Hombres y mujeres partidarios de la interrupción voluntaria del embarazo esperaron durante horas fuera del Congreso argentino.Foto Afp

Avanza el aborto legal en Argentina con el aval de diputados; falta votación del Senado

Forenses piden cooperación para identificar a 600 víctimas de la dictadura

 

Buenos Aires., Después de un debate de 20 horas, la Cámara de Diputados aprobó con 131 votos a favor, 117 en contra y seis abstenciones el proyecto de ley que autoriza la interrupción voluntaria del embarazo, es decir, la legalización del aborto en forma segura y gratuita, lo que hizo estallar en gritos y cánticos a la multitud que rodeaba como una marea verde el Congreso de la nación y que se mantuvo en una larga vigilia esperando este momento histórico.

Los pañuelos verdes levantados por la multitud, que se extendía por calles aledañas, dieron un extraño marco a esta celebración, con la esperanza de que finalmente la propuesta sea aprobada en el Senado en los próximos días para que se convierta definitivamente en ley.

Años llevó esta lucha, protagonizada por un fuerte movimiento feminista, que como modelo de nuevos tiempos tuvo el acompañamiento masivo de hombres. Entre los 164 oradores que se escucharon hubo discursos para no olvidar, y también los rastros de una negativa mediocre que va perdiendo fuerzas en el país.

No fue el único derecho recuperado ayer por las mujeres en lucha. La Cámara de Diputados también aprobó el proyecto del denominado Plan de los Mil Días, que sanciona la protección integral a las embarazadas y los niños hasta los primeros tres años de vida.

Esta iniciativa se aprobó por 196 votos a favor, ninguno en contra y cinco abstenciones del bloque de la derechista Propuesta Republicana (PRO), que encabeza la coalición de Juntos por el Cambio.

El proyecto de ley amplía los derechos de la madre y el niño, y dispone priorizar recursos destinados a lograr la máxima protección no sólo durante el embarazo, sino hasta tres años después. Las mujeres en condiciones de vulnerabilidad tendrán todo el apoyo del Estado para llevar adelante la maternidad y dar continuidad a esta protección. Algo que, si bien ya existe, servirá para unificar y ampliar las políticas públicas del gobierno.

El Plan de los Mil Días se debatió después de la aprobación del proyecto para legalizar el aborto. Señala nuevas asignaciones: una para cuidado de salud integral; una universal por hijo una vez al año para ayudar al cuidado de cada niño menor de tres años, y amplía la universal por embarazo, que aumentará de seis a nueve mensualidades para abarcar la totalidad de la gestación. Además, existen en el texto importantes asignaciones que amplían el pago por nacimiento y por adopción a las personas beneficiarias de la AUH, que hasta ahora están excluidas de este y otros beneficios.

Derechos humanos

En tanto, el Equipo Argentino de Antropología Forense recibió más de 70 llamados de varios lugares del país en respuesta a su convocatoria a fin de que familiares de desaparecidos aporten una muestra de sangre necesaria para identificar a 600 cuerpos hallados en fosas comunes e individuales de cementerios de la provincia de Buenos Aires, asesinados y enterrados en estos lugares durante la última dictadura cívico -militar.

Los cuerpos esqueletizados en todos los casos presentan lesiones traumáticas que corresponderían a golpes y torturas, y no han podido ser identificados por no tener el perfil genético de familiares para contrastarlos. Muchas familias, sobre todo del interior del país, no se habían presentado por estar aún aterrorizadas, sobre todo en poblaciones pequeñas, donde el temor aumenta.

Se espera la respuesta de más parientes, al extenderse la campaña, como ha sucedido en situaciones anteriores, mientras aún se buscan lugares de enterramientos utilizados por la dictadura, e incluso se está revisando en algunos lugares del delta del Paraná.

Por otra parte, el Servicio de Paz y Justicia, que preside el premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel, entregó anoche un reconocimiento especial a las Brigadas Médicas Henry Reeves, de Cuba, por considerar su actividad como uno de los grandes aportes humanitarios en todo el mundo y ejemplo de dignidad de un país víctima del "crimen de lesa humanidad" que significa el bloqueo impuesto por Estados Unidos, que en estos momentos impide la llegada de medicamentos y equipos y profundiza esas medidas que violan los derechos humanos y las leyes internacionales.

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Literatura y feminismo: una nueva cartografía latinoamericana

La intimidad y lo político en la «literatura escrita por mujeres» propone hacer visibles las zonas íntimas de algo compartido: las desigualdades y las violencias que atraviesan al género. Una breve cartografía sirve para mostrar una literatura que está lejos de ser nueva, pero que vive una renovación que acompaña cambios sustanciales en la sociedad.

 

La escritura no es ausencia sino puro significado: sentidos difíciles de vaciar. Hay algo de «poner el cuerpo» en la escritura. La experiencia de la palabra atraviesa esos cuerpos, el «poder decir» en la intimidad. En el principio es el silencio, aquello que no puede comunicarse. Después, es ese silencio el que se hace voz y se materializa, haciendo de lo íntimo algo público. Toda escritura está, a su vez, relacionada directamente a la lectura. En ese acto de leer también interviene el cuerpo: es el que se inquieta, el que se manifiesta, el que se constituye como un campo de batalla.

La escritura literaria tiene, entonces, una voz y un cuerpo. Pero además tiene género e ideología. En 1936, la escritora y ensayista argentina Victoria Ocampo pronunció la conferencia radiofónica «La mujer y su expresión». Se trataba de un discurso que se constituía como un llamado a las mujeres a expresarse, a hablar por sí mismas dejando atrás las «migajas de los monólogos de los hombres». En su alocución, Ocampo dice que en la escritura hay un dominio por conquistar. Y asegura que, cuando esto suceda –si es que se consigue–, la literatura mundial se enriquecerá. La escritura y lectura del discurso de Ocampo se inserta en una tradición literaria de lo que se denomina (todavía) «literatura escrita por mujeres». Desde la ficción y los distintos géneros literarios, las escritoras se ocuparon de referirse a diferentes temas íntimos y volverlos políticos.

En el prólogo a la antología de cuentos Esas malditas mujeres (1998), Angélica Gorodischer afirma que quien sabe escribir puede hacerlo desde la conciencia de uno u otro género y «que las mujeres pensantes estamos aprendiendo (no es fácil, señora, créame) a escribir con conciencia de género». ¿A qué se refiere Gorodischer con «conciencia de género»? La respuesta es contundente: a que la escritura de mujeres fue mudándose a temas que rompieron con un esquematismo e hicieron de lo íntimo una narrativa de algo compartido. Así la «literatura escrita por mujeres» fue creando imágenes que cuestionaban ciertos modos de escritura y roles establecidos, que rompían modelos, y expandieron tópicos que, según el contexto, resultaron o resultan impensables.

Las autoras latinoamericanas jugaron un rol central en la dotación de significado a esa ausencia, en la superación de «lo incomunicable» por medio de la voz y la escritura, por medio de un cuerpo. «Poner el cuerpo» significa, aquí, pensar políticamente el campo literario, trastocando las representaciones creadas e instaladas sobre la imagen y el rol de la mujer en la literatura. Las autoras no solamente problematizaron el haber sido escritas desde el patriarcado, sino que, al mismo tiempo, se esforzaron por romper con los modelos «femeninos» que, por estar insertas en esa hegemonía, ellas mismas habían contribuido a crear. Ver sus propias contradicciones y cuestionarlas fue uno de sus principales objetivos literarios.

En la actualidad, la «literatura escrita por mujeres» ha aparecido con toda su potencia. No es casual que esto se produzca en paralelo al reverdecer de las luchas feministas y a la crítica de las violencias que el colectivo de mujeres proclama. Sin embargo, esta «literatura escrita por mujeres» no siempre es bienvenida. En los medios y las redes sociales, aparece casi siempre seguida de una palabra: «moda». A través de ella se pretende banalizar lo que no es, ni más ni menos, que un producto histórico determinado por luchas sociales y políticas.

Las narrativas desarrolladas por mujeres, hace buen tiempo, se han abierto paso mostrando diversas formas de intimidad. Desde la ficción, comenzó a desobedecerse el registro imperante. Se produjo una huida de la «zona de confort» y comenzó a hablarse de la familia y del ámbito doméstico, pero también del erotismo y de la maternidad, de la sexualidad y los femicidios, de la perspectiva política de las mujeres. Frente a temas y escrituras de este tipo, era lógico que naciera la controversia.

Cristina Peri Rossi, Mónica Ojeda, Cecilia Vicuña, Mary Grueso, Reina Roffé, Marosa Di Giorgio, Libertad Demitrópulos, Naty Menstrual, Pilar Quintana, Camila Sosa Villada son solo algunas de las voces que, desde hace años, forman parte de esa renovación de la literatura. Las temáticas se vincularon con una época, con un contexto y la necesidad de reflexionar sobre la intimidad y qué cuestiones de esa intimidad reproducen las desigualdades. El contexto de encierro y pandemia actual hace pensar en un tema de la literatura «escrita por mujeres» que se viene manifestando desde la ficción: el de la casa o el hogar como un lugar «no seguro». ¿Cómo trataron las escritoras la cuestión de lo doméstico y las violencias?

