Asumió Luis Arce y Bolivia deja atrás una página oscura

Esperamos ser recordados como el gobierno en el que el pueblo boliviano se levantó para recuperar la democracia, la dignidad, la paz, el crecimiento, y la justicia social” dijo el economista en su discurso de investidura como presidente. 

 

 “Esperamos ser recordados como el gobierno en el que el pueblo boliviano se levantó para recuperar la democracia, la dignidad, la paz, el crecimiento, y la justicia social” afirmó Luis Arce en su discurso presidencial, desde el recinto de la Asamblea Legislativa. A su lado estaba el vicepresidente, David Choquehuanca, los presidentes de las cámaras de senadores y diputados, Andrónico Rodríguez y Freddy Mamani respectivamente.

A esa hora el centro de La Paz era una celebración en la cual movimientos sociales, indígenas, mineros, sindicales, militantes del Movimiento Al Socialismo (MAS), venidos de diferentes partes del país rodeaban la Plaza Murillo. El festejo había comenzado la noche anterior, en la vigilia de las organizaciones realizada en cercanía de dónde tendría lugar el acto.

La presencia temprana de los movimientos se debió a la permanencia de las amenazas de un sector de la derecha hasta las últimas horas. La noche del sábado tuvo lugar en La Paz una nueva concentración y marcha bajo la consigna de pedido de auditoría y suspensión de toma de posesión. Si bien a esa hora resultaba claro que la transmisión de mando tendría lugar y que las fuerzas sociales de la derecha estaban mayoritariamente agotadas, las alertas ante posibles acontecimientos imprevistos se mantuvieron hasta último momento.

El escenario político fue uno de los puntos centrales del discurso del nuevo presidente. Se refirió a lo sucedido a partir del golpe de Estado como “una guerra interna y sistemática contra el pueblo, especialmente contra los más humildes (…) se sembró muerte, miedo y discriminación, recrudeció el racismo (…) la persecución contra dirigentes del MAS y de los movimientos sociales, hubo muertos, heridos, encarcelados, perseguidos, asilados y exiliados”.

La mención a las masacres de Sacaba y Senkata, ocurridas a pocos días del golpe en noviembre del año pasado, fue permanente y se realizó un minuto de silencio por quienes fueron asesinados. El nuevo presidente se refirió a las mismas como “símbolo de dignidad y resistencia”, homenajeó “a los caídos, a los héroes del pueblo que han recuperado la democracia”.

En la toma de posesión estuvieron presentes varias representaciones internacionales, como la del gobierno de Argentina, Paraguay, Colombia, España, Venezuela, Uruguay, Venezuela, Irán, Chile, Emiratos Árabes, así como delegaciones de partidos políticos de diferentes países, así como parlamentarios y movimientos bolivianos.

Quien no estuvo presente, como se preveía, fue Jeanine Añez, que había anunciado días antes su partida a la ciudad de Trinidad, en el departamento de Beni, desmintiendo una posible fuga del país. Quien sí estuvo por parte de la oposición fue el dirigente Carlos Mesa, segundo lugar en las elecciones de octubre, quien reconoció la victoria de Arce desde el inicio. Sin embargo, tanto él como su grupo parlamentario, abandonaron el recinto antes de los discursos.

“Debemos superar la división, el odio, el racismo y la discriminación entre compatriotas, ya no más persecución a la libertad de expresión, y ya no judicialización de la política, ya no más abuso de poder (…) ya no más impunidad, justicia hermanos, pero la justicia tiene que ser verdaderamente independiente”, afirmó Choquehuanca, en un mensaje de diálogo, unidad presente en ambos discursos.

El nuevo gobierno asume en un contexto de inestabilidad. Si, por un lado, quienes integraban el gobierno de facto están en retirada y posible escape del país para no tener que rendir cuentas, y por el otro Carlos Mesa busca conformarse como principal opositor, existe un sector, conducido en parte por Luis Fernando Camacho, tercero en las elecciones, quien encarna el ala más radical de la derecha. Ese mismo sector no reconoce la validez de los resultados ni la toma de posesión. ¿Qué harán a partir de ahora? Es una de las principales preguntas.

“Estos sectores minoritarios levantan la bandera de la democracia solo cuando les conviene, y cuando no recurren a la desestabilización, a la violencia, a golpes de Estado para hacerse del poder”, afirmó Arce, quien hizo referencia a la utilización que esos sectores hicieron de “grupos paramilitares”, que realizaron acciones hasta el día viernes, en Cochabamba o Santa Cruz.

El gobierno se enfrenta a una triple crisis, mencionada por Arce: democrática, producto de lo vivido con el golpe y el gobierno de facto; sanitaria por la pandemia, y económica. La gestión de Añez dejó números en rojo, con una caída del 11,1% del PIB, un déficit fiscal de 12,1%, un déficit de 8,7% del Tesoro Federal, y una deuda de 4 mil 200 millones de dólares contraída en los once meses pasados. “Día que pasa sin tomar acción día que se complica la situación”, afirmó el mandatario.

La expectativa social con el nuevo gobierno es grande. Tanto por parte de quienes se movilizaron hasta la Plaza Murillo, como las 36 nacionalidades indígenas, la organización de los Ponchos Rojos que fue parte de la seguridad presidencial, o la Central Obrera Boliviana, sino por amplias capas de la población que en menos de un año enfrentaron los impactos de una recesión, la pandemia, y un gobierno de facto que amenazó, persiguió y no dio respuesta a ninguna de sus promesas.

El nuevo mandatario se refirió a la cuestión internacional y afirmó, como ya había anticipado, que centrará esfuerzos en construir la “unidad política de la diversidad de América Latina y el Caribe” a través de la Celac, y mediante la Unasur en el terreno sudamericano, “como espacio de integración y mecanismo de concertación de políticas, donde nos encontremos todos independientemente de las orientaciones políticas de los gobiernos”. El nuevo gobierno boliviano aparece como un posible factor que permita acercar y trabajar junto a diferentes partes del progresismo latinoamericano.

La toma de posesión abre un nuevo momento dentro del proceso de cambio boliviano: “nos comprometemos a rectificar lo que estuvo mal y profundizar lo que estuvo bien”, afirmó Arce. Dentro de esta nueva etapa aparecen desafíos del orden interno, como pedidos de movimientos de que exista un recambio de cargos de dirección, como las amenazas de las fuerzas desestabilizadoras que ya anticiparon que no regresarán -o así parece- a las vías democráticas.

El domingo fue una fiesta en La Paz, ya Evo Morales se encuentra cerca del país, Bolivia deja atrás una de las páginas más oscuras de su historia reciente con una victoria democrática y un nuevo gobierno popular. 


