Convención republicana: Donald Trump exhibe su agenda conservadora en busca de la reelección en Estados Unidos

Fe, familia y libertad son los pilares de un programa sin grandes propuestas

El presidente estadounidense reafirmó sus posturas en contra del aborto y a favor de la portación de armas y la libre elección de escuelas y el

endurecimiento de pol{iticas migratorias.

 

Desde Nueva York.Familia, fe y libertad. La campaña republicana no tiene propuestas para un segundo mandato y no siente que las necesite. Tiene en cambio una agenda conservadora basada en esos tres pilares. Porque la principal promesa de la convención partidaria de esta semana fue la de mantener Estados Unidos tal como está.

Si la Convención Nacional Demócrata habló de derechos reproductivos, la republicana puso a una ex directora de una clínica de Planned Parenthood y a una monja entre los oradores que se expresaron en contra del aborto. Si la nominación de Joe Biden incluyó pedidos de control de armas, la de Donald Trump defendió la famosa Segunda Enmienda, que permite a los estadounidenses portar armas.

La convención republicana no se mantuvo ajena a los reclamos de reformas que actualmente existen en Estados Unidos, pero si los incluyó fue para oponerse a ellos. La tercera noche de la convención fue dedicada casi en su totalidad a “celebrar a los héroes”. Es decir, a los integrantes de las fuerzas armadas y las de seguridad del país. Si a partir del asesinato de George Floyd ganó fuerza el pedido de quitarle fondos a la policía (Defund the police, en inglés), los seguidores de Trump decidieron contrarrestarlo con su propia variación: “Defend the police” (defender a la policía, en inglés).

El domingo, antes de que comenzara el evento de cuatro días, la campaña de reelección había anunciado las “prioridades centrales” que el magnate tendrá si accede a un segundo mandato. Bajo el lema “¡Luchando para vos!”, la lista constituye la columna vertebral del discurso de Trump de la noche del jueves, pero es apenas un punteo de ideas.

Una de ellas, por ejemplo, promete el desarrollo de una vacuna contra el covid-19 antes de fin de año, a pesar de que esa fecha cae dentro de la actual presidencia. Sobre este tema habló el vicepresidente, Mike Pence, durante su discurso del miércoles por la noche, aunque no dio detalles de cómo cumplirán ese objetivo. “En las próximas semanas, el presidente compartirá detalles sobre sus planes a través de discursos enfocados en políticas durante la campaña electoral”, había adelantado el anuncio del domingo pasado.

Sin embargo, tanto los discursos de esta semana como esa lista de prioridades dejan ver cuáles son los temas que obsesionan a Trump en su cuarto año de mandato. En primer lugar, la economía. Ahí, la promesa es la de crear 10 millones de nuevos puestos de trabajo en 10 meses. Solo durante marzo y abril, en Estados Unidos se destruyeron más de 22 millones de empleos. La recuperación todavía no llegó a la mitad.

El empleo, en el pensamiento de Trump, está atado al control de la inmigración. Sus promesas sobre este tema son las de impedir que quienes llegaron sin papeles al país accedan a la salud pública o a la universidad gratuita y que las empresas no puedan “reemplazar a los ciudadanos estadounidenses” con “trabajadores extranjeros de bajo costo”. Además, quiere terminar con las ciudades santuario para “restaurar” los barrios y “proteger” a las familias. Esta vez no hay mención a la construcción del muro en la frontera con México.

La política exterior será la de “Estados Unidos primero”, con la vaga idea de “terminar con las guerras sin fin”, “hacer que los aliados paguen su parte”, “mantener y expandir la fortaleza militar sin igual” del país, “borrar a los terroristas mundiales que amenazan con lastimar a los estadounidenses” y “construir un gran sistema de defensa de ciberseguridad y contra misiles”.

La relación con China es toda una sección aparte, enfocada en “terminar” con la “dependencia” de Estados Unidos de ese país. En estos puntos, el plan es un poco más específico: una segunda administración de Trump no permitirá ningún contrato del gobierno con empresas que tercericen sus servicios en China y dará incentivos fiscales a las que “traigan de vuelta” los puestos de trabajo desde el gigante asiático.

Tanto en la lista como en los discursos de la convención, la educación es solo una mención. No debería extrañarle a nadie: la principal política educativa del gobierno de Trump es la de implementar la libre elección de escuelas. En Estados Unidos, los niños solamente pueden asistir a las escuelas públicas que les corresponden por su distrito o el código postal en el que viven. Por supuesto, también pueden ir a una privada, pero eso es inaccesible para la mayoría. La libre elección de escuelas les permite, valga la redundancia, elegir la institución a la que quieren ir sin importar el lugar en el que vivan. Incluso pueden asistir a una privada si así lo prefieren y recibir algún tipo de apoyo del Estado mientras lo hacen. Para los críticos, este sistema solo favorece la privatización del sistema educativo.

Para Trump, la expansión de la libre elección de escuelas es uno de los dos únicos puntos que ameritaría una política de educación durante su segundo mandato. El otro es el de “enseñar el excepcionalismo estadounidense”, un mito que asegura que el país norteamericano, su sistema político, su historia y sus valores son únicos en el mundo.

Precisamente, la campaña decidió caracterizar el último día de convención como “Estados Unidos, tierra de grandeza”, con el presidente como orador de cierre. Esto tampoco debería sorprender a nadie. Trump llegó a la Casa Blanca con la promesa de hacer al país “grande otra vez”. Es el pilar de su mensaje. Está convencido de que lo logró y de que la crisis causada por la pandemia es apenas una interrupción que solamente él puede solucionar. Ahora, el espíritu de su nueva propuesta parece ser el de engrandecer a Estados Unidos otra vez, de nuevo.

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Sábado, 25 Agosto 2018 07:40

Enojados del mundo, uníos

Enojados del mundo, uníos

El atractivo de la extrema derecha de cara a las elecciones legislativas en Estados Unidos.

 La porción de votantes en Estados Unidos que, a pesar de escándalos y desatinos, sigue apoyando a Donald Trump y desconcierta a sus adversarios muestra que ninguno de los dos partidos políticos tradicionales ofrece respuestas atractivas.

El martes, en Virginia, Paul Manafort, el ex jefe de la campaña electoral del ahora presidente Donald Trump, fue condenado por ocho delitos que incluyen fraude bancario, y tiene por delante otro juicio por cargos similares. Casi a la misma hora, en Nueva York, Michael Cohen, el ex abogado personal y arreglaentuertos de Trump, se declaró culpable de ocho delitos, incluido el pago –a pedido de Trump– de sobornos a dos mujeres que dicen haber tenido encuentros muy cercanos e íntimos con el ahora presidente, entre ellas la actriz porno Stormy Daniels.


Este último detalle, según expertos legales, tiene implicaciones graves para Trump: los sobornos para impedir que salieran a luz los adulterios poco antes de la elección, en noviembre de 2016, pueden considerarse como contribuciones ilegales a la campaña, ya que tuvieron la intención de influir en el resultado de los comicios.


Impertérrito, esa misma noche en Charleston, West Virginia, Trump enfebreció a cientos de simpatizantes durante 75 minutos con un discurso divagante repleto de sus ya habituales insultos a la prensa, a otros políticos, y una vez más a los jugadores de fútbol americano que protestan contra la discriminación racial.


GUIÑOS A LA CLASE OBRERA.

Y, con la astucia de quien ha hecho carrera en reality shows y tiene buen olfato para el rating, cuando faltan 76 días para las elecciones legislativas, Trump se reunió el miércoles con los presidentes de sindicatos poderosos en las industrias tradicionales para hablar sobre la negociación con México y Canadá de un nuevo tratado de libre comercio de América del Norte.


Entre los invitados a la Casa Blanca estaban el presidente de la central sindical Afl-Cio, Richard Trumka; el presidente de los Teamsters, James Hoffa; el presidente de los Trabajadores de la Industria Automotriz, Gary Jones; el presidente de la Asociación Internacional de Maquinistas, Robert Martínez, y el presidente de los Metalúrgicos Unidos, Leo Gerard.


Trumka y otros dirigentes sindicales han elogiado los aranceles impuestos por Trump a las importaciones. Según Trumka, la reunión sirvió para “reafirmar qué es lo que realmente necesitan los trabajadores”.


Entre esas necesidades se cuentan “el fortalecimiento de los derechos de los trabajadores respaldándolos con la aplicación efectiva de las leyes, a diferencia de lo que ha ocurrido en el pasado y que ha llevado al incesante traslado de empleos a México…, y nuevas normas de origen que sean justas para los trabajadores en Estados Unidos”.


Aunque el gobierno de Trump ha acentuado las medidas antisindicales, el proteccionismo y el nacionalismo oportunista del presidente siguen nutriendo el respaldo de sus votantes.


De acuerdo con el promedio de encuestas de RealClearPolitics.com, 19 meses después de haberse mudado a la Casa Blanca, Trump cuenta con la aprobación del 43,4 por ciento de los encuestados, mientras 51,9 por ciento reprueba su desempeño. La encuesta de Gallup le da 42 por ciento de apoyo y 52 por ciento de repudio. Casi las mismas cifras que en enero de 2017.


Otra encuesta pertinente es la del Monmouth University Polling Institute, según la cual ahora el 35 por ciento de los estadounidenses cree que el país está “bien encaminado” y el 57 por ciento opina que va por “mal camino”. No luce como muy positivo el balance, pero en agosto de 2015, cuando el país llevaba seis años de recuperación lenta pero sostenida tras la última gran recesión, sólo el 28 por ciento de los encuestados creía que la nación iba “bien encaminada”, mientras que el 68 por ciento pensaba lo contrario.


