Sábado, 18 Noviembre 2017 08:09

¿Eres libre?

¿Eres libre?

 

¿Eres libre? La pregunta puede detenerle el paso a cualquiera, así vaya con prisa. Después del alto, algunos despacharán la cuestión con rapidez. La libertad es algo subjetivo. Dirán. Depende... todo depende.

Otros responderán desde su edad, su clase social, su grupo racial; o bien desde la sociedad nacional, la familia, el trabajo, la pareja, la sociedad global... Como ciudadano cubano soy libre, o no; como mujer soy libre, o no...

Si queremos tocar la llaga, habrá que tener en cuenta que la cuestión de qué es la libertad precede a la posibilidad de evaluarla para nuestra propia vida y la de los otros.

Una forma usual de definir la libertad es esta: soy libre si otros no pueden interferir en mi vida. Si instituciones, grupos, el Estado, personas... pueden interferir de forma significativa en mi vida, en mis decisiones, en mis deseos, entonces no soy libre. Quien salde el asunto de ese modo, puede estar en desacuerdo con lo que sigue.

Defenderé un argumento diferente, de larga tradición: ser libre es no depender de otros para vivir.

No es libre el trabajador que, por miedo al despido, no puede intervenir en las condiciones de su trabajo; cuando el jefe / patrón lo estime, podría quedar desempleado, sin derecho a reclamo, sin indemnización, sin nada. No es libre quien, para reproducir materialmente su vida, depende de regulaciones arbitrarias o coyunturales del Estado o del mercado, que pueden desposeer sin más explicación, sin control público, sin resistencia social.

No es libre la mujer que, por no “trabajar en la calle”, depende del marido para vivir cada día. No importa que su compañero sea un “buen marido”, y que ella confíe en que él custodia los intereses de la familia. No importa que el “buen marido” le entregue su salario íntegro, porque ella lo administra como nadie. No importa que ella crea que por llevar-tan-bien-la-casa, tiene poder para negociar y decidir. No importa que, en efecto, él no intervenga en lo que ella compre o no compre, cambie o no cambie en su mundo privado.

El que provee, podría dejar de hacerlo cuando lo considerase. Lo que define a Martha –digamos que ese es su nombre– como una persona no libre, es que depende de su marido para reproducir materialmente su vida. Si la unión se disuelve, es probable que quede con nada para ella, y –en Cuba– con una pensión de 100 pesos para cada hijo de los dos que parió.

Tampoco es libre la que, sin saberlo, es víctima de lo que los doctos llaman violencia patrimonial. Esto es, la violación de los derechos de propiedad: la que es presionada a vender sus bienes; la que, siendo propietaria o teniendo derecho sobre alguna propiedad, resulta desposeída por la acción inconsulta del marido, el hijo o hija, u otra persona.

Mirada desde las mujeres, no es siempre clara la relación entre libertad y propiedad. El ideal de amor romántico donde toda reflexión sobre lo “material” es inapropiada, la necesaria “administración centralizada” de recursos escasos, la idea –equivocada– de que el bienestar de la familia es igual al bienestar de cada uno de sus miembros, son argumentos que obscurecen la importancia de la autonomía material.

Sin embargo, la mayor vulnerabilidad de las mujeres –expresada, por ejemplo, en nuestra sobrerrepresentación en las franjas de pobreza– tiene que ver con la desposesión. Esa desposesión, por lo dicho, define dependencias, ausencia de libertad.

Lo anterior no es novedad: está comprobado que la dependencia económica de la mujer es una de las bases más importantes de la opresión de género. Por el contrario, la autonomía material de las mujeres se relaciona con su bienestar, con su poder de negociación dentro y fuera del hogar, y con su posibilidad de construir y negociar poder en la sociedad. Tener recursos propios para reproducir la existencia –para no pedir permiso a otros para vivir– incide en la seguridad jurídica de las mujeres, en su posibilidad de transformar sus bienes en activos para producir y generar ingresos, y en su posibilidad para participar en el mercado.

El desconocimiento también coarta los derechos de propiedad de las mujeres y, por tanto, las condiciones de su libertad. Algunas piensan que, al casarse, los bienes que tenían pasan a la familia. Por tanto, no los reclaman en caso de separación o divorcio. Algunas de las que no tienen trabajo asalariado, consideran que su trabajo no es productivo y que, por ello, los activos del hogar solo pertenecen a sus esposos; creen que si la unión se disuelve no tienen derecho a reclamo o tienen solo el derecho que les otorga ser madres. Otras tienen dificultades para acceder a la justicia por falta de recursos sociales o materiales que sesgan –también en Cuba– este tipo de empeños.

El asunto ha tenido tratamiento internacional. Desde la Convención sobre la Eliminación de todas Formas de Discriminación contra la Mujer, ratificado como tratado internacional en 1981, se reconoció que para poner fin a esta discriminación se requiere reforzar sus derechos de propiedad y fortalecer su derecho a poseer, heredar y administrar propiedades a nombre propio.

En 1995 la Plataforma de Acción de la Conferencia de Beijing volvió sobre el asunto. Entre las recomendaciones específicas del Task Force de Naciones Unidas sobre la número Tres de las Metas de Desarrollo del Milenio, se encuentra una específicamente referida a los derechos de propiedad de las mujeres. Allí se señala la necesidad de recoger información sistemática sobre la distribución por sexo de la tenencia de bienes y sobre las diferentes formas de propiedad.

En Cuba no sabemos cómo se distribuyen los activos en el hogar atendiendo al sexo. No hay datos públicos desagregados por sexo sobre quiénes detentan la propiedad de las viviendas, sobre cómo se distribuyen los activos financieros (cuentas de ahorro), ni tenemos información específica sobre el aporte de las mujeres, por ejemplo, en los espacios rurales (ámbito que absorbe cerca del 20 por ciento del empleo total del país). Sin embargo, hay algunos indicios.

En el sector privado de la economía cubana –hoy el más dinámico– solo el 32 por ciento son mujeres. Una parte considerable de ellas, además, son trabajadoras contratadas –cuentapropistas que trabajan para “cuenta ajena”. Para emprender un negocio, se necesita de un capital que, al parecer, las mujeres manejamos menos. Si lo anterior demuestra alguna tesis, es esta: el mercado no es neutral al género. Parece que las mujeres somos menos independientes que los hombres para “emprender” negocios, como propietarias, en la Cuba actual.

Los análisis sobre propiedad y género han demostrado que, para acumular activos, la mayoría de las personas dependen de sus salarios o ingresos y de lo que puedan ahorrar a partir de ellos. El análisis cubano despierta una alerta al respecto: la población femenina económicamente activa es solo la mitad de las mujeres en edad laboral.

¿Qué quiere decir eso? En primera instancia, que casi la mitad de las mujeres en edad laboral no tienen un empleo formal y no están buscando empleo. Es probable que al menos una parte importante de ellas sean cuidadoras de niños, ancianos, o personas con necesidades especiales en el hogar, amas de casa, trabajadoras domésticas no remuneradas. No reciben ingresos estables. Son dependientes de otros. ¿Son libres?

Sabemos aún más. En los espacios rurales, menos mujeres que hombres acceden al trabajo remunerado en la agricultura. Menos mujeres que hombres tienen control de tierras, tecnologías e insumos en la práctica productiva. Menos mujeres que hombres ocupan espacios de poder. ¿Son libres?

Sabemos, también, que las normas cubanas aseguran igualdad para ambos cónyuges en situaciones de separación. Sin embargo, la práctica concreta de justicia genera desigualdades a desfavor de las mujeres en relación a asuntos patrimoniales, sobre todo, si no son madres. La fórmula para los procesos de Liquidación de Comunidad Matrimonial de Bienes promulga la división de estos a partes iguales, pero su aplicación concreta puede condicionar fallos injustos agravados por las dificultades en la aplicación de las sentencias.

En un escenario de cambios tan fundamentales como el que acontece en Cuba, incrementar el poder de negociación de la mujer dentro y fuera de sus casas, y pensar en las condiciones de posibilidad de su independencia material, no se puede dejar para luego.

Si aumenta la desigualdad, aumentará más para nosotras. Si aumenta la pobreza, seremos las más empobrecidas. Si el mercado es cada vez más central, tendremos más posibilidades de permanecer en los márgenes de este. Con todo, la promesa hecha por el actual presidente cubano de que en este camino “nadie quedará desamparado”, es más difícil de cumplir para las mujeres. Expandir las condiciones de nuestra libertad también lo es.

 

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Miércoles, 15 Noviembre 2017 06:47

La diversidad en movimiento

La diversidad en movimiento

Días atrás, en un encuentro de geografía agraria en Curitiba (Brasil), tuvimos la oportunidad de conocer los cambios que se están procesando dentro de los movimientos sociales, en los principales colectivos latinoamericanos.