Opinión

El desafío para Arce: aislar a los ultras envalentonados

Por Oscar Guisoni

No hay antecedente en la historia reciente de Bolivia de un presidente que asuma el mando luego de haber obtenido un apabullante triunfo en las urnas sin que ese espaldarazo le sirva demasiado para ordenar el caos que deja tras de sí el desastroso y breve gobierno de facto encabezado por Jeanine Añez. “Súper Luchito”, como le dicen sus allegados a Luis Arce, no la tiene fácil.

Entre los múltiples frentes que se encuentra abiertos, hay algunos que producen gran inquietud entre los dirigentes del MAS y el nuevo presidente boliviano. El más complejo es la cerrada resistencia, por parte de los grupos ultraderechistas que giran en torno al Comité Cívico de Santa Cruz de la Sierra y al golpista Luis Camacho, que  recibieron su asunción con bloqueos y movilizaciones y que se niegan a reconocer el resultado electoral, denunciando un supuesto fraude al más puro estilo Trump: sin prueba alguna.

La relación del MAS con el Oriente, la zona más rica del país, ha sido conflictiva durante los 14 años de gobierno de Evo Morales. La llamada “Media Luna” protagonizó una intentona golpista que fue frenada por la Unasur en 2008 y fue central en el derrocamiento del líder indígena en 2019. La asunción de Arce encuentra a estos sectores envalentonados y movilizados. Aislarlos, estableciendo un cordón democrático con acuerdos de gobierno con los sectores opositores más moderados, será su primer desafío. El rol que juegue la embajada norteamericana, que en golpe contra Evo movió fuerte sus fichas, será importante. El cambio de gobierno en Washington no cambiará demasiado las estrategias de fondo aunque sí las formas de la nueva hostilidad.

El otro frente complejo es el militar. Las Fuerzas Armadas jugaron un rol definitivo en el golpe contra Evo cuando decidieron “sugerir” la renuncia del presidente, en medio de las movilizaciones de protestas de los policías y las clases medias urbanas que precedieron al golpe. Evo había logrado subordinar a los militares sin inconvenientes cuando asumió en 2005, pero esa relación se fue desgastando hasta llegar a un punto de no retorno en 2019. Arce tiene que despejar la bomba de tiempo pasando a retiro a los altos mandos más comprometidos con el gobierno de Añez, al mismo tiempo que se inician en los tribunales del país las demandas para que los responsables de las masacres ordenadas por la presidenta de facto paguen por sus delitos.

Otro escenario conflictivo lo espera en el frente económico. Marxista y keynesiano, el exministro de Economía de Evo tiene que volver a mostrar sus dotes como economista en un contexto que no es tan favorable como el que se encontró en 2005. Los precios de las materias primas que Bolivia exportan ya no son lo que eran y las reservas de gas, que fueron fundamentales para impulsar el desarrollo y la distribución de la riqueza durante el gobierno de Evo, están dando muestras de agotamiento.

Por si esto fuera poco, la pandemia tuvo también su correlato en la profundización de la recesión económica. La gestión de Añez en este terreno fue desastrosa. La compra de respiradores estuvo salpicada de denuncias de corrupción y el país no contaba con recursos ni infraestructura adecuada para enfrentar la emergencia sanitaria. Se sospecha que ni siquiera se han podido registrar todos los casos de contagios y hasta hay quien ha denunciado que el gobierno de Añez modificó a su gusto las cifras de fallecidos, intentando disimular el desmadre. Con la pandemia todavía en acción, el nuevo presidente deberá poner orden en un sistema sanitario desquiciado mientras que la oposición tratará de politizar el tema negándose a cumplir con las medidas de prevención y aislamiento.

Por último, “Super Luchito” deberá lidiar con un problema que tiene nombre y apellido: su predecesor, Evo Morales, quien no parece muy dispuesto a ceder protagonismo, por más que en sus declaraciones recientes ha tratado de demostrar que no está entre sus intenciones entorpecer el trabajo de su sucesor. Evo tiene un enorme peso político, equiparable al que ostenta en Argentina Cristina Kirchner. Sólo que, a diferencia de la actual vicepresidenta, es poco amigo del silencio y menos aún de delegar poder. La elección de Arce y Choquehuanca como fórmula ganadora fue una jugada magistral del expresidente que le permitió reconquistar el voto de las clases medias bajas y de otros sectores que el MAS había perdido en los últimos años, pero Evo ha sido criticado por los movimientos sociales que lo llevaron al poder por su empecinamiento en seguir en el cargo luego de haber perdido el referéndum que habilitaba su reelección. Entre los opositores su figura despierta odios enconados. Si prima su astucia política, debería pasar a un discreto segundo plano para poder respaldar a su delfín cuando éste lo necesite, sin debilitarlo en el camino.

En las fronteras, el Brasil radicalizado de Jair Bolsonaro aparece como el último fantasma con el que el nuevo presidente deberá lidiar. Lula jugó fuerte para frenar los intentos separatistas del Oriente en 2008, Bolsonaro movió ficha para precipitar la caída de Evo en 2019. En una región convulsionada por la crisis económica que generó la pandemia y hostigada por el auge de los movimientos de extrema derecha que se han hecho fuerte en todo Occidente, “Super Luchito” deberá demostrar que, además de buen economista, también es buen capitán de tormentas subiéndose a un barco en plena tempestad y con pocos salvavidas disponibles. 

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La otra cara de la posesión: Con timidez no se enfrenta la dispersión

El martes 7 de agosto presenciamos un acontecimiento con dos cabezas. Por un lado, fue el día en el que se formalizó y posesionó el recién elegido presidente de la República, Iván Duque Márquez, y en otra dirección, fue el día en el que cerca de 8 mil personas se concentraron en la Plaza de la Hoja en la ciudad de Bogotá, y que aproximadamente tuvo una resonancia en 150 ciudades y municipios dentro y fuera del país. De nuevo las gentes decentes se encontraron en plaza pública, para formalizar y posesionar la dignidad, la vida y la democracia como horizontes deseables y disputables para el país.


En la Casa de Nariño: la aristocracia de todos los colores. Allí se dieron cita cómplice los personajes más cuestionados de la vida política del país. Celebraron, en medio de estrictos protocolos, la oportunidad de direccionar la trayectoria de Colombia, anunciando reformas sustanciales que buscan frenar y reorientar los desenlaces y las aperturas provocadas por el Proceso de Paz, liderado y llevado a buen puerto por el gobierno saliente de Juan Manuel Santos, la dirección de la antigua fuerza guerrillera Farc (hoy partido político) y el acompañamiento de la comunidad internacional. De igual manera, se pudo observar la felicidad de quienes habían abandonado la Casa de Nariño años atrás y que ahora retornan a sus aposentos –sumada la mayoría en el congreso– con dos discursos, uno conciliador y otro incendiario para continuar con su proyecto de país.


