Droga del Narcojet detenido en México salpica campaña de Jeanine Áñez

Este martes trascendió que la aeronave detenida en México en enero pasado, procedente de Guayaramerín, Bolivia, pertenecía al cártel de Jalisco y debía financiar la campaña de la presidenta de facto de ese país sudamericano, Jeanine Añez.

Apenas se conoció la denuncia sobre la detención del “Narcojet” el 28 de enero pasado, el ministro de gobierno Arturo Murillo, se apuró a decir que “la droga fue cargada en el Chapare”. Días después ante la lluvia de evidencias, no tuvo más remedio que admitir que la cocaína procedía de Guayaramerín, provincia colindante con las tierras de la familia de la presidenta de facto.

“La droga estaba en el avión sin ningún método de ocultamiento. Está claro que en el lugar donde la cocaína fue subida a bordo, no hubo ningún tipo de control”, comentó una fuente judicial al periódico argentino La Nación. Lo que quiere decir que el brazo boliviano del cártel de Jalisco contaba con la protección de la policía y el ejército. La acumulación de pruebas que complican al gobierno de facto, llevaron al ex ministro de la Presidencia Jerjes Justiniano, a pedir la renuncia del ministro de gobierno Arturo Murillo.

Según el periódico La Nación, la aeronave que despegó desde Guayaramerín tenía placa de EEUU (matrícula N18ZL GLF3).

Un testigo reveló que la droga pertenecía al cártel de Jalisco y que debía financiar la campaña de Jeanine. Además, un informante confidencial testificó que las ganancias de la transacción de 1.000 kilos de cocaína destinada a los EEUU eran para solventar los costos de la campaña de Jeanine Añez Chávez, senadora y actual presidenta autoproclamada de Bolivia.

Los medios de comunicación, cuya tarea se ha reducido a blindar (proteger) la imagen de los autoproclamados, escondieron bajo la alfombra los nexos familiares de Jeanine Añez con el narcotráfico. La autoproclamada está casada con Héctor Hincapié, conocido político colombiano, investigado por sus nexos con el cártel de Cali, y es tía propia, de Carlos Andrés Añez Dorado, detenido en Brasil con media tonelada de cocaína.

25 febrero 2020  

(Con información de Primera Línea)

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Estados Unidos y el uso problemático de las drogas: De la paja en el ojo ajeno a la viga descomunal

El tema de la coca, su persistente sembrado en nuestro país y la problemática de salud que registran los Estados Unidos por el consumo de opioides, vuelve a primer plano. Aunque las cifras confirman que en el consumo de cocaína no está la explicación de tal problemática, todo parece indicar que su potencial geopolítico no será desaprovechado por el gobierno de Trump.

 

El incremento tanto del uso de cocaína como las muertes por sobredosis en Estados Unidos (EU) fue la conexión interna que William Brownfield estableció luego de denunciar el fuerte aumento del número de hectáreas de coca (130%) y del potencial de producción de cocaína (200%) de Colombia. Brownfield es el Secretario de Estado para Asuntos de Narcóticos y Cumplimiento de la ley de EU y expuso su argumento en una audiencia del Subcomité de Relaciones Exteriores en el Hemisferio Occidental sobre Asuntos de Crimen Transnacional, Seguridad Ciudadana, Democracia, Derechos Humanos y temas relacionados con la Mujer a nivel Global el pasado 2 de agosto de 2017. Este Subcomité es presidido por Marco Rubio, connotado senador conservador de la Florida.


La narrativa sobre drogas del funcionario establece una correlación entre producción colombiana y comportamiento de la demanda dentro de EU en razón a que el 90 por ciento de la cocaína incautada por la Drug Enforcement Administration DEA proviene de Colombia. El subsecretario guardó absoluto silencio sobre la intermediación de esa cocaína en manos de narcotraficantes mexicanos, cuya capacidad de traspaso fronterizo y distribución en el interior de EU crece vertiginosamente, sobre todo en la costa oeste, para luego ser distribuida hacia diferentes puntos del mercado interno. Esta intermediación compromete redes complejas de contactos, puntos seguros intermedios, corrupción extendida sobre todo en Centroamérica y el Caribe y en la misma frontera con México. Obviando este entramado, Brownfield sólo estableció una correlación entre cultivos de coca en Colombia y consumo de cocaína.


