Lunes, 18 Marzo 2019 06:18

Identidad

Identidad

Los datos personales de los usuarios de las redes sociales y de otras plataformas digitales de comunicación se han convertido en una valiosa mercancía.

En 2017 el New York Times obtuvo un gran número de documentos generados por el sistema interno de Facebook acerca de las prácticas que sigue para compartir los datos de los usuarios con otras compañías.

Según se desprende de ellos, se acrecienta la capacidad de empresas de enorme tamaño e influencia social, como Apple, Amazon y Microsoft, para aprovechar datos sensibles de los usuarios. Esto ocurre en un entorno legal que regula el uso de la información de las personas y de los compromisos que las empresas han hecho para proteger la privacidad de los usuarios.

Se estima que hacia finales de 2018 Facebook tenía más de 2 mil 200 millones de usuarios, así que bajar el costo unitario por usuario compartiendo esos datos personales representa un incremento enorme de las utilidades. Esto se extiende a otras empresas que operan plataformas tecnológicas constituidas en redes globales y que ejercen el control de enormes activos intangibles muy rentables. Con ello se incrementa el precio de las acciones, el valor de las compañías y el patrimonio de los accionistas.

Entre los recientes escándalos en torno a las prácticas de malos usos de los datos personales destaca el ocurrido a principios de 2018, cuando se descubrió que la firma de consultoría Cambridge Analytica utilizó de modo fraudulento los de Facebook para apoyar la campaña de Trump a la presidencia.

Esto expuso públicamente a Mark Zuckerberg, quien dirige y es el principal accionista de Facebook; fue requerido para testificar en el Congreso estadunidense, donde aseguró que los usuarios de Facebook tenían un completo control de todo lo que comparten en esa plataforma.

Las evidencias indican que no es así, sino que en realidad están expuestos a que sus datos sean compartidos y usados sin ningún control de ellos, que son sus legítimos dueños. Zuckerberg miente.

La privacidad ha pasado de ser un derecho a una mercancía. La Declaración Universal de los Derechos del Hombre, de la ONU, dice en el artículo 12 que "nadie será objeto de injerencias arbitrarias en su vida privada, su familia, su domicilio o su correspondencia, ni de ataques a su honra o a su reputación. Toda persona tiene derecho a la protección de la ley contra tales injerencias o ataques".

El derecho a la privacidad se refiere a esa importante protección del individuo. Se trata del derecho a ser dejado en paz, a no ser molestado. Al parecer, a esos miles de millones de usuarios de Facebook y también de otras redes esto no le afecta demasiado. Y, sin embargo, la privacidad como actitud vital no debería tomarse a la ligera y mucho menos entregarse a extraños, como si se tratara de una rendición.

La privacidad tiene que ver con la esencia misma del individuo, con la capacidad de mantener su autonomía. La gente se define a sí misma, precisamente, mediante la capacidad inalienable de administrar información sobre su persona.

Al parecer, en ese sentido, las ideas mismas de identidad personal e individualidad estén modificándose de modo sensible en la sociedad, impulsadas precisamente por las nuevas tecnologías de la comunicación y el negocio de la información sobre las personas para usos comerciales o de otro tipo. La privacidad es relevante también por sus beneficios funcionales, es decir, en cuanto a la protección derivable del anonimato que puede guardarse en muy distintas circunstancias o la confidencialidad en el caso del fraude con la identidad.

La relación que se establece entre la privacidad y el individuo se ha ido modificando también. Las regulaciones sobre la seguridad de la información personal y el control que sobre ella tienen sus dueños y que están plasmadas en la leyes de esta materia son ahora cuestionadas desde otros frentes.

Hoy tiene gran relevancia el flujo de información personal en las redes sociales digitales. Son los mismos usuarios los que la proveen, incluyendo la de sus relaciones sociales, pero ahora se prevé que los atributos personales puedan incluso inferirse sin referencia directa, o sea, podría hacerse a partir de la información que proveen esas relaciones existentes en la red social digital –los amigos.

Para poner más aditamentos al debate, en una vertiente de la investigación de la neurociencia se cuestiona la existencia del libre albedrío, rasgo que sustentaba la idea de la individualidad de las personas y su responsabilidad como miembros de la sociedad. La tendencia del estudio de la actividad cerebral lleva a algunos a cuestionar, si no es que a negar, que exista tal cosa como el libre albedrío.

 

Publicado enSociedad
“Google socava nuestra capacidad de pensar de manera profunda”

El divulgador tecnológico critica en la entrevista la evolución que han tenido las redes sociales y sostiene que las nuevas tecnologías contribuyen a una mayor banalidad de los razonamientos

 

Controversia y polémica son dos sustantivos que acompañan a Nicholas Carr (Estados Unidos, 1959) desde que, en 2003, criticara en un artículo en la Harvard Business Review la evolución adquirida por las tecnologías de la información. Lo mismo discutía con directivos de Microsoft que de Intel. Para este divulgador tecnológico, internet ha convertido al ser humano en un animal superficial. Alejado de la profundidad que se le presuponen a sus razonamientos. Las redes sociales tampoco han escapado de sus dardos cargados de crítica. En la publicación de su último libro, La pesadilla tecnológica (Ediciones El Salmón), escribe que Twitter no es más que un sitio para expresar minucias personales. “Ofrece, por tomar prestada la frase del filósofo John Gray, un refugio para la insignificancia”, argumenta.


¿Por qué piensa que las redes sociales ejercen un papel tan pernicioso para la sociedad?


¿Acaso hay alguien todavía que no critique a Facebook y al resto de redes? Hemos perdido nuestra inocencia con respecto al reino digital. Nos hemos desilusionado. No creo que nadie, salvo acosadores o sádicos emocionales, obtenga demasiado placer de una red social si es que alguna vez la obtuvieron. Nos inscribimos a ciegas en sus servicios y ahora estamos habituados a ellos. Dependemos de ellos. Los tejimos en la trama de la sociedad, pero usamos las redes como un alivio de los rigores de la comunicación y el pensamiento. Como una forma de evadir nuestra mente.


¿Existe alguna posibilidad de revertir esta situación para que las redes sociales no parezcan un sitio tan vacío como describes?


¿Alguien se siente satisfecho, intelectual o socialmente, cuando las usa? No lo creo. La mayoría de gente siente ansiedad y vacío. Es importante recordar que las redes sociales, como Facebook y Twitter, se diseñaron para conversaciones informales, como charlas amistosas, ligar o intercambiar rápidamente mensajes. Nada que ver ni con la seriedad ni con conversaciones sutiles. Y, sin embargo, gracias a una combinación de pereza personal y manipulación empresarial, las hemos llegado a utilizar cada vez más para hablar en público y el debate político.


¿Cuáles son las consecuencias de que dominen el debate público?


Las redes han engendrado superficialidad y polarización. También han fomentado la propaganda y el auge de las llamadas fake news. Creo que esto último es una de las mayores tragedias de las redes sociales. Las usamos para unas formas de comunicación completamente inadecuadas.


En el libro describes a Facebook como una empresa que solo hace negocios con datos privados y anuncios. ¿La gente es consciente de su modelo?


Si todavía hay personas que están bajo la ilusión de que Facebook es una herramienta benigna para la armonía social, deben llevar años dormidas. Deberían despertar, apagar su teléfono y leer un periódico. Facebook es un negocio basado en espiarnos y manipularnos. Esto es tan obvio que creo que incluso Mark Zuckerberg lo admitiría.
¿La tecnología, por sí misma, es un problema o más bien depende del uso que le demos?


La tecnología la crean y usan humanos, por lo que al final somos responsables de ella. No es algo que caiga por arte de magia del cielo. Es un tontería pensar que la tecnología es neutral. Tiene un sesgo, nos empuja a comportarnos y a pensar de una manera determinada. Cuando adoptamos una nueva herramienta, también adoptamos sus sesgos. Por ejemplo, internet está sesgado hacia la distribución de información de alta velocidad en diferentes formatos, como audio, texto o imágenes. Esto significa que es un medio de gran distracción, que socava el pensamiento profundo. Así que, cuando nos conectamos, intercambiamos profundidad por amplitud, contemplación por estimulación.


¿Por qué aseguras que Google ha cambiado la forma en que razonamos y pensamos?


La visión de Google de la mente humana es industrial. Se trata de la eficiencia con la que nuestro cerebro procesa la información. Por esta razón, Google y otras compañías ponen tanto énfasis en la velocidad y el volumen de consumo de la información. Lo que les falta es una apreciación de la forma en que el cerebro transforma los fragmentos de información en conocimiento de calidad. Al bombardearnos, socavan nuestra capacidad de pensar de manera profunda, crítica y conceptual. Formas de pensar que requieren atención y reflexión. Hay evidencias científicas que demuestran que los medios digitales nos empujan hacia un pensamiento superficial y lejos del rigor. Y todo es mucho peor desde que llevamos encima un smartphone todo el tiempo.


Estás preocupado por las filtraciones de datos y la privacidad. ¿Las redes sociales han fomentado que los casos hayan aumentado?


Algo que las redes han dejado claro es que los puntos de vista de muchas personas están mal informados, son banales o, simplemente, erróneos. De esta forma, lograr que alguien se exprese es una bendición mixta. Todos estaríamos mejor si pasáramos más tiempo pensando críticamente sobre nuestros puntos de vista y menos en expresarlos a todo el mundo. Creo que un sentido de privacidad es esencial para desarrollar una vida intelectual rica, por lo que la forma en que las redes sociales nos han robado el refugio de la privacidad empeora todos estos problemas.


¿Cómo de cercana es la relación que mantienen actualmente las redes sociales y la política?


Las redes sociales son inadecuadas para el discurso político. Fomentan la superficialidad sobre la profundidad, la emoción sobre la razón y el pensamiento grupal por encima del crítico. Su diseño auspicia que se extienda rápidamente la propaganda y la desinformación. Los políticos han adoptado las redes sociales porque les brinda una forma fácil de llamar la atención y entusiasmar a sus bases. Resulta difícil observar efectos positivos en el movimiento del discurso político y el debate público hacia las redes.


Steve Bannon, estratega de campaña de Donald Trump, entre otros, es un ejemplo de cómo la política se ha adaptado a internet. ¿La extrema derecha lleva ventaja al resto de partidos?
En Estados Unidos, la derecha tiene una perspectiva externa. Se ven a sí mismos luchando en una batalla contra las élites políticas y académicas que consideran que controlan la cultura. Creo que es por eso que personas como Bannon apreciaron desde el principio cómo las redes sociales podrían ser un arma efectiva para la guerra cultural y política. Pero no veo que las redes tengan ningún sesgo político en particular. Pueden usarlas tanto déspotas de izquierdas como de derechas.

