqueo de Berlín de 1948-1949), el Sudeste de Asia (la guerra de Corea de 1950-1953) y Medio Oriente (la guerra del Sinaí de 1956 y la crisis en el Líbano de 1958). En América Latina, la Central de Inteligencia Americana (CIA) organizó, en 1954, el derrocamiento con un golpe de Estado del presidente guatemalteco Jacobo Árbenz. Este golpe fue antecedido por una resolución anticomunista auspiciada por Estados Unidos en la OEA (con el voto en contra de Guatemala y la abstención de Argentina y México) y fue encubierto mediante la inacción de la organización.

Los tres acuerdos (TIAR, OEA, BID) se enmarcaron en la disputa estratégica entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Visto desde Washington, y también desde la mayoría de las capitales latinoamericanas, se debía contener -y de ser necesario revertir- el eventual avance político de Moscú, frenar al comunismo en el área y hacer atractiva para América Latina la inversión estadounidense y su American way of life.

Con marchas y contramarchas, el sistema interamericano se preservó durante décadas. Fue actualizado con la aprobación, en 2001, de la Carta Democrática Interamericana. Desde la región surgieron proyectos alternativos tales como la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) que no alcanzaron a cimentar un sistema latinoamericano sólido. Se dirá que primó el divide et impera de Estados Unidos. Sin embargo, ese argumento registra una condición necesaria pero no suficiente a los efectos de explicar y entender la ausencia o la imposibilidad de opciones exitosas para la reformulación de las relaciones entre Estados Unidos y la región provenientes de América Latina. Hoy Latinoamérica ha llevado al límite su propia fragmentación, lo cual conduce a la región a una irrelevancia internacional autoinfligida.

El más reciente y mayor intento de transformación del sistema interamericano provino de Estados Unidos durante el gobierno Donald Trump y contó con el notable acompañamiento y aquiescencia de un buen número de gobiernos de la región. Es posible que estemos frente a la búsqueda de una redefinición sustantiva del manejo de la relación entre Washington y América Latina de acuerdo con los objetivos, intereses y preferencias exclusivas de los sectores más reaccionarios en Washington (en consonancia con la lógica de America First). Si así fuera, se trataría de un ejercicio de poder que ha contado con el estímulo y/o el beneplácito de diversos actores domésticos en distintos países de la región. Tres ejemplos apuntan en esa dirección.

El primero tiene que ver con el sistema interamericano en materia de defensa. En 2019 se decidió aplicar el TIAR a Venezuela, país que lo había denunciado en 2013. Históricamente, el TIAR y su convocatoria han mostrado ser ineficaces en su propósito de prevenir o resolver conflictos. En abril del año pasado, la OEA reconoció como representante de la Asamblea Nacional de Venezuela a un hombre designado por Juan Guaidó. En septiembre, el enviado de Guaidó solicitó la convocatoria de una reunión para activar el TIAR. Bajo la batuta de Estados Unidos, y en el marco del artículo 6 del tratado (que no es aplicable al caso en cuestión), se identificó a Venezuela como una amenaza al mantenimiento de la paz y la seguridad del continente. Según la resolución aprobada, esto podría llevar a considerar «eventuales recomendaciones en el marco del artículo 8»; artículo que incluye «el empleo de la fuerza armada».

Las consecuencias que se podrían derivar de la invocación del TIAR en el caso de Venezuela pueden ser muy inquietantes. Ubica a la región en la «alta política» mundial de competencia entre grandes poderes –como no lo había estado desde la crisis de los misiles en Cuba en 1962–, identifica una suerte de peligro para la seguridad internacional en América del Sur en el doble marco de la «guerra contra el terrorismo» y la «guerra contra las drogas» lideradas por Estados Unidos, y agita, como en la Guerra Fría, el regreso de la idea del «cambio de régimen» –pero en este caso mediante el uso colectivo de la fuerza–. En los primeros nueve meses de 2020, y en el contexto de la pandemia de covid-19, cuyo epicentro está ahora en el continente, la probabilidad de recurrir al TIAR y aplicarlo en Venezuela disminuyó notablemente. Sin embargo, esto no significa que no se pueda reactivar (así sea para fines simbólicos) en medio de la elección presidencial estadounidense o después (de modo más coercitivo), dependiendo de su resultado.

Un segundo caso se vincula con el sistema interamericano en materia de derechos humanos. A principios de 2016, la CIDH, que tiene un presupuesto regular anual de unos cinco millones de dólares y además recibe donaciones, anunció que atravesaba una grave crisis financiera que amenazaba su funcionamiento básico. Muchos países del continente reaccionaron y realizaron aportes: Estados Unidos, Argentina, Panamá, Colombia, Chile, Perú, México y Uruguay, efectuaron contribuciones importantes. La Comisión continuó con su trabajo serio, riguroso y reconocido, abocándose a distintos casos a lo largo y ancho del continente y sin distinciones ideológicas.

Pero a partir de la inauguración de la presidencia de Donald Trump, el 20 de enero de 2017, los derechos humanos se han venido ubicando en un lugar de mucho menor prioridad, tanto en el campo de la política exterior estadounidense como en el plano de la política interna. Estados Unidos se rehusó asistir a las audiencias de la CIDH sobre inmigración a principios de 2017 y se retiró del Consejo de Derechos Humanos de la ONU en 2018. Además, año tras año, fue reduciendo las partidas presupuestarias para la promoción de la democracia y los derechos humanos y, en 2020, impuso sanciones contra la fiscal jefe de la Corte Penal Internacional, Fatou Bensouda, por «intentos ilegítimos de someter a estadounidenses a su jurisdicción». En ese contexto, entre abril de 2018 y principios de 2019, Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, Paraguay y Perú abandonaron la Unasur (Uruguay hizo lo propio en marzo de 2020). A su vez, en marzo de 2019, se creó el Foro para el Progreso de América del Sur (Prosur) con la participación de Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, Paraguay, Perú y Guyana (en marzo de este año se sumó Uruguay). En ese mismo mes, la administración Trump decidió reducir en 210.000 dólares su contribución a la CIDH acusándola, desatinada e injustificadamente, de promover la legalización del aborto. En abril, y en la única declaración trascendente, cinco países de Prosur (Argentina, Brasil, Chile, Colombia y Paraguay) le demandaron a la CIDH, después de insinuar su intromisión en asuntos internos, que respete «el legítimo espacio de autonomía» de los Estados respecto a la cuestión de los derechos humanos. Es decir, se optó por poner en entredicho las recomendaciones del Consejo, remarcar el carácter subsidiario del sistema interamericano de derechos humanos y remozar una actitud más soberanista frente a esta cuestión.

Con ese telón de fondo, en marzo de 2020 fue reelecto Luis Almagro como secretario general de la OEA. Esa reelección fue impulsada por Estados Unidos, Brasil y Colombia. Ya en enero la CIDH había decidido por unanimidad renovar el mandato de su secretario general, Paulo Abrao. En agosto, Almagro se abstuvo de nombrarlo con lo que emprendió un embate contra la autonomía del Consejo. En realidad, el secretario general de la OEA –con el pleno respaldo de la Casa Blanca y el empuje de los sectores más conservadores del Partido Republicano en el Congreso— no ha hecho más que consolidar, en el seno del órgano más prestigioso de la organización, la polarización que caracteriza las realidades nacionales del continente así como la fisuras entre países de América. El efecto potencial sobre la credibilidad, eficacia e independencia del sistema interamericano, podría ser nefasto. Máxime en un momento en el que regional e internacionalmente hay un reflujo inquietante en cuanto al debilitamiento del derecho humanitario, la regresión de la democracia y el deterioro de los derechos humanos.

El tercer ejemplo remite al sistema interamericano en materia financiera. En el tema de la elección del nuevo presidente del BID se debe subrayar la confluencia de dos hechos. El primero es que el gobierno de Trump decidió asumir el control del banco que ayudó a crear y financiar con el propósito de condicionar la provisión de créditos y buscar limitar la expansión de China en América Latina –en especial en el terreno de los proyectos de infraestructura, energía y tecnología–. En segundo término, América Latina mostró una vez más su disfuncional fractura al carecer de una candidatura de consenso. Desde hace un buen tiempo la región viene erosionando su capacidad de convergencia y concertación.