El argumento del consumo interno


Según informes de la DEA, la disponibilidad de cocaína en los EU se mantiene por debajo de los niveles de 2006. De acuerdo con indagaciones de las 21 oficinas regionales de campo (DEA Field Divisions Report) sólo en 5 lugares se reporta un incremento en el primer semestre de 2015 (Houston, New York, Philadelphia, Phoenix, y Washington) y comparado con el segundo semestre de 2014, solo una División (Dallas) de las 21, reporta una mayor disponibilidad de cocaína.Las 20 restantes señalan que ha sido estable.


Desde el punto de vista de precios y pureza de la cocaína, el contexto nacional refleja una situación sostenida de incrementos de precios hasta posicionarse en un alto nivel (149% entre enero de 2007 y marzo de 2015, es decir de US$98 a US$244 dólares por gramo) y una pureza que decreció en 35 por ciento al pasar de 67.1 por ciento a 43.6 por ciento en este período. Cabe recordar que la estrategia de reducción de la oferta que actualmente predomina en el contexto global busca, como efecto, generar precios altos y baja pureza como dos indicadores clave que disuadirían a los usuarios del uso de este y demás psicoactivos prohibidos. (Véase gráfico Nº1).

 


Tampoco los registros sobre casos de emergencia hospitalaria por uso de cocaína dan cuenta de una situación epidémica, sino todo lo contrario. Si se observa el gráfico Nº 2 puede apreciarse que el uso de cocaína es cada vez mejor manejado evitando estados de emergencia por sobredosis y que sus estados de salud puedan alterarse con gravedad tal como sucedía, por ejemplo en 2006, cuando se alcanza uno de los picos más altos de atención hospitalaria para este psicoactivo.


Es probable que esta situación se deba también a la pérdida de peso del consumo adictivo que prevaleció desde finales de los años ochenta e inicios de los noventa, cuando se generalizó la demanda de crack y una cocaína mal manejada que produjo daños en la salud, demanda que era sostenida por una generación de adictos y presidiarios y el surgimiento de nuevos usuarios ocasionales.


A modo de síntesis, tomando indicadores de disponibilidad, precio, pureza y contextos de emergencia hospitalaria por uso de cocaína, no existe en absoluto una situación que rompa abruptamente las tendencias, relativamente estables, de media y larga duración, que muestran las estadísticas que evalúan con detalle el comportamiento de esa sustancia en EU.


El problema de uso de drogas en EU mayor impacto


Estados Unidos presenta una realidad muy compleja en materia de uso problemático de algunas sustancias y en primer lugar de opioides tanto ilícitos como legales. El indicador de alarma son las muertes por sobredosis que han crecido dramáticamente entre 2000 y 2014. De manera muy sintética pueden observarse tres contextos donde se presenta una fuerte demanda de atención hospitalaria de emergencia por uso de opioides, escenarios todos interrelacionados: en primer lugar, un incremento exponencial del uso de heroína que creció sobre todo entre 2013 y 2014, generando casos de emergencia hospitalaria. En segundo lugar, un complejísimo problema de desviación de opioides con prescripción médica(POD por sus siglas en inglés) que también ha disparado los servicios de atención médica y, finalmente, una dramática situación de incremento del uso de heroína u opioides con cocaína, conocido como speedball, generando una mezcla letal y que ha incrementado el peligro de muerte de sus usuarios.


En el primer escenario (ver gráfico Nº3), se presenta un repunte en el número de usuarios sobre todo entre 2013 y 2014. Puede decirse que es una tendencia creciente desde 2002, confirmada por las cifras que muestran un incremento de 1.6 por 1.000 personas a 2.6 por 1.000 (1).

 

 


Al contrastar ese devenir con casos de emergencia hospitalaria, el problema de la heroína crece en la zona del Nor-Este específicamente en Nueva Inglaterra (Maine, Nuevo Hampshire, Vermont, Massachusetts, Rhode Island, Connecticut), con un aumento sobre todo en la población hispana y blanca así como para esta última en el medio Atlántico (Nueva York, Pensilvania, Nueva Jersey). En la parte central del Nor-Este se observa un incremento sobre todo en la población negra. En este caso, especialistas creen que hay una correlación entre el auge de la demanda opioides con prescripción (POD por sus siglas en inglés) y el uso exponencial de heroína.


