Viernes, 29 Noviembre 2019 06:03

Botín de guerra y excusa

Botín de guerra y excusa

Es innegable que durante los 14 años del gobierno de Evo Morales ha habido una notable reducción de la pobreza a través de políticas públicas de redistribución de la riqueza. Asimismo, no se puede negar que, aunque sea de manera limitada y muchas veces simbólica, el Estado hizo un esfuerzo histórico por reconocer a la mayoría aymara, quechua y guaraní del país, transformándose en un Estado plurinacional. Pero la pregunta es: ¿sobre qué modelo económico se sustentan estas políticas redistributivas y antirracistas?

La respuesta a esta pregunta y la mejor guía para entender la situación se encuentran en las potentes intervenciones del movimiento feminista boliviano. Uno de estos grupos es Mujeres Creando. En 2017 este colectivo feminista aceptó una invitación de la bienal de arte de Bolivia para pintar un mural, siempre que pudiera llevarse a cabo en la fachada del Museo Nacional de Arte. En el centro de este “altar profano” aparecía el escudo de Bolivia con el Cerro Rico de Potosí clavado sobre la espalda de un hombre arrodillado en posición de sumisión. El pene del hombre estaba amarrado con una cadena a una pesa de oro. A los lados podía leerse: “Ni la tierra ni las mujeres somos territorio de conquista” y “No hay nada más parecido a una machista de derechas que un machista de izquierdas”.

Las feministas ponían así el dedo en la llaga –el mural duró menos de 24 horas sin ser profanado– mostrando que las políticas extractivistas del Estado no se asentaban sobre una lógica de género neutral, sino sobre una solidaridad interna entre el colonialismo y el patriarcado que transforma los cuerpos de las mujeres y la tierra en mercancía y botín de guerra. En efecto, el gobierno de Morales no sólo no modificó la lógica colonial extractiva del país, sino que amplió el extractivismo al otorgar más licencias mineras, intensificar la explotación del litio, ampliar la frontera de los agronegocios y pactar con la oligarquía que ahora lo echa del poder.

La lógica extractivista-patriarcal llega a su paroxismo con el conflicto del Territorio Indígena del Parque Nacional Isiboro Sécure (Tipnis), en 2010 y 2011. El gobierno del Mas pretendía construir una carretera que cortaría a la mitad este territorio guaraní en pleno corazón de la Amazonia para facilitar la extracción de hidrocarburos en el centro del parque y la extensión de los agronegocios. La oposición de los habitantes del territorio fue duramente reprimida por el gobierno de Morales. Una de las personas que acompañaban la marcha en defensa del Tipnis era Esther Argollo, una de las autoras del mural de Mujeres Creando. En 2017 tuve la oportunidad de entrevistarla y me describió, todavía conmocionada, la brutal represión de la policía de Morales en el pueblo de Chaparina: “Nos invadieron el campamento, nos cercaron, lanzaron gases, sacaron a los indígenas del lugar donde estábamos a patadas, a golpes, les amarraron, les taparon las bocas, tuve que correr con un niño al monte, porque… Era una señora, de las indígenas que estábamos en el campamento, era un domingo… La señora estaba con dos niños, uno se lo dio a uno de los indígenas y corrió al monte y el otro me lo dio a mí”.

UN PROYECTO NACIONALISTA EXTRACTIVISTA. 

El relato de la izquierda –golpe de Estado, Cia, Evo víctima, oligarquía racista, retorno de la Biblia al Palacio– se sutura definitivamente con la aparición del litio como botín de guerra. Bolivia cuenta con grandes reservas de litio en los salares de Uyuni y Coipasa y, en ese sentido, es totalmente plausible que la oligarquía blanca del país, en connivencia con algunas potencias extranjeras (Estados Unidos, pero también China, Rusia o Alemania), esté afilándose los colmillos para subastarse el litio.

Tras la llegada al poder de Evo Morales en 2008, los yacimientos de litio pasaron a ser una concesión de la Comisión Minera Boliviana, y se creó la Dirección Nacional de Recursos Evaporíticos, a cargo de Luis Alberto Echazú. El modo en que se realiza la transferencia de los terrenos ya es sospechoso. Tras haber recorrido todas las comunidades que se ubican alrededor del salar de Uyuni, puedo asegurar que en ninguna de ellas hubo consulta previa, libre e informada, como exige el artículo 169 de la Oit para autorizar la explotación de litio en territorio indígena. En lugar de eso, se recurrió al apoyo de una organización masista, la Federación Regional Única de Trabajadores Campesinos del Altiplano Sur (Frutcas). Pero este subterfugio legal no significa que todos los ayllus del salar estén de acuerdo con la explotación del litio. Hay comunidades como Llica que están en desacuerdo, y otras que lo aceptaron porque no veían otra opción.