En efecto, desde que el 16 de junio de este año se presentó el candidato de Estados Unidos, Mauricio Claver-Carone, se produjeron fisuras notorias. Brasil, Colombia, Uruguay, Paraguay y Ecuador apoyaron al candidato de Washington el mismo 17 de junio. Las expresiones de respaldo se hicieron incluso antes de que el candidato divulgara su agenda, como si los planes de gestión de los candidatos (el de Claver-Carone, el de Laura Chinchilla de Costa Rica y el de Gustavo Béliz de Argentina) del banco fueran irrelevantes. A su vez, entre las cuatro economías más grandes de la región hubo otro clivaje: Brasil y Colombia se manifestaron a favor de la elección estipulada para el 12 de septiembre y Argentina y México pidieron postergar la votación. También hubo disensos en el seno de Mercado Común del Sur (Mercosur) (Brasil, Paraguay y Uruguay por un lado y la Argentina, por el otro) y la Alianza del Pacífico (Chile y México solicitando la postergación, Perú en silencio y Colombia en favor de Mauricio Claver-Carone). Con el correr de los días hubo otra diferencia: los alineados con Washington procuraron consolidar y ampliar el voto regional a favor del candidato de Trump, mientras el cuarteto que bregaba por la postergación compuesto por Argentina, Chile, Costa Rica y México apuntaron a lograr el acompañamiento de los miembros extraregionales del banco, en especial de los países europeos.

¿Cuáles eran las opciones para los que cuestionaban que Estados Unidos estaba incumpliendo un pacto político tácito que desde 1959 se había cumplido mediante la elección de un latinoamericano a la presidencia del Banco Interamericano de Desarrollo? La probabilidad de lograr la postergación fue siempre muy baja: se necesitaba una adhesión mayoritaria improbable por las divisiones intralatinoamericanas o la concreción de un aplazamiento concertado con Estados Unidos, lo que era a todas luces imposible, tal como se reflejó en las entrevistas brindadas por el candidato de Trump. La probabilidad de llegar a la fecha de elección y no dar el quórum –por reglamento del BID eso requería 25% de los votos– era igualmente muy reducida, ya que exigía un notable grado de coordinación (que era prácticamente inexistente). La riesgosa decisión de acudir a esta modalidad podía interpretarse como hostil por parte de Estados Unidos (quien además con 30,006% de los votos puede unilateralmente impedir el quórum). También exigía un compromiso tácito muy fuerte y seguro de latinoamericanos y europeos (que era inviable pues Washington también desplegó su diplomacia a los dos lados del Atlántico).

En los días previos a la elección del nuevo presidente del banco, Chinchilla y Béliz bajaron sus candidaturas de manera separada. Era evidente que ninguno de los dos hubiera logrado los votos necesarios. Ahí se abrió la abstención como posibilidad. El 12 de septiembre, Claver-Carone, el único candidato en competencia, resultó electo con 30 votos (equivalente al 66,8% de los apoyos), mientras la abstención obtuvo 16 votos, de los cuales 5 eran de la región (Chile, Argentina, México, Perú y Trinidad y Tobago) y 11 eran extra-regionales (esencialmente europeos). La más reciente votación con un solo candidato fue la reelección de Luis Alberto Moreno en 2015: obtuvo el 96,2% de los respaldos. El resultado que lleva a un estadounidense a la presidencia del BID puede interpretarse como una prueba de insatisfacción política o como la demostración de un déficit de legitimidad de origen. En todo caso, Washington logró su objetivo y hoy controla el banco. La fragmentación de América Latina ha sido sin duda artífice de ese logro.

En solo dos años (2019-2020) se ha generado un gran descalabro en el sistema interamericano en materia de defensa, derechos humanos y finanzas. El presidente Trump, con una relativamente nutrida participación de gobiernos de Latinoamérica, ha ido reconfigurando las relaciones entre Washington y la región. En ese sentido, la próxima elección presidencial en Estados Unidos tiene ahora para los latinoamericanos un significado mucho más importante que las recientes votaciones en ese país: o se ahonda la quiebra del sistema interamericano con consecuencias imprevisibles para la región o se intentan paliar los daños ya producidos mediante la limitación de la arbitrariedad de Washington. Para lo primero la desunión latinoamericana será un factor coadyuvante; para lo segundo se requerirá reducir la grieta intrarregional.

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Recep Tayyip Erdogan, el nuevo Solimán el Magnífico

Bajo su liderazgo Turquía se convirtió en el aliado perturbador de Europa

El jefe del Estado turco se instaló cómodamente como un protagonista insoslayable de los conflictos en la región al mismo tiempo que amplió la realización de su proyecto para Medio Oriente.

 

Desde París. Cuando varios jugadores hacen destrozos en una partida, una de ellos levantará de la mesa los beneficios. Las sangrientas y destructoras cruzadas occidentales en Irak, Siria y Libia acabaron por dejar al presidente turco Recep Tayyip Erdogan en la más ideal de las situaciones para ser (ya desde hace rato) el timón de la crisis de una parte de Medio Oriente. El poder se conquista con los símbolos, los territorios y la influencia de un país capaz de tener en sus manos la llave de una o varias crisis que pueden desestabilizar a sus vecinos. La Turquía del presidente Recep Tayyip Erdogan concentra los tres poderes. País con costas en el Mediterráneo, miembro de la OTAN y llamado a presidir el próximo 15 de septiembre la Asamblea General de las Naciones Unidas, Turquía se ha ido convirtiendo con los años en el aliado perturbador de Europa. Las relaciones entre París y Ankara son desde hace muchos meses un plato envenenado y las relaciones entre ambos presidentes, Erdogan y Emmanuel Macron, una pugna retórica y, en el último tiempo, militar.

El jefe del Estado turco exhibió el poder de los símbolos el 10 de julio de 2020 cuando decretó la restitución de Santa Sofía al culto musulmán. 86 años antes, el 24 de noviembre de 1934, el fundador de la joven y laica República turca, Mustafá Kemal Atatürk, había cedido a la comunidad humana esa joya de Estambul mediante la transformación de la basílica-mezquita en un museo. 1.500 años de historia se concentraron en un presente donde Santa Sofía resultó el ingrediente más emblemático de la confrontación. Inaugurada por el emperador Justiniano en el año 537 como catedral y sede del patriarcado, Santa Sofía se transformó en iglesia católica en 1204 con la invasión de los cruzados. Casi 60 años más tarde regresó a los ortodoxos y en 1453 se convirtió en mezquita luego de que el Sultán otomano Mehmet II tomara el control de la capital de Bizancio. Kemal Atatürk cambió el destino del recinto religioso en 1934 y el 24 de julio de 2020 Erdogan en persona dio vuelta la historia cuando recitó versículos del Corán en el espacio de Santa Sofía.

La conquista territorial es otro de los ejes de la restauración turca en la región a traves las intervenciones directas en Siria, Libia e Irak. En 2019 Turquía se comprometió militarmente en Siria luego del retiro de Estados Unidos. Este episodio es digno de una pieza de teatro mal escrita, con un actor talentoso, Erdogan, y un aprendiz mediocre, Donald Trump. En octubre de 2019, el mandatario turco lanzó el operativo “Fuente de Paz” en el Norte de Siria contra las FDS, las Fuerzas Democráticas Sirias respaldadas por Washington y la coalición (60 países europeos y árabes). Las FDS eran una federación de grupos armados financiaos y armados por la administración norteamericana y el resto de la coalición para luchar contra el Estado Islámico. Nada podía indisponer más a Erdogan porque las FDS son una fuerza kurdo árabe dominadas por los kurdos del YPG, brazo armado del partido kurdo de La Unión Democrática (PYD) y aliado del enemigo irreversible de Erdogan, el PKK (Partido de los Trabajadores del Kurdistán). Así, Washington, en su combate contra el Estado Islámico, apoyaba a los enemigos de Erdogan para luego dejarle a Turquía todo el campo abierto. En lo que atañe a Libia, Ankara es una presencia omnipresente como respaldo al Gobierno de Unión Libio (GNA). En cuanto a Irak, el pasado 17 de junio Turquía desplegó unos 1.000 hombres en Haftanin, en el norte de Irak, y ello en el marco de un operativo contra la retaguardia del PKK, al que Turquía y sus aliados occidentales consideran terroristas. El jefe del Estado turco se instaló cómodamente como un protagonista insoslayable de los conflictos en la región al mismo tiempo que amplió la realización de su proyecto para Medio Oriente. Nadie se entrometió en el camino. Los europeos parecen tener las manos atadas y Estados Unidos hace rato que abandonó la zona. El caos que provocó la política de Trump en esas tierras recayó en beneficios constantes para Turquía.