Publicado enCultura
Don't be evil ('No seas malo'), antiguo lema corporativo de Google. CC BY SA TANGI BERTIN

El sector ganó prestigio por colocarse a la cabeza de la economía mundial mientras rompía tabúes y diseñaba nuevas formas de organización del trabajo

Hoy Google se enfrenta a motines, Mark Zuckerberg ha pasado de Persona del Año a caer en desgracia y Amazon contrarresta las huelgas poniendo a tuitear a sus empaquetadores

La crisis de identidad no solo afecta a las grandes empresas: fondos de Arabia Saudí financian muchas de las startups de Silicon Valley

Don't be evil ('No seas malo') fue el lema corporativo de Google desde que la empresa necesitó uno, allá por el año 2000. "Don't be evil", seguido de un punto, era lo primero que podía leerse en el código de conducta de sus empleados, un mandamiento fundacional de buenas prácticas que debía impregnar cada iniciativa de la compañía, cada nueva aventura. Hasta este 2018, cuando Google lo eliminó casi por completo.

 

Google no comunicó públicamente el cambio ni dio ninguna explicación. Gracias a la WayBack Machine, una herramienta que registra y archiva una instantánea de todo Internet periódicamente, sabemos que ocurrió entre el 21 de abril, cuando el lema seguía en su sitio de siempre, y el 4 de mayo. En esa fecha ya había sido relegado al último párrafo del documento. Desde entonces, en la primera línea del código de conducta se lee un mucho más tradicional "a Google se le medirá por el estándar más alto posible de ética empresarial".

 

Como buen eslogan, Don't be evil tenía un mensaje literal cargado de simbolismo sobre Google, pero también una connotación más sutil sobre el sector digital. La empresa que marcaba el paso en el ciberespacio transmitía un halo transgresor basado en rechazar las zonas de sombra de cada herramienta, avance o tecnología que influía en todas las demás. Puede que el lema ya no guiara las acciones de su cúpula directiva y que su desaparición sea poco menos que una connotación sutil para sus empleados. Sin embargo, que Google reconozca que la etapa del No seas malo está cerrada encierra otro mensaje literal. Las cosas han cambiado.

En Google, ese mensaje ha llegado desde dentro. Hace años habría sido difícil imaginar que la empresa que desterró las oficinas convencionales para convertirlas en espacios abiertos con hamacas y máquinas recreativas, que animó a sus empleados coger sus portátiles y salir a trabajar al parque, que construyó boleras, campos de vóley-playa y toboganes para que cambiaran de planta a toda velocidad, o que enterró los trajes para institucionalizar las camisetas o la fiesta TGIF (Gracias a Dios Es Viernes, por sus siglas en inglés) se enfrentara una revolución pública de sus empleados. A falta de una, Google ha sufrido varios motines en los últimos meses. Su queja es haber traicionado el Don't be evil.

Hasta 20.000 googlers de 78 de sus oficinas alrededor del mundo salieron a la calle en noviembre en protesta por la actuación de la empresa con algunos de sus altos ejecutivos acusados de acoso sexual. En vez de apoyar señalarlos y llevaros a los tribunales, la actuación de Google fue pagar indemnizaciones para que abandonaran la empresa sin hacer ruido. La gota que colmó el vaso fueron los 90 millones de dólares que abonó a uno de los creadores de Android en plena revolución MeToo.

El reproche ha llegado también a la estrategia de negocio. 4.000 amenazas de dimisión y la consumación de una docena de ellas pararon una colaboración con el Pentágono para aplicar la Inteligencia Artificial de Google a un proyecto militar. Otra protesta, esta vez contra la posibilidad de lanzar una versión censurada del buscador adaptada a las exigencias de las autoridades chinas, dio al traste con el proyecto.

Tener cerca a una multinacional digital ya no es sinónimo de progreso y desarrollo. Al menos para los habitantes de Berlín, que tras varias manifestaciones, consiguieron que Google abandonara su objetivo de crear un campus en la ciudad.

 

Malditos imbéciles

 

"Somos una compañía muy distinta a la que éramos en 2016, e incluso hace un año", afirmó Mark Zuckerberg en el post de Facebook que usó para despedir su fatídico 2018. Si Google es la empresa que mejor ejemplifica el cambio de época que atraviesa el sector digital, el fundador de Facebook es el personaje que mejor ha mostrado cómo ha envejecido el mito de los jóvenes empresarios de Silicon Valley que fundan multinacionales que empiezan desde un garaje. O, en su caso, desde la habitación de una residencia de estudiantes de Harvard.

En 2010, Zuckerberg fue el personaje del año para la revista Time. Tenía 26 años. Había fundado Facebook seis años antes y su cara de adolescente, unido al éxito de su plataforma, encarnaba a la perfección la imagen que promulgaba Silicon Valley: Internet era un mundo nuevo con unas nuevas reglas donde cualquiera con una buena idea y la perseverancia necesaria para trabajar en ella podía triunfar. Ese mismo año se filtró un chat que Zuckerberg mantuvo con un amigo días después de crear Facebook. Zuckerberg reconoció la veracidad de la conversación.

 

Zuck: sí, así que si alguna vez necesitas información sobre alguien en Harvard

Zuck: solo pregunta

Zuck: tengo más de 4000 correos electrónicos, fotos, direcciones...

Amigo: ¿Qué? ¿Cómo has conseguido eso?

Zuck: la gente acaba de enviarlo

Zuck: no sé por qué

Zuck: ellos "confían en mi"

Zuck: malditos imbéciles

 

Casi una década después, Facebook está en problemas y el autor de esas palabras ha mentido a todos para salvar su máquina: a los usuarios les prometió que no vendía sus datos cuando sí lo hacía; a los diputados de EEUU, que no sabía nada de lo de Rusia a pesar de que se enteró mucho antes de que saliera a la luz; y a los europeos, que cumpliría escrupulosamente el Reglamento de Protección de Datos cuando meses después ya se le investiga por intentar varias brechas y hackeos que intentó ocultar.

Aunque la que quizá ha sido la acusación más grave que recibió la plataforma de Zuckerberg en 2018 fue la de ser el vehículo del odio que terminó dando pie a un genocidio. Es lo que concluyeron los investigadores de Naciones Unidas desplazados a Myanmar para estudiar la violencia étnica contra los rohingya que provocó el desplazamiento forzoso de unas 720.000 personas.

 

Fue una consecuencia de su plan para llevar Facebook a los países a donde ni siquiera había llegado Internet. Lo promocionó como una iniciativa altruista para conectar a la red a aquellos que se estaban quedando fuera por motivos económicos. El equipo de la ONU denunció que la red social abrió mercados como este a toda velocidad (Myanmar pasó en dos años de tener menos de un 1% de población con acceso a Internet a tener más usuarios de Facebook que ningún otro país del sureste asiático) sin establecer las mínimas salvaguardas de seguridad, como contratar moderadores capaces de entender birmano. Sin ellos, el conflicto latente en Myanmar prendió en la red social sin nadie que pudiera advertir la propagación de mensajes de odio contra los rohingya.

 

La prueba del algodón: el dinero saudí


Para poner en marcha una plataforma digital capaz de operar a escala planetaria no solo hace falta una buena idea. También mucho dinero. Los fondos de capital riesgo que invierten en el sector tienen diferentes políticas sobre cuándo o cómo reclamar su inversión. No obstante, la relación con algunos choca con la imagen amable y de desarrollo que caracterizaba el sector. El motivo es que es el dinero de Arabia Saudí el que está detrás de ellos.

El Public Investment Fund (PIF), el fondo que la monarquía absolutista utiliza para diversificar sus inversiones fuera del petróleo, es uno de los que más presencia tiene en Silicon Valley. Pero no el único. Según el medio estadounidense Quartz, el dinero saudí ha impulsado a startups como Uber, con 11.321 millones de dólares; Lyft (plataforma similar a Uber) con 4.915 millones; Magic Leap (realidad aumentada) con 1.888 millones; Lucid Motors (coches eléctricos) con 1.131 millones; o Virgin Galactic (aeroespacial) con 280 millones. La inversión de 500 millones de dólares en Tesla que costó el puesto a Elon Musk todavía está en cuestión.

El dinero saudí ha impulsado con más de 10.000 millones dólares a Uber y tiene inversiones importantes en otra decena de empresas de Silicon Valley. Solo una ha suspendido temporalmente sus relaciones con los fondos saudíes tras el asesinato de Jamal Khashoggi

La lista se extiende con otras cinco empresas que han recibido más de 100 millones de dólares cada una para impulsarse. Entre ellas se encuentra Snap, desarrolladora de Snapchat, red social con amplia presencia en España. De las compañías citadas, solo Virgin Galactic ha "suspendido temporalmente" una nueva gran inversión saudí, en torno a los 1.000 millones de dólares, hasta que se aclaren los hechos que han rodeado la muerte del periodista saudí crítico con el régimen de su país Jamal Khashoggi.

 

El trabajo y la vivienda


El sector de plataformas digitales que se enfrentó antes a la caída de su discurso publicitario es el que salió del terreno virtual para afectar directamente la vida de las personas en aspectos como la vivienda o el trabajo. Ciudadanos y ayuntamientos de todo el mundo relacionan la actividad de empresas como Airbnb con la subida del precio de los alquileres, así como de procesos como la turistificación (cuando el alto nivel de turismo transforma la identidad, los rasgos y el carácter propios una ciudad o un barrio) o de gentrificación (desplazamiento de las clases bajas o medias del centro de las ciudades debido a la presión inmobiliaria).

Otra de las principales multinacionales digitales, Amazon, ha dejado de ser protagonista por la revolucionaria gestión del trabajo y robotización que le permiten abaratar costes. Ahora ocupa titulares por las huelgas de trabajadores que enfrenta por toda Europa. Para defender su imagen, la empresa ha puesto en marcha una iniciativa peculiar: selecciona a mozos de almacén y empaquetadores, los sienta delante de un ordenador para que comenten en redes sociales el "paraíso" en el que se sienten al trabajar para "la gran familia de Amazon".

Mientras, la relación de las plataformas con los trabajadores mediante los que prestan servicio se decide en los tribunales. En la actualidad la batalla legal se centra en plataformas como Glovo o Deliveroo, cuyos repartidores denuncian su condición de falsos autónomos. Aunque las sentencias al respecto aún no son firmes, existe el precedente de Uber. La multinacional estadounidentes llegó hasta el Tribunal de Justicia de la UE para defender que tanto los conductores como los viajeros son sus clientes, por lo que no debe ser considerada una empresa de transporte. Perdió.

Revelan cómo Facebook ha estado compartiendo datos de sus usuarios de forma masiva y sin consentimiento durante años

Una investigación de The New York Times muestra que la compañía de Zuckerberg estuvo dando acceso a más de 150 grandes compañías —no sólo tecnológicas— a datos de sus usuarios, algunos tan intrusivos como el contenido de sus mensajes privados, saltándose así de forma opaca sus propias normas de privacidad.

