Miércoles, 15 Mayo 2019 06:00

Tucídides, Trump y la guerra con China

Tucídides, Trump y la guerra con China

Entre flotas con portaviones y aranceles de castigo, la administración Trump amenaza a China. Quiere doblegar su poderío económico y frenar su influencia creciente en asuntos internacionales. La República Popular China ya es considerada "adversario" por el complejo militar-industrial de Estados Unidos y los principales medios de información de ese país repiten a coro el mensaje.

Los tambores de guerra se escuchan, y la evolución de los acontecimientos podría anunciar un conflicto bélico entre China y Estados Unidos en el futuro. El análisis de Tucídides sobre la guerra del Peloponeso es más relevante que nunca para el análisis de la coyuntura actual. La lección más importante en su obra es que la principal causa de la guerra es el factor emocional: el temor y la desconfianza.

China es percibida como adversario, porque Washington sabe que su supremacía no puede durar para siempre. La economía estadunidense puede todavía ser la más grande del mundo (dependiendo de la métrica), pero no necesariamente es la más fuerte. Su poderío depende, en buena medida, del papel que juega su divisa en el sistema monetario internacional. Sin embargo, el déficit comercial crónico es un claro indicador de algunas debilidades de la economía de Estados Unidos.

Del total de las exportaciones estadunidenses de bienes y servicios, las de manufacturas de alta tecnología (computadoras, aviones, máquinas herramienta y robots industriales, equipo científico, etcétera) representan 20 por ciento del total. A pesar del alto grado de complejidad de estos productos, Estados Unidos ya enfrenta una fuerte competencia internacional en estos rubros. En contraste, las exportaciones de servicios, entre los que se encuentran los servicios financieros, representan 33 por ciento de las exportaciones totales. Es claro que buena parte de esas ventas al exterior de servicios no se llevarían a cabo si el dólar estadunidense no fuera todavía la moneda hegemónica.

La guerra comercial de Trump contra China se inició en febrero de 2017, con aranceles de 30 y 20 por ciento sobre dos categorías de productos. A lo largo de ese año se fueron imponiendo aranceles a muchos otros productos, y China comenzó a responder con medidas compensatorias. Hoy se han interrumpido las conversaciones que se suponía llevarían a un nuevo acuerdo y el conflicto se ha intensificado. Estados Unidos ha impuesto nuevos aranceles de 25 por ciento sobre 200 mil millones de dólares de importaciones chinas, y Pekín ha anunciado que aplicará medidas compensatorias equivalentes.

¿Cuáles son los objetivos de Washington en esta guerra comercial? En el primer año de la guerra comercial el déficit comercial de Estados Unidos con China se incrementó 11 por ciento (pasó de 375 a 419 mil millones de dólares entre 2017 y 2018). Puede que el déficit se reduzca en los años siguientes, pero eso dependerá de muchos factores y también podría acarrear costos para los consumidores y empresas estadunidenses.

Los negociadores de Estados Unidos saben muy bien que el déficit bilateral no se va a reducir de manera significativa y que tampoco van a regresar las empresas que se fueron a China por sus bajos costos de mano de obra. Para ellas todavía quedan por explotar los paisajes demográficos de Vietnam, Cambodia e Indonesia. Entonces, ¿qué busca Washington con su belicosidad comercial?

Un indicio revelador está en las razones por las que la semana pasada se rompieron las negociaciones entre ambos países. Washington ha acusado a Pekín de renegar sobre los acuerdos a los que había llegado hacía meses. Esos convenios tienen más que ver con la política industrial y tecnológica de China, así como su legislación sobre propiedad intelectual. En este terreno, a Estados Unidos le gustaría doblegar al gigante asiático para mantener un predominio tecnológico que cada vez es más precario.

En el año 433 antes de nuestra era, Atenas impuso a la ciudad de Mégara una serie de severas sanciones económicas que amenazaban con asfixiarla. Ese decreto fue determinante y Esparta sintió que confirmaba sus peores temores sobre los designios de los atenienses para incrementar su poderío e influencia. El conflicto se presentó como inevitable y se desató la segunda guerra del Peloponeso, que terminó con la derrota de Atenas en 404 antes de nuestra era. El costo de la guerra fue terrible y Grecia nunca volvió a gozar de la autonomía que tuvo durante la era clásica. Para Tucídides, en su Guerra del Peloponeso, el factor emocional del miedo y la desconfianza fue la "causa más verdadera" de esa terrible guerra.

Hoy, la política de Washington frente a Pekín sigue el mismo derrotero. Miedo y desconfianza. ¿Preferirá Estados Unidos hundir al mundo en un conflicto nuclear antes que perder su hegemonía? Difícil responder, pero una cosa es cierta: la profecía de una guerra se cumplirá si Estados Unidos no abre el espacio que Pekín siente necesitar como potencia emergente. De adversario a enemigo no hay más que un solo paso.

Twitter: @anadaloficial

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Angustia rusa por la suspensión del INF por Trump: "crisis de los misiles" versión 2019

Después de 57 años de la crisis de los misiles en Cuba, cuando el mundo ha estado más cerca de un apocalipsis nuclear, ahora la suspensión del Tratado INF –Armas Intermedias Nucleares de alcance entre 500 kms y 5 mil 500 kms firmado en 1987 (http://bit.ly/2DByW6r), en su reciente discurso en la Duma, el zar Vlady Putin declaró estar listo a una "crisis de los misiles" al estilo de Cuba: "el despliegue de misiles de Estados Unidos (EU) en Europa amenaza a Rusia y al mundo" (http://bit.ly/2U5ogBD).

Consideró que el emplazamiento en Europa de misiles de alcance corto y medio por EU "agravará de manera drástica la situación de seguridad internacional y generará graves riesgos para Rusia".

Putin denunció que con sus pruebas de "misiles señuelo de medio alcance y su despliegue en Rumania y Polonia de los sistemas de lanzamiento para los misiles de crucero Tomahawk, EU violó burdamente hace tiempo las disposiciones del tratado INF".

Putin advirtió que "Rusia tendrá que producir y desplegar armas que pueda usar contra los territorios donde estén los centros de decisiones sobre uso de sistemas de misiles que nos amenacen". ¿A qué juega Trump?

El mandatario ruso juzgó que las acusaciones de EU "forman parte de la política antirrusa que promueve la élite estadunidense, convencida de su exclusividad y superioridad sobre el mundo".

Recalcó que "Rusia no está interesada en una confrontación con EU" a quien exhortó calcular "el alcance y la velocidad de nuestros sistemas de armas avanzados" cuando parece que EU "no se percata de cómo, a qué ritmo está cambiando el mundo" y "continúa su política destructiva".

Putin dio pauta a la negociación cuando Rusia quiere tener "relaciones amistosas y de pleno valor" con EU: "Estamos dispuestos a negociar sobre el tema del desarme; pero no vamos a llamar más a la puerta cerrada" hasta que "se den cuenta de la necesidad de un diálogo igualitario".

Con antelación comenté que quizá la suspensión del INF por Trump tenga como finalidad implicar a China en un acuerdo tripartita cuando el "reloj apocalíptico", del Boletín de los Científicos Atómicos, se encuentra ya a dos minutos de la medianoche (http://bit.ly/2TBrYmi).

A mi juicio, Rusia teme, no se diga China, la ruptura de la "estabilidad estratégica" global que cohíbe la ventaja nuclear de una de las dos superpotencias nucleares (http://bit.ly/2U4XbOV).
Quizá Moscú tema más la repetición de la carrera armamentista que la arruinó en la década de los 80 del siglo pasado y la fantasiosa "Guerra de las Galaxias" con la que Reagan engañó al cándido Gorbachov.

El portal europeo DeDefensa traduce la angustia de Rusia que “es probable coloque sus misiles crucero hipersónicos (http://bit.ly/2OTZvX3) en submarinos o navíos rusos frente a las costas orientales de EU”, densamente pobladas (http://bit.ly/2BQUYQ5).

Una Tv estatal rusa advirtió que el Pentágono y la Casa Blanca serían "blancos de un ataque nuclear" en sólo cinco minutos (https://bit.ly/2tAFZFs).

