Eso es lo que les hacemos a los que tienen su oficio: Más de 149 agresiones contra periodistas en Colombia

La Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP) ha alertado sobre la preocupante escalada de violencia en contra de los periodistas durante las protestas y el paro indefinido iniciados hace casi un mes en Colombia que incluyen 149 agresiones a comunicadores.

Entre los incidentes hay agresiones, amenazas, obstrucción para hacer su trabajo, robo de material y hostigamiento, entre otras, según ha explicado la FLIP en un comunicado recogido por la prensa colombiana.

“Estas manifestaciones sociales han expuesto la vulnerabilidad y desprotección de los periodistas en el país. La libertad de expresión y prensa se ha visto gravemente afectada por el alto nivel de violencia que se ha vivido en Colombia en los últimos días. Es urgente que se implementen acciones diferenciadas para garantizar su seguridad. El trabajo de una prensa libre es un imperativo para salvaguardar el Estado democrático", ha alertado el director de la FLIP, Jonathan Bock.

La mayoría de las agresiones han sido ya denunciadas ante las autoridades. En la Fiscalía, por ejemplo, ya está el caso del ataque de agentes del Esmad (antidisturbios) al equipo periodístico del medio alternativo Loco Sapiens en Sibaté, del cual dos periodistas resultaron heridos por impactos de perdigones disparados por los uniformados pese a haberse identificado plenamente como prensa.

En muchos de estos casos son los agentes de las fuerzas de seguridad quienes atacan a los periodistas, como ya ha ocurrido en Sibaté, Duitama o Medellín, pero también hay casos en los que son los propios manifestantes los que han obstruido el trabajo de los comunicadores con amenazas.

“Cualquiera que tenga un casco o un chaleco que diga prensa lo sacan de las manifestaciones a punta de gritos o piedras. Y ni hablar si son periodistas de grandes medios”, ha explicado un periodista que ha preferido no identificarse por seguridad, en declaraciones al diario 'El Espectador'.

Torturas a un periodista

También está en manos de la Fiscalía un caso ocurrido en Duitama (Boyacá), donde el periodista Santiago Amaya, del medio alternativo Contradicción, fue retenido ilegalmente y agredido por agentes de la Policía.

"Me acorralaron unos diez agentes contra una pared. Nunca me pidieron una identificación. Simplemente escuché que uno dijo: ‘Ese es. Llévenselo’”, ha relatado Amaya. "Un agente me dio un golpe muy fuerte que me dejó sin aire y sin fuerzas (...). ‘Me importa un culo que usted sea periodista’, me dijeron. Me empiezan a pegar bolillazos (porrazos)", ha añadido.

"En la estación (comisaría) me tiran en una carceleta que, por el olor, debía estar completamente orinada. Ahí me siguen pegando. Recibo patadas y me intentan ahorcar con mi carné. ‘Eso es lo que les hacemos a los que tienen su oficio’, me dice otro uniformado’”, ha asegurado Amaya.

Posteriormente fue liberado, pero asegura que tanto él como su familia han sido contactados por la Policía para persuadirlos de no hablar.

23 mayo 2021

(Con información de Europa Press)

Publicado enColombia
Pedro Castillo saluda con su sombrero durante un acto de campaña en Lima.. Imagen: EFE

Los grandes medios hacen campaña a favor de Keiko Fujimori 

La izquierda sigue encabezando los sondeos, pero cuando faltan tres semanas para las elecciones, los veinte puntos de ventaja que tenía hace un mes se han reducido a tres puntos.

Desde Lima. La campaña de demolición contra el candidato de la izquierda, Pedro Castillo, copa todos los espacios. Los grandes medios se han alineado con la candidata de la derecha y se concentran en atacar al postulante a la presidencia por el izquierdista Perú Libre y en lavarle la cara a Keiko Fujimori, la candidata del fujimorismo que carga una larga trayectoria autoritaria y corrupta. Sostenida y empujada por el establishment y el poder mediático, Keiko sube en las encuestas y disminuye la distancia que la separa de su rival, que se ha estancado. El profesor y sindicalista que postula por la izquierda sigue encabezando los sondeos, pero cuando faltan tres semanas para las elecciones, los veinte puntos de ventaja que tenía hace un mes se han reducido a tres puntos (44 – 41 por ciento), según una encuesta de Datum publicada el viernes.

A Castillo lo está golpeando una masiva campaña de miedo, que anuncia que su victoria traería “una dictadura comunista” y la toma del poder por “los terroristas de Sendero Luminoso”, que le dice a la gente que un gobierno de izquierda le quitará sus casas, sus ahorros, todo lo que tienen, que cerrarán las empresas y crecerá el desempleo, que habrá desabastecimiento. Pero también lo afectan errores propios, como cierto desorden en su campaña y la demora en presentar al equipo técnico con el que gobernaría, lo que hizo este sábado. Un flanco débil de la campaña del profesor y sindicalista de izquierda, muy explotado por la derecha, es la presencia del fundador y secretario general de Perú Libre, Vladimir Cerrón, un exgobernador de discurso radical que ha sido condenado a prisión en suspenso por corrupción.

Castillo presentó a parte de su equipo de gobierno en un mitin en un barrio popular de Lima, donde dio a conocer un plan para los primeros cien días de gobierno, en cuya elaboración ha colaborado la coalición progresista Juntos por el Perú de la excandidata presidencial Verónika Mendoza. El exfiscal Avelino Guillén, fiscal en el juicio en el que el exdictador Alberto Fujimori fue condenado a 25 años por crímenes de lesa humanidad, es parte de este equipo. El plan presentado prioriza la atención a la crisis por la pandemia, la mejora de servicios públicos como salud y educación abandonados por el modelo neoliberal, la renegociación con las transnacionales de los contratos de explotación de los recursos naturales y el cambio de la Constitución que viene de la dictadura de Fujimori. “Lo primero es la salud, sin salud no hay reactivación económica”, dijo el candidato, que pidió apoyar la opción del cambio “sin temores”.

A esa misma hora, en la puerta del penal de mujeres de Lima -donde estuvo varios meses en prisión preventiva por el proceso por lavado de dinero, organización criminal y obstrucción a la justicia que se le sigue- Keiko acusaba a su rival de correrse de un debate que, a partir de un reto de Castillo, se anunció como una posibilidad en ese lugar, pero que nunca se confirmó. Los medios le siguieron el juego a la candidata fujimorista para presentar a Castillo como alguien que había huido del inexistente debate. La puesta en escena, transmitida en vivo por todos los canales de televisión, se cerró con una reconciliación pública de Keiko con su hermano menor Kenji, distanciados hace buen tiempo, con abrazos y llanto incluidos.

“Muerte al comunismo, muerte a Cerrón y a Castillo”, vociferó, días atrás, en una manifestación pública el excandidato presidencial Rafael López Aliaga, un fascista conocido como “Porky”, quien quedó tercero en la primera vuelta con 11,7 por ciento y que en esta segunda vuelta se ha convertido en un activo aliado de Keiko. Una amenaza minimizada por Keiko y los medios. Un congresista electo por el partido fascista que lidera López Aliaga, el almirante en retiro Jorge Montoya, ha anunciado que cuando en julio tome posesión de su banca presentará un proyecto de ley para proscribir a los partidos de izquierda. En esa línea de amenazas, altos oficiales en retiro, entre ellos media docena de congresistas electos, han emitido un comunicado de tono golpista llamando a cerrar filas para no permitir el triunfo “del comunismo”.

El novelista Mario Vargas Llosa, alineado en esta alianza de la derecha que incluye al fascismo peruano, busca llevar el operativo de lavado de cara al fujimorismo a nivel internacional. Ha invitado a la hija del encarcelado exdictador Alberto Fujimori, que reivindica la dictadura corrupta de su padre, a un foro iberoamericano que se realizará el 23 de mayo en Quito bajo el nombre de “Desafíos de la Libertad”, organizado por la Fundación Internacional para la Libertad que preside el Nobel y que es muy activa promoviendo las causas de la derecha. El escritor pretende construir una narrativa en la cual el fujimorismo, de larga historia autoritaria, se convierte repentinamente en garantía de la defensa de la democracia. En esta narrativa, democracia y libertad son una careta detrás de la cual se esconde lo que en verdad Vargas Llosa y la derecha quieren defender a toda costa: la continuidad del modelo neoliberal.

La poderosa maquinaria mediática se ha puesto al servicio de la candidatura de la derecha y periodistas que no se alinean son hostigados o despedidos. El caso más notorio es el de la directora de noticias del principal canal de televisión abierta, América, y del más importante canal de noticias por cable, Canal N -ambos de propiedad del Grupo El Comercio, que también controla el 80 por ciento de la prensa escrita-, Clara Elvira Ospina, despedida luego de la primera vuelta electoral horas después de reunirse con Keiko y decirle que la línea informativa de ambos canales no iba a ser puesta a disposición de la campaña fujimorista. 

Los periodistas del principal programa periodístico de América han enviado una carta al directorio quejándose por la situación luego de este cambio. Las presiones sobre los medios también llegan a los más pequeños. En la región de Ancash, al norte de Lima, una importante radio local cerró un programa de noticias y despidió a sus dos conductores por criticar a Keiko. La Asociación Nacional de Periodistas y la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos han expresado su preocupación y rechazo por este control de los medios por una candidatura. Esta situación trae a la memoria lo ocurrido durante el régimen fujimorista de los años 90, cuando la mayor parte de los medios fueron sometidos al poder con sobornos, presiones o amenazas.

Una muestra de la intolerancia y de la agresividad contra los que no se alinean con la candidatura de la derecha es lo ocurrido con una adolescente que grabó un spot publicitario a favor de Castillo, que fue atacada por un programa de televisión como si hubiera cometido un delito por grabar ese video, y que ha sido objeto de un brutal acoso en las redes sociales, con toda clase de insultos y amenazas. La violencia verbal ha llegado a la física con agresiones de seguidores fujimoristas, que visten de negro y posan en fotos haciendo el saludo nazi, contra simpatizantes de Perú Libre.