El ángel de la casa

Históricamente, la hegemonía cultural del patriarcado construyó a la mujer en torno a la figura del «ángel de la casa». Se trató de un modelo nacido en las clases medias, pero que se constituyó como parte de un imaginario social más amplio. Este modelo de mujer vinculado a lo doméstico se vio (y aún se ve) en una serie de mensajes, discursos e imágenes que, con su habitual proliferación, sostienen una posición «educativa» que fija a la mujer en un espacio determinado de la sociedad. Recluida al hogar y a la familia, la mujer podía aprender a estar con el marido y criar a los hijos y también puede preparar la cena, adecuar sus modos de vestir y pensamientos al estereotipo de la «mujer doméstica». Esta posición se hizo visible, durante la primera mitad del siglo XX, a través de los magazines, los manuales de conducta, los discursos periodísticos y las llamadas revistas «para ellas». En la actualidad, ese papel lo ocupan algunas redes sociales específicas, entre las cuales Instagram es la privilegiada. Una red social «amigable» para todo tipo de discurso -desde el feminista hasta el conservador-, pero en la que prevalece el discurso con «espíritu familiar y ameno». Así, en el contexto de pandemia, pueden verse famosas que sonríen mientras le pasan lavandina al piso con sus hijas e hijos. Es el modelo del «ama de casa feliz» que atraviesa a todas las clases y edades y que se sostiene como el complementario al arquetipo masculino y viril. El espacio de la casa opera como el instrumento del ideal social que construye la subjetividad femenina, que relega los cuerpos y la sexualidad recluyéndolos en la casa.

Sin embargo, al mismo tiempo, han aparecido espacios de resistencia que escapan al modelo que pretende «enseñar a la mujer a ser mujer». En el caso de los periódicos, por ejemplo, en la década de 1920 Alfonsina Storni subvirtió y reclamó repartir las tareas y los cuidados a través de sus artículos en La voz de la mujer. Julieta Lanteri y Elvira Rawson también reaccionaron contra los modelos establecidos de género por aquellos años (aunque no era tema central del reclamo feminista más preocupado por la igualdad de derechos políticos).

Es recién en la década de 1960 cuando el feminismo se centra en la cuestión de la subjetividad y los reclamos del reconocimiento del trabajo doméstico. En ese contexto, diversas voces dentro del feminismo asumen la idea de que el de «ama de casa» es el estereotipo que hegemoniza el modo de ser mujer y que, además, supone otros roles: el de esposa y madre. La teórica Betty Friedan es una de las pioneras en realizar esa afirmación que ha influido claramente en el pensamiento latinoamericano. Así, en los diversos países de la región, comienzan a aparecer quienes sostienen una perspectiva alternativa. María Elena Oddone, líder feminista argentina, escribe en la revista Persona en 1974: «El trabajo doméstico se compone de una serie de tareas (…) La producción, cuidado y educación de los hijos. La atención de las necesidades materiales, espirituales y sexuales del marido. La preparación de las comidas. El lavado de ropa y los objetos. La limpieza de la casa. Compras».

Acompañando las luchas políticas y las batallas teóricas del momento, la literatura comienza, entonces, a centrarse en el cuestionamiento de la figura del «ángel del hogar». Las tareas domésticas, la maternidad, el álbum de familia feliz empiezan a quebrarse a partir de voces que ponen en juego otras miradas. Desde 1970 a esta parte, las voces de Tununa Mercado, Angélica Gorodischer, Liliana Heker, Ana Lydia Vega, Lola Copacabana, Lina Meruane y Ariana Harwicz, entre otras, se constituyen como pilares para esa crítica en la literatura. Pero la operación es doble. Porque al mismo tiempo que realizan una crítica del patrón establecido, rompen otro. El que excluye (o las incluye, pero solo si asumen el patrón hegemónico) a las mujeres del mundo editorial. Estas mujeres ingresan en las casas de publicación, fundan revistas, amplían el mapa cultural. Así, aparecen mujeres como Rosario Castellanos que, con su libro Álbum de familia (1971), abre la generación del relato posmoderno mexicano. Los cuentos muestran, desde su «yo» interno, el encierro de la mujer recién casada que cocina para el marido. Uno de sus personajes, Edith, es la «esclava» hasta los domingos que después se conforma con ser una «dama de sociedad».

La ficción no queda desvinculada del el contexto político y social. Las intimidades son escritas, visibilizadas, cuestionadas, y la figura del «ángel del hogar» queda desarticulada. Sin embargo, surge un nuevo problema con otras formas de escritura fuera del campo literario. En su artículo «Feministas aguafiestas», Sara Ahmed afirma que las diferentes escrituras que repensaron la imagen de «el ángel del hogar», como esa forma de manifestar la infelicidad, tuvieron un resultado social contradictorio. Muchas mujeres realizaron una lectura de tipo lineal, según la cual leyendo o cuestionando los patrones establecidos encontrarían «guiones de felicidad». Sin embargo, el feminismo y las narrativas repiensan las tareas y las desigualdades económicas en función del género, pero sin constituirse como nuevas recetas para la felicidad ni estableciéndose como imposiciones. Traen a la superficie esas «ideas ocultas» bajo los signos públicos de felicidad. En este sentido, una de las reacciones contemporáneas que se manifiesta en las redes sociales es la de la reivindicación del hogar «como elección». Una elección que supone una forma de nostalgia hacia un «pasado mejor». La afirmación «soy una ama de casa feliz» se constituye, actualmente, como una nueva forma de rebelión. Nuevas escrituras evocan aquella fantasía de felicidad que el feminismo habría venido a arruinar.

Contar las violencias

El libro de cuentos Pelea de gallos (2018), de María Fernanda Ampuero, comienza con un epígrafe de Fabián Casas: «Todo lo que se pudre tiene forma de familia». Los cuentos se inscriben en el género de terror y son narrados desde la voz de niñas o adolescentes que, en muchos casos, sufren situaciones de violencia familiar y social. En Enero (1958), Sara Gallardo pone como protagonista a Nefer, una adolescente que es violada por un trabajador del pueblo y queda embarazada. El silencio, la familia y el «qué dirán» atraviesa la novela: «todos los que están aquí, y muchos más, van a saberlo, y nadie dejará de hablar». La violación y la maternidad no deseada harán que Nefer piense en morirse, abortar o en construir una vida feliz junto al hombre que ama. En Las primas (2006), Aurora Venturini critica la institución familiar. Unos años antes, Sabina Berman le pone voz a la protagonista del caso «Dora» de Freud en la obra de teatro Feliz nuevo siglo, Doktor Freud (2000). Por su parte, Susy Shock escribe, desde su voz de «artista trans» (como se define a sí misma), Crianzas (2016), libro que nace de un formato radial, con un glosario del activismo territorial y popular del colectivo disidente sexual. Allí piensa las violencias y las infancias diversas que evitan los binarismos de género y cuestiona el lugar de las niñas y los niños como deseo de los adultos.

Ninguno de los textos antes mencionados está aislado de su contexto de producción y muchos de ellos se ligan directamente a reclamos políticos desde la ficción. Otros, incluso los anticipan. ¿Cómo se representan las violencias? ¿Cómo intervinieron o intervienen las obras literarias? ¿Qué situaciones se visibilizan?

Retomemos a Sabina Berman. Feliz nuevo siglo, Doktor Freud (2000), obra de teatro que surge en el contexto de los femicidios en México, no solo propone una perspectiva teórica a partir de la obra del padre del psicoanálisis, sino que piensa un destino alternativo para Dora, quien parece vivir una liberación, pero que finalmente también resulta víctima de una violación.

El siglo XXI ha activado el impulso literario feminista a partir de la lucha contra la violencia de género y los femicidios. Chicas muertas (2014), de Selva Almada, y Cometierra (2019), de Dolores Reyes, ingresan en ese barro de la violencia contra las mujeres y narran desde esta perspectiva. Se trata de dos textos distintos. Uno más testimonial, en el estilo de la crónica periodística de «no ficción». El otro, ficcional. Ambas obras, sin embargo, postulan un espacio en donde las violencias sexistas son representadas y se unen a los reclamos del Ni Una Menos en toda la región. Los femicidios ocupan un lugar central y dan paso a lo político desde la voz y los cuerpos. De ahí la necesidad de la corporeidad en la escritura, la necesidad de que las intimidades no sean ese lugar de confort en donde aparecen formas de Estado que controlan lo íntimo y hacen oídos sordos a la violencia, a las denuncias, a los reclamos sociales.

Existe un vínculo entre la literatura y su tiempo. Un vínculo que se produce en forma de subversión. La intimidad y lo político en la «literatura escrita por mujeres» propone hacer visibles esas zonas íntimas de algo compartido.

Aquella voz que anunciaba Victoria Ocampo, que exhortaba a hablar a las mujeres, se pronuncia en la literatura desde la contrariedad de las experiencias en el mundo patriarcal. Estas narrativas proponen una transformación de los lugares, la manifestación de una disconformidad, una manera de ser «aguafiestas», como diría Sara Ahmed. La «literatura escrita por mujeres» visibiliza la carga simbólica que se les da a las intimidades, trae a la superficie las desigualdades y violencias. De ahí la necesidad de narrarlas como un espacio no apacible.

Las nuevas narrativas entroncan con un nuevo espíritu de resistencia que se hace visible en los diversos Encuentros Plurinacionales de Mujeres, Lesbianas, Travestis y Trans y en las movilizaciones de Ni Una Menos, que proliferan en toda la región. No solo se hacen cargo de este espíritu: forman parte de él. Se unen a las experiencias de intimidad compartidas, a formas de escritura en las calles en las que el cuerpo es el campo de batalla. Las narrativas y las luchas feministas forman una unidad. Ambas se inscriben en transformaciones en el modo de hacer política y en la reflexión de una utopía posible.

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Manifestación en el interior de la catedral de Poznan contra el fallo del Tribunal Constitucional polaco que impuso la prohibición casi total del aborto en el país, en Poznan, Polonia, el 25 de octubre de 2020. Piotr Skornicki/Agencja Gazeta vía REUTERS

 La prohibición del aborto, introducida en 1993 por el Parlamento polaco y fijada como ley por el Tribunal Constitucional en 1997, fue uno de los hitos de la transición de Polonia del comunismo de estado al capitalismo neoliberal.