El ex director de la CIA y hoy secretario de Estado Mike Pompeo desechó los asertos del zar Vlady Putin como "fanfarronadas" diseñadas a dividir a Washington de sus aliados europeos y que constituían una vacua amenaza con la que el líder ruso intenta desviar la atención de las presuntas violaciones de Moscú al INF: "ahora es tiempo de averiguar cómo movernos hacia delante y venir con algo con lo que los rusos puedan vivir". Agregó que Putin "intenta convencer al mundo y colocar una cuña entre EU y Europa" que "está totalmente de acuerdo para apoyar nuestra decisión". ¿Y que tal si no es "fanfarronada"?

El mandamás de la deslactosada OTAN, Jens Stoltenberg, comentó que la "OTAN no desplegará ninguna arma nuclear en el territorio europeo en respuesta a los misiles rusos" (http://bit.ly/2U5vQML).

Pese al endurecimiento de Putin y Pompeo, detecto que se han dado margen para negociar un INF más integral, al estilo del Arte de Negociar de Trump, quien paradójicamente busca su Nobel de la Paz (no es broma) con Norcorea, y que en este caso no es ningún juego mercantil ni de casinos.

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Lunes, 10 Diciembre 2018 06:05

Espectros de la globalización

Espectros de la globalización

1. Escenarios. En tiempos de conjuras donde el poder económico domina, bajo atentas miradas espectrales, tanto los servicios intelectuales de la academia orgánica como el contenido de la información que se encargan de distribuir las redes sociales y medios de comunicación hegemónicos, se hace presente el desafío liberador de “atreverse a saber”. Desafío este que nos convoca para la tarea de ampliar los espacios de un pensar crítico, y situado, que contribuya a correr los velos que encubren la realidad opresora en camino a lograr transformarla. En esa perspectiva, el examen de la actual etapa del tecno-capitalismo financiero y de la operatoria que despliega, a través de sus agencias internacionales, con el fin de desmembrar el Estado-Nación, permite comprender el fundamento y sentido final del “modelo de gobernanza global” diseñado por los conglomerados oligopólicos.


2. Poder empresario trasnacional. Ante todo, siempre es ilustrativo recordar que la metáfora optimista de aquella “mano invisible” que conduce a la competencia (anunciado por Adam Smith en el mediodía de la Revolución Industrial europea) derivó, en realidad, en un proceso sucesivo de: acumulación, concentración y centralización de capitales que, desde un primer momento, estuvieron articulados con el sistema financiero y con los prestamistas internacionales “de último recurso”, conforme ya lo expusiera Rudolf Hilferding en 1910. Proceso de “centralización” ese que se ha visto reflejado en múltiples informes, entre los que podemos destacar: los producidos, a partir del año 1905, por la “Comisión de Corporaciones” estadounidense y en los resultados de una investigación realizada en la Escuela Politécnica Federal de Zurich (una de las principales universidades de Europa continental). Investigación que, a partir de cruzar datos correspondientes a 37 millones de compañías e inversores de todo el mundo, permitió establecer el alto grado de concentración e hiperconectividad de la economía mundial, en cuyas entrañas un grupo de 147 consorcios –algunos de ellos con subsidiarias o ramificaciones en Argentina– controla un 40 por ciento del ingreso total de las empresas trasnacionales.


3. Agencias de la globalización. En el devenir del capitalismo (en sus variables neoliberal, del estado benefactor o de democracia blindada fascista), el modelo estratégico de “gobierno global” desterritorializado –en lucha por controlar el aparato estatal y constituir una alternativa ante la pérdida del liderazago norteamericano de los últimos 70 años– tiene como uno de sus objetivos nucleares el desmontar las bases e instituciones del Estado y la Sociedad. Deconstrucción encaminada a conformar un sistema de gestión política, a cargo de empresarios corporativos dominantes, y legitimado en torno a la idea de “soberanía supraestatal difusa”. Proyecto este que da paso a acciones y mensajes destinados a producir subjetividad, en vías a desmantelar los enlaces históricos de identificación singular con nuestros entornos, cultura y convicciones a la vez de invisibilizar los actores colectivos, para centrarse en desacreditar, entre otras, a las instituciones políticas, judiciales, educativas, sindicales, deportivas y organizaciones libres del pueblo. De forma que todo aquello que nos constituye subjetivamente como sujetos e identifica con nuestro país, afectos, el pueblo y sus necesidades, se disuelva.

En rumbo hacia esa “gobernanza global”, las transnacionales actúan mediante agencias como el FMI, OCDE, OMC o el BM (de cuyo seno emergió “Transparencia Internacional”) a la sombra de las cuales se instalan y ejecutan –bajo presión o a cambio de ayuda financiera internacional y prebendas– los mandatos de corporaciones con asiento en EU, UE y Japón. En ese entramado, nada interfiere con un poder que, en pos de optimizar su tasa de ganancia, llega incluso a impulsar decisiones contrarias a los intereses de los propios países donde tienen asentadas sus casas matrices. Tal como ocurrió en el paradigmático caso del embargo de petróleo dispuesto por empresas multinacionales –del Grupo Aramco– sobre las entregas de combustibles al gobierno y fuerzas armadas de EE.UU., con el fin de alcanzar un aumento en el precio de hidrocarburos a resultas de la “Guerra del Petróleo” (maniobra que fuera investigada por la Subcomisión de Compañías multinacionales del Senado norteamericano)


4. Mejor hablar también de ciertas cosas. Con posterioridad a la “Gran depresión” la cuestión de regular las maquinaciones de los conglomerados oligopólicos constituyó una preocupación central en materia de estudio y vigilancia de la criminalidad empresaria. No obstante, a fines del siglo XX –a la saga de las propuestas neoliberales emanadas de la “Comisión Trilateral” y del Departamento de economía de la Universidad de Chicago– la OCDE, enarbola la bandera de los “Códigos sobre liberalización del capital” y con la colaboración de sectores del “establishment” intelectual de las academias norteamericana y alemana, batalló por desviar el eje de atención de las maniobras monopólicas hacia el control de la corrupción y de los delitos políticos de efectos económicos en el ámbito del “global south”. Traslado este que, en muchos casos ha sido impuesto o bien importado de forma mecánica (en una suerte de “tic” por “estar a la moda”) y sin mayor análisis respecto de su real génesis e implicancias. Sin duda, el abuso de poder encaminado a obtener beneficios ilegítimos, por parte del sector privado y funcionarios públicos, resulta merecedor de reproche, tanto por el perjuicio que genera en las arcas del estado como por la deslealtad –cuando no traición ideológico-política– para el conjunto de la sociedad. Pero, además, corresponde poner de relieve que el publicitado abordaje de presuntos actos corruptos o el lavado de activos, está dirigido, en realidad, a distraernos del hecho que las prácticas más perjudiciales sobre la economía, el sistema productivo, el conjunto del cuerpo social y, en especial, los más pobres, son consecuencia de maniobras silentes del oligopolio empresario. Oligopolio que se traduce no sólo en distorsiones en el nivel de precios, deterioro salarial y sobrecostos artificiales en los sistemas de comercialización (cartelizados) de productos básicos, sino que se expresa fundamentalmente en ardides como ser: abuso de información privilegiada, baja reinversión de utilidades y transferencias de dinero “negro” a paraísos fiscales (en especial Norteamérica, que no adhirió a las recomendaciones sobre inspección de cuentas bancarias depositadas en el exterior) evasión fiscal, contaminación del medio ambiente y contrabando. Complots estos que dan forma a los ilícitos económicos más graves y que sin embargo, en un giro hacia un derecho penal económico “marcha atrás”, han quedado ausentes de “atención” por parte de la justicia y la prensa, cuando no ocultados por normas (como la última Ley de “defensa” de la competencia) para pasar a quedar impunes. Los manejos delineados pujan, en definitiva, para que en el caso de gobiernos populares, se vea acotada en forma paulatina, la capacidad de decisión y para poder resolver los conflictos que se suscitan entre el interés de la comunidad y el lucro corporativo. Lo que hace reaparecer y vuelve a instalar, también, el desafío político-criminal de emprender acciones encaminadas a castigar las conjuras disvaliosas de las trasnacio

nales.


* Profesor de la materia Delitos Económicos (UBA). Presidente de la Asociación de Abogados de Buenos Aires (2011-2013).

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G-20: No hubo ruptura pero cada uno hizo su juego

Los presidentes reivindicaron el comercio internacional, pero por primera vez no se condenó explícitamente el proteccionismo económico y se llamó a reformar la OMC. En materia ambiental no se pudo adoptar una posición común.