Como con Santa Sofía, la historia siempre ronda por ahí. Antes de los desastrosos y breves episodios coloniales occidentales durante el Siglo XX, Siria y Libia fueron, a lo largo de cuatro siglos, colonias del imperio otomano. Adel Bakawan, sociólogo franco iraquí y miembro del Instituto francés de Relaciones Internacionales, acota que “al estar presente en todos los frentes Erdogan quiere mostrarles a las potencias internacionales que su país es ineludible en la solución de los conflictos regionales”. Occidente le facilitó su ambición. Ankara juega allí donde las potencias occidentales desencadenaron un naufragio: en Irak, George W. Bush, con la segunda guerra (2003) y el derrocamiento del presidente Saddam Hussein, dejó un país hecho añicos: en Siria, la guerra la vinieron a alentar y complicar los europeos, los norteamericanos, las monarquías del Golfo Pérsico y Rusia :en Libia, la hecatombe la inició el ex presidente francés Nicolas Sarkozy en 2011 cuando promocionó una resolución en el Consejo de Seguridad de la Naciones Unidas (número 1973) que terminó, de hecho, siendo una intervención militar disfrazada para derrocar al presidente Muamar Khaddafi.

Como si faltara un conflicto o una provocación, los turcos se enfurecieron cuando su rival histórico, Grecia, implementó un acuerdo con Egipto sobre la explotación común de zonas marítimas en el Mar de Egeo muy ricas en hidrocarburos. El 9 de agosto, Ankara envió el barco Oruç Reis (prospección sísmica) a la Zona Económica Exclusiva (ZEE) que le corresponde a Grecia escoltado por fragatas militares. Los griegos pusieron sus tropas en estado de alerta y Francia, que respalda a Atenas, reforzó su presencia militar en el Mediterráneo Oriental con barcos y aviones. Allí se inaugura el cruce Erdogan / Macron. El mandatario francés es, además, el que lleva la batuta retórica contra el “islamo-nacionalismo” de Erdogan. El presidente turco acusó a Macron de portarse “como un caíd” en el Mediterráneo Oriental y esgrimió una amenaza con forma de pregunta:”¿el pueblo francés sabe acaso que precio deberá pagar por culpa de sus dirigentes codiciosos e incompetentes ?. (…) Cuando se trata de combatir, no dudamos en ofrecer nuestros mártires”. Las riquezas del Mar Egeo bien valen un pase de esgrima. La Comisión Geológica de Estados Unidos evalúa a 5.765 mil millones de metros cúbicos las reservas contra las 47.800 que posee Rusia, las 33.720 de Irán y las 20.700 de Qatar. Las cuestiones de soberanía de varias islas griegas reclamadas por Turquía están en tela de juicio desde la firma del Tratado de Lausana en 1923 (se fijaron las nuevas fronteras). La tensión es lo suficientemente grave como para que la Unión Europea se disponga a adoptar el 24 y 25 de septiembre próximos una paquete de sanciones contra Turquía en caso de que Ankara rehúse entablar “un diálogo constructivo”. El horizonte es turbulento y desquiciado porque muchos de estos países son aliados de Turquía dentro de la Alianza Atlántica, la OTAN.

Después del presidente ruso Vladimir Putin, Erdogan es el segundo rey del tablero. Le queda, además, una valiosa carta para desestabilizar a los europeos: la inmigración. Turquía es el nudo y la gestión del problema. Después de 2015 y la crisis migratoria que, a través del Mediterráneo, trajo a Europa cientos de miles de migrantes, La Unión Europea y Turquía llegaron a un acuerdo: Ankara se comprometió a recibir a los refugiados e impedir así que ingresen en los países del bloque. Pero Erdogan hizo de los migrantes un florete político. Modula a su antojo la aplicación del acuerdo. A finales de febrero de 2020, el presidente Erdogan decidió levantar el bloqueo vigente para impedir que los refugiados sirios ingresen a la Unión Europea por la frontera griega. Hay que recordar, no obstante, el enorme peso migratorio que recae sobre las espaldas turcas a raíz de los desbarajustes creados por Occidente en la región. Entre la crisis libia, la guerra en Siria, los horrores en Afganistán e Irak, Turquía ha recibido en su territorio a más de 4 millones de refugiados. El gobierno griego afirma que los inmigrantes están siendo "manipulados como peones" por Turquía para asfixiar a la UE. Turquía alega que está gestionando una ola migratoria imponente por culpa del gobierno sirio de Bashar al Asad y de las fuerzas rusas que lo apoyan en sus operaciones militares en Idlib, el último bastión rebelde. Los bombardeos ruso sirios en esa provincia del noroeste de Siria desataron el desplazamiento de casi un millón de personas hacia Turquía (1 de diciembre de 2019, 28 de febrero de 2020). Erdogan rehúsa seguir siendo el guardián de las fronteras europeas. Cuando más se agudiza la crisis, más los medios de Europa lo acusan de ser “un islamo expansionista”, un hombre “obsesionado por la idea de restaurar el imperio Otomano”, el “nuevo Solimán el Magnífico”, etc, etc, etc. Prosa barata de común circulación en Occidente. Estados Unidos, Europa, algunas monarquías del Golfo Pérsico y la misma Rusia fueron precipitando la región hacia un abismo sin fondo, repleto de muertos, de desplazados y de horror. La impericia de las pretendidas potencias le dejó a Recep Tayyip Erdogan un diseño geopolítico que corresponde como en un sueño al ideal de sus ambiciones.

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Quienes más saben de armas biológicas en el mundo son EU y Rusia, por lo que no pasa por alto que ahora Moscú y Pekín se enfoquen al rubro militar. Foto Ap

Hasta el rusófobo Financial Times (FT; 4/09/20) y Wall Street Journal (https://on.wsj.com/2QSZNzy) no tuvieron más remedio que admitir que la vacuna rusa Sputnik V provee una inmunidad creíble, segura y eficaz –con una producción sustancial de anticuerpos para combatir al ominoso Covid-19–, como demuestra la prestigiosa revista médica británica (sic) TheLancet (https://bit.ly/2QRZ6qi).

Es real el "momento Sputnik" de la vacuna rusa (https://bit.ly/3h056b7) pese al entendible escepticismo interesadamente farmacéutico de las empresas anglosajonas del Big Pharma que quedaron sembradas en el camino.

China, que ostenta también dos vacunas pioneras, ha entablado una cooperación con Rusia para probar mutua y clínicamente sus vacunas.

También Rusia y China están experimentando otras vacunas contra el Covid-19 con sus investigadores militares (sic).

Quienes más saben de "armas biológicas" en el mundo son EU y Rusia, por lo que no pasa por alto que ahora Moscú y Pekín se enfoquen al rubro militar cuando se desconoce si EU opera en el mismo sentido.

Ahora en EU quienes han criticado acerbamente a la vacuna rusa que se brincó la fase tres, se encaminan a imitar al Sputnik V para tener lista una vacuna tres días antes de la crucial elección presidencial en EU.

Pese a todos los bemoles, la vacuna británica de AstraZeneca se encuentra compitiendo el primer lugar con las vacunas chinas (sobre todo de CanSino).

El problema se ha vuelto exquisitamente geopolítico cuando la polémica OMS hoy se encuentra bajo la férula anglosajona del GAVI y de toda la fauna farmacéutica de Bill Gates y Michael Bloomberg que controlan las investigaciones y las mentes de sus epidemiólogos (https://bit.ly/3jRK0xv).

El otrora prestigioso Food and Drug Administration (FDA; por sus siglas en inglés) y Centers forDisease Control and Prevention dejaron entrever que están dispuestos a acelerar la "vacuna electorera" y tenerla lista tres días antes de la elección presidencial, por lo que enviaron una guía a cada Estado para prepararse a la distribución de la vacuna desde el primero de noviembre, en particular, para los grupos de "alta prioridad".

El doctor Stephen Hahn, comisionado de la FDA, en una entrevista para FT (30/08/20), comentó que su aceleración para saltarse la fase tres no estaba encaminada a ayudar la relección de Trump.

Por cierto, Trump había acusado previamente a miembros de su archienemigo “Estado profundo ( Deep State)” de estar trabajando dentro del FDA para complicar los esfuerzos de pruebas clínicas de las vacunas contra el Covid-19 con el fin de "retrasar los resultados hasta después de la elección presidencial del 3 de noviembre".

De forma inmediata, al día siguiente de la filípica de Trump, el FDA otorgó un "uso de autorización emergente" para el tratamiento (sic) contra el Covid-19 que usa plasma sanguíneo de los pacientes recuperados”.

FT –junto al TheEconomist de la banca Rothschild controladora de George Soros –nunca ha ocultado su aversión a Trump y advierte que la decisión del doctor Hahn, director del FDA, de dar el visto bueno a la vacuna "probablemente sea una de las más importantes y sensibles en la historia de la salud pública de EU".

El doctor Hahn comentó que no va a afectar su decisión la "convergencia de la pandemia con la temporada (sic) política".

A propósito, el controvertido gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, del Partido Demócrata, quien ha chocado con Trump por el manejo de la pandemia, criticó la "conveniencia" de tener a la mano un "medicamento milagroso (sic) para el día de la elección", sin especificar si se trataba de la polémica "vacuna electorera" que se sacó de la manga el FDA (https://bit.ly/351TVwe).

