La crisis financiera originada en Estados Unidos se ha transformado en una crisis económica global que tiende a profundizarse y exacerbarse. Las lecturas predominantes en América latina en torno de dicha crisis colocan el acento en los factores financieros, subrayan las dificultades comerciales, ponderan las consecuencias materiales y reflejan una preferencia por alternativas nacionales. Como en tantas otras ocasiones históricas, los gobiernos del área se dirigen, inadvertida y torpemente, hacia un gigantesco dilema de prisionero: cada uno piensa que se salva solo y que coqueteando a uno de los jugadores más poderosos le quita eventuales ventajas a un competidor próximo en la región. De ese modo, se opta por estrategias conservadoras que únicamente conducirán a mayores costos individuales y colectivos. El espejismo momentáneo de ganancias propias (y pérdidas para los otros) obnubila una mirada más estratégica. Apenas se está atravesando una fase de la crisis global y habrá que ver cómo deviene, en momentos sucesivos, esta situación problemática. El atajo unilateral puede ser funcional en el muy corto plazo, pero es errado y hasta peligroso en una perspectiva de mayor aliento.
 
En ese contexto, y desde un enfoque político, se hace necesario repensar la inserción mundial de los países del Cono Sur (Argentina, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay) dejando de lado la idea de relanzar artificialmente el Mercosur como una vía alternativa para hacer frente a la actual coyuntura. El argumento principal es que, con avances y avatares, el Cono Sur constituye una incipiente comunidad política. Retomado la definición de Karl Deutsch, esta porción de Sudamérica “es un conjunto de actores cuya interdependencia es suficiente para marcar una diferencia sustancial en el resultado de sus decisiones importantes”. En ese sentido, la mayor encrucijada del Cono Sur en esta hora será su interés, disponibilidad y compromiso para promover y construir un espacio de cooperación. Siguiendo el Diccionario de la Real Academia Española, se concibe el espacio como el “ámbito territorial que necesitan las colectividades y los pueblos para desarrollarse” y se considera la cooperación como la acción y el efecto de “obrar juntamente con otros para un mismo fin”.
 
Es importante subrayar que la cooperación no se interpreta como un acto sino como un proceso con un horizonte más amplio que se puede reforzar mediante logros y gratificaciones compartidas o que puede desalentarse a través de prácticas de free riding o mediante la explotación de ventajas individuales. Además, se asume que en las actuales condiciones internacionales posiblemente la cooperación resulta esencial para garantizar la soberanía. Asimismo, se parte del hecho de concebir como ámbito cooperativo tanto a lo económico como a lo político. Esto es, los estados tienen intereses que se derivan de sus objetivos económicos (poder material, recursos estratégicos, bienestar, mercados, etc.) y de sus metas políticas (orden, seguridad, principios, prestigio, etc.): en consecuencia, la cooperación involucra distintos tipos de intereses de significación equivalente. A su vez, se entiende que la cooperación es el resultado de un acto de escogencia –se prefiere cooperar o no hacerlo– y se produce cuando un conjunto de circunstancias –oportunidad, voluntad, medios y valores– la allanan.
 
Ahora bien, la condición de posibilidad de un espacio de cooperación en el Cono Sur surge de la existencia de un sustrato (político, económico, militar y social) histórico reciente que ha cimentado muchos valores comunes, varios intereses mutuos y ciertos objetivos compartidos. El Cono Sur vive un momento de transición: en gran medida, se ha superado la tradicional cultura de la rivalidad, pero aún no se ha consolidado una fecunda cultura de la amistad. Cabe destacar que la construcción de ese espacio implica una distribución de responsabilidades y una movilización de recursos acorde a la envergadura de los actores involucrados. Por último, la vigencia y continuidad de un espacio de cooperación supone no sólo que los participantes sean amigos sino también que tengan el anhelo y la capacidad de transformarse, en algún momento, en aliados.
 
El ideal de un espacio de cooperación se inscribe en lo que la literatura especializada llama una estrategia de buffering. Dicha estrategia la llevan a cabo estados/regiones moderadamente poderosas, se facilita por la existencia de una comunidad política y de seguridad suficientemente estables, aspira a reducir el impacto y el control de una gran potencia en un ámbito geográfico determinado, intenta crear una esfera regional más autónoma, se apoya en redes e instituciones del área y puede incrementar el poder individual y colectivo de los participantes. En esencia, alcanzar un pleno espacio de cooperación permitiría limitar la esfera de influencia de una superpotencia, preservar la estabilidad en una región e incrementar el bienestar de sus miembros.
 
Por último, dos presupuestos políticos subyacen al argumento aquí presentado. Por un lado, ante el dilema profundización-ampliación un espacio de cooperación procura primero profundizar para después ampliar: el Cono Sur necesita ahondar y dinamizar subregionalmente sus lazos de convergencia y acción antes que pretender niveles regionales de gran unidad. Esto último puede ser un ideal inspirador y constituir un punto final de llegada, pero no debiera convertirse en un nuevo modelo a priori para una integración elusiva. La moderación, el esfuerzo y la constancia son claves para alcanzar y consolidar un espacio de cooperación: sólo así se podría expandir su cobertura geográfica y su repertorio temático. Por otro lado, se asume que la gran estrategia de Estados Unidos no variará significativamente con la elección de Barack Obama; a lo sumo se producirá un matiz en la búsqueda de la primacía –se pasará de una primacía agresiva a una calibrada–. A ello se agrega el hecho de que la resolución de la crisis económica global demanda importantes grados de colaboración y coordinación no sólo en el plano mundial, sino también en el plano regional. Estos dos fenómenos implican un desafío y un incentivo para alcanzar un espacio de cooperación. La usualmente criticada desatención de Washington hacia la región bien podría recrear la oportunidad y potenciar la necesidad de que desde el área misma surjan mecanismos y proyectos subregionales de aglutinación práctica y resolución autónoma de los múltiples problemas que atraviesa América del Sur, en general. La dimensión de la crisis global exige volver a pensar el modelo de desarrollo de las sociedades; en particular, la periferia tiene la oportunidad –como la tuvo en otras circunstancias históricas– de aportar a una revisión de la ortodoxia económica aún vigente.
 
En este contexto, un espacio de cooperación es consistente con la situación observable en la región y el mundo. La mezcla de fragmentación regional, proyección militar de Estados Unidos en el área y la envergadura de la crisis global no es promisoria. Las asignaturas pendientes en la política interna de los países del Cono Sur, la doble naturaleza doméstica e internacional de muchos de los problemas regionales y el tamaño de los riesgos en materia de seguridad y bienestar no pueden responderse con pasividad o postergación. En una fase inicial un espacio de cooperación tendrá, quizá, menos componentes de altruismo o empatía: el peligro o el horror pueden convocar más que la armonía o la solidaridad. Sin embargo, cooperar defensivamente no es suficiente: un espacio de cooperación sólo puede crecer y afianzarse si se lo define positivamente y si se lo ejerce ofensivamente.
 
También es crucial decir que cooperar no es sencillo ni se produce automáticamente. El tipo y carácter de los intereses en juego, el horizonte de largo plazo y el número de actores involucrados son dimensiones fundamentales al momento de ponderar las probabilidades de éxito o fracaso de una iniciativa cooperativa. El hecho de que un espacio de cooperación en el Cono Sur abarque a pocos participantes es un elemento favorable; la convergencia de intereses comunes y la proyección de futuro son los desafíos mayores.
 
Sin embargo, hay obstáculos para concretar ese espacio de cooperación y que no se pueden soslayar. Entre otros, por ejemplo, la mayor o menor fortaleza de un gobierno incide en las posibilidades de cooperación: gobiernos débiles –atravesados por crisis de envergadura, con ejecutivos limitados, con escaso consenso en materia internacional y ausencia de estrategias de largo plazo consistentes– tienden a cooperar menos o a incumplir compromisos de cooperación. A su vez, la “rutinización” de una suerte de diplomacia de la escaramuza –esto es, la reiterada aparición de “malentendidos”, “incidentes” y “discordias” entre los países del Cono Sur– que parecen intrascendentes, pero que no lo son, tienden a afectar el logro de acuerdos sustantivos entre las partes, debilitar la expectativa de cumplimiento de lo acordado y dificultar la colaboración. Por otro lado, el primado exclusivo de la política interna sobre la política internacional debilita la cooperación. Cuanto más inciden las razones de la política doméstica, la lógica electoral de una coyuntura, las urgencias de un determinado régimen, las motivaciones partidistas y la satisfacción de intereses creados de grupos muy reducidos es probable que cooperar resulte más difícil. En forma concomitante, si bien la diplomacia presidencial puede ser efectiva para alcanzar compromisos y destrabar situaciones complejas, la personalización excesiva en los asuntos internacionales no facilita una cooperación efectiva. A mayor individualización en materia externa, menor institucionalidad en política exterior. Con más individualización, es más factible la sobreactuación y, con ella, la tergiversación. Paralelamente, el recurso al “unilateralismo periférico” –esto es, la actuación inconsulta con el propósito de satisfacer, de modo preferente, los propios intereses nacionales y, en algunos casos, en desmedro de los pares– genera desconfianza y entorpece la colaboración. No hay que olvidar que cooperar es un proceso de largo aliento que requiere de sucesivas muestras de contacto, cometido y concreción. Si los países del Cono Sur tienen el interés, la disponibilidad y el compromiso para evitar o superar esos escollos entonces el espacio de cooperación podría avanzar.
 