En el caso del segundo escenario, la desviación de los POD con un uso problemático se torna dramático en la región del Atlántico Sur pero sobre todo en el Sur Este Central (Estados de Kentucky, Tennessi, Misisipi y Alabama) con una dramática afectación de población blanca, generalmente desempleada y empobrecida. En las estadísticas sobre las sustancias con prescripción aunque fuertemente controladas se encuentran 5 opioides (narcóticos) y dos drogas estimulantes sintéticas (2). De acuerdo con el Instituto sobre Abuso de Drogas, más de 90 estadounidenses mueren cada día por sobredosis de opiáceos, calificando el problema como una crisis de salud pública (3). Este escenario compromete seriamente las grandes empresas distribuidoras de medicamentos en EU.
Finalmente, en el tercer escenario reaparece un contraste muy fuerte: las muertes por sobredosis de cocaína en donde no se involucran opioides se incrementaron de 0.37 a 0.91 por 100.000 habitantes desde el 2000 al 2006 y luego declinaron a 0.78 por cien mil en el 2015 (4).


De otro lado, las muertes por sobredosis de uso de opioides en donde se combinó cocaína se incrementó de 0.37 a 0.91 entre el 2000 y 2006, declinó luego en el 2010 a 0.57 pero luego se disparó en 2015 a 1.36 contribuyendo a configurar una situación que junto con la explosión del opioide sintético Fentanyl y la desviación de las POD (véase gráfico Nº4), prende las alarmas y lleva incluso a que la presidencia declare una “emergencia nacional” por epidemia de heroína (5).

 

 

Esta información ratifica los hallazgos de la DEA y muestra el fuerte contraste entre la magnitud de las emergencias hospitalarias por uso de heroína y la fuerte reducción que se observa en el caso del uso de cocaína sin otros aditivos que pueden hacerla muy riesgosa (véase gráfico Nº 5).

 


De nuevo la perspectiva colombiana


Como se ha podido observar, el complejo entramado que hay detrás del crecimiento exponencial incluso epidémico de sustancias opioides tanto legales como ilegales hunde sus raíces en una múltiple y simbiótica relación con problemas socioeconómicos, culturales y de experiencias en el uso de drogas en donde son notorias circunstancias personales críticas. Allí mismo se percibe el uso de prácticas que denotan desconocimiento pero a la vez de aprendizaje en el manejo de psicoativos pero también, intereses comerciales salvajes que atropellan mínimos éticos frente al mercado, corrupción, crisis institucional, todo envuelto en contextos de vigencia de estrategias prohibicionistas, que claramente oscurecen e incluso agravan la posibilidad de un manejo desde una perspectiva de salud pública y de protección a derechos fundamentales de usuarios.


Lo anterior sin referir las estructuras de redes que caracteriza el tráfico mayorista y el mercado al detal de sustancias psicoactivas declaradas ilegales o legales bajo control, contexto en el cual se observa una multiplicidad de responsabilidades de diferentes instancias de control, principalmente de orden estatal.


Las circunstancias presentadas, desconocidas por miembros de alto rango de las decisiones sobre drogas de orden internacional, en este caso de EU, los lleva a que centren su discurso en una narrativa simplista, unívoca y de señalamiento acusador de la reiterada amenaza externa, en este caso la producción de hoja de coca en Colombia. Narrativa que culmina en descargar el centro del problema en un eslabón extremadamente débil como son los productores, acusando que la estrategia de uso de la fuerza colombiana “no guarda el ritmo frente a la explosión de los cultivos de coca, debiendo ser direccionada, actuando con el mismo vigor como lo hace la misión de interdicción”(6). Demandan por encima de todo, la reducción de áreas con plazos perentorios bajo la amenaza de la intervención coercitiva de las FFAA. Los productores son una parte vulnerable de la cadena de las drogas porque son sujetos de explotación económica por parte de intermediarios y compradores de materia prima; deben someterse a grupos armados ilegales que prestan servicios de seguridad; son objeto de la acción de cuerpos de seguridad del Estado tanto policía como fuerzas armadas, que erradican sus plantaciones aún después de haber firmado pactos de sustitución con el gobierno. En consecuencia, los cultivadores reciben las prácticas de una institucionalidad que manda señales confusas, al combinar indiscriminadamente el uso de la fuerza con iniciativas de sustitución, cuya sostenibilidad está directamente relacionada con soluciones complejas para los problemas estructurales que explican el crecimiento de áreas de cultivos de uso ilícito. Incrementos que se motivan y sostienen por la presencia de un mercado internacional en auge, donde EU sólo representa menos de una tercera parte (7).