Mujeres sin tierra relataron cómo en los asentamientos de reforma agraria ligados al MST, se están formando colectivos de mujeres y de jóvenes LGBT. Aunque el activismo femenino en ese movimiento no es algo nuevo, la amplitud de la organización de las mujeres muestra una nueva tendencia. En casi todos los movimientos las direcciones tienden a ser masculinas, aunque en las bases la presencia de las mujeres sea mayoritaria.


En cuanto al colectivo LGBT dentro del MST, se trata de una novedad significativa en una organización campesina. A principios de noviembre hubo una reunión de unas 80 personas de varios estados del país en el marco de la Escuela Nacional Florestán Fernandes, para debatir sobre lucha de clases y diversidad sexual (goo.gl/b33vD5).
Según la página del movimiento, se trata de trabajar para que los asentamientos y campamentos “sean espacios de libertad de expresión y de vivencia de la sexualidad como parte integral del proyecto de sociedad socialista”. Destaca también que en el movimiento comenzó como una auto-organización de los sujetos LGBT, que luego fue articulada por el conjunto del movimiento.


En otros movimientos latinoamericanos puede constatarse la emergencia de sujetos nuevos, entre los que destacan las mujeres y los colectivos por la diversidad de opciones sexuales, así como negros, indígenas e integrantes de los más diversos pueblos originarios, como pescadores, recolectores y pueblos de tierras bajas, entre otros.
Deben destacarse dos aspectos. El primero es que los nuevos sujetos surgen en el seno de movimientos que tienen más de tres décadas, donde la presencia hegemónica de los varones ha sido la norma. Las más de las veces, estos movimientos tienden a replegarse en las instituciones y dejan de ser espacios de transformación de las personas y de la realidad, cuestiones que caminan de la mano.


La segunda es que la presencia de diversidades puede formar parte de un crecimiento interior del movimiento, como expresaron algunas compañeras en Curitiba. Se trata de abrir las puertas a la expresión y organización de sujetos diversos que no sólo no coliden con los sujetos tradicionales sino que enriquecen, en este caso, la identidad campesina.


En períodos anteriores, los hijos de los campesinos tendían a salir del campo para instalarse en las ciudades. Era la forma de poder realizar estudios que les permitieran un ascenso social, además de conseguir cierta autonomía como individuos, lejos de los prejuicios de sus padres y vecinos. Iniciativas como las que comentamos, pueden contribuir a reforzar la ligazón de los campesinos jóvenes con los movimientos y con la tierra, ya que expresan sus deseos y sueños en los mismos lugares donde nacieron.
La organización de nuevos colectivos al interior de los movimientos, puede contribuir a reforzar la lucha por la reforma agraria, a crear sujetos más heterogéneos y, por lo tanto, más sólidos. Hasta hace poco tiempo, digamos en los años de la hegemonía patriarcal, se pensaba que la homogeneidad (y su hermana la unidad) eran la clave de la solidez de la lucha revolucionaria.


Nada más errado. Como señalan los zapatistas, la unidad puede convertirse en forma de dominación fascista, ya que al aplastar la heterogeneidad se someten las diferencias a un proyecto uniformador que no hace más que reforzar la dominación. Por el contrario, la diversidad nos hace más fuertes como colectivos, al multiplicar y enriquecer las relaciones humanas en el interior de las organizaciones, lo que las hace más resistentes.


Nada de esto se consigue sin contradicciones y sin superar obstáculos internos, anclados en la inercia organizacional que tiende a frenar los cambios. Por todo esto, resulta necesario destacar los desarrollos que se están produciendo en el seno de los movimientos porque, siendo la herramienta principal de la transformación del mundo, que renueven su filo anti-sistémico es una buena noticia para compartir.

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En Colombia, se registraron 15 mil 76 víctimas de violencia sexual

 

El Observatorio de Memoria y Conflicto del Centro Nacional de Memoria Histórica presentará el próximo 24 de Noviembre su informe “La guerra inscrita en el cuerpo. Informe nacional sobre violencia sexual en el conflicto armado” En él se entrecruzan las historias de 227 mujeres que hacen parte del amplio espectro de la violencia sexual en el marco del conflicto armado en Colombia y que arroja la cifra de 15076 víctimas.

Según el Centro Nacional de Memoria Histórica, el 91.6% de las víctimas de estos delitos contra la libertad y la integridad sexual “han sido niñas, adolescentes y mujeres adultas”. Además se especifica que existe un sub registro y poca información sobre esos delitos y un importante porcentaje de casos en los que se desconocen los perpetradores que hace que las cifras no sean presentadas de manera concluyente.

 

LOS PRINCIPALES PERPETRADORES DE LA VIOLENCIA SEXUAL HAN SIDO LOS PARAMILITARES

 

Entre otras cifras el informe resalta, frente a los perpetradores que “los paramilitares han sido responsables de 4.837 casos, 32%, las guerrillas han sido responsables de 4.722 casos, 31,5 %, Agentes del Estado han sido responsables de por lo menos 206 casos registrados y los grupos armados posdesmovilización GAPD son responsables de 950 casos.” Y en 3.973 se desconocen los responsables.

El informe recoge cifras hasta el 20 de Septiembre de 2017 y pretende, según el comunicado de prensa, no solamente desenmascarar la verdad de una violencia que “ha sido silenciada” sino interpelar al conjunto de la sociedad colombiana para que cese la estigmatización de las víctimas y permitir que se visibilicen sus estrategias para superar esa victimización.

 

LAS ALTERNATIVAS PARA INTENTAR RESTAURAR EL DAÑO DE LA VIOLENCIA SEXUAL

 

Según el CNMH, una de las preguntas que plantea esta investigación y que debe hacerse a toda la sociedad colombiana, también de cara a un proceso de post acuerdos es ¿qué vamos a hacer para que esto no vuelva a suceder? Por ello presenta algunas de las alternativas que han apropiado las víctimas para superar las secuelas que este tipo de violencias deja en los cuerpos de las mujeres y en general en el tejido social.

Por ejemplo, señala que algunas de las mujeres optaron por enfrentar a sus victimarios acudiendo a la denuncia pública, otras han decidido seguir adelante en la defensa de sus territorios con la idea de que las jóvenes y niñas de sus comunidades no sean también víctimas de los paramilitares o los actores armados que operan en sus territorios, entre otras.

Si bien, solamente hasta el 24 de noviembre se conocerá el informe completo, quedan planteadas tanto las preguntas como las alternativas de respuesta a una situación que es abrumadora y que debe estar en la primera línea de la recién creada Comisión de la Verdad, no solamente para que se esclarezcan estos crímenes sino también para que se abra el camino de la No Repetición.

Publicado originalmente en Contagio Radio

 

 

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Mujeres participando en una manifestación por la igualdad.

 

El pesimismo en torno a la paridad hombre-mujer en el mundo se ha instalado hasta en la invernal estación de Davos, donde se reúnen, cada enero, los jerarcas políticos y económicos. Un informe de su entidad organizadora, el World Economic Forum (WEF) avisa de que la brecha no sólo no sutura, sino que se agranda

 

“Un duro revés”. Así califica el WEF el estado de la igualdad de género en el planeta tras la revelación de su indicador 2017. El año en el que han emergido los nacionalismos de corte populista, han aumentado los riesgos geopolíticos y han surgido nuevas amenazas sobre la economía mundial, parece que también ha distanciado aún más las divergencias entre hombres y mujeres en materia de igualdad de género.

En casi la práctica totalidad de los parámetros que la institución organizadora del Foro de Davos evalúa para calificar su indicador anual. Pero, en concreto, en el terreno salarial. Quizás el barómetro más sensible y en el que mejor se aprecia la discriminación por razones de sexo.

En concreto, en este apartado, los expertos del WEF advierten de que se ha retrasado en 47 años el momento del supuesto ensamblaje remunerativo respecto a su último diagnóstico, lo que relega más de dos siglos (exactamente, 217 años) la proclamación de la igualdad retributiva. Es decir, en el año 2234.

En términos generales (suma del conjunto de los exámenes socio-económicos de los 144 países que somete a evaluación, entre ellos, acceso a educación, sanidad o participación en el escenario político), el ranking del WEF cifra en el entorno de los cien años la paridad entre hombres y mujeres. “La desigualdad reduce de forma drástica los recursos de talento de una parte substancial de la población” global y, con ello, se reduce la capacidad de la humanidad a la hora de “abordar los desafíos” a los que se enfrentan las relaciones económicas en todo el mundo, explica en el prólogo del informe Klaus Schwab, fundador y presidente del WEF.

El estudio sitúa la brecha de género en un 68%. Siendo el nivel 100 el punto de igualdad. Los nórdicos, un año más, encabezan la clasificación. Con Islandia a la vanguardia, con un 87% de su brecha de género ya suturada. Por noveno año consecutivo. Le siguen Noruega y Finlandia.