En otras palabras, después de un año y medio de Trump y su show, hay más gente que cree que el país, especialmente en lo que concierne a la economía, está mejor que en el crepúsculo de la presidencia de Barack Obama.

REACCIONARIOS.


Quienes creen que el país está bien encaminado y quienes opinan que va por el trillo equivocado tienen algo en común: la decepción hacia la política tradicional y la tentación de seguir a un caudillo que, con todas sus verrugas, ofrece algo diferente.


Es una reacción a cambios fundamentales en las relaciones económicas, la composición demográfica y la destrucción de millones de empleos que por más de un siglo y medio sustentaron determinadas estructuras familiares, programas de educación y negocios.


Es cierto, por ejemplo, que la tasa de desempleo, que alcanzó el 10 por ciento en octubre de 2009, ha bajado al 3,9 por ciento. Pero el empleo que abunda está mal pagado, es incierto, y carece de beneficios como vacaciones pagas, compensación por horas extra, licencia por enfermedad y seguro médico. La brecha en los ingresos sigue ensanchándose desde hace ya cinco décadas.


Robert Wuthnow, un sociólogo de la Universidad de Princeton, pasó ocho años entrevistando personas en ciudades pequeñas y áreas rurales de todo el país con el propósito de entender por qué tanta gente está furiosa con el gobierno: el gobierno federal, los gobiernos de los estados, las municipalidades. Es un enojo existencial.


Wuthnow concluyó que a esos millones de estadounidenses les preocupa menos la economía que lo que perciben como amenazas a la sociedad y la “decadencia moral” del país.


“Casi el 90 por ciento de la población rural es blanca. Aunque la demografía está cambiando rápidamente y los hispanos y otros inmigrantes se asientan en zonas rurales del país”, señaló Wuthnow en una entrevista con Vox. “Y por eso es que uno ve más xenofobia y racismo en esas comunidades. Hay una sensación de que las cosas van mal, y el impulso es culpar a los ‘otros’.”

“SUEÑO AMERICANO” ROTO.


Pero el malestar no se limita a los blancos, a los trabajadores industriales, a la gente de pueblo chico. Millones de jóvenes, egresados de las universidades con grandes deudas, encuentran más changas que empleos y descubren que para conseguir un trabajo en la profesión que aprendieron se les exige ahora un diploma adicional –una maestría, un doctorado– que no pueden pagar.


Los mitos centrales de cada sociedad persisten más que las realidades, y la idea de que Estados Unidos es “la tierra de las oportunidades”, el país donde prospera quien trabaja duro y demuestra espíritu empresarial, ha perdurado más que la realidad. Desde 1967 el ingreso promedio de los hogares, ajustado por inflación, se ha estancado para el 60 por ciento de la población, al tiempo que la riqueza y los ingresos de los más acaudalados han aumentado sustancialmente. Las ganancias de las corporaciones están en sus niveles más altos desde la década de 1960, y aun así prefieren acumular los beneficios en lugar de reinvertir, dañando todavía más la productividad y los salarios.


“En años recientes, a estos cambios se les ha sumado un vaciamiento de la democracia y su remplazo por el gobierno tecnocrático de elites globalizadas”, escribió Robin Varghese, economista principal de la Open Society Foundation.


Tal como la globalización ha tenido un impacto corrosivo en sociedades más conservadoras y tradicionalistas, la sociedad estadounidense ha sido desfigurada por la globalización. Cuando “Estados Unidos era grande” –una idealización que Trump ha prometido restaurar–, la clase media era mayoritaria y cualquier familia podía sustentarse con un sueldo, pagando vivienda, automóviles, cuidados médicos y la educación de los hijos para un futuro que siempre sería mejor.


En 1965, el 53 por ciento de los hogares se sustentaba con el ingreso de una persona. Ahora el 66 por ciento de los hogares se mantiene gracias al laburo de ambos cónyuges. Al mismo tiempo, cuando los dos trabajan, aumentan los costos de cuidado de los hijos, de los alimentos, del transporte (por la necesidad de tener dos automóviles) y del cuidado de familiares adultos mayores.


SER ALGUIEN EN UNA SOCIEDAD POSINDUSTRIAL.


El fenómeno del relativo éxito de Trump –a pesar de todos los escándalos en los que está envuelto– se explica, en parte, por la promesa que hizo de que volverían a Estados Unidos los empleos que migraron a tierras con mano de obra más barata, aunque la automatización y la tecnología hayan destruido más empleos que las relocalizaciones, dejando detrás de sí un tendal de movimientos populistas aquí y en otras partes del mundo.


Un estudio de la Universidad de Oxford encontró que todos los países desarrollados experimentarán en los próximos 25 años pérdidas de hasta el 47 por ciento de sus empleos. Y el semanario The Economist señaló que “ningún gobierno está preparado para esto”.


Art Bilger, miembro de la junta directriz de la Escuela Wharton de Administración de Empresas, de la Universidad de Pennsylvania, se preguntó: “¿Qué será de nuestra sociedad con un desempleo del 25 por ciento, el 30 por ciento, el 35 por ciento. No sé cómo podremos manejarlo, pero aun si pudiésemos, queda la cuestión de qué hará la gente. Tener un propósito en la vida es un componente importante para la estabilidad de una sociedad”.


En cada país la desestabilización se expresa de forma particular. En Estados Unidos ha aumentado la visibilidad de grupos de “supremacía blanca”, un atrincheramiento de los cristianos más conservadores, una nostalgia de la que fuera clase obrera y hoy es clase en vías de empobrecimiento, y, entre la gente más joven, una alienación respecto del sistema político.


¿QUIÉN LE TEME A TRUMP?


El cimbronazo, en esta ocasión, es más duro para el Partido Republicano: los políticos profesionales no se animan a enfrentar los disparates de Trump por miedo a que los votantes más militantes los echen del Congreso y las legislaturas estatales en las elecciones legislativas de noviembre próximo. De hecho, en varios estados los candidatos republicanos más populares son ultraderechistas; entre ellos se encuentran nazis declarados, defensores del supremacismo blanco y antisemitas. Las viarazas de política interna e internacional de Trump en muchos casos contravienen todo lo que el Partido Republicano ha representado durante medio siglo, y este último emergerá de este período como el partido de Trump.


Por su parte, el Partido Demócrata, ensimismado en un relevo generacional, ofrece poquísimas respuestas que entusiasmen, o que siquiera atraigan, a los votantes.


En el reality show que es la presidencia de Trump nadie sabe si el presidente sobrevivirá políticamente a todas sus mentiras y los varios escándalos que lo rodean, pero el desencanto y enojo social sobre el cual cabalga no menguará pase lo que pase con él.


La gente que lo votó cree en soluciones de brocha gorda, simples y claras. Si los inmigrantes “roban empleos”, la respuesta es una gran muralla en la frontera con México.


El propio Trump puede llegar a ser sobrepasado por la furia que agita. En una entrevista con el diario The Washington Examiner, la comentarista conservadora Ann Coulter ya expresó su disgusto por la falta de acción en la construcción de la “gran muralla” prometida.


“Ayer lo vi (a Trump) hablando en una ceremonia de la Agencia de Inmigración y Aduanas. Ustedes saben, yo lo quiero mucho”, aseguró. Pero, dijo, “debería limitarse a ser nuestro portavoz. Debería ser para siempre el portavoz republicano. Pero otra persona debería ser quien asegure que en la práctica se concreten las cosas”. Porque, como remarcó Coulter con un vulgar juego de palabras, el presidente ha traicionado las promesas a sus votantes reiteradas veces: la actriz porno Stormy Daniels “dice que ella y Trump tuvieron sexo una sola vez”, comentó Coulter, “supongo que si quieres que el tipo (Trump) te la dé (screw) repetidamente, tienes que ser votante suyo”, ironizó.


Los reaccionarios pueden ser impacientes, también.

Jorge A. Bañales
24 agosto, 2018

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Ajit Pai, el titular de la FCC cuyas desregulaciones pueden llevar a la concentración de medios.

 

La Comisión Federal de Comunicaciones (FCC, en inglés) anunció que en noviembre modificará la norma que prohíbe que un medio audiovisual concentre más del 39 por ciento de la audiencia en su área de cobertura, una reforma que tiene nombre y apellido, el Grupo Sinclair, el mayor conglomerado de medios de Estados Unidos, en constante expansión y con vínculos cada vez más estrechos con la Casa Blanca.

 

El organismo conducido por el republicano Ajit Pai se propone, de acuerdo con lo que él mismo reconoció ante el Congreso, acabar con muchas de las regulaciones vigentes desde los años 70, entre ellas las que los dueños de canales de TV alegan que no les permiten crecer frente a la competencia de los medios on line.

“Si creen, como yo, que el Gobierno Federal no tiene que intervenir en esta área, debemos terminar con la intervención estatal en el mercado de medios”, adelantó Pai en Washington.

El mercado de los canales locales de televisión se convirtió en los últimos diez años en un próspero negocio gracias a los cánones que deben pagar las señales de cable y las satelitales para retransmitir contenidos, y la propia dinámica del mercado ha permitido que grupos como Sinclair Broadcast hoy lleguen al 45 por ciento de los hogares norteamericanos, en abierta contradicción con las leyes antimonopolio vigentes, que solo permiten la posesión de dos señales de TV si una de ellas no está entre las cuatro más vistas en su área de cobertura y si hay, además, otras ocho emisoras independientes en el mismo espectro.