De manera concluyente, se reitera que en materia de drogas no hay hechos en sí mismos sino hechos interpretados, verdades instauradas desde una posición de poder, es decir caracterizaciones que contienen su propio criterio de validación. Así se observa en las apreciaciones del funcionario de narcóticos internacional del Departamento de Estado, cuyo propósito estratégico puede inferirse a partir de la comprensión de su narrativa:

 

• Oxigenar una estrategia de reducción de la oferta en crisis, incorporando de nuevo el tema de drogas a una agenda de seguridad donde Washington se hace fuerte.
• Poner bases políticas para demandar el restablecimiento de las aspersiones aéreas con glifosato u otro herbicida en Colombia.
• Como efecto colateral, potenciar los discursos internos de orden político que demandan una vuelta a las acciones propias de la guerra contra las drogas y que indemostradamente reclaman disminuciones efectivas de áreas de coca por el uso de aspersiones y criminalización de productores.

 

El punto 4º de los acuerdos de paz sigue siendo central en la consolidación de la paz. Si el Estado colombiano, además de los problemas que ya tiene en el proceso de implementación sobre todo en los asociados a temas económicos y sociales principalmente del orden rural, permite la injerencia que se anuncia por parte de Washington y que violenta la autonomía nacional en el manejo de asuntos internos, sería un retroceso políticamente muy costoso y llevaría la construcción de paz a escenarios difícilmente manejables.


Esto supone reconocer que el tema de las drogas será un punto nodal en el seguimiento que estará haciendo Washington sobre el desenvolvimiento político interno, en el contexto de las elecciones presidenciales del 2018, observando con beneplácito las posiciones más afines a la restauración de la guerra antidrogas. Esto conduce a que las coaliciones alrededor de la implementación de los acuerdos de paz deben tener una postura muy clara frente a la continuidad de las presiones que ya se vislumbran por parte de la administración Trump y que hace gala hoy de un unilateralismo desafiante frente a países latinoamericanos como México e incluso en el marco de la crisis en Venezuela. 

1. Jay Unick, Ciccarone, Daniel, “US regional and demographic differences in prescription opioid and heroin-related overdose hospitalizations”, International Journal of Drug Policy, Nº46, 2007, pp. 112,119.
2. Se trata de los opioides: hidrocodona, oxicodona, metadona, morfina y codeína (categoría 2 en la clasificación de la Ley de Sustancias Controladas de EU. Entre los estimulantes Metifenidato (MFD) y Anfetamina (Categoría 2N). Véase “Drug Classifications, Schedule I, II, III, IV, V”. Fuente: https://medshadow.org/resource/drug-classifications-schedule-ii-iii-iv-v/
3. Véase Morgenson, Gretchen “Hard Questions for a Company at the Center of the Opioid Crisis, Fair Game”, The New York Times, julio 21, 2017.
4. Mc Call, C., Baldwin, G., Compton,W., Mc Call, C., Baldwin, G., Compton,W., “Recent Increases in Cocaine-Related Overdose Deaths and the Role of Opioids”, American Journal of Public Health, Vol 107, Nº 3, marzo 2017, pp. 430-432.
5. Véase, “Trump declara “emergencia nacional” la epidemia de heroína”, El País en https://elpais.com/internacional/2017/08/10/actualidad/1502396000_722428.html
6. Brownfield, W., “Assessing the Colombia Peace Process: The Way Forward in US-Colombia Relations”, agosto 2, 2017.
7. Vargas Ricardo, “Colombia y el Mercado mundial de la cocaína”, Razón Pública, julio 23 de 2017.

*Sociológo, consultor internacional en temas de desarrollo, ilegalidades y seguridad.

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Narconovelas. "Se miran para escandalizarse, pero también para reconocerse"

El periodista y ensayista colombiano afirma que ciclos como Escobar, el patrón del mal son "producciones televisivas alucinantes en su verdad neorrealista", lo que lleva a los espectadores a disfrutarlas "como documentos de ese mundo popular mágico de 'Narcolombia'".

