El rapero Toni Mejías, autor de 'Hambre. Mi historia frente al espejo'. — Natalia Vázquez / Aguilar

Toni Mejías, miembro del grupo de rap Los Chikos del Maíz, publica Hambre. Mi historia frente al espejo (Aguilar), un libro duro en el que desgrana los pormenores de su lucha por superar la anorexia. Un relato íntimo que rompe tabúes y ahonda en cuestiones acuciantes como la omnipresencia de las redes, el culto a la imagen o la velocidad de lo cotidiano. 

¿Cuándo se da cuenta de que tiene un problema serio?

Notaba que el cuerpo me mandaba señales. Me sentía más cansado de lo normal y sentía dolor en las articulaciones al realizar esfuerzos ligeros. Algo no iba bien hasta que una amiga vallecana, que es médico, intuyó lo que me estaba sucediendo y me dijo que tenía que hacer algo, que lo que me pasaba se llamaba anorexia. Nunca pensé que sufría una enfermedad mental. Aquello fue un punto de inflexión, sentí que se me estaba yendo de las manos y me puse en manos de una psicóloga y una endocrina.

¿Hasta qué punto le pudo la presión social?

Esta presión yo ya la sentía antes. Recuerdo que cuando estaba rellenito ciertos comentarios a los videoclips iban dirigidos a mi forma física. Pero el problema no son sólo los comentarios ofensivos, también influyen los positivos. Cuando empecé a perder peso y sentí que por primera vez aceptaba mi cuerpo, noté que a la gente le gustaba lo que veía, de repente sus comentarios pasaron a ser positivos, de aceptación, lo que de algún modo me inducía a pensar que perder peso era la solución. 

Vivimos sometidos a la dictadura de las redes y al culto a la imagen. ¿Tuvo también algo que ver?

La redes sociales han potenciado el culto al cuerpo. Y si eres una figura semi pública mucho más. Parece que siempre tenemos que vender una imagen de perfección y felicidad que no existe, que es irreal. La mayoría de las personas no cumplimos con los cánones de belleza, y mucho menos con los sueños que teníamos de niños. Es terrible que tengamos esa presión social detrás, ese mantra de que si te esfuerzas tendrás éxito. También hace mucho daño la eficiencia, el que no tengamos derecho a aburrirnos, el que constantemente tengamos que estar haciendo cosas útiles. Nuestro ritmo de vida es frenético; si no frenamos, mucha gente se quedará por el camino.

Nos hemos convertido en responsables de nuestra propia marca... 

Da igual si eres músico o periodista, ahora también eres publicista. Tienes que comunicar en todo momento lo que haces, es algo terrible y es una parte que odio de las redes pero a la que no puedo renunciar porque es una herramienta para dar a conocer mi trabajo. Es agotador y no creo que sea positivo, al final esa dependencia de las redes hace que supeditemos lo viral a los contenidos de calidad.

¿Fue terapéutico escribir 'Hambre'?

El proceso de escritura fue parte de mi terapia. No fue una exigencia de mi psicóloga, pero en cierto modo consideré que me podría ser útil. Sentía que me ayudaba a situarme, a ver qué había aprendido y en qué seguía perdido. Mi formación como periodista me permitió darle un estilo claro y cuando la psicóloga me dijo que podía caminar sólo, pensé que estos textos podían servir para algo. 

¿Qué tal es su relación hoy día con la comida?

Todo lo que ingiero lo analizo al detalle. Es una pelea constante; comer sin sentirme mal. Cuando termina el día y me voy a la cama sé perfectamente las calorías que he consumido durante el día. Para mí comer fuera de casa es algo muy difícil, enfrentarme a un menú de un bar de carretera cuando voy de gira se me hace un mundo. Pero he aprendido que tengo que comer, cada día es una batalla pero al menos ahora consigo ganarlas.

Del tono beligerante de sus letras al confesional y frágil de este ensayo. ¿Le ha costado cambiar de registro? 

Lo llevo bien. Siento que la persona que escribe Hambre tampoco es tan distinta de la persona que se sube al escenario. Lo que sucede es que el formato condiciona el mensaje, para mí el escenario es un lugar en el que tiene cabida un discurso más político. También es cierto que el escenario me permite esconder una parte de mí, como el miedo al error y al ridículo, las inseguridades, la ansiedad previa, incluso algún que otro ataque de pánico. Todo eso no aparece bajo los focos. 

¿Cómo cree que será recibido este libro entre sus seguidores?, ¿teme que alguien le mande al psicólogo?

Yo creo que esa idea del macho alfa está remitiendo, al menos es algo que percibo entre la gente de izquierda que nos escucha. Siento que un libro como Hambre les puede ayudar a mostrar esa vulnerabilidad, por suerte estamos dejando atrás a ese hombre de palillo en la boca y carajillo en la barra. Es importante abrir el debate sobre la salud mental y reflexionar juntos sobre la vulnerabilidad y la derrota. 

¿Siente vértigo o pudor?, ¿cómo lleva lo de publicar sobre algo tan íntimo como una enfermedad mental?

No me lo planteé mucho, si te soy honesto. Tan sólo me pregunté si iba a hacerme daño publicar esto, pensé que si podía ayudar a otras personas habría valido la pena. Además, parece que de repente la salud mental ha irrumpido en el tablero político, incluso en el periodístico. Esto en cierto modo me ha quitado un poco de peso, me ha hecho ver que no soy el único que ha pasado por una enfermedad de estas características. Me siento contento de poder poner mi grano de arena, si este libro ayuda a alguien a reconocer que tiene un problema, con eso me basta. En este país parece que hablar de ellos nos hace débiles, y que los débiles no sirven en este sistema.

07/06/2021 22:36

Juan Losa@jotalosa

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Marta Gómez: "Es muy triste ser de Colombia en este momento"

La cantautora presenta este domingo por streaming el espectáculo "Cuando todo pase"

El espectáculo hacía referencia originalmente a la pandemia, pero ahora adopta un nuevo sentido. Pese al desencanto frente a la crisis que vive su país, Gómez señala: "ahora los jóvenes en las calles están dando sus vidas para que nuestro futuro tenga algo de dignidad en un país tan injusto".

La cantautora colombiana Marta Gómez sigue con mucha preocupación lo que sucede en su país. Desde abril, la crisis social, económica y política se agravó en Colombia luego de que el presidente, Iván Duque, intentara imponer una reforma tributaria en plena pandemia. Organizaciones sociales, sindicales y estudiantiles, agrupadas en el Comité Nacional del Paro, salieron a las calles para protestar e impidieron el impuesto. Pero denuncian abuso de poder, violaciones a los derechos humanos, desaparición de personas y militarización de parte del gobierno. “Por un lado, es una situación horrible de miedo y desesperanza. Y por otro, los jóvenes que están en la calle reclamando cosas tan lógicas, tan humanas y tan básicas, como el derecho a la salud y a la educación pública, inyectan esperanza y ganas de luchar”, dice Gómez desde Barcelona, donde reside desde hace más de diez años.

“Pero es muy triste y doloroso ver desaparecidos y torturas; son cosas que nosotros habíamos visto en Colombia siempre desde lejos, en el campo y en la guerra. Pero verlo ahora en las ciudades ha sido un golpe muy duro. Y para los que estamos lejos es muy frustrante ver a la población armada, con complicidad de la policía”, reflexiona la cantautora. “Y gracias a que las personas en la calle están filmando con el celular todo lo que sucede se han salvado muchas vidas, pero aun así hay muchos desaparecidos. Es muy triste ser de Colombia en este momento”, dice. Y la forma que encuentra de acompañar es seguir creando canciones, estar en contacto permanente con sus coterráneos y difundir el conflicto desde sus redes sociales. “El arte es lo que nos va a salvar como especie”, sostiene.

De este modo, la cantautora realizará este domingo al mediodía un concierto por streaming a través de la plataforma Passline. El espectáculo se llama "Cuando todo pase" y originalmente hacía referencia a la pandemia, pero ahora adopta un nuevo sentido. “Es muy bello, porque la canción surgió en la pandemia. Y cada vez que la canto pienso en la situación en Colombia y me encanta porque la música permite eso”, cuenta quien también está repasando veinte años de trayectoria. “En estos días se está celebrando el cumpleaños de Violeta Parra y buscando canciones de ella para cantar, me encontré con ‘La carta’ y pensé: ‘¡Parece que hubiera sido escrita hoy para Colombia!’. Por un lado, qué triste que la historia se repita; pero por otro, qué bello que la música tenga esa atemporalidad y nos dé fuerzas. Y que de las cosas más horrendas pueda salir algo de belleza”.

La compositora colombiana estará acompañada por el pianista Antonio Mazzei y el show se podrá ver en Argentina, Chile y Uruguay. La idea es repasar canciones de todos sus discos: desde Marta Gómez (2001) hasta El corazón y el sombrero (2011), en el que musicalizó doce poemas de Federico García Lorca en clave folklórica, además de canciones infantiles. “Quería que fuera un momento de unión en la familia. Y vamos a aprovechar las redes para leer todo lo que me dicen y componer juntos los versos de la canción ‘Cuando todo pase’”, adelanta esta cantora que profundiza en la canción popular latinoamericana. “Tengo tatuada una frase de una canción argentina en un brazo, ‘Canción para un niño en la calle’ (Armando Tejada Gómez), y en el otro tengo un dibujo de Violeta Parra”, resalta sobre su amor por Sudamérica. “A Uruguay nunca fui, pero escucho hace mucho tiempo la música de Rubén Rada, Jorge Drexler y Jaime Roos ¡Me muero por conocer!”, confiesa.

  -¿Y la música puede ser un buen canal para comunicar el conflicto en Colombia?

  -Yo espero que sí, siempre lo he pensado. De hecho me emociona cada vez que me mandan videos de las manifestaciones de personas cantando "Para la guerra nada". Que es una canción muy directa, que no tiene manera de desviarse. Por supuesto que la música es un bálsamo y espero que sirva como un abrazo, pero en días como estos a mí se me parte el corazón. La orquesta de jóvenes estudiantes de Cali, de mi ciudad, hizo un cacerolazo sinfónico y también se reunió a tocar algunas de mis canciones. Espero que la esperanza me vaya volviendo, pero la situación es muy dolorosa. Desde hace muchísimos años la población está absolutamente olvidada. Y ahora los jóvenes en las calles están dando sus vidas para que nuestro futuro tenga algo de dignidad en un país tan injusto.

Por Sergio Sánchez

06 de junio de 2021

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Cuando pierdes la curiosidad de un niño, te mueres, dice Rubén Blades

El panameño fue declarado ayer Persona del Año 2021 por la academia que entrega los Grammy Latinos // Promueve Salswing

 

Cuando está en la planta baja de su casa, en Nueva York, tiene 72 años, pero al subir al primer piso es un niño de ocho, el cual, en el cuarto tiene juguetes, pasquines y algunos cómics de Chanoc, historieta mexicana de los años 60 del siglo pasado.

Ese infante curioso es referente en la música latinomericana. Fue parte del histórico sello discográfico de salsa Fania All Stars. Es actor, político, maestro en ciencias políticas y derecho, activista, gurú de la opinología y, desde ayer, Persona del Año 2021 de la Academia Latina de la Grabación, que entrega los premios Grammy Latinos (él tiene ocho de éstos y nueve de la academia estadunidense).

