Huelga planetaria…gran logro de las luchas de las organizaciones de mujeres y de los feminismos

Declarar una guerra en todo el mundo es una gran osadía, un gesto de máxima rebeldía y poderío. Con esta huelga enfrentaron la trivialización que diversas instituciones han hecho del día internacional dedicado a lucha por los derechos de las mujeres


Declarar una huelga en todo el mundo es una gran osadía, un gesto de máxima rebeldía y poderío, equiparable solamente a las luchas que durante muchos años adelantaron los obreros y obreras del mundo para conquistar el 1 de Mayo como día internacional de la clase obrera.

 

En el 2017, las feministas y organizaciones de mujeres realizamos, por primera vez, una huelga planetaria contra el sistema patriarcal, contra la desigualdad del capitalismo neoliberal y contra las distintas formas de exclusión, aprovechando los medios y tecnologías como whatsapp y el internet, entre otros.

 

Con esta huelga enfrentamos y confrontamos la trivialización que los medios de comunicación, las empresas, los partidos y hasta los sindicatos han pretendido hacer del día internacional dedicado a la lucha por los derechos de las mujeres.A pesar de que el sentido de esta protesta mundial tiene variedad de interpretaciones y sentidos para las organizaciones y grupos que la promovemos en tantos lugares de la tierra, es claro que logramos emocionar a miles de mujeres, reconocerlas y valorar su aporte a la construcción de la riqueza material y espiritual y concitamos su indignación contra este destructivo orden sociosexual, contra esta civilización que amenaza la vida humana y no humana.

 

Se preguntarán algunas personas porque este 8M nos declaramos en huelga y nos fuimos a la calles, nos dedicamos a marchar, reír, cantar y lanzar nuestras arengas. ¿Contra quién fue esta huelga? ¿Acaso puede considerarse que el compañero, marido, amante, la familia, son los explotadores?

 

¡Sí! Radicalmente sí, cuando en la familia no hay un reparto democrático de las labores domésticas y se cree que la mamá, la esposa o compañera es la responsable del orden, del aseo, del bienestar común.


¡Sí! Absolutamente cierto, si el goce sexual es solo para el varón y si hacer el amor se convierte para la mujer en un acto forzado.

 

Sí! Si las hijas e hijos no comparten todas las tareas del hogar, según su edad y circunstancias, y si las adultas de la familia se ven obligadas a renunciar a su formación, educación, al disfrute del tiempo libre, para que las y los más jóvenes vivan “al ancho”, estudien, vayan a cine, salgan de rumba, mientras ellas se quedan en casa, limpiando, lavando, cocinando, empobreciéndose en todo sentido.

 

El 8M pretende justicia para las mujeres en el ahora, no en un hipotético futuro donde se producirá la liberación de las y los oprimidos. Busca erradicar esa primera esclavitud, que es por supuesto, la sujeción al trabajo gratuito, no remunerado que nos pretenden inculcar como parte del amor abnegado y sufrido, del amor romántico según el cual, debemos entregarlo todo, sin esperar nada a cambio.

 

Por eso, la huelga también se hace contra el orden global heteropatriarcal –un patriarcado en el que predominan los varones y la lógica heterosexual– que es depredador de la naturaleza, que destruye nuestras corporalidades, que nos somete a tráfico y explotación sexual desde la infancia, un orden civilizatorio al servicio de la acumulación de poder y riqueza para unos pocos, a costa de la miseria y dolor de millones de personas.

 

Por eso, la huelga fue realizada contra toda entidad o institución cómplice de este orden y de esta civilización, llámese pareja, familia, iglesia, partido, organización social, sindicato o movimiento barrial.

 

No fue fácil. Nosotras la hicimos en Colombia en medio de la contienda electoral en la cual las élites dueñas del país están concentradas en “atornillarse” a los cargos de elección popular por otro cuatrienio, mientras que los movimientos sociales y democráticos, enfrentan complejos y simultáneos escenarios: participan en la lucha electoral, demandan del gobierno de Santos cumplimiento a lo pactado mediante el Acuerdo de Paz con las Farc, apoyan un acuerdo similar con el Ejército de Liberación Nacional –Eln–, y, al mismo tiempo, esquivan las balas criminales que le disparan los enemigos de la paz, la ultraderecha, los paramilitares que se quedaron en la retaguardia esperando precisamente este momento.

 

Así que, ¿a quién le importa la guerra contra las mujeres, que de manera continua produce víctimas en los hogares, en las calles, en los colegios y universidades, en los ámbitos de la salud, la educación, el empleo, el ejercicio político, y, de manera agravada, en las regiones donde opera el narcotráfico y las bandas criminales?

 

Distintas modalidades de una guerra casi invisible

 

Las modalidades de daño que se utilizan en esta guerra del heteropatriarcado contra las mujeres, van desde las exclusiones en el mundo político, social, cultural y económico, hasta el exterminio físico y las lesiones que no son letales en forma inmediata y que ocasionan en las niñas, las jóvenes y adultas daño emocional permanente. Invisible, pero tangible: son vidas humanas destrozadas por largo tiempo, quizás para siempre.

 

Así ocurre con el abuso sexual infantil infringido por el padre (o personas a cargo de las y los menores), al interior del idealizado hogar o familia tradicional que afecta en forma determinante la capacidad de construirse una estructura del yo, esa que hace que alguien sienta que es alguien.

 

Esta violencia que no es imaginada. En el 2017, el Instituto de Medicina Legal practicó 17.908 exámenes médico legales por presunto delito sexual a menores de edad. El 84,2 por ciento de las víctimas eran niñas, entre los 10 a 14 años de edad, con 8.278 casos. Luego están las menores de 5 a 9 años.

 

A pesar de los esfuerzos de entidades internacionales y nacionales que buscan enfrentar esta problemática, poco hemos aprendido de las consecuencias que deja para toda la vida en quienes padecen esta vulneración. Como muestra la película realizada en 1997 “Bliss, el amor es extasis” (que puede verse en Netflix), la protagonista es violada a la edad de cinco años por su padre. En su vida adulta y de casada, esta mujer es desdichada y no puede identificar las razones por las cuales tiene una personalidad límite. No encuentra sustento en sí misma, depende de manera enfermiza de la aprobación y apoyo ajeno, y busca inconscientemente, reproducir el abuso sexual infantil vivido.

 

Herminia Hernáiz, Doctora en Psicología Clínica y Psicoanalista1, señala en relación con esta lesión emocional: “La intemporalidad del inconsciente hace que el trauma vivido se repita sin cesar como una forma de intentar resolverlo, sin embargo esa misma función de resolución deja como suspendido el proceso de convertirse en persona o la consolidación del ser”. En palabras simples, es un daño que es casi siempre irreversible y la posibilidad de que quien lo padece encuentre cualquier forma de gratificación, es remota. Las víctimas, mayoritariamente niñas, lo “borran” de la memoria, como una suerte de defensa para vivir con menos dolor y miedo, porque, como dice la protagonista de la película “quien tenía que protegerlas del daño, era el daño”.

 

Lamentablemente, estas y otras vulneraciones sexuales que padecen las mujeres en los distintos momentos de sus vidas, se tratan como si tuvieran fecha de vencimiento. Así que cuando algunas se han atrevido a denunciar a sus acosadores y violadores, pasados los años, cuando por fin tienen fuerza o están a salvo de ellos, son sometidas a toda clase de sospechas, como le ocurrió recientemente a la periodista Claudia Morales (El Espectador, enero 18 de 2018).



Cabe recordar que frente a la denuncia de tantas actrices estadounidenses contra los directores Harvey Weinstein, Bret Ratner, el realizador James Toback y los actores Dustin Hoffman y Kevin Spacey, se produjo un gran movimiento de solidaridad en Estados Unidos y otros lugares del mundo, expresado en las redes sociales como el “#me too” (a mí también) y en Francia el #Times up, (¡levántate!).

 

Mediante un manifiesto, cien actrices e intelectuales francesas destacadas, como Catherine Deneuve, expresaron su desacuerdo con la campaña. Advierten que si bien es cierto la violación es un delito, “defendemos una libertad para importunar, indispensable para la libertad sexual. Ahora estamos suficientemente advertidas para admitir que el impulso sexual es por naturaleza ofensivo y salvaje, pero también somos lo suficientemente clarividentes como para no confundir el coqueteo torpe con el ataque sexual. En síntesis, consideran que “Los incidentes que pueden tener relación con el cuerpo de una mujer no necesariamente comprometen su dignidad y no deben, por muy difíciles que sean, convertirla necesariamente en una víctima perpetua”. Afirman que una mujer no es reductible a su cuerpo, así que lo que allí le ocurra, no puede ser definitivo. Se convierten, con tal afirmación en seguidoras de René Descartes, quien planteaba “pienso, luego existo”. Asimismo, se alinderan con la religión católica, para la cual lo que importa es salvar el alma, un orden abstracto que es mucho más importante que la materialidad del ser.

 

La división cuerpo/mente o cuerpo/alma afecta la integridad y dignidad del ser, que es consciencia incarnada, es decir, corporalidad. Para facilitar la comprensión de este concepto, recordemos que las especies animales si tienen cuerpo, pero no pueden dar cuenta de su biografía y de las experiencias vividas: por eso, solamente la especie humana no tiene un cuerpo, es corporalidad2.

 

En Colombia, por su parte, el columnista de Semana, Antonio Caballero, consideró “que tocar un coño y unas tetas” o robar un beso, no podía asimilarse al abuso sexual, en un intento por desprestigiar la palabra de las mujeres acosadas y abusadas sexualmente.

 

Tales planteamientos contribuyen a la impunidad del acoso y del abuso sexual. Cada mujer vulnerada se pregunta si tiene sentido denunciar, cuando no obtendrá justicia y en cambio, deberá soportar, además del sufrimiento ya vivido, el escarnio social y toda clase de comentarios mal intencionados sobre las razones por las cuáles tardó en denunciar. En algunas sociedades, las víctimas prefieren suicidarse, porque se las estigmatiza y expulsa de su comunidad, como si padeciesen una enfermedad contagiosa.

