Lunes, 03 Junio 2019 06:38

Baile non grato

Baile non grato

Trump, líder del partido cuyo símbolo es un elefante, acusa a México de aprovecharse de Estados Unidos durante décadas, de permitir una "invasión" de personas y drogas y que no hay nada de que hablar con sus contrapartes mexicanas hasta que cumplan sus órdenes.

O sea, el mismo guion con que arrancó su campaña presidencial y que aparentemente funciona para sus fines político electorales internos. Esto no tienen nada que ver con los hechos, los datos y los argumentos sobre una de las relaciones bilaterales más complejas en el mundo.

Una invitación al diálogo para resolver el actual conflicto binacional tiene un problema de inicio: no hay problema más que el provocado por Trump a través de su fabricada emergencia nacional en la frontera. O sea, ¿qué se está negociando, si no existe el problema?

¿Qué es lo que quiere Trump? Primero, nutrir la histeria de sus bases con fines electorales; segundo, desviar la atención de las investigaciones sobre su corrupción, sus engaños y encubrimiento y, tercero, según su propio jefe de gabinete, que México sea su migra, que incluye aceptar el acuerdo de ser un "tercer país seguro".

Ceder ante esto sólo llevará a nuevas exigencias de más concesiones al ritmo de lo que la Casa Blanca necesite para sus fines electorales, y el tema de la migración, queda claro, está y estará al centro de la campaña de relección de Trump. O sea, todo indica que el uso de la crisis inventada con México empeorará.

La historia, la literatura y la filosofía universales ofrecen ejemplos de que ceder ante un bully, y peor aún, un bully imperial, abre la puerta a más y más de lo mismo, un cuento de no acabar.

¿Y qué tal si ya no se coopera con esta Casa Blanca? Esa ha sido palabra sagrada en la relación bilateral. Pero él es quien no está cooperando y por lo tanto, tal vez es tiempo de ignorarlo. ¡Uy no!, se escucha el coro de expertos de ambos lados de la frontera. Pero qué tal si se le presenta una serie de demandas que él tiene que cumplir para comprobar que él está cooperando, afirmar que México y otros países se comprometen a cumplir con sus obligaciones según el derecho internacional, bajo los acuerdos y los tratados que imperan desde el ámbito de derechos humanos hasta los derechos del capital y su comercio, y que se espera lo mismo de Trump. Le corresponde a los estadunidenses aceptar o no el comportamiento de su presidente, incluyendo las consecuencias económicas de sus amenazas para su propio país (economistas, empresarios y políticos de ambos partidos advierten de que el uso de los aranceles contra México podrían detonar una recesión en Estados Unidos).

No sería dejar de cooperar con Estados Unidos, con sus empresas, gobernadores, alcaldes, legisladores respetuosos y diversos sectores de esta sociedad. Sólo no con el insultador en jefe.

Pero, responde el coro muy experto, eso llevará a cosas peores. Ofender al pueblo mexicano (y otros), perseguir con violencia a los migrantes, generar odio peligroso, enjaular a niños y familias, violar los derechos humanos y civiles de ellos y sus defensores, y hasta amenazar con fuerza militar en la frontera. ¿Algo peor?

Una de las voces más influyentes entre las filas y apologistas de Trump, el locutor Tucker Carlson, de Fox News, acaba de declarar que "México es un poder extranjero hostil" ante el cual Estados Unidos tiene que defenderse. Varios asesores de la Casa Blanca están de acuerdo. ¿Estamos en guerra?

¿O será que el autoproclamado "genio extremadamente estable" sólo necesita un poco de simpatía y que alguien lo agarre de la manita para decirle que no se asuste tanto, que ya nos portaremos mejor (bueno, tantito)? El líder del país más poderoso de la historia insiste en que otros países "se han aprovechado" de su país, y que niños y sus padres huyendo de la pobreza y la violencia son tal "amenaza" que han tenido que declarar una emergencia nacional. Pobrecito, tanto miedo.

La cooperación y la diplomacia es una danza, pero es imposible bailar con los elefantes (por lo menos, éste). Ante la locura, no funciona la racionalidad. Es hora de nombrarlo persona non grata y dejar de invitarlo al baile.

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Guerra fría, imperialismo, telón de acero

Se ha abierto una fase de desglobalización, con consecuencias imprevisibles


Conceptos como guerra fría, imperialismo, telón de acero son los más utilizados ahora para describir el estado de animosidad permanente que se ha instalado entre una potencia emergente, China, y la superpotencia mundial, EE UU. Recuérdese que la Guerra Fría fue el enfrentamiento entre EE UU y la Unión Soviética, tras finalizar la Segunda Guerra Mundial, en ámbitos como el económico, político, social y hasta militar; que el imperialismo era la fase superior del capitalismo y se manifestaba en ideas como la superioridad y dominación entre países; o que el telón de acero trataba de la frontera ideológica y política entre Europa occidental y Europa oriental.


¿Qué ha ocurrido? Que a la guerra comercial, considerada hasta ahora de baja intensidad, entre Washington y Pekín, con subidas mutuas de aranceles, se le ha añadido un conflicto tecnológico de gran significación mundial: la firma china Huawei ha sido incluida en una lista negra por Donald Trump, por lo que a partir de hacer efectiva esa decisión ninguna empresa norteamericana podrá venderle ni soft¬ware nihardware sin licencia estatal. Huawei es una de las sociedades más agresivas en el desarrollo de la tecnología 5G, que, según los expertos, va a cambiar la visión económica del planeta en poco tiempo.


La primera incógnita es si China establecerá una reciprocidad con Apple u otra gran empresa tecnológica americana. Y más allá, si esta confrontación se extenderá a otros sectores, incluido el de la deuda pública (China es el gran comprador de bonos americanos). Al final de la reflexión está la lucha por la hegemonía tecnológica —y a través de ella, política— de los dos grandes países.


Se demuestra así que Trump está dispuesto a utilizar todas las armas de la política para contener la rivalidad de un país que se incorporó a principios de siglo a las reglas de la Organización Mundial de Comercio, aprovechándose de ellas en lo que le interesaba, pero sin cumplir con el resto de las normas de la competencia internacional (entre ellas, aplicando el dumping social y una mínima protección social a sus ciudadanos).


En otro momento de la historia, con gobernantes distintos a estos, el resto de los países occidentales no hubieran tenido dudas del lado en el que se situarían; hoy esto está mucho más difuso, como muestra la recepción de la tecnología china 5G en muchos países europeos, así como la buena acogida a las inversiones multimillonarias relacionadas con la red de infraestructuras chinas conocidas como Ruta de la Seda. Trump asusta.


El investigador Federico Steinberg ha sido de los más incisivos (‘La guerra tecnológica y el nuevo imperialismo’, diario Expansión, 21 de mayo). Describe lo que sucede como un neoimperialismo en el que tanto EE UU como China utilizarán su poder para debilitar al otro (lo que Joan Robinson denominaba “políticas de perjuicio al vecino”), obligando a los demás países a tomar partido y someterse a las normas del imperio al que se adhieran, y siendo las amenazas estadounidenses a las empresas europeas que hagan negocios con Irán o Cuba parte de esa clave neoimperialista. Recuerda Steinberg que los actuales líderes imperiales, Trump, Xi Jinping y Putin, “no son precisamente admiradores de la democracia liberal”.


El profesor Dani Rodrik, de la Universidad de Harvard, ha tratado de matizar en sus últimos textos la idea de que todo libre intercambio de bienes y servicios trae beneficios al conjunto de las partes. En uno de sus libros (Hablemos claro sobre el comercio mundial, editorial Deusto) pone numerosos ejemplos de una globalización mal gestionada en la que no se logra un equilibrio entre la apertura económica y el derecho a la gestión del espacio político de los Estados. En todos ellos los protagonistas actúan como representantes del “capitalismo de Estado”. Ahora, el temor es que la tensión acabe en dos sistemas tecnológicos incompatibles entre sí, lo que obligaría al resto del mundo a elegir. Ello supondría una fase de desglobalización que podría semejarse a la que se desarrolló en el periodo de entreguerras, con el resultado padecido por todos.

Por Joaquín Estefanía
25 MAY 2019 - 17:00 COT

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La guerra EU-China y los movimientos de abajo

Estamos ante una guerra por la supremacía geopolítica global, una guerra tecnológica y militar que asume (por ahora) la forma de conflicto comercial. La hipótesis que manejamos es que la guerra se va a profundizar hasta bordear el peligroso abismo de conflicto nuclear, y que será la marca del siglo XXI, ya que se extenderá en el tiempo hasta que alguno de los rivales (probablemente China) se alce con la victoria.

