MÚSICA DESDE OTRAS COORDENADAS

Juan Guaidó cruzó a Colombia en busca de respaldo

El opositor venezolano se reunirá con el presidente Iván Duque y participará de la Cumbre Hemisférica de Lucha contra el Terrorismo en la que estará presente Mike Pompeo, secretario de Estado norteamericano. 

 

El presidente de Colombia, Iván Duque, fue el primero en anunciar el arribo de Juan Guaidó a Colombia. Afirmó que mantendría una reunión de trabajo con quien llamó el “presidente de Venezuela”, que también, según anunció Duque, participará de la Cumbre Hemisférica de Lucha contra el Terrorismo que se celebrará el lunes en Bogotá, con la presencia del secretario de Estado norteamericano, Mike Pompeo.

Luego fue el mismo Guaidó quien confirmó estar del otro lado de la frontera y prometió un regreso al país “lleno de buenas noticias”, sin anunciar cuándo sería, ni cuál será su agenda para los próximos días, aunque trascendió por diferentes medios que podría ir al Foro de Davos, en Suiza, que comienza el 21 de enero.

La llegada de Guaidó a Colombia conllevó especulaciones acerca de cómo habría cruzado la frontera debido a la prohibición de salir de Venezuela. La única vez que salió del país fue en febrero del año pasado cuando cruzó a Cúcuta desde donde, había jurado, entraría junto a los camiones de ayuda humanitaria.

Fue recién en septiembre cuando se confirmó que había cruzado a Colombia a través de un operativo montado entre el gobierno colombiano, la derecha venezolana y el grupo paramilitar Los Rastrojos, con los cuales se tomó varias fotografías.

La noticia, fue ampliamente difundida en aquella oportunidad, confirmando las acusaciones de las vinculaciones tanto del gobierno de Colombia como de Guaidó con el paramilitarismo colombiano que opera, entre otras zonas, en la frontera colombo-venezolana.

Esta nueva ida a Colombia ocurre en un momento de crisis sostenida de su fórmula para lograr su objetivo tantas veces anunciado de “cese la usurpación”, es decir el derrocamiento por la fuerza de Maduro, que debería abrir paso a un “gobierno de transición” para dar paso a “elecciones libres”.

Esa crisis comenzó en gran parte luego del intento fallido de aquel febrero, al cual se sumó la acción también fallida de tomar las armas junto a un grupo de militares el 30 de abril. Desde entonces Guaidó decayó a lo interno de Venezuela, sin capacidad de movilizar y volver a generar expectativas en la base social opositora.

Esa crisis que se agudizó con las acusaciones de corrupción ocurridas con el dinero recibido para el evento de Cúcuta, así como al interior de la Asamblea Nacional (AN).

El Guaidó que cruzó a Colombia ya no es el dirigente estrella fabricado con una inmensa operación mediática y política que lo mostraba como imparable. Ahora es un dirigente que además de las derrotas del 2019 ha sumado una más, central, el 5 de enero pasado: la pérdida de la presidencia de la AN.

Esa derrota en el Poder Legislativo, producto de una disputa interna de la oposición sobre la cual el chavismo maniobró, no fue reconocida por Estados Unidos. La administración de Donald Trump sostiene que Guaidó sigue siendo el presidente de la AN y, en consecuencia, el presidente encargado de Venezuela.

Su ida a Colombia tiene entonces varios objetivos. Por un lado, volver a darle fuerza desde el frente internacional, a través de declaraciones y fotografías acompañado por Duque y Pompeo y quienes asistan a la Cumbre. Guaidó tendrá un momentáneo oxígeno político que necesita para seguir generando noticias.

Por otro lado, allí recibirá nuevas instrucciones para hacer frente a un 2020 que ha comenzado con un nuevo retroceso para la ingeniería del gobierno paralelo 2.0 que encarna Guaidó.

¿Qué plan tiene el gobierno norteamericano para enfrentar este escenario? ¿Qué rol cumplirá Colombia en esta nueva etapa? Esas son algunas de las preguntas centrales. Por el momento se sabe que el gobierno norteamericano no reconocerá el próximo llamado a las elecciones legislativas en Venezuela, que he hecho declaraciones acerca de la necesidad de un diálogo, y que mantendrá las operaciones encubiertas armadas.

En tercer lugar, Guaidó buscará a través de esa salida del país crear una expectativa al interior de Venezuela para mostrarse respaldado. En ese marco intentará hacer de su regreso otro hecho político. En ocasión de su salida en febrero del 2019 su ingreso había sido por el aeropuerto internacional de Maiquetía.

El conflicto venezolano atraviesa uno de sus momentos determinantes. La apuesta del gobierno es lograr unas elecciones a la AN con la mayor participación de fuerzas de la oposición, para lo cual cuenta con que el sector opositor que se ha alejado de la estrategia norteamericana es cada vez más numeroso.

Lograr ese objetivo sería un paso importante en la reconfiguración del mapa política y su correlación de fuerzas internas. Pero, como bien se sabe, el conflicto venezolano transcurre sobre variables nacionales, así como también y sobre todo variables internacionales.

El último paso del frente internacional había sido el de activar el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca. La ida de Guaidó por Colombia será importante para saber qué líneas de acción han decidido priorizar quienes conducen el intento de golpe de Estado en Venezuela que, contra muchos pronósticos, no ha lograr sus objetivos.  

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Las grandes petroleras gastan mil millones de dólares para bloquear medidas contra el cambio climático

ExxonMobil, Shell, Chevron, BP y Total no escatiman esfuerzos para obstruir los objetivos de los Acuerdos de París. La ONG británica InfluenceMap desvela en un informe la verdadera agenda de las grandes empresas petroleras.


Blanquean su imagen corporativa con amplios programas de responsabilidad social corporativa. O con proyectos innovadores en energías renovables inmersos en sus fundaciones. Aunque, en realidad, despliegan millones de dólares a la pervivencia de los combustibles fósiles. Es decir, a mantener o expandir el calentamiento global.


Siguen el argumentario de El Gatopardo, la novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa. Aquel que pregona “cambiarlo todo para que nada cambie”. Un reciente estudio de InfluenceMap así lo atestigua. Las cinco grandes firmas petroleras que gobiernan el tortuoso mercado energético (de crudo y gas, esencialmente) destinaron a lo largo de 2018 casi 200 millones de dólares -el estudio habla de 153 millones de libras- a retrasar, controlar o bloquear cualquier iniciativa diseñada a combatir el cambio climático.


ExxonMobil, Shell, Chevron, British Petroleum (BP) y Total no dan puntada sin hilo. Hacen suyo el proverbio castellano de “ni un mal gesto, ni una buena acción”. Pura imagen. El informe asegura que estas petroleras se han gastado desde los Acuerdos de París de 2015 más de 1.000 millones de dólares en estrategias de lobby, que han hecho coincidir con campañas de lavado de imagen a favor de las energías limpias. Entre otras, Climate Action 100+, un programa de medidas contra el cambio climático que incorporó a las mayores firmas privadas del mundo.


Entre sus actos de influencia más reseñables, los expertos de esta institución sin ánimo de lucro británica, que enfoca sus objetivos filantrópicos a desenmascarar a las corporaciones que actúan en el sector energético y a defender la causa contra el calentamiento global, destacan el uso de las redes sociales.


Por ejemplo, emplearon 2 millones de dólares en campañas en Facebook e Instagram para promover los supuestos beneficios de que los combustibles fósiles ocupen un lugar aún más destacado en el mix energético global -en detrimento de las renovables- durante las elecciones de mitad de mandato (Midterm) de noviembre pasado en EEUU.


Su misión es de una innegable nitidez. Ganarse el favor del nuevo poder legislativo. Al fin y al cabo, cada cuatro años, en estos comicios, se renuevan los 435 escaños de la Cámara de Representantes, una tercera parte de los cien senadores y 36 de los 50 gobernadores de la Unión. Y conviene tener en perfecto estado de revista los servicios de lobby en el paraíso del poder soterrado y en el mercado más importante del mundo. Dentro de una acción global orquestada para debilitar las agendas de reformas favorecedoras de las energías renovables de los gobiernos que avanzan hacia la consecución de los Acuerdos de París.


Entre las que ocupan un lugar destacado las críticas a lo que consideran, sin complejos, un exceso regulatorio en su industria, que -aducen- les resta dinamismo, les reduce los beneficios y les ocasiona multimillonarios gastos anuales por requerimientos legales.


Inversiones multimillonarias en gas y petróleo


Los botones de muestra que ofrece el informe son más que relevantes. BP donó 13 millones a una campana, a la que también se sumó Chevron, que logró frenar la imposición de una tasa al carbón en el Estado de Washington. Un millón de los cuales se destinó a publicidad en medios. Edward Collins, uno de los autores de la investigación de esta ONG, hace hincapié en la banalidad de la estrategia de las big five.


“Sus marcas corporativas revelan claros apoyos públicos hacia el combate del cambio climático, pero sus acciones de lobby van en la dirección contraria. Abogan por soluciones de bajas emisiones de CO2 mientras aumentan sus inversiones y gastos hacia la expansión del negocio de los combustibles fósiles”. Después de los Acuerdos de París de 2015, de los que se salió EEUU por designación expresa de Donald Trump, las compañías de petróleo y gas dieron su apoyo a la paulatina supresión del carbón como fuente de energía y formalizaron la Iniciativa Climática del Petróleo y del Gas para impulsar medidas voluntarias que redujeran la polución por emisiones fósiles.


En 2019, los desembolsos presupuestados en planes de inversión para la extracción de gas y petróleo de estas cinco grandes petroleras se incrementarán hasta los 115.000 millones de dólares, de los que sólo el 3% irán a proyectos de bajas emisiones. Shell y Chevron se apresuraron a criticar el contenido de InfluenceMap.


Con argumentos como que “no hacen apología” de sus contactos con legisladores o reguladores, redoblando su respaldo a los Acuerdos de París y a sus objetivos medioambientales, o apelando a la transparencia de sus iniciativas de reducción de gases que provocan el efecto invernadero o a su compromiso con las energías limpias para lograr que el clima no rebase los 1,5 grados centígrados en 2050 en vez de los 2 grados establecidos en la capital francesa.


Los expertos de esta institución ponen como modelo de buen gobierno corporativo la decisión del fondo soberano noruego, que mueve más de un billón de dólares en activos globales a los que exige -entre otros propósitos- un demostrado compromiso con el medio ambiente. Motivo por el que ha sacado de sus carteras de inversión a compañías dedicadas a la exploración o a la extracción de petróleo.


