El centenario de Mario Benedetti, poeta universal

El gran autor uruguayo nació el 14 de septiembre de 1920

Entre sus múltiples oficios de juventud, solo uno se convirtió en el fuego que condujo toda su carrera, el amor inquebrantable por la poesía. Hoy habrá un gran homenaje online del Instituto Cervantes y Editorial Alfaguara.

 

 

 “Un pesimista/ es sólo un optimista/ bien informado”. Este haiku, esa forma oriental que ha cautivado al mundo occidental, lo escribió un hombre extremadamente tímido y sencillo que estaba convencido de que “la poesía dice honduras que a veces la prosa calla”. Pocos poetas han sido tan saludablemente plagiados como él. Los jóvenes de varias generaciones se han enamorado con sus poemas y han leído y cantado “Te quiero” y “Por qué cantamos”, entre otros poemas. Mario Benedetti -que cumpliría 100 años este lunes 14 de septiembre-, el uruguayo más universal, fue uno de los escritores más prolíficos y populares de América Latina. Aunque frecuentó todos los géneros literarios -novela, cuento, ensayo, teatro y crónica-, la poesía era como el aire que respiraba. Tal vez sea el poeta más leído en nuestro idioma y quizá también el más cantado, gracias a Joan Manuel Serrat, Nacha Guevara y Daniel Viglietti, entre otros músicos.

En el centenario de Benedetti (1920-2009), uno de los homenajes principales será el organizado conjuntamente por el Instituto Cervantes y la editorial Alfaguara este lunes 14 a las 19 hora de España (14 hora Argentina), en los que participarán Joan Manuel Serrat, Joaquín Sabina, Benjamín Prado, Elvira Sastre, Pilar Reyes, Luis García Montero, Vanesa Martín, Chus Visor y Rozalén, entre otros. El acto, en el que se presentará Mario Benedetti. Antología poética, con selección y prólogo de Serrat, será transmitido en directo desde la página web del Instituto y por su canal de Youtube. En el prólogo de la antología Serrat comenta que conoció a Benedetti en Madrid, donde acordaron hacer un disco a cuatro manos. “Canción a canción, a caballo entre Madrid y Barcelona, lo fuimos preparando con poemas elegidos de mutuo acuerdo que Mario corrigió y adaptó a rimas y ritmos más tradicionales para ser cantados. Eran versos publicados con anterioridad, a excepción de la canción que le da título al disco El sur también existe, escrita especialmente para la ocasión”, aclara el cantautor español. El Grupo Planeta invita a los lectores a pegar en sus ventanas frases de Benedetti, sacarles una foto y subirlas a las redes sociales con el hashtag #BenedettienMiVentana.

Corazón coraza

Benedetti nació el 14 de septiembre de 1920 en Paso de los Toros, departamento de Tacuarembó, como Mario Orlando Hamlet Hardy Brenno Benedetti Farrugia. Después de la quiebra de la farmacia que tuvo su padre, los Benedetti se trasladaron a Montevideo cuando Mario tenía cuatro años. El niño que se entretenía de la mano de Emilio Salgari y Julio Verne comenzó sus estudios primarios en el Colegio Alemán de Montevideo, de donde fue retirado por su padre cuando se enteró que hacían el saludo nazi. Como sabía hablar el idioma de Goethe, participó de la película El lado oscuro del corazón, de Eliseo Subiela, basada en poemas de Oliverio Girondo, Juan Gelman y el propio Benedetti, donde aparece recitando un poema propio en alemán: “Corazón coraza”.

A los catorce años empezó a trabajar vendiendo repuestos para automóviles; pero también se ganó la vida como vendedor, taquígrafo de una editorial, cadete, oficinista, gerente de una inmobiliaria y periodista, entre otros oficios que ejerció. En un banco de la plaza San Martín en Buenos Aires, adonde llegó en 1938 a los dieciocho años, leyó una antología de Baldomero Fernández Moreno y el chispazo fue fulminante: supo que quería escribir poesía. Benedetti, que se consideraba discípulo de Fernández Moreno, del peruano César Vallejo y del español Antonio Machado, fue integrante de la Generación del 45 uruguaya a la que pertenecieron Idea Vilariño y Juan Carlos Onetti, entre otros. 

Al acercar el habla coloquial y de la vida diaria a la escritura, construyó una épica de lo cotidiano. Aunque la tirada era muy limitada, su primer éxito modesto fue Poemas de la oficina (1956); antes había publicado los poemarios La víspera indeleble (1945) y Sólo mientras tanto (1950) y los relatos de Esta mañana y otros cuentos (1949). En 1945 se integró al equipo del semanario Marcha, hasta 1974, cuando fue clausurado por la dictadura de Juan María Bordaberry. Sus viajes a Cuba fueron consolidando el despertar de su conciencia política. En 1968 creó y dirigió el Centro de Investigaciones Literarias de Casa de las Américas. Junto a miembros del Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros, fundó en 1971 el Movimiento de Independientes 26 de Marzo, una agrupación que pasó a formar parte del Frente Amplio desde sus orígenes.

“Sumiso por fuera, rebelde por dentro”

El exilio de Benedetti fue por etapas: primero se trasladó a Buenos Aires en 1973, pero la Triple A le “concedió” un plazo de 48 horas para que se fuera; entonces rumbeó hacia Perú. En Lima fue detenido y deportado. Estuvo en Cuba en 1976 y finalmente llegó a España, donde alternó su estadía entre Palma de Mallorca y Madrid hasta 1983. La versión cinematográfica de su novela La tregua (1960), la historia de ese hombre viudo que se enamora de una compañera de trabajo mucho más joven que él, dirigida por Sergio Renán, fue nominada al Oscar a la mejor película extranjera (1974); aunque finalmente lo ganó la película italiana Amarcord, escrita y dirigida por Federico Fellini. 

“Me llamaron mucho la atención sus Poemas de la oficina y pronto fui siguiendo todos sus libros”, cuenta Benjamín Prado a Página/12. “También leí bastante joven su novela La tregua, que tengo la impresión de que me gustaba a mí más que a él; le había cogido algo de manía por la versión cinematográfica, que detestaba. A mí la película tampoco me pareció tan mala”, recuerda Prado y dice que siempre le llamó la atención “la mezcla de enamorado y funcionario, ese hombre triste, sumiso por fuera y rebelde por dentro, capaz de escribir unos poemas de amor que no sé tampoco si se parecían mucho a él, que estuvo toda la vida enamorado de Luz, su mujer”. Prado veía a Benedetti casi todas las semanas cuando estaba en Madrid. “Lo íbamos a visitar con su editor y el mío, Chus Visor, tomábamos un par de cervezas y hablábamos de los dos temas que más le divertía: la poesía y el fútbol (era hincha de Nacional). Era una persona entrañable pero no cariñosa, poco expansivo, bastante tímido, pero de una generosidad grande y que siempre se alegraba de que un amigo lo visitara, eso sí, a la hora programada, porque era un maniático de la puntualidad", advierte Prado. "Cuando yo empecé otra vida y él había acabado la mitad de la suya, porque al morir su mujer ya no quiso volver al piso de Madrid, insistió muchísimo a Chus Visor en que fuera a su casa y cogiera todo lo que necesitase, para llenar un poco el piso vacío al que yo me había mudado. Aún sigo utilizando muchas de las cosas que fueron suyas y él me regaló”.

Pilar Reyes, directora editorial de Alfaguara, subraya que el paso del tiempo “no ha restado vitalidad” a la obra de uno de los poetas más leídos del castellano. “Los jóvenes que habitan nuestra lengua siguen pidiendo prestados sus versos para hablar de amor, convirtiéndolo en uno de los escritores más citados. Tampoco su narrativa ha caído en el olvido: La tregua sigue siendo un libro visitado por varias generaciones, y todos los años se reedita. La historia de Martin Santomé y Laura Avellaneda conmueve a miles de lectores a ambos lados del Atlántico. La razón de su vigencia, a mi juicio, es que su yo poético siempre tuvo que ver con la vida, con las urgencias esenciales de la existencia: el amor, la oficina, el compromiso político, la nostalgia del exilio, la soledad, expresadas en un lenguaje que buscaba atrapar el habla, lo coloquial, es decir, también la vida”, explica Reyes.

La sencillez de lo complejo

A los 28 años, la poeta Elvira Sastre pondera el hecho de que Benedetti es un poeta muy conocido en España: “Nos hablan de él desde que somos pequeños, aunque a lo mejor no tengamos sus libros en el Instituto”. La poeta, que ganó el premio Biblioteca Breve 2019 con su novela Días sin ti, revela que entre sus poemas preferidos están “Pausa”, “Amor de tarde”, “Corazón coraza” y “No te salves”. “Tiene un estilo de escritura que me apasiona y que consiste en hacer accesible y sencillo lo que es muy complejo, que era la manera en que escribía. Yo creo que lo leí cuando estaba descubriendo muchos poetas a la vez, pero es de los que se quedó y a los que vuelvo muy a menudo", reconoce Sastre. "Hace unos años leí Primavera con una esquina rota, y me encantó. Las novelas que tienen tanta poesía me encandilan, se me quedan grabadísimas. Aunque tengo muy leída la poesía de Benedetti, me queda todavía descubrirlo y leerlo en prosa”. Además de La tregua y Primavera con una esquina rota (1982), publicó las novelas Gracias por el fuego (1965), El cumpleaños de Juan Ángel (1971), La borra del café (1992) y Andamios (1996); y las colecciones de cuentos Montevideanos (1959), La muerte y otras sorpresas (1968) y Despistes y franquezas (1989), entre otros libros de relatos.

