Sábado, 19 Enero 2019 06:00

La mayor huelga del planeta

La mayor huelga del planeta

El primer ministro indio, Narendra Modi, afronta un año electoral complicado que comenzó con dos jornadas históricas de huelga en las que los sindicatos comunistas lograron movilizar aproximadamente a 200 millones de trabajadores. Entre otras cosas denuncian el desempleo y la precariedad de los contratos laborales, y reclaman una seguridad social universal, aumento del salario mínimo y que se cumplan las leyes laborales.

EN EL DÍA a día de Delhi hay protestas minoritarias que no hacen mella en la rutina de una ciudad que ni siquiera las ve. Se suelen hacer en una calle convertida en “manifestódromo”, a la que acuden grupos organizados o individuos solitarios cargados de demandas. Allí pueden pasarse meses instalados sin que nadie escuche sus gritos. Pero en ocasiones, entre infinitas reivindicaciones invisibles (invisibilizadas) se cuelan grandes movilizaciones; masivas, históricas, de decenas de miles y decenas de millones de personas; las más grandes del mundo.
En un 2019 en el que los indios pasarán por las urnas, el primer ministro ha estrenado el año afrontando una huelga general de entre 150 y 200 millones de trabajadores, según quien los cuente. La protesta multitudinaria duró dos días, el martes y el miércoles (N de E: 8 y 9 de enero), y había sido convocada por diez de los sindicatos más fuertes del país como protesta contra las políticas antiempleo del gobernante Partido del Pueblo de la India (BJP).

El paro se llevó a cabo sobre todo en el transporte, la industria, la minería, el comercio, las oficinas gubernamentales y la banca pública. Se unieron trabajadores del llamado sector informal –el que domina la economía–, en el que entran obreros de la construcción, conductores de rickshaws y autorickshaws, vendedores ambulantes y fabricantes de tabaco de liar. Agricultores, estudiantes y profesores mostraron su apoyo a la huelga, pero no la secundaron.

TRABAJADORES INDIGNADOS.

Los sindicatos celebran que el seguimiento fue masivo, especialmente en estados como Kerala, Bengala Occidental, Odisha y Maharashtra. Las minas de todo el país, dicen, cerraron; la vida quedó parcialmente paralizada en grandes urbes como Delhi o Bombay. Las zonas industriales de Punjab, Haryana y Rajastán tuvieron una “buena respuesta”; los trabajadores bloquearon las vías del tren en numerosas ciudades, como Calcuta, Chennai y Thiruvananthapuram; los autobuses públicos no salieron de las cocheras; numerosos distritos tuvieron que ordenar el cierre de los centros educativos ante las dificultades para el transporte de los alumnos.

“La expansión sin precedentes y la participación activa de los trabajadores en esta huelga de dos días es un indicador claro del grado de rabia e indignación de los trabajadores contra las políticas neoliberales y los ataques a sus condiciones de vida y trabajo perpetrados por el gobierno”, señaló la federación sindical Centre of Indian Trade Unions (CITU) en un comunicado.

Las demandas de los trabajadores son tantas como participantes en las protestas. Esta era una huelga contra la privatización del sector público, contra el desempleo, contra el aumento de los precios de los alimentos, contra la gran cantidad de contratos temporales y por obra y contra la precariedad de esos contratos. Una huelga que pedía salarios mínimos de 18 mil rupias (unos 220 euros), pensiones aseguradas, una seguridad social universal y el cumplimiento de las leyes laborales. Una huelga que exigía al Ejecutivo que tuviera en cuenta a los trabajadores en sus planes de atraer inversión extranjera. “El gobierno ha fracasado a la hora de crear empleos y ha ignorado de forma flagrante a los sindicatos”, decía Amarjeet Kaur, secretaria general del All India Trade Union Congress (AITUC), a la agencia india PTI.

El ministro de Finanzas, Arun Jaitley, respondía en las redes sociales preguntándose si de verdad existe un “problema real” en torno a todas esas demandas, o si la huelga, o lo que él llamó “malestar simbólico”, es parte de la estrategia de las organizaciones políticas de izquierda para no “ser borradas” del mapa político nacional.

PROTESTAS EN EL CAMPO.

Pero la última huelga general no es el único frente laboral que tiene abierto el gobierno nacionalista hindú de Modi. En 2018 los agricultores llevaron a cabo numerosas protestas y al menos tres marchas multitudinarias: mareas de decenas de miles de trabajadores del campo han caminado juntos cientos de quilómetros para plantarse en Delhi, la capital del país, y Bombay, el centro financiero, con el objetivo de visibilizar su situación ante las autoridades y ante los ciudadanos urbanos. Más de la mitad de la población india vive de la agricultura.

Los agricultores indios, que en sus movilizaciones inundan las ciudades de gorros rojos y banderas con la hoz y el martillo, denuncian que viven asfixiados por las deudas contraídas en préstamos agrícolas; deudas impagables en años de sequías y malas cosechas. Demandan la prometida exención de esos pagos, así como unos precios mínimos justos y tener derechos sobre la propiedad de la tierra, que en muchos casos se encuentra en manos del Departamento Forestal.
Los agricultores se sienten traicionados por un gobierno que llegó al poder en 2014 con grandes promesas en torno a la economía y los trabajadores. Cinco años después, el desempleo ha ido aumentando (11 millones de indios perdieron su trabajo en 2018) y las respuestas del Ejecutivo no convencen a los manifestantes. Tanto en 2015 como en 2016 se vivieron dos huelgas generales con paros de más de 100 millones de trabajadores. India, hogar de 1.300 millones de habitantes, tiene un mercado laboral de unos 400 millones de personas.

RUMBO A LAS ELECCIONES.

El año pasado un millón de trabajadores paralizaron durante dos días el sector bancario para pedir aumentos de sueldo, en una huelga que dejó cerradas la mayoría de las sucursales en todo el país. Un año antes se habían manifestado de forma masiva 50 millones de comerciantes y pequeños empresarios, esa vez contra la histórica reforma fiscal que lanzó el Ejecutivo: la creación de un impuesto indirecto común para todo el país, algo insólito en India. El motivo de la queja de los pequeños empresarios: no iban a poder hacer frente a ese impuesto totalmente digitalizado, ya que sus cuentas siempre han sido manuales. En la mayoría de las empresas indias los libros de cuentas son flexibles en sus anotaciones, y las facturas, si existen, están escritas con lápiz.

El impacto de esta última huelga general no se mide tanto por su peso cuantitativo, sino por el tiempo en que se produce. La indignación de decenas de millones de trabajadores le ha estallado al gobierno de Modi a las puertas de unas elecciones generales previstas para abril y mayo, en las que intentará mantener el poder frente al Partido del Congreso, una formación debilitada que, sin embargo, en diciembre ha cogido algo de fuerza tras unas elecciones regionales en las que recuperó el control de tres estados que estaban en manos del BJP. El reciente batacazo en las urnas, visibilizado poco después en las calles, aviva la incertidumbre sobre lo que pueda ocurrir en los próximos comicios.

Por Víctor M Olazábal
18 enero, 2019

(Tomada de elsaltodiario.com, por convenio. Título y copete de Brecha.)

 

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La Comuna de París y la caída de la Columna Vendôme

Corría el año 1871 cuando el pueblo de París se levantó contra la injusticia y experimentó el autogobierno.

Concluiremos esta primera serie de artículos sobre la praxis utópica con una breve visita a París durante la Comuna de 1871. París acababa de ser sitiada por el Ejército prusiano, que poco antes había humillado al de Napoleón III e invadido la mayor parte de Francia. La república fue proclamada el 4 de septiembre de 1870, pero estaba lejos de ser aquella con la que soñaban los republicanos que se habían opuesto al despotismo de “Napoleón el Pequeño”. Los políticos monárquicos que se habían resignado a adoptar esta forma a condición de dirigir el Gobierno solo tenían dos objetivos inmediatos: sellar a cualquier precio una paz apresurada con el invasor, y yugular la amenaza socialista exacerbada por las privaciones de la guerra y el derrocamiento tan esperado de la tiranía bonapartista.


Ese gobierno, instalado en Versalles, estaba dirigido por Adolphe Thiers, político resucitado que antaño había servido al rey Luis Felipe. Este viejo cascarrabias había de pasar a la posteridad como uno de los más sanguinarios enemigos de los pobres en la historia del mundo. Los parisinos vieron el armisticio que firmó con Bismarck en enero de 1871 como una traición y una afrenta a sus sufrimientos y a su bravura: durante el sitio se vieron obligados a comer ratas y ortigas, pero no capitularon jamás.


