MÚSICA DESDE OTRAS COORDENADAS

Trump se da un baño de masas en su reaparición en Orlando

Conferencia del Partido Republicano

Su primer discurso muestra que domina el partido e insiste en el robo electoral

 

A lo largo del fin de semana, los términos “robo electoral”, “presidente ilegítimo” o “Trump ganó el 3 de noviembre” se han repetido entre los republicanos, ala trumpista, que se han reunido en la ciudad de Florida durante la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC).

En esta realidad alternativa, los participantes adoraron primero una estatua dorada de su líder y este domingo lo recibieron, en persona, con un fervor desbordado, como si fuera un mesías.

Trump hizo en la CPAC su primer discurso después de dejar la Casa Blanca el pasado 20 de enero. “¿Ya me echabais de menos?”, saludó al enfervorizado público. Y, pese a que jamás ha concedido su derrota, sus palabras fueron una confirmación tácita de que a él lo echaron del poder de EE.UU.

La venganza

Trump cita uno por uno a los republicanos que votaron a favor de su ‘impeachment’

Solo así se entiende que dijera que la Administración Biden se destaca por “el primer mes más desastroso de cualquier presidente”. En una hora y media de arenga, el expresidente centró su ataque en Biden, al que exigió reabrir las escuelas (cerradas en su mandato), lamentó la nueva “rendición” ante China y, entre otros argumentos, arremetió contra su sucesor por sus políticas de inmigración, que, según su visión, solo fomentan la llegada de más indocumentados y de delincuentes.

También acusó a Biden de “renunciar” a su lema de “Hacer América Grande de Nuevo” (MAGA, en inglés) en beneficio de oscuros intereses. Está fuera de la Casa Blanca, pero en su discurso siguió siendo el mismo. “He ganado dos veces”, dijo. “Ganamos”, coreó el público. “Sí, lo hicimos”, replicó él.

Erre que erre. Si no está en el poder , se debe a que políticos locales y los tribunales , incluido el Supremo (dominado por conservadores), no tuvieron “agallas” para revertir el resultado de las urnas por una fraude inexistente. “Es imposible que perdiéramos”, clamó, en lo que se convirtió en el verdadero núcleo de su oratoria: jamás un paso atrás.

Si otros ex presidentes optaron por darse un largo respiro y desaparecer, Trump necesita estar en el foco y más cuando carece de su gran megáfono de Twitter. Su aclamada irrupción demostró que es la gran figura dominante del GOP, del Grand Old Party, que ahora se escribe con T de Trump como indicó su hijo Don jr.

El expresidente apeló a la unidad, descartando veleidades de ruptura. “No vamos a crear ningún partido nuevo, es fake news , y no dividiremos nuestra fuerza”, recalcó. “Nos uniremos y seremos más fuertes que nunca”. Una vez más reiteró: “El increíble viaje que iniciamos está lejos de acabar”. Según Trump, “nos hemos reunido aquí esta tarde para hablar del futuro, del futuro de nuestro movimiento, de nuestro partido y de nuestro querido país”.

.Su objetivo más próximo, señaló, es que los republicanos recuperen el control de las dos cámaras del Congreso.

Dejó claro que ese futuro pasa, por supuesto, por su ordeno y mando. El expresidente se ha situado como el encargado de manejar la gestión. Juega ser el “presunto nominado” en el 2024, –“puedo decidir optar por tercera vez”, afirmó–, aunque hay asesores que le aconsejan pasar página.

Pero sabe de su poder y de su control de las bases. El senador Mitt Romney, que no estaba invitado a Orlando por ser enemigo declarado, ya ha asegurado que si Trump quiere ser candidato, lo será dada su popularidad.

Y Mitch McConnell, el jefe de la minoría republicana en el Senado, que arremetió contra el expresidente como responsable del asedio al Capitolio el 6 de enero, ha reconocido que si Trump es el nominado, le apoyará. No le convenció, porque en Orlando respondió con el despreció a McConnell.

Además de la estatua dorada, el culto a su persona se ha evidenciado en pegatinas de Trump, gorras de Trump o de MAGA, mascarillas de Trump o camisetas con lemas como “Trump 2024”.