Ahora bien, una estrategia que incorpore la idea de un espacio de cooperación exige esclarecer varios aspectos claves. Entre ellos, cabe subrayar:

 
- El tema del liderazgo: individual o compuesto. En condiciones en las que la hegemonía no es posible ni es deseable, la opción a favor de un esquema combinado de liderazgo merece explorarse. Por un lado, está el tipo de liderazgo múltiple; esto es, una forma de liderazgo sobre temas en la que distintos actores con intereses comunes acuerdan en torno de un asunto y se logra, a través de negociaciones, que nadie maximice los beneficios simbólicos y materiales del tratamiento de una cuestión. También está el liderazgo concertado que apunta a precisar, anticipadamente o ante un evento particular, los modos de articulación de posiciones convergentes. Asimismo, está el liderazgo conjunto que consta de una distribución de tareas entre las partes de acuerdo a las prioridades y los intereses en juego. Además, está el liderazgo colaborador que se basa en compartir recursos y bajar costos en relación con un tema/problema específico. Adicionalmente, está el liderazgo compartido que se centra en el proceso necesario para generar una comunidad de pares con un destino común. Por último, está el liderazgo distributivo que se orienta a “empoderar” a otros actores, tanto por razones prácticas como de empatía.
 
- El tema de las instituciones: superfluas o fuertes. En condiciones de gran asimetría internacional y crisis global la falta de institucionalidad o la institucionalidad débil en el plano regional sólo contribuye a reproducir –en ese nivel– grados de disparidad y formas de arbitrariedad. Una institucionalidad fuerte –y esto es lo que los poderes ascendentes argumentan en el campo mundial– contribuye a gestar un orden más legítimo, estable y predecible. Una institucionalidad fuerte es una garantía de cambio gradual, de más transparencia y de mayor eficiencia. Una institucionalidad fuerte permite dirimir de modo más pacífico las naturales divergencias en términos de intereses.
 
- El tema de la diplomacia: circunstancial o sustantiva. En condiciones mundiales de alta incertidumbre, volatilidad y pugnacidad resulta clave determinar los alcances del esfuerzo diplomático en el terreno regional. Una modalidad es incidir mediante la obstaculización del accionar del más poderoso y para ello recurrir a tácticas defensivas y reactivas, críticas procedimentales y pronunciamientos retóricos. Otra modalidad consiste en combinar intereses y principios y asumir un papel ofensivo orientado no sólo a frenar la ambición o la eventual agresión del más fuerte, sino a prevenir situaciones críticas y actuar en consecuencia. Esto último demanda, entre otras, unas cancillerías activas, dotadas y sofisticadas.
 
- El tema de la agenda: limitada o amplia. En condiciones de ajustes políticos en lo internacional y profundización de las dificultades económicas, el temario de mayor atención regional puede seguir dos direcciones. Por un lado, puede centrarse en unos pocos asuntos muy caros a los intereses concretos y directos de los países del área. Por el otro, puede cubrir los tópicos propios y aquellos que están más en boga globalmente. En cualquiera de los dos casos, la evaluación de la relación medios/objetivos y del balance costos/beneficios es importante.
 
Idealmente, el espacio de cooperación aquí sugerido se piensa a partir de un liderazgo compuesto, sustentado en instituciones fuertes, orientado por una diplomacia sustantiva y centrada en una agenda limitada. En síntesis, es viable concebir un espacio de cooperación en el Cono Sur. En este comienzo de siglo y ante una crisis económica de grandes proporciones y efectos imprevistos nuestra encrucijada no puede ser: dominados o desordenados. El Cono Sur puede sortear mejor la actual situación crítica si elude participar o propiciar un juego de suma cero entre sus participantes y si comienza a cooperar con realismo y creatividad.
 
Por Juan Gabriel Tokatlian *
* Profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de San Andrés y Miembro del Club Político Argentino.
Publicado enInternacional
Resulta irónico que un proyecto consistente en destruir la formación humanista y la investigación básica tome el nombre de una de las primeras universidades nacidas para impulsarlo allá por el año 1150. Símbolo de excelencia académica, favoreció los estudios de gramática, lógica, filosofía aristotélica, medicina, matemáticas y derecho. En el renacimiento se consolida como la más grande en la enseñanza superior, contó con un centenar de profesores, destacando el hecho de tener en sus aulas a un porcentaje elevado de estudiantes extranjeros, llegando a 70 por ciento. Hoy la usurpación de su nombre por las multinacionales en connivencia con algunos gobiernos y autoridades de la Unión Europea es un despropósito.
 
El rechazo al Plan Bolonia tiene casi un lustro. Pero en este curso académico las protestas han cobrado relevancia por lo inminente de su puesta en práctica. La desaparición de licenciaturas, en beneficio de grados genéricos faltos de toda lógica educativa, ha terminado por desquiciar a la comunidad universitaria defensora de la universidad pública. La llamada de alerta es también una voz de socorro. La universidad pública se desmantela.
 
Bolonia es la antítesis del saber. Satisface las demandas del mercado, violando el objetivo señalado por educadores y pedagogos. Por esta vía se cierran carreras como ingeniería informática y especialidades como América Latina, entre otras. Los nuevos itinerarios expresan el control empresarial en la estructura universitaria. En ellas, se dejaría de realizar investigación básica en beneficio de la investigación aplicada dependiente de los oligopolios y trasnacionales de la alimentación, la farmacopea, automotriz, medios de comunicación e industrias armamentísticas y similares. Biólogos o bioquímicos cederán la utilización de laboratorios en pro de informes para Bayer, Monsanto, General Motor o Coca-Cola. Intereses espurios para incrementar sus ganancias. Ya no hay dinero ni interés para investigar sobre el calentamiento del planeta, el desastre ecológico, la desigualdad, el hambre o la explotación infantil; supone pérdida de tiempo. Sociólogos y politólogos deberán realizar encuestas para los grandes almacenes y medir los índices de aceptación de los líderes de partidos políticos o las expectativas de triunfo en los procesos electorales, y los periodistas serán educados por los monopolios de los medios de comunicación con sus libros de estilo.
 
En definitiva, Bolonia transforma el conocimiento, los saberes básicos y a los investigadores en un apéndice del mercado. No es casualidad que universidades europeas no se sumen al despropósito, Oxford y Cambridge por citar dos ejemplos destacados. También en Italia las facultades de derecho, entre ellas Bolonia, rechazan su puesta en práctica. Y en Francia están en pie de guerra. Algo similar ocurre en muchos otros países de la Unión Europea. En España, el estudiante de ingeniería informática superior Tomas Sayes lleva más de 30 días en huelga de hambre y después de la actuación de la policía ha decidido dejar de tomar glucosa y bebidas isotónicas, y fue hospitalizado. Sin embargo el gobierno señala que los detractores no pertenecen a la comunidad universitaria. Ajenos a ella pretenden crear caos. Así se justifica actuación de las fuerzas del orden para reprimir el movimiento estudiantil.
 
Con la visión mercantilista de la universidad concluye su articulación a la lógica del gran capital. En España, los consejos sociales de las universidades tienen la prerrogativa de aprobar los presupuestos y decidir sobre los planes de estudios. En ellos, tras el plan Bolonia, se ha incrementado la presencia de las grandes empresas. Así, los consejos sociales de la Universidad Carlos III y la Universidad a Distancia están dirigidos por Matías Rodríguez, vicepresidente del Banco Santander, y por César Alierta, presidente de Telefónica, respectivamente. En la Universidad Complutense participan miembros de la CEOE, el Banco Santander, Caja Madrid y el BBV, entre otros.
 
Las universidades públicas son privatizadas por esta vía, dejando al descubierto la manera como penetran los grandes capitales en la institución. Bolonia es reacia a fortalecer un saber acumulativo. Un conocimiento construido a base de esfuerzo y perseverancia, rechaza el rigor teórico en beneficio de una pragmática adecuada a las demandas del mercado. Se pide que el alumno opine y sea capaz de criticar artículos periodísticos, sencillos, de lectura rápida, seleccionados para hacer amena la clase. Se trata de convertir el aula en una tertulia y al profesor en un moderador.
 
La exclusión de los estudiantes, docentes y personal administrativo a la hora de elaborar y poner en práctica el proyecto es parte de una estrategia deliberada. Un elevado porcentaje de la comunidad científica se opone a él por sentido común. Sin embargo, el acuerdo con las empresas privadas, los bancos, las trasnacionales y los mezquinos intereses de autoridades han preferido mirar hacia otro lado y acelerar el desmantelamiento de la universidad pública. Por encima de criterios docentes, las propuestas de grado y postgrado consolidan el poder interno de un sector, el más mediocre, que en estas décadas se apoderó de los espacios universitarios bajo la propuesta de una gestión eficiente y empresarial. A los estudiantes se les transforma en clientes y el resto son usuarios de servicios. Bajo estos postulados se articula en plan de convergencia. Rectores dizque progresistas, como el de la Universidad Complutense de Madrid, Carlos Berzosa, se transforma es un ferviente defensor de Bolonia y no duda en enviar a la policía, soslayando el principio de la autonomía universitaria, autorizando a la policía la incorporación al campus para reprimir las manifestaciones, tanto como emplear la seguridad privada contratada como auténticos matones o mafiosos. Otro tanto sucede con la Universidad de Barcelona. Una actitud que en tiempos de la dictadura franquista significaría una deshonra, hoy se justifica para imponer el orden y restablecer el consumo de conocimientos por los clientes. Son los defensores del gran capital, adjetivando a los sectores críticos como individuos violentos apegados a utopías regresivas. Corren malos tiempos para defender la universidad democrática, pública al servicio de la sociedad. Pero es necesario perseverar.

Por, Marcos Roitmann
 
 
Publicado enInternacional
Domingo, 15 Marzo 2009 07:57

Enseñanzas de Brasil

Me parece que estamos ante dos ocasiones que requieren dos planes para la izquierda mundial, y en particular para la izquierda estadunidense. La primera ocasión es el corto plazo. El mundo se encuentra en una profunda depresión, que únicamente habrá de empeorar, por lo menos en el próximo o en los próximos dos años. El corto plazo inmediato es lo que le concierne a la mayoría de la gente que enfrenta el desempleo, un ingreso seriamente disminuido y en muchos casos el no contar con un lugar donde vivir. Si los movimientos de izquierda no cuentan con un plan para este corto plazo, no pueden conectarse en ningún modo significativo con la mayoría de la gente.
 