Los obreros, mayoritarios en los barrios del este, eran quienes más habían sufrido, pues no tenían los medios de comprar víveres en el mercado negro. Exigían a voces más justicia social, algo que la clase dirigente no estaba en absoluto dispuesta a concederles pero que les prometían las diferentes facciones socialistas ¬—en esa época, la palabra no designaba a los gestores socialdemócratas sometidos al capital, al estilo del PSOE, sino a todos los componentes políticos del movimiento obrero: de los proudhonianos antiautoritarios a los blanquistas jacobinos, pasando por los miembros de la Asociación Internacional de los Trabajadores—. Su ánimo era, pues, muy beligerante. Y estaban armados: la Guardia Nacional, milicia burguesa, se había ampliado a los obreros para asegurar la defensa de la capital cuando los principales cuerpos del Ejército habían capitulado. Disponía de 500.000 fusiles y de 200 o 300 cañones.


El 17 de marzo, Thiers decide el desarme del pueblo. Ordena que se tome la artillería de la Guardia Nacional, instalada en tres alturas de París, en tres barrios populares: Montmartre, Belleville y Ménilmontant. Pero las tropas enviadas a toda prisa para retirar los cañones fraterniza con la multitud que se ha congregado para impedírselo. En toda la ciudad se levantan barricadas. Dos generales implicados en la represión de las jornadas de junio de 1848, Lecomte y Clément-Thomas, son linchados en la calle Rosiers, el centro de París. Como el ambiente de la capital se había vuelto perjudicial para él, Thiers vuelve a Versalles para preparar la reconquista militar de la ciudad insurrecta. Decenas de miles de habitantes ricos abandonan la ciudad siguiendo su estela.


Thiers puede contar con Bismarck. El canciller vencedor libera rápidamente a 60.000 soldados franceses, capturados en el este del país, que van a engordar las filas de las tropas de Versalles. Thiers se apresura, además, a reclutar a un ejército profesional en los campos, poco favorables a París y a los “distribuidores”. En pocas semanas dispondrá de 130.000 hombres, la mayoría de origen rural y buenos católicos, comandados por oficiales aguerridos en las expediciones coloniales. La “Nueva Atenas”, que se ve a sí misma como capital mundial del ateísmo y de la libertad, está confrontada una vez más a sus dos enemigos eternos: la beatería venenosa de los curas y el militarismo arrogante de los soldados.


El 26 de marzo se elige a los 92 miembros de la Comuna, la instancia municipal que va a ejercer de facto el poder en París durante dos meses escasos. Pero los representantes electos del partido de Thiers —cuyo programa completo reside en su nombre: el Partido del Orden— rechazan ocupar su puesto, y los moderados no tardan en dimitir. En cuanto al viejo Auguste Blanqui, el jefe histórico del sector republicano más combativo, fue arrestado en provincias el mismo día de la insurrección parisina. En total son 70 los delegados activos, divididos en varias facciones, ninguna de ellas mayoritaria. El grupo principal está formado por jacobinos moderados, cuyas principales figuras son Charles Delescluze, que había cumplido cuatro años de cárcel en Guyana bajo el Segundo Imperio, y Félix Pyat, figura del periodismo antiimperial. Los blanquistas son una decena y defienden una dictadura revolucionaria. El resto se divide entre independientes, como el escritor Jules Vallès, e internacionalistas, como Eugène Valin y Benoît Malon. 25 de sus miembros son obreros y dos, pintores, uno de los cuales se llama Gustave Courbet, uno de los principales pintores realistas de su época.


La primera decisión de la Comuna es crear diez comisiones. Después anula los alquileres que se debía a los propietarios desde octubre de 1870 y requisa las viviendas dejadas vacías por los huidos para alojar en ellas a la gente que está en la calle debido a los bombardeos lanzados durante el asedio. El 28 de marzo, la bandera roja se adopta como emblema de la Comuna. Instaura también, para los miembros de la asamblea municipal, el imperativo por el que son “permanentemente controlados, supervisados, discutidos, revocables y responsables”. Esta exigencia de democracia directa es sin duda lo que mejor caracteriza las aspiraciones igualitarias de los comuneros, y lo que más inquietaba a sus enemigos. La Comuna comienza a requisar las fábricas y talleres abandonados por sus patrones para confiarlos a cooperativas obreras. Una Unión de las Mujeres para la Defensa de París, primera organización feminista francesa, es creada por la agitadora rusa Elisabeth Dimitrieff y la obrera encuadernadora Nathalie Lemel, y recluta ampliamente en los barrios populares. Influenciadas por las ideas de la socialista Flora Tristán, sus miembros reclaman igualdad de salarios y el derecho de voto para las mujeres —que no se concederá a las francesas hasta 75 años después—, reformas a las que la Comuna se había comprometido pero que no tendrá tiempo de poner en marcha. Es a sus mujeres valientes y luchadoras a las que la prensa reaccionaria calificará de “petroleras” y pintará como arpías surgidas de los tugurios para incendiar los barrios ricos.


El 2 de abril, la Comuna decreta la separación de la Iglesia y el Estado, así como el embargo de los bienes inmobiliarios que poseen las congregaciones religiosas. El arzobispo de París, Darboy, es detenido ese mismo día. Debe ser intercambiado por Blanqui, pero Thiers declina la propuesta: prefiere mantener encerrado al jefe emblemático del bando republicano y abandona al prelado a su suerte, calculando que, en el peor de los casos, su muerte proporcionaría un prestigioso mártir al Partido del Orden.


La mayor parte de las decisiones tomadas por la Comuna no se pondrá en marcha. Debía consagrarse prioritariamente al enfrentamiento con los versalleses. Como suele ocurrir en la historia mundial, la guerra civil obstaculiza la insurrección y pospone la revolución al improbable día después de la victoria.


El 5 de abril, la Comuna decreta la movilización y el armamento de los hombres de 19 a 40 años, que se cumple sobre la base del voluntariado. Aunque motivados, los reclutados no tienen experiencia militar y son propensos a la indisciplina. Solo un puñado de oficiales de profesión, como el coronel Louis Rossel y el general Jaroslaw Dombrowski, aceptan dirigir a las tropas comuneras, mucho menos numerosas que las de Versalles. A la relación de fuerzas cada vez más favorable a los versalleses se añade una serie de errores tácticos. Desde el 21 de marzo, estos se apoderan del fuerte de Mont-Valérien, que los comuneros no se han preocupado de ocupar. El 30 de marzo, los versalleses toman posiciones en la glorieta de Courbevoie, donde se alza hoy en día el horrible barrio de negocios de La Défense, símbolo muy tardío pero muy concreto de la victoria de los versalleses. Durante las tres semanas siguientes, los combates se limitan a escaramuzas, mientras que Thiers refuerza su ejército. A finales de abril lanza su ofensiva y los versalleses vuelan de victoria en victoria, retomando uno a uno todos los puntos estratégicos del extrarradio oeste. El 21 de mayo penetran en París por la puerta Saint-Cloud. Es el principio de la Semana Sangrienta. 

En los barrios conquistados, los versalleses proceden a una depuración sangrienta, fusilando sin juicio a todos los guardias nacionales que caen en sus manos. El 22 instalan cañones en las alturas de Chaillot y bombardean el centro de París. Muchos guardias nacionales se repliegan a los barrios obreros. Se levantan barricadas en las grandes arterias y en los cruces, pero la mayoría serán fácilmente sorteadas por las tropas de Versalles. Cuanto más penetran en los barrios populares, más feroces se vuelven. En la calle Rosiers, para vengar a Lecomte y a Clément-Thomas, atrapan en una redada a 43 habitantes del barrio y los ejecutan sumariamente.


Al día siguiente, 700 defensores del Barrio Latino son capturados y fusilados. Toda persona —hombre, mujer, niño— cuyos dedos huelan a pólvora es fusilada en el acto. El arzobispo Darboy y otros cinco rehenes son ejecutados como represalia. Al retirarse de los barrios centrales, los comuneros incendian varios edificios, entre ellos el palacio de las Tullerías y el Ayuntamiento. El 24 y el 25 tienen lugar combates encarnizados en los suburbios populares.


El 26, bajo la presión de la población enfurecida, 50 curas y gendarmes detenidos en Belleville son fusilados por los guardias nacionales. Viendo que serán masacrados pase lo que pase, algunos comuneros están decididos a vender caro su pellejo, mientras que otros huyen de París cuando aún están a tiempo. Al final de esa jornada sanguinaria, los comuneros ya solo mantienen Belleville y Ménilmontant, sus dos principales bastiones electorales.