Un proceso de desinversiones que el Ministerio de Finanzas de Noruega, dueño del fondo del que se nutren las pensiones de las personas en edad de retiro, ha instaurado también en Norges Bank, entidad que sólo financiará con las petroleras proyectos de energías renovables o que aceleren la transición hacia las energías limpias. “Tenemos 11 años para parar el caos climático.


No podemos encontrar justificación alguna en que las petroleras se opongan a regulaciones exigentes y a sanciones duras de sus negocios con elevadas emisiones de CO2 a la atmósfera”, dice Jan Erik, CEO de Storebrand Asset Management, la firma privada de activos más importante de Noruega. Y eso incluye “rechazar todo intento de la Administración Trump de diluir las avalanchas regulatorias en el sector para promover la reconversión industrial hacia las energías renovables e impedir la proliferación de iniciativas de influencia entre bambalinas el Capitolio -sede de las dos cámaras del Congreso- y en la Casa Blanca.


La industria petrolífera se acomoda con Trump


El lobby petrolífero se instaló de inmediato en el Despacho Oval tras el triunfo de Trump. Hasta lograr estabilizar el precio del barril en los más de dos años de su mandato entre los 45 y los 65 dólares por barril. En cumplimiento del complejo equilibrio de intereses geoestratégicos entre países productores y consumidores de crudo.


En detrimento de los grupos de presión de las renovables que afloraron a la vera de Barack Obama. Encabezado -el del oro negro-, por Scott Pruitt, al frente de la Agencia de Protección Medioambiental desde la andadura presidencial de Trump. Y del que han salido voces como la de Harold Hamm, el multimillonario magnate del fracking -una técnica de extracción del crudo a partir de esquistos bituminosos y a través de procesos de pirólisis, hidrogenación o disolución térmica- que nunca ha tenido reparo alguno en avisar a la OPEP, desde entonces, de que “podrían matar” a la industria petrolífera si el cártel trata de encarecer artificialmente el mercado. O, mejor dicho, de calentar sin su consentimiento los precios. En un aviso beligerante sin precedentes en la historia de la poderosa organización que lidera Arabia Saudí.


El del petróleo es un lobby que ha aterrizado de nuevo en Washington con intención de quedarse. Al menos, durante el periplo presidencial de Trump. A pesar de su promesa de “drenar la ciénaga” de grupos de presión próximos a la Casa Blanca, cuando aún se jactaba de ser la auténtica voz contra el establishment, el enemigo de los Clinton y del poder establecido. O de la salida de su gabinete del ex secretario de Estado, Rex Tillerson, antiguo consejero delegado de Exxon Mobile.


Porque, pese a su volatilidad derivada del recorte de cuotas de la OPEP, por un lado, y de la disminución de la demanda por la pérdida de fuelle de la economía global, por otro, el barril de crudo está a punto de firmar su mejor trimestre desde 2002, tras rozar los 40 dólares a mediados de diciembre. Una escalada del 32% desde el inicio de 2019 que ha catapultado su cotización, en EEUU, por encima de los 60 dólares.


Catherine Howarth, ejecutiva jefe de ShareAction, organización que promueve inversiones con responsabilidad social corporativa, pone el dedo en la llaga: “El informe de InfluenceMap deja evidencias de que la retórica de las petroleras no concuerda con su acción empresarial, que sus credenciales sobre cambio climático no pueden convivir con el ejercicio de sus lobbies ni con sus intentos de sabotaje para revertir el calentamiento global. Es un juego sucio, con dinero que no se emplea de forma legítima”.

 

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Domingo, 30 Septiembre 2018 06:12

La inestabilidad neoliberal en Latinoamérica

La inestabilidad neoliberal en Latinoamérica

Estabilidad, confianza, certidumbre y eficiencia son las cuatro promesas más repetidas por cualquier proyecto neoliberal. ¿Se cumplen? ¿Es un gobierno neoliberal capaz de dar estabilidad a un país? ¿Saben cómo generar confianza y certidumbre? ¿Logran tener economías eficientes? Veamos qué sucede en Latinoamérica. Empecemos por Argentina.

Crear un buen eslogan es siempre más fácil que estabilizar la economía de un país en un ambiente de fuerte restricción externa. El macrismo se desgasta a mucha más velocidad de lo previsible porque demuestra que no sabe gobernar ni gestionar. En algo menos de tres años consiguió que el país esté patas arriba. La economía no va, se mire por donde se mire. La inflación apunta este año 2018 a estar por encima del 40 por ciento según las últimas estimaciones oficiales, a pesar de que la tenían calculada en el 15 por ciento a fines del año pasado. La economía se contraerá por encima del 2 por ciento, aunque habían pronosticado que crecería por encima del 3 por ciento. La liberalización cambiaria provocó una devaluación que no tiene fin: en este tiempo lo llevaron de 10 pesos hasta casi 40, y veremos cómo acaba. La inversión extranjera jamás llegó. Se prometieron dólares que era imposible de producirlos en casa, y sólo han podido ser obtenidos parcialmente, con una deuda eterna con el mundo. El Fondo Monetario Internacional pide más ajuste: más recortes sociales, menos salarios, provocando así que la demanda interna pierda toda su fuerza como motor económico. La tasa de interés va por el 60 por ciento: espaldarazo ideal para que la economía financiarizada acabe con la economía real. La industria se desmorona. La balanza comercial es cada día más deficitaria tras la liberalización de las importaciones.


El cuadro macroeconómico del neoliberalismo en Argentina no resiste a ningún test de equilibrio ni eficiencia. Mauricio Macri y Cambiemos trajeron consigo justamente lo contrario de aquello que siempre promete: incertidumbre y desconfianza. La inestabilidad no sólo es económica, también lo es política y social. Las protestas crecen y se extienden a casi todos los sectores gremiales. La marcha de las mujeres demostró también la incapacidad del Gobierno para entender que está surgiendo otra nueva mayoría que refleja un sentido común cada vez más protagónico en la sociedad argentina. Tampoco les funciona el oído; se alejaron de todo lo que pasa en la calle. El timbreo como apuesta publicitaria está bien, pero no les sirve para que la ciudadanía resuelva sus problemas. Están atrapados en sus propios anuncios mientras que la inestabilidad afecta a la gente.


Pero no es únicamente en Argentina donde neoliberalismo e inestabilidad se dan la mano. Brasil es otro buen ejemplo de ello. Con elecciones a la vista y un presidente no electo desde hace años, este país presenta un largo etcétera de sucesos que conforman un panorama ciertamente inestable. Su economía no crece. El real se devalúa. El país se ha militarizado para frenar protestas. Y Naciones Unidas desautoriza que se impida a Lula ser candidato a presidente.


Otro caso es el de Perú, que aunque su macroeconomía es estable, el sistema político y judicial hace aguas por todas partes. Posee un presidente no electo tras el caso de corrupción que sacó a Kuczynski de su condición. Tiene a otros tantos ex presidentes también en la cárcel o prófugos por haberse enriquecido ilegalmente. El sistema judicial está completamente podrido. El actual fiscal general está con múltiples casos en su contra. La mayoría de la ciudadanía no cree en sus instituciones.


Es fácil seguir dando ejemplos de países que bajo la gestión neoliberal no saben generar ni confianza ni certidumbre. Colombia es otro país con una economía real raquítica, desindustrializada progresivamente, con productividad muy baja, sin demanda interna que logre generar crecimiento sostenido, y con indicadores sociales más propios de países en guerra. Y con un conflicto cada vez más difícil de resolver por la llegada de Iván Duque a la presidencia. Y, mientras tanto, las muertes de lideres sociales continúan. Chile es otro destino no tan ideal como lo presentan. Con una economía que no despega, y en medio de continuos paros nacionales por parte de una gran diversidad de sectores, el país tampoco muestra un marco de estabilidad. Y no olvidar a México, cuyo neoliberalismo ha hecho que la economía siga estancada, con alta inflación, fuertemente endeudado, con un sector petrolero venido a menos luego de las últimas reformas, y con pobreza y desigualdad de carácter estructural que, además de ser injustas, suponen un freno a cualquier intento de reactivación económica.


Se mire por donde se mire, el neoliberalismo no sabe gobernar, ni siquiera bajo sus propias premisas. Dime de qué presumes y te diré de qué careces. Si las agencias de calificación de riesgo hicieran bien su trabajo, desde criterios estrictamente ortodoxos, les daría a todos ellos una nota muy negativa.


La verdadera experticia del neoliberalismo es comunicar lo que no sabe hacer. Ni estabiliza; ni da certeza ni confianza; y tampoco logra consolidar economías eficientes

Por Alfredo Serrano Mancilla, director del Celag, doctor en economía

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Miércoles, 16 Mayo 2018 06:09

El caso Jessica Lynch

El caso Jessica Lynch

Mariano Gallego recuerda el caso de la soldado norteamericana Jessica Lynch para sostener que en tiempos de posverdad los medios de comunicación aportan el formato a través del cual nuestra vida transcurre y los informativos se asimilan a esta lógica siendo editados como películas.

En marzo de 2003, luego de un intenso enfrentamiento con fuerzas locales, la soldado Jessica Lynch fue herida de bala, secuestrada y torturada por el ejército irakí. Unos días más tarde, tras un gran operativo de rescate, fue liberada por las fuerzas armadas norteamericanas. El hecho se conoció gracias a un video filmado por otro de los soldados y a la propagación de la noticia por los principales medios de comunicación norteamericanos. Finalmente salió a la luz que el video había sido producido por la división “cinematográfica” del Pentágono –Rendon Films–, que las heridas no eran de bala ni arma blanca sino producto del vuelco de la camioneta que la soldado manejaba y, para peor, los supuestos captores y abusadores fueron en realidad los médicos del hospital Saddam Hussein de la ciudad de Nasiriya, quienes le salvaron la vida y luego la dejaron ir.


Esto no escapa a lo que alguna vez Aníbal Ford expuso con respecto a los meta relatos construidos en el marco de la guerra fría por películas como Rocky IV, en la que un boxeador sin apoyo económico, tecnológico ni gubernamental superaba a un Drago auspiciado por el estado y la tecnología de guerra soviética,

demostrando así el espíritu y la esencia norteamericanas y su capacidad de sobreponerse a las adversidades. Con el caso Jessica Lynch se construye algo similar, con una diferencia sustancial: se inserta en el formato reality show. Quizá en otro momento histórico esto hubiese provocado la ira y el descontento generalizados, sin embargo, ocurrió algo “curioso”: al volver a los Estados Unidos –luego de que el montaje se había develado–, centenares de personas se agolpaban esperando a la soldado para recibirla como un heroína de guerra.