La cumbre de presidentes del G-20 cerró ayer con una declaración conjunta que sirvió para evitar el fracaso explícito del encuentro, aunque dejó en evidencia las profundas diferencias que separan a Estados Unidos del resto de las potencias en temas centrales de la agenda global como el comercio internacional y la preservación del medio ambiente.


Por primera vez desde que se reactivó este foro multilateral hace ya diez años el texto no incluyó una condena explícita al proteccionismo económico, dejando en claro cómo impacta en los espacios multilaterales el giro que le imprimió Donald Trump a la política exterior de Estados Unidos. En la declaración incluso se incluyó un punto que llama a la reforma de la Organización Mundial del Comercio (OMC), entidad que viene siendo duramente cuestionada por Trump. En lo que respecta al medio ambiente, para evitar una ruptura se optó por una decisión salomónica consistente en incorporar un párrafo con la posición de quienes respaldan el Acuerdo de París y otro donde Estados Unidos marca sus diferencias. El presidente Mauricio Macri se limitó a observar esta pelea entre las principales potencias casi como un espectador de lujo y al cierre del evento celebró que haya habido un comunicado (ver aparte).
Los presidentes del G-20 emiten una declaración por año, la cual se va negociando durante meses en distintos encuentros ministeriales. Cuando la cumbre de líderes se acerca, esas negociaciones se intensifican y se concentran sobre los puntos conflictivos. El jueves los sherpas encargados de ese tira y afloje estuvieron reunidos hasta las 2 de la mañana y el viernes fue otra jornada agitada, pues de nada hubiera servido tener la gran mayoría de los puntos del documento consensuados si finalmente, por ejemplo, no se ponían de acuerdo en torno al Acuerdo de París y Trump terminaba pegando un portazo.


Los líderes tienen claro que este tipo de espacios multilaterales tienen algún tipo de sentido solo si se llega al menos a un mínimo consenso, pues de lo contrario el efecto termina siendo contraproducente por el desgaste que le genera a las partes. El presidente francés Emmanuel Macron había dejado en claro este punto hace algunos días cuando aseguró públicamente que “si no conseguimos acuerdos concretos, nuestras reuniones internacionales se vuelven inútiles”.


Con la intención de evitar esa ruptura explicita, en lo que refiere a la disputa ambiental el documento final de 31 puntos que se distribuyó ayer por la tarde le dedicó un párrafo a cada posición. “Los firmantes del Acuerdo de París, quienes también se unieron al Plan de Acción de Hamburgo, reafirman que el Acuerdo de París es irreversible y se comprometen a su completa implementación”, señala el punto 20, mientras que en el punto siguiente aclara: Los Estados Unidos reitera su decisión de retirarse del Acuerdo de París y afirma su fuerte compromiso para el crecimiento económico y accesos a energía y seguridad, utilizando todos las fuentes de energía y tecnologías al tiempo que protege el medio ambiente”.


El otro tema que divide las aguas son las reglas que rigen el comercio internacional. Trump pateó el tablero al poco tiempo de asumir la presidencia de Estados Unidos e inició una ofensiva comercial en defensa de sus intereses que tuvo a China como principal objetivo. En julio le aplicó una serie de aranceles y el gigante asiático respondió de la misma manera quedando declarada la guerra comercial entre las dos principales potencias mundiales que ha ido escalando y tiene en vilo al resto del mundo, pues ambos países en conjunto representan más del 40 del PBI mundial.

La declaración de los presidentes trató de hacer equilibrio en medio de esta disputa. “El comercio y las inversiones internacionales son motores importantes de crecimiento,

productividad, innovación, creación de trabajo y desarrollo. Reconocemos la contribución que el sistema de comercio multilateral ha hecho para este fin”, dice el texto, pero, a diferencia de las ocasiones anteriores no llamó a luchar contra el proteccionismo y le apuntó a la OMC, una de los engranajes de la arquitectura internacional que Trump tiene en la mira. “El sistema actualmente no cumple con sus objetivos y hay espacio para mejorar. Por lo tanto, apoyamos la reforma necesaria de la Organización Internacional de Comercio para optimizar su funcionamiento, revisaremos su progreso en nuestra próxima cumbre”, destaca el texto. Luego de la disputa que mantuvieron dentro de la cumbre, Trump y el presidente chino Xi Jinping mantuvieron una reunión bilateral junto a sus equipos para seguir negociando cara a cara reglas que garanticen nuevas condiciones de equilibrio para el escenario internacional. Por ahora, lo único claro pareciera ser que el modelo de liberalización comercial gradual instrumentado a mediados del siglo XX para dejar atrás el proteccionismo que derivó en las dos guerras mundiales está en rediscusión. Por eso se puso el foco en la reforma de la OMC, organismo creado en 1995, pero que marca la continuidad de un proceso que comenzó con la aprobación del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT) en 1947. Lo que aún está por verse es si estos escarceos son solo un reacomodamiento dentro del mismo esquema o un punto de quiebre que le abre las puertas a un escenario todavía desconocido.
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La cena del medio billón de dólares: China y EEUU se reúnen en privado durante el G-20


Donald Trump y Xi Jinping se reunirán este sábado durante una cena en Buenos Aires. ¿Qué puede pasar durante el encuentro? Una marcha atrás en los aranceles

parece improbable


Si a Donald Trump y a Xi Jinping les preocupa algo el colesterol, lo mejor va a ser que no pidan carne en su cena de esta noche. Si cumplieron con todas las comidas que el Gobierno de Argentina programó para los líderes del G20, habrán pasado ya por choripanes, ojos de bife, empanadas de carne y filetes de lomo. Y aún les quedan los corderos de la Patagonia reservados para el almuerzo del sábado.


Pero tal vez el colesterol sea lo que menos preocupe a los presidentes de China y Estados Unidos en su encuentro bilateral de este sábado, el primero que celebran desde que en noviembre de 2017 se vieron en Pekín. Entre los 250 mil millones de dólares de exportaciones chinas que ya sufren un 'arancel Trump' y los 267 mil millones que podrían sumarse, la batalla de Xi Jinping esta noche es por un negocio de más de medio billón de dólares, una cantidad comparable al PIB de Suecia. Además de ampliar el número de artículos arancelados, la amenaza de Trump es incrementar en enero el gravamen que ya están pagando muchos productos chinos, haciéndolo pasar del 10% al 25%.


Más importante que el menú es el nombre de los invitados a la cumbre bilateral. La confirmación de Peter Navarro, por el lado de Trump, contribuyó en gran medida a los vaivenes que el viernes sufrió el índice bursátil Dow Jones en la Bolsa de Nueva York. Funcionario de Trump en la Casa Blanca, Navarro defiende la línea dura contra Pekín desde los días en que el magnate republicano se postulaba como presidente y dicen que fue él quien insistió en que el presidente eligiera a China como rival estratégico.


¿Qué puede pasar en el encuentro de hoy? Una marcha atrás en los aranceles ya impuestos parece descartada hasta por los funcionarios chinos. Según el periódico The Wall Street Journal, su objetivo es que las cosas queden como están y Trump no cumpla con su amenaza de incluir nuevos artículos a las barreras y de subir los aranceles existentes.


Para Ian Bremmer, de la consultora en riesgo geopolítico Eurasia Group, ese es un escenario posible debido a "la gran cantidad de tiempo que las dos partes han pasado preparando el encuentro y asegurándose de que sale algo productivo de él". "La pregunta", dijo Bremmer a eldiario.es, "es si estamos ante el primero de muchos encuentros, en cuyo caso seguiríamos con la amenaza de nuevos aranceles el 1 de enero, o si llegan a un acuerdo macro entre China y los Estados Unidos que funcione como un 'alto el fuego' en la guerra comercial".


En opinión de Bremmer, alcanzar ese acuerdo macro que evite nuevas beligerancias en enero está dentro de lo esperable. El problema con Trump es que la variable del escándalo doméstico está siempre demasiado cerca y, como dice Bremmer, en esas circunstancias el presidente "puede ser especialmente autodestructivo".
Habrá que administrar con prudencia el optimismo, entonces. Este jueves, el exabogado de Trump, Michael Cohen, confesó haber hecho declaraciones falsas en relación a la construcción de una Torre Trump en Moscú cuando el Congreso de EEUU lo investigaba por las posibles connivencias con Rusia en las presidenciales de 2016. "¡Caza de brujas!", respondió ayer Trump en un tuit desde Buenos Aires.