Hablamos de un panameño "cantador de historias, un cronista que se la pasa cantando", como lo calificó el Nobel de Literatura Gabriel García Márquez.

Un humano no envejece cuando continuamente habla con su niño interno, coincide con La Jornada Rubén Blades.

"No friega ser viejo", asegura durante una charla vía Zoom. "Lo que friega es ser indiferente. Lo peor que le puede pasar a una persona es serlo. Cuando pierdes la curiosidad y todo te da igual, en ese momento mueres", cuenta en entrevista.

Al margen de su nombramiento de ayer, sigue promoviendo su Salswing, disco en el que conecta al jazz y la salsa, que si bien ha dado colaboraciones entre músicos de estos géneros –como Mario Bauza y Dizzy Gillespie, Machito y Charlie Parker, Luis Russell y Louis Armstrong–, "aún resta mucho por describir".

El álbum lo hizo con la Orquesta de Roberto Delgado, "aporte de Panamá al mundo".

Blades comparte a este diario una anécdota que describe cómo algunos músicos mexicanos de metales (trompeta, trombón o saxofón) de las orquestas municipales de Luisiana, en los años 30 del siglo XX, enseñaron a leer partituras a algunos afroestadunidenses.

"Si en el sur de Estados Unidos, en los años 30 (en la era del swing), en Luisiana, para poder tocar una trompeta se tenía que aprender a leer música, resulta que esas agrupaciones estaban formadas por mexicanos, que también eran discriminados. Éstos enseñaron a leer música a los negros. La conexión es de sinergia y solidaridad entre dos grupos segregados que terminan uniéndose para producir un género que no sólo define a Estados Unidos, sino también ha demostrado ser interesante para el resto del mundo. La aportación de los mexicanos en la creación del jazz no ha sido suficientemente apreciada ni registrada."

La selección de las piezas de Salswing es la muestra, no sólo de una fusión orgánica, sino también de una renovación de Blades. Se pueden escuchar piezas como Paula C, escrita en los años 70 y dedicada a Paula Cambell –ex pareja de Blades–, que ahora fue presentada en esta placa bajo el arreglo de Roberto Delgado.

–¿En el disco hay catarsis?– se le pregunta.

–No escribo mucho sobre mí, pero en el caso de Paula C, el antecedente es un desamor. Cuando la escribí (1975) quise que ella la escuchara, porque fue una de las causas por las que ya no continué hablando de mí. Sentía dolor. Sin embargo, como la melodía es una de las más bonitas que he escrito, siempre me gusta cantarla. Se convirtió en éxito que la gente de hoy sigue solicitando, y me pareció que, dentro del formato de big band, sonaría de una manera más contundente que la versión original, que hice con Louie Ramírez. Así que por eso y su característica de swing, decidí incluirla en este trabajo. Es una pieza especial.

Objetividad de un periodista

La consideración de Gabriel García Márquez acerca de Blades tiene congruencia. "Yo veo todo como un periodista", asienta el artista. "Mis canciones siempre fueron producto de mi alrededor. Escribía en torno a lo que veía pero, sobre todo, de lo que me indignaba. Y lo hacía para que la gente que pasaba por un problema supiera que no estaba sola".

–¿Cómo se han ido transformando tus seguidores?

–La gente ahora está en el espacio para relacionarse mejor consigo misma. Hay quienes en esta pandemia han leído más que en toda su vida. Hoy entienden mejor la posibilidad de la reflexión para comprender lo que ocurre a su alrededor. En mi caso, como mis canciones no fueron orientadas por el éxito comercial, tuve cuidado de escribir con la objetividad que debe tener un periodista, con verdad y honestidad, lo que hace que hoy las personas se identifiquen y eso me ha renovado el público.

Más que politizado, la conciencia social es lo que lo mueve. Afirma que "en Latinoamérica hay un problema de liderazgo responsable". Sin embargo, también es autocrítico: "Nosotros, como ciudadanos, no hemos hecho lo suficiente para enfrentar y resolver problemas. En Panamá, un político dijo que la democracia no podía existir sin partidos políticos, cuando la corrupción es la que no podría existir sin partidos. La democracia sólo necesita una actitud cívica y participación."

–Con tantos problemas, ¿qué pasa en Latinoamérica?

–Sigo pensando positivamente. Es la única forma de no resignarse. Me parece que personas que tengan credibilidad deben considerar estar en la política. Cuando participé como candidato en 1994 me decían que no lo hiciera. Y cuando entré al gobierno, después, en los cinco años que estuve, nunca participé en la corrupción. El poder no corrompe, sólo desenmascara.

–¿Cómo se consigue la fuerza para seguir denunciando?

–Porque sé que hoy día sigue siendo posible. Hay que seguir repitiéndolo.

Se le recuerda la visita que hizo en 2019 a una escuela secundaria del barrio de Tepito en la Ciudad de México.

–¿Qué fue lo más bonito que te preguntaron en ese sitio?

–Una niñita me preguntó: ¿‘qué si sentía cuando cantaba?’ Le respondí que sí, porque era un acto espontáneo.

"No planeo cómo me voy a expresar. Los discursos preparados son para los políticos que dicen puras idioteces y mentiras. Así que no hay cambios para protegerme antes de cantar. Lo mejor es tratar de no decir mentiras. No tengo buena memoria y el mentiroso siempre tiene que acordarse de todo."

Blades considera que el éxito no es de una sola persona. "Nadie es exitoso solo. Eso es mentira. Hay gente que me ha ayudado en lo profesional. He mantenido contacto con amigos históricos de hace unos 50 años. Mi mejor inversión son ellos, además, ayudan a mantener los pies en la tierra. También tiene qué ver cómo te críen. Mi abuela, mi mamá y mi papá me dieron buenos ejemplos".

Comparte que una de sus primeras influencias fue el doo wop (género que crea sonidos de instrumentos con la boca), y que hizo un grupo que nunca apareció en público porque "le daba vergüenza. No éramos buenos. El rock fue mi primera influencia".

El primer grupo que lo influyó fue Franky Lymon and Teenagers. “Cuando lo conocí, me dije: ‘me gustaría cantar’”.

Y también reconoce la importancia que para él tuvo el grupo mexicano Lobo y Melón.

Recuerda: "El nacimiento de los combos en mi país se lo debemos a ese grupo, que no tenía vientos y, entonces, esa parte la hacían con la boca. Tuvimos que copiarlos. Siento que Lobo y Melón lo tomó a su vez del doo wop. En México también lo hacían Alberto Vázquez, César Costa, Enrique Guzmán... el país tenía, además, a Andy Rusell, cantante y actor que interpretaba en inglés perfectamente, tanto que confundían su nacionalidad. Él fue un precedente para mí desde chiquillo, al igual que Jorge Negrete, Pedro Infante, Miguel Aceves Mejía, Javier Solís, Pedro Vargas..."

A la actuación llegó por curiosidad. “Mi mamá era actriz de radio, pero no por eso pensé en ser actor. Todo fue porque supe que iban a montar una obra en Panamá, West Side Story (Amor sin barreras). Hice casting y me quedé. Luego realicé un papelito en otra cosa, pero sólo fui porque había muchachas bonitas”.

La primera película que hizo, relata, “fue porque al director de Fania All Stars, Jerry Masucci, se le antojó ser productor. Inventó una en la que Willie Colón era un mánager de box mafioso y yo su peleador. Era muy mala (The Last Fight). Lo mejor es que trabajé con el mexicano Salvador Sánchez, uno de los mejores boxeadores. La pelea final era contra él. Recuerdo que cuando filmamos le dije: ‘ten cuidado porque te puedo dar un mal golpe’. Él me respondió: ‘que curioso el panameño’... Me dolió mucho cuando murió”.

Para seguir presentando Salswing en vivo, Blades tiene que llevar a 20 músicos y 10 técnicos, pero por ahora, por los protoclos para viajar, se ha detenido. Está negociando fechas para regresar al escenario con una gira por ocho ciudades de Estados Unidos, en octubre o noviembre. Mientras, sigue actuando en la serie Fear of The Walking Dead.

Por Juan José Olivares

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Rubén Blades: "La mejor definición del fracaso es no intentarlo"

Entrevista al cantautor panameño

La leyenda viviente de la salsa puso en circulación en las plataformas musicales digitales su nuevo álbum, Swing!, al que le precedieron en las dos semanas previas Salsa Plus! y Salswing! Más que una trilogía o una propuesta conceptual, son tres exquisitas y ambiciosas maneras con las que Blades establece un diálogo entre el jazz y la música afrocaribeña. 

 

“Ayer me puse la vacuna del coronavirus”, comparte Rubén Blades, al otro lado del Zoom, desde su hogar en Nueva York. “El único efecto colateral que tuvo hasta ahora es que camino más como un maleante que antes”. A pesar de que muchos artistas padecieron el confinamiento que provocó la pandemia, el músico panameño supo sacarle provecho al mantenerse activo en sus redes sociales o llevando adelante encuentros con sus seguidores a través de su canal de YouTube. “Soy una persona muy de casa. No acostumbro a ir por ahí de noche”, reconoce. “Cuando salgo de gira, vivo como si estuviera la pandemia. Estoy en el cuarto del hotel, me traen la comida, hago la prueba de sonido, regreso al hotel, voy al show, termina el concierto, vuelvo a mi cuarto y después viajo. Además, mi esposa (la actriz y cantante estadounidense Luba Mason) y yo vivimos en una casa que es muy amplia y callada porque esto antes era un convento. Eso nos dio la oportunidad de no arrancarnos los pelos mutuamente. Bueno, a mí casi no me quedan… Me imagino la presión de la gente que vivió con su familia en un espacio reducido. Eso debe ser fregado”.

El viernes 30 de abril, esta leyenda viviente de la salsa puso en circulación en las plataformas musicales digitales su nuevo álbum, Swing!, al que le precedieron en las dos semanas previas Salsa Plus! y Salswing! Más que una trilogía o una propuesta conceptual, son tres exquisitas y ambiciosas maneras con las que Blades establece un diálogo entre el jazz y la música afrocaribeña. Siempre con la complicidad de quien ha sido su mano derecha artística en los últimos tiempos: el director de su orquesta, al igual que bajista y paisano, Roberto Delgado. “Salsaplus! lo hicimos para los que les da urticaria escuchar algo que no sea salsa”, explica. “Mientras que Swing! tiene arreglos propios de ese género, por más que algunos temas estén cantados en español”. El que avisa no traiciona, y, más allá de que la palabra es su principal identikit, el cantautor cumple con lo que pregona. Eso lo dejó en evidencia cuando fue ministro de Turismo de su país. Tal como lo había advertido antes de asumir, entre 2004 y 2009 sólo se dedicó a la política. Por lo que no grabó discos ni salió de gira.

