China avanza desde el mar de Sur hasta Medio Oriente y Europa

La disputa por el Mar del Sur de China se sigue intensificando, pero el Dragón va colocando sus fichas de forma gradual, implacable e incontenible, como lo muestran los recientes desarrollos de una estrategia largamente diseñada, que parece estar poniendo en práctica con notable coherencia.

Pocos dudan que la confrontación entre China y EEUU es prácticamente inevitable. Pero Pekín no quiere una guerra en su patio trasero, en los mares donde circula el grueso de su comercio y en particular el petróleo que tanto necesita. Por eso va colocando las fichas de Go en la retaguardia de su adversarios, aliados de EEUU como India, para cercarlos y aislarlos.

La primera parte de su estrategia consiste en seguir ahuyentado a la flota estadounidense de los mares estratégicos que rodean China. Por segunda vez en meses, dos grupos de portaaviones recorrieron parte del Mar del Sur, "días después de que un buque de guerra estadounidense navegara cerca de islas controladas por China en las aguas disputadas".

Las anteriores maniobras se habían producido en julio de 2020, con los portaaviones Ronald Reagan y Nimitz, mientras China denunciaba a Estados Unidos por dañar la paz y la estabilidad y declaraba que "continuará tomando las medidas necesarias para salvaguardar firmemente la soberanía y la seguridad nacionales".

Sin embargo, algo está cambiando en la región. El contralmirante Doug Verissimo, comandante del grupo de ataque dirigido por el portaaviones Theodore Roosevelt, comentó a los periodistas: "Estamos viendo una mayor cantidad de aviones, una mayor cantidad de barcos disponibles para el ejército chino y que se utilizan a diario".

El almirante destacó que es la tercera vez desde 2017 que se realizan operaciones con dos portaaviones, pero ahora "la cantidad de fuerzas chinas que vemos en todos los dominios ha aumentado significativamente".

Por un lado, el Gobierno de Pekín insiste que ese tipo de operaciones "tienen un significado más simbólico y político que militar, ya que Estados Unidos es plenamente consciente del poder de los misiles balísticos antibuque de China", como reveló el diario oficialista Global Times.

Como prueba de esa superioridad militar en el Mar del sur de China, el Ministerio de Defensa informó que el 4 de febrero el país había llevado a cabo con éxito una interceptación a mitad de camino de un misil balístico de alcance intermedio simulado, que según los funcionarios era puramente defensivo, según la publicación especializada MilitaryWatch Magazine.

Agregó que “la interceptación de misiles balísticos de alcance intermedio también tiene aplicaciones considerables para la guerra espacial y se puede utilizar para derribar satélites enemigos, un campo de creciente preocupación para los Estados Unidos".

Días antes, el 29 de enero, los astilleros chinos lanzaron el quinto transportador y el tercero de los buques de tamaño mediano clase 075, de 40.000 toneladas. Se trata del tercer portahelicópteros (dos se habían botado en septiembre de 2019 y abril de 2020), "lo que significa que los tres se botaron en un período de alrededor de 16 meses", destaca la publicación.

El lanzamiento de estos tres buques en tan poco tiempo, "llevó el tamaño total de la flota de portaaviones china a más de 240.000 toneladas", luego de la puesta en servicio del Liaoning y el Shandong.

Los portaaviones medianos clase 075, similares al francés Charles de Gaulle, el más grande de Europa, pueden acomodar entre 20 y 30 aviones con despegue y aterrizaje vertical como los helicópteros. Pero también pueden ser utilizados como barcos de asalto anfibio, "particularmente útiles para operaciones en los mares del sur y este de China en medio de múltiples disputas territoriales", destaca MilitaryWatch Magazine.

En los astilleros chinos se están construyendo además los dos primeros super-portaaviones del país, pero el primero puede ser botado este mismo año. Ambos desplegarán sistemas de lanzamiento de catapulta electromagnética similar a los barcos de la clase Gerald Ford de la Armada de los Estados Unidos.

Los nuevos portaaviones serán mucho menos costosos que los de EEUU, ya que no serán de propulsión nuclear, siendo menos adecuados para misiones de largo alcance pero idóneos para defender los mares en torno a China, en referencia a los cuatro portaaviones grandes y a las cinco naves de asalto anfibio finalizadas o en construcción.

La estrategia: desplazar a EEUU de Eurasia

El Dragón sigue avanzando en la segunda parte de su estrategia para desplazar a EEUU de Eurasia, extender su influencia hasta Medio Oriente y tener acceso privilegiado al mercado europeo.

Esto es lo que plantea el analista de Asia Times, David Goldman, que en esta ocasión firma con el seudónimo Spengler. En un artículo del 4 de febrero, titulado Una Pax Sínica toma forma en Oriente Medio, sostiene que el Dragón va ganando hegemonía en base a “una alianza emergente entre Pakistán y Turquía", países que tienen dependencia comercial y financiera de China.

Goldman defiende la hipótesis del dominio de China en Medio Oriente desde 2013. Siete años atrás sostuvo que una alianza entre Rusia y China sería el relevo de la decadente dominación de EEUU en la región.

Llama la atención sobre el hecho de que "mientras EEUU se centró en los acuerdos de paz entre Israel y los Emiratos Árabes Unidos, Bahrein y Sudán, China maniobró entre los únicos tres estados musulmanes con una importante capacidad militar y potencial económico", en referencia a Turquía, Irán y Pakistán.

Lo que estaría tejiendo China es una triple alianza entre Turquía, Irán y Pakistán, al que denomina bloque sinocéntrico, que "dejará al aliado de Estados Unidos, India, aislado y debilitado", en una estrategia inspirada en los principios del juego Go de cercar las piezas contrarias.

Desde Pekín hasta Europa Central

De este modo, estaría surgiendo una Pax Sinica en el Medio Oriente y Asia Central sin que los planificadores estadounidenses puedan contrarrestarla. La forma de actuar de China, siguiendo los principios del Go, está dando sus frutos por ejemplo en su creciente alianza con los Países de Europa Central y Oriental (PECO).

El 9 de febrero mantuvieron una cumbre con Xi Jinping, en la que participaron jefes de Gobierno y altos representantes de Bosnia y Herzegovina, la República Checa, Montenegro, Polonia, Serbia, Albania, Croacia, Grecia, Hungría, Macedonia del Norte, Eslovaquia, Bulgaria, Eslovenia, Estonia, Letonia, Lituania y Rumania.

Luego de nueve años, esta alianza ha permitido que el volumen del comercio bilateral haya aumentado casi en un 85% y el turismo se multiplicara por casi cuatro. Estos días en los cuales la Unión Europea tiene dificultades para conseguir vacunas, China está ofreciendo millones de dosis de Sinopharm a Bosnia, Hungría y Serbia.

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Israel: un actor importante en la militarización del mundo

Israel es un importante distribuidor internacional de tecnologías y estrategias militares. Los datos del SIPRI (Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz) entre 2015 y 2019 muestran que Israel fue el octavo mayor exportador de armas del mundo y que sus ventas mundiales aumentaron un 77 % (Estados Unidos + 23 %, Rusia -18 %, Canadá + 33 %).

Jeff Halper, en su investigación crítica sobre las armas militares avanzadas de Israel, escribe que a Israel «le va bien» debido a su indispensable especialización en armas, estrategia y vigilancia mundiales.

El alcance mundial de Israel implica ahora la militarización de la policía con la venta de tecnologías de vigilancia, armas y estrategias de control de multitudes y disturbios. Gaza es un laboratorio y un escaparate para las armas y métodos probados en combate de Israel para controlar poblaciones civiles altamente concentradas a medida que la población mundial se urbaniza cada vez más y se concentra en barrios marginales urbanos. El Cuerpo de Ingenieros del Ejército de los EE. UU. construyó el Centro de Entrenamiento de Guerra Urbana en el Negev, donde Estados Unidos e Israel se entrenan para atacar en áreas densamente pobladas. Las tecnologías y estrategias de defensa perimetral israelíes se aplican a núcleos financieros, distritos gubernamentales y centros de reuniones, embajadas y depósitos de combustible en todo el mundo.

La guerra sin fin contra el terrorismo es una mina de oro política y económica para Israel, que conduce a acuerdos bilaterales y multilaterales – en los campos de la ciencia, la tecnología, la defensa y la seguridad – y a asociaciones e inversiones industriales con los principales fabricantes de sistemas de armas / seguridad / vigilancia. La práctica israelí de librar una guerra total contra Gaza, es decir, contra la población civil altamente concentrada de Gaza, sirve como laboratorio y escaparate para el armamento y el comercio militar de Israel.

El alcance mundial de Israel también implica controles fronterizos, vigilancia, monitoreo y control de la migración. Al final de la Guerra Fría, había quince fronteras amuralladas; hoy en día, hay 77. Muchas fronteras amuralladas recientes están equipadas con tecnologías de seguridad y pacificación compradas a Israel. Al usar esta tecnología, cada vez es más común que las y los refugiados sean monitoreados y detenidos mucho antes de llegar a los cruces fronterizos. La Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) estimó que a mediados de 2020, 80 millones de personas, algo sin precedentes, habían sido desplazadas por la fuerza, un número que se ha duplicado en la última década.

Armas nucleares

Israel sigue una política de secreto y ambigüedad con respecto a sus armas nucleares. Israel nunca ha firmado el Tratado de No Proliferación. Por lo tanto, a diferencia de Irán e Iraq, Israel no es inspeccionado ni regulado por el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA). Las reuniones internacionales oficiales previstas para crear una zona libre de armas nucleares en Oriente Medio incluyen a todas las naciones árabes, pero no a Israel, el único país con armas nucleares en Oriente Medio.

Según estimaciones actuales, Israel tiene entre 100 y 300 ojivas nucleares, desplegables por tierra, aire o mar. Los misiles tierra-tierra de largo alcance israelíes Jericó I, II y III tienen una capacidad nuclear y un alcance de hasta 7800 km.

Actualmente, las armas nucleares de Israel apuntan a Irán. A pesar de la falta de pruebas, los líderes israelíes desde el final de la Guerra Fría han advertido repetidamente al público israelí, a Estados Unidos y a la ONU de que Irán está a punto de producir armas nucleares. La repetida advertencia de Israel de que «todas las opciones están sobre la mesa» viola una opinión de la Corte Internacional de Justicia de que incluso la amenaza del uso de armas nucleares es una violación del derecho internacional. Los asesinatos de científicos nucleares iraníes por parte de Israel, el más reciente en noviembre de 2020, también pueden estar vinculados a la estrategia militar de Israel en Gaza y Líbano en la que Israel utiliza secuestros y asesinatos para provocar una reacción, y luego lanza un ataque de represalia masiva en nombre de la legítima defensa, como si Israel fuera la víctima.

Israel y todos los países de la OTAN se han negado hasta ahora a firmar el Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares, que entra en vigor el 22 de enero de 2021.

Por Judith Deutsch, extractos de un texto publicado en Socialist Project 21 de enero de 2021. http://alter.quebec/israel-an-important-player-in-the-militarization-of-the-world/

Traducción: Faustino Eguberri para viento sur (https://vientosur.info/israel-un-actor-importante-en-la-militarizacion-del-mundo/)

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El sistema productivo estadounidense ha quedado muy afectado por el bajo crecimiento, la acotada inversión y una polarización de empleos acorde a la agobiante desigualdad social

Este es el segundo de tres artículos del autor sobre el “Imperialismo del siglo XXI”. El primero se centra en "La recuperación imperial fallida de EE UU". Y el tercero analizará la “Indefinición imperial contemporánea”. Todo ello es, sin duda, una cuestión de gran actualidad.]

 

Estados Unidos afronta una crisis de largo plazo que corroe todos sus intentos de recuperación imperial. El retroceso económico es determinante de esa obstrucción.

La primacía militar de la primera potencia ya no se asienta en los viejos pilares productivos. El repliegue industrial ha conducido a un déficit comercial que expresa la pérdida de competitividad fabril.

Ese declive industrial es contrarrestado mediante un continuado liderazgo financiero de Wall Street, el dólar y la Reserva Federal (FED), que permite capturar grandes flujos internacionales del capital. Estados Unidos preserva también una significativa supremacía tecnológica. Invierte importantes sumas en investigación y desarrollo, genera patentes y acrecienta su presencia en los empleos calificados de la informática.

Pero esos timones de las finanzas y la tecnología no alcanzan para retomar el comando imperial. Contribuyen a sostener la delantera frente a Europa y Japón, sin frenar el avance chino y la pujanza de otras economías.

Desventuras económicas

Estados Unidos corroboró sus ventajas entre las viejas potencias durante la crisis del 2008. Definió los planes maestros del rescate bancario y mantuvo al dólar como moneda de refugio.

Esa delantera se verificó incluso frente a la economía germana. Alemania ha demostrado una renovada pujanza tecnológica, con exportaciones de bienes industriales e inversiones en el Este europeo. Pero no logró consolidar con su socio francés el estado multinacional requerido para disputar el poder transatlántico (Duménil, Levy, 2014: 87-94). Gestó una moneda común relegando al grueso de los miembros de la Unión y sin conseguir la unificación fiscal y bancaria del Viejo Continente. Europa sigue careciendo del estado históricamente consolidado que maneja Washington, para administrar las crisis con audaces socorros fiscales (Lapavitsas, 2016: 374-383).

Las ventajas estadounidenses también persisten frente a Japón, que padece un retroceso económico continuado, con sucesivos fracasos en la reactivación, burbujas recicladas y emigración de capital hacia otras localizaciones asiáticas.

Pero las adversidades de Europa y Japón sólo aportan consuelos al bloqueado resurgimiento de la economía norteamericana. Retratan cómo se distribuyen los costos en el agobiado capitalismo occidental frente al despunte asiático. El contraste entre los duros efectos de la eclosión del 2008-09 en las economías occidentales y el acotado impacto de la crisis de 1997-98 en Oriente confirma esa asimetría. La total disparidad de tasas de crecimiento al cabo de esas turbulencias corrobora esas diferencias (Harvey, 2012: 33-39).

Estados Unidos no ha podido contener la reconfiguración geográfica de la producción hacia el universo asiático. Está perdiendo la partida contra China en todos los indicadores de crecimiento, inversión, intercambio comercial y balance financiero. El dragón asiático ascendió en tiempo récord al status de economía central y disputa en el tope mundial. Washington puede marcarle el paso a Bruselas o Tokio, pero no a Beijing.