Los últimos combates, los más desesperados, son los más encarnizados. El 27, Belleville es bombardeada y el cementerio de Père-Lachaise, en Ménilmontant, es teatro de sangrientos enfrentamientos cuerpo a cuerpo, al final de los cuales 147 comuneros son fusilados. El 28, los combates paran al final del día. La Comuna ha sido vencida.


El balance de esta carnicería varía mucho según las fuentes, pero parece encontrarse entre las 20.000 y las 30.000 víctimas —París tenía un millón y medio de habitantes—. Hubo después una serie de juicios con más de 10.000 condenas. 5.000 comuneros, entre ellos la anarquista Louise Michel, fueron deportados a Nueva Caledonia. Muchas figuras de la Comuna escaparon a tiempo de las balas de los verdugos y se refugiaron en el extranjero. En 1880, un gobierno menos reaccionario aprobó una ley de amnistía y los exiliados pudieron volver, y algunos de ellos jugaron un papel de primer orden en la vida política y cultural.


En cuanto a Courbet, fue delegado de Bellas Artes de la Comuna, y como tal presidió la demolición de la columna Vendôme, en el centro de París. Ese espantoso monumento había sido erigido por Napoleón I en su propia gloria y fundido con el bronce de los cañones de Austerlitz. Es a la vez como esteta y como amigo de la libertad que Courbet propuso su destrucción, que se produjo menos de una semana antes del principio de la Semana Sangrienta, conforme al siguiente decreto:


La Comuna de París, considerando que la columna imperial de la plaza Vendôme es un monumento de barbarie, un símbolo de fuerza bruta y de falsa gloria, una afirmación del militarismo, una negación del derecho internacional, un insulto permanente de los vencedores hacia los vencidos, un atentado perpetuo a uno de los grandes principios de la República francesa, la fraternidad, decreta:

Artículo único. La columna Vendôme será demolida.

El autor de El origen del mundo fue condenado a reembolsar los gastos de la reconstrucción de la columna verdusca, pero murió en 1877, antes de haber pagado la primera de las 33 cuotas de 10.000 francos que debía a una república copiosamente bautizada con la sangre de los pobres, y que honra a los tiranos y a los asesinos.

 

Por  
Traducción: Gladys Martínez

publicado
2018-12-17 06:00:00

Publicado enInternacional
Miércoles, 20 Junio 2018 06:13

El Mago de Oz va al banco central

El Mago de Oz va al banco central

La historia del Mago de Oz ha pasado siempre como un divertido cuento para niños cuyo tema central es que los milagros siempre son posibles, aun en circunstancias difíciles. Pero pocos saben que la intención del autor, L. Frank Baum, era escribir una alegoría política en la que los personajes representaban segmentos de la sociedad estadunidense a principios del siglo XX.


Por ejemplo, en la metáfora de Baum, el hombre de paja representa al campesinado y a los farmers, cuyo análisis político es muy poco sofisticado. Por eso anda en busca de un cerebro. Por su parte, el hombre de hojalata personifica a los obreros industriales, explotados por políticos y líderes sindicales corruptos. Los demás personajes encarnan otras figuras de la sociedad estadunidense y el famoso camino amarillo simboliza el patrón oro que muchos suponían podría resguardar el valor de la moneda y evitar las arbitrariedades de gobiernos y banqueros.


La creencia de que el patrón oro permitiría combatir los abusos de la clase política y de los banqueros es una de las creencias populares más aceptadas aun en nuestros días. No es la única creencia errónea sobre el funcionamiento de la política monetaria y casi siempre se acompaña de otro mito clave sobre el sistema bancario: la idea de que el banco central controla efectivamente la oferta monetaria.


La idea básica del patrón oro es que al fijar por ley el valor de la moneda en una fracción de ese metal precioso, el valor del instrumento monetario queda a salvo de las manipulaciones del poder político. Supuestamente la degradación del valor de la moneda se evita al asegurar la convertibilidad en algo tangible, como el oro, porque las autoridades político-monetarias deben mantener las reservas adecuadas para garantizar el valor de la moneda para tranquilidad de todo mundo.
En realidad un sistema basado en el patrón oro no es garantía contra las crisis y la pérdida de valor de la moneda. Prueba de lo anterior es que durante la vigencia de sistemas basados en el metalismo fueron frecuentes los episodios de hiperinflación y desvalorización de la moneda. Por otra parte, la historia demuestra que el patrón oro y otras formas de metalismo sí son una atadura para la política monetaria. Por eso el patrón oro fue una de las principales correas de transmisión de los efectos de la crisis de 1929 y contribuyó a extender las consecuencias de la Gran Depresión. Los países que se regían por el patrón oro hacían todo lo posible (incluso recurrir al proteccionismo) para evitar que el oro saliera de sus reservas para hacer frente a sus compromisos internacionales. La alternativa fue el ajuste interno y la deflación, y para ello se necesitó aplicar las recetas tradicionales de austeridad, con lo que la recesión se transformó en crisis. El patrón oro se convirtió en una máquina para transmitir y profundizar las secuelas de la Gran Depresión. No por nada Keynes lo llamó una bárbara reliquia del pasado.


La idea clave del patrón oro es que la oferta monetaria debe estar atada a las reservas del metal precioso. Pero esa idea ignora todo sobre el funcionamiento del sistema bancario y el papel del banco central. Supone que los bancos comerciales son simples intermediarios entre ahorradores e inversionistas en un mítico mercado de capitales. En ese mundo fantástico los ahorradores depositan sus ahorros en los bancos y éstos prestan ese dinero a los inversionistas. El diferencial entre la tasa de interés pagada a los ahorradores y la que se cobra a los inversionistas es la ganancia de los bancos por su labor de intermediación.


Esta idea ingenua sobre el mercado de fondos prestables predomina aún en análisis modernos de una economía con moneda fiduciaria, por ejemplo en economistas como Krugman. Pero esa visión no tiene nada que ver con la realidad. Lo que un banco comercial necesita es encontrar un sujeto de crédito confiable, con buen historial y, si se trata de un inversionista, con un proyecto rentable. Pasada la prueba, el préstamo se autoriza y se abre una cuenta en el banco: por eso los préstamos crean los depósitos. Cuando la actividad de los bancos lo requiere, el banco central genera las reservas necesarias para que el sistema pueda seguir operando. Esta postura acomodaticia del banco central es la clave de la política monetaria en la actualidad. El corolario es que el banco central no controla la oferta monetaria.


Si el cuento de Baum es una alegoría política, ¿quién es el Mago de Oz? Cuando al final Dorotea recorre la cortina y descubre a un hombrecito cuya base de poder son los globos de aire caliente, el Mago de Oz encarna el contubernio entre políticos y el poder financiero. Dorotea revela que los sueños de la población, de los campesinos y obreros, pueden hacerse realidad. Sólo se requiere descubrir la verdad del complejo entramado con el que políticos y el sector financiero han sometido a la economía para beneficio de los especuladores.


Twitter: @anadaloficial

 

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“Seamos realistas, sigamos pidiendo lo imposible”

La “noche de las barricadas”, el 10 de mayo de 1968, fue la constatación de que las calles pueden ser de la ciudadanía. Una nueva Comuna de París casi un siglo después de aquella primera en la que un movimiento popular llegó a gobernar la capital francesa.


Todavía hoy podemos y debemos soñar las utopías que nos mantienen vivos medio siglo después de unos hechos que las pintadas marcaron en la historia y que buscaban un cambio social que aún permanece encerrado bajo los adoquines.


La realidad hoy es tan dura como virtual, por ello es pertinente continuar soñando. Es tiempo de creer en ideales que nos sitúen en un horizonte de ilusión para combatir la indecencia de un sistema que nos oprime mientras nos hace creer que tenemos algo. Pero ese algo nos cuesta tanto que no merece la pena contar con ello. Nos venden humo y compramos quimeras, por eso es mejor perseguir las utopías que hace ahora cincuenta años movilizaron una sociedad que se negaba a seguir tragando anzuelos.


Aunque los poderes nos lo sigan negando, hay que continuar insistiendo. Porque somos las ciudadanías de las resistencias y las insistencias. En un mundo que se pliega en banda ignorando las injusticias y las exclusiones, en sociedades que protegen al poderoso mientras persiguen al oprimido, hay que persistir y gritar “prohibido prohibir”, “la imaginación al poder” y todas aquellas arengas de las que ahora se cumplen cinco décadas y que supusieron un grito contra las autoridades, el sistema y el poder establecido.