Pero si consigue dominar sus impulsos, a Trump también le conviene el alto el fuego. Es verdad que, en principio, las hostilidades comerciales debilitan principalmente a China porque su economía depende más de las exportaciones que la de Estados Unidos, pero dañar al crecimiento chino termina afectando siempre a las economías de Europa y de Estados Unidos.
De acuerdo con un análisis de Bloomberg, China tiene tres cosas que ofrecer para evitar el embate: relajar el requisito que obliga a los inversores extranjeros a compartir el capital de las empresas con el Estado chino; combatir de verdad el robo de propiedad intelectual; y presentar una hoja de ruta creíble en la que el déficit comercial de Estados Unidos con China se vaya reduciendo progresivamente.


La batalla de los aranceles es la más visible pero podría ser solo una excusa. Según Néstor Restivo, director de la p ublicación argentina sobre las relaciones de China con América Latina DangDai, el gran objetivo de EEUU es "frenar como sea el ascenso de China": "Lo de los aranceles es la punta del iceberg, una herramienta que tiene para impedir que China crezca tan rápidamente, pero lo que está de fondo es el tema tecnológico, el Plan Made in China 2025 es lo que de verdad preocupa, un proyecto chino de mucho avance en inteligencia artificial, biotecnología y robótica".


En opinión de Restivo, el mejor resultado del encuentro entre Trump y Xi Jinping esta noche sería "un acuerdo de partes para ordenar una transición hacia unas relaciones de fuerzas más equilibradas, un mundo más multipolar en el que se tendrían que empezar a aceptar espacios de intervención del uno y del otro, como que Estados Unidos pueda hacer negocios en Asia y que a cambio no interfiera en los negocios de China en América Latina".


Sobre el papel, suena bien. El problema es que a la potencia en ascenso le resulta más fácil aceptar la nueva multipolaridad del mundo que a la que ve amenazada su supremacía. No parece una píldora fácil de tragar por Trump aunque por otro lado, y como dice Restivo, "la rivalidad existe y China no va a dejar de crecer por estas amenazas".

Por Francisco de Zárate
30/11/2018 - 20:17h

 

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Viernes, 30 Noviembre 2018 05:42

Trump se acerca a China, pero no tanto

Trump se acerca a China, pero no tanto

El republicano dijo que podrían lograr un acuerdo comercial, pero que él preferiría no hacerlo

En medio de la guerra comercial, el magnate neoyorquino afrimó que el mundo está abierto a hacer un trato, pero que le gusta el acuerdo que tiene ahora con China. Trump y Xi se reunirán mañana con agenda abierta y en un lugar secreto.


El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, dijo ayer que un acuerdo comercial con China estaba “cerca”, pero agregó que él preferiría no llegar a uno, enfriando las esperanzas de un avance en la cumbre del G-20. Trump y el presidente chino, Xi Jinping, se reunirán durante la cumbre en Argentina, que comienza hoy. “Creo que estamos muy cerca de hacer algo con China pero no sé si quiero hacerlo”, les dijo Trump a los periodistas de la Casa Blanca antes de iniciar su viaje a Buenos Aires.


Estados Unidos inició en julio una guerra comercial con el gigante asiático al imponer un aumento de los aranceles a la importación de productos chinos por valor de 34.000 millones de dólares. En septiembre, Washington gravó además un arancel del 10 % a 200.000 millones de dólares de importaciones chinas, que subirá al 25 % en enero de 2019, y ha amenazado con sancionar bienes por otros 267.000 millones de dólares. Las autoridades estadounidenses han renovado en los últimos días sus críticas a China ante la reunión entre ambos mandatarios.


China criticó la agresiva política comercial de EE.UU. “por sus dañinas consecuencias” y aplicó medidas recíprocas a más de 60.000 millones de dólares en importaciones estadounidenses.


Los mercados esperan que se pueda llegar a un acuerdo antes de fin de año, cuando los aranceles estadounidenses aumenten significativamente.


Ayer, Trump también reiteró que los aranceles estadounidenses generaban ingresos fiscales: “Lo que tenemos ahora es que miles de millones y miles de millones de dólares ingresan a Estados Unidos en forma de impuestos”, dijo, resaltando los beneficios de la disputa comercial.


Es más, Trump recomendó a aquellas empresas que sufren los impuestos que trasladen sus fábricas a su país. “Si las empresas no quieren pagar aranceles, que produzcan en Estados Unidos”.


Los economistas y críticos de las políticas comerciales de Trump señalan que los impuestos son pagados por los importadores y, por lo tanto, constituyen un gravamen a la industria y a los consumidores de Estados Unidos que China no paga.


El magnate republicano dijo que creía que Beijing esperaba llegar a un acuerdo. “Creo que China quiere hacer un trato. Estoy abierto a hacer un trato, pero francamente me gusta el acuerdo que tenemos ahora”, dijo.


En una entrevista del diario The Wall Street Journal publicada anteayer, Trump consideró “muy improbable” una postergación de la subida de aranceles al 25 % para bienes por valor de 200.000 millones de dólares importados de China, como quiere Beijing mientras las dos partes negocian.


Señaló que si no se llega a un acuerdo con Xi Jinping para la apertura de su mercado a las exportaciones estadounidenses, proseguirá con su presión comercial sobre la segunda economía mundial gravando otros bienes sobre los que aún no ha aplicado subidas arancelarias.


Se confirmó que Trump y su par chino Xi Jinping cenarán juntos mañana, con agenda abierta y en un lugar secreto.

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De la guerra comercial a la guerra militar

En la guerra la superioridad del armamento tiene poca importancia. Muchos conflictos bélicos fueron ganados por la parte que tenía armamento más pobre y menos sofisticado, como sucedió en la guerra de Vietnam. Incluso en las guerras entre estados, ha sido frecuente que los ejércitos mejor armados y más capacitados terminaran derrotados, como sucedió con la Alemania nazi.


En estos momentos el mundo sufre varias guerras, con armas y sin armas o, mejor, con diversos tipos de armamento, pero todas ellas peligrosas. La más reciente es la guerra comercial desatada por el gobierno de Donald Trump contra China, una guerra focalizada en las tarifas comerciales que tiene como objetivo poner de rodillas al país asiático.


Todas las guerras persiguen lo mismo: destruir y aniquilar enemigos, sean éstos naciones, pueblos o sectores sociales. Sin embargo, quienes nos organizamos como pueblos, clases o sexos, los movimientos antisistémicos, no podemos ni debemos encarar la guerra con la misma lógica que los estados mayores de las fuerzas armadas. Si disponemos nuestras fuerzas para aniquilar al enemigo, nos convertiremos en algo similar a lo que combatimos. Es la historia de la Unión Soviética bajo Stalin.


En la coyuntura actual, signada por la proliferación de guerras, parecen necesarias algunas consideraciones sobre lo que está sucediendo y las perspectivas que se van abriendo ante nosotros.


La primera es que no debemos desestimar la actual guerra comercial o económica, ya que anticipa una guerra militar porque apunta al mismo objetivo: poner de rodillas al otro. Si observamos el mundo en perspectiva, podemos afirmar que hemos ingresado en un periodo de destrucción masiva capitaneado por el capital financiero y su brazo armado, el Pentágono.


Vivimos un agravamiento del clima bélico que llevará, nada es inevitable por cierto, hacia una confrontación armada entre potencias nucleares. No debe descartarse, por tanto, la utilización de armas atómicas, con toda su gravedad para la vida en el planeta.


Sin embargo, el arma atómica no modifica la lógica de la guerra, como lo anticipó hace décadas uno de los más brillantes estrategas, Mao Tse Tung, con una tremenda frase: la bomba atómica es un tigre de papel, que es utilizada para intimidar a los pueblos.


Las guerras las ganan los pueblos que muestren mayor cohesión (que no unanimidad) y coraje para defenderse, y que se hayan dotado de una dirección política que interprete esa voluntad. El pueblo soviético derrotó a los nazis por su contumaz decisión de defender la patria, al igual que los vietnamitas frente a los yanquis y los argelinos ante los franceses. Cuba superó la agresión y el bloqueo por la energía y la voluntad de su pueblo.

