Sábado, 10 Julio 2021 06:42

El sueño del país sin indios

El sueño del país sin indios

Los internados para niños indígenas de Canadá

Para los sobrevivientes, el hallazgo de restos de casi un millar de niños desaparecidos en Kamloops y Cowessess es apenas la punta del iceberg. Hasta la década de 1990 el Estado y la Iglesia dirigieron un sistema escolar dedicado a erradicar las culturas originarias del país.

 

Roberta Hill era apenas una niña cuando ella y cinco de sus hermanos fueron inscritos a la fuerza en un internado para menores indígenas. Con 70 años, la impactó enterarse del reciente descubrimiento de los restos de 215 niños, enterrados en el área de la Escuela Residencial India de Kamloops, en la provincia de Columbia Británica.1 El hallazgo fue comunicado a comienzos de junio por la nación originaria Tk’emlúps te Secwépemc. «¿Cómo no ibas a saber que tenías 215 personas enterradas», se pregunta Hill, «cuando los padres te decían “no me han devuelto a mi niño, quiero saber dónde está”?». «¿Quiénes son los responsables?», cuestiona.

Hill y otros activistas piden una investigación masiva acerca del destino de otros niños desaparecidos en los internados de Canadá, mientras el país se enfrenta a su historia de genocidio cultural contra los pueblos indígenas. Recientemente, el primer ministro Justin Trudeau pidió un mayor apoyo a los sobrevivientes del sistema de internados y ordenó que las banderas estuvieran a media asta en todos los edificios federales de Canadá.  Manifestantes colocaron cientos de pares de zapatos en los escalones de esos mismos edificios y en torno a monumentos de todo el país, en honor a los niños que murieron en la escuela de Kamloops. Ninguna de estas muertes había sido registrada oficialmente. «Lamentablemente, esta no es una excepción o un incidente aislado», dijo a la prensa Trudeau luego de conocido el hallazgo en Kamloops. «Tenemos que reconocer la verdad. Los internados eran una realidad», aseguró.

Durante más de un siglo se obligó a los niños indígenas de Canadá a ingresar a estas escuelas residenciales. De las 139 que existieron en el país, más de la mitad fueron administradas por la Iglesia Católica, incluida la de Kamloops, una escuela inaugurada en 1890 que llegó a tener hasta 500 inscritos en sus momentos de mayor actividad. Como sobreviviente de este sistema, Hill compartió sus experiencias con la Comisión de la Verdad y la Reconciliación de Canadá (CVR). Establecido en 2008, este organismo tuvo entre sus fines crear un registro histórico de lo que debieron enfrentar los niños indígenas. Recopiló miles de documentos y entrevistó a 6.750 supervivientes.

Hill y sus hermanos asistieron al Instituto Mohawk, un internado dirigido por la Iglesia Anglicana de Canadá, en la ciudad de Brantford. Contó a la comisión que allí fue abusada sexualmente entre los 6 y los 10 años. «Había dos sacerdotes. A uno le gustaban las niñas y a otro los niños, por lo que los varones tampoco se salvaban. El trato era brutal, y cuando no los golpeaban, los violaban», dice. Para Hill está claro que la investigación llevada a cabo por la comisión no fue lo suficientemente profunda. «A pesar de lo triste y desgarrador que es, realmente no sorprende», sostiene. «Creo que habrá más si la gente busca», agrega. Hill y muchos pueblos originarios, incluidas las Seis Naciones del Gran Río, están ansiosos porque se haga una investigación seria sobre los niños desaparecidos.

El rol de la Iglesia

No está claro cuándo fueron enterrados los cuerpos ahora descubiertos en Kamloops. El Estado canadiense se hizo cargo de los internados en 1969. El de Kamloops cerró en 1978. Antes de que el Estado asumiera el control, la mayoría de las escuelas estaban a cargo de varias instituciones religiosas. La Iglesia Anglicana de Canadá emitió una disculpa en 1993 por su papel en el sistema de internados. Un año después, se disculparon los presbiterianos. También lo han hecho los metodistas y la Iglesia Unida de Canadá.

«No hay duda de que la Iglesia estuvo involucrada en esto», dice el reverendo Larry Lynn, sacerdote católico de la Arquidiócesis de Vancouver. «La Iglesia estaba a cargo de esa institución.» Trudeau solicitó una disculpa al papa Francisco durante una visita al Vaticano en 2017. Entre las 94 llamadas a la acción incluidas en el informe final de la CVR se encuentra un pedido de perdón oficial del jefe de la Iglesia Católica. Pero si bien los obispos locales se han disculpado, el Papa se ha negado.

El 2 de junio, el arzobispo Michael Miller emitió una declaración en nombre de la Arquidiócesis de Vancouver en la que reflexionó sobre una disculpa pública que hizo en 2013 ante la CVR. «Si las palabras de disculpa por hechos tan atroces son para traer vida y sanación, deben ser acompañadas de acciones tangibles que fomenten la revelación plena de la verdad», afirmó Miller. La arquidiócesis ha ofrecido apoyo psicológico y de salud mental a las familias que perdieron a sus hijos y se encuentra ahora proporcionando asistencia financiera y expertos para ayudar a la identificación de los fallecidos en Kamloops.

El caso es observado con atención desde Estados Unidos. Entre 1869 y la década de 1960, ese país financió más de 350 internados para niños indígenas bajo administración de las iglesias. Las historias de los sobrevivientes estadounidenses son similares a las de Canadá, e incluyen torturas, hambre, abuso sexual y físico.

«En Estados Unidos necesitamos cuanto antes una comisión de la verdad», afirma Christine McCleave, directora ejecutiva de la Coalición Nacional de Sanación por los Internados Indígenas. «Necesitamos que el gobierno federal dé un paso adelante y revele el daño causado.» La organización de McCleave está trabajando en una versión estadounidense de la CRV. El año pasado se presentó un proyecto de ley en este sentido en la Cámara de Representantes de Estados Unidos, pero no prosperó.

Hill, en tanto, cree que aún queda mucho por revelar. Con lo sucedido en la escuela de Kamloops ahora a la vista, espera que no tome mucho tiempo descubrir la verdad.

(Publicado originalmente en Public Radio Exchange como «Gruesome boarding school discovery forces Canada to reckon with its cultural genocide history». Traducción al español de Brecha.)

  1. Luego del hallazgo del 28 de mayo en tierras del antiguo internado de Kamloops, 751 tumbas de niños sin identificar fueron encontradas el 24 de junio junto a lo que fuera el internado de Marieval, en la actual localidad de Cowessess, en el centro sur del país. La Escuela Residencial India de Marieval funcionó desde 1899 a 1997 y, al igual que la de Kamloops, también estaba bajo la dirección de la Iglesia Católica (N. de E.).

 La historia de los internados canadienses

Asimilación forzada y expolio

… [Si] se va a hacer algo con el indio, debemos agarrarlo muy joven. Los niños deben ser mantenidos constantemente dentro del círculo de las condiciones civilizadas.

Nicholas Flood Davin, «Informe sobre escuelas industriales para indios y mestizos», 1879

Quiero deshacerme del problema indio. De hecho, no creo que el país deba proteger continuamente a una clase de personas que se mantienen aparte … Nuestro objetivo es continuar hasta que no haya un solo indio en Canadá que no haya sido absorbido en el cuerpo político y no haya ya una «cuestión india», ni un Departamento Indio. Es este el único objetivo de este proyecto de ley.

Duncan Campbell Scott, Departamento de Asuntos Indígenas de Canadá, 1920

El gobierno canadiense persiguió esta política de genocidio cultural porque deseaba deshacerse de sus obligaciones legales y financieras con los aborígenes y hacerse con el control de sus tierras y recursos. Si todas las personas aborígenes hubieran sido «absorbidas en el cuerpo político», no habría reservas, tratados ni derechos aborígenes.

Comisión de la Verdad y la Reconciliación de Canadá, Honoring the Truth, Reconciling the Future: Summary of the Final Report of the Truth and Reconciliation Commission of Canada, pág. 3

Los internados para niños indígenas operaron en Canadá durante más de 160 años, y más de 150.000 niños pasaron por sus puertas. Cada provincia y territorio –con la excepción de la Isla del Príncipe Eduardo, Terranova y Nuevo Brunswick– albergaba escuelas administradas por la Iglesia y financiadas con fondos federales. La última de ellas cerró en 1996, en Saskatchewan. Los niños de las Primeras Naciones, Métis e Inuit fueron apartados de sus familias y comunidades, a menudo contra su voluntad. Se los llevó a escuelas donde se vieron obligados a abandonar sus tradiciones, prácticas culturales e idiomas.

El sistema de internados fue solo una herramienta en un plan más amplio de «asimilación agresiva» y de colonización de pueblos y territorios indígenas. Si bien el sistema federal de internados comenzó alrededor de 1883, sus orígenes se remontan a la década de 1830, cuando la Iglesia Anglicana estableció un internado en Brantford, Ontario. Antes de eso, las iglesias habían construido escuelas para niños indígenas desde mediados del siglo XVII. Durante ese período inicial, estas escuelas misioneras se ubicaron principalmente en el este de Canadá. A medida que las misiones y los esfuerzos coloniales se trasladaron al oeste de los Grandes Lagos, también lo hicieron las escuelas. El gobierno canadiense y las iglesias desarrollaron el sistema de internados como un medio para resolver la «cuestión india»: la amenaza y el obstáculo que en su opinión planteaban los pueblos indígenas a la construcción en curso de la nación de Canadá.

Para ello, llevaron adelante un sistema que imitaba las escuelas construidas en Estados Unidos y en las colonias británicas, donde los gobiernos y las potencias coloniales usaban grandes escuelas industriales que funcionaban como internados para convertir a las masas de niños indígenas y pobres en católicos y protestantes y volverlos «trabajadores laboriosos». Estas escuelas se desplegaron a lo largo de Irlanda, Sudáfrica, Australia y Nueva Zelanda, así como en Suecia con los niños indígenas sami, con el fin de que los nuevos colonos pudieran reclamar las tierras tradicionalmente ocupadas por los pueblos originarios. Canadá adoptó este modelo para imponer a los niños de las Primeras Naciones, Métis e Inuit la adopción de tradiciones, idiomas y estilos de vida europeos.

Originalmente, el sistema de internados estaba enfocado en el desarrollo de escuelas de trabajo industrial y de escuelas agrícolas. Para 1900, en Canadá había 22 escuelas industriales y 39 internados. En 1931, en el apogeo de este sistema, había 80 escuelas en funcionamiento y, aunque la mayoría de ellas se llamaban residential schools (escuelas residenciales o internados), mantenían a menudo el trabajo industrial a través de grandes jardines, graneros, talleres y salas de costura. Las iglesias católica y protestante proporcionaron gran parte de las directivas originales acerca de dónde ubicar estas escuelas y cómo debía crecer el sistema. Los agentes y funcionarios gubernamentales de los diversos «departamentos indios» desempeñaron un papel central en su desarrollo y mantenimiento. Muchos de los primeros internados se construyeron cerca de escuelas misioneras ya existentes.

La calidad de la educación y la de los propios edificios fue deficiente durante gran parte de la historia. Los primeros internados estaban notoriamente mal financiados y mal administrados. Los relatos de sobrevivientes y del personal de las instituciones indican que los edificios a menudo se encontraban en mal estado y que, en algunos casos, eran incluso peligrosos. Los incendios los arrasaron con frecuencia. Algunas escuelas del norte se quedaban sin carpas ni refugios temporales. Posteriormente, se construyeron nuevas escuelas con una arquitectura pesada, ladrillos y cemento, en un esfuerzo por mostrar la permanencia de las políticas educativas del Estado hacia los pueblos indígenas. Estos nuevos internados, si bien representaban una mejora con respecto a los anteriores, seguían caracterizándose por la baja calidad de los alimentos que brindaban y las pésimas condiciones de vida de sus estudiantes.

Por Emily Schwing
9 julio, 2021

(Historia de las Escuelas Residenciales, Atlas de los Pueblos Indígenas de Canadá. Disponible en inglés y francés en indigenouspeoplesatlasofcanada.ca. Traducción de Brecha.)
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Miles de manifestantes se congregan en el Monumento a los Héroes para conmemorar un mes de protestas en el país, en Bogotá. EFE/Carlos Ortega

A 170 años de la abolición de la esclavitud en el país suramericano, las comunidades negras e indígenas levantan la voz ante una historia de discriminación racial. Cali, la segunda ciudad con mayor población afrodescendiente en América Latina, se convierte en centro y símbolo de la frustración ciudadana

 

En el marginal barrio Marroquín de Cali conocen a la perfección el significado de la palabra resistencia. Mucho antes de que el país entrara en paro que lleva ya más de un mes, este suburbio, compuesto casi en su totalidad por vecinos negros, ya se las ingeniaba para sacudirse de las miserias cotidianas. Por eso las movilizaciones -que por momentos se han transformado en auténticas orgías de violencia- han hecho las veces de catarsis social para una población agobiada desde hace generaciones.

Marroquín está situado en un distrito oriental de la ciudad, donde el simple hecho de entrar resulta una temeridad para muchos. Se trata de Aguablanca, un enclave con unos 800.000 habitantes, el 70% de ellos afrocolombianos, y que año tras años acumula las mayores tasas de homicidio, los mayores índices de falta de empleo y las cifras más altas de contagio por coronavirus en la tercera ciudad del país.