Como era de esperarse, Trump, comentó que no estaba buscando que la vacuna contra el Covid-19 se apruebe el primero de noviembre con propósitos para su relección, sino porque deseaba "salvar a la gente" (https://bit.ly/3i1xz1p).

Una "vacuna electorera" a tres días de los sufragios beneficiará más a Trump que a Biden.

http://alfredojalife.com

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México se coloca como el mayor socio comercial de EU

El valor total del comercio entre México y Estados Unidos ascendió a más de 290 mil millones de dólares entre enero y julio, con lo que México se situó como el primer socio comercial de dicho país, informó la subsecretaria de Comercio Exterior, Luz María de la Mora, en la red social Twitter.

De acuerdo con datos de la Oficina del Censo de Estados Unidos, en el periodo referido, el comercio entre México y Estados Unidos fue de 290 mil 600 millones de dólares, lo que representó 14 por ciento de las transacciones de comercio exterior de Estados Unidos.

Enseguida se colocó Canadá, cuyas operaciones comerciales con Estados Unidos fueron por 288 mil 500 millones de dólares, 13.9 por ciento del total.

En el tercer sitio se ubicó la relación comercial con China, la cual totalizó 280 mil 400 millones de dólares, equivalente a 13.5 por ciento.

Para el mes de julio, las exportaciones de México a Estados Unidos sumaron 29 mil 87 millones de dólares, mientras las importaciones fueron por 18 mil 448 millones de dólares, lo que significó un superávit histórico de 10 mil 639 millones de dólares.

Déficit de EU en su nivel más alto desde 2008

En tanto, el déficit comercial de Estados Unidos aumentó en julio a su nivel más alto desde 2008 ante un incremento récord en las importaciones, lo que sugiere que el comercio podría ser un lastre para el crecimiento económico en el tercer trimestre.

De acuerdo con el Departamento de Comercio, la brecha comercial se amplió 18.9 por ciento a 63 mil 600 millones. Economistas consultados por Reuters habían previsto un déficit de 58 mil millones de dólares.

Las exportaciones subieron 8.1 por ciento a 168 mil 100 millones y las importaciones aumentaron 10.9 por ciento a 231 mil 700 millones.

Pese a que el comercio ha retomado fuerza “sigue por debajo de los niveles de antes de la pandemia, lo que refleja el impacto continuo del Covid-19, en la medida que muchos negocios continúan operando de forma limitada o cerraron completamente y el movimiento de viajeros transfronterizos sigue restringido”, indicó el Departamento de Comercio.

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 El premier japonés, Shinzo Abe, al llegar a su oficina, el lunes pasado, en Tokio.Foto Ap

La renuncia intempestiva, debido a su colitis ulcerativa crónica, del premier japonés, Shinzo Abe, quien estuvo casi ocho años en el poder con el mayoritario partido conservador (sic) Liberal (sic) Democrático –mezclado con una política neoliberal y a su alianza con Trump–, provocó fuerte conmoción que comporta enormes consecuencias en la geopolítica regional, no se diga a escala neoeconómica, ya que Tokio ostenta el cuarto lugar, aunque en declive, del PIB "nominal" mundial, muy detrás de China.

Japón exhibe dos enormes vulnerabilidades estructurales: la mayor deuda del mundo frente a su PIB (https://bit.ly/3gPlcnZ) y el mayor envejecimiento global: una sociedad "superanciana", la cuarta parte de su población. En Japón la demografía, más que su geografía, es destino.

Abe será recordado por haber ideado el concepto geoestratégico "Indo-Pacífico" para contrarrestar el irresistible ascenso de China y sus tres Rutas de la Seda –si hacemos caso a la versión del Wall Street Journal (https://on.wsj.com/3gRakWx).

No extraña la amplia cobertura que proveyó al retiro de Abe el Financial Times (FT) –cuyo control accionario es compartido por la banca Rothschild y el conglomerado financiero nipón Nomura– donde resalta un artículo del israelí-británico Gideon Rachman, quien abulta la "lucha de Xi Jinping" con el saliente premier nipón ( FT, 31/8/20). Rachman exulta que "Abe no haya hecho concesión alguna en la disputa por las islas Senkaku-Diaoyu" y da a entender que su arribo al poder, un mes después del mandarín Xi, tuvo como "tarea principal (sic) fortalecer a Japón para lidiar con una China cada vez más poderosa y autoritaria". El propagandista de la banca Rothschild, Rachman, aduce que el "dilema estratégico de Japón no puede ser resuelto solamente por Tokio", cuyo "destino (sic) puede depender de los desarrollos políticos que se encuentran fuera de su control: en EU y en la China de Xi". Rachman juzga que "sería tentador para un gobierno nipón adoptar una política de apaciguamiento" cuando en China ponen en tela de juicio "la soberanía de Japón sobre Okinawa con una población de 1.4 millones donde se encuentra la mayor base militar de EU en la región (sic)". Concluye que la "respuesta al ascenso de China es un desafío generacional (sic) para Japón", que "navega en un futuro incierto (sic)". ¿Está dispuesta la banca Rothschild a arrojar debajo del autobús a Japón para congraciarse con China?

Global Times comenta que las relaciones de China y Japón "pueden retroceder debido al impacto de EU": los "lazos de China y Japón empeorarán" cuando "los difícilmente logros diplomáticos se evanescerán", ya que “la reciente interacción entre Japón y EU en defensa militar aumenta las preocupaciones (https://bit.ly/31LFp9I)”. El portal chino refiere el encuentro en Guam entre Mark Esper, secretario del Pentágono, y su homólogo nipón, Taro Kono, con el fin de impedir la "soberanía china" en las islas Diaoyu, que los japoneses llaman Senkaku. A juicio de Da Zhigang, "bajo la presión de EU y las fuerzas conservadoras domésticas, el próximo premier japonés podría sumarse a la Alianza de los Cinco Ojos, encabezada por EU, y convertirse en el sexto ojo para vigilar a China". La Alianza de los Cinco Ojos está formada por la anglósfera de EU/Canadá/Gran Bretaña/Australia/Nueva Zelanda (https://bit.ly/3hVzfK4).

Más allá de la diatriba de Koichi Nakano, politólogo de la Universidad Sofía en Tokio, en el NYT, que no le perdona al saliente Abe sus estrechos lazos con Trump (https://nyti.ms/3bjhl1m), WSJ, cercano a Trump, adelanta que Yoshihide Suga, jefe de gabinete del premier saliente, emergió como favorito cuando los "acuerdos militares y la coordinación en referencia a China serán sus pruebas tempranas". WSJ concluye que Suga es la opción de la "continuidad". Un escollo de las cálidas relaciones de Japón con Trump será el financiamiento de los 54 mil soldados de EU en Japón. Por cierto, el grupo de Abe se encuentra nervioso ante un escenario de que triunfe Biden, quien es más favorable a China.

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Miércoles, 02 Septiembre 2020 05:55

América Crece: el caballo de Troya de EEUU 

América Crece: el caballo de Troya de EEUU 

La expansión de la influencia de EEUU en Latinoamérica y el Caribe mediante la Iniciativa América Crece permite a ese país evadir controles parlamentarios obligatorios en los países involucrados y avanza hacia un reformateo de la dependencia económica, financiera y política de la región.   

 

La iniciativa América Crece que fue lanzada en 2019 tiene un formato muy trumpiano: es expedita, escueta, y no requiere de negociación alguna entre instancias gubernamentales. Tampoco precisa de consultas a los parlamentos, mucho menos involucra a segmentos de la sociedad civil, porque el formato de Memorando de Entendimiento así lo permite.

Así como le gusta al presidente norteamericano Donald Trump, el mecanismo para afianzar la presencia de empresas norteamericanas en Latinoamérica y el Caribe impone la firma de un Memorando de Entendimiento, MoU por sus siglas en inglés, que sella el compromiso del gobierno en cuestión, para cumplir la hoja de ruta que trazarán los distintos organismos y agencias norteamericanas.

¡Cuidado! Abarcan más que el TLC

Mediante este procedimiento ya no se involucrarán en engorrosas negociaciones de tratados de libre comercio, TLC, para mejorar su balanza comercial, para obtener jugosos contratos estatales, realizar cambios a la legislación y en general adecuar a sus intereses el diseño del esquema de inversiones de los países.

Dicho así, suena aún más grosero que los propios TLC. Esos tratados de libre comercio que a Trump tampoco le gustan. No por nada ya sepultó el TLCAN e impuso sus propias reglas en el T-MEC. 