Fueron decisiones tomadas abajo, en los espacios de la vida cotidiana, las que blindaron a esos pueblos para defenderse colectivamente.


La segunda cuestión deriva directamente de la anterior: el punto clave es la defensa, que es mucho más potente que la ofensiva. Es en la defensa cuando un pueblo asume su condición de tal, cuando le da forma y sentido a su ser colectivo. La defensa ante ataques exteriores tiene la capacidad de cohesionar, mientras la ofensiva debilita al enemigo si somos capaces de perdurar.


Por tanto, en estos momentos la clave es la permanencia, persistir y sostenernos para sobrevivir como pueblos. Incluso la retirada sin combatir puede tener sentido si se trata de seguir existiendo. Esto vale para los pueblos y para las naciones, las clases y los grupos sociales. No tiene el menor sentido jugarse el futuro en un arrebato para destruir a quien nos ataca.


Los pueblos están optando por la defensa no violenta de sus territorios. Es lo que observamos entre los mapuche, los nasa-misak, los zapatistas, los afros y los aymaras que resisten de forma masiva y maciza, organizados comunitariamente. No hay atajos para evitar el dolor y la muerte, pero hay capacidad para transmutarlos en potencia colectiva.


La tercera cuestión es la más compleja, porque los movimientos emancipatorios no tenemos mucha experiencia en un camino tan necesario como inédito: desarmar la estrategia de aniquilar al enemigo porque es, de forma simultánea, el camino para interiorizar la lógica del enemigo.


La racionalidad de la guerra corre pareja con la propuesta de ocupar el Estado y convertirlo en la principal herramienta para la emancipación. Este fue un camino razonable un siglo atrás, cuando no había ninguna experiencia sobre los enredos que esa estrategia suponía para los movimientos anti-sistémicos. Como sabemos, señaló el rumbo de su conversión en movimientos conservadores y represivos.


En este recodo de la historia no tenemos otra alternativa que la creatividad. Repetir las estrategias que nos llevaron al fracaso es garantía de volver a tropezar con las mismas piedras. En un periodo de gran confusión, necesitamos apegarnos a una ética que nos dice que las herramientas nunca fueron ni pueden ser neutrales.

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Las potencias industrializadas también lideran la economía digital

La tecnología ‘on-line’ está transformando a pasos agigantados los estilos de vida y reseteando los negocios. Los países nórdicos, EEUU, Japón, Alemania, Reino Unido y economías de altos niveles de renta, como Suiza o Singapur cobran ventaja. Mientras China avanza a velocidad de crucero. España figura entre las naciones con potencial, pero sin billete de primera en el tren de la digitalización.

 

La Cuarta Revolución Industrial, el Internet de las Cosas (IoT), descubre un suculento pastel. De nada menos de 42.000 millones de dólares, según Morgan Stanley, cuyos expertos auguran alzas anuales de entre el 15% y el 18% hasta 2020. Sólo en el estadio inicial del cambio de paradigma industrial, el del proceso de robotización y la inserción de las capacidades de innovación técnica de transmisión de datos, en el que las firmas que han dado ese salto han elevado del 8% al 18% sus gastos de capital en el último lustro. Pero, ¿en qué situación se encuentra esta reconversión hacia la industria on line? Varios rankings internacionales arrojan luz sobre esta cuestión.


Quizás uno de los estudios de mayor prestigio en este terreno sea el Digital Planet, elaborado por la Fletcher School -Tufts University- y Mastercard y cuyo Índice de Evolución Digital (DEI) de 2017, publicado en la prestigiosa Harvard Business Review, ofrece una panorámica de precisión sobre su calado transformador, veinte años después de que Sergey Brin y Larry Page registraran el dominio google.com y once desde que Steve Jobs presentara en sociedad, en San Francisco, el iPhone.

El top ten de su DEI lo integra Noruega, Suecia, Suiza, Dinamarca, Finlandia, Singapur, Corea del Sur, Reino Unido, Hong-Kong y EEUU. Con las cuatro grandes economías del euro algo más relegadas: Alemania en el puesto 17; Francia, en el 20, España, en el 25 e Italia, en el 34.


Las fintech españolas están en disposición de emular a Nora, la aplicación de Nordea -el mayor banco escandinavo por volumen de activos-, que orienta desde el año pasado las carteras de inversiones de cada cliente en función de su asunción de riesgos, su patrimonio y su capacidad de ahorro, gracias a sus sofisticados procesos de Inteligencia Artifical, algoritmos, economics analytic y automatización de datos.
De igual modo que la industria aeroespacial hispana podría abordar la fabricación de micro-drones para usos civiles con herramientas de computerización innovadoras que satisfagan las demandas de conglomerados logísticos y de distribución como Amazon. O firmas de servicios con experiencia en gestión de autovías, ferrocarriles y estaciones o aeropuertos ser pioneras en controles de pasajeros y mercancías plenamente automatizados.


Al fin y al cabo, la transmisión y análisis de datos corren como la espuma por el universo digital. En 2016, se mandaron 81 billones de e-mails por segundo, el servicio de mensajería WhatsApp superó los 50.000 millones de envíos diarios y el gigante chino Alibaba de comercio electrónico gestionó más de 175.000 transacciones al día. Son ejemplos del itinerario por el que transita la Industria 4.0; un tren que transita a alta velocidad. Con el flujo de datos por bandera. En varios de sus segmentos productivos más ilustrativos. Pero los botones de muestra surgen por doquier.


Pero la gestión de la digitalización en la industria española, en tiempos recientes, no ha tenido un respaldo activo desde la Administración. Sumida como ha estado, en una legislatura y media con recortes en I+D+i que han ensanchado, todavía más, la brecha digital con los países de su entorno. Desde la Secretaría general de Industria y de la PyME, que dirigió hasta el cambio de gabinete Begoña Cristeto. Su última convocatoria de ayudas, para 2017, a firmas industriales apenas ascendió a 70 millones de euros; en forma de préstamos a 10 años a tipo de interés fijo referenciado al Euribor.


Gran parte de ellas enfocadas a proyectos para soluciones de negocio o al desarrollo de plataformas colaborativas, a robótica avanzada, tratamiento masivo de datos, sistemas embebidos o fabricación aditiva. Fondos adscritos al programa Industria Conectada 4.0. Pero, además, la iniciativa de asesoramiento Activa, a la que se acogieron casi 200 empresas, ha movilizado 2 millones de euros: la mayor parte, 721.685 euros, a cargo del ministerio. Casi los mismos recursos (700.705 euros) que aportaron los gobiernos regionales.


Pero, según expertos en digitalización, España “adolece aún de cualquier conato de multinacional digital, si tenemos en cuenta que Telefónica, líder del sector privado en inversiones en innovación, es operadora de servicios, no una auténtica tecnológica”. El cambio de estructura gubernamental, que ahora entrega la Ciencia y las universidades al ministro Pedro Duque, “es una señal hacia la senda más adecuada, aunque sólo si se corrobora que se multiplicarán los recursos a la investigación y se pone en marcha algún tipo de instrumento con ventajas fiscales y laborales para atraer el talento que emigró del país con la crisis”, dice una fuente del sector innovación.


Otro de los barómetros de mayor reconocimiento global es el de Acatech. Su última versión, de 2017, certifica la condición de Alemania, cuna de la Industria 4.0, como abanderado innovador europeo, si bien constata una cierta parsimonia en su reciente evolución hacia la digitalización. La Academia Nacional Alemana de Ciencia e Ingeniería advierte que la locomotora alemana se codea con los líderes en innovación (mantiene el cuarto puesto de años precedentes), aunque no logra las cotas de digitalización industrial, científica, educativa y en inversiones de I+D+i del entramado público-institucional; en especial -dice Acatech- en las infraestructuras digitales, que han experimentado un retroceso respecto a los grandes rivales internacionales.


Alemania se ha dejado rebasar en la escala de valor industrial de su sector privado por Reino Unido, con Japón en investigación y con China en estrategia de innovación y, en general, ha ralentizado su avance en la búsqueda y uso de nuevos modelos de negocios digitalizados. El del World Economic Forum (WEF) también tiene su particular ranking de innovación. El último, del bienio 2016-17, sitúa a Suiza como el más fértil ecosistema de innovación, gracias a la mezcla de políticas e infrestructuras con climas propicios para la digitalización, un sistema académico excelente con capacidad selectiva para atraer talento y unas multinacionales que abanderan sus sectores productivos.