“La mayoría de jóvenes desaparecidos y muertos (se habla de 27) durante este paro en Cali son negros”, asegura Vicenta Moreno, una docente y activista social que dirige La casa cultural del chontaduro (un fruto tropical), un proyecto centrado en las artes como herramienta para arrebatarle chicos perdidos a la violencia. De la misma forma lamenta que hasta ahora no haya habido una “lectura de los hechos” donde se evidencie el “empobrecimiento y el olvido desde una óptica racial”.

Las protestas, que en principio detonaron como respuesta a una reforma tributaria que afectaba con fuerza a las clases medias, han reflotado una realidad tan poco abordada como lo es el racismo. Y es que, a pesar de que alrededor del 13% de la población colombiana está compuesta por ciudadanos negros (10%) e indígenas (3%), la representación social y política de estas comunidades ha sido minúscula. 

El profesor Edward Telles, de la Universidad de California, lo caracterizó en un trabajo académico de 2012 como una “pigmentocracia”. Es decir, una sociedad donde el color de piel determina el lugar en el mundo y las oportunidades en el transcurso de la vida. Otros estudios, de investigadores como la socióloga y doctora en filosofía Aurora Vergara, lo sustentan. “Está demostrado”, explica Vergara, “que los hombres afro en Colombia viven en promedio 66 años, una década menos que en el resto de la nación, que es de 75”.

Y subraya que nada tiene que ver con la “predisposición genética”, sino con los “determinantes sociales de un país que posibilita que la muerte se apresure para algunos de sus habitantes”, acaba. 

Cali, una urbe de 2,2 millones de habitantes, concentra la mayor población afrodescendiente de Latinoamérica, detrás de la brasilera Salvador de Bahía. El grueso de la comunidad negra de Cali se ha asentado en los márgenes orientales de la ciudad. Muchos de ellos han sido desplazados por la violencia de pueblos remotos de la costa Pacífica, a tan solo un centenar de kilómetros de Cali.

A pesar de la promesa de un panorama mejor, el ascensor social no ha funcionado para la gran mayoría. La profesora Vergara cuenta que hay estudios que han establecido vínculos directos entre las personas negras que viven en situación de extrema pobreza hoy en Cali y algunas familias esclavizadas en las haciendas azucareras durante la colonia. Al cruzar la información, es evidente la coincidencia entre la miseria moderna y los peores vejámenes de antaño. 

Silencio racial

A mediados de mayo, en pleno auge de las protestas, un telediario publicó una conversación de una cirujana caleña en WhatsApp donde sugería como solución al caos la intervención de escuadrones de “autodefensa” para que “acaben literalmente con unos 1000 indios, asi (sic) poquitos nada más para que entiendan”, escribió.  

El epidemiólogo Yoseth Ariza confiesa que se sintió conmovido al constatar el desinterés en las discusiones sobre el tema con algunos colegas. Para Ariza, que coordina la línea de estudios étnico raciales en la universidad ICESI de Cali, detrás de ese tipo de discursos violentos, y su consiguiente banalización, se hallan algunas claves para comprender el racismo en Colombia.

El médico encuestó a más de 3.000 alumnos de 72 colegios públicos en Cali para examinar la agresividad en el lenguaje. Entre los hallazgos, elaborados para un encargo oficial, recogió una “nube de apodos” que “sexualizaban” y “animalizaban” a las personas negras. Según Eduardo Bonilla-Silva, doctor en Sociología por la Universidad de Wisconsin, tanto en Colombia como en el resto de América Latina hay un racismo “solapado”.

Sostiene que los países de la región asumieron que la discriminación racial había desaparecido una vez abolida la esclavitud (en 1851, para el caso colombiano). “Nos inventamos una historia”, apunta Bonilla-Silva, “y glorificamos la idea de que como somos mayoría mestiza, la raza cósmica de la que hablaba el mexicano Vasconcelos, entonces no había que profundizar mucho más”. 

Lo cierto es que tanto la mentalidad como las prácticas colectivas variaron muy poco. El académico retrata un desequilibrio evidente en pleno 2021: “Los negros tienen peores salarios, menor representación en la industria, el Gobierno o la banca, hay menos profesionales, el acceso a la salud es más limitado y la presencia en las cárceles es mayor”.

La discriminación hacia los indígenas en Colombia, con algunos matices históricos y políticos, gira sobre las mismas lógicas, a pesar de que la Constitución de 1991 reconoció que el Estado colombiano es “pluriétnico y multicultural”. Pero para la antropóloga dominicana Ochy Curiel, afincada hace 15 años en Colombia, las jerarquías del “racismo estructural siguen intactas”.

Y la crisis sanitaria por el coronavirus, que suma más de 90.000 muertos en el país, se ha encargado de dar el último golpe a un andamiaje ya de por sí vulnerable. Cali pasó de tener 558.360 personas en situación de pobreza, a 934.350, según cifras oficiales. Hoy, una tercera parte de los caleños -de los cuales un 20% son negros- carecen de los recursos para los elementos básicos de la cesta de la compra. 

“El paro está desnudando todo eso”, reconoce la académica dominicana, “lo que el resto de la sociedad no quería ver: el dolor que surge de una segregación racial profunda, de un sistema económico, político, religioso que sigue excluyendo a la gente indígena y a la gente afro de la participación real en la construcción de un Estado que sobre el papel se dice multicultural”.

También es cierto que la discriminación se oculta con frecuencia en comportamientos diarios que se han normalizado. Es un fenómeno algo taimado, más blando que en el caso estadounidense, donde la confrontación y la violencia suelen desembocar en episodios más descarnados como el de George Floyd.

Por eso la investigación de Yoseth Ariza se centró en desgranar las sutilezas en el uso del lenguaje. Entre las frases más repetidas por los estudiantes, por ejemplo, se hallaba un dicho popular: “hay que mejorar la raza’”. El médico explica que se trata de una fórmula que los padres utilizaban para sugerirles a los chicos que “se deben buscar un novio, o novia de piel más clarita, más ojizarco y con el cabello más liso”.

Ariza lo describe como una actitud “decimonónica”, que refleja un viejo anhelo por “blanquear y homogenizar”. Así mismo cuenta que en el curso de su trabajo tuvo diferencias “muy desafortunadas” con rectoras de colegios públicos que discriminaron a las encuestadoras: ¿Usted si es estudiante de maestría?, o ¿usted de verdad trabaja en una universidad?, fueron algunas de las preguntas formuladas por docentes que “no se imaginaban que una negra pudiera trabajar en una universidad como el ICESI”.

La historia de muchas criadas

El caso de las empleadas domésticas, que según una investigación académica en el caso caleño son en un 90% negras, es contundente. La mayoría se emplean desde niñas en las casas de los barrios más pudientes, en un ejercicio que hasta hace muy poco, debido a vacíos legales, se prestaba para todo tipo de abusos laborales.

El politólogo Sergio Sierra, autor del trabajo, explica que “se trata de mujeres que se ven expuestas a un sistema de desigualdad enorme”, con remuneraciones injustas y repercusiones emocionales importantes. También menciona situaciones frecuentes de acoso sexual, invisibles, a todas luces, por la falta de datos. 

Es una forma de “reproducir un sistema de desigualdad enorme”, afirma el politólogo. En su trabajo describe cómo ciertas casas privilegiadas empleaban a jóvenes mujeres negras de una misma familia, a través de varias generaciones, en un acto casi hereditario. Por eso, no era raro escuchar que las trabajadoras se convirtieran en casi “parte de la familia”. Aquel diminuto artículo “de”, asevera Sierra, marcaba toda la diferencia.

La revista Hola de Colombia publicó en 2011 una imagen en la que aparecen unas mujeres distinguidas de la sociedad caleña posando junto a la piscina de su casa, con dos empleadas negras de fondo, vestidas de inmaculado blanco y que sostienen sendas bandejas de plata. La foto despertó una pasajera y vaga indignación, bastante tímida en comparación a los debates que surgieron años más tarde en México por el rol de las criadas indígenas en la película Roma, del director mexicano Alfonso Cuarón.

En cualquier caso el problema, por acuciante y profundo que sea, nunca ha ocupado un lugar importante en el debate público colombiano. Se trata, como afirma el sociólogo Eduardo Bonilla-Silva, de un “silencio racial” absoluto. Así mismo lamenta que aún no haya siquiera voluntad de reconocerlo: “Se suele limitar lo racial a una serie de sucesos inconexos e individuales, aislados, que no son representativos de la realidad de la mayoría de la población. Especialmente desde las élites. Y eso es obviamente falso”.

El profesor puertoriqueño concluye la entrevista telemática con una pregunta retórica, a medio camino entre lo serio y lo mundano: “Acaso ¿cuándo has visto a un negro o a un indígena como galán de televisión? ¡Nunca!”.

Por Camilo Sánchez

Bogotá — 5 de junio de 2021 22:23h

@CamilSanc

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Lunes, 10 Mayo 2021 06:26

Tres cuentos enterrados

Tres cuentos enterrados

I

Strange Fruit, la canción de desafío y condena primero cantada por la legendaria Billie Holliday en 1939 volviéndose en la más famosa y peligrosa de su repertorio, cuenta sobre la fruta extraña que se colgaba de árboles álamo en referencia a los linchamientos de afroestadunidenses en Estados Unidos. Holliday canta suave y lentamente de uno de los actos violentos racistas más brutales y frecuentemente públicos que manchan la historia estadunidense.

La canción recientemente retomó el escenario con la película Estados Unidos contra Billie Holiday este año, la cual se centra sobre los esfuerzos del gobierno de Estados Unidos en suprimir la canción. Andra Day por su papel estelar como Holiday fue nominada para un Oscar.

La canción no fue escrita por Holiday, sino por Abel Meeropol, judío blanco comunista que era maestro de educación pública en el Bronx, y quien la escribió después de ver una foto famosa de un linchamiento de dos jóvenes afroestadunidenses en 1930 en un pueblo de Indiana, sus cuerpos colgados rodeados de un grupo de blancos, incluyendo niños, algunos de los cuales estaban sonriendo. La canción fue primero publicada como un poema en la revista del sindicato de maestros de Nueva York en 1937.

Meeropol fue mejor conocido como el padre adoptivo de los dos hijos de Julius y Ethel Rosenberg, ejecutados en 1953 por el gobierno estadunidense que los acusó de ser espías comunistas de la Unión Soviética, caso clave en impulsar el macartismo en Estados Unidos.

Entre 1882 y 1968, se tiene registro de casi 5 mil linchamientos en Estados Unidos (la gran mayoría eran de afroestadunidenses), muchos de los cuales fueron castigados por su activismo político, sindical o nada más por su insolencia. Estos datos no incluyen los linchamientos de miles de latinos de ascendencia mexicana, sobre todo en Texas y California, entre mediados del siglo XIX y buena parte del siglo XX.

II

La celebración del 5 de mayo en Estados Unidos tiene sus orígenes con latinos en California como parte del movimiento de abolición de la esclavitud durante la Guerra Civil. Los latinos en California estaban preocupados por el posible interés de Napoleón III en apoyar a la Confederación sureña pro esclavitud en la Guerra Civil, y por lo tanto percibieron el triunfo mexicano en la Batalla de Puebla como una victoria contra las fuerzas pro esclavistas estadunidenses. Los inmigrantes latinos mexicanos y centroamericanos se oponían a la esclavitud, a las intervenciones imperiales y la supremacía blanca; por ello apoyaban las fuerzas de Lincoln y las de Juárez.

III

Uno de los orígenes del Día de las Madres en Estados Unidos fue la resistencia contra el militarismo y en favor de la salud pública de los pobres. Anna Reeves Jarvis fue la primera en convocar a un festejo, en 1858, creando clubes de madres para promover esfuerzos comunitarios con el fin de prevenir enfermedades y mejorar condiciones sanitarias. En 1870, Julia Ward Howe amplió la idea como parte de un movimiento internacional por la paz y escribió una Proclamación del Día de las Madres en la cual insta a las mujeres con corazón, a que sus “maridos no lleguen con nosotras apestando a masacre… buscando aplausos” y que los hijos no sean arrancados de nosotras para desaprender todo lo que hemos sido capaces de enseñarles sobre caridad, misericordia y paciencia.

Agregó en su llamado internacionalista que nosotras, mujeres de un país, seremos demasiado compasivas con aquellas de otro país como para permitir que nuestros hijos sean entrenados para herir a los de ellas. El primer Día de las Madres que organizó Howe fue el 2 de junio de 1872 y durante varios años fue festejado, pero poco a poco desapareció. El que hoy día se celebra fue proclamado el 9 de mayo de 1914 para expresar el amor y reverencia a las madres del país por el presidente Woodrow Wilson, quien llevaría a Estados Unidos a la Primera Guerra Mundial.

Billie Holiday. Strange Fruit. https://www.youtube.com/watch? v=Web007rzSOI

Prince. Welcome 2 America. https://www.youtube.com/watch? v=HJtxSdTL488

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Interregno norteamericano. Entrevista a Nancy Fraser

¿Qué tendencias son las que ve aparecer de resultas de las crisis social, sanitaria y económica producidas por la Covid-19? ¿Qué nos dicen las reconstrucciones post-pandémicas sobre la ‘crisis de la atención’?