La ley establecida en 1997 permitía el aborto en tres situaciones: cuando el embarazo era consecuencia de una violación, cuando la vida o la salud de la mujer corría grave peligro o cuando el feto tenía riesgo de enfermedad grave o muerte. El viernes pasado, una sentencia del Tribunal Constitucional ha declarado ilegal la interrupción del embarazo también en esta tercera situación.

Dado que la mayoría de los abortos legales realizados en Polonia se realizan por esta tercera razón, el fallo significa que casi no habrá abortos en Polonia, es decir, oficialmente. Extraoficialmente, según una de las principales organizaciones feministas del país, la Federación para la Mujer y la Planificación Familiar, en Polonia se realizan anualmente unos cien mil abortos.

Varias organizaciones en Polonia y en el extranjero ayudan a las mujeres polacas a obtener píldoras abortivas o interrumpir el embarazo. La ley actual no castiga a las mujeres por interrumpir el embarazo, pero, al imponer hasta tres años de prisión por ayudar a las mujeres a hacerlo, pone en peligro tanto al personal sanitario como a quienes prestan asistencia farmacológica.

La decisión del viernes pasado fue tomada bajo el gobierno conservador de Ley y Justicia (PiS) de Polonia. Pero todas las opciones políticas han traicionado de alguna manera a las mujeres. Los socialdemócratas, que en 2004 tenían la mayoría necesaria en el Parlamento para cambiar la drástica ley antiaborto, pero optaron por no hacerlo porque necesitaban el apoyo de la Iglesia para la adhesión de Polonia a la Unión Europea. O los liberales, que afirman que la ley establecida en 1997 fue un “compromiso”.

Después de haber mantenido a Polonia en un estado de ansiedad constante por el aborto desde al menos 2016, los conservadores ahora decidieron ir aún más allá, nuevamente utilizando el Tribunal Constitucional. Jarosław Kaczyński, el líder del gobernante PiS, dijo en 2016 que las mujeres deben llevar adelante sus embarazos de riesgo y dar a luz pase lo que pase, incluso si el feto muere.

Pagando el precio

Como ocurre con todas las cosas, el aborto también tiene su dimensión de clase, que básicamente divide a la sociedad polaca en quienes pueden pagarlo y quienes no. Obviamente, importa si se vive en un área metropolitana o en regiones donde todos los médicos se niegan a interrumpir embarazos debido a su conciencia. Uno de los lemas feministas más populares hoy en día dice: “¡Queremos médicos sin conciencia!”

En los últimos años, la narrativa liberal de elección ha sido reemplazada por la de necesidad. No para negar el derecho de las mujeres a elegir, sino para enfatizar que la mayoría de las mujeres no tienen otra opción cuando se trata del aborto.

Tanto si deciden abortar en Polonia o en el extranjero, cuesta entre el 50 y el 100 por ciento de un salario mensual, dependiendo de la ciudad, el tipo de aborto y su accesibilidad general. En la práctica, todos los periódicos de Polonia anuncian el aborto, aunque con el nombre de “inducir la menstruación” o “regular el ciclo menstrual”. Muchos médicos que se niegan a realizar abortos en hospitales públicos, aceptan realizarlos en clínicas privadas. Todo es una cuestión de dinero y de conexiones.

En las últimas décadas, el estado de excepción ha sido generalmente discutido como una forma de expresar la condición excepcional de los refugiados y migrantes indocumentados: el hecho de estar al margen de la ley. La necropolítica, término acuñado por Achille Mbembe, muestra cómo la biopolítica neoliberal y globalizada gobierna el mundo contemporáneo al permitir descuidadamente la exposición de grupos y poblaciones enteras a la muerte. Creo que hoy las mujeres en Polonia son un grupo así, expuestas al riesgo de morir por quienes afirman continuar la herencia cristiana en las instituciones estatales polacas y la Iglesia católica. La perpetuación del pacto neoliberal de valores conservadores y mercado liberal toma la forma de la opresión de las mujeres en nombre de los valores tradicionalistas.

Resistencia

Pero dondequiera que haya control, siempre habrá resistencia. Y las mujeres polacas disputaron, socavaron y lucharon contra la prohibición del aborto desde el primer día.

En 1997 se recogieron aproximadamente un millón de firmas para un referéndum sobre el aborto. En abril de 2016, ante los primeros esfuerzos por restringir aún más el acceso al aborto, 100.000 mujeres se unieron inmediatamente a grupos feministas en línea creados ad hoc. Unas 150.000 marcharon en diferentes ciudades y pueblos de Polonia en lo que pronto se conoció como las protestas negras, que llevaron a la huelga de mujeres y, finalmente, a la huelga internacional de mujeres.

Esta resistencia vuelve a ser evidente hoy. El lunes 26 de octubre, una treintena de ciudades y pueblos de Polonia fueron bloqueados por automóviles, bicicletas y personas a pie en protestas espontáneas en apoyo de los derechos de las mujeres. El día anterior, los agricultores utilizaron sus vehículos para bloquear calles en varios pueblos pequeños para protestar por la prohibición del aborto recientemente establecida.

Tras las primeras manifestaciones del viernes 23 de octubre, el día del fallo, las protestas se han extendido desde las grandes ciudades a todo el país. Un recuento aproximado sugiere que las protestas tuvieron lugar al menos en setenta lugares de Polonia, así como en una veintena de pueblos y ciudades en el extranjero. Se ha convocado una huelga general para el miércoles [28 de octubre] y muchos lugares de trabajo ya han comenzado a declarar su apoyo a la causa de las mujeres.

Un elemento nuevo y muy popular de la protesta es que las feministas visitan las iglesias para defender el derecho al aborto y los derechos de la mujer. Las activistas entran a las iglesias y sostienen pancartas y distribuyen folletos. Esto suele suceder de forma pacífica, sin enfrentamientos violentos.

Las protestas actuales parecen tener un ambiente ligeramente diferente a las celebradas anteriormente; ahora estamos rabiosas, no solo disgustadas, y el eslogan principal es una palabrota, ¡wypierdalać!, Que se puede traducir como: “lárgate de aquí!”

Si el espantoso Kaczyński y sus colegas conservadores se largaran podrían tener problemas para encontrar otro lugar adonde ir. Pero las feministas de Polonia tienen problemas más serios de los que ocuparse.

Por Ewa Majewska

28 OCTUBRE 2020 |

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La primera ministra de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern EFE

Más de 90.000 jóvenes no acuden a la escuela cuando menstrúan porque no pueden permitirse compresas o tampones, según la primera ministra de Nueva Zelanda

 

Las alumnas de las escuelas secundarias de Nueva Zelanda ya no tendrán que pagar por los productos de higiene íntima. El Gobierno ha anunciado que asumirá los costes con el objetivo de erradicar la pobreza menstrual generalizada. "Sabemos que casi 95.000 niñas de nueve a 18 años pueden quedarse en casa durante sus períodos debido a que no pueden permitirse productos menstruales", ha dicho la primera ministra.  

Jacinda Ardern ha señalado que los productos sanitarios para la menstruación no son un lujo sino una necesidad, y que demasiadas chicas no acuden a la escuela porque no pueden permitirse comprar compresas y tampones. "Al ponerlos a disposición gratuitamente, apoyamos a estas jóvenes para que continúen aprendiendo en la escuela", ha aseverado.

Según escuelas de zonas desfavorecidas, muchas niñas se ven obligadas a a utilizar papel higiénico, periódicos y trapos como alternativa para controlar el período. Quince escuelas de Waikato, identificadas como las más necesitadas, tendrán acceso a productos gratuitos a partir del tercer trimestre de este año, y el programa se extenderá a todo el país con carácter voluntario en 2021.

Desde Dignity, una ONG local que provee a algunas escuelas de suministros sanitarios, dicen estar "extasiados" por la decisión del Gobierno. "Para las estudiantes, la falta de acceso a los productos menstruales no solo exacerba los sentimientos de vergüenza y la carga financiera de género, sino que se ha demostrado que aumenta el absentismo", asegura Jacinta Gulasekharam, cofundadora de Dignity.

"Es una fantástica inversión de nuestro Gobierno. Sin embargo, esto es sólo el comienzo. La pobreza menstrual no afecta solo a las estudiantes", prosigue. "Es un subconjunto dentro de la pobreza generalizada, y muchos otros grupos, como quienes sufren la falta de vivienda y la pérdida de ingresos, sufren profundamente las implicaciones de la falta de acceso a los productos".

"Cuando tú, sin tener culpa alguna, no tienes acceso a las necesidades humanas básicas, se trata de algo que realmente impacta en cómo te ves a ti mismo, erosiona tu sentido del valor, tu sentido del yo", afirma Caro Atkinson, consejera escolar de la escuela He Huarahi Tamariki.

Una "diferencia inmediata" en la vida de las niñas

El Gobierno de coalición laborista tiene como objetivo reducir la pobreza infantil a la mitad en una década, y Ardern dice que, si bien esa tarea se ha hecho más compleja por las repercusiones de la COVID-19, es importante invertir en programas que marquen una "diferencia inmediata" en la vida de las niñas que se encuentran en situación de pobreza en todo el país.

Julie Anne Genter, ministra de la Mujer, opina que el coste de los productos sanitarios puede ser "prohibitivo" para algunas familias, lo que puede llevar a ausencias mensuales en la escuela para niñas que no pueden pagarlos ni gestionar su periodo de forma higiénica. "La menstruación es un hecho para la mitad de la población y el acceso a estos productos es una necesidad, no un lujo", incide Genter.

Según una encuesta realizada por Yputh19 Survey, el 12% de las estudiantes de 9 a 13 años que menstrúan afirmaron tener dificultades para acceder a los productos sanitarios, mientras que aproximadamente una de cada 12 estudiantes dijo haber faltado a la escuela por no poder pagar los productos. Por otra parte, un estudio de Universidad de Otago asegura que las niñas que sufren pobreza menstrual se enfrentan implicaciones de por vida "para su salud, desarrollo emocional, educación y perspectivas profesionales".