La segunda ocasión es la crisis estructural del capitalismo como sistema-mundo, que encara, en mi opinión, su defunción cierta en los próximos 20 o 40 años. Éste es el mediano plazo. Si la izquierda no cuenta con un plan para este mediano plazo, lo que remplace al capitalismo como sistema-mundo será algo peor, probablemente mucho peor que el terrible sistema en el que hemos vivido durante los cinco siglos previos.
 
Las dos ocasiones requieren tácticas diferentes, pero combinadas. ¿Cuál es nuestra situación en el corto plazo? Estados Unidos ha elegido a un presidente centrista, cuyas inclinaciones se hallan algo a la izquierda del centro. La izquierda, o la mayor parte de ella, votó por él por dos razones. La alternativa era peor –de hecho, mucho peor. Así que votamos por el mal menor. La segunda razón es que pensábamos que la elección de Obama le abriría espacio a los movimientos sociales de izquierda.
 
El problema que enfrenta la izquierda no es nuevo. Tales situaciones son la cuota estándar. Roosevelt en 1933, Attlee en 1945, Mitterrand en 1981, Mandela en 1994, Lula en 2002, fueron todos los Obamas de su tiempo y lugar. Y la lista podría expandirse al infinito. ¿Qué hace la izquierda cuando estas figuras decepcionan, como casi todas lo hacen, ya que todas son centristas, aunque sean de centroizquierda?
 
Desde mi punto de vista la única actitud sensata es aquella asumida por el enorme, poderoso y militante Movimiento de los sin Tierra (MST) en Brasil. El MST respaldó a Lula en 2002, y pese a que no cumplió lo que había prometido, respaldaron su relección en 2006. Lo hicieron con pleno conocimiento de las limitaciones de su gobierno porque la alternativa era, claramente, peor. Sin embargo, lo que también hicieron, fue mantener una presión constante sobre el gobierno –reuniéndose con él, denunciándolo públicamente cuando lo merecía y organizándose en el terreno contra sus fallas.
 
El MST sería un buen modelo para la izquierda estadunidense si tuviéramos algo comparable en términos de un movimiento social fuerte. No lo tenemos, pero eso no debería frenarnos de intentar confeccionar uno a partir de varios retazos, del mejor modo que podamos, como lo hace el MST —y presionar a Obama abierta, pública y duramente todo el tiempo, y por supuesto alabarlo cuando hace lo correcto. Lo que queremos de Obama no es la transformación social. Él tampoco quiere eso, ni está en posibilidad de ofrecernos eso. De él queremos medidas que minimicen el dolor y el sufrimiento de la mayoría de las personas, ahora. Eso sí lo puede hacer, y es ahí donde ejercer presión sobre él hace una diferencia.
El mediano plazo es bastante diferente. y aquí Obama es irrelevante, como son todos los otros gobiernos de centroizquierda. Lo que ocurre es la desintegración del capitalismo como sistema-mundo, no porque no pueda garantizar el bienestar de la vasta mayoría (nunca ha podido hacer eso) sino porque ya no puede asegurar que los capitalistas tengan la incesante acumulación de capital que es su raison d’être. Hemos arribado a un momento en que ni siquiera los capitalistas con mirada de más alcance ni sus oponentes (nosotros) estamos intentando preservar el sistema. Ambos intentamos establecer un nuevo sistema, pero por supuesto nosotros tenemos ideas muy diferentes, de hecho radicalmente opuestas, acerca de la naturaleza de un sistema así.
 
Dado que el sistema se ha apartado mucho de su equilibrio, se volvió caótico. Vemos alocadas fluctuaciones en todos los indicadores económicos usuales –los precios de las mercancías, el valor relativo de las divisas, los niveles impositivos reales, la cantidad de artículos producidos y comerciados. Debido a que nadie sabe dónde cambiarán estos indicadores, prácticamente de día a día, nada se puede planear con sensatez.
 
En tal situación, nadie está seguro de qué medidas serán mejores, no importa cuál sea su política. Esta confusión intelectual práctica se presta a que exista una demagogia desatada de todas clases. El sistema se está bifurcando, lo que significa que en 20 o 40 años habrá algún nuevo sistema, que creará orden a partir del caos, pero no sabremos qué sistema será éste.
 
¿Qué podemos hacer? Primero que nada, debemos estar claros de qué batalla se trata. Es una batalla entre el espíritu de Davos (en pos de un nuevo sistema que no es capitalismo pero que sin embargo es jerárquico, explotador y polarizante) y el espíritu de Porto Alegre (un nuevo sistema relativamente democrático y relativamente igualitario). No hay mal menor aquí. Es uno o el otro.
 
¿Qué nos queda hacer? Promover una claridad intelectual acerca de la opción fundamental. Luego organizarnos en miles de niveles y miles de modos para impulsar las cosas en la dirección correcta. El punto primordial es impulsar una desmercantilización de todo lo que podamos desmercantilizar. Lo segundo es experimentar con todos los tipos de nuevas estructuras que hagan más sentido en términos de justicia global y sanidad ecológica. Y la tercera cosa que debemos hacer es alentar un optimismo sobrio. Estamos muy lejos de tener la certeza de una victoria. Pero es posible.
 
Así que, resumiendo, trabajar en el corto plazo en minimizar el dolor, y en el mediano plazo en garantizar que emerja un nuevo sistema que sea mejor, no peor. Pero esto último tiene que hacerse sin triunfalismo y sabiendo que la lucha será tremendamente difícil.
 
Por, Immanuel Wallerstein
Traducción: Ramón Vera Herrera
 
 
Publicado enInternacional
Viernes, 13 Febrero 2009 06:44

El Foro Social en un sentido amplio

A juzgar por las estadísticas, el IX Foro Social Mundial realizado en Belem fue un éxito: 133 mil participantes de 142 países; 489 organizaciones de Africa, 119 de América Central, 155 de América del Norte, 4193 de América del Sur, 334 de Asia, 491 de Europa y 27 de Oceanía. Entre todas, las participaciones más destacadas fueron las de los jóvenes (15 mil) y los pueblos indígenas (1300 llegados desde 50 países). Para los que ven en el FSM un espacio de encuentro, una plataforma de discusión sobre los problemas que afligen al mundo desde la perspectiva de quienes más los sufren, el éxito fue incondicional. Para los que esperan del FSM la formulación de políticas mundiales a seguir por los movimientos y las organizaciones que lo integran, el éxito del IX FSM no consigue disfrazar el agotamiento de su modelo organizativo.
 
Entre esas dos posiciones, quiero defender otra, asentada en la idea del FSM en un sentido amplio. En mi opinión, el proceso del FSM es hoy muy complejo y las reuniones bienales son sólo uno de sus pilares. Sin duda, fueron las que hasta ahora le dieron más visibilidad al Foro, pero no son las más importantes. Más allá de ellas, el proceso del FSM se basa en otros tres pilares.
 
El segundo pilar son las articulaciones mundiales entre movimientos temáticos que en los últimos años han llegado a definir acciones y agendas políticas a seguir tanto a nivel nacional como regional y global. Son, en este caso, las articulaciones entre organizaciones indígenas que, sobre todo en el continente americano, vienen asumiendo un protagonismo creciente, y ya tienen prevista para el 12 de octubre de este año una jornada mundial de lucha por la tierra-madre contra la mercantilización de la vida. Además de éstas, otras articulaciones han ido adquiriendo gran dinamismo: el próximo Foro Mundial del Agua; la auditoría global a la deuda externa de los países pobres; la agenda continental de los pueblos amazónicos; la agenda global de los derechos sexuales y reproductivos; la agenda continental de las poblaciones afroamericanas, principalmente en lo referente al reconocimiento de sus territorios ancestrales (“quilombos”), entre otras.
 
El tercer pilar del FSM en un sentido amplio es el constituido por la asamblea de los movimientos sociales. Es conocida, sobre todo, por las jornadas globales de lucha contra la crisis económica, contra los cambios climáticos, en defensa del pueblo palestino y en reclamo de sanciones internacionales contra Israel. Pero, además, es en la asamblea donde se transforman en decisiones políticas muchos de los debates planteados en las reuniones del FSM y es por esa razón que he venido abogando por una mayor articulación entre el FSM y la asamblea de los movimientos. El conjunto de esas decisiones constituye hoy la plataforma política del FSM y es a través de ella que se revela más claramente la alternativa al Foro Económico de Davos. Algunas de esas decisiones son: la regulación de los mercados y el impulso prioritario para los mercados internos; el control del capital financiero y de las actividades de las empresas multinacionales; la prioridad total para las energías renovables y la abolición del agrocombustible; la prohibición de la especulación financiera con las commodities; la centralidad de la agricultura familiar y la soberanía alimentaria en tanto instrumentos de lucha contra el hambre; el carácter vinculante de los tratados internacionales que garantizan la autonomía de los pueblos indígenas y afrodescendientes y su derecho a una consulta previa en relación con todos los proyectos de desarrollo o extractivos que los afecten; la extensión de la democracia participativa a la inversión pública a través de referéndum o consejos permanentes de ciudadanos y organizaciones; el desmantelamiento del Banco Mundial y del FMI y su sustitución por agencias de la ONU; auditorías internacionales a la deuda externa; la reforma del Consejo de Seguridad de la ONU, actualmente controlado por los mayores productores de armas; la derogación de las leyes antiterroristas cuando son usadas para criminalizar la protesta social pacífica.
 
El cuarto pilar del FSM en sentido amplio son los gobiernos progresistas que se inspiraron en el Foro para transformar de modo más o menos profundo la política de sus países. Cinco de ellos estuvieron este año en el FSM: los presidentes de Bolivia, Brasil, Ecuador, Paraguay y Venezuela. Ciertamente, por ahora son todos gobiernos latinoamericanos. Pero es de prever que pronto surjan otros en otros continentes, incluso en Europa. Son ellos los que verdaderamente garantizan la eficacia de las decisiones políticas del FSM y, por eso, la autonomía entre esos gobiernos y el Foro, lejos de significar un divorcio, es la expresión de una complementariedad virtuosa.

Por Boaventura de Sousa Santos *
* Doctor en Sociología del Derecho; profesor de la Universidad de Coimbra (Portugal) y de la Universidad de Wisconsin (EE.UU.).
 