 

En este orden sociosexual patriarcal, la corporalidad, es decir la vida de ellas está al servicio de ellos. Las víctimas de todas las formas de abuso, acoso y explotación son principalmente quienes disponen de menores recursos de poder sexual, económico, político y cultural; vale decir, la mayoría de las campesinas, afrodescendientes, indígenas, raizales, palenqueras, rom, lesbianas transexuales intersexuales, habitantes de los barrios marginales, desempleadas, desarraigadas o desterritorializadas y mujeres con alguna discapacidad, es decir, las subordinadas y sometidas a las asimetrías del poder socioeconómico. Las más afectadas, dada su escasa capacidad para defenderse, son las niñas y las jóvenes, como lo recuerda sin velo alguno el rapto, violación y asesinato de la niña Yuliana Andrea Samboní por parte de Rafael Uribe Noguera, miembro de una familia acaudalada de la capital del país, suceso que recordó a todos y todas que en Colombia aún se paga el derecho de pernada por el cual no pocos oligarcas, mafiosos y otros personajes llegados a ricos, aún salen de cacería de mujeres de todas las edades como satisfacción del mismo.

 

El estudio publicado en agosto de 2017 que realizaron entre 2010 y 2015 varias Ongs, sobre una muestra de 142 municipios (mucho menos del 10 por ciento de los municipios que tiene Colombia) en los cuales hacen fuerte presencia la fuerza pública, guerrilla y paramilitares o Bacrim, muestra que la prevalencia de violencia sexual contra las mujeres fue del 18,36 por ciento, es decir, 875.437 mujeres fueron víctimas directas de algún tipo de violencia sexual (Encuesta de prevalencia de violencia sexual en contra de las mujeres en el contexto del conflicto armado colombiano 2010-2015). Es fácil imaginar lo que puede estar ocurriendo en el resto del país…

 

Todos los bandos enfrentados en el conflicto armado utilizaron la violencia sexual como instrumento de guerra. Sin embargo, no hay que confundirse: las violencias contra las niñas, jóvenes y adultas se exacerban en el conflicto y postconflicto, pero no son producidas por estos. Hacen parte del orden sociosexual, es decir, del ordenamiento social que otorga a los varones el control sobre las corporalidades/vidas de las mujeres, sobre sus bienes, sobre su capacidad productiva y reproductiva.

 

Los saberes contribuyen al desconocimiento del trabajo de las mujeres

 

Como ocurre en toda contienda bélica, los distintos ámbitos del conocimiento, contribuyen a legitimar la desigualdad, explotación y dominación.

 

En un campo estratégico, como es el saber económico, se postula una tajante división entre el mundo de la producción mercantil, la que se comercializa, y el ámbito de la producción y reproducción de la vida, que se consume en los hogares y familias.

 

Los enfoques liberal y neoliberal tienden a mostrar a los seres humanos como una especie de hongos, que brotamos de la tierra, convertidos y convertidas en adultas o adultos, sin que nadie nos proporcione cuidados en las enfermedades infantiles, soporte afectivo y alimentario y estímulo para los aprendizajes básicos de sobrevivencia y convivencia social como el control de esfínteres, el auto-aseo, la auto-alimentación, el lenguaje mismo. Por lo tanto, tampoco existen las personas que limpian la ropa, las casas, hacen los alimentos, cuidan a menores, enfermas enfermos y mayores, quienes, en su mayoría, son mujeres.

 

Desde los años 80 del siglo anterior, las organizaciones de mujeres y las feministas luchamos por la valoración del trabajo invisible y no remunerado en la esfera familiar, y actualmente, este se contabiliza, a través de las llamadas Cuentas satelitales del trabajo doméstico no remunerado3. Porque este trabajo es indispensable para que funcione la humanidad, este 8M le dijimos al mundo: “Nosotras movemos el mundo, nosotras podemos pararlo”.

 

Para hacer posible otro orden civilizatorio el 8M demandamos políticas justas para las mujeres

 

Oxfam informa que 8 varones poseen la misma riqueza que las 3.500 millones de personas más pobres del planeta y que, de mantenerse el ritmo actual, “llevará 170 años para que se emplee a mujeres y hombres en la misma proporción, se les pague el mismo salario por el mismo trabajo, y tengan los mismos niveles de representación en puestos de dirección” (Oxfam, 2017).

 

Esta descomunal desigualdad hace parte de la concentración de poder y control sobre la sexualidad, la afectividad y la capacidad reproductiva de las mujeres por parte del heteropatriarcado y es la condición para mantener la extrema vulnerabilidad de millones de mujeres, niñas y adultas en este planeta. Contra esta desigualdad paramos el 8 de marzo.

 

En estos años finales de la segunda década del siglo XXI, reconociendo las limitaciones de las políticas públicas de género, estamos retomando los ideales emancipatorios del feminismo de los años 70 del siglo pasado que el neoliberalismo intentó cooptar a través del discurso liviano o light de género.

 

En su mejor versión, el enfoque de género conduciría a reformas para el logro de la igualdad legal entre mujeres y hombres, y a una distribución más equilibrada del poder entre ellas y ellos, por medio de políticas públicas, que al estar insertas en Estados patriarcales capitalistas, ni siquiera disminuyen las brechas socioeconómicas. Tengamos en cuenta que pasados casi 25 años de la puesta en marcha del enfoque de género en las políticas públicas para las mujeres, la desigualdad salarial por razón de género en el mundo se mantiene en el 23 por ciento, es decir, las mujeres ganamos el 77 por ciento de lo que ganan los hombres (Fondo de Población de Naciones Unidas, 2017). Igualmente, en la mayor parte del mundo no somos más del 22 por ciento del poder político. Y el feminicidio, se ha convertido en una pandemia universal, que cada vez cobra vidas de mujeres más jóvenes.

 

A diferencia del enfoque de género, las feministas emancipatorias consideramos que hay que transformar el orden económico y la forma como se distribuye la riqueza, la propiedad de la tierra, de los medios de producción y el orden cultural y sexual sobre el cual está establecida esta sociedad.

 

Exigimos que todos los gobiernos del mundo acojan e impulsen tres componentes fundamentales para reducir la desigualdad –CRI: mayor inversión en el gasto social, reformas tributarias a favor de las mujeres y la protección, y avance en materia de derechos de las trabajadoras y trabajadores, según lo propuesto por Oxfam y Development Finance International (DFI).

 

Paramos el 8M para denunciar el femigenocidio, o genocidio de las mujeres el mundo y por qué la justicia para las niñas, las adultas las mayores.

 

El 8M paramos para construir un país y un mundo donde nacer mujer no sea una desgracia, donde no haya ablación del clítoris, como todavía ocurre en algunas comunidades indígenas de Colombia.


Nuestro paro asumió diversas formas: nos salimos de las casas, dejamos de hacer oficio, dejamos de hacer el amor para el disfrute ajeno, con el fin de dedicarnos a conquistar un lugar bajo el sol donde sea posible vivir sin miedo al abuso sexual por parte del padre, el hermano, el padrastro, el tío, el amigo cercano, el profesor, el jefe, el director o realizador de cine, o simplemente, el transeúnte que siente que las mujeres son un objeto para su deleite y control personal.

 

Decidimos que en el 8M nuestra mejor labor era hacer posible un lugar, donde por fin, nacer mujer no signifique tener que sacrificar el proyecto personal a la maternidad o esposidad.

 

Usamos nuestras voces, nuestras canciones y nuestros bailes para invitar a todas y todos a construir un mundo sin explotación ni subordinación, en el cual podamos decidir sobre nuestro placer, nuestro deseo y nuestra capacidad reproductiva, y elijamos con quién, para qué y cuándo tenemos relaciones sexuales.

 

El 8M invitamos, convocamos y movimos el planeta para que entre todas y todos transformemos las sociedades, erradiquemos de la vida humana al patriarcado, al capitalismo, al colonialismo, al extractivismo, al guerrerismo: las generaciones venideras tienen derecho a un mundo viable y con justicia para todas las niñas, las jóvenes y las adultas; durante este 8M, y las jornadas preparatorias se lo recordamos y se lo dijimos con claridad al mundo entero.

 


 

* Feminista por justicia emancipatoria y corporalizada- Economista, Especialista en Políticas Públicas y Género, Candidata a Magister en Filosofía, Doctora en Procesos Sociales y Políticos de América Latina-Colectiva Feministas Emancipatorias.
1 https://cinepsicoanalisisycultura.wordpress.com/2012/11/23/bliss-el-amor-es-extasis/
2 Corporalidad. Es una categoría que indica que no hay un antagonismo u oposición entre mente y cuerpo, como pretenden algunas iglesias y otros enfoques teóricos. En cada ser humano, está presente una rica y compleja historia y biografía humana: somos una consciencia que está incarnada y se expresa en la diversidad propia de la especie humana: el género, la etnia, la condición social y económica, la orientación/opción sexual, entre otras situaciones y condiciones. No es correcto decir: tengo un cuerpo, como quien posee cualquier objeto del cual puede tomar distancia. Somos corporalidad.
3 Ley 1413 del 2010, por medio de la cual se regula la inclusión de la economía del cuidado en el sistema de cuentas nacionales con el objeto de medir la contribución de la mujer al desarrollo económico y social del país.