El país entra muy polarizado a la recta final para las elecciones del 6 de junio, en la que se definirá la continuidad o el cambio del modelo económico neoliberal.   

Por Carlos Noriega

16 de mayo de 2021

 

Publicado enInternacional
O las grandes tecnológicas o la prensa libre

La captura de ingresos por publicidad digital de las grandes empresas de tecnología como Google y Amazon representa una amenaza seria para la libertad de prensa.

 

A fines de febrero en 2021 se produjeron dos acontecimientos notables. En primer lugar, Facebook y Google intentaron intimidar a Australia debido a una nueva ley que exige que las plataformas de las grandes tecnologías (big tech) compartan con las empresas de medios de comunicación australianas los ingresos por publicidad digital. Segundo, la cumbre de ministros de Economía y Finanzas del G-20 resultó en un giro drástico respecto de las normas impositivas globales.

En un anuncio que casi no tuvo publicidad, la secretaria del Tesoro de Estados Unidos, Janet Yellen, dijo a sus pares del G-20 que el gobierno de Joe Biden iba a desestimar el reclamo del gobierno de Donald Trump de que las compañías estadounidenses de tecnología, como Google y Facebook, pudieran optar voluntariamente por quedar fuera del propuesto acuerdo impositivo digital global. Esta disposición, conocida como «safe harbor» (puerto seguro), era enfáticamente resistida por la Unión Europea y durante muchos años bloqueó las negociaciones para que las compañías de tecnología paguen una porción mayor de sus impuestos en los países donde operan.

Por años, Facebook, Google, Amazon, Apple y otras empresas buscaron paraísos fiscales, instalando centros de operaciones básicas en países de baja tributación y registrando la totalidad de sus ventas a través de esos países. Con la administración Biden dando muestras de una nueva apertura estadounidense a un impuesto digital común, así como a un impuesto corporativo mínimo global, las big tech pronto podrían encontrarse ante un frente transatlántico unificado.

Parte de ese frente es impulsado por una pelea por la supervivencia entre las empresas de medios tradicionales, no solo en Australia sino en todo el mundo. Además de transmitir torrentes de desinformación electoral y sobre el covid-19, otro de los impactos peligrosos de la actividad de Google y Facebook ha sido el debilitamiento de la estabilidad económica de los medios de comunicación, desde Australia hasta la Unión Europea, pasando por el estado norteamericano de Maryland.

Las big tech debilitan a la prensa

¿Cómo amenazan Google y Facebook el bienestar económico de la prensa libre? Solo estas dos firmas absorben un increíble 60% de toda la publicidad online en el mundo (fuera de China). Con otro 9% que toma Amazon, solo resta un magro 30% de ingresos por publicidad digital global para distribuir entre los miles de medios de comunicación, muchos de los cuales son publicaciones locales. Dado que los avisos digitales online representan en la actualidad más de la mitad del gasto total por publicidad (y se proyecta un crecimiento aún mayor), esto ha contribuido enormemente a la desfinanciación y el fracaso de empresas de noticias en un país tras otro.

La situación de Australia es típica. Su comisión de competencia determinó que, por cada 100 dólares australianos gastados por anunciantes online en Australia, 47 van a Google y 24 a Facebook, aun si la publicidad tradicional ha caído. Varios estudios establecieron que la mayoría de la gente que se informa mediante la web no consulta la fuente original de las noticias, sino que accede a ellas a través de las plataformas de Facebook y Google, que están hábilmente diseñadas para mantener la atención de los usuarios. Muchos de estos jamás hacen clic en los enlaces, y en cambio absorben el meollo de las noticias desde los titulares y las vistas preliminares de las plataformas.

En efecto, los medios digitales han convertido a miles de editoriales y emisoras en poco más que escritores fantasma no remunerados de los contenidos de su plataforma. Hay que tener en cuenta que Facebook y Google podrían modificar su diseño y sus algoritmos para dirigir intencionalmente a los usuarios a los sitios web de las fuentes de noticias. Sin embargo, no lo hacen. Prefieren reempaquetar y monetizar el producto del productor original sin pagar por eso. En otras industrias, eso se llama robo.

Por lo tanto, Australia decidió luchar contra este duopolio estableciendo algunas reglas propias. Una nueva ley exige que las empresas de medios digitales compensen a las empresas australianas de medios en forma justa por reempaquetar y monetizar sus contenidos de noticias registrados. Los medios de comunicación de todo el mundo están atentos para ver cómo resulta esto.

El poder puro y desnudo de la plataforma

Ante la propuesta, Google lanzó inicialmente amenazas, pero luego negoció acuerdos con las empresas de noticias para pagarles alguna compensación. En cambio, Facebook hizo exhibición de sus fuerzas sacando completamente a Australia de su plataforma por varios días. Esto impidió que tanto las empresas de noticias australianas como los usuarios, entre ellos importantes organismos gubernamentales como los servicios de salud, de prevención y combate de incendios y de crisis, pudieran publicar, ver o compartir contenidos de noticias.

El resultado fue impactante, el proverbial «disparo que se escuchó ‘en todo el mundo’». Facebook censuró a los usuarios australianos con más eficacia que la que alguna vez haya podido ejercer el gobierno comunista chino, lo cual promovió acusaciones de «autoritarismo big tech». Facebook finalmente cedió a los requerimientos de Australia a cambio de algunas concesiones poco claras e inciertas. Pero el mensaje del poder puro y desnudo de la plataforma fue inequívocamente claro.

En la actualidad se libra una batalla similar en el estado de Maryland. Durante los últimos 10 años, el ingreso por publicidad de los periódicos estadounidenses cayó 62 y sin ese financiamiento, el empleo en las redacciones se redujo casi a la mitad. Esa caída coincidió con un incremento enorme>span class="MsoHyperlink"### en el uso de medio digitales. Presionado por estas cifras de la economía, Maryland aprobó el primer impuesto estadounidense sobre los ingresos por publicidad digital (percibidos dentro de los límites de ese estado), dirigido a empresas como Facebook, Google y Amazon. Se proyecta que la medida genere un ingreso fiscal de hasta 250 millones de dólares en el primer año, que se destinará a las escuelas. Los gigantes tecnológicos amenazan con acciones legales contra Maryland, al tiempo que legisladores de los estados de Connecticut e Indiana han introducido medidas similares.

El panorama más amplio: lo que está en juego

Uno de los debates más importantes y no zanjados de la era de internet es si las plataformas de medios digitales como Facebook, Google/YouTube y Twitter son la nueva «plaza pública», es decir, una especie de ágora de la libertad de expresión global, o simplemente la más moderna versión tecnológica de las antiguas empresas editoriales y de difusión radial y televisiva. O, quizás, un híbrido entre ambos.

Antes incluso de los acontecimientos seminales de este año –el ataque al Capitolio y la decisión de Facebook, Google y Twitter de discontinuar las publicaciones del presidente de Estados Unidos–, las empresas de big tech actuaron como editoras al poner en manos de sus algoritmos de «participación» decisiones cruciales sobre qué contenido se presenta al tope de los flujos de noticias de los usuarios y cuál se promociona y amplifica. Sus sofisticadas máquinas editoriales de «cola larga» utilizan sistemas precisos de direccionamiento de contenidos a nichos de usuarios, para mostrar diferentes contenidos a diferentes personas, incluso publicidad política.

No se trata aquí de tableros de chat online pasivos, ni las plataformas de las big tech son meras administradoras de una plaza pública digital. Son «editoriales robot» en las que los algoritmos llevan a cabo las tareas esenciales de un editor. Desde un punto de vista legal o de rendición de cuentas, debería importar poco si lo que está detrás de la cortina es una súper computadora o un ser humano. De hecho, estas empresas tienen más en común con el New York Times, Bild y Rupert Murdoch que con un wikiboard en línea o una esquina para la libre expresión en el Hyde Park de Londres.

Sin embargo, la ley vigente no trata a estas empresas como a editoriales o difusoras de radio o televisión, en particular en lo que a responsabilidad o rendición de cuentas se refiere. Las plataformas de medios digitales prefieren escudarse tras el hecho de que tienen miles de millones de usuarios que generan contenido, lo que asimilaría su rol al de un «transportista general» estilo AT&T o al de una plaza pública. Pero eso no debería opacar la centralidad de su función editorial.

¿Una amenaza a la internet abierta?

Quienes critican el enfoque de Maryland y Australia sostienen que amenaza el principio de una internet abierta. En esencia, exigen que las fuentes de noticias tradicionales soporten la carga financiera de continuar produciendo noticias de calidad sin recibir una compensación justa, así como demandaron que se le permitiera a Napster distribuir música registrada en forma gratuita sin compensar a los músicos y las discográficas.

Pero el principio de «internet abierta» debe equilibrarse con el «principio del derecho de autor», que se estableció años antes de que existiera internet. La ley de derecho de autor establece que ningún individuo u organización puede echar mano al contenido de otro y monetizarlo sin pagar por eso. Hay algo básico y justo en que los gigantes de medios digitales paguen por el contenido de noticias original que utilizan para llevar tráfico a sus sitios propios.

El principio de internet abierta contribuye a la inestabilidad financiera de los medios de comunicación de todo el mundo, y si se lo lleva a su conclusión lógica, canibalizará lo que queda de los medios noticiosos. Sin fuentes creíbles de noticias en las que apoyarse, Facebook, Google y Twitter estarían aún más teñidas por la desinformación por la que se han hecho famosas estas plataformas. De esa forma van camino a la autodestrucción.

Las democracias deben detener esta destrucción del ecosistema de los medios digitales antes de que estas empresas destruyan nuestras democracias. Francia y Austria han aprobado leyes similares a las de Australia; Canadá anuncia que adoptará ese enfoque y posiblemente la India también lo haga.