Podemos poner en cuestión los resultados y las consecuencias, pero el significado de aquél movimiento estudiantil y obrero en un París adormecido y aburguesado, y sus reflejos en otras latitudes, son parte destacada de la historia del mundo. Allá se juntaron el “a las barricadas” anarquista de la Guerra Civil española con el “cambiar la vida” de Rimbaud y con el “transformar la sociedad” de Marx. El mayo francés fue un oasis en un desierto. Un lugar en donde la belleza estaba en la calle y en el que los muros hablaban. Pintadas y más pintadas inundaban las paredes exclamando y gritando consignas políticas y eslóganes sociales, pero también poemas y canciones libertarias y reivindicativas que propugnaban otra existencia y una manera distinta de vivir.


En ese mes de movilizaciones hubo una “semana rabiosa” de trece días en la que se concentraron la mayoría de los eventos destacados de las acciones estudiantiles que contaron después con el apoyo de la clase trabajadora y con la simpatía y respaldo de la ciudadanía en general. La movilización inicia el 3 de mayo en el patio de la Universidad de La Sorbona en solidaridad con sus compañeros de la de Nanterre.


El lunes 6 de mayo más de medio millón de estudiantes secunda la huelga general convocada. El martes 7 se produce una multitudinaria manifestación tras una pancarta que reza “Viva la Comuna”, el barrio Latino está en estado de sitio, los sindicatos comienzan a “pellizcarse” y la solidaridad con el movimiento crece tanto en el interior del país como en el extranjero.


Al principio, la propia izquierda no entendía al movimiento estudiantil. Marchais, del Partido Comunista Francés, los denunciaba en L´Humanite y pedía “Es necesario combatirlos y aislarlos…, se trata, en general, de hijos de grandes burgueses… son pseudo revolucionarios.”


Daniel Cohn-Bendit, entonces uno de los líderes estudiantiles de la Universidad de Nanterre, donde comenzó todo, declaraba a Le Nouvel Observateur que “Es al sistema en conjunto al que atacamos en nuestras reivindicaciones: al poder político, al capitalismo, a su concepción de la Universidad.”


El día 10 de mayo de 1968 es recordado como “la noche de las barricadas”, un punto de inflexión en un conflicto que venía palpitando desde que se creara en la citada universidad el “Movimiento 22 de marzo” en contra de las reformas universitarias y que contenía el malestar de una juventud estudiantil que veía con asombro y preocupación cómo la Francia gaullista iba decayendo social, económica y políticamente. La represión policial fue contundente y la resistencia de las y los manifestantes heroica. Según datos oficiales de la época hubo más de quinientos detenidos, cerca de mil personas heridas y el barrio Latino quedó prácticamente arrasado. Fue la mecha que prendió el movimiento popular favorable al estudiantado y sus propuestas.


Para el lunes 13 de mayo se plantea una huelga general en toda Francia. Ese día tuvo lugar la manifestación más grande desde la Liberación al finalizar la Segunda Guerra Mundial, casi un millón de personas desfilaron por las calles de París desde la plaza de la República hasta la de Denfert-Rochereau.


El encierro de trabajadores de la fábrica Renault en sus instalaciones, el miércoles 15 de mayo, da mayor fuerza al movimiento de huelga. Esa factoría se convierte en la “Nanterre obrera”. Sin la coordinación sindical de las grandes centrales, Francia se paraliza al unirse al paro diez millones de trabajadoras y trabajadores.
Por esos días, Herbert Marcuse declaraba a Le Monde y a Le Nouvel Observateur “Me identifico con las motivaciones profundas de una lucha estudiantil que ataca no sólo a las estructuras perimidas de la Universidad, sino a todo un orden social, donde la prosperidad y la cohesión tienen por fundamento la incentivación de la explotación, la competencia brutal y una moral hipócrita.” Y un grupo de escritores e intelectuales de la época, entre los que se encontraban Gorz, Lacan o Sartre, hacían una declaración pública en la que sostenían “Estamos dispuestos a afirmar que, frente al sistema establecido, el movimiento estudiantil es de una importancia capital y quizás decisiva, ya que, sin hacer promesas y, por el contrario, descartando toda afirmación prematura, opone y mantiene una potencia de rechazo capaz, creemos nosotros, de abrir un porvenir.”


Cinco décadas después, la pregunta podría ser ¿qué nos queda de aquél mayo francés del 68? Tal vez, como se afirma en la contraportada del libro de Serrat Crespo “Sed realistas, pedid lo imposible” (Barcelona, Edhasa 2008) “El recuerdo de un espectáculo de gritos y carreras y de imaginación desbordada que denunciaba una manera de ver la política y la vida.” Si asumimos que eso fue así, y que, por desgracia, sigue siendo así, la vida y la política actuales ameritan que sigamos gritando e imaginando que otro mundo es posible, mejor, por supuesto, y que tenemos que continuar la lucha hasta encontrarlo. No sabemos bien si será debajo de los adoquines, tras las fronteras que nos excluyen, al otro lado del océano o en la Luna. Pero en algún sitio está y la tarea es seguir buscando esa utopía.


Nos queda, en cualquier caso, la memoria y la esperanza de que sí se puede. Lo decían la juventud y el proletariado, lo recogieron las paredes en aquellas pintadas creativas y reivindicativas y está escrito en la historia: “La imaginación al poder”, “Quieren haceros creer que el ser es el tener”, “Amnistía: acto por el que los soberanos suelen perdonar las injusticias que ellos han cometido”, “Nadie llega a comprender si no respeta, conservando su propia naturaleza, la libre naturaleza del otro”, “La revolución debe hacerse en los hombres antes de realizarse en las cosas”, “El sueño es realidad”, “Desabrochad vuestro cerebro tan a menudo como vuestra bragueta”, “Solo puede haber revolución donde hay conciencia”, “Cambiad la vida, transformad su modo de empleo”, “No a la revolución con corbata”.


La imaginación, la creatividad y la rebeldía al servicio de la ilusión y la esperanza pintando la vida con los deseos perseguidos. Poesía y política para la reflexión y la acción. Esos muros franceses gritaban, y todavía hoy muchas paredes alrededor del mundo siguen clamando, por un cambio social que, por una vez y para siempre, favoreciera a esa mayoría que no cuenta, sean estudiantes, trabajadoras, obreros, pensionistas u otros colectivos explotados.


Dicen que las paredes tienen oídos, pero lo peor es que algunos oídos siguen teniendo paredes. Recordar sucesos y movimientos como el acaecido en aquel mayo francés continúa siendo necesario para la transformación de la realidad y la toma de conciencia, para seguir creyendo que lo que protestaban los muros es posible.


Antes y después del mayo francés hubo muchos movimientos sociales, luchas políticas y reivindicaciones: de Ghandi a Martin Luther King pasando por la revolución cubana, la primavera de Praga, los movimientos de liberación del denominado Tercer Mundo, las manifestaciones contra la guerra de Vietnam o el movimiento estudiantil de México en ese mismo año. El París de 1968 puso ese poso de esperanza obrera y juvenil que alimentó las propuestas de lucha contra el capital y el liberalismo como los movimientos ecologistas, feministas o altermundistas, de los 15M al Ocuppy Wall Street pasando por Yosoy132 o la mal llamada primavera árabe.


Sin más bandera que la imaginación, la creatividad y la ilusión por cambiar un mundo que se sigue resistiendo a ser modificado; con la insistencia y la resistencia de las rebeliones populares de los de abajo, de quienes no son escuchados y quedan afónicos gritando sus ansias de libertad, independencia y soberanía, fue una semilla importante y para nada baladí en una época de indignación y reclamos sociales, desde las universidades a las fábricas.


Una gran parte de ese movimiento quedó plasmado en los muros de París al llenarlos de proclamas y demandas: “Las barricadas cierran las calles pero abren los caminos”, “Tomen sus deseos por realidades”, “El patriotismo es un egoismo de masa”, “Si lo que ven no es extraño, la visión es falsa”, “Un pensamiento que se estanca es un pensamiento que se pudre”, “Yo me propongo agitar e inquietar a las gentes. No vendo el pan, sino la levadura (Unamuno)”, “La libertad de los otros prolonga la mía hasta el infinito (Bakunin)”, “La revuelta y solamente la revuelta es creadora de la luz, y esta luz no puede tomar sino tres caminos: la poesía, la libertad y el amor (Breton)”, “Si usted piensa por los otros, los otros pensarán por usted”.


Las pintadas y aquella poética de las paredes inundaron una ciudad adormecida que despertó con las barricadas estudiantiles y con la recuperación de la utopía, buscando la arena de la playa bajo los adoquines. Como canta Ismael Serrano pidiendo a su papá que le narre esas luchas, las de los que siempre han perdido pero han resistido los embates de la historia, las peleas por la dignidad humana y por el reconocimiento.