Si bien a lo largo de su trayectoria, especialmente después de su salida del sello Fania Records en la primera mitad de los ochenta, se animó a incursionar en otros géneros musicales, de lo que da fe su disco Tangos (2014), el juglar centroamericano encendió las alarmas en 2016 al anunciar que no haría más salsa. “A mí me gusta la salsa”, enfatiza. “Quiero aclarar que, efectivamente, en un momento estaba decidido a irme en otra dirección. Por eso también fundamos Paraíso Road Gang con Luis Enrique Becerra (en 2019 publicaron un disco homónimo), que es el tecladista del grupo de Roberto Delgado. Ibamos en una corriente a la que llamo ‘mixtura’, donde se encuentran integrados elementos de distintos géneros. Es una banda que puede tocar pop, folk, rock, salsa y jazz. Cuando hicimos Salsa Big Band (2017), dijimos que no íbamos a hacer más giras de salsa. En todos los sitios a los que fuimos, nos despedimos. Pero ocurrió algo que no me esperaba, y es que ese disco ganó el Grammy Latino al año siguiente”. En YouTube se puede ver su cara de asombro, sentado en primera fila en el teatro, tras el veredicto.

Entonces lo pensó una vez más. “Si no volvía a participar en la salsa, toda la música, posiciones y opiniones que he creado a través de mis composiciones, durante todos estos años, iban a desaparecer”, reflexiona. “Nadie continuó por esa dirección del comentario urbano en la salsa, y todo se iba a quedar en el ‘Vente mamá, vamo’ a gozar’. No digo que esté mal, pero no debe ser lo único”. Sin embargo, también pesó otra razón. Una onírica, epifánica y hasta sobrenatural. “Tuve un sueño muy raro, y yo soy supersticioso. No me controla, aunque lo respeto. No entiendo cómo el mundo puede creer en Dios, y no en la existencia de los extraterrestres. No comprendo esa diferencia. Considero que hay cosas que no puedo explicar. Este sueño es interesante porque se me aparecieron todos los personajes de mis canciones en casa. Tocaron la puerta, y empezaron a entrar Pedro Navaja, Josefina Wilson, Juana Mayo, Adan García, Pablo Pueblo, Juan Pachanga y Ligia Elena. Y básicamente la pregunta que me hicieron fue: “Si te vas, ¿quién nos canta? Morimos, pues”.

El antecedente de Salswing! se remonta a 2014, en un recital (grabado y posteriormente publicado, cuatro años más tarde, con el título de Una noche con Rubén Blades) donde el músico unió fuerzas con el trompetista estadounidense Wynton Marsalis y la Jazz at Lincoln Center Orchestra. El show alternaba versiones de “Pedro Navaja”, “Sin tu cariño” y “El cantante” con “I Can't Give You Anything But Love”, standard cantado entre otros por Ella Fitzgerald; “Too Close For Comfort”, inmortalizada por Frank Sinatra; o “They Can’t Take That Away From Me”, de George Gershwin. “Después de reconsiderar mi decisión, lo que hicimos con mucho cuidado fue integrar el jazz al repertorio para que no sea sólo salsa”, manifiesta. “Sé que hay sitios en los que no vamos a poder ir a tocar porque no van a aceptar ese material. Pero a la vez hay otros a los que no fuimos aún, y estoy seguro de que esto nos va a permitir llegar. Van a disfrutar de la calidad de la orquesta. Tengo sumo respeto por iconos como Frank Sinatra, Tony Bennett, Sammy Davis Jr., y Nat King Cole”.

Grabado en Panamá a partir de una sugerencia de Roberto Delgado, quien encontró en el Istmo un estudio de grabación analógico (la intención era brindarles a las canciones un formato rico e ideal para el vinilo), llevó alrededor de dos años el proceso de producción del proyecto. Si bien la terna de discos comparte repertorio, la matriz es Salswing!. De sus 11 temas (tanto Swing! como Salsa Plus! tienen ocho), Blades reversiona de su cancionero el clásico “Paula C.”, la celestial “Canto niche”, la sonera “Contrabando” y la iconoclasta “Cobarde”. Mientras que de Sinatra toma prestada “What Watch What Happens”; le saca brillo a su orquesta con el instrumental “Mambo Gil”, de Tito Puente; adaptó “Ya no me duele”, del boricua Jeremy Bosch; y se viste de crooner con “Pennis from Heaven”, célebre gracias a Bing Crosby. “Nuestro arreglo de ‘Pennis from Heaven’ es el mejor que escuché”, se jacta el artista de 72 años, que se encuentra sin sello disquero. “Estuvo a cargo de Tom Kubbis, maestro de orquestación de Roberto Delgado y compositor de ‘Do I Hear Four?’”.

-Es una paradoja que supongas que te van a criticar por esta propuesta, considerando que el jazz es inherente a los orígenes mismos de la salsa. Ray Barretto, Tito Puente, Mongo Santamaría y hasta Machito, que tuvo entre sus socios a Charlie Parker, son una muestra de esa dialéctica…

-Hay gente que no cultivó la posibilidad de ser curioso y de aprender de cosas que no le resultan quizá comunes. Para mí siempre la música es la música. Cuando me preguntan qué hago, respondo que soy músico. Pero éstas son personas que no sólo tienen problemas con cierto tipo de música, sino que también deben ser intolerantes con otras razas. Me acuerdo una vez que un supuesto crítico musical me dijo que, en vez de estar en Harvard, debería estudiar en la universidad de la calle para poder mejorar como sonero. Hablan de estupideces o santurronerías que no tienen nada que ver con la realidad.

-Tanto en la dupla que formaste con Willie Colón como en tu carrera solista, la experimentación es una constante en tu obra. Lo que evidencian no sólo Salswing!, en el que cantás algunos temas en inglés, sino también Nothing but the Truth (1988), un disco que hiciste enteramente en ese idioma y en el que además te adentraste en el pop y el rock.

-Fíjate lo curioso del caso. ¿Cuál fue el propósito de Nothing but the Truth?, establecer una combinación entre escritores urbanos del rock, folk y pop con escritores urbanos de salsa. Era una comunicación que se creía inalcanzable. A mí me dijo mi sello de aquel entonces (Elektra Records, que albergó desde a The Doors hasta Nina Simone, pasando por The Stooges, Tracy Chapman, Metallica y Björk) que quizá esos tipos no sabían quién era yo, y que no solían colaborar con nadie y que tenían personalidades bastante reacias. A lo que les respondí: “Lo único que les estoy pidiendo es que les pregunten”. Insistí porque pensaba que si son como yo entendía que eran, por lo que escriben y el talento que demuestran, les iba a interesar. Y así fue. Todos dijeron que sí. La canción con Bob Dylan no funcionó porque nos pusimos a hablar de otra cosa, y nunca terminamos el tema. Elvis Costello vino desde Irlanda, y me junté mucho con Lou Reed en su casa. De hecho, las grabaciones las hice con su banda, y con él tocando la guitarra y produciendo. Eso era imposible sólo en la mente de algunas personas. Me gustaría que la gente joven no piense que no pueden hacer las cosas porque son argentinos o panameños. Eso es falso. La mejor definición del fracaso es no intentarlo.

-En algunos lugares donde no forma parte de su erario cultural, la salsa suele ser banalizada o ignorada. ¿Cómo un icono de la contracultura neoyorquina del tamaño de Lou Reed se interesó en lo que hacés?

-En varias ocasiones, coincidimos en eventos en los que protestábamos contra el racismo, el sexismo o la homofobia. Un día, saliendo de una de esas actividades, había un carro que nos tenía que llevar a un sitio. Como iba solo, me preguntaron si no había problema con que Lou Reed y su esposa Silvia vinieran conmigo. Si bien anteriormente intercambiamos algunas palabras, en ese trayecto se dio cuenta de muchas cosas mías. Y establecimos una comunicación que se mantuvo por décadas. Lo que más le impresionó a Lou de mi trabajo era que, al igual que él, describía realidades que generalmente no son motivo para el desarrollo de concepto de canciones. De la misma forma que sucedió en su disco Berlin, continuamente buscaba nuevas expresiones. Respetaba a la gente que como él desechaba la fama que se adquiere por adherirse a lo mismo, y por no decir las cosas como son. Un tema como “Cuentas del alma” (está incluido en el disco Escenas, de Blades), que dice “Y mi madre le ha temido a la noche desde el día que se fue mi papá”, Lou Reed no necesita hablar español para sentirlo. Nuestra comunicación fue muy buena, y nunca fue traicionada por el abrazo a la inconsciencia. Fuimos amigos hasta que murió.

-A propósito de esa temática urbana, este año es el 40 aniversario de la aparición de Canciones del solar de los aburridos, disco en el que te consolidaste como un letrista comprometido con el tiempo que te tocó vivir. Al punto de que tras hacer “Tiburón”, tema incluido en ese trabajo, estuviste década y media sin poder sonar en las radios estadounidenses. ¿Te sorprendieron las consecuencias?

-No hay nada como el tiempo para demostrar la verdad de las cosas. El punto de “Tiburón” (Vicentico la versionó en su disco Los rayos) era achacarme la noción de que yo era comunista, porque protestaba contra la intervención de Estados Unidos en Centroamérica y su apoyo a las dictaduras militares en todo el continente. Cualquiera que criticara eso, y que apoyara a los sandinistas o al Frente Farabundo Martí, o que estuviera en contra del bloqueo a Cuba, lo metían en una lista negra. No apoyo ni apoyé a ninguna dictadura. Critiqué tanto a la cubana como a lo que está haciendo Ortega en Nicaragua, que es una vergüenza, y ni te voy a hablar de lo que pasa en la pobre Venezuela. Mi caso siempre fue criticar, pero con un argumento. En el caso de Cuba, lo que siempre pedí es que le dejen al pueblo decidir por sí mismo lo que quieren hacer.

-Hasta te llegaron a amenazar de muerte en un recital por cantarla…

-La última vez que toqué en Miami con Willie Colón, lo hicimos con un chaleco antibalas. Cuando cantamos “Tiburón” en Puerto Rico, justo en la época en la que hundieron el Belgrano, la reacción del público ante ese hecho fue la de un argentino. El argumento de la canción era decirle a cualquier país del mundo que en Latinoamérica no se puede ejercer un poder imperial. Ahora mucha gente ni se acuerda de eso. En Panamá prohibieron el disco Buscando América por “Decisiones”, y lo hicieron con la excusa de que el tema defendía las actividades extramaritales y patrocinaba el aborto. Esos días no fueron fáciles.

-Si hace cuatro décadas América latina estaba poblada de dictaduras militares, hoy la región se encuentra polarizada. Pero tus canciones se mantienen vigentes. Sin embargo, ¿te frustra que el mensaje de unión, conciencia y esperanza que encierran tus temas siga siendo una utopía?

-Es una desafortunada realidad que sólo podrá cambiar en países que puedan crear un frente lo suficientemente solidario como para no elegir a esta gente, que es la que termina destruyendo la posibilidad de un argumento nacional. Tenemos una corrupción administrativa que no nos permite avanzar, y parte de eso se debe al clientelismo político. Cuando hablas de eso en Panamá, corremos con el problema de que la gente quiere una solución ahora. Y la solución es “dame algo”.

-Pero en Colombia fue el propio gobierno el que pidió ese “dame algo” con la propuesta de reforma tributaria que desató la crisis que hoy padecen. ¿Qué opinión te merecen las protestas que se originaron en Cali, capital mundial de la salsa, y que se extendieron por el resto del país?