 

Nuevo misil en la línea de flotación de la red social más popular del mundo. En este caso, una exhaustiva investigación del diario The New York Times desvela cómo durante años Facebook estuvo dando acceso a más de 150 grandes compañías —no sólo tecnológicas— a datos de sus usuarios, algunos tan intrusivos como el contenido de sus mensajes privados, saltándose así de forma opaca sus propias normas de privacidad.
La investigación del citado diario, que abarca cientos de documentos internos de la red social sobre el seguimiento de alianzas con otras compañías y decenas de entrevistas a ex trabajadores de la empresa, pone al descubierto cómo los datos de los usuarios son intercambiados, hasta el punto de que Facebook permitió que el motor de búsqueda Bing de Microsoft viera los nombres de prácticamente todos los amigos de los usuarios de Facebook sin su consentimiento, y le dio a Netflix, Spotify y al Royal Bank of Canada la capacidad de leer los mensajes privados de los usuarios de Facebook.


Pocos gigantes de internet se salvan de este indiscriminado cotilleo: Amazon ha podido obtener los nombres de usuarios y la información de contacto a través de los perfiles de los amigos, y Yahoo tuvo acceso a las publicaciones de usuarios y amigos de éstos hasta este mismo verano.


Todo ello queda al descubierto tras una cadena interminable de escándalos sobre privacidad y protección de los usuarios que ha idos sacudiendo la compañía a partir, sobre todo, del escándalo de Cambridge Analityca, cuando se descubrió que los datos personales estaban siendo utilizados con un fin diferente al que los usuarios habían dado su consentimiento, en ese caso para crear herramientas de segmentación de audiencias que ayudaron a la campaña presidencial de Donald Trump en 2016.


Ahora, y a pesar de las promesas del propio Mark Zuckerberg, quien en abril de este año prometió ante el Congreso de EEUU que los usuarios tienen "tienen control total" sobre todo lo que comparten en Facebook —aunque eso, de momento, no es cierto—, recuerda The New York Times, que también apunta que el propio Zuckerberg aseguró entonces que no vendían datos.


Si bien es cierto que Facebook no ha vendido datos de usuarios, apunta dicho diario, durante años ha llegado a acuerdos para compartir la información con docenas de empresas de Silicon Valley, a quienes se ofrecía un acceso mucho más intrusivo a dichos datos de lo que Facebook reconoce. A cambio, la red social se beneficiaba al atraer nuevos usuarios, engordar su número de cuentas activas y, así, aumentar los ingresos por publicidad.


Y estos acuerdos con las compañías —que no sólo incluyen a los gigantes de Silicon Valley son a fabricantes de automóviles y medios— seguían en vigor en 2017 (algunos incluso hasta este año), al menos desde principios de esta década.


Facebook se explica


El director de privacidad de Facebook, Steve Satterfield, dijo al rotativo neoyorquino que ninguno de estos acuerdos violó los acuerdos de privacidad o los compromisos con los reguladores federales.
Por su parte, el director de desarrollo de plataformas y programas de la empresa, Konstantinos Papamiltiadis, confirma en un largo post oficial estas prácticas como una forma de ayudar a los usuarios, por un lado, a acceder a sus cuentas de Facebook o funciones específicas de Facebook en dispositivos y plataformas creadas por otras compañías como Apple, Amazon, Blackberry y Yahoo. A estas compañías las llama "socios de integración".


"En segundo lugar", añade, facilita que "las personas tengan más experiencias sociales, como ver las recomendaciones de sus amigos de Facebook, en otras aplicaciones y sitios web populares, como Netflix, The New York Times, Pandora y Spotify".


"Ninguna de estas asociaciones o características dio a las compañías acceso a la información sin el permiso de los usuarios, ni tampoco violaron nuestro acuerdo con la FTC [el regulador estadounidense] de 2012", asevera. Para él, el permiso del usuario se obtiene porque éste "tiene que iniciar sesión con su cuenta de Facebook para utilizar la integración ofrecida por Apple, Amazon u otro socio de integración".


Eso sí, el propio Papamiltiadis confiesa que algunos socios obtuvieron acceso al contenido de mensajes privados de los usuarios de Facebook. "Pero los usuarios tenían que iniciar sesión explícitamente en Facebook primero para usar la función de mensajería de un socio, como Spotify", alega, y añade: "Después de iniciar sesión en su cuenta de Facebook en la aplicación de escritorio de Spotify, puede enviar y recibir mensajes sin tener que abandonar la aplicación". "Nuestra API proporcionó a los socios acceso a los mensajes de la persona para potenciar este tipo de función", concluye.


Los correos desvelados por el Reino Unido


Esta investigación es un nuevo "enano" en una interminable lista de prácticas dudosas y opacas de la red social, que poco a poco van saliendo a la luz. Hace dos semanas, el propio Zuckerberg se vio obligado a reaccionar a la publicación de sus propio correos electrónicos de 2012, obtenidos por una comisión del Gobierno británico que investiga a Facebook.


En ellos, aunque quedaban reflejadas sus dudas, se ve cómo finalmente dio luz verde en 2012 a entregar a desarrolladores externos acceso a datos de usuarios, según informa Reuters.


Fue esta decisión la que hizo posible, por ejemplo, que una aplicación recopilara información sobre aproximadamente 87 millones de usuarios de Facebook el año siguiente y luego la compartiera con la ya desaparecida firma británica de consultoría política Cambridge Analytica.


Zuckerberg lamentó su decisión y dijo que, de haber frenado esta práctica el año anterior, la empresa podría haber evitado un escándalo de privacidad que ha manchado su reputación. Pero lo cierto es que Facebook había salido a bolsa poco antes y contaba con el crecimiento que le daban aplicaciones de terceros, entre ellas los juegos. Había que crecer.

Publicado enSociedad
"La era de las redes sociales es también la era de la fragilización social"

César Rendueles (Gerona, 1975) es profesor de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid. Es también autor de un interesante ensayo llamado 'Sociofobia: El cambio político en la era de la utopía digital', en el que analiza el efecto de las tecnologías digitales de la comunicación en la realidad política y social.

Su discurso en este sentido ejerce una especie de contrapeso frente al optimismo generalizado que hay en torno al mundo digital y a las esperanzas, tal vez excesivas, que las sociedades modernas han depositado en las nuevas y flamantes tecnologías de la comunicación.

Rendueles, en su obra y también en esta entrevista, apunta a la fragilidad de los vínculos humanos que hay detrás de las frenéticas redes sociales y las multitudes de 'followers', y lamenta al mismo tiempo la gran cantidad de vidas que se ven dañadas y empobrecidas en el entorno consumista y profundamente individualista que caracteriza al capitalismo neoliberal.

RT: ¿A qué llama usted Utopia Digital? ¿Acaso confiamos demasiado en que la tecnología digital va a resolver nuestros problemas?

C.R.: Hoy atribuimos a la tecnología unas capacidades enormes para solucionar todo tipo de problemas sociales, políticos e incluso ecológicos. Es increíble: por ejemplo, en casi cualquier debate sobre la crisis medioambiental siempre aparece alguien que te dice que la geo-ingeniería o la nanotecnología van a solucionar la crisis energética, y así con todo: se empieza a creer que la crisis de legitimidad política se puede resolver con la participación digital; la crisis educativa con más cacharritos tecnológicos en las clases… Es alucinante, porque además está muy asumido, tanto entre la izquierda como entre la derecha.

A mí me parece que esa confianza en lo digital tiene que ver con que parece que esa tecnología nos exime de los procesos deliberativos, nos libra de la necesidad de ponernos de acuerdo desde posiciones muy distintas y en conflicto, a través de una especie de coordinación espontánea y consensual que no pasa por la deliberación. Y en ese sentido me parece que esa concepción de la tecnología es muy heredera de la forma en que se concebía el mercado desde la tradición liberal: se le atribuía la capacidad de generar coordinación social sin recurrir a mecanismos deliberativos, eludiendo el conflicto político.

Y claro, hoy, después de 2008, ya nadie cree demasiado en el mercado. Nadie cree ya que tenga esa capacidad para resolver los conflictos políticos: más bien los acelera, como siempre han planteado los marxistas. Entonces hemos trasladado del mercado a la tecnología esa confianza en que surja alguna clase de orden emergente y espontáneo, que no pase por los procesos deliberativos democráticos.

 

RT: En alguna ocasión usted ha planteado que las redes sociales también tratan de cumplir una función parecida a la de los antidepresivos…

C.R.: La era de las redes sociales es también la era de la fragilización social. Es un hecho empírico. Vivimos en sociedades muy individualizadas, con vínculos sociales muy débiles, con vínculos organizativos también muy débiles, y es en ese contexto social en el que han cobrado mucho protagonismo las redes sociales.

Es un tipo de relación que puede ser muy abundante, con miles de 'followers' y amigos, pero también bastante superficial y muy frágil, sobre todo porque es un tipo de relación reversible a voluntad, que no está basada en el compromiso, sino en la preferencia: si me canso de seguir a alguien o deja de gustarme que me siga, pues lo dejo de seguir o lo bloqueo. Y los vínculos sociales no funcionan así exactamente: no prescindimos de nuestros amigos porque se pongan pesados en una determinada ocasión; no prescindimos de las organizaciones políticas o sindicales a las que pertenecemos porque no nos apetezca asistir a una asamblea o a una manifestación…

Al mismo tiempo, las relaciones digitales, a pesar de que son superficiales y frágiles, nos proporcionan una cierta sensación de conexión, y por eso las he comparado alguna vez con el Prozac. Nadie confundiría la sensación que produce un antidepresivo con una vida plena o con la autorrealización personal, nadie sería tan idiota … y sin embargo, lo que ha conseguido la ideología digital es hacernos confundir la vida digital con una vida no sólo plena sino incluso superior a la que llevábamos en el mundo analógico.

RT: ¿Cómo afecta esto a la política? ¿Han cambiado las redes sociales la manera de hacer política?

C.R.: Por un lado, yo no creo que las tecnologías digitales sean realmente tan importantes, y por otro, creo que hay mucha más continuidad entre el mundo analógico y el digital de la que a veces se asume. A mí me parece muy cuestionable todo ese imaginario de ruptura sistemática que siempre rodea al mundo de la tecnología digital.

Y en ese sentido me parece que lo que han hecho las redes sociales y la tecnología digital es acelerar procesos que ya estaban en marcha: la democracia de audiencias, por ejemplo, es un fenómeno anterior al surgimiento de las redes sociales, y que tiene que ver, por una parte, con los procesos de despolitización asociados al marco neoliberal y, por otra, con el uso que se le dio a medios de comunicación tradicionales como la televisión en ese contexto en el que había un progresivo desinterés de la ciudadanía hacia la política. Ahí nace la democracia de audiencias. Y las redes sociales, al aterrizar en ese modelo, lo que hacen es intensificarlo, por supuesto.