Tanto la pandemia como la respuesta a la misma representan la irracionalidad y destructividad del capitalismo. La crisis de la atención ya existía antes de la aparición de la Covid, pero se vio enormenente exacerbada por ella. La situación preexistente, por así decir, era la del capitalismo financiarizado, la forma especialmente depredadora que ha predominado en los últimos cuarenta años erosionando nuestra infraestructura de atención pública por medio de la desinversión, en nombre de la ‘austeridad’. Pero de hecho, toda forma de sociedad capitalista funciona a base de permitir que la actividad empresarial actúe de balde sobre labores de cuidados no remuneradas. Al subordinar la dedicación a las personas al ánimo de lucro, alberga una tendencia inherente a la crisis reproductiva social.

Pero lo mismo vale para la actual crisis ecológica, que refleja una dinámica estructural profunda que prima al capital para que actúe de balde sobre la naturaleza, sin pensar en restaurar o reponer. Y otro tanto se puede decir de nuestra actual crisis política, que refleja el grave debilitamiento de los poderes públicos a manos de megacorporaciones, instituciones financieras, revueltas fiscales de los ricos, lo que tiene como resultado la paralización y falta de inversiones. Si bien esto ha resultado especialmente agudo a causa de la neoliberalización, expresa una tendencia a la crisis política que se conecta directamente a toda forma de sociedad capitalista. La crisis de la atención está inextricablemente entrelazada con otras disfunciones – ecológica, política, étnico-racial – lo cual se suma a una crisis general del orden social.

Los efectos de la Covid sobre los seres humanos serían horribles en cualquier coyuntura. Pero los ha empeorado el hecho de que el capital ha canibalizado en este periodo el poder público, las capacidades colectivas que podrían haberse utilizado, si no, para mitigar los efectos de la pandemia. Como consecuencia, la respuesta se ha visto dificultada en muchos países, incluidos los EE.UU., por decenios de desinversión en la infraestructura crucial de salud pública. Existe en los EE.UU. la tendencia a culpar a Trump, pero eso es un error. La desinversión lleva produciéndose desde hace décadas.

Los gobiernos de Clinton de los 90 dieron en esto el primer paso.

Sí, toda una serie de gobiernos norteamericanos, lo mismo demócratas que republicanos, desinvirtieron en infraestructuras esenciales de salud pública. Retiraron reservas de equipos esenciales como EPIs, respiradores, mascarillas, mermaron capacidades de vital importancia – rastreo de contactos, almacenamiento y distribución de vacunas – y dejaron sin financiación suficiente instituciones cruciales como centros de investigación, hospitales públicos, unidades de UCIs, agencias públicas de salud,. Los científicos avisaron de que era probable otra epidemia vírica, pero nadie les prestó oídos. De manera que cuando llegó la Covid, los EE.UU. estaban totalmente faltos de preparación. No hemos tenido prácticamente rastreo de contactos, y seguimos prácticamente sin tenerlos después de que haya pasado más de un año. Las autoridades de salud pública carecían llanamente de la capacidad de organizarlos y todavía no han logrado desarrollar esa capacidad.

El derrumbe de sistemas ya débiles de atención pública hizo recaer nuevamente todas las cargas sobre familias y comunidades, y especialmente sobre las mujeres, que llevan todavía la parte del león de la labor de cuidados no remunerada. En el confinamiento, el cuidado de los niños y la escolarización se desplazaron de pronto a los hogares de la gente, dejando que las mujeres se hicieran cargo de ese gravamen por encima de otras responsabilidades, y teniendo que hacerlo en espacios pequeños, incapaces de soportar esa carga. Muchas mujeres con empleo acabaron dejando su trabajo para cuidar de los niños y otros parientes; muchas otras fueron despedidas. Un tercer grupo, lo bastante afortunado como para haber mantenido su puesto de trabajo y trabajar a distancia desde casa, a la vez que realizaba también labores de cuidados, incluida la de atender a los niños en casa, ha tenido que llevar la multitarea a nuevas cimas de locura. Un cuarto grupo, el de las ‘trabajadoras esenciales’, se enfrenta a diario a la amenaza de contagio en primer línea, con el temor de llevar a casa el virus, a la vez que cumple con lo que es preciso hacer, con frecuencia a cambio de un sueldo muy bajo, para que otros, más privilegiados, puedan acceder a los bienes y servicios que necesitan con el fin de aislarse en casa. Qué mujeres se encuentran en según qué grupo tiene todo que ver con la clase y el color. Es como si alguien hubiera inyectado un líquido de contraste en el sistema circulatorio del capitalismo, iluminando todas sus líneas constitutivas de fractura.

En los Estados Unidos, el brote de la Covid se vio seguido por una impresionante ola de protestas, dirigidas en su mayor parte por juventudes negras, contra la violencia policial racista. ¿Adoptó el lema Black Lives Matter un significado diferente durante la pandemia?

Se trata de una cuestión importante. ¿Por qué coincidió el resurgimiento de la actividad antirracista militante en los EE.UU. con la pandemia de la Covid? Hemos visto asesinatos de gente de color durante mucho tiempo, lo mismo que movilizaciones en contra de ello. Asi que, ¿por qué las protestas se hicieron tan amplias y continuadas justo en ese momento, en medio de una horrible crisis sanitaria? Hay quienes han sugerido que los meses de confinamiento crearon una intensa presión psicológica que encontró un desahogo muy necesario en las calles. Pero creo que hay razones más profundas, forjadas en la crisis, que provocaron algunos destellos importantes de percepción política. El darse cuenta de que esas dos expresiones aparentemente distintas de racismo estructural – vulnerabilidad dispar a la muerte causada por el virus y vulnerabilidad dispar a la muerte causada por la violencia policial– estaban en realidad ligados, que ambas estaban enraizadas en el mismo sistema social.

Para cuando estallaron las protestas en mayo de 2020, ya estaba claro que los norteamericanos de color, y los negros en particular, contraían y morían a causa de la Covid de forma desproporcionada. Tenían peor atención sanitaria y una mayor tasa de situaciones subyacentes, ligadas a la pobreza y la discriminación y vinculadas con las malas secuelas de la Covid: asma, obesidad, estrés, alta presión sanguínea. Afrontaban mayores riesgos de contagio, debido a sus trabajos en primera línea que no podían realizarse en remoto y a una situación de viviendas atestadas. De todo esto se había informado ampliamente en los medios informativos. Y eso caló hondo, dando un nuevo sentido a ‘Black Lives Matter’.

El lema llevaba circulando desde 2014, cuando el asesinato de Michael Brown en Ferguson, estado de Misuri, a manos de la policía desencadenó el Movement for Black Lives. Desde entonces, ha habido muchísima organización, sin que faltaran grupos de concienciación y de lectura, lo que ha formado a una nueva generación de activistas antirracistas militantes, sobre todo de jóvenes activistas de color. Ese fue el contexto, la atmósfera, en la que se recibieron y procesaron las noticias del impacto racializado de la Covid. Como remate de todo esto llegó el asesinato de de George Floyd a manos de la policía de Minneapolis, que captó para que todo el mundo lo viera ese video indignante y desgarrador. Y así se encendió la mecha. Dicho de otros modos, ese momento justo no fue una coincidencia.

La convergencia de las protestas por la pandemia y la violencia policial expresaban la expansión, la profundización de ‘Black Lives Matter’. Un primer nivel de significado era que, si las vidas de los negros de verdad le importaran al sistema de ‘justicia’ penal norteamericano, en ese caso no existirían las múltiples formas de violencia racializada. Cuando golpeó la pandemia, eso también vino a significar: no se deberían perder ni acortar las vidas negras con esta mezcla letal de exposición al contagio y a problemas de salud preexistentes, que señalan a su vez condiciones estructurales subyacentes.

La repercusión electoral de BLM fue enormemente positiva, de manera evidentísima en el estado de Georgia, que pasó del profundo rojo [color de los republicanos] al azul [color de los demócratas], otorgando sus votos electorales a Biden y dándole la vuelta a dos escaños del Senado, concediendo uno a un afroamericano y el otro a un judío (lo que es una gran noticia en el Profundo Sur), y entregando así de este modo a los demócratas el control del Senado. En la dinámica que opera aquí contó el rechazo de las zonas residenciales blancas, así como una participación masiva de los negros, galvanizados sin duda estos últimos por Black Lives Matter, pero también preparados gracias a años de organizarse en ese estado para ‘salir a votar’, una dura labor sostenida por activistas sobre el terreno, como Stacey Abrams.

La derrota de Trump fue aclamada como una victoria, pero no parece que la victoria de Biden despertase el mismo entusiasmo. ¿Qué lectura hace de los resultados de las elecciones norteamericanas? Ha vencido de manera decidida el ‘neoliberalismo progresista’ al populismo reaccionario del bloque de Trump y al populismo progresista de Sanders?

Seguimos, por recurrir a los términos de Gramsci, en un interregno, en el que lo viejo agoniza, pero sin que lo nuevo pueda nacer. En esa situación, se tiende a registrar una serie de oscilaciones políticas, con balanceos de un lado a otro entre alternativas que están agotadas y no pueden tener éxito. En el presente, sin embargo, no nos hemos columpiado todavía del trumpismo a la vuelta al ‘neoliberalismo progresista’ a gran escala encarnado por las administraciones de Clinton y Obama. Eso podría suceder todavía, por supuesto, pero a fecha de hoy el movimiento del péndulo lo controla un ala izquierda recrecida en el Partido Demócrata. La derrota de Trump quedó asegurada gracias a una alianza entre el centro neoliberal del establishment del Partido, el ala Clinton-Obama, y su oposición populista de izquierdas, el ala de Sanders-Warren-AOC [Alexandria Ocasio-Cortez]. Cierto es que los centristas habían maquinado la brutal expulsión de Sanders del proceso de primarias, pese – o a causa de – su sólida proyección, con el fin de abrir camino al entonces tambaleante Biden para que se convirtiera en el candidato designado por el Partido. Pero a diferencia de 2016, las dos alas se fusionaron para las elecciones generales. La facción de Sanders prestó apoyo total a Biden contra Trump, y a cambio consiguió tener una mayor voz política.

El resultado es que los populistas progresistas y los neoliberales progresistas están hoy en coalición. Los populistas son la parte más débil de esta alianza y no están representados en el gabinete de Biden. Pero su influencia ha crecido, sin embargo. Sanders encabeza hoy el poderoso Comité Presupuestario del Senado y le entrevistan con frecuencia en las televisiones nacionales, lo cual es algo nuevo: antes nunca le dispensaban tratamiento de portavoz o comentarista clave. Además, asimismo ‘The Squad’, el grupo de AOC en el Congreso, ha doblado su número, y ha vencido en algunas contiendas importantes en las elecciones de 2020.

Y en política interior, los centristas se han movido a la izquierda. Los demócratas de ambas cámaras votaron unánimemente a favor de la ley de ayudas para la Covid de Biden, cifrada en 1.9 billones de dólares, que contiene varios puntos de la lista de preferencias progresista-populista. Ese paquete refleja claramente la fuerza e influencia del ala de Sanders. Sin embargo, ha tenido el apoyo de los asesores económicos de Biden, los cuales, aunque no estén, ciertamente, ‘a la izquierda’, representan al menos una ruptura parcial con los ex-alumnos de Goldman-Sachs que han gestionado durante décadas el departamento del Tesoro y nos trajeron la financiarización. Dirigidos por Janet Yellen, la orientación del nuevo equipo es neo- o cuasi-keynesiana; si bien todavía comprometidos con el ‘libre comercio’, al menos han renunciado temporalmente a la lógica de la austeridad y han dado prioridad al pleno empleo por encima de una inflación baja.

 El actual estado de la administración Biden representa una formación de compromiso. Sus políticas de (re)distribución mezclan algunos elementos reactivados del pensamiento del New Deal con el lado de libre comercio propio de la economía política neoliberal, mientras sus políticas de reconocimiento incluyen elementos tanto meritocraticos como igualitarios. Se acumulan aquí muchas tensiones inherentes, que van a aparecer tarde o temprano. Está todavía por ver cuándo y de qué manera, y también si se resolverán y en qué términos. En general, la alianza de la izquierda y los liberales es endeble, y no durará siempre. Pero sigue sin estar claro qué es lo va exactamente a substituirla.

Una variable clave reside en la medida en que las políticas de Biden van a satisfacer a una población que se tambalea no sólo a causa de los efectos colaterales sanitarios y económicos de la pandemia, sino también debido a las ‘condiciones preexistentes’. Son cuarenta años de desindustrialización y deslocalización, financiarización, acoso a los sindicatos, trabajos basura, declive industrial, además de violencia policial, destrucción ambiental, deshilachamiento de la red de seguridad social: todo lo que ha operado para empeorar las condiciones de vida de los pobres, la clase trabajadora y las clases medias y medias bajas.

Son esos los procesos que desencadenaron el abandono masivo del ‘neoliberalismo progresista’, en la revuelta populista, de dos filos, de 2016: Trump, por un lado, Sanders, por otro. Y ambos movimientos continuarán de una forma u otra, mientras continúen esos procesos. De manera que el compromiso de Biden depende de su capacidad de hacer suficientes concesiones favorables a la clase trabajadora para mantener a bordo a los populistas de izquierda y mellar la fuerza de los populistas de derechas. Y además, hay que mantener contenta a la clase inversora. No es un trabajo fácil.