Por Eleanor Ainge Roy

03/06/2020 - 16:54h

Traducido por Clara Giménez

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Diez lecciones sobre la Otra Economía, antipatriarcal y anticapitalista

La semana pasada recibí una clase magistral de “economía política desde abajo”. Relataron las relaciones para cuidar y reproducir la vida, que se tejen en los canales invisibles de la sociedad. No es ninguna casualidad que fueran cuatro mujeres las encargadas de desvelar ese mundo, todas integrantes de asambleas territoriales nacidas durante la revuelta chilena.

Dos de ellas viven en Valparaíso, donde la lógica de construcción no es barrial sino de cerros, que rubrican la geografía urbana. Además de unas 20 asambleas en otros tantos cerros, formaron cordones territoriales que las conectan, un nombre que remite a los “cordones industriales” de Santiago bajo el gobierno de Salvador Allende.

Otras dos son integrantes de la Asamblea de Villa Olímpica y de la Red de Abastecimiento nacida en esa geografía, pero extendida a buena parte de Santiago. Una ciudad que ha visto nacer casi 200 asambleas que se mantienen activas, ya no en la calle sino enhebrando la vida de las comunas y barrios de una capital infestada de carabineros y militares.

Lección 1:Hacernos cargo de la vida

– Todos los aspectos de la vida están en crisis, salud, educación, alimentación. La revuelta generó conciencia colectiva, defendernos entre nosotras, mucha creatividad organizativa, que bajo la pandemia nos permite activarnos de otros modos. Nos cuidamos juntos y juntas, cuidamos a los más vulnerables, con redes de abastecimiento, compras colectivas, huertos urbanos…

(Nelly, de las asambleas territoriales de Valparaíso)

– Este contexto evidencia cómo el gobierno asesino no se hace cargo de la vida del pueblo, sólo militariza para salvar sus negocios. La sostenibilidad de la vida está en nosotras, en nuestras organizaciones y cuerpos, porque ellos sólo nos van a reprimir, quieren naturalizar una dictadura en democracia. Sólo nos queda “el pueblo cuida al pueblo”, porque se nos viene algo grave, como la falta de agua (Beatriz, asamblea Villa Olímpica).

– Lo que vivimos es una militarización desatada del territorio, en esta situación donde el gobierno sólo nos reprime, tenemos que hacernos cargo de la vida, de la sostenibilidad de la vida.

(Pamela, comunicación de las asambleas territoriales de Valparaíso)

Lección 2: Empatía con la tierra

– Los huertos urbanos son un proceso muy lento, si se pretende alimentar todo un barrio no es posible. Pero crean una relación diferente con la naturaleza, con el consumo, porque generan experiencias de nuevo tipo, como el compostaje que lleva a que los vecinos clasifiquen la basura y se hagan cargo de sus desperdicios para llevar al huerto comunitario. Se va formando una relación de empatía con la tierra que es muy diferente a ir a comprar al supermercado. Además creamos vínculos entre nosotras, hacemos comunidad.

(Pamela)

Lección 3: Huir del super-mercado, haciendo comunidad

– Las asambleas hacen una compra directa a los agricultores sin pasar por intermediarios, para el abastecimiento de los barrios. Hicimos un catastro de personas en riesgo, de adultos mayores y gente postrada o con problemas económicos, para que tengan acceso a una canasta básica. (Pamela)

– La red de abastecimiento empezó hace cuatro años para colectivizar las compras, saltarse intermediarios para bajar los precios pero además para hacer comunidad en algo tan importante como alimentarse. Empezamos con compras colectivas de verduras. La red creció y nos contactamos con otras redes de la ciudad par proveer verduras, abarrotes, proteínas, carnes, artículos de aseo. Eso permite que la gente de la red no vaya al supermercado, que es un foco de contagio. En mi casa toda la alimentación se compra a través de la red, sin acudir al mercado.

(Siujen, red de abastecimiento Villa Olímpica, Santiago)

Lección 5: Redistribuir en vez de acumular

– Como comunidad asumimos una cuota que nos permite ayudar a personas que no pueden pagar la cesta. Con la cuota vamos generando un ahorro pequeño, que nos transforma en una especie de mini banco para prestar a la gente que tiene más problema económico, porque pensamos que el momento más álgido será después, cuando no haya trabajo y todo sea precario. La mayor parte de los que integran la red trabajan en precario (Siujen).

– La idea de que el pueblo ayuda al pueblo es lo primordial. Formamos un fondo común y rotativamente lo asignamos a la familia de la red que más necesita, la más vulnerable, luego de una discusión sobre los criterios. Ahora tenemos que pensar cómo vamos a apoyar a la gente que se enferma, porque ha habido una explosión de casos y el sistema no va a responder. Lo único que saben hacer es sacar a los militares a la calle (Beatriz).

Lección 6: Las mujeres o la red de redes

– Somos las mamás las cuidadoras y criadoras las que sostenemos todo, a través del trueque, del apoyo mutuo, sin dinero. En la red se cruzan tres o cuatro redes y la Villa Olímpica se convirtió en un zonal de distribución de toda una zona de Santiago (Siujen).

Lección 7: Cara a cara, sin intermediarios

– Hacemos la distribución de las redes La Canasta y Pueblo a Pueblo que reparten verduras sin intermediarios, en contacto directo con proveedores, con gente que produce fuera de Santiago y tiene que traer al conurbano. Decidimos que sólo sustentamos a los intermediarios cuyo único ingreso es esa compra-venta de productos. Buscamos ahora cosas nuevas, semillas, granos, algo que no teníamos hasta ahora (Siujen).

Lección 8: Cuidar-nos en comunidad

– Estoy contagiada de Covid desde hace dos semanas y en mi casa no falta nada, las compañeras y compañeros poniendo la cuerpa vienen hasta mi casa a dejarme los alimentos. Es un ejemplo de cómo la solidaridad y las redes amigas están permitiendo que la vida no se degrade tanto (Beatriz).

Lección 9: Pobre es quien está sola

– La real precariedad es la de aquellas personas que no están conectadas con redes solidarias, la soledad y el despojo, porque el dinero no te sirve de nada si no tienes una red que te lleve la comida (Beatriz).

Lección 10:La revuelta, la madre del mundo nuevo

– Le llamamos revuelta porque estallido lo acuñó la clase dominante, porque la protesta les estalló de sorpresa (Nelly).

– Ay de nosotras si la revuelta no hubiera pasado por nuestras vidas multiplicando nuestros contactos y redes (Beatriz)

– Agradecemos la revuelta porque sin ese proceso la pandemia hubiera sido muy cruda, no hubiéramos tenido los lazos de confianza ni conocido a otras organizaciones. La revuelta nunca acabó, tomó otros caminos. Generamos herramientas que no hubiéramos creado sin la pandemia. No hay forma de que en Chile la revuelta no siga (Siujen).

– La revuelta nos pasó por el cuerpo, no nos hemos olvidado de los muertos y de los más de 400 mutilados oculares, algo que fue intencional. Lo que hacemos en las asambleas es cuestionar la vida que hemos sostenido hasta ahora. El otro mundo posible lo estamos haciendo ahora y nadie puede sacarnos de ese lugar, Chile está cambiando (Nelly).

– En este contexto oscuro, lo que nos va a salvar es lo que siempre nos ha salvado como pueblo: la calidad de nuestros vínculos, el valor para enfrentar la adversidad, la profunda valentía que hay en cada mujer que sale a hacer la compra o a embolsar la harina que se compra a granel y se reparte en la red. Ni la pandemia ni la represión, ni las torturas ni los asesinatos, nos van a destruir ese mundo nuevo que llevamos en nuestros corazones. La revuelta nos conectó con los siglos de resistencia profunda de nuestro pueblo (Beatriz).

* * *

“Agricultura alelopática”, exclama Doricel del otro lado del teléfono. Lo repite varias veces. Y nada.

No queda otra que recurrir al diccionario. Bueno, a Wikipedia.

Intenta explicar porqué en los barrios periféricos de Popayán, donde estudiantes y vecinos emprendieron la agricultura urbana y comedores populares, optaron por huertas circulares pese a la inicial resistencia de algunos.

“Es el sistema que utilizan los pueblos originarios y nosotros lo hacemos porque es más eficiente y para abrir la mente a otras posibilidades que no sean la cuadrícula”, explica. Por un lado, permite aprovechar mejor el agua, ya que sólo se utiliza un 30% de lo que hacen otros cultivos lineales.

“Además el nuestro es un sistema muy diverso, hortalizas, legumbres, aromáticas, la cebolla y el ajo, y eso nos permite podemos hacer un sistema alelopático. Las plantas que no resisten a los insectos, son protegidas por las aromáticas que cultivamos en el círculo siguiente. La diversidad repele a los insectos y las aromáticas atraen a los polinizadores. Buscamos la complementariedad”.

Las huertas circulares se relacionan con la cosmovisión indígena que establece una conectividad entre la tierra y el universo. Por último, explica Doricel, “con esta técnica se afianza más el tejido social, porque permite a las comunidades trabajar de manera más cooperativa”.

Varones y mujeres que cultivan las huertas de la periferia urbana de Popayán, llevan pequeños trapos y cintas rojas. En las grandes ciudades las autoridades pidieron a los pobladores que pasaban necesidades que colgaran un trapo rojo en las ventanas. “Aquí resignificamos los trapos rojos, al convertirlos en elementos de resistencia, de dignidad”, apunta Doricel, recordando que su ciudad el 84% de la población tiene trabajo informal.