Fue muy dura la derrota, todo lo que se soñaba / Se pudrió en los rincones, se cubrió de telarañas

 


Y ya nadie canta Al Vent, ya no hay locos ya no hay parias / Pero tiene que llover aún sigue sucia la plaza


Queda lejos aquel mayo, queda lejos Saint Denis / Que lejos queda Jean Paul Sartre, muy lejos aquel París


Sin embargo a veces pienso que al final todo dio igual / Las hostias siguen cayendo sobre quien habla de más


En París, en mayo de 1968, la belleza estaba en la calle y las demandas en las paredes. La fuerza de las pintadas, que siguen siendo parte de esa comunicación ciudadana, reivindicativa pero también festiva, política y callejera, social y popular, que nos transmite lo que una parte importante de la población piensa y siente y plasma en sus muros, en esos espacios públicos a la vista de todas aquellas personas que las quieran leer.


En Bogotá, en la sede centro de la Alianza Francesa han estado expuestos durante mes y medio, casualmente cerraron la exposición antes de que llegara el mes de mayo, los grafitis de tres artistas colombianos en conmemoración de ese mes de las flores en el París de hace medio siglo. Bajo el título “La beauté est dans la rue”, Keshava, Chócolo y Toxicómano han plasmado su particular homenaje a aquel momento histórico. Tres maneras distintas de abordar un hecho que nos dejó mucha historia precisamente en las pintadas, en los grafitis que poblaron las calles de la ciudad de la luz. Los juegos de palabras críticas de Keshava junto al humor negro de Chócolo y las propuestas transgresoras de Toxicómano. Tres contestarios de hoy para mantener viva la protesta de hace medio siglo. Junto a sus pinturas, una pequeña selección de algunos de los carteles más destacados de la movida de entonces: “L´etat cest chacun de nous” (el estado somos cada uno de nosotros), “La police s´affiche aux beaux arts, les beaux arts affichent dans la rue” (la policía se muestra en las bellas artes, las bellas artes se exhiben en la calle) o “Sois jeune et tais toi” (sé joven y cállate).


Tal vez fue casi una derrota y se perdieron muchos sueños y algunas esperanzas. Pero lo cierto es que una juventud inconforme y rebelde rompió el cascarón y llenó las calles de belleza buscando otra manera de estar y ser en el mundo. No encontraron la playa, pero movieron las arenas y las conciencias.


Para que nada dé igual y las hostias no sigan cayendo sobre los de siempre, salgamos a esas calles y llenémoslas de pintadas, embellezcámoslas con gritos que pidan lo imposible.


La lucha continúa.


09 May 2018

 

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El romanticismo revolucionario de Mayo del 68

El espíritu del 68 es un brebaje potente, una mezcla picante y intoxicante, un cóctel explosivo de varios ingredientes. Uno de sus componentes - y no menos importante - es el romanticismo revolucionario, es decir, una protesta cultural contra los cimientos de la civilización industrial / productivismo capitalista moderna y su consumo, y una combinación singular, única en su género, subjetividad, deseo y utopía - el "triángulo conceptual" que define, de acuerdo con Luisa Passerini, 1968. [1] 

El Romanticismo no es sólo una escuela literaria de principios del siglo XIX - como todavía se puede leer en muchos libros - sino una de las principales formas de la cultura moderna. Como estructura sensible y visión del mundo, se manifiesta en todos los ámbitos de la vida cultural - la literatura, la poesía, el arte, la música, la religión, la filosofía, las ideas políticas, la antropología, la historiografía y otras ciencias sociales. Surge a mediados del siglo XVIII - podemos considerar a Jean-Jacques Rousseau como el "primer romántico" - se desarrolla a través de la Frühromantik alemana, Hölderlin, Chateaubriand, Hugo, los prerrafaelistas ingleses, William Morris, el simbolismo, el surrealismo y el situacionismo, y todavía está con nosotros a principios del XXI. Se puede definir como una rebelión contra la sociedad capitalista moderna, en nombre de los valores sociales y culturales del pasado, pre-modernos, y una protesta contra el desencanto moderno del mundo, la disolución competitiva / individualista de las comunidades humanas, y el triunfo de la mecanización, la mercantilización, la objetivación y la cuantificación. Desgarrada entre su nostalgia por el pasado y sus sueños para el futuro, puede tomar formas regresivas y reaccionarias, que proponen un retorno a formas de vida pre-capitalistas, o una forma revolucionaria / utópico, que no aboga por un retorno, sino por un desvío a través del pasado para alcanzar el futuro; en este caso, la nostalgia del paraíso perdido se inviste de la esperanza de una nueva sociedad. [2]


Entre los escritores más admirados de la generación rebelde de los años 60 se puede encontrar a cuatro pensadores que pertenecen, sin duda, a la tradición romántica revolucionaria, y que intentaron, como los surrealistas en la generación anterior, combinar - cada uno a su manera, individual y único - la crítica marxista y romántica de la civilización: Henri Lefebvre, Guy Debord, Herbert Marcuse y Ernst Bloch. Mientras que los dos primeros gozaron de la simpatía de los rebeldes franceses, el tercero fue más conocido en los EEUU, y el último especialmente en Alemania. Por supuesto, la mayoría de los jóvenes que salieron a las calles en Berkeley, Berlín, Milán, París o la Ciudad de México nunca habían leído a estos filósofos, pero sus ideas se difundieron de mil maneras, en los panfletos y consignas del movimiento. Esto fue valido especialmente en Francia para Debord y sus amigos situacionistas, a quienes el imaginario de Mayo del 68 debe algunos de sus sueños más audaces, y algunas de sus fórmulas más sorprendentes ("La imaginación al poder"). Sin embargo, no es la "influencia" de estos pensadores lo que explica el espíritu del 68, sino más bien lo contrario: la juventud rebelde buscó autores que pudiesen proporcionar ideas y argumentos a favor de su protesta y de sus deseos. Entre ellos y el movimiento se produjo, a lo largo de los años 60 y 70, una especie de "afinidad electiva" cultural: se descubrieron los unos a los otros y se influyeron mutuamente en un proceso de reconocimiento mutuo . [3]


En su notable libro sobre Mayo del 68, Daniel Singer capturó perfectamente el significado de los "acontecimientos": "Fue una rebelión total, que cuestionó no uno u otro aspecto de la sociedad existente, sino sus objetivos y medios. Fue una revuelta mental contra el estado industrial existente, tanto en contra de su estructura capitalista como del tipo de sociedad de consumo que creó. Esto se asoció a una resistencia sorprendente a cualquier cosa que viniese de arriba, contra el centralismo, la autoridad, la "ley del más fuerte". [4] El ‘gran rechazo’ - término tomado por Marcuse de Maurice Blanchot - a la modernización capitalista y el autoritarismo, define el espíritu político y cultural de Mayo del 68 y, posiblemente, sus equivalentes en EEUU, México, Italia Alemania, Brasil y otros países.


Téngase en cuenta que estos movimientos no han sido motivados por una crisis de la economía capitalista: por el contrario, tuvieron lugar en la llamada era de los "treinta años gloriosos" (1945-1975), años de crecimiento capitalista y prosperidad . Esto es importante para evitar la trampa de creer que las rebeliones anticapitalistas única o principalmente son el resultado de la recesión o de una crisis más o menos catastrófica de la economía: no existe una correlación directa entre los altibajos del mercado de valores y el incremento o la disminución de las luchas, o revoluciones, anticapitalistas. Afirmar lo contrario sería una regresión al tipo de "marxismo" economista que prevalecía en la Segunda y Tercera Internacional.


Me limitaré a comentar el caso francés, que es el que conozco mejor. Si se toma, por ejemplo, el famoso panfleto distribuido en marzo del 68 por Daniel Cohn-Bendit y sus amigos, "¿Por qué los sociólogos?", Nos encontramos con el rechazo más explícito a todo lo que se presenta con la etiqueta de "modernización"; esta se identifica con la planificación, la racionalización y la producción de bienes de consumo de acuerdo a las necesidades del capitalismo organizado. Diatribas similares contra la tecno-burocracia industrial, la ideología del progreso y la rentabilidad, los imperativos económicos y las "leyes de la ciencia" están presentes en muchos documentos de la época. El sociólogo Alain Touraine, un observador distanciado del movimiento, analiza mediante el uso de conceptos de Marcuse, este aspecto de Mayo del 68: "La revuelta contra la 'unidimensionalidad' de la sociedad industrial gestionada por los dispositivos económicos y políticos no puede estallar sin implicar elementos 'negativos', es decir, sin oponerse a la "expresión inmediata de los deseos a sus constricciones, que se consideran naturales, del crecimiento y la modernización". [5] A esto hay que añadir la protesta contra las guerras imperialistas y / o coloniales, y una poderosa ola de simpatía - no sin ilusiones "románticas" - hacia los movimientos de liberación de los países oprimidos del Tercer Mundo. Por último, pero no menos importante, había en muchos de estos jóvenes activistas una profunda desconfianza hacía el modelo soviético, considerado un sistema autoritario / burocrático y, para algunos, una variante del mismo paradigma de producción y consumo del Occidente capitalista.