Se entiende mejor lo que hacen las redes sociales si las pensamos como televisores pequeñitos dentro de nuestro teléfono móvil, y no como un paradigma completamente novedoso. Se habla mucho de cómo Donald Trump utiliza las redes sociales, pero se olvida con frecuencia que se hizo famoso en un 'reality show' de televisión. El uso que Trump hace de las redes sociales se parece mucho más a estrategias de propaganda masiva tradicional que a alguna clase de nueva estrategia reticular digital supersofisticada… es propaganda de la de toda la vida, masiva y basada directamente en la manipulación. Por eso digo que hay mucha más continuidad de la que parece entre el pasado analógico y el presente digital.

 

RT: Hay quien señala que el propio funcionamiento de Internet y los buscadores de información hacen que el usuario acabe en una especie de burbuja individual, accediendo a contenidos seleccionados según sus propios gustos, a través de una especie de filtro personalizado por los propios motores de búsqueda. ¿Eso no provoca que estemos realmente más aislados que conectados? ¿Y no afecta a la política, en el sentido más clásico y amplio del término?

C.R.: Internet es muy curioso porque se dan dos dinámicas contrapuestas: es verdad que la cantidad de información y de opiniones diversas es infinitamente mayor que en el mundo analógico, pero nosotros somos seres limitados y con una capacidad de procesamiento limitada, que es algo que se nos olvida. La oferta es la que es, pero nosotros somos seres neolíticos con una capacidad limitada.

Lo que sucede finalmente es que nos relacionamos con paquetes limitados de información, pero ahora creemos que proceden de una esfera pública infinita donde todas las opciones están disponibles y que hemos elegido con total neutralidad.

El efecto de esto es muy perverso, porque no sólo opera ese filtro-burbuja (que seguramente ya existía antes cuando uno elegía su periódico o los medios más afines para informarse) sino que ahora tiene un añadido: la idea de que la información procede de la libre elección más absoluta y de una criba crítica sistemática. Eso es lo característico de este momento: no tanto que existan sesgos muy pronunciados en nuestros medios de comunicación –yo creo que en eso hay una gran continuidad– sino que ahora nos creemos agentes críticos super-sofisticados. Y eso si tiene un efecto pernicioso.

RT: Usted comentó en una ocasión que cuando trabajaba en su libro 'Sociofobia: El cambio político en la era de la utopía digital', quería escribir realmente sobre la idea de fraternidad, y no tanto sobre las tecnologías digitales de comunicación. ¿Es demasiado ingenuo pensar que las redes sociales pueden contribuir a una mayor fraternidad en la sociedad?

C.R.: A mí en el fondo nunca me ha interesado demasiado la tecnología digital. Lo que ocurre es que me he visto arrastrado a estudiar sobre esto porque, en muchos de los problemas que sí me interesaban, detectaba que se recurría a la tecnología digital como una solución que a mí me parece ficticia, tanto en cuestiones de educación como en lo referente a la política y en especial a los procesos de política emancipatoria.

Uno de los problemas que hemos detectado en las últimas décadas desde la filosofía política o la sociología crítica es que de alguna forma los procesos emancipatorios exigen condiciones no sólo materiales y políticas, sino también sociales, es decir, que hace falta una cierta urdimbre social para que esos procesos se pongan en marcha. Profundizar en la democratización es muy complejo en una sociedad muy atomizada y muy individualista.

Yo creo que los que ven con más optimismo el auge del paradigma digital tienden a pensar que ahí se ofrece una solución a los dilemas de la sociabilidad contemporáneos y que tiene unas fuertes potencialidades críticas. Yo lo veo al revés: yo creo que en la medida en que sepamos solucionar o superar esa fragilización de las relaciones sociales, encontraremos usos de las tecnologías de la comunicación que hoy ni siquiera imaginamos.

Mientras tanto, se está viendo que las redes sociales, en este estado de fragilidad social y atomización, son muy destructivas: por eso nos estamos insultando todo el rato y se generan esas dinámicas de linchamiento tan perniciosas. De momento hay muy poca fraternidad.

 

RT: ¿Cree que las redes sociales podrían ser en esencia una especie de trampa para controlar más a las personas o para obtener información que pueda usarse con objetivos mercantiles? ¿Están en realidad más al servicio del llamado 'big data' que de las relaciones interpersonales?

C.R.: Aquí también veo una gran continuidad entre los procesos de control social que estamos viviendo ahora y los que se vivieron en el pasado. Es verdad que ahora la Audiencia Nacional se dedica a vigilar Twitter y las redes sociales para meter en la cárcel a la gente, pero no es menos cierto que lleva encarcelando a gente y cerrando medios de comunicación por sus opiniones desde hace mucho tiempo. Hoy todos conocen a Pablo Hasel o a Snowden, y se les relaciona con el medio ambiente digital… pero menos gente se acuerda del director del diario vasco Egunkaria, Martxelo Otamendi al que torturó hace poquísimo la Guardia Civil, bajo la supervisión de un juez de la Audiencia Nacional.

Hay una gran continuidad entre esos dos ámbitos: se habla del control biométrico que pueden introducir las redes sociales, pero en España el control biométrico existe desde hace décadas y se llama carnet de identidad. A los catorce años tienes que poner la huella ahí, algo que le parece una pesadilla 'orwelliana' a la gente de fuera de España, y aquí siempre nos ha parecido de lo más normal. Así que también conviene reflexionar acerca de la tolerancia que hemos tenido en el pasado a esa represión y preguntarse por qué solo en la medida en que median las redes digitales nos empieza a preocupar.

Y el asunto del 'big data', lo único que ha hecho, una vez más, ha sido acelerar tendencias en curso. Es verdad que el diseño de las últimas décadas del medio ambiente digital llevado a cabo desde una perspectiva muy mercantilista ha facilitado todo eso. Si ese medio ambiente digital hubiese estado más intervenido por instituciones públicas sería más fácil poner coto a todos esos procesos de explotación mercantilizadora, pero como ese desarrollo ha sido muy privado, pues ahora nos cuesta más… es cierto que hay una semilla de mercantilización muy potente.
Un hombre espera el ascensor en la sede de Facebook en Londres (Reino Unido). 4 de Diciembre de 2017. / Toby Melville / Reuters

También es cierto que en la explotación del 'big data' para desarrollar herramientas represivas se superpone a una tradición de políticas punitivas en el contexto neoliberal… pensar estas cosas en términos de una especie de 'Gran Hermano' digital es no entender nada.

Y lo mismo pasa con las dinámicas extractivas digitales, todo ese conjunto de acciones orientado a convertir nuestras relaciones sociales en fuentes de beneficios para las grandes empresas. Es decir, nuestro capital social y relacional, que sirve por ejemplo para alquilar una habitación en 'AirBnB' o ser conductor en un servicio de transportes, es explotado por una empresa que no hace nada salvo poner una mínima estructura digital. Me parece que esto tiene un parentesco muy cercano con los procesos de financiarización previos, que existen desde principios de los años 80, donde las mayores fortunas se generan a base de no producir nada, básicamente. Esas dinámicas extractivas exploran nuevos territorios, y una vez que se agota el mundo real, el mundo digital es el nuevo terreno a colonizar.

RT: En resumen, podría decirse entonces que la eclosión de las tecnologías digitales ha servido principalmente para acelerar o intensificar procesos sociales que ya estaban en curso, pero no ha revolucionado nada en esencia…

C.R.: Así es… yo soy un marxista y un materialista muy clásico, y los marxistas para lo que servimos es para ser pesados, para decir siempre lo mismo. Y eso, a veces es útil. Algunas veces simplemente somos pesados y no valemos para nada, pero otras veces, cuando todo el mundo está insistiendo en lo nuevo, en que estamos en un marco nuevo y en que esto es una nueva frontera, yo creo que los pesados somos útiles, porque recordamos que en nuestras sociedades muchas veces pesan más las continuidades que las rupturas.

 

RT: En una ocasión usted afirmó que el consumismo hace que las personas lleven "vidas dañadas". ¿De qué manera daña o perjudica este sistema a la vida de las personas?

C.R.: El consumismo no consiste sólo en comprar mucho. El consumismo es más bien un ideal de vida buena y de autorrealización en el mercado, a través de la compra y de la venta, y es un modelo de vida muy extendido en el que, por desgracia, todos participamos en alguna medida.

Y es un modelo que genera vidas dañadas, porque te impide tener un proyecto de vida buena mínimamente coherente; te quedas abandonado a los azares del mercado, persiguiendo como un hámster la última novedad, la tendencia que esté de moda.

Aspirar a llevar una vida buena exige tener un cierto proyecto moral de vida, exige pensar qué tipo de persona quieres llegar a ser y trabajar en esa construcción y asumir a veces que hay fracasos. Y yo creo que el consumismo dinamita eso, porque atomiza completamente tu vida y te convierte sencillamente en un elector racional cuya única perspectiva de la vida es el ahora. No tienes ni pasado ni futuro, tus únicas perspectivas son tus preferencias presentes, que mañana cambiarán y ya son distintas de las de ayer… y yo creo que eso durante cortos periodos de vida puede ser excitante o interesante, pero en el medio plazo son vidas terribles, son vidas completamente vacías, seguramente porque son inconsistentes con nuestra naturaleza humana. No somos así. Somos seres que necesitamos articular un pasado y tener proyectos de futuro, compartidos, normalmente.

RT: Si tuviera que señalar cuál es la carencia o el problema más importante de nuestro estilo de vida, ¿cuál señalaría?

C.R.: La desigualdad. Cada vez estoy más convencido de que la falta de igualdad es el motivo más profundo de las vidas dañadas que llevamos. Sé que es un valor muy controvertido, y es el más feo en el binomio libertad-igualdad, y además vivimos en un momento de mucha exuberancia de la libertad: hoy en día la libertad es un valor que cotiza al alza, y en cambio la igualdad es mirada con sospecha. Se admite la igualdad de oportunidades, pero eso es una degeneración absoluta del ideal igualitario. La igualdad de oportunidades es pura meritocracia, y eso no tiene nada que ver con la igualdad. La igualdad tiene que ver con la llegada, no con el punto de salida. Yo estoy absolutamente convencido de que sin una recuperación de un modelo de igualdad fuerte, es completamente imposible recuperar los ideales emancipatorios ilustrados.

La CIA emplea sitios Webs para comunicarse con sus agentes

Para quienes piensan ingenuamente que Internet y las redes sociales son inofensivas, ahora tendrán nuevos elementos de como la CIA las emplea para obtener información de los usuarios, sus características personales, gustos, preferencias y círculos de amigos.


Pero la búsqueda de información es solo una parte de la utilidad que dan los servicios de inteligencia de Estados Unidos a la red de redes. Recientemente el sitio Yahoo News, publicó la información de que la contrainteligencia de Irán (en 2011) y posteriormente la de China, habían desmantelados las redes de agentes secretos de la CIA que operaban en esos países. (The New York Times informó por primera vez en mayo de 2017, sobre la eliminación de las fuentes de la CIA en China).