Además, las distintas administraciones ya aprendieron la historia de resistencia de la sociedad civil latinoamericana que durante años se opuso a esos tratados y que les generó muchos dolores de cabeza no solo a los distintos gobiernos de EEUU, sino también a los gobernantes de los países de Latinoamérica y el Caribe. 

Trump y su administración tampoco quieren enmarcarse en las reglas de la Organización Mundial de Comercio. Por eso ha encontrado el formato, que al parecer puede funcionarle por ahora, pues los gobiernos con los que ha firmado (nótese la palabra: firmado, no negociado) esos MoU permanecen genuflexos ante la voluntad del empresario presidente. 

A través de América Crece, Estados Unidos y los gobiernos de la región (donde por ahora son parte Argentina, Chile, Jamaica, Panamá, Colombia, Ecuador, Brasil, El Salvador y Honduras y hace poco se incorporó Bolivia) hacen un compromiso diplomático de alto nivel de encaminar la agenda que será trazada por los organismos y agencias norteamericanas y sus respectivas entidades empresariales de los países.

El MoU que avala a América Crece es un amplio paraguas que aguanta todo, absolutamente todo lo que el gobierno de turno permita, mientras la población no lo sepa, permanezca en cuarentenas caóticas, con hambre y esté sumida en el miedo por la pandemia.

Es previsible que EEUU y sus agencias no estarán interesados en realizar inversiones de caminos rurales, o mejoras hospitalarias en algún poblado alejado de las capitales, salvo que sea para la foto. Ahora con América Crece avalada por el MoU firmado, tienen el mecanismo para orientar las inversiones de los gobiernos hacia obras de gran infraestructura, útiles a sus intereses, donde se mencionan especialmente los proyectos energéticos, entiéndase gas, litio y proyectos hidroeléctricos de envergadura, por ejemplo.

Hay que subrayar y reiterar dos aspectos fundamentales en este formato que ahora aplica EEUU:

  1. La firma de un MoU permite evadir (por ahora) a los parlamentos, pues no son tratados o acuerdos, que según algunas constituciones deben pasar por el escrutinio de esos entes e incluso someterse a referendos. El mecanismo legal de Memorando de Entendimiento les permite evitar ese dispositivo de control. 
  2. Se trata no solo de una fuerte señal política, sino fundamentalmente de un compromiso de los gobiernos firmantes de priorizar, consultar y coordinar con EEUU y sus agencias los temas importantes de inversión.
    Este segundo punto es una enérgica señal no solo hacia afuera, sino fundamentalmente hacia el interior de sus países, ya que impone la ruta del destino de las inversiones. 

Lo mañoso de estos memorandos es que parecen inocuos, pues no llaman mucho la atención, ya que, a diferencia de tratados o acuerdos, no es el presidente o presidenta quien firma, sino un ministro o ministra quien asume compromisos que atingen a todo el Estado.

Aquí cabe por tanto alertar sobre las dimensiones y las áreas críticas que involucra dicho mecanismo del MoU, y sus posteriores acuerdos a partir del mismo. Los parlamentos pueden y deben hacer las consultas y advertencias necesarias para evitar que las futuras inversiones o diseños de proyectos de los países sean digitados desde el norte. 

No se debe olvidar que cuando EEUU habla de "buenas prácticas" y de "transparencia", en realidad se refiere a la implementación más allá de sus fronteras, de sus propias normas. Asimismo, hay que prestar atención que este Memorando es un paraguas donde están cobijados muchos temas importantes, tales como el apoyo a "mejorar sus marcos normativos y sus estructuras de adquisición para satisfacer las necesidades de financiación de proyectos con recursos limitados".

En los hechos se refiere a un tema no menor para los países: las compras estatales. En cualquier país del mundo, los mayores compradores son los gobiernos, quienes realizan los mayores contratos. Por ese motivo este tema merece especial atención, porque es un mecanismo importante para promover la industria y a las empresas de varios sectores nacionales. Lamentablemente es también un foco de corrupción, por eso debe estar bajo el escrutinio nacional, más aún ahora. 

Asimismo, América Crece promete agilizar el acceso del sector privado a los recursos financieros del gobierno de EEUU y con eso el candidato de EEUU a la presidencia del BID, Mauricio Claver-Carone, quien aún se desempeña como asistente adjunto del presidente y director senior de asuntos del hemisferio occidental, trabaja intensamente para allanar su camino a dicha organización. 

La pandemia prácticamente ha agotado los recursos de los países y sus reservas también. Por tanto, es el momento preciso para que, quienes tienen esos recursos, otorguen préstamos condicionados. 

Por ese motivo suena seductora la promesa de EEUU hacia algunos gobiernos ávidos de dinero. La iniciativa América Crece promete mayor inversión, generar empleos, pero con la ayuda ineludible de las agencias norteamericanas que incluyen los Departamentos de Estado, Tesoro, Comercio y Energía, la Agencia para el Desarrollo Internacional (USAID), la Agencia de Comercio y Desarrollo de los EEUU (USTDA) y la Corporación de Inversiones Privadas en el Extranjero (OPIC).

No cabe duda de que se trata de un caballo de Troya. Trump y sus mecanismos tramposos no serán quienes estén dispuestos a ayudar a resolver los problemas de dependencia y empobrecimiento de Latinoamérica y el Caribe, ¿o acaso alguien cree que sí? 

16:55 GMT 30.08.2020(actualizada a las 18:43 GMT 30.08.2020)URL corto

Por María Luisa Ramos Urzagaste

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Miércoles, 02 Septiembre 2020 05:40

¿Por qué repunta Bolsonaro?

¿Por qué repunta Bolsonaro?

A pesar de la cantidad de muertes y de la pésima gestión de la pandemia de covid-19, la aprobación de Jair Bolsonaro crece. No solo mantiene la fidelidad de sus votantes duros, sino que recibe la aprobación de parte de la población más pobre del Nordeste, a la que ha dirigido programas sociales de emergencia. Los cambios en la estrategia bolsonarista y los errores de la oposición progresista explican mucho de lo que está sucediendo en Brasil.

 

Las últimas encuestas de diferentes institutos de opinión pública son claras: la popularidad de Jair Bolsonaro es la mayor desde que asumió su mandato. Si bien se plantea una duda metodológica muy pertinente, y es que la pandemia ha obligado a que todas estas encuestas se realicen por teléfono y esto dificulta mucho el acceso a la población brasileña más empobrecida, lo cierto es que las más de 120.000 personas muertas parecen no pasarle factura al presidente de Brasil. ¿Cómo es esto posible?

 

Fieles, críticos y arrepentidos

 

Para entender las razones por las que 57,8 millones de brasileños votaron por Bolsonaro, dividimos a sus votantes en dos categorías: votantes radicales, que hoy en día constituyen entre 10% y 15% de su base de apoyo, y votantes moderados, la gran mayoría de su base electoral. Los primeros, el núcleo duro bolsonarista, son fundamentalmente hombres blancos, de clase media-alta, del sur-sureste del país y de entre 25 y 45 años. Tienen una adhesión emocional y psicológica absoluta a Bolsonaro y a su proyecto, no solo en lo político, sino también en lo vital, lo que significa compartir su visión del mundo violenta, racista, LGBT-fóbica y machista. Pero ¿por qué muchos de los más moderados aún continúan confiando en un presidente tan abyecto?

Bolsonaro representa una tendencia política antisistémica y antipartidista. Así, su imagen se constituye como la del outsider, como el único político honesto que, genuinamente, quiere luchar contra un sistema corrupto. Al día de hoy, uno de los legados más problemáticos de la operación Lava Jato es una intensa criminalización de la política que caló hondo fundamentalmente en las clases medias tradicionales brasileñas, que compartían la visión del entonces juez Sérgio Moro como el héroe anticorrupción. Gran parte del público fiel a Bolsonaro continúa manteniendo su apoyo no tanto porque confía plenamente en el presidente o porque está totalmente satisfecho con su gestión, sino porque no reconoce otra alternativa política o electoral viable justamente por entender que el sistema en su conjunto está intrínsecamente corrompido. Bolsonaro todavía es visto por este público como honesto y auténtico.

Para entender cómo se comporta su base electoral moderada, emprendimos junto con Camila Rocha una investigación en la que clasificamos a este electorado en tres categorías: fieles, críticos y arrepentidos. Veamos los argumentos de cada grupo. Además de la honestidad, los argumentos que los más fieles repiten cuando justifican su apoyo son muy recurrentes: a) «en comparación con los 14 años de gobiernos petistas, Bolsonaro aún no ha tenido tiempo de gobernar»; b) «el Partido de los Trabajadores (PT) dejó el país destruido política, económica y socialmente, por lo que recomponerlo no es una tarea fácil»; c) «cuando Brasil empezó a encarrilarse, llegó la pandemia y todo se detuvo»; d) «Bolsonaro hace todo lo posible por mejorar la situación del país, pero la persecución permanente que sufre por parte de la prensa, los políticos de oposición y el Tribunal Supremo [unos de los principales enemigos de presidente] hacen que no consiga gobernar».