Ante el Congreso, Pai anticipó el propósito de terminar con la llamada “prueba de las ocho voces” y subrayó la necesidad de autorizar excepciones en relación a los cuatro canales más vistos. La iniciativa oficial, que se descuenta que será aprobada, contempla también autorizar la tenencia de un canal de TV y una radio en la misma área.

La Nacional Association of Broadcasts, que reune a los empresarios televisivos, por lo pronto manifestó su “fuerte apoyo” a la iniciativa republicana. Y la Asociación de Diarios de América aprovechó para reclamar el acceso a señales audiovisuales, algo vedado en los Estados Unidos para la prensa escrita. "Las regulaciones obsoletas que impiden la inversión en un sector del mercado de medios no tienen sentido, particularmente cuando los periódicos compiten con innumerables fuentes de noticias e información todos los días", aseguró su titular, David Chavern.

La ONG Free Press, que aboga por el derecho a la comunicación, denunció, por su parte, que Pai “está claramente comprometido” con el Grupo Sinclair y advirtió que quiere “eliminar cualquier obstáculo a su expansión voraz". En su opinión, “necesitamos fortalecer las voces locales y aumentar la diversidad puntos de vista, no entregar nuestras ondas a un grupo cada vez más pequeño de conglomerados gigantes".

 


 
El Congreso de EE.UU. aprobó el presupuesto para 2018 que presentó Trump

 

Luz verde para la reforma tributaria

 

La reforma apunta a implementar una gigantesca reducción de los impuestos de alrededor de 1500 millones de dólares. “¡Gran noticia, el presupuesto acaba de pasar!”, escribió en Twitter el mandatario tras la votación en el Capitolio.

 

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El líder republicano de la Cámara baja, Paul Ryan, sale del Congreso después de aprobar el presupuesto. Imagen: EFE

 

La prometida reforma tributaria del presidente Donald Trump obtuvo ayer su primera victoria luego de que la Cámara de Representantes de Estados Unidos aprobara por estrecho margen el presupuesto 2018. Se trata de un paso importante para la política fiscal del magnate neoyorkino, que se anotó su primera gran victoria legislativa. La reforma apunta a implementar una gigantesca reducción de los impuestos de alrededor de 1,500 millones de dólares.”¡Gran noticia, el presupuesto acaba de pasar!”, escribió en Twitter el mandatario tras la votación, en la que, pese a las divisiones entre los republicanos, la partida para el próximo año, de 4 billones de dólares, fue aprobada con 216 votos a favor y 212 en contra. “No subestimen la unidad republicana”, había advertido un rato antes el líder republicano en la misma red social. La importancia del proyecto reside en que incluye una enmienda que habilita al Senado a aprobar la futura reforma fiscal con una mayoría simple de 51 votos, en lugar de los habituales 60 que se requieren.

De este modo, eso ayudará a los republicanos, con una mayoría de 52 escaños en el Senado, a sortear la oposición demócrata para sacar adelante su plan impositivo, aunque tampoco está garantizado que lo logren como ya se demostró en sus esfuerzos fallidos por derogar la ley de salud. La división entre los republicanos quedó plasmada en una votación en la que 20 diputados se pronunciaron en contra de la medida presupuestaria, varios de ellos representantes de estados con altos impuestos en los que muchos de sus votantes se verían perjudicados por una disposición de la reforma fiscal que eliminaría la deducción por los pagos de impuestos estatales y locales.

Los demócratas, que rechazaron el presupuesto en ambas cámaras, afirman que la reforma fiscal que quiere aprobar Trump es un regalo para los ricos y las corporaciones y que si se aprueba hará crecer el déficit federal. “Aquí mismo, ante nuestros ojos, en esta Cámara, los republicanos están reemplazando las grandes escalas estadounidenses de oportunidades con la cuchara de plata de la plutocracia y la aristocracia. Su agenda aumenta los impuestos a la clase media. Ese es el hecho “, afirmó durante el debate la líder de la minoría demócrata en la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi.

Del otro lado, el representante republicano por Illinois Peter Roskam, se quejó de la discusión en torno a la reforma tributaria y señaló que es un asunto irritante.

“La reforma fiscal no significa simplemente redistribución de la obligación tributaria de una parte del país a otra, sino que significa una desgravación fiscal para todos”, defendió Roskam. La división de ayer anticipa algunas de las batallas que enfrentarán los republicanos a medida que sigan intentando avanzar con los recortes para los sectores más populares. Anteayer, Trump y el representante por Texas Kevin Brady reabrieron el debate sobre la posibilidad de reducir un popular programa de ahorro para la jubilación que se realiza a través de impuestos diferidos, un plan que desde hace más de 40 años ayuda a millones de estadounidenses a acceder a una jubilación.

Tras el fracaso en sustituir la ley de cobertura médica del anterior presidente Barack Obama, el presidente de Estados Unidos presentó a fines de septiembre un ambicioso plan que supondría la mayor reforma fiscal del país en décadas y recortaría los impuestos a las empresas y a muchos estadounidenses, pero que enfrenta la oposición de los demócratas, quienes creen que el proyecto beneficia a los más ricos. Deseoso de lograr un triunfo legislativo cuanto antes, Trump anunció en ese momento un plan con el que pretende simplificar y hacer más justo el código fiscal estadounidense y acelerar el crecimiento económico del país, al rebajar del 35 al 20 por ciento la tasa impositiva para las empresas.

“Este es un cambio revolucionario, y los mayores ganadores serán los trabajadores de clase media, porque los empleos volverán a nuestro país, las compañías empezarán a competir por los trabajadores estadounidenses, y los salarios seguirán creciendo”, dijo Trump en un discurso en Indianápolis, Indiana.

El plan, divulgado conjuntamente por la Casa Blanca y líderes republicanos del Congreso, simplificaría las categorías de pago de impuestos de la renta individual, al reducirlas de las siete actuales a tres: del 12 por ciento, del 25 por ciento y del 35 por ciento. Las nuevas cifras suponen reducir el tipo máximo, actualmente del 39 por ciento, y elevar levemente el mínimo, del 10 por ciento. La propuesta también eliminaría el impuesto de sucesiones, elevaría las deducciones fiscales para las familias con hijos y crearía una nueva para adultos dependientes, como personas mayores o enfermos. “Haremos todo lo posible para reducir la carga impositiva para ustedes y sus familias”, aseguró Trump a los estadounidenses.

Según el Tax Policy Center, el 1 por ciento de los hogares más ricos experimentaría un aumento de 8,5 por ciento de sus ingresos netos en 2018, mientras que el beneficio sería mucho más limitado –entre 0,5 y 1,2 por ciento– para el 95 por ciento de los hogares de menores ingresos. Chuck Schumer, jefe de la oposición demócrata en el Senado, denunció que la reforma reduciría los dispositivos médicos Medicaid y Medicare y haría que el déficit presupuestario explote.

 

 

 

 

 

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Charlie Post, en una imagen reciente.

Antes de Trump, vino el Tea Party. Para el sociólogo Charlie Post, las mismas fuerzas de descontento social que impulsaron la revuelta en la derecha estadounidense de 2010 han llevado, seis años después, al magnate inmobiliario a la Casa Blanca. Post lleva décadas estudiando el impacto de la desindustrialización y la debilitación de los sindicatos en la política estadounidense. El profesor de la City University of New York analiza la victoria de Trump como una bofetada al consenso neoliberal, resultado de una revuelta interna en el Partido Republicano. Pero la batalla entre el gran capital que domina el partido desde la Guerra Civil y unas bases radicalizadas por la crisis económica continúa. Post comparte almuerzo con CTXT en un pub junto a la universidad pública del sur de Manhattan en la que enseña para analizar el conflicto entre el gran capital y las bases republicanas, su raíz histórica y su impacto en las políticas de un Trump presidente cada vez más “domesticado”.

 

En su trabajo, analiza la relación entre el gran capital y el Partido Republicano. Ha señalado la revuelta del Tea Party como precursora del ascenso de Trump. ¿Hasta qué punto había síntomas del trumpismo en 2010?

El Tea Party se forma en 2010 en torno a dos cuestiones: el rescate financiero y la reforma sanitaria. Pero tiene su origen en los cambios profundos en la base y la dirección de ambos partidos. A finales de los sesenta, los grandes latifundistas del sur y gran parte de la clase media blanca sureña abandonan el Partido Demócrata por el Republicano. Los afroamericanos se vuelven decididamente demócratas. Para mediados de los setenta, es obvio que el capital estadounidense se enfrenta a una gran crisis de ganancias y a una fuerte competencia externa. Comienza entonces una gran ofensiva contra la clase trabajadora en EEUU por parte de ambos partidos. Durante el Gobierno de Carter, los demócratas empiezan a alejarse cada vez más de políticas remotamente socialdemócratas. Para 1978 o 1979, recortan todos los programas de capacitación laboral, desmantelan la expansión del Estado de bienestar que se había dado en los sesenta y setenta. La victoria de Reagan marca el surgimiento de un consenso bipartidista sobre el neoliberalismo: recortes, desregulación, austeridad presupuestaria y el abandono de toda política redistributiva. A partir de 1980, los demócratas pierden un importante sector de la clase trabajadora blanca. Los sindicatos, cada vez más debilitados, ven cómo ciertos sectores de la clase obrera se enfrentan a otros sectores de su clase. Pasan al Partido Republicano, cuyas bases siguen siendo en su mayoría de clase media.