En la Plaza de la Hoja: muchos de los colores del país plebeyo, de las gentes “hijas de la tierra”. Allí se dieron cita las fuerzas sociales y políticas que pujan por una ampliación de derechos como justicia, autonomía, paz, salud, educación, trabajo digno, democracia y participación. Las gentes laboriosas, las gentes a quienes les duele el país, y que salieron a las calles una vez más, como acto de valentía, a hablar de las Colombias necesarias y posibles en la plaza pública, sin miedo a no ser escuchadas, sin miedo a ser marginadas, sin temor a la incorrección.


Ya se vienen oyendo, seguramente desde las últimas contiendas parlamentarias y luego presidenciales, los murmullos primero, los pasos después, de la posibilidad real de rediseñar, o mejor, de reinventar nuestro país. Ya se vienen escuchando las voces y arengas de quienes se descubrieron muchos, suficientes para hacer retroceder el miedo y la frustración. Desde hace ya varios meses, las calles, las plazas y los lugares públicos de tránsito y de encuentro cotidiano son los lugares apropiados para entonar verdades de indignación frente a los abusos de los poderosos, así como para alzar certezas de cambio que ponen de nuevo a las gentes del común en el lugar siempre colectivo de vanguardia y de dirección de país.


Las plazas y las calles: ¿dónde está la sorpresa?


Lo sorpresivo del asunto, lo que hace de un hecho natural de reunión y de concentración social y política un acontecimiento de especial mención y de carácter excepcional, no es, por supuesto, el hecho mismo de la concentración, sino el desafío que significa que las voluntades de las fuerzas de cambio y progresión salgan de los lugares privados y seguros, fuera de la intimidación y del encierro que puede provocar un contexto de persecución y aniquilamiento social y político regional, bajo la estela de un silencio cómplice, de pretextos sin fundamento del gobierno nacional (saliente y entrante) y de sus instituciones.


Salir a las calles, en medio de una campaña de persecución, exterminio e impunidad, en la que está en juego la vida y la libertad, es un hecho social que desafía el terror, y que hace retroceder el miedo y la frustración como fuerzas de contención y de disciplinamiento. En esto radica el acontecimiento de la concentración en la Plaza de la Hoja el martes 7 de agosto, fecha en la que se conmemoran los casi 200 años de la campaña libertadora independentista, la cual da un golpe definitivo a la expulsión del ejército colonial español para dar paso a la República de lo que posteriormente será Colombia; fecha escogida como momento y lugar para sellar y dar inicio, cada cuatro años, a un nuevo ciclo de poder como República y como país soberano.


Gustavo Petro: ¿El poder o los límites de un Caudillo?


La cita fue convocada luego de la segunda vuelta presidencial, por la figura que hoy representa la cabeza de la oposición en Colombia, Gustavo Petro, quien ganó tal lugar de liderazgo como candidato a la presidencia de la República en esta última contienda electoral.


Su trayectoria, sus disputas y su figura han logrado condensar las posibilidades, no sólo de cambio, sino que también ha indicado pistas estratégicas de despliegue político, que:


1. Permitió ganar simpatías ciudadanas y sociales, que se sobrepusieron a la indiferencia o al temor, para apostar por una propuesta y una figura “plebeya” de cambio.

2. Logró generar los elementos necesarios para establecer vínculos de encuentro y de consenso entre organizaciones y partidos de las izquierdas sociales y políticas.

3. Expandió y delimitó las corrientes progresistas, sociales y decentes que, al representarse como trincheras éticas y morales frente a la “cartelización” de los partidos tradicionales, cada vez se encontraron con menos cabida y muchos obstáculos para enarbolar las propuestas de un proyecto de país decente, frente a las mafias políticas de los distintos partidos.


Son estos algunos de los elementos estratégicos a considerar para comprender y ubicar la importancia del liderazgo que representa hoy Gustavo Petro y el proyecto de la Colombia Humana. Todos estos hechos políticos de relevancia componen la médula, el tejido y la fuerza para presionar y hacer posible el horizonte de una Colombia digna y decente.


Todo hecho político tiene unos resultados frente a las que urge actuar en “caliente”. Así las cosas, es importante reconocer que no hay logro que no se deba cuidar, preservar, potenciar y defender, ya que no hay posición ganada que no pueda ser arrebatada, disminuida o fragmentada y dispersada. En este sentido, cabe señalar que la dispersión, la disolución, el enfriamiento de los ánimos y las voluntades no son una excepción sino una regularidad política y social. Esto quiere decir que, nos guste o no, la tendencia será la disminución y la fragmentación de las fuerzas sociales y políticas que, articuladas, abrieron las ventanas y los horizontes de cambio. El lugar y la figura de un liderazgo que condensa la potencialidad de la articulación y del consenso tiene este fenómeno de la dispersión y fragmentación como una de sus preocupaciones capitales, si de empoderar a las gentes indignadas y valientes se trata.


Comentarios sobre los repertorios:


- La movilización como convocatoria y modalidad central de articulación tiene un techo indiscutible, y cabe decir que, si bien permite un contacto inicial, no logra generar los consensos que superen las trabas y las inercias que se presentan como limites e impedimentos históricos entre fuerzas sociales y políticas que ocupan liderazgos necesarios e importantes en el campo de las gentes plebeyas o subalternas.

- Las concentraciones públicas en plazas y calles, como oportunidad de encuentro, son un momento de oro para la experimentación de consensos que se prolonguen y dinamicen más allá del evento convocado.

- Las alianzas y los pactos necesariamente se mueven en dos dimensiones: (1) en una esfera superior de lo institucionalizado y de la política y (2) en una esfera imprescindible de lo social, o mejor, la esfera de la sociedad civil. Los pactos y las alianzas que se puedan tejer en la esfera de la sociedad política, para la disputa en los lugares institucionalizados de poder, no tienen un resultado consecuente y mecánico en la esfera de la sociedad civil. Cabe decir, en este sentido, que, en la esfera de la sociedad civil, es en donde se tejen las simpatías y las mayorías necesarias para batallar eficazmente en las democracias modernas.


Las simpatías sociales y políticas ganadas por la figura y el liderazgo de Gustavo Petro y por la propuesta y el proyecto de otra Colombia, una Colombia Humana, se presentan como la piedra angular que puede continuar articulando, en el campo plebeyo y su arquitectura, tanto lo social (esfera de la sociedad civil) como lo político (la composición subalterna de organizaciones y fuerzas políticas). Los repertorios, hasta ahora convocados para la activación del campo plebeyo en la esfera social o civil, no logran articular con eficacia las fuerzas y estrategias que puedan sobreponerse al momento intenso de la dispersión, preservando, cuidando y dando “dientes” para la defensa de las posiciones avanzadas, hasta ahora ocupadas.