Este acontecimiento, ocurrido hace más de quince años (y en el que de alguna forma concluyen los aportes respecto de la teoría posmoderna que van desde la “sociedad del espectáculo” de Debord y la “deconstrucción” derrideana hasta el “giro cultural” de Jameson y los “no lugares” de Augé) podría ser fundante de la “era de la posverdad”. Al igual que en el Morel de Bioy –posiblemente una de las novelas más proféticas del siglo pasado– en la que los protagonistas se subsumen a la luz de aquella invención con la satisfacción de que su imagen perdure por la eternidad en el plano elegido, la sociedad actual parece dispuesta a arrojarse a su espectro audiovisual producida por los relatos hollywoodenses con la fantasía de formar parte de éstos.


Los medios de comunicación aportan el formato a través del cual nuestra vida transcurre y los informativos se asimilan felizmente a esta lógica siendo editados como películas, con música de fondo y los lamentos de presentadores que cada vez explotan más sus dotes actorales. La consecuencia es un sujeto que los consume ya no tanto para informarse cuanto para asimilarse a la “ficción”. Así es posible dar sentido a hechos que van desde la inauguración de piletas “unidimensionales”, funcionarios en bote a la vera de falsas inundaciones, presidentes saludando a multitudes inexistentes, crecimientos invisibles, juicios por corrupción, bombardeos en países periféricos, etc. El fundamento se encuentra en el interior de la pantalla y el material proyectado no necesita ya de la corroboración. Peor que eso, el espectador intuye que el montaje posterior encontrará un sentido a lo que aparenta no tenerlo, y quien intente sustraerlo de esta ficción –contrastando los “datos” expuestos por los medios de comunicación– será castigado de la misma forma que quien trunca la abstracción silenciosa en la oscuridad de la sala de cine. El sujeto de la posverdad no sólo no diferencia la realidad de la ficción, sino que goza con esta indiferenciación y es capaz de violentarse con quien intente alejarlo de la misma.


De este modo, como en el caso de la soldado Jessica Lynch, observamos que el proceso se ha invertido, lo real es antes construido por los medios y el consumo de la “noticia” el modo de corroboración y un índice de pertenencia. Esto permite que una empleada doméstica, una panadera o un peón de campo se sientan más identificados con el empresario o su patrona y sus intereses, negando las condiciones objetivas que los separan, que con quienes transitan sus mismas experiencias cotidianas y territoriales; esta última no se construye ya en el campo o en el barrio sino al interior de la pantalla. El “pueblo” sale feliz a recibir a su heroína y se realiza –igualándose en el mismo relato– en la eternidad de su ficción.


* Docente UBA y Universidad de Palermo.

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El nacional-populismo se apodera de las tres grandes potencias nucleares

La exaltación del patriotismo -el America, first, la Madre Rusia o la Revolución Cultural del Gran Timonel chino del Siglo XXI- es el germen del Nuevo Orden Global. Más gasto militar, con escalada atómica, y cambios económicos de calado con el beneplácito de sus sociedades civiles, dominadas por la censura o la post-verdad de las redes sociales y los medios de comunicación.


¿Nueva Guerra Fría? Una vuelta al viejo estilo disuasorio de siempre. Sólo que ahora, el cóctel no sólo resulta ser más peligroso, sino que, además, puede hacer estallar por los aires cualquier exceso de tacticismo. La geo-estrategia contemporánea es mucho más convulsa, con más focos de tensión, más propensos a hacer estallar la bomba de relojería que siempre subyace en toda Guerra Fría que se precie. Y, sobre todo, con armas más precisas, infinitamente más destructivas y (…) con dirigentes con el gatillo fácil. Es decir, mucho más alejados de las pautas de prudencia y menos proclives a soluciones diplomáticas que sus antecesores de la post-guerra mundial, a juzgar por su retórica y, en consecuencia, menos capacitados para analizar convenientemente el diagnóstico real de su época.


Rechazo al cambio climático en el momento de mayor gravedad y riesgo del ecosistema del planeta; fracking en la etapa de las energías renovables; barreras al libre comercio y supresión de uniones aduaneras en plena globalización y en los albores de la Cuarta Revolución Industrial, la digital; cierre de fronteras a personas y mercancías y controles migratorios con manifestaciones de odio hacia el extranjero o mecanismos de perpetuación en el poder, entre otras tendencias.


En definitiva, un escenario, el del Nuevo Orden Global, que se ha instalado desde la llegada a la Casa Blanca de la Administración Trump, aunque ya se atisbaba en el Kremlin y que ha aceptado de buena gana el régimen de Pekín, que no invita precisamente al optimismo.


Pero, ¿cómo se ha instalado este nacionalismo en las tres grandes potencias nucleares? Desde luego, no de forma casual. Ni en los EEUU de Donald Trump, ni en la Rusia de Vladimir Putin, ni en la China de Xi Jinping. En los tres casos, responden a una estrategia predeterminada.


En Rusia, su origen se fraguó hace más de quince años. Desde casi la irrupción del, entonces -en las postrimerías del siglo pasado-, desconocido Vladimir Putin, ex agente del KGB, en la arena política, al implantar su particular capitalismo de amiguetes, de cesiones del poder económico-empresarial a oligarcas y del político a tecnócratas afines. En especial, si proceden de su clan, el de San Petersburgo, ajeno y rival del de Moscú que sostuvo a Boris Yeltsin.


En China, en cambio, se ha acentuado en el último lustro. Exactamente desde la presidencia de Xi Jinging, -desterrado a una aldea del norte del país durante su infancia, a tareas de reeducación familiar porque su padre Xi Zhongxun, antiguo héroe de la Revolución, cayó en desgracia y fue denostado por Mao Zedong-, artífice de que la nación más poblada de la Tierra entrara en una nueva era, según su propia proclamación. A raíz de una profunda y rápida transformación de su patrón de crecimiento. De ser la factoría global o el mercado de manufacturas de venta masiva de productos, a bajos precios, al exterior, a convertirse en una economía tecnológica, aupada a la digitalización, y cuyo motor de dinamismo ha pasado a ser la demanda interna -consumo privado e inversión empresarial-, base del progreso de las potencias industrializadas. Aunque, más allá de cualquier otra componenda, la fortaleza del nuevo Gran Timonel chino es la reciente reforma de la Constitución Popular China, que elimina los límites presidenciales (dos mandatos de cinco años) y le permite emular a Zedong, que gobernó el país desde 1949-1976.


El salto hacia lo inesperado de EEUU lleva el sello personal de Trump. Catapultado al poder desde los estados agrícolas e industriales del interior, con mayorías sociales tradicionales, que vieron en su mensaje de Hacer América de Nuevo Grande, una vuelta al esplendor de los viejos tiempos.


Rusia, el detonante del nuevo orden. Vladimir Putin lleva ventaja a sus oponentes. Por ser el más veterano de los tres; pero, en especial, porque fue el primero que creyó en el cambio de ciclo. Además, su nacional-populismo lleva años dejando rastro. Nunca mejor dicho. Porque su gran arma reciente han sido los ciberataques. A empresas e infraestructuras de EEUU, Europa y Reino Unido. O mediante la difusión de noticias falsas para generar división social en Occidente y propiciar inestabilidades institucionales. Si bien no ha sido la única. Otra, inicial, fue la asunción de la energía, principal fuente de ingresos del país más extenso, como arma de política exterior. Mediante esta argucia dejó sin suministro de gas y, por tanto, de calefacción, primero a Ucrania y, luego, durante varias semanas en dos inviernos distintos, a Europa Central. Un aviso para la, entonces, primeriza canciller Angela Merkel.


De ahí que no pueda sorprender en demasía las expulsiones de diplomáticos rusos -más de un centenar, en 18 países distintos- y la réplica de personal de varias de estas legaciones extranjeras en Moscú que se han sucedido a lo largo del mes pasado, desde que Londres acusara al Kremlin de la muerte, por envenenamiento con un agente químico, el Novichoks, que elabora el Ejército ruso, de Nokolai Glushkov, empresario y amigo del también fallecido oligarca Boris Berezovsky, considerados ambos como enemigos del Clan de San Petersburgo, y el intento de asesinato del ex espía, Serguei Skripal. Apenas una semana más tarde. En Salisbury, ciudad medieval situada a 90 millas al suroeste de Londres, enclave de la comunidad rusa en el Reino Unido y fuente de financiación de las arcas moscovitas, dado que su fondo municipal de pensiones, de 364 millones de dólares, invierte en activos de emergentes, mayoritariamente del mercado ruso y, casi todo, a través del estatal Sberbank.


Como tampoco que el Departamento de Seguridad Nacional (DHS) del FBI señale directamente a Moscú como responsable de “un continuado comportamiento hostil” por dañar, mediante el uso de ciberataques, infraestructuras energéticas y estratégicas en EEUU que han propiciado un “serio riesgo sobre el sistema de control industrial del país”. Informe oficial que obligó a Robert Mueller, consejero especial de Trump y es director del FBI, a recomendar al presidente de EEUU la imposición de 16 sanciones a empresas y bancos rusos que operan en suelo americano. Entre ellos, a tres firmas de Yevgeni Prigozkin, considerado el jefe de Putin en EEUU, y dueño de un emporio en el que figura Internet Research Agency (IRA) que opera con identidades falsas y cuya actividad ha sido acusada por la justicia estadounidense de conspirar para cometer fraude on line y de actuar contra la seguridad nacional. Contra el criterio, siempre dócil hacia Putin, del actual inquilino de la Casa Blanca, investigado, junto a su clan, por connivencia y cooperación con Moscú durante la campaña electoral que le encumbró a la presidencia. El DHS cifra en más de 10.000 millones de dólares los daños económicos ocasionados por Rusia por uso de malware y ransomware como NotPetya en todo el mundo.


La sombra cibernética de Rusia es alargada. Se sustenta en el uso masivo de redes sociales y en la difusión de noticias falsas (fakes news) que se propagan por doquier y al instante a través de canales de información afines. Con este modelo Putin controló el Maidan ucranio, en febrero de 2014. Los trolls rusos desplegaron historias por Twitter, Facebook y plataformas made in Russia como V-Kontakte, para asegurar que el gobierno de su país vecino estaba dominado por fascistas que cometían atrocidades desde el Ejército a la población civil. Muy especialmente, en Crimea, territorio que acabó anexionándose de nuevo el Kremlin. Una táctica que usó en esa época para difundir la falsa información de que el avión de Malaysia Airlines (el vuelo NH17) fue derribado por las fuerzas armadas ucranias, pese a que varios vídeos muestran un lanzamisiles ruso que es trasladado a zona bajo control de Ucrania para cargar la culpa a Kiev.