Entre 1980 y 2009, la dirección republicana es capaz de hacer con sus bases lo que los demócratas hacen con la suya: otorgarles concesiones simbólicas en los llamados ‘asuntos sociales’, como los avances democráticos de la gente de color, las mujeres o los gais. No pueden revertir la leyes de derechos civiles o de sufragio de los sesenta, por más que lo quieran muchos blancos sureños, ni el aborto mínimamente legal. Se contentan con asuntos simbólicos en torno a los derechos de los LGBT.

 

Eso cambia con la crisis, según usted.

Así es. La crisis trae consigo una radicalización de las bases republicanas. Son sectores de clase media, pequeños empresarios, profesionales técnicos y algunos profesionales liberales o directivos, que viven en comunidades blancas cada vez más aisladas, a 70 u 80 kilómetros de las grandes ciudades.

 

¿Por qué se radicalizan?

La crisis les ahoga. Ven cómo disminuye su calidad de vida y se precariza su situación económica. Muchas de sus pequeñas empresas terminan en bancarrota. Se sienten amenazados por dos grandes fuerzas: por un lado, las grandes corporaciones, bancos y compañías automovilísticas, que vienen de violar todas las normas del mercado libre a ser rescatadas de la quiebra.

Por otro lado, se sienten amenazados por los vestigios de la clase obrera sindicada, en especial en el sector público, a la que acusan de vivir a costa de sus impuestos, y también por las mujeres, negros y latinos que se benefician de políticas de discriminación positiva para progresar ‘sin merecérselo’. Tienen un gran miedo a los inmigrantes, a quienes responsabilizan del deterioro de su calidad de vida, la criminalidad y el deterioro de los servicios públicos de los que dependen, al ser una población envejecida: la seguridad social, las pensiones y las ayudas a para la asistencia sanitaria.

 

Ese proceso, ¿se produce de la mano del Partido Republicano o, en cierta medida, en su contra?

Hay una evolución. El primer objetivo del Tea Party, después de protestar contra el rescate, es la reforma sanitaria de Obama. En esa fase, todavía hay una cierta alianza con sectores del gran capital. La industria de la sanidad privada se apoyó en la oposición del Tea Party al plan sanitario de Obama para hacerlo todavía más favorable a las grandes aseguradoras. Pero para 2011, el Tea Party irrumpe como un actor importante en Washington y sus líderes empiezan a defender políticas que van contra los intereses del gran capital. Desde 2009, circulaba una propuesta con apoyos en ambos partidos, impulsada por John McCain, el senador republicano de Arizona y excandidato a la presidencia, y el senador demócrata por Nueva York Chuck Schumer, que pretendía establecer un programa de trabajadores temporales ‘invitados’ para la agricultura, la construcción, etc. El Tea Party logró bloquear esa ley, porque suponía más inmigración, que no hubiera deportaciones masivas, y una remota y complicada posibilidad de conseguir la ciudadanía. Poco después, el Tea Party llegó a provocar el cierre del Gobierno federal al negarse a pagar la deuda federal para lograr la revocación de la ley sanitaria de Obama. Eso terminó de romper la tenue alianza entre el capital y el Tea Party.


¿Por qué se produjo la ruptura entonces?

Aquel episodio aterrorizó a la clase capitalista, porque la negativa a financiar el siguiente pago de la deuda puso en riesgo el crédito del Estado norteamericano, que es la base del sistema financiero internacional. Empezamos a ver en 2012 y 2013 cómo las dos principales organizaciones del gran capital en EEUU, la Business Roundtable y la Cámara de Comercio, condenan el cierre del Gobierno e impulsan la reforma migratoria.

Tras salir reelegido, Obama ofrece a los republicanos un ‘gran pacto’: apoyo a la reforma de la ley migratoria a cambio de abrir una discusión sobre la reestructuración de los programas sociales. Eso hubiera supuesto el completo desmantelamiento de lo que queda del Estado de bienestar en EEUU. Los líderes republicanos, con John Boehner y McCain a la cabeza, apoyaban la propuesta. Fue el Tea Party, liderado por Ted Cruz, el que saboteó el plan y volvió a suspender indefinidamente las funciones del Gobierno. Llegados a este punto, a comienzos de 2014, la Cámara de Comercio pasa a la ofensiva: por primera vez, interviene directamente en las primarias republicanas, financiando con decenas de millones de dólares las campañas de candidatos anti Tea Party, cuya presencia en el Congreso logra reducir en gran medida.


¿Y usted sostiene que la elección de Trump es una reacción contra ese intento por parte del gran capital de contener al Tea Party?

La campaña de Trump despega porque las capas de clase media que forman las bases del Partido Republicano ahondan en su radicalización. Trump propone una campaña basada en el antagonismo con las élites y con los mexicanos. Viene a decir: “Tenemos que atacar tanto a las fuerzas que nos oprimen por abajo como a las que lo hacen por arriba”.


¿Cómo identifica a esas élites?

Trump empezaba todos sus discursos con el muro fronterizo y las deportaciones, pero luego decía: “Mandaron a vuestros hijos a morir por las grandes empresas petroleras en Irak”, haciendo un discurso parecido al que haría la izquierda, solo que ligado a la xenofobia y el nativismo. Señala las grandes transnacionales y el establishment político que las protege, tanto los republicanos mainstream como los demócratas neoliberales, del ‘ala Clinton’. Ese mensaje cala con enorme éxito entre la misma clase media ansiosa y en declive que había apoyado al Tea Party.

 

Ha escrito sobre el ascenso de Trump como una OPA hostil al Partido Republicano. Cientos de republicanos se negaban a apoyarle a escasas semanas de las elecciones, y Clinton recabó diez veces más donativos que él. ¿Qué vio el Partido Republicano en Trump que le llevó a rechazarle?

Empezó a criticar directamente elementos clave del consenso neoliberal, en especial los tratados comerciales. El aparato del partido y el 99% de la clase capitalista de EEUU recibieron eso con repulsión. Ningún republicano había hecho campaña a favor de los aranceles desde 1940. No hay un solo sector del capital en EEUU que se oponga a los tratados comerciales neoliberales, desde la industria agrícola, que necesita el NAFTA para vender maíz barato en México, hasta las transnacionales. Habrían preferido a un inquilino de la Casa Blanca que no trajera consigo a Steve Bannon.

Bannon les resulta vergonzoso, no tanto porque sea abiertamente racista –los republicanos suelen hablar en código para atraer a los racistas— sino porque realmente quiere un programa nacionalista-populista en lo económico, quiere desmantelar el libre comercio, quiere cambiar las alianzas estratégicas, quiere implementar deportaciones masivas, quiere que el Estado intervenga para crear empleo, y quiere usar el ejército como herramienta para lograrlo. Además, están completamente en contra de su propuesta de deportaciones masivas y de la construcción del muro, porque lo que quieren es un programa de trabajadores temporales ‘invitados’, que les proporcione un ‘banco’ de trabajadores vulnerables política y socialmente para emplearlos en las industrias que requieren mucha mano de obra. Por último, la política exterior de ‘América primero’. De nuevo, ningún republicano había propuesto algo así desde los cuarenta. La idea de dejar de lado la OTAN y todos los sistemas de alianzas que han llevado al imperialismo estadounidense a liderar el mundo durante 80 años y cambiarlos por alianzas con la Rusia de Putin les parece absurda. Por eso, la división entre las élites y unas bases cada vez más radicalizada se profundiza.


Y, sin embargo, ya en la presidencia y empezando por sus nombramientos, Trump parece haber abandonado a gran velocidad la gran mayoría de esos elementos que le enfrentaban con las élites de su partido y el gran capital. Su gabinete está lleno de ejecutivos de las finanzas y las industrias extractivas de combustibles fósiles. ¿Cómo explica ese viraje?

Así es. Salvo por las industrias extractivas, se parece mucho a los gabinetes de Clinton y Obama, que también estaban dominados por Goldman Sachs. Creo que esos nombramientos fueron sus ofrendas de paz al capital. En lo relativo al partido, al principio intentó equilibrar su ala insurgente, ligada a la derecha nacionalista-populista y liderada por Bannon, con republicanos al uso, como Reince Priebus. Pero, por mucho que él y Bannon se queden bebiendo hasta altas horas de la madrugada y se les ocurran ideas absurdas como cerrar las fronteras a varios países, hay un gran número de obstáculos para que logren implementar ese programa nacionalista.

Por un lado, no tiene una mayoría en el Congreso para aprobarlo. Paul Ryan lidera un grupo republicano que es aplastantemente neoliberal, anti Tea Party y anti Trump. No van a pasar por el aro de desmontar el NAFTA o los acuerdos comerciales neoliberales. Tiene también el obstáculo de la burocracia permanente en agencias clave del Estado que no aceptarán ese programa y podrían sabotearlo. En último término, se va a enfrentar a la resistencia de los mercados. Sus políticas populistas, nacionalistas y anticorporativas se enfrentarían a muchos de los mismos obstáculos con los que se encuentra la socialdemocracia cuando trata de implementar reformas anticapitalistas mediante el Estado. Creo que ha admitido eso, y aunque su retórica sigue siendo la misma, se ha echado atrás. En su primer discurso en el Congreso mantuvo la línea dura proteccionista, pero no hizo ninguna llamada concreta a la revocación del NAFTA, para lo que necesita los votos del Congreso. En lo relativo a la inmigración, utilizó el término ‘basada en el mérito’, que es la base del plan de McCain y Schumer, y lo que quiere el gran capital.


Obamacare, la reforma sanitaria de Obama fue, como ha dicho, el elemento clave tanto de la insurgencia del Tea Party como de la gran reacción que llevó al ascenso de Trump. ¿Cómo analiza el fracaso de Trump a la hora de echar abajo la ley sanitaria de Obama y aprobar su reforma?