Traducción: Javier Lorca.
Publicado enInternacional
Domingo, 08 Febrero 2009 07:24

La economía cubana y las estadísticas

Las formas de inserción de los países periféricos en la economía-mundo presentan dos dimensiones. Una general que identificamos a través del desarrollo desigual, el intercambio desigual, el endeudamiento como medio de enriquecimiento, las imposiciones del comercio llamado libre, y un abanico propio del trato que Hegel prefiguró en su Fenomenología del espíritu como la dialéctica entre el amo y el esclavo. La otra dimensión, la de carácter particular, marca las diferencias entre el modo en que cada país se logra insertar, o es admitido por el sistema-mundo, y consigue ventajas relativas o se mantiene estancado, y en ocasiones asediado, económica, política, y hasta militarmente. 
 
La distinción entre países desarrollados y subdesarrollados se ha quedado estrecha. “En vías de desarrollo” fue un término con el cual se intentó mitigar el pesimismo del “subdesarrollo”, y hoy se hace legítimo para aquellos países cuyas economías han vivido explosiones, como Corea del Sur, China y Brasil. Pero habría que hablar de otros que no han logrado desarrollarse, o que el sistema-mundo parece condenar a no desarrollarse, o que parecerían imposibilitados para ello por su precariedad.
 
Por otra parte el concepto de desarrollo circunscrito a los indicadores de crecimiento, y aun a las transformaciones tecnológicas, ha caído en crisis. El PNUD introdujo desde 1990 el cálculo del índice de desarrollo humano (IDH), para no sujetarse a indicadores exclusivamente económicos, como el producto interno bruto (PIB) per cápita, o la aplicación de la línea de pobreza, con lo cual la mirada corre el riesgo de reducir el diagnóstico a la pobreza de ingresos, e ignorar políticas de amparo indispensables.
 
El IDH logra integrar en un coeficiente la cuantificación del PIB per cápita más los de esperanza de vida, alfabetización, y escolaridad. No excluye per se los anteriores indicadores económico-sociales, sino que los complementa con una validación más marcada del peso de la calidad de vida de la población, en el diagnóstico.
 
El comienzo de la aplicación del IDH se produjo en un momento en el cual la economía cubana no reflejaba aún en toda su magnitud los efectos de la caída del sistema socialista soviético, y de la consiguiente impunidad al arbitrio de una potencia solitaria. Vemos, así, que en 1990 el índice de desarrollo humano colocaba a Cuba en el lugar 39 dentro de un total de 130 países. Este índice se deterioró en los años sucesivos, a la par que caían los indicadores económicos y se deprimían las condiciones de vida de los cubanos. Su comportamiento más crítico lo tuvo en el año 1994, en que colocó al país en la posición 89 entre 173 países. Este indicador mostró, a lo largo de los noventa, el deterioro de la situación cubana, aunque en 1999 ya comenzó una tendencia de reanimación
 
El último Informe de Desarrollo Humano del PNUD muestra una recuperación importante de este índice en 2005, en que Cuba queda en el lugar 51. El índice de este año, 0.838, es inferior al mostrado en 1990, que fue 0.877, y coloca a Cuba en el sexto lugar en el conjunto de la América Latina y el Caribe. No termino todavía con las estadísticas: en este último Informe, como en los anteriores, también se constata que la clasificación de Cuba como país de desarrollo humano alto se debe a los indicadores de calidad de vida, en tanto los económicos progresan muy lentamente. Un posicionamiento realizado exclusivamente a partir de los ingresos movería a la Isla al lugar 94 en el año 2005
 
Hasta aquí la estadística. Paso a los comentarios. El primero es que las cifras muestran: 1) que a pesar de la caída económica y del régimen de castigo acrecentado a lo largo de los 90 y hasta los años finales de esta década, el complejo socioeconómico cubano (para no llamarle aquí sistema, ni proyecto), se revitaliza y vuelve a encontrar escenarios de inserción, sin hacer concesiones al imperativo neoliberal, ni a ningún compromiso que pueda traducirse en lazos de dependencia; 2) que el punto débil visible es el del comportamiento de la economía, en lo cual no se ha pasado de medidas aisladas, de mayor o menor alcance, que no aparecen articuladas a un cambio estructural orientado a introducir un nuevo patrón de eficiencia.
 
La economía cubana –cargada de malformaciones– está urgida de cirugía. Pero de cirugía socialista. Igualmente si es con bloqueo sostenido, si este queda aligerado por motivaciones humanitarias, o si fuese progresivamente desmontado. Frente a cualquier variable hay que llegar a una armazón eficiente. Rediseñada sobre una noción de desarrollo distinta: desde las fuerzas que el país ha desarrollado, con el peso de sus carencias, y sobre las incertidumbres de cada coyuntura. En primer lugar para garantizar subsistencia a nuestra población y recuperación al medio natural del cual nos nutrimos: algo que no se ha logrado plenamente en los cincuenta años transcurridos.
 
No podría Cuba aspirar a convertirse en otra Suiza o en algo que se le pareciera. De hecho, ni siquiera parece sano soñar con otras Suizas. Las estadísticas económicas tienen más de un significado. Del lado negativo, los altos índices de comportamiento económico también suelen ser indicativos de altos niveles de consumo, contaminación de la atmósfera, y depredación del ambiente en más de un sentido. Se ha dicho que si la norma de consumo de combustible norteamericana se universalizara el agotamiento de las fuentes se haría casi inmediato. No podrá haber autos para todos en el mundo.
 
Mathis Wrackernagel, investigador del Global Footprint Network de California, calculó, para 93 países, la cantidad de planetas Tierra que serían necesarios en el caso de generalizarse el nivel de consumo de cada uno de ellos. Los países europeos occidentales están en la media de tres planetas, y los orientales de dos. En tanto los Estados Unidos necesitarían cinco planetas. Los países de la América Latina estarían sobre la media de un planeta, y los de África bastante por debajo. En esta correlación la línea del desarrollo sustentable estaría en 0.8 de IDH y el nivel de la huella ecológica en 1 planeta. Cuba parece ser, al momento, uno de los países que más claramente se acerca a esta correspondencia.
 
No lo digo con propósitos de complacencia. Contra el conformismo se rebela el imperativo de redimensionar la economía con reformas que alcancen las estructuras donde quiera que la búsqueda de una eficiencia socialista lo reclame. Se rebela también la necesidad de restaurar un régimen laboral y de participación efectiva que incentive el trabajo. Se rebela la necesidad de posibilitar mejor vida sin más gasto. Se rebela la urgencia de dar un carácter más orgánico al rescate y la protección del ambiente.
 
Y, sin embargo, este dato nos dice, a mi juicio, al margen de implicaciones ideológicas, que el escenario más idóneo para los proyectos de transformación sustentable se encuentra ahora en la América Latina, donde se ha iniciado una significativa modificación del mapa político. Y que Cuba presenta, de algún modo, una posición de punta. En definitiva, son estadísticas, solo estadísticas.
 
Por, Aurelio Alonso, sociólogo y ensayista, es subdirector de la revista Casa de las América
Progreso Semanal
Publicado enInternacional
Martes, 20 Enero 2009 09:10

Obama frente a los escombros

La entrada en funciones de Barack Obama confirmará una triple ruptura

1) En primer lugar, una ruptura política. Es la primera vez desde 1965 que un presidente demócrata aborda su mandato en un contexto de debilidad, incluso de derrota, de las fuerzas conservadoras. En 1977, James Carter los venció en primer lugar (justamente) gracias a su promesa de una renovación ética («Yo no os mentiré nunca») tras el escándalo del Watergate; su mandato estuvo marcado por una política monetarista y por las primeras grandes medidas de desregulación; En 1993, William Clinton se presentó como el hombre que «modernizaría» el partido demócrata asumiendo para sí numerosas ideas republicanas (la pena de muerte, el cuestionamiento de la ayuda social o la austeridad financiera)

2) Después, una ruptura económica. El neoliberalismo al estilo de Reagan no es defendible ni siquiera por sus partidarios. Durante su última conferencia de prensa como presidente, el lunes 12 de enero, George W. Bush ha «admitido voluntariamente»: «Yo dejé de lado algunos de mis principios liberales cuando mis asesores económicos me informaron de que la situación que estábamos viviendo podría llegar a ser peor que la Gran Depresión (la crisis de 1929)». «Peor», de todos modos, es un poco exagerado teniendo en cuenta que la crisis de 1929 hizo fermentar las «uvas de la ira» y la quiebra puso al país al borde del caos.

Sin embargo, 2008 se ha cerrado con una pérdida de 2.600.000 empleos en Estados Unidos, 1.900.000 de ellos sólo en los últimos cuatro meses del año. Es el peor resultado desde 1945, en otras palabras, una caída libre. Podría pasar si el país tuviera las cuentas equilibradas y una posibilidad ilimitada de relanzamiento por el endeudamiento. Pero eso está lejos… El déficit presupuestario va a llegar este año a 1,2 billones de dólares y el 8,3 del PIB. Una cifra impresionantemente mala que no sólo supera el peor resultado de la era Reagan (6% en 1993), sino que además marca que el déficit se ha multiplicado por tres de un año para otro.

3) Una ruptura diplomática. Nunca, sin duda, desde la Segunda Guerra Mundial, la imagen de Estados Unidos en el mundo había estado tan degradada. La mayoría de los países consideran que la superpotencia estadounidense desempaña un papel negativo en los asuntos del mundo, a menudo en una proporción abrumadora. Iraq, Oriente Próximo, Afganistán: El statu quo aparece insostenible, tan costoso y mortífero al mismo tiempo. Después de todo, fue invocando la necesidad de una retirada de Iraq como Obama comenzó su campaña en 2007 y ha sido gracias a su insistencia en este punto como venció a Hillary Clinton –su futura Secretaria de Estado…- en las primarias. Sin embargo, el calendario de dicha retirada parece que enfrenta al presidente electo (muy impaciente) con los militares (más «prudentes» (1)). Pero la impaciencia del primero no se explica en absoluto por una posición pacifista. La retirada, en primer lugar, conlleva la voluntad de Obama de reasignar en Afganistán una parte de las tropas retiradas de Iraq. Sin embargo no es cierto que las perspectivas de hundimiento sean menores en Kabul que en Bagdad.