Una visión particular

En su reaparición, el expresidente apeló a la unidad y negó crear un nuevo partido

Sin embargo, pese a esa apuesta por la unidad, en su discurso apuntó a los que se han pronunciado contra él por sus falsedades electorales o por el asalto al Capitolio, lo que llevó a algunos republicanos a votar a favor de su segundo impeachment .

Revisionismo –los hechos del 6-E no existen– y venganza. Citó a todos los legisladores del partido que votaron a favor de su segundo impeachment . Entre todos, un nombre resumió su ira, el de Liz Cheney, hija de un referente y número tres de los republicanos. El público la abucheó.

“El partido está unido”, reiteró el expresidente. “La única división es entre un puñado de políticos del establishment de Washington y el resto del país”.

La CPAC siempre ha ofrecido una visión de las placas tectónicas moviéndose bajo el suelo conservador. La reunión del 2021 ha sido la prueba de que el seísmo Trump controla el partido. Los aspirantes a presidente deberán esperar a sus designios o a que le imputen en los tribunales.

Por Francesc Peirón

Nueva York. Corresponsal

01/03/2021 01:20

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Sábado, 07 Julio 2018 07:43

¿Qué diría Marx?

¿Qué diría Marx?

Las luchas de los trabajadores por sus condiciones laborales en 2018 en la República Popular China.

El pasado 4 de mayo el Partido Comunista Chino celebró el segundo centenario del nacimiento de Karl Marx en el Gran Salón del Pueblo, edificio situado en la plaza de Tian’anmen donde celebran sus multitudinarios congresos cada cinco años. Esto constituye todo un honor, pues rara vez una figura extranjera ha recibido este tipo de elogios, y más aún cuando el presidente de la República y secretario general del Partido Comunista, Xi Jinping, se refirió a él en los siguientes términos: “maestro de la revolución para el proletariado y los trabajadores de todo el mundo, el principal fundador del marxismo, creador de partidos marxistas, pionero del comunismo internacional y el más grande pensador de los tiempos modernos” . Luego apostilló que solo el socialismo con características chinas puede triunfar en China.

Este acto es uno más dentro de la campaña desarrollada por el PCCh para la revitalización del marxismo como pensamiento oficial, progresivamente abandonado desde los sucesos de Tian’anmen en 1989. El retorno a la retórica y la simbología marxista aumentan la desconfianza de los medios de comunicación internacionales sobre Xi, siempre bajo la sospecha de querer emular a Mao Zedong avanzando hacia una deriva “izquierdista” del país. Pero basta con observar la realidad social para comprobar que hasta el momento estos cambios siguen siendo meramente estéticos.


Un día después del homenaje, el China Labour Bulletin (CLB), observatorio independiente de los derechos laborales en la República Popular China situado en Hong Kong, daba cobertura a una protesta en Wugang, provincia de Hunan, donde miles de profesores realizaron una manifestación nocturna por las calles de la ciudad pidiendo aumentos salariales, seguridad social y una retribución variable anual. Según la página web Weiquanwang, la manifestación se desarrolló bajo una fuerte vigilancia policial y acabó frente al edificio de la Oficina Gubernamental de la ciudad, y fueron interpelados megáfono en mano por el propio director de la oficina que pedía a los representantes de la protesta que se identificaran bajo el pretexto de entablar negociaciones.


MAPA DE CONFLICTOS


Estas protestas no son una anomalía. En mayo, el CLB registra en su mapa de conflictos 190 protestas en todo el país. Si bien las cifras no son tan espectaculares como en 2015, con más de 2.774 protestas en todo el año, la movilización activa de los trabajadores se ha convertido en una herramienta habitual como método de presión a la patronal. Los conflictos laborales se producen principalmente dentro de las empresas privadas (88% de los casos) y generalmente en los sectores de la manufactura, transportes y la construcción. “Recomendamos mirar nuestras estadísticas como la punta del iceberg —nos contestan desde el propio observatorio—; por ende, los porcentajes en cuanto a demandas, sectores afectados, son indicadores importantes para todos aquellos que quieran entender mejor la naturaleza de las disputas laborales en China”.