Publicado enEdición Nº244
Jueves, 08 Marzo 2018 06:24

Girar

Girar

Tan enigmáticas somos, tan territorios íntimos y remotos, que así como hemos bajado la cabeza y dicho que sí y hemos olvidado ofensas para no contrariar al que nos había ofendido, así como hemos postergado nuestras amplitudes, también resultó que un día, uno más en muchos días extraordinarios de la historia humana, decidimos detener el mundo. Vaya propósito para estas criaturas quebradizas y anímicamente tuberculosas como esa dama que siempre se ahogaba en su camelia; vaya desquicio inesperado que comenzó a ocurrir hoy. No comenzó a ocurrir hoy, viene iniciándose desde hace siglos y seguirá. Las mujeres ya hemos soltado amarras porque hemos visto lo que siempre nos mantuvo quietas y muy cerca del muelle. Hemos visto que todo lo que durante siglos se nos ha dicho de nosotras (y tantas, tantas veces hemos creído como si ese dictado hubiese sido nuestra propia percepción), no era más que un hechizo mítico que comenzó en cada cultura y en cada continente a su modo, y en el nuestro, cuando en el relato original se nos hizo venir al mundo gracias a un pedazo de un varón.


Porque antes del falo fue la costilla. Las mujeres aparecimos cuando el hombre, que llegó antes al mundo, dice el relato, se sintió solo, y de una de sus costillas germinó una mujer. La primera reproducción humana de nuestra especie fue esa reproducción invertida, que sirvió luego para explicar míticamente la dominación. El patriarcado, que es el sistema, la perspectiva, la norma, la autoridad, la forma de explotación y discriminación inaugural de la humanidad, nos concibe inferiores y aunque las cosas hayan cambiado tanto, hay muchos planos paralelos en los que no han cambiado casi nada. Fuimos tributos entre reinos que se unían gracias al matrimonio, botines, herramientas y patos de la boda necesaria que decidiera el padre, el clan, el consejo de la tribu, la familia en cuyo centro estaba él. Fuimos las damas, las putas, las fregonas, las bailarinas virtuosas y las inhábiles, fuimos las que tallamos en las sombras las esculturas que firmaba un hombre, y también las que se metieron a monjas para no soportar toda una vida de obediencia al varón que nos tocara.


Fuimos las chinas que no podían hablar y que inventaron un alfabeto delirante esmaltado en los ángulos de sus abanicos. Fuimos las niñas africanas que sintieron la cuchilla entre sus piernas. Fuimos las Marilyn que le cantaron alguna vez el feliz cumpleaños al poder, y las que un día, aunque envidiadas por otras, descubrimos que estábamos completamente solas. Fuimos las que bailaron solas y se pusieron un pañuelo en la cabeza porque no se podía reclamar, pero sí dar vueltas y más vueltas a la pirámide mientras hombres armados gritaban “¡Circular!”. Circulamos. Y así como estamos seguras de que ninguna de nosotras ha olvidado jamás el aborto que se hizo, porque en cualquier biografía de mujer ese trance queda grabado como herida o una cicatriz, hace décadas reclamamos que todas tengamos las mismas posibilidades de abortar y no morir. Pero también somos las que no creemos que la maternidad sea nuestro destino obligado ni un síntoma psíquico repartido equitativamente en el género, las que vemos en las madres y en las abuelas el clímax del amor materno, el desaforado, el incontrolable amor materno, que baña hasta a los asesinos de los hijos, contra los que nunca se pidió más que justicia. Somos ésas aunque ellas empiecen a faltar. Esas nos parieron donándonos parte de la identidad femenina que es feminista porque una y otra cosa son mamushkas, no contrincantes.


“No soy feminista, soy femenina” es probablemente la frase que mejor sintetiza cómo las mujeres hemos mirado el patriarcado durante siglos con ojos ajenos, con los ojos del amo. Como si hubiera que renunciar a alguna parte que reconozcamos propia para admitir que somos además de otra manera. Somos de muchas maneras, pero hoy, en este mundo y como están las cosas, somos sobre todo las que advierten que algo hay que hacer. Que hay parar esta loca idea de supremacía que ahora ya nos da por sentadas pero no nos tiene por víctimas selectivas. La supremacía masculina ha derivado en una reacción conservadora que se especifica en la supremacía del hombre blanco. El que compra, tira o bendice las bombas que matarán a niños de pieles más oscuras y que viven en lugares que no importan. Esto tiene que parar. El que descerraja un disparo para que el muerto o la muerta aprendan quién manda acá. No alcanza la política ni la sociología ni el psicoanálisis ni las videncias ni las gargantas más poderosas para pegar el grito pertinente. Ya no somos nosotras en nuestro cuarto propio, ni nosotras detrás de la ventana. Somos las que salimos a defender el planeta, la mano que acaricia a la tierra que están envenenando. Ninguna de las pestes que cada día provocan tempestades, matanzas, crímenes, corrupción, guerras, mentiras en los diarios, es ajena al patriarcado. La verdadera costilla del patriarcado es el dolor

.
No hay ningún motivo para seguir creyéndonos chimpancés que dependen del alfa para su supervivencia. Y mientras tanto, ellos, que son o no son alfa, que son muchas veces machos humillados y deshechos por otros machos más poderosos que ellos, proveedores con alacenas vacías, se van dividiendo entre los que matan y los que comprenden. Todo gira. Giramos. Y girando es que intentaremos seguir parando el mundo. Mientras giremos el mundo notará que está quieto, como ha estado quieto desde hace siglos, quieto en el mismo movimiento, en la misma manera de entender la fuerza y la debilidad. Todo gira y el paro de mujeres, que aprendieron de sus madres y de sus abuelas muchas veces la audacia pero tantas otras la abnegación doliente, es una danza nueva.


El mundo no se lo esperaba. Y sucedió. Un día, las mujeres rasgamos el velo y vimos el ilusionismo por el que tantas y tantas fueron a la hoguera, a la cárcel o a la tumba. Y todos los platos revoleados por el aire porque la comida estaba fría, y todos los exhibicionismos que nos obligaron a ver penes desde que fuimos niñas, y todos los papeles secundarios de todas las películas y todas las historias fueron de pronto un gran escándalo retrospectivo por los abusos que estaban basados en una idea antojadiza: debíamos dejarnos someter. Giramos, aunque estemos quietas, porque paradas danzan en nosotras los millones de mujeres que no tuvieron la fabulosa chance de gritar juntas que no, y que basta.

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El Salvador libera a una mujer condenada a 30 años por aborto


Teodora Vásquez, que fue sentenciada por homicidio agravado, ha cumplido diez años de cárcel

Teodora Vásquez siempre dijo que había sufrido un aborto espontáneo cuando estaba trabajando como limpiadora en un colegio. Un empleado del centro, que halló al feto en los baños, denunció que había sido intencionado y, todavía con la hemorrágia, se la llevaron detenida. Vásquez, que hoy tiene 34 años, fue condenada a 30 años de prisión por el homicidio agravado de su hija en El Salvador, que prohíbe la interrupción del embarazo en cualquier situación. Hoy, tras años de movilización de ONG y activistas de todo el mundo y tras las sucesivas críticas de la ONU, el Gobierno de El Salvador le ha conmutado la pena. Ha cumplido más de una década entre rejas. Una situación en la que —conocidas como "las 17"— aún permanecen más de una treintena de mujeres en el país centroamericano, con una de las legislaciones más restrictivas del mundo.


"Me siento muy contenta de regresar nuevamente con mi familia. Durante 10 años y siete meses estuve separada de ellos", ha dicho Vásquez visiblemente emocionada a la salida del penal de Ilopango, una cárcel de mujeres y uno de los centros penitenciarios más masificados del país. "Estoy ilusionada por seguir luchando por otras compañeras que están presas injustamente. Sé que mi esfuerzo ha valido la pena y estoy muy contenta por estar de nuevo con mi familia", ha declarado mientras se abrazaba a sus familiares y amigos, que se agolpaban para recibirla. Vásquez tiene un hijo que ha cumplido 14 años al que apenas ha podido ver durante sus años en prisión.


La Corte Suprema de Justicia y del Ministerio de Justicia y Seguridad (CSJ) del país centroamericano no ha precisado en qué fecha decidió la excarcelación de Vásquez, cuyo caso ha visibilizado la situación de las mujeres —sobre todo de las más pobres y vulnerables— en El Salvador. De hecho, hace apenas dos meses, un tribunal de San Salvador ratificó la pena de 30 años de prisión que había dictado en 2008. Sin embargo, en el fallo que dispone su liberación, la CSJ determina de manera unánime que “existen razones poderosas de justicia, equidad y de índole jurídicas que justifican favorecerla con la gracia de la conmutación”. La resolución del juzgado de San Salvador que cumplió con la orden de liberar a Vásquez, indicó también que la Corte consideró que "la prueba científica no permite determinar ninguna acción voluntaria que condujera a la muerte de la criatura que estaba gestando".


El caso de Vásquez, que ha argumentado que sufrió una emergencia obstétrica no atendida y que su juicio, que asistieron activistas y expertos en todo el mundo, estuvo además plagado de irregularidades y ha suscitado una enorme atención internacional. A su última vista asistieron un buen número de ONG y activistas globales que han exigido a El Salvador que revise su legislación sobre el aborto. También la ONU ha reclamado en múltiples ocasiones al Gobierno salvadoreño que modifique la normativa que prevé penas de entre ocho y 50 años de cárcel cuando, como en el caso de Vásquez, se considera homicidio agravado. O al menos que, mientras se abre el debate de la reforma, aplique una moratoria a las penas, como pidió hace unos días la relatora especial sobre ejecuciones extrajudiciales de la ONU, Agnes Callamard, que ha alertado de que genera muertes arbitrarias atribuibles al Estado.


Con esa presión internacional de fondo y algunos casos similares al de Vásquez, han hecho que el gobernante Frente Farabundo Martí abra el debate sobre la legislación. En octubre de 2016, propuso al Congreso la despenalización del aborto en los casos de violación, riesgo de muerte de la mujer o inviabilidad fetal. Mientras, la oposición ha pedido incrementar las penas hasta los 50 años de prisión.