Políticamente, el nuevo presidente tiene las manos libres. El paisaje de escombros que hereda va a obligar a una cierta contención a sus adversarios políticos. Su amplia victoria se ha beneficiado del impulso de las fuerzas vivas del país, especialmente los jóvenes. Y además están los sugerentes reportajes especiales, a menudo hagiográficos, que la prensa del mundo entero ha dedicado a Obama. La esperanza que suscita su entrada en la Casa Blanca es inmensa; y eso no se explica únicamente por el hecho de que el presidente de Estados Unidos sea negro. De un golpe, la «marca de América» se recuperó. Algunas decisiones de alto valor simbólico relativas al cierre de Guantánamo y la prohibición de la tortura han reforzado ese sentimiento de nueva era. «Debemos poner el mayor cuidado en reafirmar nuestros valores y en proteger nuestra seguridad», ha declarado el nuevo presidente.

Después vienen los problemas. No es suficiente irrigar la economía estadounidense de liquidez para que la máquina económica y el empleo recuperen el movimiento. La inquietud de la población en cuanto al futuro es tal, que lejos de dedicarse a consumir, ahorra más que nunca (2). La tasa de endeudamiento de las familias, que no había dejado de crecer desde 1952, ha conocido su primer retroceso en el tercer trimestre del año pasado. Así, algo que seguramente es deseable a medio y largo plazo, pone en peligro el relanzamiento rápido a través del consumo y la inversión que espera el nuevo equipo de la Casa blanca. «Si no hacemos nada, esta recesión podría durar años» ha advertido Obama, deseoso de que su programa de gastos suplementarios de 775.000 millones de dólares, compuesto de gasto público y rebajas de de los impuestos, sea adoptado rápidamente por el Congreso. ¿Será suficiente? Algunos economistas demócratas, como Paul Krugman, consideran que es insuficiente y está mal planeado (3).

La situación internacional tampoco parece prestarse a un resultado inmediato. Deliberadamente o no, los dirigentes israelíes han colocado a su gran aliado ante un hecho consumado –una guerra especialmente impopular en el mundo árabe- y obligan al nuevo presidente a hacerse cargo de un asunto minado que no constituía en absoluto su prioridad. La parcialidad en este asunto tiene el peligro de demostrar que Estados Unidos ya no podrá defender nunca una posición equilibrada en Oriente Próximo, y esto podría empañar muy deprisa su popularidad en el ámbito internacional.

Pero todo no se resume en un hombre, aunque sea nuevo. Sobre todo porque la novedad es mucho menos sorprendente cuando se examinan las actuaciones de Obama en cuanto a su gabinete. Por una ministra de Trabajo próxima los sindicatos, Hilda Solis, que promete una ruptura con las políticas anteriores, nombra a una ministra de Asuntos Exteriores, Hillary Clinton, cuyas orientaciones diplomáticas rompen menos con el pasado, y a un ministro de Defensa, Robert Gates, claramente heredado de la administración Bush. En cuanto a la diversidad del equipo, seguramente no es de naturaleza sociológica. Veintidós de los treinta y cinco primeros nombrados de Obama son diplomados de una universidad de élite estadounidense o de un encopetado colegio británico… Esto recuerda un poco la vuelta a la «competitividad» de los «best and brightets» (los mejores y más brillantes) de la administración Kennedy-Johnson. La prepotencia que caracteriza a este tipo de individuos a menudo los conduce a alardear de su poder y convertirse en fabricantes de catástrofes mundiales, como se observó durante la guerra de Vietnam. Pero Estados Unidos, en los tiempos que corren, está más bien en el abatimiento «centrista» que en la audacia del «Yes, we can», que constituiría la amenaza más temible.

(1) «Timetable for Iraq too slow for Obama» (Calendario de Iraq demasiado lento para Obama) International Herald Tribune, 15 de enero de 2009.

(2) «Hard-Hit Families Finally Saving Aggravating Nation’s Economic Woes» (Las familias más afectadas al final serán la solución de los crecientes problemas económicos de la nación) The Wall Street Journal, 6 de enero de 2009.

(3) Paul Krugman «The Obama Gap» The New York Times, 8 de enero de 2009.

Texto original en francés: http://www.monde-diplomatique.fr/carnet/2009-01-16-Obama-investiture

Serge Halimi es periodista de Le Monde diplomatique y autor del libro Les Nouveaux Chiens de Garde (Los nuevos perros guardianes), Raisons d’agir, 2ª edición, 2005.

Por, Serge Halimi, director Le Monde diplomatique Francia

Traducido para Rebelión por Caty R.

Publicado enInternacional
Terminamos el calendario 2010 y nos enrutamos a otros 12 meses que, en términos de tiempo político, nada rompen pero sí agendan luchas y retos.

Al final de la primera década del siglo XXI se llega con señales prometedoras de lo que pudiera concretarse en los próximos años: la unidad y la potenciación política de los movimientos sociales colombianos.

Luego de años de máxima dispersión y de ofensiva oficial, diversas iniciativas de coordinación y de nuevas maneras de ver y asumir la política toman cuerpo. La instalación y la primera sesión del Congreso de los Pueblos, la concreción de la Marcha Patriótica y la realización del Encuentro Nacional de la Unidad Popular, de la Comosoc, así lo indican.

Aunque está distante la posibilidad de que las tres experiencias se encaminen por una misma vía, es de resaltar la realización de cada uno de estos procesos, con la expectativa que se despierta sobre sus activistas y sectores sociales en general.

Cada uno de estos transcurrires profundizará su dinámica, desarrollará sus preceptos, y sobre esa práctica –ojalá abierta a la crítica y la renovación– se crearán condiciones para discutir proyectos y articular agendas.

De parte del Congreso de los Pueblos, el reto inmediato es la realización de las sesiones regionales, temáticas y sectoriales. Es decir, darse base real, territorial, más allá de los miles que confluyeron a la jornada del 8-12 de octubre. De cada una de estas sesiones saldrán borradores de perspectivas de trabajo legislativo de carácter popular, lo cual deberá concretarse en comunidades específicas. Con el tiempo, se deberán consolidar nuevas formas de gobierno que den al traste con el actual modelo.

En ese camino, como reto inmediato, se debe abordar y precisar el método para superar las tensiones que van tomando cuerpo en su interior:

Prioridad: Construcción interna vs. Movilización.
Conducción: Elegir un mecanismo mínimo de dirección vs. Basismo.
Temáticas: Economía para la vida (Buen Vivir) vs. Socialismo.

De una acertada interpretación de esas opciones depende que el Congreso de los Pueblos no sea una nueva frustración, ya que se debe entender que, así no resulte lo más evidente, llegar a consensos sobre un mínimo es una de las tareas más difíciles pero absolutamente necesarias para que las diversas fuerzas que pugnan por una nueva sociedad puedan al fin comenzar a materializar sus sueños. Y para que ello sea posible, es necesario, entre otras cosas, dilucidar si este momento es el de la lucha directa en la calle o el de la consolidación interna del proceso, para que su fortalecimiento constituya garantía de una incidencia mayor en el futuro inmediato sobre el conjunto de la sociedad.

En igual forma, la flexibilidad de las organizaciones es condición necesaria para su éxito, pues de la rapidez y la precisión de sus respuestas dependen la contundencia y la efectividad de las acciones. En ese sentido, la vieja discusión sobre participación, democracia o centralismo no parece superada, y por eso se requiere decantar las ideas y definir si la democracia implica unanimidad absoluta en los grandes grupos, o si formas delegatarias o representativas implican renunciar a una democracia profunda.

¿Cuáles deben ser nuestras metas inmediatas? ¿Cuál el norte de un programa que nos guíe en el mediano y en el largo plazo? Son preguntas aparentemente superfluas para movimientos que llevan años de lucha, pero creemos que se deben repetir si deseamos contextualizar tales luchas en un mundo tan cambiante. El siglo XXI se inició con el derribamiento de las Torres Gemelas y el veloz agotamiento del consenso que de ese hecho derivó el mundo unipolar que pretendía extenderse en el tiempo. La arrolladora presencia de los países emergentes, con el BRIC a la cabeza, y la crisis de un modelo de acumulación que muestra griegas y notables signos de agotamiento, son hechos que nos deben llamar a la reflexión y nos obligan a re-preguntarnos por nuestras tareas.

¿La crisis del concepto de desarrollo y el nacimiento del Buen Vivir, como una de sus contrapartes, son contrarias a las reflexiones que décadas atrás nos hacíamos sobre el socialismo? En fin, existe un gran número de interrogantes por resolver si de verdad queremos dar pasos contundentes hacia adelante.

Cómo abordar el problema del poder. El Congreso de los Pueblos ante las elecciones, el proyecto nacional y la autonomía indígena.

Lo novedoso de este proceso, además de su visión de país, gobierno y poder, es la disposición de todos los que lo integran a no someter al otro, a construir con vocación colectiva, a enraizarse, a no imponer tiempos ni agendas.