Como el conflicto entre la potencia en declive y la que está en ascenso que la desafía, dominará el escenario mundial y regional en este complejo periodo histórico, parece necesario trazar algunas ideas generales que puedan orientarnos a las y los de abajo. No pretendo establecer “líneas”, sino apenas esbozar horizontes ético-políticos que considero deberían debatir los llamados movimientos antisistémicos.

La primera es considerar que es una guerra por la dominación del planeta, no por la liberación de los pueblos. Vemos que una parte de los profesionales de la izquierda sostienen que debemos elegir entre Estados Unidos y la alianza China-Rusia, porque es necesario derrotar a la primera y caminar de la mano de la segunda. Por el contrario, creo que si bien la potencia hegemónica es muy dañina y debe ser enfrentada y derrotada por los pueblos en cada lugar de la Tierra, no podemos perder de vista que las otras dos naciones son también imperialistas.

Por lo tanto, pienso que la situación es más parecida (no idéntica) a la que se registró en la Primera Guerra Mundial, que a lo sucedido en la segunda. En ésta, los intereses nacionales de la entonces Unión Soviética llevaron a Stalin a imponer a los movimientos una alianza con las potencias occidentales; en tanto, Lenin y los bolcheviques, en la primera guerra, se pronunciaron por el “derrotismo” de su nación, apostando a convertir la guerra imperialista (así la definieron) en guerra de clases para hacer la revolución.

Durante la Segunda Guerra Mundial, los comunistas chinos osaron desafiar las directrices de Stalin y tomaron su propio camino, se apartaron del Kuomintang y de las potencias occidentales, y las combatieron. Gracias a esa línea de acción, pudieron triunfar. En síntesis, las fuerzas del cambio deberíamos aprovechar el conflicto entre los de arriba para hacer avanzar nuestro propio proyecto, con autonomía, aunque sin descartar acuerdos puntuales siempre que no nos neutralicen.

La segunda cuestión pasa por aprender de la experiencia vivida por nuestros pueblos durante las guerras de independencia. El conflicto entre criollos y españoles (y portugueses), apoyados por Inglaterra, se resolvió en contra de los pueblos que sufrieron tanto, o más, con las repúblicas que con las monarquías que los colonizaron. La derrota de los revolucionarios de abajo (desde Túpac Amaru y Túpac Katari hasta José Gervasio Artigas, Tiradentes y Morelos), alfombró la instalación de repúblicas que pusieron fin a la colonia y abrieron paso al colonialismo interno.

En no pocos casos, los rebeldes de abajo fueron usados como carne de cañón por los criollos para poner en marcha su propio proyecto de nación.

El tercer asunto gira en torno a lo que representa la nueva hegemonía global: un impresionante despliegue tecnológico de inteligencia artificial y tecnología 5-G, que tendrá consecuencias funestas en cuanto a la concentración de poder global y en cada país. El ejecutivo experto en inteligencia artificial, Kai-Fu Lee, asegura que este despliegue “producirá desigualdades económicas sin precedentes e incluso alterará el equilibrio mundial de poder”(https://nyti.ms/2HLsysU).

A diferencia de la revolución industrial y de las computadoras, ahora no se sustituirán unos empleos por otros, sino “traerá consigo la aniquilación de trabajos a gran escala”. Qué sucederá con esos millones, a los que se suman los que ya le sobran al capital, lo enseña la propia China, con su sistema de video-vigilancia a gran escala: una enorme masa de personas sometidas (el 9-9-6, trabajan de 9 am a 9 pm seis días a la semana), controladas las 24 horas.

La concentración de poder se incrementará; China y Estados Unidos serán los grandes beneficiados. Pero llama la atención que los profesionales sólo mencionen a las empresas yanquis (Google, Facebook, Amazon y Microsoft) y no citen a las chinas (Baidu, Alibaba Group, Tencent Holdings), ni los campos de concentración en la Región Autónoma Uigur de Xinjiang, de mayoría musulmana (https://bit.ly/2VPSM7s). En cada nación la brecha social crecerá entre quienes tienen acceso a las nuevas tecnologías y quienes no acceden o lo hacen en situación de dependencia.

La hegemonía china puede ser peor para los de abajo, como viene sucediendo desde los albores del capitalismo y la modernidad. Creer que la hegemonía yanqui nos hizo más libres que la británica, y que ésta fue más beneficiosa que la española, es tanto como mirar el mundo desde el lado de los privilegiados. La historia reciente nos enseña que entre los que luchan, una parte aspiran a insertarse bien arriba y a la derecha.

 

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China a EEUU: "Vamos a luchar hasta el final"

El mensaje fue lanzado al aire por Televisión Central de China (CCTV) mediante un editorial titulado: "China ha hecho la preparación integral". En él se anuncia la posición de Pekín en la guerra comercial lanzada por EEUU, durante la emisión del programa diario de noticias. El medio oficialista asegura que "no queremos esta lucha, pero no tenemos miedo y vamos a luchar si es necesario".


Para la inmensa mayoría de la población china, la guerra comercial no es una cuestión económica sino de dignidad nacional. El editorial anónimo lo explica con una metáfora histórica: "Para la nación china que ha experimentado varias tormentas en los últimos 5.000 años, ¿hay alguna situación que no hemos visto antes? En el proceso de la gran revitalización de la nación, tiene que haber dificultades e incluso olas terribles. La guerra comercial provocada por los EEUU. es sólo una barrera en el camino de desarrollo de China, y no es un gran problema en absoluto".

La referencia no es un dato menor para una nación que fue ultrajada varias veces en conflictos recientes en los siglos XIX y XX. Quizá por esa razón, en pocas horas la página del programa oficial recibió más de tres millones de visitas en twitter y dos millones de "likes".

Varios observadores destacaron que semejantes comentarios son "muy inusuales", por la severidad del tono, en los medios chinos. Algo así no se produjo siquiera después del ataque aéreo de la OTAN en 1999 a la embajada china en Belgrado y cuando la colisión de aeronaves Mar Meridional de China en 2001.


El sentido común de los chinos, tanto de la sociedad como del gobierno, indica que deben seguir su camino sin importar lo que hagan los demás. En el mismo sentido, un medio generalmente crítico de Hong Kong, el South China Morning Post, destaca que en las negociaciones con EEUU, "Pekín no podía ceder a las demandas de Washington por la dignidad nacional y cuestiones de principio".

Trump decidió elevar los aranceles a una parte considerable de las importaciones desde China, medida que fue retrucada por Pekín en lo que se considera un "ojo por ojo" que no tendría fácil solución.

El presidente de EEUU cuenta con alguna ventajas, gracias al bajo desempleo, el crecimiento de más del 3% en el primer trimestre, la baja inflación y la subida de los salarios.
Que lo anterior lo consiga a costa de un creciente endeudamiento público y un alto déficit presupuestario, no parece importarle a quien comparecerá en las urnas en poco más de un año.


El columnista de Asia Times, David P. Goldman, ensaya una mirada estratégica que implica mirar mucho más lejos: "Trump quiere restaurar un pasado en el que América dominó la producción, y su estrategia de negociación recuerda el juego de Monopoly, en el que los jugadores intentan extraer rentas. China está jugando el juego de estrategia antigua de Go, con el objetivo de supremacía tecnológica".

A mi modo ver, este es el punto central. China no pierde el rumbo y tiene mucho margen para negociar, por varias razones.

La primera es que no debe someter a su dirección política al escrutinio de las urnas, por lo que no necesita hacer nada destinado a conformar a la opinión pública que siempre es volátil y depende de los avatares de la economía, en particular en Occidente.


La segunda ventaja es la ya mencionada historia de derrotas y humillaciones, que lleva a Pekín a poner en primer lugar la soberanía de la nación, la dignidad del país y de sus habitantes, que se muestran afines al llamado nacionalista. Se trata de una actitud defensiva, mientras la de Washington es a todas luces ofensiva y guerrerista en pugna por la supremacía global.


La tercera es que China no pierde el rumbo, sabe que la guerra comercial no es tal sino una guerra por la supremacía tecnológica, como se desprende de la ofensiva contra Huawei desatada desde 2018.