-La reacción del gobierno del señor Duque se asemeja mucho a la mentalidad de sus predecesores, del mismo partido, que creen que cada situación de protesta debe ser enfrentada con el rigor de una batalla contra guerrilleros. Esta cuestión, que originalmente fue por un alza tributaria, se convierte en una manifestación en contra de otras cosas y encuentra otra vez a un cuerpo policial que no está bien entrenado o que cree que tiene la impunidad para actuar como lo hace. Responde con una violencia que provoca más violencia, y eso lo aprovechan los actores que siempre pescan en río revuelto y que buscan desestabilización y caos. Acá, en los Estados Unidos, sucedió lo mismo con George Floyd. En Colombia, la gente percibe altanería, arrogancia y falta de respeto. Ahora mismo se necesita a un estadista, y no existe.

-¿Existe solución para Latinoamérica?

-Ha habido instancias como la de Pepe Mujica en Uruguay o Michelle Bachelet en Chile. Si bien hubo momentos que demostraron que es posible mantener un sentido de solidaridad social, hay una serie de problemas. Uno de ellos es la falta de credibilidad en el sistema. El otro es la ausencia de líderes dentro de los estratos no politizados y no políticos. Tampoco existe voluntad de la gente de darle oportunidad a los que no tienen un antecedente político previo. Debajo de la costra colonial, todavía sutura la duda de la capacidad de solventar nuestros asuntos. Nadie creía en 1977 que Panamá sería capaz de manejar el Canal. Pero, a contramano de lo que se supuso, fue un éxito extraordinario.

-Cuando asomaste la posibilidad de volver a la política para las elecciones presidenciales en tu país de 2019, planteaste una alternativa a la izquierda y a la derecha. ¿Cuál era?

-No hay que introducir la pasión en la política, en argumentos administrativos. Las madres de los sectores populares son las mejores administradoras que conocí. Cuando fui funcionario público, apliqué el mismo criterio: no gasto lo que no tengo, y pienso en función de los demás. Ese dinero no es mío, y la oportunidad es de todos. Pero el problema, al menos en mi país, es encontrar a la gente que no participa porque no tiene confianza en la posibilidad de que puedan cambiar las cosas. Eso requiere de un acto de fe. Eliminar el clientelismo político requiere de un candidato o de una candidata independiente.

-¿Estás al tanto de lo que pasa en la Argentina?

-Argentina era el Xanadú, y todo se ha ido desgastando. En un país tan complejo y grande, el problema es quiénes podrían ser los encargados de representar la mejor disposición del pueblo para solucionar sus problemas. Al margen de la ubicación política de sus voceros o de esos grupos que manifiestan su opinión. ¿Cómo se logra eso? No sé. Ni con un Papa argentino. Quizá atendiendo una unión entre artistas, médicos, científicos, gente al servicio espiritual y profesores. Pero convocar y organizar ese movimiento nacional requiere de credibilidad. Ese es el problema. Cuando propones algo así, te responden que no sabes nada o que no estás en la capacidad de opinar porque no vives allá. Hace 10 años, la banda de Roberto Delgado no hubiera podido tocar el arreglo de “Pennis from Heaven”. No por su capacidad, sino porque seguramente hubiese creído que no podía hacerlo. Hoy, ese experimento se puede dirigir en otras direcciones. En Argentina, la capacidad la tienen. Lo que hace falta es una voluntad nacional que se imponga por encima de la polarización política.

Canciones con todos

Luego de que fuera convocado por Carlos Vives para el single que el músico colombiano le dedicó, “Canción para Rubén”, y con el que incluso obtuvo el año pasado el Grammy Latino en la categoría “Mejor canción tropical”, el artista panameño prepara varias sociedades. Aparte de compartir recientemente un tema con la mítica cantante cubana Omara Portuondo, que se suma a uno que ya hizo con la mexicana Natalia Lafourcade y la posibilidad de hacer algo fuera de serie con la novel estrella boricua Bad Bunny, Blades también participó en una canción junto a León Gieco. Se trata de “Revolución”, para la que además prestaron su talento, entre otros, Hugo Fattoruso y Rubén Rada. Forma parte del proyecto sin fines de lucro Mensajes de tierra adentro, concebido por el profesor de música cordobés Ramiro Lezcano, quien el año pasado causó sensación por otro laboratorio musical: Canciones urgentes de mi tierra. A manera de antecedente, en esa ocasión colaboraron 200 artistas: desde Litto Nebbia hasta Víctor Heredia, pasando por Peteco Carbajal o el cubano Pablo Milanés. En ambos casos, el docente convocó a alumnos de escuelas rurales de las provincias de Córdoba y Santa Fe para que compongan canciones basadas en temáticas puntuales (en el caso de la primera experiencia el disparador fue el medio ambiente), que después son interpretadas por los propios estudiantes al lado de músicos locales y foráneos. Posteriormente, el resultado es distribuido gratuitamente a bibliotecas y medios de comunicación. Al autor de “Pedro Navaja” la propuesta le llegó por mail, y le gustó tanto que inmediatamente aceptó. Al parecer, la canción tiene madera de hit. 

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Serrat: elaboré buenas  canciones gracias a poetas como Machado

Joan Manuel Serrat comentó que el confinamiento lo ha encontrado con los libros que tenía por leer y las aves visitantes. Foto de archivo La Jornada

Conversa en Internet con Paco Ignacio Taibo II sobre cómo la pandemia destapó el precio del tiempo y la conveniencia o no de escribir canciones

 

El cantante y poeta catalán Joan Manuel Serrat sostuvo que autores como Antonio Machado son quienes "nos ha permitido hacer buenas canciones. Si somos capaces de hacerlas, hemos de ser conscientes de que los poemas son los responsables". Así lo dijo durante una charla transmitida en línea este domingo.

El también compositor conversó con Paco Ignacio Taibo II, Paloma Sáiz y Marina Taibo en torno a la censura en la España franquista, su exilio en México y la relación con la familia de sus anfitriones de la Brigada para Leer en Libertad; además de como su inclinación al canto, la posición política contra el monolitismo de la dictadura en su país y sus actividades en el año de confinamiento por el Covid-19.

"El haber podido hacer de difusor de la poesía de Machado es fantástico. Pero antes, tienes que tratar de hacer unas buenas canciones, que suenen en la radio, funcionen en muchos sitios y que sea reconocida", declaró Serrat.

"Cuando hablamos de cantautores que hayan hecho letras con poetas, cuando ves lo que ha hecho Paco Ibáñez con Lorca o Góngora o Raimon con Salvador Espriu, de lo que estáis hablando es que cantes buenas canciones, que luego han podido comunicar el nombre del autor". Ironizó la versión de que cuando en el gobierno militar de Augusto Pinochet se dejaron de publicar libros de Machado "una de las razones fue por ser letrista mío".

Mencionó que "si llegara Antonio Machado ahora, seguramente me sería mucho más difícil. Había un cierto descaro en la forma de tratarlo que no era voluntario. Fue la que me permitió manejar muy bien todos los diferentes registros que hay en los poemas de mis canciones".

En la conversación organizada, Joan Manuel Serrat recordó “desde niño me gustaba cantar, cantar por cantar, porque me hacía feliz. Seguramente me llegó la afición porque también mi familia espantaba los males cantando.

"Tuve la ventaja de contar no sólo con ellos, sino también con la posibilidad de ir a la escuela. Lo que realmente me importaba cuando era niño era jugar, escaparme con mis amigos, correr, reír, ser feliz y luego empezar a estudiar."

Serrat refirió que no había pensado en que el canto fuera su vocación y por ello realizó estudios universitarios pues "estaba seguro que mi vida podría ir por otros derroterosde la ciencia y al conocimiento".

Fue entonces que empezó a "escribir alguna canción sin esperar mayores resultados". Cuando sus primeras melodías tuvieron éxito, se integró al grupo Els Setze Jutges (Los 16 jueces), cuyo nombre provenía de un refrán que era una especie de santo y seña catalán.

Una voz, para cada época

"Me metí porque en aquel momento el franquismo era nuestro gran enemigo político. La dictadura no coincidía con mis pensamientos o los de muchísimos españoles ni con los de mis padres y mis abuelos. Una manera de integrarme en la política fue haciendo canciones. Cantar y escribir en catalán era un enfrentamiento al sistema. El régimen era monolítico, pues sostenía que solamente había un país, una lengua y una forma de pensar".

Narró que a sus 20 años “el concepto de inmortalidad o de inmoribilidad lo tienes a flor de piel, o sea que no tienes ninguna prudencia, recato o pudor. El descaro nos ayuda mucho. A la vuelta de la esquina te encontrabas con un puñetazo.

"Siempre pasaba algo que te hacía despertar de aquel entusiasmo, pero de alguna manera te hacía crecer. Cantar en el franquismo, crear, inventar, escribir o pintar era siempre cargando la losa terrible de la censura. Tú mismo te convertías en un personaje vigilado, perseguido y acosado."

Contrastó con el presente: "uno agradece tener libertad para manifestarse de lo que sea, como sea y en el sentido que sea"; reconoce cuánta ventaja tiene para que una sociedad pueda crecer, ser más tolerante, limpia, trasparente y, sobre todo, "en la que todos nos podamos sentir mejor".

El autor de Cantares mencionó que en México "me supe exiliado después de haberlo estado. Yo vivía cada día esperando el regreso hasta cierto punto. Me dí cuenta de cuál había sido el gran drama del exilio español en México: la tardanza en la integración. Entendí que debía tocar y cantar enseguida".

Por ello, en los camiones La Gordita y La Chispita viajó dando conciertos. “Una gira hermosa de medio año por toda la República Mexicana. Fue mi gran aprendizaje de un conocimiento físico de este país tan rico, inmenso, complicado y a veces distinto que es México.

Ese periplo, sostuvo, "me dio la posibilidad de detener esta situación inestable espiritualmente, tener la estabilidad que me dieron las personas que me acogieron, me ayudaron a integrarme y siguen siendo a lo largo de mi vida mi gran compañía".

Serrat afirmó que acceder a la casa de Paco Ignacio Taibo en nuestro país "fue como llegar al jardín de las delicias", porque ahí se reunía un importante grupo de españoles y mexicanos. "Ahí estaba Luis Buñuel siempre. Luis Alcoriza, Juan Rejano, Luis Rius, Max Aub y Juan Rulfo. Tuve mucha suerte por las personas que conocí entonces y me acogieron. Son mis amigos".

Era el tiempo próximo a la matanza de Tlatelolco: “Convulso, muy duro y negro. El luto de la masacre aún persiste, También hubo un activismo muy fuerte. En la universidad y fuera se empiezan a mover. La política como posibilidad ciudadana de optar por bajar unas ideas del pensamiento a la calle empieza a hacerse realidad. Un concepto que ha tardado mucho, pero de alguna forma ir avanzando. Volvemos a Machado: ‘todo pasa y todo queda’”.

Sobre sus actividades en el confinamiento mencionó: "procuro tener el tiempo ocupado. Es tan escaso y se va tan rápido que creo que hay que usarlo. Es lo más caro, junto con la salud, de lo que disponemos. Me he dedicado mucho en este año a ver crecer los árboles, a ver lo que les pasa. Y los pájaros. Tengo una gran relación con todos los pájaros que viven alrededor de mi casa".