La elección de Kamala Harris ha provocado reacciones encontradas en la izquierda, entre quienes recalcan que hay una mujer negra de vicepesidenta y los que critican sus anteriores posturas sobre la pena de muerte y su encubrimiento de abusos de autoridad como Fiscal General de California. ¿Qué análisis hace de ello?

Nunca he sido muy partidaria de lo que Anne Phillips llamó en cierta ocasión la ‘política de la presencia’, la idea de que elegir a alguien que se te parece – a una mujer o a una persona de color, por ejemplo – es por si misma un gran logro. A nadie con una pizca de feminismo en los huesos se le ocurrió apoyar a Thatcher. En los EE.UU. de hoy esto lo tenemos más claro, creo, después de haber elegido a un afroamericano para la presidencia en 2008. Mucha gente depositó su voto con tremendas esperanzas en un cambio de envergadura, que el candidato cultivó deliberadamente mediante una elevada retórica de campaña. Y el resultado fue una profunda decepción. Una vez en el poder, Obama se desprendió rápidamente de esa inspiradora oratoria y gobernó como neoliberal progresista. Después de esa experiencia, nadie que piense en la política con cierta hondura se va a sentir muy estimulado por el ascenso de Harris a la vicepresidencia. Hay un viejo dicho que afirma: ‘si me engañas una vez, tuya es la culpa; si me engañas dos veces, la culpa es mía’.

En cualquier caso, Harris no es – a diferencia de Obama –ni una desconocida política ni una oradora de gran altura. Tiene un largo historial político como fiscal y administradora ‘dura con la delincuencia’ y como agente político ambicioso. Habría que estar voluntariamente ciego para pensar en ella como un faro de ‘esperanza y cambio’. Por otro lado, es muy brillante y muy flexible, sabe leer bien la dirección del viento y ajustar su rumbo como corresponde. Entra dentro de lo posible que pudiera moverse un poco a la izquierda si ese rumbo le conviniera a sus ambiciones, que incluyen la presidencia para la que ahora la están preparando como número dos y supuesta sucesora de Biden. Pero en la medida en que se trata de alguien que sigue la corriente, es más importante analizar la corriente.

Cuando se derrumbe el compromiso de Biden, como tiene que pasar, los liberales atacarán probablemente a la izquierda y tratarán de resucitar el neoliberalismo progresista con algún nuevo disfraz, igual que las fuerzas del MAGA [Make America Great Again, el trumpismo del “Hacer de Nuevo Grande a Norteamérica”] tratarán de resucitar su alternativa reaccionaria-populista. Y en ese punto, la izquierda se enfrentará a una encrucijada. En una hipótesis, redoblaría las formas de superficiales políticas de identidad que impulsan la cultura de la cancelación y el fetichismo de la diversidad, En otra, haría un serio esfuerzo por construir una tercera alternativa, articulando una política inclusiva de reconocimiento con una política igualitaria de redistribución. La idea consistiría en separar a los elementos favorables a la clase trabajadora de cada uno de los otros dos bloques y unirlos en una nueva coalición anticapitalista, que se comprometiera a luchar por el conjunto de la clase trabajadora, no solamente por la gente de color, los inmigrantes y las mujeres que apoyaron a Sanders, sino que atrayera – sobre la base de sus intereses económicos – a quienes se pasaron a Trump. Esa coalición podría entenderse como una versión de izquierdas del populismo. Pero lo veo menos como un punto de llegada que como un estadio transicional, en camino hacia algo más radical, una transformación estructural profunda de todo nuestro sistema social. Eso requeriría no sólo una política de populismo de izquierda, sino algo más parecido al eco-socialismo democrático.

Por Nancy Fraser

es profesora de Filosofía Política en la Henry A. and Louise Loeb, un centro de política y ciencias sociales de la New School for Social Research de Nueva York. Su investigación académica gira en torno a la teoría social y política, la teoría feminista y la filosofía contemporánea francesa y alemana.

Fuente:

Sidecar, New Left Review, 9 de abril de 2021

Traducción:

Lucas Antón

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Lunes, 08 Marzo 2021 05:39

Rebeliones

La batalla actual para sindicalizar un mega-almacén de Amazon en Alabama se acompaña, como todas las luchas en Estados Unidos, por los ecos de la historia de rebelión en el país. En la imagen del viernes pasado, un participante en una protesta de apoyo a la sindicalización de trabajadoras de la empresa Amazon en Nueva York.Foto Afp

La historia de Estados Unidos, como todas, no se puede entender sin contar las rebeliones. Esa historia está sujeta a incesantes intentos de borrarla, purificarla, domarla –hasta proclamar días festivos oficiales a líderes rebeldes y ponerles monumentos que ocultan más de lo que revelan– y mantenerla semisecuestrada para que no vaya a inspirar a nuevas generaciones. Todos los días se batalla por la historia real y completa del país, y cada movimiento contemporáneo tiene que dedicarse a rescatar a sus antecesores. Esa historia rebelde es aun menos conocida afuera de este país, y sin ella es fácil reducir la visión sobre lo que ocurre en Estados Unidos a una versión de estereotipos demasiada centrada en Washington, Hollywood y Disneylandia.

La lucha contra la amnesia histórica no es tan simple, ya que no es resultado de censura explícita y más aún existe material vasto, con algunas aportaciones excepcionales, generado por Hollywood y la televisión (comprobando que una parte de la izquierda estadunidense se puede encontrar en ese mundo entre guionistas y directores).

Esa historia es presentada de manera fragmentaria en museos y en la academia, como en bibliotecas y por innumerables proyectos literarios. Aun así, esa historia de rebeliones es capturada y presentada de tal manera para que no vaya a provocar, pues, rebelión.

Uno puede visitar los monumentos a Martin Luther King y festejar su día oficial, al igual hay avenidas llamadas César Chávez en California, ver películas sobre Malcolm X y John Reed, y algunas clásicas basadas en los libros de Steinbeck y más recientes como la del Juicio de los 7 de Chicago, como todo tipo de expresiones y exposiciones sobre líderes de la lucha feminista, de los gays, algunas –muchas menos– de luchas obreras, ambientalistas, y más pocas aún sobre luchas indígenas.

Vale recordar que historiadores rebeldes como Howard Zinn dedicaron su vida a rescatar la "otra historia" de este país, junto con Mike Davis, Eric Foner, Greg Grandin entre otros, junto con periodistas que hacen presente la historia como Studs Terkel y Bill Moyers, y existe un magnífico mosaico de proyectos de educación popular como los impulsados por el Highlander Center en Tennessee que hacen viva y resucitan la historia rebelde del país, junto con otros proyectos (https://www.zinnedproject.org; https://studsterkel.wfmt.com; https://highlandercenter.org).

Nuevos movimientos están rescatando a sus antecesores y los hacen presentes hoy día. La Campaña de los Pobres explícitamente reinicia la última lucha del reverendo King, donde él fusionó las demandas por derechos civiles con las de la justicia económica y derechos de los trabajadores (algo de lo cual casi nunca se menciona en los festejos oficiales de su vida). La lucha indígena apache en defensa de su tierra sagrada en Arizona contra mineras transnacionales, como la de los pueblos sioux y otros contra los gasoductos en el norte del país; la batalla actual para sindicalizar un mega-almacén de Amazon en Alabama, su dueño el multimillonario más rico del planeta.

La batalla de años por elevar el salario mínimo a 15 dólares impulsado por trabajadores de comida rápida y ahora bajo debate en el Congreso, las luchas que fueron claves en derrotar el proyecto neofascista en las elecciones federales, sobre todo las impulsadas por coaliciones y alianzas extraordinarias y sin precedente entre movimientos afroestadunidenses, latinos e indígenas, así como las incesantes luchas por los derechos de los inmigrantes -–que usan consignas de luchas anteriores aquí como las de las luchas de sus pueblos de origen–, todas son acompañadas por los ecos de la historia de rebelión en Estados Unidos.

Pero el rescate de la historia de los pueblos es parte del rescate de su futuro. "Quien controla el pasado, controla el futuro. Y quien controla el presente, controla el pasado", dijo George Orwell. Por eso, en los ecos de historia de rebelión que se manifiestan hoy, están las claves del futuro de este país.

Bruce Springsteen & Tom Morello. Ghost of Tom Joad. https://www.youtube.com/watch?v=B-c6GphpAeY

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Estados Unidos, la democracia que nunca fue

Vaya por delante la condena. Pero de allí a lanzar loas a la democracia estadunidense es una falta de respeto. Menos aun señalar su ejemplaridad. Azuzados por el presidente Donald Trump, sus seguidores no dudaron en asaltar el Capitolio bajo la consigna de haber sido víctimas de fraude y robo en las elecciones presidenciales. Son muchos quienes le siguen, dentro y fuera de las instituciones. Cien representantes en la Cámara y siete senadores han negado validez al triunfo de Biden. Para ellos, América se encuentra secuestrada por vendepatrias. Por consiguiente, la sociedad estadunidense es víctima de una conspiración de negros, latinos, minorías sexuales, comunistas y socialistas, cuya finalidad es destruir el país.

Las imágenes de ciudadanos trepando paredes, rompiendo ventanas, invadiendo despachos, son un jarro de agua fría para quienes han aupado a Estados Unidos como salvaguarda de la democracia mundial. Analistas políticos, especialistas en relaciones internacionales, corresponsales, hacen piña. Sólo hay un responsable de la violencia: Donald Trump, un desequilibrado que no asume su derrota. Las cadenas de radio y televisión informan en tiempo real y a la par dan a conocer tuits de jefes de Estado y gobierno occidentales mostrando su rechazo a la toma del Capitolio y su reconocimiento a Joe Biden. El momento era relevante, se estaba validando formalmente, en sesión plenaria, la designación de Joe Biden como presidente. Penúltimo acto para el traspaso de poderes en la Casa Blanca el 20 de enero. Pero el ícono del poder legislativo, el Capitolio, era víctima de un ataque, según diría Hillary Clinton, perpetrado por terroristas nacionales. El acto protocolario se veía empañado, suspendiéndose la votación que ratificaba a Joe Biden como presidente. La "invasión" se cobraba la primera víctima, una mujer era abatida mientras trataba de colarse en la sala de sesiones.

Definir el sistema político estadunidense como una democracia, salvo que el concepto quede restringido a la mínima expresión, resulta poco serio. De ser así, son hechos auténticamente democráticos morirse de hambre o no tener cobertura médica. Pero vayamos a deshacer el entuerto. Esos senadores y diputados, reunidos en sesión plenaria, salvo excepciones, son los que, independientemente de su partido, han avalado anexiones territoriales, guerras, invasiones, golpes de Estado, bloqueos a terceros países, consolidado tiranías y financiado gobiernos autocráticos, lo cual contradice su respeto y apego a los valores democráticos. En América Latina, Asia y África hay ejemplos que harían enrojecer a cualquier demócrata. Sin olvidar que Trump no ha sido el primer presidente en mentir. Desde el genocidio de los pueblos originarios, la anexión de los territorios pertenecientes a México, la guerra contra Cuba, Vietnam y más recientemente la guerra contra Irak se fundan en mentiras. ¿Acaso se encontraron las armas de destrucción masiva? Ésa es la historia de Estados Unidos. Howard Zinn, Charles W. Mills, Sheldon Wolin o Noam Chomsky, entre otros, han cuestionado el sistema político que prevalece en Estados Unidos, tras sus actuaciones en Vietnam, Centroamérica, Chile e Irak, además de las leyes emergentes con posterioridad al 11 de septiembre de 2001. Totalitarismo invertido es la definición de Wolin para referirse al orden político en Estados Unidos, nacido de los atentados a las Torres Gemelas.

Presidentes como Kennedy, Nixon, Carter, Ford, Clinton, Reagan o Bush, padre e hijo, con todos los matices, se han saltado preceptos democráticos como la no intervención, el derecho de autodeterminación o el respeto a los derechos humanos. Además, durante sus administraciones, han utilizado mecanismos poco ortodoxos, democráticamente hablando, como avalar la tortura, crear noticias falsas, contratar mercenarios o desvalijar países enteros de sus riquezas. Sin despreciar la persecución a periodistas y aplicar la censura en las informaciones sobre las actividades de espionaje en su propio país o a sus aliados. Julian Assange y Edward Snowden son un ejemplo de lo dicho.

Crímenes y criminales de guerra, cuya impunidad está garantizada al no reconocer el Tribunal Internacional Penal, campan por su territorio, dan conferencias y reciben premios Nobel. Henry Kissinger, sin ir más lejos. Ninguna administración estadunidense está libre de haber patrocinado guerras, vender armas, traficar con estupefacientes, derrocar gobiernos democráticos y torcer el brazo a quienes se enfrentan y rechazan sus políticas unilaterales de corte autoritario. Pero si no es suficiente, debemos recordar que en su política doméstica Trump no ha sido una anomalía, al margen de sus excentricidades. Obtuvo más de setenta millones de votos. Además, las organizaciones supremacistas, neonazis, llevan décadas existiendo. La Asociación Nacional del Rifle y lobby, que van desde las farmacéuticas, compañías de seguros, multinacionales de la alimentación y las empresas tecnológicas de Silicon Valley, cuentan con un apoyo bipartidista. El Ku Klux Klan, el Tea Party, White Power, Skin Heads o Metal Militia no han sido creados por Trump, otra cosa es que los condene. Por otro lado, fue Barack Obama, premio Nobel de la Paz, quien aceleró la construcción del muro fronterizo con México, y según José Manuel Valenzuela Arce en Caminos del éxodo humano, durante su presidencia las deportaciones sumaron "2 millones 800 mil personas". En resumen, definir el sistema político bipartidista que rige Estados Unidos como un orden democrático es un despropósito si se trata de caracterizar el régimen político. Otra cosa es defender el imperialismo estadunidense, sus estructuras de poder y dominación y adjudicarles el papel de guardián de los valores occidentales, dizque democráticos. Pero ya sabemos, democracia y capitalismo son incompatibles.