El WEF emitió su primer ranking de igualdad en 2006. Y, desde entonces, siempre ha constatado “lentos, pero continuados progresos”. Hasta ahora.

Saadia Zahidi, responsable del parámetro de educación de esta institución, no deja lugar a dudas: “En 2017 no hemos visto avances hacia la paridad; más bien al contrario, la evolución se ha detenido. Incluso el camino se ha revertido”. A su juicio, “la lucha contra la desigualdad por razones de sexo demanda imperativos de orden económico, pero también moral”. Y sólo algunos países -explica- lo comprenden; son los que ven ahora los dividendos de las medidas proactivas que han instaurado en los últimos meses en esta dirección”. Bulgaria, Canadá, Francia y Bolivia, Dinamarca y Reino Unido son las naciones que han protagonizado los mayores saltos cualitativos. Todos, dentro del top-twenty.

España es otro de los países que más han progresado. Hasta firmar un 74%. Sigue al sexteto anterior, junto a Barbados, pero se queda en el vigésimo cuarto peldaño del escalafón, tras subir cinco puestos. Eso sí, sin entrar entre los diez mejores de Europa.

 

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El Talón de Aquiles español es el diferencial de salarios entre hombres y mujeres. Valoración inmersa en el sub-índice económico, donde se queda en un modesto porcentaje del 65%, en el puesto 81 del ranking global. Frente al 99% de nivel académico y al 97% de acceso a la Sanidad.

Aunque la puntuación más baja la obtiene en igualdad de representantes políticos, con un 35% que, sin embargo, le encarama dos puestos por encima de su valoración general: el vigésimo segundo. Motivo que se explica por el reducido -o nulo- número de mujeres que logran cargos vinculados a la política. Gran parte de ellos, de naciones musulmanas.

El informe del WEF viene a justificar, en este lunar español, otro estudio reciente, de principios de año, elaborado por Equileap, en colaboración con la Universidad de Maastricht, en la que se reducen a seis las firmas españolas -de las 43 que analizó el documento- incluidas en el ranking de igualdad de género del sector privado que encabazaba la francesa L'Oréal y que se basaba en información pública de 3.048 empresas cotizadas de 23 países. La primera fue Red Eléctrica, en el puesto 51. Más abajo aparecieron, por orden decreciente, Banco Santander (61); CaixaBank (102), Bankinter (107), Enagas (135) y BBVA (156).

En cualquier caso, España se sitúa lejos del decimoprimer puesto que obtuvo en 2006.

Aunque los mayores avences porcentuales en igualdad correspondan a Nicaragua, con un 12% de brecha corregida, y Nepal, Bolivia y Eslovenia, con un 11%.

 

Los diez peores clasificados

 

La media global de los 144 países analizados se sitúa en el 68%, un punto menos que en 2016. A pesar de que se han registrado mejoras en 82 naciones, ha pesado más los retrocesos de 60 de ellos, casi en su totalidad en los parámetros económico-salarial y de acceso al poder político. El propio WEF enfatiza esta paradoja: en 2025, el PIB mundial se incrementará en 5,3 billones de dólares respecto a los niveles actuales, mientras que el gap de participación económica entre los hombres y las mujeres se situará en el 25%, según las previsiones para ese mismo año.

Por orden decreciente, los peores parados, según el indicador del WEF, son los siguientes países:

10.- Jordania (60%). Casi no dispone de mujeres trabajando en puestos vinculados a ministerios y su ordenamiento jurídico no contempla mandatos legales sobre igualdad de género. Aunque el voto femenino se instauró en 1974.

9.- Marruecos (59,8%). Las hijas carecen de cualquier tipo de derecho sucesorio y las mujeres brillan por su ausencia en el escalafón político e institucional del país.

8.- Líbano (59,6%). Leyes sin igualdad de género, hijas sin derechos sucesorios y ausencia casi total de mujeres en el parlamento y en cargos ministeriales.

7. Arabia Saudí. (58,4%). A las mujeres se les permitió votar y ser candidatas por primera vez en 2015, en unas elecciones municipales. Este año se les ha levantado la prohibición expresa de conducir vehículos.

6. Malí (58,3%). Sin leyes antidiscriminación de género en un país que permite el negocio de aquiler de mujeres. Las hijas sólo tienen derechos parciales de herencia y las mujeres, sólo usos concretos de propiedad de la tierra, ya que la práctica totalidad de ella pasa al control de sus cónyunges.

5.- Irán. (58,3%). Las mujeres sólo pueden acceder a determinados servicios financieros y sólo a ciertos activos y propiedades de tierras.

4.- Chad (57,5%). El acceso a la educación de sus mujeres es ostensiblemente más recucido que el de los hombres y nunca ha habido representación femenina en altos cargos del Estado.

3.- Siria (56,8%). La gran mayoría de la fuerza laboral y de la clase política es masculina. Las leyes no promueven la igualdad. Las hijas, sin derechos de sucesión ni de herencias.

2.- Pakistán (54,6%). Sin normas de igualdad, pero con permisividad legal para negociar con las mujeres. Tuvo una presidenta del país, Benazir Bhutto, que fue asesinada en 2007.

1.- Yemen (51,6). Sin mujeres en el parlamento ni en las instituciones políticas. Sin leyes de género y con prohibición expresa de acceso de la mujer a los servicios financieros.

 

El paraíso de la igualdad: Islandia

 

No es ninguna sorpresa. Islandia es, para el WEF, el nirvana igualitario entre hombres y mujeres. Como en las ocho ediciones anteriores. Es el arquetipo del “éxito de varias décadas” de avances continuados, “fuente inspiradora” para el resto del planeta en esta materia y la nación mejor colocada para suscribir el 100% de igualdad, dicen los expertos del Foro de Davos.

¿Su secreto? La convicción de que el combate final contra la discriminación no nace sólo de un acuerdo tácito. Sino que requiere de contínuas acciones colectivas y mecanismos de solidaridad para defender los derechos civiles de las mujeres, su acceso paulatino a los más altos cargos de responsabilidad políticas y el instrumento de los cambios legislativos para potenciar, primero, y conseguir, después, la equiparación de cuotas y salarios entre ambos géneros.

Islandia es una isla, pero no está aislada en esta materia. Sus protestas civiles han aupado a sus representantes femeninas a las más altas instancias del país. También han proliferado en el país a lo largo de las últimas décadas las reivindicaciones ciudadanas para acabar con los privilegios masculinos -sobre todo, en materia económica-, que consiguieron dar visibilidad a las demandas de sus mujeres y hacer calar en su sociedad la participación compartida en la toma de decisiones. En el ámbito civil, familiar y empresarial. Una aceptación social y cultural que ha germinado en el imaginario colectivo.

Islandia es el país que inició la concesión del voto y el acceso parlamentario de sus féminas. Nada más y nada menos que en el año 930. Y estableció derechos legales similares a los hombres entre 1914 y 1915. Aunque entre 1915 y 1983, sólo entre un 2% y un 5% de sus parlamentarios eran mujeres. Motivo por el cual, sus movimientos feministas fueron especialmente activos en las décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado. Con resultados espectaculares. En 2012, por ejemplo, Islandia tuvo el privilegio de lograr el nombramiento de la primera mujer obispo. De religión protestante, la mayoritaria en el país. Y, desde 2016, el 48% del parlamento es mujer.

Mientras en su legislación se prohíbe expresamente el acoso sexual, se ha alcanzado una gradual equiparación de permisos de paternidad entre hombres y mujeres en el generoso estado del bienestar islandés y la igualdad de puestos directivos y de remuneraciones salariales es su gran sello de identidad. 

 

 

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Lunes, 30 Octubre 2017 07:17

Silencios interrumpidos

Rose McGowan, una de las decenas de actrices que han acusado de acoso e incluso de violación al productor de Hollywood Harvey Weinstein, llamó a no seguir ignorando el problema de las agresiones sexuales, en un discurso pronunciado el pasado viernes durante la Convención de la Mujer celebrada en Detroit, Michigan. La acompaña en la imagen (a la derecha) Tarana Burke, fundadora de #MeToo

 

Uno ocupa la Casa Blanca, dos son residentes anteriores de ese edificio público, otros son dueños de la fábrica de sueños (y pesadillas) en Los Ángeles, otros se dedican a reportar las verdades al público, muchos son campeones de valores familiares y todos son hombres acusados de abuso, hostigamiento y violación sexual de mujeres.

No son un club exclusivo. Una de cada tres mujeres han padecido hostigamiento sexual en su trabajo en Estados Unidos, pero 90 por ciento nunca presentan una queja formal según diversos cálculos. La violencia sexual es aún más alarmante: cada 98 segundos alguien –casi siempre mujeres– es sexualmente asaltado en este país y aproximadamente 321 mil 500 personas son sexualmente asaltadas o violadas cada año, y 99 por ciento de los responsables de violencia sexual no enfrentarán consecuencias penales, según cálculos de RAINN, la organización nacional contra la violencia sexual más grande del país (www.rainn.org).