Para EEUU es difícil de aceptar que la multinacional china lleve ventaja en las telecomunicaciones y sea la punta de lanza de la Ruta de Seda. Goldman nos recuerda que Huawei superó a Apple en la venta de teléfonos en el primer trimestre de 2019 pese a que no puede vender en EEUU. Por el contrario, las empresas de alta tecnología de EEUU dependen de sus ventas a China.


El núcleo de la guerra tecnológica son los semiconductores, rama en la que los chinos no son inferiores a Apple. Goldman concluye: "China espera salir de la guerra comercial con una ventaja indiscutible en la fabricación y diseño de semiconductores. Si tiene éxito, se convertirá no sólo en el poder económico dominante, sino en la potencia militar dominante".
La industria de semiconductores nació en EEUU pero migró a Asia en la etapa inicial del neoliberalismo salvaje. Ahora Asia, y China en particular, llevan la delantera. Revertir esta situación no será sencillo, por más empeño que ponga la administración Trump. Lo peor es que ni la Unión Europea ni el reino Unido, o sea sus más importantes aliados, se sumaron a la guerra contra Huawei, en lo que el analista de Asia Times considera "la peor humillación para la diplomacia estadounidense desde el final ignominioso a la guerra de Vietnam".


La guerra está servida y no tiene marcha atrás. La opinión pública estadounidense y las elites dominantes, seguirán el camino emprendido por Trump, más allá del resultado electoral. En una guerra gana el que tiene mayor voluntad, el que es capaz de aferrase al terreno, aquel pueblo que sabe lo que quiere y no teme los sacrificios. Las guerras no las ganan ni los liderazgos, ni las armas más sofisticadas, ni los discursos más encendidos. La historia de la Segunda Guerra Mundial, cuando el nazismo parecía arrollar el mundo, mostró que los pueblos pueden más.

00:26 15.05.2019(actualizada a las 00:44 15.05.2019)

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Diez claves para entender el conflicto comercial (y geoestratégico) de EEUU y China

La tensión entre las dos grandes potencias alcanza el punto de ebullición. Los mercados tiemblan cada vez que aumentan los decibelios en las negociaciones entre Washington y Pekín, mientras el FMI cataloga esta guerra comercial bilateral como el mayor riesgo geoestratégico


El clima de crispación que se respira por todas las latitudes del planeta emergió a partir del lema que le encumbró a la Casa Blanca. El mensaje America, first que enarboló Donald Trump durante su triunfal campaña electoral de 2016 está detrás del cambio en el orden mundial que, de forma soterrada, ha ido modificando el status quo de la globalización. Hasta poner patas arriba varias de sus estructuras más sólidas. En el ámbito monetario, con el retorno a la política de un dólar fuerte, que ha convulsionado el mercado cambiario y la subida de tipos de interés de la Reserva Federal, el complemento ideal para encarecer el acceso a la financiación internacional de firmas privadas, inversores y Estados.


En el geoestratégico, en el que subyace una lucha soterrada, pero incesante, por el cetro de la hegemonía internacional entre las tres principales superpotencias nucleares -EEUU, China y Rusia, todas ellas, inmersas en procesos de nacionalismo exacerbado- y una toma de posiciones constante y con escaso espacio para la diplomacia en puntos convulsos como Oriente Próximo o Venezuela y en asuntos energéticos como el precio del petróleo.


Y, por supuesto, en el económico-comercial, donde el agresivo tacticismo de la Administración Trump para imponer rebajas fiscales de calado a ciudadanos y empresas y, al mismo tiempo, formalizar en los presupuestos incrementos ingentes de gasto en Defensa, está dirigiendo a la endeudada economía americana -con una ratio de deuda de 20 billones de dólares, por encima del valor de su PIB- a un agujero fiscal que superará el billón de dólares en el próximo lustro.


En definitiva, una decidida apuesta por el proteccionismo que, además, no está impidiendo que el déficit de la balanza comercial del país navegue de nuevo por aguas turbulentas. Las barreras arancelarias, pues, lejos de corregir su brecha con sus principales socios -el antiguo Nafta, ahora rebautizado como USMCA y Europa, ni con sus rivales; esencialmente China. El desequilibrio comercial está en cotas desconocidas desde la crisis de 2008.


El escenario futuro no es nada halagüeño. Pero, ¿cómo se ha llegado a esta compleja coyuntura? Y, sobre todo, ¿tiene visos de solución?, ¿cómo afecta la doctrina trumpiana a otras naciones y espacios económicos? Decálogo para entender los efectos del peligroso Make America Great Again (MAGA).


¿Cuándo y cómo empezó el proteccionismo americano?


Trump dejó claro desde el comienzo de su mandato, que iba a dinamitar varios pilares de la economía estadounidense. Sobre todo, en el ámbito comercial. Una de sus primeras medidas fue apartarse del Trans-Pacific Partnership (TTP) suscrito en los últimos meses del segundo mandato de Barack Obama. Como prometió con el MediCare, trata de poner una losa sobre los grandes hitos de la presidencia de su antecesor demócrata.


El TTP representaba el 40% de la economía global, incluyendo a EEUU y a la decena de economías bañadas por las aguas del mayor océano del planeta: Japón, Australia, Brunei, Canadá, Chile, Malasia, México, Nueva Zelanda, Perú, Singapur y Vietnam. China quedó de forma deliberada -por consenso entre EEUU y Japón- de este tratado. Al igual que India. Los reiterados esfuerzos por involucrar a Trump en esta aventura -sobre todo, desde Tokio, Ottawa y Canberra- han sido en vano. El líder republicano se cerró en banda. Empezó a aducir que el mapa de pactos de libre comercio atentaba contra la seguridad nacional.


Con posterioridad, incluyó entre sus objetivos al Nafta, el área aduanera con sus vecinos del norte y del sur -Canadá y México- y a la UE. No comulgaba con la pasarela transatlántica. Hasta que, en marzo de 2018, la Casa Blanca aprobó una subida de aranceles del 25% sobre las importaciones de acero y del 10% sobre las del aluminio. Política típica de mandatarios republicanos. El último, sin éxito, Bush, hijo. Desde entonces, ha dirigido sus dardos especialmente sobre China. Sin descuidar a Europa. Por medio, y bajo una cruzada diplomática que amenazó ruptura con Canadá, una renegociación del Nafta, ahora conocido con las siglas USMCA.


¿Por qué se obceca Washington en la guerra comercial con China?


Por considerarla la mayor de las amenazas a su, hasta ahora, indiscutible liderazgo mundial. Junto a Rusia. Y desplazando al terrorismo islamista como el primer riesgo exterior. Lo acaba de suscribir el Pentágono en su último informe de situación. El gabinete Trump, con el secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, ha impuesto como requisito sine qua non que Pekín abandone la política de intervención del tipo de cambio de su divisa en los mercados internacionales, el rinminbi, sometida a una banda de fluctuación demasiado rígida y controlada desde su banco central.


Pero Washington también persiste en otras exigencias. Reclaman una corrección drástica de su déficit bilateral, poniendo coto primero a los productos manufactureros y equipos electrónicos made in China y, luego, a los servicios tecnológicos. Además de reclamarle el cumplimiento en materia de patentes. China desafía a Estados Unidos en tecnología con una avalancha de patentes. Según datos oficiales, en la última década, China está ganando la carrera competitiva frente a EEUU en la adquisición de derechos de propiedad industrial e intelectual relacionados con la Inteligencia Artificial (IA), con las cadenas de bloques (blockchain) y con otras disciplinas de la Revolución Digital 4.0.


En este contexto, también surge el conflicto sobre la petición de extradición a Canadá de la directora financiera de Huawei, Meng Wanzhou, a instancias de la Administración Trump, que acusa a la firma china de transferir innovación tecnológica americana y occidental a los servicios secretos chinos por su posición aventajada en el negocio del 5G.


Todo ello está detrás de la nueva subida arancelaria sobre otros miles de bienes importados desde China y valorados en 250.000 millones de dólares que, desde la semana pasada, pasan de tener un arancel del 10% al 25%. Medida proteccionista activada en plena ronda de negociaciones bilaterales para tratar de prorrogar la tregua de 100 días otorgada por Trump a comienzos de año.


La respuesta del régimen de Pekín no se hizo esperar. Ha impuesto tarifas adicionales sobre otro amplio abanico de mercancías y servicios estadounidenses. Por un valor de 60.000 millones de dólares. Es el penúltimo capítulo de una batalla que se inició realmente en 2017, cuando Trump inició una investigación sobre la política comercial de China.


¿Qué tarifas están en juego en esta batalla bilateral?