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Viernes, 04 Diciembre 2020 05:26

El otro Estados Unidos

Un hombre sin hogar recibe un cubrebocas en Venice, California; en EU hay 66 millones de personas blancas en situación de pobreza. Foto Afp

 

Desde la elección presidencial, nuestro país ha oscilado entre el júbilo y la ira, la esperanza y el temor, en una era de polarización agudizada por las fuerzas del racismo, el nativismo y el odio. Sin embargo, la verdad sea dicha, aunque el tono divisivo de este momento parece estar en ascenso, la división en Estados Unidos no es un fenómeno nuevo.

En las semanas pasadas, he retornado a las palabras del doctor Martin Luther King, Jr., quien en 1967, apenas un año antes de ser asesinado, pronunció un discurso titulado proféticamente El otro Estados Unidos, en el que hizo una vívida descripción de una realidad que se siente como la actual, más que como la de entonces:

“Existen, literalmente, dos Estados Unidos. Uno es hermoso… desbordante con la leche de la prosperidad y la miel de la oportunidad.

 “Pero, por desgracia y tragedia, existe otro Estados Unidos. Este otro país tiene una fealdad cotidiana que constantemente transforma el entusiasmo de la esperanza en la fatiga de la desesperación.”

En tiempos del doctor King, ese otro país quedó al descubierto ante toda la nación por los disturbios sociales masivos y el cambio político. Y sin embargo, pese a las significativas ganancias obtenidas entonces, en las muchas décadas transcurridas la desigualdad ha crecido a niveles inimaginables, mientras la pobreza continuó confinada y en gran medida ignorada.

Hoy, en el invierno temprano de una pandemia incontenible y la crisis económica que la acompaña, hay 140 millones de estadunidenses pobres o de bajos recursos, que en número desproporcionado son personas de color, pero abarcan todas las comunidades del país: 24 millones de negros, 38 millones de latinos, ocho millones de asiáticos, dos millones de personas nativas y 66 millones de blancos. Más de la tercera parte de la población nacional ha sido relegada a la pobreza y la precariedad. En el espejo distorsionado de las políticas públicas, esos 140 millones de personas han permanecido esencialmente invisibles.

Sin embargo, al igual que en la década de 1960 y en otras épocas de nuestra historia, los pobres ya no esperan reconocimiento de Washington. Empiezan a organizarse, adoptando acciones decisivas para alterar la balanza del poder político.

Durante años he viajado por el país, trabajando para construir un movimiento que ponga fin a la pobreza.

En el condado de Lowndes, Alabama, por ejemplo, organicé a gente que vivía día con día con aguas negras en sus patios y moho nocivo en sus hogares. En territorio apache en Oak Flats, Arizona, estuve al lado de líderes nativos que hacían frente a generaciones de pérdidas y despojos, las más recientes a manos de una minera trasnacional del cobre. En Gray’s Harbor, Washington, visité a millennials que viven en campamentos para personas sin hogar, bajo el asedio constante de grupos milicianos y la policía. Y la lista, tristemente, crece cada día.

Ahora que el futuro gobierno de Joe Biden y Kamala Harris se encamina a la Casa Blanca, todos vivimos en una tierra en la que existen dos Estados Unidos, uno de riqueza inimaginable, el otro de pobreza miserable; un país de buena vida prometida y otro de muerte prematura casi garantizada.

Desatar el poder de los votantes pobres y de bajos ingresos

Joe Biden atrajo más electores pobres y de bajos ingresos que el presidente Trump, tanto en el resultado global como en estados claves, como Michigan.

Setenta y dos por ciento de estadunidenses dijeron que preferían un plan de atención a la salud dirigido por el gobierno, y más de 70 por ciento apoyaron elevar el salario mínimo, entre ellos 62 por ciento de los republicanos. Un número asombroso de estadunidenses están atrapados en condiciones deplorables y deseosos de un acuerdo justo con el status quo. Por otro lado, la supresión rampante de votantes y el fraude electoral con tintes raciales de la década pasada sugiere que los extremistas de la parte acaudalada del país irán a los extremos para socavar el poder de quienes están en el fondo de la sociedad.

El mandato de los pobres hoy en día

Ya hay políticos que aconsejan prudencia y retorno a los días anteriores a Trump, como si esa fuera la causa, no la consecuencia, de una nación desesperadamente dividida. Eso sería un desastre, ni más ni menos. Las fisuras en nuestra democracia requieren reparación urgente, no con palabras bonitas, sino con un nuevo pacto de gobernabilidad con el pueblo estadunidense.

Los estados considerados campos de batalla, que ganaron la presidencia para Joe Biden, han sido también campos de batalla en la reciente guerra contra los pobres. En Michigan, estado al que la desindustrialización golpeó primero y con mayor dureza, millones han batallado con las fallas en el suministro de agua potable y una crisis de desempleo. En Wisconsin, donde los sindicatos han sido atacados durante años y la austeridad se volvió la norma, las legislaturas locales han recortado los presupuestos y las políticas de bienestar social.

En Pensilvania, los hospitales rurales han estado cerrando a un ritmo alarmante, incluso desde antes de la pandemia. En Georgia, 1.3 millones de inquilinos –45 por ciento de los hogares en ese estado– estaban este año en riesgo de ser desalojados. Y en Arizona, la crisis climática y la Covid-19 han devastado comunidades enteras, entre ellas las de naciones indígenas.

La gente demanda más que sólo el fin del trumpismo. Demanda que comience una nueva era de cambio para los pobres y los marginados.

La primera prioridad en esa esa debe ser, por supuesto, adoptar una iniciativa integral de asistencia para controlar la pandemia y apoyar a los millones de estadunidenses que enfrentan ahora un invierno frío y oscuro, lleno de privaciones. Los primeros 100 días del gobierno de Biden se deben enfocar, al menos en parte, en lanzar una inversión histórica para asegurar protecciones permanentes para los pobres, que incluyan derechos electorales ampliados, cobertura universal de servicios de salud, vivienda accesible, un salario suficiente para vivir y un ingreso anual garantizado, para no mencionar dejar de invertir en la economía de guerra y una rápida transición hacia una economía verde.

El previsible impasse entre el próximo gobierno y la oposición republicana no se romperá con grandiosos discursos en la Cámara de Representantes o el Senado. Solo puede romperlo un vasto movimiento social, capaz de despertar la imaginación moral de la nación.

Es hora de ponerse a trabajar.

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Por Th eoharis,  teóloga, directora del Kairos Center for Religions, Rights and Social Justice en el Union Theological Seminary en Nueva York y copresidenta de Poor People's Campaign: A National Call for Moral Revival, Es autora de Always With Us? What Jesus Really Said About the Poor.

Una versión de este artículo fue primero publicada en TomDispatch.

Traducción: Jorge Anaya

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Viernes, 16 Octubre 2020 05:37

Sobre la tradición radical negra

Sobre la tradición radical negra

Entrevista a Angela Davis

 

Futures of Black Radicalism [Futuros del radicalismo negro] (Verso, 2020) es una obra que reúne a militantes, académicos y pensadores de la tradición radical negra como un reconocimiento y celebración de las obras de Cedric J. Robinson, quien fuera el primero en definir el término. Los ensayos recogidos en el libro miran hacia el pasado, el presente y el futuro del radicalismo negro, así como a las influencias que ha ejercido en otros movimientos sociales. El «capitalismo racial», otra potente idea desarrollada por Robinson, conecta con los movimientos sociales internacionales de hoy, explorando las conexiones entre la resistencia negra y el anticapitalismo. En esta entrevista, Angela Davis, una de las participantes del libro, aborda varios tópicos de esta tradición política e intelectual. Davis es filósofa y activista, autora de Mujeres, raza y clase [1981] (Akal, Barcelona, 2004), Women, Culture, and Politics [Mujeres, cultura y política] (Random House, Nueva York, 1989) y Abolition Democracy: Beyond Prisons, Torture, and Empire [Democracia de abolición. Más allá de las cárceles, la tortura y el imperio] (Seven Stories Press, Nueva York, 2005).

En su investigación se ha centrado en el abolicionismo carcelario, el feminismo negro, la cultura popular y el blues, y el internacionalismo negro, con una mirada a Palestina. ¿En qué sentido se inspira este libro en la tradición radical negra, a la vez que la desarrolla?

Cedric Robinson nos desafió a pensar sobre el papel de los teóricos y activistas radicales negros en la formación de las historias sociales y culturales que nos motivan a vincular nuestras ideas y nuestras prácticas políticas con profundas críticas al capitalismo racial. Me alegra haber vivido lo suficiente como para ver cómo las generaciones más jóvenes de académicos y activistas comenzaron a desarrollar su propia noción de tradición radical negra. El marxismo negro desarrolló una importante genealogía que giraba en torno del trabajo de C.L.R. James, W.E.B. Du Bois y Richard Wright. Como ha señalado H.L.T. Quan, si miramos el trabajo de Robinson en su conjunto, incluidos Black Movements in America [Movimientos negros en Estados Unidos] (1997) y An Anthropology of Marxism [Una antropología del marxismo] (2001), no podemos dejar de observar lo centrales que han sido las mujeres a la hora de forjar una tradición radical negra. Quan dice que cuando le preguntan por qué en su trabajo hay un enfoque tan central en el papel de la mujer y su resistencia, Robinson responde: «¿Por qué no? Toda resistencia, en efecto, se manifiesta en el género, se manifiesta como género. El género es de hecho un lenguaje de opresión [y] un lenguaje de resistencia»1.

He aprendido mucho de Robinson respecto a los usos de la historia: formas de teorizar la historia, o de permitir que se teorice, que son cruciales para nuestra comprensión del presente y para nuestra capacidad de concebir colectivamente un futuro más habitable. Cedric ha explicado que sus notables excavaciones en la historia emanan de la asunción de objetivos políticos en el presente. Siento mucha afinidad con su enfoque desde la primera vez que leí su libro sobre el marxismo negro. El primer artículo que publiqué, escrito mientras estaba en la cárcel, centrado en las mujeres negras y la esclavitud, fue un esfuerzo por refutar el discurso dañino, pero cada vez más popular, sobre el matriarcado negro, tal y como se representaba a través de informes oficiales del gobierno, así como a través de ideas masculinistas generalizadas (como la necesidad de jerarquías de liderazgo basadas en el género, diseñadas para garantizar el predominio de los hombres negros) que circulaban dentro del movimiento negro a finales de la década de 1960 y principios de la de 1970. Aunque no era así como estaba enfocando mi trabajo en ese momento, ciertamente no dudaría hoy en vincular esa investigación con el esfuerzo de hacer más visible una tradición radical negra y feminista.

Los estudios críticos sobre prisiones en un marco explícitamente abolicionista se sitúan dentro de la tradición radical negra, tanto a través de su reconocida relación genealógica con el periodo de la historia estadounidense que llamamos Reconstrucción Radical como, por supuesto, a través de su relación con el trabajo de W.E.B. Du Bois y el feminismo negro histórico. El trabajo de Sarah Haley, Kelly Lytle Hernández y una nueva y emocionante generación de estudiosos, al vincular su valiosa investigación con su activismo, está ayudando a revitalizar la tradición radical negra.

Parece que con cada generación de activismo antirracista, un estrecho nacionalismo negro regresa como un ave fénix para reclamar la lealtad de nuestros movimientos. El trabajo de Cedric fue inspirado en parte por su deseo de responder al estrecho nacionalismo negro de la era de su (y mi) juventud. Es extremadamente frustrante presenciar el resurgimiento de formas de nacionalismo que no solo son contraproducentes, sino que además contravienen lo que debería ser nuestro objetivo: el florecimiento negro y, por lo tanto, humano. Al mismo tiempo, es emocionante presenciar las formas en que las nuevas formaciones juveniles, Black Lives Matter, Black Youth Project 100 (byp100), Dream Defenders, están ayudando a dar forma a un nuevo internacionalismo negro influido por las feministas y que resalta el valor de las teorías y prácticas queer.

¿Cuál es su balance del movimiento Black Lives Matter, particularmente a la luz de su participación en el Partido Pantera Negra durante la década de 1970? ¿Black Lives Matter, en su opinión, tiene un análisis y una teoría de la libertad consistente? ¿Ve alguna similitud entre ambos movimientos?

Cuando consideramos la relación entre el Partido Pantera Negra y el movimiento Black Lives Matter, parece que las décadas y generaciones que separan a uno de otro crean una inconmensurabilidad que es consecuencia de los cambios económicos, políticos, culturales y tecnológicos. Cambios que hacen que el momento contemporáneo sea tan diferente en muchos aspectos importantes de lo que fueron los años 60. Por eso quizás debemos buscar conexiones entre ambos movimientos que se revelan no tanto en las similitudes, sino más bien en sus diferencias radicales.