También se ha convertido en "un lector insistente, pertinaz de todos aquellos libros que pensaba se iban a quedar en las estanterías sin leer". La escritura es otra de sus actividades, "pero he pasado una temporada larga que no (ha escrito), he pasado unos meses en que no veía para qué. Si tú vas a escribir unas canciones es para subir al escenario y cantarlas. Si no, ¿qué vas a escribir?, ¿quién las va a escuchar?".

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Lunes, 18 Enero 2021 05:31

Vi gente correr

Vi gente correr

Se cuenta que el poeta Jaime Gil de Biedma preguntó al crítico literario Francisco Rico cuál era el verso mejor logrado del bolero Esta tarde vi llover; y el académico respondió, sin vacilar, que lo era "vi gente correr", que se muestra esplendente y oportuno entre los demás de la estrofa: "esta tarde vi llover / vi gente correr / y no estabas tú".

La evocación de la ausencia que el compositor pretendía queda consumada. Y ya puede seguir adelante con la necesaria, y tan sentida, banalidad del resto de la canción.

Con los boleros y los tangos pasa lo mismo que con la poesía en general, que hay versos más oportunos que otros, y algunos son claves para producir esa luminosidad que se tiende entre los sentimientos de quien lee con los que inspiraron a quien compuso el poema o la canción, sea Gustavo Adolfo Bécquer o Armando Manzanero.

García Márquez, mago de las hipérboles, dijo alguna vez que Manzanero era "uno de los más grandes poetas actuales de la lengua castellana".

Digo todo esto porque no se puede establecer una línea divisoria tajante entre lo que se da en llamar poesía culta y las letras de las canciones que muchos cantan entre copas o mientras se duchan, pero que no serían capaces de autorizar que figuren en las antologías de la poesía castellana.

Algunos despachan el asunto metiendo toda la música popular en el cajón de desechos de lo cursi, lo cual es a todas luces injusto. Hay letras cursis, claro, que explotan de manera bastante primaria, para no decir descarada, los sentimientos amorosos, que nunca dejan de tener una carga lacrimógena. Pero eso pasa también con mucha de la poesía de enamoramientos que leemos.

Entendamos entonces que hay poesía para leerse y poesía para cantarse, o para ser escuchada desde la penumbra amorosa donde la vida tantas veces nos coloca y nos vuelve propensos a las emociones y evocaciones que llevan a la lágrima fácil.

Nadie ha defendido con más valentía el territorio sagrado de lo cursi que Agustín Lara, quien se reconocía él mismo como tal, y explicaba a fondo la cursilería, como lo hace en una entrevista muy lúcida publicada en la revista mexicana Siempre! en 1960: “he amado y he tenido la gloriosa dicha de que me amen. Soy ridículamente cursi y me encanta serlo. Porque la mía es una sinceridad que otros rehúyen… ridículamente. Cualquiera que es romántico tiene un fino sentido de lo cursi y no desecharlo es una posición de inteligencia”.

Agustín Lara es un poeta modernista tardío. Los grandes del modernismo supieron sortear muchos de los escollos tramposos de la cursilería, riesgo constante que corrían por haber armado una parafernalia de decorados de cartón piedra en sus escenarios, arrastrando no pocas de sus raras combinaciones verbales desde el simbolismo francés. Y Lara se luce al poner pie en esos jardines donde el extravío tiene el color azul: “el hastío es pavorreal / que se aburre de luz en la tarde…”

Queda demostrado que la cursilería, a la que tanto se teme, es esencial a la condición humana, y en poetas como Agustín Lara se eleva a las cotas de lo sublime. Pero no todo es cursilería, ni todo se mueve en ese espacio sospechoso de lo que podría ser cursi y por eso le tememos. Alfredo Lepera, por ejemplo, que escribía las letras de los tangos de Gardel, es un poeta sin ambages, capaz de usar las palabras en su desnudez precisa y directa, y basta citar el inmarcesible tango Volver: "pero el viajero que huye / tarde o temprano / detiene su andar", es un verso que suena a Borges o recuerda a Onetti.

El tango, igual que el bolero, es herencia del modernismo. "Tú que llenas todo de alegría y juventud / Y ves fantasmas en la luna de trasluz / Y oyes el canto perfumado del azul / Vete de mí...", sigue cantando, hasta la eternidad, Bola de Nieve el bolero de Homero Expósito, que en tantos sentidos es un tango.

Y el verso de Tomás Méndez de Cucurrucucú paloma: "cómo sufrió por ella que hasta en su muerte la fue llamando", ¿no parece ser parte de las estrofas en prosa de Juan Rulfo, alaridos íngrimos en la desolación del páramo mexicano?

Crecí entre tíos músicos que componían boleros y valses, y me admiro siempre de su sensibilidad para las palabras recogidas entre la pobreza en que vivían. Y esas palabras, anotadas en las partituras, surgían como joyas entre la broza natural de la cursilería, que era tan natural en sus vidas como lo era la belleza.

Alguien puede pensar en los boleros y en los tangos como una especie en extinción. El duelo por la muerte de Manzanero demuestra que no. Esto de la inspiración, que en tiempos postmodernos parecería ser palabra maldita por vergonzante, no es más que la caza furtiva de las palabras precisas, y de las combinaciones felices de palabras, que en las canciones seguirán surgiendo desde abajo, desde el olimpo del arrabal.

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 Foto: Olaf Heine

No es solo un virtuoso; también es un ‘showman’ con legiones de fans, algo que a menudo escuece a los puristas y que a él, desde luego, no lo preocupa. Tras estar un año alejado de los escenarios por una lesión en el brazo izquierdo, hablamos con el célebre pianista chino sobre su nuevo disco -el más complejo y ambicioso de su carrera, asegura- y sobre el futuro y la salud de la música en tiempos de pandemia. Por Ixone Díaz Landaluce / Foto: Olaf Heine

 

La leyenda de Lang Lang (Shenyang, China, 1982) está a la altura del estatus que lo distingue como el pianista más famoso del mundo. Cuando apenas tenía 2 años, sus padres le compraron su primer piano y suele contar que un episodio de Tom y Jerry -en el que el gato trataba de tocar una pieza del compositor austrohúngaro Franz Liszt- fue su primera epifanía musical. Con 5 años, daba conciertos y, con 9, su padre dejó su trabajo de policía para mudarse con él a Shanghái. El plan estaba claro: quería que su hijo se convirtiera en el mejor pianista de China. Su madre les enviaba el poco dinero que ganaba trabajando como teleoperadora para pagar el humilde piso compartido (e infestado de ratones) en el que vivían. Pero cuando una profesora le dijo que carecía de talento para la música, su padre lo invitó a suicidarse por no practicar lo suficiente. Primero, le ofreció un bote de pastillas. Después, le sugirió que se tirara por la ventana.

Durante meses, Lang Lang se negó a tocar, pero cuando recuperó la ilusión (e hizo las paces con su padre, al que no guarda rencor porque, dice, «lo había perdido todo y su único tesoro era el talento de su hijo») logró una beca para estudiar en el conservatorio más prestigioso de China. Más tarde se mudó a Estados Unidos para continuar con su formación y con 17 años saltó al estrellato tras sustituir al famoso pianista André Watts durante un concierto en Chicago. Desde entonces no ha parado: además de tocar en los mejores auditorios del mundo, de actuar en las Olimpiadas de Pekín o en la ceremonia de entrega de los Nobel, ha colaborado con artistas de todos los palos (desde Pharrell Williams hasta Metallica) y multinacionales de distintos sectores (desde Adidas a Google). Tenía dos grandes giras previstas para 2020, pero desde que estalló la crisis sanitaria está en su casa de Shanghái.

XLSemanal. ¿A qué se dedica un pianista cuando no puede subirse al escenario?

Lang Lang. En primer lugar, he tratado de mantenerme sano. Esa ha sido mi prioridad en los últimos meses. He aprovechado para pasar más tiempo con mi familia y sobre todo no he parado de practicar nuevos repertorios, piezas que no había tocado nunca… Psicológicamente, lo más duro ha sido no poder tocar delante de un auditorio lleno de gente.

XLSemanal. La industria cultural es una de las más golpeadas por la crisis. ¿Es optimista acerca de la recuperación?

L.L. Mi esperanza es que el año que viene podamos volver poco a poco. Al menos, la música clásica encaja mejor con la nueva normalidad. Para otros géneros, como el rock o el pop, que mueven a mucha más gente, será más complicado.

XLSemanal. En su nuevo disco interpreta las Variaciones Goldberg. Esta obra, que Bach compuso en 1741, se suele conocer como el ‘Everest musical’. ¿Por qué?

L.L. Es una pieza muy larga que no solo requiere tocar desde las emociones, sino que implica un proceso mental complejo, incluso para un músico experimentado y maduro. Todas las decisiones que tomas deben tener un sentido. Nunca he pasado tanto tiempo trabajando en una sola obra, haciendo anotaciones hasta en cuatro partituras diferentes… Son piezas que se compusieron hace 300 años. Es casi como construir una máquina del tiempo.

XLSemanal. Grabó una de las piezas del disco en la iglesia de Santo Tomás de Leipzig, donde está enterrado Bach. Vaya presión, ¿no?

L.L. Fue muy emocionante, pero la verdad es que tenía mucho miedo. No paraba de pensar que, si cometía algún error, me escucharía y le dolería en el alma [se ríe]. Ese es el lugar en el que Bach pasó cada día de su vida desde los 38 años hasta su muerte, a los 65. Allí mismo es donde componía sus piezas.

XLSemanal. ¿Qué hace de usted un pianista especial? Para algunos, el mejor del mundo.

L.L. Yo nunca he pensado en el piano como en un instrumento, para mí tiene una esencia casi humana. A veces ves a pianistas maravillosos tocando su piano, pero es evidente que hay una inmensa distancia entre ellos. Pero, cuando yo empiezo a tocar, mi piano y yo somos uno.

XLSemanal. Empezó a tocar con 3 años y con 5 dio su primer recital. ¿Qué recuerda de aquellos inicios?

L.L. Que me encantaba estar sobre el escenario. Incluso con 5 años lo disfrutaba muchísimo. Supongo que, como dicen, fui un niño prodigio.

XLSemanal. En su biografía contó la terrible presión de su padre sobre usted en su infancia. Lo invitó incluso a suicidarse tras un mal resultado académico. ¿Era necesaria una disciplina tan brutal para llegar adonde ha llegado?

L.L. No lo sé. Es muy difícil saber qué tipo de pianista hubiera sido si no hubiera trabajado tan duro. Hay una parte, la del esfuerzo, que es absolutamente necesaria. Tienes que practicar muchísimo. Pero también es fundamental elegir la dirección adecuada. A veces todo depende de una sola decisión y, si aprietas el botón equivocado, todo cambia inexorablemente. Y mi padre, además de empujarme mucho y de tratarme con dureza, me ayudó a encontrar las puertas adecuadas y a abrirlas. Por eso creo que sin él nunca hubiera llegado adonde estoy.