¿Quién protesta? Hay dos perfiles fácilmente identificables: el primero, antiguos trabajadores de las empresas estatales que sufrieron la privatización de sus sectores durante los años 90 —cuando China se preparaba para entrar en la Organización Mundial del Comercio—, y en segundo lugar los nong min gong, población considerada administrativamente rural pero que reside en las áreas metropolitanas de los grandes centros fabriles y que por tanto no puede disfrutar de los privilegios del hukou urbano. Mientras que la primera proviene mayoritariamente del sector industrial pesado situado en el norte del país, tiene una media de edad avanzada y reclama principalmente acceso a la seguridad social y pensiones dignas, la segunda se centra más en aumentos salariales, bonificaciones extra y son la mano de obra de las empresas situadas en la sureña provincia de Guandong. Es aquí donde se registra un mayor número de protestas al tratarse del foco industrial más importante. Otras provincias en el centro y en el norte como Shangdong, Jiangsu y Hebei también son el epicentro de numerosos y multitudinarios conflictos.


En ambos casos se trata de mano de obra cualificada que se ve sometida a duras condiciones laborales no exentas de habituales accidentes mortales. Uno de los ejemplos más graves es el de la minería: se estima que alrededor de seis millones de trabajadores en China contrajeron la neumoconiosis debido a su trabajo en las minas, la construcción y las factorías metalúrgicas, pero solo el 10% de estos casos fue relacionado con el trabajo por las estadísticas oficiales debido a la utilización de obstáculos burocráticos.


Otro ejemplo tristemente conocido por las pésimas condiciones es la compañía de Foxconn y sus diferentes factorías, donde las condiciones laborales y el trato humillante por parte de superiores y supervisores han llevado al suicidio a varios trabajadores, provocado por el estrés, largas jornadas de trabajo, trato humillante de la gerencia, promesas incumplidas en cuanto a mejoras de las condiciones o multas por errores laborales. Esta dramática realidad no puede ser reducida a mera anécdota: Foxconn es el mayor empleador privado en China continental, con 1,3 millones de personas en nómina.


“El grueso de las protestas —declara a una entrevista un portavoz del China Labour Bulletin— sigue siendo por impagos salariales, y muchas veces los trabajadores han esperado varios meses antes de tomar medidas colectivas, abrigando esperanzas de que el empleador sea capaz de saldar su deuda. Creemos que los problemas que aquejan a la clase trabajadora en China no han sido resueltos: incumplimiento de contratos laborales por parte de la patronal, impago de salarios, impago de contribuciones al seguro nacional por parte de la patronal, despidos ilegales, etc. En China, tras 10 años de implementación de la ley de contrato laboral, solo un 35% de trabajadores migratorios (el grueso de la fuerza laboral) tiene contratos con sus empleadores, un porcentaje decreciente, lo que muestra que los beneficios económicos del crecimiento no han sido compartidos de manera satisfactoria con los trabajadores”.


La estrategia es básica pero efectiva: autoorganización de los trabajadores paralelamente al sindicato oficial negociando bilateralmente con la patronal. Los métodos de presión empleados van desde la denuncia pública, las concentraciones, las sentadas y manifestaciones hasta, aunque en menor medida, las huelgas, el bloqueo de carreteras, la ocupación de las fábricas y la destrucción de maquinaria. La utilización de nuevas tecnologías, como la red social WeChat, ha sido una herramienta muy efectiva para este movimiento a la hora de realizar convocatorias, aunque el cada vez mayor control del Gobierno de las redes supondría un problema para el actual modelo organizativo.


La protesta se hace siempre es sobre una serie de reclamaciones concretas y rara vez hay un planteamiento sistémico que busque mayores culpables que el empleador, por lo que no parece que este movimiento pueda afectar al estado de las cosas en China más allá de un mejor reparto de beneficios entre su población. De hecho, muchas veces estas protestas se enuncian en un tono patriótico; por ejemplo, la de los profesores en Wugang, donde los manifestantes gritaban: “Amamos al país, amamos la educación y amamos a los estudiantes. ¿Y a nosotros, quién nos ama?”. Aunque no siempre el subterfugio del patriotismo funciona y en numerosos casos existe una represión directa por parte del Estado, como el pasado 26 de mayo, cuando tres representantes de los huelguistas en la fábrica de la Wolskwagen en Changchun, provincia de Jilin, fueron detenidos por “convocar una multitud para el disturbio social”.


