Miércoles, 01 Marzo 2017 08:22

La menstruación secuestrada

La menstruación secuestrada

 

Mancha, huele y en muchos casos duele. Pero en los anuncios sigue apareciendo como un líquido azul. Aunque cada vez se habla más de la menstruación (gracias a la labor pedagógica de las activistas menstruales), aún es un tema que permaneceoculto. Porque tiene que ver con el cuerpo de la mujeres. Si los hombres menstruaran igual hoy tendríamos otro sistema social y laboral. Y tal vez se hubiera investigado más la regla. Y quizá no se aceptaría el dolor como ‘normal’.

 

SILVIA MELERO ABASCAL @SilviaMeleroAba


“La menstruación es un tabú porque poner el foco en ella plantearía hacer un cambio en el sistema social y laboral”. Alicia Domínguez es especialista sanitaria, psicóloga, doula y autora del blog Üteropías. “Empecé a fantasear con la idea de cómo sería una sociedad organizada desde la salud femenina. Me la imagino más centrada en lo creativo que en lo productivo o lo competitivo, con un tono de relación amable, sin prisa, sin estrés asumido como normal, desde el cuidado, donde seamos dueñas de nuestro cuerpo y funcionemos según nuestras necesidades biológicas de descanso, placer o actividad. Desde un punto de vista auto-regulado y no socio-regulado”.

Cuando empezó a conocer los condicionantes socioculturales que influyen en la salud uterina (provocando patologías) se dedicó a profundizar en los procesos ginecológicos y fisiológicos. “Es revelador y revolucionario conocer tu cuerpo, tu menstruación, tus ciclos... Tiene una capacidad de generar cambios muy potente”.

Con su proyecto La Vía del Útero ofrece talleres a grupos de mujeres. “Nuestro útero responde a determinadas emociones. Vemos cómo es un útero que funciona de una forma saludable. Se trata de recuperar un lugar de referencia que no tenemos. Durante mucho tiempo ha sido concebido sólo como un espacio para tener hijos o un lugar de enfermedad y de dolor, no como vivencia en el cuerpo de la mujer. El útero fisiológicamente es un lugar de placer y de salud”.

El problema es que toda esa información no es tan accesible. Cuando a una niña le viene la regla, la frase que suele recibir es: “Ten cuidado, a partir de ahora te puedes quedar embarazada’. Desde ese momento, vivirá la menstruación como un tabú. Para normalizarla y visibilizarla, Diana Fabianoba dirigió el documental La Luna en ti, una película que ha cambiado la vida de muchas mujeres. “Las cartas que recibo me emocionan, mujeres que entendieron que no son las únicas a las que les pasan cosas, no son raras, no son cosas suyas. El dolor no es parte de ser mujer, no es su destino por ser mujer. Los médicos nos dicen que es lo normal, que la menstruación duele, que vas a parir con dolor. Lo han convertido en Biblia. Nadie debería sentir dolor, hay que cambiar eso. No hay una receta única, pero sí caminos individuales para cada una. Yo encontré el mío y me funcionó”.

 

 

"El útero es un lugar de placer y de salud"

 


El documental muestra, por ejemplo, cómo la danza del vientre de la terapeuta Mónica Lanzadera provoca cambios en las mujeres que se dedican a ellas mismas y ponen su atención hacia adentro”. El 80% de las mujeres sufre molestias físicas y psicológicas durante la menstruación. Sólo al síndrome premenstrual se le atribuyen 150 síntomas diferentes. Diana se fijó en que a nadie parece importarle que haya millones de mujeres infelices y un extraño silencio en torno a la menstruación. “Si a las mujeres se les deja espacio para menstruar sin presión, ellas son mucho más productivas en el resto del mes, si se acepta su propia naturaleza con sus espacios de descanso y cuidado, luego se rinde mucho más. Es bueno para la economía”.Para seguir divulgando, la directora hizo un segundo documental (Monthlies) dirigido a adolescentes, en el que desmonta mitos y aborda el tema con información y claridad.

 

Menstruar mola


Erika Irustra, investigadora, pedagoga y activista menstrual, asegura que ‘menstruar mola’. Lleva años dedicada a la educación a través de El Camino Rubí, una web que alberga la primera comunidad sobre ciclo menstrual (con escuela online incluida). “No puede ser que la mitad del planeta tenga el cuerpo mal. Yo no estoy mal. El mundo se ha diseñado sin la mitad del planeta y sobre ella. El problema es cómo se gestiona. Asumimos que el dolor es cosa nuestra, que es intrínseco o propio del cuerpo femenino, no del entorno estresante del sistema productivo. Nos sentimos culpables todo el rato y eso genera estrés y alteración hormonal con puntos de dolor. La manera en que comemos o dormimos (o no) nos afecta. Esto nos enferma. Aceptamos que somos nosotras las que fallamos. Respuesta que te dan: Ibuprofeno o ten un hijo”.

 

 

"El mundo se ha diseñado sin la mitad del planeta y sobre ella"

 


La investigadora explica que los temas de educación sobre la regla están en manos de la industria de higiene femenina o reproducción, sin tener en cuenta factores biológicos o emocionales, abordando la cuestión sólo desde la parte médica, farmacológica o de productos como compresas o tampones. A la industria tampoco le interesa hablar de la copa menstrual, una opción más ecológica, económica y saludable.