El poeta y director del Instituto Cervantes, Luis García Montero, también empezó a leer a Benedetti por Poemas de la oficina y luego pasó a Inventario. “Lo conocí al principio de los años 80. Los jóvenes españoles que salíamos de la dictadura franquista estábamos intentando transformar la realidad, no sólo para votar cada cuatro años, sino para cambiar nuestra educación sentimental, nuestra manera de decir yo o decir te quiero. La poesía de Mario fue una buena compañera porque unía la historia y la intimidad, el compromiso y la soledad individual”. García Montero precisa que el escritor uruguayo optó por una tradición en la poesía, representada por Machado y Fernández Moreno. “Frente al prestigio de la poesía oscura o experimentalista, eligió la claridad. Los poetas partidarios de lo oscuro dicen a veces muchas tonterías camufladas en la espesura o no dicen nada. Se creen herederos de los dioses más que ciudadanos. La claridad deja al descubierto debilidades y fortalezas", plantea el director del Instituto Cervantes. 

"La poesía de Mario tiene muchas cosas que decir en un mundo como el de hoy, en el que las redes facilitan la convivencia de la intimidad y lo público. Podemos releer uno de sus primeros libros, Poemas de la oficina, y el último, Testigo de uno mismo, y advertir la importancia de la mirada que se autovigila y que respeta su soledad cuando se acerca a la vinculación con el nosotros. Mario creyó que el lenguaje poético no era una rareza, sino la versión personal del lenguaje de todos”, cierra García Montero. Los poemas de Benedetti son como grandes ojos abiertos a la vida.

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Lunes, 07 Septiembre 2020 06:06

Fahrenheit 451

Fahrenheit 451

Resulta un ejercicio apasionante releer Fahrenheit 451 en esta época de pandemia, de tragedia sin límites.

El pasado 22 de agosto se cumplieron cien años del nacimiento en Waukegan, Illinois, Estados Unidos, del gran escritor Ray Bradbury. Su obra, sin embargo, mantiene una frescura excepcional. Y es que imagina el futuro a través de una agudísima y demoledora mirada crítica sobre el modelo yanqui de entonces y del presente.

Publicó en 1953 una novela reveladora, Fahrenheit 451, que desafía el macartismo y el aparato represivo del sistema con una denuncia del reinado de la estupidez y de la persecución y censura de la inteligencia, de la memoria, del legado humanista de la cultura occidental, de todo aquello que el fascismo considera herético.

El título de la novela alude a la temperatura que se requiere para quemar el papel. En el Estados Unidos de Fah-renheit 451, los libros están prohibidos. Según el discurso oficial, son objetos nocivos, maléficos; inoculan pensamientos confusos e inquietantes en la gente; obstaculizan su acceso a la felicidad; le ofrecen el caos frente a las "certezas" de una cotidianidad aletargada.

Todo el que oculte una biblioteca personal o unos pocos volúmenes viola la ley y debe ser denunciado. Tras la delación, se movilizan los "bomberos", que no usan chorros de agua, sino de fuego, y reducen a cenizas cada libro que encuentran ante los ojos horrorizados de sus propietarios.

Veinte años antes de la publicación de Fahrenheit 451, en 1933, el líder estudiantil nazi Herbert Gutjahr encabezó junto a Goebbels la llamada "Acción contra el espíritu antialemán". Más de 20 mil libros fueron quemados en la Opernplatz de Berlín. Gutjahr vociferó: "Entrego al fuego todo lo que simbolice al espíritu no alemán". Actos y discursos similares tuvieron lugar en todo el país.

Veinte años después de la aparición de la novela de Bradbury, en 1973, se produjo la más divulgada quema de libros en el Chile de Pinochet, en las Torres de San Borja, en Santiago. El Canal 13 de televisión cubrió el evento monstruoso. Varios analistas han explicado que estaba condenado a la hoguera todo volumen cuyo título contuviera la palabra "rojo" en cualquier variante. Incluso fueron quemados por las hordas libros que hablaban de la corriente artística del cubismo, ya que los inquisidores consideraban que se referían a Cuba.

Montag, el protagonista de Fahrenheit 451, es un "bombero" que acude con sus compañeros a una casa denunciada. Empapan de gasolina los libros y su entorno y exigen a la dueña (una anciana llorosa) que salga a la calle para ponerse a salvo del incendio. Pero la anciana, sorpresivamente, usa un fósforo y arde, ella también, en la llamarada.

Aquel acto suicida conmueve a Montag y lo lleva a cuestionarse el sentido de su profesión y de su vida toda. ¿Qué inexplicable valor tienen los libros que pueden arrastrar a una persona a decidir incinerarse con ellos? Y empieza a entender que los libros son más que papel y letras alineadas. Poco a poco los ve como síntesis de la memoria personal y colectiva, como reservorios de pensamiento y espiritualidad en un paisaje vacío, poblado por el parloteo de gente sin nada que decirse y una televisión omnipresente diseñada para idiotizar a los espectadores.

"La televisión te dice lo que tienes que pensar, una y otra vez, todo el tiempo", le dice a Montag un viejo profesor de literatura que perdió su empleo casi un siglo atrás. "Toda la cultura está deshecha, nuestra civilización está destrozándose", añade.

En el prefacio de la redición de 1993, Bradbury da claves más para entender a cabalidad el mensaje: “No hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee, que no sabe, que no aprende…”. Esta afirmación tiene una actualidad escalofriante.

La industria cultural hegemónica ha logrado que haya cada vez menos lectores y personas interesadas en sobrepasar los ámbitos superficiales y frívolos y entender a fondo las realidades, los procesos, la vida. Ese desmontaje de la inteligencia, que ha ido creciendo vertiginosamente, ya era evidente para Bradbury en 1953.

En el universo de Fahrenheit 451, el tiempo libre debe dedicarse al juego, al placer, al divertimento pueril. La cultura ha perdido su médula. La educación ha terminado basándose en el más mediocre y plano pragmatismo. Se desmantelaron los estudios de las humanidades. Los clásicos son resúmenes. La palabra "intelectual" se convirtió en insulto. Los votantes escogen al candidato por su imagen, sin importarles su programa –en caso de que tengan uno.

Resulta un ejercicio apasionante releer Fahrenheit 451 en esta época de pandemia, de tragedia sin límites para las mayorías y enriquecimiento impúdico de las élites, de violencia policial desbordada y revueltas antirracistas, del grotesco reality show de las elecciones en Estados Unidos, de manipulación obscena de las conciencias.

"Toda la cultura está deshecha, nuestra civilización está destrozándose".

Por Abel Prieto Jiménez, presidente de Casa de las Américas, Cuba.

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Jueves, 06 Agosto 2020 06:36

La vieja utopía en ruinas

La vieja utopía en ruinas

La última vez que estuve en Venezuela fue en 2007, tiempo ya lejano en que el chavismo buscaba consolidarse apretando todas las tuercas posibles de la maquinaria de poder para convertir, tantos años después, la incierta utopía del socialismo del siglo XXI en la alucinante distopía que es ahora. Y me acompañaban entonces dos libros que me ayudaban a entender el paisaje viviente, la novela País Portátil, de Adriano González León, ganadora del premio Seix Barral en 1967, y Chávez sin uniforme, escrito a dos manos por Cristina Marcano y Alberto Barrera Tyszka, entonces recién aparecido.

Uno podía entonces imaginar aún a Venezuela de dos maneras: como en la historia del rey Midas, que todo lo que tocaba lo convertía en oro, aun los alimentos que se llevaba a la boca, de modo que por eso mismo se moría de hambre, o como el glorioso país de Jauja, donde estando todo tan a mano, no se necesita ni arar ni aserrar.

Arturo Uslar Pietri llamó una vez a sus conciudadanos a dedicarse a sembrar el petróleo, en lugar de gastarlo sin reflexión. Hoy en día, en el mundo distópico que es Venezuela, eso parece una imagen extravagante, cuando falta hasta la gasolina, si antes un litro de combustible fue más barato que un litro de refresco.

“Detrás de un Mitsubishi hay gente comprometida”, rezaba el lema de un anuncio de página entera, cuando aún había diarios impresos: un ejército de técnicos sonrientes, custodiaba un deslumbrante modelo Lancer. La palabra compromiso, igual que la palabra revolución, pertenecían al léxico sagrado de Chávez, y aún podía sacarse partido a los eslóganes revolucionarios.

Venezuela rueda, y rueda en carros y camiones hechos en Venezuela, dice el anuncio de la Chrysler, citado como epígrafe en País portátil. Todavía en 2007 había colas de espera de hasta seis meses para recibir el modelo de coche reservado, Mercedes, Jaguar, Hummers. Y una fiesta para los cirujanos plásticos. Una muchacha solía recibir como regalo de sus padres, al cumplir los 15 años, un lift de los senos, no en balde el país producía reinas de belleza en serie.

Pero Venezuela se había convertido también en la década de los 70, gracias a la misma bendición inagotable del petróleo, tan mal repartida, en un foco cultural único: el premio de novela Rómulo Gallegos, el más importante del continente; la Biblioteca Ayacucho, dirigida por Ángel Rama, destinada a publicar todos los libros capitales de la cultura latinoamericana, y teatros, editoriales, revistas; periódicos innovadores como El diario de Caracas, que dirigió Tomás Eloy Martínez.

El personaje de País portátil, un combatiente guerrillero, busca en la lucha clandestina lo que aún es posible para la utopía personal en la década de los 60, las claves perdidas del país desigual en que ha nacido. Hoy, la utopía se ha degradado hasta la caricatura, convertida en un adefesio mentiroso, burocrático y letal. Por eso es que las novelas que escriben los jóvenes para contar el siglo XXI venezolano son distópicas.