En la era digital, Rusia utiliza elementos a la vieja usanza del KGB. Solo que adaptados al espacio cibernético. Introducen o crean células activas, captan activistas o simpatizantes a causas que consideran de su interés estratégico, y proceden a dividir sociedades con su agenda mediática. Mediante su factoría de trolls, en redes sociales, y de espacios en medios de comunicación como Russia Today (RT) o Sputnik. Este modus operandi ha sacado a la palestra la conexión del Kremlin de Putin con el neofascismo italiano y la Liga Norte, con quien Rusia Unida, el partido de Putin, tiene un acuerdo de cooperación, suscrito por Matteo Salvini, probable próximo primer ministro de Italia; con el FPÖ austriaco, la ultraderecha que controla ministerios claves del gobierno como el de Exteriores, el de Interior o el de Defensa. Con Die Linke, la izquierda alemana, pero también con Alternativa por Alemania (AfD), con un núcleo de afiliados de descendientes rusos de länders de la extinta RDA. O con Nick Friffin, ex líder del UKIP, grupos de la ultraderecha flamenca en el Parlamento belga, Jobbik, el partido ultranacionalista húngaro y del resto de sus formaciones hermanas del Grupo de Visogrado (Polonia, República Checa, Eslovaquia) o líderes neofascistas escandinavos. También ha intercedido en el procés catalán. Con proclamas a favor del referéndum, primero, y de la independencia unilateral, después. Mientras mantiene cauces con el IRA para mantener viva la llama de la separación del Reino Unido.


Aunque por encima de cualquier otro escenario, sus mayores logros, reconocidos sotto voce, ha sido en la Convención Demócrata de 2016 -uno de los puntos más escabrosos que relacionan al núcleo duro de Putin y Trump-, para debilitar a Hillary Clinton frente a su rival, Bernie Sanders, y en la campaña del Brexit. Con una posición claramente favorable al que fue el resultado final. Más de 10 millones de mensajes con el sello soterrado del Kremlin se emitieron durante las dos semanas previas al referéndum en Twitter, según la consultora 89Up.


El nacionalismo ruso también opera en casa. El último vestigio de ello es el arresto domiciliario del multimillonario Ziyavudin Magomedov y de su hermano Mogomed, enemigos del premier ruso (y delfín de Putin), Dimitri Medvedev, que acaban de ser acusados de malversación por sus negocios en la naviera Summa. Las fake news también proliferan en el mercado doméstico. En este tipo de asuntos, y en el enigmático proceso de reestructuración del sistema financiero del país, cuyos activos tóxicos, en poder de su banco central, afectaría a unas 300 entidades. Todas con alguna porción de participación del Estado. Según los analistas, sólo PromsugazBank, sexto por dimensión, tendría que limpiar entre 1.700 y 3.400 millones de dólares. La opacidad preside la política económica del país. Es el estilo del nuevo zar, que implantó ya en 2000, cuando asumió su primera presidencia. Putin rechaza el liberalismo que se instauró en Rusia tras el colapso de la URSS. Por contra, evoca el autoritarismo del Imperio Ruso. Sin tapujos. Y disfruta de ello con una popularidad por encima del 80%. Tampoco comparte el aurea nacionalista de Modri, en India, de Chávez, en Venezuela, o de Erdogan, en Turquía, que dicen que su poder emana del pueblo. Su táctica tiene su origen en Pedro el Grande. El gran zar. Mezcla de tradición, religión ortodoxa y estabilidad. La Madre Rusia.


China sueña con la hegemonía mundial. Xi Jinping ha definido su objetivo. Nítido y contundente. Para el que también ha conjugado una jerga marcadamente nacionalista. La misma que acaba de emplear en el Congreso del PCCh que le acaba de dar vía libre a sus ínfulas presidencialistas y que le ha permitido acaparar poder (político, económico, militar e institucional) como nunca antes desde el triunfo de la revolución. Para lo que contará con un remozado Ejecutivo de líderes de su plena confianza y generación. Con el objetivo de asumir el cetro mundial del que EEUU ha abdicado por su renuncia a aplicar estrategias globales contra el cambio climático o en beneficio del libre comercio.


Jinping ha logrado ratios de prosperidad muy por encima del 6%, el eslabón máximo que los mercados vaticinaban para China hasta finales de esta década. Con precios bajo control (1,5%) y pleno empleo (3,9%). Credenciales indispensables para acometer el reto. A los que, además, hay que unir la ausencia del credit-crunch que no pocos organismos multilaterales preveían por el volumen de la recapitalización de su sistema financiero tras la crisis. Pekín no solo lo ha evitado. Lo ha hecho en plena transformación de su paradigma económico, asumiendo los desafíos de la digitalización y reduciendo la ratio deuda-valor bursátil de sus cien mayores firmas financieras -a las que muchos analistas condenaban, en gran parte, a la quiebra- hasta en un 68%, lo que ha dejado un flujo adicional en caja de 93.000 millones de dólares durante los cinco años de presidencia de Jinping. Cierto que hay alarmas. Como que el endeudamiento de sus empresas, acumulen más de 16,2 billones de dólares, el 156% de su PIB. Con claros visos de que trasladen sus números rojos a la deuda soberana del país, tal y como alerta Moody’s. Pero la dócil travesía por el desierto de la post-crisis ha dado pábulo a los aires de grandeza de Jinping.


Por ejemplo, a la hora de reforzar su diplomacia, denominada Panda, sosegada pero proactiva. En alusión al gesto de regalar osos panda a zoológicos de estados con los que Pekín pretende construir especiales lazos políticos. Y que instauró con EEUU, en tiempo de Henry Kissinger como secretario de Estado, en 1971, cuando se restablecieron las relaciones bilaterales entre las dos mayores economías del planeta. Con ella, Jinping ha escenificado, de nuevo, que “si el mundo requiere del liderazgo” de China, el gigante asiático “no eludirá responsabilidades”. Sin salirse de los cauces doctrinales. Porque la diplomacia china está inspirada en las proclamas de Deng Xiaoping: “mantener un perfil bajo, nunca tomar la iniciativa, pero marcar las diferencias” en el escenario internacional. Eso sí, adaptada a los tiempos, que dictan mayor capacidad y rapidez de réplica. Por ejemplo, ante la guerra comercial inaugurada por Trump -y dirigida sobre todo a Pekín-, sobre la que ya ha reaccionado con una lista negra de más de un centenar de productos estadounidense por un valor que supera los 50.000 millones de dólares. O frente a las amenazas de EEUU contra el régimen cambiario fijo del rinminbi; al nuevo acercamiento estratégico de la Casa Blanca a Taiwán o anticipándose a Washington en la crisis nuclear norcoreana con una cita exprés con Kim Jong-un, previa a su prevista reunión con Trump.


La diplomacia china, con un marcado ribete nacionalista -la negativa de dejar fluctuar el valor de su moneda forma parte de su estrategia de planificación que le aleja del reconocimiento mundial de economía de mercado- funciona como una tortuga. Extiende su caparazón y va lenta. A menos que tenga que nadar … en aguas turbulentas. Mientras navega a velocidad de crucero. Porque forma parte del estilo de diplomacia económica de Xi Jinping la Nueva Ruta de la Seda -otro histórico proyecto- que pone en liza unos 110.000 millones de dólares de las arcas estatales chinas para que el Belt and Road, su nueva nomenclatura, tome cuerpo y desarrolle billonarios planes de infraestructuras rodadas, ferroviarias y marítimas, incentive la inversión y el comercio y, en paralelo, mejore la imagen de Pekín como actor global frente al proteccionismo. O la lucha contra el cambio climático que pretende liderar junto a Europa. Por KO técnico de EEUU.


Jinping, además, tiene el viento a su favor. El PIB chino superará a finales de este año al de toda la zona del euro: 13,2 billones de dólares frente a los 12,8 billones de los socios monetarios de Europa. Al tiempo que la riqueza acumulada en las últimas tres décadas, con un ciclo de negocios ininterrumpido y, con crecimientos anuales encadenados que han superados los dobles dígitos con bastante frecuencia, ha servido para reducir las fuertes desigualdades de renta de sus 1.300 millones de habitantes y para acumular varios millares de multimillonarios y consolidar una clase media cada vez más numerosa. Por si fuera poco, sus firmas, como hicieran las japonesas en los años ochenta, o las alemanas los primeros años de este siglo, han salido de compras y acaparan el 6% de las inversiones internacionales. Lejos aún del 50% del negocio mundial de las británicas, en 1914, o de las estadounidenses, en 1967. Pero con resultados sorprendentes. La planificación del régimen de Pekín -es decir, su nacionalismo económico- ya ha digitalizado varias industrias estratégicas, desde la metalúrgica, a la naviera o la petroquímica. Dentro del cambio de modelo productivo que se implantó tras la crisis de 2008. A las que se han unido otros segmentos como el de las energías alternativas y, desde 2015, cuando se anunció el ambicioso proyecto Made in China 2025, otros sectores de alta tecnología y de mayor sensibilidad para la seguridad nacional como el aeroespacial o la de nuevos materiales.


Este salto hacia la Cuarta Revolución Industrial, la 4.0, deja datos elocuentes. Entre otros, que la tercera parte de los 262 startups globales que han alcanzado la consideración de unicornios son chinas y acaparan el 43% del valor de estas firmas. O que sus gigantes tecnológicos tuteen en beneficios e ingresos a sus rivales estadounidenses, europeos o japoneses. Alibabá, Baidu, Tencent o BAT operan con sus propios ecosistemas digitales. Al calor de la laxitud regulatoria y de las inyecciones financieras de Pekín. Aunque también del boom del consumo ciudadano, que roza los 800.000 millones de dólares en Internet, -once veces el gasto de e-commerce en EEUU- y de la inversión empresarial: el capital riesgo tecno-digital se ha aupado al top-three mundial, con más de 77.000 millones de dólares en el trienio 2014-16, el 19% del total. China ha pasado de estar 4,9 veces menos digitalizada que EEUU en 2013 a 3,7 en 2016. Y desea imponer su estilo en el mundo.


Trump da un volantazo a la globalización. Su listado de políticas con tintes nacionalistas dejaría ojiplático a cualquier observador internacional. A golpe de tweet, su política de Hacer de Nuevo a América Grande se ha cargado, de un plumazo, el orden multilateral imperante. Ha forzado el final del ObamaCare, el sistema de universalización inicial de la población estadounidense, cada vez con mayores desequilibrios de ingresos; ha endurecido hasta la saciedad -con expulsiones y su obcecación por construir un muro fronterizo con México- la política inmigratoria del país; ha sacado a EEUU de los protocolos contra el cambio climático; ha encargado cambios en la Dodd-Frank Act para liberar del corsé normativo impuesto en 2010 por Obama a los bancos que podría no guardar parangón siquiera con el feroz desmantelamiento de los controles de supervisión de la banca decretada por Ronald Reagan, primero, y secundada después por Margaret Thatcher.