Estas adversidades se extienden también al ramillete de países intermedios que ganan peso en la producción y el comercio. Ciertamente el despunte de Turquía o la India no tiene la consistencia de Corea del Sur. Pero los avances más corrientes de las economías semiperiféricas se consuman a favor de China y en desmedro del padrinazgo estadounidense (Roberts, 2018). Washington no ha podido siquiera lucrar con la gran depredación sufrida por África y América Latina. Estos resultados impactan sobre el tejido interno del país.

Las fracturas internas

El imperialismo estadounidense ha perdido su viejo sustento de homogeneidad interna. Debe lidiar con la reconfiguración interna que generan las transformaciones demográficas y los flujos inmigratorios, en pleno declive del viejo cinturón industrial. Estas mutaciones han renovado el tradicional choque ideológico entre el anglosajonismo identitario y el multiculturalismo cosmopolita.

La fractura que Washington lograba suturar -para sostener una política externa unificada- se ha profundizado. El capitalismo globalizado requiere un comando asentado en la disciplina interna del país dominante. Esa consistencia se ha diluido y erosiona todos los intentos de relanzamiento imperial.

La grieta en curso no tiene precedentes contemporáneos. Estados Unidos logró mantener su cohesión en las coyunturas más críticas de la posguerra. Ni siquiera la derrota de Vietnam o el temblor provocado por la revolución cubana generaron una corrosión comprable a la ruptura actual.

La división político-cultural entre el americanismo del interior y el globalismo de las costas se extiende a todos los ámbitos de la sociedad. Esa cisura paraliza al sistema político y socava las estrategias externas.

Las últimas elecciones retrataron esa división, en un país fracturado entre zonas urbanas azules (Demócratas) y zonas rurales suburbanas rojas (Republicanos). Frente a semejante polarización el sistema político cruje, anulando los sustentos de la acción externa.

Trump perdió los comicios pero consolidó una base electoral plebeya de seguidores derechistas, resentidos con los gobiernos federales y enemistados con las elites globalistas. Biden canalizó, a su vez, el descontento con la fracasada gestión del magnate, sin ofrecer las reformas que aseguraban en el pasado la lealtad electoral a su partido de los asalariados, los afroamericanos y los empobrecidos. Los dos polos disputan con gran virulencia, en una estructura política obsoleta y divorciada de la población (Morgenfeld 2020a, 2020b).

Esta división político-social refleja también la irresuelta tensión entre sectores globalistas y americanistas de la clase dominante. El primer grupo reúne a los gigantes del comercio, las finanzas, la tecnología y la comunicación. El segundo sector aglutina a los proveedores del Pentágono, las petroleras, los sojeros y las empresas centradas en el mercado interno.

El proyecto neoliberal es compartido por ambas fracciones, pero con propuestas muy disímiles. Los globalistas propician la recuperación del terreno perdido, apuntalando la gravitación internacional de las firmas estadounidenses. Sus adversarios privilegian el complejo industrial-militar y el mercado interno, con iniciativas de proteccionismo y guerra comercial.

La tensión entre ambos sectores ha escalado frente a las dificultades que exhibe el país para restaurar su primacía económica. Los proyectos de competitividad librecambista han fallado con la misma frecuencia que los emprendimientos de protegido territorialismo.

La nueva etapa de capitalismo neoliberal, financiarizado, digital y precarizador despuntó bajo el padrinazgo de Reagan y fue celebrada por todo el establishment. Pero al cabo de varias décadas ha desembocado en un escenario global adverso. En lugar de revitalizar la primacía norteamericana, expandió los centros de acumulación en varios rincones del planeta. Afianzó el auge de Oriente y el crecimiento de nuevas potencias.

Los beneficios que la globalización generó al comienzo en el sector estadounidense más internacionalizado, no compensaron las pérdidas en el segmento opuesto. Por eso naufragaron los intentos de respuesta común frente al desafío asiático. Esa fractura se afianzó posteriormente con el continuado deterioro de la economía. El sistema productivo estadounidense ha quedado muy afectado por el bajo crecimiento, la acotada inversión y una polarización de empleos acorde a la agobiante desigualdad social.

El inesperado curso que siguió la globalización ha sido determinante de este resultado. El proceso que impulsó y lideró la primera potencia derivó en inmanejables desventuras. La mixtura de internacionalización económica y multipolaridad política socava la capacidad de intervención mundial de Estados Unidos.

Adversidades geopolíticas

La crisis interior impide a Estados Unidos lidiar con el tormentoso escenario del siglo XXI. Pero la inoperancia de la primera potencia fue paradójicamente desencadenada por el mayor éxito externo del Departamento de Estado: la implosión de la URSS.

Ese desmoronamiento dejó al gigante del Norte como la única superpotencia del planeta. Cerró una larga disputa entre dos contendientes que tensionaron al planeta, con jugadas de poder atómico y capacidad de exterminio masivo.

Pero la URSS no se desplomó por esa confrontación bélica. Se desmoronó al cabo de un largo declive signado por la transformación pro-capitalista de su elite dirigente. El establishment de Washington no registró esa causalidad. Interpretó el colapso de su adversario como un premio al acoso implementado durante la guerra fría. Reagan se llevó los lauros de esa victoria y Bush pretendió afianzarla con una enceguecida escalada de aventuras bélicas.

La corriente neoconservadora que tomó las riendas del Departamento de Estado imaginó el debut de un nuevo siglo americano basado en el ímpetu del Pentágono. Pero al romper todos los límites que imponía la existencia de un temido contrapeso militar el fin de la URSS incentivó el descontrol imperial.

Con una sensación de incontenible supremacía, Bush recurrió a burdos argumentos para desatar el infierno bélico en Medio Oriente. Perpetró la mayor masacre contemporánea, sepultando a Irak bajo los escombros de incontables cadáveres. Nunca aparecieron las “armas de destrucción masiva” alegadas para justificar semejante matanza.

El renacimiento imperial imaginado con esa exhibición de poder fue una fantasía de corta duración. Irak se convirtió en un pantano militar, que obligó al retiro e implícito reconocimiento del fracaso. El Pentágono sólo consiguió mantener una red de atrincheradas bases en un país administrado por su adversario iraní. Washington ni siquiera consiguió el manejo del petróleo.

Los mismos resultados se verificaron en otras incursiones. Estados Unidos no doblegó a los talibanes en Afganistán y generó en Trípoli el mismo caos que en Bagdad. Contribuyó a la destrucción de Yemen sin controlar el país y facilitó la demolición de Siria a puro beneficio de Rusia e Irán.

Los dantescos escenarios que genera el Pentágono no tienen rédito para la primera potencia. El resurgimiento imperial que parecía tan sencillo cuando se desplomó la Unión Soviética ha resultado impracticable.

Ese fiasco erosionó la red internacional de alianzas cobijada bajo la protección militar estadounidense. Muchos gobernantes, sugieren actualmente la obsolescencia de esa coraza. El fin del bloque socialista y el reflujo de la oleada popular revolucionaria de los años 60-70, afianzó la impresión que la primera potencia ya no aporta un sostén imprescindible al orden capitalista. El padrinazgo norteamericano ha perdido relevancia entre distintas elites del planeta.

La gestión de los conflictos regionales con patrones de bipolaridad ha quedado atrás. El principio de gobernabilidad en torno a las áreas de influencia ya es un recuerdo y el viejo diagrama de fronteras invulnerables se ha pulverizado

En el diversificado universo actual, el manejo imperial de las tensiones geopolíticas se ha tornado muy difícil. La desaparición del antagonista soviético le ha quitado a Estados Unidos el principal argumento para imponer sus decisiones en forma unilateral.

Esa erosión explica las tensiones con los socios. La estructura piramidal que encabezan el Pentágono y la OTAN persiste, pero Washington no tiene la palabra final. Las fricciones en la Tríada se acrecientan, tanto en el eje transatlántico como en el ordenamiento transpacífico.

El deterioro de la autoridad estadounidense se extiende también a un significativo número de súbditos. La dominación a través del temor que generaba el peligro socialista se ha diluido y varias sub-potencias regionales construyen sus propios caminos, sin solicitar autorización al Departamento de Estado.

Estados Unidos se ha convertido en una superpotencia que pierde guerras y soporta crecientes desplantes del rival asiático. En ambos terrenos se verifica la incapacidad de Washington para retomar el mando efectivo del imperialismo (Smith, A, 2018).

El significado de la multipolaridad

El capitalismo del siglo XXI funciona con gigantescos desequilibrios, que requieren la presencia de un mega-poder estatal para evitar estallidos incontrolables. La expectativa que Estados Unidos cumpliría ese rol quedó desmentida por los efectos de la crisis del 2008 y por la pandemia en curso.

Frente a esas dos eclosiones Washington privilegió la protección de su propia retaguardia, sin ejercer un rol de sostén global del sistema. En el primer caso apuntaló el dólar, los bonos del Tesoro y las acciones de Wall Street. En el segundo confiscó remedios, subsidió a sus farmacéuticas, saboteó a la Organización Mundial de la Salud y propició una guerra de vacunas para inmunizar a su población a costa del resto.

Esa conducta confirma que Estados Unidos persiste como fuerza dominante, pero sin capacidad para ejercer esa supremacía. En este divorcio entre potencialidad y efectividad se sintetiza el agotamiento del modelo comandado por Washington.

Para viabilizar la globalización productiva, comercial y financiera, el capitalismo necesita un poder geopolítico-militar más concentrado y cohesionado que en el pasado. Los esquemas previos ya no permiten gestionar el sistema actual. Quedó atrás el marco de potencias nacionales enfrentadas de la primera mitad del siglo XX y el modelo posterior de conducción norteamericana de la confrontación con la URSS.

En una economía que se mundializa -junto a Estados que preservan sus pilares nacionales- sólo un imperio consolidado junto a sus socios podría asumir un rol conductor global. Ese poder geopolítico no ha emergido bajo las riendas de Washington.

No alcanza con la FED, Wall Street y el dólar para encarrilar la armonización de procesos dispares. Los flujos financieros, las corrientes de inversión y los procesos de fabricación se han globalizado, pero la acumulación de capital continúa regida por patrones nacionales. Sólo una mega-potencia con sus acompañantes y apéndices podría brindar soportes a esa contradictoria articulación.

Estados Unidos no forjó esa estructura dominante y no logró armonizar la mundialización de la economía con la multiplicidad de estados y clases dominantes. No ha podido desenvolver un rol de intermediación entre la dinámica global del capitalismo y el ordenamiento geopolítico nacional (o regional) de ese sistema.

En el plano económico, Washington perdió esa capacidad de conexión dirigente por el retroceso de sus firmas frente a la competencia asiática. Ha exhibido la misma impotencia geopolítica para gobernar el planeta. Carece de efectividad como gendarme, no controla el desarme de sus adversarios y tampoco consigue frenar la proliferación nuclear.

El contexto multipolar prevaleciente expresa esa insolvencia. Ese escenario implica una dispersión del poder contrapuesta a la bipolaridad de los años 80. Se ha plasmado también un marco antitético a la unipolaridad del decenio posterior. El contexto actual contrasta con el ansiado papel dominante de Estados Unidos. La multipolaridad convalida una distribución de fuerzas en varias áreas, que afecta la autoridad del mandante. El Pentágono mantiene la supremacía bélica, pero no hace valer esa superioridad en el escenario geopolítico (Smith, A, 2019).

El escenario policéntrico se afianza con la expansión económica de China, el resurgimiento geopolítico de Rusia y la autonomía de varios países intermedios. Estados Unidos conserva las prerrogativas del pasado, sin lograr la obediencia total de sus socios y la contención eficaz de sus rivales (Boron, 2019).

Apologistas y críticos

Ningún pensador del establishment estadounidense ha podido explicar la crisis del imperialismo. Se limitan a ponderar la continuada centralidad de la primera potencia actualizando sus divergencias. Los estudios de la política exterior (Anderson, 2013), las evaluaciones de tendencias recientes (Chacón, 2019) y nuestras caracterizaciones de las corrientes de opinión que citamos a continuación (Katz, 2011: 121-131) confirman ese escenario.

Las visiones más apologéticas del belicismo alcanzaron su pico de predicamento durante las cruzadas de Bush. En el cenit de esas agresiones, los teóricos neoconservadores (Kaplan, Ignatieff, Kagan) realzaron las virtudes civilizatorias de las matanzas consumadas por los marines. Retomaron la mitología colonial que presenta esos crímenes como acciones correctivas del primitivismo imperante en la periferia.

Durante ese período recobró fuerza el fundamento hegemonista de la acción imperial, como una exigencia de funcionamiento del orden global (Cooper, Huntington). Esa mirada postula la conveniencia de exhibiciones de fuerza para garantizar el equilibrio geopolítico. Pondera la intimidación y el escarmiento como una forma de visibilizar la jerarquía imperial. La invasión a Irak fue un ejemplo de esas demostraciones.

Pero el fracaso de esa operación resucitó las justificaciones realistas, en desmedro de la exaltación hegemonista. Los consejeros tradicionales del Departamento de Estado (Brezinzki, Kissigner, Albright) señalaron que la política exterior debe amoldarse en forma pragmática al ajedrez geopolítico internacional. Archivaron las justificaciones civilizatorias y ponderaron la fría evaluación de la pertinencia de cada acto.

Ese enfoque elude los juicios morales y realza el uso de la violencia como forma de gestión del orden. Se limita a advertir las nefastas consecuencias de cualquier ausencia de un poder supremo. Pero subraya también la importancia de la auto-contención de Washington.

Como la mirada realista tampoco aportó soluciones a la impotencia imperial, bajo la administración de Obama reaparecieron las justificaciones liberales. Los códigos de la diplomacia reemplazaron a la prepotencia del neoconservadurismo y el militarismo fue complementado con mensajes benevolentes.

En ese clima las intervenciones externas fueron nuevamente presentadas como actos de protección de los países desguarnecidos (Ferguson). Se privilegió la justificación humanitaria de la acción imperial, como un socorro de pueblos sojuzgados y minorías perseguidas.

Pero la credibilidad de esos pretextos ha decaído en forma abrupta. Las tropas imperiales suelen encubrir la continuidad de las masacres contra las mismas (u otras) víctimas y las intervenciones quedan invariablemente sujetas a una doble vara. Los derechos humanos vulnerados en Irak, Yugoslavia, Somalia o Sierra Leona, exigen el auxilio negado a las mismas violaciones en Turquía, Colombia o Israel. Las acciones humanitarias son impostergables en regiones con petróleo o diamantes y no tienen urgencia en las zonas sin recursos naturales. Los derechos humanos a custodiar curiosamente se localizan siempre en África, América Latina o Europa del Este.