* * *

La población volvió a las calles, en Santiago y en Puerto Príncipe, en Atenas y en Montevideo, en varias ciudades asediadas por la cuarentena y el hambre. Una oleada de dignidad está empezando a barrer nuestro continente. Masivos caceroleos en Santiago, barricadas y pedreas en El Bosque, La Victoria y La Legua, comunas cansadas del encierro y la miseria, denuncian la incompetencia del gobierno. El 18 de mayo se rompió el silencio, recuperando la calle.

20 mayo 2020

 

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Serie: PUEBLOS EN MOVIMIENTO

https://www.youtube.com/watch?v=BDJ0lSpRY70&list=PLXSRA_SQHRlwNsYmQE6dk85EiBezVuJiB

Publicado enSociedad
Economía informal, la más afectada por confinamiento: OIT

Las medidas de confinamiento y de contención para hacer frente al COVID-19 amenazan con aumentar la pobreza de quienes trabajan en la economía informal a nivel mundial; las mujeres serán el grupo más afectado, advirtió la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en un nuevo informe.

 

Con base en datos del informe “La crisis por COVID-19 y la economía informal”, se estima que las medidas de distanciamiento social ya tienen un impacto significativo en 1.6 billones de trabajadoras y trabajadores informales, con mujeres sobrerrepresentadas en los sectores más afectados. Estos incluyen a quienes laboran en los servicios de hostelería y restauración, la industria manufacturera, la venta al por mayor y al por menor, y los más de 500 millones de agricultoras y agricultores que abastecen los mercados urbanos.

En 2020, más de 2 mil millones de personas trabajadoras se ganan la vida en la economía informal. Esto es 62 por ciento de todas los y los trabajadores del mundo. El empleo informal representa 90 por ciento del empleo total. Sin embargo, de acuerdo con la OIT, las mujeres están más expuestas a la informalidad en los países de ingresos medios bajos y bajos, y a menudo se encuentran en más situaciones vulnerables que sus pares masculinos. Las mujeres, además, se ven especialmente afectadas en los sectores de alto riesgo, destacó el informe.

Lo mismo pasa en las empresas informales, que representan ocho de cada diez empresas en el mundo. Esto incluye a empresas que a menudo emplean a diez o menos personas, incluidas trabajadoras familiares no remunerados, que son principalmente mujeres que trabajan en condiciones precarias, sin protección social o medidas de salud y seguridad en el lugar de trabajo. Estos negocios tienen baja productividad, baja tasas de ahorro e inversión, y capital acumulado insignificante, lo que los hace particularmente vulnerables a los choques económicos y a menudo están excluidos de los programas de asistencia financiera a corto plazo para enfrentar la crisis por COVID-19.

Muchas mujeres y hombres en la economía informal necesitan obtener un ingreso para alimentarse a sí mismos y a sus familias, ya que la mayoría de ellos no pueden confiar en el reemplazo de ingresos o ahorros. No trabajar y quedarse en casa significa perder sus trabajos y sus medios de vida, sin embargo, el distanciamiento físico es difícil de aplicar para quienes trabajan, por ejemplo, como vendedores ambulantes y de mercado, o trabajadoras a domicilio.  “‘Morir de hambre o del virus” es un dilema real que enfrentan muchas personas trabajadoras de la economía informal’”, señaló el organismo. 

Sin embargo, dado que las condiciones laborales precarias derivan en malas condiciones de vida, las y los trabajadores de la economía informal también son un grupo vulnerable incluso si se quedan en sus hogares. De acuerdo con la OIT, en las zonas urbanas, las y los trabajadores y sus familias permanecen expuestas al virus debido a las condiciones insalubres o de hacinamiento en las que viven, y que hacen que el distanciamiento físico sea casi imposible. Estas personas también enfrentan obstáculos para acceder al agua corriente en sus hogares, lo que no solo limita las posibilidades de lavarse las manos, sino que a menudo obliga a las mujeres a hacer fila para obtener agua, lo que las pone en peligro a sí mismos y a su comunidad.

Frente a esta situación la OIT señaló que las repercusiones de la pandemia de COVID-19 requieren medidas rápidas y efectivas para mejorar la seguridad de los ingresos para las y los trabajadores en la economía informal, especialmente para mujeres con niños pequeños, un grupo con mayor riesgo económico privación. Los países pueden usar diferentes mecanismos para extender el apoyo a los ingresos a los trabajadores de la economía informal.

Por ejemplo, es factible canalizar fondos a través de bancos, instituciones microfinancieras y cooperativas financieras con criterios de divulgación claramente definidos y anunciados oficialmente y con transparencia. Esto mejoraría la difícil situación de las mujeres empresarias informales en especial, dijo el organismo. 

La OIT también expresó que quienes trabajan en la economía informal deben ser sujetos centrales para todas las respuestas frente al COVID-19. Para esto, fortalecer la participación de las mujeres el diálogo entre el gobierno y la sociedad puede ser clave. 

Publicado enEconomía
Michal Huniewicz, The Migrants, “La historia de esta fotografía es sobre una mujer mexicana que intenta ayudarlos”, 2015

En los últimos dos años, he podido escuchar a mujeres migrantes en tránsito por México. Eso es, no migrantes mexicanas, sino mujeres que provienen de la frontera entre Guatemala y México y tienen como fin llegar a cruzar la frontera México-Estados Unidos.


Igualmente, he escuchado a mujeres que pertenecen a ese 28 por ciento de repatriadas por vía terrestre que, por error o por cálculo económico, no son de nacionalidad mexicana, pero han sido devueltas vía tierra por las cada vez más cerradas autoridades migratorias estadounidenses.


En Nogales, Sonora, en diciembre de 2019 las mujeres que residían en un refugio a espaldas del muro divisorio, en un barrio controlado por el narco que las deja en paz si no se asoman por las ventanas cuando opera, me contaron con las lágrimas en los ojos que ellas hacían parte de las más de 40.000 personas que han llegado a la frontera y están en listas de espera. Han solicitado asilo y buscan ser escuchadas por los tribunales de inmigración estadounidenses desde territorio mexicano. Todas alegan real peligro a sufrir violencia en sus territorios. Su desespero mayor venía del hecho que se les informaba constantemente sobre los poquísimos casos resueltos favorablemente, menos del 0,5 por ciento de todas las demandas.


La migración centroamericana no es novedosa. Desde la década de 1980, varios grupos de activistas contra las fronteras y en favor de las personas en busca de refugio han trabajado para el acceso de centroamericanas y centroamericanos al territorio estadounidense, con el fin de evitar la violencia y los riesgos en que incurrirían de quedarse en países en conflicto. Sin embargo, el cruce por México ha cambiado desde cuando, en junio a finales de 2019, el gobierno mexicano decidió frenar el tránsito de personas indocumentadas por su territorio, para evitarle la presión migratoria a Estados Unidos, convirtiéndose de hecho en un territorio-frontera para las personas que provienen del sur vía tierra y huyen primeramente de la violencia de Estado y delincuencial en sus países de origen. Según las activistas mexicanas de Mecanismo de Protección para Personas Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas, que actúan en defensa de los derechos de las personas migrantes, su país es una gigantesca sala de espera o, peor, un “estacionamiento”, porque en eso lo ha convertido Donald Trump al limitar la protección humanitaria a las personas en riesgo, que van en aumento en el mundo entero. Según la organización, las y los defensoras de personas migrantes deben ser defendidos de las falsas acusaciones del delito de tráfico de personas, pues éstas son parte de una campaña orquestada en su contra de ambos lados de la frontera.


¿Por qué migran las mujeres? Es sabido que para recuperar el estatus, nivel socioeconómico que tenían en el momento de partir, se tardarán por lo menos 10 años. Sólo lo superarán y tendrán logros económicos si tenían estudios antes de salir o si tramitaron exitosamente los cursos de lengua y de formación en el país de acogida. Dadas estas condiciones, es poco probable que el móvil de la emigración sea exclusivamente la búsqueda de una mejora económica. Sin embargo, hoy el 48 por ciento de los migrantes mexicanos y en tránsito por México son mujeres. Sus remesas son consideradas las más confiables por las familias que las ayudaron a reunir el dinero para el viaje. Las obediencias a patrones de género muy rígidos las convierten en mujeres que brindan servicios y cuidados muy ansiados por las mujeres de los países del norte, quienes para trabajar en competencia con los hombres descargan sobre ellas las responsabilidades que, según los mismos patrones de género, deberían asumir con las personas ancianas, enfermas y en la primera niñez. Además, las migrantes cuidan el dinero porque no se emborrachan ni arriesgan fácilmente sus capitales en negocios temerarios.


Con todo, es más probable que se migre, como dice la fotógrafa hondureña Withney Godoy, porque “El riesgo es nuestra vida; no hay otra opción que moverse, quedarse quieta también es morir”.


En efecto, la industria del turismo arrebata a las comunidades garífunas sus territorios agrícolas frente al mar en Honduras, ya que los inversionistas reciben el apoyo de un gobierno de origen golpista que niega los derechos territoriales de los pueblos indígenas y negros y no frena el uso de sicarios y delincuentes para expeler poblaciones enteras de los terrenos que quiere cercar y transformar en enclaves turísticos de lujo. Igualmente, la industria minera condena a la extrema pobreza a las comunidades agrícolas cuyos bosques son talados, sus montañas cortadas, sus aguas envenenadas y los gobiernos que consideran la minería como una actividad prioritaria persiguen y encarcelan a las mujeres y hombres que se resisten a la destrucción de sus territorios. La violencia delincuencial en numerosas ciudades condena a las mujeres a un cuidado exagerado, lo cual les impide una movilidad autónoma y, por consiguiente, el goce del estudio, el deporte, el trabajo, el esparcimiento. En todos estos casos, el primer móvil de la migración es la búsqueda de una vida libre de violencia y el miedo a la represión.