Hay mucho en juego en esta batalla por la participación en la publicidad digital, y la Unión Europea y Estados Unidos deberían señalar el rumbo tanto para asegurar que los medios big tech respeten la inviolabilidad de la ley de derecho de autor como para detener el debilitamiento de los medios de comunicación y de las empresas de noticias en todo el mundo. Desafortunadamente, el gobierno de Biden se ha mantenido notablemente callado en relación con este tema, algo quizá comprensible teniendo en cuenta que tiene mucho que atender en sus primeros meses de gestión.

También es lamentable que la Directiva de la Unión Europea sobre Derecho de Autor, una regulación que ya tiene dos años, no haya sido aún implementada por la mayoría de los Estados miembros. Esta norma, sin embargo, es significativamente más débil que la nueva ley de Australia, ya que no obliga a las empresas tecnológicas a someterse a un arbitraje vinculante con las empresas de noticias cuando no logran llegar un acuerdo. Martin Kretschmer, profesor de Derecho en la Universidad de Glasgow, afirma que «la Directiva de la Unión Europea sobre Derecho de Autor es ya una ley anticuada».

Pero un frente unificado transatlántico en el G-20 respecto a normas impositivas globales ofrece una oportunidad para que la Unión Europea y Estados Unidos negocien con otras naciones líderes para establecer un nuevo estándar que permita controlar los muchos aspectos tóxicos de los monopolios de las big tech. Es hora de que los Estados a ambas márgenes del Atlántico mejoren su juego.

Fuente: IPS

Traducción: María Alejandra Cucchi

Publicado enSociedad
Las redes sociales son sistemas de comunicación que convierten fenómenos marginales en centrales. Foto: Liesther Amador / UNEAC.

¿Qué pasaba en el mundo antes de la aparición de la COVID-19? Ocurrían en distintas latitudes protestas sociales: Beirut, Hong Kong, Cataluña, Puerto Rico, Chile, Colombia, Costa Rica. Las demandas de unos y otros se ajustaban a las inconformidades de cada geografía, sin embargo, poseían el común denominador de gestarse en sociedades democráticas, desarrolladas, a través de las redes sociales.

Esta fue la pregunta y la respuesta que inició la conferencia del profesor español y catedrático de la teoría de la comunicación, Ignacio Ramonet, en la sala Rubén Martínez Villena de la UNEAC.

Al encuentro asistieron Alpidio Alonso Grau, Ministro de Cultura; Abel Prieto Jiménez, asesor del Presidente de la República y presidente de Casa de las Américas; Luis Morlote Rivas, presidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), entre otras figuras del mundo artístico e intelectual.

Entender el nuevo desafío que imponen las redes sociales, implica analizar las trasformaciones en las lógicas de consumo y la reconfiguración de los escenarios políticos, sociales y culturales en el ciberespacio.

El autor de El imperio de la vigilancia destacó la gran interrogante que constituye internet, como la tercera gran revolución de las comunicaciones, y las recientes redes sociales, con no más de 20 años de existencia.

"La diferencia con los medios de difusión masiva es que no alcanzan el nivel de retroalimentación de las redes sociales. Éstas ponderan el diálogo constante, tienen una relación más fuerte con los receptores. Son sistemas de comunicación que convierten fenómenos marginales en centrales".

En este entorno comienzan a actuar fenómenos como la postverdad y las "fake news". La posesión de una gran cantidad de información pasa de erigirse como generadora de pensamiento crítico a productora de desconocimiento.

"El discurso acerca del sistema mediático, como manipulador de la información a favor de los dueños de medios y las clases dominantes, ha sido sobrepasado por la crítica de la extrema derecha populista. Existe una atmósfera de guerra entre la sociedad y los dirigentes políticos. Hay un espíritu complotista contra el complot que está en el poder. En Estados Unidos, por ejemplo, la crítica de muchos ciudadanos al sistema generó un ataque al Capitolio", explicó Ramonet.

Donald Trump, representante de esta extrema derecha, tenía en su cuenta en Twitter 33 millones de seguidores cuando el asalto al Congreso estadounidense. Este hecho fue encabezado por una masa fanatizada. Parte de los simpatizantes del expresidente son partidarios de Quanon: una teoría conspirativa que llevó, el 4 de diciembre de 2016, a Edgar Maddison Welch a disparar, con un rifle de asalto, en una pizzería en Washington DC. La causa del hecho fue la sospecha de que en el sótano de aquel lugar se reunían demócratas, cantantes y actores de Hollywood pedófilos.

Ramonet recordó en una entrevista con el periodista brasileño Breno Altman cómo, en la actualidad, los ciudadanos se movilizan más por un tema puntual que por una gran causa. Esto se complejiza en un entorno donde la conspiranoia y el fanatismo forma parte de un sistema atacado, además, por la incertidumbre de la COVID-19.

"Lo que domina a las redes es el pensamiento mágico. La verdad es cada vez más emocional y no real. Las redes están hechas para emitir y no para recibir. Existe una repolitización salvaje en un sentido antropológico", expresó el director de Le Monde Diplomatique.

En un artículo de La Jiribilla, titulado Las redes sociales, nuevo medio dominante, el catedrático aborda la proyección de un futuro cada vez más dependiente de las Tecnologías de la Información y la Comunicación. La inteligencia artificial y la tecnología 5G, los algoritmos tendrán influencia directa en la organización misma de la sociedad y en la estructura política.

"La objetividad de la información (si alguna vez existió) ha desaparecido, las manipulaciones se han multiplicado, las intoxicaciones proliferan como otra pandemia, la desinformación domina, la guerra de los relatos se extiende. Nunca se habían “construido” con tanta sofisticación falsas noticias, narrativas delirantes, “informaciones emocionales”, complotismos. Para colmo, muchas encuestas demuestran que los ciudadanos prefieren y creen más las noticias falsas que las verdaderas, porque las primeras se corresponden mejor con lo que pensamos. Los estudios neurobiológicos confirman que nos adherimos más a lo que creemos que a lo que va en contra de nuestras creencias", agrega.

Actualmente, Facebook tiene 2 740 millones de usuarios aproximadamente; YouTube 2 291 millones y WhatsApp 2 000 millones. El protagonismo de las redes sociales en la vida cotidiana es irreversible. Las izquierdas no están exentas de este ecosistema comunicacional, padecen los mismos síntomas de esta era de los absurdos.

Cuba se inserta poco a poco en este entorno. A inicios de 2021 se reportaban 7 millones 700 mil cubanos conectados a la red de redes, lo que representa el 68 % de la población.

Ernesto Limia, vicepresidente primero de la Asociación de Escritores de la UNEAC, comentó sobre las complejidades del ciberespacio, como territorio reciente en la Isla, y cómo se imbrica con la situación de asedio político, económico y mediático que enfrenta el país. En dicho contexto, resaltó la importancia del estudio de la historia y la búsqueda de formas atractivas para acercarla a los más jóvenes.

"Detrás de las redes sociales hay mucha ciencia e innovación. ¿Quiénes son sus dueños? ¿Quiénes las financian? ¿A qué intereses responde? Sin duda estas tienen un alto componente ideológico y político, no sólo en el tema Cuba. En nuestro caso particular nos están tratando de crear una realidad virtual, manipulada. La batalla está en posicionar mejor nuestras líneas de mensaje", argumentó Abel González, vicepresidente de la sección de Literatura Histórico Social de la UNEAC.

El crítico, poeta y ensayista, Víctor Fowler, advierte la necesidad de "entender cómo funcionan las redes sociales y la transformación de la comunicación contemporánea: la cultura de los memes, los influencers, los youtubers, las personas que no son genios, intelectuales, líderes de moda o políticos, y sin embargo tienen una gran comunidad de seguidores. Hay que empezar a emplear los términos del siglo XXI. Nosotros en Cuba tenemos tarea doble, esa y comprender la dinámica de la agresividad contra el país".

Para Paquita de Armas Fonseca, crítica y periodista, lo primero es comenzar a interactuar con las redes sociales. Los nativos digitales asumen formas de socialización y consumo de información que distan de las formas tradicionales.

"Las redes sociales son una batalla de emociones, sentimientos, reacciones, a veces insultantes. Nos movemos en un medio de comunicación donde hay poco espacio para el intercambio civilizado de argumentos. Nos hemos habituado a los debates intelectuales de otras épocas, donde alguien hacía un ensayo y otra persona le respondía. Ahora estamos en una especie de torbellino de imágenes, sonido, chispas, fricciones. Cada día es más importante diseñar una política de comunicación que pondere la rapidez de la información", aseveró Abel Prieto, presidente de Casa de las Américas.

Será imprescindible la producción de contenidos adaptados a las lógicas del ciberespacio. Como señaló el músico e integrante del Dúo Buena Fe, Israel Rojas, esto involucra la necesidad de un estudio y una comprensión de las prácticas de consumo, a la par de políticas trasparentes y agendas públicas cada vez más cercanas a las inquietudes de la ciudadanía.

1 abril 2021

Publicado enCultura
Lunes, 22 Febrero 2021 06:16

Las GAFAM y el poder del pueblo

Las GAFAM y el poder del pueblo

Aliadas con grandes firmas de Wall Street y el influyente lobby empresarial agrupado en la Cámara de Comercio de Estados Unidos, la poderosa organización sindical AFL-CIO, funcionarios republicanos y demócratas integrantes del establishment institucional en los aparatos ejecutivo, legislativo y judicial tanto a escala federal como en los estados de la unión y organizaciones de la sociedad civil, las corporaciones tecnodigitales del Silicon Valley habrían jugado un papel importante en la derrota de Donald Trump en los comicios del 3 de noviembre pasado.