Según la noticia, la CIA utiliza varios sitios Webs para comunicarse con sus espías, pero fueron descubiertos y apresados en Irán y China, quedando los jefes y oficiales de la CIA en ridículo nuevamente, pues ya en 1987 la seguridad cubana logró engañarlos, sembrándoles 30 agentes que se dejaron reclutar por los yanquis, para trabajar contra Cuba.


Aquella denuncia cubana resultó en un gran escándalo, al ser expuestos en la TV local decenas de oficiales CIA cuando depositaban medios de comunicación satelital y otros similares, para que sus agentes se comunicaran con el centro principal en Langley, Virginia.


Las informaciones falsas que recibió la CIA de aquellos aparentes agentes, contaminaron sus bases de datos, causándole un daño considerable.


Según afirmó el oficial CIA, Ronald Kessler, en su libro “Incide The CIA”, páginas 44-45:


“Uno de los problemas más graves que enfrenta la CIA es la posibilidad de que sus agentes sean dobles agentes, o sea que trabajen para el otro bando. Esto sucedió en Cuba donde la mayoría de los agentes reclutados por la CIA en los primeros años de la década del 60 eran agentes plantados que recibían instrucciones del Jefe Superior cubano Fidel Castro.”
Ahora, al ponerse en evidencia el empleo de Internet para establecer las comunicaciones con sus agentes secretos, la CIA tendrá que analizar bien si regresa a los métodos tradicionales de las marcas y señales, o si mantendrán idealizando las nuevas tecnologías para sus enlaces secretos.


Fuentes de la propia CIA declararon que dicho sistema a través de los sitios Web, “no fue diseñado para realizar la comunicación a largo plazo y para resistir los esfuerzos elaborados de contrainteligencia”.


Según se dio a conocer en Yahoo News, en 2008 John Reidy, un contratista de defensa cuyo trabajo consistía en identificar, contactar y gestionar fuentes humanas para la Agencia, alertó a la CIA sobre “un fallo masivo de la inteligencia”, pero entonces no prestaron atención a sus informaciones. La respuesta de la Agencia ante esas advertencias fue despedir a Reidy, acusándolo de tener conflictos de intereses, porque él tenía un negocio privado paralelo.


Algunos ex funcionarios declararon que posiblemente las consecuencias de esa detección fueran de alcance mundial, pues al parecer la CIA emplea el mismo método en otros países, lo que pone en peligro a muchas fuentes secretas de la CIA, que pudieran estar empleando alguna versión de dicho sistema, basado en sitios Webs.


Irvin McCullough, analista de Seguridad Nacional, le dijo a Yahoo News que: “este es uno de los fallos más catastróficos de inteligencia desde el 11 de septiembre, pero la CIA había castigado a la persona que sacó el problema a la luz”.


Respecto al fiasco que tuvieron en Cuba en 1987, el ex oficial de fachada profunda, Ishmael Jones, explicó como la CIA enfocó la historia de los agentes dobles cubanos, caracterizando los hechos como una muestra de su mala profesionalidad.


El volumen de información falsa introducida por estos agentes en las bases de datos de la CIA fue tan amplio, que no pudo ser extraída y una buena parte de ella aun prevalecía cuando Jones fue instruido al respecto.


El conflicto ahora está en lo que se decidirá para el futuro inmediato por parte de la Dirección de Ciencia y Tecnología de la CIA, responsable del sistema de comunicaciones seguras, y tendrán que convencer que el sistema que propongan en lo adelante sea seguro e inexpugnable, algo bien difícil de aseverar en un terreno tan abarcador y complejo como es el de las comunicaciones secretas.


Mientras tanto, los que opinan que la red de redes es algo inofensivo, ya saben que no todo lo que brilla es oro y que los yanquis la crearon para ser de gran utilidad, pero dejaron puertas traseras para beneficio de su comunidad de inteligencia.


Ante esto, recordemos a José Martí cuando dijo:


“No hay espía tan útil como el que descorazona al enemigo”

 

8 noviembre 2018 |

Publicado enInternacional
Ben Wizner (izq.) dice que su trabajo como abogado de Snowden (der.) es, en primer lugar, político antes que legal.

Antes de hacerse cargo de la defensa del ex espía que denunció los programas de vigilancia masiva de celulares y servidores de Internet que llevan adelante los servicios de inteligencia de Estados Unidos, Wizner defendió a víctimas de tortura y secuestros de la CIA en el exterior así como a prisioneros de Guantánamo. Dice que Snowden está más conectado que nunca y que Trump no salió de un repollo.

 

Desde su oficina repleta de papeles en un rascacielos que se alza en la punta inferior de la isla de Manhattan, Ben Wizner maneja o sugiere o controla la agenda del disidente exiliado más famoso de mundo. Joven, rápido e implacable, sofisticado y arrogante en lo intelectual, emergente de la izquierda liberal urbana que crece en la resistencia al huracán Donald, Wizner actúa desde el 2013 como el abogado principal –y algo más–de Edward Snwoden, el ex espía que conmovió al mundo ese año al revelar los programas de vigilancia masiva de Estados Unidos. Graduado de Harvard, ex profesor de leyes de New York University, director del Proyecto de Libre Expresión, Privacidad y Tecnología de la ONG progresista más poderosa del país, la ACLU, en esta entrevista Wizner, de 47 años, analiza el legado de Snowden, revela detalles íntimos sobre su exilio en Rusia y traza un crudo retrato de las amenazas a la democracia y a los derechos humanos en tiempos de Trump.


–Antes de Snowden usted trabajó con otros arrepentidos. ¿Podría explicarme cómo se especializó en el tema?


–No me considero un especialista en arrepentidos no soy un experto en todos los vetustos remedios administrativos que existen el sistema legal de Estados Unidos para arrepentidos. Para mí, la verdadera Ley del Arrepentido es la primera enmienda de la Constitución (de EE.UU., que garantiza la libertad de expresión). Lo que me llevó a este trabajo es que empecé a trabajar como abogado en la Unión por las Libertades Civiles Estadounidenses (ACLU, en inglés) cinco semanas antes del atentado del 11-9. Entonces sin saberlo empecé como defensor de derechos humanos en un momento de sobrerreacción al 11-9. Representé a víctimas de tortura, a víctimas de secuestros en el exterior, a gente que apareció en listas negras de terroristas, a gente bajo vigilancia, a prisioneros de Guantánamo. Este es el trabajo principal que hice durante mi primera década en la ACLU. Durante el gobierno de Bush hijo estuve involucrado en el caso de una arrepentida, una traductora del FBI llamada Cibel Edmonds, que había sido despedida después de denunciar serias irregularidades en investigaciones. Ese caso me dio una lección sobre cómo responde la comunidad de inteligencia estadounidense en esa clase de situaciones. Aunque la información que Edmonds necesitaba para ganar su caso de despido injustificado era información pública, el FBI se defendió diciendo que su derecho a preservar secretos de estado significa que no podemos litigar el caso sin dañar la seguridad nacional. Y tres salas de la justicia federal aceptaron ese argumento y no permitieron que Edmonds presentara su caso. Ese mismo privilegio de secretos de estado se usó para negarles la posibilidad de ser escuchados en los tribunales a prácticamente todas las víctimas del programa de tortura de la CIA. Ninguna corte dijo jamás que el programa era legal. Ninguna corte dijo que la tortura no ocurrió. Pero de hecho ninguna víctima fue compensada porque la CIA le decía a la corte federal “desafortunadamente no podemos llevar adelante este juicio sin revelar secretos de estado y por lo tanto dañar la seguridad nacional” y entonces los casos eran archivados. Todo esto me preparó para el caso Snowden.


–Pero los dos psicólogos que diseñaron el programa de tortura de la CIA sí llegaron a juicio, justamente por una demanda de la ACLU.
–No llegó a juicio, arreglamos antes de eso el año pasado. Pero fue la primera vez que una víctima de tortura pasó la primera barrera de una moción para archivar el caso en base al secreto de estado. Fue un caso contra dos psicólogos llamados Mitchell and Jassen, quienes habían diseñado las llamadas “técnicas reforzadas de interrogatorios” (eufemismo de la CIA para disfrazar la tortura). Ese caso, el día antes del juicio, fue arreglado con un acuerdo confidencial. Esto fue positivo para los querellantes porque pudieron obtener algún tipo de compensación, pero también significa que seguimos sin tener una sola corte en Estados Unidos que falle acerca de la legalidad del programa de tortura.
–¿Entonces por qué arreglaron?


–La decisión de llegar a un acuerdo es de los clientes, no de los abogados.


–Recien usted comentaba que todo esto lo preparó para ser el abogado de Snowden.


–La razón por la cual estaba tan preparado para ayudar a Snowden es que uno de los cuestionamientos que recibe es: ¿por qué no usó el sistema para llevar adelante su queja? ¿ por qué no se quedó acá y enfrentó las consecuencias, en vez de escapar a otro país? Mi respuesta es que yo me pasé 10 años tratando de usar el sistema con víctimas de tortura, con víctimas de grandes violaciones a los derechos humanos y el sistema nos contestó que nos vayamos, que no hay remedio para ese tipo de casos. Por lo tanto no tengo mucha paciencia con el argumento de que si alguien denuncia un sistema de vigilancia masiva a su jefe algo grande va a pasar. La única manera en que Snowden iba a lograr cambios era llevar esta información al público. No a su supervisor o al supervisor de su supervisor. Cuando Snowden hizo su denuncia el presidente Obama se defendió diciendo que las actividades que estaban siendo reveladas (pinchaduras masivas de celulares y servidores de internet) habían sido aprobadas por los tres poderes del estado. Básicamente decía la verdad, pero ése era el problema: En cuanto la opinión pública se enteró, los tres poderes cambiaron de opinión. El presidente dijo que la NSA (Agencia de Seguridad Nacional, en inglés) había ido demasiado lejos e impuso restricciones, incluyendo a la vigilancia en el exterior. El Congreso impuso restricciones a la vigilancia de la NSA por primera vez desde la década del 70. Y las cortes federales, que siempre se habían rehusado a tomar casos de vigilancia masiva por razones de seguridad nacional, empezaron a aceptarlos y a fallar que esos programas son ilegales porque violan la Constitución. Nada de esto hubiera ocurrido si Snowden hubiera usado el sistema en vez de eludirlo.


–¿Como es trabajar con él?


–Ha sido una de las experiencias más significativas de toda mi vida. La mayoría de nosotros no cambia el mundo por sí mismo. Como mucho ayudamos a que suceda. Pero de vez en cuando aparece alguien como él que toma este riesgo histórico que permite cambiar de manara radical el comportamiento de la población mundial. Mi trabajo es ayudarlo a ser más efectivo. No ha sido una representación legal tradicional. Normalmente en un caso legal gran parte de mi trabajo es conseguir un resultado judicial favorable para mi cliente. Pero desde el primer día él me dijo: “ hagamos eso cuando tengamos tiempo.” Por eso nuestro foco principal como abogados suyos es ayudarlo a obtener reformas, ayudarlo a cumplir su misión política, antes que defender sus intereses legales, aunque obviamente debemos hacer las dos cosas.