The Night, por ejemplo, de Rodrigo Blanco Calderón, ganadora de la Bienal de Novela Vargas Llosa: Caracas en la oscuridad de los apagones como un cementerio sin voces, siendo como fue la ciudad más ruidosa del mundo, el alucinante retrato en sombras de un inframundo donde los sicópatas andan sueltos como almas en pena. El poder de mandíbula insaciable que mastica seres humanos en la oscuridad.

Y La hija de la española, de Karina Sainz Borgo, premiada en España, Francia y Alemania, que recién he leído y que ha provocado este artículo. Es un libro que se lee con creciente sensación de asfixia, el lector mismo acorralado en la trama donde la protagonista se pierde en un laberinto que parece no tener vía de escape.

Caracas ha dejado de ser la ciudad abierta, de agudos contrastes, donde la gente discutía a grito partido en los bares como si se estuvieran matando, para estallar luego en ruidosas carcajadas, para convertirse en un escenario de agria confrontación sin escape posible; porque el poder de garras sucias que controla a la gente invade viviendas, tirotea a los disidentes en las calles, llena las morgues de cadáveres sin nombre.

Entonces, Adriana Falcón, expulsada de su casa, busca refugio metiéndose dentro de la identidad de Aurora Peralta, su vecina, hija de una inmigrante española. El cambio de identidad es la única puerta para escapar del infierno que arde día y noche en las calles, partidas de motorizados, la policía coludida con los acólitos del poder de "los hijos de la revolución".

Y la Mariscala, y sus secuaces, personajes de los bajos fondos que repiten los eslóganes encendidos que se cantan a ritmo de reguetón, mientras trafican con los alimentos de la cartilla de racionamiento, son la imagen última de la metamorfosis entre la vieja utopía en ruinas y la distopía que arde en las fogatas callejeras con llamas de azufre.

La redención prometida, ha terminado en una fantasmagoría de esperpentos.

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La novela 1984: Más que profecía actualidad en Colombia

Destrucción de la memoria

Es como entrar a un cuarto de miedos y que nos dejen allí confinados para siempre; un cuarto de torturas, dolor, sufrimiento individual y colectivo, hasta que el cerebro lo acepte y el cuerpo se acostumbre y diga, con sincera convicción: “amo al gran+hermano”. Así es el mundo de la novela 1984 de George Orwel, pero también, de alguna forma, el de estas dos décadas del siglo XXI.

Con sus “dos minutos de odio”, programados sistemática y perversamente contra un opositor –en el caso de la novela contra el traidor y desertor judío Emmanuel Goldstein, a quien el Partido y el Gran Hermano consideran “enemigo del pueblo”, por lo cual se establece cada día un show para vociferar y odiar al disidente–; con las “telepantallas” de vídeo vigilancia masiva que registran la ciudad, los puestos de trabajo y hasta donde se habita; con sus “policías del pensamiento” que observan, castigan y condenan cualquier desviación del orden y de las instituciones; con la intimidad convertida en una vitrina colectiva, como lo es ahora gracias a las redes digitales donde las paredes son de cristal y el aparente bunker está expuesto a todos y a todo, así viven sus habitantes “y la costumbre acaba de convertir esto en un instinto, ya que se da por sentado que escuchaban hasta el último sonido que hacías” (Orwel, 2019, p. 23).

Junto a todo esto, también nos encontramos en la novela con la estrategia de la culpabilidad. Es al desertor Goldstein al que le cargan la culpa de todos los males sociales: “todos los crímenes subsiguientes contra el Partido, todas las tradiciones, los actos de sabotaje, las herejías y las desviaciones emanaban directamente de sus enseñanzas” (p. 33). La policía del pensamiento espía al opositor, es en sí una policía política a la que, también en Colombia nos hemos acostumbrado a tener entre nosotros, gracias a las chuzadas ilegales de teléfonos de los críticos del gobierno. Ni se diga cómo la furia y el repudio sale a flote en la novela al ver en las pantallas al enemigo del Gran Hermano: “un espantoso éxtasis de temor y afán de venganza, unos deseos de asesinar, torturar y aplastar caras con un mazo parecía recorrer a todo el mundo como una corriente eléctrica, y lo convertían a uno, incluso en contra de su voluntad, en un loco furioso” (p. 35).

Inventa un enemigo y podrás gobernar sin mayores inconvenientes, parece sintetizar este párrafo. Podríamos argumentar que estas situaciones son también muy manifiestas en la estructura política de la Colombia actual. Así, los tres eslóganes del “Ministerio de la Verdad”: la guerra es la paz, la libertad es la esclavitud, la ignorancia es la fuerza, parecen pertenecer a nuestra actual situación gubernamental. Son tres máximas que en cualquier Estado de Derecho democrático resultarían escandalosas, dictatoriales, pero en el llamado “Estado de opinión” que se ha ido imponiendo entre nosotros, poseen una lógica mortal, una bárbara racionalidad neofascista. Miedo, asesinato, odio, venganza, agresividad, violencia, segregación, exclusión, racismo, todos ellos están contenidos en esos tres eslóganes siniestros, que parecen firmados por el mismo partido que actualmente nos gobierna.


“La guerra es la paz”, es como decir: volver trizas los acuerdos de paz. “La ignorancia es la fuerza”: sería montar una educación mediocre, antipopular y acrítica. Peor aún, modificar la memoria histórica. En la novela leemos cómo el Partido modifica, según su conveniencia, los datos y hechos históricos. Esta es una de las reflexiones que Winston Smith, el protagonista, se hace: “si el Partido podía echar mano al pasado y decir de éste o aquel acontecimiento: ‘nunca ocurrió’, era mucho más aterrador que la mera tortura y la muerte”. Y continúa: “y si todos aceptaban la mentira impuesta por el Partido –si todos los archivos contaban la misma mentira–, la mentira pasaba a la historia y se convertía en verdad” (p. 58). El parecido es aterrador con las intenciones políticas neoconservadoras de funcionarios defensores del gobierno y directores de centros de memoria histórica, de archivos nacionales, bibliotecas públicas que tratan de modificar hasta donde se pueda nuestra historia, construir mentiras destruyendo sus certezas.

Las verdades históricas se esfuman o se ocultan: negar el conflicto armado en Colombia, los falsos positivos, la horrorosa parapolítica, las chuzadas, la corrupción, las verdaderas estadísticas económicas del desempleo y de la pobreza, etc.; lo que se convierte no solo en una omisión simple sino en un crimen histórico. Igual que en la novela todo se difumina “en un mundo de sombras en que incluso la fecha de los años se había vuelto poco confiable” (p. 66), de idéntica forma como lo hacen las falsas noticias (fake news) masificadas y globalizadas, creadas con terrible cinismo.

1984 entonces se vuelve actualidad por la invención de realidades a través de alterar y modificar la misma realidad; por la creación y aceptación de las falacias y perpetuidad de la mentira como forma de actuar.

Hoy por hoy, tanto las redes sociales, como todos los medios, alimentan tal condición, lo cual nutre a la vez a una sociedad edificada desde el engaño como su razón de ser. Desde esta lógica, los datos, dígase por ejemplo, los del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (Dane), se modifican igual que en la telepantalla de 1984, con estadísticas increíbles. Bajo estas condiciones, el pueblo ignorante, e ignorado por las élites, tal como se plasma en la novela, no es deseable que tenga formación política, lo único que se les pide es un “primitivo patriotismo” (p. 102).

Un adoctrinamiento exquisito

La historia de amor entre Julia y Winston Smith teje y organiza la trama para retratar los resultados, acciones y efectos de un régimen totalitario absolutista. Se ha dicho que es una novela futurista, una utopía negativa (Umberto Eco), una distopía. Sin embargo, no lo es plenamente. Sus visiones futuristas se han vuelto presentes, más aún, ahoristas, inmediatas, urgentes, aplicables, visibles. Muchas de sus “ficciones” son hoy realidades políticas, por lo que el libro ha adquirido demasiada fama no tanto por sus profecías, sino por su actualidad, o al menos por el afán y el deseo de los Estados y los gobiernos de ultraderecha actuales de llevar a cabo dichos procesos, hacer de la sociedad más que un panóptico un sinóptico, donde todos se vigilen mutuamente y no solo unos pocos a muchos, y nos convirtamos en redes de informantes, una extensión de la “Policía del Pensamiento”.

Tal es el nuevo panóptico de vigilancia y control actual. No existe lugar, ni público ni privado, que no quede espiado. De allí la paranoia en red y la esquizofrenia masiva. La vigilancia adquiere carácter represivo, pero aceptada voluntariamente. Es la servidumbre aplaudida y deseada por muchos. La vigilancia, real y virtual, agrada, incluso se exige, se pide que exista. Ser operarios vigilados asegura un simulado éxito, ser noticia vendible, ciudadano publicitado, consumidor-consumido.