“La causa fundamental del tabú es que nosotras menstruamos y ellos no. Tenemos cuerpos de segunda. Si menstruaran ellos, el sistema social se organizaría en torno al ciclo menstrual. Seguimos regidos por una cultura judeocristiana, con cimientos culturales por los que las mujeres tenemos que superar el cuerpo que somos”. Y aunque hablar de la menstruación cada vez es más frecuente, asegura que se da una falsa normalización. “Hay una idea de que no es un tabú, es normal, es algo fisiológico, no pasa nada. Pero eso es mentira. Las compresas en los anuncios de televisión siguen manchándose de líquido azul. Las mujeres seguimos creyendo que no nos afecta, con un discurso normalizador que hace que no entendamos necesario conocernos. Pero cuando compartimos, nos damos cuenta. Tienes razón. No estás loca. Eres cíclica. No te pasa sólo a ti. Nos pasa a todas”.

 

 

"Las compresas en los anuncios de televisión siguen manchándose de líquido azul"

 


Para Diana, hay mucho interés aún hoy en que siga siendo un tabú por varios aspectos, uno de ellos económico. “Se convierte en vergüenza social menstruar, manchar la ropa. Muchas mujeres se ponen tampón e incluso compresa a la vez para asegurar que no se manchan, o cambian con más frecuencia la compresa para que no se note. Las multinacionales lo saben, les interesa que nos siga dando vergüenza. Las mujeres en Inglaterra hace unos meses salieron a la calle para decir que no quieren pagar el impuesto de lujo que llevan estos productos. Saben que nos callamos, que nos da vergüenza hablar de esto, que lo tapamos. Hacemos invisible la regla, como si no existiera. Estar guapa y deseable es estar sin sangre”.

Y recuerda también el aspecto político. “La menstruación fue un argumento para que una mujer no fuera piloto o jefe porque no se podía confiar en su capacidad y responsabilidad, dada su inestabilidad. Argumento también para no ser sacerdotisas, son impuras, no son limpias, no hay que tocarnos cuando menstruamos. Llevamos milenios con esto en las religiones”.

En su documental habla de esa impureza por la que el catolicismo dictaba qué podían hacer o no las mujeres dado que la sangre menstrual ‘nublaba’ su capacidad para pensar.

 

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Sobre tradiciones y mitos


Aunque la mayoría de las supersticiones sobre la menstruación son negativas, en Eslovaquia una antigua tradición cuenta que durante el invierno las chicas que estaban menstruando eran arrastradas en trineo por los campos para fertilizar la tierra. Diana entrevistó en México a la abuela Margarita, una sabia curandera maya. “Aprendí muchas cosas, ella y su tribu ven la sangre menstrual como algo muy valioso que hay que agradecer a la Madre Tierra. Riegan plantas y flores con sangre menstrual, les parece terrible tirar esos nutrientes, establecen ese vínculo con la tierra y la fertilidad”. Hay culturas en las que se enseñaba a las chicas desde edades tempranas a trabajar con sus cuerpos, aprendiendo a ejercitar el útero (el músculo más elástico). Los partos era indoloros, incluso orgásmicos. Lo que en otras épocas fue fuente de poder femenino, hoy es motivo de pérdida de poder y se vive como algo sucio.

Alicia subraya que en los años 50 se hicieron investigaciones sobre el útero y encontraron que en determinadas culturas no se concebía el dolor del parto y que para algunas mujeres incluso era un proceso placentero. “Luego Casilda Rodrigáñez ha hecho un trabajo precioso de recuperación de la información sobre sexología (que se ha quedado fuera de la información masiva a la que accedemos).

 

 

"Lo que en otras épocas fue fuente de poder femenino, hoy es motivo de pérdida de poder"

 


Los partos son dolorosos porque el útero está contraído. Durante una menstruación, un orgasmo y un parto, lo que pasa en el útero es lo mismo: se está moviendo. El útero en su estado de salud tiene un movimiento libre, tiene pulso”. Nuestras posturas corporales, la rigidez, la autoestima, la exigencia e imposición de un canon estético, las tensiones y otros factores lo contraen y eso genera dolor.

Una propuesta es recuperar la sensación física del útero y relajarlo. “Si tienes contracciones muy fuertes durante la regla, puede ser un desajuste bioquímico, a lo mejor lo puedes resolver con la alimentación, con magnesio. Pero otro aspecto importante es la relajación del útero”. Cita a Mónica Felipe-Larralde, autora del blog (Estudio sobre el útero), en el que plantea una relajación sencilla. Los resultados de su estudio demostraron que al hacer diariamente la relajación uterina, la mayoría de las mujeres dejaron de tener dolores menstruales. Para Alicia, liberar el cuerpo de la mujer es una revolución social. “Que la mujer conecte con su cuerpo y libere su sexualidad (la sexualidad no es sólo genitalidad, es energía vital), sus procesos hormonales, su capacidad creativa en sus ciclos de fertilidad. Tenemos muy avanzado el discurso de la igualdad y el feminismo pero en la práctica cotidiana tenemos muchos condicionantes interiorizados (sumisión, no demostrar demasiado placer, no expresar sensualidad).Se trata de recuperar eso pero para nosotras mismas, no con el fin de ser objeto de deseo. Recuperar nuestro sistema de placer como sistema de salud”.