Pero el asunto central es que se trataba nuevamente de un proyecto nacionalista extractivista. Los ingenieros de la planta de Llipi Llipi me explicaron en 2016 que se iba a tratar de un proyecto completamente boliviano, ejecutado con capital boliviano, recursos humanos bolivianos y cuyos beneficios recaerían en el pueblo boliviano. Cuando les preguntaba sobre los potenciales impactos ambientales que iba a provocar la extracción, no solamente por el gasto de agua sino por los residuos que iba a generar la inyección de grandes dosis de cal en el salar para separar el magnesio del litio, respondían de nuevo con el imaginario nacionalista en el que el “oro blanco” prometía sacar, una vez más, al pueblo boliviano de la miseria.

La versión de algunos líderes de Frutcas era todavía más siniestra, pues cuando pregunté a Humberto Ticona, uno de sus líderes, si no veía contradicción entre los artículos de la Constitución en defensa de la Pachamama y la extracción del litio, me respondió: “Claro, por ejemplo, ¿el litio de dónde viene? De las entrañas de la tierra. La Pachamama nos está dando una alternativa a sus hijos para poder sobrevivir”.

El último episodio de la saga se remonta a abril de 2018, momento en el que el gobierno de Evo Morales firma una acuerdo con la empresa alemana Aci Systems Gmbh para su explotación en régimen mixto con el Estado. El acuerdo ha sido finalmente revocado por las presiones de las comunidades circundantes al salar y de miembros del Comité Cívico Potosino. La negativa de las comunidades se debe, en parte, a su deseo de participar más activamente en los beneficios de la explotación, pero también a que, como me fue manifestado en múltiples entrevistas con miembros del pueblo Llica, las comunidades indígenas piensan que el salar es un ser vivo sagrado.

El gobierno de Evo Morales, con toda su retórica pachamámica, jamás se ha planteado escuchar a estas comunidades o repensar la explotación del litio para preservar un espacio sagrado y de alta biodiversidad, ni antes ni ahora; lo que estaba en juego era simplemente el modelo de explotación y la distribución de los beneficios. La izquierda internacional, que tanto se preocupa, y con razón, por la situación en Bolivia, debería escuchar a esta gente y a todos los colectivos de la sociedad civil que no están afiliados con ninguno de los caudillos en pugna, como por ejemplo, Colectivo Curva, Colectivo Ch’ixi, Comunidad Pukara, Nación Qhara Qhara, Nación Yampara, Parlamento de Mujeres, Red Unitas y Trabajadores Originarios Quechuas de la Provincia Oropeza.

Luis Martín-Cabrera. director del Programa de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de California en San Diego.

29 noviembre, 2019

 Tomado de La Marea mediante una licencia de Creative Commons. Brecha reproduce fragmentos.

Publicado enInternacional
El mapamundi se pobló de ultraderechistas

Steve Bannon, ex consejero de Trump, se trasladó a Bruselas, donde fundó “El Movimiento” con la meta de federar a todos los partidos nacionalistas y de extrema derecha y tomar por asalto el Parlamento Europeo en las elecciones de mayo.

 

Los populistas de extrema derecha han dejado de ser un área restringida de espectadores nostálgicos para convertirse en una cruzada mundial. Fascistas, neonazis, xenófobos, integristas religiosos, soberanistas, regionalistas, autoritarios o movimientos post ideológicos como el italiano 5 estrellas conforman una nueva cartografía planetaria de la oferta política. El éxito electoral los ha acompañado de forma ascendente desde que, a partir de mediados de los años 80, la extrema derecha francesa del Frente Nacional (hoy Reagrupamiento Nacional) rompió los márgenes donde vivía con apenas 2% de los votos. Dos elecciones presidenciales disputadas en Francia con su candidato en la segunda vuelta (2002, Jean Marie Le Pen, 2007, Marine Le Pen), primer partido de Francia en las elecciones europeas de 2014, victoria presidencial en los Estados Unidos, columna vertebral de la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea (Brexit), triunfo en Hungría con Victor Orban, Rodrigo Duterte en Filipinas, en Italia con Matteo Salvini, en Polonia con Jaroslaw Kaczynski, en Austria con Sebastian Kurtz y Heinz-Christian Stracheun, el recién llegado en Espana, Vox, y en Brasil con Jair Bolsonaro, el mapa mundial se fue llenando de extremistas exitosos.


La tierra de conquista más vulnerable sigue siendo Europa. Es a partir del Viejo Continente donde los populistas grises están construyendo lo que ellos mismos denominan “una internacional populista”. Steve Bannon, el ex consejero de Donald Trump, se trasladó a Bruselas, donde fundó “El Movimiento” con la meta de federar a todos los partidos nacionalistas y de extrema derecha y tomar por asalto el Parlamento Europeo en las elecciones europeas de mayo próximo. Para él, Europa “es el centro del levantamiento populista y nacionalista” que conducirá a estos movimientos “a ganar y a gobernar”, dijo Bannon en agosto del año pasado cuando llegó a Bruselas.