En las sociedades confesionales tecno-mediadas y tecno-administradas, como en 1984 y las actuales, el mito de lo íntimo-personal termina diluido, imponiéndose el canon de lo íntimo-espectacular. A lo privado se le reprocha por guardar ciertos secretos. A lo público se le aplaude y se le premia, le garantizan publicidad, la palmadita en el hombro y alguna que otra opción de falsa fama. Estamos, pues, ante un nuevo panóptico o pos-panóptico electrónico, sintetizado en el autocontrol, la autocensura, la autovigilancia activa y deseada por los subordinados. El vigilado se vigila a sí mismo, es un auto-panóptico en red y masivo. Quedar por fuera de la esfera de nuestro superior inmediato –ya sea virtual o telefónicamente– se vive como un acto de irresponsabilidad moral. Es el panóptico interno funcionando día y noche. Desaparecen de esta forma los controles tradicionales y aparecen los autocontroles funcionales. Panópticos individuales, cargados, llevados en la tecno-cotidianidad controlada: el celular, el iPhone, Twitter, Facebook, google y todos los dispositivos mediáticos. Ciudadanos usuarios controlados por un panopticismo social masificado. He aquí una red de informantes: cada uno convertido en un vigía; cada uno es un instrumento del poder que hace cumplir la norma y que denuncia al que la transgrede. Sueño de las ultraderechas que ha sido logrado, como lo es también la destrucción de las libertades individuales, del lenguaje, de la memoria, del deseo sexual y la represión al propio cuerpo, tal como ocurre en la novela.

En los últimos capítulos, Julia y Winston Smith son descubiertos y tomados prisioneros. Todo su amor, su condición rebelde, su pasión y convicción subversiva contra el Partido y el Gran Hermano se verán destruidos a través de la tortura, los golpes, el dolor, la rendición, la culpabilidad, el ultraje a su dignidad. Humillarles y destruir su capacidad de argumentación y racionamiento es el objetivo de las torturas. Lograr la lealtad al Partido y al Gran Hermano. Obligado a confesar delitos que no había cometido, la dignidad de Winston queda pisoteada hasta sentir vergüenza de sí mismo. Doblegarlo hasta hacerle perder la memoria, cambiarle sus recuerdos, sus pulsiones y pasiones, “resetearlo” sería la palabra actual y volverlo a “formatear” con las verdades que dicta el Partido: “lo que el Partido diga que es cierto, es cierto. Es imposible ver la realidad si no es a los ojos del Partido. Eso es lo que tienes que volver a aprender Winston”, le dice O’Brien, su torturador. A eso le llaman “recobrar la cordura”, autodestruirse para volver a creer, a tener fe, confiar en el Supremo. De tal manera que claudica y se convierte.

Esta no es más que una patética imagen de lo que desean lograr todos los autoritarismos, despotismos, totalitarismos y las simuladas democracias. Tratan de “curar” y “cambiar” al descarriado y que se vuelva crédulo del déspota; de otra manera será “esfumado” para siempre. Convertir al hereje, he allí el propósito; reformarlo, que no se resista, que acepte con fervor, con plena obediencia y credibilidad, sin dudar, sin preguntarse el por qué, tal es el objetivo, el cual lo llevan a cabo las religiones, los fundamentalismos, los medios de comunicación oficiales y las telepantallas digitales globales. Estos últimos, van construyendo un adoctrinamiento exquisito y una servidumbre mediática de forma sutil, sin necesidad de la tortura física. Es un mecanismo casi invisible, de coacción, de censura y control, que provoca un dolor dulce, sin el rechazo ni la repugnancia del ciudadano. Éste, la mayoría de las veces, entra a las reglas del juego que el régimen instaura a través de manipulaciones publicitarias y propagandísticas. Con gratitud y satisfacción, las instituciones del poder observan cómo los ciudadanos aceptan conformes, y en consenso, las reglamentaciones impuestas deliciosamente.

Dominar sin que el dominado se dé cuenta de ello. A este despotismo se le asume con cierta despreocupación, se le tolera por ignorancia u omisión. La manipulación se hace evidente. Es cuando una complicidad con el poder, en silencio o pública, surge entre la mayoría de los ciudadanos. Un aplauso eufórico y embriagante a los déspotas se deja escuchar. Claro, el masivo consumo de hiperinformación oficialista, con su indigestión telemática y saturación de noticias, nutre este delicioso despotismo. “Transformar” al sujeto, como también a toda la ciudadanía.

Sin memoria, sin historia, sin razón crítica, sin emoción creativa, parece una radiografía de la perversidad política de última hora, de la demagogia del poder como salvador del pueblo. La idea es que el individuo se adapte, y más aún acepte, su situación de humillación. Cuando este ose rebelarse se le culpabilizará de su propia degradación y hundimiento. Sin embargo, con obedecer no es suficiente. Debe amar al Supremo, al déspota. Este amor adictivo al poder es el que se narra al final la novela. Como en una devoción religiosa, Winston le manifiesta adoración al Gran Hermano cuando ve su rostro en la tele pantalla: “alzó la vista hacia el rostro gigantesco. Cuarenta años había tardado en entender la sonrisa que se ocultaba tras el bigote negro. ¡Qué malentendido tan cruel e innecesario! ¡Qué exilio tan obcecado se había impuesto a sí mismo de aquel pecho amoroso! Dos lágrimas perfumadas de ginebra le rodaron por la nariz. Pero todo había acabado bien, la lucha había concluido. Se había vencido a sí mismo. Amaba al hermano mayor” (p. 363).

Escrita en 1948, más que una premonición es una realidad en parte cumplida y en parte deseada. Es una novela no tanto para el futuro sino del presente, con sus dispositivos de poder a escala global, tanto del mercado como de los medios masivos telemáticos y digitales. Todo esto ya es posible y ha sido aplicado. 1984 se vuelve realidad, historia, mundial y local, como en Colombia, donde se hacen evidentes estos procesos autoritarios.

 

Referencia:
Orwell, George, 2019. 1984. Bogotá: Lumen.

* Poeta y ensayista colombiano.

 

Video relacionado

https://youtu.be/43Ddh1UOo7w • 36’03’’

 

 

 

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Publicado enEdición Nº269
Viernes, 08 Mayo 2020 06:27

El fluir infinito de la espera

El fluir infinito de la espera

El Quijote, como el virus, es el fluir infinito de la espera, no la creación de una obra momentánea. Como dice Heráclito: "El mundo a veces se incendia, a veces se constituye a partir del fuego, por ciertos periodos, en los cuales, con medidas y con medidas se apaga".

El Quijote, delirio infernal, no se rige con medida y no reparte sus "logos", la víscera mediadora. El delirio dejado a la deriva es puro infierno. El mundo que le empezó a flaquear al compás de su devenir y le mostró formas irreparables al ingresar a la vida. El mundo le mostró su condición deleznable, no en cuanto a su contenido, sino a su consistencia.

Por tanto, existe una imaginación que está allí, en los seres vivos, creación de algo que llamamos imágenes que corresponden en parte al impacto que reciben del exterior, escapan de nuestra conciencia, siguen el fluir del tiempo; imaginación en creación perpetua. Algo que nunca vio la filosofía tradicional, ni la sicología "científica".

El Quijote fantasma, visión de aquello que constituye la seguridad (y que Freud quebrantó al enunciar que el hombre no era el centro de nada), vislumbró que nada era seguro. En sus aventuras pierde la identificación en sus libros de caballería y en una labor finísima se va desajustando, trastocándolo todo, a pesar de la negación, en su incesante poderío de deterioro y de transformación que tanto sorprende como engaña. Desintegración tan inevitable como inmutable de lo que había sido el ser de las cosas: la imagen permanente del mundo.

El Quijote advierte que no es tanto el trayecto como el ser lo que importa, y que solemos confundir con la vida lo que nos rodea. Cuando don Quijote se incorpora como un personaje más del medio ambiente que le circundaba, el mundo se le conturba, y, a pesar de negar delirantemente, comienza a transparentarse, moverse, deslizarse, difuminarse, como una transgresión decepcionante y pavorosa, el espectro de lo vertiginoso, de lo inalcanzable: la verdadera faz del mundo, la inasibilidad, la "falta".

Las cosas en que había creído, justicia, libertad, al fragmentársele lo dejan impávido ante el vacío inexplicable en que se le convirtió lo viviente; engañado, buscaba una y otra vez la comparsa perdida.

Publicado enSociedad
Francis Bacon.

I

He regresado insistentemente a Las ruinas circulares, esa oda a las realidades oníricas, que heredamos de Borges. Al hacerlo y, a falta de la mía, siento estar retornando a tu biblioteca, esa que, gracias a las geografías que soñamos, me albergó en ciudades, que como la del amado Borges parecían habitadas por fantasmas del Sur. Permíteme decirte, sin embargo, que en sus patrias el wayuunaiki no está contaminado por el castellano y es infrecuente el Covid-19.

La idea de soñar a un hombre e imponerlo a la realidad, que aparece en Las ruinas circulares, me parece absolutamente vigente en las actuales circunstancias. Hace un par de semanas, en una de esas cadenas que impone el rigor del teletrabajo, recibí un facsímil electrónico desde Viena firmado por Frijot Capra y Hazel Henderson, en él, el físico y teórico de los sistemas y la futurista y analista política, imparten una lección sobre las pandemias, su impacto e historia, localizada en el 2050. La pareja impone el rigor de la ciencia para concluir que hay una relación entre colonialismo y calentamiento global, que resulta directamente proporcional a la analogía que va del exterminio cultural a la perdida de la diversidad biológica.

Entre sus consecuencias, en esta vigilia de confinamiento, sobresale la transmisión de virus que han vivido simbióticamente con especies no-humanas; y que en el cuerpo humano adquieren la capacidad mortífera del cambio climático sobre la Tierra. De otro lado, treinta años en el futuro proyectan otro tipo de sueño: la producción local de alimentos con tecnologías indígenas, la disminución del turismo de masas, el uso progresivo de combustibles no fósiles, entre otras medidas, que se hermanarían con el medio ambiente. Estarás de acuerdo en que soñar al Covid-19 como el gran redentor sería ridículo y fútil. En todo caso, pareciera acertar Joshua Clover, al señalar que el rol del virus en la disminución temporal de emisiones planetarias es informativo: no para reivindicar la visión simplista que presenta el declive ecológico como una consecuencia de las acciones humanas, sino para remarcar que el virus es el capital, la producción industrial la enfermedad, y el neoliberalismo el cuerpo soberano.