Lo anterior, según un reportaje publicado por la revista Time titulado "La historia secreta de la campaña en la sombra que salvó las elecciones de 2020", que utiliza expresiones tales como "una conspiración detrás de la escena" y "pacto" o "alianza informal" entre sectores tradicionalmente antagónicos como son las grandes corporaciones y los sindicatos, que entre otras actividades habría influido en las percepciones del electorado y presionó a quienes dirigen la cobertura de los grandes medios de difusión masiva y controlan el flujo de información, incluidos ejecutivos de las plataformas de redes sociales, para que cumplieran sus políticas contra ciertos tipos de comportamientos tóxicos, eliminando contenidos y cuentas que difunden noticias falsas ( fake news). Según la publicación, en noviembre de 2019 (un año antes de los comicios) Mark Zuckerberg, fundador de Facebook, invitó a nueve líderes de derechos civiles a cenar en su casa y allí determinaron aplicar reglas y un cumplimiento más riguroso de los contenidos, situación que se habría repetido con el CEO de Twitter, Jack Dorsey, y otros.

Ello explicaría que las cadenas de televisión más poderosas de EU (ABC, CBS, NBC y MSNBC, enlazadas en sus plataformas de YouTube, Facebook, Twitter y otras redes de Internet) le hayan apagado el micrófono de manera brusca a Trump el 5 de noviembre pasado, aduciendo que estaba acusando fraude sin pruebas. Desde entonces, también, comenzó a discutirse si fue correcta la decisión de los medios hegemónicos de censurar de manera orquestada el mensaje en vivo de Trump cuando la contienda electoral estaba cerrada y todavía lejos de concluir, y si correspondía a medios privados establecer la censura previa y determinar de manera paternalista si un mensaje específico debe llegar a la audiencia.

Según aduce TIME ahora, la "conspiración" tuvo como objetivo reafirmar la democracia estadunidense. Y en sus propias palabras, la democracia fue salvada por "the power of people" (el poder del pueblo). Sin embargo, tras la incursión al Capitolio el pasado 6 de enero, la expulsión de Trump del "paraíso de las plataformas de redes sociales" (Rosa Miriam Elizalde dixit) tiene más que ver con la "práctica discrecional" de los monopolios privados en Internet, que con la democracia y los mensajes de odio racista del antiguo inquilino de la Casa Blanca contra los negros, musulmanes, mexicanos y centroamericanos. En mayo de 2011, a pedido de Israel, Zuckerberg borró las cuentas de medio millón de usuarios que en Facebook defendían la causa palestina.

El veto a las cuentas del magnate neoyorquino por el gobierno paralelo y empresarial del Silicon Valley en alianza con las grandes corporaciones de Wall Street y el Estado profundo (la CIA, la FBI, etcétera), devela una articulada estructura de poder suave ( softpower) dirigida a poner en la Oficina Oval a un funcionario del establishment como Joe Biden.

La tecnología no es neutral; forma parte de las estructuras de poder, riqueza y dominación. Junto con Twitter, las GAFAM (Google, Amazon, Facebook, Apple, Microsoft) son una suerte de cártel del complejo digital-financiero vinculado a la comunidad de inteligencia. Las corporaciones digitales y el poder infocomunicacional concentrado cuentan con un tremendo arsenal de tecnologías en informática y comunicaciones (TIC) y el Big Data a escala global.

Durante años los algoritmos de Facebook y Google (YouTube) han actuado como árbitros de la política estadunidense. Pero las plataformas de las redes sociodigitales no son sólo herramientas comunicativas, sino también un arma del "capitalismo de la vigilancia" (Shoshana Zuboff). En función de sus propios intereses plutocráticos, las redes operan como una prolongación de las industrias culturales tradicionales, uno de cuyos objetivos principales es la producción de una cultura de masas. Es decir, no sólo contribuyen a la construcción de la hegemonía capitalista, sino que cumplen una función de simplificación espiritual y de manufacturación de la ignorancia. Y según plantea José Ernesto Nováez Guerrero, como herramientas del capitalismo, las redes hegemónicas son instrumentos de la derecha ideológica: el carácter de empresa privada capitalista determina el funcionamiento ideológico de los algoritmos, tendiente a neutralizar de diversas formas el pensamiento crítico disidente del actual sistema de dominación.

Las redes digitales forman parte del dispositivo para disciplinar sociedades enteras. Sin olvidar que en sus orígenes en plena guerra fría, la red de redes surgió como un sistema de intercomunicación militar del Departamento de Defensa de EU: Arpanet (1967), antecedente de Internet (1983), y que el encriptado para los teléfonos celulares fue acordado con el conjunto de sus fabricantes en el Pentágono por la Agencia Nacional de Seguridad. Años después Julian Assange diría que Facebook era la máquina de espionaje más terrible del mundo, jamás inventada. Entre otros temas, es lo que no le perdonan sus obsecuentes carceleros.

Publicado enSociedad
La manipulación mediática sobre la pandemia: uno de los capítulos más vergonzosos de la historia del periodismo

Publican datos falsos. Manipulan información. Distorsionan estrategias en aras de sus filias y fobias políticas. Comparan países incomparables. Especulan. Mienten. Hacen campaña contra los gobiernos o los políticos con los que no concuerdan. Publican balances amañados. Las lecturas políticas, basadas en intereses partidarios, desplazan a las científicas. Estimulan la indignacionitis a partir de un doble estándar. Militan contra las cuarentenas, los controles y las restricciones. Y, ahora, contra las vacunas.

El año en el que vivimos en peligro por una emergencia de salud ameritaba que los medios de comunicación asumiéramos la responsabilidad del servicio social que debemos brindar a una sociedad. Prudencia, serenidad, profesionalismo y seriedad tenían que haber sido las premisas de diarios, portales, cadenas de radio y televisión durante estos meses en los que el Covid ha representado la pérdida de millones de vidas en todo el mundo.

Pero la prensa tradicional, mayoritaria y más influyente de Argentina, no cumplió.

El compromiso inicial de: "al virus lo frenamos entre todos" se evaporó. La polarización volvió rápidamente a Argentina luego de unos primeros meses en los que, de manera inédita, el presidente Alberto Fernández logró instalar mensajes (e imágenes) de unidad nacional con el apoyo de la oposición.


Lo más importante para un grupo de medios y periodistas es desacreditar al gobierno, así sea a costa de incrementar los riesgos de una pandemia. Generan climas de escepticismo, de rebeldía, de alarmismo, de obsesión con su villana favorita, con discursos que, muchas veces, abrazan el ridículo.


Bastó que las encuestas demostraran que los altos niveles de popularidad que el presidente tuvo en un breve lapso después de la llegada del coronavirus comenzaban a descender para que gran parte de la prensa retomara su papel opositor con una línea editorial que no se basa en la investigación, la información, los datos, ni la ciencia, sino en antiperonismo puro y duro.

Lo más importante para un grupo de medios y periodistas –por suerte, nunca son todos, hay múltiples excepciones– es desacreditar al gobierno, así sea a costa de incrementar los riesgos de una pandemia. Generan climas de escepticismo (¿la cuarentena sirve o es un fracaso? ¿no es mejor abrir todo para que la economía se recupere?), de rebeldía (instigando las movilizaciones anticuarentena/antigobierno), de alarmismo (todo es un desastre, es el peor país del mundo, hay que huir de aquí), de obsesión con su villana favorita (la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner es la culpable de todos los males), con discursos que, muchas veces, abrazan el ridículo.

 

Campañas


La irresponsabilidad está a pleno ahora con su campaña para hacer dudar a la población sobre la efectividad de las vacunas, en especial la Sputnik V, a la que han rodeado de un aura demoníaca.

Si no fuera tan grave, sería gracioso que hablen de la vacuna "soviética", de la URSS, del comunismo, de todo aquello que dejó de existir hace tres décadas en ese país. Por increíble que parezca, muchos periodistas se quedaron anclados en la Guerra Fría y abonan a la esquemática narrativa occidental en la que los rusos siempre son los malos.

Sostienen ese relato por más que la realidad los desmienta, ya sea con el reciente diálogo entre Angela Merkel y Vladímir Putin para analizar la posibilidad de que Alemania y Rusia produzcan juntos la vacuna, o el acuerdo entre los fabricantes de Oxford y Sputnik V para hacer ensayos con la combinación de ambas vacunas. Con pleno desconocimiento de los valiosos aportes que la ciencia rusa ofreció al mundo a lo largo de su historia.

Desde que el gobierno de Alberto Fernández anunció la compra de la Sputnik V arreció la desconfianza y la descalificación a priori, basadas, por supuesto, en datos falsos: que si no había informes de los estudios, de las pruebas, de los resultados en los voluntarios, que ningún otro país quiere esta vacuna, que es solo un negocio entre "los comunistas" presidentes de Rusia y Argentina que están manipulados por Fernández de Kirchner, que la vacuna no iba a llegar en diciembre y, cuando llegó, que no servía porque era apenas un "ensayo" o que, de plano, era peligrosa.

La semana pasada, con el arribo de las primeras dosis de la vacuna, la campaña se intensificó. Los titulares se regodearon con supuestos efectos negativos que, oh sorpresa, estaban desacreditados en las propias notas. Que el encabezado no coincida con el desarrollo de la información ya es un clásico, pero ¿también en temas de salud pública? De terror.

Gracias a esa estrategia, la pregunta de moda es: "¿te pondrías la vacuna rusa?" La frase cargada de estigmatización y prejuicio y repetida a diario en muchos de los medios masivos más importantes se disemina en las calles, en los hogares, en los lugares de trabajo. El recelo se expande a costa de poner en riesgo a la población.

Maniobras


Los temas de cobertura de la prensa opositora ya pasaron por comparar el "éxito" de Finlandia, Suiza o Uruguay en el manejo de la pandemia, con el "fracaso" de Argentina; rechazar la llegada de médicos cubanos porque son "espías"; denunciar la falsa liberación en masa de asesinos y violadores con el pretexto del coronavirus; alertar sobre la amenaza estatizadora-comunista del oficialismo y magnificar cualquier crítica negativa (jamás las positivas) de la prensa extranjera al gobierno o al país.

También insisten en que hay un gobierno nazi o dictatorial; se quejan de "la cuarentena más larga del mundo" que no es tal; y advierten que "vamos a ser Venezuela", la amenaza estigmatizante y sin sustento que la derecha ha impuesto a escala internacional.