Esto quiere decir:


1. Recordar que lo que catapultó a Gustavo Petro, y al proyecto de la Colombia Humana, fue la habilidad para irrumpir con intrepidez en el contexto electoral, aprovechando la dinámica de atención y expectativa social nacional, haciendo uso de las verdades que ocultan los poderosos frente a la opinión pública. Es decir, el uso de la verdad como lanza pública para exponer a los intocables frente a una ciudadanía que valoró positivamente tal osadía.

2. De esta intrepidez forma parte substancial la presentación de un proyecto de país, de la Colombia Humana, como horizonte inacabado y como lugar de encuentro para tejer alianzas sobre el futuro y sobre el presente. Proyecto que se nutrió acertadamente de las preocupaciones contemporáneas sentidas de nuestras sociedades y pueblos, apostándole, frente a estas preocupaciones, a rutas alternativas y progresistas para su abordaje y solución, como el feminismo, el ambientalismo y la defensa de los animales.

3. En este sentido, vale la pena recordar que no fue la timidez con los de abajo lo que potenció aciertos, simpatías y liderazgos sino que fue la intrepidez para operar unas maniobras duras frente a los poderosos; en la tensión entre lo visible y lo no visible, entre lo que se denuncia y lo que no se puede hablar, lo que ganó la progresiva complicidad y simpatía de la plebe o de los subalternos.


Así las cosas, no deja de inquietar y de preocupar el uso tímido que a hecho Gustavo Petro del lugar de liderazgo que ahora ocupa y encarna para articular en un momento post-electoral, de menor expectativa y atención social, las simpatías y procesos “plebeyos” que ganó y que son imprescindibles para preservar y avanzar en la arenosa tormenta de la dispersión que se aproxima. Fue notable, este 7 de agosto en la Plaza de la Hoja, la ausencia de importantes capas sociales que, aunque no pertenecieran a las izquierdas, sí simpatizaron hasta el último aliento de la segunda vuelta con el proyecto de la Colombia Humana. ¿Que se desgajen las fuerzas del cambio para volver a empezar en un par de años? ¿Que se quede sin dientes y sin articulación el campo de subalterno para enfrentar las difíciles situaciones de contra-reformas que se avecinan con el gobierno de Duque y del Centro Democrático?

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Sábado, 21 Enero 2017 06:57

Protestas y detenidos

Protestas y detenidos

Casi cien detenidos, un par de policías heridos, negocios con vidrieras destrozadas y algunas limusinas atacadas en Washington, y miles de personas manifestándose en las principales ciudades del mundo.


Ningún muro pudo ni podrá detener las protestas contra Donald Trump. Se comprobó ayer y quedará ratificado hoy cuando cientos de miles de mujeres se lancen por las calles en 616 marchas convocadas en simultáneo por todo Estados Unidos y el resto del mundo. La ceremonia de investidura del presidente en Washington terminó con un saldo provisorio de casi cien detenidos, un par de policías heridos, negocios con sus vidrieras destrozadas y algunas limousines atacadas a piquetazos. Las movilizaciones contra el magnate, ahora transformado en gobernante del país más poderoso del planeta, también recorrieron otras geografías. La mayoría resultaron pacíficas. Las hubo en capitales como Londres, Berlín, Roma, Madrid, Tokio y Buenos Aires, así como en muchas ciudades de los cinco continentes.


Con pancartas que decían “Trump destruirá América” o “Aplastar el fascismo” como otras que sostenían reivindicaciones de género y de las minorías, miles de personas salieron a manifestarse pese al intenso frío en varias naciones del hemisferio norte. En Washington, se cruzaron en su camino con otros miles de partidarios del presidente que iban al acto central en el Capitolio. Hubo golpes, forcejeos e insultos a lo largo de la avenida Pensilvania y también en el cruce de las calles 12 y L.
Un grupo de los más organizados, ataviado de negro y con una bandera anarquista, rompió los vidrios de un café Starbucks y del Bank Of América, uno pegado al lado del otro. También la emprendieron con piquetas contra largas limousines negras que esperaban estacionadas muy cerca de la Casa Blanca. El clima de indignación contra Trump era evidente cerca de los vallados que había colocado la policía para que los manifestantes no pudieran acercarse a la jura presidencial. Durante los disturbios se lanzaron objetos frente al edificio del Club Nacional de la Prensa y se quemaron contenedores de basura. Hasta la ligó un periodista de la cadena Rusia Today. La policía intervino utilizando gas pimienta.
Las protestas habían comenzado la noche del jueves, cuando varios famosos convocaron a repudiarlo y se encontraron en Nueva York. El lugar elegido fue la plaza Columbus Circle, frente al hotel Trump, en Manhattan. Allí hubo mucho entusiasmo, selfies a destajo con los actores y personajes cuyos discursos hicieron más llevadera la espera. El cineasta Michael Moore se fotografió con Robert De Niro y Mark Ruffalo, dos representantes de Hollywood y bromeó en las redes sociales, como acostumbra. Pero ayer y ya en Washington, se puso serio delante de un camión antidisturbios: “Aquí en la inauguración. Una tragedia para la democracia”, posteó. En su discurso en Manhattan había sido uno de los más duros. Llamó a “cien días de resistencia” contra el nuevo presidente y vaticinó que “no durará cuatro años”.


Los ataques a Trump se replicaron en varias ciudades estadounidenses, pero además en el resto del mundo. Se quemaron imágenes del político multimillonario en Montreal, Canadá; las pancartas en Berlín y Madrid lo señalaron como “Peligro mundial” y le recordaron que “ningún humano es ilegal”; o apelaron al ingenio como una bandera que lucía colgada en el puente de la torre de Londres: “Construye puentes, no muros”. Un militante anarquista se encadenó al consulado estadounidense en Hong Kong, en Roma protestaron los ambientalistas, en Buenos Aires Izquierda Unida en el Obelisco, en Jerusalén los palestinos y los musulmanes de Sri Lanka le recordaron a Trump que es “Anti Slam”. La matriz de todos los mensajes era una sola: el claro rechazo contra el presidente norteamericano en su primer día de gobierno.


En las manifestaciones que siguen y están previstas, las mujeres ocuparán el lugar más destacado. Las mejicanas dieron el puntapié inicial desde la organización Boundless across borders (Sin límites a través de la frontera) que se tomaron de las manos en el puente internacional de Santa Fe, en Ciudad Juárez.


Hoy se especula en Estados Unidos que finalizará en Washington una de las dos marchas más importantes de la historia del país. Puede emparentarse en la convocatoria con la que lideró Martin Luther King el 28 de agosto de 1963. En ese momento fue en el marco de la lucha por los derechos civiles. Ahora las mujeres llegarán sobre la capital a un día de la asunción de Trump.