El personaje central de Las ruinas circulares, un hombre taciturno llegado del Sur y oriundo de una patria ‘donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra’, fue capaz de crear oníricamente a un hombre, soñando primero con su corazón y visionando progresivamente al varón integro. En la ciencia de los sueños de Borges, los órganos del cuerpo humano operan como los virus: en plena metamorfosis. Se trata de materiales genéticos anárquicos sin los que la teoría de la evolución sería una quimera. Ellos, a decir de Emanuele Coccia, no pertenecen a ningún individuo y, sin embargo, son capaces de transformar a la totalidad de los seres vivos permitiéndoles desarrollar su forma única. Ya te imaginarás que el filósofo italiano sigue de cerca la fórmula del cuerpo sin órganos que a la vez resuena con el arte de Francis Bacon, llevándolo en efecto mariposa a citar a Deleuze: ‘Hacemos rizoma con nuestros virus, o más bien nuestros virus nos hacen rizoma con otros animales’.

Pues bien, la forma en que el personaje de Borges va palpando y acoplando en sus sueños diferentes órganos hasta proyectar a Otro, sigue la trayectoria del cuerpo múltiple que habita en nosotros, que pareciera ir de la literatura a la ciencia, si pensamos críticamente en las sugerencias de Capra y Henderson. Percibir que somos múltiples nos impone repensarnos como humanos/no-humanos, y fluir con nuestros virus, hongos y bacterias: No somos ‘nosotros’ sino el bestiario que habita nuestro cuerpo. Ese humano/no-humano, como el personaje de Borges, tendrá que ser más humilde y comprender con consuelo que es una apariencia que otro está soñando.

II


Circulares anatomías de plastilina. Borramiento de facciones tras las circulares anatomías en la imagen que anexas. Un surreal y pictórico malentendido cuando salpicas tu texto con alusiones corona-víricas que se han venido propagando tanto como las cifras nuestras de cada día (y que se tornan cada vez más y menos significativas o trascendentes). La circularidad en el cuento de Borges se desdobla en la creación del doble, el Otro, el homúnculo que repetiría incansable el ciclo de las generaciones oníricas. De tal Eterno Retorno de lo Idéntico me asalta un cosquilleo anómalo recordando las no infrecuentes pesadillas que le provocaban a Friedrich Nietzsche. Tanto como la lección pandémica ahora y en 2050. Muchísimas más circulares anatomías de plastilina.

Se inaugura entonces esta fase infecto-solipsista del capitalismo vírico que nos asedia, la postiza conectividad a que nos sujeta cierta contagio-fobia de rostro anómalo. Con las facciones des-identificadas. Un rostro anómalo de facciones desenfocadas y traslaticias. Para que te hagas una idea de cómo ando en estos encierros puedes tanto apreciar un cuadro de Bacon como recordar al ser que habitaba el sótano de la lujosa y estilizada mansión Park en Parásito de Boong Joon Ho. He pensado mucho en la existencia subterránea y ciertamente escondida de tal cucarachesco personaje. En Memorias del Subsuelo, Dostoievsky destilaba en boca de su nihilista protagonista frases de escarnio y lúcido desdén hacia los ideales de una humanidad arrogante. Nunca me habían parecido tan pertinentes tales fraseos.

El desencanto civilizatorio se torna enorme, no sé si al punto de contagiar un apetito suicida como el de la espectral película Pulse (Dir. Kiyoshi Kurosawa, 2001). En tal fantasmática distopía la barrera que separa el mundo de los vivos y los muertos se va disolviendo en una verdadera epidemia tanática. Y el canal, justo como ahora, es la obligada virtualidad tecno-dependiente. Como si la circulación de agentes patógenos incluyera memes, pegadizas ideas, símbolos, ritornelos o fragmentos sonoros en una heterogeneidad digna del Rizoma Deleuze-Guattárico que mencionas. Y no solo porque el devenir nómada nos haga cohabitar con metamórficas súper gripas, ni porque tales súper gripas vengan a castigar las malas conductas de la humanidad hacia el medio ambiente, se trata más bien de una Peste que Albert Camus había detallado con prefiguración visionaria si consideramos las capas de significado adosadas a las explicaciones y posibles reacciones al contacto enfermante que padecemos y nos padece.

De tal crónica pestífera un amigo me recomendaba El Diario del Año de la Peste (1722) de Daniel Defoe, extraña escritura cernida sobre el desastre con una angustia de exactitud y verosimilitud que asusta incluso al más descreído. De tales intentos de retratar la peste me quedo con Francis Bacon, esas anatomías plastilínicas que de inmediato asocio a la primera víctima (actuada por una pertinentemente antipática Gwyneth Paltrow) de la también profética Contagio de Steven Soderbergh (2011). Eso sí, por favor no vayas a ponerte a ver estas películas que menciono, o si no la infecto-paranoia reinante puede degenerar en un caso de agorafobia franca y temiblemente incurable.

Me despido como con un letargo de claustro-filia incipiente. Acompañado por los retratos baconianos que veo cada vez que al dictar clase online —y gracias a los vaivenes de una siempre dudosa conectividad— las imágenes se pixelan y las voces adquieren resonancias de ultratumba (o desaparecen en lo que se viene constituyendo como un nuevo modelo de comunicación entrecortado y repetitivo… ‘me escuchan?’ […] ‘se escucha bien?’ […] en un eterno retorno de tedio infinitivo). Así te propongo un homenaje a este modo-glitch de la existencia, a este des-posicionamiento de las rutinas hiper-consumistas, a este aquietamiento de los ruidosos ritmos del turbo-consumismo a trasluz de una pantalla que, dibujada por Francis Bacon, diluye la precisión de la alta definición en un maremágnum innoble de incierto gusto y de plastilina.

 

Periódico desdeabajo Nº267, pdf interactivo

 

 

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Publicado enEdición Nº267
Domingo, 22 Marzo 2020 11:04

El viaje

Laurita Mazapan, “Respira azul clarito”

No dejes de respirar, Héctor, no cierres los ojos. Éramos niños en ese entonces. Nunca habíamos salido de la ciudad. El viaje era para nosotros una experiencia nueva. Recuerda a la vieja… ¡tan bonita! Ella se encargó de empacar. Las condiciones económicas no permitían llevar mucho equipaje. Un pantalón largo, dos cortos, tres camisas, la pantaloneta de baño y la ropa interior. También los tenis remendados que usábamos para jugar fútbol. Todo cabía en el maletín azul. Recuerda, Héctor, y no dejes de respirar.

Abordamos el bus de las seis de la tarde y viajamos toda la noche. Recuerda, Héctor. El ruido del motor nos desvelaba. Jamás habíamos visto una noche tan oscura. Las estrellas nos escoltaron gran parte del camino. Nunca en la ciudad habíamos visto tantas y tan brillantes. Atravesamos muchos pueblos, casi todos sin nombre. Éramos niños en ese entonces, ¿cómo podríamos imaginar que la gente vivía en sitios sin nombre a la orilla de la carretera? Haz memoria, Héctor. “¿Cómo se llama este pueblo, mamá?”. “Se llama Gigante”. Aquel nombre nos causó curiosidad. “¿Y por qué se llama así, mamá?”. “Porque encontraron los huesos de un animal enorme que vivió hace mucho tiempo”. No pegamos los ojos el resto del viaje tratando de reconstruir la figura del animal. Lo imaginamos de mil formas posibles. “¿Y por qué desapareció ese animal, mamá?”. “No lo sé, mijo. Todos vamos a desaparecer algún día”. Por primera vez pensamos en la muerte. Deseábamos que el enorme animal viviera y estuviera en alguna parte. “¿Qué siente la gente cuando muere, mamá?”. “No es tiempo para pensar en eso”. No pienses en eso, Héctor, no dejes de respirar.

Llegamos a Florencia pasadas las ocho de la mañana. Estábamos cansados y teníamos hambre. Hacía calor y sudábamos. Recuerda. Aquel calor húmedo nos alteraba el genio. Descargamos las maletas y tomamos un taxi. “¿Dónde vive mi tía Alicia, mamá?”. “Acá cerca. En un barrio del centro”. La tía era una mujer morena con un carácter fuerte. En aquel tiempo rondaba los cuarenta años. Recuerda su voz, Héctor. Era grave pero pausada, tenía la musicalidad propia de la gente de tierra caliente. Recuerda, Héctor. La tía y la vieja se abrazaron fuertemente. Hacía mucho tiempo que no se veían. “Salude a su tía, mijo”. Éramos niños en ese entonces y nuestros brazos no alcanzaban a cubrir las dimensiones de aquel cuerpo de matrona. Era la primera vez que estábamos allí. La casa era grande y de un solo piso. Los corredores oscuros generaban una rara sensación de estrechez. Sentíamos que nos faltaba el aire. En vez de casa, aquel lugar parecía un laberinto. Mantén los ojos abiertos y no dejes de respirar.

Los primos salieron a saludarnos y nos sentimos extraños. Todos tenían el mismo tono pálido en su piel. Éramos entonces unos niños y nos resultaba imposible aprender sus nombres. Eran cinco. Tres mujeres y dos hombres. Ninguno superaba los doce años. Trata de recordar, Héctor, haz memoria. ¿Cuáles eran los nombres de los primos? ¡Nelson! Uno de ellos se llamaba Nelson. Tenía nuestra edad. Era un poco más alto que nosotros pero más flaco. Como una ráfaga de metralleta, Nelson tartamudeaba al hablar. Era ágil y siempre parecía sonreír. Nos costó mucho trabajo desprendernos de la mano de la vieja. “Vaya y juegue con sus primos, no sea tontico”.