El pasado año, Washington aprobó tres rondas de nuevos aranceles, en distintos baremos alcistas, que ahora alcanzan una escalada del 25% y que afectan a distintas ramas industriales, desde equipamientos ferroviarios hasta bolsos. Pero, si las amenazas de Trump surten efecto en próximas fechas, el montante total de mercancías chinas que tendrán que sufragar más gastos de entrada al mercado estadounidense llegarán a los 325.000 millones de dólares.


EEUU adquirió bienes comerciales a China, en 2018, por más de 539.000 millones de dólares. Pekín, por su parte, ha elevado el valor tarifario a productos estadounidenses hasta un rango de valor de 110.000 millones de dólares, para “hacer frente a la mayor guerra económica de la historia”. Incluye productos químicos, carbón o equipos médicos, para los que establece una subida del 5% al 25%. Al igual que a bienes especialmente protegidos por el partido republicano, como la soja.


¿Qué tarifas están en juego en esta batalla bilateral?


El pasado año, Washington aprobó tres rondas de nuevos aranceles, en distintos baremos alcistas, que ahora alcanzan una escalada del 25% y que afectan a distintas ramas industriales, desde equipamientos ferroviarios hasta bolsos. Pero, si las amenazas de Trump surten efecto en próximas fechas, el montante total de mercancías chinas que tendrán que sufragar más gastos de entrada al mercado estadounidense llegarán a los 325.000 millones de dólares.


EEUU adquirió bienes comerciales a China, en 2018, por más de 539.000 millones de dólares. Pekín, por su parte, ha elevado el valor tarifario a productos estadounidenses hasta un rango de valor de 110.000 millones de dólares, para “hacer frente a la mayor guerra económica de la historia”. Incluye productos químicos, carbón o equipos médicos, para los que establece una subida del 5% al 25%. Al igual que a bienes especialmente protegidos por el partido republicano, como la soja.


El flujo de mercancías de EEUU en China apenas sobrepasó los 120.000 millones de dólares. Al término de 2018, el saldo entre exportaciones e importaciones americanas ahondó su tendencia negativa. Hasta abrir una brecha de 621.036 millones de dólares. Un 12,5% más profundo que en el conjunto de 2017 y un 23% superior al que heredó de Obama. Los datos reflejan que el desequilibrio bilateral de mercancías con China alcanzó los 419.200 millones; un 11% más.


¿Cuál es la doctrina que se esconde detrás del Despacho Oval?


Kevin Hassett, presidente del Consejo de Asesores Económicos de la Casa Blanca, admite que la estrategia de Trump le parece más propia del Siglo XVIII. De la era de la Revolución Industrial. Es -dice- como batallar contra el escorbuto en los navíos de la época. Necesitabas limones frescos para curar la dolencia, explica y, hasta conseguirlos, los almirantes de flotas con tripulación bajo el efecto de esta enfermedad mantenían a sus tropas en largas cuarentenas varias millas fuera de los puertos de destino.


Metafóricamente -asegura- el gabinete Trump cree que las subidas de tarifas y otras armas comerciales son el mejor antídoto para luchar contra lo que tildan de plaga comercial: la facilidad de acceso de productos importados desde el extranjero. En términos exactos, Hassett lo sintetiza de forma gráfica: “Si tienes escorbuto y no consigues vitamina C, sabes que vas a morir. Incluso con este componente, la recuperación de esa dolencia podría no funcionar. Pero no hay opción. Así que, si yo tengo la vitamina C que tú necesitas serás consciente de que vas a morir primero, aunque aún puedes tratar de arrebatarme la solución: asumiendo mis reglas”.


Hassett matiza con precisión el sentido que esconde su teoría. Los economistas más cercanos a Trump están convencidos de que Trump está reparando una economía enferma, que ha sido contagiada por prolongadas décadas de un desastroso peso del comercio que ha entrado desde fuera de las fronteras estadounidenses por los sucesivos y numerosos pactos de libre comercio que ha sido formalizados por distintos presidentes norteamericanos. Esta política comercial -arguyen- ha propiciado una desventaja competitiva crónica a EEUU frente a sus competidores, especialmente China y México, aunque también Europa.


¿Qué efectos tiene sobre la economía americana?


La aportación de la industria exportadora de EEUU -ventas netas de bienes y servicios- restó 1,78 puntos a la tasa de crecimiento durante el último trimestre de 2018. Además, el desabastecimiento de mercancías está aumentando las presiones inflacionistas. Los consumidores empiezan a pagar más por el precio final de servicios y productos cotidianos. Desde las lavanderías hasta ordenadores.


En un momento en el que la Fed explora rebajas de tipos, como reclama Trump, que teme que la economía, que crece a un buen ritmo, del 3,5%, pueda emitir señales de debilidad durante las elecciones presidenciales de 2020. A no ser que la inflación se dispare. El mercado comparte la pesadilla del dirigente de EEUU. La curva de rentabilidad -diferencial en las tasas de retorno de los bonos a tres meses y a diez años- se invirtió por primera vez desde diciembre de 2007. Señal de recesión. En Citigroup otorgan entre un 37% y un 45% de posibilidades de que EEUU entre en números rojos este año.


¿Y sobre las bolsas?


El sónar de Wall Street empezó a emitir señales de peligro por las guerras comerciales de Trump en el último trimestre del pasado año. Otro de los puntos candentes del conflicto con China. Con pérdidas bursátiles desconocidas, sólo en diciembre, desde 1931, el año que concentró la mayor parte de los daños colaterales de la Gran Depresión.


El Dow Jones, por ejemplo, acumuló un descenso mensual del 8,7%, su peor comportamiento mensual desde febrero de 2009. En el conjunto del ejercicio, además, retrocedió un 5,6%, el año más bajista desde 2008. Mientras el S&P 500 se desplomaba un 9,2% y el Nasdaq, un 9,5% en términos mensuales, y un 6,2% y un 3,9% en todo el año, respectivamente.


¿Cómo repercutirá en la economía china?


Tampoco la coyuntura en China está boyante. Su PIB crecerá este año al 6,5% y el próximo, al 6%. Los ritmos más reducidos desde 1990, cuando apenas repuntó un 3,9% debido las sanciones por los acontecimientos de la Plaza de Tiananmen. La segunda economía global ha perdido fuelle. Y su merma exportadora le pasará otra factura.
Además, el mercado empieza a poner sus ojos en la deuda que, oficialmente se valora en casi 6 billones de dólares, el 38,1% de su PIB, según el FMI. Pero que analistas de Standard & Poor’s elevan en otros 890.000 millones de dólares, debido a la losa oculta que añaden sus gobiernos municipales. Para S&P, Pekín sólo muestra “la punta del iceberg”, porque sus vencimientos a medio plazo llegarían al 60% del PIB. “Nivel alarmante” para un mercado emergente sin estatus reconocido por las agencias de rating de inversor internacional.
Por si fuera poco, sus empresas también emiten signos de debilidad. Han dejado de protagonizar las compras internacionales. Y revelan quiebras por un valor de 5,8 billones de dólares sólo en el periodo entre enero y abril de este año, 3,4 veces más que en los mismos cuatro meses de 2018.


¿Y sobre los mercados emergentes?


Esencialmente, pueden poner en cuarentena la urgencia por rebajar tipos de interés. La mayoría de ellos se vieron en la obligación de seguir la estela de la Fed para contener las embestidas contra sus divisas por la fortaleza del dólar -todavía cotiza un 11% por encima del valor real del mercado, dice el FMI- y la carestía del acceso a financiación en billetes verdes por el precio del dinero estadounidense. Ahora, inician un compás de espera.


También se verán afectados por las tensiones geoestratégicas que EEUU ha provocado en Venezuela (para las economías latinoamericanas); en Irán, que ya ha generado volatilidad en el crudo y hacia Pekín en el Mar de China, donde los tigres asiáticos sufrirán estos daños colaterales en sus flujos de capitales y de comercio.


¿Cómo capeará el temporal Europa?


A duras penas. Con la economía del euro al ralentí, el sector exterior y manufacturero alemán en números rojos e Italia en situación crítica, tanto de crecimiento como de desequilibrios presupuestarios, a los que hay que añadir la suma debilidad de un sistema bancario que pide urgentemente una recapitalización masiva, los augurios no son nada buenos. Sobre todo, si como amenaza Trump, EEUU tratará de eliminar el déficit comercial con Europa a marchas forzadas.