A ello, une una red de pequeñas y medianas empresas con reputación por sus elevados grados de calidad en innovación. Singapur es el segundo clasificado. Esencialmente, por el fuerte desarrollo tecnológico, la solvencia de sus cursos formativos, la alta eficacia de sus mercados y sus infraestructuras. En tercero en discordia es EEUU. El WEF destaca su renovada competitividad, la sofisticación tecnológica de su sector privado, la fortaleza y la dimensión de sus mercados y la habilidad para encauzar la oferta educativa a las demandas empresariales. España surge en el puesto trigésimo segundo; es decir, gana un peldaño respecto al diagnóstico precedente del WEF.


Sin embargo, otro ranking de la fundación que creó y gestiona el foro de Davos -más específico sobre la Cuarta Revolución y las innovaciones en ingeniería, el Networked Readiness Index (NRI), deja el siguiente ranking de liderazgo industrial, con las pertinentes valoraciones en una escala entre el 0 y el 7: Singapur (6,04); Finalndia (5,96); Suecia (5,85); Noruega (5,83); EEUU (5,82); Holanda (5,81); Suiza (5,75); Reino Unido (5,75); Luxemburgo (5,67) y Japón (5,65).


El WEF confirma el retroceso de Alemania, que queda relegada al puesto decimoquinto, y el gran salto de China, que escala hacia las potencias digitales. Por delante de la totalidad de sus rivales emergentes y de los países en desarrollo, que pierden irremediablemente terreno en los últimos ejercicios económicos. La sociedad y las empresas chinas están cada vez más enchufadas a la Red y al e-commerce.


Alemania: germen de la Industria 4.0


El término Industria 4.0 se achaca a Henning Kagermann, responsable de Acatech, que lo acuñó en 2011 para describir el inicio de una iniciativa gubernamental de renovación de la política de innovación industrial.
Desde el nacimiento del concepto Industria 4.0, emporios como BASF, Bosch, Daimler, Klöckner & Co, Trumpf o Deutsche Telekom iniciaron un camino de no retorno. Al que se unieron, algo más tarde Siemens o, fuera de Alemania, General Electric y, casi sin excepción, las principales marcas de automoción.


Hasta contabilizar alrededor de 2.000 compañías de 26 naciones, que fueron catalogadas por centros de investigación como líderes en economía digital, en los albores de 2016. EEUU, Japón, China, Reino Unido y los países nórdicos acompañan a la locomotora de la UE en la carrera digital, que ha dejado atrás la tercera revolución, la era de la informática, más propia de la segunda mitad del siglo pasado, que siguió a la primera, la mecánica, del Siglo XVIII, y a la segunda, de la proliferación de la energía eléctrica, fechada entre finales del XIX y principios del XX.


Aunque otros poderosos mercados emergentes como India, o tradicionales potencias industrializadas como Holanda y economías con férreos lazos entre su industria y sus bancos -Suiza-, también se han incorporado a esta carrera competitiva. Klaus Schwab, fundador del (WEF) explica que, “contrariamente a otras revoluciones industriales, la 4.0 involucra cambios exponenciales, no lineales, que afectan no sólo al qué o el cómo hacer las cosas, sino también a quiénes somos”. En su opinión, “estamos ante un hito histórico sin precedentes, por la velocidad, el alcance y el impacto de esta fusión tecnológica que está superando las barreras entre las esferas física, digital y biológica”.


No hay parangón en cuanto a la promoción de la prosperidad global de esta Cuarta Revolución Industrial en relación a las tres anteriores, proclama el impulsor de la cumbre de Davos. Trumpf es un buen botón de muestra del salto industrial made in Germany. La metalúrgica, que factura 3.200 millones de dólares en ventas anuales y emplea a más de 10.000 trabajadores en todo el mundo, activó en 2015 Axoom, su aplicación corporativa para fijar, entre otras tareas, fechas de entrega de pedidos y de trabajos de instalación de sus operarios, o para predecir en qué momento sus maquinarias precisan recambios concretos.
Fue una de las primeras firmas en entender que el IoT establece ganadores o perdedores en función de si controla o no sus propias plataformas digitales, el estrato informático sobre el que se combinan toda clase de dispositivos, datos y servicios para diseñar ofertas que fidelicen clientes o sirvan de gancho a nuevos usuarios.


Es como si el juego de las máquinas y equipamientos se hubiera transformado: la construcción ya no es lo más importante. Tiene su coste y su esfuerzo, obviamente, pero resulta incomparable con el valor de factores intangibles como la información combinada de datos que facilita nuevos negocios, para más compradores y con sello de servicios de alta calidad digital.


Alemania, pues, parece haber jugado un buen primer tiempo en la contienda industrial 4.0, el del viaje hacia la digitalización. O, dicho de otra forma, la gran potencia europea ya dispone de un gran censo de fábricas automatizadas -robotizadas- que producen bienes y servicios inteligentes. Sin embargo, ciertos temores culturales a la pérdida de privacidad de datos personales y a la propia e incierta dinámica de la economía on line -cuyo caso más visible es el escándalo de emisiones de CO2 del grupo automovilístico Wolkswagen-, ha ocasionado un cierto retardo en el reto de construir plataformas de negocios inteligentes, según el último informe de situación de Acatech.


Duda que aprovechan Apple y Google y otros gigantes americanos con presiones a la industria de automoción, por ejemplo, para que instalen sus sistemas operativos. “Nos piden cederles la soberanía sobre nuestros datos”, alerta Wilko Stark, estratega jefe de Daimler. Algo similar a lo que le ocurre a Samsung, cuyas ventas de smartphones están limitados por su dependencia de Android, el sistema operativo para móviles de Google.


“Quien controle las plataformas, será el dueño del futuro”. Palabra de Kagermann, el inspirador del concepto Industria 4.0. Este es el desafío que traslada Sillicon Valley a las blue chip, estables, pero chapadas a la vieja economía. Y no todas las firmas de la poderosa industria alemana han tomado nota de ello. Bosch, Trumpf o Siemens disponen ya de sistemas operativos dominantes que ofrecen a otras empresas para ayudarles a crear nuevos servicios. Incluso Deutsche Telekom ha puesto en el mercado Qivicon, su plataforma inteligente que rivaliza con Apple y Google. Pero en la industria automovilística, BMW, Daimler, Audi o el conglomerado Volkswagen aún usan la tecnología de lectura de mapas que adquirieron hace un decenio a Nokia, mientras Tesla acapara patentes de cada movimiento de desarrollo de sus vehículos eléctricos inteligentes.


China: el competidor emergente


Si Alemania representa el nacimiento de la Industria 4.0, EEUU el mercado de las grandes firmas tecnológicas y la marca-país de las plataformas de negocios y Japón, el liderazgo de la robótica, China es, sin duda, el mercado con mayor potencial y dinamismo a la hora de adoptar el recetario digital.La planificación del régimen de Pekín ya ha emprendido políticas de modernización en nueve áreas industriales; entre otras, la siderometalúrgica, la naviera o la petroquímica.


Con motivo de los cambios de modelo productivo que precipitó la crisis de 2008. Fue al inicio de la década actual. A esa incipiente estrategia oficial se unieron de inmediato otros siete sectores, desde la biotecnología a las energías alternativas y, desde 2015, cuando se anunció el ambicioso proyecto Made in China 2025, segmentos de más alta tecnología y de mayor sensibilidad para la seguridad nacional como el aeroespacial o la de nuevos materiales. Esta evolución deja datos sorprendentes. Como que la tercera parte de los 262 startups globales que han alcanzado la consideración de unicornios son chinas y acaparan el 43% del valor de estas firmas. O que sus gigantes tecnológicos tuteen en beneficios e ingresos a sus contrincantes estadounidenses, europeos o japoneses. Alibabá, Baidu, Tencent o BAT operan con sus propios ecosistemas digitales.