Para tomar forma, en el 2011 cada una de las tres agendas relacionadas deberá lidiar con soltura varios riesgos mayores:

1. El persistente intento cooptador que proviene del Estado y que complementa la estrategia desplegada desde el gobierno de los ocho años por romper las expresiones sociales a partir de darle forma al paralelismo en su interior.
2. Las elecciones, que, como siempre, potencian debates internos en todas las organizaciones. Por error político, la posibilidad de participación electoral no se asume todavía como un aspecto más (colectivo) del quehacer político, y las individualidades terminan imponiendo sus intereses a los colectivos. Así, lo que pudiera ser un punto más de las agendas en desarrollo, se transforma en aspecto sustancial que divide, atomiza, concentra el poder en algunos, potencia clientelismo, dispersa, confunde a la comunidad, y, al final, cuando se asume como tarea central, poco deja a quienes lo abordan y las comunidades que les acompañan.
3. El afán por hacer de una jornada de lucha el centro de los procesos sociales. Este error, manifiesto en la consigna de paro cívico impulsada con insistencia por algunas organizaciones, puede llevar a distanciar procesos que apenas están tomando forma, pero también, al sobrevalorar las posibilidades de lo social, puede llevar a que diversos sectores sean criminalizados y/o aniquilados.
4. A la par de esta realidad, surge la pregunta sobre cómo afrontar la agenda legislativa del nuevo gobierno y las consecuencias que traerá para el país. Por ahora tenemos la aprobación de la reforma a la salud, su ley estatutaria, el primer empleo, la reforma fiscal, la criminalización de la juventud y la agenda misma en derechos humanos, que abre expectativas sin darle respuesta cabal a la inmensa deuda de los sectores dominantes con vastos sectores populares.

Vendrán en el 2011 la reforma de la Ley 30, la organización territorial y otro conjunto de iniciativas que obligarán a la movilización de muchos sectores, pero que de nuevo desnudan la dispersión de lo social. ¿Cómo asumir estas agendas? ¿Cómo lograr que la diversidad de lo social y lo político en Colombia confluyan hacia un memorando común?

En las preocupaciones de todas las formas organizadas ya están los temas de la intensificación de la explotación minera por todo el país, las consecuencias ambientales que la misma acarreará, la venta de tierras a otros países (a través de empresas de fachada), la soberanía alimentaria, la estabilidad laboral. En particular, sobre este aspecto preocupa que los sindicatos sigan enfocados en el empleo, y no en el desempleo y la llamada informalidad laboral. Se requieren propuestas para redistribuir el trabajo estable, sin que ello afecte los derechos de los ahora contratados, y difundirlas en campaña masiva y permanente, de modo que confronten la visión que sobre el particular tienen y defienden el Gobierno y los agentes privados.

Hay que abrir los sindicatos (societatos) a una acción social totalmente diferente de la dominante hasta hoy. Es urgente su extensión a los territorios, abriendo la afiliación –por sector– a todos los trabajadores –no vinculados– que lo deseen. Pero, además, hay que ampliar sus programas de lucha, incluyendo en los mismos las reivindicaciones más sentidas de las comunidades barriales. Desde esta perspectiva, hay que develar el manejo que se hace de las cifras del desempleo –supuestamente, cada vez menor– y la degradación de las condiciones laborales. Al mismo tiempo, en estos aspectos se debe llegar al problema del modelo de desarrollo, mostrando las opciones que sobre el particular tienen los sectores alternativos.

Como referente que no se puede abandonar, tenemos la campaña (referendo) por el derecho al agua como bien público y común.

Como se ve, son inmensos los retos que tienen los movimientos sociales en Colombia (lo relacionado es sólo una parte), y su magnitud abre las preguntas sobre lo fundamental, sobre lo ausente: ¿Cuál es el proyecto de país por liderar ante los colombianos? ¿Cuál la expresión social y política que pueda liderar como un todo –y evitar la dispersión– a los movimientos sociales?

En el 2011 continuará el esfuerzo por resolver estos interrogantes. Es tarea de todos aportar, con sentido de país, a su resolución.

Publicado enEdición 164
Si hemos de creerles a los periodistas amigos de lo anecdótico, en la posesión de Juan Manuel Santos como nuevo presidente de Colombia el saliente gobernante Uribe Vélez le reclamó al presidente del Senado, Armando Benedetti, por haber señalado en su discurso que Colombia es uno de los países más desiguales del continente y del mundo. Tal reclamo obedecería, no a lo incontestable de las cifras sino a lo inoportuno de su pronunciamiento: “por la gran cantidad de jefes de Estado presentes en la ceremonia”.

¿Por qué tanto ocultamiento? Sencillamente porque las cifras de pobreza y desigualdad muestran la verdadera cara del fracaso de un sistema y unos gobiernos que han librado la suerte de los seres humanos y de la naturaleza en general a un “autómata ciego”, el mercado (en cuyo nombre se invaden países, se tortura y se mata), que ha sido elevado a la condición de incuestionable deidad.

Lo que seguramente ignora Uribe Vélez es que, pese a que en otras partes del planeta no han contado con jefes de Estado con personalidades tan grotescas y atrabiliarias como la suya, el problema de la pobreza comienza a universalizarse. Y, como es natural, dados los riesgos que para el ‘orden' social representan el desbordamiento y la generalización de los pobres en el mundo (ya de tan repetida se ha vuelto inocua la cifra de 1.200 millones de personas en la miseria), proliferan los ‘análisis' de los economistas sobre esa situación, que más allá de las escandalosas cifras absolutas acerca de una realidad que debiera llamar a las conciencias a rebelarse, se plagan tan solo de tautologías, como que “se es pobre porque se está rodeado de pobreza”, o de verdaderos exabruptos como considerar ese hecho social como una “enfermedad contagiosa” que se propaga por contacto directo. Este artículo pretende señalar, en forma bastante general, algunos de los aspectos más comunes del ocultamiento del fenómeno, cuando no de la justificación velada de su existencia.

La mistificación de los procesos de desigualdad

Desde los años 70, el Banco Mundial empezó a hablar de necesidades básicas insatisfechas y de pobreza absoluta. Lo que desde ese momento se quiso legitimar como un interés genuino, en lo que ya se llamaba eufemísticamente “flagelo que debe ser erradicado”, escondía sin embargo la necesidad, por parte de los sectores dominantes, de anticipar los manejos de las tensas situaciones que podían presentarse por la separación creciente, que ya empezaba a perfilarse como abismal, entre los ingresos de las clases subordinadas y las sectores detentadores del poder. Reducir, entonces, la pobreza a una noción absoluta, es decir, definirla por un nivel mínimo de subsistencia ‘digna', a los defensores del estado de cosas les permitía desviar la discusión sobre la desigualdad. En otras palabras, si a las clases subordinadas se les limita su horizonte hacia la consecución de los “ingresos mínimos”, deja de ser visible y criticable el otro extremo, el de los obscenamente ricos. Porque la manipulación ha llegado a tal extremo que se dejó de hablar de “brecha de la riqueza”, es decir, de la distancia entre los pobres y los ricos, para hablar de “brecha de la pobreza”, que define lo que les falta a los más miserables para alcanzar ese ‘mínimo digno'.

Ya en 1979, el filósofo francés Michel Foucault remarcaba ese hecho en la clase del 7 de marzo de ese año, cuando, al referirse a los subsidios (que en el lenguaje técnico de la época se denominaban “impuestos negativos”), dejaba claro que esa política de transferencias asistencialistas nunca pretende atacar la causa de la pobreza sino sus efectos, y distinguía esas políticas de aquellas que buscaban disminuir la distancia entre los ingresos de los pobres y los de los ricos, a la que denominaba “pobreza relativa”. Decía Foucault: “Si se llama política socialista a una política de la pobreza ‘relativa', vale decir, una política tendiente a modificar las diferencias entre los distintos ingresos; si se entiende la política socialista como una política en la que se intenta mitigar los efectos de la pobreza relativa debida a una distancia entre los ingresos de los más ricos y los más pobres, es absolutamente evidente que la política implicada por el impuesto negativo es exactamente lo contrario de una política socialista. La pobreza relativa no se incluye de ninguna manera entre los objetivos de una política social de esa naturaleza. El único problema es la pobreza ‘absoluta', o sea, el umbral por debajo del cual se considera que la gente no tiene un ingreso digno en condiciones de asegurarle un consumo suficiente”.

De esa manera se escamoteaba el asunto de la distribución del ingreso y de la equidad en la economía, y se separaban los asuntos de la riqueza y de la pobreza como aspectos de diferente naturaleza. Lo que se pretende velar con ello es que la existencia de pobres es un hecho indisolublemente unido a la existencia de ricos, y que la abolición de la pobreza pasa necesariamente por la eliminación de la concentración del ingreso en la cúpula de la pirámide social. Lo que se quiere ocultar es que en sí no existe “problema de la pobreza” sino “problema de la riqueza”, es decir, del desconocimiento de la naturaleza de la generación social de esa riqueza, y por tanto de la necesidad de una forma de distribución distinta de la que hoy rige.

La geopolítica de la concentración del ingreso

El fenómeno de concentración y centralización del capital no es nuevo. Ya Marx, en el siglo XIX, lo había identificado como una tendencia inherente del capitalismo, y nuestro tiempo está siendo testigo de una aceleración inusitada del fenómeno. El problema, sin embargo, tiene diferentes niveles de análisis y manifestaciones. Por ejemplo, se puede observar que, desde la perspectiva de los Estados-nación, 20 de ellos (poco más del 10 por ciento de las naciones del mundo) concentran el 85 de la producción mundial. Pero también se puede analizar desde la perspectiva de las regiones en el interior de un Estado-nación, o de las personas en el nivel local, regional o mundial.

En este último sentido, de acuerdo con el reporte Merrill Lynch Capgemini, publicado en junio de este año, el número de millonarios aumentó 17,1 por ciento para sumar 10 millones de individuos en 2009, mientras su capital creció 18,9 por ciento para alcanzar los 39 billones (millones de millones) de dólares, es decir, cerca del 70 por ciento de lo que produce el mundo en un año.

Pues, bien, lo que debiera incomodar a Uribe es que, pese a la generalización del fenómeno, la situación de Colombia, en el interior de ese panorama, es de las peores en muchos sentidos, ya que, siendo como es el conjunto de América Latina y el Caribe la región más desigual del mundo (supera a África), según el Informe de Desarrollo Humano del PNUD, Colombia tan solo es superada en concentración del ingreso por Bolivia, Haití y Brasil. Pero, además de eso, Colombia, según el mismo informe, es uno de los países más polarizados de la región, puesto que es superado apenas por Brasil, Haití y Jamaica.