El Partido Pantera Negra surgió como una respuesta a la ocupación policial de las comunidades de Oakland, California y las zonas negras urbanas de todo el país. Fue un gesto brillante por parte de Huey Newton y Bobby Seale patrullar los barrios con armas y tratados de derecho para vigilar a la policía. Al mismo tiempo, su estrategia también estaba inspirada en el surgimiento de luchas guerrilleras en Cuba, los ejércitos de liberación en el sur de África y Oriente Medio, o la exitosa resistencia del Frente de Liberación Nacional en Vietnam. En retrospectiva, esto también refleja un fracaso para reconocer, como dijo Audre Lorde, que «las herramientas del amo nunca desmantelarán su casa». De alguna manera, el uso de las armas, aunque principalmente como símbolo de resistencia, transmitió el mensaje de que se podía desafiar a la policía de forma eficaz mediante estrategias policiales.

El hashtag #BlackLivesMatter, desarrollado por Patrisse Cullors, Alicia Garza y Opal Tometi tras el asesinato de Trayvon Martin por parte de un guardia, comenzó a transformarse en una red como respuesta directa a las crecientes protestas en Ferguson, Missouri, que manifestaron un deseo colectivo de exigir justicia para Mike Brown y para todas las vidas negras sacrificadas en el altar del terror racista de la policía. Al pedirnos que resistiéramos radicalmente a la violencia racista en el corazón de las estructuras y estrategias policiales, Black Lives Matter reconoció desde el principio que, si queríamos avanzar de un modo colectivo hacia una nueva idea de justicia, tendríamos que colocar la demanda de desmilitarizar a la policía en el centro de nuestros esfuerzos. En última instancia, esta reflexión está vinculada a un enfoque que exige la abolición de la vigilancia policial tal como la conocemos y experimentamos, planteando la forma en que las estrategias policiales se han transnacionalizado dentro de los circuitos que vinculan a los pequeños departamentos de policía de eeuu con Israel, que domina este campo a través de la policía militarizada asociada a la ocupación de Palestina.

Aprecio el análisis más complejo que adoptan muchos activistas de Black Lives Matter porque refleja con precisión una lectura histórica que es capaz de construir, asumir y criticar radicalmente los activismos y las teorías antirracistas del pasado. Mientras que el Partido Pantera Negra intentó, a veces sin éxito, abrazar los feminismos emergentes y lo que luego se denominó el movimiento de liberación gay, los líderes y activistas de Black Lives Matter han desarrollado enfoques que abordan de manera más productiva las teorías y prácticas feministas y queer. Pero las teorías de la libertad son siempre tentativas. He aprendido de Cedric Robinson que cualquier teoría o estrategia política que pretenda poseer una teoría total de la libertad, o una que pueda entenderse categóricamente, no ha tenido en cuenta la multiplicidad de posibilidades. Esto significa que tal vez una teoría de la libertad solo puede representarse de manera evocativa en el reino de la cultura.

Su investigación más reciente se centra en la cuestión de Palestina y su conexión con el movimiento de liberación negro. ¿Cuándo se hizo evidente esta conexión y qué circunstancias, o coyunturas, hicieron posible esta idea?

En realidad, mis conferencias y entrevistas más recientes reflejan una comprensión cada vez más extendida de la necesidad de un marco internacionalista, dentro del cual la tarea en curso de desmantelar las estructuras del racismo, el heteropatriarcado y la injusticia económica dentro de eeuu puede ser más duradera y más relevante. En mi propia trayectoria política, Palestina siempre ha ocupado un lugar fundamental, precisamente por las similitudes entre Israel y eeuu: su colonialismo y sus procesos de limpieza étnica con respecto a los pueblos indígenas, sus sistemas de segregación, su uso de la ley, sus sistemas para promover la represión sistemática, etc. A menudo señalo que mi toma de conciencia sobre la situación de Palestina se remonta a mis años de licenciatura en la Universidad de Brandeis, que fue fundada el mismo año que el Estado de Israel. Además, durante mi propio encarcelamiento, recibí el apoyo de los presos políticos palestinos, así como de abogados israelíes defensores de palestinos.

En 1973, cuando asistí al Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes en Berlín (en la República Democrática Alemana), tuve la oportunidad de conocer a Yasser Arafat, quien siempre reconoció la relación entre la lucha palestina y la lucha por la libertad negra en eeuu. Como el Che Guevara, Fidel Castro, Patrice Lumumba y Amílcar Cabral, Arafat fue una figura venerada dentro del movimiento negro de liberación. En aquella época, el internacionalismo comunista –en África, Oriente Medio, Europa, Asia, Australia, América del Sur y el Caribe– era una fuerza poderosa. Yo seguramente habría seguido una trayectoria diferente si este internacionalismo no hubiera jugado un papel tan importante.

Los encuentros entre las luchas de liberación negra en eeuu y los movimientos contra la ocupación israelí de Palestina tienen una larga historia. El libro de Alex Lubin, Geographies of Liberation: The Making of an Afro-Arab Political Imaginary [Geografías de la liberación. La creación de un imaginario político afro-árabe] intenta cartografiar aspectos importantes de esta historia. Sin embargo, a menudo no es en el ámbito explícitamente político donde se descubren los momentos de contacto. Como destacó Cedric Robinson, a veces estos operan en el ámbito cultural. Por supuesto, Freedom Dreams: The Making of the Black Radical Imagination [Sueños de libertad. La creación de la imaginación radical negra], de Robin Kelley, sitúa el campo del surrealismo como una zona de contacto especialmente productiva. A fines del siglo xx, fue la poeta feminista negra June Jordan quien puso en primer plano el tema de la ocupación de Palestina. A pesar de los ataques que sufrió por parte del sionismo, y de perder temporalmente su amistad con Adrienne Rich2 (quien más tarde también se convirtió en crítica de la ocupación), June se volvió una poderosa defensora de Palestina. En su poesía encarnó la causa de la liberación negra y palestina: «Nací una mujer negra / y ahora me he convertido en palestina / contra la risa implacable del mal / cada vez hay menos espacio para vivir / ¿y dónde están mis seres queridos? / Es hora de regresar a casa»3.

En un momento en que las feministas negras intentaban crear estrategias basadas en lo que ahora llamamos interseccionalidad, June, que representaba lo mejor de la tradición radical negra, nos enseñó sobre el potencial de las afinidades políticas más allá de las fronteras nacionales, culturales y supuestamente raciales, ayudándonos a imaginar futuros más habitables.

Como he señalado en muchas ocasiones, tuve la impresión de que entendí completamente la ocupación cuando en 2011 me uní a una delegación de activistas académicas feministas indígenas y de mujeres de color en Cisjordania y Jerusalén Este. Aunque todas nosotras ya estábamos vinculadas al movimiento de solidaridad, todas estábamos completamente conmocionadas por lo poco que realmente sabíamos sobre la violencia cotidiana de la ocupación. Al concluir nuestra visita, decidimos colectivamente dedicar nuestras energías a participar en la campaña Boicot, Desinversiones y Sanciones (bds) y ayudar a elevar la conciencia de nuestros diversos grupos con respecto al papel de eeuu en el mantenimiento de la ocupación militar. Así que sigo profundamente conectada a este proyecto, con Chandra Mohanty, Beverly Guy-Sheall, Barbara Ransby, Gina Dent y las otras compañeras de la delegación.

En los años posteriores a nuestro viaje, muchas otras delegaciones de académicos y activistas han visitado Palestina y han ayudado a acelerar, ampliar e intensificar el movimiento de solidaridad. En la medida en que los impulsores del movimiento de bds se han inspirado en la campaña contra el apartheid de Sudáfrica, los activistas estadounidenses han señalado que se pueden extraer lecciones profundas de aquella política de boicot. Muchas organizaciones y movimientos dentro de eeuu han visto cómo la incorporación de estrategias anti-apartheid a sus agendas transformaba radicalmente su propio trabajo. La campaña contra el apartheid no solo ayudó a fortalecer los esfuerzos internacionales para acabar con el estado de apartheid, sino que también revitalizó y enriqueció muchos movimientos nacionales contra el racismo, la misoginia y la injusticia económica.

De la misma manera, la solidaridad con Palestina tiene el potencial de transformar y ampliar la conciencia política de nuestros movimientos contemporáneos. Los activistas de Black Lives Matter y otros vinculados con este momento histórico tan importante demuestran una creciente conciencia colectiva en este terreno que puede desempeñar un papel importante en obligar a otros sectores del activismo por la justicia social a asumir la causa de la solidaridad palestina, en concreto, el bds. Las alianzas en los campus universitarios que incluyen a organizaciones estudiantiles negras, Students for Justice in Palestine [Estudiantes por la Justicia en Palestina] y los Jewish Voice for Peace [Voz Judía por la Paz] nos recuerdan la profunda necesidad de unir los esfuerzos antirracistas y desafiar la islamofobia y el antisemitismo mediante la resistencia global a las políticas y prácticas de apartheid del Estado de Israel.

Teórica e ideológicamente, Palestina también nos ha ayudado a ampliar nuestra visión de la abolición, entendida como la abolición del encarcelamiento y la vigilancia. La experiencia de Palestina nos empuja a revisitar conceptos como el de «Estado carcelario» para comprender seriamente las vicisitudes cotidianas de la ocupación y la vigilancia por parte no solo de las fuerzas israelíes, sino también de la Autoridad Palestina. Esto, a su vez, ha estimulado otras vías de investigación sobre los usos del encarcelamiento y su papel, por ejemplo, en la perpetuación de nociones binarias con respecto al género y en la naturalización de la segregación basada en la capacidad física, mental e intelectual.

¿Qué tipo de movimientos sociales pueden o deberían existir en la coyuntura actual, teniendo en cuenta la hegemonía global estadounidense, las relaciones económicas neoliberales, la contrainsurgencia militarizada dentro del país y el «daltonismo» racial?

En un momento en que el discurso popular está cambiando rápidamente, en respuesta directa a las presiones que emanan de las protestas sostenidas contra la violencia estatal y de las prácticas de representación vinculadas a las nuevas tecnologías de comunicación, sugiero que necesitamos movimientos que presten tanta atención a la educación política popular como a las movilizaciones que han logrado colocar la violencia policial y el encarcelamiento masivo en la agenda política nacional. Creo que esto significa tratar de forjar un análisis de la coyuntura actual que extraiga lecciones importantes de los ciclos relativamente recientes, que han llevado nuestra conciencia colectiva más allá de los límites anteriores. En otras palabras, necesitamos movimientos que estén preparados para resistir las inevitables presiones hacia la asimilación. El movimiento Occupy nos permitió desarrollar un vocabulario anticapitalista: el 99% frente al 1% es un concepto que se ha incorporado al lenguaje popular. La cuestión no es solo cómo preservar este vocabulario, como hizo, por ejemplo, la plataforma de Bernie Sanders, sino también cómo construir sobre esto o enriquecerlo con la idea del capitalismo racial, lo cual no puede expresarse en términos que asuman la homogeneidad que siempre subyace al racismo.

Cedric Robinson nunca dejó de investigar ideas, productos culturales y movimientos políticos del pasado. Intentó comprender por qué coexistieron las trayectorias de asimilación y resistencia en los movimientos negros de liberación en eeuu. Las estrategias asimilacionistas que dejan intactas las circunstancias y las estructuras que perpetúan la exclusión y la marginación siempre se han ofrecido como la alternativa más razonable a la abolición, que, por supuesto, no solo requiere resistencia y desmantelamiento, sino también reinvenciones y reconstrucciones radicales.

Quizás este sea el momento de crear las bases para un nuevo partido político, uno que hable con un número mucho mayor de personas de las que los partidos políticos progresistas tradicionales han demostrado ser capaces de hacer. Este partido tendría que estar orgánicamente vinculado a la gama de movimientos radicales que emergieron tras el surgimiento del capitalismo global. Al reflexionar sobre el valor del trabajo de Robinson en relación con el activismo radical contemporáneo, me parece que este partido tendría que estar anclado en la idea del capitalismo racial: sería antirracista, anticapitalista, feminista y abolicionista. Pero lo más importante de todo, tendría que reconocer la prioridad de los movimientos en el terreno, movimientos que reconocen la interseccionalidad de los problemas actuales, movimientos que son lo suficientemente abiertos como para permitir la aparición futura de problemas, ideas y movimientos que ni siquiera podemos empezar a imaginar hoy.

¿Usted hace una distinción, en su investigación y activismo, entre el marxismo y el «marxismo negro»?

He pasado la mayor parte de mi vida estudiando las ideas marxistas y me he identificado con grupos que no solo han asumido las críticas inspiradas por los marxistas sobre el orden socioeconómico dominante, sino que también han luchado por comprender la relación coconstitutiva entre el racismo y el capitalismo. Habiendo seguido especialmente las teorías y prácticas de los comunistas negros y antiimperialistas en eeuu, África, el Caribe y otras partes del mundo, y habiendo trabajado durante varios años dentro del Partido Comunista con una formación negra que tomó como referencia al Che Guevara y a Patrice Lumumba, el marxismo, desde mi punto de vista, siempre ha sido un método y un objeto de crítica. En consecuencia, no necesariamente veo las expresiones «marxismo» y «marxismo negro» como opuestas.Me tomo muy en serio los argumentos de Robinson en Black Marxism: The Making of the Black Radical Tradition [Marxismo negro. La creación de la tradición radical negra]4. Si asumimos la centralidad incuestionable de Occidente y de su desarrollo económico, filosófico y cultural, entonces los modos económicos, las historias intelectuales, las religiones y las culturas asociadas a África, Asia y los pueblos indígenas no serán reconocidos como dimensiones significativas de la humanidad. El concepto mismo de humanidad siempre ocultará una racialización interna y clandestina, que excluirá las posibilidades de igualdad racial. Huelga decir que el marxismo está firmemente anclado en esta tradición de la Ilustración. Los brillantes análisis de Robinson revelaron nuevas formas de pensar y actuar generadas precisamente a través de los encuentros entre el marxismo y los intelectuales y activistas negros, que ayudaron a constituir la tradición radical negra.