El espíritu romántico de Mayo del 68 no sólo se compone de lo "negativo" de la revuelta contra un sistema económico, social y político considerado inhumano, intolerable, opresivo y filisteo, o de actos de protesta, tales como la quema de coches, esos símbolos despreciados de la mercantilización capitalista y el individualismo posesivo [6]. También esta llena de esperanzas utópicas, de sueños libertarios y sueños surrealistas, de "explosiones de subjetividad" (Luisa Passerini), en fin, de lo que Ernst Bloch llamaba Wunschbilder, "imagenes-de-deseo", que no sólo se proyectan en un futuro posible, en una sociedad emancipada, sin alienación, cosificación u opresión (social y de género), sino en lo inmediato como experiencia de diferentes formas de práctica social: el movimiento revolucionario como una celebración colectiva y como una creación colectiva de nuevas formas de organización; el intento de inventar comunidades humanas libres e igualitarias, la afirmación de la subjetividad compartida (especialmente entre las feministas); el descubrimiento de nuevos métodos de creación artística, a partir de los carteles subversivos e irreverentes, o las pintadas poéticas e irónicas en las paredes.


La reivindicación del derecho a la subjetividad fue unida inseparablemente al impulso anticapitalista radical que cruzó de un extremo al otro, el espíritu de Mayo de 68. Esta dimensión no debe subestimarse: permitió la- frágil - alianza entre los estudiantes, los diversos grupúsculos marxistas o anarquistas y los sindicalistas que organizaron - a pesar de su dirección burocrática - la huelga general más grande de la historia de Francia.


En su importante libro sobre el "nuevo espíritu del capitalismo”, Luc Boltanski y Eve Chiapello distinguen entre dos tipos - en el sentido weberiano - de crítica anticapitalista, cada una con su combinación de emociones complejas, sentimientos subjetivos, indignación y análisis teórico, que de una u otra manera convergente en Mayo del 68: I) la crítica social, desarrollada por el movimiento obrero tradicional, que denuncia la explotación de los trabajadores, la miseria de las clases dominadas, y el egoísmo de la oligarquía burguesa que confisca los frutos del progreso; II) la crítica artística , que se centra en los valores y las opciones básicas del capitalismo y lo denuncia, en nombre de la libertad, como un sistema que produce la alienación y la opresión. [7]


Examinemos más de cerca lo que Boltanski y Chiapello incluyen bajo el concepto de crítica artística del capitalismo: una crítica del desencanto, la falsedad y la miseria de la vida diaria, la deshumanización del mundo por la tecnocracia, la pérdida de autonomía y, por último, el autoritarismo opresivo de un gobierno jerárquico. En lugar de liberar las potencialidades humanas de forma autónoma, la auto-organización y la creatividad, el capitalismo somete a los individuos a la "jaula de hierro" de la racionalidad instrumental y la mercantilización del mundo. Las formas de expresión de esta crítica son tomados del repertorio del festival, el juego, la poesía, la libertad de expresión, mientras que su lenguaje está inspirado en Marx, Freud, Nietzsche y el surrealismo. Es anti-moderna, ya que insiste en el desencanto, y es modernista cuando hace hincapié en la liberación. Uno puede encontrar sus ideas ya en la década de 1950 en pequeños "grupos de vanguardia" artísticos y políticos - como "Socialismo o Barbarie" (Castoriadis, Claude Lefort) o el situacionismo (Guy Debord, Raul Vaneigem) - antes de que 'que exploten a la luz pública en la revuelta de los estudiantes del 68. [8]


De hecho, lo que Boltanski y Chiapello llaman "crítica artista" es básicamente lo mismo que yo designo como crítica romántica capitalismo. La diferencia principal es que los dos sociólogos intentan explicar por "un estilo de vida bohemio”, los sentimientos de los artistas y los dandis, formulados de manera ejemplar en los escritos de Baudelaire. [9] Esto me parece un enfoque demasiado limitado: lo que llamo el romanticismo anticapitalista no sólo es más antiguo, sino que tiene una base social mucho más amplio. Opera no sólo entre los artistas, sino también entre intelectuales, estudiantes, mujeres y todo tipo de grupos sociales cuyo estilo de vida y cultura se ven afectados negativamente por el proceso destructivo de la modernización capitalista.


Otro aspecto problemático del ensayo, que también destaca por su riqueza de propuestas, de Boltanski y Chiapello es su intento de demostrar que, en las últimas décadas, la crítica artística, al distanciarse de la crítica social, ha sido integrada y recuperada por el nuevo espíritu del capitalismo, a través de su nuevo estilo de gestión, basado en los principios de flexibilidad y libertad, lo que ofrece una mayor autonomía en el trabajo, más creatividad, menos disciplina y menos autoritarismo. Una nueva élite social, a menudo activa durante los años 60 y atraída por la crítica artística, ha roto con la crítica social del capitalismo - considerada "arcaica" y asociada con la vieja izquierda comunista - y se ha unido al sistema, ocupando posiciones de liderazgo. [10]


Por supuesto, hay mucho de verdad en esta descripción, pero más que una continuidad aproblemática y sin contradicciones entre los rebeldes del 68 y los nuevos gerentes, o entre los deseos y utopías de Mayo y la última ideología capitalista, veo una profunda ruptura ética y política - a veces en la vida de un mismo individuo. Lo que se ha perdido en este proceso, esta metamorfosis, no es una cuestión de detalle, sino lo esencial: el anticapitalismo ... Una vez despojado de su propio contenido anticapitalista - diferente del de la crítica social - la crítica artística o romántica cesa de existir como tal, pierde todo significado y se convierte en un mero ornamento. Por supuesto, la ideología capitalista puede integrar elementos "románticos", "artísticos" en su discurso, pero han sido previamente vaciados de todo contenido social significativo para transformarse en una forma de publicidad. Hay muy poco en común entre la nueva "flexibilidad" industrial y los sueños utópicos y libertarios del 68. Hablar, como hacen Boltanski y Chiapello, de un "capitalismo izquierdista" [11]me parece un puro contra-sentido, una contradictio in adjecto .


¿Cuál es, entonces, el legado del 68 hoy? Se puede estar de acuerdo con Perry Anderson el que el movimiento ha sido derrotado de forma permanente, que muchos de sus participantes y dirigentes se han hecho conformistas, y que el capitalismo - en su forma neoliberal - no solo triunfó en los años 1980 y 1990 sino que se convirtió en el único horizonte posible. [12] Sin embargo, me parece que estamos asistiendo, en los últimos años, al desarrollo, a escala global, de un nuevo y vasto movimiento social, con un componente anticapitalista fuerte. Por supuesto, la historia nunca se repite, y sería tan inútil y absurdo esperar un "nuevo Mayo del 68", en París o en cualquier otro lugar: cada nueva generación rebelde inventa su propia y única combinación de deseos, utopías y subjetividad.


La movilización internacional contra la globalización neoliberal, inspirada en el principio de que "el mundo no es una mercancía", que salió a las calles en Seattle, Praga, Porto Alegre, o Génova es -inevitablemente - muy diferente de los movimientos de los años 60. Está lejos de ser homogénea: mientras que sus participantes más moderados o pragmáticos todavía creen en la posibilidad de regular el sistema, una gran parte del "movimiento de movimientos" es abiertamente anticapitalista, y sus protestas se puede encontrar, como en el 68, una fusión única de las críticas romántica y marxista del orden capitalista, de sus injusticias sociales y su codicia mercantil. Se pueden vislumbrar sin duda analogías con los 60 - las poderosas tendencias anti-autoritarias o libertarias - pero también diferencias importantes: la ecología y el feminismo, todavía incipientes en Mayo del 68, son ahora componentes centrales de la nueva cultura radical, mientras que las ilusiones en el "socialismo realmente existente" - soviético o chino - prácticamente han desaparecido.


Este movimiento solo ha comenzado, y es imposible predecir cómo se va a desarrollar, pero ya ha cambiado el clima intelectual y político en algunos países. Es realista, es decir, exige lo imposible...