La actitud del Estado hacia este movimiento es la de la precaución calculando el rédito político de cada una de sus acciones y no interviniendo hasta que no es necesario, tratando de no quedar como la mano ejecutora de la represión empresarial pero buscando siempre ofrecer confianza y perspectivas de estabilidad a la patronal.


PERSPECTIVAS


¿Cuáles son las perspectivas del movimiento? En un vistazo superficial no parecen esperanzadoras. Este año, la prensa económica publicó varios titulares que parecen querer hacer soplar vientos de calma para Beijing con respecto al problema de la desigualdad económica: caída del coeficiente de Gini, aumento del índice de desarrollo humano, caída del índice de pobreza extrema... Si aplicamos la máxima de “cuanto mejor, peor”, el aumento de las mejora de las condiciones de vida supondría el fin de un souffle. El triunfo del “modelo chino” ya es celebrado tanto por el Partido Comunista como prueba del éxito de sus políticas así como por lobbies defensores de la total desregulación del mercado.


Sin embargo siguen llegando datos preocupantes. Según la OCDE, China es el país con más trabajadores pobres del mundo, con el 25% de los mismos por debajo del umbral de la pobreza, y paralelamente el segundo país, según Forbes, con más multimillonarios del mundo, y esto supone un fuerte viento que extiende las llamas del conflicto. La cada vez mayor y mejor coordinación entre los huelguistas chinos avalan esta tesis. “Este fin de semana —declara el CLB— se registró una huelga de camioneros a nivel nacional, afectando directamente el suministro alimenticio. Estamos en proceso de verificar la envergadura de la acción panprovincial. Pero se trata de un fenómeno recurrente, recientemente se han registrado varios incidentes similares, que potencialmente involucran a decenas de miles de trabajadores”.

Resulta difícil saber qué diría Karl Marx a 200 años de su nacimiento —efigie admirada en el Gran Salón del Pueblo Chino por un día— si pudiera analizar todo esto. En cualquier caso, recordamos al lector una de sus frases que hacen suponer el mantenimiento y consolidación del movimiento de los trabajadores en la República Popular China: “No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia”. Es decir, en tanto que las desigualdades continúen, la lucha continuará.

PUBLICADO
2018-07-07 06:57:00

 

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Domingo, 01 Abril 2018 06:06

Cuba en una encrucijada

Cuba en una encrucijada

El 29 de marzo, Rebelión publicó una entrevista con Rafael Hernández, director de la revista cubana Temas, que tiene el prometedor título de "Por un socialismo sin miedo" y hace importantes observaciones.

Dentro de pocos días, Raúl Castro renunciará a la presidencia de la República y quedará a cargo del partido. Se plantea, pues, cuál será la relación entre el Estado y el partido, hasta ahora entrelazados, pero con el partido subordinado al aparato estatal capitalista. También habrá que optar entre las diversas líneas –apenas esbozadas, lo cual aumenta la confusión– sobre qué debe entenderse como construcción del socialismo en una pequeña isla con escasos recursos, aunque gran capacidad y calidad humanas, situada en duraderas condiciones de asedio, escasez y de capitalismo de Estado.

En efecto, estamos al borde de una guerra nuclear o de una catástrofe ecológica, y en los próximos años no parece probable una revolución y un régimen anticapitalista en ningún país industrializado y los adversarios del imperialismo estadunidense, salvo Venezuela, no son generosos amigos de Cuba, sino países capitalistas que, como China y Rusia, sólo responden a los intereses de sus respectivas oligarquías.

Hernández nos recuerda que, para la juventud cubana, que creció en los recientes 40 años en la crisis económica, la escasez y la falta de perspectivas, la frase del Che Guevara sobre "los rezagos del pasado" no evoca el capitalismo, sino el "Periodo especial", de fuerte autoritarismo y burocratización. Hace notar también que Fidel Castro tenía razón cuando decía que "nadie sabe cómo se construye el socialismo" porque, fuera de la referencia de Carlos Marx a la Comuna de París (y, agrego, de las indicaciones de León Trotsky en 1936 en La Revolución Traicionada), eso no se encuentra en los libros, sino que tiene que ser resuelto por los pueblos por la vía de experimentación-error-corrección en su lucha por la liberación nacional y social y, además, según las condiciones en cada país, podría tener una respuesta distinta.