Allí estarán desde Teresa Shook, una abuela hawaiana y la primera que convocó a la marcha a través de un grupo de Facebook. También Linda Sarsour, la presidenta de la Asociación Árabe-Americana de Nueva York y miles de activistas. Se sumaron a la organización actrices como Scarlett Johansson, Katy Perry o Julianne Moore y aunque las movilizadas se anotaron hasta llegar a unas 200 mil, se prevé que esa cifra será superada. Sobre todo se si cuenta que al mismo tiempo se realizarán 616 marchas hermanas en otras ciudades del mundo.
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Un día extraño. De esos difíciles de olvidar se vivió ayer en la tradicional ceremonia republicana de traspaso de mando presidencial en Chile. Las actividades comenzaron temprano en el Congreso Nacional en Valparaíso, el Palacio de Cerro Castillo, en Viña del Mar y La Moneda en Santiago.

Mientras en el puerto, donde se ubica el Poder Legislativo desde 1990, cuando regresó la democracia –pensado como una manera de descentralizar el país– llegaban los nuevos parlamentarios, los jefes de Estado y representantes de las naciones invitadas al evento, en la capital chilena cientos de adherentes de Michelle Bachelet se congregaban en la Plaza Constitución –en el frontis de la sede de gobierno– para despedir a la saliente mandataria. Con cánticos, lienzos, fotos, pañuelos blancos y pancartas no cesaron de cantar hasta que Bachelet salió a saludar desde una de las ventanas en una imagen que puso los pelos de punta a los asistentes y a la propia autoridad que desde ayer ya es una ciudadana más. Visiblemente emocionada, portando la banda presidencial tricolor que contrastaba coquetamente con su impecable traje azul, Bachelet agradeció a la multitud –mayoritariamente mujeres– que generosa respondió cantando el himno nacional. Más piel de gallina en los brazos y espaldas de muchos.

“Voy a salir por la puerta grande, triste por mi gente que sufre, pero satisfecha por la tarea lograda. Contenta porque esta Moneda no será sólo la casa de los presidentes, sino que también de las presidentas de Chile, lo que nos hace un mejor país, me voy orgullosa del país que somos”, dijo mientras numerosas niñas que portaban bandas presidenciales y mucha gente de la cultura, deporte y las letras se abalanzaban sobre ella para dar un último adiós en un gesto que más bien parecía un hasta luego.

Al salir de La Moneda, la locura. “Michelle, Michelle”, clamó la masa y ella observaba muda, pensando tal vez en el 2014, como rezaban diversos carteles desplegados por la gente.

Bajo los sones de la banda de Carabineros marchó hacia una tarima, trató de hablar pero los gritos de apoyo no la dejaban: “Bachelet, Bachelet, presidenta otra vez”, se escuchó más fuerte. Y cual estrella del rock se acercó a la multitud, la misma gente que la despidió con el 84 por ciento de aprobación en las últimas encuestas. Así, sin respeto por el protocolo, Bachelet dio paso a las lágrimas, los abrazos de dueñas de casa, jóvenes, niños, trabajadores y curiosos. Todos querían tocarla en una imagen nunca antes vista en la salida de un jefe de Estado y que refleja de mejor manera lo que los sociólogos llaman “fenómeno Bachelet”. Uno a uno también fueron saliendo de La Moneda los ministros y ministras de Estado, siendo muchos de ellos vitoreados, lo que humedeció los ojos de varios ex miembros del gabinete.

Y ahí estaba ella, la primera mandataria chilena electa en las urnas, sin miedo, repartiendo besos y apretones de mano a quien se lo pidiera. Sin acarreos de personas, como hacen otros políticos, sólo era gente que se trasladó espontáneamente a despedir a su presidenta. Lentamente, pasito a pasito, abrazo a abrazo, beso a beso, llegó al auto oficial que la trasladó rauda a Valparaíso.

Atrás quedaba también el conflicto del Transantiago en su debut en el cargo hace cuatro años, el paro de los estudiantes secundarios, la fuga de parlamentarios de la Concertación y la llegada de la derecha al poder, entre otros asuntos que junto al aumento de los beneficios de protección social, la estrechez de la brecha salarial y el buen manejo de la crisis económica, marcaron su gestión y que obliga a preguntarse si será candidata otra vez en cuatro años.

Pero la noticia estaba también en la costa. A esa hora, 10.20 de la mañana, en Cerro Castillo, los 22 ministros entrantes posaban para la foto oficial del nuevo gabinete al lado del presidente electo, Sebastián Piñera, que vestía traje oscuro y corbata azul. Tras la instantánea, todos exhibieron un lienzo con la frase que marcará su gestión: “Levantemos Chile”.

En tanto, a unos minutos de ahí, en el Congreso, el democratacristiano Jorge Pizarro juraba como nuevo presidente del Senado y se preparaba para recibir a la que se iba y al que llegaba.

Cuando todo estaba listo para la ceremonia, a las 11.39 horas, una fuerte réplica del terremoto del pasado 27 de febrero (7,2 en la escala de Richter, en la Región de O’Higgins en la zona central de Chile (ver aparte), recibió a las ilustres visitas.

A los minutos, una nueva réplica de similar magnitud azotó la zona, mientras los canales de televisión mostraban en vivo a Michelle Bachelet en el tradicional auto descapotado que traslada a los presidentes al Congreso antes de dejar el poder y a los asistentes que trataban de mantener la calma.

A las 12.05, Bachelet ingresó al salón de honor, siendo recibida con fuertes aplausos, mientras otro sismo de menor grado se sentía por tercera vez, y en paralelo la armada y la Oficina Nacional de Emergencia decretaban alerta de tsunami en gran parte de Chile.

Así, con la tierra moviéndose, a eso de las 12.15, Sebastián Piñera recibió la banda presidencial convirtiéndose oficialmente en el presidente número 38 de Chile. La extraña situación dio para comentarios de todo tipo, desde que los temblores eran provocados por la Concertación para moverle el piso hasta que la propia naturaleza no quiere un mandatario de derecha.

Así, con varios mandatarios visiblemente asustados, minutos más tarde la ex presidenta de Chile se retiró con su gabinete con más aplausos de fondo, en tanto los invitados acudían a Cerro Castillo a un almuerzo con el nuevo dignatario.

“Fue muy fuerte, muy fuerte”, señalaba el presidente de Ecuador, Rafael Correa. Susto también pasaron los mandatarios de Argentina, Cristina Fernández; de Paraguay, Fernando Lugo; de Bolivia, Evo Morales; y de Colombia, Alvaro Uribe, quien incluso fue fotografiado tratando de abandonar la sala. Todos ellos, al igual que el príncipe Felipe de Borbón, miraban el techo impávidos atentos a cualquier derrumbe.