La UE, que negocia con el cuchillo entre los dientes salvaguardas sobre su sector automovilístico -la llaga en la que hurga la Casa Blanca, genera el segundo de los grandes déficits comerciales estadounidenses. Sólo por detrás de China. De 169.300 millones de dólares, un 12% más que en 2017. La UE, además, ha empezado a certificar la amenaza de Pekín.
En un reciente informe de la diplomacia europea, señala al gigante asiático como uno de sus mayores desafíos por la influencia política y el músculo económico -comprando deuda soberana y protagonizando fusiones o adquisiciones empresariales- que ha desplegado en el continente. Las ventas europeas a China se han triplicado en el decenio posterior a la crisis. Aunque, ahora, la pérdida de vigor de su economía también supondrá una merma de las demandas de bienes y servicios europeos.


¿Y el sector exterior español?


También se verá perjudicado. No en vano, EEUU es el sexto socio comercial de España. China, el noveno. En 2018, el 4,8% de las ventas a terceros mercados se concentraron en EEUU, casi 12.500 millones. El resto, 5.500 millones (el 2,3% del total), tiene como destino China. Aunque el sector exterior hispano colocó un 3,2% menos de mercancías en el coloso americano respecto de 2017. Y, en China, tres puntos menos.


En medio de síntomas de cansancio exportador, uno de los motores de la recuperación. En conjunto, las hostilidades entre los dos mayores PIB del planeta restarán un 7% de las ventas españolas al exterior, según el Ministerio de Economía. La aceituna negra ha sido uno de los productos más damnificados de la política proteccionista americana. Le aplicaron correctivos antidumping y por subvenciones e impusieron un arancel de entrada del 34,75%. Las restricciones al vino español son, en cambio, una de las barreras recientes más problemáticas para el sector exterior hispano.

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Miércoles, 15 Mayo 2019 06:00

Tucídides, Trump y la guerra con China

Tucídides, Trump y la guerra con China

Entre flotas con portaviones y aranceles de castigo, la administración Trump amenaza a China. Quiere doblegar su poderío económico y frenar su influencia creciente en asuntos internacionales. La República Popular China ya es considerada "adversario" por el complejo militar-industrial de Estados Unidos y los principales medios de información de ese país repiten a coro el mensaje.

Los tambores de guerra se escuchan, y la evolución de los acontecimientos podría anunciar un conflicto bélico entre China y Estados Unidos en el futuro. El análisis de Tucídides sobre la guerra del Peloponeso es más relevante que nunca para el análisis de la coyuntura actual. La lección más importante en su obra es que la principal causa de la guerra es el factor emocional: el temor y la desconfianza.

China es percibida como adversario, porque Washington sabe que su supremacía no puede durar para siempre. La economía estadunidense puede todavía ser la más grande del mundo (dependiendo de la métrica), pero no necesariamente es la más fuerte. Su poderío depende, en buena medida, del papel que juega su divisa en el sistema monetario internacional. Sin embargo, el déficit comercial crónico es un claro indicador de algunas debilidades de la economía de Estados Unidos.

Del total de las exportaciones estadunidenses de bienes y servicios, las de manufacturas de alta tecnología (computadoras, aviones, máquinas herramienta y robots industriales, equipo científico, etcétera) representan 20 por ciento del total. A pesar del alto grado de complejidad de estos productos, Estados Unidos ya enfrenta una fuerte competencia internacional en estos rubros. En contraste, las exportaciones de servicios, entre los que se encuentran los servicios financieros, representan 33 por ciento de las exportaciones totales. Es claro que buena parte de esas ventas al exterior de servicios no se llevarían a cabo si el dólar estadunidense no fuera todavía la moneda hegemónica.

La guerra comercial de Trump contra China se inició en febrero de 2017, con aranceles de 30 y 20 por ciento sobre dos categorías de productos. A lo largo de ese año se fueron imponiendo aranceles a muchos otros productos, y China comenzó a responder con medidas compensatorias. Hoy se han interrumpido las conversaciones que se suponía llevarían a un nuevo acuerdo y el conflicto se ha intensificado. Estados Unidos ha impuesto nuevos aranceles de 25 por ciento sobre 200 mil millones de dólares de importaciones chinas, y Pekín ha anunciado que aplicará medidas compensatorias equivalentes.

¿Cuáles son los objetivos de Washington en esta guerra comercial? En el primer año de la guerra comercial el déficit comercial de Estados Unidos con China se incrementó 11 por ciento (pasó de 375 a 419 mil millones de dólares entre 2017 y 2018). Puede que el déficit se reduzca en los años siguientes, pero eso dependerá de muchos factores y también podría acarrear costos para los consumidores y empresas estadunidenses.

Los negociadores de Estados Unidos saben muy bien que el déficit bilateral no se va a reducir de manera significativa y que tampoco van a regresar las empresas que se fueron a China por sus bajos costos de mano de obra. Para ellas todavía quedan por explotar los paisajes demográficos de Vietnam, Cambodia e Indonesia. Entonces, ¿qué busca Washington con su belicosidad comercial?

Un indicio revelador está en las razones por las que la semana pasada se rompieron las negociaciones entre ambos países. Washington ha acusado a Pekín de renegar sobre los acuerdos a los que había llegado hacía meses. Esos convenios tienen más que ver con la política industrial y tecnológica de China, así como su legislación sobre propiedad intelectual. En este terreno, a Estados Unidos le gustaría doblegar al gigante asiático para mantener un predominio tecnológico que cada vez es más precario.

En el año 433 antes de nuestra era, Atenas impuso a la ciudad de Mégara una serie de severas sanciones económicas que amenazaban con asfixiarla. Ese decreto fue determinante y Esparta sintió que confirmaba sus peores temores sobre los designios de los atenienses para incrementar su poderío e influencia. El conflicto se presentó como inevitable y se desató la segunda guerra del Peloponeso, que terminó con la derrota de Atenas en 404 antes de nuestra era. El costo de la guerra fue terrible y Grecia nunca volvió a gozar de la autonomía que tuvo durante la era clásica. Para Tucídides, en su Guerra del Peloponeso, el factor emocional del miedo y la desconfianza fue la "causa más verdadera" de esa terrible guerra.

Hoy, la política de Washington frente a Pekín sigue el mismo derrotero. Miedo y desconfianza. ¿Preferirá Estados Unidos hundir al mundo en un conflicto nuclear antes que perder su hegemonía? Difícil responder, pero una cosa es cierta: la profecía de una guerra se cumplirá si Estados Unidos no abre el espacio que Pekín siente necesitar como potencia emergente. De adversario a enemigo no hay más que un solo paso.

Twitter: @anadaloficial

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Lunes, 13 Mayo 2019 05:54

Trump vs Xi

Trump vs Xi

A mediados de 2018 el gobierno de Estados Unidos impuso tarifas a una serie de productos chinos equivalentes a 250 mil millones de dólares (mmdd). China amagó, a su vez, con tarifas del orden de 110 mil millones. Esta es la base para que se hable de una "guerra comercial" de grandes consecuencias.

Las tarifas han incrementado los costos para las empresas y los consumidores estadunidenses, y han provocado fluctuaciones en los mercados de capitales. Para China representa una carga adicional en un entorno de desaceleración del crecimiento de su economía.

La teoría propone que el libre comercio sustentado en la especialización acrecienta el bienestar en una economía. También señala que las ganancias del comercio pueden derivar en una muy desigual distribución, con grandes ganadores y perdedores.

Estos argumentos aparecen en las críticas que hoy se producen de las consecuencias del proceso de la globalización desde la década de 1980. Son, también, un elemento clave del proteccionismo que se promueve como parte de lema Make America great again.

Una justificación para imponer las tarifas es que abaratan los productos hechos en Estados Unidos en relación con los importados, así los consumidores preferirían comprar productos locales y se atraería mayor inversión. Además, se pretende contener la desleal transferencia de tecnología a China y salvaguardar la propiedad intelectual.

Los ajustes que se quieren conseguir se basan en el comportamiento de la oferta y la demanda en los mercados, aunque no ocurren de manera inmediata. A esto hay que agregar los efectos de las represalias de la contraparte.

Los datos oficiales del gobierno estadunidense indican que en 2018 el comercio total de bienes y servicios con China tuvo un valor de 737 mmdd (60 por ciento del PIB de México en ese año); las exportaciones fueron por 180 mmdd y las importaciones por 558 mmdd. Es sobre el déficit de 378 mmdd que está enfocada la disputa comercial.