El concepto asociado al marxismo negro que considero más productivo y potencialmente más transformador es el de «capitalismo racial». Aunque Capitalismo y esclavitud de Eric Williams se publicó en 1944, los esfuerzos académicos que exploran esta relación han permanecido relativamente en los márgenes5. Con suerte, las nuevas investigaciones sobre el capitalismo y la esclavitud ayudarán a legitimar aún más la noción de capitalismo racial. Si bien es importante reconocer el papel fundamental que desempeñó la esclavitud en la consolidación histórica del capitalismo, los desarrollos más recientes vinculados al capitalismo global no se pueden comprender adecuadamente si se ignora la dimensión racial del capitalismo.

Nota: la versión original de esta entrevista en inglés se publicó en el blog de Verso Books y fue traducida por la revista Viento Sur. Revisión de la traducción: Pablo Stefanoni.

  • 1. H.L.T. Quan: «Geniuses of Resistance: Feminist Consciousness and the Black Radical Tradition» en Race & Class vol. 47 N° 2, 2005.
  • 2. Poeta, intelectual, crítica, feminista y activista lesbiana estadounidense (1929-2012) [N. del E.].
  • 3. «I was born a Black woman / and now / I am become a Palestinian / against the relentless laughter of evil / there is less and less living room / and where are my loved ones? / It is time to make our way home».
  • 4. De próxima publicación en español por Traficantes de Sueños.
  • 5. Hay edición en español: Traficantes de Sueños, Madrid, 2011.

Sección: Tribuna global
NUSO Nº 289 / Septiembre - Octubre 2020

Publicado enInternacional
"Lo impresionante de Black Lives Matter es que nos dio un hashtag que funciona como paraguas universal."

Dará una charla en el Festival de Cine Migrante

Historiador cultural afroamericano y activista de Black Lives Matter, Balagun admite "tensiones" dentro del movimiento antiracista, pero cree en la potencia del momento y habla de "un socialismo con alma".

 

 “Malcolm X dijo una vez que no podés ser capitalista sin ser racista. El racismo está enraizado en el sistema capitalista desde sus inicios. El trabajo que aportaron las personas negras en el nuevo mundo fue el motor del capitalismo: el algodón que levantábamos acá iba a las fábricas de Inglaterra para hacer ropa”, afirma Kazembe Balagun en entrevista con Página/12 desde Nueva York. Historiador cultural afroamericano, activista del movimiento Black Lives Matter y director de proyectos de la oficina de la Fundación Rosa Luxemburgo en su ciudad, está convencido de que los movimientos sociales, sobre todo los que surgen “desde abajo”, deben expresar una visión que desafíe al capitalismo y también al racismo. Y a sus 44 años, tras observar la lucha de “varias generaciones”, cree que Black Lives Matter, el movimiento surgido en 2013 tras el asesinato del adolescente Trayvon Martin en Estados Unidos, “es una fuerza global muy poderosa para construir democracia y solidaridad”.

Kazembe, cuyos estudios unen el arte, el cine y el jazz con el marxismo, los movimientos LGBT y la tradición radical negra, dialogará online y en vivo con el historiador argentino Ezequiel Gatto el próximo domingo a las 22:40 horas en el foco “I can’t breathe” (“No puedo respirar”) del Festival de Cine Migrante, y que lleva como nombre la fatídica frase que pronunciaron varias víctimas negras de la violencia policial en Estados Unidos mientras eran asfixiadas hasta morir. En el foco se podrán ver películas centradas en el racismo y la discriminación como la impactante y personal Did You Wonder Who Fired the Gun, la aclamada What You Gonna Do When The World’s On Fire,Generation Revolution o la argentina Pibe Chorro, de Andrea Testa.

-¿La lucha de clases es la mejor forma de unir a las personas detrás de un mismo objetivo, más allá del color de su piel?

-Absolutamente. Estamos conectados más allá de los límites raciales y de género y tenemos un enemigo común, que es la gente que saca provecho de nosotros. La lucha por la liberación negra nunca fue una lucha por la separación racial. Cuando digo “Black Lives Matter” (“Las vidas de las personas negras importan”), no estoy diciendo que las otras vidas no, sino que importan las vidas de las personas más oprimidas. Una vez que liberemos a la gente negra, podremos liberar a todas las personas. Los movimientos Black Lives Matter o Movement for Black Lives son parte de un movimiento más amplio por una democracia multirracial y económica.

-Hablás de crear “un socialismo con alma”. ¿A qué te referís?

-Como las personas negras siempre estuvimos excluidas de la sociedad, dependemos de lo que llamo formas de vida no mercantilizadas, es decir, redes que están por fuera del dinero, como la amistad, para sobrevivir. Mi idea de un socialismo con alma no está relacionada solo con lo económico, sino también con lo interpersonal. Está relacionado con ver a las personas como iguales, que todos tengan voz. Hablo de extender la familia. Yo estoy influido por la iglesia negra y la tradición del gospel, que dice que todos tenemos una voz. Todos pueden cantar. Cuando me encuentro con una persona negra la llamo familia, hermano o hermana, porque tenemos una experiencia común de racismo. Lo impresionante de Black Lives Matter es que nos dio un hashtag que funciona como paraguas universal. No significa que todos estemos haciendo lo mismo, pero me permite reconocer que alguien que opera bajo ese hashtag en Brasil, por ejemplo, está en una lucha similar a la mía.

-Hace poco un artículo en Los Angeles Times señalaba que muchos blancos consideran al movimiento cool y lo están cooptando.

-Creo que es cool pensar que es cool estar en contra del racismo (risas). Que las estrellas deportivas o de cine de este país respondan al movimiento es una muestra de cuán lejos llegó. Pero como en todo movimiento hay tensiones. Ahora tenés megamillonarios negros que quizá no están interesados en trabajar con la comunidad como en los ’60. Por otro lado, este es un momento muy desafiante para la identidad blanca. Por un lado tenés a Donald Trump y la ultraderecha, con una visión blanca y etnonacionalista. Y tenés personas blancas que quieren estar junto a sus hermanas y hermanos negros y crear otro mundo. En tiempos del comercio de esclavos había esclavistas blancos que se escapaban del barco y corrían hacia la selva africana al grito de: “¡Libérenme! ¡No quiero hacer más esto!". En un barco de esclavos, ellos también eran esclavos.

-¿Cuál es tu opinión sobre los nuevos requisitos de inclusión para aspirar al Oscar a la mejor película de la Academia de Hollywood?

-Muchos de los estereotipos acerca de las personas negras vinieron de Hollywood. Lo que pasa es que Hollywood finalmente entendió que necesita generar imágenes negras positivas. No sólo porque quiere hacer las cosas bien, sino porque entendieron el poder económico negro. Pero además de luchar por nuestra representación en Hollywood, hay que luchar por nuestros derechos económicos. Pasó en los ‘60. Harry Belafonte, Sidney Poitier y Diahann Carroll fueron a la Marcha de Washington con Martin Luther King. Eran activistas.

-¿Qué le decís a los que creen que esas reglas limitan la libertad creativa?

-Los artistas son importantes, pero trabajan dentro de un sistema, una industria que tiene estándares. La idea es romper con ese marco. Yo soy un radical. La verdad es que no quiero reformar Hollywood, quiero destruirlo. Prefiero una cultura cinematográfica de izquierda que no sólo contenga a las personas racialmente, sino también a las mujeres. ¿Por qué no puedo ver una película con una mujer de más de 60 años? Y que no sea una abuela, sino que sea bella y sexy. Hacer una película no debería depender del dinero. Deberías recibir ayuda del Gobierno. Nosotros no tenemos Ministerio de Cultura. Sólo tenemos Hollywood. Por otra parte, no olvidemos que la primera gran película de este país fue El nacimiento de una nación de D. W. Griffith. Y si pensás en la dinámica de poder del sistema de estudios es bastante parecida a la de una plantación esclavista. Tenés a los trabajadores y a un gran jefe, que es un hombre blanco, en la cima, tomando todas las decisiones, con a lo sumo una pequeña señora blanca corriendo detrás de él y obedeciendo órdenes (risas). Hay relación entre la lucha por la justicia racial y la justicia cultural.

-Hablás de crear una cultura negra radical. ¿Qué significa?

-La tradición negra es radicalmente inclusiva. No queremos que seas solo espectador, sino que participes. En la tradición negra eso se llama call and response (llamada y respuesta). Es como en la iglesia negra, cuando el sacerdote dice algo y la congregación responde “amén”. El Teatro Apollo de Harlem, por ejemplo, tiene algo muy hermoso. Cuando termina el show, el hall se llena de gente que queda hombro con hombro. Lleva tiempo salir. Entrás como individuo, pero salís como comunidad. 


Películas, charlas y debates online

Festival de Cine Migrante, en la era de la acción

En una 11° edición obligatoriamente a distancia, el encuentro de este año llega caracterizado por los episodios de violencia policial y el desamparo de quienes intentan atravesar fronteras.

Por Oscar Ranzani

La problemática migratoria se ha ido incrementando a la par de las asimetrías entre los países centrales y los periféricos. Los lectores recordarán que hace cuatro años el tema comenzó a “existir” en los medios a raíz del drama de los refugiados sirios que desnudó las discriminatorias políticas migratorias de Europa y que terminó de dejar claro para quienes todavía no lo sabían, o miraban para un costado, lo que implica el hambre en el mundo y la necesidad de encontrar un destino mejor. Pero esto no sucede sólo en Siria: se sabe de la desesperante situación de los centroamericanos que intentan traspasar las fronteras entre México y Estados Unidos y ni qué hablar de los africanos que huyen hacinados en pateras hacia el Viejo Continente. La Asociación Civil Cine Migrante viene dando cuenta de las distintas problemáticas al organizar cada año el Festival de Cine Migrante. Hasta el 29 de septiembre se llevará a cabo la 11º edición del Festival Internacional CineMigrante de manera online acorde a los tiempos de pandemia.

Este año, CineMigrante se une a CURRENTS.FM para contar con una plataforma de exhibición pensada para afrontar los desafíos del contexto actual. Con sus secciones centrales, retrospectivas, charlas y presentaciones, la muestra ofrecerá un espacio de proyección digital pensado para mantener vivo el espíritu de encuentro, que girará en torno a la interacción y el intercambio entre cineastas, invitados y el público para reflejar la práctica comunitaria del cine y fomentar la acción colectiva que es impronta del festival. Esta edición presenta una sección central con tres ejes: I can’t breathe-Fronteras/Necropolítica-Relatos que agujerean la trama. Se trata de un trabajo curatorial que despliega desde diferentes perspectivas la imposibilidad del encuentro con un otro, la consolidación de la necropolítica (modos de gestión de la vida y la muerte determinada ahora por raza y género) y el fortalecimiento del sistema de fronteras.

Uno de los films que presentará esta sección es Generation Revolution, producción inglesa de Cassie Quarless y Usayd Younis. Presentando las poderosas historias de una nueva generación de activistas black & brown de Londres, Generation Revolution explora los éxitos y desafíos inesperados que enfrentan estos jóvenes inspiradores. Motivados por el deseo de un futuro más igualitario, se embarcan en el camino gratificante pero difícil que debe ser pisado para la lucha hacia la liberación. El documental Letal, de las realizadoras brasileñas Natasha Neri y Lula Carvalho, muestra una sucesión de historias de vida de los jóvenes de las favelas de Río de Janeiro, a quienes la estigmatización social los convierte en “sujetos delincuentes”, dando así la legitimidad que la policía posee para asesinar, perseguir y hostigar.

La cineasta argentina Andrea Testa se sentía afectada por la construcción mediática que había sobre los jóvenes en situación de vulnerabilidad social y por cómo se alimentaban los prejuicios y los estereotipos del “pibe chorro”. Hace unos años, Testa se acercó, entonces, a dos amigas que militan en un partido político, pero fundamentalmente  porque son trabajadoras sociales. La idea era hacer un taller de video con un grupo de chicos del barrio 22 de Enero, de La Matanza. Así nació el documental Pibe chorro, que podrá verse en CineMigrante. El film no muestra a los jóvenes que son así catalogados. Más que detenerse en los pibes que delinquen, indaga en la mirada social que se construye. Sólo en algunas oportunidades se vale de recursos visuales como una TV en la que uno de ellos habla.