También hace notar que en Cuba hubo estalinistas, pero no estalinismo, como en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), Europa Oriental o China. No sólo por las diferencias de Fidel Castro con los estalinistas cubanos ni por la historia de su movimiento obrero en la que anarquismo y trotskismo tuvieron un papel destacado, sino también por las características mismas del pueblo (los mambises independentistas y José Martí, la insurrección contra Gerardo Machado, Antonio Guiteras, la lucha contra Fulgencio Batista que unió católicos sociales, militares democráticos, estudiantes radicales, comunistas de izquierda, anarquistas y trotskistas) y, por último, porque la revolución se hizo a pesar y en contra del Kremlin y del Partido Socialista Popular (Nikita Jruschov creía incluso que Fidel Castro era agente de la CIA).

Por eso la solidaridad masiva está arraigada en los cubanos, el gobierno tiene amplio consenso en la defensa de la independencia nacional, no cesan las críticas a su política económica ni a la burocratización y los privilegios; además hay un ala socialista en sectores de la intelectualidad y en el mismo Partido Comunista cubano. Por eso también en Cuba no se llegó a una dinastía, como en Corea del Norte, a un déspota vitalicio, como en China, o a un zar con Iglesia ortodoxa y todo como Vladimir Putin y, en cambio, hay progresos importantes en la lucha por la igualdad de género, por las libertades sexuales y por la defensa del ambiente.

La juventud cubana es culta y critica el burocratismo, la falta de confianza en la capacidad de comprensión de los trabajadores y el pueblo en general, así como en la falta de participación de éstos en la definición de las necesidades y de las prioridades, que el partido-Estado sólo les presenta ya determinadas para su aprobación.

El socialismo es autogestión social generalizada, democracia, libre discusión y capacidad de decisión, crecimiento político de los trabajadores guiados por la defensa del interés comunitario, colectivo e impulsado por la tendencia al igualitarismo y por la solidaridad. Es un objetivo, una movilizadora utopía posible que no se puede alcanzar en un solo país, pero hacia la cual es posible avanzar apoyándose en lo adquirido a pesar de todos los errores. Cuba necesita por eso hacer un urgente balance de lo que fue el estalinismo y la URSS, y de la discusión en los años 20 y 30 en el seno del Partido bolchevique.

Cuba exporta conocimiento –médicos y educadores– a costa de su propio desarrollo y paga con médicos el petróleo venezolano. Pero esa exportación depende de la situación política en los países receptores porque un golpe, como el de Brasil o el que el imperialismo promueve en Venezuela, podría anularla en cualquier momento y hacer peligrar la vida misma de los internacionalistas cubanos. Para no depender de factores inestables, como la ayuda médica o el turismo, el país necesita dinamizar su economía que está trabada por el bloqueo y la amenaza de agresión imperialista, pero también por la pequeñez del mercado (que facilita la planificación, pero no permite economías de escala y encarece la producción). Necesita urgentemente elevar los salarios y establecer una escala racional que retribuya el valor de la fuerza de trabajo (hoy son privilegiados quienes reciben dólares o viven legal o ilegalmente del turismo). Esa escala debe ser discutida y fijada por los trabajadores y sindicatos independizados del partido y del Estado. La Unión Soviética se hundió por la planificación burocrática, el autoritarismo, los privilegios y la ceguera de dirigentes que vivían como capitalistas y aspiraban a serlo. Pero también por la baja productividad, ya que los trabajadores decían "fingen que nos pagan y fingimos que trabajamos".

Cuba también necesita urgentemente más salarios indirectos y, sobre todo, un urgente plan de vivienda trazado y decidido barrio por barrio en asamblea por los habitantes, pues éste daría trabajo e impulsaría la economía mejorando el territorio.

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Sábado, 11 Noviembre 2017 07:23

Aquellos diez días

Aquellos diez días

La revolución rusa fue la primera que derrotó a las clases dominantes y consiguió consolidarse en el poder, mostrando al mundo entero que los pobres (obreros y campesinos) podían vencer a los poderosos del mundo. Sin embargo, el segundo paso, la construcción de un mundo mejor al capitalista, mostró muchas más dificultades que las imaginadas por los dirigentes de la revolución de octubre.