China no fue el único objetivo de las tarifas, aunque sí es el caso más significativo. Éstas se impusieron sobre las importaciones de acero y aluminio provenientes de la Unión Europea, México y Canadá.

La amenaza es imponer a China tarifas por un total de 325 mmdd. La política del gobierno de Trump se esbozó desde su campaña por la presidencia para reforzar la economía, pero ésta tiene, necesariamente, que ponerse en el marco de la confrontación de poder entre ambos países, misma que se advierte como una pugna creciente.

La estrategia china en el orden geopolítico es muy proactiva, con relaciones y alianzas con otros países. Un caso que lo ilustra es el enorme y ambicioso proyecto para financiar infraestructuras a lo largo de la extensa "Nueva ruta de la seda".

El poderío chino es parte relevante de la reacción que se impulsa desde Washington. La guerra comercial es una expresión de la creciente competencia que no se limita al comercio e incluye los movimientos de capitales y los desarrollos tecnológicos. Una muestra es la disputa en torno a la compañía Huawei y su predominancia en el desarrollo de la tecnología G5 y a la que se atribuye ser instrumento de espionaje del gobierno chino.

No se ha conseguido establecer un nuevo acuerdo comercial entre los dos países y hace unos días el gobierno estadunidense elevó las tarifas sobre un total de 200 mmdd de productos chinos e incluso señaló que se podrían imponer sobre prácticamente todo el comercio con ese país. Este es un dilema que el líder Xi tendrá que resolver. El impacto del alza de sus tarifas es menor, pues China importa mucho menos de Estados Unidos. La situación se asemeja a un "juego de la gallina".

El episodio de confrontación comercial exhibe uno de los rasgos típicos de la manera de negociar de Trump. Suele subir la intensidad del conflicto para luego desinflarlo y cambiar las expectativas de los participantes, sean éstos directos o indirectos.

Se ha comentado que las posibles repercusiones adversas de esta pugna no han ocasionado un descalabro mayor en las bolsas de valores debido a que esas expectativas se acomodan y evitan fluctuaciones de grandes proporciones.

Puede ser. Mientras tanto, el gobierno recibe mucho dinero por concepto de los aranceles que se han impuesto. Sin embargo, ante la incertidumbre que existe del desenlace del conflicto podría haber efectos más notorios en la medida en que el acomodo de los productores, los consumidores, los mercados financieros, los trabajadores y otros actores se alteren. Los agricultores que exportan soya del medio oeste, por ejemplo, serán perjudicados y se ha ofrecido que se elevarán los subsidios que reciben.

El impacto de todo esto no se restringe a los dos países protagonistas, y esta es una cuestión que no debe perderse de vista en México.

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Sábado, 11 Mayo 2019 04:59

Trump tensa la cuerda con China

Liu He y Mnuchin se dan la mano en medio de las negociaciones en Washington. Imagen: AFP

Las conversaciones para terminar con la alarmante guerra comercial entre China y Estados Unidos fueron constructivas, dijo el viernes el secretario estadounidense del Tesoro, Steven Mnuchin, dando una señal de que ambas potencias podrían cerrar un acuerdo que evitaría riesgos para la economía mundial. Solo unas horas antes, Washington lanzó una salva de medidas comerciales contra China al aumentar de 10 por ciento a 25 por ciento los aranceles a 5000 productos de ese origen importados por 200.000 millones de dólares. A su vez, Pekín amenazó con tomar “las contramedidas necesarias”.


El atisbo de esperanza surgido de las declaraciones de Mnuchin alentó a Wall Street, que venía siendo presionada por el pesimismo en las negociaciones. El Dow Jones empezó a recortar las pérdidas sufridas desde la mañana pero seguía en rojo a media jornada. Los mercados de Europa y Asia parecían más optimistas.


“Hubo constructivas discusiones entre ambas partes. Es todo lo que vamos a decir”, dijo Mnuchin, citado por la cadena CNBC, tras dos horas de negociaciones con una misión china liderada por el vice primer ministro, Liu He. Minutos antes, ambos se saludaron con un apretón de manos ante la sede del Representante Comercial de Estados Unidos (USTR) en Washington. De inmediato Mnuchin y el USTR, Robert Lighthizer, partieron hacia la Casa Blanca.


En su hotel, Liu dijo a periodistas que las negociaciones transcurrieron “bastante bien”, según la agencia de noticias Bloomberg que, sin embargo, también citó fuentes que indicaron que los progresos fueron escasos.”Esperamos que las partes puedan encontrarse en una posición intermedia y trabajar juntas para resolver los problemas existentes a través de la cooperación y la consulta”, dijo el Ministerio de Comercio chino en un comunicado.


El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, dijo el viernes que no tiene apuro por cerrar un trato con Pekín por considerar que está negociando desde una posición de fuerza. Luego de semanas de proclamar su optimismo, la Casa Blanca cambió de tono el pasado fin de semana y se mostró enojada y hasta despreocupada sobre el conflicto. El sábado, Trump expreso su furia en Twitter por considerar que las negociaciones avanzaban “demasiado despacio”, acusó a China de desconocer compromisos ya pactados y anunció las medidas arancelarias que entraron a regir la pasada medianoche.


Pero Trump cambió de tono este viernes. “Las conversaciones con China siguen de manera muy cordial, no hay absolutamente ninguna necesidad de precipitarse, AHORA que China paga aranceles de 25 por ciento a Estados Unidos”, dijo. El presidente siguió en su tesitura de que los aranceles son más beneficiosos que un acuerdo. “Los derechos de aduana aportarán MUCHA MAS riqueza a nuestro país que un acuerdo fenomenal de tipo tradicional”, agregó.


Desde el año pasado, las dos mayores economías mundiales se aplicaron recíprocamente aranceles a productos por 360.000 millones de dólares, lo cual castigó a los productores agrícolas estadounidenses y a los sectores manufactureros de ambos países. Trump desató la guerra para terminar con prácticas comerciales chinas que considera desleales y a las que atribuye el abultado déficit de Estados Unidos en el comercio bilateral.


Estados Unidos quiere que China respete los derechos de propiedad intelectual y deje de subsidiar masivamente su producción local.,


Las tarifas también hicieron blanco sobre todo las exportaciones agrícolas estadounidenses a China, pero también en los sectores manufactureros de ambos países. “El riesgo de un colapso total de las conversaciones comerciales ciertamente se ha incrementado”, dijo ayer la calificadora de riesgo Moody’s en un informe citado por CNN. Las empresas estadounidenses están en contra de los aranceles, pero “apoyan la idea en el corto plazo si esto nos ayuda a lograr un acuerdo fuerte, aplicable y a largo plazo que solucione cuestiones estructurales”, dijo la Cámara de Comercio Estadounidense.


Al llegar a Washington el jueves, He dijo que las perspectivas de las conversaciones eran promisorias pero advirtió que aumentar los aranceles dañaría a ambas partes. “Espero que nos involucremos en forma racional y sincera con la parte estadounidense”, dijo a la prensa estatal china.


El aumento de aranceles impuesta desde el primer minuto de este viernes abarca numerosos productos chinos; entre ellos equipos médicos, maquinaria, autopartes y muebles. Pero los productos que ya estaban en viaje hacia Estados Unidos solo serán gravados con el 10 por ciento anterior. Ese matiz otorga un cierto período de gracia y evita un inmediato incremento de la intensidad del conflicto. “Aunque estamos decepcionados por las vallas que fueron levantadas, apoyamos los actuales esfuerzos de ambas partes por llegar a un acuerdo sólido y aplicable que resuelva los asuntos fundamentales, estructurales, que nuestros miembros enfrentan desde hace mucho con China”, dijo la agrupación comercial American Chamber of Commerce en un comunicado.


Economistas remarcan que las medidas aduaneras terminan siendo costeadas por las empresas y los consumidores debido a que incrementan el precio de los productos importados. Productores agrícolas y fabricantes de Estados Unidos se quejan porque las represalias chinas les hacen perder mercados.


“NADIE GANA UNA GUERRA COMERCIAL”, tuiteó el analista Chad Bown del Peterson Institute for International Economics. Un asesor del banco central chino estimó que las medidas de Trump y las represalias chinas, reducirán el crecimiento económico de China en 0,3 punto porcentual. Eso está “dentro de un rango controlable”, dijo el asesor Ma Jun.