El hegemonismo, el realismo y el liberalismo se alternan en los mensajes que emite Washington. La primera concepción gana preeminencia en los períodos de intervencionismo descarado (Reagan, Bush), la segunda en los momentos de gestión corriente (Clinton) y la tercera en los contextos de replanteo (Obama).

Trump combinó todos los libretos, Desplegó un discurso hegemonista, adoptó una conducta realista de auto-limitación bélica y aceptó las adversidades internacionales señaladas por los liberales.

Pero la devastación externa y los traumas internos -que genera la política imperial- también suscitan fuertes oleadas de críticas internas. Cuando superan la simple objeción a la oportunidad de una invasión (o a sus excesos), esos cuestionamientos desbordan el patrón liberal (Johnson, Bacevich).

Esos planteos son incluso expuestos por ex funcionarios de alto nivel conmocionados por la brutalidad oficial. Postulan retiros de tropas, cierres de bases militares y anulación de los privilegios extraterritoriales de los marines. Propician el control democrático de los servicios secretos y la ilegalización de las armas peligrosas. Consideran que el imperialismo ha corroído al país generando una espiral de auto-destrucción.

Pero estas acertadas denuncias y propuestas deben completarse con una explicación del militarismo imperial. El capitalismo origina esa brutalidad bélica y Estados Unidos interviene para sostener los privilegios de las clases dominantes.

El ocaso hegemónico

Las interpretaciones de la crisis estadounidense en el pensamiento marxista y sistémico divergen radicalmente de las miradas convencionales. Los tres enfoques más significativos de esas ópticas están centrados en el ocaso, la supremacía y la transnacionalización.

La primera mirada postula la existencia de un triple declive en el plano militar, económico y financiero. Destaca que los fracasos bélicos se remontan a una derrota en Vietnam, que no fue revertida por las contraofensivas posteriores ante la URSS y el mundo árabe. Estima que la regresión fabril obedece al desarrollo de empresas transnacionales que erosionaron la cohesión territorial norteamericana. Considera que la globalización acentuó esa fractura generando mayores adversidades que a otros países (Arrighi, 1999: 192-288).

Esa tesis sostiene que la financiarización agravó el retroceso estadounidense. Retrata cómo el flujo autónomo de la liquidez mundial socavó la primacía de Nueva York, desde la desregulación de los años 60 (eurodólar) hasta la consolidación de los paraísos fiscales. Sostiene que las iniciativas de recentralización monetaria y bursátil no revirtieron ese desplazamiento.

Este enfoque postula que el neoliberalismo acentuó el ocaso de Estados Unidos, al profundizar la sobreacumulación que afecta a la economía del Norte. Resalta cómo el languidecimiento de la actividad productiva agravó la caída del beneficio (Arrighi, 1999: 288-390). Ese deterioro quedó confirmado con la nueva localización de los procesos productivos en Oriente. También destaca que el ocaso no fue contenido con exhibiciones de fuerza militar. Esas incursiones sólo alimentaron una ficción de recuperación que se disipó al poco tiempo (Arrighi, 2005).

Estas observaciones contribuyen a comprender la dinámica de la acción imperial, como un intento de sostener la primacía estadounidense frente a la creciente acumulación de adversidades. Ofrece una guía para entender la lógica de esos ensayos fallidos de recuperación del poder.

Pero interpretada como un simple postulado de decadencia, esa tesis no explicaría por qué razón Estados Unidos continúa ejerciendo un rol tan relevante en el capitalismo occidental. Tampoco ofrecería respuestas al continuado señoreaje del dólar, el protagonismo de Wall Steet, la centralidad de Google, Amazon o Microsoft o el temor que generan las amenazas del Pentágono. Estados Unidos ha perdido su capacidad para lidiar con escenarios desfavorables, pero sigue pesando en forma dominante en el escenario mundial.

La tesis del declive se fundamenta en una teoría de auge y decadencia de los imperios. Inscribe el descenso norteamericano en la secuencia ya transitada por las ciudades italianas, Holanda y Gran Bretaña (Arrighi, 1999; 322-360). Pero esa sucesión de liderazgos plantea el enigma del reemplazante. Si una potencia debe ser desplazada por otra en el mando global: ¿Quién debería sustituir a Estados Unidos?

Los desenlaces bélicos son concebidos como el factor determinante de esos recambios. Inglaterra prevaleció al derrotar a Francia y Estados Unidos al imponerse a Japón y Alemania. Esa regla de la primacía militar deja afuera en la actualidad a varios candidatos. No sólo colapsó la Unión Soviética. La Unión Europea -reorganizada bajo el comando económico alemán- carece de la autonomía bélica requerida para ocupar la vacancia. Tampoco Japón -subordinado al aparato militar norteamericano- puede pugnar por la sucesión.

China es reiteradamente señalada como el sustituto más probable de Estados Unidos. Incluso es observada como la nueva cabeza de una resurrección histórica de Oriente, que sellaría la venganza de toda esa región contra dos siglos de supremacía occidental.

Pero esas previsiones de transición hegemónica contrastan con los obstáculos que hemos descripto en el propio campo de la sociedad y el estado chinos. Una definición del irresuelto del status social de la nueva potencia debería preceder, a su eventual sucesión de Estado Unidos al comando del sistema mundial (Katz, 2020).

La principal vertiente de los teóricos del ocaso avizoró esos dilemas (Arrighi, 2009). Pero otra corriente soslayó esas disyuntivas e interpretó el declive estadounidense como un momento final del colapso del sistema capitalista. El agotamiento de la primera potencia empalmaría con la definitiva extinción del régimen económico social imperante en las últimas centurias. El rumbo seguido por China no modificaría esa próxima e inexorable auto-destrucción del sistema (Wallerstein, 2005: cap 5).

Pero los límites históricos que efectivamente enfrenta el capitalismo no implican fechas de desemboque terminal. Como todas las teorías del derrumbe, el presagio de un declive iniciado en 1960-70 que culminaría en el 2030-2050, es muy difícil de sostener. La crisis final del capitalismo es imprevisible y no debe ser concebida con la automaticidad de un mecanismo económico. Sólo las mayorías populares actuando en el plano político pueden reemplazar el actual régimen de opresión por otro más igualitario. La dinámica de esas acciones no sigue calendarios o guiones preestablecidos.

La tesis de la supremacía económica

Otra tesis marxista postula la renovada primacía económica de Estados Unidos y el consiguiente carácter meramente político de la crisis imperial. Ilustra esa superioridad con datos de inversión, productividad, desarrollo tecnológico y canalización de recursos financieros. Sostiene que el gigante norteamericano emergió como ganador de la gran convulsión de los años 70 (Panitch; Leys, 2005).

Ese enfoque subraya la centralidad del dólar y la FED en el sistema actual (Panitch; Gindin, 2005a). También estima que el aparato estatal estadounidense ha logrado enlazar la acumulación nacional con la reproducción global del capital, en una gestión unificada (Panitch; Gindin, 2005b).

Esta evaluación contribuye a comprender la capacidad exhibida por Washington para lidiar con el colapso del 2008, con políticas de rescate más audaces que Bruselas o Tokio. Refuta, además, los mitos neoliberales del retiro del Estado, ilustrando cómo el funcionamiento de la economía depende de un sostén institucional.

El papel económico del aparato estatal norteamericano es enfáticamente subrayado. Esta mirada considera que la Reserva Federal ha definido todos los parámetros de la financiarización y la política monetaria contemporánea. Esa centralidad en decisiones estratégicas de tasas de interés, movimientos de capitales, autofinanciación de empresas, titularización de los bancos o gestión familiar de hipotecas ha sido resaltada también por muchos estudios de las transformaciones de las últimas décadas.

Pero la primacía financiera -acertadamente señalada por esos autores- no se extendió al plano comercial o productivo, como lo prueba el recorte de empleos industriales y el protagonismo fabril de Oriente. Estados Unidos ha perdido la primacía de los años 50 o 60 y es un error relativizar esa evidencia, identificando el déficit comercial con la especialización de las firmas estadounidenses en actividades deslocalizadas. Tampoco es válido suponer que el endeudamiento de los consumidores expresa el sometimiento del resto del planeta a los caprichos de los compradores del Norte. Ambos desbalances simplemente reflejan la creciente flaqueza del poder económico de la primera potencia (Georgiou, 2015).

La centralidad económica de estado norteamericano efectivamente constituye un dato clave del capitalismo actual, pero esa gravitación no esclarece el escenario imperial. La tesis de la supremacía económica sitúa los problemas de la política exterior estadounidense en el terreno de la legitimidad. Resalta todos los costos de la acción imperial, pero señalando su función meramente policial o complementaria. Estima que la FED cumple un papel más relevante que el Pentágono en el sostén del capitalismo mundial (Panitch, 2014).

Pero en los hechos opera un balance más complejo. El poderío de Estados Unidos se asienta más en el ejercicio de la fuerza que en la incidencia de su economía. El imperialismo no es un instrumento meramente auxiliar. Concentra todos los dispositivos de coerción que exige el sistema. Las intervenciones de los marines son más significativas que las definiciones de tasas de interés adoptadas por la Reserva Federal.

En ambos terrenos el Estado norteamericano desenvuelve un doble rol, pero la dimensión geopolítica es un termómetro más visible de los proyectos y limitaciones de Washington (Carroll, 2013). En ese plano se verifica la continuada presencia de una potencia que ha perdido el comando de la gestión global. Esa impotencia ha sido reforzada por los fracasos del Pentágono. Esa evaluación queda desdibujada, cuando se focaliza el análisis exclusivamente en la economía.

El énfasis en el control financiero-monetario que preserva Washington, induce a también suponer que los tradicionales socios de Estados Unidos han quedado sometidos a los dictados de la FED. Esa subordinación es derivada de un proceso de canadización de muchos capitalistas del planeta. Se estima que renuncian a sus propios intereses, para participar en los negocios mundiales que maneja Washington (Panitch; Leys, 2005).

Pero la inestabilidad que afronta el dólar y los fracasos de los convenios comerciales impulsados por Estados Unidos, no condice con ese diagnóstico de sometimiento voluntario al predominio yanqui (imperialismo por invitación).

Los rivales europeos no han sido absorbidos y las potencias subimperiales operan con creciente autonomía de la Casa Blanca. La canadización constituiría en todo caso una modalidad del círculo más estrecho de apéndices de Washington.

Al presuponer que nadie desafía a Estados Unidos se pierde de vista la enorme dimensión del desafío chino (Panitch, 2018). Es cierto que el gigante oriental pulsea en desventaja, pero achicó las diferencias en forma vertiginosa. La atrofia del poder estadounidense es un dato más relevante que su eventual recomposición (Smith, A, 2014).

El imperio global

Una tercera interpretación considera que la política exterior de Estados Unidos es representativa de un imperio totalmente global. Estima que la primera potencia se ha transformado en el epicentro de la transnacionalización de los estados y las clases dominantes. Ya no actuaría al servicio de los opresores locales, sino a cuenta del capitalismo mundial (Robinson, 2007).

Esta mirada recuerda que desde los años 80 los grupos dominantes emprendieron una reestructuración, que desembocó en la formación de una clase opresora internacionalmente entrelazada, con proyectos de explotación de todos los asalariados del planeta.

Por eso destaca que los domicilios de origen de las empresas ya no expresan la realidad de esas compañías. Señala que los gerentes han perdido su relación privilegiada con cada Estado y que las firmas se han mixturado, a través de entrecruzamientos, adquisiciones y subcontrataciones. Supone que los empresarios compiten con total divorcio de su vieja pertenencia nacional.

Como esa misma disolución se extendería a los Estados, la primera potencia habría perdido su status de imperialismo estadounidense, para transformarse en un imperio mundial. Manejaría el principal aparato bélico del planeta al servicio de clases dominantes transnacionalizadas.

Esta tesis tuvo gran difusión y un connotado exponente en la década pasada, que postuló una crítica radical a la globalización, presuponiendo la generalizada extensión de esa transformación (Negri; Hardt, 2002). Ese cuestionamiento sintonizó con el auge del movimiento alterglobal y los Foros Sociales Mundiales. Pero ese contexto ha quedado actualmente sustituido por un escenario de proteccionismo, resurgimiento del nacionalismo y auge de la derecha chauvinista.

En ninguna de las dos coyunturas corresponde igualmente presentar a Estados Unidos como un imperio meramente global. La primera potencia cumple una doble función de proteger al capitalismo mundial y apuntalar los intereses de las clases opresoras de su país.

Ese segmento de dominadores no se ha transformado en una clase transnacional. Su principal división opone a sectores americanistas y globalistas, enraizados en las empresas del país. Ambos grupos favorecen a las firmas identificadas con el capitalismo estadounidense. Desde ese pilar compartido privilegian negocios más internacionalizados o más localizados. En los años 90 prevaleció el primer segmento y con Trump irrumpió una tendencia reactiva favorable al segundo.

La preeminencia de un mandatario que rompió los tratados de libre comercio, resucitó el bilateralismo y defendió a los gritos los negocios yanquis es incomprensible con una óptica de transnacionalización. Esa mutación habría imposibilitado la llegada de Trump a la Casa Blanca.

La mirada transnacionalista impide registrar el acrecentamiento de los conflictos geopolíticos. Estas tensiones involucran a estados nacionales que disputan negocios a partir de su localización. Desconociendo esa raíz territorial, resultan incomprensibles las divergencias transatlánticas, el Brexit o la fractura entre el Norte y el Sur de Europa.

Más inentendible se torna el choque entre Estados Unidos y China. En el cenit de la asociación entre ambas potencias, los desbalances financiero-comerciales se expandían sin quebrantar los enlaces vigentes. La transnacionalización hubiera supuesto una hermandad mayor, con adquisiciones mutuas de bancos y empresas. Ese enlace jamás despuntó y la convergencia inicial derivó en el conflicto actual.

Salta a la vista el protagonismo de Washington y Beijing en esos choques. Esa gravitación confirma la inexistencia de mixturas plenas entre las principales clases dominantes del planeta. La confrontación sino-americana desmiente en forma contundente la tesis transnacionalizadora.

Ese enfoque registra las novedades introducidas por la globalización productiva, la intensificación de la explotación y la mundialización del transporte y las comunicaciones. Pero supone que la apropiación del nuevo excedente se ha difundido entre un vago conjunto de dominadores deslocalizados. No registra que incentivó los conflictos entre las viejas clases y estados nacionales por la captura del apetecido beneficio.