"Continuaremos luchando por la revisión de las 30 mujeres encarceladas por las mismas causas”, ha afirmado Morena Herrera, histórica del movimiento feminista americano y una de las líderes de la Agrupación Ciudadana por la Despenalización del Aborto, que ha acompañado a Vásquez desde hace años. "La conmutación de la pena de Teodora es importante porque le permite regresar a su familia; sin embargo, no es suficiente porque no reconoce su inocencia. Es por ello que se realizarán acciones judiciales para demostrar que no cometió ningún delito y se le concedan medidas de reparación para su reinserción en la sociedad”, avisa.


Como El Salvador, otros países como Nicaragua, Honduras, Haití, Surinam, Andorra y Malta prohíben el aborto en todos los casos. Un veto total que, según distintos estudios, no solo no reduce el número de interrupciones del embarazo sino que las mueve a la clandestinidad y las hace más inseguras; un enorme riesgo de salud pública que provoca cada año miles de muertes.

 

San Salvador / Madrid 15 FEB 2018 - 18:10 COT

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Jueves, 15 Febrero 2018 06:33

La batalla feminista en el siglo XXI

La batalla feminista en el siglo XXI

Criticas y fortalezas del movimiento feminista del siglo XXI

 

El movimiento feminista, desde su surgimiento en términos formales en fines del siglo XIX, es marcado por hechos históricos y simbólicos importantes. Un proceso de lucha caracterizado por una radicalidad desde su conformación, en lo cual estuvieron presentes las protestas, las huelgas de hambre y que también costó –y sigue costando– la vida de muchas mujeres.

La lucha por el reconocimiento de la existencia de las mujeres –todas ellas– es el eje central del movimiento, los avances y las conquistas marcaron puntos de inflexión, lo que también permitió la apropiación de la identidad feminista. Un logro, muy probablemente, sin retorno. Más allá de lo reivindicatorio –la lucha por derechos y por igualdad de oportunidades–, las feministas lograron producir su propia reflexión crítica y su propia teoría.

La dinámica con la cual surgen los métodos de intervención y las formulaciones políticas en el movimiento, hace de los feminismos un conjunto potente y de difícil contestación. Por ello, muchas veces, las críticas en contra el movimiento o contra algunas formas más radicalizadas de intervención político-cultural son superficiales, objetivando la descalificación en lugar de dar el debate de fondo. La inserción de los debates feministas en el seno de sociedad genera, como es esperado de cualquier debate amplio, una serie de polémicas. Sin embargo, estas discusiones también afloran el carácter heteropatriarcal en las construcciones de las narrativas hegemónicas.

Así, lo que debería ser un debate saludable con fines de discutir las causas y consecuencias del sistema opresor, termina por reproducir y reafirmar la lógica vigente. El debate se transforma en más una herramienta de violencia en contra las mujeres. Todo esto sería un problema si no fuera por la característica multidialéctica del movimiento asociado a su alto enraizamiento social y activista. El feminismo, tiene su propio antídoto. La reacción a la criminalización y/o intento de descalificar al movimiento es instantánea. La batalla cultural está puesta y hay una nítida construcción de hegemonía feminista en curso. Esta construcción es amenazadora y también es un logro importante, además de evidente.

En los últimos meses, las críticas a los feminismos han tenido un lugar de destaque en muchos medios. La politización del movimiento he sido el punto de mayor crítica por parte de sectores conservadores de la sociedad. El hecho de no poder dar las discusiones genera una frustración por parte de quienes disputan el sentido común desde arriba –y que habitualmente lo ganan por su capacidad de llegada masiva–. Todavía, la batalla en contra los feminismos termina por fortalecer más aún al movimiento, porque devela la debilidad de impulsar una guerra sin sentido en la cual el odio hacia las mujeres salta a cada comentario machista.

El intento de debilitar el movimiento feminista, sin embargo, lo legitima. La reacción frente a la perdida de privilegios y de la exitosa campaña contra-sistémica es natural, una vez que el constante cuestionamiento pone en riesgo las estructuras del poder. Entre los innúmeros desafíos colocados para las feministas del siglo XXI, tal vez lo más importante sea lograr transitar los espacios de animosidad los cuales tienden a ponerse más acentuados a la medida que el movimiento gana más fuerza.

 

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Francia Márquez-Mina

 

 

Aquello que es político, en el mundo contemporáneo, no se puede seguir dando por sentado. Esta afirmación es ya, sin lugar a dudas, una posición política que se disputa el concepto en cuanto tal, pero también es una constatación: a partir de la segunda mitad del siglo xx la política ha sufrido toda clase de mutaciones heterogéneas, las cuales van del mundo de lo físico, técnico y orgánico al de lo que, a veces demasiado apresuradamente, se denomina “la cultura”. En campos como los Estudios sociales de la ciencia se alude a la politicidad y socialidad de máquinas y objetos (no solo a su “construcción social” o a que reflejen las intrincadas relaciones humanas); en los Estudios críticos animales se problematizan las relaciones de poder humano-animal y la dicotomía misma; en los Estudios feministas y de género se dice que existe todo un conjunto de políticas sexuales que atraviesan los más diversos ámbitos de la existencia... Y podríamos continuar la lista añadiendo ítems prácticamente interminables. De otro lado, la proliferación de luchas políticas alrededor del globo no deja de sorprender: emergen por todos lados luchas barriales, estudiantiles, feministas, decoloniales, ecologistas, animalistas, etc.

Este contexto nos ayuda a entender que hoy la política: 1) no tiene un lugar definido de antemano (como otrora lo fueron el Estado y los partidos) y 2) atraviesa una recomposición a nivel epistemológico/ontológico. Así, la política ha pasado de ser esa esfera común que, cual barco, debe ser gobernada o dirigida a buen puerto -clásica definición occidental que pone en el centro el problema del gobierno estatal y sus diferentes regímenes (democracia, oligarquía, aristocracia, monarquía, etc.)- para pasar a ser todo lo concerniente a las relaciones de poder y los respectivos órdenes tecno-bio-físico-sociales que éstas re/constituyen y deshacen continuamente. Órdenes que ciertamente pasan por el Estado, pero también por el “régimen heterosexual” y el “patriarcado”, el “especismo antropocéntrico”, el “mundo moderno/colonial” o la “colonialidad del poder”, etc. Probablemente este quiebre epistemológico/ontológico de la política fue impulsado por las y los socialistas/comunistas/anarquistas de antaño, así como por los potentes movimientos comunitarios (negros, indígenas, campesinos, etc.) que proliferan particularmente a lo largo y ancho de “América Latina”. Los primeros no han dejado de afirmar la importancia de un conjunto de relaciones de fuerza concernientes a la clase y a complejos órdenes que tienen que ver con la producción y reproducción de la vida (como el capitalismo), mientras los segundos nunca han dejado de considerar que su lucha es una lucha vital, una lucha de la vida comunitaria anclada espacialmente y no necesariamente antropocentrada.

Ejemplo contundente de la reconfiguración del concepto mismo de política es Francia Márquez-Mina. No obstante, los medios de comunicación, aquellos medios que han guardado un poco de decencia como para visibilizar a Francia, la han presentado simplemente como una defensora de los derechos humanos y de las comunidades afrodescendientes del norte del Cauca; más aún ahora que ha decidido incursionar en la esfera de la democracia representativa con su candidatura a la Cámara de Representantes por las comunidades negras. Pero volvamos a la cuestión que intento plantear.Si el anterior perfil, mediáticamente reproducido, se queda corto ante lo que encarna Francia esbásicamente en razón de que su hacer vital, es decir, su vida misma, “performa” o realiza un quiebre, tanto epistemológico como ontológico, de la política. En otras palabras, después de la irrupción de acontecimientos como Francia la política no puede seguir siendo lo mismo que antes, ni teniendo la misma racionalidad. Por supuesto, no se trata meramente de lo que ella ha provocado como individuo, sino de todo lo que se condensa en su nombre.

Quizá el primer gran quiebre de Francia es el hecho de concebir su candidatura como una manera de “hacer ruido” en la esfera público-estatal, de “ennegrecerla” un poco,pues para ella el Estado es una construcción históricamente occidental y colonial, que no solo ha tendido hacia el colonialismo externo, sino también hacia el interno. El Estado, así como el derecho, constituyen configuraciones blanco-mestizas, estructuralmente condicionadas por las relaciones de poder que se establecieron en la época de la colonización. Antes que un aliado, el Estado ha sido concebido por las comunidades afrodescendientes como un enemigo. Enemigo que primero fue la “herramienta” perfecta de las cruzadas civilizatorias y, posteriormente, de las desarrollistas y neodesarrollistas. Francia no se cansa de mostrar cómo, por ejemplo, losingenios azucareros, rostros del supuesto desarrollo actualmente avalado por el Estado, están en manos de quienes, genealógicamente, eran los antiguos esclavistas.De hecho, antes que hablar de un “desarrollo alternativo” prefiere referirse a las posibles “alternativas al desarrollo”. La pregunta que enseguida podría formularse sería entonces: ¿cómo es posible que alguien con una concepción tal del ámbito estatal se presente a las elecciones para ocupar un espacio en la Cámara de Representantes? La respuesta es relativamente sencilla. Francia no sueña con la “toma del poder” estatal, sino con generar ciertas interrupciones en su lógica que posibiliten la vida en los territorios que defiende, y eso hace toda la diferencia frente a la política profesional clásica.

Lo anterior me conduce al segundo quiebre. Esas interrupciones en la lógica estatal imperante se conectan con la resistencia y re-existencia territorial afrodescendiente del norte del Cauca, pero a su vez con otros movimientos, tanto latinoamericanos como globales. No es gratuita su cercanía con el famoso Black livesmatterestadounidense o con el movimiento de mujeres negras de Brasil.El quiebre radica en que ella sabe bien que el poder no es un fetiche, no es algo que se pueda tomar simplemente conquistando el Estado, sino que existen múltiples relaciones de poder serpenteantes que se cruzan y estratifican en diversos órdenes. Uno de ellos es, por supuesto, el Estado, pero también habla sin ambages del patriarcado, el racismo estructural y el capitalismo. Frente a esos grandes órdenes, su propuesta política consiste en: 1) generar resistencias, interrupciones, allí donde se pueda (en las universidades, las prácticas culinarias, la maternidad, la movilización en las calles, etc.) y 2) contribuir paralelamente a fraguar formas de vida (otros mundos o universos) con base en la recuperación creativa de todo aquello que históricamente ha sido aplastado. Y claro, las resistencias muchas veces coagulan en re-existencias, y viceversa.