Erika afirma que el autoconocimiento implica una revolución mundial. “Implica una cultura de la menstruación, del cuidado, para no tener enfermedades que no se investigan porque son nuestras. Yo creía que tenía un problema, que tendría que ir al psicólogo. De repente una semana me pongo a llorar, otra me río, ¿qué es esto? Me siento bien ahora en mi pellejo, menos vulnerable. Dejar de ser tu mayor enemiga para sentirte adecuada, apropiarte de tu cuerpo. Cuando naces niña es tuyo pero te lo alquilan. Hasta el Estado puede legislar sobre él. Vivimos como zombis en un cuerpo que no conocemos”.

 

 

 

Publicado enSociedad
Sábado, 18 Febrero 2017 07:50

Las mujeres olvidadas de la ciencia

Marie Curie, la científica más conocida y premiada.

 

Eclipsadas por los hombres de su entorno, muchas científicas han permanecido en la sombra durante muchas décadas. Recuperar su nombre es importante por justicia, para crear modelos actuales y para acabar con la discriminación que aún existe

 

Existen ciertas creencias en el imaginario colectivo sobre lo que significa ser un científico. Para verlas, se podría pedir a un niño que dibujase a una de las personas dedicadas a esta actividad: seguramente plasmaría en el papel a un genio alocado, un hombre con bata y cabellera alborotada. Por supuesto, ser un científico no es necesariamente así. Es, más bien, a lo que nos hemos acostumbrado cuando se piensa en ellos. Son geniales, son complicados... Y son hombres. En las críticas positivas que ha recibido la película Figuras ocultas en los medios estadounidenses –recupera la historia de las olvidadas mujeres negras matemáticas de la NASA– se destaca su representación del genio matemático no solo como mujeres y negras, sino también como personas que llevan vidas normales al margen de la ciencia. Algo bastante inusual en el cine sobre esta materia, que tiende a crear imaginarios sobre el genio y la locura.

En el ensayo biográfico que desentraña esta historia, titulado también Figuras ocultas (HarperCollins Ibérica, 2017), la autora, Margot Lee Shetterly, habla de esos momentos clave en los que se generó la imagen de los científicos de la NASA como hombres blancos, vestidos con camisa y corbata y equipados con un casco. En los comienzos de la carrera espacial, cuando Estados Unidos ponía en órbita sus primeras misiones tripuladas, se filmó un documental que luego se retransmitió masivamente al público. En él, las imágenes capturadas en las salas de comunicación que entablaban conversaciones con los astronautas estaban llenas de esos hombres, aunque esos hombres no fueran todos los científicos que estaban detrás del trabajo que había mandado las misiones al espacio. Por ejemplo, las computadoras –profesionales responsables de los cálculos realizados– eran siempre mujeres.

“En la ciencia ocurre lo mismo que ocurre en cualquier campo: somos ignorantes del papel de la mujer en muchísimos terrenos en los que estuvo presente”, explica, poco después de que su novela llegase a las librerías, Miguel A. Delgado, autor de Las calculadoras de estrellas (Destino, 2016). Su libro captura, desde la ficción, a algunas de esas mujeres científicas tan desconocidas para el gran público (aunque no tanto en este caso para el público especializado). Mujeres que durante finales del siglo XIX y principios del XX trabajaron en la Universidad de Harvard para hacer un censo de todas las estrellas del firmamento.

Sus historias y sus descubrimientos han sido muchas veces difuminados o eclipsados por las figuras masculinas de su entorno, por lo que es complicado recuperarlas de las sombras de la historia. “Uno de los motivos es que las primeras mujeres eran hijas de o hermanas de algún científico, lo que ha hecho que su trabajo se asocie a la parte masculina”, apunta Teresa Valdés-Solís sobre las razones de este desconocimiento del papel de las científicas. Valdés-Solís es científica en el Instituto Nacional del Carbón, divulgadora científica y una de las personas que está detrás del Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, que se celebra el 11 de febrero y que busca visibilizar el papel de la mujer científica. Fue lo que ocurrió, por ejemplo, con Caroline Herschel, pionera de la astronomía y que solo fue, durante mucho tiempo, la hermana de Sir William Herschel; o con Ada Lovelace, la desarrolladora del primer lenguaje de programación y cuyo trabajo fue minimizado frente al que hacía Charles Babbage. Lovelace era en los libros simplemente la hija de Lord Byron.