Fue difícil adaptarnos al nuevo ambiente. Recuerda. Todo era diferente. El calor y la humedad hacían el aire más pesado. Las cosas tenían brillo y una textura especial. El espacio parecía distendido y el ritmo de vida de la gente transcurría lentamente. De a poco fuimos ganando la confianza de los primos. Eran niños en ese entonces, como nosotros.

Recuerda, Héctor, el paseo de olla el día de Navidad. En la víspera la tía se encargó de los preparativos. De madrugada, todos nos levantamos de las camas al escuchar los chillidos del marrano que estaba siendo sacrificado en el patio. Jamás habíamos sentido la muerte tan cerca. El olor de la sangre caliente impregnaba las habitaciones. Los primos entraban y salían con más frecuencia de la acostumbrada. Otras mujeres ingresaban a la casa para obtener un trozo del animal destazado. La tía lavaba las vísceras y adobaba con sal, ajo y cebolla grandes porciones de carne. La vieja ayudaba con lo que podía. Una sensación de abundancia infinita nos invadía. Como nunca antes, la comida parecía brotar a borbotones. “¿De dónde sale tanta comida, mamá?”. “Su tía es generosa, mijo. Y cada quien recibe lo que da”. Respira, Héctor, respira.

Al día siguiente, salimos muy temprano a un sitio llamado Charco azul. Recuerda, Héctor. Un camión que transportaba ganado fue el encargado de recoger, casa por casa, el más de medio centenar de personas que conformaba aquella familia extendida. Ese día nos relacionamos con tíos y primos segundos que luego no volvimos a ver. Fue maravillosa la sensación de pertenecer a una familia, especialmente en Navidad. “¿Por qué nunca los habíamos conocido, mamá?”. “Yo salí muy joven de la casa y perdí el contacto con ellos. Sólo me comunicaba con su tía Alicia y su abuelita”. Respira, Héctor, ya falta poco.

Charco azul era un río de mediano caudal y aguas cristalinas. Éramos niños en ese entonces y nuestro primer impulso fue sumergirnos en aquella corriente magnífica que sólo habíamos imaginado en sueños. “¿Me puedo meter al río, mamá?”. La tía Alicia fue la encargada de alertar a la vieja. “¿El niño sabe nadar?”. “No. Esta es la primera vez que viene a un lugar como este”. “Entonces es mejor que no lo deje bañar sólo. El agua es traicionera”. No dejes de respirar, Héctor. Sentados en la orilla veíamos a las mujeres encargadas de prender el fuego y montar la olla para el sancocho. Un ejército de niños felices se lanzaba desde lo alto de una piedra en uno de los pozos de agua que daban nombre al lugar. Sentíamos envidia al no poder disfrutar de ese momento con los primos. Nelson parecía ser el más contento de todos.

No cierres los ojos, Héctor, no dejes de respirar. Aprovechamos la hora del almuerzo para escabullirnos. Mientras todos estaban distraídos atravesamos el río y nos dirigimos a la piedra. El azul profundo del pozo ejercía sobre nosotros una rara atracción. Éramos niños en ese entonces y pesaban más los deseos de experimentar que las advertencias de la vieja. Nos hicimos ligeros y de repente todo se tornó azul. Recuerda. Era como retornar al vientre de la vieja. El agua era tibia y el mundo era un lugar tranquilo. Pero tocamos el fondo y no pudimos salir. Los intentos de impulsarnos a la superficie fueron vanos, pudo más la fuerza del agua que nos mantenía sumergidos. No dejes de respirar, Héctor, y mantén los ojos abiertos. Estábamos tranquilos porque pensábamos en la vieja. Ella se habrá dado cuenta que huimos y vendrá a sacarnos. La vieja nos salva, Héctor. Ella siempre nos saca de líos desde aquel día triste que empacamos maletas y dejamos a papá. “¿Dónde estás, mamá? ¿Por qué no vienes a ayudarnos?”. Haz memoria, Héctor. La pobre vieja murió hace más de veinte años. Éramos adultos en ese entonces y sólo la tía Alicia nos acompañó en el entierro. “¿Qué es la muerte, mamá?”. “La muerte es como un viaje, Héctor. Es viajar más allá de las estrellas”. “¿Qué siente la gente cuando muere, mamá?”. “La gente hace memoria, mijo. Recuerda a las personas que amó y los sitios donde se sintió amado”. Cierra los ojos, Héctor, ya falta poco. “¿Por qué morimos, mamá?”. “No lo sé, mijo. Todos vamos a desaparecer algún día”. Y este fue el día destinado para nosotros, en una habitación cualquiera, lejos de la familia y los amigos. Tú y yo Héctor, solos en una noche oscura y sin estrellas. Queremos llorar y nuestros gritos se ahogan mucho antes de salir de la garganta. Como el marrano destazado por el cuchillo de la tía en la víspera de Navidad, no habrá compasión para nosotros, nadie vendrá a salvarnos. Tampoco la vieja. Cierra los ojos, Héctor y deja ya de respirar.

 


 

 

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Publicado enEdición Nº266
Una mujer camina con mascarilla por una calle de Wuham, principal foco del coronavirus en China, el pasado 31 de enero. GETTY IMAGES

Yan Lianke, uno de los grandes de la literatura china actual y censurado en su país, dirigió a sus estudiantes de la Universidad de Hong Kong este mensaje en el que advierte de la necesidad de no olvidar esta crisis y de escribir sobre ella

Queridos alumnos:

Hoy damos nuestra primera clase virtual del posgrado de la Universidad de Ciencia y Tecnología de Hong Kong. Permitidme, antes de comenzar con la lección, decir unas palabras que nada tienen que ver con ella.

Cuando de niño cometía el mismo error una y otra vez, mis padres me llamaban a su lado y me preguntaban, apuntándome a la frente con el dedo extendido:

“¡¿Es que no tienes memoria?!”.

Cuando era incapaz de recordar la lección de lengua tras repetidas lecturas, el profesor me hacía ponerme en pie en medio del aula y me preguntaba delante de todos:

“¡¿Es que no tienes memoria?!.

La capacidad de recordar es la tierra de cultivo en la que nace y crece el recuerdo. Memoria y recuerdo constituyen elementos fundamentales que nos distinguen de los animales y las plantas, así como la primera condición de nuestro crecimiento y nuestra madurez. Son, a menudo, más importantes que comer, vestir o respirar, pues su pérdida puede conllevar el olvido de las herramientas y los modos que nos permiten alimentarnos y labrar la tierra; puede provocar que un día nos levantemos en mitad de la noche y no recordemos dónde habíamos dejado la ropa, o inducirnos a creer que el emperador se ve mucho mejor desnudo. ¿Por qué hablo hoy de esto? Por el nuevo coronavirus, esa tragedia que recorre el país y el mundo entero, aún sin controlar de verdad y cuyos contagios están lejos de acabar, a pesar de que en estos momentos en que todavía tenemos muy presentes las pérdidas de familias rotas y el llanto en Wuhan, Hubei y muchas otras ciudades, provincias y regiones de todo el país, oímos y vemos cómo a nuestro alrededor comienzan a prepararse fanfarrias de celebración y voces de júbilo ante una mejora de los datos de la epidemia.

Los sollozos no han cesado y los cuerpos no están aún fríos cuando ya comienzan a alzarse cantos triunfales, de sabiduría y grandeza.

Todavía no hemos llegado a saber cuántas muertes se han producido en realidad desde que el nuevo coronavirus entrara poco a poco en nuestras vidas, cuántas han ocurrido en los hospitales y cuántas más fuera de ellos. No ha dado tiempo a investigarlo; también es posible que siga siendo un misterio para siempre, aun cuando las investigaciones concluyan, pasado un tiempo. Quedará una reminiscencia sin pruebas, un relato confuso sobre la vida y la muerte que dejaremos a quienes vengan después de nosotros. Ciertamente, cuando esta epidemia quede atrás, no hemos de parecernos a la tía Xianglin, que a diario se lamentaba: “Sabía que los animales salvajes bajaban del monte a la aldea cuando nevaba y no encontraban qué llevarse a la boca, pero no tenía ni idea de que también pudieran venir en primavera”. De un mismo modo, hemos de evitar convertirnos en seres como A Q, que, aun siendo golpeado, humillado y llevado a las puertas de la muerte, se vanagloriaba de ser un héroe y un triunfador.