Como el Departamento de Estado no es un pasivo custodio del capital mundial, sino el exponente de los amenazados intereses norteamericanos ha buscado retomar el timón de la globalización. Los marines no invadieron Irak, ni rodean a China para favorecer a cualquier millonario. Actúan por orden y cuenta de los acaudalados de su país.

Le teóricos transnacionalistas rechazan esas objeciones, cuestionando su familiaridad con obsoletos razonamientos “nacional-Estado-céntricos” (Robinson, 2014)

Pero el mayor equívoco se sitúa en el terreno opuesto de imaginar simples y abruptas globalizaciones, donde prevalecen complejas combinaciones de configuraciones locales y mundiales.

Los cambios en la economía no tienen traducción inmediata en la esfera social o política. Son procesos seculares y no mutaciones instantáneas. Una larga travesía de giros históricos signará, en todo caso, las mixturas entre clases y estados con raíces centenarias (Panitch; Gindin, 2014).

Hasta el momento sólo hay esbozos de estructuras para-estatales de alcance mundial y los ejércitos globalizados ni siquiera despuntan como fantasía. El imperialismo asentado en Washington es el protagonista de las tensiones en curso.

Escenarios y desenlaces

Las tres interpretaciones de la dinámica imperial estadounidense toman en cuenta procesos de largo plazo, que inciden efectivamente en la evolución de la primera potencia. Las tesis del ocaso, la supremacía y la transnacionalización incurren en equívocos o unilateralidades, pero aluden a tendencias potenciales que deberán dirimirse en la crisis del principal actor de capitalismo contemporáneo.

El imperialismo estadounidense debe lidiar con las contradicciones expuestas por esas tres miradas divergentes. No puede resignarse a la administración de su declive. Debe intentar recuperar el liderazgo, mediante cursos de entrelazamiento o confrontación con sus socios y rivales.

Las turbulencias del capitalismo empujan a Washington a retomar el comando del sistema, aunque esa pretensión choque una y otra vez con resultados adversos. El curso liberal globalizante que ensayaron Clinton y Obama y el rumbo protector americanista que intentó Trump constituyen dos variantes de esa compulsión. La reconquista de la primacía mundial es el propósito compartido por todas las vertientes de la política exterior estadunidense.

Las teorías del ocaso, la supremacía y la transnacionalización también indican eventuales cursos que modificarían el escenario actual. Si se afianza la primera tendencia, Estados Unidos perdería definitivamente el timón del sistema mundial, abriendo todas compuertas para una gran disputa por la sustitución de su primacía. Ese choque podría derivar en vertiginosas tensiones o en un contexto inverso de convivencia entre poderes equivalentes.

Un escenario de grandes conflictos reavivaría la pesadilla de la primera mitad del siglo XX. Ese escenario supondría la conversión de los imperios en gestación, en belicosos protagonistas de las sangrías que signaron al imperialismo clásico. El marco opuesto supondría en cambio una estabilización de la multipolaridad, como equilibrio perdurable entre potencias del mismo porte.

La tesis de la supremacía estadounidense presagia otro futuro. Implicaría la recomposición de ese liderazgo y el consiguiente resurgimiento del papel dominante de Washington. Ese protagonismo volvería a exhibir la nitidez del pasado. La primera potencia comandaría nuevamente la Triada, remodelando la estructura interna de esa alianza. Otra variedad del imperialismo colectivo que confrontó con la URSS durante la guerra fría volvería a emerger.

Finalmente, un avance significativo de la transnacionalización conduciría a sólidas asociaciones entre los principales capitalistas del planeta. La convergencia entre Estados Unidos y China modificaría el tablero de todas las disputas. El choque actual devendría en un empalme de contrincantes, a costa de todos los sectores rezagados o estructuralmente atados a las viejas formas de acumulación nacional.

Este ejercicio de futurología ofrece un vago diagrama de desemboques posibles en el largo plazo de la crisis actual. Indica contextos de resurgimiento de las configuraciones imperiales clásicas o del orden americano del período subsiguiente. También alude a dos cursos sin antecedentes previos: un prolongado equilibrio multipolar y una inédita configuración transnacional.

Como ninguna de estas alternativas despunta en lo inmediato, el imperialismo del siglo XXI continúa signado por la indefinición. Sólo se sabe que el desenlace surgirá de las crisis que provoca Estados Unidos en sus intentos de recuperar el liderazgo global.

El señalamiento de esos nebulosos horizontes de mayor ocaso, renovada supremacía, inédita transnacionalización o resignada convivencia, no implica una previsión del futuro. Sólo ordena las tendencias en juego. Al cabo de tantos presagios incumplidos es más sensato clarificar la variedad de escenarios y desenlaces posibles. Esas opciones tienen fundamentos teóricos e históricos que analizaremos en nuestro próximo texto.

24/01/2021

Por Claudio Katz, economista, investigador del CONICET, profesor de la UBA, miembro del EDI. Su página web es: www.lahaine.org/katz

 

Referencias

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-Wallerstein, Inmanuel (2005). Análisis de sistemas-mundo, una introducción, Siglo XXI, México.

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La pandemia, la senda hacia una nueva guerra fría

Por primera vez en la historia, una pandemia ha producido más efectos económicos que médicos. Hasta este momento, sus efectos políticos han sido menos importantes. Sin embargo, con su aparición tras tres años de Gobierno de Trump y en el contexto de una radicalización de las políticas chinas, la pandemia anuncia y facilita el paso a una nueva guerra fría.

Balance del año 2020

La Covid-19 no ha cambiado las reglas del juego. La pandemia no ha sido ese disruptor que diversos comentaristas estadounidenses (Henry Kissinger, Francis Fukuyama y Thomas Friedman entre algunos de los más conocidos) esperaban a principios de este año, cuando afirmaron que “el mundo ya nunca será como antes”. Una vez más, la incapacidad para observar de modo objetivo los efectos causados por un gran acontecimiento ha llevado a muchos analistas a exagerar las probables consecuencias de la crisis.

Al mismo tiempo, eso ha sido claramente un amplificador o acelerador de tendencias ya existentes. Ha confirmado la disposición de los países más grandes de movilizar en un momento de crisis los activos de su poder (la manufactura para Beijing, las finanzas para Washington). Ha ilustrado el auge de los nacionalismos y la oposición a la globalización. El Gobierno estadounidense ha continuado con su sabotaje del sistema multilateral abandonando la Organización Mundial de la Salud (OMS). La pandemia ha sido una buena noticia para todos cuantos defendían (por razones políticas o económicas) un desacoplamiento de las economías occidentales de China. Además, como todas las grandes crisis, la Covid-19 es ya una fuente de destrucción creativa. Los pioneros entre los ganadores son los sectores digitales y los productores nacionales.

La Covid-19 no ha sido la principal causa de crisis o conflictos importantes. En general, el entorno estratégico ha demostrado ser impermeable a las consecuencias de la pandemia (en Oriente Medio, por ejemplo), aunque cabe el debate en el caso de las intenciones de Beijing, que claramente ha puesto de manifiesto a lo largo del año un comportamiento agresivo en todas sus fronteras (desde la frontera con la India hasta la del mar del Sur de China, pasando por la del mar del Japón, Taiwán y Hong Kong). Sin embargo, a escala mundial, las dinámicas nacionalistas ya existentes y la percepción de un relativo atenuamiento del poderío estadounidense han tenido más impacto que las consecuencias de la pandemia, como se puede ver, por ejemplo, en el Mediterráneo oriental (1). Las organizaciones militares, por su parte, indicaron durante la crisis que las misiones estaban en curso, por utilizar una expresión de moda entre los militares. Lo mismo se aplica en el plano multinacional: por más que los estados miembros de la OTAN fueran los más golpeados en la primavera del 2020, la organización apenas se ha visto afectada por la pandemia en términos de capacidades, aunque algunos ejercicios han tenido que ser pospuestos. Y tampoco se ha producido la tregua mundial pedida por las Naciones Unidas: las propuestas de Arabia Saudí y las fuerzas de defensa sirias para detener los enfrentamientos militares en Yemen y Siria han caído en saco roto. Lo mismo es cierto a la inversa: no hay pruebas de que los acuerdos de Abraham (la normalización de las relaciones entre Israel, Bahréin y los Emiratos Árabes Unidos) no se habrían producido sin la pandemia.

La Covid-19 es también un factor de desaceleración. Ya está contribuyendo a frenar el desarrollo y modernización de los países en desarrollo; sobre todo, a causa de la disminución de las remesas, los ingresos del turismo y las exportaciones de recursos. Todo ello se traduce en un deterioro general del nivel de vida, la educación y la salud. Se puede hablar, por tanto, de un gran salto atrás para el desarrollo. Se calcula que en el 2020 habrá hasta 100 millones más de pobres (150 a finales del 2021) y más de 130 millones más de personas desnutridas (2). La única buena noticia aquí es que África, en el momento de redactar estas líneas, no se ha visto tan afectada por la Covid-19 como muchos temían a principios del 2020.

Ningún modelo político ha demostrado ser más capaz que otros para hacer frente a la pandemia. Un breve análisis elaborado por el Instituto Montaigne ya a finales de marzo llegó a la conclusión de que ni las democracias ni las dictaduras, ni los estados centralistas ni los sistemas federales podían exhibir una especial ventaja comparativa (3). Ahora bien, sí que se puede decir que los gobiernos calificados de populistas han demostrado ser aún menos capaces que otros a la hora de emprender a tiempo acciones eficaces.

La venganza del Estado ha llegado. El apego a la soberanía parece ser ya uno de los grandes ganadores de la crisis, con la ayuda de lo que Ivan Krastev llama “la mística de las fronteras”. En gran medida como el sector de la salud, la agricultura cosechará los beneficios de la reubicación. Con las lecciones aprendidas de las crisis de las décadas del 2000 y 2010, las sociedades nacionales tenderán a replegarse y a exigir una mejor protección contra las amenazas externas en el sentido más amplio: terrorismo, crisis financieras, inmigración ilegal, competencia comercial... Al afirmar en marzo que “tenemos que recuperar el control” de nuestro sistema de salud pública, Emmanuel Macron tal vez tomó prestada, y quizá de modo inconsciente, una expresión directamente asociada con el Brexit. ¿RIP para el mundo sin fronteras, 1990-2020? Como en cualquier otra crisis de seguridad (guerra, terrorismo, epidemias) el Estado se fortalece y se potencia su papel en el control sobre la población y sobre su propia intervención en la economía (en apoyo de la oferta y la demanda). Los estados contra las GAFA (Google, Apple, Facebook, Amazon): ¿un nuevo choque de capitalismos?

Europa ha estado a la altura de la situación. En un principio, la actitud europea no fue más brillante que la de Estados Unidos o China. Es sabido que las competencias de la Unión Europea en el sector de la salud es limitada. De todos modos, su reacción fue tardía y también lo fue la solidaridad entre sus miembros. Existe el riesgo de que una parte del acervo comunitario (el acuerdo de Schengen, el Reglamento General de Protección de Datos, la regla de 3% del déficit...) se desvanezca mañana o por lo menos sea puesta en animación suspendida. Ahora bien, en la primavera del 2020, el Banco Central Europeo (BCE) evaluó el impacto económico de la pandemia, y el histórico acuerdo de julio del 2020 marcó un paso adelante hacia la federalización económica. Además, las redes de seguridad que son características de los modelos europeos han permitido atenuar considerablemente el shock social de la pandemia en la mayoría de los países. En abril predijimos que los profetas de la fatalidad volverían a equivocarse en relación con la capacidad de supervivencia de la Unión Europea, como había ocurrido durante las crisis del euro o de las migraciones. Y es realmente lo que ha ocurrido.

Mirando hacia la década del 2020

En un documento de otoño del 2020, Joseph S. Nye previó varios escenarios posibles para el mundo pospandémico: el fin del orden liberal globalizado; un desafío autoritario similar al de la década de 1930; un orden mundial dominado por China; y una agenda internacional verde. A continuación, afirmó que cada uno de ellos no tenía más de un 10% de posibilidades de convertirse en realidad y consideró que “hay menos de la mitad de las posibilidades de que la actual pandemia de Covid-19 haya conseguido remodelar profundamente la geopolítica en el 2030” (4). Compartimos esa evaluación.

No se vislumbra un retorno a la normalidad. Si bien la pandemia no va a cambiar el mundo, es probable que su impacto en los sistemas de salud sea masivo y duradero hasta la distribución generalizada de una vacuna eficaz en un horizonte temporal que nadie puede predecir hoy en día. De hecho, tampoco se vislumbra una tendencia a la baja en las tasas de contagio y mortalidad en el momento de redactar este artículo. En cualquier caso, la reactivación económica llevará tiempo: no cabe esperar una recuperación rápida de una reducción, previsible en el 2020, del comercio, los flujos de inversión y la transferencia de fondos que puede oscilar entre un 20% y un 40% según las instituciones internacionales. Además, en un mundo en el que todos los países se ven afectados, no existe en este momento ninguna palanca para el crecimiento económico.

Por otra parte, tampoco se vislumbra el fin de la globalización. Es posible que hayamos pasado el punto culminante de la globalización en el 2008 (la crisis financiera) sin saberlo. Sin embargo, en los próximos meses y años las empresas querrán restablecer sus márgenes, por lo que seguirán obteniendo sus suministros de Asia a un costo menor. Del mismo modo que la peste negra no puso fin a los intercambios marítimos, la crisis de la Covid-19 no va a reducir la globalización y, desde luego, sólo tendrá un efecto limitado en los viajes aéreos a medio plazo. Las sociedades interconectadas ofrecen más ventajas que inconvenientes para la gestión de las epidemias: alertas y vigilancia, repatriación por motivos de salud, asistencia internacional o cooperación científica.

Ganarán importancia las preocupaciones ambientales. Es la tercera vez en veinte años que vemos la aparición de un nuevo coronavirus de género beta (con salto entre especies); y seguramente habrá más. No cabe duda de que veremos más advertencias sobre los posibles vínculos entre el calentamiento del planeta y las pandemias; de hecho, hay temores recurrentes acerca de las posibles consecuencias epidemiológicas del derretimiento del permafrost (en particular, en las zonas septentrionales de Rusia). Quizá los temores carezcan de fundamento: no hay estudios serios que indiquen que ese derretimiento pueda suponer un grave peligro para la salud. De todos modos, la ecología, en el sentido estricto de la palabra, tiene buenas posibilidades de cosechar algún éxito: la lucha contra la deforestación y la destrucción de los hábitats naturales, las cuales, según se sabe hoy, sobre todo tras la acometida del VIH/sida, son parcialmente responsables de la aparición de virus hasta ahora desconocidos. Sin duda, el tráfico y el consumo de animales salvajes se prohibirán de modo mucho más drástico. Ello no significa que vayamos a cambiar fundamentalmente nuestro modelo económico; los atractivos del consumismo seguirán intactos, y la clase media mundial, que se ha beneficiado de treinta años de globalización, no renunciará a esos beneficios de forma voluntaria. El crecimiento verde sólo se aceptará sin reparos si se demuestra que permite el mismo tipo de crecimiento que antes.