En las nomenclaturas y los homenajes, algo en apariencia inofensivo, también se puede observar esta realidad. En la Luna, por ejemplo, hasta 1.586 accidentes geográficos llevan el nombre, a modo de homenaje, de alguna persona. De ellas, según apuntan Daniel Roberto Altschuler y Fernando J. Ballesteros en Las mujeres de la Luna (Next Door Publisher's y Jot Down Books, 2016), solo 28 son mujeres. “Hay muchas más mujeres en la ciencia”, denuncia Ballesteros, que ese bajísimo porcentaje de mujeres que han logrado entrar en los montes y cráteres de la Luna. “Las mujeres tienen el planeta Venus”, reconoce el autor, pero hasta en ello se puede ver cierto machismo, explica. Solo hay que pensar en qué se basan los nexos de unión de Venus con las mujeres.

 

 

Las mujeres de la ciencia en España


Casi todos los ejemplos femeninos que se suelen invocar en la historia de la ciencia suelen estar ligados a los países anglosajones. Quizás porque ellos han hecho mejor sus deberes de recuperar su historia o quizás simplemente porque ha habido más mujeres haciendo ciencia. “Es más difícil tener más datos de mujeres científicas españolas”, reconoce Teresa Valdés-Solís, aunque da algunos nombres, como el de Fátima de Madrid o María Andrea Casamayor, la primera astrónoma del siglo X y la segunda matemática del XVIII. A ellas se podría sumar el de Olivia Sabuco, la autora de un tratado médico en el XVI a quien su padre intentó robar el trabajo (aunque toda la historia está rodeada aún de cierto debate sobre quién hizo qué e incluso quién existió en su momento).

En España también hubo calculadoras de estrellas como las de la Universidad de Harvard, aunque por el momento nadie ha hablado de ellas, posiblemente porque seguirles la pista es una labor de muchísima dificultad. Según Fernando J. Ballesteros, estas mujeres existieron a finales del siglo XIX en el Observatorio de San Fernando, en Cádiz, trabajando en la Carte du Ciel, el proyecto que hacía la competencia a la universidad norteamericana para catalogar el cielo, y que estaba liderado por el Observatorio de París. “No tenemos más información que una mención de que ‘hemos contratado a cuatro señoritas’. No sabemos ni siquiera sus nombres”, señala.

Sumergirse en los periódicos de la época a través de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España permite seguir los cambios en la directiva, los viajes de sus responsables y hasta los problemas de presupuesto del Observatorio de San Fernando durante el XIX, pero no permite descubrir nada más sobre estas mujeres olvidadas. En las noticias de la época (incluso en las noticias sobre el papel del Observatorio en la elaboración de la Carte du Ciel), ellas no existen.

Al escaso papel de la mujer habría que añadir una perspectiva más general sobre la cuestión de la ciencia en la historia de España. Como apunta Valdés-Solís, el hecho de que la ciencia necesitase hasta prácticamente el siglo XX que uno se autosustentase (y por tanto destinar la fortuna personal a hacer investigación científica) hacía que esta dedicación estuviera en general en manos de los nobles, los aristócratas y quienes tenían un buen colchón en el que apoyarse. Esto provocó que, por un lado, las mujeres tuviesen más dificultades para hacer ciencia (en general no solían tener fortuna propia) y, por otro, que quizás en España se hiciese menos ciencia que en otras partes del mundo. Puede que, especula Valdés-Solís, los ricos de aquí tenían otras inquietudes.

 

 

Por qué es importante recuperar a las mujeres de la ciencia


Recuperar el nombre de las mujeres de la ciencia tiene una cierta voluntad de justicia. No fueron pocas las mujeres que vieron suplantado, de una manera o de otra, su trabajo científico. Las calculadoras de estrellas de Harvard no podían firmar investigaciones. Los premios Nobel (los nombres de Rosalind Franklin y Lise Meitner se repitieron en todas las conversaciones) fueron a parar muchas veces a hombres, sin incluir a las mujeres que habían colaborado, iniciado o apuntalado esos descubrimientos. Como apunta Fernando Ballesteros, cuando hablamos de la producción científica de las mujeres, muchas han tenido que firmar a lo largo de la historia con otros nombres o con iniciales.

Por otro lado, el papel de la mujer en la historia de la ciencia y de la tecnología es crucial por el efecto que tiene sobre las jóvenes de hoy en día. Que lo que nos cuentan sobre la historia de la ciencia y de la tecnología sean siempre historias protagonizadas por hombres ayuda a asentar la imagen de que ambos son mundos de hombres. Una idea que no solo es equivocada, sino que además es especialmente relevante porque puede provocar que las niñas abandonen prematuramente su interés por la materia: “Las niñas muestran interés por la ciencia antes que los niños, pero cuando llegan a la adolescencia esto se desploma”, apunta Miguel A. Delgado. “Hay como una presión un poco invisible”, comenta. En cierto modo, continuamos manteniendo la simplificación de que los ‘niños son de ciencias’ y las ‘niñas de humanidades’.

La ausencia de referentes es algo también peligroso. No existen guías o modelos, y se ve la ciencia como algo que toca a otros. “Cuando les pido que me pongan ejemplos de científicos me dicen todos hombres y todos muertos”, indica Teresa Valdés-Solís sobre lo que ocurre cuando hace actividades de divulgación científica con niños. Si se hace lo mismo con los adultos también resulta muy difícil que digan nombres de científicos vivos. “Es un problema no solo asociado al género, sino también a cómo se transmite la información”, apunta, señalando que en todas las noticias de ciencia sobre trabajos actuales se suele hablar de científicos en general, lo que provoca un cierto desconocimiento sobre sus nombres. “Con los deportistas no pasa”, señala por ejemplo.