Ojalá respetáramos a la sociedad y a nuestro oficio. Ojalá volviéramos a cuestiones básicas como criticar, preguntar, contrastar, checar datos, consultar a especialistas, investigar, exigir transparencia en la información oficial y ejercer la autocrítica para desterrar el hábito de hablar sin saber.


En medio de todo ello, las y los periodistas científicos han debido nadar contra la corriente, muchas veces casi en soledad, con impotencia ante las desinformaciones diarias que se instalan a través de las redes y que son retomadas por la prensa que se autoconsidera "seria".

No se trata, por supuesto, de defender a ningún gobierno, no es esa nuestra tarea, ni la de justificar el caos en el velorio masivo del futbolista Diego Armando Maradona, las contradicciones del presidente y funcionarios que no usan barbijos ni respetan el distanciamiento social, la falta de respuesta ante los múltiples casos de violencia institucional registrados durante la pandemia o la sobreactuación épica por la llegada de las vacunas, por mencionar sólo algunos cuestionables episodios.

Pero nuestra labor tampoco es la de atacar sin fundamento y mucho menos la de promover la ira social, la polarización y la negatividad permanente, absoluta, que establece que todo lo que hacen las autoridades está mal.

Ojalá respetáramos a la sociedad y a nuestro oficio. Ojalá volviéramos a cuestiones básicas como contrastar, checar datos, consultar a especialistas, investigar, exigir transparencia en la información oficial y ejercer la autocrítica para desterrar el hábito de opinar sin saber. Como dicen los colegas del portal Faro Digital: Preguntar es tarea del periodismo; sembrar dudas, no.

O sea, lo que siempre debemos hacer. Quizás hoy sea demasiado pedirles a los medios y a los periodistas que, tristemente, priorizan sus intereses económicos y partidarios por encima de la información de calidad que merecen las sociedades.

Publicado enSociedad
Sábado, 24 Octubre 2020 05:36

La puñalada

La puñalada

Los medios globales y su abandono de Julian Assange

 

Mientras se lo juzga para ser extraditado a Estados Unidos, donde podría ser condenado a 175 años de prisión, la suerte del periodista australiano brilla por su ausencia en las portadas de los principales periódicos de alcance mundial. Detrás de ese silencio asoma una política de complicidades que hiere de muerte la noción misma de periodismo.

El 4 de enero se sabrá la suerte de Julian Assange. Ese día, en Londres, la Justicia británica decidirá finalmente si concede o no la extradición del fundador de Wikileaks a Estados Unidos, que lo quiere juzgar por espionaje. Si así fuera, si los jueces de Su Majestad consideraran que la demanda es pertinente y la condena a la que podría ser sometido al otro lado del Atlántico no es «desproporcionada» o incompatible con el «respeto a los derechos humanos», el casi quincuagenario australiano podría pasar el resto de su vida en la cárcel: los cargos que se le imputan en Estados Unidos le valdrían una condena de 175 años.

Julian Assange está detenido en una cárcel de alta seguridad inglesa desde abril de 2019, en condiciones denunciadas por relatores de la Organización de las Naciones Unidas como análogas a la tortura. Los siete años anteriores los pasó en la embajada ecuatoriana en Londres, donde se refugió en 2012, cuando en Quito gobernaba Rafael Correa. Assange era reclamado entonces por la Justicia sueca debido a acusaciones de violación que terminaron siendo abandonadas por su endeblez (véase «Operaciónmasacre», Brecha, 7-II-20). Él ya temía que la demanda sueca fuera parte de un plan para entregarlo –tras una breve escala judicial en Estocolmo– a Estados Unidos. La llegada al gobierno de Ecuador, en 2017, de Lenín Moreno, que acabó alineado con Washington, supuso el descenso del australiano a los infiernos: primero le hicieron la vida imposible en la embajada, luego le sacaron la protección. La Policía inglesa lo detuvo apenas pudo traspasar la puerta del local diplomático. En Washington, el gobierno de Donald Trump se refregó las manos (lo mismo habría hecho Hillary Clinton de haber ganado las elecciones de 2016): por fin podría darle su merecido a este «espía», acusado fundamentalmente de haber revelado, desde 2010, cientos de miles de documentos clasificados relacionados con las guerras de Irak y Afganistán; entre ellos, pruebas de asesinatos cometidos por las fuerzas estadounidenses en el marco de conflictos en los que los aliados de la superpotencia también están implicados. Desde Wikileaks, Assange había hecho eso y mucho más: denunció tramas de corrupción y enjuagues múltiples de multinacionales y fue de los primeros en advertir sobre la magnitud a la que llegaría el ahora llamado capitalismo de vigilancia.

***

A pocos parece interesarles hoy la suerte del australiano. Como otros célebres «lanzadores de alertas» (whistleblowers), del tipo de Edward Snowden y Chelsea Manning, Assange se ha quedado solo. Medios de prensa que gran lucro obtuvieron en su momento, cuando el fundador de Wikileaks los eligió a ellos para difundir sus filtraciones (The Guardian, El País de Madrid, The New York Times, The Washington Post, Der Spiegel, entre otros), le han soltado la mano. Poco y nada se puede leer en esos diarios o semanarios –que, en su mayoría, pasan por progresistas– sobre las condiciones de detención de Assange en la prisión de alta seguridad de Belsmarch o sobre el propio proceso de extradición, cuyas irregularidades y los peligros que estas representan para el derecho a la información han denunciado abogados, organizaciones de defensa de los derechos humanos y medios independientes. Abundan, en cambio, en esas publicaciones progres, los relatos sobre el «vedetismo» y el «narcisismo» del australiano, sus aventuras sexuales, sus «excesos», su «afán de poder», su «decadencia».

***

En una nota publicada originalmente en Counter Punch (rebelión.org difundió su versión española en dos partes, el 2 y el 3 de octubre, bajo el título «¿Por qué The Guardian guarda silencio?»), el periodista británico Jonathan Cook sostiene que, cuando Assange concedió a esos medios la exclusiva de sus filtraciones, ya era consciente de que en algún momento podría ser víctima de una puñalada trapera. Si había habido un acuerdo entre Wikileaks y esas publicaciones era porque circunstancialmente ambos ganaban. Pero, en verdad, poco los unía. Cook recuerda que cuando Barack Obama lanzó, en 2011, su ofensiva contra Assange, al que denunció en función de una draconiana ley de espionaje que data de 1917, la estrategia estadounidense estaba basada en crear una brecha entre el fundador de Wikileaks y los medios liberales que habían colaborado con él. Nada tenían que temer esos medios ni sus periodistas: habían obrado de buena fe, decían por entonces los abogados de la Casa Blanca. Assange, en cambio, no era un periodista, apenas un espía que pretendía dañar a Estados Unidos.

Los defensores de Assange optaron entonces por la contraria: Assange no sólo era periodista, sino que practicaba el periodismo del bueno, ese que deja al desnudo las manipulaciones y el accionar ilegal de los poderosos del mundo. El propio fundador de Wikileaks afirmaba en una entrevista que concedió a su compatriota Mark Davis en 2011: «Si he conspirado para cometer espionaje, todos los otros medios de comunicación y sus principales periodistas también han conspirado para cometer espionaje». «Lo que hace falta es tener un frente unido en este asunto», agregaba, invitando a quienes habían sido sus socios a seguir con la colaboración. Pero no hubo tal frente: convocado por el Ministerio de Justicia estadounidense, el editor de The New York TimesBill Keller dijo que su diario se había limitado a obrar como receptor pasivo de la documentación enviada por Wikileaks. Era una falsedad (todos los medios que recibieron las filtraciones las ordenaron y «trabajaron»), pero marcaba lo que sería, de ahí en más, la actitud de las publicaciones liberales en este asunto. Aun así, destaca Cook, el gobierno de Obama no encontró la manera de imputar a Assange sin, al mismo tiempo, perjudicar a medios tradicionalmente aliados del Partido Demócrata, como el propio Times y The Washington Post, y a sus principales plumas. Debió, entonces, abandonar esa línea.

***

La estrategia desplegada actualmente por los abogados estadounidenses es la opuesta: reconocen explícitamente la condición de periodista de Assange y, tal como lo advertía él mismo años atrás, al hacerlo lanzan una advertencia contra todos los periodistas que intenten, de lejos o de cerca, seguir el camino de los wikileakeros: corren el riesgo de ser imputados por espionaje allí donde se encuentren. De este cambio de línea, que se produjo durante el juicio de extradición que se sigue en Londres y que supone una amenaza para la profesión periodística como tal, ni una línea se publicó en aquellos grandes medios que buen partido sacaron de su colaboración de antaño con Wikileaks, denuncia Cook. En Gran Bretaña, The Guardian ha obrado, de hecho, como punta de lanza de las acusaciones contra Assange.

Durante el proceso, investigadores independientes han denunciado «prácticas desleales» de los editores del venerado matutino británico, así como de otros medios asociados. Entre las principales acusaciones estadounidenses contra Assange, se afirma que en la documentación que filtró aparecían los nombres de agentes secretos que por su culpa corrieron el riesgo de ser asesinados y que el australiano era muy poco cuidadoso en su forma de operar. David Leigh, editor de The Guardian que trabajó con Assange en 2011, hizo esa misma afirmación en un libro que publicó aquel año junto con otro periodista del mismo diario, Luke Harding: Wikileaks: Inside Assange’s War on Secrecy. Christian Grothoff, experto en informática de la Universidad de Berna; John Goetz, periodista de Der Spiegel; Nicky Hager, periodista de investigación neozelandés, y John Sloboda, profesor y miembro del Iraq Body Count (un proyecto que contabiliza los muertos de la guerra de Irak),relataron, en cambio, que fueron «sus socios mediáticos» –en especial Leigh– quienes presionaron a Assange para que les brindara las sumamente engorrosas contraseñas que utilizaba para encriptar la documentación.