–¿Como es su situación acá y en Rusia?


–El no quiere que le tengan lástima. Te diría que está más conectado socialmente que cuando trabajaba para el gobierno, dado que había entrado a los servicios de inteligencia cuando tenía unos 20 años y trabajó mucho tiempo bajo anonimato en el exterior. Nunca estuvo insertado en un grupo familiar o de amigos en el que podía hablar libremente de lo que hacía y forjar vínculos afectivos, excepto por su novia y su familia inmediata. Ella se mudó con él en Rusia, lo cual él le agradece eternamente, pero además ahora está en contacto con abogados y aliados, periodistas y amigos. Desde adolescente sus interacciones fueron a través de internet y mantiene su acceso a la red. Por lo tanto está más conectado al mundo en su exilio que cuando trabajaba para el gobierno. Su situación legal es que tiene residencia legal en Rusia, renovable cada tres años, así que por lo menos hasta abril del 2020 puede vivir en Rusia y no tenemos motivos para pensar que su permiso de residencia no le sería renovado si debe permanecer más tiempo en Rusia. Ya le han renovado el permiso una vez, pero él no tiene ningún control sobre eso. Ha habido muchos rumores de que por la relación cercana entre Trump y Putin la situación de Snowden podría peligrar. No tenemos manera de saber si eso es cierto o no. El dice que va a seguir hablando libremente, que si su seguridad fuera su prioridad todavía estaría viviendo en Hawaii y nunca hubiera dejado su trabajo bien remunerado. Como es de público conocimiento (Snowden) continúa criticando no solo al gobierno estadounidense pero también al ruso, a pesar de advertencias de personas como yo que le decimos que no sabemos si es la mejor estrategia para su seguridad. Pero así es él.


–¿Como lo va a tratar la historia?


–Cada vez que alguien da un paso adelante como hizo él y no solo revela información secreta pero pone a los servicios de inteligencia estadounidenses bajo una luz completamente distinta a nivel global , se puede esperar la respuesta retórica que él recibió. No creo que fue ingenuo cuando se metió en esto, ni pensó que el mundo le iba a agradecer lo que hizo. Pero la historia suele ser muy bondadosa con los arrepentidos. Cuando Daniel Ellsberg publicó los Papeles del Pentágono lo acusaron de ser un espía ruso y el gobierno de Nixon dijo que Ellsberg le había entregado una copia de los papeles a la embajada rusa. Ahora Ellsberg es un héroe nacional, prácticamente ha sido santificado.


–¿Como es vivir en tiempos de Trump? Como afectó las libertades civiles y los derechos humanos el actual gobierno?


–Creo que Trump es fundamentalmente autocrático y antidemocrático. Pero no es único ni novedoso. No es el primer presidente estadounidense en partir el pan con dictadores y autócratas de otros países. No es el primero en nombrar jueces federales y jueces supremos derechistas. No es el primero en facilitar la corrupción y transferir ingresos de la clase media a los ricos. Todo esto venía ocurriendo rutinariamente en la centroderecha estadounidense desde hace mucho tiempo. Creo que donde Trump es novedosamente peligroso es en que no está conectado a ninguna tradición política ni es él mismo un político. Y en un momento de peligro, por ejemplo en un ataque terrorista, no va a mostrar ningún respeto por las tradiciones y las instituciones democráticas. Además, su voluntad de promover xenofobia en contra de los inmigrantes de México y Centroamérica y los musulmanes en general es genuinamente peligrosa y de hecho gran parte del trabajo de la ACLU de los últimos años ha sido combatir es agenda xenófoba. Pero no creo que Trump fue instalado en EE.UU. por el líder ruso o que represente algo que es completamente opuesto a la historia y los valores de EE.UU., como si EE.UU. hubiera sido una democracia perfecta hasta que llegó Trump.


–¿Cómo siente que afectó la reputación de Estados Unidos en el mundo la incapacidad de cerrar la cárcel de Guantánamo y las declaraciones de Trump y de altos funcionario de su gobierno en favor de la tortura?


–Antes de hablar de Trump hablemos de Bush y de Obama. Porque el gobierno de Bush echó para atrás medio siglo el consenso global sobre tortura al implementar en esencia una conspiración para torturar en las fuerzas armadas y los servicios de inteligencia.


–¿Por qué habla de una conspiración?


–Porque fue una conspiración. Los líderes que lo autorizaron sabían que era ilegal, pero conspiraron para crear un canal legal para que abogados corruptos escribieran directivas diciendo que algo que siempre habíamos juzgado como ilegal ahora era legal. Fue una conspiración de tortura e impunidad. Y el gobierno de Obama echó para atrás medio siglo el consenso sobre la penalización de la tortura cuando protegió del alcance de la ley a los arquitectos de la tortura. Obama dijo: “tenemos que mirar para adelante, no para atrás.” Estoy seguro que a cualquier criminal encarcelado le gustaría haber escuchado eso en referencia al delito que cometió. Esa decisión de no permitir que las cortes juzguen la legalidad de los programas de tortura abrió el camino para que venga Trump y diga “deberíamos tener el submarino (una forma de tortura) otra vez”. Para ser claros no hay evidencias de que el gobierno de Trump haya retomado la práctica de torturar. Hasta donde sabemos, se dejó de torturar en el 2006, cuando los militares y los servicios se dieron cuenta de que es una práctica peligrosa y aunque ellos no fueran juzgados por llevarla adelante, torturar les traería otras consecuencias negativas. También debo decir que nadie ha sido enviado a Guantánamo desde el gobierno de Bush. Todavía tenemos decenas de personas detenidas ahí, pero nadie fue llevado ahí desde el 2006. Pero en general creo que usted tiene razón. La retórica de Trump acerca de los derechos humanos le da amparo al régimen saudita, al presidente filipino, a Myanmar, y también a China y Rusia, para que realicen grotescos abusos a los derechos humanos y que apunten sus dedos a Estados Unidos y digan: ¿Ellos son los que nos van a decir cómo comportarnos? Guantánamo sigue abierta y ni siquiera pudimos cicatrizar esa herida pustulenta. No es un problema creado por Trump, es un problema que Trump empeoró.


–¿Que va a pasar en la elecciones del mes que viene?


–No quiero hacer predicciones porque me equivoco muy seguido. Lo que veo es una ola de fuerzas antidemocráticas en todo Occidente y más allá. Veo que la democracia se encoge en Turquía, en Hungría, en Polonia, en Israel, en China, en Rusia, en el Reino Unido con el Brexit, en Estados Unidos, en Italia, en Arabia Saudita. Paradójicamente, al menos en Estados Unidos hay razones para ser optimistas con respecto a la reacción hacia Trump. Parte del manual del autócrata es atacar y achicar a los medios y a la sociedad civil. Y lo que vemos acá es que ONGs como la mía han crecido exponencialmente. La ACLU tenía 480 mil miembros el día de la elección. Ahora tenemos dos millones. Esto es, gente que aportan dinero mensualmente para apoyar nuestro trabajo. Los grandes medios como el New York Times y el Washington Post, más allá de que uno coincida con su enfoque periodístico, son importantes para la democracia y hoy dan ganancia y su base de lectores ha experimentado una tremenda expansión. Y a pesar de todos los ataques de Trump no creo que alguien pueda decir que los medios están más débiles hoy por culpa de Trump. Puede ser que los estadounidenses empiecen a entender que ejercer la democracia va más allá de votar cada cuatro años y que necesitamos invertir en instituciones que defiendan la democracia. Mucho dependerá de lo que pase en las elecciones de noviembre.

Publicado enInternacional
Facebook es a la vez vector de sociabilidad y monstruo voraz que vive en un caos digital, señalan los autores de Monstruos 2.0.

La semióloga Pauline Escande-Gauquié y el teórico de los medios Bertrand Naivin definen a las redes sociales como monstruos, instrumentos eficaces para la manipulación política desde el Brexit, pasando por la victoria de Trump hasta la votación en Brasil.

 

Estaban destinadas a ser un espacio social y responsable y terminaron convirtiéndose en un instrumento masivo de manipulación política y en un basural donde abundan las amenazas, los insultos, los agravios, las calumnias masivas, las venganzas y los patoteros anónimos de toda índole: las redes sociales son el depósito infinito de las peores inclinaciones de la condición humana. Del Brexit en Gran Bretaña, pasando por la elección de Donald Trump hasta la consulta presidencial brasileña donde WhatsApp sirvió de lazo para sembrar incontables mentiras, la eficacia de las redes está sobradamente probada. Ya no cabe llamarlas redes sociales sino “redes suciales” o, como las definen dos autores franceses que acaban de publicar un ensayo- investigación sobre el tema, liza y llanamente “un monstruo”. El sueño igualitario desembocó en une pesadilla colectiva. La semióloga Pauline Escande-Gauquié y el teórico de los medios Bertrand Naivin exploran los pasillos más oscuros en el libro Monstres 2.0, l’autre visage des réseaux sociaux (ed. François Bourin) (Monstruos 2.0, el otro rostro de las redes sociales). Twitter, FaceBook, Instagram y los demás derivados con sus ejércitos de conspiradores, trols y vengadores incógnitos son un espacio de suciedad globalizada. Pauline Escande-Gauquié observa que “la redes sociales funcionan como un médium, o sea, una técnica, a través de la cual los desbordamientos del espacio real se multiplican porque dentro de ese otro espacio virtual no hay control ni regulación. Allí todo depende del libre arbitrio, o sea, de la capacidad de los individuos a autorregularse”.


Esa autorregulación, en las redes, es una utopía. Reina la angustia y una suerte de maldad descontrolada. La semióloga francesa observa a este respecto que “las redes sociales nos empujan cada vez más hacia el pathos y cada vez menos a la reflexión”. Entre todos estos odios y violencia arrojadas en las redes se perdió la utopía inicial de quienes las crearon,

tanto más cuanto que, asegura la autora, “en el espacio virtual ciertas fronteras que se activan en el mundo real explotan, lo que termina explicando la profanación y la transgresión”. Al principio, “la cultura web estuvo empujada por una cultura que giró en torno al acceso gratuito al conocimiento para todos. La idea central consistió en que la expresión fuera totalmente libre y, de esa forma, romper la verticalidad y permitir que el público tuviera la oportunidad de expresarse con otra mirada sobre los acontecimientos, tantos los históricos como los de la actualidad”. Ese enfoque-sueño quedó sepultado, y no sólo por las agresiones o agravios, sino por una suerte de totalitarismo del chantaje y la vigilancia. Eso es precisamente lo que los autores de Monstruos 2.0 llaman “el control absoluto”. Según precisa Pauline Escande-Gauquié, se trata de un régimen donde el “riesgo totalitario no esta personificado por un ente de vigilancia. No. Está basado en la lógica de la sociedad de vigilancia. Cada ciudadano tiene la capacidad de vigilar, de multiplicarse. Ya no es un órgano de vigilancia que lo observa todo para controlar. Ahora es el control de todo por todos, a cada momento sabemos que todo el mundo está mirando, controlando”.