Notas:


[1] L. Passerini, “ ‘Utopia’ and Desire ”, Thesis Eleven, Number 68, February 2002, pp. 12-22.
[2] Véase a este respecto mi libro con Robert Sayre, Rédemption et Utopie. Le Judaïsme libertaire en Europe centrale, une étude d’affinité éléctive, Paris, Presses Universitaires de France, 1986.
[3] Me refiero al análisis del concepto de afinidad electiva en mi libro antes citado.
[4] Daniel Singer, Prelude to Revolution. France in May 1968 , New York, Hill and Wang, 1970, p. 21.
[5] A.Touraine, Le Mouvement de Mai ou le Communisme utopique, Paris, Seuil, 1969, p. 224. Ver también Andrew Feenberg, “Remembering the May events ”, Theory and Society, n°6, 1978.
[6] Esto es lo que escribía Henri Lefebvre en un libro publicado en 1967: "En esta sociedad, en la que las cosas son más importantes que el hombre, hay un objeto rey, un objeto piloto: el automóvil. Nuestra sociedad, llamada industrial o técnica, tiene este símbolo, esta cosa dotada de prestigio y poder. (...) el coche es un instrumento incomparable y tal vez irremediable, en los países neo-capitalistas, de desculturización, de destrucción desde el interior del mundo civilizado". . (H. Lefebvre, Contra los tecnócratas, 1967, re-editado en 1971 bajo el título Vers le cybernanthrope, París, Denoel, p.14.).
[7] Luc Boltanski, Eve Chiapello Le nouvel esprit du capitalisme, París, Gallimard, 1999, pp. 244-245.
[8] Ibid. pp. 245-246, 86
[9] Ibid. pp.83-84.
[10] Ibid. pp.283-287
[11] Ibid , p. 290.
[12] Me refiero a las intervenciones orales de Perry Anderson durante los debates con motivo de un seminario sobre Mayo del 68 en Florencia, que ha dado lugar a la publicación de un número de la revista Thesis Eleven.
Michael Löwy
es un reconocido filósofo e historiador marxista del pensamiento contemporáneo.
Fuente:
https://blogs.mediapart.fr/michael-lowy/blog/160218/le-romantisme-revolutionnaire-de-mai-68
Traducción:
G. Buster

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La Francia de hoy se incomoda con su Mayo del 68

¿Cómo celebrar libremente un acontecimiento histórico en un tiempo que encarna su negación más radical? Ese interrogante se abre en momentos en que las retóricas reaccionarias han infiltrado los medios y las urnas.

La actualidad los ha cruzado en un encuentro que traduce muy bien las batallas ideológicas en curso. El mismo año en que la literatura fascista está de moda y adquiere en las librerías una legitimidad que ya había conquistado en las urnas hace mucho, se cumple medio siglo del levantamiento estudiantil de Mayo de 1968. Este hecho transformó la historia contemporánea de Francia y al mismo tiempo su impacto se expandió a través del mundo. Hoy, sin embargo, incluso en una sociedad como la francesa que no suele esconder su historia, reivindicar aquellas jornadas donde se proclamaba “sean realistas, pidan lo imposible”, “corre camarada, el viejo mundo está detrás de ti” o “la imaginación al poder”, resulta incómodo. Las retóricas reaccionarias ha infiltrado los medios y las urnas, el centro derecha liberal está de moda, ha logrado absolver al socialismo y a parte de la derecha moderada al tiempo que la izquierda más radical, descendiente de aquellas jornadas, no despega más allí de sus simpatizantes.


Cualquier mención o homenaje a alguna forma de revolución o revuelta es engorroso. En tiempos de consenso “ni de izquierda, ni de derecha”, la revolución es una especia demasiado cargada, tanto más cuanto que en mayo de 1968 convergieron en una causa común dos fuerzas: los estudiantes, que paralizaron las universidades, y los obreros, protagonistas de la huelga general más extensa que se había visto desde 1936. Mayo del 68 cambió el molde político y social de Francia, le costó luego la presidencia al General de Gaulle y liberó a Francia de las camisas de fuerza que ataban a la sociedad desde finales de la Segunda Guerra Mundial.


Entre muchos otros cuestionamientos, los estudiantes de Mayo del 68 pusieron en tela de juicio la sociedad de consumo. Visto desde hoy donde un montón de párvulos duermen en la calle para comprar antes que nadie el último modelo de un teléfono celular, esa consigna puede parecer una aberración. La derecha y el centro derecha consideran que ganaron la “batalla de las ideas”. Nicolas Sarkozy, cuando era candidato a las elecciones presidenciales de 2007, fue el primero en emprender la guerra “para liquidar de una buena vez por todas el legado de mayo del 68”. Lo acompañaron en esa empresa de desmantelamiento toda una serie de intelectuales, muchos de los cuales provenían de la izquierda, y a quienes se calificó como “los nuevos neoreaccionarios (Maurice G. Dantec, Michel Houellebecq, Pascal Bruckner, Alain Minc, Bernard Henri-Lévy, Luc Ferry, Alain Finkielkraut, Pierre-André Taguieff, Pierre Nora). Este grupo, en nombre del “descubrimiento de lo real”, cuestionó cada uno de los principios del mayo francés, desde la liberación de las costumbres, la ideología de los derechos humanos, la igualdad, la cultura de masa hasta las sociedades mestizas (hoy llamadas multiculturales). Tuvieron mucho éxito. En un libro de Daniel Lindenberg publicado en 2002 y reeditado hace dos años, Le Rappel à l’ordre. Enquête sur les nouveaux réactionnaires (Llamado de atención. Investigación sobre los nuevos reaccionarios), el autor constataba la virulenta vigencia de este desmontaje de los cimientos del mayo francés. Según el autor, en Francia y en las sociedades mundiales se ha plasmado una “revolución conservadora” con cinco pilares que “liberaron la palabra reaccionaria”: odio a la democracia, cuestionamiento al Mayo del 68, islamofobia, obsesión por la identidad y promoción de la idea de una guerra entre el Occidente y el Islam.


Lindenberg sostiene que en este contexto, “los nuevos reaccionarios ganaron la batalla de las ideas”. Esos discursos reaccionarios sedujeron tanto a los conservadores como a muchos progresistas que se sentían “huérfanos de las utopías del 68” (Lindenberg). La tarea de estos intelectuales y de los discursos políticos que circulan desde hace poco más de 15 años consiste en lo que Daniel Lindenberg llama “desconstruir a los desconstructores”, o sea, restarle legitimidad a quienes, en el 68, “buscaron desconstruir” la sociedad de esa época.


¿Cómo celebrar entonces libremente un acontecimiento histórico en untiempo que encarna su negación más radical ?. El mayo francés fue mixto:económico, los obreros, y cultural, los estudiantes. Este grupo irrumpió contra el imperialismo norteamericano, la guerra de Vietnam, sus condiciones de vida degradadas, la falta de universidades, el sistema selectivo, la rigidez del poder, la ausencia de libertades individuales y toda una serie de protestas contra el modelo socio cultural. Los obreros, a su vez, se levantaron contra el desempleo, los bajos salarios, el autoritarismo del patronato. El movimiento obrero lanzó dos huelgas gigantes en 1967 y 1968 mientras que los estudiantes iniciaron la ocupación de las universidades a partir de marzo del 68 (Universidad de Nanterre, de la Sorbona) Sus líderes eran Daniel Cohn Bendit (luego diputado ecologista europeo),Serge July, (futuro director del diario Libération) y Bernard Henri-Lévy (futura cabeza pensante de los nuevos reaccionarios). La cronología es extensa y va hasta finales de mayo. Esas semanas de revuelta diseñaron otra Francia, otro mito que hoy se está demoliendo. “La época es peligrosa”, escribe el autor de Le Rappel à l’ordre. Enquête sur les nouveaux réactionnaires. El politólogo Gaël Brustier agrega sin dudar que “la derecha ganó la batalla cultural de este principios de siglo XXI”.


La celebración es terreno minado. Al principio, el presidente francés, Emmanuel Macron (nació 9 años después del 68), tenía previsto participar en las conmemoraciones. El Palacio presidencial del Elíseo explicó que “sin dogmas ni prejuicios” la presidencia deseaba “reflexionar” sobre esos hechos porque “el 68 fue un tiempo de utopías y de desilusiones y a decir verdad ya no tenemos más utopías y hemos vivido demasiadas desilusiones”. La expectativa sobre la participación presidencial duró poco. Macron decidió al final no integrar las conmemoraciones. Demasiadas cosas en una misma fecha: Francia que se transformaba, la Primavera de Praga y su violenta represión, las manifestaciones en los Estados Unidos, la matanza de Tlatelolco en México, las manifestaciones de los estudiantes en toda Europa. El Mayo Francés está amordazado. La derecha (diario Le Figaro) lo llama “una comedia” y a la izquierda le falta voz y potencia para sacarle de las entrañas de la historia lo mucho que aún tiene que decir. Los neo reaccionarios han impuestos sus temas y convencido a las sociedades que la batalla no está en la justicia, la igualdad, la democracia, el derecho o las libertades sino contra el islam, el terrorismo y la inmigración. El Estado islámico, esa otra creación de la barbarie occidental, ha sido un precioso aliado circunstancial en esta confrontación de ideas entre los pujantes conservadores y una izquierda que, lentamente, ha ido perdiendo sus lugares de legitimidad. Ahora buscan con empeño robarle su historia.
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Se va la vida de quienes construyen el país

Diez trabajadores muertos, 4 desaparecidos, y 8 heridos es el saldo arrojado hasta el momento por el desplome de uno de los puentes-viaducto en construcción en la vía Bogotá–Villavicencio, en el extremo derecho del sector de Chirajara, en hechos ocurridos el 15 de enero de 2018. Al momento del desplome los trabajadores laboraban a una altura de 280 metros.