Grothoff, Goetz, Hager y Sloboda colaboraron con el australiano en eliminar nombres en los cables a filtrar. «Assange podía llegar a ser exasperante en su minuciosidad […]. En esa época me irritaba mucho su obsesión por recordarnos constantemente que debíamos asegurarnos, que necesitábamos encriptarlo todo, que teníamos que usar chats encriptados. Yo creía que era un insensato y que estaba paranoico, pero luego el procedimiento se convirtió en la práctica periodística normalizada», dijo, por ejemplo, Goetz en una de las recientes audiencias de extradición. En su libro, Leigh reveló una de las contraseñas generadas con esa metodología y «ese escandaloso error de The Guardian abrió la puerta para que cualquier servicio de seguridad del mundo penetrara en los documentos una vez que pudieron crackear la sofisticada fórmula de Assange para idear claves», indica Cook. «Gran parte del furor provocado por la supuesta incapacidad de Assange de proteger los nombres en los documentos filtrados por él publicados –lo que ahora es el núcleo del caso de extradición– viene del papel que jugó Leigh en el sabotaje del trabajo de Wikileaks. Assange debió realizar una operación de control de daños debido a la incompetencia de Leigh, la que lo obligó a publicar los documentos a toda prisa, para que cualquiera que estuviera preocupado por si era nombrado en los documentos pudiera saberlo antes de que servicios de seguridad hostiles lo identificaran», añade.

En cuanto a Harding, el coautor del libro de Leigh, fue quien hace un par de años difundió, en el propio The Guardian, una serie de «revelaciones» –que luego se comprobaron falsas– sobre supuestas reuniones de Assange con enviados del gobierno de Trump y agentes rusos, que habrían tenido lugar mientras el australiano estuvo refugiado en la embajada de Ecuador en Londres. La tesis de The Guardian, así como de The New York Times y The Washington Post, es que fue para apuntalar la elección de Trump que Wikileaks filtró en 2016 el contenido de reuniones de la dirección demócrata en las que se perjudicaba al socialista Bernie Sanders y se favorecía a Hillary Clinton. Cook recuerda que, de la misma forma que los dos diarios estadounidenses operaron abiertamente en favor de Clinton en aquella interna partidaria (la misma Clinton que, según se reveló en 2016, llegó a barajar la posibilidad de eliminar a Assange con un dron), The Guardian hizo todo lo que estuvo a su alcance para sabotear al socialista Jeremy Corbyn, a quien asoció con el antisemitismo y tildó de «populista de izquierdas» cuando este dirigía el laborismo británico.

***

En la entrevista de 2011 con Mark Davis, Assange se refería a sus «socios mediáticos» en estos términos: «Lo que mueve a un diario como The Guardian y The New York Times no son sus valores éticos, sino su mercado. En Reino Unido ese mercado es el de los “liberales educados”. […] El periódico no es un reflejo de los valores de la gente que forma esa institución, sino un reflejo de la demanda del mercado». Cook aporta, en su nota de CounterPunch, su propia reflexión: La indiferencia de los grandes medios de comunicación ante el juicio a Assange «pone de manifiesto que practican muy poco el tipo de periodismo que supone una amenaza para los intereses empresariales y del Estado y que desafía al poder real. No sufrirán la suerte de Assange porque no pretenden hacer el periodismo en el que se especializaron Assange y Wikileaks». En Estados Unidos, medios como The New York Times y The Washington Post «reflejan los mismos defectos que los partidos Demócrata y Republicano», piensa el británico: «Celebran el capitalismo globalizado basado en el consumo, favorecen una política insostenible de crecimiento infinito en un planeta finito e invariablemente respaldan las guerras coloniales, motivadas por el beneficio y esquilmadoras de recursos, aunque en la actualidad se disfracen de intervenciones humanitarias. Los medios de comunicación y los partidos políticos alineados con las grandes corporaciones sirven a los intereses de la misma clase dirigente, porque están integrados en la misma estructura de poder». Wikileaks, en cambio, «nos ha permitido contemplar al poder en bruto, desnudo, antes de que se vista de traje y corbata, se engomine el cabello y esconda el cuchillo».

Por Daniel Gatti
23 octubre, 2020

Publicado enInternacional
Pánico social en momentos de desorden global

Más allá del Covid-19

Nadie puede negar que el pánico imperante en sociedades urbanas ha sido fomentado por la sobreexposición de la epidemia de coronavirus en los grandes medios del planeta.

 

En el continente americano mientras 3 millones de personas se infectaron con dengue en 2019, seis veces más que en 2018, provocando más de 1.500 muertes, toda la información está centrada en el coronavirus.

Este recorte informativo suena a operación mediática, con desastrosas consecuencias sobre nuestras sociedades.

Sin embargo, no todo el pánico y los miedos que se están difundiendo estos días provienen de los medios o de los gobiernos.

Una buena parte son temores que anidan en los sectores populares, entre las y los trabajadores formales e informales, muchas veces entre personas con formación técnica y profesional, bien informadas y razonables.

Creo que estos temores no son irracionales, aunque conduzcan muchas veces a comportamientos erráticos, sino que responden a la experiencia concreta de la población en las últimas décadas.

Intento exponer algunas de esas vivencias colectivas que, creo, pueden ayudarnos a comprender algo que a primera vista resulta chocante.

El primer aspecto es que llevamos tres décadas de neoliberalismo, que se traduce en el desmantelamiento del tipo de sociedad que conocimos y que provoca desconfianza en las instituciones y en los gobernantes, sean del color que sean.

Con ello no pretendo insinuar que todos los gobiernos sean iguales, sino que porciones crecientes de la población sienten que no son capaces de resolver sus problemas.

Si tuviera que graficarlo, diría que la tendencia a la abstención en las convocatorias electorales y a una fuerte volatilidad en las opciones políticas, en la mayoría de los países son señal de esa desconfianza.

En Chile, por ejemplo, más de la mitad no acuden a las urnas, no porque no les importe sino porque han votado derecha y luego izquierda, y nada cambió.

Otro escenario

 

La segunda es que vivimos un período de hondos cambios sistémicos, a escala global y regional, con la decadencia de una superpotencia como Estados Unidos y el ascenso de una nación como China, que era marginal en el escenario global.

Las personas que nacimos después de 1945, o sea la inmensa mayoría de la humanidad, conocimos el predominio incontestable de Estados Unidos, que orientaba al mundo a la vez que lo oprimía.

Los veloces cambios que se acumulan desde 2008, y que marcan el ascenso de China como nuevo hegemón planetario, provocan natural desconcierto e incertidumbre, más allá de las opiniones y sentimientos que cada quien profese hacia ambas potencias.

El tercer punto es el desmontaje de los estados del bienestar, particularmente en Europa y en algunos países de América Latina.

Durante varias décadas esos estados buscaron la integración de los trabajadores, arbitrando los espacios de negociación entre empresarios y sindicatos.

No sólo contribuyeron a mejorar la vida cotidiana de amplias camadas de la población, sino que la protegieron y promovieron un continuado ascenso social.

Con la crisis de los estados del bienestar y el triunfo del capital financiero sobre el capital productivo, asistimos a la deslocalización de las industrias, que aterrizaron en Asia por sus bajos salarios y baja sindicalización.

Fue el camino que encontró el capital para seguir acumulando beneficios, mientras dejaba un reguero de pobreza, desarraigo y frustración.

La salud a remate

 

Los servicios sanitarios se deterioraron, con fuertes recortes de los presupuestos con la excusa de la reducción del déficit fiscal, además de una creciente privatización de los servicios.

Con la excepción de Cuba, todos los países latinoamericanos presentan serios problemas estructurales en el sector sanitario, con creciente precariedad laboral y bajos salarios.

La población emigra hacia la salud privada, quien puede pagarla, o hacia terapias alternativas, ante la acumulación de fracasos del sistema sanitario público.

Cada invierno la gripe común desborda los centros de atención y enseña que el sistema no está en condiciones de atender a toda la población.

Sólo en Estados Unidos, cada año mueren 380.000 pacientes en residencias de ancianos que incumplen los procedimientos básicos de control de infecciones y no son controladas por el Estado (Viento Sur, 13 de marzo de 2020).

La acumulación de desastres ambientales es el cuarto aspecto que genera desasosiego en las poblaciones.

Episodios como la ruptura de la represa de Brumadinho, en Brasil, de la minera Vale, con un saldo de casi 300 muertos y desaparecidos, o el colapso del abastecimiento de agua en barrios de grandes ciudades, van tapizando nuestra geografía de agresiones al medio ambiente y a las personas.

Todo desastre ambiental es a la vez un desastre social, que afecta principalmente a los más pobres que viven en forma cada vez más precaria.

Lo excepcional se va convirtiendo en rutina, con una sucesión ininterrumpida de incendios e inundaciones, de derrumbes por lluvias hasta sequías persistentes.

Crisis cultural y de alternativas

En quinto lugar, el modelo neoliberal ha multiplicado la cultura del individualismo, con su contracara que es el consumismo, con la consiguiente ruptura del vínculo social comunitario.

Sin comunidades que las contengan ni Estados-nación que las protejan, las camadas populares (indígenas, negros, mujeres, niñas, niños y ancianos pobres) buscan alternativas en las religiones que prometen la salvación inmediata de las almas o, en el mejor de los casos, en las organizaciones populares.

La crisis ética de las izquierdas está restando credibilidad y capacidad de acción a muchos movimientos de campesinos y trabajadores. Sólo los movimientos de mujeres y de algunos pueblos originarios se mantienen como referentes de resistencia anticapitalista.

Por último, la globalización y los grandes medios de comunicación nublan la comprensión difundiendo una cultura del inmediatismo, sobrecargando a las poblaciones con informaciones que no aportan ideas ni permiten comprender el contexto global, regional y local.

A pesar de que nos esforzamos por entender lo que está sucediendo, muchos tenemos enormes dificultades para orientarnos en medio de tanta bruma, de tanta confusión. Ya sea la que surge de la realidad del sistema o la que promueven los medios.