Es muy revelador. Los elementos radicales de la derecha libertaria y el Tea Party que echaron abajo la revocación tenían razón: la propuesta de Trump y Ryan era una versión light de Obamacare. Es cierto que habría perjudicado a mucha gente, porque conllevaba recortes a los subsidios de ayuda sanitaria para los pobres, pero, en esencia, era el mismo tipo de política, basada en incentivar la compra de seguros privados a través de rebajas de impuestos. Es el modelo neoliberal de ‘sanidad para todos’, basado en enormes subsidios estatales, recortes de servicios y competencia entre empresas privadas. Trump ha sufrido una ‘corrección de mercado’.

 

El cómo se resuelva esa confrontación entre neoliberales y nacionalistas económicos parece clave, dada la mayoría republicana en ambas cámaras. ¿Está diciendo que ‘el partido manda’ y que Trump volverá al redil del proyecto neoliberal? El presupuesto parece apuntar en esa dirección, con grandes recortes en casi todos los ámbitos.

Sí. Estamos ante un regreso a la vieja agenda neoliberal. Lo que ha hecho hasta ahora marca una versión extremadamente conservadora del neoliberalismo. Y donde ha dado frutos la resistencia no es en los elementos ultraconservadores, racistas, antitrabajadores y machistas de su propuesta, sino en los intentos de llevar a cabo políticas populistas-nacionalistas.


Dada su lectura del ascenso de Trump como una ‘profundización y continuación’ de la insurgencia del Tea Party, si observamos ya en el arranque de su presidencia, un repliegue neoliberal, ¿qué puede suceder con la división entre las bases y las élites?

Preveo una mayor radicalización de gran parte de sus bases, que puede que no voten republicano en las elecciones legislativas de 2018. Es probable que Trump sea un presidente de un solo mandato, especialmente si se produce una fuerte recesión global, que no es nada descartable. Y si no hay un verdadero movimiento ‘desde abajo’ que construya una alternativa de izquierdas, es de esperar que se sigan radicalizando sus bases.


¿Podría haber una escisión en el Partido Republicano?

Es posible que se produzcan intentos de construir un partido de derecha nacionalista-populista. Apuesto a que ahora que los republicanos están logrando domesticar a Trump, erigirán el mismo tipo de barreras que los demócratas pusieron en funcionamiento hace 40 años, como los superdelegados, para evitar que se les vuelva a ‘colar’ alguien como Trump. Y eso podría arrastrar a parte de sus bases a un tercer partido de derecha nacionalista económica.

 

TÁlvaro Guzmán Bastida @aguzmanbas

 

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Wisconsin, Indiana, Ohio. Las últimas ofensivas de los gobernadores derechistas para despojar a los sindicatos de funcionarios de sus derechos obedecen a una estrategia republicana destinada a socavar uno de los cimientos del Partido Demócrata y desviar su atención, y sobre todo sus fondos, de las elecciones presidenciales de 2012, que ya han entrado en precampaña.

Y ya no lo ocultan. Esta semana el Partido Republicano, que hasta ahora se había amparado en el déficit presupuestario de Wisconsin para justificar los recortes brutales de salarios y privilegios de sus empleados públicos, desveló sus intenciones en un anuncio difundido en la televisión local. "Barack Obama prepara una campaña de miles de millones de dólares", empieza diciendo el narrador. "En 2008, los sindicatos le dieron 400 millones de dólares. Obama y los sindicatos obstaculizan la reforma económica, han creado este embrollo, pongamos las cosas en orden".

Por "embrollo", el anuncio se refiere al caos que desde hace tres semanas reina en Madison, la capital de Wisconsin, y que enfrenta a los sindicatos, al gobernador conservador Scott Walker, elegido en noviembre, y a los 14 senadores demócratas que han huido a Illinois para no votar el plan de recortes que dejaría a los funcionarios sin negociación colectiva.

Amenazas de despidos

Walker y los congresistas conservadores locales están desesperados por acabar con una situación que ha generado titulares negativos en todo el país. El gobernador amenaza con despedir a 1.500 funcionarios. El jueves consiguió finalmente desalojar a los manifestantes que ocupaban el Capitolio desde hacía dos semanas.

"Las propuestas de Walker reducirán el dinero que los funcionarios se gastan en contribuciones políticas. Como los empleados públicos son la base del movimiento sindical" en EEUU, "al rebajar las aportaciones de los funcionarios al partido demócrata, ayudan a hundir uno de los pilares del progresismo", explica Daniel DiSalvo, politólogo de la Universidad de Nueva York.

En Ohio esta semana, los conservadores se apuntaron una victoria contra sus empleados públicos, a los que acaban de despojar de su derecho a la huelga. Mientras, en Indiana, 38 congresistas demócratas también han huido al vecino Illinois para protestar contra una ley que también ataca directamente a los unions.

En otros diez estados, gobernadores y congresistas republicanos han propuesto iniciativas para minar la presencia de los sindicatos, incluso en Michigan, bastión del todopoderoso United Auto Workers, que agrupa a 390.000 trabajadores de la industria automovilística y que salió debilitado tras el rescate gubernamental de los tres grandes (Ford, Chrysler, General Motors) en 2009. "Los republicanos piensan que, si pueden destruir los sindicatos, ya no tendrán que preocuparse por los demócratas", comenta Karen Ackerman, directora política del AFL-CIO, la mayor confederación sindical de EEUU.

El Partido Demócrata, al igual que el republicano, recibe dinero sobre todo de las empresas. Pero, a diferencia de los conservadores, entre sus primeros 20 donantes figuran los tres principales sindicatos del país, la American Federation of State County and Municipal Employees (que representa millón y medio de funcionarios) y las dos grandes agrupaciones de profesores, el National Education Association y la American Federation of Teachers.

Los sindicatos tienen previsto gastarse al menos 30 millones de dólares en los próximos meses en campañas y manifestaciones en los estados donde sus derechos se ven más amenazados, según Associated Press. Pero el tema no es tanto el dinero como la movilización electoral. "Los sindicatos usaron 3.000 personas en Ohio en las últimas seis semanas de la campaña" presidencial demócrata, explica Allan Cigler, de la universidad de Kansas. Un ejército humano crucial en estados como Pensilvania y Michigan, donde el electorado obrero es demócrata pero conservador y en 2008 hizo un esfuerzo cultural al elegir a un presidente negro.

Los expertos temen que las nuevas andanadas contra los sindicatos tengan un impacto profundo en las relaciones laborales en EEUU, al igual que el último gran enfrentamiento sindical, el del presidente Ronald Reagan con los controladores aéreos en agosto de 1981. Cuando estos amenazaron con hacer huelga, el mandatario despidió en un sólo día a sus 11.000 miembros, lo que contribuyó a desestabilizar el resto de los sindicatos del país y prácticamente eliminar las huelgas (145 en 1981; tan sólo 11 en 2010) como opción de protesta.

Por ISABEL PIQUER CORRESPONSAL 06/03/2011 08:00 Actualizado: 06/03/2011 09:57
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La pistola semiautomática Glock 19 que Jared Loughner presuntamente usó en el violento ataque en Tucson, Arizona, es, según el sitio web de Glock, “ideal para un uso versátil por sus dimensiones reducidas” y “adecuada para portar oculta”. El sitio también dice que “Los cargadores modelo de la pistola Glock compacta y subcompacta tienen capacidad para disparar una cantidad convincente de veces”, entre15, que es lo convencional, y 33 veces. El asesino pudo matar a seis personas y herir a trece como lo hizo, porque tenía un arma semiautomática oculta y “el cargador de mayor capacidad”. Al intentar recargar el arma, una valiente mujer desarmada se lo impidió.

Jared Loughner demostró que 33 es un número convincente de disparos, como dice Glock. Pero la diputada demócrata de Nueva York, Carolyn McCarthy, no necesita que la convenzan. Su esposo Dennis McCarthy fue acribillado a balazos en el tren de Long Island el 7 de diciembre de 1993, cuando Colin Ferguson sacó una pistola semiautomática de la cartera y metódicamente se abrió paso en el tren de la tarde y disparó al azar contra los pasajeros. También mató a seis personas e hirió a diecinueve, entre ellos el hijo de McCarthy, Kevin. Al igual que Loughner, Ferguson fue derribado mientras recargaba su arma. En ambos casos el acto de recargar el arma generó una pausa en la matanza que permitió que ciudadanos desarmados intervinieran.

Carolyn McCarthy lloró la pérdida de su esposo y cuidó de su hijo gravemente herido hasta su recuperación. Su hijo, al igual que la congresista Giffords, había recibido un disparo en la cabeza. Luego Carolyn McCarthy decidió ir más allá para tratar de cerrar la herida que había en el país. Presionó al congresista de Long Island, el republicano Daniel Frisa, para que apoyara la Prohibición Federal de Armas de Asalto de 1994. Frisa se negó. McCarthy había sido enfermera durante 30 años y republicana toda su vida. Hizo que su ira se convirtiera en acción y se pasó al Partido Demócrata, se presentó como candidata al Congreso como rival de Frisa y lo venció en las elecciones de 1996. Ha estado en el Congreso desde entonces y es una de las más firmes defensoras de que se elaboren leyes de portación de armas sobre la base del sentido común.