En las cercanías, decenas de porteños subían a los cerros, eclipsando una jornada que la derecha esperó por 20 años y que pasó a segundo plano gracias a una nueva jugada de la naturaleza.

Al final, Piñera no leyó el discurso que tenía preparado y centró su alocución en el terremoto. Más tarde, acomodó su agenda y partió a Rancagua, ciudad cercana al epicentro, terminando el día en Constitución, una de las ciudades más afectadas por los sismos.

“En un día de tantas emociones, uno tiene sentimientos encontrados, una gran emoción, una gran felicidad. Recuerdo hoy día a mis padres que fueron los que me enseñaron desde la cuna el valor del servicio público, la vocación por el trabajo por los demás, pero también estoy muy consciente de que estamos viviendo un momento de mucha tragedia y de mucho dolor”, concluyó el mandatario que ni en su peor pesadilla soñó llegar así al poder. 


Por Christian Palma
Desde Santiago
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Martes, 20 Enero 2009 09:10

Obama frente a los escombros

La entrada en funciones de Barack Obama confirmará una triple ruptura

1) En primer lugar, una ruptura política. Es la primera vez desde 1965 que un presidente demócrata aborda su mandato en un contexto de debilidad, incluso de derrota, de las fuerzas conservadoras. En 1977, James Carter los venció en primer lugar (justamente) gracias a su promesa de una renovación ética («Yo no os mentiré nunca») tras el escándalo del Watergate; su mandato estuvo marcado por una política monetarista y por las primeras grandes medidas de desregulación; En 1993, William Clinton se presentó como el hombre que «modernizaría» el partido demócrata asumiendo para sí numerosas ideas republicanas (la pena de muerte, el cuestionamiento de la ayuda social o la austeridad financiera)

2) Después, una ruptura económica. El neoliberalismo al estilo de Reagan no es defendible ni siquiera por sus partidarios. Durante su última conferencia de prensa como presidente, el lunes 12 de enero, George W. Bush ha «admitido voluntariamente»: «Yo dejé de lado algunos de mis principios liberales cuando mis asesores económicos me informaron de que la situación que estábamos viviendo podría llegar a ser peor que la Gran Depresión (la crisis de 1929)». «Peor», de todos modos, es un poco exagerado teniendo en cuenta que la crisis de 1929 hizo fermentar las «uvas de la ira» y la quiebra puso al país al borde del caos.

Sin embargo, 2008 se ha cerrado con una pérdida de 2.600.000 empleos en Estados Unidos, 1.900.000 de ellos sólo en los últimos cuatro meses del año. Es el peor resultado desde 1945, en otras palabras, una caída libre. Podría pasar si el país tuviera las cuentas equilibradas y una posibilidad ilimitada de relanzamiento por el endeudamiento. Pero eso está lejos… El déficit presupuestario va a llegar este año a 1,2 billones de dólares y el 8,3 del PIB. Una cifra impresionantemente mala que no sólo supera el peor resultado de la era Reagan (6% en 1993), sino que además marca que el déficit se ha multiplicado por tres de un año para otro.

3) Una ruptura diplomática. Nunca, sin duda, desde la Segunda Guerra Mundial, la imagen de Estados Unidos en el mundo había estado tan degradada. La mayoría de los países consideran que la superpotencia estadounidense desempaña un papel negativo en los asuntos del mundo, a menudo en una proporción abrumadora. Iraq, Oriente Próximo, Afganistán: El statu quo aparece insostenible, tan costoso y mortífero al mismo tiempo. Después de todo, fue invocando la necesidad de una retirada de Iraq como Obama comenzó su campaña en 2007 y ha sido gracias a su insistencia en este punto como venció a Hillary Clinton –su futura Secretaria de Estado…- en las primarias. Sin embargo, el calendario de dicha retirada parece que enfrenta al presidente electo (muy impaciente) con los militares (más «prudentes» (1)). Pero la impaciencia del primero no se explica en absoluto por una posición pacifista. La retirada, en primer lugar, conlleva la voluntad de Obama de reasignar en Afganistán una parte de las tropas retiradas de Iraq. Sin embargo no es cierto que las perspectivas de hundimiento sean menores en Kabul que en Bagdad.

Políticamente, el nuevo presidente tiene las manos libres. El paisaje de escombros que hereda va a obligar a una cierta contención a sus adversarios políticos. Su amplia victoria se ha beneficiado del impulso de las fuerzas vivas del país, especialmente los jóvenes. Y además están los sugerentes reportajes especiales, a menudo hagiográficos, que la prensa del mundo entero ha dedicado a Obama. La esperanza que suscita su entrada en la Casa Blanca es inmensa; y eso no se explica únicamente por el hecho de que el presidente de Estados Unidos sea negro. De un golpe, la «marca de América» se recuperó. Algunas decisiones de alto valor simbólico relativas al cierre de Guantánamo y la prohibición de la tortura han reforzado ese sentimiento de nueva era. «Debemos poner el mayor cuidado en reafirmar nuestros valores y en proteger nuestra seguridad», ha declarado el nuevo presidente.

Después vienen los problemas. No es suficiente irrigar la economía estadounidense de liquidez para que la máquina económica y el empleo recuperen el movimiento. La inquietud de la población en cuanto al futuro es tal, que lejos de dedicarse a consumir, ahorra más que nunca (2). La tasa de endeudamiento de las familias, que no había dejado de crecer desde 1952, ha conocido su primer retroceso en el tercer trimestre del año pasado. Así, algo que seguramente es deseable a medio y largo plazo, pone en peligro el relanzamiento rápido a través del consumo y la inversión que espera el nuevo equipo de la Casa blanca. «Si no hacemos nada, esta recesión podría durar años» ha advertido Obama, deseoso de que su programa de gastos suplementarios de 775.000 millones de dólares, compuesto de gasto público y rebajas de de los impuestos, sea adoptado rápidamente por el Congreso. ¿Será suficiente? Algunos economistas demócratas, como Paul Krugman, consideran que es insuficiente y está mal planeado (3).

La situación internacional tampoco parece prestarse a un resultado inmediato. Deliberadamente o no, los dirigentes israelíes han colocado a su gran aliado ante un hecho consumado –una guerra especialmente impopular en el mundo árabe- y obligan al nuevo presidente a hacerse cargo de un asunto minado que no constituía en absoluto su prioridad. La parcialidad en este asunto tiene el peligro de demostrar que Estados Unidos ya no podrá defender nunca una posición equilibrada en Oriente Próximo, y esto podría empañar muy deprisa su popularidad en el ámbito internacional.