Este último índice, que intenta medir la desconexión (discriminación e incomunicación entre las clases sociales) entre los diversos grupos de la sociedad, en el país está acompañado de una absoluta inmovilidad social. Ello significa que los ricos no sólo son ricos sino que además han estado en condición de heredar esa riqueza en forma sistemática a lo largo de los siglos.

Esto da pie para entender los intereses sesgados de los estudios sobre la pobreza que realizan nuestros economistas ortodoxos (ver, como ejemplo, el estudio Persistencia de las Desigualdades Regionales en Colombia: un Análisis Espacial, de Armando Galvis y Adolfo Meisel Roca, publicado por el Banco de la República), que después de señalar verdades conocidas de vieja data, como que el porcentaje de población por debajo de la línea de pobreza y el índice de analfabetismo en el Chocó doblan al del resto del país, o que la periferia de Colombia la constituyen las costas Pacífica y Atlántica, y la Orinoquia y la Amazonia, o que Buenaventura (curiosamente uno de los puertos más importantes del país) tiene un índice de necesidades insatisfechas tres veces mayor que el de Cali, pasan a hablar de “efectos de vecindad” y de “trampas de la pobreza”, conceptos que, dígase lo que se diga, quieren explicar la pobreza porque el ‘vecindario' es pobre. Es decir, que se es pobre porque se vive en la pobreza, lo cual, si no es una tautología, es difícil saber de qué se trata.

Uno se siente tentado a invitar a este tipo de autores a que inviertan la perspectiva del análisis y estudien no las causas de lo que denominan “persistencia” de la pobreza sino las de la riqueza. ¿Encontrarán “trampas de la riqueza” y “efectos de vecindario”? ¿Descubrirán, por ejemplo, que ‘extrañamente' los ricos cuentan con la propiedad de los activos físicos de la producción más significativos y de mayor escala? ¿Que han estudiado en el exterior en una proporción mayor que los demás ciudadanos y que tienen un gran número de familiares en los cargos públicos de mayor nivel de decisión? Si eso es así, ¿no pasaría el ‘remedio' de la pobreza necesariamente por que los pobres los imiten y se tomen los activos productivos en gran escala, así como los cargos públicos de mayor nivel de decisión?

Pero, mientras esto sucede, debemos señalar que el problema de la política, al que por lo menos aluden, en forma más honrada, las entidades multilaterales como Naciones Unidas (a diferencia de nuestros “científicos sociales” criollos), pasa en Latinoamérica y por tanto en Colombia por un favorecimiento desvergonzado de los intereses del capital, que se expresa no únicamente en las leyes que debilitan hasta casi agotar la capacidad de negociación del trabajador (incluyendo, claro está, su eliminación física), sino también, del otro lado, en la práctica inexistencia de obligaciones sociales por parte del capital. El Informe de Desarrollo Humano muestra cómo los países más simétricos son igualmente aquellos donde el esfuerzo tributario y los impuestos directos tienen un mayor porcentaje, es decir, donde el capital es obligado a contribuir en mayor medida. En el cuadro que acompaña este texto puede verse que nuestra región tiene un bajísimo nivel tributario, que en lo referente a los impuestos pagados por las rentas y ganancias del capital es francamente vergonzoso.

La crisis actual comienza a desenmascarar la verdadera naturaleza de los intereses del capital, así como a mostrar que los ‘esfuerzos' de erradicación de la pobreza seguramente serán reemplazados por la erradicación de los pobres, tal como Uribe ensayó en Colombia con los llamados falsos positivos. La reducción nominal y real de los salarios en Grecia, España e Inglaterra son apenas el abrebocas de una ofensiva del capital que seguramente lo obligará a quitarse la careta del discurso del “bienestar”. En Colombia, las propuestas de eliminación del ‘excluyente' salario mínimo, al decir de los economistas convencionales, así como de los montos de salario indirecto conocidos entre nosotros como parafiscales, estarán seguramente a la orden del día, haciendo nugatoria cualquier medida encaminada a la disminución de la marginalidad. De tal suerte que, si los movimientos progresistas no se toman en serio los análisis sobre la riqueza y sus ‘trampas', y salen al paso de las mistificaciones y engaños que se esconden detrás de los estudios y políticas que nos quieren hacer creer en la existencia de un “problema de la pobreza”: nos espera un oscuro futuro.

Publicado enEdición 160
Lunes, 21 Junio 2010 17:31

Colombia, ¿cuál unidad nacional?

El ciclo electoral del 2010, llegó a su cierre con lecciones severas para las fuerzas sociales y políticas que pretenden una nueva sociedad. Con Juan Manuel Santos elegido como nuevo Presidente, se abren interrogantes más de fondo acerca de la verdad del futuro de la nación y de los habitantes de este país.

La segunda vuelta para elegir presidente en Colombia, conmovió muy poco a su población. Pareció más un ejercicio de trámite. Con una abstención que rozó el 56 por ciento, sumada a los votos en blanco (455.330, es decir el 3.4 por ciento), es claro que el 59 por ciento de los connacionles es indiferente ante el nuevo mandatario. Que no comparte sus propuestas o está en contra de él y sus anuncios. Peor aún, si a estas cifras se suman los votos nulos (1.49 por ciento), y los tarjetones no marcados (0,74 por ciento), muchos de los cuales se pueden entender como otra forma de protesta.

Votos y legitimidad

Los resultados de la primera vuelta, con 6.758.539 sufragios para el uribismo y 3.120.716 para los verdes (las dos fuerzas más votadas), no permitía vaticinar sorpresa alguna, más aún, cuando estos últimos con su discurso en aspectos de moral y de forma, con poco de fondo y esforzándose, por demás, por parecerse al máximo a Uribe, se cerraron a cualquier tipo de alianza.

Sobresale de este resultado, sí, el esfuerzo mediático por destacar que es la votación más alta que haya obtenido presidente alguno. Un rezo cuya traducción podría ser: que Santos es el más legitimo. Argucia que llama la atención, porque oculta las cifras de abstención, voto en blanco, voto nulo y tarjetones no marcados.

Ahora viene la rapiña

Otro aspecto que llama la atención es la insistencia de Juan Manuel Santos en su consigna de “unidad nacional” que anunció desde el comienzo de la campaña para la segunda vuelta. Esta consigna fue la nota central en el discurso pronunciado como Presidente electo. ¿Por qué esta insistencia?
¿Acaso, a diferencia de Uribe, Santos pretende superar la distancia que mantiene con una parte importante del país? ¿O, tal vez, es una estrategia para ganarse al partido liberal y descomponer a los verdes?

Cualquiera sea su explicación, ya obtuvo su primer logro: sumar nueve millones de votos. Un importante sector de los liberales –con afán de cuota burocrática- se volcó a apoyarlo. Otros sectores, como el Partido Conservador y Cambio Radical no dudaron como sus aliados seguros. Cruzados por las diferencias y continuidades con las políticas heredadas, ahora viene la rapiña. El tira y afloje por la distribución de ministerios, embajadas, y el resto de la torta burocrática,

Falta por ver si algún ofrecimiento concreto, ministerial, para los verdes empalaga a Enrique Peñalosa y echa por la borda la consigna de Mockus de “independencia y deliberación” con borrón de su futuro como fuerza independiente que tendría su primera prueba de fuego con las elecciones a
gobernaciones y alcaldías en el 2011.

La unidad nacional de boca para afuera

En cuanto al conjunto nacional no vinculado a ninguno de estos partidos, las políticas efectivas que ponga en marcha el nuevo Presidente, sobre todo en su propagandeado ataque al desempleo y la pobreza, serán fundamentales para saber si la “unidad nacional” procede o queda rota por la evidencia práctica. Y todo indica, sin duda alguna, que en materia económica habrá continuidad. La “unidad” no pasará, por tanto de un ejercicio de lengua y dientes para la foto.

Sus anuncios en materia de tratamiento al conflicto y a la insurgencia, por otro lado, deja claro que la “unidad nacional” dependerá de la efectividad de la fuerza y el peso de la sangre, sin emprender nada de diálogo.

Así las cosas, podríamos decir que estamos ante un ejercicio mediático, que se verá claramente afectado desde los primeros días del nuevo gobierno, cuando las medidas reales que tomará en materia económica –más impuestos– cierren las puertas de las mayorías que no votaron por Santos.

Lecciones para las fuerzas alternativas

Una primera y principal a tener en cuenta, resulta de que dada la crisis social y humanitaria que merecía un voto castigo para “la continuidad del uribismo” la realidad indica que el puente está roto o muy deteriorado con la mayoría de la sociedad colombiana, entre ellos los indiferentes y los abstencionistas, pero también con aquellos que votaron en conciencia por el nuevo Presidente, a pesar de todos sus antecedentes y de la herecnia que representa. Sin duda, en nuestro país ganó espacio y legitimidad otra cultura, la de los no derechos, la de la violencia sin par, la del más fuerte, la cual plantea un inmenso reto para las fuerzas del cambio.

Hay que enfrentar esta nueva cultura, y a la par, hacer conciencia de que toda fuerza que pretenda ser alternativa, tiene que orientarse, y lograr movilizar, esa inmensa y multiple franja de la sociedad que hasta ahora no se siente concitada por ningún mensaje.

Por otra parte, hay 9 millones de connacionales que están de acuerdo con la mano dura y la guerra. Hacia ellos es poco el quehacer por ahora, aunque en un futuro hay que construir un mensaje para que cambien de actitud. Sobre esta franja social es destacable su disciplina, evidenciada en una votación que no fue desestimulada por ninguno de los siguientes factores: saber que ya habían ganado, el mundial de fútbol, la intensa lluvia que afectó todo el país.

La segunda se deriva para los contrarios al nuevo gobierno, quienes tienen el reto de hacerse activos en todo tiempo y lugar, y no solo pronunciarse en momentos de coyuntura electoral. Todo militante de la causa del cambio y la renovación en Colombia, debe comprender que éste llegará si cotidianamente hay miles de miles que entrelazan actividades y despiertan simpatías y nuevas militancias entre todos aquellos que se sienten en desacuerdo con los gobiernos de turno, sin encontrar hasta hoy canales para hacer sentir su voz disconforme.