Tercer quiebre: Pensar en términos de una relación fluida entre resistencias y re-existencias hace que la política no sea una política antropocentrada y mucho menos androcéntrica. Su defensa del territorio es, en realidad, la defensa de un conjunto de relaciones entre humanos y no humanos en movimiento constante. El territorio es la Vida misma que, en su “impersonalidad”, nos vive. Es el agua, la técnica, el sonido, los animales, las plantas, la comida y demás elementos en continua co-modificación. Francia tiene claro que los desplazamientos forzados, como al que ella fue sometida, y la violencia ejercida por diversos grupos armados, en particular por los paramilitares y las fuerzas del Estado, son maneras de desarmar esos complejos ensamblajes con el fin de instaurar y apuntalar los órdenes dominantes. Una vez desmembradas las formas de vida, que son al tiempo sistemas de apoyo mutuo y cuidado, a las pocas personas que quedan en los espacios la única alternativa inmediata que les parece viable consiste en regalarle su trabajo, su vida, al monocultivo, la guerra o la minería. Si en otras épocas los conquistadores destrozaban las formas de vida afro y las empleaban como fuerza de trabajo “bruta” para la extracción de oro, hoy la retórica del desarrollo es defendida por el Estado y sus ejércitos i/legales, quienes protegen a empresas como AngloGold Ashanti cuyo objetivo continúa siendo la extracción de oro con “mano de obra” semiesclava, a costa, una vez más, de las comunidades, en concreto, para este caso, de las del norte del Cauca. Francia Márquez denuncia todo esto y reconoce que lo que se está librando es toda una guerra entre formas de vida y mundos en movimiento. La violencia no es casual ni puramente irracional. En ese contexto, no duda en tomar distancia del modelo patriarcal y antropocentrado de familia occidental al defender necesidad de fortalecer vínculos de parentesco no sanguíneos. Reconoce, por ejemplo, al río Ovejas como una madre/padre, por lo que le duele que hoy esté envenenado con el mercurio usado para extraer oro, de la misma forma que otros 80 ríos se hallan envenenados en todo el país.

Aquí, por supuesto, tenemos otro quiebre:el auto-reconocimiento de Francia como afrodescendiente no tiene nada de esencialista, por el contrario, se basa en un tipo de memoria que intenta re-crear formas de vida alternativas a las hegemónicas. Su política no es ni identitaria ni anti-identitaria, sino que reta el mundo de las identidades al afirmarlas. Las itera o desplaza al repetirlas. Si el Estado necesita identidades asibles para gobernar, Francia corre más rápido. Se resiste tanto a la total indefinición, que históricamente se ha traducido en inexistencia, como a la definición externa del Estado y de ciertos antropólogos occidentales. También se resiste a ver los aspectos que caracterizan su devenir afro, su historia, como meramente culturales/artísticos y particularistas, pues, como ya dijimos, sabe que un tambor arrastra toda una forma de vida, y que esa forma de vida está constantemente asediada y en tensión. Los tambores, el canto, las historias personales, etc., no son accesorios en la política de Francia, son la política misma. Con esto llegamos al último quiebre: para ella, el ritmo de la política es el ritmo de la vida, en toda su complejidad. Cuando va a hablar de los temas que la apasionan, no duda en traer a colación su experiencia como madre o la experiencia de su propia madre. Explica cómo, ante la ausencia de los servicios de salud público-estatales, su madre ejerció sus conocimientos de partera, esa misma madre que no tiene huellas en los dedos por trabajar en la mina, que tuvo seis hijos y que trabajó también en “casas de familia” para sobrevivir. Como sabe que el ritmo de la política debe ser el ritmo mismo de la vida, se articula con otras fuerzas colectivas no con base en una identidad afro común presupuesta, sino en la medida en que comparte lugares vitales: el baile, la música, la comida, la partería, etc. Así llegó a conocer mujeres indígenas, blanco-mestizas y campesinas. Eso sí, siempre recordando que no todo elmundo está en posiciones de poder equivalentes y que eso condiciona cualquier eventual articulación.

Ciertamente lo mejor de la teoría política contemporánea ha sido escrito por una mujer del norte del Cauca, y todo con la tinta de su propio devenir vital.

 

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¿Conservadurismo o transformación? El lado izquierdo del feminismo

 

Reflexión crítica de la autora sobre cómo los temas feministas siguen sin hacerse propios en la izquierda a pesar de que ésta se nombre feminista.

 

Sería una obviedad decir que la izquierda europea tiene muchos retos. Lo que habría que acotar en este artículo sería qué considero “izquierda”. Pero como eso va a reducir drásticamente el abanico de personas a quienes dirigirme, voy a incluir de forma deliberada a toda persona que crea en un estado de derecho, en la justicia social, en los servicios públicos y en el reparto de la riqueza, en la no discriminación, etc. Esto, en el siglo XXI, incluye el feminismo, al menos formalmente.

Sabemos que esto es relativamente reciente, solo hay que revisar las fechas, por ejemplo, en las que se implantó el voto femenino en los distintos países europeos, y las posturas de los partidos de izquierda al respecto. Antes y después de esos hitos el feminismo ha librado y sigue librando en los partidos de izquierda una lucha feroz por el reconocimiento de los derechos de las mujeres. Y esta lucha se ha dado en entornos a priori “aliados” de las mujeres.

A priori porque, desde la revolución francesa, lo de igualdad, libertad y fraternidad ha sido un club masculino en el que las mujeres hemos conseguido entrar con sangre, sudor y lágrimas. La frase “lo más parecido a un machista de derechas es un machista de izquierdas” acuñada por el feminismo no es un cliché, es el reflejo más fiel de una realidad que se ha prolongado décadas, tanto a nivel de partidos y organizaciones, como a nivel individual. Es el dudoso honor que se ha ganado a pulso la izquierda tras muchos años de ignorar el machismo y el patriarcado, de ver únicamente la opresión de clase y no la de género. Y no solo de no verla, también de ejercerla. La incansable lucha feminista, junto con una también infatigable labor pedagógica, han ido consiguiendo que el feminismo estuviera en la agenda de la izquierda, y que la conciencia feminista formara parte de su ideología.

Actualmente no hay partido que se considere de izquierda en Europa que no se denomine feminista y que no le de un puesto prioritario en sus programas a la agenda feminista. Y aquí vuelvo a los retos actuales de la izquierda europea. No entra en mi tarea ni conocimientos hacer un análisis político exhaustivo de las tres últimas décadas en Europa, pero todos somos conscientes de que, desde la caída del telón de acero y el fin del comunismo y de la Unión Soviética, el capitalismo en forma de neoliberalismo se ha desperezado y ha ido ganando terreno de forma inexorable.

El estado del bienestar se resquebraja en todo el continente, y para eso no han hecho falta guerras ni cataclismos, solo un plan social muy cuidadoso en el que por tierra, mar y aire (léase tv, prensa, educación, referentes, etc.) se nos vende un individualismo extremo combinado con el consumismo como única forma de vida y aspiración de la misma. Gentes que viven exclusivamente del dinero público nos dicen a todas horas que está feo que nosotros pretendamos lo mismo, que tenemos que cobrar menos, que la sanidad es muy cara, que las pensiones son insostenibles, y que no deberías aspirar a estudiar si no tienes dinero ni eres un genio.

La llamada socialdemocracia europea ha sido la izquierda más permeable a este mensaje, y es evidente cómo lo están pagando en las urnas, con millones de votantes que se han sentido huérfanos de representación. Afortunadamente, siguen quedando muchos ciudadanos que mantienen contra viento y marea una sólida conciencia de izquierda y de derechos sociales, que se siguen resistiendo cual aldea gala al mensaje neoliberal y fundan nuevos partidos, organizan huelgas, defienden la sanidad, la educación y las pensiones, el derecho a la vivienda y la solidaridad. Pero incluso en esos núcleos de maravillosa resistencia, el neoliberalismo ha encontrado el punto débil, la pequeña puerta por la que entrar, y no es otra que el feminismo.

Y lo está haciendo, esencialmente, a través de la prostitución y los vientres de alquiler. Perdón, que no estoy utilizando el neolenguaje y habrá quien se pierda; hablo del trabajo sexual y de la gestación por sustitución. Ahora mejor, ¿verdad? Ahora imaginad conmigo una persona de izquierda, obrera, concienciada y solidaria, que hace huelga frente a la reducción de sus derechos laborales, que apoya la marea blanca, la verde, que sale a la calle por los derechos de las personas refugiadas.

Imaginad que alguien le dijera: mira, hay personas que están dispuestas a trabajar 8 horas por 300 euros al mes, incluso por un plato de comida, y hay muchos empresarios que estarían encantados de tener trabajadores en esas condiciones, deberíamos cambiar la legislación laboral, porque esas personas están en su derecho de querer ser explotadas. ¿Os imagináis la carcajada, la indignación, el discurso sobre la alienación, sobre que el deseo de unos pocos no puede condenarnos a la esclavitud a todos?.

Ahora imaginad que esa persona que ha hecho la propuesta se autoproclama de izquierda y organiza charlas sobre el “trabajo no remunerado” y lo empoderante que es para un obrero decidir si así lo quiere trabajar por nada. ¿Alguien pensaría que es de izquierda?.

Ahora no imaginéis, ahora probad a decirle a esa misma persona de izquierda y concienciada, como he hecho yo, que hay que legalizar los vientres de alquiler porque hay mujeres que quieren gestar niños para otros por un sueldo y porque hay muchas personas que quieren pagar por tener descendencia genética. O decidle que hay que legalizar la prostitución porque hay mujeres que lo hacen de forma voluntaria. Y la respuesta en muchos casos será: bueno, si hay mujeres que quieren hacerlo ...