La gobernanza populista podría perder apoyos. Es probable que la credibilidad del populismo como método de gobernanza salga de la crisis en peor situación que otros modelos políticos a la hora de hacer un balance; en especial, porque uno de sus rasgos característicos es el desafío a los conocimientos técnicos y las administraciones. Ese desafío dista de haber desaparecido (como se ha observado en el ejemplo de la controversia sobre la hidroxi-cloroquina), pero al final acabará por hacerse patente su coste humano y económico. Además, la mayoría de los dirigentes que se consideran populistas (encabezados por Donald Trump, Javier Bolsonaro y Boris Johnson, todos ellos contagiados por el SARS-CoV-2) han demostrado cierta incapacidad para simpatizar con las preocupaciones inmediatas de sus conciudadanos y para expresar la dosis necesaria de empatía. Sin embargo, si la gestión económica nos lleva a un retorno de la inflación a través de la creación monetaria y el aumento de los precios de bienes hoy fabricados en el territorio nacional, el resultado sería un tipo de malestar social favorecedor de la aparición de una segunda ola de populismo a escala gubernamental.

Estamos entrando en una era de individualismo digital. En la mayoría de los países (y no sólo en los más modernos) el teletrabajo, la telemedicina y la teleeducación serán mucho más comunes en los próximos años. Crecerán aun más las compras on line y las entregas a domicilio. La transformación digital de las sociedades tendrá el apoyo de la inteligencia artificial, la robotización y la llegada del 5G. Quienes posean segundas residencias (un concepto, por cierto, cuyo rastro puede seguirse hasta las epidemias de la edad media) obtendrán un retorno de su inversión. Frente al shock de la pandemia, cuatro segmentos de la población han visto confirmadas la elección de su estilo de vida y sus preferencias ideológicas. Tienen en común una mentalidad de autosuficiencia que en ocasiones borra las diferencias, aunque sus elecciones proceden de lógicas diferentes: libertarianos, que no toleran ninguna interferencia del Estado en la forma de disponer de sus cuerpos; supervivencialistas, que comparten esa paranoia y se arman en preparación para una catástrofe; aislacionistas, firmes defensores del cierre de fronteras y partidarios de los barrios residenciales cerrados para los privilegiados; y apocalípticos, que subrayan el riesgo de colapso global de la sociedad moderna y predican una autosuficiencia individual y comunitaria.

Es probable que se produzca una reducción de las libertades. Incluso las democracias más liberales (Reino Unido, Países Bajos), que se vieron tentadas durante un tiempo por el atractivo del laissez-faire y apostaron por una especie de inmunidad de grupo que se adquiriría en pocos meses, tuvieron que dar marcha atrás cuando se vieron enfrentadas a las aterradoras cifras de la letalidad probable de semejante estrategia. ¿Vamos a entrar en una época de auténtico autoritarismo digital (vigilancia, detección, represión) caracterizado por un persistente sacrificio de las libertades individuales? Las dictaduras soñaron con ello. ¿Van a hacerlo también las democracias? En cualquier caso, es probable que la mayoría de la población acepte, como ocurrió tras el 11-S, un recorte significativo de las libertades. Y, en caso de que se produzca un resurgimiento paralelo del yihadismo, ¿veremos la imposición de una especie de estado de emergencia permanente como el que prevalece en Israel, en términos jurídicos, desde 1948? ¿Se hará realidad el todos somos israelíes?

Ninguna de las grandes potencias saldrá ganadora de la crisis. Las pandemias siempre debilitan a los grandes agentes del momento; recordemos la repercusión de la peste en Roma o Venecia. Niall Ferguson escribió que, desde enero del 2020, todas las grandes potencias han puesto de manifiesto su debilidad (5). En este terreno, de nuevo, el virus ha servido para abrir los ojos. Resulta bastante inquietante que las proyecciones elaboradas por la Universidad de Washington en septiembre del 2020 ofrecieran un escenario medio en el que las grandes democracias del mundo fueran las más afectadas a finales de año: India (600.000 muertos), Estados Unidos (400.000) y Brasil (175.000) (6). Y todos los principales agentes serán perdedores a corto plazo, según indicamos en una breve monografía publicada en la primavera de 2020 (7). Estados Unidos tendrá dificultades para presentarse como modelo a seguir, dado que su reacción tardía y desordenada tiene un impacto social masivo y amenaza con causar una catástrofe sin precedentes en la historia moderna del país. A ello no va a ayudar su negativa a proporcionar una verdadera dirección política, ilustrada por su ausencia de la cumbre del G-7 por primera vez en la historia. Ahora bien, a China no le va mucho mejor. Aunque el gobierno de Trump no logró imponer la expresión “virus chino”, China fue claramente el problema antes de intentar ser parte de la solución (a través de la ayuda internacional), y debería de haber estado más preparada. De todos modos, no estará en mejor forma cuando finalice la crisis: retrasos en la gestión de la pandemia, silenciamiento de los denunciantes, propaganda diplomática descarada (Estados Unidos, presuntos responsables de la introducción del virus en China), máscaras y tests inservibles. En conjunto, el calendario del proyecto insignia chino (la Nueva Ruta de la Seda) bien podría saltar por los aires dado que, al deterioro de su imagen pública, se le suman las dificultades económicas.

Con todo, las democracias liberales pueden tener más cartas ganadoras. En lugar de hablar de la Covid-19, como hacen algunos expertos occidentales (Stephen Walt) o asiáticos (Kishore Mahbumani), en tanto que acelerador del desplazamiento aparentemente inevitable del centro del mundo de Occidente a Asia, resulta más tentador apostar a que las democracias liberales acabarán por salir ganando. Algunas potencias medias como Alemania y Corea del Sur, por ejemplo, parecen ir por buen camino para ser consideradas como modelos, en términos relativos, en relación con la gestión médica y económica de la pandemia. En cuanto a Estados Unidos, la historia demuestra que nunca debemos subestimar su capacidad de recuperación.

Sería temerario apostar por un verdadero relanzamiento del multilateralismo. Desde luego, el probable éxito de las políticas soberanas no se traduce de forma mecánica en una cooperación internacional reducida y, de hecho, es la soberanía la que hace posible el multilateralismo (8). Sin embargo, se trata de una condición necesaria pero no suficiente. No cabe duda de que el G-20 y la Unión Europea han demostrado una capacidad infinitamente superior para comprender lo que está en juego en términos económicos en comparación, por ejemplo, con los resultados de la cooperación internacional durante la crisis de 1929. Sin embargo, la debilidad de la OMS y el papel poco convincente del G-7, así como las reacciones nacionales egoístas durante las primeras semanas de la crisis, han demostrado que, incluso cuando se enfrenta una crisis esencialmente mundial y se apela a la solidaridad internacional, la cooperación no se produce de modo espontáneo. Sería, por tanto, arriesgado esperar un auténtico relanzamiento del multi-lateralismo. Eso no significa que las instituciones ya no importen: China hace todo lo posible por maximizar su influencia en ellas, y Wa¬shing¬ton sigue valorando el hecho de colocar a sus representantes en posiciones clave. De hecho, el futuro de las grandes organizaciones multinacionales como las Naciones Unidas, la Organización Mundial del Comercio, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, la OMS, o las regionales como la OTAN o el Cuadrilátero (EE.UU., Japón, India, Australia) dependerá en gran medida del valor que les sea acordado por Beijing y Washington.

Existen aún dos riesgos para un mayor agravamiento en las situaciones de conflicto. Uno es el riesgo de una guerra interestatal como resultado de una alteración del equilibrio de poder: el debilitamiento brutal de un país clave por la Covid-19 podría engendrar la necesidad de una aventura externa para desviar la atención u ofrecer a otro gran Estado la oportunidad de aprovechar la situación. El otro riesgo es que las luchas internas den lugar a un mayor debilitamiento de un Estado que ya se halla en una posición difícil; por ejemplo, los países de América Latina, África, Oriente Medio o Asia que dependen para su crecimiento de las transferencias de dinero, los ingresos del turismo y/o la exportación de recursos.

Una nueva guerra fría está hoy en camino. Durante varios años, los especialistas y los expertos han debatido la pertinencia de la metáfora de la nueva guerra fría. Ahora parece cada vez más apropiado usarla; pues, salvo una nueva sorpresa estratégica, la pandemia está actuando como senda hacia una segunda guerra fría en toda regla. La radicalización de las políticas bilaterales entre China y Estados Unidos ya estaba en marcha, pero el mero hecho de que el SARS-CoV-2 procediera de China y de que el brote inicial en Wuhan estuviera, desde el punto de vista de la mayoría de los observadores, mal gestionado, ha acelerado mucho una tendencia ya existente. Taiwán desempeñó un papel importante en ese sentido al señalar que un gobierno chino (Taipéi) podía manejar mejor la situación y al encender la chispa publicando su correspondencia de diciembre del 2019 con la OMS.9 Tampoco ayudó la insistencia del Gobierno Trump en llamar virus chino al SARS-CoV-2. Los componentes de una guerra fría ya están presentes: la rivalidad Estados Unidos-China es política, económica y militar, y es global. Sí, es cierto que su interdependencia es mucho mayor que la existente en el contexto soviético-estadounidense; pero, justo por ello, la pandemia aumentará lo que los expertos de la Unión Europea han llamado distancia estratégica (10). La gran pregunta no es si se van a regionalizar o no las cadenas de valor, sino cómo y en qué medida. ¿Significa todo esto el fin del orden liberal? Ese destino ha sido anunciado tantas veces que debemos mostrar un poco de precaución. Todas las instituciones posteriores a 1945 siguen ahí: las destinadas a promover la paz (el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas), el desarrollo (el Banco Mundial, la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación), la estabilidad de la economía internacional (el FMI), la liberalización del comercio (la OMC) o el derecho internacional (el Tribunal Internacional de Justicia, el Tribunal Penal Internacional). Son instituciones que serán atacadas por los nacionalismos, pero los países seguirán compitiendo por la influencia en esos foros. Es probable que lo que se avecina sea una mezcla de la tradicional competencia entre grandes potencias con su agresiva promoción de los intereses nacionales y una continuación del sistema multilateral. Quizá se trate del fin de la ilusión liberal de la década de 1990, pero no necesariamente el fin del orden posterior a la Segunda Guerra Mundial.

Pensamientos finales

Quedan abiertas, por supuesto, varias cuestiones, empezando por las que se refieren a los factores primarios, es decir, los epidemiológicos y médicos. Una mutación significativa del SARS-Cov-2 que lo haga más contagioso o más letal podría cambiar el panorama. A la inversa, la disponibilidad de una vacuna eficaz y accesible para todos antes de lo previsto iluminaría de modo considerable el horizonte. Y, si un descubrimiento pudiera atribuirse a los esfuerzos de un país específico, daría al país ganador una ventaja indiscutible en la competencia por la imagen de poder.

Por lo tanto, es demasiado pronto para sacar verdaderas lecciones de la crisis de la pandemia, puesto que todavía estamos sumidos en ella. La guerra contra el SARS-Cov-2 estalló a la manera de la crisis financiera del 2008, primero con algunas señales débiles, y luego de forma agravada expandiéndose rápidamente por todo el planeta. Sin embargo, esta guerra se está librando de manera muy similar a la campaña contra el terrorismo islamista tras el 11-S y es poco probable que desemboque en una victoria final. Tendremos que vivir con el virus durante mucho tiempo, al igual que con el terrorismo. La OMS no proclamará nunca un “¡Misión cumplida!” en su sitio web, o al menos no dentro del plazo de una previsión razonable. En un texto titulado “El desconfinamiento de las analogías”, el historiador francés Pierre Grosser desmantela la pertinencia de las metáforas bélicas utilizadas muy a menudo en este contexto (11). Viniendo después de dos conflictos mundiales y aunque no afecta directa y profundamente a todos los continentes, lo cierto es que la pandemia tiene un efecto global. De todos modos, si bien es una guerra, no se prestará a una declaración de victoria. Sin duda, no habrá un verdadero mundo nuevo después, o si lo hay, no será ni el mundo anterior ni un mundo totalmente diferente de él.

Es probable que la década del 2020 no se parezca a la de 1920, una época de renacimiento occidental tras una guerra y una espantosa pandemia de gripe. No vamos a ver una repetición de los años locos europeos ni de los rugientes años veinte estadounidenses. Es verosímil que la pandemia empeore todos los males existentes y añada otros nuevos (“el mismo mundo, sólo que peor”, temía el ministro de Asuntos Exteriores francés Jean-Yves Le Drian en la primavera del 2020) (12). Sin embargo, es igualmente posible que la situación geopolítica de principios de la década del 2020 y la actuación de unos agentes agotados por la pandemia no se manifiesten en forma de una prueba de fuerza, sino más bien de prueba de debilidad, como sugirió este autor en abril del 2020 (13).

Podemos tener un debate interminable sobre si el SARS-Cov-2 es un cisne negro o un cisne gris o algún otro animal del bestiario de la previsión estratégica. Lo esencial es observar de nuevo que un escenario a menudo previsto y descrito por los expertos, expuesto con detalle en todos los grandes documentos de estrategia nacional y, por lo tanto, conocido por los políticos, ha revelado la naturaleza defectuosa de nuestros sistemas de gobierno. La cuestión fundamental ahora es: ¿lo haremos mejor la próxima vez? Lamentablemente, es algo que dista de ser seguro. Existe el riesgo de estar preparados para luchar una vez más en la última guerra, es decir, de hacer todo lo posible para evitar otra pandemia de este tipo y descuidar otras posibles sorpresas estratégicas, ya sean militares, tecnológicas o geofísicas. Nunca las podremos evitar del todo. Y, si la Covid-19 nos ayudó a redescubrir el papel indispensable del Estado y las virtudes de la intervención pública, no podemos esperar que nuestros gobiernos estén permanentemente preparados para gestionar sin fallos todos los peores escenarios. Pero, sin duda, podemos hacerlo mejor. Como escribimos en la primavera del 2020, “la anticipación es una cuestión de mentalidad y agilidad mental. La aceptación de lo insondable no es incompatible con la mejora de nuestra capacidad colectiva para gestionar lo que no podíamos prever. No cabe duda de que estaremos mucho mejor preparados para la próxima pandemia. Ahora bien, no estaremos mejor preparados para otro tipo de sorpresa sin un esfuerzo adicional” (14).