 


A comienzos de año, oír al pasar que en cualquier calle de la Argentina alguien pronunciara palabras y modismos como "achicopalado", "berraco", "camellar", "chupar cana", "coronar una vuelta" o "embolatar" resultaba toda una rareza. Era imposible no mirar a quien emitiera alguna de estas expresiones, tan ajenas al lenguaje cotidiano argentino. El estreno el segundo día hábil del año de Escobar, el patrón del mal, por la pantalla de Canal 9 (diariamente a las 22.30), extendió entre sus fanáticos el uso de estas expresiones, propias del narcotráfico y de la región andina de América latina. La popularidad que en el país alcanzó la serie que hace foco en la vida de Pablo Escobar Gaviria, el ex jefe del cartel de Medellín, terminó por instalar en el país no sólo estos pintorescos modismos (más allá de sus significados), sino también la problemática del narcotráfico en los medios y en la sociedad. La "narconovela", entonces, llegó al país con toda su potencia.


La serie producida por Caracol, que diariamente promedia cerca de 10 puntos en pleno prime time, es un verdadero fenómeno televisivo y social. La ficción en la que Andrés Parra interpreta magníficamente a Escobar Gaviria logró, desde el mismo día de su estreno, atrapar a una audiencia impensada para la franja de las 22 en el 9. Aunque al comienzo se creyó que era consecuencia de la rareza de la tonada y de las palabras utilizadas por sus personajes, el paso del tiempo y el incremento del rating terminaron por poner en claro que su alto encendido trascendía la simpatía inicial. Evidentemente, hay muchas otras razones que explican la atracción de la ficción que instaló deinitivamente la "narconovela" en la TV argentina y en el resto de los países de la región. ¿Su buena audiencia será, acaso, consecuencia de la calidad técnica y artística que tiene esta millonaria supreproducción colombiana? ¿O, en realidad, es la figura del narcotráficante más conocido de este lado del mundo la que hipnotiza al público argentino?


Periodista, ensayista y uno de los analistas más destacados de Colombia, Omar Rincón es una de las voces más autorizadas para examinar el fenómeno de las "narconovelas", tanto en el significado social que tiene en su país como en la buena recepción que alcanzó fronteras afueras. En efecto, la "narconovela" no es un fenómeno aislado: desde el 2003 al 2013, en Colombia se produjeron en total 17 ficciones alrededor de la temática del narcotráfico (ver aparte). Además, la mayoría de estas producciones de RCN o Caracol tuvieron una gran penetración internacional, en mercados tan distantes geográfica como culturalmente. Incluso, el 9 puso al aire El señor de los cielos (a las 22), otra ficción centrada en la vida del ex jefe del cartel de Juárez, y también supera la media de la emisora. ¿Qué son, entonces, las "narconovelas"? ¿Cómo surgieron como un subgénero de la ficción?


"En Colombia llevamos 40 años conviviendo con el narco, que evidentemente es nuestro gran tema nacional", confiesa el especialista en la entrevista con Página/12. "El fenómeno televisivo de las 'narconovelas' de este siglo se da porque Colombia, de algún modo más simbólico que real, siente que el problema narco ya no es nuestro presente, que es cosa del pasado y que ahora ese fenómeno es más de los mexicanos y del resto de Latinoamérica. Este sentimiento apareció en los ocho años del gobierno de Alvaro Uribe (2002-2010), que poco volvió a hablar del narco y, vía la desmovilización de los paramilitares, se blanquearon muchas fortunas narcos. Entonces, el foco de tragedia de la nación se concentró en el terrorismo de la guerrilla de las FARC. Entonces, como ya es un problema simbólicamente superado, ya es posible contarlo en TV."


–¿A qué aspectos televisivos y sociales de las "narconovelas" le atribuye su atracción en buena parte del mundo?
–Escobar, el patrón del mal y todas las "narconovelas" están muy bien hechas en lo actoral, las historias, sus lenguajes y estéticas. Como producto televisivo, son una innovación colombiana que deja atrás el melodrama y se adentra en la tragicomedia: personajes muy malos, pero contados en clave de comedia trágica. Todas son producciones bien hechas en fotografía, actuaciones, ritmo y fuerza brutal del lenguaje guerrero. Contundencia en las escenas. Alucinante la capacidad actoral de los colombianos para representar a los bandidos de cualquier bando. Sabemos hacer narco-para-acción. El hecho de que sean producciones televisivas alucinantes en su verdad neorrealista nos lleva a disfrutarlas como documentos de ese mundo popular mágico de "Narcolombia".