En la capital belga, Steve Bannon instaló su cuartel general en una lujosa residencia de 1.200 metros cuadrados con parque y piscina. Su propietario es Mischaël Modrikamen, un empresario, abogado y líder del partido político liberal-conservador de extrema derecha Partido Popular (6% de intenciones de voto). El proyecto de la internacional populista tiene una extensión en Italia a través del monasterio medieval de Trisulti donde, con el respaldo de otros dos personaje, Benjamin Harnwell y el cardenal conservador Raymond Leo Burke, Bannon aspira a abrir allí una academia, es decir, una escuela de capacitación de populistas y nacionalistas. Benjamin Harnwell es el fundador del think tank Dignitatis Humanae Institute (Instituto para la Dignidad Humana) mientras que el cardenal Burke es un acérrimo opositor al Papa Francisco. Según detalló Harnwell al diario La Stampa, “se trata de un proyecto que apunta a la promoción de la civilización occidental y sus fundamentos judeo-cristianos, en base al pensamiento nacionalista populista que ha desarrollado Bannon”. El grupo no ha conseguido todavía su principal objetivo: la formación de un cuerpo nacionalista dentro del Parlamento Europeo. La primera reunión del “club de líderes populistas” creado por Bannon y Modrikamen aún no se llevó a cabo. Aplazado dos veces, el congreso está previsto para finales de enero de este año. Los grandes partidos de la ultraderecha Europea han, hasta ahora, más bien rehusado acercarse al Movimiento. Lo miran a la vez con interés y recelo. Marine Le Pen aclaró que “la salvación” de Europa la harían los europeos y no un norteamericano. Los creadores de El Movimiento reconocen “contactos y diálogos”, pero la formalización de una estructura con todos ellos adentro no se plasma. Algunos analistas piensan que esa internacional terminará por existir, pero fuera de la influencia de Steve Bannon. Los encuentros entre líderes europeos de misma tendencia son frecuentes. Salvini fue a ver a Kaczynski, Victor Orban mantiene relaciones muy cercanas con el mismo Kaczynski. Falta, aún, el elemento que los lleve a todos a una convergencia más allá de la retórica. El pasado dos de enero, cuando asumió su cargo, el nuevo Ministro brasileño de Relaciones Exteriores, Ernesto Araújo, hizo pública su admiración por “la nueva Italia, Polonia y Hungría”. De hecho, aunque circulan en el mismo carril, las divergencias en el seno de este grupo político son tan profundas como caricaturescas.


Todos llegaron al poder o al Parlamento con la misma narrativa: la oposición del pueblo contra las elites, sean políticas o económicas. Esa es una de las características de las extremas derechas resucitadas. La otra le definió con pertinencia el profesor de filosofía y politólogo Yves Charlees Zarka: “lo que caracteriza al populismo de hoy es que éste se desarrolla en las sociedades democráticas cuyas poblaciones están dotadas de un alto nivel de educación”.


Los populismos contemporáneos engloban un enjambre de ideologías renacidas, o una combinación de varios ingredientes del pasado y de la modernidad. 11 son hoy los dirigentes que podrían entrar en esa “internacional populista”:Victor Orban (Hungría), Matteo Salvini (Italia), Luigi Di Maio (Italia), Jaroslaw Kaczynski (Polonia) Sebastian Kurtz y Heinz-Christian Stracheun (Austria), Andres Babis (República Checa), Rodrigo Duterte (Filipinas), Recep Tayyip Erdogan (Turquía), Jair Bolsonaro (Brasil), Donald Trump (Estados Unidos). A ellos hay que agregarle las formaciones que van poco a poco arañando escalones en el poder político como ocurre con las extremas derechas de Alemania, Holanda y Vox en España.


Para todos, más que la elección de Trump, el punto de quiebre tiene dos episodios: la elecciones europeas de 2014 y el referéndum a favor de la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea. Esa es nuestra “piedra fundacional”, recuerda Mischaël Modrikamen. Europa ha sido para la ultraderecha globalizante un ejemplo permanente. Steve Bannon recordó cómo el molde Europeo le dio las armas para llevar a Trump a la presidencia: “Europa me resulta fascinante. Los europeos tienen muchas cosas para enseñar a los norteamericanos. Europa nos lleva dos años de adelanto. Cuando vine a observar el levantamiento de los partidos populistas en las elecciones europeas de 2014 aprendí muchas cosas”. En sus desplazamientos por las capitales europeas, Steve Bannon se mueve con el aura de un evangelista del populismo. Habla como un iluminado y aunque no haya aún realizado su sueño de unir a todas las ultraderechas, Europa parece ser clave en sus estrategias políticas norteamericanas. No es Donald Trump y su mezquindad narcisista radical las que constituyen el zócalo de una internacional populista. Trump sólo es “america first”. El portavoz viajero de la globalización de la ultraderecha es Steve Bannon. “Es como un Che Guevara de la extrema derecha que está buscando su Bolivia”, dice anónimamente un eurodiputado del ala nacionalista. Bannon preside el cenáculo de lo que el pensador italiano Antonio Gramsci llamó “los monstruos”. Estos han venido a perturbar la confrontación izquierda-derecha vigente desde principios del Siglo XX. Una de las frases más citadas por los analistas occidentales pertenece a Gramsci. Pareciera que la hubiese escrito hoy: “el viejo mundo se muere, el nuevo mundo tarda en aparecer y en ese claro-obscuro surgen los monstruos”. Por el momento, andan separados.


Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Publicado enInternacional