 

“Fue el acontecimiento más importante del siglo XX”, escribió el historiador británico Edward Hallett Carr, autor de la monumental Historia de la Rusia soviética, 14 tomos de la más detallada reconstrucción de la cruzada revolucionaria. “La revolución fue hija de la guerra”, concluye su compatriota Eric Hobsbawm en su ambiciosa Historia del siglo XX.


Ciertamente, la revolución de 1917 cambió la historia, con tal profundidad que sus efectos se pueden rastrear hasta nuestros días, casi tres décadas después del colapso de la Unión Soviética. Anunció una nueva era en las relaciones entre las clases sociales, hundió al imperio más extenso de la época, asustó a las clases dominantes –que en pocos años pusieron en pie un Estado del bienestar que se mostró como el cortafuegos más eficaz ante el incendio revolucionario– y dio alas a las revueltas anticoloniales en el Tercer Mundo.


Pero el hecho de que las revoluciones fueran paridas por guerras se convirtió con el tiempo en un problema mayor, ya que tuvieron como resultado un poder jerárquico cuya cima estaba integrada por varones de clase media, en general blancos e ilustrados. Una estructura adecuada para derrotar a las clases dominantes, pero que obstaculizó la creación de mundos nuevos.


Si hubiera que poner la fecha inicial de la revolución rusa, habría que mentar el 23 de febrero de 1917 (en el calendario juliano, retrasado 13 días con respecto al gregoriano, vigente en el resto del mundo), cuando se celebraba el Día Internacional de la Mujer. Las obreras textiles de Petrogrado decidieron ir a la huelga y enviaron delegadas a las metalúrgicas para que se sumaran al movimiento. Fue el comienzo de la revolución de febrero, que hundió, en apenas cuatro días, la autocracia zarista.


Luego de tres años de guerra y de la inminente derrota de Rusia a manos de Alemania, la población de las ciudades pasaba hambre mientras en las trincheras morían por millares. El 23 de febrero unos 90 mil obreros y obreras de la capital imperial se declaraban en huelga. “Manifestaciones de mujeres en que figuraban solamente obreras se dirigían en masa a la Duma municipal pidiendo pan”, desliza la pluma inquieta de León Trotski en su Historia de la revolución rusa.


El movimiento, describe, “empezó desde abajo, venciendo la resistencia de las propias organizaciones revolucionarias”. En pocas horas, al desesperado grito de “¡Pan!” se suman otros más audaces: “¡Abajo la autocracia!” y “¡Abajo la guerra!”. La principal avenida de Petrogrado, la perspectiva Nevski, contempla un desfile continuo de hambrientos. “Son masas compactas de obreros cantando himnos revolucionarios”, explica Trotski.


FRUTA MADURA.


En los tres días siguientes las multitudes rodean a los soldados y a la policía. Los cosacos son los primeros en levantar sus armas para no disparar contra las masas. La guarnición del zar contaba con 150 mil soldados. Descargan sobre los obreros, pero éstos responden y se entablan tiroteos. La población no tiene miedo, quizá porque una parte había visto morir a sus parientes más cercanos en las trincheras o porque el hambre era insoportable.


El 26 es una jornada decisiva. Los obreros se concentran en los suburbios para marchar hacia el centro, pero los soldados cortan los puentes. Atraviesan a pie el Neva helado, desafiando los disparos de las huestes zaristas. Pese a contabilizar más de 40 muertos, no se repliegan. Ese día comienzan a amotinarse las tropas. “No estamos ante una sublevación de soldados provocada por el rancho, sino ante un acto de alta iniciativa revolucionaria”, analiza el dirigente bolchevique.


La guarnición del zar “se iba fundiendo, derritiéndose” ante el avance arrollador de las multitudes. El 27 abdica el zar Nicolás II y se forma un gobierno provisional basado en una alianza entre liberales y socialistas. Los bolcheviques se sitúan desde el primer día en la oposición. El partido de Lenin era, relativamente, pequeño. Contaba con 24 mil miembros, pero fue creciendo de forma exponencial hasta octubre, a medida que el frente militar se desmoronaba y la impaciencia por la paz, el pan y la tierra segaba las bases sociales del nuevo y precario régimen.