Sin importarle la responsabilidad de los bancos en la crisis de hace un decenio ni la ausencia de garantías a los consumidores o el coste sobre los contribuyentes americanos del rescate. Por si fuera poco, también ha impulsado una doble rebaja fiscal -sobre rentas personales y beneficios empresariales- de tal dimensión que obligaron a ministros de Hacienda de Europa, Reino Unido y otras latitudes anglosajonas, a pedir su retirada por competencia tributaria desleal. Antes de poner su guinda: subida de aranceles al acero y el aluminio, victoria interna de los más sólidos asesores y cargos del proteccionismo nacionalista e instauración de una nueva guerra comercial.Quizás nadie como Trump se merezca más y en menos tiempo un impeachment, el proceso de destitución presidencial del que se habla con bastante frecuencia en los círculos de poder de la nación más poderosa del mundo. Pero el Grand Old Party (GOP), la formación republicana que le sustenta, a pesar de ser un verso libre y ajeno a su lista de afiliados, se empeña en satisfacer sus deseos.


Bill Clinton fue el último presidente sometido a esta causa. Por un asunto sexual, de índole exclusivamente moral. Cómo no va a ser posible impulsar otro para Trump cuando se ha atrevido a cambiar interna y externamente la Pax Americana. Observadores políticos y analistas económicos califican, cuanto menos, de errática su diplomacia y su gestión doméstica. Mientras engorda el déficit fiscal y el por cuenta corriente (pagos internacionales) y la deuda, que supera ya el 100% del PIB. Sin reparar en gastos. Ni calibrar las consecuencias de, entre otras medidas, disparar la factura militar. Y, con ella, la de sus aliados europeos, a los que ha exigido sufragar, con el 2% de sus PIB, el presupuesto de la OTAN. Los comandantes en jefe de los principales ejércitos del mundo manejarán en los próximos años una cifra sin precedentes, de 600.000 millones de dólares, cantidad equivalente a la partida total en Defensa que la Administración Trump podrá emplear este año, la mitad del PIB español. Casi en su totalidad, para modernizar tecnológicamente el armamento convencional, pero también el nuclear, del mayor Ejército. Además de alcanzar una armada con 350 buques de guerra, incrementar el número de soldados en activo hasta los 540.000 y renovar cientos de cazas de combate.


El IISS ofrece un dato palpable de que la fiesta de la militarización hace tiempo que comenzó. Los diez mayores presupuestos de Defensa ya manejaron, en 2016, algo más de 1,1 billones de dólares; el PIB español. Aspecto al que no han sido insensibles las bolsas. El Índice de Inteligencia de Mercados de Bloomberg, precisa que los índices de las firmas de Defensa que cotizan en las distintas plazas bursátiles han aumentado un 27%, el doble del alza de estos activos en el S&P 500 americano desde la elección de Donald Trump. Al calor de operaciones como el acuerdo con Riad para la venta de material bélico americano por valor de 110.000 millones de dólares, que el mandatario de EEUU suscribió con las autoridades saudíes en su primer viaje oficial al exterior, los buenos augurios que se vislumbran sobre el comercio de armas, que en 2015 movilizó más de 370.700 millones de dólares o el incremento del gasto que los europeos harán en la OTAN y que, en términos cuantitativos, supondrán otros 100.000 millones de dólares.
La bonanza del sector es ya visible. “Sólo falta el estallido de un conflicto global”, que podría detonar por Corea del Norte o por el ataque, todavía diplomático y comercial, de sus vecinos del Golfo a Qatar a cuenta de la supuesta financiación al terrorismo islamista de este emirato, pero sobre el que pende la duda de la alianza subrepticia de Doha a Irán, motivo del respaldo de EEUU al bloque anti-qatarí.


“Para que la bacanal se propague”, alertan no pocos analistas. Algo que ya se fraguó hace años. John Dowdy y Elizabeth Oakes, de la consultora McKinsey, admiten que el viraje en la industria militar se perfiló entre 2012 y 2014, “cuando los presupuestos de las grandes potencias dejaron atrás las reducciones financieras” de los años de crisis en el apartado de Defensa y “apostaron por mantener sus partidas”, pese a la instauración de la austeridad. También las de China y Rusia. Con los primeros incrementos de cabezas nucleares en décadas. En 2017, según el Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI) destinará 400.000 millones de dólares entre este año y 2026 a su actualizar o construir nuevos sistemas de ataque o defensa de su arsenal nuclear. Desde escudos antimisiles a lanzamisiles de tierra, mar o aire. El Kremlin, por su parte, lleva un lustro modernizando sus programas nucleares. En especial, de su vetusta flota de submarinos nucleares, heredados de la URSS. Sus sucesores ya transportan torpedos con hasta 6 cabezas nucleares. El SIPRI calcula que el 60% de sus armas son misiles balísticos intercontinentales.


Ambos tienen algo más de 4.000 ojivas declaradas. China dispone de 270. Aunque su número se incrementa año a año. Sus partidas presupuestarias, dice este think-tank, se enfocan sobre todo a la renovación de su armamento atómico submarino, con objeto de adecuar su táctica atómica a la preservación de sus intereses geoestratégicos en las islas del Mar de China, que disputa con Taiwán.


El resultado del nacionalismo en las tres potencias nucleares tiene un denominador común. De momento, sus sociedades lo asumen. Sin ninguna protesta visible en el caso de China, donde se ha elevado la censura, sobre todo en redes sociales, ya de por sí en niveles inadmisibles; con escasas protestas y una represión policial más que notable en Rusia y manifestaciones puntuales y de poca intensidad en EEUU. Y un riesgo latente. Al menos, desde la óptica occidental. La OTAN considera a Rusia un elemento desestabilizador de primer orden por la injerencia constante en la soberanía nacional de sus aliados, y a China y su rearme, al mismo nivel de tensión estratégica que factores como el cambio climático, los ataques cibernéticos o el repunte de la desigualdad social que incluye en su informe de amenazas globales hasta 2035.

 

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Revitalizar el pensamiento crítico en América Latina

Los debates de la izquierda han gozado históricamente de una gran riqueza intelectual y teórica.


En el mundo del socialismo real, pese a la deriva totalitaria de sus estados, hubo potentes debates tales como si era posible el “socialismo en un solo país” entre los partidarios de León Trotsky y Iósif Stalin; la hoja de ruta para superar la oposición entre el trabajo intelectual y manual entre dirigentes y dirigidos surgidos en China durante la revolución cultural; o la controversia sobre la ley de valor de Marx en las sociedades de transición que protagonizaran el Che Guevara, Ernest Mandel y Charles Bettelheim, con la participación de Paul Sweezy entre otros pensadores marxistas.


De igual manera, los debates de la izquierda en los países capitalistas tampoco fueron baladíes, revitalizándose las elaboraciones respecto a la caracterización de la naturaleza de clase del Estado y el papel de la democracia al interior del pensamiento marxista y la teoría crítica. Estos debates abarcaron desde las formulaciones de Louis Althusser en relación con la naturaleza y papel de los llamados aparatos ideológicos y represivos del Estado hasta los análisis de Michel Foucault sobre los diagramas y dispositivos de poder-saber y la matriz disciplinaria del panóptico moderno. Por su parte, la ratificación de la naturaleza de clase del Estado y las formas particulares que adopta la dominación política supondrían también la aparición de nuevos estudios tanto desde la perspectiva subjetivista como desde las visiones estructuralistas, generando grandes duelos teóricos como la polémica entre Ralph Miliband y Nikos Poulantzas. Incluso tras la caída del Muro de Berlín, las posiciones de Toni Negri y Michael Hart frente a John Holloway, con sus diferentes posiciones sobre la dialéctica y las diferentes perspectivas entre el autonomismo y el marxismo abierto son de gran riqueza intelectual en el ámbito del debate teórico de fin del pasado siglo.


Quizás por ello causa tanta congoja y vergüenza ajena el nivel teórico esbozado por algunos de los académicos latinoamericanos que se han caracterizado en los últimos años por ser los legitimadores intelectuales de los regímenes progresistas. En el campo de la izquierda nunca se había visto tan extensa combinación entre simplificación del pensamiento y actitud conformista en el campo del saber.


Diría Pierre Bourdieu que el intelectual está obligado a desarrollar una práctica de autocrítica. Que deben llevar a cabo una crítica permanente de los abusos de poder o de autoridad que se realizan en nombre de la autoridad intelectual; o si se prefiere, deben someterse a sí mismos a la crítica del uso de la autoridad intelectual como arma política dentro del campo intelectual mismo. Para este destacado representante de la sociología contemporánea, todo académico debería también someter a crítica los prejuicios escolásticos cuya forma más persuasiva es la propensión a tomar como meta una serie de revoluciones de papel. Ironizaría Bourdieu indicando que esto llevó a los intelectuales de su generación a someterse a un radicalismo de papel confundiendo las cosas de lógica por la lógica de las cosas.


Sin embargo, a lo que hoy asistimos por parte del establishment académico de propagandistas de los regímenes progresistas no es otra cosa que lo que el zapatista subcomandante Galeano llamara “histeria ilustrada de la izquierda institucional”, esa que ingenuamente llegada al poder se convierte en un clon de lo que dice combatir, corrupción incluida.


Es evidente que a la producción de pensamiento reaccionario debemos oponer la producción de redes críticas desde la intelectualidad específica. Hago referencia a la noción teórica elaborada por Foucault por la cual se define una actividad inscrita en un campo acotado en el que el intelectual practica su labor singular. Algo más parecido a la figura del experto que a la del opinador generalista que habla indistintamente sobre cualquier cosa en cualquier contexto. Pero esto debe hacerse desde la honestidad, al igual que cualquier tipo de intervención política, y ahí, volviendo al sup Galeano, “hay que reconocer que esa izquierda ilustrada es de deshonestidad valiente”, pues no le importa hacer el ridículo.


En el fondo, el rol de esta intelectualidad progresista se asemeja bastante al de los propagandistas del viejo régimen estalinista, aquellos a los que el mismo Stalin –el menos intelectual de todos los bolcheviques que protagonizaron la Revolución Rusa– bautizaría como “los ingenieros del alma”. Así Vladimir Putin es comparado con Lenin; Rafael Correa con el Che Guevara; las elecciones en Ecuador con la batalla de Stalingrado o el juicio a Lula por sus implicaciones en la trama Odebrecht con el hipotético vía crucis de Jesuscristo en su camino al Calvario.