Pero todo no se resume en un hombre, aunque sea nuevo. Sobre todo porque la novedad es mucho menos sorprendente cuando se examinan las actuaciones de Obama en cuanto a su gabinete. Por una ministra de Trabajo próxima los sindicatos, Hilda Solis, que promete una ruptura con las políticas anteriores, nombra a una ministra de Asuntos Exteriores, Hillary Clinton, cuyas orientaciones diplomáticas rompen menos con el pasado, y a un ministro de Defensa, Robert Gates, claramente heredado de la administración Bush. En cuanto a la diversidad del equipo, seguramente no es de naturaleza sociológica. Veintidós de los treinta y cinco primeros nombrados de Obama son diplomados de una universidad de élite estadounidense o de un encopetado colegio británico… Esto recuerda un poco la vuelta a la «competitividad» de los «best and brightets» (los mejores y más brillantes) de la administración Kennedy-Johnson. La prepotencia que caracteriza a este tipo de individuos a menudo los conduce a alardear de su poder y convertirse en fabricantes de catástrofes mundiales, como se observó durante la guerra de Vietnam. Pero Estados Unidos, en los tiempos que corren, está más bien en el abatimiento «centrista» que en la audacia del «Yes, we can», que constituiría la amenaza más temible.

(1) «Timetable for Iraq too slow for Obama» (Calendario de Iraq demasiado lento para Obama) International Herald Tribune, 15 de enero de 2009.

(2) «Hard-Hit Families Finally Saving Aggravating Nation’s Economic Woes» (Las familias más afectadas al final serán la solución de los crecientes problemas económicos de la nación) The Wall Street Journal, 6 de enero de 2009.

(3) Paul Krugman «The Obama Gap» The New York Times, 8 de enero de 2009.

Texto original en francés: http://www.monde-diplomatique.fr/carnet/2009-01-16-Obama-investiture

Serge Halimi es periodista de Le Monde diplomatique y autor del libro Les Nouveaux Chiens de Garde (Los nuevos perros guardianes), Raisons d’agir, 2ª edición, 2005.

Por, Serge Halimi, director Le Monde diplomatique Francia

Traducido para Rebelión por Caty R.

Publicado enInternacional
Empezó un nuevo gobierno: agosto 7 de 2010-agosto 7 de 2014. Cuatro o tal vez más años de aplicación de unas políticas que, con respecto a quien las encabeza, deben ser de continuidad en lo económico y lo social, aunque con virajes en otros aspectos de la vida nacional, de secuencia con la administración de los ocho años que llegó a su fin. Esta es la idea primera y elemental que puede asaltar a cualquier ciudadano de a pie.

No es de otro modo cuando se escucha que a la cabeza del gobierno nacional se encuentra el apellido Santos, apellido como el de Juan Manuel, quien durante los últimos años, en relación con la administración del Estado, fue Designado Presidencial en 1993 y ocupó distintos ministerios: Comercio Exterior durante el gobierno de César Gaviria, Hacienda y Crédito Público en el cuatrienio de Andrés Pastrana, y Defensa con el de Álvaro Uribe.

Es decir, un sujeto y actor de la aplicación y el desarrollo del neoliberalismo en Colombia. Por tanto, del desmantelamiento del escaso Estado de Bienestar y de industria nacional existente entre nosotros, pero, además, de la puesta en marcha y la aceleración de un modelo de defensa que compromete la soberanía y riega de sangre a la Nación; que dejó una estela de dolor en centenares de familias. Entonces, ¿por qué creer que ahora hará las cosas de manera distinta y con sujeción a la Constitución y las normas universales del Derecho Internacional Humanitario? Un interrogante y una duda aún mayores al detallar su equipo de gobierno.

Un gabinete repleto de agentes neoliberales: Juan Carlos Echeverry, otrora jefe de Planeación durante el gobierno de Andrés Pastrana, ahora es el Ministro de Hacienda; Mauricio Santamaría, destacado vocero de Fedesarrollo, encabeza en Protección Social; Planeación Nacional es dirigida por Hernando José Gómez, jefe de negociadores del TLC con Estados Unidos; Ministerio de Agricultura para Juan Camilo Restrepo, recordado por haber suscrito el primer acuerdo con el FMI, y con ello la pérdida de importantes conquistas para los trabajadores; Ministra de Educación María Fernanda Campo Saavedra, hasta días atrás presidenta de la más importante entidad privada de Bogotá, su Cámara de Comercio. Esto, sin relacionar a más personajes e historias en deuda con el pueblo.

Si por años la cabeza del gobierno ha defendido el neoliberalismo en todos sus matices, y quienes actúan como sus agentes principales también obran igual, ¿por qué ahora todo será distinto? Pregunta insoslayable cuando, a la hora de la posesión, el nuevo inquilino de la Casa de Nariño arengó con un mar de promesas. De no ser por sus antecedentes, hubiéramos dicho que Colombia entró en una nueva era, de revolución. No es para menos.

En contrario de la dinámica de dos siglos de vida republicana, en la cual la riqueza ha sido para unos pocos (cada vez menos) y la tierra expropiada a sus verdaderos dueños (y continúa siéndolo), el trabajo no es derecho sino privilegio, los derechos son mercancía y no fundamento de la vida cotidiana, la violencia es política de Estado para servir a unos pocos y oprimir a muchos, las multinacionales cuentan con todas las leyes para acaparar más tierra y pagar menos salarios, con menos estabilidad laboral; de pronto, sin sonrojarse, el nuevo Presidente rompió esa realidad en el discurso. Reconoció los problemas evidentes, los que cada día polarizan más al país: desempleo, desigualdad, exclusión, privilegios, politiquería, corrupción, etcétera.

Unos minutos antes de leer su discurso, el nuevo presidente del Congreso retomó un dato de las Naciones Unidas para reforzar una posterior afirmación de Santos: “De los 15 países más desiguales del mundo, 10 son latinoamericanos. Y entre esos 10 Colombia ocupa el octavo lugar. Apenas superada por Bolivia y Haití. El 49 por ciento de nuestros compatriotas es pobre y el 17 por ciento está en niveles de indigencia”.

Pese a tan escandaloso diagnóstico, el nuevo Ejecutivo no ahorró palabras para prometer y prometer, y cacarear sin tomar en cuenta que, con liberales y conservadores en el Gobierno y el poder, como recordó Álvaro Salom Becerra, “al pueblo nunca le toca”. De acuerdo con sus propósitos, con él nada será igual.

Siempre es bueno recordar que en 1990 un antecesor suyo nos aseguró que llegábamos al futuro y, sin embago, tras 20 años estamos peor.