Durante las recientes tres semanas, de repente se ha producido un coro ensordecedor de denuncia y condena contra el hostigamiento y violencia sexual contra las mujeres, una vez más. Y la pregunta es si esta vez algo cambiará.

El capítulo más reciente fue iniciado con un reportaje en el New York Times seguido casi de inmediato por otro en The New Yorker (este último escrito por Ronan Farrow, hijo de Mia Farrow y el director de cine Woody Allen, con quien no habla). En los reportajes varias actrices –algunas de manera anónima, otras por primera vez dando su nombre– acusaron al poderoso productor de cine Harvey Weinstein de acoso, hostigamiento y hasta violación sexual.

Esto se volvió un tsunami de ira y a lo largo de las recientes tres semanas, 60 mujeres han denunciado sus experiencias de abuso y violencia sexual con Weinstein y más de 200 han hecho lo mismo contra el guionista James Toback. Poco después, el jefe de Amazon Studios renunció ante acusaciones parecidas.

Los detalles, a veces muy explícitos, inundaron los medios. Mucho tenía que ver con los nombres famosos: Angelina Jolie, Gwyneth Paltrow, Rachel McAdams, Annabella Sciorra, Ashely Judd, Asia Argento, Lupita Nyong’o. Los que no estaban en las listas tenían que comentar sobre el asunto. De repente, y por ahora, quedó prohibido el silencio.

Esto generó otras denuncias de abuso sexual de figuras reconocidas en otros sectores, incluyendo, entre otros, el periodista Mark Halperin, de NBC News y antes de ABC; el crítico literario de la revista The New Republic Leon Wieseltier; el célebre chef John Besh, y ahora hasta el ex presidente George H. W. Bush, quien a sus 93 años de edad se vio obligado a emitir una disculpa desde su silla de ruedas ante múltiples acusaciones de que tocó de manera indebida a mujeres –incluida una actriz– al momento de tomarse fotos públicas con ellas.

Con ello se detonó una masiva conversación pública sobre varias dimensiones de este escándalo y sus implicaciones, el abuso del poder de los hombres contra las mujeres y su tolerancia, y sobre el silencio.

Weinstein, como muchos otros –los casos más recientes son los del ejecutivo en jefe de Fox News Roger Ailes y el presentador estrella Bill O’Reilly–, silenciaban a sus víctimas con acuerdos legales con pagos desde decenas de miles a millones de dólares y/o por amenazas de que sus carreras serían anuladas y sus reputaciones destrozadas.

La caída extraordinaria de estos hombres –Weinstein fue echado de su propia empresa y expulsado de la Academia de Artes y Ciencias del Cine (el gremio de Hollywood), su esposa pidió el divorcio y la policía lo está investigando. Otros como Ailes, O’Reilly Halperin de NBC han sido cesados o se han apartado de sus puestos poderosos– genera expectativas de que esto podría ser el principio de un cambio real.

Pero también hay dudas, ya que no es la primera vez. Recuerdan que todo esto sigue ocurriendo, a pesar de los casos de alto perfil de años recientes, desde el del actor Bill Cosby –acusado por decenas de mujeres de drogarlas y violarlas– hasta los escándalos sexuales de otro ex presidente que estaba por volverse el primer caballero, Bill Clinton, o de las denuncias valientes de la abogada Anita Hill contra Clarence Thomas hace más de un cuarto de siglo que acabaron con ella cuestionada y él ratificado a la Suprema Corte.

Tal vez el ejemplo más devastador para los que luchan contra todo esto es un hombre que sólo el año pasado fue públicamente acusado múltiples veces por varias mujeres de hostigamiento sexual, y quien fue grabado declarando que él, por su fama y dinero, podía agarrar la panocha de quien se le antojara: el actual presidente de Estados Unidos, Donald J. Trump.

Y no tienen vergüenza. Sólo la semana pasada, Trump y su vocera reiteraron que todas los que han acusado al presidente de violencia o acoso sexual son mentirosas, y que todo eso son fake news.

Por ahora, las víctimas, mediante actos de valentía individuales que al romper el silencio invitaron a otros –el hashtag #MeToo (yo también) ya cuenta con millones de minitestimonios/denuncias– están generando la solidaridad esencial para derrocar a algunos poderosos y que todos tengan que escuchar su grito colectivo.

Algunos esperan que esto podría renovar un movimiento feminista más radical que incluye también la lucha contra los abusos de poder en todos los rubros. Recuerdan que la primera manifestación masiva de resistencia a este presidente fueron las Marchas de las Mujeres. Algunas de sus organizadoras realizaron su primera convención nacional con más de 4 mil participantes este fin de semana en Detroit, donde entre las oradoras principales estaba Rose McGowan, una de las actrices que denunciaron a Weinstein, para diseñar algunas de las estrategias de lo que esperan será ese movimiento.

Algunos advierten que esto no puede quedarse como un asunto de famosos y los que quieren ser famosos, sino de millones que viven lejos de los reflectores y la fama, pero que se han enfrentado a la misma injusticia inaguantable de sufrir esta pesadilla sólo porque deseaban caminar hacia sus sueños. No es momento de guardar silencio.

 

 

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Jueves, 26 Octubre 2017 06:43

Octubre: fulgor y caída

Octubre: fulgor y caída

A principios del siglo pasado el planeta no sólo se dividía en husos horarios, sino también en husos calendarios y por eso Octubre ocurrió en noviembre. Dicen –porque uno no estuvo allí– que una representación de obreros, campesinos, soldados, militantes de toda la vida e intelectuales tomó el mundo por asalto y tuvo la posibilidad de refundarlo todo, de rehacer la sociedad de arriba abajo y, un poder nada desdeñable, de poner nuevos nombres a las cosas. Dicen que tenían prisa: su circunstancia era desesperada, su éxito dependía de circunstancias externas, tomaban como inspiración a los jacobinos franceses y tenían la premonición de que, como éstos, su predominio no habría de durar mucho tiempo; por eso trabajaban sembrando ejemplos a futuro, ideando referencias para subversivos que aún no habían nacido.


Tal vez suene frívolo pero los mecanismos de la identificación no funcionan bien con los revolucionarios del XVIII: hay pelucas, trajes raros, tipografías difíciles y giros del idioma y una visión del mundo inaugural de la época moderna, que ya nos queda lejos. Con los de 1917, en cambio, ya se tiene en común la electricidad corriente, el teléfono, el cine, la aviación y una manera más próxima de pensar y decir las cosas, y en sus obsesiones están ya prefiguradas las nuestras; en buena medida, los grandes dilemas políticos, económicos y éticos –sobre todo éticos– que hubieron de resolver o en los cuales naufragaron, siguen siendo los de hoy; varias de sus discusiones siguen estando en carne viva, muchas de sus conquistas son apenas anhelo en nuestros días y por eso a uno le resultan entrañables.


Hace cien años, en un país en el que hasta entonces las mujeres estaban obligadas por ley a obedecer a sus maridos, carecían de derecho a heredar bienes y de la menor protección laboral, el gobierno revolucionario legalizó el divorcio y despenalizó el aborto, el adulterio y la homosexualidad e instauró la protección obligatoria para las trabajadoras que iban a ser madres. Hubo una coyuntura de la historia en la que se puso a debate todo –pero todo–, desde la industrialización masiva hasta el sicoanálisis, desde la abolición del Estado hasta la pertinencia de conservar el dinero como mecanismo de intercambio, desde la paz a costa de lo que fuera hasta la guerra preventiva. Hubo un régimen en el que la austeridad e incluso la pobreza de los altos mandos era la norma y no la excepción. Hubo hace un siglo una revolución que se vio cercada y acosada desde su arranque y que no encontró mejor solución para sobrevivir que fusilar a quienes podían destruirla, e incluso a quienes, sin exhibir comportamiento reaccionario alguno, habían nacido en cuna aristocrática. Y hubo un puñado de dirigentes que vivieron semejantes decisiones como tragedia y con remordimiento, incluso en un entorno mundial en el que la pena capital era moneda de uso corriente en todos los países.


Dicen –aunque uno no lo vio– que el comisario del pueblo para la Instrucción Pública ordenó enjuiciar a Dios por crímenes en contra de la humanidad y que, tras la sentencia, Lo mandó fusilar en la Plaza Roja el 17 de enero de 1918. Podría parecer una expresión de intolerancia primitiva, de no ser porque fue emprendida por un funcionario que al tiempo que impulsaba la alfabetización universal protegía las manifestaciones destacadas de la cultura zarista (el ballet clásico y los teatros imperiales, por ejemplo) de la furia de los más radicales, difundía la cultura proletaria, daba aliento a dramaturgos como Stanislavsky, promovía el futurismo, admiraba el impresionismo y era autor de una pieza teatral tan quijotesca que lleva por título El Quijote liberado. O sea que tal vez aquella travesura del deicidio deba entenderse en clave de performance (un auto desacramental) y de humorada. Y dicen que hubo conciertos en los que las sirenas de las fábricas fueron usadas como instrumentos en sinfonías monumentales para saludar el Día del Trabajo.