A todo ello hay que sumar que aún queda mucho por hacer en la actualidad. Según Fernando J. Ballesteros, aunque cada vez es menor, sigue habiendo ciertos sesgos en el mundo de la ciencia: la balanza se inclina de un modo o de otro hacia lo anglosajón y la firma masculina (ellos son los que dominan en los elementos de referencia).

¿Siguen la tecnología y la ciencia siendo en cierto grado un club de caballeros? Cuando se habla con los científicos que trabajan en España, todos aluden a que, en el mundo de las universidades –y por tanto el mundo de la administración pública–, no se puede discriminar por género, que los sueldos están fijados por categorías. Claro que, cuando se reflexiona más sobre la materia, sale a relucir otra cuestión, la de que en los puestos superiores suele haber una mayoría de hombres. “A nosotras a veces nos resulta difícil verlo”, reconoce Teresa Valdés-Solís, explicando cómo se perciben las cosas desde dentro. Luego, analizando los datos, ves que aún queda mucho por hacer. Ellos ascienden antes que nosotras y lo hacen más deprisa”, recuerda. “Es difícil ver el porqué, ya que piensas que ya somos todos objetivos. Pero algo pasa”, añade.

 

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Espacio de información realizado con la colaboración del Observatorio Social de “la Caixa”.

 

*Raquel C. Pico

Periodista, especializada en tecnología por casualidad, y en literatura por pasión.

@RAQUELPICO

 

 

Miércoles, 01 Febrero 2017 07:19

El papel de los hombres en la lucha feminista

El papel de los hombres en la lucha feminista

“Debemos evitar apropiarnos de la lucha relativa a las cuestiones de género. Siempre debemos ser conscientes de ello. La tentación existe debido a la tendencia dominante de los hombres. Debemos mantenernos vigilantes y recordar que ésta es una lucha que tienen que liderar las mujeres” Mbuyiselo Botha, Foro de hombres sudafricanos

Aunque el movimiento de hombres por la igualdad surgió en los años 70 en los países nórdicos, en España no es hasta los años 80 que se empieza a visibilizar este movimiento, cuya entrada en escena ha provocado diferentes reacciones. Según señala Luis Bonino: “son acusados por otros hombres de promover la cultura del hombre “blando”, emprender cruzadas junto al feminismo contra la masculinidad, promover el culto a la emoción e impulsar el fracaso masculino”.

Tampoco gozan de la confianza de algunas mujeres feministas que lo ven como unos “infiltrados” dentro del movimiento, dudando de sus intenciones al creer que en realidad les motiva un deseo de seguir manteniendo cuotas de poder, ahora dentro de un marco más igualitario. Todo esto genera un debate que podría definirse en los siguientes términos: Parece obvio y evidente que las mujeres por sí solas no pueden conseguir todos los profundos cambios sociales que requiere la construcción de un mundo igualitario, se precisa para ello de manera inevitable la participación activa de los hombres pero...

¿Cuál es el papel de los hombres en la lucha feminista? ¿Deben hacerlo integrados dentro de los movimientos feministas liderados por mujeres o deben hacerlo desde fuera?.
Quizás para ayudar a responder a la pregunta, sería bueno recordar QUÉ es el patriarcado, a QUIÉN (o quienes) afecta, y CÓMO combatirlo.

Gerda Lerner (1986) define el patriarcado como: “la manifestación e institucionalización del dominio masculino sobre las mujeres y niños/as de la familia y la ampliación de ese dominio sobre las mujeres en la sociedad en general”. Se trata de un orden culturalmente establecido que otorga poder y privilegios a los hombres discriminando de esta forma a las mujeres. Las maneras en que el patriarcado se manifiesta son distintas para distintas sociedades y van cambiando a lo largo de la historia.

Estas podrían ser algunas de las características con las que se presentan en la actualidad y que nos podrían ayudar a definirlo. En el Patriarcado, las mujeres:

1- Carecen de autonomía económica debido a que sus ingresos, o no existen, o son bajos al realizar trabajos precarios, inestables o a tiempo parcial. Para las mujeres se reservan los puestos de «bajo perfil» o de «perfil asistencial» .

2- Cargan con todo o a la mayor parte del trabajo no remunerado (trabajo doméstico y cuidado de personas).

3- Tienen expectativas más bajas en el mundo laboral al entenderse que son ellas las que deben asumir el cuidado de hijos e hijas y del hogar.

4- Quedan fuera (o son minoría) de los altos cargos y de toma de decisiones, tanto en empresas privadas como en instituciones públicas.

5- Sufren violencia tanto dentro como fuera del espacio doméstico (violaciones, ablaciones, asesinatos, trata, acoso...).

6- Son moldeadas bajo un patrón cultural impregnado de valores tales como: sensibilidad, ternura, belleza, debilidad, pasividad... lo que les lleva a crear relaciones de dependencia y sumisión hacia el hombre.