Lo que siguió es bien conocido. Bajo la batuta de Lenin los bolcheviques toman el Palacio de Invierno el 25 de octubre (7 de noviembre) y le “ofrecen” el poder a los sóviets (consejos) de diputados obreros, campesinos y soldados. Fue una jornada memorable relatada minuciosamente por John Reed en Diez días que estremecieron el mundo, donde describe la actitud de los obreros como una “tempestad de indignación popular”, protagonizada por hombres endurecidos por la guerra y el hambre que, sin embargo, al concluir su hazaña “lloraban y se abrazaban unos a otros”.


Según Hobsbawm, “no fue necesario tomar el poder, sino simplemente ocuparlo”, porque cayó como fruta madura en manos del único partido que contaba con objetivos y una dirección decidida. Carr, por su parte, retrata a la inteliguentsia bolchevique como “un grupo sin equivalente en ningún otro lugar”, lo que explica en buena medida la capacidad del grupo dirigente para tomarle el pulso a la situación y trazar líneas de acción. Lenin era, fuera de dudas, el más capaz, pero en un equipo descollante en el que brillaban desde Trotski y Lunacharski hasta los artistas Vasili Kandinski y Serguéi Eisenstein, quienes apoyaron con fervor el poder soviético.


El desafío mayor para el nuevo gobierno comenzó meses después, cuando los generales zaristas emprenden una guerra contra el poder soviético (que sólo se había consolidado en un puñado de grandes ciudades, como Petrogrado y Moscú). Hasta 14 países intervinieron en la guerra civil para derrocar al gobierno de los sóviets, entre ellos Estados Unidos, Reino Unido, Japón y Francia, consolidando un “Ejército Blanco” que estuvo cerca de derrotar a la revolución.


La guerra finalizó formalmente en 1923, pero dos años antes la victoria bolchevique estaba consumada. Los costos fueron terribles. Hasta 5 millones de muertos, en combate, por hambre o represión. Para Hobsbawm hay tres razones que explican la supervivencia de la revolución: un Partido Comunista, centralizado y disciplinado, que ya contaba con 600 mil miembros; la decisión de mantener a Rusia unida, lo que le permitió contar con el apoyo de la oficialidad zarista para crear el Ejército Rojo; y haber permitido a los campesinos ocupar la tierra, lo que Lenin definió como una reforma agraria desde abajo.


LA RECONSTRUCCIÓN.

Los pasos que dio la revolución para sobrevivir la condujeron hacia un lugar impensado, de modo que “cuando la nueva república soviética emergió de su agonía, se descubrió que conducían en una dirección muy distinta de la que había previsto Lenin en la estación de Finlandia”, en abril de 1917 al llegar del exilio, sostiene Hobsbawm.


La reconstrucción del Estado fue casi idéntica a la reconstrucción del ejército, aunque se lo denominara Rojo. Como señala Charles Bettelheim en Las luchas de clases en la Urss, no se creó un ejército “caracterizado por nuevas relaciones ideológicas y políticas”, sino que se reclutó en masa a los llamados “especialistas militares”, que eran oficiales zaristas que se sumaron, por propia voluntad o a la fuerza, a la tarea de defender la integridad territorial de su amada Rusia.


La idea de la “neutralidad de la técnica” (que defendía también Lenin) llevó a los bolcheviques, y a Trotski en particular como comandante del ejército, a colocar en el lugar de mando a los oficiales que provenían del ejército zarista. Aunque estuvieran controlados por comisarios políticos, encabezaban una institución vertical y autoritaria en la cual los soldados no podían controlar a los oficiales, como sí sucedió en el ejército rojo chino, que era un verdadero ejército popular.


Esos oficiales lucían “signos exteriores de respeto” y gozaban de condiciones de vida, desde la vivienda hasta la comida, que los colocaban por encima de los militares sin graduación. En realidad jugaron el mismo papel, jerárquico y de control, que los cuadros superiores y dirigentes del Partido Comunista, y los servicios de seguridad (la Checa primero y la Gpu después) respecto del conjunto de la sociedad rusa.