–Y socialmente, ¿cuál cree que es su encanto?
–Se miran porque es una posibilidad catártica para el televidente de cualquier país de echarle una miradita a ese mundo extraño, pero atractivo del narco: sacamos el voyeurista y lo ponemos a gozar conociendo ese mundo prohibido y excesivo del narco. Se mira para escandalizarse, pero también para reconocerse. Y lo mejor es que es un asunto de los colombianos; entonces, uno como argentino o chileno no se siente identificado sino alucinado y fascinado viendo esos mundos extraños de los narcos. Y es que es una gozada mirar ese mundo de los narcos y es divertido escandalizarse con sus valores del todo vale, sus mujeres-silicona, sus hombres-abusadores, sus estéticas, lenguajes y músicas populares.


–¿Qué representan para el pueblo colombiano las "narconovelas"? ¿Cree que sirven para abrirles los ojos a los televidentes y que tomen conciencia de la problemática o, en general, lo único que hacen es "endiosar" a determinados personajes non sanctos?
–Las "narconovelas" están siempre en primer lugar en sintonía... pero siempre que no sean críticas frente al fenómeno, sino que sean historias indulgentes con los narcos. Cuando hubo telenovelas muy críticas y que no endiosaban sino envilecían a los narcos, el rating fue bajo; ése fue el caso de Los protegidos, Las muñecas de la mafia y El mexicano. Así, el narcotraficante es un héroe popular. Se dice popularmente que "se le cree más a un narco que a un político". Los narcos generan identificación porque hablan de una realidad conocida, y reconocimiento por cuanto se refiere a una manera "paralegal", pero legítima, de ascender en Colombia. ¿Por qué se identifican? Porque los colombianos sabemos más de narcos y "paras" que de democracia y derechos humanos. Los reconocemos como parte de nuestras referencias culturales, pues mediáticamente los narcos han sido convertidos en celebrities y ahora en héroes de ficción.


–¿Cuál fue el aporte de llevar la problemática a la ficción en el seno de la sociedad colombiana?
–El debate se ha dado, muy académicamente, sobre el tipo de héroes que se presentan y la memoria que se produce sobre nuestras violencias. Y en este debate se comprueba que la TV colombiana sufre del síndrome de "incoherencia moral": productores, autores y directores dicen que quieren "criticar y demostrar la maldad de los narcos como los villanos que han acabado con Colombia", pero aparecen historias y actuaciones que justifican su destino. O sea: no es que quisieron ser malos, la realidad social los obligó y terminan como hombres sin atributos que pudieron llegar a ser importantes en la sociedad... Hay "narcovelas" porque nuestras realidades (Panamá, Venezuela y Colombia) son "narcosociedades"; gustan porque en sociedades de extremas izquierdas y derechas lo narco es una vía "paralegal" para ser exitosos. Las "narconovelas" sirven de espejo porque generan reconocimiento. Poco se ha discutido sobre por qué "el narco es la marca Colombia", por qué todos llevamos "un narquito en el corazón", por qué llevamos más de cuarenta años viviendo en estos entornos de lo narco, por qué los colombianos hemos adoptado para la vida diaria el modo de pensar, actuar, soñar y expresar narco. Deberíamos aceptar que mirarnos en el espejo de las "narcotevés" nos da un reflejo deforme del nosotros mismos, pero que nos plantea preguntas sobre cómo venimos siendo como sociedad.


–En la Argentina sucedió que, a partir de la proyección de Escobar, el patrón..., el narcotráfico pasó a ser tema de agenda mediática y pública. ¿En Colombia pasó algo similar? ¿Cree que un debate tan serio puede darse al calor de una ficción?
–Ha habido escándalo, pero más moralista que sobre la temática, más sobre si se deben presentar esos contenidos o no, poco sobre esa realidad que nos marca como país. El diario El Colombiano se quejó de que la TV "está de espaldas a la realidad", que la gente decente tiene un sentimiento de rechazo contra estas apologías de la cultura mafiosa y que eso es cosa del pasado. Un correo electrónico colectivo que circuló decía "no más 'narconovelas', 'narcoseries' y 'narcopelículas', no más 'narcotelevidentes'", porque hay millones de personas ignorantes, carentes de personalidad y desafortunadas que ven en esos personajes de TV modelos a seguir. El presidente de Panamá, Ricardo Martinelli, de derecha, exigió que les cambiaran el horario de las telenovelas colombianas debido a que estaban haciendo un gran daño a su país "porque exaltan el narcotráfico, el robo y el atraco", y corrompen los "valores morales". El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, de izquierda, acusó a los contenidos de los programas y películas de fomentar la "cultura de la violencia", que estaría sembrando la muerte en las calles venezolanas, en especial las telenovelas, pues "transmiten antivalores de la muerte, culto a las drogas, a las armas, culto a la violencia. Incitan al odio en la sociedad y lucran con el dolor ajeno". Estos extremistas morales están de acuerdo en ver el mal en otra parte: en las "narconovelas"... Y es porque éstas afectan a las "personas ignorantes" que ven TV, mientras ellos son "gente decente" que no son afectados. No ven telenovelas y tienen la verdad moral: son iluminados de fe.