Sin embargo, es entre la clase media y alta más «lavajatista» donde Bolsonaro perdió más adhesión. Esta población recibió como un duro golpe la dimisión del ministro Moro, a cargo de la cartera de Justicia y Seguridad Pública, el 24 de abril de 2020, tras acusar a Bolsonaro de interferencia política en el nombramiento del director de la Policía Federal a fin de proteger a sus hijos de las investigaciones llevadas a cabo sobre ellos. A su vez, los hijos de Bolsonaro son uno de sus mayores problemas. Varios procesos pesan sobre los tres que tienen representación política. Sobre Flávio Bolsonaro, senador por Río de Janeiro, pesan acusaciones de realizar transacciones financieras ilegales por valor de 1,2 millones de reales (más de 200.000 dólares). Sobre Carlos Bolsonaro, concejal por Río de Janeiro, pesan dos acusaciones: la primera por nombramiento de cargos fantasma en su gabinete y la segunda, la más importante en este momento, por ser uno de los supuestos coordinadores de la campaña de noticias falsas a través de millones de mensajes ilegales durante la campaña electoral. La misma acusación de coordinar el esquema masivo de noticias falsas pesa sobre Eduardo Bolsonaro, diputado federal por San Pablo. Esta última investigación sobre fake news electorales es la que más preocupa en Brasilia, ya que el Tribunal Supremo Electoral ha abierto un proceso de impugnación de la candidatura Bolsonaro-Mourão sobre la base de esta investigación.

Además de la frustración por la salida de Moro y de su visión negativa de los hijos del presidente, quienes votaron por Bolsonaro y ahora están decepcionados o arrepentidos presentan los siguientes argumentos: a) «Bolsonaro no cumple con el decoro que su función exige, es excesivamente violento, autoritario, histriónico en su forma de conducir el gobierno y con sus polémicas continuas causa gran inestabilidad»; b) «la gestión de Bolsonaro de la pandemia de covid-19 es irresponsable e inhumana, no se preocupa ni por los enfermos ni por los muertos».

Podemos decir que los dos factores principales para el debilitamiento de Bolsonaro eran el covid-19 y las sospechas de corrupción que involucraban a sus hijos. La mayoría de los brasileños considera que su comportamiento frente a la pandemia denota falta de carácter y humanidad. En paralelo, el 18 de mayo de 2020, Fabrício Queiroz, ex-asesor de Flavio Bolsonaro y sospechoso de ser su testaferro, fue arrestado después de pasar un año escondido en una casa propiedad del abogado de la familia Bolsonaro. Según Datafolha, 64% de los brasileños cree que Bolsonaro conocía el paradero de Queiroz todo este tiempo.

En las últimas semanas, parece que Bolsonaro y sus asesores entendieron este mensaje de su base más desencantada y cambiaron su estrategia: han hecho desaparecer a sus hijos del espacio público y de las redes sociales y han «domesticado» a un Bolsonaro que está más moderado que en los inicios de su presidencia. Como consecuencia de este giro estratégico en su comportamiento, su popularidad ha vuelto a crecer. Sobre los más de 110.000 muertos por la pandemia y las críticas a su gestión, Bolsonaro también tiene una estrategia clara: la culpa de estos números y de la crisis económica que se avecina no la tiene él, la tienen los gobernadores de los estados y los alcaldes que no siguieron sus recomendaciones de que la gente pudiera salir a trabajar, decretaron confinamientos que solo algunos cumplieron y, de esta forma, no lograron atajar la pandemia y agravaron la crisis económica. Parece que esta reciente táctica también puede estar comenzando a funcionar.

En paralelo, la popularidad de Bolsonaro comienza a aumentar entre los más pobres, a causa, fundamentalmente, de una ayuda de emergencia de 600 reales (112 dólares) mensuales que recibirán durante la pandemia y que es esencial para la supervivencia de millones de brasileños. Por otro lado, Bolsonaro comienza a invertir políticamente en el Nordeste, la región más empobrecida del país y feudo electoral histórico del lulismo. Sabe que si se gana a las clases populares con ayudas económicas, se allanaría el camino hacia la reelección. Los datos impresionan: 65,3 millones de brasileños están recibiendo la ayuda y un tercio de ellos están en la región Nordeste. No hay que olvidar que parte del apoyo popular a Luiz Inácio Lula da Silva se basó en este tipo de transferencias de ingresos.

El problema es que este ingreso no puede ser para siempre, y el neoliberal ministro de Economía Paulo Guedes, el nexo con el empresariado y el capital nacional e internacional, ya está insistiendo en que es incompatible con sus políticas de ajuste presupuestario y fiscal. ¿Serán capaces Guedes y Bolsonaro de llegar a un acuerdo para mantener a lo largo del tiempo algún flujo de ingresos (aunque sea de valor menor a 600 reales) que garantice el apoyo de los más pobres pero, al mismo tiempo, de continuar con los planes privatistas y las reformas (tributaria y administrativa serían las próximas) para mantener satisfechos a los dueños del dinero? Veremos.

No debemos olvidar que Bolsonaro mantiene la fidelidad de los principales obispos de las mayores iglesias evangélicas pentecostales y neopentecostales, como la Iglesia Universal del Reino de Dios y la Asamblea de Dios. Los más pobres componen el mayor contingente de estas iglesias, por lo que su apoyo es un factor muy importante para entender la adhesión popular al bolsonarismo. Por eso, el presidente brasileño continúa apostando por un conservadurismo religioso que se pauta por la dinámica de la moralización y la cristianización de la vida pública y privada. Temas como el rechazo al aborto y el combate al feminismo son explotados con gran crédito moral por figuras del gobierno como la ministra de Mujer, Familia y Derechos Humanos, la pastora Damares Alves.

 

El impeachment se aleja

 

Si la nueva estrategia bolsonarista basada en la combinación de su propia moderación, el ingreso de emergencia y la culpabilización de alcaldes y gobernadores por la pandemia continúa funcionando, el ex-capitán puede reforzarse como una alternativa viable para las próximas elecciones presidenciales de 2022, no solo entre los leales, sino también entre un buen número de partidarios críticos que parecen estar mejorando sus perspectivas y lo votarían de nuevo, especialmente contra el PT. El antipetismo sigue siendo bastante fuerte entre la población. Además, el PT ha dado algunos pasos que han desencantado a su propia base, como por ejemplo la elección de Jilmar Tatto como candidato a la alcaldía de San Pablo en las próximas elecciones municipales de noviembre de 2020. Su nombramiento levantó muchas críticas entre los afiliados, bastantes de los cuales han migrado hacia una candidatura que parece irradiar más entusiasmo: la de Guilherme Boulos, el líder de los «sin techo», postulado por el Partido Socialismo y Libertad (PSOL).

Pero el problema no es solo el PT, sino también la ausencia de un nombre fuerte que aglutine el campo de la centroderecha y la derecha moderada y que consiga arrebatar votos a Bolsonaro. Se barajan diversos nombres, como el del gobernador de San Pablo João Doria, el del propio ex-juez Moro y el del conocido presentador de televisión Luciano Huck, pero de momento nada está definido.

En el plano institucional, la posibilidad de un impeachment, que llegó a parecer plausible en los meses anteriores, está diluida. Bolsonaro cuenta, además, con el apoyo de amplios sectores de las Fuerzas Armadas. Es el gobierno más militarizado de la historia brasileña, con 11 ministros militares y casi 3.000 cargos gubernamentales ocupados por personas procedentes de las Fuerzas Armadas. Estas se han beneficiado enormemente de su presencia en el gobierno, con una buena reforma de las pensiones aprobada al mismo tiempo que se realizaba una reforma antipopular y regresiva de las pensiones para los civiles, y con un aumento del presupuesto militar en un momento de restricciones en otras áreas. Bolsonaro también está negociando su estabilidad con el poderoso presidente de la Cámara de Diputados, Rodrigo Maia, quien tiene en su poder nada más y nada menos que 47 pedidos de impeachment diferentes, y con un grupo de partidos políticos llamado el centrão, que reúne a unos 200 diputados (de 513 en total) que no tienen una identidad ideológica específica y, por tanto, se venden al mejor postor. Están vinculados a prácticas clientelistas y corruptas, pero tienen el poder de equilibrar la gobernabilidad del país.

El hecho de que un impeachment se vea ya muy lejos también influye positivamente en la percepción de la población del gobierno de Bolsonaro, porque se entiende que este está pasando por un momento de mayor estabilidad y que el presidente está siendo capaz de mantener la gobernabilidad incluso en contextos como el actual.