¿Por qué siempre se suceden el dolor y la tragedia —individuales, familiares, sociales, generacionales o nacionales— en nuestras vidas, en nuestra historia y nuestra realidad? ¿Cómo es posible que los infortunios y sufrimientos de la historia y de los tiempos siempre se sirvan y se nutran de la muerte y las vidas de miles de personas anónimas? Entre los muchos factores que desconocemos, que no preguntamos ni cuestionamos porque no está permitido hacerlo, se encuentra también el hecho de que somos personas —anónimas, insignificantes— sin capacidad de recordar. Nuestras memorias individuales han sido programadas, suplantadas y eliminadas. Siempre son otros los que deciden qué debe ser recordado y qué olvidado; cuándo es tiempo de silencio y cuándo de algarabía. La memoria individual se ha convertido en una herramienta de los tiempos; la memoria colectiva o nacional, en el olvido o asignación de recuerdos de la gente. Deteneos un instante a pensarlo. Dejemos a un lado la historia y el pasado lejano que se narra en libros cuyas portada e ISBN han cambiado, y rememoremos únicamente lo ocurrido en los últimos 20 años. Los desastres que han vivido y recuerdan jóvenes como vosotros, nacidos en la década de los ochenta o de los noventa, ¿son fruto de la mano del hombre, como el sida, el SARS o este Covid-19, o catástrofes naturales como los terremotos de Tangshan y Wenchuan, ante los que difícilmente podemos hacer nada? ¿Por qué se equipara el factor humano en unos y en otros? Tanto es así en lo que se refiere a la propagación y el azote de las epidemias del SARS —ocurrida hace 17 años— y el actual Covid-19 que parecerían obra de un mismo director, empeñado una vez más en poner en escena la fatalidad. Nosotros, en tanto que personas insignificantes, carecemos de toda capacidad de indagar en la identidad de ese director. Tampoco dominamos el conocimiento técnico necesario para recomponer la idea, los conceptos y el trabajo de su guionista. Así pues, ante este nuevo remake de la muerte, podemos al menos preguntarnos: ¿dónde ha ido a parar nuestro recuerdo de aquel drama anterior?

¿Quién nos ha borrado y arrebatado la memoria?

La persona sin memoria es, en esencia, como la tierra de un campo o un camino; los zapatos deciden dónde pisar y son las hendiduras de sus suelas las que tienen la última palabra.

La persona sin memoria es, en esencia, como el madero sin vida; serán el serrucho y el hacha los que determinen su forma futura.

Para aquellos que, como nosotros, encuentran el sentido de la vida en su amor por la escritura y sobreviven gracias a la palabra escrita —como es el caso de los estudiantes de posgrado que siguen esta clase a través de la Red y de los escritores que cursan o han cursado el Máster de Escritura Creativa de la Universidad Renmin de China—, ¿qué sentido tendría la escritura si renunciamos al recuerdo y a la memoria que brotan de nuestra sangre y de nuestras vidas? ¿Cuál sería su valor? ¿Qué podría esperar esta sociedad de sus escritores? ¿Qué diferencia habría entre una marioneta, cuyos hilos controlan otros, y vuestra escritura incansable, un esfuerzo tenaz y una obra prolífica? Si los periodistas no describen lo que ven ni los escritores relatan aquello que recuerdan y han vivido; si quienes tienen la posición y capacidad de emitir juicios en la opinión pública lo hacen siempre empleando las expresiones puras que dicta el país, ¿quién podrá venir a decirnos en qué consiste la vida humana, nuestra realidad, nuestra verdad y nuestra existencia individuales en este mundo?

Paraos a pensar en qué estaríamos oyendo y viendo en estos momentos de no tener en Wuhan a una escritora como Fang Fang, poniendo por escrito sus recuerdos y experiencias, ni a los otros miles de personas que, como ella, nos hacen llegar a través de sus teléfonos móviles el sonido del llanto y los gritos de auxilio.

En la colosal corriente de los tiempos, la memoria individual se ha considerado siempre como la espuma superficial, las salpicaduras y el ruido de las olas que esos mismos tiempos se han encargado de eliminar, desechar o apartar a un lado, silenciándolos, privándolos de una voz, como si nunca hubieran existido. Como consecuencia de esto, a medida que el tiempo fluye y va quedando atrás, sobreviene un olvido inmenso. La carne pierde el alma. Y cuando todo recobra la calma, ese minúsculo sustento de una verdad que podría remover el mundo deja también de existir. La historia se convierte así en una leyenda, un olvido y una ficción sin base ni fundamentos. Desde esta perspectiva, es sumamente importante que desarrollemos nuestra capacidad de recordar y retener memorias inmutables e imborrables, la verdad y las pruebas últimas de un discurso veraz. Apelo en especial a los estudiantes de este curso de escritura: hemos de ser ante todo personas que a lo largo de toda nuestra existencia nos apoyemos en el recuerdo para escribir, buscar la verdad y vivir. ¿Podrá seguir existiendo una certeza individual e histórica el día que ni tan solo nosotros contemos ya con esa triste verdad y esos pobres recuerdos?

Lo cierto es que tenemos memoria y recuerdos, y aun cuando carezcamos de la capacidad de cambiar el mundo y la realidad, podemos al menos, ante una verdad centralizada y programada, musitar para nuestros adentros: “¡Las cosas no son así!”. De este modo, al menos, cuando se produzca de verdad el punto de inflexión de esta epidemia, seremos capaces de oír y recordar los lamentos y el llanto que nos llegan de personas, familias y periferias en medio del estruendo y la algarabía de celebración victoriosa.

La memoria no puede transformar el mundo, pero sí dotarnos de una verdad interior.

La memoria individual no puede devenir en una fuerza que cambie la realidad, pero sí ayudarnos al menos a interrogarnos ante la mentira. Como poco, si algún día se produjera un nuevo Gran Salto Adelante y volvieran los tiempos de la fundición masiva de acero, sabremos que no es posible extraer hierro de la arena ni producir miles de libras de cereal a partir de una única parcela; prevalecerán los saberes conocidos sobre las fabricaciones conscientes y los milagros que presumen de sacar alimento de la nada. Y como poco, si vuelve a acaecer otra década catastrófica como la de aquella revolución, podremos garantizar que no enviaremos a nuestros padres a la cárcel ni al cadalso.

Queridos alumnos, somos estudiantes de letras y es posible que a lo largo de toda nuestra vida dependamos de la palabra, la verdad y el recuerdo para relacionarnos. Hemos de hablar desde la memoria. Si no expresamos nuestros miles de recuerdos individuales, la memoria colectiva, estatal y nacional siempre ocultará y modificará, por razones históricas, nuestra memoria individual. En estos momentos en los que el Covid-19 aún no ha coagulado en forma de recuerdos, comenzamos a escuchar a nuestro alrededor alabanzas y celebraciones a bombo y platillo. Es por esto por lo que espero que todos vosotros, todos quienes hemos atravesado por esta epidemia, logremos conservar la memoria cuando todo termine.

Espero que, en un futuro previsible y no muy lejano, cuando este país comience a anunciar a los cuatro vientos con toda fanfarria y épica su victoria en la guerra contra la epidemia, no nos convirtamos en esos escritores que entonan cantos vacíos, sino únicamente en personas honestas y con memoria. Deseo que, cuando se ponga en escena la gran representación, no seamos los actores que recitan sobre las tablas, ni la comparsa que acompaña a la función; en su lugar, espero que permanezcamos alejados del escenario como personas débiles e impotentes que contemplan el espectáculo en silencio con ojos llorosos. Si nuestro talento, valor y determinación no nos convierten en escritores como Fang Fang, que nuestra sombra ni nuestra voz se encuentren al menos entre quienes la envidian y se mofan de ella. Cuando al cabo regrese la tranquilidad y no podamos, en medio de cantos de sirena, lanzar en voz alta nuestras dudas sobre la aparición y propagación de este coronavirus, los susurros servirán como muestra de consciencia y valentía. Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie, pero guardar silencio y olvidar son barbaries aún más terribles.

Si no podemos actuar como el médico Li Wenliang que dio la voz de alarma, seamos al menos aquellos que escuchan la llamada de alarma.

Si no podemos alzar la voz, susurremos; si no podemos susurrar, guardemos silencio y conservemos la memoria y los recuerdos. Que cuando lleguen los cantos —a punto de producirse— por la que ha venido a llamarse una victoria bélica contra la aparición, azote y propagación de este Covid-19, permanezcamos a un lado en silencio, con nuestra tumba interior. Que nuestra memoria sea indeleble, para que podamos algún día transmitirla a las generaciones venideras.

Yan Lianke, autor de Los besos de Lenin (Automática), dirigió este mensaje a sus estudiantes de la Universidad de Hong Kong al comienzo de su primera clase virtual el 21 de febrero. Traducción de Belén Cuadra Mora.

Por Yan Lianke

20 MAR 2020 - 15:24 COT

Publicado enCultura
Domingo, 22 Marzo 2020 06:25

Elogio del riesgo  

Elogio del riesgo  

“Vivir es una invención arrancada del terror”, escribe Anne Dufourmantelle (París, 1964). Encendida opositora de la obediencia, filósofa y psicoanalista, escarba con pasión en las miserias emocionales de hombres y mujeres de clase media urbana bajo el capitalismo. “Un terror que algunos apaciguan entre brazos siempre distintos, otros en el alcohol, otros aún en una hiperactividad enfermiza: los seres son desiguales ante la angustia”. Nada más tramposo que la mentalidad del autoayudismo asustado y narcisista, plantea. Vivir ya es un riesgo, opina. Y sale al cruce de la conformidad con uno mismo, esa profusión de libros que forman el mercado mundial del reaseguramiento en un mundo donde no hay nada seguro. Nada más lejos del publicitado riesgo cero. Si Dufourmantelle carga contra los tabúes individuales, no menos va contra los sociales. Por ejemplo, en su “Trabajar, el undécimo mandamiento”, dispara: “El trabajo libera son palabras de siniestra memoria. En nuestras sociedades democráticas llamadas liberales, el trabajo es aquello sobre lo que reposa todo el sistema económico-político de la deuda. ¿Qué libertad permite esta sociedad a los individuos que preferirían no hacerlo? El imperativo, repetido desde el jardín de infancia hasta la vejez, que dicta que el trabajo es aquello que nos hará libres, ¿nos deja aún la opción de aceptarlo o de rechazarlo? De ahí se deriva —y de esto soy testigo como psicoanalista— una falta afectiva que mina a los seres hasta conducirlos, en ocasiones, a querer salir del juego”.