De la mexicana Tatiana Huezo se conocerá la ficción Tempestad, en la que dos mujeres realizan una travesía que hace sentir lo que significa el miedo en el ser humano. Tempestad muestra carreteras, paisajes, miradas; México del norte al sur, en un tiempo donde la violencia ha tomado el control de las vidas, los deseos y los sueños humanos. Those who feel when the fire is burning es un documental proveniente de los Países Bajos, dirigido por Morgan Knibbe, que enfoca en un grupo de refugiados que quieren entrar a Europa de forma ilegal. Van en bote durante una tormenta, cuando un anciano cae por la borda. Conducido por una fuerza misteriosa, y desesperado por encontrar a sus seres amados, su alma viaja sobre la realidad de los náufragos en Europa. El espíritu del anciano observa a personas siendo perseguidas como perros, a un trabajador ilegal, a una madre toxicómana y se desliza en los hacinados refugios de migrantes. Vagando por este limbo, el anciano cuestiona su existencia. Wiñaypacha, del peruano Oscar Catacora aborda la historia de Willka y Phaxsi, una pareja de ancianos de más de ochenta años que viven abandonados en un lugar remoto de los andes del Perú, a más de cinco mil metros de altura. Enfrentan la miseria y el inclemente paso del tiempo, rogando a sus dioses para que llegue su único hijo a rescatarlos.

Junto a las proyecciones, los/as directores/as presentarán sus films y habrá actividades especiales con destacados invitados internacionales. Este año se realizará una retrospectiva de la gran cineasta feminista Sara Maldoror, curada por su hija Annouchka de Andrade y por Chema González, Jefe de Actividades Culturales del Museo Reina Sofía. A partir del asesinato del ciudadano afroamericano George Floyd en manos de la policía, esta sección se hace cuerpo y eco del grito de ahogo que atraviesa hoy todos los territorios donde la persistencia de la colonialidad quiere disponer del aire, la vida y la existencia de miles de personas. Habrá películas que reflejan las imágenes de miles de jóvenes racializados que se unen bajo un mismo grito: “No podemos respirar”.

Entre las charlas se destaca “I can’t breathe. Un grito desde la perspectiva del movimiento Black Lives Matter”, que tomará la modalidad de un diálogo con Kazembe Balagún, activista de Black Lives Matter. También se ha previsto la mesa “Las vidas faveladas importan. Un grito de mujeres organizadas”, a través de un diálogo entre las directoras Natasha Neri y Andrea Testa, junto a las madres de menores asesinados por la policía de Río de Janeiro. El encuentro “Mujer de frontera. Defender el derecho a la vida no es delito” propone un diálogo con Helena Maleno (Marruecos/España); en tanto, “Gestión de la frontera, modo de gestión de la muerte” ofrecerá una charla con Sandro Mezzadra (Italia).

“Noches Extrañas/Strangers in the night” es la sección de cine de medianoche en donde los “cuerpos extraños” aparecen en escena; donde la alteridad se conforma como un hecho político, como potencia. Realizar esta sección viviendo la pandemia del coronavirus es para los organizadores una apuesta a recuperar la noche como acto político de desdibujamiento de los contornos corporales, de las fronteras de clase. Se propone como un lugar para volver a decir: Todo cuerpo es político. Algunos de los films que se podrán ver son Bixa Travesty, de Claudia Priscilla y Kiko Goifman; Brown girl begins, de Sharon Lewis, y Bruk out, de Cori McKenna.

* Para acceder a la programación es necesario generar un usuario en el sitio del festival.

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Noam Chomsky: "Hay riesgos inminentes de una guerra civil en Estados Unidos"

La conferencia del lingüista en la Internacional Progresista

En el marco del encuentro virtual de la Internacional Progresista, dijo que este es un momento "difícil", ya que combina la amenaza de una guerra nuclear, la catástrofe ecológica, la pandemia y la destrucción de la democracia. Pero a su vez está "lleno de esperanza para un mejor futuro".

 

El actual es un momento "notable, único, importante", describió Noam Chomsky. "Difícil" pero a la vez "lleno de esperanza para un mejor futuro". Es un momento de "confluencia de distintas crisis muy fuertes" y sin fronteras: "catástrofes ambientales, amenaza de una guerra nuclear, la pandemia, destrucción de la democracia". El lingüista advirtió, además, sobre un "riesgo inminente" de guerra civil en Estados Unidos

Chomsky brindó la conferencia magistral "Internacionalismo o extinción" en el marco de la primera cumbre (virtual) de la Internacional Progresista, que emergió en mayo para unir, organizar y movilizar a las fuerzas progresistas en un frente común y así frenar el avance de la derecha en el mundo.

"La Internacional Progresista (IP) tiene un papel crucial para determinar qué curso va a seguir la historia. La vida humana está en peligro directo y los grandes poderes imperialistas del momento están enfrentándose. El poder británico se está saliendo de Europa, volviéndose más un satélite de Estados Unidos de lo que ya era. Para la significación del futuro es importante ver qué pasa en la hegemonía global, disminuida por los delirios de Trump, pero con el poder y las ventajas militares de Estados Unidos", reflexionó el pensador de 91 años.

Cerca de la medianoche

"Una posible reelección de Trump sería una crisis final, terminal, que puede tener consecuencias muy serias. Hay otras crisis también: son las que hacen que le falten cinco a la medianoche. A la extinción. Hace 75 años vivimos debajo de este reloj que hace tic-tac", deslizó Chomsky. Al momento del lanzamiento de la bomba atómica se creía que la inteligencia humana había llegado al punto de "tener la capacidad de destrucción total de su especie". Todavía no se sabía que, más tarde, "iba a destruir el medio ambiente de esta manera, que ahora nos acerca a un punto final". A su vez, cada año de Trump en el poder también significa estar más cerca de la medianoche.

En tiempos de Covid-19 confluyen "las mismas crisis de siempre", a las que la pandemia se suma: la amenaza de una guerra nuclear, la catástrofe ecológica, la destrucción de la democracia. "Podría parecer fuera de lugar el tema de la democracia. No lo es. Es ese desmoronamiento el que permite las otras dos amenazas de exterminación. Los ciudadanos informados, comprometidos en un proceso democrático real, no dejarían que pasen estas otras dos amenazas", explicó. 

"Estas tres amenazas han ido en aumento gracias a las políticas de Trump. Ha ido desmoronando las políticas de control de las armas y desarrollado armas más peligrosas; ha disminuido las protecciones contra las amenazas de una guerra nuclear. Se ha dedicado a destruir el medio ambiente y cualquier sustento de la vida. Ha abierto los últimos lugares protegidos contra la explotación petrolera, por ejemplo." En síntesis, el presidente de Estados Unidos lleva adelante "políticas sistemáticas de desmantelamiento de las políticas de regulación para proteger al medio ambiente y a las poblaciones de las contaminaciones tóxicas ante la explotación petrolera de la energía fósil".

En la charla, Chomsky definió desde un principio el rol de la Internacional Progresista en este complejo panorama mundial: "No entremos en pánico ahora y actuemos en función de esto. Las crisis que estamos enfrentando en este momento único son internacionales. Las catástrofes ambientales, la guerra nuclear, la pandemia... no tienen frontera ninguno de estos peligros. Puede haber diferencias entre países, pero hay troncos comunes".

Riesgos de una guerra civil en Estados Unidos

En otro pasaje, cuestionó el hecho de que Trump otorgue cargos en el gobierno sin aprobación del Senado, a los que "va cambiando para que estén dispuestos" a seguir su voluntad. "No hay voces independientes. El Congreso había establecido hace mucho tiempo que un inspector general monitoree el trabajo de la rama ejecutiva, pero viendo la corrupción que ha dejado Trump en Washington podemos ver claramente que no está funcionando", criticó. "Trump empezó a decir que si no le gusta el resultado de las elecciones no va a dejar su puesto. Es una amenaza directa", alertó.

Si bien "la jefatura militar publicó una carta en la que recordó su deber constitucional de sacar del poder a un presidente que no quisiera dejarlo", hay que tener en cuenta a las unidades paramilitares que "se han ido repartiendo en el país para asustar a la población". "En ausencia de una victoria de Trump muy clara hay riesgos inminentes de guerra civil. Son palabras fuertes, que no habíamos escuchado nunca en voces públicas. No lo digo yo; lo dicen otras personas. Mucha gente tiene ese miedo. Nada de este estilo había pasado en la compleja historia de la democracia parlamentaria. La megalomanía que domina el mundo, la de Trump, para él ya no es suficiente. Podría no respetar la Constitución y hacer lo que él llama 'negociar' para un tercer mandato."

El filósofo señaló que "la agenda de Trump para los ricos va más allá del neoliberalismo". Los expertos en políticas fiscales han detectado que por primera vez en los últimos siglos los billonarios pagan menos impuestos que los trabajadores, lo cual les implica "una gran victoria dentro de la guerra de clase". "Eso se llama tener la hegemonía", sentenció.

Las dos internacionales

El neoliberalismo trajo concentración de la riqueza, estancamiento para la mayoría de la población y riesgos para la democracia, aparte de otras consecuencias mundiales "no sorpresivas", como "elresentimiento y el descontento" hacia las instituciones políticas y económicas. "Todo esto ha abierto un espacio para los demagogos, que pretenden ser los salvadores, mientras le echan la culpa a chivos expiatorios como China. Es el mundo en que estamos viviendo. Por eso estamos en estas crisis", analizó, luego de un repaso histórico en torno a los orígenes de la ideología neoliberal y su parentesco con el fascismo.

En este contexto, la Internacional Progresista apareció para oponerse a la "otra internacional", la reaccionaria, encabezada por Trump, y de la que también forman parte Jair Bolsonaro, en Brasil; "los dictadores del Golfo"; Abdel Fatah al Sisie en Egipto y Benjamin Netanyahu en Israel en Medio Oriente; Narendra Modi en India y Viktor Orban en Europa. 

Dos internacionales dividen al mundo. Una es de los Estados. La otra, de los movimientos populares. "Cada una es una representación de la fuerzas sociales en juego. Son una imagen de los mundos que podrían emerger despues de la pandemia. Una quiere construir una versión aún más dura del neoliberalismo, aumentar la vigilancia y el control; la otra está buscando cómo construir un mundo en paz y justo, con un buen manejo de los recursos dedicados a servir a los intereses de los seres humanos, en vez de a los de una minoría. A nivel global podemos ver estas interacciones: no es una exageración decir que el futuro de la experiencia humana depende del resultado de esta batalla que se está dando en este momento."

El optimismo de la voluntad

La conferencia continuó con una mesa redonda con participación de la escritora y activista keniana Nanjala Nyabola, el activista y filósofo afroestadounidense Cornel West y el diputado laborista John McDonnell.

La de West --también actor de films como Matrix recargado-- fue una intervención bella, poética. Sumó un factor más a la confluencia de crisis. Una crisis "de la imaginación". Hay que dar, entonces, una lucha "intelectual e ideológica". "Puede haber una crisis nuclear mañana, o una catástrofe económica y ecológica, pero hay también una catástrofe cívica: la gente no puede ni imaginar lo que se parecería a una vida pública vibrante y viva", expresó el filósofo, e instó a recuperar valores perdidos: integridad intelectual, decencia, honestidad. "Lo mejor de la especie humana es el amor, la felicidad, el juego, la comunidad. Hay que alimentar una rebeldía colectiva para abrir mundos posibles."

Haciéndose eco de lo planteado por los integrantes de la mesa, Chomsky se refirió a las "cualidades humanas" que emergieron en la pandemia, como la "ayuda mutua". Se hace más fuerte allí donde las personas están más oprimidas y son más pobres. "Se juntan para ayudarse y conseguir comida, mucho más que la gente estancada en sus departamentos. Por ejemplo en Brasil, en las favelas. No tienen acceso a nada. El gobierno no ha hecho nada. Pero se están organizando y tienen sistemas de apoyo mutuo. ¿Quién lo empezó? Las bandas criminales de estos barrios. Transformaron su misión para organizar la ayuda mutua", destacó.

Gramsci apareció varias veces en la conversación: "Estamos viviendo en la edad de los monstruos cuando el nuevo mundo todavía no ha emergido", propuso el pensador, quien instó a mantener el pesimismo intelectual pero, también, el optimismo de la voluntad. "El movimiento de Black Lives Matter no salió de la nada. Ha sido un proceso de conciencia creciente durante muchos años. A la fecha es el movimiento social más grande de la historia de Estados Unidos, más que el de Luther King. Además es internacional. Los blancos y los negros juntos, luchando con ideas muy importantes. No sólo contra el asesinato de la Policía a los afroamericanos sino con ideas de cómo luchar contra el racismo y la opresión de clase.La IP se enfoca en estos temas para sacarnos de la edad de los monstruos y dejarnos entrar en un mundo de justicia", dijo.

Finalmente, llamó a la sociedad a deshacerse de la industria de la energía fósil: "No la necesitamos". Para él debería quedar en manos de la clase trabajadora y funcionar en base a "programas sostenibles". "El banco mundial debería ser un banco público. Estamos cerca de esto a medida que la conciencia va cambiando. Hace diez años, después de la crisis de 2008 de las viviendas, Obama básicamente ha nacionalizado la industria automotriz. Si les devolvemos esa industria a los poderes van a seguir haciendo lo que siempre han hecho. Podríamos entregarla a las comunidades y a la fuerza trabajadora", sugirió. Y concluyó: "Hace menos de 100 años la gente tenía en claro que las relaciones laborales de las fábricas eran intolerables. El Nuevo Acuerdo Verde tiene que tener eso en su centro".

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