Las historias de migrantes que más me han impresionado, sea por la claridad con que me fueron expuestas, sea porque yo era incapaz de encontrarles salida, son las de las mujeres hondureñas, que desde el golpe de estado de 2009 viven agresiones contra sus territorios ancestrales, en particular las mujeres garífunas, lencas y maya chortí y contra las mujeres consideradas activistas políticas, de derechos humanos o de derechos ambientales, así como contra las lesbianas y las madres solas. La derecha hondureña es moralista y bajo la pretensión de defender a la familia “natural”, es decir, nuclear y patriarcal, en el seno de la cual la violencia contra las mujeres es prácticamente imposible de denunciar a las autoridades, agrede a cualquier mujer que transgrede los rígidos mandatos de género del catolicismo conservador y de las iglesias neoevangélicas o pentecostales. La acusación de haber abortado, por ejemplo, puede desatar un linchamiento. Con el propósito de controlar la vida social de las mujeres, se les acusa de abortistas, de lesbianas, de ser antihombres o malas madres, etcétera.


Igualmente, me han impresionado las narraciones de algunas jóvenes salvadoreñas, cuyas familias las tuvieron prácticamente presas en sus casas o en las sedes de iglesias neoevangélicas para evitar que fueran víctimas de las “maras”, esas pandillas de delincuencia diversificada surgidas al terminar las guerras civiles en la década de 1980 y que controlan las principales ciudades de El Salvador, San Pedro Sula, en Honduras, y Ciudad Guatemala. Hay cálculos de que las maras están integradas por más de tres millones de personas en Centroamérica e intervienen desde comercios y viviendas hasta tráficos de drogas, armas y personas. Cuando visité San Salvador, en un primer viaje hace cinco años, y luego en otro hace tres años, escuché en varias ocasiones que el narco mexicano y el colombiano desconfían de las maras aunque deban utilizarlas, porque actúan de manera descontrolada, ya que solo obedecen a sus propios jefes. De los relatos de las jóvenes migrantes salvadoreñas retuve el de una chica de diecisiete años que consideraba a su madre la verdadera causante de su fuga hacia el norte, porque le había impedido ir sola a la escuela durante toda su vida, de manera que ella no conocía a nadie y no tenía ni una sola amiga. Mientras escuchaba su relato y su muy válido motivo, yo no podía dejar de pensar en la madre que aterrada no sabía nada de su hija. La violencia social que el Estado no frena tiene consecuencias difíciles de imaginar cuando no se oyen por boca de sus víctimas.


Ahora bien, por México transitan primeramente migrantes centroamericanas: madres solas o víctimas de represalias territoriales y étnicas, las hondureñas; migrantes con alguna capacidad económica para pagar un “coyote”, las salvadoreñas; y guatemaltecas muy pobres, en tercer lugar. Nicaragüenses, costarricenses, beliceñas y panameñas migran en menor número. Luego, recorren las selvas y desiertos mexicanos mujeres suramericanas, desde las más ricas argentinas, brasileñas y chilenas, que nunca he encontrado en un refugio, hasta ecuatorianas y colombianas. La escasa posibilidad económica de las venezolanas, más pobres, para cruzar Centroamérica y llegar a la frontera con México las hace poco presentes en las rutas de tránsito, siendo, sin embargo, la mayoría de las desplazadas internacionales en América del Sur.


Finalmente, tanto en la frontera de Tapachula, en el sur, como en la de Tijuana, en el norte, es notoria la presencia de migrantes que alcanzan México desde África. Estos llegan a Brasil, cruzan a Colombia, atraviesan el Tapón del Darién, donde dan cuenta de asaltos brutales, y recorren a pie de Panamá a Guatemala. Las migrantes africanas han cruzado el Atlántico por avión, en su mayoría, o en barco, y huyen de la violencia que afecta principal, pero no exclusivamente, a Camerún y Congo. En julio de 2019, en Tijuana, más de cien cameruneses, en su casi totalidad hombres, bloquearon el camino de las camionetas del servicio de inmigración, exigiendo mayor transparencia en el proceso para determinar quiénes son aceptados en el requerimiento de asilo. La protesta surgió después de varios días que Estados Unidos no aceptaba solicitudes.


En la Ciudad de México, que en 2018 fue declarada ciudad santuario para tres de las caravanas de expatriados centroamericanos que por entonces intentaban llegar a los Estados Unidos, hay diversos tipos de refugios de migrantes, desde los clandestinos, donde buscan descanso y relativa calma las mujeres y hombres que no han sido detectados por las autoridades de migración, hasta centros de internamiento gestionados por autoridades civiles y religiosas, para las mujeres y niñas y niños que han sido detectados por las autoridades mexicanas, han obtenido una visa de refugio en el país o están a la espera de ser repatriados.  Su estadía allí, en el caso de refugio, les brinda algún alivio pero no satisface el propósito de la salida de su país; encuentran solidaridad pero no una acción ni un movimiento social que haga realidad el derecho humano fundamental a vivir donde se desee o necesite vivir y trabajar.


Pese al paso de los siglos, la humanidad no materializa en toda la extensión de la palabra tal derecho humano. Aun los poderes fácticos reinantes en cada país hacen sentir el límite y poder de las barreras físicas y de otro orden que delimitan el mundo en pequeñas parcelas, unas más grandes que otras. Y los Estados, como expresión meridiana de esos poderes, se encargan de franquear el paso y de largarle los perros a quienes no aceptan ni quieren saber de prohibiciones. Para ellas y ellos, como debiera ser para el conjunto de la humanidad, el mundo, como una sola casa, debe ser de todos y de todas.

 

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Michal Huniewicz, The Migrants, “La historia de esta fotografía es sobre una mujer mexicana que intenta ayudarlos”, 2015

En los últimos dos años, he podido escuchar a mujeres migrantes en tránsito por México. Eso es, no migrantes mexicanas, sino mujeres que provienen de la frontera entre Guatemala y México y tienen como fin llegar a cruzar la frontera México-Estados Unidos.


Igualmente, he escuchado a mujeres que pertenecen a ese 28 por ciento de repatriadas por vía terrestre que, por error o por cálculo económico, no son de nacionalidad mexicana, pero han sido devueltas vía tierra por las cada vez más cerradas autoridades migratorias estadounidenses.


En Nogales, Sonora, en diciembre de 2019 las mujeres que residían en un refugio a espaldas del muro divisorio, en un barrio controlado por el narco que las deja en paz si no se asoman por las ventanas cuando opera, me contaron con las lágrimas en los ojos que ellas hacían parte de las más de 40.000 personas que han llegado a la frontera y están en listas de espera. Han solicitado asilo y buscan ser escuchadas por los tribunales de inmigración estadounidenses desde territorio mexicano. Todas alegan real peligro a sufrir violencia en sus territorios. Su desespero mayor venía del hecho que se les informaba constantemente sobre los poquísimos casos resueltos favorablemente, menos del 0,5 por ciento de todas las demandas.


La migración centroamericana no es novedosa. Desde la década de 1980, varios grupos de activistas contra las fronteras y en favor de las personas en busca de refugio han trabajado para el acceso de centroamericanas y centroamericanos al territorio estadounidense, con el fin de evitar la violencia y los riesgos en que incurrirían de quedarse en países en conflicto. Sin embargo, el cruce por México ha cambiado desde cuando, en junio a finales de 2019, el gobierno mexicano decidió frenar el tránsito de personas indocumentadas por su territorio, para evitarle la presión migratoria a Estados Unidos, convirtiéndose de hecho en un territorio-frontera para las personas que provienen del sur vía tierra y huyen primeramente de la violencia de Estado y delincuencial en sus países de origen. Según las activistas mexicanas de Mecanismo de Protección para Personas Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas, que actúan en defensa de los derechos de las personas migrantes, su país es una gigantesca sala de espera o, peor, un “estacionamiento”, porque en eso lo ha convertido Donald Trump al limitar la protección humanitaria a las personas en riesgo, que van en aumento en el mundo entero. Según la organización, las y los defensoras de personas migrantes deben ser defendidos de las falsas acusaciones del delito de tráfico de personas, pues éstas son parte de una campaña orquestada en su contra de ambos lados de la frontera.


¿Por qué migran las mujeres? Es sabido que para recuperar el estatus, nivel socioeconómico que tenían en el momento de partir, se tardarán por lo menos 10 años. Sólo lo superarán y tendrán logros económicos si tenían estudios antes de salir o si tramitaron exitosamente los cursos de lengua y de formación en el país de acogida. Dadas estas condiciones, es poco probable que el móvil de la emigración sea exclusivamente la búsqueda de una mejora económica. Sin embargo, hoy el 48 por ciento de los migrantes mexicanos y en tránsito por México son mujeres. Sus remesas son consideradas las más confiables por las familias que las ayudaron a reunir el dinero para el viaje. Las obediencias a patrones de género muy rígidos las convierten en mujeres que brindan servicios y cuidados muy ansiados por las mujeres de los países del norte, quienes para trabajar en competencia con los hombres descargan sobre ellas las responsabilidades que, según los mismos patrones de género, deberían asumir con las personas ancianas, enfermas y en la primera niñez. Además, las migrantes cuidan el dinero porque no se emborrachan ni arriesgan fácilmente sus capitales en negocios temerarios.


Con todo, es más probable que se migre, como dice la fotógrafa hondureña Withney Godoy, porque “El riesgo es nuestra vida; no hay otra opción que moverse, quedarse quieta también es morir”.