Por Bruno Tertrais*

04/02/2021 06:00Actualizado a 04/02/2021 08:05

*Director adjunto de la Fundación para la Investigación Estratégica (FRS)

Bibliografía

  1. La historia nos dirá quizás un día si la ausencia, motivada por la pandemia, de portaaviones estadounidenses en el Pacífico occidental durante unas pocas semanas a principios del 2020 pudo desempeñar un papel en los cálculos geoestratégicos de China (y lo mismo con la reducción temporal, durante el verano del 2020, de las patrullas indias a lo largo de la línea de control entre los dos países).
    2. Estimaciones del Banco Mundial, octubre 2020; Informe Estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo, julio 2020.
    3. Michel Duclos y Bruno Tertrais, “Covid-19 – les autoritaires vont-ils l’emporter sur les democracies?”, Blog de l’Institut Montaigne, 17 abril 2020. Para una perspectiva histórica, véase Rachel Kleinfeld, “Do Authoritarian or Democratic Countries Handle Pandemics Better?”, Carnegie Endowment for International Peace, 31 marzo 2020.
    4. Joseph S. Nye, “Post-Pandemic Geopolitics”, Project Syndicate, 6 octubre 2020.
    5. Niall Ferguson, “From COVID War to Cold War. The New Three-Body Problem”, en Hal Brands y Francis J. Gavin (eds.), COVID-19 and World Order, Baltimore, Johns Hopkins University Press, 2020, pág. 425.
    6. Institute for Health Metrics and Evaluation, First COVID-19 Global Forecast: IHME Projects Three-Quarters of a Million Lives Could Be Saved by January 1, 3 septiembre 2020.
    7. Bruno Tertrais, L’Épreuve de faiblesse. Les conséquences géopolitiques du coronavirus, Tracts de Crise, 62, Gallimard, París, 30 abril 2020.
    8. Justin Vaïsse, “Derrière le triomphe de l’Etat souverain”, Le Monde, 28 mayo 2020.
    9. Viorel Mionel et al., “Pandemopolitics. How a public health problem became a geopolitical and geoeconomic issue”, Eurasian Geography and Economics, 30 septiembre 2020, pág. 3.
    10. Parlamento Europeo, The Geopolitical Implications of the COVID-19 Pandemic, septiembre 2020.
    11. Pierre Grosser, “Déconfinement des analogies””, Esprit, julio-agosto 2020.
    12. Entrevista para Le Monde, 20 abril 2020.
    13. Bruno Tertrais, L’Épreuve de faiblesse. Les conséquences géopolitiques du coronavirus, Tracts de Crise, 62, Gallimard, París, 30 abril 2020.
    14. Florence Gaub y Bruno Tertrais, “L’anticipation est une affaire de mentalité”, Le Monde, 19 mayo 2020.
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La trama detrás del golpe de Estado en Myanmar

Los militares detuvieron a todos los líderes del gobierno que Aung San Suu Kyi dirigía sin presidir. Aludieron a un supuesto fraude electoral en noviembre. 

 

Las fuerzas armadas de Myanmar aludieron fraude en las elecciones de noviembre pasado y el domingo detuvieron a todos los líderes del gobierno que la Nobel de la Paz de 75 años Aung San Suu Kyi dirigía sin presidir. Consumado el golpe, los militares declararon el estado de emergencia durante un año y anunciaron que el exgeneral Myint Swe ejercerá la presidencia del país. 

En Myanmar, antes Birmania, en el medio de India, China, Tailandia y Bangladesh vive gente como Aung Tun. Mediana altura, 45 años, vende celulares en Yangon. En sus fotos de Facebook aparece con un pareo y sus dos hijos con la cara pintada, como todos los varones birmanos. Su foto de perfil está enmarcada por la de su líder y la frase: “estoy con Aung Sang Suu Kyi”. Ahora postea: “Queremos pedir a los líderes del mundo, a las Naciones Unidas, a los medios que ayuden a nuestro país, queremos desarrollarnos como nuestros vecinos”.

El héroe de la independencia birmana fue Aung Sang (padre de Aung Sang Suu Kyi), asesinado en 1947. El exilio llevó a Suu Kyi a estudiar en Delhi primero, Oxford después y quedarse en Inglaterra. En 1988 volvió. Le pidieron que hablara en un acto en el Shwedagon Pagoda, templo budista de 2500 años con una cúpula de oro que se ve desde todo Yangon. Medio millón de personas descubrió ahí a la líder de su revolución democrática. Suu Kiy arrasó en las elecciones de 1990 pero los militares no reconocieron el resultado y encarcelaron a todos los opositores. Un año después ella recibió el Nobel de la Paz, se negó a ser extraditada y aguantó 15 años de prisión domiciliaria. 

La dictadura flexibilizó libertades y convocó a elecciones parlamentarias en 2010 pero antes reformó la Constitución: retuvo el 25% de las bancas del parlamento, la atribución de nombrar ministros y de formar gobierno “en caso de emergencia”, el manejo de los recursos naturales y la prohibición de ser presidente para cualquiera con familia no birmana, justo como Suu Kii, cuyos hijos y difunto esposo nacieron en Inglaterra. En 2016 se convocaron elecciones presidenciales y la LND de Suu Kyi arrasó con Htin Hyaw como candidato. Suu Kii fue designada Consejera de Estado, una especie de presidenta ipso facto.

Hasta 2014 el Relator de las Naciones Unidas sobre los Derechos Humanos en Myanmar fue el abogado argentino Tomás Ojea Quintana. “Para mí esto es un deja vú”, afirma a PáginaI12. En 2010, se encontró personalmente con Suu Kyi y le expresó la importancia de juzgar los crímenes cometidos por los militares en las últimas décadas, algo que nunca sucedió. Ojea Quintana está sorprendido por el golpe, cree que el detonante pudo haber sido la abrumadora nueva victoria de Suu Kyi en las elecciones de noviembre, fue un empujón de legitimidad: “con la continuidad del gobierno electo con ese nivel de apoyo, se debilitaría el poder que se guardaron los militares”.

La teoría birmana de los dos demonios

Para Myanmar son bengalíes, para Bangladesh son birmanos. Los rohingyas son apátridas. “Deben parar. Nunca vi una población tan discriminada en mi vida”, dijo el Secretario General de las Naciones Unidas, Antonio Guterrez. Los rohingyas son vulnerables como minoría étnica, como musulmanes y como descendientes del subcontinente indio. Según la ACNUR, al menos 723.000 rohingyas, una de las más de cien etnias que habitan Myanmar, tuvieron que escapar de las fuerzas oficiales birmanas hacia Bangladesh desde mediados de 2017. El 40% son menores de 12 años. En Bangladesh los retienen en un campo de refugiados de 13 kilómetros cuadrados.

La excusa es combatir al ARSA, un grupo insurgente de no más de 500 miembros a quienes los ultranacionalistas budistas comparan con ISIS. Después de décadas de aislamiento en telecomunicaciones, la irrupción de los celulares y de Internet fue una estampida. La campaña de fake news del movimiento budista Ma Ba Tha describiendo al millón de rohingyas como parte del ARSA caló hondo hasta en la base electoral budista de Suu Kii. En 2018, Facebook reconoció en un comunicado que “podría haber hecho más” para evitar que su plataforma sea usada para un genocidio. A fines de 2019, Aung Sang Suu Kyi fue a la Corte Internacional de Justicia a defender a las mismas Fuerzas Armadas que la habían llevado a prisión. Reconoció delitos de lesa humanidad pero los colocó en el marco de un conflicto que comenzó el ARSA.

Hasta llegar al poder, Occidente veía en Suu Kyi a una par de Mahatma Gandhi y Nelson Mandela. Pero otro premio Nobel, Barack Obama, notó algo distinto. Cuando la visitó en 2012 conversaron sobre el dilema de pasar de ícono opositor a tener el poder. “Yo siempre fui una dirigente política”, le dijo Suu Kyi. Ben Rodes entonces asesor de Obama contó que saliendo, de regreso en la limusina, el ex presidente reflexionó: “Yo solía ser también el rostro de un poster, la imagen solo se desvanece".

Occidente y China

La devaluación de la imagen de Suu Kyi en Occidente la obligó a buscar apoyos en donde sea posible. Fue a ver al presidente de Hungría, el nacionalista Viktor Orban, para hablar sobre “el crecimiento de la población musulmana”. China -que también es acusada de crímenes de lesa humanidad contra los islámicos Uyghur en la región de Xinjiang- vio una oportunidad.

Similar a lo que ocurre en otras regiones en las que Gran Bretaña trazó mapas mezclando pueblos, como Medio Oriente, Myanmar es un país sin una única nación consolidada. Frente a eso, China, desde hace una década, observa lo que pasa en su frontera sur y de vez en cuando mueve una ficha.

En 2017, China incorporó a la Constitución la Belt and Road Initiative, presentada poco antes por Xi Jin Pin como la Ruta de la seda del siglo XXI, un esquema en el que el premier chino invitó a los países a unirse a la mayor red logística global en que el país asiático es el gran dinamizador. Los tigres asiáticos saltan y también se agazapan. Los chinos no están lejos de consolidarse como los principales rule makers del sudeste asiático. Una de las piezas fundamentales del esquema es el puerto que Xi Jin Pin espera construir en Myanmar para acceder de manera directa al mar Índico, acompañado de un oleoducto que le ahorraría unos cuantos millones en la importación del crudo desde el Golfo Persa. El Corredor Económico China-Myanmar consolidaría esta política y, para ello, China puso a consideración del gobierno birmano 38 proyectos de infraestructura que Suu Kyi no desarrolló con la velocidad que los chinos pretendían.

A fin de enero ocurrió un hecho que habría ofendido la mellada paciencia roja: Myanmar adquirió un millón y medio de vacunas para Covid-19 de India y firmó un contrato con el Serum Institute del mismo país para recibir 30 millones más.

Por ahora China no condenó oficialmente el derrocamiento del gobierno civil en Myanmar pero el ministro de relaciones exteriores Wang Wenbin explicó que “China y Myanmar son buenos vecinos. Esperamos que todas las partes puedan resolver sus diferencias dentro del marco de la Constitución y la ley, salvaguardando la estabilidad política y social”. Un evento curioso sucedió el 12 de enero pasado. Wang Yi, canciller chino, se reunió con Min Aung Hlaing, jefe de las fuerzas armadas en la capital birmana. Desde ayer a la madrugada, Min Aung Hlaing es quien firma los decretos de Myanmar.

Miles como Aung Tun dan la batalla en su Facebook, Suu Kyi vuelve a estar presa, los militares vuelven al lugar de donde nunca se fueron y el abogado argentino que los denunciaba hace una década, Tomás Ojea Quintana, aprovecha la jurisprudencia universal de los delitos de lesa humanidad. En Argentina, defiende a una organización de rohingyas que acaba de presentar en el juzgado de Servini de Cubria una denuncia por genocidio en la provincia birmana de Rakhine. 

Por Pablo Linietsky y Daniel Wizenberg

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Lunes, 01 Febrero 2021 06:20

El ejemplo

El ejemplo

Dediqué 33 años y cuatro meses al servicio militar activo como miembro de la fuerza militar más ágil de este país, los marines. Serví en rangos comisionados desde segundo teniente a mayor general. Y durante ese periodo dediqué la mayoría de mi tiempo a ser un golpeador de alta categoría para el gran empresariado, para Wall Street y para los banqueros.

“En suma, fui un estafador, un gánster para el capitalismo… Ayudé a hacer seguro a México, especialmente Tampico, para los intereses petroleros estadunidenses, en 1914. Ayudé a hacer de Haití y Cuba un lugar decente en donde los chicos del National City Bank pudieran recaudar ingresos. Ayudé en la violación de media docena de repúblicas centroamericanas para beneficio de Wall Street… Ayudé a purificar a Nicaragua para la casa banquera internacional de Brown Brothers en 1909-1912. Traje la luz a República Dominicana para los intereses azucareros estadunidenses, en 1916. En China, ayudé a asegurar que la Standard Oil pudiera avanzar sin ser molestada.

"Durante esos años tenía, como decían los cuates, en el cuarto de atrás, un negocio turbio padre. Viendo hacia atrás, creo que le podría haber ofrecido algunas pistas a Al Capone. Lo más que él logró fue operar su negocio en tres distritos. Yo operé en tres continentes."

El mayor general Smedley Butler, autor de estas palabras en 1935, fue en su tiempo el militar más condecorado de Estados Unidos, incluida la Medalla de Honor por su papel en la batalla de ocupación de Veracruz el 22 de abril de 1914. Muchos conocen estas citas (parte de un libro y discurso), pero siempre vale recordarlas como parte de la larga historia de disidencia en Estados Unidos contra sus aventuras bélicas.

Hoy día, el gasto en "defensa" –aprobado de manera bipartidista (en ciertos rubros como este existe un consenso a pesar de la supuesta polarización política en el país)– asciende aproximadamente a 740 mil millones de dólares, más que el presupuesto militar combinado de los próximos 10 países con los mayores presupuestos militares. Eso es, según cálculos del Friends Comittee on National Legislation, más de 2 mil millones de dólares cada día, más de un millón de dólares cada minuto.

Según cifras recientes del proyecto Costos de Guerra de la Universidad Brown, Estados Unidos ha gastado más de 6.4 billones en guerras y operaciones militares en Afganistán, Pakistán e Irak desde 2001, donde se han registrado por lo menos 800 mil muertes, la mayoría civiles (https://watson.brown.edu/costsofwar/).

Algunas de las operaciones bélicas son llevadas a cabo ahora de manera más "discreta", por ejemplo, el gobierno de Barack Obama realizó por lo menos 500 ataques con dron, asesinando a más de cuatro personas.

El culto al poder militar de este país es algo practicado por presidentes y líderes políticos de ambos partidos. El nuevo gobierno de Biden ha declarado que entre sus objetivos está el de restaurar el liderazgo estadunidense en el mundo (ver Tinker Salas y Silverman: https://www.jornada.com.mx/2021/ 01/31/opinion/014a1pol). Biden ha formulado una consigna de que Estados Unidos será líder no sólo a través del "ejemplo de nuestro poderío, sino por el poder de nuestro ejemplo".