La tercera indica que no se puede dejar de agitar el programa de campaña que levantaron las fuerzas opositoras. Superando prácticas electoralistas el mensaje de estos meses debe tener un continum que permita a la población reflexionar, discutir, agregar, desarrollar, superar, etcétera, aspectos de tal programa, de tal manera, que comprueben que su construcción exige y depende de acciones que van mucho más allá de las mismas elecciones.

Parte de este ejercicio, entonces, demanda que se tenga y se desarrolle desde ahora, antes del mismo 7 de agosto, un plan económico que denuncie y neutralice toda la agenda económica que se avecina, pero además, que empodere a los ciudadanos con una agenda de gobierno y poder que siembre semillas de «un nuevo gobierno», aquí y ahora.

El Congreso de los Pueblos

Aspecto sustancial de esta ejercicio, estará dinamizado por la apertura, instalación y primeras sesiones del Congreso de los Pueblos, que será anunciado para todo el país el próximo 19 de julio a través de marchas que tomarán cuerpo en Bogotá, Cauca, Santander y otros departamentos y ciudades, y que tendrá sus primeras sesiones en octubre venidero.

Es a este espacio de unidad en la calle, del común del pueblo, y dirección táctica oportuna, experiencia de nueva coordinación social y política, a quien corresponde liderar la Unidad Nacional efectiva. Encontrar los lenguajes, los métodos y estilos, el tiempo, las consignas precisas para que los sectores populares en Colomiba retomen el liderazgo que los sufrimientos no dan espera.

Las elecciones pasaron. Nuevos y viejos retos están y siguen vigentes.

Publicado enColombia

El año 2009 se caracterizó por la coexistencia de dos crisis que se venían gestando desde décadas atrás, y que de una u otra manera seguirán acompañando a la humanidad en el futuro: la crisis del sistema financiero y en general del sistema económico internacional, y la crisis climática.

De las múltiples y complejas implicaciones de la primera voy a destacar la llamada recesión, que en términos sencillos quiere decir que en un período determinado las economías de los países –y, en este caso, la economía global– no siguen creciendo al ritmo con que venían haciéndolo en períodos anteriores. No se necesita siquiera que decrezca (que reduzca su tamaño) significativamente sino que basta con que deje de crecer.

Cuando una persona está demasiado pasada de kilos, el médico le advierte que se puede morir si se engorda un kilo más, y le recomienda que, si le queda imposible enflaquecer, por lo menos intente no seguir engordando. Con el capitalismo sucede lo contrario: mantener su peso estable ya quiere decir enfermedad, y enflaquecerse conduce a la depresión.

La crisis climática, como se sabe, se agudiza (no se genera, pues, entre las causas de la crisis climática se pueden citar muchas más) debido al incremento de las emisiones de los llamados gases de efecto invernadero (GEI), como consecuencia del consumo excesivo de combustibles fósiles como el petróleo y el carbón, del auge de la agricultura y de la ganadería “industrial”, del aumento y la acumulación de desechos que en su descomposición producen metano y otros GEI, y de otras actividades humanas ligadas todas a la manera como hemos entendido y llevamos a cabo el desarrollo.

De todos estos procesos que contribuyen al agravamiento de la crisis climática, depende el crecimiento –es decir: la salud– de la economía nacional y mundial.

Aun en sistemas ‘alternativos’ de medición de la calidad de vida, como es el Índice de Desarrollo Humano (IDH) que desde hace varios años utiliza el Sistema de Naciones Unidas, el ingreso económico constituye un factor esencial. Mientras mayor sea el ingreso de una persona, una familia, una comunidad o un país, mayor será su capacidad para consumir más recursos y más energía y, se supone entonces, mayores serán sus posibilidades para acceder a una vida “con calidad”.

Desde cualquier punto de vista, sería absurdo entender como ‘saludable’ la reducción de los ingresos económicos de una gran mayoría de la población que hoy debe realizar milagros diarios para sobrevivir. Cuando esto se publique, estarán todavía en plena vigencia las reacciones por el nuevo salario mínimo y su insuficiencia para satisfacer las necesidades de supervivencia mínima de una familia colombiana.

Sin embargo, mientras más recursos y energía podamos consumir, mayor será nuestra “huella ecológica”, es decir, nuestro “peso” sobre el planeta, medido en términos de presión sobre los recursos naturales, generación de basuras y producción de gases que producen el cambio climático. En otras palabras, mientras más ‘saludable’ sea la economía, más ‘enfermo’ estará el planeta al cual pertenecemos y de cuya ‘salud’ dependemos para existir. Ya hay en la economía tentativas de ‘castigar’ los indicadores de desarrollo económico, incorporándoles la dimensión de su impacto ambiental, pero lo cierto es que, en términos prácticos, hoy por hoy más desarrollo quiere decir mayor capacidad para devorar los recursos del planeta, contaminar la biosfera y contribuir al calentamiento global.
 

Doña Juana: En primer plano, el relleno. Al fondo: Bogotá. Al relleno Doña Juana de Bogotá llegan diariamente más de seis mil toneladas de desechos, un indicador de la ‘dinámica’ de la economía de la ciudad.

Razón tuvieron Hugo Chávez y Evo Morales cuando en la reunión de Copenhague culparon al capitalismo de la crisis ambiental, pero se quedaron cortos al omitir una mención expresa de que la misma obsesión depredadora que inspira y justifica al capitalismo neoliberal alimenta al capitalismo de Estado. A la atmósfera le da lo mismo si el gas carbónico que la calienta proviene del petróleo extraído de los campos de Texas o del Golfo de México, del Golfo Pérsico o de pozos colombianos o venezolanos. En el fondo es el mismo “modelo industrial” que conduce a la deforestación del Amazonas y produjo la casi total desaparición del Mar de Aral, cuando los soviéticos se apoderaron de todos los cursos de agua que lo alimentaban, y que en otra época fuera el cuarto mayor lago del mundo, para irrigar sus cultivos industriales de algodón.
 

Aral Sea: Muestra la evolución del Mar de Aral entre 1989 y 2003 (Foto USGS)
Foto aérea de una de las porciones de lo que fuera el Mar de Aral (GWCh, 2009)


Paradójicamente, en las dos crisis que se dieron cita en el año que acaba de pasar se encuentran el problema y la solución. El problema es que, si los seres humanos queremos seguir haciendo parte de este planeta, necesariamente debemos cambiar la manera de relacionarnos y de relacionarnos con él.

Y la única manera de lograrlo es que seamos capaces de separar nuestra concepción y nuestras metas de calidad de vida, de nuestra capacidad de depredación. A lo mejor hacia eso apunta el concepto de “vivir bien” que ya quedó consagrado en las Constituciones Nacionales de Bolivia y del Ecuador, aunque en la práctica tampoco está muy claro cómo se puede lograr.

Para resumir, el mundo necesita embarcarse en una recesión planificada, con el reto de lograr lo que parece imposible en la teoría y en la práctica: reducir el tamaño y, por ende, el impacto de las economías depredadoras (sean capitalistas, comunistas, socialistas o como se quieran rotular), y al mismo tiempo incrementar la calidad de vida de los seres humanos, no medida en términos de nuestra capacidad de depredar sino de nuestro goce de existir.

La crisis por escasez de agua que ya es un hecho en varios lugares del mundo, y cuyo peligro comienza a despuntar en nuestro país, nos aporta un buen ejemplo de lo que se debe lograr: por una parte, garantizar que toda la población colombiana, sin ninguna discriminación, tenga acceso equitativo y efectivo a eso que se denomina “mínimo vital”, es decir, a la cantidad mínima de agua que un ser humano necesita para vivir con calidad; y, por otra parte, eliminar el desperdicio de agua por parte de los actores y los sectores que hacen un consumo excesivo e irresponsable de ese recurso vital.

Para las crecientes cantidades de seres humanos que hoy carecen en el mundo de ese “mínimo vital”, el acceso al mismo significa un enriquecimiento en términos de calidad de vida y de goce de existir.

Posiblemente, para muchos de quienes –por fuerza de la Ley o de las circunstancias inexorables–- se verán obligados a renunciar al desperdicio (y a lucrarse de ese desperdicio), esto puede significar un empobrecimiento, un síntoma de recesión, e incluso un factor de depresión económica y mental.

Esa recesión económica –ojalá planificada y concertada, pero, si no, también– deberá volver los ojos a la Cultura (con mayúsculas), pues es allí donde la humanidad cuenta con los recursos necesarios para entender que renunciar al consumo innecesario de energía y de recursos no es sinónimo de empobrecimiento sino una inversión de vida a favor de la supervivencia de nuestra especie en la Tierra.

El reto, por supuesto, no es sencillo y los grandes sistemas económicos del mundo están dispuestos a acudir a lo que consideren necesario con tal no solamente de sobrevivir sino además de continuar creciendo de manera indefinida y autista, haciendo caso omiso de los límites que les impone el planeta. Una de las fórmulas para conjurar la recesión y evitar la depresión, que ya en el pasado se ha ensayado con éxito, es la guerra.

Creo en la tesis de que la llamada “guerra fría” no ha terminado sino que se están diversificando sus actores, están cambiando sus pretextos y sus expresiones, y se están buscando nuevos escenarios para calentarla (incluso con combustible nuclear). Uno de esos escenarios es nuestra América del Sur. Más allá de cualquier pretexto coyuntural, lo que hay detrás es el afán de mantener el crecimiento del sistema económico global. Por eso, los mismos ‘países civilizados’ que promueven la paz les venden a unos los tanques y los aviones de guerra, y a los otros armas especializadas en destruir esos tanques y esos aviones. Con tal de mantenerse vivos, el capitalismo neoliberal y el capitalismo de Estado acuden incluso a devorarse a sí mismos; a su propia destrucción.

La Tierra, mientras tanto, toma nota cuidadosa de la estupidez humana y activa el sistema inmunológico que le va a permitir deshacerse de nosotros en caso de que no seamos capaces de entrar en razón.

Bogotá, enero de 2010

Publicado enEdición 153