La explotación, alienación y falta de derechos que se detectan tan fácil y rápidamente en cualquier tema, se evaporan por arte de magia cuando hablamos de los derechos de las mujeres. Da igual que sea un número realmente ínfimo de mujeres el que está dispuesto a gestar altruistamente para otros, se está dispuesto a cambiar por ello la legislación aunque eso suponga poner en riesgo a millones de mujeres en todo el mundo.

Da igual que la trata y la esclavitud sean más del 90% de la realidad de la prostitución, y las desigualdades sociales y la marginación la causa de otro 9,99% “voluntario”. Si hay una sola mujer que quiera hacerlo, ¿por qué habríamos de ponerle trabas? Y ahora mirad alrededor y descubriréis mujeres y hombres que se dicen feministas defendiendo esto en todos los partidos de izquierda, con más o menos éxito.

Este artículo no pretender ser una reflexión en profundidad sobre los vientres de alquiler ni la prostitución, para eso necesitaría libros y documentales enteros, para eso ya están grandes mujeres como Mabel Lozano y como todas las que desde NoSomosVasijas e infinidad de asociaciones feministas ponen en imágenes y negro sobre blanco la realidad de estas viejas formas de explotación.

Porque no os engañéis, lo único novedoso de los vientres de alquiler es la tecnología genética, que las mujeres pobres paran hijos para los ricos es más viejo que el hilo negro.

Y si la explotación de las mujeres no os importa o no sois capaces de verla, si seguís pensando que “si las mujeres quieren hacerlo ...”, pensad al menos que el neoliberalismo no se va a detener en las mujeres, y que después de “El cuento de la criada” vendrán “Los santos inocentes”.

 

Fuente:https://www.elsaltodiario.com/nueva-revolucion/el-lado-izquierdo-del-feminismo

 

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Miércoles, 17 Enero 2018 06:25

Yo soy Ahed

Ahed Tamimi

 

El lector memorioso recordará a Malala, la joven activista paquistaní que a los 15 años fue atacada a tiros por un terrorista talibán en un autobús escolar que circulaba por la ciudad de Mingora (2012).

Malala Yousafazi empezó su militancia a los 11 años, y en 2011 recibió dos importantes premios por su defensa de la educación de las niñas, los derechos civiles y de las mujeres en el valle del río Swat (provincia de Khyber), controlada por el régimen talibán.

Luego del atentado, el ex primer ministro inglés Gordon Brown emitió una petición titulada Yo soy Malala, y la Unesco lanzó la campaña Stand up for Malala. Malala fue recibida en la Casa Banca por el entonces presidente Barak Obama, por el secretario general de la ONU Ban Ki-moon, y pronunció un discurso ante la Asamblea General.

Los medios occidentales la encumbraron: biografías, entrevistas, documentales. Sólo en 2013, Malala fue galardonada con más de 10 grandes premios internacionales. La revista Time la nombró una de las 100 personas más influyentes del mundo, y Glamour mujer del año, la nominó para el Nobel de la Paz que finalmente obtuvo, con tan sólo 17 años (2014).

En el extremo opuesto, tenemos a la niña judía Yifat Alkobi, quien en 2011 abofeteó a un soldado que la detuvo por tirar piedras contra los palestinos. Yifat fue liberada el mismo día de su detención, y se le permitió regresar al hogar. Antes del incidente, Yifat había sido condenada cinco veces por conducta desordenada. Sin embargo, no fue encarcelada una sola vez.

Las vidas de Malala y Yifat son totalmente distintas a la de Ahed Tamimi, niña palestina de 16 años. El 19 de diciembre pasado, en el curso de las protestas contra la decisión de Washington de reconocer a Jerusalén como capital de Israel, Ahmed cometió un delito similar al de Yifat. Sólo que en lugar de una bofetada judía, el soldado que entró al patio trasero de su casa, recibió una bofetada palestina.

Ahed nació en Nabi Saleh, aldea situada a 20 kilómetros de Ramalá (Cisjordania) y cercada por el asentamiento ilegal judío de Halamish que desde 2009 la priva de tierra y agua. Milita desde los nueve años, y así como tantos niños palestinos, creció con la ansiedad de ser despertada en sus habitaciones, por soldados armados y con máscaras.

Ahed ha sido testigo de la detención y asesinato de varios miembros de su familia. A un hermano de su madre, Nariman, lo asesinaron delante de ella, en una protesta (2011); al hermano, le partieron el brazo. Bassam Tamimi, el papá, ha pasado nueve veces por las cárceles; la madre también, cuatro o cinco veces. Y a los 12, Ahmed apareció en un video que se hizo viral, mordiendo a un soldado judío cuando pisoteaba a su hermano.

El periodista Gideon Levy escribió acerca las razones por la que una adolescente palestina está volviendo loco a Israel. Dijo que la niña “destrozó varios mitos de los israelíes. Lo peor de todo es que se atrevió a dañar el mito israelí de la masculinidad [...] ¿Qué va a pasar con nuestro machismo, que Tamimi rompió tan fácilmente, y nuestra testosterona? (Haaretz, 21/12/17).

Aunque, posiblemente, lo que vuelve locos a los israelíes, es que Ahed Tamimi podría pasar por una de sus hijas: piel blanca, largo cabello rubio rizado, ojos azules, y rasgos que parecen más europeos que árabes. Pero académicas como Shenila Khoja-Moolji, Miriam Ticktin o Carolina Bracco ofrecen lecturas menos mediáticas.

Según ellas, Ahmed tiene claro que mujer, vida, tierra y cuerpo son la misma cosa en Palestina. Por esto, cuando la entidad colonial se quiso aprovechar de la concepción el honor antes que la tierra, las mujeres de Nabi Saleh respondieron: la tierra antes que el honor.

Niñas como Ahed, sostienen, critican el colonialismo sionista y distan de enarbolar la feminidad empoderada que la cultura occidental pretende validar. Ella busca la justicia contra la opresión en lugar del empoderamiento femenino, individualista y abstracto.

Mientras, el papá de Ahed plantea dos frentes de lucha: por un lado el deber de seguir desafiando y combatiendo el colonialismo israelí en el que ellas nacieron, hasta el día en que se derrumbe. Por otro, afrontar con audacia el estancamiento político y la degeneración que se ha extendido entre nosotros.

Ahed fue detenida junto con su madre y prima (Nariman y Nur) y el periodista israelí Ben Caspit (quien posa de progresista) recomendó en el diario Maariv hacerles pagar en la oscuridad, sin testigos ni cámaras. Un tribunal militar imputó a la niña de 12 delitos (entre ellos incitación al terrorismo), y el ministro de educación Naftali Bennett quiere que Ahed y su familia terminen sus días en prisión.

Entrevistado por el portal Nodal, el español Manuel Pineda (cofundador de la organización no gubernamental Unadikum y amigo de la familia de Ahed), advierte que en Tel Aviv crecen las voces que piden para Ahed desde 20 años de cárcel a la cadena perpetua. “En los interrogatorios –comenta– ella no responde nada. Todavía no han conseguido que diga su nombre”.

Ahed se niega a responder a los soldados, fiscales y autoridades del enclave colonial sionista. Simplemente, no los reconoce. La nueva heroína de la causa palestina pasó la última noche del año en una celda helada y esposada de pies y manos.

 

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Catherine Deneuve, en el festival de Cannes de 2015.

 

En Hollywood, el movimiento Time’s Up, apoyado por más de 300 actrices, logró teñir de negro la ceremonia de los Globos de Oro en protesta contra las agresiones sexuales. En Francia, un colectivo formado por un centenar de artistas e intelectuales tomó este martes la dirección contraria al firmar un manifiesto opuesto al clima de “puritanismo” sexual que habría desatado el caso Weinstein. La tribuna, publicada en el diario Le Monde, está firmada por conocidas personalidades de la cultura francesa, como la actriz Catherine Deneuve, la escritora Catherine Millet, la cantante Ingrid Caven, la editora Joëlle Losfeld, la cineasta Brigitte Sy, la artista Gloria Friedmann o la ilustradora Stéphanie Blake.

“La violación es un crimen. Pero la seducción insistente o torpe no es un delito, ni la galantería una agresión machista”, afirman las autoras de este manifiesto. “Desde el caso Weinstein se ha producido una toma de conciencia sobre la violencia sexual ejercida contra las mujeres, especialmente en el marco profesional, donde ciertos hombres abusan de su poder. Eso era necesario. Pero esta liberación de la palabra se transforma en lo contrario: se nos ordena hablar como es debido y callarnos lo que moleste, y quienes se niegan a plegarse ante esas órdenes son vistas como traidoras y cómplices”, defienden las firmantes, que lamentan que se haya convertido a las mujeres en “pobres indefensas bajo el control de demonios falócratas”.

Entre las impulsoras del manifiesto se hallan personalidades que ya habían expresado opiniones opuestas a este movimiento, cuando no abiertamente contrarias a ciertas luchas del feminismo. Por ejemplo, la filósofa Peggy Sastre, autora de un ensayo titulado La dominación masculina no existe, o la escritora Abnousse Shalmani, que en septiembre firmó una columna donde describía el feminismo como un nuevo totalitarismo. “El feminismo se ha convertido en un estalinismo con todo su arsenal: acusación, ostracismo, condena”, dijo en el semanario Marianne. Por su parte, la periodista Élisabeth Lévy ha tildado de “infecto” el movimiento iniciado por etiquetas como #MeToo o #balancetonporc (“denuncia a tu cerdo”). En un registro más moderado, Deneuve también se opuso a este fenómeno a finales de octubre. “No creo que sea la forma más adecuada de cambiar las cosas. ¿Después qué vendrá? ¿'Denuncia a tu puta'? Son términos muy excesivos. Y, sobre todo, creo que no resuelven el problema”, declaró entonces. También Millet, crítica de arte y autora del relato autobiográfico La vida sexual de Catherine M., se ha opuesto repetidamente a un feminismo “exacerbado y agresivo”.