En efecto, la industria del turismo arrebata a las comunidades garífunas sus territorios agrícolas frente al mar en Honduras, ya que los inversionistas reciben el apoyo de un gobierno de origen golpista que niega los derechos territoriales de los pueblos indígenas y negros y no frena el uso de sicarios y delincuentes para expeler poblaciones enteras de los terrenos que quiere cercar y transformar en enclaves turísticos de lujo. Igualmente, la industria minera condena a la extrema pobreza a las comunidades agrícolas cuyos bosques son talados, sus montañas cortadas, sus aguas envenenadas y los gobiernos que consideran la minería como una actividad prioritaria persiguen y encarcelan a las mujeres y hombres que se resisten a la destrucción de sus territorios. La violencia delincuencial en numerosas ciudades condena a las mujeres a un cuidado exagerado, lo cual les impide una movilidad autónoma y, por consiguiente, el goce del estudio, el deporte, el trabajo, el esparcimiento. En todos estos casos, el primer móvil de la migración es la búsqueda de una vida libre de violencia y el miedo a la represión.


Las historias de migrantes que más me han impresionado, sea por la claridad con que me fueron expuestas, sea porque yo era incapaz de encontrarles salida, son las de las mujeres hondureñas, que desde el golpe de estado de 2009 viven agresiones contra sus territorios ancestrales, en particular las mujeres garífunas, lencas y maya chortí y contra las mujeres consideradas activistas políticas, de derechos humanos o de derechos ambientales, así como contra las lesbianas y las madres solas. La derecha hondureña es moralista y bajo la pretensión de defender a la familia “natural”, es decir, nuclear y patriarcal, en el seno de la cual la violencia contra las mujeres es prácticamente imposible de denunciar a las autoridades, agrede a cualquier mujer que transgrede los rígidos mandatos de género del catolicismo conservador y de las iglesias neoevangélicas o pentecostales. La acusación de haber abortado, por ejemplo, puede desatar un linchamiento. Con el propósito de controlar la vida social de las mujeres, se les acusa de abortistas, de lesbianas, de ser antihombres o malas madres, etcétera.


Igualmente, me han impresionado las narraciones de algunas jóvenes salvadoreñas, cuyas familias las tuvieron prácticamente presas en sus casas o en las sedes de iglesias neoevangélicas para evitar que fueran víctimas de las “maras”, esas pandillas de delincuencia diversificada surgidas al terminar las guerras civiles en la década de 1980 y que controlan las principales ciudades de El Salvador, San Pedro Sula, en Honduras, y Ciudad Guatemala. Hay cálculos de que las maras están integradas por más de tres millones de personas en Centroamérica e intervienen desde comercios y viviendas hasta tráficos de drogas, armas y personas. Cuando visité San Salvador, en un primer viaje hace cinco años, y luego en otro hace tres años, escuché en varias ocasiones que el narco mexicano y el colombiano desconfían de las maras aunque deban utilizarlas, porque actúan de manera descontrolada, ya que solo obedecen a sus propios jefes. De los relatos de las jóvenes migrantes salvadoreñas retuve el de una chica de diecisiete años que consideraba a su madre la verdadera causante de su fuga hacia el norte, porque le había impedido ir sola a la escuela durante toda su vida, de manera que ella no conocía a nadie y no tenía ni una sola amiga. Mientras escuchaba su relato y su muy válido motivo, yo no podía dejar de pensar en la madre que aterrada no sabía nada de su hija. La violencia social que el Estado no frena tiene consecuencias difíciles de imaginar cuando no se oyen por boca de sus víctimas.


Ahora bien, por México transitan primeramente migrantes centroamericanas: madres solas o víctimas de represalias territoriales y étnicas, las hondureñas; migrantes con alguna capacidad económica para pagar un “coyote”, las salvadoreñas; y guatemaltecas muy pobres, en tercer lugar. Nicaragüenses, costarricenses, beliceñas y panameñas migran en menor número. Luego, recorren las selvas y desiertos mexicanos mujeres suramericanas, desde las más ricas argentinas, brasileñas y chilenas, que nunca he encontrado en un refugio, hasta ecuatorianas y colombianas. La escasa posibilidad económica de las venezolanas, más pobres, para cruzar Centroamérica y llegar a la frontera con México las hace poco presentes en las rutas de tránsito, siendo, sin embargo, la mayoría de las desplazadas internacionales en América del Sur.


Finalmente, tanto en la frontera de Tapachula, en el sur, como en la de Tijuana, en el norte, es notoria la presencia de migrantes que alcanzan México desde África. Estos llegan a Brasil, cruzan a Colombia, atraviesan el Tapón del Darién, donde dan cuenta de asaltos brutales, y recorren a pie de Panamá a Guatemala. Las migrantes africanas han cruzado el Atlántico por avión, en su mayoría, o en barco, y huyen de la violencia que afecta principal, pero no exclusivamente, a Camerún y Congo. En julio de 2019, en Tijuana, más de cien cameruneses, en su casi totalidad hombres, bloquearon el camino de las camionetas del servicio de inmigración, exigiendo mayor transparencia en el proceso para determinar quiénes son aceptados en el requerimiento de asilo. La protesta surgió después de varios días que Estados Unidos no aceptaba solicitudes.


En la Ciudad de México, que en 2018 fue declarada ciudad santuario para tres de las caravanas de expatriados centroamericanos que por entonces intentaban llegar a los Estados Unidos, hay diversos tipos de refugios de migrantes, desde los clandestinos, donde buscan descanso y relativa calma las mujeres y hombres que no han sido detectados por las autoridades de migración, hasta centros de internamiento gestionados por autoridades civiles y religiosas, para las mujeres y niñas y niños que han sido detectados por las autoridades mexicanas, han obtenido una visa de refugio en el país o están a la espera de ser repatriados.  Su estadía allí, en el caso de refugio, les brinda algún alivio pero no satisface el propósito de la salida de su país; encuentran solidaridad pero no una acción ni un movimiento social que haga realidad el derecho humano fundamental a vivir donde se desee o necesite vivir y trabajar.


Pese al paso de los siglos, la humanidad no materializa en toda la extensión de la palabra tal derecho humano. Aun los poderes fácticos reinantes en cada país hacen sentir el límite y poder de las barreras físicas y de otro orden que delimitan el mundo en pequeñas parcelas, unas más grandes que otras. Y los Estados, como expresión meridiana de esos poderes, se encargan de franquear el paso y de largarle los perros a quienes no aceptan ni quieren saber de prohibiciones. Para ellas y ellos, como debiera ser para el conjunto de la humanidad, el mundo, como una sola casa, debe ser de todos y de todas.

 

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Publicado enInternacional
Un empleado de NDP Technology en Ciudad Juárez, 9 de marzo de 2020Jose Luis Gonzalez / Reuters

Un día después de la histórica protesta para denunciar la violencia de género en el contexto del Día Internacional de la Mujer, millones de mujeres mexicanas se sumaron al paro nacional 'Un día sin nosotras', y se ausentaron del espacio público para visibilizar la importancia que tienen en la sociedad y economía del país latinoamericano.

Bajo la leyenda "El nueve, ninguna se mueve", miles de mujeres enviaron un poderoso mensaje en rechazo ante las violencias que padecen a diario en ese país y para poner sobre la mesa las demandas de la agenda feminista, que contemplan la interrupción voluntaria del embarazo, los salarios inequitativos, los derechos para las encargadas de los cuidados, entre otros.

 

 

Un alumno de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez en un aula vacía, México, el 9 marzo 2020.Jose Luis Gonzalez / Reuters

 

La ausencia de mujeres en el espacio público fue notoria en los 32 estados de la República. En las calles, escuelas, empresas, restaurantes, estaciones de transporte público y centros comerciales fue notorio el vacío dejado por ellas.

 

Estudiantes de la Universidad Autónoma de Baja California en Tijuana, 9 de marzo de 2020, Guillermo Arias / AFP

 

Las redacciones de los medios de comunicación de Ciudad de México, Puebla, Monterrey y Veracruz lucían vacías ante la ausencia de miles de mujeres que se quedaron en sus casas como parte del paro nacional.

 

La redacción del periódico ABC sin mujeres, en Monterrey, Nuevo León, el 9 de marzo de 2020.Daniel Becerril / Reuters

 

Desde el sector financiero, estimaban entre 34.000 y 43.000 millones de pesos (de 1.628 a 2.058 millones de dólares) las perdidas económicas en el marco del paro 'un día sin nosotras'.

 

Vista general de la empresa de ensamblaje NDP Technology, en Ciudad Juárez, 9 de marzo de 2020.Jose Luis Gonzalez / Reuters
 

Las mujeres se ausentaron de ir a trabajar a los comercios, fábricas, bancos, maquilas, ensambladoras, organizaciones, instituciones públicas y de los entrenamientos en los equipos de fútbol femenil.

 

Vista general de las calles durante la protesta en Monterrey, Nuevo León, el 9 de marzo de 2020.Daniel Becerril / Reuters

 

No obstante el masivo paro que se vivió en todo el país, millones de mujeres no pudieron sumarse a 'un día sin nosotras' debido a las posibles repercusiones que tendría en su vida, como una jornada descontada de su salario. Cuatro de cada diez mujeres pensaban que habría sanciones en caso de sumarse al paro, según una encuesta de El Financiero difundida el pasado viernes.

 

Sala de redacción de Multimedios Televisión en Monterrey, 9 de marzo de 2020. Daniel Becerril / Reuters

 

Indignación

Los recientes feminicidios de Ingrid Escamilla, una joven de 25 años que fue apuñalada y desollada por su pareja, y de Fátima, una niña de siete años que fue encontrada tirada en una bolsa, con signos de tortura, encendieron las alarmas sobre la brutal violencia que viven las mujeres en el país latinoamericano.

El año pasado, México registró 51.146 denuncias por violencia sexual en contra de las mujeres, lo que implicó un aumento del 19,1 % con respecto a 2018. También en 2019, mataron a 10 mujeres cada día. Hace tres años, el promedio era de siete.