Una historia ya vivida y padecida, una historia de nunca acabar: el sacrificio de cientos, de miles de trabajadores, de obreros, que son los que realmente construyen el país. En Colombia, entre el año 2005 - 2016 los datos oficiales reconocen 7.458 muertes de origen laboral por accidentes de trabajo; lo que implica cerca de 600 trabajadores/as muesrtos por año, al mes 52 y al día 2. Cifras desgarradoras.

Por sectores productivos, la construcción es el sector que más roba vidas a los trabajadores, seguido de la minería y la agricultura.

¿Quién construyó Teba, la de las siete Puertas?*

Si la historia de la humanidad pudiera contar las vidas perdidas por levantar sus obras de ingeniería, como las pirámides de Egipto y México, la infraestructura de los ferrocarriles y metros, el canal de Panamá, los grandes túneles, los inmensos rascacielos, los extensos viaductos, sería una cifra totalmente vergonzosa que nos produciría enorme escalofrió.

Muertes que no dejan de suceder, como si fueran ocasionadas por factores naturales, muertes que los responsables de las obras ya tienen previstas, muertes que se deben dar porque el “desarrollo” así lo demanda.

¿Son inevitables estos accidentes mortales? Si tal desarrollo tiene la ingeniería para realizar megaobras tan admirables como este viaducto que va a comunicar de mejor manera la ruta Bogotá-Villavicencio, por qué no hay tal desarrollo también para evitar que se sucedan este tipo de desgracias, que tienen como causa desde el desplome de materiales y herramientas en la cabeza de los “rusos”, pasando por la caída de ellos mismos desde las alturas, hasta el colapso de las estructuras que están construyendo, como acaba de acontecer, o como el del viaducto entre Pereira y Dosquegradas que cejó la vida de 6 trabajadores, o como el del edificio que se desplomó el año pasado en Cartagena que se llevó la vida de 21 obreros, o como el desplome del edificio Space en Medellín que sacrificó la vida de 12 personas.

La sociedad no puede ser indolente ante este rosario de muertes de la gente que construye nuestro país. El Estado tiene la enorme responsabilidad para evitar y prevenir tales hechos a partir de desarrollar sólidos procesos de inspección, vigilancia y control. Así mismo, los empresarios constructores tienen la obligación de no permitir que se pierda una sola vida en el levantamiento de sus obras a cargo y no simplemente emitir pronunciamientos de condolencias a las familias de las víctimas.

El país requiere con urgencia una política de Estado que proteja la vida en su vínculo con el trabajo, en donde los actores protagónicos de esa protección sean los propios trabajadores/as, exigiendo condiciones de trabajo absolutamente seguras; en donde el Estado cumpla su labor de rectoría en el control de las condiciones de trabajo desde un enfoque de salud y seguridad en el trabajo; donde los empresarios cumplan el deber de impulsar sistemas de gestión que protejan la salud y la vida de sus trabajadores y donde las aseguradoras de riesgos laborales inviertan realmente en desarrollar estrategias de prevención de la accidentalidad.

Que no sigan muriendo quienes realmente construyen nuestro país, es totalmente evitable.

Por Mauricio Torres-Tovar, Médico-Cirujano, Salubrista Laboral, Profesor del Departamento de Salud Pública de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Colombia.


Desplome del puente Chirajara: la mancorna del poder financiero y el Gobierno colombiano

 

El 17 de noviembre de 2017, en la inauguración del puente Chirajara que une en el sector del mismo nombre la vía Bogotá-Villaviencio, el presidente Juan Manuel Santos, en compañía de su equipo de gobierno, celebró la entrega de la construcción diciendo “siempre he soñado que Colombia tenga unas autopistas, unos viaductos, unos túneles, unos puentes, similares a los que encuentra uno en los países desarrollados: Suiza, Alemania y Estados Unidos, y hoy hemos hecho realidad ese sueño, manejando por estos túneles, nada tienen que envidiarle a los túneles de los países más desarrollados”. Celebración antes de tiempo. En efecto, el 15 de enero de 2018, a dos meses de la entrega parcial de la construcción, el puente se desplomó dejando 10 personas muertas, 2 heridos y 3 desaparecidos.


Una vez anunciada la construcción, aún sin tener firmada la concesión, Coviandes contrató firmas extranjeras para los estudios y seguimientos “minuciosos” de las vías y túneles con modelos europeos –el nombre de dichas firmas es desconocido-. Cuando la concesión fue efectiva, Coviandes certificó seguridad y tecnología para estas construcciones, en ese entonces, Enrique Segura Echániz, subgerente de operación de túneles e integración vial de la firma, le expresó a la revista Dinero “esta carretera la vemos como un ser vivo que está en permanente cambio y crecimiento. Es por ello que se hace necesario combinar seguridad y tecnología para hacer más eficiente la operación”. (sic)


Dentro de las proyecciones y lo firmado con el Gobierno, el tramo Tablón–Chirajara consiste en 18 túneles y 46 puentes a cargo de la concesionaria, construcciones que proyectaron entregar en diciembre de 2017, pero el 17 de noviembre de ese año solo entregaron 15 puentes y 4 túneles, entre los cuales estaba el puente Guayabetal–Chirajara que con 5.6 kilómetros incluye 8 puentes y 5 túneles, integrando así el puente más largo hasta ahora construido en el país, según Juan Manuel Santos. Este trayecto costó un total de 540 mil millones de pesos. Desde la inauguración de diversos tramos de esta vía la empresa constructora no ha perdido ni un día para recoger los dineros acordados por la explotación económica (privatización) de la misma. Es así como en el 2016 con los peajes de Piripal: 81 mil millones, Naranjal: 60 mil millones y Boquerón: 76 mil millones.


A la fecha no hay pronunciamientos por parte del mandatario, pero se recuerda el agradecimiento dado en su discurso el 17 de noviembre, en la inauguración del puente, al empresario Luis Carlos Sarmiento Angulo, dueño del Grupo Aval al cual pertenece la concesionaria Conviandes.


El poder financiero, extendiendo sus téntaculos por todos los sectores económicos del país. Poder financiaero y político, de nuevo entrelazados como una mancorna. Concentración de riqueza y poder del cual quedan excluidos los trabajadores, a pesar de ser los que garantizan los avances que en distintas áreas logra el páis. Como siempre, los trabajadores son una cifra a la izquierda, a pesar de sumar a la derecha con sus vidas cercenadas.


* Preguntas de un obrero que lee

Autor: Bertolt Brecht


¿Quién construyó Tebas, la de las siete Puertas?
En los libros aparecen los nombres de los reyes.
¿Arrastraron los reyes los bloques de piedra?
Y Babilonia, destruida tantas veces,
¿quién la volvió siempre a construir? ¿En qué casas
de la dorada Lima vivían los constructores?
¿A dónde fueron los albañiles la noche en que fue ter-
minada la Muralla China? La gran Roma
está llena de arcos de triunfo. ¿Quién los erigió?
¿Sobre quiénes
triunfaron los Césares? ¿Es que Bizancio, la tan cantada,
sólo tenía palacios para sus habitantes? Hasta en la
legendaria Atlántida,
la noche en que el mar se la tragaba, los que se hundían,
gritaban llamando a sus esclavos.
El joven Alejandro conquistó la India.
¿Él solo?
César derrotó a los galos.
¿No llevaba siquiera cocinero?
Felipe de España lloró cuando su flota
Fue hundida. ¿No lloró nadie más?
Federico II venció en la Guerra de los Siete Años
¿Quién
venció además de él?
Cada página una victoria.
¿Quién cocinó el banquete de la victoria?
Cada diez años un gran hombre.
¿Quién pagó los gastos?
Tantas historias.
Tantas preguntas.

 

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