El aliento de la utopía duró unos pocos años. Pronto, demasiado pronto, el infortunio se impuso a la libertad, la contingencia triunfó sobre la necesidad y el poder del sueño fue desplazado por el sueño del poder. La mayoría de los militantes abnegados, honestos y lúcidos que se habían empeñado en demostrar que otro mundo era posible fueron asesinados por su propia criatura: un mundo otro, sí, pero que a pesar de los formidables empeños de la razón revolucionaria nació chorreando sangre y lodo por todos los poros. Cincuenta años más tarde, algunos seguían viendo en aquella gigantesca aglomeración de poder geoestratégico los rasgos de un Estado obrero y se maravillaban de cómo había sido capaz de convertir a la vieja Rusia (que en 1917 se encontraba hundida hasta las rodillas en el feudalismo) en una potencia atómica y espacial.


* * *


A principios de marzo de 1985, después de caminar unas cuadras que el frío volvía larguísimas por lo que entonces aún aparecía en los mapas como Prospekt Marx, desemboqué a bocajarro en la Plaza Roja, el peso histórico del sitio se me vino encima y me abrumó la conmoción. Empecé a sollozar como un idiota, pero de pronto sentí un dolor agudo en los lagrimales y en las mejillas: a pesar de su contenido salino las lágrimas se me habían congelado y más doloroso resultó arrancarme aquellos carámbanos.

Fue la única vez que visité el país de Octubre. Los cascarones de los soviets aún se esparcían por el desmesurado territorio y de pura chiripa me tocó presenciar el funeral del penúltimo secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética y el ascenso de Mijail Gorbachov a los máximos cargos del Estado. La primera de esas noticias se supo antes en el resto del mundo que en la propia URSS. Se dijo por ahí que la nomenklatura no quiso informar a la población para no arruinar los festejos del Día Internacional de la Mujer Trabajadora, pero creo que no fue cierto. Cuando entré, como parte de un pequeño grupo de periodistas mexicanos, al atestado Salón de las Columnas en lo que era el Palacio de los Sindicatos, vi de sopetón el cuerpo de Konstantin Ustinovich Chernenko. Como era lógico, estaba acostado y colocado sobre una tarima un poco demasiado alta, de modo que sus fosas nasales por las que se asomaban muchos pelos me quedaban justo a la altura de los ojos. Eso, las suelas vírgenes de sus zapatos postreros y una marcha fúnebre interpretada en bucle y a un ritmo arrastradísimo por una orquesta como de 200 músicos es lo que se me quedó grabado de aquella ceremonia pomposa.

Recordé la pugna que se estableció en enero de 1924 entre Stalin y el resto de los bolcheviques por el estilo que habría de imprimirse al funeral de Lenin: ante la escandalizada decencia de los segundos, el primero impuso contra viento y marea un ritual fastuosísimo que culminó, para colmo, con la instauración del culto a un cuerpo disecado.


En esa única visita no observé, pues, casi ningún vestigio vivo de aquel Octubre que sucedió en noviembre, sino un régimen avejentado y un imperio cosmopolita y casi galáctico contenido en sí mismo. A pesar de los yerbajos de corrupción que empezaban a asomar entre las grietas ya visibles de la vetusta edificación se percibía, eso sí, la dignidad de una sociedad que conocía sin alardes su inestimable y doloroso protagonismo en la historia.


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Cambio climático

 

La co-coordinadora de Ecologistas en Acción, Nerea Ramírez, la periodista de The Guardian Fiona Harvey, o Fleur Newman, representante de la Convención Marco de de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, entre otros, debaten sobre la introducción de la perspectiva de género en la llamada transición energética.

 

Durante los últimos meses hemos visto de cerca los efectos del cambio climático y cómo sus múltiples manifestaciones han devastado ecosistemas y sociedades. Una devastación que repercute por encima de todo en las mujeres, acrecentando su vulnerabilidad dentro de las sociedades y, debido a la mayor dependencia que éstas tienen de la tierra -según un estudio de la ONU en el planeta hay cerca de 600 millones de mujeres que dependen de la vida en el campo -, generando un aumento en sus cargas de trabajo.

“Las mujeres se ven más afectadas por el cambio climático, porque tienen una dependencia financiera menor y están mucho más sujetas a los resultados agrícolas”, explica la periodista de The Guardian Fiona Harvey en la conferencia Justicia Climática: la perspectiva de género en la transición energética, organizada por Los Verdes en el Parlamento Europeo.

De forma tradicional las mujeres han ocupado una posición determinante en la estructuras familiares patriarcales que les hace depositarias de las labores de cuidado y sostenimiento de las vidas que componen la familia. Unas labores que, además de estar excluidas de los mercados laborales, las convierte en las principales gestoras de los recursos energéticos naturales, dada la importancia que éstos tiene para garantizar la supervivencia de los seres humanos. Es por todo ello que las sequías, incendios, inundaciones o huracanes, efectos indiscutibles del cambio climático, atacan de manera directa a las mujeres, pero también a la vida del resto de componentes familiares que dependen de sus cuidados.

Se trata de una realidad que a simple vista puede parecer lejana por la mayor dependencia ecológica de las mujeres agrícolas en los países en vías de desarrollo, sin embargo, el cambio climático también horada las diferencias entre hombres y mujeres en la propia Unión Europea. “Hemos comprobado cómo se ha rechazado cualquier enmienda propuesta sobre problemática de género en la revisión de las leyes energéticas que tenemos y es importante tomar conciencia de ello porque los impactos del cambio climático entre hombres y mujeres son muy diferentes. Por ejemplo, cuando en 2003, Europa vivió una de sus peores olas de calor y en Francia las víctimas mortales ascendieron a casi 15.000, el 65% fueron mujeres”, relata el eurodiputado de EQUO, Florent Marcellesi.

También se pudo ver como el cambio climático incidió de manera indiscriminada en la vida de las mujeres durante el huracán Katrina de 2005, cuando, según datos manejados por Fiona Harvey, “el 83% de las mujeres solteras no pudieron volver a sus hogares en menos de dos años y dos tercios de las personas que perdieron su empleo eran mujeres”.

Esa indefensión a la que las mujeres se ven atadas está fundamentada en un sistema que, en palabras de Nerea Ramírez, co-coordinadora general de Ecologistas en Acción, “ha declarado la guerra a la vida”. Un sistema en el que las decisiones fundamentales de materia energética se toman en base a unos criterios que excluyen la sostenibilidad del planeta y que , para nada, “tienen en cuenta a las mujeres”. Tanto es así, que en España sólo dos de cada diez directivos de las grandes multinacionales son mujeres, teniendo, además, la desoladora cifra de ‘cero’ representantes femeninos en la dirección de las gigantes energéticas españolas.

A nivel político, en España ni tan siquiera ha habido una mujer que ocupase la cartera del Ministerio de Energía, ni durante la república, mucho menos en la dictadura franquista, y tampoco en la historia reciente de la democracia. Europa tampoco puede sacar pecho al respecto: desde 1967 hasta la actualidad tan sólo una mujer ha estado al frente de la comisión de Energía, curiosamente fue la ministra de Agricultura del PP de Aznar, Loyola de Palacio.

Esta tendencia habitual de apartar a las mujeres de la toma decisiones sobre las políticas ecológicas y medioambientales provoca que sus necesidades y sus análisis queden relegados a un plano anecdótico, señalan varias de las ponentes de 'Justicia Climática'. Es por ello que si entendemos el cambio climático como un problema que sólo podría revertirse, en palabras de Fleur Newman, mediante “una transición radical” hacia las energías renovables, es necesario que se feminicen los espacios de diagnóstico y toma de decisiones.

 

Las mujeres “son agentes esenciales del cambio”


“Las mujeres no sólo son víctimas, también son agentes esenciales del cambio que vertebran las luchas por la defensa de los territorios”, expone Nerea Ramírez, quien entiende que “para poder hablar de políticas energéticas tenemos que hablar desde la lógica del sostenimiento de la vida, en la que las mujeres tienen mucho que decir, porque no hay nadie mejor que ellas para hablar de sostenimiento de la vida”.

Son principalmente mujeres, quienes combaten los efectos de un cambio climático permitido y tolerado mayoritariamente por hombres que ocupan altos cargos de gobierno. Mujeres como Lolita Chávez, nominada al premio Sajarov por su defensa de la vida ante las amenazas medioambientales de los tratados de libre comercio entre EEUU y los pueblos latinoamericanos o como Berta Cáceres, que perdieron su vida por enfrentarse a los macro-proyectos hidroeléctricos que amenazan la tierra.