Además, la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH) refleja que el 66,1 % de las mujeres de 15 años o más han sufrido al menos un incidente de violencia emocional, económica, física, sexual o de discriminación a lo largo de su vida, en al menos un ámbito, ya sea en la comunidad, en el entorno laboral, familiar, escolar o en pareja.

Las agresiones en la calle documentadas por la ENDIREH son principalmente de tipo sexual, como piropos groseros u ofensivos; intimidación, acecho; abuso sexual; violación e intento de violación.

Ante esta violencia cotidiana, millones de mujeres inundaron las calles de México el domingo durante la marcha del 8M y, en contraste, este lunes le hicieron ver al país la importancia que tienen en la sociedad, al evidenciar el peso específico de su ausencia.

Publicado enInternacional
Postales feministas desde Chile, Fotos de mazurquica

Una marcha motera feminista en Egipto, gases lacrimógenos en Turquía, detenciones en Kirguistán, ataques ultras en Pakistán y pañuelos por el aborto en Argentina son algunas de las principales postales del 8M.

 

Chile: un 8M contra el Gobierno de Piñera

 

De Chile ha salido recientemente el canto feminista más potente a nivel internacional en los últimos meses. La interpretación de Las Tesis de Un violador en tu camino se ha repetido hoy en buena parte del mundo y, como no, aquí también. En esta ocasión, delante de La Moneda, el palacio presidencial. El 8M en Chile ha llevado el sello del estallido social que vive el país desde el pasado 18 de octubre. Miles de mujeres se han congregado en la rebautizada Plaza Dignidad de Santiago. El aborto libre, seguro y gratuito y el fin a todo tipo de violencia machista han sido las demandas más coreadas, que se han mezclado con los gritos contra el Gobierno y la represión policial.

Las mujeres que cada viernes apoyan las protestas, como las brigadistas que atienden a los heridos o las 'mamás capucha', que llegan a la 'zona cero' para repartir comida a los jóvenes que se enfrentan directamente con la policía en primera línea, han cobrado un especial protagonismo este domingo. Texto: Meritxell Freixas.

 

Kirguistán: atacadas por radicales y luego detenidas

 

En Kirguistán, los ultras machistas y la policía apenas han dado tiempo a las manifestantes a desplegar las pancartas que tenían preparadas para la marcha. Primero, un grupo de encapuchados ha atacado con huevos la concentración convocada por la organización feminista Bishkek Feminist Iniciatives contra la violencia machista. Poco después llegó la policía y se llevó detenidas a unas 90 participantes cuando cantaban Un violador en tu camino, según ha informado la organización.

"Estuvimos en la comisaría unas dos horas y media", ha informado la portavoz del grupo. Tras anotar los datos de las activistas, la policía ha liberado a las mujeres. Según la portavoz, se trata de la primera vez que una marcha de mujeres en Kirguistán acaba con sus participantes en comisaría, ya que los actos convocados por las feministas en los últimos ocho años nunca habían sido interrumpidos de una forma tan abrupta. La portavoz relaciona lo ocurrido con la "radicalización" de una parte de la sociedad "que está en contra de los derechos de la mujer". La Policía ha informado que la concentración no estaba autorizada para poder garantizar su seguridad, lo que llevó a "diversas provocaciones e infracciones del orden público".


Argentina: pañuelazo por el aborto frente a la catedral

El movimiento feminista argentino ha celebrado este domingo un 'pañuelazo' por el derecho al aborto frente a la catedral de Buenos Aires. Al mismo tiempo, a unos kilómetros, en la Basílica de Luján, uno de los principales templos del país, la Conferencia Episcopal había organizado una misa para mostrar su rechazo a la interrupción del embarazo.

La semana pasada, el presidente Alberto Fernández anunció ante la Asamblea Legislativa el envío de un proyecto de ley para legalizar el aborto tras el último rechazo en el Senado, en agosto de 2018.


Colombia: sororidad feminista en Bogotá

"Por ellas es la lucha, de esto se trata", exclama la joven colombiana de la fotografía, apelando a la coherencia. La sororidad feminista era eso. Ayudar a limpiar una pintada a la trabajadora que, en su Día de la Mujer, no pudo cambiar los guantes de látex y la fregona por la pancarta. Una acción minúscula que causó la sonrisa cómplice de sus compañeras de protesta, "por las que no tuvieron el privilegio de salir a reivindicar sus derechos".

"Mujer trabajadora, esta es tu lucha", fue el lema de la masiva marcha que recorrió el centro de Bogotá (Colombia) y que este año terminó con una gran fiesta popular en uno de los barrios más pobres de la capital colombiana. "¿Quiénes son?", se preguntaba una vendedora ambulante del barrio, observando con incredulidad pasar a miles de mujeres jóvenes: las de los torsos al descubierto, las enmascaradas, las de las pañoletas verdes y moradas, las de la wiphala indígena, las madres con sus hijas. "Somos las nietas de las brujas que no pudieron quemar", coreaban ellas, como si hubieran escuchado su pregunta. Texto: Marina Sardiña.


Francia: unión del feminismo clásico y el joven en París

Rozan las dos de la tarde, todo el vagón se baja en Plaza d'Italie, se aglomeran las pancartas y se empiezan a escuchar los primeros lemas: "Somos valientes, estamos orgullosas, el feminismo radical entra en cólera". Esto acaba de empezar, cuentan muchas a medio camino entre el entusiasmo y la rabia. Piden cambios profundos y, algunas, la dimisión del presidente Emmanuel Macron. Francia es uno de los países con más asesinatos machistas de Europa. Las manifestantes portan pancartas con el nombre y la edad de cada una de las asesinadas este año.

Aparcando sus diferencias, el feminismo clásico, heredero de mayo del 68, y activistas más jóvenes y radicales han tomado este domingo las calles de París consolidando una presencia que aumenta a pasos agigantados desde 2018. Las más jóvenes y radicales no esperaron al 8M y el sábado por la noche celebraron su propia marcha, que acabó con represión policial y gases lacrimógenos. Texto: Marta Maroto



Egipto: la marcha de moteras feministas en El Cairo

En un país donde no están permitidas las manifestaciones y las mujeres suelen viajar en moto como pasajeras, sentadas de lado, con las piernas cerradas y agarradas a hombres que conducen, una decena de mujeres con chupas de cuero y rosas en la mano acompañadas por otros 15 moteros han realizado este sábado una concentración a lomos de sus harleys para reivindicar los derechos de las mujeres."Llevamos celebrando el Día Internacional de la Mujer desde hace cinco años, cada año vamos a un sitio diferente de la ciudad y conducimos todas juntas", cuenta Angy Ghattas, responsable de Harley Davidson en Egipto.

"Las mujeres egipcias son especiales, han sobrepasado el nivel de lo que está o no permitido", señala Hanna Sharawi, una de las moteras que ha participado este sábado en la concentración. "Las nuevas generaciones están cambiando, visten diferente, se quieren a sí mismas y creo que ha llegado la hora del cambio", añade. El recorrido este año ha comenzado en el centro de El Cairo, pasando por diferentes zonas de la capital egipcia como la plaza Tahrir, y ha terminado en el barrio de Zayed, a las afueras de la ciudad, dónde las motoristas se han reunido con sus familias, han comido shawarma y han terminado el evento al son de la música latina. Texto: Esther Alaejos

Turquía: gases lacrimógenos en Estambul

En Estambul, la policía antidisturbios ha intervenido con gases lacrimógenos y cargas contra una marcha feminista que pretendía manifestarse en la céntrica calle Istiklal, tradicional lugar de concentraciones cívicas. Desde el mediodía, los agentes habían rodeado tanto la avenida como la adyacente plaza Taksim con vallas metálicas e impedían el acceso para evitar que grupos feministas desplegaran pancartas en esta zona.

Sin embargo, más de 5.000 activistas se han reunido por la tarde en una calle cercana y han marchado hacia la zona blindada, derribando una valla, a lo que la policía ha respondido con cargas, gas y forcejeos para empujar al grupo nuevamente calle abajo. "La calle es nuestra" y "nunca cederemos la calle a los hombres", gritaban algunas.

Entre los eslóganes, aparte de la pancarta de "lucha feminista contra el patriarcado", destacaban mensajes contra el matrimonio de menores; contra la obligación de cuidar de marido, casa y niños; y de solidaridad con las mujeres inmigrantes. Otras dos concentraciones diferentes se han celebrado sin incidentes por la ciudad.
Postal Pakistán


Pakistán: las piedras no pueden con las manifestantes

Una breve lluvia de piedras provocada por el sector religioso más ultra no ha logrado frenar a las manifestantes feministas en Islamabad, capital de Pakistán, aunque han provocado varios heridos. Con el eslogan "Mi cuerpo, mi elección", la Marcha Aurat (mujer, en urdu) ha levantado ampollas en Pakistán desde su inicio en 2018, pero este año los sectores más misóginos de la sociedad habían multiplicado sus amenazas.

A pocos metros de la marcha y separados por varios cordones policiales y una valla se celebraba una contramanifestación. "El cuerpo es de Alá, la decisión es de Alá", rezaba un póster como respuesta al eslogan feminista. En uno de los peores países del mundo para ser mujer, centenares de mujeres iniciaron las protestas con marchas nocturnas el sábado. Las organizadoras de la marcha han dedicado la protesta a las "feministas que construyeron los cimientos" para anular una parte esencial de las llamadas Ordenanzas Zina, una normativa aprobada por el Parlamento nacional sin debate previo en 1979 que convertía la violación en un delito de adulterio punible hacia la mujer con una sentencia de muerte.

 

Fotografías: Marta Maroto / Meritxell Freixas / Esther Alaejos / Marina Sardiña /

 


España

El Salto diairo

 

 

https://www.elsaltodiario.com/8marzo/feminista-gran-manifestacion-madrid-8m-25-imagenes

 


 

Chile

 

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Fotos de mazurquica.
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