XLSemanal. Cuando tenía 9 años, una profesora le dijo que «carecía de talento musical». Vaya oído…

L.L. Siempre me gusta contar esa historia porque tiene moraleja. Suelo decirles a los estudiantes: «Si alguna vez alguien te dice que no tienes talento, no lo escuches». Yo solo era un niño y aquella profesora destrozó mis sentimientos y mi amor por el piano. No toqué durante meses. Pero, aunque duele, sobrevives. Lo importante es que nadie te detenga o te arrebate tu amor por la música. Nadie tiene derecho a hacerlo. ¡Nadie!

XLSemanal. ¿Y cuántas veces se ha acordado de aquella profesora al recibir una ovación?

L.L. Esas cosas hay que saber perdonarlas. El odio no es ni positivo ni sano. Si no, sería yo quien tendría que convivir con un lado oscuro. Y no merece la pena. Así que no, no pienso en ella al recibir una ovación.

XLSemanal. Todos los niños, dice, deberían tener acceso a la educación musical y dirige una fundación dedicada a ello. ¿Por qué es tan fundamental?

L.L. Creo firmemente en que la música es la mejor forma de comunicación entre las personas. Es un lenguaje capaz de superar fronteras y de combatir las actitudes más negativas.

XLSemanal. Pues su ‘evangelización’, al parecer, está funcionando. Se estima que el llamado ‘efecto Lang Lang’ ha hecho que más de 40 millones de niños chinos hayan empezado a tocar el piano…

L.L. Me hace muy feliz. No todo en la vida puede ser ganar dinero y estar en el lugar adecuado en el momento justo. El mundo es un lugar demasiado frenético. Y la música nos transporta de nuevo a nuestra esencia, es una manera sincera de conectar con otros sin todos los demás estímulos complejos que nos rodean.

XLSemanal. Su estilo, entre estrella de la música clásica e ídolo de masas pop, ha despertado algunas suspicacias en su sector. ¿Qué tal lleva las críticas?

L.L. Cada persona debería poder tener su propia opinión sobre lo que es el arte y expresarla. Esto no es un deporte, donde se te juzga por si eres el más rápido o por cuántos goles has metido. En mi oficio, todo el mundo tiene una opinión diferente sobre cómo debería sonar Shostakóvich o Bach. Unas veces recibes buenas críticas y otras no. Pero no me molesta. No pasa nada.

XLSemanal. ¿Sobran puristas en su industria?

L.L. Yo no estoy en contra de los puristas. De hecho, me parecen necesarios. Creo que tiene que haber personas que actúen de guardianes de las esencias, que se encarguen de proteger ciertos tipos de arte. La música clásica tiene una gran tradición y yo no quiero romperla. Esa jamás ha sido mi intención.

XLSemanal. Pero ha tocado con Metallica, ha colaborado con Google o YouTube, ha interpretado bandas sonoras para videojuegos…

L.L. Lo que yo quiero es ensanchar el público al que llega la música clásica. Atraer a las generaciones más jóvenes. Pero, aunque me gusta aprender y tocar nuevos estilos, cuando interpreto a Chopin o a Bach, regreso a ese mundo clásico y me siento en casa.

XLSemanal. De vez en cuando, alguien cuestiona la supervivencia de la música clásica. Sin embargo, durante la pandemia los servicios de streaminghan registrado récords históricos de reproducciones. ¿Goza su género de buena salud?

L.L. Yo soy optimista y creo que a partir de ahora la gente tendrá más hambre de música clásica que nunca. Y lo mismo pasa con los conciertos, que son una experiencia que hoy apreciamos más que antes. Estoy convencido por eso de que volverán. No creo en absoluto que esto vaya a ser el último clavo en el ataúd.

XLSemanal. En 2019 se casó con la también pianista Gina Alice Redlinger. ¿Compartir oficio hace más fácil la convivencia para un artista?

L.L. En realidad, no. La profesión es algo accesorio. La personalidad o la conexión personal son ingredientes mucho más importantes. En este caso, nos alimentamos mutuamente, pero eso no tiene que ver con que sea pianista. En el contexto de nuestra relación, eso no significa nada.

XLSemanal. Siempre ha admitido que componer sus propias melodías le resulta difícil. ¿Lo considera una asignatura pendiente?

L.L. Algunas veces improviso al piano y escribo pequeñas piezas. Me encantaría poder escribir mejor y espero poder hacerlo algún día. Pero desde el principio de mi carrera mi idea nunca fue ser compositor. Si finalmente algún día lo consigo, me sentiré muy orgulloso, pero, si no, no pasa nada. Estoy contento y orgulloso de lo que soy capaz de hacer [se ríe].

XLSemanal. En este clima de incertidumbre global, ¿qué es lo que más le preocupa cuando ve las noticias?

L.L. Solo espero que la vacuna esté lista cuanto antes, porque eso será lo único que nos hará volver a sentir seguros. De momento, no podemos hacer demasiado. Pero no puedes impedir que la gente salga a la calle. El equilibrio entre seguridad y libertad es muy complicado.

XLSemanal. Vive y trabaja entre China y Estados Unidos. La tensión geopolítica entre las dos potencias ha ido creciendo por la pandemia. ¿Le preocupa esta escalada?

L.L. Es una situación triste, muy triste. Espero que los dos países encuentren formas de trabajar y colaborar del mejor modo posible. Eso es todo cuanto puedo decir sobre eso.

XLSemanal. Tenía varios conciertos previstos en nuestro país. ¿Qué tipo de público es el español?

L.L. Muy apasionado. Para ustedes, la música es casi como la comida y el vino. Lo viven con muchísima intensidad. Y los conciertos empiezan muy tarde, así que, cuando actúo en España, ¡siempre tengo que echarme la siesta! [Ríe]. Y, después, me voy de cena, como jamón… Estoy deseando volver a España.

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Silvio Rodríguez: “A veces es difícil acercarse a esos temas tan obviamente políticos de una manera que no sea... vulgar”

En Para la espera, el nuevo disco de Silvio Rodríguez, el trovador cubano retorna al icono de sí mismo volviendo a ser hombre solo con guitarra. En esta entrevista habla sobre las 13 canciones que lo componen.

 

También Silvio Rodríguez va enmascarado estos días. Es lo único distinto que resalta en él cuando llega a la puerta de los estudios Ojalá, en La Habana. Por lo demás, podría tratarse de un momento cualquiera. Tiene el pelo tan corto como suele llevarlo. Ahora que la pandemia mantiene a tantos alejados de las tijeras de barbero, su costumbre de pelarse él mismo con máquina lo ha librado de una posible melena involuntaria mientras dura el aislamiento por el covid-19.

Entra al estudio y saluda chocando nudillos. Veo de cerca la calavera y la flor tatuadas en su mano derecha, su marca. Como dicen, “con el puño cerrado no se puede dar la mano”, pero el saludo tiene algo fraternal, algo de rapero. Detrás del cristal de sus espejuelos creo ver que lo divierte.

Con los puños cerrados también se puede jugar. Esconder algo pequeño en una mano, cerrar las dos y entrecruzarlas para que alguien pruebe suerte y escoja, tratando de adivinar cuál guarda la prenda, a veces aun sin saber qué es. La expectativa, la promesa de una sorpresa posible, crean fascinación. A eso le canta Silvio en “La adivinanza”, el primer sencillo en ver la luz como adelanto de su nuevo disco, Para la espera.

Como manda el protocolo vigente, nos separan casi dos metros durante esta entrevista, que se propone ser algo parecido al making of de las 12 canciones y una pieza instrumental que conforman el disco. Su único autor e intérprete conversa cómodamente y se saca los zapatos, dejando ver unas medias rojas a rayas.

Después de Amoríos (2015) donde lo acompañó un formato al estilo jazz band, Silvio ha vuelto a ser trovador con guitarra. Regresa al icono de sí mismo. Escribió y compuso los temas, primeras versiones todos; los toca y canta solo él. “A veces uno no sabe bien de dónde salen las canciones. Creo que esta es de una foto. Siempre que la canto, esa foto es lo que veo”, cuenta sobre la canción “La adivinanza”.

Con dirección de Eduardo Tito Delgado, Silvio fue con Diákara a un monte a filmar un video clip para “El Güije”. Allí los rodeó un grupo de niños. “Y quedó esa imagen donde Tito, una persona maravillosa, les tiene las manos puestas así —dice Silvio cruzando las suyas—, quedó esa cara de los niños...”.

En el disco, Silvio también toca el bajo, la percusión y hace las segundas voces. Es suyo el silbido mitad alegre mitad melancólico que suena en “Aunque no quiero, veo que me alejo”, “una canción medio esotérica: es un tipo que se muere y le deja un mensaje a la amada en el espejo”, dice.

“Conteo atrás” es la historia sobre alguien que debía coger un tren y se le fue, “lleno de gente más puntual”. “Llegó tarde, pero no se quiere excusar”, explica Silvio. “Él dice ‘ya aprendí, no me pasa más’. Pretende ser una especie de ‘no me justifico’, ‘no quiero exceso de bondad’... No quiero que sean blandos conmigo cuando me juzguen”.

¿Es una declaración?
Es una metáfora de muchas cosas, tanto personales como colectivas. Pero lo que repito en esta canción es la necesidad, la voluntad de aprender y de ser autocrítico en cualquier circunstancia adversa, sea momentánea o trascendente; por eso dice y repite el compromiso de no equivocarse al día siguiente, aunque con esto no pretende justificarse ni un “exceso de bondad al hacer (el) conteo atrás”. Es algo que le puede haber pasado a cualquiera.

¿Qué es “la cosa”?
Es algo que está ahí, pendiendo. Yo no quisiera que llegara. Ojalá nunca llegue; pero por momentos parece que viniera. “La cosa” que reescribe el pasado.

Solo tres canciones del disco no son inéditas. “Viene la cosa” es una de ellas, cantada varias veces en los conciertos en los barrios, que ya suman 109 a lo largo de más de diez años. “Jugábamos a Dios” es otra. “La hice para Afinidades —cuenta—, una película de Pichy [Jorge Perugorría] y Vladimir Cruz sobre la corrupción. Entonces yo quise compensar ese tema con algo de la inocencia original, de que llegamos a esto pero antes fuimos de otra manera, tuvimos otro pasado”.

“Si Lucifer volviera al paraíso” también trata sobre el desvío, el destino que no fue, lo que pudo ser otra cosa o tomar un camino diferente. “A mí siempre me fascinó esa historia de que Lucifer había sido un ángel. Tú me dices que lo más malo que hay... había sido un ángel, ¡¿fue ángel?!”, dice Silvio con la intensidad de quien pronuncia una mala palabra.

¿Por qué te fascinó?
Descubrir que el símbolo del mal, Lucifer [portador de la luz], fue primero uno de los arcángeles de Dios; esto, y el hecho de que después adoptara el nombre de Satán [oponente o adversario], me hizo pensar que este tema crucial de la cultura cristiana —que en diversos sentidos heredamos— viene de una diferencia de opiniones, de un hijo que se rebela a los preceptos paternos, de un hecho generacional. Ese es un tema. Que no se detiene ahí, porque continúa con la posibilidad de que el supuesto diablo de tiempos gloriosos ya no sea tal sino más bien “un pobre diablo” del que algunos hacen mofa. Pasa en la vida en muy diferentes direcciones, sobre todo a quienes tienen la costumbre de alardear, de lo que sea.