Resulta agraviante constatar que en una sociedad totalmente libre de su expresión los individuos acepten sin protestar que las redes se entremetan en todo, a cada instante, que cada huella sea convertida en dinero y que no existe ni se reclame un marco de regulación. Los pocos dirigentes políticos que tratan de limitar los zarpazos del Monstruo se encuentran en minoría. La propia Comisaria europea de Justicia, Vera Jourova, calificó a Facebook como “un flujo de basura”. Las redes parecen convertirnos en seres con una doble identidad. El psicólogo y psicoanalista Michaël Stora, fundador del Observatorio de los mundos digitales en ciencias humanas (OMNSH) y autor del libro Hiperconnexion (Editorial Larouse) comenta que “se pueden ver a las redes sociales como una suerte de baile de máscaras. La idea que preside todo es que en las redes me permito ser ese otro que, por lo general, no me autorizo a ser”. De allí una de las características monstruosas del territorio virtual, al cual, a propósito de Facebook, Michaël Stora califica como una suerte de “tiranía invisible”.

Facebook sería así, para los dos autores de Monstruos 2.0, “un nuevo Leviatán, al mismo tiempo vector de socialidad y monstruo voraz que vive no ya en un caos acuático sino digital”. Esos monstruos plantean “un interrogante a nuestra humanidad y a los desvíos de nuestra época”, asegura Pauline Escande-Gauquié, para la cual, por un lado “será necesario reforzar de una u otra forma nuestra educación digital porque las redes no son solo un espacio de likes o selfies inocentes. Por otro lado, será preciso sancionar financieramente a las empresas que administran las redes monstruos. No podemos pensar más en vivir desconectados porque esos útiles son fenomenales si se los utiliza bien”.


Mientras tanto, conviviremos con un territorio virtual donde reinan el patoterismo y el arreglo de cuentas, las identidades múltiples y los traficantes de opiniones. Los racistas, los homófonos, los misóginos, los agresores de mujeres, los cornudos y cornudas y las empresas que hacen dinero con todo esto tienen al alcance de sus dedos un mundo ideal. La pregunta que subyace a lo largo de todo el libro consiste en saber si las redes sociales nos convierten en monstruos potenciales o no hacen más que despertar el monstruo que ya estaba adentro. “El problema, destaca la autora, es que con internet tendemos a confundir la vida virtual y la vida real. Antes, ambas estaban bien separadas, pero ya no”. Y dentro de esa virtualidad se abren las fauces de los Monstruos en plural porque esta investigación descubre que, en las redes, somos monstruos múltiples: “monstruos híbridos con varias cabezas como la Hidra de la mitología griega cuyas cabezas vuelven a crecer cuando se las corta. Las redes sociales reproducen esa hibridez porque allí se pueden crear varias identidades con las que se revelan así nuestras zonas obscuras: monstruos devoradores, empezando por el mismo medio que devora el tiempo y nuestras capacidades criticas cuando nos tienta permanentemente a escribir, a mirar y a opinar de forma adicta: monstruo de la bestialidad también desde el momento en que las redes sociales alientan a la expresión de nuestras pulsiones más mórbidas y agresivas. Y esa bestialidad es, a menudo, el signo de un retroceso civil”. En suma, las redes, según los autores, ofrecen la alternativa perfecta: santos en la vida cívica y real, monstruos encubiertos en las redes.
Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Publicado enSociedad
Jueves, 11 Octubre 2018 05:51

Brasil en peligro: tres bombas reloj

Brasil en peligro: tres bombas reloj

La democracia brasileña está al borde del abismo. El golpe institucional que se inició con el impeachment contra la presidenta Dilma Rousseff y prosiguió con el encarcelamiento injusto del expresidente Lula da Silva está casi consumado. La consumación del golpe significa hoy algo muy diferente de lo que inicialmente pensaron muchas de las fuerzas políticas y sociales que lo protagonizaron o no se opusieron. Algunas de esas fuerzas actuaron o reaccionaron con el convencimiento genuino de que el golpe pretendía regenerar la democracia brasileña por vía de la lucha contra la corrupción; otros entendieron que era el modo de neutralizar el ascenso de las clases populares a un nivel de vida que más tarde o temprano amenazaría no solo a las élites, sino también a las clases medias (muchas de ellas producto de las políticas redistributivas contra las que ahora se movilizan). Obviamente, ninguno de estos grupos hablaba de golpe y ambos creían que la democracia era estable. No se dieron cuenta de que había tres bombas reloj construidas en tiempos muy diversos, pero con la posibilidad de explotar simultáneamente. Si esto ocurría, la democracia revelaría toda su fragilidad y posiblemente no sobreviviría.


La primera bomba reloj se construyó en el tiempo colonial y en el proceso de independencia, se accionó de modo particularmente brutal varias veces a lo largo de la historia moderna de Brasil, aunque nunca se desactivó eficazmente. Se trata del ADN de una sociedad dividida entre señores y siervos, élites oligárquicas y el pueblo ignorante, entre la normalidad institucional y la violencia extrainstitucional, una sociedad extremadamente desigual en la que la desigualdad socioeconómica nunca puede separarse del prejuicio racial y sexual. A pesar de todos los errores y defectos, los gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT) fueron los que más contribuyeron a desactivar esa bomba, creando políticas de redistribución social y de lucha contra la discriminación racial y sexual sin precedentes en la historia de Brasil. Para que la desactivación fuera eficaz sería necesario que dichas políticas resultaran sostenibles y permanecieran durante varias generaciones a fin de que la memoria de la extrema desigualdad y de la cruda discriminación dejara de ser políticamente reactivable. Como esto no ha sucedido, las políticas tuvieron otros efectos, pero no el efecto de desactivar la bomba reloj. Por el contrario, provocaron a quien tenía poder para activarla y hacerlo cuanto antes, antes de que fuera demasiado tarde y las amenazas para las élites y las clases medias se volvieran irreversibles. La avasalladora demonización del PT por los medios oligopolistas, sobre todo a partir de 2013, reveló la urgencia con la que se quería poner fin a la amenaza.


La segunda bomba reloj se construyó en la dictadura militar, que gobernó el país entre 1964 y 1985, y en el modo en que se negoció la transición a la democracia. Consistió en mantener a las Fuerzas Armadas (FFAA) como último garante del orden político interno y no solo como garante de la defensa contra una amenaza extranjera, como es normal en las democracias. “Último” quiere decir en situación de disposición para intervenir en cualquier momento definido por las FFAA como excepcional. Por eso no fue posible castigar los crímenes de la dictadura (a diferencia de Argentina, pero en la misma línea de Chile) y, por el contrario, los militares impusieron a los constituyentes de 1988 veintiocho párrafos sobre el estatuto constitucional de las FFAA. Por eso también muchos de los que gobernaron durante la dictadura pudieron seguir gobernando como políticos elegidos en el Congreso democrático. Apelar a la intervención militar y a la ideología militarista autoritaria quedó siempre latente, a punto de explotar. Por eso, cuando en los últimos meses los militares comenzaron a intervenir más activamente en la política interna (por ejemplo, apelando a la permanencia de la prisión de Lula), parecía normal, dadas las circunstancias excepcionales.
La tercera bomba reloj se construyó en Estados Unidos a partir de 2009 (golpe institucional en Honduras), cuando el Gobierno estadounidense se dio cuenta de que el subcontinente huía de su control mantenido sin interrupción (con la excepción de la “distracción” en Cuba) a lo largo de todo el siglo XX. La pérdida de control contenía ahora dos peligros para la seguridad de Estados Unidos: el cuestionamiento del acceso ilimitado a los inmensos recursos naturales y la presencia cada vez más preocupante de China en el continente, el país que, mucho antes de Trump, se consideró la nueva amenaza global a la unipolaridad internacional conquistada por Estados Unidos tras la caída del Muro de Berlín. La bomba comenzó entonces a construirse, no solo con los mecanismos tradicionales de la CIA y el Instituto del Hemisferio Occidental para la Cooperación en Seguridad (también conocido por su denominación anterior, Escuela Militar de las Américas), sino sobre todo con los nuevos mecanismos de la llamada defensa de la “democracia amiga de la economía de mercado”.


Esto significó que, más allá del Gobierno estadounidense, la intervención podría incluir organizaciones de la sociedad civil vinculadas a los intereses económicos de Estados Unidos (por ejemplo, las financiadas por los hermanos Koch). En consecuencia, es una defensa de la democracia condicionada por los intereses del mercado y, por eso, descartable siempre que los intereses lo exijan. Esta bomba reloj mostró que ya estaba lista para operar en Brasil desde las protestas de 2013. Fue mejorada gracias a la oportunidad histórica ofrecida por la corrupción. La gran inversión norteamericana en el sistema judicial se inició a principios de 1990, en la Rusia postsoviética, y también en Colombia, entre muchos otros países. Si la cuestión no es el regime change, la intervención tiene que ser despolitizada. La lucha contra la corrupción es precisamente eso. Sabemos que los datos más importantes de la operación Lava Jato fueron proporcionados por el Departamento de Justicia de Estados Unidos. El resto fue resultado de la miserable “delación premiada”. El juez Sérgio Moro se transformó en el agente principal de esa intervención imperial. Solo que la lucha contra la corrupción por sí sola no será suficiente en el caso de Brasil. Lo fue para neutralizar la alianza de Brasil con China en el ámbito de los BRICS, pero no será suficiente para abrir plenamente Brasil a los intereses de las multinacionales. Es que, como resultado de las políticas de los últimos cuarenta años (algunas venidas de la dictadura), Brasil tuvo hasta hace poco inmensas reservas de petróleo fuera del mercado internacional, tiene dos importantes empresas públicas y dos bancos públicos, y 57 universidades federales completamente gratuitas. Es decir, es un país muy distante del ideal neoliberal, y para aproximarse al mismo se requiere una intervención más autoritaria, dada la aceptación de las políticas sociales del PT por la población brasileña.


Así surgió Jair Bolsonaro como el candidato “preferido de los mercados”. Lo que él dice sobre las mujeres, los negros o los homosexuales o acerca de la tortura poco interesa a los “mercados”. Poco interesa que el clima de odio que él creó esté incendiando el país. En la madrugada del pasado lunes 8, el conocido maestro de capoeira Moa do Katende fue asesinado en Salvador por un seguidor de Bolsonaro a quien no le gustó que el maestro expresara su apoyo a Haddad. Y esto es solo el comienzo. Nada de esto interesa a los “mercados” con tal de que su política económica sea semejante a la del dictador Pinochet en Chile. Y todo lleva a pensar que lo será, pues su economista jefe tiene conocimiento directo de esa infame política chilena. El político de extrema derecha estadounidense, Steve Bannon, apoya a Bolsonaro, pero es solamente la cara visible del respaldo imperial.