¿La popularidad de Bolsonaro seguirá subiendo? ¿Será capaz de mantener su nuevo giro estratégico? De momento parece que mantener la moderación le va a costar mucho. En los últimos días ya protagonizó una nueva polémica al responder con tono amenazante a un periodista que le preguntaba por sospechas de corrupción en el caso Queiroz «Qué ganas de reventarte la boca a golpes». Las elecciones municipales de noviembre próximo serán importantes para que el campo bolsonarista y el democrático midan fuerzas, pero lo cierto es que Bolsonaro continúa alimentándose de que mucha gente indefinida políticamente no llega a confiar en los proyectos políticos de la izquierda. Urge que el PT y el resto de los partidos democráticos se coloquen como alternativas viables, porque de lo contrario corremos el riesgo de que Bolsonaro se mantenga tranquilo en el poder a pesar de los más de 100.000 muertos y de los múltiples retrocesos que está comandando.

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Gracias a sus "medidas drásticas", China controló el Covid-19, por lo que "es la única principal economía que crecerá este año", según el Banco Mundial.Foto Ap

Según Wall Street Journal (WSJ), “la recuperación de China ha impreso su dinámica, posicionándole para cerrar aún más su brecha con la economía de Estados Unidos (EU).

https://on.wsj.com/31tgmbj” “https://on.wsj.com/31tgmbj”.

Gracias a sus "medidas drásticas", China controló el Covid-19, por lo que "es la única principal economía que crecerá este año", según el Banco Mundial.

JP Morgan elevó su pronóstico de crecimiento de China de 1.3 por ciento en abril a 2.5 por ciento al fin de año, mientras EU se contraerá 8 por ciento.

El despegue balístico de China "apuntala la creencia (sic) de Beijing de que su modelo estatal (sic)", que "le ayudó a navegar la crisis financiera de 2008/09 con mínimo dolor (sic), es mejor que el capitalismo de EU", lo cual "envalentonó (sic) a los líderes chinos en un momento de creciente competencia geopolítica (sic) con EU", según WSJ, que cita también a Nicholas Lardy, economista del Peterson Institute for International Economics, con sede en Washington, quien calcula que la producción económica de China, ajustada a la inflación, probablemente alcance US $11.9 billones (trillones en anglosajón), este año: “70 por ciento de la producción esperada de EU; "el mayor extenso avance que China ha hecho frente a EU en un solo año".

WSJ cita a Homi Kharas (HK), del Brookings Institution, quien aduce que "el Covid-19 (sic) puso a la economía china en la pista para alcanzar la paridad (¡megasúpersic!) con EU en 2028 en términos absolutos": "dos años más pronto que la estimación preCovid-19".

HK aduce que "la pandemia ayudará también a magnificar el poder económico de China, comparado con otros países en desarrollo como Rusia y Brasil", mientras la economía de India se rezagará a "menos de la quinta parte de China".

China "emergerá mucho más poderosa como la principal economía del mundo en desarrollo".

Según el FMI, Japón, hoy la tercera economía global cuando se mide su PIB "nominal", se contraerá 5.8 por ciento este año.

En su ultrarreduccionismo economicista, HK comete un grave error de juicio al medir unidimensionalmente la economía de China y compararla con la mayor parte del G-20, antes y después del C-19.

El ímpetu chino no es solamente economicista, sino también es multidimensional: innovador, tecnológico, militar y de alta cohesividad socioeconómica en un país de mil 400 millones de habitantes.

Con o sin Covid-19, que solamente le frenó un trimestre, las tendencias apuntaban a que China debía empatar el PIB "nominal" de EU en 2020, por lo que aún la proyección de su empate con EU para 2028 se antoja prolongada.

Ya antes del C-19, Deutsche Bank estimó que la economía de China crecería 26 por ciento (sic) entre 2019 y 2023, frente a 8.5 por ciento de EU: es decir ¡tres veces más!

Ya con el Covid-19, China crecería 24 por ciento: sólo le afectó 2 por ciento, mientras EU saldría más golpeado a la mitad con 3.9 por ciento: es decir, ¡crecería China 6.15 veces más!

Así que el buen manejo del Covid-19 por el Partido Comunista Chino asentó los reales de una tendencia que ya era irreversible.

La misma joya tecnológica de EU, Apple –que vale casi el doble del PIB "nominal" de México–, y que acaba de alcanzar un valor estratosférico en el mercado por US $2 billones, debe 14.8 por ciento de su auge a las compras de celulares por China (Hyperlink “https://bit.ly/2EAQLUOhttps://bit.ly/2EAQLUO).

No faltan los sinófobos plañideros, como Daniel Rosen de Rhodium Group, con sede en Nueva York, quien abulta la "fragilidad" y los focos rojos de China, debido a su "deuda creciente, su crecimiento desigual y sus problemas ulcerosos (sic) en el sistema bancario" con una "inundación de inventarios".

Los sinófobos plañideros de Nueva York, hoy en cuarentena, operan sus mórbidos pronósticos, mientras Wuhan, el epicentro de la pandemia,"ha regresado a la normalidad (sic)" y sus habitantes festejan en las albercas la "victoria estratégica (sic) por el gobierno chino en combatir el virus", al unísono del incremento de su "turismo doméstico".

Dejo de lado el "futuro militar" cuando el despegue azorante de China en "computación cuántica y en inteligencia artificial amenazan a la tecnología de EU", según un reporte del Congreso estadunidense (“https://bit.ly/3guLyv2https://bit.ly/3guLyv2).

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También Henry Ford apoyó a Stalin (aunque amaba a Hitler)

Sobre el papel de los intelectuales

 

En un panel de la III Conferencia Global 2020 de Nueva York se nos propuso volver sobre el viejo tema de “El rol de los intelectuales hoy”. Para comenzar debo reconocer que nos produce pudor y nos incomoda cada vez que nos presentan con ese título tan elástico y desprestigiado.

Pero me parece mucho más importante analizar este pudor y este desprestigio como resultado de la lógica de los poderes globales dominantes. Quienes tienen el poder político, quienes manejan ejércitos y son dueños de los capitales gestores del mundo son considerados moderados, realistas y pragmáticos. Aquellos que deben conformarse con el uso de las palabras y las ideas, son acusados de peligrosos extremistas, aparte de ser bombardeados con múltiples In: Inmaduros, Inconvenientes, Innecesarios, Inútiles, Insensatos... Pero cuando veas a los intelectuales críticos agrupados de un lado, mira hacia el otro para saber dónde está el verdadero poder y sus mayordomos, los intelectuales orgánicos.

De todas las acusaciones que se les arroja encima, la más popular es la de considerarse iluminados, destructores, autores o cómplices de regímenes catastróficos. Por una razón para nada misteriosa, los nuevos clérigos, los intelectuales orgánicos, los razonables, no acusan ni a religiosos ni a militares ni a poderosos hombres de negocios de lo mismo. De hecho se acepta, como una virtud, que un religioso se autoproclame iluminado, elegido, o salvado, como se acepta que un general se golpee el pecho lleno de condecoraciones por haber salvado la patria y el honor, como si algo de todo eso fuese algo más que ficción criminal.

No, a pesar de que han sido generales (apoyados por el clero tradicional y en beneficio de los dueños del capital) quienes, por ejemplo en América Latina, han implantado decenas de dictaduras genocidas a lo largo y ancho de la historia. No, a pesar de que son rarísimos los regímenes de intelectuales no orgánicos persiguiendo a militares, a clérigos y a hombres de negocios. La inversa ha sido la constante, la norma.

Sí, el trabajo de los intelectuales no es el de sermonear y menos el de gobernar. Hubo intelectuales mandatarios como fue, por ejemplo, el caso de varios de los llamados Padres Fundadores de Estados Unidos, más allá de sus graves contradicciones e hipocresías raciales y de clase. O el caso de Nicolas Solomon, Pi i Margall y otros que formaron la Primera República en España en 1873, una isla hundida en poco más de un año en un mar de fanáticos conservadores. O el caso del profesor de filosofía José Arevalo, presidente de la primera democracia en Guatemala en 1944, destruida diez años después por un complot de la United Fruit Company, la CIA y el ejército estadounidense que dejaría 200.000 masacrados en cuarenta años de brutales dictaduras (todos militares y, sobre todo, pragmáticos y exitosos hombres de negocios) y cuya cultura de la impunidad continúa hoy, como en otros países.