También son mujeres las alcaldesas del cambio que han tratado de cambiar el rumbo de las grandes ciudades españolas y han legislado contra una pobreza energética que ha dejado al “26% de la población en situación de vulnerabilidad”, según un estudio realizado por Ecologistas en Acción para el Ayuntamiento de Madrid.

 

 

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La economista Mercedes D'Alessandro.

 

La economista Mercedes D'Alessandro es la impulsora del portal Economía Femini(s)ta, que ha conseguido situar la economía con perspectiva de género en la agenda pública latinoamericana y ganarse las redes sociales

"La asimétrica distribución del trabajo doméstico no remunerado es el tema central que explica que sucedan todas las discriminaciones económicas hacia las mujeres"

 

Es una de las economistas feministas que más repercusión ha tenido en los últimos años. Mercedes D'Alessandro, argentina, doctora en Economía, profesora en varias universidades y divulgadora económica, lanzó en 2015 el portal Economía Femini(s)ta. La página web, que se nutre del trabajo de un equipo de economistas, pero también de expertas de otras disciplinas, ha conseguido situar la economía con perspectiva de género en la agenda pública latinoamericana y ganarse las redes sociales. D'Alessandro, que vive en Nueva York, ha publicado recientemente Economía Feminista. Cómo construir una sociedad igualitaria (sin perder el glamour).

 

En los últimos dos años ha habido muchas movilizaciones de mujeres en diferentes partes del mundo. Aunque cada país tiene sus características, parece claro que hay una serie de problemas que les suceden a las mujeres en todas partes. ¿Cómo es posible que la brecha salarial, el techo de cristal o la precariedad sean nuestro día a día en todo el mundo?

Hay un tema central que explica que sucedan todos los demás: la asimétrica distribución del trabajo doméstico no remunerado. Son estas tareas del hogar, como limpiar, hacer las compras, cocinar y cuidar a niños, niñas y adultos, las que recaen mayoritariamente en las mujeres. Y no son tareas que lleven cinco o diez minutos. En Argentina, por ejemplo, dedican un promedio de seis horas diarias. Estamos hablando de que hay un montón de trabajo no remunerado que aparece dentro de la esfera de lo privado y lo personal pero que, sin embargo, es fundamental para que funcione el sistema productivo en el que vivimos. Alguien que tiene que ir a trabajar todos los días necesita todas estas tareas resueltas.

Esto es algo que culturalmente las mujeres hemos llevado adelante. En la generación de nuestras madres y abuelas las profesionales eran la excepción y no la regla, el resto eran amas de casa. Hoy el ama de casa de los 60 full time (a tiempo completo) es algo que ha quedado fuera de la dinámica pero la sociedad nos sigue tratando así.

 

¿Nos trata así y por eso nos considera trabajadoras de segunda?

Cuando una mira por qué hay brecha salarial suele encontrar que, por un lado, las mujeres eligen tareas que pagan peor, ligadas a los cuidados. Por otro lado, trabajamos menos horas en el mercado, especialmente las mujeres que son madres. En todas las economías vemos que cuando las mujeres empiezan a tener hijos dejan de trabajar remuneradamente y se quedan en los hogares, eso les hace perder sus carreras profesionales, toman medias jornadas, no les ofrecen ascensos o mayores responsabilidades... Por eso, el tema central tiene que ver con la asimetría de los cuidados y con una cultura que asigna eso a las mujeres.

Podemos decir entonces que la economía se ha construido sobre un modelo que ha ignorado una parte de la realidad.

Exacto. Hay una economista estadounidense que dice que el capitalismo tiene un socio oculto: la mujer que realiza los trabajos domésticos no remunerados porque realiza los trabajos indispensables para que el sistema funcione sin ningún tipo de retribución.

 

¿Y hasta qué punto es el capitalismo un aliado necesario del patriarcado, de que esta sea la situación de las mujeres? Usted misma dice que ninguno de los modelos económicos han tenido en cuenta esta parte de la realidad.

El problema es que el capitalismo y las luchas feministas si bien nos beneficiaron en el sentido de que somos más independientes, por ejemplo, al mismo tiempo nos incluye en un sistema de trabajo que no es el paraíso de nadie, ni de mujeres ni de varones, y al que entramos además en desigualdad de condiciones.

En Argentina, y es algo recurrente en toda América Latina, la mayoría de mujeres que trabajan lo hacen como empleadas domésticas. Es decir, una mujer de clase media que tiene ingresos y una vida profesional lo hace dejando una vacante en sus tareas del hogar y lo que hace es contratar a otra mujer para que las haga. Ahí tenemos un problema porque las mujeres profesionales hoy se pueden liberar de las tareas del hogar a costa de contratar a otras mujeres, en general, en condiciones muy malas. La forma de avanzar de unas mujeres es a costa de que otras tengan trabajos mal pagados.

 

Entonces algo falla en la ecuación, ¿son los hombres, que no asumen su parte de los cuidados?

Dentro de casa no hace falta una ley para que las tareas se distribuyan de forma más homogénea. Pero necesitamos que el Estado se comprometa y que, por ejemplo, la gente pueda acceder a guarderías o jardines de infancia, a espacios de escolarización, de recreo, a geriátricos... Esto facilita muchísimo la inserción laboral de las mujeres.

 

Muchas expertas hablan de que vivimos una crisis global de cuidados que puede ir a peor. ¿Cree que existe esa crisis?

Sí, absolutamente. No hay una suficiente provisión de servicios públicos de cuidados. Las personas que tienen que apelar a esos servicios terminan haciéndolo a servicios mercantilizados que suelen emplear a personas con pésimas condiciones. La única forma de acceder a ellos es que estén precarizados y mal pagados. Es muy importante, primero, reconocer que existen estos trabajos porque no hay estadísticas públicas sobre esto. En la mayoría de países no se miden los trabajos de cuidados y es muy difícil que a la hora de planear políticas se tomen en cuenta variables que influyan en los presupuestos y programas. Si no se visibiliza y cuantifica un problema, tampoco aparece como algo a solucionar. Los cuidados quedan fuera de lo que la economía toma como propio.

 

Sin embargo, mientras algunos organismos internacionales publican informes sobre los efectos positivos en la economía que tendría que más mujeres trabajaran, ¿no es una trampa que mientras vivimos en sociedades así nos empujen a un mercado laboral que nos maltrata?

Claro, el problema es que esto acaba derivando en una doble jornada laboral, dentro y fuera del hogar. La economista argentina Valeria Esquivel habla de la pobreza de tiempo. Con las encuestas de uso del tiempo muestra que las mujeres más pobres dedican siete horas a los trabajos pagados y otra siete a los no pagados, es decir, 14 horas de trabajo. Realmente estas jornadas afectan al tiempo libre y de descanso y esto genera una pobreza que no tiene que ver solo con el dinero.

Muchas economistas feministas plantean el problema de la sostenibilidad de la vida, para qué se vive, el objetivo es generar ganancia o generar bienestar. Cuando una mujer quiere participar políticamente de alguna manera o comprometerse se le suma una tercera jornada laboral. Las sindicalistas suelen decirnos que no llegan a las reuniones porque tienen jornadas de ocho horas, dos horas de ida y vuelta a casa, tienen que correr a la escuela a por los chicos... Los varones tienden mucho a hacer networking y en esos ámbitos las mujeres o llegan tarde o nunca llegan.

 

Habla de la falta de indicadores y estadísticas y de que eso es un problema. Plantea también la necesidad de incluir indicadores económicos LGTBIQ. ¿Qué sería necesario medir?

Por ejemplo, en un distrito de Buenos Aires se hizo una prueba piloto en la población trans. Se encontraron cosas interesantísimas: de 400 personas solo el 1% tiene un trabajo formal y solo el 2% terminó la educación universitaria. Y es diferente la situación de los varones trans que la de las mujeres trans. Resulta que en Argentina se llevó adelante la ley de cupo laboral trans para obligar al Estado a contratarlas. Pero no hay personas que cumplan con los requisitos que pidió el Estado para formar parte del cupo, es decir, estás generando una ley que no permite a las personas destinatarias acceder a ella. Lo que está invisibilizado en los datos está invisibilizado en las políticas.

 

En Economía Femini(s)ta han puesto en marcha la iniciativa Menstruacción, ¿en qué consiste?

Consiste en tres puntos: pedir la eliminación de los impuestos a estos productos –tampones, toallitas y copas menstruales– que en Argentina es del 21% porque consideramos que es un bien de primera necesidad que toda mujer va a necesitar comprar. Pedimos provisión gratuita para las personas de bajos recursos porque anualmente pueden suponer unos 100 dólares, y mejorar las investigaciones sobre el tema, porque en los últimos años ha habido estudios que han encontrado rastros de glifosatos y no puede ser que no tengamos más información sobre los efectos que pueden tener. La campaña también apunta a desestigmatizar, a mostrar que la menstruación es parte de nuestra experiencia cotidiana y que acceder a estos productos es una cuestión de salud.