Al calor de la laxitud regulatoria y de las inyecciones financieras de Pekín. Aunque también del boom del consumo ciudadano, que roza los 800.000 millones de dólares en Internet, -once veces el gasto de e-commerce estadounidense- y la inversión empresarial: el capital riesgo tecno-digital se ha encaramado al top-three mundial, con más de 77.000 millones de dólares en el trienio 2014-16, el 19% del total. Un compendio de iniciativas que han dejado a sus actores un superávit de servicios digitales de 15.000 millones de dólares en los últimos cinco años y que ha reducido la brecha 4.0 respecto a las potencias industrializadas con incrementos de productividad, gracias a la adopción masiva de tecnología y negocios on line (China ha pasado de estar 4,9 veces menos digitalizada que EEUU en 2013 a 3,7 en 2016) que le ha reportado una demanda digital superior a la de Brasil y Corea del Sur.


El trampolín hacia los mercados digitales


La Cuarta Revolución Industrial ya está en marcha. Sectores como el metalúrgico, el aeroespacial o el automovilístico rezuman innovación 4.0. Pero también se vislumbra este cambio de paradigma en la fulgurante robotización en Japón; en las plataformas de negocios de las tecnológicas americanas o en el espectacular salto digital de China. Muestras de que las escalas de valor de las empresas, la productividad o la naturaleza laboral cambian a velocidad de vértigo.


Cualquier usuario del aeropuerto de Oslo supera desde hace meses los controles de pasaportes, los arcos metálicos de seguridad, el embarque y la recepción de equipaje o la identificación de cada viajero en el punto de acceso definitivo a la aeronave con sistemas táctiles y oculares, sin vestigio de contacto directo con ningún empleado. La gestión de las instalaciones del aeródromo con mayor tráfico aéreo de Noruega está completamente computerizadas.


Así es la economía digital y, dentro de sus múltiples variantes, la llamada Industria 4.0, el nuevo paradigma de los sectores vinculados a las manufacturas, la automoción o el sector aéreo. Las compañías que han adoptado sus procedimientos empresariales y métodos de innovación han transformado de manera diametral, durante los años de la post-crisis económica, sus cadenas de valor. Mediante la integración de una extensa variedad de utensilios, aplicaciones y recursos tecnológicos. Desde impresoras 3D hasta la robótica. Pero, sobre todo, a través de una persistente automatización de los fulgurantes avances informáticos (en especial, en software) y la integración de procesos de tratamiento de datos (Big Data), fórmulas algorítmicas y cálculos de economic analytics. Un esfuerzo imprescindible para abordar con éxito los mercados digitales de bienes y servicios manufacturados.


En definitiva, estos actores industriales -muchos unicornios, firmas que han rebasado los 1.000 millones de dólares de valor, pero también consorcios de larga tradición-, se han adentrado en la Inteligencia Artificial. Usan plataformas on-line y ecosistemas empresariales propicios para el desafío de adecuarse, primero, y satisfacer, después, la demanda de sus clientes. Casi en tiempo real. Porque no tienen reparo -sino todo lo contrario- en asumir nuevos modelos de negocio, en transformar sus estructuras corporativas y en movilizar constantemente a su capital humano y tecnológico.


De igual forma que se afanan en encontrar nuevos protocolos de gestión o perfilar una reorganización de su logística o de sus transacciones financieras para agilizar envíos. Incluso buscan fórmulas imaginativas para atraer talento o formar habilidades técnicas. Siempre en aras de ganar eficacia y celeridad y con la meta de acomodar su producción a la alta competitividad de la era digital.


Tampoco sus equipos directivos están exentos de responsabilidad, porque sus decisiones se someten al escrutinio de la productividad y de la cuenta de resultados.Crece rápido o muere lento es uno de sus lemas más elocuentes. Tesla responde a esta máxima. El fabricante de coches inteligentes por excelencia, una de las enseñas empresariales de Elon Musk, superó el pasado ejercicio a Ford o General Motors en capitalización bursátil. Adaptarse a los cambios o desaparecer. Esa es la cuestión. Porque, como alerta John Chambers, presidente de Cisco Systems, “al menos el 40% de los negocios actuales perecerá en los próximos diez años si sus directivos no son capaces de averiguar cómo realizar una conversión de arriba a abajo en sus compañías para adecuarlas a la innovación tecnológica”.


El ‘road map’ hacia la estrategia digital


El reto de la industria digital es, pues, mayúsculo. Pero la recompensa es demasiado suculenta como para ignorarla. El negocio 4.0 añadirá 12 billones de dólares más al PIB global en 2025; el equivalente a las economías conjuntas de Japón, Alemania y Reino Unido. Aunque ya un lustro antes el Internet de las Cosas (IoT) será capaz de generar 3,7 billones de dólares de riqueza, la mayoría de la industria manufacturera, que ya dispone de tecnología y procedimientos 4.0, pero todavía no están preparada para una integración completa. Un paso clave e ineludible si se busca la conexión entre la dimensión de productos y servicios inteligentes y los procesos productivos.


Este road map requiere tres escenarios básicos de actuación: el primero, inversiones en áreas esenciales para absorber una mayor demanda en la cadena de suministros -avances digitales o sistemas de comunicación M2M (machine to machine), que implican adquisiciones en disciplinas como la robótica, el Big Data, la ciberseguridad o la tecnología IoT-, y que exige la superación de la cadena de valor clásica, insuficiente para gestionar más clientes y pedidos; el segundo tiene que ver la alineación entre las innovaciones digitales y las estrategias corporativas de gestión, atención al cliente y traslado de beneficios al accionista.


El escalafón final obliga a aplicar tareas de monitorización; es decir, de constatación, con información precisa -Big Data y analítica- de la influencia que los cambios provocan en la oferta de bienes y servicios; es decir, en el ciclo vital del producto, en la cadena de valor, en el capital humano y tecnológico y en la competitividad y en la rentabilidad final. Porque, más incluso que tecnología, la Industria 4.0 es Big Data. O desarrollo analítico. No por casualidad Facebook, que realiza el soporte de un amplio universo de negocios on line del sector privado, gestiona más de 300 millones de gigabytes de datos de usuarios, lo que equivale a que cada uno de ellos tenga archivados 126 e-books en sus cuentas.

Trump y Putin les pasan la pelota a la CIA y al FBI

Cuando se lo presionó al magnate republicano sobre el veredicto de sus propios jefes de inteligencia, Trump enfatizó que Putin “fue extremadamente fuerte y contundente en su negativa” sobre la injerencia rusa en la campaña electoral.

 

Los presidentes Donald Trump y Vladimir Putin prometieron ayer reencauzar las complejas relaciones entre las mayores potencias nucleares del mundo en su primera cumbre celebrada en Helsinki, donde el mandatario estadounidense se negó a condenar la supuesta injerencia rusa en las elecciones de su país, según las conclusiones de la CIA y el FBI.

De pie junto a Putin en una conferencia de prensa conjunta, Trump dijo que habían “pasado bastante tiempo hablando sobre” la supuesta injerencia de Moscú en los comicios de 2016 que ganó el magnate republicano. Evitó entrar en detalles o condenar explícitamente cualquier interferencia rusa, luego que 12 agentes rusos fueran acusados la semana pasada por este caso en Estados Unidos.
Cuando se le presionó sobre el veredicto de sus propios jefes de inteligencia, Trump enfatizó que Putin “fue extremadamente fuerte y contundente en su negativa hoy (por ayer) y lo que hizo fue una oferta increíble”, dijo el ocupante de la Casa Blanca. Agregó que la investigación del fiscal especial Robert Mueller había sido un “desastre” para Estados Unidos.


Trump volvió a negar cualquier tipo de colusión entre su campaña y el Kremlin, mientras Putin sostuvo: “El Estado ruso nunca ha interferido y no planea interferir en los asuntos internos de Estados Unidos”. Y Trump le cree, aunque le lluevan críticas desde su país (ver aparte).


Ya desde antes de comenzar la reunión, el presidente norteamericano había vinculado la pobreza en las relaciones con Moscú con las investigaciones llevadas adelante en su país. “Nuestra relación con Rusia NUNCA fue tan mala gracias a muchos años de tontería y estupidez estadounidense y ahora por la manipulada caza de brujas”, había escrito el mandatario en Twitter.


Los servicios secretos estadounidenses acusan al gobierno de Putin de un ataque cibernético durante la campaña presidencial de 2016 con el objetivo de ayudar a Trump y perjudicar a la candidata demócrata, Hillary Clinton.