–Tiene una visión negativa, entonces, del uso social y político de la ficción televisiva bajo esta temática.
–Por ahora, hay una obra que muestra el otro modo de hacer: uno que no eleve a héroes a los narcos sino los represente como un mal nacional. En El mexicano, escrita por Mauricio Navas Talero, se cuenta al famoso narcotraficante Rodríguez Gacha, pero lo hace desde la conciencia de no hacer apología sino crítica al narco: lo cuenta en su faceta diabólica, camorrista, malévola, retorcida. Un relato con conciencia de que en este señor del narco no había nada justificable. Mientras que Pablo Escobar y Carlos Castaño para todo tenían buenas razones y se manejaban por códigos de lealtad, amistad, religión y familia (por lo menos eso mostraban sus series en televisión), Rodríguez Gacha sólo sabe ser un desalmado criminal que no tiene ni motivos ni ética ni nada: un matoncito nada más. Nada que admirar.

–¿Cómo respondió la audiencia a ese relato narco distinto?

–El rating no fue tan bueno, porque presentar a un narco sin heroísmo y pleno de villanía no genera reconocimiento: aquí se puede constatar la falta de conciencia de la sociedad colombiana, que nos lleva a creer que los narcos son otro producto más de la exclusión de este país, y a justificar su maldad porque es de los pocos caminos que nos quedan para ser exitosos. A los sobrevivientes de Colombia poco les gusta verse en el espejo deforme del narco y la corrupción: y esta serie tiene conciencia de la maldad de los narcos: y eso no gusta, molesta. La "narconovela" es exitosa porque representa la entrada en escena de la nueva cultura popular, esa del billete/consumo; esa que cuenta que el narco es el nuevo privilegio, la nueva forma de "superación" y revanchismo social.

 

–¿No cree, como algunos, que las "narconovelas" están construyendo un ejercicio de la memoria reciente?
–El asunto de la memoria es más complicado, porque se está construyendo una historia del país desde los narcos y los victimarios, y no aparecen las versiones de las víctimas, de los periodistas, de los empresarios, de los luchadores de derechos humanos. Y vemos que mientras en el proyecto de Memoria Histórica hay una memoria diversa y conflictiva desde las víctimas, en RCN y Caracol se produce una memoria desde los victimarios y la barbarie. ¿Por qué? Porque, de alguna forma, en el imaginario colectivo producido por ocho años por el innombrable (¡da mala suerte mencionarlo!) se instaló que los malos son los guerrilleros, los paracos son pasado y el narco es tema mexicano. Luego, paracos y narcos son los nuevos héroes de ficción. Y además se celebra su estética y modo de habitar el mundo, que es similar al de los nuevos ricos: son una especie de El lobo de Wall Street, sólo que al ser narco ese kitsch se "juzga" como grotesco y como un síntoma del mal gusto popular. Así aparecen historias que celebran los métodos paralegales para ascender socialmente, la compra de los privilegios y placeres, la moral de "billete mata cabeza", la ética de que toda ley se puede torcer a favor de uno. Se celebra el triunfo express: una cultura de billete, armas, trago, mujeres, sexo... Y todo adobado con la moral católica.

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Domingo, 10 Noviembre 2013 06:11

Dos apuntes para un país raro

Primero. Las estadísticas no son totalmente confiables. Pero, haciendo una media de las proyecciones se puede decir que en Río de Janeiro, quizá la ciudad más emblemática de mi país, y en esa amplia región a la que llaman Gran Río, existen mil y pico de favelas. En ellas viven más o menos 1.300.000 personas, de una población de 7 millones. Casi un 20 por ciento del total.


De la población de esas favelas, una parte considerable –un 60 por ciento– vive bajo el yugo del narcotráfico. Otra –un 35 por ciento– vive bajo las "milicias", grupos integrados por policías civiles, o sea, la policía judicial, policía militar y bomberos. La parte que resta, 5 por ciento, vive por cuenta propia, libre de la presión de narcos o milicianos.