La ley de 1994 prohibía categóricamente una cantidad de armas, además de los cargadores de mayor capacidad como el utilizado por Loughner. La ley perdió vigencia en 2004 durante el gobierno del Presidente George W. Bush. En respuesta a la matanza de Tucson, McCarthy pondrá a consideración un proyecto de ley sobre Dispositivos para carga de munición de alta capacidad. En una carta dirigida a otros miembros del Congreso en la que buscaba apoyo para el proyecto, McCarthy escribió que el proyecto de ley “prohibirá la transferencia, importación o posesión de cargadores de pistola de alta capacidad fabricados con posterioridad a la promulgación de la ley”, y por consiguiente “la dificultad cada vez mayor para obtener estos dispositivos disminuirá su uso y en definitiva salvará vidas”.

La prohibición de estos cargadores de municiones es un comienzo. Pero en definitiva, las pistolas en sí –armas semiautomáticas- ya son armas de destrucción masiva de uso personal diseñadas no para cazar animales, sino para matar gente. Es necesario que haya un control de estas armas. Si se controlan, reduciremos la violencia no solo en Estados Unidos, sino también del otro lado de la frontera, en México.

En Ciudad Juárez, a tan solo 500 kilómetros de Tucson, justo frente a El Paso, Texas, funcionarios mexicanos declararon que hubo más de 3.100 asesinatos en incidentes de violencia por drogas el año pasado, año en que se registró el mayor número de muertes hasta la fecha. En mayo de 2010 el Presidente Felipe Calderón habló ante una sesión conjunta del Congreso de Estados Unidos y pidió que se restableciera la prohibición de armas de asalto. Según funcionarios de la policía de Estados Unidos, el 90 por ciento de las armas confiscadas en México en actividades delictivas son compradas en Estados Unidos.

Susana Chávez, la poeta y activista contra la violencia de Ciudad Juárez que popularizó la frase “Ni una muerte más”, fue sepultada la semana pasada en México justo cuando se preparaban los cuerpos de la víctima más joven de la matanza de Tucson, la niña de 9 años Christina Greene, y del juez federal John Roll, para el entierro en Arizona. Un mes antes, la activista contra la violencia Marisela Escobedo Ortiz recibió un disparo en la cabeza mientras realizaba una vigilia para exigir que el gobierno encontrara a los asesinos de su hija de 17 años, Rubi Frayre Escobedo.

El grupo estadounidense Alcaldes en Contra de las Armas Ilegales acaba de publicar los resultados de una encuesta bipartidista que reveló que el 86 por ciento de los estadounidenses y el 81 por ciento de los propietarios de armas apoyan que en todas las ventas de armas se averigüen los antecedentes de los potenciales compradores. El grupo tiene un sitio web, Close de Loophole.org. Las exhibiciones de armas, el fácil acceso a las armas semiautomáticas, sumado a la posibilidad de comprar cargadores de mayor capacidad son una receta para las masacres que ocurrieron en los últimos años en Estados Unidos y con mucha mayor frecuencia en México.

Tras la matanza de Tucson y en medio de pedidos a ambos partidos de que trabajen juntos y en forma civilizada, este es el momento en que Demócratas y Republicanos deben unirse para aprobar una prohibición permanente de las armas de asalto y brindarnos más seguridad a todos.
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Denis Moynihan colaboró en la producción periodística de esta columna.
© 2010 Amy Goodman
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Gran noche electoral para el Partido Republicano, que ha conseguido más escaños de los que necesitaba para obtener el control de la Cámara de Representantes y que ha demostrado una renovada vitalidad para luchar por la presidencia en 2012. Serio voto de castigo para Barack Obama, que se verá obligado a reacomodar su proyecto a la nueva realidad política de Washington. Y mal resultado para el Partido Demócrata, que conserva por la mínima el control del Senado, con lo que evita el desastre que se temía, pero aún así sufre una derrota de grandes proporciones.

"Este es un claro mensaje de los ciudadanos para que el presidente cambie de rumbo", ha declarado al borde de la medianoche el congresista John Boehner, próximo presidente de la Cámara de Representantes en sustitución de Nancy Pelosi. "Los republicanos estaremos ahí para asegurarnos que eso se produce", ha añadido.

Los republicanos tienen una clara ventaja en la Cámara de Representantes, donde se han asegurado ya 239 escaños -la mayoría se sitúa en 218- por los 183 de los demócratas, que pierden los 60 puestos que van a parar al partido del elefante. Faltan aún 13 asientos por asignar, pero ya tienen asegurada una ventaja superior a la de 54 escaños que obtuvieron en 1994, durante el mandato de Bill Clinton, la última ocasión en la que se produjo un vuelco electoral semejante.

Los demócratas se consuelan con el hecho de no haber perdido el Senado, donde se han asegurado ya 51 de los 100 senadores, lo que les permite conservar un instrumento fundamental de influencia política, y de haber estado muy cerca de la victoria en varias elecciones en Estados cruciales, como Pensilvania, Ohio o Florida. En Illinois, el republicano Mark Kirk se ha asegurado el escaño para el Senado que ocupó Barack Obama hasta su candidatura presidencial.

El presidente, que ha llamado a los líderes republicanos para mostrarles su disposición a colaborar, ofrecerá hoy una conferencia de prensa (18.00, hora peninsular española) para exponer su interpretación de estos resultados. El Tea Party se garantiza una voz en el Senado con la elección de dos candidatos respaldados por ese movimiento: Marco Rubio en Florida y Rand Paul en Kentucky.

Estas elecciones, marcadas por la crisis económica, dejaron en evidencia la volatilidad de la situación política en Estados Unidos, que pasó de George Bush a Barack Obama para devolver dos años después parte del poder al partido del anterior presidente, así como la complejidad del panorama que se abre a partir de ahora, en el que uno de los presidentes más progresistas se verá obligado a negociar su proyecto con el Congreso más conservador de la historia del país.

El fracaso de Obama

En una campaña en la que no ha ahorrado esfuerzos ni escurrido el bulto en ningún momento, Barack Obama ha hecho dos confesiones que definen su pensamiento y justifican parcialmente su derrota. Una fue durante su participación en el programa de Jon Stewart: "Hemos conseguido cosas que la gente ni siquiera conoce". Otra, en una entrevista con The New York Times: "Probablemente hay un orgullo perverso en mi Administración -y yo asumo la responsabilidad por ello- de que íbamos a hacer lo que había que hacer aunque fuese impopular a corto plazo". Ambas declaraciones son, posiblemente, las palabras de un honesto gestor, pero también de un mal político.

Obama llegó al poder aupado por una ola de entusiasmo popular como no se recuerda en la historia americana. Quizá el momento elegido no era el mejor para la reforma sanitaria, quizá debió corregir sobre la marcha, quizá tuvo que atender los primeros síntomas de malestar entre los ciudadanos. Son muchos quizás, efectivamente. Es fácil juzgar los acontecimientos a posteriori. Pero lo que distingue a los gigantes políticos es su capacidad de acertar en las decisiones inmediatas. Obviamente, Obama no ha acertado.
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Barack Obama cerró el último fin de semana de campaña en un parque semivacío de Ohio, uno de los estados más importantes de la elección que confirmará hoy el resurgimiento de la derecha en Estados Unidos. En lo esencial, el Obama que les hablaba a las apenas ocho mil personas distribuidas entre los 13 mil lugares disponibles del campus de la Cleveland State University es el mismo de hace dos años. En aquel entonces, un carisma inédito y un programa de mayor inclusión social, creciente intervención del Estado en la economía y una política exterior apoyada en el multilateralismo fueron claves para canalizar la oposición al gobierno de George Bush, en medio de la desesperación frente a una de las mayores crisis económicas de la historia norteamericana. Es imposible saber si la derrota que sufrirá hoy es el fruto de las limitaciones de su gestión o de la violenta reacción que despertaron sus aciertos. Lo más probable es que sea una infeliz combinación de ambas, cementada en la perpetuación de los efectos sociales de la crisis y el inédito andamiaje financiero desplegado en su contra por la derecha.

Buena parte de la suerte de la elección ya está echada, literalmente: más de la mitad de los que participan ya votaron por correo durante las últimas cuatro semanas. Para la otra mitad que votará hoy son los centenares de avisos que pueblan la televisión y las llamadas telefónicas de los centros de campaña, todo en un ambiente muy distinto al de hace dos años. En el 2008, la candidatura de Obama llevó a números record la participación popular en la campaña electoral, así como los niveles de votación entre jóvenes, sectores humildes y excluidos, no sólo la población de origen negro. El clima de decepción continúa casi como entonces, pero los republicanos han sido mucho más eficientes en tornarlo en contra de Obama que éste en ofrecer una expectativa razonable de cumplimiento de las ideas que lo llevaron a la presidencia. Si en el 2008 los candidatos demócratas buscaban una foto con Obama, hoy el presidente es una figura relativamente ausente en muchos distritos, aun si su popularidad sigue siendo alta en muchas de las grandes ciudades y centros industriales.

En la última semana, Obama recorrió unas veinte ciudades en una decena de Estados, algo similar a lo que hicieron su mujer, Michelle, y el ex presidente Bill Clinton en busca de recuperar el entusiasmo perdido en la base de apoyo a su campaña del 2008. En un movimiento de extremos mucho más característico de la política norteamericana que lo que usualmente se cree, esa vitalidad de las organizaciones de base que impusieron una plataforma de cambio hace dos años se registra hoy en los movimientos de extrema derecha. La violencia del movimiento pendular no se explica sólo en las falencias del gobierno, sino en los efectos de una crisis económica que, en el mejor de los casos, recién empieza a terminar. Si Obama empezó su rápida carrera ascendente en el 2007 cuando era senador por Illinois y el desempleo no había alcanzado el 6 por ciento, esta elección lo encuentra como presidente, al frente de una población desgastada por tres años consecutivos de estancamiento y recesión, con programas de ajuste del gasto público en todos los niveles del Estado y con una tasa de desempleo merodeando el 10 por ciento.