Dufourmantelle se aparta de los rebusques del hermetismo y prefiere la claridad. Su prosa es capaz de irrumpir en medio de un razonamiento discursivo con una frase cortante, una imagen que, con la potencia de la metáfora, descubre otra cosa, una que acechaba en lo reprimido y no podía ser expresada de otra forma. Y pregunta: “¿Por qué será que la extrañeza del mundo deja a ciertos seres como desollados en vida? Muchas veces éstos se vuelven creadores, a menos que sucumban – la angustia es insoportable en altas dosis o cuando dura demasiado tiempo – o bien abdiquen inmediatamente, se agarren de un objeto balsa (la botella, la jeringa, la crisis), único proveedor de esa posibilidad de un refugio que no han recibido o no han sabido recibir en la cuna. ¿Y por qué será que otros parecen haber sido inmunizados desde el nacimiento?” A Dufourmantelle no le intimida arriesgarse en sus intervenciones clínicas mediante la formulación de interrogantes tanto cuando se encuentra ante un paciente o en la situación silenciosa y meditativa de la escritura. Y sí, la escritura es esencial, constitutiva en ella. Reflexionando, anota que “el gesto de la escritura se parece a un deshechizo, a una promesa de fidelidad, pero, ¿a quién? ¿Lo sabrá el escritor en el instante en que escribe?”. Otra reflexión: “Contra la extrañeza del mundo, la escritura inventa un lenguaje para traducir lo intraducible, para hacer oír lo innombrable e intentar inscribir en él una forma nueva. Así nace una lengua propia, para parafrasear a Virginia Woolf, un recinto particular donde el sujeto a cubierto por un tiempo ha negociado su paso en la tormenta de lo real”. Importa señalarlo, además de haber escrito un ensayo sobre la hospitalidad con Jacques Derrida, Dufourmantelle ha publicado novelas.

La literatura, define, es la búsqueda de la belleza, “una parte desnuda del mundo que se nos revela”. Y escribe: “Seamos o no creyentes, la belleza abre un espacio a la trascendencia, o por lo menos a aquello que señala hacia lo que posibilita. Alcanza nuestro caos interior en la aflicción de nuestra relación con nosotros mismos, la desherencia de lo que dejamos al abandono”. No obstante, no es ingenua y va contra la idea de lo bello como salvación. “Hay en la belleza un espanto del que ha hablado toda una literatura. Aquello hacia lo cual nos señala desiste al mismo tiempo completamente”.

El año pasado, en una librería, encontré su “En caso de amor”, un pequeño tratado de psicopatología amorosa contemporánea, relaciones devastadas traducidas en una serie de ensayos provenientes de su labor clínica, pero no sólo. Si “En caso de amor” me impresionó, apenas al hojearlo, se debió a su estilo, eso que decía al principio, una legibilidad infrecuente en la escritura psi, por lo general engrupida. Sus temas: humillaciones, derrotas, vergüenzas, culpas, secretos que se resisten a la luz. Este es su material de trabajo y sus experiencias pueden leerse tanto como con un interés psi como de simple y pura curiosidad ficcional. ¿Acaso la novela familiar, esa que nos inventamos para seguir aguantando y aguantándonos, no es una ficción?

Con sólo leer uno de sus nuevos –nuevos para nosotros– breves y punzantes ensayos del 2011 que integran “Elogio del riesgo” uno ya se da cuenta con qué clase de inteligencia está entrando en tránsito, porque, hay que decirlo, Dufourmantelle exige eso, dejarse llevar, estar dispuesto a una introspección cuestionadora, ser otro, sentir de pronto que le tiraron a uno de la alfombra o como proponía Wittgenstein, al llegar a lo alto de la escalera, en el último peldaño, animarse a patearla sin tener de qué agarrarse. Pero, me pregunto, ¿acaso no es esta la impresión del comienzo desconcertante de un tratamiento, animarse a la primera sesión?

“La vida es un riesgo inconsiderado que nosotros los vivos, corremos” escribe. Le importa dejar en claro que no se trata de otra cosa que arriesgarla. “Vivimos bajo anestesia local, envueltos en celofán, buscando desesperadamente una sustancia o un amor que pueda despertarnos sin asustarnos”. En esto coincide con Kierkegaard: somos nuestros propios enterradores. Entonces, nos desafía, por qué no arriesgar el porvenir. Su coherencia es profunda. Y sus apuestas al riesgo deben ser leídas como proféticas, un saber por anticipado acerca de cuál será su destino, un destino que sólo se puede captar desde la responsabilidad de la elección y reside, como en lo escritural, en una decisión ante una circunstancia que, como en una tragedia griega, no parece fortuita. Que este libro tan deslumbrante y sabio como su angustia existencial se titule “Elogio del riesgo” cobra un sentido admirable al enterarnos cómo terminó sus días. En julio de 2017, a los cincuenta y tres años, estaba en una playa de la Riviera cuando cambió el clima y el área de nado se volvió peligrosa. Divisó a dos chicos de una pareja amiga en peligro y, sin vacilar, se lanzó al mar. Logró salvarlos, pero sufrió un paro cardíaco. Unos rescatistas la sacaron inconsciente del agua y trataron de reanimarla pero no lo lograron. Los chicos sobrevivieron. 

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Mario Vargas Llosa ha sido mencionado en escándalos financieros como los Panama Papers y en adeudos fiscales en España.Foto Afp

A sus 83 años, el cacofónico palafrenero del agónico neoliberalismo global Mario Vargas Llosa se especializa en el blanqueo en los paraísos fiscales y en su vulgar evasión tributaria.

Hace tres años, Vargas, de doble nacionalidad peruano-español, fue atrapado con sus cuentas espurias en los Panama Papers (https://bit.ly/2Pjmz2k).

Ahora, Vargas "tiene una deuda con la Dependencia Regional de Recaudación Especial de Madrid" por 2.1 millones de euros, ¡Vargas no paga impuestos!

Para lidiar con el fisco, el escritor hipotecó su casa, que no tiene a su nombre, sino al de una sociedad holandesa Jurema BV, de la que es accionista mayoritario.

Lo más bizarro es que dicha sociedad holandesa tiene un activo de 1.5 millones de euros, que es menor a su adeudo de 2.5 millones de euros con la Hacienda española (https://bit.ly/369mDIJ).

El felón Vargas opera la técnica fraudulenta del sándwich holandés: donde Holanda queda en medio como el queso del sándwich cuando "los dividendos salen legalmente de España a una sociedad holandesa, donde no tributan y de ahí pagando sólo 2 por ciento van a un paraíso fiscal como las Antillas Holandesas", sin dejar rastro alguno.

Contrató un influyente bufete de abogados que le aconsejó “mantener la deuda suspendida y pleitear (sic) con Hacienda por la vía administrativa”, por lo que tuvo que "pedir una hipoteca privada con el fisco por la cantidad que se le exige".

Es experto en nombres ficticios que usa para evadir al fisco, como el caso de sus infectos Panama Papers, donde aparece como dueño de Talome Services Corp., –radicada en las Islas Vírgenes Británicas– que compró al pestilente bufete panameño Mossack Fonseca (https://bit.ly/358E6kJ).

Vargas está vinculado al sionismo financierista jázaro y recibió el Premio Jerusalén (http://goo.gl/nBS5kV) del ex premier Ehud Ólmert, quien fue enjaulado por corrupción en Israel (https://bbc.in/2YoiVbH).

En forma hilarante, el megacorrupto Vargas comentó que "la democracia no sobrevive a la corrupción". ¡No, bueno!

Dejo de lado su nauseabunda postura contra el feminismo que desprecia como "nueva inquisición" y “el más resuelto enemigo (sic) de la literatura (https://bit.ly/343or4Q)”. ¡Ya le pesan sus 83 años a Vargas!

Él no oculta su fervor por el filósofo Karl Popper, gurú del megaespeculador George Soros. ¡Los círculos se cierran! No son su fuerte ni la epistemología política –fue derrotado en la elección presidencial por el nipón Fujimori– ni la economía tout court, salvo en su evasiva tributación plutocrática.

Lo más hilarante de su presencia en México, esta vez, fueron su confesión y confusión –en su entrevista a un mercantil comentarista filosionista/arabófobo en un museo anti-palestino del odio y la mentira–, de que "no entendía (sic) lo de Chile" y que, para su ininteligibilidad económica,"fue sorprendente (sic)" su muy cantada erupción volcánica (https://bit.ly/2Rz5vIe).

En pleno delirio alucinatorio, Vargas expectoró que "Chile iba a ser un país de primer mundo". Jajajá.

En su caso, esta alucinación es muy grave porque Chile ostenta 168 km de frontera con Perú, cerca de su ciudad natal Arequipa, donde padeció el abandono de su padre, su notorio complejo de Edipo y las vivencias traumáticas de su adolescencia.

Chile es “el modelo a no seguir (https://bit.ly/2qxC5zm)”, ya que resultó un artefacto de la procaz propaganda pinochetista/neoliberal.

Como escribí hace tres años, llama la atención que “sus tres aliados en el México neoliberal itamita” hayan sido atrapados también en blanqueos y saqueos (https://bit.ly/2Pjmz2k).

Su presunto deterioro mental profundo y su insípida megalomanía obnubilan a Vargas de que no pertenece a la realeza española, sino que siempre fue el bufón peruano del Rey castellano en turno, quien ahora lo desecha al basurero tributario, por hacer llorar más que reír, cuando le exige pagar sus adeudos fiscales.

Vargas padece lastimosamente un doble Alzheimer político y económico que lo incapacita de entender la legítima “revuelta de los millennials y del coeficiente Gini” en Latinoamérica.

http://alfredojalife.com

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