“El Tiempo” de leche y miel

Las promesas del sobrino-nieto de Eduardo Santos, siempre aliados los dos al poder y sus mieles –Gaitán enfrentó y acusó al “eje López-Santos” por dividir al partido liberal y causar su derrota electoral en 1946, una traición que cambió el rumbo de Colombia–, no son equiparables a las hechas por ninguno otro. Veamos:

Prometió, como parte integral de su gobierno, asumir la tierra, el agua, la naturaleza y el buen gobierno, redistribuyendo la riqueza para que nuestros bienes naturales “no sean el privilegio de unos pocos sino que estén al alcance de muchas manos”.

Y tal vez, de nostalgia con Belisario Betancur y su casa sin cuota inicial, aseguró que en su administración las mayorías (con signos de interrogación nuestros) ¿accederán a casa digna y propia? Esas mismas mayorías tendrán su ahora pérdida por doquier: “…empleo estable, salario y prestaciones justas, acceso a la educación y la salud”. Y fue más allá.

Avanzó hasta la igualdad: “…que ningún colombiano se levante en la mañana con la incertidumbre de su sustento diario; sólo así será posible la existencia de una sociedad con fuerza colectiva, capaz de soñar un futuro común”. Y aseguró, para que no queden dudas, que “a los pobres no los vamos a defraudar”. Hasta aquí todo parece normal: promesa de posesión.

Reiterativo. Santos no ahorró en deseos, como decían los abuelos, de los cuales “están empedrados los caminos al infierno”, y aseguró: “Nuestro empeño será proporcionarles a todos –sin excepción, y desde la primera infancia– una nutrición y una educación de calidad en todas sus etapas, que les permitan crecer como seres humanos integrales”. Con precaución, porque siempre los pobres ‘quieren más': aseguró que no los defraudará.

“A las familias de Colombia; a las que lidian cada día con los problemas de salud, con los pagos de arriendos o hipotecas, con los desafíos de la vida cotidiana, […]. Trabajaremos para que tengan una salud de calidad, por su derecho a una vivienda digna, para que puedan caminar por sus calles sin temer por su seguridad”.

Multiplicar a “Juan Valdez”

A millones de connacionales, en su mayoría del campo: perseguidos, criminalizados, asesinados, expropiados, expulsados de su tierra, de acuerdo a Santos les llegó la hora. En su cuatrenio, “vamos a defender al campesino, a convertirlo en empresario, con tecnología y créditos, para hacer de cada campesino un próspero Juan Valdez”.

“También vamos a trabajar para que los campesinos sean dueños de las tierras más productivas de Colombia y para que las exploten”. ¿Cómo? ¿Devolverán a sus dueños, revisarán los títulos, limitarán y quitarán en justicia estas tierras a las grandes empresas nacionales e internacionales, además de los terratenientes, puntales esenciales del poder? De este modo, amanecerá por fin para los campesinos, con gozo y beneficio del Estado –que siempre los perjudicó. Ahora “promoveremos el retorno a sus parcelas […] con acompañamiento integral del Estado– de los desplazados y las víctimas de la violencia”. Para que no mienta, deberá enfrentar a todos aquellos que durante los últimos 30 años usufructuaron la “guerra sucia” y permearon a las Fuerzas Armadas y el Estado. ¿Cocteles, lobby, cotilleos del Ministro del Interior en el Congreso? Amanecerá y veremos.

Candados y una llavecita de la paz

Decía Otto Morales Benítez, y luego Álvaro Leyva, que conocían o tenían la llave de la paz. Ahora la reclama Santos. Seguro debe ser ‘maestra', ya que cuenta con las posibilidades para tornearla y arreglarle dientes o refundirla. Un primer paso: no exigir sólo condiciones para abrir la puerta sino también crear condiciones para abrirla.

“La puerta del diálogo no está cerrada con llave. Yo aspiro, durante mi gobierno, a sembrar las bases de una verdadera reconciliación entre los colombianos”. Eso sí –insistió– sobre premisas inalterables –¿de statu quo y rendición?– “la renuncia a las armas, –¡y válidas!– “al secuestro, al narcotráfico, a la extorsión, a la intimidación”.

“No es la exigencia caprichosa de un gobernante de turno.

“¡Es el clamor de una Nación!

“Mientras no liberen a los secuestrados, mientras sigan cometiendo actos terroristas, mientras no devuelvan a los niños reclutados a la fuerza, mientras sigan minando y contaminando los campos colombianos, seguiremos enfrentando a todos los violentos, sin excepción, con todo lo que esté a nuestro alcance.

“Es posible tener una Colombia en paz, una Colombia sin guerrilla, ¡y vamos a demostrarlo!

“Por la razón o por la fuerza”.

Presidente, no olvide: la fuerza nacional lleva décadas. La internacional, con nuevos actores, con tratados, de comandos e ilegales, tiene lustros.

Sus promesas de ‘revolución en marcha' se soportan sobre la buena voluntad de los gobernantes. Es decir, desde la clase culpable por el actual estado del país. ¿Tiene el Estado un camino de autorreforma? En ningún siglo ni lugar hay noticia positiva de esta vía. Son las revoluciones con sus actos de descomunal derroche de imaginación y energía de la población lo que libera y dispone las fuerzas del cambio. Bajo las órdenes de Santos, con seguridad, este no es el caso de Colombia.

El mayor bache del discurso

Juan Manuel Santos aludió en no menos de seis ocasiones a su predecesor. En su mayoría, fueron alusiones formales; referencias para recoger frutos de su opinión y mostrarse como su continuador. Pero en una que expresó el nombre del presidente de los ocho años cometió un despropósito. Veamos: “Las próximas generaciones de colombianos mirarán hacia atrás y descubrirán, con admiración, que fue el liderazgo del presidente Uribe, un colombiano genial e irrepetible, el que sentó las bases del país próspero y en paz que vivirán”. Un homenaje desproporcionado. Contrario con el pasar de los años, cuando la sociedad colombiana no querrá saber nada de este ex presidente. Olvidar a quien fue propiciador y facilitador de los mayores despropósitos que hasta ahora vivieron Colombia y nuestra subregión. Aquí, como en otras promesas, Santos mostró su talón.


¿Confesión de culpa…? Para emplazar en su cumplimiento

Discurso con expresa declaración de principios: Un Estado patrocinador de atrocidades y protector de sus realizadores dará ahora, supuestamente,vun giro con:

“El respeto a la vida es un mandato sagrado.

“El respeto a la libertad e integridad de las personas es una obligación ineludible de todo Estado que se llame democrático.

“La defensa de los derechos humanos […]”.

Y luego aclaró. “No lo hacemos por presiones o imposiciones externas. No. Lo hacemos porque nos nace de la más profunda convicción democrática, ética y humana”.

Decían nuestras abuelas: “Explicación no pedida, culpa manifiesta”.


Publicado enEdición 160