Los analistas del mundo digital están sorprendidos con la excelencia de la técnica de la campaña bolsonarista en las redes sociales, que incluyó microdireccionamiento, marketing digital ultrapersonalizado, manipulación de sentimientos, fake news, robots, perfiles automatizados, etcétera. Quien vio la semana pasada en la televisión pública norteamericana (PBS) el documental titulado Dark Money, sobre la influencia del dinero en las elecciones de Estados Unidos, puede concluir fácilmente que las fake news en Brasil (sobre niños, armas y comunismo, etcétera), son la traducción al portugués de las que el dark money hace circular en Estados Unidos para promover o destruir candidatos. Si algunos centros de emisión de mensajes tienen sede en Miami y Lisboa es poco relevante (pese a ser verdadero).


La victoria de Jair Bolsonaro en segunda vuelta significará la detonación simultánea de las tres bombas reloj. Y difícilmente la democracia brasileña sobrevivirá a la destrucción que provocará. Por eso la segunda vuelta es una cuestión de régimen, un auténtico plebiscito sobre si Brasil debe continuar siendo una democracia o pasará a ser una dictadura de nuevo tipo. Un muy reciente libro mío circula hoy bastante en Brasil. Se titula Izquierdas del mundo, ¡uníos! Mantengo todo lo que digo ahí, pero el momento me obliga a una invocación más amplia: demócratas brasileños, ¡uníos! Es cierto que la derecha brasileña reveló en los últimos dos años una afección muy condicional a la democracia al alinearse con el comportamiento descontrolado (más bien controlado en otros sitios) por parte del poder judicial, pero estoy seguro de que amplios sectores de ella no están dispuestos a suicidarse para servir a “los mercados”. Tienen que unirse activamente en la lucha contra Bolsonaro. Sé que muchos no podrán pedir el voto por Haddad, pues tanto es su odio al PT. Pero basta que digan: no voten por Bolsonaro. Imagino y espero que eso sea dicho públicamente y muchas veces por alguien que en otro tiempo fue gran amigo mío, Fernando Henrique Cardoso, expresidente de Brasil y, antes de eso, un gran sociólogo y doctor honoris causa por la Universidad de Coímbra, de quien pronuncié el discurso de elogio. Todos y todas (las mujeres no tendrán en los próximos tiempos un papel más decisivo para sus vidas y las de todos los brasileños) deben involucrarse activamente y puerta a puerta. Y es bueno que tengan en mente dos cosas. Primero, el fascismo de masas nunca lo hicieron masas fascistas, sino minorías fascistas bien organizadas que supieron capitalizar las aspiraciones legítimas de los ciudadanos comunes a vivir con un empleo digno y seguridad. Segundo, al punto que llegamos, para asegurar un cierto regreso a la normalidad democrática, no basta que Haddad gane: tiene que hacerlo con un holgado margen.

Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

Publicado enInternacional
Jaron Lanier: “Los monopolios han arruinado Internet”

Jaron Lanier, analista del mundo digital, asegura que las redes sociales usan técnicas conductistas de adicción para favorecer a sus clientes y aboga por que sean de pago

“Bienvenido a la jaula que te acompaña donde quiera que vayas”. El último libro de Jaron Lanier no se anda con rodeos y esa es su primera frase. Lanier (Nueva York, 58 años) fue uno de los pioneros de Internet en los ochenta y se le conoce por haber dado los primeros pasos de la realidad virtual. Pero sobre todo es uno de los filósofos más lúcidos sobre el mundo digital que ha inundado nuestras vidas en pocos años. Su nuevo libro tiene título de artículo viral: 10 razones para borrar tus redes sociales de inmediato (Debate). Quedamos con él en Saul’s, un conocido deli judío al lado de la Universidad de Berkeley. Entre un bagel tostado y una ensalada de pescado, despliega su elocuencia contra los señores de las redes.

PREGUNTA. En el libro dice que borremos nuestras redes sociales, pero al mismo tiempo que aprendamos a usar bien Internet. ¿Qué hacemos?


RESPUESTA. Yo todavía soy un verdadero creyente en Internet, pero unas pocas compañías monopolísticas han tomado el control de Internet y lo han arruinado. Nunca he tenido una cuenta en una red social, ni Facebook, ni Twitter, ni nada. Nunca. ¿Cómo lo hago? Porque estos servicios realmente no añaden nada a los que Internet te da. Usando las capacidades normales de Internet, como hacer una página web o mandar un email, no necesitas estas compañías. La gente ha llegado a la conclusión de que las necesita, pero no es verdad. A lo que me opongo es a ese control por parte de monopolios gigantes en el que cualquier conexión entre personas solo se puede financiar si hay una tercera persona que quiere manipular a esas dos personas. Creo que eso es la receta para la locura y la negatividad. Y ha calado tanto que quizá no sobrevivamos. Internet en sí mismo sigue siendo genial.


P. ¿Pero qué explica el éxito masivo de Facebook?


R. No creo que Facebook añada ninguna utilidad. Lo que hizo fue integrar técnicas conductistas para crear adicción. Es muy similar a la expansión de los cigarrillos. Es un uso deliberado de métodos conductistas. Esto no lo digo yo, sino algunos de los fundadores de Facebook como Sean Parker. La razón de que lo use tanta gente no es que añada ninguna utilidad, lo que añade son técnicas de adicción. Esa diferencia es extremadamente importante.


P. ¿Hay alguna forma de hacer bien estas redes sociales?


R. Sí. Lo que requiere son dos pasos. Uno de ellos es reformar el modelo económico. Cambiar las redes sociales de forma que el verdadero cliente sea el usuario, en vez de esa misteriosa tercera persona que está intentando manipular al usuario. Eso quitaría el incentivo perverso que amplifica toda la locura, la acritud, la paranoia, la tensión y la negatividad. Y lo otro que tenemos que hacer es reforzar instituciones intermedias. Esto es más sutil. Cuando Facebook empezó tenía un lema que era ‘muévete rápido y rompe cosas’. Concretamente, lo que se rompió fue las organizaciones intermediarias, como los periódicos. Fueron debilitadas. Y el caso es que estas organizaciones proveían un recurso que era absolutamente necesario.


P. Resulta paradójico. Parece que el viejo mundo, en el que se criticaba a los grandes medios por controlar el discurso, en realidad era más sano que el nuevo mundo.


R. Lo que ocurre es que en el intento de hacerlo todo muy abierto lo que hemos creado son híper monopolios que se han vuelto controladores y autoritarios. Intentamos hacerlo más abierto y fallamos. Intentando hacer el mundo mejor, lo hicimos peor. Eso es lo que pasó

.
P. ¿Hay una rebelión, o este discurso es solo para intelectuales y élites?


R. Es difícil de medir. Yo también creo que la gente empieza a darse cuenta. Una cosa increíble fue que cuando Twitter y Facebook purgaron las cuentas falsas, creadas sobre todo por actores malignos rusos, sus acciones bajaron como un 20%. Algo está muy mal en una estructura de incentivos en la que te penalizan por ser honesto y te premian por ser deshonesto. Hay una generación de ingenieros jóvenes en el mundo tecnológico que sienten asco y vergüenza y quieren cambiarlo.


P. Los niños que están creciendo con ello, ¿tendrán más poder para controlarlo?


R. Desgraciadamente, no. Un individuo por sí mismo puede hacer muy poco. Necesitamos organizarnos como sociedad. Déjeme ser muy claro. Tenemos un problema de adicción masiva. Es muy parecido a lo que pasó con los cigarrillos. O cuando la gente conducía borracha. En los dos casos había grandes intereses corporativos en esa adicción masiva. Pero de alguna forma pudimos tener una conversación como sociedad y nos dimos cuenta de que era muy estúpido. Y lo cambiamos. De la misma forma, aquí necesitamos tener una conversación como sociedad para cambiar. Este mito de que los jóvenes al ser nativos digitales de alguna forma pueden usar los ordenadores tan bien que no caen bajo el control de la tecnología adictiva es falso. Porque las técnicas de adicción son poderosas y están bien estudiadas. Mi prueba es que mis amigos en la industria no dejan que sus hijos utilicen sus productos. Si eso fuera así, la gente de Facebook y Google dejaría que sus hijos lo usaran. No lo hacen.


P. ¿Cuál es el elemento adictivo?


R. Utilizan una rama de la ciencia llamada conductismo que empieza en el siglo XIX. Se basa en la idea de que puedes alterar de forma fiable el patrón de comportamiento de una criatura, persona o animal, a través de un ciclo de retroalimentación, y puedes medir lo que hace la criatura. Lo que es diferente de formas anteriores de medios y de publicidad es que puedes medir constantemente todo, desde tu expresión facial, con quién hablas, lo que dices, y por supuesto lo que buscas. Y metes eso en algoritmos con los que decides qué tipo de alimentación recibe esa persona, en redes sociales o información, y buscas correlaciones, de qué forma el cambio en el feed cambia su comportamiento. Más concretamente, buscas esas correlaciones en millones de personas que parecen compartir algún aspecto con esa persona. Y gradualmente, por estadística, sin ni siquiera entender por qué, te das cuenta de que puedes cambiar a la persona a través de cambios en el feed. Y el objetivo número uno es convertirlos en adictos, de forma que sigan usándolo, que sientan que tienen que estar ahí todo el tiempo. El objetivo número dos es satisfacer a los verdaderos clientes, que son los que pagan por manipular y cambiara a la gente, que puede ser para que compren algo o para que se desencanten y no voten. Lo negativo funciona mejor que lo positivo, y así es como el mundo se convierte en una mierda.


P. ¿Cómo se mejora? ¿Cómo sería un Facebook mejorado?


R. En el cambio de siglo, había un convencimiento general de que todo en Internet debía ser gratis, y que el único modelo de negocio era el de la publicidad. Pero entonces empresas como Netflix decidieron probar otra cosa. Vieron que gracias a Internet podían tener una relación directa con la gente y probaron a ver si la gente pagaría por ver lo que les gustaba. Y eso ha traído un resultado muy positivo para la industria y un escenario que muchos describen como la época cumbre de la televisión. Has pasado de un modelo gratis a un modelo pagado. Creo que de la misma manera ahora creemos que Facebook es lo único posible, porque mucha gente ha crecido con él. Si hubiera una manera de pagar, habría más acceso a información de calidad y más periodistas. Nadie sabe cómo sería exactamente. Nadie sabía cómo sería Netflix.Hay que inventarlo. Pero asumir que no se puede hacer es ridículo.


P. ¿La gente pagará por información fiable?


R. Hay que preguntarse por qué pagaban por los periódicos en un principio. Cuando un periódico crea una fama de fiable, eso es parte de su valor. La gente que buscaba calidad tenía dónde encontrarla. Ese fue un gran error de la primera filosofía de Internet, que debían desaparecer todos los intermediarios. Eso lo que ha hecho es dar todo el poder a un monopolio central.

Publicado enCultura
Página 1 de 7