El sistema patriarcal asegura la transmisión de este orden desigual de generación en generación a través de usos, costumbres, tradiciones, normas familiares, prejuicios y hábitos sociales que aprendemos a través de un sutil pero eficaz proceso de socialización. Esta situación hace nacer entre las mujeres un sentimiento de pertenencia a un grupo social discriminado que las lleva a movilizarse para luchar contra este gran gigante opresor que es el patriarcado, una lucha en la que asumen de manera responsable un papel protagonista, como protagonistas han sido y lo son todos los colectivos oprimidos, humillados, vejados y sometidos.

Del mismo modo que son los homosexuales los que lideran la lucha contra la homofobia o la raza negra contra el racismo, puesto que es dentro del mismo seno de cualquier colectivo discriminado de donde nacen sus protagonistas, quienes tienen la autoridad moral para liderar su lucha y decidir la forma y el modo en que quieren ser liberadas. En este contexto reivindicativo se reconoce el papel primordial y necesario del hombre como compañero de lucha.
Sin embargo, debe ser entendido que se trata de un papel de acompañamiento, solidaridad, apoyo y complicidad que le permita reconocer siempre el papel protagonista de las mujeres y cuyo papel activo consiste en asumir y propagar un discurso que llegue al corazón de otros hombres. Dice Rubén Sánchez, psicólogo, formador y activista feminista: “La lucha feminista debe estar dirigida por las mujeres, y yo sólo me empecé a denominar feminista cuando mis compañeras me reconocían de este modo”.

O como diría Alexander Ceciliasson cuando hace referencia al papel de los hombres en la lucha feminista: “...Uno, retroceder y callarnos y, dos, hablar con otros hombres”.

En este sentido se podría esperar de ellos que:

–Rechacen todo tipo de violencia que sufren las mujeres y solidarizarse con sus víctimas. “La alianza de los hombres con los grupos que se oponen a la violencia contra la mujer reviste una importancia crucial y constituye una demostración patente y práctica del interés común entre hombres y mujeres por detener la violencia”. Michael Flood.

-Se posicionen públicamente contra la discriminación histórica que han ejercido los hombres sobre las mujeres. “... nuestra liberación como hombres sudafricanos negros es inseparable de la liberación total de las mujeres en este país. Resultaría hipócrita hablar de la liberación cuando sabemos que una gran parte de la sociedad sigue estando sometida” Mbuyiselo Botha, del Foro de hombres Sudafricanos

–Apoyen las reivindicaciones de las mujeres a favor de sus derechos personales, laborales, sociales y políticos. “Compañeras, no habrá revolución verdadera hasta que no se libere a la mujer”. Thomas Sankara. Presidente de Burkina Faso (1983-1987)

–Reconozcan al sistema patriarcal como un sistema opresor que discrimina a las mujeres y favorece a los hombres. “Lo que los hombres necesitamos hacer no es centrarnos en el hecho de que las mujeres tienen menos posibilidades, sino en el hecho de que nosotros tenemos más. Tenemos tantas posibilidades que tenemos extraposibilidades. Hemos conseguido demasiadas posibilidades a través de robárselas a otras personas.” (Alexander Ceciliasson).

El sistema patriarcal, no sólo afecta a las mujeres, sino que, aunque de distinta manera, y en menor intensidad, afecta también a los hombres, en tanto que son muchos los que no se identifican con el modelo estereotipado, cerrado y encorsetado que propaga el patriarcado respecto a cómo deben comportarse dentro de este sistema opresor o las expectativas que de ellos se espera en el ejercicio de su masculinidad, basado en los valores de poder, fuerza, valentía, atrevimiento, exigencia, competencia, rivalidad e imposición. Un modelo este de persona en el que lo afectivo-emocional está devaluado y donde lo político-social sobredimensionado.

Nos encontramos pues con un colectivo de hombres que reaccionan ante el efecto pernicioso que el patriarcado ejerce también sobre ellos, y la discriminación que sufren al no reconocerse en el modelo de hombre tradicional establecido. Hombres unidos por una causa común: La construcción de nuevas masculinidades, lucha en la que ellos, y ahora sí, son sus primeros y únicos protagonistas, dado que es en ellos donde radica la voluntad de transformación.
El papel responsable que se espera de los hombres en este sentido es el de comprometerse de manera activa, rompiendo con el modelo tradicional masculino y construyendo nuevos valores y referentes de masculinidad, positivos, respetuosos, solidarios, igualitarios y más libres, asumiendo esta tarea de manera individual y colectiva.

Es prioritario tomar conciencia de que el modelo masculino basado en la superioridad, el desafecto, la represión de las emociones, la imposición de la fuerza, la competencia y la violencia, deshumaniza y empobrece a los hombres al tiempo que subordina y discrimina a las mujeres. Un compromiso que les lleve a no reproducir el sexismo en sus vidas, que pase por la de-construcción del hombre patriarcal dominante y la transformación en otro modelo social más justo e igualitario.