La incertidumbre mayor respecto del resultado es saber si la magnitud de la derrota le permitirá o no mantener su programa de gobierno y su expectativa de reelección. En el peor de los escenarios, los demócratas pueden perder el control de ambas cámaras y de algunas gobernaciones claves en manos de candidatos republicanos apoyados por el Tea Party o ex líderes republicanos que se presentan como independientes. Mientras los republicanos se excitan con la posibilidad de llegar a hacer la mejor elección legislativa desde la década del ’50, los sectores más progresistas de la coalición demócrata oscilan entre el desencanto por las limitaciones de estos primeros dos años, la perplejidad frente al resurgimiento opositor y hasta la improbable convicción de que una derrota podría mover a Obama a retomar su agenda de campaña.

En principio, nadie duda de que Obama tendrá una Cámara baja opositora: los republicanos necesitan ganar 39 bancas, y buena parte de las encuestas les otorgan cerca de 45. En las últimas horas, los republicanos desembarcaron en algunos distritos en Nueva York, Pennsylvania, Colorado, Ohio e Illinois que hasta hace muy poco consideraban totalmente fuera de su alcance. Si esta noche los resultados muestran que los demócratas pierden más de 54 bancas, la derrota será peor que la que sufrió Bill Clinton en las legislativas de 1994. En aquel entonces, los demócratas perdieron por primera vez el control de Diputados luego de cuatro décadas de dominio, enfrentando a un Partido Republicano que se había corrido hacia la derecha de la mano de Newt Gingrich, con un discurso monolíticamente crítico del Estado de Bienestar, el gasto público y el plan de salud propuesto por los demócratas.

Las similitudes con esta elección no podrían ser mayores. Y en algunos sentidos el panorama actual es aún peor. El Partido Republicano cuenta con una maquinaria aún más aceitada y un movimiento como el Tea Party, que ha sido efectivo en hacer de esa propuesta política un programa de extrema derecha con cierto alcance popular, presentado como salida para la crisis económica. Cuenta, además, con un andamiaje financiero formidable. El total de los gastos de campaña del 2010 será cercano a los cuatro mil millones de dólares, convirtiéndola en la campaña más cara de la historia norteamericana. Una gran parte de esos fondos fue canalizada a candidatos republicanos a través del partido, pero también por medio del Tea Party y de organizaciones como American Crossroads, entidades que desde hace un año pueden hacer campaña por algún candidato presentándose como independientes y sin obligación de revelar la totalidad de sus miembros ni el origen de sus fondos.

En un caso extremo pero no improbable, los republicanos podría hacerse también del control del Senado, aunque Obama confía en que mantendrá la mayoría por apenas uno o dos votos. La disputa es tan pareja que en algunos casos los demócratas buscan contar con los opositores menos radicalizados aun a costa de perder bancas propias. Tal el caso de Florida, donde Bill Clinton ha tratado de convencer al propio candidato demócrata de que resigne su candidatura, para que sus votos ayuden al ex republicano Charlie Crist, quien viene segundo en las encuestas detrás del republicano de extrema derecha Marco Rubio.

Las gobernaciones en juego también presentan problemas serios para Obama. Los demócratas van camino a retener sin problemas la gobernación de Nueva York y a recuperar la de California, que está hoy en manos de Arnold Schwarzenegger y que representa al estado más grande de todo el país. Pero hasta último momento no se sabrá quién es el próximo gobernador de Ohio, un puesto que hoy ocupa el demócrata Ted Strickland y que el republicano John Kasich –levemente arriba en todas las encuestas– aspira a arrebatarle. Además de ser un estado grande, Ohio es considerado una de las claves para la elección presidencial y ha sido uno de los lugares donde más controversia ha habido en el manejo de los resultados.

Un paisaje paradisíaco para Obama sería una derrota contenida, la pérdida del control de la Cámara baja por escaso margen y retener el Senado y gobernaciones claves como las de Ohio. Un resultado así no sólo le daría mayor control sobre las instituciones, sino sobre todo un mayor margen de maniobra pública para continuar con su agenda. Una victoria republicana amenaza incluso con revertir incluso algunos pasos significativos dados desde el 2008. Parte del entusiasmo de campaña en la derecha ha sido la promesa de promover la reversión de la reforma del sistema de salud aprobada a principios de este año y la continuidad de las exenciones impositivas impuestas durante la administración Bush y que el actual gobierno aspira a no renovar.

La proeza republicana le debe algo a John Boehner, el candidato a diputado por un distrito de Ohio que, todo indica, reemplazará a la demócrata Nancy Pelosi como presidente de la Cámara baja. Boehner ha sido efectivo en su discurso “antiestablishment” y “antiWashington”, describiendo al Congreso como una máquina de impedir “que le ha dado las espaldas a la gente.” Es el personaje más inverosímil para encarnar esa narrativa rebelde, contando que lleva 18 años en Washington como diputado, que es el jefe de la bancada republicana y que su record de votación está perfectamente alineado con las posiciones económicas liberales que marcan las últimas décadas de la política norteamericana. Si los resultados de la elección de hoy son tan malos para Obama como indican las encuestas, ese es el liderazgo que deberá enfrentar en los próximos dos años.

Por Ernesto Semán
Desde Nueva York
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Domingo, 31 Octubre 2010 06:33

Bill al rescate

El miércoles pasado, nueve horas más tarde de que Néstor Kirchner falleciera en la Argentina, Bill Clinton se apoyaba sobre al atril que tenía delante suyo sobre el escenario, con su cuádruple bypass y su stent y su fatiga. Levantaba la vista por encima de sus anteojos para reforzar lo que estaba diciendo. “Los republicanos insisten con ‘el Estado no sirve’, son los reyes del ‘Estado chico’, no han aprendido nada.” Y arranca una ola de aplausos entre las 1500 personas que llenan el gimnasio en Brooklyn. Medido luego en YouTube, pasan sólo 43 segundos hasta que el mismo Clinton arranca aplausos de igual intensidad cuando dice “viendo la historia, si quieren controlar el déficit fiscal y no aumentar el gasto público, tienen que votar a los demócratas”.

¿Es un síntoma de senilidad, una incoherencia que presagia un agravamiento de su condición cardíaca? Quizá le avisen de inmediato que acaba de decir una cosa y la contraria en un mismo párrafo. Quizás alguien corra y se haga espacio entre los nueve custodios que protegen el escenario y le acerque un papelito para que lo corrija. Nada de eso. Todo está armado al detalle, es el momento culminante de la estrategia demócrata para estas elecciones, martillarse una mano con toda la fuerza de la otra a intervalos regulares. Alguien ha deducido que así conquistarán a todos, a los que quieren un Estado chico y los que quieren un Estado grande. Y alguien se ha olvidado de aclararles que así corren con buenas chances de perder los dos.

Clinton, por lejos el político más popular de los Estados Unidos, es un arma clave del Partido Demócrata para las elecciones de este martes, que tienen toda la pinta de un retroceso respecto del 2008 y de la marea que llevó a Barack Obama a la presidencia. Hay buenas chances de que el gobierno pierda el control de la Cámara baja, y en el peor de los escenarios, puede quedarse sin el Senado, además de varias gobernaciones. La campaña transcurre en medio de una crisis económica que se estira y se expande políticamente en la desorientación demócrata no sólo para resolverla, sino sobre todo para explicarla. Enfrenta una derecha energizada por el Tea Party. En algunos distritos, el movimiento de extrema derecha lleva candidatos compitiendo con los republicanos, pero en todo el país les ha dado a los conservadores, republicanos o no, la tonicidad muscular de una agenda reaccionaria y clara, racista, antisecular y ultraliberal. Un programa, justo lo contrario al discurso de Clinton en la tarde de Brooklyn.

El acto es en apoyo a Andrew Cuomo, el mejor candidato a gobernador que pueden tener los demócratas, y aun así un político de lo menos interesante, un mal orador que articula frases generales de transparencia con victoria electoral cada 20 segundos, alguien que brilla más que nada en la luz ajena; la de su padre Mario, un legendario referente político; la de su ex mujer Kerry Kennedy, hija a su vez de Robert. El gimnasio de la escuela pública está repleto de gente de todas las edades, con una demografía de Brooklyn: mayoría negra, sólida minoría latina, y el resto detrás. Todos enarbolan el cartel con el nombre de Cuomo de un lado y del otro la frase “Limpiemos Albany: Hagámosla trabajar”. Albany es la capital del estado de Nueva York, donde probablemente Cuomo trabaje de gobernador después del martes. Bien podría ser un cartel del Tea Party portado por sus víctimas. La enorme mayoría de los presentes vive política o económicamente de la Albany que proponen limpiar o del municipio de Nueva York: los cientos de asesores que se arremolinan sobre los diputados en las primeras filas, los diputados mismos, los jóvenes de la propia escuela pública, del gimnasio que ocupan una decena de ONG con sus remeras identificatorias, todas con financiamiento público para prevenir la expansión del sida, combatir la falta de vivienda, promover la distribución de jeringas entre adictos.

Otros no. Manuel tenía 2 años cuando Clinton ganó las elecciones y la familia recuerda esa época como la “más próspera para todos nosotros. Mis padres regularizaron sus papeles después de años de estar ilegales, y en casa se vivía bien”. Dice que quiere hacer política acá o en la República Dominicana, de donde vienen sus padres. Dave, que está tomando de una botella de té helado, nació en el ’94 en Boston, el año en el que a Maradona le cortaron las piernas en esa misma ciudad. No tiene un recuerdo directo de Clinton, dice mientras espera al ex presidente.