Esto, mientras la violencia política armada además de la criminal dentro del "país ejemplar" ha llegado a tales niveles de que hasta se efectuó una intentona de golpe de Estado y el centro de su capital está bajo protección de miles de tropas armadas de la Guardia Nacional, no para enfrentar a algún enemigo externo, sino el "terrorismo doméstico" de sus propios ciudadanos (muchos de ellos, veteranos militares).

La violencia dentro del país no se puede desvincular de su historia de violencia a nivel internacional. Vale recordar las palabras del reverendo Martin Luther King, quien en 1967 declaró que no podía hablar más sobre la violencia que se sufría en las ciudades estadunidenses sin abordar "el mayor proveedor de violencia en el mundo hoy día: mi propio gobierno".

Bruce Springsteen: War. https://youtu.be/mn91L9goKfQ

George Carlin: Nos gusta la guerra: https://www.youtube.com/watch?v=SoqcDPiVxJ8

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https://www.flickr.com/photos/policiacolombia/5885648462/

El tiempo pasa y nos marca de diversas maneras con sus acontecimientos, unos más fuertes, otros no tanto. De unos y otros escritos en desdeabajo en su debido momento. Hoy, en época de balances, los retomamos y les invitamos a su relectura.

 

La negativa a cumplir una orden por parte de un patrullero permite aproximarse a las concepciones sobre el ejercicio de la fuerza policial en nuestra sociedad. El hecho se constituye en una ventana de oportunidad para cuestionar los significados hegemónicos de heroísmo, profesionalismo y cumplimiento del deber, propios de una concepción militarista de la policía, pero también revela las limitaciones que tal cuestionamiento enfrenta.

 

El pasado martes 9 de junio un patrullero de la Policía Nacional con diez años de antigüedad en la institución, Ángel Zúñiga Valencia, se negó a cumplir una orden de desalojo contra una comunidad asentada en la ribera del río Pance, en uno de los sectores rurales de Cali.

El hecho se conoció por un video difundido masivamente en las redes sociales virtuales. De fondo se puede apreciar una máquina retroexcavadora preparándose para tumbar las viviendas y cultivos de la comunidad, mientras distintas voces felicitan y aplauden al policía, a quien se ve entregando su arma de dotación y su radioteléfono, ofreciendo retirarse el uniforme y esgrimiendo las razones para negarse a cumplir la orden:

“[…] yo me metí a esta profesión para proteger a los ciudadanos, no para ser abusivo contra ellos […] es algo injusto lo que están haciendo en este momento: no les van a dar vivienda, no les van a dar reubicación, están abusando de los derechos humanos, estamos en cuarentena”.

El caso no parece ser aislado, si se tiene en cuenta que en días anteriores también rotaron por las redes sociales virtuales videos de otros agentes de policía explicando por qué se negaban a desalojar vendedores ambulantes, pese a las restricciones impuestas por el confinamiento, pero permite observar las representaciones colectivas que se han construido sobre la Policía y avizorar posibilidades de transformación.

Deconstruyendo el heroísmo

De inmediato se produjo una ola de apoyo virtual al patrullero Zúñiga, de “tendencias” en las redes sociales y, por consiguiente, una disputa por el significado del hecho. Al menos temporalmente se operó un movimiento de resistencia respecto del discurso hegemónico sobre las Fuerzas Armadas instituido desde los tiempos del primer gobierno Uribe (2002-2006), que hasta cierto punto muestra sus fisuras.

En efecto, hubo una deconstrucción y resignificación de la categoría de “héroe”. Desde arriba, el marketing oficial basado en la atribución de esa dignidad a soldados y policías -“los héroes en Colombia sí existen”- los presenta defendiendo a la población de enemigos externos al orden social, como la delincuencia y la insurgencia armada.

En contraste, desde abajo, ahora se le confería dicho reconocimiento a un agente por defender a una comunidad desamparada frente a los atropellos e injusticias del propio establecimiento. Frente a las noticias de abuso de autoridad, corrupción y extralimitación en el uso de la fuerza, que ocupan cotidianamente tanto los medios masivos de comunicación como las mismas redes sociales, el ideal de heroísmo pareció coincidir con su expresión fáctica.
En este registro se ubicaron los mismos pobladores objeto del desalojo, que llamaron al policía “un ejemplo”, “un buen ser humano”, “un verdadero héroe”, así como los miles de ciudadanos que aplaudieron su actitud en las redes y los 40 congresistas de la bancada alternativa, quienes propusieron conferirle una condecoración al Patrullero y solicitaron que no fuera sancionado.

Así, el enmarcado de la situación dejó poco margen de maniobra a los custodios de la “institucionalidad” puesto que el hecho al mismo tiempo era positivo, un policía se convertía en héroe en un contexto en que otro miembro de la Institución es acusado de asesinar a un ciudadano afrocolombiano y en que se han presentado innumerables abusos en la implementación de las medidas de confinamiento por la pandemia, y negativo, pues se negaba a cumplir una orden.

La corrección política se oficializa

Paradójicamente, una acción juzgada por la opinión pública como “buena” no podía ser capitalizada como propaganda, al nivel de los policías cantando y bailando para amenizar la cuarentena en algún vecindario o repartiendo bolsas con pan. Por esa razón, en la disputa por el significado del evento el contradiscurso fue necesariamente ambiguo y políticamente correcto. Quien mejor lo sintetizó fue el brigadier general Manuel Vásquez, comandante de la Policía Metropolitana de Cali:

“Los policías de Colombia en el cumplimiento del deber nunca perdemos nuestra condición humana; sin embargo, frente a orden legítima expedida por la autoridad judicial o administrativa correspondiente no tenemos sino un solo camino, el de garantizar el cumplimiento. Ni el policía, como ningún servidor público, podrá incurrir en una omisión o extralimitación en el cumplimiento de su deber”.

En uno de los lados de la balanza imaginaria se ubicó la “humanidad” o “condición humana” del Patrullero y en el otro, mucho más pesado por supuesto, el cumplimiento del “deber” y la ley. Este concepto fue repetido, casi con las mismas palabras por el presidente Iván Duque, el alcalde de Cali, Jorge Iván Ospina, y numerosos “formadores de opinión”.

La cuestión del “deber”, y con él del profesionalismo, se redujo de esa manera a un problema legal. El exdirector de la Policía, general Luis Ernesto Gilibert sancionó al respecto: “El policía está para cumplir órdenes. Se obliga a cumplir la ley y hacer cumplir la ley”.

Al patrullero Zúñiga se le abrió un proceso disciplinario que en rigor no podrá avanzar, pues estaba obedeciendo la Constitución y por tanto cumpliendo su deber, máxime en el momento de emergencia debido a la pandemia, e igualmente hacía objeción de conciencia, que al ser individual no tendría por qué afectar el operativo.

La ley y la ideología

Pero las minucias legales que en contra del patrullero se esgrimen lo que envuelven, en últimas, es una concepción ideológica sobre el deber y el profesionalismo en la Policía. De esa manera, el discurso oficial sobre el suceso reproduce las limitaciones tanto del concepto del deber como de profesionalismo en que se asienta hoy la labor represiva de esta institución. Se trata de dos concepciones totalmente anacrónicas, sobre todo si se piensa en que formal y oficialmente la sociedad colombiana se encuentra en un período de “postconflicto” y en medio de un proceso de construcción de paz.

En efecto, el deber y el profesionalismo esgrimidos para argumentar que las órdenes solo se pueden cumplir, perviven en la Policía únicamente porque los intentos de reformar la estructura militar hoy prácticamente caduca, que le confirió el gobierno de Rojas Pinilla (1953) a fin de despolitizarla, han sido infructuosos. La reforma realizada en esta materia en 1993 (Ley 62) fue prácticamente cosmética.

Por un lado, redujo el concepto de “profesionalismo” a la exigencia de un grado mínimo de preparación académica formal, el bachillerato, para ingresar a la carrera policial. La mística y la vocación de servicio insertas en el concepto de “deber”, reducida a un artilugio jurídico entre los críticos del patrullero Zúñiga, se reemplazó desde el principio por un requisito burocrático, que ni siquiera es suficiente para garantizarlas.

Por otro lado, mantuvo la estructura jerárquica calcada del ejército y, por consiguiente, unas relaciones de mando-obediencia totalmente verticales. La reforma no unificó la estructura de la Policía, de tal manera que permitiera el ascenso de todos los efectivos en los mismos rangos en función de su antigüedad, desempeño o preparación, sino que se limitó a reemplazar el antiguo rango de “suboficiales” por un “nivel ejecutivo”, manteniendo como un rango aparte y superior a los oficiales.

En esta estructura, mientras la oficialidad una vez culmina su proceso de formación accede a un título profesional, análogo al de las profesiones liberales, el nivel ejecutivo no. En el fondo, se reproduce una concepción en donde los rangos inferiores de este último nivel se conciben como operarios o instrumentales, casi como herramientas, antes que como agentes capaces de enfrentar decisiones complejas, reflexionar y decidir. Estas son tareas que, al menos teóricamente, se mantienen en el rango de oficiales.

Otra noción del deber y del profesionalismo

De ahí que se asuma que el cumplimiento de las órdenes es irreflexivo, y más si de un agente del “nivel ejecutivo” se trata. Este supuesto es totalmente contrario a una noción más amplia de profesionalismo, que tenga en cuenta las particularidades de la función de un efectivo de la policía y sus enormes diferencias con las tareas que un soldado está llamado a desempeñar.

La interacción permanente con la ciudadanía y la comunidad le imponen al policía la necesidad de deliberar, ponderar, reflexionar, e incluso negociar, antes de tomar decisiones y actuar, y por supuesto mucho antes de emplear la fuerza, que debe ser siempre recurso de última instancia. Es ese conjunto de tareas las que le permiten al policía entender el entramado de los problemas que está llamado a resolver. Pero además le proporcionan un acercamiento a la gente, que no solo dota de legitimidad su acción sino que fundamentalmente posibilita el reconocimiento de sus interlocutores como ciudadanos, sin ningún tipo de distinción.

Por consiguiente, el cumplimiento ciego de una orden no solo puede afectar negativamente el profesionalismo sino que también puede ser contrario al deber, incluso reducido a la subordinación de la acción del policía a la Constitución y la ley. De hecho, una consecuencia de esa concepción es el creciente distanciamiento entre los policías y los ciudadanos. En particular en tareas de choque, como la contención de la protesta, las personas que en ella participan tienden a ser vistos como “enemigos”, más que como ciudadanos ejerciendo derechos, en lo que constituye un legado nocivo de las doctrinas contrainsurgentes.

Desde esta perspectiva, el patrullero Zúñiga, lejos de faltar al deber y al profesionalismo, nos permite apreciar una concepción alternativa y contrahegemónica de los mismos, pues se tomó el trabajo de reflexionar, ponderar y reconocer a las personas objeto del desalojo.

Explícitamente ponderó la orden judicial en relación con sus deberes en el marco de la Constitución y el respeto de los derechos humanos, pero también teniendo en cuenta el contexto particular de emergencia por la pandemia y la prohibición de los desalojos. Así declaró en una entrevista: “[…] Yo soy policía, pero si yo veo que las cosas están mal, cuando me dan una orden, yo evalúo si la orden es para bien o es para mal. Si la orden es para mal, entonces yo tengo que tomar una decisión: si camino ciego o abro los ojos [...] Las cosas que yo hice las hice como me manda la Constitución política”.

En ningún momento puso en riesgo la seguridad personal de sus compañeros policías, ni de los funcionarios o la comunidad, puesto que lo primero que hizo fue despojarse de su arma de dotación. Pero sobre todo, fue capaz de reconocer en la comunidad objeto del desalojo, quienes han infringido la ley, ciudadanos en toda la extensión del concepto, es decir, personas con las cuales también tiene la obligación de resguardarles sus derechos. En la entrevista con la revista Semana dice: “defendí los derechos de unos ciudadanos que no tenían a nadie que los apoyara, absolutamente, doctora, no tenían a nadie que los apoyara. Estaban desamparados, totalmente desamparados”.

¿Más policías como el patrullero Zúñiga o menos policía?

El caso de este patrullero ha significado una oportunidad para cuestionar ciertas prácticas y discursos dominantes sobre la Policía, como el heroísmo y los conceptos de deber y profesionalismo. Sin embargo, los cuestionamientos concretos han sido bastante limitados. Se han concentrado en la persona del Patrullero, resaltando su valor al oponerse a cumplir una orden injusta, pero no se ha transitado al cuestionamiento de la orden misma, esto es, de la función ultra-represiva que ha terminado por adoptar la Policía, ni a la injustica que implica el desalojo.

La discusión no fue más allá de reivindicar “más policías como el patrullero Zúñiga”, ubicando así los problemas que el suceso desnudó, la injusticia del desalojo y las funciones represivas de la institución policial, en el plano de las personas, de la ética y de la moral, más que en el terreno de las estructuras, las instituciones y la política. Por ejemplo, no se planteó la necesidad de menos policía y menos represión o de otro tipo de policía, de procedimientos policiales.

En suma, si por un lado el caso evidencia un hartazgo con una sociedad altamente represiva y una policía militarizada encargada de ejercer esa represión, por otro lado permite observar las dificultades que se tienen a la hora de cuestionar radicalmente el estado de cosas.

 

 

 

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Publicado enColombia
Con Biden, el Pentágono intensifica la disputa por el mar de China

El último documento conocido del Pentágono, establece que China es la única amenaza estratégica para su dominación y que Rusia es un peligro militar. El texto fue divulgado el 18 de diciembre y firmado por los jefes de la Marina, del Cuerpo de Marines y de la Guardia Costera.

 

El breve documento, apenas 36 páginas, titulado Ventaja en el Mar, dice que siendo EEUU una "nación marítima", "nuestra seguridad y prosperidad dependen de los mares". El punto de partida del análisis consiste en señalar que el mundo llegó a un punto de inflexión: "Nuestras acciones en esta década darán forma al equilibrio de poder marítimo durante el resto de este siglo".

El documento señala que desde principios del siglo XXI, la Marina osberva "con alarma, el creciente poder naval de la República Popular China y el comportamiento cada vez más agresivo de la Federación Rusa". Y añade que las fuerzas navales de EEUU "interactúan diariamente con buques de guerra y aviones chinos y rusos".

Para el Pentágno, China es el "único rival con potencial económico y militar" que presenta una "amenaza estratégica global de largo plazo a los EEUU". Aunque a Rusia no la considera un adversario naval, destaca que proyectó poder cuando "a comienzos de diciembre movilizó dos de sus cuatro flotas".