De manera que, respondiendo a la pregunta de la que partíamos, y a modo de conclusión podríamos decir que el papel de los hombres en la lucha feminista es vital y primordial, sin su colaboración es del todo imposible alcanzar la meta de un mundo igualitario. Esta contribución a la causa feminista vendría definida, de un lado, por el trabajo cómplice codo a codo en el seno de organizaciones lideradas por mujeres dando muestras de apoyo, dando aliento, acompañando, secundando y denunciando al sistema patriarcal como origen de todos las formas de discriminación que viven las mujeres, y colaborar, implicándose, en la tarea de su visibilización y empoderamiento.

Al mismo tiempo, y de manera simultánea, se precisa de un trabajo activo en el seno de organizaciones de hombres donde protagonizar y liderar un compromiso individual y colectivo encaminado a la construcción de nuevas masculinidades definidas por los valores universales de justicia, solidaridad, diálogo, colaboración, tolerancia, comprensión, ternura, cariño y todos aquellos que permitan a mujeres y hombres disfrutar de los mismos derechos y ejercer las mismas obligaciones.

Crear un espacio de debate y reflexión interna encaminada a encontrar las maneras y modos de contribuir a la tarea igualitaria tal y como llevan haciendo las mujeres desde tiempo inmemorial.

Si (y solo si) esto es así, COMPAÑERO, NO NOS MIRES, ÚNETE

 

Por Macarena Neva Delgado
TribunaFeminista

Publicado enSociedad
Respeta nuestra existencia o espera resistencia

La escritota peruana Claudia Salazar Jiménez –Premio Las Américas de Novela–, que reside en Nueva York, cuenta para PáginaI12 su experiencia en la multitudinaria marcha de mujeres en Washington en protesta contra el flamante presidente norteamericano.


Ventanas destrozadas, tachos de basura quemados, la policía rociando gases lacrimógenos a los manifestantes. Algunas calles de Washington DC completamente cubiertas por el humo y la gente corriendo sin ningún orden. El desborde de la frustración luego de la jura de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos el mediodía del viernes 20 de enero.


Este fue un panorama muy distinto al del día de ayer. Un día marcado por el reclamo de justicia, igualdad y democracia en la marcha de mujeres más grande de la que se tiene recuerdo. Se esperaba la asistencia de unas doscientas mil personas, pero los primeros conteos afirmaban que el número no bajaría de quinientos mil y que probablemente se acercaría al millón. Según lo que pude ver, el millón es un número más cercano a esta explosión de indignación y reclamo. Un millón de voces.


El día comenzó a las 4.30 de la madrugada en Nueva York, todavía con el cielo oscuro, desde donde abordamos los buses que nos llevarían a la marcha. Curiosamente, mi bus llevaba el nombre de “Bus de los artistas” y era uno de los muchos que se lanzarían a la carretera a las 5 de la mañana, en una caravana llena de feministas adormecidas. La llegada a DC estaba programada para las 10, hora oficial del inicio de la marcha, con una asamblea donde participarían personalidades reconocidas, activistas, artistas y celebridades.


La mañana nos sorprendió en pleno tráfico de la carretera. La carretera estaba llena de buses cuyo interior rebosaba de personas con carteles. ¡Todos iban a la marcha! Quizás nos despertó el cambio de velocidad del bus, la sensación de que avanzábamos más lento o de que casi no lo hacíamos. Aunque suene contradictorio, el cuerpo no sólo se irrita por la velocidad, también es susceptible a la lentitud. La vida reclama seguir avanzando.


Y de pronto, una marea rosada. La ola de “pussy hats” nos dio la bienvenida a Washington. Muchas mujeres de diferentes ciudades del país tejieron para sí mismas y para sus amigas y compañeras de la marcha unos gorros de mil tonos de rosa, con dos orejitas que simulaban un gato (también llamado “pussy” en inglés, palabra que también denomina los genitales femeninos, la “concha”). Los pussy hats eran democráticos, no discriminaban por edad, orientación sexual, raza, había tantos tonos de rosado como grupos de manifestantes. Pussy hats como respuesta indignada a la infeliz frase del ahora presidente Trump, quien dijo a las mujeres que había que “agarrarlas por la concha”. Bajamos del bus y uno de los primeros afiches decía “No vas a agarrar ni mierda”, en letras doradas llevado por tres chicas totalmente agatunadas. No solamente el gorro, sino las máscaras, la pose, colas, sus cuerpos gritando rotundamente ¡NO! al desprecio misógino mostrado por Trump durante su campaña electoral.


Otras amigas llegarían luego en otros buses, y confiábamos en nuestros teléfonos y las redes sociales para encontrarnos. Así que nos dirigimos al punto de inicio de la marcha, en el cruce de la Avenida Independencia y la Calle Tres. La marea humana era impresionante, no solo por su cantidad sino por su diversidad. Los carteles expresaban, en diversos tonos y estilos, los reclamos y preocupaciones de quienes habíamos decidido participar, poner el cuerpo en la capital del imperio.


La palabra “feminista” se repetía en remeras, banderolas, carteles, dibujos. ¿No decían que era una palabra que provocaba miedo y hasta rechazo? “Mi cuerpo, mi decisión”, invocaban unas jóvenes universitarias que venían desde Austin y marchaban por defender su derecho a elegir y a tener acceso a Planned Parenthood, una organización sin fines de lucro que brinda acceso a salud reproductiva de la mujeres. Trump y los congresistas republicanos tienen en la mira retirar los fondos estatales que recibe esta institución, lo que dejaría sin cobertura a mujeres de escasos recursos.