Las firmantes aseguran que las denuncias registradas en las redes sociales se asimilan a “una campaña de delaciones y acusaciones públicas hacia individuos a los que no se deja la posibilidad de responder o de defenderse”. “Esta justicia expeditiva ya tiene sus víctimas: hombres sancionados en el ejercicio de su oficio, obligados a dimitir [...] por haber tocado una rodilla, intentado dar un beso, hablado de cosas intimas en una cena profesional o enviado mensajes con connotaciones sexuales a una mujer que no sentía una atracción recíproca”, dicen en la tribuna. También advierten el regreso de una “moral victoriana” oculta bajo “esta fiebre por enviar a los cerdos al matadero”, que no beneficiaría la emancipación de las mujeres, sino que estaría al servicio “de los intereses de los enemigos de la libertad sexual, como los extremistas religiosos”.

 

Efectos en la cultura

 

El manifiesto alerta también sobre las repercusiones que este nuevo clima podría tener en la producción cultural. “Algunos editores nos han pedido [...] que hagamos a nuestros personajes masculinos menos 'sexistas', que hablemos de sexualidad y amor con menos desmesura o que convirtamos 'los traumas padecidos por los personajes femeninos' en más explícitos”, denuncian las firmantes, oponiéndose también a la reciente censura de un desnudo de Egon Schiele en el metro de Londres, a la petición de retirar un cuadro de Balthus de una muestra del Metropolitan de Nueva York o a las manifestaciones contra una retrospectiva dedicada a la obra Roman Polanski en París.

“El filósofo Ruwen Ogien defendió la libertad de ofender como algo indispensable para la creación artística. De la misma manera, nosotras defendemos una libertad de importunar, indispensable para la libertad sexual”, suscriben las cien firmantes del manifiesto. “Como mujeres, no nos reconocemos en este feminismo que, más allá de la denuncia de los abusos de poder, toma el rostro del odio a los hombres y a la sexualidad”, concluyen. El texto generó este martes malestar entre las asociaciones feministas en Francia, que lo atacaron en las redes sociales. “Indignante. A contracorriente de la toma de conciencia actual, algunas mujeres defienden la impunidad de los agresores y atacan a las feministas”, declaró la asociación Osez le féminisme.

 

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Martes, 09 Enero 2018 06:35

Su tiempo se acabó

Su tiempo se acabó

 

En 1964 yo era una pequeña niña sentada en el piso de linóleo de la casa de mi madre, en Milwaukee, viendo a Anne Bancroft presentar el Oscar al Mejor Actor en la 36ª entrega de los Premios de la Academia. Ella abrió el sobre y recitó cinco palabras que literalmente hicieron historia: “El ganador es Sidney Poitier”.

Subió entonces al escenario el hombre más elegante que yo hubiera visto jamás. Su corbata era blanca y su piel era obviamente negra... y lo estaban celebrando. Nunca había visto que celebraran a un hombre de raza negra de esa manera. He intentado muchas, muchas veces explicarme qué es lo que significa un momento cómo ese para una pequeña niña, una niña que miraba desde “los asientos baratos”, mientras su mamá entraba por la puerta, cansada de limpiar las casas de otras personas. Pero lo único que puedo hacer es citar lo que dice Sidney Poitier durante su actuación en Los lirios del valle: “Amén, amén, amén, amén”.

En 1982, Sidney recibió el premio Cecil B. DeMille justo aquí, en los Globos de Oro, y no sería extraño que en este momento haya otras niñas pequeñas mirando la televisión mientras me convierto en la primer mujer de raza negra en recibir ese mismo premio. Es un honor y es un privilegio el compartir esta noche con todos aquellos, con los hombres y mujeres increíbles que me han inspirado, que me han desafiado, que me sostuvieron y que hicieron que mi viaje hacia este escenario fuera posible. Dennis Swanson, quien se arriesgó por mí en AM Chicago. Me vio en el programa y le dijo a Steven Spielberg: “Ella es Sofía, en El Color Púrpura. Gayle (King), quien encarna la definición de lo que es ser amiga y Stedman (Graham), quien ha sido mi roca.

Quiero agradecer a la Asociación de la Prensa Extranjera de Hollywood (HFPA, por sus siglas en inglés). Sabemos que la prensa está bajo asedio en estos días y también que la dedicación insaciable por descubrir la verdad absoluta es lo que nos impide “hacer la vista gorda” ante la corrupción y la injusticia, frente a los tiranos y a las víctimas, a los secretos y a las mentiras. Quiero decir que ahora valoro a la prensa mucho más que nunca antes, cuando intentamos navegar en estos tiempos tan complicados, lo que me lleva a la siguiente conclusión: estoy segura de que contar nuestra verdad es la herramienta más poderosa que todos tenemos. Y estoy especialmente orgullosa e inspirada por todas esas mujeres que se han sentido lo suficientemente fuertes y empoderadas como para hablar y compartir sus historias personales. Cada uno de los que estamos en esta sala estamos siendo premiados por las historias que contamos. Sin embargo, este año, nosotras nos convertimos en esa historia.

Pero no es una historia que solo afecte a la industria del entretenimiento. Es una que cruza cualquier cultura, geografía, raza, religión, posición política o espacio de trabajo. Así que yo quiero expresar esta noche mi gratitud hacia todas las mujeres que han soportado años de abuso y agresiones porque ellas, como mi madre, han tenido hijos qué alimentar y cuentas qué pagar y sueños qué perseguir. Ellas son mujeres de las que nunca sabremos sus nombres. Son empleadas domésticas y del campo. Están trabajando en fábricas y en restaurantes; igual que en la academia, la ingeniería y la ciencia. Son parte del mundo de la tecnología, la política y los negocios. Ellas son nuestras atletas en las Olimpiadas y nuestros soldados en la milicia.

Y hay otra persona, Recy Taylor, un nombre que conozco y que ustedes deberían conocer. En 1944, Recy Taylor era una esposa joven y una madre que regresaba de un servicio religioso al que había atendido en Abbeville, Alabama, cuando fue secuestrada por seis hombres blancos armados, quienes la violaron y la dejaron vendada a un lado del camino. Ellos la amenazaron con matarla si le decía a alguien, pero su historia fue denunciada a la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color (Naacp, por sus siglas en inglés), donde una joven trabajadora con el nombre de Rosa Parks se convirtió en la principal investigadora de su caso y juntas buscaron justicia. Pero la justicia no era una opción en la era de Jim Crow (la de las leyes que promovían la segregación racial). Los hombres que trataron de destruirla nunca fueron perseguidos. Recy Taylor falleció hace 10 días, poco antes de cumplir 98 años. Ella vivió, como todos lo hemos hecho, demasiados años en una cultura quebrada por hombres brutalmente poderosos. Por mucho tiempo las mujeres han sido ignoradas y no se las ha escuchado cuando se atrevieron a contar su verdad sobre el poder que tienen esos hombres. Pero su tiempo se acabó. Su tiempo se acabó (en referencia a la frase en inglés Time’s Up, que es además el nombre del movimiento que ha servido para crear un fondo de ayuda legal a víctimas del acoso machista).

Su tiempo se acabó. Y yo tengo la esperanza de que Recy Taylor haya muerto sabiendo que su verdad, como la verdad de muchas otras mujeres que fueron atormentadas en esos años –y que siguen siendo atormentadas en estos días– y que sin embargo siguen adelante, como el corazón de Rosa Parks que tantos años después encontró la fuerza para quedarse sentada en ese autobús y no ceder su asiento en Montgomery, y está en cada mujer que aquí mismo elige decir “Yo también” (“Me too”, en referencia a las mujeres que han denunciado haber sido ser víctimas de acoso), y en cada hombre que elige escuchar.

En mi carrera, lo que siempre intenté hacer con todas mis fuerzas, ya sea en cine o televisión, es tratar de decir algo sobre cómo los hombres y las mujeres se sienten realmente. Contar cómo nosotros experimentamos vergüenza, cómo amamos, cómo nos enojamos, cómo fallamos, cómo emprendemos la retirada, cómo perseveramos y cómo, finalmente, nos superamos. He entrevistado y retratado a personas que fueron capaces de resistir algunas de las peores tragedias que la vida te puede arrojar. Todos ellos tienen una cualidad en común: la habilidad de mantener la esperanza en un mañana mejor, aún durante las noches más oscuras. Así que quiero que todas las jóvenes que están viendo en este momento sepan que un nuevo día está en el horizonte. Y cuando ese nuevo día finalmente comience, será porque muchas de esas magníficas mujeres, muchas de las cuales están aquí en la sala, y algunos hombres fenomenales, están peleando duro para asegurarse de convertirse en los líderes que nos lleven al tiempo en el que nunca nadie tenga qué decir de “Yo también” otra vez.

* Texto completo del discurso que la famosa presentadora y actriz pronunció durante la entrega de los Globos de Oro.

 

 

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Según los sondeos tras el discurso de Oprah Winfrey, mucha gente la imagina como futura presidenta de Estados Unidos.

 

Los Globos de Oro mostraron el cambio de época

Time’s up, se terminó: la consigna de batalla contra los ultrajes sexuales de los “altos mandos” de la industria se hizo fuerte durante la entrega de premios, con todas las mujeres vestidas de negro como señal de protesta y un discurso impresionante de Oprah Winfrey.