Los jefes navales de EEUU coinciden en que el punto más caliente del planeta es el Mar del Sur de China, porque es "la principal ruta de entrada y salida del comercio chino, con puntos de fácil bloqueo naval".

Aunque algunos analistas, como el brasileño Igor Gielow de Folha de Sao Paulo, consideran el documento como "alarmista" y destinado a exigir más recursos económicos a la nueva Administración de Joe Biden, sostiene que "los militares temen las ventajas asimétricas, como que China pueda usar su poderío aéreo contra naves estadounidenses cerca de su territorio".

Una de las mayores amenazas es el destructor de clase Tipo 055 de China, considerado el buque de guerra más capaz de su tipo en el mundo, en una nacion cuyos astilleros lanzan de 8 a 10 destructores de alta gama por año.

En respuesta, el Pentágono apunta que sus fuerzas navales deberían enfocarse en barcos más ligeros y baratos, para encarar  operaciones ligeras, de bajo costo y móviles. Apunta también a "promover riesgos tácticos calculados y adoptar una postura más asertiva" en sus operaciones diarias, para asegurar "una ventaja estratégica a largo plazo sobre ambos rivales".

"Riesgos tácticos" que el analista Gielow considera "una invitación a cometer errores", como ya sucedió en noviembre cuando un destructor de EEUU ingresó en la bahía Pedro el Grande, en la costa rusa del Pacífico, siendo expulsado por otro destructor ruso que amenazó con abrir fuergo.

Incidentes de este tipo van a ser muy comunes en adelante, como ya ha sucedido en 2020 en el mar del Sur de China y en el mar Negro. Todos los datos apuntan a confirmar el aseito de Asia Times, de que "la Administración entrante de Biden apretará los tornillos a China, acercándose más a las duras políticas de la Administración Trump sobre China, que su predecesor Barack Obama".

Mientras tanto, China realizó ejercicios con fuego real en el mar del Sur de China, desplegando helicópteros y misiles antibuque avanzados en ejercicios de simulación de guerra.

Según EEUU, las actividades militares de China en el área, "incluidos ejercicios, entrenamientos, visitas a puertos y operaciones, aumentaron en un 50%, hasta 65 en 2020, de los 44 ejercicios que hubo en 2019".

El analista de Asia Times, Richard Heydarian, recuerda que "Jake Sullivan, elegido por Biden como asesor de seguridad nacional, ha pedido recientemente la intensificación de las operaciones de libertad de navegación contra China en el mar del Sur de China, lo que marca una posible escalada de la política que siguió Trump".

Agrega que Sullivan defiende dedicar más recursos a "mantener junto a nuestros socios, la libertad de navegación en el mar de China Meridional", porque "eso pone el zapato en el otro pie. Entonces China tiene que detenernos, lo que no harán".

Recordemos que la Administración de Trump aumentó la frecuencia de las operaciones de "libertad de navegación" (FONOP), respaldó más de dos mil misiones navales con patrullas aéreas en los primeros seis meses de este año, expandió el financiamiento militar a sus aliados y "tomó la decisión sin precedentes de respaldar efectivamente los reclamos marítimos de los rivales de China en el mar de China Meridional", señala Asia Times.

Por último está el masivo respaldo a Taiwán, autorizando la venta de material militar por cinco mil millones de dólares a la isla.

Sin duda el personal de confianza de la futura Administración Biden quiere intensificar la presión militar y diplomática sobre Pekín, aunque seguramente tendrá un lenguaje menos beligerante.

Por el lado de China, el gobierno ha tomado nota de la probable agravación de la situación. Un editorial del oficialista Global Times, de setiembre pasado, alertaba que "un ataque de EEUU a las islas chinas será respondido con un feroz contraataque".

El editeorial fue la respuesta a una provocación de la revista Air Force, donde los soldados aparecen con parches con el mapa de China, señalada como el próximo objetivo militar, en el marco de operaciones con drones en ejercicios marítimos de ataque. "La última vez que la Fuerza Aérea de EEUU puso a un país en el parche fue durante la Guerra de Vietnam", destaca Global Times.

El diario considera que "Washington está intensificando sus preparativos de guerra contra China, y los drones, que han estado involucrados en asesinatos y otros ataques en todo el mundo, también jugarán un papel".

Además enfatiza que China derribará aviones, tripulados o no, que ataquen sus islas artificales en el mar de Sur de China, atacando además "las plataformas y bases desde las que despegan esos aviones". Amenaza con convertir sus islas en bases militares en pleno funcionamiento. Exactamente lo que viene haciendo en los últimos meses.

Los preparativos militares abarcan todos los frentes, desde el marítimo al terreste. Días atrás la televisión estatal china emitió un reportaje señalando que el Ejército desplegaría dos de sus principales tanques en combate urbano si estallara una guerra contra Taiwán.

Las fuerzas armadas chinas tienen la convicción de que en un posible enfrentamiento con Taiwán, "una batalla callejera sería inevitable", añadiendo que "una guerra final para poner a todo Taiwán bajo control debe ser completada por las fuerzas de tierra y los marines".

Aún antes de que Biden asuma la presidencia, va cobrando forma un futuro inmediato nada promisorio: la tensión internacional no va a decrecer, sino todo lo contrario, con especial riesgo de conflicto armado entre potencias atómicas en las fronteras de Rusia y en el mar del Sur de China.

12:29 GMT 21.12.2020(actualizada a las 14:34 GMT 21.12.2020

Por Raúl Zibechi

Publicado enInternacional
China se burla de la Royal Navy, la exreina de los mares

A principios de 2021 la Royal Navy desplegará por primera vez en décadas un grupo de portaaviones en Asia Pacífico, en el marco de ejercicios conjuntos con EEUU y Japón, como parte del "pivot  hacia Asia" del Pentágono.

 

En forma simultánea, se supo que el novísimo portaviones británico HMS Prince of Wales sufrió una inundación por la explosión de una tubería en el sistema de extinción de incendios, que inundó la sala de máquinas y los armarios eléctricos, de modo que la reparación del daño durará varios meses y "los costes ascenderán a millones".

El buque con un valor de 5.000 millones de dólares, que entró en servicio en diciembre de 2019, tenía que participar en las maniobras conjuntas con EEUU, sin embargo se quedará varado en Portsmouth hasta la primavera por motivos de seguridad.

Se trata apenas del último de una serie de traspiés de la Marina británica que naufraga entre los cada vez mayores costos de sus programas y un presupuesto de Defensa que supera sus posibilidades, al punto que algunas voces proponen "arrendar el Prince of Wales en vez de operarlo".

La inundación en el portaaviones dañó el sistema de propulsión eléctrica de alto voltaje, compuesto por dos alternadores de turbina de gas Rolls Royce Marine y cuatro motores diesel que representan la parte más costosa del barco. En las maniobras que debió suspender, habría cazas de quinta generación F-35B con capacidad de aterrizaje vertical, que se consideraban de vital importancia en el despliegue para contener a China.

El informe de MilitaryWatch destaca que "los peligros del sistema de propulsión eléctrica de alto voltaje harán que el control de daños sea mucho más complicado y potencialmente peligroso". De hecho, en poco menos de un año el HMS Prince of Wales ha sufrido dos inundaciones, la primera en mayo de 2020. Pero el otro portaaviones de la marina británica, el Queen Elizabeth, también sufrió una inundación en julio de 2019.

"Estos problemas representan una tendencia más amplia en la flota de superficie de la Royal Navy, con destructores y buques anfibios que también sufren bajas tasas de disponibilidad y una serie de problemas de rendimiento", informa la publicación.

En efecto, la Royal Navy ya no tiene la capacidad de otros tiempos, como lo demuestra el incidente de julio de 2019 con Irán. El Reino Unido incautó por la fuerza un petrolero iraní en el Estrecho de Gibraltar. Teherán respondió desplegando su Cuerpo de la Guardia Revolucionaria para apoderarse de un petrolero de bandera británica en el Estrecho de Ormuz.

Londres amenazó con una mayor presencia militar en el Golfo Pérsico para presionar a Irán, desde que en 2018 adquirió una nueva base naval en Bahrein, cerca de la costa iraní.

"Sin embargo, el estado actual y las capacidades de la Royal Navy británica dejan mucho que desear, lo que pone en tela de juicio su capacidad para ejercer presión contra Irán", estiman los analistas.

Lo cierto es que la flota de guerra del Reino Unido ha perdido capacidad de despliegue y confiabilidad. Hacia el fin de la Guerra Fría contaba con cuatro portaaviones, 13 destructores y 47 fragatas, mientras hoy tiene un solo portaaviones, seis destructores y 13 fragatas. Pero sus principales naves, como los destructores, están siendo superados por los de China y EEUU.

Un punto débil son los motores Rolls Royce Diesel, que según expertos "se degradan catastróficamente" en climas cálidos como los que se encuentran en el Estrecho de Ormuz o en las aguas del Mar del Sur de China. Lo más grave, empero, es que una pequeña flota de sólo seis destructores, ridícula para quien se pretende potencia naval global, equivale al mismo número de destructores que China agrega a su flota cada año.

El mayor problema es que "los requisitos de mantenimiento de los destructores y la poca confiabilidad significan que solo dos o tres buques de guerra están activos al mismo tiempo". Evidentemente, esto contrasta con la capacidad de China de botar los más modernos buques de guerra.

En efecto, el Dragón está modificando la relación de fuerzas en el Pacífico gracias a los destructores Tipo 055, "los destructores más capaces en servicio en cualquier parte del mundo, que despliegan la suite de armamentos más grande y posiblemente la más sofisticada del mundo".

La situación de la Royal Navy es grave, ya que la vetustez de su flota hace más costosas las reparaciones y el mantenimiento, lo que a su vez agrava la situación económica. En la medida en que la economía de la isla no tiene signos de mejora, atrapada ahora con las consecuencias del Brexit, el austero presupuesto de Defensa llevará a que la flota siga disminuyendo indefinidamente.

El editor de la revista Warships, IainBallantyne, citado por MilitaryWatch, asegura que la flota británica es demasiado antigua: "Los barcos viejos son más costosos y se averían con más frecuencia. Con el ascenso de Rusia y China, la inestabilidad en el Golfo y las demandas de las Malvinas y los otros Territorios Británicos de Ultramar, y con la Armada en la mitad del tamaño respecto a 1991, Gran Bretaña enfrenta una tormenta perfecta".

Ante este panorama, cabe preguntarse las razones por las cuales Londres se empeña en mostrar agresividad hacia China, Rusia e Irán, siguiendo una política de sumisión a los intereses de Washington que no la beneficia. Meses atrás decidió impedir el despliegue de las redes 5G en su territorio, lo que perjudica incluso su desarrollo futuro en la red.

Mientras en el Reino Unido aún hay quienes preconizan el retorno a la diplomacia de las "cañoneras" contra China, éstos no pueden tomar en serio tal arrogancia que desde la páginas de Global Times califica de "racismo neoimperialista".

El diario chino va mucho más lejos y sostiene que "la actual Royal Navy desvencijada tiene repetidos problemas de entrenamiento y equipamiento" y se pregunta si "alguna mente militar racional piensa que esta flota de cubos de óxido puede amenazar militarmente a China". Así es como ven en Asia a la otrora poderosa flota imperial.

Desde Occidente, Military Watch sostiene que "el estado actual de la Royal Navy significa que incluso las perspectivas de ejercer presión militar contra Irán, mediante una mayor presencia en el Golfo, siguen siendo muy dudosas".

Pero desde Asia, las cosas se observan de un modo menos diplomático: "El mundo ha cambiado. Pero no pueden admitirlo y aceptarlo. Occidente todavía se aferra al sueño de dominar el mundo. Es por eso que Occidente está rodando cuesta abajo a enorme velocidad".

14:59 GMT 14.12.2020(actualizada a las 22:05 GMT 14.12.2020)

Publicado enInternacional
Un soldado francés de la operación de seguridad 'Sentinelle' patrulla las calles después de los ataques, París, 19 de noviembre de 2020.Benoit Tessier / Reuters

La ministra de Defensa subrayó que las técnicas "invasivas" para mejorar el rendimiento de los combatientes "no están en la agenda de las Fuerzas Armadas", pero deben ser estudiadas para que Francia no se quede atrás.

El Comité de Ética del Ministerio de Defensa de Francia publicó este martes un informe de 32 páginas con su evaluación del concepto de "soldado potenciado" y una visión general acerca del uso de tecnologías invasivas que podrían mejorar el rendimiento y las capacidades de los combatientes franceses.

Compuesto por 18 representantes civiles y militares con experiencia en el campo operacional, médico, filosófico, histórico y jurídico, el comité dio luz verde para realizar estudios sobre innovaciones científicas y tecnológicas y sus posibles aplicaciones en la defensa para mejorar "las capacidades físicas, cognitivas, perceptivas y psicológicas" de los soldados.

Entre las posibles áreas de investigación se encuentran los implantes que aumentarían la "capacidad cerebral" de los combatientes o liberen sustancias que bloquean el estrés, así como fármacos para mejorar la resistencia mental de los uniformados, en caso de ser capturados por el enemigo, y tratamientos para prevenir el dolor y el cansancio.

La ministra de Defensa de Francia, Florence Parly, subrayó en un comunicado que las técnicas "invasivas" para potenciar a los soldados "no están en la agenda de las Fuerzas Armadas" del país, pero que tampoco deberían cerrar los ojos a lo que podría definir la preparación militar en el futuro a fin de que Francia no se quede atrás, teniendo en cuenta que "no todos tienen los mismos escrúpulos" que el país galo.

"El dictamen emitido por el Comité de Ética nos ayuda a hacerlo: buscando los medios para mantener nuestra superioridad operativa, sin negar nuestros valores y respetando nuestros compromisos internacionales", indicó Parly, para luego agregar que la decisión "se revisará periódicamente a la luz de los desarrollos futuros".

  • Las palabras de la ministra de Defensa francesa se produjeron días después de que, en un artículo para The Wall Street Journal, el director de Inteligencia Nacional de EE.UU., John Ratcliffe, acusara a China de hacer experimentos con sus soldados en la esperanza de que algún día desarrollen "capacidades biológicamente mejoradas". "No existen fronteras éticas para Pekín en su búsqueda del poder", escribió Ratcliffe.
  • El Ministerio de Exteriores de China negó estas afirmaciones y sostuvo que EE.UU. debería "dejar de producir y difundir virus políticos y mentiras".
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