De los seis aspectos que he abordado sucintamente, hay dos que me parecen centrales para comprender los pánicos que dominan nuestras sociedades: la velocidad de los cambios y el fin del ancla comunitaria.

Aunque uno apunta a lo macro y el otro a lo micro, la combinación de ambos nos está dejando perplejos y solos, desconcertados y sin referencias en un mundo que amenaza arrastrarnos hacia abismos desconocidos.

Raúl Zibechi17 | 03 | 2020, 16:54

Publicado enInternacional
El truco de las corporaciones mediáticas

Los conceptos de objetividad y libertad de expresión son analizados en su complejidad por Mauro Brissio. Diego Ezequiel Litvinoff abre un nuevo debate sobre la comunicación en tiempos actuales a partir de la elección de "emoji" como palabra del año por una fundación española dedicada a la lengua.

El truco es un juego de cartas basado en el engaño que se ha popularizado en Suramérica. A diferencia de otros, aquí no gana el que tiene los mejores naipes sino el que mejor practica la mentira, porque ahí está la papa de ese entretenimiento.

¡Falta envido! Cantaba mi abuelo don Ramón con 21 de mano. Todos sabíamos que mentía, pero nunca nos animábamos a darle el «quiero» por la mirada, los gestos y la atmósfera que formaba que nos hacía creerle. Efectivamente, nos chamuyaba pero no dañaba a nadie, a diferencia de las grandes corporaciones mediáticas que también nos engañan pero para llenarse de plata convirtiendo en víctima a todo su público.


Así se manejan, haciendo de la mentira su caballito de batalla. Si bien quedamos algunos románticos que intentamos cambiar las reglas a quienes inventaron el juego exigiéndoles que informen a la sociedad atendiendo a las necesidades de los sectores populares, también sabemos que una exigencia de este estilo desconoce la estructura de clases a la que pertenecen los medios hegemónicos en la que la naturaleza de los códigos mediáticos es de tipo corporativo y que, por lo tanto, su visión del mundo también lo es.


Las cartas con las que se protegen estas corporaciones son con la noción de "objetividad" y de "libertad de prensa". Éstas son el ancho de espada y el de basto que supuestamente dicen tener y con las que se sostiene desde su nacimiento ―en pleno contexto positivista― la prensa liberal burguesa. Sus padres, Heartz y Pulitzer, fueron los primeros en decir "somos objetivos" y desde allí sentaron las bases que intentaron reflejar la realidad, evitando que el sujeto creador interfiera en el encuadre de la noticia borrando las huellas de la producción periodística.


En esta metodología se esconde una invisible pero presente ideología que carga de subjetividad la noticia en el momento mismo en el que se produce su selección, demoliendo el principio de objetividad al que la práctica profesional periodística pretende arribar y que pone fin a la mentira subjetiva disfrazada.


La otra carta con la que se protegen las corporaciones es con el argumento ―también falso― de "libertad de expresión". Ya lo planteó Arturo Jauretche en Los profetas del odio y la yapa (1973) cuando se refiere a la estafa que generan los medios hegemónicos.


"La prensa nos dice todos los días que su libertad es imprescindible para el desarrollo de la sociedad humana, y nos propone sus beneficios por oposición a los sistemas que la restringen por medio del estatismo. Al mismo tiempo nos oculta la naturaleza de esa libertad, tan restrictiva como la del Estado aunque más hipócrita, porque el libre acceso a las fuentes de información no implica la libre discusión, ya que ese libre acceso se condiciona a los intereses de los grupos dominantes que dan la versión y la difunden", dice Don Arturo.


Entonces, con su mentiras, lo que quieren es seguir engañando para favorecer sus propios intereses, poniendo en evidencia ―sin que les importe― que poseen un apetito feroz por el dinero de todos los argentinos. Y aquí está el truco, porque todo lo que obtienen es mintiendo a quienes participan con el solo fin de beneficiar a las corporaciones mediáticas.


Pero no se preocupe que para eso estamos nosotros, ayudando a que se descubra la mentira y se vayan al mazo sin mostrar las cartas. Claro está, perdiendo los puntos.


*Magíster Magister en Comunicación UNLaM, Grupo Artigas

Publicado enPolítica
Más allá de las noticias falsas: ocultamiento y sesgos para una realidad mutilada

Un suceso de comidilla, como el sucedido con Daniel Coronell, nos permite recordar que poder y medios de comunicación están finamente entrelazados. El descuido de los sectores alternativos con esta realidad es otra muestra de su perdida de foco en la lucha por otro mundo posible.

 

El mundo mediático colombiano, el de las revistas y periódicos convencionales, el 28 de mayo veía el inicio de un pequeño escándalo, tras el despido del periodista Daniel Coronell de la revista Semana, que tuvo final feliz de melodrama, el día 11 de junio, con su reintegro.

Todo empezó con su columna del 26 de mayo pasado, cuando Coronell reclamó al medio para el que escribe, por la no publicación de un informe sobre las exigencias de resultados que el Ejército demanda a sus diferentes Brigadas, y que recordaban la Directiva Ministerial 029 de 2005, firmada por Camilo Ospina Bernal, el entonces Ministro de Defensa del gobierno de Uribe, y que terminó convertida en el incentivo gubernamental para los asesinatos fuera de combate, conocidos eufemísticamente como falsos positivos.

Llaman la atención tanto las reacciones al despido del periodista, como algunos datos biográficos de los actores del suceso y que, como era de esperarse, no suscitaron ninguna atención de los medios oficiales, ni siquiera en la esfera de lo anecdótico. En primer lugar, María Jimena Duzán y Antonio Caballero, colegas del temporalmente defenestrado, lo llamaron soberbio y centraron sus críticas a la revista en haber permitido que la “chiviaran”, pues la investigación que había adelantado sobre el tema, terminó siendo publicada por el diario norteamericano The New York Times. En otras palabras, esos periodistas no aceptaban que el asunto fuera un ocultamiento del insuceso como lo dejaba traslucir Coronell, sino un simple error de lentitud en el tiempo de la reacción informativa. A la par de ello, el humorista Daniel Samper, también colega del temporalmente despedido, lo apoyó incondicionalmente, con lo que de forma implícita reconocía una actitud con sesgo intencionado de la revista.

Pues bien, lo curioso del melodrama es que Felipe López Caballero, cofundador de Semana en su actual etapa, y responsable de la expulsión de Coronell, es un empresario colombiano, hijo del expresidente Alfonso López Michelsen y nieto del también expresidente Alfonso López Pumarejo; Enrique Santos, gerente de la revista, y también agente de la destitución de Coronell, es sobrino del expresidente Juan Manuel Santos y sobrino-bisnieto del expresidente Eduardo Santos –ambos, debemos suponer, deben ser agentes de su restitución–; Daniel Samper, defensor del periodista, es hijo de un humorista del mismo nombre, y sobrino del expresidente Ernesto Samper, y, Antonio Caballero, defensor de los directores de la revista, es descendiente directo de Lucas Caballero –el general que redactó y firmó la rendición de los liberales en la guerra de los Mil Días–, y con lazos de consanguinidad con Felipe López Caballero. Como quien dice, todo un asunto de familia. Y, para rematar, el mayor accionista de la revista de marras actualmente es el grupo Gilinski, propiedad de Jaime Gilinski Bacal, uno de los multimillonarios con más capital en este país, a quien la revista Fortune le estima un patrimonio de 3.500 millones de dólares. ¿Cabe alguna duda acerca de los intereses a defender por la revista?

El periodista castigado con el despido temporal, tiene como su verdadero trabajo ser el presidente de noticias de Univisión, la mayor cadena hispana de televisión en Estados Unidos de la que su mayor accionista es Saban Capital Group, propiedad del multimillonario norteamericano-israelí Haim Saban, uno de los principales patrocinadores en EU del lobby sionista.

En este contexto, no sobra destacar que el prestigio de la columna de Daniel Coronell en la revista Semana, en no poca medida, es producto del eco que le hacen algunos profesionales “progresistas” que lo siguen y lo avalan por su abierto enfrentamiento con Álvaro Uribe y con aquellos que de forma abierta o solapada lo apoyan, tal el caso del ex-fiscal Humberto Martínez, por lo que su aura de neutralidad y de columnista anti-corrupción terminó siendo aceptada, incluso por sectores de la llamada izquierda. De allí que muchos lamentos terminaran en exclamaciones como “la censura llegó al medio de mayor credibilidad”, o, “es el fin del poco verdadero periodismo que queda en el país”. Pero, cabe preguntarnos si todo esto no hace parte del aliento a la supuesta polarización de los colombianos entre santistas y uribistas. Y digo que supuesta, porque la contradicción en cuanto pueda tener de cierta, es entre grupos de la élite y no entre los colombianos como nación, menos aún entre los grupos subordinados. Ahora, más allá de eso, no es nada novedoso decir que los medios convencionales, sin excepción, han tenido consciente y sistemáticamente como propósito la manipulación mental de la población y su aceptación del orden establecido, pero, por ser esto algo conocido no está de más recordarlo.

 

El consenso fabricado y el acontecimiento-espectáculo

 

El consenso fabricado es en muchos sentidos un falso consenso, pues parte de la imposición de valores que incluso pueden ir en contravía de los intereses de aquellos a quienes les son impuestos. La creencia o la búsqueda manipulada de que los principios defendidos deben ser los de mayor aceptación entre los demás, es lo que conduce a expresiones periodísticas como “la comunidad internacional condenó”, o, “el país rechaza”, que buscan excluir del conjunto a quienes no comparten los (pre)-juicios de los que asumen la vocería de la “comunidad internacional” o del “país”.

Walter Lipman, periodista estadounidense que consideraba las poblaciones como rebaños carentes de juicios informados, fue quien acuñó el concepto de fabricación del consentimiento y lo avaló como un mecanismo propicio para el resguardo de la sociedad. Noam Chomsky y Edward S. Herman, en su libro Manufacturing Consent: The Political Economy of the Mass Media –que vio la luz en español en 1990, con el título Los guardianes de la libertad–, invierten el sentido de la acepción dada por Lipman y la utilizan de forma crítica. Enuncian que los medios de comunicación de masas siguen el “modelo de propaganda”, en el que el dinero y el poder “tamizan las noticias hasta dejarlas listas para su publicación”, en defensa inequívoca de sus intereses.