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La Ruta de la Seda envuelve a EEUU en América Latina

Ya son 19 países latinoamericanos los que han suscrito la Ruta de la Seda promovida por China. El Gobierno peruano firmó un memorándum de entendimiento para unirse a la ambiciosa iniciativa de infraestructura, en el marco del II Foro de la Franja y la Ruta para la Cooperación Internacional, que se clausuró el último sábado de abril en Pekín.

 

En todo el mundo la Ruta suma 173 acuerdos de cooperación con 125 países, desde su inicio en 2013. La propuesta china ha crecido de forma rápida en Asia y África, gana terreno en América Latina y tiene dificultades en los países centrales de Europa, donde Italia es el único país del G7 en sumarse a la iniciativa.

La reciente incorporación de Perú es importante para el proyecto. Panamá fue el primer país latinoamericano en unirse y después se han sumado Uruguay, Ecuador, Venezuela, Chile, Bolivia, Costa Rica, Cuba, Antigua y Barbuda, Trinidad y Tobago, y Guyana.


China es el segundo mayor socio comercial de América Latina. En 2018, el valor total de las importaciones y exportaciones entre el país asiático y la región alcanzó los 307.400 millones de dólares, una subida del 18,9% respecto al mismo período del año anterior. China se ha convertido en el mayor socio comercial de Perú y el comercio entre ambos alcanzó la cifra récord de 23.000 millones de dólares en 2018.


Xulio Ríos, director del Observatorio de Política China, destaca en las relaciones con los países latinoamericanos, "el tono constructivo empleado por las delegaciones presentes en el evento y muy especialmente debe significarse la decisión de Lima de suscribir el memorándum de la Iniciativa".


En su opinión, el hecho es más relevante aun "tras una nueva gira por la región del secretario de Estado, Mike Pompeo, cargando a diestro y siniestro contra China", lo que le lleva a concluir que "el patio trasero ya no es lo que era".


Aunque ha avanzado notablemente en la región latinoamericana, China todavía no consigue inducir a los grandes países a integrarse a la Ruta. En efecto, Brasil, Argentina, México y Colombia no forman parte del proyecto, aunque Buenos Aires mantiene excelente relaciones con Pekín y los acuerdos van a más, como lo demuestra la firma de la Carta de Intención bilateral para la construcción de la cuarta central nuclear con un préstamo chino de 10.000 millones de dólares.


Aunque China avanza en la región, la pregunta principal es cómo enfrenta el obstáculo que le imponen esos cuatro países que aún no se deciden a sumarse a la Ruta de la Seda.
La respuesta tiene dos partes. La primera es que China no tiene prisa, avanza donde tiene menos resistencias y va practicando el tradicional juego de 'go', que a diferencia del ajedrez, no consiste en un enfrentamiento frontal (dando jaque mate), sino en ir rodeando al enemigo, ganando territorios hasta aislarlos. China ya tiene acuerdos con varios países del Pacífico (todos los sudamericanos menos Colombia) que son claves para el comercio con esta región.


Hasta ahora, había sumado países pequeños, como los del Caribe, pero en noviembre de 2018 se incorporó Chile (con quien había firmado el primer TLC de la región en 2005) y ahora Perú, dos estrechos aliados de Washington. Son los dos mayores países incorporados, lo que indica que el dragón avanza de lo pequeño hacia lo grande, de la periferia hacia el centro.
"El despliegue de toda la artillería diplomática china constata la innegable expansión del proyecto y muestra el verdadero rostro de su renovado poder en el mundo. La apuesta por el comercio y la inversión sumada a las infraestructuras, la industrialización o la innovación sugiere un nuevo paradigma de desarrollo que cada actor debe enfrentar procurando tirar provecho sin abdicar de sus intereses", sostiene Ríos.


Un punto central son las relaciones con Brasilia. El Gobierno de Jair Bolsonaro se ha expresado de forma contradictoria. El mandatario viene criticando al dragón desde la campaña electoral de 2018, pero el vicepresidente Hamilton Mourao ha insistido en que China es un socio estratégico de su país. Es el primer socio comercial de Brasil, y éste se beneficia de un amplio superávit.


Más aún, China es una las principales fuentes de inversión extranjera directa en el gigante suramericano, "con destaque para los sectores de energía y minería, siderurgia y 'agrobusiness'", con una importante diversificación de las inversiones hacia "segmentos como telecomunicaciones, automóviles, máquinas, servicios bancarios e infraestructura", según detalla Wesley Guerra, director del Centro de Estudios de las Relaciones Internacionales de Brasil.


En el 'go', todo es cuestión de tiempo. Mientras en el ajedrez el aspecto principal es la guerra, anular la pieza del adversario, el 'go' es pura estrategia con fichas iguales que sólo se diferencian en el color blanco o negro. Ocupar espacios es lo decisivo. Mientras Washington se empeña en derribar Gobiernos que considera enemigos, China va llenando huecos hasta que las grandes piezas acepten su propuesta.


Tanto con Chile como con Perú, China se convirtió primero en socio comercial mayoritario para luego ir a más, diversificando las inversiones y potenciando en cada país centros de comercio para toda la región.


El presidente chileno, Sebastián Piñera, fue muy claro en Pekín: "Queremos transformar a Chile en un verdadero centro de negocios para las empresas chinas, para que ustedes puedan, desde Chile, llegar también a toda América Latina".


Frente a Brasil el dragón tiene varias 'piezas' para mover. La primera es la soja. China acaba de anunciar que comprará soja de EEUU para mejorar las relaciones con Trump y los poderosos empresarios sojeros del país suramericano se echaron a temblar y ya recelan del presidente que ayudaron a elegir.


La segunda baza son las importantes inversiones brasileñas en China, en sectores como el aeronáutico (Embraer), minería, alimentos, motores, autopartes, siderurgia, papel y celulosa, y servicios bancarios. La tercera es la creciente relación de Pekín con países de África, como Angola y Mozambique, que son estratégicos tanto para el Gobierno como para el empresariado brasileño.


China enseña que las relaciones entre Estados no pueden guiarse por ideologías sino por el interés mutuo. En eso, no tiene rivales. Por eso la creciente desesperación de Washington.

02:25 01.05.2019(actualizada a las 12:34 01.05.2019)
Raúl Zibechi

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Sri Lanka en el Gran Juego de EEUU e India contra China

La acusación del presidente de Sri Lanka Maithripala Sirisena de que los servicios de seguridad del país tenían conocimiento previo sobre los ocho atentados “yihadistas” del 22 de abril, que dejaron cientos de víctimas, y se lo ocultaron, muestra una gran y grave fractura en el seno del poder del país apodado “la India organizada”.

La República Democrática Socialista de Sri Lanka es un pequeño estado de 21 millones de habitantes, compuesto por los cingalé y una minoría tamil (cerca del 13%), y de religión predominante budista, y luego grupos de fe hinduista, islam-sunnita y cristiana. La nación se estaba recuperando no sólo de una larga guerra civil de 26 años (1983-2009) entre la milicia independentista Tigres Tamiles y el ejército, que dejó decenas de miles de muertos, sino también del devastador tsunami del Océano Índico de 2004 que arrebató la vida de 35.000 personas.


El antiguo Ceilán, un país insular ubicado en el Océano Índico y al sureste del Mar Arábigo, que vive del turismo, las exportaciones de textil y té (en cuyas plantaciones trabajan principalmente mujeres), y es además el primer productor mundial de canela, había conseguido un crecimiento económico de 4,6% en 2017, y reducir la pobreza de forma considerable. La isla fue durante la Guerra Fría uno de los países “No alineados”, próximo a China y a la Unión Soviética, y tiene el honor de ser el primer país del mundo en tener una primera ministra, Sirimavo Bandaranaike en 1960.


Con el fin del orden mundial unipolar, marcado por el protagonismo de China, Rusia y la India, hoy Sri Lanka está siendo el objeto de disputa entre las potencias. La geopolítica marítima y la militarización de las aguas del planeta, a veces bajo ridículos pretextos como luchar contra los “piratas somalíes“, están arrastrando a este país a una grave crisis política.
La importancia geopolítica de Sri Lanka


Es el único estado insular del sur de Asia.


. Está ubicado en el centro del Océano Índico, el enlace entre Asia occidental y el sudeste asiático que conecta el comercio marítimo este-oeste. Por las aguas de este océano, que cubren cerca del 20% de la superficie del planeta, pasa el 70% del comercio mundial de petróleo, con India y China a la cabeza de los consumidores de energía fósil.
. Es dueña de puertos estratégicos como Colombo o Trincomalee.