“Somos viejas mujeres repugnantes” (Nasty old women) reclamaban las remeras rosadas de tres señoras que ya eran veteranas de las luchas feministas de los años sesenta y que ven con temor una amenaza a estos derechos con el gobierno de Trump.


Si los pussy hats fueron el objeto símbolo de la marcha, la frase “Nasty woman” (mujer repugnante) se convirtió en el emblema. En plena campaña presidencial, Trump no supo qué responder a las ideas de Hillary Clinton durante un debate y sólo atinó a llamarla “Nasty woman”. Desde allí, lo repugnante ha sido recuperado por los movimientos feministas y se ha vuelto un significante que las mujeres llevan con orgullo: “Las mujeres repugnantes siguen luchando”, “Las mujeres repugnantes consiguen hacer las cosas”, “Sigue siendo repugnante”, y así en ciencia de carteles y hasta bandas que llevábamos como si fuéramos ganadoras de concursos (abyectos) de belleza.


La marea humana no nos permitió llegar al inicio de la marcha, pues se iba haciendo más compacta a medida que nos acercábamos a la avenida Independencia. Por la calle tres fue imposible, así que intentamos por la calle seis, donde habían colocado una pantalla gigante. En ese momento, daba un discurso Gloria Steinem, una de las lumbreras del feminismo estadounidense, desbordada ella misma por esa multitud que seguía creciendo y ovacionándola. En su discurso reconoció la potente energía de los manifestantes, la clara respuesta frente al nuevo presidente. Más ovaciones. Y dijo también algo fundamental, que es importante poner el cuerpo y no solamente “hacer clics”. Más ovaciones. En ese momento me di cuenta de que no había cobertura de Internet. Como si fuera un conjuro de la Steinem, no más clics, ni tweets, ni Facebook. Puro cuerpo. Piernas para seguir marchando, piel para seguir aguantando el frío, brazos para levantar nuestros carteles.


La avenida Independencia se resistía, y ya que era central en la ruta de la marcha, había que entrar en ella. Mientras tanto, sus márgenes, las avenidas paralelas veían también la marcha sin la celebridades. Un niña llevada en hombros por su padre con el cartel “Ya es suficiente. Soy suficiente; una madre y su hija compartiendo “Pelea como una chica”; un niño de ojos brillantes reclamando “Protejamos a los niños trans”; la joven afroamericana sin pussy hats pero con los bigotes gatunos dibujados sobre el rostro; el chico de falda y su “bésame, soy queer”; diversidad de reclamos, diversos motivos por los que estábamos allí.


La diversidad también se organizó paralelamente en grupos de tambores. Uno muy especial fue el grupo Batala, de DC. Se alinearon a un lado de la acera y bajo la dirección de una mujer que parecía salida de una película hippie (vestido delicado, ¿cómo no sentía frío?) impregnaron el aire húmedo de la resonancia de sus tambores. Ligeros al inicio, y cada vez más potentes, más y más hasta que los cuerpos se convertían en una extensión de esas vibraciones. Los cuerpos eran percusión y el frío se volvía nada, mientras que detrás de la banda un cartel resumía la escena: “Solamente amor”.


Otro intento por entrar en la Independencia; pero los márgenes ya había hecho lo suyo: la marcha tuvo que cambiar su ruta. En ese momento, la internet se reactivó y entró el mensaje de una amiga: “Claudia, que está pasando, no estamos avanzado aquí. Estamos cerca del estrado”. Iba a responder y la red de cayó nuevamente. Pasó eso, el desborde.


Pasó que la ruta Pre establecida no pudo contenernos. Ni a los musulmanes repitiendo “No somos terroristas”, ni a los afroamericanos con su combativo “Black Lives Matter”, ni a los latinoamericanos con carteles escritos en español “Los migrantes no somos violadores”. Menos aún a los niños que corrían envueltos en las banderas del arco iris y a los miles de hombres que caminaban al lado de sus esposas, amigas madres, abuelas, con carteles “Yo apoyo lo que digan ellas” y flechas señalando a todas las que marchábamos. O a aquel chico delgado con pinta de rockero “Los hombres de calidad no temen la igualdad”.


Dentro de su ritmo pacífico, hubo también espacio para el disenso y las manifestaciones medievales en medio de la marcha: grupos religiosos conservadores que nos llamaban pecadoras y abominación, leyendo en voz alta pasajes bíblicos y conminándonos a regresar a nuestro rol natural de santas mujeres, adjudicado por el buen señor de los cielos, y carteles repitiendo lo mismo; se acercó una mujer con flores y el lema “Querido Blanco supremacista patriarcal. No somos nosotras, eres tú. “¡Lárgate!”. Y a pocos metros, uno de ellos llevando orgulloso su cartel: “El feminismo es una rebelión”. Todas pasamos a su lado y nos tomamos fotos con él, sonrientes. En su ignorancia conservadora, el tipo lo había dicho todo.

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