O sea: en Río de Janeiro y alrededores, de una población de unos 7 millones de habitantes, poco más de un millón padecen de manera directa, a cada minuto de cada hora de cada día de sus vidas, la opresión de criminales, tanto narcos como paramilitares.
El Estado jamás supo encontrar una solución para semejante escenario. Por décadas, gobernadores intentaron determinar reglas de convivencia entre el morro, o sea las favelas, y el asfalto, o sea la ciudad. Los intentos del Estado de intervenir en esas zonas resultaron intentos y nada más.


Hace unos pocos años, el actual gobernador de Río, Sérgio Cabral, inventó la UPP –o sea, la Unidad de Policía Pacificadora– consistentes en tropas de la policía militarizada que, con previo aviso, invaden las favelas y se quedan. Con eso desaparecen de las callejuelas los tipos armados con ametralladoras y fusiles pesados, se acaba el toque de queda dictado por los narcos y termina el negocio paralelo de la venta ilegal de televisión por cable y de conexiones de luz. Uno puede circular por las callejuelas estrechas, y hasta hay fiestas para las clases medias del asfalto que suben a los morros para divertirse.


O sea, sigue a mil el tráfico, pero sin la guardia de escoltas fuertemente armados. Ya no hay toque de queda, pero los narcos saben los movimientos de cada morador.


Los jefes fueron expulsados, así como sus lugartenientes. Quedaron los gerentes de segunda o tercera línea, que informan, a quien corresponde, cada movimiento en las favelas. Ya casi no hay disputas por los puntos de venta, que antes provocaban verdaderas guerras. Pero mientras el gordinflón y parlanchín gobernador –que, a propósito, tiene los peores índices de aprobación popular entre los 27 gobernadores del país– sigue alardeando maravillas, los moradores de las favelas dicen que, en el fondo, todo sigue igual: sin puestos de salud, sin escuelas, sin atención sanitaria básica. Sin ciudadanía.


Por esos días, en la Rocinha, la mayor favela de Río (los cálculos indican entre 50 y 110 mil habitantes; pongamos 80 mil, cifra razonable), la guerra entre narcos que disputan puestos de venta de drogas volvió a sus niveles de siempre.


El grueso del contingente de los policías militares de la UPP –vale repetir: Unidad de Policía Pacificadora–, empezando por su comandante, fue detenido. La causa: secuestraron y asesinaron, en plena favela, en las mismas instalaciones de la UPP, a un ayudante de albañil llamado Amarildo. Creyeron que era cómplice de los narcos. No era. Fue asfixiado con una bolsa plástica, de esas de supermercado, luego electrocutado. Y la vida sigue, igual. Negros, pobres y favelados siempre han sido sospechosos en mi país. Siempre fueron los más muertos entre los muertos.


En Río, parte de las bandas de los narcos huye tan pronto se anuncia que determinada favela será "pacificada". La policía entra, con pompa, circunstancia y fanfarrias, y no encuentra resistencia.


A la vez, en las ciudades de la Gran Río, en los suburbios, crece y crece la violencia. Hay una lógica cruel en todo eso: al invadir y "pacificar" una favela, las fuerzas públicas de seguridad dejan una cantidad significativa de delincuentes sin trabajo. Los que huyen de una favela "pacificada" buscan otros parajes para ejercer sus labores.


En las ciudades vecinas, en los suburbios, los índices de violencia urbana crecieron, en promedio, un 30 por ciento. En las otras mil y pico de favelas no "pacificadas", pasa lo mismo. Y así la vida.


Segundo. En el lenguaje jurídico brasileño hay dos tipos de homicidio. Aquí, una cosa es el homicidio culposo y otra el homicidio doloso. Por culposo se entiende que alguien mató a otro sin intención. En cambio, cuando es doloso se supone que mató con plena intención, sabiendo muy bien lo que hacía. Es un delito mucho más grave.


Bien: en 2012, hubo 47.136 homicidios dolosos en Brasil. Una media de 24,3 por cada cien mil habitantes. Y hubo 50.617 estupros de mujeres: una media de 26,1 por cada cien mil habitantes.


Hay algo raro en un país donde esos datos disputan el ranking del horror. El año pasado, cada día fueron violadas 139 mujeres en mi país. Es decir, casi seis por hora.


¿Qué país es éste? ¿Dónde llegaremos con esa cuenta macabra de las miserias humanas?


Algo raro pasa en este raro país. En mi país.

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