 

Y volviendo al principio, a los paros de mujeres y las protestas por la brecha salarial, la violencia de género, los cuidados, la Women's March... ¿cree que es el inicio de un proceso irreversible en el sentido de que estos temas están ya en la agenda como quizá nunca lo habían estado?

Yo soy optimista. Hay muchas cosas resonando, muchas mujeres y varones que se dieron cuenta de algo y que a partir de ahí cambiaron su forma de concebir las cosas. Culturalmente hay un antes y un después, hay un fervor feminista que no había desde hacía mucho tiempo. No podemos decir que es la primera vez en la historia que sucede porque eso sería olvidarnos de toda la lucha que ha habido en el pasado, pero sí hay una nueva efervescencia. Lo que sí hay también son gobiernos muy conservadores.

Todas las cosas que hemos ganado en luchas anteriores se tambalean a veces, con lo cual no podemos dormirnos y descansar en que muchas gentes usen remeras (camisetas) que dicen feministas. Tenemos que seguir muy atentas porque cada conquista cuesta mucho mantenerla. Y hay un tema que va más allá que es la violencia de género, que tiene una parte de violencia económica muy importante: muchas mujeres no se pueden ir del hogar porque no tienen a dónde, no tienen trabajo, no tienen recursos.

 

 

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Sábado, 07 Octubre 2017 07:26

Limita el acceso a los anticonceptivos

Manifestantes antiabortistas protestando contra Obamacare en el 2012. Trump les dio el gusto.

 

Nueva medida de Trump en EE.UU. invocando razones morales y religiosas

La oposición demócrata, asociaciones de defensa de los derechos de la mujer, defensores de la planificación familiar, obstetras, ginecólogos y ciudadanos comunes salieron de inmediato a manifestar su desacuerdo con Trump.

 

El gobierno de Donald Trump limitó ayer, invocando convicciones religiosas y morales, el acceso a anticonceptivos a través de los seguros de salud, una medida que afecta a millones de mujeres estadounidenses y que asociaciones de derechos humanos se aprestan a demandar. La medida cancela una disposición de la ley de cobertura sanitaria conocida como “Obamacare’’, al ampliar la exención ya otorgada a las instituciones religiosas a todas las empresas comerciales, según una nota del Departamento de Salud de Estados Unidos. “El presidente cree que la libertad de practicar su fe es un derecho fundamental en este país’’, dijo la portavoz de la Casa Blanca, Sarah Huckabee Sanders, a periodistas. El senador republicano de Texas Ted Cruz dio la bienvenida a la medida en Facebook: “Hoy, el gobierno puso fin a una disposición que violaba la tradición de libertad religiosa de nuestro país’’.

Sin embargo, las reacciones indignadas no se hicieron esperar. La oposición demócrata, asociaciones de defensa de los derechos de la mujer, defensores de la planificación familiar, obstetras, ginecólogos y ciudadanos comunes salieron de inmediato a manifestar su desacuerdo. La etiqueta #HandsOffMyBC (No toques mi contracepción) era tendencia en Twitter el viernes, a poco de conocerse la noticia.''Estamos demandando a la administración Trump para bloquear esta medida’’, dijo en Twitter la poderosa organización estadounidense de derechos civiles ACLU.

No se dejen engañar. Ir contra el acceso al control de la natalidad de 62,4 millones de mujeres muestra el desprecio del gobierno de Trump por la salud y las vidas de las mujeres’’, señaló por su parte Planned Parenthood (PP), la mayor ONG de planificación familiar de Estados Unidos.

El Colegio Americano de Obstetras y Ginecólogos (ACOG), que se describe como “la organización profesional’’ de especialistas en salud femenina “más grande de Estados Unidos’’, también expresó decepción. “La anticoncepción es una necesidad médica para las mujeres durante cerca de 30 años de sus vidas. Mejora su salud, la de los niños y sus familias, así como de su más amplio entorno, reduciendo la mortalidad materna y mejorando su estabilidad económica’’, dijo su presidente, Haywood L. Brown. “Reducir el acceso a la anticoncepción amenaza con socavar el tremendo progreso que nuestro país ha hecho en los últimos años para reducir la tasa de embarazos no deseados’’, añadió en un comunicado.

“Esto no es nada menos que sexismo’’, afirmó por su parte el senador Bernie Sanders, excandidato a la nominación demócrata para las elecciones presidenciales de Estados Unidos. “Esta es la última expresión del total desprecio de los republicanos por la capacidad de las mujeres para controlar sus vidas’’, tuiteó.

La nueva regulación “amplía las exenciones para proteger las convicciones morales de ciertas entidades e individuos cuyos planes de salud están sujetos a un mandato de cobertura de anticonceptivos dispuesta por la Ley de Protección al Paciente y Asistencia Asequible’’, indicó el texto del Departamento de Salud. La norma introducida bajo el gobierno de Barack Obama que exigía a los empleadores “proporcionar cobertura para la anticoncepción en violación de sus creencias religiosas’’ pesaba “sustancialmente en su práctica religiosa’’, dijo el fiscal general Jeff Sessions en una circular emitida ayer. La nueva norma, que ya entró en vigor, podría afectar a millones de mujeres estadounidenses cuyos métodos anticonceptivos eran hasta ahora reembolsados por sus empleadores bajo el Obamacare, ley a la que Trump se opone ferozmente y prometió derogar.

Pero, ¿cuántas serán efectivamente afectadas? La batalla por los números estaba encendida ayer. Basando sus estimaciones en el número de empleadores que presentaron demandas contra la medida de Obama, el gobierno de Trump dice que el impacto se limitar a unas 120.000 mujeres. Pero un estudio oficial estimó hace un año que, gracias a Obamacare, 55,6 millones de mujeres se beneficiaron de medidas gratuitas de anticoncepción.

 

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Martes, 03 Octubre 2017 06:28

Lo que podemos aprender de Avon

Lo que podemos aprender de Avon

Avon y su instrumentalización de la mujer, una muestra más de cómo opera hoy el patriarcado capitalista.

 

Ver televisión se ha convertido para mí, con el paso del tiempo, en una experiencia extraña, de extrañamiento. No solo porque sucede ocasionalmente, ya que vivo (o he aprendido a vivir) sin televisor, sino porque, justamente estando rara vez sometido a su influencia, siempre que me topo con una pantalla ocurre una suerte de cortocircuito. Hay que esforzarse por rehacer el propio nicho ecológico en las urbes contemporáneas para percatarse, afectivamente hablando, de hasta qué punto es modificada nuestra percepción en la dinámica de existir-con las máquinas. Uno de los choques que con mayor fuerza me impacta tiene que ver con las temáticas fitness que atraviesan innumerables comerciales. “Aclara tus axilas”, “elimina barros y espinillas”, “luce un cabello sedoso”, “enriquecido con vitaminas”, “recomendado por expertos” o “dos de cada tres médicos lo recomiendan”, “estrena sonrisa”, “toma X y mantente activo”, “toma Y para sentirte bien/mejor”, “edúcate, no te quedes atrás”, son algunas de las consignas más recurrentes. Y si son consignas es en razón de que ordenan, dan órdenes, así el efecto para el “consumidor” sea el de la libertad de elección.

 

El patriarcado

 

Quizá estemos acostumbrados a asociar lo fitness con aquello que, contribuyendo a la buena salud, nos hace “lucir bien” o “conservar la línea, la figura”. No obstante, lo fitness puede devenir en modelo o paradigma para comprender un vasto conjunto de dinámicas ligadas al trabajo sobre el cuerpo, y al “mejoramiento” mental-corporal en general. Este tema, por supuesto, no es nuevo: en los escenarios filosóficos, sociológicos y antropológicos, pero también en los de las artes y las ciencias naturales, muchas teóricas feministas, hace décadas, han puesto en circulación el concepto “patriarcado” para hacer referencia a la manera en que, en Occidente, y por ende en el mundo entero, pues vivimos en un mundo caracterizado por la hegemonía occidental, ha primado una tendencia al control y la explotación de los cuerpos, en especial del de las mujeres, pero también del gran cuerpo de la naturaleza y de todos los seres fuertemente naturalizados: niños, “locos”, indígenas, personas racializadas como negras, animales, plantas, ríos, etcétera.