En una nueva fase de la investigación, el viernes el Departamento de Justicia de Estados Unidos presentó acusaciones formales contra 12 miembros del servicio secreto militar ruso GRU de haber atacado computadoras de demócratas, así como de miembros del equipo de campaña de Clinton. Se trata de la primera vez que el Departamento de Justicia estadounidense señala al servicio secreto y, con ello, responsabiliza directamente a Rusia de los ciberataques.


Putin admitió que sí quería que el magnate republicano ganara las elecciones presidenciales con el argumento de que éste quería mejorar las relaciones con Rusia. En esta línea, Trump reforzó su postura. “Como presidente, no puedo tomar decisiones sobre política exterior en un intento inútil para complacer a los demócratas y a los medios de comunicación”, subrayó Trump en referencia al escepticismo que ha generado su relación con Putin en parte de su país. “Prefiero asumir un riesgo político en aras de la paz que arriesgar la paz en aras de la política”, indicó.

 

El mandatario ruso rechazó, además, que el Kremlin tuviese en su poder información comprometedora contra el presidente de Estados Unidos, como han publicado algunos medios de ese país. “Cuando el presidente Trump visitó Moscú, ni siquiera sabía que estaba allí”, señaló Putin.


El jefe del ejecutivo ruso dio una muestra de buena voluntad al proponerle a su par estadounidense permitirle a Washington interrogar a los agentes de inteligencia rusa acusados. “Tenemos un acuerdo entre Estados Unidos y Rusia que data de 1999 sobre la ayuda en los casos criminales y este acuerdo sigue en vigencia. En este marco, (la Fiscalía estadounidense) puede enviar una solicitud para realizar el interrogatorio a estas personas que son sospechosas”, declaró Putin.


En cuanto a los otros temas tratados, el ruso informó que durante la reunión había hecho propuestas para el control del armamento de cada país, como por ejemplo una ampliación del acuerdo START de armas estratégicas, y Trump, por su parte, volvió a recordar que entre los dos países tienen el 90 % de las armas nucleares en el planeta. “Como potencias nucleares, tenemos una responsabilidad especial” en la seguridad internacional, se limitó a decir Trump.


El líder ruso dijo que también habían hablado de la anexión rusa de Crimea: “La posición del presidente Trump sobre Crimea es conocida y la mantiene. Él habla de la ilegalidad de la reintegración de Crimea a Rusia. Nosotros tenemos otro punto de vista. Consideramos que se hizo un referéndum, de acuerdo a las leyes internacionales. Para nosotros es una cuestión cerrada”, señaló Putin.


Sobre la situación en Siria, el estadounidense reconoció que era compleja y que la cooperación entre ambos países tenía el potencial de salvar cientos de miles de vidas. En consecuencia, Trump aludió a que se utilizará el criterio de la asistencia humanitaria si, dijo, podían hacer algo para ayudar a la gente de Siria. El mandatario ruso estimó que su papel era más que humanitario y le pasó la pelota. Literalmente. “En lo que se refiere a que la pelota de Siria está en nuestro techo... señor Presidente, usted acaba de decir que hemos organizado exitosamente el Mundial de Fútbol. Así que quiero entregarle esta pelota. Ahora, la pelota está de su lado”, dijo Putin. El jefe del Kremlin, que entregó a Trump la pelota oficial del Mundial de Rusia, se refería a la frase del secretario de Estado norteamericano, Mike Pompeo, de que la pelota del arreglo en Siria estaba en el techo de Rusia. Trump le dio las gracias por el regalo. Seguidamente, dijo que le regalaría la pelota a su hijo pequeño, Baron, y se lo lanzó a su esposa, Melania, que estaba en primera fila. “¡Melania, tomala!”, le pidió Trump entre las risas de los presentes.

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Trump redobla la presión sobre China con nuevos aranceles sobre otros 200.000 millones

Washington publica una lista de más de 6.000 productos chinos sujetos a un gravamen del 10% a partir de septiembre


La batalla comercial entre Estados Unidos y Chin ha entrado ya en una zona de cifras gruesas, que van más allá de la gesticulación —de por sí peligrosa para la confianza inversora— y empiezan a apuntar a una guerra comercial a gran escala. Donald Trump ordenó este martes a la Oficina del Representante de Comercio Exterior que active el proceso para fijar nuevos aranceles del 10% sobre más de 6.000 productos chinos cuyo valor de exportación ronda los 200.000 millones de dólares (unos 170.000 millones de euros) al año. Es la respuesta a la represalia de Pekín el pasado viernes, que puso en marcha gravámenes a productos estadounidenses por 34.000 millones horas después de que Washington hubiera hecho lo propio.


La escalada arancelaria entre las dos mayores potencias económicas del mundo se ha producido en la misma secuencia de esta semana. La Administración de Trump amenaza con aranceles y el régimen chino hace lo mismo, con las idénticas tarifas y el mismo volumen económico afectado. Tras negociaciones infructuosas, EE UU activa los aranceles y amenaza con más si China responde. Y China responde, así que EE UU pone en marcha la nueva ronda de tarifas aduaneras. Así ad infinítum o, más bien, hasta superar los 500.000 millones de dólares, que es la cantidad total de exportaciones que se verán afectadas por las tasas si se cumpliesen todas las amenazas que ya hay sobre la mesa. La cifra resulta vertiginosa: el intercambio de productos entre ambos países rozó los 600.000 millones de dólares en 2016 (con 115.600 exportados hacia China y 347.000 hacia EE UU).


Pekín considera que esta nueva lista es "totalmente inaceptable" y ha asegurado que responderá "con las contramedidas necesarias" si finalmente estos aranceles entran en vigor. "Con esta actitud, Estados Unidos daña a China, al mundo y a sí mismo", afirmó el Ministerio de Comercio en un comunicado, informa Xavier Fontdeglòria. El país asiático lo tendrá imposible para devolver un golpe de la misma intensidad simplemente porque sus importaciones desde EE UU no alcanzan los 200.000 millones de dólares. Es probable, según los expertos, que Pekín abra la veda de las medidas no arancelarias: al tener un control considerable sobre la economía, las autoridades pueden fácilmente dificultar la actividad de las empresas estadounidenses en territorio chino o incluso impulsar un boicot encubierto al país, desde dejar de comprar sus productos hasta restringir el turismo chino a EE UU, entre otras medidas.


La lista adicional de bienes a los que la Oficina del Representante de Comercio Exterior propone aplicar el arancel, hecha pública durante la noche del martes, ocupa 205 páginas, e incluye una gran variedad de productos (del carbón al tabaco, pasando por productos químicos y neumáticos). El embajador Robert Lighthizer argumenta en un comunicado que la reacción de Pekín “no tiene base legal ni justificación” y que el arancel del 10% que plantea para los nuevos productos es una “respuesta apropiada” a unas políticas industriales por parte de China que son "dañinas”. Washington apunta esta vez a los productos identificados que se benefician de la nueva política industrial para 2025, el gran plan económico de China.


El listado se someterá a una fase de consultas entre los días 20 y 23 de agosto con el fin de tomar una decisión el día 25 del mismo mes. Con la última ronda de aranceles activas, la del pasado viernes, la fase de consultas redujo el impacto de 50.000 millones a 34.000, mientras que los 16.000 siguen en estudio. La aplicación de los aranceles anunciados el martes va para largo y, mientras tanto, la Administración de Trump y el régimen de Xi Jinping pueden tratar de acercar posturas. Hasta ahora, no lo han logrado: EE UU critican el enorme déficit comercial que registra respecto a China (de más cerca de 400.000 millones), acusa al régimen de competir de forma desleal y de crear un marco regulatorio de asociación con inversores locales que favorece el robo de propiedad intelectual a los inversores estadounidenses.


“Durante muchos años, China recurrió a prácticas abusivas que van en detrimento de nuestra economía, nuestros trabajadores y nuestras empresas”, reitera Lighthizer en su comunicado, en el que califica la conducta china de “amenaza existencial”. “Durante más de un año hemos urgido pacientemente a China a que ponga fin a estas prácticas injustas, que abra sus mercados y que se comprometa con una competencia real”, señala. “Hemos sido muy claros respecto a los cambios que deberían tomar. Pero en lugar de resolver una preocupación legítima reprimieron nuestros productos”.

Washington 11 JUL 2018 - 05:29 COT

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