El viraje autoritario se profundiza hacia el final de la guerra civil, cuando reaparece el hambre provocada por la resistencia del campesinado a entregar sus cosechas al Estado, y se produce la rebelión de los marinos en Kronstadt, en marzo de 1921, quienes instalaron una comuna revolucionaria que fue aplastada en sangre por el Ejército Rojo con un costo de miles de muertos.


El décimo Congreso del Partido Comunista –también en marzo de 1921– consumó el viraje que colocó al partido en el lugar que debía ocupar la clase, consolidó un aparato central, desplazó a una parte de la vieja guardia y promovió la primera purga sistemática, con el visto bueno de Lenin. Como señala Carr, “la concentración del poder en el seno del partido se emparejaba con un proceso similar en los organismos del Estado”. Fue el comienzo de un proceso que llevó al predominio de Stalin con métodos de terrorismo de Estado o, mejor, de partido-Estado.


UN LEGADO PROBLEMÁTICO.


Con los años aparecieron tres explicaciones para dar cuenta de los caminos seguidos por la Urss, que se convirtieron en las tres principales tendencias del movimiento comunista internacional: la que defendió el “modelo ruso” como el verdadero socialismo; la corriente trotskista que señalaba que la Unión Soviética se había convertido en un “Estado obrero burocratizado”; y la que se inspiró en los análisis de Mao Zedong, que afirmaba que se había formado una “burguesía de Estado” a la sombra del poder soviético.


Lo cierto es que la Urss fue una experiencia exitosa para la modernización y la industrialización del país. Si no lo hubiera hecho a marchas forzadas, seguramente habría sido doblegada por la invasión nazi a partir de junio de 1941. La revolución de octubre pudo vencer a las fuerzas internas y externas de la reacción, poner en pie una poderosa nación, mejorar la calidad de vida, construir un Estado eficiente para el control de la población y asegurar la defensa del país.


Pero en modo alguno representó un avance hacia una sociedad más libre e igualitaria, y el entramado del poder soviético se reveló como un poderoso obstáculo para la emancipación social. Peor aun: cinceló un concepto de socialismo consistente en la concentración de los medios de producción en manos de un Estado controlado por el partido, que sigue siendo el modelo por el cual se guían buena parte de las izquierdas del mundo, como puede comprobarse estos días en América Latina.


Es una pesada herencia, pegajosa, difícil de trascender, toda vez que se han instalado como sentido común las ideas de que la propiedad estatal es superior (a la privada, cooperativa o comunal), que mercado y Estado son opuestos, que la sociedad deseable debe ser planificada desde instancias como los partidos, entre las más destacadas.


En sentido estricto, las izquierdas no han roto con el estalinismo, aunque denuncien sus “errores”, fórmula que encubre los crímenes en masa. En dos aspectos resulta esto evidente: el escaso interés por las libertades en el seno de las organizaciones, y la ambición de construir un socialismo estatista como horizonte de la sociedad deseable. La tensión antiestatal que anidaba en los socialistas del siglo XIX (sobre todo en Marx) y en el Lenin de El Estado y la revolución se disolvió en las mezquinas prácticas del ejercicio del poder.


Cuando en la década de 1980 sobrevino la desorganización de la economía, en gran medida porque la sociedad había dejado de colaborar con el régimen, el poder soviético sufrió una severa implosión. Con el tiempo se hizo evidente que se trataba de un sistema que se empeñó en aplastar la soberanía popular e intentó, a través de un vasto aparato de control, “ahogar la autonomía de la sociedad”, como destaca el comunista disidente Eugenio del Río (Rebelión, 21-X-2017).


A escala global, una de las peores consecuencias es que el Estado soviético generó una ristra de clones políticos que empeñaron los mejores esfuerzos de los trabajadores en imitar al “partido guía” con sede en Moscú, sacrificando la independencia de clase en el altar de la lucha por el poder.


La herencia que nos dejó a los latinoamericanos la política estalinista puede palparse en una cultura política contumaz que busca, una y otra vez, referencias en caudillos y en partidos cuya mayor autoridad es que detentan –o aspiran a detentar– el poder estatal, convertido en un fin en sí mismo y no ya en un medio más para transformar el mundo.

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