 

Control y explotación de la naturaleza que ha requerido establecer la primacía de la mente sobre el cuerpo (tan apreciada por Platón y Aristóteles), de lo divino frente a lo terrenal (tan apreciada en el medioevo cristiano) y del “racional” hombre blanco (“moderno”, “civilizado”, etc.) sobre su propio cuerpo, sobre los cuerpos de las mujeres y sobre las formas de vida no occidentales y no humanas en general (incluyendo esa hermosa dimensión inorgánica de la Vida que poco se suele mencionar). Así, actualmente el patriarcado llegó a convertirse, específicamente, en uno de corte capitalista y colonial, en el que se recrudece la explotación y se refinan las técnicas de gobierno sobre la Vida. Ahora bien, ¿en qué consiste la última reconfiguración del patriarcado capitalista occidental (es decir, colonial o imperial)? Aquí entra a jugar aquello que podemos aprender de Avon, pero también de los comerciales fitness que últimamente resultan increíblemente chocantes.

 

Los ataques con ácido como técnica política patriarcal

 

Esta historia comienza con Natalia Ponce de León, reconocida activista colombiana que, tras sufrir un ataque con ácido propinado por un hombre, creó una fundación que lleva su propio nombre, cuyo objetivo es “defender, promover y proteger los derechos humanos de las personas víctimas de ataques con químicos”, según se puede leer en su página de Internet. Los ataques con ácido, en los que Colombia desafortunadamente ocupa el tercer puesto a nivel mundial, son una famosa técnica política patriarcal de control sobre los cuerpos de las mujeres. El ácido destroza los cuerpos de aquellas que se niegan a ocupar los lugares esperados por el patriarcado, o, en otras palabras, es cuando los hombres perciben su dominio menguado que ponen en funcionamiento esta técnica de control, deseando demostrar con ello, espantosa y radicalmente, que las mujeres no son “dueñas de sus vidas”. Por supuesto, es recurrente, parte del funcionamiento de tal técnica política, que cada vez que ocurre un ataque con ácido éste se reduzca a una cuestión “psicológica” o “individual”, sea a causa de los “celos”, la “locura del amor”, la “obsesión”, etcétera.

 

Natalia Ponce, a pesar de saber que la violencia del ácido está asociada a formas de violencia patriarcales mucho más imperceptibles, es decir, a otras técnicas de control, recientemente inició una campaña con la Fundación Avon para la Mujer.

 

Como parte de la campaña vemos que a lo largo y ancho de la ciudad de Bogotá se han desplegado afiches donde aparece la propia Natalia Ponce, maquillada y sonriente, junto con mensajes como: “¿Te hace sentir culpable? Es violencia” o “¿Te maltrata verbalmente? Es violencia”. Como es de esperarse, para muchas personas resulta inmediatamente chocante, aunque “conmovedor” e “inspirador”, el contraste entre el “desfigurado” rostro y el maquillaje. Y es que la historia de Natalia no puede sino despertarnos pasiones encontradas en un mundo donde la imagen y su circulación juegan un rol central. Sea como fuere, en esto coincido con parte del “sentido común”, creo que Natalia verdaderamente nos enseña cosas valiosas, pues, al contrario de lo que se espera con el despliegue de las técnicas de control patriarcales (sea el ataque con ácido, la culpa, el interrumpir al hablar o no escuchar, la violación, etc.), ella ha emprendido una ardua lucha por “reapropiarse” de su cuerpo, de su imagen, de su vida, e incentivar a otras mujeres para que lo hagan, lo cual no es nada fácil. De ella admiramos su increíble fuerza vital. Sin embargo, para nuestro pesar, parece que Avon, a su vez y de manera tremendamente refinada, ha logrado capturar parte de esa fuerza vital con la finalidad de ponerla al servicio del (reconfigurado) patriarcado capitalista occidental una vez más.

 

La biorregulación, o Avon y el patriarcado capitalista fitness

 

La Fundación Avon para la Mujer pertenece a Avon Products Inc., una empresa multinacional, con presencia en más de 120 países, dedicada al negocio de los cosméticos y otros productos como perfumes y joyas. Su mercado se instala en la zona fronteriza de la “salud” y la “belleza”. Aunque parezca baladí recordarlo, Avon es una empresa, una de tamaños colosales, cuya principal preocupación, como sucede con toda empresa colosal, es la obtención y acumulación indefinida de capital, lo cual implica, necesariamente, la explotación y el control de las energías de las trabajadoras y trabajadores, y de la naturaleza, que es de donde proceden sus productos. Avon es, igualmente, un caso paradigmático de lo que líneas atrás llamé fitness, a saber, ese vasto conjunto de dinámicas ligadas al trabajo sobre el cuerpo y al “mejoramiento” mental-corporal en general. De ahí que “salud” y “belleza” se crucen con el discurso del “empoderamiento” de las mujeres, del ser cada vez “más bellas”, “más fuertes”, “más independientes” y “más sanas”. Que la publicidad emplee los cuerpos de las mujeres, con el objetivo de incrementar las ganancias de las empresas, no es una novedad, esto sucede tanto con empresas que venden productos para las mujeres mismas como con empresas que no, lo cual, en efecto, es una de las múltiples maneras en que el patriarcado capitalista usa, vende, intercambia, expone, explota y consume los cuerpos femeninos, pero el caso de Avon va más allá.

 

Avon no solo pone en circulación los cuerpos de las mujeres de la manera ya mencionada, sino que, al tiempo, regula y modela los cuerpos de sus propias trabajadoras y consumidoras. Michel Foucault, el conocido intelectual francés, propuso en su curso Defender la sociedad dos conceptos que nos ayudan a comprender mejor este fenómeno. Según él, en determinados momentos del desarrollo capitalista, aparecieron un par de tecnologías políticas que permiten regular, gobernar y explotar los cuerpos y las energías, las fuerzas, de los sujetos: la biorregulación (o biopolítica) y la organodisciplina (o anatomopolítica). Mientras la organodisciplina se pone en marcha en espacios cerrados y sobre sujetos precisos (por ejemplo en la escuela, el hospital (mental), etc.), la biorregulación se ejerce sobre poblaciones enteras a través, por ejemplo, de programas de salud pública, y está relacionada con el gobierno de los grandes fenómenos vitales de cualquier viviente: nacimiento, vejez, enfermedad, muerte, etcétera. Por cierto, tanto la biorregulación como la organodisciplina son necesarias en un contexto donde se requieren trabajadores con unos mínimos vitales, o incluso con una vida cualificada, para desempeñar ciertas labores y además consumir ciertos productos. El Estado-mercado capitalista patriarcal, evidentemente, no se ocupa de la vida de la población y de la naturaleza por motivos “altruistas”. Adicionalmente, estas tecnologías presuponen una adaptación conveniente de la jerga de la biología evolutiva, en donde los problemas son los de la “adaptación del más sano y fuerte”, el “mejoramiento”, la “lucha por la supervivencia”, etcétera. Toda una competencia por la vida entre individuos y grupos que, como sabemos desde la escuela, el capitalismo no cesa de incentivar.

 

Pues bien, la novedad acá radica en que el patriarcado capitalista fitness, en el marco de un ambiente tamizado jurídica y militarmente por el Estado, promueve formas de biorregulación donde la cuestión “salud” y el “mejoramiento” mental-corporal en general las delega a las empresas privadas. Avon es una gran prueba de ello, su interés en las mujeres no es un interés feminista por echar abajo al patriarcado capitalista occidental, simplemente necesita invertir un mínimo para que existan ciertas mujeres que consuman sus propios productos y a su vez los vendan. Recordemos que Avon “emplea” a innumerables mujeres en todo el mundo.

 

En síntesis, Avon necesita con vida, e incluso con unos mínimos de vida “saludable”, a las mujeres de las que extrae todas sus energías y ganancias. Eso explica en gran medida su Fundación y sus campañas en pro del “empoderamiento”, contra el cáncer de seno y contra la “violencia doméstica”, como la campaña realizada en alianza con la Fundación Natalia Ponce de León.

 

No obstante, como es bien sabido, en la lucha capitalista por la vida no todas las mujeres pueden comprar y usar los productos de Avon, ni todas pueden si quiera tener unos mínimos vitales. ¡Pero claro! Si de ingresos se trata, Avon “empodera” a las mujeres con trabajos precarios que consisten en vender productos voz a voz y, de paso, fagocitar las capacidades relacionales y afectivas que pueden darse entre ellas. Y se atreve a llamarlas “empresarias” y “emprendedoras”. En sentido estricto, ni si quiera las reconoce como obreras. Y, ¡vaya sorpresa!, las más afectadas son siempre las mujeres que se alejan del ideal occidental: las pobres, las indígenas, las ancianas, las de los países “periféricos”, las que no cumplen con determinadas “capacidades” y estándares corporales, etcétera. Esto, aunado al uso de las imágenes de sus cuerpos para el incremento de ganancias (así se trate de “diferentes formas de ser mujer”) y al estimulado hiperconsumo que está devastando nuestro planeta, hace de Avon una muestra más de cómo opera hoy el patriarcado capitalista. Por ello, el presente texto es escrito, al tiempo, en complicidad con mujeres como Natalia y contra empresas como Avon.

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