 

Hollywood reacciona. Por una vez, la frase de la noche –de la tarde-noche, si se prefiere– no fue, el domingo pasado en el Hotel Beverly Hilton de Los Angeles, “And the winner is...”, sino “Time’s Up”. Se terminó el tiempo en que para conseguir o no perder su empleo, una chica debía soportar toda clase de ultrajes sexuales de parte de los “dueños de la pelota” de la industria: accionistas, ejecutivos, productores, directores. Time’s Up es la consigna de batalla que sucedió a Me Too desde el momento en que The New York Times dio a conocer las primeras denuncias de acoso sobre el productor Harvey Weinstein, en octubre pasado, que generaron un impresionante efecto bola de nieve que se extendió por el mundo entero. Primero fue Me Too –a mí también me abusaron o quisieron hacerlo– como modo de blanquear la situación. Luego, la consigna superadora, Time’s Up: se terminó, no va más, de ahora en más el que quiera ejercer el derecho de pernada se queda sin trabajo. Que es lo que viene sucediendo en Hollywood desde el derrocamiento de Weinstein, con varios “caídos” por día. Contra eso se levantaron de sus asientos las mujeres presentes en la 75º entrega de los Globos de Oro, y la comunidad hollywoodense en pleno, a la vez que celebraron el fin de esos tiempos. La del domingo fue una ceremonia de protesta y fundación, tal como reflejó el impresionante discurso de Oprah Winfrey (ver Contratapa), equivalente al que Meryl Streep dio el año pasado contra Trump al recibir el mismo premio (el Cecil B. de Mille a la trayectoria) en el mismo escenario.

Se sabía de antemano el tinte que iba a tener la ceremonia organizada por la Asociación de Prensa Extranjera de Hollywood, incluso en sentido literal. La indicación corrió como reguero de pólvora por Tinseltown y todo el mundo (las damas, en realidad, ya que para los varones no es novedad) concurrió vestido con un único color, el negro. Si se trataba de un funeral, era el del abuso como práctica impune, incluso en manos de los propios pares. Kevin Spacey debió haber estado en el Beverly Hilton y en su lugar estuvo, en la categoría Mejor Actor Secundario, Christopher Plummer, que es quien lo remplazó en la película Todo el dinero del mundo, cuando se hicieron públicas las denuncias que llevaron a los productores a desistir de él. De no haber admitido las acusaciones en su contra, no hubiera sido raro que el humorista y guionista Louis C.K. acompañara a su colega Pamela Adlon, nominada al rubro Mejor Actriz de Comedia por la genial sitcom Better Things, cocreada por ambos. ¿Y la ganadora a Mejor Película Animada no fue acaso Coco, la nueva joyita del sello Pixar? ¿No ha optado acaso John Lasseter, creador de ese estudio, por un oportuno exilio de la industria, debido a ciertos “desaciertos” no especificados en el terreno sexual?

En el monólogo inicial, Seth Meyers, conductor de un talk show de medianoche, no tardó más que un par de minutos en hacer referencia a Weinstein y Spacey. De Weinstein dijo que si en veinte años se lo incluye en un recordatorio fúnebre, va a ser el primero en la historia en ser abucheado. Y el público abucheó. Hubo presencias de alto valor simbólico, como la de Salma Hayek, que se hizo presente para entregar un premio. En diciembre pasado, Hayek publicó en The New York Times una nota en la que contaba detalladamente la persecución a la que la sometió Harvey Weinstein en 2002, cuando produjo Frida, película que la actriz mexicana protagonizó. Estuvo también entre los concurrentes, aunque no en el escenario, Ashley Judd, una de las más notorias denunciantes de Weinstein. Hubo también asociaciones no casuales: quien presentó el premio a Oprah Winfrey fue Reese Witherspoon, que a poco de estallar el escándalo Weinstein confesó haber sufrido “múltiples experiencias de abuso y ataques sexuales” dentro de la industria. Algo más inadvertidas pasaron algunas oportunas “omisiones”, como la de Amy Sherman-Palladino, creadora de The Marvelous Mrs. Maisel, ganadora a la Mejor Comedia en series de televisión, que agradeció a Amazon su apoyo. A quien no agradeció fue al productor Roy Price, obligado a renunciar en octubre tras haber sido acusado de abuso.

 

La mujer es el negro del mundo


Pero el abuso no fue lo único que se denunció en esa improvisada (o no tan improvisada) tribuna en que se convirtió el escenario en la tarde-noche del domingo. “Vamos a anunciar a los nominados, que son todos hombres”, dijo, inmutable, Natalie Portman, una de las presentadoras del rubro Mejor Director de Película Dramática, ganado por Guillermo del Toro, por la maravillosa La forma del agua. “A ver si emparejan los salarios de las mujeres con los de los hombres”, bromearon Susan Sarandon y una reaparecida Geena Davis, cuyo 1.83 m de altura hizo lucir a su compañera, de 1.70, como una enana. ¿Sarandon & Davis? Thelma & Louise, claro. La más famosa pareja de justicieras femeninas no podía faltar en la noche del domingo. Barbra Streisand contó algo asombroso: desde que ella fue premiada con el Globo de Oro a la Mejor Dirección, en 1983 por Yentl, ninguna otra mujer volvió a ganarlo. Van 34 años y sigue el conteo.

Podría decirse que el domingo Greta Gerwig le pasó raspando a ese premio vacante. No lo ganó ella pero sí su elogiadísima ópera prima indie Lady Bird (tiene estreno asegurado en la Argentina), en el rubro Mejor Comedia. Actriz habitualmente contenida, Gerwig estaba totalmente desbordada, dando la sensación de que no se esperaba el premio. Tal vez le apostaba a The Disaster Artist, por la cual ganó James Franco como Mejor Actor. Muy divertido el gag (involuntario) que protagonizaron Franco y Tommy Wiseau, el actor y director malísimo de The Room, la película en la que The Disaster Artist se inspira. Franco había llevado a Wiseau, aunque éste estaba sentado por otro lado. Cuando anunciaron el premio, Franco tomó de la mano a su hermano Dave, que actúa en la película, para subir juntos al escenario. Detrás de ellos fue Wiseau, a quien la cámara tomó de espaldas, con su característica melena, como imitando su primera aparición en The Disaster Artist. Franco agradece, Wiseau se acerca, Franco lo saluda, Wiseau se acerca al micrófono y Franco le cruza la mano, como diciendo “Vos no hablás”. Y no habló.

En tren de ausencias asombrosas, se saldó una no menor a la de Mejor Directora. El actor afroamericano Sterling K. Brown, ganador del Globo al Mejor Actor en Serie Dramática por This Is Us, es, lisa y llanamente, el primero en la historia en ganarlo. Brown, que el año pasado se había destacado como abogado defensor en la miniserie The People vs O.J. Simpson, le agradeció al creador de This Is Us, Dan Fogelman, que haya escrito un personaje negro. “Creaste un papel de hombre negro que sólo podía ser interpretado por un hombre negro”, dijo Brown desde el escenario.

 

La otra Oprah


Las reivindicaciones que se hacían oír desde el escenario parecían volver como un búmeran desde varias de las películas o series premiadas. La película más galardonada, Tres avisos por un crimen, Missouri (se estrenará en la Argentina el jueves 18 de enero) trata sobre la batalla que da una madre (Frances McDormand) para hacer justicia con su hija violada y asesinada, en un pueblito sureño que parecería reacio a toda ley... y a que sean las mujeres las que quieran hacerlas cumplir. Dirigida por Michael McDonagh, la película ganó los Globos correspondientes a Mejor Película Dramática, Mejor Guión, Mejor Actriz y Mejor Actor Secundario. A su turno, las series favoritas resultaron Big Little Lies y The Handmaid’s Tale. La primera de ellas, que emite HBO y protagonizan Nicole Kidman, Reese Witherspoon y Laura Dern, trata sobre tres madres de chicos de primer grado, que se hacen amigas.

The Handmaid’s Tale, basada en la novela homónima de Margaret Atwood, ya se sabe, es una fábula sobre una sociedad del futuro que se sostiene sobre la esclavización de la mujer. Big Little Lies ganó Mejor Actriz de Miniserie (Kidman), Actriz de Reparto (Dern) y Actor de Reparto (Alexander Skarsgard). The Handmaid’s Tale, Mejor Serie Dramática y Mejor Actriz de Serie Dramática (Elizabeth Moss). Cuando todo el equipo de esta última subió al escenario a recoger el premio, el productor hizo un llamamiento para que la sociedad del futuro no sea como la que la serie imagina.

Pero, como quedó dicho, el bombazo de la noche fue el discurso de Oprah Winfrey, que es toda una institución en Hollywood. Institución que se diversifica en un montón de ventanillas. Winfrey empezó como conductora de talk shows y eventualmente actriz (El color púrpura), pero su popularidad fue creciendo de tal manera que además de terminar siendo dueña de una cadena de televisión pasó también a la producción de cine (produjo Selma), no se ahorra sus opiniones políticas (fue una de las más notorias sostenedoras de Obama dentro de la comunidad hollywoodense) y es la mujer afroamericana más rica de los Estados Unidos. Según los sondeos que arrojan los tweets y opiniones emitidas por las redes tras su discurso del domingo, podría arrancar con buen pie una nueva actividad: la de Presidenta de los Estados Unidos. ¿Alguien está queriendo lanzarla? Vaya a saber.

Lo cierto es que su discurso estuvo espléndidamente articulado, puntualizando con claridad que éste es un momento en que la industria del entretenimiento debe mirar hacia afuera, hacia el mundo. De ese afuera, Oprah trajo la historia de una mujer llamada Recy Taylor, que en tiempos de Segunda Guerra fue violada por seis hombres armados, no logró que se hiciera justicia y murió hace apenas un par de semanas, a los 98 años. Así como llegó desde su infancia hasta esa noche a través de una cadena precisa de vinculaciones, Winfrey hizo algo parecido con la historia de esta mujer, llegando hasta el presente. “Ella vivió, como todos nosotros, demasiados años en una cultura destrozada por hombres poderosos y brutales”, dijo. “Pero su tiempo terminó. Su tiempo terminó. Su tiempo terminó.” No hizo falta que los presentes se levantaran a aplaudirla: estaban de pie prácticamente desde el comienzo de su discurso.

 

 

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