“Noche sin fin y mar”, escrita en 2017, está dedicada a Luis Eduardo Aute porque su amigo, fallecido en abril, tiene una historia propia con la canción. “Yo estaba tocando su guitarra —cuenta Silvio— porque Miguel, su hijo, la llevaba al hospital para tocarle mientras estuvo en coma. Cuando llegué con el doctor Calixto Machado, neurólogo cubano que fue decisivo en su recuperación, me puse a cantarle ‘Noche sin fin y mar’, y en ese momento despertó”.

“Modo frigio” la soñó. “Hay canciones que sueño. Y cuando la estaba escribiendo me pareció que podía haber sido una canción de Alberto Cortez. Estuve esperando a verlo para mostrársela pero no me dio tiempo, de pronto se había ido”.

“Pues a veces —retoma— me pasa eso: pensar ‘esta pudo ser una idea de Fulano, o de Mengano’ y lo siento como una presencia en ese momento. Esta me lo recordó porque es dramática. ¿Nunca viste a Alberto Cortez en escena? Fascinaba, se convertía en otra cosa, era un perfecto animal de escena. Yo quería verlo para decirle: ‘Coño, hice una canción como las tuyas’, pero murió y no pude decírselo, no la pudo conocer. A lo mejor tampoco le gustaba. Eso también puede pasar”.

Es la primera vez que Silvio Rodríguez lanzará un disco solamente en plataformas digitales; pero quiere “que la gente aquí en Cuba lo tenga, que lo copien, que lo graben. Quiero regalarles este disco a los cubanos”.

“En general —resume—, el disco está hecho de canciones que, aunque haya sentimientos afines, son muy distintas entre sí, y eso es algo que me complace. Eso y que no hay violencia. Son canciones introspectivas, suavecitas; aunque nunca me gustaron las canciones bonitas”.

¿Cuáles son las canciones bonitas?
Esas que son así, melódicas... No las persigo, ni las odio tampoco, pero desconfío un poco de lo bonito, por principio. En el disco también hay canciones un poco raras, y hay hasta algo lúdico como ‘Los aliviadores’, que es una canción familiar para mi hija Malva y mi nieto Diego. Ellos nacieron al mismo tiempo y se criaron con una relación más de hermanos que de tía y sobrino. Siempre pensé que el doctor Schweitzer, de quien se decía que caminaba mucho como médico misionero en África, debió tener unos dolores de pies y de espalda terribles, y juego con eso en la canción.

 “Danzón para la espera”, de donde viene el título del disco, “es una de esas canciones —cuenta— que uno empieza a hacer, pero se demora en ella, y luego por lo que la empezó ya pierde sentido”.

¿Por qué la empezaste?
Empecé a hacerla cuando los Cinco todavía estaban presos. Yo quería hacer una canción sobre eso; pero a veces es difícil acercarse a esos temas tan obviamente políticos de una manera que no sea... vulgar. Pero siempre le quedó esa aureola de esperanza; así que la retomé ahora con lo que estamos viviendo y el hecho de que todo el mundo esté esperando y esperando.

¿Estás componiendo algo en estos días de cuarentena?
No he tocado la guitarra [lo confirman unas uñas muy cortas]. La paso escribiendo, pintando, atendiendo el blog y disfrutando de mi familia.

“Después de vivir’ es de esas canciones misteriosas... misteriosa hasta para mí, porque habla de después de vivir. Se me ocurrió un día y lo grabé: eso de que hubiera un tiempo entre salir de la vida y entrar en la muerte”, afirma el músico. El ambiente solitario de ese umbral lo tiene el disco. Se puede “escuchar la escena” de Silvio grabando solo en el estudio. O tener la visión de la portada de Rodríguez, donde aparece su sombra proyectada sobre el fondo del escenario. Trovador en su elemento, limpio, sin filtros ni más compañía que la guitarra.

“Hablando objetivamente —explica— es más cómodo tocar con músicos, porque puedes concentrarte más en la interpretación vocal. Autoacompañarse, aunque obtiene un resultado más personal, multiplica la responsabilidad, son más funciones simultáneas, es más complejo. Suelo trabajar mucho con los músicos por esa razón. Porque intento que el ensamble llegue al grado de compenetración que alcanzo con la guitarra. Si se trabaja adecuadamente puede haber muy buenos resultados. Mis compañeros músicos a menudo sufren esa obsesión que tengo, pero lo cierto es que lo entienden y trabajan conmigo en ese sentido”.

Silvio ha detenido la producción de dos discos por las medidas impuestas para prevenir la propagación del covid-19. Espera retomar el trabajo cuando pase el aislamiento en vigor. ¿Seguirá igual la vida? ¿Cómo es el mundo que está por venir?

“Hay muchos pensadores de distinto calibre y tendencias reflexionando sobre lo que estamos viviendo. Yo personalmente no creo que el mundo vaya a cambiar mucho. Vamos a tratar de volver a ser nosotros, para bien y para mal. Ya estamos mal acostumbrados y mal hechos, y hay muchos intereses con poder. Sí creo que es posible que todo esto nos ayude a reflexionar sobre la libertad y la transparencia”, dice quien tiene a su cargo hace diez años la pequeña república democrática que es un blog personal, foro de comentarios incluido.

¿Sigues sintiéndote en control de tu blog?
No, yo ahora soy un servidor público [risas]. Empecé siendo el dueño y ahora estoy en función del colectivo. No me desagrada eso, pero me recuerda por qué nunca me atrajo la política. No tengo lo que hay que tener para estar 24 horas dedicado al público. Me necesito, necesito tener rinconcitos propios para hacer lo que tenga ganas de hacer. Con los años uno cada vez más quiere hacer solamente lo que tiene ganas de hacer.

¿Cómo entra el público en eso?
Nunca me gustó el público, los escenarios. Yo salí porque entendí que debía y porque quise hacerlo, y sí, puede que haya cogido algún vicio de eso. Uno era más joven y necesitaba probar cosas, probarse cosas, y eso está bien si uno tiene algo interesante que decir; pero tampoco es lo más grande: hay cosas mucho más grandes.

Sin embargo, es una afirmación instalada en la cultura que el público es lo más grande que tiene un artista.
Bueno, el público es el que hace al artista; pero a la vez también hay grandes artistas sin mucho público, y personas que no son ni artistas y sí lo tienen. La escena y la relación con el público tiene mucho extra artístico que influye. En los conciertos en los barrios por ejemplo eso es distinto, porque no es propiamente “un público” sino personas que están en sus casas, y somos nosotros los que vamos. Yo quiero ir allí a compartir, nadie pagó para vernos. En ese sentido los barrios rompen esa dinámica de espectáculo, y es lo apasionante.

¿Qué música estás escuchando en estos días?
Emerson, Lake & Palmer, un trío británico de los 70 que después se hizo cuarteto. Oigo música antigua, de cámara, sinfónica... para distintos instrumentos, canciones antiguas. Rara vez escucho trovadores. Aprovecho porque cuando estoy trabajando escucho menos música. En ese momento estoy enfocado en lo que esté grabando. Y después de tanto trabajo, cuando lo termino no lo oigo más nunca.

¿Y cómo funciona ese cansancio de escuchar lo mismo tantas veces cuando se trata de tus canciones propias preferidas, o las que cantas en concierto?
No hay canciones preferidas, yo escojo mi repertorio. Nunca canté canciones con las que no estuviera de acuerdo, ese ha sido el criterio. Siempre que me pueda conciliar con ella, la canto. Uno se puede llegar a aburrir un poco, es verdad; pero vuelve a ellas si cree en ellas. A algunas, cuando les pasan por arriba los años, empiezas a encontrarles ángulos que no veías antes.

¿Con cuál, por ejemplo?
Me pasó con una canción que hice para un documental. Yo... no es que no esté de acuerdo, pero es que hablaba de cosas que después no pasaron. Es donde canto: “Te convido a creerme cuando digo futuro”..

¿El futuro de Cuba?
No solo el futuro de los cubanos, sino el del mundo. En los años 60 y los 70 parecía que lo que vendría iba a ser distinto. Había un Tercer Mundo buscando, y parecía que llegaríamos a un lugar donde habría menos prejuicios, menos guerra, que se iban a aprovechar los recursos en cosas más nobles. ¿Por cuántas guerras hemos pasado en los últimos 50 años? ¿Cuánto ha sido el gasto en armas y aparatos para destruir a la gente? ¡Y no hay para dónde irse! Me costaría trabajo cantarla ahora. Ahora hay que cantar otra cosa.

“Preguntándome aún cuál será la absoluta, profunda y rotunda verdad” se escucha en “Modo frigio”. ¿Con el paso de los años sientes que has ido acercándote a “la verdad”?
Estamos siempre buscando verdades. Tampoco soy un obseso de la verdad, me basta que haya algunas verdades básicas, que son útiles. La solidaridad es una verdad, ser capaz de ponerte al lado del otro. La compasión, que nos hace verdaderamente humanos. Pero la verdad se parece a lo que escribió Eduardo Galeano sobre la utopía, citando a Fernando Birri: sirve para caminar. La verdad es ir, es caminar, la intranquilidad, no conformarse. En Cuba no somos nada perfectos, y uno de nuestros grandes problemas fue la idea de “ya llegamos”. Para algunos ahora lo único que hay que hacer es defender el poder. Ha sido espantoso porque nos ha enquistado. Todo lo que cristaliza es muerte.

“Tic y tac, tic y tac, tic y tac del reloj“, dice “Modo frigio“. Es recurrente el tema del tiempo en el disco: devenir, ciclos, preguntas sin contestar, lo inalcanzable, añoranza de la inocencia, una sombra al acecho. Y cierra con una “Página final”, instrumental. Jugando a lo simbólico.

¿Para la espera... de una página final?
“Para la espera” es simplemente una frase que extraje de la canción “Danzón para la espera”, y que tiene que ver con el presente, nada más. Esa sencillez es la explicación. La portada la diseñé yo, con una fotografía de Daniel Mordzinski y tampoco tiene ningún significado especial. Los pies están ahí porque no me cupieron abajo. Existen cosas que parecen muy bien pensadas, que en realidad son accidentales.

El disco mismo ha sido algo casual, agrega. “Yo no me propuse hacerlo, son canciones que han nacido tomando nota en el estudio, como ensayos que yo hago, y estos eran los temas que tenía grabados y más terminados como concepto”. Silvio estaba trabajando en un disco “más grande, más complejo”, pero las circunstancias obligaron a hacer una pausa.

Ha dedicado Para la espera a siete amigos que murieron entre marzo y abril de 2020, a distintas edades, por distintas razones y en distintos lugares del planeta: Tupac Pinilla, Juan Padrón, el propio Luis Eduardo Aute, César López, Luis Sepúlveda, Marcos Mundstock y Óscar Chávez. “Excelentes creadores que el mundo ha perdido”, describe en la nota del disco.

“Ha sido tremendo —lamenta—. Y todos así: uno detrás del otro, los dos últimos meses. Tupac y Padroncito, los primeros en partir, fueron inmensos para mí. Tupac además era mi editor, una mente brillante, y Padroncito era mi amigo desde principios de los 60, en los tiempos del semanario Mella. César López, un referente de nuestra poesía y patriotismo; Luís Sepúlveda, un gran escritor y una persona maravillosa; Marcos Mundstock, un imprescindible de ese monumento a la inteligencia que es Les Luthiers; Óscar Chávez, un juglar mexicano, compañero de tantas buenas causas”.