Sin embargo, hay que hacer memoria de la represión correísta sobre el paro/movilización que tuvo lugar en Ecuador entre el 2 y el 26 de agosto de 2015, donde hubo 229 “agresiones, detenciones, intentos de detención y allanamientos en todos los territorios donde se realizaron movilizaciones y protestas” (informe del Colectivo de Investigación y Acción Psicosocial Ecuador) o la impunidad en los casos de asesinatos a destacados opositores al modelo extractivista como José Tendetza, Freddy Taish o Bosco Wisuma. Hay que recordar también cómo el gobierno del PT criminalizó y agredió la protesta de jóvenes brasileños en las calles de todo el país en junio de 2013 y posteriormente durante el Mundial de Fútbol de 2014, o cómo se ha disparado el número de asesinatos de jóvenes negros en las zonas de favela en una lógica de política de “limpieza social” sobre todo a partir de la aprobación –con el apoyo del gobierno de Dilma Rousseff– de la ley antiterrorista en el Legislativo. De igual manera, ya no podemos mirar a otro lado ante el nivel de violencia desplegado por las fuerzas de seguridad del Estado en Venezuela, las violaciones de derechos humanos y el alarmante nivel de deterioro de la democracia en ese país.


Ante esta realidad me viene a la memoria Jean Paul Sartre –exponente del existencialismo y del marxismo humanista– cuando en el año 1945 escribió en la revista Le Temps Modernes, “considero a Flaubert y a Goncourt responsables de la represión que siguió a la Comuna de París porque no escribieron una palabra para impedirla”. Para Sartre, el corazón de cuya filosofía era una preciosa noción de libertad y un sentido concomitante de la responsabilidad personal, la misión de un intelectual es proporcionar a la sociedad “una conciencia que la arranque de la inmediatez y despierte la reflexión”.


Aquí, ¿cómo no?, conviene rememorar también al palestino Edward W Said, quien sentenciaría en uno de sus más famosos textos: “Básicamente, el intelectual (…) no es ni un pacificador ni un fabricante de consenso, sino más bien alguien que ha apostado con todo su ser a favor del sentido crítico, y que por lo tanto se niega a aceptar fórmulas fáciles, o clichés estereotipados, o las confirmaciones tranquilizadoras o acomodaticias de lo que tiene que decir el poderoso o convencional”.


Como podemos apreciar, nada que ver con el –en palabras del sup Galeano– “pensamiento perezoso” del progresismo criollo de estos tiempos. Entender el porqué de este deterioro intelectual tiene que ver con razones que van desde las aspiraciones personales de algunos académicos respecto a su capacidad de influencia política en el poder, hasta con una simple falta de conocimientos científicos o históricos que procura esconderse tras una supuesta superioridad analítica, todo ello sin olvidar las limitaciones derivadas del pensamiento binario por el que el mundo se divide simplemente entre derecha e izquierda.


Pero hablemos claro. No existe el pensamiento crítico funcional a gobiernos progresistas o partidos de la izquierda institucional, eso es una falacia. En realidad, la modernidad no se imagina la política sin un proyecto intelectual, por superficial que este sea, motivo por el que toma sentido la intelectualidad progresista actual. Así de tristes son las actuales relaciones entre el saber y la política convencional latinoamericana.


En todo caso, no puede haber un pensamiento crítico que no tenga su anclaje en la propuesta de pensar históricamente y por lo tanto cuestionar la impuesta aceptación de que siempre ha existido y existirá el capitalismo, lo que reduce la cancha del juego a proceder solamente a “humanizarlo”. El pensamiento crítico es en realidad un pensamiento radicalmente anticapitalista. En eso no hay negociación, pues de ello depende el futuro de la humanidad.


De igual manera, el pensamiento crítico implica profundizar sin concesiones el estudio de los mecanismos que mantienen la dominación –procedan éstos de donde sea–, lo cual no admite espacios para la seducción por parte del poder. Y requiere superar lo que podríamos llamar ortodoxia marxista, incorporando lógicas libertarias, ecologistas, feministas, anticolonialistas e indigenistas entre otras tantas.


Al mismo tiempo el pensamiento crítico parte de una acción comprometedora, está embarcado en la acción política y es por ello despreciado desde el poder. No es premiado con salarios de analista para medios de comunicación “progresistas”, no hace consultorías gubernamentales y tampoco forma parte del actual y extendido business académico.


A partir de aquí, el camino es largo pero necesario si esa intelectualidad progresista quiere dejar de vivir del Sur, para pasar a ayudar a transformarlo.

 

Decio Machado
Brecha
https://brecha.com.uy/

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La firma de la paz con las FARC busca impulsar el ‘sí’ al plebiscito

Es recurrente aludir al universo macondiano a la hora de hablar de Colombia. Muchas veces, resulta inevitable. Es el caso, por ejemplo de este lunes. Después de 52 años de guerra, cuatro de negociaciones y varios anuncios adscritos a la categoría de históricos, el presidente del Gobierno y el líder de las FARC firmarán, ante 13 jefes de Estado, casi una treintena de cancilleres y más de 2.500 invitados, el acuerdo para la terminación del conflicto armado más longevo del hemisferio occidental. En cualquier parte del mundo un momento así sería el punto de inflexión para el arranque de una nueva era. Salvo en Colombia, donde habrá que esperar una semana. El apretón de manos entre Juan Manuel Santos y Rodrigo Londoño, alias Timochenko, será, en definitiva, el punto álgido en la campaña por el ‘sí’ del plebiscito que deberá refrendar los acuerdos el próximo domingo. Solo entonces, se podrá pasar página en la historia.


Nunca una cita con tanto simbolismo ha estado cubierta por tamaño halo de incertidumbre. Las encuestas auguran una victoria del ‘sí’ en la consulta, pero la montaña rusa en que se han convertido los sondeos en el último mes, además de la falta de credibilidad después de casos como el Brexit en Reino Unido, no permite atisbar certidumbre. Cuando se lanzó la campaña por el plebiscito, el rechazo a los acuerdos con las FARC era superior; el anuncio de que se había alcanzado un pacto de paz con la guerrilla pegó un revolcón en las encuestas, a favor del sí, que se ha mantenido con hasta 30 puntos de ventajas en algunos sondeos. Esta última semana, la diferencia se ha visto reducida: según el sondeo de Opinómetro de Datexco, el 55,3% votaría a favor, mientras que un 38,3% se inclinaría por el ‘no’ y el 4,3% está indeciso.


En el Gobierno colombiano y en el entorno de las FARC cunde cierto nerviosismo de puertas para adentro. En el equipo negociador hay quien piensa que esta tendencia en las encuestas les favorece, porque consideran que movilizará a muchos partidarios del sí que no tenían claro si iban a ir a votar. En Colombia, como cualquier régimen presidencialista, la abstención es altísima. No obstante, este hecho, sumado a los pronósticos, asoma a los negociadores también a un escenario poco probable, pero no descartable, ideal para los detractores del proceso: una victoria del ‘sí’ por poco margen y sin alcanzar el umbral de los 4,5 millones de votos necesarios.


Ambas partes confían en que el acto de este lunes suponga un impulso para el ‘sí’, a modo de cierre de campaña. De hecho, hasta el próximo domingo no habrá una celebración que se le parezca ni por asomo a lo que se vivirá en Cartagena. A lo largo del fin de semana han ido llegando la mayoría de jefes de Estado y representantes de instituciones internacionales. Los miembros de las FARC se encuentran desde el sábado a una hora de la ciudad caribeña, en unas instalaciones alejadas de los focos, donde tienen previsto mantener una serie de encuentros bilaterales con muchos de los invitados.


La guerrilla llegó directamente desde su X Conferencia donde han conseguido trasladar una imagen cuando menos idílica después de décadas de atrocidades. Los negociadores del Gobierno, en cierta manera, vieron con buenos ojos el resultado del congreso fariano, ya que, siendo la primera vez que se abrían al público, no se dañó la imagen del proceso, un temor que sobrevolaba en los días previos.


La ciudad, sin duda el epicentro turístico del país, se ha blindado para acoger el mayor acontecimiento de la historia reciente de Colombia. La seguridad, sobre todo al interior de la ciudad amurallada es exhaustiva. La elección de Cartagena para la sede del acuerdo no ha sido baladí. Pese a que una parte de la ciudad está asociada como lugar de descanso de una élite del país, es, junto a Bogotá y Medellín, una de las pocas que goza con la suficiente infraestructura para albergar a tantos invitados de postín y medios de comunicación. Además, fuentes diplomáticas confirmaron que ha jugado un papel importante el hecho de que el presidente de Cuba, Raúl Castro, no podía viajar a la capital médica por recomendación médica debido a la altura de Bogotá, a 2.600 metros sobre el nivel del mar.

Cartagena de Indias 25 SEP 2016 - 17:03 COT

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Lunes, 01 Agosto 2016 07:13

Frente al terrorismo

Frente al terrorismo

Lo preparó todo con minuciosidad. Cerró su cuenta bancaria. Vendió su auto. Evitó cualquier contacto con la organización. No acudió a ninguna reunión. No rezó. Se procuró el arma fatal sin que nadie pudiera sospechar el uso que haría de ella. La colocó en lugar seguro. Esperó. Esperó. Llegado el día D, procedió al ensayo del crimen. Transitó y recorrió el futuro itinerario de sangre. Midió los obstáculos. Imaginó los remedios. Y cuando llegó la hora, puso por fin en marcha el camión de la muerte...

 

La inaudita bestialidad (1) del atentado de Niza, el pasado 14 de julio –que viene a sumarse a otras masacres yihadistas recientes, en particular las de Orlando (49 muertos) y Estambul (43 muertos)– nos obliga, una vez más, a interrogarnos sobre esa forma de violencia política que llamamos terrorismo. Aunque, en este caso, habría que hablar de “hiperterrorismo” para significar que ya no es como antes. Un límite impensable, inconcebible, ha sido franqueado. La agresión es de tal desmesura que no se parece a nada conocido. Hasta tal punto que no se sabe cómo llamarlo: ¿atentado?, ¿ataque?, ¿acto de guerra? Como si se hubiesen borrado los confines de la violencia. Y ya no se podrá volver atrás. Todos saben que los crímenes inaugurales se reproducirán. En otra parte y en circunstancias diferentes sin duda, pero se repetirán. La historia de los conflictos enseña que, cuando aparece una nueva arma, por monstruosos que sean sus efectos, siempre se vuelve a emplear... Alguien, de nuevo, en algún lugar, lanzará a toda velocidad un camión de diecinueve toneladas contra una multitud de personas inocentes...

 

Sobre todo porque este nuevo terrorismo tiene, entre sus objetivos, el de impactar las mentes, sobrecoger el entendimiento. Es un terrorismo brutal y global. Global en su organización, pero también en su alcance y sus objetivos.