El ideal del poder es que los intelectuales críticos se dediquen a la poesía de alcoba o al análisis del subjuntivo en García Márquez. De hecho, las agencias secretas han invertido fortunas con este objetivo. Pero la neutralidad de un intelectual en los temas sociales es indiferencia, oportunismo o complicidad. La neutralidad, como la remuneración del intelectual orgánico y la condena al intelectual crítico son productos que exuda un sistema dominante. Si un soldado está en desacuerdo con un general, las posibilidades de que articule una crítica completa y exhaustiva son mínimas. Lo mismo para cualquier honesto asalariado, desde el gerente de una gran compañía hasta el empleado más humilde de un supermercado. Una crítica menor a sus superiores puede pasar como el impuesto que la compañía y el jefe superior toleran para ser considerados democráticos y tolerantes. Claro que no existen las compañías democráticas. Cuando la crítica cruza ciertos límites, siempre habrá una buena razón para que ese empleado sea despedido.

Más allá de todas las leyes laborales que existan en cualquier país, un hombre de negocios siempre tendrá el poder de contratar y despedir. Sólo este poder ya es una coacción sobre las críticas, las opiniones y el pensamiento de los subordinados. No por casualidad, este poder de coacción suele estar en manos de aquellos hombres de negocios que sostienen y celebran un determinado sistema (por ejemplo, el sistema capitalista y su variación neoliberal). Si alguien depende de la voluntad o de los deseos de un jefe para sobrevivir, nunca lo criticará de forma radical como puede hacerlo un maldito intelectual.

La opinión pública no sólo es creada de forma deliberada por agencias de publicidad y por los medios dominantes sino que es, además, una consecuencia natural del poder. Los malditos, los inmaduros, los fracasados intelectuales no pueden presionar. La única fuerza de un intelectual son sus ideas, no la manipulación de la necesidad ajena. Los intelectuales no tienen poder de coacción.

Bastaría con poner un ejemplo clásico de la crítica orgánica, de los mayordomos del poder internacional. Los intelectuales que se equivocaron apoyando a Stalin son crucificados cada día, pero pocos logran mencionar alguno de aquellos muchos que, aún resistiendo la brutalidad del histórico fascismo en el hemisferio, se opusieron al mismo régimen. Los orgánicos no se cansan de repetir que el filósofo frances Jean Paul Sartre apoyó a Stalin. Fue un apoyo de palabra, un apoyo en base a sus ideas, que es lo más que puede dar un intelectual. ¿Se equivocó? Yo creo que sí, y feo, aunque es más fácil decirlo ahora que hace sesenta años. Pocos recuerdan, y nadie repite en los grandes medios, que venerados hombres de negocios como Henry Ford apoyaron a Hitler y a Stalin no sólo de palabra sino con recursos económicos, técnicos y logísticos. Hitler y Stalin reconocieron y retribuyeron al talentoso y racista empedernido de Ford.

El poder no dice “los inversores son una calamidad que se creen iluminados”. Por el contrario, los mayordomos vuelven siempre sobre el argumento de que “las alternativas al capitalismo nunca funcionaron”. Algunas funcionaron, pero fueron destruidas o arrinconadas a la miseria.

Ahora, cualquier alternativa que hubiese vencido (militar y económicamente) se habría erigido como el “modelo insustituible”, no sólo moral sino económico. Porque es mucho más fácil ser un exitoso país capitalista que puede acosar al resto del mundo que ser un pobre país capitalista que debe sufrir la gracia del acoso militar y económico de los ganadores. Ni que hablar de opciones diferentes. Como en un torneo medieval, se confunde triunfo con verdad y poder con justicia. Es como si los cristianos se burlasen de Jesús por haber sido un perdedor, torturado, ejecutado y desaparecido por el Imperio de turno como un criminal más. Lo mismo Sócrates, José Artigas, Simón Bolívar y José Martí, entre otros.

Pero los poderes hegemónicos no sólo escriben la historia sino que se presentan como quieren. El mismo sistema que inventó la idea de que nuestro mundo fue creado y es mantenido por los capitalistas y los hombres de negocios, ha despreciado y neutralizado la actividad del intelectual crítica mientras secuestraba siglos de inventos y descubrimientos de asalariados, de genios que nada tenían que ver con la obsesión del capital. Sin esos siglos de intelectuales (filósofos, artistas, científicos, humanistas, rebeldes sociales) no existiría lo mejor de nuestro mundo. Seguramente tendríamos alguna forma de Edad Media, más o menos como esa a la que nos dirigimos ahora con fanático orgullo.

Por Jorge Majfud, escritor uruguayo-estadounidense. Profesor en la Jacksonville University.

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Carter da a Trump el secreto del éxito chino: no dilapida ningún centavo en guerras

Vale la pena rememorar la llamada telefónica que recibió el ex presidente Carter, demócrata, de parte de Trump hace 16 meses, cuando le externa su preocupación de que China "haya superado a EU" (https://bit.ly/3g4S1Nm).

Carter, hoy de 95 años, divulgó el contenido de su charla a la Iglesia Bautista Maranatha –de característica bibliocentrista, que, por cierto, tiene una sede en Pachuca, Hidalgo–, en su terruño de Plains (Georgia).

La palabra "Maranatha" proviene del arameo, el idioma semita de Cristo que aún conserva la Iglesia católica-maronita de Líbano, que significa "El Señor está por llegar".

Trump le comentó a Carter que se encontraba preocupado porque "China se nos adelantó", a lo que el ex presidente le sugirió que tenía razón de estar alarmado.

Fue justamente Carter, asesorado por su entonces consejero en Seguridad Nacional, Zbigniew Brzezinski, quien estableció las relaciones diplomáticas de EU y China en el histórico año de 1979.

Ya antes el ex presidente Nixon, con su ex asesor en Seguridad Nacional Kissinger, había visitado al Gran Timonel Mao Zedong y a su primer ministro, Zhou Enlai, en 1973 para construir los primeros puentes.

Según la versión de Carter, "Trump temía la creciente fortaleza económica de China" y calculó que, de acuerdo con "modelos (sic) económicos", China superaría a EU como la primera economía global en 2030 (sic).

Pues aquí se equivocaron los "modelos económicos" ya que hoy el PIB, cuando se mide por su poder adquisitivo, ya superó a EU (https://bit.ly/2E3tb32), y no falta mucho para que el "PIB nominal (sic)" de China rebase a EU cuando el mundo experimenta el "Siglo chino" que suplanta al desfalleciente "Siglo estadunidense" – a fortiori, después de la pandemia del Covid-19 que dejó mal paradas a las dos principales economías financieristas anglosajonas de EU y Gran Bretaña–, mientras que China retomó, al segundo trimestre de este año, su ruta ascendente con un crecimiento de 3.2 por ciento (https://bit.ly/2PPWlFk), lo cual demuestra que los "modelos económicos" o no sirven o no tuvieron en el radar al Covid-19.

Carter preguntó a su congregación de fieles: "Desde 1979 ¿Saben cuántas veces China ha tenido guerra con alguien?". Y contestó: "ninguna. Y nosotros hemos permanecido en guerras".

Carter hizo notar que, en sus 242 años de historia, en ese momento, EU solamente había gozado "16 (sic) años de paz", siendo el país "más bélico en la historia del mundo", lo cual se debe "a la proclividad (sic) de EU de forzar a otros países a adoptar los principios (sic) estadunidenses".

La brutal crítica de Carter fue in crescendo: "EU dilapidaba 3 millones de millones de dólares (trillones en anglosajón) en gasto militar", mientras China ostenta alrededor de 30 mil kioómetros. para ferrocarriles de alta velocidad.

Carter libra el "secreto del éxito de China" que "no ha gastado un solo centavo en la guerra y es la razón por la que nos han superado. Casi en todos los ámbitos".

El ex presidente alega que si EU hubiera invertido en infraestructura en lugar de tantas guerras, "tendría ferrocarriles de alta velocidad. Tendría puentes que no se estarían colapsando, tendría carreteras mantenidas adecuadamente" y su "sistema educativo sería tan bueno como el de Sudcorea y Hong Kong".

Y eso que Carter se concretó solamente al desastre de la infraestructura en EU y no abordó el azorante avance tecnológico de China: desde el 5G de Huawei hasta su reciente alunizaje en la parte oscura de la luna.

Pues parece que hasta ahora Trump le ha hecho caso a Carter en lo que concierne a no librar más guerras en el mundo, salvo sus asfixiantes guerras geoeconómicas y sanciones financieras y de tarifas que a veces suelen provocar mucho más daño que las mismas guerras militares, como es el caso flagrante de Irán, para satisfacer a su aliado Israel y a sus seguidores "evangelistas sionistas" de los dos Mike: Pence y Pompeo (https://bit.ly/2Y4fckx).

Se deduce, entonces, que quizá Trump esté bluffeando en una guerra militar contra China, cuya teatralidad sólo le serviría para su relección (https://bit.ly/31UZvx8).

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