La prensa escrita, que a partir de mediados del siglo XIX es convertida en una empresa de enormes dimensiones, que permite grandes tirajes y bajos precios unitarios, cuando aparece la publicidad masiva a comienzos del siglo XX, entra en simbiosis con las mayores compañías de bienes de consumo que son las principales usuarias de dicha publicidad. Ese hecho dio al traste, según Chomsky y Herman, con los periódicos críticos con el capitalismo –liderados por los sindicatos de trabajadores–, que por razones económicas debieron cerrar. La mercantilización total de la información daba así inicio a una etapa que continúa hasta el día de hoy.

Si los medios masivos de comunicación son negocio, su contenido es necesariamente una mercancía cuya función principal es la de su realización mediante la venta en el mercado. El ejemplo más relevante y que muestra de forma inequívoca la naturaleza de la información-mercancía es la llamada “prensa amarilla”, que hizo su aparición a finales del siglo XIX, y cuyo máximo exponente fue el magnate de las comunicaciones Randolph Hearst, quien tiñó de rojo las páginas de sus periódicos con asesinatos de todo tipo y expuso lo escatológico de las tragedias más cruentas. Entre nosotros, tabloides como El Espacio y El Bogotano, donde iniciaron su carrera algunas de nuestras actuales “estrellas” del periodismo, fueron muestra explícita y sin velos de esa información-mercancía, en su forma más vulgarizada.

Los medios “serios” son más sofisticados y recurren a otro tipo de sucesos-espectáculo para vender sus crónicas o sus opiniones, posar de críticos del poder y sin embargo servir a los intereses del capital. El caso conocido como los “papeles del pentágono”, por ejemplo, es una buena ilustración, pues consistió en la publicación en el New York Times y el Washington Post, de un informe secreto del pentágono sobre el papel de EU en Vietnam, entre 1945 y 1967, y que fue filtrado por un burócrata de esa oficina militar, con el fin de denunciar qué durante cuatro gobiernos el poder ejecutivo alargó la guerra sabiendo que la iba a perder. La fotocopia de siete mil folios en esa época, así como su revisión por los periodistas en un tiempo contado en días, dejan dudas sobre si no fueron fuerzas poderosas del mismo Estado, las que estuvieron detrás de la publicación pues, en últimas, poner fin a la guerra era ya una necesidad sentida por el establecimiento, en razón de las masivas protestas contra la guerra, dado el creciente número de jóvenes llegados de regreso en ataúd. En estos casos, la prensa no cumple papel distinto al de simple comodín que generando un escándalo posibilita al poder político poner en ejecución una decisión, que de otro modo implicaría aceptar que son los reclamos de la gente los que obligan a actuar de determinada manera, pues consideran que eso podría llevar a que las personas auto-reconozcan el poder de la acción colectiva.

 

Noticias falsas, velocidad y resiliencia

 

Desde el año 2015, la expresión noticias falsas ingresó en el lenguaje de la cotidianidad y fue aceptada casi sin distingos ideológicos. El sentido de dicha expresión, sin embargo, ha terminado convirtiéndose en la aprobación, para el periodismo, del adagio “todo tiempo pasado fue mejor”, y deja la sensación de que dicho pasado fue una época de “noticias verdaderas”, cuando la creación de “realidades” por parte de los medios de comunicación masiva ha sido una constante desde sus inicios, si nos atenemos a que los “orientadores de la opinión” han estado siempre enfocados en la fabricación de consensos, guiados por los intereses de los grupos dominantes. Para lo cual, lo más importante no es si el hecho narrado ha tenido lugar o no en la realidad tal y como es presentado, sino que una parte de esa realidad pueda ser aislada y mostrada como totalidad, de forma tal que la mutilación reduzca el campo de la visión, normalmente sobre los aspectos causales.

Qué debe aparecer en los medios de comunicación masiva y qué debe ser desechado es ya una decisión marcada por juicios que nadie puede garantizar que están basados en la búsqueda del “bien general”, cualquier cosa que eso pueda significar. Y si aún en el mejor de los casos –es decir suponiendo las mejores intenciones–, es imposible asegurar neutralidad por la condición misma de mercancía que tiene la información, que decir cuando el asunto ya es de ocultamiento, como en el caso de las directivas que pretenden darle nuevo aliento a los “falsos positivos”. Ahí nos adentramos en un escenario de terror.

Escenario de terror, expresión meridiana del poder real que nos domina, como el que desató persecución mortal en contra de Julian Assange, por citar sólo un caso, prueba fehaciente de que en las cavernas oscuras del poder habitan monstruos gigantescos, verdaderos pilares de las relaciones de dominación, que alimentamos, sin que lo sepamos, con nuestra sangre y esfuerzo, y que en buena medida derivan su eficacia, precisamente de su opacidad. La fuerza del mantenimiento del statu quo no está en la transparencia del sistema, como nos lo repiten los fabricantes de consensos, sino en el secretismo. La relación entre el poder político y los medios cuando no es directa, porque los dueños de éstos no son, a su vez, los agentes del poder burocrático, asume el carácter de la relación cliente-servidor dado que el Estado, igual que las empresas de bienes finales, es un gran consumidor de publicidad.

La complejidad creciente de la sociedad y el aumento de la población han multiplicado el número de acontecimientos potencialmente noticiosos, por lo que a diferencia del pasado en el que una anomalía de cualquier tipo podía ser explotada durante muchos días (tal el caso de la “Crónica de un náufrago”, de García Márquez, cuando aún era periodista), hoy, el vértigo de lo escandaloso es sepultado rápidamente por nuevos hechos tan mediáticos o más que el anterior, transformándose esa característica en una forma de impunidad. ¿Quién recuerda hoy en Colombia las extrañas muertes de Jorge Pizano, uno de los testigos en las coimas de Odebrecht, y de su hijo Alejandro?

No queda duda, la resiliencia de los hechos noticiosos está quedando reducida a instantes, y el predominio alcanzado por los medios digitales, con su actualización permanente, segundo a segundo, hacen de la fugacidad el catalizador que licúa la memoria colectiva, facilitando aún más que el uso subliminal de los mensajes direccione los espíritus hacia la conformidad. Las imágenes, los trinos y los “bocadillos” noticiosos instantáneos, son la réplica en la comunicación de lo que significa la comida rápida en la alimentación, y si bien nadie busca prohibir por decreto la existencia de dispensadores industrializados de hamburguesas, como tampoco la velocidad en la red, lo que sí debe reclamarse es un espacio para las comidas lentas y la lectura reposada y crítica, así como las advertencias de los estragos que en la salud mental y física tienen los consumos acelerados y voluminosos de grasas de todo tipo.

Todo esto ampliado y consolidado en medio de monopolios y uniformidad. A mediados del siglo XX las principales empresas petroleras fueron conocidas como “las siete hermanas”, por su dominio cartelizado del mercado mundial. Hoy tenemos otras “siete hermanas”, pero esta vez en el universo de los medios masivos de comunicación –News Corportation, Time Warner, Disney, Sony, Bertelsman, Viacom, General Electric– que según los analistas controlan cerca del 70 por ciento del mercado de la televisión, las agencias de información, los diarios, las revistas, la radio, las redes de cable, los satélites, la industria cinematográfica, las redes de internet y las editoriales. Los bits de información mercantilizados y uniformados invaden nuestro mundo personal, y a través de los estereotipos –otro concepto clave de Walter Lipman– en todos los campos del comportamiento humano, homogenizan y condicionan el discurrir de las vidas en una marcha cada vez más pre-programada que atenta severamente contra nuestra autonomía.

Los multimillonarios parecen haber entrado en la moda de comprar medios de comunicación. En 2013, Jeff Bezos, fundador y propietario de Amazon, compró el Washington Post; Marc Benioff adquirió la revista Time, y Patrick Soon-Shiong Los Angeles Times. En Colombia, Luis Carlos Sarmiento Ángulo compró el diario El Tiempo, y como fue señalado, recientemente Jaime Gilinsky adquirió la mayoría de acciones de la Revista Semana, en movimientos que indican que la publicidad sobre las propias fortunas parece una necesidad creciente de los capitalistas de mayor tamaño.

Bajo estas circunstancias ¿puede esperarse, por ejemplo, que El Tiempo informe “objetivamente” sobre los delitos de sobornos de Odebrecht, cuando compañías del dueño del periódico fueron socias de esa empresa? ¿Podrá informar sobre los miles de millones de pesos invertidos ineficazmente en la vía Bogotá-Villavicencio y de las pérdidas por las caídas de puentes y los derrumbes constantes, cuando una empresa del consorcio de Sarmiento es contratista en buena parte de la construcción de la vía?

Sobre esta realidad y tipo de interrogantes, desde hace décadas nos han brindado lecciones. Por ejemplo, Benito Mussolini, quien fue periodista antes de convertirse en el político fundador de la república italiana fascista, afirmaba que en su dictadura “El periodismo italiano es libre, porque solamente sirve a una cosa y a un régimen”. Ahora, ¿no es ese el cariz que asume con mayor fuerza el periodismo en el mundo, en general, y particularmente en Colombia? La información es, sin duda, el núcleo de la libertad y de la autonomía en este siglo XXI, por lo que bien vale la pena preguntarnos si los movimientos que sostienen que otro mundo es posible están tomando lo suficientemente en serio la necesidad de buscar mecanismos que liberen los medios de comunicación. La desacralización del mito, o de la media verdad de la existencia de “libertad de expresión” es una urgencia política y teórica, más en nuestro país, donde el pensamiento crítico ha sido siempre una rara avis.

 

Periódico desdeabajo Nº258

Publicado enColombia
Página 1 de 10