 

Y que no reivindica nada muy preciso. Ni la independencia de un territorio, ni concesiones políticas concretas, ni la instauración de un tipo particular de régimen. Esta nueva forma de terror total se manifiesta como una suerte de castigo o de represalia contra un “comportamiento general”, sin mayor precisión, de los países occidentales.

 

El término “terrorismo” también es impreciso. Desde hace dos siglos, ha sido utilizado para designar, indistintamente, a todos aquellos que recurren, con razón o sin ella, a la violencia para intentar cambiar el orden político. La experiencia histórica muestra que, en ciertos casos, esa violencia resultó necesaria. “Sic semper tirannis”, gritaba Bruto al apuñalar a Julio César, que había derribado la República. “Todas las acciones son legítimas para luchar contra los tiranos”, afirmaba igualmente, en 1792, el revolucionario francés Gracchus Babeuf.

 

Sobre ese irreductible fenómeno político, que suscita a la vez espanto y cólera, incomprensión y repelencia, emoción y fascinación, se han escrito miles de textos. Y hasta, por lo menos, dos obras maestras: la novela Los Endemoniados (1872), de Fiódor Dostoyevski, y la obra de teatro Los Justos (1949), de Albert Camus. Aunque, cuando el islamismo yihadista está globalizando el terror a niveles jamás vistos hasta ahora, el proyecto de “matar por una idea o por una causa” aparece cada vez más aberrante. Y se impone ese rechazo definitivo que Juan Goytisolo expresó magistralmente en su frase: “Matar a un inocente no es defender una causa, es matar a un inocente”.

 

Sin embargo, sabemos que muchos de los que, en un momento, defendieron el terrorismo como “recurso legítimo de los afligidos”, fueron luego hombres o mujeres de Estado respetados. Por ejemplo, los dirigentes surgidos de la Resistencia francesa (De Gaulle, Chaban-Delmas) que las autoridades alemanas de ocupación calificaban de “terroristas”; Menahem Begin, antiguo jefe del Irgún, convertido en primer ministro de Israel; Abdelaziz Buteflika, ex responsable del FLN argelino, devenido presidente de Argelia; Nelson Mandela, antiguo jefe del African National Congress (ANC), presidente de Sudáfrica y premio Nobel de la Paz; Dilma Rousseff, presidenta de Brasil; Salvador Sánchez Cerén, actual presidente de El Salvador, etc.

 

Como principio de acción y método de lucha, el terrorismo ha sido reivindicado, según las circunstancias, por casi todas las familias políticas. El primer teórico que propuso, en 1848, una “doctrina del terrorismo” no fue un islamista alienado, sino el republicano alemán Karl Heinzen en su ensayo Der Mord (El Homicidio), en el cual declara que todos los procedimientos son buenos, incluso el atentado-suicida, para apresurar el advenimiento de... la democracia. Como antimonárquico radical, Heinzen escribe: “Si debéis hacer saltar la mitad de un continente y propiciar un baño de sangre para destruir el partido de los bárbaros, no tengáis ningún escrúpulo. Aquel que no sacrifica gozosamente su vida para tener la satisfacción de exterminar a un millón de bárbaros no es un verdadero republicano” (2).

 

La actual “ofensiva mundial del yihadismo” y la propaganda antiterrorista que la acompaña pueden hacer creer que el terrorismo es una exclusividad islamista. Lo cual es obviamente erróneo. Hasta hace muy poco, otros terroristas estaban en acción en muchas partes del mundo no musulmán: los del IRA y los legitimistas en Irlanda del Norte; los de ETA en España; los de las FARC y los paramilitares en Colombia; los Tigres tamiles en Sri Lanka; los del Frente Moro en Filipinas, etc.

 

Lo que sí es cierto es que la hiperbrutalidad alucinante del actual terrorismo islamista (tanto el de Al Qaeda como el de la Organización del Estado Islámico, OEI) parece haber conducido a casi todas las demás organizaciones armadas del mundo (excepto al PKK kurdo) a firmar apresuradamente un alto el fuego y un abandono de las armas. Como si, ante la intensidad de la conmoción popular, no desearan verse para nada comparadas con las atrocidades yihadistas.

 

También cabe recordar que, hasta hace muy poco, una potencia democrática como Estados Unidos no consideraba que apoyar a ciertos grupos terroristas fuese forzosamente inmoral... Por medio de la Central Intelligence Agency (CIA), Washington preconizaba atentados en lugares públicos, secuestros de oponentes, desvíos de aviones, sabotajes, asesinatos...

 

Contra Cuba, Washington lo hizo durante más de cincuenta años. Recordemos, por ejemplo, este testimonio de Philip Agee, ex agente de la CIA: “Me estaba entrenando en una base secreta, en Virginia, en marzo de 1960, cuando Eisenhower aprobó el proyecto que llevaría a la invasión de Cuba por Playa Girón. Estábamos aprendiendo los trucos del oficio de espía incluyendo la intervención de teléfonos, micrófonos ocultos, artes marciales, manejo de armas, explosivos, sabotajes... Ese mismo mes, la CIA, en su esfuerzo por privar a Cuba de armas antes de la inminente invasión de exiliados, hizo volar un buque francés, Le Coubre, cuando estaba descargando un cargamento de armas de Bélgica en un muelle de La Habana. Más de 100 personas murieron en aquella explosión... En abril del año siguiente, otra operación de sabotaje de la CIA con bombas incendiarias destruyó los almacenes El Encanto, principal tienda por departamentos de la capital, provocando decenas de víctimas... En 1976, la CIA planificó, con la ayuda del agente Luis Posada Carriles, otro atentado, en esta ocasión contra un avión de Cubana de Aviación en el que murieron las 73 personas de a bordo... Desde 1959, el terrorismo de EEUU contra Cuba ha costado unas 3.500 vidas y ha dejado a más de 2.000 personas lisiadas. Los que no conocen esta historia pueden encontrarla en la clásica cronología de Jane Franklin, ‘The Cuban Revolution and the United States (3)’” (4).

 

En Nicaragua, en los años 1980, Washington actuó con igual brutalidad contra los sandinistas. Y en Afganistán contra los soviéticos. Allí, en Afganistán, con el apoyo de dos Estados muy poco democráticos –Arabia Saudí y Pakistán–, Washington alentó, también en la década de 1980, la creación de brigadas islamistas reclutadas en el mundo arabomusulmán y compuestas por los que los medios de comunicación dominantes llamaban entonces los “freedom fighters”, combatientes de la libertad... Sabemos que fue en esas circunstancias cuando la CIA captó y formó a un tal Osama Ben Laden, quien fundaría posteriormente Al Qaeda...

 

Los desastrosos errores y los crímenes cometidos por las potencias que invadieron Irak en 2003 (5) constituyen las principales causas del terrorismo yihadista actual. A ello se han añadido los disparates de las intervenciones en Libia (2011) y en Siria (2014).

 

Algunas capitales occidentales siguen pensando que la potencia militar masiva es suficiente para acabar con el terrorismo. Pero, en la historia militar, abundan los ejemplos de grandes potencias incapaces de derrotar a adversarios más débiles. Basta con recordar los fracasos estadounidenses en Vietnam en 1975, o en Somalia en 1994. En efecto, en un combate asimétrico, aquél que puede más, no necesariamente gana: “Durante cerca de treinta años, el poder británico se mostró incapaz de derrotar a un ejército tan minúsculo como el IRA –recuerda el historiador Eric Hobsbawm–, ciertamente el IRA no tuvo la ventaja, pero tampoco fue vencido” (6).

 

Como la mayoría de las Fuerzas Armadas, las de las grandes potencias occidentales han sido formadas para combatir a otros Estados y no para enfrentarse a un “enemigo invisible e imprevisible”. Pero en el siglo XXI, las guerras entre Estados están en trance de volverse anacrónicas. La aplastante victoria de Estados Unidos en Irak, a principios de los años 2000, no es una buena referencia. El ejemplo puede incluso revelarse engañoso. “Nuestra ofensiva fue victoriosa –explica el ex general estadounidense de los Marines, Anthony Zinni–, porque tuvimos la oportunidad de encontrar al único malvado en el mundo lo suficientemente estúpido como para aceptar enfrentarse a Estados Unidos en un combate simétrico” (7). Los conflictos de nuevo tipo, cuando el fuerte se enfrenta al débil o al loco, son más fáciles de comenzar que de terminar. Y el empleo masivo de medios militares pesados no permite necesariamente alcanzar los objetivos buscados.

 

La lucha contra el terrorismo también autoriza, en materia de gobernación y de política interior, todas las medidas autoritarias y todos los excesos, incluso una versión moderna del “autoritarismo democrático” que tomaría como blanco, más allá de las organizaciones terroristas en sí mismas, a todos los que se opongan a las políticas globalizadoras y neoliberales. Por eso, hoy, es de temer que la caza de los “terroristas” provoque –como lo estamos viendo en Turquía después del extraño golpe de Estado fallido del pasado 16 de julio– peligrosos resbalones y atentados a las principales libertades y derechos humanos. La historia nos enseña que, bajo pretexto de luchar contra el terrorismo, muchos Gobiernos, incluso democráticos, no dudan en reducir el perímetro de la democracia (8). Ojo a lo que viene. Podríamos haber entrado en un nuevo periodo de la historia contemporánea, donde volvería a ser posible aportar soluciones autoritarias a problemas políticos...

 

(1) Ochenta y cuatro muertos, de ellos una decena de niños, y más de doscientos heridos, de los cuales unos veinte entre la vida y la muerte...

(2) Citado por Jean-Claude Buisson en: Emmanuel de Waresquiel (bajo la dir. de), Le Siècle rebelle. Dictionnaire de la contestation au XXe (El Siglo Rebelde. Diccionario de la contestación en el siglo XX), Larousse, París, 1999.


(3) Ocean Press, Minneapolis, 1997.


(4) Philip Agee, “El terrorismo y la sociedad civil como instrumentos de la política de EEUU hacia Cuba”, Rebelión, 26 de julio de 2003. http://www.rebelion.org/noticia.php?id=18132


(5) Véase, por ejemplo, el “Informe Chilcot”, que establece un balance de la intervención británica en Irak en 2003. Cf. Le Monde, París, 6 de julio de 2016.


(6) La Repubblica, Roma, 18 de septiembre de 2001.


(7) El Mundo, Madrid, 29 de septiembre de 2001.


(8) Véase Ignacio Ramonet, El Imperio de la vigilancia, Clave intelectual, Madrid, 2016.

 

Periodista y escritor. Director de ‘Le Monde Diplomatique’ en español.