¿Es también un disco sobre la muerte?
El disco es anterior, pero sí tiene que ver con la muerte. No es que sea el tema central, pero por ahí pasa... de vez en cuando. Te vas a dar cuenta. Lo que sí te garantizo... es que el que hizo el disco está vivo.

Por Mónica Rivero

11 jun 2020 06:00

Publicado enCultura
Charly García, el rockero que burló la censura y sobrevivió a las drogas

El músico está instalado en el panteón de los ídolos argentinos junto a Maradona, Carlos Gardel, Evita Perón o el papa Francisco


Argentina es un país prolífico en mitos con nombre y apellido: Diego Maradona, Carlos Gardel, Evita Perón o, últimamente, el papa Francisco. Representantes de la cultura popular, el deporte o el sentido político de la vida, sus rostros están pintados en paredes de barrio, banderas de hinchadas de fútbol o tatuadas en el cuerpo de algún fanático. En ese panteón popular tiene un sitio Carlos Alberto García Moreno (Buenos Aires, 1951), Charly García, un músico de rock superviviente de mil batallas que ha puesto melodía a cuatro generaciones de argentinos. Charly no es un músico global, pero en su país no tiene rivales.


“Charly es un genio precoz que se convirtió en una voz de su generación, en una estrella de rock y después en un mito argentino”, resume Fernando García, autor, junto a José Bellas, de 100 veces Charly.

Historias esenciales de un genio en llamas. Antes de los 10 años tocaba el piano como un adulto y gracias a su oído absoluto podía trasladar melodías a las teclas sin necesidad de partitura. Su carrera como concertista estaba asegurada, pero en los años sesenta se cruzó con el sonido de los Beatles y decidió cambiar a Mozart y Chopin por el rock. En 1969, creó Sui Géneris junto Nito Mestre, un compañero de escuela, y nunca más se detuvo. Sui Géneris fue el primer grupo de rock argentino que llenó el mítico Luna Park, que por entonces podía alberga a 25.000 personas, y dejó melodías que aún perduran. “Hubo un tiempo que fue hermoso, y fui libre de verdad. Guardaba todos mis sueños, en castillos de cristal. Poco a poco fui creciendo, y mis fábulas de amor se fueron desvaneciendo como pompas de jabón”, dice Charly en Canción para mi muerte, un “himno de fogón” incombustible. El artista la compuso “en 10 minutos” durante la milicia, “una noche que no podía dormir por los nervios”, contó una vez.


En aquellos tiempos, los militares eran gobierno y ser músico de rock no era cosa fácil. Charly escribió en los setenta Ejército loco, donde canta “yo formé parte de un ejército muy loco, tenía 20 años y el pelo muy corto. Si ellos son la patria yo soy extranjero”. Sus problemas con la censura crecieron con el grupo La máquina de hacer pájaros. La policía rodeaba las sedes de los conciertos y amedrentaba al público. “La censura ayuda, tenés que pensar, tenés un enemigo y hay que pensar una metáfora”, dijo Charly. Y allí estuvo el secreto de la supervivencia. Los militares no entendían las letras y la dejaban pasar, sin comprender las críticas feroces que el músico hacia al régimen de turno. “No cuenten lo que viste, el sueño acabó. Ya no hay morsas ni tortugas. Un rio de cabezas aplastadas por el mismo pie juegan cricket bajo la luna”, cantaba en 1982 en la televisión estatal, aún bajo control de la dictadura. La “morsa” era el general golpista Juan Carlos Onganía y la “tortuga” el presidente democrático Arturo Illia, derrocado por aquel. Las “cabezas aplastadas por un mismo pie” no necesitaban demasiada traducción, pero la relación con la luna desconcertó a los censores.


El “mito Charly” se disparó con Serú Girán, otro grupo icónico del rock argentino, donde el músico compartió escenario junto con David Lebón, Pedro Aznar y el fallecido Óscar Moro. En 1982, año de la Guerra de Malvinas, Charly se lanzó como solista. Montó entonces un concierto en el estadio Ferro, meca del rock de los ochenta, y ante miles de espectadores destruyó con misiles una ciudad de utilería cantando “No bombardeen Buenos Aires, no nos podemos defender”. En 1983, Charly dedicó unos versos a Los dinosaurios que, al fin, habían vuelto a los cuarteles. “Los amigos del barrio pueden desaparecer. Los cantores de radio pueden desaparecer. Los que están en los diarios pueden desaparecer. La persona que amas puede desaparecer. Los que están en el aire pueden desaparecer en el aire. Los que están en la calle pueden desaparecer en la calle. Pero los dinosaurios van a desaparecer”, canta Charly, en el que se ha convertido en el himno celebratorio del regreso a la democracia.


Los ochenta fueron años duros para Charly. Sus problemas con las drogas eran cada vez más graves. La estrella se volvió intratable para su entorno, llegaba tarde a los conciertos, estallaba de ira, destrozaba guitarras y teclados sobre el escenario o insultaba al público. “Su etapa solista son años bravos”, dice Fernando García, uno de sus biógrafos. En el año 2000, después de un concierto en Mendoza junto a la folclorista Mercedes Sosa, Charly se lanzó hacia una piscina por la ventana de la habitación que ocupaba en el décimo piso de un hotel. Dio en el blanco. “Solo la vi, y me atreví. Hay que ir más allá, además yo no me voy a morir nunca y mi capricho es ley”, les dijo a los periodistas que lo abordaron aún dentro del agua. En 2008, su deterioro llegó al límite y fue “salvado” por el músico Palito Ortega, un viejo amigo que lo alojó en una finca de su propiedad y lo acompañó en su recuperación.


Pese a su fama arrolladora en Argentina, Charly fue siempre una estrella local. Pudo seguir los pasos de Andrés Calamaro o Soda Stereo, pero ni siquiera lo intentó. “Siempre tuvo mucho desprecio con la idea de lo latino. Él se sentía a la par de Bruce Springsteen, de Peter Gabriel, era una estrella de rock, no quería cumplir con lo que Estados Unidos quiere del rock de México para abajo, con ritmo y sabor. Charly no tiene eso. [El músico uruguayo] Jaime Ross difundió a Charly en Holanda y le preguntaban si era italiano, no lo relacionaban con Sudamérica. Le faltaba exotismo y tiene mucho tango”, explica García.


Charly se recuperó y reapareció hace unos años, más gordo y mucho más tranquilo. En 2017 grabó su decimotercer disco de estudio, Random, y cada vez que anuncia concierto las entradas se agotan en unas pocas horas. “Soy zurdo, tengo la mitad de bigote blanco, tengo oído absoluto. Qué más querés. Me tiré de un piso diez. Soy un monstruo y a mucha honra”, dice Charly a los 68 años. El último mito argentino ya no despliega la energía devastadora de su juventud, pero cautiva como siempre.

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Lunes, 12 Agosto 2019 05:52

Woodstock

 Imagen del 16 de agosto de 1969 durante el festival de Woodstock que se celebró en Nueva York y en el que participaron solistas y bandas de la época como Creedence, Jefferson Airplane, The Who, Janis Joplin, Santana, Jimi Hendrix y Joe Cocker.Foto Ap

Hace 50 años en la granja de Max Yasgur, en el estado de Nueva York, se realizó el festival Woodstock, donde se exhaló el último suspiro de lo que se llama "los 60", y desde entonces prevalece una profunda nostalgia por algo inocente y consciente a la vez.

Ningún evento o festival cultural aquí ha generado tantos libros, discos, documentales, imágenes, memorias (y con este aniversario se están produciendo aún más). Aunque dicen que "si te acuerdas de Woodstock, no estuviste ahí", el festival es punto de referencia y forma parte del consciente (y probablemente del inconsciente) colectivo de este país medio siglo después.

Fue una expresión vital, y precaria, una respuesta rebelde contra las convenciones y las reglas del juego estadunidense y un sueño efímero hecho realidad durante lo que llamaron "tres días de paz y música".

Abbie Hoffman, el gran payaso e intelectual activista subversivo de esa generación, explicó lo que bautizó como la Nación Woodstock, en su libro de ese título, y lo resumió, durante su juicio (conocido como "los ocho de Chicago"), que se inició un mes después de Woodstock. Al ser interrogado en el banquillo de los testigos en el tribunal, se identificó así: “Mi nombre es Abbie. Soy un huérfano de America… resido en la Nación Woodstock”. ¿Y eso dónde está?, se le preguntó. Respondió: “Es una nación de gente joven enajenada. La cargamos con nosotros como un estado de ser de la misma manera que los indígenas Sioux cargaban a su nación Sioux con ellos. Es una nación dedicada a la cooperación versus la competencia, a la idea de que la gente debería tener un mejor medio de intercambio que la propiedad o el dinero, de que debería de haber otra base para la interacción humana… está en mi mente y en las mentes de mis hermanos y hermanas. No consiste de propiedad o material, es de ideas y ciertos valores... Es una conspiración. Actualmente, esa nación está cautiva en las penitencias de las instituciones de un sistema en decadencia”.

Tal vez la mejor canción sobre el festival fue escrita por una artista que nunca logró llegar, Joni Mitchell, cuyo coro es: "Somos polvo de estrella / Somos dorados / Y tenemos que irnos / De regreso al jardín" (en referencia al Jardín de Edén). Un verso contiene este reportaje: "Cuando llegamos a Woodstock / Ya éramos una fuerza de medio millón / Y por todas partes había canto y celebración / Y soñé que vi a los bombarderos... Y se estaban volviendo en mariposas / Sobre nuestra nación".

Woodstock se llevó a cabo entre el 15 y el 17 de agosto de 1969. No hubo comercio y los asistentes no llegaron como consumidores. De hecho, cuando los organizadores, al darse cuenta de que en lugar de 40 mil asistentes que esperaban estaban llegando 10 veces esa cantidad, declararon que el evento era gratuito. No hubo policías, ni seguridad oficial, ni broncas mayores, un poco de ácido malo, y situaciones caóticas que se resolvieron –no todas bien– por una comunidad autogobernada sin autoridades durante tres días (el gran documental Woodstock presentado en 1970 regaló el festival al mundo y sigue siendo el registro definitivo; ahora hay nuevos para marcar este aniversario.

La música fue el centro, el eje, la ruta sonora de una conciencia común informada por resistencia a las guerras imperiales, al racismo, a las injusticias sociales del país, y un rechazo al american way of life. Las canciones –estaban ahí algunos de los mejores intérpretes y bandas de esos tiempos, desde Janis Joplin, al Grateful Dead, Creedence, Jefferson Airplane, Sly & The Family Stone, The Who, Crosby, Stills, Nash & Young, Joan Baez, Santana y más– estaban repletas de historias de estas luchas y resistencias y rebeldías que marcaron los años 60. Jimi Hendrix fue el encargado de cerrar el festival y su furiosa y encendida versión del himno nacional, repleto de guerras y gritos, y, pues, de rebelión, fue tal vez la rola más emblemática.

Los ecos de Woodstock aún se escuchan medio siglo después.

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