“Es más como una reliquia, como ver a Roosevelt, ¿entendés?”

No, pero no importa. Los custodios se ubican, los diputados se sientan, los carteles se levantan, el volumen de la música va creciendo, Madonna, U2 y, para el momento culminante, el tema más escuchado en la ciudad desde hace un año, Jay Z y “Empire State of Mind”, por supuesto. Ese es justo el problema de los demócratas, todo es por supuesto. Siempre está el asesor que indica cuál es la canción más pegadiza en cada estado. Y siempre falta el otro que aclare que machacar con la referencia conspira contra la especifidad. El resto del acto va así, anodino, saltando de cita en cita, disolviendo en un océano de vaguedades las cualidades de uno de los mejores oradores de la política norteamericana.

Desde arriba del escenario, Clinton menciona sólo dos veces a Obama, impensable hace dos años. Dice que “hay que darle tiempo. El problema es lo que hay entre que uno resuelve los problemas y la gente siente el efecto. Obama ha hecho todo lo que había que hacer para terminar con la crisis, pero la gente todavía no lo siente”. Aplausos. Obama, como Clinton, obtuvo en Brooklyn arriba del 90 por ciento de los votos.

Cuando termina, alguien por fin se acerca a Clinton. Es una señora mayor, negra, ancha y arrugada que se arroja sobre los custodios para decirle algo. Clinton mueve las manos hacia arriba, la vista hacia abajo y se acerca con la cabeza para escucharla. De cerca, se le ven los surcos marcándole el cuello estirado. No son arrugas, son marcas bien definidas, hundidas en curvas regulares, trazadas con derrotas innombrables, bochornos televisados, miles de horas de golf.

“¿Qué le dijo?”

“Le dije que no dejara de venir, por Brooklyn. Con él pasamos los mejores años de nuestras vidas.”

Y el volumen de “Empire State of Mind” vuelve subir.

Cincuenta cuadras y dos días después aparece John Press, el representante del Tea Party en Brooklyn, repatingado junto a dos militantes en Johnny’s Pizzería, fundada en 1968 en pleno Sunset Park, el barrio latino más poblado de aquí. John Press no es el mejor orador, ni mucho menos el político más popular de los Estados Unidos. No lo conoce nadie. En veinte cuadras de caminata recibe menos saludos que los que recoge este cronista en su trote matinal. Su presencia, de todos modos, llama la atención, como la de cualquiera que no sea latino. Y además, ¿quién es el único en todo Sunset Park con barba candado? ¿quién es el único que no habla castellano? ¿quién es el único con corbata en todo el radio que puede alcanzar la mirada de un águila? John Press, John Press y John Press.

El acto es en apoyo del candidato a diputado Henry Lallave. Los volantes llevan su cara, pero no dicen “Tea Party” en ningún lado. “Obvio que no vamos a ganar acá, ése no es el punto”, dice Press. “Pero queremos dar a conocer nuestra plataforma, y la gente reacciona de formas muy diversas.”

“¿La plataforma del Tea Party?”

“Sí. El Tea Party de Brooklyn tiene un juramente basado en tres temas: congelamiento del gasto público y de las contrataciones del Estado; apoyo irrestricto a la ley antiinmigración de Arizona; y repudio a la construcción de una mezquita cerca del sitio de las Torres Gemelas.” Más del 60 por ciento de la población de Sunset Park recibe algún tipo de subsidio o beneficio del Estado y el 59 por ciento son inmigrantes indocumentados. Lo de John Press es casi como ser el referente del Partido Nazi de Villa Crespo. Pero al menos ofrece un programa, una serie de certezas claras alrededor de las cuales organizar el odio contra Obama que energiza a la derecha religiosa y los sectores más conservadores de Estados Unidos. El Tea Party no va a contar con la simpatía de Brooklyn, pero con su jerga ha logrado quedarse con centenares de candidaturas en todo el país y mover al Partido Republicano hacia una organicidad ideológica que pareció perderse con el retiro de Bush en el 2008.

Mientras dos militantes reparten volantes a su lado, John Press reflexiona: “La presidencia de Obama nos ayudó, sin duda, porque representa todo aquello que está mal en Estados Unidos. Pero lo interesante es que somos un movimiento de base, que nadie nos paga para esto”. Lo del movimiento de base y voluntario energiza a la base de la ultraderecha, cuyo peso oscila entre el 12 y el 30 por ciento de la población según de qué encuesta se trate. El Tea Party Movement arrancó hace un año con protestas contra el gobierno federal y su expansión se aceita en apoyos multimillonarios de empresas, consultores de Washington y referentes televisivos. Es cualquier cosa menos pobre, pero la afirmación de John Press no es tanto una mentira como un estado de ánimo. Los miembros del Tea Party se sienten al frente de una revolución. Como bien dice el politólogo Corey Robin en un artículo reciente, el movimiento conservador nunca propone la restauración, se presenta más bien con programas antielites, una respuesta revulsiva al estado de cosas, cuya concreción, en todo caso, podría reforzar las desigualdades y las jerarquías existentes. Pero su cara revolucionaria no es una mentira, es una aspiración genuina por constituir nuevos y más amplios consensos para programas más definidamente reaccionarios.

Quizá por eso la caminata sea mucho menos absurda de lo que parece. John Press celebra como un nene cuando una pareja de jóvenes con la camiseta de la selección de Honduras acepta uno de los volantes de los que uno supone como sus victimarios. “¿Ves? Alguna gente empieza a escucharnos”, dice. Más que alguna gente, podría agregarse. Una masa que aún no ha llegado a Brooklyn, pero que amenaza con sacudir el país entero dentro de dos días.

Por Ernesto Semán
Desde Nueva York
Publicado enInternacional
Viernes, 22 Octubre 2010 06:27

Propaganda sucia made in USA

A menos de dos semanas de las elecciones de mitad de término que prometen arrebatarles a los demócratas la mayoría en la Cámara de los Representantes, los votantes están rogando por que vuelvan las publicidades televisivas sobre autos y comida para gatos. Eso se debe a que la catarata de spots políticos son los más desagradables de los últimos tiempos. Esta situación se hizo recurrente en la campaña electoral de este año debido a que la Corte Suprema estadounidense relajó las reglas para el financiamiento, lo que les dio vía libre a las corporaciones para donar. Con ese dinero, los grupos mediáticos pueden emitir avisos en favor de uno u otro candidato.

Cuando los ciudadanos voten el próximo 2 de noviembre, los candidatos y organizaciones externas ya habrán invertido más de tres mil millones de dólares en publicidad. Los republicanos vienen derrotando a los demócratas por 5 a 1 en lo que a spots concierne.

Uno de los avisos más negativos fue cortesía de un grupo llamado Personhood USA. Fue hecho en Colorado para promover una iniciativa para reforzar las leyes contra el aborto en ese estado y compara al presidente Barack Obama con el ángel de la muerte. Una cartelera en el mismo estado muestra al mandatario en cuatro facetas: la de gangster, la de homosexual, la de terrorista y la de un inmigrante mexicano. Nadie se adjudicó su autoría.

La consultora Wesleyan afirma que la proporción de avisos negativos contra los positivos es similar a la de las elecciones presidenciales de 2008. Pero en estos comicios tiene un sesgo más personal. “El catorce por ciento de las propagandas negativas en 2008, desde principios de octubre, estuvieron enfocadas exclusivamente en las características personales del candidato opositor. El número trepó al 20 por ciento este año”, apunta Michael Franz, codirector del proyecto Wesleyan. “Esta tendencia sugiere que hay más agresividad en la publicidad política.”

Los candidatos se ven a menudo forzados a defenderse, aunque no siempre con otro spot negativo. En Delaware, la candidata del Tea Party para el Senado, Christine O’Donnell debió salir al cruce de unos videos viejos que sugerían que la política tiene interés en la brujería. “No soy una bruja”, se defendió. Días atrás, O’Donnell sorprendió a la audiencia mientras debatía con el demócrata Chris Coons. La líder derechista preguntó si era verdad que la Constitución estadounidense establecía la separación entre el Estado y la Iglesia. “¿Me dice que eso está en la Primera Enmienda?”, dijo con sorpresa.

En Nevada, Harry Reid, el líder de la mayoría en el Senado que está en una apretada carrera contra otra candidata del Tea Party –Sharon Angle–, fue acusado en los avisos de ser el “mejor amigo” de los inmigrantes ilegales. En Illinois, el republicano Bill Brady fue tildado de “asesino de cachorros”, mientras que el candidato libertario para el Senado por Kentucky está haciendo frente a propagandas que insisten en que se burló de la cristianidad.

“En parte, sólo refleja la volatilidad, la rabia y el disgusto del electorado”, explicó el estratega demócrata Dan Gerstein, desde Nueva York. Gerstein agrega que el ánimo nacional hacia los dos partidos en el Capitolio es tan agrio como siempre.

Obama intentó poner en agenda el tema de las donaciones confidenciales como una estrategia para apuntalar a su partido. “No tienen el coraje para ponerse de pie y revelar sus identidades. Podrían ser compañías de seguro, bancos de Wall Street o hasta empresas internacionales”, denunció el mandatario. Dos de los grupos que ejercen una influencia significante en esta campaña son Crossroads GPS y American Crossroads. Ambos tiene agendas conservadoras y ambos cuentan con el ex consejero de George Bush Karl Rove como principal patrocinador.

Por David Usborne *

* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.
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