.Dentro de la política de EEUU para dominar el Sur de Asia, es un candidato para reemplazar a Pakistán, país que está entrando en la órbita china.


.Es el espacio donde se desarrolla la batalla entre China-Japón, India-China y EEUU-China por el control de las rutas marítimas del Índico.


Un antes y un después del 2015


Desde que Barak Obama centró su doctrina en la contención de China, política continuada por Donald Trump, Sri Lanka es una de las obsesiones de EEUU. En diciembre de 2009, el Comité de Relaciones Exteriores del Senado advertía que la “deriva estratégica de Sri Lanka“, durante el gobierno del presidente Mahendra Rajapaksa, hacia China “tendría consecuencias para los intereses de los EEUU en la región“. Y como no podía acusar al gobierno budista de Colombo de “patrocinar el terrorismo islámico” recurrió al segundo de sus argumentos favoritos: “pisotear los derechos humanos”. Por lo que, a través de los “expertos” de la ONU planteó la sospecha de que el gobierno de Rajapaksa podría ser responsable de crímenes de guerra durante y después de la guerra civil por matar a cerca de 40.000 civiles.


En 2013, la ONU aprueba una resolución pidiendo investigaciones “independientes” al respecto. La guinda la pone el entonces primer ministro británico, David Cameron (cuyo gobierno además de estar implicado en los crímenes de guerra en Afganistán e Irak, aumentó la venta de armas al gobierno srilankés, prolongando la guerra civil), quien dio un ultimátum a Rajapaksa exigiendo una investigación creíble sobre la matanza de los tamiles. Meses después, y ante la prohibición que impone Colombo al equipo de la ONU de entrar en las antiguas zonas de conflicto, EEUU le avisa: “la paciencia de la comunidad internacional empieza a agotarse“.


A esta presión sobre Rajapaksa se suma el gobierno de extremaderecha indio que considera Sri Lanka su patio trasero, no sólo porque Rajapaksa ha sacado a su país de la influencia de Nueva Delhi, entregando los mega proyectos de infraestructura a China, sino también por autorizar el atraque de los submarinos chinos en el puerto de Colombo.


A partir de 2014, la entrada de lleno de Sri Lanka en el proyecto chino de la Nueva Ruta de la Seda sella su destino. Beijing, que ya cooperó con este país para reconstruir las zonas devastadas por el tsunami de 2004, firmó un acuerdo para efectuar una inversión de 13 billones de dólares en el puerto de Colombo y convertirlo en Colombo International Financial City, a la imagen de Dubái en el Golfo Pérsico, y de paso reconstruir el puerto de Hambantota por otros 5.000 millones. Dichos proyectos forman parte de la estrategia del “Collar de perlas” de China, que consta en alquilar puertos, en principio con fines comerciales, y se extiende desde las aguas chinas hasta Océano Índico y el Golfo Pérsico: el Kyauk Phru (Birmania), el Gwadar (Pakistán) o el Chittagong (Bangladesh), y Bandar Abbas (Irán), son algunos.


El 2015 sucede un giro radical en los acontecimientos: Rajapaksa acusa a Occidente y a los servicios de inteligencia india, The Research and Analysis Wing (RAW), de conspirar para desbancarle del poder mientras el primer ministro Maithripala Sirisena practica el transfuguismo, se une al opositor Partido de Unidad Nacional (PUN) pro indio-EEUU, y se presenta a las elecciones presidenciales. En la víspera, el exsecretario de Estado de EEUU, John Kerry, telefonea a Rajapaksa (¡intervine en las elecciones ajenas!) para insistir en que éstas deben ser “libres y justas”, y debe entregar el poder “de forma pacífica” a Sirisena en caso de que las gane. Finalmente, para asegurar los resultados, envía a la subsecretaria para Asia del Sur y Central, Nisha Biswal, a visitar Sri Lanka.


Sirisena, que centró su campaña en la chinofobia, gana las elecciones con el respaldo de grupos tamiles y musulmanes, provocando euforia en Washington. Nueva Delhi será el destino de su primera visita oficial al extranjero.


El nuevo presidente nombra al líder del PNU, Ranil Wickramasinghe, como primer ministro. EEUU deja de hablar de los “crímenes de guerra” de Sri Lanka, y renuncia a que fuese un tribunal internacional independiente el que los investigue.


Sin embargo, China seguirá la estrategia de “acupuntura” (versus “ataques quirúrgicos” de EEUU) y, discretamente, corteja a Sirisena: construye un hospital en su circunscripción local y sigue ofreciéndole inversiones ventajosas. En 2017, Sri Lanka -atrapada en la llamada “la trampa de la deuda”- arrenda el 70% del puerto marítimo de Hambantota a China durante un periodo de 99 años y a cambio de 1.1 mil millones de dólares, para así pagar parte de su enorme deuda a Beijing, y de paso le compra aviones de transporte militar.


La fiesta en Occidente ha durado poco: Ranil es cesado por Sirisena el 26 de octubre de 2018, después de que él le critique por congelar los proyectos económicos de la India, favoreciendo a China; disuelve el Parlamento; y nombra al expresidente Rajapaksa como jefe del gabinete. A su vez, Sirisena afirma que Nueva Delhi había conspirado para asesinarle. El enfado de EEUU es monumental, mientras Beijín felicita a Rajapaksa.


El 16 de diciembre, bajo una fuerte presión de Washington y también del propio Parlamento srilankés, que lo acusa de “intento de golpe de estado” y le insta al “cumplimiento de la constitución” -que prohíbe que el presidente destituya al primer ministro-, Sirisena da marcha atrás y le devuelve el puesto a Wickremesinghe, confesando: “Sigo pensando que no debía haberle nombrado primer ministro“. Ganan EEUU e India, de momento.


Una ardiente Guerra Fría en los mares


El pasado 13 de marzo, dos Boeing B-52H Stratofortress de EEUU despegaron de la Base de la Fuerza Aérea de Andersen en Guam para sobrevolar las islas controladas por Beijing en el Mar Meridional de China; el 11 de febrero, dos destructores lanzamisiles norteamericanos, el USS Spruance y el USS Preble, navegaron a pocas millas de las islas Spratly bajo el pretexto de la “libertad de navegación y sobrevuelo respaldada por la Convención del Derecho del Mar”. El objetivo de Trump-Bolton de estas provocaciones no es la persuasión, saben que China no se va a retirar. ¿Se imaginan que los cazas chinos o su único portaviones paseen por el cielo y las aguas del Golfo de México?


Por el momento, la guerra entre las dos superpotencias es comercial, política, diplomática y cibernética. Obviamente, medidas como imponer aranceles de hasta 200.000 millones de dólares a las importaciones chinas no son para proteger la economía de EEUU, sino para destrozar la de China. También, con el mismo objetivo, sacrificó a Pakistán -uno de los pilares de dominio de Washington en Asia Oriental- para cortejar a la India y convertirla en una aliada militar (Obama fue el único presidente de EEUU que viajó dos veces a Nueva Delhi); ocupó Afganistán; ha aumentado el ritmo de las llamadas Operaciones de Libertad de Navegación (FRONOP), en las que no descarta utilizar la fuerza militar; y ha fortalecido sus bases militares en las proximidades de China, y privado del petróleo de Irán. Se trata de una guerra de desgaste multidimensional como la que organizó contra la Unión Soviética.


Los recientes atentados son una oportunidad para EEUU (como lo fue el “secuestro de las niñas nigerianas”) de ofrecer a Sri Lanka su “ayuda” para la lucha antiterrorista, el envío de asesores y, quizás, instalar una base militar. Miles de “yihadistas”, tras cumplir con su misión de demoler el estado sirio, han sido trasladados por la CIA al Arco de Crisis en Asia Central y Oriental para seguir haciendo de paramilitares y “allana-caminos” de la OTAN en los países estratégicos.


El 18 de abril de 2019, la Séptima Flota de la Marina de EEUU se detuvo en Hambantota. Iba a realizar el ejercicio de CARAT (Cooperation Afloat Readiness and Training) junto con otros estados aliados en el puerto de Hamantota, el más antiguo ejercicio de la Marina de EEUU (desde 1995) y que tiene lugar en el sur y sureste de Asia, para exhibir músculo ante los chinos y “garantizar la seguridad marítima en todo el Indo-Pacífico”. El día de los atentados se suspendieron las maniobras.


Si la inteligencia india, que coopera estrechamente con su homólogo estadounidense, conocía el plan de los atentados, ¿es posible que la NSA no los conociera?

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30 abril 2019

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