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Miércoles, 23 Diciembre 2015 06:45

Lo político del marketing

Lo político del marketing

La política no puede ser pensada prescindiendo de los mecanismos de comunicación, entre los que la propaganda cumple una función fundamental. Pero, con el triunfo del macrismo, por primera vez en la historia argentina, asume el poder presidencial un partido en el que los instrumentos del marketing ocupan un lugar central para el diseño de sus políticas. Comprender cómo funciona ese dispositivo permitirá, entonces, vislumbrar cuáles serán los desafíos políticos de los próximos años.


Suele afirmarse, y no sin razón, que el marketing consiste en el despliegue de mecanismos engañosos, que generan efectos de superficie que distorsionan la realidad del contenido que se está promocionando. Pero la distancia que existe entre lo que promete la publicidad o el paquete y lo que efectivamente es el producto sólo puede ser comprendida si se hace referencia a una operación originaria sin la cual el engaño sería desmentido con la simple compra del producto. Para que el marketing pueda funcionar resulta indispensable que sea invertida la relación entre el objeto y aquello que lo exhibe. Quien realiza una compra influenciado por esos mecanismos no adquiere un producto, sino que éste es el medio para ser incluido en el universo significativo construido por la publicidad. En otras palabras, lo que vende el marketing no es un producto para satisfacer una necesidad material, sino literalmente el paquete, como una marca, que otorga un determinado sentido de pertenencia a quien lo adquiere.


No de otra manera opera el marketing político, destruyendo el tradicional lugar destinado al relato y a la imagen articulada, como marco para un contenido de políticas concretas. Ahora, el discurso se desarticula bajo la forma del slogan, la figura política se desvanece en los caracteres personales y la ideología del partido se transforma en un color. Pero la verdadera operación del marketing político no consiste únicamente en brindar una forma de comunicación más sencilla y universal, sino en colocar esa superficie, ese paquete, en el lugar del fin que persigue la política, y ya no en el del medio o marco.
Toda medida, por más impopular que sea, logra ser justificada en relación a la propagación de esa imagen que presenta la publicidad. Sólo así puede comprenderse que haya ganado las elecciones un candidato cuya principal propuesta económica era una devaluación.


Si ese modelo de marketing político se impone, ya no como estrategia electoral, sino como instrumento para alcanzar una hegemonía de poder, lo que habrá triunfado en las últimas elecciones bajo la propuesta del cambio no será una simple alternancia, sino la consagración de lo inverso. La política será posicionada como un medio, y por ello como un sacrificio, para la articulación de un envoltorio cuyos rasgos ya se pueden adivinar en los enunciados de los políticos que la llevarán adelante. Estos tienden, llamativamente, hacia tres focos conceptuales centrales. Uno de ellos es el que se articula en torno al consenso entendido como orden, otro se construye alrededor de la noción de libertad asociada a la competitividad, y el último plasma la idea de verdad, relacionándola con un sinceramiento.


El nombramiento para cargos ejecutivos de gerentes que responden a intereses opuestos a los del Estado Nacional es el primer síntoma, que da cuenta de quiénes son los interlocutores del tan mentado consenso. La producción de una realidad, que finalmente se ajuste a la imagen que durante todos estos años configuraron los medios dominantes, se hará en nombre de la libertad y será justificada como la revelación de una verdad que habría estado oculta. La disminución de los salarios, la distribución desigual de la riqueza y el cercenamiento de derechos, sólo podrán ser realizados como medio para alcanzar esa imagen que el marketing político construye del consenso, la libertad y la verdad.


Para impedir el desarrollo de esas políticas, no alcanza con denunciarlas, como ha quedado claro durante la campaña electoral. El desafío consiste en desarticular el dispositivo del marketing que las coloca como un medio. La discusión debe darse, entonces, no sólo en relación al contenido, sino también a la forma, pero sobre todo al lugar que cada uno de ellos ocupa. Para ello, no es suficiente demostrar que para alcanzar el consenso se deberá usar la fuerza de represión y que el llamado sinceramiento derivará en un incremento de la pobreza. En los tiempos que ya empezaron a correr, resulta fundamental utilizar todos los medios de comunicación política para discutir qué tipo de consenso se busca, qué orden, qué libertades y cuál es la verdad que se oculta, no sólo detrás de los globos, sino exactamente en ellos.

 

Por Diego Ezequiel Litvinoff, sociólogo y docente, UBA

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La industria del azúcar manipuló la ciencia como la del tabaco

En 1954, Robert Hockett fue contratado por el Comité de Investigación de la Industria del Tabaco en EE UU. El objetivo (no declarado) de esta institución era sembrar dudas sobre la solidez científica de los estudios que mostraban los peligros de fumar. A través de herramientas como esta, las tabaqueras establecieron vías de colaboración con el Estado, en principio, para cooperar en el desarrollo de estrategias para reducir los daños de sus productos. Sin embargo, como han determinado sentencias judiciales de los últimos años, la industria aprovechó aquellos espacios para bloquear todo tipo de medidas que pudiesen perjudicar a sus intereses comerciales, como la financiación de programas para dejar de fumar.


Las malas prácticas de la industria del tabaco han quedado plasmadas en numerosos litigios en los que se hicieron públicos documentos que mostraban sus tácticas de manipulación. Sin embargo, los vendedores de humo no son los únicos que han utilizado la ciencia para desvirtuar resultados científicos que podían perjudicar su negocio. De hecho, Hockett, antes de trabajar para las tabaqueras, había hecho carrera fomentando la sospecha para la industria del azúcar. En este caso, el objetivo era evitar que la evidencia de sus daños sobre la salud dental se tradujese en políticas sanitarias que redujesen el consumo de azúcar.


Esta semana, investigadores de la Universidad de California en San Francisco publican en la revista PLOS Medicine un análisis de 319 documentos internos de la industria del azúcar producidos entre 1959 y 1971. A través de ellos se puede ver cómo trataron de influir en las prioridades científicas del Programa Nacional para la Caries (NCP, de sus siglas en inglés) que se diseñó al final de ese periodo.


"La industria azucarera no podía negar el papel de la sacarosa en la caries dental dada la evidencia científica", explican los autores. "Por lo tanto, adoptaron una estrategia que consistía en desviar la atención hacia intervenciones de salud pública que consistiesen en reducir los daños del azúcar en lugar de restringir su consumo", añaden. Con ese plan, fomentaron la financiación de investigaciones sobre enzimas capaces de deshacer la placa dental y de una vacuna experimental contra el deterioro de los dientes que nunca demostró ser aplicable a gran escala.


Los resultados de la estrecha relación entre la industria y los responsables de los organismos públicos que debían fijar las prioridades de la salud pública y la investigación se observa en algunos datos llamativos: el 78% de un informe remitido por la industria fue incorporado a la convocatoria de proyectos de investigación del Instituto Nacional para la Investigación Dental y otros trabajos, como los pensados para medir cómo algunas comidas específicas causan caries (un enfoque que podía perjudicar a la industria) desaparecieron de la lista de prioridades del NCP. Después de una década liderando la agenda científica para combatir la caries en EE UU, el NCP "no logró reducir significativamente el problema de la caries dental, una enfermedad prevenible que sigue siendo la principal enfermedad crónica entre niños y adolescentes de EE UU", concluyen los investigadores.


Ildefonso Hernández, catedrático de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad Miguel Hernández (UMH) de Alicante, afirma que tácticas como las reflejadas en los documentos publicados por PLOS Medicine siguen vigentes. "Es lo que se llama captura de la ciencia", apunta Hernández. "La estrategia de la industria azucarera que se ve en estos documentos es la misma que sigue ahora con la obesidad, centrando el foco sobre la necesidad de hacer ejercicio y dejando a un lado la de reducir el consumo de azúcar", continúa.


En la actualidad, la Organización Mundial de Investigación del Azúcar (WSRO), el lobby científico de la industria azucarera mundial -en el que se encuentran corporaciones como la Asociación Azucarera de EE UU y Coca-Cola, según recuerda el estudio- sigue presionando para que las políticas sanitarias no perjudiquen a su negocio. En 2003, las empresas lograron que no se asumiesen como políticas de la Organización Mundial de la Salud (OMS) la recomendación de un comité conjunto de esta organización y la Organización para la Agricultura y la Alimentación (FAO) de reducir los azúcares añadidos a un máximo del 10% de las calorías consumidas a diario. La WSRO defendió que, en lugar de tratar de reducir el azúcar en la dieta, las políticas de salud dental deberían centrarse en el uso regular de pasta de dientes con flúor.


Finalmente, la OMS no incluyó en sus guías un límite concreto y se conformó con el impreciso consejo de "limitar la ingesta de azúcares añadidos". La WSRO también se ha opuesto a la recomendación de 2014 de la OMS que pide reducir los azúcares añadidos al 10% de la dieta diaria con una aspiración de dejarlo en un 5% en el futuro.


Control insuficiente del lobby


Hernández considera que los conflictos de intereses de las personas que diseñan las políticas sanitarias y de investigación aún no están regulados por una legislación adecuada. "En Europa, tanto la Agencia Europea del Medicamento (EMA) como la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) han llamado la atención sobre el problema del conflicto de interés, pero la legislación aún no es bastante estricta", plantea el investigador. "En España, la ley de salud pública dice que hay que regular los conflictos de interés, pero después ni siquiera las medidas tímidas que se incluyeron se han llegado a desarrollar. Sin ir más lejos, hace poco se reunió el comité de la hepatitis C y no se publicaron los conflictos de interés de sus miembros", añade.


Para el catedrático de la UMH, es necesario que legislaciones como las que deben regular la investigación para reducir los daños derivados del consumo excesivo de azúcar las redacten agencias con la suficiente independencia. "Una agencia independiente, acreditada y legítima puede ser vital para que el público confíe en ella y para que las políticas basadas en pruebas avancen", apunta. "Ahora es un buen momento para crear este tipo de agencias, porque la gente está cansada de las influencias de las empresas sobre las políticas públicas, pero hay poca voluntad política para facilitarlo", explica.


En EE UU, los autores aseguran que sí que se ha experimentado una mejora. "Las primeras políticas relativas a la declaración de conflictos de interés para consejos asesores federales se desarrollaron a principios de los 60", escriben. "Antes de eso, la preocupación porque los intereses empresariales fuesen una amenaza para la integridad científica era un punto de vista minoritario", siguen. Esto comenzó a cambiar en los 70, y en 2015, los NIH (la mayor agencia de financiación de la biomedicina de EE UU) tenían un programa completo dedicado al contacto ético entre sus institutos para hacer frente a los efectos adversos para la ciencia de conflictos de interés con la industria.

 

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